Autor: AndreuColl4

  • ¿Fascismo, populismo o ultraderecha?

    ¿Fascismo, populismo o ultraderecha?

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    Claudio Katz

    Economista, investigador del CONICET, profesor de la Universidad de Buenos Aires y miembro del EDI (Economistas de Izquierda). Su página web es https://katz.lahaine.org/

    Fuente: Poder Popular

    Teoría: Antifascismo

    28/01/2023

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

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    a nueva derecha es muy diferente al fascismo clásico, que irrumpió en la primera mitad del siglo pasado frente a la amenaza de la revolución socialista, en un escenario de guerras interimperialistas. Ese peligro de una insurrección obrera contra la tiranía del capitalismo unificó a las clases dominantes, que defendieron brutalmente sus privilegios contra los trabajadores.

    El fascismo fue un instrumento inusual, en el marco de grandes acciones políticas de los asalariados e inéditas conflagraciones bélicas entre las principales potencias (Riley, 2018). Por esa razón incluyó modalidades ideológicas extremas de absolutización de la nación y repudio del progreso, la modernidad o la ilustración.

    Ninguno de esos condicionamientos está presente en la actualidad. En la segunda década del siglo XXI no se vislumbran amenazas bolcheviques ni consiguientes exigencias de inmediata contrarrevolución. Han reaparecido las tensiones bélicas, pero sin guerras generalizadas entre bloques competitivos. Las motivaciones que dieron lugar al fascismo clásico no se observan en la coyuntura actual.

    Es un frecuente error asemejar a la ultraderecha en boga con sus antecesores de la centuria pasada. Más que el fascismo en regla de esa época, hasta ahora despunta un protofascismo potencial, que tan solo podría devenir en la modalidad precedente si se generalizan los rasgos de ese modelo (Palheta, 2018).

    Ese giro implicaría la masificación de la violencia a través de milicias paramilitares análogas a las bandas pardas del pasado. La hostilidad contra las minorías se transformaría en matanzas, las advertencias contra los opositores devendrían en asesinatos y los discursos agresivos se transformarían en acciones salvajes. Ese rumbo es una posibilidad, que supondría la conversión de las formaciones actuales en fuerzas fascistas.

    Ese pasaje también implicaría la abolición del estatus legal vigente mediante un contundente incremento del autoritarismo estatal. Mientras las organizaciones de ultraderecha actúen en el marco institucional, mantendrán a lo sumo un perfil neofascista aún alejado de la virulenta modalidad clásica. Una reorganización totalitaria exigiría, además, drásticos cambios en los liderazgos y en los movimientos que sostienen el actual curso reaccionario.

    Una dinámica de fascistización requeriría mayor sustento plebeyo, enemigos internos más identificados y un lenguaje de violencia descarnada contra los opositores (Louçã, 2018). Esa concreción presupondría la amputación total de la democracia (Davidson, 2010). El fascismo no es una mera dictadura ni una simple gestión autoritaria. Introduce un modelo político signado por el uso metódico del garrote y la consiguiente conformación de un régimen totalitario.

    Esta caracterización del fenómeno centrada en el sistema político es más precisa que la presentación genérica del fascismo como una época o una ideología del capitalismo. También es más acertada que su evaluación como una configuración contrapuesta al neoliberalismo. Estas dimensiones constituyen, a lo sumo, complementos del sistema político que singulariza al fascismo.

    Los liberales suelen rehuir esta caracterización específica, presentando al fascismo como un discurso o un programa de vulneración de las normas republicanas. Con esa simplificada caracterización descalifican a sus rivales denunciando fascistas por todas partes. Esa magnificación ha sido muy corriente en Estados Unidos para justificar el alineamiento con el Partido Demócrata contra los Republicanos. Con esa mirada se rechazó a Trump postulando la conveniencia de sostener a Biden (Fraser, 2019). El mismo multiuso del término fascista sirve en otros países para aprobar alianzas con el establishment burgués. La batalla real contra el fascismo nunca transitó por esos carriles.

    Pero también es cierto que la ultraderecha actual incuba los gérmenes del fascismo. Por esa razón no es sensato eludir el calificativo, argumentando la ausencia de los eslabones faltantes para completar ese status. Nunca está demás la denuncia frontal de las corrientes reaccionarias, que pueden empujar a la sociedad al monstruoso escenario del siglo XX. Los aditivos «pos», «neo» o «proto» contribuyen a precisar el alcance o proximidad de ese peligro.

    En la actualidad, la extrema derecha ya fija la agenda de muchos países y gobiernos. Al relativizar (o naturalizar) ese avance se diluye su peligrosidad. La evolución de esos procesos sigue abierta y tiende a desembocar en dinámicas conservadoras tradicionales, pero no está excluida una tormentosa renovación del viejo fascismo.

    Conviene tomar distancia de las tesis que restringen el fascismo a un exclusivo drama de mitad del siglo pasado. Tampoco es correcto suponer que solo irrumpiría como respuesta a un peligro revolucionario socialista. Ese virulento proceso es periódicamente generado por el capitalismo, para contrarrestar el descontento que provoca la propia dinámica inequitativa, empobrecedora y convulsiva de ese sistema.

    Los sujetos sociales que protagonizan esa reacción pueden mutar con los mismos parámetros de sus víctimas. La pequeña burguesía que confrontó con el proletariado fabril durante Alemania nazi no constituye un prototipo inamovible para cualquier época o país. El fascismo es un proceso político que no sigue parámetros inmutables. Y el registro de esa variabilidad es particularmente importante para evaluar su dinámica en América Latina.

    El potencial desemboque fascista de la ultraderecha no es un peligro restringido a Estados Unidos o Europa. Constituye también una amenaza para la periferia. Lo ocurrido en el mundo árabe ofrece un indicio de ese desenlace. La gran revuelta democrática que encarnó la Primavera de la década pasada fue sangrientamente aplastada por dictaduras y monarquías que contaron con el auxilio de formaciones fascistas.

    Esas milicias desplegaron una acción contrarrevolucionaria atroz. Utilizaron el estandarte religioso para consumar matanzas que aplastaron todas las expresiones de laicismo, tolerancia y convivencia democrática. Aquella feroz respuesta a un levantamiento juvenil que se expandió por todo el Medio Oriente confirmó que la sangría con tintes fascistas es factible en cualquier rincón del planeta. No requiere la preexistencia de un enemigo socialista o de un proletariado industrial organizado.

    El mismo criterio se aplica a Latinoamérica. Tampoco en esta zona el fascismo está excluido por el carácter periférico de la región. La vieja negación de esa posibilidad por la distancia económica y social que separa a la zona de los centros se asienta en equivocados presupuestos. Considera que Hitler y Mussolini nunca tuvieron émulos en el Tercer Mundo por el carácter intrínsecamente imperialista de esa modalidad.

    Pero se olvida que esa vertiente reaccionaria adoptó formas de fascismo dependiente cuando las clases dominantes de la periferia afrontaron amenazas de envergadura a su dominación. La diferencia cronológica entre ambos escenarios no modifica esas semejanzas. Los picos del fascismo en la periferia se registraron durante la guerra fría y no en 1930-45. Este desplazamiento de las respuestas regresivas virulentas fue congruente con la mutación geográfica de las sublevaciones populares e incluyó masacres de la misma envergadura que las registradas en Europa. Basta recordar, por ejemplo, que el aplastamiento del comunismo en Indonesia se cobró un millón de muertos.

    La magnitud de esas matanzas siguió la pauta de los grandes genocidios de las últimas centurias. Esos aniquilamientos debutaron con la conquista del Nuevo Mundo, se consolidaron con la devastación de África y continuaron con los holocaustos victorianos de Asia, que terminaron rebotando sobre el propio territorio europeo. Esa sucesión de exterminios no alcanza igualmente para explicar el fenómeno contemporáneo del fascismo.

    Ese traumático proceso obedeció a circunstancias y confrontaciones políticas específicas que los pensadores liberales nunca lograron comprender (Traverso, 2019). Esa tradición teórica malinterpretó especialmente lo ocurrido en América Latina. Situó en el casillero del fascismo a los movimientos nacionalistas o a los líderes populares en conflicto en las metrópolis, como por ejemplo Perón. Utilizó argumentos formales de semejanza discursiva y magnificó episodios diplomáticos menores para reproducir las sesgadas denuncias estadounidenses contra los gobiernos que lidiaban con su dominación. Esa resistencia soberana nunca tuvo parentescos con el fascismo.

    La proximidad del fascismo en la periferia estuvo presente en otro terreno. Irrumpió en América Latina con los regímenes contrarrevolucionarios que intentaron destruir los proyectos de la izquierda. Varios teóricos de la dependencia indagaron las peculiaridades de esa brutal reacción (Martins, 2022). El pinochetismo arremetió en Chile apoyado en una base social antiobrera enceguecida por el fanatismo anticomunista. Pero al igual que Franco en España o Salazar en Portugal, la dictadura transandina no forjó un sistema político equiparable al esquema de Hitler o Mussolini. También el uribismo apuntaló en Colombia un régimen oligárquico, asentado al cabo de varias de décadas en el metódico asesinato de militantes sociales. Pero nunca completó la reconversión totalitaria del régimen político que presupone el fascismo.

    En la experiencia más reciente de Bolsonaro ese fallido fue mayor y no logró traducir la verborragia reaccionaria del alocado militar en un sistema fascista. El excapitán consiguió cierto acompañamiento de sectores plebeyos, pero no la jefatura de todo el arco político burgués. Propició el aumento de la violencia sin lograr su generalización y retrocedió en los intentos de sustituir el sistema institucional por un poder totalitario. El ejército lo sostuvo, pero nunca accedió a involucrarse en aventuras de mayor alcance. La desastrosa gestión de la pandemia y la derrota que sufrió con la liberación de Lula cerraron todos los resquicios para su conversión en dictador.

    El fascismo constituye igualmente un peligro en el actual escenario regional y es importante evitar la subestimación de esa posibilidad. La debilidad de la izquierda o un reflujo de las luchas obreras no diluyen esa eventualidad. La desconsideración de este horizonte adopta, a veces, la sofisticada modalidad de reemplazar el término fascista por vagas alusiones al bonapartismo.

    Más problemática es la banalización del fenómeno, mediante su identificación con otro tipo de desventuras. El fascismo no es equivalente al extractivismo y menos aún a formas perdurables de la violencia machista. Conforma una modalidad de gestión política del Estado para recomponer la dominación de la clase capitalista con métodos de extrema virulencia.

    Es importante situar el problema en este plano para encarar la batalla contra el fascismo con tácticas y estrategias amoldadas a cada país. En el universo genérico de una desventura generada por el declive del capitalismo, la regresión civilizatoria o el imperio de la irracionalidad, no hay forma de precisar políticas antifascistas oportunas y exitosas.

    La caracterización de la ultraderecha actual como fascista compite con su identificación con el populismo, pero el uso de este término resulta particularmente inconsistente en América Latina. En esta región, las referencias al populismo estuvieron identificadas durante la segunda mitad del siglo XX, con los gobiernos que concedían mejoras sociales (Löwy, 2019). El perfil que en Europa encarnó la socialdemocracia, quedó emparentado en el Nuevo Mundo con los regímenes que propiciaron mayor soberanía e incrementos del ingreso popular. Asemejar la ultraderecha actual con alguno de esos antecesores es un contrasentido mayúsculo.

    Pero la principal confusión que introduce esa identificación es la mezcla de liderazgos progresistas y reaccionarios, en la indistinta caratula del populismo. En Europa, ese combo encasilla en el mismo lugar a Mélenchon con Meloni, a Crobyn con Len Pen y a Pablo Iglesias con Orban. En América Latina, la misma ensalada ubica a Maduro junto a Bolsonaro, a Evo Morales con Kast y a Díaz Canel con Milei. Las falencias de esa mezcolanza saltan a la vista. La prensa liberal suele insistir en ese tipo de absurdas identificaciones y caprichosas amalgamas.

    En lugar de reiterar esa inconducente mixtura, resulta más correcto retomar el barómetro político básico que contrapone a la derecha con la izquierda, para definir la ubicación de cada fuerza. Los dos polos se distinguen con nitidez, sin ninguna necesidad de incorporar el aditamento de populista. Con ese orientador es muy visible que la izquierda radical es la principal antagonista de la ultraderecha. El concepto habitual de populismo anula esa distinción, al suponer que ambos extremos han quedado disueltos en alguna modalidad de “ocaso de las ideologías”.

    Las nociones de izquierda y derecha han sido acertadamente utilizadas desde hace siglos. Distinguen cursos afines a la igualdad social de rumbos favorables a los privilegios de los opresores. Con ese ordenador se puede captar cuáles son los intereses sociales en juego en cada conflicto. Es muy fácil notar que Fidel Castro gestionó a la izquierda de Menem, pero es imposible determinar cuán populista fue la administración de cada uno.

    La diferenciación política de la izquierda con la derecha surgió con la revolución francesa y perdura hasta la actualidad, porque subsiste el régimen social que cimenta esa distinción. Mientras continue el capitalismo habrá formaciones de izquierda y de derecha enfrentadas por la primacía de mejoras o regresiones sociales (Katz, 2008: 59-60).

    La especificidad de la nueva derecha puede ser percibida con aditamentos tradicionales (ultra, extrema) o con complementos más innovadores (2.0). Pero cualquiera sea la denominación elegida, lo esencial es subrayar su posicionamiento en el campo de la reacción. El populismo es un término que sólo añade confusiones.

    El concepto de populismo ha sido adoptado con gran entusiasmo por muchos analistas que resaltan la impronta «antisistémica» de esta corriente, su contraposición con los políticos convencionales y su desconocimiento de la institucionalidad.

    Pero ninguna de esas características define a las corrientes que participan de la actual oleada reaccionaria. Sus conflictos con el sistema político son datos secundarios, en comparación a su propósito central de transformar el descontento actual, en un sistemático hostigamiento a los desamparados. Ese objetivo regresivo de confrontar a la clase media (y parte de los asalariados) con los sectores más desprotegidos, no tiene el menor parentesco con el populismo.

    Los liberales utilizan el término para descalificar cualquier postura crítica del individualismo, el mercado o a la república. Pero la nueva derecha no es ajena, ni enemiga de esos paradigmas. Simplemente ha ganado terreno con un discurso que objeta la tormentosa realidad contemporánea que apadrina el neoliberalismo. Tampoco se ubica fuera del régimen institucional, cuando cuestiona con gran demagogia a los partidos políticos prevalecientes.

    Los liberales equiparan a los derechistas con las fuerzas provenientes del polo opuesto de la izquierda. Estiman que el populismo amalgama ambas vertientes en una postura semejante. De esa forma presentan a dos conglomerados contrapuestos como si fueran complementarios. Disuelven la evaluación de los contenidos en disputa y enfatizan aspectos menores de estilo o retórica. Por ese sendero analítico, no existe la menor posibilidad de esclarecer algún rasgo relevante de la nueva derecha.

    Los medios de comunicación hegemónicos han generalizado esta mirada, que descalifica superficialmente al populismo para relegitimar al neoliberalismo. Con esa óptica realzan la centralidad de un término particularmente vago, que mezcla distintos sentidos históricos derivados de raíces disimiles.

    En su vieja acepción estadounidense o rusa, el populismo aludía a proyectos de protagonismo popular o a exaltaciones del comportamiento sano y amistoso de las poblaciones rurales, que habían sido maltratadas (y corrompidas) durante su conversión en asalariados urbanos. El populismo reivindicaba esa pureza inicial y proponía recrearla como fuerza transformadora de la sociedad.

    El discurso derechista actual recoge algunas facetas de esa añoranza, pero modifica su significado regenerativo, comunitario o amigable. Lo utiliza para desenvolver una contraposición con las minorías hostilizadas. Suele exaltar a la clase obrera castigada por la globalización y la desindustrialización, atribuyendo esa degradación a la presencia de los inmigrantes (Traverso, 2016). Ningún eco significativo de los viejos propósitos de hermandad está presente en la nueva acepción ultraderechista.

    La denigración liberal del populismo ha motivado también una simétrica mirada elogiosa. Esta visión defiende la validez de ese concepto, para representar a los sectores oprimidos de la sociedad. Resalta particularmente la consistencia de esa noción en las naciones de frágil estructura constitucional (Venezuela) o larga tradición para institucional (Argentina). También reivindica el rol de sus líderes y justifica todas las variantes que observa de esa modalidad (Laclau, 2006). Este planteo pro populista es el reverso de la diatriba socio-liberal y no aporta pistas para esclarecer la impronta actual de la nueva derecha.

    Para comprender el sentido de ese espacio hay que indagar las raíces sociales de su acción política. La oleada reaccionaria actual es un proyecto de sectores de las clases dominantes, para reestablecer la corroída estabilidad del capitalismo. Pretenden lograr esa recomposición generalizando las agresiones contra los sectores más desprotegidos de la sociedad.

    Esa atención al sustrato de clase de la ultraderecha queda diluida, en el ambiguo universo de las observaciones sobre el populismo que enaltecen sus defensores. Rechazan la evaluación de los intereses en juego, porque desconocen el rol protagónico de las clases sociales, ponderando la centralidad alternativa de una variedad indistinta de sujetos con identidades contingentes, que logran centralidad a través de sus discursos.

    Con esta óptica resulta imposible registrar cuáles son los intereses sociales subyacentes, en las disputas de cada escenario político. No hay forma de comprender porque irrumpe actualmente la ultraderecha y cuáles son las fuerzas económicas que sostienen su presencia. Esa óptica indaga los discursos en sí mismos, sin ofrecer explicaciones de la forma en que se articulan con sus determinantes sociales. Por esas imprecisiones, no logran tampoco esclarecer el sentido de la ideología reaccionaria en boga (Anderson, 2015).

    El análisis de la ultraderecha debe enriquecer la lucha contra esa corriente. La evaluación de ese espacio apunta a conseguir la derrota o neutralización de una fuerza, que atenta contra la democracia y las conquistas populares.

    En América Latina, la experiencia reciente evidencia resultados muy distintos, cuando prevalecen respuestas decididas o reacciones vacilantes. En el primer caso se ubica la batalla del gobierno venezolano contra el golpismo, que a un costo económico-social descomunal logró doblegar las guarimbas de las bandas reaccionarias.

    Una actitud del mismo tipo se perfila en Bolivia a partir de la detención de Camacho. En lugar de aceptar pasivamente las provocaciones de los grupos neofascistas, el gobierno tomó la ofensiva y emprendió una osada operación para contener a un impiadoso enemigo. La derrota del fallido golpe en Brasil con detenciones de los involucrados, juicios a los responsables e investigación del financiamiento se inscribe en la misma dirección.

    Estas posturas contundentes han permitido frenar la andanada reaccionaria, en contraste con las actitudes conciliatorias, que facilitaron la escalada golpista contra Lugo en Paraguay o contra Dilma en Brasil. Castillo ha repetido esta misma conducta en Perú, abriendo el camino para una sangrienta asonada cívico-militar.

    Estas vacilaciones constituyen una seria advertencia para los países en los que la derecha tantea mortíferas incursiones. Es el caso de Argentina, la consumación del fallido intento de asesinato de Cristina habría generado consecuencias inimaginables. Esa agresión provocó una gran reacción democrática de manifestaciones inmediatas. Pero el propio gobierno desalentó esa respuesta y promovió tan sólo rechazos de ocasión con figuras conservadoras. En la gran experiencia de batallas democráticas de ese país, las posturas consecuentes son coronadas con esclarecimientos (Mariano Ferreyra, Kosteki-Santillán) y las actitudes de resignación desembocan en la impunidad (AMIA, Embajada de Israel y Rio Tercero).

    Ya se han verificado muchos nexos de los fallidos asesinos de Cristina con organizaciones cuasi fascistas. Si predomina un camino de movilización esas complicidades saldrán a la superficie. Pero si prevalece el curso opuesto, la derecha volverá a lucrar con la confusión imperante (como ocurrió con el suicidio de Nisman).

    Finalmente, la experiencia chilena ilustra cómo las vacilaciones del oficialismo facilitan la vertiginosa recomposición de una derecha envalentonada. Luego de tres años de sucesivas derrotas, esa fuerza logró imponer el rechazo en las urnas al proyecto de reforma constitucional. Usufructuó del desconcierto, la inacción y las capitulaciones del gobierno. Recompuso su presencia frente a un mandatario que desactivó la protesta y desconoció sus promesas electorales.

    En América Latina ya se han observado, por lo tanto, varias experiencias exitosas y fracasadas de confrontación con la ultraderecha. Ese sector reaccionario recién despunta y la prioridad es aplastarlo antes de que pueda asentar su prédica (Colussi, 2022).

    La autoridad de la izquierda depende de su capacidad para demostrar firmeza, frente a un enemigo decidido a arrasar con las mejoras sociales. La experiencia reciente de Europa ilustra los efectos autodestructivos de rehuir la batalla mirando para otro lado (Febbro, 2022).

    El principal terreno de esa lucha es la movilización callejera contra un enemigo que también actúa en ese terreno. La ingenua creencia que ese ámbito pertenece a la izquierda ha quedado definitivamente refutada por la activa presencia de sus adversarios en marchas y manifestaciones.

    En algunos casos esa intervención precedió a la pandemia (Brasil) y en otros ganó intensidad con la irrupción de los negacionistas (Argentina). El protagonismo de esas formaciones ha crecido en la confrontación con los gobiernos progresistas (Bolivia, México) y en el rechazo de las revueltas populares (Chile, Colombia, Perú).

    Esta disputa por la preeminencia callejera obliga a evaluar con mucho cuidado el sentido progresivo o regresivo de las movilizaciones que abundan en la región. Las convocatorias con banderas explícitamente socialistas o derechistas son tan poco corrientes, como los actos con perfiles políticos acabados. Caracterizar el contenido de cada evento es vital para distinguir las acciones progresistas de su antítesis reaccionaria.

    No hay ninguna receta para acertar en esa evaluación, ni siquiera constatando la composición social de los participantes de cada mitin. El barómetro de la izquierda y la derecha aporta el instrumento básico para extraer alguna conclusión. No alcanza con registrar la legitimidad de las demandas en juego. Hay que observar también quién las motoriza. La derecha suele incentivar la irritación popular contra los gobiernos progresistas, mientras repudia cualquier lucha por las mismas aspiraciones, cuando prevalece una administración conservadora.

    Pero también es cierto que muchos gobiernos de origen popular recurren al fantasma de la conspiración derechista, para justificar políticas contrarias a los trabajadores. Ese tipo de disyuntivas no puede zanjarse con un manual y cada caso exige una evaluación concreta, partiendo de una caracterización del progresismo actual. Abordaremos esa evaluación en nuestro próximo texto.

    Referencias

    Riley, Dylan (2018). «¿Qué es Trump?» New Left Review 114 enero – febrero 2018.

    Palheta, Ugo (2018). «Nuestro tiempo no es inmune al cáncer fascista» Kritica, 20 diciembre, 2018. Disponible en https://kritica.info/nuestro-tiempo-no-es-inmune-al-cancer-fascista/

    Louçã, Francisco (2018) «El populismo fascista no ha hecho más que empezar», 24/10/2018. Disponible en https://vientosur.info/spip.php?article14282

    Davidson, Neil (2010), «From deflected permanent revolution to the law of uneven and combined development», International Socialist, n 128, autumn 2010.

    Fraser, Nancy (2019). «¿Podemos entender el populismo sin llamarlo fascista?», 11-4-2019. Disponible en http://www.sinpermiso.info/textos

    Traverso, Enzo (2019). «Interpretar la era de la violencia global», Viento Sur, 23-04-2019

    Martins, Carlos Eduardo (2022) «O ressurgimento do fascismo no mundo contemporâneo: história, conceito e prospective», Intellèctus, Ano XXI, n.2, 2022. DOI: 10.12957/intellectus.2022.71657

    Löwy, Michael (2019). «La extrema derecha: Un fenómeno global», 19-1 2019. Disponible en http://www.resumenlatinoamericano.org

    Katz, Claudio (2008) Las disyuntivas de la izquierda en América Latina, Ediciones Luxemburg, Buenos Aires.

    Traverso, Enzo (2016) «Espectros del fascismo. Pensar las derechas radicales en el siglo XXI», 2016. Disponible en https://www.herramienta.com.ar/articulo.php?id=2555

    Laclau Ernesto (2006). «La deriva populista y la centroizquierda latinoamericana». Nueva Sociedad, n 205, septiembre-octubre 2006, Buenos Aires.

    Anderson, Perry (2015). «Los herederos de Gramsci». New Left Review 100 sep-oct 2015

    Colussi, Marcelo (2022). «Latinoamérica y las nuevas izquierdas». Disponible en https://rebelion.org/latinoamerica-y-las-nuevas-izquierdas/

    Febbro, Eduardo (2022). «El dilema de la izquierda». Disponible en https://www.pagina12.com.ar/501899-francia-el-dilema-de-la-izquierda

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  • ¡Alemanes, al frente!

    ¡Alemanes, al frente!

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    Wolfgang Streeck

    Director emérito del Max Planck Institute for the Study of Societies de Colonia.

    Traducción: El Salto
    Fuente: 
    El Salto

    Teoría: Imperialismo

    16/03/2023

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    De acuerdo con la Ley de Hofstadter, descendiente obviamente de la Ley de Murphy, «todo exige más tiempo del previsto». El año pasado, el primero en familiarizarse con este apotegma de un modo estrepitoso fue el señor de la guerra ruso, Putin, que por supuesto podría haberse ahorrado la conmoción si hubiera seguido el ejemplo de Trotsky y Mao Zedong y hubiera invertido un poco de tiempo en leer a Clausewitz. Tras fracasar en su Operación Militar Especial para capturar Kiev, cuyo desenlace estaba previsto en cuestión de una o dos semanas y cuyo resultado debería haber sido poner fin de una vez por todas al fascismo endógeno y al occidentalismo exógeno de Ucrania, Putin tuvo que enfrentarse a la desagradable perspectiva de una guerra a gran escala de duración indefinida, no sólo con Kiev sino también, de una forma u otra, con Estados Unidos. Menos de un año después, su homólogo estadounidense, Biden, se ha dado cuenta de lo mismo: una victoria ucraniana no se vislumbra en estos momentos en el horizonte y el enorme aluvión de sanciones económicas impuestas contra Rusia y contra el círculo de los oligarcas próximos a Putin ha hecho asombrosamente un daño insignificante a la capacidad rusa de aferrarse al Donbas y a la península de Crimea; entretanto, las elecciones de mitad de mandato de noviembre de 2022 avisaron de modo inequívoco de que la predisposición del electorado estadounidense a financiar la aventura Biden-Blinken-Sullivan-Nuland no es en absoluto ilimitada y señalaron, de hecho, que esta hipótesis de una guerra de desgaste sin final a la vista podría ser un lastre mortal en las elecciones presidenciales de 2024.

    Al quedar descartada otra retirada como la de Afganistán –la de 2021 aún no ha sido olvidada ni siquiera por el notoriamente olvidadiza ciudadanía estadounidense– y al no tener Putin más opción que aguantar o ser condenado, corresponde ahora al gobierno de Biden decidir cómo se desarrollará la guerra. A principios de marzo de 2023, parecía que Estados Unidos tenía que elegir entre dos grandes alternativas, que siguen vigentes en estos momentos. Denominemos a la primera la vía de escape china. Desde la visita de un día de Scholz a Pekín el 4 de noviembre pasado, China, y Xi en persona, han instado repetidamente a que el uso de armas nucleares, incluidas las tácticas en el campo de batalla, debe descartarse bajo cualquier circunstancia. Por razones obvias, esto preocupaba más a Rusia que a Estados Unidos o a Ucrania, dadas las deficiencias ya ampliamente visibles de las fuerzas convencionales rusas. Con un presupuesto militar apenas superior al de Alemania –este último resultó desastrosamente inadecuado bajo los auspicios del Zeitenwende [punto de inflexión] de su política de defensa–, Rusia, a diferencia del ejército alemán, tiene que mantener una fuerza nuclear, dotada de la correspondiente estratégica intercontinental, equivalente a la de Estados Unidos, lo cual deja muy poco espacio para la modernización de las fuerzas armadas convencionales, hecho preñado de consecuencias, ahora obvias, y puesto en evidencia durante las primeras semanas de la guerra ante la incapacidad mostrada por el ejército ruso de tomar Kiev, ciudad situada a poco menos de 300 kilómetros de la frontera ruso-ucrania.

    China, al indicar a Rusia, dependiente de ella como su aliado más cercano y poderoso, que no vería con buenos ojos el recurso a la respuesta nuclear ante un avance ucraniano armado por Estados Unidos, ha hecho a este país y a la OTAN un favor importante, lo bastante importante en realidad como para que resulte difícil creer que tal advertencia se haya producido sin recibir algún tipo de contrapartida a cambio. Todo invita a pensar que Estados Unidos se ha comprometido a mantener la fuerza militar de Ucrania a un nivel que no pueda crear una situación en la que Rusia se sienta obligada a recurrir al uso de armas nucleares. El resultado de un acuerdo de este tipo, si es que existe, que probablemente sí, sería esencialmente la «congelación» de la guerra: un punto muerto en torno a las actuales posiciones territoriales de los dos ejércitos que podría durar años.

    En realidad, si Estados Unidos estuviera dispuesto a jugar una diplomacia de este tipo bajo la égida de China, podría avanzar aun más en esa línea. De un punto muerto a un alto el fuego no hay un gran trecho y de ahí a algo quizá parecido a un acuerdo de paz, aunque fuera sucio como los alcanzados en Bosnia y Kosovo, tampoco hay que recorrer un gran camino. Estados Unidos tendría que entregar al gobierno ucraniano, lo que no debería ser demasiado difícil, dado que él mismo lo ha instalado: «El Señor me lo dio y el Señor me lo ha quitado; bendito sea el nombre del Señor». Desde la perspectiva estadounidense, sin embargo, un defecto importante de este tipo de resolución del conflicto sería que los chinos, a cambio de sus buenos servicios y, en efecto, de la ayuda prestada en la reelección de Biden, podrían esperar una concesión en Asia de un tipo que haría más difícil para este hacer lo que claramente el presidente estadounidense quiere hacer después de concluir con Ucrania: atacar a China de una forma u otra para escapar de lo que se ha dado en llamar en el debate estratégico en curso en estos momentos en Estados Unidos la «trampa de Tucídides», esto es, la necesidad de que una potencia hegemónica en plena posesión de sus funciones ataque a un rival en ascenso con la suficiente antelación como para estar seguro de prevalecer sobre el mismo y conservar así su hegemonía.

    Por tentadora que sea la perspectiva de una salida de lo que puede estar a punto de convertirse en el atolladero ucraniano, hay indicios de que Estados Unidos se está inclinando por el segundo planteamiento alternativo, que podemos llamar la europeización y, de hecho, la germanización de la guerra. Do you remember vietnamization? Aunque en última instancia no funcionó, porque a la postre el derrotado fue Estados Unidos y no su sustituto regional, que nunca fue más que el producto de la imaginación estadounidense, la vietnamización dio un respiro a la potencia estadounidense. También permitió a su maquinaria propagandística vender a la opinión pública doméstica la perspectiva de una retirada honorable del campo de batalla, tras entregar esta a un aliado de buena fe políticamente fiable y militarmente capaz. En la década de 1960 no existía tal aliado en el sudeste asiático, pero en la Europa de la década de 2020 quizá las cosas sean diferentes. A diferencia de Afganistán, Estados Unidos podría conseguir desvincularse lentamente de los asuntos operativos de la guerra, presidirla en lugar de dirigirla, dejando el apoyo material, las decisiones tácticas y la comunicación de las malas noticias al gobierno ucraniano a un subcomandante local, que, si las cosas fueran mal, podría servir de chivo expiatorio y de víctima propiciatoria para el Congreso estadounidense, así como para otros actores.

    ¿Quién podría hacer este trabajo? Está claro que la Unión Europea no podría hacerlo. Está dirigida por una exministra de Defensa, de probada incompetencia, que al trasladarse a Bruselas se libró por los pelos de una investigación parlamentaria sobre su lamentable actuación. Y lo que es más importante, la UE no tiene dinero de verdad, y quién decide en Bruselas los asuntos importantes es un misterio incluso para los iniciados, lo que suele traducirse en decisiones lentas, ambiguas y no sometidas a proceso alguno de rendición de cuentas, todo lo cual no resulta en absoluto útil en una guerra. Tampoco se le puede dar ese trabajo al Reino Unido, que al abandonar la Unión Europea se ha aislado de su maquinaria legislativa. Además, el Reino Unido ya actúa como ayudante de campo global de Estados Unidos, ayudándole a construir su frente mundial contra China, potencialmente el próximo objetivo de su guerra eterna. Igualmente descartable es el famoso «tándem» franco-alemán, un artilugio del que nadie sabe a ciencia cierta si es algo más que una quimera periodística o diplomática.

    Queda Alemania y, de hecho, analizando las cosas retrospectivamente, uno tiene la sensación de que Estados Unidos ya la ha preparado durante un algún tiempo como su lugarteniente para la sección ucraniana de la guerra global por los «valores occidentales». La germanización del conflicto ucraniano evitaría que el gobierno de Biden tuviera que contraer una deuda con los chinos a cambio de su ayuda para retirarse de una guerra que amenaza con en un conflicto impopular domésticamente. Los esfuerzos por convertir a Alemania en su representante europeo pueden sustentarse en el legado de la Segunda Guerra Mundial, que incluye una fuerte presencia del ejército estadounidense en suelo alemán, basada parcialmente todavía en derechos legales que se remontan a la rendición incondicional alemana de 1945. En la actualidad, se hallan estacionados aproximadamente 35.000 efectivos estadounidenses en Alemania, acompañados por 25.000 familiares y atendidos por 17.000 empleados civiles, un contingente de población superior al existente en cualquier otro lugar del mundo excepto, al parecer, Okinawa. Dispersas por todo el país, Estados Unidos mantiene 181 bases militares, las mayores de las cuales son Ramstein, en Renania-Palatinado, y Grafenwöhr, en Baviera. Ramstein sirvió de cuartel general operativo en la Guerra contra el Terrorismo, desde donde se coordinaron, entre otras cosas, los vuelos de prisioneros de todo el mundo con rumbo a Guantánamo, y sigue siendo el puesto de mando de las intervenciones estadounidenses en Oriente Próximo. No menos importante, las bases estadounidenses en Alemania albergan un número desconocido de cabezas nucleares, algunas de ellas para que las fuerzas aéreas alemanas las lancen sobre objetivos especificados por Estados Unidos utilizando cazabombarderos certificados por este país (bajo lo que se denomina «participación nuclear»).

    Hubo momentos durante el periodo de posguerra en los que los gobiernos alemanes intentaron desarrollar una política de seguridad nacional propia, como sucedió con la política de distensión de Willy Brandt, observada con recelo por Nixon y Kissinger; con la negativa de Schröder, junto con Chirac, a unirse a la denominada «Coalición de Voluntarios» en su frustrada búsqueda de armas de destrucción masiva en Iraq; con el veto de Merkel en 2008, al alimón con Sarkozy, a la admisión de Ucrania en la OTAN; con el intento de Merkel y Hollande, que culminó en los Acuerdos de Minsk I y II, de mediar en el logro de un acuerdo de uno u otro tipo entre Rusia y Ucrania; y con la obstinada negativa de Merkel a tomarse en serio el objetivo de la OTAN de conseguir un presupuesto de defensa situado en el 2 por 100 del PIB. En 2022, sin embargo, el declive del Partido Socialdemócrata y el ascenso de los Verdes debilitaron la capacidad y, de hecho, el deseo, de Alemania de buscar al menos un mínimo de autonomía estratégica, lo cual quedó patente a los dos días de iniciada la guerra con el discurso del Zeitenwende pronunciado por Scholz en el Bundestag, que en todo caso fue una promesa hecha a Estados Unidos de que no volvería a producirse una insubordinación del tipo de las protagonizadas por Brandt, Schröder y Merkel.

    Es posible que Scholz confiara en que el fondo especial de 100 millardos de euros (Sondervermögen) reservado para modernizar la Bundeswehr, esto es, el ejército alemán, en su totalidad materializado en deuda e invisible en las cuentas fiscales corrientes, calmaría cualquier sospecha restante de posible desobediencia alemana. Por el contrario, en 2022, durante el primer año de la guerra, se efectuaron diversos test, diseñados y ejecutados por expertos estadounidenses en gobernanza global, para evaluar la verdadera profundidad de la conversión alemana de su pacifismo de posguerra a una posición proclive al occidentalismo angloestadounidense. Cuando, pocas semanas después del discurso del Zeitenwende, los observadores escépticos indicaron que los 100 millardos de dinero fresco ni siquiera habían empezado a gastarse, al gobierno alemán no le bastó con señalar que el nuevo material tenía que encargarse antes de poder pagarse y que antes de encargarse debía elegirse. Así que, para mostrar su buena voluntad, Alemania se apresuró a firmar un contrato para la adquisición de treinta y cinco F-35 con el gobierno de Estados Unidos y no, como cabría pensar, con sus fabricantes, Lockheed Martin y Northrop Grumman. El avión, durante mucho tiempo objeto de deseo de la ministra de Asuntos Exteriores de los Verdes, va a sustituir a la supuestamente anticuada flota de Tornados, que Alemania mantiene para su «participación nuclear». Por un precio estimado de 8 millardos de dólares, incluidas reparaciones y mantenimiento, se promete la entrega de los aviones hacia finales de esta década, con la única salvedad de que el gobierno estadounidense podrá ajustar unilateralmente el precio al alza cuando lo considere oportuno.

    Al final, el acuerdo sobre los F-35 no brindó a los alemanes más que un breve respiro. Mientras las diversas ramas militares de las fuerzas armadas alemanas y los grupos de presión domésticos y extranjeros disputaban sobre la mejor manera de gastar el resto de los fondos, Scholz, para calmar la impaciencia estadounidense, despidió a la ministra de Defensa, un antiguo cuadro de confianza del SPD, que había sido nombrada en contra de su voluntad para satisfacer las supuestas demandas públicas de paridad de género. Poco antes de que tuviera que abandonar su cargo, una de sus posibles sucesoras, que ejercía de «defensora del pueblo» de la Bundeswehr, exigió que los 100 millardos de euros se convirtieran en 300 millardos. Pocos días después, el puesto se cubrió con el hasta entonces ministro del Interior del Estado de Baja Sajonia, un hombre que también carecía de experiencia militar, pero que irradiaba algo así como una competencia gerencial total. Una de las primeras cosas que hizo fue resolver una ambigüedad hasta entonces cuidadosamente cultivada en el discurso del Zeitenwende, que era si los 100 millardos debían elevar el presupuesto regular de defensa hasta alcanzar el 2 por 100 exigido por la OTAN, o si debían añadirse a este a modo de sanción por las negligencias cometidas en el pasado por Alemania en cuestiones de defensa. De acuerdo con el nuevo ministro de Defensa alemán, Pistorius, la opción correcta era la segunda, por lo que el gasto regular en defensa tendría que crecer en 10 millardos de euros cada año durante los siguientes con independencia de lo que se gastara del Sondervermögen. Además, cuando el secretario general de la OTAN, Stoltenberg, a punto de convertirse en jefe del banco central noruego –una sinecura como no hay otra–, hizo saber que el 2 por 100 se convertía a partir de ahora en el nuevo umbral mínimo, establecido para ser superado, Pistorius fue uno de los primeros altos cargos alemanes en mostrar su acuerdo.

    Mientras tanto, en septiembre de 2022, la siguiente prueba exigida a Alemania, una vez más dura, fue la destrucción de los gasoductos Nord Stream 1 y 2 por un grupo de asalto estadounidense-noruego, de acuerdo con lo indicado por Seymour Hersh. En este caso, la tarea del gobierno alemán era fingir que no tenía ni idea de quién lo había hecho, guardar silencio sobre el asunto y conseguir que la prensa alemana hiciera lo propio o bien dijera a la opinión pública que había sido «Putin». Esta prueba fue brillantemente superada. Cuando una diputada del Bundestag del Linkspartei –la única de 709 diputados y diputadas– preguntó al gobierno unas semanas después del suceso qué sabía al respecto, se le dijo que por razones de Staatswohl –el bienestar del Estado– no se respondería a tales preguntas ni ahora ni en el futuro. Y al día siguiente de que Hersh hiciera públicos sus hallazgos, el Frankfurter Allgemeine Zeitung informó sobre ello bajo el título «Kreml: USA haben Pipelines beschädigt» (Kremlin: Estados Unidos ha destruido los oleoductos).

    Otra prueba de lealtad, esta vez más larga y acumulativa, llevada a cabo en paralelo con la batalla del presupuesto, se refería a la entrega de armas y municiones al ejército ucraniano. Ucrania había sido desde 2014 el país industrializado que había registrado el mayor aumento anual, con diferencia, de su gasto en defensa, el cual no había sido pagado, sin embargo, por sus oligarcas, sino por Estados Unidos en pro de la llamada «interoperabilidad» entre el ejército ucraniano y la OTAN (oficialmente declarada como alcanzada en 2020). Aunque ello pudo ser motivo de preocupación para los generales rusos, que seguramente eran conscientes del deterioro de sus fuerzas convencionales tras la decisión de Putin de seguir el ritmo de modernización de las fuerzas nucleares estadounidenses, desde el primer día del ataque ruso se pidió a los Estados de la OTAN que enviaran armas a Ucrania cada vez más potentes y en mayor número. Cuando con el paso del tiempo se hizo evidente que Ucrania sería incapaz de resistir la embestida rusa sin el flujo constante de apoyo material procedente de un Occidente reactivado, Estados Unidos insistió en que los países europeos soportaran una parte cada vez mayor de esta carga, incluidos aquellos países considerados culpables de haber descuidado sus fuerzas armadas, lo cual se refería en particular y sobre todo a Alemania. Sin embargo, pronto se evidenció que los ejércitos nacionales no estaban realmente entusiasmados con la idea de tener que ceder a Ucrania parte de su material más preciado y prestigioso, alegando que ello mermaría su capacidad para defender sus propios países. Es posible que detrás de su reticencia subyaciera el temor a que lo que entregaban a los ucranianos cayera en manos del enemigo, sufriera daños irreparables en el campo de batalla o se vendiera en el mercado negro internacional sin esperanza alguna de devolución ni tan siquiera del material prestado formalmente. Otra preocupación de los ejércitos nacionales europeos se refería a sus perspectivas de rearme por parte de sus gobiernos una vez que la guerra haya terminado y Ucrania tenga que ser reconstruida de modo realmente ejemplar por «Europa», como ha sido incansablemente prometido desde Bruselas por Ursula von der Leyen. También afloraron preocupaciones, típicamente expresadas en público por militares retirados de alto rango, sobre la posibilidad de que los países europeos se vieran arrastrados a una guerra, cuya conducción y objetivos habían sido dejados por los gobiernos europeos, tal y como exigían Estados Unidos y las diversas opiniones públicas, en manos de los ucranianos. Y no menos importante, flotaba en el aire la preocupación de que si la guerra llegara ahora a su fin, Ucrania contaría con las fuerzas terrestres más importantes y mejor equipadas de Europa.

    De nuevo fue Alemania, con diferencia el mayor país de Europa Occidental, quien ha tenido que demostrar, por encima de cualquier otro Estado europeo y bajo la atenta mirada de Estados Unidos y los medios de comunicación internacionales, su predisposición a «apoyar a Ucrania». Al principio, la entonces ministra de Defensa alemana había ofrecido cinco mil cascos y chalecos antibalas como apoyo al ejército ucraniano, decisión ampliamente ridiculizada por los aliados del país y, cada vez más, por su opinión pública. En los meses siguientes se exigió y suministró armamento cada vez más potente, incluidos misiles de defensa antiaérea como el sistema Iris-T, que aún no ha llegado ni siquiera a las tropas alemanas, y el poderoso obús antitanques Panzerhaubitze 2000. En cada ocasión, el gobierno de Scholz había trazado primero una línea roja, sólo para tener que cruzarla más tarde bajo la presión de sus aliados, así como de sus dos socios menores de coalición, los Verdes y los Liberales: los primeros controlan el Ministerio de Asuntos Exteriores, los segundos la Comisión de Defensa del Bundestag, presidida por un diputado del liberal FDP de Düsseldorf, sede de Rheinmetall, uno de los mayores productores de armas de Europa y del mundo.

    En el invierno de 2022, el debate sobre el envío de armamento de Ucrania empezó a centrarse en los carros de combate. Aquí, en particular, Alemania tuvo que ser empujada paso a paso para avanzar hacia modelos cada vez más potentes, empezando por los vehículos blindados de transporte de tropas hasta ese famoso carro de combate alemán, el Leopard 2, un éxito mundial de exportación construido por un consorcio liderado por, bueno, Rheinmetall. (Alrededor de 3.600 Leopard 2 de la línea de producto más avanzada 2A5-plus se han vendido hasta ahora en todo el mundo a entusiastas partidarios de los valores occidentales como Arabia Saudí, por su incansable esfuerzo por llevar la paz a Yemen). En parte porque los tanques alemanes ocupan un lugar destacado en la memoria histórica rusa, pero también porque no había indicios de que Alemania pudiera opinar sobre el uso que se daría a sus tanques (desde la frontera ucraniana hasta Moscú no hay más de 500 kilómetros), Scholz ofreció al principio, como de costumbre, una razón tras otra por las que, lamentablemente, no se podría suministrar ningún Leopard 2. Como respuesta a ello, algunos de los aliados de Alemania, en particular Polonia, Países Bajos y Portugal, hicieron saber que estaban dispuestos a donar sus Leopards, aunque Alemania no lo hiciera. Polonia incluso anunció que enviaría Leopards a Ucrania sin la preceptiva licencia alemana, si fuera necesario, la cual es legalmente imperativa a tenor de los términos de la política alemana de exportación de armas.

    La forma en que continuó esta historia puede haber tenido una importancia determinante para el futuro curso de los acontecimientos. Acorralada por sus aliados europeos, Alemania dejó de oponerse al envío de Leopard a Ucrania, siempre que Estados Unidos accediera también a suministrar su principal carro de combate, el M1 Abrams (otro éxito mundial de exportación, con una producción total hasta el momento de 9.000 piezas). Como «primer paso», Alemania prometió suministrar catorce de sus trescientos veinte Leopard a Ucrania, formando un regimiento de tanques por cuenta alemana, que se entregaría en un plazo de tres meses. A continuación, procedería a crear dos batallones de tanques, dotados de cuarenta y cuatro Leopard 2 cada uno, a partir de sus propios Leopard y de los aportados previsiblemente por sus socios europeos, incluyéndose en este suministro la formación de las dotaciones, las piezas de repuesto y la munición, de modo que los tanques estarían preparados para ser entregados al ejército ucraniano listos para el combate. (Según determinadas estimaciones de los expertos, Ucrania necesitaría aproximadamente cien Leopard del último modelo para mejorar significativamente su capacidad militar de defensa).

    En este punto, justo en el momento en que se celebraba la Conferencia de Seguridad de Múnich, se produjeron dos sorpresas desagradables. En primer lugar, resultó que los aliados europeos de Alemania, una vez vencida su resistencia, descubrieron todo tipo de razones por las que debían conservar sus Leopard, con o sin licencias de exportación, dejando el suministro de carros de combate a Ucrania esencialmente en manos alemanas. (En total, las fuerzas armadas de la OTAN disponen de unos 2.100 tanques Leopard, tanto del modelo 1 como del 2). Y, en segundo lugar, la investigación periodística estadounidense, efectuada en particular por The Wall Street Journal, reveló que los carros Abrams no aparecerían en escena hasta dentro de unos años, si es que realmente lo hacían en algún momento, algo que los negociadores alemanes parecen haber pasado por alto, o que sus homólogos estadounidenses les habían pedido que pasaran por alto, y que desde luego no habían compartido con la opinión pública alemana.

    Al final, por lo tanto, el gobierno de Scholz se encontró con las manos en la masa como único proveedor de los tanques Leopard a Kiev. Lo que hizo esta situación aún más incómoda fue que, precisamente el día en que los alemanes habían aceptado el acuerdo de los Leopard, el gobierno ucraniano declaró que, ahora que esto se había conseguido, el siguiente punto de su lista de deseos serían aviones de combate, submarinos y acorazados sin los cuales no había esperanza de que Ucrania ganara la guerra de la forma acordada con sus aliados. (El antiguo embajador de Ucrania en Alemania hasta octubre de 2022 y ahora viceministro del Ministerio de Asuntos Exteriores ucraniano desde el pasado mes de noviembre, tuiteó el 24 de enero, en inglés: «¡Aleluya! ¡Jesucristo! Y ahora, queridos aliados, establezcamos una poderosa coalición de aviones de combate para Ucrania con F-16 y F-35, Eurofighter & Tornado, Rafale & Gripen & todo lo que podáis aportar para salvar a Ucrania»). Por si fuera poco, durante la Conferencia de Seguridad de Múnich, la delegación ucraniana pidió a Estados Unidos y al Reino Unido bombas de racimo y bombas de fósforo, prohibidas por el derecho internacional pero, como señalaron los ucranianos, almacenadas en grandes cantidades por sus aliados occidentales. (El Frankfurter Allgemeine Zeitung, siempre deseoso de no confundir a sus lectores, calificó en su informe las bombas de racimo de umstritten [controvertidas] y no de ilegales).

    Para la coalición gobernante alemana, pero también para el Gobierno de Biden, una cuestión crucial respecto a la asignación de un papel protagonista a Alemania es si el pacifismo de posguerra del país sigue siendo lo suficientemente fuerte como para interferir en estos planes. La respuesta es que puede que no lo sea. A diferencia de Estados Unidos, la abolición del servicio militar obligatorio parece haber facilitado la consideración de la guerra como un medio apropiado al servicio del bien: a diferencia de Ucrania, en Alemania los hijos, novios y maridos no corren el riesgo de tener que ir al campo de batalla. En gran parte de la generación más joven, el idealismo moral encubre el crudo materialismo de matar y morir. En el seno y en el entorno del partido de los Verdes ha ido surgiendo desde el comienzo de la guerra algo así como un nuevo gusto por el heroísmo en la que hasta hace poco se consideraba una generación posheroica. Ya no hay padres, y desde luego no abuelos, que puedan informar de primera mano sobre la vida y la muerte en las trincheras. Parece que se sueña con un tipo de guerra higienizada y aséptica, ejecutada estrictamente según la Convención de La Haya, al menos por nuestra parte: ya no se trata de una cuestión de guerra y paz, sino de crimen y castigo, cuyo objetivo último, digno de cobrarse cientos de miles de vidas humanas, es que Putin comparezca ante un tribunal.

    También puede haber factores específicamente alemanes en juego. En la generación afín a los Verdes, el nacionalismo como fuente de integración social ha sido sustituido, más que en ningún otro lugar de Europa, por un maniqueísmo omnipresente que divide el mundo, tanto entre países como en el seno de los mismos, en dos bandos: el bien y el mal. Existe una necesidad urgente de estudiar y comprender este cambio en el espíritu de la época alemán, que parece haber evolucionado de forma gradual y en gran medida inadvertida. Sus implicaciones políticas suponen de una u otra forma que, a diferencia de lo que ocurre en un mundo de naciones, no puede existir una paz basada en el equilibrio de poder e intereses, sino sólo una lucha incesante contra las fuerzas del mal, que son esencialmente las mismas a escala internacional y nacional. Es evidente que esto guarda cierta semejanza con los conceptos estadounidenses de la política, compartidos tanto por los neoconservadores como por los idealistas demócratas, encarnados en alguien como Hilary Clinton. El síndrome parece ser particularmente fuerte en el lado izquierdo del espectro político alemán, que en el pasado habría sido la base natural del movimiento contra la guerra y a favor de la paz o, al menos, a favor del alto el fuego. Ahora, sin embargo, ni siquiera Die Linke consideró oportuno respaldar la manifestación a favor de la paz organizada el 25 de febrero por Sahra Wagenknecht y Alice Schwarzer, icono feminista de Alemania, a riesgo de que el partido se rompiera y dejara de ser una fuerza política.

    Además, los alemanes de posguerra han tendido durante mucho tiempo a escuchar con simpatía a los no alemanes, que les atribuían determinadas deficiencias morales colectivas y les exigían algún tipo de humildad, expresada esta de una forma u otra. Es difícil pensar en otra cosa capaz de explicar la extraordinaria popularidad de la que ha gozado durante esta guerra el mencionado embajador ucraniano en Alemania, un tal Andrej Melnyk, fan desvergonzado del terrorista, colaborador nazi y criminal de guerra Stepan Bandera y de su colíder de los nacionalistas ucranianos durante los años de entreguerras y bajo la ocupación alemana, también llamado Andrej Melnyk. A través de Twitter, Melnyk insultó sin descanso a figuras políticas alemanas, desde el presidente federal Steinmeier para abajo, por no apoyar suficientemente a Ucrania, utilizando un lenguaje que en cualquier otro país habría provocado la revocación de su credenciales diplomáticas. Apenas transcurrió una semana en la que Melnyk no fuera invitado a uno de los programas de entrevistas semanales de la televisión alemana, donde no dejaba de acusar a los líderes políticos alemanes de conspirar de un modo genocida con Rusia contra el pueblo ucraniano. Desde su nuevo puesto como viceministro de Asuntos Exteriores, Melnyk ha seguido ocupando un lugar destacado en el debate alemán sobre las obligaciones del país hacia Ucrania. Por ejemplo, refiriéndose a un artículo publicado en el Süddeutsche Zeitung en el que Jürgen Habermas, a ojos de muchos demasiado comedido y demasiado tarde, abogaba por un alto el fuego en Ucrania para permitir las negociaciones de paz, Melnyk tuiteó: «Que Jürgen Habermas esté también tan descaradamente al servicio de Putin me deja sin palabras. Una vergüenza para la filosofía alemana. Immanuel Kant y Georg Friedrich Hegel se revolverían de vergüenza en sus tumbas». (Para una muestra del tono de gran parte de la discusión en Alemania, véase un tuit de un joven aspirante a comediante, un tal Sebastian Bielendorfer: «Sahra Wagenknecht es simplemente la cáscara vacía de un grupo de células completamente depravadas mental y humanamente. No debería ser invitada a programas de entrevistas, debería ser tratada». Un día después: «Twitter ha borrado el tuit. Lamentable. La verdad permanece»).

    Si consideramos todos estos extremos conjuntamente, desde las elecciones de medio mandato estadounidenses parece existir un intento concertado por parte de Estados Unidos y de la OTAN para arrastrar a Alemania a la guerra en la que debería asumir un papel cada vez más destacado y activo. Otros países europeos han aprendido a lo largo del año a empujar a Alemania para que ellos mismos puedan mantenerse al margen (Países Bajos) o perseguir sus intereses con mayores perspectivas de éxito (Polonia y los países bálticos). Alemania, por su parte, cansada de que otros la empujen hacia adelante, podría optar incrementalmente por empujarse a sí misma. Ya el año pasado, los líderes socialdemócratas, incluido el nuevo presidente del partido, Lars Klingbeil, hablaron abiertamente de que Alemania tenía que liderar Europa y de que estaba dispuesta a hacerlo. Es importante destacar que ya no se mencionó a Francia en este contexto. Tras haber fingido durante demasiado tiempo que no estaba implicada en tal tarea, puede que ahora una Alemania más segura de sí misma opte por asumir exactamente tal función. Un posible papel que Alemania podría asumir de modo creciente en el curso de este proceso podría ser el de subcontratista político y militar privilegiado de Estados Unidos tras haber sido lo suficientemente humillada públicamente en los episodios del Nord Stream y del Leopard 2 como para comprender que para evitar ser mangoneada por la potencia estadounidense debe estar dispuesta a liderar Europa en su nombre, recibiendo sus órdenes de Washington a través de Bruselas, siendo Bruselas no la capital de la UE sino la de la OTAN, esto es, al hilo de la emergente línea de mando visualizada por el orden de los asientos de las conferencias de Ramstein con Estados Unidos. Ucrania y Alemania se sentaban en la cabecera de la mesa. En esta nueva función en curso de asunción, Alemania se encargaría de reunir y pagar las armas que las fuerzas ucranianas considerasen necesarias para su victoria final, con el riesgo, en caso de que dicha victoria no se materializase, de ser declarada culpable, en lugar de Estados Unidos, de incompetencia, cobardía, mezquindad y, por supuesto, simpatía con el enemigo.

    Con el paso del tiempo, la participación indirecta de Alemania en la guerra podría ser cada vez más directa, incrementándose por una pendiente resbaladiza al hilo de su papel de proveedor de armamento a Ucrania. Ya ahora, un número considerable de tropas ucranianas están siendo entrenadas en Alemania en bases estadounidenses, pero cada vez más también en bases de la Bundeswehr, y no pocos alemanes, en su mayoría radicales de derecha, están luchando en legiones internacionales con el ejército ucraniano. Muy pronto, los Leopard, una vez que hayan llegado al campo de batalla, necesitarán ser revisados y reparados, lo que puede requerir enviarlos de vuelta a Alemania. Rheinmetall ha anunciado que instalará una planta en Ucrania para fabricar en torno a cuatrocientos Leopard al año, partiendo obviamente de la base de que la guerra durará lo suficiente como para que los carros de combate de producción ucraniana entren en funcionamiento y para que la planta resulte rentable. Por supuesto, la fábrica tendrá que estar protegida por la correspondiente defensa antiaérea, mejor operada, cabe imaginar, por equipos alemanes experimentados. En cuanto a los aviones de combate, lo más seguro sería estacionarlos lejos del campo de batalla, tal vez en algún lugar de Renania, donde ya existen las instalaciones necesarias para su mantenimiento. Los especialistas en derecho internacional debatirán si este tipo de apoyo entre bastidores convierte o no a un país en combatiente; en última instancia, serán los chinos, y no un tribunal de justicia, quienes decidan qué medidas puede tomar Rusia como respuesta a este conjunto de iniciativas.

    La visita sorpresa del canciller alemán a Washington el pasado 4 de marzo, sin que ninguna de las partes facilitara información sobre lo que se habló en la conversación de ochenta minutos mantenida entre Biden y Scholz a puerta cerrada, puede haber servido para que el primero le leyera la cartilla al segundo, explicándole lo que significará para Alemania, política, material y militarmente, ser un aliado fiable de Occidente. También puede haber sido el momento de compartir con el gobierno alemán la «narrativa» que los servicios secretos estadounidenses han urdido para contrarrestar el informe de Hersh, diciéndoles a los alemanes que este iba a ser el resultado preliminar oficial de su investigación, sometiéndoles así a otra prueba credo quia absurdum de cuánto van a tener que aguantar en aras de la unidad occidental.

    Muy posiblemente, de lo que también se habló fue de qué hacer cuando ya no pueda mantenerse en secreto la sabiduría compartida por la totalidad de los expertos militares, bastante trivial por otro lado, de que una guerra terrestre sólo puede ganarse en última instancia sobre el terreno. A más tardar en ese momento, habría que abordar la cuestión de cómo reemplazar a los numerosos soldados ucranianos que para entonces ya estarán muertos, heridos o habrán desertado. ¿Podría ser ésta la hora del «ejército europeo», entrenado por la Bundeswehr y equipado a expensas alemanas con productos de calidad diversificada de Rheinmetall y otros fabricantes armamentísticos? Las tropas podrían reclutarse como voluntarios en los países de Europa del Este o entre aspirantes a inmigrantes de otros países, con la ciudadanía europea disponible para las tareas posteriores al servicio, siguiendo el modelo del primer ejército europeo, las legiones romanas multinacionales. Los comandantes en el campo de batalla, indispensables incluso en la era de la inteligencia artificial, podrían tener dos pasaportes, uno de ellos ucraniano y otro «europeo», muchos de ellos expedidos recientemente. También podrían encontrarse otras formas de implicar a Alemania en la guerra sin necesidad de volver al servicio militar obligatorio; como los ucranianos, según von der Leyen, están dando libremente sus vidas por nuestros «valores», no habría necesidad de que Alemania reinstaurara el servicio militar obligatorio a riesgo de un colapso del apoyo popular. Por otra parte, nunca se sabe.

    Sin embargo, también existe otro camino que podría seguirse con Alemania como franquicia europea de Estados Unidos. Los indicios apuntan a que las crecientes e interminables demandas del gobierno ucraniano de más y más armas han provocado el desencanto de los estadounidenses con su aliado ucraniano, especialmente a medida que disminuye la disposición del Congreso a seguir financiando la guerra. También puede aletear el recuerdo de la petición pública del presidente Zelensky de que Estados Unidos tomara represalias nucleares por la supuesta explosión de un misil ruso en suelo polaco, que más tarde resultó ser un misil ucraniano extraviado. Añádase a esto la petición pública de bombas de racimo, fruto quizá de la exuberancia momentánea por el éxito de la obtención de los Leopard 2. Visto desde este ángulo, que la fabricación por los servicios secretos estadounidenses de un relato alternativo de la destrucción de los gasoductos Nord Stream contenga una referencia a Ucrania puede leerse como una señal de advertencia al gobierno de Kiev.

    Al retirarse de la dirección operativa de la guerra ucraniana, subcontratándola a Alemania, Estados Unidos podría ahorrarse la vergüenza de tener que informar a Kiev de que el apoyo occidental a sus objetivos bélicos más ambiciosos no es ilimitado. Alemania, por su parte, podría intentar hacer lo que a veces hacen los agentes, si su principal no puede controlar en detalle lo que están haciendo supuestamente en su nombre. Habiendo asumido el liderazgo europeo exigido por Estados Unidos, Alemania puede hallarse en condiciones de oponerse a los intentos ucranianos de involucrarla más en la guerra, de ir más allá de la mera congelación del conflicto hacia algo parecido a un pacto en la línea de los Acuerdos Minsk II. Ayudando a Estados Unidos a liquidar parte de su posición en Ucrania, puede hacerle un favor que reavive una hermosa amistad.

    Por otra parte, que Alemania sea capaz de hacerlo dependerá en gran medida de que logre enfriar el nuevo entusiasmo por la guerra que se ha apoderado especialmente del sector de la opinión pública alemana ligado a los Verdes. Baerbock y sus seguidores denunciarán como traición y desprecio a la «capacidad de acción» ucraniana todo lo que no sea un cambio de régimen en Moscú. Los espíritus convocados para provocar el Zeitenwende no se esfumarán fácilmente, si se les ordena hacerlo. Es posible que la retórica del primer año de la guerra haya excluido durante algún tiempo cualquier pacificación no consistente en la victoria total, haciendo imposible poner fin a la matanza en poco tiempo, incluso después de que Estados Unidos haya perdido interés en ella. No hay que olvidar, por otro lado, que la destrucción del gasoducto Nordstream ha privado a Alemania, probablemente de forma intencionada, de la posibilidad de ofrecer a Rusia la reanudación del suministro de gas a cambio de su participación en algo parecido a un proceso de paz, en el mejor de los casos con una hoja de ruta adjunta, al igual que conviene tener en mente la salva de sanciones económicas controladas, de facto, por Estados Unidos.

    Durante la rebelión de los bóxers en 1900, el Cuerpo Expedicionario Europeo dirigido por Sir Edward Hobart Seymour, almirante de la Marina Real británica, se dirigía de Tientsin a Pekín. Cerca de su destino se encontró con una feroz resistencia china. En el momento de mayor necesidad, el almirante Seymour ordenó al comandante del contingente alemán, Kapitän zur See von Usedom: «¡Los alemanes, al frente!». La tradición militar alemana considera con orgullo el episodio como un momento de supremo reconocimiento internacional de la destreza militar alemana. La historia a veces se repite.

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    Ugo Palheta

    Sociólogo, profesor asociado en la Universidad de Lille (Francia) y codirector de la revista Contretemps.

    Traducción: Martín Mosquera, para Jacobin AL
    Fuente: 
    Contretemps

    Actualidad Internacional: Opinion

    31/03/2023

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    l movimiento que se desarrolla en Francia desde el 19 de enero es entusiasmante en muchos sentidos. En apenas dos meses, ha cambiado profundamente la atmósfera política del país, ha hecho retroceder el derrotismo imperante, ha desestabilizado (incluso asustado) a los defensores celosos del orden social establecido y de las políticas neoliberales y ha ampliado el horizonte de expectativas de los millones de personas que han entrado en la lucha y, al hacerlo, han empezado a tomar la medida de sus fuerzas. Sobre todo, esta movilización acentuó la crisis de hegemonía que se profundiza en Francia desde hace años, al mostrar hasta qué punto el gobierno macronista está aislado socialmente. Cristalizó el descontento social que no necesariamente encontraba vías para expresarse políticamente, y transformó en rabia legítima la desconfianza generalizada de gran parte de la población -en particular de la clase trabajadora y la juventud- hacia Macron y su gobierno.

    Apartir de entonces, lo que está en juego ya no es sólo la contrarreforma de las pensiones. Ya no es simplemente «social», en el sentido restrictivo de sindical. Es eminente y plenamente político: en cuanto se nacionaliza, adquiere una gran amplitud social y se arraiga de forma sostenida, el movimiento se afirma como una confrontación no con tal o cual capitalista (como en el caso de una lucha contra los despidos o la supresión de puestos de trabajo en una empresa), no con tal o cual medida sectorial (por importante que sea), sino con el conjunto de la clase burguesa tal y como está representada (y defendida) por el poder político. Así pues, un movimiento de este tipo es capaz de abrir una brecha en el orden político modificando de forma duradera las relaciones de poder entre las clases.

    Está en la naturaleza de un gran movimiento popular desdibujar las categorías en las que se quiere encorsetar artificialmente la lucha de clases separando un nivel «político» de un lado y «socioeconómico»  del otro. Toda lucha de masas, y la que estamos viviendo no es una excepción a la regla, es pues inextricablemente social y política; tiende inevitablemente a tener como objetivo lógico el poder político y los grandes intereses que encarna: los propietarios, los explotadores, la clase dominante. También es ideológico y cultural, en la medida en que desafía las narrativas (pequeñas o grandes) que la clase dominante construye para justificar tal o cual contrarreforma (o más ampliamente su orden social, con su rastro de injusticias, alienación y violencia), pero también en el sentido de que permite librar una batalla entre concepciones antagónicas del mundo y visiones alternativas de cómo deberían ser la sociedad, las relaciones humanas y nuestras vidas.

    El movimiento actual se levanta sobre los hombros de todas las movilizaciones que la precedieron, al menos las que marcaron la secuencia de luchas que comenzó en 2016: en particular la batalla de Notre-Dame-des-Landes, la lucha contra la Ley del Trabajo, los «chalecos amarillos», las movilizaciones feministas contra la violencia y las desigualdades de género, el movimiento 2019-2020 contra la reforma de las pensiones o el conjunto de las luchas (especialmente antirracistas) contra los crímenes policiales y todas las violencias estatales. El movimiento actual integra, articula y desarrolla sus logros precedentes, tanto en términos de métodos y tácticas de lucha como ideológicamente.

    Una diferencia significativa, sin embargo, es la mayor fuerza y combatividad de la izquierda parlamentaria, en particular de los 74 diputados de la La France Insoumise (LFI), que contribuyeron en gran medida a politizar y radicalizar una movilización que la mayoría de los sindicatos -en particular la CFDT- querían mantener en un terreno estrictamente «social». Así pues, podemos alegrarnos de que la mayoría de los nuevos diputados de la LFI no intentaran en ningún momento oponer a la batalla parlamentaria (con sus propios medios) a los métodos clásicos de la lucha de clases: manifestaciones callejeras, piquetes (en los que vimos a estos diputados, incluida la presidenta del grupo parlamentario de la LFI, Mathilde Panot, en varias ocasiones) y bloqueos (sobre todo de institutos y universidades).

    Todos nuestros esfuerzos deben dirigirse al objetivo de seguir ampliando e intensificando el movimiento, para lograr una victoria. No sabemos hasta dónde podemos llegar, pero conseguir que el gobierno dé marcha atrás en su contrarreforma es lo mínimo. En los meses y años venideros, tal victoria contará el doble o el triple, precisamente porque Macron quería hacer de esta contrarreforma la madre de todas las batallas, una prueba de fuerza que le permitiera consolidar su poder hasta el final de su mandato, y comenzar la destrucción total de los logros de la clase obrera en el siglo XX. Como thatcheriano que ha aprendido bien sus lecciones (las de la contrarrevolución neoliberal), Macron sabe que necesita quebrar a los sectores más combativos del movimiento social para hundir en la desesperación a la mayoría de los que hoy se movilizan, construyen huelgas y manifestaciones, con la esperanza -vaga o afirmada- de un mundo de igualdad y justicia social.

    En esta confrontación, el poder macronista ya ha indicado -con su palabra y su práctica- que está dispuesto a llegar tan lejos como sea necesario, contribuyendo además a la politización del movimiento mediante una represión policial a gran escala. Rompiendo las ilusiones sobre el nuevo «esquema de mantenimiento del orden» y el nombramiento en París de un prefecto de policía con fama de ser menos brutal que el infame Lallement, la policía se ha caracterizado en los últimos días por la extrema brutalidad de sus intervenciones, una brutalidad que se ha normalizado y convertido en rutina en los últimos diez años, de modo que no se trata de «derrapes» o «meteduras de pata», sino de la actuación ordinaria de unas fuerzas policiales en gran medida fascistizadas. Pero la actuación policial también se caracterizó por un cierto desconcierto ante el número y la determinación de los manifestantes en la secuencia que siguió a la imposición del artículo 49.3.

    Ampliamente minoritaria en el país, forzando su proyecto a través de una serie de maniobras institucionales típicas de la V República (cuya Constitución está, como sabemos, lejos de todos los estándares, incluso mínimos, de una democracia), desestabilizada por la acumulación de vídeos y testimonios que muestran la violencia de Estado, es evidente que la Macronia y sus ideólogos ya no son capaces de convencer a la opinión pública de que la violencia está del lado de los manifestantes, y que la violencia policial es un mito inventado por bárbaros sedientos de sangre policial. Una prueba de que el monopolio de la violencia legítima sólo lo «reclama» el Estado, por utilizar la famosa definición de Max Weber, y de que a veces, cuando no llega el «éxito» evocado en esta definición, las cosas se atascan.

    Tanto por el uso de estas maniobras como por la represión extremadamente brutal del movimiento en los últimos días, el gobierno ha abierto una brecha para una campaña democrática contra el autoritarismo y por las libertades políticas. En estricta continuidad con el primer quinquenio Macron y de los gobiernos Hollande-Valls, estos golpes de fuerza permiten de hecho plantear a escala de masas el problema de las instituciones bonapartistas de la V República, la necesidad de una ruptura con el marco constitucional actual, vía una necesaria Constituyente, y la posibilidad de una verdadera democracia, aunque sólo sea a nivel institucional.

    Se abrieron debates legítimos sobre la caracterización de la situación social y política. Se ha podido hablar, aquí y aquí, de un «momento prerrevolucionario», con vistas a una transición hacia una situación o un proceso revolucionario en toda regla, como si bastara «dar un pequeño empujón al sistema para que todo se derrumbe» (Jacques Rancière). El corolario de esta afirmación, al menos en el primer artículo citado, es que el principal (o incluso el único) obstáculo para el desencadenamiento de una batalla revolucionaria por parte del proletariado se reduciría en lo sucesivo a las «direcciones sindicales», o dicho de forma aún más unificadora: a «la dirección del movimiento obrero», es decir, la intersindical.

    En efecto, en la medida en que el proletariado «en su conjunto» -se nos dice- habría sido radicalizado por el movimiento, el poder sólo conservaría la facultad de canalizar la cólera social de las direcciones sindicales: «la Intersindical actúa como ultima válvula de escape del régimen de la V República en crisis». Y más adelante: «Sin riesgo a equivocarnos podemos afirmar que el principal obstáculo para que el “momento” prerrevolucionario se transforme en una situación abiertamente prerrevolucionaria, o más aun revolucionaria, es la dirección conservadora e institucional del movimiento obrero».

    Esta hipótesis es importante porque, aunque las organizaciones que defienden esta línea sean muy débiles, los problemas que plantea reflejan preocupaciones más ampliamente compartidas entre los sectores combativos del movimiento social. Y tiene consecuencias evidentes: si se toman en serio tales afirmaciones, se deduce necesariamente que la denuncia inmediata de esta «dirección del movimiento obrero» adquiere un papel absolutamente central para todos aquellos que trabajan por un cambio radical de la sociedad, así como la construcción de una dirección del movimiento alternativa a la intersindical.

    El primer error de este razonamiento consiste en subestimar ciertos límites de la movilización, que deben tomarse en serio para superarlos de otro modo que no sea mediante trucos retóricos, que sólo pretenden convencer a los convencidos, o mediante un llamamiento al voluntarismo que sólo conseguirá el apoyo de los que ya están dispuestos a actuar.

    Estos límites actuales lo convierten en un movimiento capaz de hacer retroceder a Macron en su proyecto de contrarreformas y potencialmente, si sale victorioso, en todas las contrarreformas previstas para su quinquenio, pero no -al menos en esta fase- de abrir a una situación revolucionaria. Porque el voluntarismo militante de una minoría, aunque absolutamente necesario, no basta por sí solo para superar estas debilidades y pasar de la protesta social -por amplia y radical que sea- a la revolución; incluso en una situación que, como la nuestra, requiere objetivamente una ruptura política y una transformación revolucionaria, en un sentido ecosocialista, feminista y antirracista.

    Una revolución nunca es «químicamente pura», ni fiel a un manual escrito de una vez por todas, pero presupone algunos elementos sin los cuales hablar de «momento prerrevolucionario» es más una ilusión (o táctica de autoconstrucción para pequeños grupos militantes) que una hipótesis estratégica. En la medida en que el rasgo fundamental y distintivo de una revolución es la aparición más o menos afianzada de una dualidad de poderes (entre el Estado burgués y formas de poder popular fuera del Estado, pero también en el seno del Estado mismo), los momentos prerrevolucionarios presuponen ciertos ingredientes: un bloqueo consecuente de la economía, un nivel significativo de autoorganización, un inicio de centralización y coordinación nacional de los movimientos en lucha, así como fisuras en el aparato del Estado y, más ampliamente, en la clase dominante.

    Pero todos estos elementos faltan en el movimiento actual:

    Todos estos límites no devalúan el movimiento actual y podría ser que las próximas semanas nos permitan ir más allá de la situación actual, pero la correcta definición de las tareas y la estrategia depende de la exactitud del diagnóstico. En esta materia, no hay lugar para la complacencia.

    Un segundo error, que en realidad se deriva del primero, es pretender resolver lo que debería constituir un problema estratégico de primer orden para el movimiento, pero también para las organizaciones sindicales y políticas, en el periodo inmediato. Al afirmar que hemos sido testigos durante los últimos dos meses de una «radicalización del proletariado en su conjunto», ignoramos el hecho de que la hostilidad generalizada y virulenta hacia Macron no es en absoluto equivalente a una conciencia anticapitalista de masas (tanto es así, por otra parte, que es necesario luchar contra una excesiva personalización y psicologización de Macron, convirtiéndolo en un «loco», un «lunático», etc., mientras que él es sobre todo el apoderado del capital, y en particular del capital financiero). Y sobre todo, subestimamos el hecho de que una gran mayoría del proletariado no ha entrado de hecho en el movimiento.

    Los trabajadores son ciertamente, en su casi totalidad, contrarios a la contrarreforma y hostiles a Macron, pero la mayoría de ellos todavía se mantienen pasivos. Sólo una pequeña fracción de la clase se ha manifestado y la gran mayoría no ha cruzado -por razones materiales inevitables (inseguridad salarial, presión jerárquica, etc.), a las que se añade el amargo recuerdo de las derrotas anteriores- el Rubicón de la huelga. Además, el nivel de autoorganización es globalmente inferior al de movimientos anteriores (incluidos los recientes como el de 2019-2020, en particular en la SNCF, y a fortiori en comparación con el de diciembre de 1995), y la coordinación interprofesional es inexistente, o muy débil y puntual.

    En efecto, el movimiento popular se ha vuelto más autónomo desde la imposición del 49.3, organizando acciones cotidianas en toda Francia sin el aval de la intersindical y utilizando métodos de lucha más ofensivos, las asambleas generales parecen más llenas en los últimos días, pero sigue siendo la intersindical la que marca el tono y el ritmo del movimiento, y nadie está actualmente -ni de cerca ni de lejos- en condiciones de disputarle este papel.

    Se podría objetar que, incluso en un proceso revolucionario, los explotados y oprimidos nunca se movilizan en su totalidad. Pero, por tomar sólo el caso de Francia, se calcula que en mayo-junio del 68 había 7,5 millones de huelguistas (y 10 millones de personas movilizadas), en un país que, sin embargo, tenía muchos menos asalariados que hoy (unos 15 millones frente a más de 26 millones en la actualidad). Debido al bloqueo masivo de la economía durante varias semanas, al gran número de ocupaciones de lugares de trabajo y a la desorganización inicial de las autoridades políticas, la situación presentaba entonces aspectos prerrevolucionarios (a pesar de los límites de la autoorganización, que no permitían la aparición de consejos obreros), lo que dio lugar a tareas de naturaleza bastante particular para los militantes convencidos de la necesidad de una ruptura revolucionaria (en el seno del PCF y de las organizaciones de extrema izquierda).

    Las dificultades del movimiento no se explican todas, ni mucho menos, por el papel nefasto desempeñado por la intersindical. Sobre este punto, no podemos contentarnos con un razonamiento perfectamente circular consistente en decir en pocas palabras: si no hay instancias de autoorganización, es porque es la intersindical la que dirige el movimiento; y si es la intersindical la que da el tono y el ritmo, es porque no hay instancias de autoorganización.

    La hipótesis de direcciones traidoras en el movimiento obrero que impiden la transformación del movimiento en un auténtico proceso revolucionario tenía en 1968 al menos una base objetiva, digna de discusión. En Francia existían entonces poderosos sindicatos obreros, el principal de los cuales -la CGT- estaba dirigido por un partido comunista con una amplia base entre la clase obrera y una gran audiencia electoral (más del 20%). De hecho, el PCF obstaculizó las formas de autoorganización que podrían haber surgido en las empresas, en favor de una práctica generalmente pasiva de la huelga (en la que se invitaba a los trabajadores a no intervenir directamente y a dejar que los responsables sindicales la dirigieran). El partido también se negó a tomar iniciativas audaces que hubieran permitido plantear la cuestión del poder y de un gobierno de ruptura, sobre todo durante los pocos días o semanas en que el gobierno gaullista parecía no saber qué hacer, aturdido por la amplitud de la huelga obrera y por la determinación del movimiento estudiantil.

    Hoy la situación es radicalmente distinta: los sindicatos están muy debilitados, al menos en comparación con lo que estaban en el 68, y ya no existe un partido obrero de masas. Si seguimos la hipótesis de Juan Chingo, esto debería constituir un bulevar para la construcción de una huelga general. Ocurre lo contrario, ya que es en los sectores y empresas donde hay más sindicalizados y donde siguen estando presentes los sindicatos combativos (generalmente CGT, Solidaires y/o FSU) – porque no podemos meter a todos los sindicatos, ni siquiera a todas las «direcciones sindicales», en el mismo saco – donde se expresa globalmente la conflictividad más fuerte. Por otro lado, los sectores y empresas no sindicalizados, lejos de ser aquellos en los que se expresaría una supuesta disponibilidad de las masas para la acción radical no obstaculizada por la famosa «dirección del movimiento obrero», son aquellos en los que prospera la atomización, la pasividad, el consenso pseudogestionario, e incluso el voto ultraderechista.

    Podemos ver en las universidades lo que vale este argumento: mientras que los sindicatos son muy débiles allí, los activistas presentes tienen las mayores dificultades, al menos hasta ahora, para hacer surgir amplios marcos de autoorganización (la mayoría de las AG no habían movilizado hasta hace poco más que a algunos centenares de estudiantes); e incluso en las universidades que han conocido recientemente algunas AG bastante masivas (Tolbiac, Mirail) la débil implantación de las organizaciones estudiantiles debilita la ampliación y la autoorganización del movimiento. En otras palabras, si el proletariado estuviera ya radicalizado en su conjunto, y si las direcciones sindicales constituyeran el único cerrojo a romper para poder lanzar una ofensiva revolucionaria, veríamos el desarrollo de luchas radicales y de formas avanzadas de autoorganización en los sectores donde la implantación sindical es más débil, es decir, donde el dominio de las direcciones sindicales es más frágil. Nada más lejos de la realidad actual.

    La hipótesis de la sustitución de la dirección sindical (reformista) por una dirección verdaderamente revolucionaria tiene todas las ventajas de la simplicidad y todos los inconvenientes del simplismo (si no del irrealismo cuando se piensa en la famosa «dirección revolucionaria alternativa» como el producto del trabajo de construcción autocentrada de microorganizaciones). Por supuesto, podemos pensar que una política más combativa de la intersindical -rechazo de las jornadas de movilización espaciadas hasta por más de una semana, llamamiento claro a una huelga reconductible y a participar en las asambleas generales, etc.- habría permitido desbloquear ciertas cosas en algunos sectores donde los sindicatos están implantados (aunque no haya ninguna garantía de ello), pero estamos tocando los límites del marco de la movilización actual, que constituye también uno de sus puntos fuertes: la unidad mantenida del frente sindical, sin la cual es dudoso que el movimiento hubiera tomado esta magnitud y hubiera obtenido esta aprobación entre la población.

    En el periodo actual y futuro, los retos y las tareas parecen ser de una naturaleza completamente diferente para los activistas que no quieren renunciar ni a la perspectiva revolucionaria ni al trabajo dentro del movimiento real: extender la implantación sindical más allá de los sectores actualmente movilizados, fortalecer las «alas izquierdas» dentro de las organizaciones sindicales (los sindicatos o sensibilidades de «lucha de clases»), contribuir al surgimiento de nuevas corrientes o movimientos radicales (al margen de las organizaciones tradicionales pero en articulación y no en oposición a ellas), profundizar en el trabajo político-cultural que permita pasar del odio a Macron a la crítica al sistema en su conjunto y, finalmente, a la necesidad de una ruptura anticapitalista para construir una sociedad completamente diferente.

    Uno de los puntos centrales que expresa la situación actual es la extrema dispersión de los niveles de conciencia política entre los trabajadores y la juventud. La perspectiva de una ruptura anticapitalista y otra sociedad ciertamente ha progresado entre la población en la secuencia 2016-2023, pero no crece en absoluto a la misma velocidad que el odio visceral hacia el poder político y, en particular, hacia Macron. Tanto es así que el sentimiento anti-Macron en general, y la hostilidad hacia su contrarreforma de las pensiones en particular, pueden beneficiar con bastante facilidad a la extrema derecha.

    Un sondeo bastante reciente (de finales de febrero) situaba a Marine Le Pen como principal opositora al proyecto macronista de contrarreforma (ligeramente por delante de Jean-Luc Mélenchon), sobre todo entre las clases populares, a pesar de que RN no propone la vuelta a la edad de jubilación de 60 años y se opone a las huelgas reconducibles. Un sondeo que acaba de publicarse lo confirma al sugerir que RN podría ser la fuerza política que más se beneficiaría del rechazo de la contrarreforma de las pensiones. Por supuesto, esto remite a causas profundas y a una ya larga historia de implantación electoral y de impregnación ideológica, pero no se comprendería nada sin tomarse en serio la forma en que las élites políticas y mediáticas no han cesado estos últimos años de respetabilizar a la extrema derecha y de banalizar sus «ideas» y, al contrario, de demonizar a la izquierda (en particular a LFI).

    Se han producido decantaciones parciales en algunos movimientos, pero sólo afectan muy parcialmente a las clases y fracciones de clase que constituyen su centro de gravedad. Los «chalecos amarillos» han sido, pues, el escenario de un proceso de clarificación y radicalización política; sin embargo, éste sólo ha calado en una franja limitada de las clases trabajadoras, incluso dentro de las fracciones más favorables al movimiento, en zonas rurales o semirurales, así como en pequeñas ciudades en particular. Esto es sin duda tanto más cierto cuanto que existe una gran distancia entre la adhesión al movimiento (que puede ser extremadamente amplia, como en el movimiento actual, y en menor medida al principio de los «chalecos amarillos») y la participación real en las movilizaciones (sobre todo, cuando esta participación se reduce a una o varias manifestaciones, cuyos efectos politizadores son mucho menores que una huelga, a fortiori cuando esta última es de larga duración y se basa en una gran participación en las asambleas generales).

    Uno de los graves problemas para la izquierda social y política reside, pues, en conseguir mantener y profundizar el movimiento allí donde se ha desarrollado, extendiéndolo al mismo tiempo a sectores o franjas de la juventud donde el nivel de conciencia de clase -marcado por el hecho de organizarse colectivamente, en particular en sindicatos, y de movilizarse por los propios intereses, sobre la base de una representación más o menos clara y coherente de estos intereses- se sitúa a un nivel mucho más bajo. En estos últimos sectores y en estas grandes capas de la población, lo que está en juego está a mil kilómetros de las grandes proclamas sobre el «momento prerrevolucionario»: conseguir atraer a un gran número de trabajadores hacia una primera jornada de huelga y manifestación, lograr que participen en una asamblea general para decidir colectivamente las modalidades de acción, etc. En esta perspectiva, la consigna mecánica y abstracta de denunciar a las «direcciones traidoras» no sólo es una pista falsa, sino que la mayoría de las veces es un obstáculo.

    Evidentemente, se plantea la cuestión de la salida política para el movimiento. Las movilizaciones sociales -por muy masivas y radicales que sean- no generan espontáneamente perspectivas políticas, sobre todo cuando evitan deliberadamente la cuestión del poder y la necesaria confrontación política (lo que Daniel Bensaïd denominó «ilusión social»). Esto es tanto más cierto en el caso que nos ocupa cuanto que el movimiento se ha caracterizado hasta ahora por un bajo nivel de autoorganización y coordinación. Sin embargo, esto no quiere decir que los movimientos sociales deban contentarse con un papel subordinado frente a las fuerzas políticas, que son las únicas capaces de proponer perspectivas. Es más bien en el marco de una dialéctica de colaboración-confrontación entre el movimiento social y la izquierda, de una unidad que no impida el debate más abierto sobre las orientaciones y perspectivas, que debemos imaginar una propuesta política de ruptura.

    Empecemos por decir a este respecto hasta qué punto la perspectiva de un Referéndum de Iniciativa Compartida (RIP), defendida en particular por el PCF, está muy por debajo del potencial abierto por el movimiento y no responde en absoluto al imperativo, para la izquierda, de avanzar una solución a la crisis política. Supondría recoger 4,8 millones de firmas, lo que exigiría mucho trabajo militante durante nueve meses. Esto desviaría las energías hacia un terreno puramente peticionario cuando se trata actualmente de extender la movilización, y mientras la Macronia anuncia ya nuevos proyectos mortíferos (no sólo la ley Darmanin, sino también una ley sobre el trabajo y el empleo). Además, incluso si se recogen los 4,8 millones de firmas, la propuesta de referéndum todavía tiene que ser examinada por las dos cámaras en un plazo de seis meses… También podríamos decir que la situación habrá cambiado en gran medida en el ínterin, tal vez en detrimento del movimiento, y que tal propuesta no permite de ninguna manera impulsar la triple ventaja que la movilización tiene aquí y ahora: una huelga arraigada en varios sectores clave, una movilización multiforme y que se ha vuelto inaprensible en el curso de la última semana, y una opinión pública en gran medida conquistada.

    A veces se plantea la idea de un «Mayo del 68 que llegue hasta el final». El eslogan es atractivo, sobre todo porque Mayo del 68 sigue siendo una referencia positiva (aunque sin duda vaga) para amplios sectores de la población, en particular los que están movilizados actualmente. Sin embargo, como decíamos más arriba, no es seguro que la analogía con Mayo del 68 sea eficaz en este caso, más allá de los efectos de agitación que puede producir un eslogan. Pero es sobre todo la idea de «llegar hasta el final» la que no parece muy clara. Si se trata de decir que hay que ir hasta el final de las esperanzas de emancipación y de ruptura con el capitalismo suscitadas por el movimiento de mayo-junio del 68, nos parece evidente. Pero esto no responde a las cuestiones estratégicas inmediatas que se plantean para el movimiento y para la izquierda.

    Con la politización de la lucha y el enorme nivel de desconfianza hacia el poder político, sólo una propuesta que articule la retirada inmediata de la contrarreforma, la disolución de la Asamblea Nacional y la celebración de nuevas elecciones parece estar a la altura de lo que está en juego, sin caer en el doble escollo del maximalismo verbal y del fetichismo de las formulas pasadas. Evidentemente, la ruptura política no se reduce a la escena electoral, pero como nos recordaba aquí de nuevo Daniel Bensaïd: «Es bastante evidente, con más razón  en los países con una tradición parlamentaria de más de cien años, donde el principio del sufragio universal está sólidamente establecido, que no se puede imaginar un proceso revolucionario más que como una transferencia de legitimidad dando preponderancia al “socialismo desde abajo”, pero en interferencia con las formas representativas» (el subrayado es nuestro).

    Por supuesto, es necesario añadir a estas consignas la lucha por un gobierno de izquierdas de ruptura, lo que implica precisar elementos del programa, en particular en torno a cuestiones centrales e inmediatas para todos los sectores de las clases trabajadoras y, más ampliamente, del asalariado: jubilación a los 60 años con salario íntegro para todos (a los 55 para los trabajos físicamente extenuantes), aumento inmediato de los salarios e indexación a la inflación (escala móvil de salarios), congelación de precios y alquileres, permanencia de los trabajadores precarios en el sector público y paso a contratos de trabajo estables en el sector privado, medidas proactivas contra la discriminación sistémica de género y racial en el empleo, los salarios y las pensiones, contratación masiva en la función pública, renacionalización inmediata de servicios y bienes públicos clave (transportes, energía, sanidad, autopistas, etc.), así como una planificación ecológica.

    La cuestión que se plantearía necesariamente sería la de la relación de los movimientos sociales y, en particular, de los sindicatos -sobre todo de aquellos en los que sigue existiendo un sindicalismo de lucha de clases: la CGT, Solidaires y la FSU- con un gobierno de este tipo, globalmente portador de sus exigencias. Cualquier gobierno de izquierdas con un programa rupturista se encontraría bajo una enorme presión de la clase dominante (chantaje sobre las inversiones, presión de las instituciones europeas, etc.). Sólo una vasta movilización popular permitiría contrarrestar e imponer las propuestas antes mencionadas, en el marco de una confrontación social cuya dinámica es fundamentalmente anticapitalista, en la medida en que conduce inevitablemente a plantear la cuestión del poder del capital sobre el conjunto de la sociedad, sobre nuestras vidas y sobre el medioambiente, y por tanto sobre la propiedad privada de los medios de producción, de intercambio y de comunicación.

    En caso de nuevas elecciones, se abriría una nueva batalla política, pero una victoria del movimiento social sobre la contrarreforma de las pensiones pondría a la NUPES -en particular a la fuerza dominante en su seno, que sin duda se ha mostrado la más combativa contra Macron y su proyecto, a saber, LFI- en una posición de fuerza. Esto no significa una vía regia, ya que las movilizaciones sociales nunca tienen efectos mecánicos sobre las relaciones de fuerza electorales (pensemos en Mayo-Junio del 68 y en la elección de la cámara más derechista de la V República sólo unas semanas después del movimiento…). Se ha señalado anteriormente que el FN/RN parece ser actualmente la fuerza que más se beneficia del amplio rechazo popular a la contrarreforma, por razones de fondo que las prácticas parlamentarias reales de la extrema derecha no contrabalancean verdaderamente. Sin embargo, hay que tener en cuenta que los sondeos que se realizan actualmente se basan en la hipótesis derrotista (ampliamente aceptada por los encuestados en esta fase) de que Macron no dará marcha atrás. Si el movimiento resultara finalmente victorioso, la hipótesis de un auge político-electoral de la izquierda no sería irreal, aunque nada indique que anularía pura y simplemente el de la extrema derecha, dada la banalización de esta última en el paisaje mediático y en el ámbito político.

    Es innegable que la movilización ha creado una nueva situación y la posibilidad de una bifurcación, en el sentido de una dinámica de ruptura con el orden establecido. Sin duda, no todo está al alcance de la mano, pero las perspectivas que hace unos meses podían parecer irrelevantes son ahora accesibles. No habrá tregua en los próximos días y semanas de lucha; de nosotros depende hacer retroceder no sólo el poder político, sino los límites de lo posible.

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    Daniel Bensaïd / Enzo Traverso

     

    Traducción: Viento Sur

    Teoría: Historia

    10/04/2023

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    Daniel Bensaïd

    La contribución de Livio Maitan a la historia de la IV Internacional representa tanto un testimonio vivo como la transmisión de un legado.

    En realidad, fue uno de los últimos en poder hacerlo, uno de los últimos mohicanos de una generación que, a contracorriente de la euforia circundante y de la gloriosa leyenda de Stalingrado, descubrió al final de la guerra los crímenes de Stalin sin esperar a las revelaciones del informe Jruschov, el Archipiélago Gulag de Solzhenitsyn o la macabra contabilidad del Libro Negro del Comunismo. No fueron muchos los que se atrevieron a dejar de lado la historia. Tal vez, para no ceder a la irracionalidad de la época, era necesario cierto heroísmo de la razón, así como un deseo feroz de comprender lo incomprensible, de descifrar los jeroglíficos de la historia, de desentrañar el entramado de causas y efectos.

    El libro de Livio da testimonio de estos esfuerzos, perseguidos con perseverancia durante más de cinco décadas. Hace justicia, sin sentimentalismos innecesarios, a este puñado de hombres y mujeres inflexibles que se negaron a elegir un bando, según la retórica binaria demasiado simple de quien no está conmigo está contra mí, y que lucharon en dos frentes, contra el enemigo principal (la dictadura imperial del capital) y un enemigo considerado secundario, pero no menos temible (el despotismo burocrático).

    Cuántas burlas y ridículos tuvieron que soportar estos militantes, a menudo expuestos a la doble represión del enemigo declarado, por un lado, y, lo que era moralmente aún más inaceptable, de aquellos que deberían haber sido sus compañeros de armas. Hizo falta toda su convicción y rectitud para salvar a las víctimas de las purgas y los juicios de la gran mentira histórica: Andreu Nin, asesinado en las bodegas de Alcalá de Henares, Ignace Reiss, Rudolf Klement, Tạ Thu Thâu, Christian Rakovsky, León Trostsky y tantos otros desconocidos, todos eliminados por sus asesinos. En la medianoche del siglo, una nueva moral política llamaba a la puerta de la nueva era, que recordaba en muchos aspectos al Renacimiento, «superándolo en la extensión y el refinamiento de sus crueldades y bestialidades: (…) Ninguna época ha sido tan cínica, tan implacable, tan cruel como la nuestra». Cuando escribió estas líneas en la introducción a su obra inacabada, Stalin, Trotsky no podía conocer el genocidio de las cámaras de gas ni el exterminio nuclear de Hiroshima. Pero ya había experimentado la gran fábrica de mentiras en que se había convertido el régimen burocrático del Kremlin.

    En los juicios estalinistas, «sólo los trotskistas no confesaron», según el homenaje que les rindió el líder de la Orquesta Roja, Leopold Trepper, en sus memorias. No es una cuestión, o al menos no predominante, de psicología o de fortaleza, sino de convicción y de comprensión de lo que estaba en juego, lo único que permitió no perder la cabeza y evitar la locura de la época crepuscular. ¿Cómo no ceder a la decepción, a la desilusión, al resentimiento o a la indiferencia resignada? La decepción es una nimiedad, decía David Rousset, superviviente de los campos nazis y lúcido analista del universo de los campos de concentración, «más bien hay que comprender». Los decepcionados, las víctimas del resentimiento, los desilusionados no explican nada, porque avalan lo contrario de lo que antes apoyaban con la «misma autoridad imperturbable». ¡Cuántos viejos estalinistas arrepentidos, cuántos viejos maoístas desilusionados, cuántos fanáticos convertidos y creyentes desilusionados han confirmado tan bien este diagnóstico!

    Y, precisamente, era importante saber resistir a estas capitulaciones y reconversiones espectaculares: «El engaño es un lujo que no podemos permitirnos. El dilema es simple pero imperativo. Dejar que el azar decida o comprender y actuar. Si la historia no sigue el curso que esperábamos, no es culpa del diablo». Al escribir estas líneas, David Rousset se mantuvo, a pesar de sus errores, fiel a cierto espíritu del trotskismo de su juventud. Sus comentarios podrían colocarse como epígrafe del libro de Livio Maitán. Comprender, ¡por encima de todo! Comprender por qué la Segunda Guerra Mundial no terminó con el derrocamiento de la burocracia soviética y una nueva oleada revolucionaria, para comprender la nueva dinámica de un capitalismo que en su día agonizaba. Comprender las contradicciones de las sociedades que emergieron de estas convulsiones, sus nuevas formas, ya fueran las revoluciones yugoslava o china o la formación del telón de acero en Europa del Este. Comprender las primeras revueltas antiburocráticas en Berlín Este en 1953, en Budapest en 1956, descifrar los enigmas de la Revolución Cultural china, siempre que se trate de una «comprensión para actuar», aunque sea de forma limitada, con pocos medios, para mantener el frágil vínculo, tensado hasta los límites de la ruptura, entre teoría y praxis.

    Los biempensantes han ironizado mucho sobre estos trotskistas, especialistas en escindir, y sobre sus numerosas escisiones. En efecto, cuando la superficie de la experiencia se encoge, cuando el contacto con las masas se debilita, existe una tendencia perniciosa a exagerar las divergencias teóricas, a sacar conclusiones rápidas, a dramatizar diferencias que en el fondo son ridículas y pasajeras. Es el precio de una desproporción trágica entre el lirismo de las ideas y los límites prosaicos de la realidad. Esta dinámica puede ser aún más destructiva cuando uno está convencido de que «la crisis de la humanidad es la de su dirección revolucionaria» y pretende resolverla: una misión redentora, de una responsabilidad abrumadora, que empuja a estar cerca de la historia y que puede conducir a la megalomanía patológica.

    Livio tenía demasiado humor y autoironía para ceder a esto. Recorriendo las páginas de su relato de los congresos de la IV Internacional, salpicados de divisiones y reconciliaciones, consultando documentos amarilleados por el tiempo, queda claro que las polémicas, tanto más teatrales cuanto que tenían lugar ante salas vacías (es decir, ante la indiferencia de las masas), se referían ni más ni menos que a las cuestiones cruciales de la época: El significado del estalinismo y el papel global de la Unión Soviética, la dinámica de las luchas de liberación y de la revolución colonial, el lugar de China en el mundo, el análisis de las revoluciones argelina y cubana, las transformaciones de las clases sociales en el capitalismo tardío, etc.

    Repasando estos cincuenta años de lucha, la mayor parte del tiempo a contracorriente, Maitan no pretende escribir la historia de la Cuarta Internacional. Corresponderá a los historiadores hacerlo, con la valiosa contribución que él ha aportado, incluso con su asumida cuota de subjetividad. Así, la visión que proyecta sobre las controversias relativas a la lucha armada en América Latina puede parecernos incompleta y parcial a muchos de nosotros. Esto puede discutirse, pero no puede echársele en cara, ya que se trata de un libro partidista, no por encima, sino en plena refriega. El manuscrito se interrumpió bruscamente en 1995 con las actas del XIII Congreso de la IV Internacional y las notas de trabajo relativas a la desaparición de Ernest Mandel. Esta interrupción y esta desaparición tienen un valor simbólico. Era una época y una generación que llegaba a su fin con el último capítulo sobre el «nuevo orden mundial». Livio Maitan fue de hecho, con Mandel y su mentor Pierre Frank, una de las personas que transmitieron este legado.

    Pero como dijo con fuerza y claridad el difunto Jacques Derrida, «la herencia no es un bien, una riqueza que se recibe y se deposita en un banco», es «una afirmación activa», no una propiedad, sino un devenir que vuelve a empezar continuamente y sin pausa.

    Para concluir, unas palabras personales de despedida y afecto para Livio. Le conocí en 1967, cuando la experiencia italiana de La Sinistra era un modelo para nosotros (discutible, en retrospectiva). Le recuerdo en nuestras reuniones diarias en la oficina de la Internacional y en los locales de Inprecor a lo largo de los años ochenta, irritado por la cháchara inútil y por las reuniones que empezaban tarde, y despierto tras una breve y sacrosanta siesta con el ceño beligerante y la mirada más viva que nunca. No cabe duda, sin embargo, de que sufría una especie de exilio y soledad, aunque, a sus sesenta años, continuara con sus escapadas dominicales para jugar al fútbol con sus camaradas rojos, mucho más jóvenes. Todavía en 2002, con ocasión del segundo Foro Social Mundial de Porto Alegre, cuando los camaradas brasileños le rindieron un emotivo homenaje, chispeaba de picardía y buen humor. Era como si, a pesar de las numerosas heridas y cicatrices, testimonios de una larga vida militante más llena de noches de derrota que de mañanas victoriosas, y de la frustración de haber asumido tareas oscuras e ingratas sin el consuelo de la notoriedad, este joven y pugnaz anciano nunca hubiera tenido una arruga en la cara.

    * Introducción de Daniel Bensaïd al libro Pour une histoire de la Quatrième Internationale  (Ed. La Brèche)

    París 2006

    *******

    Enzo Traverso

    Cien años después del nacimiento de Livio Maitan y casi veinte de su muerte, su vida y su obra exigen una reflexión crítica. Traspasado este umbral, debemos ir más allá de los recuerdos y las reminiscencias nostálgicas, tratando de adoptar una perspectiva histórica. La mía no será una revisión fría y desapegada, sino un reexamen crítico. Diré de entrada que, repensado dentro de este horizonte, Livio me parece muy alejado de nuestro tiempo. Sé que muchos discreparán y quizá incluso se irriten por esta apreciación, que me parece obvia. Que quede claro: no quiero decir que la obra de Livio sea obsoleta, digna de ser archivada y olvidada. Quiero decir que pertenece a un mundo que ya no existe y quizá por eso mismo es importante para nuestra conciencia histórica.

    Livio encarnó una figura noble, en muchos sentidos heroica y trágica, que marcó profundamente la historia del siglo XX: el revolucionario profesional. Merece la pena detenerse en esta definición. Los revolucionarios no han desaparecido, sigue habiendo revolucionarios hoy en día, probablemente más numerosos de lo que pensamos. El siglo XXI ya ha visto revoluciones, pero la figura del revolucionario profesional pertenece al pasado. Algunos de nosotros, no tan pocos, formamos parte de ella durante un periodo más o menos largo de nuestras vidas, pero fue una etapa. En la mayoría de los casos se convirtieron en maestros, periodistas, muchos, en profesores universitarios, algunos son ahora directivos y otros ya no se dedican a la política. Los revolucionarios profesionales ya no existen, pertenecen a una época en la que la división del trabajo, la forma partido y la esfera pública estaban estructuradas de otra manera; sobre todo, pertenecen a una época en la que la revolución era un horizonte de expectativas o, si queremos utilizar los términos de Ernst Bloch, un autor que Livio adoraba, una utopía concreta, necesaria y posible; una utopía que había penetrado en el universo mental de millones de seres humanos.

    Los revolucionarios profesionales eran hombres y mujeres para los que la revolución no era sólo un proyecto al que adherirse o por el que luchar, sino una forma de vida, una elección que orientaba y daba forma a toda su existencia. Esta elección implicaba profundas motivaciones políticas, culturales, ideológicas, que podían ser cuestionadas, reconsideradas, rectificadas, pero que constituían la premisa de una forma de experimentar la realidad y de vivir su tiempo. Podríamos decir que estos revolucionarios superaron la dicotomía de Max Weber entre la política como vocación y la política como profesión, pero, deberíamos añadir, para los revolucionarios profesionales la política era cualquier cosa menos una oportunidad de hacer carrera. Era una elección que implicaba más bien la renuncia total a cualquier carrera bien remunerada, respetable y prestigiosa. Era una elección para formar parte de una especie de contra-sociedad. Ser revolucionarios profesionales significaba aceptar vivir muy modestamente, a menudo en condiciones de gran precariedad material. Cuando las finanzas de sus movimientos no les permitían pagar un mísero salario, estos hombres y mujeres podían trabajar –colaborar en periódicos y revistas, traducir y editar libros, a veces impartir seminarios en universidades, como hizo Livio– pero no eran opciones profesionales, eran la forma de llevar a cabo su actividad principal, que era la de preparar la revolución. Esta opción de vida creó personajes a medio camino entre los bohemios y los monjes, desgarrados entre la libertad total y la autodisciplina más estricta, entre el rechazo de todas las convenciones y un cierto ascetismo. Max Weber llamó a la ética del trabajo protestante ascetismo «inframundano»; creo que una ética similar existía entre los revolucionarios profesionales. Los rebeldes, escribió Hannah Arendt, eran parias conscientes, no porque fueran miserables (aunque no tenían un patrimonio que defender), sino porque asumían conscientemente su marginalidad. Uno de los grandes méritos de Livio fue evitar las derivas a las que esta marginalidad les expone inevitablemente: el sectarismo y el dogmatismo. Por cultura, por temperamento, diría que por conformación psicológica, Livio estaba en las antípodas de los líderes carismáticos de pequeñas sectas, una lacra que ha salpicado la historia de los movimientos revolucionarios, el trotskista en particular. Si acaso, su defecto era el de una modestia excesiva que limitaba sus ambiciones personales.

    Esta opción vital tenía evidentemente una sólida base moral. Era optar por luchar contra la opresión y la injusticia; una convicción de que los dominados pueden cambiar el mundo; una apuesta por la capacidad de autoemancipación de los seres humanos. Como la revolución tenía un horizonte mundial, orientó a estos hombres y mujeres hacia el cosmopolitismo. Livio encarnaba esta tradición. Como dirigente de la IV Internacional, dedicó gran parte de su vida a viajar de continente en continente, asistiendo a congresos públicos y a reuniones clandestinas, conociendo a dirigentes de partidos, movimientos, sindicatos y grupos de cuatro continentes. Sus libros son un testimonio elocuente de ello.

    La combinación de estas características –el rechazo a una carrera, una precariedad permanente, fuertes convicciones y un fuerte impulso moral, una movilidad extrema– indican que el modo de vida del revolucionario profesional también estaba hecho de sacrificios, que son la otra cara del inconformismo. En primer lugar, la renuncia a una vida normal. La vida de las revolucionarias profesionales no escapó, en muchos casos, a las jerarquías de género de una sociedad patriarcal. Muchos dependían de sus parejas, que criaban a sus hijos o tenían trabajos estables. Livio nunca me habló de su vida privada, sobre la que era muy tímido. Su autobiografía, La Strada Percorsa [2002], es exclusivamente política; casi no menciona sus afectos, sus compañeros, sus hijos, que al parecer se lo reprochaban. Y ésta fue también una de las consecuencias de la revolución como forma de vida.

    Esta elección existencial repercutió inevitablemente en sus ambiciones intelectuales. Livio dejó una vasta obra, muy rica por la variedad de temas que trató y por la originalidad y profundidad de sus análisis, pero casi siempre relegada a los periódicos y revistas de la Cuarta Internacional, o a las editoriales que surgieron en su periferia. El público le conocía esencialmente como traductor y divulgador de Trotsky. Livio poseía una formación clásica y una gran cultura, pero sólo escribía para intervenir en debates estratégicos y polémicas políticas, para orientar a una organización o para explorar teóricamente problemas que tuvieran relevancia política. No creo que intentara nunca escribir un ensayo para satisfacer un deseo personal o una necesidad intelectual íntima. Hombre de partido, nunca se permitió escribir obras teóricas ambiciosas, como hicieron, entre sus colaboradores más cercanos, Ernest Mandel o Daniel Bensaïd.

    Personalmente, lamento este sacrificio voluntario, fruto de una gran modestia y humildad, pero también, probablemente, de cierta miopía política. Las vicisitudes del trotskismo en Italia habrían sido diferentes si hubiera encontrado un encaje histórico más sólido, una definición política y una elaboración teórica, al menos tan sólidas como las del operaismo, cuyos cimientos se basaron, primero, en los los Quaderni rossi y Mario Tronti con Obreros y capital, y luego, en la década siguiente, con los trabajos de Toni Negri.

    Livio era el único que habría podido responder a esta demanda, pero pensó que bastaba con apoyarse en la obra de Trotsky. En las décadas siguientes, decidió consignar sus agudas interpretaciones sobre la crisis del marxismo, sobre Gramsci, sobre la historia del PCI, a pequeñas ediciones confidenciales, a las que sin duda debemos estar agradecidos, pero que nunca llegaron a un público más amplio. Esto, me temo, fue el resultado de una elección más que de circunstancias objetivas, y esta elección estaba arraigada en una forma de vida. Livio escribía para una organización y sus lectores eran militantes. Esto es lo que siempre habían hecho los revolucionarios profesionales, desde Rosa Luxemburg hasta Lenin y Trotsky, y Livio siguió su camino. Mario Tronti y Toni Negri, en cambio, eran profesores universitarios, al igual que Mandel o Bensaïd, así como los que pronto se convirtieron en los fundadores de la New Left Review, u otros intelectuales que habían recorrido un trecho del camino con él, como Adolfo Gilly. El hecho de que compartieran experiencias, debates, opciones y participaran en los órganos de dirección del mismo movimiento, no les impidió pertenecer también a otro mundo social que les llevó a ser, además de dirigentes políticos, intelectuales públicos. Quizá esto es lo que le faltó al trotskismo italiano en los años sesenta.

    Me gustaría ahora desplazar el foco de atención de la vida de Livio a su obra. La historia le dio la razón, la política no, escribió al respecto Lidia Cirillo, resumiendo en una frase el significado de una experiencia. Como ha señalado Reinhart Koselleck, no son los vencedores los mejores intérpretes de la historia; la contribución más profunda al conocimiento de una época procede de los vencidos, cuya mirada no es apologética sino crítica. Livio fue un defensor de las causas justas que casi siempre fueron derrotadas. Fue una elección acertada la que hizo a los veinte años al participar en la Resistencia, y después al unirse a la Cuarta Internacional, rechazando el chantaje de la Guerra Fría que dividió el mundo en bloques opuestos. Hizo bien en no elegir entre el imperialismo y el estalinismo. Convertirse en trotskista a finales de los años 40 no tenía nada de natural u obvio. Ser un comunista herético y antiestalinista significaba condenarse al aislamiento, a ser proscrito por todos, pero era una elección correcta que salvaba el honor del comunismo. Fueron pocos los que eligieron este camino. Livio tradujo La revolución traicionada de Trotsky en 1956, el año de la invasión soviética de Hungría; unos años más tarde, publicó un libro sobre la actualidad de Trotsky para la editorial Einaudi; en la década siguiente, tradujo los textos de Jacek Kuron y Karon Modzelewski, las voces de la disidencia polaca. En Italia, Livio fue de los pocos que condenaron el estalinismo sin caer en el anticomunismo, al igual que muchos socialistas que había conocido en la posguerra y muchos intelectuales, como Nicola Chiaromonte e Ignazio Silone, que acabaron convirtiéndose en garantía de izquierdas del Congreso por la Libertad de la Cultura.

    Tuvo razón al apoyar las revoluciones anticoloniales en lo que entonces se llamaba el tercer mundo. En el caso de Livio, este apoyo fue activo, entusiasta, generoso y concreto. No era sólo un apoyo externo, simbólico o propagandístico; era una participación directa, que descendía naturalmente del cosmopolitismo revolucionario antes mencionado. Livio fue un viajante de la revolución: de Chile a Argentina, de Bolivia a México, de Argelia a Sri Lanka e Irán. Sus escritos sobre estas revoluciones ilustran ampliamente este compromiso. De estas experiencias surgieron muchas amistades y, a veces, amargos conflictos. A estas revoluciones, Livio aportó ideas, experiencias y el apoyo material que la Cuarta Internacional podía ofrecer.

    Más compleja es la cuestión del llamado entrismo en los partidos comunistas, una estrategia de la que Livio fue uno de los principales responsables, a partir de 1952. En su concepción, el entrismo no era una operación conspirativa, una acción destinada a infiltrarse en los aparatos o a la preparación subterránea de escisiones, según una visión maquiavélica de la política que le era totalmente ajena. Esta estrategia, que llegó a denominarse entrismo sui generis, se basaba en la observación objetiva de la fuerza del comunismo. El caso italiano fue una clara prueba de ello. En los años 50, el PCI contaba con más de dos millones de afiliados, poseía un impresionante arraigo social y gozaba de una extraordinaria aureola de la Resistencia; esta fuerza dio dignidad y representación política a millones de trabajadores, desempeñando una función insustituible en la defensa de sus intereses sociales, en muchos casos una función pedagógica para su educación y crecimiento cultural. Era un partido de contradicciones, vertical y autoritario, con una brecha aterradora entre sus dirigentes y su base, a menudo escasamente alfabetizada. Era un partido estalinista que mantenía lazos orgánicos con Moscú pero que había ayudado a construir una república democrática en Italia. Estar en este partido para hacer oír la voz de la disidencia fue una opción acertada, motivada por el rechazo al sectarismo.

    Pero la Italia de la posguerra se desarrollaba, se transformaba profundamente a un ritmo vertiginoso; su sociología cambiaba, la clase obrera se transformaba internamente, grandes masas se desplazaban del campo a las ciudades, del sur al norte; nacía la universidad de masas y aparecía una nueva generación rebelde. El trotskismo italiano se había convertido en una expresión de este profundo cambio –basta pensar en la experiencia efímera pero significativa de un semanario como La sinistra o en la creación de una editorial como Samonà y Savelli-, pero, paradójicamente, no había comprendido todas sus implicaciones.

    En su autobiografía, Livio menciona el fatal retraso con el que su corriente decidió poner fin al entrismo, entre finales de 1968 y principios de 1969, pero atribuye este «reflejo inconscientemente conservador» a consideraciones puramente tácticas. Tiendo a pensar que Livio no había captado la dimensión política de las profundas transformaciones que habían cambiado Italia. Su cultura le llevó a ver el movimiento obrero a través del prisma exclusivo del PCI y los sindicatos, sus formas políticas e institucionales, pero esta lectura de la realidad era inadecuada. Había surgido una nueva clase obrera que no quería la emancipación del trabajo, sino que practicaba el rechazo del trabajo; habían aparecido estudiantes que ya no luchaban por el derecho a estudiar, sino por una crítica radical de la universidad y de la sociedad de consumo; salía a la calle una nueva generación que quería ser protagonista y sujeto del cambio. El PCI, que siempre había mirado con desconfianza todo lo que se movía fuera de su control, no pudo canalizar esta revuelta. El operaismo, con su teoría del obrero de masas y de la composición de clase, había comprendido este cambio, y ésta es quizá una de las razones que le permitieron convertirse en la corriente culturalmente hegemónica en la izquierda radical durante el largo 68 italiano.

    Por supuesto, muchas de las críticas que Bandiera Rossa hizo a Lotta continua o Potere operaio eran pertinentes, pero en el diagnóstico de las tendencias subyacentes de la época, el operaismo había sido más previsor. Livio había criticado sus «deformaciones teóricas» sin abordar el análisis que había detrás de ellas. En este sentido, la política de 1968 le había demostrado que estaba equivocado. Con el operaismo, que constituía la columna vertebral intelectual de la nueva izquierda en Italia, el trotskismo nunca pudo establecer un diálogo y una confrontación. En 1964 hubo una mesa redonda entre  Bandiera Rossa y Quaderni Rossi, a la que asistieron Vittorio Rieser, Raniero Panzieri y Renzo Gambino, pero no tuvo continuidad. Fue una oportunidad perdida porque este enfrentamiento habría sido fructífero para ambas corrientes y quizás, aventurando una hipótesis de historia contrafactual, habría dado un resultado diferente a la nueva izquierda de la década siguiente. Durante los años 70, al constatar que la temporada del entrismo había llegado a su fin, Livio pensó que el papel de los trotskistas era proporcionar un programa para la unificación de la extrema izquierda, pero lo hizo ofreciendo un modelo de partido leninista que era exactamente lo que, confusamente, intentaba superar. La política demostró una vez más que estaba equivocado.

    Lo que llama la atención es el contraste entre este «reflejo inconscientemente conservador» que le llevó a no captar las transformaciones que se estaban produciendo en Italia y la huida hacia adelante, no sé de qué otra forma definirla, que le llevó, en los mismos años, a teorizar la opción estratégica de la guerra de guerrillas en América Latina, especialmente en los países del Cono Sur, donde la experiencia cubana no podía repetirse. Livio fue uno de los principales creadores de esta estrategia; a él se debe la redacción de las resoluciones del 9º congreso de la IV Internacional, en 1969, que fueron sustancialmente reafirmadas por el congreso siguiente, en 1974. Los resultados catastróficos de esta estrategia, que tuvo un coste muy elevado en vidas humanas (a las que rinde homenaje en su libro porque conoció a muchas de ellas) nunca se discutieron seriamente. En su libro, Livio se limita a una narración sobria, marcada a veces por acentos apologéticos, que no llega al fondo de las cosas. En su prefacio, Daniel Bensaïd lo califica con indulgencia de «incompleto y parcial». La historia había dado la razón a Livio, que se había dado cuenta de que la revolución cubana había cambiado la historia de América Latina. La política le había demostrado que estaba equivocado, porque tenía la ilusión de que ése sería el camino de la revolución para todo el continente. Esta ilusión marcó el camino de una generación de revolucionarios latinoamericanos. Livio no sólo la compartió desde fuera, sino que fue uno de sus responsables, como teórico y como estratega.

    Fue mucho más lúcido a la hora de interpretar la revolución cultural china, en la que no vio en absoluto una explosión libertaria, sino una crisis de régimen marcada por el choque violento entre dos fracciones de la burocracia comunista, un conflicto que Mao consiguió ganar movilizando a la base del partido. Sus análisis eran muy agudos –el libro que dedicó a China sigue siendo una de sus obras más importantes–, pero sus advertencias contra el maoísmo tuvieron un impacto limitado. En el mundo «el rojo se ha vuelto amarillo», cantaba Ivan Della Mea, e incluso algunos trotskistas se convirtieron al maoísmo, fundando más tarde movimientos delirantes como Servire il Popolo. La lucidez de Livio era una expresión de su visión histórica del estalinismo y de la dinámica de las sociedades burocráticas posrevolucionarias. El contraste es fuerte –y también bastante paradójico– con sus opiniones sobre América Latina, un continente que Livio conocía mucho mejor que China.

    La historia le dio la razón y en política se equivocó incluso al final de su vida, cuando acompañó con generosidad y entusiasmo la experiencia de Rifondazione Comunista. A diferencia de muchos que, tras la caída del muro de Berlín y el derrumbe de la Unión Soviética, habían asistido con resignación al triunfo del capitalismo en su versión más ostentosamente obscena, la del neoliberalismo, Livio se había embarcado inmediatamente, con estoica tenacidad, en el camino de la resistencia. No compartió el error garrafal de Ernest Mandel, que se había ilusionado por un momento con que Alemania se había convertido de nuevo en el epicentro de la revolución mundial, en el eslabón entre una revolución anticapitalista en el corazón de Occidente y una revolución antiburocrática en el socialismo real. Recuerdo concretamente una conversación en 1991, en la que me dijo que habíamos retrocedido casi dos siglos, que teníamos que empezar de cero, como en los orígenes del movimiento obrero. Pero la perspectiva no le desanimó. La política demostró que estaba equivocado, no porque estuviera mal participar en la construcción de Rifondazione Comunista, sino porque no comprendió que Rifondazione respondía al advenimiento de un nuevo siglo y a una derrota histórica con las herramientas, las estructuras y, en gran medida, las ideas del pasado. La síntesis entre altermundialismo y Rifondazione se intentó, pero fracasó.

    Livio encarnó la revolución tal y como se concibió y vivió en el siglo XX, una época heroica y trágica que ya no existe. Las revoluciones de nuestro siglo no deben olvidarlo; de hecho, deben ponderar cuidadosamente su legado, pero seguirán otros caminos.

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    Miguel Romero

    Fundador de la LCR española, dirigente de la IV Internacional y primer editor de la revista Viento Sur

    Fuente: Viento Sur

    Teoría: Marxismo

    22/10/2005

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    ¿Está viva la obra de Mandel en este primer curso del siglo XXI, tan diferente del futuro que orientó sus luchas y sus sueños? ¿Qué pueden encontrar en ella quienes, coincidiendo o no con la corriente política en la que Mandel militó, buscan ahora respuestas a los desafíos de la emancipación humana, de la revolución socialista, que constituyeron la energía y el horizonte de su vida y su obra?
    Cuando se cumplen diez años de la muerte de Ernest Mandel, el homenaje, por justificado que sea, debe ceder el lugar al debate y leer a Mandel es la condición para un debate serio sobre sus ideas. La reedición en este libro de dos de sus últimos textos [este escrito es el prólogo al libro Ernest Mandel. El lugar del marxismo en la historia y otros textos, de inmediata publicación en Los libros de la Catarata] es una buena noticia para quienes creemos que, efectivamente, Ernest Mandel es un pensador revolucionario vivo. Estas notas quieren ser una invitación a su lectura.

    No existe afortunadamente un “mandelismo” canónico, mérito que hay que atribuir en primer lugar al propio Mandel, que detestaba el patético caudillismo de tantas organizaciones de izquierda. Hay pues motivaciones y razones muy distintas entre quienes pensamos que Mandel sigue siendo una imprescindible referencia intelectual y militante.
    Yo lo veo como un enlace entre dos siglos, la persona que pasó el testigo en el más difícil relevo de la trayectoria de una de las corrientes revolucionarias de nuestra época, a la que Daniel Bensaid, que formó parte del “equipo” de Ernest Mandel, ha llamado, con pudor autobiográfico, “un cierto trotskismo”: “El hundimiento del `socialismo realmente existente´ ha liberado a la nueva generación de los antimodelos que envenenaban el imaginario y comprometían la propia idea del comunismo. Pero la alternativa a la barbarie del Capital no se diseñará sin un balance profundo del siglo terrible que ha terminado. Al menos en este sentido, un cierto trotskismo, o un cierto espíritu de los trotskismos no está superado. Su herencia, sin normas de uso, es sin duda insuficiente, pero no menos necesaria para deshacer la amalgama entre estalinismo y comunismo, liberar a los vivos del peso de los muertos y pasar la página de las desilusiones[1]https://www.sylone.org/trotskismos-c2x18173129. Para este camino, “al menos”, Mandel es una buena compañía.
    Mandel fue un hombre muy valeroso, en la acción, como muestra su biografía en la entrevista con Tariq Alí incluida en este libro, pero también en el pensamiento. Arriesgaba mucho, hasta la temeridad en los análisis, en los pronósticos y hasta en la elección de sus temas de trabajo: así pudo escribir una “teoría marxista de la burocracia” -su penúltimo libro, El poder y el dinero[2]E. Mandel. El poder y el dinero. Siglo XXI México, 1994. El libro fue reseñado por Mikel de la Fuente en el nº 23 de VIENTO SUR. El último libro de Mandel, Trotsky as alternative fue … Seguir leyendo– en medio de la crisis terminal de la antigua URSS, y sin esperar siquiera a la conclusión del régimen del Gorbachov.
    Era, por encima de todo, un militante. Pensaba, hablaba, escribía … para intervenir sobre la realidad, para ayudar a sus camaradas a comprenderla y a actuar sobre ella. Por eso trabajaba en caliente, un paso, y a veces más de uno, por delante del presente, en un territorio peligroso.
    Éste es el riesgo de la misión del enlace, sometido a las tensiones de las dos épocas que definen su trayectoria, entre la necesidad de transmitir una herencia y la necesidad de mantenerla viva en relación con la nueva etapa, cuyos perfiles apenas ve esbozados.

    De omnibus dubitandum”, “dudar de todo”: a Mandel le gustaba recordar este lema de Marx. Y lo aplicó más sistemáticamente de lo habitual en un dirigente político.
    Mandel no fue un doctrinario. Pero fue un hombre de “respuestas”. Consideraba que una organización política revolucionaria, especialmente en una época de desconcierto y desesperanza, tenía que basarse en “respuestas”, sometidas al debate, a la crítica y a la rectificación, pero con categoría de puntos de referencia estables. Y quienes buscan y dan respuestas son quienes cometen errores; las preguntas siempre tienen, o pueden reclamar, la inocencia.
    Hay, por supuesto, errores de diversa naturaleza la obra de Mandel; cada lector o lectora destacará unos u otros, según sus propias ideas. Es absurdo hacer una lectura talmúdica de Mandel. Necesita la metodología de “apropiación crítica” que él consideraba constitutiva del marxismo, como puede leerse en “El lugar del marxismo en la historia”, y que a su vez aplicó al estudio de sus maestros, como puede verificarse en el balance crítico de la política bolchevique en “Octubre de 1917: Golpe de Estado o revolución social”.

    La gran fuerza de atracción intelectual del marxismo reside en que permite una integración racional, completa y coherente de todas las ciencias humanas, sin equivalente conocido (…) El marxismo es la ciencia del desarrollo de la sociedad humana, es decir, a fin de cuentas, la ciencia de lo humano, punto”[3]E. Mandel. “Pourquoi je suis marxiste”, en G. Achcar (ed.) Le marxisme d´Ernest Mandel. PUF. París, 1999. p. 205-208.. He aquí una “respuesta” típica de Mandel. No particularmente atractiva en estos tiempos, hay que reconocerlo. Pero sobre todo, tomada literalmente, una respuesta que cerraría el debate, la investigación y la autocrítica. Nada de esto se corresponde con su trayectoria intelectual y política. Intentaré una interpretación del significado de esta sentencia.
    Mandel estaba convencido de que: “Sólo una teoría basada científicamente y capaz de comprender la realidad puede ser un arma eficaz en el combate por la transformación socialista de la sociedad”. Pero esta tesis no le conducía a una visión apologética del marxismo, sino a una extraordinaria autoexigencia: “Un control severo de las fuentes y de los hechos; la disposición a verificar de nuevo cada hipótesis de trabajo, desde el momento en que tendencias contradictorias parecen aparecer o aparecen realmente; un despliegue ilimitado de la libertad de crítica más amplia y, por ello mismo, la necesidad de pluralismo científico e ideológico: éstas no son solamente componentes del método marxista, son por decirlo así condiciones previas necesarias para que el marxismo puede alcanzar su pleno desarrollo (…) Un seudomarxismo que sacrifica la autocrítica pública despiadada, la expresión pública de la verdad, incluso muy cruel, a no se sabe qué `exigencias prácticas´ es indigno, no solamente de la dimensión científica del marxismo, sino también de su dimensión liberadora. Es también, a largo plazo, totalmente ineficaz”.[4]E. Mandel. “Pourquoi…”, p. 218.
    Este enfoque, que es incompatible con una idea cerrada y autosuficiente de la teoría, caracteriza el trabajo intelectual de Mandel, especialmente, sus dos obras maestras como científico social: El capitalismo tardío[5]E. Mandel. El capitalismo tardío. Era, México, 1972. En 1997 se publicó en francès la versión definitiva de la obra, con el título La troisième âge du capitalisme, Éd. de la Passion, … Seguir leyendo y Las ondas largas del desarrollo capitalista[6]E. Mandel. Las ondas largas del desarrollo capitalista. Siglo XXI, Madrid, 1980. En 1995 se publicó un segunda edición actualizada en inglés, Long Waves of Capitalist Development, Verso, … Seguir leyendo. Su objetivo en ellas no era, simplemente, actualizar el conocimiento de las leyes de desarrollo del modo de producción capitalista en las condiciones generales del último tercio del siglo XX. Para Mandel se trataba, como dice Francisco Louça[7]F. Louça. “Ernest Mandel y el pulso de la historia” en VIENTO SUR nº 28. Octubre 1996, de “incorporación de la historia a la vida económica real, es decir, a la economía política (o la economía como “ciencia moral”) en sentido clásico”, en definitiva, la continuación del propio programa de El Capital. Louça añade: “De lo que trata es de procesos y no de equilibrios, cambios en vez de continuidad, dialécticas y no causalidad circular, determinación en vez de determinismo”. Éste es el sentido, y el contenido fundamental, creo yo, de la “integración coherente” que buscaba Mandel, necesaria para intentar comprender el movimiento real de la vida económica, una comprensión sin la cual la transformación del mundo es imposible.
    La “apropiación” de los estudios de Mandel, particulamente de esas obras excepcionales, debe ser crítica. Hay en ellas muchas ideas que hoy resultan perfectamente válidas, e incluso aparecen como anticipaciones (por ejemplo, lo fundamental de su análisis de “la naturaleza específica de la tercera revolución tecnológica”, que entre otros aspectos, establece la dinámica de la dualización de la sociedad como un elemento estructural, consecuencia de la incapacidad del capitalismo para impulsar una nueva fase expansiva).
    Otras ideas me parecen más discutibles (por ejemplo, alguna de las consideraciones sobre cómo el Estado en el capitalismo tardío responde a las crecientes dificultades para la valorización del capital: “(…) una tendencia en el capitalismo tardío hacia el aumento no sólo de la planificación económica del Estado, sino también de la socialización estatal de los costos (riesgos) y pérdidas en un número cada vez mayor de procesos productivos. Hay por lo tanto una tendencia inherente bajo el capitalismo tardío a que el Estado incorpore un número cada vez mayor de sectores productivos y reproductivos dentro de las condiciones generales de producción que el mismo Estado financia. Sin esta socialización de los costos, estos sectores no serían ni remotamente capaces de responder a las necesidades del proceso de trabajo capitalista[8]E. Mandel. El capitalismo tardío. p. 478, subrayado en el original.. La “socialización de costos” ha ido fundamentalmente por otros caminos (gigantescas subvenciones a los procesos de reconversión, de producción y de inversión y comercio exterior; privatizaciones con alta rentabilidad garantizada…) que entran con dificultad en este diagnóstico.

    Se ha calificado a Mandel, justamente creo yo, como un “marxista clásico”, aludiendo a la profundidad de sus raíces en la obra fundacional de Marx y Engels, pero también a su cultura militante, a su concepción de la revolución y de la vida. Tiene razón Gilbert Achcar cuando dice: “… si el `retorno a Marx´ debe ser considerado como el rasgo característico del marxismo moderno, Ernest Mandel es el más actual de los marxistas de la última época. La parte principal de su obra se basa, en efecto, sobre una reapropiación y una actualización directas del marxismo original”[9]Gilbert Achcar. La actualidad de Ernest Mandel. www.vientosur.info.
    En este sentido, me parece especialmente significativo recordar lo que Mandel consideraba el “anclaje materialista” del viejo proyecto socialista, la “principal contribución” de Marx a la causa de la emancipación humana: “… los movimientos radicales de emancipación sólo pueden tener éxito si se vinculan no sólo con intereses específicos de clase, sino también con una situación específica de clase que permita a la clase llevar a cabo la transformación radical de la sociedad. Que se lo permita en el sentido económico de la palabra, es decir, que disponga del poder necesario para ello. Que se lo permita en el sentido político-sociológico de la palabra, en la medida en que muestre, al menos periódicamente, la inclinación a ello[10]E. Mandel. Marxismo abierto. Crítica, Barcelona, 1982. p. 88-89..
    Mandel consideraba que esta tesis tenía carácter científico, en el sentido más fuerte de la palabra. Su validez debía demostrarse empíricamente en dos sentidos: la existencia de una fuerza social cuyos intereses materiales coinciden con el proyecto socialista y la acción social efectiva de esta clase, movida por esos intereses, en esa orientación.
    Llevaba muchos años trabajando en lo que llamaba “los grandes ciclos de la lucha de clases” desde mediados del siglo XIX y sus relaciones con las ondas largas del capitalismo. Su punto de partida, como en las ondas largas, era un material empírico que admitía un interpretación cíclica: época de ascenso hasta 1848; caída posterior hasta la derrota de la Comuna en 1871; segundo ciclo ascendente desde 1890 hasta la época de la victoria de la revolución rusa en 1917; nuevo declive hasta la ofensiva del nazismo en la II Guerra Mundial; nuevo ascenso en la inmediata posguerra hasta la victoria de la revolución en Yugoeslavia, pero con una estabilización del capitalismo en Europa, Japón y EE UU; posteriormente, estancamiento de»las luchas en el hemisferio occidental y desarrollo de movimientos de liberación nacional en países del Sur; en fin, nuevo ascenso en 1968, con la particularidad de que no puede apoyarse en ninguna victoria revolucionaria.
    Mandel rechazaba todo determinismo objetivista en sus estudios sobre las ondas largas del capitalismo y, con más razones aún, en estos estudios sobre los ciclos de las luchas sociales. Lo que intentaba comprender es lo que llamaba la “dialéctica del factor objetivo y del factor subjetivo de la historia”, entre “la tendencia a la rutina cotidiana de la vida proletaria y las rupturas periódicas hacia grandes enfrentamientos de clase”. No está nada claro en qué puede consistir tal “dialéctica”. Pero queda por ver qué hay sobre estos temas en los archivos de textos no publicados de Mandel, probablemente enormes. En todo caso, nos hemos perdido un debate apasionante entre Mandel y, por ejemplo, Sidney Tarrow[11]Sidney Tarrow. El poder en movimiento. Alianza Universidad, Madrid, 1997. Puestos a dar cuenta de las equivocaciones, y aunque el asunto no tenga mayor importancia, quede aqui constancia de una de … Seguir leyendo. (La mayoría de los debates públicos de Mandel han tenido un carácter excesivamente “defensivo”: con Krasso, con Nove, con Bahro. En cambio hay debates que se echan en falta en su abundante producción polémica: con Bloch, al que sólo hace breves referencias; con Polanyi, a quien no sé si llegó a conocer personalmente; y, en especial, con dos de sus contemporáneos, Manuel Sacristán y Jean Marie Vincent, también marxistas abiertos, lúcidos e innovadores, cuyas aportaciones van en sentidos distintos, y a veces contradictorios con las de Mandel[12]Por ejemplo, el estudio crítico que Vincent dedicó a su memoria: “Ernest Mandel et le marxisme revolutionnaire”, Editions Page deux, Lausanne, 2001, constituye un serio desafío a las ideas de … Seguir leyendo).

    Se ha criticado frecuentemente a Mandel por “obrerismo”. Creo que estas críticas tienen fundamento en cuanto a la sobrevaloración, hasta la mitificación, del papel político que atribuyó a la clase obrera industrial, al “obrero de la gran fábrica” (“…los trabajadores productivos de la industria (son) la vanguardia (del proletariado) (aunque) sólo en el sentido más amplio[13]E. Mandel. El Capital. Cien años de controversias en torno a la obra de Karl Marx. Siglo XXI, México, 1985 p. 128..
    Estamos ante un problema más político que teórico: los conceptos que utiliza Mandel de relaciones de producción (“todas las relaciones fundamentales entre hombres y mujeres en la producción de su vida material”), clase obrera (“la característica estructural que define al proletariado en el análisis marxiano del capitalismo es la obligación socioeconómica de vender su propia fuerza de trabajo[14]Ibidem. Ver también el capítulo de este mismo libro: “¿Los trabajadores improductivos son parte del proletariado?”., “…de un modo más o menos continuo[15]E. Mandel. Introducción al marxismo. Akal, Madrid, 1977), división social del trabajo en el capitalismo (“la división entre productores de plusvalía y todos aquellos que amplían o aseguran el proceso de expansión del capital”), no son “obreristas”, en absoluto.
    Pero ese problema político tiene considerable importancia, porque creo que está en el origen de las dificultades de Mandel para comprender a los llamados “nuevos movimientos sociales”, especialmente, el ecologismo y el feminismo.
    Hay que decir, muy en primer lugar, que sobre la necesidad de participar y apoyar las luchas de estos movimientos, Mandel no tuvo dudas, especialmente, cuando entraban en conflicto con las burocracias obreras (“La burocratización de las grandes organizaciones obreras ha aplastado el entendimiento de los intereses de clase en el sentido más amplio de la palabra y por eso los intereses de grupo, los intereses gremiales, es decir, la defensa del puesto de trabajo directo (…) pasan a un primer plano. La primera reacción del obrero de una gran empresa dedicada a producir máquinas para centrales nucleares es en estas condiciones frecuentemente no una reacción de clase, es decir configurada a partir de los intereses generales de la clase mayoritaria de esta sociedad (…) sino que su reacción es una reacción gremial en tanto que trabajadores de un determinado sector de producción cuyos puestos de trabajo se verían amenazados por una moratoria en la construcción de nuevas centrales nucleares[16]E. Mandel. Marxismo abierto, p. 83).
    Pero sobre el papel político autónomo de estos movimientos, Mandel era, al menos, muy reticente. Por una parte, porque consideraba posible, e imprescindible, que el movimiento obrero asumiera los objetivos emancipadores de todos los movimientos sociales para poder expresar el “interés general” de la mayoría social frente al capitalismo; desde este punto de vista, consideraba que esa “autonomía” era innecesaria. Por otra parte, porque esa autonomía podía alejar a los movimientos del conflicto social fundamental sobre la propiedad de los medios de producción; en ese sentido, la consideraba potencialmente negativa.
    A partir de las grandes luchas de los “nuevos movimientos” de la primera mitad de los años 80, y de la influencia que tuvieron en algunas de las organizaciones de la IV Internacional, Mandel fue considerando con creciente interés sus aportaciones. ¿Le faltó tiempo para aproximarse más a estos movimientos, especialmente “nuevos” para una persona de su generación? Así lo creo. Por ejemplo, en el plano teórico, los conceptos de “intereses específicos de clase” y “situación específica de clase” requieren una revisión marxista en esta época y un debate entre diversas corrientes de pensamiento crítico: Mandel debe ser una de las referencias para esa tarea.

    Aunque hay una evolución notable del pensamiento de Mandel, no fueron nada frecuentes en él los cambios importantes y explícitos de opinión en cuestiones teóricas de fondo. Por eso, son especialmente recomendables los trabajos de Catherine Samary en los que realiza un balance minucioso y muy crítico de las ideas de Mandel sobre los problemas de la transición al socialismo, a la luz de la restauración capitalistas en la URSS[17]C. Samary. “Mandel et les problèmes de la transition au socialisme”, en G. Achcar (ed.) Le marxisme d´Ernest Mandel. PUF. París, 1999..
    Samary “descubre” un importante cambio de opinión de Mandel sobre el papel del mercado en las sociedades de transición, entre los puntos de vista que defendió en su conocida polémica con Alec Nove en la New Left Review entre 1986 y 1988 (en la cual definió a la democracia directa como sustitución del mercado en el sector socializado de la economía, en el cual no existirían ni moneda, ni precios, sino intercambio directo de valores de uso o de trabajo concreto), y los que escribiría dos años después, en un artículo con un título extraño tratándose de Mandel, “Plan o mercado: la tercera vía”: “De hecho la vía más eficaz y mas humana para construir una sociedad sin clases es un tema de experimentación y debe progresar por aproximaciones sucesivas. No hay buenos libros de `recetas´ para eso, ni la `planificación total´, ni el `socialismo de mercado[18]Mandel, “Plan ou marché: la troisième voie”, Critique Communiste, nº 106-107, abril mayo 1991.. Los elementos que debían ser utilizados en esta experimentación son los que definió Trotsky: el plan, el mercado, la democracia, a los que Mandel añadío un cuarto elemento, muy querido por él: la reduccion radical del tiempo de trabajo, que debe suministrar el tiempo necesario para ejercer la democracia.

    Un leninista con ligeras desviaciones luxemburguistas[19]E. Mandel. Marxismo abierto, p. 83. A Mandel le gustaba, presumía puede decirse, definirse así. Sus ideas sobre la organización partidaria se corresponden bastante bien con esta definición. En cambio, sus ideas sobre el papel político de los movimientos de masas y su capacidad para descubrir y para crear, imprescindible para la acción política revolucionaria, y sobre las instituciones coherentes con la emancipación humana, le definirían mejor mejor intercambiando los términos: “un luxemburguista con ligeras desviaciones leninistas”. Pienso que fue en este área, especialmente en sus trabajos sobre la autoorganización y la autogestión, donde Mandel hizo las aportaciones políticas más importantes, más vivas y, ojalá, más duraderas.
    Mandel publicó Control obrero, consejos obreros, autogestión[20]E. Mandel. Control obrero, consejos obreros, autogestión. Era, México, 1970 en 1970. En el clima vanguardista posterior al 68, donde el “partido” era la preocupación central de la izquierda revolucionaria, había que tener lucidez y coraje para proponer como eje de la estrategia emancipadora, precisamente, la autoemancipación de la clase obrera, y como sus medios fundamentales, las manifestaciones concretas de autoorganización: las múltiples variantes de “consejos”.
    Con los años y con la durísima experiencia de los “Estados revolucionarios” que nos ha tocado vivir, Ernest fue haciéndose, en este sentido, más “luxemburguista”. Sus propuesta iban orientadas cada vez más a que la fuerza política estuviera donde está la fuerza social emancipatoria.
    Esa es la base de la radicalidad democrática, que consideró un imperativo de la organización del poder político post-revolucionario,: “El ejercicio del poder político por las masas trabajadoras en el marco de la democracia consejista y del pluralismo de partidos políticos son precondiciones adicionales absolutas para la superación de la indiferencia, la apatía y la atomización política. Las masas trabajadoras han de obtener mediante la experiencia práctica la prueba de que son ellas realmente las que adoptan por sí mismas todas las decisiones importantes (…) la inmediata abolición de la división del trabajo entre productores y administradores, es decir, el inmediato ejercicio del poder administrativo y estatal, del `trabajo general´ por la masa de los trabajadores es la condición material objetiva previa para el desarrollo de la `conciencia general (…)[21]E. Mandel. Marxismo abierto. p. 139.
    Ese es también el origen del papel fundamental que atribuyó a la reducción radical de la jornada de trabajo: “El verdadero dilema, que es la opción histórica fundamental a que está confrontada hoy la humanidad es el siguiente: o bien una reducción radical del tiempo de trabajo para todos –empezando por la media jornada o media semana de trabajo- o bien la perpetuación de la división de la sociedad entre los que producen y los que gestionan. La reducción radical del tiempo de trabajo para todos –que era la gran visión emancipadora de Marx- es indispensable, a la vez para adquirir por todos el saber y la ciencia, y para la autogestión generalizada (dicho de otro modo, un régimen de productores asociados). Sin esta reducción, esos dos objetivos son utópicos”[22]Citado por Michel Husson “Après l´âge d´or: sur Le troisieme âge du capitalisme” en Gilbert Achcar (ed.) “Le marxisme d´Ernest Mandel”. PUF, París, 1999..
    Y esa es, en fin, la razón última del impulso libertario de su crítica al Estado: “Las víctimas humanas causadas por el terror estatal en el siglo XX son incomparablemente más numerosas que las causadas por el terror individual o la anarquía o los accidentes o no importa qué. En una sociedad escindida por intereses materiales antagónicos, toda tendencia a reforzar el Estado entraña la tendencia a reforzar el terror estatal, la violencia estatal y la arbitrariedad estatal (…). Sólo si el Estado se debilita y órganos de control social que no sean órganos estatales adquieren cualitativamente más poder que el que hoy tienen, sólo entonces podrán limitarse efectivamente los peligros de esta evolución arbitraria y basada en la violencia[23]E. Mandel. Marxismo abierto. pp. 28-29..
    Palabras que parecen dichas ahora mismo y que deben decirse ahora mismo.

    En su testamento, Mandel llamó a la IV Internacional, “el sentido de mi vida”. No podía haberlo expresado mejor. Dedicó la mayor parte de sus muy considerables energías a construir la Internacional. En este esfuerzo no se permitió, y no permitía, ni la menor duda. La convicción sobre la necesidad de la tarea le permitió resistir a un muy modesto balance de resultados en términos de fuerzas e influencia política, a la terrible decepción por el curso de los acontecimientos en el Este, a la falta de perspectivas para las luchas y movimientos anticapitalistas en todo el mundo… Mandel llamaba “programa” a esta convicción. Otros preferimos llamarla de otra manera: compromiso militante, por ejemplo. En la práctica, viene a ser lo mismo.
    Mandel ha desempeñado un papel determinante en la historia de la IV Internacional durante casi medio siglo. En esta larga etapa ha habido momentos de euforia y de amargura, de acuerdo y de conflicto, y orientaciones políticas diversas. No creo que tenga sentido intentar codificar una política “mandelista”. No sólo por los giros y rectificaciones inevitables en un período tan extenso y tan complejo. También porque Mandel no ejerció nunca de “gurú”, y aún con toda la autoridad moral que tenía, respetaba muchísimo las opiniones mayoritarias y no siempre coincidió con las políticas concretas de la Internacional.
    Cualquier interpretación en este tema es puramente subjetiva. En la “forma de hacer política” de Mandel, yo valoro especialmente, en primer lugar, la radicalidad democrática también en la organización militante, tan distinta de los cuentos al uso sobre el “pluralismo”. Asimismo, la atención siempre despierta y esperanzada hacia el surgimiento de nuevos procesos de radicalización y la voluntad de convergencia con las organizaciones y corrientes que los encarnaban, desde el guevarismo al sandinismo, pasando por el PT brasileño: aqui especialmente, Mandel no admitía ningún apriori ideológico, sólo contaba la lucha real; en mi opinión, las decepciones y los errores acumulados no cambian la vigencia de este punto de vista. Finalmente, en el orden, no en la importancia, la construcción de la Internacional, de organizaciones políticas militantes internacionalistas, volcadas hacia la movilización social tan amplia y unitaria como sea posible, comprometidas por entero con el proyecto de la revolución socialista.

    Se suele atribuir un optimismo desmedido a Mandel. No lo veo yo así. Especialmente desde comienzos de los años 80, había en él una preocupación enorme por el curso de los acontecimientos y por los problemas de la Internacional. Pero donde la razón le metía en una encrucijada, salía de ella no con optimismo, sino con esperanza.
    Esa esperanza, que forma parte de lo más valioso de su legado, estaba construida con dos materiales muy resistentes y, esta vez, nada “científicos”.
    El primero es el compromiso con sus camaradas del pasado, no los “trotskistas”, sino todas las personas insumisas, rebeldes, revolucionarias de todas las épocas, las “generaciones vencidas” de Walter Benjamin.
    El segundo es mucho más modesto, solamente una chispa: “Nosotros marxistas de la época de la lucha de clases entre el capital y el trabajo asalariado, sólo somos los representantes más recientes de esa corriente milenaria, cuyos orígenes se remontan a la primera huelga en el Egipto faraónico, y que, pasando por las innumerables sublevaciones de los esclavos en la Antigüedad y las revueltas campesinas en los viejos China y Japón, conducen a la gran continuidad de tradición revolucionaria de los tiempos modernos y del presente.
    Esta continuidad resulta de la chispa inextinguible de la insubordinación a la desigualdad, a la explotación, a la injusticia y a la opresión, que se renueva siempre en la historia de la humanidad. En ella reside la certidumbre de nuestra victoria. Porque ningún César, ningún Poncio Pilatos, ningún emperador de derecho divino, ni ninguna inquisición, ningún Hitler, ni ningún Stalin, ningún terror, no ninguna sociedad de consumo han conseguido sofocar duraderamente esa chispa”[24]E.Mandel. “Pourquoi…”. p. 230..
    Que así sea.

    (Post-data: Quienes mantenemos un gran respeto por la hoja, o la pantalla de ordenador, en blanco, necesitamos a veces una presión externa para decidirnos a escribir, especialmente sobre temas que nos afectan personalmente. Así que puede decirse que he escrito este artículo gracias a la presión de mis amigos, colegas de la redacción y camaradas Josep Maria Antentas, Andreu Coll y Carlos Sevilla. Espero que este reconocimiento no sea una borrón en sus curriculum y sirva en cambio como una especie de dedicatoria)

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    Notas del artículo

    Notas del artículo
    1 https://www.sylone.org/trotskismos-c2x18173129
    2 E. Mandel. El poder y el dinero. Siglo XXI México, 1994. El libro fue reseñado por Mikel de la Fuente en el nº 23 de VIENTO SUR. El último libro de Mandel, Trotsky as alternative fue publicado en inglés en 1995. Creo que no hay versión en castellano.
    3 E. Mandel. “Pourquoi je suis marxiste”, en G. Achcar (ed.) Le marxisme d´Ernest Mandel. PUF. París, 1999. p. 205-208.
    4 E. Mandel. “Pourquoi…”, p. 218
    5 E. Mandel. El capitalismo tardío. Era, México, 1972. En 1997 se publicó en francès la versión definitiva de la obra, con el título La troisième âge du capitalisme, Éd. de la Passion, París, con textos inéditos de Mandel, más un prefacio de Daniel Bensaid y un postfacio de Jesús Albarracín y Pedro Montes. Lamentablemente, no hay versión en castellano.
    6 E. Mandel. Las ondas largas del desarrollo capitalista. Siglo XXI, Madrid, 1980. En 1995 se publicó un segunda edición actualizada en inglés, Long Waves of Capitalist Development, Verso, Londres, de la cual tampoco hay versión en castellano.
    7 F. Louça. “Ernest Mandel y el pulso de la historia” en VIENTO SUR nº 28. Octubre 1996
    8 E. Mandel. El capitalismo tardío. p. 478, subrayado en el original.
    9 Gilbert Achcar. La actualidad de Ernest Mandel. www.vientosur.info
    10 E. Mandel. Marxismo abierto. Crítica, Barcelona, 1982. p. 88-89.
    11 Sidney Tarrow. El poder en movimiento. Alianza Universidad, Madrid, 1997. Puestos a dar cuenta de las equivocaciones, y aunque el asunto no tenga mayor importancia, quede aqui constancia de una de las mías. En el artículo que escribí en VIENTO SUR (nº 23. 0ctubre 1995. “Un hombre de respuestas en un tiempo de preguntas”) tras la muerte de Mandel, que me ha servido de referencia para éste, trato el interés de este proyecto de Mandel con mucho escepticismo. He cambiado de opinión, hacia una posición de “expectativa”.
    12 Por ejemplo, el estudio crítico que Vincent dedicó a su memoria: “Ernest Mandel et le marxisme revolutionnaire”, Editions Page deux, Lausanne, 2001, constituye un serio desafío a las ideas de Mandel sobre la clase obrera como sujeto revolucionario
    13 E. Mandel. El Capital. Cien años de controversias en torno a la obra de Karl Marx. Siglo XXI, México, 1985 p. 128.
    14 Ibidem. Ver también el capítulo de este mismo libro: “¿Los trabajadores improductivos son parte del proletariado?”.
    15 E. Mandel. Introducción al marxismo. Akal, Madrid, 1977
    16, 19 E. Mandel. Marxismo abierto, p. 83
    17 C. Samary. “Mandel et les problèmes de la transition au socialisme”, en G. Achcar (ed.) Le marxisme d´Ernest Mandel. PUF. París, 1999.
    18 Mandel, “Plan ou marché: la troisième voie”, Critique Communiste, nº 106-107, abril mayo 1991.
    20 E. Mandel. Control obrero, consejos obreros, autogestión. Era, México, 1970
    21 E. Mandel. Marxismo abierto. p. 139
    22 Citado por Michel Husson “Après l´âge d´or: sur Le troisieme âge du capitalisme” en Gilbert Achcar (ed.) “Le marxisme d´Ernest Mandel”. PUF, París, 1999.
    23 E. Mandel. Marxismo abierto. pp. 28-29.
    24 E.Mandel. “Pourquoi…”. p. 230.
  • Macron, seguimos aquí, ¡iremos a buscarte a casa!

    Macron, seguimos aquí, ¡iremos a buscarte a casa!

    antoine

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    Antoine Larrache

    Dirigente del Nuevo Partido Anticapitalista

    Traducción: Viento Sur
    Fuente: 
    L’Anticapitaliste

    Actualidad Internacional: Latitudes. Europa

    07/04/2023

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    a movilización del 6 de abril muestra los increíbles recursos de esta movilización, su implantación, su legitimidad. Ahora, nuestro objetivo debe ser desafiar al poder de Macron, un poder antisocial, ilegítimo y antidemocrático.

    Con 400.000 personas en París, 60.000 en Burdeos, 90.000 en Toulouse, 50.000 en Nantes, 6.000 en Bourges, 400 en Lamballe, 15.000 en Perpiñán y Toulon, 10.000 en Tarbes (cifras del 29/03 : 450.000 à Paris, 80.000 à Bordeaux, 150.000 à Toulouse, 60.000 à Nantes, 8.000 à Bourges, 400 à Lamballe, 15.000 à Perpignan, 15.000 à Toulon, 15.000 à Tarbes, 15.000 au Puy-en-Velay 23/03 : 800 000 à Paris, 110 000 à Bordeaux, 150 000 à Toulouse, 80 000 à Nantes, 8 000 à Bourges, 15 000 à Angoulême, 1 000 à Lamballe, 20 000 à Perpignan, 30 000 à Toulon, 24.000 à Tarbes, 15 000 au Puy-en-Velay…) , pero también una serie de ciudades donde hay más gente que la última vez (en Lyon, Pau y Bayona, por ejemplo), hemos asistido a una movilización que sigue siendo extremadamente potente respecto a lo que hemos conocido en los últimos 30 años.

    Además de las manifestaciones, hemos asistido de nuevo a cientos de acciones diversas: bloqueos, en el rectorado de Burdeos, en las estaciones, con la invasión de carriles, el peaje de la A13, etc. Tras las acciones de los últimos días, como la ocupación del rectorado de París, la pancarta sobre en el Arco del Triunfo, en la columna del monumento a los Girondinos…

    Las cifras de la huelga se mantienen a un nivel relativamente alto, próximas a las del último día y alto para ser el undécimo día. La huelga fue fuerte se ha dado en los trenes interurbanos, y debería reanudarse entre los basureros; continúa en las refinerías, sobre todo en Gonfreville, al haber suspendido la justicia la orden de imponer a la fuerza la vuelta al trabajo.

    Todo esto es la marca de un movimiento de trabajadores y trabajadoras que quieren  ganar, extremadamente profundo. Como reacción a esta nueva jornada de éxito y al rechazo de Macron al más mínimo compromiso, la intersindical se vio abocada a convocar una nueva huelga el jueves 13 de abril, la víspera de la reunión del Consejo Constitucional. Sólo una movilización excepcional podría conducir a que este último no dé el visto bueno a la reforma, como salida a la crisis actual.

    El éxito de la movilización de hoy demuestra una vez más la amplitud de la crisis política que vivimos. El movimiento ha ganado la batalla de la opinión pública, ha obligado al gobierno a utilizar un 49-3 y, a pesar de la aprobación de la ley, no quiere ceder; mientras, el gobierno se hunde en una ilegitimidad cada vez más fuerte, siendo minoritario como es, con una represión cada vez más fuerte, que ha sido condenada por las organizaciones humanitarias pero también por la ONU, la Unión Europea, Estados Unidos… Y sigue estando en el centro de los escándalos con las amenazas de Darmanin [ministro del Interior] de disolver la Liga de Derechos Humanos, el escándalo de la contaminación del agua potable por clorotalonil, las nuevas revelaciones sobre las violencias cometidas por la gendarmería en Sainte-Soline [la movilización contra las megapresas]…

    Cierto, este movimiento adolece de una débil autoorganización, con asambleas generales poco nutridas, y el número de huelgas renovables no es suficiente, pero su inmensa fuerza ha consistido, en cada etapa, en superar hitos políticos. El siguiente es cuestionar la legitimidad de las decisiones institucionales: aunque el Consejo Constitucional valide la ley, no nos detendremos. Cuestionamos la legitimidad de este Consejo, como cuestionamos la legitimidad del 49.3 y de las instituciones antidemocráticas de la V República. La mejor manera de hacerle frente sería una huelga general que paralizara el país durante el tiempo necesario.

    El viernes 14 de abril, al día siguiente de la nueva jornada nacional de huelgas y manifestaciones, es imperativo que el movimiento siga expresando en las calles su rechazo a la contrarreforma y su legitimidad frente a Macron. Frente al Consejo Constitucional, como en el momento del 49.3, debemos impulsar la ocupación de las plazas y prepararnos para manifestarnos. Y tendremos que volvernos hacia el verdadero responsable de este ataque, Emmanuel Macron, y organizar una gran marcha hacia el Elíseo, unidos, con todas las organizaciones políticas, sindicales y asociativas, los Chalecos Amarillos, los colectivos feministas y de ecología radical, todas las estructuras del movimiento social.

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    Alex de Jong

    Editor de la revista Grenzeloos y activista en los Países Bajos

    Traducción: Martín Mosquera
    Fuente: 
    Jacobin América Latina

    Actualidad Internacional: Luchas y Movimientos

    05/04/2023

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    E

    l intelectual y activista socialista belga Ernest Mandel nació hoy hace cien años, el 5 de abril de 1923. Mandel fue un agitador incansable y un erudito que escribió algunas de las obras más significativas de la teoría marxista durante la segunda mitad del siglo XX.

    Mandel es quizás más recordado hoy por su libro Capitalismo tardío, que popularizó un término ahora familiar. El crítico Fredric Jameson se basó en gran medida en los escritos económicos de Mandel en su teorización del posmodernismo, y «capitalismo tardío» se ha convertido en un cliché periodístico para el análisis cultural.

    El propio Mandel, que en su día escribió una historia social de las novelas policíacas, podría haber sonreído ante esta curiosa apropiación de su obra. Pero su objetivo primordial era cuestionar las estructuras de poder del capitalismo, más que analizar sus efectos culturales secundarios.

    Permaneció fiel a ese objetivo desde su adolescencia como combatiente de la resistencia en tiempos de guerra que sobrevivió al sistema penitenciario nazi hasta sus últimos días en el páramo neoliberal de la década de 1990. La vida política y la obra de Mandel pueden ser una importante fuente de inspiración para el nuevo movimiento socialista de hoy.

    Mandel nació en una familia de judíos polacos asimilados de origen alemán en la ciudad belga de Amberes. Su padre, Henri Mandel, tenía simpatías izquierdistas, concretamente con las ideas de León Trotsky. Durante la década de 1930, tras la llegada de los nazis al poder en Alemania, la casa de los Mandel se convirtió en un lugar de encuentro para refugiados de izquierdas. Escuchando a estos refugiados hablar de socialismo, de los últimos acontecimientos en la Unión Soviética y del ascenso del fascismo, el joven Ernest se inició en la política radical.
    En mayo de 1940, la guerra llegó a Bélgica y la Alemania nazi invadió el país. Gran parte de la izquierda fue incapaz de responder a la nueva situación. Muchos dirigentes del socialdemócrata Partido Laborista Belga y de los sindicatos huyeron del país, mientras que Hendrik de Man, antiguo dirigente del Partido Laborista, llamaba a colaborar con los ocupantes.

    El pacto de no agresión soviético-alemán seguía vigente en aquel momento, y los comunistas belgas proclamaron una postura de una «pura y más completa neutralidad». Semanas después del comienzo de la invasión nazi, un asesino que trabajaba por orden soviética asesinó a Trotsky en su exilio mexicano.

    En medio de esta confusión, un grupo de izquierdistas independientes se propuso publicar el primer periódico clandestino en lengua flamenca, que se editó en casa de los Mandel. Ernest y su padre escribieron muchos de los artículos del periódico. En agosto de 1942, Ernest pasa a la clandestinidad. A finales de ese año fue detenido, pero logró escapar mientras lo transportaban.

    Según el biógrafo de Mandel, Jan Willem Stutje, Henri Mandel pagó un rescate por la liberación de su hijo. La «audaz huida» de Ernest bien podría haber sido «escenificada por agentes ansiosos por evitar ser interrogados». Según Stutje, la huida de Mandel lo dejó con un sentimiento de culpa.

    Sin inmutarse, Mandel continuó sus actividades de resistencia. Para entonces, se había convertido en miembro del Partido Comunista Revolucionario (PCR) trotskista. A principios de 1944, el PCR elaboró un panfleto bilingüe sobre los contactos entre empresas alemanas y estadounidenses que se dirigía directamente a los soldados alemanes: «Están siendo sacrificados como carne de cañón mientras sus amos negocian para salvar sus posesiones». El 28 de marzo de 1944, mientras distribuía el panfleto, Mandel fue detenido de nuevo.

    Arrestado por sus actividades de resistencia y no por ser judío, Mandel fue enviado a diferentes prisiones y campos de trabajo, llegando en un momento dado a ser obligado a trabajar en una fábrica de productos químicos de IG-Farben. Como miembro de la resistencia, judío y trotskista despreciado por sus compañeros de prisión estalinistas, sus posibilidades de sobrevivir eran escasas.

    Mandel recordó más tarde que la pura suerte fue una de las razones por las que consiguió salir adelante. Pero también atribuyó su éxito al hecho de establecer lazos con algunos de los guardianes de la prisión alemana que habían sido partidarios del partido socialdemócrata antes de que los nazis tomaran el poder: «Era lo más inteligente que se podía hacer, incluso desde el punto de vista de la autopreservación». Las duras condiciones le pasaron factura y Mandel fue hospitalizado a principios de 1945. El 25 de marzo de 1945, las fuerzas estadounidenses liberaron el campo en el que estaba recluido.

    Aunque los familiares directos de Mandel sobrevivieron a la guerra, su abuela, su tía y su tío fueron asesinados en Auschwitz, junto con sus familias. Henri Mandel soñaba con una carrera académica para su hijo, pero Ernest tenía otras prioridades. Quería continuar la lucha contra el capitalismo, el sistema que había producido los horrores del nazismo y la guerra. A lo largo de su vida, la experiencia del fascismo siguió siendo un punto de referencia político y moral para Mandel.
    León Trotsky y sus partidarios habían fundado la IV Internacional (CI) en 1938. Trotsky esperaba que la prueba de la guerra que se avecinaba desacreditaría a los partidos comunistas estalinistas y confiaba en que la IV Internacional se convirtiera en una alternativa. Sin embargo, el importante papel de la Unión Soviética en la derrota de la Alemania nazi y la participación de los comunistas en los movimientos de resistencia europeos aportaron a esos partidos un prestigio y una popularidad sin precedentes, dejando a sus rivales del ala radical del movimiento obrero con escasas oportunidades de crecimiento.

    Mientras tanto, la guerra y la represión habían diezmado a los pequeños grupos asociados a la CI. Mandel sintió que era su deber ayudar a construir el movimiento trotskista y se convirtió en un activista destacado en sus filas. En parte, le impulsaba el recuerdo de los camaradas que los nazis habían asesinado, como su íntimo amigo Abram Leon, autor de un importante estudio sobre la historia judía y el antisemitismo.

    Como muchos radicales, Mandel pensaba que la guerra sería el preludio de una oleada de revoluciones en Europa, como había ocurrido con la Primera Guerra Mundial. El programa que Trotsky redactó para la CI en 1938 afirmaba que el capitalismo había encallado:

    Las fuerzas productivas de la humanidad se estancan. Ya los nuevos inventos y mejoras no consiguen elevar el nivel de riqueza material. Las crisis coyunturales bajo las condiciones de la crisis social de todo el sistema capitalista infligen privaciones y sufrimientos cada vez más pesados a las masas.

    Poco a poco, Mandel llegó a reconocer que el sistema no sólo seguiría funcionando, sino que incluso era capaz de desarrollarse aún más, entrando en un largo periodo de crecimiento económico después de 1945. En estas condiciones, se afilió al Partido Socialista Belga, manteniendo en secreto su identidad trotskista, y ayudó a fundar el semanario La Gauche (La Izquierda), un periódico que llegó a ser influyente en la izquierda socialista belga.

    En este periodo, Mandel se consolidó como teórico y dirigente socialista. En 1962 publicó su primera gran obra, Teoría económica marxista. El libro ofrecía una presentación sistemática de su tema, intentando demostrar que se podía «reconstituir todo el sistema económico de Karl Marx» recurriendo a «los datos científicos de la ciencia contemporánea».

    En la introducción del libro, Mandel describía su enfoque como «genético-evolutivo», con lo que quería decir que se dedicaba a estudiar el origen y la evolución de su tema. «La teoría económica marxista», escribió, debe considerarse como «el resumen de un método, de los resultados obtenidos mediante el uso de este método, y de los resultados que están continuamente sujetos a reexamen». La combinación de historia y teoría, tratando continuamente de integrar nuevos hallazgos, sería característica de la obra de Mandel.

    Mientras trabajaba en Teoría económica marxista, un libro de casi ochocientas páginas en su traducción inglesa, Mandel desarrolló una estrategia de «reformas estructurales anticapitalistas» como parte del círculo en torno a La Gauche. Con esto se refería a reformas que no introducirían el socialismo en sí mismas pero que, sin embargo, representarían pasos hacia él y «darían a la clase obrera la capacidad de debilitar decisivamente al gran capital.»
    Para Mandel, las posibles reformas estructurales anticapitalistas en Bélgica incluían la organización de una oficina de planificación que garantizara el pleno empleo, el control público de las grandes empresas y la nacionalización del sector energético. Subrayó que las reformas económicas no podían separarse de la cuestión del poder político.

    Mandel intentaba formular una estrategia socialista que pudiera ser adecuada para un país capitalista desarrollado como Bélgica. Una fuente de inspiración para este esfuerzo fue la huelga general belga del invierno de 1960 contra una serie de reformas propuestas por el gobierno de derechas. La huelga, que duró varias semanas, movilizó a cientos de miles de trabajadores. Las huelgas y ocupaciones de fábricas francesas de junio de 1936, tras la llegada al poder del Frente Popular de izquierdas, fueron otro ejemplo citado por Mandel.

    Durante el periodo de crecimiento económico de la posguerra, las condiciones de vida habían mejorado para muchos, pero luchas como la huelga general belga demostraban que el desarrollo capitalista no había pacificado del todo a la clase obrera. Para Mandel, las armas más poderosas de los trabajadores en la lucha contra el capitalismo eran la organización, la educación política y la conciencia de su papel económico esencial.

    Reconocía que las luchas de los trabajadores no giraban simplemente en torno a las condiciones económicas, sino que también estaban impulsadas por la resistencia a prácticas laborales alienantes y opresivas. Incluso los trabajadores relativamente acomodados experimentaban alienación y dominación en el lugar de trabajo. En un balance de la huelga de 1960, Mandel escribió que la lucha de la clase obrera contra el capitalismo «difiere de las luchas sociales del pasado en que no es sólo una lucha por intereses esenciales e inmediatos». Esa lucha puede convertirse en una «lucha consciente para reestructurar la sociedad».

    Mandel argumentó que la huelga belga fue una oportunidad perdida porque no había habido un liderazgo político que propusiera esa reestructuración. Para que se produjera un cambio revolucionario, era necesario ampliar la lucha por las reformas económicas a la cuestión del poder político.

    Para Mandel, la lucha sólo podía ser victoriosa si «el adversario se enfrentaba no sólo en las fábricas sino también en las calles». La historia había demostrado, insistía, la necesidad de establecer un partido revolucionario que «explicara incansablemente» a los trabajadores que era necesario tomar el poder económico además del político para alcanzar sus objetivos.

    Durante la década de 1960, Mandel desarrolló su comprensión de cómo funcionaba el capitalismo un siglo después de que Marx hubiera publicado El Capital. Inicialmente utilizó el término «neocapitalismo» antes de decantarse por «capitalismo tardío». El libro de 1972 con ese título fue la obra magna de Mandel.
    En El capitalismo tardío, intentó «ofrecer una explicación marxista de las causas de la larga onda de crecimiento rápido de la posguerra». Según Mandel, este periodo de crecimiento también tenía «límites inherentes» que aseguraban que daría paso a «otra larga onda de creciente crisis social y económica para el capitalismo mundial, caracterizada por una tasa de crecimiento global mucho menor». Predijo correctamente el final del auge de la posguerra a mediados de la década de 1970.

    Mandel consideraba que una de las características del capitalismo tardío era la aceleración del ritmo de innovación tecnológica. Esto acortó la vida útil del capital fijo y dio lugar a una mayor necesidad de planificación por parte de las grandes empresas. También se produjo una intervención gubernamental en la economía a una escala sin precedentes para evitar colapsos como el de Wall Street en 1929. Como observó Mandel en 1964 «El Estado garantiza ahora, directa e indirectamente, el beneficio privado de formas que van desde las subvenciones encubiertas hasta la ‘nacionalización de las pérdidas’».

    Sin embargo, cada intento del capitalismo por superar sus contradicciones le planteaba nuevos problemas. Respaldados por los gobiernos, los bancos concedían créditos baratos a las empresas, lo que permitía un rápido crecimiento, pero también provocaba inflación. Dicha inflación perjudicaba a las grandes inversiones a largo plazo que eran fundamentales para la competencia entre las grandes empresas, intensivas en capital.

    A su vez, los intentos de combatir la inflación crearon sus propios problemas, estrangulando el crecimiento económico. La intervención del Estado en la economía podía ser útil para evitar crisis catastróficas y garantizar los beneficios. Pero también dejó claro a todo el mundo que «la economía» no era un hecho natural.

    Mandel apostó por la posibilidad de un cambio revolucionario derivado de tales contradicciones. Explosiones como la huelga general belga y la crisis griega de Apostasia de 1965 le plantearon un dilema marxista clásico. Si era cierto, como había insistido Marx, que «la ideología dominante de toda sociedad es la ideología de la clase dominante», entonces ¿cómo podía liberarse la clase obrera?
    Mandel reconoció que el dominio de la ideología de la clase dominante tenía raíces más profundas que la «manipulación ideológica» a través de los medios de comunicación de masas, el sistema escolar, etc. Esta dominación sacaba fuerzas del funcionamiento cotidiano del capitalismo en el que los trabajadores se veían obligados a competir entre sí y tenían que depender de la venta de su fuerza de trabajo.

    Sin embargo, las inevitables contradicciones y crisis del capitalismo derivadas de la competencia entre los monopolios dominantes también provocaron fisuras en el consenso dominante. La cuestión central para los socialistas era cómo ir más allá de los estallidos de descontento que eran el resultado inevitable de las turbulencias económicas. Pasar de las luchas defensivas contra los ataques a las condiciones de vida y los salarios a las demandas de poder de los trabajadores requería un «salto consciente».

    En un influyente texto sobre la necesidad de la organización socialista, Mandel desarrolló sus ideas sobre lo que haría posible ese salto. Distinguió entre tres grupos: la masa de la clase obrera, una vanguardia de esa clase formada por trabajadores activistas y los miembros de las organizaciones revolucionarias. La tercera categoría se solapaba parcialmente con la segunda.

    En el esquema de Mandel, la «vanguardia» no era una élite autoproclamada, sino los activistas más comprometidos y enérgicos de la clase obrera. Construir un movimiento revolucionario significaba ganar a esos trabajadores activistas para las ideas socialistas. Esto les proporcionaría organización y evitaría su retirada del activismo político durante el inevitable reflujo de las luchas sociales inmediatas.

    El cambio radical sólo sería posible durante las oleadas de agitación, cuando las contradicciones del capitalismo generaran ira y protestas masivas. Durante esos periodos, un partido revolucionario debería intentar atraer a grupos cada vez mayores de personas a la acción política y proponer reivindicaciones anticapitalistas.

    Mandel veía la revolución como un proceso de interacción entre la acción organizada y los movimientos espontáneos en el que los trabajadores se organizarían inevitablemente en diferentes grupos. Con ello rompía una división estereotipada entre organización y espontaneidad que se asociaba respectivamente con las figuras de Vladimir Lenin y Rosa Luxemburgo en la izquierda marxista. Medio en broma, Mandel se llamaba a sí mismo «un leninista con desviaciones luxemburguesas».

    Los años sesenta y principios de los setenta fueron tiempos turbulentos durante los cuales Mandel fue extraordinariamente productivo, como si fuera arrastrado por la creciente marea de la lucha de clases. Junto con El capitalismo tardío, los otros libros que publicó en esos años incluían un estudio de las contradicciones entre el capitalismo estadounidense y el europeo, un texto erudito sobre La formación del pensamiento económico de Karl Marx, una crítica de la tendencia eurocomunista entre los partidos comunistas de Europa Occidental y un examen de los ciclos de auge y depresión en la historia del capitalismo, Las ondas largas del desarrollo capitalista. A lo largo de su vida, Mandel publicó más de dos docenas de libros y cientos de artículos.
    Al mismo tiempo, Mandel fue un incansable agitador y polemista. En 1964, fue invitado a Cuba para participar en debates sobre la planificación socialista. El Che Guevara había leído con gran interés la Teoría Económica Marxista y mantuvo extensas discusiones con Mandel.

    Por su parte, Mandel quedó muy impresionado con el líder revolucionario argentino. Cuando el ejército boliviano capturó y ejecutó sumariamente a Guevara en 1967 cuando intentaba lanzar una campaña de guerra de guerrillas, Mandel publicó un apasionado homenaje a «un gran amigo, un camarada ejemplar, un militante heroico.»

    Los gobiernos de los Estados capitalistas consideraron que Mandel era una presencia inoportuna en su territorio. En 1969, las autoridades estadounidenses le negaron la entrada en un caso que la mayoría conservadora del Tribunal Supremo citó más tarde como precedente para justificar la «prohibición musulmana» de Donald Trump. Unos años más tarde, el gobierno de Alemania Occidental intervino para bloquear el nombramiento de Mandel en la Freie Universität de Berlín e hizo que fuera expulsado del país.

    Francia fue otro país que prohibió la entrada de Mandel en su territorio. En mayo de 1968, fue invitado a hablar en reuniones de la Juventud Comunista Revolucionaria (JCR), un grupo izquierdista que se había acercado a la Cuarta Internacional. La JCR estuvo muy implicada en las movilizaciones y protestas de mayo del 68.

    En lo que debió de ser una oportunidad satisfactoria de participar en alguna actividad práctica, Mandel ayudó a construir barricadas en el Barrio Latino de París durante la «noche de las barricadas». El coche en el que había llegado a París fue destruido durante los enfrentamientos callejeros. Un reportero escuchó a Mandel exclamar «¡Qué hermoso! Es la revolución».

    Para la nueva generación de revolucionarios, Mandel era un vínculo con la historia y la experiencia revolucionarias. Daniel Bensaïd, dirigente de la JCR, recordaba cómo Mandel les ayudó a descubrir «un marxismo abierto, cosmopolita y militante». Para estos jóvenes izquierdistas, según Bensaïd, Mandel fue «un tutor teórico» y un puente entre generaciones: alguien que hacía pensar a la gente, en lugar de pensar por ellos.

    Mandel tenía grandes dotes pedagógicas, practicadas en innumerables reuniones con trabajadores, sindicalistas, estudiantes radicales y activistas revolucionarios. Su folleto de 1967, «Introducción a la teoría económica marxista», se convirtió en un clásico muy leído.

    Hay algo trágico en el hecho de que Mandel, que tanto había luchado por el cambio socialista, falleciera en 1995, cuando la hegemonía neoliberal estaba en su apogeo. Mandel tuvo dificultades para adaptarse al declive de las luchas sociales a partir de finales de los años 70.
    Mirando hacia atrás en el nuevo siglo a una popular introducción al marxismo que Mandel había publicado en 1974, Bensaïd argumentó que su optimista análisis político sobre las perspectivas del socialismo se basaba en la «confianza sociológica de Mandel en la creciente extensión, homogeneidad y madurez del proletariado en su conjunto». Según Bensaïd, esta confianza «transformó en una tendencia histórica irreversible la situación específica creada por el capitalismo industrial de posguerra y su modo específico de regulación.» Sin embargo, la ofensiva neoliberal de los años 80 hizo retroceder este proceso, minando las fuerzas del trabajo organizado:

    Lejos de ser irreversible, la tendencia a la homogeneización fue socavada por las políticas de fragmentación de las unidades de trabajo, de intensificación de la competencia en el mercado mundial del trabajo, de individualización de los salarios y del tiempo de trabajo, de privatización del ocio y de los modos de vida, de demolición metódica de la solidaridad y de la protección sociales. En otras palabras, lejos de ser una consecuencia mecánica del desarrollo capitalista, la aglutinación de las fuerzas de resistencia y subversión del orden establecido por el capital es una tarea incesante recomenzada en luchas cotidianas, y cuyos resultados nunca son definitivos.

    Más adelante en su vida, el exuberante optimismo de Mandel se combinó con advertencias contra los efectos a largo plazo del capitalismo. La elección histórica era barbarie o socialismo, insistía, y el resultado socialista no estaba garantizado.

    Durante este periodo, Mandel volvió al estudio de la barbarie capitalista expresada en la Segunda Guerra Mundial y los crímenes del nazismo. Aunque siguió siendo un admirador de Trotsky de toda la vida, reevaluó algunos de sus juicios anteriores, volviéndose más crítico con las prácticas de Trotsky durante sus «años oscuros» a principios de la década de 1920, cuando, según Mandel, «la estrategia de la dirección bolchevique obstaculizaba más que promovía la autoactividad de los trabajadores».

    Mandel se enorgullecía de situarse dentro de lo que consideraba la tradición esencial de la Ilustración: la lucha por la emancipación y la autodeterminación humanas. Aunque no le gustaba el término, había, como ha observado Manuel Kellner, una dimensión utópica en el pensamiento de Mandel. Era utopismo en el mejor sentido de la palabra: fe en que la sociedad puede rehacerse, mediante la acción humana, en algo mucho mejor.

    Para Mandel, la crisis del socialismo y del comunismo era ante todo una crisis de esta creencia. «La principal tarea de socialistas y comunistas», escribió poco antes de su muerte, «es restaurar la credibilidad del socialismo en la conciencia de millones». Describió los objetivos del socialismo en «términos casi bíblicos»:

    Eliminar el hambre, vestir a los desnudos, dar una vida digna a todos, salvar la vida de los que mueren por falta de atención médica adecuada, generalizar el libre acceso a la cultura, incluida la eliminación del analfabetismo, universalizar las libertades democráticas, los derechos humanos y eliminar la violencia represiva en todas sus formas.

    Para Mandel, la esperanza de un futuro así se basaba en la chispa de rebelión que siempre había hecho que la gente se rebelara contra las condiciones opresivas y alienantes. La tarea de los socialistas era avivar esa chispa apoyando todas esas rebeliones y presentando una alternativa de futuro.

    Esa tarea no ha cambiado. En un período histórico diferente, el legado de Mandel de escritura y activismo puede ayudarnos en la búsqueda de un nuevo camino.

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  • El hilo gramsciano de André Tosel

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    Vincent Charbonnier

    Filósofo, colaborador de Contretemps.

    Traducción: Marc Casanovas
    Fuente: 
    Contretemps

    Teoría: Marxismo

    10/01/2023

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

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    na recopilación de textos de André Tosel titulada Le fil de Gramsci. Politique et philosophie de la praxis fue publicado el pasado mes de noviembre por las editions Amsterdam, en una edición preparada y con prefacio de Vincent Charbonnier. Esta obra representa una importante contribución a una bibliografía francesa dedicada al revolucionario italiano que no deja de ampliarse – mencionemos en particular la obra colectiva coordinada por Yohann Douet y publicada en 2021 por Editions sociales – pero que sigue siendo pobre en monografías.

    Podemos pensar que esta carencia refleja y reproduce al mismo tiempo el estatus paradójico que tuvo el líder comunista y teórico marxista, y que aún hoy tiene, en particular en Francia, el status de un autor inmensamente más citado que verdaderamente leído, objeto de apropiaciones de todo tipo y que abarca casi todo el espectro intelectual y político.

    Esta recopilación ofrece una panorámica de los trabajos de toda una vida de André Tosel sobre Gramsci, de quien fue el especialista indiscutible en Francia, y que culminaron en su obra fundamental Etudier Gramsci. Pour une critique continue de la révolution passive capitaliste (París, Kimé, 2016), publicado poco antes de su muerte, el 14 de marzo de 2017. En esta ocasión, con la amable autorización del editor, publicamos un extracto del estudio de Vincent Charbonnier que sirve de prefacio al libro.

    Aunque Antonio Gramsci (1891-1937) se ha convertido en una auténtica figura del pensamiento internacional y los estudios dedicados a los Cuadernos de la cárcel siguen acumulándose, sobre todo en Italia y en el mundo anglosajón -formando una biblioteca en constante expansión-, el pensamiento del cofundador del Partido Comunista de Italia sigue afectado, sobre todo en Francia, por una «celebridad restrictiva». A pesar de las numerosas obras que se le han dedicado, algunas de las cuales siguen siendo hoy referencia[1]Por citar sólo uno, tan eminente como esencial: Christine Buci-Glucksmann, Gramsci et l’État: pour une théorie matérialiste de la philosophie, París, Fayard, 1975.

    , Gramsci sigue siendo «ese célebre desconocido» al que hay que «liberar esa prisión de desconocimiento en la que languidece», escribe André Tosel (1941-2017) en la apertura de su último libro antológico, Étudier Gramsci[2]André Tosel, Étudier Gramsci. Pour une critique continue de la révolution passive capitaliste, París, Kimé, 2016, pp. 7 y 14..

    Esta petición está tanto más justificada cuanto que es al mismo tiempo una invitación a estudiar realmente a Gramsci y en tanto que Tosel dedicó una parte esencial de su actividad intelectual y militante a trabajar sobre el pensador sardo. Desde este punto de vista, este trabajo sobre Gramsci constituye un verdadero hilo rojo -como lo describe Goethe- de la trayectoria intelectual de Tosel, un trabajo que también ha contribuido más ampliamente a abrir el conjunto de su reflexión. Si, desde un punto de vista estrictamente cronológico, Spinoza y Marx precedieron a Gramsci como hilos de la reflexión de Tosel, y sin duda la alimentaron de manera recurrente, el hilo de Gramsci posee sin embargo una conductividad más sustancial para y en la reflexión de Tosel, y es «sentido» -en el sentido de «todo conspira» en Leibniz- por los dos precedentes (Spinoza y Marx) a los que está íntimamente ligado[3]Sobre este punto me remito a Vincent Charbonnier, Le devoir et l’inquiétude. André Tosel ou l’acuité du marxisme (2018) «https://hal.archives-ouvertes.fr/hal-01889320» (consultado el … Seguir leyendo.

    Así pues, la «obra» de Tosel sobre el pensamiento de Gramsci es singular en varios sentidos. Lo es, en primer lugar, porque siempre se ha vuelto a poner en marcha, como muestra brillantemente su último libro, Étudier Gramsci, y, en segundo lugar, porque se ha (mantenido) con una persistencia digna de elogio, debido a una situación teórica y política difícil para el marxismo en Francia a partir de finales de los años setenta, que ha hecho vacilar a muchos, desde las (honrosas) enmiendas hasta la desautorización, por no hablar del abandono total.

    Esta «obra» es también singular porque se inició en un momento en que la figura de Gramsci se desvanecía de la escena teórico-política y cuando, irónicamente, se iniciaba la publicación de la traducción completa de los Cuadernos de la cárcel[4]Sobre este punto, véase Étudier Gramsci, op. cit, pp. 7 y ss, y «Gramsci en Francia», pp. 315-339 de esta colección.. También es singular porque esta «obra» es en realidad el producto inesperado de una respuesta a la propuesta iniciada por Louis Althusser a mediados de los años sesenta para un «reinicio» de la filosofía del marxismo, respuesta que llevó a Tosel a movilizar progresivamente el pensamiento de Gramsci gracias al apoyo de un «filósofo discreto pero decisivo”, Éric Weil, sobre cuya importancia volveremos.

    Por último, esta «obra» es singular en su «estilo» de problematización. Tosel siempre se ha esforzado por articular un registro didáctico, destinado a restituir la riqueza y la amplitud del pensamiento de Gramsci, y un registro, indisociablemente analítico y prospectivo, destinado a (re)pensar y comprender el capitalismo globalizado, financiarizado y líquido -o más bien viscoso[5]Sobre esta cuestión, véanse sus trabajos sobre la globalización capitalista, donde la elaboración de Gramsci está constantemente presente en el trasfondo: Un monde en abîme. Essais sur la … Seguir leyendo– de nuestro tiempo desde finales de este «corto siglo XX» (1989), con la cuestión de la emancipación como horizonte[6]Véase André Tosel, Émancipations aujourd’hui. Pour une reprise critique, Vulaines-sur-Seine, Le Croquant, 2016, y más particularmente, p. 117-127, «Con Gramsci y más allá», que concluye … Seguir leyendo.

    Este «estilo» de problematización, que trata de combinar las dimensiones didáctica, analítica y prospectiva -y que es particularmente perceptible en el último libro publicado en vida Étudier Gramsci[7]Como muestra claramente Isabelle Garo en la nota de lectura que le dedicó: «André Tosel, lecteur de Gramsci et penseur du présent», apud Marie-Claire Caloz-Tschopp, Romain Felli et Antoine … Seguir leyendo– es sin duda lo que mejor caracteriza la idea de que el pensamiento de Gramsci constituye un hilo conductor en el desarrollo de Tosel. Antes de volver a su último libro publicado justo antes de su repentina muerte en marzo de 2017, quisiéramos esbozar primero una problematización de este hilo, insistiendo en la manera igualmente singular en que Tosel se enfrentó a la elaboración de Gramsci y en la manera, una vez más singular, en que se apropió y restituyó su sustancia.

    […]

    […] La «respuesta» de Tosel a la intención formulada por Althusser durante los años 60 de un necesario «recomienzo» de la filosofía del marxismo está recogida en un importante estudio, que ya se ha mencionado, «Materialismo dialéctico ‘entre’ las ciencias de la naturaleza y la ciencia de la historia», en el que Tosel articula un balance crítico de la intención althusseriana con la propuesta de un «materialismo dialéctico rectificado» que toma nota de «la imposibilidad histórica de un cierto marxismo»[8]André Tosel, «Éric Weil, 1904-1977», Annales de la faculté des Lettres et Sciences humaines de Nice, 1977, nº 32, p. 12.. El eje de esta síntesis reside en la crítica de la desviación estalinista del marxismo, y más precisamente en la crítica de «esta forma de materialismo dialéctico que fue el cemento del estalinismo»[9]«Le Matérialisme dialectique ‘entre’ les sciences de la nature et la science de l’histoire» [1977/1978], reimpreso en André Tosel, Praxis. Vers une refondation en philosophie … Seguir leyendo.

    Pues no basta con rechazar simple y sinceramente el Dia-Mat estalinista, sino que es necesario concretizarlo históricamente, evaluar el orden de sus razones y apreciar su consistencia teórica tanto como su eficacia política, sin ocultar el hecho, sin duda desagradable, de que la primera formulación histórica del materialismo dialéctico por el propio Engels no estaba totalmente exenta de proposiciones inestables o contradictorias, inclinándose más o menos explícitamente hacia una neo-metafísica materialista[10]Véase «Le développement du marxisme en Europe occidentale depuis 1917» y «Formes de mouvement et dialectique dans la nature selon Engels» reimpresos en André Tosel, Études sur Marx (et … Seguir leyendo.

    La propuesta de Tosel, por tanto, es repensar el materialismo dialéctico al modo de un tejido conjuntivo que anude, «sin imperialismos ni evasivas», el conjunto del conocimiento: Las ciencias «deben ser consideradas a la vez en su propio contenido lógico y como aspecto y momento de la práctica social»; como ciencia de la historia, el materialismo histórico «estudia las formas concretas de pertenencia de las ciencias a la práctica social» y el materialismo dialéctico «analiza lo que constituye el tejido teórico común y transformable en un momento histórico dado»[11]«Le fil rouge de l’hégémonie» [1984], Praxis, op. cit. p. 18. Se trata de un anuncio de la problemática de la traducibilidad de los lenguajes y las prácticas y la de la construcción de … Seguir leyendo.

    Esta propuesta llevó a Tosel a dar un giro decisivo, un «giro» hacia el tema gramsciano de la «filosofía de la praxis», que no era sólo o simplemente una reformulación léxica destinada a desbaratar la censura fascista, sino, más fundamentalmente, la afirmación de la posibilidad de una refundación del marxismo. Es este «desplazamiento» el que atestigua Praxis (1984), que, mucho más que una compilación de textos, es una recopilación en el sentido más fuerte del término, una «síntesis catártica», por utilizar una fórmula posterior de Tosel en Étudier Gramsci, que anuda muchos hilos decisivos de su reflexión. Esta colección es la restitución razonada de una trayectoria teórica que es simultáneamente la crónica de un «desplazamiento» del centro de gravedad de su reflexión, la crónica de un ensanchamiento y descentramiento de su perspectiva inicial, de Althusser a Gramsci, sin que por ello se niegue su punto de partida crono-lógico[12]Puede observarse que la crítica althusseriana de Gramsci constituye el punto de partida de la reflexión de Tosel en Étudier Gramsci..

    Esta vía crítica se desarrolló bajo los auspicios del marxismo italiano, que desarrolló una aportación original, inseparablemente histórica, filosófica y política, de la que la elaboración de Gramsci constituye el principal recurso. Dentro de esta contribución, Tosel ha individualizado más particularmente la cuestión del Estado y de su transformación democrática, es decir, la doble e indisociable cuestión de la hegemonía y de la acción[13]«El hilo rojo…», Praxis, op. cit. p. 13 sq.. La innovación de la contribución italiana reside en una ambiciosa reelaboración de la teoría marxista según la modalidad cardinal de una traducción, o mejor, de una traduc(a)ción[14]Me apropio, variándola aquí, de una invención léxica de Tosel en su artículo «Quelle pensée de l’action aujourd’hui?», Actuel Marx, 1993, nº 13, p. 16-39, que habla de … Seguir leyendo que tiene en cuenta la historia concreta de la teoría, de su desarrollo desigual, en particular en lo que se refiere a la teoría materialista histórica de la política[15]Véase «Notes pour une histoire critique de la théorie politique du marxisme italien» [1977], en Praxis, op. cit. pp. 137-153 y «Les critiques de la politique chez Marx», apud Étienne Balibar, … Seguir leyendo.

    El nudo de esta problemática, recurrente para la teoría marxista, cristaliza en el doble fetichismo del que es objeto el Estado, ya que el reformismo hace de él «una esfera por encima de la sociedad de clases» mientras que «el izquierdismo maximalista lo identifica inmediatamente con la voluntad de clase, hoy burguesa, mañana proletaria». Ahora bien, «concebido como pura voluntad política o como instrumento de pura violencia», el Estado, en ambos casos, nunca es comprendido «en la medida de su vínculo con las relaciones de producción capitalistas[16]«Notes pour une histoire critique…», Praxis, op. cit. p. 143.»: el fascismo ha demostrado, por ejemplo, que el Estado burgués «media su propia violencia de clase a través de los medios de legitimación consensual, los famosos aparatos de hegemonía[17]Ibid, p. 146.». Rechazando toda concepción instrumental del Estado, Gramsci insiste por tanto en la necesidad vital de que la clase de los productores construya la capacidad de crear un «nuevo orden» (ordine nuovo), haciéndose tendencialmente Estado y sobre todo apropiándoselo, es decir, transformándolo, «construyendo una nueva relación entre intelectuales y pueblo, entre gobernantes y gobernados[18]Ibid, p. 146-147.». Esto implica transformar las modalidades históricas del proceso revolucionario, que debe ser visto al modo de una «reforma intelectual y moral» de masas.

    Para Tosel, esta reflexión sobre la teoría política del materialismo histórico tiene una función propedéutica, ya que es el recurso para su propuesta de refundación del marxismo a través y por la filosofía de la praxis. Un primer esbozo de esta propuesta lo ofrece un estudio publicado simultáneamente en italiano y francés, «La filosofía marxista y la traducibilidad de los lenguajes y las prácticas»[19]«Gramsci o la filosofía de la praxis como marxismo de la crisis orgánica del capitalismo», apud Antonio Gramsci, Textes, París, Éditions Sociales, 1983, p. 9-40 y Tosel, «Gramsci, filosofía … Seguir leyendo

    «La filosofía marxista y la traducibilidad de los lenguajes y las prácticas» [1981], Praxis, op. cit. p. 115-135.)), cuyo motivo se desarrollará en una serie de estudios posteriores dedicados a Gramsci, entre los que destacan dos. El primero es su contribución a la tercera antología de textos de Gramsci en francés, publicada en febrero de 1983 por Éditions sociales, Gramsci ou la philosophie de la praxis comme marxisme de la crise organique du capitalisme, y el segundo, que es una prolongación de ésta, es un artículo de síntesis publicado en La Pensée en octubre del mismo año: Gramsci, philosophie de la praxis et réforme intellectuelle et morale.

    En la continuidad de su estudio sobre la traducibilidad de los lenguajes y las prácticas, publicado en 1981, Tosel caracteriza el marxismo de Gramsci como una traducción de la ciencia del modo de producción capitalista y sus posibilidades de desarrollo en «ciencia-acción». Las fuerzas productivas ya no son «consideradas como un elemento objetivo de un campo objetivo exterior, sino como fuerzas dotadas simultáneamente de una dimensión subjetiva, con una capacidad potencial de intervención activa que les permite transformar este campo en función de sus posibilidades»[20]«Gramsci, filosofía de la praxis…», Praxis, op. cit. p. 203.. Los productores están encadenados por un «sentido común» que no les permite comprender el carácter crucial de su posición en el proceso de producción ni su inadecuación en relación con sus necesidades, posición que, sin embargo, sienten, aunque confusamente, como innecesariamente servil. Para Gramsci, por tanto, hay una «lucha de clases que ya existe» y se pregunta cómo puede transformarse en una «forma de racionalidad superior»[21]Ibid, p. 204..

    Esta cuestión concierne también al marxismo, que debe cuestionar la dificultad de su propia comprensión por las masas, es decir, vencer la resistencia del sentido común, «no trayéndoles desde fuera una visión alternativa del mundo, un sistema ideológico cerrado, sino poniéndolas en condiciones de formarse su propia concepción del mundo social, de su estructura, del lugar que les corresponde, de la función que se les asigna.» Es, prosigue Tosel, «un proceso de comprensión modificadora por el que el ‘sujeto’ que se apropia del conocimiento de su mundo y de su lugar, se transforma y se hace capaz, a la vez que se modifica a sí mismo, de modificar el sistema de relaciones en el que figura»[22]Ibid..

    La primera es que este proceso de apropiación del marxismo ha fragmentado la «síntesis marxiana» en un marxismo de masas que, aunque útil para formar una conciencia de clase elemental, ha quedado insuficiente e inadecuado para hacer de esta conciencia «la instancia civilizadora reguladora y directora de toda la vida social»[23]«Gramsci, filosofía de la praxis…», Praxis, op. cit, p. 206.. La difusión del marxismo a través de las organizaciones del movimiento obrero, el «marxismo» de los libros de texto, las obras de divulgación, etc., no bastaban para hacer de esta conciencia «la instancia civilizadora reguladora y directora de toda la vida social». – La difusión del marxismo a través de las organizaciones del movimiento obrero, el «marxismo» de los libros de texto, de las obras de divulgación, etc., que Gramsci veía como el vehículo de un «iluminismo de masas», estaba limitado por el hecho de que se desvinculaba así de las formas sofisticadas de la teoría y de sus portadores.

    Una segunda complicación es que la «alta cultura burguesa» también fue «capaz de una compleja operación de ‘traducción’-desagregación», filtrando «elementos compatibles con su propia hegemonía[24]Ibid.», demostrando su extraordinaria capacidad de integración, la formidable plasticidad de su cosmos y del modo de producción capitalista que lo sustenta. Gramsci hace especial hincapié en este punto en una nota de sus Cuadernos de la cárcel, que Tosel citaría unos años más tarde como prefacio a su primer libro dedicado a la cuestión de la globalización capitalista[25]Un monde en abîme, París, Kimé, 2008, p. 9.. Gramsci escribe: «La revolución operada por la clase burguesa en la concepción del derecho y, por tanto, en la función del Estado consiste específicamente en el deseo de conformidad […]. Las clases dominantes anteriores eran esencialmente conservadoras, en el sentido de que no tendían a asimilarse, a elaborar un pasaje orgánico de otras clases a sí mismas, a ampliar «técnica» e ideológicamente su esfera de clase, la concepción de una casta cerrada. La clase burguesa se plantea a sí misma como un organismo en continuo movimiento capaz de absorber a toda la sociedad, asimilándola a su nivel cultural y económico: la función del Estado en su conjunto se transforma. El Estado se convierte en ‘educador’, etc»[26]Cahiers de prison : cahiers 6 à 9, París, Gallimard, 1983, p. 255..

    Una tercera complicación, quizá la más complicada, reside en la recomposición del marxismo iniciada por Lenin con ocasión de la Revolución de Octubre. Para Tosel, Lenin entendía que «el análisis de las relaciones de producción no es un fin en sí mismo» y que sólo tiene sentido si forma, solidariamente, «una iniciativa política, una iniciativa de la voluntad en el terreno de las relaciones políticas y culturales»[27]«Gramsci, filosofía de la praxis…», Praxis, op. cit, p. 207.. Sobre esta base, las clases subalternas pudieron organizarse como «una fuerza para romper el viejo Estado y poner en marcha el proceso de dominación de las relaciones sociales por las capacidades intelectuales de los productores, reunidos en torno a su intelectual colectivo, el partido». Esta es, concluye Tosel, la lección sobre la que hay que reflexionar y proseguir, para hacerla fructífera en el periodo de «crisis orgánica» del capitalismo occidental[28]Ibid, p. 207-208.. Sin embargo, y de acuerdo con Gramsci, Tosel cree que Lenin no pudo reflexionar adecuadamente sobre su recomposición del marxismo y siguió dependiendo de un marxismo inadecuado, concibiendo este último, siguiendo a Plejánov -su «maestro» en filosofía- como la unión de una ciencia natural y una filosofía materialista (materialismo histórico + materialismo dialéctico)[29]Ibid, p. 209..

    Todas estas cuestiones constituyen el trasfondo teórico y el punto de partida de la elaboración de Gramsci. Se trata de realizar la teoría marxista como una forma superior de cultura y de hacerla capaz de pensar los procesos en los que aparece. Esta nueva formación se persigue bajo el nombre de «filosofía de la praxis» y se reviste de la forma de «ciencia de la política» adecuada a la construcción de la hegemonía. Encuentra su máxima expresión en el tema de la «reforma intelectual y moral», que concierne tanto a las masas como al Partido, como colectivo intelectual y «príncipe moderno». Una parte importante de este último deberá dedicarse, según Gramsci, «a la cuestión de la reforma intelectual y moral, es decir, a la cuestión religiosa o de una concepción del mundo». […] El Príncipe moderno debe y no puede dejar de ser el campeón y organizador de una reforma intelectual y moral, lo que significa crear el terreno para un mayor desarrollo de la voluntad colectiva nacional-popular hacia la realización de una forma superior y total de civilización moderna»[30]Cahiers de prison: cahiers 10 à 13, op. cit. p. 358..

    Esta reforma intelectual y moral persigue dos tareas estrechamente entrelazadas: la primera es recomponer el marxismo en la esfera de la alta cultura y transformar sus formas ideologizadas entre las masas; la segunda es asegurar la reducción tendencial de las oposiciones entre gobernantes y gobernados, entre intelectuales y simples. Puesto que lo que existe es una combinación de lo viejo y lo nuevo, puesto que se trata de un equilibrio provisional, la tarea de la filosofía de la praxis es construir prácticamente las formas y condiciones de la hegemonía mediante la catarsis, es decir, «el paso de la fase económico-corporativa a la fase ético-política». En el plano teórico, la tarea consiste en «reinterpretar la ‘síntesis’ de Marx en esta perspectiva y pensar la unidad estructura-superestructura bajo la categoría de ‘bloque histórico’. Se trata, pues, de pensar la mediación del momento económico-corporativo, el momento en que «las masas comienzan a identificarse en una crítica rudimentaria de la economía política, [el momento] en que alcanzan la conciencia de su interés económico de clase, violentamente separado, celoso de su diferencia», y el momento ético-político, «la fase de la lucha […] que es la de la conquista del poder del Estado, y de la dirección-transformación del conjunto de la sociedad»[31]«Gramsci, filosofía de la praxis…», Praxis, op. cit. p. 210, 205 y 208..

    Esta mediación del momento económico-corporativo al momento ético-político exige una renovación completa de la manera de concebir la relación entre las masas y los intelectuales, entre los dirigidos y los dirigentes, entre la producción y el poder. La reforma intelectual y moral es «el tema donde se articulan el movimiento real y la teoría que lo guía, el proceso de constitución del ‘bloque histórico’ y el proceso de la forma teórica adecuada a este bloque (la ‘filosofía de la praxis’)[32]Ibid, p. 210.. «Es un doble proceso de recomposición tendencial del marxismo en la alta cultura como ‘ciencia de la política’ [y de] recomposición del marxismo de las masas en el sentido de su elevación al nivel de un marxismo más culto, como constitución de las masas como cuerpo dirigente[33]Ibid, p. 211.. [A partir de ahí, el problema ya no es tanto el de «la disponibilidad del saber», como el del «modo de producción de un saber que es formativo de su autor, que sólo es comprensión modificadora de su mundo de objetos si es autocomprensión, automodificación de su sujeto…[34]Ibid.».

    La dimensión «moral» de esta reforma no concierne sólo al sujeto individual en cuanto a su conducta personal, sino más ampliamente a la colectividad, en el sentido de Sittlichkeit («eticidad») en Hegel, de la elaboración de una moral objetiva, es decir, de la elaboración de un conjunto de normas o pautas de acción que cristalizan una forma de racionalidad superior, aspirando así a una cierta universalidad[35]Tocamos aquí la problemática del «americanismo y el fordismo». Véase Cahiers de prison : cahiers 19 à 29, París, Gallimard, 1992, p. 173-213 y Tosel, «Américanisme, rationalisation, … Seguir leyendo. La reforma intelectual y moral pretende cambiar la constitución y la concepción del saber político, cuya apuesta es simultáneamente antropológica

    y política, ya que se trata de unificar al género humano dándole los medios teóricos y prácticos para construir su emancipación.

    Esta reforma debe aplicarse también al propio reformador. Es la cuestión del partido, del «Príncipe moderno», que debe ser el aparato de tradu(a)cción de la hegemonía política de los productores en hecho cultural y moral. Recordando el origen aristotélico del concepto de catarsis, y en particular su connotación de purgación y objetivación de las pasiones, Tosel añade que también deberíamos preguntarnos por «la dimensión pedagógica»[36]Véase Cahiers de prison: cahiers 10-13, op. cit. p. 130: «Toda relación de ‘hegemonía’ es necesariamente pedagógica». e incluso «estética» de la hegemonía que «es disciplina, dirección racional y razonable de la espontaneidad pasional». El partido político y el Estado reformador desempeñan este papel en relación con «la instintividad de su base de masas», pero sin esta base no son nada, ya que, como decía Hegel, «nada grande se hace sin pasión, sin pasión educada, dirigida, hegemonizada como Razón». Tosel prosigue: «También aquí tenemos la base de una moral política, militante, que es una curiosa transposición del estoicismo: hacernos dueños de lo que depende de nosotros, disciplinar, dirigir por el principio del ‘hegemonikon‘, la razón rectora[37]André Tosel, «Gramsci, filosofía de la praxis…», Praxis, op. cit. p. 213-214, n. 18.».

    Esta reforma está finalmente ligada a una verdadera reforma económica, es decir, a una revolución de las relaciones sociales, en particular de las relaciones capitalistas de producción, que se realiza también como una socialización simultánea de la política y de la economía, a las que luego puede reunificar. Para Tosel, la reforma intelectual y moral es por tanto el punto preciso de la reformulación del marxismo en una filosofía de la praxis y Gramsci un «teórico revolucionario» que «proyecta las categorías de la ‘ciencia’ marxiana en la perspectiva de una ciencia-acción en la que el tema de la formación de una voluntad política nacional-popular es como rescatado de una interpretación determinista de la crítica de la economía política, y asegurado contra cualquier derivación de las superestructuras políticas y culturales de la estructura económica[38]André Tosel, «Sobre algunas distinciones gramscianas: economía y política, sociedad civil y Estado» [1995], p. 259 de esta colección (mi énfasis VC).».

    Como ya hemos señalado, la frase «filosofía de la praxis» utilizada por Gramsci en sus notas de la cárcel no es simplemente un recurso léxico para burlar la censura fascista[39]Sobre este tema, véase «Filología y filosofía en la ‘filosofía de la praxis’», en André Tosel, Le marxisme du 20e siècle, París, Syllepse, 2009, p. 115-146.. La filosofía de la praxis cristaliza el «balance de una tradición» y debe entenderse como «un intento de transformar el paradigma mismo de la racionalidad teórica y práctica», intento que, como señala Tosel en su larga conclusión a Praxis[40]«Penser, construire la praxis (d’)aujourd’hui» [1984], en Praxis, op. cit, pp. 253-313., Gramsci intentó «al margen de la tradición teórica dominante (Engels, Plejánov, Lenin, Stalin)[41]Ibid, p. 274.». La filosofía de la praxis no es, por tanto, una filosofía «al lado de otras, dotada ya de un contenido determinado», sino una filosofía que se concibe a sí misma como «una transformación de la relación con la filosofía, con las ciencias y con la práctica social»[42]Ibid. Es una filosofía que piensa «su dependencia de la praxis dándose la responsabilidad de pensar los límites del pensamiento actualmente disponible, como límites del mundo existente, de un mundo que no está dado, en una imagen especulativa, aunque sea materialista, sino de un mundo transformable, con límites desplazables, de un mundo que queda por ‘concebir’ en el sentido activo, genético, incluso genésico del término, y por constituir teórica y prácticamente». Estas formulaciones, observa Tosel, están vinculadas a una «percepción muy aguda de la pluralidad de lógicas específicas de los niveles materiales». Prohíben toda proyección recurrente sobre un fondo cósmico hipostasiado de propiedades que sólo son válidas para un nivel de realidad[43]Ibid, p. 275-276. Sobre esta cuestión, véase también su artículo «Formas de movimiento y dialéctica en la naturaleza según Engels», op. cit..

    De acuerdo con el tema de la reforma intelectual y moral, el objetivo de la filosofía de la praxis es mostrar que «la conquista marxista de una visión ‘científica’ de la historia lleva en sí la posibilidad de una innovación en la estructura y el concepto del conocimiento». No se trata de circunscribir exactamente el marxismo, sino de «pensar y [resolver], según una valiosa indicación [de Antonio] Labriola, el problema de defender y desarrollar el contenido de la ‘cientificidad’ propia del marxismo, al margen de cualquier mecanismo economicista (ya sea científico o filosófico)»[44]Ibid, p. 276.. No se trata, evidentemente, de negar la cientificidad del marxismo, sino de subrayar el alcance de esta nueva concepción de la cientificidad apoyada en la empresa marxiana de la crítica de la economía política. Así, «para Labriola», señala Tosel, «el núcleo originario del concepto de praxis es el del trabajo, pero de un trabajo entendido de forma ampliada, integrando el desarrollo de las aptitudes mentales y operativas, los modos de vida, las instituciones, el Estado, las Iglesias y la tradición histórica[45]Ibid. Sobre esta cuestión, véanse sus trabajos dedicados a Labriola y, en particular, André Tosel, «Antonio Labriola et la proposition de la philosophie de la praxis : la pratique après Marx», … Seguir leyendo.

    Esta ampliación no es una disolución del materialismo o de la dialéctica, sino el nudo de su rearticulación, en esta praxis, «como dos polos que se llaman recíprocamente en el mismo campo de tensión». Materialismo: la producción y el trabajo siguen siendo, como «intercambio orgánico con la naturaleza» (Stoffwechsel), una transformación de las cosas naturales, una «necesidad natural e inalienable con instrumentalidad propia». Esta «materia» objetiva nunca será, sin embargo, «otro yo, un alter ego, sino un Otro, una no-identidad, no integralmente reducible a la identidad de la mente y la voluntad humanas»[46]Quizá Tosel se refiera aquí implícitamente a la problemática, central para Adorno, de lo no idéntico, del necesario mantenimiento de la tensión sujeto-objeto. Véase por ejemplo «Epilegomena … Seguir leyendo. Materialismo histórico-dialéctico: estos materiales de la naturaleza vuelven a los hombres como objetos producidos socialmente «en forma de relaciones variables y contradictorias». Dialéctica: los hombres pueden «identificar y apropiarse de legalidades naturales a través de la forma de su praxis.» El intercambio orgánico con la naturaleza constituye a este nivel una «segunda naturaleza interior», cuya regulación racional no es impensable. Aquí, «la praxis media las leyes causales mecánicas y químicas, a través de finalidades finitas sin teleología providencialista»[47]«Penser, construire la praxis (d’)aujourd’hui» [1984], en Praxis, op. cit. p. 277 (subrayado mío)..

    Como forma de mediación entre instrumentos, objetos, trabajadores y finalidad, la praxis es un «proceso de formación y transformación de los límites de este mundo, en el sentido de una posibilidad inmanente de dominio de la necesidad propia de la producción por una esfera o nivel comunicativo e institucional que puede denominarse ético-político (praxis en el sentido antiguo y restringido del término)[48]Ibid, p. 280.». Tosel puede entonces subrayar que el término praxis se utiliza para referirse a un concepto fundamental de la tradición filosófica, que significa una «acción justa, bella y buena realizada por ciudadanos libres que gestionan sus asuntos en la ciudad de los iguales». También insiste en que ni Marx ni Gramsci invalidan la esfera de acción sino que «la refunden ya no en oposición a la gestión del intercambio orgánico con la naturaleza (la producción), sino pensándola en su articulación a este intercambio, considerando que su forma social capitalista de este intercambio lleva consigo la posibilidad de acabar con el carácter servil del trabajo»[49]Ibid, p. 282. .

    La filosofía de la praxis desarrolla así una concepción de la acción que es la antítesis de la concepción unicausal y tecnológico-instrumental de la tradición del materialismo dialéctico, de modo que «la problemática de la praxis excluye la comprensión de la acción como aplicación técnica del conocimiento». También permite comprender cómo «la esfera de las relaciones sociales de producción, analizada como consecuencia involuntaria del conjunto de las relaciones de sus agentes, libera la posibilidad de agentes capaces de tomar conciencia de sus necesidades sociales y de concebir una acción estratégica de experimentación de lo posible, de transformación de la situación[50]Ibid, p. 280 (énfasis añadido).».

    Esta elección de la filosofía de la praxis lleva entonces a Tosel a emprender un retorno crítico a dos «cuestiones-problema» que son también posibles aperturas de este «reinicio del materialismo histórico en el sentido de la constitución de un bloque histórico y del análisis de las condiciones de este bloque hoy [en junio de 1984][51]Ibid, p. 289.».

    La primera se refiere a Lenin y al leninismo. Tosel formula la idea de que la crítica de Gramsci a Bujarin en los Cuadernos de la cárcel[52]Cahiers de prison: cahiers 10 à 13, op. cit. p. 161-303. Se trata de una lectura crítica de Nicholas Bukharin, La Théorie du matérialisme historique. Manuel populaire de sociologie marxiste … Seguir leyendo puede leerse como una crítica indirecta de la filosofía de Lenin: «la propuesta de la filosofía de la praxis pretende ser la forma teórica del marxismo adecuada al mejor Lenin, el teórico político y constructor de la hegemonía», el que es autocrítico y «discute su objetivismo, su materialismo plejanoviano buscando en la dialéctica el órgano teórico de la captación de la complejidad y pluralidad de niveles de lo real» captado en la perspectiva de su «transformación hegemónica[53]«Penser, construire la praxis (d’)aujourd’hui», Praxis, op. cit, p. 285.». Si el Dia-Mat es un producto histórico, «un resultado y un momento de una tradición» canonizada en Materialismo dialéctico y materialismo histórico publicado por Stalin en 1938, se inscribe de hecho en una tradición «ya conocida como presupuesto común de los actores de los debates filosóficos de los años 1920-1930 en la URSS»[54]Ibid, p. 254. Sobre estos debates, véase René Zapata, Luttes philosophiques en URSS, 1922-1931, París, PUF, 1983.. Y por debajo de los años veinte, esta tradición pasa por Lenin, no el de los Cuadernos filosóficos sobre la Lógica de Hegel, sino el del Materialismo y el Empiriocriticismo. Tosel añade que esta tradición se remonta a la Segunda Internacional y «a aquel a quien Lenin consideró hasta el final como su maestro en filosofía, más allá de las oposiciones políticas, a saber, Plejánov»[55]Ibid, p. 255..

    La segunda «cuestión-problema» se refiere a la cuestión de la moral en el marxismo, que nos remite a las reflexiones de É.Weil. «Una cosa es segura», escribe Tosel, ‘el materialismo dialéctico’ ya no puede ser la forma teórica de un marxismo adecuado a las complejidades de lo real» ni adecuado «a las exigencias de una nueva ciencia de la política que se tome en serio la exigencia de democracia ‘hasta el final’». Este ‘materialismo dialéctico’ ya no puede ser la forma teórica de un marxismo adecuado «a los imperativos de una nueva práctica política», que ya no puede ser funcional «a la instrumentalización» sino «a la comprensión modificadora de sus agentes», es decir, «al esfuerzo incesante de subjetivación y autonomía[56]Ibid, p. 295. ». Si estas observaciones son sin duda coyunturales y se dirigen implícitamente al PCF -del que Tosel aún era miembro en aquella época-, tienen también una dimensión más estructural, teórica y política, referida precisamente a la problemática de la autonomía.

    Considerando que el sistema de normas y comportamientos está ligado a un estado históricamente determinado de las relaciones sociales de producción, toda una parte de la tradición marxista cayó en la tentación de sustraer la moral como «efecto de la superestructura» y confundirla con el moralismo, procediendo así «al rechazo total de la ideología del ‘sujeto’ jurídico-moral» y dando «una ‘explicación’ ideológica de la moral». Sin embargo, la lucha, tanto política como económica, implica que la autonomía es «buena», no sólo como «meta de la sociedad por construir, sino como instancia ya actuante», de forma inmanente[57]«Penser, construire la praxis (d’)aujourd’hui», Praxis, op. cit, p. 296..

    Citando un estudio de Agnes Heller sobre el legado de la ética marxiana, que afirma que la autonomía marxista remite a Kant y Spinoza[58]Agnes Heller, «L’eredità dell’etica marxiana», apud Eric J. Hobsbawn et alii (dir.), Storia del marxismo, vol. II, p. 1. 4, Il Marxismo oggi, Turín, Einaudi, 1982 pp. 483-509., Tosel recuerda en primer lugar que ser autónomo es vivir sin poder ni autoridad externa sobre uno mismo. Señala a continuación que «el proceso histórico de la formación de la especie se rige por el paso de la causalidad in alio [en otro] a la causa sui [causa de uno mismo, por uno mismo] (ciertamente relativa)». Por tanto, las normas morales son criticables «en la medida en que se erigen en estructuras mal entendidas de la naturaleza social (el mercado, el proceso de producción, el Estado o las autoridades superiores)»[59]«Penser, construire la praxis (d’)aujourd’hui», en Praxis, op. cit, p. 297.. Pero «no es lo mismo hacer de la autonomía un fin y un resultado que formular una teoría del deber». Y Tosel insiste en la paradoja de que la lucha política de clases, que tiene como fin la construcción de una comunidad de individuos libres, no requiere «ningún principio moral» en el sentido de que «se limita a obedecer a la lógica de las relaciones de fuerza» y a «utilizar la contraviolencia para responder a la violencia segregada por la objetividad de las relaciones sociales de producción», siendo la autonomía «liberada al final, tras la destrucción de las autoridades externas (las relaciones sociales como naturaleza coercitiva, el Estado correspondiente)»[60]Ibid, p. 298..

    Tal negación de la instancia ética es de hecho el forro -como una prenda de vestir- del providencialismo histórico, pues no sólo está (estaría) asegurada la liberación, sino que es («sería») ineludible ya que basta con «desarrollar el curso de esta acción, teniendo en cuenta sus propias dificultades instrumentales», con la seguridad de que su curso permite a sus agentes «alcanzar su fin», es decir, la liberación[61]Ibid. El precio de tal posición es, sin embargo, «terriblemente alto», observa Tosel, ya que «si el proletariado y su representante, el partido, no tienen que tomarse la molestia inútil […] de reflejar como una obligación moral la tarea de su liberación, que es la de la humanidad, si tienen la seguridad de que el curso de la historia [necesariamente] la produce», entonces «están dispensados de toda obligación moral». Su acción política es por tanto «meta-ética», de lo que se deduce que, para el proletariado, «la única moral posible» es «la intelección de su interés de clase» ligada al «fin ético supremo» coincidente con la estrategia del partido que dirige su lucha. Hipostasiándose como «autoridad externa», el interés de clase subyuga a los miembros del partido, que se transforma entonces en un «imperativo categórico»[62]Ibid, p. 299..

    La filosofía de la praxis se enfrenta así a una exigencia teórica que es también una tarea política: elaborar una teoría de la obligación moral ya que «la trágica historia del socialismo muestra que cualquier evasión sólo puede agravar la cuestión moral del marxismo»[63]Ibid, p. 301.. La dificultad reside en que es necesario responder a esta exigencia sin capitular ante ese moralismo tan mediático e interesado en sofocar la verdadera discusión, sobre todo en un contexto histórico marcado, a principios de los años ochenta por el agotamiento cada vez más perceptible del «comunismo histórico» en Europa del Este, y por la creciente influencia de dispositivos teóricos como la acción comunicativa de Habermas, que también se presentaba como una renovación «razonable» del marxismo claramente destinada a la hegemonía en Occidente. A diferencia de quienes, para el marxismo, sólo consideran la cuestión de la moral como la multa inextinguible de los crímenes del «comunismo histórico» -un mal infinito en suma-, y en paralelo a la empresa de Habermas, Tosel no fetichiza lo que de hecho sigue siendo una cuestión sin resolver, sino que se apodera de su dimensión genética, la de la autonomía y la acción[64]Continuó esta labor a principios de la década de 1990. Véase en particular André Tosel (ed.), Les logiques de l’agir dans la modernité, París, Les Belles Lettres, 1992, su artículo … Seguir leyendo.

    Esta reflexión sobre la moral nos conduce a continuación de nuevo a la cuestión política y más concretamente a dos grandes categorías de la elaboración de Gramsci, la hegemonía y la revolución pasiva, que se refractan en la doble problemática de la voluntad y la acción. Así, en su estudio sobre la cuestión del jacobinismo en Gramsci, Tosel señala que Gramsci «no acepta la tesis de que la revolución sólo es posible sobre la base de ciertas premisas propias de la sociedad capitalista desarrollada. El elemento decisivo es el de la voluntad que sabe dar forma a la objetividad de las relaciones económicas y evita empantanarse esperando la llegada de la madurez de los tiempos revolucionarios»[65]«Gramsci face à la Révolution française: la question du jacobinisme» [1984], infra, p. 289 de esta colección.. Esto significa, por tanto, que la voluntad es praxis y que «la filosofía de la praxis toma en serio la acción: no es un reflejo especulativo y especular de una praxis inmovilizada en el pasado de las relaciones de producción que tendría como futuro el eterno presente de su reproducción. Escapa a la concepción tradicional (la tradición de la ciencia moderna) -aunque sea materialista- de la teoría que se da a sí misma un objeto para reflexionar y manipular[66]«Filosofía de la praxis y dialéctica» [1984], infra, p. 70 de esta colección..

    Esta afirmación de la centralidad de la praxis está en el corazón de la «reforma» [gramsciana] del materialismo histórico, centrada en la crítica del economicismo y la revalorización de la política». Aquí Gramsci se enfrenta al enigma de «la extraordinaria capacidad de resistencia del capitalismo» al que propone una respuesta a través de esta «reforma», la de «la teoría de la hegemonía, que surge del reconocimiento preciso de las formas y modos de la hegemonía burguesa y de su Estado ampliado»[67]«Orient et Occident. Los problemas de la estrategia revolucionaria en el análisis gramsciano de los Cuadernos de la cárcel» [1988], infra, p. 197 de esta colección..

    Esta «extraordinaria capacidad de resistencia del capitalismo» puede, en efecto, leerse como una «revolución pasiva» ya que, si las clases dominantes dominan, ya no parecen dirigir, incapaces como son, en adelante, de «hacer de sus intereses de clase los vectores de una nueva universalidad», desarrollando por el contrario formas «reducidas» de la misma[68]«Para una reevaluación del momento ético-político en Gramsci» [1990], p. 225 de esta colección.. Todo ello invita, por tanto, a «una reevaluación del momento ético-político en la estructura de la filosofía de la praxis», cuya lección, concluye Tosel, es que, debido a la desintegración del «sujeto» revolucionario [… …] bajo los golpes de la reestructuración capitalista» -lo que en última instancia significa una «amenaza radical» de desasimilación masiva- «el interés por la buena vida y el interés por la mera supervivencia acaban coincidiendo», lo que «deja a la política ante su reto, ser un acto de creación o no ser nada»[69]Ibid, p. 240 de esta colección..

    En palabras de Gramsci, a quien Tosel cita en la conclusión de su texto: «lo político en acto es un creador; crea, pero no crea de la nada, ni se mueve en el turbio vacío de sus deseos y sueños. Se basa en la realidad. Pero, ¿cuál es esa realidad? ¿Es algo estático o inmóvil, o es más bien una relación de fuerzas en continuo movimiento y en continuo cambio de equilibrio? Utilizar la propia voluntad para crear un nuevo equilibrio de las fuerzas que realmente existen y actúan, apoyándose en esa fuerza determinada que se cree progresiva, y aumentando el propio poder para hacerla triunfar, es moverse siempre en el terreno de la realidad efectiva, pero para dominarla y superarla (o contribuir a hacerlo). El ‘deber-ser’ es por tanto concreto, es incluso la única interpretación realista e historicista de la realidad; el deber-ser es sólo historia en acto, filosofía en acto, sólo política»[70]Cahiers de prison: cahiers 10 à 13, op. cit. p. 375..

    Todas estas reflexiones remiten al problema de la hegemonía (y su construcción), que a su vez remite al de la traducibilidad de los lenguajes y las prácticas, que es el operador de su eficacia. Estas cuestiones se abordan a través de la cuestión del americanismo como transformación-racionalización de la producción capitalista unida a una revolución antropológica fundamental. «Gramsci siempre pensó en el movimiento de expansión de las fuerzas productivas como exigiendo una hegemonía, como formándose en esta misma hegemonía», dice Tosel, que añade: «los universales de la racionalización sólo tienen una dimensión hegemónica si pasan la prueba de convertirse en un lenguaje común como universales de comunicación y reconocimiento recíproco a través y en los conflictos[71]André Tosel, «Américanisme, rationalisation, universalité selon Gramsci» [1989], p. 255 de esta colección..

    A partir de ahí, la hegemonía se piensa a su vez «bajo la fuerte analogía de la difusión y [la] constitución de una lengua nacional, común». Si, por tanto, «la producción se convierte en cierto modo en lenguaje», este último no es, sin embargo, «absorbido por la producción como su medio instrumental», sino que, por el contrario, conserva «su naturaleza de ‘medio’ y sus propiedades como espacio de individualización común»[72]Ibid. Sobre esta cuestión, Tosel se refiere también a Franco Lo Piparo, Lingua, intellettuali, egemonia in Gramsci, Bari, Laterza, 1979.. Más allá del dualismo y la dicotomización de los paradigmas de la producción y la comunicación (Habermas), Gramsci nos invita a buscar la idea de una fuerte articulación entre el lenguaje y las demás dimensiones de la práctica[73]Sobre esta cuestión, véase también André Tosel, Marx en italiques, op. cit. pp. 163-169.. Por lo tanto, es necesario recurrir a las reservas de sentido propias de la filosofía de la praxis y medir lo que puede hacer el tema de la cosmovisión, entendida en su dimensión ontológica y no ideológica.

    […]

    […] Este nuevo ciclo de trabajos sobre el pensamiento de Gramsci encuentra sin duda su origen y su impulso en una reactivación de los estudios gramscianos en Italia con, en particular, la publicación de dos obras resultantes de un seminario de estudio iniciado por la Sociedad Internacional Gramsci en 2000, con la que Tosel tiene mucho interés en «reconocer una deuda inestimable[74]Estudio Gramsci, op. cit. p. 324. Se trata de las obras de Fabio Frosini y Guido Liguori (eds.), Le parole di Gramsci: per un lessico dei «Quaderni del carcere», Roma, Carocci, 2004 y Guido Liguori … Seguir leyendo».

    La pieza central de este nuevo ciclo de estudios es, para Tosel, el último libro publicado en vida en 2016, Étudier Gramsci, cuya riqueza y profundidad no pueden resumirse aquí, ni siquiera en unas pocas líneas, y para cuya presentación me remito una vez más a la reseña del libro de Isabelle Garo[75]Isabelle Garo, «André Tosel, lecteur de Gramsci…», art. cit. p. 43-55.. Más modesta y brevemente, quisiera subrayar algunos elementos esenciales que la diferencian de sus producciones anteriores sobre Gramsci.

    En primer lugar, de un modo general, por su exigencia teórica e intelectual, esta obra pretende distanciarse de un «Gramsci débil» y de todos esos » gramscismos » de moda que abundan pero que no siempre enriquecen la reflexión sobre su pensamiento, ya se trate de un Gramsci culturalista, en el que la hegemonía se reduce a la idea de ganar la batalla de las ideas, o de un Gramsci posmoderno, constructivista integral, gracias al cual se podría construir un «pueblo» a través del discurso agregando «demandas» en torno a significantes vacíos hegemonizables[76]Véase Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, Hégémonie et stratégie socialiste. Hacia una política democrática radical, 2ª edición: París, Fayard, 2019; Ernesto Laclau, La guerre des identités. … Seguir leyendo.

    Étudier Gramsci es entonces, y de manera complementaria, un trabajo de «cumbre», en el primer sentido de la palabra, de lo que «está en el punto más alto» (cumbre) y que, al hacerlo, aspira a una forma de exhaustividad, sin por ello ser sinónimo de cierre, en el sentido de una mala enciclopedia. Étudier Gramsci se presenta así en forma de «balance de conocimiento » y se caracteriza también por la coherencia de su temática, que a lo largo del libro no cesa de retomar algunas de las categorías esenciales de su pensamiento, como la » revolución pasiva » o la «hegemonía».

    Respecto a esta noción en particular, muy utilizada hoy en día, Tosel se preocupa de subrayar hasta qué punto la problemática que designa está sujeta a distorsiones que reducen su carga crítica. Sobre todo, muestra que la problemática de la hegemonía es precisamente tal problemática, que es infinitamente más compleja y refinada de lo que su reducción a unas pocas fórmulas o eslóganes nos haría creer. Tosel también insiste de forma continua y reiterada en el carácter histórico y complejo de lo que sigue siendo un proceso que articula varias dimensiones (económica, política, militar). Por tanto, la hegemonía no puede reducirse a una simple y pura dominación, sino que requiere «de un sentido», de ser a la vez una orientación y una dirección, una «orientación-dirección» que forma parte de una relación de fuerzas, que implica la construcción de un consenso activo y pasivo de los grupos dominados y dirigidos. Así, el problema de la hegemonía está inseparablemente ligado al de la reforma intelectual y moral y, por extensión, al de las formas políticas de organización de las masas: la construcción del «bloque histórico» y las cuestiones del Partido, el «Príncipe moderno» y el Estado.

    El libro es también una obra «cumbre» porque es una oportunidad para Tosel de volver a conectar varios de los hilos antecedentes de su elaboración, sobre el tema de la re-globalización capitalista, por ejemplo, que el pensamiento de Gramsci siempre ha alimentado, con la problemática cardinal de la hegemonía en particular. La gramática general de la hegemonía», escribe Tosel, «se expresa y concreta en la semántica plural de las determinaciones geopolíticas, que son otras tantas lenguas a traducir unas en otras, bajo el operador de traducción que es la hegemonía. Las oposiciones estructurales entre las dos clases fundamentales, entre éstas y las demás clases, entre los dominados y los dominadores, entre los propios dominados, entre las masas subalternas y los dominantes, entre los simples y los intelectuales, ya sean tradicionales u orgánicos, no se limitan a transformarse según las periodos y a historiarse. Se cubren o más bien se incorporan a particiones espaciales, que también se ven afectadas por una historicidad diferenciada y transformable. Se podría hablar, continúa Tosel, de «un materialismo histórico-geográfico-cultural original, esbozado por Marx, pero luego descuidado hasta las investigaciones de Henri Lefebvre, Fredric Jameson, Immanuel Wallerstein y David Harvey». Gramsci, concluye, «abre un enorme campo de trabajo sobre el que trabajan los actuales antropólogos anglosajones […] y que nos obliga a revisar la noción europea y occidental de lo universal». En este sentido, Gramsci es un innovador radical en el campo del marxismo del siglo XX»[77]Étudier Gramsciop. cit., p. 212-213..

    […] Decir que Étudier Gramsci es una obra «cumbre» no significa que sea una obra «de cierre». Si la muerte repentina de Tosel la ha constituido de hecho en una especie de «testamento», en el sentido etimológico del término de lo que da testimonio, es también una obra prospectiva y heurística. Los dos últimos capítulos, dedicados a la cuestión de la personalidad y su formación, subrayan de manera notable la productividad de la elaboración gramsciana para pensar el presente y el futuro.

    En el primero de estos dos textos, dedicado a la cuestión de la «supervivencia en la cárcel», Tosel insiste en el alcance general de la reflexión de Gramsci sobre el proceso de trans-formación «molecular» de la personalidad -incluyendo, por tanto, su posible de-formación y re-formación-, en conexión con el de la voluntad colectiva. Así, observa que «la categoría de transformación molecular y molecular está cargada de una significación hermenéutica y reflexiva general que caracteriza las Cartas y los Cuadernos de la cárcel: es una metáfora del método gramsciano que permite que el método de conocimiento y el método de transformación de lo real sociohistórico se comuniquen en un espacio de traducibilidad»[78]Étudier Gramsciop. cit., p. 295..

    El segundo texto, que amplía el anterior, trata de «la dimensión pedagógica específica de la relación de hegemonía», que abarca «la formidable cuestión» de la relación entre lo individual y lo social. Tosel escribe que, excluyendo su oposición como «realidades separadas» o «sustancias distintas», Gramsci propone un doble movimiento del pensamiento, de lo individual a lo social, y viceversa, con el doble objetivo teórico y político de «pensar y trabajar» tanto para la formación de «una voluntad colectiva de las masas subalternas que se han convertido en hegemónicas» como para la formación de «una personalidad humana de masas que armonice con las singularidades individuales»[79]Ibid., p. 305. [Esta cuestión conduce a otra, «poco frecuente en el marxismo», insiste Tosel, la de saber si se pueden establecer, y en caso afirmativo, cómo, «formas de congruencia entre la pensabilidad del individuo y la pensabilidad de la sociedad»[80]Ibid., p. 320.. Es sobre esta vasta cuestión que se cierra materialmente el libro y que se abre, para nosotros, una reflexión a proseguir y desarrollar ulteriormente, que sólo puede nutrir de la elaboración de Tosel.

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    Notas del artículo

    Notas del artículo
    1 Por citar sólo uno, tan eminente como esencial: Christine Buci-Glucksmann, Gramsci et l’État: pour une théorie matérialiste de la philosophie, París, Fayard, 1975.
    2 André Tosel, Étudier Gramsci. Pour une critique continue de la révolution passive capitaliste, París, Kimé, 2016, pp. 7 y 14.
    3 Sobre este punto me remito a Vincent Charbonnier, Le devoir et l’inquiétude. André Tosel ou l’acuité du marxisme (2018) «https://hal.archives-ouvertes.fr/hal-01889320» (consultado el 4 de diciembre de 2021), en particular pp. 8 y ss. y passim. Véase también Gianfranco Rebucini, «De Spinoza a Gramsci: entrevista con André Tosel», Period, 28 de mayo de 2016 [en línea].
    4 Sobre este punto, véase Étudier Gramsci, op. cit, pp. 7 y ss, y «Gramsci en Francia», pp. 315-339 de esta colección.
    5 Sobre esta cuestión, véanse sus trabajos sobre la globalización capitalista, donde la elaboración de Gramsci está constantemente presente en el trasfondo: Un monde en abîme. Essais sur la mondialisation capitaliste, París, Kimé, 2008; Scénarios de la mondialisation culturelle: I. Du retour du religieux y II. Civilisations, cultures, conflits, París, Kimé, 2011, 2 vols. y finalmente, para una síntesis notablemente concisa y clara, André Tosel, Essai pour une culture du futur, Bellecombe-en Bauges, Le Croquant, 2014.
    6 Véase André Tosel, Émancipations aujourd’hui. Pour une reprise critique, Vulaines-sur-Seine, Le Croquant, 2016, y más particularmente, p. 117-127, «Con Gramsci y más allá», que concluye sus observaciones.
    7 Como muestra claramente Isabelle Garo en la nota de lectura que le dedicó: «André Tosel, lecteur de Gramsci et penseur du présent», apud Marie-Claire Caloz-Tschopp, Romain Felli et Antoine Chollet (dir.), Rosa Luxemburg, Antonio Gramsci actuels, Paris, Kimé, 2018, pp. 43-55.
    8 André Tosel, «Éric Weil, 1904-1977», Annales de la faculté des Lettres et Sciences humaines de Nice, 1977, nº 32, p. 12.
    9 «Le Matérialisme dialectique ‘entre’ les sciences de la nature et la science de l’histoire» [1977/1978], reimpreso en André Tosel, Praxis. Vers une refondation en philosophie marxiste, París, Editions sociales, 1984, p. 35.
    10 Véase «Le développement du marxisme en Europe occidentale depuis 1917» y «Formes de mouvement et dialectique dans la nature selon Engels» reimpresos en André Tosel, Études sur Marx (et Engels). Vers un communisme de la finitude, París, Kimé, 1996, p. 105-138.
    11 «Le fil rouge de l’hégémonie» [1984], Praxis, op. cit. p. 18. Se trata de un anuncio de la problemática de la traducibilidad de los lenguajes y las prácticas y la de la construcción de la hegemonía.
    12 Puede observarse que la crítica althusseriana de Gramsci constituye el punto de partida de la reflexión de Tosel en Étudier Gramsci.
    13 «El hilo rojo…», Praxis, op. cit. p. 13 sq.
    14 Me apropio, variándola aquí, de una invención léxica de Tosel en su artículo «Quelle pensée de l’action aujourd’hui?», Actuel Marx, 1993, nº 13, p. 16-39, que habla de «produ-action» (p. 31 y ss.) para designar la mediación recíproca de producción y acción como perspectiva crítica de la acción social del mundo histórico.
    15 Véase «Notes pour une histoire critique de la théorie politique du marxisme italien» [1977], en Praxis, op. cit. pp. 137-153 y «Les critiques de la politique chez Marx», apud Étienne Balibar, Cesare Luporini y André Tosel, Marx et sa critique de la politique, París, Maspero, 1979, pp. 11-52.
    16 «Notes pour une histoire critique…», Praxis, op. cit. p. 143.
    17 Ibid, p. 146.
    18 Ibid, p. 146-147.
    19 «Gramsci o la filosofía de la praxis como marxismo de la crisis orgánica del capitalismo», apud Antonio Gramsci, Textes, París, Éditions Sociales, 1983, p. 9-40 y Tosel, «Gramsci, filosofía de la praxis y reforma intelectual y moral», La Pensée, 1983, nº 235, p. 39-48; reimpreso en Praxis, op. cit. p. 203-217.
    20 «Gramsci, filosofía de la praxis…», Praxis, op. cit. p. 203.
    21 Ibid, p. 204.
    22, 24, 34 Ibid.
    23 «Gramsci, filosofía de la praxis…», Praxis, op. cit, p. 206.
    25 Un monde en abîme, París, Kimé, 2008, p. 9.
    26 Cahiers de prison : cahiers 6 à 9, París, Gallimard, 1983, p. 255.
    27 «Gramsci, filosofía de la praxis…», Praxis, op. cit, p. 207.
    28 Ibid, p. 207-208.
    29 Ibid, p. 209.
    30 Cahiers de prison: cahiers 10 à 13, op. cit. p. 358.
    31 «Gramsci, filosofía de la praxis…», Praxis, op. cit. p. 210, 205 y 208.
    32 Ibid, p. 210.
    33 Ibid, p. 211.
    35 Tocamos aquí la problemática del «americanismo y el fordismo». Véase Cahiers de prison : cahiers 19 à 29, París, Gallimard, 1992, p. 173-213 y Tosel, «Américanisme, rationalisation, universalité selon Gramsci» [1989], p. 243-256 de esta colección.
    36 Véase Cahiers de prison: cahiers 10-13, op. cit. p. 130: «Toda relación de ‘hegemonía’ es necesariamente pedagógica».
    37 André Tosel, «Gramsci, filosofía de la praxis…», Praxis, op. cit. p. 213-214, n. 18.
    38 André Tosel, «Sobre algunas distinciones gramscianas: economía y política, sociedad civil y Estado» [1995], p. 259 de esta colección (mi énfasis VC).
    39 Sobre este tema, véase «Filología y filosofía en la ‘filosofía de la praxis’», en André Tosel, Le marxisme du 20e siècle, París, Syllepse, 2009, p. 115-146.
    40 «Penser, construire la praxis (d’)aujourd’hui» [1984], en Praxis, op. cit, pp. 253-313.
    41 Ibid, p. 274.
    42, 61 Ibid
    43 Ibid, p. 275-276. Sobre esta cuestión, véase también su artículo «Formas de movimiento y dialéctica en la naturaleza según Engels», op. cit.
    44 Ibid, p. 276.
    45 Ibid. Sobre esta cuestión, véanse sus trabajos dedicados a Labriola y, en particular, André Tosel, «Antonio Labriola et la proposition de la philosophie de la praxis : la pratique après Marx», Archives de philosophie, 2005, t. 68, nº 4, p. 611-628.
    46 Quizá Tosel se refiera aquí implícitamente a la problemática, central para Adorno, de lo no idéntico, del necesario mantenimiento de la tensión sujeto-objeto. Véase por ejemplo «Epilegomena dialectica: subject and object» apud Theodor W. Adorno, Modèles critiques: interventions, répliques, Paris, Payot, 2003, p. 301-318.
    47 «Penser, construire la praxis (d’)aujourd’hui» [1984], en Praxis, op. cit. p. 277 (subrayado mío).
    48 Ibid, p. 280.
    49 Ibid, p. 282.
    50 Ibid, p. 280 (énfasis añadido).
    51 Ibid, p. 289.
    52 Cahiers de prison: cahiers 10 à 13, op. cit. p. 161-303. Se trata de una lectura crítica de Nicholas Bukharin, La Théorie du matérialisme historique. Manuel populaire de sociologie marxiste [1921], traducción francesa: París, Anthropos, 1969.
    53 «Penser, construire la praxis (d’)aujourd’hui», Praxis, op. cit, p. 285.
    54 Ibid, p. 254. Sobre estos debates, véase René Zapata, Luttes philosophiques en URSS, 1922-1931, París, PUF, 1983.
    55 Ibid, p. 255.
    56 Ibid, p. 295.
    57 «Penser, construire la praxis (d’)aujourd’hui», Praxis, op. cit, p. 296.
    58 Agnes Heller, «L’eredità dell’etica marxiana», apud Eric J. Hobsbawn et alii (dir.), Storia del marxismo, vol. II, p. 1. 4, Il Marxismo oggi, Turín, Einaudi, 1982 pp. 483-509.
    59 «Penser, construire la praxis (d’)aujourd’hui», en Praxis, op. cit, p. 297.
    60 Ibid, p. 298.
    62 Ibid, p. 299.
    63 Ibid, p. 301.
    64 Continuó esta labor a principios de la década de 1990. Véase en particular André Tosel (ed.), Les logiques de l’agir dans la modernité, París, Les Belles Lettres, 1992, su artículo «Quelle pensée de l’action aujourd’hui», op. cit. y su colección Démocratie et libéralismes, op. cit.
    65 «Gramsci face à la Révolution française: la question du jacobinisme» [1984], infra, p. 289 de esta colección.
    66 «Filosofía de la praxis y dialéctica» [1984], infra, p. 70 de esta colección.
    67 «Orient et Occident. Los problemas de la estrategia revolucionaria en el análisis gramsciano de los Cuadernos de la cárcel» [1988], infra, p. 197 de esta colección.
    68 «Para una reevaluación del momento ético-político en Gramsci» [1990], p. 225 de esta colección.
    69 Ibid, p. 240 de esta colección.
    70 Cahiers de prison: cahiers 10 à 13, op. cit. p. 375.
    71 André Tosel, «Américanisme, rationalisation, universalité selon Gramsci» [1989], p. 255 de esta colección.
    72 Ibid. Sobre esta cuestión, Tosel se refiere también a Franco Lo Piparo, Lingua, intellettuali, egemonia in Gramsci, Bari, Laterza, 1979.
    73 Sobre esta cuestión, véase también André Tosel, Marx en italiques, op. cit. pp. 163-169.
    74 Estudio Gramsci, op. cit. p. 324. Se trata de las obras de Fabio Frosini y Guido Liguori (eds.), Le parole di Gramsci: per un lessico dei «Quaderni del carcere», Roma, Carocci, 2004 y Guido Liguori y Pascale Voza (eds.), Dizionario Gramsciano, op. cit.
    75 Isabelle Garo, «André Tosel, lecteur de Gramsci…», art. cit. p. 43-55.
    76 Véase Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, Hégémonie et stratégie socialiste. Hacia una política democrática radical, 2ª edición: París, Fayard, 2019; Ernesto Laclau, La guerre des identités. Grammaire de l’émancipation, París, La Découverte, 2015, pp. 93-107: «De l’importance des signifiants vides en politique».
    77 Étudier Gramsciop. cit., p. 212-213.
    78 Étudier Gramsciop. cit., p. 295.
    79 Ibid., p. 305
    80 Ibid., p. 320.
  • La crisis del imperialismo y la guerra de Rusia contra Ucrania

    La crisis del imperialismo y la guerra de Rusia contra Ucrania

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    Adrián Piva

    Militante de Poder Popular, Argentina

    Fuente: Jacobin, América Latina

    Teoría: Imperialismo

    13/03/2023

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    n un artículo reciente en el New York Times, Thomas Friedman afirmó haber salido de un almuerzo con el Presidente Biden «con el estómago contento y el corazón triste». ¿La razón? Aunque Biden no lo dijo, Friedman creyó leer entre líneas que «a pesar de haber unido Occidente él teme no poder unir Estados Unidos». Pero, ¿es posible separar de modo tan taxativo la dominación doméstica de la dominación imperial? Detrás de esa afirmación se atisba la incomprensión, bastante usual, de la conexión interna que existe entre ambas y, más concretamente, entre crisis del neoliberalismo y crisis imperialista. Y aún hay algo más, «unir Occidente» ya no alcanza, al menos si de lo que se trata es de suturar la dominación imperial. Más bien, «unir Occidente» es polarizar el mundo, todo lo contrario de un nuevo orden mundial.

    En lo que sigue, en primer lugar, trataremos de mostrar por qué la crisis del neoliberalismo significó, simultáneamente, una crisis de dominación política y una crisis de lo que Leo Panitch denominó el «imperio informal». En segundo lugar, partiremos de allí para intentar entender la invasión rusa de Ucrania y las tensiones mundiales que se despliegan alrededor de ella.

    En un artículo anterior definimos el neoliberalismo como un modo de dominación política «basado en la extensión e intensificación de la competencia. La desregulación de los mercados, la apertura comercial y las privatizaciones sometieron al imperativo de la valorización a empresas y personas impulsando la reestructuración de la producción y provocando el aumento del desempleo y la desigualdad […]. En el neoliberalismo la restricción monetaria y las políticas de equilibrio fiscal son un medio permanente de imposición de la coerción del mercado sobre masas desmovilizadas e individualizadas. La presión de la competencia, de este modo, se transformó en un mecanismo de sometimiento de los trabajadores y de las mayorías populares.»

    A su vez, planteamos que el neoliberalismo y la fase actual de internacionalización capitalista se encuentran históricamente asociados aunque es necesario distinguirlos. Mientras la segunda es el proceso más profundo y duradero, el neoliberalismo estructuró la ofensiva del capital sobre esa base y ofreció una solución temporal a los problemas de dominación que la internacionalización plantea.

    Más precisamente, la internacionalización productiva instituye una contradicción entre la reproducción global del capital y la de los Estados nacionales. La reproducción del Estado depende de la fijación de capitales en su territorio, de la inserción de la acumulación local en los procesos de reproducción global (función de acumulación) y de la construcción de dominación política (función de legitimación), pero la internacionalización del capital debilita sus capacidades de regulación de la acumulación a nivel local y erosiona sus posibilidades de integración política. La desmovilización e individualización a través de mecanismos de mercado permitió la sutura temporal de esa contradicción.

    Pero, entre fines de los años noventa e inicios de los dos mil, Sudamérica atravesó un ciclo de insurrecciones contra el neoliberalismo. Y desde 2008 la crisis del neoliberalismo se volvió global. Una a una las grandes potencias y gran parte de la periferia abandonaron la restricción monetaria, que sobrevive, con crecientes dificultades, en la zona euro. Con la crisis del neoliberalismo se reabrió el problema de dominación que plantea la internacionalización capitalista a los Estados nacionales. Las crisis políticas recurrentes y los ciclos de protestas a escala global en 2011-2012, 2018-2019 y actualmente en la pospandemia dan cuenta de ello.

    Pero, hasta el momento de su crisis, el neoliberalismo también había instituido una coordinación de facto de las políticas de los Estados nación y es necesario preguntarse cómo su fin afecta al sistema imperialista.

    Las teorías clásicas del imperialismo entendían, en una forma simplificada, que la competencia y la guerra entre Estados eran expresiones más o menos directas de la competencia entre los capitales nacionales. Sin embargo, la relación entre competencia de capitales y disputas interestatales es más compleja, especialmente en la actual fase de internacionalización capitalista.

    Los Estados nación siguen siendo los espacios de construcción de la dominación política. Y, dado que la dominación de los capitalistas como clase solo se organiza a través del Estado, de ello se sigue la fragmentación nacional de la dominación de clase y, por lo tanto, de la clase capitalista. Pero eso implica, como regla general, que un Estado nación nunca se enfrenta a una clase capitalista ya construida de la que sería expresión.

    En la fase actual de la internacionalización del capital, además, los Estados nacionales se enfrentan a la presión exterior de los capitales transnacionalizados y de los procesos de acumulación globales.

    Es decir, no es posible reducir el Estado a los intereses de los capitales fijados en el territorio nacional ni a los intereses de los capitales transnacionalizados en competencia en el mercado mundial. En este sentido, como señala Pascual, la territorialización de la dominación política a través de muchos Estados nación supone fragmentación y competencia y, por lo tanto, conflicto. Pero el hecho de que los Estados nación dependan de la reproducción ampliada del capital, y aún más en la medida en que el ciclo de esa reproducción es crecientemente global, empuja hacia relaciones de cooperación.

    No obstante, las teorías clásicas del imperialismo registraron aspectos esenciales de un proceso de transformación histórica del capitalismo que inauguró una fase particular. En primer lugar, registraron que la expansión imperialista de fines del siglo XIX y comienzos del XX produjo un cambio cualitativo: la mundialización del capital. Por primera vez el mundo era un mundo capitalista. Desde esa perspectiva, todavía estamos dentro de la época imperialista. La mundialización del capital y la persistencia del carácter estatal nacional de la dominación política y de la formación de clases exigen una coordinación entre Estados y el establecimiento de jerarquías para la estabilización del sistema internacional. En segundo lugar, registraron el cambio de la dinámica y del resultado de la expansión capitalista en un período dominado por la gran industria, en el que se produjo un salto cualitativo en la concentración y centralización del capital. En particular, la noción de desarrollo desigual y combinado de León Trotski sepultó las miradas evolutivas y etapistas del desarrollo capitalista y captó la combinación de atraso y desarrollo que produce la expansión capitalista a la periferia durante su fase imperialista, una dinámica que está en la base de la fractura mundial entre centro y periferia y de la producción de relaciones de dependencia.

    De estas dos dimensiones se sigue una sobredeterminación política del desarrollo capitalista global, esto es, del modo en que se reproduce la separación explotación/dominación a nivel mundial. Sin ella no pueden entenderse los fenómenos de estabilización/desestabilización de la dominación del capital sobre el trabajo a escala planetaria ni, a un nivel más profundo, la configuración/ reconfiguración de los espacios de producción y realización del valor.

    ¿Qué hipótesis podemos formular, a partir de este marco, sobre la cuestión imperialista en la actual fase de internacionalización del capital?

    Frente a los planteos de una transnacionalización del capital y la dominación política, Panitch y Gindin afirmaron que, a pesar de los procesos de internacionalización del capital, siguen existiendo burguesías nacionales. De modo que, durante la fase neoliberal, tendió a configurarse un imperio informal bajo la hegemonía de Estados Unidos, que articuló la dominación de su capital a nivel global. Desde esa perspectiva, dicho Estado presentaría un doble carácter, por un lado, representante del capital estadounidense y, por otro lado, articulador de la reproducción global del capital.

    Podemos apropiar y generalizar la tesis de Panitch y Gindin del imperio informal diciendo que, dada la fragmentación de la dominación del capital sobre el trabajo en muchos Estados nación la única forma de existencia de un sistema imperialista es la constitución de un imperio informal. Ello requiere mecanismos de coordinación que al mismo tiempo que instituyan jerarquías en el plano del sistema internacional de Estados —es decir, que estructuren el sistema internacional como sistema de dominación— generen un marco para la competencia y el conflicto entre Estados y que estabilicen ciertas condiciones para la reproducción ampliada del capital global. El establecimiento de los acuerdos de Bretton Woods en la segunda posguerra es un ejemplo de ello, como lo es el Consenso de Washington en el período neoliberal. La crisis de los mecanismos de coordinación es, por lo tanto, la crisis del sistema imperialista y la apertura de períodos de predominio del conflicto y de los acuerdos trabajosos para obtener treguas temporales.

    Por lo tanto, la coordinación de facto instituida por el neoliberalismo configuró el sistema internacional de Estados como imperio informal. En este sentido, Panitch y Gindin también aciertan al señalar el doble carácter del Estado estadounidense en el período y la contradicción que esto supuso para sus intervenciones. No obstante, si bien la ruptura de los grandes capitales con sus territorios y con sus Esta- dos nación de origen no es completa también es cierto que el proceso de internacionalización de la producción y de centralización global del capital ha acelerado ese proceso. La fractura en los países centrales entre capitales cuyo espacio de acumulación es efectivamente internacional y aquellos cuyo ámbito predominante sigue siendo el nacional es indicativa de ello. El punto central no es el carácter nacional de los capitales individuales sino que los procesos de articulación de la dominación siguen siendo nacionales. Por lo tanto, el Estado estadounidense en su función de dominación territorial tiene como su fundamento la reproducción de una relación de fuerzas nacional. Mientras que en su función global, dado su lugar en la jerarquía del sistema imperialista, tiene como fundamento la reproducción del sistema de dominación estructurado por el imperio informal. La sutura de dicha contradicción durante la fase neoliberal se desarrolló mediante la represión de demandas por la vía de la coerción económica. Es decir, mediante la subordinación/adecuación de la relación de fuerzas nacional al ejercicio de la función global.

    Por todo ello, la crisis del neoliberalismo fue simultáneamente la crisis de los modos nacionales de estructurar la dominación política y de la coordinación de facto del sistema imperialista. Esto explica la falta de coordinación de las respuestas de los Estados nación a la crisis de 2008, la crisis climática o la pandemia de COVID-19.

    La crisis del neoliberalismo se ha establecido como un terreno de disputa por la configuración de un nuevo modo de dominación política posneoliberal e intentos fallidos de restauración neoliberal, lo que supone necesariamente un trasfondo de inestabilidad en la reproducción global del capital. Sin dudas, el entrelazamiento internacional de los capitales modera la tendencia a que la descoordinación y el conflicto entre Estados se convierta en guerra. Sin embargo, del mismo modo en que los procesos de separación entre economía y política a nivel nacional pueden dar lugar a relaciones afuncionales o disfuncionales, la separación entre explotación y dominación a nivel global puede dar lugar a largos períodos de descoordinación e incluso a una disfuncionalidad del sistema internacional de Estados, lo que no excluye escenarios de guerra como el actual.

    Una de las consecuencias más relevantes de la expansión geográfica del capitalismo tras el derrumbe soviético y el fin de los socialismos reales fue la transición china al capitalismo y su espectacular desarrollo económico. Para inicios de los dos mil China ya asomaba como una potencia económica comparable a Japón y una década después era la segunda economía del mundo.

    El desarrollo chino, aun con características singulares, no puede desvincularse del proceso de desarrollo capitalista de la región Asia-Pacífico desde fines de los años cincuenta, acelerado a partir de los setenta. En un contexto de competencia entre Estados por la territorialización de capitales y la inserción en los procesos de reproducción global, la región fue el polo más atrayente de capitales, de industrialización exportadora e inserción en cadenas globales de valor.

    La crisis mundial de 2008 enfrentó a Estados Unidos con un mundo que ya no dominaba —a pesar de ser la principal potencia económica y militar— y con nuevos actores desafiantes. La larga fase de crecimiento débil posterior —marcada por presiones por la reestructuración de la producción global, a las que se sumó la pandemia de COVID-19 — mostró un escenario internacional de descoordinación global y de acumulación de tensiones regionales y mundiales marcada por la guerra económica entre EE. UU. y China.

    Durante su mandato presidencial, Donald Trump intentó resolver la tensión entre dominación doméstica e imperial subordinando la segunda a la primera. Mientras desarrollaba una política de atracción de capitales —con especial énfasis en la repatriación de los de origen estadounidense— y transformaba la polarización interna en herramienta de legitimación política, los conflictos internacionales estuvieron estrictamente marcados por los intereses económicos y políticos de orden doméstico. Esto acentuó la descoordinación global, lesionó la relación entre Estados Unidos y Europa y debilitó a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

    A su turno, Joe Biden buscó recomponer las relaciones con Europa y relanzar la OTAN, tratando de devolver a EE. UU. a la posición de potencia dominante. Ese esfuerzo se completó con los intentos de aislar a China y Rusia, profundizando los lazos con Corea del Sur y Japón en Asia y presionando a Europa para limitar su integración energética con Rusia y de comercio con China. Pero pronto descubrió que, tras el ascenso de China y la región Asia-Pacífico y con el acercamiento creciente entre China y Rusia, unir Occidente no era suficiente.

    La configuración plena del Estado y de la sociedad soviética se desarrolló desde la década de 1930 sobre la base de la colectivización forzosa del campo, la instauración de la planificación centralizada como mecanismo de coordinación económica, la burocratización estatal y la fusión entre el Estado y el partido comunista. Por lo tanto, es coetánea de la fractura del mercado mundial pos- crisis de 1930 y de su reconstrucción, sobre la base de los acuerdos de Bretton Woods. La integración de la Unión Soviética a ese mercado mundial y a ese sistema internacional de estados de posguerra es parte de su definición.

    La dinámica económico-política de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) se caracterizó por la contradicción entre centralización política y presión objetiva por la descentralización de los mecanismos de coordinación económica. El crecimiento desequilibrado y la reproducción de la escasez de bienes de consumo impulsaban a las autoridades soviéticas a ensayar formas de descentralización económica. Dicha presión se hizo aún más intensa frente a las dificultades de la economía soviética para generar innovación productiva en el marco de la competencia con Occidente y de una inserción en el mercado mundial cada vez más centrada en la provisión de energía y materias primas. El desarrollo científico tecnológico tuvo su mejor desempeño en aquellas ramas y sectores mejor adaptados a la planificación central: la investigación en ciencia básica, el desarrollo tecnológico aplicado a industrias básicas y energía y el desarrollo de tecnología armamentística. Esas son aún las actividades de exportación de Rusia.

    Sin embargo, cualquier proceso de descentralización de toma de decisiones, más allá de cierto punto, agrietaba los mecanismos de integración política en una formación social compleja y heterogénea como la de la Unión Soviética.

    La crisis mundial de la década de 1970 y el proceso de internacionalización del capital que desató no podían dejar de impactar en la URSS, que entró en una fase de estancamiento, aunque el aumento de los precios del petróleo limitó sus efectos. A inicios de los años ochenta, con el fin de los precios altos de los hidrocarburos y ya en el marco del giro neoliberal, de una nueva revolución tecnológica y de la reestruturación de la producción global, las tendencias centrífugas se desataron. La perestroika de Mijaíl Gorbachov aceleró un proceso que se incubaba por la expansión del mercado negro y la apropiación de facto de las empresas estales por sectores de la burocracia y la Unión Soviética se desintegró en el corto periodo transcurrido entre el fallido golpe de Estado del 19 de agosto de 1991 y diciembre del mismo año.

    El impacto inicial de la desintegración de la Unión Soviética fue el colapso de la red de conexiones e interdependencias que permitía la reproducción económica y política de todo el espacio soviético. De modo que la formación de estados nacionales, la construcción de mercados interiores y la relación con el mercado mundial y con el sistema internacional de Estados eran problemas estrechamente interrelacionados. La transformación de esas interdependencias asimétricas en el interior del espacio soviético en relaciones de comercio exterior es expresiva del grado de entrelazamiento de estos problemas.

    La transición al capitalismo en Rusia durante la era de Boris Yeltsin se desarrolló de manera caótica. Los procesos de privatizaciones, desregulación económica y, ante todo, de separación entre Estado y mercado, culminaron en la crisis rusa de 1998 que señaló el fin del neoliberalismo en ese país y en gran parte de los Estados de la órbita soviética. También fue el inicio de un proceso de recentralización política y de un creciente papel del Estado en la economía a partir del control de sectores estratégicos y de la alianza con la nueva oligarquía rusa (en particular a través de las Fuerzas Armadas).

    En términos políticos, Rusia avanzó hacia un régimen híbrido (semidemocrático, semidictatorial). Una modalidad de régimen que encontramos con variaciones en China –de carácter definidamente totalitario– o en Turquía, con rasgos semidemocráticos. Estos regímenes «articulan el apoyo activo de minorías constituidas por amplias capas de la población; la fuerte presencia de las FF. AA. en el sistema político y su interrelación a través de diversos mecanismos con la producción capitalista; y la exclusión/neutralización política de la mayoría de la población adulta».

    Pero en términos de política internacional se apuntó a la reconstrucción de las relaciones asimétricas con el espacio de la ex Unión Soviética. Se trataba del inicio de la era de Vladimir Putin, con su ascenso a primer ministro en 1999.

    No es casualidad que en 1998, en el marco de la crisis rusa se iniciara la política expansiva de la OTAN hacia el oriente Europeo, tampoco que en 1999 la OTAN interviniera en Yugoslavia. Además, la coordinación imperialista comenzó a erosionarse antes de 2008. A las crisis del neoliberalismo en la periferia les siguió una primera advertencia en el centro: la crisis de las puntocom en Estados Unidos. Y, fundamentalmente, tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 el creciente unilateralismo norteamericano empezó a tener sus primeros efectos sobre el orden mundial pos Guerra Fría. 

    A pesar de ello, Putin, inicialmente, mantuvo sus expectativas de cooperación con Estados Unidos, sobre todo en el marco de la masacre perpetrada en Chechenia que determinó su entusiasta adhesión a la lucha antiterrorista post 2001.

    Pero los intentos cada vez más claros de Rusia de transformar las antiguas relaciones asimétricas den- tro del Estado soviético en relaciones de dominio sobre los nuevos Estados del Asia Central y el Cáucaso genera- ron tensiones crecientes con Estados Unidos y Europa, que desarrollaban también una política expansiva hacia el este. Las llamadas revoluciones de colores de Georgia, Ucrania y Kirguistán entre 2003 y 2005 fueron el escenario de la disputa regional de Rusia con Estados Unidos y Europa. También el teatro de las primeras incursiones militares rusas y de presiones diplomáticas y económicas cada vez menos disimuladas ante los intentos de algunos países de salir de la órbita rusa. De hecho, la revolución naranja de 2004-2005 en Ucrania fue el inicio de un largo período de conflicto interno que derivó en la revolución de 2013 y en la invasión rusa a Crimea de 2014.

    Pero después de la crisis de 2008, las tensiones se inscribieron en un nuevo escenario global de guerra económica China-EE. UU y de abierta crisis imperialista. A su vez, la crisis imperialista se tradujo en vaivenes de la política estadounidense y en oscilaciones de Europa, que alternó entre una mayor autonomía respecto de EE. UU. y una mayor integración comercial y energética con China y Rusia durante el gobierno de Trump, para pasar a un reforzamiento de la OTAN y a un enfrentamiento con Rusia (¿y China?) a partir de la asunción de Biden.

    La política de Biden de «unir Occidente» lleva a la polarización global y al acrecentamiento de las tensiones regionales, especialmente en el Cáucaso y en la región Asia-Pacífico. La invasión rusa de Ucrania es un eslabón en una cadena de acontecimientos que, por primera vez en décadas, torna realista un escenario de nueva guerra mundial. Pero deducir de ello que Rusia respondió a una agresión de la OTAN es reconocerle a Rusia el derecho de oprimir a los Estados de la ex Unión Soviética, una posición reñida con las mejores tradiciones de la izquierda de defensa de la autodeterminación de los pueblos y de rechazo a las guerras interimperialistas.

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    Macron entre la espada y la pared, no dejemos que el 49,3 le salve el pellejo

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    Léon Crémieux

    Militante del NPA

    Fuente: Viento Sur

    Actualidad Internacional: Latitudes. Europa

    18/03/2023

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    M

    acron y su gobierno acaban de intentar salirse con la suya el 16 de marzo, tratando de imponer su ley sobre las pensiones evitando el voto en la Asamblea Nacional utilizando el artículo 49.3 de la Constitución, un verdadero atraco, que les permite amordazar a las y los parlamentarios, imponiendo la adopción de una ley… ¡sin que sea votada por por parte de las y los diputados!

    El 16 de marzo, mientras las huelgas y manifestaciones se sucedían desde el 7 de marzo en varios sectores, los macronistas quisieron «poner fin a la historia». Oponiéndose a todas las organizaciones sindicales, contra la pared y ultraminoritarios en el país, ni siquiera han sido capaces de construir una mayoría en la Asamblea Nacional sobre esta reforma, a pesar del apoyo abierto de los dirigentes de LR (Les Républicains, derecha tradicional). Elisabeth Borne, la primer ministro, fue incapaz de conseguir que su ley superara la primera lectura en la Asamblea a finales de febrero. Para conseguir que pasase la primera lectura en el Senado (cuya fecha límite era el 11), tuvo que multiplicar los compromisos con la mayoría republicana del Senado (los macronistas tienen menos de 100 escaños de los 349 del Senado) en aras de conseguir un voto positivo al proyecto de Macron. Esperando concluir el proceso institucional gracias al apoyo de los republicanos, Macron y Borne aún tenían la necesidad de obtener la mayoría en la votación, sin debate, que debía realizarse el 16 de marzo en las dos cámaras del Parlamento. Para el Senado, se trataba de una formalidad [el voto, realizado a la mañana, fue positivo], pero por la tarde, en la Asamblea, someter a voto la reforma comportaba el riesgo de que no obtuviera la mayoría: el grupo parlamentario de Macron sólo cuenta con 170 escaños, coaligados con los 51 escaños del Modem (François Bayrou) y los 29 de Horizons (Edouard Philippe, antiguo primer ministro). Un total teórico de 250 votos cuando para obtener la mayoría se precisan 287. Por tanto, la mayoría presidencial es minoritaria.

    Tras hacer un recuento de los posibles votos varias veces (al parecer varios diputados de LR no tenían intención de seguir las instrucciones de la dirección del grupo)[1]Les Republicains ya no son un grupo sólido en la Asamblea en el que los diputados deban su escaño a la nominación obtenida de sus dirigentes. Al contrario, de 2012 a 2023, el partido pasó de 228 … Seguir leyendo, Macron y Borne vieron que las cuentas no salían. Necesitaban los votos de casi 40 diputados de LR y, evidentemente, esto no estaba garantizado con la presión política de la movilización, las huelgas, el clima social de repudio al gobierno presente en todo el país y particularmente en las zonas rurales y las pequeñas ciudades.

    El voto de las los diputados se convertiría así en sinónimo de una derrota de Macron. La sesión de la Asamblea corría el riesgo de ser bloqueada inmediatamente por una moción mayoritaria de rechazo previo cuya votación estaba prevista en la apertura de la sesión o por la ausencia de mayoría durante la votación para aprobar la ley.  Por ello, Macron optó por superar el obstáculo de la votación con este artículo 49.3, que otorga un derecho exorbitante al gobierno, sin equivalente en otras constituciones.

    Este diktat del 49.3 se ha convertido en un poderoso catalizador desde el jueves.

    Previamente, en la semana del 6 al 12 de marzo, el movimiento social había alcanzado un punto de inflexión el 7 de marzo. La orientación de varios sindicatos de la CGT y de la Unión Solidaires de llamar a la huelga en todas partes a partir del 7 de marzo no fue seguida por la intersindical, en particular debido a la posición de la CFDT. La intersindical no lanzó la orden de paro hasta el 7 de marzo, dejando a cada sector la iniciativa de continuar las huelgas. Las siguientes fechas anunciadas por la intersindical nacional, el 11 y el 15 de marzo, no daban el ritmo de una confrontación in crescendo, que pudiera crear una dinámica de movilización en los sectores menos huelguistas.

    Por otra parte, las huelgas generales no pueden decretarse, pero anunciar por adelantado la continuidad de las mismas podría haber permitido un impulso progresivo en torno a los sectores más avanzados. De hecho, desde el día 8 y hasta principios de esta semana, sólo los sectores que habían llamado explícitamente a continuar la huelga después del día 7 permanecieron en huelga:SNCF, Red vial, refinerías, energía. La huelga de basureros, espectacularmente mediatizada en París, está muy implantada, con 10000 toneladas de residuos sin recoger, pero también en Nantes, Rennes, Le Havre, Saint Brieuc, Niza, Montpellier. Todas las refinerías de TotalEnergies, y la de ExxonMobil en Fos, están en huelga, lo que empieza a crear escasez a pesar de la utilización de los 200 depósitos que abastecen a las estaciones de servicio. El efecto podría empezar a notarse en los próximos días.

    Desde el 8 de marzo, las acciones cotidianas de los activistas, los bloqueos y las manifestaciones locales se han multiplicado en decenas de ciudades, asegurando una continuidad entre las jornadas de movilización nacional y el mantenimiento de un clima de movilización que expresa el rechazo creciente a esta reforma de injusticia social.

    En este contexto, la votación del 16 de marzo adquirió un significado particular. El movimiento huelguístico ya no parecía capaz de bloquear el proyecto (incluso la intersindical empezó a plantear la idea de exigencir un referéndum, lo que significaba poner fin a la prioridad concedida a la confrontación directa a través de huelgas y manifestaciones). Además, se mantenía la esperanza de que Macron no encontrara su mayoría durante la votación en la Asamblea y la hipótesis del 49,3 parecía tanto más insoportable, denunciada como una negación de la democracia, que hacía ilegítima la adopción de la ley.

    Y en estos momentos, el diktat del 49.3 aplicado por Macron ha actuado como un resorte para la movilización. Por un lado, ha desplazado el futuro de la confrontación del terreno parlamentario y, por otro, ha reavidado todas las movilizaciones callejeras y las decisiones de mantener o iniciar huelgas renovables. A través de las convocatorias de numerosas organizaciones intersindicales o de forma espontánea, se covocaron concentraciones y manifestaciones nada más anunciarse la utilización del 49,3. Manifestaciones y movilizaciones muy combativas, con el sentimiento de haber sido privados de un voto que hubiera supuesto una desautorización del gobierno. La injusticia antidemocrática del 49,3 se sumó a la injusticia social de la reforma de las pensiones, a la injusticia social de la inflación galopante que se sufre todos los días del mes en las facturas de la energía y de los carburantes y en el precio de la cesta de la compra. Estas movilizaciones fueron expresión de la rabia y la ira de la gente, llegándose incluso en la rotura del mobiliario urbano, mientras se multiplicaban la violencia policial, las cargas y las detenciones. Este viernes 17 de marzo, 15 centros universitarios han sido bloqueados, con numerosos jóvenes participando en las manifestaciones, en particular en la plaza de La Concorde de París, y numerosas manifestaciones tuvieron lugar como el día anterior en decenas de ciudades. Por otra parte, la Intersindical nacional ha convocado una nueva jornada nacional de movilización y huelgas para el próximo 23 de marzo, lo que está lejos del nivel de reacción necesario para bloquear el golpe de fuerza del gobierno, que impondría convocatorias masivas de huelgas y manifestaciones para este fin de semana. Las movilizaciones tendrán lugar, pero de forma dispersa, sin hacer valer toda la fuerza del movimiento, a pesar de que el rechazo al gobierno y a Macron crece en el país.

    El jueves, en el Consejo de Ministros, Macron justificó el recurso al 49.3 invocando la necesidad de aprobar esta reforma «para mantener la confianza de los mercados financieros en la firma de Francia» mientras suben los tipos de interés. Por un lado, Macron quiere dramatizar la situación, pero, por otro, muestra a plena luz que su reforma sólo pretende dar una muestra de que controla las cuentas públicas, siguiendo la estela de los compromisos de Bruno Le Maire, ministro de Economía y Finanzas, con la Comisión Europea, verdadero objetivo político tras la farsa de «salvar el sistema de pensiones por reparto».

    Macron y su gobierno se encuentran claramente en medio de una crisis política provocada por la crisis social que ellos mismos han agravado. Subestimando el incremento de la cólera social, Macron pensó que podía llevar a cabo un ataque social a gran escala mientras las clases trabajadoras sufrían la inflación, el aumento del coste de la vida, la escasez de servicios públicos y los claros recortes en las prestaciones por desempleo. Macron pensó cínicamente que precisamente este deterioro de las condiciones de vida sería su mejor baza para anestesiar la respuesta social a su ataque a las pensiones. Contó abiertamente con el carácter amorfo del movimiento social, pensando que el movimiento sindical era incapaz de unirse y emprender acciones reales para bloquear su proyecto. Su ignorancia de la realidad social va de la mano de su desprecio por las clases trabajadoras. Ambos le conducen hoy a un callejón sin salida político. El próximo lunes se votará en la Asamblea una moción de censura que podría reunir todos los votos de la oposición. Si tuviera mayoría, conduciría automáticamente a la anulación de la aprobación de la ley sobre las pensiones y a la dimisión del gobierno Borne. Para tener mayoría, más de veinticinco diputados republicanos tendrían que votar a favor. Esto es muy poco probable, aunque varios miembros de este grupo voten a favor. En cualquier caso, no debemos quedarnos suspendidos en esta hipótesis para decidir el destino de esta batalla y, como viene ocurriendo desde hace dos meses, seguir construyendo una relación de fuerzas social a la altura del rechazo popular a la reforma de Macron. Hoy se encuentra entre la espada y la pared, una situación imprevisible hace unos meses.

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    Notas del artículo

    Notas del artículo
    1 Les Republicains ya no son un grupo sólido en la Asamblea en el que los diputados deban su escaño a la nominación obtenida de sus dirigentes. Al contrario, de 2012 a 2023, el partido pasó de 228 diputados a 61. Los supervivientes de 2023, a menudo en circunscripciones rurales, deben sus escaños más a su peso personal local que a un partido cuya candidata, Valérie Pécresse, había obtenido el 4,78% de los votos en las elecciones presidenciales. Estos cargos electos se ven presionados desde hace meses por un electorado popular alzado en armas contra la reforma de las pensiones, una presión mucho más directa que para los senadores elegidos indirectamente por 160.000 electores (esencialmente los delegados de los consejos municipales de los municipios.