Teoría: Ecosocialismo

Ecosocialismo y/o decrecimiento

08/10/2020

Michael Löwy

Michäel Löwy es un sociólogo y filósofo marxista franco-brasileño. Ha sido director de investigación emérito del CNRS y profesor de la EHESS de París.

Es un militante histórico de la Cuarta Internacional

Traducción: Carlos Rojas
Fuente:
Rupture

¿Debe la izquierda ecológica aspirar a reducir todo el consumo, o a transformar radicalmente el tipo de consumo predominante?

El ecosocialismo y el movimiento de decrecimiento se encuentran entre las corrientes más importantes de la izquierda ecológica. Los ecosocialistas están de acuerdo en que es necesaria una medida significativa de decrecimiento en la producción y el consumo para evitar el colapso ecológico. Pero tienen una valoración crítica de las teorías del decrecimiento porque:

– el concepto de «decrecimiento» es insuficiente para definir un programa alternativo;

– no aclara si el decrecimiento puede lograrse en el marco del capitalismo o no;

– no distingue entre las actividades que deben reducirse y las que deben desarrollarse.

Es importante tener en cuenta que la corriente del decrecimiento, especialmente influyente en Francia, no es homogénea: inspirada en los críticos de la sociedad de consumo, Henri Lefebvre, Guy Debord, Jean Baudrillard, y del «sistema técnico», Jacques Ellul, contiene diferentes perspectivas políticas. Hay al menos dos polos bastante distantes, si no opuestos: por un lado, los críticos de la cultura occidental tentados por el relativismo cultural (Serge Latouche), por otro, los ecologistas de izquierda universalistas (Vincent Cheynet, Paul Ariés).

Serge Latouche, conocido en todo el mundo, es uno de los teóricos franceses del decrecimiento más controvertidos. Sin duda, algunos de sus argumentos son legítimos: desmitificación del «desarrollo sostenible», crítica de la religión del crecimiento y del «progreso», llamada a una revolución cultural. Pero su rechazo total del humanismo occidental, de la Ilustración y de la democracia representativa, así como su relativismo cultural (no hay valores universales) y su inmoderada celebración de la Edad de Piedra son muy criticables. Pero hay algo peor. Su crítica a las propuestas de desarrollo ecosocialista para los países del Sur Global -más agua potable, escuelas y hospitales- por ser «etnocéntricas», «occidentalizantes» y «destructoras de las formas de vida locales», es bastante insoportable.

Por último, pero no menos importante, su argumento de que no es necesario hablar del capitalismo, ya que esta crítica «ya ha sido hecha, y bien hecha, por Marx» no es serio: es como si uno dijera que no es necesario denunciar la destrucción productivista del planeta porque esto ya ha sido hecho, «y bien hecho», por André Gorz (o Rachel Carson).

Más cerca de la izquierda está la corriente universalista, representada en Francia por la revista La Décroissance (Decrecimiento), aunque se pueda criticar el «republicanismo» francés de algunos de sus teóricos (Vincent Cheynet, Paul Ariès). A diferencia del primero, este segundo polo del movimiento de decrecimiento tiene muchos puntos de convergencia -a pesar de las polémicas ocasionales- con los movimientos de Justicia Global (ATTAC), los ecosocialistas y los partidos de la izquierda radical: extensión de la gratuidad [bienes, servicios o comodidades que se ofrecen gratuitamente], predominio del valor de uso sobre el valor de cambio, reducción del tiempo de trabajo, lucha contra las desigualdades sociales, desarrollo de actividades «no mercantiles», reorganización de la producción en función de las necesidades sociales y protección del medio ambiente.

Muchos teóricos del decrecimiento parecen creer que la única alternativa al productivismo es detener por completo el crecimiento, o sustituirlo por un crecimiento negativo, es decir, reducir drásticamente el nivel de consumo excesivamente alto de la población reduciendo a la mitad el gasto de energía, renunciando a las casas individuales, a la calefacción central, a las lavadoras, etc. Como estas y otras medidas similares de austeridad draconiana corren el riesgo de ser bastante impopulares, algunos -entre ellos un autor tan importante como Hans Jonas, en su Principio de Responsabilidad- juegan con la idea de una especie de «dictadura ecológica».

Frente a estas visiones pesimistas, los optimistas socialistas creen que el progreso técnico y el uso de fuentes de energía renovables permitirán un crecimiento y una abundancia ilimitados, para que cada uno pueda recibir «según sus necesidades».

Me parece que estas dos escuelas comparten una concepción puramente cuantitativa del «crecimiento» -positivo o negativo- o del desarrollo de las fuerzas productivas. Hay una tercera posición, que me parece más adecuada: una transformación cualitativa del desarrollo. Se trata de acabar con el monstruoso despilfarro de recursos por parte del capitalismo, basado en la producción, a gran escala, de productos inútiles y/o nocivos: la industria del armamento es un buen ejemplo, pero gran parte de las «mercancías» producidas en el capitalismo, con su obsolescencia incorporada, no tienen otra utilidad que la de generar beneficios para las grandes corporaciones.

La cuestión no es el «consumo excesivo» en abstracto, sino el tipo de consumo predominante, basado en la adquisición conspicua, el despilfarro masivo, la alienación mercantil, la acumulación obsesiva de bienes y la compra compulsiva de pseudo-novedades impuestas por la «moda». Una nueva sociedad orientaría la producción hacia la satisfacción de las auténticas necesidades, empezando por las que podrían calificarse de «bíblicas» -agua, comida, ropa, vivienda-, pero incluyendo también los servicios básicos: sanidad, educación, transporte, cultura.

¿Cómo distinguir las necesidades auténticas de las artificiales, facticias (creadas artificialmente) e improvisadas? Estas últimas son inducidas por la manipulación mental, es decir, la publicidad. El sistema publicitario ha invadido todas las esferas de la vida humana en las sociedades capitalistas modernas: no sólo la comida y la ropa, sino también los deportes, la cultura, la religión y la política se configuran según sus reglas. Ha invadido nuestras calles, buzones, pantallas de televisión, periódicos, paisajes, de forma permanente, agresiva e insidiosa, y contribuye decisivamente a los hábitos de consumo conspicuo y compulsivo. Además, desperdicia una cantidad astronómica de petróleo, electricidad, tiempo de trabajo, papel, productos químicos y otras materias primas -todo pagado por los consumidores- en una rama de la «producción» que no solo es inútil, desde el punto de vista humano, sino que está directamente en contradicción con las necesidades sociales reales.

Si bien la publicidad es una dimensión indispensable de la economía de mercado capitalista, no tendría cabida en una sociedad en transición al socialismo, donde sería sustituida por la información sobre bienes y servicios proporcionada por las asociaciones de consumidores. El criterio para distinguir una necesidad auténtica de una artificial es su persistencia tras la supresión de la publicidad (¡Coca Cola!). Por supuesto, durante algunos años persistirían los viejos hábitos de consumo, y nadie tiene derecho a decirle a la gente cuáles son sus necesidades. El cambio en los patrones de consumo es un proceso histórico, además de un reto educativo.

Algunas mercancías, como el coche particular, plantean problemas más complejos. Los coches privados son una molestia pública, que mata y mutila a cientos de miles de personas al año a escala mundial, contamina el aire de las grandes ciudades, con consecuencias nefastas para la salud de los niños y las personas mayores, y contribuye de forma significativa al cambio climático. Sin embargo, responden a una necesidad real, al transportar a las personas a su trabajo, hogar u ocio. Las experiencias locales de algunas ciudades europeas con administraciones con mentalidad ecológica demuestran que es posible, y aprobado por la mayoría de la población, limitar progresivamente la parte del coche individual en la circulación, en beneficio de los autobuses y los tranvías.

En un proceso de transición al ecosocialismo, en el que el transporte público, por encima o por debajo de la tierra, se extendería enormemente y sería gratuito para los usuarios, y en el que los peatones y los ciclistas dispondrían de carriles protegidos, el coche privado tendría un papel mucho menor que en la sociedad burguesa, donde se ha convertido en una mercancía fetichizada, promocionada por una publicidad insistente y agresiva, un símbolo de prestigio, una seña de identidad.

En Estados Unidos, el carnet de conducir es el documento de identidad reconocido, y el coche es el centro de la vida personal, social y erótica.

Será mucho más fácil, en la transición a una nueva sociedad, reducir drásticamente el transporte de mercancías en camiones -responsables de terribles accidentes, y de altos niveles de contaminación- sustituyéndolo por el tren, o por lo que los franceses llaman ferroutage (camiones transportados en trenes de una ciudad a otra): solo la absurda lógica de la «competitividad» capitalista explica el peligroso crecimiento del sistema de camiones.

Sí, responderán los pesimistas, pero los individuos están movidos por infinitas aspiraciones y deseos, que tienen que ser controlados, frenados, contenidos y, si es necesario, reprimidos, y esto puede necesitar algunas limitaciones a la democracia. Ahora bien, el ecosocialismo se basa en una apuesta, que ya era de Marx: el predominio, en una sociedad sin clases y liberada de la alienación capitalista, del «ser» sobre el «tener», es decir, del tiempo libre para la realización personal por medio de actividades culturales, deportivas, lúdicas, científicas, eróticas, artísticas y políticas, más que el deseo de una posesión infinita de productos.

La adquisición compulsiva es inducida por el fetichismo de la mercancía inherente al sistema capitalista, por la ideología dominante y por la publicidad: nada prueba que forme parte de una «naturaleza humana eterna», como quiere hacernos creer el discurso reaccionario.

Como subrayó Ernest Mandel «La acumulación continua de más y más bienes (con una «utilidad marginal» decreciente) no es en absoluto una característica universal e incluso predominante del comportamiento humano. El desarrollo de talentos e inclinaciones por sí mismos; la protección de la salud y la vida; el cuidado de los hijos; el desarrollo de relaciones sociales ricas… todo ello se convierte en motivaciones importantes una vez satisfechas las necesidades materiales básicas».

Esto no significa que no vayan a surgir conflictos, sobre todo durante el proceso de transición, entre las exigencias de protección del medio ambiente y las necesidades sociales, entre los imperativos ecológicos y la necesidad de desarrollar infraestructuras básicas, sobre todo en los países pobres, entre los hábitos de consumo popular y la escasez de recursos. Estas contradicciones son inevitables: será tarea de la planificación democrática, en una perspectiva ecosocialista, liberada de los imperativos del capital y del lucro, resolverlas, mediante un debate pluralista y abierto, que lleve a la toma de decisiones por la propia sociedad. Esta democracia popular y participativa es la única manera, no de evitar los errores, sino de permitir la autocorrección, de sus propios errores, por parte de la sociedad colectivamente.

¿Cuáles podrían ser las relaciones entre los ecosocialistas y el movimiento del decrecimiento? A pesar de los desacuerdos, ¿puede haber una alianza activa en torno a objetivos comunes? En un libro publicado hace unos años, La décroissance est -elle souhaitable? (¿El decrecimiento es sostenible?), el ecologista francés Stéphane Lavignotte propone esa alianza. Reconoce que hay muchas cuestiones controvertidas entre ambos puntos de vista. ¿Hay que poner el acento en las relaciones de clase social y en la lucha contra las desigualdades o en la denuncia del crecimiento ilimitado de las fuerzas productivas? ¿Qué es más importante, las iniciativas individuales, las experiencias locales, la simplicidad voluntaria, o el cambio del aparato productivo y la «megamáquina» capitalista?

Lavignotte se niega a elegir y propone asociar estas dos prácticas complementarias. El reto es, según él, combinar la lucha por el interés de clase ecológico de la mayoría, es decir, de los no propietarios del capital, y la política de las minorías activas por una transformación cultural radical. En otras palabras, lograr, sin ocultar los inevitables desacuerdos, una «composición política» de todos aquellos que han comprendido que la supervivencia de la vida en el planeta y de la humanidad en particular son contradictorias con el capitalismo y el productivismo, y por lo tanto buscan la salida de este sistema destructivo e inhumano.

Como ecosocialista, y como miembro de la Cuarta Internacional, comparto este punto de vista. La unión de todas las variedades de la ecología anticapitalista es un paso importante hacia la tarea urgente y necesaria de detener el curso suicida de la civilización actual, antes de que sea demasiado tarde.

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