Autor: AndreuColl4

  • Crece en Argentina el movimiento anticapitalista, feminista y ecosocialista: nace Poder Popular

    Crece en Argentina el movimiento anticapitalista, feminista y ecosocialista: nace Poder Popular

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    Actualidad Internacional: Luchas y Movimientos

    16/09/2022

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    ruto del encuentro de tres organizaciones revolucionarias con importantes trayectorias en Argentina (Democracia Socialista, Organización Revolucionaria Guevaristas y Diciembre Colectivo Militante), nace “Poder Popular.

    Este es el resultado de la reflexión del pasado ciclo vivido en el país latinoamericano y la necesidad de dar un paso más en la construcción de una organización revolucionaria, que como en su manifiesto de nacimiento proponen “preservar elementos de continuidad fundamentales en la historia del movimiento obrero y de la izquierda revolucionaria: una perspectiva emancipatoria de la clase trabajadora” y una orientación estratégica clara para el nuevo ciclo que se abre marcado por la profunda crisis del capitalismo a nivel global y la reconfiguración internacional “una política de unidad y de independencia de clase en el rechazo a toda alianza estratégica con la burguesía; la delimitación frente al reformismo y a la conciliación de clases”.

    A continuación compartimos el manifiesto inaugural de esta nueva organización, “Poder Popular”.

    “Poder Popular es el resultado de la convergencia de tres organizaciones políticas (Democracia Socialista, Organización Revolucionaria Guevaristas y Diciembre Colectivo Militante) que confluimos en una instancia nueva y superior porque queremos contribuir a la lucha para cambiar esta sociedad de raíz. Esta nueva organización político partidaria, construida con las herramientas de un marxismo revolucionario no dogmático, tiene como una de sus principales tareas la construcción de poder popular.

    Nuestro tiempo histórico fue abierto con la derrota de los movimientos revolucionarios de los años 70 y 80 y la caída de los llamados “socialismos reales”, con la Unión Soviética en primer lugar, lo que configuró un nuevo escenario mundial en el que durante casi dos décadas el neoliberalismo logró avanzar con su ofensiva contra todas las conquistas de la clase trabajadora. Pero ese orden mundial neoliberal fue impugnado a inicios de siglo por las insurrecciones latinoamericanas y sus limitaciones se hicieron evidentes a nivel mundial con la crisis económica de 2008. Hoy nos encontramos en una etapa de gran inestabilidad, sin que las clases dominantes actúen con una estrategia común, lo que no impide su acuerdo en algunos puntos básicos tendientes a recuperar una dinámica de acumulación capitalista. Esto requiere avanzar con la “triple reforma” (provisional, impositiva, laboral), perspectiva resistida por rebeliones populares que en muchos casos lograron frenar las reformas más regresivas pero todavía sin construir alternativas revolucionarias que estén en condiciones de disputar el poder.

    En nuestro país venimos resistiendo hace años estos planes, que implicarían una profunda derrota para la clase trabajadora. Lo hicimos durante el último mandato de Cristina Kirchner cuando se comenzó a aplicar la llamada “sintonía fina” y mucho más cuando un macrismo envalentonado por sus buenos resultados en las elecciones intermedias de 2017 quiso acelerar con este proyecto. La batalla de Plaza Congreso contra la reforma previsional marcó un punto de inflexión para la gestión de Juntos por el Cambio, que a partir de allí se transformó en una banda en fuga, sólo preocupada por girar millones hacia diversos paraísos fiscales. Aunque celebramos la derrota electoral de este proyecto en 2019, alertamos sobre el peligro de creer en las promesas del Frente de Todos sobre una posible mejoría para las grandes mayorías sociales sin confrontar ni tocar ningún interés de las clases dominantes. La prueba final de la inviabilidad de este proyecto la tuvimos cuando se legitimó la millonaria e ilegítima deuda macrista con el FMI, condenando al pueblo a un clásico plan de ajuste para “honrarla”, estrategia que se profundizó con la reciente asunción de Sergio Massa como ministro de Economía.

    Por esto es que no aceptamos conformarnos pasivamente con el “menos malo” de dos planes que profundizan la crisis económica y social de millones de argentinxs y buscamos construir un nuevo proyecto socialista a la altura de las disputas actuales y con vocación de poder real. En un contexto en el que la mayoría de las fuerzas militantes se disgregan, la unidad es la perspectiva más clara para enfrentar esta nueva ofensiva antipopular.

    ¿Quiénes somos?

    Somos una corriente que se propone preservar elementos de continuidad fundamentales en la historia del movimiento obrero y de la izquierda revolucionaria: una perspectiva emancipatoria de la clase trabajadora, una política de unidad y de independencia de clase en el rechazo a toda alianza estratégica con la burguesía; la delimitación frente al reformismo y a la conciliación de clases. A su vez, abogamos por un internacionalismo concreto con las luchas de los pueblos del mundo contra el capitalismo, el imperialismo y el patriarcado.

    Somos parte de las batallas cotidianas de nuestro pueblo en los distintos frentes y promovemos la unidad en defensa de nuestros derechos en cada territorio, en nuestros lugares de trabajo, estudio u organización social. Impulsamos la lucha de los sectores populares desde nuestros gremios, espacios de trabajo y de estudio, buscando aunar las fuerzas con lxs trabajadorxs ocupadoxs y desocupadxs, el movimiento de mujeres y disidencias, las resistencias contra la represión estatal y el gatillo fácil, al tiempo que impulsamos un arte y una cultura emancipatorios e incentivamos el protagonismo juvenil.

    Somos hijxs y nietxs de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, heroicas referencias de la lucha antidictatorial a quienes reconocemos como algunos de los puntos más alto a nivel mundial en la lucha por los derechos humanos. Somos herederxs de las luchas por la emancipación de nuestrxs 30.000 y combatimos la represión estatal en todas sus formas (desde el gatillo fácil hasta la represión a la protesta social, pasando por las brutales condiciones que la Justicia y los servicios penitenciarios generan para lxs detenidxs). Como antirracistas y antifascistas, nos consideramos enemigos irreconciliables de las nuevas o tradicionales derechas y ultraderechas.

    Somos una organización anti capitalista, feminista y ecosocialista. Porque en nosotres viven las luchas de nuestros pueblos, de las comunidades arrasadas por el extractivismo del colonialismo, el imperialismo y el patriarcado. Por ello estamos convencides que estas luchas contestatarias tienen un hilo que las une contra la explotación y la opresión. Nuestro feminismo busca anclarse en las luchas de los pueblos desde su propia voz, pensando la interseccionalidad y el transfeminismo como quiebres respecto de un feminismo blanco colonial que puede tolerar el desguace de nuestros territorios y recursos naturales y el empobrecimiento de grandes sectores sociales.

    Somos una organización con anclaje en la rebelión popular del 2001 que hoy se dispone a construir una alternativa en la etapa actual marcada por la profunda crisis política y económica que atraviesa nuestro país en los últimos años. Rechazamos la idea de que para construir alternativas políticas debamos abjurar de quienes supieron marcar la historia de nuestro pueblo con su lucha contra el neoliberalismo, enfrentando la represión estatal en las calles.

    Por todo esto, construimos una herramienta que busca dar salida a la crisis actual por izquierda, que elabore un programa atento a las problemáticas cotidianas de la clase trabajadora y el pueblo con una perspectiva de superación del capitalismo en Argentina.

    Desde nuestros recorridos previos hemos visto como la propuesta realmente utópica es la de construir un capitalismo con rostro humano, un “capitalismo en el que todos ganen”, como intentan explicar desde el Gobierno. Pero quienes vivimos de nuestro trabajo y compartimos las luchas y las resistencias populares no podemos aceptar una propuesta que condena a la miseria a buena parte de la población.

    Por eso, con una vocación real de construir poder popular, salimos a la calle con nuevas fuerzas, nuevxs compañerxs y reforzadas convicciones para contribuir desde hoy a prefigurar con cada una de nuestras acciones la sociedad socialista que soñamos”.

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  • Chile. Amplio rechazo al proyecto de nueva Constitución

    Chile. Amplio rechazo al proyecto de nueva Constitución

    chile

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    Franck Gaudichaud y Miguel Urrutia

    Franck Gaudichaud es profesor de estudios latinoamericanos en la Universidad de Toulouse-Jean Jaurès y miembro del equipo editorial de ContreTemps . Miguel Urrutia es sociólogo de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile y activista de Izquierda Libertaria (Chile).

    Fuente: Jacobin América Latina

    Actualidad Internacional: Latitudes. América Latina

    06/09/2022

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    omingo, 4 de septiembre de 2022, Santiago de Chile: Activistas de la Coordinadora de Movimientos Sociales por el «sí» (apruebo) a la nueva Constitución (Comando de los movimientos sociales para el Apruebo) reunidos en la sede del sindicato Bata en del centro de la capital, a pocos pasos de la emblemática Plaza Dignidad, centro neurálgico de la gran rebelión popular de octubre de 2019. Los resultados del referéndum sobre el nuevo texto constitucional, elaborado a lo largo de un año por la Convención Constituyente, órgano elegido por sufragio universal en mayo de 2021, comenzó a caer a las 18.00 horas.

    Entonces comprendemos rápidamente que el rechazo iba a prevalecer, pero nadie había previsto el alcance de la derrota. Luego de meses de movilización, era necesario enfrentar y aceptar la victoria de los sectores conservadores opuestos a la propuesta constitucional, que buscaba nada menos que poner fin a la Constitución de 1980, redactada durante la dictadura de Pinochet e instaurar una de las más constituciones democráticas en el planeta.

    El resultado fue contundente: 61,88% a favor del rechazo (rechazo) y 38,12% a favor del apruebo (aprobación), con una participación de más de 13 millones de votantes (85,81% de los votantes registrados), es decir, 4,5 millones más que en la segunda ronda de las elecciones presidenciales de diciembre de 2021, incremento determinado principalmente por la instalación de un sistema de voto obligatorio con registro automático.

    En la región de Magallanes, en el extremo sur, donde vive la familia del presidente Gabriel Boric, el rechazo ha llegado al 60%: una derrota personal para el joven líder de izquierda. En el Norte, el apruebo no llegó al 35% y en la región de la Araucanía, donde vive la mayoría de las comunidades mapuches, el rechazo llegó al 74%. Incluso en el Gran Santiago o Valparaíso, áreas urbanas tradicionalmente más propensas a los cambios y donde recientemente se eligieron varios alcaldes de izquierda (incluidos los comunistas), no hubo mayoría a favor de la nueva Constitución: la aprobación solo logró una mayoría en 8 de los 346 municipios del país!

    Voceros de la derecha y del “centro” (incluidos miembros de la Democracia Cristiana), opuestos al texto, aparecieron de inmediato en los medios para celebrar su éxito en ciertas calles y plazas de las zonas acomodadas de Santiago. La extrema derecha también se alegró por el resultado. Varios líderes conservadores se maravillaron ante la magnitud de su victoria, un escenario improbable hace dos años, cuando Chile -“oasis” y “escaparate” del neoliberalismo- parecía tomar un nuevo rumbo histórico marcado por la rebelión de octubre de 2019.

    Las élites neoliberales han tratado reiteradamente de tapar “desde arriba” las profundas grietas del modelo y la profunda crisis de legitimidad (y representatividad) del sistema político, que casi lleva a la destitución del multimillonario presidente Sebastián Piñera, en octubre. Así, el 15 de noviembre de 2019, la práctica totalidad de los partidos presentes en el Parlamento (desde la izquierda hasta la extrema derecha) firmaron el “Acuerdo por la paz social y una nueva Constitución”. Este acuerdo dividió al Frente Amplio (coalición parlamentaria de izquierda, en parte fruto del movimiento estudiantil, creada en 2017) entre quienes apoyaban el acuerdo y una canalización «necesaria» de las luchas en curso y quienes veían -con razón- en este acuerdo una forma de desactivar el fuerza de la rebelión popular al imponer una salida institucional. Las franjas más movilizadas del movimiento han calificado y denunciado así el acuerdo como producto de una nueva «cocina» entre los partidos políticos del sistema, un pacto concluido «a puerta cerrada» mientras el movimiento popular enfrentaba una violenta represión criminal por parte de el Estado chileno (con miles de heridos, pero también el encarcelamiento de cientos de “presos políticos” de la revuelta social).

    En concreto, el 19 de diciembre de 2021, uno de los mentores del Acuerdo, Gabriel Boric , fue elegido Presidente de Chile al frente de una alianza (Apruebo Dignidad ) formado por su coalición, el Frente Amplio y el Partido Comunista. Esta elección del exdirigente estudiantil parecía confirmar, indirectamente y en las urnas, una fuerte voluntad de cambio social, aunque sobre la base de un programa de centroizquierda muy moderado y enfrentándose a Antonio Kast, el candidato de la ultraderecha que reflejó una demanda de «orden» con acentos racistas, antifeministas y xenófobos de gran parte de la población. Las alarmas ya estaban encendidas, pero la mayoría de las fuerzas de la izquierda parecían no verlas. Previamente, las cifras del plebiscito de 2020 habían indicado ciertamente amplias posibilidades de transformación sociopolítica (el 78% de las votantes aprobaron la idea de una nueva Carta Fundamental para enterrar la Constitución de 1980), a pesar de las limitaciones propias de una Convención Constituyente en parte “regulada” por los antiguos partidos del Congreso (imponiendo en particular una mayoría calificada de 2/3 para cualquier adopción de un nuevo artículo). Sin embargo, en ese momento también se encendieron otras alarmas: casi la mitad de los chilenos no se movilizaron en las urnas, especialmente en los barrios populares, para esta histórica votación que iba a cerrar la puerta al legado institucional de Pinochet.

    Pero la fuerza impulsora de Octubre aún parecía lo suficientemente fuerte como para poder imponerse parcialmente durante la conformación de la Convención, en una elección directa por sufragio universal, con paridad, con escaños reservados a los pueblos indígenas, con listas de candidatos independientes (fuera de los partidos ) y la destacada presencia de activistas del movimiento feminista y social. El pie del muro de la derecha y de los sectores más conservadores minoritarios dentro de la Convención permitió obtener un texto constitucional progresista y en muchos aspectos muy avanzado: se proponía acabar con el Estado neoliberal subsidiario y construir un Estado “de derecho, social y democrático”, solidario e igualitario, reconociendo múltiples derechos fundamentales y sociales (salud, educación, jubilación), incluyendo formas de democracia participativa, con un espacio real de bienes comunes y formas de enfrentar el clima crisis. Con también una fuerte presencia de demandas feministas -como el reconocimiento del trabajo doméstico y de cuidados remunerado y no remunerado-, el texto también validó el establecimiento de un sistema público de seguridad social, la desprivatización parcial del agua, el fin del senado para crear una cámara de regiones y la creación (por fin) de un estado plurinacional, integrando parte de las reivindicaciones históricas y territoriales del pueblo mapuche, incluyendo su sistema de justicia. Ciertamente muchos otros puntos han quedado en letra muerta, particularmente la posibilidad de que la minería (cobre, litio) regrese al control público, límite considerable para cualquier afán bastante reformista en un país como Chile.

    El derecho laboral también ha experimentado un notable avance en la propuesta constitucional con la negociación colectiva por ramas, el derecho efectivo a la huelga y el fortalecimiento de la representatividad sindical, es decir un giro copernicano en relación a la regulación del actual capitalismo chileno, provocando el descontento de las grandes empresas locales y transnacionales. Por supuesto, la nueva Constitución no iba a desmantelar por sí sola al neoliberalismo, pero ciertamente creó mejores condiciones para seguir luchando en el país andino. ¿Cómo explicar entonces que una gran mayoría de chilenos le haya dado la espalda a esta propuesta, considerada por muchas organizaciones sociales como un avance histórico?

    En primer lugar, debemos subrayar la capacidad de las clases neoliberales dominantes para concentrar su fuerza en el área donde las luchas sociales parecían capaces de avanzar: los derechos sociales consagrados en el proyecto de nueva Constitución en áreas como salud, vivienda, acceso al agua, educación y trabajar. Para ello, las fuerzas de Rechazo han establecido una estrategia de comunicación poblada de fake news. A través de una campaña que movilizó varios millones de dólares en las redes sociales y utilizando su cuasimonopolio de los medios de comunicación masiva, los opositores al texto adelantaron disparates del siguiente tenor: si se aprobara el texto constitucional » habrá que tratar a los ciudadanos de manera colapsada del sistema de salud pública» , «se suprimirá la libertad de enseñanza» , «se crearán subsidios y bonos estatales para que los trabajadores opten por el paro en lugar del trabajo» , «se expropiarán algunas viviendas y se limitará la propiedad privada», » se abolirá el principio de igualdad ante la ley favoreciendo a los nativos y a los homosexuales entre otras ‘minorías’, «se abolirá la libertad de culto y se perseguirá a las comunidades evangélicas» , «se autorizará el aborto en cualquier momento de la gestación», «la migración se levantarán los controles en las fronteras”, “los delincuentes serán protegidos judicialmente en perjuicio de las víctimas”, “se confiscarán los ahorros de las cajas de retiro de los trabajadores, impidiendo su herencia , “se cambiará el nombre del país y los escudos patrios” … por mencionar solo algunas de las afirmaciones que han aparecido en el tiempo de emisión obligatorio de TV durante la campaña. Más que la variedad de fakes de la campaña de Rechazo, es importante subrayar la capacidad real de planificación estratégica de la derecha. Estos líderes también optaron hábilmente por una campaña que se decía favorable al cambio constitucional pero no a esta nueva Constitución, encontrando así aliados en el centro del espectro político y entre los partidarios de la anterior Concertación (social-liberales que gobernaron el país durante 20 años) .

    En este punto, pudimos ver una diferencia importante con las fuerzas políticas de Apruebo: si bien la izquierda parlamentaria y los movimientos sociales antineoliberales obtuvieron la mayoría de los escaños en la Convención Constituyente, desde el momento inaugural de la elección del cargo ejecutivo, mostraron sus diferencias y débil capacidad estratégica; algunos electores en su mayoría parecían seguir los hábitos y costumbres del desacreditado Congreso chileno, alimentando una imagen desastrosa en la opinión pública. Las listas de independientes también sufrieron varios reveses y un escándalo que resultó en la renuncia de un miembro electo de la “lista del pueblo”. Al mismo tiempo, las fuerzas de centroizquierda se han mostrado reacias a seguir las propuestas refundadoras de los electos vinculados a las movilizaciones, prefiriendo garantizar la estabilidad del Estado y los acuerdos con los social liberales. De hecho, a pesar de las numerosas iniciativas de consulta y participación, la Convención parecía demasiado alejada de las preocupaciones inmediatas del mundo popular y sus intereses, y esta tendencia no ha podido revertirse en las últimas semanas. Al mismo tiempo, cabe señalar que las asambleas territoriales múltiples y el cabildo, así como los intentos de concertación de jóvenes y colectivos de trabajo vecinal -que habían surgido con fuerza durante octubre de 2019- se han ido desmantelando y han perdido fuerza, tanto a través de el efecto de las políticas institucionales y electorales ya través de la continua represión estatal. En un segundo tiempo, la pandemia, el toque de queda y la crisis económica han arrojado una regla de plomo, además, sobre la dinámica de las luchas.

    Además, el gobierno de Boric , a pesar de las promesas de reformas progresistas de la campaña, rápidamente se vio envuelto en el mismo juicio ciudadano de rechazo y desaprobación. Si bien se necesitaba una decisión política para poner agua en el molino del cambio constitucional, el gobierno inauguró un mandato vacilante, débil políticamente, en la búsqueda permanente de alianzas “pragmáticas” con la ex Concertación en el Congreso -donde es minoría- para poder gobernar. En muchos momentos, sentimos claramente el peso del verdadero jefe de gabinete del gobierno, el ministro de Hacienda Mario Marcel, expresidente del Banco Central y exmilitante del bloque social-liberal que dirige el país desde 1990. El Ministro del Interior, Izkia Siches, también ha estado en el centro de las críticas por haber iniciado su proceso buscando brevemente el diálogo con las comunidades mapuche en conflicto para terminar avalando la militarización de la zona y el encarcelamiento del líder de la Coordinadora de Comunidades en Conflicto Arauco- Malleco, (CAM), Héctor Llaitul. Lo mismo ocurre con la cuestión de los presos políticos de la «Rebelión de Octubre», varios de los cuales han permanecido en prisión preventiva durante meses, incluso años, mientras que el Ejecutivo no ha mostrado en ningún momento la voluntad de proceder con un indulto general. Ciertamente se han logrado avances concretos en el acceso a la salud pública, pero la falta de avances en temas centrales de la economía, y en el proyecto de una –tímida– reforma tributaria, terminó por destruir la imagen de “gobierno reformista” del ejecutivo. Gabriel Boric no está dispuesto a enfrentarse a los habituales poderes económicos y de facto, ni a movilizar a su base social para ello. Desde esta posición de clase, una parte importante de los que habían votado por él comenzaron a desaprobarlo abiertamente. Al mismo tiempo, la derecha ha aprovechado su bien engrasada maquinaria mediática para confundir la creciente impopularidad del gobierno con el texto de la nueva Constitución, un texto también extenso (388 artículos) y considerado “maximalista” en varios puntos. por sectores sociales muy diversos, que van desde católicos opuestos a la inclusión del derecho al aborto en la Constitución, hasta ciudadanos “patriotas” atemorizados por la noción de plurinacionalidad . Al mismo tiempo, el crecimiento del crimen organizado y el narcotráfico, muchas veces asociado por la prensa con las dramáticas situaciones de los migrantes en el norte del país y la explosión de la inflación y el trabajo informal, han alimentado un clima de temor y reacción. El nuevo electorado de más de 4 millones de personas convocadas a las urnas por el nuevo sistema de sufragio obligatorio (en particular los adultos mayores), se vinculó directamente a la franja popular desilusionada o con ganas de expresar su enfado: el amplio triunfo de Rechazo se consumaba así . , sin que el significado político de este voto pueda ser considerado mecánica y unánimemente como un voto a favor de la derecha, pero muchas veces más en contra de una situación social y política degradada.

    Como señala el historiador Igor Goicovich, el divorcio entre el mundo popular, el gobierno y el proceso constituyente es evidente al analizar los resultados del 4 de septiembre. Los múltiples cuestionamientos planteados durante la Convención por los movimientos sociales sobre feminismo, ecologismo o plurinacionalidad no despertaron gran apoyo del electorado popular e incluso despertaron incomprensión en el país «de fondo» : «En todos los municipios que los ecologistas llaman «zonas de sacrificio». «, la opción de Rechazo se ha impuesto en gran medida (…). Los municipios de la Región del Biobío y La Araucanía ( Macrozona Sur ) han experimentado una evolución similar. Orientado en gran medida hacia la explotación maderera, el conflicto entre las empresas madereras y las comunidades indígenas ha alcanzado dimensiones cada vez más radicales. (…) Si observamos el comportamiento electoral de los municipios de la región metropolitana, vemos una tendencia histórica: los municipios de mayores ingresos (Las Condes , Lo Barnechea y Vitacura ) votan masivamente por la opción Rechazo . Los municipios que reúnen preferentemente a los sectores medios de la población, como La Reina, Providencia, Macul, Peñalolén y La Florida, también votan por esta opción, con excepción de los municipios de Maipú y Ñuñoa. Al mismo tiempo, prácticamente todos los municipios obreros, incluidos Recoleta, El Bosque, La Pintan , La Granja, Lo Espejo , Cerro Navia , Renca e Independencia , que han sido bastiones históricos de la izquierda, también optaron por Rechazo. La dimensión de rechazo de clase de este voto es masiva y debería ser una lección de humildad y autocrítica para los izquierdistas sociales y políticos, ya sean reformistas o revolucionarios.

     

    La franja del mundo popular que, a pesar de todo, votó por Apruebo tanto en el plebiscito del domingo pasado como en el de 2020, se enfrenta hoy a un sentimiento de fracaso y de impasse, que podría convertirse en un compromiso profundamente antagónico al modelo neoliberal chileno si emergen alternativas políticas concretas, independientes de la izquierda parlamentaria, y capaces de proponer respuestas a las demandas sociales no resueltas desde octubre de 2019. Porque es claro que tal proyecto no puede contar con el apoyo del actual gobierno. En su discurso plebiscitario del domingo, Gabriel Boric llamó a la «unidad nacional» y a abandonar el «maximalismo, la violencia y la intolerancia», al tiempo que anunció una rápida remodelación del gabinete. La posterior remodelación del gabinete confirma la trayectoria social-liberal del gobierno «hacia el centro», abriendo aún más el palacio de La Moneda a las fuerzas de la ex Concertación, lo que podría dañar aún más a su aliado, el Partido Comunista. Este gabinete estará listo para cerrar la reforma fiscal en forma de pacto con la derecha, que previsiblemente atenderá las prioridades inmediatas de supervivencia del gobierno de atraer capitales dando la bienvenida a las empresas de pago rápido y pidiendo anticipos para cubrir el gasto público con el fin de contener nuevas movilizaciones, particularmente de jóvenes, que ya están surgiendo.

    En cuanto a la Constitución, el Presidente y el conjunto de los partidos han afirmado que seguirán trabajando en una nueva ruta constituyente, pero que ahora estará centrada en el actual Congreso, insinuando así el retorno de la “política de consenso” aún rechazado desde 2019, sepultando la impronta transformadora de la nueva Constitución. Un proceso “descafeinado” controlado por la derecha y el centro podría acabar finalmente con la Constitución de Pinochet, al tiempo que garantizaría la continuidad neoliberal a las clases dominantes. Pero el juego sigue abierto ya que la fuerza latente de la rebeldía popular podría seguir corriendo por los sótanos de la sociedad chilena. El 4 de septiembre, ante el resultado del plebiscito, la Coordinación de Movimientos Sociales por el «Sí» concluyó su pronunciamiento de la siguiente manera: «Es imperativo que los sectores que se han organizado para hacer posible este proceso también asuman la tarea nos incumbe hoy. No hay vuelta atrás. Nuestro pueblo ha tomado una decisión indiscutible y la tarea de derrocar la Constitución de Pinochet y el modelo neoliberal sigue en la agenda. En este proceso, las lecciones que hemos aprendido serán fundamentales, porque los movimientos sociales ya no somos lo que éramos antes de redactar esta Constitución. »

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  • Las tensiones en Asia agitan el tablero mundial

    Las tensiones en Asia agitan el tablero mundial

    pelosi

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    Eduardo Lucita

    Economistas de Izquierda, Argentina

     

    Actualidad Internacional: Opinion

    16/08/2022

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    a isla de Taiwán es hoy la casilla del tablero mundial donde se concentra la disputa sino-estadounidense por la hegemonía, pero es todo el orden global el que está siendo erosionado por las tensiones geopolíticas. El control de la tecnología de los semiconductores es de las principales fichas en disputa.

    La disruptiva “visita” de la presidenta de la Cámara de Representantes estadounidense a Taiwán agregó otro frente de conflicto, a un mundo ya conmocionado por la guerra ruso-ucraniana. China, que alertó que no “jugaran con fuego”, considera esa visita como una afrenta al acuerdo de 1979 –apertura de relaciones entre las potencias- que definía la relación del continente con la isla bajo el lema  “Un país dos sistemas”, desde entonces EEUU adoptó la llamada “neutralidad estratégica” (múltiples relaciones extraoficiales pero ninguna representación diplomática). Esto parece haberse roto y atravesamos un momento propio de la pasada Guerra Fría, que los chinos han comparado con “la crisis de los misiles” en Cuba, de la que el próximo octubre se cumplirán 60 años.

    La República Popular  respondió con ejercicios militares que rodearon la isla y suspendió mecanismos de cooperación en áreas como cambio climático, delincuencia y narcotráfico. EEUU declaró que no está interesado en escalar las tensiones pero desplegó fuerzas navales en la zona, mientras que Taiwán no se quedó atrás, movilizó fuerzas aéreas y navales y activó el sistema de misiles terrestres. En el marco de un equilibrio inestable en la región todos están jugando con fuego.

    ¿Cómo entender el viaje de Nancy Peloso?, aparentemente contrario a la opinión de Biden y el pentágono. Tal vez como un producto de la reciente cumbre de la Alianza Atlántica en Madrid. El documento allí aprobado establece el nuevo “Concepto Estratégico” que reemplaza al que se había acordado en las cumbres de Lisboa 2010-12, que colocaba a la Federación Rusa como “un socio, no un adversario”. “La guerra fría quedaría atrás” se dijo.

    Desde ese entonces la economía rusa creció, la Federación extendió su influencia en el oriente medio mientras trababa relaciones con Irán y selló una alianza estratégica “sin límites con China”. La invasión de Ucrania terminó de definir la situación.

    El documento de Madrid dice exactamente lo contrario al de Lisboa. “La Federación Rusa representa la amenaza más significativa y directa para la seguridad de los aliados” en lo inmediato, pero en el mediano y largo plazo es la República Popular por “sus ambiciones declaradas y sus políticas coercitivas, que desafían nuestros intereses y valores”. Es el rival estratégico “que subvierte las reglas del orden internacional”.  Este nuevo concepto  articula toda la estrategia de defensa y seguridad de la OTAN para los próximos diez años. Promueve su fortalecimiento (más soldadesca con mejor equipamiento) y la extensión hasta la zona indo-pacífico (léase defensa de los intereses norteamericanos en la región).

    China ingresó a la OMC en 2001, lo que fue saludado con bombos y platillos. Era la evidencia que la potencia asiática se sometía al sistema global del capital. En pocos años comenzó a ser un competidor de peso, sus productos e inversiones se desplegaban por varios continentes apoyado en una gran capacidad comercial y financiera. Comenzó a dominar las cadenas de valor global y su desarrollo tecnológico avanzaba aceleradamente. Su influencia mundial creció en forma exponencial.

    2018, bajo la administración Trump, puede fijarse como el año del inicio de la disputa comercial sino-estadounidense. Durante varias décadas este período -pos Guerra Fría- fue dominado por la dialéctica disputa / cooperación en el marco de la transición del poder mundial, ascenso de China y el sudeste asiático y declinación de EEUU.

    Esta rivalidad estratégica que al mismo tiempo garantizaba la gobernabilidad mundial, combinaba alianzas militares y acuerdos comerciales. Si EEUU se afirmaba en el militarismo mientras abandonaba el multilateralismo, China asumía el liderazgo del libre comercio – la nueva Ruta de la Seda es una apuesta estratégica- y aumentaba su influencia mundial. Rivalidad estratégica y gobernanza dominaban el tablero mundial.

    La pandemia primero, la guerra después y ahora el conflicto por Taiwán le ponen un cierre al período de la pos Guerra Fría y abren otro donde se han puesto entre paréntesis los mecanismo de coordinación/cooperación entre las dos superpotencias, con fractura de la globalización y rotura las cadenas globales de valor. Los Estados buscan ahora mayor grado de autonomía en cuanto a la producción/provisión de productos y equipamientos estratégicos, entre estos la producción de componentes electrónicos. Las dos plantas que la empresa TSMC (Taiwán Semiconductor Manufacturing Compañy) tiene instaladas en Taiwán (aportan el 50% de la producción mundial) abastecen a EEUU, a la UE y a China. Si la potencia asiática decidiera bloquear la isla, controlando las vías navegables por el estrecho, cuya posibilidad demostró con el ensayo de maniobras militares de los últimos días, provocaría un desabastecimiento que podría hacer colapsar la economía mundial.

    Con la aprobación por el congreso de la Ley de Chips y Ciencia, por la que se destinan 52.000 millones de dólares para subsidiar la fabricación de circuitos electrónicos y chips EEUU  busca independizarse de la producción taiwanesa y al mismo tiempo, al prohibir  a empresas del rubro producir en China, demorar los avances tecnológicos de su rival estratégico.

    Un mundo incierto

    En este contexto el endurecimiento de las posiciones internacionales de EEUU –con Rusia, con China, con Irán- tiene que ver con su reposicionamiento en el tablero mundial pero también con el debilitamiento de la administración Biden cuando faltando pocos meses para las elecciones parlamentarias, donde puede quedar en minoría en ambas cámaras. Tal vez haya aquí otra razón para la visita de la representante Pelosi, tercera en la línea de sucesión, recuperar,  recuperar protagonismo público ante alguna vacancia presidencial. Por su parte en la República Popular el Partido Comunista (PCCH) marcha a su próximo congreso en octubre, que será decisivo para la continuidad de Xi Jinping y donde puede estar en juego la modificación de la política internacional que China ha sostenido en las últimas décadas.

    Si algo faltara, el FMI pronostica un futuro económico más negro de lo pensado. Las economías de EEUU, China y Europa se están desacelerando rápidamente y hay serios riesgos de recesión global mientras un escenario de “guerra hibrida” (múltiples acciones hostiles por ambos lados) no es para nada descartable. Reina la incertidumbre.

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  • En Occidente, las cuestiones de estrategia

    En Occidente, las cuestiones de estrategia

    Occidente, estrategia

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    Antoine Artous y Daniel Bensaïd

    Dirigentes de la LCR, sección francesa de la IV Internacional entre 1969 y 2009

    Traducción: Marc Casanovas
    Fuente: 
    Critique Communiste n. 65

    Teoría: Estrategia

    01/01/1987

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    n varias partes, se afirma que Gramsci es el principal pensador marxista que ha examinado las especificidades de la revolución en Occidente. De hecho, sus contribuciones son indispensables para cualquier pensamiento estratégico, pero no pueden aislarse de los debates iniciados por Lenin y Trotsky en la Internacional de los años 20.

    A menudo se presenta a Gramsci como el único dirigente comunista del periodo de entreguerras que percibió, en lo que respecta a la revolución en Occidente, la necesidad de un giro estratégico fundamental en relación con octubre de 1917. Annick Jaulin, en el número 9 de la revista M dedicado a Gramsci, escribe perentoriamente:

    «La revolución de 1917, lejos de ser el modelo para el futuro, es el último acontecimiento de una época que comenzó en 1789: pero «la guerra de movimiento» ha terminado, comienza «la guerra de posición». Así, el marxismo no existe, sino que hay que inventarlo como filosofía de la praxis, y el leninismo es una acción de retaguardia que deja enteramente a la imaginación lo que podría ser una hegemonía en sociedades donde la sociedad civil es más Estado que el Estado «[1]Revue M, nº 9, marzo de 1987, dedicado al aniversario de la muerte de Gramsci..

    Nuestro propósito aquí no es discutir los propios textos de Gramsci -a este respecto nos remitimos al breve y notable ensayo de Perry Anderson publicado en 1978, que desgraciadamente no ha sido muy discutido en Francia[2]Perry Anderson, Sobre Gramsci, Pequeña Colección Maspero, 1978.– sino volver a ciertas extrapolaciones hechas de sus escritos y presentadas como elementos clave de este giro estratégico. Al hacerlo, ampliaremos el debate a las cuestiones de la lucha por el poder en los países capitalistas avanzados.

    En primer lugar, tenemos que volver a los años 20. No se trata de apelar a una ortodoxia clarividente de la Internacional Comunista, sino de comprender cómo ésta enfocaba la cuestión de la revolución en Occidente. Este término designaba a los países capitalistas de Occidente de la época, en oposición a los países de Oriente, el «Oriente», del que Rusia se presenta como un ejemplo típico.

    Esta revisión histórica es doblemente necesaria. Porque el propio Gramsci lo indica al vincular explícitamente su noción de «guerra de posición» con el giro del frente único iniciado en 1921. Y también porque la tradición es tenaz, en particular para muchos militantes vinculados al Partido Comunista, que oscurece este período y comienza la elaboración de la IC sobre la revolución en Occidente con la política de los Frentes Populares.

    En su I Congreso (1919), la IC tenía una visión sencilla de la extensión del proceso revolucionario hacia Occidente. No sólo porque sus militantes habían «asimilado mal» la experiencia de los bolcheviques; el propio Lenin, en las tesis que escribió para este congreso, resumió la tarea principal de los partidos comunistas, donde no existía el poder de los soviets, de la siguiente manera: educar a las masas en la necesidad de una nueva democracia proletaria que debe sustituir a la democracia burguesa. Para ello, «ampliar y organizar los soviets en todos los ámbitos [y] conquistar en ellos una mayoría comunista segura y consciente «[3]Los cuatro primeros congresos de la IC, Maspero..

    Es cierto que esta perspectiva se basa en la experiencia de Hungría y Alemania en 1918, donde el proceso revolucionario, al igual que en Rusia, parece poner el poder de los soviets inmediatamente a la orden del día. Pero cuando se abrió el Tercer Congreso (1921), la ola revolucionaria nacida de la guerra se había estancado. Experiencias como la revolución alemana sacaron a la luz una serie de nuevos problemas de orientación. En este congreso. Lenin y Trotsky se unieron en torno a la defensa de una política de frente único. Esto se profundizará en los meses siguientes. No abordaron la cuestión en términos generales de manera que permitiera pensar sistemáticamente en la diferencia entre Oriente y Occidente, sólo dieron indicaciones. Para Lenin, el proceso será más lento y complejo. Para Trotsky, el poder será más difícil de conquistar (pero más fácil de mantener) que en Rusia, donde los bolcheviques han derrocado en cierto modo a las clases dominantes.

    Sus preocupaciones son, de hecho, más directamente políticas. Se trata de vencer a los partidarios de la «ofensiva», que en Alemania (marzo de 1921) acaban de lanzar una acción aventurera de lucha directa por el poder. Estas corrientes son ciertamente heterogéneas, pero dominan los jóvenes partidos comunistas y una parte del aparato de la IC: Lenin y Trotsky temen estar en minoría e incluso se ven obligados a hacer concesiones, por ejemplo sobre la evaluación de la acción de marzo dada por la IC. Estas corrientes tienen en común que no comprenden la inflexión que acaba de producirse en la situación política, comparten la misma visión lineal del proceso de radicalización de las masas y de lo que debe ser la táctica de los partidos comunistas («la ofensiva»). Rechazan, o al menos se resisten fuertemente, a la política de frente único propuesta por los dos principales líderes de la Revolución Rusa. Si ganaron la batalla, fue más por su prestigio que por haber convencido realmente.

    Además, en su momento, Gramsci rechazó esta táctica: sólo más tarde vio en estas corrientes a los típicos representantes de la «guerra de movimiento»[4]Ver Gramsci y Bordiga frente a la Comintern (1921-1926), Quintin Hoare: «Toda la historia del PCI entre 1921 y 1924 estuvo marcada por una serie de desacuerdos [con la Comintern] que giraban en … Seguir leyendo. El frente único es, en primer lugar, la insistencia en la necesidad de ganar la mayoría de las masas para hacer la revolución y la necesidad de la unidad de acción con la socialdemocracia. Pero, tal como se desarrolló, esta orientación iba a tener de hecho consecuencias en todos los terrenos: la cuestión sindical, las primeras sistematizaciones relativas a las reivindicaciones transitorias, el problema del gobierno obrero. una serie de características específicas son entonces tenidas en cuenta .

    Así, Radek, durante el IV Congreso (1922), indicó explícitamente que era la diferencia entre Oriente y Occidente la que estaba en la raíz de los problemas. «El gobierno obrero», escribió, «no es la dictadura del proletariado.» Transición que no es una necesidad, sino un paso posible: «Este punto de partida posible consiste en que las masas trabajadoras de Occidente no son políticamente amorfas e inorganizadas como en Oriente. Se organizan en partidos y se adscriben a ellos. En el Este, en Rusia, es más fácil, cuando empieza la tormenta revolucionaria, llevarlos directamente al campo comunista. En su país es mucho más difícil»[5]Citado por Pierre Frank en La historia de la Internacional Comunista, La Brèche.. Más tarde, Gramsci, refiriéndose a Oriente, hablaría de una «sociedad civil primitiva y gelatinosa»[6]Ibid..

    Tras el fracaso alemán de 1923, esta reflexión sobre la revolución en Occidente, iniciada sobre la base del frente único, fue abandonada en favor de una línea dominantemente sectaria e izquierdista que culminó en el » tercer período » estalinista de los años 30. Pero ya en el V Congreso (1924), bajo la dirección de Zinóviev y de algunos antiguos partidarios de la teoría «ofensiva», encontramos los gérmenes de tal orientación. Esto indica que esta última tenía raíces profundas y que no puede reducirse a un simple efecto directo de la toma de poder de Stalin en la IC.

    Ya en 1924, Trotsky dirigió la batalla contra este tipo de orientación, precisamente en nombre de la continuidad con la política de frente único que luego profundizó y sistematizó. Cuando Gramsci formuló su noción de «guerra de posiciones», se refirió al frente único de los años 20 y, además, criticó en términos idénticos a los de Trotsky, las posiciones de «clase contra clase» de la IC y de la mayoría del Partido Comunista Italiano.

    Ambos se pronunciaron a favor del frente unido en la lucha contra el fascismo. Ambos piensan que habrá un período de transición entre la caída del fascismo y la dictadura del proletariado y que, en estas condiciones, la consigna de la Asamblea Constituyente es de gran importancia.

    Para Lenin, la noción de crisis revolucionaria es clave. Ya en 1915, en La bancarrota de la Segunda Internacional, escribió: «Para un marxista, es indudable que la revolución es imposible sin una situación revolucionaria, pero no toda situación revolucionaria conduce a una revolución.» En los años veinte, en torno a esta idea, varios debates chocarán en la IC. En primer lugar, una confusión casi inevitable entre esta idea de situación revolucionaria, como noción estratégica, y el «modelo ruso», es decir, la forma concreta adoptada por el proceso revolucionario en Rusia.

    En segundo lugar, la confusión entre la «actualidad de la revolución» como dato de un nuevo período histórico (el del imperialismo) y la «actualidad de la revolución» en el sentido coyuntural del término: en este caso las crisis que siguieron al final de la guerra de 1914-1918. Sobre este segundo punto, los debates que Lenin y Trotsky dirigen contra los partidarios de la «ofensiva» les llevan a luchar contra toda visión «catastrofista» de la

    crisis. Ya en el segundo congreso de la IC, Lenin había polemizado tanto contra los economistas burgueses, que presentan la crisis como un simple malestar, como contra «los revolucionarios [que] a veces tratan de mostrar que esta crisis es un callejón sin salida para la burguesía. Pero esto es un error. No existe un callejón sin salida absoluto»[7]Obras, vol. 31, p. 233..

    Antes de 1914, en el seno de la Segunda Internacional, dominaba la ideología de la marcha inevitable hacia el socialismo resultante del crecimiento social y político (y por tanto electoral) del proletariado. Los «partidarios de la ofensiva» reprodujeron una visión un tanto simétrica: bajo los golpes de la «crisis sin salida» del capitalismo, de su crisis histórica, la radicalización de las masas sólo podía ir ineludiblemente hacia la «izquierda», hacia posiciones revolucionarias.

    Fue en respuesta a ellos que Trotsky, en el Tercer Congreso, pronunció el famoso discurso en el que distinguía, desde el punto de vista de la actualidad de la revolución, entre período y coyuntura y criticaba las visiones mecanicistas que teorizaban una crisis ineludible, producto directo de la crisis económica. Explica que el capitalismo puede lograr una estabilización temporal sobre la base de los fracasos -o límites- de la lucha del proletariado. Es interesante señalar que más tarde, en 1929, Trotsky retomaría parte de este argumento en una polémica contra la orientación y la práctica del Partido Comunista Francés, que entonces desarrollaba una visión lineal de la radicalización de las masas[8]«El tercer error de la Internacional Sindical Roja», publicado en La Internacional Sindical Roja, Maspero, 1976..

    Por lo tanto, la noción de crisis de Lenin debe estar desconectada de cualquier visión «economicista». Esto fue subrayado a finales de los años 70 por Christine Buci-Gluksmann, que a menudo se presenta en Francia como una teórica de las posiciones «eurocomunistas de izquierda». Pero añadió, como otros, que Lenin seguía encerrado en una visión determinada: «La crisis del Estado sigue siendo el punto más alto y global de una crisis nacional, que es desde el principio una crisis revolucionaria que conduce a la destrucción radical de todo el viejo aparato estatal, a su abolición y a la constitución de un aparato nuevo, popular y auténticamente democrático, el de los soviets.» Hoy, la crisis de las dictaduras (Portugal, Grecia, España), al igual que la crisis del Estado en Francia e Italia, tiende a mostrar que crisis revolucionaria y crisis del Estado ya no coinciden, al menos inicialmente, y según un modelo de ataque frontal[9]«Sobre el concepto de crisis del Estado y su historia», en La Crise de l’État, editado por Nicos Poulantzas, Puf politiques, 1976, p. 64..

    Si hemos de creer la primera observación, Lenin habría quedado prisionero de la experiencia rusa, la de una revolución en la que, desde el principio, el Estado zarista se derrumbó mientras los soviets se desarrollaban masivamente. El hecho es que en un texto como La enfermedad infantil, en el que Lenin retoma y hace explícita esta noción de crisis, el enfoque no es el descrito por Christine Buci-Glucksmann. Lenin no pretende en absoluto elaborar un modelo de las formas de la crisis revolucionaria.

    Se limita a plantear una serie de criterios, muy generales en realidad, que permitirían a un partido revolucionario juzgar si una situación está madura -o no- y plantea la cuestión de la lucha abierta por el poder. Retoma, a menudo con bastante exactitud, las ideas expuestas ya en 1915 en su polémica con los reformistas. En ningún momento la idea de crisis se reduce a un modelo. Insiste en la idea de que una crisis revolucionaria, para desarrollarse plenamente, requiere una profunda crisis de la dominación burguesa. Esto no significa inmediatamente el colapso del poder estatal y la aparición de los soviets.

    Christine Buci-Glucksmann añade que el nuevo problema, aparecido a finales de los años 60, es que la crisis revolucionaria y la crisis del Estado ya no coinciden, al menos inicialmente, y según un modelo de «ataque frontal». Ahora bien, es precisamente a este tipo de situación revolucionaria, efectivamente diferente de la experiencia rusa, a la que la IC, en particular a través de la experiencia alemana, había comenzado a responder con la política de frente único.

    Así, Trotsky trata explícitamente el problema, en sus textos de los años 30 en los que polemiza con el Partido Comunista Alemán[10]«Le contrôle ouvrier et la coopération avec l’URSS» en Comment vaincre le fascisme, Buchet-Chastel, p. 211. Y, sobre todo, sobre el tema del control obrero de la producción, Antología … Seguir leyendo. Distingue, basándose en la experiencia del pasado, dos posibles formas del proceso revolucionario. Una, que ve un rápido colapso del estado burgués y el ascenso de los soviets. En cierto modo, el modelo ruso. Esta hipótesis le parece la menos probable. El otro contempla un proceso más complejo, en el que la crisis del Estado no existe desde el principio, mientras que una lógica de doble poder se desarrolla desde los comités de fábrica y sobre la base del control de los trabajadores.

    En determinadas circunstancias, escribe, el control de los trabajadores puede superar considerablemente la dualidad del poder en el país. Esta es la hipótesis más probable en Alemania, según él, dada la existencia de un Estado fuerte, una tradición de organización obrera en la empresa, la fuerza de la socialdemocracia, etc. Para utilizar la expresión de Christine Buci-Glucksmann: «la crisis revolucionaria y la crisis del Estado ya no coinciden, al menos inicialmente»…

    Por supuesto, las cuatro últimas palabras son importantes. Trotsky, no más que Gramsci, no preveía que se pudiera evitar el enfrentamiento con el Estado, ni que este enfrentamiento se redujera a su propia crisis… Aunque este sea otro debate, no es posible evitarlo escudándose en una visión supuestamente «rusa» de la crisis revolucionaria, supuestamente la de Lenin y otros.

    Si la IC de los años 20 empezó a tener en cuenta, desde el punto de vista de la orientación política, la diferencia entre Oriente y Occidente, la reflexión relativa al análisis de las formas de dominación de la burguesía en estos países y de la democracia burguesa estaba, en cambio, poco avanzada. Algunos han creído encontrar en los textos de Gramsci, sensible a este problema, una distinción entre «coerción» y «consentimiento» que permitiría teorizar esta diferencia.

    En Rusia, el Estado zarista, represivo y policial, funcionaba por «coacción». En Occidente, la dominación se basaba en el «consentimiento», es decir, en la aceptación por parte de las clases explotadas de las normas ideológicas y culturales de la clase dominante. La definición de Lenin del Estado reducido, en última instancia, a una banda de hombres armados, sería una especie de proyección de la realidad del Estado zarista.

    Esta tipología nos parece inadecuada. En primer lugar, la visión que ofrece del Estado zarista es unilateral. Ciertamente, durante las explosiones revolucionarias de 1905 y 1917, la función directamente represiva del Estado aparece brutalmente. Pero, en tiempos «normales», sería ilusorio no ver que, a pesar de su crisis estructural, este Estado también funciona sobre la base de la legitimidad, aunque sus formas de legitimidad, dado su carácter «feudal» (Lenin), no sean las mismas que las de la democracia burguesa.

    Por otra parte, Perry Anderson señala con razón que esta mezcla de «coerción» y «consentimiento» no capta la realidad de la democracia burguesa. «Si volvemos a la problemática original de Gramsci, la estructura normal del poder político capitalista en las democracias burguesas está, de hecho, simultánea e indivisiblemente dominada por la cultura y determinada por la coerción.»

    Por cultura o ideología no entendemos simplemente la interiorización de ciertas normas por parte de los individuos, sino realidades muy materiales: la forma del Estado, como «Estado representativo», que produce la ilusión de que las masas se autogobiernan, y la organización de la «sociedad civil». El término «sociedad civil» no se refiere a la «esfera de las necesidades materiales», la economía, sino a las instituciones públicas y privadas que estructuran la sociedad y que deben distinguirse del Estado en sentido estricto.

    Hay que añadir, sobre todo para los análisis del periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial, el establecimiento de un cierto número de «derechos sociales» (salud, educación, trabajo, etc.). Ciertamente son el producto de las relaciones de poder entre las clases, pero se perciben como «derechos democráticos», productos de la evolución lógica de la democracia. Y además, al igual que las «libertades democráticas», representan una ganancia efectiva e importante para la clase trabajadora.

    Pero «históricamente, y este es el punto esencial, el desarrollo de cualquier crisis revolucionaria hace que el elemento dominante dentro de la estructura de poder burguesa pase de la ideología a la violencia»[11]Sobre Gramsci, pp. 72-75.. Cualquier estrategia revolucionaria para los países capitalistas avanzados debe tener en cuenta esta dominación por la «cultura» -volveremos sobre ello-, pero no puede olvidar la determinación última por la «coerción».

    Es cierto que la experiencia de las luchas de clases que conocimos entre 1968 y 1978 en Europa planteaba sobre todo el problema de la conquista de la hegemonía. Aun así, no debemos ignorar el ejemplo de Chile, un país no europeo, pero donde, a diferencia de otros países latinoamericanos, la tradición de la democracia burguesa era dominante.

    Una última observación para que no haya ninguna ambigüedad: no se trata de extrapolar, a partir del funcionamiento normal de la sociedad, las condiciones de la confrontación con el Estado burgués en forma de una visión «militarista», una especie de enfrentamiento entre el movimiento revolucionario y los órganos represivos. En estas condiciones, las cosas se resolverían rápidamente. De hecho, una crisis abierta provoca choques decisivos, incluso en los aparatos represivos: entender esto y trabajar en este sentido es una cuestión determinante en cualquier estrategia. Una cuestión «clásica», por cierto, si nos referimos a la «tradición leninista».

    En la revista M, André Tosel, tratando de sintetizar la aportación de Gramsci, critica su «utilización instrumental y liberal-democrática [que] sirvió de garante al giro eurocomunista, iniciado por el PCI y compartido por un momento por el PCF y el PCE». El le opone al «legado más fértil de Gramsci, la perspectiva de una reforma continua, unidad de la reforma intelectual y moral y la transformación económica, unidad también de la democracia directa y la democracia representativa».

    Aunque ciertas extrapolaciones a partir de Gramsci sean permitidas por sus textos, uno buscará en vano en estos textos una estrategia para articular la democracia representativa y la directa. Sin duda, esto se debe a que, ya en 1917, sabía que la perspectiva de la «democracia combinada» se había formulado como alternativa a la estrategia leninista. Tanto para la revolución rusa como para la alemana.

    La IC no dejó de distanciarse de ella. Lenin reprochó a los partidarios de la «democracia combinada» el querer articular dos formas de poder político. La de la democracia burguesa (Parlamento, Asamblea constituyente) y la de la dictadura del proletariado (soviet). Y por lo tanto someter al segundo, los soviets, al primero. Además, podemos ver que no es lo mismo que hablar de los vínculos entre la democracia representativa y la democracia directa.

    En cualquier caso, fue en nombre de la «democracia mixta» que Ingrao, un dirigente «de izquierdas» del Partido Comunista Italiano, argumentó en 1974: «El desarrollo de estructuras de autoorganización de tipo consejista plantea el problema de una autoridad general para verificar las voluntades y tomar decisiones. El parlamento elegido por sufragio universal puede ser esta instancia […] es utópico pensar que podemos saltarnos este momento de formación de la voluntad general «[12]Entrevista recogida por Henri Weber en Le Parti communiste italien: aux sources de l’eurocommunisme, Christian Bourgois, 1977, p. 181..

    Cuando se conoce la política del PCI, se comprende que estas declaraciones encubren un reformismo de lo más clásico. Pero consideremos el argumento. Al final, se basó en la necesidad de que el parlamento «sacara a relucir la voluntad general», ya que los consejos obreros sólo eran capaces de expresar puntos de vista particulares, «corporativistas», según la expresión utilizada entonces por los partidarios de estas posiciones.

    Lo que se oscurece entonces son las propias condiciones de formación de la «voluntad general». Es sabido en la tradición marxista que la función del «Estado representativo» en la democracia burguesa es producir una supuesta voluntad general expresada por los ciudadanos: «La forma general del Estado representativo -en una democracia burguesa-es en sí misma la principal arma ideológica del capitalismo occidental; su propia existencia priva a la clase obrera de la idea de que el socialismo implica otro tipo de Estado, y los medios de información y otros mecanismos de control cultural refuerzan por tanto este «efecto» ideológico central. […] La existencia del Estado parlamentario constituye así el marco formal de todos los demás mecanismos ideológicos de la clase dominante»[13]Perry Anderson, op. cit, p. 46..

    Por lo tanto, la democracia socialista sólo puede ser otra forma de poder político: en sus aspectos institucionales, en las relaciones que se establecen entre lo «político», lo «social», lo «económico», que el capitalismo presenta como órdenes totalmente separados. Por lo tanto, la oposición no es entre dos principios: un sistema representativo y la democracia directa. Aunque la confusión se haga a menudo[14]No se puede, pues, apelar a Rousseau para fundar los principios de la «democracia socialista», como hace Lucio Colleti: «La teoría política marxista depende, en su mayor parte, de Rousseau» (en … Seguir leyendo.

    La democracia directa es el rechazo a ceder cualquier parte de la «soberanía» a un representante y, por tanto, el principio del mandato imperativo. Es fácil para los que hacen de ello la base de la «democracia socialista» (no estamos hablando de una sociedad sin clases) mostrar que tal democracia es ciertamente posible sobre una base ad hoc, para representar movilizaciones, pero que es utópica (en el mal sentido de la palabra) si se trata de establecer las reglas de funcionamiento de un poder político más estable. Lo único que queda es recurrir a las formas de democracia representativa burguesa.

    Si nos fijamos en los textos «clásicos» de Marx o Lenin sobre la dictadura del proletariado, se trata principalmente de la revocabilidad de los representantes elegidos[15]Aunque, en La guerra civil en Francia, Marx se refiere una vez al mandato imperativo, aunque no sea el centro de su argumentación. Lenin, en los pasajes de El Estado y la Revolución, que tratan de … Seguir leyendo. La referencia a una dialéctica entre democracia directa y representativa no resuelve nada. A menudo esconde, como en el caso de Ingrao, la sumisión de las «estructuras autoorganizativas de tipo consejista» a la «voluntad general» del parlamento burgués. Al relegar a los consejos a la única función de expresar puntos de vista particulares, no puede, de hecho, prever nuevas formas de poder político vinculadas a un proyecto de sociedad diferente.

    El enfoque es totalmente diferente cuando Gramsci aborda la experiencia de los consejos obreros de Turín en 1919. Para él, la forma de organización de los consejos se oponía a la estructuración producida por la sociedad capitalista, que hacía del proletario un «esclavo» asalariado, por un lado, y un ciudadano incorpóreo, por otro. Con los consejos, «la dictadura del proletariado puede encarnarse en un tipo de organización específico de la propia actividad de los productores. [Su razón de ser está en el trabajo, en la producción industrial, es decir, en un hecho permanente, y no en el salario, en la división de clases, es decir, en un hecho transitorio que debe ser superado. [El consejo de fábrica es el modelo del estado proletario «[16]Escritos, vol. 1, Gallimard, 1974..

    Sin embargo, estas formulaciones, que se encuentran en numerosos textos de los líderes de la IC de la época, son lapidarias. Suponen resuelta la separación de lo «económico» y lo «político», que es ciertamente específica del sistema capitalista, pero que no puede ser abolida de la noche a la mañana. Tales afirmaciones no son ajenas a la visión de Gramsci sobre el imperialismo, la nueva etapa del capitalismo, que fusiona la política y la economía y rompe así con el período «liberal». Considerando como realizado lo que sólo es una tendencia: «Desde que el régimen de competencia ha sido abolido por la fase imperialista del capitalismo mundial, el parlamento nacional ha completado su papel histórico «[17]Ibid, p. 323..

    En cualquier caso, el proceso histórico en Rusia se había desarrollado de forma más compleja con la aparición de dos estructuras bien diferenciadas: los soviets y los comités de fábrica. Algunos vieron en la existencia de estas dos instituciones los efectos de una democracia proletaria no «pura» que debía tener en cuenta la existencia de los campesinos. Los soviets, en cierto sentido, fueron un instrumento de alianza de clase con el campesinado. Sin embargo, la revolución alemana de noviembre de 1918 supuso la reaparición de estas dos estructuras. Esta fue la prueba de que la dictadura del proletariado no podía, de un solo golpe, fusionar todos los niveles de la realidad social en una sola forma de representación sociopolítica, y que era necesaria una instancia distinta de representación política. La IC de los años 20 distinguía entre estos dos niveles.

     No se trata de repetir aquí todos los debates de la época sobre las formas de organización de la dictadura del proletariado: el lugar exacto de los comités de fábrica y el de los sindicatos, las discusiones, menos conocidas, con la oposición obrera que, en 1921, propuso «un congreso de productores», separado de los soviets, para definir las grandes líneas de la construcción económica. Por otro lado, cabe destacar lo que ya hemos dicho. La democracia socialista presupone una organización del poder político y unas formas de representación que no pueden reducirse a la noción de democracia directa, ni siquiera a la simple construcción de la «pirámide de consejos». Esto implicaría que la sociedad podría, de la noche a la mañana, volverse transparente para sí misma y «absorber la política».

    Queda el debate entre los bolcheviques y Rosa Luxemburgo sobre la Asamblea Constituyente. Sabemos que Rosa escribió un folleto en la cárcel en el que denunciaba la disolución de esta asamblea. ¿Con razón? Es difícil ver cómo habrían podido coexistir dos instituciones -los soviets y la Asamblea Constituyente-, cada una de las cuales se definía como la expresión del poder político central. Sobre todo porque, en ese momento, detrás de la Asamblea Constituyente, las fuerzas de la contrarrevolución se estaban reagrupando claramente.

    Además, nada más salir de la cárcel, durante la revolución de noviembre de 1918, Rosa no dejó ninguna ambigüedad a la hora de tomar una decisión estratégica. O el poder a los consejos obreros, o, como defendían la burguesía, la socialdemocracia y también los partidarios de la «democracia mixta», el poder a la Asamblea Constituyente. Esta elección debe distinguirse de su justa batalla contra la mayoría izquierdista del joven Partido Comunista Alemán, que optó por boicotear las elecciones a la Asamblea Constituyente.

    De hecho, el panfleto de Rosa parece especialmente relevante en su crítica al modo en que los bolcheviques hicieron de la necesidad virtud al subestimar la importancia de las libertades democráticas «formales». Esta era claramente su principal preocupación[18]En este artículo no tratamos temas de actualidad relacionados con los países del Este. Por ejemplo, la reivindicación que ha surgido en Polonia de una doble Cámara. Simplemente creemos que este … Seguir leyendo.

    El debate sobre las formas de representación política no puede evitar la cuestión del «partido único de la clase obrera». La idea de un partido de este tipo era dominante en la IC en ese momento. Esto no tenía nada que ver con las teorías y prácticas estalinistas posteriores, y no tenía como lógica automática la prohibición de otros partidos.

    De hecho, es una noción que no tiene nada de particularmente «bolchevique» y tiene sus raíces en las tradiciones de la Segunda Internacional. Antes de 1914, la socialdemocracia se consideraba el partido de la clase obrera, su representante político, que debía integrar las demás formas de organización de la clase: sindicatos, cooperativas, etc.

    Como es natural, ante la quiebra de la socialdemocracia, en sus primeros años los partidos comunistas se concibieron a sí mismos como representantes de la clase obrera, sustituyendo en cierto modo a la quebrada Segunda Internacional. La realidad resultó ser más compleja, y la política de frente único introduce parcialmente una lógica de ruptura con esta problemática: ¿no implica, de hecho, reconocer al socio como partido de la clase obrera?

    Trotsky, en los años 20, compartía esta visión. En lo que respecta a Rusia, plantea formulaciones mucho más perentorias que Lenin. En 1927, la plataforma de la Oposición de Izquierda sigue manteniendo esta idea del partido único. Sin embargo, Trotsky, en La revolución traicionada (1936), fue el primer y único dirigente comunista del período de entreguerras que rompió explícitamente con esta noción. Gramsci, en cambio, lo conservó. Perry Anderson señala incluso que sus concepciones de «la guerra de posición» se articulan con una definición autoritaria del papel del partido.

    Este cuestionamiento por parte de Trotsky no es una simple reacción «liberal» al estalinismo, sino que se basa en un argumento más profundo. Para él, la identidad clase-partido es falsa, no sólo porque un partido puede traicionar a su clase y entonces debe ser sustituido por otro, sino porque un partido puede apoyarse en varias fracciones de la clase y la experiencia ha demostrado que la heterogeneidad de la clase obrera implica la posible existencia de varios partidos. Este enfoque nos parece decisivo. No basa el necesario pluralismo en una categoría moral o en las necesidades del mercado, sino en las propias condiciones de existencia de la clase obrera. Para un partido revolucionario, ganar la hegemonía ya no es simplemente una cuestión de una buena relación pedagógica con la clase obrera por parte de una organización que es la representante de esta clase aunque todavía no sea consciente de ello. La democracia política -entendida no sólo como «libertad de discusión», sino como lucha de partidos, con todos los derechos que ello implica- no es, por tanto, un suplemento del alma a los ojos de la democracia socialista, mientras que constituiría una característica de la democracia burguesa. En ambos casos, tiene su origen en necesidades diferentes.

    Hay que subrayar la importancia de este hecho frente a todos aquellos que explican que la ruptura con la «democracia representativa burguesa» induce una lógica política ineludible de marcha hacia el «totalitarismo». Argumentos que no sólo están presentes en la derecha liberal o en la socialdemocracia. La prueba es lo que escribió Poulantzas en 1977, partidario de una transición al socialismo que articule la democracia representativa y la directa. Explicó que la perspectiva de destruir el aparato del Estado, en el sentido «clásico» que este término tenía en Marx y Lenin, significaba «la erradicación de todas las formas de democracia representativa y de las llamadas libertades formales, en beneficio exclusivo de la democracia directa de base, y de las libertades reales». La democracia directa por sí sola, en la base o en el movimiento de autogestión […], conduce ineludiblemente, a más o menos largo plazo, a un despotismo estatal o a una dictadura de expertos «.

     Este razonamiento presupone la identificación de la «democracia socialista» con la democracia directa de base únicamente y las libertades democráticas con la democracia representativa burguesa. Entonces, efectivamente, el argumento parece ineludible[19]En cuanto a las libertades democráticas para las antiguas clases poseedoras, Lenin explicó en La revolución proletaria y el renegado Kautsky que la retirada del derecho al voto a los miembros de … Seguir leyendo. Ya que hablamos de autogestión…

    Esta redefinición de las formas del poder político debe ir acompañada, naturalmente, de profundas convulsiones sociopolíticas: ruptura con la dominación de la ley del valor (lo que no es sinónimo de abolición de todo mercado), redistribución del espacio de la vida social mediante la reducción de la jornada laboral, proceso de implantación de la socialización de la economía, etc. Sin entrar en los detalles de la «economía de transición», subrayemos una observación que es importante en relación con los años veinte: Tras un verdadero experimento de control obrero, los bolcheviques reorganizaron el trabajo en la fábrica de forma bastante autoritaria. Por supuesto, siempre es difícil distinguir entre lo que está determinado por las condiciones socioeconómicas catastróficas y lo que está determinado por los problemas de orientación. Sin embargo, el marxista-revolucionario checo Petr Uhl tiene razón al escribir: «Si los revolucionarios aceptan el lema de Engels -al entrar en la fábrica, abandonen toda idea de autonomía- como los bolcheviques rusos han aceptado en la práctica, la sociedad humana nunca romperá sus cadenas»[20]Uhl. Le Socialisme emprisonné, La Brèche, París, 1980, p. 60. Véase también Zbigniew M. Kowalewski, Rendez-nous nos usines, La Brèche, 1985..

    Pero, ¿qué pasa con estas posibles transformaciones cuando la burguesía sigue siendo económica y políticamente dominante? En Francia, Mayo del 68 y los años siguientes no aportaron gran cosa -aparte de algunos ejemplos como el de Lip- sobre los problemas del control obrero. Una situación que ya se dio en junio de 1936 y que pesa sobre las tradiciones del movimiento revolucionario en nuestro país. En Italia, en cambio, durante el mismo período, las luchas con una dinámica de control de los trabajadores sobre las condiciones de trabajo desempeñaron un papel importante. Durante la revolución portuguesa, las experiencias de control fueron más allá: la contabilidad, el stock, la contratación… Incluso vimos a los ochocientos trabajadores de una empresa de automóviles reconvertir la producción y fabricar frigoríficos. En una situación de este tipo, no existe una muralla china entre el control y el paso a la gestión directa, cuando la realidad de la empresa lo permite, o mediante la coordinación de ramas que plantean propuestas de nuevas orientaciones económicas. Rechazar esa dinámica, con el pretexto de que el poder político no está aún en manos de la clase obrera, sería una estupidez; así es precisamente como se produce el aprendizaje de un nuevo poder.

    En cualquier caso, el experimento social no aportó respecto al concepto de crisis revolucionaria que lo que hemos comentado en las páginas anteriores. Trotsky polemizó, recordemos, con los estalinistas del «tercer período» (pero también durante la preparación del proyecto de programa de la IC en 1928 con las posiciones de Bujarin) contra una visión restrictiva del control obrero y una comprensión de las reivindicaciones transitorias que sólo admitiría su validez en función de la inminencia del enfrentamiento decisivo con el Estado burgués.

    A menudo se ha subrayado, con razón, el potencial de «autogestión» de una clase obrera que, en comparación con el pasado, ha desarrollado considerablemente su fuerza social y su nivel cultural. Sin embargo, debemos señalar otro aspecto: la laminación, por el desarrollo del capitalismo, de todas las esferas que antes permitían al proletariado desarrollar prácticas de «autonomía» o «gestión» obrera. Dentro de la empresa, en primer lugar, por la desarticulación de los colectivos de trabajadores, sus culturas y sus formas de control sobre el proceso de producción. Y también por la penetración de las relaciones capitalistas en todos los sectores. Mientras que, hasta la Primera Guerra Mundial, el desarrollo de las cooperativas constituía un importante punto de apoyo para el movimiento obrero y el proceso de constitución del proletariado como clase.

    La IC no se opuso a este movimiento cooperativo, pero su declive comenzó entre las dos guerras y, después de 1945, su espacio económico desapareció. Cuando las cooperativas sobreviven, no tienen características radicalmente diferentes de las empresas capitalistas. No hablamos aquí de experiencias individuales ligadas a luchas o de carácter artesanal, sino de una evolución general.

    Las cooperativas de consumo -una fuerte tradición en el movimiento obrero- a veces aguantan más. Pero con la penetración del capital en este sector, desaparecen o se convierten en las clásicas cadenas de distribución. En el periodo posterior a 1968, las experiencias que se llevaron a cabo en este ámbito, incluida la puesta en marcha de otros circuitos (véanse los mercados rojos italianos), siguieron siendo puntuales y estuvieron vinculadas a las movilizaciones[21]Véase L’État, le patronat et les consommateurs, Michel Wieviorka, PCJF politiques 1977..

    Por tanto, estas «potencialidades de autogestión» sólo pueden expresarse durante las crisis del sistema en el sentido amplio del término. Encontramos aquí todos los problemas estratégicos discutidos a lo largo de este artículo y que no pueden ser resueltos con la sola referencia a la autogestión. Esta noción, que retomamos, expresa la vieja idea de «autogobierno» que, desde su nacimiento, lleva el movimiento obrero. Frente a la experiencia estalinista y la realidad de los estados burocráticos, conserva toda su importancia. Sin embargo, es más una aspiración que una respuesta. Sabemos que se ha desarrollado una versión reformista de la autogestión que evacua las cuestiones de la ruptura y del Estado. Desde el punto de vista revolucionario, no resuelve los problemas de las formas de poder de la «democracia socialista» tal como los hemos discutido en las páginas anteriores.

    Así, podemos ver que, sea cual sea la importancia de las aspiraciones que expresa, esta noción no constituye en sí misma un nuevo dato estratégico capaz de trastornar las

    coordenadas «tradicionales» del movimiento obrero y la línea divisoria entre reforma y revolución.

    En 1977, Poulantzas reprochó a la Liga Comunista y, más ampliamente, a todos los partidarios de una «estrategia de doble poder» que concibieran la constitución de este nuevo poder «en absoluta exterioridad» al Estado. Añadió, tomando como ejemplo la revolución portuguesa:

    «Creo que habrá una ruptura, pero no necesariamente entre el Estado en su conjunto y su exterior, las estructuras del poder popular en la base. Puede ocurrir entre una fracción del ejército regular que, apoyada por los poderes populares en la base, por las luchas sindicales o por los comités de soldados, toda una fracción del ejército estatal puede romper con su función tradicional y pasar al pueblo. Así ocurrió en Portugal: no hubo ningún enfrentamiento con las milicias populares por un lado y el ejército burgués por otro.»

    Y Poulantzas añade:

    «Me parece difícil que en Europa se represente una situación clásica de doble poder, precisamente por el desarrollo del Estado, su poder, su integración en la vida social, en todos los ámbitos, etc. Desarrollo y poder que al mismo tiempo lo hacen muy fuerte frente a una situación de doble poder, y también muy débil, porque el segundo poder ahora también puede presentarse dentro del Estado de alguna manera; las rupturas también pueden ocurrir dentro del Estado, y esa es su debilidad «[22]Entrevista realizada por Henri Weber en Critique communiste, junio de 1977..

    De hecho, estas ideas son algo sorprendentes. Por ejemplo, la del ejército en Portugal. Ilustra perfectamente lo dicho anteriormente sobre la forma de concebir las funciones de confrontación con el Estado burgués y, en particular, con sus órganos represivos: las crisis y las diferenciaciones en su seno son indispensables. ¿Es necesario recordar que la toma del poder en octubre de 1917, en sus aspectos militares, no se produjo en forma de batalla campal entre la milicia obrera («la guardia roja») y un ejército intacto? Fue victoriosa porque regimientos enteros, con las armas en la mano, se pasaron al lado de la revolución.

    En Portugal, esta crisis de la institución militar adoptó formas bastante particulares, con importantes fracturas en la jerarquía y la existencia del MFA. Esto demuestra que, aunque tengamos en cuenta los datos específicos de Portugal, los ejércitos modernos pueden sufrir choques muy importantes. Lo cual, para los revolucionarios, es bastante tranquilizador.

    De ahí una cuestión decisiva de orientación: no la oposición frontal entre milicias y ejército, sino una política de profundización de las fracturas en el seno del ejército a través de la presión del movimiento popular, la constitución de comités de soldados contra los reformistas que militaban en defensa de la unidad del ejército y del MFA… Esto era una condición para que los «oficiales revolucionarios», dudando de cuestionar completamente esta unidad, se comprometieran más profundamente en el proceso revolucionario, para que «toda una fracción del ejército del Estado pasara al pueblo». En cuanto a la observación de Poulantzas sobre el desarrollo del Estado, «su integración en la vida social», valdría la pena discutir en detalle esta descripción, que de hecho cubre realidades que no pueden ser totalmente confundidas. Por un lado, hay instituciones directamente vinculadas a la extensión de determinadas funciones del Estado: pensemos, por ejemplo, en el lugar que ocupan las administraciones vinculadas a tal o cual ministerio. También hay otras instituciones, más o menos vinculadas al Estado según los países, que desempeñan un papel decisivo en la estructuración de la sociedad civil: la escuela, la televisión, etc. Por no hablar de las empresas de servicios que a veces funcionan como empresas privadas o como «servicios públicos».

    Desde este punto de vista, no es difícil ver que la situación ha cambiado en comparación con la Rusia de 1917 o incluso con la Alemania de los años veinte. El movimiento obrero hacía tiempo que había penetrado en estas instituciones en las que trabajaban muchos empleados. ¡Es difícil ver cómo una situación de doble poder podría constituirse «en total exterioridad a ellos»! Poulantzas señala que, en tiempos de crisis, éste es un punto de extrema debilidad para el Estado burgués y una posibilidad de su parálisis. Mayo del 68 en Francia fue una gran demostración de ello. Sin embargo, se trató de una simple huelga general, no de la aplicación de prácticas de control o incluso de gestión directa dentro de estas instituciones. Esta discusión -en términos de «externalidad» o no- es en realidad algo circular. Al igual que el que hemos señalado antes en relación con Christine Buci-Glucksmann, se basa en una ambigüedad fundamental: el análisis del Estado burgués.

    Estos dos autores, junto con otros, polemizan contra una visión «instrumentalista» del Estado, que habría dominado la Tercera Internacional, especialmente después de la muerte de Lenin. Tal visión fue denunciada como incapaz de comprender las crisis y contradicciones propias a nivel del Estado. Los análisis de la IC en los años 30 se presentaron como un ejemplo típico de esta concepción reductora, que no tuvo en cuenta las contradicciones a nivel de las diferentes formas políticas y condujo a la orientación que conocemos. No vamos a contradecir esta última observación. Lamentemos, una vez más, que a la hora de juzgar «el marxismo de la Tercera Internacional» no se tengan en cuenta los análisis de Trotsky sobre las diferentes formas de poder capitalista.

    En cualquier caso, la idea de que el Estado es un simple instrumento en manos de una clase burguesa ya constituida nos parece falsa. Citemos a Gramsci:

    «La clase burguesa no es una entidad ajena al Estado […]. El Estado pone en composición, en el plano jurídico, las disensiones internas de las clases, los desacuerdos entre intereses opuestos; unifica y modela el aspecto de toda la clase «[23]Escritos, vol. 1, p. 151..

    Hay que añadir que, en relación con la clase obrera, el Estado no se encuentra en una simple relación de exterioridad y/o represión. Tiene una función de división y atomización, es decir, de organización según la lógica del sistema. El Estado representativo es, pues, tanto un marco de unificación de la burguesía como, como ya hemos señalado, por su propia forma política, «la principal arma ideológica del capitalismo occidental». No se trata de una mera técnica político-jurídica -un sistema de democracia representativa frente a la democracia directa- sino de la forma de dominación política de la burguesía o, dicho de otro modo, de la manera en que la sociedad capitalista se organiza políticamente.

    El problema no es hacer oídos sordos a las contradicciones específicas que este tipo de Estado puede producir o ignorar cómo algunas de ellas se refieren a las relaciones de fuerzas de clase. Se trata, en este caso, de comprender el marco en el que operan.

    Poulantzas, para librarse de esta visión del «Estado como cosa, [de] la vieja concepción instrumentalista del Estado como herramienta pasiva, si no neutral, totalmente manipulada por una fracción», explica:

    «El Estado capitalista no debe ser considerado como una entidad intrínseca, sino, como es por otra parte el caso del capital, como una relación, más exactamente [como] una condensación material (el aparato de Estado) de una relación de fuerzas entre las clases y fracciones de clases tal como se expresan, de manera específica siempre (separación relativa del Estado y de la economía que da lugar a las instituciones propias del Estado capitalista), en el seno del propio Estado»[24]Las transformaciones actuales del Estado en La crisis del Estado, op. cit. p. 38. Nótese, sin embargo, que Poulantzas rechaza explícitamente la idea reformista clásica de que el Estado tiene una … Seguir leyendo

    Una definición ambigua que deja la puerta abierta a una transformación de la naturaleza de este estado por la evolución, dentro de él, de esta relación de fuerzas. Hay que recordar que el capital no es simplemente «la condensación material» de una relación de fuerzas entre clases, sino una relación social, capitalista precisamente. Por supuesto, en él juegan las relaciones de fuerzas entre las clases, las contradicciones dentro de un marco que hay que romper y no sólo hacer evolucionar a favor de la clase obrera.

    Esto es lo que indica finalmente la perspectiva estratégica de la destrucción del Estado burgués, o sea, la dictadura del proletariado. La destrucción no sólo significa enfrentamientos inevitables con el «núcleo duro» del aparato estatal, sino también la fundación de nuevas formas de poder político, de un nuevo Estado.

    Antes de concluir, quisiéramos indicar una de las dificultades importantes que se han encontrado en la batalla por la hegemonía: lo que podríamos llamar una profunda pérdida de autonomía cultural del proletariado, cuyas raíces extrae Ernest Mandel en La tercera edad del capitalismo:

    «Las conquistas culturales del proletariado (libros, periódicos, formación cultural, deporte, organización), efectivamente garantizadas por el ascenso y las luchas del movimiento obrero moderno, pierden las características de voluntariedad, independencia y autonomía respecto al proceso de producción y circulación de mercancías capitalista que habían adquirido en el periodo del imperialismo clásico (en Alemania especialmente en el periodo 1890-1933). Con la recuperación de la producción y la circulación mercantil de las necesidades culturales del proletariado, se produce una profunda reprivatización de la esfera de ocio de la clase obrera. Representa una ruptura brutal con la tendencia a ampliar las actividades colectivas o solidarias, es decir, la autoactividad del proletariado, en la época del capitalismo de libre competencia y del imperialismo clásico «[25]La tercera edad del capitalismo, 10-18, vol. 2, p. 402..

    La reconquista de esta autonomía no es una tarea fácil. Recordemos la experiencia italiana de radios libres. Al principio, en relación con las movilizaciones populares, parecía reproducir el mismo fenómeno -con técnicas diferentes- que la prensa obrera de principios de siglo: un lugar decisivo para la afirmación de otra identidad y otra cultura. Pero, con el retroceso de las luchas, se convierten en el punto de apoyo de una nueva forma de apropiación capitalista del espacio. La relación con los grandes medios de comunicación modernos (radio, televisión) ilustra la situación contradictoria del movimiento obrero en relación con las instituciones clave de la sociedad civil. Experiencias como la creación de emisoras de radio en Longwy durante la lucha de los obreros de la siderurgia no pueden sustituir una «reivindicación del Estado» que, en última instancia, remite al lugar contradictorio de estas instituciones públicas o parapúblicas.

    Su existencia refleja la necesidad de «socialización» (de que toda la sociedad se haga cargo de sus necesidades) -de ahí la idea de «servicio público»- pero no podemos ignorar que también son instituciones burguesas. Tenemos un problema similar con las escuelas. Por estos y otros motivos, las experiencias de lucha de clases que se desarrollaron en Europa entre 1968 y 1978 aportan valiosas reflexiones. Sin embargo, hay que admitir que estos procesos revolucionarios tienen sus límites. Con esto queremos decir que, si comparamos con el pasado, incluso con el de Portugal donde la cosa llegó más lejos, las crisis sacudieron profundamente a la burguesía, sin poner radicalmente en cuestión, a los ojos de las grandes masas, la legitimidad de su dominación, sin una crisis profunda del Estado.

    Por lo tanto, esta valoración de la propia experiencia social pone límites a la discusión de las formas de crisis revolucionaria en Occidente en nuestro tiempo. Y, en todo caso, como ya hemos subrayado, nuestro enfoque no es construir modelos, sino explicitar ciertas «hipótesis estratégicas» que nos parecen, hasta que se demuestre lo contrario, esenciales para la definición de un proyecto revolucionario. El trabajo sobre los años veinte y treinta es necesario porque «las disputas internacionales que, sobre estos problemas, unieron y dividieron a Rosa Luxemburgo, Lenin, Lukacs, Gramsci, Bordiga o Trotsky, son las marcas del último gran debate estratégico del movimiento obrero «[26]Perry Anderson, op. cit, p. 140.. Esto no es un lamento por una Edad de Oro, sino una observación histórica. Este trabajo también es útil porque en parte puede permitirnos avanzar en la actualización de estos datos estratégicos.

    Lo vimos en los textos de Trotsky que trataban sobre las posibles formas del proceso revolucionario en Alemania, y la brecha entre las experiencias de doble poder que aparecen en la sociedad en torno al control obrero y la crisis del propio Estado. Un hecho básico de la revolución en Occidente parece ser la necesidad de que las masas tengan una experiencia práctica y prolongada, antes de la inevitable confrontación, de una democracia superior a la burguesa. Una necesidad que tiene sus raíces en las formas de dominación burguesa pero también en lo que las refuerza: la experiencia del estalinismo y del «socialismo realmente existente». En vísperas del bicentenario de la Revolución Francesa, concluyamos con un recordatorio: la necesidad de defender la idea misma de revolución no implica en absoluto olvidar la profunda diferencia entre «revolución burguesa» y «revolución proletaria». En el primer caso, las relaciones de producción capitalistas pueden desarrollarse en la vieja sociedad, en el segundo, la clase obrera no puede ocupar posiciones de poder sostenibles dentro del sistema capitalista. De ahí la centralidad, para ella, de la lucha por el poder político que, de hecho, determina cualquier transformación en profundidad del orden social. Este es, en definitiva, el hecho básico de las «hipótesis estratégicas» de las que venimos hablando.

    En los años sesenta, Lucien Goldmann, que se reivindicaba como «reformista-revolucionario», introducido en Francia por André Gorz y Serge Mallet, era muy consciente de que defender tal posición significaba cuestionar este hecho básico. Lo hizo explicando que existía una «nueva clase obrera» capaz de ocupar posiciones de poder, económico y social, en el sistema capitalista.

    Así que,

    «El esquema marxista tradicional de un proletariado que no tiene ninguna posibilidad de conquistar posiciones sociales y económicas importantes dentro de la sociedad capitalista y que sólo puede alcanzar el socialismo a través de una revolución política, una conquista del Estado previa a cualquier reforma fundamental de la estructura económica, se modifica profundamente. Las conquistas cualitativas orientadas al control de la producción y a la autogestión ya no presuponen necesariamente una conquista previa de la máquina estatal y la marcha hacia el socialismo tomará un camino análogo al del desarrollo de la burguesía dentro de la sociedad feudal «[27]Lucien Goldmann, Marxisme et sciences humaines, Idées, NRF, 1970, p. 352..

    Ahora bien, aunque no sea el lugar de discutir aquí las transformaciones y la evolución de la clase obrera en Occidente, nos parece claro que nada, ni en el análisis ni en la experiencia, demuestra la existencia de una «nueva clase obrera» que ocupe el lugar que le da Lucien Goldmann.

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    Notas del artículo

    Notas del artículo
    1 Revue M, nº 9, marzo de 1987, dedicado al aniversario de la muerte de Gramsci.
    2 Perry Anderson, Sobre Gramsci, Pequeña Colección Maspero, 1978.
    3 Los cuatro primeros congresos de la IC, Maspero.
    4 Ver Gramsci y Bordiga frente a la Comintern (1921-1926), Quintin Hoare: «Toda la historia del PCI entre 1921 y 1924 estuvo marcada por una serie de desacuerdos [con la Comintern] que giraban en torno a la cuestión del frente único. Lo máximo que los comunistas italianos estaban dispuestos a aceptar -en este punto Gramsci y Togliatti estaban de acuerdo con Bordiga- era lo que llamaban el frente unido en la base», en el número de Gramsci de Temps modernes , de febrero de 1975.
    5 Citado por Pierre Frank en La historia de la Internacional Comunista, La Brèche.
    6 Ibid.
    7 Obras, vol. 31, p. 233.
    8 «El tercer error de la Internacional Sindical Roja», publicado en La Internacional Sindical Roja, Maspero, 1976.
    9 «Sobre el concepto de crisis del Estado y su historia», en La Crise de l’État, editado por Nicos Poulantzas, Puf politiques, 1976, p. 64.
    10 «Le contrôle ouvrier et la coopération avec l’URSS» en Comment vaincre le fascisme, Buchet-Chastel, p. 211. Y, sobre todo, sobre el tema del control obrero de la producción, Antología sobre el control obrero, los consejos obreros y la autogestión, de E. Mandel, Maspero 1970, p. 281.
    11 Sobre Gramsci, pp. 72-75.
    12 Entrevista recogida por Henri Weber en Le Parti communiste italien: aux sources de l’eurocommunisme, Christian Bourgois, 1977, p. 181.
    13 Perry Anderson, op. cit, p. 46.
    14 No se puede, pues, apelar a Rousseau para fundar los principios de la «democracia socialista», como hace Lucio Colleti: «La teoría política marxista depende, en su mayor parte, de Rousseau» (en De Rousseau a Lenin, Gramma, 1974, p. 257). Marx se limitó a proporcionar las «bases económicas».
    15 Aunque, en La guerra civil en Francia, Marx se refiere una vez al mandato imperativo, aunque no sea el centro de su argumentación. Lenin, en los pasajes de El Estado y la Revolución, que tratan de este texto de Marx sobre la Comuna, escribe: «Ciertamente, la salida del parlamentarismo no consiste en destruir los órganos representativos y el principio electivo […]. No podemos concebir una democracia, ni siquiera una democracia proletaria, sin órganos representativos: pero podemos y debemos concebirla sin parlamentarismo.» En cualquier caso, sería inútil tratar de encontrar en estos dos textos una teoría casi completa de la dictadura del proletariado e ignorar ciertos problemas que contienen.
    16 Escritos, vol. 1, Gallimard, 1974.
    17 Ibid, p. 323.
    18 En este artículo no tratamos temas de actualidad relacionados con los países del Este. Por ejemplo, la reivindicación que ha surgido en Polonia de una doble Cámara. Simplemente creemos que este tipo de perspectiva tiene poco que ver con la de los defensores de la «democracia mixta» en un sistema capitalista. Porque en los países donde los principales medios de producción e intercambio han sido expropiados y donde existe una planificación (burocrática), la demanda de una doble cámara tiende a llenarse con un contenido democrático y social diferente al de una economía de mercado, donde la burguesía controla los principales medios de producción.
    19 En cuanto a las libertades democráticas para las antiguas clases poseedoras, Lenin explicó en La revolución proletaria y el renegado Kautsky que la retirada del derecho al voto a los miembros de las antiguas clases poseedoras era una medida «rusa» y no una norma de la dictadura del proletariado. En 1933, Trotsky escribió: «No se excluye en absoluto que, habiendo tomado el poder, los trabajadores de Alemania se encuentren con el poder suficiente para conceder la libertad de reunión y de prensa también a los explotadores del día anterior […] Incluso para el período de la dictadura del proletariado, no hay ningún principio básico para limitar por adelantado la libertad de reunión y de prensa sólo a las masas trabajadoras» («Fascismo y consignas democráticas», en Obras, vol. 1, p. 240, EDI).
    20 Uhl. Le Socialisme emprisonné, La Brèche, París, 1980, p. 60. Véase también Zbigniew M. Kowalewski, Rendez-nous nos usines, La Brèche, 1985.
    21 Véase L’État, le patronat et les consommateurs, Michel Wieviorka, PCJF politiques 1977.
    22 Entrevista realizada por Henri Weber en Critique communiste, junio de 1977.
    23 Escritos, vol. 1, p. 151.
    24 Las transformaciones actuales del Estado en La crisis del Estado, op. cit. p. 38. Nótese, sin embargo, que Poulantzas rechaza explícitamente la idea reformista clásica de que el Estado tiene una «doble naturaleza».
    25 La tercera edad del capitalismo, 10-18, vol. 2, p. 402.
    26 Perry Anderson, op. cit, p. 140.
    27 Lucien Goldmann, Marxisme et sciences humaines, Idées, NRF, 1970, p. 352.
  • Once falsas pistas sobre el clima

    Once falsas pistas sobre el clima

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    Michael Löwy

     

    Traducción: Carlos Rojas
    Fuente: 
    Mediapart

    Teoría: Ecosocialismo

    27/08/2022

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    ncontramos en los diversos discursos sobre el clima un gran número de perogrulladas, repetidas mil veces en todos los tonos, que constituyen pistas falsas. Estos conducen, voluntariamente o no, a ignorar los problemas reales o a creer en pseudosoluciones.

    No me refiero aquí a los discursos negacionistas, sino a los que se dicen “verdes” o “sostenibles”. Se trata de afirmaciones de muy diversa índole: unas son manipulaciones reales, fake news, mentiras, mistificaciones; otras son verdades a medias, o un cuarto de verdad. Muchos están llenos de buena voluntad y buenas intenciones, material con el que, como sabemos, está pavimentado el camino al infierno. Es en este camino en el que nos encontramos: si continuamos con los negocios como siempre -incluso pintados de verde- dentro de unas décadas nos encontraremos en una situación mucho peor que la mayoría de los círculos del infierno descritos por Dante Alighieri en su Divina Comedia.

    Los siguientes once ejemplos son solo algunos de estos lugares comunes que se deben evitar.

    Se encuentra en todas partes: en las vallas publicitarias, en la prensa, en las revistas, en las declaraciones de los líderes políticos, etc. De hecho, es una tontería: ¡el planeta Tierra no está en peligro! Sea cual sea el clima, seguirá girando tranquilamente alrededor del sol durante los próximos millones de años. Lo que está amenazado por el calentamiento global son múltiples formas de vida en este planeta, incluida la nuestra: la especie Homo Sapiens.

    “Salvar el planeta” da la falsa impresión de que es algo que está fuera de nosotros, en algún otro lugar, y que no es directamente relevante para nosotros. No se le pide a la gente que se preocupe por su vida, o la vida de sus hijos, sino por una vaga abstracción, “el planeta”. No es de extrañar que la gente menos politizada reaccione diciéndose a sí misma: estoy demasiado ocupado con mis problemas para preocuparme por “el planeta”.

    Este lugar común, infinitamente saciado, es una variante de la fórmula anterior. Contiene una verdad a medias: todos deben contribuir personalmente a evitar la catástrofe. Pero transmite la ilusión de que basta con acumular “pequeños gestos”: apagar las luces, cerrar el grifo, etc. – para evitar lo peor. Esto elimina -conscientemente o no- la necesidad de profundos cambios estructurales en el actual modo de producción y consumo; cambios que ponen en entredicho los cimientos mismos del sistema capitalista, basados en un único criterio: la maximización de la ganancia.

    Es una foto que encuentras en todas partes, repetida hasta el infinito: un pobre oso polar tratando de sobrevivir entre bloques de hielo a la deriva. Ciertamente, la vida del oso polar -y de muchas otras especies de las regiones polares- está amenazada. Esta imagen puede despertar la compasión de algunas almas generosas, pero para la mayoría de la población es un asunto que no les concierne.

    Sin embargo, el derretimiento del hielo polar es una amenaza no solo para el valiente oso polar, sino a largo plazo, para la mitad, si no más, de la humanidad que vive en las grandes ciudades junto al mar. El derretimiento de los inmensos glaciares de Groenlandia y la Antártida puede elevar el nivel del mar unas pocas decenas de metros. Sin embargo, unos pocos metros son suficientes para que ciudades como Venecia, Ámsterdam, Londres, Nueva York, Río de Janeiro, Shanghái, Hong Kong queden sumergidas. Es cierto que esto no sucederá el próximo año, pero los científicos solo pueden notar que el derretimiento de estos glaciares se está acelerando… Es imposible predecir qué tan rápido tendrá lugar, muchos factores son por el momento difíciles de calcular. Al destacar solo al pobre oso polar, ocultamos que es un asunto terrorífico que nos concierne a todos…

    Es una verdad a medias, llena de buena voluntad: el calentamiento global afectará principalmente a los países pobres del Sur, que son los menos responsables de las emisiones de CO2. Es cierto que estos países serán los más afectados por desastres climáticos, huracanes, sequías, reducción de fuentes de agua, etc. Pero es falso que los países del Norte no se verán afectados, en muy gran medida, por estos mismos peligros: ¿no hemos sido testigos de terribles incendios forestales en los Estados Unidos, en Canadá, en Australia? ¿No se han cobrado muchas víctimas las olas de calor en Europa? Los ejemplos podrían multiplicarse.

    Si mantenemos la impresión de que estas amenazas conciernen sólo a los pueblos del Sur, sólo podremos movilizar a una minoría de internacionalistas convencidos. Sin embargo, tarde o temprano es toda la Humanidad que se enfrentará a desastres sin precedentes. Hay que explicar a las poblaciones del Norte que les pesa esta amenaza también muy directamente.

          Esta es una afirmación que está, por desgracia, en muchos documentos serios. Esto me parece un doble error. Desde un punto de vista científico: sabemos que el cambio climático no es un proceso lineal: puede experimentar “saltos” y aceleraciones repentinas. Muchas dimensiones del calentamiento global tienen retroalimentaciones, cuyas consecuencias son impredecibles. Por ejemplo: los incendios forestales emiten enormes cantidades de CO2, lo que contribuye al calentamiento global, intensificando así los incendios forestales. Por lo tanto, es muy difícil predecir lo que sucederá dentro de 4 o 5 años. ¿Cómo podemos pretender prever un siglo después?

    Desde un punto de vista político: al final del siglo, todos estaremos muertos, así como nuestros hijos y nietos. ¿Cómo movilizar la atención y el compromiso de las personas por un futuro que no les concierne, ni directa ni indirectamente? Entonces, ¿debemos preocuparnos por las generaciones futuras? Noble pensamiento, largamente argumentado por el filósofo Hans Jonas: nuestro deber moral hacia los que aún no han nacido. Una pequeña minoría de personas muy respetables podría verse afectada por este argumento. Para el común de los mortales, lo que sucederá en el 2100 no es un asunto que les interese demasiado.

    Esta promesa de la Unión Europea y de varios gobiernos en Europa y en otros lugares no es una verdad a medias, ni una buena voluntad ingenua: es una pura y simple mistificación. Por dos razones :

    En lugar de comprometerse ahora, de inmediato, con los cambios urgentes exigidos por la comunidad científica (el IPCC) para los próximos 3 o 4 años, nuestros gobernantes prometen maravillas para 2050. Obviamente, es demasiado tarde. Además, como los gobiernos cambian cada 4 o 5 años, ¿qué garantía para estos compromisos ficticios en 30 años? Es una forma grotesca de justificar la inacción presente con una promesa vaga y lejana.

    Además, la “neutralidad en carbono” no significa una reducción drástica de las emisiones, ¡sino todo lo contrario! Este es un cálculo engañoso basado en compensaciones, «mecanismos de compensación»: la empresa XY continúa emitiendo CO2, pero planta un bosque en Indonesia, que se supone que absorberá el equivalente de este CO2, si no se incendia. Las ONG ecologistas ya han denunciado suficientemente la farsa de las compensaciones, no insisto. Pero muestra la perfecta mistificación contenida en la promesa de “carbono neutralidad”.

    Este lugar común de lavado verde es también una cuestión de engaño y manipulación. Es cierto que los bancos y las multinacionales también invierten en energías renovables, pero estudios precisos de ATTAC y otras ONG han demostrado que se trata de una pequeña, a veces ínfima, parte de sus operaciones financieras: el mayorista sigue moviéndose hacia el petróleo, el carbón, el gas… Es una simple cuestión de rentabilidad y competencia por la cuota de mercado.

    Todos los gobiernos «razonables» -a diferencia de Trump, Bolsonaro y compañía- también juran, en todos los tonos, que apuestan por la transición ecológica y las energías renovables. Pero en cuanto hay un problema con el suministro de energía fósil -gas últimamente, por la agresiva política rusa- nos refugiamos en el carbón, reactivando las centrales de lignito, donde imploramos a la (maldita) familia real de Arabia Saudí para aumentar la producción de petróleo.

    Los bellos discursos sobre la “transición ecológica” esconden una desagradable verdad: no basta con desarrollar las energías renovables. En primer lugar, estos son intermitentes: el sol no siempre brilla en el norte de Europa… Es cierto que existen avances técnicos en este campo, pero no pueden resolverlo todo. Y, sobre todo, las renovables requieren recursos mineros que corren peligro de agotarse. Si el viento y el sol son bienes ilimitados, no ocurre lo mismo con los materiales necesarios para utilizarlos (litio , tierras raras, etc. ). Será necesario, por tanto, prever una reducción del consumo global de energía y una disminución selectiva: medidas inimaginables en el marco del capitalismo.

             Este es un argumento cada vez más utilizado por los gobiernos, y que incluso se puede encontrar en ciertos documentos serios (por ejemplo, del IPCC). Es la ilusión de una solución tecnológica «milagrosa», que salvaría el clima, sin necesidad de cambiar nada en nuestro modo de producción (capitalista) y en nuestra forma de vida.

    Por desgracia, la triste verdad es que estas técnicas milagrosas de captura y secuestro de carbono atmosférico están lejos de ser una realidad. Es cierto que se han hecho algunos intentos, algunos proyectos están en marcha aquí y allá, pero por el momento no podemos decir que esta tecnología sea efectiva y operativa. Todavía no ha resuelto las dificultades ni de captura ni de secuestro (en regiones subterráneas impermeables a fugas). Y no hay garantía de que en el futuro pueda hacerlo.

        Este es otro ejemplo de una verdad a medias: ciertamente, los coches eléctricos son menos contaminantes que los térmicos (gasolina o diésel), y por tanto menos perjudiciales para la salud de los habitantes de las ciudades. Sin embargo, desde la perspectiva del cambio climático, su historial es mucho más variado. Emiten menos CO2, pero contribuyen a un desastroso “todo con electricidad”. Sin embargo, la electricidad en la mayoría de los países se produce con… combustibles fósiles (carbón o petróleo). Las emisiones reducidas de los coches eléctricos son “compensadas” por el aumento de emisiones derivado del mayor consumo de electricidad. En Francia, la electricidad se produce mediante energía nuclear, otro callejón sin salida. En Brasil, son las mega represas las que destruyen los bosques y, por lo tanto, son responsables de un balance mediocre de carbono.

    Si queremos reducir drásticamente las emisiones, no podemos escapar a una reducción significativa de la circulación de coches privados, gracias a la promoción de medios de transporte alternativos: transporte público gratuito, zonas peatonales, ciclovías. El coche eléctrico mantiene la ilusión de que podemos seguir como hasta ahora, cambiando de tecnología.

             Entre ecologistas sinceros, es una ilusión; en boca de los gobernantes, sigue siendo una mistificación. Los mecanismos de mercado han demostrado en todas partes su completa ineficacia para reducir los gases de efecto invernadero. No se trata sólo de medidas antisociales, que quieren hacer pagar a las clases trabajadoras el precio de la “transición ecológica”, pero sobre todo son incapaces de contribuir sustancialmente a limitar las emisiones. El espectacular fracaso de los “mercados de carbono” instituidos por los acuerdos de Kioto son la mejor demostración de ello.

    No es a través de medidas “indirectas”, “incentivadoras”, basadas en la lógica del mercado capitalista, que podremos frenar la omnipotencia de los combustibles fósiles, que impulsan el sistema desde hace dos siglos. Será necesario, en primer lugar, expropiar los monopolios capitalistas de la energía, para crear un servicio público de energía, que tendrá por objetivo la reducción drástica de la explotación de los combustibles fósiles.

        Encontramos este tipo de afirmación fatalista en los medios de comunicación y entre los “líderes” políticos. Por ejemplo, el Sr. Christophe Béchu, Ministro para la Transición Ecológica en el nuevo gobierno de Macron, declaró recientemente: “Dado que no podremos prevenir el calentamiento global, sean cuales sean nuestros esfuerzos, debemos lograr limitar sus efectos mientras nos adaptamos a él”. .

    Esta es una excelente receta para justificar la inacción, la inmovilidad y el abandono de todo «esfuerzo» para tratar de evitar lo peor. Sin embargo, los científicos del IPCC han explicado claramente que, si bien el calentamiento ya ha comenzado, aún es posible no superar la línea roja de 1,5 grados, siempre que comencemos a reducir de manera muy significativa las emisiones de CO2 de inmediato.

    Eso sí, hay que intentar adaptarse. Pero si el cambio climático se sale de control y se acelera, la “adaptación” es solo un señuelo. ¿Cómo “ adaptarse” a temperaturas de 50°?

    Los ejemplos podrían multiplicarse. Todo lleva a la conclusión de que, si queremos evitar el cambio climático, debemos cambiar el sistema, es decir, el capitalismo, y reemplazarlo por otra forma de producción y consumo. Esto es lo que llamamos Ecosocialismo . Pero eso es tema de otro texto…

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  • Sequía, calor y revolución

    Sequía, calor y revolución

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    Daniel Tanuro

     

    Traducción: Carlos Rojas
    Fuente: 
    Gauche Anticapitaliste

    Actualidad Internacional: Ecología

    16/08/2022

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    s inútil, en el marco de este artículo, enumerar hechos y cifras que demuestran la extrema gravedad de la sequía que afecta al continente europeo. Incluso aquellos que apenas siguen las noticias han visto las imágenes aterradoras del Po secándose, el Loira reducido a un hilo de agua, el Támesis seco en la fuente y durante ocho kilómetros, el Rin tan bajo que la navegación se hace imposible allí . ,… Esta situación inédita es consecuencia de un grave déficit pluviométrico, acumulado desde finales del invierno, tras varios años consecutivos de sequía. El agua se ha vuelto escasa y en algunas áreas muy escasa.

    Tampoco sirve alinear datos relativos a la ola de calor. Es un eufemismo decir que las temperaturas “son superiores a las medias estacionales”, como dicen en la televisión: las superan con creces. La marca de los 40 °C se ha superado varias veces en muchas regiones, incluidas regiones con un clima marítimo templado, como Gran Bretaña. La ola de calor obviamente agrava la sequía. La combinación actual de ambos fenómenos es excepcional por su extensión geográfica, su intensidad y su duración.

    Se discutirán brevemente tres puntos: las explicaciones y su causa, la posible evolución y las políticas a implementar.

    Comencemos con las explicaciones. Será útil consultar este buen artículo de divulgación en el sitio RTBF-Info[1]https://www.rtbf.be/article/le-double-jet-stream-un-phenomene-a-l-origine-des-vagues-de-chaleur-en-europe-11045816?fbclid=IwAR3gpcICHL4MpFufQGFJstE4Ogcipy7ccU2ToFDAr6T8_Iv4iqvvnrxfJXU. Simplemente explica, y diagrama para respaldarlo, cómo la duplicación de la corriente en chorro polar encierra un anticiclón (un área de alta presión) en una región geográfica, de modo que una masa de aire caliente permanece permanentemente bloqueada por encima de esta.

    La articulación del desdoblamiento del chorro con el movimiento hacia el norte del anticiclón de las Azores es objeto de debate entre los científicos. Como dice el autor del artículo: para algunos, “es la alta presión la que hace que se parta el chorro”; para otros, «es el desdoblamiento lo que favorece el ascenso del anticiclón». Una cosa es cierta: “la duplicación es una realidad que aumenta la extensión de los períodos secos y calurosos en nuestras latitudes”.

    Otra certeza: hay pocas dudas de que el calentamiento global es la causa subyacente de la división de la corriente en chorro. De hecho, su estabilidad está condicionada por el diferencial de temperatura entre el polo y el ecuador. A medida que el calentamiento en el Ártico es mayor que el promedio global, el diferencial se debilita y la corriente en chorro se vuelve más irregular, más lenta, más caprichosa, lo que puede conducir a su división.

    Las olas de calor y la sequía son, por lo tanto, muy claramente atribuibles al cambio climático contra el cual el IPCC ha estado advirtiendo durante treinta años. Según el último informe del IPCC (GT1) “es prácticamente seguro que la frecuencia e intensidad de las olas de calor ha aumentado desde 1950 (a nivel mundial) y seguirá aumentando en el futuro incluso si el calentamiento global se estabiliza en 1,5°C”. El informe afirma que «probablemente ha aumentado la combinación de ola de calor y sequía» y que «esta tendencia continuará». Para Europa, el informe proyecta (con un alto nivel de confianza) un aumento de las inundaciones pluviales en el NE del continente y un aumento de las sequías en la región mediterránea, con reducción de las precipitaciones estivales en el SE.

    Sin sorpresas, por lo tanto: la realidad observada es consistente con las proyecciones científicas. Salvo esto, y esto no es un detalle, que los supera con creces. Desde muy lejos.

    En realidad, todo va mucho más rápido de lo que indican los modelos matemáticos. Los climatólogos entrevistados por la prensa no ocultan su sorpresa por las temperaturas que de repente saltan 4° o 5°C por encima de los promedios estacionales. Más bien, tales extremos se esperaban alrededor de 2030, o más allá, en caso de que los gobiernos continuaran sin hacer (casi) nada.

    Debemos tener presente esta observación para abordar el segundo punto: la evolución posible.

    Como otros, a menudo he llamado la atención sobre una publicación científica bastante reciente que ha causado un gran revuelo[2]https://www.pnas.org/doi/10.1073/pnas.1810141115. Escrito por luminarias en el campo, analiza las retroalimentaciones positivas del calentamiento (es decir, los efectos del calentamiento que promueven el calentamiento). Su originalidad es examinar la forma en que las retroalimentaciones positivas podrían retroalimentarse en una especie de efecto bola de nieve o reacción en cascada.

    La siguiente cita es muy clara: «Las retroalimentaciones en cascada podrían empujar el sistema de la Tierra hacia un umbral planetario que, si se cruza, podría evitar que el clima se estabilice en aumentos de temperatura intermedios y causar un calentamiento continuo hacia un «horno planetario», incluso si las emisiones humanas se reducen». Según los autores del artículo, el proceso podría comenzar con un nivel de calentamiento relativamente bajo, entre +1°C y +3°C.

    Una de las reacciones más probables de desencadenar el proceso es la desestabilización de la capa de hielo de Groenlandia. Este tope constituye un punto débil particular. Los especialistas estiman que el punto de inflexión para su desintegración está entre +1° (+1,5°C según el IPCC) y +3°C de calentamiento medio. Por lo tanto, ya estaríamos en la zona de peligro, o acercándonos a ella a gran velocidad (sin cambios en la política, se cruzarán los +1,5 °C antes de 2040, según el IPCC).

    Si se cruzara este punto de inflexión, ¿cuáles serían las consecuencias? Por un lado, la afluencia de agua al océano aceleraría la subida del nivel del mar. El proceso tardaría mucho en llegar a su fin -un nuevo punto de equilibrio- pero sería irreversible. Por otro lado, esta afluencia podría provocar un colapso repentino y repentino de la circulación oceánica denominada AMOC (Atlantic Middle Ocean Circulation), que condiciona el clima de las regiones que bordean el Atlántico. Y allí, los impactos serían inmediatos.

    Esto es lo que dice el reciente informe del Grupo de trabajo 1 del IPCC sobre el riesgo de colapso de AMOC: “La disminución de AMOC no incluirá un colapso abrupto antes de 2100 (nivel de confianza medio). PERO tal colapso podría (podría) ser causado por una afluencia inesperada (de masas de agua) de la capa de hielo de Groenlandia. En el caso de un colapso, esto probablemente causaría cambios abruptos en los climas regionales y el ciclo del agua: un desplazamiento hacia el sur del cinturón de lluvia tropical, un debilitamiento de los monzones en África y Asia, un fortalecimiento de los monzones en el hemisferio sur y la sequía en Europa” (GT1, Técnico resumen , pág. 73, énfasis añadido).

    Todo está obviamente en este «pero» que abre la posibilidad de «cambios bruscos». Una cosa es segura: las consecuencias de estos cambios serían extremadamente graves para los ecosistemas y las poblaciones. Especialmente obviamente para las masas pobres de Asia y África. Cientos de millones de humanos se enfrentarían a situaciones dramáticas.

    Como hemos leído, Europa no se salvaría. La Península Ibérica está particularmente amenazada. La desertificación ha estado progresando allí durante años. Cruzaría un umbral cualitativo, irreversible a escala humana.

    ¿Cuál es el posible vínculo con la sequía y la ola de calor actuales, sabiendo que Groenlandia no está rodeada por la división de la corriente en chorro que explica esto? El vínculo es que, por una variedad de razones, el calentamiento en el Ártico es el doble del promedio mundial. Según el IPCC, es “prácticamente seguro” que la capa de hielo de Groenlandia ha ido perdiendo masa desde 1990”: los especialistas estiman que 4890 gigatoneladas (mil millones de toneladas) de hielo (+- 460) se derritieron entre 1992 y 2020, lo que provocó un aumento del nivel del mar en 13,5 mm.

    El IPCC enfatiza (¡una vez más!) un punto muy importante: estas proyecciones se basan únicamente en estimaciones del derretimiento del hielo: no incluyen los procesos dinámicos que acelerarían la pérdida de masa (el desprendimiento de enormes fracciones del casquete deslizándose en el océano), porque su «cuantificación es muy incierta», escribe el IPCC. En vista de lo que está sucediendo en otras partes del planeta, no es descabellado temer que la evolución, también en Groenlandia, sea más rápida de lo que proyectan los modelos. Eso es un eufemismo. De hecho, una serie de pistas apuntan claramente en esta dirección.

    Así, a finales de julio de 2022, la temperatura en Groenlandia superó con creces las normas estacionales. El derretimiento del hielo fue dos veces más importante que los otros años en el mismo período. En tres días, aproximadamente 18 mil millones de toneladas de hielo se transformaron en agua. Los científicos han calculado que la cantidad de agua así liberada cubriría el territorio de West Virginia (62.259 km2) con una capa de agua de unos treinta centímetros. Esta aceleración de los procesos de fusión no tiene precedentes.

    No es necesario expandirse más: el futuro climático es más amenazante que nunca. Las luces son rojas, parpadean con insistencia, y los más pobres, los más frágiles corren el riesgo de llevarse la peor parte.

    Pasemos a las políticas a implementar. La catástrofe está en marcha y el IPCC nos dice que seguirá avanzando “aunque el calentamiento se limite a 1,5°C”. Nótese de paso que el desastre actual es producto de un calentamiento de “solo” 1,2°C respecto a la era preindustrial. No es muy difícil imaginar la continuación…

    Dada la situación, no hace falta decir que no podemos contentarnos con exigir medidas radicales para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero: estas medidas son obviamente esenciales, ¡más que nunca! – pero deben combinarse con una política inmediata y muy concreta de adaptación al calentamiento observado y previsible.

    Ante la combinación cada vez más frecuente e intensa de sequía y ola de calor, ¿qué se puede hacer para proteger a las personas, las plantas y los animales? Es necesaria una visión de corto, mediano y largo plazo. Debe apuntar a articular un plan público de adaptación que sea a la vez vinculante (para ser efectivo) y flexible (para ser adaptable a lo inesperado).

    Este plan debe incluir componentes prioritarios en materia de gestión del agua, prevención de los efectos del calor extremo en la salud (para población vulnerable y a nivel de ciudad, ante el fenómeno de las «islas de calor»), agropecuario-forestal, ordenamiento territorial, infraestructura y energía.

    El último informe del segundo Grupo de Trabajo del IPCC puede dar ideas sobre cómo diseñar el plan y luchar por el plan desde los movimientos sociales. Este informe obviamente no es anticapitalista, pero dice que “las estrategias de desarrollo dominantes van en contra del desarrollo sostenible desde el punto de vista climático”. Las razones citadas son: la ampliación de las desigualdades de ingresos, la urbanización no planificada, la migración y el desplazamiento forzados, el aumento continuo de las emisiones de gases de efecto invernadero, la continuación de los cambios en el uso de la tierra, la reversión de la tendencia a largo plazo hacia una mayor esperanza de vida… (IPCC, AR6, WG2, informe completo, 27/2/2022).

    La denuncia de las políticas neoliberales está implícita, pero bastante clara.

    En el lado positivo, el informe del IPCC insiste con razón en que la adaptación al cambio climático debe ser holística, social, democrática, participativa, reducir las desigualdades, apoyarse en los grupos sociales más débiles, fortalecer las posiciones sociales de mujeres, jóvenes y minorías, etc. Pero su enfoque se centra en los tomadores de decisiones a los que busca convencer, no en los movimientos sociales y sus luchas. Sin embargo, es de estos movimientos sociales de los que todo depende, no de los gobiernos.

    No es este el lugar para elaborar un catálogo de reclamaciones, nos contentaremos con algunas indicaciones y reflexiones.

    La gestión del agua es un punto clave. Como escribe el IPCC (GT2), “mantener el estatus del agua como un bien público está en el centro de las cuestiones de equidad”. Es la plomada.

    En particular, se trata de cuestionar la monopolización de los recursos hídricos por parte de grupos capitalistas productores de agua embotellada y bebidas diversas, la de los bosques por productores de pasta de papel, pellets u otros bienes (¡ver el daño ecológico y humano causado por las plantaciones de eucalipto en Portugal!), el de las aguas subterráneas por la agroindustria (en Andalucía, por ejemplo).

    Pero la plomada del agua como bien público implica también un sinfín de demandas concretas más inmediatas: remontarse a la impermeabilización de superficies, al alcantarillado de aguas pluviales, a la rectificación de arroyos, a la destrucción de humedales; promover técnicas agrícolas y forestales que restablezcan los suelos y su capacidad de absorción limitando la escorrentía; reorientar la agricultura mucho más radicalmente hacia la agroecología; sin olvidar la inversión en la red de distribución (en Valonia, por ejemplo, el 20% del agua producida no se factura, por lo que las fugas en la red son muy elevadas).

    Una gestión racional, social y ecológica del agua requiere otra política de precios. La política liberal de ‘costo real’ es socialmente injusta, ya que todos los consumidores pagan grandes cantidades por el tratamiento de aguas residuales industriales. Además, la política neoliberal fomenta el despilfarro del recurso, ya que los ingresos económicos de la distribuidora dependen en parte de que los usuarios paguen también por la depuración – ¡inútil !- del agua de lluvia vertida al alcantarillado…

    Debe implementarse otro sistema: para los hogares, consumo gratuito correspondiente a la satisfacción razonable de las necesidades reales (beber, bañarse, lavar la casa, lavar los platos y lavar la ropa, etc.), y luego fijar precios rápidamente progresivos por encima de este nivel.

    La protección de las personas debe ser otra prioridad efectiva. Este no es el caso. Dirigida por el climatólogo JP van Ypersele, la Plataforma Valona del IPCC señala que la ola de calor de 2003 mató a más de 1.200 personas mientras que la de 2020 mató a más de 1.400… Entre las dos fechas, por lo tanto, no se hizo nada… a pesar de las promesas[3]https://www.plateforme-wallonne-giec.be/adaptation

    Un plan público de adaptación al calor extremo debería al menos organizar la ecologización sistemática de las aglomeraciones (árboles por doquier, para dar sombra) así como el aislamiento térmico de todos los hospitales, escuelas, residencias de ancianos o discapacitados.

    Más ampliamente, debemos reafirmar la necesidad urgente de aislar y renovar todas las viviendas. No solo para reducir radicalmente las emisiones de la calefacción (¡y del aire acondicionado!), sino también para proteger la salud y el bienestar. En este asunto como en otros, la observación está ahí: las políticas neoliberales de incentivo por mecanismos de mercado son tanto ecológicamente ineficientes como socialmente injustas. Esta política de garabatos debe dar paso a una iniciativa pública, de lo contrario prevalecerán las soluciones individuales como la compra de aires acondicionados, lo que provocará un aumento del consumo energético y de las emisiones de CO2.

    El IPCC insiste en la importancia de una política holística, que considere tanto la adaptación al calentamiento global como la reducción de emisiones (“mitigación ”, en la jerga). Por lo general, el sector de la energía abarca ambas áreas. Falta agua para enfriar los reactores nucleares. A la vista de las proyecciones, esta realidad sólo puede empeorar en los próximos años, por lo que la política de adaptación se enfrentará a alternativas infernales: ¿debería utilizarse el agua de forma prioritaria para enfriar las centrales (¡calentando ríos!) para generar ¿electricidad? para beber ? o para regar los cultivos? ( ¿ y qué culturas?) Razón de más (¡hay muchas más!) para no apostar por la energía nuclear como solución de “mitigación”…

    No voy a volver aquí sobre las medidas a tomar en términos de reducción estructural de emisiones de gases de efecto invernadero, ya les he dedicado muchos escritos. En resumen: la energía y las finanzas deben ser socializadas, de la misma manera que el agua, debemos salir del agronegocio y organizar el fin rápido de la movilidad basada en el automóvil individual. Este ramo de profundas transformaciones estructurales es la condición necesaria, pero no suficiente, para una rápida y efectiva descarbonización de la economía global.

    Sin este remedio anticapitalista a caballo, será estrictamente imposible respetar las limitaciones climáticas explicadas por los científicos. En este caso, el «planeta de la estufa» de Johann Rockström y los otros autores mencionados anteriormente se convertirá con toda seguridad en una realidad irreversible. Significaría un cataclismo humano y ecológico de una magnitud inimaginable. Inconcebible.

    Por algo la desgracia es buena: ahora todos pueden tomar conciencia de la extrema gravedad de la situación y del terrible peligro al que nos enfrentamos. Reproduzco aquí un extracto de un post publicado el 11 de agosto en las redes sociales, a propósito de la sequía en Europa:

    “Con las inundaciones (de 2021 en Bélgica y Alemania), el cambio climático nos ha dado, por así decirlo, un golpe en la cabeza. Un golpe de palo duele, puede matar a los que están en primera línea. Con la sequía, el calentamiento demuestra que puede agarrarnos por el cuello y apretarnos despacio, cada día un poco más, sin prisas, de modo que nos sobrará tiempo para ver avanzar la muerte –los más lúcidos ya la ven: la muerte de las plantas, la muerte de los ríos, la muerte de los animales, nuestra propia muerte. Porque, ¿cómo podríamos sobrevivir cuando todo desaparece?»[4]https://www.facebook.com/dalloooniel.taoghghhjjhjhj)) Ante este problema, todos también pueden tomar conciencia del hecho de que las políticas gubernamentales son totalmente inadecuadas y, para … Seguir leyendo. En este texto, el exjefe de gabinete del muy liberal Didier Reynders, el economista que diseñó la estafa del “interés nocional”, cree que “el capitalismo neoliberal ya no es compatible con el desafío climático”.

    El señor Colmant tiene razón: el “libre mercado” no nos sacará del callejón sin salida. Enfrentar el desafío climático requiere imperiosamente un plan público, objetivos sociales y ecológicos distintos al lucro, recursos públicos, y por lo tanto una redistribución radical de la riqueza, contraria a las “reformas neoliberales”.

    Sin embargo, después de haber criticado el “capitalismo neoliberal”, el Sr. Colmant se encuentra en la incómoda posición de alguien que se detiene en medio del vado.

    En efecto, el dogma neoliberal del libre mercado no es el único obstáculo en el camino hacia una gestión racional de la catástrofe climática: la obligación capitalista de crecimiento es otra, aún más fundamental, y que el señor Colmant no está dispuesto a superar. Puede existir un capitalismo no liberal, keynesiano o neokeynesiano. Un capitalismo sin crecimiento es, como dijo Schumpeter, una contradicción en los términos. Sin embargo, sin una disminución en el consumo de energía final – y por lo tanto sin una disminución en la producción y el transporte – es imposible alcanzar las “emisiones cero” en 2050. Incluso barriendo el carbono debajo de la alfombra con “compensaciones”, “captura-secuestro”, y otras “reducciones de emisiones teóricas”, esto está excluido.

    Es una necesidad objetiva: hay que producir menos, trabajar menos, transportar menos, compartir la riqueza, cuidar prudente y democráticamente de los seres y las cosas. Es necesario, en otras palabras, romper la máquina capitalista productivista. ¿Productivista? deberíamos decir “ destructivista ”, tan claro es que “el capital arruina las dos únicas fuentes de toda riqueza: la tierra y el trabajador” (como dijo Marx después de su giro antiproductivista).

    La guerra climática ha comenzado y es una guerra de clases. Con esto quiero decir que requiere un punto de vista sobre las necesidades reales de hombres y mujeres, es decir, un punto de vista liberado de la alienación comercial y de la carrera por el lucro egoísta que muestra la realidad sobre su cabeza.

    Fuera de una orientación ecosocialista, internacionalista, feminista, no habrá salvación. Organicémonos para decirlo y actuar en esta perspectiva, más allá de fronteras, “campos” y “bloques”. En definitiva, es hora de atreverse a ser revolucionarios.

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    Notas del artículo

    Notas del artículo
    1 https://www.rtbf.be/article/le-double-jet-stream-un-phenomene-a-l-origine-des-vagues-de-chaleur-en-europe-11045816?fbclid=IwAR3gpcICHL4MpFufQGFJstE4Ogcipy7ccU2ToFDAr6T8_Iv4iqvvnrxfJXU
    2 https://www.pnas.org/doi/10.1073/pnas.1810141115
    3 https://www.plateforme-wallonne-giec.be/adaptation
    4 https://www.facebook.com/dalloooniel.taoghghhjjhjhj))

    Ante este problema, todos también pueden tomar conciencia del hecho de que las políticas gubernamentales son totalmente inadecuadas y, para ser honestos, criminales.

    Estas políticas no permiten reducir las emisiones rápidamente (¡las emisiones siguen aumentando!) para llegar al “carbono cero” en 2050. Es incluso lo contrario lo que está sucediendo ante nuestros ojos: la recuperación pospandemia y la guerra de Putin contra el pueblo ucraniano ha desatado una fiebre total por los combustibles fósiles (carbón en China, Rusia, Turquía, lignito en Alemania, gas de esquisto en los Estados Unidos, gas en la Unión Europea). Con la clave de un frenesí de acaparamientos neocoloniales, rivalidades entre poderes y gestión bárbara de las migraciones.

    Las políticas climáticas gubernamentales no solo son ineficaces, no solo aumentan las desigualdades sociales, sino que tampoco protegen a las poblaciones contra los desastres. Esta protección de las poblaciones es, sin embargo, en teoría, la tarea constitucional elemental de cualquier gobierno, de cualquier Estado.

    Este formidable desbarajuste es un factor potencial en la espectacular profundización de la crisis de legitimidad de los poderosos de este mundo, independientemente del “campo” al que pertenezcan.

    La inestabilidad así creada no debería dejar de tener repercusiones en el plano ideológico. Un ejemplo de esto lo tuvimos recientemente, en Bélgica, con el foro libre en forma de autocrítica que publicó el Sr. Bruno Colmant en “La Libre”((https://www.lalibre.be/debats/opinions/2022/08/07/le-capitalisme-neoliberal-nest-plus-compatible-avec-le-defi-climatique-INNZVTOFBRHUHMHJD2ZQKDA3WA/?fbclid=IwAR1MPd8RgLkyUYpSKCqlrFSTGaUGn3SMpFmxsjyTlka_bcCnSKuId20-rBs

  • 50 años del Mendozazo: cómo frenar un tarifazo

    50 años del Mendozazo: cómo frenar un tarifazo

    Mendozazo-50

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    Democracia Socialista (Argentina)

     

    Fuente: Democracia Socialista

    Teoría: Historia

    05/04/2022

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    l Mendozazo o Mendocinazo se enmarca en el ciclo de «azos» que atravesó la geografía argentina durante finales de los 60 y comienzos de los 70. La bronca popular contra la dictadura instalada en 1966 -que proponía quedarse 20 años- hizo combustión en el mayo rabioso de 1969, cuando Rosario y Córdoba debieron ser militarizadas para frenar las revueltas. A partir de allí, los distintos sectores del pueblo, con sus organizaciones, sus identidades políticas y de clase tomaron las calles e hicieron volar por los aires el orden que los sectores dominantes querían imponer mediante la bota militar. Nada menos que diecinueve «azos» se contabilizaron entre 1969 y 1973.

    El Mendozazo de abril de 1972 tuvo particular repercusión. Las imágenes de una provincia literalmente «incendiada» ocuparon la tapa de todos los diarios y revistas de la época. El relato de la Mendoza «siestera», «conservadora» y «moderada» se chocaba de frente contra un estallido de esa magnitud. La bronca estalló por un aumento desmedido de la tarifa eléctrica de 300%. Las boletas de la por entonces «Agua y Energía» se prendían fuego en las plazas y se multiplicaban los carteles con las consignas «No pague la luz» o «Yo no pago la luz ¿y usted?», que adornaban casas y comercios.

    El 2 de abril fue la primera concentración, convocada por las Uniones Vecinales, pero el 4 estalló todo cuando la marcha convocada a Casa de Gobierno fue ferozmente reprimida. Causó un particular encono la represión que sufrieron las maestras en las puertas de su sindicato y la posterior represión con gases y balas para disolver la manifestación. A partir de allí, la ira popular se extendió como reguero de pólvora. Primero por el centro mendocino y después por los barrios populares de los departamentos de Las Heras y Guaymallén, que resistieron los intentos de ingreso del Ejército durante varios días más, con barricadas y calles oscurecidas a piedrazos. Así, Mendoza se colocaba a la vanguardia de la lucha contra un tarifazo de carácter nacional. De hecho, en San Juan, Rosario, Misiones y Córdoba también se registraron protestas por el tema, aunque ninguna escaló como en la provincia cuyana.

    Durante esos días se produjeron cientos de enfrentamientos y detenciones. La dictadura engrosó la lista de asesinadxs por la represión con los nombres de Ramón Quiroga, Susana Gil de Aragón y Luis Mallea, que cayeron durante esos días. Finalmente, el Gobierno tuvo que dar marcha atrás y derogó el aumento.

    Pero Mendoza ya no era la misma. El post Mendozazo implicó profundas transformaciones en el movimiento obrero, estudiantil y en las organizaciones políticas locales. Ya no sólo se discutían las tarifas sino la dictadura de conjunto, en un camino de lucha por un orden social diferente. El Gobierno enfrentaba un nuevo «plebiscito» que mostró que su gestión autoritaria en favor de la burguesía más concentrada no podía durar un año más.

    Las gestas populares siempre dejan huellas indelebles que retornan  aún cuando parecen borradas, como el agua que revive al río seco. En 2019 un nuevo Mendozazo, o Mendozaguazo logró frenar la arremetida de un poder económico y político que pretendía imponer la megaminería secante y contaminante en la provincia. Una vez más, el pueblo mendocino demostró que las calles son nuestras y que son el terreno fundamental para torcer decisiones arbitrarias, anti democráticas, que atentan contra nuestros ingresos, nuestra salud o patrimonio social y cultural.

    Contra lxs resignadxs de ayer y de hoy: ¡Viva el Mendozazo! ¡Viva la lucha popular!

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    Thierry Labica

     

    Traducción: Carlos Rojas
    Fuente: 
    l’Anticapitaliste

    Actualidad Internacional: Latitudes. Europa

    14/08/2022

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    Habría que creer, pues, que el asunto es realmente fascinante: el primer ministro británico, Boris Johnson, dimitió a principios de julio tras la derrota casi general de su gobierno. Johnson, al parecer, se habría visto finalmente obligado a abandonar el lugar tras, entre otras cosas, el escándalo del “partygate” en referencia a sus múltiples deslices a las limitaciones sanitarias decididas por su propio gobierno.

    Si Johnson parece engorroso hoy, no obstante, habrá cumplido plenamente su misión al encarnar la postura nacional-racista y, muy irónicamente, «antisistema», que la versión más derechista del Brexit hizo necesaria, en particular para evitar una elección electoral que fuera una hemorragia a favor de la corriente más oficialmente ultraderechista representada por Nigel Farage (hasta las elecciones legislativas de 2019). Pero la gran duda ahora sería saber quién podría sucederle entre la decena de pretendientes declarados.

    La «fiesta» que escondió la borrachera capitalista

    Nuestro comentarista nacional parece voluntariamente presa de palpitaciones ante este delicioso momento de “escándalos” e intrigas políticas en un contexto de aventuras palaciegas. En esta, el tema «Boris Johnson» induce varios efectos ópticos oportunos. En primer lugar, el asunto del ‘partygate’ es, por tanto, aparentemente más grave que los años de austeridad que han diezmado sectores enteros de la sociedad británica hasta el punto de ver extendido el síndrome de la ‘muerte por desesperación’, esperanza de progreso y decadencia en algunas regiones, y la pobreza y la desigualdad en el trabajo alcanzan proporciones sin precedentes; el «partygate merece una atención más indignada que el desvergonzado clientelismo que presidió el reparto de los gigantescos contratos en nombre de la estrategia anti-Covid del gobierno… Y ahora, este ambiente de dramatismo en la corte casi nos haría olvidar el problema principal e inmediato: ¿Cómo continuar la misma política de embrutecimiento social “normal” extremo, al servicio de una clase dominante que, como en Francia, habrá sabido aprovechar masivamente los dos años de crisis sanitaria?

    Para los conservadores que han estado en el poder durante doce años, la pregunta no es, por lo tanto, cuántas armas de honor ha dirigido jovialmente su señoría Alexander Boris de Pfeffel Johnson a las multitudes en los últimos dos meses, como en los últimos dos años o dos décadas; cómo seguir la misma política surge con particular urgencia ahora que, frente al poder, se levanta una verdadera oposición de clase con un resurgimiento de las luchas sindicales no sólo en escala excepcional, sino también apoyadas por una mayoría de la opinión pública.

    Un conjunto de iniciativas sindicales convergió durante el mes de junio, que estuvo particularmente marcado (el día 18) por la manifestación nacional organizada por el Congreso Sindical (TUC). Las principales demandas se referían, entre otras cosas, al aumento de salarios, el fin de los contratos de cero horas y las prácticas patronales de «fire and rehire» (despidos seguidos de recontrataciones en condiciones degradadas), un impuesto a las ganancias de la energía, el aumento de la seguridad social mínima (agrupados en un sistema de «crédito universal»), la lucha contra el racismo en el trabajo, o incluso el fortalecimiento de los derechos sindicales.

    Si bien ninguna de estas prioridades es nueva, todas han adquirido una urgencia sin precedentes al finalizar los últimos dos años: para muchas empresas, el estado de excepción inducido por la crisis sanitaria ha permitido una intensificación generalizada de la ofensiva contra el empleo, los salarios, la los derechos salariales y sindicales aún vigentes, al tiempo que abría una vía rápida a las ayudas estatales, que funcionaban como otras tantas subvenciones directas y masivas a los empresarios (ayudas directas o «contratos Covid» de cientos de millones a empresas cercanas a los tories, o a empresas convenientemente creadas apenas dos meses antes). En otras palabras, en el Reino Unido, la coyuntura de Covid ilustró típicamente la lógica del «capitalismo del desastre» tan bien descrita unos años antes por Naomi Klein.

    Sin embargo, un factor adicional decisivo ha pasado a jugar un papel clave en la coyuntura actual: en un contexto de contracción de los salarios desde 2008 (situación sin precedentes desde hace dos siglos según ciertos análisis[1]https://www.tuc.org.uk/blogs/17-year-wage-squeeze-worst-two-hundred-years), la subida de los precios minoristas alcanzó el 11 , 7% en julio. Los costes energéticos, por su parte, se dispararon con un incremento del 54% en abril en el techo fijado por el regulador Ofgem (y se prepara una nueva subida para este otoño). Tales niveles de inflación no se veían desde 1982. Según la Oficina de Estadísticas Nacionales, entre fines de junio y principios de julio, el 49% de las personas dijeron haber reducido sus gastos en alimentos[2]https://www.reuters.com/world/uk/half-britons-buy-less-food-prices-surge-2022-07-08/.

    Una avalancha de movilizaciones

    En estas condiciones, las luchas del mundo del trabajo que ya se estaban gestando en una amplia variedad de sectores durante los últimos dos años adquirieron nueva fuerza y ​​visibilidad en vísperas del verano. Algunas ilustraciones deberían ayudar a hacerse una idea.

    British Airways, por ejemplo, anunció en abril de 2020 la pérdida de 12.000 puestos de trabajo (incluidas 6.000 salidas “voluntarias”) y recortes salariales para los 30.000 empleados restantes, sin esperar, por lo tanto, el fin del programa de subsidio salarial en el título de salvaguardia laboral. A finales de junio, el 95 % del personal de facturación del aeropuerto de Heathrow sindicalizado en GMB y Unite votó a favor de la huelga en principio si BA no restituía el 10 % de los salarios perdidos durante la pandemia. Para evitar la huelga anunciada, BA acabó accediendo a hacer una propuesta que consideró “ampliamente mejorada”.

    El Sindicato de Trabajadores de la Comunicación (CWU) por su parte llamó a los empleados del grupo British Telecom (privatizado en 1984) y sus filiales Openreach y EE a tomar posición en la huelga. El CWU respondió así a la oferta de aumento (no negociada) de 1.500 libras esterlinas (1.770 euros) para los 58.000 empleados de la compañía, es decir, entre un +3 y un +8% en un contexto de inflación superior al 11%. El recorte salarial se produjo cuando BT anunció más de 1.300 millones de libras esterlinas en ganancias (para el año fiscal que finalizó el 31 de marzo) y se distribuyeron 700 millones de libras esterlinas entre los accionistas de la empresa. También se observó que el jefe de BT, Philip Jansen, había administrado un aumento del 32% en los ingresos a £3,5 (4,1 millones de euros).

    El 30 de junio, en una votación a la que asistieron el 74,8% de los 30.000 miembros de CWU de la filial Openreach de BT, la huelga recibió el 95,8% de los votos. Entre los 9.000 miembros de CWU de BT, volvió a ser votado por el 91,5% con una participación del 58,2%. Los miembros del sindicato CWU de EE (operador de red móvil y proveedor de servicios de Internet) también votaron a favor de la huelga en un 95 %, resultado que sin embargo fue invalidado, habiendo sido solo del 49,7 % cuando la última ley antisindical de 2016 impone un mínimo participación del 50%[3]https://www.cwu.org/press_release/call-centre-workers-and-30k-openreach-engineers-vote-for-historic-national-strike-against-insulting-real-terms-pay-cut/. Si ninguna negociación puede satisfacer las demandas de los empleados, la huelga será la primera para el grupo BT desde 1987.

    En Royal Mail, los 2400 ejecutivos sindicalizados en Unite votaron a favor de la huelga en un 86 % (y un 89 % en Irlanda del Norte). ¿Por qué? La empresa (privatizada entre 2013 y 2015) pretende recortar 700 puestos de trabajo (tras los 1.200 puestos de trabajo destruidos en 2021) e imponer recortes salariales de hasta 7.000 libras anuales. La misma empresa podría distribuir 400 millones de libras esterlinas a sus accionistas en 2021 y reportar ganancias de 311 millones de libras esterlinas. Y Simon Thompson, el jefe de Royal Mail, no se olvidó de sacar 753.000 libras esterlinas de este montón de oro. El 19 de mayo de 2022, Royal Mail Group anunció una ganancia de 758 millones de libras esterlinas para el año fiscal 2021-22 (casi 60 millones de libras esterlinas más que el año anterior). Está prevista una huelga laboral entre el 15 y el 19 de julio, seguida de una huelga del 20 al 22 de julio.

    Frente a una propuesta de “subida” salarial del 3% para el año 2022-23, los 115.000 empleados de Correos pueden votar por la huelga defendida por el CWU, desde el 28 de junio hasta el 19 de julio. Se espera que los 450 000 miembros docentes de la NUE y los otros 280 000 miembros de la NASUWT voten en otoño (después de muchas dilaciones) para cuestionar una propuesta idéntica cuando la profesión ha visto caer sus niveles salariales en un 20 % desde 2010 y que dos de cada tres profesores ahora están considerando dejar la profesión[4]https://www.nasuwt.org.uk/article-listing/national-industrial-action-pay-uncertainty.html. Y la situación sigue siendo básicamente la misma si nos fijamos en el Sindicato de Empleados de la Administración Pública (PCS), aquí de nuevo, prometió tanto una caída acelerada de los salarios frente a la inflación con un irrisorio «ponerse al día» fijado en el 2% como un recorte de 91.000 puestos de trabajo anunciados por Johnson en mayo. PCS anuncia un voto de huelga en septiembre.

    Pero tal vez eso fue suficiente para comenzar: un estudio reciente encargado por Unite encontró que los márgenes de ganancias para las principales empresas del Reino Unido que cotizan en el índice FTSE (“footsie» ) 350 de la Bolsa de Valores de Londres eran un 73% más altos que su nivel anterior a la crisis de salud[5]https://www.unitetheunion.org/media/4757/unite-investigates-corporate-profiteering-and-the-col-crisis.pdf. ¿Deberíamos mirar más allá?

    En este contexto, el pequeño Sindicato de Trabajadores del Transporte Ferroviario y Marítimo (RMT) y su secretario nacional, Mick Lynch, llegaron a ocupar un lugar decisivo al lograr dinamizar a gran parte del movimiento sindical. La situación del sector es ciertamente comparable a los ejemplos anteriores: con el pretexto de la caída temporal del uso de los trenes, Network Rail, la empresa gestora de infraestructuras ferroviarias, prevé eliminar 2.500 puestos de trabajo de mantenimiento con vistas a reducir un gasto de 100 millones de libras esterlinas. El gobierno apunta a un ahorro de £ 2 mil millones en el sector ferroviario con la probable pérdida de 10,000 empleos[6]Labour Research, vol.111, n°2, février 2022, p. 16.. Pero mientras los trabajadores ferroviarios enfrentan congelaciones salariales y pérdidas de empleo, las compañías ferroviarias obtienen más de £500 millones en ganancias al año y los 73 altos ejecutivos de Network Rail comparten un total combinado de £15 millones por año[7]https://www.tssa.org.uk/find-your-company/network-rail/news/nr-top-bosses-and-what-they-are-paid. Con una participación del 71%, los miembros de RMT votaron el 89% a favor de la huelga.

    La acción de la RMT encontró un fuerte eco por varias razones: el simple hecho de que la RMT ya estaba en huelga los días 21, 23 y 25 de junio cuando las demás organizaciones aún estaban en fase de consulta; porque el impacto de las huelgas en el sector ferroviario (que afecta a la actividad de nada menos que trece operadores) se ve y se siente de forma más inmediata; pero más quizás, tras las intervenciones del líder de la RMT, Mick Lynch, ante muchos medios abiertamente hostiles. Para muchos observadores, es la eficiencia, la callada franqueza de las declaraciones de Lynch, su posicionamiento de la lucha de clases sin ambigüedades ni exageraciones, lo que contribuyó, en el espacio de unos días, a modificar la percepción de la huelga pronto considerada «justificada» por 58% de la opinión pública que inicialmente le fue desfavorable[8]https://twitter.com/SavantaComRes/status/1539277133352259584?s=20&t=AA7JBlGrcJTKde5wd0pYwg.

    Obstáculos a superar

    Enormes obstáculos siguen erigiéndose contra la acción obrera organizada y contra todas las formas de solidaridad que le son indispensables. Se piensa en primer lugar en el despiadado mecanismo de contención legislativa de los OS vigente desde la década de 1980 y reforzado hasta 2016. Como vemos en lo anterior, el más mínimo plan de huelga debe, entre otras cosas, pasar por largos procedimientos de votación por correo que, para ser válida, ahora debe obtener una participación de más del 50% de los miembros de las organizaciones. Pero, sobre todo, desde la ley de 2016, en muchos sectores (incluidos el de la salud, la educación o el transporte), la huelga debe ser apoyada por al menos el 40% de todos los miembros de las organizaciones involucradas. Si se aplicaran las mismas disposiciones a los parlamentarios electos, ¿cuántos lograrían sentarse? Todavía se piensa en la agresividad ordinaria de un comentarista político alineado con esta vieja norma legislativa, acostumbrado a su autoestima de club en sus estudios londinenses, y fundamentalmente convencido del «caos» que promete cualquier expresión de un mundo del trabajo que no se limitaría a mendigar. Todavía existen las limitaciones planteadas por gran parte de la propia tradición sindical británica y su lealtad reformista. Finalmente, queda otro obstáculo bastante considerable, a saber, el propio Partido Laborista, hoy en manos de una dirección cuyo fanatismo reaccionario suscita un sentimiento cercano a lo trágico. Piénselo: no contento con haber purgado todo lo que pudiera parecerse a la izquierda en sus filas, Keir Starmer, líder de y fundamentalmente convencida del “caos” que promete cualquier expresión de un mundo del trabajo que no se limite a la mendicidad.

    Piénselo: no contento con haber purgado todo lo que pudiera parecerse a la izquierda, Keir Starmer, líder de la oposición Laborista en el Parlamento, comenzó reclamando prohibir a los miembros de su gobierno ir a mostrarse en compañía de los huelguistas de los piquetes; no encontró la manera de hacer ninguna referencia a las luchas en curso en su discurso del 11 de julio, que pretendía exponer su visión de un «nuevo comienzo» para el país. Por otra parte, fue el Ministro de Relaciones Exteriores del gobierno en la sombra de Starmer quien declaró enérgicamente su negativa “categórica” a apoyar el reclamo de los empleados de British Airways. De nuevo en otro lugar, en marzo, fueron los funcionarios electos laboristas de la ciudad de Coventry quienes llamaron a los trabajadores temporales para tratar de romper la huelga de setenta recolectores de basura en la ciudad que luchan por mejores salarios. Starmer podría terminar tan descalificado como Johnson. Una forma de hazaña, uno debe suponer.

    Claramente, los movimientos huelguísticos actuales y futuros solo pueden depender estrictamente de su propia fuerza. En un contexto de crisis social y política tan profunda, contemos que siguen siendo –más allá de las mejoras inmediatas e indispensables– la primera condición para el surgimiento de cualquier nueva posibilidad aún por gestar y digna de ser esperada.

    PD: Nos enteramos, mientras escribo estas últimas frases, que Asef, el sindicato de maquinistas, acaba de votar masivamente a su vez a favor de la huelga.

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    Franck

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    Franck Gaudichaud es doctor en Ciencia política y militante del Nuevo Partido Anticapitalista (NPA) de Francia. Especialista en la historia del movimiento popular chileno, es autor de Chile 1970-1973. Mil días que estremecieron al mundo (Editorial Sylone, Barcelona, 2017). También es miembro del Comité de redacción de la revista ContreTemps, así como colaborador de Le Monde Diplomatique (Paris).

    Fuente: Jacobin América Latina

    Actualidad Internacional: Entrevista con…

    03/08/2022

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

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    n esta entrevista, examina la situación política abierta con los resultados de las elecciones presidenciales y legislativas en Francia, especialmente el crecimiento de la extrema derecha, la reconfiguración del paisaje político en la izquierda en torno a Jean-Luc Melénchon y los desafíos de la izquierda anticapitalista para explorar y ampliar el campo de posibilidades que presenta la nueva situación.

    ¿Podrías hacer un balance general de la secuencia electoral que va desde la elección presidencial hasta las legislativas?

    Lo que podemos decir es que estamos frente a una crisis aguda del sistema ultrapresidencialista de la Quinta República en Francia y que, al mismo tiempo, existe una crisis política aguda del macronismo, principal cara política actual de las clases dominantes y del neoliberalismo autoritario en Francia. Esas crisis se traducen en el plano electoral e institucional, pero en forma diferida respecto de las múltiples tensiones (sociales, raciales, de género, territoriales, ecológicas, culturales, etc.) y de los conflictos de clase que existen en las profundidades de la sociedad gala.

    Primero, es necesario subrayar la amplitud de la abstención, muy importante tanto en la última elección presidencial como en las legislativas, aunque más aun en éstas: más o menos la mitad del cuerpo electoral no se presentó a las urnas. Ni las izquierdas, ni el macronismo, ni la extrema derecha logran movilizar masivamente. Tenemos niveles de abstención muy altos, de más del 60 o 70% en la juventud y en los sectores populares. Este es un punto central para toda perspectiva de izquierda, pues en los barrios populares, entre migrantes y jóvenes, es donde la izquierda debería capitalizar y seguir creciendo (y no solo en el plano electoral). Finalmente, en la segunda vuelta presidencial, Macron salió electo -por segunda vez- contra la extrema derecha (de Marine Le Pen), con 58% de los sufragios. Pero la mitad de sus electores (incluyendo muchos de izquierdas) lo apoyaron por defecto, o sea, para impedir una victoria de la extrema derecha (se trata de frenar al fascismo en las urnas), aunque en realidad rechazan el desastroso balance político del macronismo.

    Una segunda tendencia es que la crisis de la coalición presidencial se traduce de manera aún más evidente en la elección legislativa y conduce a que, por primera vez en veinte años de vida republicana con un sistema presidencialista apoyado en un mandato de cinco años, desde el año 2002, un presidente electo no tenga mayoría absoluta en el Parlamento. La coalición de Macron se encuentra con una mayoría relativa de 245 escaños y muy lejos de llegar a la mayoría absoluta, pues le faltan más de cuarenta escaños… Pasó de obtener el 33% de los sufragios en 2017 a menos de 26% hoy en día: La République En Marche (LREM) -el partido de Macron- ¡perdió la mitad de sus escaños comparado con la legislatura anterior! Lo que significa la apertura de muchas incógnitas a corto plazo y de un periodo de fuerte inestabilidad institucional: el actual gobierno de Elisabeth Borne (exsocialista partidaria de la austeridad neoliberal recién nombrada como Primer ministra) deberá negociar cada paso con la derecha tradicional, tal vez con algunos miembros del centro social-liberal e incluso (como lo están ya haciendo activamente) buscar apoyo (o la abstención) de Marine Le Pen en el Parlamento, dándole más espacio y posición de poder a la extrema derecha. El problema representa una fisura mayor para Macron, lo que refuerza todavía más la deriva ultrapresidencialista que sufre el régimen desde 2017, sin construir un aparato político propio sólido y con un Parlamento considerado por el poder solo como espacio de validación de sus directivas gerenciales.

    Tercera enseñanza: asistimos a la confirmación de la tripolarización del campo político francés y al final del bipartidismo burgués que dominó el escenario desde la creación de la Quinta República por el General De Gaulle en 1958. Es decir, aparecieron tres bloques y casi desaparecieron del panorama presidencial los partidos históricos que han gobernado en Francia en las últimas décadas, los grandes partidos de las clases dominantes hasta el momento, es decir Les Republicains (la derecha tradicional) y el Partido Socialista (social-liberal). Estos dos partidos han sido totalmente dispersados, atomizados, por ese nuevo escenario de tripartición: una de las tareas de Macron ha sido precisamente la de pulverizar a estos partidos históricos para reconfigurar un extremo centro neoliberal en torno a su figura. No obstante, el PS y la derecha han mostrado cierta capacidad de resiliencia en las legislativas, gracias a su anclaje territorial y sus figuras locales.

    Un primer polo se articula en torno a Jean-Luc Melénchon, un polo de izquierda parlamentaria que tiene como centro la France Insoumise (FI), una izquierda mucho más a la izquierda y más radical que el PS, que logró aglutinar para las legislativas (en un gesto táctico inesperado que debe mucho al nuevo peso de la FI y a la figura de Melénchon) a la casi totalidad de las diversas fuerzas de las izquierdas parlamentarias dentro de la Nueva Unión Popular Ecológica y Social (NUPES). Un segundo polo es el del neoliberalismo autoritario en torno a Macron y a su coalición que se llama Ensemble. Y tercero, un polo de extrema derecha, con claras tendencias neofascistas, en torno a Marine Le Pen y a otros pequeños agrupamientos xenófobos y ultraconservadores. Es de destacar que durante las presidenciales hemos presenciado el surgimiento de una extrema derecha aún más radical y abiertamente fascista alrededor del polemista y experiodista Eric Zemmour, quien a pesar de un discurso que reivindica el Mariscal Petain (colaborador de los nazis) logró capitalizar casi 2.5 millones de votos, un 7% de los sufragios. La radicalidad de Zemmour incluso ha contribuido a darle una imagen un poco más republicana a Marine Le Pen y a mostrarla como una posible fuerza de gobierno para sectores cada vez más amplios del establishment.

    El gran desafío que deja esta secuencia político-electoral para las izquierdas pasa por saber hasta qué punto va a ser posible construir alternativas tanto al macronismo como a una extrema derecha en pleno crecimiento e institucionalización. Es decir, crear frentes unitarios sociales y políticos y, al mismo tiempo, construir fuerzas anticapitalistas no sectarias para enfrentar un escenario muy complejo, en un contexto de inflación, crisis económica, colapso climático y conflicto armado sangriento en el corazón de Europa.

    ¿Qué podés decirnos respecto de la elección presidencial de Melénchon, la construcción de la Nueva Unión Popular Ecologista y Social (Nupes) y el resultado legislativo de la izquierda?

    Durante la elección presidencial, la primera tendencia que se confirmó es que las izquierdas están en niveles muy bajos, en torno al 30/31% del total de votos. Dentro de ese porcentaje, el eje central han sido France Insoumise y Melénchon, que sacaron el 22% de los votos, solamente a un punto de Marine Le Pen y de la posibilidad de competir en la segunda vuelta frente a Macron, lo que constituye otra oportunidad perdida de un combate electoral claro entre neoliberalismo autoritario y una izquierda de transformación institucional que propone reformas avanzadas. Desgraciadamente, Melénchon fue de nuevo derrotado, pero logró mostrar (más allá de sus múltiples límites y contradicciones) que, con un discurso de reformas democráticas y rupturistas con el neoliberalismo y el racismo, con una campaña muy activa y popular, reivindicando la planificación ecológica y el regreso del papel del Estado público, que se podría derrotar a la extrema derecha, marginalizar a los social-liberales y amenazar el poder de Macron y del capital financiero. Como es ampliamente conocido, la FI y Melénchon están llenos de ambigüedades y puntos ciegos. El mismo Melénchon que durante 30 años fue dirigente del PS, en sus discursos multitudinarios sigue reivindicando parte de la tradición de la izquierda de gobierno de François Mitterrand o incluso la de Lionel Jospin (que tantas desilusiones y traiciones trajeron para el pueblo de izquierdas) o de una orientación que en muchos aspectos podría calificarse como nacional-republicana, en particular cuando hace referencia al glorioso papel de Francia en el mundo (incluso en sus colonias actuales), al rol de las Fuerzas Armadas y de la disuasión nuclear para construir la paz en el mundo, cuando moviliza los símbolos patrióticos y se apoya en una comprensión de nuestra historia que está bastante alejada de la tradición de la lucha antiimperialista-decolonial de otros sectores de las izquierdas. Al mismo tiempo, el programa de la FI sobre la indispensable planificación ecológica y combate a la financiarización de la economía es (sin duda) uno de lo más detallado y progresivo de la izquierda; también sobre derechos de las mujeres y LGTBI o en cuanto a política fiscal ofensiva sobre grandes empresas y multinacionales. La oposición de Melenchon durante la campaña al uso de la energía nuclear civil, la clara denuncia de la violencia policial, del racismo estructural del Estado y en particular de la islamofobia son muy avanzados para el nivel de conciencia general en el país y han sido un aire fresco fundamental en un campo mediático saturado de xenofobia y prejuicios. El modelo de Melenchon es la revolución en las urnas o revolución ciudadana: de cierta manera, esencialmente un plan de reformas desde arriba articulado a reivindicaciones de la sociedad civil. De hecho, está muy inspirado por la dinámica de los gobiernos progresistas latinoamericanos: primero se acercó a los procesos de Venezuela, Bolivia, Brasil y Ecuador. Ahora (con la segunda ola progresista en el continente), decidió dar una nueva gira por el continente, en particular por México, Honduras y Colombia, mostrando todo su interés por los nuevos gobiernos en el poder. Un mensaje político claro también destinado a Francia.

    El resto de la izquierda que compitió en la presidencial no permitió la unidad y me parece que eso ha sido un error táctico serio frente a una extrema derecha cada vez más amenazante. Vimos por lo tanto a EELV (los ecologistas) y al Partido Comunista sacar menos del 5%. El PS, gran partido de gobierno desde los años 1970, sacó menos del 2%. ¡Un derrumbe tremendo! Y la izquierda revolucionaria, que compitió con el Nuevo Partido Anticapitalista (NPA) y Lucha Obrera, demostró movilizar poco o casi nada en el plano electoral, sacando respectivamente el 0,7 y el 0,5% de los votos, aunque, hay que decirlo, la campaña de Philippe Poutou (NPA) fue muy dinámica, logrando encontrar una simpatía real en los espacios de las izquierdas y de ciertos sectores politizados de franjas populares y sindicales, por ser obrero y anticapitalista, sin pelos en la lengua frente a periodistas conservadores y dirigentes políticos burgueses. La gran apuesta y el éxito táctico y político de Melénchon ha sido la creación de la NUPES. Ahí Melénchon obligó al conjunto de los partidos de la izquierda institucional a aliarse para las legislativas en torno a su programa L’Avenir en commun (“El porvenir en común”), con algunas dádivas también en esta negociación, en particular circunscripciones para un PS moribundo. Esto significó la unificación de los socialistas, comunistas, verdes y FI. Obviamente, la incorporación del PS para Melénchon era tácticamente importante a nivel electoral y por su presencia territorial. Pero tuvo un costo político muy alto, porque se trata de un partido social-liberal. Lo que logró hacer Melénchon al arrimar al PS a su programa de ruptura con el neoliberalismo es algo inesperado (y denunciado por parte de los viejos dirigentes socialistas como una radicalización insoportable). Pero no ha sido posible incorporar a esa coalición al NPA, a los anticapitalistas, justamente porque se priorizó la alianza hacia el centro, con el PS, y no se le dio ningún espacio a la izquierda revolucionaria.

    El resultado de las legislativas al final fue bastante decepcionante, pues la NUPES sacó solamente 133 escaños (30/31% de los votos, 13% de los inscriptos y 6,5 millones de votos), cuando había expectativa de mucho más (todo el mundo hablaba de 200 escaños), con lo que Melénchon quedó muy lejos del objetivo fijado en la campaña de obtener una mayoría e imponerle a Macron el ser gobierno. El escrutinio uninominal mayoritario subrepresenta la presencia de la izquierda en la Cámara, además logrando por cierto una presencia fuerte en las grandes metrópolis y ciudades medianas pero sin alcanzar a desarrollarse en el campo. Con un sistema de tipo proporcional, la NUPES hubiera sacado por lo menos 15 escaños más. Pero, más allá del efecto del sistema electoral, vemos que no se logró movilizar ampliamente a los abstencionistas jóvenes y de las clases populares en torno al programa de coalición de la izquierda. Así, se observa que, en la mayoría de los enfrentamientos en segunda vuelta de las legislativas entre extrema derecha y NUPES, ganó… ¡la extrema derecha! Esa es una lección de gran importancia y un peligro que se confirma. En cualquier caso, la NUPES abre una perspectiva para las izquierdas, por el hecho de tener más de 130 escaños, más de 70 sólo de FI, el sector más radical, cuando en el mandado anterior tenía solamente 17. Esto abre muchos caminos para pelear institucionalmente, desde el Parlamento, en contra de Macron y de la extrema derecha. Las primeras semanas confirman esta voluntad de los diputados de izquierda, aunque con cierta tendencia a buscar audiencia en las redes sociales más que construcción de proyectos… El desafío está en abrirse hacia los movimientos sociales y a las movilizaciones sindicales, apoyándolas para enfrentarse al programa neoliberal de combate de Macron y revelar al mismo tiempo las opciones antisociales y racistas de la extrema derecha.

    La pregunta es si realmente la NUPES va a mantener esa unidad o si fue solamente una opción táctica electoral. Ya vemos las primeras tensiones en este espacio, entre los social-liberales del PS, el PC, los ecologistas y la FI. La propuesta de Melénchon de tener un bloque parlamentario unificado ha sido rechazada por el resto de componentes de la coalición. Entonces hay una tensión interna que se traduce en posibles divisiones en el trabajo parlamentario de las izquierdas. Pero son también diferencias en el plano estratégico.

    En ese escenario, ¿qué podemos esperar del segundo mandato de Macron?

    Efectivamente, entramos en un periodo de crisis e inestabilidad del régimen de la Quinta República, más allá de la gestión de Macron. Macron, que ya no tiene mayoría, va a estar obligado a negociar permanentemente, en particular con Les Republicains (que por el momento dijeron que se quedarían en la oposición) o con espacios del social-liberalismo y con la extrema derecha. El gobierno recién nombrado esta aún más a la derecha que el anterior por su composición y es mucho más débil, dependiente de la derecha partidaria y de la bancada de Marine Le Pen. Varios analistas pronostican una posible disolución del Parlamento y un llamado a nuevas elecciones (una facultad del presidente). En regímenes parlamentarios como Alemania o Italia, un gobierno minoritario puede gobernar, forjando coaliciones. Pero la Quinta República no funciona así. Hay que entender que estamos en contexto de crisis de legitimidad aguda de la monarquía republicana francesa. La mayoría de los regímenes políticos europeos son sistemas parlamentarios donde las coaliciones son la norma, en Francia estamos en un presidencialismo exacerbado que en caso de minoría del poder presidencial entra en crisis. Ahí vemos el agotamiento del régimen iniciado por el general De Gaulle en el año 1962 (que tuvo una modificación sustancial en 2002). Además de eso habría que recordar la multiplicación de affaires: malversación con el caso McKinsey (una consultora privada que recibió millones de euros), las acusaciones de violencia sexual en contra de dos ministros, el caso Uber y el tráfico de influencia cuando Macron era ministro de economía que impactó en la prensa mundial, etc.

    En este contexto, las promesas del actual locatario del Eliseo son más de los mismo: un continuismo de la violencia neoliberal que tiene como eje la reforma de las pensiones, para subir la edad de jubilación desde los 62 a los 65 años. Es decir, una regresión social muy grande. Y también prolongar una política directamente destinada a los más ricos, con beneficios fiscales para las grandes empresas y los sectores más pudientes del país. Macron confirma así su perfil de “Presidente de los ultrarricos”, expresión acuñada por dos sociólogos críticos de renombre. A pesar de su debilidad, Macron intenta garantizar a los capitalistas del país que seguirá el camino elegido, en un contexto de explosión de la deuda pública con miles de millones de euros inyectados en la economía por el Estado durante la crisis pandémica (para financiar directamente las empresas y la continuidad del empleo).

    Lo más probable es que a la crisis institucional corresponda también una crisis político-social a partir de septiembre, con la reactivación de movimientos sociales y sindicales en torno a la defensa del sistema de jubilación de reparto público, pero también frente a la enorme crisis que existe actualmente en la salud, donde ya no hay capacidad del hospital público para responder al rebrote de la pandemia, y lo mismo en el sistema educativo, donde aparece una deserción de profesores que no quieren vivir en condiciones de trabajo totalmente precarizadas. Entonces vemos claramente un poder fragilizado y sin capacidad de responder a la crisis institucional, con una fuerte soberbia de clase, donde Macron solamente dice que va a prolongar sus reformas neoliberales y apoyar a Ucrania frente a Putin.

    Lo que vemos actualmente, entonces, es una consolidación y una expansión del voto de extrema derecha y neofascista. Efectivamente, el resultado es inesperado para Marine Le Pen y el Rassemblement National (RN). La estrategia macronista de elegir a la extrema de derecha como su mejor adversario para presentarse como última barrera de la lucha democrática, inflando a Le Pen para marginar a la izquierda radical, solo logró sedimentar aún más la consolidación de una opción neofascista en Francia.

    Primero, hemos visto cómo logró alcanzar de nuevo la segunda vuelta de la presidencial y culminar con más del 40% de los sufragios, más de 13 millones de votos (recordemos que el RN había obtenido solo 4,6 millones en 2007). Lo que no se esperaba, en particular desde las izquierdas, es su excepcional resultado, histórico, en las legislativas. La extrema derecha logró un voto nunca visto en la historia de la Quinta República, con más de 3.5 millones de votos y 89 escaños, un resultado enorme a pesar de la debilidad de su presencia local. Si comparamos con 2017, ¡multiplicó por 10 su presencia en el Parlamento!, en un contexto donde el sistema electoral es inicialmente muy desfavorable para formaciones como el RN. Vemos territorialmente su consolidación en el Norte y Sureste de Francia, en zonas donde hubo fuerte desindustrialización, donde el Partido Comunista perdió implantación y donde ahora Marine Le Pen es capaz de aparecer como el partido de la clase obrera blanca. También el RN arrasó en el medio rural, espacios abandonados de los servicios públicos donde el empleo es precario y escaso. El sociólogo Ugo Palheta habla de la constitución de un bloque blanco ultranacionalista y transclasista que rechaza todo discurso de clase para construir un discurso ultranacionalista donde los enemigos son el migrante, el extranjero y la mundialización, pero también construyendo enemigos internos: los jóvenes de los barrios de migración postcolonial, los musulmanes, los sindicalistas, las feministas y el movimiento LGBTIQ. En varias regiones existe una enorme consolidación, en departamentos enteros, donde todos los diputados son de Rassemblement national, con un rechazo enorme al macronismo pero también un escenario en el cual la izquierda no es capaz de competir con RN. Entonces vemos una consolidación de una extrema derecha en torno a un programa abiertamente antimigrante, antifeminista, racista y articulado con un discurso, entre comillas, social, antimacronista, donde hay una mezcla entre islamofobia, reivindicación de la policía y de sus violencias, y al mismo tiempo mostrando un rechazo de la política de destrucción social del macronismo (aunque su programa económico sea, en realidad, también ultraliberal, lo que ya se confirma con sus primeros votos en el Parlamento).

    Ahora, el RN va a tener una gran capacidad para incidir políticamente desde el Parlamento y gracias al apoyo de Ensemble acaban de ganar las dos vicepresidencias de la Asamblea Nacional: ¡dos neofascistas en la presidencia del segundo órgano del poder estatal! El partido va recibir más de 10 millones de euros anuales durante todo el mandato. Obviamente, estamos frente a un riesgo de consolidación neofascista, en alianza con otras fuerzas a nivel europeo, lo que va a permitir cimentar la dinámica Le Pen con sus posibles aliados en la extrema derecha europea, con el discurso de la necesidad de unificar a las derechas en Francia pero en torno a Marine Le Pen, de la misma manera que Melénchon trató de unificar las izquierdas en torno a su propio programa. Entonces, el peligro inmediato antidemocrático está ahí. Es la urgencia democrática del momento, negarlo sería simplemente un suicidio político

    Obviamente es menester agregar a eso el contexto europeo internacional, con todo el significado de la guerra en el corazón de Europa, una tragedia en curso con centenares de miles de muertos y la huida de millones de personas desde Ucrania hacia Europa occidental. Macron, que asumió recientemente la presidencia rotativa a nivel europeo, intentó presentarse como jefe de guerra y gran diplomático, pero vemos sobre todo su impotencia y su alineamiento con la OTAN, sin propuesta real y sin alternativas para defender realmente el derecho a la autodeterminación del pueblo ucraniano frente a la invasión de Putin. Más allá de eso, lo que pesa mucho en este segundo mandato es la crisis económica y la forma en que la inflación está creando mucho descontento social en un contexto geopolítico europeo cada vez más militarizado (el ejemplo de Alemania) y peligroso a nivel global.

    La pregunta es cuál será la capacidad de movimiento social y popular, en este contexto de muchos peligros y con algunas oportunidades, para reactivar y defender una política amplia, unitaria que combine posneoliberalismo, oposición al macronismo, antifascismo, antirracismo, feminismo y perspectiva de transición ecológica.

    En los últimos años, hemos visto combates sociales centrales en Francia, en particular en torno a la reforma de la ley laboral en 2016, con huelgas, unificación sindical y peleas importantes. Pero también es necesario reflexionar sobre los límites de las posibilidades de las grandes centrales sindicales de conducir esos conflictos huelguísticos y de clase. Hemos visto un sector de la juventud que adhiere a perspectivas de desobediencia civil en torno a los temas de la ecología y de las zonas a defender (ZAD), por ejemplo en Notre-Dame-des-Landes, una juventud politizada que se moviliza en torno al tema de la crisis climática capitalista de manera radical y autónoma. Y obviamente, recordar la importancia del movimiento de masa de los chalecos amarillos que fue la gran sorpresa de los últimos años, donde apareció un nuevo actor popular poco encuadrado por las organizaciones tradicionales, políticas o sindicales, pero que le infringió una primera derrota al macronismo, a nivel tanto simbólico como político, doblándole la mano y obligándolo a inyectar más de 10 mil millones de euros a favor de los sectores más pobres, a pesar de la violencia de la represión estatal y del desprecio de clase de los grandes medios. Lo interesante también es ver que ahora, con la elección legislativa y la coalición NUPES, figuras del movimiento social lograron bancas de diputados, pienso en Rachel Kéké, una mujer negra muy combativa, lideresa de una huelga muy importante en los hoteles en París. También, por ejemplo, podemos citar la elección de un sindicalista y ex chaleco amarillo de la zona de Toulouse, Christophe Bex, otra figura como Aurélie Trouvé, proveniente del movimiento altermundialista, que fue electa como diputada en los barrios populares de París. La obtención de esas bancas es sumamente positiva, si no se dejan embaucar por la fuerte presión institucional-mediática, la lógica del poder y el entramado del Palacio Bourbon, mejor…. No será tarea fácil. El desafío pasa por crear un puente entre lo social y lo político, entre los movimientos populares y el ámbito institucional, no en clave de cooptación-moderación desde la institución estatal pero más bien de agudización-ruptura desde abajo. Ese puente tiene que ser dinamizado conservando siempre la autonomía del movimiento popular. Y lo que hay que construir sigue siendo la autoorganización del pueblo y formas de poder popular democrático, en clara ruptura con el Estado capitalista y militarista francés. Algo que aparece, en muchos aspectos, lejano de la voluntad de muchos dirigentes de la actual NUPES…

    Y la gran pregunta es si iniciativas como el Parlamento de la Unión Popular construido por France Insoumise durante la campaña, que aglutinó a sindicalistas, militantes de asociaciones, intelectuales y artistas en torno a la construcción de un programa electoral de transición posneoliberal y ecológico podría transformarse en alguna herramienta política a partir de septiembre próximo. Por el momento, un movimiento como la FI no tiene columna vertebral nacional, presencia barrial orgánica, ni tampoco espacios de debates democráticos, lo que hace que todas las decisiones se tomen en torno a Melénchon y sus capitanes, otro problema contundente. Sin instancias nacionales democráticas, France Insoumise es ante todo una maquina electoral y parlamentaria, sin cuerpo, ni piernas.

    Para pensar las responsabilidades de las organizaciones y de la militancia anticapitalistas frente a este nuevo escenario, obviamente hay que reflexionar a partir del nuevo espacio que ocupa la NUPES: es un acontecimiento central que polariza toda la discusión en las izquierdas hoy. Y fue mérito de Melénchon y FI remover el tablero. Desde una posición sectaria se puede pensar que se trata de más de los mismo, de una simple reformulación de la izquierda plural de los años 2000 o de un mero intento neorrefomista destinado al fracaso como SYRIZA o Podemos. No es mi posición. Primero; es necesario caracterizar a la NUPES, un desafío colectivo de discusión porque todavía los militantes no tienen la misma visión y porque como he ya mencionado la NUPES está cruzada por muchas contradicciones. En primer lugar, por la presencia del PS, que siempre fue un partido del orden, a pesar de su nuevo discurso izquierdista, pero, por otro lado, tomando en cuenta a la FI que ha tenido capacidad de desarrollar un discurso mucho más rupturista con el neoliberalismo, e incluso forjar un programa muy desarrollado, que logró aglutinar en un Parlamento Popular a figuras intelectuales, artistas y dirigentes sociales que no venían de France Insoumise pero que adhirieron a la perspectiva de un frente único social y político para enfrentar tanto a Macron como a una extrema derecha muy poderosa. Esta herramienta está llena de problemas (uno de ellos es su política internacional o su visión del Estado), pero tiene el valor de existir y se puede (y debe) pelear por su orientación porque la FI-NUPES tiene un impacto de masas más allá del parlamento y hay que debatir con sus militantes

    En este contexto, el NPA no ha podido entrar en la coalición, aunque ha demostrado que tenía toda la disposición de discutir de manera abierta e intentar empujar para crear un frente unitario. No ha sido posible en particular por la presencia del PS en la coalición, como dije. No obstante, la organización apoyó a una gran cantidad de candidatos y candidatas de la NUPES en la mayoría de las circunscripciones. Por ejemplo, en París, con personas como Danièle Simonet, Rachel Kéké o Aurélie Trouvé. Eso a nivel nacional fue una opción táctica publica del NPA, asumida como organización independiente, para defender una perspectiva unitaria no sectaria y a la vez anticapitalista, sin esconder nuestras diferencias sobre la lógica estratégica de la NUPES. En este espacio hay que empujar, debatir, radicalizar posiciones y defender la creación de frente único antineoliberal y antifacista, sin dejar de lado la necesidad de recomponer con otras fuerzas, colectivos y grupos en una organización claramente anticapitalista independiente que pueda hasta integrar, en un momento dado y según el ciclo que se abre, la NUPES de manera transparente y leal, pero también con sus propias perspectivas estratégicas y colocando el motor central en los movimientos populares, la sociedad movilizada, los sindicatos clasistas, las y los trabajadores, los feminismos, la juventud y las y los migrantes en lucha. Tenemos la tarea de seguir defendiendo la necesidad de construir una fuerza ecosocialista de masas en Francia. Justamente porque no habrá alternativa posible si no sacamos lecciones de lo que fue el gobierno de Tsipras en Grecia, de lo que fue la evolución de Podemos y su incorporación a un gobierno PSOE en el Estado Español o en cuanto a la casi desaparición de una izquierda real en Italia. En este sentido, se trata de desarrollar prácticas democráticas de militancia común organizada, porque hasta el momento la NUPES es un conglomerado donde cohabitan partidos, pero donde no hay espacio de debate real democrático, donde domina el parlamentarismo, donde exministros PS se pasean impunes después de haber conducidos políticas antisociales cuando fueron gobierno. Desde el anticapitalismo necesitamos avanzar propuestas propias de manera unitaria pero a la vez radicalmente autónoma del social-liberalismo. El desafío es gigantesco: el fracaso evidente del proyecto fundacional del NPA también tiene que ser objeto de balances (auto)críticos para poder proyectar otros, adaptados al nuevo ciclo de luchas de clases que vive Francia y Europa. Y la urgencia, insisto, es pensar cómo hacer retroceder este monstruo que crece cada vez más: la posibilidad del fascismo.

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    Abajo los imperialismos, combatamos las guerras y la remilitarización capitalista

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    Anticapitalistas

    Sección de la IV Internacional en el Estado español

    Fuente: Anticapitalistas

    Teoría: Imperialismo

    31/05/2022

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    Resolución de Anticapitalistas

    La inaceptable invasión del régimen de Putin contra Ucrania ha vuelto a traer la guerra a Europa y ha desatado una serie de tendencias presentes en el capitalismo. Esta resolución pretende dotarnos de un marco de análisis y de acción básico, de la forma más concisa posible, recogiendo una serie de posiciones producidas por los debates en curso en nuestra organización.

    1.- La invasión del régimen de Putin contra Ucrania es una invasión imperialista, en la cual, una potencia regional estructurada en torno a un régimen oligárquico, nacionalista reaccionario y ultra-conservador trata de mantener su esfera de influencia mediante la guerra, estableciendo en sus contornos gobiernos afines mediante el ejercicio de un poder duro. Nos posicionamos sin ambages contra esta invasión y nos solidarizamos con el pueblo ucraniano.

    2.- En esta guerra conviven al menos 3 factores que se entrecruzan, conformando un marco extremadamente complejo y lleno de dificultades. Por una parte, la invasión imperialista rusa impulsada por el régimen de Putin. Por otro lado, una guerra civil en una zona de Ucrania que ya dura 8 años, generada por una burguesía ucraniana portadora de un proyecto etno-nacionalista, incapaz de ofrecer un proyecto plurinacional, y azuzada por el intervencionismo ruso. Ambos sectores son co-responsables del fracaso de los acuerdos de Minsk. Por otro lado, un conflicto inter-imperialista entre bloques. EEUU, con la complicidad subalterna de la UE, trata de convertir el legítimo derecho del pueblo ucraniano a resistir en una guerra “proxy” (indirecta a través de terceros países) en un debilitamiento de Rusia, pero apuntando a China, con la intención de reforzar su rol de hegemón en el capitalismo global. Los envíos de armamento militar y las sanciones contra Rusia no son muestras de solidaridad con el pueblo ucraniano, sino que se enmarcan dentro de esta estrategia.

    3.- Es obvio que el régimen de Putin no ha conseguido sus objetivos inmediatos en esta guerra: Ucrania ha resistido la invasión, apoyada en parte por el apoyo militar y financiero de las potencias occidentales, pero sostenida por la voluntad de la mayoría del pueblo. La guerra se estanca, se cronifica y tiene visos de prolongarse: ninguna de las partes parece capaz de dar una salida al conflicto.

    4.- Nuestra posición en este conflicto se basa en tres principios socialistas fundamentales: la independencia de clase con respecto a los gobiernos capitalistas, la solidaridad internacionalista y el derecho de auto-determinación de los pueblos. En ese sentido, asistimos con preocupación a los efectos de la guerra tanto en Ucrania como en Rusia, y alertamos de que la prolongación de la guerra agudiza las tendencias más reaccionarias sobre el terreno, así como el peligro de una escalada nuclear y la extensión territorial del conflicto. El gobierno de Putin ha reprimido con fuerza a los sectores anti-guerra en Rusia y promueve un nacionalismo reaccionario y neozarista exacerbado, que busca cohesionar al país en torno a su camarilla oligárquica con el objeto de encuadrar a la población ante la crisis bélica. El gobierno de Zelenski ilegaliza a la oposición y fomenta los lazos de la burguesía ucraniana con EEUU, mientras persigue un modelo de nacionalismo ucraniano anti-plurinacional. En ambos países la extrema derecha se ha normalizado y aprovecha la dinámica de la guerra para fortalecerse.

    5.- No hay duda de que ambos regímenes son adversarios de la clase trabajadora, las mujeres, las disidencias sexuales y de cualquier proyecto socialista. Un movimiento emancipador internacionalista debe luchar por una solución que recupere el horizonte de otro tipo de relaciones entre los pueblos: es decir, que ponga en el centro relaciones solidarias y fraternales entre el pueblo ruso y ucraniano, acabando con la opresión gran rusa sobre Ucrania y el intervencionismo de Estados Unidos y la OTAN en la región.

    6.- En ese sentido, somos conscientes de que hay una serie de problemas contradictorios. Reconocer el derecho del pueblo ucraniano a resistir la invasión no puede suponer en ningún caso avalar el proyecto etnonacionalista excluyente de su dirección política, ignorar los lazos del gobierno de Zelensky con EEUU o hacer la vista gorda ante el auge de la extrema derecha. Lo mismo con respeto a Rusia: oponerse al expansionismo de la OTAN implica también el rechazo al régimen ultraderechista de Putin y a sus pretensiones de reconstruir su zona de influencia en torno a un orden imperial, que ayuda a aplastar revoluciones en Siria y revueltas obreras en Kazajistán, mientras impone una política anti-obrera y anti-movimientos LGTBI y feministas en el interior del país. En ese sentido, una tarea fundamental del socialismo internacional es reforzar a los sectores de izquierda en Ucrania y Rusia. Esta es la mejor forma de evitar una deriva todavía más reaccionaria y de generar alguna esperanza de cara al futuro. Nuestra campaña de solidaridad, modesta pero necesaria, ha aportado fondos a ambos sectores.

    7.- Dicho esto, somos conscientes de la actual relación de fuerzas y proponemos un plan de lucha basado en una movilización popular a escala global para frenar una guerra desastrosa sobre las siguientes consignas:

    8.- Esta guerra ha mostrado toda la hipocresía racista y colonial del capitalismo occidental. La UE acoge refugiadas ucranianas mientras cierra sus fronteras a la población de otros países. EEUU y la UE arman a Ucrania, pero se niegan a apoyar a la resistencia saharaui o Palestina. Nos solidarizamos plenamente con las personas refugiadas por culpa de esta guerra y extendemos nuestra solidaridad a todos los pueblos que sufren la guerra y la opresión, exigiendo al gobierno de nuestro estado que lleve a cabo una política consecuente.

    9.- La guerra tendrá efectos brutales a escala global. Por una parte, las potencias imperialistas tratarán de reordenar el mundo a través de este conflicto. EEUU ha subordinado a Europa a su política y busca subyugarla económicamente a través de los hidrocarburos, exportando así su proceso inflacionario. Por otro lado, asistimos a una preocupante escalada remilitarizadora, que se concreta en la expansión de la OTAN (por ejemplo, en Suecia y Finlandia), en un drástico aumento del gasto militar y en una aceleración del desarrollo de las “fuerzas destructivas” que amenazan la vida en el planeta, profundizando así la dimensión ecológica de la crisis. También generará una crisis de suministros básicos en buena parte del mundo, que sufrirán especialmente los países más empobrecidos.

    10.- Es una cuestión política central en este periodo luchar contra esta remilitarización de Europa, contra el drenaje de recursos sociales que esto supone y contra las políticas neo-imperialistas y racistas de nuestros gobiernos. En ese sentido, y como conclusión final: si los bloques capitalistas se preparan para la guerra, la clase trabajadora debe prepararse para la lucha contra la clase dominante. Debemos convencer pacientemente a la clase trabajadora de que merece la pena combatir contra el militarismo, ya que, en esta época de crisis, estará asociado a un fuerte deterioro, vía inflación, de las condiciones de vida de amplios sectores de la sociedad. Nuestra tarea es contribuir a ligar ambas cuestiones, construyendo un movimiento anti-militarista y contra la crisis lo más amplio posible.

    11.- En ese sentido, el gobierno de coalición español ha asumido sin reparos la agenda remilitarizadora de la OTAN y ha anunciado fuertes incrementos en el gasto militar. Tanto el PSOE, como todos los sectores que componen actualmente Unidas Podemos, han asumido en la práctica esta agenda, que busca reforzar los vínculos del Estado Español con el bloque de la OTAN, como se ha reflejado no solo en la política con respecto a la guerra de Ucrania, sino también en la política vergonzosa llevada a cabo con respecto al Sahara o avalando la expansión de la alianza atlántica. El aumento del gasto militar y la subordinación a la política imperialista van de la mano y, pese a la retórica verde y social, la mayoría de los partidos de izquierda parlamentaria (UP, Bildu, Mas País, ERC) asumen y avalan esta política apoyando los presupuestos, formando parte del gobierno o, en otros casos, sosteniéndolo. Oponerse a la remilitarización imperialista en el Estado Español se concreta en oponerse a esta política de rearme que se lleva a cabo desde el gobierno, que drena recursos públicos, que es completamente opuesta a cualquier política ecologista y que se prepara para el conflicto entre bloques a escala global, exigiendo a los partidos de izquierda que rompan en la práctica con esta política, pero construyendo una posición independiente y un movimiento contra la guerra y las políticas que conlleva.

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