Autor: AndreuColl4

  • Nuevos focos de tensión en el tablero mundial

    Nuevos focos de tensión en el tablero mundial

    Nuevos focos de tensión en el tablero mundial

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    Eduardo Lucita

    Economistas de Izquierda

     

    Teoría: Imperialismo

    14/01/2022

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    a economía mundial está en recuperación, el recrudecimiento de la pandemia amenaza esa recuperación mientras que nuevos conflictos políticos tensionan el escenario mundial. De conjunto prima la incertidumbre.

    En los inicios de este 2022 un enfoque global muestra tres escenarios. Por un lado una economía en recuperación concentrada en algunas de las principales potencias y por lo tanto muy desigual. Las proyecciones van desde 4.1 a 5.6% de crecimiento para este año,  traccionado por la suba del comercio internacional (+11% en 2021 sobre el 2019) donde se destaca el  intercambio China-EEUU que a diciembre pasado alcanzaría su récord histórico (700.000 millones de dólares). Por otro lado se estima una desaceleración del crecimiento por un fuerte rebrote de la pandemia que, por la extrema contagiosidad de la variante Ómicron, crece verticalmente en todo el mundo poniendo en riesgo la evolución de la economía global en el futuro inmediato. El tercer escenario está dominado por los nuevos focos de tensión que sacuden el tablero mundial, es lo que nos interesa en esta nota.

    Si hasta hace pocos meses atrás la región de Taiwán y el Mar de la China del Sur  era considerado “…el lugar más peligroso del planeta” (tal como explicáramos en notas anteriores), hoy en los inicios del 2022 ese podio está siendo disputado por tensiones que cruzan tanto a Europa Oriental como a Asia Central y en el Oriente Medio.

    Todas las zonas donde se registran focos de tensión tienen importancia geopolítica y comercial. La región indo-pacífica es hoy el segundo destino de las exportaciones de la UE y alberga a cuatro de los diez principales socios comerciales del bloque. El Oriente medio contiene más del 60% de las reservas petroleras globales y es un punto de relevancia mundial. Ucrania y Kazajistán son fundamentales para la reconstitución de un bloque de poder con Rusia como pivote central.

     La declinación de EEUU y los intentos de la administración Biden por recuperar espacios y presencia internacional frente al ascenso de China y Rusia están en el centro de esta conflictividad.

    EEUU busca restablecer el acuerdo nuclear firmado por la administración Obama con Irán y países miembros del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas (Viena 2015) que tenía por objetivo detener el plan nuclear iraní. En 2018 la administración Trump, empujada por Israel y las monarquías árabes, retiró a EEUU del acuerdo y en paralelo incrementó las sanciones económicas y financieras. El argumento, otra vez sin mayores pruebas, fue que la nación persa no estaba cumpliendo el acuerdo, pero el objetivo no declarado, ahora es evidente, no era otro que mellar la influencia de Irán en la región, esta había crecido luego de que Rusia destrabara la crisis siria a favor del régimen de Bashar al Assad aliado de los persas. Por si fuera poco en las afueras de Teherán fue asesinado Mohsen Fakhrizadeh, el principal científico nuclear iraní y meses antes, en las cercanías de Bagdad, el comandante Suleiman, considerado un héroe nacional iraní. Cartón lleno, el resultado de las presiones económico-financiera y militares fue exactamente inverso a lo buscado. En lugar de detener el plan nuclear este se aceleró. Informes recientes dan cuenta de que Irán está a punto de completar el ciclo de enriquecimiento del uranio en un porcentaje que lo pone a tiro de lograr la bomba nuclear. Adicionalmente se ha revelado como potencia militar (posee un importante stock de  misiles de precisión y largo alcance).

    El reconocimiento de la peligrosidad de la situación y la responsabilidad de los errores no forzados de EEUU están llevando a un replanteo general en la región, incluso tanto en Israel como en los emiratos y otras jerarquías árabes ya se piensa en alcanzar algún acuerdo con Irán. Mientras tanto la presencia China crece en la región y su proyecto de Nueva Ruta de la Seda gana espacios.

     

    Día a día crecen las tensiones entre Rusia, EEUU y los países europeos por la zona fronteriza que comparten Rusia y Ucrania y la por crisis en Kazajistán.

    En  2014, luego de las protestas del Euromaidán, Rusia invadió primero y anexo después la estratégica península de Crimea (donde está instalada la mayor base naval rusa), desde hace unos meses está desplegando tropas a lo largo de toda la frontera con Ucrania intentando disuadir o bloquear el acercamiento de Ucrania a la OTAN, que habilitaría la expansión de la alianza hacia el este lo que Rusia considera una amenaza militar (vínculos culturales, étnicos e históricos suelen justificar acciones diplomáticas o militares).  Como en la región indo-pacífica la administración Biden ha declarado que no aceptará una nueva invasión militar de Rusia, amenazando con sanciones bancarias, financieras e incluso bloquear el gasoducto Nordstream II, lo que enciende luces rojas en Alemania que depende de ese gas, más cuando acaba de cerrar numerosas centrales nucleares. Moscú ha respondido que sería “un error colosal” y que aplicaría “medidas militares y técnicas”, mientras que la OTAN advirtió que hay “riesgo real de conflicto” y que la alianza debe prepararse para “un fracaso diplomático”. Esta semana (10 al 16 de enero 2022) se realizarán dos reuniones claves del Consejo OTAN-Rusia, creado en 2002,  para buscar detener una crisis por demás peligrosa que terminaría enfrentando a países dotados de armas nucleares. Los rusos buscan frenar el despliegue de misiles en Europa y que ni Ucrania ni Georgia se integren a la OTAN. En tanto que europeos y norteamericanos defienden la decisión de la alianza de construir “infraestructura” en las cercanías de Rusia y la eventual opción soberana de los países que decidan integrarse a la Alianza Atlántica.

    El Asia Central situada entre Irán y China y en las cercanías de Turquía es un nuevo foco de conflicto desatado luego de protestas populares en Kazajistán -el país más rico en recursos naturales y de mayor extensión geográfica de la región- por el aumento del precio de gas al que con el correr de los días se sumaron otras demandas. A diferencia de lo sucedido cuando el Euromaidán, aquí hay fuertes muestras de autoorganización y contenidos de clase en las protestas, provenientes de una larga tradición de luchas obreras y huelgas en el país, pero también hay disputas entre grupos de poder, palaciegas entre clanes y presencia de islamistas radicales. Rusia a través de la Organización del Tratado de la Seguridad Colectiva (OTSC) intervino militarmente para sostener al rpegimen, su aliado, y controlar la situación en Kazajistán,  que es el núcleo central de la estrategia geopolítica del presidente Putin para recuperar la Gran Rusia.

     

    Así tambores de guerra resuenan en esas tres zonas en conflicto que tensionan todo el tablero mundial, mientras que no hay precisiones en cuanto a la extensión y la magnitud de la pandemia, que está imponiendo nuevas restricciones en una economía global en que las bancas centrales están subiendo las tasas de interés, que registra creciente ausentismo laboral que limita la producción y entorpece la logística de las cadenas de valor, todo acompañado por una tasa de inflación desconocida en décadas.

    Todo redunda en una gran incertidumbre sobre el futuro inmediato.

    Nota: cuando esta columna ya estaba publicada nuevas informaciones dan cuenta que las negociaciones del Consejo OTAN-Rusia estarían fracasando y al borde de la ruptura. EEUU habría reiterado la posibilidad de duras sanciones y Rusia respondió que en sus medidas técnico-militares no descarta emplazar infraestructura militar en Cuba y Venezuela. La crisis de los misiles en Cuba en 1962, tal vez la mayor en tiempos de la Guerra Fría, sobrevuela la escena mundial agregando mayor incertidumbre.

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  • El capitalismo estancado y la ilusión de la ruptura tecnológica

    El capitalismo estancado y la ilusión de la ruptura tecnológica

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    Jason E. Smith y Tony Smith

    Jason E. Smith es autor de Smart Machines and Service Work, Reaktion books, 2020.

    Tony Smith es profesor de filosofía en la Universidad Estatal de Iowa y autor deTechnology and Capital in the Age of Lean Production: A Marxian Critique of the «New Economy», Suny Press, 2020.

    Traducción: Marc Casanovas
    Fuente: 
    The Brooklyn Rail

    Actualidad Internacional: Entrevista con…

    01/11/2020

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    on motivo de la publicación, en noviembre de 2020, del libro de Jason E. Smith, Smart Machines and Service Work, Tony Smith entabló un diálogo con él con el fin de explicar su enfoque sobre las innovaciones tecnológicas y el modo en que reconfiguran o no el capitalismo.

    Ni tecno-utopía ni tecno-distopía, Jason E. Smith muestra la naturaleza en gran medida ilusoria de la idea de una «ruptura tecnológica», compartida tanto por los apologistas como por los críticos de las nuevas tecnologías. Este mito no sólo enmascara el estancamiento económico y el caos social, sino que también nos distrae de la cuestión -que el autor plantea aquí- de las nuevas formas de organización y de lucha de los trabajadores.

    Tony Smith – En primer lugar, felicidades por la publicación de Smart Machines and Service Work. Es uno de los mejores libros sobre las consecuencias sociales del cambio tecnológico que he leído, mucho más perspicaz que los libros sobre tecnología que reciben tanta atención en la prensa convencional.

    Muchos de estos libros defienden el tecno-utopismo, argumentando que, si esperamos un poco más y ponemos en marcha las políticas adecuadas, las tecnologías avanzadas desencadenarán una nueva era de crecimiento y prosperidad. Otros adoptan una posición tecno-distópica, prediciendo niveles de desempleo tecnológico y caos social sin precedentes. ¿Cómo definiría su posición en relación con estas alternativas?

    Jason E. Smith – Ambas están equivocadas. Ambas parten de la base de que las economías capitalistas avanzadas están experimentando, o están a punto de experimentar, una profunda transformación impulsada por las máquinas, cuyo principal efecto será un aumento repentino de la productividad del trabajo y del crecimiento económico. Los «tecno-distópicos» hacen hincapié en las probables consecuencias sociales catastróficas para la estratificación de clases y los mercados laborales: una exacerbación de la desigualdad de ingresos y, sobre todo, el desempleo «masivo».

    En mi libro me centro en esto último. Los episodios de desempleo masivo no son el resultado del cambio tecnológico, sino del colapso económico. Si se produjera una resucitación robusta y automatizada de las economías de renta alta, la evidencia histórica sugiere que habría una trayectoria totalmente diferente. Sería de esperar que se produzcan trastornos temporales en el mercado de trabajo, ya que se revisan los procesos de trabajo, se redefinen los puestos de trabajo, se reasigna la mano de obra de los sectores de alta productividad a los más intensivos en mano de obra, se crean industrias totalmente nuevas y se imponen nuevas divisiones del trabajo (tanto sociales como técnicas). Surgiría una nueva composición de clase, con nuevas estratificaciones de competencia, género, raza o ubicación.

    En Estados Unidos, basta con remontarse al periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial y hasta aproximadamente 1965 o 1970 -lo que yo llamo «Automatización 1.0»- para encontrar este patrón. Ciertamente, a largo plazo, esta transformación conduciría con toda probabilidad a un aumento del desempleo, ya que la mayoría de los nuevos puestos de trabajo serían empleos de servicios mal pagados, especialmente de servicios personales. Miseria y descalabro para muchos, sin duda. Pero la transformación tecnológica radical de las economías avanzadas no está en marcha ni es inminente.

    Las afirmaciones de que estas economías están al borde de una ruptura tecnológica proceden principalmente de las facultades de empresariales o de «gestión», y de Silicon Valley. A continuación, los periodistas y los comentaristas las canalizan, las repiten y las repiten. Se acompañan de palabras de moda: «segunda era de las máquinas», «tercera revolución industrial», «industria 4.0», etc. Esta exageración se extiende a la izquierda y se asocia con planes especulativos sobre la UBI (renta básica universal) o incluso con propuestas de «nacionalizar» las plataformas de redes sociales. Estas proyecciones se realizan en un contexto de crisis implacable (en 2018, el Banco de Inglaterra pudo anunciar que la economía británica había «sufrido la peor década de crecimiento de la productividad desde el siglo XVIII»).

    La retórica que ha surgido y se ha consolidado en torno a la automatización puede interpretarse como parte de una iniciativa más amplia para alimentar una burbuja bursátil sin precedentes en la historia, alimentada principalmente por un puñado de los llamados valores tecnológicos o de Internet (los acertadamente llamados valores «FAANG»: Facebook, Amazon, Apple, Netflix y Alphabet-Google). La historia de la innovación de la última década se limita principalmente al sector financiero y a la política monetaria: recompras de acciones (800.000 millones de dólares en 2018), tipos de interés casi nulos, endeudamiento masivo de las empresas privadas, ciclo tras ciclo de flexibilización cuantitativa [la llamada política monetaria no convencional]. Los tsunamis de dinero barato llegaron a las economías más ricas del mundo, gran parte del cual se gastó en inmuebles urbanos. Con el inicio de la pandemia, recibimos una nueva dosis de “King Kong”, que llevó a los mercados bursátiles a máximos históricos, mientras sectores económicos enteros cerraban y decenas de millones de trabajadores estadounidenses perdían sus empleos.

    Estas ficciones del cambio tecnológico son de vital importancia para una clase capitalista que se imagina a sí misma como una fuerza histórica progresista, pero que preside una economía profundamente estancada, pasando de una profunda crisis a otra. Esta clase se presenta a sí misma como una fuerza histórica disruptiva, incluso anárquica, cuyas extraordinarias innovaciones plantean problemas (el crecimiento explosivo de la productividad que hace que la mitad de la mano de obra sea superflua, etc.) que sólo ella puede entender y resolver (con el UBI, una garantía de empleo, quizás un New Deal verde..). No es de extrañar que la palabra de moda de la década haya sido «inteligente» (teléfonos inteligentes, casas inteligentes, fábricas inteligentes, coches inteligentes y ciudades inteligentes), un término que refleja la autoestima de quienes lo inventaron. Sin embargo, esta gente se enriqueció con las burbujas inmobiliaria y bursátil.

    No nos equivoquemos, vivimos en una época de «caos social», por utilizar su término: de polarización y fragmentación social, de aumento de la deuda y falta de crecimiento, de mercados laborales rotos y de conflictos de clase agudos pero fragmentados e incoherentes. Smart Machines and Service Work intenta tomar la medida de este creciente desorden y ofrecer una explicación diferente de por qué estamos atrapados en él.

    Tony Smith – La mayoría de la gente piensa que vivimos en una época de cambios tecnológicos sin precedentes. Sin embargo, en su libro habla de «inercia tecnológica sostenida». ¿Qué quiere decir con esta chocante expresión?

    Jason E. Smith: En su mayor parte, los tipos de avances tecnológicos que han tenido lugar durante la última década o más son irrelevantes desde una perspectiva macroeconómica, ya sea el crecimiento de la productividad laboral, el empleo, las tasas de inversión, el crecimiento del PIB o cualquier otra cosa. No es casualidad que la consolidación de esta retórica de la automatización inminente (el aprendizaje automático, la gobernanza algorítmica, la revolución de las plataformas, la economía «colaborativa») haya coincidido con el repentino ascenso de empresas como Facebook, Apple, Alphabet, Amazon, Alibaba y Tencent.

    A mediados de la década, estas empresas habían consolidado su estatus de líderes bursátiles -sus valoraciones desorbitadas superaban con creces a las antiguas transnacionales de la banca, el petróleo, las farmacéuticas y el automóvil-, al tiempo que se insinuaban en el tejido de la vida cotidiana de los consumidores de la clase trabajadora y de la llamada clase media. Las empresas de redes sociales como Facebook y las empresas del monopolio de Internet como Alphabet/Google se pasaron la década prometiendo una revolución de la inteligencia artificial o de los coches autoconducidos, mientras que más del 90% de sus ingresos procedían de la venta de espacios publicitarios a otras empresas (como bancos y fabricantes de coches). Estas plataformas han acumulado enormes beneficios durante la última década creando e imponiendo condiciones de funcionamiento similares a las de un monopolio. Aunque se presentan como empresas tecnológicas, invierten relativamente poco en I+D, pero gastan a manos llenas para aplastar a sus posibles competidores, principalmente comprándolos antes.

    El «smartphone» se perfila como la innovación o invento estrella de nuestro tiempo, su «producto estrella». Su ubicuidad, su presencia en las aceras, en las salas de juntas, en las aulas o en la mesa, confirma su condición de emblema de la época. En su mayor parte, se limita a reunir dispositivos más antiguos (el teléfono móvil, el ordenador personal). Al proporcionar acceso a toda una serie de entretenimientos -compras, streaming de música y vídeo, comunicación interpersonal- a través de una única pantalla interactiva, estos dispositivos completan una confluencia que lleva décadas en marcha: la fusión del comercio y la información, el entretenimiento y la sociabilidad, la autoafirmación personal y la vida cívica en una única pantalla LCD (u OLED) sensible al tacto.

    Su usuario se debate entre estos registros y los practica todos al mismo tiempo. Su humor oscila entre la diversión inofensiva y la rabia inarticulada. Sin embargo, la pesada mano de las mayores empresas tecnológicas en los mercados bursátiles, combinada con la fuerza e influencia que han desatado en el entretenimiento, el consumo, la identidad personal y el discurso público -todo lo cual ya ha estado erosionando y decayendo durante décadas- ha dado lugar a reivindicaciones por esta tecnología de base que superan con creces su impacto en la forma en que compramos, consumimos medios de comunicación o nos relacionamos con amigos, familiares y desconocidos.

    En el lugar de trabajo, estas innovaciones prometían llevar a lo que Paul Mason predijo que sería un «despegue exponencial de la productividad» [en su libro Postcapitalism a Guide To Our Future]. Esto es precisamente lo que no ha ocurrido. En cambio, lo que hemos obtenido son redes de vigilancia y seguimiento cada vez más estrechas, en las calles y en el lugar de trabajo.

    Es revelador que los teléfonos inteligentes y las plataformas de medios sociales despegaran en medio de una profunda recesión que nunca llegó a «romperse». El iPhone salió al mercado en vísperas de la crisis financiera de 2008. La forma en que las personas se comunican, obtienen información, ven películas, compran o comparten fotos nunca volverá a ser la misma. Pero la «paradoja de la productividad» de Robert Solow [Premio Nobel de Economía en 1987; nacido en 1924], formulada por primera vez en 1987 – «Se puede ver la era de la informática en todas partes menos en las estadísticas de productividad»- ha resistido la prueba del tiempo. En la última década se ha producido el menor crecimiento de las ganancias de productividad laboral en décadas, incluso en el sector manufacturero. Sin embargo, la ralentización del crecimiento de la productividad del trabajo comenzó ya en 1970, más o menos, al mismo tiempo que debutó el primer microprocesador del mundo, el 4004 de Intel.

    Tony Smith – Esto nos lleva a uno de los misterios perdurables de la economía contemporánea, resumido en la frase «estancamiento secular». ¿En qué se diferencia su explicación de la desconexión entre el aparente dinamismo innovador de las últimas décadas y la relativa falta de dinamismo económico de otros que han llamado la atención sobre este fenómeno?

    Jason E. Smith – A finales de 2013, cuando la retórica sobre una explosión de la productividad impulsada por la automatización estaba en auge, otro segmento de la clase dirigente de EE.UU. sospesó las cosas con una perspectiva muy diferente. Larry Summers, ex secretario del Tesoro de Bill Clinton, opinó que Estados Unidos y otras economías capitalistas maduras se enfrentaban a la perspectiva de un profundo estancamiento en el que el alto desempleo, el bajo crecimiento del PIB y el estancamiento salarial podrían persistir mucho más tiempo que las breves recesiones de los ciclos económicos típicos.

    Los resultados de la economía estadounidense parecen dar la razón a Larry Summers. El despegue prometido nunca se produjo. La década en la que libros con títulos como Rise of the Robots. Technology and the Threat of a Jobless Future (Basic Books, 2016) ocupó el centro del debate público también estuvo marcado por una implacable crisis económica mundial de una escala que no se veía desde la década de 1930. La primera ronda de esta debacle estuvo marcada por una serie de fracasos espectaculares en el sector financiero, con bancos de inversión excesivamente apalancados que colapsaron o fueron comprados por centavos de dólar por empresas menos expuestas. Lo que ocurrió a continuación fue tan previsible como devastador: años perdidos con tasas de desempleo no vistas en décadas, combinadas con la caída en picado de las tasas de participación de la población activa a medida que los trabajadores despedidos abandonaban el mercado laboral (o, en algunos casos, eran reclasificados como «discapacitados»).

    Al disminuir la demanda de mano de obra, los salarios de muchos trabajadores se redujeron. A medida que los trabajadores se quedaban sin trabajo, también lo hacía el capital. A lo largo de la década de la crisis, las tasas de utilización de la capacidad instalada, que miden la diferencia entre lo que una economía puede producir y su producción real, alcanzaron los niveles más bajos de la historia de la posguerra, muy por debajo de los de los años de crisis de la década de 1970. El crecimiento del PIB se ha tambaleado, incluso cuando el endeudamiento de las empresas se ha disparado a lo largo de este periodo.

    Tanto en EE.UU. como en Europa, surgió un fenómeno que se observó por primera vez durante la «década perdida» japonesa de los años 90: la presencia fantasmal de empresas «zombi» capaces de evitar la ruina refinanciando constantemente su deuda, incluso cuando sus negocios se contraían. Y lo que es más importante, al mismo tiempo que tantos comentaristas anunciaban la perspectiva de una nueva era de la maquinaria, la inversión de la empresa privada en capital fijo se desplomó alcanzando tasas sin precedentes en la era de la posguerra. Las cifras de productividad laboral en EE.UU. han mostrado, como era de esperar, unas tasas de crecimiento desalentadoras, con un aumento inferior al 1% anual, incluso en el históricamente dinámico sector manufacturero.

    El descenso del gasto de inversión ha sido especialmente acusado, pero no es en absoluto una aberración con respecto a periodos anteriore. A los pocos años de la crisis, un estudio demostró que, medida como «proporción del PIB, la inversión empresarial ha caído más de tres puntos porcentuales desde 1980». Desde los años setenta, sólo la década de los noventa destaca como una anomalía, durante la cual un grupo de indicadores económicos (PIB, productividad laboral, inversión empresarial) aumentó ligeramente. Pero entre 2000 y 2011, la tasa de inversión empresarial apenas se movió, creciendo solo una décima parte del nivel que prevalecía en la década de 1990.

    En la medida en que señalan el agotamiento de la inversión empresarial, los teóricos del «estancamiento» no se equivocan. Pero su explicación de por qué las economías de renta alta del mundo están sumidas en una crisis aparentemente irremediable -la respuesta keynesiana, la insuficiencia de la demanda- es escasa. Vale la pena recordar que Alvin Hansen [1887-1975], el principal defensor estadounidense de Keynes, esbozó por primera vez la teoría del estancamiento secular en respuesta a la fuerte recesión de 1937, después de que la estrategia fiscal anticíclica de Roosevelt no lograra sostener el colapso de la demanda y estimular la inversión privada.

    Este fracaso obligó a Alvin Hansen a considerar la posibilidad de un letargo crónico e intratable, y a especular sobre las razones por las que las economías capitalistas maduras tienden a estancarse (estasis) y a ir a la deriva (¿descenso demográfico? ¿cierre de fronteras?). Sin embargo, hoy en día, las prescripciones políticas de los de este bando siguen basándose en nuevas rondas de gasto deficitario a gran escala. Permanecen deslumbrados por los aparentes éxitos de la gestión keynesiana de la demanda durante algunas décadas después de la Segunda Guerra Mundial, para luego reprimir mejor la derrota de esa escuela en los años 70, cuando esas mismas políticas contribuyeron al nacimiento de un monstruo macroeconómico -la «estanflación»- del que no pudieron dar cuenta teóricamente ni idear antídotos.

    En 1981, la relación entre la deuda pública y el PIB de EE.UU. era sólo del 31%; incluso antes de la ley de gasto masivo aprobada en marzo de este año (2020), esta cifra superaba el 100%, muy cerca de la registrada en 1945-46, cuando se realizaban gastos de defensa para una guerra mundial. Sin duda, hoy es mucho más alto. Del mismo modo, el gasto público como porcentaje del PIB ha crecido constantemente desde 1970, alcanzando un máximo del 43% en 2010, un año después de la «recuperación» de la crisis de 2008. El tamaño de la economía capitalista privada sigue disminuyendo, en relación con la actividad económica total.

    Lo que los economistas de la corriente principal, ya sean keynesianos o neoclásicos, no reconocen es la distinción fundamental entre la actividad capitalista privada y el gasto público, financiado con fondos del sector privado (en forma de impuestos o deuda). Cuando los gobiernos compran bienes y servicios a empresas privadas para estimular la demanda, el resultado puede ser un aumento del empleo a corto plazo. Pero, como demostró con gran claridad Paul Mattick [1904-1981] hace tiempo en Marx & Keynes. Les limites de l’économie mixte (edición francesa, Gallimard 1972), este tipo de gasto no es más que una forma de consumo a gran escala, dirigido por el gobierno y pagado con el fondo de beneficios (o «plusvalía») generado por la economía privada. El gasto público de este tipo simplemente redistribuye esta parte del beneficio total a determinados capitalistas, como Raytheon, Pfizer o Purdue Pharma.

    Del mismo modo, cuando los gobiernos producen directamente servicios, como la educación pública, estos servicios no se venden en el mercado y no generan beneficios que se inviertan en ampliar la producción. Aunque el gasto estatal en educación o sanidad a menudo satisface necesidades reales, desde el punto de vista del propio sistema capitalista, es un gasto improductivo. No producen valor o plusvalía directamente, sino que se pagan con la plusvalía extraída por el sector privado.

    Tony Smith – Las categorías de trabajo «productivo» e «improductivo» no se encuentran en la economía convencional. ¿Podría hablarnos un poco más de esta distinción, que desempeña un papel crucial en su libro?

    Jason E. Smith – Esta distinción fue crucial para la economía política clásica, para Smith, Ricardo y Malthus, así como para el gran crítico de esa escuela de pensamiento, Marx. Creo que también se siente mucho en la experiencia cotidiana de la gente, y por eso el eslogan espurio de David Graeber «trabajos de mierda» ha tenido la resonancia que tiene. Del mismo modo, Adair Turner [ex jefe de la Confederación de la Industria Británica] habló recientemente de «actividades de suma cero» para caracterizar la creciente fracción de la actividad económica dedicada no a la producción de riqueza sino a la lucha por su distribución. Sin embargo, esta distinción conceptual fundamental se les escapa por completo a los economistas de la corriente principal.

    Los economistas no distinguen entre las actividades que producen valor y las que lo hacen circular o lo distribuyen. Tampoco ven la necesidad de dar cuenta de la forma en que los beneficios de ciertos tipos de capital -el capital bancario, las empresas comerciales- representan partes de lo que Marx llamó «plusvalía» del empleo propiamente productivo. En lugar de distinguir entre las actividades que producen valor y las que captan la plusvalía redistribuida mediante la competencia intercapitalista, los economistas adoptan más o menos la noción de «productividad» utilizada por los empresarios y la prensa económica. Se dice que toda actividad económica que genera ingresos es productiva. Y la productividad del trabajo se mide dividiendo la producción, expresada en términos monetarios, por las unidades de trabajo. Por supuesto, la existencia de un sector público expansivo que no está sometido a los rigores de la competencia intercapitalista y que proporciona bienes y servicios que no se venden en el mercado plantea algunos problemas para esta noción simplista. Pero hay sutiles trucos contables para tapar los huecos.

    Volvamos a la «paradoja de la productividad» mencionada anteriormente. Al parecer, la solución a este enigma se propuso en un famoso artículo de William Baumol [1922-1987].  Donde sostiene que cuando ciertos sectores económicos introducen innovaciones que ahorran mano de obra y cuyo efecto neto es una reducción de la demanda de trabajo, la nueva mano de obra sobrante se reasignará de forma más o menos transparente a sectores más intensivos en mano de obra y menos productivos. Muchos de estos trabajadores se trasladarán a lo que los economistas llaman el sector de los «servicios». El modelo de William Baumol predice que, a medida que los aumentos de productividad se distribuyen de forma desigual entre lo que él denomina sectores tecnológicos «progresivos» y «estancados», se concentrará cada vez más mano de obra en los puestos de trabajo menos productivos, lo que dará lugar a menores aumentos de productividad para el conjunto de la población activa. Si se extrapola a muy largo plazo, la creciente disparidad en el aumento de la productividad entre los sectores dará lugar a una economía en la que el crecimiento de la productividad será casi nulo.

    Esta historia es conceptualmente defectuosa. Se basa en una noción de productividad que es confusa o contradictoria incluso en sus propios términos. En mi libro, exploro algunas de las contradicciones que surgen cuando intentamos comparar la productividad del trabajo entre sectores, medida unas veces en unidades físicas y otras en unidades monetarias. ¿Cómo se mide la productividad del sector financiero, cuya producción es difícil de caracterizar en términos físicos? ¿Tiene siquiera sentido medir la productividad de una actividad que sólo sirve de intermediario entre otras actividades económicas, sin producir «valores de uso» consumidos por las empresas o los hogares? Los economistas lo hacen todo el tiempo. ¿Cómo medir la productividad de los profesores de la escuela pública, que prestan servicios que son administrados principalmente por los gobiernos locales y no se cambian por dinero en el mercado? A pesar de que los procesos de trabajo y las funciones sociales de estos ejemplos son radicalmente diferentes, ambos se agrupan en la categoría única e incoherente de «servicios».

    Más importante aún, William Baumol no distingue entre las actividades que producen valor y las que no. No distingue entre los bienes y servicios proporcionados por el sector público y los producidos por la economía privada capitalista y, dentro de esta última, entre las actividades que producen directamente valor y las que se limitan a hacerlo circular o distribuirlo. Explorar estas distinciones conceptuales es una de las principales preocupaciones de Smart Machines and Service Work. Si utilizamos estas categorías, llegamos a una noción de productividad muy diferente a la que manejan los economistas y los empresarios.

    Muchas actividades que emplean a personas generan ingresos pero no aumentan la riqueza total de la sociedad; muchas actividades que crean «valores de uso» -proporcionadas por el Estado o los hogares- no producen valor ni valor de cambio. Un número importante de los llamados empleos del sector de los servicios producen valor, independientemente de su intensidad y de su resistencia al cambio tecnológico; otros no producen ningún valor e implican procesos de trabajo que pueden reformularse para ahorrar mano de obra. La distinción entre trabajo productivo e improductivo atraviesa esta categoría, haciéndola analíticamente irrelevante.

    Esta distinción es esencial porque, como he señalado anteriormente, las actividades improductivas deben pagarse con el total de la plusvalía generada por la economía privada: son un coste incurrido en el proceso de acumulación. Las convenciones nacionales de contabilidad de la renta registran estos costes como ingresos. Una de las tendencias a largo plazo en una economía capitalista madura es el aumento del número de actividades improductivas, frente a las actividades productivas necesarias para la acumulación: llevar a cabo la realización de partes del proceso de intercambio, la facilitación de las actividades capitalistas a través de las transacciones financieras, el arrendamiento de terrenos y edificios a las empresas productivas.

    Este creciente exceso de actividades laborales que circulan o distribuyen valor en lugar de crearlo es tanto una condición para la acumulación de capital como, a medida que aumenta esta proporción entre actividades improductivas y productivas, un obstáculo para la misma. Este es un tema espinoso, y mi pensamiento al respecto debe mucho a Paul Mattick y al trabajo del economista Fred Moseley [autor, entre otros, de The Falling Rate of Profit in the Postwar United States Economy, St. Martin Press, 1991; Marx’s Capital and Hegel’s Logic: A Reexamination – con Tony Smith – Haymarket Books, 2015]. La consecuencia es que existe una tasa diferencial de crecimiento de la productividad entre las dimensiones productiva e improductiva de la economía; los aumentos de productividad del trabajo en las actividades productoras de valor, con importantes excepciones, tienden a crecer más rápidamente que los de las actividades de circulación o distribución de valor.

    La expansión relativa resultante del sector improductivo ejerce una presión a la baja agobiante sobre la tasa global de beneficios. La única esperanza de aliviar esta presión es un aumento de la productividad laboral en el «sector» improductivo (un término engañoso, ya que la distinción entre actividades productivas e improductivas se extiende a todos los sectores e incluso a las empresas individuales). Pero, por las razones que ya he explicado, tal escenario es muy improbable, entre otras cosas porque la contracción de la tasa de beneficio reduce las tasas de inversión.

    Incluso entre las empresas que extraen plusvalía directamente en el proceso de trabajo, no hay correspondencia entre la cantidad de plusvalía que extraen y la plusvalía que toman, en forma de beneficios; estos beneficios reflejan la parte máxima de la plusvalía total producida por la economía en su conjunto que las empresas son capaces de apropiarse en el proceso de distribución. A medida que la acumulación se ralentiza y las empresas capitalistas intensifican la competencia por un conjunto cada vez más reducido de plusvalía, dedicarán cada vez más recursos a lo que Adair Turner llama «actividades de distribución de suma cero».

    A menudo se trata de actividades de supervisión, ya que el aumento de la disciplina en el lugar de trabajo requiere personal adicional para imponer la aceleración del trabajo a falta de perfeccionar las técnicas de producción. Pero con la misma frecuencia adoptan la forma de los llamados «servicios empresariales», ya que cada vez se dedican más recursos a la contabilidad, la publicidad y las operaciones financieras, o a los procesos eficientes de marketing y ventas. El efecto neto de esta guerra distributiva en la economía es una mayor ralentización de la acumulación, precisamente porque estas actividades representan gastos generales adicionales pagados por los capitalistas a partir del conjunto total de la plusvalía creada por la explotación en las actividades propiamente productivas. Cuando la tasa de ganancia se reduce, la disminución de la plusvalía obliga a las empresas a destinar aún más recursos a la apropiación de esta plusvalía, en lugar de a su producción, lo que reduce aún más la tasa de ganancia. Esta es la dinámica de la vorágine de una economía inexorablemente estancada.

     

    Tony Smith – Al final de su libro parece usted bastante pesimista sobre los sindicatos y las formas de lucha colectiva, y reclama nuevas formas de organización. ¿En qué se basa este pesimismo? ¿Tiene alguna idea sobre cómo podrían ser estas nuevas formas?

    Jason E. Smith: Sólo soy pesimista en cuanto a un resurgimiento del viejo movimiento obrero, una perspectiva a la que se aferran muchos en la izquierda de Estados Unidos. La forma en que se desarrolla actualmente el conflicto de clases me parece prometedora y estimulante, aunque el proceso siga siendo fragmentado, desorientado y lleno de sorpresas.

    Desde el cambio de siglo, casi todo el crecimiento del empleo en EE.UU. se ha producido en los «servicios» de baja productividad, y las recientes proyecciones de la Oficina de Estadísticas Laborales predicen que el segmento del mercado laboral que más rápido crecerá en la próxima década será el de los empleos de baja remuneración que no requieren formación formal.

    Esta tendencia es desastrosa y agrava una dinámica que se ha mantenido durante décadas. En cierto modo, seguimos atrapados en la vorágine creada por la gran ola de innovación capitalista que tuvo lugar entre 1920 y 1960 aproximadamente. Yo la llamo «Automatización 1.0», pero esta ola incluye el desarrollo y la difusión generalizada del motor de combustión interna, la construcción de infraestructuras a escala capitalista, las «promesas» y los peligros de la energía nuclear, además de los desarrollos más estrechamente asociados a la automatización de las fábricas.

    No es ningún secreto que los salarios reales de los trabajadores estadounidenses apenas se han movido desde mediados de la década de 1970. Muchos atribuyen este estancamiento salarial a largo plazo a la derrota de los sindicatos desde principios de la década de 1980. Es cierto que las tasas de afiliación sindical se han reducido a la mitad en los últimos años. Pero la derrota no fue simplemente política. Las condiciones materiales que hicieron posible la consolidación del poder sindical en las décadas de la posguerra empezaron a erosionarse a partir de mediados de los años 60, a medida que la composición de la clase obrera y la naturaleza del propio trabajo cambiaban.

    El estancamiento salarial estuvo estrechamente relacionado con el inicio de un drástico descenso de la tasa de crecimiento de la productividad laboral. La Oficina de Estadísticas Laborales de EE.UU. muestra que, durante el periodo de 1973 a 1990, la productividad de los trabajadores estadounidenses creció a un ritmo anual de sólo el 1,3%, una fracción de las ganancias registradas en las dos décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial.

    El crecimiento de los salarios reales de los trabajadores requiere un aumento de la producción por hora trabajada. Por eso, los acuerdos de posguerra entre el capital y el trabajo en Estados Unidos y Europa vinculaban explícitamente los aumentos salariales al incremento de la productividad: trabajadores y propietarios «compartirían» los beneficios del aumento de la producción por hora. Cuando esas ganancias son difíciles de conseguir, como ocurre desde hace tiempo en Europa, América del Norte y Japón, cualquier aumento potencial de los salarios de los trabajadores provocaría la correspondiente caída de los beneficios de los empresarios. Esta perspectiva la clase capitalista la ha combatido y la combatirá con uñas y dientes.

    La naturaleza cambiante del mercado de trabajo, de la composición de las clases y del propio trabajo ha tenido otros efectos paralizantes en el movimiento obrero. Dado que cada vez más trabajadores son asignados a puestos de trabajo en el proceso de distribución en lugar de en la producción, o se concentran en los puestos de trabajo mal pagados del llamado sector de los servicios -en tiendas, centros de llamadas, hospitales o guarderías-, están dispersos en una miríada de industrias y, a diferencia de sus padres y abuelos, que a menudo se concentraban en grandes lugares de trabajo, que reunían a miles de trabajadores, tienden a estar dispersos espacialmente, en lugares de trabajo más pequeños, a menudo trabajando con muy poco capital fijo.

    Si hay un rasgo característico del vasto sector de los servicios, en el que se concentra gran parte del trabajo «improductivo», es un rasgo negativo: reúne procesos de trabajo concretos muy divergentes cuyo único rasgo común es la intensidad del trabajo. Los efectos «homogeneizadores» de la racionalización capitalista del núcleo manufacturero fueron una condición material decisiva para el crecimiento en tamaño y poder de los sindicatos de posguerra.

    En anteriores periodos de rápida industrialización, los avances tecnológicos en una industria se extendían rápidamente a todas las líneas de producción, haciendo converger los procesos de trabajo. Los trabajadores que antes estaban divididos por sus habilidades, clase, región, género y salarios se encontraron realizando actividades laborales cada vez más similares, con sus habilidades y niveles salariales convergiendo. A medida que las antiguas diferenciaciones de cualificación basadas en la artesanía se erosionaban y se externalizaban en las máquinas a gran escala, y que esta convergencia de los procesos de trabajo daba lugar a saltos en la productividad del trabajo, a los trabajadores les resultaba mucho más fácil definirse a sí mismos como

    trabajadores en general, definidos por encima y en contra de la clase capitalista, en lugar de como empleados de una empresa específica, cuyas quejas se expresaban contra tal o cual jefe.

    A medida que los trabajadores son expulsados de las industrias centrales, intensivas en capital, las condiciones materiales esenciales para la coherencia de clase desaparecen. A pesar de las especulaciones de los entusiastas de la automatización, la mayoría de los empleos del sector servicios siguen siendo impermeables -por su propia naturaleza- a la mecanización. Y en los casos en que son susceptibles de mecanización, los bajos salarios imperantes disuaden a los empresarios de emprender grandes revisiones de estas actividades (servicios de reparto, cajeros, guardias de seguridad, limpieza de hoteles, viajes en taxi).

    El escaso aumento de la productividad, la persistencia de los bajos salarios, la propia naturaleza del trabajo (que para muchos adopta la forma de servicios personales) y, sobre todo, la falta de solidaridad son desmoralizadores para los trabajadores. Tienen poco percepción de formar una clase en sentido positivo, de prefigurar una sociedad futura que se construya a su imagen. En estas condiciones, puede prevalecer entre ellos un sentimiento de conflicto exacerbado, que se alimenta de las formaciones identitarias de larga data (raza, etnia, género) que los dividen. Durante la pandemia, estas divisiones se han ampliado para incluir la distinción entre los que se consideran «esenciales», y por lo tanto se ven obligados a arriesgar sus vidas para seguir trabajando, los que han perdido sus puestos de trabajo por completo, y aquellos, a menudo empleados de clase media, que han migrado fácilmente a las plataformas en línea.

    A pesar de la erosión de las condiciones que dieron origen al antiguo movimiento obrero, los últimos años han sido testigos de extraordinarias iniciativas de los trabajadores, tanto en el lugar de trabajo como en la calle. No olvidemos que fue la amenaza real en 2019 de una huelga ilegal de los trabajadores de la TSA (Administración de Seguridad en el Transporte), con los trabajadores de las aerolíneas dispuestos a unirse a ellos, lo que acabó con el cierre del gobierno.

    En los últimos años, los profesores de las escuelas públicas también han estado dispuestos a emprender acciones a gran escala; éstas han tenido lugar a menudo en estados supuestamente conservadores, pero han contado con un apoyo popular abrumador. Los profesores de la escuela pública se han mantenido en gran medida al margen de la mecanización que ahorra mano de obra, como la que ha transformado algunas industrias, y su lugar en la división social del trabajo les confiere un extraordinario poder social.

    En Francia, hace poco vimos cómo puede ser una revuelta en lo que Phil Neel llama «el interior», cuando el movimiento de los Gilets jaunes -con todas sus contradicciones- se dirigió al centro de las ciudades y a las rotondas durante meses. Que Dios ayude a la clase capitalista si los trabajadores de los centros de distribución y de las redes logísticas deciden atacar el flujo de mercancías en los puertos y a lo largo de las arterias de las redes just-in-time. Hace apenas unos meses, las tropas de la Guardia Nacional patrullaban las calles de Estados Unidos bajo toque de queda mientras los disturbios y las manifestaciones contra la policía se extendían por todo el país en medio de una pandemia mortal.

    El verdadero pesimismo, para terminar con una nota personal, fue ver a cientos de miles de personas manifestarse contra el próximo ataque a Irak en 2002 y 2003, sabiendo lo impotentes que eran esas «masas». A pesar de la miseria reinante e incluso del trauma infligido por los años de crisis, hoy se tiene la sensación de que podríamos estar al borde de una verdadera ruptura, de un quiebre. Pero sean cuales sean las cifras de la lucha en los próximos años, es poco probable que vuelvan a los patrones del movimiento obrero en su apogeo a mediados del siglo XX. A pesar de todo lo que se interpone en su camino, tanto material como políticamente, los trabajadores tendrán que abrirse paso a tientas hacia algo nuevo.

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    Aportes teóricos y prácticos del feminismo marxista

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    Ximena Gómez

    Militante de Democracia Socialista, Argentina

    Fuente: Democracia Socialista

    Teoría: Feminismo

    09/12/2021

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    C

    on el inicio de la pandemia sars covid-19 en el 2020 se terminaron de evidenciar las múltiples dimensiones que abarca la crisis actual y sus soluciones, no encajan en las habituales recetas. Los discursos de la nueva normalidad y las noticias sobre cómo el aislamiento social había hecho bajar los niveles de contaminación en el aire pusieron en el centro del debate, como hacía mucho tiempo no pasaba, el funcionamiento del capitalismo actual y con ello la vuelta a Marx. En mi caso: una deuda personal desde una lectura feminista.

    En este sentido, se propone reflejar a continuación el proceso de sistematización de los principales aportes del feminismo al marxismo. El intento de escribir este proceso se debió a que los últimos años la relación entre estas dos teorías volvió a tener un desarrollo teórico a partir del ascenso del movimiento feminista, en un contexto de recrudecimiento de las políticas neoliberales y fortalecimiento de discursos fascistas en la región. Asimismo en nuestro continente estos aportes necesitan aún de una mayor centralidad en el desarrollo del pensamiento estratégico para una política alternativa y emancipatoria, de ahí el desafío que se busca emprender.

    Para ello, se comienza por una breve historización de esta relación, y se pondrá foco en los aportes que se consideran contribuciones sólidas para el proceso de rearme teórico y estratégico propuesto por Democracia Socialista[1]Véase en: https://democraciasocialista.org/teoria-y-estrategia/teoria/estado-partido-y-estrategia-en- el-actual-periodo-historico/. Esto quiere decir no solo aquellos aportes que amplían las interpretaciones sobre el funcionamiento del capitalismo en este período histórico, sino que también a los aportes que colaboran a pensar formas organizativas conectadas a la realidad que nos toca militar, pero sobre bases estratégicas anticapitalistas.

    La relación feminismo-marxismo es un debate muy amplio y complejo caracterizado por encuentros y desencuentros, que recién empieza a sistematizarse en los años setenta. En un contexto de varias dictaduras, tanto en Europa como en Latinoamérica, termina por surgir la Nueva Izquierda mientras, en paralelo, los feminismos irrumpen con debates en torno a la politización de la sexualidad y el posicionamiento de lo personal como político.

    Bajo ese contexto entonces, el foco queda puesto en la relación feminismo-marxismo y la cuestión de la opresión principal. Aparece entonces el debate sobre qué es el género. En el siglo XIX y principios del XX se hablaba acerca de las cuestiones femeninas de la mujer, surge aquí la definición de género como construcción social, separada del sexo entendido como lo biológico. Su principal referente teórica es Simone de Beauvoir, a quien se suman los feminismos negros, afrodescendientes, latinoamericanos y del Caribe que traen consigo los primeros aportes en torno a la interseccionalidad.

    De este modo, frente a la pregunta si existe una opresión principal, se recuperan las primeras elaboraciones del pensamiento crítico del siglo XIX sobre la emancipación femenina y la emancipación de clase. En Engels se pudo encontrar un acercamiento para pensar la situación de desigualdad que fue base de muchos desarrollos teóricos marxistas que giraron sobre la cuestión de la mujer. Dos de las principales referentes marxistas que voy a citar son Clara Zetkin y Alexandra Kollontai.

    Zetkin, quien desde el partido socialdemócrata alemán se dedicó a la cuestión de la mujer a nivel internacional, afirma en su artículo Sólo con la mujer proletaria triunfará el socialismo, que la situación específica de las mujeres se debe a su situación de clase:

    “…la cuestión femenina se plantea para las mujeres del proletariado, de la pequeña y media burguesía, de los estratos intelectuales y de la gran burguesía; además, presenta distintas características según la situación de clase de estos grupos”.

    Esta definición además, va a colaborar en la diferenciación táctica de las sufragistas, ya que si bien podían coincidir en demandas, consideraban que los motivos que impulsaban a las mujeres burguesas se enfrentaban a los motivos de las mujeres trabajadoras.

    Por su parte, Kollontai va a profundizar y sistematizar aquella definición de Zetkin. Desde la crítica a lo que ella llamará “amor burgués”, va a acercarse a definiciones en torno al amor como construcción social y al hecho de que la desigualdad de la mujer depende de su mayor o menor participación en la producción. En su libro Relaciones Sexuales y Lucha de Clases, afirma:

    “A los ojos de la sociedad, la personalidad del hombre puede ser con mayor facilidad separada de sus acciones en la esfera sexual. La personalidad de una mujer se juzga casi exclusivamente en términos de su vida sexual. Este tipo de actitud emana del rol que las mujeres han jugado en la sociedad a través de los siglos y es solo ahora que una reevaluación de esas actitudes comienza a alcanzarse, por lo menos a dibujarse. Solo un cambio del papel económico de la mujer y su vinculación independiente en la producción, puede y traerá el debilitamiento de estas ideas hipócritas y equivocadas.”

    Asimismo, Kollontai en Sobre la historia del movimiento de mujeres trabajadoras en Rusia habla de una doble genealogía[2]En este texto del año 1919 Alexandra realiza un recorrido histórico sobre la articulación política entre las mujeres obreras y sufragistas, en los años 1905 y 1906. Allí la autora señala que … Seguir leyendo del movimiento femenino, que le permite criticar políticamente al feminismo burgués mientras reclaman derechos conjuntamente en un mismo movimiento. Esta idea, en la actualidad, ayuda a comprender que el feminismo es potencia efectiva para llevar adelante experiencias organizativas amplias e interseccionales. A su vez, recuperar la experiencia de las trabajadoras que no encontraban representación en las demandas de las feministas burguesas debido a su situación de clase, implica no perder de vista que es un movimiento de masas heterogéneo y de disputa política.

    La necesidad de reconstruir esta corriente del pensamiento marxista, pero principalmente feminista, surge en un contexto en el cual el movimiento de mujeres comienza a desarrollar dos puntos centrales: el primero es la definición de género como concepto construido socialmente separado de la cuestión biológica, lo que permite historizar y volver político su contenido y, con ello, que pueda ponérselo en duda. Y el segundo punto: La liberación sexual y la reivindicación del derecho al placer.

    Al mismo tiempo, esta otra genealogía del XIX es muy importante, porque a mediados del siglo XX tanto a los sindicatos como a los partidos de izquierda les costaba mucho reconocer las presiones que sufrían sus compañeras, la dificultad de integrarlas a sus organizaciones y las necesidades políticas específicas que exigían. Y es que el reconocimiento de estas cuestiones a veces aparecía de manera declarativa pero no se trasladaba a las prácticas políticas ni al desarrollo de teorías críticas (Arruzza, 2018). Si bien hoy se ha avanzado debido a la irrupción del nuevo ascenso del movimiento feminista, que removió cimientos y dejó muchas heridas en el camino, estas tensiones aún continúan. En Argentina hay extensos trabajos sobre esta relación y tensión de aquellos años. Voy a mencionar brevemente dos experiencias: las del PRT y la del PST.

    La primera, durante finales del sesenta y principios de los setenta, no sólo no tuvo contacto con los grupos feministas locales ni internacionales, sino que abiertamente rechazó al feminismo como movimiento político. Sin embargo, las investigaciones encontraron que en los frentes femeninos de dicho partido las mujeres consiguieron politizar sus relaciones interpersonales y la situación desventajosa en la que se encontraban debido a la condición de su género (Martinez en Trebisacce, 2013).

    Por otro lado, las experiencias del PST, que si bien se rehusaba a espacios específicos de mujeres, mantenía un vínculo con los espacios feministas locales. A su vez, las feministas trotskistas de la época desarrollaron teóricamente la importancia de la autonomía del cuerpo, llegando así a interesantísimos ejes programáticos y electorales, alrededor de la doble jornada laboral, la despenalización del aborto y el derecho al goce sexual no reproductivo (Trebisacce, 2013).

    A mediados de los años setenta y ochenta la deslocalización de la producción, la extranjerización de la economía y disminución de la provisión pública a nivel global, fueron los primeros esbozos de un cambio de régimen. Con el neoliberalismo haciéndose conocer y el Estado retirándose como el ordenador del sistema se inicia un proceso de transformación en el mercado de trabajo, al que ingresan las mujeres dando lugar a la norma de dos proveedores (de una manera heterogénea entre el norte y sur global[3]Aquí habría que saber qué aportes post y de(s)coloniales nos colaboran a profundizar la relación entre las transformaciones a nivel global y las lógicas coloniales e imperialistas predominan en … Seguir leyendo).

    Es así que durante este período las feministas marxistas se empiezan a preguntar sobre las condiciones necesarias para la reproducción de la fuerza de trabajo. Se retoma a Marx y con él, la teoría de valor. A partir de sostener que las actividades domésticas son parte del proceso de trabajo, surgieron debates en torno al valor de este circuito y su relación con la acumulación capitalista.

    Estos debates dan origen a explicaciones analíticas muy importantes, de las que voy a mencionar tres. La primera dice que las tareas que realiza la mujer en el hogar es un trabajo que produce valor y quien extrae el plusvalor, en este caso, es el varón. Esta perspectiva la desarrollan los feminismos materialistas de la diferencia, afirmando que la familia es un espacio de división de clase en donde el género constituye una clase (Arruzza, 2015). La otra corriente que sostiene que el trabajo doméstico tiene valor es la de las feministas autonomistas obreristas, dentro de las cuales Silvia Federici en la actualidad es la más conocida de sus teóricas. Estas autoras sostienen que quien se beneficia del trabajo no pago de las mujeres es el Estado y las empresas. Por último, la tercer corriente es la que dice que el trabajo de reproducción no produce valor de cambio, sino valor de uso. Esto no le quita importancia, porque mantiene el rol fundamental del circuito de la reproducción en la estructura capitalista[4]Sobre este debate me gustaría recomendar a Roswitha Scholz que a finales de los noventa ha elaborado la teoría del valor-escisión, muy sólida y con grandes aportes, pero que no puedo ampliar … Seguir leyendo. Aquí se pueden identificar a las feministas Iris Young y Lise Vogel, que ambas hacen aproximaciones políticas útiles para analizar la realidad.

    En respuesta a las visiones autonomistas, Lise Vogel en su libro El Marxismo y la opresión de la mujer: hacia una teoría unitaria de 1983, da lugar a lo que conocemos como la teoría de reproducción social. La teoría de reproducción social [TRS] aparece con la necesidad de Vogel de saldar algunos problemas que habían enfrentado a las feministas socialistas[5]Estos debates se pueden encontrar en “Domestic labor revisited” del 2000 respecto al trabajo doméstico en los años setenta. Su objetivo era construir una interpretación teórica más satisfactoria para analizar la subordinación de género.

    Lise Vogel va a sostener que la reproducción de la fuerza de trabajo no es sólo la asunción normativa concerniente a la procreación biológica en familias heterosexuales (Vogel, 2013). La autora va a explicar que el circuito de reproducción social juega un rol importante en las dinámicas de acumulación de capital y expone, que en las sociedades capitalistas la tensión entre aquellxs que buscan acumular mayor ganancia y lxs que pelean por ganar mejores condiciones para su propia reproducción, convierte este circuito en un campo de disputa clave. Según la socióloga, la opresión de género se encuentra en el propio sistema y en la necesidad del capital de asegurar su propia reproducción como sistema. Para eso, necesita controlar la reproducción de la fuerza de trabajo y, por tanto, regular la reproducción biológica de lxs trabajadorxs.

    En palabras de la autora, la visión marxista de la TRS es una teoría de la relación entre producción y reproducción social y, como tal, se opone a la idea de esferas separadas e independientes o de sistemas paralelos de opresión que se cruzan o intersectan en algún momento[6]Lise Vogel en Beyond Intersectionality del 2018, aborda las críticas que dicen que esta teoría se enfrenta a la mirada interseccional, para dar cuenta de lo contrario.. Esta explicación amplía las lecturas sobre cómo funciona el capitalismo y las transformaciones globales del mismo. A su vez, rescatar la explicación no biológica de la opresión de género de Vogel permite incorporar los análisis queer de los años noventa, en torno a la matriz heterosexual obligatoria[7]Butler en Género y disputa va a decir que es una matriz de interpretación y acción sobre el mundo orquestada por los principios de la heterosexualidad y los géneros binarios. Esta matriz … Seguir leyendo.

    Partiendo de aproximaciones similares Iris Young, una referencia teórica sobre el debate capitalismo-patriarcado a fines de los años ochenta, señala que el patriarcado y el capitalismo configuran un mismo sistema que da origen a la Teoría Unitaria[8]Young, I. Marxismo y feminismo, más allá del “matrimonio infeliz” (una crítica al sistema dual). Vease … Seguir leyendo. A partir de su crítica al sistema dual que formula Hartman[9]En 1983 Heidi Hartmann publicó un escrito titulado “El matrimonio infeliz de marxismo y feminismo”. Desarrolla la teoría de los dos sistemas, patriarcado y capitalismo. A pesar del nexo entre … Seguir leyendo, Young en Marxismo y feminismo, más allá del “matrimonio infeliz” (una crítica al sistema dual)comienza evidenciando algunos problemas que presenta la reflexión de dos sistemas autónomos y señala que si se concibe el patriarcado como un sistema o modo de producción en sí mismo, que coexiste al lado de un modo de producción capitalista, pierde peso material como sistema autónomo de relaciones de producción. Por lo tanto según esta autora, sostener que el patriarcado funciona como un sistema autónomo hace que predomine una perspectiva marxista economicista sobre el funcionamiento del capitalismo.

    Por el contrario, Young va a decir que para dar una explicación más acabada de la desigualdad de género no se pueden definir las relaciones de dominación de una sociedad capitalista por separado de las de dominación patriarcal, que caracteriza a la sociedad moderna. De esta manera la autora sostiene que las formas de opresión de género específicas de la modernidad están imbricadas con las categorías sociales capitalistas, específicamente con la separación entre la producción y la reproducción. Esto la va a llevar a recuperar aportes socialistas e introducir la categoría división de trabajo por género, que le permitirá colocar las relaciones de género y la posición de la mujer en el centro del análisis material de las relaciones de trabajo. La teoría unitaria que nos aporta la filósofa neoyorquina, en la actualidad, permite analizar las transformaciones del mercado laboral y las distintas proyecciones laborales según el género y sexualidad.

    Ya en los años noventa entre los aportes que se pueden señalar del feminismo se destaca el concepto feminización de la pobreza feminización de la fuerza de trabajo. Este concepto se utiliza en un doble sentido, por un lado alude a más mujeres en el mercado del trabajo y por otro, define determinadas condiciones de trabajo que caracterizan los espacios laborales feminizados y que empiezan a extenderse a otros (Cámara y Facet, 2019). Esto quiere decir que mientras las mujeres ingresan masivamente al trabajo asalariado, surge en paralelo un proceso de precarización de las condiciones laborales de lxs trabajadorxs. Esto genera la necesidad de reorganizar los tiempos de trabajo dentro y fuera del hogar, en algunos casos surge la mercantilización de los cuidados en aquellxs que puedan pagar ese trabajo, o bien la privatización y sobrecarga en la tarea de reproducción en quienes no pueden pagarlo.

    Al mismo tiempo este concepto pone en evidencia cómo las crisis y constantes reconfiguraciones producen necesariamente más márgenes de explotación y expoliación, y con ello, añaden complejidad a la idea de pobreza. Sobre este punto cabe incorporar el concepto cadena global de cuidado como resultado de estas transformaciones, que se refiere al impacto de las migraciones de trabajadorxs desde los países pobres hacia los ricos, donde asumen empleos de tareas domésticas remuneradas; y a cómo, a su vez, deben transferir sus propias responsabilidades de cuidado a otras mujeres (Rodriguez, 2007). Los aportes feministas sobre la reproducción social y los trabajos ayudan a comprender las dinámicas de acumulación, que entre otras cosas se construyen a partir de procesos de racialización y de desigualdad de género (Fraser, 2018).

    Siguiendo esta línea, la economía feminista incorpora al campo de analisis la perspectiva de la sostenibilidad de la vida [10]sostenibilidad de la vida, corriente de la economía feminista que explica que las políticas neoliberales y financieras que impulsan el poder corporativo implican una reducción de las condiciones … Seguir leyendo para referirse a la tensión capital-vida. Es desde esta tensión que busca exponer cómo el sistema marca los valores para el funcionamiento socioeconómico bajo un escenario de explotación y despojo, que pone en jaque las condiciones necesarias para reproducir la vida de las personas. Es el poder corporativo (los mercados) que con su lógica de acumulación tienden a atacar la vida en vez de garantizarla (Orozco, 2014), las luchas contra el extractivismo en nuestra región son un ejemplo. Al hablar de sostenimiento, las economistas feministas critican la lógica de crecimiento mercantil que se impone en las sociedades capitalistas y proponen otras formas de organizarse a través de la descentralización de los mercados, que plantea la necesidad de priorizar recursos para políticas que apunten a sostener la vida contra el capital.

    En un contexto en el cual aparece con centralidad la deuda como mecanismo de presión a los estados por parte del poder económico y organismos internacionales, la reflexiones que se mencionan contribuyen al proceso de transformación de lo que hoy conocemos como trabajo y a las luchas asociadas a la ampliación del contenido de paro, que surge con fuerza desde el sur global y con carácter internacionalista. Estas luchas muestran una recomposición de nuestro sujeto de clase, y que el feminismo, por su capacidad de reagrupar diferentes sectores constituye un punto de vista privilegiado para analizar las condiciones de explotación contemporáneas (Montanelli en Carreras, 2019).

    Con esta perspectiva de interpretación amplia sobre el funcionamiento del capitalismo que incluye el circuito de reproducción social, la autora Tithi Battacharya, se va referir a la TRS no solo como aquellas condiciones vitales que corresponden a la dimensión de lo doméstico sino que va a sumar aquellas que dependen de la dimensión histórica y social. Para dar un ejemplo, el acceso a la salud (hoy fundamental debido a la pandemia) hace a los derechos sociales necesarios para reproducir nuestras vidas, pero un buen acceso va a depender del lugar que se ocupe en la lucha de clases. Con esta dimensión de análisis la autora va a decir que la reproducción social no se presenta de manera homogénea y universal en las sociedades capitalistas sino que va a depender de las relaciones de fuerza, en un contexto dado.

    En sintonía, la economista Amaia Perez Orozco advierte un problema en el concepto de cuidado debido a una idealización que impone sacar adelante la vida en un sistema que la ataca constantemente. La autora lo va a llamar, la ética reaccionaria del cuidado, que impone resolver los cuidados en ámbitos invisibilizados y feminizados de la economía. De este modo, lo que se trata de evidenciar con este problema es la contradicción que vuelve a la actual organización social de los cuidados en un vector de desigualdad (Rodriguez, 2020). Que según Orozco, no se puede resolver en el capitalismo.

    Luego de esta breve historización y principales aportes del feminismo que considero claves, comparto algunas reflexiones finales que se encuentran atravesadas por el debate colectivo que se da entre feministas a nivel transfronterizo, esfuerzos teóricos de compañerxs que vienen pensando estos temas de manera interseccional y a partir de la salida de compañeras de la organización que me lleva a querer encontrar respuestas a las tensiones que aún existen entre los feminismos y organizaciones de izquierda, tensiones que si se hace abstracción se le hace un flaco favor a la construcción de alternativa.

    En el recorrido histórico se pueden visualizar en principio, y con voluntad de pensarlo colectivamente, tres aspectos del feminismo como aportes significativos a las elaboraciones estratégicas para la etapa política. El primero es un aspecto teórico en torno a la reproducción social como método de análisis, que como vimos anteriormente nos permite intervenir en la realidad con una mirada ampliada del capitalismo, sujeta al cambio y no bologicista. Si en la actualidad partimos del marco de una crisis de acumulación del sistema de producción capitalista, desde los feminismos se habla de un avance de las lógicas mercantiles en el campo de la reproducción social debido a esto, por ejemplo la mercantilización del agua y endeudamiento de la economía de los hogares. Esta perspectiva ampliada que trae la teoría de reproducción social sobre el funcionamiento del capitalismo en esta etapa permite evidenciar la infraestructura que sostiene la vida colectiva y, la precariedad y los ataques regresivos que soporta.

    Al mismo tiempo este aporte teórico permite un giro en los análisis marxistas sobre la crisis, ya no se trata de hablar de una separación entre la producción económica y reproducción social sino de entender el funcionamiento del capitalismo como un circuito integrado por estas dos esferas, en palabras de Fraser, cada termino se encuentra codefinido por medio del otro. Por lo tanto, lo que antes era lo domestico-privado pasa a estar en la escena de lo público, es así que se comienza a ver en la lucha social una politización de las luchas reproductivas. Este enfoque nos permite comprender como los procesos de racionalización, la violencia heterocis-patriarcal y procesos migratorios tienen una relevancia en esta etapa del capitalismo vinculando estas opresiones al conflicto estructural de la clase pero sin reducirse meramente a él, ya que esta perspectiva complejiza las respuestas históricas que intentaron dar los partidos y organizaciones de izquierda socialista. Estas transformaciones al impactar en la lucha de clases  nos obliga a las organizaciones políticas a destinar tiempo a pensar futuros alternativos que orienten nuestras decisiones en un presente que se reorganiza desde los márgenes.

    El segundo son propuestas programáticas a partir de la práctica política de los feminismos a lo largo de la historia y que aportan a los espacios de organización. En las luchas actuales podemos encontrar a trabajadores que salen a reclamar algo más que un salario digno, las luchas de les trabajadores se articulan con las luchas contra la violencia patriarcal, el acceso a una vivienda digna, contra el negocio inmobiliario, por comida y por el medioambiente, entre otras. En esas luchas se visualizan las nuevas formas de expresión de la clase trabajadora, por ello las consignas de reorganización de los trabajos se vuelven renovadas desde los feminismos en tiempos de feminización de la fuerza de trabajo y huelga feminista. Al mismo tiempo que al hablar de cuidados lo que interviene ya no es solo una dimensión simbólica (dar cariño, escucha a otrx), sino que también es preciso prestar atención a la dimensión material (lo “no emocional”) como por ejemplo los trabajos de limpieza tercerizados de cualquier oficina del Estado, trabajos poco valorados e informales que en su mayoría esconden procesos de racialización. Como vemos el acceso a mayores derechos sociales que apunten a un mejoramiento de las condiciones de vida de les trabajadores no se expresa de manera homogénea, estas consignas tensionan lo que pueden las estructuras de la clase ya que cuestionan la distinción entre público- privado exigiendo salir de discusiones y formas de organización tradicionales.

    Otro ejemplo es el desafío que abre haber ganado la ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo. El día de su aprobación los discursos alrededor de la importancia del derecho a decidir de las personas gestantes, abrieron un campo de disputa interesante respecto a qué significa la autonomía en un sistema que se rige bajo estructuras de poder que establecen qué cuerpos tienen el derecho a decidir. Las reivindicaciones feministas y queer, que buscan mover del centro a quienes definen la economía nos permiten elaborar posiciones políticas en términos de cercanía y lejanía de la sostenibilidad de la vida respecto a las políticas desplegadas. Esto último es un aporte valioso para elaborar reivindicaciones con perspectiva de(s)colonial y exponer la incapacidad de los gobiernos actuales de resolver las contradicciones que se esconden en los discursos institucionales.

    Hasta ahora mencione algunos elementos que pueden colaborar a las elaboraciones estratégicas pero me resulta difícil no abordar algunas cuestiones organizativas, específicamente mencionar elementos que podrían tenerse en cuenta. La primera se trata de los procesos pedagógicos militantes que se tienen que llevar adelante en las organizaciones para terminar con los privilegios heterocis-patriarcales expresados en las relaciones sociales y la urgencia de desnaturalizar que algunos espacios políticos pertenecen a ciertas masculinidades o formas patriarcales de construir esos espacios, tareas que implican algo más que acciones positivas. También podemos agregar la elaboración de programas que incorporen estos aportes, apostando a la radicalización de las luchas sociales y fortalecer su salto a la lucha política pero, a su vez, considero que no se puede avanzar en esto si no somos parte activa de los sectores sociales que hoy se están levantando. Poco sirve tener resuelto aspectos de estrategia sino encontramos las formas de llevarla adelante en la práctica. Para concluir, hoy las organizaciones políticas parecen ahogadas entre sus potencialidades y dificultades materiales para sostener un ritmo político que requiere de esfuerzo y estimulo militante, por eso pensar cómo nos organizamos implica hurgar de nuevo en las razones que reavivan la llama del socialismo con otrxs, ampliando perspectivas, evitando autonomismos poco dialógicos y conservadurismo a lo nuevo.

    El tercer y último aspecto, en este caso del movimiento feministas, que me gustaría señalar es el carácter plural, insterseccional y contrahegemónico, que permite reagrupamientos amplios y articulaciones políticas con aquellxs que se encuentran resistiendo en los márgenes del sistema (espacios históricamente poco atraídos por las experiencias organizativas de izquierda), protagonistas de los últimos levantamientos populares. Esta característica contribuye a nuestra voluntad de crear mayorías que disputen el poder del capital con capacidad de articular nuestras ideas marxistas y socialistas con otras tradiciones como las de los pueblos originarios, LGBTTTIQ+, ambientalistas, etc. Los feminismos han mostrado en este ascenso ser una posibilidad de ruptura real con el capital, con una gran capacidad de auto-organización y de prefigurar contrapoder pero resulta difícil encontrar solo en este aspecto la salida de la crisis. Estamos sin duda frente a desafíos inmensos y los feminismos vienen abriendo esa posibilidad de dialogo y cruces necesarios entre dos teorías solidas para la construcción de alternativa.

    En estos tiempos de revueltas y de respuestas en clave de urgencia que no alcanzan, nos toca pensar cómo nos organizamos y volver a enamorarnos del sueño de que “cambiar el mundo es posible”. En momentos donde aparecen viejos monstruos en ciclos que parecen cerrarse, la creación de proyectos políticos que se proponen reconstruir las fuerzas populares no puede hacer abstracción de estos aportes feministas.

    Referencias Bibliográficas:

    Arruzza, Cinzia: Dos Siglos de feminismos los ejemplos más destacados, Los problemas actuales. Sylone 2018.

    Arruzza, Cinzia. Las Sin Parte-Matrimonios y divorcios entre feminismo y marxismo. Sylone, 2015.

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    Bhattacharya, Tithi : Social Reproduction Theory, What is Social Reproduction Theory?. 2013. Vease en: https://socialistworker.org/2013/09/10/what-is-social-reproduction-theory

    Cámara, Julia y Facet, Laia: Propuestas feministas para un rearme teórico y estratégico. 2019. Véase en:

    https://vientosur.info/wp-content/uploads/spip/article_PDF/Propuestas-feministas-para-un- rearme-te-rico-y-estrat-gico_a15060.pdf

    Carreras, Judith: ¿Puede el feminismo ser un revulsivo sindical?. 2019. Vease en: https://vientosur.info/puede-el-feminismo-ser-un-revulsivo-sindical/

    Fraser, Nancy: Neoliberalismo y crisis de reproducción social, entrevista realizada y traducida por Cristina González, en ConCiencia Social , Revista Digital de Trabajo Social de la Universidad Nacional de Córdoba, 2018.

    Fraser, Nancy: Los talleres ocultos del capital, un mapa para la izquierda. Traficantes de sueños. 2020.

    Hartman, Heidi: El infeliz matrimonio entre marxismo y feminismo: hacia una unión más progresista, en la revista Teoría y Práctica,N°12-13, 1983.

    Kollontai, Alexandra: Relaciones Sexuales y lucha de clase. Matxingune taldea en 2011 Kollontai, Alexandra: Sobre la historia del movimiento de mujeres en Rusia. Vease en: https://www.marxists.org/espanol/kollontai/1919/0001.htm

    Marx, Karl. El Capital: Crítica de la Economía Política, Vol 1. Siglo XXI Ediciones, 2002. Orozco Perez, Amaia: Subversion feminista de la economía. Traficante de sueños, 2014.

    Partenio, Flora y Rodriguez Enriquez, Corina: Sostenibilidad de la Vida, desde una perspectiva de la economía feminista. Madreselva, 2020.

    Rodriguez Enriquez, Corina: Economía del cuidado, equidad de género y nuevo orden económico internacional. En publicación: Del Sur hacia el Norte: Economía política del orden económico internacional emergente. Giron, Alicia; Correa, Eugenia. CLACSO, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, Buenos Aires. Octubre. 2007. ISBN 978- 987-1183-78-4

    Trebisacce, Catalina Paola: Encuentros y desencuentros entre la militancia de izquierda y el feminismo en la Argentina. Vease en: https://www.redalyc.org/pdf/381/38129105002.pdf

    Vogel, Lise: Beyond Intersectionality, en Science & Society: Vol. 82, No. 2, pp. 275-287, 2018.

    Vogel, Lise: Domestic labor revisted. 2000. Véase: http://biblioteca.clacso.edu.ar/ar/libros/cuba/if/marx/documentos/22/Domestic%20Labor%2

    0Revisited.pdf

    Vogel, Lise: Marxism and the Oppression of Women. Toward a Unitary Theory.Historical Materialism-Brill, Londres, 2013

    Young, Iris: Marxismo y feminismo, más allá del “matrimonio infeliz” (una crítica al sistema dual). Véase en:

    https://www.democraciasocialista.org/wp-content/uploads/2014/03/139104361-Young-Marxismo-y- feminismo.pdf

    Zetkin, Clara: Sólo con la mujer proletaria triunfara el socialismo. Anagrama, 1976.

     

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    Notas del artículo

    Notas del artículo
    1 Véase en: https://democraciasocialista.org/teoria-y-estrategia/teoria/estado-partido-y-estrategia-en- el-actual-periodo-historico/
    2 En este texto del año 1919 Alexandra realiza un recorrido histórico sobre la articulación política entre las mujeres obreras y sufragistas, en los años 1905 y 1906. Allí la autora señala que la iniciativa de las mujeres burguesas fue acompañada por las trabajadoras, pero la intención de las primeras de crear un “movimiento femenino sin clase” naufragó debido a un movimiento de mujeres obreras que comprendían que su liberación no incluía a sus patrones.
    3 Aquí habría que saber qué aportes post y de(s)coloniales nos colaboran a profundizar la relación entre las transformaciones a nivel global y las lógicas coloniales e imperialistas predominan en alguna zonas, y que según algunas autoras como Ochy Curiel afirman que estas lógicas han cambiado las relaciones de género en donde la mirada occidental y blanca no existía.
    4 Sobre este debate me gustaría recomendar a Roswitha Scholz que a finales de los noventa ha elaborado la teoría del valor-escisión, muy sólida y con grandes aportes, pero que no puedo ampliar aquí aunque recomiendo.
    5 Estos debates se pueden encontrar en “Domestic labor revisited” del 2000
    6 Lise Vogel en Beyond Intersectionality del 2018, aborda las críticas que dicen que esta teoría se enfrenta a la mirada interseccional, para dar cuenta de lo contrario.
    7 Butler en Género y disputa va a decir que es una matriz de interpretación y acción sobre el mundo orquestada por los principios de la heterosexualidad y los géneros binarios. Esta matriz establece una relación de causalidad entre el sexo, el género y el deseo sexual que detenta supuestamente continuidad y coherencia natural. En cambio, el género es el producto de una serie de prácticas que sostenemos y que nos constituyen en lo que somos. Somos los géneros que actuamos. Los géneros no son ni una farsa ni una verdad última. Los géneros son performativos. El género es aquello que nos es dado, pero que nos constituye en lo que somos, a partir de lo cual actuamos, sentimos, pensamos y también nos rebelamos.
    8 Young, I. Marxismo y feminismo, más allá del “matrimonio infeliz” (una crítica al sistema dual). Vease en: https://www.democraciasocialista.org/wp-content/uploads/2014/03/139104361-Young- Marxismo-y-feminismo.pdf
    9 En 1983 Heidi Hartmann publicó un escrito titulado “El matrimonio infeliz de marxismo y feminismo”. Desarrolla la teoría de los dos sistemas, patriarcado y capitalismo. A pesar del nexo entre el modo de producción y el sistema patriarcal, ambas funcionan con lógicas internas y leyes específicas.
    10 sostenibilidad de la vida, corriente de la economía feminista que explica que las políticas neoliberales y financieras que impulsan el poder corporativo implican una reducción de las condiciones para sostener la vida.
  • Alemania 1918: de la Liga Espartaquista al KPD

    Alemania 1918: de la Liga Espartaquista al KPD

    Alemania 1918 de la Liga Espartaquista al KPD

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    Nicolás Deleville

    Fuente: Democracia Socialista, Argentina

    Teoría: Historia

    05/01/2022

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    Un 30 de diciembre pero de 1918 la Liga Espartaco, ala izquierda de la socialdemocracia alemana, tomaba el nombre de Partido Comunista Alemán y se separaba, así, del Partido Socialdemócrata Independiente. Una semana más tarde, estalló un levantamiento espontáneo y minoritario, no planificado pero al que se sumaron los comunistas, cuya brutal represión a manos del gobierno socialdemócrata de Friedrich Ebert dio fin a la revolución de noviembre, agravando aún más la época de inestabilidad que se vivía en Alemania, con movimientos revolucionarios y reaccionarios por lo menos hasta 1923. Este texto se propone ser un pequeño balance de dicha experiencia.

    Hacia junio de 1914 estalla la Primera Guerra Mundial cuyas causas, más allá del detonante que supuso el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria, se encuentran en el imperialismo europeo. Este halla su motivo en la economía debido a que, como consecuencia de la revolución industrial, el nivel de producción aumenta, los bajos salarios hacen que el proletariado no pueda absorber el excedente de productos y el intercambio con la economía rural tampoco es suficiente. Sumado a la tendencia a la caída de la tasa de ganancia a medida que el capital se concentra y crece la competencia entre capitalistas, las ganancias en el mercado interno se reducen.

    Todo esto obliga a intentar insertar el excedente productivo a nivel internacional, concretamente en los países menos desarrollados. De esta manera, se desarrolla el mercado internacional que ofrece oportunidades de inversión más atractivas, y los consiguientes intentos por dominarlo llevan a enfrentamientos y guerras, tanto con las regiones subdesarrolladas que se quieren dominar/abrir al comercio como con otras potencias imperiales por la hegemonía en dichas regiones.

    Hechos como el protectorado francés en Túnez, la ocupación británica de Egipto y el reparto de África entre los imperios europeos se explican en dichas circunstancias, viéndose los mismos impulsados a la conquista de nuevos territorios. Esta carrera por la dominación intensifica las rivalidades inter estatales, surgiendo de esta forma un sistema de alianzas entre las cuales existían, por un lado, la triple alianza entre Alemania, Austria-Hungría e Italia y por el otro la entente entre Francia, El Imperio Ruso y Reino  Unido. Así, con la formación del Imperio alemán, Alemania inicia una carrera armamentística con Gran Bretaña que se extenderá a todo el continente, llevando el gasto militar europeo a incrementarse en un 50% entre 1908 y 1913.

    Dentro de Europa las condiciones de vida del proletariado industrial, sumamente paupérrimas, impulsaron a la formación del movimiento obrero que ya en décadas anteriores (1870) formó la Primera Internacional, que tras la separación entre anarquistas y socialistas, dio paso a la Segunda Internacional, cuya táctica de organización política además de la lucha sindical, probó ser sumamente exitosa, llevando a la creación de Partidos Socialistas por todo el mundo. En estos partidos convivían tanto corrientes revolucionarias como reformistas pero todas coincidían, en teoría, con los principios internacionalistas y con una aceptación de que era necesario superar el capitalismo, difiriendo sólo en los métodos. En este marco, el más grande de todos, tanto en número como en el nivel de sus cuadros, y tenido como un ejemplo del movimiento, fue el Partido Socialdemócrata alemán.

    Al estallar la guerra las direcciones de la Segunda Internacional, en su amplia mayoría reformistas, abandonarían los principios internacionalistas pasando a apoyar los movimientos de guerra de sus respectivos países, y a justificar el nacionalismo, avivando este sentimiento en las masas trabajadoras. Esto se dio en contradicción lo que los principios socialistas dictaban e incluso entrando en contradicción contra su propia caracterización de la guerra como un conflicto inter-imperialista.

    Esta traición a los principios internacionalistas junto con la creciente diferenciación de las corrientes revolucionarias (marxistas) y las reformistas (que, de la mano del aumento de los cargos públicos ganados, cada vez se iban adaptando más al sistema, abandonando primero postulados teóricos y finalmente la meta de la construcción de una sociedad socialista que superara el capitalismo) fueron alimentando una ruptura que tras la revolución de octubre que dio el ejemplo del primer gobierno obrero se haría inevitable.

    En el caso alemán Karl Liebknetch, miembro de la izquierda del Partido Socialdemócrata y representante en el Parlamento, ya desde Octubre de 1913 venía denunciando los preparativos bélicos. Sin embargo, en la sesión de Agosto fue el único de los 110 parlamentarixs socialistas que se abstuvo de votar a favor de los créditos de guerra, y en diciembre fue más allá votando contra los mismos. Así, alrededor de su figura se fue nucleando un grupo de intelectuales, militantes y miembros del Partido contrarios a la guerra, como Rosa Luxemburgo, Clara Zetkin, Paul Levi, entre otrxs, todxs miembros de la izquierda del Partido, adoptando el nombre de Liga Espartaco.

    Además, especialmente en el caso de Luxemburgo, ya venían llevando una lucha contra las tendencias oportunistas/reformistas encarnadas a nivel teórico por Eduard Bernstein que proponía una mentirosa “revisión de la teoría marxista” según la cual era posible llegar al socialismo solamente por las elecciones. Esto lo desmentiría Luxemburgo desenmascarando el abandono teórico/metodológico de Bernstein con su conocida obra “Reforma o revolución”.

    En 1915 se separa, por rechazo a la política militarista del Partido un primer grupo formando el Partido Socialista Internacional Alemán, un grupo dirigido por Anton Pannekoek, Karl Radek, Otto Rühle y Paul Frölich, de tendencia ultra izquierdista, que será precursor del consejismo y otro de los grupos fundacionales del Partido Comunista Alemán.

    La Liga Espartaco seguiría organizándose dentro del SPD como un grupo de oposición interna, organizando varias marchas y huelgas en contra de la guerra. A finales de 1915, otro grupo de 20 parlamentarixs socialdemócratas votan contra los créditos de guerra, siendo expulsadxs del Partido por indisciplina a comienzos de 1916. Al mismo tiempo Luxemburgo y Liebknetch son arrestadxs por sus actividades anti-bélicas. Estxs parlamentarixs, comandadxs por Hugo Haase, formarán un bloque nuevo en el Parlamento lo que acrecentará las tensiones con el Partido, llevando a inicios de 1917 a la creación del Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania, al cual ingresa la Liga Espartaco, también como ala izquierda, sin renunciar a su autonomía como grupo.

    Lxs socialdemócratas independientes (USPD) forman un partido con profundas contradicciones internas: la dirección intentaba un “centrismo” entre el reformismo del SPD y las tendencias revolucionarias de la Liga Espartaco y otros miembrxs de la izquierda socialista ensayando un marxismo formal, basado en gran parte en la teoría de Kaustky. Albergan, así, tanto a socialistas anti-guerra a la izquierda del SPD como a su derecha, como ejemplo tanto Bernstein como Rosa Luxemburgo forman parte del nuevo partido.

    Estas contradicciones se agravarán aún más con el triunfo de la Revolución Bolchevique en Rusia que, además, junto con la insoportable situación económica, las atrocidades de la guerra y la ya segura derrota alemana, son la chispa que enciende la revolución en Alemania.

    En noviembre de 1918, un alzamiento de marinerxs en Kiel y las huelgas de lxs delegadxs revolucionarixs (agrupación de sindicalistas que rechazaban las direcciones mayoritarias del SPD) extienden la insurrección por todo el imperio. Se forman milicias y las guarniciones del Ejército se unen a la revolución: la monarquía de los Hoherzollern es derrocada.

    La situación es tan volátil que, contradictoriamente, Liebknetch en un discurso desde el balcón del Palacio Real de Berlín declara a Alemania una “República Socialista libre” mientras que Phillipp Scheidemann del SPD declara una República Parlamentaria liberal. Se forman consejos de obrerxs y soldadxs con mayoría de lxs delegadxs revolucionarixs y formalmente Richard Müller, líder de lxs delegadxs, asume la presidencia del Consejo Ejecutivo de los mismos. Esto lo convierte, en teoría, en Jefe de Estado pero mediante errores tácticos de su faccion, circunstancias coyunturales y hábiles maniobras conspirativas organizadas por Ebert, el SPD logra cooptar los Consejos, establecer un Parlamento paralelo y hacerse con el gobierno.

    La Liga Espartaco confiada de poder ganar la conducción de lxs socialistas independientes empieza a llamar a un congreso extraordinario, en parte apoyados por lxs delegadxs revolucionarixs, que si bien eran un grupo aparte, también estaban dentro del ala izquierda del nuevo Partido. Pero la dirección de Haase se opone y en un discurso anima a lxs espartaquistas a abandonar el Partido. Así, se forma un Comité de Acción conjunta entre delegadxs y espartaquistas que, además, comienza a confluir con lxs socialistas internacionalistas, ahora renombrados a Partido Comunista Internacionalista alemán (IKC). Se va dibujando una ruptura con el Partido Socialista Independiente así como también la fundación de un nuevo partido. Al principio, algunxs espartaquistas se oponen, entre ellxs Leo Jogiches y Rosa Luxemburgo, pues creen que deben forzar la ruptura durante el próximo congreso del USPD para arrastrar a la mayor cantidad de miembrxs hacia el nuevo partido, sin embargo, tras su intervención Radek, quien es parte de lxs comunistas internacionalistas y enviado como delegado de la Nueva Internacional Comunista creada tras la revolución de octubre, les convence de lo contrario.

    Así, el 30 de diciembre, lxs espartaquistas se separan del USPD, se unen al ICK y forman el nuevo Partido Comunista Alemán. Luxemburgo se apresura a escribir un programa para el reciente Partido, lanzado el día siguiente en un panfleto titulado “Qué quiere la Liga Espartaco”. Sin embargo hay una serie de contradicciones y diferencias que atraviesan por igual a las 3 corrientes: Espartaquistas, delegadxs revolucionarixs y al ICK; concretamente entre aquellxs partidarios de participar en las elecciones, a la Asamblea Constituyente y en los sindicatos; y lxs ultra izquierdistas que quieren boicotear las primeras y rechazan incluso la formación de sindicatos propios por considerar la actividad sindical como una táctica oportunista.

    En el Primer Congreso partidario se imponen lxs segundxs, que si bien en su mayoría se componen de lxs miembrxs del viejo ICK, lideradxs por Rühle, también cuentan con apoyo de  parte de las bases espartaquistas, pero en general nuevos militantes sin previa experiencia política, que se unieron al Partido al calor de la revolución de Noviembre.

    Así, en el Primer Congreso partidario triunfa el ala ultra izquierdista, rechazando la resolución de Paul Levi para participar de las elecciones y aprobando la propuesta por Rühle para boicotearlas. Sin embargo, la votación se pospone para una nueva fecha. También se aprueban resoluciones de índole putschista, sin embargo en un acto de inconsistencia política que prueba las contradicciones en el seno del Partido se aprueba por mayoría el programa propuesto y redactado por Rosa Luxemburgo, que empujaba en un sentido contrario con párrafos como: “Si Espartaco toma el poder, será bajo la voluntad clara, indudable, de la gran mayoría de las masas proletarias, en toda Alemania y sólo bajo la forma de su adhesión consciente a las perspectivas, a los fines y a los métodos de lucha propugnados por la Liga, la victoria de Espartaco no está situada al principio, sino al final de la revolución”.

    El boicot de las elecciones que, contrario al gusto de la corriente dirigida principalmente por el ICK tienen una gran asistencia, deja al Partido Comunista sin una representación en la política alemana. Pero lo que es más grave es que sus tendencias putchistas rompen el dialogo que lxs espartaquistas venían llevando con lxs delegadxs revolucionarixs para su integración al Partido (hecho sumamente necesario al ser éstxs, el único  grupo con una red de activistas por todo el país e influencia en los sindicatos). Esta ruptura se da debido a que se opone a alguna de las demandas que estxs hacen: participar de las elecciones (en lo que coincidían con la dirección espartaquista), definición precisa de las tácticas callejeras (reclamo que viene directamente de sus bases sindicales que son quienes formalmente debían poner el cuerpo durante los enfrentamientos), y definición del programa partidario en paridad de condiciones.

    El Partido queda así aislado y en minoría con sólo unos 10 mil miembros, al estallar una huelga espontánea y masiva, pero limitada a Berlín, en la semana del 5 de enero cuando el gobierno de Ebert intenta remplazar al Jefe de Policía Emil Eichhorn, miembro del USPD, por negarse a reprimir una protesta obrera en navidad. Lxs huelguistas toman la Jefatura de Policía e, inesperadamente para el Partido, miles salen a las calles respaldando su llamado a manifestar. De esta manera, se forma un Comité de Huelga compuesto por Eichhorn y Georg Ledebour por lxs socialistas independientes, Liebknetch y Karl Pieck por parte de lxs comunistas, 3 soldados y 70 delegadxs revolucionarixs. La mayoría de la dirigencia comunista, entre los que se encuentra Luxemburgo, cree correctamente que ante lo limitada  geográficamente de la protesta (que ni siquiera logró paralizar Berlín completa), la neutralidad del regimiento  popular de marinxs (militares de tendencia izquierdista), la debilidad y aislamiento del Partido Comunista, que aún no se encontraba en condiciones de dirigir una insurrección, y el hecho de que lxs socialistas independientes no se sumaran de forma masiva a la misma, llevaría a consecuencias negativas.

    Aun así, Liebknetch, por miedo a perder la confianza de las masas vota a favor, aun cuando sabe de la imposibilidad de una victoria y se encuentra en contra de transformar la protesta en insurrección.  Esto, sumado a los votos de lxs delegadxs revolucionarixs (contrario a la opinión de su líder Müller), hace que el Comité imponga la declaración de una insurrección para derrocar al gobierno. El levantamiento no logra apoyo fuera de Berlín. Así, el gobierno de Ebert rompe las negociaciones, impone un estado de sitio en la capital, y mediante su ministro de Defensa Gustav Noske reúne a lxs Freikorps, grupos de veteranxs de guerra de extrema derecha y proto fascistas organizadxs, en unidades paramilitares, a lxs que envía junto a las tropas regulares equipadas con artillería, desatando una masacre y aplastando a lxs rebeldes. Liebknetch y Luxemburgo son capturadxs y asesinadxs sumariamente por los Freikorps, la insurrección fracasa y se termina la segunda etapa de la revolución de Noviembre.

    Pocos meses después, en marzo del 19, el gobierno desata una nueva masacre al empezar una huelga general que pedía la aplicación de los “Puntos de Hamburgo”, un acuerdo de demandas formuladas durante la revolución de Noviembre y que habían sido aprobados incluso por el SPD. Entre estas demandas se encontraba la nacionalización de industrias clave y el reconocimiento legal a los Consejos de obrerxs y soldadxs. La huelga estaba dirigida nuevamente por lxs delegadxs, el USPD y lxs comunistas ahora lideradxs por Jogiches. Si bien era sólo una huelga, el gobierno lanzaría una provocación inicial asesinando a un marino de la División Popular de marinxs, lo que lleva a que lxs mismxs que se mantuvieron neutrales durante el levantamiento espartaquista, ahora comiencen a distribuir armas a lxs huelguistas, sólo por una “vendetta” personal.

    Esta situación sacó la huelga de contexto y sirvió de excusa al gobierno para la represión, que contaría a 3 mil muertos, incluidas personas que no participaron de la huelga, ya que el gobierno decretó de forma asesina la ejecución sumaria de cualquiera que poseyera armas y combatiera a los Freikorps, pero los paramilitares lo hicieron extensivo, buscando armas en las casas de la población general.

    Tras estas dos derrotas y el asesinato de parte de la Dirección, el Partido pasará a estar dirigido por Paul Levi entre 1920 y 1921, que empezará un duro debate con las corrientes ultraizquierdistas dirigidas por Rühle, y proveniente del ICK, que terminaran abandonando el Partido para formar el Partido Comunista Obrero alemán. Levi logra cambiar la estrategia partidaria por una línea de masas.

    Consistente en participar de elecciones y sindicatos, seguir el programa escrito por Luxemburgo y aprobado por el Primer Congreso, no intentar  insurrecciones prematuras o aventuras putchistas y buscar atraer a otros grupos revolucionarios, se ve recompensado con el ingreso de una nueva ruptura de izquierda del Partido Socialista Independiente, esta vez mayoritaria (400 mil afiliados), dentro del Partido Comunista, convirtiéndolo por primera vez en un partido de masas, y el primer Partido Comunista de masas de Europa occidental.

    El triunfo no duraría mucho, meses después, con el ingreso de exiliadxs húngarxs en el Partido, Bela Kun y la redacción de la revista Kommunismus, las posiciones putchistas volverían al Partido. Parte de la línea de Levi se apoyaba en un llamamiento a los demás partidos de izquierda a luchar por premisas básicas e inmediatas para la mejora de las condiciones de vida de la clase trabajadora, no era un llamado a una lucha revolucionaria sino por aumentos salariales, liberación de presos políticos, disolución de las milicias reaccionarias; que en ese momento eran muchas y superaban a la simple formación de Freikorps (estaban lxs cascxs de hierro y las milicias del creciente partido  nazi), constitución de comités comunes de defensa frente a estas milicias, entre otras. El llamamiento no buscaba remplazar la lucha revolucionaria ni formar un gobierno al estilo del posterior frente popular, tampoco esperaba respuesta positiva de lxs socialdemócratas, de hecho, se contaba con que darían la negativa, y eso era justamente lo que se queria, desenmascararlxs frente a las masas trabajadoras al mostrar el poco interés de las direcciones reformistas por demandas básicas y no radicales.

    Esta línea, más tarde aprobada por la Internacional, sería sistematizada por la Teoría del frente único, y a esta concepción el grupo de Kommunismus oponía la Teoría de la ofensiva, que proponía que la acción de los Partidos Comunistas debía apuntar a la ofensiva permanente, sin importar la correlación de fuerzas de cada país, delimitándose constantemente de los partidos reformistas, rechazando cualquier posibilidad de colaboración con los mismos, incluso en cuestiones de acuerdo básico. Cabe destacar que si bien el Partido contaba con una influencia de masas, esta seguía siendo minoritaria tanto a nivel político como en los sindicatos (de hecho dado el porcentaje de trabajadores afiliadxs a sindicatos por sobre lxs que votaban, la diferencia era aún mayor en los sindicatos) y que, contrario a lo que la Teoría de la ofensiva proponía, y según lo comprobaron Lenin, Trotsky y muchos otros teóricxs a nivel internacional, había un reflujo del movimiento obrero y la velocidad de las situaciones revolucionarias en Europa había disminuido. No obstante estos dos embates, la teoría se impuso en el comunismo alemán y dio nueva fuerza a las corrientes ultraizquierdistas, quedando Levi y otros camaradas espartaquistas, en minoría nuevamente.

    Intoxicado por la teoría de la ofensiva, el Partido Comunista elabora una línea según la cual el Partido no debe esperar ni prestar atención a las condiciones objetivas y subjetivas pues con su propia actividad y fuerza “podría moldearlas”, pasando a un plan de acción que consistía en incentivar un clima de lucha, aunque fuera artificial, para generar una respuesta violenta de la policía que creían, al causar muertxs, incitaría una reacción proletaria que abriría las condiciones para un alzamiento revolucionario.

    Demás está decir que la táctica fue un fracaso: lxs comunistas no lograron perturbar el trabajo en las fábricas, en muchos casos intentando frenarlas sin apoyo de lxs obrerxs, de hecho, en muchos casos en franca oposición a lxs mismxs, ya fuera por que pertenecían al USPD o porque los motivos explicados por la dirección en su llamamiento a la insurrección eran vagos, artificiosos y ambiguos. Cuando lxs obrerxs no respondían, el Partido mandaba a la militancia a enfrentarlxs, y ante estos enfrentamientos, la policía se limitó a detener a los comunistas. Para forzar enfrentamientos mayores mandaron ataques con dinamita, descarrilamiento de trenes, y ataques a tiros a la policía, lo que les dio la excusa para reprimir sin que lxs trabajadorxs se solidarizaran. Cayeron ante una provocación del gobierno regional de Prusia que buscaba desarmar a lxs obrerxs que habían evitado el pustch protofascista de Kapp.

    Estos hechos, conocidos como “las acciones de Marzo”, generaron una pérdida de confianza de las bases en el Partido que, ante el fracaso de la intentona, en lugar de generar una autocrítica se limitó a culpar a lxs trabajadorxs por no tener conciencia de sus propios intereses, por no luchar como debieron luchar, acusándolos de ser igual de traidores que las direcciones reformistas e incluso peor aún, culpando a lxs camaradas muertos durante la insurrección de tomar muy literalmente las  consignas lanzadas en la prensa oficial del Partido. Todo esto llevo a la pérdida de la influencia de masas que se había logrado, Levi lanzó una carta abierta criticando este accionar, lo que le valió la expulsión del Partido. Con él se fueron Clara Zetkin y muchísimxs otrxs dirigentes de peso. Lenin y Trotsky apoyaron en la Internacional a Levi y lanzaron la Teoría del frente único, pero este no quiso volver al Partido.

    Esto allanó el camino para la llegada de Ernst Thälmann a la Dirección, un burócrata partidario de Stalin que adoptó sin chistar la nefasta teoría de “clase contra clase” lo que aisló aún más al Partido. Gracias a dicha teoría, entre otras cosas, subestimó el ascenso y el peligro que representaba el fascismo, por lo que se enfrentaron principalmente a la socialdemocracia, lo que cerró el camino a un frente único y ayudó a la llegada al poder de los nazis.

    Tal fueron los hechos que en ocasiones se aliaron con éstos, por ejemplo, al apoyar el intento de los Cascos de Hierro de realizar un referéndum para tumbar el gobierno socialdemócrata regional en Prusia, o a dar declaraciones del estilo “un par de árboles nazis no deben tapar un bosque de socialdemócratas” y a ensayar una línea de coqueteo con el nacionalismo en un intento de ganarse parte de las bases obreras del partido nazi, incluso la oposición de derecha bujarinista se separó del partido, formando el Partido Comunista-Oposición; pues si bien colaboradora de Stalin, coincidía con la oposición de izquierda en plantear la necesidad del frente único.

    En síntesis, podemos rescatar las siguientes lecciones de la historia del Partido Comunista alemán:

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  • Crecimiento desigual o sólo decrecimiento

    Crecimiento desigual o sólo decrecimiento

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    Daniel Tanuro

    Autor ecosocialista y militante de Gauche anticapitaliste, Bélgica

    Traducción: Andreu Coll

    Fuente: Gauge anticapitaliste

    Teoría: Ecosocialismo

    24/12/2021

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    H

    ace veinticinco años, el «decrecimiento» era concebido por sus partidarios como una «palabra polémica» que conllevaba una vaga carga ideológica: Serge Latouche y sus partidarios decían que querían «cambiar la forma de pensar de la gente» para «salirse de la economía y el desarrollo»… Hoy, el decrecimiento vuelve a ser objeto de debate, pero sobre la base de premisas más rigurosas.

    Ante la catástrofe climática, muchos especialistas ya no creen en la posibilidad de conciliar una reducción de las emisiones de CO2 con un aumento del PIB. Según ellos, no es posible estabilizar el clima sin reducir el consumo mundial de energía de forma tan drástica que inevitablemente se reducirá la producción de bienes y servicios. Esta tesis tiene obviamente implicaciones en términos de opciones sociales ‑todos estos especialistas insisten en la necesidad de un decrecimiento socialmente justo- pero su base es científica, no ideológica.

    Empecemos por recordar los datos del problema. Para no superar los 1,5 °C de calentamiento, las emisiones netas de CO2 deben reducirse al menos en un 50% para 2030 y en un 100% para 2100. Los autores del Quinto Informe de Evaluación del IPCC (AR5, 2014, que sirvió de base para el Acuerdo de París) consideraron que esta reducción sería compatible con el crecimiento económico: el aumento de la eficiencia energética y la irrupción de las renovables deberían permitir desvincular la evolución del PIB de la de las emisiones de CO2. Seis años después, se ha iniciado una relativa desvinculación en algunos países desarrollados. Pero la desvinculación absoluta es imposible. En efecto, el aumento de la eficiencia y el despliegue de las energías renovables requieren enormes inversiones de gran intensidad energética y más del 80% de esta energía es fósil. Por consiguiente, la transición energética en un contexto de crecimiento conduce inevitablemente a más emisiones de CO2. Como estas emisiones deben reducirse -no relativamente, sino en términos absolutos- la conclusión es inevitable: el aumento del PIB está en contradicción con la estabilización del calentamiento por debajo de 1,5°C.

    Muchos especialistas quisieron creer que esta contradicción podría superarse retirando el CO2 de la atmósfera, para compensar las emisiones. Para ello se han propuesto dos vías: 1°) maximizar la captación natural de CO2 mediante la plantación de árboles; 2°) inventar «tecnologías de emisiones negativas» (NET) para extraer el carbono de la atmósfera y almacenarlo bajo tierra. Las críticas a esta estrategia no son nuevas, pero hasta ahora el IPCC no las ha tenido en cuenta. Por ejemplo, todos los escenarios probados en el Informe Especial de 1,5°C (2019) se basaban en la posibilidad de «compensación de carbono». Pero la marea parece estar cambiando. Ya no se pueden ignorar las voces de los investigadores que sostienen que esta opción productivista es contraria al principio de precaución.

    Sus argumentos son muy sólidos. Para conciliar el crecimiento del PIB con el respeto al objetivo de 1,5°C, algunos escenarios prevén la eliminación de hasta 1.000 gigatoneladas de carbono de la atmósfera para 2150. ¡Veinticinco veces las emisiones anuales! Las plantaciones de árboles sólo podrían aportar una contribución muy modesta (las superficies son limitadas) y, sobre todo, temporal (los árboles absorben CO2 durante su crecimiento y luego lo emiten, y el calentamiento favorece los incendios). Por lo tanto, debemos basarnos principalmente en las RTE, en particular en la «bioenergía con captura y almacenamiento de carbono». El principio de esto es simple: quemar biomasa en lugar de combustibles fósiles, capturar el CO2 liberado y enterrarlo bajo tierra; como la biomasa crece absorbiendo CO2, en teoría, la concentración atmosférica de CO2 debería bajar… Pero en la práctica 1°) no sabemos si funcionará, la tecnología sólo existe en forma de prototipo; 2°) habría que plantar biomasa en áreas gigantescas; 3°) habrá competencia con la alimentación humana, la biodiversidad y los suministros de agua dulce; 4°) no estamos seguros de que el CO2 no se escape del subsuelo.

    Un destacado científico dijo oficialmente a los delegados de la COP26 que, por encima de 1,5°C, la Tierra corre el riesgo de convertirse en un «planeta humeante», con una subida del nivel del mar de trece metros o más[1]Johan Rockström, director del Instituto de Potsdam, https://www.youtube.com/watch?v=iW4fPXzX1S0. Es una tontería apostar por los trucos de los brujos para evitar este cataclismo. Pero, como resultado, la única alternativa es una reducción drástica y muy rápida del consumo de energía final. Al mismo tiempo, este descenso económico es obviamente imposible sin justicia social y climática, es decir, sin una reducción radical de las desigualdades y una mejora radical de las condiciones de vida del 50% más pobre de la humanidad, en los países pobres, pero también en los países ricos. Este es, en definitiva, el razonamiento que lleva a cada vez más científicos a abogar por lo que podría llamarse «decrecimiento justo».

    La idea dominante en nuestras sociedades es que el crecimiento y el aumento del consumo de energía son esenciales para el empleo y los ingresos, en definitiva, para el bienestar. Sin embargo, esta idea es cada vez más cuestionada científicamente. Más allá de la satisfacción de las necesidades básicas (una buena alimentación, una buena vivienda, una ropa cómoda, un sistema sanitario eficaz, una infraestructura de movilidad adecuada), la utilidad de consumir más energía está disminuyendo muy rápidamente. Como resultado, «los países de altos ingresos podrían reducir su impacto biofísico (y su PIB), manteniendo o incluso aumentando sus resultados sociales y logrando una mayor equidad entre países», escriben dos investigadores. El reto, argumentan, es lograr «una reducción equitativa del flujo de energía y recursos a través de la economía, junto con un aseguramiento concomitante del bienestar»[2]«1.5 °C Degrowth Scenarios Suggest the Need for new Mitigation Pathways», Lorenz T. Keyßer & Manfred Lenzen, Nature Communications, (2021)12:2676 … Seguir leyendo.

    ¿Podrían satisfacerse mejor las necesidades humanas utilizando mucha menos energía en general y distribuyéndola mejor? Esa es la cuestión. Un elemento de la respuesta se encuentra en la diferencia entre las emisiones de CO2 del 1% más rico y las del 50% más pobre y el 40% de los que tienen ingresos «medios». Esta brecha no sólo está aumentando, sino que se ampliará aún más en 2030 como resultado de las políticas climáticas de los gobiernos. Los esfuerzos de reducción de emisiones serán inversamente proporcionales a los ingresos[3]https://www.oxfam.org/en/press-releases/carbon-emissions-richest-1-set-be-30-times-15degc-limit-2030.

    Los gobiernos siguen diciendo que «debemos» cambiar nuestro comportamiento. Pero, ¿quién es ese «nosotros»? «El consumo de los hogares más ricos del mundo es, con mucho, el mayor determinante y acelerador del aumento de los impactos ambientales y sociales», escriben los investigadores[4]» Los científicos advierten sobre la afluencia «, Th. Wiedmann, M. Lenzen, L.T. Keyßer, J. Steinberger, Nature Communications (2020)11:3107https://www.nature.com/articles/s41467-020-16941-y. Por lo tanto, debemos prohibir este consumo excesivo de lujo: jets privados, superyates, casas de lujo, todoterrenos, etc. Y, como todo consumo presupone una producción, también hay que poner fin a las actividades económicas que apuntan sobre todo al beneficio capitalista: las armas, la publicidad, la obsolescencia…

    Otros investigadores parten de la cantidad máxima de energía que cada individuo de la Tierra puede utilizar para respetar el límite de calentamiento de 1,5 °C, y se preguntan qué necesidades pueden satisfacerse sobre esta base, y en qué condiciones sociales[5]«Condiciones socioeconómicas para la satisfacción de las necesidades humanas con un bajo consumo de energía: un análisis internacional del aprovisionamiento social». J. Vogel, J. Steinberger, … Seguir leyendo. El gran interés de su planteamiento es demostrar que la satisfacción de las necesidades no sólo depende de la cantidad de energía consumida, sino también de diversos factores socioeconómicos que determinan la correlación entre energía y necesidades. Los factores «beneficiosos» satisfacen mejor las necesidades humanas con menos energía. Estos factores son: buenos servicios públicos, buena democracia, menos disparidad de ingresos, acceso garantizado a la electricidad y a la energía limpia, un sistema de salud pública y buenas infraestructuras de comercio y transporte. El crecimiento y el extractivismo, en cambio, son factores «perjudiciales»: se gasta más energía para satisfacer peor las necesidades. Por ejemplo, unos buenos servicios públicos aumentan la esperanza de vida al reducir el consumo final de energía; el extractivismo reduce lo primero y aumenta lo segundo.

    Todos estos estudios convergen: en todo el mundo se pueden alcanzar niveles de vida confortables con un consumo de energía per cápita mucho menor que en los países ricos y acomodados. Los motores del consumo excesivo de energía en estos países son: «una espiral de necesidades intensivas de energía mantenida por la lógica de los factores perjudiciales; el consumo de lujo y las desigualdades de consumo; la obsolescencia programada; la sobreproducción/sobreconsumo; la carrera por el beneficio; la expansión de la producción necesaria debido a las presiones del sistema financiero y las rentas extractivas. El problema es que los «factores perjudiciales se persiguen activamente» en el régimen actual, que es global. Por tanto, la solución debe ser «sistémica» y también global: «se requiere una transformación más amplia para priorizar la satisfacción de las necesidades humanas con poca energía»[6]

    ibidem
    .

    El 5º informe del IPCC mostraba una lealtad inquebrantable al dogma capitalista del mercado y la competencia, y por tanto del crecimiento: «Los modelos climáticos suponen mercados que funcionan plenamente y un comportamiento de mercado competitivo». Este dogma ya no es sostenible, pues nos está llevando al abismo. Las partes del sexto informe que tratan sobre la adaptación al calentamiento global y la reducción de emisiones se publicarán a principios de 2022. Se ha filtrado el proyecto de resumen para los responsables políticos del informe sobre la reducción de emisiones. Dice: «En los escenarios que consideran una reducción de la demanda de energía, los desafíos de la reducción de emisiones se reducen significativamente, con una menor dependencia de la eliminación del CO2 de la atmósfera, una menor presión sobre la tierra y precios más bajos del carbono. Estos escenarios no implican una disminución del bienestar, sino la prestación de mejores servicios»[7]«El IPCC considera que el decrecimiento es clave para mitigar el cambio climático», Revista Contexto, Juan Bordera & Fernando Prieto, 7/8/2021..

    Inferir que el sexto informe del IPCC se posicionará en contra de la economía de mercado sería ingenuo. El proyecto de resumen refleja simplemente la fuerza de los argumentos científicos sobre la imposibilidad de conciliar el crecimiento del PIB con la limitación del calentamiento por debajo de 1,5°C. El IPCC no hace recomendaciones, sino que extrae conclusiones basadas en la mejor ciencia disponible. Los investigadores que trabajan en el «decrecimiento justo» son ahora reconocidos por sus colegas. Es una victoria contra el dominio de la ideología capitalista del «siempre más» sobre la ciencia. Pero son los gobiernos los que deciden el camino a seguir. El resumen del informe debe ser validado por ellos. Puede estar seguro de que harán todo lo que esté en su mano para que la frase anterior se elimine del sumario. ¿Obtendrán satisfacción? Ya lo veremos. Pero, en cualquier caso, la sentencia se quedará en el informe, ¡que sólo pertenece a los científicos!

    No hay puestos de trabajo en un planeta muerto

    El reconocimiento por parte del IPCC del «decrecimiento justo» como alternativa al dogma capitalista de competencia-ganancia-crecimiento es un punto de apoyo en la lucha por otra sociedad. Esto debería preocupar especialmente al movimiento sindical. Hasta ahora, sus dirigentes han apostado por el crecimiento en nombre del empleo. Se engañan a sí mismos sobre la posibilidad de una «transición justa» a un «capitalismo verde». En realidad, no existe capitalismo verde al igual que no existe un capitalismo social, y la «transición» es una ilusión. La desigualdad crece junto con el PIB. La factura de la crisis ecológica será alta, y los propietarios pretenden que la paguen las clases trabajadoras. Ante la creciente amenaza de una catástrofe ecológica que será también una catástrofe social sin precedentes, sólo las luchas y la convergencia de las luchas pueden salvarnos.

    Es urgente que el mundo del trabajo se comprometa mucho más activamente con los jóvenes, las mujeres, los pueblos indígenas y los pequeños agricultores que están en primera línea de la lucha por el planeta. Esto debería implicar una profunda reflexión estratégica destinada a desarrollar un programa de reformas estructurales anticapitalistas y antiproductivistas. Un programa así permitiría al sindicalismo abonar la idea del «decrecimiento justo» con sus propias prioridades, sus propias reivindicaciones y sus propias aspiraciones. En particular, la reconversión pública y colectiva de los trabajadores en actividades ecológica y socialmente útiles (sin pérdida de salario) y la reducción masiva y colectiva de la jornada laboral.

    Trabajar menos, trabajar todos, vivir mejor. No hay trabajos en un planeta muerto. Perder la vida para ganársela destruyendo el planeta de nuestros hijos es una opción menos que aceptable.

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    Notas del artículo

    Notas del artículo
    1 Johan Rockström, director del Instituto de Potsdam, https://www.youtube.com/watch?v=iW4fPXzX1S0
    2 «1.5 °C Degrowth Scenarios Suggest the Need for new Mitigation Pathways», Lorenz T. Keyßer & Manfred Lenzen, Nature Communications, (2021)12:2676 :https://doi.org/10.1038/s41467-021-22884-9www.nature.com/naturecommunications
    3 https://www.oxfam.org/en/press-releases/carbon-emissions-richest-1-set-be-30-times-15degc-limit-2030
    4 » Los científicos advierten sobre la afluencia «, Th. Wiedmann, M. Lenzen, L.T. Keyßer, J. Steinberger, Nature Communications (2020)11:3107https://www.nature.com/articles/s41467-020-16941-y
    5 «Condiciones socioeconómicas para la satisfacción de las necesidades humanas con un bajo consumo de energía: un análisis internacional del aprovisionamiento social». J. Vogel, J. Steinberger, D.W. O’Neil, WF Lamb, J. Krishnamukar. Global Environmental Change, 69 (2021).
    6

    ibidem

    7 «El IPCC considera que el decrecimiento es clave para mitigar el cambio climático», Revista Contexto, Juan Bordera & Fernando Prieto, 7/8/2021.
  • Cuba 2021 el año del shock

    Cuba 2021 el año del shock

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    Frank García Hernández

    Sociólogo e historiador

    Fuente: insisto-resisto.org

    Actualidad Internacional: Latitudes. América Latina

    03/01/2022

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    l 1 de enero de 2021 Cuba no solo conmemoró el 62 aniversario del triunfo de la Revolución; sin saberlo, comenzaba a vivir un año que dejaría una marca en su historia y un shock en su clase trabajadora.

    La sociedad cubana, acostumbrada a vivir los procesos políticos con suma lentitud, enfrentó en solo un año la sucesión de graves escenarios que oscilaron desde una fallida reforma económica, pasando por la finalización del mandato de Raúl Castro al frente del Partido Comunista –y por tanto el retiro del último Castro–, hasta la mayor protesta social desde el triunfo de la Revolución.

    Este crítico contexto tiene lugar en la Cuba que arribó al 2021 hundida en una crisis económica solo superada por la gravedad de los años noventa. Tras desaparecer la Unión Soviética y el llamado Campo Socialista del Este Europeo, el país caribeño perdió el 85 % de sus socios comerciales. Sin embargo, entonces sólo era cuestión de reorientar su mercado exterior. Ahora la situación es más compleja: Cuba depende mayoritariamente del turismo y la industria del ocio ha colapsado a nivel internacional. Para que el Producto Interno Bruto cubano del 2020 creciera solo un 1%, se necesitaba la llegada de 4,5 millones de turistas extranjeros. Contrario a ello, en 2020 Cuba recibió poco más de 1,3 millones de visitantes extranjeros y en el año que concluye han arribado a la isla no más de 500.000 turistas. Sumado al incremento de las sanciones de Estados Unidos, más una inflación no prevista por el Gobierno, la economía cubana ha colapsado: en 2020 el PIB cayó un 11% y en 2021 descendió otros dos puntos porcentuales, desplomándose un 13%.

    Pero al impacto de la caída del turismo se agregó un paquete de antipopulares medidas económicas aplicadas por el Gobierno desde el primer día de 2021. La llamada Tarea Ordenamiento empezaba el mismo día que se conmemoraba el 62 aniversario del triunfo de la Revolución y el año en que se cumplían seis décadas exactas de la adopción del socialismo y la derrota de Estados Unidos en Bahía de Cochinos.

    El 16 de julio de 2020, el presidente cubano Miguel Díaz-Canel anunció en cadena nacional que el país comenzaría a vivir una serie de profundas reformas económicas. Cinco meses más tarde, junto a un silencioso Raúl Castro, en la noche del 10 de diciembre de 2020, Díaz-Canel realizó otra aparición en cadena nacional, informando que el 1 de enero de 2021 sería implementado un paquete de medidas económicas llamado Tarea Ordenamiento.

    Básicamente las reformas de la Tarea Ordenamiento tendrían como objetivo principal unificar la tasa cambiaria oficial. Desde 1994 en Cuba circulaban de manera oficial dos monedas con dos cotizaciones diferentes. El peso convertible (CUC) equivalía a un dólar y cada CUC se cotizaba a 24 pesos moneda nacional. La tasa cambiaria de un CUC por un dólar solo era empleada para transacciones entre empresas estatales. A su vez, la mayor parte de las tiendas estatales ofrecían sus productos en CUC, aunque el salario se recibía en pesos moneda nacional.

    Pero la Tarea Ordenamiento no solo llegaba con la unificación de la tasa cambiaria. Para unificar las monedas desapareciendo el CUC, el Gobierno había planificado una “inflación nominal”, lo que se traducía en un alza considerable de los precios del servicio público y en casi todas las ofertas estatales. Solamente en La Habana el transporte público ascendió un 500%. El ajuste golpeó incluso los precios de los comedores para familias de alta vulnerabilidad económica. El impacto de la Tarea Ordenamiento generó tal descontento que algunos analistas preveían protestas en febrero o marzo.

    Para compensar este alza de precios, la Tarea Ordenamiento también comprendía sustanciales incrementos salariales. Sin embargo, esta sería una solución con una vida efectiva de no más de dos meses. La gran inflación generada por la Tarea Ordenamiento agravó el impacto del desabastecimiento que vive la clase trabajadora debido a la caída del turismo y las sanciones estadounidenses. Finalmente, tras un año de descalabro económico, ante el parlamento, Díaz-Canel ha reconocido en público este diciembre que el paquete de medidas con las cuales se estrenó el 2021 había fracasado: “A la Tarea Ordenamiento hay que ordenarla”.

    Si el 27 de noviembre de 2020 más de 300 personas se sentaron frente a las puertas del Ministerio de Cultura –provocando que el viceministro Fernando Rojas se viera presionado a dialogar con intelectuales y artistas vinculados con la oposición–, para el 27 de enero de 2021 tuvo lugar otra protesta menor ante la misma institución.

    Esta vez, el propio ministro de Cultura, Alpidio Alonso saldría a encontrarse con los manifestantes. Contrario al diálogo logrado el 27 de noviembre, el funcionario derribó de un manotazo el celular de un periodista que lo grababa discutiendo con los manifestantes. Lo que en otro país hubiera sido un cotilleo de prensa amarillista, en Cuba provocó la suficiente tensión política como para que las autoridades cortaran el internet. Los hechos no se limitaron al altercado violento entre un ministro y un joven periodista: fuerzas policiales cargaron contra las decenas de personas que se manifestaban pacíficamente frente al Ministerio de Cultura, arrestándolas a todas durante casi 24 horas.

    Exactamente tres meses después, tendría lugar otra pequeña crisis política a nivel nacional, pero esta vez de mucha mayor relevancia que los sucesos del 27 de enero. El 27 de abril, Luis Manuel Otero Alcántara –un disminuido artista de la plástica devenido en opositor político– comenzó una huelga de hambre y sed. El ayuno, depuesto a mediados de mayo, provocó aisladas protestas en la capital del país.

    Desde el 27 de noviembre, fecha en la cual podemos enmarcar el inicio de una crisis política que sigue abierta, las protestas en las calles no se han detenido. En un país donde ni siquiera existe una ley de manifestaciones y toda disidencia es entendida como contrarrevolucionaria, resulta un fenómeno político novedoso que cada tres meses –con mayor o menor envergadura– estallen protestas, generando un ambiente de tensión política a nivel nacional.

    El único que pudo detener las reformas económicas iniciadas por Raúl Castro en 2011 fue el mismo Raúl Castro en abril de 2021. En el VIII Congreso del Partido Comunista, cuando se esperaba el salto hacia la implantación de un modelo económico muy similar al “socialismo de mercado chino”, Raúl Castro, empleando términos como “restauración capitalista”, arremetía contra “quienes sueñan (…) con la privatización masiva de la propiedad del pueblo sobre los principales medios de producción”.

    Raúl advertía además que “el egoísmo, la codicia y el afán de mayores ingresos provocan en algunos el aliento para desear (…) un proceso de privatización que barrería los cimientos y las esencias de la sociedad socialista”. El ala prochina que se venía consolidando con fuerza en la dirección del Partido y el Gobierno sufriría otro golpe: una de sus principales figuras, Marino Murillo, quien además había sido el regente de la Tarea Ordenamiento, fue expulsado del Comité Central.

    También en el congreso, Raúl Castro trazó la línea de cuál sería la política ante otras posibles manifestaciones opositoras: “La calle es de los revolucionarios”, sentenciaba el saliente secretario general del PCC. La orientación sería cumplida con rigor por Díaz-Canel cuando estallaron las ya hoy históricas protestas del domingo 11 de julio.

    Sin embargo, lo que trascendió al mundo fue el retiro de Raúl Castro de la dirección máxima del PCC. Junto a Raúl abandonaban la dirección del partido otras de las dos últimas figuras de la vieja guardia revolucionaria: el comandante Ramiro Valdés y el entonces segundo secretario del PCC, Ramón Machado Ventura. Por primera vez desde 1959 ningún Castro ocupaba un puesto político en la dirigencia del Partido y el Gobierno. A pesar de que Raúl Castro continúa tutelando las decisiones políticas a nivel nacional, con el VIII Congreso nominalmente concluía una etapa histórica.

    El nuevo Buró Político elegido en el cónclave partidista tenía otro rasgo que define el actual escenario: ninguna personalidad, ni grupo político ejerce una hegemonía en el partido. Aunque Díaz-Canel resultó electo secretario general del PCC, está lejos de controlar las decisiones partidistas o gubernamentales. Como contraparte a Díaz-Canel llegaba al Buró Político un personaje que, por su poca visibilidad, pero conocida fuerza política, hasta el momento era prácticamente un mito. Ascendía a la dirección del Partido el general López Callejas, quien controla el largo brazo empresarial del ejército cubano y además fue yerno de Raúl Castro.

    Al desabastecimiento que vive la clase trabajadora se suma otra impopular medida económica del Gobierno cubano: el establecimiento de tiendas donde solo se puede comprar con tarjetas respaldadas en divisas extranjeras. Una importante cantidad de los productos básicos ofertados por el Estado se concentraron en las llamadas Tiendas en Moneda Libremente Convertible (MLC). Esta situación se agravó cuando en marzo de 2021 el Gobierno cubano emitió un decreto anunciando que los bancos no aceptarían más dólares en efectivo. Fundamentalmente, la sorprendente medida estuvo provocada porque los principales socios comerciales de Cuba y el Club de París –con quien en 2016 La Habana contrajo una deuda millonaria–, no quieren aceptar dólares del Gobierno cubano. El motivo es la persecución financiera de Estados Unidos contra quienes acepten dólares del Gobierno de La Habana. A ello se le sumó que Rusia y China, otros dos principales acreedores de Cuba, desmontan el uso del dólar en sus respectivas economías. Paradójicamente el Gobierno cubano se encontró ante un exceso de dólares.

    El impacto de esta medida provocó el nacimiento de una moneda virtual en el mercado negro cubano: el MLC o dólar digital. La principal entrada de remesas al país se hacía desde Estados Unidos. Washington prohíbe las transacciones hacia Cuba incluso por Western Union, de modo que los dólares de los emigrados cubanos llegaban a la isla en efectivo. Al no ser aceptados por los bancos cubanos, los dólares en efectivo provenientes de la diáspora perdieron valor de uso, desplomándose en el mercado negro.

    Sin embargo, aumentó el valor de uso de los dólares en las tarjetas MLC, naciendo esta vez –además de la cotización estatal de un dólar por 25 pesos cubanos– otras dos tasas de cambio: el dólar en efectivo en el mercado negro equivalente hoy a 70 pesos cubanos; y un dólar digital –llamado popularmente MLC–, cotizado al cambio de 80 pesos cubanos. En la práctica, se quebraba así la principal meta de la Tarea Ordenamiento: unificar la tasa cambiaria.

    El nacimiento de una volátil “criptomoneda” regulada solo por el mercado negro impactó aún más en la crisis de la economía familiar. Ahora el sector de la clase trabajadora que no recibe remesas también debe comprar dólares digitales con la finalidad de poder adquirir en las tiendas MLC productos básicos como pollo, aceite o jabón. Paradójicamente, al MLC o dólar digital el Gobierno cubano lo puede controlar de una sola manera: desapareciendo las tiendas en moneda libremente convertible. Sin embargo, aunque las tiendas MLC son extremadamente impopulares –incluso entre quienes apoyan al Gobierno– estas han logrado captar algún porcentaje considerable de divisas; y eso ha compensado levemente el grave impacto de la bancarrota del turismo en Cuba.

    Las protestas que tuvieron lugar en Cuba el 11 de julio visibilizaron a nivel internacional que el país caribeño vivía no solo una crisis económica, sino también política. A la luz de hoy, la pregunta “¿por qué sucedió el 11 de julio?” debería ser sustituida por “¿cómo no sucedió antes el 11 de julio?”.

    Al crudo desabastecimiento se había unido el duro impacto de la Tarea Ordenamiento y su correspondiente inflación descontrolada; la concentración de productos básicos en las tiendas MLC; cortes prolongados de electricidad provocados por la drástica disminución de las pocas toneladas de petróleo que ha podido comprar Cuba durante la crisis y una grave escasez de medicamentos en un momento donde el coronavirus había alcanzado en la isla su más alto nivel.

    Si bien a lo largo del 2020 Cuba había manejado con éxito la pandemia, el 10 de julio de 2021 el Ministerio de Salud cubano informaba que en el país, solo en 24 horas, se habían registrado 6.750 nuevos contagios de coronavirus. La ola de covid-19 había golpeado a tal punto que el Gobierno envió brigadas de médicos a ciudades donde el sistema de salud local había colapsado. Ante esta situación, las autoridades decidieron internar en los hospitales solamente a los contagiados de covid-19 con riesgo de fallecer. Esta decisión golpeó fuerte en el imaginario de la sociedad cubana que siempre se había sentido protegida por el sistema de salud. De este modo, la mayoría de quienes contraían el coronavirus pasaban la enfermedad recluidos en sus casas. La escasez de medicamentos provocada por el bloqueo estadounidense agravaba la situación de quienes contrajeron el coronavirus y no fueron internados en hospitales.

    Al mismo tiempo, la oposición cubana lanzó una campaña desestabilizadora en redes sociales, responsabilizando al Gobierno por el desabastecimiento de medicamentos y la escasez de balones de oxígeno en los hospitales. Bajo el hashtag #SOSCuba se logró construir un estado de inseguridad que en cierto modo sirvió para estimular las protestas.

    En medio de este escenario de crisis, la popularidad del presidente Díaz-Canel comenzó a caer perceptiblemente. Sin embargo, similar a las burocracias de los países exsocialistas, la dirección del Partido Comunista no percibía el deterioro político del presidente. Este alejamiento de la realidad provocó que Díaz-Canel –emulando a Fidel Castro durante los disturbios del 5 de agosto de 1994– se personara en las protestas que tenían lugar en San Antonio de los Baños, la ciudad donde comenzaron los sucesos del 11 de julio. Sin embargo, el resultado fue muy diferente al que tuvo Fidel Castro en 1994: Díaz-Canel fue recibido con abucheos, a la vez que le lanzaban botellas plásticas.

    Cumpliendo la orientación de Raúl Castro en el VIII Congreso del Partido, al regresar de las protestas en San Antonio de los Baños, Díaz-Canel llamó a que “los revolucionarios y comunistas salieran a la calle (…). La orden de combate está dada”. El llamamiento de Díaz-Canel aumentó el descontento de muchos que saldrían a protestar, pues vieron en el mensaje del presidente una convocatoria al enfrentamiento entre cubanos. De ese modo, “la orden de combate” movilizó tanto a “revolucionarios y comunistas”, como a cientos de personas que se unieron a las protestas en las calles.

    En La Habana, el grueso de las protestas se concentró en una marcha pacífica que recorrió cinco kilómetros, transitando por los principales municipios de la capital y llegando a reunir alrededor de 3.000 participantes. La marcha terminó siendo reprimida en las inmediaciones de la Plaza de la Revolución, lugar donde residen los principales órganos del poder ejecutivo.

    Sin embargo, mientras tenía lugar la marcha pacífica, en la periferia de la capital y otras zonas del país ocurrían violentos enfrentamientos entre oficialistas y manifestantes. Al mismo tiempo, en la marcha que tenía lugar en La Habana, no pocos manifestantes eran arrestados sin mayor causa que participar de las protestas. Actualmente, la cifra extraoficial de detenidos el 11 de julio supera las 500 personas y no se tiene acceso a un dato aproximado de la cantidad de heridos. Cinco meses después del 11 de julio un número indeterminado de manifestantes continúan presos.

    La crisis generada por las protestas del 11 de julio aceleró la radicalización política de la juventud, estimulando la consolidación de una nueva izquierda crítica cubana. Las posturas ideológicas de este emergente sector político compuesto por intelectuales, medios de prensa y colectivos estudiantiles, oscilan desde el anarquismo, pasando por el socialismo republicano, hasta posiciones cercanas al trotskismo. Con una base mayoritariamente joven y un estado organizativo aún embrionario, de manera general la izquierda crítica plantea que el Gobierno cubano se ha alejado o incluso abandonado la construcción de una sociedad socialista. Al mismo tiempo, la izquierda crítica cubana tiende a identificarse con las protestas del 11 de julio, entendiendo que los reclamos de los manifestantes guardan un carácter popular, aunque no orgánicamente socialista.

    Uno de los reclamos que se escucharon entre los manifestantes del 11 de julio era la expansión del sector de la economía privada; algo paradójico, partiendo de que la mayor parte de quienes protestaban eran trabajadores de bajos ingresos, residentes en barrios de alta vulnerabilidad económica. Aunque la ley que regularizaba y expandía a las pequeñas y medianas empresas ya estaba proyectada por el Gobierno para ser aplicada en 2021, fue evidente que las protestas del 11 de julio aceleraron su aprobación. Sin embargo, a tono con el discurso de Raúl Castro en el VIII Congreso del Partido Comunista, la expansión del sector privado fue de mucha menor fuerza que la esperada y Cuba postergó un poco más la implementación del camino chino.

    Tras el 11 de julio, la idea de que otras manifestaciones eran posibles quedó en el imaginario político de algunos sectores de la sociedad. El 23 de septiembre, desde las redes sociales, el joven dramaturgo Yunior García convocaría a realizar una marcha pacífica contra “la violencia política”. Para ello, como hecho inédito, había presentado una solicitud formal ante el Gobierno de La Habana.

    Con el fin de organizar la marcha, Yunior García –quien provenía del frente de oposición cultural 27N– fundó la agrupación Archipiélago, logrando capitalizar parte del descontento surgido tras el 11 de julio. Sin embargo, la consigna lanzada por Archipiélago no movilizaba a las mayorías, quedando limitado su impacto en un sector de la intelectualidad crítica y la oposición en general. Yunior García olvidaba que el principal reclamo de los manifestantes el 11 de julio fue “alimentos y medicamentos”: necesidades objetivas y no una consigna política abstracta.

    A los pocos días de lanzada la convocatoria, Yunior García aceptó la alianza del Consejo para la Transición Democrática, organización que había presentado abiertamente un programa neoliberal. La decisión de Archipiélago de unirse con el CTD provocó que de una manera u otra, colectivos y figuras de la izquierda crítica cubana le fueran retirando el apoyo político a Yunior García.

    El 12 de octubre el Gobierno cubano hizo pública su negativa a permitir la marcha convocada por Yunior García, la cual debía tener lugar el 15 de noviembre. El principal argumento esgrimido por las autoridades fue que Archipiélago no solo pedía el fin de la violencia política, sino también la “caída de la dictadura”. Posteriormente, en el II Pleno del Partido se iniciaba una campaña mediática contra la marcha del 15 de noviembre, la cual básicamente caía sobre Yunior García. La protesta y su principal convocante pasaron de ser un fenómeno político limitado a las redes sociales y algunos espectros políticos y la intelectualidad, a transformarse en el principal enemigo interno del momento. La prensa oficial logró construir la idea de que, contrario al llamamiento de Archipiélago, la manifestación del 15 de noviembre se limitaría a una sucesión de hechos violentos.

    El lunes 15 de noviembre Cuba vivió un clima de tensión nacional que se había sentido desde el domingo 14. El Partido Comunista había orientado crear grupos que defendieran las instituciones, fábricas y empresas de posibles agresiones. Por su parte, Yunior García amanecía cercado, no solo por las autoridades, sino también por militantes del Partido Comunista y simpatizantes del Gobierno quienes hacían actos políticos frente a la casa del coordinador de la marcha del 15 de noviembre. Al mismo tiempo, desde el día 14 y durante todo el día 15, connotados opositores eran detenidos en todo el país o se les prohibía salir de sus casas.

    Si bien es cierto que el Gobierno creó el clima necesario para disuadir a la casi totalidad de posibles manifestantes, también fue evidente que Archipiélago no comprendió cuáles habían sido los factores movilizantes del 11 de julio. Las protestas del 11 de julio fueron esencialmente un reclamo al Gobierno pidiendo mejoras en las condiciones de vida y no exigiendo derechos políticos. El mismo carácter elitista de Archipiélago y la hegemonía de la derecha establecida finalmente, provocó la incapacidad para entender que los reclamos del 11J fueron exigencias económicas en bienestar de las mayorías. Dos días después del 15 de noviembre, Yunior García, quien había sostenido el clásico discurso “no soy de izquierdas, ni de derechas” decidió abandonar el país y comenzó un periplo político reuniéndose en España con el Partido Popular o el opositor venezolano Leopoldo López. El último intento de protestas en las calles había sido derrotado por el Gobierno y liquidado por la derecha.

    Cinco aspectos políticos han caracterizado el 2021 como un año meridiano en la historia de Cuba. El principal de ellos fue que, por primera vez, un importante sector de la sociedad cubana asumió la protesta en las calles como una práctica política viable. De esta manera, sucedieron una serie de manifestaciones que tuvieron su máximo exponente en el 11 de julio y su última representación el 15 de noviembre.

    ¡El segundo rasgo distintivo fue la implementación de un paquete de medidas económicas impopulares que reforzó el impacto de la crisis en la clase trabajadora, creándose así un clima de tensión política. La tercera característica –la cual engloba la segunda y define a la primera– fue que en 2021, Cuba alcanzó el punto más bajo de su crisis económica en 30 años, y la peor durante la pandemia. A modo de componente histórico, está como cuarto punto, el final de los Castro en la dirección del país, al concluir Raúl su mandato al frente del Partido Comunista. Al mismo tiempo, como quinto punto, destaca la emergencia de una izquierda crítica cubana con un discurso contrario al Gobierno. Si bien todo este escenario se encuentra dentro de la pandemia del coronavirus, la covid-19 es una herencia del 2020.

    El 2022 cubano podría estar marcado por una leve, aunque casi imperceptible recuperación económica. Esta mejoría sería producto del discreto aumento de la visita de turistas a la isla caribeña y la posible comercialización internacional de las tres vacunas contra la covid-19 patentadas por Cuba.

    A la estabilidad económica ayudaría también la progresiva disminución del coronavirus que disfruta Cuba, producto de la vacunación masiva contra la Covid-19. Para el 30 de diciembre pasado, el Ministerio de Salud informaba que de los 11.330.000 habitantes que componen el país caribeño, 8.944.229 habían recibido tres dosis de las vacunas cubanas contra el coronavirus.

    “Nadie sabe cómo será el 2022”, dijo el presidente cubano en su mensaje de fin de año, recordando además que “el gran desafío pendiente es la recuperación económica”. Esta vez Díaz-Canel tiene razón: más allá de la inestable situación internacional y el bloqueo estadounidense, la posibilidad de otro 11 de julio depende de los dirigentes cubanos.

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    la lucha debe continuar

    la lucha debe continuar Turigliatto

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    Franco Turigliatto

    Militante de Sinistra Anticapitalista

    Traducción: Carlos Rojas

    Fuente: Sinistra Anticapitalista

    Actualidad Internacional: Opinion

    18/12/2021

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    E

    l 16 de diciembre fue una jornada positiva en la que importantes sectores de la clase obrera volvieron a las calles con la voluntad de reforzar las luchas obreras en curso y dar una fuerte señal de resistencia a las políticas del gobierno y de Confindustria.

    La huelga general (aunque faltaran algunas categorías importantes como la escuela, la sanidad y parte del servicio postal) supuso de hecho un difícil reto no solo para las dos confederaciones sindicales que la habían declarado, sino también y sobre todo para el conjunto de la clase trabajadora, una huelga que afectó significativamente a las relaciones de poder político entre las clases sociales de nuestro país.

    En nuestros artículos anteriores recordamos el culpable retraso con el que la dirección de la CGIL proclamó la jornada de movilización, la subalternidad frente al gobierno de Draghi, los límites de sus plataformas reivindicativas, pero sobre todo también, la incertidumbre de sus acciones y la falta de una voluntad clara de cambiar de registro político y de abrir un nuevo camino, el de un enfrentamiento inevitablemente duro, si queremos ser serios, con Confindustria y el gobierno que representa sus intereses. Ni que decir tiene que la preparación de una huelga general debería haber sido mucho más larga. De hecho, era evidente que la decisión de Landini y Bombardieri de ir a la huelga en vísperas de las vacaciones estaba fuertemente inducida no solo o no tanto por la conciencia de la dramática condición de las clases trabajadoras y su profundo malestar (condición que conocían desde hacía tiempo y que se expresó en otoño, en particular, en las numerosas fábricas que defendían sus puestos de trabajo), sino por el hecho de que su papel como aparato de concertación estaba siendo cuestionado por las bofetadas recibidas del gobierno y de los partidos que lo apoyaban y que la relación con una parte de sus bases se estaba deshilachando.

    También señalamos que años y años de ofensiva social, política e ideológica no contrarrestada por las organizaciones sindicales mayoritarias habían provocado confusión y desmoralización en la conciencia política y en los niveles de unidad de las clases trabajadoras, lo que hacía más difícil que nunca la realización de una huelga general.

    La primera, muy positiva, es que todavía hay sectores importantes de la clase obrera que están dispuestos a movilizarse y a salir a la calle: las cinco manifestaciones fueron consistentes (más de 30.000 en la Piazza del Popolo de Roma, no mucho menos en Milán en el Arco de la Paz, la del Sur en Bari fue más limitada, y por supuesto las de las dos islas. En Milán, pero también en Roma, hubo una fuerte composición obrera (en particular de los metalúrgicos), no solo de las fábricas que están luchando para defender sus puestos de trabajo, sino también de muchas otras que están en cambio, especialmente en Lombardía, en plena recuperación productiva. Además, este potencial de movilización ya se había expresado en los últimos meses en algunas luchas como las del sector de la logística, entre los trabajadores de Alitalia y luego en GKN en Florencia, donde el colectivo de la fábrica fue capaz de construir un amplio movimiento de solidaridad y unidad que culminó en la manifestación de Florencia del 18 de septiembre, que no por casualidad convocó una huelga general.

    En la plaza se podía percibir la alegría de los trabajadores por haber salido del desmoralizante inmovilismo, por participar por fin en una huelga amplia, por poder salir de los centros de trabajo, subir a los autobuses, participar en la marcha discutiendo e incluso bromeando con sus compañeros, por poder socializar su condición y su estado de ánimo uniéndose a otros sectores laborales, a través de la forma histórica y el protagonismo expresado en la manifestación de la plaza. También cabe destacar la presencia no solo de pensionistas, sino también de muchos estudiantes que en algunas ciudades (Roma en particular) están ocupando escuelas y jóvenes.

    Todo esto no era en absoluto previsible, también porque el bombardeo antihuelga de las fuerzas patronales fue uno de suma cero, una reacción unificada muy violenta de todos los componentes, tanto económicos (Confindustria y asociados) como políticos, de los del abigarrado gobierno, incluido el PD, y de los que pretenden estar en la oposición, y finalmente sus instrumentos mediáticos que cubrieron de insultos a los protagonistas de la huelga y luego oscurecieron completamente el evento, una gran unidad de la clase burguesa contra la clase obrera que se atrevió a tomar la palabra para expresar, en primer lugar, su condición de explotación y opresión.

    Y aquí surge un segundo elemento positivo: la simple declaración de la huelga rompió la narrativa ideológica y política de la presunta unidad de intenciones de todo el país construida en torno a la figura del infalible Bonaparte, Draghi, una vulgar mistificación para enmascarar sus opciones económicas y sociales violentamente antipopulares y funcionales al proyecto e intereses de las fuerzas capitalistas. La huelga denunció la falsedad e injusticia de la actuación del gobierno, la dramática condición de los trabajadores y el deseo de dar a conocer y afirmar sus intereses y derechos, rompiendo un marco de debate político en el que sólo existía el nauseabundo y falso enfrentamiento entre las distintas facciones políticas burguesas (todas unidas, sin embargo, contra los trabajadores) y volviendo a poner en el orden del día el enfrentamiento social.

    La patronal y los aparatos de la CGIL y la UIL han obtenido a su vez una pequeña victoria, la demostración de que están vivos y de que son «imprescindibles» para el mantenimiento de la llamada paz social: esto, según sus esperanzas, debería empujar al gobierno y a la patronal a reconocer de nuevo su espacio y su papel y también a estar dispuestos a hacer algunas concesiones a los trabajadores, dados los grandes recursos financieros de los que disponen actualmente. Estas esperanzas podrían verse frustradas porque las intenciones de la burguesía son demasiado claras. Quieren reestructurar y relanzar el capitalismo italiano y europeo; quieren más división, precariedad y explotación para conseguirlo, quieren una victoria total. Solo las luchas muy duras pueden hacer añicos este proyecto.

    Y esto nos lleva a considerar las criticidades y dificultades de la huelga del 16 de diciembre.

    No fue una huelga capaz de paralizar el país como debería hacerlo una huelga general. No solo porque algunas categorías quedaron exentas de la huelga, sino porque la abstención laboral, la paralización de las actividades productivas, de los transportes y de los servicios fueron parciales, desiguales, con picos muy significativos, pero también puntos de bajada, en las oficinas, en la administración pública, como ya había ocurrido en la huelga escolar de unos días antes. La CGIL y la UIL informaron de porcentajes muy elevados entre los trabajadores del metal y también en el transporte, la agroindustria y la construcción, pero algunos de ellos parecen cuestionables o parciales y será necesario un examen mucho más preciso para verificar los puntos fuertes, pero también los numerosos puntos débiles. Esta situación era completamente inevitable: dadas las condiciones generales de la clase obrera, habría sido necesario un largo período de preparación y el consiguiente comportamiento durante todos estos meses para crear expectativas y conciencia; habría sido necesario al menos unas semanas de trabajo, de asambleas, de discusión en todos los centros de trabajo, de una plataforma con objetivos menos genéricos e inmediatamente reconocibles, habría sido necesario que los aparatos sindicales, a estas alturas dormidos en sus rutinas conservadoras, fueran capaces de activarse adecuadamente en la construcción de una huelga difícil. Si se quiere bromear, se puede decir que algunos dirigentes sindicales han tenido que ver imágenes antiguas de luchas pasadas para encontrar un lenguaje capaz de despertar pasiones y ser creíble en un papel de lucha.

    En cualquier caso, se ha abierto una brecha y se puede aprovechar una oportunidad, siempre que la jornada del 16 se conciba como una etapa de un proceso de movilización mucho más largo, difícil y, sobre todo, más duro, capaz de ampliar el consenso y de polarizar progresivamente fuerzas más amplias.

    Desde el escenario en el que hablaron, Landini y Bombardieri eran conscientes de que la credibilidad de lo que decían (nadie podía esperar seriamente que esa huelga pudiera cambiar aún el contenido de la ley financiera que estaba a punto de votarse en el Parlamento) estaba ligada a lo que hicieran en las semanas siguientes. Por lo tanto, tuvieron que decir que ese día era solo un primer momento, que su intención era construir un camino duradero de movilización para llevar a casa algunos puntos de su plataforma reivindicativa.

    Ciertamente es posible y sobre todo necesario seguir luchando si queremos tener la fuerza para derogar las normas sobre las pensiones, para imponer cambios radicales en las leyes que sancionan la precariedad y las deslocalizaciones, si proponemos una reforma fiscal que haga pagar a los empresarios, si defendemos y cualificamos la renta de ciudadanía, si queremos rechazar la autonomía diferenciada que dividirá aún más el país, favoreciendo a las regiones más ricas en detrimento de las más pobres, si queremos también tomar las medidas adecuadas para luchar contra el calentamiento global y preservar el medio ambiente, y finalmente si queremos imponer la reactivación de la escuela y la sanidad pública.

    Es posible seguir adelante si damos instrumentos organizativos de participación y dirección política y sindical a los sectores de la «vanguardia» que han salido a la calle, todavía un poco confusos, pero fundamentales para organizar y dirigir las asambleas de trabajadores, para reconstruir un tejido amplio y unitario de participación y voluntad de lucha. Mucho dependerá, sin duda, de lo que haga o deje de hacer la dirección de la CGIL (sobre lo que nos hacemos pocas ilusiones), de lo que se mueva internamente, del peso que puedan tener los delegados y cuadros más combativos y partidarios de una posición de clase coherente.

    Los sindicatos de base también tienen un papel que desempeñar (los comentarios que han aparecido en sus páginas web en los últimos días apenas han estado a la altura de la denuncia), y están llamados a tomar conciencia táctica de la situación que podría darse, siendo capaces de ejercer una acción unitaria no solo entre ellos, sino también con respecto a todos los trabajadores y en particular a los trabajadores que han encontrado un punto de referencia en la huelga del día 16 y en aquellos sectores que más o menos ilusoriamente esperan que Landini muestre la determinación necesaria para enfrentarse a la patronal hasta el final. En cambio, sabemos que la acción de la CGIL es mucho más táctica y contingente de lo que debería ser. Pero precisamente la ventana que se ha abierto muestra que haya que saber actuar en un contexto contradictorio en el que moverse tácticamente para hacer avanzar el sindicalismo de clase.

    El proceso de convergencia puesto en marcha por la Sociedad de Cuidados y la Red Génova 2021, que ya tuvo un papel destacado en la manifestación del 30 de octubre en Roma, también se inscribe en el marco general. El objetivo es fomentar la unidad de todos los movimientos sociales, medioambientales, sindicales y políticos anticapitalistas, con el fin de construir una huelga general compartida, abierta y participada por todos estos actores.

    Las fuerzas de la izquierda radical que apoyaron y participaron activamente en la huelga tienen un importante papel que desempeñar, contribuyendo plenamente, cada una con su parte, a un proceso de consolidación y desarrollo de la resistencia de la clase obrera contra el gobierno y la patronal.

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    Martinica y Guadalupe, de nuevo en la tormenta, contienen la respiración

    MARTINICA Y GUADALUPE

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    Patrice Mhidi

    Militante del Groupe révolution socialiste

    Traducción: Carlos Rojas

     

    Actualidad Internacional: Luchas y Movimientos

    31/12/2021

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    l igual que la Guayana Francesa, de la que no nos ocuparemos aquí, estos dos territorios coloniales franceses en América ocupan los medios de comunicación llamados «nacionales».

    Las turbulencias que las sacuden siguen un ritmo cada vez más frecuente. Esto refleja la crisis sistémica del sistema colonial que hace estragos allí bajo un sofisticado camuflaje. Estas «antiguas colonias», llamadas «de ultramar» en el vocabulario de antaño, se llaman «Regiones Ultraperiféricas» bajo la pluma de los tecnócratas (¡Europa solo puede ser EL centro!).

    La crisis se basa en el agotamiento del modelo económico heredado de la época de la esclavitud: «islas azucareras», luego islas bananeras para el mercado europeo. Este sistema ya no funciona, aunque alimente a los grandes plantadores Békés que pueden captar las subvenciones. Sin embargo, tras la «departamentalización», la base social del régimen se amplió con la creación de una pequeña burguesía administrativa, pilar de un modo de consumo específico. La dependencia económica y social resultante es solo el reflejo de una dependencia política extrema.

    Las últimas décadas han impulsado la actividad turística, han dado un nuevo impulso a la producción de ron de prestigio y han establecido un sector agroalimentario todavía escaso.

    Estas innovaciones económicas y los cambios sociales están mostrando sus límites y contradicciones: el desempleo se dispara. El coste de la vida se incrementa. Una media de 3.000 jóvenes ha abandonado el país en los últimos años. La delincuencia aumenta en un contexto de tráfico de drogas.

    La ira resultante en la población se mezcla con un sentimiento de impotencia del que «los políticos» son vistos como el símbolo. La estructuración del campo político se ha visto afectada.

    La asimilación (nombre dado a la transformación de las colonias por el «Departamentos de Ultramar») se llevó a cabo en un clima de euforia popular en 1946 bajo la égida de Aimé Césaire y los comunistas, de los que era uno de los líderes. A la izquierda de esta última, surgió una «extrema izquierda independentista» en los años 60 y sobre todo en los 70. Las dificultades de los anticolonialistas para conseguir un fuerte apoyo popular llevaron a «adaptaciones», la mayoría de las veces no reconocidas.

    El dominio en la izquierda durante los años 60, 70 y 80 de la corriente autonomista (PCM (Partido Comunista de Martinica) y PPM (Partido Progresista de Martinica) de Aimé Césaire tras su ruptura con el primero) fue socavado a partir de los años 90 por un «campo patriótico» que rápidamente quedó bajo la hegemonía del MIM (Movimiento de Independencia de Martinica) de Alfred Marie-Jeanne, un líder cuyo carisma iba mucho más allá del ámbito independentista. Su orientación electoralista le llevó a la cabeza del Consejo Regional (1998) y luego de la Colectividad Territorial de Martinica (2015): su principal oponente se convirtió en el Partido Progresista de Martinica (PPM del difunto Aimé Césaire).

    La rivalidad electoral entre el PPM y el MIM llevó a este último a una «alianza de gestión» con la propia derecha oficialista, gracias a la cual se mantuvo en el poder de 2015 a 2020, antes de ser desbancado de nuevo (véase el paréntesis 2010-2015) por el PPM y sus aliados (entre los que también se encuentran conocidos elementos de la derecha local). Algunas organizaciones independentistas se han colocado detrás del motor electoral de Alfred Marie-Jeanne, como el CNCP (Consejo Nacional de Comités Populares) y una de sus escisiones, el Palima (Partido para la Liberación de Martinica), pero también el PCM autonomista, que ya solo es una sombra de lo que fue en nuestra historia).

    Otras corrientes radicales (el PKLS (Parti Kominis pou libérasyon ek sosyalism), una escisión independentista del PCM, el CNCP-comités populaires, otra escisión del CNCP original) están fuera de las instituciones y más vinculadas a la protesta anticolonialista.

    El Grupo Revolución Socialista (G.R.S.), sección de la 4ª Internacional, ha pasado del propagandismo y las luchas ideológicas de sus inicios a una importante intervención en el movimiento sindical de masas, feminista y descolonial donde sus responsabilidades son reconocidas.

    Combat Ouvrier, la organización de Lutte Ouvrière en las Antillas, concentra sus fuerzas en el trabajo sindical, donde dirige la C.G.T. (Confederación General de Trabajadores) de Martinica y Guadalupe.

    Las diferencias más fuertes entre los movimientos populares de Martinica y Guadalupe se deben a la bifurcación que se produjo tras la masacre de 1967 en Guadalupe. El rechazo al colonialismo que se derivó de ello alcanzó una dimensión de masas más fuerte que en Martinica. Lo vimos en 2009. Hoy lo vemos de nuevo. La hegemonía de la U.G.T.G (Union Générale des Travailleurs Guadeloupéens), que se inscribe en un tipo de sindicalismo revolucionario de contenido nacionalista y de clase, facilita la cohesión unitaria y provoca una ruptura mucho más clara en Guadalupe entre el movimiento social y la representación política global.

    Por ello, las expresiones políticas de protesta en Martinica, fuera de los ámbitos más clásicos, son menos fuertes en Guadalupe.

    El giro electoralista del MIM, iniciado tras su primera entrada en el Consejo Regional y acentuado con la toma de posesión de esta institución, ha llevado a su enfrentamiento sin tapujos con las realidades coloniales y capitalistas. Al igual que la izquierda tras la victoria de Mitterrand, su adhesión a la gestión neoliberal le incapacita para aportar cualquier solución a los problemas que asolan el país y explican su elección. El absolutismo colonial no disminuyó en absoluto. La estigmatización de los «políticos» se generalizó. La impotencia para resolver los problemas cotidianos, el nepotismo, la corrupción se convirtieron en acusaciones comunes, aumentando el viejo fondo abstencionista de la política de las «viejas colonias».

    La izquierda más radical se mantuvo fuera de las instituciones gracias a un sistema electoral con un umbral de elegibilidad del 10% para mantener fuera a los partidos más pequeños y una prima sustancial para el «favorito». Su indiscutible dinamismo militante no le permite superar el sentimiento de impotencia global alimentado por sus legendarias divisiones. Por lo tanto, también le preocupa la interpelación de nuevas fuerzas contestatarias.

    Muy apegado a la cuestión de los símbolos, este movimiento nacionalista de connotación étnica africanista se ha hecho notar en la denuncia de los Békés y del papel de algunos de ellos en el envenenamiento de las Antillas con clordecona, y en la exigencia de reparaciones por este crimen, En la batalla por la erradicación de todos los símbolos de la esclavitud que persisten en el espacio público, en la rotura de las estatuas de Victor Schoelcher, luego de la emperatriz Josefina y de Belain Desnambuc, y hoy en la impugnación de la política sanitaria del gobierno con una fuerte impregnación de la cultura antivacunas.

    Casi medio siglo de retroceso del pensamiento marxista explica que las legítimas aspiraciones de esta militancia, su coraje y su justa voluntad de hacer un balance crítico de todo lo que es, no son suficientes para plantear los problemas estratégicos y tácticos de la lucha por la emancipación a la luz de las lecciones de un inmenso caudal de luchas por la transformación social en el pasado y en la actualidad.

    Por lo tanto, también está plagado de viejos demonios de los que los «mayores» no tienen el monopolio, siendo el drama de los egos y una cierta autocomplacencia no el menor de ellos.

    La impaciencia no es una buena consejera, pero es legítima. Porque la urgencia está ahí. Desde hace décadas, algunos de los pensadores más perspicaces de las realidades caribeñas (Aimé Césaire, Édouard Glissant, entre otros) evocan el riesgo de nuestra desaparición como pueblo bajo el efecto combinado de factores históricos, económicos, sociales, culturales y demográficos.

    Para alejar estos oscuros presagios, es fundamental devolver a la política revolucionaria el lugar que le corresponde. Nos enseña a desconfiar de las predicciones fatalistas que niegan el papel de la iniciativa política de las masas.

    La historia no es una cadena interminable de tramas oscuras. Es una cuestión de clases sociales y de sus luchas, y por tanto de relaciones de fuerzas cambiantes, de coyunturas, de impulsos profundos y de elecciones conscientes en cada momento. Una de las tareas del momento martinista es construir, en la fusión de las experiencias y energías de las masas trabajadoras y de las generaciones militantes, el sujeto político capaz de atacar sin dilación al sistema dominante y a sus agentes.

    Para los marxistas, se trata de responder a la emergencia sin desvirtuar el proyecto emancipador diluyéndolo. Al agitar la matraca autonomista como distracción, el ministro de las colonias demuestra indirectamente que es muy consciente de la tarea histórica de las últimas colonias en la actualidad. La autonomía e independencia de nuestras tierras es un horizonte evidente. Esto bastaría para contentar a ciertas facciones nacionalistas. Pero la emancipación solo sería una caricatura de sí misma si la descolonización no significara la conquista del poder por parte de las masas trabajadoras que son el corazón y la sangre de las naciones antillanas.

    Esta tarea sería sin duda una moda si el proletariado y los pueblos de las últimas colonias no trabajaran por una lucha común descolonial y anticapitalista con el apoyo internacionalista de los trabajadores de la metrópoli a los que les interesa.

    Las últimas semanas muestran que el sistema está, si no al borde, al menos muy preocupado. La detención y liberación inmediata de Élie Domota, figura clave de la movilización guadalupana contra la vacunación obligatoria y el pase sanitario (¿o de vacunación?), con motivo de una manifestación pacífica, es un ejemplo de este pánico. El gobierno combina la represión brutal con la retirada táctica.

    Ya se produjo la represión que llevó a 4 activistas de Martinica a la cárcel, donde cumplen condena por simples manifestaciones en la vía pública. Y después de enviar al GIGN y a la Redada para sofocar la movilización, la huelga y los bloqueos y algunos matones, aplazó tres veces en Martinica el plazo de las sanciones contra el personal de enfermería y otros que no se vacunaron. Anunció que la transformación de la tarjeta sanitaria en tarjeta de vacunación se posponía para las colonias a fin de evitar disturbios. El hecho es que se enfrenta a un desafío hacia su política de vacunación mucho más allá de lo que imaginaba. La opinión mayoritaria considera que la vacuna es un «requerimiento experimental» cuando no es un veneno con fines genocidas. La explicación de esta desconfianza no se encuentra principalmente en la propaganda silenciada de las sectas evangélicas activas desde Estados Unidos hasta Brasil. No solo se debe a la gestión caótica y colonial de la crisis en nuestro país. Ni siquiera solo del escándalo de la clordecona, un crimen de Estado colonial que Macron tuvo que reconocer parcialmente. Esta desconfianza tiene sus raíces en lo más profundo de una historia hecha de mentiras, la primera de las cuales es la negación de nuestra humanidad en la trata de esclavos y la esclavitud.

    En este contexto, nuestros compañeros han seguido una línea muy difícil. Oponerse firmemente a la obligación de vacunación y al pase sanitario, participar en la lucha contra el paso del gobierno por la fuerza, contra las sanciones programadas contra los opositores a las vacunas sin la menor complacencia hacia las mentiras difundidas abundantemente por la extrema derecha, que nunca ha sido tan leída como ahora en nuestros territorios.

    El año 2022 comienza bajo unos auspicios muy especiales. ¿Conseguirá el gobierno llevar a cabo su asesinato social de miles de personas no vacunadas afectando peligrosamente a la continuidad asistencial en un sistema hospitalario ya deteriorado, mucho más que en la «metrópoli»?

    Como escribimos en nuestros folletos: ¡la misa no está dicha! Las manifestaciones continúan entre Navidad y Año Nuevo. Las Antillas contienen la respiración.

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    À l’Encontre

    Traducción: Carlos Rojas
    Fuente: alencontre.org

    Actualidad Internacional: Latitudes. América Latina

    20/12/2021

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    egún los resultados del Servicio Electoral de Chile, tras el recuento del 99,99% de las papeletas, Gabriel Boric Font obtuvo 4.620.671 votos, es decir, el 55,87%. José Antonio Kast Rist recibió 3.649.647 votos, es decir, el 44,13%. Hubo 70.272 votos nulos (0,84%) y 23.944 votos en blanco (0,29%). La participación fue excepcionalmente alta: 55,68%. El sitio web chileno Resumen escribió en la noche del 19 de diciembre: «El presidente electo [Boric] se ha impuesto según las características de la política chilena, logrando atraer el apoyo de la antigua coalición de la Concertación [PDC, PS, PPD, PRSD] y de la izquierda, incluso del Partido Comunista, todo ello gracias a una caracterización de su política que remite constantemente a los consensos de los años 90. Así lo demuestra la formación de un equipo político con muchos nombres de esta corriente [Concertación], que muy probablemente tendrá representantes en el gabinete [véase la entrevista con la reconocida economista Stephany Griffith Jones, publicada en este sitio el 20 de diciembre]. Hay que decir que el proyecto Apruebo Dignidad ha intentado presentarse como socialdemócrata. En realidad, tiende a desarrollar políticas socioliberales, es decir, un Estado que actúa como poderoso regulador del mercado y protege las libertades civiles. Es muy poco probable que la entidad estatal reciba el poder económico necesario para actuar de forma concertada con la empresa privada o en solitario, como ocurría en las propuestas socialdemócratas europeas. El vínculo con el bacheletismo [en referencia a los dos gobiernos de Michelle Bachelet, de marzo de 2006 a marzo de 2010 y de marzo de 2014 a marzo de 2018] es, por tanto, más profundo que el mero apoyo comunicativo [Bachelet conoció a Boric y apoyó su candidatura]. Está previsto un intercambio con los partidarios de esta orientación. Además, las fuerzas que apoyan a Boric se enfrentarán a un Congreso muy dividido en ambas cámaras (Senado, Cámara de Diputados), que dará importancia a la negociación y al acercamiento con los sectores de la derecha más cercanos al liberalismo. Ante esto, un posible movimiento social y popular podría salir pronto a la calle, convocado por una crisis social y económica que no tiene posibilidades de ser superada en el futuro inmediato. En este sentido, será fundamental una agenda social que responda a las demandas más sentidas del pueblo chileno: la garantía de los derechos sociales y la asistencia económica. El proceso de la Convención Constituyente está siendo reforzado por el nuevo gobierno [que tomará posesión en marzo] y sin duda verá acelerado su proceso, dado que el llamado plebiscito de salida para registrar y aprobar la nueva constitución está previsto para septiembre. Por lo tanto, la administración de Boric tendrá que prestar mucha atención al proceso constituyente y a su finalización, tanto en la forma como en el fondo. En efecto, el resultado de la Convención Constituyente determinará el marco en el que se desarrollará el proyecto progresista del gobierno desde marzo de 2022 hasta marzo de 2026. Finalmente, surge una pregunta: ¿aprovechará Gabriel Boric el cambio constitucional para convocar a nuevas elecciones y consolidar el cambio de régimen político de manera inmediata. Esto desbloquearía la situación [del equilibrio de poder político] en el Congreso y así se producirían las transformaciones necesarias para un nuevo camino para Chile. Este reto sigue siendo un gran interrogante».

    En la gran manifestación realizada en la Avenida de la Alameda, en el centro de Santiago, según The Clinic (20 de diciembre), Boric «pronunció un discurso de tono muy similar al que había pronunciado tres días antes, desde el Parque Almagro, en el cierre de su campaña el jueves 16 de diciembre. Como en aquella ocasión, atacó sin tapujos a las AFP [administraciones privadas de fondos de pensiones individuales]: «No queremos que las AFP sigan haciendo negocio con nuestras pensiones. No queremos que las AFP sigan haciendo negocio con nuestras pensiones. Las AFP, que hoy ganan cantidades absurdas de dinero a costa del trabajo de los chilenos y chilenas, son parte del problema. Y defenderemos un sistema autónomo, sin ánimo de lucro, público y sin AFP», dijo. Otra de las similitudes entre ambos discursos es que Boric no hizo ninguna mención a favor del indulto a los presos en custodia por rebelión social [octubre de 2019], a pesar de que la audiencia de la Alameda se manifestó con fuerza a favor de ellos: «No estamos todos, los presos no están presentes». El Presidente Boric se limitó a decir que ya había hablado con las familias de los presos».

    Sin embargo, Giorgio Jackson, un estrecho colaborador de Boric, subrayó que el gobierno de Gabriel Boric retirará todos los cargos en virtud de la Ley de Seguridad del Estado contra los encarcelados en relación con el levantamiento de octubre. La pregunta sigue siendo: ¿el indulto a los presos será el resultado de una revisión «caso por caso» -con todas las «excepciones» posibles dadas las acusaciones de algunos cuerpos policiales- o una decisión de amnistía general?

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  • La teoría de revolución permanente y su actualidad

    La teoría de revolución permanente y su actualidad

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    Yohann Emmanuel y Julien Salingue

    Militantes del NPA

    Traducción: Carlos Rojas

    Fuente: L’Anticapitaliste n.126

    Teoría: Estrategia

    30/05/2021

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    La expresión «revolución permanente» proviene de Marx y Engels. Durante la revolución de 1848-49, y más aún después de su fracaso, se dieron cuenta de que, en Alemania, la revolución burguesa (liberal-democrática) y la revolución proletaria no serían etapas históricamente separadas (por un período de desarrollo capitalista de varias décadas).

    En Francia, la burguesía había liderado la Revolución de 1789, derrocado el feudalismo y el Antiguo Régimen, y redistribuido la tierra en gran medida. En Alemania, la burguesía era demasiado débil políticamente y demasiado temerosa del creciente poder del proletariado: se pondría rápidamente del lado de la reacción. En cuanto a la pequeña burguesía democrática, si pudiera desempeñar un papel importante en el inicio del proceso revolucionario, desearía ponerle fin prematuramente. Por lo tanto, era necesario que el proletariado y los comunistas «hicieran la revolución permanente, hasta que todas las clases más o menos poseedoras hayan sido desalojadas del poder, el proletariado haya conquistado el poder, y no sólo en un país, sino en todos los países dominantes del mundo, la asociación de los proletarios haya progresado lo suficiente como para poner fin a la competencia de los proletarios en esos países y concentrar en sus manos al menos las fuerzas productivas decisivas» [1] Discurso del Comité Central de la Liga de los Comunistas, escrito por Marx y Engels en marzo de 1850..
    Si era indispensable que los proletarios participaran activamente en el derrocamiento de los viejos regímenes y en la revolución democrática, debían esforzarse por intensificar y radicalizar este proceso, hasta convertirlo en una revolución comunista. Desde el principio, tuvieron que tomar conciencia de sus intereses de clase -que se identifican, en última instancia, con la abolición de toda dominación de clase-, plantear sus propias reivindicaciones y organizarse de forma autónoma, para establecer el germen de un doble poder: Tenían que «establecer sin demora, junto a los nuevos gobiernos oficiales, sus propios gobiernos obreros revolucionarios, ya sea en forma de comités municipales y consejos de ciudad, o de clubes y comités obreros, para que los gobiernos democrático-burgueses no solo se vieran inmediatamente privados del apoyo de los trabajadores, sino que fueran inmediatamente vigilados y amenazados por autoridades con toda la masa de los trabajadores detrás de ellos» [2]Idem..
    Para Marx y Engels, «su grito de guerra debería haber sido: ¡revolución permanente! En Alemania, la hipótesis estratégica de Marx y Engels no se confirmó: no hubo revolución antes de 1918, y fue «desde arriba» que se logró la unificación nacional, y que se introdujeron reformas liberales muy parciales, aunque bajo la presión del movimiento obrero. Fue en Rusia donde la noción de revolución permanente adquirió toda su relevancia histórica.

    Trotsky, a su vez, comenzó a teorizar sobre la revolución permanente ya en 1904 (con el texto «Antes del 9 de enero») y especialmente después de la revolución de 1905 (en Bilan et perspectives, 1906). Al igual que Marx y Engels para Alemania, aunque en ese momento no tenía conocimiento directo de sus textos sobre esta cuestión, Trotsky consideraba que no se debía esperar que la burguesía rusa dirigiera una auténtica revolución liberal y democrática. Será bajo la dirección del proletariado, apoyándose en el campesinado mayoritario, como se podrán llevar a cabo las tareas democráticas, que no estarán separadas de las tareas proletarias (en primer lugar, la socialización de los grandes medios de producción).
    Esto está relacionado con su análisis del capitalismo ruso. El desarrollo tardío del capitalismo, el lugar subordinado de Rusia en la jerarquía imperialista, la importancia del papel económico del Estado y la presencia de capitales extranjeros que explotan directamente a los trabajadores rusos explican tanto la debilidad de la burguesía nacional como el desarrollo relativamente importante de un proletariado concentrado (aunque siga siendo minoritario en comparación con el campesinado) y también la posibilidad de un desarrollo económico rápido debido al nivel de las técnicas y fuerzas productivas existentes. Es lo que más tarde llamaría (sobre todo en su Historia de la Revolución Rusa, 1930) «desarrollo desigual y combinado»: hay una desigualdad de desarrollo entre Rusia y los países capitalistas avanzados, lo que implica un desarrollo «combinado», en el sentido de que asistimos a la combinación de niveles de desarrollo muy diversos (que van desde el atraso extremo del campo hasta las fábricas ultramodernas de Petrogrado).
    El vínculo de Trotsky entre el desarrollo desigual y combinado y la revolución permanente en el caso de Rusia se generalizó más tarde a los distintos países dominados en el marco del imperialismo [3]El caso de China, discutido por el propio Trotsky, es paradigmático; Pierre Rousset vuelve a él en su contribución a este dossier: ESSF (artículo 58489), La experiencia china y la teoría de la … Seguir leyendo, que todavía tenían que cumplir tareas revolucionarias «burguesas», como la abolición de las relaciones feudales y la reforma agraria radical, la conquista de una verdadera independencia nacional y la liberación del imperialismo, o la creación de instituciones democráticas.

    Aunque la Revolución Rusa confirmó en gran medida las concepciones de Trotsky, a mediados de la década de 1920 resurgió un debate que enfrentaba el socialismo de un solo país de Stalin y Bujarin con la idea de Trotsky de que era necesario hacer la revolución permanente no solo hasta la abolición del dominio de clase y la completa transformación socialista de la sociedad, sino hasta el triunfo del socialismo a escala mundial.
    Tras su derrota, Trotsky propuso su teorización más completa de la noción y la estrategia de la revolución permanente, en un libro escrito principalmente en 1929, Revolución Permanente (véase el extracto que sigue a este artículo [4]Disponible en ESSF (artículo 58020), Los tres aspectos de la teoría de la revolución permanente. León Trotsky [1928-1931], La revolución permanente, París: Éditions Gallimard, 1963.), y distinguió tres aspectos de esta. La primera (por oposición al etapismo) es la permanencia del proceso revolucionario o el «transcrecimiento» de la revolución democrática en una revolución socialista, para los países llamados «atrasados».
    El segundo aspecto (opuesto al estatismo burocrático) es la permanencia de la propia revolución socialista. La revolución socialista está lejos de completarse con la toma del poder o la decisión del Estado de socializar los medios de producción: «Durante un período de duración indefinida, todas las relaciones sociales se transforman en el curso de una continua lucha interna», con trastornos que afectan a «la economía, la tecnología, la ciencia, la familia, la moral y las costumbres».
    El tercer aspecto (opuesto al socialismo en un solo país) se refiere a la necesaria extensión (so pena de degeneración) de la revolución a escala internacional debido a la naturaleza global de la economía: «La revolución socialista comienza en el terreno nacional, pero no puede quedarse ahí. […] La revolución internacional, a pesar de sus reveses y retrocesos temporales, representa un proceso permanente. La Revolución de Octubre aparece así como la «primera etapa de la revolución mundial, que necesariamente se extiende durante décadas».
    El segundo y el tercer aspecto, que son perfectamente actuales, no se desarrollarán aquí. La idea de que la revolución socialista irá mucho más allá del momento de la toma del poder y la necesidad de internacionalizar la revolución son evidentes. Pero tratar de concebir con mayor precisión lo que implica la articulación de los niveles nacional e internacional, por un lado, y la democratización radical de todas las relaciones sociales, por otro, nos llevaría demasiado lejos.

    ¿La noción de revolución permanente permite analizar las situaciones y revoluciones de los procesos revolucionarios de los países dominados en el marco del imperialismo?

    Recordemos en primer lugar que las ideas de Trotsky fueron confirmadas en gran medida por los procesos que combinan la revolución antiimperialista y socialista: la revolución china (la derrota de 1925-1927 y luego la victoria de 1949), la liberación de Vietnam o la revolución en Cuba.
    Ciertamente, varios elementos parecen oponerse a la revolución permanente entendida como una previsión histórica. Aunque las situaciones son muy diversas, la mayoría de las independencias de los países colonizados entre 1945 y 1975, sobre todo en África (con la excepción de las antiguas colonias portuguesas: Angola, Mozambique, Cabo Verde y Guinea-Bissau), se ganaron sin desembocar en un sistema socialista y sin que las organizaciones comunistas tuvieran la hegemonía sobre el movimiento de liberación nacional (aunque su influencia y sus vínculos con la URSS hayan sido importantes). En Argelia, aunque se iniciaron medidas socialistas parciales patrocinadas por el Estado tras la independencia, el proceso no se completó, como ocurrió en el Egipto nasserista. Además, incluso cuando las fuerzas políticas que se decían comunistas desempeñaban un papel importante, o incluso dirigían el proceso de liberación nacional, se basaban menos en la clase obrera que en el campesinado. Además, independientemente de que estas victorias antiimperialistas hayan conducido a una socialización económica (parcial o completa), no han conducido a regímenes democráticos.
    Sin embargo, las naciones independientes que no atacaron las estructuras capitalistas no se liberaron de los grilletes del imperialismo. Posteriormente, la ofensiva neoliberal internacional, el peso de la deuda, los planes de ajuste estructural y el Consenso de Washington, seguidos del colapso del bloque soviético, restringieron el margen de maniobra que tenían los países dominados hasta los años 70. Sin embargo, es este margen de maniobra el que posibilita ciertas políticas de desarrollo nacional autocentradas destinadas a modificar la división imperialista del trabajo (lo que Samir Amin llama «desconexión»), posiblemente forjando nuevos vínculos de colaboración entre los países del Tercer Mundo.
    Por supuesto, algunos países que antes estaban dominados en términos imperialistas ya no lo están. Pero podemos considerar que han experimentado trayectorias particulares que no se pueden generalizar, basadas, por ejemplo, en el fuerte apoyo de Estados Unidos en el contexto de la Guerra Fría (Corea del Sur, Taiwán), o en el papel de las exportaciones de petróleo (principalmente los Estados del Golfo). El caso más complejo es el de China. Por su crecimiento económico, que demuestra que ha escapado a la lógica del «desarrollo del subdesarrollo» (André Gunder Frank), y por su poder político, no se puede considerar a China como un país sometido al imperialismo, aunque sería discutible la cuestión de si está destinada a sustituir la hegemonía mundial de Estados Unidos. Sin embargo, esto no implica un rechazo de la idea de la revolución permanente, ya que fue «la revolución china [la que] rompió las dominaciones imperialistas y dotó al país de una clase obrera independiente, de habilidades, de industria y de tecnología», estableciendo así las condiciones para un mayor desarrollo capitalista.
    A pesar de algunas excepciones, casos complejos y situaciones muy diversas que impiden la aplicación de un esquema de forma mecánica, la intuición en el corazón de la noción y la estrategia de la revolución permanente sigue siendo fundamentalmente correcta: «Hasta que no se produzca una auténtica revolución socialista/democrática -en proceso «permanente»- es improbable que los países del Sur, las naciones del capitalismo periférico, puedan empezar a dar solución a los problemas «bíblicos» (la expresión es de Ernest Mandel) que les aquejan: pobreza, miseria, desempleo, desigualdades sociales flagrantes, discriminación étnica, falta de agua y de pan, dominación imperialista, regímenes oligárquicos, acaparamiento de tierras por parte de los latifundistas… » [5]Michael Löwy, «Actualité de la révolution permanente», Inprecor, n° 449-450, julio-septiembre de 2000. Disponible en ESSF (artículo 24077), Actualidad de la Revolución Permanente..

    Los altibajos del proceso revolucionario en la región árabe, que comenzó en el invierno de 2010-2011, muestran cómo las tareas democráticas, económicas y sociales están particularmente entrelazadas. La organización de elecciones en algunos de los países afectados por la ola de levantamientos, o incluso el establecimiento de un régimen democrático burgués formal como en Túnez, no ha cambiado fundamentalmente las estructuras de dominación, y las aspiraciones populares permanecen. Como señala Gilbert Achcar, «el cambio que necesita la región para superar su crisis crónica requiere de liderazgos o cuerpos gobernantes del movimiento popular con un alto nivel de determinación revolucionaria y lealtad al interés popular». Estos liderazgos son esenciales para gestionar el proceso revolucionario y superar las difíciles pruebas y desafíos que inevitablemente hay que afrontar para derrotar a los regímenes existentes ganándose a su base social, tanto civil como militar. Se necesitan liderazgos capaces de elevarse al nivel necesario para garantizar la transformación del Estado de una máquina de extorsión social en beneficio de una minoría a una herramienta al servicio de la sociedad y de su mayoría trabajadora. Mientras no surjan o no logren imponerse tales organismos dirigentes, el proceso revolucionario continuará inexorablemente a través de fases de flujo y reflujo, avances revolucionarios y retrocesos contrarrevolucionarios [6]Gilbert Achcar, «2010-2020: La primera década del proceso revolucionario árabe», alencontre.org, 18 de diciembre de 2020. Disponible en ESSF (artículo 56176), 2010-2020: La primera década del … Seguir leyendo».
    En otros países de la región, podemos ver hasta qué punto la incapacidad de asumir las tareas económicas, sociales y democráticas combinadas ha fomentado incluso el regreso de los antiguos regímenes (que nunca desaparecieron del todo). El caso más ejemplar es probablemente el egipcio, en el que los Hermanos Musulmanes, aunque afirman haber salido ganando con la revolución de 2011, se negaron a cualquier ruptura con las políticas económicas neoliberales y depredadoras -incluso tendiendo a profundizarlas-, desempeñando un papel contrarrevolucionario de facto y precipitando la vuelta al poder del ejército. La idea de que la democracia política sería un paso a dar «como primera medida», construyendo alianzas políticas con las fuerzas burguesas, aunque supusiera renunciar a la imposición de la transformación social, que solo se preveía como resultado de la consolidación de las estructuras democráticas, viene de lejos: no sólo la transformación social nunca llegó, sino que esta separación de las tareas sociales y democráticas ha favorecido el retorno de las dictaduras -y la destrucción de los escasos espacios de democracia política.

    En los países dominados, por tanto, la teoría de la revolución permanente sigue siendo pertinente, siempre que se actualice constantemente a la luz de las nuevas experiencias sociales y políticas. Como escribió Michael Löwy: «En la gran mayoría de los países del capitalismo periférico -ya sea en Oriente Medio, Asia, África o América Latina- no se han cumplido las tareas de una auténtica revolución democrática: según el caso, la democratización -¡y la secularización! – del Estado, la liberación del control imperial, la exclusión social de la mayoría pobre o la solución de la cuestión agraria siguen estando en la agenda. La dependencia ha adoptado nuevas formas, pero éstas no son menos brutales y constrictivas que las del pasado: la dictadura del FMI, del Banco Mundial y pronto de la OMC -sobre los países endeudados, es decir, prácticamente todos los países del Sur- mediante el mecanismo de los planes de «ajuste» neoliberales y las condiciones draconianas de pago de la deuda externa. [Por lo tanto, la revolución en estos países solo puede ser una combinación compleja y articulada de estas demandas democráticas y el derrocamiento del capitalismo. Hoy, como en el pasado, las transformaciones revolucionarias que están a la orden del día en las sociedades de la periferia del sistema no son idénticas a las de los países del centro. Una revolución social en la India no puede ser, en cuanto a su programa, estrategia y fuerzas motrices, una pura «revolución obrera» como en Inglaterra. El papel político decisivo -¡no previsto por Trotsky! – que juegan hoy en día en muchos países los movimientos campesinos e indígenas (el Ejército Zapatista de Liberación Nacional en México, el Movimiento de los Trabajadores Agrícolas Sin Tierra (MST) de Brasil, la CONAIE en Ecuador) muestra la importancia y la explosividad social de la cuestión agraria, y su estrecha relación con la liberación nacional»[7]Michael Löwy, «Actualidad de la revolución permanente», art. cit..
    Para Trotsky, en los países capitalistas avanzados, donde la revolución burguesa se daba por concluida, la revolución permanente solo era relevante en dos sentidos: la continuación del proceso revolucionario socialista tras la toma del poder y la necesidad de extender la revolución a nivel internacional.
    Sin que, por supuesto, haya sido abolida, «la frontera entre la ‘revolución proletaria’ en los países imperialistas y la ‘revolución permanente’ en los países dominados parece hoy más borrosa que en el pasado, tanto en el plano político (¡las consignas son cada vez más similares en un momento en que la deuda ilegítima está en el centro de la crisis europea![8]Pierre Rousset, «Daniel Bensaïd, la revolución permanente», art. cit.
    En términos más generales, la revolución permanente como combinación de tareas democráticas y socialistas tiene una nueva relevancia en los propios países del centro imperialista. La larga crisis del capitalismo, cuyo estallido en 2008-2009 no ha terminado de tener consecuencias -y réplicas- ha abierto así una fase de desarrollo autoritario, dentro de los países capitalistas «desarrollados», cuyo desenlace estamos lejos de haber visto. Esta trayectoria autoritaria no es un accidente de curso o una simple «huida hacia adelante» ideológica: es la expresión de una crisis de hegemonía de la dominación política burguesa, corolario de su incapacidad estructural para obtener el consentimiento de fracciones significativas de la población, su adhesión a políticas que, lejos de amortiguar las consecuencias sociales de la crisis económica, las agravan. La inestabilidad política está ahí, lo que se refleja en el fin de los regímenes de alternancia «pacíficos», en el desarrollo espectacular de las fuerzas de extrema derecha y ultraderecha, en acontecimientos como la elección de Donald Trump o el Brexit, en las múltiples intervenciones brutales en los últimos años de las instituciones europeas en la escena política «nacional» (Italia, Grecia y, en menor medida, Portugal), etc.
    El autoritarismo de Macron es, pues, la expresión «a la francesa» de una crisis de hegemonía de las clases dominantes a escala internacional, que se despliega de diversas formas en la mayoría de las «democracias burguesas». En el momento de la elección de Macron, se planteó la cuestión de si representaba una solución a esta crisis de hegemonía o si era un producto de esta crisis que solo podría profundizarla a medio plazo. Todo indica hoy que, aunque sus contrarreformas respondan a los deseos de la burguesía, la crisis está lejos de solucionarse: las reformas se votan y se aplican, pero el consentimiento no existe, como lo demuestra la baja popularidad de Macron y la disminución de su base social, que ya era minoritaria durante las elecciones presidenciales. Pero nada parece indicar que Macron y sus seguidores estén en busca de una «nueva hegemonía», ya que su relación con las formas más clásicas de mediación y, por tanto, de producción de consentimiento (partidos, sindicatos, asociaciones e incluso, en cierta medida, medios de comunicación) muestra, con respecto a estas estructuras, una voluntad de marginar/circunvalar, o incluso de dominar absolutamente.
    La inseparabilidad de las luchas democráticas y sociales es cada vez más visible en los países capitalistas dominantes, al igual que en los países de la periferia. Es en este sentido que podemos entender los repetidos levantamientos populares de los últimos diez años como expresión de una revuelta contra el capitalismo neoliberal-autoritario, en la que se combinan «naturalmente» las demandas sociales y democráticas [9]Véase Julien Salingue, «Un soulèvement mondial contre le capitalisme néolibéral-autoritaire?», revue l’Anticapitaliste n°110, diciembre de 2019.. Irak, Chile, Ecuador, Líbano, Cataluña, Puerto Rico, Sudán, Colombia, Hong Kong, Nicaragua, Argelia, Haití, Irán, India… casi todos los movimientos populares de los últimos años, y esto también se aplica al movimiento de los Chalecos Amarillos en Francia, aunque comenzaron como una reacción a una medida gubernamental específica, muy rápidamente se convirtieron en levantamientos globales, cuestionando todas las políticas neoliberales llevadas a cabo durante los últimos años, o incluso décadas, y desafiando la propia legitimidad de los poderes y sus prácticas antidemocráticas, incluso autoritarias.
    En todas estas luchas se echa cruelmente en falta la ausencia de un horizonte emancipatorio común (comunismo, ecosocialismo, etc.), así como la existencia de fuerzas políticas capaces de sintetizar las experiencias pasadas y los nuevos radicalismos, lo que es indispensable para plantear las revoluciones del esiglo XXI planteando abiertamente la cuestión del poder. Para eso también puede y debe servir la revolución permanente: para alimentarse de las experiencias sociales y políticas contemporáneas y, al mismo tiempo, constituir una teoría y una práctica que, lejos de las visiones teleológicas o estatistas de la lucha por la emancipación social, permitan «articular el tiempo político del acontecimiento y el tiempo histórico del proceso, las condiciones objetivas y su transformación subjetiva, las leyes tendenciales y las incertidumbres de la contingencia, la coacción de las circunstancias y la libertad de las decisiones, la sabiduría de las experiencias acumuladas y la audacia de la novedad, el acontecimiento y la historicidad»[10]Daniel Bensaïd, «Fragments pour une politique de l’opprimé: événement et historicité», 2003. .

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    Notas del artículo

    Notas del artículo
    1 Discurso del Comité Central de la Liga de los Comunistas, escrito por Marx y Engels en marzo de 1850.
    2 Idem.
    3 El caso de China, discutido por el propio Trotsky, es paradigmático; Pierre Rousset vuelve a él en su contribución a este dossier: ESSF (artículo 58489), La experiencia china y la teoría de la revolución permanente.
    4 Disponible en ESSF (artículo 58020), Los tres aspectos de la teoría de la revolución permanente. León Trotsky [1928-1931], La revolución permanente, París: Éditions Gallimard, 1963.
    5 Michael Löwy, «Actualité de la révolution permanente», Inprecor, n° 449-450, julio-septiembre de 2000. Disponible en ESSF (artículo 24077), Actualidad de la Revolución Permanente.
    6 Gilbert Achcar, «2010-2020: La primera década del proceso revolucionario árabe», alencontre.org, 18 de diciembre de 2020. Disponible en ESSF (artículo 56176), 2010-2020: La primera década del proceso revolucionario árabe.
    7 Michael Löwy, «Actualidad de la revolución permanente», art. cit.
    8 Pierre Rousset, «Daniel Bensaïd, la revolución permanente», art. cit.
    9 Véase Julien Salingue, «Un soulèvement mondial contre le capitalisme néolibéral-autoritaire?», revue l’Anticapitaliste n°110, diciembre de 2019.
    10 Daniel Bensaïd, «Fragments pour une politique de l’opprimé: événement et historicité», 2003.