profesor de Historia y Estudios Latinoamericanos de la Universidad Toulouse Jean Jaurès. Autor, entre otros libros, de Découvrir la révolution chilienne (1970-1973), Les Éditions sociales, París, 2023.
Traducción:Micaela Houston Fuente: artículo publicado en Le Monde diplomatique, edición uruguaya, septiembre 2023, enviado por el autor a viento sur.
Actualidad Internacional: Luchas y Movimientos
09/09/2023
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“Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor”
De una parte y otra del espectro político, casi todas las chilenas y todos los chilenos conocen el último comunicado de Salvador Allende, de donde proviene esta cita. Este discurso, llamado “de las alamedas”, es pronunciado el 11 de septiembre de 1973 –durante el golpe de Estado fomentado por el general Augusto Pinochet– por el presidente chileno electo en 1970. Allende se encuentra encerrado en el palacio presidencial de La Moneda, con algunos allegados y las armas empuñadas. Sabe que no saldrá vivo del edificio presidencial. En este último discurso a la población, Allende pretende dejar “una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición” así como el testimonio “de un hombre digno que fue leal con la Patria”. A 50 años, como lo había predicho, el “metal tranquilo” de su voz continúa resonando y el primer presidente marxista democráticamente electo de la historia del Cono Sur sigue siendo una de las figuras centrales de la historia mundial de la izquierda en el siglo XX.
En plena Guerra Fría, la experiencia de lavía chilena hacia el socialismoduró menos de tres años (de noviembre de 1970 a septiembre de 1973). No obstante, transformó al país andino de nueve millones de habitantes y apasionó al mundo intelectual y militante, de una punta a la otra del planeta. La izquierda (reunida en torno al Partido Socialista y al Partido Comunista) que dió origen, en 1969, a la coalición que toma el nombre de Unidad Popular (UP), propuso una transición a la vez democrática y revolucionaria, institucional, electoral y no armada: ya no se trataba de apostar a la guerrilla y a los kalashnikov, sino a la movilización de las clases populares y del movimiento obrero.
Basándose –de forma errónea– en lo que consideran una tradición histórica legalista del Ejército y en una cierta flexibilidad del Estado chileno, Allende y los suyos apostaron a que los militares respetarían el sufragio universal y que sería posible imponerle la voluntad mayoritaria a la oligarquía sin realizar el más mínimo disparo. Muy lejos de las opciones estratégicas de la revolución cubana, esta apuesta fue considerada suicida por la izquierda extraparlamentaria, en la que figura el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), entonces dirigido por Miguel Enríquez.
La victoria de Allende, el 4 de septiembre de 1970 (con una mayoría relativa del 36,6 por ciento de los votos), frente a los candidatos de derecha y demócrata cristiano, suscitó una inmensa ola de esperanza. Las40 medidasdel gobierno, tomadas apenas iniciado el mandato, apuntaban a fomentar el crecimiento, a redistribuir –de forma muy ambiciosa– las riquezas, a aumentar los salarios, a profundizar la reforma agraria iniciada bajo el gobierno anterior e incluso a poner los principales recursos nacionales (en particular los mineros) bajo el control del Estado. La nacionalización de varias decenas de grandes empresas y del 90 por ciento de los bancos permitió la constitución de un Área de Propiedad Social (APS) en la que se implementó un sistema de cogestión, entre asalariados y administraciones públicas. El sector privado, sin embargo, permaneció muy presente en la economía nacional. El país vivía un clima de efervescencia: las huelgas, las ocupaciones de tierras o de fábricas se multiplicaban… Pero la izquierda seguía siendo minoritaria en el Parlamento.
La burguesía y los grandes propietarios reaccionaron a las políticas de la coalición como los vampiros al ajo: se estremecieron de espanto. El 6 de noviembre de 1970, el presidente estadounidense Richard Nixon declaraba ante el Consejo Nacional de Seguridad: “Nuestra principal preocupación respecto de Chile es la posibilidad de que él [Allende] pueda consolidar su poder y que el mundo tenga la impresión de que estaría alcanzando el éxito. (…). No debemos dejar que América Latina piense que puede emprender ese camino sin sufrir las consecuencias”. El presidente chileno había asumido sus funciones dos días antes. En 1971, la expropiación del cobre (primera reserva mundial), entonces en manos de empresas estadounidenses, fue interpretada como una declaración de guerra por la Casa Blanca. Allende se afianzaba, además, como un líder de los Estados No Alineados. Defendía el derecho de los países colonizados a la autodeterminación y denunciaba el sistema financiero internacional. Muy pronto, la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés), la embajada de Estados Unidos, así como poderosas multinacionales afectadas por las nacionalizaciones, conspiraron para derribar en pleno vuelo esta experiencia radical original[1]Evgeny Morozov, “ITT y el golpe contra Allende”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, agosto de 2023..
En Santiago de Chile, la derecha –respaldada por Washington por medio de millones de dólares (como lo demostrará una investigación del Senado estadounidense)[2]Véanse los dos volúmenes del informe sobre las audiencias llevadas a cabo por el Senado estadounidense: “Multinational corporations and United States foreign policy”, Government Printing … Seguir leyendo– se fijó como objetivo desarticular el bloque sociopolítico que respalda a la izquierda en el poder. Comenzó a buscar apoyo en los sectores reaccionarios de las fuerzas armadas. Los atentados de Patria y Libertad, una organización de extrema derecha, hicieron temblar a la población. Las grandes patronales y algunas profesiones liberales provocaron boicots ylock-outpara devastar la economía. Los medios de comunicación conservadores –en particular el diarioEl Mercurio–, engranajes esenciales de este dispositivo, no cesaron de alertar sobre las “derivas” de la “dictadura marxista”. El cerco se cerraba poco a poco sobre el proceso revolucionario, mientras que la explosión de la inflación, el boicot internacional y el desarrollo del mercado paralelo alejaban a los estratos medios urbanos. En 1972, el Partido Demócrata Cristiano deja de lado sus dudas y se volcó a la oposición frontal.
El movimiento obrero resistía. En respuesta a cada intento de huelga patronal, las formas de autoorganización y de poder popular, en especial dentro de los cordones industriales, se multiplican[3]Franck Gaudichaud (dir.), ¡Venceremos! Expériences chiliennes du pouvoir populaire, Syllepse, París, 2023 (segunda edición).. Pero la izquierda estaba cada vez más dividida mientras que el gobierno se obstinaba en creer que sería posible evitar el enfrentamiento. En vano.
La mañana del 11 de septiembre de 1973, con el respaldo de la administración Nixon (pero también –hoy se sabe– de la dictadura brasileña[4]National Security Archive, “Brazil Abetted Overthrow of Allende in Chile”, 31-3-23, https://nsarchive.gwu.edu, las diferentes ramas de las Fuerzas Armadas se sublevaron. La izquierda estaba desarmada, tanto en el plano político como en el plano militar. La batalla de Chile llegaba a su fin de forma dramática[5]Patricio Guzmán, La Batalla de Chile, Atacama production, Francia-Cuba-Chile, 1975-1979, documental en tres partes.. Apoyándose en un catolicismo nacional-conservador y en la doctrina de la seguridad nacional, la dictadura civil-militar ccerró el parlamento, reprimió de manera sangrienta los sindicatos, proclamó el estado de sitio, practicó la censura. Contra elcáncer marxista, el terrorismo de Estado se abatió sobre el país. Durante 16 años, los militares y la policía política torturaron decenas de miles de personas, y asesinaron a más de 3.200, de las que más de mil permanecen aún hoy desaparecidas (sus cuerpos no nunca han sido encontrados). Cientos de miles de personas se vieron forzadas al exilio. Este período de violencia masiva coincidió, desde 1975, con la de una terapia de choque económico que transformó a Chile en un laboratorio a cielo abierto del neoliberalismo: el país se convirtió en el parangón de losChicago Boys y de las teorías monetaristas apreciadas por el economista Milton Friedman.
A 50 años del golpe de Estado chileno, la guerra de las memorias causa estragos en un país profundamente fracturado. Apoyado por el Partido Comunista, es cierto que Gabriel Boric (Frente Amplio) logró vencer –con el 56 por ciento de los votos– a José Antonio Kast (Partido Republicano, PR), candidato de extrema derecha, durante la campaña presidencial de 2021, exhibiendo un programa crítico del neoliberalismo[6]Leer “En Chile empieza todo”, Le Monde diplomatique, enero de 2022.. Sin embargo, Kast salió vencedor en la primera vuelta, dejando lejos atrás a los partidos tradicionales. Admirador confeso del general Pinochet, el hombre fuerte de la derecha chilena es hijo de un exteniente nazi que huyó de Europa. Católico fundamentalista, apoyó, como su familia, la dictadura (uno de sus hermanos incluso fue ministro). Por su parte, si bien Boric cita de buena gana a Allende como ejemplo, es sobre todo para hacer hincapié en el respeto de las instituciones y los derechos humanos frente a quienes atentaron contra la democracia en 1973, no para exaltar al militante antiimperialista. Sin mayoría parlamentaria, sin vínculo real con los movimientos populares y con una parte de su coalición objeto de un escándalo de corrupción, Boric gobierna enel extremo centro,muy lejos de las “alamedas” imaginadas por Allende.
Sin embargo, hace dos años, el fin del legado autoritario y del neoliberalismo parecía posible, gracias a la fuerza del gran levantamiento social de octubre de 2019. Hoy en día, son los reaccionarios quienes tienen el viento en popa. Tras el masivo rechazo por referéndum al proyecto de Constitución, feminista y progresista en 2022, en la actualidad, paradójicamente, es el PR quien está a cargo de dirigir la redacción de una nueva Carta Magna, tras sus excelentes resultados en las elecciones constituyentes de mayo de 2023. Así, se les atribuye a loshijos de Pinochet la responsabilidad de reemplazar la Constitución de 1980, imaginada por su mentor…
Dos fantasmas acechan entonces a la política chilena y dos caminos diferentes se perfilan para el país: un exdictador fallecido en 2006 y que nunca fue juzgado; un socialista pacifista, fallecido con una ametralladora en la mano. Desde hace 50 años, Chile titubea…
Véanse los dos volúmenes del informe sobre las audiencias llevadas a cabo por el Senado estadounidense: “Multinational corporations and United States foreign policy”, Government Printing Office, Washington, DC, 1974.
Historiador, profesor de la Universidad de Cornell y autor, entre otros, de Melancolía de izquierda. Marxismo, historia y memoria (Fondo de Cultura Económica, 2018).
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Este año se celebra el centenario del nacimiento del marxista italiano Livio Maitan. Maitan, una notable figura de la izquierda radical que falleció en 2004, es casi desconocido entre la última generación de activistas políticos. Su trayectoria intelectual y política pertenece a la historia de una época de fuego y sangre que terminó en la década de 1990, entre el final de la Guerra Fría y los atentados del 11-S.
Durante cincuenta años, entre los cuarenta y los noventa, Maitan fue una de las principales figuras de la Cuarta Internacional trotskista, junto a Pierre Frank y Ernest Mandel. Como incansable estratega y organizador, tuvo una gran influencia en muchas de las decisiones cruciales de la Cuarta Internacional, aunque era menos pintoresco y extravagante que algunos de sus otros dirigentes, y solo apareció brevemente como personaje en Redemption (1990), la novela satírica de Tariq Ali sobre la Cuarta Internacional.
En su Italia natal, Maitan era una figura pública de la izquierda radical. En una conferencia celebrada recientemente en la Biblioteca Nacional de Roma se debatió su legado, con la participación de numerosos representantes destacados de la izquierda italiana, desde Fausto Bertinotti hasta Luciana Castellina.
Un siglo después del nacimiento de Maitan y casi veinte años después de su muerte, su legado merece una reflexión retrospectiva. Visto dentro de este amplio horizonte, me parece muy distante de nuestro tiempo. Pertenece a un mundo que ya no existe y, quizá por eso mismo, es importante para nuestra conciencia histórica.
Livio Maitan encarnó una figura noble, en muchos sentidos heroica y trágica, que marcó profundamente la historia del siglo XX: el revolucionario profesional. Merece la pena detenerse en la definición de este término. Los revolucionarios no han desaparecido: todavía quedan algunos entre nosotros, y probablemente son más numerosos de lo que se piensa. Sin embargo, aunque el siglo XXI ya ha vivido algunas revoluciones, la figura del revolucionario profesional pertenece al pasado.
Con la excepción de algunos movimientos de liberación nacional del Sur Global, los revolucionarios profesionales pertenecen a una época en la que la división del trabajo, los partidos políticos y la esfera pública estaban estructurados de forma diferente. Sobre todo, pertenecen a una época en la que la revolución era un horizonte de expectativas o, en el lenguaje de Ernst Bloch, una utopía concreta, necesaria y posible, que había penetrado en el universo mental de millones de seres humanos.
Los revolucionarios profesionales eran hombres y mujeres para quienes la revolución no era solo un proyecto al que adherirse o por el que luchar, sino una forma de vida, una elección que orientaba y daba forma a toda su existencia. Esta elección implicaba profundas motivaciones políticas, culturales e ideológicas, que podían cuestionarse, reconsiderarse o rectificarse, pero que constituían el punto de partida para experimentar la realidad.
Podríamos decir que estos revolucionarios superaron la dicotomía de Max Weber entre la política como vocación y la política como profesión. Pero deberíamos añadir que para los revolucionarios profesionales, la política era cualquier cosa menos una oportunidad de hacer «carrera». Era una elección que implicaba más bien la renuncia total a cualquier carrera bien remunerada, respetable y prestigiosa. Era una elección para formar parte de una especie de «contrasociedad».
Ser revolucionarios profesionales significaba aceptar que vivirían muy modestamente, a menudo en condiciones materiales precarias. Cuando las finanzas de sus movimientos no permitían pagarles un mísero salario, estos hombres y mujeres podían escribir para periódicos y revistas, traducir y editar libros o a veces impartir seminarios en universidades, como también hizo Maitan. Sin embargo, no se trataba de opciones profesionales, sino de recursos que les permitían llevar a cabo su actividad principal, que era preparar la revolución.
Esta elección de vida creó personajes a medio camino entre los bohemios y los monjes, divididos entre la libertad total y la autodisciplina más estricta, entre el rechazo de todas las convenciones y cierto ascetismo. Max Weber describió la ética protestante del trabajo como una forma de ascetismo «interior». Creo que existía una ética similar entre los revolucionarios profesionales. Los rebeldes, escribió Hannah Arendt en La tradición oculta (1943), eran «parias» conscientes, no porque fueran miserables (aunque no tuvieran un patrimonio que defender), sino porque asumían conscientemente su marginalidad.
Uno de los grandes méritos de Maitan fue evitar los peligros del sectarismo y el dogmatismo a los que esa marginalidad exponía inevitablemente a sus practicantes. Tanto por cultura como por temperamento, era totalmente distinto a los líderes carismáticos de las pequeñas sectas, un flagelo que ha salpicado la historia de los movimientos revolucionarios, en particular el trotskista. Si acaso, su defecto fue una modestia excesiva que limitó sus ambiciones personales.
Esta elección de vida poseía, obviamente, una sólida base moral. Era una opción de lucha contra la opresión y la injusticia; una creencia en que los dominados podían cambiar el mundo; una apuesta por la capacidad de autoemancipación de los seres humanos. Dado que la revolución tenía un horizonte mundial, orientó a estos hombres y mujeres hacia el cosmopolitismo.
Maitan encarnó esta tradición. Como dirigente de la IV Internacional, dedicó gran parte de su vida a viajar de un país a otro, asistiendo a congresos públicos y a reuniones clandestinas, debatiendo con dirigentes de partidos, movimientos, sindicatos, grupos y agrupaciones de cuatro continentes. Sus libros son un testimonio elocuente de esta actividad.
La combinación de estos rasgos —el rechazo de una carrera y la aceptación de la precariedad permanente con convicciones sólidas, un fuerte impulso moral y una movilidad extrema— indica que la vida del revolucionario profesional también estaba hecha de sacrificios, que son la otra cara del inconformismo. Sobre todo, la renuncia a una vida normal.
La vida de los revolucionarios profesionales no escapó, en muchos casos, a las jerarquías de género de una sociedad patriarcal. Muchos de ellos dependían de sus compañeras, que criaban a sus hijos o tenían trabajos estables.
Maitan nunca me habló de su vida privada, sobre la que era muy tímido. Su autobiografía, La strada percorsa (Massari Editore, 2002), es exclusivamente política y casi no menciona a sus afectos, a sus compañeras ni a sus hijos, que al parecer se lo reprocharon. También ésta fue una de las consecuencias de elegir la revolución como forma de vida.
Esta elección existencial repercutió inevitablemente en sus ambiciones intelectuales. Maitan dejó tras de sí una vasta obra, muy rica en la variedad de temas tratados y en la originalidad y profundidad de sus análisis. Pero esos análisis quedaron casi siempre relegados a los periódicos y revistas de la IV Internacional, o a las editoriales que surgieron en su periferia.
En Italia, el público lo conocía esencialmente como traductor y divulgador de León Trotsky. Poseía una educación clásica y era ampliamente culto, pero escribía sobre todo para intervenir en debates estratégicos y plantear polémicas políticas, buscando orientar a una organización o profundizar teóricamente en problemas que tenían relevancia política. No creo que intentara nunca escribir un ensayo para satisfacer un deseo intelectual personal o íntimo.
Hombre de partido, nunca se propuso escribir obras teóricas ambiciosas, como las de sus colaboradores más cercanos, como Ernest Mandel o Daniel Bensaïd. Personalmente, lamento este sacrificio voluntario por parte de Maitan. Fue fruto de una gran modestia y humildad, pero también, probablemente, de cierta miopía política.
La historia del trotskismo en Italia habría sido diferente si hubiera encontrado una ubicación histórica, una definición política y una elaboración teórica más sólidas. Nunca tuvo la brillantez teórica del operaismo, cuyos cimientos se sentaron primero con la revista Quaderni rossi (1961-66) y con Obreros y capital de Mario Tronti, y luego con las obras posteriores de Toni Negri. Maitan era el único que podría haber llevado a cabo semejante tarea, pero pensaba que la prioridad era traducir y difundir las obras de Trotsky.
En las décadas siguientes, decidió confiar sus agudas intervenciones sobre la crisis del marxismo, Antonio Gramsci o la historia del Partido Comunista Italiano (PCI) a pequeñas editoriales, y nunca llegaron a un público más amplio. Esto, me temo, fue el resultado de una elección más que de circunstancias objetivas.
Esta elección estaba arraigada en una forma de vida. Maitán escribía para una organización y sus lectores eran activistas. Así lo habían hecho siempre los revolucionarios profesionales, desde Rosa Luxemburgo a Vladimir Lenin y León Trotsky, y él siguió su camino.
Mario Tronti y Toni Negri, en cambio, eran profesores universitarios, al igual que Mandel o Bensaïd. El hecho de que compartieran experiencias, debates y decisiones con figuras como Maitan, al tiempo que participaban en los órganos dirigentes del mismo movimiento, no les impedía pertenecer también a otro mundo social que les permitía ser intelectuales públicos además de dirigentes políticos. Quizá esto es lo que le faltó al trotskismo italiano en los años 60, en el momento de su mayor influencia.
Permítanme ahora cambiar el enfoque de la vida de Maitan a su obra. Mientras que la historia le dio la razón, la política no, en palabras de la feminista italiana Lidia Cirillo. Como ha señalado Reinhart Koselleck, no son los vencedores los mejores intérpretes de la historia. La contribución más profunda al conocimiento del pasado procede de los vencidos, cuya mirada no es apologética, sino crítica.
Maitan fue un defensor de causas justas que casi siempre fueron derrotadas. Tomó la decisión correcta a los veinte años de participar en la resistencia antifascista, y luego de unirse a la Cuarta Internacional, rechazando el chantaje de la Guerra Fría que dividió al mundo en bloques opuestos. Tenía razón al no querer elegir entre el imperialismo dirigido por Estados Unidos y el estalinismo.
No había nada natural u obvio en la elección de convertirse en trotskista en Italia a finales de los años cuarenta. Ser un comunista herético y antiestalinista significaba condenarse al aislamiento, y eran pocos los que optaban por esta vía. Pero salvó el honor de la izquierda.
Maitan tradujo el libro de Trotsky La revolución traicionada (1936) en 1956, el año de la invasión soviética de Hungría. Unos años más tarde, publicó para Einaudi un volumen sobre el legado de Trotsky, y siguió traduciendo los textos de los disidentes de izquierda polacos Jacek Kuroń y Karol Modzelewski.
En Italia, fue de los pocos que condenaron el estalinismo sin caer en el anticomunismo. Muchos socialistas que había conocido en la posguerra siguieron este último camino, al igual que intelectuales como Nicola Chiaromonte e Ignazio Silone, que acabaron alineándose con el Congreso por la Libertad de la Cultura.
Su elección de apoyar las revoluciones anticoloniales en lo que entonces se llamaba el «Tercer Mundo» fue igualmente acertada. En el caso de Maitan, este apoyo fue entusiasta, generoso y concreto, fluyendo naturalmente del cosmopolitismo revolucionario antes mencionado. Fue un viajero de la revolución mundial de Chile a Argentina, de Bolivia a México y de Argelia a Irán.
Sus escritos sobre estos movimientos revolucionarios ilustran claramente este compromiso. De estas experiencias surgieron muchas amistades y a veces amargos conflictos. A estas revoluciones aportó ideas, experiencias y el apoyo material que la IV Internacional podía ofrecer.
La cuestión del llamado entrismo en los partidos comunistas es más compleja. Se trata de una estrategia para la que Maitan fue uno de los principales inspiradores, a partir de 1952. En su concepción, el entrismo no era una operación conspirativa destinada a infiltrarse en los aparatos o a la preparación subterránea de escisiones, según una visión maquiavélica de la política que le era completamente ajena. La estrategia que propugnaba, que llegó a denominarse «entrismo sui generis», se basaba en la observación objetiva de la fuerza del comunismo.
El caso italiano era una clara prueba de ello. En la década de 1950, el PCI reunía a más de dos millones de miembros y poseía unas raíces sociales impresionantes, así como un aura extraordinaria derivada de la resistencia antifascista. Esta fuerza dio dignidad y representación política a millones de trabajadores, desempeñando una función insustituible en la defensa de sus intereses sociales y, en muchos casos, una función pedagógica para su educación y crecimiento cultural.
Era un partido lleno de contradicciones, vertical y autoritario, con una brecha aterradora entre sus dirigentes y su base, a menudo escasamente alfabetizada. El PCI era un partido estalinista que tenía lazos orgánicos con Moscú, pero había ayudado a construir una república democrática en Italia. Estar en este partido para hacer oír la voz de la disidencia era la elección correcta, motivada por el rechazo al sectarismo.
Sin embargo, la Italia de posguerra se estaba transformando a un ritmo vertiginoso. Su sociología estaba cambiando a medida que la clase obrera se modificaba desde dentro, con enormes masas desplazándose del campo a las ciudades y del sur al norte. Durante el mismo periodo, nació la universidad de masas y apareció una nueva generación rebelde.
El trotskismo italiano se había convertido en una expresión de este profundo cambio. Basta pensar en la experiencia efímera pero significativa de un semanario como La sinistra o en la creación de una editorial como Samonà e Savelli, que funcionó durante veinte años como el equivalente italiano de la editorial francesa Editions Maspero o de la británica Verso. Paradójicamente, sin embargo, Maitan y sus camaradas no habían comprendido todas sus implicaciones.
En su autobiografía, Maitan menciona el fatal retraso con el que su corriente decidió poner fin a su práctica del entrismo, entre finales de 1968 y principios de 1969, aunque atribuye este «reflejo inconscientemente conservador» a consideraciones puramente tácticas. De hecho, creo que no había captado la dimensión política de las profundas transformaciones en curso en Italia. Su cultura le llevaba a ver el movimiento obrero a través del prisma exclusivo del PCI y de los sindicatos, pero esta comprensión de la realidad se estaba quedando obsoleta.
Había surgido una nueva clase obrera que no quería la «emancipación del trabajo» (según la vieja visión socialdemócrata), sino que practicaba el «rechazo del trabajo» (rifiuto del lavoro). Habían aparecido estudiantes que ya no luchaban por el derecho a estudiar (ahora ampliamente conseguido), sino por una crítica radical de la «universidad burguesa» y de la sociedad de mercado. Una nueva generación salía a la calle y quería ser protagonista y sujeto del cambio.
El PCI, que siempre había mirado con desconfianza todo lo que se movía fuera de su control, no podía canalizar esta revuelta. El operaísmo, con su teoría del «obrero masa» y de la «composición de clase», comprendía mejor lo que estaba ocurriendo, y ésta es quizá una de las razones por las que se convirtió en la corriente culturalmente hegemónica en la izquierda radical durante el «largo 68» italiano.
Por supuesto, muchas de las críticas que Bandiera rossa, el semanario trotskista italiano, dirigía a grupos de Nueva Izquierda como Lotta Continua o Potere Operaio iban al grano. Sin embargo, cuando se trataba de diagnosticar las tendencias subyacentes de la época, el obrerismo era más previsor. Maitan había criticado las «deformaciones teóricas» de esta corriente sin detectar sus fundamentos históricos.
En este sentido, la política del 68 le había demostrado que estaba equivocado. Pensaba que el PCI canalizaría una nueva ola de radicalización política estudiantil, feminista y obrera. Cuando comprendió que esta radicalización había tenido lugar fuera de los partidos de izquierda tradicionales, ya era demasiado tarde. A principios de los 60, los trotskistas dirigían la mayoría de las federaciones juveniles del Partido Comunista. En 1968, una parte muy importante de sus miembros y dirigentes habían abandonado el partido y se habían unido a las fuerzas de una izquierda radical naciente.
El trotskismo italiano nunca fue capaz de establecer un diálogo efectivo con el obrerismo, que formaba la columna vertebral intelectual de la Nueva Izquierda en Italia. En 1964, hubo una mesa redonda entre Bandiera rossa y Quaderni rossi a la que asistieron pensadores como Vittorio Rieser, Raniero Panzieri y Renzo Gambino, pero no tuvo continuidad. Fue una oportunidad perdida, porque esta confrontación habría sido fructífera para ambas corrientes y quizá incluso podría haber dado lugar a un resultado diferente para los esfuerzos de la Nueva Izquierda durante la década siguiente.
Durante los años 70, al observar que la temporada del entrismo había llegado a su fin, Livio Maitan pensó que el papel de los trotskistas era proporcionar un programa para la unificación de la extrema izquierda. Pero lo hicieron ofreciendo un modelo de partido leninista que era exactamente lo que la Nueva Izquierda, pragmática y confusamente, intentaba superar. La política demostró que se equivocaba una vez más.
Hay un contraste sorprendente entre el «reflejo inconscientemente conservador» que le impidió captar las transformaciones que se estaban produciendo en Italia y la precipitación —no sé de qué otra forma definirla— que le llevó, en el mismo periodo, a teorizar la opción estratégica de la guerra de guerrillas en América Latina. Maitan fue uno de los principales inspiradores de esta estrategia, responsable de la redacción de las resoluciones del IX Congreso de la IV Internacional en 1969, que fueron sustancialmente reafirmadas por el siguiente congreso en 1974.
En Italia criticó el terrorismo de las Brigadas Rojas que paralizaron los movimientos de masas y empujaron al gobierno hacia un «estado de excepción» represivo. Sin embargo, en Argentina, un país donde no podía repetirse la experiencia cubana, apoyó la guerra de guerrillas del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), rama militar de la sección argentina de la IV Internacional. El gobierno argentino incluso pidió a Maitan que mediara en la liberación de un ejecutivo de FIAT que había sido secuestrado por un comando del ERP.
El giro guerrillero tuvo resultados catastróficos y un altísimo coste en vidas humanas. Maitan conoció a muchos de los asesinados y les rindió homenaje en su autobiografía, pero nunca discutió seriamente el resultado de esta estrategia. En su historia de la IV Internacional se limita a una narración sobria, a veces marcada por un sabor apologético, que no llega al fondo de las cosas. En su prefacio al libro, Daniel Bensaïd lo califica con indulgencia de «incompleto y parcial».
Maitan compartió con una generación de revolucionarios latinoamericanos la ilusión de que la guerra de guerrillas sería el camino de la revolución para todo el continente. Y no solo la compartió desde fuera, sino que fue uno de sus responsables, como teórico y como estratega.
Fue mucho más lúcido en la tarea de interpretar la Revolución Cultural China. Consideró este periodo de turbulencias no como una explosión libertaria en absoluto, sino más bien como una crisis de régimen marcada por el violento enfrentamiento entre dos fracciones de la burocracia comunista, conflicto que Mao consiguió superar movilizando a la base del partido. Sus análisis eran agudos, y el libro que dedicó a la Revolución Cultural sigue siendo una de sus obras más importantes, aunque sus advertencias contra la influencia del maoísmo tuvieron un impacto limitado en la izquierda radical.
Ya en el final de su vida, cuando participó en la experiencia de la Rifondazione Comunista con generosidad y entusiasmo, la historia dio la razón a Maitan y la política lo contrarió. Tras la caída del Muro de Berlín y el derrumbe de la Unión Soviética, no se resignó al triunfo del capitalismo en su versión más ostentosamente obscena, la del neoliberalismo, sino que emprendió inmediatamente, con estoica tenacidad, el camino de la resistencia.
No había compartido la ilusión de Ernest Mandel, que se había hecho ilusiones por un momento de que Alemania se había convertido de nuevo en el núcleo de la revolución mundial a finales de los años 80, como eslabón entre una revolución anticapitalista en Occidente y otra antiburocrática en el mundo del «socialismo realmente existente». Recuerdo una conversación en 1991 en la que me dijo que habíamos retrocedido casi dos siglos y que tendríamos que empezar de cero, como en los orígenes del movimiento obrero. Sin embargo, la perspectiva no le desanimó.
La política demostró que estaba equivocado, no porque estuviera mal participar en la construcción de Rifondazione, sino más bien porque no comprendía que este partido estaba respondiendo al advenimiento de un nuevo siglo y a una derrota histórica con las herramientas, estructuras e ideas del pasado. Existió un intento de forjar una síntesis entre los movimientos alterglobalistas de principios de la década de 2000 y el nuevo partido, pero fracasó.
Livio Maitan encarnó la revolución tal y como se concibió y vivió en el siglo XX, una época heroica y trágica que ya no está entre nosotros. Su legado merece ser recordado y meditado críticamente, pero la izquierda radical de nuestro propio siglo seguirá otros caminos.
Profesora de Historia de Suiza y de Historia Contemporánea en la Universidad de Berna. Entre sus publicaciones recientes destaca Reisende der Weltrevolution: Eine Globalgeschichte der Kommunistischen Internationale (Suhrkamp, 2020)y he Transnational World of the Cominternians (Palgrave Macmillan, 2015).
La Internacional Comunista (Comintern), fundada en 1919 con la revolución mundial como objetivo declarado y disuelta sin bombos ni platillos por Iósif Stalin en 1943, desarrolló una forma de compromiso político históricamente distinta que si bien se inscribía en la tradición del movimiento obrero europeo era única en muchos aspectos. Formuló una nueva gramática política, un conjunto distintivo de reglas para una nueva forma de compromiso colectivo y radical.
Sus medios para este fin eran una organización estrictamente disciplinada, una red en parte clandestina y en parte triunfalmente pública, dirigida y coordinada por un Comité Ejecutivo (CEIC). En la Comintern confluían las distintas facetas del comunismo: un programa político internacional con una dimensión utópica, una organización política transfronteriza y un régimen político de base territorial que tenía sus propios intereses que perseguir.
Los revolucionarios asumieron con mayor facilidad el reto de esta aventura política colectiva porque el objetivo ya parecía estar a la vista. La caída del zarismo en Rusia y la toma del poder por los bolcheviques en noviembre de 1917 —u octubre de 1917, según el calendario juliano— parecían marcar el comienzo de una nueva era.
La Comintern se fundó como una organización de lucha, una empresa de la revolución, pero rápidamente creció hasta convertirse en una institución burocrática llamada por sus propios actores el apparat. Este término polisémico y metafórico, alemán y luego ruso, puede significar tanto «instrumento» (y por tanto medio para un fin) como «máquina» bien engrasada (dirigida por operadores o cuadros). Podría decirse que los bolcheviques, por razones de eficacia, recurrieron a un aparato burocrático permanente y a un personal empleado para controlar una maquinaria destinada a salvar la brecha entre quienes daban las órdenes y quienes las ejecutaban.
Como es bien sabido, en cualquier caso una burocracia desarrolla con el tiempo una lógica propia distintiva, en la que la autoconservación puede llegar a tener prioridad sobre sus objetivos originales. La fuerza de las circunstancias hizo que el CEIC se acuartelara en la Rusia soviética, el único país que había experimentado una revolución exitosa y que, por tanto, podía servir como base segura para los revolucionarios de todo el mundo, al menos hasta que tuviera lugar la revolución alemana. Esto, sin embargo, dio a los bolcheviques, como partido que gobernaba el país y que soportaba la mayor parte de la carga financiera, el derecho a cinco miembros con voto en el Ejecutivo, frente al voto individual concedido a cada uno de los diez a trece partidos más grandes representados en el comité.
También fueron los bolcheviques quienes convirtieron el CEIC en un organismo permanente. Mientras que el comunista alemán Paul Levi había propuesto reuniones periódicas cada tres meses, Grigori Zinóviev se había opuesto a tal rutinismo en nombre de la disposición permanente para la acción. Para él, el CEIC era el «estado mayor internacional del proletariado combatiente». Era «una época de lucha revolucionaria».
Sin embargo, el CEIC —lugar de microluchas con efectos macropolíticos— sólo podía reunirse irregularmente, ya que ni siquiera sus miembros permanentes estaban siempre en Moscú, ya fuera por poca disposición personal o por sus muchas responsabilidades en sus propios partidos. El III Congreso Mundial de 1921 decidió emplear a tres secretarios permanentes asalariados.
A sugerencia del partido ruso, éstos fueron el húngaro Mátyás Rákosi, el finlandés Otto Kuusinen y el suizo Jules Humbert-Droz, todos ellos representantes de partidos pequeños o prohibidos con perspectivas revolucionarias insignificantes, cuyos experimentados revolucionarios se desperdiciaban en sus propios países. Su interlocutor sería el ruso Osip Piatnitsky, canal de comunicación con el partido y las autoridades soviéticas y viceversa.
Aveces tomada en un momento de entusiasmo, a veces culminación de una implicación política mucho más larga en el movimiento obrero, la decisión de trabajar para la Comintern cambiaba la vida. Estos activistas se convertían en empleados asalariados con un papel determinado en una institución con una rápida diferenciación y una división del trabajo distintiva, un papel que, sin embargo, podía cambiar rápidamente en respuesta a requisitos administrativos o a un cambio en la línea política.
El entusiasmo revolucionario podía conducir así a una carrera alternativa, como parte de un cuerpo de personas con ideas afines. La creciente profesionalización y burocratización de la Comintern trajo consigo nuevas obligaciones: rendir cuentas de uno mismo, informar sobre el trabajo realizado a una jerarquía cuyo cometido era supervisar y controlar estas cosas.
Como con cualquier otro empleador, había presupuestos que respetar, gastos que archivar, información que transmitir, normas y reglas profesionales que cumplir. Dado el negocio particular de este empleador, había medidas especiales de precaución a seguir, las llamadas reglas de conspiración para el trabajo en la ilegalidad, pero también en la legalidad (medidas que más tarde se enseñarían en los cursos de la Escuela Internacional de Cuadros, pero que los primeros empleados de la Comintern tuvieron que aprender en el trabajo).
Esto significaba, en particular, no utilizar el propio nombre, sino uno o más seudónimos cuando se estaba en misión o en el lugar de destino, viajar con pasaportes falsos, escribir en clave o comunicarse mediante telegramas cifrados, adjuntando cartas en un sobre doble y despachándolas a una dirección encubierta desde la que se reenviarían al destino previsto. Dependiendo del grado de ilegalidad, también podía significar reunirse con miembros secretos del partido u otros representantes de la Comintern sólo en lugares seguros, comprobando si la policía les seguía o si alguien podía estar escuchando a escondidas.
El aparato de la Comintern consistía en mucho más que oficiales conocidos y de alto rango como Georgi Dimitrov, Palmiro Togliatti y Walter Ulbricht. Había muchos tipos diferentes de trabajos que hacer, tanto en la sede de la Comintern en Moscú como en sus puestos de avanzada en el extranjero. Las delegaciones internacionales y las misiones políticas también requerían una amplia gama de habilidades.
Además de los emisarios con poderes plenipotenciarios (eufemísticamente llamados consejeros), había instructores encargados de tareas auxiliares específicas, frecuentemente técnicas u organizativas; mensajeros, a menudo mujeres, que mantenían las comunicaciones, pasando dinero e información de contrabando a través de las fronteras, o de un lugar a otro; el personal superior de los puestos avanzados locales; agentes de la OMS, el Departamento de Enlace Internacional de alto secreto de la Comintern, que servía como brazo operativo del partido bolchevique en el extranjero; los periodistas empleados por los periódicos y revistas de la Comintern con sede fuera de la Unión Soviética. Todos estos despliegues, a corto plazo o más o menos permanentes, necesitaban secretarios, traductores e intérpretes, técnicos de radio, empleados de cifrado, colaboradores informales, informantes y a veces incluso expertos militares.
Las delegaciones en el extranjero a menudo estaban formadas por representantes de diferentes organizaciones, como la Internacional Roja de Sindicatos (Profintern), la Internacional de la Juventud (KIM), la efímera Internacional de Mujeres o el Socorro Rojo Internacional, por nombrar sólo los organismos más importantes de los que componían el sistema planetario del comunismo internacional.
Las responsabilidades de la Comintern también podían asignarse a dirigentes de partidos locales. Además, alguien como el empresario cultural alemán Willi Münzenberg podía trabajar en nombre de la Comintern, que le proporcionaba apoyo financiero. Lo mismo ocurría ocasionalmente con artistas, escritores, cineastas y fotógrafos.
Los bolcheviques se convirtieron en la voz de la lucha de clases y en la punta de lanza del movimiento obrero. Pero también apoyaron las reivindicaciones de las feministas de izquierda, los activistas anticoloniales y los movimientos de liberación nacional, tratando de promover un sentimiento de identidad colectiva por encima de tanta diversidad. Aunque la fundación de la nueva Internacional fue polémica, no dejó de responder al espíritu de la época. La vieja socialdemocracia estaba agotada, y la futura organización del movimiento obrero estaba muy poco clara.
El siglo XX no conoció ninguna otra organización o movimiento social tan internacional en su retórica, tan transnacional en su práctica, tan global en sus ambiciones. Se esperaba que un comunista británico, francés u holandés luchara contra el colonialismo en todas partes, incluso en su propio país. La revolución debía ser global, no sectorial, no confinada a un país o un continente.
La Tercera Internacional practicó y promovió una internacionalización contraria al desarrollo general de los Estados-nación. En un momento en que la mayoría de los países industrializados endurecían la política migratoria, optó por ignorar (es decir, sortear y luchar contra) las fronteras políticas. Las redes de la Comintern promovieron un modo de vida transnacional entre sus funcionarios, personas que pasaron años, si no décadas, viajando de un lado a otro entre países y continentes, cruzando y volviendo a cruzar fronteras, la mayoría de las veces en la clandestinidad.
Su vida nómada, de aquí para allá, no les permitía tener una existencia estable ni expectativas fijas. Los viajes no eran para ellos un pasaporte hacia el autodescubrimiento. Se desplazaban cuando se lo ordenaba la Comintern o cuando los obligaban las fuerzas represivas. Los agentes de la organización viajaban al extranjero, o se encontraban destinados en sus países de origen, siguiendo instrucciones superiores, y permanecían en contacto regular con quienes les daban instrucciones por carta, teléfono o telegrama aunque la distancia y el tiempo a veces plantearan problemas.
Tenían un trabajo que hacer y responsabilidades que cumplir. Tenían identidades falsas que asumir y cambios de nombre regulares a los que acostumbrarse. Sin embargo, mientras sus convicciones políticas se mantuvieran firmes y no dudaran de lo que hacían, podían sentir que pertenecían a una hermandad secreta comprometida con una causa superior, independientemente de las disputas internas.
Viajar era para ellos un aspecto del trabajo, que exigía no sólo un gran compromiso personal y valor ante el peligro, sino también conocimientos lingüísticos, adaptabilidad cultural, organización, discreción, capacidad de negociación y tolerancia a la frustración. Además, estos trabajadores transfronterizos actuaban como intermediarios o mediadores entre dos contextos a veces más contextos revolucionarios o esferas de actividad de la Comintern, con todas las maniobras que ello podía implicar.
Por ejemplo, podían tener que vender nuevas posiciones políticas o directrices adoptadas en Moscú o por el partido local. A veces tendrían que actuar como constructores de puentes entre fracciones o grupos opuestos. Y cada vez más a menudo, investidos de la autoridad de Moscú, tenían que purgar un partido de sus opositores, reales o supuestos.
A finales de la década de 1920, sus misiones implicaban en muchos casos la destitución de direcciones enteras, un objetivo que generalmente sólo se lograba con gran dificultad y a costa de considerables pérdidas en términos de afiliación. Y, en todo esto, siempre tenían que traducir las concepciones cambiantes plasmadas en la línea del partido a otro lenguaje, en un contexto diferente.
El trabajo para la Comintern exigía mucho del individuo. No sólo el cuerpo estaba totalmente comprometido, sino que una parte considerable del yo también tenía que invertirse en la propia actividad. Mientras que otras ocupaciones no requieren necesariamente la creencia personal en la lógica de la institución empleadora, la Comintern exigía la lealtad absoluta de sus empleados. No sólo los estudiantes de las escuelas internacionales de cuadros, sino todos los que trabajaban para la organización tenían que ajustar continuamente sus propias ideas y representaciones a las realidades del mundo social que que era el de la Comintern.
En el mundo social de la Comintern, abandonar el partido era traicionar la causa y los llamados renegados eran apartados socialmente y a menudo difamados, más tarde incluso perseguidos. Materialmente, para los empleados de la Comintern, la expulsión del partido significaba la pérdida de ingresos. Cuanto más fuerte era el compromiso, mayor era el peligro de que la dimisión o la expulsión provocaran una crisis existencial.
El comunismo se parecía a pocos movimientos políticos por la forma en que se erigía en autoridad suprema sobre las normas y prácticas de la vida social y política. Con la adopción del concepto de partido de vanguardia, sus rutinas de trabajo rápidamente establecidas y la institucionalización de un aparato burocrático, la Comintern contribuyó a crear las condiciones para ello (lo que, por supuesto, no implica ningún proceso de coacción).
Bajo Stalin, este ascenso adquirió un nuevo aspecto, ya que con sus escritos sobre el «leninismo» se promovió cada vez más a sí mismo como la autoridad teórica. En la época del II Congreso Mundial de 1920, los debates estaban abiertos a todos los que quisieran contribuir, aunque Lenin y Trotsky gozaban de mayor autoridad política que otros teóricos marxistas. Sin embargo, al crear el «marxismo-leninismo», Stalin prescribió un método analítico y, al hacerlo, obtuvo un medio de control sobre las posibles interpretaciones.
La argumentación se limitó gradualmente a la traducción de la teoría a la práctica, la discusión se limitó a la interpretación de las directrices políticas y sus cambios bruscos en lugar de debatir la línea política. Los estudiantes de las escuelas internacionales de la Comintern aprendieron a evitar toda forma de desviación doctrinal, formándose en cambio en la aplicación de la teoría. Al igual que aquellos estudiantes, los empleados de la Comintern tuvieron que aprender las formas de actuar y los códigos culturales del espacio normativo que ahora habitaban.
El espacio político para la oposición organizada se redujo visiblemente antes de derrumbarse por completo con la preferencia de Stalin por la represión como técnica de gobierno. Lo que comenzó en la Comintern en 1928 como una oleada global de expulsiones masivas por desviación política terminó en la segunda mitad de los años 30 en la masacre de muchos de los miembros de la Comintern que vivían en la Unión Soviética, una masacre que no se detuvo en las fronteras de la «Patria de los Trabajadores».
Frente a acusaciones irracionales y barrocas, el juego táctico exigía una capacidad de acomodación discursiva casi inhumana. En muchos casos, sin embargo, esto no bastaba para escapar a la muerte. Sólo aquellos que estaban fuera del alcance de la policía secreta soviética tenían la opción de «salir», aunque su largo brazo a veces podía extenderse mucho más allá del territorio soviético.
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Del 4 al 6 de agosto se reunieron en Chicago casi 1.000 delegados en representación de las secciones del DSA[1]Democratic Socialists of America. La convención eligió un nuevo CPN [Comité Político Nacional, National Political Committee en inglés] con una mayoría de tendencia izquierdista, un cambio respecto al ala moderada del DSA representada por el Caucus de la Mayoría Socialista y la lista de Groundwork. (Términos como «izquierda» y «moderada» se utilizan en este artículo en relación con el espectro político dentro de DSA, no con la sociedad en su conjunto).
La nueva mayoría de izquierdas se basa en una frágil alianza de diferentes fuerzas. Las tres cuestiones decisivas a las que se enfrenta esta nueva mayoría del CPN serán si están preparados para cambiar la organización hacia 1) la independencia política del Partido Demócrata, 2) una democracia interna más fuerte, y 3) convertirse en una organización de campaña visible, empezando por el trabajo y la campaña por los derechos trans y reproductivos.
El nuevo «comité nacional multitendencia para preparar las elecciones nacionales de 2024» (aprobado por el 64 por ciento) es otra herramienta clave para desarrollar un perfil para el DSA y nuestros electos de lucha contra la derecha republicana sobre la base de políticas independientes de la clase trabajadora en lugar de ir a remolque de los demócratas de Wall Street.
La nueva mayoría de izquierdas del CPN marca el comienzo de una nueva fase para el DSA.
Tras el cambio sustancial hacia la izquierda que tuvo lugar durante la convención de 2017 -bajo el impacto del crecimiento explosivo de DSA- y su continuación en 2019, seguido de un período de relativo estancamiento político desde 2021, esta convención de 2023 sirve como otro paso en la evolución de una organización que busca un camino para ganar un cambio socialista fundamental en la sociedad.
Los delegados aprobaron un giro a la izquierda en materia laboral, formalizando aún más un enfoque estratégico sobre el trabajo dentro del DSA y sobre la construcción de una base entre los trabajadores de base. La convención también movió la estrategia electoral del DSA hacia la izquierda, aprobando por un amplio margen una enmienda (compendio con la agenda adoptada, página 92) que establecía algunos objetivos modestos para «actuar como un partido independiente», aunque se quedó corta en un enfoque más claro y responsable en relación con los cargos electos del DSA. En política internacional, se mantuvo el statu quo. En un fallo flagrante, no hubo ningún debate sobre todos los miembros del DSA en el Congreso que apoyan la política de guerra de Biden en Ucrania, la financiación de la transferencia masiva de armas estadounidenses al gobierno derechista ucraniano y la ampliación de la OTAN, y mucho menos una demanda de cambio.
En general, la Convención destacó en comparación con anteriores convenciones de DSA por su nivel de madurez. Los delegados salieron llenos de energía y decididos a construir el DSA, especialmente en lo que respecta a las nuevas cuotas de solidaridad basadas en los ingresos. Sin embargo, el camino por recorrer sigue siendo pedregoso; no se han abordado los principales retos -como la forma de abordar las elecciones de 2024- y la organización está ahora dirigida por una mayoría de izquierdas, pero muy políticamente diversa y frágil, que necesitará urgentemente encontrar su rumbo.
La selección de resoluciones y enmiendas para el debate dio lugar a la omisión de asuntos cruciales y polémicos del orden del día.
En consecuencia, la batalla inicial de la Convención giró en torno a una votación para modificar el orden del día. Maria Franzblau, miembro de Reform & Revolution (R&R) de Florida, propuso remitir algunos puntos no controvertidos al «orden del día consensuado» y sustituirlos por debates sobre una campaña nacional por los derechos trans y reproductivos, el desarrollo de una estrategia electoral similar a la del partido y la postura de DSA frente al antisionismo. Una coalición de grupos y miembros se unió, no necesariamente para respaldar todas estas mociones, sino para garantizar que al menos pudieran celebrarse debates democráticos sobre estos temas. Esta propuesta fue aprobada, marcando un primer paso hacia un debate más democrático e inclusivo.
Desgraciadamente, las propuestas más significativas para democratizar el DSA fracasaron. La resolución de Reforma y Revolución y del Grupo de Unidad Marxista para crear un Consejo Nacional de Delegados no entró en el orden del día. Una propuesta para ampliar el CPN (compendio con el orden del día aprobado, página 50) a 51 miembros en una forma enmendada (para un CPN de 35 miembros) obtuvo el 62% de apoyo de los delegados de la convención, pero se quedó muy cerca de la mayoría de dos tercios necesaria para enmendar la Constitución.
Muchos en la izquierda no estaban de acuerdo con el apoyo de Reforma y Revolución a la ampliación del CPN. Creíamos que -independientemente de la mayoría que se estableciera en el CPN en esta Convención- la ampliación del CPN ayudaría a fomentar el debate democrático y la transparencia haciendo que los debates en el máximo órgano de toma de decisiones entre Convenciones fueran mucho más abiertos y transparentes, en lugar de seguir permitiendo que los debates quedaran embotellados en un CPN pequeño. También creíamos que ayudaría a que el CPN estuviera mejor conectado con las secciones de DSA.
A muchos delegados les molestó que, tras no conseguir los dos tercios de los votos con sólo el 62%, un delegado presentara una «moción para reconsiderar», es decir, pedir una nueva votación. Contrariamente a lo que se dice, no se trataba de un miembro del caucus de la Mayoría Socialista haciendo alguna oscura maniobra; era un camarada de la izquierda del DSA que había votado en contra de la ampliación del CPN. Habían dicho de antemano que, aunque votarían en contra de la propuesta en sí, si por poco no alcanzaba los dos tercios necesarios, presentarían una moción de reconsideración y votarían Sí en una segunda votación.
Sin embargo, después de que presentaran la moción de reconsideración, un dirigente del CED motivó la moción. Pareció entonces un complot planeado de antemano por el SMR para intentar anular el resultado de la votación inicial. Esto no fue lo que creemos que ocurrió, pero entendemos el enfado al respecto, ya que los camaradas están legítimamente molestos con los acuerdos de trastienda y los turbios trucos de procedimiento.
Además, el camarada del SMR que motivó la moción de reconsideración hizo hincapié en que el requisito de los dos tercios era demasiado alto. En nuestra opinión, ese no era un buen argumento para que la convención volviera a votar. En su lugar, los delegados que habían votado No deberían haber argumentado que ahora estaban dispuestos a votar Sí, dado el gran apoyo que había a la ampliación del CPN.
Dado que estas conversaciones sobre la posibilidad de reconsiderar una votación se mantuvieron incluso antes de que comenzara la votación, deberían haberse realizado de forma transparente informando a todos los delegados, por ejemplo, en el Slack de delegados con antelación, para evitar sorprender a nadie y asegurarse de evitar la apariencia de una maniobra para eludir una decisión democrática de la convención.
Al final, se aprobaron otras tres resoluciones para democratizar DSA.
La convención acordó establecer dos copresidentes elegidos y remunerados que se dedicarán al trabajo de cara al público (compendio con el orden del día aprobado, página 125). Se trata de un paso importante hacia una DSA nacional más eficaz y funcional, que también aumentará el poder de los líderes electos de DSA en comparación con el personal no electo.
La Convención acordó reanudar la Conferencia Nacional de Activistas de DSA educativa bianual cada año en años alternos entre las convenciones bianuales de toma de decisiones (compendio con la agenda adoptada, página 33) como parte de la agenda de consentimiento (lo que significa que se aprobó en un paquete general, votado al principio de la convención, sin deliberaciones y votaciones individuales sobre cada una de esas resoluciones).
Se aprobó otra resolución (compendio con el orden del día aprobado, página 136) para crear una comisión multitendencias que elabore propuestas para mejorar la democracia en DSA en la próxima convención de 2025.
El abrumador voto del 79% de los delegados a favor de la enmienda «Actuar como un partido independiente» (compendio con el orden del día aprobado, página 92) marcó un giro a la izquierda, hacia la independencia del Partido Demócrata. Presentada por el Bread & Roses Caucus, subraya la necesidad de presentar candidatos abiertamente como «socialistas democráticos», formar comités de Socialistas en el Cargo y desarrollar una relación mucho más estrecha de apoyo y responsabilidad con nuestros cargos electos.
Lamentablemente, la enmienda presentada por el Marxist Unity Group (MUG) y Reforma y Revolución, «Hacia una estrategia electoral similar a la del partido» (compendio con el programa aprobado, página 101) fracasó con un 41%. Su objetivo era establecer líneas rojas claras que constituyeran un requisito mínimo a no traspasar para cualquier DSA elegido. También establecía un proceso sobre cómo DSA abordaría las violaciones de estos principios y fijaba expectativas concretas adicionales para los candidatos y elegidos que se comprometieran a representar a DSA.
A pesar del cambio general hacia la independencia política del Partido Demócrata, la mayoría de la Convención aún no estaba preparada para dar pasos concretos hacia la responsabilidad democrática y el control de los electos del DSA. En el debate sobre la resolución de Bread & Roses «Defender la democracia a través de la independencia política» (compendio con el orden del día aprobado, página 117) se aprobó por un estrecho margen, con un 51% de apoyo, una enmienda (de la Mayoría Socialista) para suprimir el lenguaje que apuntaba en la dirección de la responsabilidad sobre los elegidos del DSA. La frase rechazada decía: «El CPN comunicará públicamente su desaprobación a los candidatos apoyados y a los miembros electos del DSA que rechacen esta estrategia [de independencia política del Partido Demócrata] para apoyar explícita o tácitamente a los líderes centristas del Partido Demócrata (por ejemplo, asistiendo a mítines en nombre de centristas, comunicaciones políticas o apoyo explícito a demócratas centristas)».
Las elecciones al CPN, la dirección elegida por el DSA entre Convenciones, expresaron un significativo giro a la izquierda. Los grupos moderados, Socialist Majority Caucus (SMC) y Groundwork, son ahora minoritarios. Ahora manda una mayoría de izquierdas.
Desgraciadamente, nuestros candidatos de R&R, Philip Locker y Jesse Dreyer, no fueron elegidos para el CPN.
De los caucus de izquierda fueron elegidos 8 camaradas: de MUG (2: Amy y Rashad), Bread & Roses (3: Alex P, Kristin S, Laura W), y Red Star (3: John L, Megan R, Sam HF). Un independiente (Luisa M) y un representante de la lista antisionista (Ahmed H) son también de la izquierda de DSA. El ala moderada de DSA (6) está representada por Groundwork (4: Ashik S, Cara T, Frances G, Rose D) y SMC (2: Colleen J, Renée P).
El recién elegido CPN eligió un Comité Directivo interino (en funciones hasta la reunión del CPN en octubre) formado por Renée (SMC), Ashik (Groundwork), John (Red Star), Alex (B&R) y Amy (MUG).
Esperamos trabajar con todos los compañeros para implementar un cambio hacia una organización audaz y de campaña, empezando por la campaña por los derechos trans y reproductivos, la independencia política del Partido Demócrata, el sindicalismo de lucha de clases, y lo que Estrella Roja llamó «buen gobierno» en DSA – mayor democracia y responsabilidad dentro de DSA.
Tras el deslizamiento de DSA hacia una forma de funcionamiento más dirigida por el personal, al estilo de las ONG, la primera prueba de este nuevo CPN será si nombra a un nuevo Director Nacional y establece un enfoque diferente para la supervisión política del valioso personal de DSA. Maria Svart, la actual Directora Nacional, ha desempeñado un valioso papel en la construcción de DSA durante muchos años. Merece mucho respeto y gratitud por su duro trabajo. Sin embargo, políticamente, ha supervisado la organización y el personal de acuerdo con el enfoque político del ala moderada de DSA.
La Convención eligió un CPN con una nueva mayoría. El nuevo CPN necesita ahora avanzar en la implementación de una nueva dirección para DSA, empezando por un mayor control sobre el personal directivo de DSA y utilizando los recursos nacionales de DSA para promover sus compromisos hacia una mayor independencia de los Demócratas y la democracia interna. Dada la experiencia de oposición a estas políticas por parte del actual Director Nacional, el nuevo CPN necesita ejercer su capacidad democrática para nombrar un nuevo Director Nacional que esté políticamente comprometido con llevar a cabo la nueva dirección representada por el nuevo CPN .
La prueba de la nueva mayoría de izquierdas del CPN no está en sus etiquetas o en las afiliaciones políticas de sus miembros, sino en si realmente lleva a cabo en la práctica un giro a la izquierda en el trabajo de DSA en términos de independencia política de los demócratas, democracia dentro de DSA y una organización nacional de campaña eficaz.
R&R argumentó que DSA necesita establecer prioridades de campaña para tener el máximo impacto en la sociedad. Propusimos que DSA prepare y lance una campaña nacional coordinada de lucha por los derechos reproductivos y la liberación trans en la que puedan participar todas las secciones y grupos de trabajo, de modo que podamos contribuir juntos a esta lucha en curso.
Los delegados votaron primero sobre la inclusión en el orden del día de la resolución para una campaña nacional sobre los derechos trans y reproductivos. Tras aprobar el cambio en el orden del día por 476 votos a favor, 415 en contra (y 28 abstenciones), la resolución sobre la campaña fue aprobada por un 62% (527 votos).
Una prioridad clave ahora es cumplir este mandato y desarrollar una campaña vibrante en las próximas semanas y meses. La resolución señala que «la preparación de esta campaña comenzará en otoño de 2023, con un lanzamiento de la campaña en enero de 2024 y un día nacional de acción en la primavera de 2024». Esperamos que «el CPN se ponga en contacto con los cargos electos de DSA para pedirles formalmente que apoyen y se comprometan a utilizar sus plataformas para promover agresivamente esta campaña y sus acciones», tal y como exige la resolución. Nuestros cargos electos son los representantes más destacados de DSA; tenemos que desarrollar la norma de pedirles que promuevan públicamente nuestro mensaje y nuestras campañas, empezando por esta campaña por los derechos reproductivos y trans.
Esta campaña puede y debe ser una herramienta clave para que DSA sea visible en 2024, para luchar por los derechos trans y reproductivos, y para construir el movimiento socialista.
Esta misma propuesta de campaña también fue adoptada por la Convención de YDSA tres días antes por el 88% (92 delegados) y ofrece una gran oportunidad para construir capítulos activos de YDSA, especialmente en el Sur.
La propuesta de resolución sobre el trabajo del DSA en el movimiento obrero resurgente marcó un cambio hacia el sindicalismo de lucha de clases (compendio con la agenda adoptada, página 74). La resolución enfatizaba la participación de los socialistas en las luchas obreras con un lenguaje que priorizaba la construcción de las bases por encima de las buenas relaciones con el establishment sindical.
Dos enmiendas del ala moderada del DSA, en este caso de Groundwork, ayudaron a aclarar los debates.
Groundwork propuso eliminar el texto de la resolución consensuada, según el cual, al apoyar la estrategia de las bases, DSA «rechaza una estrategia que priorice la construcción de relaciones dentro del establishment sindical». En la misma enmienda (compendio con la agenda adoptada, página 86), Groundwork quería sustituir un claro enfoque sobre la construcción de redes de activistas obreros militantes en torno a Labor Notes, por una propuesta para poner a Labor Notes al mismo nivel de colaboración que la Fundación Rosa Luxemburg y «formaciones para activistas sindicales organizadas por sindicatos y locales».
Esta enmienda fue rechazada por 69 votos contra 31.
Groundwork también propuso (compendio con el orden del día aprobado, página 82) eliminar el compromiso de tener dos presidentes a tiempo completo como líderes del Comité Laboral Nacional de DSA. Se esgrimieron argumentos fiscales contra la priorización del trabajo que promovía el ala izquierda de la Convención. La enmienda fue rechazada con un 54% en contra y un 46% a favor, y la Convención votó a favor de ofrecer a los presidentes del CEN puestos remunerados a tiempo completo.
La resolución laboral final -sin estas modificaciones- fue adoptada casi por unanimidad con un 96%.
Sólo dos semanas antes de la Convención, el CPN publicó una recomendación (compendio con la agenda adoptada, página 172) proponiendo disolver el actual Grupo de Trabajo BDS y absorberlo en el Comité Internacional (CI). Después de intentar hacer esto durante el asunto Bowman -cuando el CPN, en lugar de censurar a Bowman por su apoyo al ejército israelí, se centró en silenciar al Grupo de Trabajo BDS, que era el grupo que más se oponía a Bowman y al CPN- cualquier miembro del CPN que votara a favor debería haber sabido que esto se entendería como otro intento de silenciar al Grupo de Trabajo BDS.
Habríamos acogido con satisfacción un nuevo compromiso de DSA con la lucha palestina y un debate completo sobre cómo apoyar la lucha por la liberación palestina. Por ejemplo, habría estado bien debatir por qué los tuits del Grupo de Trabajo de BDS antes de la Convención se equivocaban al equiparar a los civiles judíos israelíes con los soldados israelíes, lo que convertiría a los trabajadores judíos de a pie en un objetivo legítimo de la resistencia armada palestina. R&R apoya plenamente el derecho de los pueblos oprimidos, como los palestinos, a defenderse, incluso con las armas. Sin embargo, creemos que la lucha palestina necesita una estrategia basada en la izquierda y en la clase obrera para poder derrotar al Estado israelí, por ejemplo, abriendo una brecha entre este régimen sionista de derechas y los trabajadores de Israel.
Aunque el CPN parecía responder a estos tuits y a otras acciones políticas similares del Grupo de Trabajo SDE, la recomendación del CPN guarda absoluto silencio sobre estas cuestiones y no presenta ningún argumento político contra el enfoque del Grupo de Trabajo SDE. En su lugar, pretende ser un simple cambio administrativo para reducir el trabajo supuestamente duplicado por el Grupo de Trabajo BDS y el CI.
Por eso el debate en la Convención empezó en los peores términos posibles: en lugar de aclarar nuestra estrategia política para construir la solidaridad con Palestina, la discusión se centró en si tomar medidas administrativas para aparentemente silenciar al Grupo de Trabajo BDS.
Dado que el CPN es elegido democráticamente por la Convención, R&R considera que es derecho del CPN organizar la labor de los grupos de trabajo nacionales, que son órganos de autoselección. Sin embargo, también es deber del CPN esforzarse por llegar a un acuerdo o explorar si es posible encontrar una vía conjunta para avanzar con los camaradas cuando los desacuerdos estén bien documentados. El CPN debe esforzarse por fomentar una cultura democrática de debate que acepte las críticas y la oposición política. Aunque el CPN tiene derecho a dirigir el trabajo político del DSA, no debe parecer que silencia el debate y la oposición.
Sobre todo, la cuestión de quién supervisa el trabajo de DSA en Palestina debe decidirse sobre la base de poner claramente sobre la mesa las verdaderas diferencias políticas sobre el mensaje del grupo de trabajo para un debate abierto. La convención habría sido precisamente el lugar para airear las diferentes estrategias para la liberación palestina y aclarar qué enfoque político apoya la mayoría de DSA. Una vez resueltas estas cuestiones políticas, la convención habría estado mejor equipada para dilucidar si la solidaridad palestina de DSA estaría mejor atendida por un organismo u otro.
Una estrecha votación del 52% a favor y el 48% en contra de la decisión administrativa de disolver el Grupo de Trabajo de BDS en el Comité Internacional, sin un debate político clarificador, no es una buena base para desarrollar el trabajo de DSA en solidaridad con Palestina. (Si se tienen en cuenta las abstenciones, fueron 472 votos o el 50 por ciento a favor, 439 votos o el 47 por ciento en contra, y el 3 por ciento de abstención)
Cuando una supermayoría del CPN saliente propuso esta recomendación que violaba su propio plazo para las resoluciones, hicieron un flaco favor a la cultura democrática en DSA y dificultaron la discusión de los desacuerdos políticos en torno a la solidaridad con Palestina.
El debate estaba tan polarizado que era bastante difícil diferenciar entre defender una cultura democrática y discutir la mejor estrategia para la liberación palestina. La postura defendida en la convención por Ramy Khalil, delegado de Reform & Revolution -defender un proceso y una cultura democráticos en DSA sin estar de acuerdo con la estrategia política del Grupo de Trabajo de BDS- se situó en medio de dos bloques polarizados y no satisfizo plenamente a ninguna de las partes. Sin embargo, creemos que este enfoque era precisamente lo que DSA necesitaba: defender un proceso democrático sin pasar por alto las importantes diferencias políticas que tenemos con la política dominante del Grupo de Trabajo BDS.
En general, los debates sobre cuestiones internacionales fueron inadecuados.
El único debate real sobre cuestiones internacionales más allá del trabajo de solidaridad con Palestina fue sobre una enmienda de Bread & Roses por un Internacionalismo de Lucha de Clases (compendio con el orden del día aprobado, página 71), que proponía que el DSA se opusiera al «campismo» (la idea de que nuestro principal enemigo está en casa, el imperialismo estadounidense, con la que R&R está de acuerdo; pero luego concluye que el enemigo de nuestro enemigo es necesariamente nuestro amigo, con lo que R&R no está de acuerdo).
La enmienda también añadía un texto sobre «reunirse y establecer relaciones con un conjunto diverso de partidos y movimientos de izquierda de otros países, no sólo con los partidos dirigentes o gobernantes».
La enmienda argumentaba que, «como antiimperialistas e internacionalistas consecuentes, nuestro punto de partida para establecer la solidaridad son los derechos de los trabajadores y los pueblos y no el equilibrio de poder geopolítico o las identidades políticas nominales de los diferentes gobiernos.»
La enmienda rechaza «las intervenciones imperialistas que pretenden apoyar la democracia o los movimientos obreros mediante amplias sanciones económicas e intervenciones militares, operaciones de inteligencia o financiación estatal de grupos de la oposición.»
Desgraciadamente, ésta fue la única vez que la guerra de Ucrania -el conflicto más importante en las relaciones internacionales- se incluyó en los debates.
A la enmienda se opusieron camaradas del lado moderado del DSA, así como camaradas que se consideran de izquierdas, pero que apoyan el enfoque general del Comité Internacional que se inclina hacia el campismo.
Lamentablemente, esta enmienda fracasó con un 36% a favor y un 64% en contra.
Creemos que R&R destacó en los debates previos a la Convención y en la Convención con una campaña que puso de relieve las diferencias políticas entre la izquierda y las fuerzas moderadas de DSA, en la que promovimos la claridad política sin dejar de ser camaraderiles y respetuosos. Pedimos un cambio significativo en las políticas del DSA y la elección de una mayoría de izquierdas en el CPN, apoyando a diez candidatos de la izquierda más amplia del DSA para conseguirlo, con el objetivo de unificar a la izquierda marxista en la medida de lo posible.
Nuestros candidatos dejaron claro en los debates previos a la Convención que defendíamos una alternativa clara al SMC y Groundwork y no dudaron en participar -de forma camaraderil- en los diversos intercambios. Por ejemplo, argumentamos en contra de que los cargos electos de DSA apoyaran a Joe Biden, en contraste con el SMC, como puedes ver aquí. Defendimos que DSA necesita apoyar a nuestros cargos electos, exigirles responsabilidades y construir hacia la independencia del Partido Demócrata. También hablamos con franqueza sobre la crisis a cámara lenta a la que se enfrenta DSA, con un descenso del 20% en el número de miembros, y propusimos una visión alternativa de una organización audazmente anticapitalista que haga campaña para superar la crisis.
Al mismo tiempo, estábamos absolutamente dispuestos a trabajar con todo el mundo en el DSA -incluidos los camaradas del SMC/Groundwork y sus alrededores, a quienes consideramos responsables de un rumbo equivocado en los últimos años- siempre que hubiera algún punto en común, como ampliar el tamaño del CPN. Defendimos la democracia para camaradas con los que no estamos de acuerdo políticamente, como el Grupo de Trabajo BDS. Esta es una base política sólida para continuar nuestros esfuerzos para construir un ala marxista del DSA. Si quieres discutir más con nosotros, o si quieres unirte a Reform & Revolution, ¡contáctanos hoy mismo! ¡Suscríbete también a nuestra revista o lista de correo electrónico!
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La irrupción de Milei introduce tres certezas y una incógnita para la izquierda en el plano electoral. La primera certeza proviene de lo ocurrido en la región. Si Milei llega al balotaje repetirá lo sucedido con Bolsonaro en Brasil, Kast en Chile y Hernández en Colombia. En esas situaciones el grueso de la izquierda latinoamericana convocó a votar contra los derechistas[1]Este artículo sintetiza ideas expuestas entrevistas y desarrolladas en el libro: Las encrucijadas de América Latina. Derecha, progresismo e izquierda en el siglo XXI, Batalla de Ideas, (próxima … Seguir leyendo). Los sectores más radicales adoptaron esa postura, sin ocultar sus cuestionamientos a la tibieza e inconsecuencia de los candidatos finalmente triunfantes. Esa acertada decisión apuntó a frenar las agresiones contra las conquistas democráticas que propicia la ultraderecha. Con plena conciencia de ese peligro (o por mero instinto de supervivencia), la izquierda latinoamericana promovió el sufragio contra los exponentes de la oleada reaccionaria. Es evidente que la derrota de esos personajes contribuye a neutralizar la venganza conservadora contra el ciclo progresista de la última década. Esa contención limita los atropellos contra los oprimidos y genera escenarios más favorables para batallar por la igualdad, la justicia y la democracia. Lo ocurrido en Ecuador ofrece un contraejemplo de ese rumbo. Allí prevaleció el llamado al voto nulo en la segunda vuelta, entre el progresista Arauz y el derechista Lasso. Esa postura facilitó el triunfo de un millonario, que en su breve gestión consumó una degradación mayúscula del país. Gran parte de la izquierda optó en ese caso por una equivocada equiparación de los dos candidatos, presentándolos como expresiones análogas de una misma dominación burguesa. Desconoció que la frustración de las expectativas populares generada por muchos exponentes del progresismo, no se asemeja a la sangrienta represión que propician sus rivales de la derecha. Una variante más aguda del mismo desacierto se verificó en Perú, cuando un sector de la izquierda convalidó con su voto, el operativo fujimorista para derrocar a Castillo. Esa inconducta confirmó las graves consecuencias de perder la brújula. Estos antecedentes recientes brindan pautas para definir la postura de la izquierda, si Milei llega al balotaje. Ningún dirigente político suele anticipar su preferencia frente a esos desenlaces por comprensibles razones de competencia electoral. Pero en la militancia es muy oportuno discutir desde ya el tema, en lugar de improvisar definiciones a último momento. Esa clarificación es importante porque la principal fuerza de izquierda, el FIT-U, carece de una respuesta homogénea frente a ese dilema. Sus cuatro integrantes adoptaron actitudes muy variadas (y contrapuestas) antes esas situaciones. Seguir los ejemplos de Brasil, Chile o Colombia y evitar los errores cometidos en Ecuador o Perú debería ser la primera certeza del próximo escenario electoral.
Milei canaliza con mensajes de ultraderecha el hartazgo con el desastre que afronta el país. Fue fabricado por los medios de comunicación y no cuenta con la base ideológico-social de Kast o el sostén evangélico-militar de Bolsonaro. Capturó adhesiones con exabruptos y sus seguidores expresan más enojo que convicciones de alguna índole. El resultado de ese combo es totalmente incierto. Bullrich lidera la derecha convencional con posturas más agresivas que sus antecesores. Sustituyó la falsas promesa de felicidad que propagaba Macri por una épica del ajuste. El fracaso de Larreta confirmó que la centroderecha tradicional ha perdido gravitación. Massa es la figura más conservadora de la coalición oficial. Es el artífice del ajuste en curso y arrastra una oscura trayectoria de compromisos con la embajada de Estados Unidos y con los grupos más concentrados del poder económico local. Su liderazgo sintoniza con tendencias de la nueva oleada progresista. Evo, Chávez o Cristina han sido mayoritariamente sustituidos por representantes más próximos al establishment. Pero esa significativa modificación no altera el carácter de las coaliciones, que compiten con la restauración conservadora. Con una dirigencia adaptada al status quo, AMLO, Lula, Petro o Arce continúan encabezando frentes que disputan supremacía con la derecha. Massa es un caso muy peculiar porque podría comandar una regresión menemista y reproducir contra el kirchnerismo, la andanada que consumó Lenin Moreno contra el correísmo. Pero mientras integre una coalición con Cristina, Kicillof, De Pedro y Grabois formara parte del desdibujado espectro que confronta electoralmente con los sectores reaccionarios. Por esa razón relegó sus preferencias por Estados Unidos, retomó los proyectos de inversión y financiación con China e impulsó la incorporación de Argentina a los BRICS, que Washington objeta frontalmente. La principal diferencia de Massa con Milei y Bullrich no se localiza en la esfera económica. Los tres promueven diferentes versiones del ajuste y prepararan para el próximo mandato aumentos de tarifas, recortes de salarios y contracciones del gasto social supervisadas por el FMI. Milei propicia demoler los salarios y expropiar a los sectores medios con la dolarización. Bullrich promueve ese atropello con el bimonetarismo, la reducción de las retenciones y una unificación cambiaria que asemeja al ¨blindaje¨ del 2001. Massa alienta la continuidad del deterioro enmascarado y en cuotas que implementa actualmente. La diferencia entre los tres candidatos se ubica en el plano político-democrático. Bullrich y Milei proclaman sin ningún disimulo, que intentarán liquidar los convenios colectivos y las indemnizaciones, con un ataque directo al derecho de organización de los movimientos populares. El asesinato de Molares y el salvajismo exhibido en Jujuy constituye el anticipo de un plan, que incluye indultos a los militares y anulación del aborto. Son amenazas muy creíbles en boca de un desorbitado cavernícola, cuya coequiper elogia a Videla y propone cerrar el museo de la Memoria. Bullrich es una abanderada del neoliberalismo represivo que pondera los disparos a los ojos de las manifestaciones, exalta el estado de sitio y convoca a ilegalizar los sindicatos combativos. La brutalidad consumada en Perú es el modelo de los candidatos derechistas, que pretenden pulverizar al principal movimiento obrero sindicalizado de la región, destruir organizaciones sociales muy activas y quebrantar una fuerza democrática que reintegra nietos y mantiene vivo el repudio a la última dictadura.
Massa no está situado en ese plano. Silenció lo ocurrido en Jujuy, es afín a la mano dura de Berni, tiene gran amistad con los escuálidos de Guaidó, pero forma parte de un frente que no pregona la represión. La topadora en Guernica no se compara ni remotamente, con la furia de palos, balas y encarcelamientos que preparan Milei y Bullrich. Partiendo de estas caracterizaciones cabe postular dos actitudes diferentes frente a los eventuales balotajes de octubre. Si la disputa final opone a Bullrich con Milei, correspondería promover el voto en blanco para deslegitimar cualquiera de las dos gestiones. Ambos presidentes anticipan una agresión frontal contra el pueblo que debería ser resistida desde el propio sufragio. Por el contrario, si esa confrontación de noviembre incluye a Massa, lo acertado sería convocar al rechazo de la derecha en las urnas. Esa formulación ha sido frecuentemente utilizada por la izquierda para promover el voto contra el enemigo principal, sin mencionar al candidato favorecido. Se evita de esa forma explicitar el sostén a personajes muy objetables. Si las figuras contra Bullrich o Milei fueran Cristina o Kicillof, no habría ningún inconveniente en apoyarlos con su nombre. En el caso de Massa ese aval en un balotaje debería ser acompañado con todos los cuestionamientos a su gestión. No es incompatible sostener esas críticas con votarlo contra un liberfacho y una abanderada del asesinato de Maldonado. Esa postura es la segunda certeza de los próximos comicios.
En octubre serán elegidos los diputados que integrarán un Congreso notoriamente derechizado. Ese cambio en ambas Cámaras es muy celebrado por los poderosos, que apuestan a lograr una rápida aprobación de las leyes de ajuste. La batalla en las calles contra esa agresión requerirá sólidos voceros de la resistencia dentro del recinto (y en los medios de comunicación). Por esa razón es importante ampliar la bancada del FIT-U. Ese sector está compuesto por honestos luchadores que han demostrado solvencia y valor para enfrentar el ajuste. Tienen probadas credenciales para actuar en la batalla que se avecina. En Jujuy volvieron a ratificar su valentía. Pusieron el cuerpo en las protestas, en lugar de enviar los simples mensajes de apoyo que difundieron otros dirigentes. Esa actitud de la izquierda contrasta con gran parte de los legisladores que promueve el oficialismo. Ese grupo está integrado por incontables panqueques. La fuga de altos funcionarios a Milei (Francos) y a Bullrich (Aracre) anticipa lo que podrían hacer esos arribistas, si el viento continúa soplando hacia la derecha. En las PASO, el FIT-U obtuvo un porcentaje muy semejante a los últimos comicios del mismo tipo. Su guarismo fue bajo, pero quedó entre las cinco listas en carrera para octubre. Afrontó la dificultad objetiva que genera la canalización ultraderechista del descontento social. Ese resultado ha dado lugar a insólitos reproches a la izquierda por no haber capturado esa indignación, como si debiera ser siempre la receptora natural de todos los malestares. El cuestionamiento omite que la conducta de los votantes no está predeterminada y depende de cambiantes escenarios políticos. El FIT-U no es responsable del auge internacional de figuras reaccionarias, que corporizan el rechazo a los desastres generados por el neoliberalismo. Tampoco es el causante de ese efecto en Argentina. En todo caso el principal culpable de ese desbarranque ha sido un gobierno impotente, que suscita la indignación de toda la población.
La izquierda lucha contra la corriente y confronta con las agresiones de los poderosos, que financian a Bullrich, instalaron a Milei y convalidan a Massa. El voto por el FIT-U es la respuesta positiva a la desazón que genera el nuevo contexto electoral.
Algunas corrientes radicalizadas rehúyen ese apoyo propiciando el voto en blanco, pero sin considerar el sentido actual de esa opción. La conducta que en el 2001 formaba parte de la rebeldía popular, ahora expresa apatía y despolitización. Es una reacción pasiva frente al ajuste, que simplemente desalienta la resistencia, refuerza la desesperanza y favorece la tramposa igualación de ¨todos los políticos¨. La ampliación de la bancada que encabeza Bregman serviría también para explorar nuevas respuestas al fin de un ciclo político. El protagonismo que tuvieron en las últimas dos décadas el kirchnerismo y el macrismo afronta un serio cuestionamiento con imprevisibles desenlaces. Para evitar el pantano del pesimismo, hay que abordar el nuevo escenario con menos raptos emocionales y mayor reflexión política. El sostén a los diputados del FIT es la tercera certeza de la próxima elección.
Un problema más complejo plantea la posibilidad que Massa no llegue al balotaje. Esa eventualidad está a la vista con la simple repetición de lo ocurrido en las PASO o con un imparable aluvión de Milei en la primera vuelta. Si Massa continúa con el ajuste redoblado que exige el FMI cavará su propia fosa como candidato. Ya comenzó esa sepultura con la devaluación que prometió soslayar y terminó aceptando. La resistencia a esa política explica el gran ausentismo en las urnas. Para revertir ese escenario sería necesaria una reacción democrática semejante a la registrada contra Vox en España. Pero allí, un gobierno adelantó las elecciones para disputar los votos y aquí Alberto no existe, Cristina mantiene un calculado silencio y Massa carece de credibilidad. Nadie sabe si ese contexto persistirá en los próximos dos meses. La enorme volatilidad de los votantes y la paridad en las encuestas convierten a la elección de octubre en una segunda vuelta anticipada. La conveniencia de que Massa llegue al balotaje plantea un dilema adicional a la izquierda. Una disyuntiva semejante afrontó el PSOL en Brasil. Ese partido siempre presentó candidaturas propias y apoyó al PT en la ronda final. Pero en la última compulsa optó por otro curso. Decidió sostener a Lula en las dos instancias electorales, renunciando a la presentación de sus propios postulantes. Esa resolución fue tomada ante el peligro creado por la eventual reelección de Bolsonaro. La llegada de Milei presenta ciertas similitudes con ese escenario. Batallar contra un gobierno de la derecha -auspiciando al mismo tiempo la ampliación de la bancada de izquierda- podría ser una respuesta para el caso argentino. Esa combinación podría implementarse con un corte de la boleta. Sería un recurso para frenar la presidencia de Milei y Bullrich, enviando al mismo tiempo un mensaje de censura a Massa por el ajuste en curso. A diferencia del PSOL esta opción no puede ser adoptada por el FIT-U, porque esa formación nunca ha compartido vínculos con fuerzas progresistas locales semejantes al PT brasileño. Por esa razón, seguirá con la intensa campaña que encabeza Bregman para ampliar su número de legisladores. Pero esa actividad podría combinarse con llamados paralelos al corte de boleta, dirigidos al votante del peronismo y a los sectores que priorizan evitar un gobierno de Bullrich o Milei. Ambas campañas podrían ser complementarias, tenderían a dialogar con públicos diferentes y estarían encabezadas por figuras de distinto tipo. A diferencia de las tres certezas anteriores, en esta eventualidad hay muchos interrogantes a dilucidar, tomando en cuenta que la izquierda no elige los formatos electorales en los que interviene. Son problemas tácticos propios de las disyuntivas complejas y deben ser procesados con debates políticos. La pertenencia a la izquierda no es sinónimo de voto invariable. En los sindicatos, por ejemplo, es muy frecuente la revisión constante de las alianzas. Se acuerdan pactos para una elección, que son sustancialmente modificados frente a otros comicios. El sufragio no es acto de identidad o fidelidad hacia un grupo de pertenencia. Es una opción política definida en función de cambiantes coyunturas.
En la tradición de los cuatro partidos que conforman el FIT-U, siempre ha primado la postura del voto en blanco en los balotajes y el sufragio por la boleta propia. Los argumentos para sostener esta actitud subrayan que todos los candidatos de burguesía son iguales (o semejantes) y que cualquier diferenciación entre ellos -con criterios de ¨mal menor¨- conduce a la frustración de la ciudadanía y a la derrota del movimiento popular. Pero esta objeción no demuestra que la viabilidad de la alternativa contrapuesta. Es muy sencillo presentar ejemplos de decepciones con las políticas seguidas por el progresismo. Basta con repasar lo ocurrido con Alberto en Argentina, Boric en Chile o Castillo en Perú. Pero esos desengaños no ilustran un mejor resultado de la propuesta que promueve el FIT-U. Ese logro está pendiente y corresponde debatir cuáles serían los caminos para alcanzarlo. La mera impugnación del “mal menor” no es muy sensata. Todas las conquistas parciales de salarios o los avances democráticos pueden ser vistos como un ¨segundo mejor¨. No dejan de ser adversidades bajo el capitalismo, pero constituyen ponderables conquistas frente a su carencia anterior. Y lo mismo vale para los regímenes constitucionales frente a las dictaduras o los gobiernos progresistas frente a sus pares reaccionarios. Son logros que se consiguen sin consumar el ideal socialista, pero ninguno es despreciable por su distancia con el objetivo histórico de la izquierda. Es totalmente cierto que el voto por un candidato ajeno o enemigo de la izquierda entraña serias amenazas para la construcción de ese espacio. Pero la superación de esos peligros no transita por el simple embanderamiento con candidatos de incuestionable pureza socialista. Hay que evaluar cada escenario y sopesar las distintas opciones, en función de una estrategia de poder. En los partidos que comandan el FIT-U ese ordenador de largo plazo es la dinámica de la revolución socialista. Con esa lógica se impugna cualquier voto a candidatos ajenos al propio espacio, argumentando que daña la apuesta anticapitalista. Milei, Bullrich y Massa son vistos como equivalentes por la misma razón que Lula es asemejado a Bolsonaro, Boric a Kast y Petro a Hernández. Todos quedan situados en el mismo segmento burgués y cualquier diferenciación entre ellos es observada como un obstáculo para recrear el modelo leninista de 1917. Este razonamiento -en coexistencia con otras experiencias del mismo tipo- es válido en los períodos revolucionarios de distinta escala (nacional, regional o global). Pero confronta con la inexistencia de dinámicas de este tipo en las últimas décadas. La ausencia de una adaptación a esta nueva realidad impide concurrir a las urnas con algún proyecto creíble.
Es evidente que nadie vota al FIT-U con la expectativa de facilitar su llegada próxima, futura o lejana al gobierno. Ese frente no se presenta a sí mismo como opción presidencial y no concurre a los comicios para salir victorioso. Esa carencia podría superarse con la hipótesis de conquistar el gobierno, para disputar el poder en un largo periodo de transición. Una política de ese tipo requeriría reconocer la diferencia cualitativa que separa la lucha por la supremacía en un gobierno, un régimen político, un estado y una sociedad. La diferenciación de esas instancias permitiría concebir ciertos rumbos socialistas que el FIT-U no considera. La promoción de acuerdos electorales de envergadura para conquistar intendencias o gobernaciones, no figura por ejemplo en su agenda. La reevaluación de esas metas permitiría replantear alianzas desechadas con otros sectores, como el kirchnerismo crítico. En ese tipo de estrategia se inscriben las certezas y la incógnita expuestas en este artículo. Considerar un voto que empalme el rechazo a un gobierno de derecha con más diputados de la izquierda es una iniciativa que crea puentes con las corrientes radicalizadas del oficialismo. Esa conexión permitiría a su vez imaginar nuevos reagrupamientos para el futuro. En las PASO, la sumatoria de la lista alternativa dentro de Unión por la Patria (Grabois) y las diversas candidaturas de izquierda (FIT-U más otras fuerzas semejantes) logró un caudal muy significativo. En términos electorales ya existe, por lo tanto, un influyente conglomerado de fuerzas que comparten luchas en el movimiento popular. El debate sobre los comicios de octubre-noviembre puede abrir un nuevo horizonte para la izquierda.
Este artículo sintetiza ideas expuestas entrevistas y desarrolladas en el libro: Las encrucijadas de América Latina. Derecha, progresismo e izquierda en el siglo XXI, Batalla de Ideas, (próxima aparición
Fabrice Dhume, Xavier Dunezat, Camille Gourdeau y Aude Rabaud
Traducción: Punto de Vista Internacional Fuente: Contretemps.eu
Teoría: Antirracismo
01/09/2023
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Publicado a principios de 2020, este libro hace balance de las cuestiones planteadas por el término «racismo de Estado» y de las polémicas que ha suscitado en la Francia contemporánea. Tomando como punto de partida los ataques de Jean-Michel Blanquer al curso sindical organizado por SUD-Education 93 en 2017, los autores estudian la circulación de la expresión «racismo de Estado» y, a continuación, se remontan a ciertas dimensiones históricas que pueden legitimar su uso. Por último, los autores se centran especialmente en tres dimensiones institucionales: la escuela, las políticas migratorias y la policía. El capítulo dedicado a la policía es el que reproducimos aquí, con la amable autorización de Le Bord de l’Eau.
A principios de la década de 1980, las revueltas urbanas, las marchas por la igualdad y contra el racismo y otras iniciativas diversas[1]Iniciativas y luchas que continúan hasta hoy. Véase, por ejemplo, la marcha por la dignidad y contra el racismo de octubre de 2015, la marcha por la justicia y la dignidad de marzo de 2017 y 2018, … Seguir leyendo contribuyeron a visibilizar y politizar la experiencia cotidiana del racismo policial. De hecho, fueron sobre todo las luchas sociales y políticas las que dieron origen a esta cuestión, antes de que las ciencias sociales hicieran su aportación al análisis del fenómeno. La cuestión del «racismo policial» es a la vez un lugar común más o menos negado y una cuestión crucial en el funcionamiento de esta institución represiva, y sin embargo es una cuestión que durante mucho tiempo ha recibido poca legitimidad y poco tratamiento por sí misma en la investigación francesa. Y, sin embargo, el problema persiste: individuos y grupos, en particular adolescentes y adultos jóvenes, experimentan regularmente el «tríptico de la violencia estatal, el racismo y la violencia sexual» [Gauthier, 2017]. La agresión policial y violación de Théodore Luhaka, conocido como Théo, en Aulnay-sous-Bois en 2017, acompañada de insultos como «Négro, bamboula, salope», es un recordatorio oportuno del grado de violencia que puede caracterizar las relaciones policiales con ciertos grupos minoritarios. Sin embargo, estos «casos» no son más que una parte pequeña y singular de un problema más amplio, y a veces más «policial», de racismo en y por parte de la policía francesa[2]Para facilitar la lectura, en lo sucesivo nos referiremos a ello como «racismo policial», a pesar de los defectos de una expresión que puede sugerir una atribución sistemática y uniforme del … Seguir leyendo. El «racismo policial» es sistémico (que no quiere decir sistemático) y, por tanto, opera de forma más global y compleja de lo que este tipo de episodios y los comentarios que los acompañan nos hacen creer.
Por eso no se puede culpar del racismo en el seno de la policía únicamente a los policías que comulgan con las tesis de la extrema derecha. De hecho, todos los estudios de ciencias sociales convergen en demostrar que el racismo policial no es ante todo ideológico. Ciertamente, las encuestas norteamericanas, que se remontan a mucho tiempo atrás [Friedrich, 1977], indican que los policías que proclaman ideas racistas tienen más prácticas discriminatorias que los demàs. Pero el vínculo no es automático ni sistemático. En Francia, el 51% de los policías y militares votaron al Frente Nacional en las elecciones regionales de 2015 [Rouban, 2015] y el 51% de los gendarmes móviles afirmaron querer votar a este partido en las últimas elecciones presidenciales [Fourquet, 2017]. Esta realidad parece derivar, en particular, del hecho de que la extrema derecha mantiene un discurso cercano al de los cuerpos profesionales de policía cuando denuncia a «los que estropean las cosas», «invaden» o «se aprovechan» del Estado del bienestar. La ideología profesional policial -la adhesión al orden y a la ideología republicana, y la tendencia a pensar en la profesión como el último bastión moral de una «ciudadela sitiada»- puede encontrar en el discurso de la extrema derecha una representación política de su malestar. Pero la proximidad del discurso ideológico no hace que el racismo policial sea causal, sino probablemente todo lo contrario. En este capítulo se examinan algunas de las fuentes del racismo policial, antes de indicar cómo funciona sistémicamente y, a continuación, presentar algunas de sus formas.
Como institución regia por excelencia, la policía es el brazo armado del Estado, pero por otro lado también tiene su propia y singular historia institucional. Por lo tanto, los procesos racistas (y sexistas, u otros) deben considerarse en el contexto de la relación entre las dinámicas del grupo profesional, las de la Administración -ambas con un margen de maniobra considerable [Montjardet, 2002]- y las órdenes políticas dadas a la institución.
En virtud de su estatus y sus acciones, la policía es una de las instituciones más fuerte y directamente afectadas por los «efectos de retroalimentación [de la colonización] sobre los mecanismos de poder en Occidente» [Foucault, 1997, p. 89]. Esto arroja luz política e histórica sobre el análisis del racismo policial, que se dirige principalmente contra las personas descendientes de inmigrantes poscoloniales. A pesar de los grandes cambios que se han producido desde el régimen de Vichy o la colonización, existen efectos de continuidad en la organización de la institución [Lévy, s/f; Josepha, 2019] y en el tratamiento de las poblaciones [Rigouste, 2009; Blanchard, 2011]. Estos efectos no parecen deberse únicamente a la naturaleza del trabajo policial, ya que las comparaciones internacionales muestran que el «estilo policial», en particular la prevalencia de una lógica represiva con sus desviaciones, está vinculado a las historias nacionales. Por ejemplo, el racismo en prácticas como el trabajo policial parece ser más prominente en Francia que en otros países europeos [Gauthier, 2011; de Maillard et al., 2016]. En parte, puede que estemos ante una «reactivación de legados coloniales» y un reciclaje de conceptos, métodos y mecanismos construidos y probados en la empresa colonial, y ahora aplicados para tratar con los suburbios [Rigouste, 2012].
Sin embargo, es importante tener en cuenta que este vínculo genealógico no se corresponde en absoluto con la identidad profesional de los policías, donde existen importantes efectos generacionales. La mayoría de los profesionales no han aprendido ni la historia de la colonización ni la de su institución. Salvo raras excepciones [Ben Hafessa, 2000], «los policías se definen mucho más en función de la situación en la que se encuentran, hic et nunc, que como herederos de un pasado, incluso reciente» [Wieviorka et al., 1992, p. 263].
En cualquier caso, esta herencia no basta para explicar el significado del racismo policial.
Los estudios sobre la socialización profesional de los policías muestran, por una parte, una «adhesión progresiva y masiva a una serie de estereotipos» [Montjardet, 1994, p. 399] y, por otra, el endurecimiento de un efecto de grupo y de solidaridad, concomitante con una polarización entre concepciones divergentes de la profesión sobre la cuestión de la relación con la ley y la relación con los demás [Montjardet, Gorgeon, 1999]. El racismo se encuentra en la encrucijada de los tres: forma parte de los estereotipos profesionales relativos a las representaciones de las poblaciones, pero divide al colectivo profesional en cuanto a la legitimidad y las formas de su expresión, al mismo tiempo que el efecto de cuerpo impide denunciarlo. En efecto, «todos los policías no pueden ser tachados de racistas […] el cuerpo de policía protege a los que lo son, aunque ellos mismos condenen estas actitudes. El esprit de corps pesa mucho y la presión de grupo se ejerce plenamente en este ámbito» [L’Huillier, 1987, pp. 119-120].
En definitiva, no se trata tanto del racismo como explicación primaria (ideología, intención, etc.) como de una dinámica -variable, conflictiva- del grupo y de las actuaciones policiales. En definitiva, el racismo ocupa su lugar como un «dato» del trabajo, que ciertamente no es uniforme ni sistemático, pero que sin embargo opera «de forma trivializada y racionalizada bajo el disfraz de la profesionalidad» [Gauthier, 2010].
Si bien la acción de la policía goza de una gran autonomía, está sujeta ante todo a una lógica política e institucional: la policía hace lo que los gobernantes esperan que haga. Como tal, es la primera institución responsable de la gestión de los grupos minoritarios, donde su acción se dirige en gran medida a vigilarlos y contenerlos. En la práctica, a menudo es difícil distinguir la intervención policial en las «banlieues» de la discriminación situacional y de una representación generalmente degradada de determinados grupos, que da lugar a formas cotidianas y repetidas de racismo y estigmatización (microagresiones, insultos, humillaciones, etc.). Desde este punto de vista «el orden social creado por la policía en los barrios y entre las poblaciones consideradas sensibles se basa en relaciones de poder racializadas» [Gauthier, 2015, p. 122].
Esquemáticamente, el trabajo policial está organizado estructuralmente por la distinción entre los «ciudadanos honrados», que se benefician del orden social y de la intervención policial, y la «clientela» habitual, es decir, los grupos sociales que constituyen los objetivos. Además, los policías proyectan expectativas e ideales sobre su trabajo, al que llaman «el trabajo real», en relación con el cual la vida cotidiana suele ser frustrante o deprimente. Para hacer su trabajo,»los policías definen al ciudadano como dócil, a la víctima como transparente y al acusado como profesional» [Boussard, Loriol, Caroly, 2006, p. 214].
Transmiten sistemáticamente su frustración profesional a las personas con las que sus interacciones distan mucho de cumplir estas expectativas, reprochándoles que «no juegan el juego». Así pues, la violencia se concentra principalmente en los individuos y grupos que no se ajustan a los papeles esperados. Esto explica las variaciones en la intensidad del racismo policial. Por otra parte, por extensión, es en relación con las categorías asimiladas a los «malos clientes» -típicamente, personas consideradas como «jóvenes de barrio» o «gitanos»- donde la categorización racial y la interacción racista adquieren un aspecto familiar, y a veces habitual. En el trabajo de la policía y la gendarmería urbanas, hay dos grupos especialmente afectados por el racismo. Por un lado,«Negros» y «Rebeus» [moros], en su mayoría franceses, son los clientes más frecuentes y menos apreciados […]. De hecho, se les considera una molestia por su mera presencia, que incomoda a los residentes tanto como provoca a la policía» [Fassin, 2011, p. 236-237].
Por otro lado, «Manouches» y «Roumains»[rumanos] , «calificados de parásitos» [ibíd.] que «son objeto de un discurso de destrucción colectiva, […] desde la esperanza de una catástrofe natural hasta fantasías asesinas» [Zaubermann, 1998, p. 426].
Los modos en que la policía racializa varían en forma y prominencia según las dimensiones del trabajo, las circunstancias y la relación del policía con el trabajo. Sin embargo, en sus dimensiones más generales, el racismo está arraigado en la práctica cotidiana, que se dirige a determinados grupos, en particular como resultado de una combinación de factores y lógicas. Los profesionales forjan
«Del mismo modo que la edad -un joven es más sospechoso que una persona mayor-, el género -masculino- y la vestimenta, la pertenencia a una minoría visible se utiliza como criterio de selección». [Mouhanna, 2017, p. 29].
En el lugar de trabajo, por lo tanto, el uso de marcadores étnico-raciales socialmente construidos rara vez es separable de un conjunto de categorías utilizadas simultáneamente para aprehender situaciones. Como señaló el sociólogo René Lévy en su obra pionera
«[las categorizaciones raciales] son, en cierto sentido, las herramientas del oficio y forman parte del conjunto de conocimientos prácticos que constituyen el trasfondo, el punto de referencia del trabajo policial» [Lévy, 1987, p. 31].
Por ejemplo, la sospecha policial es una técnica de trabajo habitual y estructurante. Se basa en expectativas normativas poco explícitas, pero que incorporan esquemas racistas (raramente reconocidos como tales por los agentes de policía), en cuanto a los lugares y papeles que se supone que deben ocupar las personas. La sospecha policial actúa como una profecía autocumplida, es decir, ayuda a producir lo que se espera y, por tanto, confirma a la policía en su creencia en la relevancia de estas categorías.
Estas categorías adquieren relevancia en función del giro de los acontecimientos. Por ejemplo, en el equilibrio de poder que la policía establece con la población, el respeto por la sumisión esperada de los individuos a su autoridad ayuda a determinar si el resultado es directamente discriminatorio o no, o incluso abiertamente racista. Cuanto más familiar es la población, «conocida por la policía», y por tanto considerada como su objeto o propiedad, más violentamente se expresa el desprecio, al que contribuye y puede dar forma el racismo. Por consiguiente, el racismo policial no puede disociarse de la estructura del trabajo, lo que significa que tiende a ser una lógica compartida e instituida.
La orientación de las políticas públicas puede favorecer el uso de categorías raciales y fomentar la expresión del racismo. Por ejemplo, el énfasis puesto en la «lucha contra la delincuencia», porque lleva a centrarse en los perfiles supuestamente habituales de la calle, incluidos los hombres jóvenes, «racializados» y aparentemente ociosos, ha «fomentado mecánicamente las intervenciones discrecionales de la policía» [Jobard, 2002, p. 201]. También ha legitimado la «elaboración de perfiles raciales» de la población:
«Cuando se trata de drogas, controlamos el pelo largo, y cuando se trata de seguridad, controlamos a los magrebíes y a los negros», explicaba un funcionario de aduanas entrevistado por Philippe Bataille [1997, p. 96]. Del mismo modo, el énfasis en la lucha contra la inmigración ilegal fomenta la atención a las minorías visibles (etiquetadas). Además, la presión para producir lleva a preferir una estrategia de «caza del pillo» (ilustrada por la actividad de brigadas especializadas, como las «brigadas antidelincuencia»), en la que «la capacidad de detener a personas en flagrante delito se considera fundamental para la definición de la eficacia policial, y los controles de identidad como el medio preferido para lograrlo» [Gauthier, 2017].
La lógica de los números «ha llevado a los jefes de policía a sacrificar muchos principios -y el rigor jurídico- en aras de los resultados. El síndrome es particularmente evidente en el caso de las infracciones contra las leyes de extranjería» [Mouhanna, 2017, p. 37; Wieviorka et al., 1992, p. 252]. En estas circunstancias, la Commission nationale de la déontologie de la sécurité (CNDS, 2005, p. 495) señala que el «uso sistemático» de la fuerza y de «técnicas especiales de contención con una dimensión humillante de facto» en el trabajo de la policía de fronteras se asemeja a una forma de «discriminación institucional».
Más allá de la dimensión situacional, que hace que el racismo sea más o menos marcado en función de las interacciones concretas, diversos elementos estructurales e institucionales apuntalan y organizan el fenómeno. Por ejemplo, la agresividad en el trato con determinados grupos de personas solo se mide por el aburrimiento y las expectativas que forman parte de la vida cotidiana [Fassin, 2011]. La banalización de la racialización dentro del grupo y en los espacios en los que trabajan los policías otorga credibilidad a un enfoque esencialista de la realidad. A nivel político e institucional, la negación del problema refuerza su peso y hace prácticamente imposible su regulación. En general, esta negación se traduce en una falta de reconocimiento político de la historia de la institución policial y, por ejemplo, de su responsabilidad directa en episodios históricos de represión racista abierta, como la masacre del 17 de octubre de 1961. Pero, más concretamente, la negación se basa en la negativa a contar las víctimas de la violencia policial[3]Samuel Laurent, «En France, le grand flou des violences policières», Le Monde, 26 de noviembre de 2014. Una notable excepción reciente: Ismaël Halissat, «La police des polices révèle le … Seguir leyendo, en la negación del hecho de que la «elaboración de perfiles raciales» está estructuralmente anclada en las prácticas policiales ; Esto es cierto en Francia más que en ningún otro lugar [ECRI, 2010], y también en ignorar el hecho de que los episodios de los llamados «disturbios urbanos» son exclusivos de Francia en Europa, lo que tiene mucho que ver con el «estilo» de actuación policial y la omnipresencia del racismo en la sociedad francesa [Rea, 2006].
Esta «ceguera deliberada [tiene] como consecuencia la construcción de cada situación como un «caso» aislado sin causa sistémica» [Bouamama, 2015].
La variedad de situaciones de racismo y el hecho de que sean habituales ilustran hasta qué punto los procesos de racistización están incorporados en la vida cotidiana de la institución, en las relaciones habituales con determinadas «clientelas» y en el considerable margen de maniobra que tienen los agentes para definir y llevar a cabo su trabajo. Gran parte de la discriminación policial tiene apariencia de legalidad porque se produce en el continente gris de las prácticas discrecionales y el poder de los agentes para decidir, en la intervención, lo que ocurre con las personas objeto de la misma. Sin embargo, podemos identificar algunas de las principales formas en que el racismo se manifiesta en y por la policía.
Dado que los ciudadanos dependen en gran medida de los servicios de policía judicial para el reconocimiento de los agravios que han sufrido, el racismo puede expresarse indirectamente a través de la falta de actuación de la policía en este ámbito. La Commission nationale de déontologie de la sécurité (Comisión nacional de deontología de la seguridad) ha puesto de relieve una «gran complacencia ante las declaraciones [racistas] de los ciudadanos, que equivale a su validación, a lo que se añade una tendencia a incriminar a las víctimas» [Cnds, 2005, p. 504].
En un contexto político de fronteras cerradas, en particular, la policía puede legitimar el racismo de la población para justificar la represión. Basándose en los archivos de la policía y del Ministerio del Interior, Rachida Brahim ha puesto de relieve una estrategia histórica coherente y deliberada por parte de los agentes del Estado en diferentes niveles de la jerarquía para hacer desaparecer el problema del racismo e incriminar, a contrario, a las poblaciones que son sus objetivos.
«En el tratamiento de la violencia que tuvo lugar en la década de 1970, la práctica de centrarse en la actitud de los migrantes contribuyó a escenificar el problema que planteaba la presencia de migrantes poscoloniales» [Brahim, 2017, p. 18].
La negativa a presentar denuncias también contribuye a legitimar el racismo, cuando no es una forma directa de discriminación. En lugar de funcionar como un servicio de seguridad pública,»Los funcionarios del Estado o los que ocupan una posición similar utilizan entonces su posición profesional para debilitar la legitimidad de las demandas y peticiones formuladas por toda una parte de la población al Estado» [Bataille, 1997, p. 102].
Según el artículo 15-3 del Código de Procedimiento Penal: «La policía judicial está obligada a recibir las denuncias de las víctimas de infracciones penales y a transmitirlas, en su caso, al servicio o unidad de policía judicial territorialmente competente. Todas las denuncias se registran en un informe y se expide inmediatamente un recibo a la víctima. Sin embargo, en 2011, el 10 % de todos los casos remitidos al Défenseur des droits [2012, p. 129] fueron denuncias sobre la negativa a registrar denuncias por parte de agentes de policía o miembros de la gendarmería.
En el plano de las relaciones interpersonales, dos formas de racistización son especialmente visibles: la más conocida es la «familiaridad perversa» entre la policía y los jóvenes [Mohammed, Mucchielli, 2007], en la que el uso sistemático de lo familiar, los insultos racistas y las provocaciones forman parte estructural de las interacciones. El grado de utilización de la violencia depende en gran medida de cómo reaccionen los usuarios a la provocación. Una segunda lógica se refiere a la focalización en determinados grupos descalificados, objeto de un fuerte desprecio policial, como por ejemplo «los extranjeros que no dominan el francés, a menudo en situación irregular. Estas situaciones son generalmente aquellas en las que es más probable que se relajen las normas profesionales, en las que se puede expresar la humillación, la ironía o la falta de respeto» [De Maillard, Zagrodzki, 2017, p. 498].
En estos casos, el racismo puede adoptar una forma manifiesta en la que la violencia física va acompañada de insultos, especialmente durante las paradas o la detención policial.
El racismo también puede, en algunos casos, motivar prácticas colectivas deliberadas, como cuando los agentes de policía participan en «expediciones» al amparo de sus funciones. Este tipo de situación depende de la forma en que esté regulado el colectivo profesional, y parece darse sobre todo en las «brigadas» que operan en régimen de «caza» y reclutan por cooptación. El principio de «legítima defensa» se utiliza como coartada legal para muchas de estas prácticas, así como «el desacato o el delito de rebelión son utilizados sistemáticamente por los agentes de policía para enmascarar comportamientos discriminatorios» [Body-Gendrot, Wihtol de Wenden, 2003, p. 45].
En 2014, la prensa reveló un memorando interno de la comisaría del distrito 6 de París[4]«Paris: la police veut «évincer» les Roms des beaux quartiers», Le Parisien, 15 de abril de 2014. en el que se instaba a los agentes a «localizar a las familias romaníes que viven en la calle y […] desalojarlas sistemáticamente». Posteriormente, la investigación del Defensor de los Derechos Humanos confirmó que la dirección había dado «órdenes e instrucciones discriminatorias para realizar controles de identidad […] a bandas de negros y magrebíes y desalojar sistemáticamente a las personas sin hogar y a los romaníes». Señaló que se trataba de «órdenes manifiestamente ilegales[5]Aunque la práctica es ilegal, en 1985 el Tribunal de Casación la validó en el contexto de las políticas de expulsión de extranjeros indeseables, inventando la noción de «signos externos de … Seguir leyendo», basadas en «perfiles raciales y sociales contrarios a las normas que prohíben la discriminación y a la obligación ética de imparcialidad y no discriminación que incumbe a los funcionarios de policía[6]Frédéric Ploquin, «Exclusiva. Le ‘J’accuse’ de Jacques Toubon au préfet de police à Paris», Le Journal du Dimanche, 13 de abril de 2019.».
El uso de un memorando interno deja claro que no se trata de una práctica propia de los policías «de base», sino del resultado de un orden político en el que se utiliza a la policía para gestionar a las poblaciones consideradas indeseables. Sin embargo, la visibilidad pública de estos rastros es escasa, mucho más que la práctica institucionalizada de los controles de reconocimiento facial.
Desde el punto de vista de las personas que sufren el racismo, especialmente los hombres jóvenes, los perfiles raciales son una de las experiencias más cotidianas de asignación y humillación. Una encuesta de observación de la Open Society Justice Initiative, realizada en París entre 2007 y 2009, muestra que, por término medio «en comparación con un hombre blanco, un hombre negro tiene 5,2 veces más probabilidades de ser parado por la policía, en igualdad de condiciones, y un hombre magrebí 9,9 veces más» [Jobard et al., 2012, p. 442].
Otra encuesta sobre las experiencias de los estudiantes con los controles policiales también muestra que los hombres racializados destacan sobre todo por la frecuencia con la que son parados: el 56 % de los estudiantes «no blancos» han sido parados varias veces en el último año, frente al 41 % de los estudiantes «blancos», y el 8,8 % han sido parados más de treinta veces en su vida (frente al 2,9 % de los estudiantes «blancos»). Y ello a pesar de que los «no blancos» tienen menos «prácticas que les exponen a controles de identidad», como frecuentar determinados espacios públicos [Jounin et al., 2015, p. 15-19]. Estas encuestas también muestran que los criterios raciales están estrechamente entrelazados con el género, la edad y la vestimenta, que convergen hacia «los varones de clase trabajadora y las minorías estigmatizadas» [ibíd., p. 11; Jobard et al., 2012]. Así pues, las categorías raciales ocupan su lugar en «un haz de sospechas estereotipadas», incorporadas a los mecanismos rutinarios de selección policial.
Todos los estudios coinciden en que existe una relación inversa entre el número de controles de identidad realizados y la eficacia de la labor policial: un control rara vez conduce a la constatación de una infracción [FRA, 2009; Jobard y Lévy, 2011; Défenseur des droits, 2016]. En realidad, los controles de identidad tienen una función principalmente política, aunque ésta no sea necesariamente la intención de las personas que llevan a cabo estas prácticas. Al dirigirse a quienes queremos ver y mantener como «extranjeros», la mirada policial actúa como un «marcador de alteridad» [Roux, Roché, 2016]. Es más, es una ceremonia de degradación [Garfinkel, 1955], una forma de denuncia pública de una farsa que redefine a las personas en términos de una identidad inferior. En efecto, «Exigir a alguien que cumpla un requerimiento discrecional[7]«Los agentes no tienen que explicar por qué realizan un control de identidad» [Ferré, 2013]. Y una gran parte del colectivo profesional considera «que es normal que la policía mantenga en … Seguir leyendo y que justifique su identidad es una forma de negar la evidencia y la legitimidad de su presencia y condición» [Blanchard, 2014, p. 13].
Las agresiones físicas y las ofensas materiales y simbólicas evidencian una negación del reconocimiento [Honneth, 2000] y, por ejemplo, el uso masivo de cacheos «sin motivo válido […] constituye un atentado contra la dignidad humana» [Défenseur des droits, 2012, p. 130]. Estas prácticas sirven para confirmar, mediante la arbitrariedad y la repetición, el dominio del poder policial sobre las personas adscritas a grupos raciales.
El fichero policial de «antecedentes penales» «STIC» (système de traitement des infractions constatées) es uno de los mayores ficheros policiales informatizados. En 2009, registró más de 5 millones de sospechosos y más de 28 millones de víctimas. Creado oficialmente por decreto de 5 de julio de 2001, toma el relevo del antiguo fichero «Canonge»[8]Lleva el nombre del inspector superior René Canonge, del servicio de seguridad urbana de Marsella., un fichero manual creado en 1950 e informatizado a partir de 1992, que funcionaba sin base jurídica. Finalmente se fusionó con el «judex» (sistema judicial de documentación y explotación) de la gendarmería en un nuevo fichero llamado «TAJ» (tratamiento de expedientes judiciales). Además de innumerables errores[9]Según las investigaciones de la CNIL, en 2009, apenas el 17% de los expedientes de sospechosos no contenían errores…, con todas sus consecuencias para la vida de las personas afectadas, el fichero incluye la «señalización» de individuos por motivos raciales, según una tipología de apariencia en doce categorías: «blanco (caucásico); mediterráneo; gitano; de Oriente Próximo; norteafricano; asiático euroasiático; amerindio; indio (India); mestizo; negro; polinesio; melanesio-canadiense».
Esta tipología racial nunca se ha abolido, a pesar de las recomendaciones de la Commission Nationale Informatique et Libertés (CNIL), el Défenseur des Droits y la Asamblea Nacional de «sustituir esta tipología por elementos objetivos de un perfil compuesto, como el color de los ojos, del cabello y de la piel» [Batho, Benisti, 2011, p. 63]. Aunque un informe público de 2006 propuso una «nueva clasificación» de diez «tipos»[10]«Tipo europeo (nórdico, caucásico, mediterráneo); tipo africano/caribeño; tipo mestizo; tipo norteafricano; tipo de Oriente Medio; tipo asiático; tipo indopaquistaní; tipo latinoamericano; … Seguir leyendo, esta es igual de racial. Además, este cambio nunca llegó a aplicarse, debido a la resistencia del colectivo profesional. La utilización de este fichero, inicialmente dedicado a la policía judicial, también se ha extendido progresivamente a las investigaciones administrativas sobre el carácter (ley de 2001 sobre la «seguridad cotidiana»), al examen de las solicitudes de adquisición de nacionalidad (ley de 2003 sobre la «seguridad interior») y luego para el acceso a empleos públicos vinculados a las «misiones de soberanía del Estado» (decreto de 2005).
La creación en 2008 del fichero «EDVIGE» (exploitation documentaire et valorisation de l’information générale), sustituido bajo controversia por «EDVIRSP» (exploitation documentaire et valorisation de l’information relative à la sécurité publique), un fichero de los servicios de inteligencia sobre posibles «perturbaciones del orden público», incluye también un fichero sobre los supuestos «orígenes raciales o étnicos» y las «afiliaciones religiosas» de las personas. Su sustitución en 2009 por otros dos ficheros[11]«Deux nouveaux fichiers de police créés» [Se crean dos nuevos ficheros policiales], Libération, 18 de octubre de 2009., sustituyendo el «origen étnico» por el «origen geográfico», no disimula el hecho de que «el objetivo de este término es, en efecto, identificar el origen étnico o racial de las personas» [Batho, Benisti, 2011, p. 62]. A pesar de controlar el vocabulario y suavizar las categorías, la existencia y el apego institucional a estos distintos ficheros atestiguan la creencia de la policía en una especie de autoevidencia esencial de las categorías raciales.
También es importante destacar la «discriminación institucional» y el racismo que sufren los policías en el acceso a la profesión y dentro de la institución. En lo que respecta al reclutamiento, un análisis de los resultados de los exámenes a finales de los años 90 [Duprez, Pinet, 2002] demostró, en igualdad de condiciones, que en Marsella los candidatos «magrebíes» a las oposiciones a la policía tenían 2,9 veces más probabilidades de suspender que los demás. Sin embargo, el criterio racial se combina con el sexo (y también, obviamente, con el nivel de estudios), lo que en algunos casos puede favorecer[12]Una ventaja relativa, ya que «si las chicas de origen magrebí tienen muchas más probabilidades de ser reclutadas que sus hermanos [sic], debido a los estereotipos que rodean a los jóvenes … Seguir leyendo
a las jóvenes magrebíes, en detrimento de sus homólogos masculinos. Una reciente encuesta sobre las pruebas también demostró que vivir en «una ciudad con una fuerte Zus [zona urbana sensible]» penalizaba a los candidatos en el examen oral para las oposiciones de comisario y policía en la región de Île-de-France [L’Horty, 2016, p. 67-68]. En concreto, a las personas categorizadas como procedentes de «suburbios» se les hacen preguntas que los demás no tienen que responder, sobre a qué «lado de la valla» pertenecen (policía frente a suburbio o familia). Estas preguntas, de carácter discriminatorio, reflejan una lógica de sospecha, al tiempo que ponen a prueba la disposición a tomar partido por la policía, en un modelo de oposición a la población.
Aparte de la selección, la racialización es una característica omnipresente de la experiencia profesional de los policías pertenecientes a minorías. Aceptar soportarla a diario, posiblemente en forma de «humor», parece ser la condición para ser aceptado en el grupo profesional [Bataille, 1997; Mouhanna, 2017]. El «compadreo» policial se estructura mediante el uso de categorías, en particular raciales, sociales y de género, que dividen y jerarquizan el cuerpo profesional y reflejan las normas implícitas del estatus policial: blancura y virilidad. A la inversa, la presencia habitual de estas categorías indica, al menos para una parte del colectivo profesional, el estatus implícito de sospechoso, extraño y subordinado de las personas pertenecientes a grupos minoritarios. Tienen que «demostrar su valía» más que los demás, oscilando entre la discreción y el exceso de adhesión a las normas del grupo. La lógica de la sospecha, que sin duda es menos prominente hoy que a finales de los años 90, cuando se contrató a los asistentes de seguridad, se ha reflejado en la distribución de tareas. A menudo se les ha asignado un papel minoritario, acorde con su condición de minoría. Se les ha etnificado,
«Se les margina, se les asignan tareas accesorias: la mujer ‘policía’ que trabaja en asuntos de moralidad y violencia doméstica, el joven de «barrios» minoritarios en misiones de acercamiento a los jóvenes de estas zonas urbanas, en grupos donde sirven de infiltrados, o en actividades de policía judicial en contacto con grupos de delincuentes del mismo origen que ellos» [Mouhanna, 2017, p. 30].
La presencia de estas lógicas en el entorno laboral «altera» las trayectorias de los policías pertenecientes a minorías [Gautier, 2011], tanto directamente, al alterarlas, como indirectamente, al pesar sobre las condiciones de trabajo y, en ocasiones, sobre la confianza entre compañeros. Sin embargo, esta realidad es ampliamente negada por la institución y la jerarquía, lo que obliga a las minorías y al colectivo profesional a asumirla, salvo en algunos casos de ruptura abierta, utilizando los medios de comunicación para denunciar una «omerta» [Souid, Montali, 2010].
Estos datos muestran claramente que el racismo policial no puede descartarse como actos individuales o como simple reflejo del racismo que circula en la sociedad en general. Mientras que una parte del colectivo profesional se adhiere sin duda al racismo político, otra se adhiere al antirracismo «republicano», y el estado de los conocimientos no apoya la idea de una cultura policial unitaria [Montjardet, 1994], ni siquiera predominantemente racista. Dicho esto, el racismo no se construye únicamente a nivel de las interacciones, ni únicamente a nivel del grupo profesional: ésta es una limitación de la noción de «racismo policial». La necesaria insistencia en el hecho de que las prácticas no son ni sistemáticas ni uniformes no debe ocultar que es «también el racismo institucional como práctica colectiva lo que hay que abordar» [Fassin, 2011, p. 251]. El análisis debe tener en cuenta «el impacto de las estructuras sociales, institucionales e ideológicas francesas», incluida «la profunda racialización de la sociedad francesa» [Rea, 2006, p. 465], así como su negación. Todo ello hace que la cuestión del racismo en y por la policía sea en gran medida estructural. A la luz de estos hechos, creemos que la hipótesis del racismo de Estado merece ser tomada en serio.
Iniciativas y luchas que continúan hasta hoy. Véase, por ejemplo, la marcha por la dignidad y contra el racismo de octubre de 2015, la marcha por la justicia y la dignidad de marzo de 2017 y 2018, la marcha por la solidaridad de marzo de 2019, y el artículo «Contre le racisme et l’État policier» («Contra el racismo y el Estado policial»), Libération, 18 de marzo de 2017.
Para facilitar la lectura, en lo sucesivo nos referiremos a ello como «racismo policial», a pesar de los defectos de una expresión que puede sugerir una atribución sistemática y uniforme del fenómeno a una profesión.
Samuel Laurent, «En France, le grand flou des violences policières», Le Monde, 26 de noviembre de 2014. Una notable excepción reciente: Ismaël Halissat, «La police des polices révèle le nombre de morts dans des interventions», Libération, 26 de junio de 2018.
Aunque la práctica es ilegal, en 1985 el Tribunal de Casación la validó en el contexto de las políticas de expulsión de extranjeros indeseables, inventando la noción de «signos externos de extranjería», que permite presumir que una persona es extranjera [Ferré, 2013]. Más allá de una forma de hacer el trabajo policial, con su cuota de microilegalidades, lo que está en cuestión es todo el estatus de las categorías raciales en el trabajo policial y la focalización en determinados grupos.
«Los agentes no tienen que explicar por qué realizan un control de identidad» [Ferré, 2013]. Y una gran parte del colectivo profesional considera «que es normal que la policía mantenga en secreto los motivos de un control de identidad» [Gorgeon, 1996, p. 149] en la medida en que se trata de una de sus competencias.
«Tipo europeo (nórdico, caucásico, mediterráneo); tipo africano/caribeño; tipo mestizo; tipo norteafricano; tipo de Oriente Medio; tipo asiático; tipo indopaquistaní; tipo latinoamericano; tipo polinesio; tipo melanesio (incluido el canaco…)» [Bauer et al., 2006, p. 142].
Una ventaja relativa, ya que «si las chicas de origen magrebí tienen muchas más probabilidades de ser reclutadas que sus hermanos [sic], debido a los estereotipos que rodean a los jóvenes etnicizados (los chicos «magrebíes» son vistos como rebeldes…), también se debe a que muchos responsables policiales, al incluir otro tipo de estereotipos -esta vez relacionados con el género- en sus elecciones, piensan que están favoreciendo el reclutamiento de agentes» [Duprez, Pinet, 2002, p. 130].
Militantes del Movimiento Socialista del Poder Popular (MSP) de México.
Teoría: Historia
10/07/2023
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El camarada Adolfo Gilly (junto con Guillermo Almeyra) provenía de una tradición distinta a la que daría origen al Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), del llamado “Posadismo”, por su dirigente central Juan Posadas, ello no fue obstáculo para que se convirtiera en uno de nuestros mejores teóricos y militantes del PRT. Su libro La Revolución Interrumpida –claro guiño a La Revolución Traicionada–, analiza al cardenismo, dentro de la perspectiva de la teoría de la Revolución Permanente y de los escritos sobre América Latina de León Trotsky.
Trotsky teorizó que en los países coloniales o semicoloniales se podría avanzar más rápidamente hacia el socialismo porque en estas regiones el dominio del capital era más débil y porque las tareas que la democracia burguesa había impulsado en los países desarrollados –acumulación de capital, industrialización de la ciudad y el campo, democracia parlamentaria–, sólo se podría cumplir mediante un proceso de ruptura con el capitalismo y bajo la dirección de una fuerza revolucionaria. Ello no excluía la posibilidad de que, en los países subdesarrollados como el nuestro, las tareas democrático-burguesas requerirían de una alianza entre corrientes nacionalistas y revolucionarias, como una etapa transitoria para impulsar un cambio más profundo y verdadero hacia el socialismo. Un ejemplo de ello sería Cuba, donde una corriente nacionalista, como la encabezada por Fidel Castro, llevó a la destrucción del capitalismo y la instauración de un gobierno que intenta poner las bases de un sistema socialista. Estas dos teorías fueron desarrolladas en la Revolución Interrumpida, donde Adolfo encuentra en el General Lázaro Cárdenas del Río al hombre que encarna los ideales democráticos y nacionalistas que serían la base de una sociedad más igualitaria e independiente del dominio imperialista. De ahí proviene su acercamiento con el pensamiento cardenista, que mantendría toda su vida.
Aunque estas tesis de Gilly contribuyeron a la formación política de cientos de jóvenes y de las organizaciones que dieron origen a la formación del PRT en 1976, lamentablemente no tuvimos la capacidad de comprender todo su significado y sus consecuencias prácticas que aún suscitan amplios debates al seno de la izquierda latinoamericana.
Esta incomprensión de las tareas democráticas, antimperialistas y del carácter de una nueva revolución, además del hecho de que el PRT estuviera conformado, en su gran mayoría, por jóvenes que, aunque brillantes, contaban con muy poca experiencia experiencia en el trabajo obrero y campesino, y, sobre todo, como cuadros de dirección política capaces de mantener la unidad del partido en momentos difíciles, crearon las condiciones para el gran estallido de 1988.
Gracias a su trabajo militante en los movimientos sociales, a la obtención del registro legal en 1979, a su participación en las elecciones presidenciales de 1982 con la candidatura de la compañera Rosario Ibarra de Piedra, con la que se obtuvo una fracción parlamentaria de 5 diputados, el PRT logró un gran éxito político que le permitió reclutar y formar a cientos de cuadros. Pero nada de esto nos preparó para enfrentar el reto que significó el surgimiento de un ala nacionalista y democrática al interior del gobernante Partido Revolucionario Institucional (PRI), representada por el Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, hijo del General Cárdenas.
En 1988 Cuauhtémoc Cárdenas abandonó al PRI y lanzó su candidatura presidencial. Su convocatoria cimbró el espectro político nacional. Como reguero de pólvora, diversos sectores políticos y populares se fueron sumando a su campaña electoral. En muy corto tiempo se puso en cuestionamiento la estrategia política de la izquierda mexicana representada por el Partido Comunista Mexicano, del Partido Mexicano de los Trabajadores y del PRT. Los dos primero se unificaron bajo las siglas del Partido Mexicano Socialista (PMS), que luego de una breve resistencia, se integró a la campaña del Ing. Cárdenas. Mientras tanto, en el PRT se abrió una gran discusión en la que Gilly, junto con Arturo Anguiano, Pedro Peñaloza, Antonio Santos y otros, propusieron que apoyáramos la candidatura del Ing. Cárdenas sin disolvernos como partido. Esa propuesta podría haber mantenido al PRT como un partido independiente, pero fortalecido. Un partido que en estos tiempos nos hace mucha falta. Pero la mayoría de la dirección del PRT, con Sergio Rodríguez, Edgar Sánchez, Lucinda Nava, Manuel Aguilar Mora y otros, rechazó la propuesta, acusando a Gilly de traicionar los ideales revolucionarios. Esto provocó la salida de Adolfo y otros cuadros de la dirección, para conformar el Movimiento al Socialismo (MAS), que posteriormente se disolvería para integrarse al Partido de la Revolución Democrática (PRD).
Es muy pertinente recordar la advertencia que nos hizo el camarada Adolfo Gilly ante la actitud sectaria asumida por el PRT:
“El PMS y PRT están en una situación verdaderamente dramática. Sus actuales direcciones se han encerrado y se resisten a comprender el cambio de los tiempos. Sus militantes viven el drama mayor que puede vivir un revolucionario: en cada ocasión en que en estos días el pueblo mexicano está desbordante de alegría -Apatzingán, Uruapan, UNAM y lo que sigue- ellos están obligados a estar tristes. Lo que en este ascenso político de masas todos vivimos como grandes victorias, ellos lo viven como desengaño, aislamiento, retroceso, derrota.
Nada hay más destructivo para una organización de izquierda que ponerse contra el movimiento de masas en ascenso en su propio país, o quedar a sus márgenes. Es ya tarde para que PMS y PRT puedan virar sin sufrir pérdidas importantes, a más de las ya sufridas. Pero no es tarde todavía para discutir, comprender y tener la audacia de dar el viraje indispensable para ubicar a esas organizaciones, manteniendo su necesaria independencia, en el sentido del movimiento de masas, y para salvar así gran parte de lo construido y lo vivido en largos años de luchas y experiencias.
Todavía se pueden reducir las pérdidas. Después, nada ni nadie podrá evitar que, como en tantas otras ocasiones y países ha sucedido, los militantes se desmoralicen y se alejen y los partidos se dividan y se aíslen y, reducidos a pequeñas sectas autosuficientes, desaparezcan prácticamente de la escena y de la vida”.
Consideramos que el camarada Adolfo Gilly tuvo razón en su llamado a votar por la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas, pero discrepamos con la posterior disolución del MAS, como alternativa socialista, y su integración al Partido de la Revolución Democrática (PRD). Era, y sigue siendo necesario, mantener la autonomía, el programa y la organización de una corriente socialista y revolucionaria frente a las corrientes nacionalistas y democráticas.
En 1994 Adolfo Gilly tuvo una importante participación para la convergencia entre la dirección cardenista del PRD y la insurgencia del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), para enfrentar la ofensiva militar del gobierno y buscar una solución pacífica del conflicto. Para lograr esa unidad, se forjó una convergencia encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas, Adolfo Gilly, el ahora asesor del subcomandante Marcos-Galeano y Sergio Rodríguez Lazcano, entre otros. Lamentablemente esa unidad alrededor objetivos comunes, que generó grandes movilizaciones y esperanzas en los movimientos sociales, duró muy poco. Esta confluencia entre revolucionarios y el Ing. Cárdenas no se podría entender sin la participación de Adolfo Gilly. Hoy, a la distancia, podemos ver su valor y, al mismo tiempo, lamentar los posteriores desencuentros.
El rompimiento de esta alianza, entre el cardenismo y el zapatismo, estuvo acompañada de su mutua incomprensión de la importancia del surgimiento del obradorismo y ello retrasó la posibilidad de sacar de Palacio Nacional a los partidos neoliberales. Adolfo, siempre leal al Ing. Cárdenas, fue también un aliado del obradorismo y del neo zapatismo. Acudió a los plantones de 2006 y estuvo siempre al pendiente de su desarrollo. Pero lo más importante de su enorme legado para el presente y aquello que lo conecta con nuestras luchas, es que sus tesis y adecuación de la lectura de Trotsky al contexto nacional, siguen siendo vigentes.
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El pasado viernes 16 de junio falleció en México Esteban Volkov, nieto de León Trotsky y último testigo vivo del atentado mortal que sufrió, cometido por Ramón Mercader, el 21 de agosto de 1940. Fue siempre un defensor infatigable de la memoria y las ideas de quien fue dirigente de la Revolución rusa y firme luchador contra el capitalismo y el estalinismo. Reproducimos a continuación una entrevista realizada por Raúl Camargo en 2019. (Redacción PVI)
Ciudad de México es un lugar para citarte con la historia. La cuna de la civilización “mexica” es un crisol de culturas y testimonio de acontecimientos únicos en la historia del S.XX. El irregular paisaje de casas, fruto de la devastación provocada por sucesivos terremotos, alberga una inmensa ciudad con sus arrabales donde viven 20 millones de personas. El DF fue el refugio de algunos de los escritores, pintores y poetas más grandes del siglo pasado. Un lugar de acogida para miles de republicanos que huyeron del fascismo tras la guerra civil española. Y también el único país del “planeta sin visado” que tuvo el coraje de aceptar la solicitud de asilo de Leon Trotsky. Aquella “ medianoche del siglo”, en palabras de Victor Serge, que fueron los años 30 y 40, reunieron en la Ciudad de México a Frida Kahlo, Diego Rivera, Malcolm Lowry, Andre Breton, Tina Modotti, Trotsky… El Presidente Lázaro Cárdenas hizo de aquella época y aquel lugar un singular punto de encuentro de algunas de las mejores cabezas del momento. Y de entre todas ellas, destacó Trotsky, uno de los últimos gigantes del siglo XX, asesinado por orden de Stalin en su propia casa del barrio de Coyoacán. En ese mismo lugar, nos encontramos hace unas semanas con Esteban Volkov, “Sieva”, el nieto de Trotsky, hijo de Zina Bronstein y Platon Volkov. A sus 94 años, es una de las últimas personas vivas que convivió con Trotsky y que sufrió los últimos años de su trágico destino y el de su familia. Esteban conserva una lucidez envidiable a pesar de su avanzada edad. Este encuentro no hubiera sido posible sin las amables gestiones de José Luis Hernández Ayala y Danny Laird, a quienes agradezco de todo corazón que me permitieran concertar esta entrevista con la que tanto disfruté.
Pregunta: Hace unas semanas promoviste un Manifiesto internacional contra las falsedades que contiene la serie de Netflix sobre la vida de tu abuelo. ¿Por qué crees que 80 años después de su asesinato se sigue intentando manchar la imagen de Trotsky, en este caso por parte del Gobierno ruso de Vladimir Putin, propietario del canal que la ha producido y emitido?
Esteban Volkov (EV): El Trotsky que sale en esa serie es un bodrio, usando una palabra mexicana es una “ marihuanada”. Alexsander Kott y Konstantin Statsky ( directores de la serie) han mostrado a un personaje que está a millones de años luz de quién fue mi abuelo. Para nada era un personaje tan anodino y mediocre como el que pintan ahí. Yo lo recuerdo como un revolucionario dedicado enteramente a la lucha por el socialismo. Era atento, cordial, siempre dispuesto a enseñar a los jóvenes camaradas la ideología marxista; creaba un ambiente muy cálido y acogedor a su alrededor. Tenía un gran sentido del humor. No hay duda de que el hecho de que traten de denostar a Leon Trotsky es una muestra de que sus ideas todavía tienen mucha vigencia y por ese motivo falsean la historia. Es bien sabido que una de las maneras de dominar a las masas explotadas es destruir y asesinar a sus dirigentes y desprestigiar las armas ideológicas, como es el marxismo. El marxismo ha sido enterrado no sé cuántas veces por los ideólogos burgueses, pero cada vez resurge y sale de la tumba con más vida. La demostración de lo que ocurre con esta serie es que las ideas de Trotsky todavía pesan mucho. Estos dos directores, Kott y Statsky, filmaron de una forma burda y absurda el asesinato de mi abuelo. Pocos eventos hay como el asesinato que han sido perfectamente establecidos e investigados por el Gobierno mexicano de la época. A los pocos días del asesinato se llevó a cabo una reconstrucción del crimen en el jardín de esta casa donde el renombrado detective Jesús Vázquez, uno de los jefes de la policía secreta, hizo el papel de Trotsky sentado en una silla y Mercader/Jackson personalmente le demuestra con un periódico enrrollado como le pegó desde atrás en la cabeza. Realmente no me explico cómo Netflix puede prestarse a este tipo de “ fake history”. Lo curioso es que tras del asesinato una de las mayores obsesiones de Dzhugashvili ( Stalin) fue presentar el asesinato como una lucha cuerpo a cuerpo entre Trotsky y un partidario suyo descorazonado, decepcionado con su líder. En esa época, el embajador ruso en México, Konstantin Umansky tuvo el encargo, la “misión imposible”, de hacer que el gobierno mexicano, mediante el pago de sobornos, aceptara la versión de Stalin de que el asesinato había sido en un pleito. Obviamente, Konstantin Umansky no logró cumplir con los deseos de Stalin porque el gobierno mexicano para nada aceptó ser corrompido e imponer esa versión. Lo curioso es que Umansky fue destituido de su cargo de Embajador en México y enviado a una embajada de segundo orden en Centroamérica, a Costa Rica, donde nunca llegó porque el 25 de enero de 1945, el avión militar que lo llevaba desde la Ciudad de México extrañamente explotó, muriendo el pobre Umansky con toda su familia y colaboradores.
Pero resulta que estos dos directores, Kott y Statsky, campeones invictos de la falsificación histórica, reviven esa versión que Stalin quiso imponer y presentan el asesinato como una situación de lucha entre Trotsky y su asesino y además le agregan unas cuantas cosas absurdas más. Lo que nos preguntamos todos es como una empresa como Netflix se presta a divulgar esta historia totalmente falsificada. Hoy en día estamos en una era de “fake news” y ahora también tenemos la “ fake history”, que es lo más común ya para imponer candidatos. Este es el gran mérito de estos dos directores, que se convierten en invictos de la falsificación histórica.
Pero no todo ha sido para mal. Esta serie nos ha traído muchos visitantes a la Casa-Museo León Trotsky (risas).
P: La figura de Trotsky ha sido objeto de mucha controversia histórica y de múltiples interpretaciones. Ha sido una figura que condensaba en sí mismo muchas cualidades que hicieron que se lo llegara a calificar como uno de los “gigantes” del S.XX. Fue un político revolucionario mayúsculo, un escritor excepcional, un gran periodista, erudito y experto en arte y cultura y que además fue uno de los principales dirigentes políticos de la Revolución Rusa y organizador del Ejército Rojo que luego sufrió el mito del “ Ángel Caído”, pues tras llegar a la cima sufrió la persecución, el destierro y finalmente el asesinato. ¿Cuál crees que fue la cualidad más destacada de tu abuelo para que, 80 años después de su asesinato, siga siendo un icono y una referencia política en el seno de la izquierda mundial?
EV:Lo que más llamaba la atención de Trotsky era su certeza y su confianza absoluta en el futuro socialista del género humano. No hay duda de que es uno de los grandes teóricos marxistas. Fue el que mejor analizó y estudió el régimen burocrático ilegítimo dirigido por Jose Stalin. Hoy todos nos tenemos que avocar a ver la analogía y la dinámica de todas las revoluciones. Tras el avance y el triunfo viene la resaca y el retroceso. En la Revolución Francesa esto fue el “Termidor”. Y en la Revolución Rusa esto fue mucho más sangriento y devastador. Ya en la resaca, Trotsky quedó fuera de la jugada. Muchas veces me preguntan, ¿qué hubiera pasado si en lugar de Stalin se hubiera quedado Trotsky con el poder? Es una pregunta que el mismo Trotsky en una ocasión contestó: “yo con el ejército atrás podría haber tomado el poder en unas horas. Pero entonces habría traicionado la Revolución igual que Stalin. Solo que en lugar de una dictadura burocrática se hubiera establecido una dictadura militar-burocrática”.
Sabemos también que Trotsky consideró su última etapa como la más importante de su vida. Cuando ya en el exilio trató de crear una nueva vanguardia revolucionaria con la fundación de la IV Internacional, tras la debacle y la destrucción de la II y la III Internacional. Pero muy pronto sufrió el primer atentado, el 24 de mayo de 1940, donde salió vivo milagrosamente, gracias a Natalia Sedova, que rápidamente lo tiró debajo de la cama y lo arrinconó protegiéndolo con su propio cuerpo en la esquina más oscura de la habitación. Pero Trotsky sabía perfectamente que solo le habían dado una pequeña tregua y que en un plazo breve vendría otro atentado. La pregunta era ¿por dónde? ¿cómo? llegaría su ajusticiamiento. Y tan así fue que cuando se produjo el atentado final, él estaba parado en el quicio de la puerta que daba al comedor desde su despacho y ,con la cara ensangrentada y los dientes rotos, se acercó a Natalia señalando al asesino, que había sido inmovilizado por uno de los guardias , y le dijo “ Jackson”, indicando que por ahí vino lo que esperábamos.
Se criticó mucho a los jóvenes camaradas por no tener las suficientes precauciones y quizás podrían haber alargado un poco la vida del abuelo siendo más vigilantes. Pero invariablemente el Estado Ruso y la GPU con Stalin detrás hubieran terminado por asesinar al abuelo. Y lo que apresuró su asesinato indiscutiblemente fue que en ese momento se puso a escribir la biografía de Stalin. A solicitud de una editorial americana y dada la precariedad y las carencias en las que vivía la familia no se podía despreciar esos pagos de derechos. Pero él no tenía gran interés en escribir esa biografía ya que su mayor interés era acabar con la de Lenin, de la que había terminado ya la referente a su etapa de juventud. No hay duda de que la redacción de la biografía de Stalin apresuró su asesinato. Uno de los guardias, que había entrado uno meses antes del 24 de mayo, Robert Sheldon Harte, continuamente le preguntaba a la secretaria de mi abuelo que como iba la biografía, para transmitir inmediatamente la información al Kremlin.
P: El movimiento político que se reivindica del “ trotskismo” se encuentra bastante dividido. No es ninguna novedad y seguro que los difíciles orígenes de la IV Internacional han influido en esta situación, ya que la IV fue creada en un momento de reflujo de la ola revolucionaria y fue doblemente perseguida tanto por los países capitalistas como por el estalinismo. Hay corrientes que se reivindican de esta tradición que han alcanzado bastante relevancia en países europeos y en América Latina. ¿Crees que sigue siendo un objetivo imprescindible, como pensaba tu abuelo, la construcción de una Internacional revolucionaria con alcance de masas?
EV:Según decía el trotskista norteamericano Joe Hansen, una de las últimas frases de León Trotsky fue “estoy seguro del triunfo de la IV Internacional”. Esa tarea está todavía pendiente por supuesto… Y sí, para tener cierta influencia y peso hoy hay que participar en los movimientos que están en lucha y no encerrarse en un despacho y hacer muy brillantes análisis marxistas, como hacen muchos grupos, que con eso ya se sienten reconfortados. La participación en la lucha real es muy importante.
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lgo parece estar cambiando en el clima cultural cuando Martin Wolf, escritor delFinancial Timesy probablemente la voz más prestigiosa del periodismo económicomainstreamanglosajón,afirma con preocupación: «Hoy, como a principios del siglo XX, asistimos a enormes cambios en el poder mundial, a crisis económicas y a la erosión de democracias frágiles. (…) El capitalismo de mercado (…) ha perdido su capacidad de generar aumentos de prosperidad ampliamente compartidos». Y, contradiciendo su pasado de liberal acérrimo, concluye diciendo que «el Estado del bienestar» es «esencial» y que «tiene sentido tanto desde el punto de vista económico como social». Poco tiempo antes, también en elFinancial Times, el mismísimo Francis Fukuyama escribió:
El liberalismo (…) evolucionó hacia tendencias que al final resultaron autodestructivas. (…) Se rindió culto al mercado y se demonizó cada vez más al Estado como enemigo del crecimiento económico y la libertad individual. Las democracias avanzadas, bajo el hechizo de las ideas neoliberales, empezaron a recortar los Estados de bienestar y la regulación, y aconsejaron a los países en desarrollo que hicieran lo mismo bajo el «Consenso de Washington». Los recortes del gasto social y de los sectores estatales eliminaron los amortiguadores que protegían a los individuos de los caprichos del mercado, lo que provocó un gran aumento de la desigualdad en las dos últimas generaciones.
En estas publicaciones, en las que, como dijo alguna vez el periodista David Singer a propósito deThe Economist, «uno escucha a la clase dominante hablar consigo misma en términos bastante claros y sencillos», los signos de alarma se multiplican. Se extiende una inquietud por el estado del mundo, la impresión de haber ido demasiado lejos con las políticas promercado y una sensación todavía imprecisa de que hay que cambiar la dirección de las cosas.
Varias cuestiones parecen estar en el trasfondo de estas preocupaciones: el crecimiento débil que siguió a la crisis de 2008 (Michael Roberts denominó al periodo en curso la Gran Recesión), los estallidos sociales que se han vuelto paisajes recurrentes tanto en el centro como en la periferia, la «revuelta populista» que afecta globalmente a los sistemas políticos y el retroceso económico de Occidente en el enfrentamiento de largo plazo con China. Son demasiados los desequilibrios simultáneos y las crisis que se solapan como para no tomarnos en serio los cambios en curso.
En una obra reciente (Mute Compulsion: A Marxist Theory of the Economic Power of Capital), el marxista danés Søren Mau se dedica a definir la naturaleza históricamente novedosa de la «compulsión económica» que rige en el capitalismo y que pesa fundamentalmente sobre el «trabajador libre», privado de medios de producción. Mau define al poder económico del capital como una fuerza irreductible al par violencia/ideología que domina en la ciencia política. Mientras que éstas se dirigen directamente a los sujetos, el poder económico solo opera «indirectamente, actuando sobre su entorno». Se trata de un poder que es una propiedad emergente, resultante de la remodelación de las «condiciones materiales de la reproducción social». El poder del capital es, sobre todas las cosas, un poder abstracto e impersonal; por lo tanto, «nadie está al mando y no existe un centro desde el que irradie el poder; en su lugar, la sociedad capitalista se rige por relaciones sociales convertidas en abstracciones reales cuyos movimientos opacos denominamos “economía”».
Esto es lo que Marx habría querido decir en su análisis de la acumulación primitiva cuando afirmó que la dominación capitalista puede preservar «la violencia directa, extraeconómica» para momentos críticos, y que «para el curso usual de las cosas es posible confiar el obrero a las “leyes naturales de la producción”». En las situaciones ordinarias,«la compulsión muda de las relaciones económicas» es suficiente para imponer la dominación sobre la clase trabajadora.Anteriormente, en losGrundrisseMarx había adelantado este análisis con una fórmula genial:«los individuos son ahora dominados por abstracciones, mientras que antes dependían unos de otros».
Por supuesto, Mau se refiere al poder económico del capital en general, con independencia de sus formas históricas específicas. Pero, ¿aporta algo este análisis al examen del periodo neoliberal (y de su crisis)? Se podría definir al neoliberalismo como la extensión masiva de la competencia mercantil para que se imponga con toda su fuerza sobre las clases sociales, en un proceso de individualización y atomización que funcionó simultáneamente como medio de disciplina política y de relanzamiento de la acumulación capitalista. La «despolitización» de la economía fue ella misma un medio de dominación política. La «compulsión muda de las relaciones económicas» pudo desencadenar toda su fuerza al liberarse de antiguas restricciones. Pero, como empiezan a percibir cada vez con más claridad los intelectuales burgueses, hoy el mercado ya no es suficientemente fuerte como para asegurar la dominación de esta forma.
Por lo tanto, el capitalismo se «repolitiza». Luego de la crisis de 2008, la estabilidad del sistema se asentó en sucesivas rondas de inyecciones masivas de crédito barato provenientes de los principales bancos centrales. Hoy vemos por todos lados que el «corsé monetario» ya no rige como antes en la economía global. Mientras tanto, aumentan los rasgos autoritarios de los Estados, en una tendencia que incluye —pero excede— el auge de la extrema derecha. La economía internacional ya no se parece al neoliberalismo que con tanto esmero Margaret Thatcher y Ronald Reagan codificaron hace cuarenta años: restricción monetaria y fiscal, liberalización de las regulaciones estatales, reducción de la deuda pública, privatización de empresas estatales. Hacia donde miremos (Estados Unidos, Rusia, China, América Latina y, en menor medida, la Unión Europea) el «chaleco de fuerza monetario» empieza a perder sus costuras. Se trata de un verdadero movimiento tectónico solo comparable a las grandes crisis del capitalismo.
La historia del marxismo está asociada de forma obvia con las crisis recurrentes del capitalismo. Recientemente, el semanario alemánDer Spiegelilustró su portada con Karl Marx y tituló «¿Tenía razón Marx después de todo?». Desde la crisis de 2008, con cierta frecuencia, pueden encontrarse títulos similares en los principales medios burgueses del mundo. Pero, ¿qué significaría que Marx haya tenido razón? ¿Qué tipo de proyecto teórico es la «crítica de la economía política»?
En su madurez, Marx afirmó que su intención era«identificar la ley económica que gobierna la sociedad burguesa». Polémicas interminables recorrieron el último siglo en torno a si el marxismo es una forma de determinismo económico que reduce lo político y lo cultural a la estructura económica y, al mismo tiempo, asigna a las tendencias de la economía el estatus de «leyes naturales». Una versión radical del economicismo es la que presenta al marxismo como una forma de monismo económico por el cual el capital se concibe como un sujeto automático que subordina todo lo «exterior» (la clase trabajadora, la cultural, la política) a un mero epifenómeno del movimiento del valor que se autoexpande. El capital sería, así, el verdadero «sujeto absoluto» hegeliano.
Este tipo de monismo económico, una tendencia relevante en la teoría marxista contemporánea, entra necesariamente en una pendiente resbaladiza hacia afirmaciones extravagantes: ¿la clase trabajadora, sus luchas, sus valores, son entonces un mero atributo del capital? ¿También lo sería la historia social, que obviamente no empezó con el capitalismo? ¿Y la naturaleza (humana o no humana)? Si uno de sus contemporáneos le espetó a Hegel que, de ser correcta, su filosofía debía ser capaz de deducir la pluma con la que escribía, este marxismo monista debería ser capaz de reducir el conjunto de la vida social y cultural a la «lógica del capital» y, por ende, degradar a todas las ciencias humanas (la teoría de la subjetividad, del lenguaje, de la cultura, etcétera) a derivaciones de la «teoría del capital».
En la esquina opuesta, durante las últimas décadas la crítica al determinismo histórico y al economicismo dio lugar al enfoque contrario: la reivindicación fetichista de la contingencia, los análisis fragmentarios y el pluralismo que caracterizan al discurso posmoderno en sus diferentes versiones (con el posmarxismo como una de sus ramificaciones eminentes). Liberados de la necesidad histórica decimonónica, la contingencia lo invade todo. Ya no podría hablarse de causalidad, determinación o totalidad en ningún sentido. Y, de esta forma, como tempranamente criticó Fredric Jameson, el posmodernismo se inhabilita para criticar al capitalismo, al resistirse a hablar de la totalidad social en la que funciona como sistema.
Si, para utilizar la fórmula de Pannekoek, el monismo económico conduce a un «radicalismo pasivo», por el cual basta esperar a que el capitalismo caiga como fruta madura, sin necesidad de comprometerse en operaciones políticas riesgosas, el contigencialismo posmarxista, que niega las tendencias estructurales del capitalismo, conduce a formas de «politicismo reformista», es decir, a la ilusión de que el Estado puede regular a su antojo al capital. Este debate tiene, entonces, una importancia política y estratégica.
Hoy vivimos una renovación significativa de la investigación marxista. Entre otras cosas, aparecen formulaciones superadoras de las unilateralidades derivadas de esta dicotomía entre monismo y pluralismo. En sus últimos textos, por ejemplo, Nancy Fraser ofrece una teoría del capitalismo como un «orden social institucionalizado» que excede la mera «lógica del capital». El capitalismo es algo más que el capital desenvolviéndose de manera automática. Es un orden social que articula la acumulación capitalista con fenómenos exteriores, portadores de «ontologías específicas» y de sus propios «ideales normativos». Estos son, en el esquema de Fraser, la política (es decir, la existencia de un poder público separado), la naturaleza (humana y no humana) y la reproducción social (la actividad no remunerada de cuidado, los servicios públicos, la salud, la educación). Estos ámbitos sonrealmente heterogéneosrespecto del capital, pero a la vez traban con la acumulación capitalista una articulación funcional que estabiliza y domina toda una época.
Más allá de la fuerza del enfoque de Fraser, una observación parece especialmente pertinente: para ella, lo que rompe el monismo es que la acumulación capitalista debe interactuar con realidades exteriores que le son heterogéneas. Ahora bien, en esta concepción de la interacción de la economía capitalista con «externalidades», de fuerte inspiración polanyiana, ¿no se corre el riesgo paradójico de dejar demasiado intacta la concepción de la economía propia de los economicistas?
Cuando Marx descubre elsucio secretode que el capitalismo no está basado en el intercambio entre iguales sino en la apropiación del trabajo ajeno, es decir, en la explotación, ¿no está descubriendo, en último término, que en el núcleo de la acumulación capitalista hay algo diferente de la «economía», es decir, la lucha de clases y todo lo que ella conlleva (política, ideología, derecho, etcétera)? Un enfoque como el de Fraser puede correr el riesgo de mantener una distinción demasiado convencional entre «factores endógenos» y «exógenos», entre economía y política. Cuando lo que muestra la crítica marxista es quela externalidad está adentro: que debajo de toda ley económica —y las leyes existen en cierto modo, no son una mera ilusión— hay un campo inestable de lucha entre fuerzas sociales vivas.
Asistimos hoy a un retorno global de la inflación, problema económico que después de los años 1980 fue considerado una reliquia superada. ¿El proceso que presenciamos es un fenómeno coyuntural o un síntoma de cambios significativos en curso que solo podremos apreciar cabalmente cuanto tengamos la perspectiva adecuada? El hecho de que el corsé monetario se rompa en la mayor parte de las economías mundiales, ¿es una concesión coyuntural o un cambio estructural?
Otro elemento que parece estar de definitivamente de vuelta son los conflictos geopolíticos en gran escala, comenzando por la guerra entre Ucrania y Rusia que, en perspectiva, esconde una disputa por la hegemonía mundial entre Estados Unidos y China. Aquí vale la misma pregunta: ¿es este un desafío parcial y aparente al imperialismo estadounidense, como el que representó Japón en los ochenta, o un cambio de hegemonía global, como el que se desarrolló —según la periodización clásica de Arrighi— desde las primeras ciudades-estado del norte de Italia al poderío naval y colonial holandés o entre el imperio británico que dominó desde el siglo XVIII a la hegemonía estadounidense consolidada entre la primera y la segunda guerra mundial?
El capitalismo pasa por etapas discretas que, en perspectiva, pueden ser identificadas por el observador con cierta facilidad. Es fácil obtener consenso en cuanto a la idea de que hacia fines del siglo XIX y principios de siglo XX concluyó una fase del capitalismo de libre competencia y pequeña empresa y comenzó otra, de mayor monopolización y centralización de capital («etapa imperialista», dirán Lenin, Hilferding y Bujarin). La crisis de 1914, y sobre todo elcrackde 1929, dio inicio a un periodo de crisis que duró varias décadas y que luego desembocó en el capitalismo regulado de posguerra. La crisis de 1970 y la restauración capitalista en el Este concluyeron en el neoliberalismo global. Varias señales indican que hoy asistimos a un nuevo periodo de transformaciones globales y estructurales.
En medio de estas transformaciones, grandes convulsiones (guerras, crisis económicas, revoluciones) trastornan la sociedad. En el pasado, los periodos de cambio coincidieron con oportunidades para los sectores populares e incluso con triunfos revolucionarios. El fin del capitalismo de libre competencia del siglo XIX coincidió con las dos revoluciones rusas (1905 y 1917) y con el ciclo revolucionario europeo (1917-1923). El periodo de crisis abierto con elcrackde 1929 condujo al momento más tormentoso de la historia moderna: el fascismo, el Holocausto, la Segunda Guerra Mundial, pero también a las revoluciones de posguerra: Yugoslavia, China, Vietnam, así como las «revoluciones congeladas» de Italia, Grecia y Francia. La crisis del capitalismo keynesiano desembocó en el «68 global»: Francia, Italia, América Latina, Vietnam, Checoslovaquia, Estados Unidos, etcétera. Hoy asistimos a grandes movilizaciones de masas e incluso a explosiones sociales en una dimensión y amplitud internacional que no conocíamos desde los años 1970.
Los momentos de crisis son también momentos en los que ideas antes marginales pasan a ocupar el centro de la escena. La Sociedad Mont Pelerin, fundada en 1947 en pleno apogeo del keynesianismo, que reunió figuras de la escuela austríaca y del monetarismo como Hayek, Von Mises y Milton Friedman, podía parecer un conclave extravagante de nostálgicos del librecambio hasta que se convirtieron en los padres intelectuales del mundo que empezó a nacer en la década de 1970. Ellos fueron minoritarios y forjaron su comprensión del mundo y su alternativa social en soledad durante años. Cuando la crisis del keynesianismo permitió que estas ideas minoritarias pasen al centro de la escena, estaban preparados para asumir ese rol. Los socialistas podemos aprender de esta capacidad para forjar pacientemente una nueva concepción del mundo y un «programa para la crisis futura» en contextos poco favorables.
Es de sobra conocido el rechazo de Marx al utopismo, al que describía despectivamente como la tendencia a proponer «recetas para las cocinas del futuro». Tenía su punto contra las formas utópicas del socialismo, que se complacían con imaginar la sociedad futura en un terreno meramente especulativo en lugar de analizar y basarse en las fuerzas y tendencias sociales reales. Sin embargo, su crítica fue interpretada de manera demasiado literal, y los socialistas prescindimos durante demasiado tiempo de la tarea de concebir «modelos» políticamente deseables y socialmente viables de sociedad futura. Para ser eficaz, la crítica al capitalismo debe ir acompañada de una propuesta creíble de nueva sociedad. Hoy, más que señalar la miseria de este mundo, cada vez más evidente, resulta fundamental abocarnos a forjar la credibilidad de una alternativa.
Doctor en Ciencias Pedagógicas, Postdoctorados en Pedagogías Críticas y Propuestas de Evaluación de la Calidad Educativa. Miembro del Comité Directivo del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO). Socio de la Campaña Latinoamericana por el Derecho a la educación. Integrante de la Asociación latinoamericana de Sociología (ALAS) y la Fundación Kairos. Director de investigaciones del Centro Internacional de Investigaciones Otras Voces en educación (CII-OVE). Profesor universitario
Actualidad Internacional: Luchas y Movimientos
19/06/2023
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Desde 2015 un conjunto de pedagogos(as) críticos(as) y educadores(as) lanzamos el Manifiesto contra el Apagón Pedagógico Global (APG), que no era otra cosa que la preocupación por el evidente pase abrupto a la virtualidad en los siguientes años, en medio de una creciente precarización de los sistemas escolares, lo cual amenazaba a los más pobres y excluidos de la inusitada aceleración de la innovación tecnológica.
Algunos sectores tenían dificultad para comprender la inminencia de este hecho. Esto se debía en gran medida a los problemas de comprensión teórica sobre el impacto de las revoluciones industriales en las tareas que el capitalismo les asigna a los sistemas escolares. Muchos análisis críticos, incluso de corte anticapitalista, estaban cómodos con las categorías y narrativas de crítica a la escuela/universidad de las dos primeras revoluciones industriales y su régimen de reproducción biopolítica, y no terminaban de entender la noción de “crisis educativa” que había instalado el centro capitalista desde los años sesenta del siglo XX en los inicios de la tercera revolución industrial, profundizado con la llegada de lo virtual-digital. Los documentos del Banco Mundial, la OCDE, el Foro de Davos, el BID, la CAF y la propia UNESCO expresaban que el centro capitalista necesitaba una escuela que fuera más allá del régimen disciplinar para que pudiera acompañar la aceleración de la innovación, además, que el complejo industrial cultural había asumido tareas de reproducción cultural que en el pasado le eran asignadas a las escuelas/universidades.
En ese contexto, a partir de los anuncios realizados por las corporaciones tecnológicas en el Foro Mundial de Educación (FME) realizado en Corea del Sur en 2015, organizado por UNESCO, era evidente que el centro capitalista tenía la intención de convertir a lo virtual-digital en un aspecto central de lo educativo, lo cual implicaba nuevas formas de privatización educativa, extracción de fondos públicos destinados a la educación hacia los grandes consorcios globales de tecnología, exclusión educativa y precarización docente.
La llegada de la pandemia del COVID-19 fue aprovechada para iniciar esta transición escolar, especialmente en las escuelas y universidades. La necesaria cuarentena preventiva para contener la propagación de la pandemia, posibilitó:
Estas situaciones, posibilitaron la construcción en 2020 de un tejido social alternativo, por fuera de los márgenes de la institucionalidad, que se expresó en el Grupo de Contacto Internacional (GCI), espacio constituido por dirigentes(es) gremiales y sindicales, pedagogos(as) críticos(as) y educadores(as) populares, inicialmente de Latinoamérica, pero luego se amplió a Europa, Australia y África. Espacio para dialogar e intercambiar sobre lo que estaba ocurriendo. Desde este espacio se convocó de manera virtual, para septiembre de 2020, al Primer Congreso Mundial contra el Neoliberalismo Educativo, evento trasmitido por el Canal de YouTube de Otras Voces en Educación, que contó con la participación como ponentes de un centenar de dirigentes gremiales y sindicales, académicos(as) y familias, con más de 11.800 personas inscritas y conectadas en los tres días de debates. En este evento se decidió volver a encontrarnos al retorno a la presencialidad, continuando el diálogo por distintas vías.
Es así, como en julio de 2022 se decide convocar al segundo congreso mundial contra el neoliberalismo educativo, esta vez presencial, en Panamá. Los compañeros de la Asociación de Profesores de la República de Panamá (ASOPROF) y de Otras Voces en Educación fungirían, como lo hicieron, de anfitriones, en la cita del 5 al 9 de junio de 2023.
Si es posible construir alternativas
El neoliberalismo y sus aparatos de propaganda pretenden imponer la idea que es imposible enfrentar sus políticas y que cualquier oposición es arcaísmo político. Nada más falso, pues los y las trabajadores(as) de la educación y el estudiantado forman parte de los sectores más movilizados a escala planetaria contra las agendas de mercantilización educativa.
Así lo evidenció la ruta y el proceso del Segundo Congreso Mundial contra el Neoliberalismo Educativo, en el cual participaron de distintas maneras, compañeros y compañeras de EEUU (Chicago, Los Ángeles), Puerto Rico, Costa Rica, Guatemala, México, República Dominicana, Colombia, Venezuela, Brasil, Bolivia, Ecuador, Perú, Chile, Paraguay, Perú, Uruguay, Argentina, España, Francia, Italia, Portugal, Francia, Bélgica, Inglaterra, Marruecos, Pakistán, Sudáfrica, Australia y de organizaciones de las educaciones populares y las pedagogías críticas, así como académicos(as).
La apuesta en común, entender al neoliberalismo de la tercera década del siglo XXI y sus políticas sobre la educación y los sistemas escolares, integrar las agendas históricas y del presente de defensa del derecho a la educación pública presencial y reivindicar la lucha del sector educativo como parte de las luchas de la clase trabajadora mundial.
La esperanza, voluntad y conciencia transformadora evidenciada en el segundo Congreso Mundial corroboró que no solo es posible construir alternativas, sino que estas son de carácter planetario y deben tener en la movilización social el eje articulador.
Que se junten los y las que luchan para pensar el ¿Qué hacer?
El temario del Segundo Congreso Mundial contra el Neoliberalismo educativo: alternativas pedagógicas, resistencias gremiales y sindicales, reunido en Panamá del 5 al 9 de junio de 2023, evidenció claramente la voluntad de enfrentar en todos los planos a las políticas educativas centradas en las lógicas del mercado.
Los foros de debates abarcaron temas como “Situación política y económica mundial”, “Situación educativa internacional”, “Movimientos pedagógicos, gremialismo y sindicalismo docente”, “La educación del siglo XXI: en defensa de la educación pública presencial” y “Tercer Contrato Social, prospectiva educativa y trabajo gremial-sindical”, que fueron complementados por los paneles sobre “Desafíos del gremialismo y el sindicalismo docente”, “La educación universitaria ante la mercantilización, estandarización y desterritorialización”, “Desafíos del sindicalismo docente en un mundo cada vez más digital”, “La democracia en las organizaciones gremiales y sindicales” y “La producción de conocimiento como resistencia a las lógicas del mercado”, además de las sesiones de informes nacionales.
El espíritu del encuentro fue caracterizado por la certeza que es posible seguir juntando a quienes luchas contra todas las formas de mercantilización educativa manteniendo la autonomía de gobiernos, partidos políticos, religiones y empresas. Pero también que existen enormes desafíos conceptuales y prácticos para garantizar una acción colectiva que permita detener al neoliberalismo en todos los terrenos y políticas públicas donde se manifieste.
Los acuerdos
El segundo Congreso Mundial contra el Neoliberalismo Educativo, además de aprobar por unanimidad el documento central del evento[1]Disponible en español, portugués, francés en el sitio web de Otras Voces en Educación., decidió:
Asumir la identidad de Congreso Mundial contra el Neoliberalismo Educativo para la firma de documentos, declaraciones y otros aportes consensuados;
Fortalecer y ampliar el Grupo de Contacto Internacional (GCI) como espacio para conocernos, reconocernos, encontrarnos y caminar juntes;
Construir desde ahora una ruta interactiva para elaborar agendas compartidas comunes contra el neoliberalismo educativo. En consecuencia, impulsar la construcción de movimientos pedagógicos, con las particularidades territoriales;
Realizar encuentros nacionales multiplicadores de esta iniciativa durante 2023 y 2024, privilegiando los espacios regionales;
Realizar la Segunda Escuela Sindical Internacional (virtual) a finales de 2023, fundamentada en las metodologías y contenidos trabajados durante la primera experiencia realizada en el año 2022, impulsada desde Otras Voces en Educación;
Realizar un encuentro de trabajo, en enero de 2024, en Morelia, Michoacán-México, para trabajar el documento conceptual que permita consensuar categorías, términos, prácticas y políticas neoliberales en educación. Para ello se establecerá una ruta de trabajo desde este segundo Congreso Mundial;
Impulsar nuestra primera Escuela presencial de educaciones populares y pedagogías críticas, con perspectiva de género, en Ibagué Tolima, en junio de 2024;
Aunar esfuerzos para realizar nuestro III Congreso Mundial contra el Neoliberalismo Educativo en Río de Janeiro, Brasil, en octubre de 2024, como un espacio para pensar, dialogar y construir juntes;
Explorar la posibilidad de convertir al 5 de octubre de cada año, a partir de 2024, en una jornada global de movilización y lucha de los y las trabajadores(as) de la educación, coordinando internacionalmente la defensa de la educación pública presencial, la profesión y el trabajo docente. Para ello estableceremos una ruta de contactos y acuerdos entre las organizaciones presentes
Seguir sumando en la ruta a Río de Janeiro
En octubre de 2024, la cita será en Río de Janeiro, Brasil, para seguir tejiendo resistencias al neoliberalismo educativo. En esta oportunidad los anfitriones serán Otras Voces en Educación y los sindicatos docentes de Brasil ANDES, SINASEFE y APOESP, extendiéndole la invitación a FASUBRA y el resto de gremios de los y las trabajadoras de la educación de ese país para que el encuentro sea lo más unitario posible. Los 78 delegados presentes se comprometieron a impulsar la participación de sus organizaciones en el próximo congreso mundial y hacer esfuerzos para ampliar a otros países y gremios la convocatoria.
En la ruta, la convocatoria para la Escuela Internacional Sindical de noviembre de 2023, cuyos ejes temáticos y facilitadores serán trabajados de manera compartida entre Otras Voces en Educación y los/las responsables de formación de los sindicatos de trabajadores(as) de la educación será un esfuerzo unitario internacional que construirá viabilidad para seguir avanzando en la tarea asumida de manera colectiva
Conclusión
Estamos ante una nueva etapa en la ofensiva neoliberal contra la educación pública presencial, pero también en un renacer de las coordinaciones internacionalistas de las resistencias. Lo que ocurra en el futuro inmediato dependerá en buena medida de la conciencia con la cual se asuma esta oportunidad singular de articulación de movimientos educativos nacionales con influencia de masas. La invitación está hecha a sumarse. Interesados(as) pueden ponerse en contacto al correo accioneducativaglobal@gmail.com