Actualidad Internacional: Entrevista con…

Yerling Aguilera: “En Nicaragua, la historia ha demostrado que cada lucha deja una huella que nunca se pierde”

07/11/2021

Jorge Basilago

Nacida y criada en una zona rural, radicada más tarde en Managua, Aguilera es socióloga pero subraya que prefiere “no usar esa carta” para presentarse

Fuente: La línea de fuego

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afé en mano, la entrevistada recibe a La Línea de Fuego en la sala de reuniones de la FRL. Nacida y criada en una zona rural, radicada más tarde en Managua, Aguilera es socióloga pero subraya que prefiere “no usar esa carta” para presentarse. Acaso sienta que otras aristas de su personalidad la definen con mayor precisión: activista, investigadora académica, docente o, mejor aún, mujer, desde su nacimiento hasta este momento histórico en que las cuestiones de género atraviesan y modelan cada vez más elementos de nuestra vida social. “Lo que antes eran demandas feministas, como el respeto a las mujeres y sus derechos, se empezaron a colectivizar y a vivirse como un continuum, pero también desde el aquí y el ahora”, remarca.

Durante los últimos tres años, varios gobiernos de América Latina perdieron de vista esa línea que conecta el historial de las luchas populares con la coyuntura actual. El resultado es bastante conocido: pese a la feroz represión estatal, movilizaciones masivas y prolongadas en el tiempo pusieron en serios aprietos el accionar de los poderes establecidos y su otrora hegemónico relato sobre los hechos. “Como en otras partes, el discurso oficial del gobierno de mi país fue que la gente que estaba en las calles era terrorista. La paradoja del caso de Nicaragua es que una estructura que no surge precisamente de regalar flores, como la guerrilla, recicle esas categorías utilizadas por los gobiernos conservadores y de derechas para criminalizar a los movimientos sociales”, cuestiona Aguilera.

Ese es el eje que articula los ensayos agrupados en Desbordes… y esta entrevista: conocer mejor los mecanismos que impulsaron el descontento generalizado y su particular funcionamiento interno, haciéndolos aún más peligrosos y difíciles de manejar para los gobernantes de turno. “Lo que sucedió con el ‘Movimiento azul y blanco’ es que en ese momento no podías encontrar un ‘centro ordenador’, porque a veces tenías hasta cuatro movilizaciones en un mismo día. Fue interesante porque eso también dotaba de cierta autonomía a la gente, que podía plantear sobre las rutas algunas cuestiones que surgían de la coyuntura”, destaca Aguilera.

Un poder envejecido, o la inversión de la esperanza

Cuarenta años atrás, Julio Cortázar publicó uno de sus libros menos recordados, Nicaragua tan violentamente dulce, donde expresa su solidaridad con los primeros pasos de la Revolución Sandinista de 1979. En esas páginas, pese a su tono panfletario, el narrador argentino desliza algunas sentencias que resultan premonitorias, leídas desde 2021. Por ejemplo sostiene que en 1984, de George Orwell, “el horror es infinitamente más grande” que en La Divina Comedia, de Dante Alighieri, “porque su límite no está en sí mismo, en la progresión del mal, sino en la inversión de la esperanza”.

Tras casi tres décadas en la presidencia del país centroamericano –con un paréntesis entre 1990 y 2006-, envejecido, sin reflejos y con una severa artrosis en la cintura política, el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) ha devenido en la inversión de la esperanza que supo despertar en sus inicios. “Algo que también ponen en perspectiva las movilizaciones de abril, es que el poder no es inquebrantable, que tiene fisuras y disputas internas y no conserva siempre el mismo encanto”, razona Aguilera, quien a lo largo de la conversación comparará varias veces al FSLN con un “Gran Hermano”, al estilo de la novela orwelliana.

Pregunta: Más allá del desgaste de un régimen que lleva tanto tiempo en el poder, ¿cuáles fueron las “gotas” que se acumularon hasta causar el desborde de 2018?

Yerling Aguilera: Creo que hubo muchas gotitas que fueron convirtiéndose en ese aguacero; pero también hay un telón de fondo. Tenemos, por ejemplo, la reforma del seguro social: en Nicaragua ha habido una gran pelea para conseguir la pensión reducida, que paradójicamente el gobierno sandinista implementó en la primera etapa de la revolución, para que las personas que hayan cotizado menos de cinco años de trabajo –en mi país hay mucha informalidad laboral- tuvieran ese derecho. La reforma del seguro social viene a deducir un 5% de esa pensión bastante raquítica que, para mucha gente, es su único ingreso. Entonces, las personas mayores ya se habían movilizado desde antes, con el antecedente del #OcupaINSS en 2013, que el gobierno reprimió, pero que en 2018 vuelve a tomar presencia por la aprobación de ese paquete de reformas concebido de un día para otro.

Un poco antes de esto tuvimos también la quema de una reserva en Nicaragua, por la cual la gente se movilizó… yo diría que no tanto con un sentido efervescente ecologista, sino por la mala gestión que hizo el gobierno de esa situación. Además que son temas muy sensibles, porque también se ha denunciado el tráfico de la madera y el impacto ambiental de la propuesta de construir un canal interoceánico, entre otras cuestiones.

Pero algo que para mí tiene mucho peso es que en los últimos años, en Nicaragua –y creo que puede ser una cuestión compartida a nivel latinoamericano-, vienen cambiando los espacios de socialización política de la juventud y la sociedad. Ya no todo se concentra en las militancias del partido como único referente, sino que hay espacios alternativos. Esa desvinculación se da a partir del desencanto, sobre todo porque el FSLN ya tiene una trayectoria larga, y eso da margen para valorar hasta qué punto ha respondido a las necesidades de la población. Y también porque es más visible la lógica de vigilancia, como la figura del Gran Hermano: el partido, en Nicaragua, lo controla todo; desde el hecho de acceder a una beca en una universidad pública hasta la fecha de una cita médica. Creo que esa decepción propició el hecho de que las y los jóvenes que participaron en las movilizaciones de 2018 se vincularan con otras estructuras, con organizaciones más horizontales, desde donde se promovieran valores diferentes. Me parece que eso también es un telón de fondo en el cual las gotas que tú mencionabas se van desarrollando.

P: ¿Qué nos podrías contar acerca del funcionamiento de esos mecanismos de control que mencionabas hace un momento?

Aguilera: Hay algunas estructuras que se crearon y que son una herencia de la revolución (sandinista). Al inicio se llamaban ‘Consejos del Poder Ciudadano’ (CPC) y funcionaban para resolver cuestiones comunitarias: la limpieza del barrio, si en alguna calle faltaba el agua o en otra parte no llegaba la luz… En algún momento tuvieron su razón de ser, porque hasta antes de la crisis Nicaragua era uno de los países más seguros de la región y existía la teoría de que todo partía de esto, de las organizaciones territoriales, porque era más difícil que el narcotráfico permeara, o porque la gente tenía una idea más fuerte de la comunidad y de la asistencia mutua. Pero esas estructuras perdieron su camino y devinieron en aparatos funcionales a la vigilancia y a la persecución. Actualmente, esos consejos son orejas y bocas del gobierno que, en el caso de que sepan que no estás a favor del régimen, te pueden delatar o limitar tu acceso a algunos servicios públicos, como los hospitales o una beca en la universidad. Controlan hasta la aplicación de algunas leyes, por ejemplo la ley contra la violencia hacia las mujeres: eran los consejos los que determinaban si una mujer estaba siendo violentada y si había que mediar con el abusador. Entonces, a través de los CPC el partido es el Gran Hermano que controla con quién vives, quién entra en tu casa, de qué partido eres, si no tienes partido, dónde estudias, dónde trabajas e incluso llegan a hacer visitas a tu casa para sondearte.

P: Al inicio de la charla comentabas que hay fisuras y disputas internas en el FSLN, ¿en qué aspectos se nota esto?

Aguilera: A partir de todo este autoritarismo, que funciona a través de estructuras bastante disciplinadas que, si no te sometes, te pasan cuentas, se crean disidencias que luego se vuelven en tu contra. Durante todo el ciclo de protestas hubo mucha gente que venía del partido, que había estado trabajando con el gobierno, y también gente que colaboraba de forma secreta porque temía que le pasaran cuentas.

Existe incluso la teoría de que como la esposa del presidente es a la vez vicepresidenta (NdeR: se refiere a Rosario Murillo, casada con Daniel Ortega desde 1979 y segunda mandataria desde 2017), se formaron bandos alrededor de ambos, con respecto a cómo se manejaba en su momento la cuestión de las protestas sociales. Lo que pasa es que esas tensiones es bastante difícil rastrearlas de forma más clara, porque el partido es muy disciplinado, cerrado, no van a salir en un medio de comunicación atacándose. Con lo de la covid-19 también se siguió un poco esa línea, porque el gobierno al inicio adoptó una posición negacionista e hizo marchas masivas para derrotar a la pandemia en el nombre de dios…

P: ¿Cómo se explica la relación con las iglesias, en un gobierno de signo presuntamente revolucionario y de izquierdas?

Aguilera: El FSLN tiene una posición bastante ambigua, y esa ambigüedad proviene de instrumentalizar la religión, sobre todo en Nicaragua que es un país muy religioso. Cuando el sandinismo retornó al poder tuvo un acercamiento con la Iglesia Católica, pese a que en años anteriores habían sido enemigos acérrimos. Y la consigna del gobierno era “Nicaragua cristiana, socialista y solidaria”. Producto de esa instrumentalización también ha habido un acercamiento con las iglesias evangélicas, incluso en cadenas de oración oficiales. Es algo que el gobierno tiene muy interiorizado, desde esa lógica, para penetrar en algunos grupos que antes lo miraban con recelo porque estaba esta idea del régimen de los años ochenta, marxista y ateo. Pero ahora opera en paralelo con las religiones.

Hasta la penalización del aborto terapéutico en Nicaragua se dio como una especie de negociación y “reconciliación” entre el FSLN –en 2007, cuando estaba en la bancada de mayoría en la Asamblea Legislativa- y la iglesia católica. Luego, una vez en el poder, el partido desmanteló también la ley en contra de la violencia hacia las mujeres, porque las iglesias decían que esa ley venía a separar a las familias. Por esa cercanía, para evitar las críticas del sector religioso, todo lo que pueda oler o tener algún signo de progresismo, en Nicaragua, está totalmente vetado.

Indignarse para abrir los ojos

El tono de voz de Yerling Aguilera es claro y firme, casi siempre. Solo se adelgaza, hasta volverse poco más que un susurro apagado, al mencionar el nombre de Daniel Ortega. Es, a todas luces, un hecho inconsciente pero inducido: resulta sencillo intuir en ese gesto el temor de alguien que siente que las paredes pueden oír, sin importar dónde se encuentre. Tampoco es difícil suponer que, en Nicaragua, existen muchas otras voces que reducen su volumen a tal extremo. Y es bien sabido que la acumulación de silencios impuestos suele volverse grito ante la menor ocasión propicia, como sucedió en 2018. “Cuando comenzaron las movilizaciones yo trabajaba como docente universitaria en Managua, y el epicentro de las protestas surgió en las universidades; así que tuve la información de primera mano y era muy difícil voltear la mirada ante cuestiones como esas”, evoca.

La historia política de Nicaragua ha estado atravesada por múltiples movimientos: algunos como leves cosquilleos y otros en forma de sismos de gran intensidad. Desde las luchas independentistas encabezadas por Augusto César Sandino hasta las revueltas de 2018, pasando necesariamente por la Revolución Sandinista de fines de los años setenta. Y como bien lo resume Yerling Aguilera, su gente no se mantuvo indiferente ante tales gestos de cambio de época o de régimen: “La memoria de todos esos levantamientos tiene un peso muy fuerte en Nicaragua. No hay que perder de vista que cada movilización bebe de las luchas anteriores: ese remanente histórico hace que sea más difícil neutralizarla”, analiza.

P: Justamente, muchas de las rebeliones latinoamericanas recientes han tenido elementos comunes como la indignación y la desesperanza. ¿Cómo se expresa ese rasgo en las protestas de Nicaragua?

Aguilera: Lo primero es que hay un cuestionamiento al gran relato que neutralizaba mucho las movilizaciones, que era la defensa de algo tan abstracto como “la revolución”; porque te podían decir cosas como “en nombre de la revolución deja de comer”, o “en nombre de la revolución ponte a trabajar de gratis”. Pero lo concreto es el día a día: cómo percibes tú la cuestión de la revolución y la idea de que hay que estar al servicio de eso. Entonces, la primera cosa que pasa, es que se cuestiona ese gran relato de que tenemos que sacrificarnos por una “revolución” que tú no puedes verla ni vivirla.

Otro elemento importante es que, al pasar de lo abstracto a lo concreto, que es la vida, se produjo una resignificación del lema revolucionario “Patria libre o morir”, por “Patria libre para vivir”. Porque la gente siente que, en el día a día, no está viviendo eso que dice el gobierno. Entonces, mi lectura es que esa indignación es un disenso con el gran relato, en nombre de que lo que necesitamos es tener mejores condiciones de vida, frente a lo abstracto que a veces termina por deshumanizarnos. Y tampoco queremos poner nuestra vida al servicio de algo que luego puede devenir en una mera institucionalización de lo que ha sido la demanda original: “Vamos a movilizarnos porque queremos esto, pero también podemos dar un paso a un lado si sentimos que las cosas no van por el camino correcto”.

P: Puesta en estos términos, la indignación, en lugar de provocar ceguera, parece haberles abierto los ojos para impulsar una etapa de propuestas. ¿Cuál es tu lectura al respecto?

Aguilera: Lo de la propuesta resulta un poco difícil de identificar, porque una de las cuestiones que yo puedo leer –quizás esté equivocada, también- es que el ‘Movimiento azul y blanco’ no se rige por esta idea del programa político, o de la gran propuesta de nación, como los partidos tradicionales. Creo que la propuesta, y el mismo cambio social, se perciben como un continuum, pero también como una cuestión del aquí y el ahora. Por ejemplo, en la toma de las universidades, la gente debatía sobre la violencia machista; sobre cómo nosotras, desde ese espacio que habíamos tomado, también podíamos empezar a construir y a cuestionar todos esos patrones que derivaron en una estructura de desigualdad y de violencia hacia las mujeres. Entonces, la idea misma de la agenda se empieza a discutir: “¿De qué me sirve tener una propuesta de cambio a largo plazo, si en el aquí y el ahora no estoy viviendo eso?”. Me parece que el movimiento ha considerado que el hecho de salir a las calles y demostrar que el poder no es inquebrantable fue un paso adelante. Es un episodio y una propuesta en sí misma, porque el cambio social ya no está vinculado a la toma del poder o de considerar que “triunfamos porque derrocamos al gobierno y logramos convertirnos en un partido dominante”. Esto está todavía en disputa, porque creó también fisuras a lo interno del mismo movimiento, pero es muy interesante.

P: ¿Qué otros aspectos rescatas como positivos, en estas nuevas formas de organizarse y protestar en Nicaragua?

Aguilera: Creo que una ventaja que hemos tenido fue que todo esto tuvo lugar con la asistencia de las redes sociales y la tecnología. En el caso de la gente que estaba más expuesta, obviamente se iba notificando: “Estoy en tal sitio y veo alrededor movimiento de policías”; o “Necesito por favor salir, ¿pueden ayudarme a moverme de este sitio a este otro?”. Era una red de cuidado muy espontánea, no teníamos una guía.

Esto también funcionaba con la cadena de suministros de comida, de medicinas y, por ejemplo, si se sabía que alguien había sido herido y necesitaba de la asistencia de un médico. Porque en ese momento se estaba negando la atención en los hospitales públicos, a las personas que se sospechaba que habían sido heridas durante las protestas. Entonces había una red de asistencia médica, y también se suministraban alimentos a las universidades tomadas y se le daba seguimiento y acompañamiento a la gente que se sentía en una situación más vulnerable.

Al interior del ‘Movimiento azul y blanco’, lo que hay son un montón de redes que tienen en común el hecho de movilizarse para demandar la salida de Daniel Ortega y reformas políticas e institucionales. Pero no existe como una cuestión orgánica, sino como muchos colectivos que se mueven por diferentes partes –que los puedes encontrar tanto en Managua como en un municipio muy alejado- y se articulan en la espontaneidad. No operan con esa lógica más estructurada de partido, sino como algo más vivo, de redes que se regeneran, que pueden desaparecer y reaparecer en otra parte.

Como no existía ese centro que, si se desestabilizaba, todo se caía, lo que pasaba era que se reordenaba. Y fue igual en la toma de las universidades: a partir de las incursiones paramilitares lograron desalojar a los estudiantes, pero ellos se reagrupaban para tomar otra universidad o apoyaban a universidades que ya estaban tomadas, y desde ahí planeaban retomar la que había sido desalojada. Eso le daba dinamismo al movimiento y hacía que no fuese fácil golpearlo de muerte.

P: Otra forma de afectar a los movimientos populares es desligarlos de su entorno social, lograr que se los perciba como “pequeños grupos” que no representan las demandas o necesidades generales. ¿Cuál fue el nivel de permeabilidad social que generaron las protestas de 2018 en la población nicaragüense?

Aguilera: Yo encuentro dos manifestaciones de lo que señalas: la división entre “campo/ciudad” e “indio/civilizado”. Un poco antes de las protestas de 2018, cuando el movimiento campesino realizó movilizaciones en contra del canal interoceánico, la gente tendía a deslegitimarlas diciendo que “es un movimiento que se opone al progreso, porque la construcción del canal va a generar empleo”. Esto, aparte de toda la matriz colonial racista, también tiene que ver con la desconexión que existe entre los sitios urbanos y rurales; recuerdo que había mucha gente, incluso en organizaciones de oposición al gobierno, que ante las manifestaciones del campesinado en la capital, decían “ahí vienen los ‘botas de hule’”, o cuestionaban su inteligencia y su capacidad de estructurar un discurso.

Otra cuestión muy localizada, que surgió con fuerza durante las protestas de 2018, fue la del clasismo… esto de “quién tiene que ser el sujeto político”, porque la toma de las universidades se apoyó en los barrios periféricos, donde vive mucha gente desempleada o la delincuencia es alta. A raíz de eso, una chica trans me dijo algo que me impactó: “Yo encontré mucho clasismo en la consigna (antirrepresiva) que decía ‘no eran delincuentes, eran estudiantes’”. Porque esas personas que antes quizás se dedicaban a delinquir, no eran universitarias, pero fueron quienes nos protegían cuando salíamos de la universidad e íbamos a la casa a bañarnos o a traer algo. Entonces se producía un choque, porque obviamente nunca se habla sobre la vida del barrio en Managua, pero esas mujeres y hombres, que son siempre sujetos muy incómodos para todos, eran quienes mantenían las barricadas para evitar que los paramilitares o la policía entraran en la universidad. Y otro tema complejo es que la gente de los barrios puede ser muy útil para protegerte, para ser el escudo o el respaldo, pero cuando llega el momento de delegar para los diálogos, para figurar, se vuelve bastante desechable.

También el hecho de salvarte o no salvarte, de sobrevivir a la represión, se cruza con las cuestiones de clase. Porque la decisión de salir fuera del país o decir “me voy a exiliar en Costa Rica”, está marcada por las redes con que cuentas. Yo tuve el privilegio –aún cuando vengo de una familia bastante pobre- de contar con ese cobijo o poder decidir hacia dónde ir porque tenía quién me acuerpe. Pero para la gente de los barrios, el hecho de exiliarse es radical: la opción es dejar tu espacio, aunque sea una casa de cartón o de zinc, para irte A LA NADA. No todos tienen los recursos para tomar esa decisión de un momento a otro.

Ahora, si hablamos de cómo integrar todo esto, creo que lo interesante es que la gente situaba el cambio en el aquí y el ahora. Entonces, por ejemplo, esta chica trans que te mencioné, me contaba que se sentía cobijada en el espacio de la movilización, y que para ella era algo lejano el verse haciendo política como una sujeta trans. Me parece importante que se empiece a cuestionar todo lo que era antes el referente político, como el hombre barbudo, entrando a la plaza (risas)… Ese “sujeto-hombre nuevo” que es muy cuestionable. En todo ese mosaico de las protestas de abril, y en un país tan conservador como Nicaragua, las movilizaciones fueron integrando ciertas manifestaciones de disidencia del modelo patriarcal que antes eran impensables. Incluso en la primera etapa de la represión hubo tres personas trans entre los presos políticos; y la gente empezó a decir: “Si vamos a demandar su liberación, hay que llamarlas como ellas quieren ser llamadas, tenemos que respetarles al menos ese deseo”. Quizás algunos países de Latinoamérica tienen un camino mucho más avanzado en el reconocimiento de las identidades trans, pero en Nicaragua se empezó a visualizar con las protestas y ahora parece increíble mirar atrás y ver que todas estas luchas hayan tenido presencia.

Las feministas también hicieron oír su voz y ahora tenemos a la vista ese camino, que ha tomado muchos años y que la gente va incorporando poco a poco. Porque no vas a cambiar una estructura tan conservadora como la sociedad nicaragüense en poco tiempo, esos cambios son muy lentos, pero la semilla está ahí. Eso antes era muy difícil ver, porque el movimiento feminista en Nicaragua ha estado bastante localizado en lo urbano; a partir de las protestas de abril ha empezado a tener más presencia.

P: Mencionabas hace un momento la represión contra las manifestaciones de abril de 2018. Una medida repudiable no solo por el hecho en sí, sino por la contradicción que encierra para el FSLN. ¿Qué visión tienes al respecto?

Aguilera: Cuando el FSLN perdió las elecciones presidenciales en los noventa, tomó mucha fuerza en los sindicatos del sector transportista, de salud y otros. El partido, cuando era oposición, en un día te paraba todo el país. Y todo esto se hacía a partir de la movilización, de la toma de los espacios… y los calificativos que utilizaban los gobiernos neoliberales para referirse al Frente, eran precisamente los que hoy usa el gobierno: “Son grupos terroristas”. Al final, el gobierno termina mutando en una estructura tan autoritaria y de corte fascista, que recicla todas esas figuras deshumanizantes para neutralizar la movilización.

P: Uno siempre termina pareciéndose a los enemigos que elige…

Aguilera: Exacto. Porque cuando hablamos de los procesos de derechización en América Latina, tendemos a ver a los partidos conservadores, a las élites, pero es bien difícil analizar y situar que esa derechización, paradójicamente, también ha venido desde la izquierda. Igual que todo este proceso de desmantelamiento de los movimientos sociales y de persecución. Esto me parece importante, sobre todo, porque lo que ha pasado en Nicaragua es que, al identificar a Ortega con la izquierda, eso también mina las posibilidades de construir una alternativa más progresista. Teniendo como preámbulo la historia del FSLN, si la gente, en el día a día, asocia a la izquierda con la praxis del propio Ortega, eso le genera bastante recelo, muchas trabas para que un discurso y una propuesta más progresistas puedan penetrar.

Las luchas y sus huellas

En Europa, a las frutas y a las verduras les falta sabor. Los efectos de décadas de agricultura intensiva sin control, son una diaria comprobación sobre la mesa y en el paladar de Yerling Aguilera. Acaso sea parte del precio a pagar por la tranquilidad de mantenerse a salvo de las amenazas y las persecuciones en su país. “Para mí, el hecho de no estar en Nicaragua es una cuestión que siempre duele, una presencia que marca toda tu vida; porque además fue muy rápido el cambio de la realidad nicaragüense, latinoamericana, a la de un continente que muchas veces me resulta bastante distante y ajeno”, relata.

La represión, las detenciones masivas y la diáspora subsiguiente, condujeron las huellas de la lucha nicaragüense hasta mucho más allá de sus fronteras. Es un sendero lacerante –como el de todo exilio- que implica errores de cálculo y de estrategia, el despotismo de un poder cerrado en sí mismo y en su propia versión de los hechos pero, también, aprendizajes diversos: “Una cosa que agradezco de este momento en particular, es que se pudieron deconstruir los patrones con los que siempre se ha hecho política y también con los que se han regido los movimientos sociales. Por ejemplo, la posibilidad de tener momentos de recogerte y decir ‘necesito un descanso’, para priorizar el cuidado de tus redes y el tuyo propio, porque no somos máquinas políticas que solo operan en función de la movilización”,

P: Me interesa volver sobre uno de tus comentarios anteriores: la decisión del ‘Movimiento azul y blanco’ de evitar los programas esquemáticos o no plantearse la toma del poder. Esto debe haber desorientado al gobierno en algún punto, pero ¿cuánto de fortaleza y de debilidad subyace en esta misma característica?

Aguilera: Todo esto de la horizontalidad, de no tener jerarquías ni un ‘centro ordenador’, tomó diversos matices en la trayectoria de la movilización. Cuando en Nicaragua se planteó la necesidad de un diálogo con el gobierno –en paralelo con la cuestión de los tranques y las barricadas-, porque la economía se estaba “yendo al hoyo”, una parte del empresariado empezó a contactar gente del movimiento e incluso logró penetrar en el movimiento campesino. Y la empresa privada sí plantea una agenda, pero de coexistencia con el régimen.

En ese momento, mucha gente que estaba en las calles no se identificó con el diálogo, y tampoco con los empresarios como intermediarios del proceso. El sentido antielitista fue positivo y logró fisuras y distanciamientos bastante fuertes con las formas en que se quiso encaminar la lucha: “No me tiene que representar Fulanito, que es dueño de empresas y lleva uno de los apellidos que siempre han dominado en Nicaragua”. De alguna forma, me parece que la gente –independientemente de que tuviera trayectoria y formación política o no- fue sabia en ese momento al no sentarse a negociar con una estructura que ha cometido crímenes de lesa humanidad. Y el tiempo les dio la razón, porque lo único que hizo el gobierno con lo del diálogo fue ganar tiempo para luego montar la “Operación Limpieza”.

Hoy se llevan a cabo elecciones generales en Nicaragua, un día en el que el poder no está en juego.

P: ¿Cómo se instrumentó esa operación, y qué tipo de reflexiones o cuestionamientos internos motivó entre los manifestantes populares?

Aguilera: La “Operación Limpieza” fue una cuestión bastante sanguinaria, que empezó en julio de 2018. Y no hay que olvidar esto: el gobierno de Nicaragua, en términos de inteligencia, ha bebido de todo. Es una estructura guerrillera que está en el poder y tiene mucha experiencia y camino recorrido. Incluso tuve conocimiento de que llegaban delegados de las alcaldías del FSLN –que tiene copadas todas las alcaldías a nivel nacional- a los tranques y las barricadas, para invitar a un diálogo, y alguna gente lo creyó. Toda esa ruta fue una estrategia muy bien organizada por el gobierno; porque además, otro elemento a tener en cuenta es que ellos también tienen el recurso económico. Entonces la “Operación Limpieza” barrió con la ocupación física de las calles en ese momento.

Una de las lecciones que quedaron de todo aquello fue que, al inicio, se pensó que un movimiento masivo en las calles sería suficiente para derrocar al régimen. Sobre todo porque el movimiento se iba regenerando, nacían nuevas células que le daban vida. Pero cuando vino la “Operación Limpieza”, diseñada a través del paramilitarismo para asesinar gente, desmantelar las barricadas, la toma de universidades y los tranques, caímos en la cuenta de que no estábamos frente a un enemigo fácil. En ese sentido, contar con un movimiento horizontal –el hecho de ser tantos grupos por tantos sitios-, hace que también tengas puntos vulnerables. Creo que eso le permitió al gobierno movilizar de forma más fácil la “Operación Limpieza”, porque había grupos que podían tener más claro cómo protegerse o responder ante ciertas agresiones, pero muchos otros no tenían idea. Entonces ese sentido de la horizontalidad, la espontaneidad, de no planificar, también fue un golpe. Ahora, tres años y medio después, creo que podemos reflexionar sobre esas cosas que salieron mal, que quizás no supimos prever… y otras lecciones que son positivas, acerca de cómo se gestionó y cómo se caminó a partir de esa horizontalidad.

P: Entre las “cosas que salieron mal” sin duda incluyes el saldo de nicaragüenses presos políticos, heridos, muertos y desplazados a raíz del levantamiento de abril de 2018. Tu experiencia personal como exiliada es un ejemplo de ello: ¿de qué forma se produjo tu salida del país y qué tipo de actividades has desarrollado desde entonces?

Aguilera: Yo estuve en los primeros meses de las protestas, abril y mayo. Luego salí, junto a dos compañeras más, hacia Europa, porque en ese momento concebimos la idea de que era necesario disputarle la narrativa oficial al gobierno, que decía que lo que había en Nicaragua era un golpe de estado ejecutado por Estados Unidos, y que los movimientos estaban orquestados desde la derecha. Nosotras sentimos que teníamos que hacerle honor a la verdad y contar un poco de lo que pasaba con las movilizaciones.

Entonces hicimos una gira que la pensamos, inocentemente, de un mes y con viaje de regreso. La cuestión es que hubo una muy buena recepción a esta actividad que llamamos “Caravana de la Solidaridad”, y empezamos a organizarnos a partir de movimientos, de pequeños grupos que son parte de la migración nicaragüense en distintas ciudades europeas. Y también con gente que ha participado de la solidaridad internacional con Nicaragua hasta los años ochenta. Pero luego se hizo más de un mes porque nos invitaron a diferentes ciudades, y cuando pensamos en el retorno ya teníamos amenazas de muerte, acusaciones de terrorismo y se empezó a mover todo un relato que parece de ficción, en el cual nos acusaban de estar en Europa pidiendo dinero para la compra de armas y bombas que íbamos a enviar posteriormente a Nicaragua.

A partir de ahí se intensificaron los ataques hacia nosotras, que se difundieron y tuvieron eco también en algunos medios que yo sentí mucho, porque son medios que yo leía o veía, como Telesur Granma. Eso nos dejó bastante expuestas y supimos que existía la orden de que si regresábamos a Nicaragua seríamos detenidas. En ese momento tomamos la decisión, que no fue fácil, de quedarnos en Europa. Igualmente pensábamos estar un mes o dos y luego volver, dependiendo de cómo evolucionara la situación. Pero ya no hubo condiciones, más bien la cuestión empezó a empeorar y posteriormente hubo un gran éxodo de gente que ahora se cuenta en más de 100 mil personas, partiendo de que Nicaragua tiene una población de solo 6 millones de habitantes.

P: En una entrevista reciente, señalaste que el régimen sandinista mantiene una persecución “dirigida” hacia ciertos sectores y líderes de la oposición. ¿Qué características tiene ese acecho y hacia quienes se orienta puntualmente?

Aguilera: En la represión ha habido diferentes etapas. La primera fue al calor de las manifestaciones; yo diría que esa no estuvo necesariamente muy dirigida, sino que apuntó hacia algunas caras visibles. También siento que, en ese momento, nos confiamos y expusimos mucho, porque todo el mundo decía “el gobierno va a caer”. A partir de eso, para el régimen se hizo todo bastante fácil, además de que cuenta con un aparato de inteligencia de muchos años. Fue muy sencillo identificarnos, detener a las personas que se habían movilizado y que, en algún momento, también tomaron la palabra. Yo diría que esa etapa de represión, sobre todo del grupo de presos y presas políticas –que creo que entonces llegó a unas 700 personas-, tuvo más que ver con la visibilidad, la vulnerabilidad y, también, con que nos confiamos.

Porque en el primer grupo de presos y de víctimas de la represión había muchos estudiantes, o gente conocida por su liderazgo en los barrios, a la que quizás el gobierno vio como una amenaza. Pero no eran personas que podías vincular a estructuras partidarias o que te iban a recitar “El Capital” de memoria… muchas veces no habían estado ni organizadas antes, venían más de ese descontento que nació en las calles.

La etapa represiva actual ha estado más dirigida, por ejemplo, hacia las personas que se perfilaron a candidaturas políticas en oposición al régimen y se han quedado en el país. Entonces hay una diferencia,  porque obviamente, con el exilio, los primeros núcleos y la gente que tenía cierta visibilidad se dispersaron mucho. Ahora apuntan hacia los referentes que quedan, que no necesariamente tenían receptividad en las movilizaciones, hay que tener cuidado con esto: alguna gente que se ha perfilado a candidaturas políticas, también ha pertenecido a las estructuras de poder, al empresariado o los partidos políticos tradicionales.

P: ¿Qué información tienes acerca del estado actual de la movilización social en Nicaragua?

Aguilera: Creo que algo importante, para situar lo que está pasando en este momento, es pensar lo que ha hecho el ‘Movimiento azul y blanco’ como una cuestión de flujos y reflujos. Y, sobre todo, evitar mirarlo desde la perspectiva de la linealidad del tiempo, o de si “fracasó” o no.

Ahora mismo, el movimiento está en un momento de reflujo, sobre todo por la violencia política estatal, que hizo que la gente haya tomado más medidas de protección y cuidado, para no ser un nombre más en la lista de presos o asesinados. Pero eso no inhabilita el hecho de que la gente, sobre todo desde espacios clandestinos, participe de procesos en los cuales se mantiene el plan de lucha diario, que es el hecho de que los integrantes se formen, que tengan más conciencia política y estén al día de lo que pasa.

También está el tema que mencioné anteriormente, sobre la oposición a la aprobación de la ley por el canal interoceánico. Ese canal se quedó en papel, y me parece que una de las razones por las que no se materializó fue porque el movimiento campesino tuvo mucha fuerza, y también porque sus demandas se integraron en toda la movilización posterior.

Otra cuestión que yo rescataría, aparte del cuestionamiento a las élites, es el hecho de que hay temas de los que antes no se hablaba en absoluto y ahora se colectivizaron. Por ejemplo los recursos naturales; o el hecho de que haya mafias organizadas que cuentan con el beneplácito del gobierno, pero que ahora se pueden nombrar. E incluso el conflicto del Caribe en Nicaragua, que es bastante complejo, del que se ha hablado muy poco y que ahora tiene más visibilidad. O los derechos de las mujeres: que se empiece a hablar de las feministas ya no como una entidad casi demoníaca (risas), sino como parte de la ciudadanía que también se organizó y tuvo un rol durante estas movilizaciones.

Creo que todos esos remanentes están ahí, y de alguna forma conectan con futuras movilizaciones políticas, aunque es difícil vislumbrar o decir cuándo va a tener lugar otro levantamiento como el de 2018. Porque creo que no hay que dar por hecho que eso quedó ahí: ahora yo diría que hay una especie de reposo que no significa inactividad. La gente está teniendo cuidado, pero desde abajo se sigue tejiendo mucha actividad política.

Esto incluso se evidenció con la pandemia, porque el gobierno tuvo una postura muy cercana a la de Bolsonaro en Brasil: “No pasa nada, que la vida siga”. Y la gente, desde esos colectivos que quedaron, desde los remanentes de las movilizaciones de 2018, empezó también a tejer una red de asistencia. Por ejemplo para llevar un registro de los casos reales –o lo más aproximados a la realidad- de coronavirus que había. O brindar asistencia a muchas personas que tenían miedo de ir a los hospitales, porque los fallecidos salían en cajas y no se le avisaba a las familias.

Los cuestionamientos por el manejo de la pandemia me parecen muy importantes, porque así es más difícil que el gobierno pueda tener eco con su narrativa oficial, cuando existe todo este remanente de lucha. En las movilizaciones de 2018, la gente también se reapropió del significado, del espectro y de las consignas de lo que era la revolución; entonces no hay que perder de vista que cada lucha deja una huella. Y en Nicaragua la historia ha demostrado que todas esas huellas se convierten en la guía del camino de la lucha social, que nunca se pierde.

Fuente: La línea de fuego

Yerling Aguilera: “En Nicaragua, la historia ha demostrado que cada lucha deja una huella que nunca se pierde” | (lalineadefuego.info)

o características del lenguaje, etc.

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