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ste 14 de junio se cumplen 129 años del nacimiento del peruano José Carlos Mariátegui. Para muchxs, el primer marxista de Nuestra América. Un intelectual y militante revolucionario con un pensamiento original y potente.
Queríamos aprovechar este aniversario para pensar sobre la actualidad del Amauta. Por ello conversamos con Juan Pablo Casiello, que hace pocos meses publicó «El pensamiento de Mariátegui. Cambio social y educación en Nuestra América». Juan Pablo es secretario Gremial del sindicato docente de Rosario, AMSAFE, además de profesor de lengua y literatura en escuelas medias de la ciudad de Granadero Baigorria.
-¿Por qué leer a Mariátegui hoy? ¿Qué claves de su pensamiento te parece que iluminan las problemáticas de nuestro tiempo?
-Mariátegui fue un gran militante, un pensador de la izquierda peruana y latinoamericana. Realmente yo diría que fue único. A pesar de que sus reflexiones hoy tienen más de cien años, creo que en muchos aspectos -en otros no, por supuesto- conservan plena vigencia. Para pensar un poquito las épocas, digamos que la realidad del mundo hoy es bastante diferente a la de hace un siglo, pero también hay muchos elementos en común. Por ejemplo, la profunda crisis del sistema, la sensación fuerte de crisis civilizatoria, la necesidad de transformaciones importantes en la sociedad. Me parece que esas cuestiones de la época en que vivió Mariátegui las podemos poner en paralelo con la realidad actual de nuestra región y del mundo.
La cuestión también era pensar en aquel momento y ahora cuáles son las alternativas que aparecían en la puesta a transformar la sociedad. Mariátegui ve que entonces era muy fuerte el impacto de las ideas del socialismo, el socialismo como perspectiva, la necesidad de superar el capitalismo. Es la época de la Revolución Rusa, en primer lugar, y de una cantidad de revoluciones que se estaban dando en Europa, lo que aparecía como una perspectiva para las transformaciones necesarias de la sociedad.
Pero también, en un paralelo bastante significativo, aparecía una apuesta muy fuerte de la derecha. Son los tiempos del surgimiento del fascismo en Europa, que se presentaba (como ahora lo hace la ultraderecha) como una herramienta, como una posibilidad de dejar atrás un mundo en el que se vive muy mal, como una posible solución y camino de salida, ideas a las que se sumaban sectores muy importantes del movimiento de masas. Entonces, Mariátegui analiza con mucha precisión, con mucha seriedad, qué significa el fascismo. No planteando, como otros sectores, que se trata de la vieja derecha de siempre sino reconociendo que merecía un análisis particular. Y me parece que en eso también hay un aporte significativo de Mariátegui, planteando la necesidad de ponernos a analizar en serio a las nuevas derechas que tenemos acá en la Argentina y en todo el mundo, no despachándolas como si fueran más de lo mismo, tratando de entender qué tienen de nuevo o, en todo caso, por qué impactan con fuerza en la juventud o en sectores muy humildes y con muchas necesidades. Me parece que la apuesta de Mariátegui por la reflexión seria sobre lo que significan hoy las derechas es otro aspecto que tienen plena vigencia.
-Por tu profesión y tu militancia, le dedicás una gran parte de tu libro a la mirada de Mariátegui sobre el lugar de la educación en la transformación social. ¿Cuáles te parece que son sus principales aportes en este sentido?
-Mariátegui fue a la escuela hasta los ocho años. Después, por un problema de salud, la tuvo que dejar y nunca más volvió. Digamos que apenas empezó la escuela primaria. Pero bueno, por su cuenta y gracias a las relaciones que fue construyendo, realmente logró una formación notable. Y siempre tuvo entre sus preocupaciones lo que significaba la educación y prestó atención especial a los sistemas educativos, en Perú y en el mundo.
Uno de los ensayos más importantes de su libro «Siete Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana» es sobre el proceso de la educación en Perú. Allí analiza la historia del sistema educativo de ese país, desde la supuesta independencia, es decir, desde la ruptura con el imperio español hasta el momento en el que escribe, más de cien años después. Mariátegui analiza todo ese proceso y sostiene que la educación en el Perú de entonces conserva todas las taras de una sociedad atrasada, clasista, racista y colonial. Y trata de ubicar los procesos en relación con la estructura social y con la base material de la sociedad. También escribió otros veinte artículos sobre el tema, que se publicaron en revistas de la época, en los que reflexiona y analiza algunas experiencias educativas particulares.
Él fue un apasionado, seguidor de los procesos de transformación de educación en Rusia, en primer lugar, donde ubica a Anatoli Lunacharski el como el principal protagonista de las transformaciones necesarias en la Rusia socialista. También analiza las propuestas de José Vasconcelos en México, un proceso muy importante de transformación de la educación en Chile, encarado desde el sindicato docente, además de otras experiencias en Europa y, con mucho interés, la Reforma Universitaria argentina, la que estalló en Córdoba en 1918 y tuvo un impacto tan grande en toda América.
Era un apasionado de esos procesos, aunque sin afirmar que la educación tenía en sus manos cambiar el mundo, de ninguna manera. Entendía que el problema era social, apartándose del optimismo pedagógico que decía y sigue diciendo que si damos educación se acaban los problemas. Él insistía en que no, que la base estaba en la cuestión material, que tenía que ver con la desigualdad, con la pobreza, con lo que significa la explotación capitalista, y que es lo que había que transformar. Pero sí es consciente de que la educación, las escuelas, los maestros, las maestras y los sindicatos docentes pueden y deben ser protagonistas de esos procesos. Entonces, parte de entender que existe la posibilidad de que en los sistemas educativos, a partir del reclamo de los sectores populares, la organización de las comunidades y las luchas de los sindicatos docentes, la educación sea una palanca importante y significativa del proceso de luchas que apunte a la transformación social. Me parece que hay ahí una señal que tenemos que saber tomar y analizar todos los días, pensando en cómo nos comprometemos con el conjunto de la sociedad, ¿no? Tiene que ver con pensar y pensarnos como docentes en ese proceso, en esa apuesta que hacemos por la trasformación, para que en las escuelas se puede cumplir un rol, tener en los sindicatos una mirada que vaya más allá de lo económico, de nuestras legítimas reivindicaciones salariales y de condiciones de trabajo, pensándonos más en los vínculos con toda la comunidad y con un proceso de trasformación más integral.
-Como militante gremial y político ¿qué enseñanzas destacás de la obra y acción de Mariátegui para las nuevas generaciones de activistas?
-Me parece primero lo que hay en Mariátegui es un análisis riguroso de la realidad local e internacional. Y creo que ahí hay mucho para para aprender. Porque muchas veces nosotros, los militantes y activistas, nos pasamos repitiendo generalidades y no analizando con rigor los procesos. Me parece que en eso hay un método muy riguroso y serio de Mariátegui, que se apoya sin dudas en las herramientas del marxismo y que lo hace con mucha autoridad. Por otro lado, creo que todo el tiempo hay un intento para pensar desde algunas referencias, pero con mucha libertad y audacia. Esta idea de que el que el marxismo en Nuestra América no tiene que ser calco ni copia sino creación heroica me parece que es una muy buena combinación sobre cómo pensar y pensarnos como militantes que apuesten a la transformación social, definiendo de qué herramientas nos valemos y qué es lo que tenemos que construir, animándonos a construir un camino propio.
Después me parece que hay una cosa muy fuerte y necesaria en los tiempos que corren que tiene que ver con la audacia en la reflexión y en la apuesta, para no quedarnos en lo posible, en análisis “objetivistas” sobre la realidad material que nos condiciona y que se nos impone, para no aceptar lo dado y naturalizar ciertos niveles de reasignación limitándonos a pensar solamente en objetivos muy inmediatos y concretos, ya que cualquier objetivo de transformación social sería inalcanzable. Bueno, en Mariátegui hay mucha audacia a este respecto, mucho pensar y mucho apostar a la importancia de la acción consciente y colectiva, afirmando que por ese lado podemos pensar en aquello que diría Gramsci sobre el optimismo de la voluntad, para ser protagonistas y transformar la realidad. Se me ocurre que esas pueden ser algunos de los aprendizajes más importantes que podemos tomar de Mariátegui.
Y, para terminar, me parece que lo más importante es entusiasmarse con su obra y con la idea de transformación, como él se entusiasmaba con una cantidad de autores que leyó. Creo que vale la pena volver a Mariátegui y vale la pena leer sus textos, porque tiene una escritura muy clara, muy precisa, aunque en general se trata de textos cortos y un poco dispersos, pero es la forma que pudo escribir a lo largo de una vida muy corta y llena de complicaciones. Sin dudas, allí vamos a encontrar una cantidad de enseñanzas significativas.
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Más allá de sus asuntos judiciales y familiares, Berlusconi ha sido un intérprete del neoliberalismo fiel a su clase, que, por ello, lo celebra con el mayor clamor. Para nosotros, sigue siendo el instigador del asesinato de Carlo Giuliani y de la suspensión más grave de los derechos humanos en Occidente desde la Segunda Guerra Mundial. Fue cómplice y socio de los peores dictadores y artífice de una carnicería social sin precedentes
El rey ha muerto… ¡viva el rey! El significado de este luto nacional por la muerte de Berlusconi está consagrado desde hace siglos en la fórmula ritual de la monarquía inglesa. Pero no porque el único rey bueno sea el rey muerto, como podríamos ironizar, sino porque los funerales de Estado son el rito mediante el cual las clases dominantes restablecen las jerarquías sociales para perpetuar las formas de explotación implicando a amplios sectores, incluso entre los explotados, en el papel de espectadores-consumidores. La aventura terrenal de este hombre termina con un acontecimiento mediático que reportará beneficios a sus empresas incluso con la venta de los espacios publicitarios de condolencia en las redes unificadas. Y las bolsas registran la euforia de la ocasión con un +7% para las acciones del holding familiar.
Por otra parte, con sus televisiones, el propio B. acentuó ese papel incluso antes de entrar en política, «saliendo al campo», es decir, tomando prestadas las formas de los hinchas de fútbol para un nuevo populismo mediático. No somos los primeros en decir esto. Sin embargo, el énfasis en la singularidad del Cavaliere, en sus asuntos personales, judiciales, conyugales, sexuales, en la miseria de su catadura moral, corre el riesgo de desdibujar el elemento clave de este asunto: el berlusconismo no es un fenómeno de costumbre o, a lo sumo, de mala praxis, es una de las variantes del capitalismo en la era del neoliberalismo. Una variante hecha de desregulación, intolerancia a los cuerpos intermedios, racismo, sexismo, prohibicionismo y represión feroz. Palazzinaro, editor, y como tal miembro del P2, no sólo «dé-diabolisé», desaduanizó, la extrema derecha, sino que dio un impulso considerable al despliegue del plan de «renacimiento» de Licio Gelli, por otra parte en absoluta sintonía con la línea de JP Morgan contra las constituciones nacidas de la resistencia al fascismo en el sur de Europa, que «muestran una fuerte influencia de las ideas socialistas, y en esto reflejan la gran fuerza política alcanzada por los partidos de izquierda tras la derrota del fascismo». Así que no parece haber desviación de las orientaciones de la burguesía italiana e internacional. Tanto es así que Berlusconi ha inspirado otros experimentos de populismo turbulento-liberal, Trump a la cabeza. En este sentido puede decirse que ha sido un «formato».
Y a los que señalan con el dedo que anteponen sus propios intereses a los intereses nacionales, habría que recordarles que no hay empresario que no lo haga porque eso es el capitalismo, una competencia feroz entre empresas por el acaparamiento de recursos naturales que sólo comparten la idea de exprimir los derechos sociales y civiles de las clases de las que extraen sus beneficios. La indignidad de Berlusconi es la misma que la de cualquier patrón. Y la convivencia de la política y los negocios con la mafia desde luego no la inventó él, si acaso la interpretó, lo mismo hay que decir de las leyes ad personam, la evasión y el fraude fiscal y los ataques al poder judicial. Nada nuevo bajo el cielo del capitalismo salvo en las formas correspondientes al ataque frontal del neoliberalismo a lo que quedaba del compromiso social de posguerra.
En los próximos tiempos el ballet no terminará, descubriremos o redescubriremos otros sucesos trementinos del hombre Berlusconi, marido, padre y padrino, pero tampoco aquí nada diferente de la mayoría de los hombres varones, blancos y ricos.
Se nos recuerda, por razones generacionales y por las raíces políticas de nuestro compromiso, que fue el instigador moral y político del asesinato de Carlo Giuliani el 20 de julio de 2001. Fue el jefe de un gobierno que ordenó a toda su policía llevar a cabo la «mayor violación de los derechos humanos en Occidente desde la Segunda Guerra Mundial». En la cháchara de las redes unificadas, sólo nuestra camarada Eliana Como le recordaba con agudeza, plantando cara a una Elsa Fornero que pretendía ser la cara buena del capitalismo frente al derrochador y crapulón Cavaliere.
Berlusconi ha encarnado una versión del programa político de la burguesía moldeando incluso a la llamada oposición. Las vicisitudes judiciales no son más que el corolario de una pesada herencia económica y social que el centro-izquierda nunca ha intentado siquiera arañar. Al contrario, en el juego de la alternancia, cada uno se ha colado en las brechas abiertas por el otro dentro de una visión antipopular y antiobrera.
La Ley Biagi, por ejemplo, es la peor de todas en materia de precariedad, pero llegó tras el Paquete Treu de Prodi. El ‘Scalone Maroni’ es el peor aumento de la edad de jubilación, después de Dini y justo antes de Fornero. La ‘reforma’ universitaria de Moratti prácticamente anuló la figura del investigador permanente. La ‘reforma’ de Gelmini recortó casi 10.000 millones para las escuelas, la peor sangría de la historia. La ley Bossi-Fini, que agrava aún más el ya horrendo Turco Napolitano, es la norma más infame contra los inmigrantes porque duplica el tiempo de estancia en los ‘lagers’ para los inmigrantes y vincula el permiso de residencia al trabajo, alimentando un conflicto ‘horizontal’ entre los penúltimos y los últimos en el mercado laboral. El decreto de seguridad inventó el delito de inmigración ilegal e ideó las supuestas zonas estratégicas de interés nacional, permitiendo la militarización del valle de Susa y el blindaje de las obras de construcción de las llamadas grandes obras. Con la ministra Brunetta, declaró la guerra a los trabajadores y trabajadoras de la función pública, y no hay pasos atrás significativos de los sucesivos gobiernos, como la obsesión de Ichino por el despido en la función pública y la de Cottarelli por los recortes del gasto público.
La hegemonía de Berlusconi no puede entenderse plenamente sin destacar su capacidad para crear un bloque social con el vínculo material de apoyar la economía sumergida y la evasión y el fraude fiscal por todas las vías sin sanciones ni controles, con la eliminación de los impuestos de sucesiones y del Ici sobre las viviendas con elevados alquileres catastrales, con la reducción del Irpef sobre las rentas altas y la reforma del IRES con una reducción de tres puntos del Irpeg y la desgravación masiva de los beneficios reinvertidos. No, no sólo se ocupó de sus propios asuntos, sino que hizo que los que eran como él, la clase dominante, la raza superior, hicieran buenos negocios. En otras palabras, no ganó sólo porque encandilara a los votantes como los clientes de sus infomerciales, sino porque fue elegido para prestar un servicio fundamental a su propia clase contribuyendo a la derrota histórica del movimiento obrero.
El ataque frontal al Estatuto de los Trabajadores, con la ley Sacconi, es uno de los puntos que más le une a quienes deberían haber construido la oposición. Ese ataque lo llevó a cabo Renzi y todo el PD, incluso los que llevan tiempo rasgándose las vestiduras, con la connivencia de los sindicatos. Como lo fue su propensión a la guerra: arrastró a Italia a una guerra junto a Blair y Bush contra la población civil de Afganistán, primero, y de Irak, después, participando también con sus espías en la fabricación de la fake news sobre armas de destrucción masiva (la Puerta de Níger) que sirvió de casus belli. Fue amigo, socio, cómplice y sodálite de los verdugos de medio mundo, desde Putin (incluso después de las masacres de Chechenia y los asesinatos de opositores) hasta Gadafi, desde Mubarak hasta Sarkozy, pasando por su íntimo amigo Erdogan, además de los dos campeones occidentales antes mencionados.
No hay pruebas de que los gobiernos entrelazados con el suyo se hayan replanteado la guerra. Hay que decir que en el llamado periodo de veinte años Berlusconi estuvo en el Palazzo Chigi un total de 2245 días de un total de 7300. El resto de la historia la escribieron los gobiernos de Dini, Prodi, D’Alema, Amato, Monti, Letta y Renzi con su apoyo decisivo.
En materia de derechos civiles, también está en buena compañía en el ataque a la autodeterminación de las mujeres, con la Ley 40 contra la fecundación asistida y la investigación, con el Día de la Familia. Ha inundado de dinero las escuelas públicas y ha permitido que las diócesis nombren profesores de religión católica en institutos y colegios de todos los niveles. Por ello, la Iglesia católica le benefició con una homilía cuando menos benévola, en paz con todo dictado doctrinal: «Era un hombre: deseo de vida, deseo de amor, deseo de alegría. Y ahora celebramos el misterio de la plenitud», dijo el Arzobispo de Milán ante los 2.000 invitados al rito.
Finalmente, con la liberticida ley Fini-Giovanardi, llenó las cárceles de consumidores de sustancias, dando un impulso sin precedentes a los narcotraficantes que sólo pueden prosperar allí donde la prohibición mantiene altos los precios. Añádase a esto el supuesto garantismo, del que tanto se alardeaba, pero que más bien servía para ocultar la dialéctica carroñera de la impunidad descarada para los poderosos, por un lado, y el peor justicialismo para los más débiles, por otro. El clásico adagio del elogio servil y el ultraje cobarde, típicamente italiano de esa vieja pequeña burguesía sempiterna, siempre dispuesta a pisar a los que se meten en un pozo, y siempre dispuesta a lamer los huesos de los más ricos y sus perros.
Berlusconi era el abanderado de la posdemocracia, del liberalismo populista sin anticuerpos sociales.
Por eso los funerales de Estado y el luto nacional son el ritual que sirve para no dispersar ni una migaja de sus servicios a la raza dominante.
Lo que él no hizo, lo intentarán sus sucesores, esa derecha fascistoide que gracias a él ha pasado la aduana pero que sólo tiene mayoría absoluta gracias a una fraudulenta ley electoral redactada por el PD.
Deja tras de sí un partido con 90 millones de euros de deudas que se desmoronará, acabando en su mayor parte en las garras de Giorgia Meloni y algo en las fauces de Renzi, ‘Fratelli’Italia Viva’.
No derramemos una lágrima, sin embargo, ni levantemos una copa ante la muerte por leucemia de un anciano de 86 años, por muy estafador que haya sido.
En realidad no hay nada por lo que brindar, al menos hasta que el camino de los oprimidos reanude su marcha. Algo de eso también depende de nosotros.
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[1] Después de la caída del Muro de Berlín y el colapso del bloque soviético, entre los nuevos mitos de la ideología del capitalismo tardío – del lado del “fin de la historia” y los nuevos bríos del “mercado libre” – surgió el concepto del “mundo unipolar”. En síntesis, se planteaba que, al terminar la Guerra Fría entre los dos “campos” rivales, el campo capitalista (representado principalmente por los Estados Unidos) y el campo socialista (que incluía a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, a China, Vietnam, Cuba, Corea del Norte, etc.), pasaríamos entonces, a un mundo con un solo “campo”, o un solo polo, un mundo “unipolar”, en el que el capitalismo se mostraba triunfante a lo largo y ancho de la tierra. Pero, realmente, rara vez se hablaba del “capital” como fuerza dominante, sino que se le presentaba, digamos, un rostro nacional a este dominio: los Estados Unidos de América. En ese sentido, y a pesar de las múltiples acepciones del término, cuando se habla del mundo unipolar posterior a la caída del bloque soviético, se hace referencia mayormente a un mundo dominado por la hegemonía estadounidense[1]Usamos el término «hegemonía» con su acepción habitual, «supremacía que un Estado ejerce sobre otros». No usamos el término «hegemonía» en el sentido que le da Antonio Gramsci, aunque en … Seguir leyendo.
[2] Esta noción de la hegemonía estadounidense, sin embargo, hay que matizarla. Pues, si bien es cierto que la potencia principal a finales del siglo XX fue los Estados Unidos, también es cierto que era una potencia que ya evidenciaba una tendencia hacia su declive. Desde la recesión del 1973-1974, se empezaba a ver el debilitamiento de su influencia en el mercado mundial, a la vez que sufría derrotas militares humillantes, principalmente representadas por la Guerra de Vietnam, aunque sin perder de vista sus fracasos reiterados con respecto a los intentos de derrocar la Revolución Cubana. Con esa recesión del 1973-1974, se inicia en el capitalismo mundial una onda larga de desarrollo desacelerado, es decir, un periodo extendido en el que el capitalismo global experimenta, dentro de sus fluctuaciones recurrentes, un crecimiento débil. Y, en efecto, una de las características de las ondas largas de desarrollo desacelerado del capitalismo es el debilitamiento de la potencia hegemónica.
[3] A los pocos años (1981-1982), una nueva recesión demostró la continua fragilidad del sistema económico capitalista. La posterior caída del bloque soviético permitió un gran respiro para el capitalismo global debido a que el capital se expandió a áreas geográficas previamente dominadas por la planificación económica burocratizada de la URSS, y así aumentó sus ganancias rápida y momentáneamente. La caída del bloque soviético, además, significó que el capitalismo había triunfado en el mercado mundial. Era cierto, pues, que el sistema de producción capitalista se coronaba campeón hacia finales del siglo XX. Era cierto, también, que la potencia principal seguía siendo los Estados Unidos. Lo que es desacertado es confundir estas dos afirmaciones y suponer que Estados Unidos seguía siendo una potencia hegemónica a nivel mundial. Lo que se convirtió hegemónico no era Estados Unidos, sino el capital.
[4] Incluso previo a la Gran Recesión del 2008, la hegemonía estadounidense se veía aminorada por el desarrollo de nuevos actores globales, principalmente China, en su continuo proceso de restauración capitalista y expansión imperialista por el globo. Se vieron, también, proyectos de integración mundial, como el BRICS (Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica) o la Alianza Bolivariana y la CELAC, que experimentaron avances en la manera de intercambiar bienes a nivel mundial e incluso hicieron referencia a la posible creación de nuevos bancos mundiales para retar al dólar y al sistema financiero estadounidense.
[5] Pero el sistema de producción capitalista genera en sí mismo contradicciones que no puede superar, lo que implica crisis económicas y políticas periódicas. A su vez, la periodicidad de las crisis rompe cualquier hegemonía que pareciera ser absoluta o incuestionable. Los elementos subyacentes a la crisis del 1973-1974, si bien pudieron constreñirse, no pudieron detenerse, y con la Gran Recesión del 2008 volvieron a tronar las profundas debilidades del actual sistema económico.
[6] Nos encontramos ahora en una situación en la que múltiples sectores críticos del capitalismo estadounidense reconocen la existencia de un mundo “multipolar”. Al hablar sobre un mundo multipolar, hacen referencia a un momento histórico que se aleja del mundo unipolar previo, en el que nuevas potencias económicas (“nuevos actores geopolíticos”) retan el dominio de los Estados Unidos a nivel mundial. A China, potencia creciente desde finales del siglo XX, se le une, también, Rusia, y vuelven a sonar proyectos de colaboración internacional como el BRICS.
[7] Ante esta ¿nueva? situación, ¿cómo debe responder la izquierda revolucionaria? Conviene, para contestar esta pregunta, exponer brevemente lo que sucedió previo a la hegemonía estadounidense en la historia del capitalismo.
[8] La onda larga de desarrollo desacelerado de comienzos del siglo XX vio el debilitamiento de lo que antes fue la gran potencia capitalista, el Reino Unido. En el proceso de debilitamiento, en la época que la teoría marxista cataloga como la época (o fase) del imperialismo, las potencias capitalistas en ascenso y que retaban al Reino Unido buscaron aumentar su dominio. En el proceso, se dieron la Primera y la Segunda Guerra Mundial, dos guerras producto del interés de expansión del capital monopolista. Los múltiples imperialismos, pues, desembocaron en guerras mundiales. El que la competencia entre los distintos sectores del capital monopólico desembocara en guerra era una idea central de todo el análisis de ese periodo de la historia del capitalismo por parte del marxismo revolucionario (Lenin, Luxemburgo, Trotsky). El marxismo revolucionario rechazaba tomar partido con alguna potencia revolucionaria, sino que rechazaba el imperialismo de su faz.
[9] No es hasta el final de la Segunda Guerra Mundial que Estados Unidos se posiciona como la potencia mundial hegemónica ante una transformación de la economía global. Este es el periodo de un crecimiento económico sin precedentes en la historia del capitalismo. Posterior a la Segunda Guerra Mundial comienza, pues, una onda larga de desarrollo acelerado caracterizado por la hegemonía de los Estados Unidos a nivel del mercado mundial capitalista, y que duraría poco más de tres décadas. La recesión del 1973-1974 representa el cambio de esa onda larga de desarrollo acelerado a una onda larga de desarrollo desacelerado.
[10] Comparemos, entonces, estas dos ondas largas de desarrollo desacelerado. En una, tenemos al Reino Unido debilitándose como potencia capitalista, el surgimiento de nuevas potencias imperialistas (principalmente en Europa, aunque también Japón), guerras mundiales entre las potencias imperialistas como mecanismos para ejercer su dominio. Alrededor de estas potencias, otros países se alinean. En la otra, tenemos a los Estados Unidos debilitándose como potencia capitalista, el surgimiento de nuevas potencias imperialistas (China, Rusia), el inicio de las amenazas de guerras mundiales entre las potencias imperialistas como mecanismos para ejercer su dominio. Alrededor de estas potencias, otros países se alinean. En todo este panorama, en toda esta competencia entre países imperialistas, independientemente de quien gane, siempre hay un mismo triunfador: el capital.
[11] Como indicamos, múltiples sectores críticos del capitalismo estadounidense – quizás incluso la mayoría en Puerto Rico – hacen referencia a lo positivo que es el supuesto mundo multipolar. Este mundo nuevo, nos dicen, cuenta con múltiples potencias, principalmente los Estados Unidos, China y Rusia. Ya no tenemos una única visión hegemónica, sino un mundo plural. Ante las atrocidades que ha cometido los Estados Unidos, además, es positivo que esta potencia pierda su fuerza.
[12] Sin embargo, hay múltiples errores en estas afirmaciones. En primer lugar, el debilitamiento de los Estados Unidos es una realidad de la crisis actual del capitalismo y su onda de desarrollo desacelerado. El fortalecimiento de nuevas fuerzas imperialistas o potencialmente imperialistas, también. Poco tiene que ver con el acierto o desacierto de otras potencias económicas capitalistas. En segundo lugar, ninguno de estos países reta el sistema de producción capitalista. Más bien, lo que hacen es reintroducir la competencia entre países imperialistas, como se vio a inicios del siglo XX. Y la competencia entre países imperialistas no hace más que allanar el camino hacia las guerras mundiales. El actual conflicto en Ucrania es el ejemplo más reciente. Y las atrocidades que han cometido y cometen estas nuevas potencias no se pueden ignorar. Ver en Rusia y en China (o en aliados como Nicaragua) fuerzas antiimperialistas porque «retan» a la potencia estadounidense es perder de vista que no desean más que desvestir a un santo para vestir a otro, o, más bien, vestirse ellos mismos como nuevas potencias imperialistas.
[13] Si parte de la argumentación de estos sectores críticos del capitalismo sería afirmar que el mundo unipolar consistía en la hegemonía de los Estados Unidos posterior a la caída del bloque soviético, nuestra postura sería reconocer que nunca hubo tal hegemonía, sino una potencia imperialista, todavía dominante, pero en un proceso agudo de debilitamiento. No estamos pasando, entonces, de un mundo unipolar a uno multipolar, sino que sencillamente se está apreciando el deterioro de una potencia imperialista, deterioro que se inicia en la década del 1970.
[14] Por otro lado, si fuésemos a referirnos al mundo unipolar, no como uno dominado por los Estados Unidos, sino por el capital, la realidad actual sería la siguiente: la competencia entre estos distintos países imperialistas no representa una pugna entre polos con visiones antagónicas, sino que son conflictos interimperialistas y capitalistas, cuya rivalidad se sigue intensificando en una coyuntura global de tasas de ganancias estancadas y decrecientes.
[15] La división del mundo en “polos” o en “campos” tiene el gran inconveniente de segmentarlo a partir del balance de fuerzas globales expresado políticamente por distintos Estados-Nación. Los diversos actores sociales en cada país se quedan fuera de este mapa, tanto los movimientos revolucionarios en países imperialistas – con los que la izquierda revolucionaria debería aliarse y apoyar – como las resistencias a la burocratización y restauración capitalista que pueden darse en países socialistas, o las luchas populares que se dan contra gobiernos asociados con las nuevas potencias imperialistas. La fácil definición por polo o campo, si bien puede ser útil por su esquematización del plano global, también se aleja del análisis marxista centrado en las relaciones sociales y las fuerzas productivas. Se sustituye la relación entre los pueblos en lucha por relaciones con representantes de esos Estados-Nación[2]En el campo de los estudios de las relaciones internacionales, hay excepciones, desde la izquierda, a esta visión de “campos” o de “polos” globales. Algunos ejemplos son: Robert W. Cox, … Seguir leyendo.
[16] Con respecto a las grandes potencias capitalistas, la izquierda revolucionaria no debiera ni añorar la competencia entre países imperialistas ni desear que exista un país capitalista hegemónico, sino luchar en contra del dominio del capital. La coyuntura política y económica deberá trazar las especificidades de cada momento, pero el rechazo al imperialismo en todas sus manifestaciones es una posición de principio. Y el rechazo (no solo retórico) al imperialismo debería conllevar, también, un apoyo a las luchas populares en los distintos rincones de la tierra, y una defensa intransigente de los derechos y las libertades democráticas.
[17] Con respecto a los países “periféricos” que se alinean con alguna de estas fuerzas (Estados Unidos, principalmente, en un lado, Rusia y China en el otro), la posición no varía. Ni la dictadura reaccionaria de Daniel Ortega representa una amenaza al capitalismo, ni la debemos apoyar por su retórica “antiimperialista”. Todo lo contrario: en la medida en que se representa como una fuerza de la izquierda, no hace más que retrasar la lucha a nivel internacional, a la vez que violenta los derechos democráticos más básicos en su país.
[18] Por tanto, la izquierda que apoya este nuevo “mundo multipolar”, e incluso simpatiza con las nuevas potencias imperialistas (China, Rusia) o sus aliados, no hace más que repetir los errores del renegado Kautsky en la época de las guerras imperialistas de la primera mitad del siglo XX. Distorsionan los principios revolucionarios del marxismo de tal manera que las aleja de la lucha por el socialismo y le abre el camino a la guerra y a la destrucción.
Usamos el término «hegemonía» con su acepción habitual, «supremacía que un Estado ejerce sobre otros». No usamos el término «hegemonía» en el sentido que le da Antonio Gramsci, aunque en algunos momentos del escrito aplique su conceptualización.
En el campo de los estudios de las relaciones internacionales, hay excepciones, desde la izquierda, a esta visión de “campos” o de “polos” globales. Algunos ejemplos son: Robert W. Cox, Fuerzas sociales, estados y órdenes mundiales: Mas allá de la Teoría de Relaciones Internacionales; Benno Teschke, The Myth of 1648; Justin Rosenberg, International relations in the prison of political science y Debating uneven and combined development/debating international relations: a forum).
Filósofo, profesor del King’s College de Londres, redactor de Contretemps
Traducción: Punto de Vista Internacional Fuente: Contretemps.eu
Actualidad Internacional: Latitudes. Europa
10/06/2023
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¿Qué ha pasado en las elecciones legislativas celebradas en Grecia el 21 de mayo? Cómo ha conseguido la derecha, en el poder desde 2019, ganar por un margen tan amplio cuando, apenas unos meses antes, la catástrofe ferroviaria de Tempi había desencadenado una gran movilización popular contra el Gobierno de Mitsotakis? Cómo explicar el inesperado revés de Syriza y el preocupante avance de la extrema derecha?
En este artículo, Stathis Kouvélakis, filósofo marxista y miembro del equipo editorial de Contretemps, analiza los resultados de estas elecciones y, de forma más general, dibuja un panorama del estado actual de Grecia. También arroja luz sobre las consecuencias directas de la capitulación de Syriza en la dinámica política y social del país, y nos ayuda a comprender por qué la Izquierda de ruptura encarnada por Yanis Varoufakis no pudo imponerse.
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Contra todas las previsiones, en particular las de los sondeos de opinión, las elecciones del 21 de mayo supusieron una conmoción política. Por supuesto, pocos esperaban que se cuestionara el predominio de la derecha (Nueva Democracia – ND), en el poder desde 2019. El orden de llegada de los cuatro principales partidos es idéntico al de las elecciones anteriores y se corresponde con lo previsto en los sondeos, que daban a Nueva Democracia una ventaja media de seis puntos sobre Syriza.
Sin embargo, con la excepción de las elecciones de noviembre de 1974, que tuvieron lugar en un contexto excepcional, cuatro meses después de la caída de la dictadura de los coroneles, nunca antes se había producido tal diferencia entre el ganador y la principal fuerza de la oposición: más de 20 puntos separan a ND de Syriza, que pierde más de un tercio de su electorado de 2019. Nunca antes (con la excepción de las elecciones de 1974) la suma de las listas de derecha y extrema derecha había superado el 50% de los votos, con una extrema derecha fragmentada que, sin embargo, sumó más del 11% de los sufragios, un récord histórico.
No obstante, como no ha surgido una mayoría parlamentaria, ya se han anunciado nuevas elecciones para el 25 de junio. Se celebrarán con un sistema electoral modificado, ya que el gobierno saliente ha reintroducido la llamada representación proporcional «reforzada». En realidad, se trata de un sistema proporcional debilitado, concebido para facilitar la formación de mayorías parlamentarias mediante la concesión de una prima de varias decenas de escaños al partido líder. La derecha tiene así garantizada la mayoría de los escaños.
Nueva Democracia
Syriza
Pasok
KKE
Solución Griega (extrema derecha)
MeRA25- Alianza por la Ruptura
Otras listas de extrema derecha*
Cap vers la liberté (Zoé Konstantopoulou)
Antarsya(coalición de extrema izquierda)
2023
40,8
20
11,5
7,2
4,4
2,6
6,8
2,9
0,5
2019
39,8
31,5
8,1
5,3
3,7
3,4
3,9
1,5
0,4
2015 (janvier)
27,8
36,3
4,7
5,5
–
–
7,3
–
0,6
2012(Juin)
29,7
26,9
12,3
4,5
–
–
8,5
–
0,3
2012(Mai)
18,8
16,8
13,2
8,5
–
–
10,5
–
1,2
* en 2023, la principal entre dichas listas de la extrema derecha es Niki (Victoria) que ha obtenido el 2,9% ; Alba Dorada había logrado el 6,3% en 2015, 7 y el 6,9%, respectivement, en mayo y junio de 2012.
Radicalización de la derecha
En las elecciones del 21 de mayo se ha producido un innegable giro a la derecha, que adopta múltiples formas. Al superar la barrera simbólica del 40% de los votos, la ND ha vuelto -ya se acercaba en 2019- al alto nivel electoral que tenía en la época del bipartidismo ND-Pasok de antes de 2010. La extrema derecha ha subido a un nivel sin precedentes, que por el momento solo se refleja parcialmente a nivel parlamentario debido a su fragmentación. De hecho, tras la salida de Alba Dorada del panorama político, la extrema derecha ha entrado en una fase de profunda recomposición ideológica y política. Sus polos dominantes ya no están vinculados a la tradición neofascista o neonazi.
Solución Griega, que ahora se enfrenta a la competencia de Niki (Victoria), es como una formación de «alt-right». Son dos variantes de un trumpismo a la griega, que combina referencias religiosas, nacionalismo xenófobo y conspiracionismo. La Solución Griega está marcada por el carisma televisivo de su líder, Kyriakos Velopoulos, conocido por poner a la venta una crema milagrosa contra el Covid-19 y por afirmar poseer cartas manuscritas de Jesucristo. Niki, un grupo que pasó desapercibido en la escena pública antes de la noche electoral del 21 de mayo, se apoya en redes estructuradas vinculadas a sectores fundamentalistas de la Iglesia ortodoxa.
Ambos partidos defienden valores tradicionalistas, con un fuerte contenido religioso pero expresados en términos de «guerra cultural», y un discurso nacionalista y xenófobo que combina la denuncia del reconocimiento de la República de Macedonia del Norte (tras los acuerdos de Prespa), una retórica agresiva hacia Turquía (y la minoría turca que vive en Grecia) y el rechazo de las élites políticas griegas y de la Unión Europea. Aunque responsabiliza a la UE del desastre de los Memorandos aplicados por los sucesivos gobiernos griegos, la extrema derecha se cuida de no reclamar ningún tipo de ruptura con la UE (ni la salida del euro), contentándose con proclamar «Grecia primero» y cultivar la nostalgia de una mítica grandeza pasada.
La denuncia de la «inmigración ilegal» también forma parte del arsenal de la nueva extrema derecha, pero, a diferencia del modelo de Alba Dorada, no ocupa un lugar central ni va acompañada de acciones: estos grupos no son más que aparatos electorales. De hecho, su discurso sobre el tema apenas se distingue de la dura retórica antimigratoria del gobierno de Kyriakos Mitsotakis -y de las acciones que la acompañan, como la sistemática devolución ilegal de inmigrantes. También hay que señalar que este marco se ha convertido de facto en algo consensuado desde que Syriza se unió a los fundamentos de esta política (acuerdo UE-Turquía, centros cerrados para refugiados, mantenimiento del «muro» en la frontera con Turquía).
En un contexto de racismo y xenofobia banalizados, esta extrema derecha, sucesora de Amanecer Dorado, aprovecha sobre todo los sentimientos de humillación y aplastamiento de una sociedad embrutecida y empobrecida. Estas zonas privilegiadas de influencia se encuentran en la Macedonia griega, una región fuertemente polarizada sobre la cuestión del reconocimiento de la república vecina del mismo nombre, donde la suma de las dos formaciones supera en todas partes la barrera del 10%. Se sitúa entre el 12% y el 15% en ocho condados, incluida la aglomeración de Salónica. En estas zonas, ND pierde terreno (de 2 a 3 puntos y hasta 6 en el condado de Pieria), mientras que sube un punto a nivel nacional.
Los motores de la victoria de Nueva Democracia
La victoria de la derecha fue el resultado de una combinación de factores, tres de los cuales desempeñaron un papel clave: el efecto diferido de la capitulación de Syriza, la situación económica y su efecto sobre las expectativas del electorado.
Tras cuatro años en el poder, la ND está cosechando todos los beneficios de la renuncia, a la ausencia de una alternativa cultivada metódicamente por Syriza tras su capitulación ante la Troika en el verano de 2015. El electorado ha acabado prefiriendo un gobierno que acepta plenamente estas políticas y las utiliza como base de una «estabilidad» recién descubierta a un discurso de contrición («lo sentimos, no es nuestra opción, pero no podíamos hacer otra cosa»), acompañado de la implacable aplicación de políticas de devastación social grabadas en piedra en el memorándum de julio de 2015.
Cuando la esperanza que una vez estuvo asociada al turbulento periodo 2010-2015 murió, enterrada por las mismas personas que la propiciaron, todo lo que quedó en la memoria colectiva (al menos en la de una gran parte de la sociedad) fueron los angustiosos recuerdos de un violento declive, de calles con comercios cerrados, de un país estigmatizado y aplastado. Al final, lo que surge de una catástrofe así es el deseo de pasar página, de reprimir el pasado doloroso y tratar de vivir lo más «normalmente» posible. El resentimiento acumulado se vuelve entonces contra los considerados -y con razón- principales responsables de la catástrofe, es decir, los que se empeñaron en bloquear su paso.
Ciertamente, ND también se ha beneficiado de su consanguinidad con un sistema mediático cerrado, totalmente controlado por un puñado de oligarcas que a su vez están estrechamente vinculados al Estado griego, un sistema que ha apoyado generosamente con ayudas públicas. No hay que subestimar la capacidad de este sistema para moldear los términos del debate público y marginar, o silenciar, las voces discrepantes. Pero la razón esencial de su éxito reside en otra parte: en la mejora relativa de la situación económica en 2021-2022 y en las consecuencias de la relajación temporal de las restricciones presupuestarias en la UE a causa de la pandemia.
Gracias a la política de flexibilización cuantitativa del BCE, la creación de dinero se ha disparado en la zona euro y los tipos de interés reales han pasado a ser negativos. Con la autorización de la UE, aumentó el gasto público, sobre todo para apoyar a las empresas, pero también se beneficiaron los asalariados y otros colectivos. Impulsado por el sector turístico, que ha vuelto a su nivel anterior a la pandemia, el crecimiento griego ha compensado la caída de 2020 (-9%) para alcanzar el 8,4% en 2021 y el 5,9% en 2022, una de las tasas más elevadas de la zona euro.
Es cierto que la inflación que siguió (casi el 10% en 2022, más del 20% para la mayoría de los productos alimenticios y la gasolina, y más del 140% para la electricidad) anuló el efecto de estas medidas, provocando una rápida subida de los tipos de interés, pérdidas de poder adquisitivo y el anuncio de una vuelta progresiva a la austeridad fiscal. Sin embargo, el desempleo ha seguido bajando, aunque sigue siendo el doble de la media europea (18% en 2019, 12,5% en 2022, frente a una media comunitaria del 6,2%), y el Gobierno ha tomado una serie de medidas para apoyar los ingresos de los hogares mediante ayudas excepcionales y «vales» para estimular el consumo.
Es más, para el mar de pequeñas y medianas empresas (PYME), cuyo peso en Grecia es muy superior a la media europea[1]En Grecia, las PYME (menos de 250 empleados) representan casi el 75% del empleo, incluido casi el 28% de las «microempresas» con menos de 10 empleados (cifras del Ministerio de Trabajo griego para … Seguir leyendo), la inflación ha tenido incluso efectos positivos, ya que ha ido acompañada de un aumento de la demanda. Con la relativa recuperación de la construcción, sectores enteros de PYMEs han visto aumentar su volumen de negocios. Por último, para los agricultores (el 11,7% de la población activa en 2021, frente al 1,5% en Francia), la subida del precio de los productos agrícolas ha impulsado la renta bruta.
Como señala el economista marxista Costas Lapavitsas, «a ojos de muchos, el Gobierno de Mitsotakis parecía haber intervenido para estabilizar la situación económica en un contexto de turbulencias internacionales». Por supuesto, no todos se han beneficiado de la misma manera. En 2022, según el informe del Banco de Grecia, los beneficios empresariales se dispararon un 38%, alcanzando un máximo histórico. Este aumento alcanzó incluso una media del 72% para las 17 empresas más rentables que cotizan en bolsa. Los salarios, por su parte, se estancaron (+0,3%) y siguen siendo los cuartos más bajos de la UE. Con 780 euros al mes, el salario mínimo sigue un 11% por debajo de su nivel de 2012, un caso único en Europa. Aunque ha descendido ligeramente, la tasa de «exposición a la pobreza y la exclusión social» es también del 28% (cifras de 2022), la tercera más alta de la UE, solo con Rumanía y Bulgaria en peor situación.
Todo ello repercute claramente en las expectativas de amplios sectores del electorado. Un sondeo de opinión realizado en marzo de este año por el instituto ETERON reveló que el 60% de los encuestados se declaraba «bastante insatisfecho» (27%) o «muy insatisfecho» (33%) con su situación económica, frente a sólo un 12% de «satisfechos» y un 3,5% de «muy satisfechos» (y un 24,5% de «ni-ni»). Pero entre los que dijeron estar cerca de ND, sólo el 27% estaba insatisfecho, frente al 37% que estaba «más bien» o «muy satisfecho» (y el 36% «ni-ni»).
En cuanto al futuro, el 40% espera que su situación empeore, frente al 20% que espera que mejore y el 38% que espera que siga igual. Entre los partidarios de ND, casi el 40% se muestra «optimista» y el 47% espera estabilidad. En comparación, las cifras para los partidarios de Syriza son del 10% y el 30%, respectivamente, y el 57% espera que su situación se deteriore.
En un contexto de desplome de las expectativas de futuro, ND ha sabido aprovechar tanto la mejora de la situación de los más acomodados como una percepción más generalizada de que la situación se ha estabilizado. Así, ha podido consolidar su base electoral en circunscripciones de ingresos medios y acomodados (por ejemplo, 46% en Atenas-Norte, +0,2% respecto a 2019) y en zonas tradicionalmente conservadoras, salvo en el norte de Grecia, ha perdido terreno frente a la extrema derecha. Sobre todo, avanza significativamente en las zonas más obreras, donde vuelve a los niveles de los años 2000, especialmente en Atenas-Oeste, donde sube casi un 5%, y en el emblemático cinturón obrero del Pireo, donde salta del 30,2% al 37,4%.
El colapso de Syriza
Como hemos dicho, la clave para entender estas elecciones reside en el colapso de Syriza. El giro a la derecha es sobre todo la dislocación de la base electoral del partido. Esta había resistido relativamente bien en 2019, cuando Syriza había logrado removilizar a su electorado en torno a un reflejo de «voto útil» frente a una derecha que estaba segura de volver al poder[2]En las elecciones europeas que precedieron en dos meses a las legislativas de julio de 2019, Syriza sufrió un revés al obtener el 23,7% de los votos, frente al 33,1% de la ND.. En manos de Alexis Tsipras y su partido, este nuevo mandato -construir una oposición al Gobierno de Mitsotakis- sufrió un destino comparable al No del pueblo griego (al 62%) a la Troika en el referéndum de julio de 2015.
En los cuatro años transcurridos desde su derrota en 2019, Syriza ha liderado una oposición anémica, en línea con las políticas que aplicó cuando estaba en el poder. Votó a favor del 45% de las leyes propuestas por el Gobierno de Mitsotakis, incluidas algunas de las más emblemáticas, como la que autoriza la venta de los terrenos del antiguo aeropuerto de Elliniko al oligarca Yanis Latsis a un precio simbólico. El plan de Latsis, en asociación con capital qatarí, es construir una «Riviera ateniense» de gigantescas torres que alberguen pisos de lujo, casinos y centros comerciales.
Cabe señalar que la movilización contra este proyecto fue una de las principales causas defendidas por Syriza antes del verano de 2015. El partido de Alexis Tsipras también ha aprobado los enormes contratos de armamento, por valor de casi 15.000 millones de euros hasta la fecha, que han llevado a duplicar el presupuesto de defensa entre 2020 y 2022. Francia es uno de los principales beneficiarios, con un contrato de 2.500 millones de dólares para la compra de 18 aviones Rafale, seguido de un segundo contrato de 5.500 millones de dólares para la compra de 3 fragatas Belharra y otros seis Rafale.
La campaña electoral de Syriza reflejó esta oposición retórica. Pálida imitación de las campañas del Pasok de los años ochenta, que prometían el «cambio», comenzó presentando un programa de medidas sociales destinadas a conciliar «realismo» y «justicia». Las propuestas no tardaron en revelarse incoherentes, como la promesa de «proteger las viviendas principales» amenazadas de embargo por dificultades en el pago de las hipotecas.
Se trata de una cuestión importante en Grecia, donde unas 300.000 viviendas pueden verse afectadas en lo que se perfila como la mayor operación jamás realizada en Europa Occidental para transferir activos privados a fondos de inversión. Se trata de fondos buitre con sede en el extranjero y domiciliados en paraísos fiscales. Sin embargo, en lugar de proteger a los propietarios de viviendas, la propuesta de Syriza garantizaba sobre todo la rentabilidad de las compras de préstamos inmobiliarios «morosos» por parte de dichos fondos, hasta el 50% del valor nominal de un título adquirido de media al 3% de su valor inicial. Esto no es de extrañar, dado que fue precisamente el Gobierno de Syriza el que facilitó los procedimientos de ejecución hipotecaria y subasta, trasladando la resolución de los litigios de los tribunales (donde las sentencias de los jueces y la acción de los militantes generalmente permitían suspender la ejecución hipotecaria) a una plataforma electrónica y reprimiendo duramente las movilizaciones para proteger las viviendas amenazadas.
Tras el fracaso de su «contrato por el cambio», Syriza se centró rápidamente en seducir al famoso «electorado centrista», tentado de votar al Pasok o incluso a ND. Cantando las alabanzas de la «clase media», a la que lamentaba haber «gravado injustamente en exceso» cuando estaba en el poder, Alexis Tsipras construyó la mayor parte de su campaña en torno a un doble argumento.
Por un lado, la propuesta de un «gobierno progresista», en esencia una coalición con el Pasok, sin mencionar nunca el más mínimo contenido programático de tal alianza. El Pasok se apresuró a rechazarla en los términos más enérgicos posibles, despojándola así de la credibilidad que le quedaba. Por otra parte, Tsipras se hizo pasar por el defensor del «Estado de derecho», señalando continuamente las responsabilidades de Mitsotakis en el escándalo de las escuchas telefónicas, de las que el líder del Pasok, Nikos Androulakis, es una de las víctimas. Aunque perfectamente fundadas, estas acusaciones no hicieron mella en Mitsotakis, que se limitó a admitir haber «cometido un error». Tampoco han tenido mucho efecto en un electorado que se hace pocas ilusiones sobre la banalización de estas prácticas por parte de gobiernos de todo signo. Si han servido para algo, estos argumentos han devuelto esencialmente al Pasok a la silla de montar como fuerza reguladora en el bloque de partidos sistémicos.
Como última negación de lo que quedaba de un punto de referencia de izquierdas, Alexis Tsipras declaró durante la campaña que ahora apoyaba el mantenimiento de la valla militarizada -un auténtico «muro» antimigración- alrededor del río Evros, a lo largo de la frontera greco-turca. Esta valla permite a las autoridades griegas llevar a cabo deportaciones ilegales masivas de migrantes utilizando métodos de espionaje. Para colmo, Syriza, que ya ha absorbido a una parte sustancial de la antigua nomenklatura del Pasok, ha considerado oportuno incluir en sus listas a candidatos como el armador greco-estadounidense y ex operador prodigio de Goldman Sachs Stefanos Kasselakis y el ex ministro y portavoz de los gobiernos de derechas Evangelos Antonaros.
Como un barco a la deriva, flotando entre corrientes contradictorias, Syriza ha visto cómo un gran tercio de su electorado de 2019 emigraba en todas direcciones. Según los sondeos a pie de urna, el 11% se fue a ND, el 10% a Pasok y el 8% a partidos de izquierda radical (Partido Comunista y MeRA25-Alianza por la Ruptura). Las mayores pérdidas se produjeron en los barrios obreros de los grandes centros urbanos, donde los resultados de Syriza se redujeron casi a la mitad (-17,5% en el cinturón obrero del Pireo, -16% en Atenas-Oeste y -18% en Ática-Oeste). En las regiones, una parte sustancial del electorado de los antiguos bastiones del Pasok ha vuelto a su partido de origen, sobre todo en Creta, donde Syriza ha registrado caídas de entre 17 y 21 puntos. Estas pérdidas también han beneficiado a ND, que ahora está en cabeza en todos los condados del país.
Entre los jóvenes (de 17 a 24 años), aunque sigue obteniendo mejores resultados que a nivel nacional, Syriza pierde 14 puntos respecto a 2019 (del 38% al 24%), principalmente en beneficio de la izquierda radical (KKE y MeRA25-Alianza por la ruptura suman un 12,4% en este grupo de edad) y del partido de Zoe Konstantopoulou (6%). Sin embargo, probablemente por primera vez en la historia de Grecia, ND está claramente en cabeza, incluso entre los votantes jóvenes (33%, 9 puntos por delante de Syriza).
Syriza ya no puede pretender ser un «partido de la alternancia» y se enfrenta a una verdadera crisis existencial. Un síntoma característico del vértigo que parece haberse apoderado de las altas esferas del partido: aturdido por la bofetada en la cara que le han propinado las urnas, Tsipras ha confiado la responsabilidad de comunicar la campaña de Syriza para la votación del 25 de junio a Nikos Marantzidis, líder de la escuela «revisionista» griega de historiadores y pionero de una reescritura anticomunista de la historia de la Resistencia y de la guerra civil. Marantzidis se distinguió por su hostilidad hacia la izquierda radical, y Syriza en particular, durante el periodo 2010-2015.
Despojada de su identidad original e incapaz de reinventar una de nueva, débilmente arraigada en la sociedad civil (no controla ningún municipio importante y solo tiene una presencia marginal en el movimiento sindical o estudiantil) y totalmente centrada en la figura ya devaluada de su líder, Syriza está entrando en un periodo de turbulencias. Como sugieren algunas de sus principales figuras, incluso la cuestión de suceder a Alexis Tsipras ya no es tabú…
La recuperación del KKE… y sus límites
El Partido Comunista de Grecia (KKE) fue uno de los ganadores de las elecciones del 21 de mayo. Con un 7,2%, sube 1,9 puntos respecto a 2019 y ha logrado recuperar la mayor parte del terreno perdido en 2012 cuando, al rechazar la propuesta de unidad que le planteó Syriza, perdió casi la mitad de su electorado entre el escrutinio de mayo (8,5%) y el de junio (4,5%). El KKE es el único partido de izquierdas que conserva una base militante y popular. Su frente sindical (PAME) es una fuerza importante, aunque claramente minoritaria en el movimiento obrero, y su organización juvenil está bien establecida en las universidades, donde ganó las elecciones estudiantiles por segundo año consecutivo (con una participación creciente de casi el 30%).
En estas elecciones, el KKE pudo aparecer así como un voto refugio, en apoyo de una fuerza histórica de izquierdas, claramente identificable y presente sobre el terreno. Su campaña no prometía otra cosa que formar una «fuerte oposición» a cualquier gobierno que saliera de las urnas. Esta línea concuerda con el sentido común de la época, que se resigna a la ausencia de alternativa.
Con una base electoral pequeña pero leal y bien estructurada, el KKE ha sido capaz de avanzar entre los votantes jóvenes (7,3% en el grupo de 17 a 24 años, +3,3% respecto a 2019; 8,1% en el grupo de 24 a 35 años, +2,1%) y particularmente entre los estudiantes, donde ha duplicado su puntuación anterior (del 4% al 8,2%). Sus resultados superan el 10% en los barrios populares de las grandes ciudades (11% en el cinturón popular del Pireo, 11,5% en Atenas-Oeste) y en las zonas regionales tradicionales (13% en Lesbos, 35% en Icaria, en torno al 11% en algunas islas jónicas). Sin embargo, esta recuperación no debe ocultar el hecho de que el colapso de Syriza está beneficiando principalmente a las fuerzas a su derecha[3]Según las encuestas a pie de urna, el 24% del electorado de Syriza en 2019 se decantó por la ND, el Pasok o la Solución Griega, el 5% por el KKE y el 3,3% por MeRA25-Alianza por la Ruptura., con el KKE cosechando un escaso 5%. Incluso en los barrios obreros de Atenas y El Pireo, su avance es mucho más débil que el de la derecha (en una proporción que varía de 1:2 a 1:3).
A pesar de sus limitaciones, la recuperación del KKE podría haber traído una nota de esperanza si el partido no hubiera persistido en un sectarismo, que lo mantuvo alejada, no sólo de cualquier forma de unidad de acción con otras fuerzas de la izquierda radical, incansablemente denunciadas como «muletas del sistema», sino también de todas las grandes movilizaciones populares del último período. Por ejemplo, el KKE rechazó cualquier participación en el movimiento Ocupa las Plazas de 2011, al que acusó de «pequeñoburgués», «antipolítico» y mero «desahogo».
También se negó a pedir el «no» en el referéndum de julio de 2015, prefiriendo promover el «no» y enviando a sus activistas a distribuir papeletas con los lemas del partido fuera de los colegios electorales. Esta línea sectaria está en consonancia con la nostalgia sistemáticamente cultivada por la URSS, e incluso por Stalin, cuyas obras completas (en 16 volúmenes encuadernados en cuero) han sido reeditadas por la editorial del partido y puestas a la venta al precio promocional de 208 euros.
Más estratégicamente, el KKE ha rechazado la línea de los «frentes populares», que le ha valido cierta benevolencia por parte de algunas corrientes de extrema izquierda, pero se ha vuelto, con algunos matices, hacia la línea del VI Congreso de la Comintern, que equiparaba la socialdemocracia con el «socialfascismo » y predecía el colapso inminente del capitalismo. También rechaza cualquier reivindicación transitoria, que se considera esencialmente como hacerle el juego al sistema. Tras la reciente catástrofe ferroviaria de Tempi, se negó a reclamar la nacionalización de los ferrocarriles, argumentando que, ya sean privados o públicos, están al servicio del capital.
En la práctica, a pesar de una labor sindical a menudo encomiable (sobre todo en la industria y el sector privado, abandonados por los sindicatos burocratizados), la retórica radical del KKE sirve para enmascarar una práctica de pasividad política. Su acción se centra por completo en el fortalecimiento del partido y de sus diversos frentes (sindical, juvenil, cultural, etc.), que quedan reducidos al papel de correas de transmisión. Como indica el reciente comunicado triunfalista de su Comité Central, su (relativa) recuperación electoral no hará sino confirmar su línea sectaria y su neo-stalinismo nostálgico. Tanto más cuanto que el fracaso del único polo unitario de la izquierda radical, MeRA25-Alianza por la Ruptura (MeRA25-AR), si se confirma en las urnas el 25 de junio, hará del KKE la única fuerza a la izquierda de Syriza representada en el parlamento.
El fracaso de MeRA25-Allianza por la ruptura
Las causas del fracaso de MeRA25-AR no pueden reducirse a un único factor. Conviene recordar algunas de las etapas del proceso que condujo a la formación de dicha coalición. Su principal componente (en términos electorales) es MeRA25, una formación creada en 2018 por Yanis Varoufakis como la sección griega de su movimiento transnacional europeo Diem25. Consiguió superar la barrera del 3% en las elecciones de 2019 y entrar en el Parlamento. Al igual que su líder de alto perfil, esta formación, que no tiene raíces militantes, encarna una mezcla inestable de izquierda societaria (especialmente en cuestiones de derechos de las minorías), europeísmo de izquierdas y la lucha anti-Troika del período 2010-2015. Su electorado de 2019 era muy heterogéneo, pero con un fuerte componente juvenil y cierto éxito en los suburbios obreros de Atenas y El Pireo.
En los cuatro años siguientes, MeRA25 empezó a estructurarse y, sobre todo, a clarificar gradualmente su línea en una dirección más radical. En un texto publicado el pasado mes de diciembre, Varoufakis hizo un llamamiento a una amplia agrupación de las fuerzas de la izquierda radical sobre una base programática que refleja el giro a la izquierda de sus posiciones: no reformabilidad de la UE, desvinculación de la OTAN y no alineamiento, salida del euro si es necesario, y énfasis en el tema de la ruptura.
De las organizaciones de izquierda radical, sólo Unidad Popular decidió seguir su ejemplo, al que se unieron algunos intelectuales y militantes de movimientos sociales. La coalición así formada, bajo el nombre de «MeRA25-Alianza por la ruptura», se presentó bajo el lema «por primera vez, la ruptura». Dotada de un elaborado programa de propuestas alternativas, que recordaba en su ambición y posicionamiento al “Avenir en commun” de LFI [la France Insoumise], pretendía demostrar que «todo puede ser diferente».
Entre sus propuestas, sólo una ha recibido atención mediática: la de un sistema de pago electrónico basado en la plataforma digital de la Agencia Tributaria, que permitiría eludir el sistema bancario y proporcionar al Estado un medio de pago sin utilizar una moneda nacional. Al abrir una cuenta en este sistema (apodado «Dimitra»), los particulares podían evitar las exorbitantes comisiones que cobran los bancos griegos por la más mínima transacción y beneficiarse de un descuento en sus impuestos, que habría funcionado como medio de remuneración de su cuenta.
Es más, y esto también estaba incluido en la propuesta, un sistema así habría facilitado considerablemente la transición a la moneda nacional si el BCE repetía el chantaje de liquidez que llevó a cabo en 2015. Esto fue todo lo que hizo falta para desatar una avalancha de propaganda alarmista por parte de ND y los medios de comunicación, que agitaron constantemente el fantasma de 2015, la salida del euro y la estigmatización de Varoufakis como el que quería llevar a Grecia a la bancarrota. Syriza se apresuró a seguir su ejemplo y el resto de las propuestas fueron totalmente ignoradas.
Aunque esto sin duda ayudó a mantener a la parte más moderada del electorado alejada de MeRA25-AR en 2019, la clave del fracaso sin duda se encuentra en otra parte, concretamente en la ausencia de una base electoral mínimamente estable y la consiguiente rotación del electorado entre 2019 y 2023. MeRA25-AR atrajo solo al 18% del electorado de MeRA25 en 2019, el 42% del cual se decantó por ND, el 27% por otras formaciones de izquierda radical (KKE y extrema izquierda) y el 13% por el partido de Zoe Konstantopoulou[4]Datos del politólogo Yannis Mavris disponibles aquí. Las cifras exactas de MeRA25-AR me fueron enviadas personalmente.. Los avances más limitados procedieron principalmente de los votantes de Syriza, de otros partidos de izquierda radical e incluso de ND. Demasiado tarde para ser realmente convincente, insuficientemente anclado en prácticas militantes, con sólo Unidad Popular teniendo una (pequeña) base organizativa, el giro a la izquierda ha costado más de lo que ha ganado.
A pesar de su orientación unitaria, la coalición liderada por Yanis Varoufakis se mostró insuficientemente competitiva en el terreno de la izquierda radical, donde decidió posicionarse sin ambigüedades. Creíble cuando emana de una fuerza como France Insoumise, el intento de encarnar una alternativa rupturista parecía una carga demasiado pesada para una formación que lucha por su mera supervivencia parlamentaria. En un contexto de retroceso general de la izquierda, el KKE parecía una apuesta segura como fuerza de oposición, sobre todo porque el discurso propositivo de Varoufakis podía parecer demasiado tecnocrático y abstracto a ojos de la fracción más popular del electorado. De hecho, en comparación con su resultado de 2019 (un 0,8% menos que la media nacional), MeRA25-AR sufrió las mayores pérdidas en los barrios obreros de Atenas y El Pireo (-1,5% en el cinturón obrero de El Pireo, -1,3% en el municipio de Peristeri, -1,8% en el de Aspropyrgos, dos municipios obreros de los sectores occidentales de la aglomeración de Atenas). Se mantiene mejor entre los jóvenes (del 6% al 5,1%) y, en particular, entre los jóvenes estudiantes (estable en el 6%), pero queda por detrás del KKE incluso en esta categoría.
La sorpresa Zoé Konstantopoulou
MeRA25-AR, y la izquierda radical en general, han sufrido la competencia del partido Curso de Libertad de Zoé Konstantopoulou, conocida abogada y efímera presidenta del Parlamento durante el primer Gobierno de Syriza en 2015. Creado en 2016, este partido se basa enteramente en el carisma de su líder y en un discurso que inicialmente pretendía ser «populista de izquierdas». Su principal inspiración fue la campaña de Mélenchon de 2016-2017 y, en particular, sus tintes patrióticos y republicanos.
En 2018, con el nacionalismo al rojo vivo por la cuestión de Macedonia, Zoé Konstantopoulou decidió convocar concentraciones de protesta contra el acuerdo de Prespa negociado por el Gobierno de Syriza y por el que se reconocía al Estado vecino con el nombre de «República de Macedonia del Norte». Estas concentraciones masivas, especialmente en el norte de Grecia, estuvieron claramente dominadas por la extrema derecha. Proclamaron su negativa a reconocer cualquier Estado que llevara el nombre de Macedonia, considerado propiedad exclusiva de Grecia. Este giro nacionalista provocó una ruptura en las ya tenues relaciones entre Konstantopoulou y la izquierda radical.
En las elecciones de 2019, Curso de Libertad obtuvo un 1,5% y no logró entrar en el Parlamento. Sin embargo, logró posicionarse como el punto de referencia de una constelación emergente de pequeños partidos «soberanistas», combinando nacionalismo, rechazo de la división derecha-izquierda y retórica anti-Troika y «antisistema». El escrutinio del 21 de mayo le permitió dar un nuevo impulso a este planteamiento.
Experta en hablar de forma sencilla y directa, adquirida a lo largo de muchos años de práctica en los tribunales, Zoé Konstantopoulou consiguió «triangular» los temas antisistema de la «derecha» y de la «izquierda»: eslóganes nacionalistas (sobre Macedonia o las relaciones con Turquía) mezclados con referencias a las luchas del periodo 2010-15 (en particular sobre la cuestión de la deuda); defensa de la «identidad de la nación», pero también destacando su condición de única mujer líder de un partido político griego y una fuerte retórica sobre la cuestión de la violencia sexista y sexual y los ataques a la comunidad LGBT+ ; Hizo un guiño a los opositores a la vacunación, pero también defendió los derechos y libertades públicas y denunció la represión policial y la violencia estatal contra los refugiados; su retórica de virulento rechazo a todo el personal político estuvo acompañada de un fuerte sentido del legalismo y de un constante recordatorio de su estatus institucional como ex Presidenta del Parlamento.
Los resultados de las elecciones y los datos de los sondeos a pie de urna indican que la composición del electorado de Curso de Libertad refleja la «triangulación» operada en el discurso de su líder. Incluye a algunos de la derecha, e incluso de la extrema derecha, como sugiere el hecho de que captó a casi el 9% del electorado que se planteaba votar al partido sucesor de Amanecer Dorado (al que una sentencia judicial impidió presentarse), y los resultados en la aglomeración de Salónica, donde duplicó su resultado de 2019. Pero también logró captar al 13% del electorado de MeRA25 en 2019[5]Datos de Yannis Mavris, facilitados a título personal..
El perfil general es sociológica y espacialmente «de izquierdas», y Curso de Libertad obtiene sus mejores resultados en los suburbios obreros de Atenas y el Pireo (4% en Atenas-Oeste, 4,3% en el cinturón del Pireo, con picos del 5% en los municipios más obreros). En cambio, en los barrios de clase media, los resultados están muy por debajo de la media nacional (1,3% en Filothei, 1% en Ekali). El partido también se abre paso entre los jóvenes, superando a MeRA25-AR entre los jóvenes de 17 a 24 años (5,9% frente a 5,1%).
Así, este perfil «soberanista» ha podido atraer a una parte significativa del voto «antisistema» y competir eficazmente con el KKE y, sobre todo, con MeRA25-AR en el terreno del voto-sanción contra Syriza. Las primeras encuestas posteriores al 21 de mayo sugieren que el partido tendrá aún más éxito en la votación del 25 de junio y que es casi seguro que romperá la barrera del 3% que le da acceso al parlamento.
El regreso del «viejo mundo”
Como señala el politólogo Yannis Mavris, la votación del 21 de mayo desmintió a quienes pensaban que la configuración de 2019 auguraba un bipartidismo estabilizado, comparable al del periodo 1981-2009, con Syriza ocupando el lugar que antes ocupaba el Pasok. Los primeros en dar crédito a esta suposición falaz fueron sin duda Alexis Tsipras y la dirección de su partido, que creyeron que el electorado popular y los jóvenes eran definitivamente suyos, y que podían emprender con seguridad una «carrera hacia el centro» para ganarse al electorado «moderado» de las clases medias y altas.
En realidad, si bien el bipartidismo se está reduciendo (la suma Syriza-ND ha caído del 71% al 61%), es exclusivamente en detrimento del polo «centro-izquierda», dejando vía libre a una derechización acelerada del paisaje político. Actualmente, las únicas fuerzas capaces de infligir pérdidas a la ND son las formaciones de extrema derecha. Solución Griega y, con toda probabilidad, Niki parecen seguros de estar representados en el parlamento que saldrá de las urnas el 25 de junio, dando a la extrema derecha un peso institucional nunca antes alcanzado.
Otra forma de leer estos resultados es ver el regreso del «viejo mundo», es decir, de las fuerzas políticas barridas por el levantamiento popular de 2010-2015 y las históricas elecciones de mayo y junio de 2012. La derecha ha vuelto al lugar donde estaba en su apogeo, el Pasok ha resucitado de entre los muertos, el KKE ha vuelto al lugar donde estaba y, por primera vez desde la caída de la dictadura (con la excepción de un breve período entre 1993 y 1996), puede incluso afirmar que monopoliza la representación institucional de la izquierda radical. La irrupción de una formación como la de Zoe Konstantopoulou sirve también de advertencia: es muy posible que el confusionismo (anti)político sea capaz de llenar el vacío dejado por la incapacidad de construir un polo unido y creíble de la izquierda rupturista.
Una vez más, sólo podemos concluir que las negaciones y traiciones de la izquierda allanan el camino a la restauración reaccionaria y a una dinámica de radicalización de la derecha. Queda por ver hasta qué punto las elecciones del 25 de junio confirmarán o invertirán estas tendencias. Después de todo, el suelo sobre el que descansa el sistema político griego ha demostrado ser más friable de lo esperado.
En Grecia, las PYME (menos de 250 empleados) representan casi el 75% del empleo, incluido casi el 28% de las «microempresas» con menos de 10 empleados (cifras del Ministerio de Trabajo griego para 2022). En Francia, las PYME representan el 47% del empleo total y las microempresas el 19% (equivalente a tiempo completo – cifras del INSEE para 2017
En las elecciones europeas que precedieron en dos meses a las legislativas de julio de 2019, Syriza sufrió un revés al obtener el 23,7% de los votos, frente al 33,1% de la ND.
Según las encuestas a pie de urna, el 24% del electorado de Syriza en 2019 se decantó por la ND, el Pasok o la Solución Griega, el 5% por el KKE y el 3,3% por MeRA25-Alianza por la Ruptura.
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a derrota del bloque de izquierdas en las elecciones municipales y autonómicas del 28 de mayo ha desatado un terremoto político. El PSOE pierde seis de las ocho comunidades autónomas en las que gobernaba. Ahora, la Comunidad Valenciana, Aragón, Extremadura, Baleares, La Rioja y Canarias serán gobernadas por la derecha. El Partido Popular también acumula poder electoral ganando muchas capitales de provincia (Valladolid, Zaragoza, Valencia, todas las andaluzas, excepto Jaén…) y consolida su bastión madrileño. Vox se consolida como fuerza política estatal. La izquierda del gobierno se hunde, con Podemos desapareciendo en Madrid, Canarias y la Comunidad Valenciana y convirtiéndose en un partido residual en los territorios; Ada Colau pierde el ayuntamiento de Barcelona. A la izquierda radical, como la Cup y a Adelante Andalucía, no les ha ido mejor en estas elecciones: los primeros pierden 40 mil votos y se convierten en un partidode los pueblos catalanes, Adelante Andalucía pierde Cádiz y no consigue entrar en ciudades clave como Jerez o Sevilla. Solo el BNG y EH Bildu mejoran sus resultados en Galicia y Euskal Herria, mientras que Más Madrid consigue mantenerse como primera fuerza de oposición a Ayuso y Almeida. Este es, de forma descriptiva, el panorama político que ha llevado a Pedro Sánchez a convocar elecciones para el 23 de julio.
Estos resultados pueden leerse como un giro a la derecha. En el terreno del poder institucional y del ambiente político, sin duda lo son. Sin embargo, la maniobra de Pedro Sánchez es un intento de evitar el desgaste de meses a la defensiva, con un PP envalentonado y presionando desde las CC AA, y una izquierda del gobierno que, mediante el enésimo intento de refundación en torno a Yolanda Díaz, intentaba surfear lo que a todas luces ya es una crisis profunda. Muchos analistas han insistido en que Pedro Sánchez apuesta todo a una última oportunidad de ganar, con su habitual estilo de jugador de póker. Es posible que la aritmética así lo indique: existe la posibilidad de que sean unas elecciones ajustadas. Pero lo cierto es que el giro a la derecha de la sociedad española no puede obviarse. Por mucho que Pedro Sánchez intente salvarse (veremos si lo consigue), la derecha vive una fase ascendente y la izquierda un proceso de declive, con síntomas claros de descomposición de algunos de sus agentes, como es el caso de Podemos.
Existen, sin duda, causas internacionales que determinan la política española y su estado de ánimo. La sociedad pospandémica y en guerra es una sociedad agotada, en busca de seguridades en un contexto en el cual, tras el colapso y capitulación de las opciones de izquierdas surgidas de 2008, elcambiose siente como algo que puede situarnos más cerca de un país de la periferia capitalista que de Suecia. Ese estado de ánimo, presente en todo el centro capitalista, provoca una fuerte hegemonía de las viejas clases medias y de la derecha reaccionaria, que buscan descargar el peso de la crisis sobre la clase trabajadora.
Pero la cuestión central es que el gobierno progresista no ha hecho nada por fortalecer a la clase trabajadora en estos años de gobierno. La política de paz social y concertación con la patronal ha significado un descenso de los salarios sin tocar los beneficios y la relación de fuerzas entre las clases sigue exactamente igual. La izquierda progresista cree que su problema es fundamentalmente comunicativo, pero el problema es más profundo: es incapaz de transformar nada sustancialmente, porque carece de voluntad y fuerza social para hacerlo. Su proyecto es el de la modernización capitalista y mantener a España en el club de la periferia imperial en declive. Incluso si se diera la carambola y Pedro Sánchez mantuviese la aritmética para estar en el gobierno, la restauración liderada por la derecha estaría ya en curso. La izquierda del gobierno, tocada y semihundida tras estas elecciones, buscará aguantar en medio de sus disputas por puestos y peleas en redes sociales sin hacer el mínimo análisis estratégico sobre los efectos de su integración en el régimen. Atada de pies y manos al bloque progresista, su desgaste social, pase lo que pase las próximas elecciones, es ya imparable. A medio plazo, eso se traducirá en nuevas crisis y procesos de implosión.
En el escenario más improbable, pero no descartable, el gobierno progresista repetiría mandato. Decimos que no es descartable, porque la aritmética electoral así lo indica, aunque la dinámica política vaya en dirección contraria. El gobierno continuaría su política modernizadora un tiempo, preparándose para las directivas de la UE (poco debatidas en nuestra esfera pública, obsesionada con lo secundario) que anuncian recortes de gasto en nombre del déficit, repartiendo los fondos europeos, aumentando el gasto militar e impulsando la congelación salarial vía acuerdos entre patronal y sindicatos No hay otro horizonte: parar a la derecha, para continuar con las mismas políticas de siempre.
En el caso de que la derecha ganase, el primer dilema sería la entrada de Vox en el gobierno. Pero es importante señalar que esto no significaría un cambio de régimen. Algunas de las débiles medidas tomadas por el gobierno se derogarían: otras se mantendrían. La represión política hacia la izquierda militante, sin duda, aumentaría de grado, con la ley mordaza que el gobierno progresista no ha derogado. Lo más novedoso sería la exclusión de los grandes sindicatos de la concertación social. Pero las dinámicas sociales no son como una fuente que se abre y se cierra: sobre una izquierda desmoralizada y agotada, la oposición jugaría el papel clásico del aspiranteturnista. El PSOE encabezaría la oposición, y la llamadaizquierda del PSOEaceleraría su crisis ala italiana.
Ni los movimientos sociales o sindicales ni la izquierda ecosocialista y anticapitalista, en sentido amplio, que se oponen a este gobierno progresista deberían considerar positivo este segundo escenario. En primer lugar, porque no significaría ningún desgaste por la izquierda de este gobierno, sino un giro a la derecha que redoblaría los ataques a la clase trabajadora. En segundo lugar, porque las condiciones de libertad política (sin necesidad de tener que decir tonterías sobre elfascismo) empeorarían considerablemente. En tercer lugar, porque nos elimina tiempo para que fracciones de la clase trabajadora se desgajen del bloque progresista, a través de una experiencia de gobierno a todas luces decepcionante.
Eso ni significa avalar la lógica del mal menor ni someterse a los chantajes de unos partidos progresistas, que son los principales responsables de esta situación. Lo fundamental es rearmarse para lo que viene y tratar de comprender por qué se ha abierto este ciclo de restauración sin repetir los mismos errores. La construcción de un proyecto político ecosocialista y anticapitalista no se enfrentará a los mismos escenarios si gobierna el bloque progresista o la derecha, pero lo importante, pase lo que pase, es que no dejemos de trabajar en abrir otra perspectiva.
Pienso que no tiene mucho sentido enzarzarse en debates sobre el voto allí donde no haya opciones de izquierdas que estén fuera del bloque de gobierno progresista. Los llamamientos a la abstención tienen más que ver con la autoconstrucción de grupo (cualquier militante de un grupo de izquierda revolucionaria que tenga presencia real en algún sitio fuera de las redes sabe que un gobierno PP-Vox incrementará la represión política que sufre). La abstención en este contexto concreto implica, mayoritariamente, desafección y abulia política. Esto es algo que en el futuro puede convertirse en rabia: esto es central, pero siendo serios, este sector social, clave para futuros estallidos al estilochalecos amarillos,no determinará su acción política por la posición de nadie ahora mismo. Del mismo modo, la lógica chantajista que obliga a todo aquel opuesto a un gobierno de derechas a convertirse en un adherente recaudador de votos, despreciando la construcción militante y la necesidad de un proyecto de ruptura, es intolerable. Que el progresismo se gane sus propios votos y agote su camino hasta donde pueda. Los que apostamos por otra vía, aunque hoy sea minoritaria, fundamentada en el conflicto de clase, debemos prepararnos para los retos que vienen, buscando el encuentro con todos los movimientos emancipadores y poniendo en el centro una estrategia de acumulación de fuerzas para derribar este régimen político, pero que también sea capaz de armar una defensa social y política ante los ataques que vienen. Un reto mayúsculo, pero en el crepúsculo del progresismo, es la única forma de sembrar otro futuro.
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El ejército ruso, o mejor dicho el grupo Wagner a él asociado, ha concluido esta semana la conquista de Bajmut. Hasta 2016 esa ciudad del Donbas hoy convertida en ruinas se llamaba Artiomovsk, en honor al dirigente bolchevique Fiodor SergeyevRubén y sus ancestros – Rafael Poch de Feliu(nombre de guerra “Artiom”). Sergeyev fue el inspirador de la República de Donetsk durante la guerra civil y luchó en 1918 contra intervencionistas extranjeros, rusos blancos y nacionalistas ucranianos. Cuando la población del Donbas proclamó en 2014 la República Popular de Donetsk, como reacción al cambio de régimen auspiciado por Estados Unidos y la Unión Europea al calor de la revuelta popular en Kiev, la nueva república se declaró sucesora de aquella primera república de 1918. Así que, en 2016, el Presidente ucraniano Petró Poroshenko cambió el nombre de la ciudad en el marco de la campaña de anulación de nombres monumentos y símbolos soviéticos y su sustitución por la narrativa nacionalista del nuevo régimen.
En la actual guerra la ciudad fue declarada “fortaleza inexpugnable” por el gobierno de Kíev que construyó allí una de sus tres líneas fortificadas de defensa. La prensa occidental y ucraniana glosaba hace unos meses la “importancia estratégica” de Bajmut/Artiomovsk. Ahora que ha sido tomada por los rusos en un pulso militar iniciado el pasado febrero, los mismos medios y personas se refieren a la ciudad como “estratégicamente irrelevante”. Con Bajmut ha pasado lo mismo que con el periodista Seymour Hersh, “brillante y galardonado periodista” y “ganador del Pulitzer” hasta que desveló con detalle cómo Estados Unidos voló los gaseoductos NordStream por orden del Presidente Biden, momento en el que Hersh pasó a ser un “polémico periodista”. Ahora la conquista rusa de Bajmut apenas ha sido noticia aquí.
La toma de Bajmut, donde Ucrania destacó unidades de élite que preveía utilizar en su anunciada “contraofensiva”, es un indicador de que Ucrania está perdiendo la guerra y registrando muchas más bajas en combate que el ejército ruso, según los análisis más fiables.
Los analistas rusos se toman muy en serio la anunciada -y no se sabe muy bien si ya iniciada – “contraofensiva” ucraniana. Saben que las cosas pueden torcerse, pero los números no les cuadran. A diferencia del año pasado, ahora Rusia tiene superioridad numérica en efectivos y en artillería, el arma que decide una campaña que se parecería más a las de la Primera Guerra Mundial que a las de la Segunda, sino fuera porque Moscú practica una clara economía de vidas humanas en sus filas. Naturalmente, no es eso lo que nos explica la propaganda de guerra occidental y su correa de transmisión mediática, con su imagen de la guerra como picadora de carne rusa. No nos equivoquemos, y menos aún lo celebremos: los que ahora están poniendo más muertos en esta dramática carnicería son los ucranianos. Y su disponibilidad de material humano es muy inferior a la rusa.
La actual Ucrania, con su éxodo de ocho millones al extranjero, más de tres millones de ellos hacia Rusia (otro revelador dato oculto), debe tener unos 25 o 30 millones de habitantes, frente a los 145 millones de Rusia. Ucrania está reclutando desesperadamente por la calle a ciudadanos sin ganas de ir al frente. En Járkov ya hace meses que los hombres en edad militar evitan refugiarse en el metro cuando hay alarmas, como hacían el año pasado, por temor a que una redada les envíe a morir al frente en 48 horas. Muchos evitan salir de casa por el mismo motivo. Centenares de miles de jóvenes rusos se han ido del país para evitar ser llamados a filas, y lo mismo pasa en Ucrania, donde en diciembre el servicio de fronteras informó de 12.000 detenidos intentando cruzar ilegalmente la frontera hacia Rumanía. Según informes de organizaciones antimilitaristas alemanas, hay más de 175.000 desertores y objetores conocidos en Ucrania. Y eso en un país en el que la exención militar se compra con unos miles de dólares convenientemente entregados a la persona adecuada.
Es opinión bastante generalizada, tanto en Rusia como en Occidente – generalizada pero apenas publicitada – que los tanques y aviones suministrados por la OTAN o pendientes de suministrar, cambiarán poco esa correlación de fuerzas. Estamos ante una guerra de desgaste para la que Rusia, pese a la manifiesta desproporción de fuerzas ante la OTAN, parece bien dotada desde el punto de vista industrial. Tiene un buen sistema de defensa antiaérea y un buen sistema de misiles que, por lo que parece ya ha anulado alguna carísima batería “Patriot” americana, como sugiere, más allá de las respectivas propagandas, el hecho de que la cotización en bolsa de la empresa que fabrica esas armas haya caído este mes como reacción a las noticias sobre su ineficacia, lo que tendrá dramáticas consecuencias para la venta y exportación de esas armas vendidas como “infalibles”…
Todo eso no quiere decir que las cosas vayan bien para Rusia. Las nuevas armas occidentales, misiles ingleses, tanques alemanes y, algo más lejos.
, aviones americanos, alimentan la escalada bélica y seguramente harán posible ataques mas concentrados contra Crimea. Por otro lado, las incesantes bravatas y acusaciones del jefe del grupo Wagner, Evgeni Prigozhin, contra el ejército ruso, insultando a sus generales y al propio ministro de defensa y echando en cara que no le suministran municiones, retratan muy bien los desbarajustes internos rusos.
Más allá de lo estrictamente militar, Rusia ha perdido el grueso del capital de rusofilia que había en Ucrania antes de la invasión. El nacionalismo étnico ucraniano, antes solo dominante en Galitzia y en las regiones occidentales del país, ha avanzado muchas posiciones en el conjunto del territorio. Fuera de Crimea y del Donbas, el resentimiento hacia Rusia de los ucranianos rusoparlantes ha crecido de forma irreversible. Esa es la única victoria conseguida por el nacionalismo ucraniano en esta guerra y los rusos la han servido en bandeja.
La presión occidental, política y mediática, apoyando a los sectores más delirantes de Ucrania que sueñan con una “victoria completa”, con reconquista de todo lo que los rusos se han anexionado, Crimea incluida, es extremadamente peligrosa. Tal reconquista sigue pareciendo imposible sin una intervención militar directa de soldados de la OTAN en el conflicto y en ese caso, la hipótesis nuclear rusa cobraría grandes posibilidades.
Respecto a la sociedad rusa sigue sin estar en pie de guerra. El conflicto no se nota en Moscú y Peterburgo, más allá de la dureza de la represión contra una oposición marginal en los raros casos en los que esta se manifiesta. En ese contexto, una mayor implicación militar occidental, así como las acciones y ataques ucranianos contra territorio ruso, como la razzia militar de “voluntarios rusos de extrema derecha” en la región fronteriza rusa de Bélgorod, no harán más que cimentar el apoyo de una sociedad en general muy poco apasionada hacia la guerra.
Los atentados ucranianos en Rusia contra personalidades civiles que apoyan la guerra ya son abiertamente reconocidos por sus autores. “Lo que ellos llaman terrorismo, nosotros lo llamamos liberación”, ha dicho el joven general responsable de esos atentados en el ministerio de defensa ucraniano, Kiril Budanov. “Eso no empezó porque yo me volviera loco y empezara a matar gente en Moscú, sino porque ellos invadieron nuestro país desde 2014. No me voy a extender sobre esto, pero mataremos rusos y seguiremos matando rusos en cualquier lugar del mundo, hasta la completa victoria de Ucrania”. En esa serie han caído en atentados decenas de “colaboracionistas” en las regiones ocupadas por los rusos, el escritor Zajar Prilepin, el 6 de mayo en Nizhni Nóvgorod, que sobrevivió al atentado con bomba en su coche, que costó la vida a su guardaespaldas y chófer; el bloguero ultra Vladlen Tatarski, muerto por bomba el 2 de abril en un café de San Peterburgo durante una charla en la que decenas de asistentes resultaron heridos, y la joven periodista Daria Dúgina, hija de un filósofo de derechas el pasado agosto, por una bomba colocada en su coche. “Estos casos han ocurrido y continuarán, esa gente recibirá su bien merecido castigo que solo puede ser su eliminación que yo llevaré a cabo”, proclama Budanov, un ruso de Odesa de 37 años de edad.
El año pasado la posición, declarada, de Estados Unidos era disuadir a los ucranianos de ataques a territorio ruso, mientras que los ucranianos no reconocían la paternidad de sus acciones. Este año, las cosas han cambiado, Budanov lo dice bien claro, y hasta el timorato ministro de defensa alemán, Boris Pistorius, califica de “completamente normales” las operaciones ucranianas en territorio ruso.
“Sabemos muy bien que las decisiones sobre estos atentados terroristas no se toman en Kíev, sino en Washington”, ha dicho el portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov.
Estos hechos, así como los diversos sabotajes contra líneas férreas y demás cometidos en Rusia, se volverán contra Ucrania y Occidente, porque van a ir estrechando el consenso social interno ruso hacia una guerra que hoy sigue sin provocar entusiasmo, y eventualmente hacia una plena movilización con cierre de filas, caso de que la OTAN intervenga directamente. Al mismo tiempo, estos atentados son un anuncio de lo que le espera a Rusia en las regiones que ocupa de Ucrania,en caso de “victoria” militar con congelación del conflicto.
En el plano internacional, la última cumbre del G-7 en Hiroshima ha insistido en la escalada: capitulación e incondicional y plena retirada militar rusa, más “inquebrantable apoyo a Ucrania durante el tiempo que sea necesario hasta llegar a una paz justa” y luz verde a la entrega de aviones de guerra modernos, mientras que por el otro lado se endurece la tenaza contra China. La respuesta ha sido una mayor cooperación industrial y militar entre Moscú y Pekín, con la visita a Pekín, esta semana, del primer ministro ruso, Mijaíl Mishutin, acompañado de la tercera parte de los ministros de su gabinete, y la visita a Moscú del responsable de seguridad del Politburó del partido chino (es decir el número uno en seguridad, mucho más que un ministro), Chen Wenqing.
Los chinos son muy conscientes de que Washington quiere “reproducir la crisis ucraniana en la región de Asia Pacífico”, se lee en el diario chinoGlobal Times. El objetivo es una guerra por procuración contra China y la formación de una OTAN de Asia, dice. Los chinos se preparan contra la extensión de la guerra que propugna Estados Unidos con toda claridad y han pedido a los rusos que les transfieran sus sistemas de defensa antiaérea más modernos, incluidos los modelos S-400 y S-500 recién fabricados y perfeccionados. Obviamente, Rusia recibirá a cambio apoyo industrial / militar de China, tanto más intenso cuanto más se implique militarmente la OTAN contra ambos.
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El pasado 25 de marzo, había una movilización internacional en Francia: la movilización contra las megacuevas en la aldea de Sainte-Soline. Estaba yo dentro del cortejo del Nuevo Partido Anticapitalista (NPA).
Primero: ¿Qué es una megacueva? Según el sitio web de “Bassines Non-Merci”[1]https://bassinesnonmerci.fr/index.php/les-bassines-cest-quoi/(una de las organizaciones que preparan las distintas movilizaciones), una megacueva permite almacenar agua para irrigar los campos. La de Sainte Soline ocupa 16 hectáreas sobre el terreno, una capacidad de 720.000 m3 de agua, diques de 8 m de altura, 18 km de tuberías para conducir el agua bombeada a 6 puntos de captación. Peor, el agua que van a almacenar no es agua de lluvia, sino el agua de las capas freáticas. Su llenado requerirá 43 días consecutivos, con bombeo 24 horas al día, 7 días a la semana… ¡Todo esto para sólo 12 granjas conectadas y financiado con un 70% de dinero público!
Este proyecto se desarrolla en un momento de alta sequía, que deseca las reservas de las capas freáticas y que el acceso al agua potable se hace con camión-cisterna y botellas en varias provincias del país. La ley sobre el acceso al agua jerarquizó tres prioridades: primero, el acceso al agua potable, segundo, la preservación de los hábitats y tercero, el uso por motivos económicos. Observamos que la tercera prioridad se convirtió en segunda…
Así, lxs habitantes se organizaron y multitudes de organizaciones se juntaron a la lucha contra el proyecto: sindicatos (la Confederación Campesina, la CGT, la FSU…), ONGs (La Liga de los Derechos Humanos, Extinction Rebellion, Las Sublevaciones de la Tierra…) y partidos políticos (NPA, La Francia Insumisa, Europa Ecología Los Verdes…). Una primera manifestación se organizó el pasado octubre de 2022 y lxs activistas adoptaron distintas estrategias: manifestación pacífica, sabotajes y enfrentamiento con la policía. Sin embargo, cada una complementaba a la otra y permitió desbordar el sistema policial. La misma tarde, el ministro del Interior, Gerald Darmanin, dijo que lxs manifestantes eran “eco-terroristas”. La consecuencia fue que la participación a las acciones de los 24, 25 y 26 de marzo se encontró prohibida.
El 25 de marzo, lxs manifestantes acuden de toda Francia, pero también de Brasil, Italia o Chile. Hay tres manifestaciones: una más oficial, con organizaciones políticas y no violenta y dos más “ofensivas”. Éramos 30.000. La policía cambió de estrategia: en octubre, intentó impedir el acceso a la mega cuenca de Sainte-Soline y se encontró desbordada en los campos. Esta vez, dejaron la manifestación ir hasta la Mega Cuenca, rodeándola gracias a 3000 guardias civiles, coches, furgones policiales, un tanque y cañones de agua. Cuatro helicópteros sobrevolaban la zona. Todo esto para… proteger un hueco. Cuando finalmente llegamos al alrededor de la mega-cuenca, estuvimos acogidxs por guardía civil sobre quads que se preparaban para rodear el cortejo principal, donde se encontraban las organizaciones políticas, mayores, niñxs… Donde estaba yo. Intentaré explicarlo todo, a veces serán testimonios que pude apuntar, a veces serán mi experiencia propia. Participaba al servicio de orden de mi partido y, cuando vi los quads aproximarse, tuve miedo. No creo que era el único. Vi que se acercaban y yo me estaba preguntando: “No sé qué hacer frente a este tipo de carga, ¿qué vamos a hacer?”. Las lacrimógenas estaban ya preparadas, unas en el suelo como si nos dijeran “bienvenidxs”. Ni habíamos atacado, tampoco mostrábamos cualquier signo de violencia hacia la policía. Pero recordaba que había empezado a ver una de las otras manifestaciones, que se llamaba “la nutria amarilla” creo, andar hacia la cuenca también. La vieron también los quads. Se alejan, van a por ellxs. Primera ida de la guardia civil, la rechaza la manifestación ofensiva. Segunda ida, idem. Tercera ida, la guardia civil abandona. Al mismo tiempo, la manifestación en la que estuve yo sigue avanzando, viendo las lacrimógenas disparadas, las respuestas de la “nutria amarilla”, y los ruidos de explosiones que no cesan.
Mientras los enfrentamientos continúan, nuestra manifestación rodea la megacuenca. Formamos lineas, rodeamos el sitio[5]https://twitter.com/BassinesNon/status/1639564149830057989. Somos muchxs. Las fuerzas de represión también. Con lxs compañerxs del servicio del orden, cruzamos nuestros brazos, protegemos el cortejo, y lxs compas detrás nos apoyan y nos sostienen tomando nuestras bolsas o abrigos. Ya tenemos las mascarillas, el suero fisiológico en los bolsillos. Un camarada canta en el megáfono, respondemos. El compa que se ocupa de la organización nos dice “¿Estáis preparadxs? ¿Sabéis todxs lo que va ocurrir?”. Sí lo sabemos, pero nadie quiere regresar. Luchamos para un bien común, el canto militante “No Bassarán” nos ayuda (Cuenca se dice “Bassine” en francés) y lxs camaradas de la “nutria amarilla” siguen peleando mientras llega cada vez más gente por todos los lados.
Y de repente, avanzamos hacia la policía. Toda la línea, al mismo tiempo, se dirige hacia la cuenca, brazos cruzados. Y ya los disparos de granadas lacrimógenas aparecen. Resistimos. Estamos a diez metros de la policía. Seguimos cantando. Las lacrimógenas son cada vez más fuertes, ahora las granadas disparadas se dividen en cinco partes distintas. Pero basta con treinta segundos, un grupo de militantes en negro o azul aparecen y las entierran. Miro la zona de enfrentamientos más duros: ¡la nutria amarilla ha avanzado y hay furgones ardiendo![6]https://twitter.com/BassinesNon/status/1639564149830057989Sigo estando en primera línea, miro a mi alrededor, todo el mundo está llorando y tosiendo, pero cantando con energía “¡No Bassarán! ¡No Bassarán! ¡Las cuencas son una falacia. O la eliminamos, o nos mata todxs!”. Militantes detrás de nuestro cortejo empiezan a lanzar piedras, paran a cada disparo de gases, para dejar pasar a los grupos que entierran las granadas. Siento que he recibido un mensaje. Sé que es mi madre, que tiene miedo, ella sabe donde estoy y supongo que está mirando la televisión. Contestaré cuando pueda. Justo después, veo una granada naranja clavarse a un metro de mi compañero del servicio de orden y yo. Sin mirarnos, sabemos lo que es: una granada aturdidora. Fue uno de esos momentos, cuando sabes que va a explotar. Lo esperas, va a ocurrir, un segundo de eternidad aterradora y de brevedad escalofriante al mismo tiempo. Explosión.
El soplo nos tira al suelo mi compañero y yo. Las compas de detrás no pensaban que iba a ser tan fuerte. Nos levantamos, y tomamos de nuevo la posición, aunque no oímos nada por culpa de la granada. Todo el mundo nos pregunta si estamos bien. Miro a mi derecha, un tercer furgón está ardiendo. La nutria amarilla está colocada a la línea de coches policiales. Compañerxs de detrás toman el relevo en primera línea. Hace algo como cuarenta minutos que estamos en los gases, tengo dificultades para mantener los ojos abiertos y me duele la garganta. Tengo que retroceder un poco para respirar y tomar mi primer dosis de suero fisiológico, ya que si carga la policía, no la podré ver venir y seré un peligro para el cortejo. Disfruto del momento para contestar a mi madre, mintiendo, “no te preocupes, estoy lejos de la zona de peligro, estoy entero”. Cuando estoy vidente de nuevo, vuelvo al cortejo y me da cuenta de dos cosas: el NPA está solo frente a la policía, todxs lxs manifestantes “pacíficxs” se han ido. Solo queda nuestro cortejo, que canta cada vez más fuerte, y lxs militantes organizadxs, “profesionales del desorden” como dice Darmanin. La segunda cosa que constato, es que no oímos cualquier sirena de ambulancia. Descubriremos luego que lxs “street-medics” habían organizado un campo de fortuna para juntar lxs heridxs. Lxs representantes elegidxs tenían que hacer otra línea para impedir a la policía en quad disparar gases dentro de éste[7]https://twitter.com/realmarcel1/status/1640136795714211840. Y, sobre todo, la policía prohibió a los servicios de emergencia venir a curar lxs heridxs.
Una hora después del comienzo de los enfrentamientos, nos alejamos, todo el mundo grita “¡pausa merienda!”. Mantenemos un punto fijo con el NPA y otras personas para proteger heridxs, y esperar la llegada de los servicios de emergencia. Habrán otros disparos de granadas, pero el acto ha acabado. Estamos cansadxs, casi no oímos nada por culpa de las aturdidoras, un compañero ha recibido un fragmento de granada en el cuero cabelludo, todo el mundo llora. Pero estamos contentxs, logramos mantener la posición una hora a 10 metros de la policía, rodeado de gases, de granadas de desarme y aturdidoras.
¿Cuál es el balance que podemos hacer de este día? Primero, nuestra victoria. Logramos ser 30.000 personas para denunciar un proyecto ecocida, durante un movimiento social para defender las pensiones. Logramos mostrar nuestra determinación para defender los bienes comunes de la biosfera, aquí, el agua. Segundo, pudimos mostrar la brutalidad policial de un gobierno impopular y de un estado al borde del desmayo. Todo esto para defender un hueco. Un puto hueco de 16 hectáreas, hecho para alimentar un sistema capitalista voraz. 200 heridxs. Decenas gravemente. Una persona entre la vida y la muerte. Militantes del día a día, que quieren defender algo vital.
Así que te pregunto gobierno: ¿Qué protegía la policía? ¿Lxs ciudadanxs o los intereses de la agro-industria?
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Hace una década, el parlamentarismo español se sostenía sobre un bipartidismo en el cual dos grandes maquinarias —el PP (derecha) y el PSOE (centroizquierda)— dominaban el terreno electoral de forma abrumadora, oscilando entre mayorías absolutas y cuasi mayorías, sostenidas puntualmente por partidos nacionalistas catalanes y vascos de derechas. Hoy ese panorama se ha reconfigurado, con el PP y el PSOE por debajo del 30% de los votos y necesitando siempre para gobernar a partidos situados, al menos en el terreno discusivo, a su derecha y a su izquierda, configurando una política de bloques estable y definida pero sometida a tensiones internas.
En la derecha, el PP —partido heredero del sector conservador del franquismo lo suficientemente inteligente para adaptarse a la «modernización democrática»— ha perdido el monopolio de la representación exclusiva de la derecha. Primero surgió Ciudadanos, un partido liberal con pretensiones centristas que acabó devorado por sus propios errores tácticos pero también por la tendencia global a la polarización política, que liquida estos espacios políticos y los sustituye por partidos de extrema derecha. El surgimiento de VOX responde a este fenómeno, aunque adaptado a la idiosincrasia española: más ultraconservador que populista, más nacional-católico que rupturista, consigue agrupar el descontento de sectores duros del electorado derechista frente al auge del feminismo, el ecologismo y el independentismo catalán, agitando los pánicos morales de las viejas clases medias.
El PSOE sigue siendo el partido hegemónico en la izquierda, pero se ve obligado a gobernar en coalición con Unidas Podemos, apoyado por el nacionalismo vasco de derechas (PNV) y centroizquierda (BILDU), así como ERC, el partido independentista de centroizquierda que gobierna actualmente Catalunya. Todos estos partidos que hoy ejercen de muleta del PSOE (exceptuando el PNV) habían jugado un rol de catalizador del descontento «por la izquierda» con el régimen monárquico español y su democracia liberal de baja intensidad, pero han terminado aceptado el marco constitucional, convirtiéndose en pilares de la gobernabilidad del nuevo progresismo modernizador que actualmente gestiona el capitalismo español.
Las grandes movilizaciones del 15M y del independentismo catalán fueron el sustrato social que impulsó la reorganización del sistema de partidos español. El feminismo y el ecologismo, los grandes movimientos ciudadanos globales de nuestro tiempo, tomaron el relevo. Ya no queda nada (o muy poco) por debajo de aquel impulso y la renovación de las organizaciones sociales ha sido cortocircutada por la entrada en la gestión gubernamental de los partidos de izquierda, que han cooptado buena parte de aquel impulso mediante la generación de un nuevo «estado ampliado», a medio camino entre el lobby, la asesoría y la reclamación dentro de los cauces oficiales.
Este «estado ampliado» es frágil, ya que no se sostiene en la organicidad de las masas, pero es funcional para difundir un estado de abulia política y pasividad a través de salarios y prebendas que convierten a una capa de aspirantes a «intelectuales orgánicos» de clase media, en una red de «intelectuales tradicionales», eso sí, progresistas. Esto puede provocar un desplazamiento de los conflictos y de sus formas, algo que comentaremos brevemente más adelante.
La sociedad pospandémica española es una sociedad en donde las propensiones a la despolitización conviven con tendencias contradictorias. Hay un giro molecular hacia la derecha de amplias capas de la población junto con la consolidación de nuevas identidades sexuales y de género entre un sector de la juventud. La integración de una capa de activistas en la gobernabilidad capitalista va acompañada —y esta es la principal característica del gobierno progresista— de la vuelta a la concertación social y a un renovado papel político, en clave conservadora, de los sindicatos.
La política internacional, en un mundo donde el internacionalismo parece vivir una crisis terminal, condiciona la política nacional hasta límites insospechados. La guerra de Ucrania y el cambio climático provocan reacciones aparentemente contradictorias, como el miedo a los cambios, la incertidumbre y cierto hedonismo vacacional en las cada vez más menguadas capas de la población que pueden permitírselo. La inflación se come buena parte del salario de la clase trabajadora, vivir en las grandes ciudades de alquiler se ha vuelto una tortura, los servicios públicos han entrado en una fase de degradación sin freno, pero las cifras del paro (eterno drama estructural del mercado de trabajo español) se mantienen a niveles aceptables para una parte importante de la población.
Amplios sectores de la población se proletarizan, como por ejemplo, el personal sanitario. Una capa importante de la población, que se amplía año tras año, vive fuera de la representación de la sociedad oficial: migrantes que se hacen evangélicos, proletarios que rotan laboralmente, trabajadores del sector industrial que no existen ni para la izquierda de Madrid y Barcelona. El Estado busca construir nuevos nichos de estabilidad: toda una nueva generación de posuniversidad opta a opositar para ser funcionario. ¿Estabilidad ficticia, preludio del desastre o una nueva oportunidad para las izquierdas?
El gobierno progresista formado entre PSOE y Unidas Podemos marcó un hito en la historia del parlamentarismo español, al ser el primer gobierno de coalición desde el periodo republicano de los años 30. Pero más allá de la retórica épica, el gobierno progresista ha sido muy pobre en el terreno de las transformaciones sociales y políticas, dedicando sus esfuerzos a «pacificar» y estabilizar el orden constitucional en vez de buscar algún tipo de confrontación con las clases dominantes que permitiese generar una situación en clave ofensiva para la clase trabajadora.
Hay, sin duda, razones de fondo que explican este «reformismo sin reformas». El contexto económico del centro capitalista ya no es un contexto de crecimiento, y la tendencia a la caída de la rentabilidad, que no encuentra salida en una gran crisis purificadora, impide grandes operaciones redistributivas dentro del modo de acumulación capitalista. Siendo eso cierto, el gobierno del PSOE-UP ha sido incapaz de tomar ninguna medida profunda que palíe la caída general del poder adquisitivo de la clase trabajadora, cuyo salario se ve reducido mes a mes por una inflación que el año pasado alcanzó picos del 10%, mientras que la media de los aumentos salariales se situaba por encima del 2%.
La famosa reforma laboral de Yolanda Díaz (ministra de Trabajo y futura candidata presidencial) no derogó las medidas más lesivas impulsadas por los gobiernos anteriores, en concreto, la protección en caso de despido. El gobierno ha aumentado un 25% el presupuesto militar por orden de la OTAN, alineándose completamente con la política exterior del imperialismo norteamericano y abandonando reivindicaciones históricas de la izquierda, como el derecho de autodeterminación del pueblo saharahui. También ha mantenido una política extremadamente racista en las fronteras, con varios escándalos en la frontera con Marruecos y casos graves de violencia contra los migrantes provenientes de África. En un ejemplo de cinismo, Pedro Sánchez mostró su complicidad explicita con Meloni en este terreno.
El gobierno ha mantenido la edad de jubilación en 67 años, lo cual, en uno de esos casos en donde política y cinismo se entrecruzan sin ningún tipo de vergüenza, no fue obstáculo para que los ministros de izquierdas aplaudiesen las movilizaciones francesas que la clase obrera se oponía al aumento de la edad de jubilación a los 64 años. Los Fondos Europeos y el famoso keynesianismo verde, que iban a cambiar Europa para siempre porque presuntamente se habían aprendido las lecciones de la pandemia, solo han servido para maquillar y engordar las cuentas de las grandes empresas eléctricas. Los millones de euros del rescate bancario de 2008 no se han devuelto.
Los logros que puede exhibir el gobierno se pueden reducir a la ley trans y a la mejora de los permisos de paternidad: no son, por supuesto, cuestiones menores, pero el hecho de que sean más bien excepciones revela el carácter conservador y pasivizante del «gobierno más progresista de la historia», como ya es un dicho irónico común.
Así podríamos seguir, y la única respuesta de un partidario del gobierno progresista sería «¡cuidado, que viene la derecha!». En resumidas cuentas, no se ha transformado nada: la izquierda española empezó su proyecto de gobierno en donde lo acabó SYRIZA. Toda la épica del progresismo recuerda a aquella anécdota de la zarina a la que llevaron a recorrer los pueblos de Rusia y solo le mostraban, desde fuera, un montón de fachadas pintadas expresamente para la ocasión y que solo servían para esconder la realidad de los hechos.
Para una pequeña minoría, era evidente que la apuesta por entrar en un gobierno dirigido por un partido socioliberal como el PSOE iba a desarrollarse de esta forma. Podemos e Izquierda Unida también lo intuían (son cínicos, pero no tontos…) y han combinado una rebaja de expectativas con una aburrida sobreactuación discursiva que da lugar a una situación paradójica: ¿estamos ante logros históricos? ¿Debemos resignarnos porque no se puede avanzar más? ¿En que quedamos? Esta bipolaridad en la que vive la izquierda gubernamental daría para un buen estudio psicoanalitico, pero explica en parte las causas de la crisis que se ha desarrollado en el seno de la izquierda del gobierno.
Cuando Pablo Iglesias, Secretario General de Podemos, dimitió de su cargo de Vicepresidente del Gobierno y nombró a Yolanda Díaz como su sucesora, no se esperaba que ella se emancipase de su tutela y decidiera recomponer la izquierda sin contar con Podemos. Yolanda Díaz, política de veterano currículo y afiliada al Partido Comunista, había empezado su trayectoria en política municipal para dar el salto a la política nacional gallega de la mano de AGE (Alternativa Galega de Esquerdas), una alianza entre Izquierda Unida y un sector del nacionalismo gallego. En aquellos momentos, en los cuales el auge de Syriza operaba como faro de una ascendente radicalización política de ciertos sectores de la izquierda, Yolanda Díaz defendía con vehemencia la necesidad de una ruptura con las instituciones capitalistas.
Posteriormente surfeó todo el proceso de configuración de la nueva izquierda liderada por Podemos, convirtiéndose en una figura que, a pesar de estar afiliada a Izquierda Unida, era más cercana a Pablo Iglesias que a cualquier otra persona. Su evolución ideológica, ejemplifica bien la deriva del proyecto transformista de la izquierda en la última década. Firme aliada del PSOE, principal valedora de la concertación entre sindicatos y patronal, su aval a la OTAN durante estos meses de guerra en Ucrania es un ejemplo más de cómo siempre busca ubicarse dentro de los limites del establishment progresista europeo.
El conflicto entre Sumar (la nueva plataforma impulsada por Yolanda Díaz, que agrupa además a más de una decena de formaciones territoriales diferentes a Podemos) y Podemos solo puede ser comprendido desde aquella advertencia de Gramsci que decía que «No se considera lo suficiente el hecho de que muchos actos políticos se deben a necesidades internas de carácter organizativo».
Ambos espacios políticos mantienen la misma orientación de gestión gubernamental dentro del marco capitalista y aceptan el liderazgo del PSOE: ninguno se planea ni de lejos pasar a construir una fuerza de oposición independiente al régimen político español. Votan lo mismo en todas las cuestiones y su práctica política no ofrece ninguna diferencia sustantiva. Tienen diferencias tácticas en algunos terrenos: Podemos apuesta por un conflicto discursivo de mayor intensidad y por una lógica de diferenciación del PSOE en este terreno, así como una política de alianzas más abierta hacia el independentismo de centroizquierda catalán y vasco, mientras que Sumar plantea una táctica de mimetización más próxima al discurso socialista.
El conflicto desencadenado tiene más que ver con la disputa por la hegemonía de uno u otro aparato en el seno de la izquierda que con un debate estratégico real. Las próximas elecciones municipales y autonómicas del 28 de mayo fijarán la relación de fuerzas para una negociación entre ambos espacios: un terreno más favorable para el bloque de Yolanda Díaz, que no compite directamente y que puede verse beneficiada del previsible batacazo de un Podemos sin fuerza territorial y atrincherado en torno al férreo liderazgo de Iglesias, secundado por Irene Montero y Ione Belarra, las dos ministras que tienen en el gobierno.
Si bien la lógica racional indica que un pacto es fundamental para que el gobierno progresista tenga alguna opción de repetir mayoría parlamentaria en las próximas elecciones, el nivel de alto nivel de conflicto y la psicología de aparatos acostumbrados a peleas en las cuales el adversario debe ser aniquilado operan como contratendencias irracionales. Los próximos meses resolverán la incógnita; no así la perspectiva política de la izquierda, que seguirá encerrada en la lógica de formar parte de la gobernanza sistémica.
El momento de reconfiguración sistémica está relacionado con los resultados políticos de la evolución del ciclo anterior, y afecta a las fuerzas que se reclaman antisistémicas en un sentido amplio. Su debilidad y el hecho de que no haya surgido un nuevo polo que proponga una dinámica diferente reflejan una dialéctica entre lo político y lo social fundamental: en última instancia, es a nivel político, en sus evoluciones y desarrollos, como se resuelven los ciclos de movilización social. El proceso transformista de la izquierda pos-15M se ha traducido en un momento de pasividad social y giro a la derecha, pero las fracturas y contradicciones sociales persisten, pese al triunfo momentáneo por parte de las políticas capitalistas basadas en el «keynesianismo militar, sin crecimiento ni redistribución» (Brenner) a la hora de detener un estallido abierto de una nueva crisis.
La evolución de la sociedad española y de su estructuración produce que se generen amplias bolsas de precariedad y empobrecimiento. Las posiciones sociales y de clase son siempre relativas: es decir, en «relación» a otras, a procesos políticos e ideológicos de carácter histórico. Eso significa que existe una creciente masa empobrecida excluida de la sociedad oficial y de las estructuras de la izquierda y de la derecha que se dotan de formas de socialización propias, aunque sean inducidas por arriba, como ocurre en la relación entre iglesias evangélicas y sectores del proletariado migrante. Este fenómeno (nos referimos, obviamente, a la ampliación y consolidación de bolsas de obreros marginados por la sociedad oficial) se amplia también a trabajadores nativos, sobre todo en zonas que sufren la desindustrialización y el abandono territorial (algunas zonas de Andalucia, Extremadura y el olvidado mezzogiorno español son un buen ejemplo de ello).
En paralelo, otros sectores de la clase trabajadora ven empeorar sus condiciones de vida: ni los títulos universitarios dan para que todo el mundo adquiera su plaza de funcionario (principal garantía hoy de la estabilidad laboral), ni tener un trabajo garantiza buenos salarios. En ese sentido, la inflación ha actuado como disociador social, entre una fracción cada vez mas reducida (pero todavía significativa) de las clases medias que mantiene un alto nivel de vida y una amplia capa de trabajadores, pero también de autónomos o falsos autónomos, muchos de ellos de origen migrante, en la industria, logística y el sector servicios, que ve progresivamente empeorar sus condiciones de vida pese a vivir en sociedades opulentas. Este sector conforma la «moda» de la clase obrera (en el sentido de ser la situación que más se repite), pero está muy atomizado en el terreno organizativo: la clase obrera posee cierta capacidad sindical en la industria, pero es débil en servicios, por poner un ejemplo.
En mi opinión, los primeros sectores que hemos mencionado tenderán a largo plazo a expresarse políticamente mediante formas similares a los chalecos amarillos. Despreciados o ignorados por la política oficial, el estallido es su forma predilecta de acción política. La izquierda política no debe en ningún momento despreciarlos y debe siempre estar atenta a participar en formas híbridas de protesta política, así como buscar una orientación permanente hacia estos sectores, como por ejemplo, en campañas en defensa de la sanidad pública, cuestión particularmente sensible en los barrios obreros.
Lo fundamental en esta fase para recomponer una izquierda anticapitalista dinámica y con un mínimo de credibilidad entre la clase trabajadora pasa por partir de que hay una vuelta parcial y momentánea a la «estabilidad» por abajo, pero que es posible romperla en el medio plazo. Eso pasa por conseguir organizar a núcleos de trabajadores que sirvan como «palanca» orgánica, es decir, que por su cohesión y capacidad política asumen un rol de pivote en la lucha de clases.
No basta con discursos genéricos: la política requiere de capacidad estratégica y la política contrahegemónica solo puede partir de la concreción organizativa: necesitamos encontrar a los mineros del siglo XXI. Ahí la lucha en el terreno sindical y social pone al día la táctica: es necesario mover y remover en clave de conflicto a los sectores agrupados o influidos por los grandes sindicatos, baluarte central a día de hoy de la paz social.
Si la izquierda anticapitalista no asume una política de frente único que priorice la lucha conjunta de masas, desde una independencia política que se fundamente en núcleos de clase que ejerzan de «palanca orgánica», mientras gana influencia real entre la clase trabajadora a través de la experiencia compartida, se convertirá en un nicho contracultural para jóvenes universitarios, en un circuito endogámico y aislará a las bolsas de obreros del resto de la clase en el nicho sindical combativo. El peligro, sin duda, es real.
En los movimientos sociales, el reto pasa por conformar una corriente militante estratégica que rompa con la estructuración propia de la política liberal, que subordina lo social a lo político-institucional, reduciendo a la lucha contra las opresiones a una lucha de lobbys, presiones y subvenciones. Para ello, las corrientes anticapitalistas deberían evitar el aislamiento, pero también perder demasiado tiempo en peleas organizativas: lo importante es estimular una discusión política, que vuelva a poner en el centro la necesidad de una perspectiva integral y no compartimentada para luchar contra el sistema.
En el terreno programático, mi opinión es que la izquierda revolucionaria debe refundarse en torno a un proyecto ecosocialista, que ponga en el centro el cambio climático, la necesidad de una planificación democrática de la economía, en el marco de un nuevo tipo de Estado (en el caso español, basado en la plurinacionalidad confederal y el derecho a la autodeterminación), algo que el capitalismo es incapaz de ofrecer y que solo puede ser impulsado por la clase trabajadora y su autoorganización.
Esto debe entenderse en un sentido profundo, es decir, también como formulas de recomposición amplia del tejido social, pero poniendo en el centro la tarea de formar una organización política amplia de trabajadores, que no se reduzca a la reproducción de un «ismo» determinado como identidad submarxista, sino que busque avanzar sobre acuerdos programáticos y estratégicos fuertes. Estas ideas pueden parecer simples, pero un problema político real para las corrientes anticapitalistas es su tendencia a la dispersión en momentos de debilidad subjetiva en medio del caos objetivo: se trata de buscar un pivote programático a través del cual abordar el reto de crear una referencia política en la lucha contra el capitalismo.
La situación de impase en la política española responde a dos razones de fondo, ambas parte de una tendencia global. Por una parte, la crisis y a la vez pervivencia transformista del nuevo progresismo surgido al calor del ciclo 2008, cuyo declive ideológico no se traduce todavía en el surgimiento de nuevos fenómenos políticos masivos, sino que opera hasta cierto punto de freno.
Decir esto no significa que los nuevos fenómenos políticos masivos vayan a ser automáticamente acaparados por la izquierda revolucionaria: quien piense eso, posiblemente sea un chiflado. Lo que tratamos de decir es que esa supervivencia agónica (es decir, que lucha por no morir, pero no por la vida, por versionar una idea de Mariategui) está ligada a la frágil estabilidad y a prologar el inquietante impase generado por el «keynesianismo militar sin crecimiento ni redistribución» al que aludíamos más arriba. Si surgen movimientos antisistémicos de masas en España —que surgirán— lo harán en claro conflicto con el progresismo transformista, que eligió ser gestor del sistema en vez de plantear, pese a citar mucho a Gramsci, una guerra de posiciones contra él.
Nos hacemos eco de la campaña de consolidación financiera lanzada por la revista socialista jacobinlat.com
Aquí teneis el enlace al crowdfunding que acaba de lanzar
Teoría: Marxismo
24/05/2023
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Reproducimos a continuación la información general de la campaña lanzada por esta revista amiga del marxismo-revolucionario abierto y crítico.
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O
chenta años después del levantamiento del gueto de Varsovia el 19 de abril de 1943, cuando ya no queda vivo ninguno de los participantes, mucha gente sigue planteándose la pregunta: ¿cómo es posible que los judíos europeos no opusieron una resistencia más generalizada y más pronta a su aniquilamiento sistemático por los nazis?
De hecho, ésta es precisamente la pregunta que se hicieron varias personas judías en aquellos momentos. En octubre de 1942, después de que los alemanes ya se hubieran llevado a casi trescientos mil judíos de Varsovia hacia la muerte de forma ordenada -y prácticamente sin problemas teniendo en cuenta la envergadura de la operación-, Emmanuel Ringelblum, el encargado de documentar la vida (y la muerte) en el gueto, se atormentaba con esta duda: “Deberíamos haber salido corriendo a la calle, haber prendido fuego a todo, haber derribado los muros y habernos escapado al Otro Lado. Los alemanes habrían tomado su revancha. Habría costado decenas de miles de vidas, pero no 300.000. […] ¿Por qué no resistimos cuando empezaron a trasladar a 300.000 judíos de Varsovia? ¿Por qué nos dejamos ser llevados como ovejas para el matadero?”[1]Citado en Raul Hilberg, The Destruction of the European Jews, Holmes & Meier, Nova York, 1985.
Esta frase bíblica, “como ovejas para el matadero”, del salmo 44, resuena desde entonces como un leitmotiv en las reflexiones angustiosas de no pocos judíos.
Sin embargo, antes de examinar este interrogante más a fondo, conviene introducir un matiz, ya que la premisa en la que se basa no es del todo exacta. Tanto antes como después de esta revuelta, sin duda la más trascendente, se produjeron varios actos de resistencia colectiva, en algunos casos armada, en otros guetos e incluso dentro de algunos de los campamentos de exterminación.
Cabe mencionar, también, los grupos que se unieron a los partisanos que luchaban en los territorios ocupados por los alemanes, así como otras formas de rebelión más pasivas o individuales, como las fugas del gueto, las escapadas de los trenes durante el trayecto hacia las cámaras de gas, o los intentos de hacerse pasar por arios o de esconderse entre la sociedad fuera de los guetos.
Además, retrocediendo un poco más en el tiempo, se ve como ya desde finales del siglo diecinueve muchas personas judías se implicaron de lleno en el combate contra el ascenso del antisemitismo, del fascismo y del nazismo en los países donde vivían. También constituyeron hasta un 10 por ciento de las Brigadas Internacionales durante la Guerra Civil Española, considerada la última oportunidad de parar el fascismo, aunque en la mayoría de los casos no participaron en tanto que judíos, sino como miembros de organizaciones laicos que defendían valores universales como la democracia o el socialismo.
Sin embargo, si nos centramos en Polonia, donde los nazis liquidaron casi toda la población judía de más de tres millones, plantear la pregunta aún hoy conserva buena parte de su sentido.
¿Por qué tan poca resistencia?
Por supuesto no existe una respuesta sencilla. Una de las explicaciones más frecuentes invoca una combinación de engaño y autoengaño. Los nazis hicieron todo lo posible para esconder sus intenciones, sembrando falsas esperanzas, introduciendo divisiones entre la población (se salvarán las personas productivas), prometiendo reasentamientos con nuevas oportunidades y llegando a organizar el envío de postales y cartas de judíos contando las maravillas de sus nuevos destinos. Ante esto, costaba creer la enormidad de lo que relataban las publicaciones clandestinas dentro de los guetos basándose en testigos de escapados de los campamentos o en informaciones proporcionadas por la resistencia polaca. «Eso nunca podría pasar aquí».
Otro factor importante era el aislamiento, no sólo la segregación relativa de los judíos del resto de la sociedad antes de la ocupación, seguida de la separación física total con la implantación de los guetos después, sino el no contar con ningún referente o apoyo externo, como un gobierno en el exilio.
Dentro del gueto, la policía judía ejercía un fuerte control y ejecutaba las órdenes de los alemanes, transmitidas a través delJudenrat, o Consejo Judío, espoleada por ofertas de inmunidad o bajo pena de severos castigos por incumplimiento. Los alemanes tampoco tenían reparos en utilizar amenazas estremecedoras alternadas con los escarmientos más brutales, unas veces selectivos, otras totalmente arbitrarios.
Algunas explicaciones buscan razones más profundas y hablan de una tradición de adaptación, de evitar “provocaciones”, de minimizar los daños. En el gueto, esta actitud era encarnada por el Judenrat, compuesto precisamente por aquellos elementos de la comunidad que se lo habían apostado todo a la cooperación completa con la administración alemana.
Cambio de mentalidad
Fue sobre todo una parte de la gente joven quienes rompieron con esa “tradición”. «Para los laicos modernos la tradición judía de martirio,kiddush ha-shem[literalmente, santificación del nombre (de dios)], era la representación paradigmática del destino de la Diáspora contra el que se rebelaban»[2]Lucy S. Dawidowicz, The War against the Jews 1933-45, Penguin Books, Londres, 1990..
Al principio, buena parte de la población del gueto consideraba a esta juventud irresponsable y la contemplaba con escepticismo o miedo. Sin embargo, a medida que la Organización Judía de Combate (ŻOB), formada por diferentes grupos políticos de izquierda, tanto sionistas como antisionistas, iba eliminando a algunos de los policías y colaboracionistas más odiados, su prestigio y su apoyo crecían, mientras que los del Judenrat mermaban, hasta tal punto que el presidente del consejo les dijo a los alemanes: “No tengo ningún poder dentro del gueto. Otra autoridad rige aquí”[3]Ver Yitzhak Zuckerman: The Creation and Development of ŻOB, en Lucy S. Dawidowicz, A Holocaust Reader, Behrman House Inc., West Orange, N.J., 1976..
Fue en gran medida este cambio que permitió a la ŻOB prepararse para el enfrentamiento final. Con gran dificultad se las ingenió para conseguir algunas armas. Al mismo tiempo, convenció a miles de personas para que construyeran refugios subterráneos que les ofrecieran alguna protección a ellas también. Notemos, de paso, que una situación tan extrema como esta no había borrado las diferencias de clase, así que “los judíos acomodados gozaron de búnkers notablemente más lujosos que los de los pobres”[4]Hilberg, op. cit..
Hay que tener en cuenta que para entonces el 85% de los judíos que había habido en el gueto ya estaban muertos -unos 265.000 en los campos de exterminio, el resto dentro del gueto, de hambre, de enfermedades contagiosas o fusilados- y que de los setenta u ochenta mil que quedaban, la mitad se había registrado con las autoridades, mientras que la otra mitad se había pasado a la clandestinidad.
El acto final
Cuando los nazis entraron en el gueto el 19 de abril de 1943, víspera de la pascua judía, para empezar a deportar a ese 15% restante, toparon con los grupos armados que les estaban esperando y tuvieron que replegarse. Naturalmente, a pesar de la sorpresa inicial, no tardaron mucho en volver y se dedicaron a la labor de liquidar a los que permanecían sin el más mínimo reparo. Interrumpieron el suministro de agua, gas y electricidad, prendieron fuego a todos los edificios e introdujeron humo en la red subterránea de refugios y alcantarillado.
Para cuando la operación había concluido el 16 de mayo, con la voladura de la Gran Sinagoga como punto final (“un inolvidable homenaje a nuestro triunfo sobre los judíos”)[5]Jürgen Stroop, citado en Kazimierz Moczarski, Conversations with an Executioner, 1981. https://en.wikipedia.org/wiki/J%C3%BCrgen_Stroop, unos 57 mil judíos habían sido capturados o muertos -ejecutados, quemados en los incendios o enterrados bajo los escombros de los edificios derrumbados-, y unos cinco o seis mil se habían escapado (de los cuales la mayoría, sin embargo, fueron capturados después). Unas pocas decenas de miembros de la ŻOB, incluyendo a Zivia Lubetkin, una de las fundadoras, y Marek Edelman, otro de los líderes (de los que volveremos a hablar más adelante), sobrevivieron y pudieron salir del gueto a través de las cloacas. En el verano de 1944, algunos de ellos pudieron participar en la insurrección de Varsovia dirigida por el ejército nacional polaco, el cual les había dado armas para utilizar en su levantamiento el año anterior.
Por otro lado, según el informe de Jürgen Stroop, encargado específicamente de llevar a cabo la última fase de la operación, los alemanes (y las tropas de otras nacionalidades que les ayudaban) sufrieron 17 fallecidos y 93 heridos, aunque otras fuentes dan cifras bastante más altas.
¿Cómo evaluar, pues, esta reacción, contundente si bien tardía?
El significado del levantamiento: ¿una hazaña puramente nacionalista…
En opinión de Raul Hilberg, el historiador más destacado del Holocausto, este enfrentamiento no tuvo consecuencia alguna en cuanto al desarrollo posterior del proceso de destrucción. Sin embargo, dentro de la historia judía la batalla representó una verdadera revolución, pues después de dos mil años de una política de sumisión la rueda se giró y los judíos volvían a emplear la fuerza.
Efectivamente, los judíos -algunos cientos de hombres y mujeres jóvenes, al menos- emplearon la fuerza, la violencia, armas… y lo hicieron con toda legitimidad. Desde entonces, casi nadie ha puesto en duda su justificación. Ahora bien, sí cabe cuestionar si esta legitimidad es “transferible”, como propuso, por ejemplo, Yisrael Gutman, antiguo historiador principal de Yad Vashem, el centro israelí dedicado al Holocausto con la misión de “salvaguardar la memoria del pasado y transmitir su significado a generaciones venideras”.Según él, «la revuelta del gueto de Varsovia… se convirtió en un símbolo para aquellos que lucharon por la independencia de Israel»[6]https://www.myjewishlearning.com/article/warsaw-ghetto-uprising/.O, en palabras de Dina Porat, actual historiadora principal de Yad Veshem, sería «una fuente de orgullo para los supervivientes y para toda la nación judía»[7]https://www.yadvashem.org/remembrance/archive/central-theme/defiance-and-rebellion-during-the-holocaust.html.
Otro que quiso apropiarse de esta hazaña en beneficio del proyecto sionista es el exviceprimer ministro de Israel Abba Eban, para quien “la fuerza más positiva que surgió de las cenizas del Holocausto fue el ‘nuevo judío’ – el judío que ya no aceptaría de forma pasiva su destino, que lucharía por sobrevivir. […] El ejemplo más destacado de esta nueva actitud judía fue el levantamiento del Gueto de Varsovia”[8]Abba Eban, citado por John Rose en la introducción a Marek Edelman, The Ghetto Fights, Bookmarks, Londres, Chicago, Melbourne, 1990..
Vista desde ahora, inquieta la perspicacia de un miembro deHaShomer HaTzair(Joven Guàrdia) que detectó en una parte de la población judía del gueto el efecto perverso que el maltrato puede tener en las víctimas: “en el fondo de su corazón arde un sueño: ser como [los alemanes] – guapos, fuertes y seguros de sí mismos. Poder golpear, apalear e insultar, impunes. Despreciar a los demás, tal y como los alemanes desprecian a los judíos hoy»[9]Shmuel Braslaw, citado por Marcus Barnett, Remembering the Warsaw Ghetto Uprising, Jacobin, 04-19-2017 https://jacobin.com/2017/04/warsaw-ghetto-uprising-anniversary-socialists-radicals. Imitar a los maltratadores “vengándose” en un chivo expiatorio inocente no es una consecuencia inevitable, pero resulta más probable si se promueven los supuestos intereses de la propia nación por encima de las de cualquier otra.
… o internacionalista y universal?
Como afirma Idith Zertal, “nacionalizar las revueltas del gueto fue una manera de nacionalizar la narrativa y sacar todos sus elementos contradictorios, no-sionistas…. El hecho de que las organizaciones paraguas implicadas en la rebelión incluían todos los partidos políticos fue minimizado u ocultado”[10]Idith Zertal, Israel’s Holocaust and the Politics of Nationhood, Cambridge University Press, 2005.,
La Enciclopedia del Holocausto, editada por Gutman, apenas menciona a Marek Edelman, a pesar de la importancia innegable de su papel en el levantamiento. Su libro[11]Marek Edelman, The Ghetto Fights, Bookmarks, 1990sobre este episodio excepcional, el único escrito por uno de los protagonistas, salió publicado en Polonia en 1945, pero no apareció en Israel hasta el 2001. No es inverosímil ver aquí una relación con el hecho de que Edelman había sido miembro delBund, partido socialista judío laico que se había opuesto fuertemente a la política de emigración hacia Palestina preconizada por los sionistas, en parte por su incómoda similitud con la emigración masiva (a cualquier destino) propuesta como solución al “problema judío” por el régimen polaco de antes de la guerra, muy hostil a los judíos.
Es cierto que la mayoría de los partidos integrados en la ŻOB eran sionistas (más o menos “de izquierda”) y que su comandante jefe, Mordecai Anielewicz, de sólo 24 años, pertenecía a HaShomer HaTzair (Joven Guardia), un partido sionista-socialista. Sin embargo, la ŻOB concebía su lucha dentro del marco de una lucha más amplia contra el nazismo, en común con otros, mientras que la Unión Militar Judía (ŻZW), compuesta fundamentalmente de partidos sionistas de derechas, con un enfoque estrictamente nacionalista, se mantuvo aparte.
Así, la famosa proclamación emitida por la ŻOB el 23 de abril de 1943, dirigida, más allá del gueto a los “polacos, ciudadanos, luchadores por la libertad”, rechaza enfáticamente la particularidad de su combate: “Se está librando una batalla por vuestra libertad tanto como por la nuestra. Por el honor y la dignidad humanos, cívicos y nacionales, tanto nuestros como vuestros”[12]En Lucy S. Dawidowicz, A Holocaust Reader, Behrman House Inc., West Orange, N.J., 1976..
Relevancia para otra resistencia
Pero si la revuelta del gueto de Varsovia contra el programa exterminador de los nazis no puede usarse para justificar ni excusar en modo alguno la opresión y expropiación del pueblo palestino de parte del Estado de Israel, tal vez sí puede proporcionar una comparación válida que vindicaría la resistencia de los y las palestinas contra ese tratamiento implacable.
Huelga decir que no se trata de establecer una equivalencia entre el Holocausto y la Nakba. La exterminación sistemática de seis millones de personas (no sólo judías) por su clasificación como raza inferior -un caso paradigmático de genocidio- es de un orden de magnitud y de abominación que admite pocas comparaciones. Sin embargo, la limpieza étnica, los castigos colectivos, la ocupación y la apropiación de tierras, la opresión y la persecución, igualmente metódicas, practicadas por el Estado israelí (o el protoestado que le precedió) son hechos que, si les aplicáramos los mismos criterios, legitimarían sobradamente una resistencia palestina, no contra “los judíos”, sino contra el Estado que pretende, falazmente, hablar y actuar en su nombre.
Y es así como lo vio Marek Edelman. En 2002, presentándose como “antiguo Subcomandante de la Organización Militar Judía en Polonia, una de las líderes de la Insurrección del Gueto de Varsovia”, dirigió una carta a “todos los dirigentes de las organizaciones militares, paramilitares y guerrilleras palestinas”[13]https://otwarta.org/en/wp-content/uploads/2014/08/To-all-leaders-of-Palestinian-military-organizations.pdf. Es decir, tratándoles de este modo «de tú a tú», reconocía implícitamente la legitimidad de su lucha. El hecho de que en esta carta «se permite la libertad» de criticar, con gran respeto, algunas acciones de esta resistencia (concretamente los atentados suicidas contra la población civil), no hace sino reforzar ese reconocimiento.
Convertido en cardiólogo de profesión, estableció contacto con Mustafa Barghouti, presidente de la Unión de Comités Palestinos de Ayuda Médica, y apoyó a Marwan Barghouti, uno de los líderes de las dos intifadas, condenado a cinco penas de cadena perpetua en un juicio polémico.
A diferencia de algunos de los otros supervivientes de la ŻOB, que fundaron un kibutz con el nombre deLohamé ha-Guetot, los Combatientes del Gueto, Edelman permaneció toda la vida en Polonia, manteniendo siempre una actitud crítica e independiente. Con ocasión del 45 aniversario del levantamiento, se negó a participar en la conmemoración oficial junto a las autoridades estalinistas de Polonia y los dignatarios sionistas venidos de Israel, prefiriendo asistir a una ceremonia alternativa en honor a dos dirigentes del Bund asesinados por orden de Stalin durante la guerra. Como sentenció: “Ser judío significa estar siempre con los oprimidos y nunca con los opresores”.
Hoy, parece que la mayoría de las personas en Israel y en los territorios ocupados que se identifican como judías no se sienten interpeladas por esta máxima (ni por la de Dionisio Uchu Inca Yupanqui, popularizada por Marx, según la cual “un pueblo que oprime a otro no puede ser libre”). Fuera de allí, en cambio, el número de judías y judíos que cuestionan no sólo las políticas del gobierno israelí de turno, sino el propio sionismo como proyecto de asentamiento colonial, con su corolario de “genocidio larvado”, no deja de crecer, al igual que la solidaridad con el pueblo palestino.
La autodeterminación palestina no puede ganarse sólo desde el exterior, pero eso no quiere decir que la izquierda debiera dejar que los palestinos luchen solos, como ocurrió con los combatientes del gueto de Varsovia en su combate a la desesperada contra un adversario incomparablemente más poderoso. En un contexto de acentuada represión, habría que preparar las movilizaciones en torno al Día de la Nakba, el 15 de mayo, con la máxima energía y urgencia.