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Jean-Marie Le Pen ha muerto. Hay indignación en los partidos de derecha y en la mayor parte de los «grandes» medios de comunicación por el hecho de que muchos hayan celebrado la desaparición de un jefe fascista. Son los mismos que continúan el trabajo de normalización de la extrema derecha.
Pretenden así que Le Pen, aunque ciertamente haya hecho declaraciones condenables, aunque haya sido un personaje «polémico» que ha cometido algunos «patinazos», debería ser respetado como una parte de la historia política del país. Hay otros, en la constelación de los medios de comunicación Bolloré, que van más lejos, presentándolo como un «alertador», cuando no un «profeta», que habría planteado «buenas preguntas» o «previsto lo que iba a pasar», maravillándose de la constancia de sus «convicciones» o de su «inmensa cultura»[1]Lo que por lo demás es falso, habiendo sido Jean-Marie Le Pen toda su vida un pedante, chapoteando en algunos elementos de cultura clásica aprendidos de memoria en los colegios de jesuítas en que … Seguir leyendo.
Se publicarán buenas necrológicas. Seguramente se difundirán susfrasecitas más violentamente fascistas, machistas u homófobas. Aunque se olvidarán sin duda algunos aspectos menos solubles en la ideología dominante. En esta ideología, la diabolización de Jean-Marie Le Pen ha cumplido una función crucial, asegurando el disimulo de las dimensiones más institucionales y estructurales del racismo y ocultando la contribución de los partidos y de los medios de comunicación dominantes a la progresión del lepenismo.
En la Francia de los años 1980-1990, una buena parte de la izquierda y de los movimientos antirracistas y antifascistas -sobre todo los satélites del PS, comoSOS Racisme– presentaban al racismo y la xenofobia anti-inmigrantes como virus ideológicos inoculados desde fuera del juego político legítimo -o incluso de la sociedad francesa- por elFront National[FN, Frente Nacional], y en particular por su líder Jean-Marie Le Pen: virus para dividir a la clase obrera fomentando los prejuicios arcaicos de una parte del pueblo francés, y ofreciendo un fácil chivo expiatorio en un período caracterizado por la instalación del paro masivo y la crisis social.
La figura de Jean-Marie Le Pen resultaba entonces cómoda, porque permitía proyectar los rasgos de toda una sociedad (Fanon decía que «una sociedad es racista o no lo es») sobre un solo individuo y sobre un partido cuyos vínculos con el fascismo histórico aparecían todavía evidentes, y de forma insidiosa permitían confinar el racismo, el machismo o la homofobia a este individuo y a su partido. Se podía decir entonces que otros -en esa época Jacques Chirac, al perorar en 1991 sobre «el ruido y el olor» de los negros y de los musulmanes- intentabanhacer de Le Pen para ganar votos, pero esto no suponía ninguna reflexión o interrogación sobre el racismo como producción institucional y el papel crucial jugados por los partidos dominantes.
La diabolización de Le Pen no ha permitido frenar la progresión del lepenismo, pero ha tenido una función de vía de escape. Ha permitido enmascarar la amplitud y la sistematicidad del racismo en la sociedad francesa, y de esta manera no tener nada fundamental que cambiar en la estructura social y el funcionamiento de las instituciones -tan sólo exorcizar el espectro del fascismo, con la mano en el corazón durante las fiestas electorales. Le Pen y el FN han sido así el instrumento para excluir la cuestión de la dominación blanca en Francia, de manera tanto más eficaz cuando había mil y una buenas razones para denunciar a Le Pen y para temer el ascenso del FN: esta tarea de denegar o esquivar la cuestión podía envolverse en las notorias facilidades deleso nunca más.
Pero el cuadro resulta muy diferente desde el momento en que se considera el racismo -en particular el racismo colonial- como una importante dimensión de la construcción del Estado francés (en el contexto de la República imperial y después neocolonial), como un eje central de la hegemonía burguesa, y como un actor fundamental de división en el seno de la clase de las y los explotados. Lo mismo ocurre con las declaraciones incontestablemente antisemitas de Le Pen: no se puede comprender que el FN hubiera agrupado hasta un 17% del electorado en 2002, sin tener en cuenta la muy duradera y profunda implantación del antisemitismo en la sociedad francesa (y más en general en las sociedades europeas).
Retomando y reorientando la metáfora médica, que por supuesto tiene límites, Le Pen ya no es el nombre del virus, sino uno de los síntomas más visibles de una enfermedad extendida durante mucho tiempo en las sociedad europeas, y de manera particularmente virulenta en un viejo imperialismo en declive como Francia.
Se comprende entonces mejor una de las fortalezas de la extrema derecha. Ésta puede presentarse y aparecer como una fuerza de contestaciónantisistemaopolíticamente incorrecta, ya que sus dirigentes fueron en un momento los únicos en reivindicar explícitamente lo que estaba implícito y era un eufemismo en la política dominante, y que por ello mismo han sido objeto de una diabolización por parte de los partidos y medios de comunicación dominantes (es verdad que ya no es el caso, como lo demuestra de manera clara la complacencia manifestada estos últimos días hacia Jean-Marie Le Pen).
Pero al mismo tiempo esta fuerza se encuentra en plena continuidad con el orden socio-racial establecido: cómodamente instalado en el sentido común nacional-racial y propiamentecolonialde la República Francesa y de su élite política, el FN/RN ha acabado por imponerse, ya no como un partido-paria, sino como la rama más determinada del nacionalismo francés, la expresión política de quienes quieren hacer cualquier cosa para queFrancia siga siendo su casa, y desde el punto de vista de la burguesía como un mecanismo de socorro posible en la actual situación de ingobernabilidad.
No hay nada que guste tanto a losgrandesmedios de comunicación y a los periodistas dominantes, cuando tratan de política, como los conflictos de personas, lospiquesy lasfrasecitas: cosas que pueden ser traducidas fácilmente al lenguaje trivial de las ambiciones decepcionadas o de las complicidades traicionadas, que es la materia prima de la prensapopular. El asqueo del público con los debates de ideas forma parte de la ideología profesional de los periodistaspolíticos, que no dejan de asociar las discusiones y divergencias políticas a tensiones interpersonales, o a una carrera de caballos por tal o cual puesto.
Desde ese punto de vista, la ruptura entre un padre y su hija a la cabeza de un partido sulfuroso era una especie de bendición para estos medios de comunicación, y habría que contar todas las entrevistas de estos últimos diez años en que han preguntado a Marine Le Pen o a su padre por lo quesintieronen el momento de la exclusión de este último del partido que había fundado 40 años antes, cómo habíanvividoestedramapersonal y familiar, etc. Pero a esta lectura lamentable se ha unido una idea simple, y falsa, que coincidía perfectamente con la estrategia de Marine Le Pen sobre la llamadadiabolización: la de una línea dura, intransigente, y de alguna manera anticuada (porque se asociaba a los viejos antojos de la extrema derecha de entreguerras o de la inmediata postguerra), encarnada en el padre, opuesta a una línea moderada, responsable y moderna, representada por la hija.
Así como en 2022 la presencia de Zemmour -y su perfil político casi enteramente volcado al exceso racista, en particular islamófobo- permitió a Marine Le Pen aparecer como una figura tranquilizadora para una parte del electorado tradicional de la derecha, la ruptura con Jean-Marie Le Pen constituyó a mediados de los años 2010 el mejor medio de dar consistencia a la idea de unnuevo FN, pronto rebautizado comoRassemblement national[RN, Agrupación Nacional]. Y no se puede decir que los comentaristas mediáticos hayan sido muy observadores, ni muy interesados en colocar a Marine Le Pen ante eventuales contradicciones, ya que en el mismo congreso de Tours de 2011 (donde fue la nueva presidenta del FN) aseguraba: «Asumo toda la historia de mi partido. Su historia es un todo, por lo que asumo todo».
Si se hubiera profundizado tan sólo un poco, se habría podido ver hasta qué punto el relevo entre el padre y la hija suponía menos un cambio denaturalezadel FN/RN o de su estrategia de conjunto, como una divergencia de táctica política. El verdadero cambio impulsado por Marine Le Pen consistió en abandonar tácticamente todo lo que podía aparecer ahora como un freno para sus ambiciones presidenciales, en particular las dimensiones más explícitamente antisemitas y negacionistas del discurso de extrema derecha -tras haber apoyado, hay que repetirlo en cada ocasión, las declaraciones de su padre durante más de tres décadas- para poner en primer plano elproblema del Islam. De esta forma ha radicalizado por medio de la islamofobia la retórica habitualmente xenófoba del FN y operado una readecuaciónrepublicana del discurso frentista, permitiendo insertarlo armoniosamente en la islamofobiamainstream.
Si se ha producido la ilusión de una transformación profunda del FN se debe a la muy amplia difusión de la islamofobia, que tiende a hacer aceptable el odio hacia los musulmanes o la sospecha de que éstos desearíaninfiltrarse en la Repúblicapara asegurar su dominación, y también al discurso público que convierte a la inmigración y a los inmigrantes enun problemapor resolver, y esto viene ya desde los años 1970. La instalación de un doble consenso xenófobo e islamófobo, unido a la afirmación de unanueva laicidad que permite estigmatizar a los musulmanes en nombre de la defensa de laRepública, tiende a legitimar por adelantado todas las salidas abiertamente racistas del FN, por lo menos cuando atacan a los inmigrantes y descendientes de inmigrantes -y en general a las personas- musulmanas o percibidas como tales.
Se debe señalar además que el antagonismo entre el padre y su hija no estalló cuando Jean-Marie Le Pen, aludiendo al pretendidoriesgo de sumersiónde Francia por la inmigración, afirmó en mayo de 2014, haciendo alusión a la epidemia que entonces asolaba Africa, que «Monseñor Ébola podría resolver esto en tres meses». Esta declaración no suscitó entonces ninguna condena por parte de la dirección del FN y de su presidenta; al contrario, la apoyó. Tampoco la exclusión de Jean-Marie Le Pen llevó a Marine Le Pen o a los actuales dirigentes del FN/RN a moderar sus discursos sobre esta presunta invasión migratoria, la autodenominada ocupación de Francia por una población extranjera o incluso la llamadacolonización al revés que llevaría a la destrucción o a la desaparición de Francia.
¿Cómo este profetismo xenófobo e islamófobo iba a contradecir la tesis mediática de un RN que se había vuelto respetable, cuando la gran mayoría del personal político y mediático dominante comulga también con la idea de unseparatismo musulmány de unainfiltración islamo-izquierdista, y que expresa en la más alta cumbre del Estado la retórica (tomada de la extrema derecha) de ladescivilizacióny delasalvajamiento?
Uno de los aspectos de la trayectoria de Jean-Marie Le Pen -y también de toda la extrema derecha francesa[2]Lo que vale también para lo esencial del campo político francés, hasta la socialdemocracia que fue incorregiblemente colonial en Francia (hasta hoy, lo que guarda relación con la actitud del PS … Seguir leyendo– que se suele eludir en el relato mediático dominante, y dejar casi siempre en silencio, es su fijación por el colonalismo francés y su participación activa en las guerras de la dominación colonial francesa en lo que entonces se denominabala Indochina y en Argelia.
Se suelen recordar las declaraciones antisemitas y negacionistas de Jean-Marie Le Pen; no tanto el hecho de que muchos de los primeros fundadores del FN fuesen antiguos petainistas, colaboracionistas y miembros de la Waffen SS, lo que resulta inconveniente cuando toda la derecha -incluída la Macronia- busca un acuerdo, más o menos tácito en este momento, con el FN/RN. Pero casi siempre se suele olvidar destacar la gran presencia de antiguos militantes y simpatizantes de la OAS (Organización del Ejército Secreto). Como recuerda el historiador Fabrice Riceputi, se trata de la organización terrorista que ha cometido, y con diferencia, el mayor número de atentados de la historia de Francia.
En el recorrido militante y político de Jean-Marie Le Pen, las guerras de Indochina y de Argelia han desempeñado un papel más estructurante que la colaboración con el ocupante nazi, precisamente porque Le Pen nació demasiado tarde para colaborar. Es verdad que eso no impidió entablar amistades muy duraderas con notorios colaboracionistas, volverse el portavoz de un turiferario de Pétain -el abogado Jean-Louis Tixier-Vignancour- durante la campaña presidencial de este último en 1965, o publicar cánticos nazis a la gloria de las SS y de Hitler en la sociedad de edición musical que creó y dirigió en los años 1960, durante su período de vacas flacas.
La defensa del colonialismo francés jugó un papel primordial para Le Pen por tres razones: en primer lugar como una experiencia formativa políticamente, donde hizo sus primeras armas (tanto en el sentido propio como figurado), y que le dio una especie de aura en los medios de la extrema derecha (puesto que se alistó en el prestigioso regimiento de paracaidistas); también porque el compromiso en la defensa del Imperio permitió a la extrema derecha salir de la completa marginalidad en que la había confinado la colaboración con el ocupante, aunque el resultado fuese desastroso por el momento, con la victoria de los movimientos de liberación nacional, tanto en Indochina como en Argelia; y por último, porque Juan-Marie Le Pen pudo y supo transferir hábilmente al campo político francés el racismo colonial, sobre todo anti-árabes. Este racismo azotaba de mil maneras la vida cotidiana de los inmigrantes argelinos, hasta llegar al asesinato de cientos de ellos y ellas el 17 de octubre de 1961, pero fue Le Pen más que nadie quien lo convirtió en un arma político y electoral eficaz.
Tal vez se dudaría menos del carácter fascista de Le Pen y de su corriente política si se dejase de desvincular el fascismo de la cuestión colonial, si se tomase más en serio la violencia de la empresa colonial francesa (en particular en Argelia) y del racismo que le está asociado, en particular la manera como ha impregnado al cuerpo social francés. Tal vez se habría dado menos crédito a la grotesca tesisinmunitariade que Francia se habría mantenidoalérgica al fascismo a causa de sus valores republicanos, tesis más o menos equivalente a la idea de que la nube de Chernobyl habría tenido la decencia de no atravesar las fronteras francesas.
Tal vez se habría comprendido también que la ruptura verbal y táctica del FN/RN de Marine Le Pen con el antisemitismo cohabitaba con la focalización en la islamofobia, que funciona en Francia como unracismo respetable, legítimo al estar legitimado por décadas de laicidad falsificada y de discursos que hacen aparecer al Islam y los musulmanes como una amenaza, para Francia y/o para la República.
Seguro que la gran mayoría de quienes han celebrado la muerte de Le Pen no tienen ninguna ilusión sobre los efectos de su desaparición. Esta muerte era anhelada y esperada, porque era algo exasperante ver sobrevivir durante tanto tiempo, y en la opulencia, a un torturador de argelinos, un promotor asiduo del racismo, del machismo y de la homofobia, que vino a devolver una audiencia masiva al proyecto fascista en la sociedad francesa. Muy ayudado por las políticas neoliberales, que intensificaron todas las concurrencias en la sociedad francesa desde los años 1980, y también por la deriva de la derecha, que radicalizó a su electorado, y las traiciones de la izquierda, que desmovilizaron al suyo.
Le Pen supo captar la oportunidad abierta por la crisis de la representación política iniciada en los años 1980, no sólo porque había un vacío, sino porque supo encontrar las vías para una política de masas partiendo de la visión del mundo propia de la extrema derecha. Éste es el aspecto que nos debe importar más: no las innobles declaraciones proferidas por Jean-Marie Le Pen a lo largo de su larga carrera, con un alcance de provocación que le permitía volver sin cesar al centro del juego político, sino la manera como llegó a transformar la obsesión nacionalista, el resentimiento racista y la nostalgia colonial en fuerza político-electoral. Esto es lo que sigue vivo en la política del FN/RN, sin que importe mucho en el fondo lo que figure explícitamente en el programa electoral de esta partido, que sus dirigentes pronto olvidarán una vez llegados al poder.
Éste es el principal desafío para la izquierda, tanto en Francia como en otros sitios: encontrar (o reencontrar) el camino de una política de masas. Pero desde ese punto de vista el antilepenismo en sentido estrecho está en un impasse. En este estadio de su desarrollo, a la extrema derecha no se le puede hacer frente sólo bajo esta forma estrictamente reactiva y defensiva, ya se trate del antifascismorepublicano (que aspira a defender las instituciones contra los fascistas y pretende que las instituciones nos defenderán contra los fascistas) o de un antifascismo más radical que pretende sobre todo impedir a los fascistas aparecer públicamente y constituirse en fuerza militante.
Desde luego, cuando los fascistas intentan implantarse localmente (en un barrio, un pueblo, una ciudad, una universidad, una empresa o una asociación), es crucial cerrarles el camino, por medio de la movilización más amplia y más determinada. Pero cuando la extrema derecha está en las puertas del poder, cuando aparece para una franja importante de la población como la principal fuerza política capaz de poner término a la gran empresa de brutalización macronista, no se le puede hacer retroceder sin contestar este papel, sin proponer una solución a la crisis política, sin ser en suma candidato al poder con una orientación de ruptura con el orden socio-racial establecido. Este es el desafío que debemos afrontar en los meses y años por venir.
Lo que por lo demás es falso, habiendo sido Jean-Marie Le Pen toda su vida un pedante, chapoteando en algunos elementos de cultura clásica aprendidos de memoria en los colegios de jesuítas en que fue precozmente escolarizado, y sintiéndose mucho más cómodo en un repertorio de escritores fascistas (sobre todo Brasillach) y de canciones picantes que en la filosofía o la literatura (clásica o contemporánea). Para hacerse una idea, ver: Michel Eltchaninoff, «Quand Jean-Marie Le Pen parlait de philosophie» [«Cuando Jean-Marie Le Pen hablaba de filosofía»], Philosophie Magazine, 7 de enero de 2025.
Lo que vale también para lo esencial del campo político francés, hasta la socialdemocracia que fue incorregiblemente colonial en Francia (hasta hoy, lo que guarda relación con la actitud del PS actual sobre la cuestión palestina). Hay que recordar en particular el papel de François Mitterrand durante la guerra de Argelia, Ministro de Justicia durante la gran represión de Argel cuando autorizó la ejecución de 45 militantes del FLN argelino y se opuso al 80% de los recursos de gracia.
Diana O’Dwyer forma parte de la red RISE (https://www.letusrise.ie/) y es miembro del actual Comité Directivo de People Before Profit (https://www.pbp.ie/).
Traducción: Punto de Vista Internacional Fuente: Rupture.ie
Actualidad Internacional: Latitudes. Europa
10/12/2024
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Tras las últimas elecciones de 2020, escapar de un siglo de gobierno FF-FG parecía no sólo posible, sino probable. El ciclo de alternancia entre los dos enemigos se había roto por fin con los gemelos idénticos del capitalismo irlandés forzados a formar una gran coalición, apuntalada por el Partido Verde con el apoyo externo de los diputados independientes de derechas. El colapso económico de 2008 y la década de agitación y lucha social que le siguió habían permitido al Sinn Féin (SF) arrebatarle por primera vez el manto de mayor partido en el Dáil y parecía seguro que encabezaría el próximo gobierno. Pero ahora, casi 5 años después, FF y FG han vuelto con 13 escaños más y sólo les falta un escaño para la mayoría, frente a los 7 de la última vez. No son más populares que en 2020: de hecho, su porcentaje de votos ha bajado ligeramente (un 0,4%). Pero en una situación con poca lucha de clases y en la que no se planteaba ninguna alternativa clara, han sido capaces de mantener e incluso mejorar su posición. FF encabeza el sondeo con un 22%, seguido de FG con un 21% y SF con un 19%. Todo lo que se interpone entre FF-FG y otros 5 años de gobierno es un poco de negociación con los independientes de la «reserva genética» y/o con el Partido Laborista, amante de las coaliciones. 11 de los 16 diputados independientes son ex-FF o FG y sólo abandonaron el barco porque no lograron avanzar dentro de esos partidos, o porque necesitaban desvincularse de una decisión impopular del Gobierno. El veterano locutor Vincent Browne observó cáusticamente que «no hay ninguna razón por la que no podamos tener un nuevo gobierno el próximo martes. FF/FG tienen que encerrar a 8 independientes, lo que debería llevar hora y media». A los independientes de izquierdas, que en las últimas elecciones han constituido una parte considerable del voto independiente, les fue mal: diputados de larga trayectoria como Joan Collins y Thomas Pringle perdieron sus escaños, y la ex eurodiputada Clare Daly no logró hacerse notar en Dublín Central. Seamus Healy, de 74 años, recuperó su escaño en Tipperary Sur. A pesar de que las cifras apuntan a un gobierno FF-FG apoyado por independientes de derechas, se sigue especulando con la posibilidad de una coalición con los laboristas o los socialdemócratas, que obtuvieron 11 escaños cada uno. Ambos partidos aumentaron sus votos, en gran parte gracias al hundimiento del Partido Verde, castigado por su papel de partido menor en la coalición saliente. En conjunto, el voto a este bloque de «centro-izquierda» bajó ligeramente, del 14,4% al 12,5%. Dejando a un lado el arribismo de los partidos de centro-izquierda, la razón por la que se sigue contemplando una coalición tripartita es que la rutina de 20 años de FF/FG uniéndose con partidos o independientes a su centro-izquierda les ha servido muy bien. El último gobierno fue una coalición FF-FG con los Verdes, el anterior una coalición minoritaria FG con centro-izquierda e independientes localistas (con confianza y suministro de FF) (2016-2020), el anterior fue FG y Laboristas (2011-2016) y el anterior fue FF y los Verdes (2007-2011). En todos los casos, el componente más pequeño de centro-izquierda ha sido un excelente guardabarros, cargando con la mayor parte de la mierda de las decisiones del Gobierno mientras le permitía cambiar ligeramente de color cada pocos años: del verde más claro al rosa pálido, al arco iris desteñido y al verde más claro de nuevo. Al final, el guardabarros se cae y recibe una nueva patada de los votantes en las siguientes elecciones. La bicicleta permanece limpia y seca, lista para un nuevo guardabarros. En muchos sentidos, esta composición de los últimos gobiernos es un fiel reflejo político de la base económica de la sociedad irlandesa. Los altos niveles de inversión extranjera directa (IED), gracias a las enormes exenciones fiscales a las empresas, son fundamentales para la economía irlandesa, que sigue dependiendo por completo de las multinacionales estadounidenses, no sólo en lo que respecta a los ingresos por el impuesto de sociedades y el impuesto sobre la renta, sino también en lo que respecta a los puestos de trabajo bien remunerados que sustentan el amplio sector de servicios irlandés, con salarios bajos, así como el sector público. Las estadísticas oficiales muestran que las multinacionales extranjeras emplean al 27% de los trabajadores del sector privado (623.128 personas), pero pagan el 37% del total de los salarios irlandeses y representan el 71% del Valor Añadido Bruto del sector privado. La expresión «representan» se utiliza deliberadamente, ya que gran parte de este VAB se compone de propiedad intelectual y fabricación por contrato en el extranjero domiciliada en Irlanda a efectos fiscales. En este contexto, FF y FG representan a una resistente clase capitalista compradora cuya principal preocupación es mantener un modelo de desarrollo económico basado en altos niveles de IED y en la evasión fiscal de las empresas multinacionales. El mantenimiento de esta base proporciona flujos continuos de capital que pueden mediar y desviar, en particular en los mercados inmobiliario y de la vivienda, pero también a través de empleos bien remunerados para abogados, contables, consultores de TI y el resto de las clases directivas profesionales de Irlanda -cuyo flanco izquierdo socialmente preocupado constituye gran parte de la base social de los partidos de centro-izquierda del fango. El ascenso del SF, cuya base de apoyo está mucho más arraigada en la clase trabajadora, había amenazado con trastornar este robusto carro de Apple. Durante varios años después de las elecciones de 2020, el SF supuso una amenaza real para el dominio permanente del FF y el FG. Obtuvieron el 24,5% de los votos en 2020 y en abril de 2023 habían alcanzado un máximo del 37% de apoyo en las encuestas de opinión. Sin embargo, en estas elecciones solo recibieron el 19% de los votos.
La causa inmediata del colapso del apoyo al SF fueron los incesantes ataques de la extrema derecha, que identificó al SF como su principal rival para el apoyo de la clase trabajadora. Difundieron incesantemente mentiras escandalosas sobre ellos en las redes sociales (como anuncios falsos en línea de burkas con la marca del SF) y consiguieron problematizar el aumento de la inmigración a partir de [1]La inmigración comenzó a aumentar a finales de 2021 y principios de 2022, pero esto se debió en gran medida a la puesta al día una vez que se levantaron las restricciones de viaje de Covid. El … Seguir leyendo 2022 y culpar al SF de ello, a pesar de que no estaban en el Gobierno. La razón por la que el SF era tan vulnerable a ser culpado por las acciones del gobierno era que desde 2020 habían llegado a verse a sí mismos como un gobierno en espera y a actuar en consecuencia. Los representantes del SF en el Frontbench seguían de cerca a los departamentos del Gobierno como preparación para convertirse en ministros, reuniéndose con las partes interesadas de la industria en áreas como la vivienda y la salud y señalando su sensatez en cada oportunidad. Los estrategas del SF veían en el término medio la forma de ampliar su base de apoyo más allá de los obreros, a los trabajadores de cuello blanco y a la clase media. Los representantes del SF intentaron tranquilizar cada vez más a la clase capitalista y a las grandes multinacionales, en particular, diciéndoles que un gobierno del SF no supondría ninguna amenaza para el business as usual. Su portavoz de finanzas, Pearse Doherty, prometió a los inversores internacionales en una reunión celebrada el pasado mes de mayo que el SF no introduciría ningún cambio significativo en el planteamiento del Estado sobre el impuesto de sociedades o la IED. Un informe de Davy’s Stockbrokers lo confirmó, asegurando a los inversores que «en general, el enfoque del Sinn Féin desde un punto de vista económico es más “New Labour” que “Corbyn Labour”». En consonancia con este giro a la derecha, el SF dejó de presentarse como el núcleo de un gobierno alternativo que excluiría al FF y al FG. Después de la votación de 2020, se habían acercado al PBP y a los partidos de centro izquierda para formar un gobierno alternativo sin FF y FG, e incluso celebraron grandes mítines públicos para galvanizar el apoyo. Sin embargo, pronto volvieron a hablar de un «gobierno liderado por el SF», fraseología que dejaba la puerta abierta a una coalición con el FF si el SF era el partido más grande. Se negaron repetidamente a descartar una coalición con el FF y rechazaron los repetidos llamamientos del PBP a una alianza de izquierdas para estas elecciones. Todo esto significaba que el SF estaba vendiendo a sus seguidores incluso antes de llegar al gobierno. Dieron por sentada su base de apoyo de la clase trabajadora y la extrema derecha la explotó despiadadamente en su propio beneficio, apuntando la ira de la clase trabajadora por la crisis de la vivienda y el coste de la vida y la sospecha hacia el SF en la dirección equivocada: hacia la hostilidad hacia los inmigrantes y la llamada «agenda woke». Una encuesta a pie de urna realizada el día de las elecciones reveló que el nivel de vida había empeorado para casi la mitad de los votantes del SF y el PBP en el último año, frente al 71% de los simpatizantes de «otros partidos», en su mayoría de extrema derecha. Pero incluso esto subestima el impacto de la crisis del coste de la vida en los sectores más presionados de la clase trabajadora y entre los jóvenes, que son los menos propensos a votar. La participación en las elecciones fue la más baja de la historia, con un 59,7%, frente al 62,88% de 2020, cuando el SF encabezó las encuestas por primera vez. Fue mucho menor en las zonas de clase trabajadora como Jobstown en PBP TD, la circunscripción de Paul Murphy de Dublín Suroeste, donde la participación fue del 39%. Es difícil medir con precisión la participación entre los jóvenes, pero ciertamente no fue nada parecido al referéndum de Repeal en 2018, cuando miles de jóvenes obligados a emigrar por la crisis de la vivienda volaron a casa para votar. En los últimos cinco años, los movimientos sociales de izquierda y progresistas han sido escasos. La única excepción real ha sido el movimiento sobre Palestina, que forma parte de un movimiento antiimperialista vital a nivel internacional, pero que probablemente es el que menos compra en las zonas de clase trabajadora duramente presionadas, objetivo de la extrema derecha. Lo mismo ha sucedido a nivel internacional, con un descenso perceptible de los movimientos progresistas a partir de 2020. La pandemia ha contribuido a frenar los movimientos por el clima y por los derechos de las mujeres, y en Irlanda la extrema derecha ha esparcido sus esporas por primera vez bajo Covid. Aparte del movimiento sobre Palestina, ha habido pocas señales de un resurgimiento generalizado de la lucha progresista en los años posteriores. No fue por falta de intentos. PBP participó (y a menudo ayudó a organizar) prácticamente todos los movimientos o protestas progresistas de los últimos 5 años, incluidas innumerables manifestaciones sobre Palestina, el coste de la vida, la justicia para los discapacitados, la vivienda, el antirracismo y las contramanifestaciones de extrema derecha. Sin embargo, en última instancia, el persistente bajo nivel de lucha era un factor objetivo sobre el que teníamos poco control.
En este vacío, fluyó la extrema derecha. A pesar de su reducida base de activistas, han conseguido desplazar la política hacia la derecha con la ayuda de miles de simpatizantes internacionales de extrema derecha y de bots de las redes sociales. Esto ha incluido al multimillonario de extrema derecha Elon Musk, cuya toma de control de Twitter en 2022 fue fundamental para difundir su mensaje de odio -o en palabras de Steve Bannon- de «inundar la zona de mierda». El pasado mes de abril, un análisis de Sky News sobre hashtags antimigración relacionados con Irlanda reveló que la mayoría procedían de Estados Unidos. Este apoyo internacional en las redes sociales les ha hecho parecer que tienen mucho más apoyo popular del que realmente tienen. Las protestas localizadas contra el alojamiento de los solicitantes de asilo, que incluyeron decenas de incendios provocados probablemente por un pequeño núcleo de extremistas, también les granjearon una enorme atención mediática y les hicieron parecer que contaban con apoyo en todo el país. En retrospectiva, los disturbios de extrema derecha en Dublín el 21 de noviembre de 2023 fueron un punto de inflexión clave para el apoyo del SF, y la esperanza de un gobierno alternativo que excluyera al FF y al FG. Los disturbios causaron daños por valor de millones de euros y convirtieron el centro de Dublín en una zona prohibida durante muchas horas. Hubo ataques incendiarios contra autobuses, coches de policía y alojamientos para refugiados, y saqueos masivos de tiendas. El SF intentó aprovecharse de la situación para ganar respetabilidad, respondiendo con un enfoque reaccionario de ley y orden y atacando al gobierno por su historial en materia policial y de comportamiento antisocial. Presentaron una moción de censura contra el ministro de Justicia, que estaba en el punto de mira de la extrema derecha por haber introducido leyes contra la incitación al odio. En lugar de unirse al PBP para atacar a la extrema derecha por fomentar deliberadamente los disturbios en las redes sociales y al gobierno por crear las carencias sociales que llevaron a tantos jóvenes del centro de la ciudad a unirse alegremente, el SF se inclinó por la narrativa de la derecha de que Dublín se había convertido en un lugar peligroso que necesitaba un aumento masivo de la vigilancia policial. Esa narrativa estaba sustancialmente arraigada en los temores racistas que se azuzaban en torno a los hombres inmigrantes negros y morenos, por lo que paradójicamente fortaleció a la extrema derecha en un momento en que debería haber sido seriamente socavada. La postura del SF en favor de la ley y el orden tampoco convenció a la clase media. Su historial de violencia y criminalidad fue exhaustivamente exhumado en los medios de comunicación y por los partidos del gobierno, que los retrataron como cínicos que intentaban explotar los disturbios para obtener beneficios políticos. A partir de entonces, la popularidad del SF empezó a caer en picado. Su popularidad se resintió aún más tras su apoyo al voto afirmativo en los referendos sobre la familia y la atención sanitaria, que fueron masivamente derrotados el pasado mes de marzo, y que la extrema derecha explotó con éxito en las redes sociales como nuevos frentes en la guerra cultural. En las elecciones locales de junio obtuvieron unos resultados terribles, con menos del 12% de los votos, mientras que varios concejales de extrema derecha fueron elegidos en bastiones tradicionales del SF. Desde entonces, el SF ha estado dando tumbos, tomando medidas de retaguardia para intentar neutralizar el impacto de la extrema derecha y el sentimiento antiinmigración en su voto. Dieron marcha atrás en su postura sobre la legislación contra los delitos de odio, que antes habían apoyado, y fueron muy criticados por sus silbidos de perro sobre la oposición a las «fronteras abiertas». El pasado julio publicaron «un plan para arreglar nuestro maltrecho sistema de protección internacional» que prometía deportaciones más rápidas y se oponía a ubicar centros de acogida en zonas de clase trabajadora por motivos de recursos. Esta complacencia con la extrema derecha y el sentimiento antiinmigración no logró reavivar su apoyo, ya que se alimentó de la percepción preexistente de muchos votantes de clase trabajadora de que el SF era inconstante y poco digno de confianza. Puede que les impidiera perder aún más apoyo a su derecha, pero esto probablemente se vio contrarrestado por la pérdida de apoyo a su izquierda. A partir de septiembre, el SF siguió cayendo en picado tras la cobertura mediática de varios escándalos internos de acoso sexual y abuso de menores. El apoyo del SF tocó fondo con un 16% en octubre de 2024, cerrando un «Annus horribilis» para el partido justo antes de las elecciones. Negativa a descartar una coalición con la derecha El eslogan de campaña del SF, «Vota para cambiar el Gobierno», habría sido una obviedad banal en cualquier otra democracia liberal -exceptuando quizá el México del siglo XX-. En Irlanda, con sus 100 años de reinado de Fianna Fail y Fine Gael, parecía radical. Y, sin embargo, también se vio socavada de inmediato por la negativa del SF a decir cuál debería ser ese «gobierno cambiado». A pesar de que el FF les descartó como socios de coalición, el SF se negó rotundamente a hacer lo mismo y descartar la coalición con el FF y el FG. Esto habría dado a los votantes una opción clara entre más de lo mismo y un gobierno alternativo sin ninguno de los partidos del establishment que habían gobernado el país desde la independencia. El SF no fue el único culpable. Los partidos experimentados y potenciales en el barro -los laboristas, los Verdes y los socialdemócratas- también se negaron a descartar la coalición con FF y FG. Los laboristas y los verdes estaban abiertamente dispuestos a volver a la cama con ellos y los socialdemócratas se negaron a apoyar el llamamiento a votar a la izquierda -transferencia a la izquierda hasta el día antes de las elecciones- después de que el SF lo hubiera hecho tardíamente. En realidad, estos dos arrebatos de unidad de la izquierda en el último minuto tenían más que ver con absorber las transferencias de los oponentes que con cualquier intento serio de presentar una alianza de izquierda alternativa al electorado. El SF y los socialdemócratas podrían haber apoyado los llamamientos del PBP a favor de un frente electoral de izquierdas el pasado julio y haber presentado a los ciudadanos una alternativa de izquierdas clara, como el NPF en Francia. De haberlo hecho, el resultado de las elecciones podría haber sido diferente. En los últimos cinco años, la cuestión con más potencial para desencadenar un movimiento obrero de masas fue probablemente la crisis del coste de la vida. A diferencia de la crisis de la vivienda, tuvo un inicio repentino, en lugar de gradual, a partir de 2022, y afectó a una franja más amplia de la sociedad. En 2023, un tercio de la población vivía en la pobreza energética y los precios de los comestibles habían subido un 20%. El movimiento emergente tuvo su punto álgido antes del Presupuesto, en octubre de 2022, cuando PBP ayudó a organizar una protesta de 30.000 personas en el centro de Dublín bajo la bandera de la Coalición del Coste de la Vida. Sin embargo, la bonanza sin precedentes del Gobierno en materia de impuestos a las empresas multinacionales -que ascendió a 35.000 millones de euros para el año en noviembre, en comparación con un máximo anterior de 24.000 millones de euros el año pasado- le permitió cortar de raíz cualquier movimiento emergente con bastante eficacia. Se repartieron miles de millones de euros en pagos únicos, desde créditos energéticos hasta la duplicación de las prestaciones sociales. El mismo truco se repitió en el Presupuesto del pasado mes de octubre, con la doble prestación por hijo a cargo y las ayudas sociales concedidas a millones de personas en noviembre y de nuevo en diciembre, justo antes e inmediatamente después de las elecciones. Esta capacidad para atenuar la crisis del coste de la vida ayudó a FF-FG a eludir la llamada maldición del cargo que ha derribado a tantos gobiernos este año, incluso en Estados Unidos. La última encuesta del Eurobarómetro, realizada a finales de octubre y principios de noviembre, reveló que el 79% de los irlandeses encuestados calificaban de buena la situación económica de sus hogares. El 63% calificó de «buena» la economía nacional, frente al 35% en el conjunto de los Veintisiete. Estos resultados serían muy diferentes para la base de apoyo del PBP, que está arraigada en los sectores más presionados de la clase trabajadora urbana, el mismo grupo demográfico que constituye el núcleo desatendido de apoyo del SF, pero que representa como mucho una quinta parte de la población. Como se mencionó anteriormente, la mitad de los votantes del SF y del PBP habían visto disminuir su nivel de vida en el último año, en comparación con el 35% de los votantes en general. La administración entrante de Trump ha identificado a Irlanda como un importante paraíso fiscal para las multinacionales estadounidenses y ha amenazado con traerlas de vuelta a casa a efectos fiscales, por lo que no está claro si la bonanza fiscal de las empresas irlandesas continuará. Esta amenaza terminó siendo otro factor importante en el regreso del gobierno, ya que en la última semana de la campaña, FF y FG intensificaron el «Proyecto Miedo», advirtiendo a los votantes que no arriesgaran la economía votando por SF, a pesar de que también había prometido proteger el estatus de paraíso fiscal corporativo de Irlanda.
Enfrentados a esta combinación de bajos niveles de lucha y temores sobre el futuro de la economía, tanto el SF como el PBP lucharon por ganar terreno. PBP-Solidarity consiguió aumentar ligeramente su porcentaje de votos hasta el 2,84% a escala nacional presentando candidatos en casi todas las circunscripciones, lo que nos permitió superar fácilmente el umbral del 2% para la financiación estatal de los partidos políticos. Esto también reveló que ahora hay un pequeño «voto de partido» para nosotros en todo el país que no habíamos aprovechado antes. En futuras elecciones locales, en particular, podría tener sentido hacer campañas fuertes en varias partes de Dublín y los condados circundantes donde nunca hemos tenido diputados o concejales electos, pero donde hemos aumentado nuestro voto en estas elecciones. Desgraciadamente, fue en nuestros bastiones tradicionales donde tuvimos más dificultades, lo que nos hizo perder más de una quinta parte de nuestros votos en zonas donde teníamos diputados y 2 de nuestros 4 escaños en el Dáil. En el centro-oeste de Dublín nos vimos presionados por la extrema derecha y perdimos el escaño de Gino Kenny. En el centro-sur de Dublín nos vimos presionados por el SF y los socialdemócratas y también perdimos nuestro escaño. En Dun Laoghaire, donde Richard Boyd Barrett tenía el escaño más seguro antes de las elecciones, perdimos el 29% de nuestros votos. La única zona de TD en la que aumentó nuestro voto fue en Dublín Suroeste, pero incluso allí fue una campaña muy reñida. Paul Murphy se había visto muy afectado por una redistribución de los límites de la circunscripción que eliminó nuestra mejor zona, pero consiguió conservar el último escaño y fue reelegido en el último recuento. Los datos preliminares del recuento sugieren que pudimos resistir la caída general de la participación en las zonas de clase trabajadora haciendo que nuestros votantes acudieran a las urnas en mayor proporción que los votantes de otros partidos. Las lecciones de estas elecciones para el futuro apuntan a la necesidad de ofrecer a la clase trabajadora una clara alternativa de izquierdas al «FF-FG para siempre». Sin embargo, también demuestran la dificultad para las organizaciones socialistas de nadar contracorriente en condiciones en las que existe un bajo nivel de lucha combinado con una economía y un gobierno que pueden mitigar los peores efectos de la crisis del coste de la vida para la mayoría de la clase trabajadora.
La inmigración comenzó a aumentar a finales de 2021 y principios de 2022, pero esto se debió en gran medida a la puesta al día una vez que se levantaron las restricciones de viaje de Covid. El verdadero aumento de la inmigración se produjo tras la invasión rusa de Ucrania. Según cifras de la CSO, aproximadamente dos tercios de los 160.300 inmigrantes del «resto del mundo» a Irlanda (es decir, de países no pertenecientes a la UE, excluidos Reino Unido, EE.UU., Canadá y Australia) entre marzo de 2022 y marzo de 2024 procedían de Ucrania.
Traducción: Punto de Vista Internacional Fuente: tempestmag.org
Actualidad Internacional: Entrevista con…
09/12/2024
Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.
La rebelión en Siria ha cogido al mundo por sorpresa y ha provocado la caída de la dictadura de la familia Assad, que ha gobernado Siria desde que el padre de Bashar al-Assad, Hafez, tomó el poder en un golpe de Estado hace 54 años. Ni las fuerzas militares del régimen ni su patrocinador imperial, Rusia, ni su respaldo regional, Irán, han podido defenderlo. Se han liberado ciudades bajo control del régimen, se ha liberado a miles de presos políticos de sus tristemente célebres mazmorras y se ha abierto espacio para una nueva lucha por una Siria libre, integradora y democrática por primera vez en décadas.
Al mismo tiempo, la mayoría de los sirios saben que esa lucha se enfrenta a enormes desafíos, empezando por las dos fuerzas rebeldes clave, Hayat Tahrir Al-Sham (HTS) y el Ejército Nacional Sirio (SNA), respaldado por Turquía.Aunque encabezaron la victoria militar, son autoritarias y tienen un historial de sectarismo religioso y étnico.Algunos en la izquierda han afirmado sin fundamento que su rebelión fue orquestada por Estados Unidos e Israel.Otros han idealizado acríticamente a estas fuerzas rebeldes como si reavivaran la revolución popular original que estuvo a punto de derrocar al régimen de Assad en 2011.Ninguno de ellos capta la compleja dinámica que se desarrolla en la Siria actual.
En esta entrevista, realizada en medio de una situación rápidamente cambiante en Siria, Tempest pregunta al socialista suizo sirio Joseph Daher sobre el proceso que llevó a la caída del régimen de Assad, las perspectivas de las fuerzas progresistas y los desafíos a los que se enfrentan para luchar por un país verdaderamente liberado que sirva a los intereses de todos sus pueblos y clases populares.
Tempest:¿Cómo se sienten los sirios tras la caída del régimen?
Joseph Daher: La felicidad es increíble. Es un día histórico. Han desaparecido 54 años de tiranía de la familia de Assad. Hemos visto vídeos de manifestaciones populares en todo el país, desde Damasco, Tartous, Homs, Hama, Alepo, Qamichli, Suwaida, etc. de todas las sectas religiosas y etnias, destruyendo estatuas y símbolos de la familia de Assad.
Y, por supuesto, una gran alegría por la liberación de los presos políticos de las cárceles del régimen, en particular de la cárcel de Sednaya, conocida como el «matadero humano», que podía contener entre 10.000 y 20.000 presos. Algunos de ellos llevaban detenidos desde los años ochenta. Del mismo modo, las personas, que habían sido desplazadas en 2016 o antes, de Alepo y otras ciudades, han podido regresar a sus hogares y barrios, viendo a sus familias por primera vez en años.
Al mismo tiempo, en los primeros días tras la ofensiva militar, las reacciones populares fueron inicialmente variadas y confusas, reflejo de la diversidad de opiniones políticas de la sociedad siria, tanto dentro como fuera del país. Algunos sectores estaban muy contentos con la conquista de estos territorios y el debilitamiento del régimen, y ahora su posible caída.
Pero algunos sectores de la población también temían, y siguen temiendo, al HTS y al SNA. Les preocupa la naturaleza autoritaria y reaccionaria de estas fuerzas y su proyecto político.
Y a algunos les preocupa lo que pueda ocurrir en la nueva situación. En particular, amplios sectores de kurdos, así como otros, aunque se alegran de la caída de la dictadura de Assad, han emitido condenas por los desplazamientos forzosos y los asesinatos de personas por parte del SNA.
Tempestad:¿Puedes relatar la secuencia de acontecimientos, especialmente el avance rebelde, que derrotó a las fuerzas militares de Assad y condujo a su caída?¿Qué ha sucedido?
JD: Hayat Tahrir Al-Sham (HTS) y el Ejército Nacional Sirio (SNA), respaldado por Turquía, lanzaron una campaña militar el 27 de noviembre de 2024 contra las fuerzas del régimen sirio, anotándose victorias asombrosas. En menos de una semana, el HTS y el SNA se hicieron con el control de la mayor parte de las provincias de Alepo e Idlib. A continuación, la ciudad de Hama, situada a 210 kilómetros al norte de Damasco, cayó en manos del HTS y el SNA tras intensos enfrentamientos militares entre ellos y las fuerzas del régimen apoyadas por la aviación rusa. Tras Hama, el HTS se hizo con el control de Homs.
Inicialmente, el régimen sirio envió refuerzos a Hama y Homs, y después, con el apoyo de la fuerza aérea rusa, bombardeó las ciudades de Idlib y Alepo y sus alrededores. Los días 1 y 2 de diciembre, más de 50 ataques aéreos alcanzaron Idlib, donde se vieron afectados al menos cuatro centros sanitarios, cuatro centros escolares, dos campos de desplazados y una estación de suministro de agua. Los ataques aéreos han desplazado a más de 48.000 personas y han interrumpido gravemente los servicios y la prestación de ayuda. El dictador Bashar al-Assad había prometido la derrota a sus enemigos y afirmado que «el terrorismo sólo entiende el discurso de la fuerza». Pero su régimen ya se desmoronaba por todas partes.
Mientras el régimen perdía ciudad tras ciudad, las gobernaciones meridionales de Suweida y Daraa se liberaron; sus fuerzas de oposición armada populares y locales, separadas y distintas del HTS y el SNA, se hicieron con el control. A continuación, las fuerzas del régimen se retiraron de localidades situadas a unos diez kilómetros de Damasco y abandonaron sus posiciones en la provincia de Quneitra, fronteriza con los Altos del Golán, ocupados por Israel.
A medida que distintas fuerzas armadas de la oposición, no de nuevo HTS ni SNA, se acercaban a la capital, Damasco, las fuerzas del régimen simplemente se desmoronaban y se retiraban, mientras que las manifestaciones y la quema de todos los símbolos de Bashar al-Assad se multiplicaban en los distintos suburbios de Damasco. En la noche del 7 al 8 de diciembre, se anunció que Damasco había sido liberada. Al principio se desconocía la suerte y el paradero exactos de Bashar al-Assad, pero algunas informaciones indicaban que se encontraba en Rusia bajo la protección de Moscú.
La caída del régimen demostró su debilidad estructural, militar, económica y política. Se derrumbó como un castillo de naipes. No es de extrañar, porque parecía claro que los soldados no iban a luchar por el régimen de Assad, dados sus malos salarios y condiciones. Preferían huir o simplemente no luchar antes que defender a un régimen por el que sienten muy poca simpatía, sobre todo porque muchos de ellos habían sido reclutados a la fuerza.
Junto a estas dinámicas en el sur, se han producido otras en diferentes partes del país desde el comienzo de la ofensiva de los rebeldes. En primer lugar, el SNA dirigió ataques contra territorios controlados por las Fuerzas Democráticas Sirias (SDF) lideradas por los kurdos en el norte de Alepo, y luego anunció el inicio de una nueva ofensiva contra la ciudad septentrional de Manbij, que está bajo el dominio de las SDF. El domingo 8 de diciembre, con el apoyo del ejército, la aviación y la artillería turcos, las FDS entraron en la ciudad.
En segundo lugar, las Fuerzas de Autodefensa han capturado la mayor parte de la gobernación de Deir-ez-Zor, anteriormente controlada por las fuerzas del régimen sirio y las milicias proiraníes, después de que éstas se hubieran retirado para desplegarse en otras zonas para luchar contra el HTS y el SNA. Las SDF ampliaron entonces su control sobre vastas franjas del noreste que antes estaban bajo dominio del régimen.
Tempest:¿Quiénes son las fuerzas rebeldes y, en particular, las principales formaciones rebeldes HTS y SNA?¿Cuál es su política, su programa y su proyecto?¿Qué piensan de ellos las clases populares?
JD: La exitosa toma de Alepo, Hama, Homs y otros territorios en una campaña militar dirigida por el HTS refleja en muchos sentidos la evolución de este movimiento a lo largo de varios años hacia una organización más disciplinada y estructurada, tanto política como militarmente. Ahora puede producir drones y dirige una academia militar. HTS ha sido capaz de imponer su hegemonía a un cierto número de grupos militares, tanto mediante la represión como mediante la inclusión en los últimos años. Basándose en estos avances, se ha posicionado para lanzar este ataque.
Se ha convertido en un actor casi estatal en las zonas que controla. Ha establecido un gobierno, el Gobierno Sirio de Salvación (SSG), que actúa como administración civil de HTS y le presta servicios. En los últimos años, HTS y el SSG han mostrado una clara voluntad de presentarse como una fuerza racional ante las potencias regionales e internacionales para normalizar su dominio. Esto se ha traducido, en particular, en un espacio cada vez mayor para que algunas ONG operen en sectores clave como la educación y la sanidad, en los que el SSG carece de recursos financieros y experiencia.
Esto no significa que no exista corrupción en las zonas bajo su dominio. Ha impuesto su dominio con medidas autoritarias y policiales. HTS ha reprimido o limitado notablemente las actividades que considera contrarias a su ideología. Por ejemplo, detuvo varios proyectos de apoyo a las mujeres, especialmente a las residentes en campamentos, con el pretexto de que fomentaban ideas de igualdad de género hostiles a su dominio. HTS también ha atacado y detenido a opositores políticos, periodistas, activistas y personas a las que consideraba críticas u opositoras.
HTS -que sigue estando catalogada como organización terrorista por muchas potencias, incluido Estados Unidos- también ha tratado de proyectar una imagen más moderada de sí misma, intentando que se reconozca que ahora es un actor racional y responsable. Esta evolución se remonta a la ruptura de sus vínculos con Al Qaeda en 2016 y al replanteamiento de sus objetivos políticos en el marco nacional sirio. También ha reprimido a individuos y grupos vinculados a Al Qaeda y al llamado Estado Islámico.
En febrero de 2021, en su primera entrevista con un periodista estadounidense, su líder Abu Mohammad al-Jolani, o Ahmed al-Sharaa (su verdadero nombre), declaró que la región que controlaba «no representa una amenaza para la seguridad de Europa y América», afirmando que las zonas bajo su dominio no se convertirían en base de operaciones en el extranjero.
En este intento de definirse como interlocutor legítimo en la escena internacional, hizo hincapié en el papel del grupo en la lucha contra el terrorismo. Como parte de este cambio de imagen, ha permitido el regreso de cristianos y drusos en algunas zonas y ha establecido contactos con algunos dirigentes de estas comunidades.
Tras la toma de Alepo, HTS siguió presentándose como un actor responsable. Los combatientes de HTS, por ejemplo, publicaron inmediatamente vídeos frente a bancos en los que aseguraban que querían proteger la propiedad privada y los bienes. También prometieron proteger a los civiles y a las comunidades religiosas minoritarias, en particular a los cristianos, porque saben que el destino de esta comunidad se examina con lupa en el extranjero.
Del mismo modo, HTS ha hecho numerosas declaraciones prometiendo una protección similar a los kurdos y a minorías islámicas como los ismaelíes y los drusos. También emitió una declaración relativa a los alauíes en la que les pedía que rompieran con el régimen, aunque sin sugerir que HTS los protegería ni decir nada claro sobre su futuro. En esta declaración, HTS describe a la comunidad alauita como un instrumento del régimen contra el pueblo sirio.
Por último, el líder de HTS, Abu Mohammed al-Jolani, ha declarado que la ciudad de Alepo será gestionada por una autoridad local, y que todas las fuerzas militares, incluidas las de HTS, se retirarán totalmente de la ciudad en las próximas semanas. Está claro que Al Yolani quiere colaborar activamente con las potencias locales, regionales e internacionales.
Sin embargo, sigue siendo una incógnita si HTS cumplirá estas declaraciones. La organización ha sido autoritaria y reaccionaria, con una ideología fundamentalista islámica, y aún cuenta con combatientes extranjeros en sus filas. En los últimos años se han producido en Idlib numerosas manifestaciones populares contra su dominio y las violaciones de las libertades políticas y los derechos humanos, incluidos asesinatos y torturas de opositores.
No basta con tolerar a las minorías religiosas o étnicas o permitirles rezar. La cuestión clave es reconocer sus derechos como ciudadanos iguales que participan en la decisión del futuro del país.
No basta con tolerar a las minorías religiosas o étnicas o permitirles rezar. La cuestión clave es reconocer sus derechos como ciudadanos iguales que participan en la decisión sobre el futuro del país. En términos más generales, declaraciones del jefe del HTS, Al Yolani, como que «la gente que teme la gobernanza islámica o bien ha visto implementaciones incorrectas de la misma o no la entiende bien», no son en absoluto tranquilizadoras, sino todo lo contrario.
En cuanto al SNA, respaldado por Turquía, se trata de una coalición de grupos armados en su mayoría con una política islámica conservadora. Tiene muy mala reputación y es culpable de numerosas violaciones de los derechos humanos, especialmente contra las poblaciones kurdas de las zonas bajo su control. Han participado notablemente en la campaña militar dirigida por Turquía para ocupar Afrín en 2018, lo que provocó el desplazamiento forzoso de unos 150.000 civiles, la gran mayoría kurdos.
En la actual campaña militar, una vez más el SNA sirve principalmente a los objetivos turcos al atacar zonas controladas por las Fuerzas de Defensa Sirias (SDF) dirigidas por kurdos y con grandes poblaciones kurdas. Por ejemplo, el SNA ha capturado la ciudad de Tal Rifaat y la zona de Shahba, en el norte de Alepo, anteriormente bajo el gobierno de las SDF, lo que ha provocado el desplazamiento forzoso de más de 150.000 civiles y numerosas violaciones de los derechos humanos contra personas kurdas, incluidos asesinatos y secuestros. A continuación, el SNA anunció una ofensiva militar, apoyada por el ejército turco, contra la ciudad de Manbij, donde viven 100.000 civiles y que está controlada por las SDF.
Existen, por tanto, diferencias entre el HTS y el SNA. El HTS tiene una autonomía relativa respecto a Turquía, en contraste con el SNA, que está controlado por Turquía y sirve a sus intereses. Las dos fuerzas son diferentes, persiguen objetivos distintos y tienen conflictos entre ellas, aunque por el momento se han mantenido en secreto. Por ejemplo, HTS no pretende actualmente enfrentarse a las SDF. Además, el SNA publicó una declaración crítica contra HTS por su «comportamiento agresivo» contra los miembros del SNA, mientras que HTS habría culpado a los combatientes del SNA de saqueo.
Tempest:Para muchos que no han estado prestando atención a Siria, esto surgió de la nada.¿Cuáles son las raíces de esta situación en la revolución, la contrarrevolución y la guerra civil de Siria?¿Qué ha sucedido dentro del país en los últimos tiempos que ha desencadenado la ofensiva militar?¿Cuáles son las dinámicas regionales e internacionales que abrieron el espacio para los avances rebeldes?
JD: Inicialmente, HTS lanzó la campaña militar como reacción a la escalada de ataques y bombardeos contra su territorio noroccidental por parte del régimen de Assad y Rusia. También pretendía reconquistar zonas que el régimen había conquistado, violando las zonas de desescalada acordadas en un pacto de marzo de 2020, negociado por Moscú y Teherán. Sin embargo, con su sorprendente éxito, ampliaron sus ambiciones y pidieron abiertamente el derrocamiento del régimen, algo que ellos y otros ya han logrado.
El HTS y el SNA han tenido tanto éxito debido al debilitamiento de los principales aliados del régimen. Rusia, el principal patrocinador internacional de Assad, ha desviado sus fuerzas y recursos a su guerra imperialista contra Ucrania. Como resultado, su participación en Siria ha sido significativamente más limitada que en operaciones militares similares en años anteriores.
Debido a todas sus debilidades estructurales, la falta de apoyo de la población que gobierna, la poca fiabilidad de sus propias tropas, y sin el apoyo internacional y regional, [el régimen de Assad] se mostró incapaz de resistir los avances de las fuerzas rebeldes y en ciudad tras ciudad y su dominio sobre ellas se ha derrumbado como un castillo de naipes.
Sus otros dos aliados clave, el Hezbolá libanés e Irán, se han visto dramáticamente debilitados por Israel desde el 7 de octubre de 2023. Tel Aviv ha llevado a cabo asesinatos de la cúpula de Hezbolá, incluido Hassan Nasrallah, ha diezmado sus cuadros con los ataques con buscapersonas y ha bombardeado sus fuerzas en Líbano. Hezbolá se enfrenta definitivamente al mayor desafío desde su fundación. Israel también ha lanzado oleadas de ataques contra Irán, dejando al descubierto sus vulnerabilidades. En los últimos meses también ha incrementado los bombardeos contra posiciones iraníes y de Hezbolá en Siria.
Con sus principales apoyos preocupados y debilitados, la dictadura de Assad se encuentra en una posición vulnerable. Debido a todas sus debilidades estructurales, a la falta de apoyo de la población que gobierna, a la poca fiabilidad de sus propias tropas, y sin apoyo internacional y regional, se mostró incapaz de resistir los avances de las fuerzas rebeldes y, en ciudad tras ciudad, su dominio sobre ellas se ha derrumbado como un castillo de naipes.
Tempest:¿Cómo han respondido inicialmente los aliados del régimen?¿Cuáles son sus intereses en Siria?
JD: Tanto Rusia como Irán se comprometieron inicialmente a apoyar al régimen y también le presionaron para que luchara contra el HTS y el SNA. En los primeros días de la ofensiva, Rusia pidió al régimen sirio que se recompusiera y «pusiera orden en Alepo», lo que parece indicar que esperaba que Damasco contraatacara.
Irán ha pedido «coordinación» con Moscú ante esta ofensiva. Ha afirmado que Estados Unidos e Israel están detrás de la ofensiva de los rebeldes contra el intento del régimen sirio de desestabilizarlo y desviar la atención de la guerra de Israel en Palestina y Líbano. Funcionarios iraníes declararon su pleno apoyo al régimen sirio y confirmaron sus intenciones de mantener e incluso aumentar la presencia de sus «asesores militares» en Siria para apoyar a su ejército. Teherán también prometió proporcionar misiles y aviones no tripulados al régimen sirio e incluso desplegar sus propias tropas.
Pero está claro que esto no ha funcionado. A pesar de los bombardeos rusos en zonas fuera del control del régimen, el avance de los rebeldes no se vio frenado.
Ambas potencias tienen mucho que perder en Siria. Para Irán, Siria es crucial para la transferencia de armas y la coordinación logística con Hezbolá. De hecho, se rumoreaba antes de la caída del régimen que el partido libanés había enviado un pequeño número de «fuerzas de supervisión» a Homs para ayudar a las fuerzas militares del régimen y a 2.000 soldados en la ciudad de Qusayr, uno de sus bastiones en Siria cerca de la frontera con Líbano, para defenderla en caso de ataque de los rebeldes. Al caer, el régimen retiró sus fuerzas.
Por su parte, la base aérea rusa de Hmeimim, en la provincia siria de Latakia, y sus instalaciones navales de Tartous, en la costa, han sido lugares importantes para que Rusia afirmara su peso geopolítico en Oriente Próximo, el Mediterráneo y África. La pérdida de estas bases socavaría el estatus de Rusia, ya que su intervención en Siria se ha utilizado como ejemplo de cómo puede utilizar la fuerza militar para dar forma a los acontecimientos fuera de sus fronteras y competir con los Estados occidentales.
Tempest:¿Qué papel han desempeñado en este escenario otras potencias regionales e imperiales, en particular Turquía, Israel y Estados Unidos?¿Cuáles son sus ambiciones en la situación?
JD: A pesar de la normalización de Turquía con Siria, Ankara se ha sentido frustrada con Damasco. Así que alentó, o al menos dio luz verde, a la ofensiva militar y la ayudó de una forma u otra. En un principio, el objetivo de Ankara era mejorar su posición en futuras negociaciones con el régimen sirio, pero también con Irán y Rusia.
Ahora, con la caída del régimen, la influencia de Turquía es aún más importante en Siria y probablemente la convierta en el actor regional clave en el país. Ankara también pretende utilizar el SNA para debilitar a las SDF, dominadas por el brazo armado del partido kurdo PYD, organización hermana del partido kurdo turco PKK, calificado de terrorista por Ankara, Estados Unidos y la UE.
Turquía tiene otros dos objetivos principales. En primer lugar, pretenden llevar a cabo la devolución forzosa a Siria de los refugiados sirios en Turquía. En segundo lugar, quieren negar las aspiraciones kurdas de autonomía y, más concretamente, socavar la administración dirigida por los kurdos en el noreste de Siria, la Administración Autónoma del Norte y Este de Siria (AANES, también llamada Rojava), que sentaría un precedente para la autodeterminación kurda en Turquía, una amenaza para el régimen tal y como está constituido actualmente.
Con la caída del régimen, la influencia de Turquía es aún más importante en Siria y probablemente la convierta en el actor regional clave en el país. Ankara también pretende utilizar al SNA para debilitar al SDF…Turquía tiene otros dos objetivos principales. En primer lugar, pretenden llevar a cabo el retorno forzoso a Siria de los refugiados sirios en Turquía. En segundo lugar, quieren negar las aspiraciones kurdas de autonomía…
Ni Estados Unidos ni Israel han tenido nada que ver en estos acontecimientos. De hecho, ocurrió todo lo contrario. A Estados Unidos le preocupaba que el derrocamiento del régimen pudiera crear más inestabilidad en la región. Funcionarios estadounidenses declararon inicialmente que «la continua negativa del régimen de Assad a participar en el proceso político esbozado en la RCSNU 2254, y su dependencia de Rusia e Irán, crearon las condiciones que ahora se están desarrollando, incluido el colapso de las líneas del régimen de Assad en el noroeste de Siria».
También declaró que no tenía «nada que ver con esta ofensiva, dirigida por Hayat Tahrir al-Sham (HTS), una organización designada terrorista». Tras una visita a Turquía, el Secretario de Estado Antony Blinken hizo un llamamiento a la desescalada en Siria. Tras la caída del régimen, funcionarios estadounidenses declararon que mantendrán su presencia en el este de Siria, alrededor de 900 soldados, y tomarán las medidas necesarias para impedir un resurgimiento del Estado Islámico.
Por su parte, funcionarios israelíes declararon que el «colapso del régimen de Assad probablemente crearía un caos en el que se desarrollarían amenazas militares contra Israel.» Además, Israel nunca ha apoyado realmente el derrocamiento del régimen sirio desde el intento de revolución de 2011. En julio de 2018 Netanyahu no se opuso a que Assad retomara el control del país y estabilizara su poder.
Netanyahu dijo que Israel sólo actuaría contra las amenazas percibidas, como las fuerzas y la influencia de Irán y Hezbolá, explicando, «No hemos tenido ningún problema con el régimen de Assad, durante 40 años no se disparó ni una sola bala en los Altos del Golán.» Pocas horas después del anuncio de la caída del régimen, el ejército de ocupación israelí tomó el control de la parte siria del monte Hermón, en los Altos del Golán, para impedir que los rebeldes tomaran la zona el domingo. Anteriormente, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, había ordenado al ejército de ocupación israelí que «tomara el control» de la zona de seguridad del Golán y de las «posiciones estratégicas adyacentes».
Tempest:Muchos activistas han vuelto a salir en defensa de Assad, esta vez sosteniendo que una derrota de Assad sería un revés para la lucha de liberación palestina.¿Qué opina de ese argumento?¿Qué significará para Palestina?
JD: Sí, los activistas han argumentado que esta ofensiva militar está dirigida por «Al Qaeda y otros terroristas» y que es un complot imperialista occidental contra el régimen sirio destinado a debilitar el llamado «Eje de la Resistencia» dirigido por Irán y Hezbolá. Dado que este Eje afirma estar en apoyo de los palestinos, los campistas afirman que la caída de Assad lo debilita y, por lo tanto, socava la lucha por la liberación de Palestina.
Además de ignorar cualquier agencia a los actores locales sirios, el principal problema con el argumento promovido por los partidarios del llamado «Eje de Resistencia» es su suposición de que la liberación de Palestina vendrá de arriba, de estos Estados u otras fuerzas, independientemente de su naturaleza reaccionaria y autoritaria, y de sus políticas económicas neoliberales. Esa estrategia ha fracasado en el pasado y volverá a hacerlo hoy. De hecho, en lugar de hacer avanzar la lucha por la liberación de Palestina, los Estados autoritarios y despóticos de Oriente Medio, tanto si están alineados con Occidente como si se oponen a él, han traicionado repetidamente a los palestinos e incluso los han reprimido.
Además, los campistas ignoran el hecho de que los principales objetivos de Irán y Siria no son la liberación de Palestina, sino la preservación de sus Estados y de sus intereses económicos y geopolíticos. Siempre antepondrán éstos a Palestina. Siria, en particular, como Netanyahu ha dejado muy claro en la cita que acabo de citar, no ha movido un dedo contra Israel durante décadas.
Por su parte, Irán ha apoyado retóricamente la causa palestina y ha financiado a Hamás. Pero desde el 7 de octubre de 2023, su principal objetivo ha sido mejorar su posición en la región para estar en las mejores condiciones de cara a futuras negociaciones políticas y económicas con Estados Unidos. Irán desea garantizar sus intereses políticos y de seguridad y, por tanto, ha querido evitar cualquier guerra directa con Israel.
Su principal objetivo geopolítico en relación con los palestinos no es liberarlos, sino utilizarlos como palanca, sobre todo en sus relaciones con Estados Unidos. Del mismo modo, la respuesta pasiva de Irán al asesinato de Nasrallah por Israel, la liquidación de los cuadros de Hezbolá y su brutal guerra contra Líbano demuestran que su principal prioridad es protegerse a sí mismo y sus intereses. No estaba dispuesto a sacrificarlos y salir en defensa de su principal aliado no estatal.
Del mismo modo, Irán ha demostrado ser, en el mejor de los casos, un aliado voluble de Hamás. Ha reducido su financiación a Hamás cuando sus intereses no coincidían. Recortó su ayuda financiera a Hamás tras la Revolución Siria de 2011, cuando el movimiento palestino se negó a apoyar la represión asesina del régimen sirio contra los manifestantes sirios.
En el caso del régimen sirio, el argumento contra su supuesto apoyo a Palestina es hermético. No ha salido en defensa de Palestina durante el último año de guerra genocida de Israel. A pesar de los bombardeos de Israel sobre Siria, antes y después del 7 de octubre, el régimen no ha respondido. Esto está en consonancia con la política del régimen desde 1974 de tratar de evitar cualquier confrontación significativa y directa con Israel.
Además de eso, el régimen ha reprimido repetidamente a los palestinos en Siria, incluyendo la matanza de varios miles de ellos desde 2011, arrasando el campo de refugiados de Yarmouk en Damasco. También han atacado al propio movimiento nacional palestino. Por ejemplo, en 1976 Hafez al Asad, padre de su heredero y recién depuesto dictador Bashar al Asad, intervino en Líbano y apoyó a partidos libaneses de extrema derecha contra organizaciones palestinas y libanesas de izquierda.
También llevó a cabo operaciones militares contra campamentos palestinos en Beirut en 1985 y 1986. En 1990, aproximadamente 2.500 presos políticos palestinos estaban detenidos en cárceles sirias.
Dada esta historia, es un error que el movimiento de solidaridad con Palestina defienda y se alinee con Estados imperialistas o subimperialistas que anteponen sus intereses a la solidaridad con Palestina, compiten por beneficios geopolíticos y explotan a los trabajadores y los recursos de sus países. Por supuesto, el imperialismo estadounidense sigue siendo el principal enemigo de la región con su excepcional historia de guerra, saqueo y dominación política.
En el caso del régimen sirio, el argumento contra su supuesto apoyo a Palestina es hermético. No ha salido en defensa de Palestina durante el último año de guerra genocida de Israel… Esto está en consonancia con la política del régimen desde 1974 de tratar de evitar cualquier confrontación significativa y directa con Israel.
Pero no tiene sentido considerar a las potencias regionales reaccionarias y a otros Estados imperialistas como Rusia o China como aliados de Palestina o de su movimiento de solidaridad. Sencillamente, no hay pruebas que justifiquen esa postura. Elegir un imperialismo sobre otro es garantizar la estabilidad del sistema capitalista y la explotación de las clases populares. Del mismo modo, apoyar regímenes autoritarios y despóticos en pos del objetivo de liberar Palestina no sólo es moralmente erróneo, sino que ha demostrado ser una estrategia fallida.
Por el contrario, el movimiento de solidaridad con Palestina debe considerar que la liberación de Palestina no está ligada a los Estados de la región, sino a la liberación de sus clases populares. Éstas se identifican con Palestina y ven sus propias batallas por la democracia y la igualdad íntimamente ligadas a la lucha de los palestinos por su liberación. Cuando los palestinos luchan, tienden a desencadenar el movimiento regional por la liberación, y el movimiento regional retroalimenta al de la Palestina ocupada.
Estas luchas están conectadas dialécticamente; son luchas mutuas por la liberación colectiva. El ministro israelí de extrema derecha Avigdor Lieberman reconoció el peligro que los levantamientos populares regionales suponían para Israel en 2011 cuando dijo que la revolución egipcia que derrocó a Hosni Mubarak y abrió la puerta a un periodo de apertura democrática en el país era una amenaza mayor para Israel que Irán.
El movimiento de solidaridad palestino debe considerar que la liberación de Palestina no está ligada a los Estados de la región, sino a la liberación de sus clases populares.
No se trata de negar el derecho de resistencia de palestinos y libaneses a las brutales guerras de Israel, sino de comprender que la revuelta unida de las clases populares palestinas y de la región por sí sola tiene el poder de transformar todo Oriente Medio y el Norte de África, derribando regímenes autoritarios, expulsando a Estados Unidos y a otras potencias imperialistas. La solidaridad internacional antiimperialista con Palestina y las clases populares de la región es esencial, porque no sólo se enfrentan a Israel y a los regímenes reaccionarios de Oriente Medio y Norte de África, sino también a sus patrocinadores imperialistas.
La principal tarea del movimiento de solidaridad con Palestina, especialmente en Occidente, es denunciar el papel cómplice de nuestras clases dominantes en el apoyo no sólo al Estado racista de apartheid colonial de Israel y su guerra genocida contra los palestinos, sino también a los ataques de Israel contra otros países de la región como el Líbano. El movimiento debe presionar a esas clases dirigentes para que rompan toda relación política, económica y militar con Tel Aviv.
De ese modo, el movimiento de solidaridad puede desafiar y debilitar el apoyo internacional y regional a Israel, abriendo el espacio para que los palestinos se liberen junto con las clases populares de la región.
Tempest:¿Abrirá el avance de los rebeldes en Siria un espacio para que las fuerzas progresistas renueven la lucha revolucionaria y proporcionen una alternativa tanto al régimen como al fundamentalismo islámico?
JD: No hay respuestas obvias, salvo más preguntas. ¿Será posible la lucha desde abajo y la autoorganización en las zonas en las que el régimen ha sido expulsado? ¿Podrán las organizaciones de la sociedad civil (no definidas estrictamente como ONG, sino en el sentido gramsciano de formaciones populares de masas al margen del Estado) y las estructuras políticas alternativas con una política democrática y progresista establecerse, organizarse y constituir una alternativa política y social a HTS y SNA? ¿Permitirá el estiramiento de las fuerzas de HTS y SNA un espacio para organizarse a nivel local?
Estas son las preguntas clave, en mi opinión, sin respuestas claras. Si observamos las políticas de HTS y SNA en el pasado, no han fomentado el desarrollo de un espacio democrático, sino todo lo contrario. Han sido autoritarias. No se debe conceder ninguna confianza a tales fuerzas. Sólo la autoorganización de las clases populares que luchan por reivindicaciones democráticas y progresistas creará ese espacio y abrirá un camino hacia la liberación real. Esto dependerá de la superación de muchos obstáculos, desde la fatiga de la guerra hasta la represión, la pobreza y la dislocación social.
El principal obstáculo han sido, son y serán los actores autoritarios, antes el régimen, pero ahora muchas de las fuerzas de la oposición, especialmente el HTS y el SNA; su dominio y los enfrentamientos militares entre ellos han asfixiado el espacio para que las fuerzas democráticas y progresistas determinen democráticamente su futuro. Incluso en los espacios liberados del control del régimen todavía no hemos visto campañas populares de resistencia democrática y progresista. Y, allí donde el SNA ha conquistado zonas kurdas, ha violado los derechos de los kurdos, los ha reprimido con violencia y ha desplazado por la fuerza a un gran número de ellos.
Tenemos que afrontar el duro hecho de que hay una ausencia flagrante de un bloque democrático y progresista independiente que sea capaz de organizarse y oponerse claramente al régimen sirio y a las fuerzas fundamentalistas islámicas. Construir este bloque llevará tiempo. Tendrá que combinar las luchas contra la autocracia, la explotación y todas las formas de opresión. Tendrá que plantear reivindicaciones en favor de la democracia, la igualdad, la autodeterminación kurda y la liberación de la mujer, con el fin de construir la solidaridad entre los explotados y oprimidos del país.
Para avanzar en esas reivindicaciones, ese bloque progresista tendrá que construir y reconstruir organizaciones populares, desde sindicatos hasta organizaciones feministas, organizaciones comunitarias y estructuras nacionales que las aglutinen. Para ello será necesaria la colaboración entre los actores democráticos y progresistas de toda la sociedad.
Dicho esto, hay esperanza, aunque la dinámica clave fue inicialmente militar y dirigida por el HTS y el SNA, en los últimos días hemos visto cómo crecían las manifestaciones populares y la gente salía a las calles en todo el país. No siguen ninguna orden del HTS, el SNA ni ningún otro grupo armado de la oposición. Ahora existe un espacio, con sus contradicciones y desafíos como se ha mencionado anteriormente, para que los sirios intenten reconstruir la resistencia popular civil desde abajo y las estructuras alternativas de poder.
Además, una de las tareas clave será hacer frente a la división étnica central del país, la existente entre árabes y kurdos. Las fuerzas progresistas deben librar una lucha clara contra el chovinismo árabe para superar esta división y forjar la solidaridad entre estas poblaciones. Este ha sido un reto desde el inicio de la revolución siria en 2011 y tendrá que ser afrontado y resuelto de manera progresista para que el pueblo del país sea verdaderamente liberado.
Hay una necesidad desesperada de volver a las aspiraciones originales de la Revolución Siria de democracia, justicia social e igualdad, y de una forma que defienda la autodeterminación kurda. Aunque el PYD kurdo puede ser criticado por sus errores y su forma de gobierno, no es el principal obstáculo para esa solidaridad entre kurdos y árabes. Han sido las posiciones y políticas beligerantes y chovinistas de las fuerzas de oposición árabes en Siria -empezando por la Coalición Nacional Siria, dominada por los árabes, seguida por la Coalición Nacional de Fuerzas Revolucionarias y de Oposición Sirias, los principales organismos de oposición en el exilio apoyados por Occidente y los países de la región, que intentaron liderar la Revolución Siria en sus primeros años- y hoy las de las dos fuerzas militares clave, el HTS y el SNA.
En este contexto, las fuerzas progresistas deben buscar la colaboración entre árabes sirios y kurdos, incluida la AANES. El proyecto de la AANES y sus instituciones políticas representan a amplios sectores de la población kurda y la han protegido frente a diversas amenazas locales y externas.
Dicho esto, también tiene defectos y no debe apoyarse acríticamente. El PYD y la AANES han utilizado la fuerza y la represión contra activistas políticos y grupos que desafiaban su poder. También ha violado los derechos humanos de la población civil. No obstante, ha conseguido algunos logros importantes, en particular el aumento de la participación de la mujer en todos los niveles de la sociedad, así como la codificación de leyes laicas y una mayor inclusión de las minorías religiosas y étnicas. Sin embargo, en cuestiones socioeconómicas, no ha roto con el capitalismo y no ha abordado adecuadamente las reivindicaciones de las clases populares.
Sean cuales sean las críticas que los progresistas puedan hacer al PYD y a la AANES, debemos rechazar y oponernos a las descripciones chovinistas árabes del mismo como «el diablo» y un proyecto etnonacionalista «separatista». Pero al rechazar esa intolerancia, no debemos idealizar acríticamente a la AANES, como han hecho algunos anarquistas e izquierdistas occidentales, tergiversándola como una nueva forma de poder democrático desde abajo.
Ya ha habido cierta colaboración entre los demócratas y progresistas árabes sirios y la AANES y las instituciones vinculadas a ella, y eso debe aprovecharse y ampliarse. Pero, como en cualquier tipo de colaboración, no debe hacerse de forma acrítica.
Aunque es importante recordar a todo el mundo que el régimen de Bashar al Assad y sus aliados son los primeros responsables de la matanza masiva de cientos de miles de civiles, de las destrucciones masivas, del empobrecimiento cada vez mayor y de la situación actual en Siria, el objetivo de la revolución siria va más allá de lo que dijo el líder de HTS, al Yolani, en su entrevista con la CNN. No se trata sólo de derrocar este régimen, sino de construir una sociedad caracterizada por la democracia, la igualdad y los plenos derechos de los grupos oprimidos. De lo contrario, sólo estaremos sustituyendo un mal por otro.
Tempest:¿Qué impacto tendrá la caída del régimen en la región y en las potencias imperiales?¿Qué posición debe adoptar la izquierda internacional ante esta situación?
JD: Tras la caída del régimen, el líder del HTS, al-Yolani, declaró que las instituciones estatales sirias serán supervisadas por el ex primer ministro del régimen, Mohammed Jalali, hasta que sean entregadas a un nuevo gobierno con plenos poderes ejecutivos, tras la celebración de elecciones, lo que indica los esfuerzos para garantizar una transición ordenada. El ministro sirio de Telecomunicaciones, Eyad al-Jatib, aceptó colaborar con los representantes de HTS para garantizar que las telecomunicaciones e Internet sigan funcionando.
Estos son claros indicios de que HTS quiere llevar a cabo una transición controlada del poder para apaciguar los temores extranjeros, establecer contactos con potencias regionales e internacionales y obtener el reconocimiento como fuerza legítima con la que se puede negociar. Un obstáculo para esta normalización es el hecho de que HTS siga siendo considerada una organización terrorista, mientras que Siria está sometida a sanciones.
No obstante, cabe esperar un periodo de inestabilidad en el país. En Damasco, al día siguiente de la caída del régimen, se pudo ver cierto caos en las calles. El banco central, por ejemplo, fue saqueado.
Aún es difícil saber qué impacto tendrá la caída del régimen en las potencias regionales e imperiales. Para Estados Unidos y los Estados occidentales, el principal objetivo es ahora controlar los daños para evitar que el caos se extienda a la región. Está claro que los Estados regionales no están satisfechos con la situación actual, ya que en los últimos años habían iniciado un proceso de normalización con el régimen. En cuanto a Turquía, su principal objetivo será consolidar su poder e influencia en Siria y deshacerse de las AANES dirigidas por los kurdos en el noreste. De hecho, el principal diplomático turco afirmó el domingo que el Estado turco estaba en contacto con los rebeldes en Siria para garantizar que el Estado Islámico y, en concreto, el «PKK» no aprovechen la caída del régimen de Damasco para extender su influencia.
Las diferentes potencias tienen, sin embargo, un objetivo común: imponer una forma de estabilidad autoritaria en Siria y en la región. Esto, por supuesto, no significa unidad entre las potencias regionales e imperiales. Cada una tiene sus propios intereses, a menudo antagónicos, pero no quieren la desestabilización de Oriente Medio y el Norte de África, especialmente cualquier tipo de inestabilidad que interrumpa el flujo de petróleo hacia el capitalismo global.
La izquierda internacional no debe ponerse del lado de los restos del régimen ni de las fuerzas locales, regionales e internacionales de la contrarrevolución. Por el contrario, la brújula política de los revolucionarios debe ser el principio de solidaridad con las luchas populares y progresistas desde abajo. Esto significa apoyar a los grupos e individuos que se organizan y luchan por una Siria progresista e integradora y construir la solidaridad entre ellos y las clases populares de la región.
En medio de un momento volátil en Siria, Oriente Medio y el Norte de África, debemos evitar las trampas gemelas de la romantización y el derrotismo. En su lugar, debemos seguir una estrategia de solidaridad crítica, progresista e internacional entre las fuerzas populares de la región y de todo el mundo. Esta es la tarea y la responsabilidad cruciales de la izquierda, especialmente en estos tiempos tan complejos.
Actualidad Internacional: Latitudes. Oriente Medio y Magreb
08/12/2024
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Tras 14 años de revolución y guerra, el régimen tiránico y sanguinario de Bashar al-Assad cayó el 8 de diciembre de 2024, al término de una fase político-militar que había comenzado apenas doce días antes. Grupos armados de la oposición como el Frente de Liberación del Levante (islamistas) y el Ejército Nacional Sirio (apoyado por Turquía) lanzaron una ofensiva en Alepo que desencadenó una reacción en cadena: las milicias y fuerzas pro-Assad se derrumbaron rápidamente, huyeron o se rindieron a los rebeldes, ciudad por ciudad, región por región. Ciudades y pueblos emblemáticos de la revolución fueron liberados uno tras otro, a veces por levantamientos populares locales: Alepo, Hama, Deraya, Deraa, Homs, Kafranbel… En todo el país, fuerzas civiles y armadas se alzaron contra el régimen, que retrocedía a gran velocidad. Todo el mundo se sorprendió ante tal avance y tal combinación de fuerzas: suníes, drusos, cristianos y kurdos se unieron al movimiento contra el régimen de Assad. La bandera de la revolución, históricamente portada por el Ejército Sirio Libre, se extendió por todo el país. En la noche del 7 al 8 de diciembre, no se encontraba a Assad en Damasco: claramente había buscado refugio en uno de los Estados socios del régimen. Damasco y todo el país estallaron de alegría: innumerables vídeos de celebraciones populares invadieron las redes sociales, incluso entre la diáspora siria en Europa, sobre todo en Alemania. Y con razón. Este régimen era la continuación de la dictadura de una familia que gobernó el país durante más de medio siglo. Era un régimen oportunista en sus relaciones con las potencias internacionales, que podía combinar un discurso de supuesta «resistencia» con la participación en la «guerra contra el terrorismo» aliada de George W. Bush. Un régimen que decía resistir a Israel pero que nunca movió un dedo, ni siquiera ante el genocidio de palestinos en Gaza. Un régimen culpable de múltiples crímenes contra la humanidad contra su propia población: ya sea la masacre de más de 30.000 personas en Hama en 1982, el bombardeo químico con gas sarín que mató a más de 1.400 civiles en Ghouta (un suburbio de Damasco) el 21 de agosto de 2013, la hambruna provocada por el asedio al campo de refugiados palestinos de Yarmouk entre 2013 y 2015, o la tortura a escala masiva en cárceles como Sednaya (apodada «el matadero»). El bombardeo sistemático de Bashar al Assad contra hospitales, escuelas, mercados y toda infraestructura civil en zonas fuera de su control estuvo a la altura de los crímenes de Estados Unidos en Mosul o Raqqa, Putin en Mariupol o Netanyahu en Gaza. Avivó las brasas del sectarismo religioso y liberó a los islamistas más radicales de sus cárceles al comienzo de la revolución, al mismo tiempo que encerraba en masa a revolucionarios aconfesionales y partidarios de la democracia. Al final, provocó la muerte de más de medio millón de sirios y el exilio y desplazamiento forzoso de más de la mitad de la población del país. El régimen estuvo al borde del colapso en 2013 y sólo ha resistido gracias a sus patrocinadores: Putin y los mulás iraníes. Incapaz de reconstruir Siria en las zonas controladas por sus bandas armadas, Assad había convertido su país en un centro neurálgico para la producción de captagon, una droga sintética. Desde hace varios años, busca la normalización con los países de la región, en particular con las petro-monarquías del Golfo. Assad se ha beneficiado de la invasión de las milicias de Hezbolá y de numerosas milicias chiíes enviadas y dirigidas por Irán, así como de la aviación rusa, que contribuyó a aplastar la insurgencia en Alepo en 2016. También se ha beneficiado de la indulgencia de las potencias occidentales, en primer lugar de Estados Unidos bajo el mandato de Obama, que despreciaba la revolución siria. Estados Unidos solo estaba interesado en limitar la expansión de fuerzas yihadistas como Daesh, e impidió que la rebelión recibiera armas antiaéreas para defenderse. La revolución y la insurrección sirias han sido secuestradas por potencias reaccionarias como Qatar, Arabia Saudí, Turquía y Estados Unidos, que tratan de utilizar su apoyo para ganarse la lealtad de los grupos armados locales para sus propios intereses: Estados Unidos para armar a los kurdos del PYD (y su coalición de Fuerzas Democráticas Sirias o FDS) contra Daesh, Turquía y su «Ejército Nacional Sirio» de voluntarios árabes a sueldo para hacer retroceder a los kurdos, Arabia Saudí y Qatar para apoyar a diversas fuerzas reaccionarias locales. Además, sectores de la izquierda internacional se han comprometido a apoyar directa o indirectamente al régimen y su propaganda. Es imposible olvidar las posiciones adoptadas por Mélenchon o el PTB en apoyo de la represión de los insurgentes sirios, y relativizando así las masacres de civiles en momentos decisivos como la batalla de Alepo en 2016. Este régimen ha caído como fruta podrida, porque nadie estaba dispuesto a morir para defenderlo, y porque sus patrocinadores están demasiado ocupados matando ucranianos o reorganizándose en Líbano e Irán. La caída del régimen de Assad es una victoria importante e histórica. El feliz pueblo sirio no se equivoca. Las puertas de las cárceles del régimen se han abierto, permitiendo la salida de miles de prisioneros de la dictadura, y los refugiados empiezan a hablar de poder volver a ver algún día su país, su familia, sus amigos, su ciudad o su pueblo martirizados, o incluso de poder llorar a sus seres queridos, muchos de ellos desaparecidos. Ahora que se han abierto las cárceles de Assad, ha llegado la hora de la justicia y la verdad para decenas de miles de desaparecidos. El mensaje que se envía a los pueblos de todo el mundo es que ninguna tiranía sanguinaria es indestructible. Incluso cuando tantas potencias regionales e internacionales intentan aplastar a un pueblo. Es también un mensaje al imperialismo mundial y regional y a todas las fuerzas reaccionarias del mundo. Sin embargo, aunque esta importante victoria es la condición previa para que todo vuelva a ser posible, el futuro político del país aún no está decidido y debemos mantenernos lúcidos y vigilantes en nuestra solidaridad. En efecto, los objetivos de la revolución siria van más allá de la caída del régimen: se trata de construir una sociedad democrática con justicia social. Por tanto, el futuro está en una participación política lo más amplia posible, no en un liderazgo político-militar fundamentalista y autoritario. Del mismo modo, hay que hacer todo lo posible para garantizar la inclusión y el respeto de todos los componentes culturales, étnicos y religiosos del país, contra cualquier forma de chovinismo. Por ello, debemos oponernos y denunciar las operaciones del SNA, que persigue los objetivos del régimen turco contra las zonas controladas por las FDS en el norte del país, en ciudades como Tel Rifaat o Manbij, operaciones que van acompañadas de violaciones de los derechos humanos (secuestros, asesinatos) y que ya han provocado el desplazamiento de más de 150.000 civiles. En este sentido, llama la atención que Salih Muslim, líder del PYD, se haya felicitado por la caída del régimen y haya hecho un llamamiento público al diálogo con HTS para construir una nueva Siria para todos. Esta cuestión de las minorías nos lleva a otro peligro: las potencias regionales e internacionales no han dicho su última palabra en Siria. Ya sea Turquía, Irán, Israel, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí y quizás pronto los Estados Unidos de Trump, estos regímenes reaccionarios intentarán cada uno a su manera salirse con la suya en la próxima etapa de los acontecimientos. Ninguno de ellos quería ver el triunfo de una oposición armada basada en el descontento popular. Dado el pasado autoritario del HTS y del ANS, que también intentan tranquilizar a las distintas potencias, hay que tener en cuenta lo que ocurrió en Egipto, Libia y Túnez (e incluso antes en Irán en 1979), donde los procesos revolucionarios, incluso después de haber derrocado al dictador, ven cómo las fuerzas de la contrarrevolución se reorganizan bajo otras formas. Además, Daesh sigue existiendo en una bolsa desértica en el este del país y podría intentar aprovecharse de la situación. Izquierda Anticapitalista saluda y apoya la orientación de nuestros camaradas de la izquierda revolucionaria en la región: sólo la autoorganización de las clases trabajadoras en lucha por sus reivindicaciones democráticas y sociales puede crear el espacio democrático para una liberación real y una alternativa política. Para lograrlo, tendrán que superar los obstáculos del cansancio tras tantos años de guerra y exilio, de pobreza y desarticulación social. La reconstrucción de la sociedad civil y de las organizaciones de masas (sindicatos, organizaciones feministas, asociaciones locales, etc.) será esencial en esta lucha. Es el precio de un futuro democrático y social. En Europa, los pueblos en lucha tendrán todo el interés en inspirarse y aprender del proceso revolucionario sirio, y en permanecer a su lado en el nuevo periodo que se abre, cargado de oportunidades pero también de peligros. • ¡Viva la revolución del pueblo sirio! • Corresponde al pueblo sirio gestionar su país conjuntamente: ¡abajo las potencias reaccionarias internacionales, alto a la ofensiva dirigida por el régimen turco contra los kurdos! • ¡Libertad y justicia para todo el pueblo sirio! • ¡Por una Siria democrática y social! Declaración de la Gauche anticapitaliste, 8 de diciembre de 2024.
Traducción: Punto de Vista Internacional Fuente: inprecor.fr
Actualidad Internacional: Latitudes. Oriente Medio y Magreb
20/11/2024
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Hezbolá se enfrenta a su mayor desafío desde su fundación, con el asesinato de importantes dirigentes militares y políticos, entre ellos su Secretario General, Hassan Nasrallah, que dirigió el partido durante 32 años. Desde mediados de septiembre, el ejército de ocupación israelí, con el apoyo de Estados Unidos, impuso una escalada mortífera contra Líbano, en forma de guerra abierta. Esta escalada comenzó con la explosión de aparatos de comunicación utilizados por miembros de Hezbolá, tanto civiles como militares, que causó 39 muertos y casi 3.000 heridos. Continuó con campañas de bombardeos masivos dirigidos a asesinar a altos cargos militares y políticos de Hezbolá, pero también matando a más de mil civiles y obligando a desplazarse a más de un millón de personas. El número total de muertos desde el 7 de octubre supera ya los 2.000. Culto a la personalidad En las últimas décadas se ha desarrollado un culto a la personalidad en la propaganda del partido en torno a Hassan Nasrallah. Esto se reflejó en particular tras la guerra de Israel contra Líbano en 2006, cuando su eslogan inicial «Al-Nasr al-îlâhi» se cambió por «Nasr(un) min Allâh» (Una victoria para Dios), que era una instrumentalización del nombre de Hassan Nasrallah. Esto formaba parte del cultivo de la imagen del líder en las campañas mediáticas del partido. Aunque Hezbolá gozaba de considerable popularidad entre otras confesiones religiosas libanesas e incluso en Oriente Medio y el norte de África, la popularidad de Nasralá fuera de la base del partido disminuyó considerablemente tras la guerra de 2006. Hay varias razones para ello, entre ellas el uso por parte de Hezbolá de sus capacidades militares contra otros actores nacionales. Por ejemplo, en 2008, el partido invadió algunos distritos del oeste de Beirut y se produjeron enfrentamientos militares en otras regiones, sobre todo en el Chouf, después de que el gobierno libanés anunciara que quería desmantelar la red de comunicaciones del partido. Además de este conflicto interno, Hezbolá participó posteriormente en la represión asesina del movimiento popular sirio junto al despótico régimen sirio, lo que avivó una vez más las tensiones sectarias en Líbano. Por último, Hezbolá ha formado parte de todos los gobiernos desde 2005, por lo que se le considera uno de los responsables de la crisis económica y financiera de 2019, al igual que a los demás partidos libaneses dominantes. Hassan Nasrallah fue incluso muy virulento con el movimiento de protesta ese año, acusándolo de estar financiado por embajadas extranjeras y enviando a miembros del partido a atacar a los manifestantes. A esto hay que añadir otros incidentes sectarios, entre miembros de Hezbolá e individuos de otras confesiones, y por último acusaciones, principalmente contra Hezbolá, de obstrucción en la investigación de las explosiones del puerto de Beirut. Todos estos elementos han provocado un mayor aislamiento, tanto político como social, de la población libanesa, fuera de la popular base chií de Hezbolá. En lugar de ser visto como una figura de la resistencia nacional, Nasralá era percibido cada vez más como un «zaim» sectario que defendía los intereses políticos de su partido y los de regímenes autoritarios como Siria e Irán. Fue este aislamiento lo que contribuyó a la determinación del partido de evitar una guerra total con Israel después del 7 de octubre. Al emprender acciones calculadas y moderadas contra objetivos militares israelíes, Hezbolá ha intentado evitar que el conflicto fuera explotado por los enemigos políticos internos de Líbano, lo que convertiría al partido en el principal responsable de todas las desgracias del país. Sin embargo, la actual guerra de Israel contra Líbano, con el apoyo de Estados Unidos, ha comprometido seriamente este plan. ¿Qué ocurrirá después? Con este telón de fondo, los responsables de Hezbolá intentan demostrar que el partido continúa por el camino trazado por el ex secretario general del partido tras su asesinato y el de varias altas figuras militares y políticas. El líder interino Naim Qassem lo subrayó ante sus seguidores y miembros en su discurso, cuando dijo: «Seguimos los pasos de Hassan Nasrallah». Para Hezbolá, las prioridades son ahora proteger sus estructuras internas y su cadena de mando, en particular llenando el vacío existente en la cúpula del partido en lo que respecta a las distintas responsabilidades políticas y militares, y eligiendo a un nuevo Secretario General. Estas prioridades explican en parte la reciente evolución retórica del partido Hizbulá con respecto al objetivo declarado desde el 7 de octubre de 2023 de no separar los frentes de Gaza y Líbano mientras no haya un alto el fuego en la Franja de Gaza. De hecho, el vicesecretario general Naïm Kassem y los diputados del partido Hussein Hajj Hassan y Amine Cherri declararon tras el asesinato de Hassan Nasrallah que su prioridad era poner fin a la agresión israelí contra Líbano y apoyar un alto el fuego, independientemente del cese de los combates en Gaza. Sin embargo, estas declaraciones siguen siendo papel mojado, ya que el ejército de ocupación israelí continúa su guerra asesina contra Líbano. Esta evolución también está relacionada con los desafíos internos y la incapacidad de su principal apoyo, Irán, para hacer mucho más por Hezbolá. Dicho esto, el partido sigue siendo actualmente el actor político más importante de Líbano, al tiempo que continúa ejerciendo influencia más allá de sus fronteras nacionales, sobre todo en Siria, y representando los intereses políticos regionales de Teherán. Las capacidades militares de Hezbolá siguen representando una baza importante para el partido, a pesar de la infiltración israelí, el debilitamiento de la comunicación interna y el asesinato de un gran número de sus experimentados mandos militares. Cuenta con una fuerza militar de varias decenas de miles de soldados (probablemente unos 50.000, incluidos los reservistas) y un vasto arsenal de cohetes y misiles. Por primera vez desde el 7 de octubre, el partido ha utilizado diferentes tipos de misiles Fadi, que son potentes misiles de largo alcance, para atacar emplazamientos militares en las afueras de las ciudades de Haifa y Tel Aviv. Asimismo, durante los primeros intentos del ejército de ocupación israelí de infiltrarse en los territorios libaneses, los soldados de Hezbolá les infligieron pérdidas, destruyendo varios tanques y causando la muerte de varios soldados israelíes. Junto a su movimiento armado, el partido dispone de una vasta red de instituciones que prestan a sus bases servicios clave y esenciales, aunque se hayan visto parcialmente dañadas por la guerra y estén sometidas a la presión de las crecientes necesidades de la población afectada por la guerra, mucha de la cual procede de sus bases. En este contexto, es probable que la gran mayoría de los simpatizantes del partido permanezcan fieles, a pesar de las crecientes críticas al partido y a sus políticas, sobre todo en ausencia de una alternativa política integradora y en el contexto de una profunda y continua crisis económica, con el Estado y sus servicios públicos en un estado de limbo. En el plano regional, un debilitamiento excesivo de Hezbolá resulta problemático para la estrategia geopolítica y la red de influencia regional de Irán. Los objetivos estratégicos de Teherán, sobre todo desde el 7 de octubre, han sido mejorar su posición geopolítica regional para estar en las mejores condiciones de cara a futuras negociaciones con Estados Unidos, en particular sobre cuestiones nucleares y sanciones, y garantizar sus intereses políticos y de seguridad. El último ataque iraní contra Israel debe considerarse en este contexto, al tiempo que intenta reafirmar una forma de disuasión, aunque desigual ante la superioridad de las capacidades militares israelíes y el apoyo prestado por Washington. Es más, este ataque nunca detendrá la guerra de Israel contra Líbano. Hezbolá se encuentra en la situación más peligrosa desde su fundación, y es poco probable que mejore a corto plazo, dados los continuos ataques de Israel y el aislamiento del partido en Líbano. Si bien los principales puntos fuertes del movimiento han consistido en construir una organización fuerte y disciplinada, en lugar de un «espectáculo unipersonal» -a pesar del culto a la personalidad del que disfruta Nasralá-, la capacidad del partido para ampliar su base se ve seriamente limitada por su estrategia y orientación políticas. Hezbolá no se ha comprometido a construir un proyecto contrahegemónico que desafíe al sistema confesional y neoliberal libanés. De hecho, lo ha apoyado activamente convirtiéndose en uno de sus principales defensores. Además, el partido ha actuado como el principal centro de influencia e intereses iraníes en la región, especialmente tras el estallido de las revueltas en Siria y Oriente Medio y el Norte de África desde 2011, que también favorecen un orden autoritario neoliberal opuesto a la emancipación y liberación de las clases populares. En otras palabras, Hezbolá, al igual que otros actores políticos regionales implicados en la resistencia contra Israel, es incapaz de construir un gran movimiento que vincule las cuestiones democráticas y sociales, oponiéndose a todas las fuerzas imperialistas y subimperialistas, al tiempo que promueve la transformación social desde abajo, a través de la construcción de movimientos en los que las clases trabajadoras sean los verdaderos actores de su emancipación. 5 de octubre de 2024
Rafael Poch-de-Feliu (Barcelona) fue corresponsal de La Vanguardia en Moscú, Pekín y Berlín. Autor de varios libros; sobre el fin de la URSS, sobre la Rusia de Putin, sobre China, y un ensayo colectivo sobre la Alemania de la eurocrisis.
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Después de que Rusia advirtiera en septiembre de que el uso de misiles de la OTAN, imposibles de operar sin la supervisión de ésta, significa una guerra directa de los países de la OTAN contra ella, Estados Unidos y sus aliados europeos han dado ese paso.
Moscú ha respondido modificando su doctrina nuclear, abriendo el uso de armas atómicas al escenario de ataques, incluso con armas convencionales, “si tal agresión creara una amenaza crítica a su soberanía e integridad territorial”.
Pese a la evidencia no solo doctrinal, sino también histórica, de que el uso de armas nucleares es perfectamente real y creíble en caso de que Rusia se vea confrontada a un enemigo superior en recursos convencionales, como es la OTAN –esa fue, precisamente, la doctrina de la OTAN en Europa cuando la URSS disponía de esa superioridad en el continente–, los políticos europeos rechazan esas peligrosas advertencias de Moscú como “retórica” (el jefe de la diplomacia europea, Josep Borrell) e incluso proponen la entrada de tropas de la OTAN contra Rusia (Margus Tsahkna, ministro de Exteriores de Estonia).
Desde la misma génesis del conflicto, cuando la OTAN se metió en Ucrania a finales de los noventa, invitó a su gobierno a ingresar en la alianza (2008), forzó un cambio de régimen en el país (2014) y financió y armó después a su ejército con miles de millones, infraestructuras y entrenamiento, esta escalada ha despreciado claramente la voluntad de la mayoría de la población ucraniana expresada en múltiples encuestas. La actual escalada mantiene esa misma pauta.
En Ucrania, el 52% de la población desea poner fin a la guerra lo más rápido posible, admitiendo gran parte de la sociedad concesiones territoriales al invasor ruso, frente a un 38% que quiere continuarla, según una encuesta de Gallup conocida esta semana. En el conjunto de Europa una gran mayoría rechaza también esa política.
Hay que decir que en la cima de esta última grave y temeraria decisión de escalada se encuentra un presidente saliente errático y senil al que apenas le quedan dos meses al mando.
La combinación del propósito que encierra la guerra de Ucrania –que no es la defensa de ese país agredido por Rusia, sino debilitar a Rusia con una “derrota estratégica” más el cambio de su régimen, como han declarado repetidamente los máximos dirigentes de Estados Unidos y la Unión Europa–, con la respuesta nuclear que advierte Moscú para el caso de una “amenaza existencial” a su régimen, y un presidente gagá con sus facultades mentales mermadas en Washington que va a ser sucedido por un sociópata, configura un escenario absolutamente inquietante para el mundo.
Sobre todo si se tiene en cuenta que la coalición occidental que está escalando la guerra en Ucrania es la misma que anima un genocidio en Gaza, permite el bombardeo israelí de Líbano e Irán y calienta motores para un enfrentamiento con China en Asia.
Profesor invitado de la Universidad Federal de Sergipe, Brasil. Miembro electo del Comité Directivo del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) y Coordinador del GT CLACSO “Capitalismo digital, políticas educativas y pedagogías críticas” (2023-2025). Miembro del Secretariado del Congreso Mundial contra el Neoliberalismo Educativo (Río de Janeiro, Brasil, octubre 2024). Integrante de la Campaña Latinoamericana por el Derecho a la Educación (CLADE), la Fundación Kairos y la Asociación Latinoamericana de Sociología (ALAS). Investigador del Centro Internacional de Investigación Otras Voces en Educación (CII-OVE). Investigador asociado al eje “trabajo docente” de la CRES+5 a realizarse en Brasilia, Brasil, abril 2024
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Esta propuesta internacional de los y las Trabajadoras (es) de la educación, movimiento pedagógico y estudiantil, tiene alcance mundial y a partir de este momento se abrirá una consulta sobre su proceso de estructuración. Para ello se privilegiará el método del consenso como mecanismo de decisión.
Desde el Tercer Congreso Mundial contra el Neoliberalismo Educativo hasta la Conferencia Internacional de México, se conformará una coordinación internacional provisional conformada por los y las representantes de las organizaciones brasileñas auspiciantes de la cita de Río de Janeiro, un(a) representante de Otras Voces en Educación, uno del movimiento pedagógico y uno del estudiantil.
Este espacio concentrará su esfuerzo en:
Hacemos un llamado mundial a sumarse a este llamamiento y juntar la creatividad y el compromiso de las resistencias anti neoliberales en educación
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Mientras la cifra de muertos sigue aumentando y las estremecedoras imágenes y relatos del drama que han vivido decenas de miles de personas nos impactan, crece la evidencia de que las autoridades no actuaron con la determinación y celeridad que requería la amenaza prevista.
Aunque no se pueden evitar los fenómenos climáticos extremos, el negacionismo climático junto a los recortes en servicios públicos debilitan, cuando no imposibilitan, las respuestas ante un capitalismo depredador que pone por delante los beneficios a la vida de las personas y del planeta.
La negligencia criminal del gobierno autonómico y de la patronal en cuanto a primar elbusiness as usualfrente al derecho de las y los trabajadores a la seguridad en el trabajo contrasta con la empatía y solidaridad que demostraron las clases populares en la ayuda a las y los afectados por la DANA.
Un torrente de solidaridad y deseos de ayudar a las personas afectadas revelan que frente al TINA (There Is Not Alternative) del thatcherismo y el neoliberalismo con su religión basado en el individualismo y la mercantilización de la vida y la sociedad, es posible disputar no solo el discurso, sino la práctica creando desde abajo y a la izquierda poder popular. Por eso el 9 de noviembre ha de convertirse en una movilización masiva en solidaridad con las afectadas por la DANA y exigiendo la dimisión del presidente de la Generalitat valenciana Carlos Mazón.
La DANA ha golpeado con fuerza extrema al País Valencià en este trágico octubre de 2024, que ya supera en muerte y destrucción a las riadas del siglo pasado, mientras la cifra de personas muertas y desaparecidas continúa subiendo[1]https://www.eldiario.es/comunitat-valenciana/acta-reunion-crisis-mazon-marlaska-1-900-desaparecidos-provisionales-riesgo-colapso-hospitales-valencia_1_11785052.htmly las ayudas a la población afectada no están llegando a 3 días de la hora cero. Todavía no se ha restablecido la luz, el agua corriente, la cobertura telefónica móvil y las vías de comunicación permanecen cortadas o poco accesibles en numerosos puntos. Las estremecedoras imágenes y los relatos del drama que han sufrido decenas de miles de personas nos impactan y vemos crecer una ola de empatía y solidaridad con las afectadas.
Las evidencias muestran que las autoridades no actuaron con la prudencia, determinación y celeridad que requería la amenaza anunciada. Muestra de ello son los retrasos en activar la alarma por el gobierno valenciano, la falta de coordinación de servicios de protección[2]https://www.cgtvalencia.org/bombers-forestals-de-la-generalitat-denuncien-que-no-van-ser-mobilitzats-durant-la-dana-per-la-descoordinacio/ Revisado 1 noviembre 2024—que supusieron la demora en ayuda crítica—, o las centralitas telefónicas colapsadas debido a la sorpresa por parte de la mayor parte de la población ante los desbordamientos. A todo esto, debemos sumar la negativa del gobierno valenciano de recibir ayuda por parte de grupos de bomberos de otras comunidades que ya estaban preparados para acudir en apoyo[3]https://www.elplural.com/politica/mazon-rechazo-ayuda-bomberos-elite-catalanes-tragedia-valencia_340587102.
La negligencia criminal del gobierno se vio respaldada por la connivencia con una clase empresarial que habría presionado al gobierno para no activar la luz roja y así seguir haciendo negocios, esperando que las lluvias no acabaran como han acabado. Esta apuesta por el mercado y la brújula de la ganancia llevó a la patronal a primar elbusiness as usualfrente al derecho de las trabajadoras a la seguridad en el trabajo.
Los capitalistas no cambiaron el rumbo, y sus ganancias pesaron más que el derecho a la vida y a la seguridad de sus empleades.
La anormalnormalidadfrente a la DANA dejó a trabajadoras encerradas en sus centros de trabajo, o conduciendo sus vehículos cuando la riada avanzaba a oleadas rápidas y mortales, pues la alarma de protección civil sonó en los teléfonos móviles a las 20:15h, después de que finalizase la jornada laboral de gran parte de la población y dos horas después de que se produjesen los desbordamientos, lo que ha provocado el colapso de carreteras con centenares de coches que ahora dificultan el acceso a las poblaciones más afectadas. La administración tampoco se portó mejor con los empleados públicos no esenciales para labores frente a la DANA (administración, profesorado, sanidad, funcionarios). La alerta roja que tapó el gobierno hizo que el alumnado fuera a clase con normalidad, no se cerraron preventivamente colegios y centros preescolares.
Si no se pueden evitar los fenómenos climáticos extremos, sí se puede aminorar sus devastadores efectos, previendo y siguiendo su desarrollo, así como diseñando planes y actuaciones de emergencia, dotándolos de recursos humanos y material suficiente[4]https://x.com/JuanBordera/status/1851424165875917310 (revisado 1 nov). El ejemplo de que el impacto de la DANA habría sido mucho menor si la gestión no hubiese sido deficiente lo tenemos en la UV (Universitat de València), que ante los avisos emitidos por la AEMET el 28 de octubre decidió cancelar la actividad docente y posteriormente, el día 29, cuando la alerta pasó a código rojo, decidió cancelar toda la actividad (PDI, PAS), evitando así miles de desplazamientos[5]https://www.levante-emv.com/comunitat-valenciana/2024/10/30/dana-valencia-universidades-clase-lunes-110903113.html.
Esa insensibilidad de la clase empresarial y del gobierno que tan trágicas consecuencias ha tenido contrasta con la empatía y solidaridad que demostraron las clases populares en la ayuda a las y los afectados por la DANA, superando incomodidades, ofreciendo alojamiento para pasar una noche espantosa en una casa de una desconocida solidaria y aun en algunos casos asumiendo riesgos para su propia vida salvando la de una desconocida.
La crisis climática y el calentamiento global, de acuerdo con la ciencia, aumentan la frecuencia e intensidad de estos fenómenos climáticos extremos, y el área mediterránea está en situación de mayor vulnerabilidad.
El negacionismo climático del gobierno de Mazón subyace en los fallos en la respuesta ante la DANA. Inacción y retraso motivados por una ideología negadora de la crisis climática.
En salud pública tuvimos un ejemplo de los nefastos efectos que el negacionismo propagado y pagado por la industria del tabaco tenía sobre la salud de las personas. Mientras sembraban dudas de sus perniciosos efectos, ya que “el cáncer de pulmón existía de forma natural”,seretrasaban medidas de prevención, y la industria sembrando estas dudas no dudaba en seguir lucrándose con el negocio,. El negacionismo climático es nocivo porque impide actuar sobre riesgos y amenazas reales, así como las causas que lo provocan.
La salida de Vox del gobierno valenciano no cambió un ápice la práctica negacionista del PPCV. También dejó su impronta la extrema derecha en la ley de la concordia y su política educativa contra la lengua y la cultura valenciana. La extrema derecha marcó agenda y continúa vigente lo acordado en su momento con el PP, una muestra de la “lepenización de los espíritus”, es decir. la normalización de su discurso y de su visión reaccionaria[6]https://x.com/MiguelUrban/status/1787962687885865127.
Si el negacionismo climático nutre la desidia del gobierno autonómico, la orientación neoliberal de recortar servicios públicos esenciales debilita la capacidad de respuesta ante la DANA. Achicar el Estado social, externalizar y privatizar lo público -lo de todas- se complementan con recortar impuestos a los ricos. Estas anteojeras negacionistas y neoliberales justificarían el cierre de la Unidad Valenciana de Emergencias. Todo un ejemplo de lo que no se debe hacer en tiempos de emergencia climática.
Esta visión negadora de que el cambio ya está aquí y de que esta década es vital para afrontar el reto de decrecer con justicia social y mejora de la calidad de vida, reclama acciones firmes y contundentes contra un capitalismo depredador que pone por delante sus beneficios frente a la vida de las personas y la salud del planeta
Horta sud-Valencia, Paiporta, Sedavi, Chiva, Utiel y tantas otras poblaciones fueron testigos de la marea humana de solidaridad que ayudaba en lo que podía; ofreciendo alojamiento, comida, compañía, limpiando, dándole afecto y respetando el duelo que tantas familias todavía están asimilando.
Lecciones para toda la vida en momentos críticos, y seguramente una buena lección cuando volvamos a la rutina: aprender a transformar esta solidaridad popular en lucha por una sociedad entre iguales donde la vida y los cuidados estén por encima de las ganancias de unos pocos, así como a poner en pie planes de reconstrucción alejados de un modelo des especulación urbanística que desde los años 60 del pasado siglo se fue extendiendo en zonas inundables y de riesgo.
Hagamos que crezca la marea ante la adversidad, para pasar a organizar esta solidaridad y este impulso .a defender la vida frente al lucro y el egoísmo de una minoría, esa sí, poderosa y peligrosa. Toca seguir creando poder popular desde abajo y a la izquierda.
Pero una vez asumido el duelo, con todo el respeto y solidaridad con los y las afectadas, llega la hora de exigir responsabilidades al gobierno de Carlos Mazón sobre su negligencia criminal para reducir el impacto de la DANA y dejar a tantas personas desamparadas, aterrorizadas, y con tantas víctimas mortales.
https://www.cgtvalencia.org/bombers-forestals-de-la-generalitat-denuncien-que-no-van-ser-mobilitzats-durant-la-dana-per-la-descoordinacio/ Revisado 1 noviembre 2024
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La estrategia socialista en Occidente sufre un déficit histórico cuyo origen último es la ausencia de triunfos revolucionarios en los países capitalistas avanzados. Esta ausencia produjo una brecha entre las referencias estratégicas predominantes en la izquierda marxista, provenientes de las revoluciones exitosas en países periféricos, y las formas de la dominación política realmente existente en el capitalismo occidental. Como observó Perry Anderson: «El Estado representativo que había surgido gradualmente en Europa occidental, Norteamérica y Japón, después de la compleja cadena de revoluciones burguesas cuyos episodios finales databan solamente de finales del siglo XIX, era todavía un objeto político bastante desconocido para los marxistas cuando tuvo lugar la revolución bolchevique».
El siglo XX vino acompañado de una progresiva «occidentalización» del mundo. En consecuencia, el problema de la estrategia socialista en Occidente, que a inicios del siglo XX se reducía a un puñado de países industrialmente avanzados, se extiende hoy a gran parte de la periferia capitalista. Es necesario, entonces, formular un enfoque estratégico que se corresponda con un mundo donde mayoritariamente se consolidó un Estado complejo y ramificado en la sociedad civil, en el que la burguesía tiene una fuerza social muy superior a la de los países que vivieron triunfos revolucionarios (Rusia, China, Vietnam, Cuba), en el que prevalece un contexto de legalidad para la lucha política e impera la democracia liberal como mecanismo de metabolización estatal de demandas sociales.
En los últimos años, una ola de amplias movilizaciones sociales y la irrupción de fuerzas de izquierda que disputan electoralmente el gobierno (Grecia, España, América Latina) han conducido a un relanzamiento parcial del debate estratégico. La discusión en curso se desarrolla en lo fundamental por medio de una polarización entre una «vía democrática al socialismo» y el tradicional enfoque «insurreccional» que remite a Lenin y Trotski. Dos «modelos» alternativos que parecen oponerse término a término: la vía de acceso al poder (electoral o insurreccional), el tipo de partido necesario (partido de masas o partido de vanguardia), el tipo de polarización política que se prevé (un conflicto que desgarra por dentro al Estado o un combate entre el Estado y un contra-Estado exterior) y el tipo de régimen político posrevolucionario (radicalización de la democracia parlamentaria o democracia soviética).
Pese a cualquier mérito de las reflexiones actuales, la discusión reproduce bastante puntualmente los términos del debate de los años 1970, probablemente la última gran polémica sobre el Estado y la revolución en Occidente. En aquellos años, fueron centrales las discusiones en torno al giro eurocomunista, el descubrimiento del pensamiento de Gramsci más allá de su país natal y el impacto de las experiencias de la Unidad Popular chilena y la revolución portuguesa, ambas alejadas de los cánones clásicos. En ese contexto surgieron obras significativas, como las de Nicos Poulantzas y Ralph Miliband sobre la teoría marxista del Estado, el eurocomunismo de izquierda representado por figuras como Christine Buci-Glucksmann o Pietro Ingrao, así como los ensayos críticos de Perry Anderson y Ernest Mandel contra el eurocomunismo, el debate alemán de la derivación del Estado o los enfoques neofrankfurtianos de Habermas u Offe.
Hoy no tenemos todavía obras equivalentes. Tal vez la falta de avance respecto a la discusión de los años 1970 sea un síntoma de un impasse que está en «las cosas mismas». Porque, por un lado, efectivamente la dinámica de los procesos actuales de radicalización social y política adquieren los contornos que prevé la hipótesis de la vía democrática: las luchas sociales de amplitud no conducen a la irrupción volcánica de soviets de obreros y soldados, sino que, por lo general, colocan en el horizonte la posibilidad de un gobierno de izquierda en el marco del Estado capitalista. Pero, por otro, estas experiencias se estrellan sucesivamente contra los mismos obstáculos: la capitulación socialdemócrata de las direcciones (Austria, Suecia, Portugal, Francia, Brasil, Grecia) o la incapacidad para responder a la reacción de las clases dominantes (Chile). La acumulación de experiencias fallidas es demasiado voluminosa como para que podamos simplemente ignorarla y esperar tener mejor suerte en la próxima ocasión.
Siendo esta la situación, la polarización que divide las corrientes de opinión convencionales es previsible. Los críticos insurreccionalistas de la «vía democrática» cuestionan la tendencia de las fuerzas electorales de izquierda a capitular ante las clases dominantes, y cuentan con numerosa evidencia a su favor. Los «socialistas democráticos», por su parte, suelen recordar la constatación de Carmen Siriani de que no solo no hay revoluciones exitosas en países democráticos sino que en una democracia capitalistala idea de una insurrección armada contra el Gobierno nunca logró más que un apoyo muy minoritario en la clase trabajadora, incluso en momentos de intensa agitación social. No hay vías democráticas exitosas, pero insurrecciones ni siquiera las hay fracasadas.
Lamentablemente, observado el problema sin autoengaños o falsos optimismos es necesario reconocer la razón, hasta cierto punto, de ambas posiciones. La situación se parece entonces a la de un callejón sin salida estratégico. En las siguientes líneas, intentaré formular un punto de partida para un enfoque parcialmente alternativo a los grandes bloques de opinión. Defenderé las siguientes hipótesis interrelacionadas:
1. En un plano teórico, la tradición insurreccionalista adolece de un déficit fundamental en su comprensión del Estado y la democracia capitalistas, lo que conduce al objetivo estratégico de «aplastar» todo el Estado y a la expectativa de su progresiva extinción.
2. Existe una coincidencia con fuertes consecuencias políticas entre la tradición leninista tradicional y la crítica «socialista democrática» en la innecesaria identificación entre la dirección de un proceso de cambio radical y los órganos políticos de un eventual régimen de transición al socialismo (soviets, parlamento, etcétera).
3. Los defensores de la «vía democrática» (paradigmáticamente Nicos Poulantzas) suelen ser partidarios de una concepción sociocéntrica, según la cual el Estado se reduce a una condensación de relaciones de fuerza sin poder propio. Al restarle agencia, el problema de la disputa estratégica por el control del Estado tiende a desplazarse hacia la mayor o menor fuerza del movimiento popular que presiona sobre él, lo que conlleva el rechazo a toda forma de dualidad de poder.
4. De las consideraciones anteriores, se sigue la necesidad de repensar un enfoque estratégico adaptado a una democracia capitalista consolidada, lo que implica asignar una importancia central a la lucha política dentro de las instituciones democráticas, pero también repensar un concepto de dualidad de poder despojado de algunas connotaciones innecesarias que se le asignaban en la tradición insurreccionalista.La constatación de Sirianni es indudablemente correcta: en una democracia capitalista, la idea de una insurrección armada contra el Gobierno nunca ha tenido una adhesión significativa, ni siquiera de forma simbólica. Por lo tanto, no es razonable esperar que las revoluciones de nuestro siglo sean similares a las del período 1917 a 1921.
Existe una noción ampliamente compartida, aunque a menudo de forma tácita: la de identificar el órgano de dirección política de un proceso revolucionario con las instituciones de un régimen político posrevolucionario, sean soviets, parlamento o partido. Esta identificación aparece paradigmáticamente en la concepción de Lenin de los consejos: los soviets no son solamente los instrumentos de movilización de las masas en el marco de una crisis revolucionaria, sino también los embriones del nuevo Estado proletario. En los autores que se diferenciaron del sovietismo ruso (como Kautsky, los austromarxistas y los eurocomunistas) el razonamiento es similar: el parlamento o el Gobierno ejecutivo, dominado por los socialistas, debe dirigir el proceso político, en todo caso apoyado en la movilización social.
Esta idea se suele aceptar transversalmente sin suficiente examen, y sin evaluar las consecuencias políticas que conlleva. En mi opinión, contra lo que los partidarios de la vía democrática e insurreccionalistas han considerado, no tiene porqué haber unidad entre la dirección en un proceso revolucionario y el poder político socialista posterior. La historia muestra que no ha habido tal continuidad en experiencias concretas.
En un proceso revolucionario, emergen organismos de autoorganización que movilizan y agrupan a las masas (consejos, asambleas, comités de fábrica). Aunque una revolución triunfante necesita un apoyo social masivo, los órganos que dirigen el proceso se basan siempre en un sector activo de vanguardia. Por lo tanto, la naturaleza progresiva de estos órganos y su carácter democrático son inseparables del desarrollo de una crisis revolucionaria. Una revolución puede ser «el más gigantesco acto democrático» (Trotsky) en la medida en que un sector amplio de las clases populares se vuelca a la acción política y destruye el viejo orden. Sin embargo, esta es la dinámica de una insurrección de masas, no la de un régimen político. Un poder político democrático y estable requiere legitimación social igualitaria; no puede depender del hiperactivismo de un sector de vanguardia, y mucho menos del hiperactivismo permanente de toda la sociedad.
Entonces, la imprescindible emergencia durante una crisis revolucionaria de organismos de autoorganización no hace de ellas necesariamente órganos de gobierno. De su vínculo indisociable al momento de auge revolucionario se sigue que estos órganos tienen una existencia transitoria. Su vitalidad depende de una atmósfera política efervescente y extraordinaria, obviamente provisoria. De hecho, si examinamos la experiencia histórica de manera honesta y rigurosa, se puede observar con claridad que nunca desempeñaron sistemáticamente un papel gubernamental. Ni siquiera en la Rusia del período 1917-1923, como se puede constatar fácilmente en el progresivo vaciamiento de los soviets y en la abrupta desafección política que siguió a la Revolución de Octubre.
Sin embargo, de esta constatación no se deduce, como argumentaron Poulantzas y otros autores de la «vía democrática», que la polarización política característica de un proceso de cambio pueda prescindir de órganos de doble poder durante un periodo de ruptura anticapitalista. Las instituciones de doble poder tienen un papel estratégico que cumplir, aunque no necesariamente deban ser entendidas como órganos protoestatales.
En Estado, poder y socialismo, Poulantzas postula que el Estado debe analizarse en términos análogos a la conceptualización del capital de Marx. Al igual que el capital, el Estado no es una cosa o un instrumento sino una relación social. O, más precisamente, es «la condensación material de una relación de fuerza entre clases». El Estado cristaliza la hegemonía estructural de las clases dominantes pero también las luchas y la fuerza de las clases dominadas. El Estado capitalista no es una fortaleza a conquistar como si se tratara de un territorio extranjero. La relación entre el Estado y las clases populares no es de completa exterioridad: las clases populares y sus luchas están presentes en él de diferentes maneras, inscribiendo sus conquistas en las formas institucionales y en las políticas públicas (libertades democráticas, derechos sociales, etcétera). El Estado no es simplemente un «vigilante nocturno» o una «banda de hombres armados» sino una estructura capilarizada en la sociedad civil y sensible a las contradicciones sociales y a las relaciones de fuerza entre las clases.
Esta conceptualización del Estado da lugar a un nuevo marco estratégico que rompe con la tradición leninista del doble poder. La «vía democrática al socialismo» propone una estrategia dual que opera tanto dentro del aparato estatal, concebido como un «campo estratégico», como en la lucha de masas. La concepción leninista de un «contra-Estado» obrero dependía de ver al Estado como un mero instrumento de las clases dominantes. En contraste, entender el Estado como una «condensación» implica abordar la estrategia socialista como un proceso que involucra tanto la conquista de posiciones dentro de él —incluyendo el acceso al gobierno mediante elecciones—, como el desarrollo de movilizaciones de masas y experiencias de autogestión que ejerzan presión desde la base para una transición hacia el socialismo. Este proceso prolongado no evitará enfrentamientos ni momentos de ruptura.
Apesar de los méritos de esta reelaboración, existen problemas teóricos y políticos que deben abordarse. Para Poulantzas, el Estado tiene una autonomía «relativa» a una condición invariante: la determinación «en última instancia» de la economía. Esto inscribe a Poulantzas en la larga lista de teorías que Michael Mann llama «reduccionistas», la tendencia común de teorías liberales, pluralistas y marxistas a reducir el Estado «a estructuras preexistentes en la sociedad civil», en este caso al poder de la clase dominante.
El carácter relativo de la autonomía estatal fue entendido tradicionalmente en el marxismo como una forma de protección última de la ortodoxia. Admitir un poder autónomo del Estado, es decir, no sometido a una «última instancia», se considera idéntico a la concepción reformista de la socialdemocracia que hace del Estado una entidad neutral, árbitro de la competencia entre grupos sociales. Cualquier autonomía tout court —o una reconceptualización del concepto de «autonomía relativa» que no remita a la «determinación en última instancia»— nos desplazaría hacia una problemática reformista-pluralista en la que las diferentes clases pueden ejercer una influencia igualitaria en el Gobierno y el Estado es capaz de regular los desequilibrios económicos o sociales generados por el capital.
Así lo reconoció Poulantzas en su última entrevista, con Stuart Hall y Alan Hunt: «Yo mismo no estoy en absoluto seguro de que sea correcto ser marxista, uno nunca está seguro. Pero si se es marxista, el papel determinante de las relaciones de producción, en un sentido muy complejo, debe significar algo; y si lo hace, solo se puede hablar de “autonomía relativa”, esta es la única solución». Como lo muestra su célebre polémica con Ralph Miliband en las páginas de la New Left Review, para Poulantzas esto significa que el Estado no tiene un poder propio. Las instituciones estatales «no pueden sino ser referidas a las clases sociales que detentan el poder» o, dicho de otro modo, el Estado es «un lugar y un centro de ejercicio del poder, pero sin poseer poder propio».
Al reducir el «poder de Estado» al «poder de clase», Poulantzas encuentra muchas dificultades para afirmar simultáneamente la autonomía relativa y el carácter estructuralmente capitalista del Estado. Por su apego al concepto de autonomía relativa como una forma de retener el carácter de clase del Estado, Poulantzas fracasa en determinar la forma concreta en que el Estado capitalista cumple efectivamente su papel de clase preconcebido. En realidad, el concepto de autonomía relativa de Poulantzas es un obstáculo y no un recurso para establecer el vínculo estructural entre el Estado y el capital.
Contra lo que indica una interpretación generalizada, un análisis que afirme la autonomía estatal como algo irreductible al poder de clase puede sentar las bases estructuralmente capitalistas del Estado sobre fundamentos más seguros. En este punto el enfoque de Fred Block parece mejor encaminado. Block afirma que los «gerentes estatales» tienen una autonomía efectiva, no reductible al poder de clase. Pero la inserción del Estado en la economía capitalista los obliga, por sus mismos intereses, a buscar condiciones propicias para la reproducción de capital. El monopolio privado sobre la inversión crea una presión objetiva sobre las autoridades políticas a promover normas favorables a los intereses capitalistas. El riesgo de la huelga de inversiones y la fuga de capitales, con sus efectos desestabilizadores sobre la política y el Gobierno, los presiona a mantener un «buen clima de negocios». La autonomía del poder estatal no es contradictoria con su carácter de clase, que depende fundamentalmente de su inserción en relaciones capitalistas de producción.
El rechazo de Poulantzas a la distinción del poder de clase y poder de Estado como un intento de reserva ante el reformismo nos conduce a un callejón sin salida. Al restarle agencia al Estado, el problema de la disputa estratégica por su control tiende a desplazarse hacia la mayor o menor fuerza del movimiento popular que presiona sobre él. Inevitablemente, su expectativa es que la presión social conduzca a la radicalización de las direcciones reformistas mayoritarias.
Poulantzas continúa, entonces, el análisis clásico que considera al carácter relativo de la «autonomía relativa» un límite que permite establecer el carácter de clase del Estado. Sin embargo, mirado atentamente, puede observarse aquí una curiosa complicidad entre una reserva ortodoxa en la teoría y un «giro a la derecha» en la política. Si Poulantzas tuviera razón, ¿cómo valorar la experiencia histórica, que parece mostrar que la movilización popular exterior al Estado, por muy intensa que sea, siempre se topa con el margen de libertad que toda dirección política dispone y utiliza? ¿No se trata del efecto último del poder propio del Estado? ¿El precio que paga Poulantzas por su concepto del Estado como condensación no es disminuir la disputa propiamente política entre proyectos estratégicos antagónicos? Para tomar un ejemplo clásico, la revolución de noviembre de 1918 en Alemania, que concluye con los socialdemócratas mayoritarios en el poder y Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht asesinados por los freikorps al mando del socialdemócrata Noske, ¿fracasó por falta de presión desde abajo sobre el gobierno de Ebert o porque los socialdemócratas se hicieron con el poder con el objeto de contener la revolución y utilizaron el Estado con ese objetivo?
Poulantzas no ignora el problema del reformismo. En sus términos puede adquirir dos formas: la de la capitulación de las direcciones («socialdemocratización») o la de la típica incapacidad reformista de enfrentar la reacción de las clases dominantes (el caso de Allende). Sin embargo, la respuesta que encuentra a estos riesgos es la existencia de un «amplio movimiento popular» que presione por la base. Poulantzas llega con pocas palabras a la evaluación de los riesgos más serios de la estrategia socialista. Escribe:
No se puede afrontar aquí este peligro más que apoyándose activamente en un amplio movimiento popular. Digamos las cosas claramente: en todo caso, y frente a la estrategia «vanguardista» del doble poder, la realización de esta vía y de los objetivos que comporta, la articulación de los dos procesos que aspira a evitar el estatismo y el impasse socialdemócrata, suponen el apoyo decisivo y continuo de un movimiento de masas basado en amplias alianzas populares. (…) Si este movimiento desplegado y activo (la revolución activa, decía Gramsci, en oposición a la revolución pasiva) no existe, si la izquierda no consigue suscitarlo, nada podrá impedir la socialdemocratización de esta experiencia (…) Este amplio movimiento popular constituye una garantía frente a la reacción del adversario, aun cuando no sea suficiente y deba ir siempre unido a transformaciones radicales del Estado.
Luego agrega que este movimiento popular puede cumplir su papel solo en la medida en que no pretenda erigirse como un centro político alternativo que desafíe al Estado, es decir, como doble poder. El poder popular debe autolimitarse a ser un factor de presión sobre el Estado. Su rechazo a la dualidad de poder es una consecuencia natural de su definición del Estado como condensación sin poder autónomo. No se trata de que la emergencia de un doble poder sea improbable en una democracia consolidada, sino que es sencillamente indeseable. Sobre esto, afirma categóricamente:
una situación de doble poder, incluso entre dos poderes de izquierda, no se parece en nada a un juego de poderes y de contrapoderes que se equilibran mutuamente para mayor bien del socialismo y de la democracia. Esta situación conduce rápidamente a una oposición abierta entre los dos, con riesgo de eliminación de uno en favor del otro. En uno de los casos el resultado es la socialdemocratización (el caso de Portugal), en el otro (eliminación de la democracia representativa) no es la extinción del Estado y el triunfo de la democracia directa, sino, aun plazo más o menos largo, una dictadura autoritaria de nuevo tipo.
Poulantzas razona aquí de una manera análoga a la tradición insurreccionalista al identificar los órganos de dirección de un proceso revolucionario y la institucionalidad de un poder político socialista, aunque modificando las valoraciones. Si el Estado capitalista incluye conquistas políticas que es necesario conservar en un futuro poder político socialista, principalmente la democracia representativa (parlamento, sufragio universal, multipartidismo, libertades democráticas, etcétera), esto significa, en su opinión, que estas instituciones deben liderar el proceso de transformación. En cambio, delegar la dirección en un órgano extraestatal no significa «el triunfo de la democracia directa» sino la «eliminación de la democracia representativa», y «a un plazo más o menos largo, una dictadura autoritaria de nuevo tipo». Al igual que la tradición insurreccionalista, Poulantzas deduce que si durante el proceso revolucionario se delega la conducción a un órgano de «democracia directa», esta lógica se impondrá a todo el régimen político posterior, pero no se trataría de una democracia de base sino de una nueva «dictadura autoritaria».
Los organismos que emergen y toman el control de la situación política en una situación revolucionaria tienen impacto en la vida política e institucional posterior. Pero la heterogeneidad de la experiencia histórica no admite el tipo de fatalismo que sugiere Poulantzas y que recuerda a las críticas de Kautsky a la revolución rusa. Podemos pensar en el Comité Central de la Guardia Nacional francesa, que encabeza la insurrección en 1871 y luego dimite en favor de la Comuna de París; o en la revolución de febrero y de octubre en Rusia, con sus diferentes relaciones entre soviets, Gobierno provisional y Asamblea Constituyente (la combinación de soviets y Asamblea Constituyente fue defendida por buena parte de la dirección bolchevique antes y después de la revolución). Aunque Poulantzas no hace ninguna mención a la cuestión, el ejemplo histórico más relevante que desmiente su fatalismo es el de las propias revoluciones burguesas que tuvieron como corolario la emergencia de las instituciones liberales y republicanas. No hubo «vía democrática» a las instituciones democráticas del Estado capitalista.
Debemos a Poulantzas un avance decisivo hacia una concepción relacional y no instrumental del Estado. Pero el proceso históricamente inédito de «desimbricación» de las relaciones sociales que da lugar al Estado moderno (es decir, la separación del Estado y la economía como ámbitos independientes) confiere una autonomía real al poder estatal —y, por lo tanto, a las direcciones políticas que lo dirigen—, lo que implica que el Estado nunca es presa de relaciones de fuerza exteriores, sino que actúasobre ellas, del mismo modo en que es constituidopor ellas. Si el Estado es solamente la condensación de relaciones de fuerza entre las clases, «una condensación no puede ejercer poder» (Block). Comprender la legalidad y la dinámica propias del nivel de lo político nos devuelve al terreno de la lucha entre proyectos estratégicos antagónicos. Y, en último término, al problema del reformismo.
Si abandonamos el rechazo poulantziano al poder autónomo del Estado, la cuestión del doble poder adquiere una nueva luz. Si el Estado nunca se comporta como un simple reflejo de las relaciones de fuerza, puede actuar en reacción contra ellas hasta el punto de quebrarlas. O bien porque mantiene un núcleo irreductible del aparato represivo del Estado, incluso en los casos en que se debilita o desarticula, o bien, como es más usual, porque utiliza su poder autónomo para contener políticamente una situación crítica. El papel de la socialdemocracia lo demuestra en innumerables ocasiones: República de Weimar, revolución portuguesa, etcétera.
Como es claro, Poulantzas no rechaza la centralidad de la movilización popular. Tampoco adhiere a algún tipo de gradualismo reformista, contra lo que han señalado rutinariamente muchos de sus críticos insurreccionalistas. Lo que rechaza, más bien, es la centralización de los órganos de democracia de base y su transformación en un punto concentrado de poder popular independiente. Entiende bien las consecuencias de la centralización en contextos de ascenso revolucionario. Cuando se procede a centralizar los organismos de autoorganización emerge un poder que puede tomar la iniciativa, se dota de independencia y aparece como un centro político alternativo, es decir, se configura una situación de dualidad de poder, que no solo ejerce presión sobre el gobierno sino que puede disputar la dirección del proceso político.
La utilidad histórica efectiva que han mostrado los órganos de doble poder es su capacidad para expresar mejor las relaciones de fuerza en el marco de un ascenso revolucionario. Las viejas instituciones resisten o amortiguan el impacto de un cambio abrupto en las relaciones de fuerza. Un enorme poder social puede expresarse por medio de revueltas, movilizaciones o explosiones sociales. Pero si esa fuerza social no se centraliza en algún tipo de institucionalidad que pueda decidir actuar en conjunto, la más impetuosa movilización social puede volatilizarse, y toda la iniciativa queda en manos de las instituciones y las organizaciones preexistentes.
El Estado (sobre todo su cúspide: el Gobierno ejecutivo, el parlamento, la alta burocracia) es por regla el espacio donde las presiones a la adaptación y la capitulación son más fuertes. En cambio, un poder que viene de abajo, basado en la participación masiva de sectores populares, permite expresar más directa y claramente los cambios rápidos de las masas, la alteración de las relaciones de fuerza y modificar así el equilibrio entre las corrientes moderadas, que tienen más peso en los órganos estatales, y las radicales, que tienden a abrirse paso en los organismos de autoorganización.
Algunos ejemplos históricos pueden ilustrar este punto con mayor claridad. En los años 1920, a partir de la revolución alemana, la Internacional Comunista formuló un enfoque estratégico bastante similar a la «vía democrática». En la Alemania de 1923, los gobiernos regionales electos dirigidos por la socialdemocracia (SPD) y el Partido Comunista (KPD), junto con el asedio burgués que se desató sobre ellos, sirvieron de impulso para la lucha revolucionaria. En la ciudad de Chemnitz se realizó entonces una conferencia de los consejos obreros de Sajonia. Existía un embrión de poder dual que podía tomar la iniciativa de la insurrección. Sin embargo, el SPD, que participaba minoritariamente en los consejos pero tenía un peso mayoritario en el gobierno, reclamó que la conferencia no se atribuyera potestades que correspondían al parlamento. El KPD decidió subordinar la posibilidad de la insurrección a un acuerdo unitario que nunca se consiguió, y la revolución alemana fracasó.
Si bien existía un embrión de autoorganización —y allí el KPD tenía más peso que el SPD— se frustró la dinámica por la autolimitación y la delegación («poulantziana», se podría decir) en las competencias del gobierno regional. Los reformistas, aun de izquierda, no estaban dispuestos a encabezar la insurrección, ni tampoco a delegar en un órgano de poder alternativo esa iniciativa. Al saber que el KPD no estaba dispuesto a avanzar en solitario, se supieron en dominio de la situación. En la medida en que el adversario es consciente de que conserva la última palabra, la capacidad de presión sobre él disminuye abruptamente. En cambio, si la presión se inscribe en un principio de desborde o desafío desde abajo de su control, la situación cambia y la dirección amenazada puede verse obligada a acompañar la radicalización en curso. Por eso la autolimitación «poulantziana» es el mayor obstáculo, incluso para la táctica de presión sobre las direcciones hegemónicas que postula Poulantzas.
Algo similar ocurrió en el fracaso de la revolución española, sobre todo en la experiencia catalana entre julio y septiembre de 1936. En aquel momento, el POUM accedió a entrar al gobierno de la Generalitat encabezado por el Frente Popular español y procedió, sorprendentemente por medio de Andreu Nin, a la disolución del Comité Central de Milicias. El levantamiento de julio de 1936 contra el golpe fascista había dado lugar a formas de autoorganización: los comités de milicias locales y el Comité Central de Milicias Antifascistas (CCMA). En tanto órganos unitarios, todas las corrientes tenían presencia allí, incluyendo las corrientes reformistas. Pero al igual que en la conferencia de Chemnitz, las corrientes reformistas —incluso la Esquerra Republicana, la famosa «sombra» de la burguesía— tenían poca influencia en esos órganos, mientras que en el Govern ejercían el mando. La decisión del POUM y Nin de aceptar la disolución del CCMA liquidó la posibilidad de contar con un poder alternativo capaz de superar las vacilaciones del Govern.
El patrón se repite: en los organismos de autoorganización las corrientes radicales encuentran un eco más propicio y se refleja mejor el cambio de relaciones de fuerza y la radicalidad de las masas en un momento de conflicto revolucionario. En cambio, por «arriba», las tendencias a la moderación, la adaptación y la influencia de los reformistas son más fuertes. En un contexto de este tipo, cuando se subordina el «abajo» al «arriba», incluso bajo la forma de la presión de uno sobre otro, el control de los reformistas sobre el proceso queda en general garantizado.
Las críticas al enfoque insurreccionalista que se centran en su inviabilidad política en contextos de democracias liberales consolidadas me parecen esencialmente correctas. La idea de una crisis rápida por colapso de la autoridad estatal que sea aprovechada por una insurrección armada no se repitió nunca exitosamente cien años después de la Revolución de Octubre. Como se sigue de las intuiciones de Gramsci, el marco en el que hay que situar toda estrategia socialista en Occidente, al menos por el momento, es el de un Estado complejo y ramificado en la sociedad civil, una democracia capitalista consolidada y un marco de legalidad para la lucha política. En el período actual, cuando la lucha de clases se intensifica, tiende a manifestarse mediante grandes movilizaciones sociales combinadas con disputas electorales. La necesidad estratégica de pivotar en torno a esta dinámica resulta ineludible.
Las razones que han esgrimido los partidarios de la «vía democrática» para abandonar el intento de «repetir Octubre» me resultan convincentes. También lo fueron para los mismos bolcheviques y la mayoría de la Internacional Comunista desde la década de 1920, cuando afrontaron los debates sobre las peculiaridades de la revolución en Europa occidental. Por otro lado, la forma típica en que se formuló la vía alternativa al «leninismo tradicional» presenta problemas teóricos y políticos significativos, que conducen en el plano estratégico a apostar todo a la radicalización de las direcciones reformistas hegemónicas bajo la presión popular, resignando la construcción de un doble poder independiente. Pero un poder popular centralizado es esencial para desbordar la parálisis que impone la política reformista, incluso en un escenario «poulantziano» de radicalización de las direcciones reformistas mayoritarias.
En un Estado democrático representativo, cualquier eventual proceso de transición hacia el socialismo probablemente surgirá de una crisis prolongada, durante la cual las instituciones liberales seguirán funcionando activamente. Esto hace probable que surja una representación electoral o gubernamental de la radicalización en curso. En este aspecto, la «vía democrática» está en lo correcto. Pero se equivoca —en un error simétrico al de los insurreccionalistas— al derivar de ello la necesidad de que sea la cumbre del Estado (el gobierno de izquierda electo) quien controle los acontecimientos. Por el contrario, es necesario acompañar un proceso de radicalización social con la construcción de un centro de poder alternativo, basado en los órganos de masas, que pueda decidir tanto presionar como desbordar a las direcciones políticas previamente establecidas, según lo plantee la evolución de los acontecimientos.
Pero este papel estratégico del doble poder no implica asignarle la tarea de convertirse necesariamente en órganos de Gobierno. Un eventual triunfo revolucionario no debe conducir a la destrucción de las libertades democráticas basadas en el sufragio universal y la ciudadanía política sino a trazar los contornos de un nuevo poder político democrático, que no puede reducirse a organismos de autoorganización nacidos de un momento de irrupción volcánica de las masas.
Es posible que surja tensión entre los órganos que asumieron el control de la vida política durante una crisis revolucionaria (como el partido y los organismos de autoorganización) y la necesidad de poner en funcionamiento instituciones para una democracia socialista de largo plazo. Ante estas tensiones, es fundamental reconocer que las ilusiones en algún tipo de democracia directa de masas permanente corren el riesgo de llevar a su contrario: la estatización generalizada de la vida social y la emergencia de un poder burocrático y bonapartista. La democracia incluye la dimensión del sufragio universal y la representación parlamentaria, aunque no se limita a ella. Como anticiparon los austromarxistas en los años 1920, es posible concebir formas mixtas de democracia que articulen instituciones de democracia representativa (asambleas legislativas), de democracia directa (referéndums) y de democracia económica (en el lugar de trabajo). Explorar la interrelación entre ruptura revolucionaria, transición al socialismo y democracia constituye un desafío central de nuestra época. Nuevas experiencias están por hacerse.
Profesor asistente de sociología en la Universidad París-Sorbona y activista de la izquierda radical. Es autor de Hemisferio izquierda. Un mapa de los nuevos pensamientos críticos (Siglo XXI, 2013) y de La nature est un champ de bataille (París, La Découverte, 2018), entre otros libros.
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Reseña de la obra de Peter D. Thomas,The Gramscian Moment. Philosophy, Hegemony and Marxism(Coleccción Historical Materialism), Leiden, Brill, 2009. [de próxima aparición en español en la editorial Akal,PVI]
Ser contemporáneo significa, en ese sentido, volver a un presente en el que nunca hemos estado.
Giorgio Agamben (¿Qué es lo contemporáneo?)
Proponer hoy una interpretación de conjunto del pensamiento de Gramsci requiere una buena dosis de osadía intelectual. El volumen de conocimientos sobre la vida y la obra del revolucionario italiano alcanza proporciones cada vez más inabarcables. Probablemente en nuestra época haya sólo otros dos pensadores críticos que susciten tantos análisis: Marx, por supuesto, y Michel Foucault, la interpretación de cuya obra se ha convertido en una auténtica industria. Es cierto que los volúmenes de exégesis consagrados a Gramsci son de un número inferior a los dedicados a los clásicos de la academia contemporánea: Heidegger, Wittgenstein y Rawls, por citar sólo tres. Pero en cierto sentido la diferencia es de grado, no de clase.
Los análisis de la obra de Gramsci no sólo son numerosos, sino que también están sujetos a un proceso de especialización. Ya no hay especialistas en Wittgenstein en general. Los estudiosos se especializan en la interpretación del “primer” Wittgenstein, el delTractatus Logico-Philosophicus(1921), o del segundo, el de lasInvestigaciones filosóficas(1953). Algunos se interesan por el papel de Wittgenstein en el nacimiento de la filosofía analítica, otros tratan de identificar las raíces específicamente austríacas de su pensamiento; por ejemplo, el hecho de haber visto la luz en la Viena finisecular de Freud, Klimt y Schnitzler.
Este proceso de especialización puede observarse igualmente en el caso de Gramsci. De ahí que proliferen libros y artículos cuyo título comience con “Gramsci y…”: Gramsci y Marx, Gramsci y las mujeres, Gramsci y Chile, Gramsci y el psicoanálisis, Gramsci y Piero Sraffa… La lista es larga y para hacerse una idea aproximada de lo larga que es podría consultarse la sección bibliográfica de la página web de laInternational Gramsci Society. Entre otras razones, esa especialización es producto de la academización de Gramsci en diversas regiones del mundo, principalmente en Italia, en el mundo anglosajón y en algunos países latinoamericanos, como Argentina y Brasil. La misma también se explica por la disponibilidad de un número cada vez mayor de archivos, por cuanto ello conlleva no sólo un mayor grado de precisión en el conocimiento de una obra y de su autor, sino también la producción de conocimientos de un determinado tipo.
Leer hoy a Gramsci supone también hacer frente a interpretaciones de su obra elaboradas por figuras monumentales de la historia del movimiento obrero y de la tradición marxista como Palmiro Togliatti, Louis Althusser o Perry Anderson. El espacio interpretativo gramsciano está saturado de nombres propios problemáticos. Esas grandes interpretaciones que se remontan a otras épocas aparecen siempre sobredeterminadas por consideraciones de orden político, que remiten a coyunturas históricas todavía más o menos vigentes. Ello hace aún más complejo en la actualidad trabajar en la obra de Gramsci.
Si la obra de Peter ThomasThe Gramscian Moment.Philosophy, Hegemony and Marxism[El momento gramsciano. Filosofía, hegemonía y marxismo] impresiona tanto es porque contiene una interpretación de conjunto de la obra de Gramsci en un momento en que resulta cada vez más difícil llevar a término semejante empresa. Estamos ante una obra del tipo que suele dedicarse a un autor todavía poco conocido, pero que hace gala de un grado de precisión y coherencia analítica que ha sido posible gracias al aumento de los conocimientos correspondientes. Thomas examina uno tras otro los principales conceptos de Gramsci: hegemonía, guerra de movimientos/guerra de posiciones, revolución pasiva, cesarismo, sociedad civil/sociedad política, Estado integral, filosofía de la praxis, etc., y al mismo tiempo da cuenta de la asombrosa coherencia del sistema teórico gramsciano; asombrosa si se tiene en cuenta las circunstancias de su elaboración. A lo largo de los capítulos emerge asimismo una genealogía del pensamiento gramsciano, que se remonta a la improbable trinidad teórica de Maquiavelo, Lenin y Croce.
Peter Thomas, joven marxista australiano radicado en Londres y que realizara una parte de sus estudios en Italia, es uno de los mejores estudiosos de Gramsci en la actualidad. El título de su obra contiene una referencia implícita al gran libro de J.G.A. Pocock sobre la tradición republicana atlántica,The Machiavellian Moment, publicado en 1975[1]J.G.A. Pocock,The Machiavellian Moment. Florentine Political Thought and the Atlantic Republican Tradition, Princeton, Princeton University Press, 2003.. Un “momento” es una configuración político-intelectual particular, que tiene lugar en un espacio-tiempo específico y cuyo centro lo ocupa un nombre propio: Maquiavelo para Pocock, Gramsci para Thomas. ¿A qué constelación político-intelectual remite hoy el nombre propio “Gramsci”?
La interpretación más influyente de Gramsci en el mundo anglosajón hasta la fecha es la elaborada por Perry Anderson en un ensayo titulado “The Antinomies of Gramsci“, que apareció en 1976 enNew Left Reviewy se reeditó posteriormente en forma de libro[2]Véase en español Perry Anderson,Las antinomias de Antonio Gramsci(trad. Lourdes Bassols y J. R. Fraguas), Madrid, Akal, 2018. [Nota del T.]. Las traducciones al francés (por Maspero, con el títuloSur Gramsci) y al italiano de esa obra aparecieron en 1978. La tesis propuesta por Perry Anderson es simple: Gramsci es un “kautskyano” o un “fabiano” que no se conoce a sí mismo. En otras palabras, es un reformista, que cree que un cambio social radical es posible, pero que este será gradual, que no implicará necesariamente el tipo de proceso revolucionario que se produjo en Rusia en 1917. Así, dice Anderson:
desde el momento en que el poder burgués en Occidente se atribuye principalmente a la hegemonía cultural, la adquisición de esa hegemonía significaría que la clase obrera habría tomado efectivamente en sus manos la ‘dirección de la sociedad’ sin conquistar ni transformar el poder estatal, en una transición indolora hacia el socialismo: en otras palabras, una idea típica del fabianismo[3]Perry Anderson,Sur Gramsci, París, Maspero, 1978, p. 81..
Según esa hipótesis, el énfasis que hizo Gramsci en la dimensión “hegemónica” del poder lo habría llevado a sostener que bastaría con que la clase obrera se convirtiera en la fuerza social culturalmente dominante en la sociedad para que se produjera la transición al socialismo. Por cuanto la cultura es la palanca principal, esa transición podría tener lugar pacíficamente, sin una ruptura drástica con la lógica del sistema.
Gramsci fue uno de los dirigentes revolucionarios más combativos de la primera mitad del siglo XX. No sólo participó activamente en un proceso revolucionario, los “consejos de Turín” de 1919-1920, sino que también fue miembro fundador del Partido Comunista Italiano y participó, como representante de ese partido, en las labores de la dirección de la Internacional Comunista, entre 1922 y 1923. ¿Cómo explica Perry Anderson que un marxista con un pedigrí revolucionario tan impecable sea un reformista?
Para Anderson, la tonalidad “kautskyana” deCuadernos de la cárcelse explica por las circunstancias de su redacción. Mientras escribía susCuadernos, Gramsci tuvo siempre presente, en un segundo plano, el canon doctrinal del marxismo revolucionario de la época. En particular, tenía en mente la hipótesis estratégica de la “dictadura del proletariado”, en torno a la cual se articula el referido canon. Sin embargo, el canon jamás se explicita en losCuadernos, aunque se insinúe como marca de agua. La razón estriba en el hecho de que losCuadernos de la cárcelno se hubiesen concebido para ser publicados. Conviene reiterar aquí que losCuadernosson exactamente eso: cuadernos preparatorios, que jamás Gramsci tuvo la intención de publicar en esa forma (su ambición era ponerse a escribir su gran obra tras salir de la cárcel). Según Anderson, Gramsci dio por sentada la estrategia leninista de ruptura con el Estado capitalista, hasta el punto de que nunca la reafirmó. De ahí que losCuadernoscontuvieran sobre todo ideas que se apartaban de esa estrategia, que resultaban novedosas en relación con esta última. En particular, losCuadernosdan prioridad a todo lo que se refiera al problema de la “revolución en Occidente” —de la que Gramsci era el gran teórico— y que indague por las condiciones de aclimatación de la revolución en Europa occidental:
cuando comenzó sus indagaciones teóricas en la cárcel, parece haber dado tan por sentados esos principios que estos apenas figuran directamente en su discurso. Constituyen una adquisición familiar que ya no es necesario recordar, en una empresa intelectual cuya energía se concentraba en otra parte: en el descubrimiento de lo desconocido[4]Ibídem, p. 82..
Gramsci es, por tanto, a los ojos de Anderson, una especie de reformista a pesar de sí mismo. Aislado en su celda, pensando y escribiendo para sí mismo, se ve arrastrado por la lógica de su argumentación hacia posiciones cada vez más alejadas del leninismo.
Esa interpretación de Anderson contiene un importante subtexto. En los años setenta, las más diversas corrientes marxistas reivindicaron a Gramsci como uno de los suyos. En Europa, el “eurocomunismo” hizo de Gramsci su figura tutelar. Esa corriente pretendía liberarse de la influencia de la URSS y reflexionar sobre las condiciones de una transición al socialismo que tuviera en cuenta la especificidad de las sociedades de Europa occidental. Es en Italia, en España y en Francia donde se hace sentir con más fuerza. Nicos Poulantzas, el teórico más refinado ligado a esa corriente, y quien en sus inicios había estado vinculado con el eurocomunismo griego, propuso distinguir entre un eurocomunismo de “derecha” y un eurocomunismo de “izquierda”[5]Stuart Hall y Alan Hunt, “Interview with Poulantzas“, enMarxism Today, julio de 1979. [Una traducción al español de esa entrevista puede consultarseaquí.]. Poulantzas presenta a Santiago Carrillo, dirigente del Partido Comunista Español, como ejemplo de lo primero, y a Pietro Ingrao, representante del ala izquierda del Partido Comunista Italiano, como ejemplo de lo segundo.
En los años sesenta, Perry Anderson y el colectivo editorial deNew Left Reviewbajo su dirección se vieron influidos por Gramsci. Por esa época, Anderson coauspicia, junto con Tom Nairn, una tesis muy debatida sobre la “malformación” del Estado británico y el carácter prematuro de la revolución que había conducido a la formación de ese Estado. Esa tesis había sido directamente inspirada por las tesis de Gramsci sobre la formación del Estado italiano y las insuficiencias del Risorgimento[6]A ese respecto, me permito remitir a Razmig Keucheyan, Hémisphère gauche. Une cartographie des nouvelles pensées critiques, París, La Découverte, 2010, cap. 4. [Hemisferio izquierda. Un mapa … Seguir leyendo.
Sin embargo, durante los años setenta, bajo el impacto combinado del movimiento estudiantil y las luchas de liberación en el Tercer Mundo —en particular el guevarismo y la revolución vietnamita—, Anderson se desplazó hacia la izquierda y se acercó a la IV Internacional de Ernest Mandel. Algunos miembros de la redacción deNew Left Review, entre ellos Tariq Ali —pero no el propio Anderson—, se unieron a la IV Internacional y durante un tiempo ocuparon puestos de dirección en ella. El trotskismo es, por supuesto, hostil al eurocomunismo, que Ernest Mandel retrató en un ensayo de 1978 tituladoCrítica del eurocomunismocomo una especie de continuación lógica del estalinismo[7]Ernest Mandel,Critique de l’eurocommunisme, París, Maspero, 1978. [Crítica del eurocomunismo(trad. Emilio Olcina), Barcelona, Fontamara, 1982].
No es posible comprender al margen de ese contexto político la ofensiva de Perry Anderson contra Gramsci. El blanco de Anderson enLas antinomias de Gramscino es tanto el propio autor deCuadernos de la cárcelcomo sus lectores eurocomunistas de la época. Más concretamente, la estrategia de Anderson consiste en socavar los fundamentos de la legitimidad marxista de que buscan dotarse los eurocomunistas por conducto de la obra de Gramsci. Al igual que Mandel, Anderson considera que la búsqueda de una “vía democrática al socialismo”, de una transición al socialismo emancipada del modelo soviético, es un pretexto para forjar alianzas con ciertos sectores de la burguesía —como en el caso del “compromiso histórico” en Italia— políticamente muy costosas para el movimiento revolucionario. La interpretación de Gramsci, como vemos, tenía en aquel momento implicaciones estratégicas inmediatas.
El núcleo de la polémica que Anderson libra contra Gramsci y los eurocomunistas concierne a la cuestión del Estado. Una de las tesis centrales propuestas por los eurocomunistas (sobre todo de izquierda) es la del carácter contradictorio del Estado capitalista. Es lo que Poulantzas —citado por su nombre en el libro de Anderson— llama, refiriéndose al Estado, una “condensación de una relación de fuerza“[8]Véase Nicos Poulantzas, L’État, le pouvoir, le socialisme (Prefacio de Razmig Keucheyan), París, Les Prairies ordinaires, 2013. Para una traducción al español del prefacio de Keucheyan … Seguir leyendo. Para Poulantzas, el Estado no es externo a la lucha de clases, pero tampoco es un simple instrumento en manos de las clases dominantes[9]Es esa la cuestión que constituye el objeto principal de discusión de la polémica que hubo de enfrentarlo a Ralph Miliband.. El Estado es un haz de contradicciones y relaciones de fuerza. Importantes segmentos del Estado participan, por supuesto, en la gestión del orden capitalista y en la represión de su impugnación. Sin embargo, es probable que otros segmentos del Estado se alíen con las fuerzas revolucionarias en tiempos de insurrección. Esa ambivalencia constitutiva del Estado capitalista es lo que Pierre Bourdieu —quizás en ese respecto bajo la influencia de Poulantzas— intentará comprender por medio de la distinción entre la “mano derecha” y la “mano izquierda” del Estado[10]Pierre Bourdieu,Contrefeux, París, Seuil, 1998. [Contrafuegos. Reflexiones para servir a la resistencia contra la invasión neoliberal(trad. Joaquín Jordá), Barcelona, Anagrama, 2006]. Ambivalencia observable sobre todo en los países occidentales, donde un antiguo y poderoso movimiento obrero ha sido capaz de imponer derechos democráticos y sociales.
Que el Estado sea una “condensación de relaciones de fuerza” trae aparejadas implicaciones estratégicas cruciales, en particular que la teoría bolchevique de la “dualidad de poderes” resulta inadecuada para los países occidentales. Esa teoría, cuya formulación más clara se encuentra en laHistoria de la Revolución Rusade Trotsky, sostiene que en una situación revolucionaria dos fuerzas antagónicas se disputan el poder en el interior de un mismo territorio. Esas fuerzas están claramente delimitadas —social, política y, en la mayoría de los casos, incluso espacialmente— en una situación en la que el Estado, naturalmente, se pone del lado de las fuerzas conservadoras. El reconocimiento del carácter contradictorio del Estado capitalista hace imposible mantener ese esquema estratégico y obliga a reconocer la existencia de fracturas dentro de cada campo, lo que convierte al propio Estado en un posible lugar de acción revolucionaria. La estrategia de la “guerra de posiciones” elaborada por Gramsci enCuadernos de la cárceles una manera de tomar conciencia de esa constatación.
Perry Anderson, por su parte, mantiene la hipótesis estratégica de la “dualidad de poderes”. Su crítica de Gramsci no persigue, en última instancia, otro propósito. En su ensayo, insiste en la “unidad” del Estado capitalista, en el hecho de que ese Estado tenga “fronteras”. Aunque el Estado esté plagado de contradicciones, en tiempos de crisis e insurrección, su carácter de clase se pone de manifiesto con toda claridad.
Peter Thomas elabora una crítica radical de la interpretación que Perry Anderson hace deCuadernos de la cárcel. Esa crítica tiene dos facetas. En primer lugar, como ya se ha dicho, desde los años setenta se ha acumulado un considerable volumen de información sobre la vida y la obra de Gramsci. Esa información se refiere a sus actividades políticas antes de su encarcelamiento, así como a la cronología de la redacción de losCuadernos, la actitud del Partido Comunista Italiano y de la Internacional Comunista para con él, su vida familiar, los libros y diarios a que tuvo acceso durante sus años en prisión, la influencia de sus orígenes sardos en su concepción del Estado italiano, sus estudios de filología en Turín a principios de la década de 1910, sus relaciones con Palmiro Togliatti y el papel de este último en la gestión de la herencia gramsciana… La lista es larga. Peter Thomas aprovecha al máximo los conocimientos disponibles, sin perder nunca de vista la coherencia del conjunto. Cabe señalar aquí que la edición italiana deCuadernos de la cárcel, llamada “científica”, bajo la dirección de Valentino Gerratana, no se publicó hasta 1975, casi cuarenta años después de su redacción. Su disponibilidad ha redundado en un notable refinamiento de la comprensión de la lógica interna del sistema teórico gramsciano. Si Anderson tuvo acceso a ella, es poco probable que hubiese podido realmente trabajar en esa edición científica en aquellos momentos.
La otra faceta de la crítica de Thomas consiste en el cuestionamiento de la tesis andersoniana de un Gramsci reformista. Curiosamente, Thomas comparte con Anderson —más concretamente con el Perry Anderson de mediados de los setenta— una cierta desconfianza hacia las posiciones eurocomunistas. Su estrategia interpretativa, sin embargo, consiste en demostrar que la apropiación del legado gramsciano por los eurocomunistas es una falacia, y ello por una razón más bien simple: Gramsci es leninista. De hecho, una de las principales operaciones teórico-políticas que Peter Thomas emprende en su libro es la de volver a enlazar el hilo —roto no sólo por Anderson, sino también por sectores con toda seguridad mayoritarios de la crítica— que une a Gramsci con Lenin.
Volver a enlazar ese hilo no es en verdad muy difícil. Para empezar, basta con leerCuadernos de la cárcel. Gramsci no deja de proclamar su admiración por Lenin, a quien llama “Ilich”, “Ilichi” o el “mayor teórico moderno de la filosofía de la praxis” (filosofía de la praxis que, en ese caso, es sinónimo de marxismo). He aquí un pasaje del cuaderno 10 en el que se deja ver esa admiración:
Ilichi Lenin hizo avanzar la filosofía en la medida en que hizo avanzar la doctrina y la práctica políticas. La realización de un aparato hegemónico, en la medida en que crea un nuevo terreno ideológico, determina una reforma de la conciencia y de los métodos de conocimiento y constituye un hecho de conocimiento, un acontecimiento filosófico[11]Véase Antonio Gramsci,Guerre de mouvement et guerre de position, textes choisis et présentés par Razmig Keucheyan, París, la Fabrique, 2012, Cahier 10, II, § 12, p. 66..
Para Gramsci, Lenin es un nombre propio que remite a los candentes problemas teóricos y estratégicos del momento. Por intermedio de Lenin, Gramsci vuelve en particular a plantear la cuestión de la relación entre teoría y práctica.
En el pasaje que venimos de citar, Gramsci califica a la revolución rusa de “hecho de conocimiento” o de “acontecimiento filosófico”. A sus ojos, esa revolución no es sólo un episodio de relieve de la historia política, es un acontecimiento en la historia del pensamiento, en la misma medida en que lo fuera, por ejemplo —si bien según modalidades bien diferentes—, la publicación a finales del siglo XVIII de laCrítica de la razón purade Kant. Gramsci añade que si Lenin es un auténtico filósofo, lo es precisamente por haber sido un líder político que hiciera realidad un “aparato hegemónico” con la construcción de la Unión Soviética. Ser filósofo en las condiciones del siglo XX no consiste en ser un continuador de la historia de la filosofía, como Kant en el siglo XVIII o Wittgenstein en el XX. Consiste en intervenir en el campo político, es decir, en abolir la separación entre política y filosofía.
El leninismo de Gramsci se expresa de muchas otras maneras. Al centrarse en la comprensión de la dimensión cultural de la hegemonía, Gramsci sigue los pasos del “último” Lenin, quien antes de morir había consagrado sus energías al problema de la cultura en el naciente Estado soviético[12]Véase Lars T. Lih,Lenin, Londres, Reaktion Books, 2011. (Lenin no es, por supuesto, la única fuente de inspiración para los análisis de Gramsci sobre la cultura). Otra expresión de esa filiación es la atención que ambos prestan a la cuestión del Estado, a lo que Gramsci llama el “Estado integral”, concepto al que Peter Thomas dedica luminosas páginas.
Hacer de Lenin una condición para leer a Gramsci comporta para Thomas no sólo una perspectiva historiográfica, sino también política. Si a Gramsci —como a Marx— se lo lee y enseña en numerosas partes del mundo, Lenin aún no se ha levantado de los escombros del socialismo “realmente existente”. Vincular firmemente a Gramsci con Lenin es asegurarse de que todo debate sobre el primero se convierta inevitablemente en un debate sobre el segundo.
Entre las referencias en que se apoya Peter Thomas para elaborar su interpretación, algunas se originaron en Francia. La bibliografía secundaria sobre Gramsci es, primero, italiana y anglosajona, y, luego, latinoamericana. Pero una serie de obras y artículos de más larga data proceden del mundo francófono. Cualquier lector que hurgue hoy en las estanterías de las librerías difícilmente se dará cuenta, pero en los años sesenta y setenta Francia produjo un importante grupo de intérpretes de Gramsci, entre ellos André Tosel, Jacques Texier, Christine Buci-Glucksmann, Jean-Marc Piotte y Hughes Portelli. La filósofa Christine Buci-Glucksmann, por ejemplo, es autora de una de las mejores obras que se hayan escrito sobre Gramsci, tituladaGramsci et l’État.Pour une théorie matérialiste de la philosophie[Gramsci y el Estado. Hacia una teoría materialista de la filosofía], que es de esperar que algún día se vuelva a publicar[13]Christine Buci-Glucksmann, Gramsci et l’État. Pour une théorie matérialiste de la philosophie, París, Fayard, 1975. [Gramsci y el Estado. Hacia una teoría marxista de la filosofía (trad. … Seguir leyendo.
Los ensayos dedicados por André Tosel al autor deCuadernos de la cárcel, recogidos hoy en su mayoría en un volumen publicado por Syllepse, son pura maravilla[14]Véase André Tosel, Le marxisme du XXesiècle, Paris, Syllepse, 2007.. El teórico y militante quebequés Jean-Marc Piotte dedicó hace apenas cuarenta años una notable obra aLa Pensée politique de Gramsci[El pensamiento político de Gramsci], que Ediciones Lux tuvo la buena idea de volver a publicar no hace mucho[15]Jean-Marc Piotte, La Pensée politique de Gramsci, Montréal, Lux, 2010.. Jacques Texier, recientemente fallecido, fue una figura clave en los debates gramscianos a escala internacional y es autor de un ensayo publicado enLa Penséecon el célebre título de « Gramsci, théoricien des superstructures » [Gramsci, teórico de las superestructuras][16]Jacques Texier, « Gramsci, théoricien des superstructures », en La Pensée, n. 139, junio 1968.. El hecho de que Hughes Portelli sea actualmente senador por la Union pour un mouvement populaire (UMP)[17]Partido político francés de centro-derecha fundado, bajo otro nombre, en 2001, y rebautizadoLes Républicainsen 2015. [Nota del T.] no le impidió, en su alocada juventud, consagrar algunos buenos textos a Gramsci, en particular uno tituladoGramsci et le bloc historique[Gramsci y el bloque histórico][18]Hughes Portelli,Gramsci et le bloc historique, París, PUF, 1972. [Gramsci y el bloque histórico(trad. María Braun), México, D. F., Siglo XXI Editores, 1977 (cuarta edición)].
También Louis Althusser mantuvo un fructífero diálogo crítico con Gramsci, cuyas disensiones teóricas y políticas Peter Thomas expone con gran claridad[19]Pierre Macherey dedicó un importante artículo a la oposición entre Gramsci y Althusser ; véase Pierre Macherey, “Verum est factum : les enjeux d’une philosophie de la praxis et le débat … Seguir leyendo. El concepto althusseriano de “aparatos ideológicos de Estado”, con que designa a las instituciones de mantenimiento ideológico del orden social —escuela, iglesia, familia, etc.— se inspira directamente en la noción de “aparato hegemónico” de Gramsci.
Ese grupo de gramscianos franceses brilla por su ausencia en la mayoría de las historias intelectuales de ese período y pocos recuerdan hoy su existencia. En esas historias intelectuales, la epopeya estructuralista protagonizada por Michel Foucault, Roland Barthes, Claude Lévi-Strauss y Jacques Lacan se lleva la parte del león. En términos más generales, a diferencia de la situación de los estudios gramscianos en Italia, Alemania, el mundo anglosajón, América Latina y Asia, la influencia de Gramsci en Francia durante las dos o tres últimas décadas ha sido casi imperceptible. Es cierto que cualquier cosa remotamente relacionada con el movimiento comunista es condenada unilateralmente en este país por los medios de comunicación y los intelectuales dominantes.
Redescubrir y revivir esa tradición gramsciana sepultada en el olvido es hoy una tarea de primera magnitud. Entre otras razones, poque Gramsci es un pensador de la crisis, un pensador de las “crisis orgánicas” del capitalismo, por utilizar su célebre fórmula.Cuadernos de la cárceles un producto directo de la anterior “gran crisis” del capitalismo, la de los años veinte y treinta. Como tal, tiene mucho que enseñarnos sobre la crisis en la que nos encontramos hoy.
La versión original de este artículo se incluyó en el dossier “Il faut lire (ou relire) Gramsci” [Hay que leer (o releer) a Gramsci] publicado en Contretemps. Revue de critique communiste con el título “Gramsci l’intempestif” el 22 de octubre de 2018. El título con que se publica ahora en español y la traducción de todas las citas es del traductor, quien además de hiperenlaces ha añadido entre corchetes, en las notas del autor, referencias bibliográficas en español para el lector que desee consultar otras fuentes.
J.G.A. Pocock,The Machiavellian Moment. Florentine Political Thought and the Atlantic Republican Tradition, Princeton, Princeton University Press, 2003.
Stuart Hall y Alan Hunt, “Interview with Poulantzas“, enMarxism Today, julio de 1979. [Una traducción al español de esa entrevista puede consultarseaquí.]
A ese respecto, me permito remitir a Razmig Keucheyan,Hémisphère gauche.Une cartographie des nouvelles pensées critiques, París, La Découverte, 2010, cap. 4. [Hemisferio izquierda. Un mapa de los nuevos pensamientos críticos(trad. Alcira Bixio), Madrid, Siglo XXI de España Editores, 2013]
Véase Nicos Poulantzas,L’État, le pouvoir, le socialisme(Prefacio de Razmig Keucheyan), París, Les Prairies ordinaires, 2013. Para una traducción al español del prefacio de Keucheyan véase “Lenin, Foucault, Poulantzas”, enJacobin América Latina, 16 de octubre de 2022. [Nota del T.]
Véase Antonio Gramsci,Guerre de mouvement et guerre de position, textes choisis et présentés par Razmig Keucheyan, París, la Fabrique, 2012, Cahier 10, II, § 12, p. 66.
Christine Buci-Glucksmann,Gramsci et l’État. Pour une théorie matérialiste de la philosophie, París, Fayard, 1975. [Gramsci y el Estado. Hacia una teoría marxista de la filosofía(trad. Juan Carlos Garavaglia), Madrid, Siglo XXI de España Editores, 1978]
Hughes Portelli,Gramsci et le bloc historique, París, PUF, 1972. [Gramsci y el bloque histórico(trad. María Braun), México, D. F., Siglo XXI Editores, 1977 (cuarta edición)]
Pierre Macherey dedicó un importante artículo a la oposición entre Gramsci y Althusser ; véase Pierre Macherey, “Verum est factum : les enjeux d’une philosophie de la praxis et le débat Althusser-Gramsci“, en Vincent Charbonnier y Stathis Kouvelakis (eds.),Sartre, Lukacs, Althusser. Des marxistes en philosophie, París, PUF (Colección Actuel Marx Confrontation), 2005.