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E
l pasado septiembre,en el debate del estado de la Unión Europea (UE), la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, afirmó queeste momento decisivo en la política mundial exige un replanteamiento de nuestra agenda de política exterior. Ese replanteamiento de agenda pasa ineludiblemente por un aumento de la agresividad comercial de una UE que se ve duramente impactada por las consecuencias de la guerra y que, en este escenario global, para mantener su autonomía estratégica, ha decidido que es necesario hablar ellenguaje duro del poder. En ese discurso sobre el estado de la unión, Von der Leyen afirmó que este mismo año ratificarían la modernización de los acuerdos comerciales de la UE con Chile y México.
México y la UE tienen un tratado de libre comercio (TLC UE-México) vigente desde 2000. En 2016, ambas partes comenzaron a negociar una modernización que remplazaría al acuerdo global, alcanzando un acuerdo en principio sobre el comercio en abril de 2018. Sin embargo, las negociaciones se mantuvieron en el tiempo hasta hace poco debido al desacuerdo entre la UE y México sobre el proceso de ratificación. La UE proponía dividir el acuerdo en tres partes para facilitar su ratificación: una sección comercial, una sección sobre diálogo político y cooperación y una tercera sobre protección de inversiones. México rechazó esta propuesta e insistió en que la ratificación tenía que ser del tratado como un todo. Y meses de negociación después, parece que ahora estamos, cómo anunciaba Von der Layen, efectivamente a las puertas de su ratificación.
La fórmula elegida para salvar las reticencias mexicanas y los problemas de ratificación por parte de los países europeos será una supuesta nueva fórmula donde, como siempre ocurre con estos acuerdos, ganan los intereses comerciales y pierden los pueblos. La modernización del TLC se presentará a ratificación bajo dos instrumentos en paralelo: por un lado, el acuerdo íntegro, sin divisiones. Éste tendrá que ser ratificado en México y, en el caso de la UE, país por país. Un proceso que, en el mejor de los casos, puede durar años o incluso quedarse atascado sine die, como ya ha pasado con otros acuerdos anteriores. Por otro lado, en paralelo se presentará para su aprobación un acuerdointerinoque replicará el contenido de la sección comercial del acuerdo íntegro. Pero, a diferencia del conjunto, este acuerdo exclusivo de la parte comercial sólo tendría que ser avalado por el Congreso de México y por el Parlamento Europeo, evitando el arriesgado circuito por cada Estado miembro. Estesubacuerdo temporalentraría en vigor hasta el momento en que se ratificara el acuerdo global en su conjunto. Si es que algún día lo hace…
Esta opción se presenta, en teoría, como una posición intermedia entre la UE y México. Sin embargo, en la práctica el efecto es exactamente el que quería la Comisión Europea: evitar que la parte comercial del acuerdo quede rehén del resto del acuerdo y se pueda aplicar provisionalmente. De hecho, al requerir el acuerdo comercial interino únicamente la aprobación del Parlamento Europeo, se reducirían los incentivos para que los parlamentos de los 27 estados miembros de la UE confirmen el tratado global. Como consecuencia, podría darse la situación de que la única parte del acuerdo global que alguna vez entre en aplicación sea la comercial, mientras el acuerdo sobre cooperación y diálogo político, que incluye elementos como la cláusula democrática, quedarían en papel mojado.
Los elementos claves por los que la modernización del tratado con México se ha convertido en prioridad para la UE son a grandes rasgos: consolidar y reavivar la agenda de comercio con América Latina, reafirmando a la Unión Europea como socio comercial clave en la región; acceso a recursos naturales, en particular litio (la industria de autos eléctricos alemana y francesa dependen de este recurso); consolidar la protección de inversiones; y posicionar a las multinacionales europeas en el mercado digital de datos de la región.
De esta forma, el acuerdo incluye un capítulo dedicado a energía y materias primas que, mediante la introducción de restricciones a políticas destinadas a agregar valor a través del procesamiento y transformación nacional de la materia prima, limita la posibilidad de que México desarrolle su propia producción nacional de baterías. Limitando su capacidad de industrialización en sectores claves, la UE busca mantener a México como proveedor de materia primas.
La inclusión de un capítulo de protección de inversiones es sin duda uno de los puntos medulares de la modernización del acuerdo global, así como una novedad respecto del viejo TLC UE-México. Con este nuevo capítulo, las privatizaciones y reformas proempresariales en el sector petrolero y gasífero de México quedarían blindadas, impidiendo, por ejemplo, propuestas como la nacionalización del sector eléctrico, y, en el caso de querer revertirlas, el inversionista podría usar el tratado para demandar a México. No podemos olvidar que México es hoy el sexto país más demandado del mundo por inversionistas extranjeros ante tribunales de arbitraje internacionales (y el tercero de América Latina y el Caribe). Este acuerdo agravará esta situación.
Otro de los elementos novedosos y peligrosos del acuerdo es el capítulo que se vende como promotor del comercio digital, cuando en realidad sus objetivos son otros: que los gobiernos no puedan restringir que empresas extranjeras (big tech) extraigan datos –la materia prima de la inteligencia artificial– y otras tecnologías de la nueva revolución industrial fuera de las fronteras; evitar los impuestos aduaneros a las transmisiones electrónicas; y prohibir que los estados puedan pedir a las empresas transparencia sobre sus algoritmos.
Todo va a cambiar con la pandemia, nos repetían una y otra vez en Europa. Pero hay cosas que no cambian. E incluso empeoran. Pocas oportunidades más ventajosas para profundizar en la doctrina del shock neoliberal que una pandemia global y luego una guerra como la invasión rusa de Ucrania. Este TLC sólo responde a los intereses de una minoría peligrosa que tiene el neoliberalismo literalmente escrito en su constitución y el gen mercantilizador incrustado en su ADN fundacional. Solemos hacer muchos análisis a posteriori, analizando las consecuencias, lamentándonos por lo que ya ha pasado o por lo que no hicimos. Con la modernización del TLC UE-México estamos, sin embargo, a tiempo de actuar: todavía no se ha ratificado. La pelea está a las puertas y tenemos que darla.
Aún es posible defender unas relaciones internacionales al servicio de los pueblos que no estén mediadas tan asimétricamente por una relación neocolonial, como la que esta propuesta de acuerdo busca reforzar. Decimosnoa este acuerdo comercial neoliberal entre México y la UE porque decimossía otra manera de comerciar y de vivir. Una donde los pueblos y el planeta estén en el centro. Porque nuestras vidas valen más que sus beneficios.
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ste mes de octubre se cumplen seis décadas de cuando el mundo todo vivió un instante de peligro. Estuvo al borde de una guerra nuclear cuando EEUU detectó la instalación de bases misilísticas soviéticas en territorio cubano. Fue el mayor momento de riesgo planetario de los tiempos de la Guerra Fría.
La crisis de los misiles, tal la forma periodística con que la conocimos por estas tierras, sucedió en octubre de 1962 cuando el 16 de ese mes EEUU confirmó la presencia de misiles de alcance medio instalados en territorio cubano. El 22 el presidente John Kennedy conminó a Rusia a retirar de inmediato esas instalaciones amenazando con bombardear y luego invadir.
Kennedy desoyó a sus asesores militares que le recomendaban destruir las bases de cohetes y luego invadir la isla, en lugar de eso optó por el camino diplomático. Anunció por la TV “una cuarentena naval” a Cuba y llamó a la URSS a retirar los misiles. En el interin un avión espía estadounidense fue derribado por los soviéticos. El 25 el premier Nikita Jruschov comunicó a EEUU, sin consulta previa a Cuba, que retiraría la infraestructura misilistica. Los cubanos se enterarían recién el 28 por Radio Moscú.
En medio de ese trajinar cientos de vuelos de reconocimiento con aviones U-2, que no eran visibles para los cubanos, fotografiaban toda la isla. Ese mismo 28 un general soviético decidió por su cuenta y dio orden de disparar. El disparo fue certero y derribó un U-2. Décadas después Fidel declaró en una entrevista “Estuve en total acuerdo con el derribo del avión…pienso que fue lo único consistente que hicimos en aquellos días…”
Informado que Kennedy anunciría la cuarentena el gobierno revolucionario se adelantó y declaró la movilización general y el estado de guerra. Esa tarde un cartel rojo con la leyenda “A las armas” y una figura levantando una metralleta inundó las calles de la Habana. Fueron movilizados 300.000 hombres. Muchos que no fueron convocados ( hombres y mujeres) se presentaban voluntariamente y hacían instrucción armada. Toda Cuba estaba en pié de guerra.
La crisis duró exactamente 13 días. En ese lapso las negociaciones entre Washington y Moscú fueron febriles. La Unión Soviética retiró algunos de sus buques y EE.UU. dejó pasar otros, tras asegurarse de que no tenían armas, mientras que la inteligencia estadounidense insistía en que las baterías de misiles estaban a punto de ser operativas. Al final Jruschov ofreció retirar los misiles si a cambio Kennedy se comprometía a no invadir Cuba. En secreto negociaron la retirada de los misiles estadounidenses de Turquía.
Se evitó la guerra nuclear, pero se abrió una crisis política entre Cuba y la URSS. La indignación ante el retroceso de Jruschov recorrió toda la isla. Ni siquiera los habían invitado a participar de las negociaciones. Los cubanos se sintieron traicionados, agraviados y abandonados. Cuba tenía solo sus armas, los misiles los manejaban los soviéticos y la orden de accionarlos debía provenir de Moscú, “Nos traicionaron”, “Nos hicieron lo mismo que en España” “Nikita, Nikita, lo que se da no se quita”. Esas consignas y esos sentires surgieron espontáneamente y recorrieron todos los rincones de la isla
Para la URSS los misiles, que extendían sus bases militares hasta el Caribe, eran la contrapartida de los que había instalado EEUU en 1958 y59 en Italia y Turquía, dejando a las principales ciudades soviéticas (Moscú y San Petersburgo entre ellas) al alcance de su destrucción. Para EEUU era inadmisible permitir bases nucleares de alcance medio a tan corta distancia de su territorio, podían ser alcanzadas tanto Washington como Nueva York. Para Cuba, luego de la invasión de Playa Girón y los miles de vuelos de reconocimiento y amedentramiento era la defensa de su nacionalidad, de su territorio y de su revolución. Había llegado el momento de la lucha y los cubanos estaban dispuestos. El posible enfrentamiento nuclear sería entre las potencias, pero quienes pondrían todo, vidas y territorio, eran los cubanos.
En octubre de 2002, al cumplirse 40 años de aquella crisis, se realizó en La Habana una Conferencia Internacional de la que participaron delegaciones de los tres países involucrados y protagonistas de alto nivel como Fidel Castro, presidente de Cuba, Robert Mc Namara, Sec. de Defensa de EEUU en aquel tiempo y Anatoly Gibkov, jefe de las fuerzas soviéticas estacionadas en Cuba. El historiador y periodista argentino/mexicano Adolfo Gilly cubrió ese evento y pudo entrevistar a testigos que vivieron aquellos acontecimientos en La Habana. Luego escribió su ensayo “Cuba en octubre. A la luz del relámpago”, un detenido y documentado estudio sobre aquellos días, que publicáramos en la revista Cuadernos del Sur n° 36 (Bs. As. nov. 2003). Esta nota es tributaria de aquella publicación.
Gilly nos dice lo que constató: “Un llamado audaz de una dirección que reunió en su torno a todo su pueblo, y se colocó así bajo su protección, su influencia y su impulso. Una movilización inmediata y en masa, esa participación de todos y en todas partes. Fue lo que hiso la diferencia con lo que se vivía en paralelo en EEUU y en la URSS. Dos potencias al borde de provocar una catástrofe mundial sin que sus pueblos fueran convocados a ser otra cosa que espectadores pasivos. Conteniendo el aliento y esperando que sus dirigentes no los arrastraran al abismo de una guerra nuclear”.
Relata allí numerosos intercambios entre los tres principales protagonistas asistentes al evento, a los que luego se agregaría el Che. De estos intercambios y por problemas de espacio rescataré el que me parece más impactante:
Décadas después los norteamericanos se sorprendieron al enterarse que las armas nucleares estaban en Cuba ya antes de declararles la cuarentena naval. Mc Namara preguntó entonces a Fidel “¿Que habría hecho con esas armas en caso de ataque?”, Fidel respondió:”Partíamos del supuesto que si había una invasión la guerra nuclear habría estallado”… “¿Y cuál habría sido el desenlace para Cuba?” repreguntó, “Habríamos desaparecido, vimos el peligro, lo digo con franqueza y la conclusión Sr. Mc Namara es que si nos vamos a basar en el miedo nunca seremos capaces de evitar una guerra nuclear”. “La respuesta del presidente hizo recorrer un escalofrío por mi espinazo” confesó Mc Namara.
60 años atrás joven entonces quién esto escribe -a la distancia que ponen los kilómetros, pero con la cercanía que dan los afectos y la esperanza compartida- seguía ansioso y angustiado, como muchos otros, aquel instante de peligro. Para los cubanos era la defensa no solo de su revolución sino de todo el campo socialista, para los soviéticos era impedir un ataque militar a la isla, pero Cuba era solo una ficha de cambio en el tablero de la Guerra Fría.
Nosotros también sentíamos que los habían traicionado, que habían capitulado. También aquí gritamos “Nikita, Nikita lo que se da no se quita”.
Hoy cuando el peligro nuclear nuevamente sacude al mundo, aquellos días vuelven a nuestro recuerdo. También la dignidad de un pueblo y una nación que seis décadas después todavía resiste en las barbas del imperio.
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a caída del muro de Berlín, ocurrida un día como hoy de 1989, marca el inicio del fin de la experiencia de la Unión Soviética y, según algunas corrientes historiográficas, del siglo XX en su conjunto. El singular evento ocurrido en Berlín fue canonizado como una épica del capitalismo neoliberal abriéndose paso frente a un socialismo vetusto, en un escenario presuntamente definido por la ausencia de alternativas. ¿Pero fue esto así?
A finales de la década de 1980 la economía soviética atravesaba un período de estancamiento prolongado, lastrada por el peso de la carrera armamentística y espacial con el campo capitalista. Por otro lado, la dominación social ejercida por la burocracia comunista dejaba poco lugar a nuevas iniciativas que revitalizaran el ciclo económico. Para enfrentar estos dilemas, el secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) Mijaíl Gorbachov elaboró dos políticas de apertura política y económica: la Glasnot y la Perestroika. La primera se puso en marcha en 1985 e intentó restarle poder al aparato burocrático, relajando su control sobre los medios de comunicación y la censura, lo que permitió visibilizar el gran descontento popular contra los privilegios del funcionariado. La segunda se inició en 1987, buscando “liberar” a las fuerzas económicas de la estricta planificación centralizada y responder de alguna manera a las protestas populares (cada vez más influídas por las imágenes del consumo occidental) contra productos de mala calidad y con casi nula variedad. Esto generaba un creciente contrabando hormiga de productos como jeans, artefactos electrónicos o discos en vinilo, que llevó a algunos historiadores a plantear que el fenómeno fue decisivo en la dinámica de insatisfacción popular que concluyó en el alzamiento que volteó el muro. Además, la política de la Perestroika habilitó una fuerte acumulación privada y el surgimiento de desigualdades antes inexistentes.
Sin embargo, también existió un movimiento autogestionario que intento abrirse paso con las oportunidades que ofrecían algunos elementos de estas nuevas políticas, como la cogestión obrera como forma de control sobre los directores de empresas. Esto no llegó a buen puerto, ya que las tradiciones sindicales en toda la URSS se habían debilitado, en parte por el ferreo control estatal. De todas maneras, hubo fuertes huelgas contra el nuevo modelo económico, que ya vislumbraba un giro de poder hacía el mercado y el fin de las protecciones sociales amplias que gozaba todo ciudadano de la URSS. Tampoco hay que desconocer el peso de la fuerte campaña católica contra el bloque soviético. La elección en 1978 de Juan Pablo II como Papa (el primero no italiano en la historia de la Iglesia romana) no será en absoluto casual, como tampoco lo será el hecho de que su primera visita internacional sea a su Polonia natal (el primer país de Europa oriental visitado por un Pontífice), donde instó sutilmente a los fieles a defender la fe y a luchar contra un régimen que defendía el ateísmo. La intervención papal, con apoyo del presidente estadounidense Ronald Reagan y la primera ministra británica Margaret Thatcher, principales voceros de una ofensiva reaccionaria contra el Estado de Bienestar y las organizaciones gremiales, da cuenta de un mundo en profunda transformación en el que el neoliberalismo comenzaba a imponer globalmente sus principios económicos y políticos. La caída del Muro entonces debe comprenderse como el triunfo dentro de la misma Unión Soviética de una política de liberalización que, como suele suceder, fue presentada como renovadora pero que terminó siendo conducida por sectores pro restauración capitalista (que además se beneficiaron personalmente de las privatizaciones amañadas).
Las sucesivas encuestas realizadas en todo el territorio de la ex URSS revelan al día de hoy una “añoranza” de aquellos años en los que el Estado ejercía un paralizante control de la vida social al tiempo que garantizaba una vida casi con desempleo y hambre cero y con beneficios sociales y de salud difícilmente alcanzables en una economía capitalista. El final de la URRS, simbolizado en la fecha que hoy recordamos, no fue entonces el destino inevitable del proyecto socialista, sino el resultado de un mundo en transformación y de una puja de poder dentro del Partido Comunista en la que triunfó una capa burocrática que apostó por una transición salvaje al neoliberalismo y se hizo millonaria en el proceso. De alguna manera, China (con todas las críticas que podamos hacerle al actual “socialismo con caracteristicas chinas”) prueba que podía no haberse elegido el camino de la adaptación acrítica a la oleada neoliberal que estaba conquistando el mundo a fines de los 80. Recuperamos hoy entonces no solo una efeméride sino también un vistazo a los futuros posibles de una de las revoluciones más grandes de la historia, que hasta 1989 habilitaban la imaginación de un socialismo que pudiera constituirse como alternativa viable, efectiva y concreta a la barbarie capitalista.
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Publicado inicialmente en inglés, el último libro de Silvia Federici, Réenchanter le monde. Le Féminisme et la politique des communs, acaba de ser publicado en francés en junio de 2022 la editorial Entremonde, con traducción de Noémie Grunenwald. La autora y teórica feminista-marxista desarrolla una historia crítica de la política de los bienes comunes destacando las luchas feministas en torno a la reproducción social.
En este extracto, la introducción a la primera parte del libro, Silvia Federici habla de lo que identifica como un nuevo proceso de acumulación primitiva, desencadenado a finales de los años 70. Propone así ampliar el concepto marxista de acumulación primitiva y aprehenderlo de una nueva manera, integrando el proceso de globalización y la forma en que modifica la organización de la reproducción social.
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Los artículos de esta primera parte se centran en un conjunto de programas que, desde finales de los años 70, han puesto en marcha un nuevo proceso de acumulación «primitiva» (original). El objetivo es demostrar la continuidad entre, por un lado, los «programas de ajuste estructural» del Banco Mundial y el FMI que se han impuesto a la mayoría de las antiguas colonias desde mediados de los años 80 y, por otro lado, la transición al capitalismo en la China comunista y el desarrollo de una economía de la deuda en la que la deuda individual amplifica las consecuencias de la deuda nacional. Basándome en un número de Midnight Notes de 1990 dedicado al tema, he denominado a estos desarrollos estructurales «nuevos cercamientos», ya que sus efectos han sido tan devastadores como los de la colonización y la expulsión del campesinado de las tierras comunales, los dos procesos que, como sabemos, crearon las condiciones para el desarrollo capitalista en Europa y el llamado Nuevo Mundo en el siglo XVI.
La elección de comenzar mi discusión sobre los bienes comunes con un conjunto de artículos dedicados a los nuevos cercamientos surge de la necesidad de contextualizar el nuevo interés en las relaciones comunales por parte de diversos movimientos radicales -feministas, ecologistas, anarquistas e incluso marxistas-, así como de la constatación de que estos desarrollos, que aún eran completamente inéditos hace sólo tres décadas, se han desvanecido de la memoria de muchas de las nuevas generaciones, al menos en Europa y Estados Unidos.
Pero no podemos entender la gravedad de la emergencia que vivimos si no tenemos en cuenta el efecto acumulativo de estas políticas, que han desplazado a millones de personas de sus hogares ancestrales, condenándolas a menudo a una vida de miseria y muerte. Por esta razón, he incluido en la primera parte los tres artículos publicados en Midnight Notes bajo el título «Los nuevos cercamientos», ampliamente revisados para destacar aquellos aspectos de los análisis que son más relevantes en retrospectiva. Esta parte también trata de la creación de una «economía de la deuda», incluida la difusión
generalizada del microcrédito y la microfinanciación, que considero un ataque violento y escandaloso no sólo a los medios de vida de las personas, sino también a las relaciones de solidaridad y ayuda mutua entre mujeres.
Sin embargo, como visión general de la guerra contra los bienes comunes, esta sección está lejos de ser exhaustiva. Por ejemplo, se echa en falta un informe sobre la desaparición de los bienes comunes debido al agravamiento de la crisis ecológica. Además, las consecuencias del extractivismo en las economías y culturas comunales sólo se discuten en términos generales, al igual que la violencia, especialmente contra las mujeres, que es una condición necesaria para ello. Para analizar estos aspectos de los nuevos cerramientos, remito a los lectores a la creciente literatura sobre estos temas. En esta primera parte, mi objetivo es ante todo identificar los desarrollos sociales que están detrás del nuevo interés por los bienes comunes y las nuevas formas de resistencia que se están organizando en todo el mundo, tanto en zonas urbanas como rurales.
Al destacar el carácter sistémico y estructural de los nuevos cercamientos y su continuidad con las antiguas tendencias del desarrollo capitalista, también pretendo demostrar que el creciente interés por los bienes comunes no es simplemente una moda política pasajera. Incluso para los que hemos crecido en un mundo en el que la mayoría de los recursos necesarios para nuestra subsistencia han sido cercados, el principio de los bienes comunes parece ser ahora una garantía no sólo de supervivencia económica, sino también de agencialidad social y solidaridad colectiva. En definitiva, este principio se refiere a esa armonía con nosotras mismas, con los demás y con la naturaleza, que en el sur del continente americano se expresa con el concepto de buen vivir.
Desde el número de 1990 de Midnight Notes sobre los «nuevos cercamientos»[1]Midnight Notes Collective, «The New Enclosures», en Midnight Notes, nº 10, 1990., seguido de la teoría de David Harvey sobre la «acumulación por desposesión»[2]D. Harvey, El nuevo imperialismo, Akal, Madrid, 2004 y de numerosos ensayos en The Commoner[3]Véase The Commoner, nº 2, 2001. sobre la acumulación primitiva, un amplio conjunto de escritos ha explorado el significado político de este concepto y lo ha aplicado a un análisis de la globalización. Los artistas también han contribuido a este movimiento. Un ejemplo notable es la exposición Principio Potosí, de 2010, realizada por artistas y comisarios alemanes, bolivianos y españoles[4]A. Creischer, M. Jorge Hinderer, A. Siekmann, The Potosí Principle. Colonial Image Production in the Global Economy, Cologne, Verlag der Buchhandlung Walther König, 2010., que se esforzaron por demostrar la continuidad entre la imaginería de varias pinturas coloniales del siglo XVI. producidos en la región andina en pleno período de acumulación primitiva en el Nuevo Mundo, y el imaginario que emerge de los «nuevos cerramientos» en el centro de la agenda de la globalización. En este contexto, también ha sido muy importante el trabajo de escritoras feministas como Maria Mies, Mariarosa Dalla Costa y Claudia von Werlhof, que reconocen «hasta qué punto la economía política moderna se ha construido hasta la fecha sobre la expropiación y confiscación continua y global del poder de los productores, y aún más de las mujeres productoras»[5]Cf. M. Dalla Costa, «Capitalisme et reproduction», en Pouvoir des femmes et subversion sociale, Ginebra-París, Entremonde, de próxima publicación; M. Mies, Patriarcat et accumulation à … Seguir leyendo.
Gracias a esta investigación y a las aportaciones artísticas, hoy sabemos que la acumulación primitiva no es un hecho histórico puntual relegado a los orígenes del capitalismo como mero punto de partida de la «acumulación en sentido propio». De hecho, es un fenómeno siempre constitutivo de las relaciones capitalistas y perpetuamente recurrente, «integrado en el proceso continuo de acumulación capitalista»[6]von Werlhof, op. cit. p. 142. y «siempre contemporáneo […] a su desarrollo»[7]Lazzarato, La Fabrique de l’homme endetté Essai sur la condition néolibérale, París, Ámsterdam, 2011, p. 38.. Esto no significa que la acumulación primitiva pueda ser «normalizada» ni que debamos minimizar la importancia de esos periodos de la historia – esos momentos de liquidaciones, guerras y ofensivas imperiales «cuando grandes masas de hombres fueron repentina y violentamente arrancadas de sus medios de subsistencia y lanzadas, proscritos proletarios, al mercado de trabajo»[8]Karl Marx, El Capital, Libro I (1867), París, PUF, 1993, p. 806..
Esto significa, sin embargo, que debemos concebir la «separación del productor de los medios de producción» -que según Marx constituye la esencia de la acumulación primitiva- como algo que tiene que ser continuamente reconstituido, especialmente en tiempos de crisis capitalista, cuando las relaciones de clase son desafiadas y necesitan ser dotadas de nuevos fundamentos. En contra de la opinión de Marx de que con el desarrollo del capitalismo surgiría una clase obrera que vería las relaciones capitalistas como «leyes naturales evidentes»[9]Ibid, p. 829., la violencia -el secreto de la acumulación primitiva según Marx-[10]Cito a C. von Werlhof, op. cit. p. 733. es siempre necesaria para el establecimiento y mantenimiento de una disciplina laboral capitalista.
Por supuesto, en respuesta al apogeo de un ciclo de luchas sin precedentes -anticolonial, laboral, feminista- en los años 60 y 70, la acumulación primitiva se ha transformado en un proceso global aparentemente perpetuo[11]Ibid, pp. 728-747.. Las crisis económicas, las guerras y las expropiaciones masivas aparecieron entonces en todas partes del mundo como las condiciones previas para la organización de la producción y la acumulación a escala mundial. Uno de los méritos de los debates políticos que he mencionado fue que nos ayudaron a comprender mejor «la naturaleza de las fuerzas envolventes a las que nos enfrentamos»[12]De Angelis, The Beginning of History. Value Struggles and Global Capitalism, Londres, Pluto Press, 2007, p. 134., la lógica que las guía y las consecuencias que esto implica para nosotras. En efecto, pensar en la economía política mundial a través del prisma de la acumulación primitiva es situarse inmediatamente en un campo de batalla.
Pero para comprender realmente las implicaciones políticas de esta evolución, debemos ampliar el concepto de acumulación primitiva más allá de la descripción de Marx de varias maneras. En primer lugar, debemos reconocer que la historia de la acumulación primitiva no puede entenderse desde la perspectiva de un sujeto universal abstracto. De hecho, un aspecto esencial del proyecto capitalista es la desarticulación del cuerpo social a través de la imposición de diferentes regímenes disciplinarios que dan lugar a una acumulación de «diferencias» y jerarquías que afectan profundamente a la forma en que se experimentan las relaciones capitalistas. Tenemos, pues, diferentes historias de acumulación primitiva, cada una de las cuales proporciona una perspectiva particular de las relaciones capitalistas que es esencial para reconstruir su totalidad y revelar los mecanismos por los que el capitalismo ha mantenido su poder. Esto implica que la historia pasada y presente de la acumulación primitiva no puede entenderse plenamente mientras se cuente sólo desde el punto de vista de los antiguos y futuros trabajadores o trabajadoras asalariadas y no se escriba también desde el punto de vista de las poblaciones esclavizadas, colonizadas e indígenas cuyas tierras siguen siendo el principal objetivo de los cercamientos, así como desde el punto de vista de los numerosos sujetos sociales cuyo lugar en la historia de la sociedad capitalista no se puede asimilar a la historia de los asalariados o asalariadas.
Es este método el que he utilizado en Calibán y la bruja para analizar la acumulación primitiva desde el punto de vista de sus efectos sobre las mujeres, el cuerpo y la producción de fuerza de trabajo, convencida de que este enfoque nos permite una comprensión mucho más amplia de los procesos históricos que enmarcaron el surgimiento del capitalismo de lo que es posible en la obra de Marx, que centra la discusión de la acumulación primitiva en las condiciones previas a la estructuración del trabajo asalariado[13]Caliban y la Bruja, Mujeres, Cuerpo y acumulación Originaria, Traficantes de Sueños, Madrid, 2010.
Dos procesos en particular han sido los más importantes desde el punto de vista histórico y metodológico: (a) la constitución del trabajo reproductivo -es decir, el trabajo reproductivo de los individuos y la fuerza de trabajo- como «trabajo de las mujeres» y como una esfera social separada, supuestamente situada fuera de la esfera de las relaciones económicas y, como tal, devaluada desde el punto de vista capitalista (un desarrollo concomitante con la separación del campesinado de la tierra y la constitución de un mercado de bienes de consumo) ; (b) la institucionalización del control estatal sobre la capacidad reproductiva y la sexualidad de las mujeres mediante la criminalización del aborto y el establecimiento de un sistema de vigilancia y castigo que se apropia literalmente del cuerpo de las mujeres.
Estas dos evoluciones son características del desarrollo de las relaciones capitalistas en todos los períodos de la historia y han tenido consecuencias sociales decisivas. La exclusión del trabajo reproductivo de la esfera de las relaciones económicas y su relegación espuria al ámbito «privado», «individual», «externo» a la acumulación de capital y, sobre todo, «femenino», lo invisibilizó como trabajo y naturalizó su explotación[14]Véase ibid, capítulo II en particular; y L. Fortunati, L’Arcane de la Reproduction, Ginebra-París, Entremonde, de próxima aparición.. Esto también proporcionó la base para una nueva división sexual del trabajo y una nueva organización de la familia que subordinó a las mujeres a los hombres y condujo a la diferenciación social y psicológica de mujeres y hombres. Al mismo tiempo, la apropiación por parte del Estado del cuerpo de las mujeres y de su capacidad reproductiva marcó el inicio de su regulación de los «recursos humanos», constituyó su primera intervención «biopolítica» (en el sentido foucaultiano del término[15]Foucault utiliza el concepto de «biopolítica» para describir una nueva forma de poder, surgida en la Europa del siglo XVIII, que se ejerce a través de la regulación de los procesos vitales, como … Seguir leyendo) y le permitió contribuir a la acumulación de capital en la medida en que representaba, en esencia, el aumento del proletariado[16]Marx, El Capital, Libro I (1867), op. cit, p. 688..
Como ya he mostrado, la caza de brujas, que tuvo lugar en muchos países europeos y andinos en los siglos XVI y XVII y que llevó a la ejecución de cientos de miles de mujeres, fue esencial en este proceso. Ninguno de los cambios históricos que he mencionado que se produjeron en la organización del trabajo reproductivo habría sido posible o sería posible hoy sin una gran ofensiva contra el poder social de las mujeres. Del mismo modo, el desarrollo capitalista nunca podría haber tenido éxito sin la trata de esclavos o la conquista de las Américas, ni sin la implacable ofensiva imperialista que continúa hasta el día de hoy y la construcción de una red de jerarquías raciales que han dividido efectivamente al proletariado mundial.
Es con este marco teórico y estos supuestos en mente que analizo la «globalización» en este ensayo como un proceso de acumulación primitiva, esta vez impuesto globalmente. Este punto de vista contradice sin duda la teoría neoliberal, que celebra la expansión de las relaciones capitalistas como signo de la «democratización» de la vida social. Pero también contrasta con la visión marxista autonomista de la reestructuración de la economía mundial que, centrándose en la revolución informática y de la información y en el auge del capitalismo cognitivo, interpreta esta fase del desarrollo capitalista como un paso hacia la automatización del trabajo[17]Me refiero aquí al argumento desarrollado por Hardt y Negri en varias de sus obras, desde Imperio (París, Exils, 2000) hasta Commonwealth (París, Stock, 2012), de que en la fase actual del … Seguir leyendo. Por el contrario, sugiero que esta reestructuración es esencialmente un ataque concertado a los medios de reproducción más básicos -tierra, vivienda y salarios- con el objetivo de aumentar la mano de obra mundial y reducir drásticamente el coste del trabajo[18]S. Federici, « Reproduction de la force de travail dans l’économie globale. La révolution féministe inachevée », in Point zéro. Propagation de la révolution…, op. cit., p. 145-175..
Han sido necesarias diferentes políticas para desencadenar la nueva ofensiva de acumulación: el ajuste estructural, el desmantelamiento del Estado de bienestar, la financiarización de la reproducción -que ha llevado a la crisis de la deuda y el endeudamiento- y la guerra. Pero en cada caso, esta ofensiva ha llevado a la destrucción de nuestra «riqueza común» y no ha importado que sus artífices se hayan diversificado con el tiempo con la llegada de nuevos competidores como China y otras potencias capitalistas emergentes que se han incorporado al Banco Mundial, al Fondo Monetario Internacional, a la Organización Mundial del Comercio y a los gobiernos que apoyan a estas instituciones. Más allá de las apariencias y de las particularidades nacionalistas, las nuevas formas de acumulación primitiva se guían por una única lógica: constituir una mano de obra reducida a trabajo abstracto, una fuerza de trabajo pura, sin cobertura ni protección, dispuesta a ser trasladada de un lugar a otro y de un trabajo a otro, contratada principalmente con contratos precarios y con el menor salario posible.
¿Cuál es el significado político de este hecho? Incluso si aceptamos la idea de que la acumulación primitiva es un rasgo endémico de la vida y el trabajo en el régimen capitalista (como Massimo De Angelis, entre otros, ha argumentado[19]M. De Angelis, The Beginning of History. Value Struggles and Global Capitalism, op. cit., p. 136-141.), ¿cómo podemos explicar el hecho de que después de quinientos años de explotación continua de los trabajadores en todo el mundo, las diversas encarnaciones de la clase capitalista sigan necesitando empobrecer a múltiples poblaciones en todo el mundo?
No hay una respuesta sencilla a esta pregunta. Pero si consideramos cómo la «globalización» está cambiando la organización de la reproducción social, podemos llegar a algunas conclusiones preliminares. Ya vemos que el capitalismo sólo consigue ofrecer bolsas de prosperidad a poblaciones limitadas de trabajadores, durante periodos de tiempo igualmente limitados, siempre dispuesto a destruirlas (como ha hecho en las últimas décadas en el proceso de globalización) en cuanto sus necesidades y deseos superan los límites impuestos por la búsqueda del beneficio. También podemos ver, más concretamente, que la limitada prosperidad, que los trabajadores y trabajadoras asalariadas pudieron alcanzar en los países industrializados durante el período posterior a la Segunda Guerra Mundial, nunca estuvo destinada a generalizarse.
Cuando la revuelta se extendió desde las plantaciones coloniales de África y Asia hasta los guetos, las fábricas, las escuelas, las cocinas e incluso el frente de guerra, socavando tanto el intercambio fordista entre mayores salarios y mayor productividad como el uso de las colonias (externas e internas) como reservas de mano de obra barata y no remunerada, la clase capitalista recurrió a la misma estrategia que siempre había empleado para hacer frente a sus crisis: la violencia, la expropiación y la expansión del mercado mundial del trabajo.
Necesitaríamos un Marx para describir las fuerzas sociales destructivas que se han movilizado para esta tarea. Nunca antes se había atacado a tanta gente al mismo tiempo o en tantos frentes a la vez. Hay que remontarse a la trata de esclavos para encontrar formas de explotación tan brutales como las que genera la globalización en muchas partes del mundo. No sólo reaparece la esclavitud en muchas formas, sino que también han vuelto las hambrunas y han surgido formas de explotación caníbal, inimaginables en los años sesenta y setenta, como el tráfico de órganos humanos. En algunos países se ha recuperado incluso la venta de pelo, que recuerda a las novelas del siglo XIX. Más comúnmente, en más de ochenta países afectados, la globalización ha sido una historia de enfermedades no tratadas, niños desnutridos, vidas perdidas y desesperación. En gran parte del mundo, el empobrecimiento ha alcanzado un nivel nunca visto, afectando ahora hasta el 70% de la población. Sólo en el África subsahariana, el número de personas que viven en la pobreza y el hambre y la malnutrición crónicas ascendía a 239 millones en 2010[20]Según las estadísticas de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación), que también estiman que cerca de mil millones de personas en el mundo sufren hoy de … Seguir leyendo, mientras que enormes sumas de dinero del continente se desviaban obscenamente a bancos de Londres, París y Nueva York.
Como en la primera fase del desarrollo capitalista, las personas más afectadas por estas políticas han sido las mujeres. En particular, las mujeres de bajos ingresos y racializadas de diversas comunidades del mundo carecen de medios para reproducirse a sí mismas y a sus familias, o sólo pueden hacerlo vendiendo su mano de obra en el mercado global y reproduciendo familias e hijos que no son los suyos, en condiciones que las separan de sus comunidades y hacen que su trabajo reproductivo sea más abstracto y más fácilmente sometido a múltiples formas de restricción y vigilancia. Muchas otras dan a sus hijos en adopción, trabajan como madres de alquiler o venden sus óvulos a laboratorios médicos que realizan investigaciones con células madre. También tienen menos hijos, ya que la necesidad de conservar parte de sus ingresos tiene un efecto esterilizador. Pero en todas partes se ataca su capacidad de controlar su propia reproducción. Recordando las condiciones que enmarcaron la entrada de las mujeres en la sociedad capitalista y desencadenaron dos siglos de caza de brujas, irónicamente la misma clase política que hace casi imposible que las mujeres se mantengan a sí mismas y a sus familias criminaliza sus intentos de abortar. En Estados Unidos, el mero hecho de estar embarazada hace que las mujeres pobres, especialmente las negras, corran un riesgo constante de ser detenidas[21]Véase L. M. Paltrow, J. Flavin, «Arrests of and Forced Interventions on Pregnant Women in the United States (1973-2005). Implications for Women’s Legal Status and Public Health», en Journal … Seguir leyendo.
Las mujeres también están en el punto de mira por sus actividades de subsistencia, en particular por su participación -sobre todo en África- en la agricultura alimentaria, que se interpone en el intento del Banco Mundial de crear mercados de tierras y poner todos los recursos naturales en manos de empresas comerciales. Como he escrito en otro lugar[22]Federici, «Witch-Hunting, Globalization and Feminist Solidarity in Africa Today», en Journal of International Women’s Studies, vol. 10, no. 1, 2008, pp. 21-35 (número especial en … Seguir leyendo, el Banco Mundial asume que sólo el dinero es productivo, que la tierra es estéril y una fuente de pobreza cuando se utiliza «sólo» para la subsistencia. Así, esta institución internacional no sólo ha hecho campaña contra la agricultura de subsistencia a través de leyes de reforma agraria, títulos de propiedad individual y la abolición de la tenencia tradicional de la tierra, sino que también ha trabajado sin piedad para poner a las mujeres bajo el dominio de las relaciones monetarias, especialmente a través de la promoción de la microfinanciación, una práctica que ya ha convertido a millones de mujeres en siervas endeudadas con los bancos y las ONG que gestionan los préstamos[23]Sobre este tema, véase L. Karim, Microfinance and Its Discontents. Women in Debt in Bangladesh, Minneapolis, University of Minnesota Press, 2011.. Así, tras años de promover el control de la población mediante la venta de anticonceptivos en grandes cantidades, el Banco Mundial consigue ahora los mismos resultados impidiendo a las mujeres cultivar para llegar a fin de mes, lo que (en contra de sus afirmaciones) es la diferencia entre la vida y la muerte para millones de personas[24]S. Hostetler et al., « Extractivism ».A Heavy Price to Pay,Washington, Witness for Peace, 1995..
Creo que es importante añadir que la violencia institucional contra las mujeres y la desvalorización de las actividades en torno a las cuales se han construido sus vidas han dado lugar a un aumento documentado de la violencia contra ellas por parte de los hombres de sus comunidades. De hecho, ante la disminución de los salarios y el acceso restringido a la tierra, muchos hombres ven el trabajo y el cuerpo de las mujeres, y a menudo sus vidas y actividades, como una puerta de entrada al mercado global, por ejemplo en el caso del tráfico de dotes y los asesinatos relacionados con la dote. La caza de brujas también ha resurgido con la globalización. En muchas partes del mundo -sobre todo en la India y África- suele ser llevada a cabo por jóvenes desempleados que quieren adquirir las tierras de las mujeres a las que acusan de ser brujas[25]Ibid.
Podría seguir y seguir con ejemplos de las diferentes formas en que el proceso de globalización reproduce viejas formas de acumulación primitiva. Sin embargo, mi preocupación inmediata no es describir las formas específicas que adopta este retorno de la acumulación primitiva, sino comprender lo que revela sobre la naturaleza del sistema capitalista y lo que apunta al futuro.
La primera certeza que ofrece este enfoque es que la acumulación capitalista siempre consiste en la acumulación de trabajo y, como tal, siempre requiere la creación de miseria y privaciones en todo el mundo. También requiere siempre la degradación de la vida humana y la reconstrucción de las jerarquías y divisiones sociales basadas en el género, la raza y la edad. Y lo que es más importante, al persistir incluso después de quinientos años de desarrollo capitalista, estos «pecados originales» demuestran ser elementos estructurales del sistema capitalista, descartando cualquier posibilidad de reforma. De hecho, los programas sociales y económicos establecidos por el capital internacional para derrotar a los movimientos de liberación de los años 60 y 70 atestiguan por sí mismos que la desposesión (de la tierra y de los derechos adquiridos), la inseguridad en el acceso al empleo y a los ingresos, la incertidumbre y la inseguridad de la vida, y la profundización de las jerarquías raciales y de género serán las condiciones en las que tendrán que producir las generaciones futuras. Está claro, por ejemplo, que al socavar la autosuficiencia de las distintas regiones del mundo y crear una interdependencia económica total, incluso entre países geográficamente muy lejanos, la globalización no sólo genera crisis alimentarias recurrentes, sino también la necesidad de una explotación ilimitada de la mano de obra y del entorno natural.
Como en el pasado, este proceso se basa en el cerramiento de terrenos. Esto se ha extendido tanto que incluso los espacios de vida agrícolas, que en el pasado habían permanecido intactos y habían permitido la reproducción de las comunidades campesinas locales, ahora están siendo privatizados, tomados por los gobiernos o las corporaciones para la minería u otros fines económicos. A medida que el extractivismo[26]El extractivismo es una práctica por la que los gobiernos financian sus programas económicos y políticos mediante la exportación de los recursos minerales de sus países. Según sus críticos, … Seguir leyendo triunfa en muchas zonas, combinado con la confiscación de tierras para la producción de biocombustibles, la propiedad colectiva de la tierra está siendo abolida legalmente y la desposesión es tan masiva que nos estamos acercando rápidamente a la etapa, descrita por Marx, en la que «una parte de la sociedad exige a la otra que le pague un tributo por el derecho a habitar la tierra…»; al igual que la propiedad de la tierra incluye, en general, el derecho del propietario a explotar el globo terráqueo, las entrañas de la tierra, el aire, es decir, lo que condiciona la conservación y el desarrollo de la vida[27]K. Marx, El Capital, Libro III, (1894), París, Éditions sociales, 1974..
En África, en particular, se ha calculado que, si se mantienen las tendencias actuales, el 50% de la población del continente vivirá fuera de él a mediados de siglo. Sin embargo, es poco probable que se trate de una situación excepcional. Como consecuencia del empobrecimiento y el desplazamiento provocados por la globalización, la figura del trabajador se ha convertido en todas partes en la del emigrante, el itinerante[28]Este es el término utilizado por Randy Martin en Financialization of Daily Life, Philadelphia, Temple University Press, 2002., el refugiado. Este proceso también se ve acelerado por la velocidad a la que puede viajar el capital, destruyendo las luchas y las economías locales a su paso, así como por el implacable impulso de extraer hasta la última gota de petróleo y mineral de las entrañas de la tierra.
Por ello, no es de extrañar que, en tales circunstancias, la esperanza de vida de la clase trabajadora esté disminuyendo incluso en «países ricos» como Alemania o Estados Unidos, donde, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, los pobres pueden esperar vivir varios años menos que sus padres[29]Como ha informado Maurizio Lazzarato, en Alemania la esperanza de vida de las personas con bajos ingresos cayó de 77,5 años en 2001 a 75,6 años en 2011, mientras que en Alemania del Este … Seguir leyendo. Al mismo tiempo, algunos países del «Tercer Mundo» se encuentran más o menos en una situación similar a la que prevalecía entre los siglos XVI y XVIII: la de una clase trabajadora apenas capaz de reproducirse. De hecho, el argumento de Marx en el Manifiesto Comunista de que el desarrollo capitalista conduce al empobrecimiento absoluto de la clase obrera está ahora comprobado empíricamente.
Así lo demuestra la continua migración del «Sur» al «Norte» desde finales de los años 80, cuyas principales motivaciones son la necesidad económica y las numerosas guerras provocadas por la codicia de las empresas por los recursos minerales. Se nos dice que no hay remedio para esta pauperización. La clase capitalista, presumiblemente convencida de que, de cualquier manera, el «99%» no tiene otra opción que vivir bajo el capitalismo, y convencida de que su alcance global le proporcionará vastos mercados y un amplio suministro de mano de obra, apenas predice ya el progreso, prefiriendo declarar que las crisis y los desastres son una parte inevitable de la vida económica mientras se apresura a destruir los derechos ganados por más de un siglo de luchas de los trabajadores.
Sin embargo, creo que esta confianza es errónea. Sin el menor optimismo, que de todos modos sería irresponsable dada la espantosa devastación que se despliega ante nuestros ojos, yo diría que en el mundo actual hay una creciente conciencia -que se traduce cada vez más en acciones- de que el capitalismo no es «sostenible» y de que la creación de un sistema económico y social diferente es la tarea más urgente a la que se enfrenta la mayoría de la población mundial. De hecho, cualquier sistema que no pueda asegurar la reproducción de su fuerza de trabajo y que no ofrezca más que más crisis es un sistema condenado. Si, después de siglos de explotación de todos los rincones del planeta, el capitalismo es incapaz de proporcionar siquiera las condiciones mínimas de reproducción para todos y debe seguir hundiendo a millones de personas en condiciones de vida miserables, entonces este sistema está en quiebra y debe ser sustituido. Además, ningún sistema político puede asegurar su viabilidad a largo plazo sólo con la fuerza. Ahora está claro que al sistema capitalista no le queda más que la fuerza a su disposición y que su dominio está asegurado, en el momento en que escribo esto, sólo por la violencia que moviliza contra sus oponentes.
A. Creischer, M. Jorge Hinderer, A. Siekmann, The Potosí Principle. Colonial Image Production in the Global Economy, Cologne, Verlag der Buchhandlung Walther König, 2010.
Cf. M. Dalla Costa, «Capitalisme et reproduction», en Pouvoir des femmes et subversion sociale, Ginebra-París, Entremonde, de próxima publicación; M. Mies, Patriarcat et accumulation à l’échelle mondiale, Ginebra-París, Entremonde, de próxima publicación; C. von Werlhof, «Globalization and the ‘Permanent’ Process of ‘Primitive Accumulation’. The Example of the MAI, the Multilateral Agreement on Investment», en Journal of World-Systems Research, vol. 6, nº 3, 2000, pp. 728-747.
Foucault utiliza el concepto de «biopolítica» para describir una nueva forma de poder, surgida en la Europa del siglo XVIII, que se ejerce a través de la regulación de los procesos vitales, como la salud, la enfermedad y la procreación.
Me refiero aquí al argumento desarrollado por Hardt y Negri en varias de sus obras, desde Imperio (París, Exils, 2000) hasta Commonwealth (París, Stock, 2012), de que en la fase actual del desarrollo capitalista presumiblemente caracterizada por la tendencia al dominio del trabajo inmaterial, los capitalistas se están retirando de los procesos de organización del trabajo de tal manera que los trabajadores ganan un mayor grado de autonomía y control sobre las condiciones de su trabajo. Esta teoría sigue a Marx al enfatizar el carácter progresivo del desarrollo capitalista, considerando que la realización (forzada) de los objetivos exigidos por las luchas obreras, incorporadas por el capitalismo contra sus propios intereses, es necesaria para la reactivación del proceso de acumulación. Para una crítica de esta teoría, y más concretamente del concepto de capitalismo cognitivo, véase G. Caffentzis y S. Federici, «Notes on Eduardism». Federici, «Notes on Edu-factory and Cognitive Capitalism», en Edu-factory Collective, Toward a Global Autonomous University. Cognitive Labor, the Production of Knowledge, and Exodus from the Education Factory, Brooklyn, Autonomedia, 2009, pp. 119-124; y S. Federici, «On Affective Labor», en M. A. Peters, E. Bulut, Cognitive Capitalism, Education and Digital Labor, Nueva York, Peter Lang, 2011, pp. 57-74.
S. Federici, « Reproduction de la force de travail dans l’économie globale. La révolution féministe inachevée », in Point zéro. Propagation de la révolution…, op. cit., p. 145-175.
Según las estadísticas de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación), que también estiman que cerca de mil millones de personas en el mundo sufren hoy de pobreza y hambre; véase el Servicio Mundial de Educación sobre el Hambre, «Africa Hunger Facts», en Hunger Notes [https://www.worldhunger.org].
Véase L. M. Paltrow, J. Flavin, «Arrests of and Forced Interventions on Pregnant Women in the United States (1973-2005). Implications for Women’s Legal Status and Public Health», en Journal of Health Politics, Policy and Law, vol. 38, nº 2, 2013, pp. 299-343; L. M. Paltrow, J. Flavin, ‘New Study Shows Anti-Choice Policies Leading to Widespread Arrests of and Forced Interventions on Pregnant Women’, en Rewire News, 14 de enero de 2013.
Federici, «Witch-Hunting, Globalization and Feminist Solidarity in Africa Today», en Journal of International Women’s Studies, vol. 10, no. 1, 2008, pp. 21-35 (número especial en colaboración con WAGADU), reeditado en S. Federici, Une guerre mondiale contre les femmes.Des chasses aux sorcières au féminicide, Paris, La Fabrique, 2021, p. 97-137.
El extractivismo es una práctica por la que los gobiernos financian sus programas económicos y políticos mediante la exportación de los recursos minerales de sus países. Según sus críticos, esta práctica produce pobreza y desencadena un proceso de colonización interna. El término ha sido utilizado principalmente en América Latina por teóricos sociales (Alberto Acosta, Louis Tapia, Raúl Zibechi, Maristella Svampa) para describir y criticar las políticas económicas de los gobiernos supuestamente progresistas de Bolivia, Ecuador y Brasil.
Como ha informado Maurizio Lazzarato, en Alemania la esperanza de vida de las personas con bajos ingresos cayó de 77,5 años en 2001 a 75,6 años en 2011, mientras que en Alemania del Este descendió de 77,9 años a 74,1 años. Lazzarato indica que a este ritmo, tras otros veinte años de recortes presupuestarios y «esfuerzos por ‘salvar’ la Seguridad Social», la edad de jubilación acabará coincidiendo con la edad de la muerte; véase Lazzarato, «The Making of the Indebted Man. An Essay on the Neoliberal Condition», en Semiotext(e) Intervention Series, nº 13, Cambridge, MIT Press, 2012, p. 177. También en Estados Unidos los «pobres» viven menos. Según el número de agosto del Journal of Health Affairs, entre 1990 y 2008 se produjo un descenso real de la esperanza de vida entre la población negra en general, y entre las mujeres y los hombres blancos que no habían completado la educación secundaria. El estudio reveló que los hombres blancos con 16 o más años de educación viven una media de 14 años más que los hombres negros con menos de 12 años de educación, y estas desigualdades siguen aumentando. En 1990, los hombres y las mujeres con mayor nivel de estudios vivían 13,4 y 7,7 años más que los menos instruidos, respectivamente. El elemento más impactante de este estudio es la velocidad a la que se ha ampliado esta brecha. Por ejemplo, «en 1990, la diferencia en la esperanza de vida entre las mujeres blancas con mayor y menor formación era de 1,9 años, mientras que hoy es de 10,4 años». Véase D. Griswold, «Racism, Schooling Gap Cuts Years from Life» en Workers’ World, 27 de septiembre de 2012. Sobre el descenso de la esperanza de vida de la población blanca en Estados Unidos, véase L. Tavernese, en New York Times, 20 de septiembre de 2012. Tavernese escribe que entre el segmento menos educado de la población blanca, la esperanza de vida cayó cuatro años entre 1990 y 2012. Este descenso de la esperanza de vida en Estados Unidos también parece haberse acelerado en los últimos años debido a la epidemia de opioides. Véase O. Kazan, «A Shocking Decline in American Life Expectancy», en The Atlantic, 21 de diciembre de 2017.
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l pasado mes de abril, Punto de Vista Internacional pudo entrevistar a Neal Meyer en Brooklyn, Nueva York, sobre las dinámicas de la izquierda norteamericana, los movimientos sociales y la nueva generación militante nacida en torno a las campañas electorales de Bernie Sanders.
PVI: ¿cuál es el origen de la transformación de DSA y la causa de la incorporación de sectores significativos de la juventud a la organización?
N.M.: No sé si es conocido el origen del DSA. De hecho, es una escisión del Partido Socialista Norteamericano en los años 70 debida a su oposición a la Guerra de Vietnam, que sí apoyaba la derecha proimperialista del partido. Desde entonces, durante décadas, fue la organización de la socialdemocracia norteamericana, básicamente, con una implantación considerable en el mundo sindical, con un número significativo de cargos sindicales. En los años 90 vivió un cierto declive hasta el punto de ser una organización muy minoritaria a principios de los años 2000. Entonces, hacia 2008-2009, un grupo de militantes jóvenes empezó a reconstruir la sección juvenil de DSA (Young Democratic Socialists), consiguiendo agrupar a la gente más activa de la revista Jacobin. Yo me incorporé en 2012, tras el movimiento Occupy Wall Street y existía una sensación de que la izquierda se estaba recomponiendo en Estados Unidos. Fui el organizador del trabajo juvenil durante un tiempo y construimos una sección muy considerable de jóvenes socialistas y nos situábamos a la izquierda de la dirección de DSA de entonces, pero no será hasta 2015, cuando Bernie Sanders presentó su candidadura a las presidenciales, cuando ganemos más energía y podías sentir, también gracias a la primera rebelión de Black Lives Matter, cómo empezaba a bascular hacia la izquierda un sector de la sociedad y de nuevo se podía volver a hablar de socialismo en este país. Entonces, cuando ganó Trump en 2016, quizás se incorporaron ese día unos 1.000 nuevos militantes a DSA. En tres meses pasamos de una organización de 6.000 miembros a unos 30.000, lo cual constituyó un cambio radical, ya que DSA pasó de ser un grupo que, si bien contaba unos 6.000 afiliados no tendría más de 200 militantes activos en todo el país, a ser una organización de 30.000 afiliados de los cuales unos 10.000 eran activos, lo que permitió reconstruir la infraestructura de la organización. Sin embargo, muchos de nosotros no contabamos con una tradición política sobre la que construir, en cierto modo vamos planteándonos debates sobre la marcha que están relacionados con la necesidad de perfilar una estrategia para la izquierda norteamericana.
PVI: ¿Podrías hablarme de la implantación juvenil del partido y, más en general, de DSA misma a nivel nacional?
N.M.: Lo primero que hay que aclarar es que no somos un partido como tal que se presente a las elecciones, puesto que funcionamos en el seno del Partido Demócrata. Podemos hablar más de eso luego. El grupo que se integró en el DSA en 2016-2017, de mi generación (entre veinte y treinta años), con formación universitaria, digamos que jóvenes radicales, gente muy enfadada con el Partido Demócrata, al que culparon de la victoria de Trump en 2016, al igual que en la mayoría de rebeliones que estamos viendo en el mundo protagonizadas por jóvenes radicales. Este núcleo ha constituido el sector más dinámico de DSA desde entonces, por consiguiente tenemos agrupaciones bastante activas en muchas universidades del país, que se centran en una serie de campañas, teniendo una relevancia particular la lucha contra la crisis de la deuda de los estudiantes, que reviste una gravedad particular en Estados Unidos, puesto que apenas hay dotación de fondos públicos en las universidades, lo cual obliga a los estudiantes a estudiar a crédito. Este ha sido un factor de radicalización clave en el país y explica en parte por qué tanta gente ha girado a la izquierda, siendo el DSA una de sus expresiones más palpables de ello. Esto explica una fuerza importante de DSA en algunos campus clave aquí en Nueva York, por ejemplo. Pero últimamente también se están incorporando a DSA sectores obreros, lo cual es muy importante, en la medida en que hasta el momento era una organización mayoritariamente de capas medias. En términos de extensión geográfica, somos fuertes en Nueva York, que es quizás el núcleo más potente. Si tenemos unos 100.000 afiliados a nivel nacional, unos 10.000 son de Nueva York. También es fuerte en Chicago, Los Ángeles, en la Bahía de San Francisco, Seattle y Portland… en la mayoría de las grandes ciudades. Estamos haciendo esfuerzos por implantarnos en el sur del país, una zona tradicionalmente más conservadora. De hecho, tenemos compañeros muy valiosos haciendo un buen trabajo en lugares como Atlanta, Texas, Nueva Orléans o kentucky.
PVI: ¿Podrías hablarnos un poco de la situación política tras la derrota de Trump en las últimas elecciones? ¿Qué perspectivas hay?
N.M.: Inicialmente, tras la derrota de Trump, se crearon muchas expectativas sobre lo que podría dar de sí la presidencia de Biden. Biden y el Partido Demócrata hablaban de ser más progresistas en términos de apoyar la salud y la universidad pública gratuita, así como un paquete de medidas de obra pública y políticas redistributivas hacia los sectores populares. Creo que todo ello era márketing, sin embargo, mucha gente creyó realmente en ese discurso. Incluso hasta algunos pensaban que revertiría el orden neoliberal con una especie de vuelta al New Deal de Rousevelt. No obstante, no ha sucedido nada de todo esto. Biden y los Demócratas se orientan hacia el mundo empresarial y corporativo. Inicialmente lanzaron un paquete de medidas para impulsar las infraestructuras: túneles, puentes, carreteras… en la medida en que era del interés del mundo empresarial durante al menos una década. Pero esencialmente no han hecho nada. De hecho, lo único que hicieron fue interrumpir los subsidios de desempleo de los que gozaban muchos parados en el verano de 2021. Y ahora con la inflación está siendo un desastre, con lo cual es muy probable que los republicanos venzan en las elecciones mid term el próximo noviembre. Estamos viviendo un reforzamiento de la extrema derecha. De hecho, amplios sectores del Partido Republicano se orientan hacia modelos como el húngaro, lo cual da bastante miedo. En realidad los hechos del Capitolio de enero de 2021, que oscilaron entre una farsa y un ataque contra los congresistas más de izquierdas, pusieron claramente de manifiesto la radicalización de la extrema derecha y cómo se plantean la política. Estamos asistiendo al ascenso de un partido autoritario iliberal en Estados Unidos. De hecho, Trump dice que se va a volver a presentar en 2024 y las encuestas dicen que derrotaría a Biden en las elecciones. Y, si no es él, será alguno de sus seguidores, que podría ser incluso más peligroso que él, dado que era muy incompetente y su Administración no estaba muy bien organizada. Si eso fuera el caso sería muy muy inquietante. Cualquier política dirigida contra el cambio climático o encara a políticas redistributivas está descartada actualmente en la próxima década.
PVI: ¿Cuál ha sido la reacción social ante las decepciones que ha comportado el gobierno Biden? ¿Luchas, huelgas, reivindicaciones?
N.M.: La decepción es muy grande. De hecho, al principio de la Administración Biden muchas organizaciones sociales se situaban en la lógica de colaborar con el gobierno. Aunque se fuera crítico por la izquierda no se quería romper con él. Los últimos tiempos han demostrado que era un error creer que se podía influenciar a la Administración desde dentro. Creo que lo más interesante está sucediendo en el movimiento obrero. Las campañas por organizar a los trabajadores de Amazon, Starbucks, etc… muestran que la gente toma conciencia de que nada cambiará desde la política del sistema y se está organizando en su lugar de trabajo.
PVI: En el movimiento obrero tenéis todos estos nuevos sectores… supongo que en el sector público también hay luchas
N.M.: El sector público, lo más dinámico son los docentes. hubo una huelga en Minneapolis, por ejemplo.
PVI: ¿Qué hay de la sanidad?
N.M.: Depende mucho de la realidad local.
PVI: ¿Y en los sectores nuevos del transporte y la logística… construyen nuevas organizaciones o prefieren organizarse en sindicatos más tradicionales?
N.M.: Esto es un debate en curso. Por ejemplo, entre los trabajadores de Amazon en Staten Island [Nueva York] se ha creado el Amazon Labour Union e insisten en que van a ser independientes. Hay que ver si logran extenderse o no a otros centros. Pero ha sido impresionante y nadie creía que serían capaces de crearlo en ese establecimiento. Hay gente que propone que se liguen a los Teamsters (el sindicato histórico de los transportistas [tradicionalmente muy combativo y que había contado entre sus filas a militantes revolucionarios desde los años 30] en el que recientemente el sector más democrático y combativo ha ganado la dirección del sindicato). La organización en Starbucks es independiente pero tiene vínculos con la AFL-CIO (que todavía tiene vínculos con el Partido Demócrata, a pesar de que sean cada vez más críticos con él). Quizás el desarrollo en Starbucks sí se ha beneficiado de un cambio legislativo introducido por el gobierno Biden, que permite la organización sindical por establecimientos.
PVI: ¿Y qué hay de los trabajadores ligados a la informática y la economía digital en lugares como California?
N.M.: Sí, de hecho muchos nuevos afiliados a DSA son programadores, trabajadores tecnológicos, etc… Hay bastante interés por organizarse en el sector tecnológico.
PVI: bien, avancemos. Se plantea la pregunta inevitable sobre la relación con los Demócratas. He leído esta fórmula del «Dirty break» [la ruptura sucia]…
Sí, básicamente, en Estados Unidos el sistema bipartidista está fuertemente arraigado y es muy difícil construir un tercer partido a falta de un sistema proporcional y demás. Siempre existe la presión por votar demócrata para impedir que gobiernen los republicanos. Por consiguiente, el DSA ha seguido la estrategia de Bernie Sanders. Por un lado, afirmar nuestra independencia con respecto al Partido Demócrata, pero por otro presentarnos a las primarias en dicho partido. Por consiguiente, utilizamos las primarias como una primera vuelta de las elecciones. Eso nos ha permitido ganar algunas primarias en determinados Estados. Por ejemplo, en el Estado de Nueva York tenemos seis miembros electos de DSA y esperamos incrementar estos resultados en un futuro.
PVI: ¿Y cuántos concejales en la municipalidad de Nueva York?
N.M.: Dos miembros sobre 50. La idea del «Dirty Break» se plantea que en algún momento podamos abandonar el Partido Demócrata y constituirnos en un partido independiente con nuestra propia identidad. El objetivo es una acumulación de fuerzas que permita romper el cordón umbilical con el Partido Demócrata en un momento dado.
PVI: Entonces me estás hablando de una suerte de entrismo [risas]
N.M.: Sí, en cierto modo. Siempre hemos dejado claro que somos independientes. Como en los partidos norteamericanos no hay una afiliación formal y cualquiera puede presentarse a las primarias, sin pagar cuotas ni nada por el estilo. Ello nos da una cierta libertad para desarrollar nuestro proyecto. Actualmente se plantea el debate de qué grado de identificación con el Partido Demócrata nos podemos permitir… Mi tendencia en el DSA (Bread and Roses) siempre se ha identificado como la más partidaria del «Dirty Break», de luchar contra el establishment demócrata. Otra gente en DSA ve las cosas de otro modo. Algunos sostienen que los sectores más progresistas de la sociedad americana se identifican con los Demócratas y, por consiguiente, el DSA debe presentarse como Demócratas auténticos y leales para luchar contra la deriva centrista. Se ven como una alternativa a la dirección realmente existente. Pero es un debate en marcha. Creo que los partidarios del «Dirty break» somos una minoría en el DSA actualmente, la mayoría no se plantea la ruptura. A mi juicio el peligro es que las nuevas afiliaciones a DSA acaben adaptándose al Partido Demócrata realmente existente y entren en simbiosis con su política. Este es el mayor problema de DSA a mi juicio, que mucha gente no distingue al DSA como un proyecto independiente sino como algo difuminado que se confunde con Bernie Sanders y los Demócratas.
PVI: ¿Cuál es la relación con Bernie Sanders, entonces?
N.M.: Ninguna. Siempre le hemos apoyado, pero nunca ha sido miembro del DSA. Siempre ha sido un lobo solitario con un proyecto propio, pero muy reacio a construir una organización. Creo que no sería un problema que figuras socialistas como él propusieran construir un nuevo partido en el que el DSA pudiese ser una especie de corriente, pero no parecen estar disponibles para ello.
PVI: ¿Qué puedes comentarnos sobre el debate abierto sobre el socialismo aquí en Estados Unidos, ya que es de las pocas potencias capitalistas en las que hay un debate popular sobre el socialismo en la actualidad, ya que va mucho más allá de lo que popularizó Podemos en su momento, que en ningún caso pronunció dicho concepto? Hablaban de la «casta», de los de «arriba y abajo», del 99%, pero jamás plantearon un debate sobre el socialismo… a pesar de que algunos, como Pablo Iglesias, proceden de una tradición eurocomunista.
N.M.: Creo una de las características del atraso político de Estados Unidos es que nunca ha existido un movimiento socialista fuerte. Para nuestra generación el socialismo es algo nuevo, emocionante, y que es vivido como una alternativa al capitalismo neoliberal. Nos sentimos a gusto hablando de ello y nos resulta emocionante. Por otro lado, la derecha americana ya de por sí es partidaria de etiquetar cualquier forma de oposición real como «socialista» e involuntariamente popularizan el concepto. Pero la noción de socialismo tiene una amplia gama de sentidos distintos: para unos se reduce a tener más servicios públicos, para quienes en el DSA hablamos de poder para la clase obrera, de eliminación del poder de la clase dominante, de transformar la economía, etc… creo que esto es una manifestación de la noción de desarrollo desigual y combinado: en cierto modo estamos tan atrasados políticamente que nos permite hablar abiertamente de socialismo porque no ha existido un partido socialdemócrata que haya desacreditado dicha noción. Quizás me equivoque, pero creo que en Europa el socialismo para la juventud es la política de los partidos socialdemócratas y aparece como algo aburrido y agotado, cuando para nosotros es una perspectiva entusiasmante.
PVI: Esto nos remite también al marxismo. ¿Hay una renovación paralela del interés por el marxismo?
N.M.: Creo que también es una capa limitada, pero en el DSA hay mucha gente abierta y receptiva a ideas marxistas. Creo que la inmensa mayoría de DSA está cómoda hablando de la importancia de la clase trabajadora y hablar abiertamente en términos clasistas… superando la retórica populista del 99% que se puso de moda con Occupy Wall Street hace unos años. Por tanto, sí, hay interés por el marxismo. También existe lo que llamamos aquí «neotanquismo», neoestalinismo, para entendernos, pero muchas tendencias de DSA se definen como marxistas, como por ejemplo «Bread and Roses».
PVI: Entiendo que en DSA hay sectores que se originan en la extrema izquierda más clásica también, ¿verdad?
N.M.: Muchas de las corrientes trotskistas o bien se disolvieron o bien se integraron en DSA entre 2017 y 2019. Por ejemplo, la International Socialist Organisation (ISO) implosionó por su propia crisis interna. Una crisis muy difícil, creo que en 2018. Creo que la mayoría de sus cuadros se integraron en el DSA, pero curiosamente muchos de ellos han seguido direcciones distintas: algunos en posiciones digamos de extrema izquierda en DSA, otros más cómodos en posiciones más centristas o socialdemócratas. Yo tengo mucho respeto por los militantes procedentes del ISO, son muy buenos compañeros. Y Solidarity también se integró en su mayor parte en el DSA, muchos en Bread and Roses, la tendencia en la que milito. Luego Socialist Alternative, que se origina en el CWI, también se incorporó al DSA. A su vez, un grupo que fue excluido de Socialist Alternative, Reform and Revolution, también tiene un papel importante en la izquierda de DSA y trabaja lealmente en su construcción. Socialist Alternative tiene una posición evidente de querer construir su propia organización. Kshama Sawant, elegida en Seattle, sin duda es una inspiración para mucha gente por su estilo confrontativo y su construcción de una base obrera en la ciudad. Creo que es un buen modelo.
PVI: Otra cuestión central es la relación con Black lives matter y el antirracismo
N.M.: Sí, la rebelión de Black lives matter fue increíble. Yo nunca había experimentado nada parecido en toda mi vida. Millones de personas salieron a las calles. Tuvimos una protesta aquí en Brooklyn en que quizás éramos unas 10.000 personas al principio y se veía como decenas de miles más salían de sus casas al paso de la manifestación y se unían a ella. Al final había gente hasta donde alcanzaba la vista. Creo que ha sido la movilización social más importante que he experimentado en mi vida. DSA ha apoyado muy decididamente el movimiento y lo ve como algo central en la política americana. Sin duda existe también una tradición radical negra en Estados Unidos que lleva a mucha población afroamericana a construir sus propias organizaciones y colectivos, que sin duda han tenido un papel central en la construcción del movimiento. Y DSA ha intentado jugar un papel de apoyo y acompañamiento más que tener la pretensión de dirigir nada, ya que apoyan ese tipo de dirección orgánica de la población afroamericana.
PVI: ¿Pero existe alguna expresión cristalizada de izquierda política negra en el país?
N.M.: Existen direcciones nacionales del movimiento Black lives matter. Algunos grupos han recibido financiación importante de algunas ONG, cosa que ha creado algunos debates y conflictos sobre cómo usar dichos recursos.
PVI: entonces no hay una continuidad orgánica con la tradición de los Black Panthers, por ejemplo…
N.M.: Ideológicamente sí, sin duda. Sí hay un archipiélago de colectivos, pero no una corriente a nivel nacional.
PVI: ¿cuáles son las controversias y debates más importantes que estáis teniendo actualmente sobre estrategia, tareas, orientación, etc…?
N.M.: Hay un debate sobre el Partido Demócrata y nuestro rol en él, que ya he mencionado, otro sobre el movimiento obrero y nuestro papel en él. Hay una posición de Bread and Roses, que es lo que llamamos la estrategia de Rank and file [de base], digamos la entrada de socialistas en el movimiento obrero para organizar estructuras de base renovadas e intentar transformar en el futuro los sindicatos existentes para que sean más militantes y más democráticos. En este sentido proponemos relacionarnos con los sectores de base radicales existentes. Esto entronca con tradiciones como la que representa Labour notes, la publicación de Kim Moody. Otros sostienen que el DSA debería limitarse a apoyar el movimiento obrero realmente existente e insisten en que una de las tareas de los socialistas es incorporarse a los aparatos sindicales actuales. También hay un debate sobre política internacional y la relación con corrientes de izquierda, por ejemplo en Latinoamérica. Unos apoyan relacionarse con el PSUV venezolano, el PT en Brasil, etc… Lograron incorporar a la DSA en el Foro de Sao Paulo. Esta es una perspectiva con la que discrepo. No tengo inconveniente en tener relación con el PT, pero creo que es prioritario intentar relacionarnos con la nueva izquierda de distintos países: como el PSOL y los partidos nuevos en Europa, África y Asia. También tenemos debates de naturaleza más organizativa, tipo qué nivel de disciplina queremos, actualmente el DSA es un grupo muy etéreo en el que para ser miembro tan solo hay que pagar una cuota. Alguna gente cree que deberíamos tener más delimitación política pero tampoco formulan claramente en qué debe consistir. De hecho, sobre el papel somos unos 100.000 miembros, pero sólo una décima parte son activos, por consiguiente no somos un partido de cuadros en absoluto. En Bread and Roses intentamos agrupar a los cuadros activos de DSA.
PVI: ¿entonces las corrientes de DSA cuáles son, grosso modo?
N.M.: Quizás Bread and Roses sea la más numerosa en posiciones de izquierda, Socialist Majority es el grupo opuesto al Dirty Break y más interesado en plantearse un marco de trabajo con los demócratas progresistes e incluso con la dirección y luego hay un montón de tendencias minoritarias. De hecho varios partidos se han disuelto en los últimos dos años, de modo que hay mucha gente que se agrupa en torno a publicaciones con perspectivas diversas. Algunos son trotskistas otros socialdemócratas. La generación más mayor de DSA se organiza en una tendencia North Star, una agrupación mucho más moderada.
PVI: ¿y los compañeros procedentes de ISO y Solidarity están en Bread and Roses?
N.M.: De hecho no. Algunos miembros más activos de Solidarity sí. Algunos miembros que siguen activos procedentes de ISO no tanto Bread and Roses debido a una serie de discrepancias. De modo que hay un grupo organizado en torno a una publicación llamada Tempest, aquí se agrupa a la gente que sigue en posiciones de izquierda en el DSA que proceden del ISO. Hay otros compañeros procedentes del ISO en otras posiciones, trabajando más individualmente.
Profesor de estudios laborales y sociología en la Universidad de Manitoba . Es autor de We Can Do Better: Ideas for Changing Society y Canadian Labour in Crisis: Reinventando el movimiento obrero.
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medida que las inundaciones catastróficas en Pakistán y la sequía en Europa y China resaltan la crisis ecológica del capital fósil, un debate entre Matt Huber y Kai Heron en Sidecar[1]Matt Huber, “Mish-Mash Ecologism,” https://newleftreview.org/sidecar/posts/mish-mash-ecologism; Kai Heron, “The Great Unfettering,” … Seguir leyendo de New Left Review plantea cuestiones importantes para cualquier persona preocupada por comprender y responder políticamente a nuestros tiempos. Este intercambio llama la atención sobre cuestiones sobre las cuales hay desacuerdos significativos entre lo que se podría llamar el decrecimiento ecomodernista y (menos satisfactoriamente) el decrecimiento tercermundista o las líneas adyacentes al decrecimiento del marxismo ecológico[2]Huber adopta el término «ecomodernismo socialista» en su contribución. Heron propone «un ecocomunismo antiimperialista», pero como eso puede interpretarse como una sugerencia de que otros … Seguir leyendo. Aunque estas dos perspectivas son las más prominentes en las discusiones recientes en inglés, sus limitaciones requieren un mayor desarrollo de un enfoque diferente.
Las cuestiones en juego no son relevantes solo para los intelectuales con un interés particular en las cuestiones ecológicas; todos los que se preocupan por el bienestar humano deben reconocer que las condiciones del Holoceno tardío de relativa estabilidad ecológica dentro de las cuales surgió y se extendió el modo de producción capitalista ya no existen. El empeoramiento de la crisis ecológica de nuestro período histórico actual dentro del Antropoceno hará que la creciente inestabilidad ecológica no lineal sea un aspecto cada vez más importante de la totalidad de la matriz entrelazada de las relaciones sociales. Ha habido un «cambio permanente y fundamental en la forma en que la sociedad humana y la economía pueden operar en el futuro»[3]James Meadway, «Economics for the Anthropocene», https://jamesmeadway.substack.com/p/economics-for-the-anthropocene. El artículo de Meadway es muy útil por su contundente énfasis en la … Seguir leyendo, con efectos de amplio alcance en la acumulación de capital, la política y otros aspectos de la sociedad. Entonces, ¿cuáles son las cuestiones planteadas por el intercambio Huber/Heron y por qué son importantes?
Las fuerzas productivas del capitalismo
Huber argumenta claramente, en contra de las ideas de decrecimiento anticapitalista, que «necesitamos desarrollar las fuerzas productivas, pero ecológicamente. Un ecomodernismo socialista debería hacer de la transformación de la producción y las fuerzas productivas el punto de apoyo de cualquier nueva relación con el planeta. Debido a que el capitalismo encadena los «caminos tecnológicos para detener el colapso ambiental», «resolver el cambio climático requiere nuevas relaciones sociales de producción que desarrollen las fuerzas productivas hacia la producción limpia». Heron responde correctamente que las tecnologías no existen fuera de las relaciones sociales dentro de las cuales se desarrollan, y que «en lugar de ver la abolición del capital como la liberación de las fuerzas productivas, es mejor verlo como la liberación de los productores del mundo para elegir entre una gama más rica y diversa de tecnologías y relaciones socioecológicas que la industrialización capitalista puede ofrecer … Se trata de adoptar tecnologías apropiadas y gestionar colectivamente los sistemas energéticos y alimentarios a escalas relevantes».
El socialismo ecomodernista perpetúa una idea de larga data dentro de la tradición marxista de que las fuerzas productivas mismas son neutrales; El problema son las relaciones sociales que dificultan su despliegue con fines progresistas. Esto también tiende a implicar una concepción estrecha de lo que son las fuerzas productivas -como tecnología justa, y no también formas de cooperación social- y a verlas como totalmente distintas de las relaciones de producción[4]Derek Sayer, The Violence of Abstraction: The Analytic Foundations of Historical Materialism (Oxford: Basil Blackwell, 1987), 17-18.. Sin embargo, si seguimos a Marx en la comprensión de las fuerzas productivas como los poderes productivos del trabajo humano, entonces, al pensar en ellas tal como existen hoy en día, debemos reconocerlas como las potencias productivas del trabajo humano alienado desarrollado por capital. No se trata solo de los fines a los que se destinan, sino también de qué tecnologías y formas de cooperación se desarrollan y de qué manera. Por ejemplo, la «agricultura de precisión» – «un nuevo paradigma de agricultura industrial intensiva en capital que integra tecnologías digitales para mejorar los rendimientos de los cultivos y gestionar las poblaciones»[5]Ryan Stock and Maaz Gardezi, “Make Bloom and Let Wither: Biopolitics of Precision Agriculture at the Dawn of Surveillance Capitalism,” Geoforum 122 (2021), 194. – y la fabricación masiva de dispositivos digitales que son difíciles o imposibles de reparar reflejan imperativos específicamente capitalistas.
De esta manera, el socialismo ecomodernista trae a la mente la observación de Raya Dunayevskaya sobre el marxismo de figuras de la Segunda Internacional como Kautsky y Hilferding: «ya no hay ningún sentido de romper las cadenas de la máquina capitalista ubicua, ni de … la reorganización total de las relaciones de los hombres [sic] en el punto de producción por los hombres [sic] mismos»[6]Raya Dunayevskaya, Marxism and Freedom: From 1776 Until Today (New York: Columbia University Press, 1988), 163.. Cualquier indicio de la crítica del fetichismo tecnológico que también se encuentra dentro de la tradición marxista está totalmente ausente. La adopción misma de la etiqueta ecomodernista por parte de un marxista es en sí misma notable, dado que el ecomodernismo es tan claramente un caso de ideología burguesa[7]Sobre esta crítica, véase Gareth Dale, «Technology Fetishism in Marxist Theory and Environmental Policy», https://www.youtube.com/watch?v=W664kUtWSkY, y sobre el ecomodernismo en palabras de … Seguir leyendo.
La forma en que pensamos sobre las fuerzas de producción importa hoy y será aún más importante a medida que las respuestas de la clase dominante al cambio climático dependan de soluciones tecnológicas, incluidas las que existen como la gestión de la radiación solar y la fusión nuclear que apenas existen o no existen en absoluto[8]Jessica Murray, «Half of Emissions Cuts Will Come From Future Tech, Says John Kerry», … Seguir leyendo. El enfoque adoptado por Heron es considerablemente más fructífero para abordar las muchas preguntas relacionadas con la crisis ecológica que involucran las fuerzas productivas del capitalismo.
En Cambio climático como guerra de clases, Huber enmarca la lucha por la justicia climática como «una lucha de clases global entre el capital y una clase obrera internacional» y no «una lucha entre el Norte Global y el Sur Global»[9]Matthew T. Huber, Climate Change as Class War (London: Verso, 2022), 34.. Heron sostiene que este enfoque postula una «falsa elección» entre la política antiimperialista y la lucha de clases. En términos más generales, Heron acusa al marxismo ecomodernista de falta de atención al imperialismo, incluidas sus dimensiones ecológicas. Por ejemplo, Huber ignora la cuestión del intercambio ecológicamente desigual, que Andreas Malm define como «transacciones que pueden parecer justas en la superficie monetaria, pero permiten a los países ricos absorber recursos biofísicos de los pobres y drenar sus dotes naturales», como en cómo «el apetito estadounidense por las hamburguesas se satisface con pastos tallados en el Amazonas»[10]Matthew T. Huber, Climate Change as Class War (London: Verso, 2022), 34.. Esta acusación es generalmente persuasiva, tanto a nivel analítico como político.
Desafortunadamente, también hay serios problemas en el antiimperialismo de Heron, como en los de la rama tercermundista del marxismo ecológico en general. Si bien rechaza la idea de que la clase obrera en los países imperialistas no es explotada, Heron respalda las teorías del imperialismo cuyo manejo del intercambio desigual y la superexplotación es vulnerable a la crítica[11]véase Charlie Post, “Explaining Imperialism Today,” de próxima aparición en Spectre. La afirmación de Heron de que los trabajadores en el núcleo «se benefician de un sistema capitalista que los enfrenta contra sus contrapartes periféricas» es parcialmente cierta pero inadecuada. El acceso a la carne importada, el café y otros productos de intercambio ecológicamente desigual es una realidad, pero las mayores ganancias derivadas de las operaciones del imperialismo (o cualquier otra cosa) nunca se filtran automáticamente a salarios más altos; El equilibrio del poder de clase es crucial para determinar los niveles salariales. Durante décadas, este equilibrio se ha ido alejando aún más del trabajo a escala global a medida que se ha intensificado la competencia capitalista en una economía mundial organizada en parte por las relaciones imperialistas. El despojo de más campesinos y otros productores independientes, la eliminación de muchos empleos relativamente mejores tanto en el sector privado como en el público, y el debilitamiento de los programas del estado de bienestar a medida que crece el gasto militar han aumentado la competencia entre las personas que buscan trabajo por un salario. La guerra, la opresión y la crisis ecológica, todas las cuales son alimentadas por el imperialismo, también han engrosado las filas de personas desesperadas por un trabajo remunerado, ya sea en el Sur o, a través de la migración, en el Norte. Al mismo tiempo, los cambios de política y el desarrollo tecnológico también han reducido las barreras para que los capitalistas trasladen la producción de muchos bienes y algunos servicios de los países imperialistas a los imperialistas. Se alienta a las personas en los estados imperialistas a identificarse con «su» imperialismo, vinculando a los trabajadores a sus gobernantes y explotadores. Así, de diversas maneras, la clase obrera en los países imperialistas pierde más de lo que se beneficia del imperialismo[12]Aquí me baso en Charles Post, «Exploring Working-Class Consciousness: A Critique of the Theory of the ‘Labour Aristocracy’,» Historical Materialism 18 (2010), 24-25..
La forma en que los ecosocialistas entienden el imperialismo tiene claras consecuencias políticas sobre cómo abordan la organización del movimiento, su postura hacia los estados en la cadena imperialista que desciende de los Estados Unidos al Reino Unido, Alemania, Francia y China a potencias imperialistas menores, incluidos Canadá y Rusia, y su orientación hacia los estados imperialistas[13]Para un comienzo prometedor de la reflexión sobre el imperialismo como característica del capitalismo contemporáneo, véase Todd Gordon y Jeffery R. Webber, «Complex Stratification in the World … Seguir leyendo. Heron tiene razón al pedir una política que pueda «hacer el difícil trabajo de desarrollar estrategias de lucha y transición ecológica que satisfagan las necesidades de los Estados Unidos». los explotados y oprimidos en el Norte Global de manera compatible con las demandas de reparaciones coloniales, transferencias de tecnología, soberanía alimentaria, devolución de tierras, el levantamiento de sanciones, el fin de las ocupaciones y el espacio atmosférico para desarrollarse libre e independientemente». Sin embargo, el marxismo ecológico también debe evitar las trampas de la política de «el enemigo de mi enemigo es mi amigo» a la que el tercermundismo a menudo sucumbe[14]Por ejemplo, véase Simon Pirani, «China’s C02 Emissions are Soaring. But in Monthly Review’s World They are ‘Flattening’», … Seguir leyendo.
La crítica de Huber al «utopismo» en el pensamiento ecológico anticapitalista de hoy es importante, pero no tiene en cuenta una verdad científica que Heron expresa claramente: «el uso de energía y recursos del Norte Global no puede extenderse al resto del mundo sin exceder los límites biofísicos del planeta». El cambio climático como guerra de clases generalmente ignora la cuestión de cómo se podría llevar a cabo una transición global justa y rápida de los combustibles fósiles y otras fuentes de emisiones de gases de efecto invernadero. Esto tendría que implicar que los países imperialistas usarán más energía para satisfacer las necesidades de las personas, ya que simultáneamente se descarbonizaron y, en consecuencia, una reducción de la demanda de energía dentro de los países capitalistas avanzados. Para que los marxistas tomen la ecología tan en serio como exige la crisis, debemos lidiar con los hallazgos de la ciencia del Sistema Tierra y pensar en las implicaciones para las demandas inmediatas de justicia climática y para nuestra visión global del ecosocialismo. Los materialistas no deben ignorar los límites biofísicos a menudo teorizados como límites planetarios, que, como dice amablemente Ian Angus, «pueden compararse con las barandillas en las carreteras de montaña, que están posicionadas para evitar que los conductores lleguen al borde, no en el borde mismo»[15]Ian Angus, Facing the Anthropocene: Fossil Capitalism and the Crisis of the Earth System (New York: Monthly Review Press), 74..
Lo que está en juego aquí es nada menos que cuán bien los análisis marxistas de la crisis ecológica y las respuestas políticas a ella están a la altura del conocimiento científico de esa crisis, sin importar cuán inquietantes puedan ser algunas de sus implicaciones para algunas personas en los países capitalistas avanzados.
El marxismo ecológico no puede detenerse en analizar la catástrofe que se está desarrollando; También debe guiar los esfuerzos para trabajar hacia una transición al ecosocialismo. Como insinué anteriormente, una gran fortaleza del enfoque de Huber es su argumento a favor de una estrategia de lucha de clases para el ecosocialismo basada en «el análisis de las relaciones de clase concretas que inhiben … transformaciones o podrían provocarlas» como alternativa a los saltos utópicos hacia la abstracción cuando se trata de cómo se podría lograr la transformación. Su insistencia en que «necesitamos una política climática que apunte hacia afuera, más allá de lo ya convertido, hacia la clase trabajadora explotada y atomizada» es de vital importancia. Aunque Heron está de acuerdo en general, mientras critica la «falsa elección» de Huber entre la política de la clase trabajadora y el antiimperialismo, la rama tercermundista del marxismo ecológico aún no ha producido una estrategia política fundamentada como la que Huber propone para las personas en los Estados Unidos en Cambio climático como guerra de clases.
Un GND (Green New Deal) radical en un país como Estados Unidos necesita incluir, junto con las reformas habituales del GND, medidas para ayudar a los países imperializados con sus propias transiciones justas y para reducir la demanda interna de energía, reformas que reflejen una política de justicia climática internacionalista desmercantilizada de mejor en lugar de más, de lujo público y suficiencia privada.
En ese libro, Huber aboga por la lucha de la clase trabajadora por un Green New Deal (GND), una «política de más que explica cuánto tenemos que ganar con un programa climático». Él ve esto en términos de «una coalición electoral masiva de la clase trabajadora para ganar el poder estatal» respaldada por el «poder disruptivo» de la huelga[16]Huber, Climate Change as Class War, 38, 203, 219.. Luego defiende una estrategia mucho más estrecha: la organización de base en el lugar de trabajo entre los trabajadores de la energía eléctrica para luchar por la propiedad pública del sector. La lucha de clases por un GND es, a nivel general, una orientación convincente.
Sin embargo, es importante especificar el contenido de dicho paquete. Un GND radical en un país como Estados Unidos necesita incluir, junto con las reformas habituales del GND, medidas para ayudar a los países imperializados con sus propias transiciones justas y para reducir la demanda interna de energía, reformas que reflejen una política de justicia climática internacionalista desmercantilizada de mejor en lugar de más, de lujo público y suficiencia privada. La estrategia de elegir un gobierno socialista dentro del estado existente que, con el respaldo de la acción directa de los trabajadores, implementará reformas radicales como un camino hacia el socialismo no es realista; ya deberíamos saber que el poder estatal capitalista no puede ser tan fácilmente tomado y ejercido contra el capitalismo y que la clase obrera no puede gobernar a través de sus instituciones burocráticas alienadas[17]David McNally, «¿Cuál es el significado de la revolución hoy? Más allá del nuevo reformismo», https://spectrejournal.com/what-is-the-meaning-of-revolution-today/. Para un análisis detallado … Seguir leyendo. Además, en respuesta al caso de Huber para centrar los esfuerzos de organización en el sector de la energía eléctrica, Jonathan Rosenblum argumenta correctamente que «un movimiento climático basado en la clase trabajadora no tiene el lujo del tiempo para enfocarse en un solo lugar»[18]Jonathan Rosenblum, “A Successful Climate Movement Must Be a Working-Class Movement,” https://jacobin.com/2022/05/working-class-movement-huber-climate-change-as-class-war-review..
Una tarea teórica importante es analizar la clase obrera global en relación con el capital global. Como reconoce Heron, la clase realmente está profundamente dividida y jerárquicamente estratificada como consecuencia del desarrollo capitalista y las diversas formas de opresión. Sin embargo, la clase obrera también tiene intereses comunes que son, contrariamente a Heron, «una realidad objetiva» debido a cómo las personas están ubicadas dentro de las relaciones sociales capitalistas. Estos proporcionan una base material para la convergencia de las luchas y la forja de la solidaridad entre personas cuyas condiciones son en algunos aspectos muy diferentes.
La teoría marxista ecológica tan orientada puede guiar la práctica de la política de justicia climática del movimiento de masas tanto en el lugar de trabajo remunerado como en la organización comunitaria. Además de cavar en donde la gente trabaja y vive, sus partidarios deben estar listos para intervenir constructivamente en aumentos inesperados de protesta y resistencia como el movimiento de los «chalecos amarillos» en Francia en 2018-19 y el levantamiento contra el racismo en los Estados Unidos en 2020. Incluso si las preocupaciones ecológicas no son lo que está poniendo a las personas en movimiento, los marxistas ecológicos corren el riesgo de irrelevancia si no pueden responder y convertirse en parte de las erupciones sociales de manera que les permitan construir relaciones políticas y ayudar a las personas a hacer conexiones y resaltar las dimensiones ecológicas de las luchas contra la injusticia[19]Hablo de la política de justicia climática del movimiento de masas en Future on Fire: Capitalism and the Politics of Climate Change (Oakland: PM Press, 2023)..
Aunque no surge directamente en el intercambio Heron-Huber, el carácter de la sociedad que debería reemplazar al capitalismo es también una cuestión central para el marxismo ecológico de hoy. Aquí los ecomodernistas y los tercermundistas tienen más en común de lo que pueden darse cuenta. Huber ve a China hoy como no completamente capitalista debido a sus empresas estatales, y Heron parece pensar que al menos bajo Mao China era socialista[20]Huber, Climate Change as Class War, 68; Kai Heron, “Unearthing the Fraught History of Chinese Communism,” https://jacobin.com/2020/01/unearthing-the-fraught-history-of-chinese-communism.. El terreno común entre los marxistas en las tradiciones de Karl Kautsky y Mao Zedong es la creencia de que la propiedad estatal de los medios de producción hace que una sociedad no sea capitalista, incluso cuando el estado no está formado por nuevas instituciones radicalmente democráticas de autogobierno a través de las cuales la clase obrera dirige la sociedad, «la forma política finalmente descubierta bajo la cual trabajar la emancipación económica del trabajo» aclamada por Marx en La guerra civil en Francia y apodada «semi-estado» por Lenin en El Estado y la Revolución[21]Karl Marx, The Civil War in France, https://www.marxists.org/archive/marx/works/1871/civil-war-france/ch05.htm; VI Lenin, The State and Revolution, … Seguir leyendo.
Romper con el capitalismo y comenzar una transición al ecosocialismo no es una perspectiva a corto plazo en ninguna parte del mundo hoy en día, pero esto no significa que el carácter del ecosocialismo o lo que se requeriría para comenzar a reconstruir la sociedad en su dirección sean asuntos irrelevantes. Dan forma a lo que podemos llamar, siguiendo a Daniel Bensaid, un horizonte regulatorio que, a través de muchas mediaciones, debería informar la teoría y la acción hoy[22]Daniel Bensaid, Le pari melancolique (Paris: Fayard, 1997).. Los marxistas ecológicos en la tradición de Rosa Luxemburgo y William Morris insisten en que el requisito previo para iniciar esta transición revolucionaria sería una ruptura autoemancipadora que establezca el gobierno democrático de los propios productores directos. no la toma del poder estatal por una parte que actúa en su nombre. Por supuesto, el estado calamitoso del mundo debería alentar la colaboración entre los partidarios de todas las corrientes del marxismo ecológico siempre que sea posible. Las áreas de acuerdo merecen ser reconocidas, y los desacuerdos mantenidos en proporción. Sin embargo, no podemos permitirnos ignorar lo que se puede aprender de las experiencias históricas de la socialdemocracia y el estalinismo en el siglo XX[23]Aquí me refiero al estalinismo en un sentido amplio, refiriéndome a las sociedades construidas según las líneas establecidas por primera vez en la URSS a partir de finales de la década de 1920 y … Seguir leyendo, especialmente cuando enfrentamos los horrores del siglo XXI.
Matt Huber, “Mish-Mash Ecologism,” https://newleftreview.org/sidecar/posts/mish-mash-ecologism; Kai Heron, “The Great Unfettering,” https://newleftreview.org/sidecar/posts/the-great-unfettering. Las citas aquí de Huber y Heron son tomadas de estos artículos a no ser que se indique otra fuente
Huber adopta el término «ecomodernismo socialista» en su contribución. Heron propone «un ecocomunismo antiimperialista», pero como eso puede interpretarse como una sugerencia de que otros ecosocialismos no son antiimperialistas, no me parece un descriptor útil. La primera vertiente se encuentra comúnmente expresada en artículos de Jacobin, mientras que la segunda se encuentra frecuentemente en Monthly Review. Una intervención anterior en este debate es la de John Bellamy Foster, «The Long Ecological Revolution», https://monthlyreview.org/2017/11/01/the-long-ecological-revolution/.
James Meadway, «Economics for the Anthropocene», https://jamesmeadway.substack.com/p/economics-for-the-anthropocene. El artículo de Meadway es muy útil por su contundente énfasis en la importancia del cambio, que se puede apreciar sin respaldar todos sus argumentos.
Ryan Stock and Maaz Gardezi, “Make Bloom and Let Wither: Biopolitics of Precision Agriculture at the Dawn of Surveillance Capitalism,” Geoforum 122 (2021), 194.
Sobre esta crítica, véase Gareth Dale, «Technology Fetishism in Marxist Theory and Environmental Policy», https://www.youtube.com/watch?v=W664kUtWSkY, y sobre el ecomodernismo en palabras de algunos de sus defensores declarados, véase «The Ecomodernist Manifesto», https://thebreakthrough.org/manifesto/manifesto-english.
Jessica Murray, «Half of Emissions Cuts Will Come From Future Tech, Says John Kerry», https://www.theguardian.com/environment/2021/may/16/half-of-emissions-cuts-will-come-from-future-tech-says-john-kerry. Dada la influencia de Holly Jean Buck en los marxistas ecomodernistas, cabe destacar la respuesta de Simon Pirani a su After Geoengineering: «Getting Geoengineering Back to Front», The Ecologist, https://theecologist.org/2019/nov/12/getting-geoengineering-back-front.
Aquí me baso en Charles Post, «Exploring Working-Class Consciousness: A Critique of the Theory of the ‘Labour Aristocracy’,» Historical Materialism 18 (2010), 24-25.
Para un comienzo prometedor de la reflexión sobre el imperialismo como característica del capitalismo contemporáneo, véase Todd Gordon y Jeffery R. Webber, «Complex Stratification in the World System: Capitalist Totality and Geopolitical Fragmentation», Science and Society (84.1), 2020.
Por ejemplo, véase Simon Pirani, «China’s C02 Emissions are Soaring. But in Monthly Review’s World They are ‘Flattening’», https://peopleandnature.wordpress.com/2021/04/13/chinas-co2-emissions-are-soaring-but-in-monthly-reviews-world-they-are-flattening/; David Camfield, «Building Eco-Socialism: A Review of Max Ajl’s A People’s Green New Deal», https://www.tempestmag.org/2021/07/building-eco-socialism/; y, más ampliamente, Barnaby Raine, «Left Fukuyamaism: Politics in Tragic Times», https://salvage.zone/left-fukuyamaism-politics-in-tragic-times/ y John Clarke, «When My Enemy’s Enemy is Not My Friend: Campism in Dangerous Times», Spectre 5 (2022).
David McNally, «¿Cuál es el significado de la revolución hoy? Más allá del nuevo reformismo», https://spectrejournal.com/what-is-the-meaning-of-revolution-today/. Para un análisis detallado de la estrategia socialista en Estados Unidos, véase Kim Moody, Breaking the Impasse: Electoral Politics, Mass Action and the New Socialist Movement in the United States (Chicago: Haymarket Books, 2022).
Hablo de la política de justicia climática del movimiento de masas en Future on Fire: Capitalism and the Politics of Climate Change (Oakland: PM Press, 2023).
Aquí me refiero al estalinismo en un sentido amplio, refiriéndome a las sociedades construidas según las líneas establecidas por primera vez en la URSS a partir de finales de la década de 1920 y a las corrientes políticas que consideraban a la URSS como socialista, al menos bajo Stalin. El maoísmo es «una crítica interna del estalinismo que no rompe con el estalinismo», como dice Elliott Liu en Maoism and the Chinese Revolution: A Critical Introduction (Oakland: PM Press, 2016, 3).
Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.
l 20º Congreso del Partido Comunista Chino representa un punto de inflexión muy simbólico: la ruptura prevista con el orden político establecido entre los años 80 y 90 bajo la égida de Deng Xiaoping ahora se ha consumado. Xi Jinping se ha otorgado a sí mismo un poder personal sin precedentes en la historia de la China contemporánea.
El punto de inflexión también puede entenderse en un sentido más general. Bajo sus mandatos anteriores, la China de Xi Jinping se benefició de condiciones excepcionalmente favorables para su crecimiento y expansión internacional, hasta convertirse en la segunda potencia mundial, muy por delante de Rusia. Eso está cambiando. Estaba en el corazón de la globalización del mercado que hoy se está estancando y no se está recuperando del golpe de la pandemia de Covid-19. La inflación fuera de control y la inestabilidad financiera aumentan los temores de una recesión en toda regla. Estados Unidos está de regreso en Asia-Pacífico después de un largo período de impotencia en esta región. El conflicto interimperialista se agudiza en todos los terrenos, incluido el de la alta tecnología (semiconductores). En este contexto, las tensiones internas son cada vez más difíciles de manejar.
Nada indica, al final del XX Congreso, que Xi Jinping haya tomado la medida de los problemas, mientras se ocupa de consolidar su control sobre el Estado. La capacidad del régimen para dirigir el desarrollo económico ha sido durante mucho tiempo un activo importante en el despegue de China. Sin embargo, el nuevo régimen político formado por Xi ahora corre el riesgo de convertirse en una desventaja peligrosa.
Monolitismo interno
Las reformas de Deng Xiaoping iniciadas en las décadas de 1980 y 1990 tenían como objetivo involucrar a la China posmaoísta en el camino capitalista asegurando la «aburguesamiento» de una parte de la burocracia y, por otro lado, proporcionando al país un régimen político estable, para beneficio de las élites. El funcionamiento colegiado en cada nivel de liderazgo y la renovación periódica de los órganos de gobierno, entre otras cosas, evitarían la concentración del poder en manos de un solo hombre.
Durante sus dos primeros mandatos, Xi Jinping trabajó para establecer una gobernanza que se oponía en todos los puntos a la que había promovido Deng[1]Véase Pierre Rousset, Xi Jinping: de la dictadura de un solo partido a la dictadura de una camarilla, 17 de octubre de 2022. ESSF: https://www.europe-solidaire.org/spip.php?article64494. El XX Congreso del PCCh fue una oportunidad para completar lo que se puede llamar una contrarrevolución política en la China capitalista. Xi está comenzando su tercer mandato como jefe del PCCh, mientras que antes nadie podía permanecer en el cargo por más de dos mandatos sucesivos de cinco años. Mientras colocaba a sus familiares en puestos clave, Deng se contentó con ser presidente de la Comisión Militar Central. Xi es presidente de la comisión, secretario general del partido y presidente de la República Popular.
Con siete miembros, el Comité Permanente del Politburó es el núcleo de poder dentro del PCCh. Tradicionalmente tenía que incorporar un mínimo de pluralismo fraccional y el sucesor designado del Secretario General. La cuestión de la sucesión no se plantea, ya que Xi pretende asegurar otros mandatos -ahora lleva el hábito de un triple Número 1 de por vida-.
Li Keqiang se sentó (sin peso) en el comité permanente como Primer Ministro. No ha sido renovado. Está cerca de Hu Jintao, el anterior secretario general del PC, el mismo Hu que (aparentemente sin su consentimiento) fue sacado del podio por dos hombres vestidos de negro durante la sesión de clausura del congreso, una escena bastante extraña en una ceremonia. donde todo está meticulosamente organizado. Además, Xi quiere marginar en el gobierno del país a la administración (otra contrarreforma) que encarnó Li. Aunque previamente se había asegurado la preeminencia del partido, la pluralidad de centros de autoridad dotó de flexibilidad al sistema y permitió al pueblo dirigirse a más de un interlocutor. En adelante, la autoridad del partido debe ser exclusiva.
Se ha pedido a los principales rivales de Xi Jinping que se retiren y no serán reelegidos para el nuevo comité central de 205 miembros, que se renovó al 65 por ciento. Por lo general, la edad límite para la elección de la dirección de un partido se establece en 68 años (Xi tiene 69 años y se prepara para vivir muchos años más al frente del PC). Sin embargo, Wang Yang (67) fue destituido a pesar de ser presidente de la Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino (un organismo compuesto por “partidos democráticos”, es decir, frentes categóricos del PCCh, que permite intercambios informales); Para los observadores de Beijing, fue considerado demasiado liberal económicamente.
Sin embargo, debemos tener cuidado de no racionalizar demasiado los conflictos entre facciones dentro del aparato del partido. A menudo se trata de luchas por el poder más que de orientación. O al menos debemos evitar llevarlos a un enfrentamiento entre “reformistas” (Li Keqiang, Wang Yang, etc.) y “conservadores”, esperando que los primeros luchen contra los segundos. Las esperanzas puestas en Deng Xiaoping de democratizar el país en beneficio de la población resultaron dramáticamente ilusorias con la sangrienta represión de los movimientos sociales en 1989. Desde entonces, se han formado tres bloques en torno a los secretarios generales Jiang Zemin, Hu Jintao y Xi Jinping. Ninguno cuestionó jamás la dictadura del partido sobre la sociedad ni consideró la posibilidad de una oposición política organizada, aunque los dos primeros pudieran tolerar la disidencia individual[2]Gracias a Au Loong-yu por su aporte en este tema… entre otros. Ver en IVP One-Man Show Disrupted by a Nobody.
La peculiaridad de Xi es haber depurado las camarillas o facciones rivales, como depuró el ejército y los servicios secretos. El 20º Congreso fue una oportunidad para completar su dominio sobre el aparato del partido-estado.
Los vasallos
La lista de los siete nuevos miembros del Comité Permanente del Politburó muestra cómo la lealtad personal a Xi es lo más importante para llegar al lugar santísimo. Además de Xi Jinping, incluye, en orden de protocolo:
Li Qiang (63 años). Secretario del partido en Shanghái, metrópoli que ha sido trampolín de muchas carreras nacionales, ingresa por primera vez. Particularidad: fue bajo su autoridad que la implementación especialmente brutal y rígida de la política Covid Cero tuvo consecuencias económicas desastrosas y provocó una fuerte resistencia popular. Un incompetente notorio, pero no importa, es un compañero familiar de Xi (estuvo con él en 2004-2007 en la provincia de Zhejiang de la que Xi era entonces el jefe).
Zhao Leji (65 años). Una pieza clave del estado policial que ha puesto sus poderes al servicio de Xi. Dirigió el principal organismo de control anticorrupción del partido, la Comisión Central de Control Disciplinario, y dirigió el Departamento de Organización, que supervisa el nombramiento de todos los altos funcionarios.
Wang Huning (67 años). Ex académico, es el principal ideólogo de Xi Jinping, su asesor en ideología, propaganda y política internacional. Seguidor del “neoautoritarismo”, abogó por un Estado fuerte y centralizado para contrarrestar la influencia extranjera y se opuso al principio de dirección colectiva (defendida por Deng).
Cai Qi (66 años). Secretario del Partido en Beijing, su entrada en el comité permanente fue una sorpresa para los observadores de Beijing. Fue uno de los principales defensores de la política «Covid cero» de Xi y supervisó los Juegos Olímpicos de Invierno de 2022.
Ding Xuexiang (60 años). Poco conocido por el público. Hombre de confianza de Xi Jinping, fue su secretario político en 2007 cuando este último dirigía el partido en Shanghái y lo siguió, convirtiéndose en secretario privado y guardián cuando asumió como jefe del país.
Li Xi (66 años). Miembro desde hace mucho tiempo del círculo íntimo de Xi. Ascendió en las filas del partido en varias provincias. Ahora es líder del partido en Guangdong (donde se encuentra Canton, Guangzhou), siendo responsable del desarrollo de la Gran Área de la Bahía, el plan maestro de Xi para un poder económico que integra nueve ciudades chinas con Hong Kong y Macao.
Cuando se trata de poder personal, a menudo se describe a Xi Jinping como un nuevo Mao Zedong. Esta es una mala interpretación. No solo pertenecen a dos épocas históricas distintas, sino que el equipo que llegó al poder en el PCCh en 1935, durante la gran retirada de la Larga Marcha, no estaba formado por vasallos, ni mucho menos. Mao fue capaz de reunir cuadros probados, personalidades fuertes, a menudo al frente del cuerpo del ejército, de diversos orígenes. Varios de ellos incluso se habían opuesto a él en las múltiples batallas entre facciones que habían desgarrado al PCCh.
Entronización constitucional
Se han introducido cambios constitucionales para elevar aún más el estatus personal de Xi Jinping y su “pensamiento”. El congreso aprobó enmiendas, incluidas las “Dos instituciones” y las “Dos salvaguardias”, destinadas a colocar a Xi en el corazón del partido y su pensamiento político como ideología subyacente. ¡Criticar a Xi o cuestionar la validez de su discurso se convierte en un ataque a la Constitución!
El culto a la personalidad de Xi ha alcanzado alturas delirantes, como el de Mao en los albores de la Revolución Cultural (1966-1969). La resolución adoptada en la reunión plenaria del Comité Central de noviembre de 2021 ya afirmaba, respecto a Xi, que los tiempos actuales representan “la epopeya más magnífica en la historia de la nación china durante milenios”, con “el socialismo con características chinas [habiendo] entrado una nueva era” desde que llegó al poder. Que su “pensamiento es la quintaesencia de la cultura y el alma chinas” y su presencia en el “corazón” del partido “tiene una importancia decisiva (…) para impulsar el proceso histórico del gran rejuvenecimiento de la nación china”.
En el origen del culto a Mao estaba el deseo de oponer una autoridad china al culto de Stalin, que se utilizó para regimentar a la Internacional Comunista, pero una vez que uno tiene un arma así en sus manos, también la usa para ajustar cuentas o fortalecer su mano en las luchas entre facciones, ya sea que tengan un contenido político (a menudo lo tenían en ese momento) o no. En cuanto al “pensamiento”, el de Xi no es una continuación del de Mao. Aunque nunca logró aprender un idioma extranjero y no viajó como lo hicieron tantos revolucionarios asiáticos, Mao leyó lo que encontró en la traducción y estuvo expuesto a múltiples influencias intelectuales, chinas, regionales u occidentales. Sus obras oficiales son bastante aburridas, pero muchos documentos internos del partido se hicieron públicos durante la Revolución Cultural y son mucho más animados. Al no ser sinólogo, dudo en aventurarme en este campo, pero algunos consideran que tenía una concepción de la historia imbuida de taoísmo; siempre estuvo convencido de que las sociedades evolucionan sólo bajo el impacto de sus contradicciones internas y por lo tanto de las luchas sociales. Invocar contradicciones obviamente puede conducir a cosas mejores o peores, como lo ilustra la historia del Gran Timonel.
Masculinismo
El Comité Permanente del Buró Político no incluía a ninguna mujer; este sigue siendo el caso. Sin embargo, desde 1997, siempre hubo uno en el PB (e incluso dos, por poco tiempo). Se había establecido un sistema de cuotas que requería la presencia de al menos un cuadro en todos los niveles inferiores de liderazgo, lo que contribuía a un flujo pequeño pero constante de candidatas.
Hoy, el Politburó (24 miembros) es íntegramente masculino, Sun Chunlan, conocida como el zar del Covid, no fue reelegido ni reemplazado. Según la periodista de «Guardian» Emma Graham-Harrison, en más de 70 años, fue una de las tres únicas mujeres que ascendió hasta ahora en el aparato del partido sobre la base de su propia actividad, sin ser la esposa de un hombre poderoso o ¡una “herramienta de propaganda”![3]Emma Graham-Harrison, “Mujeres alejadas aún más del poder en la China de Xi Jinping”, 23 de octubre de 2022, The Guardian. Este capítulo sobre masculinismo se basa en gran medida en este … Seguir leyendo
Sin embargo, se rumoreaba que otra mujer se integraría al Politburó (circulaban los nombres de dos candidatas). En una lista de 205 miembros del nuevo comité central de votación hecha pública el 22 de octubre, solo había 11 mujeres.
El PCCh tiene casi cien millones de miembros, pero menos de un tercio son mujeres y esta proporción disminuye en cada etapa de la jerarquía. Cuando Xi Jinping comenzó a tomar medidas enérgicas sistemáticamente contra las organizaciones de la sociedad civil, apuntó específicamente a las feministas que aún no representaban un peligro. En general, el endurecimiento del poder de Xi va acompañado de una evolución verdaderamente reaccionaria en los llamados problemas sociales. Para aumentar la tasa de fertilidad en declive, ejerce presión sobre los jóvenes que se resisten a sus mandatos. En estas condiciones, se teme que algún día se cuestionen los derechos reproductivos. Como concluye Graham-Harrison, citando a un disertante: “Algo que se puede decir con seguridad es que, sin el liderazgo de las mujeres, los problemas de las mujeres estarán subrepresentados”.
Los problemas permanecen
Xi Jinping ha sido reelegido pero los problemas a los que se enfrenta su régimen persisten.
Dos cifras ilustran el alcance de las transformaciones socioeconómicas durante el período anterior:
Una caída en el crecimiento del producto interno bruto. Después de duplicarse de 2012 a 2021, el crecimiento se está desacelerando drásticamente hasta el punto de que, por primera vez en treinta años, ha sido más bajo que el de la región de Asia-Pacífico.
Desigualdades sociales. Durante el mismo período, según cifras del Banco Mundial, el ingreso nacional bruto per cápita también se duplicó a $11 890 en 2021. El año pasado, el PCCh dijo que había erradicado la pobreza absoluta en el país. Sin embargo, la desigualdad de ingresos sigue siendo alta y el brote de COVID ha tenido muchas implicaciones para los trabajadores chinos, especialmente para aquellos que migran a ciudades alejadas de sus pueblos de origen. Como el nivel de protección social es muy bajo, los hogares se ven obligados a ahorrar tanto como sea posible. La tasa de desempleo estructural ha superado el 5% desde 2019. Según la Oficina Nacional de Estadísticas, en 2019 alcanzó el nivel récord de 19,9% para el grupo de edad de 16 a 24 años.
La crisis del mercado inmobiliario. El sector inmobiliario ha captado gran parte de la inversión. Según la economista Mary-Françoise Renard, en sentido estricto representa el 14% del PIB, pero el 30% si incluimos los sectores afectados aguas arriba (cemento o acero, por ejemplo) y aguas abajo (decoración, muebles)[7]https://theconversation.com/xx-congres-du-pcc-le-modele-economique-chinois-est-il-compatible-avec-les-ambitions-de-puissance-et-de-modernite-192694. Existe una gran interdependencia entre estos sectores, lo que los debilita en caso de dificultades. Eso es precisamente lo que está sucediendo hoy. La urbanización y la necesidad de poseer propiedades para casarse han estimulado la demanda, pero también fomentado la especulación y la sobreproducción. La crisis de la vivienda tiene profundas consecuencias sociales: muchas personas han invertido sus ahorros en la compra de apartamentos que tal vez nunca se construyan o en nuevas ciudades que quedarán como fantasmas. Está afectando a todo el sector financiero y se avecina una crisis de deuda. El gobierno nacional o los gobiernos locales a veces intervienen masivamente para evitar la quiebra de los desarrolladores, pero esto no resuelve nada en el fondo.
La crisis demográfica está tomando forma en China, como en gran parte de Asia oriental. A pesar de todos sus esfuerzos, el gobierno no ha logrado revertir la tendencia a la baja de las tasas de natalidad. Para 2021, cayó a su nivel más bajo en 61 años, y los jóvenes denunciaron el alto costo de vida, los roles de género desiguales, el estancamiento de las perspectivas de carrera y la falta de servicios de maternidad. Cada vez menos personas se casan cada año.
Conflictos interimperialistas
El reenfoque asiático de Joe Biden y la invasión rusa de Ucrania son malas noticias para Xi Jinping. No es posible profundizar en este tema en el contexto de este artículo, pero el período de expansión triunfalista del poder chino parece haber terminado. Xi no ha logrado que Putin modifique su política de línea dura, lo que corre el riesgo de tener consecuencias significativas para la influencia china en Europa oriental y occidental.
Filipinas, tras la vuelta al poder del clan Marcos, estrecha sus lazos con Washington. En el Pacífico Sur, Pekín había firmado un acuerdo estratégico en las Islas Salomón, pero se sumaron el 20 de septiembre a la iniciativa denominada “Asociación Americana para el Pacífico” en la que ya participan quince estados de la región, entre ellos las Islas Cook y Papúa Nueva Guinea[8]Pierre-Antoine Donnet, “Taïwan: les tensions entre Chine et États-Unis se radicalisent”, 10 de octubre de 2022, Asialyst: https://asialyst.com/fr/2022/10/05/tensions-chine-etats … Seguir leyendo.
A pesar de una inversión considerable, China no puede ponerse al día en el área clave de los semiconductores de alta gama. Joe Biden ahora está haciendo todo lo posible para evitar que adquiera o desarrolle ciertas tecnologías avanzadas. Sin embargo, el grado de interdependencia de las economías sigue siendo tal que la “ruptura” chino-estadounidense no es evidente. Las empresas transnacionales del bloque occidental ven con muy malos ojos el reforzamiento del control político que ejerce Pekín sobre las inversiones, pero no quieren reducir sus beneficios deslocalizando su producción a Estados Unidos como exige Biden.
Xi Jinping ha roto todos los canales de cooperación con Washington, incluso en materia de salud y cambio climático, áreas que deberían escapar a la lógica del enfrentamiento entre potencias. Su “pensamiento” no llega a asimilar dos de las grandes crisis que amenazan a nuestro mundo.
Emma Graham-Harrison, “Mujeres alejadas aún más del poder en la China de Xi Jinping”, 23 de octubre de 2022, The Guardian. Este capítulo sobre masculinismo se basa en gran medida en este artículo.
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Con el corazón en un puño y con el 67% de los votos escrutados, Lula conseguía adelantar a Bolsonaro, encarrilando así una victoria que se saldó por un estrecho margen de un punto y medio porcentual, algo más de dos millones de votos de diferencia. Una victoria popular importantísima para la democracia en Brasil y que tiene una repercusión geopolítica fundamental para el continente, ya que no solo implica una derrota para la internacional reaccionaria que durante estos años ha tenido en Bolsonaro su principal bastión regional, sino también la consolidación de una nueva ola de gobiernos progresistas en la región.
Una victoria que también tiene lecciones para la izquierda, tanto en Latinoamérica como en el resto del mundo. Quizás una de las más importantes sea haber subestimado al bolsonarismo y la capacidad del neoliberalismo autoritario para convertirse en la dirección política de la fracción dominante de la burguesía brasileña. Porque, si bien Bolsonaro ha sido derrotado en las urnas, el bolsonarismo sigue muy vivo en Brasil. El margen entre ambas candidaturas, el más estrecho en la historia desde que Brasil recuperó la democracia, es un buen indicativo de la implantación del bolsonarismo y su resiliencia.
Bolsonaro es el primer presidente brasileño que no logra la reelección, pero el bolsonarismo ha conseguido ser la primera fuerza en las presidenciales en la mayoría de los Estados del país: controlará el Senado; será la principal fuerza en el Congreso y ha ganado las gobernaciones de los Estados más poblados del país, empezando por São Paulo. Así pues, estamos ante una derrota de Bolsonaro, pero una victoria del bolsonarismo. Esta creo que sería la mejor definición del proceso electoral que acaba de terminar en Brasil.
Bolsonaro consiguió llegar al poder en 2018 después de un exitoso golpe de Estado contra Dilma Rousseff, el encarcelamiento de Lula en el casoLava Jatoy una profunda descomposición de los partidos tradicionales de la política brasileña, especialmente de la derecha. Una buena muestra de ello fue la candidatura presidencial del neoliberal Geraldo Alckmin por el PSDB. A pesar de contar con el apoyo de los medios de comunicación y el establishment, solo consiguió el 4,76% de los votos en la primera vuelta.
La victoria de Bolsonaro en 2018 fue un voto de protesta que conectó con malestares diversos y pasiones oscuras de la sociedad brasileña, pero que no hubiera sido posible sin la crisis orgánica de la derecha brasileña. En ese contexto particular, la figura de Bolsonaro emergió como una opción «bonapartista» de un sector de la burguesía brasileña para suturar su crisis e intentar aplicar un programa de aniquilación de la herencia política de las victorias obreras de la década de los ochenta de las que el PT y el propio Lula son herederos, así como para acabar con las tímidas políticas redistributivas de los gobiernos progresistas.
Una de las reglas de oro de Roger Stone, asesor de Richard Nixon y de Donald Trump, consiste en usar en las campañas electorales el odio, al que considera un factor movilizador en política más fuerte que el amor o la solidaridad. El odio fue la gasolina que movió el motor de la campaña de Bolsonaro en 2018, posibilitándole ganar aquellas elecciones, y el que ha guiado el ejercicio del poder en estos años de gobierno.
Un odio a la herencia a los primeros gobiernos de Lula y del PT, pero también hacia la nueva ola de feminismo que se está desarrollando en el continente; hacia los pueblos originarios y su defensa del territorio; a las personas afrodescendientes y su incorporación a la vida política del país; a las diversidades sexuales y el cuestionamiento del orden moral neoconservador. Un odio al diferente, a aquellos sujetos que, con su misma existencia, cuestionan el avance del neoliberalismo autoritario y su orden moral.
El fenómeno de Bolsonaro en Brasil,como afirmaba Micaela Cuesta «no es un caso aislado, es el ‘hijo sano’ del actual momento neoliberal, inescindible de un autoritarismo social cada vez más extendido. En él que se reclaman ‘figuras fuertes’».Porque Bolsonaro representa una extrema derecha desacomplejada, explícitamente racista, misógina, anti-LGBTI, fundamentalista religiosa, anti-comunista y negacionista-climática. Pero una extrema derecha que no deja de defender el mismo programa económico ultraneoliberal de las elites brasileñas que representó Temer después del golpe a Dilma: una ambiciosa reestructuración económica a costa de la clase trabajadora, con métodos brutales. Y en ese proceso, el bonapartismo bolsonarista se ha mostrado como elemento fundamental para erigirse en la «dirección política» de la fracción mayoritaria de la burguesía brasileña. De hecho, la ruptura con Moro, uno de los personajes más queridos de la derecha, evidenció la dura pugna durante su gobierno por la dirección política del bloque de la derecha. Una batalla que, contra pronóstico, consiguió ganar Bolsonaro, ese hijo bastardo del Lava Jato, y no Moro, su verdadero paladín.
De esta forma, Bolsonaro ha logrado en estos años de gobierno pasar de ser unoutsidera construir un movimiento orgánico con un programa basado en tres puntos fundamentalmente: el «Estado mínimo» al servicio del programa económico neoliberal de las élites brasileñas, con la aplicación de reformas estructurales contra derechos sociales conquistados en la etapa anterior; el cuestionamiento de la democracia liberal, con un liderazgo bonapartista autoritario, reclamando de forma insistente el legado de la dictadura y que ha tenido en el ejército y la policía sus principales elementos de anclaje; y el conservadurismo moral de la «nueva derecha cristiana», representado especialmente por las iglesias pentacostales y neopentacostales. El bolsonarismo como movimiento orgánico y esa capacidad de dirección política del bloque dominante de la burguesía brasileña es lo que le hace tan peligroso y a la vez explica en gran parte su implantación social y su resistencia electoral que pudimos comprobar el pasado 30 de octubre.
Es indudable que el ingente gasto de ayudas sociales, muchas de ellas dirigidas directamente a sectores destacados de la base bolsonarista como camioneros y taxistas, ha ayudado a mejorar sus resultados electorales. Pero por sí solas no explican los resultados de las legislativas o de las gobernaciones en donde el bolsonarismo ha conseguido superar a la izquierda. Nadie duda de que la victoria de la izquierda no hubiera sido posible sin la figura de Lula, lo que le hace imprescindible. De hecho, es difícil imaginar un lulismo sin Lula, las derrotas de Fernando Haddad así lo demuestran. Sin embargo, es factible pensar en Bolsonaro como figura intercambiable, lo que nos permite hablar de un movimiento bolsonarista más allá de su actual líder.
Aunque importantes, las protestas posteriores al resultado electoral representan más un ejercicio de gimnasia reaccionaria y un aviso a navegantes para la legislatura, que un verdadero intento serio de revertir el veredicto de las urnas. Pero las presiones no están viniendo solo desde la calle: la gran patronal brasileña y sus medios de comunicación afines ya se ha apresurado a manifestar que la victoria no es de Lula, sino de todos aquellos que se han opuesto a Bolsonaro y que, por lo tanto, el nuevo presidente no puede aplicar su programa, sino que le toca concertar con los intereses de las élites brasileñas. Otro aviso más para moderar cualquier veleidad redistributiva del gobierno Lula que pueda revertir las reformas estructurales emprendidas por el ejecutivo anterior.
Todos estos «avisos» nos deberían alertar sobre la capacidad del bolsonarismo para poder madurar las condiciones para un nuevo golpe de Estado al estilo del efectuado contra Dilma. No olvidemos que, como en su día ocurrió con Temer, el caballo de Troya ya estaría dentro, no olvidemos el pasado reciente del actual vicepresidente. Una espada de Damocles que sobrevolará sobre el nuevo gobierno y a la izquierda brasileña. Una situación que, si no es contrarrestada con la construcción de un fuerte movimiento popular independiente, será la coartada perfecta para la moderación de las políticas gubernamentales y la resignación de la izquierda.
Con semejante contexto, no podemos dejar de recordar la clásica tesis de Walter Benjamín: «cada ascenso del fascismo da testimonio de una revolución fallida». Una afirmación que no solamente continúa siendo actual hoy en día, sino que quizá es más pertinente que nunca, aunque no sea de forma estrictamente literal, para comprender cómo el ascenso del neoliberalismo autoritario y/o del neofascismo está estrechamente relacionado con las debilidades actuales de la izquierda. Una tesis útil para tener presente los riesgos de un gobierno que se modere y no cumpla las expectativas de cambio de las clases populares. Porque cuando se truncan las expectativas, surge la insatisfacción y la frustración que alimentan las pasiones oscuras sobre las que se construye la internacional reaccionaria.
Y es ahí donde se torna fundamental el papel que debería jugar el PSOL, que no solo es el segundo partido de la izquierda en el Congreso brasileño, sino que es la fuerza política que mejor ha sabido representar la emergencia de la nueva izquierda latinoamericana: joven, feminista, negra, afavelada, ecologista y anticapitalista. Esta joven formación tiene la tarea de acompañar al nuevo gobierno Lula desde la reafirmación de su independencia política y orgánica para poder presionar al ejecutivo desde la izquierda. Si consigue huir de la tentación de conformarse con convertirse en el «ala izquierda» del bloque de gobierno, su papel podría ser mucho más ambicioso.
El PSOL tiene la posibilidad de ayudar a construir y dinamizar un movimiento que ensaye experiencias de poder popular que enfrenten al bolsonarismo y que vislumbren un horizonte ecosocialista a la crisis orgánica de la burguesía brasileña. Porque es, y construir un movimiento político donde Lula sea una figura intercambiable no imprescindible. El domingo se ganó un tiempo precioso para conseguirlo.
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E
n su prefacio a la edición francesa de su libro Communisme queer. Pour un subversion de l’hétérosexualité publicado por Syllepse en 2022 (traducción de Stefania Caristia y Romain Descottes), Federico Zappino nos recuerda la posición que adopta a lo largo de este novísimo ensayo en el que la heterosexualidad es concebida, pensada y analizada como un modo de producción: una perspectiva radicalmente antiesencialista y antiidentitaria. Publicamos un extracto. Éste habla de la opresión, la desigualdad y la violencia, pero sobre todo de las formas de subvertirlas realmente para combatirlas radicalmente.
Han pasado tres años desde que escribí Comunismo queer y envié mi manuscrito a la editorial italiana Meltemi. En aquel momento, no podía imaginar que el libro encontraría un público tan amplio en Italia, ni que sería acogido como una intervención audaz y como una variación materialista inusual de la teoría queer. Más difícil aún era imaginar que se traduciría a otros idiomas. No soy un académico, no tengo ninguna posición social de prestigio. No tener poder académico significa, al menos en Italia, no tener acceso a la financiación pública de las propias publicaciones y, a fortiori, de sus traducciones a otras lenguas, lo que permite un eco internacional. Por ello, agradezco a Stefania Caristia, Romain Descottes y Syllepse la traducción de mi libro al francés: me alegra y me llena de esperanza saber que el Comunismo queer ha traspasado las fronteras por sus propios medios, por débiles y precarios que sean.
Cuando este libro apareció en Italia, el mismo día que mi traducción al italiano de The Straight Mind and Other Essays, de Monique Wittig, los portavoces, eruditos y no eruditos del orden heterosexual, trataron de obstaculizarlo de varias maneras: ignorándolo, como hicieron los diarios que se autodenominaban «comunistas»; ridiculizándolo, como hizo la prensa centrista y liberal; o dedicándole sus portadas, como hizo la prensa de derecha y extrema derecha, con el único objetivo de exponerme, en las redes sociales, a las ofensas y amenazas de todos aquellos que engrosan las filas de los populismos soberanistas y neofundamentalistas (realmente no fue agradable, pero no me sorprendió saber que la publicación de Comunismo queer suscitó entre estas personas reacciones que iban desde la incitación al internamiento psiquiátrico hasta meterme en un campo de concentración). Sin embargo, independientemente de sus afiliaciones «políticas», todos coincidían en que, fuera cual fuera el tema del libro -que en algunos casos entendían muy bien[1]En un artículo de la portada de un diario de derechas se podían leer frases como: «El hecho es que la actitud gay-friendly del capitalismo contemporáneo no es suficiente para nuestro filósofo. … Seguir leyendo-, sólo merecía el silencio, la burla o el odio.
Evidentemente, debe haber horrorizado a amigos y enemigos, desde la derecha hasta la izquierda, que por la razón que sea, un sujeto minoritario no se comporte como un loro domesticado y tome la buena costumbre de criticar la heterosexualidad en términos de un sistema social y, más precisamente, de un modo de producción que debe ser subvertido para hacer más deseable la redefinición de un proyecto comunista de igualdad y justicia social.
En mi libro, la reivindicación de los derechos civiles y la invocación de una cultura de la paridad y el respeto, que son los únicos argumentos de los que puede hablar un gay en Italia (con el añadido de un vago anticapitalismo, si quiere dirigirse a la izquierda), dejaron la plaza a una relectura de las teorizaciones de Monique Wittig y Mario Mieli; la exigencia de una mayor inclusión en el sistema social heterosexual se vio dramáticamente socavada por la aspiración a subvertirlo, así como por la conceptualización de la heterosexualidad en términos de «modo de producción», lo que permitió una relectura del concepto de clase, de la relación entre estructura y superestructura y entre opresiones culturales y económicas, y de la propia idea de anticapitalismo. Si se mira con detenimiento, ¿qué podía esperar sino el silencio, la burla y el odio heterosexual?
Al mismo tiempo, la comprensión, el intercambio y la difusión de este libro entre las minorías de género y de sexo, especialmente entre aquellos que están excluidos de los circuitos mainstreams e institucionales (principalmente académicos) y que no confían en las políticas de identidad ni se sienten políticamente representados por las formaciones ideológicas existentes -en este sentido, por tanto, queer- es la mayor recompensa al trabajo que ha supuesto su escritura. Además, si la teoría propuesta por este libro puede representar una clase, es sólo la clase cuya función histórica es la subversión del modo de producción heterosexual.
Me parece que quienes forman parte de esta clase no privilegian, como criterio de exclusión mutua -y de exclusión de las posibilidades mismas de una lucha común- la pertenencia a una clase de sexo, el compartir una herencia cromosómica similar, o el reconocimiento de una misma identidad de género u orientación sexual. En su lugar, se esfuerzan por mitigar el conflicto y la ira que surgen regularmente de la diversidad de formas sociales que asume su opresión, en la creencia de que se deriva de la misma matriz estructural, y que, en ausencia de una lucha política para subvertir esa matriz, nunca podrán corregir definitivamente la producción diferencial de opresión, desigualdad y violencia que les afecta.
Creo que es la perspectiva radical antiesencialista y antiidentitaria la que también ha propiciado formas significativas de entendimiento y de compartir dentro de algunos sectores del activismo antiespecista o más genéricamente anticapitalista, como muestran las numerosas reseñas de mi libro procedentes de estos sectores activistas. La subversión del modo de producción heterosexual -que no significa simplemente oponerse a la homo-lesbo-transfobia y a la misoginia- es una propuesta política en la que puede participar cualquiera que comparta sus presupuestos y se comprometa con ella.
Mi deseo al escribir este libro no era agotarme en la denuncia de la opresión de tal o cual grupo social, ni en la afirmación de una libertad al margen de la opresión, aunque ambas cosas son muy importantes para mí. Quería proponer una teoría y una práctica que, partiendo de una posición minoritaria y oprimida, afirmara otra idea de la sociedad, inspirada a su vez en otra idea de la realidad procedente, precisamente, de la subversión del modo de producción heterosexual. ¿Podemos pensar, me pregunté, en refundar un modo de relaciones sociales que no sea producto de la heterosexualidad? ¿Podemos pensar el mundo fuera del realismo heterosexual?
Estas cuestiones exigían partir de la consideración de la heterosexualidad como racionalidad subyacente a la producción material de «hombres» y «mujeres» como tales, así como de la relacionalidad desigual, violenta y, en todo caso, obligatoria que da lugar a esta producción y que no deja de derivarse de ella. En segundo lugar, se trataba de constatar que, en la medida en que ve constantemente «hombres» y «mujeres» estableciendo relaciones, la relacionalidad social en su conjunto depende de este modo de producción, y que es en este modo de producción donde hay que reconocer la producción de las formas más amplias -y no siempre codificables- de opresión, desigualdad y violencia social; Por último, se trataba de entender cómo subvertir definitivamente este modo de producción, porque sin esta subversión nunca conseguiremos subvertir -de una manera que no conserve su presupuesto estructural- la producción desigual de opresión, desigualdad y violencia que vive actualmente la mayoría de las personas en el mundo.
Tres años no son suficientes para evaluar el impacto cultural y político de un libro como Comunismo Queer. Sin embargo, este prefacio a la edición francesa puede ser una oportunidad para reafirmar o aclarar algunas cuestiones que han quedado abiertas. En primer lugar, este libro no presupone que la opresión, la desigualdad y la violencia que sufren las mujeres, los gays, las lesbianas, los transexuales, los bisexuales y todas las demás minorías de género y sexo sean totalmente iguales. No lo son ni lo han sido históricamente, y quizá por eso los grandes experimentos de lucha conjunta entre feministas, lesbianas, gays y trans nunca han tenido el efecto deseado (la experiencia francesa del FHAR – Front Homosexuel d’Action Révolutionnaire, lo demuestra). El Comunismo Queer, sin embargo, pretende resistir los intentos recurrentes de transformar la «historia» en una nueva «naturaleza» ineludible y afirmar que, aunque estas formas de opresión histórica han sido y siguen siendo experimentadas de forma diferente -además de estar vinculadas de forma diferente a la matriz de opresión-, no está en la naturaleza de las cosas que la diversidad de formas sociales que adopta la opresión no pueda establecer un terreno común para repensar una pluralidad de estrategias destinadas a contrastarla y derrotarla. […]
Al definir la heterosexualidad como un «modo de producción», obviamente estoy trabajando en una resemantización del vocabulario marxiano. Cuando habla del modo de producción, Marx se refiere al criterio que preside el conjunto de las relaciones sociales productivas y la organización de los medios de producción, «producción» que, para Marx, coincide con la transformación de la materia en una mercancía, y que consiste en un proceso circular que puede reproducirse simplemente o tender a la creación de plusvalía. El modo de producción es, pues, el criterio enteramente social -que para Marx se opone a la esencia- por el que la materia se transforma en mercancía, adquiriendo valor. Si un modo da una forma a esta producción, entonces, es porque en este proceso de transformación de la materia opera innegablemente un criterio determinado, que deriva del modo por el cual se organizan las relaciones sociales, y que está destinado a reproducirlas.
Por supuesto, Marx no consideraba los cuerpos entre los materiales que pueden transformarse en mercancías, al menos no en estos términos. Pero, ¿cómo se convierten los cuerpos, en su indiscutible materialidad, en significantes culturales? Aquí es donde, para mí, entra la heterosexualidad. En el «modo de producción heterosexual», la materia que sufre un proceso de transformación y valorización no es sólo la materia corporal: esto ocurre desde el día en que nacemos, o incluso antes de nacer, en la medida en que el modo de producción heterosexual no se decide en cada nuevo nacimiento, sino que está ahí antes de que nazca cada nuevo cuerpo. La heterosexualidad es el modo, o la racionalidad, que preside la transformación de los cuerpos en géneros, así como la producción en mercancías de la materia que somos. Y al igual que la producción en Marx, la producción heterosexual funciona en dos frentes: por un lado, sirve de forma independiente para reproducirse, y así mantener el orden de género heterosexual; por otro, sirve para crear plusvalía.
Mi otra tesis es que en este modo de producción se inscribe la producción de la desigualdad social. La producción de hombres y mujeres como tales tiene lugar de forma indistinta a la desigualdad y la jerarquía. Y en las sociedades en las que vivimos, las sociedades contemporáneas del capitalismo tardío, todos somos hombres o mujeres. Aunque esto pueda parecer un mero detalle, como muchos suelen argumentar, sabemos que el diablo está precisamente en los detalles. El producto de la heterosexualidad es una relación social obligatoria y jerárquica. Esto sucede porque el modo de producción heterosexual, para funcionar y reproducirse, se basa en la transfiguración de diferencias anatómicas bien definidas en principios de clasificación y jerarquía social. Creo que un ejemplo muy concreto de esta clasificación y jerarquización social nos lo ha dado el advenimiento de la pandemia, cuya gestión política ha hecho más cruel la exposición a la desigualdad, a la violencia, a la posibilidad, diferenciada por grupos sociales, de morir tempranamente, ya sea por privación, por desatención o por abandono. […]
En la base de la teoría del modo de producción heterosexual está la convicción de que, para que una política de género y de sexo tenga sentido en una época en la que el reconocimiento formal de los derechos tiene el poder de invisibilizar las formas de opresión y de desigualdad que el advenimiento de la pandemia restablece violentamente, esta política debe conllevar el derrocamiento de la concepción dominante de la relación entre el modo de producción capitalista y la cuestión de la producción del sujeto y de la relación social. Para el marxismo, como sabemos, todas las opresiones que no se pueden conciliar del todo con la relación conflictiva entre el capital y el trabajo -incluyendo la opresión de género y de sexo- son de orden «superestructural» (por tanto, cultural o, en la mejor de las hipótesis, ideológico). En ningún caso participan en la dimensión «estructural» del modo de producción.
Por el contrario, en el Comunismo Queer quiero afirmar no la importancia equivalente de las opresiones superestructurales y estructurales -lo que significaría simplemente hacer válida una distribución problemática-, sino una teoría que sitúe el modo de producción heterosexual precisamente dentro de la «estructura» concebida en el sentido marxista del término. Mi insistencia en la cuestión del modo de producción heterosexual pretende tener una función específica no sólo para la teoría política marxista y para los movimientos anticapitalistas, sino también, y sobre todo, para las minorías de género y sexo.
También éstas corren el riesgo de oscurecer la posición estructural del modo de producción heterosexual: La teoría marxista y los movimientos anticapitalistas lo hacen apuntando a una superación del capitalismo basada en una concepción de clase y de la relación entre estructura y superestructura que reduce las jerarquías y desigualdades de género y sexo a cuestiones «superestructurales»; las minorías de género y sexo lo hacen limitándose a celebrar la «superestructura», lo «cultural», basando su lucha en una racionalidad más o menos explícitamente liberal, en su vocabulario político y en sus instrumentos de corrección puramente formal, contribuyendo más o menos inconscientemente a ocultar la matriz de su propia opresión.
La corresponsabilidad de este segundo aspecto recae, sin duda, en la racionalidad neoliberal, que se ha afirmado descalificando las teorías radicales de gays, lesbianas y feministas como «ideologías» en sentido peyorativo, y admitiendo la posibilidad de considerar las cuestiones de género y sexo sólo en términos de reivindicación de derechos, y no en términos de transformación de los procesos de subjetivación, relación y producción social, dentro de una sociedad que, por tanto, debe seguir basándose en el modo de producción heterosexual.
Dicho esto, mi intención no es sólo contribuir a reforzar y clarificar la interconexión entre la lucha anticapitalista y la lucha por la transformación de las relaciones de género y sexo, sino enmarcar ambas luchas, desde un punto de vista teórico, dentro de una perspectiva materialista que asuma la posición estructural del modo de producción heterosexual. La idea que defiendo es que el modo de producción heterosexual es el que proporciona al capitalismo los recursos humanos y simbólicos -es decir, los hombres y las mujeres, sus procesos de subjetivación y relación- que son necesarios para su afirmación histórica y su continua reproducción.
Por lo tanto, la subversión de este modo de producción es sin duda uno de los requisitos para la subversión del propio modo de producción capitalista. Subrayo este punto no por un deseo de establecer una jerarquía entre lo que viene antes y después: lo hago para recordar que el capitalismo no es ni el punto de partida ni el final de toda opresión y desigualdad, y que su hipotética superación no eliminaría por tanto todas las opresiones y desigualdades. Lo que Marx definió elocuentemente como «asincronías del capitalismo» quedaría perfectamente intacto. Por lo tanto, al considerar el modo de producción heterosexual como lógica e históricamente anterior al modo de producción capitalista, quiero decir que el primero estaría destinado a sobrevivir al segundo, si la superación del capitalismo no fuera precedida por una subversión del modo de producción heterosexual.
Nos encontraríamos entonces, tal vez, en una sociedad ya no permeada por procesos de subjetivación y por relaciones sociales y de producción capitalistas, sino perfectamente sostenida por procesos de subjetivación y por relaciones sociales y de producción heterosexuales: la asignación de género, el binarismo de género y sexo, las desigualdades y la violencia de género y sexo, las formas de explotación y exclusión social vinculadas al género y la sexualidad, y que ni siquiera se perciben como tales, la división entre trabajo «productivo» y «reproductivo», o la persistencia de las desigualdades de poder que estructuran las posibilidades o imposibilidades de las relaciones entre los cuerpos – todas estas prácticas sociales no necesitan del capitalismo para seguir siendo como son, a diferencia del capitalismo, que sí necesita formas de clasificación y jerarquización social para afirmarse y reproducirse.
El hecho de que la transformación de estos dos modos de producción distintos no pueda realizarse de la misma manera ni según las mismas temporalidades, no impide que asumamos los diferentes modos de producción que contribuyen a determinarla, si queremos luchar eficazmente contra el capitalismo, del que dependen la opresión, la desigualdad y la violencia que viven actualmente la mayoría de las personas en el mundo.
En un artículo de la portada de un diario de derechas se podían leer frases como: «El hecho es que la actitud gay-friendly del capitalismo contemporáneo no es suficiente para nuestro filósofo. Está convencido de que la heterosexualidad produce una desigualdad cultural, política y económica entre hombres y mujeres. Según él, la izquierda del futuro debería tener como objetivo teórico y práctico la lucha contra la heterosexualidad, mientras que las actividades LGBT deberían cambiar su enfoque de una lucha indeterminada contra la homotransfobia a la subversión de la dominación heterosexual.
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L
os territorios electorales ganados por la derecha internacional en los últimos años están sembrados de riesgos para los pueblos pobres, pero también de contradicciones para los partidos y fuerzas de la derecha.
El punto de partida del actual avance derechista fue el ambiente mundial de retroceso y conservadurismo social extendido desde la caída del Muro de Berlín y la implosión de la forma de capitalismo conocida como URSS. Sin embargo, no se sabe aún cuál será el punto de llegada de esta emergencia derechista en la actual coyuntura mundial.
Aquel ambiente finisecular fue nutrido con nuevos hechos que fortalecieron la tendencia negativa.
Entre otros, el principal de ellos fue el fracaso/frustración/retroceso del proceso revolucionario en Venezuela, un espacio nacional donde la izquierda internacional había afincado nuevos impulsos y perspectivas de dinámicas anti conservadoras y pro socialistas, rápidamente extendidas a medio continente. Recordemos que el chavismo nació a contra marcha de la historia, en 1992, cuando todavía se sentían los ecos y polvos del derrumbe del Muro de Berlín y de la estrambótica estructura de la ex URSS.
Aunque no existe una derrota del chavismo en la medida que sigue gobernando bajo nuevas formas y contenidos, tampoco hay duda de que el despliegue de ideas y militancias de izquierda brotadas desde 2002, se redujeron al mínimo desde 2013-2015.
Lo que siguió fue una sorprendente desmoralización, retroceso, adaptación y deformación de la mayoría de los más de 120 movimientos y agrupaciones nuevas (y algunas viejas) que acompañaron las vibraciones del movimiento chavista, buscando renovar y replantear el proyecto socialista.
Es útil contextualizar que el avance actual de las derechas en el continente, surge luego de ser derrotadas en la Venezuela bolivariana en todos los conatos violentos intentados hasta 2019 (sobre todo durante el primer gobierno de N. Maduro que debió enfrentar un intento de invasión imperialista y unos 15 intentos insurreccionales y golpistas). El nuevo cuadro político internacional se compuso de algunas derrotas electorales y temporales del progresismo desde el año 2015, pero sobre todo se nutrió de la consolidación de una franja social de mucho peso poblacional (42 al 49 por ciento de la sociedad en términos electorales) que sostiene a candidatos conservadores y de ultra derecha de la más variada especie. Desde empresarios moderados como en Chile y Argentina, hasta desfachatados protonazis como Uribe y Bolsonaro.
A la victoria del partido fascista en Italia, precedido por los triunfos ultraderechistas en Suecia y Finlandia, debemos sumar el peso categórico de una masa electoral de pobladores medios y pobres, que giró hacia la derecha y se ha mantenido ahí para dar victorias transitorias a algunos gobiernos, pero sobre todo para mantener acorralados y debilitados a los gobiernos del nuevo progresismo, atrapados en sistemas institucionales diseñados para ese fin.
Algunos ejemplos retratan esa tendencia Joe Biden gana con el 51.3%, pero el ultraderechista D. Trump consolida un 46.9% de la masa electoral, con unos 74 millones de personas pobres y medias que sostienen sus ideas y prácticas conservadoras.
En Argentina, el candidato sostenido por el peronismos y el progresismo gana, pero con apenas el 48.3% (12,9 millones) contra el 40.3% (10.8 millones de votos) de la derecha macrista.
Algo similar ocurrió en Chile, donde Boric gana tranquilo con un 55.6% (4.6 millones), pero el neoliberal Katz consolida un 44.1% (3.6 millones de votos) inspirado en un proyecto anti comunista de vocación pinochetista.
En Colombia, Gustavo Petro obtiene el 50.4%, que son 11.3 millones de personas, pero su adversario del populismo derechista, recibe 47.3%, que sumaron 10.6 millones de colombianas y colombianos a quienes les importa un carajo el genocidio sufrido por esa sociedad desde el gobierno de Uribe.
De este grupo, el único caso donde las fuerzas de la derecha y ultra derecha manifiestan debilidad, es Argentina, quizá debido a tres particularidades, a) la fuerza organizada con capacidad auto gestionaría de fuertes movimientos sociales urbanos, b) la memoria de resistencia y rebeldía conservada por esos movimientos desde los anarquistas a comienzos del siglo XX, y c) a la presencia aún preponderante del peronismo en buena parte de la conciencia popular, como el “hecho maldito del país burgués”.
Estas particularidades locales se manifiestan en el Parlamento con una nueva y sonora presencia de diputados y diputadas de izquierda y trotskistas, que desde el clasismo radical y el no radical, mantienen la tradición de rebeldía.
Brasil es el caso más sorprendente, pero no por sus dimensiones y escalas geográfica, poblacional o económica, sino el signo cualitativo del votante de Bolsonaro, que más que bolsonarista, es anti lulista, anti petista y anti comunista todo desde una posición religiosa ultra reacconaria, similar mutatis mutandi, a la del “movimiento cristero” de México en los años 20 del siglo anterior. Lula, con todo su prestigio, no pudo pasar del 1.9% de diferencia en el ballotage, dejando el voto derechista muy cerca del poder, con 49 millones de personas cargadas de odio de clase y racial contra la opción que entienden como “comunista”, “atea”, “negra”, “sexo diversa” y “filo chavista”. Esta combinación explosiva no está presente en Argentina, Chile, Colombia o Venezuela. Observar las más de veinte carreteras nacionales con el tráfico cortado por choferes asalariados que no soportan la derrota ante la izquierda petista, sirve para avizorar la dinámica social, el embrollo institucional y los enfrentamientos que padecerá el tercer gobierno de Lula.
En esas complejas medidas, Brasil es el signo del tiempo latinoamericano actual y ese signo es de alta peligrosidad.
En Brasil se puede afirmar que Lula ganó perdiendo, una dialéctica poco habitual en disputas electorales. En la segunda vuelta sumó para ganar, pero en los totales perdió cuatro millones de voluntades respecto a la suma de votos ganados en la primera vuelta. El clásico razonamiento de L. Trotsky sobre el fascismo de los años 20, es útil hoy para medir las tendencias, más que para registras las estadísticas: la derecha avanza aún cuando pierde, la izquierda retrocede aún cuando gane.
Sin embargo…
A diferencia de la segunda década del siglo pasado, la más importante contradicción del avance electoral de las derechas es que sus victorias son por ahora, sólo electorales. Hoy no están precedidas de las derrotas físicas de tres insurrecciones revolucionarias en Alemana entre 1919 y 1923, ni las derrotas en Bulgaria, Hungría e Italia en el mismo lapso.
Todavía no logra imponer derrotas físicas de sectores importantes del movimiento de masas, como ocurrió a comienzos de la década de los años 80 del siglo pasado. Al contrario, se revelan signos de resistencia en Francia, Estados Unidos y otros países. La importancia del actual avance derechista tiene carácter sintomático respecto a la dramática patología que contienen sus montañas de votos. Son el anuncio y perspectiva de lo que se propone si no hay resistencia y la izquierda no sabe habilitar la mejor tecnología política para enfrentarlos. Es en este punto exacto donde nace el serio peligro para la izquierda y las fuerzas que militamos por el socialismo.