Actualidad Internacional: Latitudes. América Latina

Nicaragua, tan violentamente amarga

10/11/2021

Manuel Rodríguez Banchs y Jorge Lefevre Tavárez

Militantes de Democracia Socialista, sección portorriqueña de la Cuarta Internacional

Fuente: Momento crítico

“El horror de 1984 sólo podrá evitarse si, paradójicamente, se combate contra sus gérmenes y sus latencias, dentro del campo mismo de Ormuz, dentro de un proceso socialista que es el polo opuesto del mundo imaginado por George Orwell”                                           Julio Cortázar

 
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icaragua

Tan Violentamente Dulce

De la revolución socialista al autoritarismo de derecha

Hace décadas que Daniel Ortega y el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) dejaron de ser una alternativa democrática para el pueblo nicaragüense. Tampoco les queda ningún rasgo progresista, mucho menos revolucionario. Pero la represión, la detención y la privación de libertad de los líderes de la oposición política para evitar su participación electoral revela que su gobierno lleva un rumbo mucho más autoritario que el que hasta ahora había exhibido. Los detenidos no se limitan a candidaturas de la derecha; incluye también a varios de sus excompañeros, líderes y excombatientes del FSLN.

El rumbo actual es el desenlace consecuente del giro a la derecha que comenzó en la década de 1990, cuando el FSLN participó de alianzas corruptas con partidos capitalistas, con la burguesía nacional y con la derecha de la Iglesia católica en Nicaragua. El FSLN apoyó la penalización del aborto como parte de su alianza con los sectores más reaccionarios de la iglesia católica en el año 2007. En las elecciones de ese año, el Frente Sandinista fue el único partido que sacó un comunicado especial sobre este tema, bajo el enunciado Sí a la vida, no al aborto. Rosario Murillo, esposa del presidente Daniel Ortega, sacó su propio comunicado, como “madre de familia convertida a la fe y a la religión”[1]https://elpais.com/diario/2007/01/22/sociedad/1169420407_850215.htm.

Ortega logró enmendar la constitución del país para posibilitar su permanencia en el poder [2]https://www.bbc.com/mundo/ultimas_noticias/2014/01/140128_ultnot_nicaragua_reeleccion_presidencial_daniel_ortega_az y permitir que Murillo se convirtiera en la vicepresidenta de su gobierno [3]https://www.nytimes.com/es/2016/10/31/espanol/america-latina/esposa-primera-dama-y-ahora-candidata-a-la-vicepresidencia-acumulando-poder-en-nicaragua.html. Aunque hubo hostigamiento hacia la oposición en el pasado, nunca hubo la represión de todos los partidos de oposición como ahora. Este es su cuarto mandato consecutivo como presidente de Nicaragua, el quinto en total si incluimos su primera presidencia. Ortega ha ocupado la presidencia desde 2007, controla el poder ejecutivo, domina la Asamblea Nacional y la Corte Suprema de Justicia. Además, tiene estrechos vínculos con la mayoría de los medios de comunicación del país. Aún así, recurrió a la detención de sus adversarios políticos [4]https://newpol.org/nicaragua-ortega-arrests-opposition-candidates-ahead-of-november-2021-election/.

Según el discurso oficial, la oposición intenta socavar la soberanía nacional, favorece la injerencia extranjera en los asuntos internos y está provocando una intervención militar [5]https://www.dw.com/es/ortega-dice-que-opositores-est%C3%A1n-presos-porque-quer%C3%ADan-derrocarlo/a-58025154. Los acusa también de recibir financiamiento de fuentes externas. Aunque algunos sectores de la oposición favorecen que Estados Unidos presione a Ortega para forzar su salida, lo cierto es que los partidos de la oposición no están abogando por una intervención militar. Por el contrario, el interés ha sido, por ahora, derrocar al gobierno de Ortega electoralmente, mediante unas elecciones justas. Si bien es cierto que varias ONG’s nicaragüenses – algunas de las cuales pueden oponerse a las políticas del gobierno de Ortega – reciben fondos del “National Endowment for Democracy” (NED) y de USAID, la oposición al gobierno de Ortega no es provocada por los fondos estadounidenses. Tampoco tienen estas organizaciones la influencia que se le atribuye sobre la oposición. La burguesía nicaragüense sería capaz de construir su propio proyecto político cuando sus intereses así lo exijan, lo cual, por ahora resulta innecesario para el sector más importante, pues su proyecto está estrechamente vinculado al gobierno corrupto y autoritario de Ortega.

El motor de la oposición – en toda su diversidad – ha sido el gobierno de Ortega durante los pasados catorce años. Nicaragua enfrenta una serie de crisis económicas, políticas y de salud pública que ha generado descontento y ha profundizado la precarización de amplios sectores de la sociedad. Han sido precisamente las políticas de Ortega las que han puesto a muchos, quizás a la mayoría del pueblo, en contra de esas políticas.

En el año 2018 cientos de miles de nicaragüenses se lanzaron a las calles y protagonizaron una rebelión política en todo el país. El pueblo nicaragüense demostró en las movilizaciones que es capaz de crear un movimiento de masas poderoso sin la necesidad del apoyo de los Estados Unidos. El detonante en aquella ocasión fue la violenta represión del gobierno, a principios de ese año, de manifestaciones de ancianos y estudiantes que resistían la reducción de las pensiones como parte de una reforma al sistema de seguridad social. La respuesta del gobierno ante el estallido provocado por la crisis fue aumentar la represión. Hubo más de trescientas personas asesinadas y más de dos mil heridos. Detuvieron y torturaron a cientos de personas y reprimieron cualquier protesta de la oposición. Se cerraron los medios de comunicación de la oposición y se hostigó a las ONGs. Todo esto provocó la emigración de cerca de cien mil personas. (Y, sin embargo, a ciertos sectores de la izquierda en Puerto Rico les sorprendió el nivel de represión que se vio en este proceso electoral, como si fuera un acto aislado por parte del gobierno de Ortega.)

Posteriormente, en el año 2020 la pandemia del COVID19 profundizó aún más la crisis social con la nueva crisis sanitaria. El gobierno de Ortega desobedeció abiertamente las recomendaciones internacionales de salud, ignoró el distanciamiento social y se mantuvo celebrando eventos públicos masivos. Más de setecientos médicos nicaragüenses firmaron una carta en la cual instaron al gobierno a reconocer que el virus se estaba propagando en Nicaragua y exigieron que se adoptaran las medidas preventivas recomendadas por la Organización Mundial de la Salud para mitigar el impacto de la pandemia y limitar su propagación. Nicaragua tampoco ha vacunado a su población. Como en muchos países, la pandemia también profundizó la crisis económica. Ese año, la economía de Nicaragua, que ya era el segundo país más pobre del hemisferio – solo superado por Haití – se contrajo en un cuatro por ciento [6]https://elpais.com/economia/2021-06-22/la-crisis-politica-acaba-con-anos-de-crecimiento-economico-en-nicaragua.html. Además de la pandemia, en noviembre de ese año, gran parte del país sufrió la devastación de los huracanes Eta e Iota [7]https://www.dw.com/es/nicaragua-huracanes-no-dan-tregua-para-sanar-heridas/a-55643116.

La represión en las elecciones de 2021

Resulta evidente que Ortega es consciente que las crisis, tan diversas como profundas, generaron un profundo descontento en amplios sectores del país, lo cual podría provocar que alguno de sus adversarios políticos ganase las elecciones.

Entre los candidatos de derecha de la oposición arrestados se encuentran algunas de las figuras políticas más importantes del país. A principios de junio, Cristiana Chamorro (cuyo padre Pedro Joaquín Chamorro, director del principal diario del país, La Prensa, fue asesinado en 1978, presuntamente por orden del entonces presidente y dictador Anastasio Samoza) fue colocada bajo arresto domiciliario. Su madre derrotó a Ortega en las elecciones de 1990. Sin duda, Ortega temía que Cristiana Chamorro, rica, influyente y con el famoso apellido, pudiera derrotarlo en las elecciones presidenciales.

El gobierno de Ortega también detuvo a otros candidatos presidenciales moderados o conservadores: Arturo Cruz, Félix Maradiaga y Juan Sebastián Chamorro. Otras figuras políticas conservadoras detenidas fueron: José Adán Aguerri, ex presidente del Consejo Superior de la Empresa Privada (Cosep), Violeta Granera y José Pellais.

A la izquierda, la represión no fue distinta. El régimen de Ortega detuvo a varias figuras vinculadas al partido de oposición UNAMOS, una formación política fundada por disidentes del FSLN. Dos de las personas detenidas son héroes indiscutibles de la Revolución Sandinista de 1979: Dora María Téllez, de 65 años, y Hugo Torres, de 73. Ambos fueron comandantes del FSLN. Torres dijo en un mensaje de video grabado que se compartió en las redes sociales: “Estos son actos desesperados de un régimen que puede sentirse muriendo”. Continuó: “Hace cuarenta y seis años arriesgué mi vida para sacar a Daniel Ortega y a otros compañeros presos políticos de la cárcel. Y en 1978 volví a arriesgar mi vida junto a Dora María Téllez para liberar a otros 60 presos políticos. Pero así es la vida, aquellos que una vez acogieron los principios hoy los han traicionado” [8]https://apnews.com/article/noticias-a32bd7483d9e38d1eb80cb39bcbc6879. Otros líderes de la izquierda nicaragüense arrestados fueron Víctor Hugo Tinco, ex activista destacado del movimiento revolucionario de fines de la década de 1970, y dos mujeres más jóvenes, Suyen Barahona, presidenta del Movimiento de Renovación Sandinista (MRS), y Ana Margarita Vigil, ex presidenta del MRS [9]https://newpol.org/nicaragua-ortega-arrests-opposition-candidates-ahead-of-november-2021-election.

Los vaivenes de acercarse a los Estados Unidos

Durante la mayor parte de la presidencia de Ortega en la segunda mitad de la década del 2000, su gobierno mantuvo relaciones “amistosas” con los Estados Unidos. Se establecieron programas de cooperación que incluyeron la vigilancia de los cárteles internacionales de narcotráfico. El gobierno de Ortega también aceptó ayuda militar estadounidense y toleró la presencia en el país de varias de sus agencias como USAID. El desarrollo de esa relación amistosa y de tolerancia mutua se debió al hecho de que era conveniente para los intereses de las clases capitalistas estadounidense y nicaragüense. Y es que el sesenta por ciento del comercio nicaragüense es con los Estados Unidos. Ortega se convirtió en aliado de los grandes intereses capitalistas, facilitó el comercio internacional y evitó la organización de sindicatos independientes en las maquiladoras del país.

Ahora el panorama es distinto. Nicaragua se ha convertido en un problema, en un dolor de cabeza para Estados Unidos, quien prefiere relacionarse con países con al menos la apariencia de instituciones y procedimientos democráticos y paz social. A partir del año 2018 el gobierno de Ortega ha sido incapaz de mantener esa fachada.

Por eso, no debe sorprender que el gobierno estadounidense, de manera oportunista, haya tomado medidas e impuesto sanciones contra figuras destacadas del gobierno de Ortega. Tras la violenta represión del levantamiento nacional en julio de 2018, el gobierno de EEUU impuso sanciones a Daniel Ortega, a su esposa y vicepresidenta Rosario Murillo y a los principales funcionarios del país.

Sabemos que el gobierno de EEUU tiene menos interés en la democracia nicaragüense que en mantener su papel como potencia dominante en el hemisferio occidental y que su verdadera preocupación es que el gobierno de Ortega haya creado inestabilidad en un pequeño pero estratégico rincón del imperio. Tal inestabilidad podría conducir a una rebelión popular y a un gobierno de centro izquierda, o a la participación más activa de grandes potencias rivales como Rusia o China, ninguna de las cuales le interesa ni le conviene al imperialismo estadounidense.

¿Cuál debe ser la posición de la izquierda revolucionaria?

Debemos evitar cualquier vínculo con las políticas imperialistas del gobierno de Estados Unidos y debemos oponernos a cualquier tipo de intervención. Debemos igualmente apoyar a los movimientos por la democracia en Nicaragua, y para esto es necesario que se defiendan los elementos democráticos básicos en la sociedad nicaraguense. Ni la clase trabajadora nicaragüense [10]En su mayoría son trabajadores agrícolas y empleados del gobierno, aunque en menor grado, también hay algunos mineros y trabajadores industriales. ni la mayoría empobrecida de las zonas urbanas y rurales han logrado crear su propio movimiento o partido político independiente. El FSLN, que intentó convertirse en ese partido independiente de la clase obrera y los sectores populares en los años ochenta, se convirtió – en las décadas de 1990 y del 2000 – en una maquinaria electoral corrupta y burocrática. Para la clase trabajadora en Nicaragua, quien no cuenta con sindicatos independientes y ha enfrentado la represión gubernamental con mayor intensidad a partir del estallido social de 2018, ha sido virtualmente imposible construir una alternativa política propia.

La izquierda en Nicaragua es extremadamente débil en términos de su nivel organizativo. Militantes de la izquierda del FSLN formaron grupos de oposición como el Movimiento de Renovación Sandinista y el Movimiento de Rescate del Sandinismo. Muchos de estos grupos adoptaron posiciones socialdemócratas y, aunque hubo algunas excepciones más radicales, no lograron establecer una base entre los trabajadores y los desposeídos de Nicaragua. Sin embargo, sus líderes como Dora María Téllez y Hugo Torres – ambos detenidos – mantuvieron viva tanto la lucha por la democracia como por una sociedad más progresista.

Sin duda, las luchas actuales crearán nuevos grupos de oposición incluyendo formaciones socialistas. Debemos rechazar el campismo [11]Id.

y su argumento de que tenemos que apoyar el régimen neopentecostal de Daniel Ortega y a su gobierno porque ahora también Estados Unidoslo rechaza. El campismo suprime la discusión y rara vez aborda el carácter interno de los países del “campo antiimperialista”. Como en el caso de Nicaragua, el campismo obvia el análisis y suprime cualquier debate sobre el carácter represivo del gobierno y “tiende a ignorar, menospreciar y en ocasiones a oponerse abiertamente a los movimientos por la democracia o la justicia económica y social que surgen entre las clases trabajadoras de dichos países” [12]Sobre el campismo puede verse https://puntodevistainternacional.org/la-critica-implacable-hacia-todo-lo-existente-sobre-la-revolucion-cubana-el-liberalismo-las-libertades-individuales-y-el-campismo/. El campismo es contrario a la tradición marxista y socialista democrática pues tiende a sustituir la solidaridad internacional de la clase trabajadora por la solidaridad con los estados.

Los revolucionarios debemos oponernos tanto a la intervención imperialista de Estados Unidos como al régimen autoritario de Daniel Ortega. Nosotros debemos apoyar a los movimientos que luchan por las libertades democráticas y los derechos civiles y a la misma vez debemos identificar, trabajar y estrechar vínculos con los grupos socialistas emergentes en Nicaragua y con la clase trabajadora y sus organizaciones independientes, con las feministas, con activistas de las luchas LGBTTQi, con grupos ambientalistas y con todos aquellos que luchan contra alguna forma de opresión, quienes, igual que nosotros, se proponen cambiar radicalmente la sociedad capitalista. Como socialistas e internacionalistas, apoyamos decididamente a todos los movimientos por la democracia, por las libertades civiles y por el socialismo.

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