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a escalada de las tensiones en torno a Taiwán y el Mar de la China encendió las alarmas y apuró los trámites para concretar el demorado encuentro entre los presidentes de los Estados Unidos y la República Popular. La región indo-pacífica es hoy el centro de la disputa estratégica sino-estadounidense.
El incremento de los vuelos militares sobre la zona de defensa aérea por parte de China, fue considerado un aumento de la presión militar sobre Taiwán por los EEUU, que respondió con el anuncio de la asociación estratégica con el Reino Unido y Australia denominada con el acrónimo (en inglés) AUKUS, presentada como una defensa de los intereses de los tres países en la región.
La escalada encendió las alarmas en el tablero internacional a tal punto que The Economist no vaciló en calificar a Taiwán y la zona del Mar de la China del Sur como “…el lugar más peligroso del planeta”.
Desde la asunción de Joe Biden los presidentes de las dos principales potencias mundiales se habían comunicado solo telefónicamente en dos oportunidades por la negativa de Xi Jinping a abandonar su país durante la pandemia. El aumento de las tensiones los llevó a aceptar una reunión virtual. Ambos presidentes se prepararon para la cumbre reposicionándose en sus respectivos países.
Biden, que veía debilitarse su administración reflejada en una fuerte caída en los índices de popularidad -lo que lo ponía en desventaja frente a las elecciones de medio término dentro de un año- logró que el Congreso le aprobara su agenda de gobierno. Un plan de infraestructura de 1.2 billones de dólares y el Programa “Reconstruir Mejor”, políticas sociales y ambientales por 1.75 billones (incluye 555.000 millones para reducir emisión de gases de efecto invernadero). Adicionalmente el lanzamiento del AUKUS y la reanudación del Diálogo Cuadripartito sobre Seguridad (EEUU, Japón, India. Australia) lo mostró frente a la ciudadanía norteamericana retomando la iniciativa en el plano internacional, buscando superar la pésima impresión de la desordenada retirada de Afganistán.
El XIX Comité Central del PCCh aprobó una resolución sobre “Los importantes éxitos y las experiencias históricas de su centenaria lucha” -la tercera resolución sobre cuestiones históricas, las anteriores son de 1945 y 1981- proclamando el período de Mao Tse Tung como fundacional, que “indicó el camino revolucionario correcto”. La etapa presidida por Deng Xiaoping es identificada como la de “las reformas y apertura” y del “pasaje de una economía planificada a una de mercado socialista”. El período que ahora le toca a Xi Jinping será el de llevar “la actual segunda economía del mundo a la construcción de un país socialista moderno en todos los aspectos”. Dado que esta tarea se llevará adelante en un “entorno exterior más complejo y grave” una segunda resolución habilita para que el año próximo cuando se realice el XX Congreso del partido se deje de lado la condición de solo dos períodos presidenciales, aprobada en tiempos de Deng, y se le conceda a Xi la posibilidad de un tercer mandato consecutivo. Será entonces el líder chino más poderoso desde los tiempos de Mao, ostenta los cargos de Sec. Gral. del PCCh, presidente de la República y del Comité Militar Central, mientras que la nueva Constitución le da la posibilidad de mantenerse como presidente durante varios períodos. Unir al pueblo, al partido y al ejército detrás del objetivo de la soberanía nacional es su mandato.
La transición del poder mundial enmarcada por la rivalidad entre EEUU y China se ha desenvuelto hasta ahora en el plano comercial y especialmente en el tecnológico -control de la llamada cuarta revolución industrial. Sin embargo pareciera que los líderes han tomado en cuenta que la actual escalada dejó expuesto que un escenario de guerra, cuando hay numerosos indicios de una reanudación de la carrera armamentista, no es del todo descartable en medio de la transición. China ha ampliado su capacidad nuclear y recientemente lanzó un misil hipersónico capaz de rodear la tierra.
La República Popular hoy una reconocida potencia, económica y tecnológica, es ahora también potencia militar y constituye un desafío mayor para EEUU. No es de extrañar entonces que la noción de “estabilidad estratégica”, eufemismo usual en los ambientes diplomáticos para describir el control de armas, sobrevolara el conjunto de discusiones entre los presidentes de las dos potencias. Definir las llamadas “líneas rojas” que deberán respetarse para lograr que esa estabilidad facilite la “competencia” sin que conduzca a un “conflicto” es la búsqueda conjunta. “Construir salvaguardas comunes para evitar errores de cálculo o malentendidos” como lo definió el asesor de la Casa Blanca Jake Sullivan. En otros términos, que permita dar continuidad a la integración de las dos grandes economías.
Sin embargo días después del encuentro el presidente Biden invitó a varios países, “una lista diversa de democracias”, a una cumbre virtual para tomar compromisos para “…defender la democracia y los derechos humanos en el país y en el exterior”. Obviamente no invitó a China ni a Rusia pero si a Taiwán, y de inmediato envió una delegación de 5 legisladores que reafirmaron el “sólido” respaldo a la isla. China respondió enviando una “patrulla de preparación al combate” en la zona del estrecho de Taiwán, para “…defender la soberanía y la integración territorial”. Las tensiones volvieron a escalar como demostrando que la estabilidad estratégica pretendida es bastante inestable…
Mientras esto sucede y frente a la total desregulación del sector financiero chino, el flujo de fondos de Wall Street viró rápidamente hacia la República Popular (JP Morgan y Goldman Sachs son cada vez más protagonistas en ese mercado). Conflicto/colaboración sigue presidiendo la relación aún cuando suenen tambores de guerra en la región indo-pacífico.
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¿Debe la izquierda ecológica aspirar a reducir todo el consumo, o a transformar radicalmente el tipo de consumo predominante?
El ecosocialismo y el movimiento de decrecimiento se encuentran entre las corrientes más importantes de la izquierda ecológica. Los ecosocialistas están de acuerdo en que es necesaria una medida significativa de decrecimiento en la producción y el consumo para evitar el colapso ecológico. Pero tienen una valoración crítica de las teorías del decrecimiento porque:
– el concepto de «decrecimiento» es insuficiente para definir un programa alternativo;
– no aclara si el decrecimiento puede lograrse en el marco del capitalismo o no;
– no distingue entre las actividades que deben reducirse y las que deben desarrollarse.
Es importante tener en cuenta que la corriente del decrecimiento, especialmente influyente en Francia, no es homogénea: inspirada en los críticos de la sociedad de consumo, Henri Lefebvre, Guy Debord, Jean Baudrillard, y del «sistema técnico», Jacques Ellul, contiene diferentes perspectivas políticas. Hay al menos dos polos bastante distantes, si no opuestos: por un lado, los críticos de la cultura occidental tentados por el relativismo cultural (Serge Latouche), por otro, los ecologistas de izquierda universalistas (Vincent Cheynet, Paul Ariés).
Serge Latouche, conocido en todo el mundo, es uno de los teóricos franceses del decrecimiento más controvertidos. Sin duda, algunos de sus argumentos son legítimos: desmitificación del «desarrollo sostenible», crítica de la religión del crecimiento y del «progreso», llamada a una revolución cultural. Pero su rechazo total del humanismo occidental, de la Ilustración y de la democracia representativa, así como su relativismo cultural (no hay valores universales) y su inmoderada celebración de la Edad de Piedra son muy criticables. Pero hay algo peor. Su crítica a las propuestas de desarrollo ecosocialista para los países del Sur Global -más agua potable, escuelas y hospitales- por ser «etnocéntricas», «occidentalizantes» y «destructoras de las formas de vida locales», es bastante insoportable.
Por último, pero no menos importante, su argumento de que no es necesario hablar del capitalismo, ya que esta crítica «ya ha sido hecha, y bien hecha, por Marx» no es serio: es como si uno dijera que no es necesario denunciar la destrucción productivista del planeta porque esto ya ha sido hecho, «y bien hecho», por André Gorz (o Rachel Carson).
Más cerca de la izquierda está la corriente universalista, representada en Francia por la revista La Décroissance (Decrecimiento), aunque se pueda criticar el «republicanismo» francés de algunos de sus teóricos (Vincent Cheynet, Paul Ariès). A diferencia del primero, este segundo polo del movimiento de decrecimiento tiene muchos puntos de convergencia -a pesar de las polémicas ocasionales- con los movimientos de Justicia Global (ATTAC), los ecosocialistas y los partidos de la izquierda radical: extensión de la gratuidad [bienes, servicios o comodidades que se ofrecen gratuitamente], predominio del valor de uso sobre el valor de cambio, reducción del tiempo de trabajo, lucha contra las desigualdades sociales, desarrollo de actividades «no mercantiles», reorganización de la producción en función de las necesidades sociales y protección del medio ambiente.
Muchos teóricos del decrecimiento parecen creer que la única alternativa al productivismo es detener por completo el crecimiento, o sustituirlo por un crecimiento negativo, es decir, reducir drásticamente el nivel de consumo excesivamente alto de la población reduciendo a la mitad el gasto de energía, renunciando a las casas individuales, a la calefacción central, a las lavadoras, etc. Como estas y otras medidas similares de austeridad draconiana corren el riesgo de ser bastante impopulares, algunos -entre ellos un autor tan importante como Hans Jonas, en su Principio de Responsabilidad- juegan con la idea de una especie de «dictadura ecológica».
Frente a estas visiones pesimistas, los optimistas socialistas creen que el progreso técnico y el uso de fuentes de energía renovables permitirán un crecimiento y una abundancia ilimitados, para que cada uno pueda recibir «según sus necesidades».
Me parece que estas dos escuelas comparten una concepción puramente cuantitativa del «crecimiento» -positivo o negativo- o del desarrollo de las fuerzas productivas. Hay una tercera posición, que me parece más adecuada: una transformación cualitativa del desarrollo. Se trata de acabar con el monstruoso despilfarro de recursos por parte del capitalismo, basado en la producción, a gran escala, de productos inútiles y/o nocivos: la industria del armamento es un buen ejemplo, pero gran parte de las «mercancías» producidas en el capitalismo, con su obsolescencia incorporada, no tienen otra utilidad que la de generar beneficios para las grandes corporaciones.
La cuestión no es el «consumo excesivo» en abstracto, sino el tipo de consumo predominante, basado en la adquisición conspicua, el despilfarro masivo, la alienación mercantil, la acumulación obsesiva de bienes y la compra compulsiva de pseudo-novedades impuestas por la «moda». Una nueva sociedad orientaría la producción hacia la satisfacción de las auténticas necesidades, empezando por las que podrían calificarse de «bíblicas» -agua, comida, ropa, vivienda-, pero incluyendo también los servicios básicos: sanidad, educación, transporte, cultura.
¿Cómo distinguir las necesidades auténticas de las artificiales, facticias (creadas artificialmente) e improvisadas? Estas últimas son inducidas por la manipulación mental, es decir, la publicidad. El sistema publicitario ha invadido todas las esferas de la vida humana en las sociedades capitalistas modernas: no sólo la comida y la ropa, sino también los deportes, la cultura, la religión y la política se configuran según sus reglas. Ha invadido nuestras calles, buzones, pantallas de televisión, periódicos, paisajes, de forma permanente, agresiva e insidiosa, y contribuye decisivamente a los hábitos de consumo conspicuo y compulsivo. Además, desperdicia una cantidad astronómica de petróleo, electricidad, tiempo de trabajo, papel, productos químicos y otras materias primas -todo pagado por los consumidores- en una rama de la «producción» que no solo es inútil, desde el punto de vista humano, sino que está directamente en contradicción con las necesidades sociales reales.
Si bien la publicidad es una dimensión indispensable de la economía de mercado capitalista, no tendría cabida en una sociedad en transición al socialismo, donde sería sustituida por la información sobre bienes y servicios proporcionada por las asociaciones de consumidores. El criterio para distinguir una necesidad auténtica de una artificial es su persistencia tras la supresión de la publicidad (¡Coca Cola!). Por supuesto, durante algunos años persistirían los viejos hábitos de consumo, y nadie tiene derecho a decirle a la gente cuáles son sus necesidades. El cambio en los patrones de consumo es un proceso histórico, además de un reto educativo.
Algunas mercancías, como el coche particular, plantean problemas más complejos. Los coches privados son una molestia pública, que mata y mutila a cientos de miles de personas al año a escala mundial, contamina el aire de las grandes ciudades, con consecuencias nefastas para la salud de los niños y las personas mayores, y contribuye de forma significativa al cambio climático. Sin embargo, responden a una necesidad real, al transportar a las personas a su trabajo, hogar u ocio. Las experiencias locales de algunas ciudades europeas con administraciones con mentalidad ecológica demuestran que es posible, y aprobado por la mayoría de la población, limitar progresivamente la parte del coche individual en la circulación, en beneficio de los autobuses y los tranvías.
En un proceso de transición al ecosocialismo, en el que el transporte público, por encima o por debajo de la tierra, se extendería enormemente y sería gratuito para los usuarios, y en el que los peatones y los ciclistas dispondrían de carriles protegidos, el coche privado tendría un papel mucho menor que en la sociedad burguesa, donde se ha convertido en una mercancía fetichizada, promocionada por una publicidad insistente y agresiva, un símbolo de prestigio, una seña de identidad.
En Estados Unidos, el carnet de conducir es el documento de identidad reconocido, y el coche es el centro de la vida personal, social y erótica.
Será mucho más fácil, en la transición a una nueva sociedad, reducir drásticamente el transporte de mercancías en camiones -responsables de terribles accidentes, y de altos niveles de contaminación- sustituyéndolo por el tren, o por lo que los franceses llaman ferroutage (camiones transportados en trenes de una ciudad a otra): solo la absurda lógica de la «competitividad» capitalista explica el peligroso crecimiento del sistema de camiones.
Sí, responderán los pesimistas, pero los individuos están movidos por infinitas aspiraciones y deseos, que tienen que ser controlados, frenados, contenidos y, si es necesario, reprimidos, y esto puede necesitar algunas limitaciones a la democracia. Ahora bien, el ecosocialismo se basa en una apuesta, que ya era de Marx: el predominio, en una sociedad sin clases y liberada de la alienación capitalista, del «ser» sobre el «tener», es decir, del tiempo libre para la realización personal por medio de actividades culturales, deportivas, lúdicas, científicas, eróticas, artísticas y políticas, más que el deseo de una posesión infinita de productos.
La adquisición compulsiva es inducida por el fetichismo de la mercancía inherente al sistema capitalista, por la ideología dominante y por la publicidad: nada prueba que forme parte de una «naturaleza humana eterna», como quiere hacernos creer el discurso reaccionario.
Como subrayó Ernest Mandel «La acumulación continua de más y más bienes (con una «utilidad marginal» decreciente) no es en absoluto una característica universal e incluso predominante del comportamiento humano. El desarrollo de talentos e inclinaciones por sí mismos; la protección de la salud y la vida; el cuidado de los hijos; el desarrollo de relaciones sociales ricas… todo ello se convierte en motivaciones importantes una vez satisfechas las necesidades materiales básicas».
Esto no significa que no vayan a surgir conflictos, sobre todo durante el proceso de transición, entre las exigencias de protección del medio ambiente y las necesidades sociales, entre los imperativos ecológicos y la necesidad de desarrollar infraestructuras básicas, sobre todo en los países pobres, entre los hábitos de consumo popular y la escasez de recursos. Estas contradicciones son inevitables: será tarea de la planificación democrática, en una perspectiva ecosocialista, liberada de los imperativos del capital y del lucro, resolverlas, mediante un debate pluralista y abierto, que lleve a la toma de decisiones por la propia sociedad. Esta democracia popular y participativa es la única manera, no de evitar los errores, sino de permitir la autocorrección, de sus propios errores, por parte de la sociedad colectivamente.
¿Cuáles podrían ser las relaciones entre los ecosocialistas y el movimiento del decrecimiento? A pesar de los desacuerdos, ¿puede haber una alianza activa en torno a objetivos comunes? En un libro publicado hace unos años, La décroissance est -elle souhaitable? (¿El decrecimiento es sostenible?), el ecologista francés Stéphane Lavignotte propone esa alianza. Reconoce que hay muchas cuestiones controvertidas entre ambos puntos de vista. ¿Hay que poner el acento en las relaciones de clase social y en la lucha contra las desigualdades o en la denuncia del crecimiento ilimitado de las fuerzas productivas? ¿Qué es más importante, las iniciativas individuales, las experiencias locales, la simplicidad voluntaria, o el cambio del aparato productivo y la «megamáquina» capitalista?
Lavignotte se niega a elegir y propone asociar estas dos prácticas complementarias. El reto es, según él, combinar la lucha por el interés de clase ecológico de la mayoría, es decir, de los no propietarios del capital, y la política de las minorías activas por una transformación cultural radical. En otras palabras, lograr, sin ocultar los inevitables desacuerdos, una «composición política» de todos aquellos que han comprendido que la supervivencia de la vida en el planeta y de la humanidad en particular son contradictorias con el capitalismo y el productivismo, y por lo tanto buscan la salida de este sistema destructivo e inhumano.
Como ecosocialista, y como miembro de la Cuarta Internacional, comparto este punto de vista. La unión de todas las variedades de la ecología anticapitalista es un paso importante hacia la tarea urgente y necesaria de detener el curso suicida de la civilización actual, antes de que sea demasiado tarde.
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El valor para marcharse, el miedo a llegarLlueve en el canalLa corriente enseña el camino hacia el marCopenhague, Vetusta Morla
l 2015, que comenzó con la histórica victoria de Syriza en Grecia, parecía augurar vientos de cambio en Europa provenientes del sur. Una nueva izquierda radical florecía sobre las ruinas de la austeridad, engullendo buena parte del espacio social y electoral de una socialdemocracia menguante, que hacía tiempo que había mutado hacia el social-liberalismo. Las candidaturas del cambio conquistaban las principales capitales en el estado español, incluidas Madrid y Barcelona, y en Portugal la izquierda obtenía un magnífico resultado, obligando al partido socialista a un acuerdo de gobierno inédito desde la revolución de los claveles.
La derrota de la experiencia de gobierno de Syriza, con la imposición por parte de la troika del tercer memorándum, no solo truncó la primavera griega, sino que golpeó las aspiraciones del conjunto de la izquierda del continente que, desde entonces, no ha conseguido sobreponerse. Actualmente, vemos cómo en Portugal la experiencia de gobierno de la «geringonça» ha fracasado, y va camino de restablecer la primera mayoría absoluta socialista en el adelanto electoral del próximo enero. Mientras, en España, Unidas Podemos ha pasado de asaltar los cielos, disputando el sorpasso, a participar como socio minoritario en un gobierno social-liberal junto al PSOE.
Salvando el caso francés de las presidenciales del 2018, en donde la candidatura de Francia Insumisa alcanzó un buen resultado a pesar de no conseguir entrar en la segunda vuelta, el resto de fuerzas han obtenido pobres o malos resultados. En las elecciones europeas, las fuerzas de izquierdas quedamos relegadas a ser el último grupo del europarlamento. Todo ello con el telón de fondo del auge electoral del liberalismo verde, que alcanzó su mejor resultado en las mencionadas elecciones europeas y que ha logrado entrar en los gobiernos alemán y austriaco.
Daniel Bensaid decía que las revoluciones llegaban cuando nadie las esperaba o cuando nadie las estaba esperando ya. De esta forma intempestiva hemos visto cómo, en este 2021 pandémico, han emergido una serie de victorias municipales que tienen como común denominador un fuerte movimiento de base por el acceso a la vivienda y por un modelo de ciudad alternativo al dominado por el mercado.
Así, el pasado septiembre, el Partido Comunista (KPÖ), que no disponía de representación en el parlamento austriaco desde hacía décadas, conseguía ganar las elecciones de Graz, la segunda ciudad del país, con el 28,8% de los votos. Superando así a los conservadores (ÖVP), que se habían mantenido en la alcaldía desde hacía 18 años. La victoria comunista en Graz está basada en una fuerte implantación de base ligada al activismo antidesahucios, fundamentada en varios elementos. El KPÖ ha impulsado una línea telefónica de emergencia para inquilinos como primer punto de contacto para las personas que tenían problemas con sus caseros; un servicio de asesoramiento jurídico para las «víctimas de los especuladores»; los concejales comunistas tienen limitados los salarios, y donan dos tercios de los mismos a un fondo del partido, con el cual ayudan a personas desempleadas y desahuciadas; y han realizado campañas exitosas de recogida de firmas, como la que permitió convocar un referéndum contra el intento de privatización del parque de vivienda pública, que ganaron con un 97%. Una mezcla de activismo de largo aliento, coherencia política y personal de sus representantes y conquistas parciales mediante la movilización popular, han sido los ingredientes del éxito del KPÖ en Graz. Un modelo contracorriente que desmonta el mito de que todo es relato y discurso y de que no se pueden ganar elecciones con ciertos símbolos y nombres.
En el mismo mes de septiembre en el que se celebraba la victoria en Graz, se producía en Berlín una triple votación para las elecciones generales y municipales y para un referéndum, forzado desde el movimiento popular por una vivienda digna. Por un lado, las elecciones generales fueron un desastre para la izquierda, y Die Linke estuvo a punto de quedarse fuera del Bundestag, por primera vez, tras centrar su campaña en subordinarse a un gobierno con el SPD. En las municipales, se confirmaron la reedición del gobierno municipal rojo (socialistas 21,4%), verde (verdes 18,9%) y rojo (Die Linke 14%). Mientras, el referéndum berlinés fue un auténtico éxito y una verdadera demostración de fuerza del movimiento por la vivienda. Tan solo para poder realizar la votación, los organizadores tuvieron que recolectar 175.000 firmas válidas, escritas a mano y totalmente verificadas, demostrando que fue una movilización y autoorganización social en Alemania sin precedentes, en relación a los últimos años.
En la consulta participó más de un cuarto de los electores, el mínimo requerido para que la medida pasara al senado alemán, ganando el ‘sí’ con el 56,4% de los votos, frente al ‘no’, con un 39%. Una victoria que formalmente solo ha contado con el apoyo de Die Linke, mientras que el resto de la coalición de gobierno municipal o pidió el no, como los socialdemócratas, o mantuvieron una postura ambigua, como los verdes. Esta coyuntura otorga aun más valor a esta victoria, que propone confiscar nada menos que 200.000 viviendas de grandes tenedores para que pasen a ser propiedad pública.
El éxito del referéndum berlinés, al igual que el éxito de Graz, pone en valor la importancia de la organización, implantación y tejido social, a la vez que desmiente el mantra del gobernismo, que fía únicamente las conquistas sociales a la actividad institucional, reforzando las lógicas delegativas en detrimento de la organización social. Efectivamente, el referéndum berlinés, a pesar de no ser vinculante, genera un conflicto entre la institución y las demandas populares que amplia el espacio de lo posible.
Como última de las victorias municipalistas de este 2021, encontramos la de la Alianza Roji-Verde en Copenhague, que ha alcanzado el 24,6% de los votos, con una campaña centrada en el acceso a la vivienda digna como derecho y en la protección de espacios naturales de la ciudad como Amager Faelled. De esta forma, el partido socialdemócrata, aunque mantendrá la alcaldía en la capital danesa por la alianza con verdes y liberales, ha dejado de ser el partido más votado después de cien años de hegemonía. La Alianza Roji-Verde fue fundada en 1989 a partir de la confluencia de diferentes corrientes de la izquierda radical, manteniendo una representación constante en el parlamento danés desde 1994. Pero no ha sido hasta 2011 cuando se ha consolidado en un 6-7 % a nivel nacional.
Además de la victoria en Copenhague, la Alianza Roji-Verde ha conseguido ser la primera fuerza en la isla de Bornholm y segunda en Frederiksberg (ciudad del área metropolitana de Copenhague). A pesar de que en el conjunto del país han alcanzado el 7,3 %, estas elecciones municipales han sido una victoria en su conjunto, ya que mas allá de la capital, les han permitido conseguir representación en decenas de municipios donde nunca antes lo habían conseguido. Es importante destacar que estos resultados se han dado después de que la Alianza Roji-Verde facilitara un Gobierno en minoría de los socialdemócratas para desalojar a la derecha, pero rechazara igualmente entrar en el Ejecutivo, manteniéndose como la oposición de izquierdas tanto en la calle como en el Parlamento.
El resultado en Copenhague, sumado al referéndum de Berlín y a la conquista de la alcaldía de Graz en Austria, devuelve tímidamente un horizonte de victoria a la izquierda alternativa, al margen de la subalternización al social liberalismo. Una alternativa en la que la implantación social y territorial, la problematización del acceso a la vivienda y el cuestionamiento del modelo mercantilizado de ciudad aparecen como elementos clave para comprender estos éxitos electorales.
No deja de sorprender cómo desde la izquierda gastamos tantas energías en nombres o en mirar hacia arriba, cuando el problema y las soluciones los tenemos abajo. Desde luego, es más fácil buscar atajos de pirotecnia electoral que dedicarse a la lenta e impaciente reconstrucción del tejido social desde los conflictos concretos. Ahora que tanto se habla de nombres para un Frente Amplio, quizás nuestra preocupación debería de ser más la de levantar movimientos amplios anclados en el territorio, que den respuesta a las lógicas depredadoras del capital y que planteen una alternativa ecosocialista y feminista que ponga bajo control social la vivienda o la energía, por poner ejemplos clave.
Es decir, nuestra preocupación debe ser reconstruir el tejido y la movilización social, poner en valor la organización y las organizaciones, no como fines en sí mismos sino como instrumentos de transformación y apoyo mutuo. Recuerdo cómo Miguel Romero siempre decía que primero venían las victorias sociales, luego las políticas y, algunas veces, estas se convertían en victorias electorales. Llevamos demasiado tiempo sin victorias sociales. La huelga del metal en la bahía de Cádiz puede ser un buen comienzo. Quizás para este próximo año nos toque mirarnos más en el espejo de procesos de movilización popular como los de Berlín, o en victorias como las de Copenhague, que demuestran que sí se puede sorpassar al socialiberalismo, ensanchando los limites de lo posible.
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La COP26: crea el mercado mundial del fuego y se lo ofrece a los pirómanos capitalistas a costa del pueblo
La Conferencia de Glasgow (COP26) debería haber dado prioridad a:
El balance es inapelable: sobre el papel, Glasgow clarifica el ambiguo objetivo de París haciéndolo más radical (ahora el objetivo es 1,5°C) y menciona la responsabilidad de los combustibles fósiles; pero en la práctica, la Conferencia no ha definido ninguna medida para detener la catástrofe.
Un «paso en la dirección correcta», dijeron algunos. Nada de eso: obsesionados con la recuperación neoliberal post covid y sus rivalidades geoestratégicas, los amos del mundo decidieron:
El informe especial sobre 1,5°C: una bomba con consecuencias para la AIE
El Informe Especial del IPCC sobre 1,5°C (2019) había demostrado la imperiosa necesidad de mantenerse por debajo de 1,5°C[1]https://www.ipcc.ch/sr15/. Se habían subestimado los peligros del calentamiento. Más allá de 1,5°C, las cascadas de retroalimentación positiva amenazan con llevar a la Tierra a un régimen de planeta invernadero[2]https://www.pnas.org/content/115/33/8252. Esto tendría consecuencias nefastas (entre ellas, una subida del nivel del mar de 13 metros o más). La temperatura media de la superficie ha aumentado entre 1,1 y 1,2°C en comparación con la era preindustrial. Al ritmo actual, la marca de 1,5°C se superará en 2030… Conclusión: las emisiones globales netas de CO2 deberían reducirse al menos en un 50% antes de 2030, en un 100% antes de 2050 y llegar a ser negativas en la segunda mitad del siglo.
El informe cayó como una bomba. Los dirigentes de la clase capitalista no pueden seguir escondiendo la cabeza bajo tierra. Los que tienen un mínimo de cerebro tienen que admitir que el calentamiento global puede escapar a todo control hasta el punto de poner en peligro su sistema. En este contexto, incluso cuando es impulsada por neoliberales como Boris Johnson, una política capitalista que dice estar «basada en la mejor ciencia», no podía mantener la ambigüedad [entre 1,5℃ y 2℃] del acuerdo de París. La presidencia británica de la COP26 propuso que se definiera el objetivo máximo en 1,5°C, lo que fue ratificado por la conferencia.
El IPCC es explícito: la quema de combustibles fósiles desempeña un papel fundamental en el calentamiento. Por ello, la onda de choque del informe sobre los 1,5°C se dejó sentir incluso en la Agencia Internacional de la Energía (AIE). En 2021, esta agencia publicó un informe en el que se afirma claramente que la «neutralidad en carbono» en 2050 requiere medidas drásticas a muy corto plazo: prohibir, a partir de 2021, el desarrollo de nuevos yacimientos de petróleo y gas, así como la apertura de nuevas minas de carbón o la ampliación de las existentes y la autorización de la construcción de nuevas centrales eléctricas de carbón. También plantea el abandono del carbón a partir de 2030 en las economías avanzadas y el cierre de todas las centrales eléctricas de carbón y petróleo del mundo a partir de 2040…[3]IEA, « Net Zero in 2050. A Roadmap for the Energy Sector »,https://www.iea.org/reports/net-zero-by-2050
Este informe también cayó como una bomba. La Agencia siempre había desarrollado una visión muy progresiva de la transición. De repente, ahora aboga por un cambio radical hacia un capitalismo verde organizado en torno a las energías renovables. De ese modo, al igual que no podía mantener la ambigüedad de París, la cumbre de Glasgow no podía seguir ocultando la responsabilidad de los fósiles. ¡Esta cuestión jamás se había tratado en todas las COP celebradas desde 1992 por la presión ejercida por el sector energético y de los grandes usuarios! Este silencio ya no se podía mantener. La Presidencia británica presentó a los delegados un proyecto de declaración en el que se pide a las partes que «aceleren la eliminación del carbón y el fin de las subvenciones a los combustibles fósiles». Más adelante se mostrará cómo se neutralizó esta fórmula, aunque la mención a los fósiles se mantiene en la versión final.
Reducir el desfase: un reto más difícil cada año
El acuerdo de París abrió una gran brecha entre el objetivo («mantener el aumento de la temperatura muy por debajo del etc.») y los planes climáticos nacionales, o «Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional» (NDC). Sobre la base de estos planes nacionales, el IPCC proyectó un aumento de la temperatura de unos 3,5°C para 2100. Para reducir el desfase (o «brecha de emisiones»), la COP21 adoptó el principio de revisar los planes cada cinco años, para «incrementar la ambición».
En septiembre de 2020, la brecha, tomando en cuenta todos los gases, se estima entre 23 y 27 Gt de CO2 equivalentes[4]Gigatoneladas de gas de efecto invernadero calculados como si todo ese gas CO2. Esta brecha debe eliminarse imperativamente antes de 2030 para mantenerse por debajo de 1,5°C. Por tanto, las emisiones globales deben reducirse a la mitad. Con la cumbre de 2020 cancelada (pandemia), los gobiernos decidieron hacer un esfuerzo renovado para «incrementar las ambiciones» de cara Glasgow. El resultado: entre 3,3 y 4,7 Gt de CO2 adicionales de reducción. Sobre esta base, la red científica Climate Action Tracker prevé un calentamiento de +2,4°C (rango: +1,9 a +3°C)[5]Glasgow’s 2030 credibility gap, https://climateactiontracker.org/publications/glasgows-2030-credibility-gap-net-zeros-lip-service-to-climate-action/.
Johann Rockström, director del Instituto de Potsdam, transmitió a la COP los diez mensajes clave más recientes de la ciencia. El primero, que las emisiones mundiales de CO2, por sí solas, deben reducirse cada año en 2Gt/año (5%) de aquí a 2030 para tener una posibilidad sobre dos de mantenerse por debajo de 1,5°C, y en 4Gt/año (10%) para tener dos posibilidades sobre tres de mantenerse por debajo de 1,5°C. Se requiere una reducción similar para el metano y el óxido nitroso[6]https://www.youtube.com/watch?v=iW4fPXzX1S0. No hay esperanza de conseguirlo con un ritmo de revisión quinquenal de los planes nacionales. Por ello, Glasgow decidió pasar a un ritmo anual. Visto de lejos, esto parece dejar una pequeña posibilidad de éxito. Visto de cerca, es una ilusión.
En primer lugar, hay que tener en cuenta la justicia climática. Las reducciones del 5% y del 10% son objetivos globales, que deben modularse para tener en cuenta las responsabilidades diferenciadas de los países. Rockström presentó la evaluación más reciente de esta cuestión: el 1% más rico de la población mundial debe dividir sus emisiones por treinta, mientras que el 50% más pobre puede multiplicarlas por tres. Esto demuestra claramente que el clima es una cuestión de clase, una cuestión importante en el conflicto entre una minoría poseedora y la mayoría desposeída.
En segundo lugar, una reducción lineal de 2 ó 4 Gt/año en términos matemáticos no es, en absoluto, lineal en términos económicos, sociales y políticos. Cuanto más se reduzcan las emisiones (o se intenten reducir), y cuanto más corto sea el plazo, más chocará la reducción de emisiones con las exigencias capitalistas de crecimiento y beneficio. Esto es muy concreto: en el sector energético, la patronal está frenando las inversiones en combustibles fósiles, para limitar los activos devaluados [stranded assests]. Como los combustibles fósiles cubren más del 80% de las necesidades, un pico de suministro de energía precederá probablemente al pico de demanda. Mientras tanto, los precios son altos[7]“ COP26: oil prce soars even as the world turns against fossil fuel”, Financial Times, 4/11/2021, lo que es bueno para las empresas de combustibles fósiles, pero alimenta la inflación, frustra la recuperación post-covid y pesa mucho sobre las clases trabajadoras. Éstas pueden luchar o votar a los nacional-populistas. Ambas opciones frustran la estabilidad. Para calmar los precios y evitar la escasez habría que impulsar la producción de combustibles fósiles. China lo ha hecho con el carbón y Biden ha pedido (sin éxito) a Arabia Saudí y Rusia que lo hagan con el petróleo. Pero potenciar los combustibles fósiles = potenciar las emisiones…. Es la cuadratura del círculo.
Una contradicción insuperable, una fuente de caos
China y Estados Unidos han emitido una declaración conjunta en la COP. No servirá de nada para salir del atolladero. Se trata principalmente de una declaración para guardar las apariencias. Las dos grandes potencias tienen interés en presentarse juntas como garantes de la estabilidad del mundo y de su clima. Quizá intenten colaborar en algún aspecto parcial de la política climática (¿emisiones de metano?). Pero las tensiones subyacentes son muy fuertes y tienden a agravar los conflictos. En Estados Unidos, la mayoría demócrata pende de un hilo: Manchin [el senador demócrata que frena la lucha contra el cambio climático], un fiel amigo del carbón. Los republicanos han ganado las elecciones en Virginia, esperan ganar las elecciones de mitad de mandato y están haciendo campaña contra la subida del precio de los combustibles. ¡Su victoria cambiaría muchas cosas!. En China, la estabilidad de la burocracia depende del progreso del nivel de vida medio, por un lado, y de la exaltación nacionalista, por otro. La reactivación del carbón no impide la subida del precio del petróleo. Hay muchas razones para que Pekín siga replegándose para dentro y acelerando sus planes de recuperación de Taiwán. Todo esto es muy inestable.
Se mire por donde se mire, el problema choca con la imposibilidad de la transición energética capitalista: no se puede reactivar una economía de crecimiento basada en un 80% en combustibles fósiles y al mismo tiempo sustituir los combustibles fósiles por renovables y reducir drásticamente las emisiones a muy corto plazo. Es físicamente imposible. O reducimos la producción para lograr la transición, o sacrificamos la transición por el crecimiento del PIB. Sin embargo, «el capitalismo sin crecimiento es una contradicción» (Schumpeter). Conclusión: la contradicción es insoluble, salvo mediante un cambio sistémico revolucionario. Mientras esta posibilidad histórica no se convierta en una posibilidad concreta, la contradicción se agravará con cada intento de reducir las emisiones.
Cada capitalista intenta trasladar la responsabilidad a sus competidores y a los trabajadores. Cada clase capitalista utiliza su Estado para trasladar la responsabilidad a los Estados rivales y a las clases trabajadoras. Y los Estados más contaminantes son los Estados imperialistas que dominan a los más pobres. En consecuencia, la crisis ecológica/climática se combinará con graves convulsiones económicas, sociales y políticas (e incluso militares) en torno a los siguientes ejes:
Una regulación estatal podría ahorrar tiempo, pero…
Insistamos en este punto: no hay solución estructural sin una disminución global de la producción, el consumo y el transporte, modulada en base al respeto a la justicia social. Es imperativo producir menos, transportar menos, consumir menos y compartir más. Es indispensable compartir la riqueza y el tiempo de trabajo necesario[8]Tanuro, Daniel(2018) Demasiado tarde para ser pesimistas. Sylone-viento sur.. Por tanto, una política de regulación capitalista, con un mayor papel del Estado, no es una alternativa a la crisis, si bien podría aliviar la dificultad. Pero aquí hay una segunda contradicción: el capital no quiere esta política.
Este precedente podría inspirar la acción en el ámbito climático. Tanto más cuanto que existe un precedente dentro del precedente (valga la redundancia): reunidas en Kigali en 1996, las partes del Protocolo del Ozono decidieron eliminar también los HFC (hidrofluorocarbonos). Después de Montreal, estos HFC han sustituido a los CFC. No destruyen la capa de ozono, pero, al igual que los CFC, tienen un poder de radiación[11]El poder de radiación del gas es su capacidad para absorber y radiar la radiación infrarroja emitida por la Tierra y contribuir así al efecto invernadero que hace que el planeta sea apto para la … Seguir leyendo más de mil veces superior al del CO2. El aumento de las emisiones de HFC corre el riesgo de anular el beneficio climático que fue un resultado indirecto del Protocolo del Ozono. Al decidir poner fin a los HFC, los gobiernos hicieron compatible la recuperación de la capa de ozono con la lucha contra el cambio climático. El impacto sobre el calentamiento global no es enorme: en 2050, Kigali habrá reducido las emisiones de gases de efecto invernadero en 90 GtCO2eq en comparación con las proyecciones, el equivalente a dos años de emisiones. Pero dos años son importantes cuando cada año que pasa aumenta la probabilidad de pasar de la catástrofe al cataclismo[12]Daniel Tanuro, “L’accord de Kigali sur le climat : de l’arbre des HFC à la forêt du CO2 , http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article39236.
El mismo método permitiría reducir rápidamente las emisiones de metano. El efecto invernadero de este gas es mucho más potente que el del CO2[13]A corto plazo, el poder radiativo del metano es 80 veces mayor que el del CO2. Pero el metano se elimina rápidamente de la atmósfera (por reacción química con el oxígeno). Durante cien años, se … Seguir leyendo y cada vez emitimos más. La reducción de las emisiones de los ecosistemas, de la agricultura (especialmente los arrozales) y la ganadería no puede hacerse de un plumazo. Pero eliminar las fugas de la red de gas, de los pozos de petróleo y de las minas de carbón es relativamente fácil, no requiere cambios estructurales en el sistema de producción y podría reducir el calentamiento en 0,5°C respecto a las proyecciones. No hace falta ningún avance tecnológico, sólo obligar a las empresas a realizar las inversiones necesarias. Pero ahí es precisamente donde radica el problema: no se puede obligar a los capitalistas, sólo se les puede estimular mediante los mecanismos del mercado. Esta es la doxa neoliberal consagrada en el Acuerdo de París. Veremos que Glasgow descarta más que nunca su derogación.
Metano y deforestación: ¿a la búsqueda del tiempo perdido?
La prensa se ha hecho eco del acuerdo sobre el metano. En la COP, más de 100 países prometieron reducir sus emisiones en un 30% para 2030. De ser así, el calentamiento en 2050 sería 0,2°C inferior al previsto (menos de la mitad del potencial). Pero no se trata más que de una declaración de intenciones. No hay cuotas por país, no hay financiación para los países del Sur, no hay sanciones por incumplimiento… Estados Unidos, la UE y Canadá parecen dispuestos a actuar, es cierto, y es fácil ver por qué: aparte de Trump, los líderes capitalistas comienzan a tener pánico. Limitar el metano es una medida bastante fácil. Pero queda mucho camino por recorrer: China y Rusia no han firmado el texto de Glasgow. También es fácil entender por qué: son dos grandes emisores. Su ausencia servirá obviamente de pretexto para que los capitalistas de otros países se resistan. Por tanto, es dudoso que se les imponga nada. En su lugar, se utilizarán incentivos e impuestos, con la esperanza de que el coste de la inversión caiga por debajo del precio del gas ahorrado. Las clases trabajadoras pagarán la factura.
La deforestación plantea un dilema similar. Sería otra forma de recuperar parte del tiempo perdido desde Río (1992), sin afectar a la estructura del aparato productivo. En Glasgow, 131 países se comprometieron a invertir 12.000 millones de dólares en un Compromiso de Financiación Forestal Global (GFFP). El objetivo es «detener e invertir la pérdida de bosques» para 2030[14]https://ukcop26.org/the-global-forest-finance-pledge/. Este compromiso es muy similar al realizado en Nueva York en 2014: acabar con la deforestación para 2030, con una reducción del 50% para 2020. En 2015-2017, ¡la tasa de deforestación aumentó un 41%! Algunos se alegran porque el GFFP está firmado por Brasil y Rusia, de modo que más del 90% de los bosques de la Tierra están implicados. Pero esto no es garantía de eficacia. Tampoco es una garantía de justicia para los pueblos indígenas, cuyos derechos y méritos reconoce enfáticamente el GFFP, pero sólo de palabra.
En cuanto a la eficacia, es importante tener en cuenta que la frase «detener e invertir la pérdida de bosques» no es tan unívoca como parece. Para algunos, eliminar un bosque NO es una «pérdida forestal»… si el terreno no se utiliza luego para otras actividades económicos. Extraña dialéctica: se puede talar un bosque sin «perderlo» si es para producir, en el monocultivo industrial, «créditos de carbono», granulado, carbón vegetal o aceite de palma. Esta es la interpretación de Indonesia. Alberga uno de los tres grandes macizos de selva tropical. Poco a poco lo está arrasando para plantar palmeras. Había una moratoria, pero dos meses antes de la COP, Yakarta se negó a prorrogarla. El representante de Indonesia en Glasgow firmó «poner fin a la pérdida de bosques”, pero a continuación dijo lo siguiente: «obligar a Indonesia a lograr la deforestación cero para 2030 es del todo inapropiado e injusto» porque «el desarrollo no debe detenerse en nombre de las emisiones de carbono o la deforestación». Detener la pérdida de bosques, sí – detener la deforestación, no… En cuanto a los pueblos indígenas, el caso de Brasil habla por sí mismo: ¿es realmente necesario explicar por qué la firma del GFFP por el fascista Bolsonaro, que ha declarado la guerra a la selva amazónica y a los pueblos que la habitan, no tiene absolutamente ninguna credibilidad?[15]“Will the COP26 global deforestation pledge really save forests?”, Kieran Mulvaney, National Geographic, 5/11/2021.
Detrás de las promesas vacías, el poder soberano del Dios Mercado
Todos estos acuerdos son promesas vacías. No son vinculantes, no contienen medidas concretas ni compromisos de los países, ni sanciones por incumplimiento. ¿Qué sentido tienen? Parte de la respuesta es que los gobiernos están aprovechando el foco de atención de la COP para darse una imagen verde y complacer a su opinión pública sin perjudicar los intereses de los capitalistas…[17]Por ejemplo, Francia se enorgullece de haberse unido a la coalición Beyond Gas and Petrol (BOGA). Junto con otros once países (muy pocos productores), promete dejar de extraer petróleo o … Seguir leyendo
Pero esto nos lleva a una explicación de más calado: las promesas vacías están en sintonía con la ideología neoliberal, que en última instancia sólo conoce un responsable en la toma de decisiones: el Mercado, es decir, el beneficio, o sea, una minoría de accionistas.
El carbón y otros fósiles: un mensaje muy claro
Las tribulaciones para la aprobación del acuerdo de Glasgow sobre el carbón y otros fósiles son muy esclarecedoras. Primera versión (¡inspirada en el informe de la AIE!): la COP «pide a las Partes que aceleren el abandono del carbón y pongan fin a las subvenciones a los combustibles fósiles». Segunda versión: la COP «pide a las Partes que aceleren el desarrollo, el despliegue y la difusión de tecnologías y la adopción de políticas para la transición a sistemas energéticos con bajas emisiones de carbono, entre otras cosas, aumentando la proporción de generación eléctrica limpia y acelerando el abandono gradual de la generación eléctrica con carbón sin disminuir y la eliminación gradual de las subvenciones a los combustibles fósiles ineficientes». El aire se vuelve irrespirable, pero se sigue hablando de «salir» del carbón y «salir» de las subvenciones a los combustibles fósiles. Tercera versión: tras una intervención de la delegación india, en medio de la reunión de ratificación, se sustituye «acelerar la salida» por «acelerar los esfuerzos hacia la reducción»[18]Véase la investigación de Global Witness sobre los cientos de pistoleros de los combustibles fósiles en la COP … Seguir leyendo.
Hay que denunciar el papel del gobierno de Modi. Pero es evidente que la India ha actuado no sólo a favor de todo el planeta del carbón, sino también a favor de todo el planeta fósil, y con el apoyo de todos los pistoleros capitalistas. Había muchos de estos últimos en la COP para asegurar, como dijo un gran patrón finlandés, que la conferencia «se centre en el crecimiento ecológico y no en la regulación, la limitación y la fiscalidad»[19]Financial Times, 11/11/2021.
Técnicamente, el alcance del artículo sobre los fósiles no es muy preciso. La «reducción de emisiones» es una noción vaga. Según la OCDE, «la reducción se refiere a una tecnología aplicada o a una medida adoptada para reducir la contaminación y/o su impacto en el medio ambiente». Según el G7, «la generación de energía con carbón sin reducción se refiere al uso de carbón que no está mitigado (sic) por tecnologías que reducen las emisiones de CO2, como la captura y el almacenamiento de carbono»[20]https://www.e3g.org/news/explained-what-does-unabated-coal-mean/. Estas definiciones podrían abrir posibilidades más amplias para los capitalistas que la carísima captura y almacenamiento de carbono (CAC). Por un lado, la captura con uso (CCU), donde el CO2 de las plantas de combustibles fósiles se utilizará en otras industrias para fabricar productos. De la que el gas acabará saliendo… a veces muy rápidamente (por ejemplo, las bebidas gaseosas). Por otro lado, si los gobiernos consideran la absorción de CO2 por parte de los bosques como una reducción de las emisiones (¡más adelante veremos que EE UU y la UE hacen precisamente esta amalgama!), entonces la reducción podría consistir simplemente en … plantar árboles.
Sin embargo, desde el punto de vista político, el mensaje es claro. En esencia, los magnates de la energía están diciendo los siguiente a los gobiernos y a la gente:
Este es el mensaje que nuestros gobiernos ratificaron en Glasgow, sin ni siquiera ser consultados sobre su contenido final. Es una verdadera acto de fuerza de los [intereses] fósiles.
La fiebre hacia la neutralidad en carbono para 2050
El poder soberano del mercado –es decir, el beneficio, es decir, los accionistas– se expresa no sólo en los acuerdos, sino también en la prisa de los gobiernos por lograr la «neutralidad en carbono para 2050» (también conocida como «emisiones netas cero»). La Unión Europea, Estados Unidos, Sudáfrica, Brasil, Rusia, Japón, Arabia Saudí…: todos han planteado una estrategia. Cuanto más se acercaba Glasgow, más se multiplicaban las promesas de «carbono neto cero para 2050″… y, además, esas promesas consistían en sustituir la reducción de emisiones a corto plazo por hipotéticas absorciones de carbono a largo plazo. Mientras gritaban a los cuatro vientos que aspiraban a la «neutralidad en carbono» en 2050[21]2060 para Chinem, 2070 para India., algunos gobiernos entregaban un plan nacional de reducción sin cambios o incluso inferior a la de 2015[22]Carbon Action Tracker, op. cit.. Todo vale para crear confusión.
Climate Action Tracker (CAT) puso las cosas en su sitio al distinguir entre las políticas climáticas realmente aplicadas, los planes de reducción nacionales presentados, las promesas hechas en la COP y las estrategias para la «neutralidad en carbono para 2050″[23]Climate Action Tracker, «Glasgow’s 2030 credibility gap: net zero’s lip service to climate action. Wave of net zero emission goals not matched by action on the ground », … Seguir leyendo. Como se ha dicho al principio de este artículo sobre la base de las políticas aplicadas, el aumento medio de la temperatura será de 2,7°C en 2100 (rango: +2 a +3,6°C). El panorama no mejora con la incorporación de los acuerdos y estrategias del «cero neto», sino todo lo contrario. En general, «ningún país ha puesto en marcha suficientes políticas a corto plazo para situarse en una trayectoria hacia el cero neto».
Esta conclusión general puede desarrollarse de la siguiente manera:
Climate Action Tracker ha evaluado más a fondo las estrategias para una «neutralidad en 2050″[24]Climate Action Tracker, « Net zero target evaluations », https://climateactiontracker.org/global/cat-net-zero-target-evaluations/. Los investigadores eligieron diez parámetros y adoptaron un código de colores (de bueno a malo: verde, ámbar, rojo). Conclusiones: las estrategias de Chile, Costa Rica, Unión Europea y Reino Unido son aceptables; las de Alemania, Canadá, Estados Unidos y Corea del Sur son mediocres; las de Japón, China, Australia y Nueva Zelanda son pobres y todas las demás son incompletas (sobre todo Brasil, Sudáfrica, Rusia, Arabia Saudí…). Está claro que la mayoría de los gobiernos se han subido al carro de la «neutralidad en carbono» para maquillarse de verde y pasar desapercibidos en Glasgow.
Merece la pena analizar la evaluación de las estrategias de los países desarrollados y de China. La UE está en rojo en dos parámetros: el compromiso con la equidad sin claridad y la no distinción entre eliminación y reducción de emisiones. Alemania está dos veces en ámbar y tres en rojo: su «cero neto» no cuenta las emisiones de la aviación y el transporte marítimo internacionales, y no excluye la «compensación de carbono» fuera de las fronteras nacionales. Los mismos puntos rojos para Estados Unidos, que también confunde absorción y reducción, y cuyo compromiso con la equidad carece de claridad (¡no hay manera!). En cuanto a China, está en rojo en 6 parámetros y en ámbar en otros 3.
Este análisis confirma plenamente las denuncias de los ecosocialistas y otros activistas: cuando no son inexistentes o completamente huecas, las estrategias de «carbono neto cero para 2050» son incompletas y, en el mejor de los casos, profundamente sesgadas. Toda esa palabrería sobre el «carbono cero neto» sólo ha servido para aplazar hasta las calendas griegas el grueso de las 19 a 23 GtCO2eq cuya eliminación en los próximos ocho años determinará si podemos evitar o no superar los 1,5°C de calentamiento. Está claro que se trata de una estafa, y la causa de esta estafa es clarísima: evitemos toda restricción, toda regulación, toda planificación.
No decidamos nada, fundemos el Mercado que decidirá
El Vº Informe de Evaluación del IPCC lo afirma explícitamente: «Los modelos climáticos presuponen el pleno funcionamiento de los mercados y un comportamiento competitivo de los mismos»[25]AR5, GT3, Chap 6, p. 422. Este supuesto presupone a su vez la creación de un mercado con instrumentos de mercado. París, en su artículo 6, había adoptado el principio de un «Nuevo Mecanismo de Mercado» para asumir los mecanismos globales del Protocolo de Kioto. Una serie de conflictos intercapitalistas impidieron la realización de este principio en la COP25 (Madrid), que fracasó en esta cuestión. Pero, ‘¡aleluya!, Glasgow llegó a un acuerdo. Todas las partes (Estados, regiones, empresas) podrán comerciar con los derechos de contaminación. Estos pueden generarse en cualquier lugar del planeta a través de inversiones limpias, de plantaciones de árboles, conservando los bosques existentes, capturado y secuestrando el CO2 (CCS) y capturado y usando el CO2 (CCU).
Algunos de los conflictos a resolver: ¿cómo evitar el doble cómputo de los derechos de emisión (por parte del vendedor y del comprador)?, ¿serán convertibles al nuevo sistema los derechos generados en Kioto (la mayoría de estos derechos no corresponden a reducciones reales de emisiones)?, ¿se gravará el comercio de derechos para ayudar a los países del Sur global a hacer frente a las «pérdidas y daños» que están sufriendo como consecuencia del calentamiento global?[26]Financial Times, 11/11/2021.
No hay espacio suficiente para examinar todo esto en detalle. En general, «los mecanismos del artículo 6 crean tantas artimañas que podrían eliminar cualquier oportunidad que quede para llevar al mundo a la senda de los 1,5°C»[27]Comunicado de CLARA (Climate Land Ambition and Rights Alliance), https://globalforestcoalition.org/climate-land-ambition-and-rights-alliance-statement-on-closing-of-cop-26/. Puede que las decisiones tomadas por la COP no sean suficientes para evitar la doble contabilidad. El compromiso alcanzado sobre los antiguos derechos -los generados en 2013 y que después serán convertibles- es una victoria para los mercaderes del aire caliente (“Hot air”, las falsas reducciones). Sobre todo, en el Brasil de Bolsonaro, que tiene muchos.
El siguiente paso será diseñar una lista de inversiones limpias generadoras de derechos. La lista de la Unión Europea («Taxonomía», en la jerga) se fijará para finales de año. Hay mucho en juego: la taxonomía allanará el camino de las finanzas verdes. Pregunta en suspensión: ¿se incluirá la energía nuclear? Definirla como energía sostenible sería un absoluto disparate. Lo único sostenible de esta tecnología son los residuos con los que nadie sabe qué hacer. Contaminará el medio ambiente durante decenas de miles de años o más. Pero… el mercado es fantástico. China, por ejemplo, tiene previsto construir 150 reactores. Desde un punto de vista capitalista, que lo pone todo patas arriba (como decía Marx), sería un absoluto despropósito desaprovechar este pacto… fuente de beneficios duraderos. Encabezados por Francia, diez países hacen campaña para que la energía nuclear se incluya en la Taxonomía. Otros cinco se oponen, entre ellos Alemania. ¿Quién ganará? Suspense hasta que se decida…[28] … Seguir leyendo
Financiación climática: ¡pobres, intenten ser atractivos para los inversores!
El colmo de esta lógica criminal se alcanza cuando se aborda la financiación climática. Tiene dos componentes: flujos públicos y flujos privados. El primero se subdivide a su vez en dos subcomponentes: los Fondos Verdes y la indemnización por pérdidas y daños. En la COP, todo este paquete fue objeto de una jornada plenaria: ¡bienvenidos al Día de las Finanzas!
Sobre el tema de los Fondos Verdes, el presidente de la mesa (ministro de finanzas británico) dijo en esencia lo siguiente: de acuerdo, el Norte no ha cumplido su promesa. Lo siento. Pero estamos en 80.000 millones, llegaremos a los cien a partir de 2023, entonces superaremos el objetivo y eso compensará el déficit de los años anteriores. Este señor no dijo que sólo 20.000 millones del Fondo Verde corresponden a subvenciones. El resto son préstamos. El acuerdo promete duplicar la financiación para la adaptación al calentamiento global a partir de 2025, pero sin garantías. Un comité de la ONU informará el año que viene sobre los avances hacia el objetivo de 100.000 millones de dólares anuales. La cuestión principal es que el Sur se ve amenazado por una nueva espiral de endeudamiento.
El tema de las pérdidas y daños es, con diferencia, aún más explosivo. Tomemos el ejemplo de Somalia. Ha contribuido al cambio climático histórico en un 0,00026%…, pero está sufriendo repetidas sequías, claramente atribuibles al calentamiento. En 2020, 2,9 millones de personas sufrían inseguridad alimentaria grave. La ayuda internacional es muy insuficiente. Kenia, Etiopía, Sudán y Uganda viven el mismo drama[29]https://www.oxfam.org/fr/changement-climatique-cinq-catastrophes- naturelles-qui-demandent-une-action-durgence. ¿Quién pagará? ¿Y quién pagará las futuras catástrofes? La ONG Christian Aid calcula que, si no se modifican las políticas, el cambio climático hará que el PIB de los países más pobres se sitúe en un -19,6% en 2050 y un -63,9% de media anual en 2100. Si limitamos el cambio climático a 1,5°C, estas cifras serían de -13,1% y -33,1%[30]https://mediacentre.christianaid.org.uk/climate-change-could-cause-64-gdp-hit-to-worlds-vulnerable-countries/ respectivamente. La factura por pérdidas y daños se elevará rápidamente a varios miles de millones. El principio de financiación por parte de los países ricos está consagrado en la Convención Marco de la ONU sobre el Cambio Climático, pero los gobiernos imperialistas se niegan a respetarlo.
Se supone que la solución milagrosa vendrá de la financiación privada. Mark Carney, ex de Goldman Sachs, ex director del Banco de Inglaterra, presidente del Consejo de Estabilidad Financiera del G20, ha sido nombrado por la ONU enviado especial para la financiación climática. Justo antes de la COP, reunió a varios componentes de las finanzas verdes en la Alianza Financiera de Glasgow para el Net Zero (GFanz). El GFanz está dirigido por 19 directores generales de grandes empresas financieras, entre ellos Brian Moynihan, del Bank of America, Larry Fink, del BlackRock, Jane Fraser, del Citigroup, Noel Quinn, del HSBC, Ana Botín, del Santander, y Amanda Blanc, del Aviva. Su objetivo es proporcionar «un foro dirigido por profesionales para que las empresas financieras colaboren en cuestiones sustantivas y transversales que aceleren la alineación de las finanzas con la red cero y apoyen los esfuerzos de todas las empresas, organizaciones y países para alcanzar los objetivos del Acuerdo de París»[31]https://www.globalcapital.com/article/299y63wwjw04h50dqpds0/sri/gfanz-becomes-new-oversight-body-for-climate-finance.
En la COP, GFanz fue la estrella el Día de las Finanzas. El consorcio está valorado en 130.000 millones de dólares. El ministro de Hacienda inglés que presidía la jornada trató de engatusar a todo el mundo alabando este «muro histórico de capital», dispuesto a acudir al rescate del planeta y su clima. Traducción: dispuestos a financiar inversiones limpias, carbón limpio, hidrógeno verde, plantaciones de árboles, conservación de los bosques existentes, captura y secuestro de CO2 (CCS), captura y utilización de CO2 (CCU). Todo tipo de lavado de cara [greenwashing] es bueno, siempre que sea rentable. Porque las condiciones son bastante claras: «Para ello, los inversores necesitan tanta claridad como en las medidas financieras tradicionales de pérdidas y ganancias»[32]https://inews.co.uk/news/politics/cop26-rishi-sunak-unveils-130-trillion-commitment-to-help-developing-nations-fight-climate-change-1281644. Pobres, traten de ser atractivos para los inversores…
La ONG Reclaim Finance arrancó la máscara verde de estas finanzas. A groso modo: El punto de referencia de GFanz (los criterios «Race to Zero» de la ONU) no menciona los fósiles; a los miembros de la Alianza no se les exige que reduzcan sus emisiones indirectas (las denominadas «Scope 3», que suponen alrededor del 88% de las emisiones del sector fósil); ninguna obligación de reducción en cifras absolutas, basta con una medida de intensidad de carbono; ninguno de los socios del GFanz prohíbe o limita el recurso a la compensación; a mediados de octubre de 2021, 34 de los 58 miembros de la Alianza de Propietarios de Activos (uno de los componentes del GFanz) no ponían ninguna restricción a la inversión en fósiles…[33]https://reclaimfinance.org/site/wp-content/uploads/2021/11/FINAL_GFANZ_Report_02_11_21.pdf
Unos meses antes de la COP21, François Hollande inauguró la cumbre empresarial sobre el clima en París diciendo: «Las empresas son esenciales porque son las que van a traducir, a través de los compromisos que se asuman, los cambios que serán necesarios: la eficiencia energética, el aumento de las energías renovables, la capacidad de transportarse con una movilidad que no consuma energía [¡sic!], el almacenamiento de energía, el modo de construcción de los hábitats, la organización de las ciudades, y también la participación en la transición, en la adaptación de los países que se están desarrollando»[34]www.elysee.fr/declarations/article/discours-lors-de-l-ouverture-du-sommet- des-entreprises-pour-le-climat-unesco/..
Aquí sólo podemos copiar la interpretación de esta afirmación en Demasiado tarde para ser pesimistas: » Queridos y queridas capitalistas, os ofrecemos el planeta, las ciudades y los bosques, los suelos y océanos, os ofrecemos incluso el mercado de la adaptación de los países del Sur a la catástrofe que les imponéis; todo es vuestro, tomadlo: éste es el mensaje”.
Desde el punto de vista del capital, es un error decir que la COP26 es un bla-bla-blá. Es más bien una apoteosis monstruosa del neoliberalismo. Esta cumbre ha dado un paso importante en el camino hacia la mercantilización total de la Tierra, sus ecosistemas y sus habitantes. En beneficio de las finanzas y a expensas del pueblo.
A modo de conclusión
Todos (o casi todos) los dirigentes políticos lo reconocen: la urgencia es máxima, el riesgo es inconmensurable, no hay tiempo que perder. Y, sin embargo, de una COP a otra, a pesar de la luz que arroja «la mejor ciencia», se pierde el tiempo y se acelera la marcha hacia el abismo. Esta realidad aberrante, alucinante y aterradora no proviene de la imbecilidad de tal o cual funcionario, ni de la conspiración de fuerzas ocultas: proviene de las leyes fundamentales del Capitalismo, y estas leyes también corrompen la «mejor Ciencia». Basado en la competencia por el beneficio, este modo de producción obliga a millones de capitalistas, so pena de muerte económica, a tomar en cada instante millones de decisiones de inversión que tienen como objetivo aumentar la productividad del trabajo a través de las máquinas. La caída resultante de la tasa de ganancia se compensa con un aumento de la masa de bienes producidos, un aumento de la explotación de la fuerza de trabajo y un aumento de la explotación de otros recursos naturales. Este sistema funciona como un autómata fuera de todo control. Lleva consigo, como una nube, no sólo la guerra -como dijo Jaurès- sino también el potencial de desarrollo ilimitado, el crecimiento ilimitado de la desigualdad y una mayor destrucción ecológica ilimitada.
Hay que repetirlo con fuerza: existe un antagonismo insuperable entre la prolongación de este sistema y la salvaguarda del planeta como entorno propicio para la vida y la humanidad. Por tanto, como hizo Lenin cuando estalló la guerra en 1914, para empezar, debemos, independientemente de la relación de fuerzas, atrevernos a hacer un diagnóstico claro: la situación es objetivamente revolucionaria. Con la COP de Glasgow se inicia un breve ciclo de advertencias cada vez más urgentes: o la convergencia de las movilizaciones sociales permite empezar a salvar la enorme distancia entre esta situación objetiva y el nivel de conciencia de los explotados y oprimidos (el factor subjetivo), o el autómata nos conducirá cada vez más a una barbarie de proporciones inéditas.
El poder de radiación del gas es su capacidad para absorber y radiar la radiación infrarroja emitida por la Tierra y contribuir así al efecto invernadero que hace que el planeta sea apto para la vida.
A corto plazo, el poder radiativo del metano es 80 veces mayor que el del CO2. Pero el metano se elimina rápidamente de la atmósfera (por reacción química con el oxígeno). Durante cien años, se calcula que su poder de radiación es 30 veces superior al del CO2.
Por ejemplo, Francia se enorgullece de haberse unido a la coalición Beyond Gas and Petrol (BOGA). Junto con otros once países (muy pocos productores), promete dejar de extraer petróleo o gas… en su territorio. Se abstiene de la coalición entre Gran Bretaña y otros países, que prometen no poner más dinero público fuera de sus fronteras en instalaciones de combustibles fósiles sin reducción. La ausencia de Francia en esta última coalición, y la de Gran Bretaña en la primera, se ve clara por los vínculos entre París y Total, por un lado, y los intereses fósiles de Londres en el Mar del Norte, por otro.
Véase la investigación de Global Witness sobre los cientos de pistoleros de los combustibles fósiles en la COP https://www.globalwitness.org/en/press-releases/hundreds-fossil-fuel-lobbyists-flooding-cop26-climate-talks/. Lea también «In Glasgow, COP26 Negotiators Do Little to Cut Emissions, but Allow Oil and Gas Executives to Rest Easy», Climate News, 12/11/2021: «Los representantes de Royal Dutch Shell y Chevron participaron bajo las banderas de las delegaciones nacionales o de los grupos industriales. Arabia Saudí y otros petroestados llevaron a delegados de sus compañías petroleras. La delegación canadiense incluía un representante de Suncor, uno de los principales productores de arenas petrolíferas del país».
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afé en mano, la entrevistada recibe a La Línea de Fuego en la sala de reuniones de la FRL. Nacida y criada en una zona rural, radicada más tarde en Managua, Aguilera es socióloga pero subraya que prefiere “no usar esa carta” para presentarse. Acaso sienta que otras aristas de su personalidad la definen con mayor precisión: activista, investigadora académica, docente o, mejor aún, mujer, desde su nacimiento hasta este momento histórico en que las cuestiones de género atraviesan y modelan cada vez más elementos de nuestra vida social. “Lo que antes eran demandas feministas, como el respeto a las mujeres y sus derechos, se empezaron a colectivizar y a vivirse como un continuum, pero también desde el aquí y el ahora”, remarca.
Durante los últimos tres años, varios gobiernos de América Latina perdieron de vista esa línea que conecta el historial de las luchas populares con la coyuntura actual. El resultado es bastante conocido: pese a la feroz represión estatal, movilizaciones masivas y prolongadas en el tiempo pusieron en serios aprietos el accionar de los poderes establecidos y su otrora hegemónico relato sobre los hechos. “Como en otras partes, el discurso oficial del gobierno de mi país fue que la gente que estaba en las calles era terrorista. La paradoja del caso de Nicaragua es que una estructura que no surge precisamente de regalar flores, como la guerrilla, recicle esas categorías utilizadas por los gobiernos conservadores y de derechas para criminalizar a los movimientos sociales”, cuestiona Aguilera.
Ese es el eje que articula los ensayos agrupados en Desbordes… y esta entrevista: conocer mejor los mecanismos que impulsaron el descontento generalizado y su particular funcionamiento interno, haciéndolos aún más peligrosos y difíciles de manejar para los gobernantes de turno. “Lo que sucedió con el ‘Movimiento azul y blanco’ es que en ese momento no podías encontrar un ‘centro ordenador’, porque a veces tenías hasta cuatro movilizaciones en un mismo día. Fue interesante porque eso también dotaba de cierta autonomía a la gente, que podía plantear sobre las rutas algunas cuestiones que surgían de la coyuntura”, destaca Aguilera.
Un poder envejecido, o la inversión de la esperanza
Cuarenta años atrás, Julio Cortázar publicó uno de sus libros menos recordados, Nicaragua tan violentamente dulce, donde expresa su solidaridad con los primeros pasos de la Revolución Sandinista de 1979. En esas páginas, pese a su tono panfletario, el narrador argentino desliza algunas sentencias que resultan premonitorias, leídas desde 2021. Por ejemplo sostiene que en 1984, de George Orwell, “el horror es infinitamente más grande” que en La Divina Comedia, de Dante Alighieri, “porque su límite no está en sí mismo, en la progresión del mal, sino en la inversión de la esperanza”.
Tras casi tres décadas en la presidencia del país centroamericano –con un paréntesis entre 1990 y 2006-, envejecido, sin reflejos y con una severa artrosis en la cintura política, el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) ha devenido en la inversión de la esperanza que supo despertar en sus inicios. “Algo que también ponen en perspectiva las movilizaciones de abril, es que el poder no es inquebrantable, que tiene fisuras y disputas internas y no conserva siempre el mismo encanto”, razona Aguilera, quien a lo largo de la conversación comparará varias veces al FSLN con un “Gran Hermano”, al estilo de la novela orwelliana.
Pregunta: Más allá del desgaste de un régimen que lleva tanto tiempo en el poder, ¿cuáles fueron las “gotas” que se acumularon hasta causar el desborde de 2018?
Yerling Aguilera: Creo que hubo muchas gotitas que fueron convirtiéndose en ese aguacero; pero también hay un telón de fondo. Tenemos, por ejemplo, la reforma del seguro social: en Nicaragua ha habido una gran pelea para conseguir la pensión reducida, que paradójicamente el gobierno sandinista implementó en la primera etapa de la revolución, para que las personas que hayan cotizado menos de cinco años de trabajo –en mi país hay mucha informalidad laboral- tuvieran ese derecho. La reforma del seguro social viene a deducir un 5% de esa pensión bastante raquítica que, para mucha gente, es su único ingreso. Entonces, las personas mayores ya se habían movilizado desde antes, con el antecedente del #OcupaINSS en 2013, que el gobierno reprimió, pero que en 2018 vuelve a tomar presencia por la aprobación de ese paquete de reformas concebido de un día para otro.
Un poco antes de esto tuvimos también la quema de una reserva en Nicaragua, por la cual la gente se movilizó… yo diría que no tanto con un sentido efervescente ecologista, sino por la mala gestión que hizo el gobierno de esa situación. Además que son temas muy sensibles, porque también se ha denunciado el tráfico de la madera y el impacto ambiental de la propuesta de construir un canal interoceánico, entre otras cuestiones.
Pero algo que para mí tiene mucho peso es que en los últimos años, en Nicaragua –y creo que puede ser una cuestión compartida a nivel latinoamericano-, vienen cambiando los espacios de socialización política de la juventud y la sociedad. Ya no todo se concentra en las militancias del partido como único referente, sino que hay espacios alternativos. Esa desvinculación se da a partir del desencanto, sobre todo porque el FSLN ya tiene una trayectoria larga, y eso da margen para valorar hasta qué punto ha respondido a las necesidades de la población. Y también porque es más visible la lógica de vigilancia, como la figura del Gran Hermano: el partido, en Nicaragua, lo controla todo; desde el hecho de acceder a una beca en una universidad pública hasta la fecha de una cita médica. Creo que esa decepción propició el hecho de que las y los jóvenes que participaron en las movilizaciones de 2018 se vincularan con otras estructuras, con organizaciones más horizontales, desde donde se promovieran valores diferentes. Me parece que eso también es un telón de fondo en el cual las gotas que tú mencionabas se van desarrollando.
P: ¿Qué nos podrías contar acerca del funcionamiento de esos mecanismos de control que mencionabas hace un momento?
Aguilera: Hay algunas estructuras que se crearon y que son una herencia de la revolución (sandinista). Al inicio se llamaban ‘Consejos del Poder Ciudadano’ (CPC) y funcionaban para resolver cuestiones comunitarias: la limpieza del barrio, si en alguna calle faltaba el agua o en otra parte no llegaba la luz… En algún momento tuvieron su razón de ser, porque hasta antes de la crisis Nicaragua era uno de los países más seguros de la región y existía la teoría de que todo partía de esto, de las organizaciones territoriales, porque era más difícil que el narcotráfico permeara, o porque la gente tenía una idea más fuerte de la comunidad y de la asistencia mutua. Pero esas estructuras perdieron su camino y devinieron en aparatos funcionales a la vigilancia y a la persecución. Actualmente, esos consejos son orejas y bocas del gobierno que, en el caso de que sepan que no estás a favor del régimen, te pueden delatar o limitar tu acceso a algunos servicios públicos, como los hospitales o una beca en la universidad. Controlan hasta la aplicación de algunas leyes, por ejemplo la ley contra la violencia hacia las mujeres: eran los consejos los que determinaban si una mujer estaba siendo violentada y si había que mediar con el abusador. Entonces, a través de los CPC el partido es el Gran Hermano que controla con quién vives, quién entra en tu casa, de qué partido eres, si no tienes partido, dónde estudias, dónde trabajas e incluso llegan a hacer visitas a tu casa para sondearte.
P: Al inicio de la charla comentabas que hay fisuras y disputas internas en el FSLN, ¿en qué aspectos se nota esto?
Aguilera: A partir de todo este autoritarismo, que funciona a través de estructuras bastante disciplinadas que, si no te sometes, te pasan cuentas, se crean disidencias que luego se vuelven en tu contra. Durante todo el ciclo de protestas hubo mucha gente que venía del partido, que había estado trabajando con el gobierno, y también gente que colaboraba de forma secreta porque temía que le pasaran cuentas.
Existe incluso la teoría de que como la esposa del presidente es a la vez vicepresidenta (NdeR: se refiere a Rosario Murillo, casada con Daniel Ortega desde 1979 y segunda mandataria desde 2017), se formaron bandos alrededor de ambos, con respecto a cómo se manejaba en su momento la cuestión de las protestas sociales. Lo que pasa es que esas tensiones es bastante difícil rastrearlas de forma más clara, porque el partido es muy disciplinado, cerrado, no van a salir en un medio de comunicación atacándose. Con lo de la covid-19 también se siguió un poco esa línea, porque el gobierno al inicio adoptó una posición negacionista e hizo marchas masivas para derrotar a la pandemia en el nombre de dios…
P: ¿Cómo se explica la relación con las iglesias, en un gobierno de signo presuntamente revolucionario y de izquierdas?
Aguilera: El FSLN tiene una posición bastante ambigua, y esa ambigüedad proviene de instrumentalizar la religión, sobre todo en Nicaragua que es un país muy religioso. Cuando el sandinismo retornó al poder tuvo un acercamiento con la Iglesia Católica, pese a que en años anteriores habían sido enemigos acérrimos. Y la consigna del gobierno era “Nicaragua cristiana, socialista y solidaria”. Producto de esa instrumentalización también ha habido un acercamiento con las iglesias evangélicas, incluso en cadenas de oración oficiales. Es algo que el gobierno tiene muy interiorizado, desde esa lógica, para penetrar en algunos grupos que antes lo miraban con recelo porque estaba esta idea del régimen de los años ochenta, marxista y ateo. Pero ahora opera en paralelo con las religiones.
Hasta la penalización del aborto terapéutico en Nicaragua se dio como una especie de negociación y “reconciliación” entre el FSLN –en 2007, cuando estaba en la bancada de mayoría en la Asamblea Legislativa- y la iglesia católica. Luego, una vez en el poder, el partido desmanteló también la ley en contra de la violencia hacia las mujeres, porque las iglesias decían que esa ley venía a separar a las familias. Por esa cercanía, para evitar las críticas del sector religioso, todo lo que pueda oler o tener algún signo de progresismo, en Nicaragua, está totalmente vetado.
Indignarse para abrir los ojos
El tono de voz de Yerling Aguilera es claro y firme, casi siempre. Solo se adelgaza, hasta volverse poco más que un susurro apagado, al mencionar el nombre de Daniel Ortega. Es, a todas luces, un hecho inconsciente pero inducido: resulta sencillo intuir en ese gesto el temor de alguien que siente que las paredes pueden oír, sin importar dónde se encuentre. Tampoco es difícil suponer que, en Nicaragua, existen muchas otras voces que reducen su volumen a tal extremo. Y es bien sabido que la acumulación de silencios impuestos suele volverse grito ante la menor ocasión propicia, como sucedió en 2018. “Cuando comenzaron las movilizaciones yo trabajaba como docente universitaria en Managua, y el epicentro de las protestas surgió en las universidades; así que tuve la información de primera mano y era muy difícil voltear la mirada ante cuestiones como esas”, evoca.
La historia política de Nicaragua ha estado atravesada por múltiples movimientos: algunos como leves cosquilleos y otros en forma de sismos de gran intensidad. Desde las luchas independentistas encabezadas por Augusto César Sandino hasta las revueltas de 2018, pasando necesariamente por la Revolución Sandinista de fines de los años setenta. Y como bien lo resume Yerling Aguilera, su gente no se mantuvo indiferente ante tales gestos de cambio de época o de régimen: “La memoria de todos esos levantamientos tiene un peso muy fuerte en Nicaragua. No hay que perder de vista que cada movilización bebe de las luchas anteriores: ese remanente histórico hace que sea más difícil neutralizarla”, analiza.
P: Justamente, muchas de las rebeliones latinoamericanas recientes han tenido elementos comunes como la indignación y la desesperanza. ¿Cómo se expresa ese rasgo en las protestas de Nicaragua?
Aguilera: Lo primero es que hay un cuestionamiento al gran relato que neutralizaba mucho las movilizaciones, que era la defensa de algo tan abstracto como “la revolución”; porque te podían decir cosas como “en nombre de la revolución deja de comer”, o “en nombre de la revolución ponte a trabajar de gratis”. Pero lo concreto es el día a día: cómo percibes tú la cuestión de la revolución y la idea de que hay que estar al servicio de eso. Entonces, la primera cosa que pasa, es que se cuestiona ese gran relato de que tenemos que sacrificarnos por una “revolución” que tú no puedes verla ni vivirla.
Otro elemento importante es que, al pasar de lo abstracto a lo concreto, que es la vida, se produjo una resignificación del lema revolucionario “Patria libre o morir”, por “Patria libre para vivir”. Porque la gente siente que, en el día a día, no está viviendo eso que dice el gobierno. Entonces, mi lectura es que esa indignación es un disenso con el gran relato, en nombre de que lo que necesitamos es tener mejores condiciones de vida, frente a lo abstracto que a veces termina por deshumanizarnos. Y tampoco queremos poner nuestra vida al servicio de algo que luego puede devenir en una mera institucionalización de lo que ha sido la demanda original: “Vamos a movilizarnos porque queremos esto, pero también podemos dar un paso a un lado si sentimos que las cosas no van por el camino correcto”.
P: Puesta en estos términos, la indignación, en lugar de provocar ceguera, parece haberles abierto los ojos para impulsar una etapa de propuestas. ¿Cuál es tu lectura al respecto?
Aguilera: Lo de la propuesta resulta un poco difícil de identificar, porque una de las cuestiones que yo puedo leer –quizás esté equivocada, también- es que el ‘Movimiento azul y blanco’ no se rige por esta idea del programa político, o de la gran propuesta de nación, como los partidos tradicionales. Creo que la propuesta, y el mismo cambio social, se perciben como un continuum, pero también como una cuestión del aquí y el ahora. Por ejemplo, en la toma de las universidades, la gente debatía sobre la violencia machista; sobre cómo nosotras, desde ese espacio que habíamos tomado, también podíamos empezar a construir y a cuestionar todos esos patrones que derivaron en una estructura de desigualdad y de violencia hacia las mujeres. Entonces, la idea misma de la agenda se empieza a discutir: “¿De qué me sirve tener una propuesta de cambio a largo plazo, si en el aquí y el ahora no estoy viviendo eso?”. Me parece que el movimiento ha considerado que el hecho de salir a las calles y demostrar que el poder no es inquebrantable fue un paso adelante. Es un episodio y una propuesta en sí misma, porque el cambio social ya no está vinculado a la toma del poder o de considerar que “triunfamos porque derrocamos al gobierno y logramos convertirnos en un partido dominante”. Esto está todavía en disputa, porque creó también fisuras a lo interno del mismo movimiento, pero es muy interesante.
P: ¿Qué otros aspectos rescatas como positivos, en estas nuevas formas de organizarse y protestar en Nicaragua?
Aguilera: Creo que una ventaja que hemos tenido fue que todo esto tuvo lugar con la asistencia de las redes sociales y la tecnología. En el caso de la gente que estaba más expuesta, obviamente se iba notificando: “Estoy en tal sitio y veo alrededor movimiento de policías”; o “Necesito por favor salir, ¿pueden ayudarme a moverme de este sitio a este otro?”. Era una red de cuidado muy espontánea, no teníamos una guía.
Esto también funcionaba con la cadena de suministros de comida, de medicinas y, por ejemplo, si se sabía que alguien había sido herido y necesitaba de la asistencia de un médico. Porque en ese momento se estaba negando la atención en los hospitales públicos, a las personas que se sospechaba que habían sido heridas durante las protestas. Entonces había una red de asistencia médica, y también se suministraban alimentos a las universidades tomadas y se le daba seguimiento y acompañamiento a la gente que se sentía en una situación más vulnerable.
Al interior del ‘Movimiento azul y blanco’, lo que hay son un montón de redes que tienen en común el hecho de movilizarse para demandar la salida de Daniel Ortega y reformas políticas e institucionales. Pero no existe como una cuestión orgánica, sino como muchos colectivos que se mueven por diferentes partes –que los puedes encontrar tanto en Managua como en un municipio muy alejado- y se articulan en la espontaneidad. No operan con esa lógica más estructurada de partido, sino como algo más vivo, de redes que se regeneran, que pueden desaparecer y reaparecer en otra parte.
Como no existía ese centro que, si se desestabilizaba, todo se caía, lo que pasaba era que se reordenaba. Y fue igual en la toma de las universidades: a partir de las incursiones paramilitares lograron desalojar a los estudiantes, pero ellos se reagrupaban para tomar otra universidad o apoyaban a universidades que ya estaban tomadas, y desde ahí planeaban retomar la que había sido desalojada. Eso le daba dinamismo al movimiento y hacía que no fuese fácil golpearlo de muerte.
P: Otra forma de afectar a los movimientos populares es desligarlos de su entorno social, lograr que se los perciba como “pequeños grupos” que no representan las demandas o necesidades generales. ¿Cuál fue el nivel de permeabilidad social que generaron las protestas de 2018 en la población nicaragüense?
Aguilera: Yo encuentro dos manifestaciones de lo que señalas: la división entre “campo/ciudad” e “indio/civilizado”. Un poco antes de las protestas de 2018, cuando el movimiento campesino realizó movilizaciones en contra del canal interoceánico, la gente tendía a deslegitimarlas diciendo que “es un movimiento que se opone al progreso, porque la construcción del canal va a generar empleo”. Esto, aparte de toda la matriz colonial racista, también tiene que ver con la desconexión que existe entre los sitios urbanos y rurales; recuerdo que había mucha gente, incluso en organizaciones de oposición al gobierno, que ante las manifestaciones del campesinado en la capital, decían “ahí vienen los ‘botas de hule’”, o cuestionaban su inteligencia y su capacidad de estructurar un discurso.
Otra cuestión muy localizada, que surgió con fuerza durante las protestas de 2018, fue la del clasismo… esto de “quién tiene que ser el sujeto político”, porque la toma de las universidades se apoyó en los barrios periféricos, donde vive mucha gente desempleada o la delincuencia es alta. A raíz de eso, una chica trans me dijo algo que me impactó: “Yo encontré mucho clasismo en la consigna (antirrepresiva) que decía ‘no eran delincuentes, eran estudiantes’”. Porque esas personas que antes quizás se dedicaban a delinquir, no eran universitarias, pero fueron quienes nos protegían cuando salíamos de la universidad e íbamos a la casa a bañarnos o a traer algo. Entonces se producía un choque, porque obviamente nunca se habla sobre la vida del barrio en Managua, pero esas mujeres y hombres, que son siempre sujetos muy incómodos para todos, eran quienes mantenían las barricadas para evitar que los paramilitares o la policía entraran en la universidad. Y otro tema complejo es que la gente de los barrios puede ser muy útil para protegerte, para ser el escudo o el respaldo, pero cuando llega el momento de delegar para los diálogos, para figurar, se vuelve bastante desechable.
También el hecho de salvarte o no salvarte, de sobrevivir a la represión, se cruza con las cuestiones de clase. Porque la decisión de salir fuera del país o decir “me voy a exiliar en Costa Rica”, está marcada por las redes con que cuentas. Yo tuve el privilegio –aún cuando vengo de una familia bastante pobre- de contar con ese cobijo o poder decidir hacia dónde ir porque tenía quién me acuerpe. Pero para la gente de los barrios, el hecho de exiliarse es radical: la opción es dejar tu espacio, aunque sea una casa de cartón o de zinc, para irte A LA NADA. No todos tienen los recursos para tomar esa decisión de un momento a otro.
Ahora, si hablamos de cómo integrar todo esto, creo que lo interesante es que la gente situaba el cambio en el aquí y el ahora. Entonces, por ejemplo, esta chica trans que te mencioné, me contaba que se sentía cobijada en el espacio de la movilización, y que para ella era algo lejano el verse haciendo política como una sujeta trans. Me parece importante que se empiece a cuestionar todo lo que era antes el referente político, como el hombre barbudo, entrando a la plaza (risas)… Ese “sujeto-hombre nuevo” que es muy cuestionable. En todo ese mosaico de las protestas de abril, y en un país tan conservador como Nicaragua, las movilizaciones fueron integrando ciertas manifestaciones de disidencia del modelo patriarcal que antes eran impensables. Incluso en la primera etapa de la represión hubo tres personas trans entre los presos políticos; y la gente empezó a decir: “Si vamos a demandar su liberación, hay que llamarlas como ellas quieren ser llamadas, tenemos que respetarles al menos ese deseo”. Quizás algunos países de Latinoamérica tienen un camino mucho más avanzado en el reconocimiento de las identidades trans, pero en Nicaragua se empezó a visualizar con las protestas y ahora parece increíble mirar atrás y ver que todas estas luchas hayan tenido presencia.
Las feministas también hicieron oír su voz y ahora tenemos a la vista ese camino, que ha tomado muchos años y que la gente va incorporando poco a poco. Porque no vas a cambiar una estructura tan conservadora como la sociedad nicaragüense en poco tiempo, esos cambios son muy lentos, pero la semilla está ahí. Eso antes era muy difícil ver, porque el movimiento feminista en Nicaragua ha estado bastante localizado en lo urbano; a partir de las protestas de abril ha empezado a tener más presencia.
P: Mencionabas hace un momento la represión contra las manifestaciones de abril de 2018. Una medida repudiable no solo por el hecho en sí, sino por la contradicción que encierra para el FSLN. ¿Qué visión tienes al respecto?
Aguilera: Cuando el FSLN perdió las elecciones presidenciales en los noventa, tomó mucha fuerza en los sindicatos del sector transportista, de salud y otros. El partido, cuando era oposición, en un día te paraba todo el país. Y todo esto se hacía a partir de la movilización, de la toma de los espacios… y los calificativos que utilizaban los gobiernos neoliberales para referirse al Frente, eran precisamente los que hoy usa el gobierno: “Son grupos terroristas”. Al final, el gobierno termina mutando en una estructura tan autoritaria y de corte fascista, que recicla todas esas figuras deshumanizantes para neutralizar la movilización.
P: Uno siempre termina pareciéndose a los enemigos que elige…
Aguilera: Exacto. Porque cuando hablamos de los procesos de derechización en América Latina, tendemos a ver a los partidos conservadores, a las élites, pero es bien difícil analizar y situar que esa derechización, paradójicamente, también ha venido desde la izquierda. Igual que todo este proceso de desmantelamiento de los movimientos sociales y de persecución. Esto me parece importante, sobre todo, porque lo que ha pasado en Nicaragua es que, al identificar a Ortega con la izquierda, eso también mina las posibilidades de construir una alternativa más progresista. Teniendo como preámbulo la historia del FSLN, si la gente, en el día a día, asocia a la izquierda con la praxis del propio Ortega, eso le genera bastante recelo, muchas trabas para que un discurso y una propuesta más progresistas puedan penetrar.
Las luchas y sus huellas
En Europa, a las frutas y a las verduras les falta sabor. Los efectos de décadas de agricultura intensiva sin control, son una diaria comprobación sobre la mesa y en el paladar de Yerling Aguilera. Acaso sea parte del precio a pagar por la tranquilidad de mantenerse a salvo de las amenazas y las persecuciones en su país. “Para mí, el hecho de no estar en Nicaragua es una cuestión que siempre duele, una presencia que marca toda tu vida; porque además fue muy rápido el cambio de la realidad nicaragüense, latinoamericana, a la de un continente que muchas veces me resulta bastante distante y ajeno”, relata.
La represión, las detenciones masivas y la diáspora subsiguiente, condujeron las huellas de la lucha nicaragüense hasta mucho más allá de sus fronteras. Es un sendero lacerante –como el de todo exilio- que implica errores de cálculo y de estrategia, el despotismo de un poder cerrado en sí mismo y en su propia versión de los hechos pero, también, aprendizajes diversos: “Una cosa que agradezco de este momento en particular, es que se pudieron deconstruir los patrones con los que siempre se ha hecho política y también con los que se han regido los movimientos sociales. Por ejemplo, la posibilidad de tener momentos de recogerte y decir ‘necesito un descanso’, para priorizar el cuidado de tus redes y el tuyo propio, porque no somos máquinas políticas que solo operan en función de la movilización”,
P: Me interesa volver sobre uno de tus comentarios anteriores: la decisión del ‘Movimiento azul y blanco’ de evitar los programas esquemáticos o no plantearse la toma del poder. Esto debe haber desorientado al gobierno en algún punto, pero ¿cuánto de fortaleza y de debilidad subyace en esta misma característica?
Aguilera: Todo esto de la horizontalidad, de no tener jerarquías ni un ‘centro ordenador’, tomó diversos matices en la trayectoria de la movilización. Cuando en Nicaragua se planteó la necesidad de un diálogo con el gobierno –en paralelo con la cuestión de los tranques y las barricadas-, porque la economía se estaba “yendo al hoyo”, una parte del empresariado empezó a contactar gente del movimiento e incluso logró penetrar en el movimiento campesino. Y la empresa privada sí plantea una agenda, pero de coexistencia con el régimen.
En ese momento, mucha gente que estaba en las calles no se identificó con el diálogo, y tampoco con los empresarios como intermediarios del proceso. El sentido antielitista fue positivo y logró fisuras y distanciamientos bastante fuertes con las formas en que se quiso encaminar la lucha: “No me tiene que representar Fulanito, que es dueño de empresas y lleva uno de los apellidos que siempre han dominado en Nicaragua”. De alguna forma, me parece que la gente –independientemente de que tuviera trayectoria y formación política o no- fue sabia en ese momento al no sentarse a negociar con una estructura que ha cometido crímenes de lesa humanidad. Y el tiempo les dio la razón, porque lo único que hizo el gobierno con lo del diálogo fue ganar tiempo para luego montar la “Operación Limpieza”.
Hoy se llevan a cabo elecciones generales en Nicaragua, un día en el que el poder no está en juego.
P: ¿Cómo se instrumentó esa operación, y qué tipo de reflexiones o cuestionamientos internos motivó entre los manifestantes populares?
Aguilera: La “Operación Limpieza” fue una cuestión bastante sanguinaria, que empezó en julio de 2018. Y no hay que olvidar esto: el gobierno de Nicaragua, en términos de inteligencia, ha bebido de todo. Es una estructura guerrillera que está en el poder y tiene mucha experiencia y camino recorrido. Incluso tuve conocimiento de que llegaban delegados de las alcaldías del FSLN –que tiene copadas todas las alcaldías a nivel nacional- a los tranques y las barricadas, para invitar a un diálogo, y alguna gente lo creyó. Toda esa ruta fue una estrategia muy bien organizada por el gobierno; porque además, otro elemento a tener en cuenta es que ellos también tienen el recurso económico. Entonces la “Operación Limpieza” barrió con la ocupación física de las calles en ese momento.
Una de las lecciones que quedaron de todo aquello fue que, al inicio, se pensó que un movimiento masivo en las calles sería suficiente para derrocar al régimen. Sobre todo porque el movimiento se iba regenerando, nacían nuevas células que le daban vida. Pero cuando vino la “Operación Limpieza”, diseñada a través del paramilitarismo para asesinar gente, desmantelar las barricadas, la toma de universidades y los tranques, caímos en la cuenta de que no estábamos frente a un enemigo fácil. En ese sentido, contar con un movimiento horizontal –el hecho de ser tantos grupos por tantos sitios-, hace que también tengas puntos vulnerables. Creo que eso le permitió al gobierno movilizar de forma más fácil la “Operación Limpieza”, porque había grupos que podían tener más claro cómo protegerse o responder ante ciertas agresiones, pero muchos otros no tenían idea. Entonces ese sentido de la horizontalidad, la espontaneidad, de no planificar, también fue un golpe. Ahora, tres años y medio después, creo que podemos reflexionar sobre esas cosas que salieron mal, que quizás no supimos prever… y otras lecciones que son positivas, acerca de cómo se gestionó y cómo se caminó a partir de esa horizontalidad.
P: Entre las “cosas que salieron mal” sin duda incluyes el saldo de nicaragüenses presos políticos, heridos, muertos y desplazados a raíz del levantamiento de abril de 2018. Tu experiencia personal como exiliada es un ejemplo de ello: ¿de qué forma se produjo tu salida del país y qué tipo de actividades has desarrollado desde entonces?
Aguilera: Yo estuve en los primeros meses de las protestas, abril y mayo. Luego salí, junto a dos compañeras más, hacia Europa, porque en ese momento concebimos la idea de que era necesario disputarle la narrativa oficial al gobierno, que decía que lo que había en Nicaragua era un golpe de estado ejecutado por Estados Unidos, y que los movimientos estaban orquestados desde la derecha. Nosotras sentimos que teníamos que hacerle honor a la verdad y contar un poco de lo que pasaba con las movilizaciones.
Entonces hicimos una gira que la pensamos, inocentemente, de un mes y con viaje de regreso. La cuestión es que hubo una muy buena recepción a esta actividad que llamamos “Caravana de la Solidaridad”, y empezamos a organizarnos a partir de movimientos, de pequeños grupos que son parte de la migración nicaragüense en distintas ciudades europeas. Y también con gente que ha participado de la solidaridad internacional con Nicaragua hasta los años ochenta. Pero luego se hizo más de un mes porque nos invitaron a diferentes ciudades, y cuando pensamos en el retorno ya teníamos amenazas de muerte, acusaciones de terrorismo y se empezó a mover todo un relato que parece de ficción, en el cual nos acusaban de estar en Europa pidiendo dinero para la compra de armas y bombas que íbamos a enviar posteriormente a Nicaragua.
A partir de ahí se intensificaron los ataques hacia nosotras, que se difundieron y tuvieron eco también en algunos medios que yo sentí mucho, porque son medios que yo leía o veía, como Telesur o Granma. Eso nos dejó bastante expuestas y supimos que existía la orden de que si regresábamos a Nicaragua seríamos detenidas. En ese momento tomamos la decisión, que no fue fácil, de quedarnos en Europa. Igualmente pensábamos estar un mes o dos y luego volver, dependiendo de cómo evolucionara la situación. Pero ya no hubo condiciones, más bien la cuestión empezó a empeorar y posteriormente hubo un gran éxodo de gente que ahora se cuenta en más de 100 mil personas, partiendo de que Nicaragua tiene una población de solo 6 millones de habitantes.
P: En una entrevista reciente, señalaste que el régimen sandinista mantiene una persecución “dirigida” hacia ciertos sectores y líderes de la oposición. ¿Qué características tiene ese acecho y hacia quienes se orienta puntualmente?
Aguilera: En la represión ha habido diferentes etapas. La primera fue al calor de las manifestaciones; yo diría que esa no estuvo necesariamente muy dirigida, sino que apuntó hacia algunas caras visibles. También siento que, en ese momento, nos confiamos y expusimos mucho, porque todo el mundo decía “el gobierno va a caer”. A partir de eso, para el régimen se hizo todo bastante fácil, además de que cuenta con un aparato de inteligencia de muchos años. Fue muy sencillo identificarnos, detener a las personas que se habían movilizado y que, en algún momento, también tomaron la palabra. Yo diría que esa etapa de represión, sobre todo del grupo de presos y presas políticas –que creo que entonces llegó a unas 700 personas-, tuvo más que ver con la visibilidad, la vulnerabilidad y, también, con que nos confiamos.
Porque en el primer grupo de presos y de víctimas de la represión había muchos estudiantes, o gente conocida por su liderazgo en los barrios, a la que quizás el gobierno vio como una amenaza. Pero no eran personas que podías vincular a estructuras partidarias o que te iban a recitar “El Capital” de memoria… muchas veces no habían estado ni organizadas antes, venían más de ese descontento que nació en las calles.
La etapa represiva actual ha estado más dirigida, por ejemplo, hacia las personas que se perfilaron a candidaturas políticas en oposición al régimen y se han quedado en el país. Entonces hay una diferencia, porque obviamente, con el exilio, los primeros núcleos y la gente que tenía cierta visibilidad se dispersaron mucho. Ahora apuntan hacia los referentes que quedan, que no necesariamente tenían receptividad en las movilizaciones, hay que tener cuidado con esto: alguna gente que se ha perfilado a candidaturas políticas, también ha pertenecido a las estructuras de poder, al empresariado o los partidos políticos tradicionales.
P: ¿Qué información tienes acerca del estado actual de la movilización social en Nicaragua?
Aguilera: Creo que algo importante, para situar lo que está pasando en este momento, es pensar lo que ha hecho el ‘Movimiento azul y blanco’ como una cuestión de flujos y reflujos. Y, sobre todo, evitar mirarlo desde la perspectiva de la linealidad del tiempo, o de si “fracasó” o no.
Ahora mismo, el movimiento está en un momento de reflujo, sobre todo por la violencia política estatal, que hizo que la gente haya tomado más medidas de protección y cuidado, para no ser un nombre más en la lista de presos o asesinados. Pero eso no inhabilita el hecho de que la gente, sobre todo desde espacios clandestinos, participe de procesos en los cuales se mantiene el plan de lucha diario, que es el hecho de que los integrantes se formen, que tengan más conciencia política y estén al día de lo que pasa.
También está el tema que mencioné anteriormente, sobre la oposición a la aprobación de la ley por el canal interoceánico. Ese canal se quedó en papel, y me parece que una de las razones por las que no se materializó fue porque el movimiento campesino tuvo mucha fuerza, y también porque sus demandas se integraron en toda la movilización posterior.
Otra cuestión que yo rescataría, aparte del cuestionamiento a las élites, es el hecho de que hay temas de los que antes no se hablaba en absoluto y ahora se colectivizaron. Por ejemplo los recursos naturales; o el hecho de que haya mafias organizadas que cuentan con el beneplácito del gobierno, pero que ahora se pueden nombrar. E incluso el conflicto del Caribe en Nicaragua, que es bastante complejo, del que se ha hablado muy poco y que ahora tiene más visibilidad. O los derechos de las mujeres: que se empiece a hablar de las feministas ya no como una entidad casi demoníaca (risas), sino como parte de la ciudadanía que también se organizó y tuvo un rol durante estas movilizaciones.
Creo que todos esos remanentes están ahí, y de alguna forma conectan con futuras movilizaciones políticas, aunque es difícil vislumbrar o decir cuándo va a tener lugar otro levantamiento como el de 2018. Porque creo que no hay que dar por hecho que eso quedó ahí: ahora yo diría que hay una especie de reposo que no significa inactividad. La gente está teniendo cuidado, pero desde abajo se sigue tejiendo mucha actividad política.
Esto incluso se evidenció con la pandemia, porque el gobierno tuvo una postura muy cercana a la de Bolsonaro en Brasil: “No pasa nada, que la vida siga”. Y la gente, desde esos colectivos que quedaron, desde los remanentes de las movilizaciones de 2018, empezó también a tejer una red de asistencia. Por ejemplo para llevar un registro de los casos reales –o lo más aproximados a la realidad- de coronavirus que había. O brindar asistencia a muchas personas que tenían miedo de ir a los hospitales, porque los fallecidos salían en cajas y no se le avisaba a las familias.
Los cuestionamientos por el manejo de la pandemia me parecen muy importantes, porque así es más difícil que el gobierno pueda tener eco con su narrativa oficial, cuando existe todo este remanente de lucha. En las movilizaciones de 2018, la gente también se reapropió del significado, del espectro y de las consignas de lo que era la revolución; entonces no hay que perder de vista que cada lucha deja una huella. Y en Nicaragua la historia ha demostrado que todas esas huellas se convierten en la guía del camino de la lucha social, que nunca se pierde.
Actualidad Internacional: Latitudes. América Latina
22/11/2021
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os años de la revuelta popular de octubre de 2019 la sociedad chilena ha sido convocada, nuevamente, a un mega evento electoral (elección presidencial, de una parte del Senado, de la totalidad de la Cámara de Diputados y de los cargos para consejeros regionales). No obstante, la «fiesta de la democracia», como la llamaron insistentemente los medios de comunicación social al servicio del capital, tuvo una escasa concurrencia. De los 14.959.945 chilenos habilitados para votar, solo lo hizo el 47,34%. Menos que el 49,36% de las presidenciales del 2013 y levemente superior que el 46,72% de sus similares de 2017. Si seguimos esa misma línea de análisis, también son menos que aquellos que votaron para el plebiscito del apruebo de la Convención Constitucional de octubre de 2020 (50,95%), pero bastantes más que aquellos que participaron de la elección de convencionales para la misma instancia en mayo de 2021 (41,51%). Sin duda, el dato más preocupante continúa siendo que una franja superior a la mitad de la población habilitada para sufragar no lo está haciendo, con lo cual se devela la profunda fragilidad del sistema democrático chileno.
Y como ha sido recurrente en estos últimos años, los porcentajes más altos de abstención electoral se producen en las comunas populares del país. De esta manera, las comunas obreras como La Pintana (40,31%), Independencia (41,06%), Estación Central (42,53%), San Ramón (42,68%), Lo Espejo (42,90%), Cerro Navia (43,14%) o Recoleta (44,18%), presentan votaciones inferiores a la media nacional. Adicionalmente podemos agregar que, en estas comunas, como por ejemplo en La Pintana, los candidatos presidenciales que representan a la burguesía conservadora (Kast, Parisi y Sichel), obtienen en conjunto un 38,27% de los sufragios. Es decir, más de un 1/3 del electorado de las comunas obreras vota a los representantes de la burguesía. Por el contrario, las comunas en las cuales residen las clases dominantes de nuestro país, como Vitacura (69, 01%), Barnechea (65,33%) o Las Condes (63,27%), continúan ostentando altos niveles de participación electoral y en ellas, los candidatos que representan las posturas políticas más conservadoras se imponen masivamente. En la comuna de Vitacura, por ejemplo, las mismas candidaturas conservadoras obtuvieron el 85,88% de los sufragios. No es extraño, en consecuencia, que el candidato ultra conservador, José Antonio Kast haya obtenido la primera mayoría en las elecciones del día de ayer (27,91%) y que el tercer lugar en las mismas se lo estén disputando palmo a palmo, los otros dos abanderados de la derecha: Franco Parisi (12,80%) y Sebastián Sichel (12.79%).
Las elecciones parlamentarias senadores y diputados, también supusieron una consolidación de las posiciones conservadoras. De los 50 cargos parlamentarios que componen la sala del Senado, la derecha (Chile Podemos Más y Frente Social Cristiano) obtiene 25 representantes, a los cuales se deben sumar los parlamentarios de la Democracia Cristiana (5) que en muchas oportunidades votan junto a sus correligionarios de derecha. Cabe señalar que en no pocas oportunidades senadores del Partido por la Democracia y del Partido Socialista también votan favorablemente mociones conservadoras. El único dato rescatable en la nueva composición del Senado es la incorporación, después del golpe de Estado de 1973, de dos senadores comunistas y de la dirigenta social, represaliada por el Estado, Fabiola Campillai.
En el caso de la Cámara de Diputados, que se eligió en su totalidad, la situación es aún más compleja. El Frente Social Cristiano y Chile Podemos Más, obtuvieron 68 representantes, a los cuales se debe sumar (sin mayores dudas), los 6 parlamentarios que arrastró la candidatura presidencial del gestor empresarial Franco Parisi. De esta manera, los sectores conservadores obtienen una muy buena representación parlamentaria que les permite negociar acuerdos y transacciones con los sectores más reformistas de la antigua Concertación y del Frente Amplio. De esta manera, la vía parlamentaria o institucional no se devela como la mejor opción para alcanzar las transformaciones que los sectores populares levantaron en octubre de 2019.
¿Qué explica el desencanto popular y, por extensión, la baja participación popular y la importante adhesión que han obtenido los candidatos conservadores en las diferentes instancias electorales? No cabe duda de que las diferentes alternativas que se arrogaban la representación de los sectores populares (Boric, Provoste, Enríquez-Ominami y la simbólica candidatura del profesor Eduardo Artes), no han logrado leer ni mucho menos representar, las demandas de los sectores populares. La crisis económica, desencadenada en 2020 por efectos de la pandemia ha profundizado las precariedades en las cuales se desenvuelve la existencia del mundo popular y frente a ella solo han promovido paliativos miserables (retiros de fondos previsionales). Pero, por otro lado, los problemas estructurales, asociados a la inestabilidad laboral, el sistema de pensiones, los graves problemas del sistema de salud, las inequidades en educación o la desigual distribución de la riqueza, no han concitado el interés efectivo de la élite política. Si nada distingue a estos sectores de los representantes de la burguesía ¿qué sentido tiene optar por ellos?
Por otro lado, no es menos efectivo que los problemas de seguridad que afectan a múltiples comunas y barrios populares, generaron importantes niveles de adhesión respecto de aquellas candidaturas que reivindicaban el uso discrecional de la fuerza represiva. Como si la misma no fuera parte ya de nuestro paisaje cotidiano. Pero ello pone de manifiesto que, más allá de la agitación mediática de la violencia delictual, este es un problema efectivo que afecta a amplios sectores de la población y para el cual la izquierda reformista no ha sido capaz de elaborar una propuesta concreta que se deslinde de la apelación a la violencia represiva propuesta por amplios sectores del mundo conservador. Algo similar se puede observar respecto del tema inmigratorio, donde el discurso conservador que propone la aplicación de políticas de expulsión discrecionales, alcanzó un importante respaldo, en especial en las regiones de mayor afluencia de inmigrantes. De esta manera, en las regiones de Arica Parinacota, Tarapacá y Antofagasta, en el extremo norte de Chile, el promedio de la votación obtenida por los 3 candidatos de la derecha fue del 64,44%. Frente al discurso xenófobo y frente a las políticas de discriminación y expulsión, nuevamente la izquierda reformista y sus aliados en el centro político, no tuvieron una respuesta alternativa.
En la macro zona sur (Bio Bío y La Araucanía), donde el conflicto mapuche se ha venido desarrollando con especial intensidad en los últimos años, las elecciones se realizaron en pleno estado de emergencia, con la policía y el ejército ocupando militarmente el territorio, amedrentando a las comunidades aborígenes y prestándole todo su apoyo a la élite hacendal, heredera de las usurpaciones de fines del siglo XIX. En el conjunto de la región de La Araucanía la participación electoral estuvo por debajo de la media nacional (45,08%), alcanzando porcentajes particularmente bajos en aquellas comunas de población mayoritariamente mapuche: Melipeuco (29,13%), Curarrehue (34,53%) o Carahue (39,06%). Pero quienes si votaron lo hicieron mayoritariamente por los representantes de la derecha conservadora. En esta misma región la sumatoria de los votos de los candidatos Kast, Sichel y Parisi arrojó una adhesión del 64,46% de los votos.
Sea cual sea el resultado de la segunda vuelta presidencial, del próximo 19 de diciembre de 2021, la derrota del campo popular es evidente. Si se impone José Antonio Kast queda garantizada, con un importante grado de apoyo parlamentario, la inamovilidad del modelo económico neoliberal y la extensión de la política represiva. Probablemente con la extensión del estado de emergencia cada vez que las élites empresariales así lo demanden. Si logra triunfar Gabriel Boric, se verá obligado a negociar acuerdos de gobernabilidad, no solo con sus adversarios políticos de la antigua Concertación (que cuentan con una importante representación parlamentaria), sino que, además, con sus contendores de las bancadas de derecha. Con ello, las posibilidades de extensión del modelo neoliberal e incluso de la política represiva, también quedan garantizadas.
Pero no podemos llamarnos a engaño. Si el reformismo fue derrotado en las elecciones recién pasadas, también lo fue el campo revolucionario. Y ha sido derrotado de forma más contundente. Sin capacidad de articular una propuesta política para enfrentar la coyuntura electoral, los revolucionarios dejaron pasar (una vez más), una importante oportunidad para agitar una propuesta propia, que marcara diferencias tanto respecto de la burguesía como del reformismo. Desde octubre de 2019 a la fecha no hemos sido capaces de avanzar en la definición de una propuesta programática propia, de vertebrar un movimiento social y político con capacidad de convocar y movilizar a los sectores populares y mucho menos de darle sentido y proporcionalidad a la acción directa y a la autodefensa de masas. Seguimos enfrascados en disquisiciones estériles, en un activismo carente de objetivos políticos y en un ritual movilizador que cada día se agota más.
Nos acercamos a la resolución transitoria de la crisis desatada por los sectores populares en octubre de 2019. Y lo hacemos en el peor escenario. Con una derrota profunda del reformismo, pero también, con una derrota estratégica para los sectores revolucionarios.
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N
Desde la posguerra, el concepto de clase obrera estuvo en el centro de muchas controversias (Escuela de Frankfurt, Marcuse). Pero fue en la década de 1980 cuando se generalizó la crítica a la primacía que el marxismo le había asignado a la clase trabajadora, en coincidencia con la irrupción de los «nuevos movimientos sociales» —feministas, ecologistas, LGTBQ, antirracistas, etc.— que parecían reemplazar la centralidad del viejo proletariado.
Las críticas a la concepción marxista de clase fueron muchas, y algunas muy solventes: que la clase obrera no había desempeñado el papel revolucionario que había pronosticado el marxismo; que el empleo industrial estaba desapareciendo; que el trabajo dejaba de ser el centro articulador de la vida social y, por ende, de la construcción de identidades políticas; que no se había verificado la tendencia a la simplificación de la estructura social entre proletarios y burgueses que había predicho Marx, sino que por el contrario se había complejizado (el espinoso problema de las «clases medias»); que era un error atribuirle a la clase obrera un carácter universal por el cual su emancipación conllevaría la liberación del conjunto de los grupos oprimidos; que las identidades políticas no se siguen necesariamente de los lugares objetivos en las relaciones de producción; que la aparición de los nuevos movimientos sociales revela que no hay agente privilegiado de la emancipación y que son plurales los puntos de conflicto y las formas de constitución de identidades.
Estos debates pusieron en evidencia que la definición marxista de clase efectivamente tenía más problemas de los que se habían advertido hasta entonces. Aunque Marx ubica al antagonismo de clases en el centro de la historia, es imposible encontrar en su obra una definición clara del concepto de clase social. Los largos debates metodológicos entre marxistas para clasificarla, la cuestión del estatuto de las «clases medias», las discusiones sobre el trabajo productivo y el improductivo son ejemplos de estos problemas irresueltos.
Por otro lado, en algunos escritos juveniles, Marx y Engels sobrecargaron filosóficamente su concepción de la centralidad de la clase obrera. Engels llegó a ver en el proletariado al «heredero de la filosofía clásica alemana», no solo el agente material de la emancipación sino «la clave para comprender toda la historia de la sociedad». Los textos juveniles de Marx están atravesados por una concepción semihegeliana de la constitución del proletariado en clase, donde la clase «en sí» se constituye en «para sí» revelando en el proceso histórico su esencia de clase revolucionaria. Al mismo tiempo, la alienación del proletariado encarnaría la de todo el género humano, por lo que esta clase portaría el potencial de una sociedad liberada de toda opresión. La problemática de la alienación, de esta forma, extendía ilimitadamente el campo de efectos de la emancipación del trabajo, y convertía al proletariado en redentor de la humanidad entera.
Todo lo anterior dio lugar a lo que podemos denominar una concepción fuerte de la centralidad de la clase obrera: el proletariado lleva consigo la emancipación de toda la humanidad, la ubicación objetiva en la producción determina la identidad política y esto se desenvuelve en un proceso histórico lineal de autorreconocimiento del carácter del proletariado como clase revolucionaria.
Cuando la reestructuración productiva iniciada en la década de 1970, el persistente conformismo de la clase trabajadora o la complejidad de la estructura social, dejaron en evidencia la debilidad de los postulados del «marxismo ortodoxo», el proletariado no solo perdió su jerarquía ontológica, sino que vio pulverizada su relevancia en un mundo fragmentado, de identidades frágiles y hegemonías discursivas.
Las desilusiones suelen guardar simetría con la magnitud de las ilusiones. No es casualidad que los pensadores que teorizan este giro en general son exmarxistas o cercanos al marxismo: Gorz, Laclau, Castel, Touraine. Estos autores confundieron la mutación de la clase obrera (el declive relativo del empleo industrial, la masificación del sector servicios, etc.) con su desaparición como tal, recurriendo a una definición hiperrestrictiva del proletariado. Pero la historia de la clase trabajadora no se reduce al obrero metalúrgico o ferroviario de la época fordista. De hecho, fue en las lejanas luchas del trabajador artesanal y profesional, que estaba siendo arrasado por la gran industria, donde comenzó a concretarse la fusión entre el movimiento obrero y el socialismo en el siglo XIX, con hitos excepcionales como la Primera Internacional o la Comuna de París.
Despojada de su corteza metafísica, es necesario preservar el núcleo racional de la centralidad que el marxismo asigna a la clase trabajadora. Es posible formular entonces lo que podemos denominar una versión débil de la centralidad obrera, que prescinda de los compromisos metafísicos, sociológicos o antropológicos de la versión fuerte. Una concepción que se deriva más del objeto de la crítica de la economía política formulada por el Marx maduro —es decir, de la dinámica socioeconómica que tiene en su centro a la explotación del trabajo— antes que del discurso filosófico del joven Marx.
La definición débil remite al aspecto irreductible de este asunto. El capitalismo tiene en su núcleo la acumulación de valor, es decir, la explotación del trabajo. De esto se sigue una posición estructural central de la clase trabajadora. La capacidad de afectar las ganancias o detener la producción dota de un poder excepcional al proletariado, y lo convierte en un agente irremplazable en un proceso de cambio radical. El capitalismo, en último término, puede reducir prácticamente cualquier diferencia sin anularse a sí mismo, excepto la de clase. Y esta imposibilidad funda el poder estructural potencial de la clase obrera. Este es nuestro simple punto de partida.
¿Cuál es entonces la relación entre la clase y los nuevos movimientos sociales?
La centralidad de la clase no debería establecer una jerarquía respecto a lo que antes se denominaban «frentes secundarios». Las opresiones de género, raciales, nacionales o la problemática ambiental no son secundarias respecto a la explotación del trabajo; pero para atacarlas en sus fundamentos últimos es necesario articularlas transversalmente con la cuestión de clase. La unidad de las luchas la confiere en primer lugar el capital mismo, en tanto gobierna la vida social como un sujeto impersonal que mediatiza y metaboliza todas las opresiones. Tal como formuló Miliband, «en la forma que adoptan la explotación, la discriminación y la opresión a las cuales se ven sometidos los negros, las mujeres y los gays también resulta crucial que ellos sean trabajadores situados en un punto especifico del proceso de producción y la estructura social»[1]Miliband, R. (1985), El nuevo revisionismo en Gran Bretaña, Cuadernos Políticos, México: Editorial Era..
Del mismo modo que el capital mediatiza y subordina el conjunto de las opresiones sociales, la clase trabajadora debe asumir como propias las luchas contra toda forma de dominación. No se trata de realidades exteriores a la clase, sino que la constituyen como tal: la opresión racial, de género, religiosa o nacional son instrumentos de división del proletariado. Estas opresiones se vinculan estructuralmente con el conflicto de clase, pero tampoco se reducen a él sin más: ni la opresión masculina se resuelve automáticamente por la apropiación social de los medios de producción, ni es difícil imaginar un socialismo productivista antiecológico.
Este enfoque permite diferenciar un feminismo o un antirracismo liberales, orientados a romper el «techo de cristal» en empresas e instituciones para las mujeres o personas racializadas de la élite, de un feminismo y un antirracismo marxistas que reconocen en el capital al enemigo común de los sectores subalternos. Permite distinguir entre una ecología liberal —que apuesta a los incentivos ecológicos privados o al laissez faire mercantil como correctivo del cambio climático— o incluso una ecología autoritaria —que recurriría a un despotismo ambiental neofascista— de una ecología anticapitalista que reconoce la relación estructural entre el productivismo y el capitalismo.
Los análisis marxistas sobre la clase que resultan más fértiles son aquellos que no la reducen a una «cosa» cuantificable o a un sujeto preconstituido en razón de un atributo común (cierta relación con los medios de producción); sino aquellos que vinculan el carácter objetivo de la explotación con el conflicto social y político entre las clases en los cuales el proletariado se constituye plenamente como tal. Del mismo modo en que es fácilmente perceptible que los capitalistas se constituyen en clase por mediación del Estado —en el plano meramente económico están sometidos a la competencia y la fragmentación— la clase obrera se organiza en el terreno de lucha económica y, en un sentido más cabal, en el plano político, es decir, en la lucha por el poder del Estado. En último término, en las revoluciones. No en vano, el análisis de clase surge inicialmente de los historiadores burgueses o aristocráticos que estudiaron la revolución francesa: Alexis de Tocqueville, Jules Michelet, Hippolyte Taine[2]Piva, A. (2011), ¿Fin de la clase obrera o desorganización de clase?, en A. Bonnet (Comp.), El país invisible : Debates sobre la Argentina reciente. Buenos Aires, Peña Lillo-Continente..
Las teorías sobre el fin del trabajo surgieron en momentos de una mutación drástica de la clase trabajadora, pero también de una derrota histórica del movimiento obrero. Ambos fenómenos coincidieron, y hasta cierto punto se co-constituyeron, para volver casi irreconocible a la clase trabajadora y disminuir el nivel de la combatividad en el lugar de trabajo. Si en su sentido pleno, según la célebre formula de E. P. Thompson, no hay clases sin lucha de clases, es inevitable reconocer que estamos ante el fin de una larga etapa. Durante el siglo XIX y el XX la clase obrera logró conquistas enormes: partidos y sindicatos de masas, derechos laborales, una cultura propia. Hoy, en buena medida, ese largo ciclo de dos siglos está agotado.
Durante la última década, mientras la mayor parte de la izquierda intentó «construir un pueblo contra las élites», adoptando la estrategia del populismo posmarxista, la derecha logró de manera creciente movilizar a un sector de la clase trabajadora contra los más débiles: precarios, migrantes, mujeres. Con menos escrúpulos epistemológicos, la derecha y la extrema derecha se dirigieron a la clase trabajadora y a sus valores. Esto también es un subproducto de la reestructuración capitalista y de la derrota histórica del siglo XX: si la clase se polariza entre un sector formal con derechos heredados del ciclo anterior, y una gran masa precarizada, los primeros pueden intentar retener sus conquistas en desmedro de los sectores más frágiles de la sociedad (migrantes o mujeres que compiten por el empleo o que afectan el valor de los salarios), antes que en un combate común contra los capitalistas, sobre todo si la izquierda defecciona cíclicamente de su papel. Resulta difícil encontrar una expresión más representativa de un fin de ciclo histórico que la imagen que ofrece el movimiento obrero tradicional cada vez más cerca de los Trump, Le Pen o Salvini que de los partidos obreros históricos o de las nuevas formaciones de izquierda.
Recuperar una política de clase —en lugar de sublimar la derrota renunciando a ella— debe ser el punto de partida para la izquierda socialista. Pese a todo, la clase obrera está aquí para quedarse. Estamos ante un nuevo comienzo, que se parece al que enfrentaron aquellos artesanos y obreros de oficio que pusieron los primeros cimientos del proletariado moderno. Pese a su fragilidad, diversidad y falta de claridad política, ellos sentaron las bases de lo que años después fueron partidos de masas y revoluciones obreras que definieron un siglo entero. ¿Tendremos hoy la oportunidad de fusionar nuevamente el movimiento obrero —multifacético, feminizado, racializado, migrante, precarizado— y el socialismo?
Piva, A. (2011), ¿Fin de la clase obrera o desorganización de clase?, en A. Bonnet (Comp.), El país invisible : Debates sobre la Argentina reciente. Buenos Aires, Peña Lillo-Continente.
Actualidad Internacional: Latitudes. América Latina
10/11/2021
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“El horror de 1984 sólo podrá evitarse si, paradójicamente, se combate contra sus gérmenes y sus latencias, dentro del campo mismo de Ormuz, dentro de un proceso socialista que es el polo opuesto del mundo imaginado por George Orwell” Julio Cortázar
icaragua
Tan Violentamente Dulce
De la revolución socialista al autoritarismo de derecha
Hace décadas que Daniel Ortega y el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) dejaron de ser una alternativa democrática para el pueblo nicaragüense. Tampoco les queda ningún rasgo progresista, mucho menos revolucionario. Pero la represión, la detención y la privación de libertad de los líderes de la oposición política para evitar su participación electoral revela que su gobierno lleva un rumbo mucho más autoritario que el que hasta ahora había exhibido. Los detenidos no se limitan a candidaturas de la derecha; incluye también a varios de sus excompañeros, líderes y excombatientes del FSLN.
El rumbo actual es el desenlace consecuente del giro a la derecha que comenzó en la década de 1990, cuando el FSLN participó de alianzas corruptas con partidos capitalistas, con la burguesía nacional y con la derecha de la Iglesia católica en Nicaragua. El FSLN apoyó la penalización del aborto como parte de su alianza con los sectores más reaccionarios de la iglesia católica en el año 2007. En las elecciones de ese año, el Frente Sandinista fue el único partido que sacó un comunicado especial sobre este tema, bajo el enunciado Sí a la vida, no al aborto. Rosario Murillo, esposa del presidente Daniel Ortega, sacó su propio comunicado, como “madre de familia convertida a la fe y a la religión”[1]https://elpais.com/diario/2007/01/22/sociedad/1169420407_850215.htm.
Según el discurso oficial, la oposición intenta socavar la soberanía nacional, favorece la injerencia extranjera en los asuntos internos y está provocando una intervención militar [5]https://www.dw.com/es/ortega-dice-que-opositores-est%C3%A1n-presos-porque-quer%C3%ADan-derrocarlo/a-58025154. Los acusa también de recibir financiamiento de fuentes externas. Aunque algunos sectores de la oposición favorecen que Estados Unidos presione a Ortega para forzar su salida, lo cierto es que los partidos de la oposición no están abogando por una intervención militar. Por el contrario, el interés ha sido, por ahora, derrocar al gobierno de Ortega electoralmente, mediante unas elecciones justas. Si bien es cierto que varias ONG’s nicaragüenses – algunas de las cuales pueden oponerse a las políticas del gobierno de Ortega – reciben fondos del “National Endowment for Democracy” (NED) y de USAID, la oposición al gobierno de Ortega no es provocada por los fondos estadounidenses. Tampoco tienen estas organizaciones la influencia que se le atribuye sobre la oposición. La burguesía nicaragüense sería capaz de construir su propio proyecto político cuando sus intereses así lo exijan, lo cual, por ahora resulta innecesario para el sector más importante, pues su proyecto está estrechamente vinculado al gobierno corrupto y autoritario de Ortega.
El motor de la oposición – en toda su diversidad – ha sido el gobierno de Ortega durante los pasados catorce años. Nicaragua enfrenta una serie de crisis económicas, políticas y de salud pública que ha generado descontento y ha profundizado la precarización de amplios sectores de la sociedad. Han sido precisamente las políticas de Ortega las que han puesto a muchos, quizás a la mayoría del pueblo, en contra de esas políticas.
En el año 2018 cientos de miles de nicaragüenses se lanzaron a las calles y protagonizaron una rebelión política en todo el país. El pueblo nicaragüense demostró en las movilizaciones que es capaz de crear un movimiento de masas poderoso sin la necesidad del apoyo de los Estados Unidos. El detonante en aquella ocasión fue la violenta represión del gobierno, a principios de ese año, de manifestaciones de ancianos y estudiantes que resistían la reducción de las pensiones como parte de una reforma al sistema de seguridad social. La respuesta del gobierno ante el estallido provocado por la crisis fue aumentar la represión. Hubo más de trescientas personas asesinadas y más de dos mil heridos. Detuvieron y torturaron a cientos de personas y reprimieron cualquier protesta de la oposición. Se cerraron los medios de comunicación de la oposición y se hostigó a las ONGs. Todo esto provocó la emigración de cerca de cien mil personas. (Y, sin embargo, a ciertos sectores de la izquierda en Puerto Rico les sorprendió el nivel de represión que se vio en este proceso electoral, como si fuera un acto aislado por parte del gobierno de Ortega.)
Posteriormente, en el año 2020 la pandemia del COVID19 profundizó aún más la crisis social con la nueva crisis sanitaria. El gobierno de Ortega desobedeció abiertamente las recomendaciones internacionales de salud, ignoró el distanciamiento social y se mantuvo celebrando eventos públicos masivos. Más de setecientos médicos nicaragüenses firmaron una carta en la cual instaron al gobierno a reconocer que el virus se estaba propagando en Nicaragua y exigieron que se adoptaran las medidas preventivas recomendadas por la Organización Mundial de la Salud para mitigar el impacto de la pandemia y limitar su propagación. Nicaragua tampoco ha vacunado a su población. Como en muchos países, la pandemia también profundizó la crisis económica. Ese año, la economía de Nicaragua, que ya era el segundo país más pobre del hemisferio – solo superado por Haití – se contrajo en un cuatro por ciento [6]https://elpais.com/economia/2021-06-22/la-crisis-politica-acaba-con-anos-de-crecimiento-economico-en-nicaragua.html. Además de la pandemia, en noviembre de ese año, gran parte del país sufrió la devastación de los huracanes Eta e Iota [7]https://www.dw.com/es/nicaragua-huracanes-no-dan-tregua-para-sanar-heridas/a-55643116.
La represión en las elecciones de 2021
Resulta evidente que Ortega es consciente que las crisis, tan diversas como profundas, generaron un profundo descontento en amplios sectores del país, lo cual podría provocar que alguno de sus adversarios políticos ganase las elecciones.
Entre los candidatos de derecha de la oposición arrestados se encuentran algunas de las figuras políticas más importantes del país. A principios de junio, Cristiana Chamorro (cuyo padre Pedro Joaquín Chamorro, director del principal diario del país, La Prensa, fue asesinado en 1978, presuntamente por orden del entonces presidente y dictador Anastasio Samoza) fue colocada bajo arresto domiciliario. Su madre derrotó a Ortega en las elecciones de 1990. Sin duda, Ortega temía que Cristiana Chamorro, rica, influyente y con el famoso apellido, pudiera derrotarlo en las elecciones presidenciales.
El gobierno de Ortega también detuvo a otros candidatos presidenciales moderados o conservadores: Arturo Cruz, Félix Maradiaga y Juan Sebastián Chamorro. Otras figuras políticas conservadoras detenidas fueron: José Adán Aguerri, ex presidente del Consejo Superior de la Empresa Privada (Cosep), Violeta Granera y José Pellais.
A la izquierda, la represión no fue distinta. El régimen de Ortega detuvo a varias figuras vinculadas al partido de oposición UNAMOS, una formación política fundada por disidentes del FSLN. Dos de las personas detenidas son héroes indiscutibles de la Revolución Sandinista de 1979: Dora María Téllez, de 65 años, y Hugo Torres, de 73. Ambos fueron comandantes del FSLN. Torres dijo en un mensaje de video grabado que se compartió en las redes sociales: “Estos son actos desesperados de un régimen que puede sentirse muriendo”. Continuó: “Hace cuarenta y seis años arriesgué mi vida para sacar a Daniel Ortega y a otros compañeros presos políticos de la cárcel. Y en 1978 volví a arriesgar mi vida junto a Dora María Téllez para liberar a otros 60 presos políticos. Pero así es la vida, aquellos que una vez acogieron los principios hoy los han traicionado” [8]https://apnews.com/article/noticias-a32bd7483d9e38d1eb80cb39bcbc6879. Otros líderes de la izquierda nicaragüense arrestados fueron Víctor Hugo Tinco, ex activista destacado del movimiento revolucionario de fines de la década de 1970, y dos mujeres más jóvenes, Suyen Barahona, presidenta del Movimiento de Renovación Sandinista (MRS), y Ana Margarita Vigil, ex presidenta del MRS [9]https://newpol.org/nicaragua-ortega-arrests-opposition-candidates-ahead-of-november-2021-election.
Los vaivenes de acercarse a los Estados Unidos
Durante la mayor parte de la presidencia de Ortega en la segunda mitad de la década del 2000, su gobierno mantuvo relaciones “amistosas” con los Estados Unidos. Se establecieron programas de cooperación que incluyeron la vigilancia de los cárteles internacionales de narcotráfico. El gobierno de Ortega también aceptó ayuda militar estadounidense y toleró la presencia en el país de varias de sus agencias como USAID. El desarrollo de esa relación amistosa y de tolerancia mutua se debió al hecho de que era conveniente para los intereses de las clases capitalistas estadounidense y nicaragüense. Y es que el sesenta por ciento del comercio nicaragüense es con los Estados Unidos. Ortega se convirtió en aliado de los grandes intereses capitalistas, facilitó el comercio internacional y evitó la organización de sindicatos independientes en las maquiladoras del país.
Ahora el panorama es distinto. Nicaragua se ha convertido en un problema, en un dolor de cabeza para Estados Unidos, quien prefiere relacionarse con países con al menos la apariencia de instituciones y procedimientos democráticos y paz social. A partir del año 2018 el gobierno de Ortega ha sido incapaz de mantener esa fachada.
Por eso, no debe sorprender que el gobierno estadounidense, de manera oportunista, haya tomado medidas e impuesto sanciones contra figuras destacadas del gobierno de Ortega. Tras la violenta represión del levantamiento nacional en julio de 2018, el gobierno de EEUU impuso sanciones a Daniel Ortega, a su esposa y vicepresidenta Rosario Murillo y a los principales funcionarios del país.
Sabemos que el gobierno de EEUU tiene menos interés en la democracia nicaragüense que en mantener su papel como potencia dominante en el hemisferio occidental y que su verdadera preocupación es que el gobierno de Ortega haya creado inestabilidad en un pequeño pero estratégico rincón del imperio. Tal inestabilidad podría conducir a una rebelión popular y a un gobierno de centro izquierda, o a la participación más activa de grandes potencias rivales como Rusia o China, ninguna de las cuales le interesa ni le conviene al imperialismo estadounidense.
¿Cuál debe ser la posición de la izquierda revolucionaria?
Debemos evitar cualquier vínculo con las políticas imperialistas del gobierno de Estados Unidos y debemos oponernos a cualquier tipo de intervención. Debemos igualmente apoyar a los movimientos por la democracia en Nicaragua, y para esto es necesario que se defiendan los elementos democráticos básicos en la sociedad nicaraguense. Ni la clase trabajadora nicaragüense [10]En su mayoría son trabajadores agrícolas y empleados del gobierno, aunque en menor grado, también hay algunos mineros y trabajadores industriales. ni la mayoría empobrecida de las zonas urbanas y rurales han logrado crear su propio movimiento o partido político independiente. El FSLN, que intentó convertirse en ese partido independiente de la clase obrera y los sectores populares en los años ochenta, se convirtió – en las décadas de 1990 y del 2000 – en una maquinaria electoral corrupta y burocrática. Para la clase trabajadora en Nicaragua, quien no cuenta con sindicatos independientes y ha enfrentado la represión gubernamental con mayor intensidad a partir del estallido social de 2018, ha sido virtualmente imposible construir una alternativa política propia.
La izquierda en Nicaragua es extremadamente débil en términos de su nivel organizativo. Militantes de la izquierda del FSLN formaron grupos de oposición como el Movimiento de Renovación Sandinista y el Movimiento de Rescate del Sandinismo. Muchos de estos grupos adoptaron posiciones socialdemócratas y, aunque hubo algunas excepciones más radicales, no lograron establecer una base entre los trabajadores y los desposeídos de Nicaragua. Sin embargo, sus líderes como Dora María Téllez y Hugo Torres – ambos detenidos – mantuvieron viva tanto la lucha por la democracia como por una sociedad más progresista.
Sin duda, las luchas actuales crearán nuevos grupos de oposición incluyendo formaciones socialistas. Debemos rechazar el campismo [11]Id.
y su argumento de que tenemos que apoyar el régimen neopentecostal de Daniel Ortega y a su gobierno porque ahora también Estados Unidoslo rechaza. El campismo suprime la discusión y rara vez aborda el carácter interno de los países del “campo antiimperialista”. Como en el caso de Nicaragua, el campismo obvia el análisis y suprime cualquier debate sobre el carácter represivo del gobierno y “tiende a ignorar, menospreciar y en ocasiones a oponerse abiertamente a los movimientos por la democracia o la justicia económica y social que surgen entre las clases trabajadoras de dichos países” [12]Sobre el campismo puede verse https://puntodevistainternacional.org/la-critica-implacable-hacia-todo-lo-existente-sobre-la-revolucion-cubana-el-liberalismo-las-libertades-individuales-y-el-campismo/. El campismo es contrario a la tradición marxista y socialista democrática pues tiende a sustituir la solidaridad internacional de la clase trabajadora por la solidaridad con los estados.
Los revolucionarios debemos oponernos tanto a la intervención imperialista de Estados Unidos como al régimen autoritario de Daniel Ortega. Nosotros debemos apoyar a los movimientos que luchan por las libertades democráticas y los derechos civiles y a la misma vez debemos identificar, trabajar y estrechar vínculos con los grupos socialistas emergentes en Nicaragua y con la clase trabajadora y sus organizaciones independientes, con las feministas, con activistas de las luchas LGBTTQi, con grupos ambientalistas y con todos aquellos que luchan contra alguna forma de opresión, quienes, igual que nosotros, se proponen cambiar radicalmente la sociedad capitalista. Como socialistas e internacionalistas, apoyamos decididamente a todos los movimientos por la democracia, por las libertades civiles y por el socialismo.
Redacción de inprecor y miembro del Buró de la Cuarta Internacional
Traducción: Carlos Rojas
Actualidad Internacional: Feminismo
10/11/2021
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ecenas de miles de manifestantes en más de 70 ciudades los días 6, 7 y 8 de noviembre exigieron, como el año pasado, el derecho de las mujeres a elegir, tras la muerte de una mujer embarazada en el hospital de Pszczyna, mientras los médicos esperaban “a que el corazón del embrión deje de latir”.
Habiendo perdido agua, Izabela se presentó al hospital el 21 de septiembre. Los médicos notaron la ausencia de líquido amniótico y confirmaron que las malformaciones congénitas del feto habían observado previamente, decidiendo hospitalizarla y… esperar. Los intercambios de SMS entre ella y su madre, hechos públicos en el canal TVN el 3 de noviembre, son terribles: “El embrión pesa 485 gramos. Por el momento, gracias a la ley antiaborto, tengo que quedarme en cama. Y no pueden hacer nada. Esperarán hasta que muera o comience algo [aborto espontáneo] y de lo contrario puedo esperar un shock séptico”, le escribió Izabela a su madre la mañana de su hospitalización. Y cuando se le preguntó si le dieron algo para inducir el parto, respondió: «No pueden. Tienen que esperar a que comience de forma natural. O si no, esperar hasta que el corazón deje de latir”. Por la noche, en un mensaje de texto a su madre: “Me pusieron una vía intravenosa porque estaba temblando de fiebre. Tenía 39,9 ° C”. “Tragedia. Mi vida corre peligro. Y tengo que esperar”. El 22 de septiembre a las 7.39, Izabela fue declarada muerta por shock séptico.
Jolanta Budzynska, abogada de la familia que hizo público el escándalo el 29 de octubre, explicó en una entrevista que el error médico “no puede ser considerado de forma aislada de la decisión tomada por el Tribunal Constitucional” que restringió aún más las posibilidades de aborto en Polonia en octubre. 2020. “La señora Iza y todas las demás mujeres en su situación hubieran estado más seguras si los médicos hubieran tenido a su disposición, sin restricciones legales, más métodos de tratamiento de acuerdo con los conocimientos médicos actuales. Hoy, (…) los médicos pueden abstenerse de tomar tal medida por temor a su responsabilidad penal”.
Desde que se conoció la muerte de Izabela, las familias han hecho públicas otras tragedias similares. “Ahora es una práctica común en los hospitales esperar a que el embrión muera en el útero cuando sabemos de antemano que no sobrevivirá. Yo mismo lo experimenté”, escribió una periodista.
Se han reanudado las movilizaciones por los derechos de las mujeres, que el año pasado movilizaron a más de un millón de personas en este país de 36 millones de habitantes. “¡Ni una más!” “¡Yo pienso, siento, yo decido !”, “¡El aborto es vida!” – corearon los manifestantes.
El gobierno conservador fundamentalista ha decidido fingir que no ha pasado nada. “La gente muere, es biología (…) lamentablemente las mujeres a veces mueren durante el parto”, se atrevió a decir la nueva jefa de programación de la radio oficial. Su corresponsal comentó sobre las manifestaciones diciendo que “la gente no se dejará manipular como quisieran las líderes de la Huelga de Mujeres, entre otras. Estas cuestiones no tienen nada que ver con la política ni con la decisión del Tribunal Constitucional”.
Y el Parlamento polaco ha decidido seguir examinando un proyecto de ley presentado por fundamentalistas católicos que define al ser humano desde el momento de la concepción y, por lo tanto, convierte la interrupción del embarazo en un asesinato, punible con la muerte, pena de 5 a 25 años de prisión e incluso cadena perpetua. tanto para las mujeres como para quienes las ayudan, incluso proporcionándoles las pastillas para un aborto con medicamentos.
Gilbert Achcar es un académico y escritor socialista libanés. Es profesor de Estudios de Desarrollo y Relaciones Internacionales en la Escuela de Estudios Orientales y Africanos de la Universidad de Londres.
Traducción: Punto de Vista Internacional Fuente: Tempest
Teoría: Organizacion, partido, movimiento
25/04/2021
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A
continuación se transcribe la charla titulada «Marxismo, estrategia socialista y el partido» de Gilbert Achcar, pronunciada en la iniciativa sudafricana “Dialogues for an Anti-capitalist Future”. En ella, Achcar recorre las concepciones del partido desde Marx hasta el presente y susimplicaciones para la estrategia socialista de hoy. Esta transcripción ha sido revisada, editada y completada por Gilbert Achcar. La grabaciónoriginal de la charla puede encontrarse aquí.
Gracias por invitarme a intervenir en esta reunión. Es una gran oportunidad para mí de discutir estos temas con camaradas de África, el continente donde nací y crecí como nativo de Senegal.
El tema definido por los organizadores es bastante amplio: «El marxismo, la estrategia socialista y el partido». Estos temas están todos en singular, aunque abarcan una pluralidad de casos y una gran variedad de situaciones. Hay muchos «marxismos», como todo el mundo sabe, cada marca cree que es la única real y auténtica. Y ciertamente hay muchas estrategias socialistas posibles, ya que las estrategias se elaboran normalmente en función de las circunstancias concretas de cada país. No puede haber una estrategia socialista global que sea igual en todas partes y en cualquier lugar. Del mismo modo, yo diría que no hay una única concepción del partido que sea válida para todos los tiempos y países. Las cuestiones estratégicas y organizativas deben estar relacionadas con las circunstancias locales. De lo contrario, se obtiene lo que León Trotsky llamó acertadamente «internacionalismo burocráticamente abstracto», y eso siempre resulta muy estéril. Tengamos esto en cuenta.
Discutiré algunas concepciones que se desarrollaron en el curso de la historia del marxismo ya que nuestra discusión se adhiere a un marco marxista. Y trataré de llegar a algunas conclusiones extrayendo lecciones de la ya larga experiencia del marxismo.
Podemos fechar el nacimiento del marxismo como orientación política combinada teórica y práctica en el Manifiesto del Partido Comunista que salió a la luz en 1848. Es una larga historia, que nos obliga a reflexionar sobre el enorme cambio de condiciones entre nuestro actual siglo XXI y la época en que nació el marxismo. Sin embargo, Marx y Engels mostraron mucha flexibilidad desde el principio, a partir de este documento fundacional del marxismo como movimiento político. La sección sobre la relación de los comunistas con los otros partidos de la clase obrera es bien conocida, y bastante importante e interesante porque enmarca el tipo de pensamiento político relacionado con la emergente teoría marxista, que todavía estaba en su fase inicial. Es una expresión temprana de la perspectiva marxista y, como tal, no es perfecta, sin duda. Pero es un documento histórico muy importante para trazar una nueva perspectiva política global. Concebido como un «manifiesto» político, está muy relacionado con la acción.
En él, leemos esas famosas líneas: «¿En qué relación se encuentran los comunistas con el conjunto de los proletarios? Los comunistas no forman un partido separado y opuesto a los demás partidos de la clase obrera». Esto, por supuesto, no quiere decir que los comunistas no formen un partido propio, ya que el propio título del documento es Manifiesto del Partido Comunista. De hecho, una traducción más exacta del original alemán habría sido: «Los comunistas no son un partido especial en comparación con los demás partidos de la clase obrera». («Die Kommunisten sind keine besondere Partei gegenüber den andern Arbeiterparteien»). Lo que en realidad se subraya aquí es que el Partido Comunista no es diferente de los demás partidos de la clase obrera. En cuanto a lo que se entiende por «otros partidos de la clase obrera», esto se aclara unas líneas más adelante, pero la idea de que los comunistas no se «oponen» a ellos se explica justo después.
«Ellos», es decir, los comunistas, «no tienen intereses separados y aparte de los del proletariado en su conjunto». En otras palabras, los comunistas no forman una secta peculiar con su propio programa. Luchan por los intereses de toda la clase proletaria. Son parte integrante del proletariado y luchan por sus intereses de clase, no por intereses propios. Esta es una cuestión muy importante, porque sabemos por la historia que muchos partidos de la clase obrera llegaron a desprenderse, como bloques de intereses particulares, del conjunto de la clase. La historia está llena de esos casos.
Así, los comunistas no tienen ningún interés separado y aparte de los del proletariado en su conjunto. No tienen principios sectarios propios, que se separen de las aspiraciones de la clase. ¿Qué es entonces lo que distingue a los comunistas? «Se distinguen de los demás partidos de la clase obrera sólo por esto»: dos puntos siguen:
1. La perspectiva internacionalista o la comprensión de que, «en las luchas nacionales de los proletarios de los diferentes países, [los comunistas] señalan y llevan al frente los intereses comunes de todo el proletariado». Esta idea del proletariado como clase global con intereses independientes de la nacionalidad («von der Nationalität unabhängigen Interessen») es un rasgo distintivo de los comunistas en el Manifiesto.
2. La búsqueda del objetivo final de la lucha de la clase obrera, que es la transformación de la sociedad y la abolición del capitalismo y de la división de clases. En las distintas etapas de la lucha contra la burguesía, los comunistas representan esta perspectiva a largo plazo. Siempre tienen presente el objetivo final, y nunca lo pierden de vista empantanándose en luchas seccionales o reivindicaciones parciales.
Estos son los dos rasgos distintivos de los comunistas como sección de la clase obrera, como grupo o partido dentro de la clase obrera, que lucha por los intereses de toda la clase. Esto tiene implicaciones tanto prácticas como teóricas. En el plano práctico, los comunistas constituyen «la sección más avanzada y decidida de los partidos de la clase obrera de todos los países». Son los más decididos en la práctica política, ya que siempre impulsan el movimiento hacia adelante, hacia una mayor radicalización. En el plano teórico, gracias a su perspectiva analítica, los comunistas tienen una comprensión amplia y completa de las distintas luchas. Ese es al menos el papel que desean desempeñar.
«El objetivo inmediato de los comunistas es el mismo que el de todos los demás partidos proletarios». Es importante este renovado énfasis en lo común, la idea de que nosotros, los comunistas -y aquí escriben Marx y Engels- no somos más que uno de los partidos proletarios, no el único partido proletario. La pretensión sectaria de constituir el único partido de la clase obrera y de que ningún otro partido representa a la clase no es, en definitiva, la concepción que aquí se defiende.
¿Y cuál es el objetivo inmediato de los comunistas que se comparte con los demás partidos proletarios? Es una buena indicación de lo que Marx y Engels querían decir con otros partidos proletarios. Ese objetivo es «la formación del proletariado como clase, el derrocamiento de la supremacía burguesa y la conquista del poder político por el proletariado». Estos objetivos definen lo que los dos autores entendían por partidos proletarios. Y arrojan luz sobre la frase inicial que dice que «los comunistas no forman un partido separado y opuesto a los demás partidos de la clase obrera» (o un partido especial en comparación con los demás). Por partidos de la clase obrera, Marx y Engels entendían todos los partidos que luchan por estos objetivos: la formación política de la clase, el derrocamiento del dominio burgués y la conquista del poder político por el proletariado.
Más allá de esto, lo que la biografía política y los escritos de Marx y Engels muestran claramente es que no tenían una teoría general del partido; no estaban interesados en elaborar tal teoría general. Creo que esto se debe al punto del que partí: que el partido es una herramienta para la lucha de clases, para la lucha revolucionaria, y esta herramienta debe adaptarse a las diferentes circunstancias. No puede haber una concepción general del partido, válida para todos los tiempos y países. El partido de clase no es una secta religiosa con un mismo modelo en todo el mundo. Es un instrumento de acción que debe adaptarse a las circunstancias concretas de cada tiempo y país.
Esta adaptación a las circunstancias reales estuvo constantemente en juego en la historia política de Marx y Engels, desde su temprano compromiso político con un grupo que rápidamente encontraron demasiado sectario -un grupo que estaba más cerca de la perspectiva blanquista- hasta la visión más elaborada que expresaron en 1850 a la luz de la ola revolucionaria que Europa había presenciado en 1848. En un famoso texto centrado en Alemania, el Discurso del Comité Central a la Liga Comunista, los dos amigos describieron a los comunistas aplicando exactamente el planteamiento que habían esbozado en el Manifiesto Comunista, esforzándose por impulsar el proceso revolucionario y abogando por la organización del proletariado al margen de otras clases.
Para ello, llamaban a la formación de clubes de trabajadores. Tenían en mente el precedente de la Revolución Francesa, en la que clubes políticos como los jacobinos fueron actores clave. Abogaron por lo mismo para Alemania en 1850, pero esta vez como clubes proletarios (formando lo que hoy llamaríamos un partido de masas) cuya táctica debería consistir en superar constantemente a los demócratas burgueses o pequeñoburgueses. El partido proletario debe hacerlo para impulsar el proceso revolucionario, convirtiéndolo en un proceso continuo: «revolución permanente» es el término que utilizaron en ese famoso documento.
Marx y Engels pasaron después varios años sin participar formalmente en una organización política, hasta la fundación de la Primera Internacional en 1864. El papel que veían para ellos en ese momento era actuar directamente a nivel internacional, en lugar de involucrarse en una organización nacional. La Primera Internacional aglutinó un amplio abanico de corrientes. Era cualquier cosa menos monolítica, incluyendo lo que hoy llamaríamos reformistas de izquierdas, junto con anarquistas y, por supuesto, marxistas. Los anarquistas estaban formados principalmente por dos corrientes diferentes: los seguidores del francés Proudhon y los del ruso Bakunin. Así, diversas tendencias y organizaciones obreras se unieron a la Primera Internacional, cuyo nombre oficial era «Asociación Internacional de Trabajadores», en el lenguaje arcaico de la época.
La Primera Internacional culminó con la Comuna de París. Este año hemos celebrado el 150 aniversario de la Comuna de París, el levantamiento de las masas obreras, trabajadores y pequeña burguesía parisina, que comenzó el 18 de marzo de 1871 y terminó con una sangrienta represión después de unos dos meses y medio. Este trágico desenlace puso fin a la Internacional tras un fuerte aumento de las luchas internas entre facciones, como ocurre muy a menudo en épocas de retroceso y reflujo.
La siguiente etapa fue el surgimiento de la socialdemocracia alemana, que Marx y Engels siguieron muy de cerca desde Inglaterra. Uno de los textos famosos de Marx es la Crítica del Programa de Gotha, que es un comentario sobre el proyecto de programa del Partido Socialista Obrero de Alemania antes de su convención fundacional en 1875.
diferentes de los grupos implicados en la Primera, y comprendía una gama más estrecha de puntos de vista políticos. Aunque estaba bastante abierta al debate, los anarquistas no eran bienvenidos en sus filas. La Segunda Internacional se basaba en partidos obreros de masas que participaban en toda la gama de formas de lucha de clases, desde la sindical hasta la electoral, luchas que se habían vuelto cada vez másposibles de librar legalmente en la mayoría de los países europeos a finales del siglo XIX.
Estos partidos obreros implicados en la lucha de masas surgieron con el telón de fondo de una crítica al blanquismo, que es la idea de que un pequeño grupo de revolucionarios ilustrados puede tomar el poder por la fuerza, mediante un golpe de estado, y reeducar a las masas después de tomar el poder. Esta perspectiva, que surgió de una de las corrientes radicales que se desarrollaron a partir de la Revolución Francesa, había sido fuertemente criticada por Marx y Engels como ilusoria y contrapuesta a su concepción profundamente democrática del cambio revolucionario.
Desde la época de Marx y Engels, el marxismo ha pasado por varios avatares, como sabemos, pero el más dominante en el siglo XX fue indiscutiblemente el modelo ruso. Más concretamente, fue la variante del marxismo desarrollada por la facción bolchevique del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, una sección de la Segunda Internacional. Tras la escisión del partido en 1912, ambas alas -bolchevique y menchevique-siguieron afiliadas a la Internacional, que pronto entró en crisis con el inicio de la Primera Guerra Mundial en 1914.
Las condiciones rusas, por supuesto, eran bastante excepcionales comparadas con las de Francia o Alemania, o con las de la mayoría de los demás países donde había grandes secciones de la Internacional. Rusia estaba gobernada por el zarismo, un estado muy represivo que no permitíaninguna libertad política, excepto durante breves períodos. Los revolucionarios rusos tuvieron que trabajar en la clandestinidad la mayor parte del tiempo, escondiéndose de la policía política.
Es a la luz de estas condiciones tan específicas que hay que considerar el nacimiento del leninismo como teoría del partido. Nació a principios del siglo pasado, siendo su primer documento importante el libro de Lenin ¿Qué hacer? (1902). Este libro ofrecía una concepción de la organización y la lucha que era en gran medida fruto de las circunstancias que he descrito: el partido clandestino de revolucionarios profesionales que actuaban de forma «conspirativa», que era la única forma en que los revolucionarios podían actuar en las circunstancias de aquella época en Rusia.
Y, sin embargo, cuando examinamos la evolución del pensamiento de Lenin al respecto, vemos que después de la Revolución de 1905, modificó su perspectiva hacia una mejor valoración del potencial de radicalización espontánea de las masas obreras. Mientras que en un principio había insistido en que la inclinación espontánea de los trabajadores estaba obligada a permanecer dentro de los límites de una perspectiva sindicalista, después de 1905 se dio cuenta de que las masas obreras podían, en algunos momentos, ser más revolucionarias que cualquier otra organización, ¡incluida la suya!
Sin embargo, esto no resolvió la disputa que se desarrolló antes de 1905 entre mencheviques y bolcheviques sobre la concepción del partido: ¿Cuántos miembros debe tener el partido? ¿Qué condiciones debe haber para la afiliación? ¿Deberían todos los miembros del partido estar plenamente comprometidos con la actividad política diaria, o debería la afiliación incluir a los simpatizantes que pagan cuotas, independientemente de su nivel de participación activa? Este debate se intensificó en 1903. Pero cuando el partido se dividió años más tarde, en 1912, la divergencia más seria fue política -la actitud hacia la burguesía liberal- más que organizativa. Esto explica la actitud de alguien como Trotsky, que era muy crítico con la concepción del partido expresada en «¿Qué hacer?», aunque seguía estando políticamente más cerca de los bolcheviques. De ahí su postura conciliadora hacia ambas alas después de 1912, ya que estaba de acuerdo y en desacuerdo con cada una de ellas en diferentes cuestiones.
Durante ese mismo periodo, Rosa Luxemburg fue en realidad más crítica con el Partido Socialdemócrata Alemán que Lenin. Mientras que Lenin consideraba al partido como un modelo y una inspiración clave, Rosa Luxemburg era la crítica de izquierda más prominente de la dirección del partido. Ella también criticaba la concepción de Lenin sobre el partido, porque creía fundamentalmente en el potencial revolucionario de las masas obreras y en su capacidad para desbancar a la dirección del partido socialdemócrata en tiempos revolucionarios.
Esta breve, y sólo parcial, visión de conjunto basta para mostrar que existía una compleja variedad de concepciones del partido obrero y de su papel. Este hecho hace que sea aún más importante considerar las diferentes condiciones de los distintos países en los que se encontraban los portadores de estos puntos de vista. El partido bolchevique se convirtió en un gran partido de masas en 1917. En el curso de la radicalización y el proceso revolucionario de ese año, el partido se ganó a una gran parte de la clase obrera rusa y a otros componentes de la base social de la Revolución Rusa: soldados, campesinos y otros. Para absorber la radicalización de masas en curso, el partido abrió ampliamente sus filas. Vemos aquí en acción la flexibilidad de la forma organizativa que es necesaria para adaptarse a las circunstancias cambiantes.
La fórmula «centralismo democrático», que suele atribuirse al leninismo, no procede en realidad de Lenin. Resume el funcionamiento organizativo de la socialdemocracia alemana, indicando la combinación de democracia en el debate y centralismo en la acción. No pretendía impedir el debate. Al contrario, se hacía hincapié en la mitad democrática de la expresión. Incluso en las duras condiciones de la Rusia zarista, siempre hubo muchas discusiones, disputas abiertas y creación de facciones organizativas dentro de cada ala del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia. Las discusiones salieron a la luz dentro de la propia Rusia cuando las condiciones cambiaron en 1917.
Sólo más tarde -en 1921, en el contexto de las difíciles condiciones resultantes de la guerra civil- se prohibieron las facciones en el Partido Comunista (heredero del ala bolchevique del Partido Obrero Socialdemócrata), una decisión que resultó ser un error fatal. No resolvió ningún problema, sino que fue utilizada por una facción del partido, un grupo dentro de su dirección, para hacerse con el control total del partido y deshacerse de cualquier oposición. Ese fue el comienzo de la mutación estalinista.
En 1924, Stalin redefinió el leninismo y lo consagró en un conjunto de dogmas. Esto incluía una concepción muy centralista y antidemocrática del partido: el culto al partido y a su dirección, la disciplina férrea, la prohibición de las facciones y, por tanto, de la discusión organizada dentro del partido. Allí se expone la concepción del partido como instrumento de la «dictadura del proletariado», una visión ajena no sólo a Marx y Engels, sino incluso a un libro como Estado y revolución (1917) de Lenin, en el que el partido ni siquiera se menciona en la definición de esa dictadura (esto, en cierto modo, es realmente un problema, ya que el libro debería haber discutido los derechos y el papel de los partidos después de la revolución). Pero el punto clave es que esta idea -que el partido encarna la dictadura del proletariado- también se convirtió en parte de lo que se consideraba predominantemente como leninismo en esa época.
De la misma manera que se desarrollaron varios avatares del marxismo, ha habido varios leninismos: el de los estalinistas, que acabo de describir, y otros leninismos, especialmente entre los grupos que se autodenominan trotskistas. Algunos de estos últimos estaban en realidad bastante cerca de la versión estalinista; en el lado opuesto, encontramos a alguien como Ernest Mandel, el marxista belga, cuyo leninismo está bastante cerca de la perspectiva de Rosa Luxemburgo.
Una reflexión muy interesante que se desarrolló después de la Revolución Rusa es la de Antonio Gramsci, el famoso marxista italiano. Al considerar los acontecimientos que se desarrollaron en Europa, destacó la diferencia entre las condiciones de Rusia y las de Europa Occidental. Volvemos aquí, de nuevo, a nuestro punto de partida: las circunstancias, la situación concreta de cada país y región. En Europa Occidental, la democracia liberal iba acompañada de la «hegemonía» burguesa. La burguesía, para gobernar, no se basaba sólo en la fuerza, sino también en el consentimiento de una mayoría popular.
Y hay que tener en cuenta esa gran diferencia, en lugar de limitarse a copiar la experiencia rusa. En las condiciones típicas de Occidente, el partido obrero debe esforzarse por construir una contrahegemonía, es decir, por ganarse el apoyo de la mayoría para romper con la dominación ideológica burguesa. Debe librar una guerra de posiciones en condiciones democráticas liberales que permita al partido conquistar posiciones dentro del propio Estado burgués a través de las elecciones. Esa guerra de posición es el preludio de una guerra de maniobras, una distinción tomada de la estrategia militar. En una guerra de posición, una fuerza armada se atrinchera en posiciones y bastiones, mientras que en una guerra de maniobra, las tropas se ponen en movimiento para ocupar el territorio del enemigo y romper su fuerza armada. Por lo tanto, en las condiciones típicas de Occidente, el partido obrero debe prever una guerra de posición prolongada, estando al mismo tiempo preparado para pasar a una guerra de maniobra, si y cuando esto sea necesario.
Permítanme añadir a todo esto lo que yo llamaría una concepción materialista del partido. Para los marxistas, el punto de partida para evaluar las condiciones sociales y políticas es el materialismo histórico: las formas de organización de una sociedad determinada tienden a corresponder a sus medios tecnológicos. Este axioma puede extenderse a todas las formas de organización: normalmente se adaptan a las condiciones materiales. Este es el caso de los modos de gestión de las empresas capitalistas. Lo mismo ocurre con la organización revolucionaria: su tipo y su forma dependen en gran medida de los medios que utiliza para producir su literatura, que a su vez están determinados por la tecnología y las libertades políticas disponibles. Así, si un partido depende principalmente de la imprenta clandestina, es necesariamente una organización conspirativa que requiere un alto grado de centralización y secretismo. Si puede imprimir su literatura de forma abierta y legal, puede ser una organización abierta y democrática (si es conspiradora por elección, más que por necesidad, suele ser más una secta que un partido). Esto nos lleva a Internet como una gran revolución tecnológica en la comunicación. La creencia de que este cambio tecnológico no debe afectar a la concepción del partido es el signo inequívoco de que éste se ha convertido en una organización dogmática de tipo religioso.
Hoy en día, todas las formas de organización están muy condicionadas por la existencia de Internet. Por ello, el trabajo en red se ha convertido en una forma de organización mucho más extendida de lo que podía ser antes. El trabajo en red que permiten las redes virtuales, como los medios sociales, también puede facilitar la constitución de redes físicas. Gracias a Internet, es posible un funcionamiento mucho más democrático, tanto en el intercambio de información como en la toma de decisiones. No es necesario reunir físicamente a personas que se encuentran a grandes distancias cada vez que hay que celebrar un debate y decidir democráticamente.
El potencial de Internet es enorme, y sólo estamos al principio de su uso. Alimenta la fuerte aversión al centralismo y a los cultos de liderazgo que existe entre la nueva generación. Creo que es bastante saludable que exista tal rebeldía entre la nueva generación, en comparación con los patrones que prevalecían en el siglo XX.
El trabajo en red está a la orden del día. Empezó pronto con los zapatistas, que defendían este tipo de organización en los años 90. Una encarnación importante hoy en día es el Black Lives Matter (BLM). Este movimiento comenzó hace unos años, principalmente como una red en torno a una plataforma en línea y un conjunto de principios compartidos. Los capítulos locales sólo se comprometen con los principios generales del movimiento, que no tiene una estructura central: sólo una red horizontal sin un centro dirigente; sin jerarquía, sin verticalidad. Es en gran medida un producto de nuestro tiempo que no habría sido posible a tal escala antes de la tecnología moderna. Es una buena ilustración de la concepción materialista de la organización.
El trabajo en red también está presente en otro gran acontecimiento reciente, ocurrido en el continente africano, en Sudán. La revolución sudanesa que comenzó en diciembre de 2018 ha sido testigo de la formación de Comités de Resistencia, que son capítulos locales mayormente activos en los barrios urbanos, cada uno de los cuales involucra a cientos de miembros, en su mayoría jóvenes. En cada una de las principales zonas urbanas hay decenas de estos comités, con cientos de participantes cada uno. Decenas de miles de personas se organizan así en las principales zonas urbanas. Funcionan como el BLM: principios comunes, objetivos comunes, ausencia de liderazgo central, uso intensivo de las redes sociales. Sin embargo, no se han inspirado en BLM. Son, más bien, un producto de la época, un producto de la mencionada aversión a las experiencias centralizadas del pasado y sus tristes resultados, combinado con la nueva tecnología.
Esto, sin embargo, no anula la necesidad de la organización política de los afines, de personas que -como los comunistas del Manifiesto Comunista- comparten puntos de vista específicos y quieren promoverlos. Pero el grado cualitativamente más alto de democracia organizativa que permite la tecnología moderna se aplica igualmente a esos partidos de afines. Los [revolucionarios marxistas] deben aspirar a construir un partido de masas de la clase obrera y eventualmente dirigirlo, siempre y cuando logren convencer a la mayoría de sus puntos de vista. Por eso también deben unirse a los partidos de masas, obreros y anticapitalistas, cuando éstos existan, o bien contribuir a su construcción.
Para terminar, el punto clave que señalé al principio es que el tipo de organización depende de las condiciones concretas del lugar donde se va a construir. El tiempo y el lugar son decisivos, además de la dimensión tecnológica. Es muy importante evitar caer en el sectarismo de los autoproclamados «partidos de vanguardia». La vanguardia es un estatus que debe adquirirse en la práctica, no proclamarse. Para ser realmente una vanguardia, debe ser considerada como tal por las masas.
Los revolucionarios marxistas que deseen construir un partido de vanguardia deben considerarse a sí mismos, como en el Manifiesto Comunista, como parte de un movimiento de clase más amplio que incluye otras organizaciones de diferentes tipos. Deben aspirar a construir un partido de masas de la clase obrera y eventualmente dirigirlo, siempre y cuando logren convencer a la mayoría de sus puntos de vista. Por eso también deben unirse a los partidos de masas, obreros y anticapitalistas donde existan, o bien contribuir a su construcción. No es construyendo un autoproclamado «partido de vanguardia» y reclutando miembros a sus filas uno por uno como se construye un partido de masas. No funciona así. Además, el socialismo sólo puede ser democrático. Es banal decirlo, pero significa que no se puede cambiar la sociedad a mejor sin una mayoría social a favor del cambio. De lo contrario, como la historia nos ha demostrado tan trágicamente, se acaba produciendo el autoritarismo y la dictadura. Y eso tiene un precio enorme.
Mi último punto es sobre la necesidad de la vigilancia democrática contra los efectos corrosivos de las instituciones burguesas y las tendencias burocráticas. No todos los países del mundo, pero sí la mayoría, son países en los que actualmente es posible emprender la guerra de posición descrita por Gramsci, que incluye una lucha dentro de las instituciones electivas del Estado burgués. Esto debe combinarse con una lucha desde el exterior, por supuesto, a través de los sindicatos y diversas formas de lucha de clases, como huelgas, sentadas, ocupaciones, manifestaciones, etc.
En el curso de la guerra de posición, los revolucionarios se enfrentan a los efectos corrosivos de las instituciones burguesas, porque los funcionarios elegidos pueden verse afectados por el poder corruptor del capitalismo. Lo mismo puede decirse del poder corruptor de la burocracia, que está en juego dentro de los sindicatos y otras instituciones de la clase obrera. Los revolucionarios deben permanecer atentos a estos riesgos inevitables y pensar en nuevas formas de evitar que prevalezca este efecto corrosivo. Esa es también una parte clave de las lecciones de la historia que debemos tener en cuenta.