Traducción: Punto de Vista Internacional Fuente:Jacobin
Actualidad Internacional: Entrevista con…
07/11/2021
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l gran vencedor de las recientes elecciones rusas fue el Partido Comunista, que alcanzó casi un 20% de apoyo. El partido está siendo transformado por una nueva ola de activistas socialistas democráticos opuestos al gobierno de Vladimir Putin.
Las elecciones parlamentarias celebradas en Rusia entre el 17 y el 19 de septiembre supusieron otra victoria nominal para el partido Rusia Unida del Presidente Vladimir Putin. Sin embargo, el resultado más notable fue el salto en el apoyo al Partido Comunista de la Federación Rusa (KPRF), que quedó en segundo lugar con el 19% de los votos.
A pesar del habitual fraude que favorece a los aliados de Putin, el KPRF consiguió ganarse a un nuevo electorado, especialmente a los jóvenes de las grandes ciudades, que consideraron el voto al partido como su única oportunidad de decir no al orden existente. Desde la década de 1990, el programa oficial del KPRF se ha mantenido arraigado en una mezcla de estalinismo, nacionalismo y paternalismo socialdemócrata. Sin embargo, en los últimos años ha surgido en el seno del KPRF una generación de jóvenes líderes regionales que lo han orientado más hacia la retórica de la defensa de los derechos democráticos, la igualdad social y la ecología.
Una de las partes más reveladoras de las elecciones en este sentido fue la campaña de Mikhail Lobanov, un profesor de matemáticas de treinta y siete años de la Universidad Estatal de Moscú. Mikhail fue nominado por el KPRF, pero se posicionó como un socialista democrático independiente. Venció al candidato de Rusia Unida de Putin por más de diez mil votos (un margen del 12%), aunque el recuento se manipuló después para negarle la elección al parlamento.
El voto popular a candidatos como Lobanov supuso, no obstante, un verdadero avance para la izquierda radical, demostrando su potencial para expresar el descontento popular incluso en las difíciles condiciones políticas de la Rusia actual. Por ejemplo, los activistas del Movimiento Socialista Ruso y otros grupos de izquierda radical tradicionalmente críticos con el KPRF desempeñaron un papel importante en su campaña electoral.
Ilya Budraitskis, escritor político de izquierdas en Moscú, habló con Mikhail Lobanov sobre el resultado para Jacobin.
I.B.: Háblanos un poco de tu formación política
M.L.: En el colegio me gustaba leer libros de historia, aunque sólo eran novelas históricas, mezcladas con libros más científicos. En la universidad, ya como estudiante de matemáticas, pasaba mi tiempo libre en bibliotecas y librerías, y a través de la lectura de ficción decidí que necesitaba leer a Marx, Lenin y Trotsky. Por ejemplo, cogí La revolución traicionada en la biblioteca de la Universidad Estatal de Moscú [MSU].
En 2006, asistí a un seminario estudiantil marxista, celebrado en la MSU por activistas del Movimiento Socialista «Vpered» [«Adelante», la sección rusa de la Cuarta Internacional]. Durante el siguiente año y medio, participé en varias acciones contra la mercantilización de la educación y en defensa de los derechos laborales con Vpered. Las reuniones del partido se celebraban en el local de la Confederación del Trabajo de Rusia, y así fue como conocí a los sindicatos independientes rusos.
I.B.: ¿Cómo surgió un grupo de activistas en la Universidad Estatal de Moscú?
M.L.: Buscábamos ámbitos de lucha dentro de la universidad. En 2009, la administración quería endurecer las normas de acceso a los dormitorios. Iniciamos una campaña de protesta, recogimos mil setecientas firmas y finalmente conseguimos que se anularan estas nuevas normas. Como resultado de esta campaña de tres semanas, formamos un núcleo de activistas universitarios, unas treinta personas. Resolvimos los problemas cotidianos, pero era obvio que esto no era suficiente para llevarnos a otro nivel de organización.
Entonces empezamos a cooperar con la rama del Partido Comunista de la universidad, que incluía tanto a profesores como a estudiantes. En 2011, la administración decidió endurecer de nuevo las normas de los dormitorios, y conseguimos organizar una campaña de protesta realmente potente y exitosa. Involucró directamente a cientos de personas y nuestro núcleo se hizo más grande. Fue justo en ese momento cuando comenzaron las protestas a gran escala tras las elecciones a la Duma [Parlamento], que habían sido amañadas a favor de la Rusia Unida de Putin. En el ámbito universitario, esto culminó en una lucha entre nuestro propio Grupo de Iniciativa y el Consejo Estudiantil oficial de la MSU, estrechamente asociado al partido gobernante.
También participamos activamente en la observación independiente en las elecciones parlamentarias, y en el colegio electoral del edificio principal de la MSU, derrotamos ampliamente a Rusia Unida, a pesar de la movilización del personal administrativo.
También participamos activamente en todas las concentraciones de protesta de 2011-12 en Moscú, y muchos estudiantes que salieron a protestar pero no estaban dispuestos a unirse a ninguna fuerza política concreta se unieron a nuestro contingente.
Esta experiencia hizo que, entre otras cosas, la Confederación del Trabajo planteara la creación del sindicato «Solidaridad Universitaria». Así, empezamos a ayudar a grupos de estudiantes y profesores de otras universidades a través del sindicato. También participamos activamente en las campañas para preservar el parque que rodea los edificios de la MSU, que atraía constantemente el interés de los promotores. Gracias a ello, entramos en contacto con los concejales y residentes locales que se ocupan activamente de los problemas del barrio. Celebramos actos conjuntos, especialmente en la zona de Ramenki. Las autoridades universitarias intentaron despedirme dos veces por estas actividades, en 2013 y en 2018.
I.B.: ¿Cómo decidiste presentarse a las elecciones de este año?
M.L.: A lo largo de estos diez o quince años, se ha desarrollado una red de contactos muy amplia, incluso con la rama universitaria del KPRF. Me invitaron a presentarme a la candidatura del KPRF en casi todas las elecciones locales. Pero me negué porque esto se alejaba de mi propio programa principal de educación superior, ya que este campo está más bien ligado a las leyes federales y al presupuesto aprobado por la Duma Estatal rusa.
A pesar del habitual fraude que favorece a los aliados de Putin, el KPRF consiguió ganarse a un nuevo electorado, especialmente a los jóvenes de las grandes ciudades, que consideraban el voto al partido como su única oportunidad para decir no al orden existente.
En 2020, la comunicación con los miembros del KPRF en la universidad dejó claro que estaban dispuestos a ofrecerme una candidatura a la Duma Estatal. Y sentí que si iba al distrito de la MSU y movilizaba las conexiones que había construido, podría ganar. Tenía la sensación de que podía despertar suficiente entusiasmo para esta campaña. Pero no tenía una idea precisa de cómo hacerlo y de qué acciones concretas había que llevar a cabo en las elecciones, ya que esto era algo diferente de lo que habíamos hecho antes. Pero como mi intuición me decía que podía funcionar, decidí intentarlo.
Durante unos meses tuvimos discusiones y debates sobre los primeros pasos; hay muy poca gente en la izquierda que tenga experiencia electoral. El KPRF sí tiene esa experiencia, pero es muy peculiar. No recomienda pedir dinero a la gente, sino confiar en la financiación del partido, y quizá buscar otros patrocinadores. Entendimos que teníamos que actuar de forma diferente.
I.B.: ¿Cómo es su electorado?
M.L.: Toda Rusia está dividida en 225 distritos, con una media de quinientos mil votantes cada uno. Nuestra circunscripción está en el oeste de Moscú. En las anteriores elecciones, se consideró un distrito bastante orientado a la protesta, y el KPRF ya había obtenido buenos resultados aquí. Sin embargo, los liberales de Yabloko siempre han sido una fuerza real allí, y esta vez han presentado un candidato fuerte.
Hay una universidad en el distrito, por lo que, estadísticamente, este distrito tiene una mayor concentración de graduados y empleados de la MSU que en Moscú. Había una sensación de que la marca MSU en este distrito aporta algo de sí misma. Soy un matemático, no un político, y eso podría jugar positivamente.
Creo que fue en febrero cuando supimos quién sería nuestro principal rival. Se anunció que Rusia Unida iba a presentar al presentador de televisión ruso Yevgeny Popov. Se trata de un propagandista televisivo que difunde las posturas del Kremlin sobre los países occidentales hostiles y la terrible Ucrania, tratando de desviar la atención de la gente de los problemas internos a la confrontación externa y avivando el odio entre naciones. Su forma de actuar es arrogante, pero a mucha gente le gusta, incluso la he conocido.
I.B.: ¿Cómo se organizó la campaña? ¿En qué medida dependía de la KPRF?
M.L.: Sorprendentemente, el KPRF no tenía ningún tipo de control político estricto: escribimos nuestro programa nosotros mismos, sin consultar al partido. El KPRF asignó menos del 15% del presupuesto total de nuestra campaña. Celebraron sesiones de formación, reuniones para los candidatos, en las que les decían cómo hacer una campaña. Nos dijeron, por ejemplo, que no hiciéramos crowdfunding; no nos darían dinero de todos modos, podría causar problemas. Sin embargo, no seguimos este consejo y acabamos recaudando unos 6 millones de rublos (más de 80.000 dólares) durante la campaña.
Comparado con lo que gasta Rusia Unida o la oposición liberal, no es mucho. Sin embargo, la motivación política jugó un papel importante: la mayoría de los activistas estaban comprometidos con los puntos de vista socialistas, y todo el mundo tenía la expectativa de que realmente podíamos vencer a Rusia Unida. Así que tuvimos unos doscientos activistas participando en nuestra campaña, repartidos en varias divisiones en diferentes partes de la circunscripción.
I.B.: Háblanos de su programa electoral
M.L.: Nuestro lema principal era: «El futuro es para todos, no sólo para unos pocos elegidos». En Rusia hay un grupo de personas que se han apoderado de todos los recursos políticos y económicos y están construyendo el futuro sólo para ellos. Nosotros queremos una redistribución de la renta, del poder político, a favor de todos. En torno a esta tesis central, hemos construido reivindicaciones detalladas sobre los problemas del distrito y del país en su conjunto. Entre los puntos más importantes están la lucha contra el bárbaro desarrollo comercial de Moscú; el reciclaje obligatorio de la basura; la protección contra el cierre de escuelas y hospitales; y, por supuesto, los derechos laborales y la necesidad de sindicatos fuertes.
En Rusia hay un grupo de personas que se han apoderado de todos los recursos políticos y económicos y están construyendo el futuro para ellos solos. Queremos una redistribución de la renta, del poder político a favor de todos.
Nos dirigimos al electorado con esta agenda, y aparentemente construimos una buena imagen de un candidato y su equipo, que se enfrentaba a varios problemas con entusiasmo, que trataba de convencer a todo el mundo, de reunir recursos, de organizarse. Esto resonó en la gente. La experiencia de un candidato universitario, un matemático con experiencia en campañas públicas, hablando de los sindicatos, defendiendo los espacios verdes.
A la gente le gustó, pero también tuvo un dilema: en Rusia muchos ven el voto como una oportunidad para mostrar a las autoridades su protesta. Para ellos, es importante que un candidato de la oposición pueda ganar, independientemente de sus opiniones. Como en mi circunscripción había una campaña a favor de un candidato liberal con grandes recursos, mucha gente estuvo pendiente hasta el último momento y adivinando a quién debía apoyar al final.
I.B.: ¿Cuál fue el resultado?
M.L.: Ganamos al candidato de Rusia Unida por más de un tercio de los votos. Hizo una campaña muy cara, sus pancartas estaban por todas partes, tenía el apoyo de la administración local. Pero, a pesar de ello, lo derrotamos ampliamente. Toda la situación dio un vuelco con los resultados de la votación electrónica a la mañana siguiente.
I.B.: En términos de cifras, ¿cuál fue el resultado en los colegios electorales y cuál en el voto electrónico?
M.L.: Obtuve cuarenta y seis mil votos en el voto ordinario, veinte mil en el voto electrónico, y el propagandista televisivo Popov obtuvo entre treinta y cuatro y treinta y cinco mil en el voto ordinario y entre cuarenta y cinco y cuarenta y seis mil en el voto electrónico. Pero no creemos en los resultados del voto electrónico: fueron amañados en interés de las autoridades.
I.B.: Contaste con el apoyo de «Smart Voting», un voto táctico anti-Putin propuesto por los partidarios de Alexei Navalny. ¿Qué opinas de esta estrategia en general? ¿Y qué opinas del propio Navalny?
M.L.: Es una herramienta que funciona en las grandes ciudades rusas. La estrategia se reduce a votar al candidato de la oposición que tenga más posibilidades de derrotar a Rusia Unida. Se insta a los votantes de la oposición a votar a ese candidato independientemente de sus opiniones. Navalny y yo tenemos grandes diferencias ideológicas, por supuesto, ya que me sitúo en la izquierda radical. Navalny solía situarse en la derecha, pero en los últimos años ha dado un giro, lo cual es de agradecer, ya que tiene una gran influencia mediática.
El hecho de que sus partidarios hayan empezado a plantear cuestiones sociales como el salario mínimo y a elogiar a los sindicatos ha tenido un efecto positivo. Pero seguimos teniendo posiciones diferentes, y además, el círculo de Navalny es más de derechas que el propio Navalny. Eso se puede ver en la situación en la que acabó en la cárcel. Pero lo importante es que ha sido encarcelado por sus actividades políticas. Me opongo a ello y creo que debería ser liberado. Creo que es necesario un debate honesto con él y un choque de posiciones ideológicas.
I.B.: ¿Cuáles son tus planes políticos después de las elecciones? Tu personalmente, y ¿cuál crees que debe ser la estrategia de la izquierda rusa, de sus militantes?
M.L.: Ahora estamos pensando en cómo mantener el equipo que hemos formado, porque era muy grande. Será más difícil a partir de ahora, pero vemos la demanda de más actividad. Los que participaron tuvieron un gran subidón: fue una victoria, y todos lo perciben como tal. Lo que parecía posible sólo en teoría, lo conseguimos, lo que significa que podemos hacer mucho. Contábamos con los recursos reales de la Duma Estatal, queríamos hacer una campaña y mantener el colectivo sobre la base de la Duma Estatal. Pero no funcionó debido a las falsificaciones.
I.B.: ¿Volverás a participar?
M.L.: Hay chicos del equipo a los que les gustaría probarse en las elecciones locales. Yo soy más prudente al respecto porque podría ser una disipación de energía. Tenemos que pensar, si ganamos las elecciones municipales en varios distritos, cómo podemos consolidarnos. Me interesa más cómo podemos canalizar nuestra energía para desarrollar el movimiento sindical y la autoorganización en las universidades. Las elecciones también pueden ser una buena idea, pero no tengo la sensación de que eso sea lo único que debamos hacer. Al fin y al cabo, yo también vi las últimas elecciones principalmente como una oportunidad para comunicar a la gente las ideas en las que creo.
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Decía Mark Twain que “un clásico es un libro que la gente elogia pero no lee; un libro, en suma, que todo el mundo quiere haber leído y nadie quiere leer”. En efecto, a menudo tanto seguidores como detractores opinamos con ligereza sobre algunas obras y autores que apenas conocemos. La idea de partida que querría compartir es que, en literatura como en arte, en ciencia como en pensamiento revolucionario, no es el autor o autora quienes hacen al clásico, sino la perennidad de algunas de las ideas, imágenes e intuiciones que nos legan determinados pasajes de su obra y su vida. Esto es, la capacidad de trascender épocas, países y coyunturas y de resultar útil y evocador para gentes de generaciones, culturas y géneros diversos.
La figura que nos dejó trágicamente hace ya 80 años es, sin duda, un clásico del marxismo y una personalidad clave de la política y la cultura de la primera mitad del siglo XX. Una experiencia militante a caballo entre países, épocas y organizaciones muy distintas, una rica formación política y una densa cultura cosmopolita, así como su participación directa en, o su voluntad de entender e intervenir sobre, los grandes acontecimientos políticos de su época explican una obra extensa, profunda, diversa y polifacética. A mi juicio merece, por consiguiente, una aproximación sin prejuicios y que desarrollemos una opinión propia basada en la voluntad de entender antes de juzgar. En estas líneas propongo unos modestos apuntes para intentar esclarecer los aciertos, pero también los límites, de dicho clásico.
Quizás la primera idea estructuradora del pensamiento de Trotsky sea la comprensión del capitalismo como una fuerza dinámica expansiva que tendía a englobar a todo el mundo, con unas lógicas internas complejas y contradictorias que, ya desde los años que precedieron a la Primera Guerra Mundial, condicionaban los conflictos, las rupturas y las posibilidades de desarrollo de los distintos países del mundo. La dinámica del desarrollo desigual y combinado, por efecto del mercado mundial y del encabalgamiento de procesos acelerados de desarrollo económico con estructuras económicas y políticas arcaicas, no sólo explica las rivalidades imperialistas entre grandes potencias que conducirían a la Gran Guerra (1914-18), sino que constituirá, en Trotsky, la base material para engarzar aspiraciones democráticas y objetivos anticapitalistas, fundamento de la perspectiva de revolución permanente. Ésta, inspirada en los escritos de Marx sobre las revoluciones de 1848 y en los análisis contemporáneos de Parvus, la desarrollará ya en su balance de la revolución rusa de 1905 como horizonte estratégico para futuras rupturas —a la que se adherirá implícitamente Lenin con sus Tesis de abril de 1917— y que, años más tarde, generalizará a los países dependientes, coloniales y semicoloniales, oponiéndola a la propaganda de Stalin acerca “del socialismo en un solo país”. Así pues, Trotsky definirá la revolución socialista a la vez como acto y como proceso, que puede empezar en un país, que tiende a extenderse a otros, pero que tan sólo puede consumarse a nivel mundial precisamente por la naturaleza expansiva y depredadora del capitalismo mismo. De ahí que, contradiciendo la ortodoxia marxista de su época, fuera el primer socialista del siglo XX en llegar a la conclusión de que una revolución obrera y campesina podía triunfar antes en países menos desarrollados y sin apenas tradiciones democráticas a condición de que lograra extenderse a países económicamente más avanzados y con tradiciones parlamentarias más consolidadas, en los que sin duda sería mucho más lenta y laboriosa la toma del poder, pero mucho más rápida la construcción de una sociedad sin clases mediante una democracia socialista. En la perspectiva de Trotsky —compartida por Lenin en los debates de los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista— todo bloqueo de dicha dinámica reforzaría y estabilizaría al capitalismo mundial y su extraordinario dinamismo económico —a pesar de sus crisis y contradicciones— y favorecería a las fuerzas restauracionistas, como ya profetizó en 1922 a propósito de la Unión Soviética en el artículo “La curva del desarrollo capitalista”.
La segunda idea troncal del pensamiento y la praxis de Trotsky será la autoorganización popular como base para la lucha de clases, como requisito para los ascensos revolucionarios y como embrión estructurador de toda institucionalidad revolucionaria. El surgimiento de los soviets en la revolución rusa de 1905 (que conocerá directamente como presidente del soviet de San Petersburgo) simbolizará en el pensamiento de Trotsky la irrupción desbordante de la participación popular y la concreción orgánica del antagonismo obrero y campesino frente a la autocracia zarista. “Expresión finalmente alcanzada de la democracia socialista”, en Trotsky los soviets permitían tres objetivos: estructurar y centralizar el movimiento revolucionario espontáneo de las masas, reunificar espontánea y concretamente a las distintas tendencias de la socialdemocracia rusa (volveremos sobre ello) y constituir la base orgánica de un Estado obrero apoyado por el campesinado pobre capaz de derrocar al zarismo y de marginar a unas fuerzas liberal-burguesas, débiles, timoratas y estructuralmente cómplices de la opresión zarista (Avenas). Sin duda, esta dinámica se reproducirá en el “Corto siglo XX”, en el que se dará lo que G. Lukács llamará “la actualidad de la revolución”, esto es, un periodo histórico en el que la revolución social fue una tarea concreta y factible a corto plazo. El surgimiento de consejos obreros y de soldados en Alemania (1918-19), de los Shop Stewards británicos, de los comités de milicias y las juntas de defensa en España (1936-37), los consejos de fábrica en Italia (1917-19 y de nuevo en 1969), los Cordones Industriales y los Comandos Comunales en Chile (1970-1973), los Comités de Acción en Francia (1934-36 y 1968) o los comités de moradores y de soldados de la Revolución portuguesa (1974-75) confirma que cada vez que se han abierto dinámicas revolucionarias han surgido estructuras espontáneas de autoorganización popular capaces de resolver necesidades materiales básicas ante la parálisis de las instituciones y de canalizar la lucha de las masas, por un lado, y para ejercer una legitimidad alternativa opuesta a, y en conflicto con, la del Estado burgués, por otro.
Por consiguiente, tras la experiencia de 1905 tanto la defensa de la centralidad de los soviets por Trotsky como la de la huelga general revolucionaria por Rosa Luxemburgo plantearán correctamente la cuestión del poder. No obstante, como recordará a ambos Lenin, su conquista será imposible sin lograr una hegemonía democrática mayoritaria por parte de una organización que encarne un programa revolucionario coherente. Es decir que la crisis política y social más aguda no puede transformarse espontáneamente en una revolución triunfante sin un partido capaz de imprimir una orientación y de definir objetivos realistas y radicales en cada coyuntura, como pondrá de manifiesto la victoria de octubre de 1917 y, podríamos añadir, de todas las revoluciones sociales victoriosas del siglo XX. Esta comprensión tardía de la concepción del partido de Lenin (que le conducirá a engrosar las filas bolcheviques en 1917 y a abandonar definitivamente sus ilusiones de reunificar a la socialdemocracia rusa), que irá enriqueciendo durante los años 30 gracias a un profundo conocimiento del movimiento obrero internacional, será sin duda uno de los talones de Aquiles de Trotsky cuando Lenin, ya enfermo, le emplace a dirigir una lucha contra la deriva burocrática y autoritaria que impulsaba la fracción de Stalin en la Unión Soviética.
El tercer gran eje del pensamiento de Trotsky es, a mi juicio, la cuestión de la unidad y el problema de la hegemonía anticapitalista en los países capitalistas desarrollados, esto es, el desarrollo de una estrategia revolucionaria específica para Occidente. Estos desarrollos tendrán dos momentos importantes: en el marco del tercer y cuarto congresos de la Internacional Comunista a propósito de la política de Frente Único y en los años treinta, desde la Oposición de Izquierda primero y en la Cuarta Internacional a partir de su fundación en 1938, para encontrar una salida anticapitalista a la lucha contra el fascismo (en base al análisis de países clave como Alemania, Francia, Estado español, Estados Unidos, etc…).
Sin duda, la obsesión por extender la revolución a Occidente y romper el aislamiento de la URSS recorrerá el movimiento revolucionario de los años 20 y 30. Tras la euforia inicial que siguió a los movimientos revolucionarios de posguerra, el reflujo y la estabilización relativa desmentirán un hundimiento rápido del reformismo y un avance de las fuerzas comunistas y obligarán a plantear la política de frente único como estrategia unitaria para empoderar a la clase obrera en un contexto defensivo y como táctica para reforzar a los revolucionarios en detrimento de los reformistas, no exclusivamente en base a la propaganda, sino a experiencias concretas en las que las amplias masas tomen conciencia de que las organizaciones reformistas defienden el status quo y tan sólo los partidos anticapitalistas luchan consecuentemente por los intereses de las amplias mayorías sociales. Trotsky advertirá que las políticas de frente único no resuelven la necesidad de una acumulación mínima de fuerzas por parte de las organizaciones revolucionarias y fustigará las interpretaciones simplistas que las reducirán a propaganda abstracta y a mera denuncia por parte de grupos marginales. Hablará de partidos de 1/4 o de 1/3 (de los sectores más activos la clase) como requisito para forzar a la acción unitaria a los aparatos reformistas, sean políticos o sindicales. En Trotsky, como en Lenin, es la experiencia real lo que permite un avance de la conciencia política y sólo en base a ella resultan comprensibles las críticas al reformismo cuando éste maniobra contra los intereses del conjunto del movimiento popular. Un trabajo paciente de implantación y una orientación a la vez unitaria y crítica en los movimientos sociales y sindicales será pues, en Trotsky, una premisa ineludible para que los anticapitalistas rompan su aislamiento y se postulen como dirección política de una transformación radical de la sociedad.
La lucha contra el fascismo en los años 30 conducirá a profundizar y enriquecer este enfoque en base a una serie de ideas clave:
-La caracterización del ascenso del fascismo como una guerra civil de baja intensidad encabezada por sectores reaccionarios de la pequeña burguesía pauperizada por una gravísima crisis del capitalismo y que busca, en beneficio del gran capital industrial y financiero, la destrucción (y la atomización) total del movimiento obrero en general y del movimiento revolucionario y de la URSS en particular, así como un nuevo reparto violento del mundo.
-La distinción entre dictaduras militares clásicas y diversas formas de bonapartismo regresivo y la especificidad del fascismo como solución a una aguda crisis de dominación burguesa, que permitirá a Trotsky respetar la realidad y matizar los análisis, no abusar de las analogías y ser preciso al recurrir a ellas…
-El hecho de que una dictadura fascista acabaría súbitamente con los intereses y los privilegios institucionales que nutren financieramente los canales de ascenso social de la socialdemocracia reformista constituye la base material a partir de la cual los anticapitalistas deben imponer una política unitaria de lucha contra el fascismo al conjunto de las organizaciones que se reclaman del movimiento obrero y pugnar por crear organismos unitarios y transversales de lucha capaces de lograr gran autoridad entre el conjunto de los sectores populares (superior a la suma de la de las organizaciones que las integran) y eventualmente de actuar como pasarelas militantes útiles para vehicular las diferenciaciones internas en los grandes aparatos burocráticos y permitir trasvases militantes hacia las organizaciones revolucionarias cuando se den determinadas condiciones subjetivas.
-Denunciar la lógica del “mal menor” frente al fascismo consistente en la defensa de la estabilidad, la gobernabilidad y la “democracia” en abstracto, que conduce a la renuncia a la perspectiva anticapitalista en nombre de la unidad con (y la consiguiente subordinación ante…) fuerzas burguesas como la vía más rápida hacia la catástrofe, permitiendo a la extrema derecha (ayer como hoy) capitalizar demagógicamente el malestar social generado por las crisis capitalistas. En este sentido, criticará las políticas de colaboración de clase que practicarán los gobiernos de Frente Popular y apostará por desbordarlos con la fórmula innovadora de “un gobierno obrero y campesino que rompa con la burguesía” y, mediante la creación de organismos unitarios por abajo, sentar las bases para la toma revolucionaria del poder.
Sus escritos sobre Francia entre 1934 y 1936 resultan muy sugerentes a este respecto y ayudan a reflexionar sobre experiencias mucho más recientes: derrotas como la de la Unidad Popular chilena en 1973 o triunfos inexplicablemente desperdiciados como el gobierno de Syriza, la victoria del OXI y la capitulación de Tsipras ante la Troika en Grecia en 2015. Ya conocemos el precio que pagó Europa y el mundo por la acumulación de revoluciones fracasadas, rehuidas y abortadas del periodo de entreguerras: en el verano de 1940 las enseñas nazi-fascistas ondeaban en todos los países de Europa central y occidental con la única excepción del Reino Unido (hasta el día de hoy la monarquía parlamentaria más antigua y conservadora del mundo).
En este sentido, la consigna de “gobierno obrero y campesino” en cierto modo es la conclusión lógica de la política de frente único y en buena medida desmiente la idea de que Trotsky trasladaría mecánicamente el “modelo ruso” a Occidente, planteando supuestamente la toma del poder como un acto de fuerza extraparlamentario partiendo de una exterioridad total a las instituciones. Precisamente debido al hecho de que es difícilmente concebible en Occidente una dualidad de poderes tan nítida como la del caso ruso y, sobre todo, por lo irrepetible de la desintegración del Estado y del ejército rusos por impacto de la Gran Guerra, es necesario apostar por un gobierno obrero y campesino que, sin ser todavía “la dictadura del proletariado”, sí inicie una serie de medidas contra los intereses de la burguesía, abriendo un periodo de confrontación con ésta. Trotsky afirma que ello sólo es posible en contextos revolucionarios, en los que el empuje popular transversal por abajo hace posible dicha salida gubernamental y hablará de la posibilidad de un “inicio parlamentario de la revolución proletaria”. Pero la consigna de “gobierno obrero y campesino que rompa con la burguesía” se plantea en un momento de impasse, en el que la crisis de las instituciones no ha conducido todavía a una situación de doble poder ni a la disgregación de la maquinaria estatal realmente existente y en el que el empuje de las masas no ha logrado todavía generar estructuras de autoorganización capaces de encarnar un doble poder, de condicionar, dirigir, confrontar con la acción del ejecutivo y, lo más importante, de constituir un embrión de dirección política alternativa ante él para las batallas decisivas contra la reacción. Ciertamente, la gran dificultad estratégica en estos casos será, por un lado, lograr que las fuerzas revolucionarias tengan una participación y una inserción decisiva en los organismos de base unitarios de frente único y un contacto real con la superficie militante de las grandes organizaciones de masas y, por otro, la delimitación política suficiente como para mantenerse fuera de los gobiernos con el fin de preservar una total independencia para apoyar las medidas positivas, combatir en la calle los ataques de la reacción y defender cuando sea necesario al gobierno y criticar las claudicaciones hasta el punto de erigirse en dirección política alternativa cuando el gobierno deje de ser un estímulo para las acciones de las masas y pase a convertirse en un dique de contención para preservar la legalidad burguesa. Si bien los escritos de Trotsky se centraron fundamentalmente en los casos de Francia y España de mediados de los años treinta, toda la problemática estratégica que describía volvió a manifestarse con toda su complejidad en experiencias revolucionarias mucho más cercanas como la ya mencionada Unidad Popular chilena o la Revolución portuguesa, procesos de los que podemos extraer muchos aprendizajes para la actualidad, dada su mayor proximidad en el tiempo y por el parecido de sus formaciones sociales.
En fin, podemos afirmar, sin excesivo riesgo a equivocarnos, que los escritos de Trotsky de este periodo, sobre Francia, Estados Unidos, Italia, con algunos matices sobre España (es el caso en que quizás la crítica de aplicar analogías mecánicas con la Revolución rusa en algunos de sus escritos resulte más justificada) y, sobre todo, a propósito de la lucha contra el fascismo en Alemania son los más ricos en relación con el análisis de la naturaleza del Estado capitalista, de coyunturas y crisis políticas y, último pero no menos importante, abordando la construcción de organizaciones revolucionarias en un escenario dinámico y cambiante, con giros imprevistos y quiebros intempestivos.
Un cuarto eje del pensamiento del revolucionario ucraniano es el análisis de, y la lucha contra, el fenómeno estaliniano. En efecto, Trotsky tuvo el ingrato papel, tras la muerte de Rosa Luxemburgo, Lenin y Gramsci, de ser el último marxista clásico de su tiempo dotado de la honestidad intelectual y del coraje político y personal suficiente como para no inclinarse ante el hecho consumado y osar aplicar a la URSS el método de análisis marxista. Aquí nos encontramos de nuevo con un pensamiento preciso y dialéctico, dinámico y concreto, capaz de mesurar las proporciones, de identificar los cambios cualitativos, de resaltar las conexiones entre la dimensión nacional e internacional de los procesos. Independientemente de los límites y los problemas de algunas de sus caracterizaciones, en el contexto de los años 30 su aportación no tiene parangón. Hoy es sin duda insuficiente, pero sigue siendo ineludible para volver sobre los fenómenos que abordó: a saber, la burocratización, la larga crisis y el hundimiento final del Estado resultante de la primera revolución obrera de la historia; enigma desconcertante y drama lacerante del gran acontecimiento fundador del siglo XX ante el cual tuvieron que definirse la totalidad de sus corrientes políticas.
¿Cuáles son los ejes de análisis de Trotsky, y más ampliamente de la Oposición de Izquierdas, sobre el fenómeno estaliniano?
Por un lado estudiará el desarrollo de la burocracia, que atribuirá, grosso modo, a una combinación de dos grandes factores.
Es cierto que Trotsky concederá mucha importancia a los factores materiales de la burocratización —estamos hablando de una verdadera contrarrevolución política y social en la que la burocracia pasa de 750.000 miembros en 1928 a 7.500.000 en 1939—, pero describirá también las lógicas políticas que conducirán al régimen estaliniano. Las dinámicas militarizadas de los tiempos de la guerra civil, que fue uno de los altos precios que se tuvieron que pagar por lograr la victoria contra los blancos —de la que Trotsky mismo, organizador de la insurrección de octubre y del ejército rojo, será uno de los grandes artífices—, la progresiva lógica del nombramiento de cargos desde arriba en lugar de su elección desde abajo —a menudo por la urgencia en desempeñar tareas, pero también por interés de crear camarillas y grupos de presión—, las diferenciaciones internas en el aparato del partido y del Estado —que analizará precozmente su amigo Christian Rakovsky—, así como un nivel cultural bajo, la muerte de lo mejor de la militancia bolchevique en la guerra civil y, en definitiva, las reminiscencias zaristas en la sociedad rusa favorecerán una diferenciación interna creciente en el seno mismo de la clase obrera que irá preparando el terreno para lo que Trotsky llamará el “bonapartismo burocrático” del estalinismo.
Podríamos afirmar que la tercera dimensión del estudio del estalinismo es la internacional. Se ha insistido poco en la enorme responsabilidad del reformismo en frenar, cuando no en aplastar, los intentos de extensión de la revolución social a los países desarrollados, en particular a Europa Central y muy especialmente a Alemania, y su consiguiente repercusión en el ahogamiento material y político de la URSS. Sin duda la derrota del Octubre alemán de 1923 marcó un punto de inflexión, desmoralizó enormemente y hundió las expectativas de la clase trabajadora rusa, algo que en buena medida marcará el debilitamiento de la base social a la que se dirigía la Oposición de Izquierdas en la URSS. A finales de los años 20 y principios de los 30, la comprensión del papel híbrido e inestable que jugará la Unión Soviética en la política internacional y la conexión entre las políticas internas y la política exterior de la burocracia soviética y su control sobre el movimiento comunista oficial jugarán un papel destacado en el análisis de Trotsky. A menudo las políticas conservadoras ante el campesinado acomodado y los nuevos ricos de la NEP en el plano interno se acompañarán de un obstruccionismo, cuando no de un bloqueo, de potencialidades revolucionarias en el exterior (huelga general británica de 1926 o aplastamiento del movimiento comunista en China por su subordinación al Kuomintang en 1927), así como el voluntarismo faraónico de la colectivización forzosa y la industrialización acelerada se acompañarán de un giro ultraizquierdista y sectario (cuyo máximo exponente fue la conocida política del “socialfascismo” en relación con la socialdemocracia, en particular en Alemania, con resultados de sobra conocidos)… y, ante la amenaza hitlerista, un nuevo viraje diplomático de 180 grados en pos de una alianza con Francia e Inglaterra en el marco de los gobiernos de Frente Popular (con el coste de sacrificar revoluciones en curso —España, 1936-37— o en gestación —Francia, julio-septiembre del 36—) y el frenesí de los procesos farsa y el terror concentracionario en la URSS… Dinámicas que sin duda continuarán tras la muerte de Trotsky y se acentuarán durante el reparto del mundo de Yalta con una auténtica apoteosis de la razón de Estado estaliniana —saboteando abiertamente procesos revolucionarios en China, Grecia y Yugoeslavia (la ruptura ulterior con el titismo y el maoísmo hunde sus raíces en estos acontecimientos)… e imponiendo dinámicas de unidad nacional con la burguesía en Francia e Italia—.
La explicación de Trotsky es que el rol conservador de la burocracia soviética en política internacional expresaba un equilibrio inestable en el que, por un lado, buscaba conservar su monopolio del poder político en la URSS —base, por lo demás, de sus privilegios materiales— a costa de la clase obrera soviética evitando que otras revoluciones la desbancaran, sin perder, no obstante, su influencia sobre el movimiento obrero internacional. Por otro, la burocracia estaliniana, que debía en parte su poder a la expropiación de la burguesía, pero sobre todo al bloqueo de la transición al socialismo iniciada en 1917, tampoco podía perpetuar sus privilegios de origen político y convertirse en una clase social nueva sin restaurar el capitalismo, ni podía desentenderse completamente de la suerte del movimiento obrero internacional, fuente de un enorme poder diplomático y prestigio político. Por consiguiente, dirá Trotsky, el destino de la URSS y de la burocracia en el poder depende del desenlace de la lucha de clases a nivel internacional: todo avance de la revolución mundial la desestabilizará y permitirá un ascenso obrero en la URSS (“revolución política” será la fórmula que utilizará); todo retroceso reforzará al imperialismo, despolitizará al proletariado soviético, contribuirá a la cristalización y a la autonomización de la casta burocrática, pero ésta no se transformará plenamente en una nueva clase propietaria sin una restauración del capitalismo y el consiguiente retorno a la propiedad privada de los medios de producción, una hipótesis que Trotsky no dejó de contemplar desde el principio y que efectivamente se materializará a partir de 1990.
La apuesta de Trotsky (que en algunos aspectos suponía una autocrítica implícita y hasta explícita de su política en el poder entre 1919 y 1921) será una industrialización progresiva, la restauración de la democracia soviética, el pluripartidismo, la plena libertad de expresión, organización y crítica; la autonomía de los sindicatos en relación con el Estado y una política de apoyo a la revolución a nivel internacional en el marco de la lucha por derrocar a la dictadura policial-concentracionaria estaliniana. Que sus seguidores (Broué contabiliza hasta 30.000 militantes en la URSS) fueran derrotados y en su mayor parte físicamente exterminados no significa que no tuvieran razón. Su combate, y el holocausto que sabían que les depararía en los campos, fue en nombre del futuro de la revolución mundial y por impedir la amalgama entre el ideal comunista de una vida nueva en un mundo justo y habitable y la catástrofe política y moral del estalinismo. Su sacrificio no fue en balde. Porque fueron, somos.
La conclusión lógica de los análisis de Trotsky será la necesidad de transformarlos en proyecto político, de convertir el programa de la democracia socialista en militancia y organización. Tras largos años de lucha de ideas por cambiar la orientación de la Internacional Comunista, con la catástrofe alemana de abril de 1933 la Oposición de Izquierdas Internacional concluyó que aquélla no sobreviviría y que había que construir una nueva internacional ante el peligro de hundimiento total del movimiento obrero en general y del comunista en particular. Las ideas no vivían en los libros sino en la intervención colectiva sobre la realidad. Sabían que si no se extendía la revolución a los principales países capitalistas y se restauraba la democracia soviética en la URSS, tarde o temprano, el entonces todopoderoso “socialismo en un solo país” conduciría a la restauración capitalista.
A diferencia de las anteriores, desarrolladas gracias a victorias de la izquierda, la Cuarta Internacional se fundó en un contexto catastrófico: la consolidación del estalinismo y la llegada de Hitler al poder. La comprensión de ambos fenómenos y la defensa de un programa de acción realista que los podría haber derrotado es su razón de ser. Estos acontecimientos han traumatizado a franjas enteras de trabajadores de todo el mundo y pesan aún como una losa hasta el día de hoy. La idea de que el fascismo fue “irresistible”; que la revolución es un salto al vacío que conduce a la dictadura; que no hay democracia fuera del capitalismo; que hace falta moderación y consenso en las demandas sociales para no “provocar” a la derecha… son prejuicios extendidos entre las mayorías populares que votan a la izquierda main stream, inclusive entre sectores combativos. No obstante, si bien es cierto que subestimó la profundidad de las derrotas y el ingrediente consensual ligado al empuje desarrollista y nacionalista del apogeo estaliniano, Trotsky partía de la hipótesis de que una nueva guerra mundial podría conducir al hundimiento del estalinismo (quizás en una analogía algo forzada con el caso de la guerra franco-prusiana de 1870, la caída del bonapartismo y la Comuna de París) y a un relanzamiento de la revolución en diversas zonas del mundo. En ese contexto, cuando la fuerza propulsora de la Revolución de Octubre todavía seguía operando en lo más profundo de las clases populares, una pequeña organización que mantuviera una posición coherente podría transformarse en un instrumento revolucionario útil al modo en que las conferencias de Zimmerwald y Kienthal habían constituido el embrión de la futura Internacional Comunista ante la capitulación de la socialdemocracia en 1914. Sin lugar a dudas, la orden de Stalin de liquidar al extraordinario historiador y único gran protagonista vivo de Octubre explica que las esperanzas que guiaban al segundo coincidían en gran medida con los temores obsesivos del primero. Como sabemos, ciertamente el desenlace de la guerra mundial reforzará al estalinismo y le permitirá crear y tutelar las “democracias populares” desde arriba en Europa Oriental… pero no es menos cierto que se enfrentará en mayor o menor medida con todas las revoluciones genuinas posteriores, inaugurando la larga “crisis del movimiento comunista”. El marxismo revolucionario clásico de la Cuarta Internacional posterior a la muerte de Trotsky, perseguido, calumniado y fragmentado, quedará condenado a una tortuosa travesía del desierto en los márgenes del movimiento obrero hasta que la brecha del 68 internacional y el retorno de las esperanzas revolucionarias en Vietnam, Praga, México o París le permitió emerger de nuevo de las catacumbas (Anderson).
Decíamos más arriba que el joven Trotsky centrará su atención en las dinámicas espontáneas de autoorganización, posteriormente pensará las políticas unitarias y en los últimos años de su vida enriquecerá su concepción del papel y las modalidades de construcción de la organización revolucionaria. En el periodo comprendido entre la ruptura definitiva con la Internacional Comunista estalinizada y su asesinato en 1940 planteará hasta tres hipótesis de construcción partidaria estrechamente ligadas con las dinámicas generales y las diferenciaciones reales del movimiento obrero de cada país. En una primera etapa buscará la interlocución con todas las corrientes resultantes de diferenciaciones y rupturas producidas por la estalinización de los partidos comunistas y la radicalización de formaciones de origen socialdemócrata de izquierdas o “centristas” —es decir, organizaciones en evolución pero sin una perspectiva estratégica clara y que, por consiguiente, oscilan entre postulados revolucionarios y reformistas—. Aquí se inscriben los debates con el llamado Buró de Londres y con las corrientes que confluirán en el POUM, principal partido comunista independiente de la época. La segunda hipótesis está relacionada con la reacción de radicalización anticapitalista experimentada por capas significativas de la socialdemocracia tradicional —en particular entre sus juventudes— tras el shock provocado por la victoria de Hitler en Alemania. Aquí Trotsky propone la incorporación a la socialdemocracia manteniendo una identidad pública para acompañar la evolución revolucionaria de dichas corrientes. Es lo que se conoce como el “giro francés”. Desgraciadamente, a pesar de avances importantes en determinados países, ese potencial fue, en buena medida, recuperado y desviado por el estalinismo en el marco de los frentes populares —un ejemplo espectacular de ello será la evolución de las Juventudes Socialistas durante la Segunda República española—. La tercera hipótesis fue la construcción, en países sin tradición de representación política independiente de la clase obrera, de partidos amplios y pluralistas apoyados en la fuerza de los sindicatos. Algunos de sus últimos escritos sobre Estados Unidos van en esta línea. Ciertamente, lo mínimo que se puede decir es que sus propuestas se basaban en dinámicas reales en curso y no en hipótesis inciertas y que su apuesta por la construcción de organizaciones revolucionarias siempre estuvo relacionada con las grandes tareas de desarrollo del movimiento obrero en su conjunto. Nada más lejos de las interpretaciones autoproclamatorias y autoreferenciales que tanto han dañado y lacerado a nuestro movimiento.
Es cierto que la brillantez de muchas propuestas de Trotsky no siempre se acompañó de los mejores métodos de dirección de la Cuarta Internacional y, en ocasiones, su estilo categórico y hasta excomulgador no ayudó a construir en el mejor de los climas de confianza y fraternidad. Sin embargo, también es cierto que su extraordinaria lucidez a propósito del curso de los acontecimientos, la tragedia personal en la que estaba inmerso en el “planeta sin visado”, asistiendo a la liquidación de familiares, camaradas y amigos, la acumulación de derrotas y la segunda guerra mundial como telón de fondo, por un lado, y la terrible desproporción entre tareas y medios humanos y materiales disponibles, por otro, hacían inevitable la exasperación y la violencia de determinados debates.
Decíamos en el apartado anterior que Trotsky, si bien afirmaba la especificidad de la construcción partidaria como tarea, siempre relacionó sus modalidades con las objetivos generales del movimiento obrero en cada fase. En este contexto el desarrollo del enfoque transicional en el manifiesto fundador de la Cuarta Internacional jugará un papel clave hasta nuestros días. Consiste en pensar las consignas a desarrollar, no como un fetiche mágico con un potencial intrínseco, sino como instrumentos de propaganda y agitación capaces de conectar con el nivel real de combatividad y conciencia de las mayorías populares, de relacionar las reivindicaciones más inmediatas y sentidas por la clase trabajadora con reivindicaciones incompatibles con el normal funcionamiento del capitalismo y que cuestionen en la práctica sus fundamentos. En otras palabras, las reivindicaciones transitorias parten de la defensa de las necesidades básicas de las masas e intentan llevarlas, gracias a sus experiencias cotidianas de lucha, a la conclusión de la necesidad de la revolución socialista. Sin duda, en el periodo actual, reivindicaciones como la gratuidad del agua y los suministros básicos, la prohibición de los desahucios y de los despidos en empresas con beneficios, la nacionalización de los sectores estratégicos de la energía, el transporte y la banca, la reconversión ecológica de la industria, la expansión de la sanidad y la educación públicas y la expropiación inmediata de la mafia farmacéutica que se está lucrando con la COVID 19 podrían jugar dicho rol transitorio y contribuir a generalizar la conciencia anticapitalista en todo el mundo.
No podemos concluir estas notas sin unos apuntes sobre la reflexión de Trotsky acerca de la relación entre cambio político, transformación social, vida cotidiana y lugar de la cultura y el arte. Ciertamente Davidovich Bronstein seguía claramente la divisa de Rimbaud que abre este último apartado así como la que se haría célebre en el movimiento feminista, “lo personal es político”. En efecto, Trotsky, sin duda el mejor escritor de la tradición marxista (no en vano su primer seudónimo era “La Pluma”), además de teórico marxista, historiador de la Revolución rusa y biógrafo de Lenin y Stalin (algo que, por lo visto, precipitó su asesinato), fue un gran pensador de la cultura y la vida cotidiana y un extraordinario crítico literario (creo que la recopilación de escritos de Literatura y revolución es verdaderamente fascinante). Es más, su atención a las opresiones específicas demuestra que su concepción de la revolución permanente también incorporaba una dimensión de revolución político-cultural. Apoyará con Lenin el trabajo feminista en el Partido Bolchevique y en los primeros tiempos de la URSS (Arruzza), comprenderá la dimensión estratégica de la emancipación de la mujer en la construcción de una sociedad sin clases, centrando su atención en aspectos fundamentales hasta la actualidad, como son la socialización del trabajo reproductivo y la lucha contra la violencia y el autoritarismo en el seno de la institución familiar. Comprenderá y estudiará la opresión de los pueblos racializados (como el afroamericano, de lúgubre actualidad en EE.UU.), las discriminaciones religiosas (la cuestión judía, rechazando siempre las tentaciones separatistas y sionistas) y las opresiones nacionales (tiene escritos magníficos sobre Catalunya). Es decir que huía del simplismo obrerista y entendía que no todas las injusticias, de ayer y de hoy, se reducen a la explotación capitalista, sino que abordaba las profundas raíces del racismo, el machismo, la opresión nacional o la persecución religiosa. Creo modestamente que su enfoque pone de relieve la densidad de su concepción del socialismo como civilización nueva, como inicio de una verdadera historia humana.
Como crítico cultural participará en dos grandes polémicas. En primer lugar a propósito del debate acerca de la cultura proletaria en la Rusia soviética de los años 20. Recordará el contrasentido de desarrollar una cultura obrera a espaldas de la cultura clásica cuando la tarea del momento era sentar las bases de una cultura socialista que superara las limitaciones sociales y antropológicas de la explotación clasista. En este sentido, Trotsky (como ya hizo a propósito del debate militar) alertará contra la tentación populista de construir una cultura nueva en base al mero voluntarismo, ignorando los hitos culturales, científicos y técnicos anteriores. Afirmará sin ambages la imposibilidad de edificar una cultura socialista verdaderamente superior sin asimilar previamente la cultura clásica. Ligado a ello está la otra gran polémica, la defensa absoluta de la libertad como conditio sine qua non para el desarrollo del arte y la cultura. Trotsky, gran conocedor de la literatura realista y la pintura francesas del XIX (son conocidas sus visitas al Prado durante su paso por Madrid o su lectura altanera de novelas de Zola como muestra de desprecio ante los ataques sufridos durante las sesiones del buró político tras la muerte de Lenin), atacó frontalmente el mal llamado “realismo socialista”, una especie de vulgata funcionarial que limitaba el arte a la mera función de propaganda exaltadora de la obra del “padre de los pueblos” en el país con la mayor tasa de suicidios de intelectuales y artistas de su tiempo.
Mención aparte merece la iniciativa lanzada con el líder surrealista André Breton de un Manifiesto por un arte revolucionario independiente (Löwy), en el que es conocida la anécdota de que Breton defendió un redactado inicial proclamando “toda la libertad en el arte salvo para atacar la revolución”, al que se opondrá Trotsky afirmando la absoluta libertad del arte sin peros ni condiciones. Creo que esta afirmación tan libertaria y tan necesaria conecta muy bien con una de las últimas frases pronunciadas por “El Viejo” antes de morir y que resume perfectamente nuestras tareas de hoy: “La vida es hermosa. Que las futuras generaciones la libren de todo mal, opresión y violencia y la disfruten plenamente”. Que así sea.
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l reconocimiento oficial de Taiwán de que hay tropas norteamericanas en su territorio hizo subir la tensión con China. Nuevos movimientos al interior de las superpotencias explican peligrosas movidas internacionales que vuelven a sacudir el tablero mundial.
La confirmación, en una entrevista en CNN, por la presidenta de Taiwán, Tsai Ing-wen, de la presencia militar estadounidense en territorio isleño “…para ampliar la capacidad de defensa y entrenar a las tropas taiwanesas” fue receptada como una provocación por China que llamó a EEUU a no intervenir en Taiwán. “Aquellos que olvidan su herencia, traicionan a su patria y dividen el país nunca terminarán con un buen resultado. Buscar y apoyar la independencia de Taiwán está destinado a ser un callejón sin salida» “…no pueden cambiar el hecho irrefutable que Taiwán es parte de China”, agregó Wang Wenbin, vocero del ministro de Relaciones Exteriores de la República Popular.
La relación entre China y Taiwán atraviesa así el peor momento de las últimas cuatro décadas.
Terminada en 1949 la guerra civil, con el triunfo de las fuerzas comunistas lideradas por Mao Tse Tung, Chiang Kai Sek, cabeza del derrotado sector nacionalista, se instaló en la isla y desde allí fue construyendo un poder autónomo, con la obvia colaboración de las potencias occidentales. Ya en los años ’70 del siglo pasado, con la visita de Richard Nixon a Pekín, las relaciones sino-estadounidenses ingresaron en un nuevo período. Desde entonces la relación de EEUU con la isla se cobijó en el concepto de “ambigüedad estratégica” –no mantiene una representación diplomática formal y sí múltiples relaciones extraoficiales- en paralelo acordó con Deng Xiao Ping el status de “Una China, dos sistemas” que hasta ahora ha reglado las relaciones con Taiwán (también con Hong Kong y Macao) que siempre ha sido rechazado por las autoridades de la isla.
Con este acuerdo de dos sistemas una sola nación se bloqueaba una eventual declaración de independencia de la isla, al mismo tiempo que se contenía una avanzada china sobre lo que considera “una provincia rebelde”. Esta política de “doble disuasión”, al decir del profesor de Harvard, Joseph S. Nye, comenzó a debilitarse por las acciones de la administración estadounidense para frenar el avance chino y las respuestas de la república popular. Hace pocos días el presidente Joe Biden declaró que “tiene el compromiso” de defender militarmente a Taiwán, en tanto que su par, Xi Jinping, no se quedó atrás: “la reunificación puede conseguirse y se conseguirá”.
Movidas al por mayor
Esta nueva escalada de las tensiones tiene como marco la transición del poder mundial –ascenso de la república Popular / declinación de EEUU- y plantea serios desafíos para la arquitectura liberal que regía hasta ahora el orden internacional.
El endurecimiento de las posiciones internaciones de EEUU coincide con un debilitamiento de la administración Biden -esta misma semana ha tenido una dura derrota electoral ( sus tasas de aprobación son ya similares a las de Donald Trum) y en un año deberá enfrentar elecciones de medio camino- que hace peligrar su agenda de gobierno en materia de infraestructura (1.2 billones de dólares), y en política social y medio ambiente plasmada en su programa Reconstruir Mejor (1.75 billones, incluidos 555.000 millones para reducir emisión de gases de efecto invernadero). En cuanto a China la reunificación con Taiwan no es solo una reivindicación histórica sino también estratégica en su disputa de poder. En la isla está instalada la mayor fábrica mundial de fundición de semiconductores (TSMC) cuya provisión es fundamental para que la República Popular logre la primacía tecnológica sobre EEUU.
Militarismo y Libre comercio
EEUU está dejando atrás la “centralidad atlántica” que articuló desde la salida de la 2da. Guerra Mundial y la va reemplazando por la nueva centralidad Asia-Pacífico. La recientemente anunciada asociación estratégica entre EEUU, Reino Unido y Australia denominada con el acrónimo (en inglés) AUKUS, presentada como una defensa de los intereses de los tres países en la región indopacífica, comentada en una nota anterior en esta misma columna, es esencialmente una alianza militar. Al mismo tiempo que reanudó el Diálogo Cuadripartito sobre Seguridad (EEUU, Japón, India y Australia).
Si el retiro de Afganistán fue una movida defensiva, estas son claramente ofensivas y apuntan a limitar los movimientos de China (avances militares y nucleares) y a garantizar la “libre navegación” en el área. Tanto el retiro de tropas como la asociación estratégica se llevaron a cabo sin informar a sus aliados europeos. Por su parte China respondió por medio de una solicitud para adherirse al acuerdo comercial Trans-Pacífico (CPTPP por sus siglas en inglés). Si el pedido se concreta fortalecería su liderazgo global, ya que se trata de un acuerdo comercial de alcances mundiales, mientras que EEUU se retiró del mismo bajo el aislacionismo de la administración Trump. Esto se complementa con su ya concretado ingreso a la Asociación Económica Integral Regional (RCEP) y también con su proyecto de “Una franja una ruta (BRI)”. Mientras que EEUU impulsó en el G7, para competir con la llamada nueva ruta de la seda, el Bukld Better Word (B3W).
La transición del poder mundial enmarcada por la rivalidad estratégica entre EEUU y China, combina alianzas militares y acuerdos comerciales. EEUU se aferra al militarismo mientras abandona el multilateralismo comercial, en tanto que China se potencia sobre los acuerdos de libre comercio mientras fortalece su poder militar y nuclear.
La escalada de la tensión internacional a propósito del caso Taiwán revela que un escenario de guerra no es del todo descartable en medio de la transición.
Actualidad Internacional: Latitudes. América Latina
31/10/2021
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Se ha generado un escándalo por la decisión del gobierno venezolano de no presentarse a la cuarta ronda de negociación con el sector de la oposición denominado G4. La razón, la extradición del empresario colombo-venezolano Alex Saab desde Cabo Verde a los Estados Unidos. Días atrás, los voceros del gobierno venezolano habían señalado que incluían al empresario –en ese momento detenido en África- como integrante de la delegación oficial en la mesa de negociaciones, evidentemente con la intención de retrasar la extradición y tal vez incluir su liberación como parte del eventual acuerdo.
La decisión de levantarse de la mesa de diálogo, ratificada por el propio presidente Maduro, generó una respuesta oficial de la administración Norteamérica. Ned Price vocero del Departamento de Estado declaró que el caso Saab no estaba conectado con el diálogo en México. Inmediatamente. Maduro replicó que estaba muy molesto y que tomaría una decisión definitiva al respecto “cuando se le pasara el enojo”, dejando abierta la puerta para retomar las conversaciones. Entre tanto, comenzaba a llegar al país la misión de observadores de la Unión Europea para las elecciones del 21 de noviembre, distribuyendo a 44 de los integrantes de su misión por todos los estados del país y, el representante de Noruega en las negociaciones se marchaba de México. La visita del señor Karim A.A. Khan, fiscal de la Corte Penal Internacional (CPI) a Venezuela, se convierte en una novedad, cuando su antecesor desestimó la invitación que se le hiciera para visitar al país. El 27 de octubre, se informaba el acuerdo del Consejo Nacional Electoral (CNE) con el Centro Carter para el acompañamiento de las elecciones del 21N, una instancia por demás respetada por el presidente Biden.
Al parecer todos prefieren esperar los resultados electorales del 21N para volverse a sentar en México. La negociación es una decisión tomada por las partes (EEUU – gobierno venezolano) y soportará los avatares de tormentas contingentes. A pesar del lenguaje diplomático gringo, el caso Saab es central en la estrategia geopolítica de la administración Biden de recuperar la ruta de comercio exterior venezolana.
¿Por qué le interesa a los EEUU negociar?
Hagamos un poco de memoria para entender el por qué de la actual situación táctica. En marzo del 2015, la administración de Obama firma la orden ejecutiva donde declara “emergencia nacional” por la amenaza “inusual y extraordinaria” a la seguridad nacional y a la política exterior causada por la situación de Venezuela. A partir de ese momento, y muy especialmente durante la administración Trump, se endureció la política exterior norteamericana contra Venezuela, con medidas coercitivas contra el comercio exterior venezolano, incluido el petróleo y otros productos generados por el extractivismo. Las sanciones personales, contra altos funcionarios del gobierno de Maduro fueron otra forma de presión, para intentar acorralar a la dirigencia del Madurismo, crear fisuras internas y quebrar su base social.
Durante la mayor parte del siglo XX e incluso los primeros años del siglo XXI, la relación privilegiada de comercio, crédito e inversión de Venezuela había sido con los Estados Unidos. Las sanciones norteamericanas alejaron de manera forzosa a históricos y nuevos inversores de ese país y de naciones aliadas a su política exterior. Esto creó un vacío, inicialmente respecto a quienes asumirían las importaciones en un país como Venezuela altamente dependiente de ellas y posteriormente en el mantenimiento de servicios y áreas emergentes, así como respecto a nuevas carteras de extractivismo. En política y economía no hay vació que se sostenga a través del tiempo. En consecuencia, sectores vinculados a la burocracia más cercana al centro de poder político obtuvieron licencias de importación, quienes se convirtieron en los puentes para permitir la llegada de “otros” inversores, especialmente rusos, chinos y turcos. Sin embargo, una cosa es acordar inversiones de pequeña, mediana y alta escala en el país y otra asumir los riesgos de comerciar internacionalmente productos que entran en el espectro de las sanciones norteamericanas; muchos de los nuevos inversores no querían correr el riesgo de comprar a “precio de gallina flaca” pero quedarse con un cargamento en alta mar. Hacer fisuras en el bloqueo norteamericano implicaba el establecimiento de rutas alternativas, entrar en la lógica de la oferta y la demanda del día a día en el comercio global, aprovechar las contingencias que superaban el temor de ser afectados por las sanciones; allí es donde entran en juego personajes como el señor Alex Saab. Por ello, el interés de la administración Biden en la extradición de Saab, para conocer en detalle y tapar las fugas en el sistema de sanciones comerciales y poder negociar con el gobierno de Maduro un pronto retorno al carril de los canales norteamericanos de comercio exterior, sin que pueda contar con el “plan Z” que expresaba Saab.
Normalizar las relaciones entre EEUU-Venezuela pasa por construir una imagen internacional que justifique el progresivo levantamiento de las sanciones, es decir negociaciones entre el gobierno y la oposición más pro yanqui. De hecho, unas semanas atrás la administración Biden había extendido por otro periodo las medidas coercitivas contra el país del Sur, mientras detrás de bastidores construía la plataforma para su levantamiento. “Desactivar a Saab” es parte del trabajo de normalización del comercio exterior venezolano para que encaje en los parámetros norteamericanos, por ello, no aceptan que su caso forme parte de las negociaciones de México. Aunque no es descartable en el mediano plazo una liberación del empresario con cualquier medida jurídica, pero ello dependerá del curso de las negociaciones; de hecho, el 1 de noviembre de 2021 se conoció la información que el Fiscal estadounidense Kurt Lunkenheimer solicitó retirar siete de los cargos de lavado de dinero que pesaban sobre el empresario ante la justicia de ese país y, dejar solo el de conspiración para cometerlos. Seguramente esa solicitud del Fiscal norteamericano logrará que se le mejore el humor al presidente Maduro.
El gobierno norteamericano convencido de la inestabilidad de las distintas facciones de la oposición venezolana, especialmente después del caso Monómeros, pareciera apostar por un cambio de modelo económico en Venezuela, sin que ello implique seguir presionando en el corto plazo por una transición del gobierno de Maduro. La estrategia norteamericana pareciera ser una variante de la usada en Nicaragua en la transición, después del fracaso de la “contra”; en ese caso, como ahora el “punto de honor fue deslindar al viejo sandinismo de su nueva variante: Ortega-Murillo. A EEUU les interesa una negociación en la cual el Madurismo rompa definitivamente con el chavismo radical que no solo habla, sino que trabaja por la ruta al socialismo, lo cual implica no solo asumir un programa económico de ajuste estructural sino romper con las viejas representaciones; como en Nicaragua, ello pasa por asumirse herederos del legado Chavista. Pero el gobierno de Venezuela no solo debe “hacer votos”, como los ha hecho, de restauración del camino neoliberal, sino que debe mostrar su capacidad para cumplir con algunas formalidades del sistema democrático parlamentario burgués, entre ellos la convivencia y reparto de cuotas de poder con el sector de la oposición más cercano a los intereses de la Casa Blanca.
Para la izquierda radical, de carácter anticapitalista ello presenta un problema de comunicación política, pues a la par que denuncia las criminales sanciones norteamericanas y estimula el levantamiento de las mismas, debe protestar las consecuencias del ajuste estructural en el terreno económico, social y político, incluida la denuncia sobre el más de centenar de obreros y dirigentes sindicales detenidos. Hacerlo con la precisión necesaria para evitar ser confundido con alguna de las otras variantes de la oposición, demanda una experticia en la construcción de narrativas e imaginarios que no se sacan de un sombrero de mago.
La administración Biden parece especialmente interesada en recuperar espacios perdidos en Latinoamérica y el Caribe, retomar las buenas relaciones con la Unión Europea, redefinir las relaciones bilaterales EEUU-Rusia y forzar a China a una negociación donde “todos ganen”, como parte de una estrategia común para su “patio trasero”. En el caso de China todo apunta a retomar la línea de trabajo que Kissinger inauguró con Zhou Enlai, que les posibilitó la reunión Mao-Nixon y abrió las puertas a la apertura capitalista de Deng Xiaoping. Esto no es algo nuevo, de hecho, reapareció en los debates Sander-Clinton de 2016, respecto a cómo encarar en el presente el legado de Kissinger respecto al mundo asiático, lo cual tiene consecuencias en el caso venezolano, pues la situación de las inversiones chinas en la región pasa a ser parte de un tablero geopolítico que escapa al control de Miraflores.
En los últimos meses han disminuido las tensiones entre el viejo continente y la Casa Blanca en temas sensibles, entre ellos, el Tratado de Desnuclearización con Irán. Igual ocurre con el gobierno de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) con el cual la administración norteamericana ha venido reconfigurando la relación y hoy es el país anfitrión de la ronda de negociaciones entre el gobierno y la oposición venezolana más cercana a los intereses de los EEUU. Las tensiones comerciales con China pasan por un esfuerzo del imperialismo norteamericano de retomar la situación de hace dos décadas atrás de contención regional del gigante asiático, estableciendo una normalización de las alianzas de capital trasnacional chino–norteamericano. En cuanto a Rusia que participa como garante de los diálogos y quien en junio de este mismo año fue protagonista en Ginebra, en la cumbre Biden-Putin, donde se relanza la relación bilateral, el tema de Venezuela seguramente fue un punto no público del diálogo, sobre todo en lo que respecta a la relación de asistencia militar y venta de armamentos de la federación rusa al país latinoamericano, algo que pone en riesgo la nueva estrategia geopolítica regional del gobierno norteamericano; se especuló en los pasillos de Ginebra, que el acompañamiento de Rusia para que Venezuela vuelva a entrar a la normalización del mercado capitalista y para que se reoriente la asistencia militar y armamentista ruso-venezolana, sería una iniciativa a cambio de bajar la presión norteamericana sobre el caso Navalni y repensar el abordaje de otros temas estratégicos rusos en el mundo árabe.
Nuevamente Europa aparece como “intermediario neutral” en el caso venezolano, con una baraja blanda (Noruega), y una fuerte, la Cancillería de la Unión Europea (Borrell). Noruega quien si bien no forma parte de la Unión Europea si comparte intereses en el Espacio Común Europeo mediante la Asociación Europea de Libre Comercio, aparece como auspiciante de los diálogos de México. No obstante, a veces las pasiones superan los límites del teatro diplomático y, en el curso de los diálogos, el 24 de septiembre de 2021, la primera ministra del Reino de Noruega, Erna Solberg, expresó en Naciones Unidas “su preocupación ante las graves violaciones a los derechos humanos cometidas por la dictadura de Nicolás Maduro en Venezuela”, lo cual obligó a la representante de la delegación noruega ante los diálogos a criticar el 26 de septiembre, como “interferencia indebida” las declaraciones de la alta funcionara. Es mucho lo que está en juego para echarlo a perder por un desliz de una funcionaria. El gobierno venezolano aceptó la “aclaratoria” y se dispuso a continuar las negociaciones. La pronta y colectiva preocupación de los factores internacionales vinculados a la negociación –en el caso Solberg- le hizo creer al gobierno venezolano que algo similar sucedería con Saab si lo incluían en la agenda de México, algo que no ocurrió.
Eso sí, el gobierno norteamericano prefiere adelantar y llegar a un acuerdo con el gobierno venezolano antes que continuar acompañando aventuras adolescentes de sectores golpistas y pro invasión de la oposición venezolana.
Diálogo público como parte de la negociación
La tesis que sostenemos es que hay una negociación entre la administración Biden y el más alto nivel del gobierno venezolano. Esta negociación es el resultado de las muestras de “buena voluntad” del gobierno venezolano de abandonar la ruta socialista a cambio de estabilidad política y mantenimiento en el poder de Maduro como hombre fuerte de la política venezolana, levantamiento progresivo de las sanciones y la normalización de relaciones comerciales y estratégicas con los EEUU. La experiencia de Cuba en el acompañamiento de procesos de pacificación internacional y regional es fundamental para avanzar de manera discreta en este sentido.
Las negociaciones de México son el capítulo público de una negociación donde las piezas del ajedrez se mueven al ritmo de la Casa Blanca-Miraflores. Las negociaciones ante la prensa internacional persiguen construir viabilidad a los tres puntos mencionados anteriormente y habilitar a la derecha política como oposición derrotada que debe construir sus posibilidades de poder en el terreno de la política y la participación electoral. En este esquema Washington se convierte en garante de protección a la oposición que mejor representa hoy sus intereses estratégicos, el G4.
La cita en el museo de antropología de ciudad de México, es una ruta para conjurar el estallido social ante los efectos del bloqueo económico y el ajuste estructural. Tiene también como tarea el restablecimiento progresivo de canales de comunicación con el multilateralismo, especialmente el Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial y el Sistema de Naciones Unidas. Por ello, la inclusión de la solicitud venezolana de los “derechos especiales de giro” (unos 5.000 dólares) en el primer memorándum de resultados de las rondas de negociación gobierno-oposición.
La ronda de negociación en México forma parte de un progresivo traspaso de la influencia regional alcanzada por Venezuela, en espacios como la CELAC, al progresismo de nueva generación, algo que la Casa Blanca no solo ve con buenos ojos, sino que estimula; por ello, el papel de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) en la reciente conferencia de la CELAC, asumiendo el protagonismo en el enfrentamiento contra la OEA y el limitado impacto de la presencia venezolana en este foro.
La tarea más compleja de esta ruta de normalización de relaciones EEUU-Venezuela lo constituye el terreno militar. La estrategia norteamericana en este sentido pudo iniciarse en Ginebra, en la cumbre Biden-Putin, pero debe concretarse en mecanismos de encuentro entre mandos militares de ambos países. La ruta para esta normalización pasa por una distensión de la relación entre los ejércitos de Colombia y Venezuela, pues el primero había ocupado un papel central en la estrategia norteamericana de tenaza militar y eventual invasión sobre el segundo. Por ello la normalización de relaciones entre Colombia y Venezuela comienza a aparecer en el horizonte, como preámbulo de una operación política más compleja. Ese es otro elemento para el cual Saab pasa a ser relevante para los EEUU en la actual coyuntura, dado que el empresario pasó de ser figura destacada del bufete de abogados que defiende a Uribe-Duque de las acusaciones de falsos positivos en la lucha contrainsurgente en la nación neogranadina, a ser personaje de confianza del gobierno venezolano, estando Miraflores públicamente enemistado con los líderes del Centro Democrático desde hace años. Saab quien entró a Venezuela de la mano del expresidente Pastrana, pareciera conocer los hilos que construyen la posibilidad de encuentro entre la burguesía colombiana y sus jerarquías militares, con la nueva élite económica y militar venezolana.
¿Quiénes y por qué están en los diálogos de México”
En Ciudad de México (CDMX) están sentados los actores y herederos de la oposición vinculados a la crisis política de finales de los ochenta y los noventa del siglo XX. Están quienes se opusieron desde la derecha política pro norteamericana al intento de Carlos Andrés Pérez (CAP) de desarrollar una agenda de desembarco del capital trasnacional en el marco de la globalización neoliberal, algo que sí pudo hacer en México, su compañero socialdemócrata Salinas de Gortari. No se opusieron por razones nacionalistas, sino porque representaban a la burguesía nacional, que acumulaba su riqueza a partir de una relación parasitaria con el Estado o porque querían ser la nueva burguesía en esa coyuntura, algo que CAP no les garantizaba. En ese momento se opusieron al gobierno neoliberal de CAP porque veían amenazadas sus posibilidades representación política, ante la irrupción de capital trasnacional con el cual no habían acordado ser sus mediadores ni socios menores.
En México están sentados la Acción Democrática (AD) de Ramos Allup en los 90, quien a pesar de votar en contra, formó parte del Comité Ejecutivo Nacional (CEN) que expulsó a y facilitó el enjuiciamiento de Carlos Andrés Pérez; están quienes impulsarían los proyectos de Primero Justicia (PJ) y Voluntad Popular (VP) e intentarían desde la crítica al puntofijismo, servir de mediadores entre el capital trasnacional y el gobierno venezolano, para convertirse en la nueva burguesía pro norteamericana en la era de la globalización. Están sentados actores de la crisis política de los ochenta y los noventa y Maduro emerge como el líder Bonapartista que puede mediar para que se acuerden entre ellos y con la nueva burguesía, pasando a ser potenciales actores relevantes en una nueva situación de normalización y estabilización de los intereses económicos del capital trasnacional liderado por EEUU. Al asumir este papel de mediación burguesa, Miraflores procura garantizar su continuidad.
Saab y el “pollo” Carvajal señales norteamericanas de un “apúrense que el tiempo es finito”
Los tiempos del norte imperialista y del caribe son distintos. La administración norteamericana quiere resolver el caso Venezuela lo más pronto posible, para poder atender otros de sus focos de conflicto. Por ello el caso de las extradiciones de Saab y el “pollo Carvajal” son campanadas de alerta para que cesen las dilaciones y se avance en acuerdos estructurales. EEUU prefiere resolver en 2021 y construir una ruta de implementación de acuerdos 2022-2024, que se verifiquen y cierre con el proceso electoral presidencial de 2024.
El papel de México
México es un vecino latinoamericano estratégico para los Estados Unidos. La llegada de AMLO, del progresismo de nueva generación al gobierno, significó una preocupación de baja intensidad para la Casa Blanca. Sin embargo, la inquietud se disipó rápidamente. La llegada de AMLO al Palacio Nacional significó un endurecimiento de la alianza anti migratoria de México con los EEUU; México asumió un mayor protagonismo al respecto, transformándose en auxiliar de la policía migratoria gringa, convirtiendo su territorio en un espacio de contención para evitar que los sudacas de Centroamérica y Suramérica entraran de manera ilegal al territorio norteamericano. Por otra parte, la continuidad de los proyectos extractivistas como el tren Maya y el enfrentamiento con el zapatismo conjuraron las preocupaciones de Washington. En medio de la campaña presidencial norteamericana AMLO, en lo que se interpretó como un apoyo a la relección de Trump, fue a los EEUU a ratificar el TLC, sin embargo, el triunfo de Biden no ensombreció las relaciones bilaterales. La designación del señor Moctezuma, socio de la poderosa TV Azteca, como Embajador de México en los EEUU, un empresario con un pasado de enfrentamientos oscuros con el EZLN, se convierte en broche de oro de las buenas relaciones bilaterales. La clásica política exterior mexicana, no alineada históricamente, puede en ocasiones resultar de utilidad geopolítica para los intereses norteamericanos, como ha sido en este caso, donde la asistencia a Cuba en situaciones de emergencia habilita a México para tener un mayor protagonismo y quizá el mayor liderazgo en un espacio como la CELAC. Por ello, EEUU no reacciona contra los ataques de AMLO a la OEA y su narrativa de relanzar la Comunidad Económica Latinoamericana. México es, además, el país que puede mostrar las “bondades” burguesas del desembarco del capital trasnacional –Slim y Compañía- a una clase política venezolana que se resistió en su momento, contribuyendo a generar la actual crisis política; en esa línea entendemos el papel asumido por México, en la reunión de la CELAC, donde fue visible y notoria la promoción y realización del encuentro entre Slim y el recién electo presidente del Perú el señor Pedro Castillo Terrones, para contribuir al diálogo entre el capital trasnacional en tecnología y el gobierno del progresismo tardío peruano. México es el escenario real para unas negociaciones de este tipo
Elecciones del 21N
Toda indica que las negociaciones entre el gobierno venezolano y la oposición del G4 se retomarán muy próximas a las elecciones del 21N o posterior a ellas. Parece ser una ventaja para todos los factores involucrados hacerlo después, mantenerlas congeladas hasta ese momento. El PSUV apuesta a un escenario conservador para la oposición, donde avancen en algunas alcaldías, quizá no ganen ninguna gobernación y su acumulación esté por debajo de su porcentaje histórico, lo cual confirmaría la intención del gobierno de Maduro de permanecer en el poder más allá de 2024. La oposición espera obtener un resultado que la muestre con opción de poder real de cara al año 2024, ganando una importante cantidad de gobernaciones y alcaldías, a pesar de ir dividida en algunos de sus bastiones históricos como Miranda o Carabobo. Para los EEUU los resultados en uno u otro sentido les permitirán saber cuánto puede pedir cualquiera de los factores políticos. El 21N es parte dela ruta de negociación y acuerdo.
Para la izquierda agrupada en la Alternativa Popular Revolucionaria (APR) o que vota por ella, los resultados de estas elecciones son cruciales para mostrar la eficiencia de un frente de resistencia construido “por arriba”, entre representaciones políticas. De ser adverso el resultado, es decir no superar el histórico 6%, obligaría a replantear su política hacia una radicalización en la calle. El trotskismo, con posiciones clasistas muy importantes, pero lamentablemente fraccionado tiene una limitada incidencia en el movimiento de masas. Factores como la Plataforma en Defensa de la Constitución no tienen capacidad de incidencia en la calle.
La izquierda radical que oscila entre el abstencionismo y un voto por la APR con la tarjeta del PCV, tiene que salir de la rabia, entrar a la creatividad de las resistencias y atreverse a pensar y construir una constituyente de las izquierdas anticapitalistas y el movimiento social insurgente, lo cual pasa por derrotar los sectarismos. Ello, como paso previo para construir un amplio movimiento de masas por la justicia social. Es hora de inventar con el pueblo trabajador una salida popular y anticapitalista a la actual situación.
Breve conclusión
En Venezuela está en curso un cambio de modelo económico, que empalma con las más profundas recomendaciones del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional para pasar de una agenda social de amplia inversión a un régimen competitivo de mercado. Esto pareciera ser el resultado de negociaciones directas entre la Casa Blanca y Miraflores, que procuran estabilidad política y el levantamiento progresivo de las sanciones. Si bien Maduro es el hombre fuerte de la política venezolana hoy, deberá demostrar en estos dos años (2022-2024) no solo que puede continuar con un ajuste estructural de grandes dimensiones, sino que puede ser el árbitro para resolver los conflictos y roces entre las fracciones burguesas en Venezuela, si aspira contar con el beneplácito de Washington para su reelección. Las negociaciones de México son los movimientos de peones entre casilleros, donde las torres y los alfiles mantienen la comunicación y, la construcción de acuerdos en otros escenarios, está bajo la tutela directa de los reyes y reinas del tablero. Veremos cómo queda el cuadro político después del 21N.
Fuente: Escrita para el sitio web de Cuarta Internacional, esta contribución retoma algunos extractos de la introducción del libro » Luttes écologiques et sociales dans le monde. Le rouge s’allie au vert«, editado por Daniel Tanuro y Michael Löwy, Textuel (se publicará a finales de octubre de 2020)
Actualidad Internacional: Ecología
26/10/2021
Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.
E
l creciente número de catástrofes climáticas en todo el mundo es el resultado de un calentamiento de 1,1° a 1,2° centígrados «sólo» en comparación con la era preindustrial. De la lectura del informe especial del IPCC[1]IPCC, informe especial 1,5°C, https://www.ipcc.ch/sr15/ sobre 1,5°C, cualquier lector razonable concluirá que hay que hacerlo todo, absolutamente todo, para mantener la Tierra muy por debajo de este nivel de calentamiento. Más allá de eso, los riesgos aumentan muy rápidamente[2]En particular: el riesgo de fenómenos meteorológicos extremos, el riesgo de que grandes ciudades de la civilización desaparezcan bajo el mar y el riesgo de que grandes zonas queden inhabitables … Seguir leyendo. Existe incluso la posibilidad creciente de que una cascada de retroalimentaciones positivas haga que el planeta se incline irreversiblemente hacia un régimen que acabe por elevar el nivel del mar trece metros o incluso varias decenas de metros por encima del actual[3]Will STEFFEN et al., « Trajectories of the Earth System in the Anthropocene », PNAS, Aug. 2018. Una distopía inimaginable… ¡ciertamente incompatible con la existencia de siete mil millones de seres humanos en la Tierra!
Dado el tiempo perdido desde la Cumbre de la Tierra (Río, 1992) -y desde París-, no es seguro que el límite de 1,5°C pueda seguir respetándose (al ritmo actual de emisiones, se superará hacia… ¡2030!). Lo que es absolutamente cierto, sin embargo, es que la carrera hacia el abismo no puede detenerse sin salirse del productivismo inherente a la economía de mercado. Como bien dijo Greta Thunberg, «la crisis climática y ecológica simplemente no puede resolverse dentro de los sistemas políticos y económicos actuales. No es una opinión, es simplemente una cuestión de matemáticas»[4]https://twitter.com/gretathunberg/status/1274618877247455233?lang=en. Dado que la COP26 se mantiene «en el marco de los sistemas económicos y políticos actuales», el pronóstico es claro: la conferencia de Glasgow no detendrá la catástrofe más que las anteriores.
¿Significa esto que podemos ignorar lo que ocurrirá en Escocia? No, hay temas importantes en la agenda de la cumbre. Por ejemplo: ¿cuántos países aumentarán el nivel de sus ambiciones climáticas? ¿en qué medida se reducirá la brecha entre los compromisos de los países y lo que debería hacerse a nivel mundial para salvar el clima?[5]En la actualidad diecisiete países, además de la Unión Europea han aumentado sus ambiciones://www.nytimes.com/article/what-is-cop26-climate-change-summit.html#link-67cd21b3 en los compromisos de los principales contaminadores, ¿cuál será la proporción respectiva de las reducciones reales de las emisiones nacionales, la «compensación de carbono» mediante sumideros forestales, la captura-secuestro y las llamadas inversiones limpias en los países del Sur?[6]Sobre la base de las «contribuciones nacionalmente determinadas» (los planes climáticos de los países), el calentamiento sera de entre 2,7 y 3,5°C en 2100. ¿se pondrá en práctica el «nuevo mecanismo de mercado» para el carbono adoptado en principio por la COP21 y cómo[7]Este «nuevo mecanismo de mercado» sustituirá y agregará los distintos sistemas aplicados anteriormente en el marco del Protocolo de Kioto. Sus modalidades determinarán en gran medida las … Seguir leyendo? ¿Cumplirán por fin estos países su promesa de aportar cien mil millones de dólares anuales al Fondo del Clima para ayudar al Sur global a afrontar el reto climático? ¿Seguirán haciendo oídos sordos a los países pobres que exigen compensaciones por las crecientes «pérdidas por daños» que el calentamiento global está imponiendo a la población? Y así sucesivamente.
Estas cuestiones serán objeto de un intenso pulso entre los representantes de los Estados, en función de sus intereses económicos y rivalidades geoestratégicas. Todo esto tendrá que ser analizado en detalle para sacar lecciones sobre el estado del capitalismo y la agudeza de su crisis sistémica. Sin olvidar que las movilizaciones de los movimientos sociales pueden pesar en el resultado, en ciertos puntos y hasta cierto punto. Esto no carece de importancia. Por ejemplo, no está de más poner obstáculos a la «compensación de carbono», y si se pudiera prohibir este sistema, sería una victoria importante. Sin embargo, no debemos hacernos ilusiones: en general, la COP26 se mantendrá «dentro de los sistemas políticos y económicos actuales», como dice Greta Thunberg. Así que podemos ser categóricos: Glasgow básicamente no resolverá NADA.
A este punto de vista radical, a veces se le objeta que la irrupción de las energías renovables podría ofrecer una salida a la crisis. Este avance es realmente real, principalmente en el sector de la generación de energía. En los últimos veinte años, la proporción de las energías renovables en la combinación energética mundial ha aumentado una media anual del 13,2%. El precio del kWh verde se ha vuelto muy ventajoso (especialmente en la eólica terrestre y la fotovoltaica). Según la AIE, en la próxima década, más del 80% de las inversiones en el sector eléctrico se destinarán a las energías renovables. Pero es completamente erróneo concluir que «el proceso mundial de abandono de los combustibles fósiles ya está muy avanzado», como escribió recientemente la Comisión Europea[8]Commission UE, Communication «Fit for 55». De hecho, esta afirmación es una auténtica mentira. En diez años, la cuota de los combustibles fósiles en el mix energético mundial ha disminuido solo de forma imperceptible: del 80,3% en 2009 al 80,2% en 2019; en veinte años, solo la cuota del carbón ha disminuido, pero muy ligeramente (-0,3% de media anual); la del gas natural ha aumentado un 2,6% y la del petróleo un 1,5% (de 2014 a 2019)[9]https://www.reuters.com/business/environment/global-fossil-fuel-use-similar-decade-ago-energy-mix-report-says-2021-06-14/?fbclid=IwAR15kFNSqXJwwGhq-DRb0NxE63mywyNp0L9Y5nPxP-c00W6BbLb_kCTdlQU. ¡No hay el más mínimo indicio del comienzo de una «eliminación global» de los combustibles fósiles! Por eso, las emisiones mundiales de CO2 siguen aumentando inexorablemente (salvo la crisis de 2008 y la pandemia de 2020).
¿Por qué hay más renovables y más emisiones fósiles al mismo tiempo? Porque las renovables no sustituyen a los combustibles fósiles: sólo cubren una parte creciente del consumo energético mundial. Este consumo sigue creciendo al mismo ritmo que la acumulación de capital (la creciente digitalización y la complejización de las cadenas de valor internacionales, en particular, son dos dinámicas muy intensivas en energía[10]Como recordatorio: las emisiones de la aviación y el transporte marítimo se disparan, pero no se atribuyen a ningún estado.). La política climática burguesa tiene, pues, dos caras, como Jano. En el lado de la cancha, los gobiernos capitalistas compiten entre sí con bonitas declaraciones sobre la «transición energética» y la «neutralidad del carbono inspirada en la mejor ciencia». Pero sus compromisos tienen más que ver con favorecer a las empresas que se lanzan al mercado de las tecnologías verdes que con salvar el clima. Por eso, en el patio trasero, estos mismos gobiernos tiran del freno de la «transición» cada vez que es necesario para mantener el crecimiento del PIB. Así, la ley del beneficio prevalece sobre las leyes de la «mejor ciencia» de la física. Esto es lo que han puesto de manifiesto las tensiones sobre el suministro de energía en China.
El contexto es bien conocido: la naciente potencia china pretende imponerse como líder geoestratégico mundial. Esta ambición se ha vuelto inseparable de una política climática «responsable», como el capitalismo verde. Por eso Xi Jiping prometió en Davos que las emisiones de su país empezarían a bajar antes de 2030; un poco más tarde, incluso añadió que China dejaría de construir centrales eléctricas de carbón en el extranjero. Hasta aquí el patio trasero. Al otro lado de la valla, apenas se había secado la tinta de los periódicos que informaban de estas declaraciones cuando Pekín aumentó la producción de carbón en Mongolia Interior en un 10%. La coincidencia de unos objetivos climáticos «más ambiciosos» y la recuperación posterior a la crisis del COVID han motivado esta decisión. Los pedidos de productos fabricados en China llegan a raudales, lo que provoca una relativa escasez de electricidad. Las exportaciones rusas de combustibles fósiles -especialmente de gas, que también es una carga para Europa- son insuficientes para tapar el agujero. Así que los precios están subiendo… lo que amenaza la recuperación mundial. La estanflación es una amenaza. Por ello, Pekín está reactivando sus minas de carbón.
El análisis que hace el Financial Times de la situación es claro: «China, al igual que otros mercados energéticos que se enfrentan a la escasez, debe realizar un acto de equilibrio: utilizar el carbón para mantener la actividad al tiempo que muestra su compromiso con los objetivos de descarbonización. En vísperas de la COP26, esto suena incómodo (¡sic!) pero la realidad a corto plazo es que China y muchos otros no tienen más remedio que aumentar el consumo de carbón para satisfacer la demanda de electricidad»[11]Financial Times, 8/10/2021..
Cabe señalar que los competidores de Estados Unidos y Europa se han cuidado de no criticar la decisión china. Por una razón obvia: una subida incontrolada de los precios de la energía en el taller del mundo capitalista tendría consecuencias en cascada en todo el mundo. Los dirigentes chinos también son muy pragmáticos: aunque han impuesto un embargo al carbón australiano -para castigar a Canberra por su postura respecto a Taiwán, Hong Kong y otras cuestiones-, hacen la vista gorda cuando los cargueros australianos descargan su carbón en los puertos chinos… Conclusión: no hay que fiarse de las promesas climáticas de los políticos capitalistas, aunque se cubran con la bandera del «comunismo». Al final, es el capital el que tendrá la última palabra, no el clima. En la República Popular China, como en otros lugares.
Estas tensiones en el mercado energético ponen de manifiesto las contradicciones insolubles de la «transición energética» capitalista. De hecho, China es el principal proveedor mundial de paneles fotovoltaicos (la mayoría de los cuales se fabrican en Xinjiang, con trabajo forzado). También es el principal productor de esas «tierras raras» cuya explotación y transformación requieren grandes cantidades de energía y que son indispensables para muchas tecnologías verdes… Mientras la humanidad está al borde del abismo climático, la lógica capitalista del beneficio lleva así a este absurdo evidente: hay que quemar más carbón, y por tanto emitir más CO2… para mantener los beneficios… ¡de los que depende la transición a las renovables!
Como China es el «taller del mundo», el problema es inmediatamente global. ¿Cuáles serán las repercusiones en la política climática general? Se supone que la COP 26 debe «aumentar las ambiciones». Esto puede hacerse sobre el papel, para convencer a la gente de que la situación está bajo control. Pero hay un largo camino por recorrer. Ya un reciente informe de la ONU señala que 15 países (entre ellos Estados Unidos, Noruega y Rusia) proyectan que la producción de combustibles fósiles en 2030 ¡será más del doble del límite compatible con el Acuerdo de París! En total, en 2030 se superaría el límite en un 240% en el caso del carbón, un 57% en el del petróleo y un 71% en el del gas[12] … Seguir leyendo.
Preguntado por el Financial Times, un experto no cree que «la escasez de carbón y el aumento del precio de la energía sean un problema coyuntural y a corto plazo en China». Más bien, dice, el episodio pone de relieve «los retos estructurales a largo plazo de la transición a sistemas energéticos más limpios». Tiene razón. El reto estructural es el siguiente: no hay más margen de maniobra, las emisiones tienen que reducirse inmediatamente, de forma radical. Por lo tanto, no basta con decir que las renovables podrían sustituir a los combustibles fósiles. Tenemos que decir cómo vamos a compensar las emisiones adicionales que se derivan del hecho de que haya que utilizar combustibles fósiles para fabricar los convertidores de energía renovable, sobre todo al principio. Técnicamente, este reto sólo puede superarse reduciendo la producción global y el transporte[13]Ya lo señalé en «El imposible capitalismo verde» (La oveja roja-viento sur, 2012). Como dice Smil Vaclav en «Energía y civilización, una historia» (Rústica, 2018), es una «ley … Seguir leyendo. Socialmente, esta solución técnica sólo puede plantearse a su vez compartiendo masivamente el trabajo, el tiempo y la riqueza necesarios. Volveremos sobre ello en la conclusión, pero está claro que las dos ramas -técnica y social- de la solución son totalmente incompatibles con la lógica capitalista de la competencia de mercado. Es en este contexto donde hay que examinar las promesas de «neutralidad del carbono».
Desde que Trump cedió el testigo a Biden, los principales contaminadores del mundo han declarado su intención de lograr la «neutralidad del carbono» para 2050 (2060 para Rusia y China) aplicando diversas variedades de «acuerdos verdes». Pero esta neutralidad del carbono, en la práctica, es un engaño. En teoría, el concepto se basa en la idea de que es imposible eliminar por completo todas las emisiones antropogénicas de gases de efecto invernadero, por lo que habrá que compensar un residuo eliminando el carbono de la atmósfera. Pero en la práctica, los capitalistas y sus representantes políticos llegan a la conclusión de que pueden enviar al infierno las drásticas reducciones de emisiones que se necesitan con urgencia, porque un día en el futuro, un deus ex machina tecnológico eliminará de la atmósfera no un «sobrante» sino 5, 10, incluso 20Gt de CO2 cada año. Como resultado, mientras que la Unión Europea y Estados Unidos deberían reducir sus emisiones en al menos un 65% para 2030 (para mantenerse por debajo de 1,5°C y cumplir con sus responsabilidades históricas), sus compromisos de «neutralidad de carbono» sólo consisten en «reducirlas» en un 55% y un 50-52% respectivamente[14]» 15 «Reducir» entre comillas, ya que los acuerdos verdes de Europa y Estados Unidos hacen un amplio uso de mecanismos alternativos a las reducciones de emisiones nacionales, como las plantaciones … Seguir leyendo.
En esta estrategia subyace un escenario completamente descabellado: llamado «rebasamiento temporal», consiste en dejar que el mercurio suba por encima de 1,5°C mientras se apuesta a que la «Ciencia» enfriará más tarde la Tierra con «tecnologías de emisiones negativas» (TNE)[15]Las RTE eliminan el CO2 de la atmósfera, la geoingeniería (hasta ahora desaconsejada por el IPCC) devuelve al espacio una fracción de la radiación solar. el uso de la energía nuclear … Seguir leyendo. Sin embargo, (1) la mayoría de estos NETs sólo están en fase de prototipo o demostración; (2) estamos muy cerca del punto de inflexión de la capa de hielo de Groenlandia, que contiene suficiente hielo para elevar el nivel del mar en siete metros[16]Según el informe del IPCC sobre los 1,5 °C, el punto de inflexión de la capa de hielo de Groenlandia se sitúa entre 1,5 y 2 °C de calentamiento en comparación con el periodo preindustrial.; y (3) por lo tanto, suponiendo que los NETs funcionen, es muy posible que se desplieguen después de que se haya iniciado un proceso masivo de ruptura del hielo. En este caso, los daños serán evidentes: el rebasamiento «temporal» habrá provocado un cataclismo final…
Supongamos, sin embargo, que el rebasamiento temporal sigue siendo muy limitado (lo que exigiría, en cualquier caso, reducciones de emisiones mucho más severas que las que se están debatiendo actualmente): en este caso, dejando de lado todo cataclismo, ¿cómo sería el mundo con la estrategia de «crecimiento» de la «neutralidad del carbono»? Podemos hacernos una idea de las propuestas de la Agencia Internacional de la Energía (AIE)[17]https://www.iea.org/reports/net-zero-by-2050. Son edificantes. De hecho, para esperar conseguir «cero emisiones netas» en 2050, según la AIE, necesitaríamos duplicar el número de centrales nucleares; aceptar que una quinta parte de la energía mundial siga procediendo de la combustión de combustibles fósiles (que emiten 7,6Gt de CO2/año); capturar y almacenar esas 7,6Gt de CO2 cada año en el subsuelo en depósitos geológicos (cuya estanqueidad no puede garantizarse); dedicar 410 millones de hectáreas a monocultivos industriales de biomasa energética (¡esto representa un tercio de la superficie agrícola en cultivo permanente! ); utilizar esta biomasa en lugar de combustibles fósiles en las centrales eléctricas y otras instalaciones de combustión (de nuevo capturando el CO2 emitido y almacenándolo bajo tierra); producir hidrógeno «azul» a partir del carbón (¡de nuevo capturando el CO2!) y esperar que la electrólisis del carbón sea un éxito. ) con la esperanza de que la electrólisis industrial del agua permita producir más adelante hidrógeno «verde» a un precio competitivo; duplicar el número de grandes presas; y… seguir destruyendo todo -incluso la Luna- para monopolizar las «tierras raras» imprescindibles para las gigantescas inversiones que se harán en «tecnologías verdes». ¿Quién quiere vivir en ese mundo?
La AIE tiene un plan, otros tienen planes, pero no se trata de una planificación. El neoliberalismo obliga, y se supone que el mercado debe coordinar la marcha hacia la «neutralidad del carbono», mediante impuestos, incentivos y una generalización del sistema de derechos de emisión negociables. La Unión Europea está a la vanguardia con su plan «Fit for 55». Pionera en la aplicación de los derechos de emisión en sus principales sectores industriales, la UE los extenderá a los sectores de la construcción, la agricultura y la movilidad. Cuanto más mal aislada esté la casa o más contaminante sea el vehículo, mayor será el aumento de precio para los consumidores. Las rentas bajas se verán penalizadas. Las economías del Sur también se verán penalizadas -y sus poblaciones a través de ellas- mediante la «compensación de carbono» y los impuestos fronterizos sobre el carbono. Y todo ello por un plan que (a no ser que hagamos trampas) ni siquiera alcanzará su inadecuado objetivo, inalcanzable por los mecanismos del mercado.
Se podría decir que reducir las emisiones en un 52 o 55% es mejor que nada[18]Se presta muy poca atención al hecho de que el impuesto fronterizo impondrá a los países del Sur global el precio del carbono cobrado en el Norte. Por tanto, contraviene el principio de … Seguir leyendo. Sin duda, pero en contra de lo que dicen incluso algunos especialistas[19]Por ejemplo, François Gemenne (profesor de la Universidad de Lieja y de Sciences Po, entrevista en Le Soir, 18 de julio de 2021) y Jean-Pascal van Ypersele (antiguo vicepresidente del IPCC, profesor … Seguir leyendo), planes como «Fit for 55» no «van en la buena dirección». Desde el punto de vista climático, no nos sitúan en la senda de mantenernos por debajo de los 1,5 grados de calentamiento: hay una brecha importante entre la senda del 55% y la del 65% de reducción para 2030, y esta brecha no puede cerrarse después, ya que el CO2 se acumula en la atmósfera. Socialmente, planes como «Fit for 55» tampoco van en la buena dirección, ya que suponen una acentuación de los mecanismos coloniales de dominación, la mercantilización de la naturaleza y las políticas neoliberales a costa de las clases trabajadoras. Pero no hay tiempo para cometer errores. Para «ir en la dirección correcta», hay que fijar el rumbo correcto desde el primer paso.
Volvamos a la cita de Greta Thunberg al principio de este artículo. La joven activista sueca tiene toda la razón al decir que es «una simple cuestión de matemáticas». Las cifras de la ecuación climática son perfectamente claras: 1°) mantenerse por debajo de 1,5°C requiere una reducción del 59% de las emisiones globales netas de CO2 para 2030 y una reducción del 100% para 2050[20]IPCC, informe sobre 1,5°C. Las «emisiones netas» se obtienen deduciendo de las emisiones de CO2 los aumentos de las eliminaciones por parte de los bosques y los suelos, siempre que estos aumentos … Seguir leyendo; 2°) el 80,2% de estas emisiones se deben a la quema de combustibles fósiles; 3°) en 2019, los combustibles fósiles seguían cubriendo el 84,3% de las necesidades energéticas de la humanidad (se sabe desde hace años que se prevé que 9/10 partes de las reservas permanezcan bajo tierra, ¡pero la explotación y la exploración continúan como si nada! ); 4°) las infraestructuras fósiles (minas, oleoductos, refinerías, terminales de gas, centrales eléctricas, etc.), cuya construcción no se ralentiza, ¡o apenas! 5°) el valor del sistema energético de los combustibles fósiles se estima en 1/5 del PIB mundial, pero, amortizado o no, este sistema debe ser desechado, ya que las renovables requieren uno nuevo.
Así pues, con tres mil millones de personas que carecen de lo básico y el 10% más rico de la población que emite más del 50% del CO2 mundial, la «simple cuestión matemática» conduce a una serie de implicaciones políticas sucesivas:
– Dejar los fósiles en el suelo y cambiar el sistema energético manteniéndose por debajo de 1,5°C y dedicando más energía a satisfacer los derechos legítimos de los pobres es estrictamente incompatible con la continuación de la acumulación capitalista;
– la catástrofe sólo puede ser detenida por un movimiento doblemente planificado, que reduzca la producción global reorientándola para servir a las necesidades humanas reales, democráticamente determinadas, respetando los límites naturales;
– Este doble movimiento pasa necesariamente por la supresión de la producción inútil o nociva y de los transportes superfluos, y por la expropiación de los monopolios de la energía, de las finanzas y de la agroindustria;
– los capitalistas obviamente no quieren esta conclusión: según ellos, es criminal destruir el capital, incluso para evitar un monstruoso cataclismo humano y ecológico;
– La alternativa es, por tanto, dramáticamente sencilla: o bien una revolución permite a la humanidad liquidar el capitalismo para reapropiarse de las condiciones de producción de su existencia, o bien el capitalismo liquidará a millones de inocentes para continuar su curso bárbaro en un planeta mutilado, y quizás invivible.
Estas implicaciones estratégicas no significan que podamos repetir simplemente «una solución, la revolución». Quieren decir que no hay nada que esperar de los gobiernos neoliberales, de sus COP, de su sistema y de sus «leyes». Durante más de treinta años, los responsables han afirmado haber comprendido la amenaza ecológica, pero no han hecho casi nada. O, mejor dicho, han hecho mucho: sus políticas de austeridad, privatización, desregulación, ayudas para maximizar los beneficios de las multinacionales y apoyo al agronegocio han fragmentado las conciencias, erosionado la solidaridad, arruinado la biodiversidad y desfigurado los ecosistemas, al tiempo que nos han empujado al borde del abismo climático. Estos políticos no son más que gestores al servicio de la lógica de la muerte del capital. Es inútil esperar convencerlos de otra política: en el mejor de los casos, sólo pueden retroceder ante determinadas correlaciones de fuerza.
Es necesaria una alternativa y, por tanto, un programa de reivindicaciones. No existe una solución acabada, sino que hay que elaborarla paso a paso, partiendo del movimiento real. Para ello, no debemos preocuparnos principalmente por el nivel de conciencia de las clases trabajadoras, sino por proponer (el inicio de) una respuesta global coherente a la situación objetiva diagnosticada por la física del clima. En resumen: necesitamos un plan para mantenernos por debajo de 1,5°C de calentamiento dejando los fósiles en el suelo, sin rebasamiento temporal, sin compensación de carbono y salvando la biodiversidad; un plan que excluya las tecnologías peligrosas como la BECCS y la nuclear; un plan que desarrolle la democracia, difunda la paz, respete la justicia social y climática (principio de responsabilidades y capacidades diferenciadas); un plan que fortalezca el sector público; un plan que haga que el 1% pague por producir menos, transportar menos y compartir más: trabajo, riqueza y recursos. Este plan debe eliminar la producción innecesaria y perjudicial, garantizando al mismo tiempo la reconversión colectiva de los trabajadores en actividades útiles, sin pérdida de salario; debe, en particular, sacarnos de la agroindustria y de la industria cárnica y llevarnos a la agroecología. Es evidente que se trata de un plan anticapitalista. Pero su fuerza es que es vital, en el sentido literal de la palabra: es indispensable para salvar la vida.
No tiene sentido negarlo: hoy estamos lejos de ese plan. Se necesitará mucha determinación y firmeza para convencer a la gente, superando las derrotas sufridas por nuestro campo social. Los obstáculos a superar son terriblemente numerosos. En una situación así, no se puede descartar el peligro de la desesperación masiva. Pero la estupefacción melancólica no resuelve nada. Como decía Gramsci, sólo se puede predecir la lucha, no su resultado. No olvidemos las terribles lecciones del siglo XX: bajo el capitalismo, lo peor siempre es posible. Así que debemos seguir repitiendo: sólo la lucha colectiva puede invertir la tendencia y nunca es demasiado tarde para luchar. Por supuesto, lo que se pierde se pierde, y las especies extinguidas no volverán. Pero por mucho que nos adentremos en la catástrofe, la lucha siempre puede reabrir el camino de la esperanza.
Para luchar debemos ser conscientes, no sólo de los terribles peligros, sino también de lo que puede reforzar la alternativa. La propia magnitud del peligro puede fortalecernos, siempre que veamos en él la posibilidad de un cambio revolucionario necesario. La asombrosa crisis de legitimidad del sistema y de sus representantes nos refuerza: han dejado crecer la catástrofe ecológica sin hacer nada, aunque estaban informados. Los diagnósticos de la ciencia del cambio climático nos refuerzan: argumentan objetivamente a favor de un plan como el expuesto. La creciente movilización de la juventud internacional nos fortalece: se levantan contra la destrucción del mundo en el que tendrán que vivir mañana. La nueva ola feminista nos fortalece: su lucha contra la violencia difunde una cultura del cuidado, lo contrario de la mercantilización de los seres. La admirable resistencia de los pueblos indígenas nos fortalece: su visión del mundo puede ayudarnos a establecer otras relaciones con la naturaleza. Las luchas de los campesinos nos fortalecen: al decir no al agronegocio, ponen en práctica cada día modos de producción alternativos. Podemos ganar la batalla ética y mover montañas.
Se trata de articular y hacer converger las luchas contra todas las formas de explotación y opresión y de hacer circular los conocimientos que las acompañan. Esta confluencia es decisiva. Es la única manera de poner en marcha un movimiento tan masivo que permita vislumbrar de nuevo la posibilidad concreta de un cambio profundo de la sociedad, a la vez ecológico, social, feminista y ético. En el contexto actual, una poderosa corriente social será sin duda indispensable para que el mundo del trabajo y sus organizaciones rompan el compromiso productivista con el crecimiento capitalista, que los está mutilando. En cualquier caso, esta ruptura es un reto importante: no ganaremos la batalla por la Tierra si los productores no se levantan contra el productivismo. Tenemos que prepararnos para este levantamiento. A través de discursos y reivindicaciones que combinan lo rojo y lo verde (en particular la reducción masiva de la jornada laboral sin pérdida de salario), pero esto no es suficiente: hay que multiplicar las iniciativas concretas para reunir y poner en red a las izquierdas sindicales, ecologistas, feministas, campesinas e indígenas.
En este contexto, hay que prestar especial atención a las luchas territoriales contra los megaproyectos productivistas que destruyen la naturaleza y las personas. Es aquí donde lo social y lo medioambiental se enfrentan al reto de superar las barreras que el capital levanta entre ellos. Naomi Klein, en su libro sobre la crisis climática, ha propuesto llamar a estas luchas con el término general de Blockadia[21]Naomi Klein, « This Changes Everything. Capitalism vs the Climate », A. Knopf, 2014.. Es en el crisol de esta «Blockadia ecológica», y en su convergencia con una «Blockadia social» del tipo de los «Chalecos Amarillos», donde surgirá una alternativa a la apisonadora del Capital: un proyecto ecosocialista para vivir bien en esta Tierra, para limpiarla de las manchas del capital, y nosotros con ella.
En particular: el riesgo de fenómenos meteorológicos extremos, el riesgo de que grandes ciudades de la civilización desaparezcan bajo el mar y el riesgo de que grandes zonas queden inhabitables por una combinación de calor y humedad.
En la actualidad diecisiete países, además de la Unión Europea han aumentado sus ambiciones://www.nytimes.com/article/what-is-cop26-climate-change-summit.html#link-67cd21b3
Sobre la base de las «contribuciones nacionalmente determinadas» (los planes climáticos de los países), el calentamiento sera de entre 2,7 y 3,5°C en 2100.
Este «nuevo mecanismo de mercado» sustituirá y agregará los distintos sistemas aplicados anteriormente en el marco del Protocolo de Kioto. Sus modalidades determinarán en gran medida las posibilidades de eludir las obligaciones nacionales de reducción de emisiones. Las negociaciones sobre este tema condujeron al fracaso de la COP25.
Ya lo señalé en «El imposible capitalismo verde» (La oveja roja-viento sur, 2012). Como dice Smil Vaclav en «Energía y civilización, una historia» (Rústica, 2018), es una «ley fundamental»: «toda transición a una nueva forma de suministro de energía debe ser alimentada por el despliegue intensivo de las energías existentes y los motores clave…»: la transición de la madera al carbón tuvo que ser energizada por el músculo humano, la quema de carbón alimentó el desarrollo del petróleo, y las células solares fotovoltaicas y las turbinas eólicas actuales son encarnaciones de los combustibles fósiles necesarios para fundir los metales requeridos, sintetizar los plásticos necesarios y procesar otros materiales que requieren altos insumos de energía. «
» 15 «Reducir» entre comillas, ya que los acuerdos verdes de Europa y Estados Unidos hacen un amplio uso de mecanismos alternativos a las reducciones de emisiones nacionales, como las plantaciones de árboles y la compra de créditos de carbono.
Las RTE eliminan el CO2 de la atmósfera, la geoingeniería (hasta ahora desaconsejada por el IPCC) devuelve al espacio una fracción de la radiación solar. el uso de la energía nuclear («tecnología de bajo carbono», como se denomina ahora).
Según el informe del IPCC sobre los 1,5 °C, el punto de inflexión de la capa de hielo de Groenlandia se sitúa entre 1,5 y 2 °C de calentamiento en comparación con el periodo preindustrial.
Se presta muy poca atención al hecho de que el impuesto fronterizo impondrá a los países del Sur global el precio del carbono cobrado en el Norte. Por tanto, contraviene el principio de responsabilidades y capacidades diferenciadas consagrado en la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático.
Por ejemplo, François Gemenne (profesor de la Universidad de Lieja y de Sciences Po, entrevista en Le Soir, 18 de julio de 2021) y Jean-Pascal van Ypersele (antiguo vicepresidente del IPCC, profesor de la Universidad Católica de Lovaina, entrevista en RTBF): https://www.rtbf.be/info/societe/detail_ des-inondations-extremes-le-giec-les-annoncait-en-1990-rappelle-jean-pascal- van-ypersele?id=10804972
IPCC, informe sobre 1,5°C. Las «emisiones netas» se obtienen deduciendo de las emisiones de CO2 los aumentos de las eliminaciones por parte de los bosques y los suelos, siempre que estos aumentos sean inducidos deliberadamente. El 59% es un objetivo global. Teniendo en cuenta las diferentes responsabilidades del Norte y del Sur, los países desarrollados deberían reducir sus emisiones de forma mucho más drástica (en el caso de la UE: al menos un 65%) para 2030, y alcanzar las «emisiones netas cero» mucho antes de 2050.
Profesor emérito de sociología. Es autor de alrededor de veinte ensayos e investigaciones, varios de los cuales fueron traducidos en otros idiomas. Publicó, sobre todo, La préhistoire du capital (Page 2, 2006), La logique méconnue du “Capital” (Page 2, 2010), Les rapports sociaux de classes (Page 2, 2012), La novlangue néolibérale, (Page 2 / Syllepse, 2017), además de Le premier âge du capitalisme, 1415-1763 (3 tomos), (Page 2 / Syllepse, 2020).
Traducción:Traducción de Rubén Navarro, revisada por Carlos Rojas
Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.
Desde que, a finales de 2019, se declaró la pandemia de Covid-19, todos los gobiernos la han manejado de una manera aparentemente desordenada, incluso caótica, cualesquiera que hayan sido las opciones escogidas las que, a su vez, diferían a menudo entre ellas. Esto se atribuye tanto a la inexperiencia, como al amateurismo, a la falta de visión, a la incuria o incluso al cinismo, factores que se combinan, en dosis diversas, la mayoría de las veces. Sin embargo, la propia generalidad de esta situación nos lleva a interrogarnos sobre la presencia de factores más estructurales: contradicciones fuertes cuyas raíces se hallan en el corazón mismo de las relaciones de producción capitalistas[1]Agradezco à Yannis Thanassekos por sus sugerencias, las que me permitieron mejorar la primera versión de este artículo..
Desde el principio, en la gestión de la epidemia, los gobiernos se encontraron ante los imperativos de mantener la actividad económica y de proteger a la población. Por un lado, debían asegurar al máximo la primera, que garantiza la producción y distribución de los bienes y servicios básicos, necesarios para la vida social y para la vida misma, sin la cual el capital no puede asegurar su reproducción: su valorización y acumulación. Porque, como un vampiro, el cuerpo muerto del capital solo puede mantenerse vivo absorbiendo constantemente el trabajo vivo, y sobre todo la dosis de trabajo excedente que este contiene[2]Cf “Le vampirisme du capital”. Pero, por otra parte, los gobiernos no podían dejar sus poblaciones sin protección ante los riesgos de contaminación por el SARS-CoV-2 (el coronavirus responsable de la pandemia), no tanto por compasión o grandeza de espíritu como por temor al estallido social que podría derivarse de un aumento de la morbilidad y de la mortalidad si no se tomaban medidas de protección y, sobre todo, para proteger la fuerza social de trabajo, sin la cual la preciosa mano de obra viva correría el riesgo de escasear: para disponer de trabajo vivo, es necesario contar con trabajadoras y trabajadores vivos.
Mientras que la inmunidad de rebaño (o inmunidad colectiva) no se consiga, ya sea bajo el efecto de los avances del contagio, gracias a la vacunación o de ambos, esta primera contradicción ha manejada con repetidos llamamientos a respetar los famosos “gestos barrera” (distanciamiento físico, uso de mascarillas, lavado de manos regular, realización de test en caso de síntomas, etc.), junto con insistentes llamados a la vacunación desde que esta estuvo disponible. Pero, cuando la situación sanitaria se deterioró demasiado, fue necesario recurrir al teletrabajo, a la desaceleración o incluso al cese de determinadas actividades económicas, así como a medidas de restricción de las libertades públicas en mayor o menor medida: limitación o incluso prohibición de las reuniones, acceso limitado y hasta el cierre de determinados lugares y espacios públicos, toques de queda, confinamiento, etc. Hay un parámetro que ha servido constantemente como índice regulador de las medidas anteriores: la capacidad del sistema hospitalario para atender los casos más graves de contagio, en un contexto de capacidad reducida por décadas de austeridad presupuestaria en el marco general de las políticas neoliberales.
Estas medidas extraordinarias son obviamente insostenibles a largo plazo, tanto por las razones mencionadas anteriormente como porque son insoportables para las personas que tuvieron y tienen que encerrarse en viviendas en las que ya viven hacinadas o cuyo confort es insuficiente, además de verse privadas de toda vida social y a menudo, privadas también de una parte de sus ingresos. De ahí la necesidad de flexibilizar esas medidas al cabo de cierto tiempo, en cuanto la situación sanitaria mejora o parece mejorar; una flexibilización que, sin resolver el problema de fondo, solo puede conducir a un mayor deterioro de la misma, lo que lleva a reanudar las medidas restrictivas anteriores, etc.
Y así hemos ido y seguimos yendo de “ola” en “ola”: ahora estamos en la cuarta, y esperando la siguiente. El término es totalmente falaz, ya que sugiere una especie de flujo y reflujo periódico de la pandemia, como la marea, siendo que la pandemia se mantiene según la escala y el ritmo de los contactos de la población contagiada[3]Este no es el único término engañoso utilizado en el discurso ordinario sobre la pandemia. Por ejemplo, es frecuente hablar de la “circulación del virus” como si el virus fuera un agente … Seguir leyendo. No es el coronavirus lo que produce olas, sino la política de “stop and go”, la que combate supuestamente su avance, la alternancia de medidas de protección mediante restricciones a la circulación de personas y el levantamiento posterior de esas mismas medidas. Esta alternancia tiene su origen en la contradicción mencionada anteriormente.
Solo el día en que se alcance la famosa inmunidad colectiva, los gobiernos pueden esperar salir de este callejón sin salida que los obliga periódicamente a renunciar al día siguiente a las medidas adoptadas el día anterior. Sea cual sea su grado de cinismo, ninguno de ellos se atrevió a apostar solamente por el avance (en realidad por los estragos) de la pandemia para alcanzar la inmunidad de rebaño: Boris Johnson, Donald Trump, Narendra Modi e incluso Jair Bolsonaro, así como Stefan Löfven, tuvieron que dar marcha atrás después de haber ido, en un primer momento, más o menos lejos por esa vía. Solo les queda la opción de la vacunación masiva de la población, al menos si tienen los medios para hacerlo en términos de aparato y de presupuesto sanitarios, así como la aplicación y el respeto de los “gestos barrera”.
Hay dos maneras de conseguirlo. Pueden tratar de convencer a la población a través de campañas de información y “comunicación” (propaganda) sobre la necesidad y los beneficios de la vacunación, como lo han hecho la gran mayoría, con mayor o menor habilidad y eficacia. O bien, ante las dudas, reticencias o incluso la oposición más o menos decidida de una parte de la población, que frena el avance de la vacunación o incluso corre el riesgo de impedir que se alcance el umbral de la inmunidad colectiva, pueden recurrir a medidas más o menos restrictivas, que van desde la simple presión que combina la restricción de la libertad y la estigmatización hasta la obligación legal de vacunar a determinadas categorías, o incluso a toda la población[4]Por ahora, sólo tres Estados han hecho obligatoria la vacunación de la población adulta: Tayikistán, Turkmenistán y… el Vaticano.
El gobierno francés tomó esta última opción a mediados de julio, haciendo que la vacunación fuera obligatoria para el personal médico en el sentido más amplio de la palabra e instaurando un “pase sanitario” a toda la población para acceder a un gran número de lugares públicos. Desde entonces, se han sucedido las concentraciones y manifestaciones para protestar contra la “dictadura sanitaria” y contra esas medidas. En esas manifestaciones convergen tanto opositores a la vacunación como ciudadanos preocupados por la defensa de la libertad individual y de las libertades públicas, que consideran amenazadas. Pero ¿habría que seguir tratando de convencer en lugar de coaccionar de esta manera? Quizás no sea ésta la pregunta más adecuada. ¿No deberíamos preguntarnos más bien por qué es necesario convencer o coaccionar en este caso? Porque ambas operaciones persiguen, en última instancia, lo mismo, aunque por medios diferentes: superar una reticencia o resistencia inicial a la vacunación. Pero, ¿de dónde viene esa resistencia y cuál es su origen? ¿Y por qué, incluso entre los que están vacunados o a favor de la vacunación, hay quienes protestan contra la obligación más o menos perentoria de vacunarse y declaran que apoyan las manifestaciones contra las medidas gubernamentales de presión para la vacunación?[5]En un sondeo de opinión realizado por Harris Interactive para TF1/LCI a finales de julio, el 40% de los encuestados dijo apoyar estos movimientos en Francia.
En Francia, esto se puede explicar probablemente y en parte por el profundo desprestigio del gobierno como resultado de los conflictos de los años anteriores (desde las movilizaciones contra las diversas “leyes laborales” hasta la que se produjo contra la reforma jubilatoria, pasando por el movimiento de los “chalecos amarillos”) y por la calamitosa gestión de la pandemia desde su inicio[6]Esta gestión no fue sino una larga serie de incoherencias que hicieron que el gobierno dijera e hiciera lo contrario de lo que había dicho y hecho el día anterior, por ejemplo declarando que, … Seguir leyendo, por no hablar de pasivos más lejanos debidos a la aplicación de las políticas neoliberales. El descrédito mantiene entre algunos opositores la idea de que las medidas tomadas para intentar contener la pandemia (en particular los confinamientos sucesivos) no eran más que un pretexto y un medio para romper la dinámica de aquella conflictividad persistente, con todo un aparato de control biopolítico de la población e instituyendo una especie de estado de emergencia permanente (en este caso sanitario). En definitiva, la continuidad y amplificación de la estrategia desplegada en los últimos años con el pretexto de la lucha contra el “terrorismo islamista”. Sin embargo, la oposición, a veces violenta, a medidas similares contra el Covid se ha desarrollado en muchos otros países, en contextos políticos muy diferentes y a menudo mucho antes de que aparecieran en Francia[7]Una presentación, parcial, en esta página web: Mouvements d’opposition au port du masque et aux mesures de confinement ou de restrictions des libertés durant la pandémie de Covid-19 — … Seguir leyendo. Por ello, no debemos sobrevalorar la importancia de los factores políticos específicos del contexto francés.
Entre los opositores más firmes a la vacunación contra el Covid, encontramos de todo un poco: los “antivacunas” por principio, como los hay desde Jenner[8]Edward Jenner (1749-1823) fue el médico británico que desarrolló la primera vacuna contra la viruela en los años 1790 y 1800, demostrando así la virtud profiláctica de la vacunación, que desde … Seguir leyendo; los “antivacunas puntuales” que desconfían de unas vacunas que, en su opinión, fueron desarrolladas con demasiada rapidez y en secreto por unos laboratorios farmacéuticos preocupados esencialmente por sus ganancias[9]Probablemente, esta sospecha sea también alimentada por la serie de escándalos protagonizados por las autoridades sanitarias (gubernamentales o no) que salieron a luz en las últimas décadas: el … Seguir leyendo.; los “corona-escépticos” que repiten desde el principio de la pandemia que el Covid-19 no es más peligroso que una gripe común, que solo amenaza seriamente a las personas con morbilidad asociada, o que se puede prevenir o curar con algunas prácticas o remedios más o menos milagrosos, elementos que, finalmente, forman parte del discurso mantenido por los propios gobiernos, en un momento u otro de su caótica gestión de la pandemia; personas cuyo escepticismo se extiende más ampliamente a la ciencia y al método científico en su conjunto, un escepticismo que se mantiene y se consolida gracias a la forma en que, para ocultar o justificar su impotencia y sus palinodias, los gobiernos llegan a utilizar a los científicos y a los expertos, entre los cuales encuentran eco, cómplices o complacientes, que utilizan la autoridad de la ciencia para acallar cualquier cuestionamiento de las decisiones tomadas por dichos gobiernos[10]Recordemos que, contrariamente a lo que pretende el cientificismo, que no es más que una ideología, la ciencia no posee para nada la Verdad absoluta, que no existe, a lo sumo verdades parciales y a … Seguir leyendo; conspiracionistas convencidos, por ejemplo, de que las vacunas de ARN mensajero contienen microchips que permitirán a Bill Gates y a los suyos controlar nuestros cerebros a través de la 5G (u otros delirios similares); y, por si fuera poco, unos cuantos políticos populistas que aprovechan la ocasión para tratar de cosechar votos[11]Un reciente artículo de Jérôme Fourquet y Sylvain Mantenach ilustra esta profunda heterogeneidad, al tiempo que aporta elementos de análisis que complementan los aquí presentados. Cf.En 2018, le … Seguir leyendo. A menudo vinculados entre sí a través de redes sociales que consolidan sus posiciones, todos ellos viven la vacunación obligatoria como una verdadera violación de su intimidad física y psicológica, de ahí la virulencia de la reacción, que llega hasta la destrucción de centros de vacunación. A este conjunto se suman, en parte, personas que fueron vacunadas o partidarios de la vacunación que creen que esta debe ser esencialmente una cuestión de elección personal y que la vacunación obligatoria es una violación intolerable de la libertad individual.
Por lo tanto, ambas partes parten de la base de que la salud es, ante todo, una cuestión individual, una cuestión de decisiones y elecciones individuales en términos de comportamiento, estilo de vida, uso (o no) de los sistemas sanitarios (y, por lo tanto, de la vacunación), etc., en la medida en que todo ello implica la relación de cada individuo con su propio cuerpo. Este presupuesto ignora, malinterpreta o niega totalmente la dimensión esencialmente colectiva de la salud, que la convierte en un bien público que depende en primer lugar del estado fisiológico de toda la población, el que a su vez está en función de los ecosistemas en los que ella vive, de la higiene pública de los espacios que ocupa, de sus condiciones de vida (trabajo, vivienda, actividades de ocio, etc.), de su acceso al sistema social de salud, de los avances en los conocimientos y prácticas médicas resultantes de las políticas de investigación, etc. Tanto es así que, en última instancia, el estado de salud de cada persona depende en primer lugar del estado de salud de todos los demás antes que de sus propias decisiones. La situación de pandemia en la que vivimos desde hace dieciocho meses lo demuestra todos los días.
Entonces, ¿cómo es posible que esta verdad no sea una evidencia más compartida de lo que es? Y es que, en un sistema sanitario en manos de intereses privados o víctima de sucesivas oleadas de privatizaciones -desde los médicos del barrio hasta las multinacionales farmacéuticas, pasando por los laboratorios de análisis, las clínicas y los hospitales, las compañías de seguros privadas que complementan o sustituyen a los seguros sociales, por no hablar de los fondos de inversión agazapados en ese laberinto- el sistema de salud se ha convertido en una importante fuente de ingresos que nos incita a cada uno a consumir en función de nuestros medios y de nuestras opciones en términos de arte y manera de preservar y mejorar nuestro “capital de salud”. Un “capital” del que, por lo tanto, cada persona sería la única o la principal responsable.
Esta curiosa noción de “capital de salud” se ha vuelto predominante en el discurso sobre la salud[12]Los promotores del concepto de “capital de salud” suelen utilizar erróneamente la definición de salud dada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) para sus propios fines: “La salud es … Seguir leyendo, y ha presidido la aplicación de las políticas sanitarias neoliberales durante décadas. Partiendo de la idea de que, en primer lugar, le corresponde a cada individuo cuidar su propio “capital de salud”, -haciéndose responsable de sí mismo (“eligiendo” controlar o no su higiene de vida, por ejemplo) y asegurándose (contratando un seguro médico privado de su propia “elección”: qué riesgos está o no dispuesto a correr -en realidad, lo “elige” en función de sus ingresos- como complemento o para sustituir el seguro de enfermedad público)- esas políticas sanitarias han reducido considerablemente el servicio público, dejando así el campo abierto a las compañías privadas de seguros o a las mutualistas, pero, claro, garantizándoseles debidamente la “competencia libre y no distorsionada”, al tiempo que se privilegian las clínicas privadas con respecto al hospital público, etc. Así, podemos apreciar la magnitud del giro que los gobiernos se vieron obligados a dar a causa de la pandemia, obligándolos a decretar confinamientos, a hacer obligatorios ciertos comportamientos en el espacio público o a normalizarlos, a presionar para que la gente se vacune, unas medidas que constituyen un reconocimiento de facto del carácter de bien público de la salud. Sin, por supuesto, autocriticarse y sobre todo, sin dar marcha atrás en su política anterior de asfixia financiera del hospital público -que la pandemia también ha puesto de manifiesto- lo que corrobora las advertencias lanzadas hace tiempo por las movilizaciones y reivindicaciones del personal de los hospitales.
Esta noción de “capital de salud” declina, de hecho, uno de los oxímoron clave de la neolengua neoliberal, el de “capital humano”, que está a su vez vinculado a una concepción fetichista de la individualidad[13]Los artículos “Capital humain” et “Individualité” en La novlangue néolibérale. La rhétorique du fétichisme capitaliste, 2e édition, Page 2/Syllepse, 2017.. Según esta última, entendida como una entidad autónoma o incluso autorreferencial, el individuo, solo puede contar consigo mismo y, en el mejor de los casos, con sus parientes o amigos más cercanos, debe comportarse como una suerte de empresario de sí mismo, que tiene que tratar de valorizar su propia persona en sus relaciones con los demás y con el mundo en general, al igual que sus talentos (reales o no) como si fuera un capital. Por lo tanto, le corresponde a él y solo a él tomar las decisiones y elegir aquellas que considere más adecuadas para este fin, arbitrando entre los riesgos y las oportunidades.
Esta concepción de la individualidad está, de hecho, profundamente ligada a la situación efectiva de los individuos en las relaciones capitalistas de producción. El proceso de base de estas relaciones, la expropiación de los productores, libera (más o menos) a los individuos de las relaciones precapitalistas de dependencia comunitaria o personal y los convierte en “trabajadores libres”: en individuos despojados de todo, excepto de su fuerza de trabajo, por lo tanto de sus capacidades subjetivas, que deben valorizar lo más posible en el mercado de trabajo, compitiendo entre sí; y si encuentren la manera de vender su fuerza de trabajo, es también a través del mercado que deberán procurarse sus medios de consumo (los bienes y servicios que les aseguren la subsistencia), velando, claro está, solo por sus intereses personales. Ahora bien, ¿qué es un mercado sino un sistema de relaciones que socializa a los individuos (los pone en relación, los hace coproductores de las convenciones jurídicas que rigen sus relaciones, los convierte en este sentido y en esta medida en mutua y objetivamente solidarios) con el mismo movimiento en el que los privatiza (los enfrenta como entidades separadas, opuestas, compitiendo mutuamente, los obliga a desolidarizarse subjetivamente el uno del otro, a tratarse mutuamente como simples medios para sus propios fines)?
Así, el modo capitalista de socialización es simultáneamente un modo de desocialización que, al transformar a los miembros de una misma comunidad social en individuos privados (propietarios privados, aunque solo sea de sí mismos, sujetos de intereses y de derechos privados, dotados de una vivienda más o menos modesta y de un sentido de sí mismo más o menos sólido), tiende a hacer que lo que tienen en común resulte imperceptible o incluso incomprensible para ellos, salvo en lo poco de común que tienen las relaciones comerciales. En un mundo que se rige por el principio de “cada uno para sí mismo y el mercado para todos”, las voces que intentan decirnos que todos estamos unidos más allá de lo que nos constituye como individuos que, en una situación de pandemia, por ejemplo, cada persona debe vacunarse tanto para sí misma como para los demás, al igual que los demás se vacunan tanto para los otros como para sí mismos, suenan, lamentablemente, sin eco.
Afortunadamente, existen algunas contra tendencias bajo la forma de lugares, entornos, actividades, prácticas, etc., que generan una socialización basada no en la separación y en la competencia, sino en la cooperación y en la solidaridad. De lo contrario, sería difícil explicar cómo una parte (que puede ser mayoritaria) de la población puede escapar a las consecuencias ideológicas y prácticas de la desocialización resultante de la socialización del mercado. Podemos y debemos pensar aquí, en primer lugar, en el trabajo. Si bien se trata ante todo de una socialización forzada e instrumentalizada con fines de dominación y de explotación, la socialización de los procesos de trabajo asalariado da lugar a cooperaciones y solidaridades (tanto objetivas como subjetivas) que pueden servir directamente a las prácticas y organizaciones que permiten a los asalariados resistir a su dominación y explotación, luchar para atenuarlas y transformarlas e incluso plantearse la eliminación de estas. El parentesco, la vecindad, las relaciones y prácticas por afinidad y las redes y organizaciones (principalmente asociaciones) a las que pueden dar lugar, por no hablar de las organizaciones con objetivos políticos (en el sentido más amplio del término), son crisoles adicionales para esa socialización basada en la cooperación y la solidaridad. Por ello, podemos establecer la hipótesis (aunque esto debe ser verificado) de que la oposición a la vacunación contra el Covid pueda ser también un caldo de cultivo favorable para todos aquellos que, por diversas razones, tienen poca experiencia en este tipo de solidaridad. Tanto más cuanto que los diversos crisoles utilizados con anterioridad fueron afectados por las consecuencias desocializadoras de las políticas neoliberales de las últimas décadas.
La metáfora de la aldea global, acuñada por Marshall McLuhan en los años 60[14]Marshall Mc Luhan, The medium is the massage, Londres, Bantam Books, 1967 (traducción francesa París, Jean-Jacques Pauvert, 1968)., se ha seguido utilizando para designar los efectos de la contracción del espacio-tiempo en que vivimos a causa de la “globalización” capitalista. La pandemia de Covid-19 es una manera espectacular de ilustrar esta contracción: el coronavirus que la causó apareció en el centro de China (Wuhan) en las últimas semanas de 2019 y se extendió (aunque de manera desigual) por todos los continentes en pocas semanas, a la medida y velocidad de la circulación contemporánea de bienes, capitales y personas. Esto nos da la dimensión verdaderamente global que ha adquirido hoy este bien público, el de la salud humana[15]Esta dimensión se ve reforzada en este caso por el carácter de zoonosis del Covid-19, que pone en tela de juicio las interacciones entre la especie humana y el resto del mundo vivo. No obstante, … Seguir leyendo.
Por lo tanto, la lucha contra la pandemia actual presupone que la inmunidad de rebaño se logre a esa misma escala, es decir, que la mayor parte de la humanidad pueda beneficiarse de la vacunación, a menos que confiemos cínicamente en los efectos de la propia pandemia. Tolerar que solo una parte de la población mundial pueda beneficiarse de la vacuna, o incluso que el progreso de la vacunación a nivel global se alargue en el tiempo, sería correr un doble riesgo. El riesgo menor sería el de perder parte del beneficio de la vacunación: como el virus se perpetúa en las poblaciones no vacunadas y no respeta las fronteras, sobre todo porque estas deben seguir siendo permeables para que los negocios continúen, la pandemia retomaría periódicamente su curso entre las poblaciones que se vacunan; en definitiva, sería una repetición del escenario de las “olas” sucesivas, pero a nivel mundial. Peor aún, perpetuar la circulación del virus de esta manera multiplicaría las variantes del virus y con ellas, la probabilidad de que se formen variantes aún más contagiosas y/o más virulentas que las ya aparecidas, algunas de las cuales podrían llegar a contrarrestar completamente el efecto protector de las vacunas. En resumen, sería jugar a la ruleta rusa.
Y, sin embargo, los gobiernos de los Estados centrales del mundo se han embarcado en este juego mortal. Al haber financiado en gran medida el desarrollo de las vacunas[16]Las investigaciones que condujeron al desarrollo de la técnica del ARN mensajero fueron realizadas en la década de 2000 por la bioquímica de origen húngaro Katalin Kariko en la Universidad de … Seguir leyendo tuvo que reconocer lo mucho que el desarrollo de estas vacunas debe a los fondos públicos; cf. https://www.lesechos.fr/industrie-services/pharmacie-sante/covid-5-chiffres-fous-sur-le-financement-des-vaccins-1269170, 28-11-2020, consultado el 6-8-2021], también fueron los primeros en poder administrarlas a sus poblaciones, en la medida en que estas quisieran vacunarse. Los primeros y por el momento los únicos. En efecto, a pesar de sus compromisos regularmente renovados en el sentido contrario, su contribución a la puesta a disposición de las vacunas para las poblaciones de la periferia mundial a través del sistema Covax, creado por la OMS en colaboración con la ONG Gavi, ha sido hasta ahora notoriamente insuficiente, hasta el punto de que la vacunación sigue siendo prácticamente inexistente: “la vacunación sigue siendo, por el momento, un privilegio de los países ricos. Una cuarta parte de los 2.295 millones de dosis administradas en todo el mundo lo han sido en los países del G7, que sólo concentran el 10% de la población mundial. Sólo el 0,3% fue administrado en los países de bajos ingresos, según la OMS (…) “Al ritmo actual de inmunización, los países de bajos ingresos tardarían cincuenta y siete años en alcanzar el mismo nivel de protección que los países del G7”, subrayó la ONG Oxfam[17]Según un estudio del Imperial College de Londres, publicado el pasado diciembre, el costo de producción de una dosis de la vacuna de Pfizer sería de 0,60 dólares (0,51 euros); los costos … Seguir leyendo.
Evidentemente, este apartheid sanitario mundial obedece a razones de peso. La primera es la financiera. Las vacunas son caras y las finanzas públicas de estos países, ya minadas por las políticas presupuestarias neoliberales aplicadas en las últimas cuatro décadas, han sido erosionadas aún más por las medidas de apoyo financiero necesarias debido a la pandemia. Queda la posibilidad de obligar a los grupos farmacéuticos que producen las vacunas a suministrarlas a un costo mucho menor[18]Según un estudio del Imperial College de Londres, publicado el pasado diciembre, el costo de producción de una dosis de la vacuna de Pfizer sería de 0,60 dólares (0,51 euros); los costos … Seguir leyendo. No faltarían argumentos a favor de esta solución: además del estado de necesidad en que se encuentra la población mundial, los Estados centrales podrían argumentar que financiaron en gran medida el desarrollo de esas vacunas, para suspender o anular las patentes que actualmente permiten a los grupos farmacéuticos obtener cuantiosos beneficios. Pero las pocas voces (incluida la voz hipócrita de Biden) que se han alzado al respecto han provocado una unánime réplica indignada de Johnson, Macron, Merkel, von der Leyen y otros: ¡los contratos deben ser y serán cumplidos! Es una forma de reafirmar su apego al sacrosanto principio de que, si los costos se socializan, las ganancias solo pueden privatizarse. Esto le agrega una nueva contradicción a las anteriores: si la salud es un bien público, este bien está hoy en manos de intereses privados que, al menos en parte, pueden ponerlo en peligro. Además, contradiciendo las promesas idílicas de sus predicadores neoliberales, la “globalización” capitalista no ha dado lugar a un mundo fluido y pacífico, ni ayer ni anteayer. Por el contrario, el mercado global, que tiende a homogeneizar (unificar y estandarizar) el mundo, tiende al mismo tiempo a fragmentarlo en unidades políticas distintas (en primer lugar, siguen estando los Estados-nación), cuyas rivalidades alternan constantemente entre conflictos, compromisos y alianzas, lo que genera desniveles, dependencia y finalmente dominación, en definitiva, jerarquía[19]El artículo “Mondialisation” en La novlangue néolibérale, op.cit..
La lógica de “privatización” inherente a la socialización mercantil se ejerce también a este nivel. En otras palabras, la aldea global sigue dividida en barrios distintos y rivales, cada uno de los cuales protege celosamente sus propios intereses y sabe defenderlos de muchas maneras, incluso a costa de los de sus vecinos, cuando es necesario. Al principio de la pandemia, ¿no vimos acaso a los gobiernos de los Estados europeos, todos ellos miembros de esa eminente institución “civilizada” y “civilizadora” que se supone que es la Unión Europea, pelearse como si fueran simples plebeyos por unos lotes de tapabocas cuando había escasez de estos? ¿Podemos acaso esperar que las cosas sean diferentes hoy cuando se trata de lotes de vacunas, cuando tienen que elegir entre sus poblaciones y las del resto del mundo, sobre todo del Tercer Mundo?
Por último, hoy más que nunca, la periferia global (es decir, los suburbios o incluso los confines de la aldea global) es el lugar de la superpoblación relativa que sirve de ejército de reserva para el capital[20]Conceptos presentados brevemente, cf. “La surpopulation relative chez Marx”, en la revista ¿Interrogations?, n°8, junio de2009 [en línea]., http://revue-interrogations.org/La-surpopulation-relative-chez] En efecto, la última fase de la “globalización” capitalista ha consistido, a través de la liberalización de la circulación internacional del capital, que implica en particular la deslocalización de segmentos de los procesos de producción de las formaciones centrales hacia las formaciones periféricas, en ampliar considerablemente las dimensiones de este ejército de reserva, mediante la expropiación de cientos de millones de campesinos en el campo asiático, africano y latinoamericano, para someter al proletariado de las formaciones centrales a su competencia y obligarlo a aceptar el estancamiento o incluso la caída de sus salarios y la degradación de sus condiciones de empleo y trabajo. La operación ha tenido tanto éxito que las direcciones centrales capitalistas pueden hoy ignorar el destino de la mayor parte de estos neoproletarios, así como de sus compañeros de clase que ya existían, porque ahora son superabundantes. Por consiguiente, pueden dar rienda suelta a su desprecio de clase hacia ellos, el cinismo va unido, sin duda, a los tintes racistas heredados del periodo colonial.
Si Macron puede pensar y decir que “una estación de tren [en París] es un lugar donde se encuentra gente que ha tenido éxito en la vida y gente que no es nada”, ¿qué idea puede tener de las migrantes domésticas chinas empleadas en los talleres de explotación abiertos en las zonas especiales de Guangdong o Fujian, o de las mexicanas creadoras de riqueza en las maquiladoras del norte de México? El hecho de que, al decir esto, el presidente francés esté creando las condiciones para un futuro efecto boomerang de la pandemia a nivel mundial, que volverá a tirar abajo su escenario de “salida de la crisis”, ilustra hasta qué punto sigue siendo prisionero, al igual que sus homólogos extranjeros, de las contradicciones inherentes a las relaciones de producción que todos dicen administrar con ahínco.
La alegría maliciosa que se puede sentir al subrayar las contradicciones en las que se debaten los gobernantes en su gestión de la pandemia, que a veces se parece a una política de Gribouille [persona desordenada, ingenua o tonta], se desvanece rápidamente con la amarga constatación de la impotencia del bando contrario -nuestro bando, en principio- para sacar provecho de esta situación. En términos más generales, si bien en los comienzos de la pandemia florecieron las “Cien flores” de la crítica anticapitalista[21]Ver, entre otros, Covid-19. Un virus très politique, Syllepse, 2020., hay motivos para sorprenderse de la atonía, e incluso del silencio de esta crítica en los últimos meses. ¿No somos ya capaces de llevar a cabo un “análisis concreto de la situación concreta” creada por esta pandemia, para detectar no solo las contradicciones en juego, sino también las potencialidades y oportunidades que abren para la acción emancipadora? En definitiva, ¿no tenemos nada original y propio que decir al respecto?
Si bien no podemos proponernos resolver inmediatamente las contradicciones anteriores, lo que implicaría trabajar por la transformación revolucionaria de las relaciones de producción capitalistas, que son la matriz de las mismas, al menos podemos plantear propuestas de reivindicaciones y acciones que nos permitan dar aunque sea algunos pasos hacia esta solución. Solo mencionaré las siguientes, inspiradas en los desarrollos anteriores, con la esperanza de que su insuficiencia, de la que soy muy consciente, dé lugar a más y mejores propuestas. – En nuestras respectivas organizaciones y a partir de ellas, ya sean asociativas, sindicales y políticas, que son lugares de socialización de los individuos -según un principio muy diferente del que rige el mercado- un principio que privilegia la cooperación y la solidaridad entre los individuos y que los erige en medio y en fin de la acción colectiva y de la emancipación social, militamos por el reconocimiento del carácter de bien público de la salud, basado en la existencia de un sistema sanitario que debe situarse fuera del alcance de los intereses privados. – Promover la generalización de la vacunación a toda la población, presentándola como una obligación ética ante la condición de bien público de la salud y como la contrapartida del carácter colectivo de los cuidados individuales. – Presionar a los gobernantes para que abandonen su actual estrategia errónea, que combina el llamamiento a la acción individual con un telón de fondo de obligación hipócrita impuesta a través de restricciones a las libertades y amenazas de sanciones en términos de pérdida de salario o incluso de empleo, privilegiando una campaña de vacunación sistemática que movilice a todo el personal médico y social en el terreno, junto con las explicaciones necesarias, y que esté dirigida en particular a las poblaciones que hasta ahora han quedado fuera de la vacunación. La lucha contra la pandemia actual debe concebirse y llevarse a cabo como una operación de salud pública y no como una operación policial. – En la gestión de la pandemia, imponer como primer imperativo a los gobiernos la protección de la salud de las clases trabajadoras, empezando por aquellos que, debido a sus condiciones de trabajo y de vida, son los más expuestos a la contaminación por el virus. – Basándonos en las deficiencias flagrantes del sistema sanitario puestas de relieve por la pandemia, apoyar las reivindicaciones y las luchas del personal médico y de los hospitales, que sigue estando en primera línea después de dieciocho meses y recibiendo los casos más graves de contaminación, en términos de dotaciones presupuestarias (contratación de más personal, reapertura de establecimientos y servicios cerrados, aumento de los salarios, etc.). De manera más amplia, proponer como horizonte de esas reivindicaciones y de esas luchas la socialización integral del sistema sanitario, desde la medicina de proximidad hasta las transnacionales farmacéuticas[22]Programa detallado, cf.Page non trouvée – A l’encontre (alencontre.org). – Sin esperar la expropiación de los laboratorios y grupos farmacéuticos titulares de las patentes de las vacunas contra el COVID, tenemos que exigir e imponer la anulación de estas patentes y la entrega de estas a su precio de costo. Sobre esta base, exigir e imponer que los gobiernos de los principales Estados centrales financien la vacunación rápida y a gran escala de toda la población en los Estados periféricos.
En términos más generales, debemos prepararnos para un rumbo cada vez más caótico del mundo capitalista bajo el efecto de sus contradicciones internas, que resultan cada vez más difíciles de regular y controlar por parte de sus gobernantes. Entre las crisis crónicas derivadas de esto, la menor de ellas no es, obviamente, la catástrofe ecológica planetaria en la que nos han metido los modos capitalistas de apropiación de la naturaleza. Las perturbaciones climáticas, con su cortejo de episodios extremos (sequía e incendios gigantescos, por un lado, lluvias sobreabundantes, tormentas y tornados por otro), cada vez más frecuentes, en un contexto de degradación continua de los ecosistemas terrestres y marítimos, son la contrapartida macroscópica de las mutaciones microscópicas generadoras de zoonosis recurrentes. Y es inútil recordar hasta qué punto estos procesos agravarán las tensiones y los conflictos latentes entre las principales potencias (Estados Unidos, la Unión Europea, Japón, China, Rusia, etc.) porque influyen en las bases de su poder, desde el estado de salud de su población y los rendimientos de su agricultura hasta las condiciones inmediatas de valorización y acumulación del capital, ya que incrementan todos los costos de producción. Este rumbo cada vez más caótico inducirá o incluso obligará a las burguesías y a sus gobernantes a endurecer las condiciones de explotación y dominación de las clases trabajadoras, dado que el espacio de estas últimas tenderá a reducirse. Pero también puede obligarlos a hacerse cargo, en parte, de ciertos intereses inmediatos de los trabajadores y trabajadoras, aunque solo sea porque hay que mantenerlos vivos para poder explotarlos y dominarlos, subordinándolos, obviamente, a los intereses de la clase dominante a la que representan[23]Lo correspondiente al segundo de los tres escenarios probables en Page non trouvée – A l’encontre (alencontre.org).
Ante tales perspectivas, es urgente definir un conjunto claro de reivindicaciones y objetivos que defiendan específicamente los intereses de las clases populares, es decir, de la gran mayoría de la población mundial, los que pueden variar en función de las situaciones en que esos intereses deberán ser defendidos y movilizarse lo más ampliamente posible en torno a esos puntos[24]Una presentación de algunas de estas reivindicaciones y objetivos, cf. el tercer escenario expuesto en el artículo anterior y en De quelques enseignements à ne pas oublier à l’heure d’un … Seguir leyendo. Pero la exacerbación de las contradicciones internas del capitalismo nos exige todavía una tarea mucho más amplia, aunque también más estimulante: actualizar el proyecto revolucionario del capitalismo, es decir, el proyecto comunista, así como la reflexión sobre las formas posibles de su realización en las condiciones actuales.
Este no es el único término engañoso utilizado en el discurso ordinario sobre la pandemia. Por ejemplo, es frecuente hablar de la “circulación del virus” como si el virus fuera un agente autónomo que se propaga por sí mismo. Sin embargo, no es el virus el que circula, sino las personas portadoras del virus que, a través de su circulación y de los contactos que ésta genera, contaminan a las demás. De ahí la eficacia del confinamiento y de conservar las distancias para frenar la pandemia.
En un sondeo de opinión realizado por Harris Interactive para TF1/LCI a finales de julio, el 40% de los encuestados dijo apoyar estos movimientos en Francia.
Esta gestión no fue sino una larga serie de incoherencias que hicieron que el gobierno dijera e hiciera lo contrario de lo que había dicho y hecho el día anterior, por ejemplo declarando que, sucesivamente, los tapabocas, los test y las vacunas no servían para nada… antes de hacerlos obligatorios, todo esto para tratar de ocultar la negligencia y la falta de control sobre la situación. De este modo, ellos mismos contribuyeron en gran medida al descrédito y desaprobación a los que ahora se enfrentan.
Edward Jenner (1749-1823) fue el médico británico que desarrolló la primera vacuna contra la viruela en los años 1790 y 1800, demostrando así la virtud profiláctica de la vacunación, que desde entonces, ha tenido éxito contra muchas enfermedades infecciosas: viruela (que fue erradicada), tuberculosis, poliomielitis, difteria, tétanos, sarampión, etc.
Probablemente, esta sospecha sea también alimentada por la serie de escándalos protagonizados por las autoridades sanitarias (gubernamentales o no) que salieron a luz en las últimas décadas: el asunto de los implantes mamarios PIP, luego el de los implantes mamarios texturizados, la contaminación con la heparina china, la prescripción excesiva de opiáceos (especialmente en Estados Unidos), etc. Además, en Francia, tuvo lugar el caso de la hormona del crecimiento, el de la sangre contaminada, el de los embarazadas tratadas con Depakine, el del Mediator, el de la levotiroxina, etc.
Recordemos que, contrariamente a lo que pretende el cientificismo, que no es más que una ideología, la ciencia no posee para nada la Verdad absoluta, que no existe, a lo sumo verdades parciales y a menudo sólo provisorias, que no son más que otros tantos “errores rectificados” (según la feliz fórmula de Gaston Bachelard) y de… potenciales errores futuros (también parciales) que deberán ser rectificados si corresponde. Lo que es incontestable no es tal o cual verdad actual, que es el resultado de un método científico, sino el propio método, que es capaz de poner constantemente en tela de juicio sus propios resultados anteriores.
Los promotores del concepto de “capital de salud” suelen utilizar erróneamente la definición de salud dada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) para sus propios fines: “La salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”. De hecho, no hay nada en esta definición que sugiera que este estado es exclusiva o principalmente el resultado del comportamiento y de las opciones individuales. Por el contrario, si reconocemos que la salud tiene una dimensión social, debemos prestar atención a las condiciones colectivas de posibilidad de este estado.
Los artículos “Capital humain” et “Individualité” en La novlangue néolibérale. La rhétorique du fétichisme capitaliste, 2e édition, Page 2/Syllepse, 2017.
Esta dimensión se ve reforzada en este caso por el carácter de zoonosis del Covid-19, que pone en tela de juicio las interacciones entre la especie humana y el resto del mundo vivo. No obstante, hay que señalar que esta tesis es cuestionada por quienes piensan que el coronavirus SARS-CoV-2 podría no tener un origen natural, sino ser el resultado de una fuga accidental de un laboratorio de Wuhan en el que se desarrollaron “virus aumentados”, esencialmente con fines militares. El colectivo Pièces et Main d’Œuvre, con sede en Grenoble, ha publicado varios artículos defendiendo esta teoría alternativa, los que están disponibles en línea en la siguiente dirección https://www.com/spip.php?page=plan pero, sin embargo, no van más allá de formular una hipótesis creíble.
Las investigaciones que condujeron al desarrollo de la técnica del ARN mensajero fueron realizadas en la década de 2000 por la bioquímica de origen húngaro Katalin Kariko en la Universidad de Pensilvania, y por tanto con financiación pública. Decenas de miles de millones de dólares en subvenciones y pedidos previos de los gobiernos centrales (encabezados por Estados Unidos y los miembros de la Unión Europea) hicieron posible la explotación de esta técnica para desarrollar rápidamente las vacunas de Pfizer y Moderna. Lo mismo ocurre con las vacunas de AstraZeneca y Johnson & Johnson, por no hablar de las vacunas chinas y rusas. Incluso un periódico tan neoliberal como Les Echos [Francia].
Según un estudio del Imperial College de Londres, publicado el pasado diciembre, el costo de producción de una dosis de la vacuna de Pfizer sería de 0,60 dólares (0,51 euros); los costos adicionales de envasado y control de calidad elevarían el precio a 0,88 dólares (0,75 euros). Hay que recordar que Pfizer vendió cada dosis de vacuna a la Unión Europea a un precio de 15,5 euros antes de decidir recientemente aumentar ese precio a 19,5 euros. La diferencia sirve para pagar la llamada inversión en investigación y desarrollo y, sobre todo, a los accionistas.
Según un estudio del Imperial College de Londres, publicado el pasado diciembre, el costo de producción de una dosis de la vacuna de Pfizer sería de 0,60 dólares (0,51 euros); los costos adicionales de envasado y control de calidad elevarían el precio a 0,88 dólares (0,75 euros).
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A
la mitad de su gobierno, el 1ro de septiembre de 2021 mientras rendía su tercer informe de gobierno, el presidente Andrés Manuel Lopéz Obrador (AMLO) anunció el envió de una iniciativa de reforma constitucional para el sector eléctrico, que permitirá reparar el grave daño que causó la privatización al sector público y a la economía popular. Un mes después, el 1ro de octubre, era presentado ante la Cámara de Diputados la iniciativa por la que se reforman los artículos 25, 27 y 28 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, en materia energética.
La reforma eléctrica presentada por AMLO es importante en el contexto de recuperación del sistema eléctrico nacional, pero parcial en relación con la recuperación total de la industria eléctrica en México, pues se centra en reorganizarlo de tal manera que el Estado recuperé el control y planeación por la vía de la Comisión Federal de Electricidad (CFE), pero en el marco de un mercado de cohabitación con la iniciativa privada, donde el 54% del consumo eléctrico nacional sea generado por la CFE de manera permanente, mientras que en el restante 46% podrá participar la iniciativa privada.
Fue a partir de 1992, durante el gobierno de Carlos Salinas, que se inició la privatización a través de un formato de apertura que, reformando la ley secundaria y modificando la interpretación del concepto de interés público, permitió la participación de empresas privadas en la generación de electricidad a través de seis formatos que no representarían interés público: Productor Independiente de Electricidad, Autoabastecimiento, Cogeneración, Pequeña Producción, Exportación e Importación. Esta reforma favoreció a un sector de la burguesía nacional e internacional (garantizando la apertura de la industria eléctrica en el contexto de la firma del Tratado de Libre Comercio con América del Norte) mediante la cual incrementaron sus inversiones privadas con el apoyo de los gobiernos posteriores (Zedillo, Fox y Calderón) llegando a representar una tercera parte de la capacidad instalada de generación eléctrica en 2010. Para 2013, durante el gobierno de Peña Nieto, el Partido Revolucionario Institucional (PRI), el Partido Acción Nacional (PAN), el Partido Verde Ecologista de México (PVEM) y el Partido Nueva Alianza (PANAL) aprobaron la reforma energética que rige actualmente la industria eléctrica, reorganizando el mercado eléctrico con la idea de profundizar la privatización y apertura, favoreciendo de nueva cuenta los intereses de la burguesía en materia de compraventa de energía eléctrica, de instalación de nuevas tecnologías para la generación, de despojo de recursos naturales, entre otros. Con este nuevo esquema las empresas privadas incrementaron su capacidad instalada de generación, representando actualmente el 62%, mientras que la CFE pasó a representar el 38%.
Está claro que para AMLO, la reforma de 2013 representa despojo, destrucción de la industria eléctrica estatal y beneficios para el capital privado, cuyos resultados son el desmantelamiento del sistema eléctrico nacional, la pérdida de seguridad energética y seguridad nacional; su propuesta se podría entender como un freno en el curso neoliberal privatizador de la industria eléctrica. Sin embargo, frenar no es revertir, frenar significar detener el desarrollo de la reforma neoliberal quedándose cada quien en la condición que alcanzó hasta ese momento -tanto el Estado como la burguesía- mientras que revertir significa volver a la condición que se tenía previamente, en este caso representaría el restablecimiento de las condiciones que regían previamente a la reforma de 1992.
En ese sentido, la reforma eléctrica propuesta por AMLO se limita a frenar el avance neoliberal, para 1) recuperar para el Estado la conducción del sistema eléctrico nacional a través de la CFE, 2) fortalecer a la CFE, 3) cancelar las concesiones y contratos de la iniciativa privada, 4) no dar más concesiones en la explotación del litio y 5) responsabilizar a la CFE de la transición energética en materia eléctrica; pero manteniendo intactos los títulos de propiedad que tiene la burguesía sobre las plantas generadoras de electricidad, los cuales obtuvieron mediante la privatización neoliberal, manteniendo las concesiones en la explotación y exploración de litio concedidas hasta esta fecha (la mayoría en manos de empresas extranjeras), reconociendo la participación de la iniciativa privada en la generación del 46% del consumo eléctrico a través de cuatro modalidades: centrales de Productores Independientes de Energía, sin considerar excedentes ilegales; centrales de Subasta a Largo Plazo; centrales eléctricas construidas a partir de la legislación derivada de la reforma energética de 2013; y centrales eléctricas de Autoabastecimiento auténtico, que hayan operado conforme a los términos legales establecidos en la Ley del Servicio Público de Energía Eléctrica.
El resultado de frenar sin revertir resulta contradictorio, pues aunque pareciera que hay un restablecimiento de las condiciones previas a las reformas neoliberales al cancelar los contratos y concesiones, por ejemplo, se contradice con la pervivencia de las empresas privadas y la posibilidad de que mantengan su participación en el mercado eléctrico, pese al mecanismo de regulación atribuido a la CFE y el establecimiento de un nuevo marco legal. De ahí que entender este carácter contradictorio de la reforma de AMLO es necesario, teniendo en cuenta los alcances y limitaciones para permitirnos posicionarnos de cara a la coyuntura.
La reforma de AMLO presenta un diagnóstico sobre los efectos de la reforma de Peña Nieto y subraya la manera en que la burguesía fue beneficiada a costa de la empresa pública. En el diagnóstico se expone la manera en que el sistema de despacho de energía se modificó de tal forma que las empresas privadas tengan prioridad y la CFE se quedé con las pérdidas -215 mil millones de pesos anuales por energía no despachada y 222 mil millones de pesos anuales por la compra de energía-, además de favorecer a las empresas que ofertan el precio más bajo, pues se les despacha primero y se les paga el precio de la oferta más cara; por otro lado se señala que la falta de planeación, así como la entrega ilimitada de permisos, satura las redes y afecta la confiabilidad del sistema eléctrico nacional, además de traducirse en una alta concentración de la capacidad instalada en manos de empresas privadas; el diagnóstico concluye con siete razones por las cuales es insostenible el sistema eléctrico actual -regido por los intereses privados, riesgos en aumento de las tarifas y de un colapso de la red- pues representa un modelo de mercado insostenible, que depende de transferencias crecientes del sector público al sector privado, que solamente podrían mantenerse con elevados aumentos de tarifas eléctricas.
Aunque estamos de acuerdo en el diagnóstico, lo que nos parece contradictorio es la solución que se propone, por ejemplo, en lo que concierne a la participación de la burguesía, pues queda comprobado que su presencia en la industria eléctrica conlleva los riesgos y efectos arriba mencionados ¿Por qué dejarles el 46% del mercado eléctrico?
La propuesta del presidente tiene por objetivo que el Estado recupere la conducción del sistema eléctrico nacional a través de la Comisión Federal de Electricidad (CFE). Para esto, reintegra en un solo organismo a la CFE convirtiéndola en un organismo del Estado -con autonomía en sus funciones y administración-, recuperando las funciones que actualmente realiza el Centro Nacional del Control de Energía (CENACE) y otorgándole la responsabilidad de la planeación y control del sistema eléctrico nacional, además de preservar la seguridad energética, la autosuficiencia energética y el abastecimiento continuo. Se establece también a la electricidad como área estratégica a cargo del Estado, de tal manera que la CFE llevará a cabo el abastecimiento de energía eléctrica de manera exclusiva, sin embargo generará por lo menos el 54% del consumo eléctrico nacional de manera permanente. Por otro lado, se propone una colaboración entre la CFE y el sector privado -honesta, de buena fe y al servicio de la nación- permitiéndole participar en el 46% de la generación pero sujetándose a la planeación y control de la CFE.
La solución propuesta por el presidente es una reorganización del Sistema Eléctrico Nacional, donde cohabiten o coexistan la iniciativa privada y el sector público, una contradicción pues pese a que la CFE mantenga el control a través de candados -como el despacho de acuerdo al mérito de costo de producción- o a través de establecer nuevos permisos y contratos, la lógica e intereses de la burguesía se mantendrán, reducidas a un espacio que representa el 46%, pero existentes al final de cuentas. Contradictorio porque establece un mercado donde la disputa seguirá siendo por los precios y los costos, en un escenario de aumento en los precios internacionales de los combustibles -gas, gasolinas, petróleo, carbón-; esto resulta un riesgo para una empresa como la CFE pues su capacidad instalada para la generación de energía eléctrica se divide en 33% energías limpias y 67% energía con uso de combustibles, mientras que para el caso del sector privado su matriz es del 40% energías limpias y 60% energías con uso de combustibles. La determinación de los precios será reflejo de una competencia donde juegan un papel central, tanto la generación de electricidad a base de tecnologías limpias, como las centrales de ciclo combinado, pues las primeras representaron en 2020 el 28% de la energía generada a nivel nacional, mientras que el ciclo combinado -que emplea gas natural- representó el 58% para el mismo año.
La renacionalización permitiría que la transición energética sea más rápida, pues se tendrían que expropiar las centrales de energías limpias que están en manos de la burguesía para ser gestionadas y controladas por el Estado. Aquí es importante agregar que la gestión con miras a la transición energética no solo debe quedar en manos del Estado, se deben incorporar las y los trabajadores, así como las comunidades y pueblos originarios, pues aunque no son los únicos sectores de la población que resienten el impacto de la crisis ecológica y la transición energética, si son los sectores que por su ubicación resultan como principales.
Tal y como lo han dejado claro las y los compañeros del Sindicato Mexicano de Electricistas (SME) en los resolutivos de su Asamblea General Extraordinaria del pasado 11 de octubre – justo cuando cumplen doce años de resistir al decreto ilegal de extinción de Luz y Fuerza del Centro ordenado por el panista Felipe Calderon en 2009- donde se pronuncian por el respaldo a la reforma del presidente, mediante un respaldo activo convocando al movimiento democartico e independiente del país a hacerle frente a la reacción de los grupos oligarcas, a la derecha nacional y extranjera, empresas transnacionales y organismos financieros internacionales que se oponen a esta iniciativa por no convenir a sus intereses; planteando: 1) incluir a las y los trabajadores del SME en todos los procesos de reorganización del sistema eléctrico nacional que quedarán bajo la responsabilidad de la CFE, para de esta manera, hacerle justicia a las y los trabajadores y jubilados que fueron víctimas del neoliberalismo; 2) la resolución a las demandas de las y los usuarios de la energía eléctrica, que también han sido víctimas del neoliberalismo ya sea por el ilegal decreto de extinción de Luz y Fuerza o por los tarifazos producto de la reforma privatizadora de Peña Nieto; 3) incorporar el derecho humano a la energía eléctrica de carácter universal para todas y todos los mexicanos, contemplando una tarifa social para quienes perciben bajos ingresos; 4) integrar en la gestión de las empresas públicas a las y los trabajadores del sector, a las y los especialistas en la materia, a las y los usuarios consumidores, así como la participación democrática de las comunidades campesinas y pueblos originarios con pleno respeto a su cultura, territorio y autonomía.
Derecho humano a la energía eléctrica.
Tarifa social justa.
Borrón y cuenta nueva para las y los usuarios en huelga de pagos frente a la CFE.
Transición energética con la participación democrática de las y los trabajadores, así como de las comunidades y pueblos originarios.
La incorporación de estas demandas a la reforma eléctrica le otorga una dimensión social que no tiene actualmente, lo que permite profundizar los cambios en la industria eléctrica en medio de la disputa contra la derecha, la burguesía -nacional e internacional, como el caso de Iberdrola- y los neoliberales que aún están desperdigados dentro y fuera del gobierno.
Fundamentalmente en el escenario de la transición energética, una disputa que ha comenzado desde hace años y que continuará hacia el futuro, la renacionalización de la industria eléctrica juega un papel central, pues si esta quedará en manos de la burguesía -aunque sea una porción como el 46%- la transición corre el riesgo de estar dirigida por la lógica capitalista -depredadora, privatizante, despojante, violenta-, de ahí que la gestión democrática, incorporando a otros sectores de la sociedad, es necesaria y urgente, pues las alarmas del cambio climático y la crisis ecológica desde hace años están encendidas en México y en la región.
Por otro lado, la reinserción laboral de las y los compañeros del SME representa la incorporación de un componente democrático dentro de la CFE, pues sin ocultar los hechos es claro que la propia CFE fue asimilada al neoliberalismo durante todos estos años, convirtiéndose en una insignia del despojo neoliberal: en el caso de la resistencia contra la Termoeléctrica de Huexca en Morelos, en el caso del gasoducto Sonora que provee de gas a la CFE, en el caso de la resistencia contra la presa de la Parota en Guerrero, en el caso de la resistencia contra las altas tarifas en Campeche, en el caso de la ocupación de la zona de trabajo del SME tras la desaparición de Luz y Fuerza del Centro, entre muchos otros. En todas estas experiencias la CFE se convirtió en promotor y gerente de los intereses de la burguesía, sus funcionarios y líderes sindicales se prestaron a este juego, esta condición forjada al calor del neoliberalismo sigue estando presente, basta con ver los contratos con empresas de outsourcing que la CFE firmó para atender la zona centro del país, reforzando un tipo de contratación relacionado con el neoliberalismo. De ahí que sea necesaria la presencia de componentes democráticos, que además del SME contemple a las organizaciones que resisten contra los megaproyectos, a las y los usuarios de energía eléctrica, entre otras.
Aún faltan varios días para que se apruebe o no la reforma eléctrica, se habla de meses de discusión, es decir que la coyuntura será temporalmente larga y excepcional, por eso nuestra propuesta es la de frenar y revertir la privatización neoliberal mediante la renacionalización de la industria eléctrica. En las condiciones actuales que vive el país de una crisis política irresuelta y una crisis económica acelerada por la pandemia, una reforma parcial que permita la participación de la iniciativa privada pospone un conflicto de intereses que el mismo presidente describe en la iniciativa de reforma. Por otro lado, la disputa por la industria eléctrica empuja al movimiento democratico e independiente no solo a posicionarse a favor de la propuesta presidencial, sino que también abre una posibilidad para incorporar demandas que han quedado pendientes y que tienen su origen en años anteriores, la mayoría resultado del proyecto político neoliberal.
Es urgente levantar un proceso de movilización, en el marco de un frente amplio que pueda conjuntar las demandas populares en la perspectiva de la renacionalización de la industria eléctrica. No podemos esperar a que la oposición vote a favor de la reforma o desgastar nuestras fuerzas para presionarlos a que lo hagan. Tenemos la posibilidad de plantear la renacionalización como una medida urgente frente a la crisis, sin caer en el chantaje de las demandas en tribunales internacionales, las sanciones económicas o los pagos millonarios por una expropiación -que por cierto, también el presidente reconoce el fuerte apalancamiento que han recibido las empresas privadas-.
Ante la disyuntiva que propuso el presidente a los legisladores del PRI, para que se definan entre el camino de Carlos Salinas -quien impulsó las privatizaciones neoliberales- o el camino de Lázaro Cárdenas -quien nacionalizó la industria petrolera-, el camino es la renacionalización de la industria eléctrica como lo hizo Lazaro Cárdenas con el petróleo, lo que se traduce en la coyuntura actual en la expropiación de las centrales eléctricas y su infraestructura relacionada que está en manos de las empresas privadas, así como de las concesiones de litio, además de los minerales y recursos naturales necesarios para la transición energética.
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C
inco años después de losPapeles de Panamá, sale a la luz una nueva filtración de documentos confidenciales de 14 despachos de abogados especializados en la creación de sociedadesoffshore. LosPandora Papersponen al descubierto cómo las grandes fortunas y élites globales evaden sus obligaciones tributarias, esconden su riqueza o blanquean el dinero sucio usando los mal llamados paraísos fiscales. Porque realmente deberíamos llamarlos guaridas o cloacas fiscales, evitando así aceptar la gramática de la misma minoría peligrosa para la cual esos lugares resultan paradisiacos.
Estos espacios de no derecho al servicio de millonarios y multinacionales forman una tupida red de mundos extraterritoriales que no es ni accidental ni excepcional, sino parte consustancial a la propia naturalezaoffshoredel capitalismo neoliberal realmente existente.
En la taquillera películaAvatar, de James Cameron, Pandora era un planeta lejano donde una gran empresa expoliaba recursos y hacía negocio sin leyes ni escrúpulo alguno. Sin embargo, los multimillonarios que se esconden tras losPapeles de Pandorason bien reales y de nuestro mundo. Tienen nombres y apellidos. Esta filtración señala a más de 27 mil compañías y a casi 30 mil de sus beneficiarios, entre los que se encuentran más de 330 políticos y cargos públicos.
Destacan tres jefes de Estado latinoamericanos en activo, que tienen en común ser parte de la ola reaccionaria que azota la región, además de ser empresarios acaudalados: el chileno Sebastián Piñera, el ecuatoriano Guillermo Lasso y el dominicano Luis Abinader. En Brasil, losPapeles de Pandoraapuntan a dos de los hombres más poderosos del mundo económico y político del bolsonarismo: el ministro de Economía, Paulo Guedes, y el presidente del Banco Central, Roberto Campos Neto. Hasta 11 ex mandatarios de Colombia, Perú, Honduras, Paraguay o Panamá están en la lista.
Los mismos que se llenan la boca con palabras vacías sobre la patria y los valores, ocultan su fortuna en guaridas fiscales, demostrando otra vez que, en el fondo, no reconocen más nación que su dinero y privilegios. LosPapeles de Pandoravuelven a señalar la connivencia del poder político y económico con la evasión y la elusión fiscal en Latinoamérica y en el mundo. La ofensiva neoliberal global se articula estrechamente con la ola de reacción oligárquica en la región.
Es tan recurrente como erróneo y pretendidamente autoexculpatorio pretender que la evasión y la elusión fiscal son casos aislados. Como escribe el economista y sociólogo John Urry, este proceso de deslocalización de empresasoffshorees el medio que usan los ricos para constituirse y desarrollarse como una singular clase internacional que, más queclase en sí misma, es unaclase para sí misma.
Hablamos de una auténtica economía en la sombra que funciona en la oscura opacidad, que sólo conocemos a golpe de filtraciones y que tiene en las guaridas fiscales el elemento nodal de una estrategia de saqueo continuado a las clases populares y a la capacidad fiscal de los estados. Se estima que cada año se le escapan a las agencias tributarias latinoamericanas unos 40 mil millones de dólares desviados a paraísos fiscales. De esta forma, la evasión y elusión fiscal refuerzan la carestía financiera de los presupuestos nacionales que alimenta el discurso de los recortes, la privatización de los servicios públicos y la austeridad. Un proceso que consolida la captura y perversión de la esfera pública por parte de los poderes privados. Una tendencia donde el aumento de la desigualdad se retroalimenta con el secuestro de los procesos democráticos por parte de las élites. Porque la evasión fiscal es un gran agujero negro que traga no sólo equidad sino también democracia.
En el escenario de pospandemia, tendremos que enfrentar la multiplicación e incremento de desigualdades plurales e interconectadas. La fiscalidad es un terreno de batalla central en esa guerra. Será fundamental plantar cara de forma decidida a la actual revuelta de los privilegiados: ese puñado de multimillonarios y multinacionales que se niega a pagar impuestos, practicando un auténtico terrorismo fiscal con la ayuda cómplice de la mayoría de los gobiernos. Porque la lucha contra la evasión y elusión fiscal y en favor de una fiscalidad realmente progresiva constituye también hoy un cuestionamiento del orden mundial neoliberal imperante. Un cuestionamiento del acaparamiento del conjunto de los recursos del planeta por parte de una minoría peligrosa.
Por eso resulta urgente tirar del hilo de las oscuras prácticas que se esconden en la opaca trastienda de quienes pretenden darnos lecciones de austeridad y rigor fiscal. Y cada vez que nos digan que no hay dinero para políticas públicas en beneficio de las clases populares, recordémosles dónde esconden la plata quienes siempre se lo llevan crudo. Para que, de una vez por todas, paguen los ricos.
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n las recientes PASO la abstención y el voto en blanco dominaron el escenario donde el Frente de Todos perdió volumen de votos mientras que Juntos por el Cambio no creció. A la vera de estas dos coaliciones se destacan la presencia de una izquierda anticapitalista (FIT-U) que aún limitada logra posicionarse como tercera fuerza a nivel nacional y la fantasmal aparición de una derecha ultraliberal y antipolítica.
En la medida que el régimen de la democracia liberal (delegativa) se ha ido institucionalizando se ha impuesto un artilugio más que superficial: a la derecha se la ubica en el centro (en el mejor de los casos en el centro derecha) y al centro en el centro izquierda (cuando no en la izquierda directamente). Conviene entonces desarmar esta configuración para precisar el análisis. JxC (o Juntos según el distrito) es claramente una coalición homogéneamente de derecha, con un ala más política pero no menos derechista. Claro que se trata de una derecha culposa, que no se identifica como tal. El mercado como mejor asignador de recursos, como la medida de valor de todos los valores, la meritocracia y un republicanismo vacío son los ejes que la definen. Por el contrario el FdT es una coalición centrista, mucho más heterogénea que combina derecha, centro derecha y centro izquierda, y cada uno de estos componentes juega, no sin contradicciones, según el momento y la magnitud de la crisis. Intervencionismo estatal, distribucionismo, neodesarrollismo y nuevos derechos sociales son sus coordenadas principales.
La Libertad Avanza y Avanza Libertad son los sellos electorales con que estas nuevas derechas se presentaron en CABA y en Provincia de Buenos Aires. Su presencia no es un fenómeno político solo local, sino que forma parte de una oleada derechista global, que ha tenido hasta ahora mayor presencia en EEUU y en Europa pero que se está extendiendo a nuestra región. Desde el 2008 se están sucediendo reuniones y foros que buscan primero establecer una coordinación de los partidos de derecha y luego virar a una Internacional Iberoamericana, en casi todas estas reuniones está presente el escritor Mario Vargas Llosa, una suerte de gurú de la tribu.
Más allá de las diferencias que tienen entre sí, los reúne el antiprogresismo. Han impuesto la noción de «marxismo cultural» al que acusan de toda la degradación de los valores occidentales y de imponer la ideología de género. En ese sentido son también respuestas a la ola verde que recorre varios continentes. Todas estas actividades son convocadas por una red de fundaciones para la libertad que reconocen como su centro a la Atlas Economic Research Foundation con sede en EEUU que, se dice, dirige un argentino que estaría vinculado al Departamento de Estado.
Estas ultraderechas son la contrapartida de la decadencia social impuesta por décadas de neoliberalismo -concentración de la riqueza y expansión de la pobreza- en el mundo, que han impuesto la idea de que no hay salida. Estas derechas no tienen temores ni culpa alguna en que las identifiquen como lo que realmente son. Se proponen cambiar el mundo y se nutren de parte de la rebeldía juvenil creciente ante la falta de alternativas. Se plantan como referentes políticos a través de las redes y los foros de internet hasta que una vez lograda cierta masa crítica pasan a disputar poder dentro de las instituciones de la democracia liberal que cuestionan.
En las últimas décadas ninguna de las fracciones burguesas de nuestro país ha logrado desarrollar las fuerzas productivas con una perspectiva de futuro (en 50 años el crecimiento del PBI promedió 2,5% anual mientras que el mundial era del 5%), nuestra decadencia -pobreza, indigencia, crisis de los servicios públicos, falta de proyectos nacionales- es más que visible. Para peor el macrismo expropió el futuro y el actual gobierno no ha podido reponer la esperanza. Este contexto es terreno fértil para la crítica a las «elites», a la «casta política», incluso al «sistema» (de la democracia liberal, no al de dominación).
Entre nosotros este fenómeno -mezcla del Vox español y el bolsonarismo brasilero- se está consumando a través de un personaje casi bufonesco, muy mediático. Sus intervenciones suelen ser provocadoras y disruptivas, siempre con énfasis en la defensa de «la libertad amenazada» y en contra «el comunismo que nos acecha». Se trata de un economista formado en la Escuela Austríaca, basada en el individualismo metodológico y en el subjetivismo, frente a la Teoría del Valor Trabajo opone la del Valor Subjetivo. Esta corriente de pensamiento es fuertemente crítica del keynesianismo, del neoclasicismo y del marxismo. Se inscribe además en el «libertalismo» una tendencia mundial profundamente antiestado que promueve el individualismo filosófico (tradición hasta ahora inexistente entre nosotros) que como dice el economista y jefe de redacción de «Nueva Sociedad», Pablo Stefanoni, «ha registrado que una franja de la sociedad quiere una oferta de derecha más ideológica y menos culposa, alejada del discurso de gestión y post-ideológico que enuncia la derecha más tradicional». Así combina ultraliberalismo económico y conservadurismo social (se proclama libertario pero no tiene empacho en llevar como segunda en su lista a una defensora de la dictadura militar del ’76).
Los votos que obtuvieron ambas formaciones en las PASO suman a nivel nacional 7,5% (unos 600.000 votos) pero solo se presentaron en dos distritos, puede que el alcance sea mayor y los argumentos derechistas a ultranza estén llegando a sectores antes impensados. No hay dudas de que la expansión de la pobreza, la carestía de la vida, el temor a perder el empleo, la ausencia de un proyecto de futuro y el individualismo que este vacío conlleva alimentan estas alternativas antisociales.
Constituye entonces un nuevo desafío para la izquierda anticapitalista y los sectores progresistas, que no pareciera puedan resolverse con descalificaciones o críticas superficiales. Por el contrario conocer sus argumentos y demostrar que su puesta en práctica solo profundizará las condiciones actuales, mientras se revaloriza la esperanza en un futuro que tenga como centro protagónico a los trabajadores y los sectores populares, será un buen punto de partida.
Comisión Latinoamericana de Ecosocialismo de la IV Internacional
Actualidad Internacional: Ecología
26/05/2021
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«La división internacional del trabajo consiste en que unos países se especializan en ganar y otros en perder. Nuestra comarca del mundo, que hoy llamamos América Latina, fue precoz: se especializó en perder desde los remotos tiempos en que los europeos del Renacimiento se abalanzaron a través del mar y le hundieron los dientes en la garganta. Pasaron los siglos y América Latina perfeccionó sus funciones. Este ya no es el reino de las maravillas donde la realidad derrota a la fábula y la imaginación era humillada por los trofeos de la conquista, los yacimientos de oro y las montañas de plata. Pero la región sigue trabajando de sirvienta. Continúa existiendo al servicio de las necesidades ajenas, como fuente de reservas del petróleo y el hierro, el cobre y la carne, las frutas y el café, las materias primas y los alimentos con destino a los países ricos que ganan consumiéndolos, mucho más de lo que América Latina gana produciéndolos».
Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina.
1. El extractivismo no sólo ha sido parte de la historia de América Latina desde su caída en la Modernidad capitalista (con la Conquista y la colonización) sino que determina la inserción de estos territorios en la naciente división capitalista internacional como colonizados y sometidos al imperialismo europeo (señalado por Marx cuando se refiere a la acumulación originaria del Capital), sometimiento que se mantiene incluso cuando se instituyen naciones formalmente independientes y que se prolonga en el Nuevo Imperialismo descrito por el geógrafo marxista David Harvey, cuyo eje fundamental es la acumulación por desposesión. En su importante ensayo, “El ‘nuevo’ imperialismo. Sobre reajustes espaciotemporales y acumulación mediante desposesión”[1]David Harvey. Harvey, David. “El nuevo Imperialismo”, en: http://www.vientosur.info/articulosweb/noticia/index.php?x=196)), David Harvey reflexiona sobre el desarrollo del Imperialismo a partir … Seguir leyendo Esto significa que el Capital repite esos sangrientos y sucios procesos para ajustar los procesos de acumulación productiva. A ello se debe la recolonización del mundo, el despojo de los bienes naturales y de todo tipo, la agudización de la explotación, la usura de la Deuda Externa, el papel del Estado como monopolio de la violencia y el colapso ecológico y climático. David Harvey lo dice de modo fuerte y tajante: “El capitalismo conlleva prácticas canibalescas, así como depredadoras y fraudulentas”[2]David Harvey, Idem.. El capitalismo es, en consecuencia, un sistema automático de explotación y reproducción ampliada así como un proceso de violencia permanente, de despojo y pillaje continuo, de fraudes y abusos sostenidos, que incluso encuentran nuevas formas para hacerlo: megaminería, apropiación de pensiones, biopiratería, mercantilización de la naturaleza. Todo ello tiene graves consecuencias sociales y, también, ecológicas. Harvey lo reconoce: “El marcado agotamiento de los recursos naturales comunes (tierra, agua, aire) y la creciente degradación del hábitat son consecuencias de la mercantilización de la naturaleza en todas sus formas y no excluyen todas las formas intensivas de producción agrícola…”[3]Idem.. En conclusión, el extractivismo es la forma en que América Latina se integró al capitalismo: es una impuesta forma capitalista de acumular riqueza (mediante la extracción y transferencia de riquezas), de someter a países, territorios, poblaciones, hombres y mujeres así como recursos naturales, en una acumulación por desposesión fundada en el saqueo y la violencia. 2. Desde una perspectiva ecosocialista, una revisión crítica a los extractivismos en América Latina conjunta varias miradas críticas: -una crítica a los mecanismos económicos de colonización, dependencia y neocolonización (extracción y transferencia de riquezas al exterior) que determinan el capitalismo peculiar de nuestra América; -una crítica al imperialismo androcentrista occidental que ve a la naturaleza (y a los colonizados, mujeres y hombres, que son parte de ella) como objeto de dominio y de lucro, que racializa, inferiorza y sobreexplota a mujeres, hombres y ecosistemas; -una crítica a sus efectos sociales (destrucción de comunidades y formas de vida, migración, desempleo, enfermedades, etc.) y políticos (autoritarismos, violencias, corrupción); -una crítica a los impactos ecológicos (intoxicación ambiental y ecocidios, fracturas de los metabolismos sociedad/naturaleza, cambio climático). Esta crítica al extractivismo también señala los límites del capitalismo ante la crisis ecológica, es decir: hace evidente la imposibilidad de un ilimitado crecimiento o desarrollo capitalista en una biosfera limitada y pone de relieve también la dinámica capitalista ecológicamente destructiva que intoxica al medio ambiente (agua, aire, tierra), acelera y globaliza el ecocidio al tiempo que promueve el colapso climático. Más en particular, la crítica al extractivismo latinoamericano también señala las limitaciones de los gobiernos progresistas en sus políticas que pretenden hacer cambios con una perspectiva social (una superficial redistribución de recursos a través de programas sociales) pero sin atacar las formas de acumulación del capitalismo, que incluyen extractivismos cada vez más extensos e intensivos en los países neocolonizados del Sur global, es decir: sin intentar modificar la inserción subordinada y de despojo que tiene América Latina en el sistema capitalista mundial. 3. Sin embargo, los recientemente dinamizados extractivismos neoliberales así como los neoextravismos progresistas no sólo implican dominio y saqueo sino, también, un campo de luchas ecosociales en las que emergen nuevos sujetos potencialmente anticapitalistas, como los campesinos, los pueblos originarios, las mujeres, los jóvenes y los grupos ecologistas. Al lado de la extensión, intensificación y profundización de los extractivismos en América Latina (por ejemplo, mineros) se constituyen movimientos con demandas ecosociales (de justicia social y ambiental), en pugna tanto con las empresas extractivistas como con los gobiernos locales o nacionales, que las protegen en aras de un supuesto desarrollo[4]Cfr. Claudia Composto y Mina Lorena Navarro (Compiladoras). Territorios en disputa. Bajo Tierra Ediciones, México 2017. Por las características de estas movilizaciones, que expresan necesidades radicales inasimilables para el sistema capitalista, existe la potencialidad de que pasen de batallas por reivindicaciones ecosociales locales a masivas luchas políticas con una dimensión nacional que confluyan en frentes amplios y/o en una vasta organización política independiente de los gobiernos progresistas y con una perspectiva revolucionaria, ecosocialista y ecofeminista, que dispute el poder político para iniciar una revolución permanente.
El sociólogo chileno Eduardo Gudynas, uno de los mayores críticos al neoextractivismo progresista latinoamericano, ha caracterizado al extractivismo de la siguiente manera: «El extractivismo es aquí definido como un tipo de extracción de recursos naturales, en gran volumen o alta intensidad, y que están orientados esencialmente a ser exportados como materias primas sin procesar o con procesamiento mínimo»[5]Gudynas, Eduardo. Extractivismos. Ecología, economía y política de un modo de entender el desarrollo y la Naturaleza. CEDIB, Bolivia 2015, p.13.. Este investigador señala que el extractivismo refiere la apropiación de recursos naturales para exportarlos y que este tipo de apropiación se inició durante la Colonia pero que actualmente se ha diversificado (por eso hay extractivismos), extendido e intensificado como componente central de una idea de “Desarrollo” en América Latina. Señala, entonces, tres requisitos para que una apropiación de materia prima sea considerada como extractivismo, a saber: 1) un alto volumen y/o intensidad de afectación ambiental, 2) el manejo de recursos sin procesar o poco procesados, y 3) que se exporte por lo menos el 50% de tales recursos. Los extractivismos actuales de América Latina se centran, principalmente, en la producción masiva y exportadora de los hidrocarburos, la minería, los monocultivos (por ejemplo, caña de azúcar, soja, palma aceitera) y la pesca industrial. Todavía, en lo que hemos avanzado en este siglo XXI, enormes cantidades de petróleo que son extraídos de Brasil, Venezuela y México se exportan para que el capitalismo mundial siga funcionando; gran parte de la demanda de minerales (oro, plata, zinc, cobre, hierro, etc.) que requiere el sistema capitalista industrial son extraídos de México, Perú, Bolivia, Chile, Brasil, Venezuela. En Colombia, Ecuador y Centroamérica los monocultivos de palma de aceite para la exportación ocupan enormes territorios; en Brasil, Argentina, Paraguay y México se extienden los monocultivos de soja; en Brasil se mantienen enormes extensiones dedicadas al monocultivo de caña de azúcar. Perú, Chile y México están dentro de los países con mayor producción pesquera… para exportación. A pesar de que América Latina lleva siglos exportando sus enormes riquezas, la mayoría de las poblaciones de los países latinoamericanos siguen hundidos en la miseria y sus devastados ecosistemas están cada vez más afectados. Eduardo Gudynas distingue varias fases del extractivismo en América Latina:
Por supuesto, en esta sucesión de extractivismos en América Latina ha aumentado el deterioro ambiental y ha surgido un desbalance entre los recursos extraídos y la energía y materia usada para extraerlos (medido por el EROI), sobre todo en la extracción de petróleo en arenas butiminosas y esquistos. Es por ello que los extractivismos de esta última fase en hidrocarburos implican este desbalance energético. Gudynas afirma que los extractivismos en hidrocarburos resultan actualmente «actividades inviables desde un punto de vista social y ambiental, muy caros económicamente, y además insostenibles desde un punto de vista energético»[6]Idem., p.29.. Por cierto, Gudynas denuncia otros efectos sociales y políticos de los extractivismos en América Latina, tanto neoliberales como progresistas, tales como la promoción de hiperpresidencialismos y verticalismos políticos que encogen aún más la limitada vida democrática y justicia social de nuestros países; además, apuntalan la concepción de una economía desarrollista sin consideraciones ecológicas, reforzando concepciones sobre la Naturaleza como mero objeto de dominio y explotación. Y cuando se ven obligados a realizar estudios de impactos ecológicos, subordinan la investigación y los enfoques científicos para legitimar a los proyectos de los extractivismos. Tesis sobre el neoextractivismo de los gobiernos progresistas Gudynas nos recuerda que la izquierda tradicional (nacionalista revolucionaria o socialista) siempre cuestionó al extractivismo y la dependencia exportadora que suponía: rechazó tanto a las economías de enclave como a la participación de empresas extranjeras en esas áreas. Todavía celebramos en nuestra historia latinoamericana esas gestas antiimperialistas como las nacionalizaciones del petróleo o de la minería. Sin embargo, la llamada “nueva izquierda progresista” que llegó a ser gobierno en Chile, Argentina, Bolivia, Brasil, Venezuela, Ecuador, Uruguay, y ahora lo es en México, nunca cuestionó o ha cuestionado al extractivismo, sino que lo mantuvo e incluso lo extendió y profundizó. De manera crítica, Gudynas formula “Diez Tesis” sobre el “nuevo extractivismo” de los gobiernos progresistas en América Latina: Primera: «A pesar de los profundos cambios políticos continentales hacia la izquierda, los sectores extractivistas mantienen su importancia y son uno de los pilares de las estrategias de desarrollo actuales»[7]Gudynas, Eduardo. “Diez tesis urgentes sobre el nuevo extractivismo. Contextos y demandas bajo el progresismo sudamericano actual“, p.190.. Segunda: «Bajo los gobiernos progresistas se está generando un nuevo estilo de extractivismo. Es posible postular un neoextractivismo de cuño progresista»[8]Idem., p.194.. Tercera: En el neoextractivismo progresista se tiene «un papel más activo del Estado [que renegocia contratos y regalías, apoyando empresas estatales extractivistas], con intervenciones tanto directas como indirectas, sobre los sectores extractivistas»[9]Idem., p.195.. Pero si dejar de valorar las exportaciones de materias primas, de inversiones extranjeras y de reconocer las nuevas instancias comerciales globales, como la OMC. Cuarta: «El neoextractivismo es funcional a la globalización comercial-financiera y mantiene la inserción internacional subordinada de América del Sur»[10]Idem., p.198.. De modo que, gracias a estas políticas, avanza el neoextractivismo exportador en minería, petróleo, monocultivos y otros sectores, con mayores extracciones de empresas extranjeras y con enormes ganancias para ellas, dejando solo migajas de tributos y enormes daños sociales y ambientales. Quinta: «Bajo el nuevo extractivismo persiste la fragmentación territorial en áreas desterritorializadas, generándose un entramado de enclaves y sus conexiones a los mercados globales, que agravan las tensiones territoriales»[11]Idem., p.201.. Sexta: «Bajo los gobiernos progresistas cobra una especial importancia reconocer que, más allá de la propiedad de los recursos, se repiten reglas y funcionamientos de los procesos productivos orientados a generar competitividad, aumentar la rentabilidad, bajo criterios de eficacia clásicos, incluyendo la externalización de impactos sociales y ambientales»[12]Idem., p.204.. Séptima: «En el neoextractivismo se mantienen, y en algunos casos, se han acentuado los impactos ambientales, y las acciones para enfrentarlos y resolverlos todavía son inefectivas, y en ocasiones se han debilitado»[13]Idem., p.205.. De hecho, los gobiernos progresistas niegan, minimizan, rechazan los impactos sociales y ambientales de los extratractivismos. Incluso llegan a reprimir luchas campesinas o indígenas por impedir el supuesto “Desarrollo”, y dejan de lado las demandas ecológicas. Octava: «Bajo el neoextractivismo el Estado capta una mayor proporción del excedente, y que una parte de éste se destine a programas sociales que generan una legitimación, tanto para los gobiernos como para los emprendimientos extractivistas, y que esto contribuye a apaciguar las demandas sociales locales»[14]Idem., p.209.. En estos gobiernos progresistas ya no se discuten los impactos del extractivismo sino el uso de sus excedentes. Novena: «El neoextractivismo es aceptado como uno de los motores fundamentales del crecimiento económico y una contribución clave para combatir la pobreza a escala nacional. Se asume que parte de este crecimiento generarán beneficios que se derramarán al resto de la sociedad… Un Estado, ahora más protagónico, es el que debe alentar y guiar ese derrame»[15]Idem., p.214.. Por eso Evo criticó a los grupos campesinos e indígenas que luchaban por una Amazonía si petróleo, señalándolos de infantiles, soñadores, peligrosos…. Décima: «El neoextractivismo es un nuevo ingrediente de una versión contemporánea y sudamericana del desarrollismo»[16]Idem., p.219.. En ese sentido, es heredero de la Modernidad que mantiene su fe en el Progreso, o sea, es un híbrido contemporáneo. Sin embargo, pese a que Gudynas es un feroz critico de los extractivismos, neoliberales o progresistas, y de que propone impulsar movimientos democráticos contra ellos, no los identifica con una forma de acumulación capitalista ni plantea un proyecto de transición hacia el ecosocialismo. Al parecer, se queda en una postura crítica, deconstructivista, de las ideas de “Desarrollo” y “Progreso”, comprometido con el proyecto del Buen Vivir plasmado en la última Constitución de Ecuador. Su postura se condensa en la siguiente fórmula que él mismo plantea como título de uno de sus ensayos: “El postdesarrollo como crítica y el Buen Vivir como alternativa”[17]Eduardo Gudynas. “El postdesarrollo como crítica y el Buen Vivir como alternativa“, en: Gian Carlo Delgado Ramos (coordinador). Buena vida, buen vivir: imaginarios alternativos para el bien … Seguir leyendo. En una discusión sobre el Buen Vivir, Gudynas describe críticamente el estilo de desarrollo que impera en América Latina incluso en los gobiernos progresistas: “la apropiación de los recursos naturales para mantener el crecimiento económico” con exportaciones basadas en la naturaleza, incluso atrayendo a la inversión extranjera en ella. “Se refuerza entonces -dice- un patrón de inserción internacional subordinada, basada en los productos primarios.” En ese mismo ensayo propone “seis puntos clave” del Buen Vivir como alternativa al “desarrollismo”[18]Acosta, Alberto y Martínez, Esperanza (Compiladores). El Buen Vivir. Una vía para el desarrollo. Ediciones Abya-Yala, Ecuador 2009, p. 184: 1. “La transición desde el capital natural al patrimonio natural”: se trata de dejar de intentar asignar un valor a la Naturaleza para privatizarla y llevarla al mercado; es necesario romper con esas maneras de abordarla para considerarla un patrimonio, una herencia que se recibe para manejarla con responsabilidad y legarla a las generaciones futuras. De hecho, y tal vez Gudynas no lo sepa, pero eso pensaba Marx de la Naturaleza cuando llega a hablar de cuidar la tierra para legarla a las generaciones venideras: “Mirada desde una formación socioeconómica superior [a la capitalista], la propiedad privada de la tierra en manos de determinados individuos parecerá tan absurda como la propiedad privada que un hombre posea de otros hombres. Ni siquiera una sociedad o nación entera, ni el conjunto de todas las sociedades que existen simultáneamente son propietarias de la tierra. Son simplemente sus poseedores, sus beneficiarios, y tienen que legarla en un estado mejorado a las generaciones que les sucedan, como boni patres familias (buenos padres de familia)”[19]Marx, Carlos. El Capital III. FCE, México 1973. 2. “La nueva dimensión de los derechos en la Naturaleza”: se trata de asumir la necesidad de trascender la ampliación de los derechos desde una perspectiva antropocéntrica hacia una que sea biocéntrica, llevando los derechos de la Naturaleza a la Constitución. Cabe señalar que, según la crítica ecofeminista [20]Cfr. Yayo Herrero. “Apuntes introductorios sobre el Ecofeminismo“, en https://www.anticapitalistas.org/ecosocialismo/apuntes-introductorios-sobre-elecofeminismo-yayo-herrero/, nunca ha existido una perspectiva antropocéntrica en Occidente ni en la Modernidad, sino una imposición androcéntrica, dualista, jerárquica y dominadora: centrada en grupos de hombres, blancos, heterosexuales, esclavistas, sexistas, colonialistas, especistas y naturaistas. Además, el giro biocéntrico acrítico puede llevar a posturas anti-humanistas como las de cierta ecología profunda. Desde una perspectiva ecosocialista se asume el biocentrismo pero sin divorciarlo del interés por la supervivencia de la especie humana (humanismo). Se trata de defender un “humanismo descentrado”, como dice Jorge Riechmann, o un “humanismo biocentrista”, como afirma Michael Lowy: “No se trata de contraponer la supervivencia humana a las de las otras especies, se trata de entender que ellas son inseparables y que nuestra supervivencia como seres humanos, depende de que se salvaguarde el equilibrio ecológico y la diversidad de las especies; por tanto, desde el ecosocialismo estaríamos hablando de un humanismo biocentrista”[21]Michael Lowy. “Ecología y socialismo“, 2007, en:https://fundanin.net/2019/08/06/eco-y-socialismo/. 3. “La propiedad de los recursos naturales y la regulación de los procesos productivos”: se trata de sacar a la Naturaleza de su sometimiento a las prácticas empresariales, que incluso los Estados progresistas repiten, por lo que es necesario en los procesos metabólicos “exigencias laborales, sociales, ambientales” [22]Eduardo Gudynas. “Seis puntos clave en ambiente y desarrollo», en Acosta, Alberto y Martínez, Esperanza (Compiladores). El Buen Vivir. Una vía para el desarrollo, p. 45. para establecer una justicia ambiental al lado de la justicia social. 4. “La transición de una gestión que confía en la certeza una gestión que reconoce el riesgo y administra la incertidumbre”: se trata de cuestionar los estudios de impacto ambiental cientificistas y con pretensiones de certidumbre para asumir la necesaria incertidumbre de tales estudios y “generar una gestión del riesgo ambiental” [23] Idem, p.46.. 5. “El papel de la autonomía en la integración regional y frente a la globalización”: se trata de establecer relaciones con los países vecinos para buscar una integración regional para un desarrollo alternativo.
6. “La democratización de las políticas internacionales y su importancia para el desarrollo sostenible”: se trata de adquirir autonomía o soberanía para generar caminos alternativos al desarrollo así como democratizar tanto la política exterior como la política interior con la “participación ciudadana en espacios como la planificación económica” [24] Idem, p.48.
Con todo, sus propuestas pueden enriquecer al proyecto ecosocialista pues piensa en otra cultura que cuestiona el Mito del Desarrollo y del Progreso (económicos) como metas sociales, abierta a otras opciones, como el Buen vivir y el incorporar los Derechos a la Naturaleza en la Constitución, en pasar de una ética antropocéntrica (en realidad, androcéntrica) a una ética biocéntrica que coloque en el centro de las valoraciones a la Vida, humana y no humana.
Con una postura más crítica, el ecuatoriano Alberto Acosta relaciona al extractivismo con el capitalismo y la condición colonial (y neocolonial) de América latina: “El extractivismo -señala- es un concepto que ayuda a explicar el saqueo, acumulación, concentración, devastación (neo) colonial, así como la evolución del capitalismo moderno e incluso las ideas de desarrollo y subdesarrollo –como dos caras de un mismo proceso. Si bien el extractivismo comenzó a fraguarse hace más 500 años, ni éste ni los procesos de conquista y colonización concluyeron al finalizar la dominación europea. Y debe quedar claro que no hay colonialidad sin colonialismo, ni capitalismo sin extractivismo, pues éste es un fenómeno estructural, históricamente vinculado y acotado a la modernidad capitalista»[25]Alberto Acosta. “Aporte al debate: El extractivismo como categoría de saqueo y devastación“, en FIAR (Forum for Inter-american Research), Vol. 9.2 (Sep. 2016) 25-33.. Como Gudynas, Acosta entiende al extractivismo como las actividades de extracción que mueven grandes volúmenes de recursos naturales no procesados, o limitadamente, para la exportación, en función de la demanda de los países centrales, considerando asimismo varios extractivismos como el de las empresas petroleras y mineras, los monocultivos y la pesquería masiva. Con acierto, señala que el extractivismo aparece con el surgimiento del capitalismo, como resultado del proceso histórico de conquista, colonización e integración a la economía-mundo, como expresión de la acumulación por despojo. En tal sentido, el extractivismo es propio de los países colonizados: «A unas regiones se les especializó en extraer y producir materias primas y bienes primarios, mientras que otras asumieron el papel de producir manufacturas, con frecuencia usando los recursos naturales de los países empobrecidos. El saldo de este proceso es la vigencia inamovible de modalidades de acumulación primario-exportadoras, con el extractivismo como una de sus manifestaciones»[26]Idem, p.26.. Sin embargo, el extractivismo se ha extendido e intensificado en los últimos años, ya sea promovido por empresas transnacionales o por las llamadas economías emergentes. El hecho es que el Capital se han apropiado de los recursos naturales en todo el planeta: del petróleo, la minería, las tierras para cultivo de alimentos, etc., todo ello enmarcado en procesos de acumulación por desposesión, con las violencias que acarrean y la aceleración del agotamiento de recursos naturales. Esos procesos mundiales de despojo y saqueo extractivista solo agudizan la amenazante Crisis ecológica que vivimos (intoxicación medioambiental, ecocidios, fracturas metabólicas, colapso climático). En este contexto aparece un neoextractivismo promovido por los gobiernos progresistas latinoamericanos, con una mayor intervención del Estado en el acceso, control y beneficios de las empresas extractivistas. Algunos de estos gobiernos cuestionan la intervención extranjera pero no al extractivismo y sus costos sociales y ambientales. Es verdad que hay cambios (más Estado), pero sin afectar la esencia de los extractivismos, si no, más bien, ampliándolos y consolidándolos en aras de un “Desarrollo” o “Progreso” económico. Sin embargo, señala Acosta: «Si se contabilizaran los costos de los impactos sociales, ambientales y productivos de la extracción del petróleo o de los minerales, desaparecerían muchos de los beneficios económicos de estas actividades. Incluso si fueran crematísticamente rentables dichos proyectos, incorporando dichos costos, queda flotando la pregunta sobre la conveniencia de continuar ahondando esta modalidad de acumulación primario-exportadora que mantiene a estos países en una situación de subdesarrollo»[27]Idem, p.27.. El neoextractivismo promovido por gobiernos progresistas revela su compromiso con el “desarrollismo” propio de mediados del siglo XX, el modelo primario-exportador, buscando redistribuir la riqueza de lo obtenido por el propio extractivismo, pero favoreciendo a viejas y nuevas oligarquías y al Capital transnacional. Estos gobiernos progresistas tienen fe en el Mito del Progreso (productivista) y en el Desarrollo (económico) y no pretenden cambiar el sistema o impulsar una verdadera redistribución de la riqueza. Su momento de auge depende de los altos precios de las materias primas, pero cuando estos caen vuelven a las tradicionales políticas de ajuste neoliberal. Estos tipos de gobiernos no tienen interés por invertir en el mercado interno ni en diversificar la producción interna pues se limitan a promover economías de enclave, sin integraciones productivas regionales. El beneficiario principal del extractivismo progresista es la economía capitalista dominante, que despoja los recursos naturales para procesar y comercializar productos elaborados a partir de esa materia prima. Por supuesto que no tienen ningún interés o proyecto por una transición energética, por la recuperación de la soberanía alimentaria o el cuidado ecológico, etc. A esta situación provocada por el extractivismo, Acosta le llama “la maldición de la abundancia”: la condición de ser países ricos en recursos naturales pero pobres en lo económico. Para él, el dilema no es elegir entre el Extractivismo progresista o el Extractivismo neoliberal sino salir del propio extractivismo. «La dificultad radica en el extractivismo mismo, que en esencia es de origen colonial y siempre violento, con todo lo que esto implica. Y que como tal mantiene a estos países atados al mercado mundial de manera subordinada y, en consecuencia, condenados al subdesarrollo. Pongámoslo en palabras de Rosa Luxemburg: ‘el capitalismo vive a expensas de economías coloniales; vive, más exactamente de su ruina. Y si para acumular tiene absoluta necesidad de ellas, es porque éstas le ofrecen la tierra nutritiva a expensas de la cual se cumple la acumulación’[28] Idem.. Insertas en la economía capitalista mundial, la abundancia de materias primas ha traído como consecuencia economías extractivistas y exportadoras, dependientes y frágiles. Y esto tiene efectos sociales, ambientales y políticos: «Todo esto profundiza la débil y escasa institucionalidad, alienta la corrupción. Lo expuesto se complica con las prácticas clientelares y patrimonialistas desplegadas vía políticas sociales que deterioran el tejido organizativo y comunitario de la sociedad. Más allá de la ruptura de los límites ambientales, esta modalidad de acumulación primario-exportadora contribuye a frenar la construcción de democracias sólidas; así, el autoritarismo o el populismo de alta intensidad, para tomar este concepto de la socióloga argentina Maristella Svampa, caracteriza a los gobiernos extractivistas, especialmente a los “progresistas”[29]Idem, p.28.. Con estas políticas extractivistas sólo se reafirma la división del mundo entre: -países dominados, sobreexplotados y “subdesarrollados”: exportadores de materias primas, de las riquezas de la Naturaleza, con una mínima participación en la renta petrolera, minera, etc., sufriendo una sobreexplotación laboral y ecológica, con graves afectaciones sociales y ambientales, y – países dominantes, explotadores y “desarrollados”: que se apropian de las riquezas naturales y rentas de aquellos países, despojándoles de sus riquezas con el intercambio desigual, de modo que tienen menos impactos sociales y ambientales negativos. Si se coloca en el centro de un ilusorio “Desarrollo” al extractivismo sólo se reafirma una relación de dependencia de los países dominados a los dominantes: a la inversión extranjera en esas áreas, a la demanda internacional de materias primas, a los precios impuestos, a las rentas arrebatadas. El capitalismo sui generis de América Latina, desde sus orígenes, está asentado principalmente en la economía extractivista, razón por la cual es un capitalismo sometido al imperialismo: es un capitalismo denominado “dependiente”, “subdesarrollado”, “periférico”, que es sobreexplotado en sus riquezas naturales y que tiene enormes transferencias de valor y plusvalor a los países imperialistas. De hecho, el extractivismo promueve una economía de enclaves extractivos que no genera un empleo masivo ni establece cadenas productivas, tampoco fomenta un mercado interno ni promueve la diversificación económica el procesamiento de materias primas. No funciona siguiendo planes de desarrollo locales o nacional pero sí fomenta la destrucción de empleos, de comunidades, de ecosistemas. Dice Acosta: «No nos olvidemos que en este tipo de economías extractivistas, muchas veces con una elevada demanda de capital y tecnología para la extracción de las materias primas, funciona con una lógica de enclave. No hay impulso integradores de esas actividades primario-exportadoras con el resto de la economía y de la sociedad. Así el aparato productivo queda sujeto a las vicisitudes del mercado mundial. En especial, queda vulnerable a la competencia de otros países en similares condiciones, que buscan sostener sus ingresos sin preocuparse mayormente por un manejo más adecuado de los precios. Y como resultado de esto, las posibilidades de integración regional, indispensables para ampliar los mercados domésticos, desaparecen si todos los países vecinos producen similares materias primas»[30]Idem, p.29.. Con todo, no abunda sobre los efectos ambientales y sociales de esos enclaves extractivistas: en la extensión de la miseria material (insatisfacción de necesidades básicas) y ecológica (escasez de tierras cultivables, de agua no contaminada, de alimentos sanos y de trabajos) y de violencias diversas (que vienen del terrorismo de Estado o de la delincuencia organizada) para despoblar y despojar, en la agudización de la intoxicación medioambiental y aceleramiento tanto del ecocidio como del colapso climático… Sin embargo, Acosta piensa que sí se puede superar la maldición de la abundancia. Y ello es posible con una «decrecimiento planificado del extractivismo»[31]Idem, p.30.. «En línea con lo dicho hay que potenciar actividades sustentables, así como aquellas que den paso a la manufactura de las materias primas dentro de cada país, pero sin caer en la lógica del productivismo y el consumismo alentada por las demandas de acumulación del capital. Por igual se requiere otro tipo de participación en el mercado mundial, construyendo bases de una integración regional más autocentrada para inclusive poder negociar mejores condiciones en bloque. Pero sobre todo, no se debe deteriorar más la Naturaleza y aumentar las brechas sociales. El éxito de este tipo de estrategias para procesar una transición social, económica, cultural, ecológica, dependerá de su coherencia y, particularmente, del grado de comprensión y respaldo social que tengan»[32]Idem.. Pese a que detecta la relación del extractivismo con el sistema capitalista y a que identifica la subordinación del capitalismo latinoamericano a los imperialismos, no propone una alternativa socialista ni, mucho menos, ecosocialista, quizás por el desencanto provocado por el llamado “socialismo real” y los aires posmodernos (que abandonaron el relato de la emancipación). Por un lado, señala la imposibilidad del “Desarrollo” para los países neocoloniales por su relación subordinada a los países imperialistas que requieren sus recursos naturales para su propio desarrollo capitalista. Por otro lado, también cuestiona el “Mal Desarrollo” de los países centrales, que viven más allá de sus capacidades ecológicas, mantienen inequidades sociales y promueven frustraciones psicosociales. Por si fuera poco, el hecho es que el desarrollo del capitalismo encontró sus límites biofísicos (agotamiento de recursos naturales limitados) para su expansión pretendidamente ilimitada. De modo que, según él, solo quedan como alternativa el decrecimiento, dentro del cual coloca la propuesta del Buen Vivir de los pueblos originarios de Abya Yala, que en realidad es un símbolo de muchas prácticas alternativas que se desarrollan en todo el planeta: “Hay que dar paso a transiciones a partir de miles y miles de prácticas alternativas existentes en todo el planeta, orientadas por horizontes que propugnan una vida en armonía entre los seres humanos y de estos con la Naturaleza. Eso nos conmina a transitar hacia una nueva civilización: pasar del antropocentrismo al biocentrismo es el reto. Esta nueva civilización no surgirá de manera espontánea. Se trata de una construcción y reconstrucción paciente y decidida, que empieza por desmontar varios fetiches y en propiciar cambios radicales, a partir de experiencias existentes y también construyendo nuevas utopías”[33]Idem, p.31.. En esta perspectiva utópica de transformación epocal a partir de transiciones diversas hacia una nueva civilización, Acosta (y muchos autonomistas) se olvida de la terca realidad del capitalismo y su dinámica destructiva. Se soslaya la presencia del capitalismo como realidad mundial y se descentra su crítica -que implica la necesidad de romper con él-, y minimiza la gravedad y aceleración de la crisis ecológica que éste provoca. En esta utopía de Acosta tal parece que experiencias autonómicas y ecologistas, que pasen del antropocentrismo al biocentrismo, podrán salir (desprenderse) del capitalismo y trascenderlo. Sin embargo, fuera de esos espacios alternativos seguirán existiendo las mercancías y el dinero, la sobreexplotación del trabajo y de los recursos naturales, la privatización de todo, los violentos procesos de acumulación por despojo, el poder del Estado al servicio del “desarrollo” capitalista, todo ello socavando a esas prácticas alternativas. Por supuesto, Acosta no se compromete con una propuesta revolucionaria para acabar con el capitalismo, que partiría de la disputa por el poder político por parte de la unidad y organización de todos los sectores afectados por el capitalismo (el 99%) para, democratizándolo radicalmente, iniciar transiciones que desmonten al capitalismo y al androcentrismo, avanzando hacia un ecosocialismo ecofeminista. Sin embargo, nos recuerda que el ecosocialismo también significa ecocomunismo, reivindicación de formas comunitarias de vida alejadas del salvaje fetichismo del Dinero, la Mercancía y el Capital criticado por Marx. Comunismo cuya riqueza, decía Marx, no sería cuantitativa sino cualitativa: el desarrollo de las potencialidades humanas y el disfrute de la vida, gestionando el metabolismo social con una racionalidad ambiental y democrática centrada en una vida digna. Así lo dice Marx cuando piensa al Comunismo y su base material: “La libertad en esta esfera (el reino de la necesidad natural) sólo puede consistir en esto: en que el hombre socializado, los productores asociados, gobiernen el metabolismo humano con la naturaleza de un modo racional, poniéndolo bajo su propio control colectivo, en vez de estar dominados por él como una fuerza ciega; realizándolo con el menor gasto de energía y en las condiciones más dignas y apropiadas para su humana naturaleza”[34]Marx. La propuesta comunista de un marxismo ecológico puede muy bien dialogar y enriquecerse con las propuestas del Buen Vivir o la pluralidad de buenos convivires como “experiencias y prácticas civilizatorias alternativas”. Dice Acosta: “Este es el punto. Contamos con valores, experiencias y prácticas civilizatorias alternativas, como las que ofrece el Buen Vivir o sumak kawsay o suma qamaña de las comunidades indígenas andinas y amazónica. A más de las visiones de Nuestra América hay otras muchas aproximaciones a pensamientos filosóficos de alguna manera emparentados con la búsqueda de una vida armoniosa desde visiones filosóficas incluyentes en todos los continentes. El Buen Vivir, en tanto cultura de vida, con diversos nombres y variedades, ha sido conocido y practicado en distintos períodos en las diferentes regiones de la Madre Tierra, como podría ser el Ubuntu en África o el Swaraj en la India. Aunque mejor sería hablar en plural de buenos convivires, para no abrir la puerta a un Buen Vivir único, homogéneo, imposible de realizar, por lo demás. En suma, nos toca construir un mundo donde quepan otros mundos, sin que ninguno de ellos sea víctima de la marginación y la explotación, y donde todos los seres humanos vivamos con dignidad y en armonía con la Naturaleza”[35]Idem, p.26.. Las potencias del Ecocomunismo y las impotencias del Decrecimiento Feroces críticos de extractivismos y neoextractivismos progresistas, así como de los mitos del “Desarrollo” y el “Progreso”, Gudynas y Acosta asocian el proyecto del Buen Vivir con el postdesarrollo, entendido éste como crítica deconstructivista de la idea del “Desarrollo”. Por eso se acercan a pensadores como Gustavo Escobar, Ivan Ilich, Wolfang Sachs, Gustavo Esteva y a Serge Latouche, el defensor del decrecimiento. Eludiendo la propuesta ecosocialista, su crítica al extractivismo latinoamericano lleva a estos autores a la crítica del “Desarrollo” y a su compromiso con el proyecto del Buen Vivir, que alude a la experiencia de la Asamblea Constituyente (de la que Alberto Acosta fue su presidente) que dio lugar a la Constitución ecuatoriana de Montecristi, asociando este proyecto alternativo con propuestas como el decrecimiento. Como se sabe, el principal inspirador de esta corriente es Serge Latouche, influido por los críticos de la sociedad de consumo (Lefebvre, Debord, Braudillard) y del Desarrollo (Ilich, Sachs, Ellul), así como por la crítica ecológica. El propio Latouche cuenta que fue en Laos, durante los años sesenta cuando descubrió “una sociedad que no estaba ni desarrollada ni subdesarrollada, sino literalmente ‘adesarrollada, es decir, fuera del desarrollo: comunidades rurales que plantaban el arroz glutinoso y que se dedicaban a escuchar cómo crecían los cultivos, pues una vez sembrados, apenas quedaba ya nada más por hacer. Un país fuera del tiempo donde la gente era feliz, todo lo feliz que puede ser un pueblo”[36]“Decrecimiento o barbarie“. Entrevista a Serge Latouche, en: https://www.fuhem.es/papeles_articulo/decrecimiento-o-barbarie-entrevista-aserge-latouche/. Desde entonces empezó a perder su “fe en la economía, en el crecimiento, en el desarrollo”. Se dedicó a hacer “la deconstrucción crítica de la economía política, incluyendo la de Marx” y escribió su Epistemología y economía (1973). Luego empezó su crítica al “Desarrollo” publicando Crítica del imperialismo (1979), que era, según él mismo explica, “una crítica de las teorías marxistas y leninistas sobre el imperialismo para aportar otra interpretación del desarrollo y del subdesarrollo como aculturación, destrucción de las culturas por imposición de una cultura exterior, la de Occidente.” A partir de entonces avanzó hacia el rechazo del “Desarrollo” (¿Deberíamos rechazar el desarrollo?, 1986, y La occidentalización del mundo, 1989). En los años noventa incorporó la crítica ecológica al “Desarrollo” (Un planeta de náufragos, 1991) para luego hacer su síntesis en La Mégamáquina: Razón tecnocientífica, razón económica y el mito del progreso (1995). Influido por Castoriadis escribe contra el imaginario del “Desarrollo” proponiéndose Descolonizar el imaginario (2003) y plantear La apuesta por el decrecimiento: ¿cómo salir del imaginario dominante? (2009). Es muy significativo que en su crítica al “Desarrollo”, al mito del “Progreso” y a la tecnociencia, Latouche deje de lado la perspectiva materialista y las categorías de la crítica de Marx a la lógica del desarrollo capitalista. De hecho, Latouche piensa al “Desarrollo” como una significación imaginaria (Castoriadis), como cultura que se vuelve práctica y realidad, eludiendo el examen crítico de la dinámica productivista y consumista del capitalismo, sustentada en la explotación tanto de la naturaleza como del trabajo humano. Tal vez por eso pone por encima de la necesaria transformación radical del sistema capitalista (proceso de una revolución ecosocialista permanente) el “descolonizar nuestro imaginario”; quizás por ello da más importancia a ser felices y frugales, a socializar y recuperar un tiempo lento, a solucionar los grandes problemas de injusticia social y ecológica (explotación y esclavitudes laborales, desigualdad creciente, extensión de la miseria, neocolonización del mundo y sustracción de sus riquezas, Estado enajenado al servicio de la Dictadura del Capital). En realidad, la perspectiva de Latouche es cultural: se trata de cambiar el imaginario, y no impulsar una política revolucionaria para transformar el mundo. Por eso, sus propuestas parecen a veces ser opciones existenciales o comunitarias pero no son, como él afirma, una verdadera alternativa social o civilizatoria. Con todo, Latouche llega a admitir que su decrecimiento está enfrentado a la lógica del desarrollo capitalista y que su realización requiere superar al capitalismo. No tanto, dice, por superar su dinámica material sino por trascender su cultura, el “espíritu del capitalismo” weberiano. El decrecimiento debe superar al capitalismo, afirma Latouche, “no tanto por la denuncia de sus contradicciones y límites ecológicos y sociales como, sobre todo, por su cuestionamiento del ‘espíritu del capitalismo’, en el sentido propuesto por Max Weber, que lo considero condición para su realización”[37]Idem, p.160.. Desencantado, como tantos otros, del llamado “socialismo real” (que se metió también en la carrera por el desarrollo económico y militar), prefiere retomar la inspiración original del socialismo utópico, eludiendo todo compromiso político de transformación del capitalismo. Por eso afirma: “Instrumentalizar prematuramente el programa del decrecimiento a través de un partido político… nos expondría a caer en la trampa de la ‘política profesional’…” Ante esta confesada impotencia política del decrecimiento convendría volver a las potencias del comunismo, del ecocomunismo, como lo recomendaba Daniel Bensaïd. El último texto escrito y publicado de Daniel Bensaid se tituló, justamente, “Potencias del Comunismo” (2009). En él vuelve sobre la idea fuerza de Comunismo en Marx, para liberarla de su “captura por la razón burocrática de Estado y de su sometimiento a una empresa totalitaria” y recuperarla como “la forma específica de la emancipación en la época de la dominación capitalista.” Así lo decía: “De todas las formas de nombrar “al otro” necesario y posible del capitalismo inmundo, la palabra comunismo es la que conserva más sentido histórico y carga programática explosiva. Es la que evoca mejor lo común del reparto y de la igualdad, la puesta en común del poder, la solidaridad enfrentada al cálculo egoísta y a la competencia generalizada, la defensa de los bienes comunes de la humanidad, naturales y culturales, la extensión de los bienes de primera necesidad a un espacio de gratuidad (desmercantilización) de los servicios, contra la rapiña generalizada y la privatización del mundo… El comunismo es el nombre de un criterio diferente de riqueza, de un desarrollo ecológico cualitativamente diferente de la carrera cuantitativa por el crecimiento. La lógica de la acumulación del capital exige no sólo la producción para la ganancia, y no para las necesidades sociales, sino también “la producción de nuevo consumo”, la ampliación constante del círculo del consumo “mediante la creación de nuevas necesidades y por la creación de nuevos valores de uso”… “De ahí la explotación de la naturaleza entera” y “la explotación de la tierra en todos los sentidos”. Esta desmesura devastadora del capital funda la actualidad de un eco-comunismo radical”[38] Idem, p.168.. En ese espléndido texto, Bensaïd nos recuerda la perspectiva de los comunistas en todo proceso revolucionario: plantear la supresión de la propiedad privada burguesa de los medios de producción y de intercambio así como tender a “establecer el control de la democracia política sobre la economía, la primacía del bien común sobre el interés egoísta, del espacio público sobre el espacio privado”[39]Daniel Bensaïd. “Potencias del Comunismo“, en: https://danielbensaid.org/Potencias-del-comunismo?lang=fr. Las tareas de “expropiar a los expropiadores” capitalistas requiere, también, abolir al Estado enajenado al servicio del capital e instituir “la república social”, cuyo modelo es la Comuna, fuente de inspiración de “las formas de autoorganización y de autogestión populares aparecidas en las crisis revolucionarias : consejos obreros, soviets, comités de milicias, cordones industriales, asociaciones de vecinos, comunas agrarias, que tienden a desprofesionalizar la política, a modificar la división social del trabajo, a crear las condiciones de extinción del Estado en tanto que cuerpo burocrático separado”[40]Idem.. Este Comunismo, por supuesto, no continuará con “el progreso destructivo” del capitalismo pues se regirá por otros criterios: “El comunismo exige una idea diferente y unos criterios diferentes de los del rendimiento y de la rentabilidad monetaria. A comenzar por la reducción drástica del tiempo de trabajo obligatorio y el cambio de la noción misma de trabajo: no podrá haber completo desarrollo individual en el ocio o el ‘tiempo libre’ mientras el trabajador permanezca alienado y mutilado en el trabajo. La perspectiva comunista exige también un cambio radical de la relación entre el hombre y la mujer: la experiencia de la relación entre los géneros es la primera experiencia de la alteridad y mientras subsista esta relación de opresión, todo ser diferente, por su cultura, su color, o su orientación sexual, será víctima de formas de discriminación y de dominación. El progreso auténtico reside, en fin, en el desarrollo y la diferenciación de necesidades cuya combinación original haga de cada uno y cada una un ser único, cuya singularidad contribuya al enriquecimiento de la especie”[41]Idem.. Bensaïd nos recuerda, además, que el Comunismo pensado por Marx implica “una asociación en la que el libre desarrollo de cada cual es la condición del libre desarrollo de todos”. Ello implica reconocimiento de la interdependencia y de formas de vida comunitarias que potencien “el desarrollo de las necesidades y de las capacidades singulares de cada uno” de modo que éstas contribuyan “al desarrollo universal de la especie humana”[42]Idem.. El Comunismo es una utopía, pero política y estratégica, encarnada en movimientos que intentan ir más allá del capitalismo. Bensaïd lo dice de manera más rica y sugerente así: “El comunismo no es una idea pura, ni un modelo doctrinario de sociedad. No es el nombre de un régimen estatal, ni el de un nuevo modo de producción. Es el de un movimiento que, de forma permanente, supera/ suprime el orden establecido. Pero es también el objetivo que, surgido de este movimiento, le orienta y permite, contra políticas sin principios, acciones sin continuidad, improvisaciones de a diario, determinar lo que acerca al objetivo y lo que aleja de él. A este título, es no un conocimiento científico del objetivo y del camino, sino una hipótesis estratégica reguladora. Nombra, indisociablemente, el sueño irreductible de un mundo diferente, de justicia, de igualdad y de solidaridad; el movimiento permanente que apunta a derrocar el orden existente en la época del capitalismo; y la hipótesis que orienta este movimiento hacia un cambio radical de las relaciones de propiedad y de poder, a distancia de los acomodamientos con un menor mal que sería el camino más corto hacia lo peor”[43]Idem.. Ante la “crisis, social, económica, ecológica, y moral” de un capitalismo enajenado y enajenante que funciona de manera automática buscando maximizar los beneficios sin considerar los costos, que es una amenaza a la vida de la especie humana y de todo el planeta, Bensaïd nos plantea “la actualidad de un comunismo radical”. Otro ecocomunista o ecosocialista, Michael Lowy, ha intentado dialogar con el decrecimiento, pero sin ahorrarse sus críticas al mismo: “Serge Latouche, conocido en todo el mundo, es uno de los teóricos del decrecimiento franceses más controvertidos. Claro que algunos de sus argumentos son legítimos: desmitificación del desarrollo sostenible, crítica de la religión del crecimiento y el progreso, llamamiento a una revolución cultural. Sin embargo, su rechazo global del humanismo occidental, de la Ilustración y de la democracia representativa, así como su alabanza sin remilgos de la Edad de Piedra, son elementos claramente criticables. Pero esto no es todo. Su crítica de las propuestas de desarrollo ecosocialistas para países del Sur Global –más agua limpia, escuelas y hospitales– por considerarlas “etnocéntricas”,“oocidentalizantes” y “destructivas de los modos de vida locales”, es bastante insufrible. Sin olvidar que su argumento de que no hace falta hablar del capitalismo, puesto que esta crítica “ya ha sido realizada, y bien, por Marx”, no es serio: es como decir que no hace falta denunciar la destrucción productivista del planeta porque esto ya se ha hecho, y bien, por André Gorz (o Rachel Carson)”[44]Michael Lowy. “Ecosocialismo y/o decrecimiento“, en: https://vientosur.info/ecosocialismo-y-o-decrecimiento/. En la izquierda ecologista compiten el ecosocialismo y el decrecimiento. Ambas corrientes detectan los problemas que genera el crecimiento del productivismo y del consumismo capitalista, así como los riesgos del colapso ecológico que causa el desarrollo incesante del capitalismo. Mientras el ecosocialismo se desmarca del estalinista y autodenominado “socialismo real” y se nutre de las potencias del comunismo, el decrecimiento no logra elaborar un programa claramente anti y postcapitalista. Desde una perspectiva ecosocialista se cuestiona a las teorías del decrecimiento porque, explica Lowy, “a) el concepto de decrecimiento es insuficiente para definir un programa alternativo; b) no aclara si el decrecimiento puede lograrse en el marco del capitalismo o no; c) no distingue entre actividades que es preciso reducir y las que hace falta desarrollar”[45]Idem.. El ecosocialismo rechaza un decrecimiento que alimente “medidas de austeridad draconiana” y “la idea de una ‘especie de dictadura ecológica.’” Pero tampoco acepta un socialismo insuficientemente crítico que se queda con la idea de un crecimiento ilimitado gracias al progreso técnico y a fuentes de energía renovable. Al respecto, afirma Lowy: “Creo que estas dos escuelas comparten una concepción puramente cuantitativa del crecimiento –positivo o negativo–, o del desarrollo de las fuerzas productivas. Hay una tercera posición, que me parece más apropiada: una transformación cualitativa del desarrollo”[46]Idem.. Al respecto, Lowy nos recuerda que Marx y Engels cuestionaban el “Progreso destructivo” (social y ecológico) del capitalismo y que el contenido del socialismo era ganar tiempo libre para que los seres humanos desarrollaran sus potencialidades humanas y gozaran de la vida, y no producir cada vez más. A pesar de las diferencias entre decrecimiento y ecosocialismo, Lowy piensa que es posible establecer una alianza entre la corriente ecosocialista y el movimiento decrecentista (en especial con su tendencia ecologista) sobre la base de luchas comunes contra el capitalismo, sea como cultura o mecanismo automático de producción, como fuerza que pone en riesgo “la supervivencia de la vida en el planeta, y de la humanidad en particular”. Necesidad de una transición que nos saque del extractivismo. De acuerdo a lo anterior, el extractivismo es un mecanismo de acumulación por despojo y desposesión que reafirma la inserción subordinada -colonial, dependiente, subdesarrollada o neocolonial- del capitalismo latinoamericano en la división internacional del trabajo del capitalismo mundial como una economía que es saqueada en sus recursos naturales y que hace enormes transferencias de valor y plusvalor a las economías de los países imperialistas. De hecho, el extractivismo, como violento saqueo y despojo de riquezas, es crucial en el surgimiento del capitalismo mundial. Así lo dice Eduardo Galeano, citando a Marx y a Mandel: “En el primer tomo de El capital, escribió Karl Marx ‘El descubrimiento de los yacimientos de oro y plata de América, la cruzada de exterminio, esclavización y sepultamiento en las minas de la población aborigen, el comienzo de la conquista y el saqueo de la Indias Orientales, la conversión del continente africano en caza de esclavos negros: son todos hechos que señalan los albores de la era de producción capitalista. Estos procesos idílicos representan otros tantos factores fundamentales en el movimiento de la acumulación originaria’». El saqueo, interior y externo, fue el medio más importante para la acumulación primitiva de capitales que, desde la Edad Media, hizo posible la aparición de una nueva etapa histórica en la evolución económica mundial. A medida que se extendía la economía monetaria, el intercambio desigual iba abarcando cada vez más capas sociales y más regiones del planeta. Ernest Mandel ha sumado el valor del oro y la plata arrancados de América hasta 1660, el botín extraído de Indonesia por la Compañía Holandesa de la Indias Orientales desde 1650 hasta 1780, las ganancias del capital francés en la trata de esclavos durante el siglo XVIII, las entradas obtenidas por el trabajo esclavo en las Antillas británicas y el saqueo inglés de la India durante medio siglo: el resultado supera el valor de todo el capital invertido en todas las industrias europeas hacia 1800. Mandel hace notar que esta gigantesca masa de capitales creó un ambiente favorable a las inversiones en Europa, estimuló el «espíritu de empresa» y financió directamente el establecimiento de manufacturas que dieron un gran impulso a la revolución industrial. Pero, al mismo tiempo, la formidable concentración internacional de la riqueza en beneficio de Europa impidió, en las regiones saqueadas, el salto a la acumulación de capital industrial. «La doble tragedia de los países en desarrollo consiste en que no solo fueron víctimas de ese proceso de concentración internacional, sino que posteriormente han debido tratar de compensar su atraso industrial, es decir, realizar la acumulación originaria de capital industrial, en un mundo que está inundado con los artículos manufacturados por una industria ya madura, la occidental’”[47]Eduardo Galeano. Las venas abiertas de América Latina. Siglo XXI, México 1971.. Hasta nuestros días, los enclaves extractivistas generan pocos empleos, efímeros y precarios, y no promueve cadenas productivas, mercado interno o mejoras en las condiciones de vida de los trabajadores. A pesar de que el extractivismo se ha visto como la vía real para el “Desarrollo nacional”, tanto por los desarrollismos de antaño como por los progresismos de estos tiempos, lo cierto es que sus efectos contradicen y niegan tal ilusorio progreso. Desde una perspectiva crítica, con los ojos desengañados de la ilusión del Desarrollo o Progreso, el extractivismo: -promueve el saqueo de las riquezas naturales de los países latinoamericanos y el agotamiento de los mismos;instituye una dialéctica de la dependencia a los capitales transnacionales: dependencia de inversiones en ese sector y de rentas, dependencia a la demanda de productos y a los precios internacionales, dependencia a las reglas impuestas por organismos comerciales y financieros; -mantiene y acelera las devastaciones ecológicas en esta región: la contaminación creciente de ríos, mares, selvas, bosques; el ecocidio acelerado de nuestra enorme biodiversidad, provocando, a su vez, el etnocidio y el fin de poblaciones y formas de vida estrechamente ligadas a la naturaleza; -provoca distorsiones económicas que socavan y/o bloquean la soberanía alimentaria, la diversificación productiva, las transiciones energéticas; -angosta las formas democráticas y acaba con derechos conquistados al tiempo que mantiene y extiende formas de violencia y despojo. El extractivismo es, además, una imposición y reafirmación del androcentrismo occidental en Latinoamérica, que con la proyección mundial del capitalismo se vuelve, como dicen las ecofeministas, parte del funcionamiento del patriarcado capitalista. El androcentrismo occidental sostiene una concepción y práctica que instituye un dualismo jerárquico (Cultura/ Naturaleza, Civilización/ Salvajismo, Alma/Cuerpo, Razón/ Emoción, Hombre/ Mujer), con un polo superior (Hombre/Cultura/ Razón), que justifica el dominio del polo inferior (Mujer/ Salvaje/Naturaleza). Este androcentrismo justifica el dominio por parte de ciertos hombres: occidentales, blancos y heterosexuales, esclavistas, colonialistas y capitalistas sobre las mujeres, los hombres colonizados y la Naturaleza. Este androcentrismo occidental se lleva a América Latina con la Conquista y la colonización y se concreta en los extractivismos, en la privatización de tierras y destrucción de comunidades, en el sometimiento y la sobreexplotación del trabajo productivo, del trabajo reproductivo y de la Naturaleza, en clasismo, sexismo y racismo, pero también en especismo y naturaismo que ve a los animales no humanos y a la Naturaleza como meros objeto de dominio y saqueo de riquezas. Así dice Alberto Acosta al respecto: “A partir de 1492, cuando España invadió Abya Yala (América) con una estrategia de dominación para la explotación, Europa impuso su imaginario para legitimar la superioridad del europeo, el “civilizado”, y la inferioridad del otro, el “primitivo”. En este punto, emergieron la colonialidad del poder, la colonialidad del saber y la colonialidad del ser. Dichas colonialidades, vigentes hasta nuestros días, no son sólo un recuerdo del pasado. Explican la actual organización del mundo en su conjunto, en tanto punto fundamental en la agenda de la Modernidad. Para cristalizar este proceso expansivo, Europa consolidó aquella visión que puso al ser humano figurativamente hablando por fuera de la Naturaleza. Se definió la Naturaleza sin considerar a la humanidad como parte integral de la misma. Y con esto quedó expedita la vía para dominarla y manipularla”[48]Alberto Acosta, “ El Buen Vivir, más allá del desarrollo“, en Gian Carlo Delgado Ramos (coordinador). Buena vida, buen vivir: imaginariosalternativos para el bien común de la humanidad, p.29.. Este ethos capitalista (individualista, clasista, sexista, racista, naturaista) se ha intentado imponer en Latinoamérica pero siempre se encuentra en conflicto con formas de vida comunitarias (de pueblos originarios y campesinos), con formas de solidaridad entre los trabajadores, con identidades étnicas orgullosas, con mujeres que luchan y cuidan a su comunidad, que incluye a la Naturaleza en que viven. El imaginario androcéntrico y capitalista imponen un dualismo que separa al ser humano y a la naturaleza cuando, en realidad, conforman una unidad de seres naturales y vivos que median su relación metabólica con el trabajo. Sin embargo, la relación metabólica es fracturada con la extensión de los extractivismos y las formas capitalistas de producción. Esa fractura metabólica significa que se extrae (petróleo, metales, gas, monocultivos, peces) desequilibrando y/o destruyendo el ecosistema y hasta agotar el recurso, devolviendo contaminación y/o devastación medioambiental. Significa ecocidio y genocidio. El imperialismo androcentrista occidental negó la humanidad (un alma racional cristiana) a los indios colonizados, de modo que durante la Conquista, la colonización y el saqueo de riquezas no tuvo escrúpulo alguno para imponerse a costa de un enorme genocidio. Dice Galeano: “Los indios de la América sumaban no menos de setenta millones, y quizás más, cuando los conquistadores extranjeros aparecieron en el horizonte; un siglo y medio después se habían reducido, en total, a solo tres millones y medio”[49] Eduardo Galeano, op.cit.. Y pone un ejemplo extractivista: “En tres centurias, el cerro rico de Potosí quemó, según Josiah Conder, ocho millones de vidas. Los indios eran arrancados de las comunidades agrícolas y arriados, junto con sus mujeres y sus hijos, rumbo al cerro. De cada diez que marchaban hacia los altos páramos helados, siete no regresaban jamás” [50]Idem.. Si el imperialismo androcentrista occidental, ahora vuelto patriarcado capitalista, no tuvo ninguna consideración con la población originaria de América Latina, tampoco la tiene para la Naturaleza, para los diversos ecosistemas. Un ejemplo muy actual de este extractivismo ecocida y contaminante es el funcionamiento de la minería a cielo abierto: primero se dinamitan los cerros donde están los minerales que se quieren extraer, luego se vierten químicos como cianuro, mercurio y ácido sulfúrico para disolver los compuestos y obtener los minerales que se desea extraer de la tierra. En este proceso se crean grandes cráteres que se hacen más profundos a medida que se avanza en el proceso de extracción de los minerales. Algunos impactos ambientales de esta empresa extractiva son los siguientes: “Daños a la superficie de la tierra, destruye y cambia la forma de la corteza terrestre, formando grandes cantidades de material de desecho, alterando la morfología local. Contamina el aire, durante esta actividad se generan grandes cantidades de materia fina “polvillo” tóxico, constituidos por químicos pesados que son absorbidos por animales y seres humanos. Contaminación de las aguas superficiales, si los residuos químicos no son debidamente tratados y almacenados pueden filtrarse hasta los caudales de agua fresca, contaminándolos y disminuyendo la vida presente en los mismos. Daños a acuíferos subterráneos, los desechos contaminados suelen ser lavados por el agua de lluvia, la cual se filtra hacia el subsuelo, ocasionando la contaminación de los yacimientos de agua subterráneos. Impactos sobre la flora y fauna, el proceso de excavación elimina todo tipo de flora existente en la corteza terrestre, además los animales se ahuyentan por el ruido, cambios en su hábitat y contaminación de fuentes de agua. Conflictos entre comunidades y empresas de minería, las comunidades aledañas se ven afectadas y pueden generarse disputas por el uso indebido de las tierras, además de la posible sobrepoblación debido a la nueva fuente de trabajo. Cambios visuales, luego de terminada la explotación quedan inmensos cráteres en el área, disminuyendo el atractivo de la zona”[51]“Minería a cielo abierto y sus impactos en el medio ambiente», en: https://www.ocmal.org/mineria-a-cielo-abierto-y-sus-impactos-en-el-medioambiente/. Con este tipo de minería se extrajeron, en México, de 2006 a 2018, 1,059 toneladas de oro, seis veces más de los extraído en los 300 años de la Colonia, y en plata 48, 626 toneladas, 90% más de lo extraído durante la Colonia. El 75% de las concesiones mineras se otorgaron a empresas extranjeras. La superficie destinada a la minería vigente en México es de 21 millones de hectáreas. El 11% del territorio mexicano está concesionado a mineras por 50 y hasta 100 años. La minería ha invadido incluso Áreas Naturales Protegidas: de las 142 Áreas Naturales Protegidas, en 60 hay concesiones mineras. Se extienden en Áreas de Protección de Recursos Naturales (75%), en Recursos de la Biosfera (63%), en Áreas de Protección de Flora y Fauna (45%), en Santuarios (22%) y en Parques Nacionales (15%). Como el agua es utilizada en la minería, se han dado concesiones a cien empresas mineras para su explotación, uso y aprovechamiento, así como permisos de descarga. Se ha determinado que en las zonas mineras aumenta la pobreza y la migración; uno cuantos se enriquecen mientras que las mayorías sufren miseria material y ecológica; en ellas se promueve la violencia con sus métodos de despojo y saqueo. En algunas regiones del país este negocio es manejado por el crimen organizado. Si el metabolismo sociedad/ naturaleza es fracturado por sus métodos destructivos de extracción (de ecosistemas, de agua), esto se refuerza con sus métodos contaminantes de excreción, ejemplificado en las llamadas “presas de jale” o presas tóxicas, represas de agua con residuos tóxicos de las actividades mineras que se extienden por todo el territorio como focos de contaminación. Romper el dualismo androcéntrico occidental debe relacionar siempre los efectos ecológicos con los sociales y viceversa: los impactos ambientales de este tipo de minería son, también, ecosociales (destrucción de comunidades y formas de vida, migración, desempleo, enfermedades, etc.) y ecopolíticos (autoritarismos, violencias, corrupción). Es urgente, entonces, una transición que nos saque de este extractivismo capitalista y nos lleve… ¿al Buen Vivir o al ecosocialismo, a un ecosocialismo que integra el proyecto del Buen Vivir.
Una manera de abrir el diálogo de nuestro ecosocialismo con el Buen Vivir es revisar algunas aportaciones de participantes destacados en la Asamblea Constituyente que dio lugar a la Constitución ecuatoriana de 2008 [52]Constitución de Ecuador de 2008, en: https://www.cec-epn.edu.ec/wp-content/uploads/2016/03/Constitucion.pdf, en donde se plasmaron algunos principios del Buen Vivir y se consagraron losDerechos de l a Naturaleza. En el libro El Buen Vivir. Una vía para el desarrollo, compilado por Alberto Acosta y Esperanza Martínez, podemos encontrar una exposición y defensa del espíritu del Buen Vivir concretado en la Constitución de Montecristi. En un breve ensayo de Alberto Acosta, que fue presidente de esa Asamblea Constituyente, se exponen los aportes de esta Constitución, indicándose lo siguiente: -Promover una economía solidaria, centrada en el ser humano, buscando dignificar el trabajo; -Asignar inversiones más elevadas en Educación y Salud; -Avanzar en el principio de ciudadanía universal; -Apoyar la descentralización y las autonomías, con solidaridad y equidad; -Asumir la orientación general del Sumak Kawsay como régimen de desarrollo: “Art. 275. El régimen de desarrollo es el conjunto organizado, sostenible y dinámico de los sistemas económicos, políticos, socio-culturales y ambientales, que garantizan la realización del ‘Buen Vivir’, del Sumak Kawsay… El ‘Buen Vivir’ requerirá que las personas, comunidades, pueblos y nacionalidades gocen efectivamente de sus derechos, y ejerzan responsabilidades en el marco de la interculturalidad, del respeto a sus diversidades, y de la convivencia armónica con la naturaleza.” El Buen Vivir se interpreta como vida equilibrada entre el individuo, la comunidad y la Naturaleza. Por eso se ve a la Naturaleza como sujeto de derechos, al agua como derecho humano y al derecho de alimentos sanos, de soberanía alimentaria, de ambiente sano: “Art. 14.- Se reconoce el derecho de la población a vivir en un ambiente sano y ecológicamente equilibrado, que garantice la sostenibilidad y el buen vivir, sumak kawsay. Se declara de interés público la preservación del ambiente, la conservación de los ecosistemas, la biodiversidad y la integridad del patrimonio genético del país, la prevención del daño ambiental y la recuperación de los espacios naturales degradados.” Desde la perspectiva de Acosta, la orientación del Buen Vivir es una manera de superar las taras de una economía extractivista. En otra intervención, Edgardo Lander plantea una nueva noción de riqueza distinguiendo la riqueza monetaria, cuantitativa, y la riqueza cualitativa de la biodiversidad, la diversidad cultural y la armonía entre la sociedad y la naturaleza. Valorando los aportes de esta Constitución, la feminista Magdalena León subraya el “cambiar la economía para cambiar la vida”, colocando “la vida como eje y categoría central de la economía” gracias al Buen Vivir. Ella destaca tres líneas al respecto: promover la economía social y solidaria, la economía de cuidados (desnaturalizando que el cuidado sea inherente a las mujeres) y una economía como sostenibilidad de la vida. Rafael Quintero destaca “las innovaciones conceptuales de la Constitución de 2008 y el Sumak Kawsay” con el otorgamiento de derechos a la Naturaleza (la primera en el mundo), a partir de las tradiciones de los pueblos originarios. “Art. 71. La naturaleza o Pacha Mama, donde se reproduce y realiza la vida,tiene derecho a que se respete integralmente su existencia y el mantenimiento y regeneración de sus ciclos vitales, estructuras, funciones y procesos evolutivos. Toda persona, comunidad, pueblo o nacionalidad podrá exigir a la autoridad pública el cumplimiento de los derechos de la naturaleza. Para aplicar e interpretar estos derechos se observarán los principios establecidos en la Constitución, en lo que proceda. El Estado incentivará a las personas naturales y jurídicas, y a los colectivos, para que protejan la naturaleza, y promoverá el respeto a todos los elementos que forman un ecosistema. Art. 72.- La naturaleza tiene derecho a la restauración. Esta restauración será independiente de la obligación que tienen el Estado y las personas naturales o jurídicas de Indemnizar a los individuos y colectivos que dependan de los sistemas naturales afectados. En los casos de impacto ambiental grave o permanente, incluidos los ocasionados por la explotación de los recursos naturales no renovables, el Estado establecerá los mecanismos más eficaces para alcanzar la restauración, y adoptará las medidas adecuadas para eliminar o mitigar las consecuencias ambientales nocivas. Art. 73.- EI Estado aplicará medidas de precaución y restricción para las actividades que puedan conducir a la extinción de especies, la destrucción de ecosistemas o la alteración permanente de los ciclos naturales. Se prohíbe la introducción de organismos y material orgánico e inorgánico que puedan alterar de manera definitiva el patrimonio genético nacional. Art. 74.- Las personas, comunidades, pueblos y nacionalidades tendrán derecho a beneficiarse del ambiente y de las riquezas naturales que les permitan el buen vivir. Los servicios ambientales no serán susceptibles de apropiación; su producción, prestación, uso y aprovechamiento serán regulados por el Estado.” Aunque esta Constitución tiene muchas otras innovaciones, dice este autor, “no abandona sus referentes a las teorías del desarrollo y al crecimiento capitalista. Expresa en ello, las mismas tensiones de la sociedad ecuatoriana actual, la lucha entre lo viejo y lo nuevo, entre la dominación oligárquica y la hegemonía popular, entre el modelo neoliberal de desarrollo que se niega a abandonar el escenario y otro alternativo que debe nacer”[53]Acosta, Alberto y Martínez, Esperanza (Compiladores). El Buen Vivir. Una vía para el desarrollo, p.89.. Diana Quiroles Suárez defiende a esta Constitución inspirada en el Buen Vivir como caminando “hacia un nuevo pacto social en armonía con la Naturaleza”: hacia una armonía entre las comunidades humanas con la Naturaleza, en donde el ser humano es tanto parte de una comunidad como parte de una comunidad biótica, de la Naturaleza, de la Pachamama. Y luego cita de esta Constitución la idea de desarrollo conectada con el Buen Vivir y sus Objetivos: “Art. 276.- El régimen de desarrollo tendrá los siguientes objetivos: 1. Mejorar la calidad y esperanza de vida, y aumentar las capacidades y potencialidades de la población en el marco de los principios y derechos que establece la Constitución. 2. Construir un sistema económico, justo, democrático, productivo, solidario y sostenible basado en la distribución igualitaria de los beneficios del desarrollo, de los medios de producción y en la generación de trabajo digno y estable. 3. Fomentar la participación y el control social, con reconocimiento de las diversas identidades y promoción de su representación equitativa, en todas las fases de la gestión del poder público. 4. Recuperar y conservar la naturaleza y mantener un ambiente sano y sustentable que garantice a las personas y colectividades el acceso equitativo, permanente y de calidad al agua, aire y suelo, y a los beneficios de los recursos del subsuelo y del patrimonio natural. 5. Garantizar la soberanía nacional, promover la integración latinoamericana e impulsar una inserción estratégica en el contexto 136 internacional, que contribuya a la paz y a un sistema democrático y equitativo mundial. 6. Promover un ordenamiento territorial equilibrado y equitativo que integre y articule las actividades socioculturales, administrativas, económicas y de gestión, y que coadyuve a la unidad del Estado. 7. Proteger y promover la diversidad cultural y respetar sus espacios de reproducción e intercambio; recuperar, preservar y acrecentar la memoria social y el patrimonio cultural.” Patricio Carpio explica “El Buen Vivir, más allá del desarrollo”, colocándolo en el nuevo paradigma del Postdesarrollo y como una forma de transitar fuera del extractivismo, al igual que Gudynas y Acosta. Sin duda, la Constitución de Montecristi de 2008 es la más avanzada en el mundo entero. Es un ejemplo mundial desde la composición de la Asamblea Constituyente y por su declarada inspiración en la cultura indígena y comunitaria. Significa una ruptura radical con la tradición constitucional liberal y es notable por sus avances en su concepción de los derechos y las obligaciones estatales. Es, hasta ahora, el logro más importante de múltiples luchas ecosociales y del fuerte movimiento indígena de Ecuador. Aunque buscaba superar al extractivismo, no se atrevió a romper con el capitalismo, lo que limitó y a la postre frustró sus importantes y ejemplares innovaciones, impidiendo así que iniciara una verdadera transición más allá del extractivismo, que solo puede ser ecosocialista. Como se vio después con el propio gobierno progresista de Correa, si un gobierno no pretende esa transición, la Constitución más avanzada se vuelve letra muerta… Sobre los contenidos comunitarios del Buen Vivir, cabe recordar que el viejo comunista Marx exploró la posibilidad de saltarse el desarrollismo capitalista a través de las comunas campesinas rusas en unas célebres cartas que escribió a la populista rusa Vera Zasulich. En conclusión, la transición ecosocialista puede nutrirse de los aportes del proyecto de Buen Vivir, a condición de que éste sea abiertamente anticapitalista y más que postdesarrollista y decrecimientista sea ecosocialista.
De hecho, la transición ecosocialista retoma temas del Buen Vivir, pero insertos en las luchas ecosociales y radicalizados de manera abiertamente anticapitalistas. Recordemos que el ecosocialismo se plantea como una alternativa al “Progreso destructivo” (Marx) del capitalismo, pues sus metas no son cuantitativas (reducidas a más producción, comercio y consumo) sino cualitativas: satisfacer las necesidades humanas y lograr un equilibrio ecológico. El ecosocialismo reúne la crítica social al capitalismo con la crítica ecológica, es decir: rechaza a la economía capitalista tanto por razones sociales (justicia social) como por razones ecológicas. Para Marx, Engels y los ecosocialistas la meta no es desarrollar las fuerzas productivas sino ganar tiempo libre para que la humanidad pueda desarrollar sus potencialidades humanas (consciencia, libertad, creatividad, socialidad). Desde el ecosocialismo se critica a los llamados “socialismos reales” del siglo XX porque, pese a la socialización de las fuerzas productivas (eliminar su propiedad y control privado), de manera burocrática y autoritaria se impuso la lógica del productivismo en la agricultura y la industria, con terribles desastres ecológicos. De esa experiencia, los ecosocialistas sacamos, como lo señala Lowy, la siguiente lección: “Si el cambio de las formas de propiedad [de privada a social] no es seguida por una gestión democrática y por una reorganización ecológica del sistema de producción se llega a una situación sin salida posible”[54]Michel Lowy. Ecosocialismo. La alternativa radical a la catástrofe ecológica capitalista. Ediciones Herramienta, Argentina 2011, p.42.. Por eso, el control público de la producción (la abolición de la propiedad privada sobre los grandes medios de producción y comercialización) debe ir acompañada de una planificación democrática. Esto significa que las inversiones productivas y cambios tecnológicos, buscando el bien común y el cuidado de la naturaleza, deben ser decisiones colectivas y democráticas, votando después de debates públicos e informados. “En este sentido, el conjunto de la sociedad será libre de elegir democráticamente las líneas productivas a privilegiar y el nivel de recursos que deberán ser invertidos en educación, salud o cultura”[55]Idem, p.44.. Con la participación colectiva y democrática en la gestión de la economía, la producción y el consumo no estarán enajenadas funcionando automáticamente para maximizar ganancias y reducir costos sino controladas por la sociedad para el bien colectivo y el cuidado de la naturaleza. En ese sentido se refiere Marx al reino de la libertad que implica el socialismo: la reducción del tiempo de trabajo, garantizando una vida digna y el desarrollo de las potencialidades humanas) y la participación colectiva de la gestión del metabolismo sociedad /naturaleza. Se trataría, entonces, de transitar de un sistema económico fundado en la propiedad privada, la producción y el consumo ilimitados de mercancías con valor de cambio lucrativo, la explotación del trabajo y la naturaleza para obtener plusvalía privatizada como ganancia, a un sistema sostenido en la propiedad social con una gestión democrática y ecológica (cuidando el metabolismo sociedad / naturaleza) de los trabajadores asociados, tanto de la producción de productos con valor de uso como del consumo (garantizando una vida digna igualitaria para todos), sin explotación del trabajo o de la naturaleza, centrado en el cuidado de la vida, humana o no humana[56]Cfr. Resolución del XVII Congreso Mundial de la IV Internacional sobre «La destrucción del medio ambiente y alternativa ecosocialista», … Seguir leyendo. Desde la perspectiva ecosocialista, es necesario pensar varias transiciones: 1. Impulsar una rápida transición para cambiar la relación sociedad / naturaleza para cuidar a ambas e instituir, sin capitalismo, una gestión racional, temperada y prudente del metabolismo que existe entre la sociedad y la naturaleza. Ello implica, entre otras cosas, reducir y terminar con la masiva intoxicación medioambiental (de productos químicos, plásticos, GEI, etc.), con el ecocidio (salir del extractivismo y de la agroindustria, regenerar ecosistemas, limpiar ríos y mares, impulsar la agroecología, etc.) y estabilizar el cambio climático con una reducción drástica de GEI, con una rápida transición que vaya reduciendo hasta cerrar la producción de industrias contaminantes, modificando radicalmente el sistema de transporte transitando del transporte privado (sustentado en el automóvil) al público (trenes, autobuses, tranvías, ciclovías), de superficie o subterráneo, no contaminante, eficiente, gratuito. Será urgente salir del extractivismo con una transición dirigida al cierre de mineras, petroleras, monocultivos y empresas depredadoras y contaminantes. También será necesario acabar con la producción dañina o inútil (como la de armamentos); superar la división entre la ciudad y el campo; cuidar y gestionar colectiva y democráticamente los suelos, el agua, energías, los recursos naturales, etc. En este proceso deben darse, en efecto, Derechos de la naturaleza (porque es un valor en sí mismo, porque somos naturaleza y ecodependientes), así como concebir como Derecho Humano el acceso al agua, alimentos y ambiente sano, energía eléctrica, etc., colocando en el centro el logro de la soberanía alimentaria, impulsando la agroecología. 2. Abolir la gran propiedad privada del sector energético, los recursos naturales, el sector crediticio y de los saberes para impulsar una transición del sistema energético, de modo que se pase del actual sistema energético capitalista (privatizado, centralizado, apoyado en los combustibles fósiles o nucleares no renovables y contaminantes) a otro, ecosocialista, que esté socializado, descentralizado, sustentado en energías alternativas renovables y no contaminantes, como la energía solar. Eso significa, entre otras cosas, ir despetrolizando a la economía así como desarrollar e implantar de manera masiva sistemas energéticos renovables y no contaminantes. 3. Terminar también con la gran propiedad privada de los grandes sectores productivos y de circulación, sobre todo en alimentos, medicinas, ropa, etc. De esa manera se podrían cumplir las siete obligaciones de los gobiernos que planteaba la Constitución ecuatoriana: “mejorar la calidad y esperanza de vida, y aumentar las capacidades y potencialidades de la población”, “construir un sistema económico, justo, democrático, productivo, solidario y sostenible basado en la distribución igualitaria de los beneficios del desarrollo, de los medios de producción y en la generación de trabajo digno y estable”, “fomentar la participación y el control social, con reconocimiento de las diversas identidades y promoción de su representación equitativa, en todas las fases de la gestión del poder público”, “recuperar y conservar la naturaleza y mantener un ambiente sano y sustentable que garantice a las personas y colectividades el acceso equitativo, permanente y de calidad al agua, aire y suelo, y a los beneficios de los recursos del subsuelo y del patrimonio natural”, “garantizar la soberanía nacional, promover la integración latinoamericana” contribuyendo “a la paz y a un sistema democrático y equitativo mundial”, “promover un ordenamiento territorial equilibrado y equitativo que integre y articule las actividades socioculturales, administrativas, económicas y de gestión” y “proteger y promover la diversidad cultural y respetar sus espacios de reproducción e intercambio; recuperar, preservar y acrecentar la memoria social y el patrimonio cultural.” Desde la mirada ecosocialista, dignificar el trabajo significa terminar con la explotación del mismo, tanto del productivo como del reproductivo, garantizando una vida digna y una reducción del tiempo de trabajo así como la participación autogestiva de la producción. Se trataría de promover un trabajo útil con autogestión, con menos tiempo de trabajo y elaborando productos con valor de uso de calidad y durables. Ya no habría trabajo explotado para mercancías con valor de cambio que impulsan la producción a gran escala de productos inútiles y/o dañinos: la industria de armamentos es un buen ejemplo, pero gran parte de los bienes producidos en el capitalismo, con su obsolescencia intrínseca, no tienen otra utilidad que generar beneficios para las grandes empresas (incluso los alimentos, la medicina, etc.). Pero gestionar colectiva, ecológica, democráticamente y de manera planificada la producción implica hacer lo mismo con el consumo. Éste se centraría, primordialmente, en la satisfacción de las necesidades básicas (agua, alimentos, ropa, viviendas) y servicios civilizadores (salud, educación, transporte, cultura). Con ello no sólo se terminaría con la desigualdad y la pobreza material y ecológica sino que permitiría el desarrollo de las potencialidades humanas y la posibilidad de gozar la vida. Ello también implica terminar con el consumo como adquisición ostentativa, con los desperdicios masivos, con la alienación mercantil, con la acumulación obsesiva de bienes y la compra compulsiva de supuestas novedades impuestas por la moda. El ecosocialismo, dice Lowy, “ya no espera fundar la producción sobre los criterios del mercado y del capital -la demanda solvente, la rentabilidad, la ganancia, la acumulación-, sino sobre la satisfacción de las necesidades sociales, el ‘bien común’, la justicia social. Se trata de valores cualitativos, irreductibles a la cuantificación mercantil y monetaria. Al rechazar al productivismo, Marx insistía en dar prioridad al ser de los individuos -la plena realización de sus potencialidades humanas-, y no al tener, a la posesión de bienes. Para él, la primera necesidad, la más imperativa, la que abre las puertas del “reino de la libertad, es el tiempo libre, la reducción de la jornada de trabajo, el agotamiento de los individuos en el juego, la actividad ciudadana, la creación artística, el amor”[57]Lowy. Op.cit, p.90.. Se acepta, por supuesto, que en una transición hacia el ecosocialismo habrá conflictos “entre las exigencias de la protección medioambiental y las necesidades sociales, entre los imperativos ecológicos y la necesidad de desarrollar las infraestructuras básicas”, entre la demanda de productos y la escasez de los mismos. Estas contradicciones podrán procesarse y resolverse mediante una planificación democrática de la producción y el consumo, con una perspectiva ecosocialista, libre del afán de beneficios y con un amplio debate público que sea previo a las decisiones que tome la propia sociedad. ¿Cómo iniciar esas transiciones, esa revolución permanente que tiene como meta al ecosocialismo? Para las organizaciones políticas que tienen este objetivo estratégico se trata de organizar o participar en las movilizaciones sociales proponiendo una serie de demandas de transición que eleven la conciencia y la organización de los sectores movilizados hasta la comprensión de que sus demandas sólo podrán ser satisfechas con otro gobierno político y otro sistema económico que rompan con el capitalismo, y que esto sólo se podrá llevar a cabo con su organización y unidad en un proceso de revolución permanente que dirija una transición del capitalismo al ecosocialismo. Esos sectores en lucha, potenciales sujetos ecosocialistas, son los campesinos y pueblos originarios (a los que se reconoce como los más comprometidos en la lucha medioambiental y climática), las mujeres (que son la vanguardia en todas las luchas sociales y ecosociales), los ecologistas, los jóvenes (que están cobrando consciencia de que les arrebataron el futuro) y, por supuesto, los trabajadores asalariados, en los que es necesario vincular la lucha por sus demandas tradicionales (trabajo, salarios, derechos y prestaciones) con demandas medioambientales que sientan como vitales (derecho a la salud, a alimentos y a un ambiente sano). La perspectiva ecosocialista valora, por supuesto, las experiencias autogestivas y autonómicas ecologistas pero considera que éstas deben articularse con la lucha ecosocialista para cambiar al sistema capitalista. La tarea política central es, en consecuencia, buscar convergencias que unan las luchas sociales y las ecosociales en una perspectiva anticapitalista, feminista y ecosocialista, en la lógica de la Revolución Permanente internacional.
David Harvey. Harvey, David. “El nuevo Imperialismo”, en: http://www.vientosur.info/articulosweb/noticia/index.php?x=196)), David Harvey reflexiona sobre el desarrollo del Imperialismo a partir de la dinámica de la acumulación capitalista, proceso que lleva inevitablemente a las crisis de sobreproducción. Para él, siguiendo cierta tradición marxista, los problemas de la acumulación mediante la expansión continuada de la reproducción se compensan con lo que llama la “acumulación por desposesión”, esto es: por una especie de “acumulación originaria” constante, que dibuja por completo la faceta más bárbara del capitalismo actual. Una forma de dar salida a esta sobreproducción es, dice Harvey, impulsar “reajustes espacio-temporales” o expansiones geográficas. En este problemático marco de los flujos de capital se inserta y desarrolla la acumulación mediante desposesión. La idea viene de Rosa Luxemburgo, quien llegó a pensar que toda acumulación capitalista interna requiere un campo externo, precapitalista, para desarrollarse. Es justamente en esa expansión externa en donde el Capital ya no avanza por su propio proceso de acumulación sino por una suerte de “acumulación originaria permanente” que deja de ser originaria para volverse constante como proceso de desposesión. Harvey se refiere, entonces, a violentos procesos que llegan hasta la actualidad que incluyen el reforzamiento de los extractivismos, la extensión de la propiedad privada eliminando otros tipos de propiedad, la forzosa mercantilización y privatización de la tierra, la proletarización de las poblaciones campesinas, la eliminación de los bienes comunes, la destrucción de formas alternativas (indígenas, campesinas, comunitarias) de producción y consumo, la sobreexplotación de la naturaleza y del trabajo humano. Todo ello pone a la luz la barbarie del capitalismo naciente y actual, que no sólo se manifestó en los orígenes del Capital, cuando Marx decía que éste había llegado al mundo “chorreando sangre y lodo, por todos los poros, desde la cabeza hasta los pies»((Marx, Carlos. El Capital I. FCE, México 1973. Capítulo XXIV, “La llamada acumulación originaria“, pp.607ss.
Eduardo Gudynas. “El postdesarrollo como crítica y el Buen Vivir como alternativa“, en: Gian Carlo Delgado Ramos (coordinador). Buena vida, buen vivir: imaginarios alternativos para el bien común de la humanidad.UNAM, México 2014.
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Alberto Acosta. “Aporte al debate: El extractivismo como categoría de saqueo y devastación“, en FIAR (Forum for Inter-american Research), Vol. 9.2 (Sep. 2016) 25-33.
Alberto Acosta, “ El Buen Vivir, más allá del desarrollo“, en Gian Carlo Delgado Ramos (coordinador). Buena vida, buen vivir: imaginariosalternativos para el bien común de la humanidad, p.29.