Autor: AndreuColl4

  • Washington obstaculiza el acuerdo político en Ucrania

    Washington obstaculiza el acuerdo político en Ucrania

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    Gilbert Achcar

    Gilbert Achcar es autor de La nueva guerra fría: Estados Unidos, Rusia y China de Kosovo a Ucrania (The Westbourne Press, 2023).

    Traducción: Viento Sur
    Fuente: 
    Contretemps

    Actualidad Internacional: Opinion

    11/05/2023

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    a forma como ha reaccionado la administración Biden ante la oferta de China de facilitar un arreglo político del conflicto ucraniano revela claramente el objetivo no declarado de Washington en esta guerra. El contraste entre la actitud de la administración hacia la posición china y las actitudes de algunos aliados de EEUU es sorprendente.

    Cuando el 24 de febrero, al cumplirse el segundo año desde que Rusia invadió Ucrania, Pekín hizo pública su «Posición sobre el arreglo político de la crisis ucraniana», su iniciativa fue inmediatamente desestimada por Washington como una farsa, y el presidente Biden dijo a David Muir, de la ABC: «Putin la aplaude, así que, ¿cómo va a ser tan buena?”, y luego añadió: «No he visto nada en este plan que indique que haya algo que, si se sigue el plan chino, sea beneficioso para alguien que no sea Rusia».

    Sin embargo, otros dirigentes vieron lo que Biden no pudo ver -o no quiso ver-, a saber, que el primero de los doce puntos de la declaración china reafirmaba un principio contrario a los intereses de Rusia en la guerra en curso y a favor de Ucrania: el principio de «la soberanía, la independencia y la integridad territorial de todos los países».

    Por eso Vladimir Putin no «aplaudió» la posición de China, contrariamente a lo que afirmó Biden. En las declaraciones conjuntas a la prensa que hizo el presidente ruso con su homólogo chino, Xi Jinping, el 21 de marzo durante la reciente visita de éste a Moscú, afirmó: «Creemos que varias disposiciones del plan de paz propuesto por China coinciden con los planteamientos rusos y pueden servir de base para un arreglo pacífico.» Varias disposiciones, es decir, no todas.

    Aunque Putin podría apoyar plenamente disposiciones como «Abandonar la mentalidad de la Guerra Fría» (punto 2) y «Poner fin a las sanciones unilaterales» (punto 10), obviamente no podría estar de acuerdo con la necesidad de respetar la soberanía y la integridad territorial de todos los países, ni con el punto 8, que afirma que «hay que oponerse a la amenaza o al uso de armas nucleares».

    Algo que el presidente ucraniano, Volodymyr Zelensky, si lo ha entendido. En marcado contraste con la opinión de Biden, el día en que se publicó la postura china declaró: «China está hablando de nosotros. Integridad territorial. Creo que lo que dicen suena a respeto por la integridad territorial. No menciona el país, pero es nuestra integridad territorial la que fue violada. También se mencionó la seguridad nuclear. Creo que esto responde a los intereses tanto mundiales como ucranianos». Fue esta actitud tan diferente la que hizo posible la llamada telefónica del 26 de abril entre Xi y Zelensky, que el presidente ucraniano comentó así:

    De hecho, China mencionó específicamente a Ucrania más de una vez al hablar de integridad territorial. Por ejemplo, al explicar la posición oficial de China sobre la guerra dos días después del inicio de la invasión rusa, el 26 de febrero de 2022, Wang Yi, entonces ministro de Asuntos Exteriores de China, afirmó claramente: «China defiende el respeto y la salvaguarda de la soberanía y la integridad territorial de todos los países y se adhiere sinceramente a los propósitos y principios de la Carta de las Naciones Unidas. La posición de China es coherente y clara, y también se aplica a la cuestión ucraniana”.

    Unos días más tarde, el 5 de marzo, reiteró la misma posición a su homólogo estadounidense, el secretario de Estado Antony Blinken. Diez días después, Qin Gang, entonces embajador de China en Estados Unidos y ahora su ministro de Asuntos Exteriores, publicó un artículo en el Washington Post en el que afirmaba sin rodeos que «hay que respetar la soberanía y la integridad territorial de todos los países, incluida Ucrania».

    Una de las principales razones por las que Washington ha hecho oídos sordos al repudio implícito de Pekín a la invasión rusa es, por supuesto, que no quiere oír lo que acompaña a la postura china, en particular, las disposiciones antes mencionadas que Putin podría respaldar alegremente, pero tampoco lo que complementa los principios establecidos en el propio primer punto: «Debe observarse estrictamente el derecho internacional universalmente reconocido, incluidos los propósitos y principios de la Carta de las Naciones Unidas. […] Debe fomentarse la aplicación igualitaria y uniforme del derecho internacional, mientras que debe rechazarse el doble rasero».

    Al fin y al cabo, la idea misma de respetar la soberanía, la independencia y la integridad territorial de todos los países es tan ajena a Washington como a Moscú. Aunque Washington defiende estos tres principios frente a Rusia en el caso de Ucrania, a lo largo del tiempo los ha violado más que ningún otro gobierno, y sigue haciéndolo, mediante ataques con aviones no tripulados y misiles, aunque actualmente, tras la debacle afgana de 2021, no despliegue tropas sobre el terreno,.

    Las reacciones contrapuestas a la visita de Xi Jinping a Moscú en marzo siguieron el mismo patrón: condena por parte de Washington, con insistentes profecías de una inminente entrega de armas de Pekín a Rusia, mientras que el Alto Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad y vicepresidente de la Comisión Europea, Josep Borrell, aseguró que la visita de Xi «reduce el riesgo de guerra nuclear» porque el presidente chino «dejó muy, muy claro» a Putin que quería «minimizar el riesgo de que se le asocie con una intervención militar rusa», un comentario del que apenas se hicieron eco los medios de comunicación. Contradiciendo las profecías de Washington, Borrell añadió que China «no está comprometida militarmente y no hay señales de que quiera comprometerse militarmente».

    Desde el inicio de la actual crisis ucraniana en 2021, ésta es la segunda ocasión importante en la que la administración Biden se ha entregado al ejercicio de la predicción, de una forma que da una fuerte impresión de que en realidad desea que sus profecías se autocumplan. Cuando Moscú presentó un proyecto de acuerdo para una solución política de la crisis en relación a Ucrania el 17 de diciembre de 2021 Washington también la rechazó. En lugar de entablar negociaciones con Rusia para llegar a un acuerdo global que evitara la guerra que se avecinaba, la administración aumentó frenéticamente el anuncio de que Rusia atacaría al día siguiente, hasta que finalmente ocurrió.

    Hay buenas razones para creer que, lejos de hacer todo lo posible por evitar la guerra, Washington actuó como si quisiera que sucediera por la sencilla razón de que la invasión rusa sería, y de hecho fue, una bendición para sus designios hegemónicos. Del mismo modo, se puede argumentar que Washington hizo poco por disuadir a Sadam Husein de invadir Kuwait en 1990 (algunos incluso afirman que la embajadora estadounidense en Iraq en aquel momento, April Glaspie, hizo creer a Husein que a Washington no le importaría), porque la invasión también era una bendición para sus designios hegemónicos. En ambos casos, la hegemonía mundial de Washington y la lealtad de sus aliados de la Guerra Fría, tras años de declive, se vieron muy reforzadas.

    Si se trata de eso, ¿cuál podría ser el objetivo de Washington al rechazar la colaboración con Pekín, que es de hecho el único camino posible hacia un acuerdo político que reconozca la integridad territorial de Ucrania, todo ello en un momento en el que hay varios indicios, incluidas recientes filtraciones del Pentágono, de que Washington no confía en la capacidad de Ucrania para expulsar a las tropas rusas del territorio que ocupan desde el año pasado, y mucho menos para infligirles una derrota a gran escala?

    ¿Cómo explicar la enorme distancia entre la postura de Washington y los intentos europeos de aprovechar la oferta china de mediación, como ilustran las recientes visitas a Pekín del presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, del presidente francés, Emmanuel Macron, de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y de la ministra alemana de Asuntos Exteriores, Annalena Baerbock? Esta última declaró en Pekín: «Al igual que China medió entre Irán y Arabia Saudí, queremos que utilice su influencia para instar a Rusia a poner fin a su guerra en Ucrania».

    La clave de este contraste es que Europa Occidental está deseando que termine la guerra en Ucrania por la razón obvia que resumió Anthony Cordesman, del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), un destacado think tank estratégico bipartidista estadounidense: «Nuestros socios y aliados europeos están sufriendo mucho más que los estadounidenses las consecuencias económicas de su apoyo a Ucrania y el aumento de los costes energéticos mundiales», mientras que Estados Unidos obtiene «grandes beneficios estratégicos» al animar a Ucrania a continuar la guerra, que es «una inversión cuyos beneficios superan con creces su coste».

    Zelensky captó muy bien esta diferencia un mes después del inicio de la guerra, cuando admitió muy lúcidamente al London Economist (25/03/2022) que:

    Esto es muy cierto y, del mismo modo que es correcto ayudar a Ucrania a defender su territorio y su pueblo contra la agresión rusa y erróneo tratar de obligarla a capitular, lo mejor para el pueblo ucraniano es hacer todo lo posible para poner fin a la guerra sobre la base de un compromiso aceptable, en lugar de frustrar cualquier posibilidad de negociar dicho compromiso, como ha hecho sistemáticamente Washington incluso antes de que comenzara la guerra.

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  • Introducción al libro «Desviades: Normalidad gay y anticapitalismo queer»

    Introducción al libro «Desviades: Normalidad gay y anticapitalismo queer»

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    Peter Drucker

    Activista LGBTIQ y militante de la IV Internacional

     

    Teoría: lgbti

    17/05/2023

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    El próximo mes de junio Viento Sur y la editorial Sylone publicarán la traducción al español del libro Warped: gay normality and queer anticapitalism, del activista y teórico Peter Drucker.

    Para poder conseguirlo, hemos habilitado una campaña de crowdfunding en la que os invitamos a colaborar: http://goteo.cc/desviades

    Las victorias de los movimientos LGBT, especialmente la difusión del matrimonio entre personas del mismo sexo, se han acelerado en los últimos años más de lo que la mayoría de la gente creía posible. Sin embargo, el nacimiento subsiguiente de una especie de «normalidad gay» ha sido desconcertante para los activistas con enfoques más radicales. Todo un imaginario y un mercado gay neoliberal, «homonormativo» y «homonacionalista», que deja fuera a quienes se salen de la nueva norma, sean personas intersexuales, transgénero, queer, no binarias, racializadas y otras.

    La historia de las vidas y las luchas LGBT no comienzan en el Stonewall neoyorquino en 1969. Por eso Drucker hace un recorrido histórico y geográfico (no centrado solo en el mundo occidental) por los diferentes paradigmas que en cada contexto y en cada fase del desarrollo capitalista han sido hegemónicos en lo que respecta a las relaciones sexuales y afectivas entre personas del mismo sexo y a las disidencias de género. En una apasionante confluencia de estudios económicos, sociológicos, psicológicos y sexológicos, y desde una perspectiva interseccional (feminista, antirracista, de clase y queer), nuestro autor aplica conceptos y metodología del mejor marxismo heterodoxo para entender los viejos y nuevos retos a los que se enfrentan las personas y movimientos que desafían las normas sexuales y de género.

    Aquí se puede leer la nueva introducción escrita por Drucker para la edición en castellano.

    La publicación de Desviades en lengua castellana me llena de alegría. No pareciera ser nada casual que el impulso para esta edición en castellano haya provenido principalmente del Estado español (donde se encuentra radicada la editorial Sylone) y de Argentina (donde vive y trabaja el traductor Tomás Callegari). Durante los últimos años, estos dos países han sido espacios destacados de actividad política e intelectual queer radical, lo cual se ha visto reflejado en algunas victorias significativas. Entiendo que en ambos países esta actividad política e intelectual se ha visto nutrida de los movimientos feministas militan­tes. Tanto el Estado español como Argentina han contado, por ejemplo, con la participación de millones de mujeres y aliades en las huelgas internacionales de mujeres. En mi opinión, este hecho ratifica una conclusión clave de Desviades: que la política de género debe estar «en el corazón de una política sexual radical» (p. 80).

    No es esta la única conclusión de Desviades que considero que ha sido ratificada[1]Agradezco a Alan Sears por sus provechosas devoluciones a la versión previa de esta introducción. He incorporado muchas de sus recomendaciones con gratitud.. Los acontecimientos que siguieron a su publicación, por ejemplo, no han hecho más que reforzar mi convicción de que una política queer radical no puede sino ser interseccional, y abrazar ininterrumpidamente el feminismo, el antirracismo y un enfoque independiente de clase hacia un espectro de movimientos sociales. Aun con las dificultades que he tenido para asumir una actitud verdaderamente internacionalista a lo largo del libro, y liberarlo del eurocentrismo que continúa predominando tanto en la academia como en la política LGBTI mainstream, considero que el intento era a la vez importante y necesario, y que Desviades ha dado al menos algunos pasos en esa dirección.

    También continúo comprometido con el proyecto del libro en favor de una queerización de la izquierda radical amplia, y de una disputa contra las corrientes de centro, derecha e incluso extrema derecha que gradualmente han ido ocupando posiciones cada vez mayores dentro de las comunidades y organizaciones políticas LGBTI. Analíticamente, continúo convencido de que el lente de las «formaciones same-sex»[2]N. del T.: Traducimos la expresión «same-sex» alternativamente como «del mismo sexo» o trasponiendo la expresión inglesa según cada caso, en pos de la claridad y fluidez. resulta de utilidad para la comprensión de la realidad del capitalismo generizado, racializado, sexualizado y globalmente jerarquizado que el radicalismo queer debe resistir y transformar. Para que un radicalismo queer sea verdaderamente interseccional, como sostuve en Desviades, resulta necesario erigirlo a partir de un punto de vista de la totalidad social, la única manera en que es posible «explicar cómo patrones se­xuales particulares están imbricados en un orden económico, imperial, racial y de género más abarcador» (p. 44).

    Con todo, han pasado más de ocho años desde que envié a la casa editorial el texto de Desviades en lengua inglesa [Warped], en marzo de 2014. Así como la realidad no se ha quedado detenida, un análi­sis anticapitalista queer necesita modificarse para mantenerse vigente. De manera que en la presente introducción no solo intento volver a reflexionar acerca de las contribuciones de este libro, sino también considerar qué actualizaciones resultan necesarias y abordar algunas de las cuestiones que han emergido desde su publicación. Estas últimas son abundantes. Para un enfoque interseccional, la historia queer se intersecta con la historia más general en una pluralidad de aspectos; ¡y en los últimos ocho años se ha producido un volumen de historia inconcebible!

    Para comenzar por la dimensión fundamental del género, cada vez más historia ha sido producida por y para las personas transgénero, con victorias de la autodeterminación en el reconocimiento de la iden­tidad de género en muchos países; y con derrotas de esa misma lucha en algunos otros. Los acontecimientos posteriores a 2014 también han confirmado la conclusión de Desviades según la cual «los asuntos po­líticos más centrales» del radicalismo queer «están ligados a las luchas contra el racismo y el imperialismo» (p. 73). El Movement for Black Lives [Movimiento por las Vidas de las Personas Negras], fundado en 2013, y que para 2020 se multiplicaba velozmente con movilizaciones de millones de manifestantes en EE. UU. y otras partes del mundo, ha forjado lazos a gran escala con personas trans y queer negras en particular. En esos mismos meses, mientras la pandemia del COVID-19 se extendía desde China hasta prácticamente todo el mundo, las cone­xiones destacadas en Desviades entre la queerización del acceso a la salud y la puesta en cuestión de la globalización neoliberal volvieron a salir a la superficie con ferocidad.

    Los acontecimientos geopolíticos también han tenido un impacto directo en las vidas y las luchas LGBTIQ. Por ejemplo, el homonacio­nalismo se ha visto reforzado por la adopción del matrimonio entre personas del mismo sexo en países europeos como Irlanda y Alemania, así como en otros países de las Américas —en ciertos casos, profun­dizada por una opinión consultiva emitida en 2018 por la Corte Inte­ramericana de Derechos Humanos—, vinculada con procesos de glo­balización e integración europea. Sin embargo, durante estos mismos años, el reflujo de los levantamientos árabes que comenzaron en 2011 disipó ampliamente las esperanzas de conquistas queer en la región, y países de mayoría musulmana como Turquía e Indonesia, cuyos sóli­dos movimientos LGBTIQ fueran reconocidos por Desviades en 2014, han sufrido represión y retrocesos. La guerra en Ucrania en 2022 ha contribuido a redefinir la política sexual a ambos lados del frente de batalla. A ambos lados de estas fronteras geopolíticas se ha fortalecido la extrema derecha, y su versión «antioccidental» se define cada vez más abiertamente como anti-LGBTIQ, mientras que la «occidental» se muestra algo más ambivalente y en contradicción.

    Mi comprensión de varias de las cuestiones en juego en estos de­sarrollos globales se ha visto profundizada desde la publicación de Desviades. Estoy en deuda por ello con el creciente número de perso­nas que trabajan en el desarrollo del marxismo queer, en particular a través de la Sexuality and Po­litical Economy Network [ Red de Sexualidad y Economía Política] organizada en torno a la publicación His­torical Materialism. Desde la publicación de Desviades he ahondado en algunos problemas centrales, en una serie de artículos publicados. Así como analizo los acontecimientos de los últimos ocho años, resulta igualmente pertinente resumir algunos de los hallazgos que he alcanza­do o que he tomado prestados. Por ejemplo, para describir la lucha por la liberación trans e intersex en curso, me siento compelido a examinar una vez más las implicaciones que ha tenido la obra de Judith Butler en la comprensión del género.

    Desviades presentó a las luchas transgénero como la vanguardia del radicalismo queer contemporáneo. En los años siguientes a su publi­cación, la intensificación de los ataques contra la «teoría de género» y la «ideología de género» —por ejemplo, los ataques provenientes del Vaticano y las diatribas del entonces presidente de Brasil Jair Bolsonaro contra Butler— han vuelto todavía más clara y más estre­cha la conexión entre feminismo y política sexual radical que el libro ponía de manifiesto. En la actualidad, las luchas en torno al género y a las cuestiones transgénero son todavía más prominentes a nivel global de lo que imaginaba cuando escribí acerca de ellas en Desviades.

    Visto en retrospectiva, Desviades supo reflejar mi propia compren­sión gradual e incipiente de estas realidades. El libro reconoció el lugar de las relaciones transgénero como la forma más común de impug­nación de los roles sexuales culturalmente predominantes a lo largo de la historia (p. 124). Describió a las personas trans, incorporadas al acrónimo LGBT a partir de los años noventa, como una «minoría subordinada» doblemente oprimida «en el interior de de una minoría abarcadora» (p. 331). Denunció al movimiento mainstream por los derechos lesbianos/gais por «sacrificar a las personas trans en benefi­cio del interés homonormativo ocasional» (p. 427), y llamó a que un movimiento LGBT más radical asumiera una serie de demandas trans, y tomara en sus manos «el peso de la inconformidad de género que el mainstream lesbiano/gay ha hecho a un lado en el curso de los últimos treinta años» (p. 432).

    Sin embargo, el trabajo de Holly Lewis ha superado al mío en Des­viades al mostrar cómo una «lectura queer transinclusiva» de la repro­ducción social permite explicar la furia de muchos hombres cisgénero contra las lesbianas y las personas trans. Cuando las lesbianas, los hombres trans y les genderqueers se rebelan contra la tarea, social­mente asignada a las mujeres, del cuidado de hombres, su rechazo del trabajo doméstico y emocional suscita furia y hasta violencia.[3]Lewis, 2022: pp. 103, 155.. En su análisis de cómo la reproducción social capitalista conduce a la opre­sión sexual, Alan Sears se ha valido de las palabras de Leslie Feinberg para sintetizar las terribles formas que esta violencia puede asumir: «desde la institucionalización hasta la violación en manada, desde gol­pizas hasta la denegación de visitas a menores»[4]Sears, 2016: p. 154.. Las aportaciones de Lewis y Sears contribuyen todavía más al argumento que expuse en Desviades sobre cómo las luchas transgénero y de género queer deben verse como centrales en la política LGBTIQ del presente.

    Lo mismo vale también para las luchas intersex. En la edición ori­ginal de Desviades confesé que me había resultado «imposible hacer completa justicia… a las personas intersex» (p. 64, nota 51). A pesar de re­conocer que «muchas personas pueden tener “cuerpos intermedios”» (p. 508), no he sabido dar cuenta de todo el espectro de condiciones intersex, como por ejemplo las que se manifiestan en la pubertad en lugar de hacerlo al momento de nacer. Ahora veo con mayor claridad que la gran diversidad y creciente visibilidad de cuerpos intersex pro­porcionan algunas de las demostraciones más poderosas de la cons­trucción social, no solo del género, sino del sexo anatómico. Esto con­tribuye a convertir también las luchas intersex en un elemento decisivo del radicalismo LGBTIQ en la actualidad.

    También a nivel teórico, Desviades expresó mi incipiente conciencia de la centralidad que presentan las impugnaciones transgénero, entre otras, al binario de género para una comprensión general de lo queer. El libro se apoyó enormemente en la concepción de Butler sobre el carácter performativo de las relaciones de género: no establecidas de una vez y para siempre en el nacimiento ni en la infancia, sino dependientes de una afirmación y un refuerzo continuos y expuestas a una redefinición permanente. Al mismo tiempo, hizo propia la comprensión fundamental de Kevin Floyd de que los orígenes del género performativo deben ser entendidos históricamente[5]Ver mi homenaje a Floyd, luego de su muerte prematura: Drucker, 2020..

    Sin embargo, la relación entre los conceptos de «género» y «sexo» se ha vuelto ahora más complicada, problemática y cuestionada de lo que Desviades pudo reconocer, en buena medida como resultado de revisiones teóricas motivadas por las movilizaciones trans. Implícita­mente, el libro se basó en la distinción nítida, propuesta por el artículo clásico de 1986 de Joan W. Scott, según la cual «sexo» hacía referencia a un sustrato biológico y «género» a un ámbito más amplio de atri­butos construidos social y culturalmente[6]Scott, 1986.. En realidad, a lo largo de los años, otras feministas han propuesto otros modos de vincular al género con el sexo, por ejemplo a partir del concepto de Danièle Ker­goat de «la relación social del sexo»[7]Kergoat, 2001.. Christine Delphy, por su parte, ha insistido en que «el género precede al sexo:… el sexo por sí mismo indica sencillamente una división social [que] sirve para habilitar la identificación y el reconocimiento social de las personas dominantes y las dominadas»[8]Delphy, 1996: p. 36.. Hacia 2010, la propia Scott ponía en cuestión «la idea de que el sexo y el género podrían ser nítidamente distinguidos, refiriendo el uno a la biología y el otro a la cultura»[9]Scott, 2010: p. 7..

    Pero en la edición original de Desviades todavía utilizaba llana­mente el término «same-sex» [«del mismo sexo»], para referirme a un espectro extremadamente amplio de relaciones a lo largo de las épocas y las culturas; aunque fuera con reservas. «La elección, que de lo con­trario sería arbitraria, de amalgamar y poner el eje en las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo solo puede justificarse en la tendencia creciente de las sociedades capitalistas durante el último si­glo y medio a clasificar de esta manera las relaciones sexuales humanas e incluso a los seres humanos individuales», escribí entonces (p. 93). Hoy en día intentaría ser todavía más matizado.

    Aún creo que el concepto de «regímenes same-sex» o de «forma­ciones same-sex» es de utilidad —de hecho, resulta fundamental— para la comprensión de la transición entre los distintos estadios del capitalismo: desde el régimen «invertido-dominante» que caracteriza al imperialismo clásico, hasta el régimen «gay/lesbiana-dominante» que caracteriza al fordismo, y de este al régimen «homonormativo-do­minante» que caracteriza al neoliberalismo. La categoría «same-sex» ilumina la relación cambiante entre dos binarios diferentes: el binario del sexo y el binario del género. En el capitalismo, estos dos binarios llegaron a distinguirse el uno del otro, en un largo desplazamiento que va desde «el tercer sexo» hacia los hombres gais y mujeres lesbianas, y de allí hasta llegar a la identidad transgénero como configuración alternativa disponible. Hoy en día, sin embargo, sospecho que han existido otros regímenes sexuales, en otros períodos y regiones —por ejemplo, en algunos pueblos originarios de la América precolombina, o en partes de la antigua Asia— a los que el concepto de «same-sex» resulta más difícil de aplicar, puesto que las personas que allí vivían no consideraban necesariamente a los seres humanos como divididos en dos sexos. Asimismo, en la actualidad, mientras se incrementa el número de personas que deliberada o abiertamente presenta «cuerpos intermedios», acaso podamos comenzar a imaginar futuros poscapita­listas en que la categoría «same-sex» ya no sea universalmente válida.

    Durante los años posteriores a la publicación de Desviades he in­tentado asimilar de manera más cabal la afirmación de Judith Butler de que, no solo el género, sino incluso el sexo a menudo es socialmente construido. (Tomé conocimiento de esta idea años atrás a partir de la lectura de Gabriel Girard de la obra de Butler[10]Girard, 2009., aunque entonces no le diera suficiente importancia). Los debates cada vez más acalorados en torno a las cuestiones transgénero —que han dejado en claro, por ejemplo, que no solo las mujeres sino también los hombres trans pue­den tener úteros y prácticarse abortos— han hecho que cada vez más personas tomen conciencia sobre el asunto (aunque sigue siendo im­portante recordar que la mayoría de las personas que necesitan abor­tos todavía son mujeres, y que el derecho al aborto continúa siendo decisivo, específicamente, para la liberación de las mujeres).

    Al mismo tiempo, sentimos una necesidad cada vez más urgente de refutar los argumentos, en ocasiones algo más velados, de quienes se identifican como «feministas críticas del género». Paradójicamente, mientras que las feministas más reflexivas han sentido la necesidad de complejizar la distinción entre sexo y género, las «feministas críticas del género» han exhibido su irritación al respecto e insistido en que el sexo anatómico tiene un carácter primordial e inalterable. Ello entraña el peligro de acabar por reducir el horizonte de la transformación de género prometida por el feminismo prácticamente a la nada misma.

    «En la vinculación actual de los estudios queer con el activismo radi­cal», señalé en Desviades, «las cuestiones políticas más centrales están ligadas a las luchas contra el racismo y el imperialismo» (p. 73). He intentado a lo largo del libro aportar concreción a las conexiones entre las luchas queer y las luchas antirracistas. Así y todo, he pasado por alto una conexión interesante y prometedera que tenía frente a mis narices, con las manifestaciones del movimiento Black Lives Matter [Las Vidas de las Personas Negras Importan].

    Si bien sabía de las protestas que comenzaron en julio de 2013 en respuesta a la absolución de George Zimmerman por disparar y matar a Trayvon Martin en Florida, mi conocimiento del movimiento era bastante superficial hasta que este obtuvo mayor popularidad tras el asesinato de Michael Brown en Missouri a manos de la policía, en agosto de 2014. En marzo de 2014 todavía desconocía el rol de las

    mujeres queer negras Alicia Garza, Patrisse Cullors y Opal Tometi en la fundación del Movement for Black Lives. Si hubiera tenido entonces conocimiento de las profundas y alentadoras conexiones desplegadas por estas jóvenes entre la defensa de las vidas de las personas negras contra la violencia policial en general y la defensa de las vidas de las personas negras trans y queer en particular, el resultado habría sido muy provechoso para Desviades.

    El crecimiento del movimiento Black Lives Matter tras el asesinato de George Floyd a manos de la policía en mayo de 2020 ha repre­sentado el desarrollo del activismo radical, de carácter implícitamente anticapitalista, más importante de la última década. Una de sus di­mensiones fundamentales ha pasado por las movilizaciones específi­camente en defensa de las vidas de las personas queer negras —como la manifestación de 15 000 personas que marcharon en Brooklyn en defensa de las vidas de personas trans negras en junio de 2020—, con repercusiones en una serie de países fuera de EE. UU. Ello ha dejado en claro la lección de que nuestra mirada queer debe partir de un análisis de la racialización, así como de una crítica del homonacionalismo. En el presente, la izquierda queer radical debe hacer su contribución fren­te al continuo desafío de recuperar el ímpetu inicial del movimiento Black Lives Matter y profundizar su radicalidad.

    Ello implica resistir a la cooptación por parte de las fundaciones y ONG, o de iniciativas parlamentarias como la reforma electoral. Más bien, el horizonte último de les anticapitalistas queer, así como el de las voces radicales dentro del movimiento en general, debe ser la abolición del sistema policial y presidiario en su conjunto, entendido como una infraestructura esencial que garantiza la conservación de toda la red de desigualdades de poder económicas, raciales, sexuales y de género. La segregación sexual inherente a la organización de las prisiones, así como la violencia sexual, que presenta un carácter particularmente endémico en las cárceles de EE. UU., añade a esta lucha una dimensión específicamente queer.

    El caso de los Países Bajos es un excelente ejemplo de las repercu­siones del movimiento Black Lives Matter a lo largo del mundo, así como de la importancia decisiva de la lucha contra el eurocentrismo para la política queer en el presente. Gloria Wekker, cuyo estudio y celebración de las tradiciones queer del continente y la diáspora afri­canas aparecen en Desviades, se ha convertido en una figura central en la teorización de las luchas de las minorías raciales oprimidas en Europa, especialmente gracias al lugar que asumió en la batalla contra el racismo que entraña el ícono navideño Zwarte Piet [Pedro el Negro] en la cultura neerlandesa.

    Como ha señalado Wekker, la narrativa neerlandesa dominante ha pasado a ser: «todo estaba bien con la liberación gay y lesbiana hasta que irrumpió el pueblo islámico y… provocó una ruptura en la mar­cha triunfante del progreso»[11]Wekker, 2016: p. 119.. En varios otros países, sobre todo de Europa Occidental, buena parte de la derecha viene minimizando de manera semejante sus actitudes históricas anti-LGBTI y adaptándose al homonacionalismo cada vez más predominante a nivel cultural en sus sociedades. El partido anticapitalista y decolonial neerlandés BIJ1 viene llevando adelante la articulación de las luchas contra la derecha homonacionalista de manera excepcional, con un programa que ha contado con la coautoría de la propia Wekker y donde es posible ad­vertir una visibilidad excepcional de parte de activistas queer de todos los colores.

    El racismo y el homonacionalismo están, pues, unidos sin fisuras en el sostenimiento del orden global, y la lucha en su contra representa una tarea doble para les activistas queer radicales. En Desviades he citado la advertencia de Gayatri Gopinath respecto de que «las estructuras coloniales que rigen los modos de conocer y de ver continúan vigentes dentro del discurso de un movimiento lesbiano y gay “internacional”»[12]Gpoinath, 1998: p. 117. (p. 79). Estas estructuras coloniales representan un gran obstáculo para el radicalismo queer global, cuyo carácter imprescindible queda de manifiesto semana a semana con los acontecimientos del mundo. Al igual que con las luchas transgénero, la importancia de las cuestiones queer en la geopolítica ha demostrado ser muy superior de lo que po­dría haber imaginado en el momento de la publicación de Desviades.

    El homonacionalismo abordado por Desviades se ha propagado e intensificado desde su publicación, en particular con la aprobación del matrimonio entre personas del mismo sexo en nuevos países, por ejemplo en Irlanda (2015)[13]Drucker, 2015. y Alemania (2017). De manera crecien­te, el homonacionalismo se ha convertido en un rasgo constitutivo de una divisoria global cada vez más profunda entre «Occidente» y «el resto del mundo». Desviades destacó las distorsiones y la hipocresía presentes en el afán de las autoridades de Europa y América del Norte de mostrarse como «las portadoras de un iluminismo sexual… con la tarea de introducirlo en un mundo islámico [y un continente afri­cano] considerado inculto y atrasado» (p. 383). El libro indicó que ello violentaba las largas y ricas tradiciones de homoerotismo en el mundo islámico, así como un amplio espectro de patrones transgénero precoloniales en buena parte de África (por ejemplo, p. 123-125), a la vez que barría debajo de la alfombra «la tradición secular europea y esta­dounidense de exportar la persecución» (p. 374). También describió los esfuerzos de la Unión Europea para fundar «una nueva sociedad civil gay a su propia imagen y semejanza homonormativa» en Europa del Este, confrontados por parte de los «sectores nacionalistas reac­cionarios» dispuestos a «manipular el resquemor popular contra la arrogancia occidental para promover campañas anti-LGBT» (p. 324).

    Sin embargo, desde la publicación de Desviades he reconsiderado el modo de conceptualizar estos conflictos. En el libro todavía utiliza­ba el término «homofobia» para caracterizar las campañas reacciona­rias anti-LGBTIQ (aunque fuera en el sentido de «homofobia política», tal como ha sido teorizado por Meredith Weiss y Michael Bosia[14]Weiss y Bosia (eds.), 2013.). Hoy en día prefiero evitar las connotaciones de psicopatología indi­vidual que transmite esta palabra. En su lugar, en correspondencia con el neologismo de Jasbir Pair «homonacionalismo», he acuñado el término «heteronacionalismo» para sintetizar los modos en que los sectores reaccionarios —generalmente cómplices de la imposición del orden neoliberal bajo la dirección de Europa Occidental y América del Norte— se han presentado como nacionalistas contestatarios usando como chivos expiatorios a las personas LGBTIQ, presuntamente forá­neas a su cultura.

    Incluso una vez en el poder, la derecha es capaz de sacar provecho del resquemor frente a la ideología neoliberal, mientras mantiene en pie muchos de los elementos clave de una economía neoliberal. Ello permite que la austeridad neoliberal y la reacción de extrema derecha se retroalimenten continuamente. En una serie de artículos, empezan­do por un trabajo sobre la Unión Europea y sus adversarios en Europa del Este[15]Drucker, 2017a., he sostenido que el heteronacionalismo y el homonacio­nalismo forman un círculo vicioso, donde ambas partes se refuerzan mutuamente, en sus tentativas contrapuestas por reprimir e instrumen­talizar respectivamente a las personas LGBTIQ.

    Considero que, a pesar de las obvias diferencias, el mismo marco conceptual permite explicar también las dinámicas sexuales geopo­líticas en el mundo islámico y el África subsahariana. Desafortuna­damente, el heteronacionalismo ha sido utilizado en la región árabe por regímenes autoritarios reaccionarios como una herramienta eficaz para reafirmar su propio dominio, malogrando la antigua esperanza de los levantamientos de 2011. También ha dividido la lucha por la li­beración palestina, destacada por Desviades como una referencia para les activistas queer radicales: «Para muchas personas queer a lo ancho del mundo», observaba allí, «la lucha palestina es también una lucha contra la autolegitimación israelí a través de la insistencia en los de­rechos lesbianos/gais que son reconocidos en Israel (“pinkwashing”)» (p. 440). Desde la publicación del libro, las campañas queer —y no solo— por el boicot, la desinversión y sanciones (BDS) contra Israel han conseguido avances graduales. Organizaciones internacionales de derechos humanos como Human Rights Watch y Amnistía Internacio­nal, cada vez más consecuentes defensoras de los derechos LGBTI en el curso de los últimos años, han al menos comenzado a utilizar abierta­mente la palabra «apartheid» para caracterizar los crímenes de Israel contra el pueblo palestino.

    Sin embargo, el crecimiento del repudio por parte de la sociedad civil internacional al apartheid israelí ha ido de la mano de un avance en la derechización de la política de Israel, como puede verse en el retorno al poder de Benjamin Netanyahu en 2022, en una alianza con una extrema derecha fortalecida y abiertamente racista. Hasta ahora, en los hechos, la naturaleza cada vez más flagrante de la represión israelí no ha hecho prácticamente mella en la complicidad económica de los gobiernos del mundo con Israel; y ello no solo en el caso de EE. UU., sino también en quienes se llenan la boca hablando de los derechos palestinos (como la Unión Europea, China y Rusia). En los últimos años, incluso en la región árabe, nuevos gobiernos —como los de Emiratos Árabes Unidos, Baréin, Sudán y Arabia Saudí—, aparte de Egipto y Jordania, han venido fortaleciendo sus lazos económicos y/o diplomáticos con el Estado sionista. En este grupo se cuentan los Estados árabes más violentamente represivos contra las personas LGBTIQ. La detención, encarcelamiento y tortura en 2017 de la socialista queer egipcia Sarah Hegazi, por agitar una bandera arcoíris en un con­cierto de Mashrou’ Leila, seguidos de su suicidio en 2020 en Canadá, colocaron el rostro desagradable del régimen egipcio en el centro de la escena mundial. Les queers debemos ser parte de una lucha global por los derechos humanos que muestre cuán estrechamente unidas se encuentran las políticas represivas de todos estos gobiernos contra las personas LGBTIQ, contra el pueblo palestino y contra la democracia.

    El heteronacionalismo en expansión, más allá de las fronteras de África del Norte y Medio Oriente, ha contribuido a que se produjeran grandes retrocesos de las comunidades LGBTIQ, incluso en los países de mayoría musulmana donde Desviades todavía veía que estas comuni­dades hacían avances, como Turquía e Indonesia. Esta dinámica pone de relieve la importancia de una impugnación más contundente, por parte de los sectores académicos de los países dominados, al eurocen­trismo todavía imperante en los estudios LGBTIQ. Después de décadas del «giro transnacional» en los estudios LGBTIQ, la tarea de forjar una narrativa global donde la mayoría de las personas queer del mundo ocupen la escena central continúa siendo una batalla cuesta arriba.

    Más recientemente, el círculo vicioso de homonacionalismo y hete­ronacionalismo se ha vuelto más prominente en regiones más allá de lo que suele considerarse «el sur global». Los acontecimientos posteriores a la edición original de Desviades no han hecho más que confirmar el debilitamiento de las lealtades globales regidas por el neoliberalismo. Ello motiva tanto tentativas homonacionalistas por sacar provecho del tema de la libertad sexual como tentativas heteronacionalistas por avivar una rebelión cultural contra una presunta decadencia liberal.

    La introducción del matrimonio entre personas del mismo sexo en Taiwán —el primer país de Asia en reconocer este derecho— ha estado acompañada de una paralización de los avances en cuestiones LGBTI en la República Popular China, mientras su reclamo de soberanía sobre Taiwán se convertía en un foco de tensión geopolítica cada vez más preocupante. La guerra que estalló nuevamente y de manera más intensa en Ucrania en febrero de 2022 ha contribuido a redefinir la po­lítica sexual a ambos lados del frente de guerra, con una Ucrania que cada vez se presenta más a sí misma como sexualmente tolerante y una Rusia que se plantea como enemiga de las «satánicas» ideologías de género y LGBTIQ. Mientras que el agravamiento de la represión contra las personas LGBTIQ en Rusia es evidente, sin embargo, el crecimiento de la tolerancia en Ucrania no es más que relativo. Ucrania todavía no cuenta, por ejemplo, con una ley contra la discriminación sobre la base de la orientación sexual o la identidad de género. En ocasiones, se ha impedido a mujeres trans huir de Ucrania porque generalmente no se permite salir del país a los hombres de entre 18 y 60 años[16]Iryskina, 2022..

    En su libro La línea rosa, Mark Gevisser ha presentado un estudio mucho más detallado que el mío sobre las realidades vividas a ambos lados de estas divisorias geopolíticas, descritas con la mirada aguda de un periodista avezado, capaz de retratar las dichas y los sufrimientos que estas entrañan para las personas LGBTIQ. Asimismo ofrece un aná­lisis, por detrás de las «historias humanas». «No ha sido coincidencia que la noción de derechos LGBT se expandiera a escala global en el momento exacto en que las antiguas fronteras colapsaban, en la era de la globalización», escribe, para verse «imbricada en una dinámi­ca geopolítica mayor»[17]Gevisser, 2020: p 24.. Sin embargo, Gevisser pasa por alto la crisis mundial del neoliberalismo, la dinámica por la cual el homonaciona­lismo y el heteronacionalismo se alimentan mutuamente, y la necesi­dad de un proyecto de izquierda radical alternativa al neoliberalismo para romper este círculo vicioso. Tampoco realiza Gevisser una crítica profunda de la homonorma neoliberal que el homonacionalismo tan a menudo promueve.

    A ambos lados de la «línea rosa» de Gevisser, la extrema derecha está en ascenso. Algunas corrientes de extrema derecha, en particu­lar en el noroeste europeo —como por ejemplo, en los Países Bajos y Suecia—, han tomado distancia de las formas más crudas de ideología anti-LGBTIQ. Ello es expresión —como desarrollo en un artículo de próxima aparición—[18]Estas contradicciones de la extrema derecha son desarrolladas en Drucker, 2023 (de próxima aparición). del hecho de que las mujeres, las lesbianas y los gais han llegado a ocupar en la fuerza de trabajo asalariada de América del Norte y Europa un lugar tan visible y amplio, que un re­chazo completo del feminismo y los derechos lesbianos/gais resultaría inviable incluso para las fuerzas de extrema derecha que ponen el lími­te en la «ideología de género» y la liberación transgénero.

    Como resultado de ello, en buena parte de Europa Occidental, Is­rael y las Américas, ciertas corrientes de extrema derecha comparten una asociación homonacionalista entre derechos LGBTI y pretensiones imperiales con prácticamente la totalidad del espectro político de sus países. A menudo esta postura enreda en contradicciones a la extrema derecha homonacionalista, dada la actitud todavía negativa de buena parte de sus bases respecto de las personas LGBTIQ. Al mismo tiempo, el homonacionalismo de estas corrientes las enfrenta con el heterona­cionalismo de la extrema derecha «antioccidental». De manera que existe un choque entre las versiones de la extrema derecha que son explícitamente anti-LGBTIQ y versiones que solo implícitamente lo son.

    Otra dimensión de la mirada queer radical propuesta por Desviades fue la necesidad de una «queerización» de los movimientos organiza­dos en torno a demandas económicas y sociales. Desafortunadamente, los acontecimientos desarrollados a partir de la publicación del libro no han hecho más que poner de relieve los obstáculos a la agenda allí formulada de queerización de la izquierda y los movimientos socia­les. Ello resulta más manifiestamente notorio en el caso del acceso a la salud, mencionado en Desviades como un ejemplo extraordinario para el desarrollo de una posible política de liberación queer multidi­mensional, donde los movimientos sociales de masas hagan justicia a los cuerpos y subjetividades queer. El COVID-19 ha puesto de relieve, en una escala todavía mayor, muchas de las lecciones que el libro ha­bía extraído de la historia del sida, como el hecho de que el «avance global del síndrome replicó las líneas divisorias de clase, raza y des­igualdad mundial» (p. 354). Gary Kinsman ha señalado con particu­lar perspicacia los paralelismos entre ambas pandemias, así como los desafíos que ambas plantean al activismo[19]Kinsman, 2021; ver también Sears, 2021.. También Judith Butler ha observado el modo en que «la desigualdad radical, el nacionalismo y la explotación capitalista encuentran maneras de reproducirse y forta­lecerse en el interior de las zonas pandémicas»[20]Butler, 2020..

    En el momento de la publicación de Desviades, el activismo del sida había sido capaz de dar respuesta a los desafíos planteados por esta problemática. Con la admisión de excepciones sanitarias al acuerdo sobre los Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual relaciona­dos con el Comercio (adpic), act up y especialmente la organización sudafricana Treatment Action Campaign habían logrado «refrenar la lógica de los derechos de propiedad intelectual y de la investigación y desarrollo farmacéuticos orientados a las ganancias» (p. 469-470). Pero, trágicamente, el COVID-19 ha puesto en evidencia la necesidad de li­brar una vez más la misma batalla contra el neoliberalismo. Las excep­ciones al acuerdo sobre los ADPIC continúan vigentes en los papeles, pero las relaciones de fuerzas globales apenas si han permitido en la práctica que se haga algún uso de ellas para atacar esta última pande­mia. Es bien conocida la terrible brecha existente en las tasas de vacu­nación entre los países ricos y África en particular. Incluso los países pobres con industrias farmacéuticas bien establecidas, como India y Brasil, han quedado a la zaga en los procesos de inmunización.

    El legítimo descontento popular por la mala administración del COVID-19 —en especial, por parte de gobiernos que equivocadamente apostaron a la «inmunidad de rebaño» y rechazaron los enfoques de COVID cero— ha sido ampliamente capitalizado por la extrema de­recha. Por su parte, a menudo hasta las mejores formaciones de la izquierda radical institucionalizada se mantuvieron alineadas con las medidas gubernamentales y no fueron capaces, en cualquier caso, de movilizar en las calles en favor de una política de COVID cero.

    En palabras de Sarah Schulman, la incipiente epidemia de viruela del mono muestra que «el mismo problema vuelve a repetirse», con «desigualdades que convergen de la manera más catastrófica»[21]Schulman, 2022.. La queerización de la organización en torno al acceso a la salud continúa siendo un imperativo global de carácter urgente.

    Esta desgracia es expresión de una realidad trasversal: las oportunida­des para una política anticapitalista queer que surgieron con el estalli­do de la crisis de 2008 —perceptibles en los estudios queer, pensé, en el número especial de 2011/2012 de la publicación GLQ, que llevaba a Marx en la portada— no se han mantenido en pie. Ciertamente, ha crecido el número de activistas e investigadores que trabajan para desarrollar un anticapitalismo queer. Es posible incluso que la opo­sición al capitalismo sea actualmente predominante tanto entre aca­démices como activistas queer. Judith Butler ha hablado en nombre de buena parte de este sector cuando escribió que había votado por Bernie Sanders en las primarias presidenciales demócratas de 2020 en EE. UU., centralmente porque su liderazgo abría «un camino para vol­ver a concebir nuestro mundo como si estuviera ordenado en torno a un deseo colectivo de igualdad radical»[22]Butler, 2020..

    La política abiertamente progresista de Butler, tanto en este como en otros aspectos, contrasta con la posición de un teórico queer como Michael Warner, quien a comienzos de los años noventa escribía que el «olor a capitalismo en celo» de los hombres gais urbanos «exige de la teoría una mirada sobre el capitalismo más dialéctica que lo que muchas personas son capaces de imaginar»[23]Warner, 1993: p. xxxi, nota 28 (citado parcialmente en Desviades: p. 59).. La gran diversidad de posiciones en el interior de esta corriente de pensamiento ha conduci­do a David Halperin, quien alguna vez se considerara a sí mismo un miembro fundador de la teoría queer, a comentar que «nadie sabía qué era esta teoría… por la sencilla razón de que dicha teoría no existía»[24]Halperin, 2003: p. 340..

    Por lo demás, a pesar de la antipatía generalizada hacia el capita­lismo en buena parte de la academia y el activismo queer, el público queer abierto a un enfoque marxista interseccional no ha dejado de ser limitado. El anticapitalismo existente entre les activistas queer radica­les, ya sea implícito o explícito, está lejos de comprender al capitalismo como parte de una totalidad social opresiva. Por el contrario, a menu­do el anticapitalismo de les queers ocupa en su política un lugar más accesorio que central.

    En particular, una política de independencia de clase represen­ta todavía una batalla en contra de la corriente. Cualesquiera dis­crepancias que se puedan plantear con los aspectos específicos de mis análisis en Desviades, considero que podrían haber sido abor­dadas con mayor detenimiento si el clima social y político hubiera sido más favorable. La contribución teórica principal que el libro propone —el concepto de «regímenes same-sex» o «formaciones same-sex»—, por ejemplo, no ha suscitado hasta el momento mayor intercambio, ya sea positivo o negativo, con excepción de un par de reseñas benévolas[25]Sears, 2015; O’Brien, 2017. Sears ha citado el análisis de Desviades sobre los regí­menes same-sex con mayor detenimiento en Sears, 2016: pp. 144-145..

    Asimismo, al nivel de los partidos políticos de izquierda, el pensa­miento y los debates queer apenas si tienen algún eco en la actualidad. De manera que existen grandes desafíos para una izquierda radical queer, a la vez en la teoría y en la práctica. Hoy en día tanto como en 2014, cuando Desviades salió a la luz, «la queerización de las or­ganizaciones de la izquierda radical continúa siendo en todas partes un desafío por delante» (p. 488). Resulta más importante que nunca insistir en el radicalismo sexual, mientras se avanza en la queerización de otros conflictos y en la construcción de alianzas amplias; así como también plantear polemizar con la izquierda radical institucionalizada, sin por ello abandonar la arena de la política institucional.

    Rotterdam, octubre de 2022

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    Notas del artículo

    Notas del artículo
    1 Agradezco a Alan Sears por sus provechosas devoluciones a la versión previa de esta introducción. He incorporado muchas de sus recomendaciones con gratitud.
    2 N. del T.: Traducimos la expresión «same-sex» alternativamente como «del mismo sexo» o trasponiendo la expresión inglesa según cada caso, en pos de la claridad y fluidez.
    3 Lewis, 2022: pp. 103, 155.
    4 Sears, 2016: p. 154.
    5 Ver mi homenaje a Floyd, luego de su muerte prematura: Drucker, 2020.
    6 Scott, 1986.
    7 Kergoat, 2001.
    8 Delphy, 1996: p. 36.
    9 Scott, 2010: p. 7.
    10 Girard, 2009.
    11 Wekker, 2016: p. 119.
    12 Gpoinath, 1998: p. 117.
    13 Drucker, 2015.
    14 Weiss y Bosia (eds.), 2013.
    15 Drucker, 2017a.
    16 Iryskina, 2022.
    17 Gevisser, 2020: p 24.
    18 Estas contradicciones de la extrema derecha son desarrolladas en Drucker, 2023 (de próxima aparición).
    19 Kinsman, 2021; ver también Sears, 2021.
    20, 22 Butler, 2020.
    21 Schulman, 2022.
    23 Warner, 1993: p. xxxi, nota 28 (citado parcialmente en Desviades: p. 59).
    24 Halperin, 2003: p. 340.
    25 Sears, 2015; O’Brien, 2017. Sears ha citado el análisis de Desviades sobre los regí­menes same-sex con mayor detenimiento en Sears, 2016: pp. 144-145.
  • Myanmar/Birmania: Dos años después del putsch militar, una guerra olvidada

    Myanmar/Birmania: Dos años después del putsch militar, una guerra olvidada

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    Pierre Rousset

    Europe Solidaire Sans Frontières

    Traducción: Viento Sur
    Fuente: 
    Europe Solidaire

    Actualidad Internacional: Latitudes. Asia

    12/05/2023

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    El 1 de febrero de 2021, el Ejército birmano (Tatmadaw) rompió la cohabitación gubernamental con la Liga Nacional por la Democracia (LND), encarceló a sus dirigentes y, despuès, sumió al país en una atroz guerra asimétrica. Dos años más tarde, todavía no ha conseguido imponer su control sobre gran parte del territorio. A pesar de su inferioridad en armamento, los distintos componentes de la resistencia lo han hecho fracasar. Su objetivo es acabar para siempre con un régimen militar que ha manifestado claramente su rechazo a toda transición democrática.

    Citemos, a modo de introducción, la declaración publicada el 1 de febrero de 2023 por la Women’s Peace Network (Red de Mujeres por la Paz), porque expresa con fuerza lo que sentimos todas y todos nosotros, quienes seguimos el día a día del combate de los pueblos de Birmania:

    Dos años después del intento de golpe de Estado del Ejército birmano, más de cinco años después de sus ataques genocidas de 2017 y después de décadas de atrocidades contra nuestras comunidades, nosotras, Women’s Peace Netwwork, somos presas de una tragedia y de una rabia indescriptibles. El ejército sigue siendo capaz de maltratar a todo el país, incluso tras haber asesinado a más de 3.000 civiles, detenido y encarcelado a más de 17.000 personas y torturado a otros centenares de miles en tan sólo dos años. Sus fuerzas intensifican los ataques aéreos y utilizan armas pesadas en el Estado Chin, la región de Sagaing, el Estado Karen, el Estado Kachin, el Arakan y otras muchas regiones donde residen nuestras comunidades. Tanto en estas regiones como en las prisiones y en los centros de detención del país, los militares patriarcales y misóginos abusan de las mujeres y de las chicas haciéndolas sufrir las formas más brutales de violencia sexual. Los rohinyás se enfrentan ahora a un riesgo creciente de ataques genocidas por parte del ejército: en los dos últimos años, la Junta ha dictado y vuelto a dictar políticas y restricciones para detener y encarcelar al menos a 2.700 rohinyás, de los cuales más de 800 son mujeres Women’s Peace Movement, 1/02/2023, ESSF, Women’s Peace Movement, en ESSF (artículo 12503)..

    Rabia ante la soledad a que ha sido abandonada la población martirizada por parte de la llamada comunidad internacional, cuando se ha comprometido con inmenso coraje en la resistencia a la dictadura. Rabia, porque si se hubiese concedido a tiempo la ayuda merecida, el golpe habría sido abortado y se habrían evitado miles de sufrimientos. Admiración ante la capacidad de tantas organizaciones, de tantas personas, para hacer frente a la peor de las adversidades. Esperanza, porque, aunque la Junta no ha sido expulsada del país, sin embargo, no ha podido estabilizar su dominio, a pesar de todo el apoyo recibido de grandes potencias como China y Rusia, pero también de India y Pakistán, que tienen un peso regional considerable, de Vietnam y de sus (otros) vecinos como Laos y Tailandia… Hoy día no parece controlar militarmente más que la mitad del territorio, o un poco más, y no ha conseguido romper el espíritu de resistencia popular. Por eso Women’s Peace Network habla de “intento” de golpe de Estado.

    Cada cual conmemoró a su manera el segundo aniversario del putsch militar 2/ Para una presentación de conjunto de la situación, ver Banyar Aung, 31/01/2023, “Reviewing Myanmar’s Spring Revolution” en ESSF (artículo 65515). . La resistencia organizó una jornada de huelga silenciosa, de 10 a 15 horas, en muchas regiones del país; una operación de ciudad muerta. En el extranjero se celebraron concentraciones ante embajadas, con gritos contra el nombre del dictador, general Min Aung Hlaing, jefe de la Junta. Probablemente, la concentración más importante tuvo lugar en Tailandia, con varios centenares de manifestantes portando retratos de Aung San Suu Kyi o levantando tres dedos de la mano, el signo de adhesión de la juventud movilizada contra el orden monárquico absoluto en el reino tailandés, donde reside una importante comunidad inmigrada birmana. Esta comunidad es acogida y, a su vez, sometida a vigilancia por un régimen que en lo fundamental apoya a la Junta.

    La Junta, por su parte, tras haber prorrogado el estado de urgencia por otros seis meses más, impuso la Ley marcial en treinta y siete localidades (en ocho regiones y Estados), entre ellas los bastiones de la resistencia en las regiones de Sagaing y Magwe. De esta manera, dota a los comandantes militares con plenos poderes y serán los tribunales militares quienes se encargarán de cualquier causa penal que, en su opinión, cuestione al régimen. Anunció que se pronunciarían penas de muerte y condenas a perpetuidad. No se autorizará ningún recurso de las sentencias, salvo en caso de pena de muerte, en que se podrá recurrir… al generalísimo Min Aung Hlaing en persona, para la decisión final.

    En 2021, el régimen ya había declarado la Ley marcial en algunas partes de Yangon (Rangún), de Mandalay y del Estado Chin. Fueron condenadas a muerte cerca de cien personas. ¿Cuál es el balance de la campaña de terror realizada por la Junta en estos dos últimos años? Según la Asociación de Ayuda a Presos Políticos (Assistance Association for Political Prisoners, AAPP), más de 2.500 personas habrían resultado muertas (unas 300 de ellas en centros de interrogación y detención militares), más de 16.500 habrían sido detenidas y más de 13.000 estarían todavía encarceladas; fueron pronunciadas 138 condenas a muerte, de las cuales 41 in absentia. En julio, fueron ahorcados cuatro presos políticos acusados de terrorismo. Fueron las primeras ejecuciones efectuadas desde finales de los años 1980. En noviembre, siete estudiantes de la universidad Dagon fueron condenados a la pena capital.

    Se estima que 1.100.000 personas han sido desplazadas por la guerra (algunos hablan de tres millones). Más de 40.000 edificios –viviendas, edificios religiosos, escuelas, establecimientos sanitarios– habrían sido arrasadas o incendiadas por la Junta.

    Sin embargo, a pesar de esta campaña de terror y de la patente superioridad del Ejército en materia de armamento, la situación militar ha evolucionado en sentido desfavorable para la Junta. El propio general Min Aung Hlaing reconoció, el día del aniversario del putsch de Estado del 1 de febrero de 2021, en una reunión del Estado Mayor, que “el estado de la nación no ha vuelto todavía a la normalidad: más de un tercio de los distritos no están totalmente bajo control militar”. Un eufemismo que equivale a una confesión de fracaso. Dirigiéndose al Consejo Nacional de Defensa y de Seguridad, precisaba que su régimen no controlaba más que el 60% de los 300 townships [municipios] de Myanmar y que 132 de ellos estaban todavía muy cuestionados La iniciativa está actualmente del lado de la resistencia. El Tatmadaw sufre serios reveses en los Estados Chin, Shan, Karen y Kachin, así como en las regiones de Sagaing y de Magwe.

    Además de las pérdidas sufridas por el ejército, más de 500 miembros o partidarios del Partido de la Solidaridad y del Desarrollo de la Unión (brazo político de los militares), administradores nombrados por la Junta, milicianos y supuestos confidentes, han resultado muertos por las resistencias. Edificios gubernamentales y unas 500 torretas de telecomunicaciones han sido destruidas o dañadas.

    El futuro de Birmania sigue, por tanto, abierto, contra viento y marea. Un capítulo entero de la historia del país se ha cerrado en una crisis paroxística. La Junta quería asegurar a la casta militar dirigente la perpetuación y el monopolio de su poder sobre toda la sociedad, pero este poder se ve, por el contrario, puesto en cuestión. Habiendo abortado en un baño de sangre el último intento de transición democrática pacífica, no parece posible la vuelta a la situación previa al putsch. Hay algo definitivo en este fracaso. Se han sucedido las generaciones de oficiales superiores, pero el Ejército no ha cambiado, ni cambiará. Las luchas en curso no pretenden imponer un compromiso aceptable al Tatmadaw, sino deshacerse de él de una vez por todas.

    La atención actual está puesta en la situación tras dos años del putsch del 1 de febrero de 2021, conmemoración de aniversarios obliga. Quien no conozca la historia de Birmania podría creer que el Tatmadaw se apoderó del poder en 2021 derrocando a un gobierno civil. En realidad, fue en marzo de 1962, cuando la Junta, dirigida entonces por el general Ne Win (se retiró en 1988 y murió en 2002), lo conquistó. Desde entonces nunca lo abandonó del todo. Ne Win pretendía ser, a la vez, socialista (entonces estaba de moda, pero no lo era) y anticomunista (lo era completamente). Sumergió al país en la dictadura, el aislamiento y la bancarrota. Decidido a salir de este punto muerto, el general Than Shwe liberalizó parcialmente la economía y la vida política, permitiendo a Birmania reinsertarse en el mercado regional y en la comunidad internacional. Entre 2011 y 2021, la sociedad civil conoció un importante desarrollo, tanto en el plano asociativo como partidario y sindical, cuando hasta entonces los movimientos contra la dictadura eran regularmente masacrados en sangre.

    Preocupado por asegurarse una legitimidad electoral, el Ejército se dotó de un partido político, el USDP (siglas inglesas del Partido de la Unión, la Solidaridad y el Desarrollo), convencido de que ganaría las elecciones de 2020. En 1998, dirigió la redacción de una Constitución a su medida. Ésta le aseguraba automáticamente una minoría de bloqueo en todas las asambleas legislativas, en las que tiene reservado el 25% de los escaños, no elegidos, además de los escaños que su partido y sus aliados hubieran obtenido (de esta manera puede impedir la adopción de cualquier enmienda constitucional, que requiere al menos el 75% de los votos). De oficio, le corresponde la dirección de los ministerios clave (Defensa, Interior y Seguridad de fronteras). La institución militar queda protegida de cualquier control por parte de una autoridad civil. La Junta impone así su preminencia en el seno de la coalición gubernamental.

    Pero, para su desconcierto, fue la Liga Nacional por la Democracia, y no la USPD, quien ganó claramente las elecciones de 2020, con el 82% de los votos, imponiéndose Aung San Suu Kyi en el campo político birmano y cristalizando en las regiones centrales el rechazo del orden militar. Con la fuerza de su legitimidad electoral, aceptó la muy arriesgada experiencia de la cohabitación gubernamental con el Ejército. Pero era ilusorio creer que el Tatmadaw fuese a ceder voluntariamente sus prerrogativas como consecuencia de un escrutinio legislativo, al menos sin una movilización masiva de la población (que Suu Kyi no quería). Apostó por una evolución progresiva de la relación de fuerzas civil-militar en el seno del régimen. Un desafío que ha pagado con un precio exorbitante: el encarcelamiento a perpetuidad, la incomunicación, las detenciones masivas y el asesinato de cuadros del partido del que era la figura de proa.

    El objetivo del Ejército no era, sin embargo, conquistar el poder, que ya lo tenía, sino monopolizarlo de nuevo, sobre todo, cuando Aung San Suu Kyi amenazaba con investigar casos de corrupción y forzar su ventaja más allá de lo que el Tatmadaw estaba dispuesto a aceptar. Por eso, por mi parte, hablo por lo general de putsch, más que de golpe de Estado, o de golpe de Estado preventivo.

    El putsch provocó un inmenso levantamiento popular. Desde el día siguiente al golpe, en el centro de Rangún, la población ocupó los balcones con un concierto de cacerolas, para expulsar los espíritus maléficos. Los hospitales entraron en disidencia abierta y la juventud estudiantil salió a la calle. Los funcionarios no se quedaron atrás, en los ferrocarriles, los bancos… En su gran mayoría, el país se negó a volverse a encontrar bajo el control del Ejército, a vivir y a trabajar bajo la autoridad de militares o de sus representantes. Desde el 6 de febrero, las obreras del textil se manifestaron en la zona industrial de Rangún. La paralización afectó a una parte creciente de la producción… La desobediencia civil se propagó rápidamente en el conjunto del territorio, con un primer punto álgido en la huelga general del 22 de febrero, con más de un millón de personas desfilando en numerosas localidades y muchas otras multiplicando los paros laborales.

    Este levantamiento popular espontáneo encontró un eficaz marco de coordinación en el Movimiento de Desobediencia Cívil (MDC). En efecto, en él convergían representantes de enfermeras y del personal sanitario, de la juventud estudiantil, de los funcionarios (muchos sectores están nacionalizados en Birmania), de las mujeres y los universitarios, de sindicatos del sector privado (en particular en el textil, base de la FGWM) y de la central CTUM, de enseñantes… Esta sinergia dio nacimiento a lo que bien podría ser uno de los mayores movimientos de protesta cívica, de huelgas y movilizaciones callejeras de la historia moderna. Por su amplitud, esta revolución de primavera negó de entrada cualquier legitimidad, cualquier autoridad, a la Junta militar, en un país donde el Ejército se presentaba como el Guardián de la Nación.

    Muchos comentaristas escriben sin mucho rigor que tras el putsch la población inició la resistencia siguiendo el llamamiento del Gobierno de Unidad Nacional (GUN). Problema: ese gobierno todavía no existía… No nació hasta el 16 de abril de 2021, más de dos meses después. No se trata de un detalle, sino que eso escamotea el papel decisivo jugado por el Movimiento de Desobediencia Civil (MDC) y los límites de la LND.

    El GUN es, ciertamente, la emanación del CPRG Committee Representing Pyidaungsu Hluttaw, fundado el 5 de febrero por parlamentarios de la LND que habían escapado a la detención. Encarna la continuidad de la mayoría parlamentaria salida de las elecciones de 2020, fuente primera de su legitimidad frente al SAC (la Junta). Pero no es más que eso. Por su composición multiétnica y sus primeras declaraciones de principio, entra en disonancia con la herencia de Aung San Suu Kyi y supone la entrada en un nuevo período.

    La geografía, la cultura y la historia son invitadas inevitables cuando se quiere trazar una presentación, aunque sea sucinta, de las oposiciones al régimen militar. Intentaremos volver a ello. En 2020 se encontraron varias generaciones, entre ellas cuadros supervivientes (a menudo de origen estudiantil) de los combates antidictatoriales de 1988 y las jóvenes generaciones estudiantiles u obreras. Los movimientos que operan en la llanura central y los arraigados en los Estados étnicos de la periferia fronteriza tienen historias muy diferentes. Corrientes de identidad religiosa (esencialmente budista) cubren el espectro político, desde progresistas hasta un fascismo asesino sui generis. Las organizaciones sociales juegan a menudo un papel decisivo.

    El Movimiento de Desobediencia Civil constituye, como se ha visto, el principal marco de coordinación de la resistencia en la llanura central. Surgió, casi instantáneamente, gracias a la experiencia acumulada de las anteriores luchas contra la dictadura que se llevaron a cabo en diversos terrenos (sociales, electorales…) en 1988, 1990 y, sobre todo, en 2007. Su reactividad y su vitalidad reflejan también el desarrollo de los movimientos sectoriales, asociativos o sindicales, durante la década relativamente liberal abierta en 2011 y que cerró el putsch de 2021.

    El MDC es independiente de la Liga Nacional por la Democracia. La extrema izquierda está presente (al menos el SDUF4/ Frente Unido Social Demócrata (Social Democratic United Front) (social demócrata debe entenderse aquí en el sentido que daban a este término Lenin y los bolcheviques).), pero se trata, ante todo, me parece, de un centro de concertación de las direcciones de los movimientos sociales.

    Bajo la dirección de Aung San Suu Kyi, la Liga Nacional por la Democracia fue, en los años anteriores al putsch, la principal formación política del país. Gozaba de una doble legitimidad, electoral y familiar: es hija de Aung San, figura destacada, el más conocido de los fundadores del Ejército nacional durante la Segunda Guerra mundial que negoció con los británicos la concesión de la independencia antes de ser asesinado, junto a otros seis miembros del gobierno provisional, el 19 de julio de 1947. El coraje de Suu Kyi s innegable, pero sería un contrasentido creer que se trata de una demócrata. Cierto, reivindica un socialismo budista, que no tiene nada de autogestionario, situándose, por el contrario, en una tradicional concepción verticalista del partido y del poder. Defiende el orden (capitalista) existente y el predominio de la élite bamar (muy mayoritaria en la llanura central) en el Estado. Su aura era muy grande en el centro del país, pero no ocurría lo mismo en las regiones fronterizas, aunque la Liga por la Democracia estaba implantada entre las minorías.

    Aunque acosada o reprimida muchas veces por los militares, siempre se negó a exiliarse y a reunirse con su familia en Gran Bretaña y, por ello, recibió el premio Nobel de la Paz, un premio que, sin embargo, se le retiró después del genocidio de los rohinyás cometido en 2017-2018 por el ejército cuando compartía con ella el poder: en un primer momento defendió en el ámbito internacional con uñas y dientes a los generales, llegando a denunciar a los organismos de la ONU encargados de la ayuda a las poblaciones refugiadas como cómplices de los terroristas.

    Evidentemente, el nuevo Gobierno de Unidad Nacional mantiene en sus funciones a Aung San Suu Kyi, como Consejera de EstadoEra jefa de gobierno y presidenta de hecho, pero dado que les militares introdujeron una enmienda en la Constitución especialmente pensada para que no pudiese ser Presidenta, el puesto sólo podía ser ocupado por una persona cuyos familiares fueran birmanos. El marido de Suu Kyi era británico, Michael Aris, fallecido en 1999., y a Win Myint como Presidente, pero se puede pensar que la LND y el GUN han entrado de hecho en la era post-Suu Kyi.

    La composición del nuevo gobierno es ostensiblemente pluriétnica, ha reconocido los daños cometidos a los rohinyás y asegura que los culpables deberán ser juzgados. Ha adoptado importantes compromisos sobre la completa refundación del derecho a la ciudadanía, sorprendentemente complejo y muy desigualitarioJuliette Gheerbrant, 4/05/2015, “L’imbroglio de la citoyenneté birmane” en ESSF (artículo 58597)., basando en adelante la ciudadanía “en el nacimiento en Myanmar o en cualquier otro sitio en tanto que hijos de ciudadanos de Myanmar”. Otro compromiso importante: establecer un verdadero federalismo que sería definido en cooperación con las minoríasToma de posición del 3/06/2021. Ver “Myanmar: Position politique sur les Rohingyas dans l’Etat de Rakhine” en ESSF (artículo 58471). Traducción no oficial..

    Según la web de GUN, “los jefes del gobierno de unidad nacional de la República de la Unión de Myanmar [han sido] nombrados conforme a la Carta federal de la democracia”. El presidente en ejercicio (acting president), Duwa Lashi La, es un abogado y hombre político kachin. El Primer ministro, Mahn Winn Khaing Thann, es karen, cristiano. Desde luego, el GUN debe demostrar de forma convincente que estos compromisos no son cosméticos, pero su constitución confirma que se abre un nuevo capítulo de la historia de Myanmar, también por parte de la oposición. 

    Birmania tiene la forma de una herradura cuyo extremo derecho (al Este) sería más largo que el extremo oeste. La llanura central, atravesada de Norte a Sur por el río Irrawaddy, está rodeada de montañas fronterizas. Su fachada marítima, en la parte meridional, se abre al mar de Adaman y al golfo de Bengala (océano Índico). Administrativamente, el país está dividido en siete Estados étnicos en la periferia (40% de la población y 60% del territorio) y siete regiones en el centro (60% de la población). Hay 135 etnias reconocidas oficialmente. El país está dotado de un parlamento bicameral, la Asamblea de la Unión, compuesta de una cámara baja (la Cámara de representantes) y una cámara alta (la Cámara de las nacionalidades). Se trata en realidad de un falso federalismo, ya que el gobierno central no articula políticas de desarrollo pensadas a escala de todo el país. Por otro lado, el modo de representación institucional y de reconocimiento de la ciudadanía fija las identidades en la periferia, porque dependen de la pertenencia a una etnia censada. Históricamente, este sistema fue formalizado en gran parte bajo la colonización británica, conocida por su política de divide y vencerás.

    Cada Estado étnico, identificado por su grupo mayoritario (shan, karen…), pero por lo general no único, posee sus propias instituciones gubernamentales o legislativas, sus partidos políticos, así como, a menudo, sus Organizaciones Étnicas Armadas (las EAO, según las siglas inglesas), activas desde hace décadas y que pueden mantener relaciones fluctuantes con el poder militar central. En estos Estados pueden coexistir (o incluso estar en conflicto entre sí) varias organizaciones armadas, como consecuencia de escisiones o en representación de grupos étnicos diferentes. Pueden estar apoyadas, o incluso armadas, por un país vecino, como por ejemplo China en el Norte. A la inversa, otros movimientos de resistencia deben tener en cuenta la existencia en sus fronteras de un régimen hostil (como en el caso del Estado karen).

    Después del putsch militar estallaron movilizaciones espontáneas en muchos Estados étnicos, impulsadas por la juventud, incluso allí donde las autoridades se mantuvieron expectantes, manifestando un sentimiento de rechazo similar al expresado en la llanura central, de solidaridad transétnica entre pueblos de la periferia y bamares. Una solidaridad que se convertiría en una apuesta decisiva cuando la violencia de la represión forzó a la clandestinidad y a la resistencia armada a los habitantes de las tierras bajas.

    La orden monástica cuenta con unos 500.000 miembros, divididos en 9 sectasSobre el budismo Theravada en Birmania y el contexto moderno, ver en especial Bénédicte Brac de la Perrière, “Les moines, une troisième force dans l’équilibre transitionnel des pouvoirs en Birmanie”, ESSF (artículo 58364).. En tanto que instituciones oficiales, se supone que las instancias del budismo (la Sangha) no participan en política, pero tradicionalmente suelen aportar su apoyo al régimen establecido, aunque sea dictatorial. Después del putsch del 1 de febrero de 2021, el Estado Mayor puso más cuidado que nunca en cortejar a la jerarquía religiosa. Sin embargo, los movimientos de referencia budista cubren un amplio espectro político, hasta el fascismo (¿o casi?): la Organización de Defensa de la Raza y la Nación (Ma Ba Tha) desempeñó un papel clave en el genocidio de los rohinyás. Esta organización está dirigida por Wirathu/Parmaukha, un monje influyente y ultranacionalista. En vísperas del golpe militar se hicieron oír, sobre todo, los monjes promilitares, dándole su apoyo.

    Sin embargo, bajo la presión continua del movimiento de desobediencia civil, el bloque conservador entre autoridades religiosas y régimen militar se ha fisurado. Los monjes pro demócratas se hacen oír, sobre todo en Mandalay, el segundo centro urbano de Birmania y un bastión de la LND, donde varios monasterios se han declarado en disidencia abierta, poniéndose a la cabeza de una manifestación relámpago para proteger con su presencia a los manifestantes. Esto mismo ya había ocurrido durante la revolución azafrán de 2007, cuando apareció una organización clandestina, la Alianza de todos los monjes birmanos.

    Monasterios y monjes, jóvenes en su mayor parte, han desafiado de esta manera los edictos religiosos que les prohíben cualquier actividad política que tenga como fin oponerse a los generales. Pero la facción promilitar del clero sigue siendo poderosa, afirmando que el régimen protege la identidad budista de Birmania frente a la supuesta amenaza de una lenta toma del poder por el Islam. En este grupo se encuentra el movimiento Buddha Dhamma Parahita Foundation, prolongación del Ma Ba Tha (prohibido en 2017), para quien Aung San Suu Kyi abría el camino a “la extinción de nuestra religión, de nuestra etnia y del país”Associated Press, AFP, “Buddhist monks in Myanmar split on anti-junta movement” en ESSF (artículo 58132).

    La represión militar se ha vuelto cada vez más sistemática, cada vez más asesina. Al Tatmadaw no le ha resultado fácil recuperar el control sobre el terreno, vista la masividad de la resistencia, pero muy rápidamente se hizo imposible continuar con las grandes manifestaciones y concentraciones al aire libre. Las calles se convirtieron en el escenario de intensas confrontaciones, con la población y la juventud levantando en los barrios populares, en las zonas industriales y en los grandes ejes viales una multitud de barricadas improvisadas para bloquear los movimientos de tropas, haciendo frente a la soldadesca equipados con cascos, escudos improvisados, máscaras antigás en la medida de lo posible, armados con hondas o cócteles Molotov… pero ningún equipo de protección resultó suficiente cuando comenzaron los disparos de fuego real e intervinieron los blindados. Testimonio de la violencia de los acontecimientos, la batalla de Hlaing Tharyar en un barrio obrero de Rangún (Yangon) que duró cuatro días, provocando al menos sesenta muertos entre obreras, obreros y estudiantesKo Maung, 15/12/2021, “Myanmar’s Spring Revolution : a history from below” en ESSF (artículo 60499).

    Poco a poco, el ejército pasó a cepillo los centros urbanos, los pueblos de las tierras bajas, imponiendo toques de queda, registrando una a una las viviendas con el fin de identificar a los habitantes y descubrir a los activistas. Durante el período que va de la huelga general del 22 de febrero a la del 8 de marzo de 2021, continuó la dinámica de movilizaciones populares, con movilizaciones callejeras nocturnas y manifestaciones relámpago, pero la participación en estas iniciativas se fue reduciendo poco a poco a los núcleos más militantes. A comienzos de marzo, ya habían sido detenidas más de 2.100 personas, y más de 200 asesinadas, según la Asociación de Asistencia a presos políticos.

    La resistencia tuvo que pasar a la clandestinidad y prepararse para la lucha armada, sin formación militar previa ni armamento digno de ese nombre. Se volvió hacia los movimientos étnicos que estaban dispuestos a ayudarles en ese momento particularmente temible en que todo podía hundirse.

    Como señala Banyar Aung,

    la lucha armada que comenzó en 2021 difiere de las crisis pasadas, como los disturbios de 1948 que llevaron a la guerra civil. En el pasado, la lucha armada fue lanzada por un partido o una organización particular después de una preparación minuciosa. En cambio, el levantamiento tras el golpe de Estado de 2021 fue un movimiento popular y espontáneo, inesperado y no planificado. La gente fue empujada a la guerra después que ella misma, sus parientes o sus amigos se hubieran enfrentado a la potencia de fuego militar durante las manifestaciones callejeras. Sólo después de que la gente se hubiera levantado contra el régimen, el gobierno civil paralelo de unidad nacional (GUN) y su brazo armado, la Fuerza de Defensa del Pueblo (PDF), emergieron para unificar la dispersa resistenciaBanyar Aung, 31/1/2023, “Reviewing Myanmar’s Spring Revolution” en ESSF (artículo 65515)..

    El desencadenamiento de acontecimientos que llevó de la desobediencia civil masiva a la resistencia no tiene nada de misterioso. No pensaba referirme a ello. Pero me sorprendió mucho el artículo de Robert Narai del 1 de febrero de 2022 (que traduje al francés)ESSF, “Jusqu’à la fin du monde”: La révolution inachevée du Myanmar” (artículo 65652). Mantengo correspondencia desde hace mucho tiempo con Robert, y sus artículos en Red Flag, el órgano de Socialist Alternative (Australia) sobre Myanmar me han solido resultar muy útiles.. En un primer momento, presenta la evolución de las luchas y la situación actual en términos análogos a los míos. Más adelante, se dedica a abordar cuestiones más generales, haciendo el análisis de clase de las fuerzas en presencia, para fundamentar, al final, un enfoque que me parece peligrosamente desconectado de la realidad… que él mismo analiza en la parte inicial del artículo. El punto que me parece políticamente más problemático se refiere a la idea de que el paso a la resistencia armada era evitable y a su vez erróneo.

    Voy a citar extensamente este largo artículo; por una parte, porque presenta una síntesis de informaciones muy útiles y, por otra, para abrir el debate sobre algunas cuestiones políticas que me parecen importantes.

    En la primera parte de su artículo, Robert explica que

    la respuesta del Tatmadaw [al levantamiento popular] fue movilizar a las fuerzas armadas a su disposición para aplastar al movimiento de masas con una ola de terror contrarrevolucionario: las expulsiones masivas de trabajadores del sector público de las viviendas proporcionadas por el gobierno se combinaron con masacres en todo el país (…) Desde entonces, el campo se volvió el principal lugar de confrontación. Decenas de miles de jóvenes y de trabajadores urbanos buscaron la seguridad en las zonas fronterizas controladas por las etnias, siguieron un entrenamiento en la guerrilla y formaron algunos grupos armados bajo la bandera de las Fuerzas de Defensa del Pueblo (PDF) (…) La resistencia urbana continuó bajo la forma más limitada de asesinatos centrados en militares y de sus colaboradores, mientras que en las grandes ciudades y municipios continuaron las manifestaciones cotidianas del tipo manifestaciones flash (flash-mob).

    Robert Narai añade más adelante:

    la amenaza [representada por la] huelga general prolongada (…) condujo al posterior terror contrarrevolucionario. Las expulsiones masivas de ferroviarios, enfermeras, funcionarios y empleados de banca se añadieron a la carnicería de Hlaing Tharyat y a los baños de sangre en otras partes del país. La naturaleza aparentemente indiscriminada de la violencia tenía como único objetivo paralizar el motor de la lucha de masas y aplastar el alma social en el corazón del proceso revolucionario.

    Como señala una de las personas entrevistadas por Narai por medio de comunicaciones encriptadas:

    Tenemos la costumbre de hacer huelgas en las fábricas, pero hacer una huelga contra militares armados es distinto. Nunca antes habíamos participado en huelgas políticas. Pero los estudiantes tienen mucha experiencia en este terreno. Y por eso, muchos trabajadores saben que los estudiantes apoyan siempre a los trabajadores cuando éstos hacen huelga. La focalización de estos militantes [estudiantes-trabajadores] y la prohibición en la práctica de la mayor parte de los sindicatos de Myanmar tras el golpe de Estado son medidas calculadas para desarraigar estas redes y privarlas de su capacidad de acción. Uno de los efectos de la represión ha sido la ruptura de estos vínculos, pero no por completo. La organización clandestina de los trabajadores en los centros de trabajo continúa bajo el nuevo régimen militar, a pesar de las dificultades y los peligros extremos que ello implica.

    Lo extraño es que a continuación Narai deplore

    la tendencia general en el seno de la izquierda a abandonar la promoción de la autoactividad de la clase obrera y a sumarse a la proliferación de grupos armados que han emergido después de la derrota de la huelga general de marzo.

    En efecto, se había llegado al punto en que la extensión de la lucha armada en las tierras bajas se había vuelto una necesidad vital, incluso para permitir el mantenimiento de resistencias sociales en las aglomeraciones urbanas y en las zonas industriales: los militantes en peligro extremo debían poder encontrar refugio en el campo, era necesario que el ejército se viese obligado a dispersar sus unidades en el conjunto del país y que cesase la impunidad de las fuerzas de represión.

    Por lo que conozco, ninguna organización significativa de Birmania ha elegido la lucha armada sin verse obligada a ello, como ha podido ser el caso en otros países, como Filipinas, donde el PCF (siguiendo la tradición de José María Sisón) considera que debe ser siempre considerada como la “forma principal” de lucha. Igualmente, sería erróneo decir que, en cualquier circunstancia, comprometerse en la lucha armada significa desertar de los combates sociales de las capas populares.

    Robert Narai señala que el Gobierno de Unidad Nacional (GUN) ha llamado a la “guerra revolucionaria del pueblo” y a la constitución de las “Fuerzas de defensa del pueblo” (PDF) y se dedica a describir el desarrollo de la resistencia armada:

    Existen dos tipos de PDF (…) las fuerzas de defensa locales autónomas y las directamente vinculadas al Ministerio de Defensa del GUN. Los grupos locales se han desarrollado a partir de las luchas de la base contra las fuerzas de seguridad y operan en gran parte independientemente del GUN. Al mismo tiempo, los otros grupos armados mantienen vínculos más estrechos con el GUN: algunos han sido creados directamente por el GUN, mientras que otros han intentado asociarse más estrechamente al gobierno paralelo.

    Sin embargo, dos factores principales “obstaculizan actualmente la guerra revolucionaria del GUN”: la “falta de armamento pesado, que hace difícil para los PDF capturar y conservar territorios y oponerse a la superior potencia terrestre y aérea del Tatmadaw” y la “ausencia de una estructura de mando y de control centralizado capaz de superar a la del Tatmadaw”.

    Toda esta presentación me parece exacta y el citar extensamente a Narai me evita tener que repetirlo.

    Donde aprieta el zapato es cuando Robert condena a “los miembros de la izquierda birmana que se unen a las milicias populares armadas”, que se pondrían necesariamente al servicio de una forma de restauración capitalista por arriba, de una democracia burguesa, bajo la égida del GUN. Siguiendo la denuncia de esta “desastrosa” orientación, señala, sin embargo, que

    no se trata de negar que una cierta componente armada será [subrayado mío] necesaria para derrocar a Min Aung Hlaing; pero el objetivo de quienes quieren ver lograr las tareas de la revolución inacabada del Myanmar (democracia política y económica, tierras para los pequeños agricultores y autodeterminación para las minorías étnicas) no debería ser ayudar a la construcción de una nueva máquina burocrático-militar que sería incapaz de resolver ninguno de estos problemas.

    Cierto, el objetivo de las luchas (armadas o no) debe ser la construcción de una Birmania nueva en beneficio de las capas populares y en defensa de los derechos sociales y nacionales. Pero es bastante extraño utilizar aquí el futuro para hablar de una guerra que hoy hace estragos e invocar “una cierta componente armada” cuando ya hay muchasEn inglés: “This is not to deny that some armed component will be necessary”. La fórmula “una cierta componente armada” parece implicar que, en cualquier caso, esta “componente” será mínima..

    A la espera de un futuro indefinido, su condena de estos militantes que se han unido hoy a la resistencia no tiene matices:

    El enfoque militarista representa una ruptura fundamental con el movimiento revolucionario observado en el curso de las primeras semanas de febrero y marzo de 2021. Mientras las huelgas y manifestaciones masivas daban confianza al resto de trabajadores, así como a capas más amplias, y los atraían a la lucha, los bombardeos, los asesinatos selectivos y los tiroteos producen el efecto contrario. Trágicamente, la militarización creciente de la resistencia contribuye a consolidar un terreno político que excluye la participación democrática y popular de la clase obrera y del pueblo.

    Contra toda evidencia, Robert Narai afirma que el derrocamiento del poder militar era posible en la primavera de 2021 y que el compromiso con la lucha armada impidió a las masas la victoria que tenían al alcance de la mano. De ahí concluye que todos los movimientos que han dirigido la resistencia han “traicionado” a la causa. Ya he escrito todo lo que pensaba de malo de la LND bajo Aung San Suu Kyi: contribuyó a contener los movimientos democráticos y sociales. Pero condenar por traición a la Confederación de Sindicatos de Myanmar (CTUM), la central sindical que lanzó la huelga general prolongada del 8 de marzo, ¡eso es ya otro asunto! ¿Está compuesto el CRPH, fundado por parlamentarios ligados a la LND, por miembros de la élite? Desde luego, hay que favorecer la autoorganización de las luchas populares, su independencia de clase. Pero resulta cuando menos problemático pretender que la LND y el CRPH han “jugado un papel importante” en “la derrota de la huelga general prolongada”, y que al “promover” el “derecho a la autodefensa” a mediados de marzo (después de mes y medio de llamamientos a protestas pacíficas ante las masacres perpetradas por el Tatmadaw), han contribuido a canalizar el extendido sentimiento de que Min Aung Hlaing debería ser derrocado por la fuerza armada, abandonando la lucha en los centros de trabajo a cambio de la “guerra revolucionaria del pueblo”.

    ¿Era posible la victoria en marzo de 2021? Sí, a una condición factible que curiosamente Robert no menciona: la ayuda y la solidaridad internacional decisiva en el plano diplomático, sanciones a la altura de las circunstancias, la provisión de armamento a los diversas componentes de la resistencia (en los Estados étnicos), una ayuda internacional multiforme. En concreto, Washington no utilizó el exorbitante poder que permite a la justicia de EE UU perseguir a cualquier entidad que utilice el dólar en transacciones que entren en contradicción con los intereses estadounidenses.

    Nuestras debilidades también tienen la culpa. Somos muchos quienes hemos hecho todo lo que podíamos para ayudar a la resistencia al putsch, tanto a nivel humanitario como político y también en el financiero (por nuestra parte, comenzamos rápidamente a recolectar fondos y participamos en campañas contra nuestra compañía petrolera: Total). Pero debemos reconocer los límites de nuestras acciones y las dificultades que encontramos para hacer de la guerra olvidada de Birmania un desafío en nuestros propios países (el apoyo más activo procede de países vecinos, como Tailandia y Filipinas).

    En esas condiciones, hay que comenzar por reconocer que lo que han hecho los movimientos que iniciaron la resistencia al putsch del 1 de abril es notable, extraordinario (fuera de lo común). Si hubieran traicionado, lo hubieran hecho mucho peor. No hay que reescribir la historia con si condicionales, que es lo que hace, me parece, Robert. Como decimos en francés, “a base de si-es se podría meter París en una botella”.

    Según Robert Narai, hay dos factores fundamentales que explicarían por qué la clase obrera de Myanmar no consiguió derrocar el régimen de Min Aung Hlaing durante la ola de huelgas de febrero y marzo: la incapacidad para crear un segundo poder gubernamental de las masas trabajadoras, y la ausencia de una organización revolucionaria profundamente arraigada. Recopila (con razón) y valora los ejemplos de ayuda mutua entre la población y los huelguistas, comités de huelga que toman el control directo de la producción, la fusión entre comités de huelga y organizaciones de autodefensa a nivel de barrio. Todo esto manifiesta la profundidad y la inventiva de un levantamiento popular. Y concluye:

    Por desgracia, estas iniciativas revolucionarias nunca cuajaron en un sistema coherente de autogestión colectiva. Para alcanzar el nivel de un gobierno revolucionario de las masas trabajadoras, estas experiencias deberían ser generalizadas a nivel local y nacional. También deberían penetrar en los centros de acumulación del capital, que quedaron muy excluidos de las huelgas, en particular los campos gasíferos del mar de Andaman y las minas de jade del Estado de Kachin. Con ello, habrían podido comenzar a sentarse las bases de una red de consejos de trabajadores que podrían eventualmente disputar el poder.

    Considera que los comités de huelga general formados a mediados de febrero habrían podido impulsar la creación de un órgano nacional de doble poder frente a la Junta y ofrecer una legitimidad alternativa, proletaria, al GUN, iniciando una dinámica de reivindicaciones transitorias por parte de un “gobierno revolucionario de las masas trabajadoras”. Añade que las “formas de poder obrero” habrían debido implantarse en la capital Naypyitaw, de lo que no fueron capaces, para no permitir a los militares “superar los días más difíciles”.

    Para Robert Narai, es “razonable” pensar que todo ello habría podido producirse antes de que el Tatmadaw recuperase la iniciativa. Me temo que es poco razonable creerlo. ¡Hablamos de un período de seis semanas! Lo digo una vez más, lo que se hizo durante este breve lapso de tiempo merece ya toda nuestra admiración. Sus enseñanzas son excepcionales, y tanto los éxitos como los límites deben ser analizados, pero no exijamos a posteriori lo imposible…

    Incluso si hubieran existido organizaciones políticas revolucionarias implantadas en febrero de 2021, sería dudoso que hubiera sido suficiente sin una ayuda internacional más eficaz; pero, de todas maneras, esas organizaciones estaban por construir, como lo señala el propio Robert. Él utiliza el singular (una organización revolucionaria), mientras que yo prefiero utilizar el plural, porque el pluralismo del movimiento revolucionario se impone a menudo como un dato a aceptar de forma positiva, so pena de fracturarlo.

    Quiero concluir aquí con dos cuestiones:

    Es evidente que las tácticas son concretas, pero las estrategias también. Birmania ha vivido golpe a golpe dos grandes virajes: el putsch del 1 de abril y su fracaso, y, después, la capacidad del Tatmadaw para recuperar la iniciativa llevando a cabo una campaña de terror a una gran escala. Evidentemente, la articulación de las formas de lucha no fue la misma en febrero que en marzo. En un primer momento se trataba de asociar, de forma dinámica, en el seno del vasto movimiento de desobediencia civil, combates democráticos y sociales, anclados en los centros de trabajo y en los barrios populares y zonas industriales, en los centros urbanos y en el campo. En un segundo momento, el factor resistencia armada, que antes estaba ausente, entra decisivamente en juego, lo que implica un peso creciente de las zonas rurales y de los vínculos con las organizaciones étnicas armadas solidarias, intentando, a su vez, mantener la resistencia activa en los centros urbanos e, incluso, recuperar la iniciativa también allí.

    Cuando cambian los parámetros claves de la situación, se debe modificar la estrategia. Digamos que en febrero una estrategia de levantamiento de masas no armado correspondía a la situación en la llanura central, sabiendo que este tipo de levantamiento popular adopta formas territoriales, se da en los centros de producción, a nivel rural o urbano, y a nivel social y político.

    En marzo se entró en una fase intermedia en la que se impuso la resistencia armada, pero donde probablemente todavía era difícil elaborar una estrategia apropiada, mientras la evolución de las relaciones de fuerza seguía sin estar clara. Ahora sabemos que la resistencia armada se resuelve a largo plazo y no a corto plazo. Robert Narai descarta de un manotazo la cuestión de la “guerra revolucionaria del pueblo” declarada por el GUN y, sin embargo, es necesario abordar esta cuestión.

    Hay un amplio abanico de experiencias asiáticas en materia de luchas o resistencias armadas de base popular, ya sean antiguas (China, Vietnam, etc.) o contemporáneas (como en Filipinas). No importa el vocabulario: guerra del pueblo, guerra revolucionaria prolongada… Nada se puede trasplantar de un país a otro, de un período histórico a otro. Sin embargo, estas experiencias permiten reflexionar sobre muchas cuestiones: la relación entre la movilización de las fuerzas sociales en el proceso revolucionario y la reforma agraria, el peligro autoritario que pueden manifestar organizaciones armadas respecto a sus bases sociales y cómo combatirlo, la defensa y el respeto de los derechos de las comunidades populares y de las poblaciones de la montaña en situación de militarización aguda, la forma de resolver conflictos entre movimientos armados (incluso progresistas), etc. Evidentemente, no se trata de definir la estrategia justa a miles de kilómetros, sino de aprender y transmitir las enseñanzas de estas experiencias, en lo que tienen de específico, de original, o de más general.

    No podemos ignorar esta cuestión, un terreno de batalla muy importante. Es una ecuación bastante simple. Estamos a favor de que se excluya al SAC de todas las instancias regionales e internacionales. En ningún caso y en ningún sitio puede representar a Birmania.

    Atenerse a la situación anterior al putsch (lo que hacen muchas cancillerías) significa reconocer la representatividad del gobierno civil de la LND bajo Aung San Suu Kyi y no tener en cuenta todo lo que ha pasado después.

    En cambio, reclamar el reconocimiento del GUN, que encarna a la vez la continuidad de la autoridad parlamentaria civil elegida, pero reconoce también los grandes cambios sobre el reconocimiento del genocidio de los rohinyás, los derechos democráticos y a la ciudadanía, la representación pluriétnica, la co-elaboración de un proyecto confederal… es lo correcto. No se trata de creer todo lo que dice el GUN o pretender que vaya a instaurar una democracia socialista. Es ante todo un hecho: tal como están las cosas, no hay otra opción legítima aceptable en el plano diplomático.

    Añadiría que tenemos suerte, porque el GUN, en gran medida, no es un gobierno en el exilio, alejado del país. Protegido por el Estado karen, muchos cuadros continúan actuando sobre el terreno y algunos lo han pagado con su vida. La cooperación militar con los PDF se impone en muchos lugares como una necesidad, incluso por parte de unidades que no quieren someterse al mando (efectivo o simbólico) del ministro de Defensa del GUN.

    Lo que plantea el GUN no será fácil de poner en práctica, porque implica una ruptura radical con lo que fue la Liga Nacional por la Democracia bajo la égida de Aung San Suu Kyi, tanto en lo que se refiere a su política hacia los pueblos de las tierras altas como en su complicidad en el genocidio de los rohinyás. Hay que superar un enorme pasivo que se remonta lejos en el pasado. 

    Recordemos que, en Myanmar, la llanura central está bordeada de montañas fronterizas y que la fachada marítima, en la parte meridional, bordea el océano Indico.

    En esta configuración, el poder central es bamar, por encarnar supuestamente, en la tradición colonial, el país útil. Sobre todo, el régimen basa su legitimidad en la defensa de su Birmania, frente a la figura del otro, los pueblos no bamares de la periferia. Las élites sociales bamares, a las que pertenece Aung San Suu Kyi, son culturalmente etno-nacionalistas. Es una de las razones que explica que Suu Kyi haya podido cohabitar durante un tiempo con el Ejército y defenderlo tras el genocidio de los rohinyás.

    Suu Kyi es la hija de Aung San, el más conocido de los fundadores del Ejército nacional durante la Segunda Guerra mundial y, en 1939, del Partido Comunista Birmano (PCB). Fue asesinado, junto a otros seis miembros del gobierno provisional, el 19 de julio de 1947, por un dirigente de la extrema derecha. La formación de este ejército durante la guerra estuvo caracterizada por los cambios de alianzas y no hubo, como en China, un largo proceso combinando guerra popular, lucha de liberación nacional y revolución social. El PCB tenía innegables raíces en la historia de las luchas populares, pero era de composición exclusivamente bamar.

    El prestigio de Aung San Suu Kyi tiene que ver en parte con esta filiación. Probablemente, también la ambivalencia de su relación con el Ejército. No quería empañar su aura histórica al mismo tiempo que quería afirmar la preminencia del gobierno civil frente al Estado Mayor del Tatmadaw, siendo su propia legitimidad electoral. Además, la tradición política en que se sitúa es la de una izquierda verticalista, autoritaria. Durante el período relativamente democrático que precedió al putsch de 2021, cuando la sociedad civil se desarrolló rápidamente, Suu Kyi no quiso apoyarse en ella y en sus movilizaciones autónomas. Así, el etno-nacionalismo y el verticalismo aparecen como dos de los factores que han contribuido al fracaso de la transición democrática, por lo demás muy aleatoria.

    Los rohinyás habitan desde hace mucho tiempo en Birmania, al borde del golfo de Bengala, y muchos de ellos estaban reconocidos como ciudadanos de pleno derecho. Rohinyá significa habitante del Rohang, más conocido como el Arakan/Estado rakain, habitantes del Arakan, por tanto. El régimen militar les niega el derecho a llamarse así, al considerarlos extranjeros. Esta población ha sido sometida a diversas campañas de discriminación, incluso a masacres como en 2012, para desembocar, en 2017-2018, en un genocidio y en la huida masiva de los supervivientes (unos 750.000 refugiados, en gran parte a Bangladesh, o errando entre otros países).

    El ala nacionalista de extrema derecha del budismo birmano jugó un importante papel en la diabolización y deshumanización de los rohinyás. Como en otras muchas ocasiones, tras los discursos inflamados en defensa de causas sagradas –en nombre de la identidad religiosa o etno-nacionalista– se esconden intereses más prosaicos. Probablemente, el genocidio no hubiera tenido lugar si no hubiera hecho falta echarlos para abrir el territorio en que vivían los musulmanes a la construcción de un puerto de aguas profundas, una zona industrial y nuevas infraestructuras, en beneficio de los generales, de India y de China. En efecto, allí conduce el corredor birmano que une el sur de China con altamar. La política de corredores permite al régimen chino acortar los intercambios comerciales, a la vez que invertir masivamente en los países afectados (también hay un corredor pakistaní), reforzar su influencia en su periferia y eludir un posible bloqueo que el ejército de EE UU podría imponer en el estrecho de Malaca, más al Este.

    El genocidio fue ocultado en Birmania y no se manifestó ninguna solidaridad sustancial entre los bamares ni por parte de los Estados étnicos. Fue el ejército quien cometió el genocidio, pero recordemos que en un primer momento Aung San Suu Kyi defendió agresivamente a los generales. Ante el clamor de indignación provocado por su actitud, reconoció la existencia del problema (sin admitir su gravedad) y declaró que organizaría el regreso de los refugiados tras haber verificado su ciudadanía (¡que les había sido retirada!). Se negó siempre a pronunciar su nombre (rohinyá). Se limitó a eso.

    La joven generación birmana parece hoy dispuesta a afrontar su grave pasado. Bamares que sufren hoy la violencia sin compasión del Tatmadaw viven en su propia carne la suerte de los rohinyás y se sienten culpables por haber mirado hacia otro lado en 2017-2018. Aunque el nuevo Gobierno de Unidad Nacional reconoció el genocidio en su comunicado del 3 de junio de 2021 y afirmó que los responsables de este crimen deberían ser juzgados y condenados, representantes de asociaciones de rohinyás siguen escépticas sobre este mea culpa, y quieren comprobarlo con sus propios ojos, aunque reconocen que se abre un nuevo posible por parte de la oposición a la Junta, mientras que no pueden esperar nada por parte del Tatmadaw. Es muy posible que no sólo Aung San Suu Kyi, sino también otros miembros del GUN hayan estado personalmente implicados, de una u otra forma, en la ocultación del genocidio.

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    La IV Internacional y la esperanza revolucionaria. Análisis, estrategias y proyectos

    PARIS : Mai 68

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    Ludovine Bantigny y Fanny Gallot

    Historiadoras

    Traducción: Viento Sur
    Fuente: 
    Europe Solidaire Sans Frontières

    Teoría: Estrategia

    03/05/2023

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    Inmediatamente después de 1968, hay una gran convicción en las corrientes comunistas revolucionarias de que la revolución es inminente o en todo caso surgirá a medio plazo, en cinco o diez años en Europa.“La historia nos muerde la nuca”, resume Daniel Bensaïd. Por tanto, hay que prepararse y pensar las bases de nuevo; de nuevo, porque no se trata de trasplantar las referencias y experiencias de una historia y de una tradición, de una cultura política en suma. Ésta evoluciona y cambia con el tiempo, sobre todo porque, en estas corrientes, el análisis preciso de la situación suele ser una prioridad: se privilegia la atención materialista a las condiciones de posibilidad para la acción.

    Pero a lo largo de los años 1970 esta esperanza se reduce y fragiliza. Sin embargo, se sigue considerando que el período es de gran intensidad histórica y las propuestas teóricas, en su renovación, están a su altura. Las experiencias chilena y portuguesa, la caída de la dictadura en Grecia, los avatares de la Unión de la Izquierda, no son un simple contexto en el que se situaría este compromiso teórico: constituyen sus soportes. Porque el desarrollo de este pensamiento no tiene nada de abstracto, se alimenta de la propia situación y parte sin cesar de la misma para medirse y corregirse según sus efectos.

    “Entre” las izquierdas revolucionarias, la IV Internacional se distingue por una cierta apertura política, reacia al sectarismo, y se caracteriza como una de las “corrientes cálidas” del marxismo, empleando la fórmula de Ernst Bloch, que otorgan un lugar esencial a la subjetividad, a la capacidad de actuar de los protagonistas, en definitiva a un marxismo humanista[1]Cf. Razmig Keucheyan, Hémisphère gauche. Une cartographie des nouvelles pensées critiques, París, La Découverte/ Zones, 2010, p. 315.. “Contra Althusser” y las tendencias inspiradas en él, esta corriente trotskista defiende el voluntarismo contra el objetivismo y la iniciativa revolucionaria contra la mecánica de las estructuras.

    Se sitúa en especial en una historia transnacional de los proyectos políticos que es precisamente internacionalista y se pretende revolucionaria, sin fronteras. Se dota así de instancias, guías, soportes, tradiciones, que permiten la circulación. Para mostrarlo, este texto se apoya en fuentes hasta ahora poco o nada exploradas: los archivos de la IV Internacional, con decenas de cajas que siguen durmiendo, casi sin tocar, en los sótanos de la BDIC[2]La Biblioteca de documentación internacional contemporánea en Nanterre.. Informes de reuniones internas, preparaciones e intervenciones de congresos y conferencias internacionales, folletos, prensa y octavillas son otros tantos documentos adecuados para comprender esta esperanza revolucionaria, con sus avatares y sus oscilaciones.

    Conviene por tanto ocuparse de una cultura política, marxista heterodoxa, siguiendo el ritmo ternario que confiere a su práctica: examen de la situación social, económica y política; estrategia a poner en marcha; programa y proyecto para una sociedad alternativa al capitalismo y a la economía de mercado; todas estas experiencias militantes, dotadas de prácticas cotidianas, circulando de un país a otro y abriendo la vía a una utopía concreta, a entender en el sentido estricto de la palabra -un otro lugar, pero realizable, abriendo el campo de los posibles.

    En esta coyuntura y partiendo de ella, la IV Internacional propone una reflexión renovada sobre las estructuras del capitalismo. Desde 1969, se llega a la conclusión de una exacerbación de la concurrencia interimperialista, con el comienzo de una compresión de la tasa de beneficio[3]Ligue communiste, Boletín rojo de discusión. “Le contrôle ouvrier”, noviembre 1969, BDIC Q pieza 8316.. El capitalismo tiene que “remodelar de arriba abajo su aparato productivo”, abandonando a sectores enteros que considera incorregibles. El diagnóstico se hace también pronóstico: anuncia caravanas de privatizaciones en los campos considerados rentables[4]Pierre Julien, “1978: un tournant?”, Critique communiste, n° 26, febrero 1979, p. 13.

    En una conferencia internacional celebrada en junio de 1974, uno de los principales dirigentes de la IV Internacional, Ernest Mandel, se refiere a la recesión económica que afecta a la mayor parte de los países capitalistas, con sonoras quiebras, no ya sólo de pequeñas empresas aisladas, sino de grupos importantes. En Gran Bretaña en particular, algunos de los mayores bancos privados se encuentran al borde de la quiebra. El paro estructural se impone como resultado de la automatización y del impresionante crecimiento de la productividad. En 1973, la productividad habría aumentado cerca del 15% en un año en el conjunto de Europa, una “cifra apenas creíble”. Ahora bien, “si cada obrero hace un 14% más de tarea por hora y la producción sólo aumenta entre el 5% y el 7%”, el paro no puede dejar de imponerse[5]Informe de Ernest Mandel, “La crise de l’Europe capitaliste”, Conferencia obrera del Frente comunista revolucionario y de los grupos Taupe rouge [Topo rojo], 1-3 junio 1974, archivos BDIC no … Seguir leyendo.

    Esta reestructuración a escala mundial supone para las clases dominantes una integración más forzada de los sindicatos y por tanto una acentuada “colaboración de clases”. Ya que uno de los recursos tradicionales en períodos de dificultades económicas es utilizar a las organizaciones obreras -o al menos a sus direcciones- como un freno para las potenciales luchas sociales. El argumento que emplean es que hay que ser prudentes, que hay que prestar atención a no alterar todavía más un clima económico degradado. Este discurso es defendido por la izquierda en Inglaterra, en la República Federal de Alemania y en los países escandinavos; es también al que tienen derecho las trabajadoras y trabajadores portugueses, apenas concluida la “revolución de los claveles”. Es de alguna manera la respuesta que el Estado quiere aportar a la crisis abierta por 1968 y después por la recesión económica: reconquistar la paz social.

    La IV Internacional analiza así la “integración orgánica” en el Estado por parte las organizaciones del movimiento obrero, característica del Welfare State. Para Jean-Marie Vincent, por ejemplo, la inserción de militantes sindicalistas en la “trama institucional de la sociedad burguesa” por medio del arbitraje de los conflictos laborales tiene que ver con una “política contractual de regulación del coste de la mano de obra” de gran habilidad estratégica, puesto que pone al “movimiento obrero a remolque del capitalismo que pretende combatir, creyendo transformarlo”[6]Jean-Marie Vincent, “Les voies du réformisme”, Critique communiste, n° 32, junio 1980, p. 122-128..

    La crítica va acompañada del análisis del reformismo y de su evolución en este estadio del capitalismo. Los partidos comunistas europeos, cuyas transformaciones son objeto de atentos análisis, son caracterizados como “neo-reformistas”, habiendo abandonado el proyecto revolucionario en favor de una vía parlamentaria que remite el calendario del socialismo a un horizonte cada vez más lejano. Se le da una explicación internacionalista: el reformismo aparece como una opción elegida para preservar mejor los intereses de la URSS: “porque había que impedir a cualquier precio una revolución que comprometería el equilibrio mundial de fuerzas y la suerte de la burocracia soviética, era necesario inventar una teoría de las vías pacíficas al socialismo”[7]Ligue communiste, Boletín de discusión, “Le contrôle ouvrier”, noviembre 1969, p. 13, Bibliothèque de Documentation internationale contemporaine (BDIC), Q pieza 8316. Pero al  imaginar reformas internas en el Estado, los dirigentes de los PC acaban sembrando ilusiones.

    Se suele emplear una imagen: frente al capitalismo, es como si el reformismo se encontrase ante un tigre muy feroz, pero se contentase con preguntarse por “el instrumento a emplear para limarle los dientes y las garras sin que se dé cuenta”. Ahora bien, “habría que temer que, antes de ser desarmado, el tigre se haya comido a los reformistas y con ellos al movimiento obrero”[8]Idem. Por ello, se le da la vuelta al estigma de la utopía: aunque se suele reprochar a los revolucionarios ser irrealistas y lunáticos, sería más adecuado aplicarlo a los reformistas. En efecto, éstos siguen proponiendo soluciones keynesianas en un período caracterizado por la intensificación de la liberación de los intercambios a nivel mundial y por un descenso de la rentabilidad del capital. El relanzamiento keynesiano sólo podría reforzar la crisis.

    Estos análisis internacionales del período se apoyan en ejemplos locales puestos en común por medio del Secretariado Unificado de la IV Internacional: circulan así experiencias prácticas.

    En los años 1970, las experiencias de militantes de la IV Internacional circulan de diversas maneras con soportes variados. Por ejemplo, periódicos como La Internacional son redactados en español para la emigración española en Francia. El último número, datado en diciembre-enero, probablemente de 1975-1976, explica haber dado cuenta de “los acontecimientos más importantes que están en el origen de la agonía del franquismo y el surgimiento impetuoso del movimiento de masas a partir de las movilizaciones de 1970 contra el proceso de Burgos a Izko y sus camaradas de ETA: las grandes huelgas generales (Ferrol, Vigo, Besós, Pamplona…), la lucha contra la circular Marcellin-Fontanet, la colaboración de los gobiernos francés y español, la contrarrevolución chilena, la revolución vietnamita, etc. (…) La Internacional, a pesar de sus irregularidades, sus límites y sus deficiencias, ha aspirado a ser el portavoz de los marxistas revolucionarios en el seno de la emigración española en Francia”. El cierre de La Internacional se adapta a las “nuevas exigencias de la situación política”. En efecto, anteriormente se difundían dos periódicos en paralelo para los emigrantes españoles: Combate, el periódico de LCR-ETA VI y La Internacional, un suplemento de Rouge. Sin embargo, el editorial del último número de La Internacional destaca que “a medida que toma importancia la evolución de la situación política en España, mantener dos órganos paralelos (Combate y La Internacional) informando de esta situación política, resulta cada vez más superfluo. Por ello decidimos sustituirlos por una edición exterior de Combate, suplemento emigración”[9]BDIC, La internacional, n°16, Diciembre-Enero.

    Para elaborar la campaña sobre el aborto y la contracepción, la IV Internacional elaboró fichas sobre las cuestiones en juego por países: “las informaciones que siguen han sido reunidas con ocasión de varias reuniones internacionales y sobre la base de la prensa de las secciones de la IV Internacional. Se refieren a los siguientes países: Alemania, Australia, Bélgica, Canadá-Quebec, Dinamarca, España, Estados Unidos, Holanda, Inglaterra, Irlanda, Isla Mauricio, Italia, Luxemburgo, Mexico, Nueva Zelanda, Suiza. Están fechadas (finales de setiembre de 1978) y son por tanto susceptibles de modificaciones dada la situación cambiante en una serie de países. Podrán ser completadas porteriormente y deberían servir de base para uno de los capítulos del folleto que la LCR deberá sacar en el marco de esta campaña”[10]BDIC, Travail femmes, Avortement-contraception.

    En fin, además de numerosos artículos en la prensa nacional -como Rouge-, se elaboran folletos por parte de las secciones para informar de lo que se hace en otros lugares y las lecciones que se pueden extraer. Es el caso, por ejemplo, de un folleto titulado Portugal, la alternativa, en cuya introducción se anuncia: “Los artículos de los camaradas Hansen y Foley plantean la situación en Portugal como emplazada ante la alternativa: dictadura militar o democracia burguesa. El artículo de los camaradas Mandel, Frank y Maitan, exponiendo la posición de la dirección de la Cuarta Internacional, presenta el desarrollo de la situación en Portugal bajo la alternativa: por o contra la revolución socialista. El Secretariado Unificado de la Cuarta Internacional ha considerado necesario reunir los artículos en cuestión para dar a conocer públicamente esta controversia ya que los problemas que se debaten no sólo interesan a la marcha de la revolución en Portugal, sino también al desarrollo de la lucha de clases en Europa occidental, y más en particular ahora en Portugal, en España, en Italia y en Francia”[11]Cahiers Rouge n°4, Portugal l’aternative, Le taupe rouge. En efecto, no sólo se publican aquí textos de la IV Internacional: las orientaciones estratégicas del Secretariado Unificado se sitúan en debates que comprenden a otras organizaciones que se reclaman de otras tradiciones de extrema izquierda, en este caso la corriente del SWP.

    Aunque las discusiones transitan por diversas publicaciones, las orientaciones estratégicas de la IV se discuten también con ocasión de numerosos encuentros.

    A la vista de esta redistribución de cartas, ¿cuál es el nivel de la lucha de clases según la organización que, como marxista, se reclama de ella y la apoya? En este terreno, los años 1970 suponen también un giro: a causa de la “crisis creciente de las relaciones laborales y de las relaciones sociales en general”, “la clase obrera en su gran mayoría ya no cree, como lo hacía en los años cincuenta y sesenta, que el capitalismo sea portador de un progreso continuo, y en particular de un crecimiento que elimina poco a poco la pobreza”[12]Jean-Marie Vincent, “Sur le programme commun”, Critique communiste, n° 15, abril 1977, p. 10. Esto no significa que ya no luche. Entre el comienzo y el fin de la década, se contabilizan unos 4 millones de “jornadas individuales de trabajo perdidas por hacer huelga” en Francia. Esta cifra es considerada bastante importante en relación a los años 1950, aunque modesta respecto a los años 1960, e incluso particularmente débil comparada con la situación italiana en el mismo período: durante el “mayo rampante” italiano, sólo entre 1971 y 1975, se cuentan 17 millones de jornadas de huelga. El grado de lucha sigue apareciendo intenso; pero está debilitado por el desarrollo de contratos de duración limitada y el trabajo a tiempo parcial de las mujeres. Una vez más, la constatación va acompañada de una previsión: el crecimiento del trabajo precario disminuye el grado de combatividad[13]Pierre Julien, “1978: un tournant?”, art. citado.

    Con ocasión de encuentros en conferencias obreras, por ejemplo, militantes de la IV Internacional discuten sobre las huelgas obreras en Europa. La discusión se suele lanzar con un informe introductorio. En un informe sobre “las tareas de los revolucionarios en Europa”, el “camarada Udry” aborda en 1974 la implantacion reciente de militantes revolucionarios en diferentes sectores y a escala europea, precisando que son “capaces de impulsar directamente iniciativas de un nivel excepcionalmente elevado (…) La maduración de dicho fenómeno, a través de decenas de luchas, puede llevar en algunos años a una situación radicalmente diferente de la vivida en Mayo 68, a una explosión social de envergadura”[14]BDIC, Conferencia obrera del Frente Comunista Revolucionario (FCR) y de los grupos Taupe Rouge, 1,2,3 junio 1974. Eso significa que “debemos comprender que mañana, muy en concreto, podremos lanzar iniciativas a escala internacional, es cierto que restringidas, pero con una extraordinaria ejemplaridad”[15]BDIC, Conferencia obrera del Frente Comunista Revolucionario (FCR) y de los grupos Taupe Rouge, 1,2,3 junio 1974. Tomando el ejemplo, entre otros, del mercado común, el informe precisa que la internacionalización del capital hace tanto más necesaria la internacionalización de las luchas, es decir el hecho de pensar su estrategia no sólo a una escala nacional: “Esto pone a la orden del día desde hace varios años negociaciones internacionales de contratos colectivos, huelgas europeas, actos de solidaridad a escala europea”.´

    El informe se refiere a continuación a ejemplos concretos de luchas que han estado caracterizadas por una solidaridad internacional (Kodak Vincennes; trabajadores alemanes de la filial de Kodak) y se interesa por la manera como podría desarrollarse la solidaridad en empresas como Caterpillar[16]“Caterpillar es un trusta escala mundial que posee una fuerza extraordinaria. Sabéis que producen máquinas de obra: tractores con cadenas, niveladores, de carga, etc. Es capaz de soportar a la … Seguir leyendo, Seat-Fiat o Rhöne Progil, que tienen fábricas en diferentes países europeos donde militantes revolucionarios podrían actuar de manera concertada. El informe acaba como sigue: “esto requiere una concepción clara de oposición a toda idea federalista de la IV Internacional. Esto requiere una centralización política que haga posible la comprensión tanto de las particularidades como de los aspectos generales. Esta es también la condición sine qua non para dar un contenido concreto a uno de nuestros logros esenciales a escala europea, la consigna de los Estados Unidos Socialistas de Europa, que se prepara desde ahora en las luchas, luchas que a su vez indican la actualidad objetiva inmediata”. En otras palabras, es importante que la IV Internacional funcione como una organización centralizada para conseguir poner en marcha una orientación.

    Apoyándose en estos informes, la organización se da una doble tarea, a la vez teórica y práctica. La primera se refiere a la formulación de las consignas que invitarían a salir de la impotencia sociopolítica. La idea es partir de las reivindicaciones que emanan de las luchas para orientarse hacia el cuestionamiento del poder patronal. Entre estas consignas figuran la apertura de los libros de cuentas de las empresas, la escala móvil de salarios, el derecho de veto sobre los ritmos de trabajo, los empleos y los despidos, por un “control obrero”, expresión de un poder embrionario frontalmente opuesto a la lógica de la dominación capitalista. Estas perspectivas pretenden formular, lo más cercano de la situación cotidiana de los asalariados, la contestación del poder ejercido por la patronal: “Porque el capitalismo se caracteriza por el hecho de que el Capital, los capitalistas, mandan sobre los hombres y las máquinas. Contestar este derecho de mando; oponerle un poder de otra naturaleza, es comenzar en los hechos la lucha por el derrocamiento del régimen capitalista”[17]“Pour le contrôle ouvrier”, Rouge, n° 10, 22 enero 1969.

    La situación puede evidentemente diferir según los lugares y países. En el Estado español en transición hacia la salida del franquismo, los militantes insisten en la necesaria defensa de las reivindicaciones democráticas y de consignas ligadas a la cuestión de las nacionalidades. Esto aparece como una “precondición” para que la organización gane la confianza de la población[18]XI Congreso mundial de la IV Internacional, 1979, Minutas y enmiendas, archivos BDIC no clasificados.

    El segundo eje reside en un método práctico de intervención en las luchas: se trata de promover todas las experiencias de “democracia directa” o “democracia obrera”, por medio de asambleas generales, comités de huelga elegidos, comités de acción, para relativizar la centralidad del poder y abrir la vía a otras formas de vida democrática[19]Daniel Bensaïd, “Grève générale, front unique, dualité de pouvoir”, Critique communiste, n° 26, enero 1979, p. 72.

    Familiarizarse en ejercer responsabilidades, acostumbrarse a decidir por sí mismos: el método de la “democracia obrera” que propone la cultura comunista revolucionaria hace resurgir “la vieja cuestión siempre actualizada… ¿cómo una clase explotada y dominada puede plantear su candidatura al poder?”[20]Daniel Bensaïd, art. Citado, p. 62. Esta corriente política analiza la Revolución francesa como una revolución esencialmente burguesa, en la cual la toma del poder político fue la coronación de una posición ya dominante en el plano social y económico. Por el contrario, el proletariado sigue estando dominado y privado de cualquier parcela de poder; debe habituarse a apoderarse de él, bajo una forma democrática opuesta a la delegación parlamentaria, pensada como la relegación a una pasividad resignada.

    Pero no se trata de plantear esta cuestión del poder, del control de los trabajadores y de la reapropación, a escala sólo de la empresa, sino también desde el ángulo de la ecología, de la relación con el consumo y desde otros muchos ámbitos: control de la población sobre el entorno y el urbanismo, autorreducciones en los supermercados, “mercados rojos”, “guarderías salvajes”, embargos de viviendas, rechazo colectivo a alquileres demasiado altos, acciones directas en los transportes en conjunción con trabajadores del sector y usuarios. Hay que “animar las luchas urbanas y todas las luchas contra el modo de vida capitalista”, pero también “hacer penetrar la dinámica del movimiento de liberación de las mujeres en el movimiento obrero”[21]René Yvetot, “Sur quelques problèmes du contrôle ouvrier”, Critique communiste, n° 17-18, setiembre 1977.

    Este enfoque, al que  Trotsky llamó “transitorio”, intenta encontrar una articulación entre las reivindicaciones inmediatas y la toma del poder, por medio de la decisión colectiva y la incorporación de “hábitos desmitificadores”: la política no se sitúa necesariamente en el gobierno o en el parlamento. Dicho método está pensado como un largo trabajo preparatorio para la revolución; rompe con la pasividad y el abandono de las decisiones en manos de los “especialistas” y de los “competentes”. En esta acepción, la revolución supone un ciclo de lucha y de concienciación, muy alejada de la “revolución-relámpago”, que Henri Weber calificó en una época como “fábula”[22]Henri Weber, “Transition au socialisme  sur quelques points de clivage dans le débat en cours”, Critique communiste, n° 8, setiembre 1976, p. 10-11. Al contrario que la “Gran Noche con sus mayúsculas, el acontecimiento revolucionario no es ni denegado ni renegado; pero presupone, antes de su advenimiento, una habituación a la radicalización progresiva de las luchas, integrando una práctica democrática revivificada.

    A lo largo de la década, la IV Internacional mantiene la autoorganización como brújula política y estratégica. Se confronta con la autogestión, palabra clave donde las haya durante esos años. LIP es una referencia pero, como lo dijo el propio Charles Piaget, se trata más bien de autodefensa. La “insolencia obrera”[23]Jean-Marie Vincent, “La politique n’est plus ce qu’elle était”, Critique communiste, n° 23, mayo 1978 de LIP es un punto de apoyo para una “educación de la vanguardia obrera sobre la cuestión del poder”[24]Denis Berger, “1936-1976. La révolution est-elle possible en France?”, Critique communiste, n° 14, febrero 1977, p. 106. Ernest Mandel insiste en la “capacidad de cristalización” que lleva consigo la idea de autogestión. Tras las críticas del término en torno a 1968, en delante se trata de asumir plenamente esta idea. Pero no a cualquier precio o condición. La organización rechaza los proyectos de autogestión parcelada, de origen proudhoniano o anarco-sindicalista, que aparecen como “simulacros de autogestión”: en efecto, crean ilusiones si se mantienen limitadas a algunas empresas y favorecen en realidad una cierta auto-explotación; enmascaran también, como en el caso de Yugoslavia, una cierta centralización política en favor de un partido, en este caso la Liga de los Comunistas de Yugoslavia, donde el monopolio del poder queda en manos de la burocracia. La autogestión debe definirse por tanto como un ejercicio de poder por los trabajadores y trabajadoras a todos los niveles de la vida social, contra cualquier forma de socialismo burocrático[25]Ernest Mandel, “L’autogestion socialiste”, Conferencia obrera del Frente comunista revolucionario y de los grupos Taupe rouge, 1-3 junio 1974, archivos BDIC no clasificados.

    Sin embargo asume la centralización económica. Nada que ver con un gusto por la rentabilidad económica; Mandel recuerda que, al contrario que Lenin, la IV Internacional no está seducida por el taylorismo, que sirve sobre todo al capitalismo como tecnología eficaz para valorizar al máximo el capital. Hay que poder contar con otros desarrollos tecnológicos, como lo hacen los ingenieros en medio de los procesos revolucionarios, por ejemplo los químicos de Cuba, que desarrollan la sucroquímica a partir de los residuos del azúcar, en sustitución de la petroquímica.Hay que esperar que un día haya tecnologías que permitan unidades de producción relativamente reducidas. Pero en el estado actual no es el caso. La tecnología legada en herencia por el capitalismo es muy centralizada: por ejemplo, centrales eléctricas en las que trabajan doscientas o trescientas obreras y obreros pueden proporcionar corriente a un millón de personas; en la industria del papel, una sola máquina fabrica la cantidad suficiente para el consumo de varios millones. “En dicho contexto, es totalmente utópico querer parcelar la decisión económica al nivel de lo que puede resolverse en la empresa”. La opción no es, por tanto, entre “centralización burocrática” y “autogestión descentralizada”: la IV Internacional se muestra partidaria de una autogestión democráticamente centralizada o de una autogestión planificada: no por el ideal de la centralización, sino porque se trataría de una necesidad objetiva que corresponde a la realidad de la vida económica. “Si la centralización no se hace de manera consciente, planificada, deliberada, se hará de manera espontánea, anárquica, sobre las espaldas de los trabajadores y los productores”[26]idem.

    La organización pone también de relieve el derecho de vigilancia y de control de las organizaciones obreras en la enseñanza y en los cuarteles, la sindicalización de los soldados para que exijan sus derechos de trabajadores bajo uniforme, el levantamiento de las cláusulas de secreto profesional o del deber de reserva que obligan al personal del Estado. En todo caso, “no se trata de investir al Estado, sino de actuar sobre sus contradicciones para destrozarle los engranajes”[27]idem. Así en Portugal, en el seno del Movimiento de las Fuerzas Armadas, la línea política apoyada por el Secretariado Unificado de la IV Internacional es una profundización de las fracturas en el ejército, sobre todo por medio de la constitución de comités de soldados, relacionándolos con los sindicatos obreros[28]Bensaïd Daniel, “Eurocommunisme, austromarxisme et bolchevisme”, Critique communiste n° 18/19, octubre-noviembre 1977, p. 165.

    Esta concepción del trabajo en el seno mismo del Estado, y contra el mismo, es en parte fruto de una oposición a otras estrategias: la llamada estrategia “italiana”, cada vez más volcada hacia la integración en el Estado por medio de un combate llevado en su interior o  la defendida por Nicos Poulantzas, para quien la revolución deja de ser “un enfrentamiento armado con el Estado”[29]Poulantzas Nicos, Weber Henri, “L’État et la transition au socialisme”, entrevista citada, p. 19. La crítica que se les dirige desde la IV Internacional es distanciarse demasiado poco respecto a la “democracia representativa”. A la larga, el lugar de los consejos amenaza con quedar subordinado a la forma parlamentaria. La trampa sería caer en un reformismo clásico, abandonando a la larga toda perspectiva revolucionaria.

    Este temor no es abstracto, ni está desconectado de la situación histórica. Se apoya en ejemplos recientes y candentes. En Chile, los comités de abastecimiento fueron pronto liquidados en nombre de la democracia parlamentaria, así como los núcleos revolucionarios en el ejército o los consejos de trabajadores. En Portugal, la soberanía de la Constituyente primó sobre las comisiones obreras. Ahora bien, la democracia directa no es “una forma democrática entre otras”: es una “forma superior”. Daniel Bensaïd insiste en ello: “como lúcidamente percibió Gramsci desde la experiencia de Ordino Nuovo, a través de los comités, consejos o soviets, el trabajador supera la fractura entre el hombre y el ciudadano, el desdoblamiento entre el hombre privado y el hombre público, la herida entre lo económico y lo político”[30]Daniel Bensaïd, “Grève générale, front unique, dualité de pouvoir”, Critique communiste n° 26, enero 1979, p. 55 sg.

    A la noción de “largo proceso” defendida por Poulantzas, se responde recordando que, en efecto, el desgarro del consenso social y del orden establecido será el resultado de una acumulación de experiencias y que se tratará desde luego de un proceso. Sin embargo, no se debe difuminar la idea de ruptura, que continúa encarnándose en la hipótesis estratégica de la huelga general insurreccional y autoorganizada: es “una plomada (para) una práctica revolucionaria cotidiana dirigida hacia un objetivo final, en lugar de fluctuar al hilo de las improvisaciones”[31]Daniel Bensaïd, “Eurocommunisme, austromarxisme et bolchevisme”, art. citado, p. 194.

    En Francia, muy poco después de 1968, circulan críticas sobre cierto “juvenilismo” que caracterizaría a la Juventud Comunista Revolucionaria. En este sentido se pueden distinguir dos fases de autocrítica. La primera comienza hacia 1970. Sus rasgos dominantes consisten en el rechazo del “triunfalismo”: la revolución no se espera para mañana, hay que instalarse por tanto en una nueva temporalidad, el largo plazo, que supone una solidificación de la organización. Se condenan los rasgos “22 marzistas”[32]Idem de la organización, heredados del Movimiento del 22 de Marzo, como por ejemplo el hecho de militar delante de las fábricas sin tener militantes en ellas, ir de una empresa a otra, de una lucha a otra, sin darse tiempo para instalarse en ellas e implantarse.

    “El entusiasmo, la juventud, el sentimiento de estar en el camino correcto, el brío y la astucia ya no bastan para seguir progresando”; en adelante hay que prepararse para un “enfrentamiento prolongado con el Estado burgués todavía poderoso y en un cuerpo a cuerpo también prolongado con las burocracias obreras igualmente fuertes”[33]Boletín interno texto de los burós de célula SNCF y Dassault, 1970 (¿otoño?), BDIC F delta 427. Esta reformulación táctica supone construir pacientemente el partido, consolidarlo, incluso confiriéndolo una parte de clandestinidad con el fin de prepararse para un probable combate violento.

    El segundo giro data del 21 de junio de 1973, día de la manifestación organizada contra un mítin de la organización de extrema derecha Orden Nuevo: los enfrentamientos con la policía llevan a la prohibición de la Ligue Communiste[34]“Varios centenares de militantes encasquetados, armados con mangos de picos y cocktails Molotov se enfrentan con la policía que intenta interponerse. Varios policías resultan heridos” … Seguir leyendo). Esta autocrítica post-junio 1973 implica el rechazo del período “guevarista” de la organización[35]Hablando de la JCR justo antes de 1968, Jean-Paul Salles analiza que “en muchos aspectos aparece más guevarista que trotskysta” (Jean-Paul Salles, La Ligue communiste révolutionnaire, op. … Seguir leyendo). A partir de entonces hay que hacer un trabajo de “topo” -este animal se convierte entonces en la verdadera mascota de la Ligue, utilizada en sus periódicos y no sin humor, apoyándose en la exclamación de Marx en El 18 Brumario de Luis-Napoleón Bonaparte: “¡excava bien, viejo topo!”, tomado a su vez de Shakespeare. Porque hay que tomarse tiempo para excavar y no obstinarse en ese “leninismo apresurado”, como decía Régis Debray a cuenta del guevarismo. Se puede ver aquí, también, una crítica implícita de la famosa fórmula, forjada por Daniel Bensaïd y ya citada: “la historia nos muerde la nuca”. En adelante hay que instaurar una “larga guerra de posiciones”. Como destaca Jean-Paul Salles, “se diseña una orientación que privilegia un trabajo obrero más clásico”[36]Jean-Paul Salles, La Ligue communiste révolutionnaire (1968-1981), op. cit., p. 143. Después de años de activismo desaforado, hay que “volver a aprender los ritmos de recomposición del movimiento obrero…, “la obstinación en la preparación de la revolución”[37]Puech, “Crise du mode de vie. Problèmes du militantisme” [otoño 1976], FP 4117. Todo esto no deja de producir desasosiego desde el punto de vista de los afectos militantes

    Los tiempos inmediatamente después de 1968 aparecen como una época militante feliz. “La revolución llama a la puerta”[38]Testimonio de Claire recogido y citado por Joshua (Florence), De la LCR au NPA (1966-2009). Sociologie politique des métamorphoses de l’engagement anticapitaliste, tesis de ciencias políticas … Seguir leyendo. El cambio de la sociedad y el derrocamiento del capitalismo se refieren a un futuro inmediato. El contexto nacional e internacional apuntala esta convicción: las descolonizaciones, los movimientos antiimperialistas un poco por todo el mundo, en particular en Cuba y en Vietnam, la huelga de mayo y junio entendida como un “ensayo general”, parecen confirmarlo. Más que una esperanza, es una seguridad. Los militantes viven este momento en la radical certidumbre de que mañana será diferente. Esto impregna toda su existencia en el momento presente: su trayectoria personal, sus estudios, sus orientaciones profesionales revisten menos importancia como tales y están seguros de que su futuro tendrá lugar en una sociedad desembarazada de la opresión y de la explotación. Esto explica mejor esta sociabilidad en que están imbricadas las esferas de la vida: el compromiso, aunque intenso, aparece socialmente como “poco costoso”[39]Rizet (Stéphanie), La Distinction militante, op. cit., p. 134. La frontera no se sitúa tanto entre el “nosotros” y el “yo”, como entre “nosotros” y “ellos”. Ellos: la clase dominante, la burguesía capitalista, los patronos, los gobernantes.

    La reflexión sobre el tema del “yo” y de las emociones nace de un cambio de período, de forma progresiva, sin sobresaltos, pero que se instala por etapas y se dota de una interrogación que se va volviendo punzante. Una primera fase se impone a comienzos de los años 1970: surgen interrogantes sobre el “optimismo revolucionario” o incluso el “triunfalismo” que siguen prevaleciendo. Textos internos conceden que “el enfrentamiento con la burguesía” será “prolongado”; su desenlace se remite ya a un futuro indeterminado, y esta incertidumbre nueva tiene consecuencias en las actitudes individuales[40]Boletín interno, texto de los burós de las células SNCF y Dassault, 1970, Bibliothèque de Documentation internationale contemporaine (BDIC) F delta 427. Por ejemplo, en una  “célula” que reúne a trabajadores de la SNCF y de la empresa Dassault en la región parisina, varios militantes critican a uno de sus camaradas cuyo optimismo parece exagerado; fustigan la “expresión de [su] estado de beatitud general…, su “inclinación eufórica” negando las dificultades de implantación, para concluir con dureza: “Ten cuidado de que algún día, a base de  avanzar en el sentido de la historia con una sonrisa engreída en los labios, no te vayas a tragar una avispa”[41]Buró de célula SNCF y Dassault, “Adresse à Buzard en guise d’ultime réponse sur la réorganisation”, s. d. [¿finales de 1970?], BDIC F delta 427. En esta ironía sarcástica está en juego la propia postura, incluso la estatura física: en la crítica se enlazan los afectos (el exceso de confianza, que se lee en el rostro, y la reprobación que suscita) y la caracterización política, aunque en última instancia prima desde luego la política en estos sentimientos y resentimientos. La divergencia tiene que ver con la apreciación de la situación, pero suscita innegables emociones.

    El verdadero gozne cronológico se sitùa sin embargo más tarde, hacia 1975-1976. Estos mediados años 1970 se ven vapuleados por la restricción de los posibles, la disolución del horizonte o lo que más tarde Krystof Pomian denominará “la crisis del futuro”[42]Krzyztof Pomian, “La crise de l’avenir”, Le Débat, n°7, 1980/7, p. 5-17. La observación vale aún más para estas organizaciones: los militantes se convierten en revolucionarios sin revolución. Una oleada de textos, de uso interno o público, da cuenta de los afectos generados por dicha situación, vivida siempre con intensidad y en ocasiones de manera dramática. Algunos citan el “reclutamiento de un cierto tipo de militantes llegados a la organización creyendo en la revolución para mañana y en consecuencia funcionando con entusiasmo…, poco preparados para una larga guerra de posiciones”[43]Tendance B, “Construire le parti révolutionnaire : où en sommes-nous huit ans après 68”, s. d. [1976], BDIC FP 4117. Desde entonces se desarrolla la cuestión de la “inquietud militante”, una expresión utilizada por Daniel Bensaïd para concluir su libro aparecido en 1976, La Revolución y el poder. Púdicamente, y por tanto con brevedad, menciona los suicidios en la extrema izquierda, esa desesperanza que oprime a algunas y algunos y, por primera vez, los “desgarros íntimos del militante”. En contraste con el estilo por lo general seguro e incluso perentorio de la producción teórica, este último capítulo aborda “la vida cotidiana del militante”, hecha más de “inquietudes” que de “verdades incontestables”. La duda se introduce en el meollo, en adelante. La ”capa del modo de vida flota, demasiado amplia, sobre el robusto esqueleto de la teoría”, puesta así al desnudo ante esta fragilidad. En este texto autorreflexivo se incorpora también el miedo a las tendencias autoritarias, como si el espectro del totalitarismo “soviético” viniera a rondar las conciencias militantes y a engendrar un terror a caer en una nueva opresión, que esta vez sería obra misma de la revolución. “El militante teme descubrir el rostro de este poder que se estremece por la consecuencia de sus actos. Lleva consigo su gulag interior, que no deja de interpelarlo”. Pero estas cuestiones siguen estando todavía poco abordadas, porque el “super-yo pesa como una bóveda”: el ideal revolucionario, la revuelta contra el orden existente, dejan poco sitio a los cuestionamientos sobre el compromiso y a los estados de ánimo militantes[44]Daniel Bensaïd , La Révolution et le pouvoir, Paris, Stock, 1976, p. 415-428.

    Pero estos estados de ánimo tendrán en adelante derecho de ciudadanía. Mientras Daniel Bensaïd asume que hay que abordar este cuestionamiento, su libro provoca una reacción más bien negativa en el seno de la organización, sobre todo en varios artículos aparecidos en la revista Critique Communiste. Sus autores le reprochan no haber ido lo bastante lejos en la interrogación, o no haberla politizado suficientemente. Hay por supuesto una “crisis del militantismo”, pero es un “hecho político”[45]Denise Avenas, Alain Brossat, “Notre génération”, Critique communiste, n° 11-12, diciembre 1976-enero 1977, p. 21-26. “Lo personal es político”, según la formulación lanzada por el Women’s Lib y retomada en Francia sobre todo por el Movimiento de Liberación de las mujeres; conviene por tanto politizar estas cuestiones y no personalizarlas; precisamente el no haber considerado estas interrogaciones como políticas, el haber confinado “lo político” en un perímetro demasiado estrecho, al final apretado, lleva estos desánimos a la incandescencia o a la desesperación.

    La “angustia militante” es el fruto de una historia, la historia de la noche del estalinismo, el tiempo en que era “medianoche en el siglo”, como escribía Victor Serge. “El estalinismo ha matado definitivamente al militante inocente’». Se ha instalado la “era de la duda”. Pero hay lugar también a superar la tentación de la desolación, por medio de la duda activa y política: “militar hoy es militar en la duda y la crítica permanentes. Lo cual es saludable”. La conciencia de los “desgarramientos” que fisuran la experiencia de los militantes revolucionarios es también un llamamiento determinado a la interrogación franca y abierta sobre la afectividad[46]Vinteuil (Frédérique), “Militer sans mythologie”, Critique communiste, n° 11-12, diciembre 1976-enero 1977, p. 63-71.

    Se asumen nuevas líneas de falla. Entre ellas: la fractura entre público y privado. Denise Avenas y Alain Brossat no temen referirse a la “imposibilidad de superar la grieta” entre la existencia privada y el compromiso[47]Avenas (Denise), Brossat (Alain), “Notre génération”, art. cit., p. 46-48. Frédérique Vinteuil habla por su parte de “la llamada vida privada”, “esta vida privada que la tradición del movimiento obrero sólo contempla en tanto que limita, que amenaza a la vida pública”[48]Vinteuil (Frédérique), “Militer sans mythologie”, art. cit., p. 66. El distanciamiento muestra la dificultad de abordar el tema, los tabús que hay que superar para poder confrontarlo. Lo nuevo está en esa interrogación insistente, en evidente relación con las evoluciones sociales globales, la “revolución” del feminismo y de las sexualidades en particular, pero también con la influencia del psicoanálisis, entonces en el apogeo de su ascendente político. Una vez más, lo que importa en las filas de la organización es la politización de la cuestión. Está bien asumida en cuanto al cuerpo que ocupa además un lugar por completo. Cierto número de artículos tratan de las contradicciones íntimas que acosan a los militantes revolucionarios, contestatarios de la sociedad en la que sin embargo deben vivir. Y estas tensiones son fuente de desgarro, por la “contradicción entre la conciencia y la existencia” que hacen “la vida revolucionaria profundamente insegura”[49]Leans (Hector), “Mode d’existence et fragilité de la conscience communiste”, Critique communiste, n° 11-12, diciembre 1976-enero 1977, p. 72 et 80-82. La fractura de los afectos proviene de que los militantes desean ser la “negatividad de la burguesía”, pero “pertenecen a esta sociedad como la antítesis a la tesis”, actuando como “el producto y el veneno”[50]Lequenne (Michel), “ Vie militante et vie quotidienne ”, Critique communiste, n° 11-12, diciembre 1976-enero 1977, p. 56-57.

    Cualquiera que sea finalmente la respuesta aportada a estos debates, a las y los militantes les preocupa, la señal de otro ¿Qué hacer? en período de reflujo y de relativo desconcierto. Ya no desprecian su importancia y su toma de conciencia. En el curso de los años 1970, en relación evidente con los movimientos feministas, esta corriente política dedica una verdadera reflexión al lugar de las mujeres en la sociedad en general y en las organizaciones revolucionarias en particular. Más allá, las mujeres juegan un papel importante en la elaboración teórica y práctica sobre del individuo en el partido y el lugar de las emociones. Se podría verlo como la confirmación del enfoque diferencialista, según el cual las mujeres se preocupan en esencia por los otros, a causa de su educación y por tanto de una construcción psicosocial. Pero el papel que juegan en la dinámica impulsada en estas discusiones tiene que ver también con la conciencia de lo que les impone la organización. Las mujeres representan el 29% de los miembros de la LCR, en diciembre de 1974, pero sólo son el 16% en las instancias de dirección[51]Salles (Jean-Paul), La Ligue communiste révolutionnaire (1968-1981), op. cit., p. 197. Aunque la Ligue sea la más comprometida de las organizaciones trotskistas en el movimiento feminista, algunas militantes hablan de que sigue reinando la “falocracia”, aunque haya “desaparecido en sus formas más groseras”. Señalan con el dedo los códigos implícitos del servicio de orden, se burlan de los andares de “cow boy” y los contorneos de “mecánicos”, critican duramente algunas posturas físicas adoptadas por los militantes en las reuniones como una reafirmación insistente de su virilidad: acentuaciones polémicas, gestos decididos, tono y voz determinados para imponerse[52]Maud, Prisca, Hoffmann, Madras, “Vie quotidienne et action communiste. Texte de travail de la T3”, documento citado. Dichas actitudes comprometen al militante en su propia persona; se refieren a su psicología, escalonada con el criterio de supuestas normas colectivas, interiorizadas e incluso, en sentido estricto, incorporadas. La novedad está en el hecho de que en adelante hay que considerarlas, cuando no perseguirlas. El trabajo de desvelamiento que realizan las mujeres principalmente -aunque algunos hombres también participan- se revela esencial porque desnaturaliza y repolitiza las manifestaciones del “yo” y sus incidencias para la organización.

    Algunas también llaman la atención sobre las consecuencias de la existencia frecuente de parejas militantes en el partido. La endogamia de hecho afecta a más del 60% de los miembros: este fenómeno “parece derivar del modo de vida militante” e incluso reforzarlo, evitando las fuentes de conflicto o de tensión identitaria[53]Stéphanie Rizet, La Distinction militante, op. cit., p. 352. La exigencia y la intransigencia de este compromiso, que se desborda en la esfera de la intimidad, estarían en el origen de este entrelazamiento reforzado entre vida privada y vida militante. La organización es un lugar de encuentro; no sólo une por vínculos políticos, sino también afectivos; a la vista de esta inversión, la endogamia permite evitar -aunque de forma relativa- querellas sobre la distribución y la atribución del tiempo cotidiano. Sin embargo, es fuente de otros conflictos, como ponen en evidencia algunos militantes: plantean sobre todo el problema de las parejas que se reúnen en una misma célula, con esta ventaja evidente de un tiempo militante vivido juntos y este inconveniente, menos visible y más insidioso, de una dominación masculina reproducida: vacilación de las mujeres a la hora de tomar la palabra, relativa sumisión a las propuestas e ideas de su compañero, falta de iniciativa en la elaboración…[54]Maud, Prisca, Hoffmann, Madras, “Vie quotidienne et action communiste. Texte de travail de la T3 ”, documento citado

    Una vez más se expresan varias posiciones sobre el tema. Nadie pone en cuestión la existencia de “grupos de mujeres” o de “grupos de conciencia” cuyo trabajo está “centrado en la vida cotidiana” -estas reuniones no mixtas se inspiran en las práctica del movimiento feminista. Sin embargo, algunos recusan la “teorización del papel de las mujeres en la organización” y se alzan contra la idea de que “ a causa de algunos problemas que afectan a la palabra, a las relaciones de fuerza, a la violencia, [tendrían como] misión cambiar las relaciones de fuerzas en la organización”. En su opinión equivaldría a confinar a la mujer en un “papel reaccionario”: el de pacificadora[55]Tendencia A, “Crise de l’organisation et crise du parti révolutionnaire”, setiembre 1976, BDIC FP 4117. Otra vez más, la argumentación procede de una politización. En este caso, se trata de oponerse al diferencialismo esencializado -aún cuando en esa época está todavía poco teorizado[56]Cf. Kate Millett, Sexual Politics, Garden City, Doubleday, 1970 ; trad. fr. La Politique du mâle, Paris, Stock, 1971.

    Hemos intentado recoger en pocas palabras las orientaciones estratégicas esenciales defendidas por la IV Internacional en una década caracterizada por movilizaciones de masas que actualizaban la esperanza revolucionaria en cierto número de países de Europa, y sus efectos en las prácticas militantes cuando se desarrollan también los movimientos feministas de la llamada “segunda ola” en numerosos países. Hemos citado también algunos de los canales por los que circulan no sólo elementos de valoración de la situación sino también debates estratégicos. Hay que subrayar también que, en medio de estos debates, se engrana un cierto humor e incluso una forma de auto-ironía, tal vez para conjurar la dificultad de seguir siendo una pequeña minoría. Un dibujo aparecido en febrero de 1981 en Barricades, el periódico de las Juventudes Comunistas Revolucionarias, muestra a Trotsky solo en medio de ningún lugar, en plena mar, en una balsa: moralidad política, hay que saber remar a contra corriente. Esta malicia característica ayuda sin duda a “mantenerse”, desde un punto de vista individual y militante.

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    Notas del artículo

    Notas del artículo
    1 Cf. Razmig Keucheyan, Hémisphère gauche. Une cartographie des nouvelles pensées critiques, París, La Découverte/ Zones, 2010, p. 315.
    2 La Biblioteca de documentación internacional contemporánea en Nanterre.
    3 Ligue communiste, Boletín rojo de discusión. “Le contrôle ouvrier”, noviembre 1969, BDIC Q pieza 8316.
    4 Pierre Julien, “1978: un tournant?”, Critique communiste, n° 26, febrero 1979, p. 13
    5 Informe de Ernest Mandel, “La crise de l’Europe capitaliste”, Conferencia obrera del Frente comunista revolucionario y de los grupos Taupe rouge [Topo rojo], 1-3 junio 1974, archivos BDIC no clasificados.
    6 Jean-Marie Vincent, “Les voies du réformisme”, Critique communiste, n° 32, junio 1980, p. 122-128.
    7 Ligue communiste, Boletín de discusión, “Le contrôle ouvrier”, noviembre 1969, p. 13, Bibliothèque de Documentation internationale contemporaine (BDIC), Q pieza 8316
    8, 32 Idem
    9 BDIC, La internacional, n°16, Diciembre-Enero
    10 BDIC, Travail femmes, Avortement-contraception
    11 Cahiers Rouge n°4, Portugal l’aternative, Le taupe rouge
    12 Jean-Marie Vincent, “Sur le programme commun”, Critique communiste, n° 15, abril 1977, p. 10
    13 Pierre Julien, “1978: un tournant?”, art. citado
    14, 15 BDIC, Conferencia obrera del Frente Comunista Revolucionario (FCR) y de los grupos Taupe Rouge, 1,2,3 junio 1974
    16 “Caterpillar es un trusta escala mundial que posee una fuerza extraordinaria. Sabéis que producen máquinas de obra: tractores con cadenas, niveladores, de carga, etc. Es capaz de soportar a la vez, si las huelgas son desordenadas, huelgas en Bélgica, en Francia, en Grenoble, huelgas en Glasgow. Pero en Caterpillar tenemos camaradas. Tenemos camaradas de Caterpillar en Grenoble aquí presentes, tenemos contactos e intervenimos en Caterpillar en Bélgica y un trabajo idéntico podría desarrollarse en Glasgow. En Grenoble, hay 2 fábricas : Caterpillar-Grenoble, Caterpillar-Eschirolles. En Grenoble y en Eschirolles, hay fabricado, soldadura, montaje. Son las únicas empresas que producen en Europa tractores con cadenas. En cambio, en Bélgica, en Gosle, se producen los motores. En Japon y en Glasgow en Escocia, se producen los amortiguadores que son esenciales para estos instrumentos de carga. Podéis verla división de la producción en tres tipos de empresa, y, evidentemente las posibilidades de solidaridad que implica. Voy a dar un ejemplo concreto: en mayo-junioi de 1973, se desarrolló una lucha en Grenoble, una lucha que arrancó bien, que parecía tener la unanimidad de los trabajadores, pero que se fue degradando lentamente en la medida en que la burocracia rechazó la ocupación de la empresa. La reivindicación de 200 francos para todos estaba en el centro de la lucha, y esto, evidentemente, era generalizable a escala de todo el trust. Esta reivindicación podría ser asumida tanto en Escocia como en Goslee en Bélgica… ”, BDIC, Conferencia obrera del Frente Comunista Revolucionario (FCR) y de los grupos Taupe Rouge, 1,2,3 junio 1974.
    17 “Pour le contrôle ouvrier”, Rouge, n° 10, 22 enero 1969
    18 XI Congreso mundial de la IV Internacional, 1979, Minutas y enmiendas, archivos BDIC no clasificados
    19 Daniel Bensaïd, “Grève générale, front unique, dualité de pouvoir”, Critique communiste, n° 26, enero 1979, p. 72
    20 Daniel Bensaïd, art. Citado, p. 62
    21 René Yvetot, “Sur quelques problèmes du contrôle ouvrier”, Critique communiste, n° 17-18, setiembre 1977
    22 Henri Weber, “Transition au socialisme  sur quelques points de clivage dans le débat en cours”, Critique communiste, n° 8, setiembre 1976, p. 10-11
    23 Jean-Marie Vincent, “La politique n’est plus ce qu’elle était”, Critique communiste, n° 23, mayo 1978
    24 Denis Berger, “1936-1976. La révolution est-elle possible en France?”, Critique communiste, n° 14, febrero 1977, p. 106
    25 Ernest Mandel, “L’autogestion socialiste”, Conferencia obrera del Frente comunista revolucionario y de los grupos Taupe rouge, 1-3 junio 1974, archivos BDIC no clasificados
    26, 27 idem
    28 Bensaïd Daniel, “Eurocommunisme, austromarxisme et bolchevisme”, Critique communiste n° 18/19, octubre-noviembre 1977, p. 165
    29 Poulantzas Nicos, Weber Henri, “L’État et la transition au socialisme”, entrevista citada, p. 19
    30 Daniel Bensaïd, “Grève générale, front unique, dualité de pouvoir”, Critique communiste n° 26, enero 1979, p. 55 sg
    31 Daniel Bensaïd, “Eurocommunisme, austromarxisme et bolchevisme”, art. citado, p. 194
    33 Boletín interno texto de los burós de célula SNCF y Dassault, 1970 (¿otoño?), BDIC F delta 427
    34 “Varios centenares de militantes encasquetados, armados con mangos de picos y cocktails Molotov se enfrentan con la policía que intenta interponerse. Varios policías resultan heridos” (Jean-Paul Salles, La Ligue communiste révolutionnaire (1968-1981), op. cit., p. 89
    35 Hablando de la JCR justo antes de 1968, Jean-Paul Salles analiza que “en muchos aspectos aparece más guevarista que trotskysta” (Jean-Paul Salles, La Ligue communiste révolutionnaire, op. cit., p. 49). Señala también que “habrá que esperar al XI congreso mundial de la Cuarta Internacional, en 1979, para que la mayoría internacional, a la que pertenece la Ligue, haga un giro autocrítico sobre la línea guerillerista que prevaleció en América Latina durante toda la década” (p. 71
    36 Jean-Paul Salles, La Ligue communiste révolutionnaire (1968-1981), op. cit., p. 143
    37 Puech, “Crise du mode de vie. Problèmes du militantisme” [otoño 1976], FP 4117
    38 Testimonio de Claire recogido y citado por Joshua (Florence), De la LCR au NPA (1966-2009). Sociologie politique des métamorphoses de l’engagement anticapitaliste, tesis de ciencias políticas bajo la dirección de Nonna Mayer, IEP de París, 2011, p. 115
    39 Rizet (Stéphanie), La Distinction militante, op. cit., p. 134
    40 Boletín interno, texto de los burós de las células SNCF y Dassault, 1970, Bibliothèque de Documentation internationale contemporaine (BDIC) F delta 427
    41 Buró de célula SNCF y Dassault, “Adresse à Buzard en guise d’ultime réponse sur la réorganisation”, s. d. [¿finales de 1970?], BDIC F delta 427
    42 Krzyztof Pomian, “La crise de l’avenir”, Le Débat, n°7, 1980/7, p. 5-17
    43 Tendance B, “Construire le parti révolutionnaire : où en sommes-nous huit ans après 68”, s. d. [1976], BDIC FP 4117
    44 Daniel Bensaïd , La Révolution et le pouvoir, Paris, Stock, 1976, p. 415-428
    45 Denise Avenas, Alain Brossat, “Notre génération”, Critique communiste, n° 11-12, diciembre 1976-enero 1977, p. 21-26
    46 Vinteuil (Frédérique), “Militer sans mythologie”, Critique communiste, n° 11-12, diciembre 1976-enero 1977, p. 63-71
    47 Avenas (Denise), Brossat (Alain), “Notre génération”, art. cit., p. 46-48
    48 Vinteuil (Frédérique), “Militer sans mythologie”, art. cit., p. 66
    49 Leans (Hector), “Mode d’existence et fragilité de la conscience communiste”, Critique communiste, n° 11-12, diciembre 1976-enero 1977, p. 72 et 80-82
    50 Lequenne (Michel), “ Vie militante et vie quotidienne ”, Critique communiste, n° 11-12, diciembre 1976-enero 1977, p. 56-57
    51 Salles (Jean-Paul), La Ligue communiste révolutionnaire (1968-1981), op. cit., p. 197
    52 Maud, Prisca, Hoffmann, Madras, “Vie quotidienne et action communiste. Texte de travail de la T3”, documento citado
    53 Stéphanie Rizet, La Distinction militante, op. cit., p. 352
    54 Maud, Prisca, Hoffmann, Madras, “Vie quotidienne et action communiste. Texte de travail de la T3 ”, documento citado
    55 Tendencia A, “Crise de l’organisation et crise du parti révolutionnaire”, setiembre 1976, BDIC FP 4117
    56 Cf. Kate Millett, Sexual Politics, Garden City, Doubleday, 1970 ; trad. fr. La Politique du mâle, Paris, Stock, 1971
  • Nota sobre Eric Toussaint, «capitulación entre adultos. Grecia 2015: Una alternativa era posible».

    Nota sobre Eric Toussaint, «capitulación entre adultos. Grecia 2015: Una alternativa era posible».

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    Carlos Rojas

    Militante del Movimiento Revolucionario de las y  los Trabajadores – Ecuador 

     

    Actualidad Internacional: Luchas y Movimientos

    13/05/2023

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

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    ric Toussaint es un estudioso y militante de la política contemporánea y ha escrito varios libros sobre deuda externa y las instituciones financieras internacionales. Forma parte del Comité para la abolición de las deudas ilegítimas, CADTM. El libro que reseñamos a continuación[1]Publicado por El Viejo Topo, Barcelona, 2020 tiene como principal objetivo demostrar que había alternativas viables y efectivas a la crisis de Grecia en el 2015, que hubieran evitado el fracaso al que el pueblo griego fue conducido por sus dos principales líderes: el Primer Ministro Alexis Tsipras y el Ministro de Finanzas Yanis Varoufakis. Toussaint también señala con claridad las implicaciones de la experiencia griega para la izquierda europea y para los potenciales gobiernos radicales en el mundo.

    El libro hace un recuento detallado de la crisis griega del 2015 en donde se combinan el análisis de los hechos con una perspectiva crítica, señalando en cada caso las falencias de la política, las consecuencias de las elecciones desacertadas y los posibles caminos alternativos que pudieron tomarse para evitar caer en la claudicación ante el Eurogrupo y ante las instituciones del capital financiero que actuaban de manera conjunta.

    Antes que realizar un recuento o un resumen de los sucesos de la crisis griega narradas con mucha precisión en el libro trataremos de visibilizar las principales lecciones y consecuencias que se pueden extraer de la dolorosa experiencia griega para los procesos especialmente latinoamericanos en donde vivimos oleadas de gobiernos de izquierda en sus muy diversas variantes populares, progresistas y populistas.

    Creemos que esta lectura es indispensable porque la crisis griega está lejos de ser un hecho particular. Por el contrario, a pesar de las especificidades de la situación, las preguntas centrales y sus posibles respuestas nos atañen a todos en un mundo globalizado y sometido al poder del capital financiero mundial y sus instituciones. Sobre todo, es indispensable combatir los discursos y las prácticas de estos gobiernos que terminan inclinándose ante el neoliberalismo con el argumento de que finalmente no hay otra alternativa viable que no sea la negociación con el poder capitalista mundial.

    La derrota de los proyectos populares crea el caldo de cultivo para el ascenso de la extrema derecha, los autoritarismos, el fascismo, tal como lo estamos viviendo a nivel mundial, con terribles consecuencias para los sectores populares que ven como las políticas neoliberales se profundizan junto con los programas xenófobos y militaristas.

    Es preciso leer detenida y cuidadosamente el libro de Eric Toussaint. Nos abre hacia la comprensión de cómo se dan efectivamente estos procesos de crisis nacionales dirigidos por gobiernos de izquierda. Rompe con el pesimismo y el sometimiento a los poderes del gran capital, muestra que SÍ hay alternativas populares, siempre y cuando no termina por claudicarse ante el capital financiero mundial, cuestión que desgraciadamente ha pasado ya demasiado veces.

     

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    Notas del artículo

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    1 Publicado por El Viejo Topo, Barcelona, 2020
  • El sindicalismo ante la encrucijada política: ¿qué hacer?

    El sindicalismo ante la encrucijada política: ¿qué hacer?

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    Karen De León y Jorge Lefevre Tavárez

     

    Fuente: Momento Crítico, Puerto Rico

    Teoría: Organizacion, partido, movimiento

    20/01/2023

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    “Cuando el desarrollo de la industria haya alcanzado su cúspide y el capitalismo haya entrado en su fase descendente en el mercado mundial, la lucha sindical se hará doblemente difícil… La acción sindical se reduce necesariamente a la simple defensa de las conquistas ya obtenidas y hasta eso se vuelve cada vez más difícil. Tal es la tendencia general de las cosas en nuestra sociedad. La contrapartida de esa tendencia debería ser el desarrollo del aspecto político de la lucha de clases”.

    Rosa Luxemburgo, Reforma y revolución (énfasis de la autora).

    En el momento actual, la crisis de Puerto Rico no parece tener una salida clara. Al decir de la conocida frase de Antonio Gramsci, el viejo mundo muere y el nuevo no acaba de nacer.

    En el presente, los partidos políticos patronales que han dominado la política puertorriqueña se encuentran en un estado avanzado de descomposición. Es de esperar: el proyecto económico que desarrollaron ambos partidos – el de la política pública neoliberal impuesta a una economía colonial dependiente – ha fracasado y se ha desprestigiado en grandes sectores del país. El que ambos partidos sigan ciegamente esta misma política demuestra su incapacidad para superar la crisis que ellos mismos han ayudado a crear.

    Las fuerzas patronales coloniales se encuentran, también, en un desprestigio profundo. La Junta de Control Fiscal es rechazada por una mayoría de la población. Cada vez que se lleva a cabo una lucha contundente contra la Junta, esta sale derrotada, sea contra los camioneros o los alcaldes de Puerto Rico. Desde la primera mitad del siglo XX, el estatus colonial de Puerto Rico, y sus representantes en la isla, no se encontraba en un estado tan frágil.

    Los sectores empresariales, por otro lado, continúan favoreciendo la misma receta que ha profundizado la crisis: la eliminación de derechos a la clase trabajadora, mecanismos para ampliar sus ganancias, maneras de apropiarse de fondos públicos a través de la contratación. Mientras buscan corroer la intervención del estado en la vida económica del país, buscan a la vez apropiarse de sus riquezas. La crisis económica ha llevado a que una gran cantidad del sector privado pueda sobrevivir solo a cuestas de fondos públicos. Por eso, entre otras cosas, favorecerán al partido (o al ente, como la Junta de Control Fiscal) que con mayor facilidad pueda aprobar e imponer sus políticas, independientemente de la manera poco democrática en que esto se haga. En su desesperada búsqueda por la ganancia, no reconocen las verdaderas raíces de la crisis, y, por eso, no pueden hacer más que agravarla. El que sectores empresariales favorezcan estructuras antidemocráticas, o, dicho de otro modo, que no tengan compromiso alguno con procesos democráticos, no debe sorprender a quienes día a día intentamos mejorar nuestras condiciones de laborales en el taller de trabajo.

    Es, precisamente, ante este colapso de las fuerzas patronales tradicionales (el PPD y el PNP) y la necesidad de los sectores empresariales de continuar profundizando las políticas neoliberales en Puerto Rico que se fortalecen movimientos como el Proyecto Dignidad. Proyecto Dignidad no solo es un vehículo del fundamentalismo más extremo, reaccionario y punitivo, sino también otra herramienta patronal para golpear a la clase obrera. Si había dudas en algunos sectores sobre esto durante la campaña del 2020, la ejecutoria de sus legisladoras durante este cuatrienio las ha despejado. Son la nueva cara del neoliberalismo: sin el desprestigio de los partidos corruptos tradicionales, pero con mayor agresividad. Ante el argumento falso de que hablan en nombre de los pequeños comerciantes, repudian toda medida que busca, aunque fuera levemente, mejorar las condiciones de la clase asalariada del país. Para terminar la conocida frase de Antonio Gramsci, el viejo mundo muere, el nuevo no acaba de nacer, y en ese claroscuro salen los monstruos.

    Queda claro que la clase patronal es incapaz de superar la crisis que vivimos en Puerto Rico. Solo la profundizan, y, en el proceso, se apropian de los fondos públicos para contrarrestar su fracaso privado y minan cualquier posible espacio de toma de decisiones democráticas. Los intereses del pueblo trabajador, capaces de revertir esta crisis del capitalismo neoliberal y colonial, solo los puede impulsar el mismo pueblo.

    Ante este panorama que se ha presentado, ¿cómo se ha posicionado el sindicalismo puertorriqueño?

    En todo este panorama, la intervención del sector sindical ha sido reducida. El Partido del Pueblo Trabajador, que intentó ser un vehículo de la clase obrera, no logró aglutinar suficiente apoyo de sectores sindicales. El sindicalismo optó, en su mayoría, por dos caminos: o continuar apoyando – directa o indirectamente – a sectores del Partido Popular Democrático y el Partido Nuevo Progresista, o continuar con posiciones “apolíticas”, diseñadas para preservar la independencia del sindicato ante la cooptación de los partidos patronales. La primera posición, que resultó en el apoyo de partidos que profundizaron sus políticas patronales, ha perdido arraigo con gran rapidez en la segunda década del siglo XXI. La segunda posición, que tiene la ventaja de no comprometer al sindicato con un partido, por otro lado, no ha ayudado a crear una alternativa política para contrarrestar las fuerzas patronales y la profundidad de la crisis que vivimos. Y la salida a esta crisis requiere una alternativa política.

    Como tendencia general, el sindicalismo “tradicional” florece mejor en una economía saludable. Es decir, el sindicato es capaz de mejorar las condiciones laborales de su matrícula con mayor facilidad en una economía que crece con un ritmo regular. Cuando el crecimiento se presenta de manera desacelerada, la misma economía dificulta el arrebatarle conquistas y derechos al patrono.

    Esto no se limita a distinguir entre sindicatos de servicio y sindicatos clasistas. La distinción, aunque importante, no abarca la complejidad del problema que tenemos ante nosotros. No es solo cuestión de ser más agresivos contra el patrono en el taller de trabajo. Si los patronos no pueden derrotarnos a la hora de negociar un convenio colectivo, lo harán utilizando las fuerzas del estado. Así, la Ley 7 provocó el despido de casi 30,000 trabajadores y trabajadoras del servicio público, lo que representó un golpe para el sindicalismo de las agencias del gobierno; y, luego, la Ley 66 representó lo mismo para el sindicalismo de las corporaciones públicas, cambiando sustancialmente las condiciones de empleo para las y los unionados, eliminando beneficios económicos y congelando convenios colectivos. Lo que los patronos no pudieron quitarnos en la mesa de negociación, lo hicieron a través de las legislaturas que controlan. Si a las restricciones de las negociaciones de los convenios colectivos le añadimos los efectos de las políticas de austeridad, que han diezmado nuestras matrículas en la medida en que se eliminan plazas y promueven la subcontratación, nos vemos con un debilitamiento del sindicato en el taller de trabajo.

    Por otro lado, en el sector privado, donde los niveles de explotación y de extracción de ganancias ha ido en un aumento dramático, el movimiento obrero organizado se encuentra todavía demasiado raquítico, con niveles de sindicalización que no superan el 2%. Al estar desprovistas de un convenio colectivo, las personas asalariadas del sector privado son vulnerables a cualquier golpe legislativo que se haga desde el terreno político, sin que tengan representación capaz de oponerse y detener estos intentos.

    Por todo lo dicho, y aunque suene paradójico, las crisis, en la medida en que dificultan el trabajo sindical en el taller, nos deberían obligar a, no solo arreciar la lucha en el taller, sino también salir del taller y llevar la lucha al plano político.

    Esta participación no se puede limitar a cabildear dentro de las estructuras existentes. Esta política de inmersión tímida en la política llevará a que siempre se dependa de estructuras ajenas a la clase trabajadora. Lo que se requiere es un vehículo propio de la clase trabajadora, que pueda servir para adelantar los intereses de la mayoría del pueblo trabajador. Dicho de otro modo: para dejar de pedir migajas, se trata de que la clase trabajadora pueda, por fin, gobernarse a sí misma.

    La importancia de la intervención del sindicalismo en el plano político es todavía mayor si consideramos que el 90% de las personas asalariadas en Puerto Rico no forman parte de sindicato u organización obrera alguna. Un vehículo político ayudaría a captar un número importante de estas personas asalariadas en un espacio que sale a la defensa de sus intereses de clase, cuando esa defensa en el taller les resulta imposible. Al salir del espacio estrecho de nuestro taller y entrar en el plano político, golpearemos no solo como movimiento sindical, sino que tendríamos la posibilidad de golpear como clase asalariada en su conjunto.

    En la actualidad, no existe en Puerto Rico un partido de la clase trabajadora. Sí existen dos partidos que representan intereses afines al sindicalismo en la medida en que se han opuesto a las políticas neoliberales en Puerto Rico: el Partido Independentista Puertorriqueño y el Movimiento Victoria Ciudadana.

    Ante este panorama, nos preguntamos: ¿qué deberá hacer el sindicalismo?

    No hay contestación fácil, ni una necesariamente correcta. La alta fragmentación del sindicalismo puertorriqueño dificulta, quizás incluso imposibilita, que haya una respuesta contundente del sindicalismo puertorriqueño, ni tampoco de sectores importantes del sindicalismo. En la medida en que logremos superar esta fragmentación y actuar como un frente común de intereses de la clase trabajadora, se facilitará contestar esta pregunta. Pero, en el proceso, preguntamos nuevamente, ¿qué hacer? La indefinición es un producto de la inercia: demostraría solo la falta de creatividad de los sectores en lucha.

    Las autoras de esta columna participan del Movimiento Victoria Ciudadana (MVC). Entendemos que, si bien no se concibe como un partido de la clase obrera, es el espacio que mayor voz le da a los sectores organizados de esta clase. Por lo mismo, entendemos que es el espacio político que, con mayor facilidad, pudiera tener una visión de los intereses de la clase asalariada en su conjunto. Además, su programa, claramente antineoliberal y que promueve la defensa de la clase trabajadora y sus espacios de autoorganización, se produjo con una influencia importante de sectores organizados del movimiento sindical y socialista. No es, por tanto, sorprendente que Victoria Ciudadana esté tan abierto a la participación sindical y obrera.

    En la actualidad, Victoria Ciudadana cuenta con dos “redes” (comités de base) que agrupan a sindicalistas: la Red de Sindicalistas y la Red de Sindicatos y Colegiaciones. Cada una de estas redes cuenta con su propia estructura directiva, y, a su vez, con participación en los espacios decisionales del Movimiento Victoria Ciudadana. Esto nos ha permitido mantener una influencia importante en el programa de gobierno y en las políticas a asumir del movimiento a través de sus personas electas.

    La presencia sindical, por tanto, es notable y reconocida por todo el movimiento, le incomode a quien le incomode, en un espacio tan heterogéneo como este. Cuando invitamos a compañerxs sindicalistas, compañerxs del movimiento obrero, a participar del movimiento, lo hacemos para que, precisamente, fortalezcan la tendencia obrera del movimiento y ayuden a ampliar su influencia y su alcance. En lo inmediato, entendemos que es la manera más eficaz de promover políticamente los intereses de los sectores sindicales y la clase trabajadora.

    Nuestra participación como sindicalistas en el Movimiento Victoria Ciudadana se da en dos contextos muy distintos. El primero es el del Sindicato Puertorriqueño de Trabajadores y Trabajadoras (SPT), que, luego de más de 15 años de discusiones, debates y consultas, aprobó fomentar la creación de un vehículo político que pudiera retar al bipartidismo desde la perspectiva de la clase trabajadora. El proceso de formación política y sindical dentro del sindicato fue uno altamente participativo. Toda la matrícula fue impactada a través de distintos procesos de consulta, desde visitas a los talleres hasta asambleas y congresos. También, hubo innumerables procesos de consulta al interior de la unión y entre nuestros aliados y aliadas que lograron consensos para construir las alianzas que hoy conocemos como el Movimiento Victoria Ciudadana.

    Mucho camino se ha andado desde entonces, incluyendo procesos legales cuyos resultados cambiaron drásticamente el panorama para la participación electoral y las organizaciones sindicales. Destacamos la victoria legal del año 2012 mediante la cual se impugnó la prohibición que contenía la Ley 45 sobre la participación en los procesos políticos por parte de los sindicatos bajo dicha ley.

    Una parte importante de todo este proceso tuvo que ver, no solo con asumir posiciones de liderato en esta nueva colectividad, sino el fomentar que nuestros propios trabajadores y trabajadoras se postularan como candidatos, ejemplo de que la clase trabajadora tiene la capacidad de gobernar, de asumir el poder.

    El otro caso es el de un militante de la Asociación Puertorriqueña de Profesores Universitarios (APPU) que fue, a su vez, fundador del Partido del Pueblo Trabajador y, por esa vía, del Movimiento Victoria Ciudadana. La APPU cuenta con una militancia diversa en términos políticos; debates como los que se dieron al interior del SPT para crear una nueva estructura política no se han dado. La participación de miembros APPU en el movimiento (como lo fue previamente la participación en el Partido del Pueblo Trabajador), por lo tanto, es puramente individual, aunque no deja de ser significativa en número e influencia. Además, se ha propiciado una relación saludable entre la delegación legislativa y la APPU, al igual que existe entre la delegación del Partido Independentista Puertorriqueño y la APPU.

    No deja ser cierto, por otro lado, el que espacios como la Red de Sindicatos y Colegiaciones y la Red de Sindicalistas (esta última, abierta a la participación de sindicalistas que no forman parte del Movimiento Victoria Ciudadana) también han aportado a estrechar lazos entre sindicalistas. Esto no solo se ha dado con las personas que participan de lleno en el movimiento, o de su Red de Sindicalistas. Hemos auspiciado varios Encuentros Sindicales (el primero, sobre el estado actual del movimiento obrero en Puerto Rico; el segundo, sobre la participación del sindicalismo en la lucha política en Puerto Rico), a los que asistieron sindicalistas fuera del movimiento, pero que han podido establecer un diálogo afín con el movimiento. La enseñanza aquí puedese ser la siguiente: el intento de desarrollar un vehículo político de la clase trabajadora o, por lo menos, de fortalecer la base sindical de un movimiento político como el Movimiento Victoria Ciudadana, pudiera incluso ayudar a rebasar la fragmentación y la división que imperan en el movimiento sindical puerrtorriqueño.

    Desde la Red de Sindicalistas, también nos encontramos promoviendo diálogos con los distintos sindicatos del país, para afianzar relaciones y formas de colaboración.

    La discusión sobre qué deberá hacer el sindicalismo ante la coyuntura sigue abierta. Sin embargo, hay que contestarla. Ignorarla solo resultará en mayores golpes y sufrimientos, no exclusivamente para los talleres que representamos, sino para toda la clase trabajadora puertorriqueña.

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  • Productores artísticos y lucha de clases

    Productores artísticos y lucha de clases

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    Marc Casanovas

    Licenciado en Filosofía y Literatura Comparada por la Universidad de Barcelona e integrante del secretariado de la redacción de la revista Viento Sur.

    Fuente: Viento Sur

    Teoría: Marxismo

    12/04/2023

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    Aunque el autor quizás no es muy conocido más allá de círculos especializados en teoría del arte y teoría marxista, la originalidad de su obra y el vacío teórico que ocupa dentro del campo de la crítica marxista y la teoría del arte contemporánea nos parecen motivos más que suficientes para intentar recuperar para un público más amplio las reflexiones y las líneas de trabajo a las que apunta este libro escrito ya hace algunos años (José María Durán Medraño: Hacia una crítica de la economía política del arte Ed. Plaza y Valdés 2008).

    Desde su prólogo, su introducción, 6 investigaciones y una conclusión prospectiva, este libro insiste en la necesidad de llenar un vacío dentro de la teoría del arte y la estética marxista en general, a saber: la ausencia de un análisis sistemático y específicamente marxista del modo de producción del arte y (más concretamente) del trabajo artístico en las sociedades donde domina el modo de producción capitalista. Así, a pesar de su relativa brevedad (230 páginas) el libro pretende abrir la senda de un proyecto extremadamente ambicioso. Pues si el ingente e inacabado análisis de Marx en El Capital representa una crítica radical y, por tanto, emancipadora de la sociedad capitalista, hacer extensivo este análisis (las categorías que le acompañan, así como su “método” crítico de exposición) al modo de producción artístico debería ser, de forma natural, una tarea central de la investigación crítica artística marxista.

    Esta hipótesis es la que fundamenta el conjunto de la obra de José María Durán Medraño.  Al aplicar el método de análisis de la teoría del valor trabajo de Marx y de la tradición marxista (su crítica a la economía política clásica y a la neoclásica o marginalista) al subsistema de la producción artística y su desarrollo histórico, se nos harán patentes los elementos ideológicos que permiten organizar y legitimar las relaciones de producción capitalistas y las prácticas del trabajo artístico.

    De hecho, normalmente desde la crítica marxista la naturaleza de estas prácticas suele ser un punto ciego o se presentan como extemporáneas al modo de producción capitalista: en la medida en que son comprendidas, señala el autor, a través de las categorías de una estética idealista burguesa no suficientemente problematizada o como pautas “antropológicas” constantes del individuo. De tal modo, que los análisis respecto el mundo del arte y su mercantilización aparecen en un momento posterior de estas prácticas y, por ende, estos análisis no pueden aprehender cómo el propio trabajo del artista (su actividad) es históricamente constituido en el seno de las relaciones sociales capitalistas.

    Medraño, a través de diferentes ejemplos y épocas, se servirá también del concepto de “ideología”, según la articulación de Althusser, como instrumento analítico para abordar los discursos y las prácticas sobre el arte. De manera que éstos serán interpretados como discursos ideológicos (pero también prácticas ideológicas) cuya tarea ha sido pensar y configurar el propio modo de producción de las artes en las sociedades capitalistas.

    “En este sentido, la tesis que se va a mantener a lo largo de este trabajo es que esta ideología no se expresa únicamente como teoría discursiva o ‘ideología estética’ (la idea de autonomía del arte, del genio artístico, el desinterés artístico, la misma idea de arte, etc.,) sino también en la forma de las propias obras de arte en cuanto modo de producción. Es decir, la materialidad específica de esta ideología no se advierte únicamente en la reflexión teórica, sino que se refiere también en el cómo las obras de arte son producidas en la realidad como obras de arte, esto es, en su modus operandi.” (p.27)

    Este último aspecto (central en las reflexiones del libro) queda ya patente en la introducción, cuando el autor explica el caso de la escultora Harriet Hosmer. Quién a finales del S.XIX, frente las acusaciones machistas de los especialistas de la época respecto al hecho de que una mujer no podía ser la autora real de la escultura que esta misma artista había exhibido con gran éxito en diferentes ciudades, ésta se defiende haciendo valer, precisamente, un modo de producción y de relaciones sociales específico de este tipo de trabajo artístico en la sociedad capitalista: “que reclama la ‘propiedad’ sobre el producto final de lo producido y sobre los medios materiales y ayudantes, quienes eran suficientemente capaces para trabajar pero no para ‘crear’. Así se hace presente la típica ideología burguesa de la creación, pero a través del modo de producción y no, necesariamente a través de la ideología exhibida en el asunto de la escultura y como este asunto es tratado.” (p.31)

    Este último punto, será el que representará el avance crítico respecto a otros autores que han articulado la crítica ideológica althuseriana al arte como Nicos Hadjinicolaou o Pierre Macherey. Y con ello, José María Durán hace suyos también los análisis de Pierre Bourdieu respecto los campos sociales y los mercados que los constituyen.

    Estos serán, pues, los puntos de partida que estructurarán las investigaciones que se nos presentan en este libro. Una pequeña compilación de distintas investigaciones bien enhebradas a través de los elementos analíticos apuntados.

    Esto permite, ya en el primer capítulo, señalar el carácter espurio de las reflexiones de Marx sobre la perdurabilidad del arte clásico griego. Apenas unas líneas que el filósofo alemán escribió de pasada en los Grundrisse y sobre las que han corrido ríos de tinta en la literatura marxista. Cuando en realidad solo reflejan los lugares comunes (y la ideología) de un debate idealista típico de la época entorno la especificidad del arte moderno.

    O señalar el carácter ideológico de los discursos sobre el juicio del gusto y el “desinterés” en Kant; sobre la autonomía de lo bello y del objeto artístico respecto otros ordenes de la praxis social, que trascenderían los usos sociales que de las obras se han hecho. Configurando así la forma en que el arte burgués constituye la especificidad ideológica de su producción artística y su relación con el mismo objeto artístico: “pues en el juicio estético kantiano toda consideración acerca del modo de producción del objeto de nuestra contemplación queda encubierto gracias al juicio universal del gusto”.

    Esto queda patente, por otra parte, también en las reflexiones de Medraño sobre la destrucción de la Colonne de Vendôme durante la comuna de París, donde “los juicios universales sobre el arte como patrimonio de la humanidad” por parte de las clases burguesas frente los “barbaros” iconoclastas de la Comuna, encubren la connivencia del arte con el poder y convierten esta iconoclastia en una prerrogativa de las clases hegemónicas cuya “destrucción creativa”(Schumpeter) y “civilizatoria”, entonces sí, puede ser entendida como una legítima usurpación de los espacios comunes al servicio de unos mitos e ideologías particulares nada desinteresados.

    Pero como decíamos, el núcleo de la investigación de José María Durán, hay que situarlo con relación al trabajo concreto de los productores de arte y la forma social como se organiza su trabajo en las sociedades donde domina el modo de producción capitalista. Un campo actualmente dominado por los análisis económicos neoclásicos y donde la crítica de estos análisis (de su economía política) por parte de la teoría marxista brilla por su ausencia. En este sentido, los análisis de Medraño entorno al concepto de trabajo productivo e improductivo, o la teoría del valor trabajo en Marx, así como el análisis de cómo se van configurando las relaciones específicas de producción del arte dentro del desarrollo del modo de producción capitalista constituyen una aportación de sumo interés para la teoría marxista.

    Si los análisis dominantes actuales que vienen de la economía neoclásica se sustentan en la idea de que el valor de la obra de arte parte de la demanda, por lo que el precio de la misma sería de alguna manera la representación de su valor real de uso (de la repercusión social de la obra, del talento del artista, etc.,) entonces, todo el trabajo invisible de los trabajadores del arte que no han sido encumbrados por el mercado y el canon, simplemente desaparece, no existe. De manera que los trabajadores del arte carecen de instrumentos para luchar contra su explotación y participan de forma acrítica interpelados por las categorías ideológicas que organizan dicho mercado.

    Hacia una crítica de la economía política del arte intenta precisamente llenar este vacío crítico.  Así, el autor analiza a teóricos del capitalismo emergente y del “derecho natural” cómo Locke y su idea del trabajo y del sujeto, y de qué manera estas ideas trascienden al modo de producción artístico. Cómo señala, esta idea de poder ir al mercado como propietario de tu obra es muy reciente en la historia del arte, aparece con Locke. Y aunque el trabajador del arte, a diferencia del asalariado “doblemente libre” del que habla Marx (de sus medios de producción y de vender su fuerza de trabajo) no vende directamente su fuerza de trabajo en el mercado, sino el producto de su trabajo (material, conceptual, etc.,) ambos aparecen como sujetos propietarios en el mercado (modo de producción capitalista). Es decir, esa relación que se produce entre sujetos autónomos propietarios (categoría jurídica de sujeto a la cual ningún artista antes del capitalismo podría responder). La “revolución” en el concepto de artista, pues, aparece cuando este produce directamente para un mercado, cuando éste aparece como sujeto de derecho y de intercambio y de aquí la obra de arte como mercancía.

    El autor también señala cómo una comprensión inadecuada de las categorías económicas lleva a socialistas y artistas como William Morris, que habían intentado pensar y articular procesos de trabajo no “alienados”, a callejones sin salida que reproducen las contradicciones de las relaciones capitalistas. O cómo esta misma incomprensión de las categorías marxistas lleva a los teóricos posmarxistas contemporáneos a los mismos atolladeros respecto a los debates sobre el “trabajo inmaterial” y la “propiedad intelectual” en las sociedades posfordistas.

    A este respecto, su denuncia de “la comprensión inadecuada de las categorías económicas” en los debates sobre “la propiedad intelectual” y “el trabajo inmaterial” impacta de lleno sobre la literatura actual en torno a las discusiones que a lo largo del libro José Maria Durán mantiene con autores de tradición marxista o posmarxista  como Antonio Negri, Paolo Virno, Yan Moulier Boutang o Giorgio Agamben, respecto al “trabajo improductivo” o el concepto de “subsunción formal y real” en Marx , o sobre la  misma idea de “praxis”, entre otros.

    Por otro lado, su filiación althuseriana y su comprensión de la crítica a la economía política a la luz de las “nuevas lecturas de Marx”, suponen también una crítica profunda a la literatura marxista anterior y sus reflexiones respecto el arte. Concretamente a aquellas que se elaboran a partir de la visión humanista de Marx que emergía a finales de los años 50 y 60 a raíz del redescubrimiento de los Manuscritos-económico-filosóficos olvidados en la época estaliniana. Medraño hace también una crítica a los conceptos de “alienación” y de “actividad artística” que se articulan a partir de la recepción de este texto y a su carácter historicista. Ejemplificadas, en este caso, en el autor hispanoamericano Adolfo Sánchez Vázquez, donde el arte no estaría sujeto a las condiciones capitalistas de producción, sino que respondería más bien a unas prácticas precapitalistas que servirían como ejemplo utópico de una praxis y un ser humano no alienados, como ejemplo de la humanización de un ser humano deshumanizado, etc.,

    Por otra parte, al fundamentar gran parte de sus análisis en el concepto de “ideología” de Althusser, los análisis de Medraño pueden quedar expuestos a los límites, las aporías y (ahora sí) los reduccionismos de la misma teoría de Althusser. Cómo señala Terry Eagleton: “el modelo de Althusser es demasiado monista, dejando al margen las maneras discrepantes y contradictorias en que se puede apelar al sujeto (en este caso al “artista”)- de manera parcial, total o apenas de modo alguno- mediante discursos que en sí mismos carecen de unidad coherente obvia”. (Ideología: Una introduccción, Ed. Paidós Ibérica)

    No es tan extraño, pues, que el papel de la ideología se mueva de una forma causal un tanto ambivalente en el libro: ya sea como resultado de unas determinadas relaciones de producción (versión más clásica) o constituyendo esas mismas relaciones de producción (Althusser) o ambas cosas a la vez: “aunque según sus intenciones teóricas Morris se había decantado por el socialismo, existe un aspecto de su teoría del arte que justifica, en este sentido, una práctica manufacturera que presupone (de forma inconsciente o ingenua) el valor de cambio sin reflexionar sobre él; o, a la inversa, su práctica manufacturera estaba de alguna manera produciendo su ideología artístico-política”.(p.171).

    Con todo, el cometido de este libro, articular una teoría de la explotación (y, por ende, de la lucha de clases) de los productores artísticos en las sociedades capitalistas, es como decíamos un terreno prácticamente inexplorado de la teoría marxista, aunque sujeto a toda suerte de peligros reduccionistas o deterministas. Sin embargo, el autor consigue articular de una forma convincente y a través de ejemplos y análisis concretos, lo que sería un plan de trabajo monumental y colectivo aún por hacer.  Esta, es, a nuestro modo de ver, la gran aportación de Medraño.

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  • Los fantasmas de Lukács

    Los fantasmas de Lukács

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    Marc Casanovas entrevista a Alberto Santamaría

    Alberto Santamaría es catedrático de estética en la Universidad de Salamanca y militante de Anticapitalistas, autor de Lukács y los fantasmas, Ed. Sylone, Barcelona, 2023.

    Marc Casanovas es licenciado en Filosofía y Literatura Comparada por la Universidad de Barcelona e integrante del secretariado de la redacción de la revista Viento Sur.

    Fuente: Jacobin AL

    Actualidad Internacional: Entrevista con…

    19/04/2023

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    La publicación en 1923 de Historia y conciencia de clase produjo una gran conmoción en el mundo comunista. Su autor era un intelectual devenido en revolucionario llamado György Lukács, que, entre otras cosas, había ejercido como comisario de Cultura durante la efímera República socialista húngara en 1919. Convertido en «revolucionario profesional», su libro fue rechazado por el aparato de la III Internacional, convirtiéndose en una «herejía subterránea». Pese a ello, ha ejercido una influencia constante en la teoría marxista, deviniendo en uno de los textos fundacionales del —en palabras de Perry Anderson— «marxismo occidental».

    Lukács y los fantasmas. Una aproximación a Historia y conciencia de clase (Sylone, 2023), de Alberto Santamaría, propone una lectura renovada a aquel célebre escrito del húngaro que, junto con Marxismo y Filosofía de Karl Korsch y los escritos de Gramsci, inauguró un proyecto de actualización del marxismo revolucionario frente a las vulgarizaciones «ortodoxas» que codificarían el marxismo soviético en las coordenadas más positivistas, economicistas, evolucionistas o mecanicistas que ya habían marcado muchos aspectos de la recepción de Marx durante la II Internacional (y contra las que habían polemizado antes Rosa Luxemburgo, Lenin y Trotsky).

    Esta vez, sin embargo, los «debates» se darán en los inicios del proceso de burocratización y posterior estalinización del partido bolchevique y, por ende, de la III Internacional, de manera que estas vulgarizaciones rápidamente se irán esculpiendo como dogmas de Estado en el frontispicio del «marxismo». Ante todo ello, la adaptación sumisa, el silencio, el ostracismo o el discurso críptico devinieron cada vez más la pauta dominante para los intelectuales que pretendían «pensar con la clase» a través de los grandes partidos comunistas si no quieren ser «excomulgados».

    Historia y conciencia de clase es un libro que calificas de «extraño y magnético» y del que su traductor al español, el filósofo marxista Manuel Sacristán, señalaba que presentaba ideas de los Manuscritos económicos filosóficos de Marx «10 años antes de que estos fueran descubiertos». Son muchos los «fantasmas» que pueblan tu libro, pero podríamos empezar por este: ¿cómo impacta el espectro de este Marx en el seno de la Internacional? ¿Qué reacciones suscita?

    Si tomamos como punto de partida el prólogo a la primera edición de 1923, que solemos dejar de lado, y hacemos una lectura atenta del mismo, ahí rápidamente encontramos el cruce de caminos en el que se encuentra Lukács: por un lado, tiene la mirada puesta en la coyuntura histórica conformada por la oposición al reformismo y al oportunismo de los Bernstein, etc. Es decir, la claudicación del socialismo como proyecto revolucionario y, junto este elemento, el empuje de la revolución bolchevique, la propuesta crítica de Rosa Luxemburgo, la guerra y, sobre todo, su propia experiencia como dirigente de la efímera república soviética de Hungría.

    Eso de un lado. Pero de otro —y no menos importante— estaba su propia pulsión mística y religiosa, su necesidad de proyectar hacia el futuro, de enfocar el campo de acción fuera del presente. La literatura sigue jugando un papel central en esta obra, aunque parezca que no. Y esta tensión es lo que en ocasiones nos produce calambrazos cuando leemos algunos pasajes del libro. Ahí está atrapado Lukács.

    Nos equivocamos, creo, si vemos Historia y conciencia de clase simple o únicamente como un punto de partida en el pensamiento de Lukács. Al contrario: conociendo su obra anterior, es fácil descubrir que este libro de 1923 supone para Lukács un punto de llegada, un momento de cierre e iluminación. Es un libro con el que trata de resolver una pugna personal que nace con El alma y las formas, atraviesa Teoría de la novela y se soluciona en Historia y conciencia de clase: el conflicto entre la conciencia individual y su relación con la totalidad.

    Hasta Historia y conciencia de clase, esta cuestión busca ser resuelta desde el ámbito de la literatura. En El alma y las formas, el límite es la muerte, y la literatura pugna por alcanzar la totalidad a través de la forma, aunque este proyecto, en un contexto social de vida inauténtica, está siempre condenado al fracaso. La totalidad es una ficción de la mente.

    Y será el marxismo el lugar en el que Lukács halle la solución práctica a este problema: el proletariado revolucionario posee la llave en cuanto sujeto transindividual de la historia. Todo el conflicto revolucionario que rodea la escritura del libro no puede aislarse, al menos en Lukács, de su propia tradición cultural y espiritual. No solo están Hegel y Marx en el libro; también están Dostoievski y Nietzsche. Por eso, cuando en 1967 regresa a repensarlo, se muestra en apariencia tan hostil. Este tema suele molestar a cierto marxismo occidental que tiende a invisibilizar la obra anterior a 1923 y habla del Lukács joven empaquetando al filósofo según etapas supuestamente objetivas. No digo que no fuese joven, pero no olvidemos que publica el libro con casi cuarenta años y que ha empezado a militar políticamente muy poco antes. Olvidar la importancia que tiene su obra anterior y la presencia de esta en Historia y conciencia de clase es un error.

    Ahora bien, regresando a la cuestión planteada. Todo este conjunto de elementos —revolución, subjetividad, crisis existencial, conciencia posible, etc.— suponía un claro desafío al modelo economicista y positivista que urgía construir en Rusia. Tanto Korsch como Lukács pretendían hallar una salida al reformismo, que se cruzaba de brazos, así como al economicismo mecanicista, que imaginaba el marxismo como un juego de poleas. Ambos pensaban que esa salida implicaba necesariamente un volver a Marx (con Hegel) y creían firmemente que esto estaba en parte en el espíritu de Lenin.

    Pero su equivocación fue mitológica. Zinoviev lo dejó bien claro: más filósofos marxistas como estos, y el proyecto bolchevique se hunde. Personajes mediocres como Rudas y Deborin hicieron el resto como fontaneros eficientes del partido. Esa fue la condena: jugar a la desaparición de esta perspectiva. Lukács estaba plenamente convencido, asumiendo el carácter extrañamente coyuntural de su obra, de que era posible hacer de su libro un camino militante, activar un camino hacia la praxis. Y en mi libro lo que trato de apuntar es que el cierre de su obra, la apuesta por una forma de partido que conjuga elementos leninistas y luxemburguistas, que no desatiende el espontaneísmo ni la organización, era su propio proyecto político no ejecutado, no desplegado.

    En tu libro analizas el paso de Lukács desde su primer «anticapitalismo romántico» hasta su llegada a posiciones plenamente marxistas, un proceso que a partir de un momento dado da un salto y se torna tremendamente rápido, de modo que hace del bolchevismo su «apuesta fáustica». ¿Crees que ese «anticapitalismo romántico» de Lukács se mantiene (aunque sea de modo «fantasmal») a lo largo de toda su vida?

    Así es. De algún modo es lo que apuntaba en la pregunta anterior, que para mí es central como herramienta de comprensión y análisis de Historia y conciencia de clase. El camino de Lukács hacia el marxismo está jalonado por una serie de momentos determinantes. El primero es el origen burgués del propio Lukács y la sensación de conflicto (interior y exterior) que tiene a este respecto. Este conflicto es inicialmente de corte espiritual y subjetivo. Su formación literaria y artística, forjada por el arte renacentista y la poesía clásica, así como por Dante y la gran poesía de Goethe y los románticos, la obra de Dostoievski pero también por el teatro de Ibsen y la filosofía de Kierkegaard y Nietzsche, le sitúa ante el conflicto de una clase —la suya— marcadamente superficial y centrada en el rédito económico y en la apariencia.

    Este es el primer conflicto de Lukács, que no es político sino más bien poético. Puede resumirse así: la ausencia de poesía auténtica, de vida auténtica en el corazón de la sociedad húngara de la época provoca una radical pobreza de espíritu y la ampliación de la vida inauténtica como si ésta fuera la real, cuando no lo es. Esta desazón generacional le lanza, en segundo lugar, hacia la poesía revolucionaria de Endre Ady, que marcará fuertemente al joven Lukács. Esta poesía era un verdadero grito jacobino frente a la banalización de la vida en el corazón del mundo burgués. Le asusta la falta de espiritualidad en su contexto vital; Ady grita «¡Revolución!» pero esta revolución, hacia 1910, solo tiene lugar en su cabeza. Es en este periodo en el que profundiza Lukács en el problema de la forma artística como expresión de una «visión del mundo», y donde hallamos las primeras referencias al marxismo en su obra, aunque son más bien críticas en cuanto todavía no ve en el marxismo más que un mecanicismo vulgar y una ausencia en él de fuerza de comunidad espiritual.

    En este punto también se encuentra su amigo Ernst Bloch. La Primera Guerra Mundial trastoca su percepción del mundo. Marcando claramente distancias respecto a sus amigos y compañeros intelectuales como Max Weber o Thomas Mann, Lukács se opone con todas sus fuerzas a entender la guerra como un valor positivo. Este marcado antibelicismo es central en su proyección intelectual y abre la primera vía realmente política de Lukács. Su antibelicismo se ve reforzado por la primera lectura, durante la guerra, de Rosa Luxemburgo, pero también se profundiza en Simmel y sobre todo en Sorel.

    Ahora bien, no abandona, más bien al contrario, su pulso espiritualista. Mantiene en paralelo su lectura política y su lectura de Dostoievski o de Emerson, como dos animales sobre un mismo cuerpo: lo espiritual y lo político. No olvidemos que durante la guerra escribe Teoría de la novela. Este es el libro con el que responde al conflicto bélico. Trata de entender los conflictos sociales como conflictos espirituales, así como su reflejo en la novela.

    Todo empieza a cambiar con la revolución de octubre. En 1918 publica un texto fundamental, «El problema moral del bolchevismo», en donde apunta las reservas, desde su socialismo dostoievskiano, que le produce la revolución bolchevique. Sin embargo, esas reservas son apartadas poco después, y entra a militar en el recién creado Partido Comunista de Hungría. Es ahí cuando empieza a politizar su escritura aunque sin abandonar totalmente el conflicto espiritual: Dostoievski sigue apareciendo al lado de Marx (véase, por ejemplo «Táctica y ética», de 1919).

    En Historia y conciencia de clase parece tratar de superar todo eso, o al menos hallar una solución al conflicto espiritual a través de la praxis revolucionaria y el partido. Y ahí, justo ahí, Lenin es central para Lukács. En definitiva, Lukács, a diferencia de Gramsci, por ejemplo, no llega al marxismo desde la militancia o desde un conflicto obrero, sino desde la literatura y el conflicto estético-espiritual. Desde ahí Lukács entronca con el marxismo y con la política práctica.

    Por otra parte, «los fantasmas» (o el relato de cómo Lukács deposita esos manuscritos de juventud en la caja fuerte del Deutshe Bank de Heidelberg y va renovando su custodia a lo largo de los años), parecen jugar en tu libro el mismo papel alegórico que el «enano jorobado» escondido en el interior del materialismo histórico en las tesis de Walter Benjamin. A este respecto te cito: «porque de eso va Historia y conciencia de clase, de tendencias espirituales y acerca de cómo éstas pueden coagularse en la conciencia y en el partido, y por eso molesta a tantos marxistas». ¿Cómo se traduce hoy este malestar?

    En el marxismo hay algo curioso, o al menos así lo percibo: todo movimiento humanista o espiritual dentro de sus formas narrativas provoca que algunos aparten la cara como si oliese a amoníaco. El pulso antihumanista ha depositado una bola de sebo en el corazón del marxismo, postulando (ridículamente, en mi opinión) que ese antihumanismo es la reserva de cientificidad que le queda al marxismo. Y eso es absolutamente ridículo. El libro de Søren Mau, por ejemplo: Mute Compulsion: A Marxist Theory of the Economic Power of Capital es un libro muy interesante, fascinante, incluso, por su necesidad de penetrar en esa noción de poder que para Marx es una latencia clave. Creo que es un libro formidable.

    Ahora bien, Mau intenta despegarse de cualquier pulso humanista, como si eso restase sentido y poder argumentativo a su lectura. No se puede comprender no digo ya a Lukács, sino a Marx mismo sin entender y aceptar la importancia que la literatura y lo espiritual tiene en su obra. No se puede desagarrar a Marx en bloques, en continuidades o rupturas. Es ridículo trocear a Marx así y mostrarlo como un trofeo. En Marx lo que hay, creo, son planos de intensidad variable, que activa o desactiva según el proceso de escritura y de análisis social.

    Hay párrafos de El capital que denotan una preocupación profunda y activa por el devenir subjetivo del proletariado, incluso por su salud espiritual, que vincula con el tiempo y la educación. No puede separarse una cosa de la otra. Lo mismo el uso de Goethe o de Shakespeare. No son, desde mi punto de vista, simples referencias o adornos culturalistas, sino que usa a estos autores (por ejemplo, cuando habla de dinero) por el poder conceptual que posee la poesía. Lo conceptual es situado también dentro de lo expresivo y de lo poético. Y eso lo ha aprendido Marx de los románticos. Y está presente, con intensidad variable, en toda su obra.

    La formación misma de la conciencia de clase —y esto está en Lukács— no puede desarrollarse sin aceptar que dicha conciencia se forma en base a una comunidad afectiva capaz de proyectarse y producir futuro a partir del suelo del presente. No solo puede definirse la clase desde lo económico (y esto ya lo expresó el mismo Marx): ninguna revolución se ha fundado en preceptos únicamente racionalistas, sin apelar a los afectos y la conciencia subjetiva, o desde posiciones antihumanistas. El antihumanismo no deja de ser un idealismo, una abstracción aparentemente útil, pero una abstracción.

    En Lukács y los fantasmas navegamos por las corrientes cálidas del marxismo a través del análisis de su recepción histórica en autores fundamentales como Lucien Goldman o Raymond Williams o las afinidades entre Walter Benjamin y Lukács a la vez que nos ofreces una lectura de Historia y conciencia de clase como una genealogía de algunos de los debates políticos y culturales centrales de la actualidad. ¿Cuáles son las principales aportaciones de esa obra al pensamiento de estos autores y cómo impactan en los debates del presente?

    Historia y conciencia de clase funciona como raíz de muchos debates que llevamos arrastrando cien años. No quiero decir que Lukács los anticipase, sino que apuntó en una dirección posible que él observaba (eso es la dialéctica) en su propio suelo histórico.

    En primer lugar, que el problema de la cosificación, desplazado hacia la vida cotidiana, iba a provocar la eclosión de un capitalismo que debía funcionar por integración y que, dado el modo evolutivo del capitalismo, la batalla podría situarse en el nivel de la subjetividad y de la conciencia. Recordemos dos elementos a este respecto: primero, la importancia que otorga al periodismo como problema para la clase trabajadora, el modo en el que el periodismo (y se extiende a la industria del ocio) es una máquina de desafección política en manos del capitalismo y, segundo, la necesidad de operar en el ámbito de lo que él llama —aunque de pasada— inconsciente de clase. Inconsciente no en el sentido freudiano, sino como no-consciente. Organizar y revolucionar todo ese espacio debía vincularse con un modelo de organización política capaz de superar esa cosificación.

    Eso por un lado. Por el otro, atisba la forma de un capitalismo por venir entendido como un gran monstruo sin forma definida, como una gran masa gelatinosa incapaz de ser golpeada en el centro. Eso es lo que le causa auténtico terror pero también lo que activa su optimismo, en cuanto que ese capitalismo gelatinoso que todo lo absorbe nunca podrá realizarse completamente, porque si así fuese se autodestruiría. Lukács mismo reconoce en el prólogo de 1923 que hay momentos del libro que son exageradamente optimistas, pero ese optimismo se funda en la capacidad transformadora que observa en la clase trabajadora en cuanto su punto de vista es el punto de vista de la totalidad, lo que quiere decir que su objetivo es la emancipación misma de la sociedad.

    Esto le empuja hacia una de las afirmaciones más interesantes del libro (y más importante para nuestro presente): el proletariado no tiene ideales que realizar. Frente a la burguesía, que es la otra clase con posibilidad de conciencia, incapaz de desarrollarla sin destruirse, el proletariado no tiene ideales cerrados, prerrogativas establecidas como un dogma escrito en piedra. Su único principio es entender que el sentido revolucionario-dialéctico conlleva establecer una relación entre pasado y futuro asentando todo proyecto sobre el sentido del presente, sobre la vida cotidiana. Todo movimiento socialista que parta de unos dogmas previos, cerrados como compartimientos estancos, quedará fuera del proceso revolucionario. Aquí está pensando en reformistas y economicistas. Pero Lukács no está hablando de adaptación o improvisación. El objetivo es siempre la revolución en sentido contrario al modelo individualista y cosificador del capitalismo.

    Lo que tenemos que entender es que los procesos de mutación, las herramientas, las demandas, las tendencias pueden variar. Este es el Lukács, desde mi punto de vista, más fascinante. La clase llamada «proletariado» no está determinada de antemano ni en sus objetivos ni en sus demandas. Su objetivo es siempre ensanchar la conciencia posible y de lo posible, y para ello debe transformarse continuamente. Este Lukács de 1923 vuelve en 1970, curiosamente, cuando apoya a Angela Davis y observa en las demandas raciales un nuevo espacio revolucionario.

    Dicho de otro modo, petrificar las demandas de clase y escribirlas en piedra es para Lukács lo menos dialéctico que puede hacer un marxista y lo que dinamita cualquier proyecto socialista. Por este hueco, creo, entra Lucien Goldmann, y desarrolla la noción de creación cultural como espacio de análisis de las estructuras sociales y afectivas de un periodo, y por ahí también Raymond Williams con su noción de «estructura de sentimientos». Desde ahí, desde estas claves, por ejemplo, Michael Löwy lee el movimiento ecosocialista, y hoy podemos hablar de la lucha trans dentro del movimiento marxista. Y lo que queda por venir.

    La finalidad del socialismo es desaparecer, volverse innecesario; de lo contrario, sería una forma de dominación igual que cualquier otra.

    Historia y conciencia de clase se compone de distintos ensayos escritos entre 1919 y 1922 y finalmente publicados en 1923. Su escritura coincide con la oleada revolucionaria en Alemania e Hungría. Lukács empieza a escribirlo con la irrupción de las masas en la arena política y sus formas de autoorganización y autoemancipación, en la convulsión de los consejos obreros y desde su admiración por Rosa Luxemburgo. A la vez, en 1921 se encuentra con Lenin y las críticas al «izquierdismo», el reflujo revolucionario…

    En tu libro, citando a Goldman, señalas que el «ensayo» para Lukács es sobre todo un género de indagación. Y Michael Löwy escribe en el prefacio que al leer Historia y conciencia de clase a partir de Rosa Luxemburgo te has dado cuenta «de algo que escapa a muchos de los críticos de Lukács»: que «la concepción que propone el filósofo húngaro en su libro de 1923 es una tentativa, no acabada, de combinar las concepciones organizativas de la revolucionaria judía con las de Lenin».

    ¿Quizás es este contenido político central y su carácter tentativo el que se pierde de vista en muchos debates actuales sobre el pensador húngaro cuando se reducen los postulados de Historia y conciencia de clase a un problema estrictamente filosófico de «idealismo» y «pluscuamhegelización» del marxismo (cómo decía ya en su «autocrítica» de 1967 el mismo Lukács)? Quiero decir, ¿se pierde de vista esta concepción del partido como «alternador» que señalas en tu libro, esta necesidad de pensar estratégicamente los problemas del presente, y en este sentido, de señalar la importancia fundamental del «factor subjetivo» (conciencia, organización, iniciativa) en todo proceso de transformación social?

    Exacto. A veces se pasa por alto esta cuestión. Lukács, como decía al inicio, ha escrito un libro extraño y magnético. Es un libro, por un lado, necesariamente coyuntural, atado a su experiencia literaria y militante, pero, por otro lado, entiende que bajo esta experiencia existe una proyección, un sentido histórico no cerrado. Eso básicamente es el principio de totalidad. El concepto de totalidad desplaza el estatismo mecánico de base-superestructura. Esta relación metafórica entre base-superestructura solo funciona si en lugar de como «estado» se entiende como «proceso», como forma dialéctica donde no existe una jerarquía.

    Pero toda esta energía, toda esta tendencia espiritual y subjetiva de carácter revolucionario y de clase no puede explotar simplemente como un volcán, ya que no generaría una conciencia posible, una alternativa a la conciencia real que posee en este momento el proletariado. Así pues, debe fluir hacia la noción de organización. El final del libro es contundente: el partido debe establecer una conexión eléctrica y electrizante entre la energía revolucionaria en sentido luxemburguista y la orientación leninista. Pero, también es cierto, a lo largo del libro el partido ocupa una posición ambigua, a veces dominante, a veces herramienta de acompañamiento.

    Ahora bien, existe una conciencia real del proletariado, una conciencia atrapada por las dinámicas de individualización y fragmentación cosificada que el capitalismo asienta como proceso natural, como evidencia científica. Por debajo de esa conciencia falsa debe agitarse o puede agitarse una fuerza inconsciente, una energía revolucionaria en dirección a lo posible. Ahí entra en juego el proyecto de partido que tiene en la cabeza Lukács. Y esa parte del libro es francamente fascinante.

    En esta misma línea, una de las cosas más interesantes y provocativas de tu aproximación es el modo en que actualizas y haces operativos —«con las necesarias precauciones histórico-contextuales»— los principales conceptos de Historia y conciencia de clase en su crítica al capitalismo: totalidad, conciencia, cosificación, alienación, dialéctica… Prestando especial atención a la problemática de la «conciencia atribuida» a través del concepto de «conciencia posible» de Goldmann, que nos introduce de pleno en los problemas del «momento gramsciano» actual.

    Señalas: «Esta percepción de Lukács es sumamente importante para entender las dinámicas de nuestro presente. Una perspectiva revolucionaria no puede quedar anclada en unas demandas fijas, sino que es la propia historia y el desarrollo dialéctico lo que indicará el modo y el sentido de las luchas por venir. “Lo que hoy es acertado puede ser falso mañana”».

    Lucien Goldmann (y me atrevería a mencionar también a Karel Kosík) es uno de esos marxistas olvidados que sin embargo está en la raíz de muchos debates políticos y culturales. Cuando él apunta hacia la noción de conciencia posible, lo hace entendiendo que solo desde esta perspectiva dialéctica es factible comprender las dinámicas del presente histórico y su relación con el futuro. Eso es Lukács.

    En una situación de impase como es la nuestra, donde asistimos a una fase de capitalismo con tendencias autolíticas, lo que quiere decir que nos destruye necesariamente, esas nociones (totalidad, cosificación…) vuelven a aparecer. Volvemos a hablar de desintegración de espacios comunitarios, de ruptura de lo afectivo, de individualismo, de defensa lo de público, etc. Hacia eso apuntaba Lukács como desastre propio del capitalismo. Pero toda esta crítica que propone Lukács y que podemos aceptar y asumir, es completamente inútil sin una orientación hacia la práctica, es un proyecto ciego sin el horizonte de una organización.

    Lukács nos dibuja una realidad a nivel organizativo donde los partidos no pueden nacer como armas electorales, como sujetos políticos que parchean la situación, porque esto solo deriva en un proceso a corto plazo de sumisión y renuncia. Un partido, como Rosa Luxemburgo dibuja y acepta Lukács, no puede decretar el socialismo ni mucho menos «la ilusión». Su territorio son las afueras, el modo de creación de una posibilidad más profunda de cambio, donde la conciencia y la praxis provoquen un calambrazo. Es decir, lo coyuntural como programa político dinamita la conciencia revolucionaria. Es solo un engaño momentáneo.

    La lucha contra el capitalismo es la lucha contra la cosificación y por la reconquista de la subjetividad y la vida cotidiana. Por eso es importante eso que llama producir futuro y operar en el inconsciente de clase.

    O la actualización del análisis del fetichismo de la mercancía «como la trama que hila el presente de un capitalismo que avanza hacia la barbarie» y las descripciones que haces de un capitalismo que «toma la forma de un monstruo gelatinoso que progresivamente va deglutiendo todos los aspectos de la vida cotidiana»… Todo ello nos remite a otras recepciones de Historia y conciencia de clase que no analizas en tu libro pero, creo, tienes bien presente, como podrían ser Guy Debord o Adorno. ¿Qué «recepciones» de Lukács no abordas explícitamente, pero crees pueden incidir en tu libro o sobre los debates y tareas del presente?

    Por supuesto, ahí está Debord y, en general, la recepción sesentayochista del ensayo. Recepción con la que Lukács no estaba del todo cómodo. El situacionismo es una tendencia que apenas se toma en serio en el debate en el seno del marxismo y es una de las claves para el marxismo contemporáneo, desde mi punto de vista. Me fascina el modo en el que Lukács está presente y ausente al mismo tiempo en la teoría cultural contemporánea. En qué medida hay fragmentos de Lukács, por ejemplo, en Mark Fisher (a través de Fredric Jameson). Eso es interesante. Ahora bien, al mismo tiempo, hemos de pensar que Lukács está pensando en la praxis revolucionaria. De nada sirve la teoría cultural sin ésta. Ese es también del debate de fondo con Adorno.

    En los últimos tiempos son muchos los sujetos de lucha, movimientos sociales, políticos, contraculturales que han hecho de la crítica de la vida cotidiana el centro estratégico de su crítica al capitalismo. ¿Es esta quizás una de las aportaciones más destacables al marxismo y la lucha emancipatoria en general que podemos encontrar en el Lukács de Historia y conciencia de clase?

    Puede que sea la aportación central del libro. Me refiero a esa línea subterránea que recorre algunos capítulos, según la cual Lukács nos quiere hacer entender que existe un territorio fronterizo —y por tanto una esperanza— entre el capitalismo, que aspira a dominar un territorio amplio, y la vida cotidiana, que no puede ser nunca cien por cien capitalista. La acción sobre ese espacio subjetivo y material es central.

    Pero también es necesaria una precaución: no se puede reducir un programa político al simplista «poner la vida en el centro». No se trata de poner la vida en el centro sin más, sino de ponerla en el centro para revolucionar todo, para aspirar a una transformación radical. De no ser así, la aspiración política sería un simple oportunismo, adornar la vida cotidiana con una pátina de color agradable. Y en ese terreno de juego, el capitalismo —incluso un capitalismo en estado de putrefacción, como es el nuestro— tiene todas las de ganar.

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    Ante otro 25 de abril: Memoria, reivindicación y lecciones

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    Manuel de la Rosa Hernandez

    Militante de Anticapitalistas

    Fuente: Poderpopular.info

    Teoría: Historia

    25/04/2020

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    “Portugal vivía hundido en la tristeza. Aislado de Europa, era un país provinciano y mezquino. Se ahogaban las ideas, se ordenaba obediencia a las mujeres, emigraban los audaces, los jóvenes morían en la guerra (en sus colonias, añadimos), se desesperaban los pobres, se aburrían los asistidos, los ricos se enriquecían. Los que se oponían eran perseguidos y encarcelados.” Francisco Louça

    Se cumplen 46 años de la Revolución de los Claveles. Un hecho de gran calado histórico, exponente de la última revolución social del siglo XX en Europa. En la madrugada del 25 de abril de 1974 se inició un proceso combinado de insurrección de la tropa, acompañado en pocas horas y dias con el levantamiento popular, es lo que se conoce como revolución de los claveles, que dejaba atrás 50 años del régimen autoritario fundado por Salazar y que abrirá durante varios meses un proceso de efervescencia revolucionaria que llevó al protagonismo a amplias masas obreras y populares.

    La dictadura portuguesa se mantuvo tras las derrotas de las potencias fascistas al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Se había iniciado en 1926 con una dictadura militar, transformándose en 1933 en el “Estado Novo”, lo que conocemos como salazarismo, por el papel a su frente de Antonio Oliveira Salazar, sustituyendo la dictadura militar por un régimen apoyado en instituciones civiles de corte fascista y una constitución que no cambió en esencia su carácter autoritario. António de Oliveira Salazar fue sustituido por enfermedad en 1968 por Marcelo Caetano. Fue la dictadura más duradera del siglo XX en Europa, 48 años de duración La acción del PIDE, policia politica, completaba el cuadro de dominio de este régimen autoritario.

    Con el triunfo del levantamiento militar fascista en el Estado español en abril de 1939, el salazarismo va a encontrarse con un aliado privilegiado en la Península Ibérica, la Dictadura de Franco. Por las alturas la colaboración de las élites económicas y de los respectivos regímenes fue muy estrecha, incluida sus respectivas policías políticas, la PIDE y la BPS.

    Portugal sostenia un amplio dominio colonial en Africa, Asia y Oceania .en los que mantenia una guerra colonial en Angola, Mozambique, Cabo Verde y Guinea Bissau. Otras menores fueron anexadas pr India en 1961. Además, mantenia Timor Occidental y Macao, en China. Este pasado colonial marcaba la naturaleza del régimen.

    Portugal hasta aquellas fechas poseía un vasto dominio colonial. Laa mayoría de los países que fueron antiguas posesiones coloniales europeas ya se habían independizado a partir de los años 60. En las colonias portuguesas se dio una fuerte respuesta por la independencia, conformando amplios y potentes movimientos de corte nacional-popular, en cada una de ellas. El régimen salazarista responde con la guerra colonial, llegando a la movilización de doscientos mil soldados a tal objetivo.

    En Portugal se vivía un ascenso de la lucha social, las luchas estudiantiles y obreras le echan un pulso al régimen. En los meses anteriores al 25 de abril hubo 100.000 huelguistas .

    Todo estas situaciones desgastarán al régimen. Desde finales de los años sesenta, Portugal vivió un incremento de las luchas sociales. Las universidades estaban paralizadas o cerradas, la represión se cernió sobre centenares de estudiantes de enseñanza secundaria. Se asentaron formas de organización sindical independiente de las que saldría la Intersindical (lo que más tarde será la CGTP).

    Las huelgas de 1968-1970 y 1973 no implicaron el derrocamiento del régimen. Fue otra ola de huelgas, como las de 1969 o 1962. Sin embargo, lo que fue cualitativo en 1974 fue el golpe militar dirigido por el MFA.

    Los últimos intentos de reforzar la autoridad del Estado vinieron del interior del régimen, y resultaron en la formación de un campo político de pretensión neocolonial federalista, con fuertes relaciones con las potencias occidentales y con disposición a acometer la integración europea que fundarían los partidos de la derecha después del 25 de Abril: Centro Democrático y Social (CDS) y Partido Socialdemócrata (PSD).

    La situación social, política y económica se había agravado para gran parte de las capas populares, llevando el descontento a amplias franjas de la tropa y a que mandos intermedios militares dieran el paso de organizar el Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA) que contaba además con el apoyo de algunos altos mandos como Costa Gomes y de Antonio Spinola.

    Grândola Vila Morena, es la canción que identifica a la revolución. La melodía sonó a las 00.25 del 25 de abril en Radio Renascença. Era la contraseña pactada entre los capitanes de abril, que la eligieron por su letra: “El pueblo es quien más manda” y “tierra de fraternidad”. En la hora siguiente a su emisión, unidades al mando de capitanes del Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA) se pusieron en marcha. El levantamiento militar del 25 de Abril no encontró resistencia relevante. El general Spínola recibió el poder de Marcello Caetano, que partió hacia el exilio.

    El plan era dar un golpe de mano controlado de las fuerzas armadas, tomando las calles y los puntos estratégicos del país. Durante los acontecimientos se produjo un hecho imprevisto, al salida masiva a la calle de la población, desoyendo el llamamiento de quedarse en casa, ordenados por los sublevados. Esta incursión de las masas va a cambiar el sentido y naturaleza del 25 de abril. Esa irrupción de las masas populares supuso un cambio en la correlación de fuerzas.

    En ese contexto se empieza a organizar los partidos tradicionales de la izquierda el PSP y el PCP, que solo tenían con anterioridad una presencia testimonial, pero también se empezaba a nuclear una izquierda radical, animada por aquel contexto de confrontación marcado por la lucha y la autoorganización obrera y popular.

    Esta fue la última revolución social que se dio en Europa. El 25 de abril es el comienzo de una auténtica revolución social, ya no se trataba solamente de sustituir una dictadura por un estado democrático, las demandas iban más lejos, se luchaba por la igualdad social, levantando reivindicaciones para hacerla factible. El MFA pretendía la reconstrucción del estado y en esa orientación estaba también el Partido Comunista de Portugal (PCP) cuyo eje era lo que llamaban la reconstrucción nacional. Frente a la pretensión del PS y del PC de imponer el control y subordinación al MFA, amplios sectores del movimiento popular se reafirma en su autoorganización, radicalizando el proceso.

    El auge de las luchas obreras arrastró a una parte del MFA hacia esas posiciones de ruptura, Contra este proyecto comenzó a surgir una dualidad de organismos de poder, una parte del MFA se escindió y se unió a esas estructuras de poder popular desde abajo. Esa autoorganización en comisiones de obreros, vecinos y, más tarde, soldados se fue generalizando. La entrada en escena de la clase obrera con sus huelgas o las ocupaciones de tierras y fábricas imprime un carácter revolucionario a ese proceso donde se arrancan conquistas a la burguesía como nacionalizaciones de sectores de la economía, reforma agraria o subidas de los salario.

    Los intentos de Spinola de imponer el orden social con la represión se encontró con la falta de control efectivo de las fuerzas de coerción capaces de imponerla

    Esta situación, en la que el nuevo poder burgués no es capaz de imponer su política, unido a la falta de presencia de la represión y a que sectores del propio MFA le hayan dado un guiño al movimineto de masas abrieron las puertas a la revolución social en Portugal en los siguientes meses. La guerra colonial se para por el cese de los combates entre los contingentes militares portugueses que se unen a las fuerzas de liberación anticoloniales. En la metropoli portuguesa se imponen derechos y libertades de facto, se extiende la democracia, se gana en la calle la libertad sindical, el derecho de huelga, el salario mínimo, la mejora de la jornada laboral

    La revolución duró diecinueve meses, de abril de 1974 a noviembre de 1975. En ese proceso revolucionario se enfrentan dos fuerzas en el interior de Portugal, de un lado, una corriente que pretende estabilizar el orden burgués, en torno al Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA) en la que participa el PCP y el PS. De ellas el más activo fue el PCP que se empeño en desmovilizar las huelgas “salvajes”, comprometiéndose a no levantar como prioridad política la salida de la OTAN, defendia la legitimidad del MFA frente a una asamblea constituyente que fuese elegida. El PS con Soares se alinea también en esa linea de diferenciación y desmarque de toda linea de autoorganización social y convirtió en eje de su propuesta electoral la reconstitución del poder de la burguesía y la plena integración en el Mercado Común europeo

    La otra corriente es la de la democracia real, el protagonismo popular directo y la autoorganización de las masas, que se enfrentaron a unas necesidades urgentes y a la presión de la crisis. Los sectores auto organizados de la clase trabajadora que aprendieron en aquellos días a realizar la revolución, cuestionando con su accionar el sistema, tomando la propiedad capitalista, ya fuese, la de la tierra, la inmobiliaria o la industrial, aceleraron el proceso revolucionario. En ese ambiente de lucha fueron aprobados los decretos de la reforma agraria y de nacionalización de la banca.

    Estas dos corrientes van a coexistir durante un año entero, un año que transforma el país en profundidad. Las elecciones del 25 de abril de 1975, no cerraron la confrontación. En estas primeras elecciones, de elevadísima participación, el Partido Socialista fue el más votado (38%). Considerando la votación del área comunista (PCP+MDP: 16,5%) y la izquierda radical (4%), los partidos de derecha (PSD+CDS: 34%) se quedaron a gran distancia. Sin embargo, los alineamientos políticos siguientes serían otros, definidos por la naturaleza del poder tras las elecciones, que durante medio año sería producto de una negociación entre el MFA y los partidos representados en la Asamblea Constituyente y en el Gobierno.. Por un lado existe un protagonismo político de sectores sociales movilizados, que llegaron a ensayar formas de “doble poder”. A pesar de su dinámica ascendente, este amplio sector estaba lejos de conseguir generar una dirección política revolucionaria que encontrara formas de alianza social y política mayoritarias y que correspondiera con la expresión autónoma de la iniciativa popular. Por otra parte, quien sí que se articuló y se unificó es el campo de la reacción, levantando la bandera del orden y la autoridad del Estado. .

    El desenlace de esta confrontación llegará el 25 de noviembre, fecha del pronunciamiento militar que agrupa a la derecha política y militar junto con el PS bajo el mando de Eanes (“grupo de los nueve”), el cual llegaría a presidente de la República con esos apoyos, el PCP fue aceptado en ese consenso. El PCP tachará en su periódico Avante de idealistas a quienes peleaban por organismos de poder popular en oposición al poder militar y gubernamental. Ya derrotado, este sector de “ilusos idealistas” se expresará todavía en las elecciones presidenciales de 1976, reuniendo el 16% de los votos en la candidatura del teniente-coronel Otelo Saraiva de Carvalho, más del doble de los obtenidos por el candidato del PCP, Octavio Pato. El Estado rehace a la burguesía portuguesa Los años siguientes al período revolucionario fueron los de la reorganización de las condiciones de producción, sobre el marco de las relaciones de fuerzas provocado por la Revolución y de la concreción en ley de algunas de las “conquistas” del proceso.

    El largo aliento de aquel 25 de abril durará aún algunos años más en el mantenimiento de importantes conquistas sociales, políticas y económicas. Las lecciones de la revolución portuguesa deben conformar el legado de las explotadas y oprimidas en Europa en el camino a futuras transformaciones democráticas y revolucionarias.

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    El «capitalismo tardío» como descifrado de la modernidad

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    Francisco Louçã

    Economista, activista del Bloco de Esquera, militante de la IV Internacional

    Traducción: Punto de Vista Internacional
    Fuente: 
    Esquerda.net

    Teoría: Economía

    02/04/2023

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    Cuando Ernest Mandel entregó el manuscrito de su Tratado de economía marxista[1]Ernest Mandel (1962), Traité d’Economie Marxiste, París: Julliard, 2 volúmenes.a su editor en 1961, todavía era relativamente poco conocido fuera de los círculos militantes en los que había participado desde su juventud. A la edad de 38 años, y tras una larga preparación del libro, movilizó un profundo conocimiento de la teoría y de las alternativas en disputa, pero también de los datos empíricos y de las aportaciones de otras ciencias, y se opuso así a una tendencia entre los marxistas posteriores a la Segunda Guerra Mundial que, en el contexto de la Guerra Fría y tras el fracaso de las revueltas en Francia y Grecia, con la imposición del dominio del imperio estadounidense en Occidente y el fortalecimiento del estalinismo en la URSS, se volcaron en la filosofía y, sobre todo, en la estética, apartándose de la lucha política y del análisis de las contradicciones del capitalismo triunfante. El libro tuvo un gran éxito desde su publicación en 1962 y afirmó a Mandel como el más talentoso y profundo de los economistas marxistas, lo que se confirmaría en los años siguientes.

    Sin embargo, como nos dice en el prefacio a la primera edición alemana de El capitalismo tardío, publicada en 1972 y que sería su contribución fundamental, el autor se había mostrado insatisfecho con el Tratado, en particular con el capítulo sobre la economía contemporánea, que era «demasiado descriptivo», a saber, por no profundizar en el análisis de las etapas de la evolución del capitalismo y, en particular, por no relacionar las leyes del desarrollo del capital con el estudio de sus diversas formas (lo que se convertiría en su principal punto de divergencia con las teorías monocausales de las crisis de sobreproducción dominantes a lo largo de los años sesenta y anteriores). El camino hacia el Capitalismo Tardío, que es el que ahora está en manos del lector, tomó dos rutas fundamentales. La primera fue la profundización en el estudio de Marx, con la publicación de La formación del pensamiento económico de Karl Marx en 1968. Se trataba de una polémica contra la visión entonces hegemónica de que había dos Marx contrapuestos, uno de juventud un tanto romántico y otro, el maduro, científico y riguroso. Althusser fue en su momento uno de los promotores de esta concepción de la «ruptura epistemológica» entre los dos Marx, pero no fue el único. Ahora bien, como ha mostrado Mandel, el concepto de «alienación» atraviesa toda la obra y establece un puente entre las obras juveniles, como los Manuscritos de París (1844), y las obras conclusivas, como El Capital (1867). La publicación de los Grundrisse (1858), que no se produce hasta 1939, año del estallido de la Guerra, y sobre todo su edición de 1953, vienen a demostrar luminosamente cómo Marx mantuvo a lo largo de toda su vida sus conceptos fundamentales sobre la naturaleza de la explotación y cómo hizo de ellos un manifiesto de combate. La amistad de Mandel con Roman Rosdolsky, uno de los fundadores del PC de Ucrania, viejo bolchevique y profundo conocedor de los textos marxistas, habrá contribuido a esta vía de estudio de Marx (Rosdolsky murió en 1967, y la notable Génesis y estructura del capital de Karl Marx se publicó póstumamente ese mismo año). Así, Mandel consolidó su marxismo crítico a partir del Tratado, con lo que no sólo fue fiel al origen, sino que lo potenció y desarrolló.

    La segunda vía que siguió a lo largo de esa década -que, no lo olvidemos, fue también la época de Mayo del 68, del otoño italiano, del crecimiento de la resistencia antifascista en el Estado español y bajo otras dictaduras- fue el trabajo sobre la crisis económica. Sus siguientes publicaciones en este ámbito habrían sido dos artículos en el Socialist Register y Temps Modernes en 1964[2]Ernest Mandel (1964), «The Economics of Neocapitalism», Socialist Register, 1, pp.56-80; (1964), «L’Apogée du Neocapitalisme et ses Lendemains», Temps Modernes, 20:219-220, p.193-210. … Seguir leyendo, en los que analizaba la posibilidad de un giro económico. Este esfuerzo demostró cómo buscaba profundizar en su interpretación de las fuerzas de la crisis. Fueron estos dos procesos intelectuales, el estudio del Marx menos conocido y la discusión de las contradicciones del modo de producción capitalista, los que le llevaron a La tercera edad del capitalismo, publicada inicialmente en alemán como Late Capitalism[3]El título «La tercera edad del capitalismo» fue el adoptado en la edición francesa, con el acuerdo del autor. Es cierto que el título original, «Capitalismo tardío», que refleja cierta … Seguir leyendo. Ambos términos presentan cierta ambigüedad, a la que el autor se refiere en el prefacio original: no se trataría de identificar una nueva época, ni un «neocapitalismo», ni una nueva fase de un «capitalismo monopolista de Estado», sino una secuencia temporal dentro de la época del imperialismo. «Lamento, además, no haber encontrado un nombre mejor para esta época histórica que éste -insatisfactorio porque únicamente cronológico y no sintético- de ‘Spaktapitalismus’, o tercera edad del capitalismo», escribe[4]Ernest Mandel (1972/1997), Le Troisième Âge du Capitalisme, París: Ed. La Passion, p.16..

    El capitalismo tardío, que es también la tesis doctoral que Mandel sometió a la aprobación de la Universidad Libre de Berlín, donde era profesor visitante (ese mismo año ocupó un puesto en la Universidad de Vrijen, en Bruselas), fue escrita entre 1970 y 1972, cuando la noción de crisis sistémica profunda era aún dudosa pero empezaba a merecer atención (en 1971, el sistema monetario internacional establecido en Bretton Woods había sido hecho añicos por Nixon). En su Tratado, el autor había explicado las crisis económicas siguiendo la idea del eco-ciclo de inversión, sin tener en cuenta los largos periodos de transformación tecnológica y social. Sin embargo, a partir de 1964 amplió su perspectiva y comenzó a estudiar las obras de Kondratiev (artículos de 1922, 1924 y 1926 y el resumen del debate en el Instituto de la Situación de Moscú, que sólo se publicó en ruso en 1928)[5]Los principales textos de Nikolai Kondratieff, incluidos sus cuadros estadísticos, no se publicaron en francés hasta 1992 (ed. Louis Fontvieille, 1992, N.D. Kondratieff, Les Grands Cycles de la … Seguir leyendo, el enfrentamiento con Trotski sobre el tema (el informe de 1921 al congreso de la Comintern y su polémica de 1923 con Kondratiev)[6]El informe de León Trotsky a la Comintern se publicó en Los cinco primeros años de la Internacional Comunista, 1945, Nueva York: New Park, vol. 1, pp. 174-226. Su crítica a Kondratiev está en La … Seguir leyendo y la contribución del más heterodoxo de los economistas ortodoxos, Joseph Schumpeter (sobre todo su libro de 1939, Business Cycles)[7]Joseph Schumpeter (1939), Business Cycles, Nueva York: Martino, reimpresión de 2014.. A partir de estos autores, que Mandel reinterpretaría proponiendo su propia teoría, el estudio de las ondas largas del desarrollo capitalista pasó a ocupar su agenda y se convirtió en uno de los añadidos más sustanciales que introdujo este libro (en ediciones posteriores, también separaría el texto sobre la ideología y el Estado en dos capítulos distintos, proponiéndose desarrollar el tema, aunque sólo esbozara este trabajo).

    La constatación de la existencia de largos periodos de aceleración y desaceleración económica a lo largo del siglo XIX y principios del XX había sido reconocida por autores muy diversos: Parvus (1901) y Van Gelderen (1913) ambos miembros de partidos socialdemócratas, Bresciani-Turroni (1913, 1916), Pareto, que más tarde fue nombrado senador vitalicio por Mussolini (1913) y Tonelli (1921), en el mundo académico. Otros economistas se refirieron a la misma cuestión (Aftalion, Tugan-Baranowski). Estos distintos economistas coincidieron en la cronología de los largos periodos de expansión y contracción y reconocieron la necesidad de combinar en su análisis los factores económicos, políticos y sociales. Sin embargo, las explicaciones eran contradictorias: para Pareto, las olas serían el resultado de conflictos en el seno de la élite dirigente, en particular entre especuladores y rentistas, mientras que para Turroni y Tonelli, al igual que para Parvus y Van Gelderen, serían el efecto de luchas sociales determinadas por la disputa sobre la tasa de ganancia.

    Van Gelderen sería, entre estos autores, el que propuso una tesis más elaborada, y fue seguido por De Wolff, su amigo[8]Van Gelderen sólo escribió una serie de artículos sobre ondas largas («Springvloed – Beschouwingen over Inclustrieele Ontwikkeling en Prijsbeweging», 1913, en Die Nieuwe Tijd, nº 4, 5, 6, … Seguir leyendo. Kondratiev, especialista en estadística, comenzó a dedicarse al tema en 1922 y no conocía los escritos de Gelderen, pero llegó a la misma conclusión[9]Su cronología de estos cambios de tendencia era la siguiente: 1781-1851, 1851- 1873, 1873-1894, 1894-1913,1913-…. Esto corresponde aproximadamente a las cronologías de autores anteriores, … Seguir leyendo. Trotsky, que conocía el concepto de Parvus, su camarada, de periodos de Sturm und Drang,[10]Alexander Parvus (1901), «Die Handelskrisis und die Gewerkschaften», en Parvus et al., Die langen Wellen der Konjunktur, Berlín, 1972. de expansión y depresión en las economías capitalistas, se refirió al tema en su discurso al congreso de la Comintern de 1921, reconociendo diversas etapas y «coyunturas» en la evolución económica. Pretendía así añadir un elemento de crítica a la posición de la ultraizquierda de la Internacional, en particular de Bela Kun y de la dirección del KPD, que planteaban la tesis de la inminencia de la revolución ante el previsible hundimiento del capitalismo, y que recomendaban la acción ofensiva, sobre todo en Alemania. Kondratiev publicó su primer estudio en el que planteaba la hipótesis de un movimiento estadísticamente detectable de largas variaciones en el desarrollo capitalista en 1922. Sin embargo, al año siguiente Trotsky le criticó, utilizando datos del London Times para identificar una «curva de desarrollo capitalista», que se vería modificada por acontecimientos exógenos como revoluciones, guerras y decisiones políticas. Criticaba así el intento de endogenizar todos los factores políticos y de ignorar la autonomía de la esfera social respecto a la economía, es decir, el papel de la estrategia y de los partidos. A Kondratiev le habría sorprendido esta crítica, ya que se sentía próximo al planteamiento del discurso de 1921, y no comprendía que el objetivo de Trotsky se había convertido en otro sector de su propio partido: la tesis de Bujarin sobre la estabilización del sistema, en el polo opuesto del debate anterior. El punto de vista de Trotsky, que habrá influido un poco en la lectura de Mandel, era que si hay una tendencia de desarrollo económico, son los factores políticos exógenos los que determinan los puntos de inflexión, o que las contradicciones internas mueven un «equilibrio dinámico» a través de rupturas determinadas exógenamente. En otras palabras, la política manda.

    De algún modo, esta interpretación se impuso trágicamente en las vidas de estos hombres: en 1928, Kondratiev fue detenido y, aunque siguió escribiendo en prisión, ya no tenía capacidad para comunicarse con sus colegas, y fue fusilado tras ocho años en la cárcel; Trotsky sería por el mismo periodo apartado del partido y exiliado, y más tarde asesinado.

    Este libro de Mandel sobre la «tercera edad» es su obra magna y su análisis global más sistemático del capitalismo y sus cambios estructurales. En el momento de su publicación y en los años siguientes, parte del debate sobre la existencia o inexistencia de estas ondas largas, ya alimentado, se centraba en la utilización de diversas técnicas estadísticas para medir las desviaciones de las series reales respecto a una tendencia teórica, mediante la descomposición de series (como habían hecho Kondratiev y Oparin, y como continuaron Kuznets, Imbert, Dupriez, Duijn, Kleinknecht, Menshikov, Ewijk, Zwan, Hartman, Metz, Reijnders, etc.)[11]He analizado las polémicas sobre Kondratiev y la contribución de Mandel especialmente en Louçã (1997), Turbulence in Economies, Aldershot: Elgar; (1999), «Ernest Mandel and the Pulsation of … Seguir leyendo. Por el contrario, Mandel se basa en el estudio de las contradicciones internas del modo de producción capitalista para explicar el paso de una fase de expansión a otra de depresión, sugiriendo que serán necesarios choques sistémicos para generar una nueva fase de expansión (fase A), una vez que se haya producido un largo período de retracción, o desaceleración de la tasa de ganancia y de acumulación, pero que el paso a una fase de contracción (fase B) es generado por el propio movimiento de acumulación y sus contradicciones. Así, no propone una simple síntesis entre Trotsky y Kondratiev, sino una teoría diferente y original, que incorpora la autonomía del proceso político en el marco de las «leyes del desarrollo», o tendencias fuertes de la evolución del capitalismo, que, como se verá, son «parcialmente indeterminadas», y considera a «la sociedad como una totalidad orgánica estructurada, impulsada por el peso de las contradicciones internas»[12]«Partially Independent Variables and Internal Logic in Classical Marxist Economic Analysis», publicado por primera vez en Social Sciences Information 14(3), 1985, pp. 485-505, p.474; reimpreso en … Seguir leyendo. Mandel fue así uno de los primeros autores en desarrollar una explicación históricamente integrada de estos procesos. Le siguieron en esto algunos otros autores, en el período de mayor florecimiento del estudio de las ondas largas: Gordon (y los primeros trabajos de la escuela de las Estructuras Sociales de la Acumulación), algunos de los regulacionistas franceses, también Shaikh, Wallerstein, Freeman, Pérez, Tylecote, Rosier, Dockès, Kleinknecht e historiadores y estadísticos de las fases del capitalismo, como Maddison.

    Hay una razón teórica de peso para que largos periodos de la historia económica no estén representados por las mismas relaciones estructurales, calculadas mediante una regresión u otra herramienta de descomposición estadística: es que los cambios son permanentes en el proceso económico, ya se trate de innovaciones tecnológicas, conflictos en las relaciones laborales, cambios en las instituciones políticas, o en la estructura y el tamaño de los mercados, o transformaciones en las estrategias de los grupos sociales. Los supuestos de equilibrio están destinados al fracaso y los métodos econométricos tradicionales, en particular los que asumen el principio de estabilidad causal e intertemporal, son respuestas equivocadas a una pregunta equivocada.

    La descomposición estadística de las series se inspiró en los trabajos pioneros de Ragnar Frisch, quien, en un capítulo publicado en 1933 (el mismo que le valdría el primer Premio Nobel de Economía, instituido en 1969), propuso la distinción entre un sistema de impulsos (generado por perturbaciones exógenas no sistemáticas) y un sistema de propagación (que sería la representación del mecanismo de la economía, determinando un efecto de disipación de las perturbaciones). Aunque Frisch no realizó un análisis estadístico con datos empíricos, sino una simulación numérica, tanto porque desconfiaba del enfoque probabilístico en que se basaban las regresiones y los cálculos estadísticos, como porque consideraba que no sería posible obtener pruebas estadísticas de la «autonomía», es decir, de la robustez del comportamiento de las variables esenciales, propuso esta dicotomía como base del análisis de los ciclos[13]Agnar Frisch (1933), «Propagation Problems and Impulse Problems in Dynamic Economics», en K. Koch, ed., Economic Essays in Honour of Gustave Cassel, Londres: Cass, pp. 171-205. Cabe señalar que, a … Seguir leyendo. Con el éxito de este modelo se estableció, y luego se extendió en la epistemología positivista de la econometría tradicional, que la causalidad debía formularse como una causa próxima exógena, proposición que molestó a Schumpeter, corresponsal de Frisch en la preparación de este texto, quien, a diferencia de su colega, conjeturó que el capitalismo genera sus propias innovaciones y sus propias crisis y que esa es su naturaleza. En sentido contrario y al discutir el notable libro de Schumpeter sobre los ciclos económicos, Business Cycles, algunos distinguidos economistas le criticaron por no especificar estas relaciones mecánicas de causalidad[14]Simon Kuznets (1940), «Schumpeter’s Business Cycles», en American Economic Review 30, pp. 257-71; Oskar Lange (1941), «Schumpeter’s Business Cycles», en Review of Economic Statistics … Seguir leyendo Schumpeter no quiso hacerlo, ya que consideraba que el capitalismo es un proceso adaptativo, lo que Mandel retoma con la cuidadosa evidencia detallada en Third Age, mostrando el impacto y la adaptación de sucesivos «sistemas de máquinas»[15]Como todos los análisis anticipatorios, el de Mandel reveló algunas inexactitudes. Algunos críticos señalaron que lo que él consideraba la «tercera revolución tecnológica» (desde el final de … Seguir leyendo.

    Sin embargo, la incapacidad de los métodos analíticos tradicionales para identificar tanto el mecanismo de equilibrio como la regularidad de estos choques exógenos, que serían causales, no se deriva tanto de la realidad como de la forma en que estos mismos métodos analizan los datos. Por otra parte, los límites de la exogeneidad y la endogeneidad vienen definidos por el tipo de modelo considerado y, por tanto, pueden variar, y no son necesariamente consecuencia de la realidad. Lo que no es posible es exigir un modelo económico puramente endógeno, por dos razones, la primera es que la economía no basta para explicar el capitalismo. En segundo lugar, como demostró Polanyi en La gran transformación (1944), la imagen de un funcionamiento independiente y mecánico de la esfera económica, que se impone a la sociedad, es una proyección ideológica del liberalismo para la justificación del mercado imperfecto, un hecho de la imaginación. De hecho, la exigencia de una teoría que lo explique todo es absurda: para que fuera posible una explicación con una formalización endógena completa, tendría que incluir todas las variables y también la extravagante pretensión de que las fuerzas económicas determinan todos los procesos sociales, guerras y revoluciones, así como el propio contexto institucional en todo momento. Explicarlo todo mediante un mecanismo total es demasiado para cualquier teoría. Por otro lado, una explicación puramente exógena sería redundante e irrelevante, porque explicaría los acontecimientos por los acontecimientos mismos. En otras palabras, el debate sobre la endogeneidad o exogeneidad de los factores causales, que resumió Mandel y que condiciona los horizontes de muchos científicos, es un artificio de un mundo en el que la modelización se ha convertido en la única forma legítima de interpretación científica. Así, la discriminación exhaustiva de la endogeneidad o la explicación por determinación causal exógena son soluciones contraproducentes.

    Mandel propuso una alternativa, una economía realista basada en el conocimiento de la historia. Por ello, en el capítulo cuarto de este libro critica tanto a Kondratiev como a Schumpeter por no utilizar la tasa de ganancia (o acumulación) como indicador fundamental de la dinámica temporal del capitalismo, y propone así estudiar las diversas formas de capital y sus transformaciones de la segunda mitad del siglo XX. Durante los últimos quince años de su vida, se dedicó a profundizar en este tema, que ha empezado a discutirse en esta Tercera Edad.

    El problema sería retomado por Mandel en 1978, en sus Conferencias Alfred Marshall en la Universidad de Cambridge, que se publicaron en 1980 bajo el título Las largas olas del desarrollo capitalista, y sobre todo después, en un texto de 1985 dedicado al estudio de las «variables parcialmente independientes» y que se incluyó como apéndice en una reciente edición francesa de La Tercera Edad. En este texto, estudia la «lógica interna en el análisis marxista clásico», señalando que algunas variables deben considerarse exógenas a largo plazo, pero que, no resultando de un simple formalismo que establezca la frontera endógeno-exógeno (es decir, lo que se incorpora y define o no como consecuencia del proceso formalizado en un modelo dado), son generadas a corto y medio plazo por el propio proceso económico. Mandel las denominó «variables parcialmente independientes (autónomas)», que representan «todas las proporciones básicas del modo de producción capitalista»[16]Mandel, 1992, p.38., como la composición orgánica del capital (el volumen y la distribución del capital) y su estructura (la proporción de capital fijo y circulante y su distribución entre sectores), la tasa de plusvalía, la tasa de acumulación (y el consumo productivo e improductivo de plusvalía), la evolución del tiempo de rotación del capital, las dificultades de realización, el intercambio entre departamentos, incluidas las nuevas formas del sector económico de la industria militar o las finanzas. Con este concepto, Mandel pretendía evitar la trampa del simplismo de los modelos analíticos y sintetizar el sistema en el que se determinan estas variables, es decir, las fronteras en las que se produce el conflicto por el control, la coordinación y el poder[17]No se indica claramente ni el origen ni el contenido de este concepto. En otra carta privada al autor (9 de septiembre de 1994), Mandel presentaba el concepto como la expresión de la incertidumbre … Seguir leyendo.

    Estas variables describirían procesos automáticos en la estructura económica: «Pueden determinar la velocidad, la dirección, el grado de homogeneidad/heterogeneidad del desarrollo. No pueden cambiar la naturaleza del sistema ni invertir sus tendencias históricas generales (…). Más allá de la lógica interna del sistema, hay factores exógenos que actúan, que codeterminan parcialmente el desarrollo del sistema, al menos a corto y medio plazo»[18]Mandel, 1992, p.37.. Pero el texto añadía que la lógica interna está contenida por la estructura paramétrica que delimita sus posibles trayectorias y que las grandes mutaciones sistémicas se producen en este espacio: «Así, cualquier interacción entre fuerzas exógenas y endógenas está siempre limitada por estos parámetros, por estas restricciones, y alcanza sus límites cuanto más amenaza con eliminar los mecanismos básicos del sistema»[19]Ibídem, p.39..

    De este modo, Mandel se apartó acertadamente de los debates clásicos de la primera mitad del siglo XX, en los que destacaban Luxemburg, Hilferding, Grossmann o Bujarin, que basaban sus análisis de los ciclos en los esquemas de reproducción del Capital. Mandel criticó esta estrategia analítica, ya que se trata de estudios basados en la simplificación del equilibrio de la reproducción, son cuadros estáticos y, por el contrario, deben estudiarse las tendencias inherentes a la ruptura de estos equilibrios, ya que la relación entre factores causales y sólo comprensible en un contexto concreto. Sin historia, la teoría económica es incapaz de ver la realidad.

    Michal Kalecki había abordado un problema similar en uno de sus últimos artículos, en 1968, al sugerir la definición de «variables semiautónomas» para representar fuerzas que eran exógenas en el contexto de los modelos matemáticos, pero que debían ser explicadas por la teoría, y formuló así sus modelos de crecimiento y crisis. Abandonó así la inquietante exigencia de una endogenización completa de la relación entre variables, al tiempo que señalaba que un modelo limitado a unas pocas variables nunca podría representar la realidad. Prefirió, pues, modelos flexibles, ciertamente limitados, más realistas y parciales, apoyados en una teoría general que interpretara sus limitaciones y resultados. No desarrolló este tema, pero su intuición era notable[20]Michael Kalecki, «Trends and Business Cycles Reconsidered», Economic Journal 78, 1968, pp. 262-76.. Es porque reconoció estas dificultades por lo que el concepto de variables parcialmente independientes es tan importante, pues desarrolla la condición de la historia en el marxismo: en lugar de la simplificación y el determinismo, reincorpora la sucesión de modos de producción en una historia indeterminista y como una totalidad orgánica, que analiza los procesos en lugar del equilibrio, utilizando la dialéctica en lugar de la invariancia causal, o las determinaciones concretas y locales en lugar de las abstractas. Quizá por ello, en un resumen autobiográfico de los últimos años de su vida, escrito para Biographical Dictionary of Dissenting Economists, Mandel subraya que una de sus principales aportaciones fue la noción de «determinismo dialéctico (paramétrico)» frente al «determinismo mecanicista»,[21]Mandel (1992), en Arestis, Sawyer, eds., A Biographical Dictionary of Dissenting Economists, Aldershot: Elgar, p. 340.es decir, subrayó su oposición al positivismo y al marxismo dogmático.

    De este modo señaló que las fuerzas exógenas no son realmente independientes y deben describirse como «variables parcialmente autónomas», o siguiendo a Kalecki, semiautónomas. Kalecki y Mandel sugirieron así que el análisis de la sociedad es irreductible a la simplicidad y que el reduccionismo es un fracaso. Este es el enigma de las ondas largas, que son periodos específicos de la historia del capitalismo: las teorías tradicionales no pueden detectar ni un mecanismo ni una regularidad, que son conceptos imaginados para ignorar la historia y descubrir en su lugar cierta continuidad y equilibrio.

    Al resolver este rompecabezas teórico y transformar su marxismo en un desciframiento de la modernidad, Mandel mostró cómo el contexto de la larga ola permitía tanto un rechazo del mecanicismo como una percepción de la historia abierta. Así, es la lucha de clases la que determina la historia y estos grandes periodos, como había sugerido Maddison, son «fases del desarrollo capitalista» que forman y requieren «choques sistémicos»: la lucha de clases, de nuevo[22]Angus Maddison (1991), Dynamic Forces in Capitalist Development, Oxford: Oxford University Press; Mandel (1995), Long Waves of Capitalist Development, Cambridge: Cambridge University Press, p. 141, … Seguir leyendo. Contra todo determinismo tecnológico y estudiando la aceleración de la innovación y las transformaciones del capital fijo, u otras condiciones de cambio de la composición orgánica del capital y de la tasa de ganancia, especialmente las resultantes de la indeterminación del conflicto social, Mandel y Chris Freeman se acercaron en esta visión a lo que este último describió como la tensión entre el sistema tecnoeconómico y la estructura socioinstitucional, que puede impedir, retrasar o potenciar el impacto de estos cambios y determinar el proceso oscilatorio[23]En 2001 escribí con Chris Freeman un análisis de las ondas largas, publicado con el título As Times Goes By – From the Industrial Revolutions to the Information Revolution, Oxford: Oxford … Seguir leyendo.

    Reivindicaba así la incorporación de la economía como ciencia social y del marxismo como teoría crítica, es decir, como economía política en el sentido clásico. La obra de Mandel es un ejemplo paradigmático de este enfoque, que él presentaba claramente como el proyecto de comprender y actuar sobre la realidad social y económica, incluyendo su dinámica interna, sus factores ambientales y sus mediaciones políticas e institucionales. Consciente de la dimensión de este trabajo, afirmó que «podemos aceptar, por tanto, la idea de que las ondas largas son mucho más que subidas y bajadas rítmicas en la tasa de crecimiento de las economías capitalistas. Son periodos históricos distintos en un sentido real»[24]Long Waves, p. 82.. Es esta integración teórica la que hace de su teoría un desafío permanente, que no busca una superposición o suma de causas, sino una historia concreta de conflictos, basada en el análisis del poder y la coordinación en las economías y las sociedades. Es en esta complejidad donde nace la sufrida modernidad en la que vivimos.

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    Notas del artículo

    Notas del artículo
    1 Ernest Mandel (1962), Traité d’Economie Marxiste, París: Julliard, 2 volúmenes.
    2 Ernest Mandel (1964), «The Economics of Neocapitalism», Socialist Register, 1, pp.56-80; (1964), «L’Apogée du Neocapitalisme et ses Lendemains», Temps Modernes, 20:219-220, p.193-210. Mandel abandonaría poco después el concepto de «neocapitalismo», pero la importancia de estos dos artículos radica en que son sus primeros textos que anticipan el agotamiento del largo ciclo expansivo.
    3 El título «La tercera edad del capitalismo» fue el adoptado en la edición francesa, con el acuerdo del autor. Es cierto que el título original, «Capitalismo tardío», que refleja cierta influencia de la Escuela de Frankfurt, que utilizó el término, fue considerado por Mandel como sinónimo del de la versión francesa, seguida aquí. Otras ediciones han optado por traducir literalmente el título original (la brasileña, por ejemplo).
    4 Ernest Mandel (1972/1997), Le Troisième Âge du Capitalisme, París: Ed. La Passion, p.16.
    5 Los principales textos de Nikolai Kondratieff, incluidos sus cuadros estadísticos, no se publicaron en francés hasta 1992 (ed. Louis Fontvieille, 1992, N.D. Kondratieff, Les Grands Cycles de la Conjoncture, París: Economica). La edición inglesa, que incluye otros textos inéditos, es de 1998 (Londres: Pickering & Chatto, en 4 volúmenes).
    6 El informe de León Trotsky a la Comintern se publicó en Los cinco primeros años de la Internacional Comunista, 1945, Nueva York: New Park, vol. 1, pp. 174-226. Su crítica a Kondratiev está en La curva del desarrollo capitalista, 1973, en Problemas de la vida cotidiana, Nueva York y Londres: New Park, pp. 273-80. El debate del Instituto de Coyuntura sólo se conocía entonces por el sesudo resumen de George Garvy (1943, «Kondratieff’s Theory of Long Cycles», Review of Economics and Statistics, 25:4, pp. 203-220). En este debate, uno de los investigadores del Instituto de Coyuntura dirigido por Kondratieff, Oparin, presentó una interpretación alternativa en un informe a un seminario en 1926, discrepando del método estadístico de su director y criticando la arbitrariedad de la elección de ecuaciones, pero asumiendo que habría puntos discretos de equilibrio y una tasa «natural» de crecimiento de las reservas de oro, siguiendo una teoría monetarista.
    7 Joseph Schumpeter (1939), Business Cycles, Nueva York: Martino, reimpresión de 2014.
    8 Van Gelderen sólo escribió una serie de artículos sobre ondas largas («Springvloed – Beschouwingen over Inclustrieele Ontwikkeling en Prijsbeweging», 1913, en Die Nieuwe Tijd, nº 4, 5, 6, Amsterdam). Sus ideas fueron desarrolladas posteriormente por un amigo, De Wolff, pero ambos escribieron en neerlandés y los textos permanecieron desconocidos para su propia generación y las posteriores. Tras publicar estos artículos, Van Gelderen no volvió a ocuparse del tema y luego la tragedia interrumpió su vida (se suicidó en 1940, cuando los nazis ocuparon su país). Kondratiev y los demás participantes en el debate de 1926 no conocían estas contribuciones, que no se publicaron en inglés hasta 1996 (por Christopher Freeman, ed., 1996, Long Wave Theory, Aldershot: Elgar).
    9 Su cronología de estos cambios de tendencia era la siguiente: 1781-1851, 1851- 1873, 1873-1894, 1894-1913,1913-…. Esto corresponde aproximadamente a las cronologías de autores anteriores, como la adoptada por los italianos y por Van Gelderen, que Trotsky probablemente desconocía. La coincidencia de tantos autores diferentes en la misma cronología sugiere que, aunque trabajen independientemente, se les impusieron características evidentes del desarrollo del capitalismo en el siglo XIX.
    10 Alexander Parvus (1901), «Die Handelskrisis und die Gewerkschaften», en Parvus et al., Die langen Wellen der Konjunktur, Berlín, 1972.
    11 He analizado las polémicas sobre Kondratiev y la contribución de Mandel especialmente en Louçã (1997), Turbulence in Economies, Aldershot: Elgar; (1999), «Ernest Mandel and the Pulsation of History», en Achcar, Gilbert (ed.), The Legacy of Ernest Mandel, Londres: Verso, pp. 104-118; (1999), «Nikolai Kondratiev and the Early Consensus and Dissensions about History and Statistics», History of Political Economy, 31:1, pp. 169-205; (1999), «An Economist at the Crossroad of the Century», reseña de «Works of Nikolai Kondratiev», Journal of the History of Economic Thought, 21:2, pp. 203-9; (2012), «Nikolai Kondratiev and Long Waves in Recent Dictionaries and Encyclopaedias», en Besomi, Daniele (ed.), Crises and Cycles en Economic Dictionaries and Encyclopaedias, pp.443-61. Londres: Routledge, Londres: Routledge; y (2021), «As Time Went By- Why is the Long Wave so Long?», Journal of Evolutionary Economics, 31(3): 749-71.
    12 «Partially Independent Variables and Internal Logic in Classical Marxist Economic Analysis», publicado por primera vez en Social Sciences Information 14(3), 1985, pp. 485-505, p.474; reimpreso en (1992), Himmelstrand, Ulf (ed.), Interfaces in Economic and Social Analysis, Londres, pp. 33- 50. Se cita la versión de 1992, p. 37.
    13 Agnar Frisch (1933), «Propagation Problems and Impulse Problems in Dynamic Economics», en K. Koch, ed., Economic Essays in Honour of Gustave Cassel, Londres: Cass, pp. 171-205. Cabe señalar que, a pesar de este modelo, tanto Frisch como Tinbergen, el físico holandés que compartió con él el primer Premio Nobel de Economía, estaban convencidos de la existencia de estas ondas largas en la economía y defendieron esta idea durante toda su vida.
    14 Simon Kuznets (1940), «Schumpeter’s Business Cycles», en American Economic Review 30, pp. 257-71; Oskar Lange (1941), «Schumpeter’s Business Cycles», en Review of Economic Statistics 23, pp. 190-93.
    15 Como todos los análisis anticipatorios, el de Mandel reveló algunas inexactitudes. Algunos críticos señalaron que lo que él consideraba la «tercera revolución tecnológica» (desde el final de la Segunda Guerra Mundial), consistente en la generalización de la energía nuclear, el proceso de automatización y la electrónica (Troisième Âge, pp. 120-21), ignoraba que las primeras generaciones de electrónica no tuvieron tanto impacto como la difusión de los nuevos bienes de consumo duraderos. La (micro)electrónica actual podría convertirse en la base técnica de una nueva expansión, pero ni su efecto económico era evidente en los años ochenta y noventa, ni se dan aún las condiciones institucionales y sociales para tal expansión. Pero, como bien se ve, La tercera edad del capitalismo se publicó sólo un año después de la invención del microprocesador y su potencial sólo se hizo evidente mucho más tarde. Por otra parte, Mandel sugiere el año 1968 para el final de la fase A de la cuarta onda larga, admitiendo un criterio político dominante, dado que la crisis del sistema monetario internacional y la recesión general que puso fin a los treinta años de expansión sólo se producirían a principios y mediados de la década siguiente.
    16 Mandel, 1992, p.38.
    17 No se indica claramente ni el origen ni el contenido de este concepto. En otra carta privada al autor (9 de septiembre de 1994), Mandel presentaba el concepto como la expresión de la incertidumbre en la lucha por el poder. En otra carta al autor (3 de marzo de 1995), Mandel me refería que estas «variables parcialmente autónomas» reflejan la incertidumbre y la compleja determinación de la evolución social en el contexto de las limitaciones históricas. Incluirían, por tanto, factores políticos y económicos que forman parte del conflicto social y de la historia real. Supongo que el concepto se ha visto influido por la investigación contemporánea sobre la evolución en biología y los procesos dinámicos. Así, a principios de la década de 1980, Levins y Lewontin habían demostrado que la estabilidad de un sistema evolutivo dependía de los procesos de retroalimentación y de los parámetros que rigen el ritmo de evolución y constituyen sus límites. Al mismo tiempo, Prigogine e Isabelle Stengers, y estoy seguro de que Mandel conocía sus trabajos, demostraron que el cambio de parámetros puede provocar el caos y generar complejidad, o nuevas formas de orden. La introducción de los conceptos de complejidad, tiempo, incertidumbre, orden y desorden, entropía y mutación, se ha leído desde entonces en las ciencias sociales como una contribución relevante contra el mecanicismo positivista. Mandel siguió y, en cierta medida, se anticipó a estas corrientes.
    18 Mandel, 1992, p.37.
    19 Ibídem, p.39.
    20 Michael Kalecki, «Trends and Business Cycles Reconsidered», Economic Journal 78, 1968, pp. 262-76.
    21 Mandel (1992), en Arestis, Sawyer, eds., A Biographical Dictionary of Dissenting Economists, Aldershot: Elgar, p. 340.
    22 Angus Maddison (1991), Dynamic Forces in Capitalist Development, Oxford: Oxford University Press; Mandel (1995), Long Waves of Capitalist Development, Cambridge: Cambridge University Press, p. 141, n. 19, primera edición 1980. Esta idea ya está presente en el libro de 1972 (Mandel, Troisième Âge, p. 139).
    23 En 2001 escribí con Chris Freeman un análisis de las ondas largas, publicado con el título As Times Goes By – From the Industrial Revolutions to the Information Revolution, Oxford: Oxford University Press.
    24 Long Waves, p. 82.