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o es exagerado decir que lo que está ocurriendo actualmente en el corazón del continente europeo es el momento más peligroso de la historia contemporánea y el más cercano a una tercera guerra mundial desde la crisis de los misiles soviéticos en Cuba en 1962.
Es cierto que ni Moscú ni Washington han insinuado hasta ahora el uso de armas nucleares, aunque no cabe duda de que ambos países pusieron sus arsenales nucleares en estado de alerta ante las circunstancias actuales. También es cierto que el nivel de alerta militar en Estados Unidos aún no ha alcanzado el nivel que tuvo en 1962. Pero la concentración militar rusa en las fronteras de Ucrania supera los niveles de concentración de tropas en una frontera europea presenciados en los momentos más cálidos de la «Guerra Fría», mientras que la escalada verbal de Occidente contra Rusia ha alcanzado un nivel peligroso acompañado de gestos y preparativos militares que crean una posibilidad real de conflagración.
Los gobernantes de las grandes potencias están jugando con fuego. Vladimir Putin puede pensar que esto es como mover la reina y la torre en un tablero de ajedrez para obligar al adversario a retirar sus piezas; Joe Biden puede creer que es una oportunidad adecuada para repolar su imagen doméstica e internacional, muy deslucida desde su vergonzoso fracaso en la puesta en escena de la retirada de las fuerzas estadounidenses de Afganistán; y Boris Johnson puede creer que el pretencioso alarde de su gobierno es una forma barata de desviar la atención de sus problemas políticos internos. Sin embargo, el hecho es que los acontecimientos en tales circunstancias adquieren rápidamente su propia dinámica al ritmo de los tambores de guerra -dinámica que supera el control de todos los actores individuales y corre el riesgo de desencadenar una explosión que ninguno de los actores había deseado originalmente.
La actual tensión entre Rusia y los países occidentales en Europa ha alcanzado un grado que no se veía en el continente desde la Segunda Guerra Mundial. Los primeros episodios bélicos europeos presenciados desde entonces, las guerras de los Balcanes en la década de 1990, nunca alcanzaron el nivel de tensión prolongada y de alerta entre las propias grandes potencias que estamos presenciando hoy. Si estallara una guerra como resultado de la tensión actual, aunque inicialmente sólo se desencadenara en suelo ucraniano, la ubicación central y el tamaño de Ucrania son suficientes para que el peligro de que el fuego se extienda a otros países europeos fronterizos con Rusia, así como al Cáucaso y Asia Central, sea un peligro grave e inminente.
La causa principal de lo que está ocurriendo hoy tiene que ver con una serie de acontecimientos, cuya primera y principal responsabilidad recae en el más poderoso que tuvo la iniciativa, que es, por supuesto, Estados Unidos. Desde que la Unión Soviética entró en agonía terminal bajo Mijaíl Gorbachov, y aún más bajo el primer presidente de la Rusia postsoviética, Boris Yeltsin, Washington se comportó con Rusia como un vencedor despiadado con un vencido, al que el vencedor quiere impedir que vuelva a ponerse en pie. Esto se tradujo en la expansión de la OTAN, dominada por Estados Unidos, mediante la inclusión de países que anteriormente habían pertenecido al Pacto de Varsovia, dominado por la URSS, en lugar de disolver la Alianza Occidental en paralelo con su homóloga oriental. También se tradujo en que Occidente dictara una política económica de «terapia de choque» a la economía burocrática rusa, provocando una enorme crisis socioeconómica y un colapso.
Estas premisas son las que más naturalmente condujeron al resultado que uno de los asesores más destacados de Gorbachov -un antiguo miembro del Soviet Supremo y del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética-, Georgi Arbatov, había advertido hace treinta años, cuando predijo que las políticas occidentales hacia Rusia conducirían a «una nueva guerra fría» y a la aparición de un gobierno autoritario en Moscú que reviviría la vieja tradición imperial rusa. Esto ha sucedido realmente con el ascenso al poder de Putin, que representa los intereses de los dos bloques más importantes de la economía capitalista rusa (en la que se mezclan el capitalismo de Estado y los intereses privados): el complejo militar-industrial -que emplea a una quinta parte de la mano de obra industrial rusa, además del personal de las fuerzas armadas- y el sector del petróleo y el gas.
El resultado fue que la Rusia de Putin está practicando una política de expansión militar que va mucho más allá de lo que prevalecía en la época de la Unión Soviética. Entonces, Moscú no desplegó fuerzas de combate fuera de la esfera que había caído bajo su control al final de la Segunda Guerra Mundial, hasta que invadió Afganistán a finales de 1979, invasión que precipitó la agonía de la URSS. En cuanto a la Rusia de Putin, después de haber recuperado la vitalidad económica gracias al aumento de los precios de los combustibles desde el cambio de siglo, ha intervenido militarmente fuera de sus fronteras con una frecuencia comparable a la de las intervenciones militares de Estados Unidos antes de la derrota en Vietnam, y entre la primera guerra estadounidense contra Irak en 1991 y la ingloriosa salida de las fuerzas estadounidenses de ese país veinte años después. Las intervenciones e invasiones de Rusia ya no se limitan a su «extranjero cercano», es decir, a los países adyacentes a Rusia que fueron dominados por Moscú a través de la URSS o el Pacto de Varsovia. La Rusia postsoviética ha intervenido militarmente en el Cáucaso, especialmente en Georgia, en Ucrania y, más recientemente, en Kazajistán. Pero también ha estado librando una guerra es Siria desde 2015 e interviniendo bajo una cubierta transparente en Libia y más recientemente en el África subsahariana.
Así, entre la renovada beligerancia rusa y la continua arrogancia estadounidense, el mundo se encuentra al borde de un desastre que podría acelerar enormemente la aniquilación de la humanidad, a la que se encamina nuestro planeta por la vía de la degradación ambiental y el calentamiento global. Sólo podemos esperar que prevalezca la razón y que las grandes potencias lleguen a un acuerdo que aborde las preocupaciones de seguridad de Rusia y recree las condiciones para una renovada «coexistencia pacífica» que reduzca el calor de la Nueva Guerra Fría y evite que se convierta en una guerra caliente que sería una enorme catástrofe para toda la humanidad.
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02 Feb. «De Hegel a Marx: una aproximación» por Montserrat Galcerán 09 Feb. «Lenin, Luxemburg, Trotsky y Gramsci: entre el estado y la revolución» por Massimo Modonesi 16 Feb. «Marxismo y democracia» por Ernesto Díaz y Michael Löwy
23 Feb. «El debate de la autonomía relativa y la clase dominante» por Brais Fernández y Martín Mosquera 02 Mar. «Estado y Capital: el debate derivacionista» por Adrián Piva 09 Mar. «Hacia una sociología histórica del estado» por Jaime Pastor
16 Mar. «Estado, familia y reproducción social. Ideas desde el feminismo marxista» por Julia Cámara y Karina Nohales 23 Mar. «Estado, transición socialista y la crisis ecosocial: perspectivas actuales» por Thea Riofrancos y Martín Arboleda
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Este 17 de enero se cumplen 61 años del fusilamiento del líder anticolonialista congoleño Patrice Émery Lumumba, quien fue una figura clave de la independencia congoleña del Reino de Bélgica y el primer ministro de la República Democrática del Congo, cargo que pudo ejercer algo más de un año antes de su asesinato, planificado por la CIA.
Nacido en 1925, desde su juventud fue impulsor de distintas iniciativas para mejorar las condiciones de vida de sus compatriotas en el entonces llamado Congo Belga, territorio colonial en el que el reino europeo destacó respecto de sus pares por su ambición y brutalidad (en los 50 años posteriores a 1880 la población del país se redujo a la mitad, en lo que algunos historiadores definen como “el holocausto olvidado”, que causó entre 5 y 10 millones de muertos).
En 1958 Lumumba creó el Movimiento Nacional Congolés (MNC), con el que participó de la Conferencia Panafricana de Acra (Ghana) de ese año, donde conoció personalmente a otros referentes del antiimperialismo africano, como el argelino Frantz Fanon, el ghanés Kwame Nkrumah o el camerunés Felix-Roland Moumié. De vuelta en su país, presentó los resultados de la conferencia antes 10 mil personas explicitando que el objetivo del MNC era “la liquidación del dominio colonialista y de la explotación del hombre por el hombre”.
Después de años de lucha, en 1960 Bélgica concedió la independencia al Congo y el MNC ganó las elecciones, tras lo cual Lumumba fue designado como primer ministro del nuevo estado independiente. En su discurso de asunción, horrorizó al soberano belga Balduino I: “Durante los 80 años del gobierno colonial sufrimos tanto que todavía no podemos alejar las heridas de la memoria. Nos han obligado a trabajar como esclavos por salarios que ni siquiera nos permiten comer lo suficiente para ahuyentar el hambre, o vestirnos, o encontrar vivienda, o criar a nuestros hijos como los seres queridos que son. Hemos sufrido ironías, insultos y golpes día tras día nada más porque somos negros. Las leyes de un sistema judicial que solo reconoce la ley del más fuerte nos han arrebatado las tierras. No hay igualdad; las leyes son blandas con los blancos pero crueles con los negros. (…) Quién podrá olvidar las masacres de tantos de nuestros hermanos, o las celdas en que han metido a los que no se someten a la opresión y explotación?”.
Pero los poderes coloniales no iban a hacer fácil la transición para la naciente República Democrática del Congo, que no sólo debió lidiar con una millonaria e ilegítima deuda externa con Bélgica (uno de los requisitos para la independencia, pese a las décadas de saqueo y opresión) sino además con maniobras secesionistas como la de la independencia de la provincia de Katanga, de la que la monarquía belga quería seguir aprovechando los yacimientos mineros. Ante la traición de la ONU, que hizo todo para garantizar que la corona europea siga controlando Katanga, Lumumba llamó a la solidaridad africana y decidió pedir apoyo militar a la Unión Soviética para recuperar ese territorio clave para la economía nacional. La estrategia generó fuertes tensiones con el presidente Joseph Kasavubu, que decidió destituirlo, medida que Lumumba no reconoció. Después de semanas de tensión, el jefe de las fuerzas armadas elegido por Lumumba, Mobutu Sese Seko, se alineó con la CIA para defender al presidente, ante lo que se explicó como un avance del comunismo en la región (cinco años después, Mobutu dará un golpe militar para instaurar una dictadura que se extiendió durante 26 años en el país que renombró como Zaire).
Buscando resistir en las zonas con mayor apoyo del MNC, Lumumba huye de la capital pero es finalmente capturado por las tropas de Mobutu y enviado a Katanga junto con algunos de sus colaboradores, donde no sólo son torturados y fusilados sino que incluso sus cuerpos son disueltos con ácido para tratar de borrar su memoria de los revolucionarios del continente. El rol de la CIA en el proceso fue reconocido en recientes desclasificaciones de documentos, llegando a saberse que el entonces director de la agencia Allen Dulles planteó respecto de Lumumba: “Hemos decidido que su eliminación es nuestro objetivo más importante y que, en las circunstancias actuales, merece alta prioridad en nuestra acción secreta”.
A 61 años del criminal asesinato del líder panafricanista de apenas 35 años, recordamos su legado antiimperialista y su sueño de un continente africano libre, digno, independiente y soberano: “Llegará el día en que la historia hablará. Pero no será la historia que se enseña en Bruselas, París, Washington o las Naciones Unidas. Será la historia que se enseñará en los países que se han liberado del colonialismo y de sus títeres. África escribirá su propia historia, en el norte y el sur, y será una historia de gloria y dignidad”.
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ace tiempo que se sabe que la «raza» no es un hecho biológico sino una construcción sociopolítica, históricamente situada. En su libro recientemente publicado por ediciones Amsterdam, Reza Zia-Ebrahimi propone una historia cruzada del antisemitismo y la islamofobia. Analiza las estrategias de racialización en las que se basan estas dos formas de racismo.
Aquí ofrecemos un extracto del libro (extraído de la introducción).
Es esencial definir los conceptos de raza y racismo que se utilizarán en este libro[1]Sobre los debates en torno al término en Francia, véase Sarah Mazouz, Race, París, Anamosa, 2020.. A modo de introducción, consideremos el silogismo principal de la negación de la islamofobia: 1/ La islamofobia es una crítica al islam; 2/ El islam no es una raza; por tanto 3/ La islamofobia no es racismo[2]Véase, como ejemplo típico, Pascal Bruckner, Un racisme imaginaire. Islamophobie et culpabilité, París, Grasset, 2017.. Este argumento es más que cuestionable, por decirlo suavemente. En primer lugar, existe un consenso científico casi universal de que ninguna raza tiene una existencia externa y objetiva. Ya en 1911, el antropólogo de la Universidad de Columbia Franz Boas demostró que la supuesta pertenencia racial de un individuo no determina su comportamiento ni sus capacidades intelectuales. Las conclusiones de Boas, confirmadas por los trabajos del psicólogo canadiense Otto Klineberg, no impidieron que el racismo floreciera y alcanzara su máximo nivel en el siglo XX[3]George M. Fredrickson, Racisme, une histoire, París, Liana Levi, 2007.. Pero la investigación continuó. Por ejemplo, en la década de 1960, Michael Banton argumentó que la raza es un fenómeno «socialmente construido» o un mero «discurso» en el sentido foucaultiano. Los antropólogos, por su parte, han llegado a la conclusión de que los grupos raciales no pueden delimitarse objetivamente sobre la base de diferenciaciones morfológicas o incluso genéticas, todas ellas progresivas e irregulares: definir los límites geográficos o culturales de una «raza» es, por tanto, un acto arbitrario y subjetivo[4]American Anthropological Association (AAA) Statement on «Race», 17 de mayo de 1998, americananthro.org.. La respuesta al razonamiento islamófobo es, por tanto, sencilla: aunque las razas no existen objetivamente, existen en la mente del racista. Es este último fenómeno el que ahora es objeto de los estudiosos de la raza.
Las definiciones de raza abundan en la literatura, pero a efectos de este documento la definiremos como sigue:
La raza es un grupo construido socialmente, y la pertenencia a este grupo se percibe erróneamente como determinante de las características psicológicas, conductuales y morales de todos los individuos que lo integran.
El racismo no es simplemente la adopción de una visión racial de los grupos humanos; en otras palabras, no es simplemente un conjunto de prejuicios. Estos prejuicios sólo se vuelven estructuralmente operativos cuando existe una relación de dominación entre una mayoría y una o varias minorías. Por lo tanto, definiremos el racismo de la siguiente manera:
El racismo es una estructura social en la que las ideas raciales se utilizan para perpetuar la dominación económica, social y cultural de una mayoría sobre uno o varios grupos minoritarios.
Así, el antisemitismo y la islamofobia pueden definirse simplemente como racismos dirigidos a los judíos y a los musulmanes, ya que ambos grupos están construidos socialmente dentro de una estructura social que domina económica, social y culturalmente a los individuos que se supone que son miembros.
El proceso de «construcción social» por el que una población llega a ser considerada como una raza distinta se denomina «racialización». Este concepto, en el que se centrará el presente trabajo, puede definirse como sigue:
La racialización es una estrategia discursiva que postula la existencia de una raza sobre la base de ciertas características percibidas como esenciales.
No es raro suponer que estas características son supuestas diferencias biológicas o relacionadas con el cuerpo, como el color de la piel, la textura del pelo, la estatura, etc. En otras palabras, se racializan sólo aquellas características que se perciben como esenciales para la existencia de una raza. En otras palabras, sólo racializamos a los grupos que parecen diferentes o porque creemos que la diferencia racial es genética. Nuestro sesgo biológico se explica por el peso del racismo de color en la historia de las estructuras racistas, desde la esclavitud transatlántica hasta las sociedades coloniales y postcoloniales. Como práctica de la supremacía blanca, el racismo de color ha producido estructuras socioestatales que someten a los negros a la dominación social, política y económica y, en casos extremos, los relegan a la condición de objeto[5]Para un excelente estudio general, véase George M. Fredrickson, Racism, une histoire, op. cit.. Las colonias europeas en África y el Caribe, la América esclavista y posteriormente segregada, y el régimen del apartheid en Sudáfrica son los ejemplos más flagrantes de este racismo cromático. El legado del racismo así concebido también sigue afectando a la igualdad de oportunidades y al trato de ciertos grupos racializados en sociedades posteriores a la esclavitud como Estados Unidos (donde existe una considerable literatura académica sobre el tema, la Critical Race Theory ) y en sociedades poscoloniales como Francia.
Hay una buena razón para el sesgo biológico, entre otras cosas porque una cantidad considerable de literatura racializada aborda la cuestión de la diversidad humana desde una perspectiva biológica y naturalista. Y, aunque se piensa que la racialización biológica es un fenómeno bastante reciente, se puede encontrar en textos muy antiguos, escritos entre la Edad Media y el siglo XVIII. El trabajo de Geraldine Heng, por ejemplo, ha demostrado que el cuerpo era el centro de las preocupaciones medievales: el color de la piel, las cualidades de la sangre, la fisiología, los humores y, sobre todo, las formas en que los cuerpos heredaban estas características desempeñaron un papel clave en el desarrollo de las ideas raciales. En el cristianismo medieval, se creía que los cuerpos de los judíos emitían un olor desagradable (foetor judaicus), que los genitales de los hombres judíos sangraban -una forma de menstruación masculina- y que estas cualidades se transmitían a sus descendientes[6]Geraldine Heng, The Invention of Race in the European Middle Ages, Cambridge, Cambridge University Press, 2018, pp. 15-16.. En los siglos XVII y XVIII, algunos naturalistas estaban convencidos de que la sangre de los africanos era negra[7]Véase, por ejemplo, le Nouveau d’histoire naturelle de Jean-Joseph Virey (citado en Léon Poliakov, Le Mythe aryen. Essai sur les sources du racisme et des nationalismes, Bruselas, Complexe, … Seguir leyendo.
Sin embargo, la conceptualización de las razas no es sólo biológica. También se puede racializar sobre la base de diferencias culturales reales o percibidas, incluidas las religiosas. El ejemplo clásico de la racialización religioso-cultural es el de los judíos europeos, que en general no tenían rasgos biológicos discernibles de la población mayoritaria. Sin embargo, se les racializó hasta el punto de someterlos a estrictos regímenes de dominación racial, como en la Rusia del siglo XIX, por no hablar del periodo nazi, que fue el intento de genocidio más elaborado e industrializado de la historia de la humanidad. Se propusieron teorías biológicas para ellos, especialmente durante la época nazi, pero incluso los nazis, a pesar de su fe inquebrantable en la frenología y la raciología biológica, nunca lograron desarrollar un método fiable para identificar a los judíos sin recurrir a indicios religiosos-cultural y a técnicas heredadas de la Edad Media y la Inquisición, como la genealogía, los rumores y el uso de signos distintivos[8]Francisco Bethencourt, Racismos: de las Cruzadas al siglo XX, Princeton, Princeton University Press, 2013, p. 444.. Además, la definición nazi del judío, a pesar de su dimensión biológica, nunca se liberó de la figura culturalmente definida del judío (como parásito, dominador, usurero, cosmopolita, etc.): se trata, de hecho, de una racialización híbrida.
En la mayoría de los casos, estos dos elementos, el biológico y el religioso-cultural, se combinan y funcionan juntos. La raza es una relación estructurada que siempre es multifacética y no se excluye mutuamente. La discriminación que puede sufrir una mujer judía o musulmana en una situación concreta, por ejemplo, en una entrevista de trabajo, puede deberse a un apellido típico (Moshé, Fátima), a una identidad religiosa visible (una estrella de David, un hiyab), a un origen nacional o regional delatado por un acento (Rusia, Magreb), o a características biológicas (nariz supuestamente prominente, piel morena). Se trata, por tanto, de una mezcla de prejuicios y claves de identificación tanto religiosas como biológicas que constituyen la base de la discriminación. Nasar Meer y Tariq Modood añaden que, en el caso concreto de la islamofobia, incluso en ausencia de un perfil étnico musulmán, una persona racializada puede ser identificada físicamente mediante indicios biológicos y culturales[9]Nasar Meer y Tariq Modood, «The Racialisation of Muslims», en S. Sayyid y A. Vakil (eds.), Thinking through Islamophobia, op. cit.. He aquí un ejemplo: en 2016, en un tren que llegaba a mi estación local de Londres, un loco con un cuchillo gritó de repente: «¡Voy a [sic] matar a un musulmán[10]«Apuñalamiento en la estación de Forest Hill: el acuchillador gritó «quiero matar a un musulmán», Sky News, 13 de diciembre de 2016.!». Según los testigos, recorrió el tren escudriñando a los pasajeros antes de seleccionar a uno y, sin intercambiar una palabra, apuñalarlo en el cuerpo. La víctima, un padre de tres hijos cuyo pulmón fue perforado varias veces, era efectivamente un musulmán de origen bangladesí. El agresor le identificó por la pista biológica de su color de piel morena y por pistas culturales (su ropa y el hecho de que su novia llevara velo). Así, el racismo religioso-cultural del agresor se manifestaba a partir de una valoración visual de la pertenencia de la víctima al grupo racializado.
Los que niegan el racismo religioso afirmarán que la profesión de una religión es una elección y que un individuo puede escapar de los prejuicios religiosos mediante un simple acto de apostasía. La premisa es dudosa en varios aspectos. En primer lugar, exagera el elemento de voluntariedad de la pertenencia a un grupo religioso, ya que el individuo se socializa en un contexto cultural determinado: uno no elige el entorno familiar o sociocultural en el que nace, y no siempre es fácil, posible o deseable abandonarlo[11]Para una opinión similar, véase Salman Sayyid, «Out of the Devil’s Dictionary», en S. Sayyid y A. Vakil (eds.), Thinking through Islamophobia, op. cit, p. 13.. En segundo lugar, supone que el cambio será aceptado por el grupo mayoritario, lo que no siempre es el caso. Durante la Inquisición española, tener antepasados judíos, en el caso de los marranos, o musulmanes, en el caso de los moriscos, creaba una presunción de herejía contra ellos, aunque se hubieran convertido al cristianismo varias generaciones antes. Como la presunción de herejía era absolutamente determinista, ni la profesión sincera de cristiano ni ningún otro comportamiento individual podrían haber borrado los prejuicios racistas contra ellos. Del mismo modo, cuando los Estados alemanes emancipaban a los judíos en el siglo XIX, ni la asimilación ni la conversión redujeron la intensidad del antisemitismo contra ellos, sino todo lo contrario. En un caso aún más claro, el bautismo no podría haber salvado a Ana Frank de la deportación, porque la identidad racial que le asignó la orden nazi era fija e incuestionable. En tercer lugar, si el argumento de la identidad religiosa voluntaria implica que presionar a estas minorías es beneficioso porque permite «desjudicializarlas» o «desislamizarlas», hay que reconocer que no hay muchos precedentes históricos en los que este tipo de asimilación forzada haya tenido éxito. Spinoza nos dice que, en el siglo XVII, el odio universal hacia los judíos no los llevó a renunciar a su fe en absoluto; al contrario, los animó a conservar una identidad propia. A la vista de todo esto, es probable que, volviendo a nuestro ejemplo, Moisés y Fátima sean discriminados en la mayoría de los casos como judíos y musulmanes, incluso en ausencia de símbolos religiosos, incluso de cualquier creencia religiosa.
Sin embargo, es posible argumentar, en el caso de la islamofobia actual, que negando el islam una persona puede escapar parcialmente de los regímenes de dominación e incluso unirse o ser adulado por movimientos explícitamente islamófobos, como muestran los ejemplos de Ayaan Hisi Ali y Salman Rushdie[12]Nesrine Malik, ‘Islam’s New Native Informants’, New York Review of Books, 7 de junio de 2018.. Pero el listón es especialmente alto: requiere un rechazo explícito y militante del Islam. Aunque esta posibilidad puede indicar que las formas actuales de racismo son menos rígidas y deterministas que los ejemplos anteriores, y que pueden prescindir de un discurso de diferenciación racial radical, sigue siendo un consuelo mínimo para la inmensa mayoría de los sujetos musulmanes racializados. La víctima del tren de Londres habría sido atacada tanto si fuera un musulmán practicante como si fuera un miembro de la muy islamófoba Liga de Defensa Inglesa. Más ampliamente, «salir del Islam» tendrá poco impacto en las estructuras de dominación establecidas por la islamofobia. Incluso un musulmán «arrepentido» puede ser discriminado en las entrevistas de trabajo, en los controles policiales, en los pasos fronterizos, etc. Esta estructura es lo suficientemente rígida como para llamarla racista.
A estas dos formas de racialización, la biológica y la religioso-cultural, me gustaría añadir una tercera, que constituye una parte importante de mi reflexión sobre la historia cruzada del antisemitismo y la islamofobia[13]Reza Zia-Ebrahimi, «When the Elders of Zion Relocated to Eurabia», art. cit.: la racialización conspirativa, de la que las teorías de la conspiración forman la articulación conceptual. Desde principios del siglo XIX, numerosas teorías han atribuido a la acción clandestina de los judíos acontecimientos históricos desafortunados (desde el punto de vista del enunciador), como la Revolución Francesa, el advenimiento del capitalismo o el bolchevismo. Estas teorías giran en torno al tema de la «dominación judía». Los Protocolos de los Sabios de Sion son la expresión más exitosa e influyente de esto. En cuanto a la islamofobia, un género similar apareció a finales del siglo XX, pero sobre todo desde principios del siglo XXI: pretende revelar que los musulmanes tienen un plan secreto para «islamizar» Europa e imponer la sharia. Estas teorías de la conspiración, lejos de ser manifestaciones incidentales del racismo, son parte integrante de sus estrategias de racialización, ya que asignan características de comportamiento a judíos y musulmanes, entre ellas un instinto innato y congénito de conspiración colectiva, instinto que se considera -en algunos casos, que revisaremos- tan fundamental para la naturaleza del individuo que le lleva a conspirar incluso a pesar de sí mismo. Estas conspiraciones representan la última etapa de la racialización, pues ya no se conforman con alterizar a la población judía o musulmana: la elevan al estatus de amenaza existencial para la «civilización occidental». Esta etapa de racialización es esencial para justificar la violencia física contra ellos, violencia que luego se presenta como una defensa legítima contra el genocidio civilizatorio. Como este fenómeno es tan importante como poco analizado, le dedicaré dos capítulos de este libro (capítulos 3 y 4).
Está claro que en muchas situaciones históricas las tres formas de racialización -biológica, religioso-cultural y conspirativa- se han combinado de forma compleja. El genocidio de los musulmanes bosnios en la década de 1990 es un buen ejemplo. Hay que recordar que los musulmanes bosnios -descendientes de serbios convertidos al islam en la época otomana- son físicamente indistinguibles de sus compatriotas serbios ortodoxos. Así pues, ambos grupos comparten ancestros, hablan la misma lengua, viven en las mismas localidades, asisten a las mismas escuelas y cocinan -con más o menos ingredientes- los mismos platos. Sólo la religión los distingue, pero tras décadas de secularización bajo el régimen socialista, este aspecto debe relativizarse. En la década de 1990, entre la mayoría de los serbobosnios islamófobos, el rechazo a sus compatriotas musulmanes se basaba en la creencia en la inminencia de un genocidio serbio por parte de los musulmanes, una teoría conspirativa planteada por escritores como Dobrica Ćosić y Vuk Drašković, y promovida por la Iglesia Ortodoxa Serbia[14]Michael A. Sells, «The Construction of Islam in Serbian Religious Mythology and its Consequences», en M. Schatzmiller (ed.), Islam and Bosnia: Conflict Resolution and Foreign Policy in Multi-Ethnic … Seguir leyendo. En otras palabras, el plan de exterminio de los musulmanes se desarrolló en parte para evitar un genocidio imaginario, el de los serbios. Sin embargo, la islamofobia genocida serbia también tiene una vertiente biológica, definida en las teorías de Biljana Plavšić, bióloga de formación que dirigió la República Srpska de 1996 a 1998 y que posteriormente fue condenada por genocidio y crímenes contra la humanidad. En su obra, Plavšić sostiene que el islam produce deformaciones genéticas en sus seguidores, deformaciones que luego dictan la «forma de pensar y comportarse» de los musulmanes bosnios[15]Citado en Michael A. Sells, The Bridge Betrayed: Religion and Genocide in Bosnia, University of California Press, Berkeley, 1996, p. xv.. Curiosamente, este determinismo biológico-genético, tan popular en algunos círculos, no sirvió de nada en el «campo» del genocidio: los soldados de la República Srpska no realizaron pruebas genéticas antes de lanzar sus incursiones asesinas contra las aldeas bosnias. Lo que les permitía identificar a los musulmanes que iban a ser asesinados eran sus apellidos (a veces este método de identificación no era suficiente y tenía que ser corroborado por las denuncias de los vecinos extorsionados bajo amenaza, lo que subraya, si es necesario, la ambivalencia de esta filiación racial).
La islamofobia genocida serbia, por tanto, racializa a sus víctimas musulmanas tanto desde el punto de vista biológico -teorías de Plavšić- como desde el punto de vista conspirativo -creencias populares en una conspiración musulmana contra los serbios-. Pero la práctica genocida utiliza un marcador cultural, el patronímico. En este ejemplo histórico, las tres formas de racialización están profundamente entrelazadas en un complejo sistema de vasos comunicantes. Este ejemplo, que demuestra que las diferentes formas de racialización pueden coexistir perfectamente, refuta el relato clásico del nacimiento del antisemitismo moderno, propuesto por Hannah Arendt y Leon Poliakov, entre otros. Según estos autores, las diferentes formas de antisemitismo se han sucedido históricamente: el odio religioso al judío, el Judenhass basado en el mito del pueblo deicida, desarrollado en la Edad Media, dio paso, en la segunda mitad del siglo XIX, al antisemitismo moderno y racial (biológico)[16]Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, Alianza Editorial; Léon Poliakov, Histoire de l’antisémitisme, París, Le Seuil, 1991 [1956-77]..
De hecho, los dos volúmenes de la Historia del antisemitismo de Poliakov se titulan, respectivamente, La era de la fe y La era de la ciencia: según él, la raza es un concepto que se originó en la ciencia moderna. El presente libro sostiene, por el contrario, que las tres formas de racialización descritas anteriormente están permanentemente entrelazadas, mezcladas e interconectadas. Una historia cruzada del antisemitismo y la islamofobia debe tener en cuenta esto.
Por último, me gustaría decir unas palabras sobre el método adoptado en este libro. Los fenómenos de los que me ocupo en este libro son difusos: forman parte de redes ideológicas y de pensamiento que no conocen fronteras ni marco cronológico y pueden ser expresados por figuras influyentes o desconocidas. Mi área geográfica y cultural, «Europa Occidental», está definida de forma flexible, para darme la libertad de tratar también las construcciones ideológicas desarrolladas en los Balcanes y en Norteamérica. Lo mismo ocurre con la cronología: aunque la parte más consistente del libro se centra en el periodo contemporáneo, desde el siglo XIX hasta la actualidad, me permito remontarme a la Edad Media para examinar las profundas raíces históricas del antisemitismo y la islamofobia. Además, me parece muy apropiado hablar de antisemitismo e islamofobia en un periodo tan remoto, porque, como otros historiadores, no considero que estas construcciones discursivas sean exclusivamente modernas[17]Cf. Geraldine Heng, The Invention of Race in the European Middle Ages, op. cit.. También se requiere cierta flexibilidad en la selección de los autores: dado que mi trabajo pretende poner de relieve las redes de circulación, selección y mezcla de ideas raciales en un marco global, implica inevitablemente el estudio de eclesiásticos así como de eruditos, de líderes políticos así como de panfletistas, de periodistas así como de novelistas e intelectuales, algunos muy famosos, otros totalmente oscuros. Las ideas raciales no conocen tales distinciones, sino que fluyen libremente de los libros a los proyectos políticos, y los intermediarios más influyentes no siempre son los más conocidos.
Véase, por ejemplo, le Nouveau d’histoire naturelle de Jean-Joseph Virey (citado en Léon Poliakov, Le Mythe aryen. Essai sur les sources du racisme et des nationalismes, Bruselas, Complexe, 1987, p. 206).
Para una opinión similar, véase Salman Sayyid, «Out of the Devil’s Dictionary», en S. Sayyid y A. Vakil (eds.), Thinking through Islamophobia, op. cit, p. 13.
Michael A. Sells, «The Construction of Islam in Serbian Religious Mythology and its Consequences», en M. Schatzmiller (ed.), Islam and Bosnia: Conflict Resolution and Foreign Policy in Multi-Ethnic States (Montreal: McGill-Queen’s University Press, 2002), pp. 65-66.Véase también Jacques Sémelin, Purifier et détruire. Usages politiques des massacres et génocides, París, Le Seuil, 2009.
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l Kremlin ha ordenado al ejército ruso que se dirija a las fronteras ucranianas y amenaza con intervenir si los Estados Unidos, la OTAN y Ucrania no cumplen sus exigencias. Nosotros, los socialistas ucranianos, hacemos un llamamiento a la izquierda internacional para que condene la política imperialista del gobierno ruso y se solidarice con los pueblos que han sufrido la guerra que ha durado casi ocho años y que pueden sufrir una nueva.
Tras el colapso de la URSS, solo quedó una superpotencia en el mundo: Estados Unidos. Pero nada es eterno y ahora su hegemonía está en declive. Las intervenciones estadounidenses en Afganistán e Irak provocaron guerras catastróficas para los pueblos de estos países y terminaron en desgracia para Estados Unidos. Por desgracia, el declive del imperialismo estadounidense no ha ido acompañado de la aparición de un orden mundial más democrático, sino del ascenso de otros depredadores imperialistas, movimientos fundamentalistas y nacionalistas. En estas circunstancias, la izquierda internacional, acostumbrada a luchar solo contra el imperialismo occidental, debería reconsiderar su estrategia.
En las últimas décadas, se ha producido un resurgimiento del imperialismo ruso, que ahora intenta que Estados Unidos redistribuya las esferas de influencia en el mundo. Los hechos demuestran que caer en la esfera de influencia de la Rusia de Putin no aporta nada bueno a los pueblos. Ahora mismo, las tropas rusas están en Kazajistán con el objetivo de reprimir por la fuerza el levantamiento popular. Estas acciones confirman la naturaleza reaccionaria de la OTSC, que fue creada no para proteger a los países de las agresiones externas, sino para reforzar la influencia del Kremlin y proteger a los regímenes impopulares de las revoluciones. Las tropas rusas de facto en Kazajstán también protegen los intereses de los capitalistas estadounidenses y británicos, que poseen una parte importante de la industria petrolera en Kazajstán.
Rusia ha desempeñado un papel similar en las protestas bielorrusas. El Kremlin envió a sus propagandistas para sustituir a los trabajadores de los medios de comunicación en huelga y anunció la formación de una reserva de funcionarios de seguridad que se enviaría a Bielorrusia. Al igual que en el siglo XIX, cuando el Imperio ruso era el gendarme de Europa, el régimen de Putin se está convirtiendo ahora en el obstáculo de los cambios sociales y políticos en el espacio postsoviético: cualquier movimiento social en este territorio se ve obligado a pensar en cómo no convertirse en un irritante para el Kremlin.
Expresamos nuestra gratitud y solidaridad a los activistas de izquierda rusos que se oponen a las políticas imperialistas del Kremlin y que luchan por las transformaciones democráticas y sociales en su país. Solo una revolución en Rusia y el derrocamiento del régimen de Putin pueden traer estabilidad, paz y seguridad a los países postsoviéticos.
El Kremlin acusa a las autoridades ucranianas de planear una ofensiva militar en Donbás, pero eso es una mentira descarada. La política de Zelenskiy indica que, tras múltiples intentos infructuosos de lograr la paz tras llegar al poder, ha abandonado los planes de cambiar algo en Donbás. Condenamos las políticas neoliberales y nacionalistas de las autoridades ucranianas, pero no justifican en absoluto la agresión imperialista de Rusia.
Rusia acusa constantemente a Ucrania de no cumplir con la parte política de los acuerdos de Minsk, pero ella misma constantemente viola la parte de seguridad de los mismos. El último ejemplo ha sido la no continuación por parte de Rusia del mandato de la misión de la OSCE para vigilar la frontera ucraniano-rusa, a pesar de estar previsto en el párrafo 4 del Protocolo de Minsk. Por parte de las autoproclamadas repúblicas controladas por el Kremlin, siempre hubo incomparablemente más restricciones a la libertad de movimiento de los representantes de la misión de la OSCE en la línea de contacto, pero a pesar de estos obstáculos, la OSCE en los últimos años ha registrado muchas veces más violaciones de las condiciones para la retirada de las armas pesadas de la línea del frente precisamente por parte de la «DPR» y la «LPR». Pero lo principal es la cláusula 10 de Minsk-2, que nunca se ha aplicado: «La retirada de todas las formaciones armadas extranjeras, el equipo militar, así como los mercenarios del territorio de Ucrania bajo la supervisión de la OSCE. Desarme de todos los grupos ilegales». Había y hay tropas rusas en Donbás, pero el Kremlin sigue negándolo hipócritamente.
En contra del mito, popular entre algunos izquierdistas occidentales, los regímenes de la «DPR» y la «LPR» no son el resultado de la voluntad popular. Los jefes de la «DPR» y la «LPR» están integrados en las filas de la élite gobernante de la Federación Rusa y se han convertido en el portavoz de los sentimientos depredadores más agresivos del Kremlin. En las propias «repúblicas» se reprime cualquier actividad política de oposición, incluso la más leal al gobierno ruso.
Al mismo tiempo, los territorios de las «repúblicas» se desindustrializan rápidamente. Las infraestructuras se deterioran y las redes de transporte público se desmantelan en las ciudades. Incluso para las empresas cuyos productos se exportan a través de la Federación Rusa, los atrasos salariales de varios meses se han convertido en la norma. Las protestas de los trabajadores culminan con el secuestro de activistas y la introducción de vehículos militares.
Además, Donbas se ha convertido ya en una zona de colapso medioambiental. Muchas minas están cerradas sin las debidas medidas de conservación, lo que ha provocado la contaminación del agua potable. Según las estimaciones de la ONU, Donbas, a pesar de ser una de las partes más densamente pobladas de Ucrania, es la zona que más minas terrestres tiene en todo el mundo.
Ahora el Kremlin niega la subjetividad de Ucrania y la posibilidad de negociaciones directas entre Rusia y Ucrania. El gobierno ruso quiere acordar todo con Estados Unidos, mientras descarta por completo a Ucrania. Pero la decisión de resolver el conflicto debe tomarse teniendo en cuenta la opinión de las personas cuyas vidas dependen directamente del conflicto y de la forma en que se resuelva. Ucrania no debe convertirse en una moneda de cambio en los acuerdos entre los dos Estados imperialistas.
Luchamos por una Ucrania pacífica y neutral, pero para ello el Kremlin debe poner fin a su política imperialista agresiva, y Ucrania debe recibir garantías de seguridad más serias que el Memorando de Budapest, pisoteado descaradamente por la Federación Rusa en 2014.
Sin albergar ilusiones sobre la política de los gobiernos occidentales al servicio del gran capital y de sus propios objetivos, creemos que los intereses del pueblo trabajador ucraniano solo podrán ser tenidos en cuenta por ellos bajo la presión de los movimientos progresistas y de la opinión pública de estos países.
En primer lugar, es necesario poner fin de una vez a los combates en Donbás y evitar posibles provocaciones en la primera línea del conflicto armado, que pueden servir de pretexto para una nueva intervención. Por lo tanto, el primer paso debería ser la introducción de un contingente de mantenimiento de la paz de la ONU en Donbás. Somos conscientes de los problemas de las actuales misiones de mantenimiento de la paz y recordamos que a veces los cascos azules no impidieron la violencia masiva. Pero en las actuales circunstancias ucranianas, se trata de un paso obligado y necesario.
Las cuestiones relativas a una solución política a largo plazo del conflicto solo deberían resolverse una vez que se hayan resuelto las cuestiones de seguridad. El fin de las hostilidades debería reducir la gravedad del conflicto y después será más fácil discutir posibles compromisos. También hay que preparar las condiciones para la futura reintegración.
Los siguientes pasos deberían ser:
» La retirada completa de las tropas rusas de Donbas. Uno de los mejores medios de presión sobre los dirigentes de la Federación Rusa sería la confiscación de los bienes y activos de los oligarcas y funcionarios rusos en Londres y otros lugares.
» Creación de un programa internacional para la restauración de la región afectada por la guerra y ayuda a sus habitantes (incluso mediante la confiscación de lo saqueado por los oligarcas rusos y ucranianos).
» Revisión del curso socioeconómico propuesto a Ucrania por Occidente: en lugar de las destructivas reformas neoliberales bajo la presión del FMI, la cancelación de la deuda externa de Ucrania.
» Políticas humanitarias más inclusivas y progresistas en Ucrania, acabar con la impunidad de la extrema derecha ucraniana y abolir las leyes de «descomunicación».
» La provisión de garantías para el cumplimiento de los derechos humanos para aquellos que vivían en la «DPR» y la «LPR», la adopción de una ley de amnistía para aquellos que no cometieron crímenes de guerra.
La guerra en Donbás se ha cobrado la vida de miles de personas y ha obligado a millones a abandonar sus hogares. La amenaza de una escalada pende sobre Ucrania como la espada de Damocles y reduce enormemente el alcance de la política progresista. El futuro del movimiento socialista en Ucrania depende de la solidaridad internacional.
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M
ientras se incuban los mayores peligros militares, nos arrullan con los desmanes de Putin.
“Cuando le señalan la Luna, el necio mira el dedo», reza la conocida máxima atribuida a Confucio. Su contenido es muy simple: ajenos a lo crucial, nos centramos en tonterías. Y lo crucial es el enorme peligro de repetir en Europa algo parecido a una “crisis de los misiles de Caribe” de 1962, ahora con Ucrania en el centro.
Desde hace años la potencia militar más fuerte y agresiva del mundo, Estados Unidos, está rodeando militarmente a Rusia y a China. Como esos dos países son grandes potencias nucleares de vocación imperial, los peligros de la operación son obvios para cualquiera con sentido común. No lo hay en Bruselas, ni en las mentes de nuestros disciplinados políticos, expertos y periodistas “atlantistas”.
Una buena muestra es la respuesta del redomado irresponsable Secretario General de la OTAN, Jens Stoltenberg, a los tímidos coqueteos de algunos socialdemócratas alemanes de que convendría acabar con la presencia de las armas nucleares de Estados Unidos en suelo alemán: “Por supuesto, Alemania puede decidir si deja de albergar armas nucleares, pero la alternativa es que acabaríamos teniéndolas en otros países de Europa, más al este de Alemania”.
Utilizando una “lógica poscolonial” y reclamando su “esfera de interés vital”, Rusia se considera “legitimada para controlar esa área y los países postsoviéticos europeos que no pueden elegir otro destino” ni “emanciparse de la condición geopolítica que les impone Moscú”, señala Carmen Claudín, analista del CIDOB. “No puede haber un Yalta.2”, dice el jefe de la diplomacia europea, Josep Borrell. “Es la propia política del Kremlin la que ha antagonizado a sus vecinos postsoviéticos, multiplicando los sentimientos antirrusos”, sentencia Claudín. Pero esta última verdad cambia poco lo esencial.
Negando el “derecho” de Rusia a oponerse a la ampliación de una alianza militar hostil junto a sus fronteras, Washington y sus defensores atlantistas europeos, ignoran doscientos años de la propia historia de Estados Unidos, reclamando e imponiendo su esfera de influencia en el hemisferio occidental. Claro que Ucrania, o Georgia, tienen derecho a pedir su ingreso en la OTAN y el estacionamiento de bases y armas en su territorio. En 1962, también la República de Cuba tenía derecho a reclamar el estacionamiento de misiles soviéticos a 170 kilómetros de territorio estadounidense. Washington se había ganado a pulso el “sentimiento antiamericano” de todo el subcontinente con sus invasiones, golpes de estado e implacable dominio del que Cuba había conseguido liberarse. Y por supuesto, también la URSS, amenazada por misiles nucleares estacionados en Turquía, tenía derecho a estacionarlos en Cuba. Pero es que en aquel caso, como en el actual, no era una cuestión de derechos, sino de medir las consecuencias. Como ahora la situación en Europa, la crisis de los misiles de Cuba fue extremadamente peligrosa. Estados Unidos advirtió que el asunto era casus belli: llevando hasta el extremo aquellos derechos, se habría destruido el planeta. Como dice con raro buen sentido Jack Matlock, ex embajador de Estados Unidos en Moscú, “como nuestro Congreso nunca aprobó una ley de la gravedad, ¿podemos ignorarla?”.
Ante esta situación, los políticos, expertos y periodistas “atlantistas” europeos, prefieren mirar el dedo: la “agresividad” de Putin y los nefastos abusos, fechorías y crímenes del régimen ruso. No son tonterías para los rusos que algún dia deberán resolverlas, pero sí lo son para nosotros, en la situación concreta y actual que nos afecta.
Es obvio que existe una relación entre la política exterior rusa y la política interior del régimen ruso. La amenaza exterior tiene una gran funcionalidad para acallar a la oposición como “agente extranjero”, incluida la barbaridad cometida con la sociedad “Memorial”, por ejemplo. Pero es que, ¿acaso esa relación solo existe en Rusia? En Estados Unidos observamos incluso una relación aún más decisiva entre la economía, el dictado del complejo militar industrial sobre las decisiones del Congreso, y la política exterior de guerra eterna. Los misiles contra Sudan intentaron resolver el “caso Lewinski”, la leyenda de la intervención rusa en las elecciones de Estados Unidos ha sido arma en la pelea interna que divide al establishment norteamericano en un ambiente de manifiesto macartismo. Los atentados del 11 de septiembre neoyorkino se usaron para desencadenar una nueva catástrofe alrededor de los recursos de Irak… No solo hay disidentes, y tortura, en China y Rusia, ahí están Guantánamo y Assange, y también hay “agentes extranjeros” entre nosotros.
Bajo cada video que el canal ruso de televisión RT sube en youTube, aparece el mensaje: “RT está financiada, total o parcialmente por la administración pública rusa”. “Medio controlado por el estado de Rusia”, reza el mensaje que sale en la página de RT en Instagram, propiedad de Facebook y que podría aplicarse exactamente igual a la Deutsche Welle, Voice of América, BBC, etc, etc. La versión alemana de RT, el único canal en el que los críticos de la ampliación de la OTAN podían expresarse y que cuestionaba la versión atlantista de la “revolución ucraniana” de 2014, los claroscuros del caso Skripal o los dudosos ataques con gas venenoso atribuidos a el Assad en Siria, ha resultado ser demasiado efectiva (quinto puesto en el ámbito “noticias” y “política” entre los canales vistos en Alemania) y se le ha negado la licencia de emisión, con lo que se limita a la transmisión por satélite. En septiembre el canal de video de RT-Alemania, que tenía más de 600.000 abonados y registraba más de 547 millones de consultas, fue borrado de youTube. Mientras en Occidente, las democracias de baja intensidad no cesan de perder sustancia, los monopolios digitales de Estados Unidos, directamente sometidos al Big Brother de la NSA y otros servicios, como demostró Snowden, nos protegen así ante la propaganda rusa con el paternal mensaje: “Esta no es la propaganda que deberías consumir, consume la buena: CNN/ BBC/MSNBC, etc” y nuestros periodistas y expertos nos arrullan mirando el dedo de los desmanes de Putin.
Tras ser ignorada durante décadas, Rusia ha presentado propuestas de acuerdos bilaterales con garantías de seguridad firmes, lejos de las promesas que no se cumplieron a lo largo de los últimos treinta años. Garantías de que Ucrania no ingresará en la OTAN, y que no se colocarán armas contra ella en su entorno inmediato.
“Esperamos conversaciones constructivas con un resultado final claro en los términos que garanticen una seguridad igual para todos” “Han llegado hasta el umbral de nuestra casa. ¿Creen que somos tan ilusos como para ignorar las amenazas planteadas a Rusia?. Ese es el problema: simplemente ya no tenemos terreno para retroceder”, ha dicho.
El sujeto de su reclamación no es la Unión Europea, ni la OTAN, sino que se ha dirigido directamente a quien manda en este asunto: Estados Unidos. Quiere acuerdos bilaterales con Washingtiony en segundo término con Berlín y París. El 21 de diciembre, el Presidente ruso habló con el nuevo canciller alemán , Olaf Scholz, y con el Presidente francés, Emmanuel Macron. La apuesta de Rusia es enérgica. Entre el 10 y el 13 de enero tendrán lugar las conversaciones, ¿qué pasará si no llegan a buen puerto?
Ante el Colegio del Ministerio Ruso de Defensa, una audiencia de generalotes, Putin dijo a finales de diciembre que si las conversaciones no logran resultados, Rusia adoptará “medidas militares apropiadas” de respuesta. Nuestros papagayos se preguntan por el contenido de tales “medidas”y han lanzado la voz de alerta ante la fantasmagórica “invasión de Ucrania”, un escenario fuera de toda realidad. La respuesta del Kremlin será otra: el despliegue de misiles nucleares tácticos en Bielorrusia y Kaliningrado. Con su estupidez, la Unión Europea regresa al continente a los principios de los ochenta, la crisis de los euromisiles. La unilateral retirada de Estados Unidos del acuerdo INF ha hecho posible esta locura.
No habrá seguridad europea que no sea común e integre los intereses de todos los países europeos, no la habrá sin Rusia, y desde luego no la habrá contra Rusia. Pese a los esfuerzos de nuestros políticos, expertos y periodistas.
Actualidad Internacional: Latitudes. América Latina
04/01/2022
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n octubre y noviembre de 2019, los enfrentamientos sobre la validez de las elecciones presidenciales en Bolivia condujeron a protestas y a la eventual destitución del presidente indígena de izquierda Evo Morales, en lo que la mayoría de los observadores calificaron como un golpe de Estado. En el año siguiente, el régimen interino, dirigido por Jeanine Añez, supervisó un régimen profundamente represivo que se enfrentó a las protestas en dos ocasiones con matanzas a gran escala por parte de los militares. El año de gobierno de facto se vio agravado por el COVID y por la corrupción, con robos y chanchullos generalizados.
Cuando finalmente se celebraron nuevas elecciones en octubre de 2020, el partido derrocado volvió al poder con un nuevo presidente, Luís Arce. Evo Morales regresó del exilio en Argentina, y el resurgido partido MAS -el «Movimiento al Socialismo»- recuperó el Estado. Ahora, un año después, el presidente Luís Arce sigue lidiando con una oposición de extrema derecha y con los retos de gobernar en un escenario posterior al golpe de Estado en medio de una pandemia. Frente a los continuos esfuerzos de la derecha por desestabilizar al nuevo presidente, los robustos movimientos sociales campesinos y obreros del país, en gran parte rurales e indígenas, siguen saliendo a las calles para ofrecer su continuo apoyo, tanto a Arce como al mandato democrático que obtuvo en las urnas.
Pero más allá de la victoria electoral, la situación de Bolivia es complicada. Luís Arce ha conseguido compaginar la pandemia, la recesión económica y las maquinaciones de la derecha. Por ello, su primer año es un éxito si se mira con el telón de fondo de la situación actual. Bolivia ha recibido una mezcla de vacunas -de Rusia, China, Estados Unidos y Argentina- y ha intentado febrilmente que lleguen a los brazos de la gente. El gobierno también ha estado recogiendo metódicamente a los acusados de participar en el golpe de Estado de 2019 y los ha encarcelado. Esto se ha producido tras el clamor popular de justicia para las víctimas de la violencia del ejército, así como tras un informe mordaz de un «Grupo de Expertos Independientes» (GIEI). Respaldado por la OEA (y financiado en parte por Estados Unidos), el GIEI llevó a cabo una investigación exhaustiva y elaboró un informe en el que se detallaban numerosos abusos de los derechos humanos y se confirmaban las dos masacres perpetradas por el régimen golpista a finales de 2019. Tras la destitución de Morales, la marea de la opinión internacional parecía adoptar el argumento de que Morales fue destituido legítimamente a raíz de un fraude, en gran parte gracias a los esfuerzos de la OEA y de los propios Estados Unidos. Pero el trabajo de una serie de investigadores académicos ha desacreditado las «pruebas» de la OEA para el golpe. Y el informe del GIEI, en contra de lo que muchos esperaban, ha documentado realmente los graves abusos del régimen golpista. La opinión internacional -y los hechos- se inclinan ahora en la otra dirección.
Aun así, en los últimos meses la oposición de derechas, desde su base geográfica en la ciudad oriental boliviana de Santa Cruz, ha ido pasando de una táctica a otra en un esfuerzo por mantener al gobierno de Arce en sus trece. Los motivos ostensibles son variados. Inmediatamente después de la victoria de Arce en octubre de 2020, un pequeño segmento de la derecha trató de movilizar las denuncias de fraude una vez más. Dado el reconocimiento internacional de que Arce ganó en unas elecciones libres y justas, ese esfuerzo se desvaneció. Unas semanas más tarde, cuando el gobierno comenzó a encarcelar a los responsables del golpe, la oposición volvió a convocar un paro nacional, alegando que había una caza de brujas política en marcha. Ese esfuerzo se basó en una división que sigue existiendo en Bolivia: entre los que creen que los acontecimientos de 2019 fueron un golpe de Estado y los que creen que la agitación fue precipitada por el intento de fraude electoral de Evo Morales. La división «golpe vs fraude» sigue siendo un abismo. La base de apoyo mayoritaria rural y urbana del MAS está en un lado (fue un golpe), mientras que las clases altas y medias, mayoritariamente urbanas, de la oposición están en el otro (fue un fraude). El hecho de que este último sector controle la mayoría de los medios de comunicación hace que el mensaje del fraude -y la historia de la «persecución política»- sea un bombardeo diario constante.
Sin embargo, este paro nacional también se esfumó. Así que la oposición intentó otra táctica: oponerse a una nueva ley destinada a detener el blanqueo de dinero generalizado. En este caso, la oposición consiguió más fuerza, alegando que algunas disposiciones de la ley aumentaban los poderes de vigilancia y de citación del Estado y constituían una violación de los derechos de los ciudadanos. Tras varios días de bloqueos, marchas y enfrentamientos, el gobierno se vio obligado a retroceder, dando a la derecha una victoria simbólica. Y, mientras varios militares e incluso la ex presidenta (de facto) Jeanine Añez están en la cárcel a la espera de ser juzgados, el gobierno no ha querido o no ha podido perseguir a uno de los principales protagonistas del golpe: Luís Fernando Camacho. Después de estar al frente del esfuerzo por derrocar a Evo Morales en 2019 -e incluso jactarse de que su padre había pagado a la policía para que se amotinara- Camacho regresó a su bastión regional de Santa Cruz para participar en las elecciones locales como candidato a gobernador. En marzo de 2021 fue elegido gobernador. Aunque su popularidad se limita a esa región oriental, el gobierno nacional no ha actuado para detenerlo por su papel en el golpe. Esto es un reconocimiento tácito de la debilidad del gobierno, reconociendo que la administración de Arce no tiene el poder suficiente para resistir la reacción que tal movimiento podría provocar.
Así, mientras que numéricamente el MAS y Arce gozan del apoyo de una mayoría popular, con gran parte de este respaldo en las zonas rurales, en las ciudades y en los medios de comunicación la situación se parece más a un estancamiento polarizado. Como escribió recientemente el analista boliviano Fernando Molina, no está del todo claro si el gobierno será capaz de procesar con éxito a los que ha encarcelado. En el caso de varias acusaciones de corrupción durante el régimen golpista, el caso es un poco más fácil. De hecho, el ex ministro de Gobernación del gobierno golpista, Arturo Molina, está sentado en una celda de Miami en este momento, acusado por las autoridades estadounidenses por su propio lavado de dinero realizado mientras estaba en el cargo. Sin embargo, para los acusados de participar en el golpe, las cosas son más complicadas. Para procesar a la ex presidenta Jeanine Añez, el gobierno necesita una mayoría de 2/3 en el Congreso, voto que no tiene. Con los detalles de los abusos del régimen golpista ahora documentados por el informe del GIEI, el informe no pesó en el debate golpe vs. fraude, dejando la narrativa en gran parte en manos de un público dividido.
Aun así, Arce mantiene una amplia popularidad en Bolivia y el regreso de la derecha no es inminente. Sin embargo, todavía hay una serie de incertidumbres y desafíos por delante. El primero es el resurgimiento de la pandemia, con tasas de infección crecientes a pesar de los esfuerzos de vacunación. El segundo es el económico. Tras un pésimo año económico en 2020, la tasa de crecimiento de Bolivia ha repuntado y se prevé un 5,1% para 2021, la media de Sudamérica. Pero los altos niveles de ingresos por exportaciones de gas natural han disminuido. En el período transcurrido desde su primera elección en 2006, los ingresos del gas permitieron a Evo Morales redistribuir la riqueza y aumentar el gasto público, lo que tuvo efectos positivos en la economía en general. Pero en 2014 los ingresos del gas iniciaron un precipitado descenso. Los gobiernos nacionales, regionales y municipales, que habían participado en la generosidad, se enfrentan ahora a profundos recortes. La posibilidad de que vuelva el boom del gas es pequeña. Muchos observadores y bolivianos se fijan ahora en el litio. Los grandes yacimientos de litio de Bolivia, situados principalmente en el departamento de Potosí, pueden prometer alguna bonanza futura. Sin embargo, el departamento de Potosí, no por casualidad, también ha sido una espina en el costado del gobierno nacional. Uno de sus dirigentes, Marco Pumari, fue el compinche de Camacho durante el golpe de Estado de 2019. Mientras Camacho sigue libre, Pumari ha sido encarcelado. Las tensiones nacionales y regionales, que han caracterizado durante mucho tiempo la relación con Santa Cruz, también se están cocinando a fuego lento en torno al tema del litio y Potosí. El gobierno de Arce no sólo tiene que lidiar con la competencia internacional por los derechos de explotación de los yacimientos de litio de Bolivia, sino también con las luchas internas vinculadas a la gestión de la riqueza que puedan generar esos yacimientos.
Incluso con todos estos retos, el escenario en Bolivia es mucho mejor de lo que podría haber sido, y la trayectoria más amplia de América Latina parece también prometedora. En Bolivia, la derecha no tiene el poder de movilización de un Trump o un Bolsonaro (como en Brasil). Aunque es difícil decir qué acontecimientos podrían desestabilizar al gobierno de Arce, por el momento la situación es mucho mejor de lo que habría sido con un régimen golpista prolongado o con el regreso de los partidos políticos neoliberales de la vieja guardia. También en América Latina las cosas están tomando un modesto giro a mejor. Junto con la reciente y abrumadora victoria del izquierdista Gabriel Boric en Chile, Xiomara Castro, una socialista democrática, ha sido elegida para la presidencia en el perenne perro faldero de Estados Unidos, Honduras. Dejando a un lado los problemas de Nicaragua y Venezuela -complicados por sí mismos-, la reelección de Lula da Silva en Brasil (si no hay un golpe militar) también se producirá probablemente en 2022. Con las tres economías más grandes de Sudamérica -Argentina, Brasil y Chile- todas vecinas de Bolivia, y todas bajo gobiernos de izquierda, el proceso histórico de cambio de Bolivia parece tener varios años más para trabajar en su tarea inconclusa: la descolonización social y económica más profunda y la democratización del Estado. Las cosas podrían ser peores.
Escritor y militante indio. Antiguo profesor de la Universidad de Delhi, actualmente es miembro del Transnational Institute d’Amsterdam. Destacan sus obras The Painful Transition: Bourgeois Democracy in India (1990) y The Rise of Hindu Authoritarianism (1997).
Traducción: Carlos Rojas
Teoría: Historia
01/10/2021
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Cómo deberían responder los marxistas revolucionarios y los progresistas en general a los últimos acontecimientos en Afganistán, donde el tan deseado fin de la ocupación estadounidense ha sido provocado por las fuerzas claramente opresoras de los talibanes? ¿Cómo ha sucedido esto? ¿Cuál es la historia de Afganistán que lo ha convertido en el supuesto «cementerio de los imperios extranjeros»? ¿A qué se enfrenta ahora su población y hacia dónde se dirige el país? Estas y otras preguntas son las que tratará de responder este artículo.
En 1747, los jefes de diferentes tribus -que controlaban sus propias tierras, fuentes de agua y fortificaciones- se reunieron en un consejo histórico o jirga para nombrar a un señor de lo que sería el primer estado afgano, mayoritariamente pastún. Fue Ahmad Shah Saddozai, también conocido como Ahmad Shah Durrani y Ahmad Khan Abdali. Bajo su reinado, el Estado afgano se expandió gracias a las conquistas territoriales (fue el vencedor contra el ejército maratha en la tercera batalla de Panipat, 1761), pero tras su muerte en 1772 las luchas intestinas entre tribus, ramas y entre varios pretendientes al trono continuarían durante más de un siglo. Los imperios zarista y británico que crecían en estas regiones también trataban de ampliar su propio control territorial y su influencia política con los gobernantes de Kabul. En este juego geopolítico, Londres, más que Moscú, se llevó la palma.
En la guerra de 1839, los militares británicos lograron entronizar al Shah Shuja, uno de los reclamantes afganos, como su títere. Pero una cosa era tener influencia sobre el gobernante nominal en Kabul y otra controlar el país, los diversos jefes tribales y señores de la guerra con sus feudos o el público en general. Tres años más tarde, las fuerzas británicas, que no estaban dispuestas a sufrir los elevados costes en bajas de personal o gastos financieros, fueron expulsadas. Este sería un patrón que se repetiría a lo largo del siglo XIX. Los británicos buscaron la aquiescencia de la Corte de Kabul en materia de política exterior y la mantuvieron dependiente de los estipendios que desembolsaban, pero se mantuvieron al margen del díscolo y ferozmente independiente escenario político interno. Con el tiempo, los británicos también adquirieron importantes territorios, de modo que una gran parte de la región pastún pasó a formar parte de la India británica (más tarde, la Provincia de la Frontera del Noroeste o NWFP del Pakistán independiente) y esto se formalizó mediante el Tratado de 1893, que convirtió la Línea Durand en la frontera internacional. Sin embargo, ningún gobierno afgano aceptó la línea Durand como algo permanente. Este acuerdo general de reparto de poder entre Kabul y Londres convenía a este último, pero incluso esta situación llegaría a su fin en 1919 con otra derrota militar y la aceptación británica de la plena soberanía y la completa independencia de Afganistán bajo su nuevo gobernante Amanullah Khan.
Khan, un nacionalista modernizador, se vio influido, en primer lugar, por la Revolución Persa de 1906, que introdujo una forma limitada de democracia electoral y algunos derechos cívicos asociados, al tiempo que conservaba el poder y los privilegios reales; en segundo lugar, por los impulsos seculares y modernizadores del kemalismo en Turquía; y más tarde por la Revolución Rusa de 1917. Su reinado duró diez años hasta su abdicación forzosa en 1929 bajo la presión de los opositores internos, con la complicidad indirecta de los británicos, que temían el impacto que su gobierno y sus reformas tendrían sobre su dominio en la India, cuyas propias luchas por la independencia se aceleraron enormemente tras la masacre de Jalianwala Bagh en 1919. En estos diez años, Khan estableció la Constitución de 1923, que declaraba una serie de derechos cívicos individuales, la igualdad sexual, la educación universal gratuita, reducía el poder de los ulemas y de la ley islámica, pronunciaba nuevos derechos para las minorías étnicas, a la vez que centralizaba más poderes en manos reales para seguir con sus objetivos modernizadores. En una sociedad que aún no contaba con una burguesía de tamaño razonable, y menos aún con una progresista, estos cambios endurecieron todos los flancos de la oposición a este. Las enmiendas de 1925 y 1931 redujeron las reformas sociales y laicas, retiraron las referencias a las mujeres y reafirmaron el Islam como religión del país, al tiempo que oficializaron la escuela de jurisprudencia hanafí. También se crearon dos cámaras del «parlamento», sin capacidad de legislar, sino sólo de asesorar al rey.
El nuevo rey, Nadir Shah, fue asesinado en 1933 y su hijo Zahir Shah, un nacionalista moderado, reinó durante los siguientes cuarenta años. Intentó establecer un equilibrio entre Occidente y la Rusia soviética, buscó ayuda de todos los bandos y se mantuvo neutral en la Segunda Guerra Mundial. Se había producido cierta modernización y desarrollo capitalista; había surgido una clase educada y Kabul era la sede de una universidad en la que los estudiantes se radicalizaban de diferentes maneras. Crecía un movimiento republicano y, teniendo en cuenta que en Asia occidental y el norte de África los reinos tradicionales habían sido derrocados por movimientos desde abajo, Zahir Shah vio la conveniencia de avanzar hacia un sistema monárquico constitucional menos autocrático. En la Constitución de 1964, aunque el Islam seguía siendo la religión del país, la soberanía formal recaía ahora en el pueblo y el derecho estatutario y un poder judicial independiente sustituían a la sharia, que regía en ausencia del derecho estatutario. El sufragio total de los adultos se realizaría cada cuatro años para las elecciones a la Cámara Baja del Pueblo, mientras que los diputados de la Cámara Alta de los Ancianos serían nombrados por el Rey, un Consejo Provincial y por el Presidente de la Cámara. Se declaró la igualdad formal de hombres, mujeres y todas las tribus. Pero el poder ejecutivo real recaía únicamente en el Rey y en sus asesores elegidos, ya que todos los demás miembros de la familia real tenían prohibido constitucionalmente participar en la política. El Parlamento podía ratificar tratados, supervisar el presupuesto nacional y promulgar leyes, siempre que fueran aprobadas por la Cámara Alta, no elegida y controlada. Los partidos de la oposición estaban autorizados y podían hacerse oír ampliamente. El auge mundial de la juventud de los años sesenta y setenta también dejó su huella aquí, con los estudiantes de Kabul divididos entre los comunistas atraídos por la URSS y su versión del marxismo y los menos numerosos atraídos por las variantes de un código islámico que cubría la organización de la vida política, social y personal. Esta división proporcionaría los cuadros y líderes clave del futuro conflicto político-organizativo entre las dos fuerzas radicalizadoras (laicas frente a religiosas).
El PDPA, formado en 1965, siempre tuvo dos facciones principales, la mayor Khalq (Masas) y Parcham (Bandera). Mohammed Taraki, del primero, fue nombrado secretario general y Babrak Karmal, del segundo, primer secretario. Los cuadros del primero procedían en su mayoría de entornos rurales de campesinos medios y más pobres; los del segundo, de sectores urbanos de clase media y alta, y eran menos radicales en sus reivindicaciones modernizadoras, tenían menos prisa por alcanzar el objetivo socialista y, por tanto, estaban más dispuestos a trabajar con otros grupos conservadores y religiosos que buscaban un Afganistán más fuerte y materialmente desarrollado. Este pequeño partido, cerrado ideológica y organizativamente, consiguió que tres de sus ocho candidatos fueran elegidos para la cámara baja en las elecciones de 1965. Las posteriores manifestaciones de los estudiantes de izquierdas se encontraron con la violencia del Estado y el periódico editado con el nombre de «Khalq» fue cerrado. Acusando a la facción mayoritaria de «aventurerismo de izquierdas» injustificado, Parcham, dirigido por Karmal, se separó del partido en 1967.
La mala situación económica general después de 1967 se deterioró drásticamente en 1971-72 debido a la peor hambruna de la historia del país, que causó al menos medio millón de muertos. El momento era oportuno para Mohammed Daud, primo de Zahir Shah, que también había ocupado puestos ministeriales clave bajo su mandato y que estaba molesto por la prohibición política constitucional de la familia real. Con la ayuda, sobre todo, del Parcham y de oficiales del ejército entrenados e influenciados por los soviéticos, dio un golpe de Estado en julio de 1973, mientras el rey se encontraba en Italia. El primer acto de Daud fue establecer la República de Afganistán, anulando la Constitución de 1964. Personalmente ambicioso y con promesas de reformas, Daud comenzó a actuar contra sus antiguos partidarios y en 1975 había eliminado a los parchamitas de su gobierno, así como a los oficiales del ejército que permitieron su golpe. En política exterior se alejó de la URSS y se acercó al Sha de Irán y a su policía secreta (SAVAK), que prometía ayuda y constituía un contrapeso a Pakistán, con quien las relaciones se estaban deteriorando. Ello se debió a que Daud, también pashtún, comenzó a promover un nacionalismo pashtún transfronterizo que ahora parecía más concebible, ya que Bangladesh se había separado con éxito, mientras que las resistencias nacionalistas tanto en Baluchistán como en la Provincia Fronteriza Noroccidental habían aumentado en la misma época. Junto a estas ambiciones transfronterizas, Daud también llevó a cabo una renovada represión de los comunistas locales, que condujo a la reunificación de las dos alas del PDPA en 1977. Aunque Daud abandonó formalmente su apoyo a un mayor Pushtunistán, como querían Pakistán y Estados Unidos, esto no salvaría su gobierno.
La Revolución de Saur comenzó como respuesta a un ataque de Daud. El 17 de abril,1978, el asesinato del número dos del Parcham, Akbar Khyber Khan, seguido de las detenciones de los máximos dirigentes de ambas alas, desencadenó el golpe de autodefensa del PDPA, llevado a cabo con la ayuda de oficiales clave del 4º Cuerpo Blindado y de un escuadrón de la fuerza aérea. Los continuos fracasos del desarrollo económico habían alienado a la opinión pública y el resto de las fuerzas armadas no acudieron al rescate de Daud. La repentina subida al poder en Kabul el 27 de abril no curó las tensas diferencias entre el Khalq y el Parcham, pero estas se disiparon por el momento nombrando a Taraki Primer Ministro, Karmal como uno de los tres viceprimeros ministros, mientras que los otros dos recayeron en Hafizullah Amin (rival de Taraki dentro del Khalq) y en Mohammed Aslam Watanjar, que había comandado el Cuerpo. Los puestos del Comité Central y del Gabinete se repartieron a partes iguales entre las dos facciones. Aunque el PDPA era prosoviético, la Revolución de Saur tomó a Moscú por sorpresa.
El número total de miembros del PDPA era muy inferior a 10.000 y no tenía una implantación real entre la masa de soldados, entre el grueso del personal del gobierno, mientras que más allá de Kabul tenía una presencia insignificante en un país predominantemente rural. En adelante, como gobierno estalinista de partido único, trató de llevar a cabo un programa de reformas agrarias y sociales de forma puramente descendente mediante decretos aplicados a través del aparato administrativo. Esto, como es lógico, creó una hostilidad popular que, a su vez, exacerbó las diferencias existentes entre las dos facciones. La lucha interna por las posiciones dentro del gobierno se decantó por el Khalq, que en noviembre de 1978 había conseguido en gran medida expulsar a su rival. El «Tratado de Cooperación y Amistad» soviético-afgano de diciembre de 1978 supuso el reconocimiento del aislamiento sociopolítico del PDPA, pero no puso fin a esta rivalidad ni evitó las crecientes tensiones en el seno del Khalq, expresadas en el conflicto entre Taraki y Amin.
¿Qué pasa con las reformas propuestas? Un 4% de la población poseía alrededor del 41% del total de 19 millones de acres de tierra cultivable. Las reformas agrarias ayudaron inicialmente a una parte de los pobres del campo, al igual que la cancelación de la deuda. Pero la ausencia de facilidades de crédito rural y de apoyo infraestructural en forma de semillas, fertilizantes, comercialización y otras facilidades vitales supuso que los nuevos propietarios de tierras empoderados no pudieran mantenerse a sí mismos ni a sus familias. Así que la alienación de los supuestos beneficiarios de la reforma agraria se sumó al enfado de los grandes terratenientes y los jefes tribales. Se reconocieron los derechos culturales-lingüísticos de los grupos étnicos y se legalizaron los sindicatos, pero no hubo derecho a la huelga. En el ámbito social, se prohibieron los matrimonios infantiles, se legalizó la igualdad de género, se redujo el precio de la novia a una cantidad nominal y se exigió el consentimiento mutuo para contraer matrimonio. Se estableció la obligatoriedad de la coeducación en todos los niveles, se inauguró una campaña de alfabetización y se planificó la construcción de centros educativos y médicos que, con el tiempo, se cumplieron de forma limitada y geográficamente desigual. Sin una base de cuadros significativa, y mucho menos con una popularidad masiva, este ataque ideológico-político a las creencias y estructuras islámicas arraigadas y a los centros de poder que se entrecruzan, especialmente en el campo, solo despertó una oposición y una ira masivas. La resistencia de los jefes tribales, los comandantes locales, los señores de la guerra étnicos y una serie de líderes islamistas se alzó contra el PDPA ateo. Esto se vio favorecido por los flujos de fondos y equipos militares de Estados Unidos, los aliados de la OTAN, Pakistán e Irán, cada uno de los cuales tenía sus propios «intereses». Este apoyo externo se ampliaría drásticamente tras la invasión soviética de diciembre de 1979 e incluyó el apoyo material de Estados Unidos a Bin Laden y Al Qaeda.
La implosión de la Revolución Saur comenzó con el asesinato de Taraki, organizado por el ambicioso Amin (del que Moscú sospechaba que podía tener conexiones con Estados Unidos). La inestabilidad resultante desencadenó una intervención militar soviética, una cadena de acontecimientos respaldada por el tratado de 1978 con los soviéticos. Amin, atrincherado en el palacio presidencial y sorprendido por la intervención soviética en su contra, fue encontrado muerto a tiros una vez que se asentó el polvo. Un Moscú reticente, que siempre se mostró partidario del enfoque más prudente de Parcham, volvió a poner a Karmal al frente del PDPA. Mientras unos 100.000 soldados soviéticos trataban de controlar las ciudades, los grandes pueblos y las principales guarniciones, el partido no tenía ninguna base real fuera de la capital. Allí, un cúmulo de grupos rebeldes muyahidines descoordinados dominaba el campo. Para intentar cambiar esta situación, las fuerzas armadas soviéticas lanzaron una seria campaña de bombardeos que incluía el uso de minas terrestres para despoblar básicamente el interior rural. Esto no solo provocó un mayor descontento entre la población, sino que no consiguió desalojar a los muyahidines, cuya adquisición de misiles antiaéreos de hombro (suministrados por Estados Unidos y el Reino Unido) contrarrestó con éxito la potencia aérea soviética.
A este estancamiento militar se sumaron los crecientes costes financieros y de personal para los soviéticos, que perdieron 15.000 soldados y muchos más heridos, un recuento mayor que el de Estados Unidos más adelante. Sin embargo, la brutalidad de la cada vez más insensata ocupación soviética fue significativa. Las bajas afganas, civiles y de otro tipo, fueron del orden de una o dos lakhs, aunque probablemente sean bastantes más. Alrededor de 2,8 millones huyeron a Pakistán, que sería la principal fuente de reclutamiento y formación de jóvenes estudiantes talibanes que, a diferencia de sus padres y mayores, habían perdido toda conexión con los lazos y lealtades tradicionales y debían estar unidos ideológicamente por la inculcación de una variante extrema del Islam Deobandi. Dejando de lado el enorme número de desplazados internos, otro millón y medio huyó a Irán. Ante la oposición, Moscú ralentizó las reformas y pasó a buscar mayores compromisos y acomodos con las fuerzas que se rebelaban contra la ocupación. Esto provocó diferencias incluso dentro del PDPA, ahora predominantemente parcham. Karmal fue sustituido al frente por Najibullah Khan en 1986, el año en que Gorbachov decidió retirarse, decisión que se completó a mediados de febrero de 1989. En este interregno de 1986-89, se puso en marcha un programa de «Reconciliación Nacional» y una Asamblea Nacional para la que se celebraron elecciones en 1988. El Islam se convirtió en la «religión sagrada» del país. Hubo propuestas frustradas para formar un gobierno de coalición con los partidos de la oposición. En abril de 1988 se firmaron los Acuerdos de Ginebra entre Pakistán y Afganistán, en los que ambas partes se comprometían a no interferir y a permitir el regreso voluntario de los refugiados. Estos Acuerdos contaron con el apoyo de Estados Unidos y la URSS, y cada uno de ellos prometió la no injerencia en los dos países, al tiempo que se fijó un calendario para la retirada total de la Unión Soviética.
Parte de la razón por la que Gorbachov decidió retirarse fue su esfuerzo por poner fin al propio enfrentamiento de la Guerra Fría. Sin embargo, los sucesivos gobiernos estadounidenses, envalentonados por el posterior colapso soviético y del bloque oriental en 1991, no dudaron en traicionar los Acuerdos de Ginebra y seguir canalizando armas y dinero a los opositores muyahidines del PDPA. El PDPA, por su parte, adoptó el nuevo nombre de Partido de la Patria en 1990 y abandonó toda referencia al marxismo-leninismo. Al año siguiente, el gobierno se desmoronó, pero los diversos grupos muyahidines, a pesar de los esfuerzos saudíes respaldados por Estados Unidos, fueron incapaces de unirse y la guerra civil continuó entre las fuerzas islámicas rivales. Los refugiados siguieron acudiendo a Pakistán e Irán, así como los desplazamientos internos masivos. La principal línea de batalla en esta guerra civil era ahora entre los talibanes, mayoritariamente pastunes, formados oficialmente en 1994 y respaldados por Pakistán, y la Alianza del Norte, formada por diferentes señores de la guerra. En 1996 los talibanes habían capturado más del 80% del país y entrado en Kabul.
Estableció el «Emirato Islámico de Afganistán» y aplicó su propia y muy estricta interpretación de la sharia. Se prohibieron los trabajos para las mujeres fuera de la sanidad segregada. Se impusieron códigos de vestimenta cerrados para las mujeres en público, en los que debían estar acompañadas por un pariente masculino, mientras que a las niñas se les negaba el acceso a la educación escolar y universitaria. Diversas actividades culturales y recreativas fueron calificadas de antiislámicas y provocaron severos castigos. Los chiíes, las comunidades religiosas no musulmanas y las minorías étnicas se enfrentaron a graves discriminaciones y restricciones culturales. Los talibanes tampoco fueron capaces de resolver adecuadamente la terrible situación económica de la mayoría de la población, asolada por años de guerra. Solo Pakistán, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos reconocieron el nuevo régimen, lo que limitó las perspectivas de conseguir la tan necesaria ayuda exterior al desarrollo y la ayuda humanitaria. La estabilidad del régimen talibán fue el resultado del agotamiento de la población más que del consentimiento activo. La resistencia armada se limitó a pequeños focos en el norte.
Las actitudes y políticas iniciales de Estados Unidos no eran hostiles al régimen talibán. Aunque no se produjo un reconocimiento diplomático formal, se creó una «oficina» afgana en Nueva York para mantener el contacto. Clinton aprobó la oposición de los talibanes a Irán, que había apoyado a los hazaras contra los que los talibanes habían luchado anteriormente. Washington también estaba intentando que el proyecto de oleoducto TAPI (Turkmenistán-Afganistán-Pakistán-India) se concediera a un consorcio de empresas dirigido por Estados Unidos frente a un rival argentino. El acuerdo no fructificó y en 1998 Al Qaeda fue sospechoso de la realización de atentados en las embajadas de Estados Unidos en Kenia y Tanzania. Clinton respondió con atentados en Sudán y a las bases de Al Qaeda en Afganistán. A partir de ese momento, las relaciones se deterioraron constantemente, pero no impidieron un acuerdo en el 2000 por el que Estados Unidos pagó 43 millones de dólares a los talibanes por quemar los campos de adormidera bajo su control; lo que, por cierto, permitió a la Alianza del Norte tener el monopolio de los ingresos del opio.
Los atentados del 11-S en Nueva York y Washington constituyeron crímenes internacionales contra la humanidad. Pero no fue así como lo vio el gobierno estadounidense. Eso significaría designar a los culpables (de los 19 secuestradores, 15 eran saudíes y ninguno afgano) como criminales, así como a la red de Al Qaeda; e ir tras los responsables específicamente. En cambio, el gobierno estadounidense declaró que el 11-S era la primera salva contra él por parte de los terroristas en una guerra global. Además, se afirmó inmediatamente que no habría distinción entre los culpables (y los terroristas en general) y el país o países que los albergaban. Esto sirvió al objetivo mucho más amplio de la política exterior de EE.UU. porque transformó un conflicto contra una red no estatal en un conflicto entre él mismo y una serie de Estados que ahora podían, con justificación propia, ser atacados e invadidos. Se llenó una lista oficial de países de los que se decía arbitraria y selectivamente que albergaban grupos terroristas, así como una lista de organizaciones terroristas (los talibanes se añadieron por primera vez a esta lista).
Durante las dos décadas siguientes, en nombre de la Guerra Global contra el Terrorismo (GWOT), Estados Unidos, bajo diferentes presidentes (Clinton, Obama, Bush), atacaría nueve países de mayoría musulmana creando las condiciones para que hubiera varios millones de muertos. El jefe de los talibanes, el mulá Omar, condenó los atentados del 11-S y se ofreció a entregar a Bin Laden a la Organización de la Conferencia Islámica (OCI) para que fuera juzgado. Sin embargo, los intereses de Estados Unidos no solo tenían que ver en parte con la captura de Bin Laden o la destrucción de Al Qaeda. Había ambiciones más amplias en juego. En consonancia con los objetivos estratégicos de la posguerra fría, el control de Afganistán supondría un espectacular avance geopolítico y militar, implantando a Estados Unidos en una región fronteriza con sus tres rivales potenciales o reales más importantes -Rusia, China e Irán-, además de proporcionarle un acceso mucho mayor a las mayores fuentes de riqueza de hidrocarburos, entonces sin explotar, en las repúblicas de Asia Central.
A partir del 7 de octubre, 2001, se produjeron seis semanas de intensos bombardeos que incluyeron el uso de letales «cortadores de margaritas» y bombas de racimo, seguidos de una gran afluencia de tropas. Al final, 2001Estados Unidos tenía el mando completo. ¿Cómo fue posible? La clave fue la presión y las amenazas de Estados Unidos a Pakistán. Este último persuadió a los talibanes para que conservaran a sus combatientes, abandonaran el control político, se fundieran en el campo y en las tierras pastunes a ambos lados de la Línea Durand; y así poder luchar otro día siempre y cuando fuera necesario. Incluso después de esta rápida victoria, Estados Unidos gobernó básicamente a través de un apoderado, estableciendo un gobierno representativo de las diversas facciones socialmente brutales de la Alianza del Norte y dirigido por Hamid Karzai. A los bombardeos a gran escala se añadieron las misiones de «búsqueda y destrucción» de Estados Unidos contra un enemigo físicamente desconocido, lo que se traduciría en brutalidades a nivel masivo contra las familias rurales, provocando una amargura cada vez mayor entre amplios sectores de la población. Hubo que tolerar el posterior auge de la producción e intercambio de adormidera/opio, ya que era una fuente importante y creciente de riqueza para los grupos de la Alianza del Norte. En resumen, Estados Unidos gobernó a través de regímenes títeres corruptos cuya «lealtad» se extendía solo hasta donde podía llegar su patrocinio, mientras que dejaba a las masas del campo sujetas al complejo entrecruzamiento de los centros de poder tradicionales en los que ahora se estaban insertando y expandiendo las fuerzas subterráneas de los talibanes.
Durante los siguientes veinte años, la mayor parte de los más de 2 billones de dólares aportados por Estados Unidos se gastaron en las fuerzas de ocupación, el personal relacionado y las redes de apoyo. Gran parte del resto fue drenado por los colaboradores afganos. Se produjo cierto desarrollo en las ciudades y las ONG financiadas con fondos extranjeros, nacionales e internacionales, se convirtieron (en salarios e instalaciones) en proveedores de servicios de «alto mantenimiento» para algunos sectores de la población. En términos generales, Afganistán siguió siendo pobre, pero con mayor desigualdad en cuanto a ingresos y riqueza. Su clasificación como país en 2019 fue de 148 de 183 (esperanza de vida), 166 de 191 (mortalidad infantil), 165 de 191 (mortalidad de menores de 5 años), 176 de 178 (jóvenes no escolarizados ni empleados). La Constitución de 2004 estableció un mandato presidencial de cuatro años elegido al estilo estadounidense y restableció las dos cámaras parlamentarias. Se concedieron algunos derechos civiles y políticos y el poder judicial debía estar separado del ejecutivo. Pero el inconveniente crucial era que todas las leyes y derechos quedaban subordinados a la ley islámica para esta «República Islámica de Afganistán». Esto significaba que los poderes que gobernaban a nivel central y provincial y cuáles eran sus opiniones y creencias religiosas, decidirían qué prácticas y derechos de comportamiento serían aceptables. La base aérea de Bagram se entregó en el 2005 a Washington por el tiempo que quisiera.
A partir de 2004/5 los talibanes empezaron a revivir. Su rigor puritano les permitía actuar localmente como árbitros relativamente incorruptibles de diversas disputas, así como los únicos o principales oponentes de la invasión extranjera, el gobierno corrupto y sus factótums. No fueron las «virtudes» de los talibanes ni su lealtad ideológica lo que les dio un creciente apoyo popular, sino mucho más las condiciones negativas -económicas, sociales y políticas-, de la situación realmente existente de la que se responsabiliza el régimen actual. Entre 2005 y 2009, los talibanes, ahora dispuestos a moderar sus programas y prácticas socioculturales, y buscando reclutas entre tayikos, uzbekos e incluso hazaras, se expandieron territorialmente desde sus principales bastiones en el sur. También fue capaz de infiltrarse en la policía y el ejército afganos, y sus acciones de guerrilla empezaron a cambiar las tornas. Por un lado, estaba esta reorganización de los talibanes y por otro la creciente venalidad del gobierno afgano y de los miembros de la Alianza del Norte. En esta situación, para un número cada vez mayor de personas, la cuestión se convirtió simplemente en elegir entre dos bandos: una resistencia por muy puritana que fuera y un régimen corrupto incapaz de abordar los problemas de desarrollo de la mayoría de la población y respaldado por los invasores extranjeros.
Sin embargo, los veinte años de guerra en Afganistán también han desestabilizado a Pakistán. Estados Unidos, al percibir el resurgimiento de los talibanes a partir de mediados de la década de 2000, decidió que tenía que atacar el «refugio seguro» de los talibanes en la Provincia de la Frontera Noroeste de Pakistán. Para ello, Washington negoció el regreso de Benazir Bhutto con Musharraf en 2008. Los. términos de ese acuerdo significaban que él seguiría siendo presidente para un tercer mandato, mientras que se retirarían los cargos de corrupción contra ella. Ella y su Partido Popular de Pakistán (PPP) participarían en las elecciones, lo que casi con toda seguridad la impulsaría a la presidencia, y ambos respaldarían que Estados Unidos convirtiera el conflicto en una guerra «Afpak» mediante la realización de ataques con aviones no tripulados y bombas en la Provincia de la Frontera Noroeste y, especialmente, en las Áreas Tribales Administradas Federalmente (FATA), más autónomas. En el transcurso de la campaña electoral, Bhutto fue asesinada. El marido de Bhutto, Asif Zardari, en medio de una ola de simpatía pública y de un levantamiento popular contra Musharraf liderado por abogados, llevó al PPP a la victoria en 2008. Musharraf se vio obligado a exiliarse y Zardari asumió la presidencia del país, comprometido con el acuerdo con Estados Unidos que implicaba el ataque a las FATA. El ejército pakistaní tenía serios reparos a los bombardeos estadounidenses, muy consciente de que esto alienaría a la población, avivaría el nacionalismo pastún y también contribuiría a poner a los Tehrik-e-Taliban (una fuerza auxiliar de los talibanes afganos), con base en Pakistán, en contra del gobierno y el ejército. A pesar de los pagos materiales y monetarios de Estados Unidos al ejército y al gobierno, y de los prolongados bombardeos y la guerra con aviones no tripulados en las FATA, ninguno de estos esfuerzos pudo impedir el constante avance de los talibanes afganos. Sin embargo, el coste humano para la población de la región aumentó constantemente y el asalto estadounidense ha creado, como característica más duradera, la hostilidad duradera de los talibanes pakistaníes tanto hacia Islamabad como hacia Washington.
A mediados de la segunda década del siglo XXI, Estados Unidos se enfrentaba a tres opciones. ¿Debía seguir apoyando al ejército afgano (que no mostraba ninguna capacidad real de combate) y al régimen títere cuyos principales líderes -Karzai, Abdullah, Ghani- estaban enfrentados entre sí? ¿Debería adoptar una actitud de espera a más largo plazo, con todo lo que ello conllevaría en términos de mayor inversión de personal y recursos? ¿O debería comenzar el proceso de reducción y salida? Primero Trump y luego Biden hicieron tratos con los talibanes que, salvo gestos de reconocimiento para salvar la cara del gobierno afgano saliente, significaron efectivamente su abandono. Pero la pregunta crucial sigue siendo: ¿por qué, en última instancia, Estados Unidos decidió marcharse?
La guerra de Vietnam es, en opinión de este escritor, el punto de inflexión fundamental. El número de muertos de EE.UU. allí, dejando de lado a los heridos, fue de más de 58.000. Desde entonces, ningún gobierno estadounidense ha sido capaz de vender a su propio público su disposición a sacrificar vidas familiares que supongan siquiera una quinta parte de ese total. El hecho de que EE.UU. conserve una inmensa potencia de fuego y una capacidad inigualable para infligir matanzas a larga distancia a escala masiva significa que es capaz de realizar avances iniciales en el campo de batalla con considerable facilidad contra los ejércitos contrarios en la mayor parte del mundo. Esto es lo que ocurrió en Afganistán en 2001 y en Irak en 2003. Pero es cuando se convierte en una fuerza de ocupación que tiene que trabajar sobre el terreno en medio de un público alienado, es cuando puede surgir el verdadero dilema. Después de Vietnam, EE.UU. no puede sufrir fácilmente el alto nivel de bajas de personal oficial que puede producirse durante una ocupación prolongada durante muchos años si hay una resistencia guerrillera armada igualmente decidida, llevada a cabo mediante el apoyo rural y urbano, que se enfrenta a ella y está dispuesta a luchar por mucho tiempo. Los ejércitos locales pagados o los mercenarios extranjeros que sustituyan al personal militar oficial de EEUU en las acciones no serán suficientes si el número de muertos entre estos últimos (y ellos) es demasiado alto y el gobierno respaldado localmente es incapaz de establecer su mandato de forma estable y que apoye los intereses económicos y políticos de EEUU. En el Irak de hoy y de ayer, el régimen chiíta que gobierna está más cerca de Irán que de Estados Unidos y las luchas internas continúan. En Afganistán, la sucesión de gobiernos proestadounidenses nunca ha tenido el respaldo público necesario para prometer la estabilidad futura, y mucho menos el fin de la resistencia actual. En resumen, los beneficios políticos y económicos (¿alguien, salvo los liberales autoengañados, cree que el motivo principal de las incursiones extranjeras de Estados Unidos es la exportación de la democracia, los derechos humanos y la igualdad de género?) han resultado ser demasiado bajos en comparación con los costes monetarios y físicos de mantener una ocupación de alto nivel. Si Irak ha proporcionado esta lección a EE.UU., en Afganistán el retroceso es aún más descarnado y completo.
Ante esta retirada, los talibanes tenían asegurada la victoria sobre el terreno, aunque la rapidez con la que se produjo fue una sorpresa. A finales de agosto de 2021, los talibanes y sus gobernantes habían tomado la mayor parte del país, incluida Kabul, aunque quedaban focos de resistencia armada. En este periodo de ocupación los muertos estadounidenses (soldados y contratistas) han sido unos 6.500. En cambio, estimaciones extremadamente conservadoras de fuentes universitarias estadounidenses, afirman que el total de muertes afganas hasta finales de 2019 (soldados/policía del gobierno, combatientes de la oposición, civiles) fue de alrededor de 160.000. Otras fuentes más cercanas al presente, que intentan tener en cuenta las muertes no declaradas, tienen estimaciones de víctimas civiles que van desde unos cientos de miles hasta un millón o más. Alrededor de cuatro millones de afganos han sido desplazados internamente y unos 2,7 millones se han convertido en refugiados externos.
La evolución futura de Afganistán es obviamente incierta. El comportamiento de otros países, especialmente de las principales potencias vecinas como Pakistán, China, Irán y Rusia -dejando de lado a la India y a las repúblicas centroasiáticas limítrofes de Turkmenistán, Uzbekistán y Tayikistán- dependerá de una u otra manera de lo que ocurra a corto y medio plazo en Afganistán. Es cierto que este talibán ha aprendió de su anterior aislamiento internacional y reconoce que, en las dos décadas transcurridas desde su último gobierno, se ha producido un aumento absoluto y proporcional de un sector más amplio de la población, sobre todo, aunque no solo, en las ciudades y los grandes pueblos, que busca los beneficios de una mayor modernización, es decir, más bienestar material, educación, igualdad de género y libertades personales. Hasta ahora, los indicios apuntan a que, desde el punto de vista económico, los talibanes saben que necesitan tanto ayuda como inversiones extranjeras para desarrollar su considerable riqueza mineral, además de tener que hacer algo para resolver sus graves problemas agrarios y de desempleo/subempleo. Aunque su actual interpretación de la sharia y de los «dictados» islámicos sea algo menos puritana y extrema en lo que respecta a los derechos de las mujeres y las niñas, sigue siendo una fuerza muy misógina que seguirá estableciendo prescripciones sobre la presencia y el comportamiento públicos, por ejemplo, la educación segregada, el control de las vías de trabajo y los puestos en ellas, las restricciones en la vestimenta y la socialización. Reveladoramente, parece que el Gabinete que se está estableciendo va a ser exclusivamente masculino. Sin duda, los talibanes impondrán la censura en los medios de comunicación impresos, electrónicos y sociales.
No habrá ningún movimiento para instaurar un sistema democrático (que antes no existía de forma adecuada o veraz) y probablemente será gravemente discriminatorio para los chiíes y otras minorías religiosas y étnicas. Desde el punto de vista político, la cuestión clave a corto plazo es si se producirá un giro hacia una guerra civil. Si esto no se evita, se puede estar seguro de que las potencias externas volverán a apoyar a sus apoderados particulares en las luchas por la ventaja y la supremacía. ¿Hasta dónde llegarán los talibanes para compartir el poder con los líderes de otros grupos étnicos, con los señores de la guerra y con los líderes provinciales? ¿Y hasta qué punto se repartirá el botín? ¿Puede garantizarse algún tipo de sistema de gobierno más duradero, aunque flexible y de coalición, en la mayor parte del país? Los últimos indicios apuntan a que, si bien algunos otros pueden ser acomodados en los niveles de gobierno y administrativos más bajos, el dominio de los pastunes se mantendrá.
Las perspectivas de las principales potencias extranjeras dependerán de la eficacia con la que los talibanes sean capaces de contener los numerosos conflictos que existen desde hace tiempo en la sociedad afgana y de impedir que actúen los grupos islamistas radicales comprometidos con el fomento de las luchas en otros países. En este sentido, hay otra cuestión de importancia clave. ¿Pueden los principales líderes talibanes, como Habitullah Akhundzada y el mulá Baradar, controlar a la facción Haqqani en el interior y a fuerzas como el Estado Islámico en el exterior? Tanto Haqqani como el EI son contrarios a los chiíes y hasta ahora están muy comprometidos con la exportación de sus variantes del Islam radical. Este será un punto de fricción incluso para las potencias no estadounidenses que siguen la evolución de Afganistán. Por ejemplo, China: ya tiene importantes inversiones mineras en Afganistán; promete ayuda y más inversiones importantes para la extracción de minerales, especialmente de litio.1 La expansión de la Iniciativa del Cinturón y la Ruta (BRI) hacia y a través de Afganistán, Pakistán e Irán es otro proyecto pendiente de realización.2 Desde el punto de vista geopolítico, la consolidación de un «contracuarteto» de China, Irán, Rusia y Pakistán contra las alianzas lideradas por Estados Unidos que pretenden exprimir a cada uno de estos países solo se vería facilitada por unas relaciones sólidas con un Afganistán que tiene sus propios motivos para temer futuras represalias y presiones. Sin embargo, la responsabilidad de Kabul frente a Pekín es que no debe permitir que el Movimiento Islámico del Turquestán Oriental (ETIM) que existe en
Afganistán para llevar a cabo acciones de apoyo, armadas o no, a los uigures reprimidos en la provincia china de Xinjiang, al otro lado de la frontera.
Históricamente, Pakistán era el único país de mayoría musulmana que, comparativamente, contaba con el ejército más aguerrido, la mayor reserva de técnicos y expertos cualificados, el único que disponía de la bomba nuclear y era el aliado más o menos fiel de Estados Unidos desde hacía mucho tiempo. Servía a los intereses de este último en Asia Occidental con sus estrechos lazos militares y políticos con Arabia Saudí, además de ser un contrapeso a Irán. También fue, debido a su influencia en Afganistán, una plataforma de lanzamiento para las ambiciones estadounidenses en Asia Central. En la actualidad, Pakistán ha perdido la mayor parte de su relevancia geopolítica para Estados Unidos. Los recientes «Acuerdos de Abraham», respaldados por Estados Unidos, entre Israel, por un lado, y los Emiratos Árabes Unidos, Omán y Bahréin, por otro (con el silencioso asentimiento de Arabia Saudí, cuya inauguración de relaciones diplomáticas formales con Israel esperará probablemente a la ascensión al trono del actual príncipe heredero Mohammed bin Salman) representan un cambio significativo en la región. En este nuevo reordenamiento de poderes, que simboliza sobre todo la unidad implícita de intereses entre Arabia Saudí e Israel contra Irán, Pakistán deja de ser un aliado importante para los intereses de Estados Unidos respecto a Asia Occidental. La pérdida de Afganistán también debilita la relevancia de Islamabad con respecto a Asia Central, mientras que India, el rival del sur de Asia, recibe una factura mucho mayor, tanto económica como geopolíticamente, para contener a China en la región de Asia-Pacífico. Pakistán se ve empujado por las circunstancias hacia una mayor consolidación del cuarteto contrario mencionado anteriormente. Su política militar de tener «profundidad estratégica» frente a India significa que quiere mantener relaciones estrechas con los talibanes afganos, pero no quiere una situación en la que vuelva a sufrir una gran afluencia de refugiados, la extensión del comercio de opio o un mayor estímulo al nacionalismo pushtuni.
Rusia, al igual que China, tiene en cuenta las oportunidades económicas y también ve virtudes en la consolidación del contra-cuarteto -quizás con la presencia de Afganistán, mejor llamado quinteto-. La principal preocupación de Moscú es mantener su «esfera de influencia» con respecto a Turkmenistán, Uzbekistán y Tayikistán, especialmente este último, que es el que está más bajo su influencia. Estos tres Estados laicos de línea dura son también muy autoritarios, por lo que la resistencia dentro de estos países ya sea fuerte o débil, está dirigida por fuerzas fundamentalistas islámicas. Estas fuerzas de resistencia buscarán el apoyo de sus homólogos étnicos en Afganistán. Si Kabul quiere mejorar sus relaciones con Rusia y los frutos económicos y políticos que ello conlleva, la tarea que tiene por delante es clara: controlar a esos grupos islamistas. El Irán chiíta también está dispuesto a colaborar con el régimen suní de los talibanes, pero, al igual que Pakistán, no quiere la entrada de refugiados ni el comercio de opio y, desde luego, no quiere atacar a los chiítas hazaras.
¿Qué papel juegan Estados Unidos e India? EE.UU. seguirá buscando el acceso a Asia Central no tanto por la riqueza en hidrocarburos (la fracturación hidráulica ha aumentado sustancialmente las reservas de combustibles fósiles en EE.UU.), sino por motivos geopolíticos. Había establecido bases militares en la región con el consentimiento de los gobiernos de Tayikistán y Uzbekistán. Estos gobiernos retiraron su consentimiento en 2005 y respectivamente en 2015. Sin embargo, si las insurgencias fundamentalistas vuelven a alcanzar niveles significativos, Washington tiene motivos para esperar que estos dos países (especialmente Uzbekistán, que es el que más recela de Rusia) estén dispuestos a solicitar apoyo militar como acto de equilibrio frente a Rusia y los insurgentes afganos. Estados Unidos no ha abandonado, ni abandonará, su esfuerzo por seguir siendo la potencia preponderante a nivel mundial. Para la derecha dura estadounidense esto es un imperativo constante. Para los defensores de la línea menos dura del «internacionalismo liberal», esta supremacía relativa sobre todas las demás potencias es la única manera de establecer un «orden mundial benigno» que supuestamente está destinado a presidir Estados Unidos. La búsqueda de esta hegemonía mundial ha creado el caos global y el sufrimiento masivo, y seguirá haciéndolo.
En cuanto a la India, la característica más distintiva de la política exterior del gobierno de Modi, en comparación con la de los gobiernos anteriores, es su uso de las posturas y la retórica externas para promover la hegemonía ideológica interna. Por ello, Pakistán debe ser visto como un enemigo duradero cuyas maquinaciones amenazan constantemente al país. Por ello, se dice que los acontecimientos en Afganistán han ampliado la «profundidad estratégica» de Pakistán y lo han envalentonado para ser más agresivo con India. El sentimiento antipaquistaní aglutina a todo tipo de liberales indios (e incluso a gran parte de la corriente principal de la izquierda) y, por tanto, es más amplio que los sentimientos antimusulmanes. Es posible que Nueva Delhi extienda el reconocimiento diplomático a Kabul antes que Estados Unidos, pero la búsqueda de mejores relaciones seguirá básicamente las indicaciones de la futura trayectoria de la relación entre Estados Unidos y los talibanes. La relación de India con Estados Unidos es mucho más importante que la de los talibanes. Sin embargo, a efectos internos, la amenaza «interna» que supone la talibanización de Afganistán se exagerará al máximo. Algunas organizaciones y voces musulmanas serán calificadas de quintacolumnistas reales o potenciales, lo que se sumará a la estigmatización del islam y de los musulmanes, tan central en la ideología hindutva. Se hablará más de grupos insurgentes afganos en Cachemira para justificar la brutal represión de este gobierno (y de los anteriores) en el Valle. La insurgencia respaldada por el extranjero siempre ha servido de excusa para encubrir el hecho del profundo distanciamiento de la mayoría musulmana de la región con respecto al gobierno indio; ahora reforzado por la eliminación por parte de Modi de cualquier autonomía limitada que tuviera la región mediante la anulación inconstitucional (aceptada silenciosamente por el Tribunal Supremo) del artículo 370 en agosto 2019.
Para los marxistas y los revolucionarios progresistas, nuestras posiciones, perspectivas y acciones no parten de los «intereses nacionales» de estados de clase estructuralmente sesgados. Por el contrario, debemos partir de la cuestión de cómo podemos ayudar y apoyar al pueblo afgano. Las invasiones de la URSS y de Estados Unidos nunca estuvieron justificadas y debían ser objeto de una oposición decidida e incondicional. Que la ocupación estadounidense haya terminado es bueno. Sin embargo, esto no significa que debamos respaldar en modo alguno a los talibanes, que son una fuerza reaccionaria que se opone a la igualdad de género, a las libertades personales y a la democracia política, y que es étnica y religiosamente sectaria y discriminatoria. Debemos luchar dentro de nuestros países, así como en asociaciones con grupos progresistas de la sociedad civil internacional y con individuos, para sensibilizar al máximo a la opinión pública y para que apoye una serie de medidas necesarias. Los gobiernos deben abrir sus fronteras para permitir el pleno acceso a las personas que buscan el estatus de refugiado o el asilo. Pueden discutir entre ellos la mejor manera de compartir esta responsabilidad colectiva. En este sentido, el historial del gobierno indio, especialmente éste, es malo. India fue y sigue siendo un país que no es parte de la Convención de Refugiados de 1951 y su Protocolo de 1967, que entre otras cosas rechaza la devolución (retorno forzoso de los refugiados a sus lugares de desplazamiento/persecución). Este gobierno de Modi ya ha llevado a cabo esa repatriación de rohingyas simplemente porque son musulmanes. Hay estudiantes afganos en la India que deben obtener visados ampliados y permanecer aquí todo el tiempo que consideren necesario. Esta hostilidad hacia los musulmanes y el Islam también se refleja en la Ley de Enmienda de la Ciudadanía (aplicable a Afganistán), que prevé la naturalización por vía rápida solo para los no musulmanes.
Las sanciones económicas han creado invariablemente sufrimiento para la gente de a pie, mientras que han dejado ilesos (o incluso reforzados) a los ricos y a las élites gobernantes, allí donde se han aplicado. No debemos apoyar esta forma de actuar. Estados Unidos no tiene por qué congelar los 9.500 millones de dólares que pertenecen al Banco Central Afgano, y debería liberar inmediatamente estos activos. De hecho, debería haber un llamamiento generalizado a nivel mundial para que Estados Unidos pague reparaciones masivas al país. Por supuesto, Washington no va a hacerlo. Pero, aunque solo sea por eso, este llamamiento se opone a los esfuerzos motivados de muchos gobiernos y medios de comunicación y comentaristas que tratan de desviar la culpa de las iniquidades de la ocupación estadounidense y de ocultar este pasado desviando el discurso general hacia futuros peligros terroristas y de otro tipo. El suministro de ayuda humanitaria a través de canales progresistas de todo tipo ya sea por parte de los gobiernos o de actores no estatales, es una necesidad. Esta ayuda económica debe ser incondicional en los ámbitos vitales de la alimentación, la salud, la vivienda y muchas otras necesidades básicas. Pero también hay lugar para formas de apoyo económico condicionado. No son lo mismo que las sanciones, que perjudican imponiendo sufrimiento, sino que son ofertas adicionales de ayuda que, al estar condicionadas, presionan al gobierno afgano para que tome medidas en el ámbito de los derechos humanos y la pacificación que, de otro modo, no haría o sería reacio a hacer. Así que sí, hay un papel para el ejercicio de la presión política, diplomática, cultural y algunas formas de presión económica, pero no para ninguna amenaza, acción o forma de presión militar.
¡Debemos decir no al imperialismo, no a los talibanes y debemos extender nuestra solidaridad al pueblo de Afganistán en su esfuerzo por construir un futuro mejor!
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C
ables fechados en Washington dan cuenta que luego del fracaso de las negociaciones de estos días EEUU acusa a Rusia de “…estar sentando las bases para fabricar un pretexto para una nueva invasión”, Rusia rechaza esas declaraciones “…por infundadas y sin nada que las confirme” y pide “Garantías de seguridad para desactivar la crisis”[1]La publicación el pasado viernes 14 de mi artículo “Nuevos focos de tensión en el tablero mundial”, provocó el comentario de algunos lectores, especialmente en lo relativo al conflicto … Seguir leyendo.
Suecia, que no forma parte de la OTAN, acaba de reforzar su presencia militar en el centro del Mar Báltico, en la paradisíaca isla de Gotland (muy cerca pasa el gasoducto Nordstream II que aumentaría considerablemente el suministro del fluido a Europa occidental) ha pedido de Estonia, Lituania y Letonia, como una señal de que “… nos tomamos la situación en serio”, según palabras de su primer ministro.
No caben dudas, el conflicto por Ucrania esta escalando peligrosamente y el riesgo de un conflicto armado en Europa es real, un error de cálculo podría desencadenar una parafernalia de impacto planetario. En medio de este peligroso cuadro una evaluación más serena, tal vez menos impresionista, podría concluir que Rusia ha desplegado un fuerte contingente militar en los límites fronterizos norte, sur y este de Ucrania (se habla de 60.000 a 100.000 soldados), este despliegue sería la movida de una pieza estratégica, tendiente a marcar territorio frente al avance occidental, más que un prolegómeno de invasión
De ser así lo que en realidad buscaría Moscú es revisar los acuerdos firmados en 1990 y 1997 “La Carta de París” y el “Acta fundacional sobre las relaciones mutuas de cooperación y seguridad” conocido como el Acuerdo OTAN-Rusia. Ambos documentos fueron suscriptos luego del colapso y en pleno desmembramiento de la Unión Soviética, que dejó en condiciones de indefensión a Rusia, hizo crecer las ideas del fin de la historia y promovió el avance del unilateralismo de EEUU.
En ese contexto, totalmente favorable a EEUU y los países europeos, aquellos documentos definieron las coordenadas en las que se moverían las relaciones entre la Alianza Atlántica y Rusia. Se habilitaba así un avance de Occidente sobre el Este, mientras que las naciones hasta ese momento integrantes del Pacto de Varsovia quedaron en “libertad” de integrarse al modelo triunfante luego del fin de la Guerra Fría (economía de mercado, instituciones de la democracia liberal y de la seguridad regional).
Según la interpretación del régimen ruso todo ha terminado en un avance de la alianza atlántica -no previsto en los acuerdos- sobre áreas geográficas con numerosas evidencias de su histórica influencia (de hecho en la zona oriental hay grupos separatistas pro rusos, muy activos desde la crisis del 2014). En 2007 en la reunión del Consejo de Seguridad en el llamado discurso de Múnich (considerado el punto de partida del enfrentamiento con la OTAN), el presidente Putin condenó a Estados Unidos por intentar construir un mundo unipolar, criticó el acercamiento de la OTAN hacia las fronteras de Rusia, llamó a la paciencia en la cuestión del programa nuclear iraní y advirtió sobre la necesidad de actuar respetando la Carta de la ONU. La idea de reconstruir el imperio ruso está en el centro de la escena y hoy Rusia exige la desmilitarización de esas áreas que supieron formar parte de su zona de influencia y despliega sus tropas sobre Ucrania para hacer retroceder o disuadir ese avance.
Rusia hace valer así el peso de ser una potencia militar y nuclear pero no pareciera estar interesada en desatar un conflicto armado, probablemente su debilitada economía no lo resistiría. La amenaza de instalar infraestructura militar en Cuba y Venezuela no parece ser más que eso una amenaza, por otra parte no pareciera ser que Cuba autorizara esa instalación. Por su parte el presidente Biden aprovecha los movimientos de Moscú para responder con iniciativas buscando demostrar al mundo y especialmente a los europeos que la potencia imperial está dispuesta retomar el sitial que fuera abandonado en tiempos de Trump.
Es lo que está sucediendo y continuará así hasta que una de las dos potencias ceda, o bien que lo hagan las dos (como en el caso de la crisis de los misiles en Cuba en 1962). Este tipo de conflictos dio lugar a una suerte de concepciones geopolíticas neocampistas que dividen al mundo entre un “campo imperialista” y otro “antiimperialista”. En esta confrontación las revueltas populares, genuinas y autónomas, contra la carestía de la vida, los regímenes autoritarios y la corrupción desembozada -como ahora en Kazajistán, y antes en Ucrania cuando el Euromaidán, en Siria o en Nicaragua- son abandonadas cuando no obturadas en aras del nacionalismo y de la solidaridad con los Estados. Así la lucha contra el imperialismo y sus aliados lleva a alinearse casi mecánicamente con potencias y naciones que disputan por espacios y zonas de influencia geopolíticas sin considerar las contradicciones de clase y la cuestión nacional en cada caso. Concepciones que en nada ayudan a comprender la complejidad de los procesos socio-políticos y a desplegar la solidaridad internacional.
La publicación el pasado viernes 14 de mi artículo “Nuevos focos de tensión en el tablero mundial”, provocó el comentario de algunos lectores, especialmente en lo relativo al conflicto Rusia-Ucrania, lo que me ha llevado a escribir estas notas complementarias, tratando de responder a esas interpelaciones.
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E
n la ola de antimarxismo que acompañó a la ofensiva liberal de los años ochenta, la estatura de Marx seguía siendo lo suficientemente imponente como para estar seguros de una vuelta a la gracia, de una rehabilitación editorial y académica, aunque fuera dando una versión light, despojada de su carga subversiva. Incluso cabría esperar cierta indulgencia hacia Trotsky, en reconocimiento a las dotes literarias que atestigua su Historia de la Revolución Rusa, y en función de la fascinación estética que despierta el destino trágico del derrotado.
¡Pero Lenin! Su papel es probablemente el más ingrato. La del villano de la historia, que murió demasiado pronto para haber conocido los procesos y el exilio, sospechoso de haber vencido, víctima de un culto del que era el ídolo a pesar de sí mismo. ¿Quién va a seguir metiendo la nariz en los cerca de cuarenta volúmenes de tapa dura de las ediciones de Moscú, con olor a cola de pescado? ¿Quién va a profundizar en esta sucesión de artículos, notas de publicista, escritos sobre batallas y circunstancias, y polémicas, la mayoría de cuyos destinatarios han caído en el olvido? Apenas hay grandes libros en esta recopilación de panfletos, artículos y textos militantes. A pesar de su extraordinaria profundidad para una obra temprana, El desarrollo del capitalismo en Rusia cansará pronto al lector que se sienta abrumado por las áridas estadísticas de los zemstvos. Con sus obras sin Obra, y su agudeza teórica lacónicamente ejercitada en los márgenes de la Lógica de Hegel, Lenin no va a tener los honores de las Pléyades.
Muy pocos se han aventurado seriamente en este desconcertante pensamiento, en un momento en el que la universidad, sin embargo, se envalentonaba para acogerlo: Althusser, Lefebvre, Colletti, Lukacs antes que ellos[1]Tuve la suerte de hacer mi tesis de maestría sobre «La noción de crisis revolucionaria en Lenin» bajo la dirección de Henri Lefebvre, en Nanterre, en… ¡1967-1968!. Sin embargo, Lenin merece otra imagen que la de un vulgar técnico del golpe de Estado. Mucho más que Marx, es un auténtico pensador de la política en acción, en las contradicciones y límites de una época.
La noción de «leninismo» se utiliza ahora indiscriminadamente, sin recordar siquiera que este término fue codificado originalmente por Zinóviev en el V Congreso de la Internacional Comunista, para justificar el control de los jóvenes Partidos Comunistas bajo el disfraz de la bolchevización. Sin embargo, mucho más que una forma de disciplina y centralización, la idea directriz de Lenin apunta a «la confusión entre el partido y la clase», una confusión calificada como «desorganizadora». La distinción así introducida entre clase y partido forma parte de la gran polémica del movimiento socialista de la época y, más concretamente en Rusia, contra las corrientes populistas, «economistas», mencheviques. En cuestiones fundamentales, como las del gobierno provisional o las alianzas, en estos años de formación de la socialdemocracia rusa, mencheviques y «economistas» defendían a veces posiciones comunes más intransigentes en apariencia, más acordes con la idea del «socialismo puro», que los bolcheviques. Esta ortodoxia procede, en realidad, de una visión de la revolución democrática «burguesa» contra el despotismo como una etapa inevitablemente necesaria, durante la cual el naciente movimiento obrero debe permanecer como fuerza de apoyo, sin compromiso con ningún poder, a la espera de una modernización capitalista de la sociedad.
En la vecina Alemania, Kautsky apoyó entonces la idea paralela de una «acumulación pasiva» de fuerzas y la no participación gubernamental, hasta que la mayoría electoral del proletariado se uniera a su mayoría social y le permitiera gobernar en solitario. Este socialismo de la marcha hacia el poder, confiado en la lógica del progreso, podría calificarse de «socialismo fuera del tiempo». Más concretamente, fue un socialismo abandonado en la línea del tiempo, un aplanamiento de la lucha política en favor de un determinismo sociológico.
Lenin se opuso a esta reducción de la política a lo social de una manera bastante original para la época. A la manera de un psicoanalista atento a los «desplazamientos» y «condensaciones» que operan en las neurosis, comprendió que las contradicciones económicas y sociales no se expresaban directamente, sino en la forma específica, deformada y transformada, de la política. Por eso, una de las tareas del partido es escuchar y descifrar en el terreno político la forma, a menudo inesperada, en que se manifiestan estas contradicciones (una lucha estudiantil, l’affaire Dreyfus, la cuestión electoral, un incidente internacional…). Su irrupción intempestiva en un punto inesperado es sintomática. Condensa y revela una crisis global latente de las relaciones sociales. Este es el milagro de lo que, a diferencia de la noticia ordinaria, constituye, en sentido estricto, el acontecimiento político.
Por eso también, para Lenin, la concepción del militante revolucionario no es la del buen sindicalista combativo, sino la del «tribuno del pueblo», que interviene «en todas las capas de la población», para captar allí la forma concreta en que se teje una multiplicidad de contradicciones. Esta cuestión está en el centro del famoso debate sobre los estatutos del partido, meticulosamente comentado en Un paso adelante, dos pasos atrás. La definición de miembro del partido (el que simplemente se reconoce en el partido, lo ayuda o simpatiza con él…, o el que milita en un órgano regular, contribuye, se siente responsable de las decisiones tomadas colectivamente) no es una disputa formal o administrativa. Lo que está en juego en esta pequeña diferencia, a primera vista insignificante, es la delimitación del partido respecto la clase. Es precisamente la forma de partido la que le permite intervenir en el campo político, actuar sobre lo posible, no someterse pasivamente al flujo y reflujo de la lucha de clases.
Ahí está la esencia de la «revolución dentro de la revolución» según Lenin. A través de esta distinción de partido y clase, de lo político y lo social, se hace posible pensar la relación de uno con el otro, «la representación de lo social en la política», que sigue siendo, según Badiou, «el punto clave». Es posible que en 1902, la tesis se viera forzada al fuego de la polémica interna. Sus excesos fueron corregidos por el propio Lenin. La controvertida cuestión del «centralismo democrático», distorsionada por la práctica del centralismo burocrático real implantado a partir de 1924, deriva en gran parte de esta delimitación de partido y clase. Implica lógicamente la selección de los militantes, la concentración de las fuerzas, al mismo tiempo que una democracia que permita la asimilación de todas las experiencias sociales del partido. La democracia es funcional para la reflexión y la decisión, el centralismo para la acción dirigida a mover las líneas, a cambiar el equilibrio de poder. Se trata de necesidades generales. Estas son irreductibles a tal o cual técnica organizativa.
En su discusión con Rosa Luxemburg sobre Un paso adelante, dos pasos atrás, Lenin distingue explícitamente entre «principios de organización», vinculados a las condiciones generales de la lucha bajo el dominio del capital, y el «sistema de organización», que varía según las condiciones concretas de legalidad, represión y desarrollo. A la luz de la experiencia de 1905, Lenin insiste en su recopilación Doce años en el hecho de que el partido, por muy delimitado que esté, vive en permanente intercambio y diálogo con las experiencias de la clase (en particular la innovación imprevista que constituyen los soviets). Lo que queda, más allá de estos matices y variaciones, es que el partido no es una forma organizativa entre otras, sindicatos o asociaciones, sino la forma específica bajo la cual se inscribe la lucha de clases en el campo político. Esta idea de una especificidad de la política se encuentra también en la noción de crisis revolucionaria, que no es la consecuencia de un simple movimiento social, sino una «crisis nacional», una crisis general de las relaciones recíprocas entre todas las clases de la sociedad. Lo que Lenin escribe al respecto en ¿Qué hacer? es muy claro: «… El conocimiento que la clase obrera puede tener de sí misma está indisolublemente ligado a un conocimiento preciso de las relaciones recíprocas de todas las clases de la sociedad contemporánea, un conocimiento no sólo teórico, digamos menos teórico que fundado en la experiencia de la vida política. Insistamos: es efectivamente a través de la experiencia de la vida política que se adquiere este conocimiento de las relaciones recíprocas entre todas las clases. Se trata de «seguir las pulsaciones del conjunto de la vida política»[2]Lenin, Obras IX, p. 119 y XV, p. 298.. Por eso «nuestra revolución es la de todo el pueblo».
El partido es el vector privilegiado de esta experiencia específicamente política. Su mediación vincula la estrategia y la táctica, en un tiempo kairológico, que ya no es el tiempo homogéneo y vacío del progreso y la paciencia electoral, sino un tiempo pleno y nudoso, puntuado por la lucha y atravesado por las crisis: «La revolución en sí no puede representarse en forma de un solo acto: la revolución será una rápida sucesión de explosiones más o menos violentas, alternadas con fases de calma más o menos profundas. Por eso, la actividad esencial de nuestro partido, el eje esencial de su actividad, debe ser un trabajo posible y necesario tanto en los períodos más violentos de explosión como en los de calma, es decir, un trabajo de agitación política unificada para toda Rusia.»
El partido es, pues, el elemento de continuidad en las fluctuaciones de la conciencia colectiva. La historia no es una marcha triunfal de una fuerza silenciosa hacia un desenlace garantizado de la historia, sino un entramado de luchas, crisis, fracturas. El partido no se conforma con iluminar un proceso orgánico y natural de emancipación social. Es un constituyente de las relaciones de fuerza, un generador de iniciativas, un organizador de la política no en el futuro simple sino en el futuro anterior. Es, en otras palabras, un organizador de varias duraciones, la condición de un pensamiento estratégico que va más allá del horizonte inmediato de las tácticas políticas cotidianas, fragmentarias y rigurosamente sin principios. Este enfoque, original en relación con la cultura dominante de la Segunda Internacional, hace concebibles las opciones y la actitud adoptadas durante los días cruciales de julio de 1917: el partido está entonces llamado a comprometerse en una acción que no deseaba para limitar sus efectos negativos, asimilar sus lecciones, frenar la marea y preparar el contraataque.
El principal reproche dirigido, no tanto al «leninismo bajo Lenin», a las verdaderas ideas de Lenin, como a la vulgata del «leninismo» estalinizado, se refiere a la convicción a posteriori de que la noción de partido de vanguardia llevaba en germen, desde el principio, todos los grados de la sustitución del movimiento social real por el aparato, y todos los círculos del infierno burocrático. Sería indecente minimizar este aspecto de la pregunta, que requiere un debate más profundo que el habitual ajuste de cuentas. Pero esta dimensión tan real del problema suele ocultar otra no menos importante. Lo enmascara aún más porque el propio Lenin iba a tientas y no siempre medía el alcance de sus propias innovaciones. Así, creyendo parafrasear un texto canónico de Kautsky, lo modifica esencialmente. Donde Kautsky escribe que la «ciencia» llega a los proletarios «desde fuera de la lucha de clases», llevada por los «intelectuales burgueses», Lenin traduce que la «conciencia política» (y no la ciencia) llega «desde fuera de la lucha económica» (y no de la lucha de clases que es tan política como social), llevada no por los intelectuales como categoría sociológica, sino por el partido como actor específicamente político. La diferencia es significativa.
Esta forma de pensar está en desacuerdo con la tradición dominante del movimiento socialista de la época. En su comentario sobre el aniversario del Manifiesto Comunista, Antonio Labriola afirma sin tapujos en 1898 que «la deseada conjunción de comunistas y proletarios es ya un hecho consumado». Con la entrada en escena de la «masa obrera», el movimiento se hizo más lento, y el partido de masas apareció como una especie de encarnación política de la clase. La idea se inspira en las fórmulas de Marx, según las cuales la organización progresiva del proletariado en un partido político y una clase son sinónimos, su ser social y su ser político se unen en el partido.
Por el contrario, Lenin subraya la ruptura de la continuidad entre el conflicto «económico» inmediato y el conflicto político mediato. Se niega aún más explícitamente a «mezclar el problema de clase y el problema de partido», el contenido social y su expresión política. En efecto, la lucha de clases no se reduce al conflicto del trabajador contra un patrón, «sino contra toda la clase capitalista». Así, la socialdemocracia revolucionaria como partido político «representa» a la clase obrera, no sólo en sus relaciones con un grupo determinado de empresarios, sino también con «todas las clases de la sociedad contemporánea y con el Estado como fuerza política organizada»[3]Lenin, Obras V, p. 408.. El objetivo es fundir este movimiento espontáneo con la actividad del partido revolucionario en un todo indisoluble; de ahí el papel decisivo de la prensa, como organizadora colectiva, para unificar estas luchas e inscribirlas en una visión de conjunto. La política, por tanto, ya no es una simple extensión y reflejo de la lucha económica, sino un arte particular de iniciativa y movimiento, de delimitación y combinación de fuerzas. Se trata de delimitarse antes de unirse y para unirse, «utilizar todas las manifestaciones de descontento y trabajar incluso los elementos más pequeños de una protesta, aunque sea embrionaria», concebir la lucha política como «mucho más amplia y compleja que la lucha de los trabajadores contra la patronal y el gobierno»[4]Ibídem, pp. 440-463..
Cuando el Rabochei Diélo dedujo los objetivos políticos de la lucha económica, Lenin le reprochó «rebajar el nivel de la multiforme actividad política del proletariado». Considera ilusorio creer que «el movimiento puramente obrero» es capaz por sí mismo de elaborar una ideología independiente. El mero desarrollo espontáneo del movimiento obrero se traduce en «su subordinación a la ideología burguesa». La ideología dominante no es una cuestión de manipulación de la conciencia, sino un efecto objetivo del fetichismo de la mercancía. La única manera de salir de este círculo de hierro del fetichismo y de su servidumbre involuntaria es mediante la elaboración de las categorías de ruptura, crisis y revolución, y mediante la lucha política de los partidos.
Todo lleva a Lenin a comprender que la política tiene su propia gramática y sintaxis. Es el lugar de una elaboración, de una apariencia, de una representación, donde se trata de presentar lo que está ausente: «La división en clases es ciertamente en el fondo la base más profunda de la agrupación política», pero este «fin» es «la sola lucha política que la establece»[5]Lenin, Obras VII, p. 41.. Así, «el comunismo brota literalmente de todos los puntos de la vida social; irrumpe definitivamente en todas partes. Si bloqueamos una de las salidas con especial cuidado, el contagio encontrará otra, a veces la más imprevisible[6]Lenin, Obras XXXI.». Por eso «no sabemos ni podemos saber qué chispa encenderá el fuego». De ahí el lema que, según Tucholsky, resume la actitud política de Lenin en el sentido más fuerte: «¡Estén preparados!
Esté preparado para lo imprevisible, lo improbable, el acontecimiento.
Si la política se define a veces como «la expresión concentrada de la economía», no puede dejar de tener «primacía sobre la economía». «Al abogar por la fusión de los puntos de vista económico y político», Bujarin, por el contrario, «se deslizó hacia el eclecticismo». Por eso, en 1921, se critica el propio nombre de Oposición Obrera como «un nombre feo», que vuelve a situar la política en el plano social y afirma que la gestión de la economía nacional es responsabilidad directa de los «productores agrupados en sindicatos de productores».
Para Lenin, la historia de las revoluciones es «siempre más rica en contenido, más variada, más polifacética, más viva, más ingeniosa de lo que piensan los mejores partidos, las vanguardias más conscientes de las clases más avanzadas. Hay una razón profunda para ello: «Las mejores vanguardias expresan la conciencia, la voluntad, la pasión, la imaginación de decenas de miles de hombres, mientras que la revolución es en momentos de especial exaltación y tensión de todas las facultades humanas- obra de la conciencia, la voluntad, la pasión, la imaginación de decenas de millones de hombres espoleados por la más enconada lucha de clases.
Sacó dos conclusiones prácticas muy importantes: «La primera es que la clase revolucionaria, para cumplir su tarea, debe saber apoderarse de todas las formas y de todos los lados, sin la menor excepción, de la actividad social; la segunda es que la clase revolucionaria debe estar dispuesta a sustituir una forma rápida y repentinamente por otra»[7]Lenin, Obras XXXI, p. 92..
En esta problemática, el lenguaje político tiene sus lapsos reveladores. Permite una interpretación no sociológica del papel de los estudiantes e intelectuales en las luchas sociales. Por eso «la expresión más rigurosa, completa y bien definida de la lucha política de clases es la lucha de partidos»[8]Lenin, Obras X, p. 15.. En el debate de 1915 sobre la cuestión del ultraimperialismo, Lenin percibió así el peligro de un nuevo economismo apolítico, según el cual la madurez de las relaciones capitalistas y su centralización mundial harían imposibles ciertas formas políticas y preludiarían un colapso casi natural del sistema. Para él, el resultado se juega en los términos específicos de la lucha política. Encontramos la misma preocupación, contra toda reducción de la política a lo social o a la historia, en las discusiones con Trotsky sobre la caracterización del Estado soviético. Trotsky habla de un estado obrero, «pero este estado», corrige Lenin, «no es enteramente obrero, esa es la cuestión[9]Lenin, Obras XXXII, p. 16.. Para captar su singularidad, las categorías sociológicas son menos apropiadas que las propiamente políticas. Su fórmula es entonces más descriptiva y más compleja, irreductible en todo caso a un contenido social unilateral: será un Estado obrero y campesino con «deformaciones burocráticas», y «esto es la transición en toda su realidad».
Las implicaciones de esta visión de la política se verifican en casi todas las controversias importantes de la época. En el debate sobre los sindicatos, donde Trotsky defendió la militarización de los sindicatos en nombre del comunismo de guerra, Lenin adoptó una posición original[10]Véase Pierre Broué, Trotsky, Fayard, capítulo… Véase también Ernest Mandel.. Al no ser un órgano de poder político, los sindicatos no pueden transformarse en una «organización estatal coercitiva». Se sitúan en el sistema «entre el Partido y el Estado», si «se puede expresar así»[11]Lenin, Obras, XXXII, p. 12.. En los primeros años de la revolución, no había restricciones al derecho de huelga, y el consejo de comisarios incluso creó un fondo de huelga[12]Véase Marcel Liebmann, Le Léninisme sous Lénine, Seuil, II, p. 198..
Del mismo modo, la cuestión nacional se aborda en su especificidad política, como una cuestión democrática, fuera de cualquier esquema sociológico abstracto. Hay que tener en cuenta la psicología. Si existe la más mínima limitación en esta cuestión, «ensucia, estropea y reduce a la nada el indiscutible alcance progresivo de la centralización».
Esta insistencia constante en Lenin sobre la distinción entre partido y clase, sobre la particularidad de la lucha política y su propio lenguaje, se abre lógicamente al pensamiento de la pluralidad y la representación. Si el partido no es la clase, se deduce que la misma clase puede estar representada políticamente a través de varios partidos diferentes. También se deduce que «la representación de lo social en la política» debe ser objeto de una elaboración de normas e instituciones. Lenin no va tan lejos. Sin embargo, abre un espacio original para la política y explora sus posibilidades.
Sometió la representación a reglas inspiradas en la experiencia de la Comuna, con el fin de limitar la profesionalización de la política: salarios idénticos a los de un trabajador cualificado, vigilancia contra los privilegios del cargo, responsabilidad ante los representados. En contra de una leyenda persistente, no defendió el mandato imperativo. Tampoco dentro del partido: «Los poderes de los delegados no deben estar limitados por mandatos imperativos»; en el ejercicio de sus poderes, «son completamente libres e independientes». Tampoco a nivel de los órganos del Estado, donde el «derecho de revocación de los diputados» no se confunde con un mandato imperativo que reduciría la representación al mero reflejo corporativo de intereses particulares y visiones locales, sin síntesis posible, vaciando la deliberación democrática de toda sustancia y de lo que está en juego.
En cuanto a la pluralidad, Lenin afirma sistemáticamente que «la lucha de matices» en el partido es «inevitable y necesaria», siempre que se desarrolle dentro de los límites «aprobados de común acuerdo». Sostiene también «la necesidad de asegurar, en los estatutos del partido, los derechos de toda minoría, para desviar del curso filisteo habitual del escándalo y de las pequeñas disputas, las fuentes continuas e inagotables de descontento, de irritación y de conflicto, con el fin de llevarlos al cauce aún no acostumbrado de una lucha regular y digna en defensa de sus convicciones». Entre estas garantías absolutas, se encuentra “la concesión a la minoría de un grupo (o grupos) de opinión, con el derecho de representación en el congreso y el derecho de plena expresión total”[13]Lenin, Obras VII, p. 470.. En general, no dudó en abogar por un referéndum en el partido sobre cuestiones importantes.
Incluso la famosa disciplina en la acción es menos intangible de lo que dice la leyenda. Conocemos la suprema indisciplina de Zinóviev y Kámenev, que se posicionaron públicamente en septiembre de 1917 contra el proyecto insurreccional, sin ser apartados definitivamente de sus responsabilidades. El propio Lenin reivindicó el derecho personal a la desobediencia en estas circunstancias extremas. Consideró la posibilidad de renunciar a sus responsabilidades para reanudar su «libertad de agitación» en las filas del partido, y escribió en el momento crítico al Comité Central: «He ido donde no queréis que vaya [a Smolny]. Adiós».
Impulsado por su propia lógica para elaborar la pluralidad de la representación, Lenin no llega, sin embargo, a sentar las bases teóricas de un pluralismo principista. Hay al menos dos razones para ello. En primer lugar, heredó de la Revolución Francesa la ilusión de que, una vez derrocados los opresores, el proceso de homogeneización de clases era sólo cuestión de tiempo. Ya no hay contradicciones concebibles entre la gente. No fue hasta Trotsky y los años 30 que el pluralismo se fundó en principio a través de la observación de una heterogeneidad duradera de las fuerzas sociales en un contexto internacional dado: como una clase permanece «desgarrada por antagonismos internos», puede formar «varios partidos»[14]L. Trotsky, La revolución traicionada.. En segundo lugar, la distinción entre lo social y lo político no impide invertir la opinión tradicional de que lo político se disuelve en lo social. Con la instauración de la dictadura del proletariado, aparece ahora el riesgo simétrico de absorción de lo social en lo político. ¿Acaso el propio Lenin no retomó el equívoco de la extinción de la política y el Estado, al pronosticar «la extinción de la lucha de partidos en el seno de los soviets»[15]Lenin, Obras, XXV, p. 335.?
Marcel Liebman señala que en El Estado y la Revolución, los partidos pierden su función en favor de una democracia directa que ya no es un Estado independiente. Sin embargo, contrariamente a las esperanzas revolucionarias iniciales, con la contrarrevolución burocrática, la estatalización de la sociedad prevalecerá sobre la socialización del Estado. Fue Trotsky quien sacó la conclusión más sorprendente: «¡El Estado soy yo! es una fórmula casi liberal en comparación con las realidades del régimen totalitario de Stalin… A diferencia del Rey Sol, Stalin puede decir con razón: ‘¡Yo soy la sociedad!”
Paradójicamente, Lenin, al igual que Marx, pecan tanto por sus inclinaciones libertarias como por su lado autoritario. Esta es su debilidad. La cuestión es trágicamente complicada. Se trata de fundar una nueva legitimidad, irreductible al juego ordinario de los partidos y del parlamentarismo, de inventar una forma de representación que reconcilie al hombre y al ciudadano, al representante y al representado. Ante el agotamiento de la «increíblemente delgada» capa de trabajadores de vanguardia, diezmada por la guerra civil y el hambre, Lenin se resigna a una dictadura del partido, a un derrocamiento de la pirámide del poder, que no era su proyecto inicial. A partir de entonces, la revolución descansó sobre su punta, en un equilibrio catastrófico, patéticamente ilustrado por su último combate[16]Moshe Lewin, Le Dernier combat de Lénine, Minuit, París..
Ya sea una cuestión de representación, de organización o de estrategia, el pensamiento político de Lenin es en todo momento la elaboración de una temporalidad específica. Culmina en la comprensión de las crisis, las guerras y las revoluciones, del momento insurreccional decisivo.
Desde el punto de vista reformista mayoritario en la Segunda Internacional, la guerra no es un acontecimiento fundacional en sí mismo, sino un paréntesis que hay que cerrar lo antes posible en el curso del progreso humano. Por lo tanto, debe terminar lo antes posible para que las cosas vuelvan a su curso normal. Este pacifismo difiere notablemente del derrotismo revolucionario defendido por Lenin. Para él, no se trata de devolver la lucha de clases a una supuesta normalidad mediante la paz. La guerra forma parte de la lucha, y se trata de aprovechar la novedad de esta forma agonística de conflicto para abrir una situación revolucionaria. Dos visiones opuestas del mundo, de la historia y de la temporalidad política se traducen aquí en orientaciones prácticas contradictorias.
Karl Kautsky es el representante más prestigioso de la posición reformista clásica, entonces dominante en la socialdemocracia internacional. En su célebre Caminos al poder, sostiene que el objetivo socialista sólo puede alcanzarse mediante la revolución, pero «no depende de nosotros hacer una revolución». El partido se contenta con acompañar e iluminar las luchas de los explotados como pedagogo. Esta tesis tiene, por supuesto, su parte de verdad. Las luchas no se pueden decretar. Estas estallan: «suceden», «pasan». Pero para Kautsky, el fenómeno objetivo está desligado de la subjetividad revolucionaria. Si habla de estrategia y guerra de desgaste, es con la preocupación de no tener que librar nunca una batalla.
Esta ortodoxia anterior a 1914 reivindica la herencia de Marx y Engels. En 1851, en el contexto de un reflujo revolucionario, éste definió la revolución como «un fenómeno puramente natural, controlado por leyes físicas». La conciencia de clase aparece entonces como una especie de producto natural del desarrollo histórico y del crecimiento sociológico del proletariado. Es a través de la fusión tendencial entre la clase y su partido que parece resolverse la inextricable contradicción entre su vocación revolucionaria y su sometimiento al fetichismo de la mercancía y al despotismo corporativo: «Para la victoria definitiva de las propuestas expuestas en el Manifiesto, Marx confiaba únicamente en el desarrollo intelectual de la clase obrera, que debía resultar de la acción y la discusión conjunta»[17]Engels, prefacio del Manifiesto de 1890.. Si su lucha contra la burguesía «comienza con su propia existencia», el proletariado pasa efectivamente «por diferentes fases de evolución». Con el desarrollo industrial, «la fuerza de los proletarios aumenta y se hacen más conscientes de ello». La solución del enigma estratégico se encuentra, pues, en «la organización gradual y espontánea del proletariado en una clase». Así, «el proletariado de cada país debe conquistar primero el poder político, erigirse en la clase dirigente de la nación, convertirse en la nación misma». Sin embargo, esta «organización del proletariado en una clase, y por lo tanto en un partido político, es constantemente destruida de nuevo por la competencia entre los trabajadores».
Rosa Luxemburg fue una de las primeras en comprender, ya en las polémicas de 1901-1902, lo que estaba en juego en este discurso de la ortodoxia. El tiempo lineal del progreso parecía favorecer a la socialdemocracia, que ganaba terreno y posiciones institucionales, pero al mismo tiempo segregaba a una pesada burocracia conservadora, cuyo destino pasaba a depender del del Estado. Rosa Luxemburg era la mejor preparada para comprender las fuerzas más profundas que se escondían detrás de la desconcertante capitulación de agosto de 1914. Por eso también estuvo atenta a las rupturas e innovaciones que surgieron de la propia lucha. A sus ojos, 1905 abrió en Rusia «una nueva época en la historia del movimiento obrero», y puso de manifiesto un nuevo elemento, «la manifestación de la lucha proletaria en la revolución».
¿En qué condiciones puede el proletariado romper el dominio de la opresión y la alienación? La huelga general es la forma irruptiva que hace pensable la estrategia. Una liberación repentina de la energía acumulada permite modificar rápidamente las relaciones de fuerzas y mover las piezas del tablero.
Lenin tardó más en darse cuenta del conservadurismo burocrático y de su relación con una concepción uniforme del tiempo histórico, pero sacó consecuencias más radicales. El Estado constituye un nodo estratégico decisivo de la lucha revolucionaria. Pero no se puede cambiar en cualquier momento. Reiterar este objetivo fuera del tiempo sería simplemente oponer una voluntad arbitraria a una pasividad inerte, una subjetividad absoluta a una objetividad muerta, como si la cuestión del poder se planteara permanentemente en su forma paroxística. Ambos enfoques se basan en una metafísica dualista de sujeto y objeto. Por eso la rutina parlamentaria y la gesticulación del izquierdismo son complementarias.
Lenin, por otra parte, es el primero en articular claramente la noción estratégica de «crisis revolucionaria». En ciertas circunstancias particulares y excepcionales, el Estado se vuelve vulnerable, el equilibrio de fuerzas se vuelve crítico. No en cualquier momento: en toda lucha hay ritmo, pulsación y latido, que la noción de crisis permite pensar: «Toda perturbación de los ritmos produce efectos conflictivos. Perturba y confunde. También puede producir un agujero en el tiempo, que se llenará con una invención, una creación. Esto sólo puede ocurrir, individual y socialmente, a través de una crisis”[18]Henri Lefebvre, Eléments de rythmanalyse, p. 63..
Mientras que la política parlamentaria sólo conoce una dimensión temporal, la de la monótona secuencia de sesiones y legislaturas, el tiempo de las revoluciones se concentra, se pliega en sí mismo. Sucede que «meses de revolución hacen un trabajo mejor y más completo de educación de los ciudadanos que décadas de estancamiento político»[19]Lenin, Obras VIII, p. 572.. En 1905, Lenin se une a Sun Tzu para elogiar la premura. Es necesario entonces «empezar a la hora», «en el lugar»: «formar en el lugar, en todos los lugares, grupos de combate».
La crisis revolucionaria es multitemporal. Se mezclan y combinan varios tiempos. La revolución en Rusia no es la simple prolongación o el resultado retrasado de la revolución burguesa, sino «un encabalgamiento» de dos revoluciones. Esta idea resume el espíritu de las famosas Tesis de abril de 1917. Y se desprende lógicamente del desarrollo desigual y combinado del espacio-tiempo de una época.
La política aparece entonces moldeada sobre ritmos y relieves. El arte de la consigna es un arte de la coyuntura. La posibilidad de evitar una catástrofe depende de este agudo sentido del momento. Esta consigna, válida ayer, ya no lo es hoy, pero volverá a serlo mañana: «Hasta el 4 de julio [1917], la consigna de entregar todo el poder a los soviets era correcta. Después, no lo es. Igualmente: «En este momento, y sólo en este momento, tal vez durante unos días a lo sumo, o durante una o dos semanas, un gobierno así podría[20]Lenin, Obras XXV, p. 17, 277.…»
El 29 de septiembre de 1917, Lenin escribió al Comité Central que lo estaba postergando: «La crisis está madura», la espera se convierte en un crimen. El 1 de octubre, le insta a «tomar el poder inmediatamente», a «pasar inmediatamente a la insurrección». Unos días después: «Escribo estas líneas el 8 de octubre… El éxito de la revolución rusa depende de dos o tres días de lucha.» Y de nuevo: «Escribo estas líneas en la noche del 24, la situación es crítica hasta el último extremo. Ahora está claro que retrasar la insurrección es morir. Todo pende de un hilo.»
Es necesario actuar «esta tarde, esta noche».
Es llamativo observar hasta qué punto la elaboración de esta problemática durante los años de la guerra y la oposición ahora consciente a la ortodoxia reinante están vinculadas en Lenin a la relectura de la Lógica de Hegel, que Marx también había releído «por casualidad» en la época de la crisis económica de 1857-1858. Ya en 1915 sistematizó la idea de crisis revolucionaria que le obsesionó durante todo el año decisivo de 1917. Es esta idea la que hace concebible la improbable conquista del poder por parte de una clase ordinariamente sometida al férreo círculo de la explotación y la alienación.
Esta es la clave de la vertiginosa pregunta: ¿cómo de la nada devenir todo?
Pero, ¿qué es exactamente la crisis? Lenin no da una definición precisa. En cambio, enumera sus condiciones algebraicas generales: cuando los de arriba ya no pueden…; cuando los de abajo ya no quieren…; cuando los de en medio dudan y basculan… Las tres condiciones son inseparables y se combinan. No se trata pues de un movimiento social que se profundiza, sino específicamente de una crisis política de dominación, de una crisis global de las relaciones sociales, que toma la forma de una «crisis nacional». Esta última expresión aparece a menudo en sus escritos.
¿Por qué «crisis nacional» y no sólo «crisis revolucionaria»? Para Lenin, es necesario destruir el Estado burgués como organismo independiente. Pero, ¿con qué sustituirlo? Aquí es donde entra la «crisis nacional». En términos prácticos, la dualidad de poder inherente a la situación revolucionaria sólo puede resolverse victoriosamente si ciertas funciones vitales (abastecimiento, transporte, seguridad) del viejo aparato estatal paralizado o parcialmente dislocado son asumidas por nuevos órganos más democráticos y eficaces: la Comuna de París, los soviets de 1905, los consejos obreros de Turín…Estos órganos son creaciones originales de la lucha misma, sin norma ni modelo preestablecidos.
Pero para que la crisis desemboque en una victoria, hace falta un cuarto elemento, además de las tres condiciones mencionadas: un proyecto y una voluntad política, capaces de decidir en el momento crítico entre varias posibilidades. El partido político no tiene la función casi exclusivamente pedagógica que le asignaba Kautsky. No es el simple reflejo del movimiento social, ni un modesto portador de ideas, sino una pieza central del dispositivo estratégico. La estrategia implica decisiones, proyectos y relaciones de poder. La educación forma parte de ello. Pero la estrategia también significa batallas, pruebas en las que el tiempo ya no pasa de manera uniforme, en las que cuenta el doble o el triple. Si la revolución es social y política, su destino, al final, se decide militarmente, en este caso en la acción insurreccional de octubre, que aprovechó la oportunidad por los pelos, en la precariedad del momento[21]Sobre este tema, véanse los cuadernos filosóficos de Lenin; también Michael Löwy, De la grande Logique de Hegel à la gare de Finlande à Petrograd, y mi ensayo Estrategia y partido.
La experiencia habla por sí misma. La elección del momento es absolutamente crucial, como atestiguan las exhortaciones de Lenin al reticente Comité Central durante septiembre y octubre. ¡Este es el momento! ¡Debemos decidir! Ahora. Ni mañana, ni pasado mañana. Hoy. Porque el tiempo no es indiferente. Hay que aprovechar el momento adecuado.
De este modo, Lenin hace política y elabora su propia temporalidad.
La de un tiempo roto.
El burócrata sueña con tener el evento en sus manos. Espera sin sorpresa que llegue lo anunciado, y no concibe que lo anunciado no pueda suceder. El revolucionario busca el acontecimiento en la crisis. En el momento de la decisión, el juicio manifiesta el presente de una presencia. Esta eventualidad irrevocable inaugura situaciones radicalmente nuevas en las que «nuestra herencia no está precedida de ningún testamento», porque el propio acontecimiento arroja luz sobre sus condiciones de aparición. Por eso la revolución constituye, según Hannah Arendt, el «verdadero acontecimiento, cuyo alcance no depende de la victoria o la derrota».
Tuve la suerte de hacer mi tesis de maestría sobre «La noción de crisis revolucionaria en Lenin» bajo la dirección de Henri Lefebvre, en Nanterre, en… ¡1967-1968!
Sobre este tema, véanse los cuadernos filosóficos de Lenin; también Michael Löwy, De la grande Logique de Hegel à la gare de Finlande à Petrograd, y mi ensayo Estrategia y partido