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a pandemia y sus consecuencias suenan a advertencia. El capitalismo, la carrera por los beneficios, está llevando a la humanidad a la catástrofe. Guerras, crisis ecológicas que ponen en peligro la vida en la Tierra, crisis económica, escasez… Aquí, Macron pretende proseguir la ofensiva neoliberal contra nuestros derechos, en particular atacando las pensiones en las próximas semanas. Es urgente romper con este sistema que se agota.
Las grandes potencias imperialistas se repliegan, la competencia se intensifica, la extrema derecha amenaza. Las políticas bélicas y la carrera armamentística se intensifican. En todas partes, estamos del lado de los pueblos y de su derecho a la autodeterminación, como en Ucrania, en solidaridad contra la agresión de Putin.
En ausencia de una alternativa ecosocialista, basada en la autoorganización de los de abajo, la máquina infernal capitalista seguirá girando fuera de control. Como internacionalistas y anticolonialistas, nuestras esperanzas se nutren de las movilizaciones feministas y contra la dictadura en Irán, de las huelgas salariales en Inglaterra, de las manifestaciones por la democracia en China, de las luchas contra el racismo en Estados Unidos, de las luchas contra la clordecona en las Antillas… Nos solidarizamos con todas estas movilizaciones. Si bien las luchas son reales, rara vez logran vencer. Las más masivas y radicales, sobre todo las de la Primavera Árabe, han conseguido deshacerse de regímenes autoritarios y corruptos. Pero ninguna de ellas ha conducido a una alternativa emancipadora. La contraofensiva reaccionaria ha ido acompañada de asesinatos en masa y del retorno de regímenes dictatoriales.
Para mantener su dominio, los capitalistas están dispuestos a todo. Refuerzan sus ofensivas racistas, islamófobas y autoritarias. Los gobiernos de extrema derecha imponen políticas discriminatorias, climaticidas y reaccionarias. La amenaza fascista vuelve con fuerza. Requiere vigilancia, un combate específico, y marcos unitarios para combatirla.
Macron ataca a los más precarios de entre nosotros con la reforma del seguro de desempleo, con la ley Darmanin contra los migrantes. La reforma de las pensiones pretende retrasar la edad de jubilación a los 65 años. Más que una nueva «reforma», esta ofensiva a favor de los capitalistas lleva consigo el proyecto de una sociedad de sobreexplotación: trabajar cada vez más, durante más tiempo… y por unos ingresos cada vez más bajos. Es una auténtica provocación contra todas aquellas que, con su trabajo manual o intelectual, mantienen en pie la sociedad, especialmente las mujeres.
Macron pone el listón muy alto. Para él, es todo o nada: reforma o disolución. No nos deja otra opción que bloquear el país. Hay que echar a Macron. Esto implica la unidad de los trabajadores y de la juventud, de sus organizaciones, desde abajo hacia arriba. Sobre todo, requiere un movimiento desde abajo, en los lugares de trabajo y en las escuelas, en las comunas y en los barrios, que organice y decida la lucha.
Oponerse a los despidos, subidas salariales, reducción de jornada… debemos romper con la explotación capitalista que antepone los beneficios a nuestras vidas. En las empresas y en todos los lugares de trabajo, actuamos para construir herramientas de resistencia colectiva: sindicatos, colectivos, etc. Las luchas contra la explotación, contra todas las opresiones y por la preservación del planeta están vinculadas. Las luchas ecologistas, feministas, LGBTI y antirracistas tienen sus propias dinámicas y formas organizativas. Su autoorganización construye la emancipación de todos. Su convergencia abre el camino a una confrontación con este sistema y los poderes que lo defienden.
Una organización internacionalista, anticapitalista, feminista y ecosocialista En 2009 iniciamos el NPA con la esperanza de reagruparnos en un partido único con todos aquellos que estuvieran comprometidos con una perspectiva anticapitalista, rompiendo con la izquierda gestora del sistema. Este proyecto es más pertinente que nunca. Hoy renovamos el hilo de la construcción de un partido útil para los explotados y los oprimidos. En la última secuencia, el voto a Mélenchon y luego a NUPES fue la herramienta utilizada por una parte importante de las clases populares para defenderse de Macron y de la extrema derecha. Pero a nivel militante, decenas de miles de anticapitalistas están huérfanos de una organización política que actúe efectivamente en la lucha de clases, más allá de los plazos electorales. Una organización convencida de que no se puede acabar con la explotación, la opresión y la destrucción de los ecosistemas sin derrocar el capitalismo, sin una transformación revolucionaria de la sociedad, una organización en diálogo y confrontación sin sectarismos con otras corrientes del movimiento social.
En el seno del NPA se han desarrollado grupos que discrepan de estas perspectivas. En algunas ciudades y sectores, en nuestros órganos, el NPA se ha convertido en un frente de organizaciones, en competencia unas con otras. Rechazamos esta situación, que convierte nuestro partido en un campo de batalla. Ante su negativa a cambiar nuestra forma de actuar, decidimos seguir con el NPA separándonos de estos grupos.
En las próximas semanas, el NPA estará presente en todas las movilizaciones: contra la reforma de las pensiones, por la sanidad y los hospitales públicos, en defensa de las trabajadoras inmigrantes a partir de las próximas marchas de solidaridad, para construir la huelga feminista del 8 de marzo, contra los proyectos de megapiscinas, la reactivación de la energía nuclear y el enterramiento de residuos en Bure…
A escala local y nacional, lanzamos una campaña militante dirigida a todas aquellas que tienen en común el deseo de construir una organización anticapitalista, revolucionaria y unitaria.
El comienzo será una reunión pública en París el martes 17 de enero en la Bellevilloise, con nuestras portavoces Olivier Besancenot, Christine Poupin, Philippe Poutou y Pauline Salingue.
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Desde el 31 de agosto de 2016, el día del golpe de Dilma Roussef, Brasil ha estado amargando una serie de reveses: techo de gasto, reforma de pensiones, reforma laboral, paquete «anticrimen» que extiende el estado criminal que persigue, encarcela y mata a los negros, deforestación acelerada, avance de la minería en tierras indígenas, desmantelamiento de políticas públicas para mujeres, la asfixiante educación pública, el armamento masivo, el regreso del hambre y la miseria en todo el país y el horrendo número de casi 700,000 muertes por COVID en el país.
Por lo tanto, la victoria de la coalición democrática en torno a Lula es un abrazo de consuelo en cada familia y en cada comunidad que ha pasado por esta pesadilla. Pero la victoria no está garantizada, la fuerza que mostró el bolsonarismo cerrando carreteras en todo el país llamando al golpe militar es una prueba. Además de esta victoria, hay mucho que trabajar para tener victorias concretas para el pueblo con reversión de las perversidades cometidas, como el fin del techo de gasto, y avances reales, como la reanudación de las inversiones en salud, educación, ciencia y tecnología y un nuevo hito en la política ambiental y climática en el país.
El ajustado resultado electoral (50,9% vs. 49,1%) mostró que todo el esfuerzo de esta coalición democrática era necesario. PT, PV, PCdoB, PSOL, Network, PCO, PSB, Solidaridad, Pros, Avante, Act, PDT, Ciudadanía, incluso la llegada de PCB, PSTU y Unidad Popular en la segunda vuelta, o incluso la disidencia en União Brasil, MDB, PSDB, PSD, Podemos, Novo y DC que declararon neutralidad en la disputa, pero que tenían figuras en apoyo de Lula, como Simone Tebet mdb y João Amoedo do NOVO, además del apoyo del expresidente Fernando Henrique Cardoso del PSDB, entre otros.
De este proceso enumeramos a continuación algunos elementos fundamentales de equilibrio y perspectivas para dirigir el debate político del PSOL para posicionarse ante este proceso de transición y construcción del nuevo gobierno en Brasil:
1- Somos parte del proceso que eligió a Lula. Fue un golpe el apoyo del PSOL a Lula desde la 1ª vuelta. La realidad demostró que la entrada del PSOL en la campaña fue decisiva para traer a algunos de los sectores más comprometidos y disciplinados de los movimientos sociales a la campaña de Lula, marcando la diferencia en los momentos más decisivos de la campaña. Además, esta táctica fue fundamental para asegurar el crecimiento de la bancada del partido a nivel federal y estatal, consolidando al PSOL como uno de los principales partidos de la izquierda brasileña. Por lo tanto, es necesario decir -como es parte fundamental del avance en la conciencia de un partido socialista el reconocimiento de sus errores y aciertos- que se equivocaron quienes defendieron su propia candidatura en la primera vuelta. No solo habrían desarmado al partido para la gran y fundamental batalla de las elecciones, sino que habrían ignorado el gran movimiento de masas democráticas contra el bolsonarismo desde la primera vuelta, socavando aún más el crecimiento de nuestras bancadas en el parlamento.
2- Porque el gran movimiento democrático y de masas contra Bolsonaro fue liderado por el PT no por la legitimidad de los éxitos de este partido en la política para las clases subalternas en el período reciente, sino porque estaba claro, y se comprobó, que solo Lula podía derrotar la maquinaria estatal utilizada descaradamente por el actual presidente y las fuerzas más reaccionarias de las clases dominantes brasileñas.
3- Más que eso, sin este amplio frente electoral construido especialmente en la 2ª vuelta, sería imposible derrotar a Bolsonaro en las urnas, con sus mentiras y el uso del dinero público a su favor. No se trata de reconocer un frente amplio como estrategia de poder para el país, sino de entender que en la lucha contra el fascismo no se puede ahorrar en tácticas. En este sentido, era necesaria una composición puntual y democrática con sectores disidentes de la burguesía ante el proyecto autoritario y bajo la dirección fascista de Bolsonaro.
4- En vista de este camino, sostenemos que el PSOL continuará dedicado a que este gobierno se asiente, sea debidamente juramentado y legitimado, política e institucionalmente. Para hacer cumplir el programa que lo llevó al poder y revertir el conjunto de medidas perversas y ultraliberales aplicadas desde el golpe y para que pueda hacer las reformas que Brasil necesita. Especialmente la reforma laboral, el techo de gasto y la flexibilización de la legislación ambiental.
5- Sumado a esto, es decir, participar en el Frente Amplio que logre fundar el nuevo gobierno del Frente Amplio, aunque componga el Equipo de Transición, el PSOL debe mantener su estrategia política anticapitalista e independiente, basada en el activismo parlamentario y la movilización de las luchas sociales por medidas populares de transición a un Brasil Ecosocialista.
6- En este sentido, como en el marco de la disputa nacional el PSOL no lideró la mayoría de las disputas de este Frente Amplio para cargos ejecutivos, creemos que la mejor manera de contribuir al gobierno de Lula es concentrar nuestros esfuerzos en la Cámara Federal y no participar con posiciones en el gobierno. Poner a nuestros líderes como Guilherme Boulos, Talíria Petrone y Sonia Guajajara en primera línea en la lucha por reformas populares, lo que Brasil necesita y la derogación de las medidas antipopulares llevadas a cabo.
7- Frente al acoso fascista, debemos construir la posición que nos dé las mejores condiciones para defender al gobierno, buscando énfasis en las convergencias, pero asegurando la autonomía ante él. Participar en el gobierno tiende a resaltar las contradicciones del programa entre el gobierno de frente amplio y el programa PSOL. Contrario a los intereses de ambos y comprometiendo el sentido histórico de cada uno, frente a los desafíos de detener el avance fascista y construir una alternativa anticapitalista en Brasil.
8 – Se necesita sabiduría para que la izquierda brasileña avance en un proyecto popular que al mismo tiempo vacía el apoyo al bolsonarismo y moviliza a la sociedad para luchar por los derechos y la participación democrática. Apostar por la politización, la educación y la cultura de la diversidad del pueblo brasileño como formas de apoyar los fundamentos del nacionalismo de extrema derecha.
Esa es la línea que entendemos que es la necesaria para cohesionar el partido en torno a una posición consecuente para la lucha popular en el próximo período. Para los pueblos tradicionales de origen africano una encrucijada, más que un lugar de duda entre varios caminos, es el lugar sagrado de oportunidades y cambios, la apertura de caminos, la afirmación de proyectos y el logro de victorias. Para el PSOL, esta encrucijada puede ser decisivamente la afirmación de un proyecto radical de izquierda y de masas después de años a la defensiva contra el proyecto reaccionario.
Creemos que el camino de afirmación de la independencia de clase, la lucha popular y democrática, las agendas políticas de los movimientos sociales, sin caer en la cooptación o el sectarismo, fortalecerán al PSOL como un instrumento anticapitalista y ecosocialista para los pueblos subalternos y luchadores en Brasil.
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a victoria de Luiz Inácio Lula da Silva (PT) en las elecciones brasileñas de 2022 fue el principal triunfo democrático desde la caída del régimen militar (1964-1985). Las celebraciones se apoderaron del país en la noche del domingo (30/10), rememorando las mejores tradiciones de lucha del pueblo brasileño. Había cientos de miles de personas en las calles, con el epicentro en la Avenida Paulista, que fue tomada en su totalidad; las escenas conmovedoras de la apertura de un colegio electoral en Bahía, donde cientos de personas esperaban con entusiasmo y confianza el momento de votar por Lula, también expresaban este sentimiento.
Fue una victoria de carácter democrático y de contenido popular. Una victoria muy estrecha y difícil, con sólo 2,3 millones de votos de diferencia, un margen inferior al 2%, algo inédito en cualquier disputa presidencial en Brasil. El país vivió su mayor polarización. También fue una derrota inédita para un presidente en funciones que se presentaba a la reelección. Fue el mayor voto absoluto a un presidente en la historia, con más de 60,3 millones.
Fue una victoria que recordó a las casi 700.000 víctimas oficiales de la pandemia, un terrible trauma que ha pasado a la historia del país y que marcó la situación y la propia campaña. Recordó la destrucción del país y de la Amazonia; recordó a los que sufrieron la crueldad del gobierno, a los que entraron en el mapa del hambre, a los muertos por la brutalidad, directa o indirecta, de las acciones del gobierno, como el joven Genivaldo, muerto asfixiado por la Policía Federal de Carreteras (PRF), comandada por la escoria del bolsonarismo.
Lula, que estuvo en la cárcel sin el debido proceso legal y había sido retirado de la disputa presidencial en 2018, se enfrentó al actual presidente, Jair Bolsonaro (PL), bajo un contexto político nunca visto en la Nueva República. Bolsonaro puso la maquinaria pública al servicio de su reelección de manera ilegal y criminal con el apoyo de la mayoría del Congreso Nacional. Consiguió aprobar una medida para liberar 27.000 millones de reales para la “Ayuda Brasil” en vísperas de las elecciones, movió al menos 48.000 millones de reales en la Caixa Federal, el principal banco público del país, en beneficios sociales y créditos para las mujeres en el período previo a las elecciones, con el propósito de impulsar su propia popularidad en los sectores donde Lula registraba mayor adhesión orgánica. Bajó a la fuerza el precio del combustible y distribuyó fondos a través del presupuesto secreto, que, en definitiva, es el uso de recursos públicos por parte de los parlamentarios sin que haya transparencia sobre el uso de ese dinero.
Además de la apropiación de dinero público para su reelección, Bolsonaro montó una gigantesca máquina de producción y difusión de fake news a escala industrial, utilizando a las iglesias evangélicas como tribunas para amplificar aún más la fuerza de sus narrativas en las redes sociales, un entorno fundamental en la disputa por los votos, donde la eficacia de Bolsonaro es ciertamente mayor que la de los grupos de izquierda. Bolsonaro tiene casi 60 millones de seguidores frente a los 25 millones de Lula teniendo en cuenta solo los perfiles de los dos candidatos presidenciales en Facebook, Instagram, YouTube, Twitter y TikTok, según un estudio de CNN Brasil. Ha recurrido a diversas maniobras, como el uso de la Policia de Carreteras para coartar el derecho al voto de la población en las regiones donde el PT es más votado, como el Nordeste, y el acoso electoral en innumerables centros de trabajo, donde los jefes adictos a Bolsonaro han intentado disciplinar el voto de la clase trabajadora. Según datos del Ministerio de Trabajo, hubo más de 2.400 denuncias de este tipo de acoso e intentos de manipulación del voto popular.
Había enormes expectativas de victoria entre la derecha. Y hubo una caída histórica, desmoralizadora para los bolsonaristas, aunque, en el camino de esta disputa, había elementos que hacían más probable esta caída que el mantenimiento del actual gobierno, representante de la extrema derecha en Brasil que abrazó a extremistas, antipartido, oportunistas y aventureros en la ola del ascenso de la derecha en el mundo.
La victoria de Lula se debe a una conjunción de factores: I) la resistencia organizada durante los cuatro años de gobierno que unió a importantes sectores democráticos, la fuerza de la juventud y de las mujeres que en su mayoría estaban en contra de Bolsonaro, la lucha del pueblo -como el movimiento tsunami de la educación, la lucha antirracista y antifascista, la lucha por la ciencia y por el derecho a la vacuna, los medios de comunicación no vinculados a Bolsonaro, con la Rede Globo como buque insignia, y en menor medida, Folha de S. Paulo, sectores de la cultura, del arte ¡Aun así, cabe decir que el PT -por su estrategia- canalizó la resistencia al terreno electoral, vaciando el !Fuera Bolsonaro! de las calles, a la vez que el movimiento de masas tampoco tuvo una irrupción masiva; (II) la división de la burguesía como expresión de la división de la sociedad fue lo que garantizó la posibilidad de la victoria electoral de la oposición, incluso con Bolsonaro teniendo la máquina estatal en su mano; (III) una división burguesa a nivel internacional, en la que la derrota de Trump fue el inicio de la derrota del proyecto bolsonarista, y un sector del imperialismo, como el Partido Demócrata, Biden y el imperialismo europeo, indicaron que no aceptarían ninguna aventura golpista y apoyaron a Lula; (IV) el peso del liderazgo de Lula el único capaz de derrotar a Bolsonaro resultado de la acumulación de su trayectoria como principal líder obrero del país, la memoria de las mejoras parciales de sus gobiernos y la enorme identidad popular que logra establecer en amplias masas; (V) la victoria en el Nordeste, que fue decisiva, y no sólo en el “Nordeste territorial”, sino en la enorme fuerza de la “nación nordestina” (la emigración interna) extendida por todo el país, arraigada en sectores de la clase, como la propia persona de Lula en los grandes centros urbanos, que lucha con fuerza contra la xenofobia, los prejuicios y el atraso de las élites brasileñas; (VI) el buen desempeño en las capitales y la victoria en ciudades estratégicas, como Porto Alegre y la capital São Paulo, incluso en estados donde ganó Bolsonaro.
Sobre la relación de fuerzas
La definición correcta es la de un triunfo importante y democrático en medio de una situación defensiva. Un triunfo que entierra el intento de Bolsonaro de perpetuarse en el poder, dividiendo a sus aliados del “centrão” (un sector de derecha del parlamento caracterizado por venderse al mejor postor) y a otros que empiezan a abandonar el barco, pero que sigue sin poder destruir las fuerzas neofascistas que nuclean el proyecto bolsonarista.
Es una situación diferente a la de 2003. Hay una extrema derecha fuerte, la conciencia anticapitalista es más débil, pero hay en esta división de la burguesía y en la politización que ha producido el enfrentamiento entre dos polos políticos, espacio para crear una vanguardia con conciencia de clase y para exigir al gobierno mecanismos más democráticos de participación popular.
Evidentemente, Lula dirigirá una administración aún más liberal que en 2002, cuando el PSOL se fundó a partir de la ruptura de los parlamentarios que no se diluían en el llamado bloque de la izquierda del PT que observaba inerte las acciones del gobierno entregado a la burguesía. Pero la situación actual es diferente. Para entender esto es fundamental pensar en cómo hemos llegado hasta aquí. Brasil es otro, el mundo es otro, y la relación entre las clases sociales también ha cambiado.
La ultraderecha no ha sido aplastada. Bolsonaro tuvo una alta votación, además de las posiciones acumuladas en la primera vuelta, como una importante bancada parlamentaria. Mantiene importantes posiciones de fuerza (en el ejército, en la policía y en los gobiernos), con una sólida base social. Bolsonaro fue seguido como un fenómeno combinando de un outsider frente a la crisis política, la decisión de un sector de la burguesía de dar un golpe al PT y la creciente articulación de la extrema derecha en el mundo. Lo que llevó a un gobierno con trazos de improvisación y, hasta del propio líder, Bolsonaro, de falta de preparación. Por supuesto, la descalificación era conocida desde siempre, pero han tenido que llegar los ataques del gobierno a los intereses de una parte de la burguesía (o la incompetencia del gobierno para gestionarlos) para que este sector de la sociedad empiece a actuar para frenarla. Allanaron el camino para la derrota de Bolsonaro los sectores “progresistas neoliberales” (burgueses), como los define Nancy Fraser -incluida la Rede TV Globo-, que no están en connivencia con el oscurantismo, no atacan la ciencia, la cultura, ni quieren imponer un modo de vida y liquidar las libertades democráticas -aunque defiendan una política económica liberal. Siguieron los pasos de grupos de la burguesía progresista neoliberal en todo el mundo, en relación a proyectos autoritarios o neofascistas -o como se quiera definir- como la oposición que algunos sectores burgueses estadounidenses hicieron a Donald Trump en Estados Unidos. El fracaso de Trump precedió a la caída de Bolsonaro y, en muchos puntos y con algunos matices, se parecen. La propia derrota de Trump restó apoyo internacional a Bolsonaro. Allí, como aquí, la división de la burguesía fue fundamental para derrocar electoralmente el proyecto neofascista y hacer respetar el resultado electoral, naturalmente con focos de confusión y violencia como es habitual entre la masa de partidarios de la extrema derecha.
En este atolladero de la crisis capitalista donde desarrollo estable se hace cada vez más difícil, Lula también fue elegido por esta parte de la burguesía para defender sus intereses. ¿Por qué Lula? Porque a la burguesía liberal se le superpone otra crisis: la de representación. No hay otro liderazgo que reúna la capacidad de movilización popular y de gestión de los intereses burgueses en el Brasil actual si no es Lula. El PSDB se desmoronó -o al menos respira por un respirador- y el MDB hace tiempo que perdió su protagonismo en el llamado Centrão. Es la expresión brasileña de lo que llamamos “crisis orgánica”, o sea, cuando hay una ruptura entre los intereses inmediatos de clase y sus representantes directos, apelando a fórmulas híbridas o insólitas.
Entonces, naturalmente, se recurre al PT, que aceptó llevar a cabo gobiernos de colaboración de clases desde su primera experiencia nacional, en el gobierno de Lula en 2002, y que supo adaptarse a las exigencias que imponía la reconstrucción de la Nueva República. La burguesía neoliberal no autoritaria del mundo reconoce a Lula como un competente gestor de esta política, basta observar la casi euforia con que algunos jefes de Estado recibieron su victoria sobre Bolsonaro.
El presidente de Francia, Emmanuel Macron, minutos después de confirmarse el resultado, fue uno de los primeros en saludar a Lula. Incluso publicó un vídeo en las redes sociales en el que mostraba el momento de la felicitación. Joe Biden, Presidente de los Estados Unidos, envió su felicitación a través de un comunicado oficial de la Casa Blanca y dijo que estaba “deseando” trabajar estrechamente con Lula.
El reconocimiento de la victoria de Lula es internacional, y la agenda de relaciones exteriores es un punto clave en la agenda del presidente electo, debido a los acuerdos internacionales, la protección de la Amazonia y el papel estratégico de América Latina para la economía mundial. El debate internacional vuelve al centro de la escena, tanto por el papel de la extrema derecha en el mundo como por el hecho de que las cinco principales economías latinoamericanas -Brasil, México, Argentina, Colombia y Chile- serán gobernadas por el llamado progresismo. Y, a diferencia de la ola de los años 2000, este nuevo progresismo es menos radical y menos antiimperialista. Esto se relaciona con el giro que ha dado Venezuela (post-Chávez) hacia una visión autoritaria, de la cual la dictadura de Ortega en Nicaragua es la máxima expresión de la degeneración.
Las masivas movilizaciones tras los resultados electorales en Brasil mostraron a una parte de la población celebrando con alivio, en una catarsis post-trauma impuesta por el bolsonarismo. En las calles vimos a un sector social que despertó ante el peligro de la extrema derecha y que se politizó y radicalizó tras las banderas de la defensa de las libertades, la igualdad social, el medio ambiente, la defensa de la educación y contra el discurso de odio del bolsonarismo que representa la barbarie. Se ha producido un cambio en el estado de ánimo del país que no sabemos hasta dónde llegará, pero es un nuevo clima en el que nuestras ideas pueden ser bien recibidas. En el otro extremo, el antipetismo ha mostrado resistencia, pero ya sin el apoyo necesario para avanzar en un proyecto golpista, pues la burguesía que está con Lula se ha organizado para proteger bien las instituciones de la democracia burguesa.
Detrás del triunfo democrático hay dos aspectos. Uno es el de los sectores burgueses que quieren volver a la normalidad institucional y que rechazan a la extrema derecha. El otro son los sectores explotados que ven en Lula la posibilidad de recuperar mejores condiciones de vida. Los sectores burgueses, los partidos de centro y el llamado “centrão”, institucionalmente fisiológico (que ya ha reconocido la victoria), negociará su peso en el parlamento con el objetivo de mantener privilegios y posiciones. Por su parte, la burguesía presionará para que el gobierno de Lula sea una continuación de los planes liberales con algunas concesiones asistenciales necesarias. Por otro lado, fue un movimiento político electoral que, contradictoria y necesariamente, planteó demandas sociales progresistas. Levantó las mejoras sociales del gobierno anterior de Lula y propuso una serie de medidas progresistas en el ámbito de los salarios, las reivindicaciones de las mujeres, la vivienda, la sanidad y la educación. Apoyó tenuemente elementos de una reforma fiscal que gravaba a las grandes fortunas. Esto es a lo que aspira el pueblo.
Con la toma de posesión del nuevo gobierno, se van a producir dos contradicciones en medio de la crisis económica que vive el mundo y que también afecta al país. La acción de la extrema derecha, aunque derrotada en las urnas, es fuerte. Tiene 14 gobiernos estatales y una fuerte representación en el parlamento vinculada a sectores significativos como los evangélicos y la agroindustria. Por otro lado, están los sectores explotados y oprimidos que quieren que Lula cumpla sus promesas de campaña. El Gobierno se verá atrapado entre estas dos fuerzas en medio de una situación que no es la de principios de siglo, con el viento de la economía mundial soplando a su favor. El choque de contradicciones es inevitable, y aún no podemos saber cuál será su ritmo. ¿Cuánto durará la luna de miel? Tampoco podemos saber con exactitud hasta qué punto el Gobierno cumplirá sus promesas y cómo se perfilará el plan económico. Tenemos que esperar un poco y ver la composición del gobierno y sus primeros movimientos.
Las reacciones inmediatas de Bolsonaro deben desinflarse momentáneamente, pero no en perspectiva; el Bolsonarismo continuará. Su líder muestra cierta impotencia ante los resultados de las urnas, pero está lejos de ser aniquilado. Obtuvo más votos que en la elección anterior, cuenta con el apoyo y la disposición de la parte más reaccionaria de la burguesía (incluida la que financió los cortes de ruta en todo el país apenas se conocieron los resultados electorales) y logró elegir un cuerpo alineado a su política en el Congreso Nacional. Así, el punto central de la política del MES/PSOL será derrotar a la extrema derecha. No hay manera de llevar adelante un proceso anticapitalista sin enfrentarse a la extrema derecha.
La extrema derecha tiene una base de masas, en un sector social que rechaza la democracia burguesa y defiende abiertamente un golpe de Estado/dictadura militar. En los últimos días se ha agudizado un sector más golpista, vinculado al agronegocio y al núcleo duro de la extrema derecha, que ya había asomado la cabeza en septiembre de 2021, contando con la colaboración de sectores del aparato estatal, en especial el PRF, (Policía Federal de carreteras) pero que estaba lejos de producir el “capitolio brasileño”. Otro sector, con Lira (presidente de la Cámara de Diputados y Ciro Nogueira (Ministro de la Casa Civil), ya ha empezado a negociar la transición. Bolsonaro dio breves declaraciones, guiando a poner fin a los bloqueos. Su mayor preocupación ahora -según lo que informa la prensa en Brasilia- es tener un puesto en el PL (Partido Liberal por el que fue candidato), estirar la cuerda para negociar su futuro político en mejores términos, para no ser detenido y seguir siendo con su clan el líder de la oposición de extrema derecha.
En la batalla para derrotar al neofascismo y elegir a Lula, el liderazgo y la militancia del PSOL hicieron la diferencia, postulándose como una voz fuerte contra el proyecto neofascista de Bolsonaro y fortaleciendo las trincheras de los movimientos sociales para defender los intereses del pueblo. El resultado electoral demostró el crecimiento del PSOL y situó al partido en la vanguardia de la lucha contra el bolsonarismo, aunque no tenga la estructura suficiente para ser una alternativa de poder.
En el PSOL, obviamente, se debatirá sobre el nuevo gobierno. Nuestra posición es la de la independencia del Partido con respecto al gobierno: defenderlo contra la extrema derecha y sus métodos contrarrevolucionarios, pero no integrarlo.
Para aclarar los pasos de esta tarea frente al nuevo gobierno, es válido retomar las circunstancias de la fundación del PSOL y compararlas con el momento actual, destacando las contradicciones que se plantean y sus desafíos.
En 2003, el centro era afirmar la necesidad de construir una alternativa anticapitalista sobre la frustración causada por el rápido giro a la derecha de Lula, representado plenamente con el voto de la Reforma de la Seguridad Social, denunciando el carácter del gobierno para conformar una alternativa a la izquierda del PT y del espectro político nacional, que pudiera ser viable y con cierta influencia en los sectores de masas. Hoy, el desafío es encarnar las enormes demandas programáticas que aparecen en la sociedad brasileña, enfrentando a la extrema derecha y construyendo un polo en la sociedad con una perspectiva anticapitalista, que luche por cambiar la relación de fuerzas para que este proyecto pueda realizarse.
Por ello, es necesario movilizarse por las reivindicaciones más sentidas y por las demandas estructurales que el país necesita. Integrar al gobierno significaría que el PSOL acepte el papel de gestor de los intereses del capital. Se trata, pues, de una posición de principio. Además, para luchar, la mejor posición es estar en los barrios de la sociedad civil, no en el aparato estatal gubernamental. Es necesaria la libertad de crítica y la independencia organizativa, que ya tenemos, pero también la libertad política que una integración en el gobierno limitaría por la necesidad de disciplina de mando.
El PSOL existe y ha crecido mucho en las elecciones. Es muy bien visto por la amplia vanguardia que estuvo en las últimas acciones de calle y con respeto y prestigio entre los sectores sociales que votaron por Lula. En este escenario, el MES/PSOL tiene que afiliar y organizar. Nuestra tarea política será exigir al gobierno de Lula que lleve a cabo la agenda prometida y la convierta en una herramienta para fortalecerse frente a la extrema derecha y para resolver los problemas más urgentes de la gente pobre del país. Debemos evitar caer en extremos al reclamar estos puntos.
Al mismo tiempo, nuestra política tiene que dialogar con el sentimiento antirregimen que ha alimentado el bolsonarismo, ya que la mera defensa de la institucionalidad será el papel del gobierno. Un discurso de “subversión” de apelo a la movilización en defensa de las necesidades del pueblo es parte fundamental de la construcción de una izquierda revolucionaria. Un ejemplo de ello es no hacerse eco de la condena pura y dura del método de bloqueo de carreteras. Nuestra oposición a estas movilizaciones es por su contenido golpista, por su negativa a aceptar la voluntad de la mayoría del pueblo expresada en las urnas, por su defensa de la intervención militar.
Nuestro papel será avanzar en la politización de los sectores que están en la calle, que condenan a la extrema derecha y que ponen la esperanza en una vida mejor. Son millones, entre los jóvenes, las mujeres, la clase trabajadora, los negros, los ribereños y los indígenas, los pequeños comerciantes, los profesionales liberales, la comunidad LGBTQIA+, los funcionarios y las capas más sentidas del pueblo.
También hay que buscar el arraigo entre los sectores que son disputados por el bolsonarismo, como los rangos bajos de las fuerzas de seguridad, policías militares y civiles, fuerzas armadas, bomberos, vigilantes privados; la clase obrera más atrasada de los polos industriales del país; los trabajadores de los aplicativos y, en el futuro, hasta con los camioneros. Es importante destacar que en Rio Grande do Sul, Luciana Genro fue la diputada más votada por los policías militares, porque estuvo junto a ellos en la lucha por la carrera y en la denuncia de los abusos de los comandantes, y que Glauber tiene un importante apoyo de los sargentos del Ejército. Esto es parte de la lucha fundamental para evitar que Bolsonaro consolide una base popular.
Nuestra orientación será fortalecernos para fortalecer el PSOL en su conjunto para presentar una salida programática del país. Estaremos al frente de la lucha para que las medidas económicas y sociales aprobadas en las urnas se hagan efectivas. El PSOL tiene que estar a la vanguardia de la lucha por mejores salarios para los trabajadores, el empleo, la vivienda y la tierra. La política económica que la burguesía liberal exige a Lula, y que todo indica será llevada adelante por el gobierno, tiene como uno de sus puntos el ajuste fiscal lo que dificulta, si no imposibilita, algunos de estos compromisos. Además, algunas de las medidas aprobadas en las urnas chocan con los intereses burgueses que no quieren pagar la salida de la crisis. Razón de más para luchar por estas medidas, necesarias para mejorar la vida de la gente y movilizarse desde una perspectiva que fortalezca a las organizaciones de la clase trabajadora implicadas en ellas. Algunas de estas medidas son las siguientes.
1) Ajuste del salario mínimo por encima de la inflación
2) Ayuda de emergencia de R$ 600 más R$ 150 por niño de hasta 6 años, ajustada anualmente, como mínimo, por la inflación
3) Exención del impuesto sobre la renta para los que ganan hasta R$ 5 mil reales
4) Renegociación de las deudas de las personas que están en Serasa (Banco de datos de personas con deudas) y condonación del pago a las familias pobres y de clase media)
5) Impuesto sobre las grandes fortunas e impuesto sobre los beneficios y dividendos
6) Fin del techo de gasto
7) Igualdad de remuneración por igual trabajo entre hombres y mujeres, con una supervisión efectiva
8) Lucha contra la corrupción, fortaleciendo los mecanismos de investigación y castigo de los corruptos, fortaleciendo las instituciones que tienen la función de fiscalizar, como la Policía Federal, y una amplia transparencia a través del fin del sigilo de 100 años impuesto por Bolsonaro
9) Revisión de la Reforma Laboral, que precarizó el empleo y eliminó derechos
10) Fortalecer las universidades públicas, con políticas de acceso y permanencia para los estudiantes de bajos ingresos
11) Reestructuración del IBAMA y del ICMBio, y reanudación de las operaciones contra las agresiones en la Amazonia
12) Reconstrucción de la FUNAI y recuperación de las acciones contra la minería en las tierras indígenas en general y en las yanomami en particular.
Además, creemos que es necesario defender una medida que no fue presentada por Lula en la campaña, pero que es necesaria para que el país no siga siendo dominado por banqueros y especuladores: la auditoría de la deuda pública, para que la sociedad sepa qué es legal y qué no en la deuda, cuyo pago ha drenado la riqueza del Estado para una pequeña minoría privilegiada. Los vínculos con el CADTM ayudará a explorar los debates sobre esta demanda.
En nuestro programa las medidas democráticas también deben ser una prioridad, dada la naturaleza del triunfo electoral. El logro democrático de impedir la reelección de Bolsonaro debe consolidarse con medidas. La primera de ellas es la ruptura del sigilo de 100 años y la investigación de los delitos cometidos por el gobierno, concretamente por el propio presidente. Está claro que el castigo más apropiado es la detención de Jair Bolsonaro. ‘Ni olvido, ni perdón’ debe ser nuestra bandera. Investigación y castigo para Bolsonaro y los delincuentes. Fue la impunidad de los crímenes de la dictadura uno de los elementos que compusieron el surgimiento y fortalecimiento de esta vertiente política expresada por Bolsonaro que defiende a los torturadores, a los golpistas y a la violencia política. ¡No hay impunidad!
Nuestros retos son enormes. Apostar por la formación de cuadros y el arraigo con las organizaciones juveniles y de clase y los movimientos sociales es fundamental para rescatar la necesidad de auto-organización, disputar el avance de la conciencia y preparar acciones de autodefensa.
Como política inmediata, defendemos que el PSOL lance una campaña para el castigo de todos los responsables de la obstrucción de las vías y de los llamados golpistas, ya sean los sectores vinculados a la financiación o ejecución de estos actos antidemocráticos. Que esto también implica, la investigación y sanción de los empresarios vinculados al acoso electoral en la segunda vuelta que alcanzó más de 2 mil denuncias.
El PSOL se enfrenta a nuevos retos históricos, confiamos en el pueblo brasileño, que acaba de obtener una victoria “muy reñida”, como muchas batallas de nuestro pueblo. Con esta fuerza, seguimos defendiendo nuestras propuestas anticapitalistas, construyendo un polo independiente que luche por aplastar a los neofascistas y poner a Bolsonaro en el lugar que le corresponde: la papelera de la historia, haciendo justicia a su condición de genocida.
Åke Eriksson es miembro de Vänsterpartiet sueco y de la sección sueca de la Cuarta Internacional, Socialistisk Politik
Actualidad Internacional: Ecología
16/06/2022
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o hace mucho tiempo vivíamos en un planeta que se encontraba en una profunda crisis ecológica. Sabíamos que la crisis determinaba cómo se enfrentarían todas las demás crisis. Había un eco socialismo, una conciencia de que el proyecto socialista – que también estaba en crisis – tenía que replantearse partiendo de las condiciones que plantea la crisis ecológica. Condiciones que son innegociables. El último informe del Panel Climático de la ONU profundizó las condiciones. Los cambios climáticos están ocurriendo mucho más rápido de lo que la ciencia había pensado. Tenemos que frenar las emisiones ahora. No podemos esperar a que una nueva tecnología climáticamente inteligente reemplace en forma efectiva a nuestro actual portador de la muerte. Si no detenemos el “crecimiento” será el “crecimiento” lo que nos detendrá a nosotros.
El capitalismo nunca se puede hacer “verde”. Tenemos que poner inmediatamente fin a la aviación privada, a los yates de lujo, el turismo espacial, a las carreras de autos y la deforestación. Tenemos que conseguir de inmediato grandes inversiones en el transporte público. ¡La industria de la guerra es una gran parte de la producción nociva que hay que detener lo antes posible!
El petróleo y la guerra son gemelos. Detener el uso de combustibles fósiles es una acción por la paz. El urano y la guerra son gemelos. Detener la energía nuclear es una acción por la paz. Hoy sólo existe una forma de utilizar los residuos de las centrales nucleares y consiste en cargar nuevas armas nucleares.
En unos comentarios de Facebook una mujer dice que puede seguir volando porque ella planta un árbol por cada vuelo que hace. No se ha dado cuenta de que se necesitan 30 años antes de que el árbol beneficie al clima.
Cuando quedó claro cuáles fueron las consecuencias de las dos bombas atómicas que Estados Unidos lanzó sobre Japón en 1945 dijeron varios de los científicos que participaron en la creación de esta nueva arma que a partir de ese momento la elección era: o un mundo o ninguno. El militarismo y el nacionalismo deben ser reemplazados por la cooperación. Esta verdad se hizo mucho más evidente que antes a principios de febrero de 2022.
¡Boom! Así comenzó Putin su “operación especial» y envió al ejército ruso a Ucrania.
¡Boom! Allí explotó la imagen del planeta de la crisis climática. Ahora había guerra y en la guerra no importa que el gasóleo no sea neutral para el clima cuando se introduce en vehículos militares. Todo aquel que se atrevió a afirmar que toda actividad militar y toda producción de armas es incompatible con los objetivos climáticos fue señalada y señalado como putinista. Vänsterpartiet (el partido de izquierda) se asustó y de la noche a la mañana se retractó de su negativa a enviar armas a Ucrania. Como una prueba adicional de su disposición de pertenecer al acuerdo nacional la izquierda votó por el envio de armamentos militares adicionales, hasta el dos por ciento del producto interno bruto que es lo que Estados Unidos exige a sus aliados.
La guerra cuesta dinero y en la dirección del Partido de Izquierda no quieren aparecer como pacifistas. Que se nos pregunte a nosotros, a los miembros del partido de lo que pensamos, pero tampoco quisieron eso. Se dijo que eso del complejo militar-industrial era anticuado y que pertenecía a una “situación de política de seguridad diferente”. Que pertenecía a una época pasada, a otro planeta.
En los viejos tiempos, en enero de 2022, el congreso del Partido de Izquierda adoptó un manifiesto electoral con un tinte antimilitarista. En la nueva situación de la política de seguridad, solo hay una sola verdad, común a todos los partidos y clases: más armas traen más seguridad.
La idea de que se necesitan armas para defenderse es falsa y peligrosa. Ni siquiera se opta por probar métodos no violentos. Todo queda absorbido por la lógica de la guerra. La lucha armada exige una capacidad militar cada vez mayor. Los tanques blindados son el aporte de Suecia en la inversión conjunta de la UE y la NATO. Suecia, a travez de la pertenencia a la UE, está atada a su política exterior común. Suecia ya tenía sus propios acuerdos con los EE.UU antes de solicitar el ingreso a la NATO, entre otras cosa en materia de investigación y desarrollo militar conjunto. La producción de armas en Suecia está mayoritariamente en manos de capital británico y norteamericano. El poder del complejo militar-industrial está creciendo a expensas de la democracia. Los fabricantes de armas estaban desangrando y ahora las acciones están aumentando.
La “nueva situación de la política de seguridad” también caracteriza el debate de la extrema izquierda. En el humo de los misiles de Putin desaparece la imagen de un planeta con crisis climática. Ahora muchos miran el mundo de hoy a través de análisis de hace 100 años y repiten argumentos de hace medio siglo. Frente a cada nueva situación vuelven a aparecer los viejos debates. Es bueno que no nos quedemos atascados en respuestas obsoletas.
El buen principio del derecho a la libre determinación de las naciones se conecta automáticamente a la idea de que la guerra es la única forma de hacer valer ese derecho. La estupidez tantas veces repetida de Mao Zedong de que todo el poder surge de los cañones de las fusiles todavía parece dominar la manera de pensar.Los populares movimientos sociales no tienen armas para enviar. Los que no quieren defraudar a los afectados, y que están convencidos de que a un atacante armado sólo se le puede hacer frente con armas, tratan entonces de resolver el dilema pidiendo la intervención de alguna potencia imperialista.
Ante la amenaza de Gadafi de violentas orgías en Libia algunos dieron su apoyo a los bombardeos norteamericanos y a la participación de los aviones de guerra sueca. Algunos querían que EE.UU/NATO intervinieran contra el régimen de Assad en Siria. Hoy se piden más y más pesadas armas para Ucrania. Pero cada tiro que se dispara es un clavo en el ataúd de la humanidad, cada avión de combate que despega del suelo se aleja más rápido que el sonido de los objetivos climáticos.
Estamos de acuerdo en lo obvio, que hay que detener la guerra, que el ejército ruso regrese a casa, pero el tema de las armas nos divide.
Quien recibe ayuda en armas también se hace políticamente dependiente de quien dona las armas. Quienes claman por más armas para Ucrania terminan rápidamente viendo al estado como un “nosotros” nacional, sin clases, sin problemas, tanto en Ucrania como en Suecia. No es un gobierno obrero el que gobierna en Kyiv y el de Estocolmo está en manos de la industria bélica y del Pentágono. Hay una importante ”capacidad civil” de resistencia. Apostemos a esa capacidad en los contactos con el pueblo de Ucrania, Rusia y Bielorrusia.
La creencia en la lucha armada, como receta para el éxito de aquellos que quieren una sociedad sin clases persiste pero no tiene base en la experiencia histórica. El Estado no es una cosa, no es una máquina que se pueda romper o volar en pedazos. El Estado es un sistema de relaciones entre personas, de relaciones de poder. El poder del Estado se basa en la confianza de los subordinados en estas relaciones de poder. Quien construye un ejército – incluso si se llama Ejército Popular de Liberación – reconstruye precisamente esas relaciones entre las personas que iban a ser “aplastadas”. La Unión Soviética, la República Popular China, la República Popular Democrática de Corea, pero también Vietnam, Cuba, Nicaragua, Venezuela: mucho militarismo, poco de socialismo.
Nuevas crisis reviven viejos debates. El luchador climático que hoy habla de volar oleoductos está a punto de caer en el mismo callejón sin salida en el que se convirtió la lucha guerrillera en los años setenta. La desesperación es completamente comprensible. Estamos desesperadamente cortos de tiempo. Concentrémonos en darle al movimiento ecologista y al movimiento por la paz el peso social que necesita para ganar un verdadero poder explosivo. El eslabón de los sindicatos debe estar conectado a la cadena.
Se deben crear lugares de encuentro en donde los activos miembros de los sindicatos se reúnan con Fridays for future y Extinction Rebellion, en donde se reúnan con Naturskyddsförening (Asociación por la Conservación de la Naturaleza) y la Central sindical. El movimiento ecologista y climático debe estar en sintonía con los sindicatos – desde los anarco sindicalistas de SAC hasta los académicos de Saco – por un cambio que no se convierta en lo de siempre. Una clave para esto se puede encontrar en la red sindical del Partido de la Izquierda. No tenemos mucho tiempo, ¡Utilicémoslo bien!
Sociólogo de la UNMSM y Militante de Corriente Amaru
Actualidad Internacional: Luchas y Movimientos
08/12/2022
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L
a victoria electoral de Pedro Castillo y Perú Libre en las elecciones presidenciales del 2021 auguraba la profundización de la crisis política peruana de hace más de un quinquenio, con la particularidad del ensañamiento de las clases dominantes ante un dirigente sindical de origen campesino que cristalizó con crudeza el racismo y macartismo imperante de nuestra sociedad.
A diferencias de las experiencias nacional-populares recurrentes en América Latina, el proyecto de Castillo adoleció de una estrategia definida, sólidas bases populares y una amplia mayoría parlamentaria para implementar los cambios propuestos en campaña electoral. Además de ello la convivencia con el partido Perú Libre era más un entendimiento práctico, que una apuesta por construir partido que finalmente se formalizó la separación hace algunos meses.
Ante el asedio golpista de la ultraderecha, Castillo optó por otorgar concesiones constantemente a las clases dominantes hasta el punto de dejar sepultado las medidas mínimas del programa de cambios con que ganó la segunda vuelta electoral. Cuestión que se evidenció con el cambio de gabinete ministerial donde la tecnocracia neoliberal recuperaba el Ministerio de Economía y algunos sectores de derecha se agazapaban en el ejecutivo a tan solo 6 meses de gobierno.
Castillo derrotó las dos primeras mociones de vacancia estableciendo acuerdos con las bancadas de derecha ligadas más a las regiones y a cierta burguesía provinciana como Alianza para el Progreso (APP) y una fracción de Acción Popular (AP) y Podemos. De cierta forma la división de la izquierda, las disputas entre Perú Libre y Nuevo Perú, en los primeros 6 meses de gobierno contribuyó a esta dinámica fortaleciendo al entorno regionalista y familiar cercano a Castillo que se desempeñó como dirección política informal del ejecutivo apuntalando su derechización y capitulación.
La ultraderecha peruana liderada por el Fujimorismo desde el día cero desconoció la victoria electoral de Castillo, que bajo diversas formas intentó impedir la investidura presidencial recurriendo a un pool de abogados reaccionarios, así como a los grandes medios de comunicación que se propusieron menoscabar la legitimidad del nuevo gobierno que llegaba con banderas de izquierda.
Las movilizaciones antigubernamentales que convocaban solo lograban congregar a la vieja partidocracia del APRA y el PPC, y algunas fracciones de la clase media y la burguesía limeña que no toleraban a alguien proveniente del mundo popular como presidente de la república. En cierta medida el empate de fuerzas en las calles y el congreso entre la oposición burguesa y el oficialismo habilitó la política de sobrevivencia que llevaba a Castillo a sostener el piloto automático neoliberal.
Ante el impasse se abrió con más contundencia otro frente de disputa política desde el Poder Judicial y la Fiscalía de la Nación que aperturaron 6 carpetas fiscales en tiempo récord contra el entonces presidente Pedro Castillo con el fin de lograr su derrocamiento previa deslegitimación ante la opinión pública. La fiscal a cargo de la investigación que tiene presuntos lazos con el narcotráfico se convertía ahora en una referente de la lucha contra la corrupción según la narrativa de los grandes medios de comunicación alineados con los golpistas. Hasta el momento contra el expresidente Castillo solo pudieron obtener testimonios de ex altos funcionarios y empresarios lobbystas sin alguna prueba que acredite las denuncias vertidas.
Desde el congreso se preparaba una solicitud de suspensión del entonces presidente Castillo, ya que requería menor votación que las mociones de vacancia, pero esta vía no logra prosperar ante lo cual se aprueba la tercera solicitud de admisión de la moción de vacancia presidencial que implicaba una segunda votación este siete de diciembre para su aprobación final.
Ante la crisis política irresuelta Castillo decidió cerrar el congreso golpista sin la correlación política necesaria y sin el apoyo popular contundente que le permitiera materializar su medida de excepción. Su aislamiento fue a tal punto que todos los ministros terminaron renunciando a las pocas horas o minutos, inclusive los sectores provenientes de la izquierda castillista como Roberto Sánchez de Juntos por el Perú y Betssy Chávez de Voces del Pueblo.
El pronunciamiento de las Fuerzas Armadas en contra del cierre del congreso clarificó la correlación de fuerzas actual, así como el carácter precipitado y absurdo de la medida de excepción que intentó implementar, más allá de cuestiones formales/constitucionales priorizadas en el análisis de la izquierda liberal que llamó golpista al expresidente Castillo llegando incluso a compararlo con Alberto Fujimori y algunos Exministros como Pedro Francke y Mirtha Vásquez se unieron al coro mediático de la reacción que fustigaba el frustrado intento de cierre del congreso.
Derrotada la medida precipitada de Castillo, el congreso se alistó a aprobar la tercera moción de vacancia presidencial contando con los votos a favor de algunos congresistas de Perú Libre, Nuevo Perú y el Partido Magisterial y Popular. Consumado el golpe parlamentario, efectivos policiales detuvieron al expresidente en la prefectura bajo el cargo de rebelión evidenciándose una vez más el ensañamiento de las clases dominantes del Perú con el dirigente sindical de origen campesino.
La asunción presidencial de Dina Boluarte, ex vicepresidenta, es producto del acuerdo tácito de las fuerzas políticas del congreso en su maniobra de normalizar el golpe parlamentario consumado. Tan solo meses antes la ultraderecha intentó inhabilitar a la entonces vicepresidenta con razones absurdas, pero en los últimos días se retrocedió en la medida con el fin de habilitar la transferencia de mando presidencial sin irrupciones populares.
Boluarte anunció un gobierno de unidad nacional que en realidad significa continuismo neoliberal ahora quizás a un nivel de mayor vínculo con la tecnocracia y la derecha tradicional. No cumplió su promesa de renunciar si vacan a Castillo, como lo señaló en unos de sus últimas intervenciones políticas, tampoco mencionó algo sobre el proceso constituyente o alguna reforma progresiva durante su toma de mando presidencial. Aun así, la ultraderecha no arriará sus banderas golpistas, solo se alista para un contexto en mejores condiciones para su política sediciosa.
Hoy queda más claro que la independencia política de la izquierda y los movimientos populares son vitales para preparar una salida democrática y de ruptura antineoliberal antes la crisis política permanente. En esa medida construir un referente político para las mayorías populares es la tarea principal del momento y de las nuevas generaciones de la militancia revolucionaria.
Actualidad Internacional: Latitudes. América Latina
08/12/2022
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1. Es una realidad que la derecha más reaccionaria desde sus medios de comunicación y mayoría congresal ha obstruido al Gobierno de Pedro Castillo con un sistemático freno a los proyectos de Ley del Ejecutivo y ensayado desde sus primeros meses sucesivas mociones de vacancias e interpelaciones desestabilizadoras. Sin embargo, en lugar de apoyarse en las organizaciones sociales y populares para cumplir con las promesas de cambio por las que el pueblo votó, el gobierno de Castillo fue cediendo de manera continua a la derecha, incluso separando a ministros progresistas e incorporando en su Gabinete a ministros de orientación derechista. En pocos meses, perdió la iniciativa política y se fue deslegitimando, incluyendo en su entorno a personajes hoy investigados por corrupción.
2. Las bancadas de ultraderecha frenaron cualquier proyecto de cambio legislativo, desde impedir el derecho del pueblo al Referéndum Constitucional, hasta la reforma tributaria, la nacionalización del gas de Camisea, entre otros. Era evidente que la mayoría reaccionaria en el congreso y su impresionante maquinaria mediática no estaban dispuestas a detenerse en su objetivo de sacar a Castillo y lograr el control total del Ejecutivo. El Gobierno debió escuchar al pueblo y confiar en la capacidad transformadora de los sectores populares movilizados. Se pudo implementar la doble cuestión de confianza desde el inicio, y exigir que se aprueben proyectos a favor de los derechos sociales. Pero Castillo optó por retroceder y tratar de sobrevivir aceptando los limites programáticos de la derecha.
3. El actual intento aislado de cerrar el Congreso, sin contar con aliados políticos y sin trazar una estrategia con las organizaciones sociales y populares, ha acelerado la victoria del golpismo parlamentario. Pero este Congreso no tiene legitimidad ante el Pueblo para continuar. Asimismo, la sucesión de Dina Boluarte, quien anuncia un “Gobierno de Unidad Nacional” con las bancadas de derecha para complacerlas, indica que llevaría adelante un gobierno que no cumplirá con los cambios que las mayorías reclaman sino que implementará junto a sus nuevos aliados una política continuista, favoreciendo los intereses de los grupos de poder económico que siempre lucraron con la pobreza y la exclusión de millones de compatriotas.
4. El Movimiento por la Unidad Popular propuso en todo momento que el Gobierno trabaje de la mano con las organizaciones sociales y populares, sin abandonar la agenda de cambios de fondo para hacerle frente al Congreso golpista, y de este modo evitar lo que hoy ya es una realidad: que la derecha retome el Ejecutivo, dándole la venia momentánea a Dina Boluarte, mientras desata su venganza política y judicial contra Pedro Castillo y los sectores populares.
5. El Movimiento por la Unidad Popular denuncia entonces, la ilegitimidad social del actual Congreso y la intención de la actual Presidenta de la República de gobernar de espaldas al mandato popular y no impulsar los cambios estructurales que el país requiere. El anuncio de un gobierno de » Unidad Nacional » que incluye a la derecha, no es una respuesta para asegurar un gobierno «estable», sino para complacer a los grupos de poder y olvidar el programa de cambio que ganó las elecciones. En consecuencia, llamamos a las organizaciones sociales, populares y de izquierda a coordinar una gran Movilización Nacional en defensa de la verdadera democracia y a organizarnos en un frente de lucha popular para que se atienda de forma inmediata las demandas populares ante el alza del costo de vida, y que se convoque a una Asamblea Constituyente popular y plenipotenciaria, para el cambio del sistema económico y político, y la refundación del país.
¡POR UNA ASAMBLEA POPULAR CONSTITUYENTE PARA UNA NUEVA CONSTITUCIÓN! ¡EL PUEBLO MOVILIZADO SÍ CAMBIARÁ AL PERÚ!
Desde el primer momento que la derecha se enteró que fue derrotada en las urnas de la segunda vuelta de las elecciones generales, esta misma derecha política, empresarial y mediática racista y clasista, no acepto a una persona del campo, profesor rural, quechua hablante y use sombrero sea el presidente, incluso aunque Castillo en la actualidad, no ponga en riesgo los intereses económicos de la clase empresarial y tenga una línea de continuismo neoliberal, igual no lo aceptan que un presidente con esas características le allá ganado en las elecciones; clasismo y racismo es la combinación para darle vida al golpismo.
La declaración de guerra la hizo Keiko y López Aliaga el mismo día de la segunda vuelta al ver que habían sido derrotados, el golpismo realizó maniobras tras maniobras desde el primer día; toco las puertas de la OEA, de los cuarteles de las FFAA, y intento incluso a judicializar los resultados electorales.
Luego, continuo la ofensiva desde el Congreso, en 15 meses las bancadas de la reacción su eje fue interpelar, censurar ministros y buscar la caída de P. Castillo, impulsaron 2 intentos de Vacancia fracasados. Convirtieron el Congreso en una trinchera al servicio de los grupos de poder y la corrupción, retrocediendo las reformas del referéndum, con contrarreformas antidemocráticas, incluso cercenó el derecho a referéndum para una asamblea constituyente, blindan a los corruptos, hacen y deshacen a su anchas, en un momento de crisis y grandes necesidades este Congreso funciona dándole la espalda a los y las trabajadoras y el pueblo.
El gobierno de Castillo a poco tiempo de asumir la presidencia, pierde el rumbo político, y ante la disyuntiva: de apoyarse en la organización y movilización para avanzar en el proceso de cambio, y la adaptación al régimen, fue esto último el camino que tomó; priorizando el continuismo para sobrevivir. Además el tema de corrupción en el entorno de Castillo fue un hecho concreto que fue debilitando al gobierno. Por más que fue por el voto popular y un programa de cambio que llevó a Castillo al poder, pero en lo concreto nunca fue de izquierda.
Después de dos intentos de vacancia por parte de la derecha, hoy 7 de diciembre se discutía en el Congreso la tercera moción de vacancia, paralelamente, la derecha tenía un plan B que es la suspensión de funciones por 5 años vía una denuncia que la fiscalía hizo a Castillo por traición a la pátria, que también la comisión de denuncias constitucionales del Congreso velozmente le dio curso para que discuta el pleno la próxima semana. Castillo en horas de la mañana hace una jugada equivocada que le costó la presidencia, una medida desesperada sin fuerza, sin articular ni siquiera con su gabinete (a los 30 minutos que anuncia la disolución del congreso renuncian 10 de sus ministros). Y así se iban pronunciando diversos sectores dejando cada vez más solo y debilitado a Castillo. Lo único que logró esta medida es que la derecha aprovechó este traspié para que el parlamento logre el golpe que tanto anhelaba. Destituido Castillo y detenido en la prefectura. Asume Dina Boluarte (vice presidenta) que ya se había distanciado de Castillo renunciando al gabinete. En un cálculo político, busca un acuerdo con sectores liberales y decide asumir como reemplazo a Castillo, en sus primeras declaraciones, hace un llamado unidad nacional y a hacer un pacto por la gobernabilidad con la derecha fascista, y no dice nada de ir a un proceso de elecciones generales. Aún este tsunami no pasó, el tablero político se reacomodan y los diferentes sectores están procesando está nueva coyuntura.
NUESTRA POLÍTICA Y LA CONSTRUCCIÓN DE UNA HERRAMIENTA ESTRATEGICA
Salta a la vista la ausencia de una dirección consecuente, de ruptura con el modelo que impulse la movilización y la lucha por las reivindicaciones de los diferentes actores sociales. Esta es una tarea a más largo plazo a resolver, mientras, tenemos que buscar impulsar un gran bloque popular y constituyente.
La derecha autoritaria quiere quedarse atornillada en el Congreso, eso no podemos permitirlo, que se terminen de ir todos y se convoque un adelanto de elecciones. Pero no pueden ser con las mismas reglas actuales, y ante la falta de representación política que vivimos, es necesario cambios o reformas en las normativas electorales para garantizar que sean más democráticas y participativas
Al mismo tiempo, el pueblo peruano y sobre todo los más vulnerables están pasando por momentos económicos muy críticos en los hogares populares, y seguro esta crisis se agudizará e impactará aun más. Es necesario un plan de emergencia que empiece por imponerles impuestos a las sobreganancias mineras, terminar con la evasión y exoneraciones, cobrarles las deudas a las empresas que deben millones al Estado etc.
Y por último como salida de fondo a la crisis, el día de las elecciones generales incorporar una segunda urna para que el pueblo decida la necesidad de una Asamblea constituyente
Para lograr estas exigencias es necesario la organización y la lucha como una herramienta fundamental que tenemos los trabajadores y el pueblo, y hoy más que nunca debemos lograr inscribir ante el JNE al Nuevo Perú en el camino de construir un referente de la izquierda
Actualidad Internacional: Latitudes. América Latina
29/11/2022
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a semana pasada, en Managua, el régimen que encabezan Daniel Ortega Saavedra y Rosario Murillo capturó con violencia y sin orden judicial a Óscar René Vargas, de 77 años, intelectual destacado, antiguo asesor político de Ortega y fundador, junto con Adolfo Gilly, de la revistaCoyoacán. El sociólogo fue recluido en la cárcel de El Chipote, sin que a la fecha se haya dado a conocer el cargo por el que se le acusa; simplemente se dio a conocer su condición de “acusado” y como “ofendidos” se anotó “el Estado de Nicaragua” y “la seguridad pública”.
El caso ha generado una ola de protestas en instancias académicas y en organizaciones humanitarias, no sólo por el flagrante atropello a los derechos de Vargas sino también por el riesgo que entrañan las condiciones de su encarcelamiento, habida cuenta que padece de hipertensión, porta un marcapasos y requiere de atención médica permanente.
En el último artículo que publicó antes de su captura, Vargas, autor de más de 35 libros, criticó al Fondo Monetario Internacional (FMI) por su complacencia para con el régimen y alertó que éste se disponía a adoptar el año próximo “medidas mucho más fuertes que las que recomienda el FMI en sus programas de ajuste estructural. Se viene una situación peor a la actual: más desempleo, mayor migración, reducción del poder adquisitivo, incapacidad de poder comprar la canasta básica de alimentos, desnutrición, hambre y más descontento entre la ciudadanía”.
Este es sólo el más reciente episodio del férreo hostigamiento represivo aplicado desde hace 15 años por Ortega y Murillo contra el intelectual –quien en 1967 salvó al ahora hombre fuerte de Nicaragua de ser capturado por la Guardia Nacional del dictador Anastasio Somoza– y uno más de la implacable persecución política que el régimen ha desatado en contra de opositores y disidentes, varios de los cuales fueron destacados dirigentes y militantes del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), cuyas siglas fueron apropiadas por la pareja gobernante.
Tal es el caso de la ex comandante guerrillera Dora María Téllez y del ex vicecanciller Víctor Hugo Tinoco; la primera, internadaen El Chipote y el segundo, sometido a régimen de prisión domiciliaria en razón de su avanzada edad; en febrero de este año murió en la cárcel el general en retiro Hugo Torres Jiménez, quien se destacó por su participación en operaciones contra la dictadura somocista.
Los tres formaban parte de la cuarentena de dirigentes opositores que fueron capturados por el régimen entre mayo y noviembre del año pasado, en vísperas de una elección presidencial repudiada y cuestionada porque diez posibles aspirantes fueron previamente encarcelados (Cristiana Chamorro Barrios, Juan Sebastián Chamorro, Arturo Cruz Sequeira, Medardo Medina, Félix Maradiaga, Miguel Moral y Noel Vidaurre), inhabilitados (George Henríquez y Óscar Sobalvarro) o exiliados (Luis Fley). También se encuentran en prisión Ana Margarita Vijil y Suyén Barahona, dirigentes del partido Unamos, y los líderes empresariales Michael Healy y Álvaro Vargas, así como directivos, reporteros y fotógrafos de diversos medios, especialmente deLa Prensay El Confidencial.
Es difícil imaginar una involución más trágica y dolorosa que la que ha tenido lugar en Nicaragua, cuya revolución de 1979 generó la esperanza y la solidaridad de muchos pueblos, y en donde la dupla Ortega-Murillo ha terminado por revivir los grotescos rasgos represivos de la dictadura somocista.
El corporativismo, la corrupción, el patrimonialismo y el carácter dictatorial de la pareja gobernante deben ser denunciados por la opinión pública internacional, la cual debe exigir la liberación inmediata de los encarcelados y el cese de la brutal represión política que impera en la patria de Sandino.
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a guerra de Ucrania es el más dramático de un reguero de conflictos que se remontan a la desintegración de la URSS, a la restauración del capitalismo en esa zona del mundo y al cierre en falso de la Guerra Fría a principios de los años noventa. El Estado creado en octubre de 1917 pasó de ser un instrumento al servicio de la revolución obrera y campesina internacional y una unión libre de repúblicas socialistas hasta mediados de los veinte (no sin problemas, dramas y contradicciones) a convertirse en una maquinaria subordinada al nacionalismo panruso de Stalin y a una política despótica en lo político, faraónica e ineficiente en lo económico y conservadora en lo social. Si a ello le añadimos los efectos catastróficos de la contrarrevolución estaliniana (terror, deportaciones y liquidación de todo vestigio de democracia obrera) y la colectivización forzosa, en la URSS en general y en Ucrania en particular, daremos con las heridas abiertas que nunca sanarían tras la muerte del «Padre de los pueblos» en 1953.
Pero la vieja herencia del zarismo no solo resurgiría en la práctica de la burocracia estaliniana, sino que también las tradiciones anticomunistas y antisemitas subsistirían en los movimientos nacionalistas antirrusos y antisoviéticos de no pocas repúblicas. El hecho de que un sector de la sociedad ucraniana recibiera a los nazis como fuerzas liberadoras en 1941 (recordemos que el mito del «judeobolchevismo» no era patrimonio exclusivo de los nazis sino compartido por buena parte de la derecha en la Europa de entreguerras) y que participara en el conflicto de la mano de la Wermacht también ha dejado huella en determinadas zonas de Ucrania.
Pues bien, como es sabido, la dominación soviética sobre las repúblicas no rusas es uno de los elementos clave de la crisis de la URSS y, unida al largo estancamiento brezneviano de los años setenta, a la catastrófica invasión de Afganistán y al agotamiento provocado por la carrera armamentística que impuso la segunda guerra fría de los tiempos de Reagan, conducirá a los intentos reformistas fallidos de la perestroika de Gorbachov primero y su estallido caótico cinco años más tarde. Con la perestroika en la URSS, la buena voluntad y la generosidad pacifista y reformadora demostrada por Gorbachov no solo no despertó ningún tipo de reciprocidad entre las potencias occidentales sino que fue percibida como una gran oportunidad para completar un proyecto de dominación global y como un signo de debilidad que solo merecía gestos de desprecio y prepotencia, sobre todo por parte de Estados Unidos.
Otro elemento clave de la situación actual —las crisis políticas siempre están relacionadas con problemas materiales— es que Ucrania es la única exrepública soviética que no ha logrado superar el nivel de vida anterior a 1991, puesto que la desaparición de la URSS dislocó enormemente su tejido productivo y propició un saqueo oligárquico comparable al de Rusia pero con una particularidad importante: jamás logró un nivel de cohesión en torno a un régimen autoritario como el que impuso Putin desde los años 2000.Dicho «pluralismo oligárquico» explica en parte las tensiones que estallaron primero en 2004 y posteriormente, con más virulencia, en 2014. De hecho, las zonas occidentales del país son las que más poder adquisitivo perdieron tras la desaparición de la URSS y, por consiguiente, aspiran a entrar en la UE como modo de alcanzar un nivel de vida superior o lograr la libertad de movimiento necesaria para establecerse en países vecinos con salarios más altos. Las zonas tradicionalmente rusoparlantes y con lazos económicos más estrechos con Rusia son las más industriales y las menos proclives a subordinarse a los dictados de la UE.
Las divisiones culturales y lingüísticas, los difíciles equilibrios en política internacional y las disputas en el terreno comercial y diplomático en un contexto geopolítico de tensiones crecientes entre Rusia y Occidente desde 2008 estallarán en 2014 con el derrocamiento de Yanukovich y el viraje decidido del país hacia la Unión Europea y la OTAN. Si bien la revuelta, en un primer momento, respondía a aspiraciones emancipatorias, en buena medida fue recuperada por partidos teledirigidos por las fracciones más proccidentales de la oligarquía ucraniana, con la ayuda decidida de agencias oficiales para el desarrollo y el apoyo manifiesto de la diplomacia y la inteligencia americana y alemana.Sin duda, la represión de las protestas y su radicalización violenta otorgó un protagonismo muy importante a organizaciones de extrema derecha como el Pravy Sektor y Svoboda, embrión del tristemente célebre Batallón Azov (unidad militar integrada en las fuerzas armadas ucranianas desde entonces y que tendrá un papel clave en la guerra en el Donbas y en Mariupol tras el inicio de la invasión del 24 de febrero).
Como es sabido, el desarrollo del movimiento del Maidán conocerá un ascenso de la represión policial hasta culminar, durante la noche del 22 de febrero de 2014, en una masacre que acabará con la vida de más de 60 personas (tanto de manifestantes como de policías antidisturbios) por parte de francotiradores apostados en una azotea. Hasta el día de hoy todavía no han sido identificados los autores de la matanza, entre otras cosas porque las nuevas autoridades en ningún momento iniciaron una investigación de los hechos, pero ya existen gran cantidad de evidencias y testimonios que atribuyen la autoría de la masacre a miembros de las protomilicias de ultraderecha.
Tras la caída de Yanukovich, el nuevo gobierno de Poroshenko pisoteó algunos derechos culturales y civiles de la población rusoparlante y, en 2015, impuso leyes de descomunización —incluyendo la ilegalización del partido comunista, que contaba con el 14% de los votos—, política que está siendo profundizada y generalizada por el gobierno Zelenski so pretexto de la resistencia a la invasión en curso. Además, Poroshenko convirtió en héroe nacional al antiguo ultranacionalista pronazi (y, en tiempos de la Guerra Fría, protegido de la CIA) Stepan Bandera.
El hecho de que el Euromaidán no lograra una profundización democrática significativa de la política y la economía en un sentido antioligárquico ha llevado a las nuevas élites ucranianas a exacerbar el nacionalismo proccidental y antirruso —sin que falte cierta promiscuidad entre fuerzas liberales y de extrema derecha— para mantenerse en el poder. Las ha conducido también a aplicar las políticas de ajuste estructural neoliberal dictadas por sus aliados del FMI y a mantener un conflicto armado con sectores reacios a la ruptura de relaciones con Rusia (desde la toma de Crimea por las tropas de Putin y la proclamación de las repúblicas prorrusas del Donbas, guerra civil alimentada desde entonces tanto por la intervención rusa de un lado como por la asistencia militar americana por otro)… sin que falte un ambiente antimarxista muy intenso que dificulta la recomposición de la izquierda, tildada a menudo de «prorrusa».
Este fenómeno del transformismo ultranacionalista de una nomenklatura cleptómana, oligárquica y procapitalista no es exclusivo de la ex URSS. El estallido de la ex Yugoslavia durante los años noventa también tiene mucho que ver con la adhesión de la antigua burocracia a un nacionalismo etnicista que conduciría a las masacres que tan bien aprovecharía la OTAN para perpetuarse tras el fin de la Guerra Fría, sobre todo en el caso del conflicto de Kosovo en 1999 (primer aviso serio para Rusia de cómo la Alianza Atlántica imponía los «derechos humanos» y el cosmopolitismo liberal en suelo europeo).
La falta de voluntad política de alcanzar un acuerdo para concluir el conflicto del Donbas y, sobre todo, la aproximación a la OTAN a través de una estrecha cooperación militar con Estados Unidos por parte de los sucesivos gobiernos ucranianos posteriores al Maidán son los pretextos utilizados por Putin para lanzar la invasión en curso, tras años de reconstrucción del imperialismo ruso que —conviene recordar— tampoco es ajeno a la ampliación de la OTAN hacia el este, contraviniendo los acuerdos con Gorbachov que pusieron fin a la Guerra Fría.
Nunca se insistirá lo suficiente en la influencia que ha tenido en el resurgimiento del nacionalismo panruso la sensación de acorralamiento que ha generado la ampliación de la OTAN hacia el Este de Europa, no solo incluyendo a los países de la antigua zona de influencia soviética sino también a las exrepúblicas soviéticas del Báltico. La Cumbre de 2008 de la OTAN, en la que los americanos presionaron para hacer pública una declaración que prometía la entrada de Georgia y Ucrania en la organización militar, se ha convertido en un punto de no retorno en la degradación de las relaciones entre Occidente y Rusia.
La mutación hacia el nacionalismo etnicista de Putin y su creciente agresividad (Siria, Kazajstán, zonas del Sahel donde opera con compañías mercenarias oficiosas como Wagner, etcétera) pasó desapercibida para la mayoría de los mandatarios occidentales, muy acostumbrados a ignorar las exigencias diplomáticas rusas y seguir con el piloto automático de la etapa anterior, sin darse cuenta de que dichas promesas constituían una línea roja infranqueable para el Kremlin.
El crecimiento de la tensión internacional, la inestabilidad económica y política de las principales potencias y los cambios de correlación de fuerzas que se dan entre bloques imperiales —con un papel central del ascenso de China como gran potencia mundial y la voluntad de Estados Unidos de contener dicho proceso por todos los medios—, finalmente, también son factores cruciales para comprender la guerra en curso. Estas tensiones atraviesan todo el planeta: desde la zona de Asia-Pacífico hasta Oriente Medio y Asia Central, desde África hasta Europa del Este, y explican el creciente acercamiento entre Rusia y China, a pesar de que todavía pesan las viejas rivalidades y enfrentamientos que tan hábilmente explotó Washington desde principios de los años setenta (y que contribuirían decisivamente al laceramiento del movimiento comunista internacional, al debilitamiento de los movimientos antimperialistas en el Tercer Mundo y a propiciar la restauración capitalista por el partido único en Pekín primero y la implosión de la URSS después).
Según no pocos analistas, el apoyo armamentístico decidido de Estados Unidos y la OTAN a Ucrania para que libre una guerra por procuración contra la invasión rusa (hasta constituir una especie de Afganistán eslavo para los rusos —no faltan declaraciones de responsables políticos en este sentido—) solo se entiende en este contexto y se explica por la voluntad de Washington de debilitar al máximo militar y económicamente a Rusia y como aviso a China de lo que podría suceder si algún día decidiera lanzarse a invadir Taiwán, un contencioso clave en el equilibrio de fuerzas en la zona Asia-Pacífico.
Es indudable, a su vez, que Rusia ha perdido influencia en Ucrania desde 2014 y que es política y económicamente incapaz de contrarrestar la creciente penetración occidental en el país. El Kremlin carece del soft power propio del imperialismo occidental en general y americano en particular, y no tiene un «modelo de sociedad» que ofrecer que resulte atractivo desde el punto de vista económico (extractivismo corrupto), político («democracia de imitación» y autocracia en los hechos) ni social (con desigualdades casi equivalentes a las de Estados Unidos). Esto explica en parte que sus relaciones con Ucrania hayan transitado hacia una diplomacia coercitiva en 2021 primero y hacia la aventura militar lanzada el 24 de febrero después —tan catastrófica para Rusia o más de lo que lo es para Ucrania misma—, con la vana ilusión de lograr dichos objetivos.
Todo ello es indiscutible, pero no es menos cierto que Rusia, a su vez, consideraba cassus belli desde hacía años la integración de Ucrania en la OTAN. Se repite muy a menudo desde el inicio de la invasión de Putin que Ucrania no estaba en la OTAN, pero sobran datos para corroborar que la OTAN sí estaba en Ucrania y, además, con un papel muy activo de asesoramiento, adiestramiento e inteligencia, como ponen de manifiesto las enormes e inesperadas dificultades con las que se ha topado la invasión rusa en estos meses de guerra.
Si bien Putin es el único culpable de la guerra en curso, las responsabilidades por haber dinamitado la paz en la región y azuzado los conflictos son mucho más compartidas de lo que admiten políticos y periodistas europeos y norteamericanos, ya que no se remontan solo a la guerra atroz librada en los últimos meses, sino a la acumulación de tropelías y políticas reaccionarias padecidas en la región durante los últimos treinta años.
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Teoría: Imperialismo
29/11/2022
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s claro que las dos superpotencias han llegado a un límite en que necesitan encauzar el conflicto, no disolverlo, pero si organizarlo de tal manera que evite escaladas riesgosas.
Cuando las relaciones sino-estadounidenses se encontraban en un punto de alta tensión la reunión del G20 en Balí (Indonesia) fue la excusa perfecta para un encuentro personal entre los líderes de las dos superpotencias. Se abrieron nuevos canales de diálogo.
“El mundo se encuentra en una encrucijada histórica y las relaciones entre China y EEUU también se sitúan en una encrucijada” supo describir el periódico chino “Diario del Pueblo”. Es que la transición del poder mundial enmarcada por la relación disputa/colaboración entre EEUU y China, guerra comercial y tecnológica incluida, se había visto conmocionada por la intempestiva visita de la presidenta de la Cámara de Representantes estadounidense a Taiwán, lo que agregó otro frente de conflicto a un mundo ya conmocionado por la guerra ruso-ucraniana.
China alertó que no “jugaran con fuego” y respondió con ejercicios militares que rodearon la isla y suspendió mecanismos de cooperación en áreas como cambio climático, delincuencia y narcotráfico. EEUU declaró que no estaba interesado en escalar las tensiones pero desplegó fuerzas navales en la zona, mientras que Taiwán no se quedó atrás, movilizó fuerzas aéreas y navales y activó el sistema de misiles terrestres.
Es que los acuerdos de 1979 definían la relación entre el continente y la isla bajo el lema de “Un país dos sistemas” al mismo tiempo que EEUU adoptaba el concepto de “neutralidad estratégica”, que implicaba mantener numerosas relaciones no oficiales sin necesidad de ninguna representación diplomática. La visita de Nancy Peloso puso un fuerte paréntesis a ese stato quo, agregando mayor inestabilidad a un equilibrio ya de por sí inestable. A tal punto que The Economist no vaciló en calificar a Taiwán y la zona del Mar de la China del Sur como “…el lugar más peligroso del planeta”.
Esta caracterización del renombrado periódico inglés fue anterior al 24 de febrero de este año en que dio comienzo la guerra de Ucrania, con el desarrollo que conocemos y un nuevo campo de divergencias entre las dos súper potencias.
En un contexto caracterizado por las tensiones que provoca la guerra y las que arrastra la relación sino-estadounidense fue convocada la reunión del G20, que reúne a las principales economía industrializadas del mundo, en Balí (Indonesia. En la noche previa al inicio de la reunión un misil impactó en territorio de Polonia -frontera de la Unión Europea, también de la OTAN- causando dos muertos. Hasta que se tuvo certezas que el proyectil no fue disparado por Rusia sino por Ucrania -información aportada por EEUU- el mundo estuvo al borde de una gran conflagración por la eventual aplicación de los arts. 4 y 5 del Tratado del Atlántico Norte que establecen la defensa mutua de los países miembros frente a un ataque de terceros países.
En este marco complejo y cargado de incertidumbre es que tuvo lugar el 1er. encuentro personal entre Joe Biden (fortalecido luego de las recientes elecciones de medio término) y Xi Jinping (empoderado luego del XX Congreso del PCCh). ¿Qué es lo que le da tanta importancia a la cita bilateral? No otra cosa que una crisis de características multidimensionales que tiende a profundizarse.
Es indudable que la situación de la economía global jugó un papel. El FMI ha recalculado a la baja sus proyecciones para este año. La economía global crecerá solo un 3.2% (6% el año pasado) y un 2.7 en año que viene. Las subas de las tasas de interés de los bancos centrales para frenar la inflación global, que se espera llegue al 8.2% este año (frente al 4.7 del año pasado) y a 6.5 el próximo, son las que, junto con la política Covid cero en China, empujan la rápida desaceleración. La inversión de la curva de rendimientos, cuando los plazos cortos rinden más que los largos, ha sido siempre un aviso de una próxima recesión. Son esas tendencias a la estanflación global, la tensión alcanzada por el caso Taiwán y los riesgos nucleares de una escalada de la guerra en Ucrania los que le dan relevancia a la cita.
No hubo comunicado conjunto de la reunión, sí de los gobiernos por separado. Ambos destinados a bajar la tensión y abrir nuevos canales de diálogo. “No hay necesidad de una nueva guerra fría” dijo Biden mientras afirmaba que su política hacia Taiwán no ha variado, pero que se opone a todo “cambio unilateral”, en tanto que para Xi “el mundo es lo suficientemente grande para la prosperidad de ambas potencias”, mientras recordaba que Taiwán es “la primera línea roja” que no se debe cruzar. Las guerras comerciales y tecnológicas “no le sirven a nadie” afirmó el líder chino, aludiendo al proteccionismo instalado por Donald Trump y que permanece con la administración demócrata, lo que quedó sin respuesta por parte del presidente de EEUU. Sí coincidieron en rechazar el uso de armas nucleares en Ucrania y revitalizar la cooperación sobre cambio climático y otros temas suspendidos cuando la crisis de Taiwán.
El período que llamamos pos Guerra Fría parece cerrado y se ha abierto otro de características por ahora indefinibles donde todas esas tensiones se expresan combinadamente. Los mecanismos de coordinación/cooperación entre las dos superpotencias que estaban suspendidos se han repuesto en este encuentro, pero la fractura de la globalización y la rotura de las cadenas globales de valor permanecen sin mayores cambios a la vista, por el contrario los Estados buscan ahora mayor grado de autonomía en cuanto a la producción/provisión de productos y equipamientos estratégicos y se están armando cadenas de valor regionales.
Es claro que las dos superpotencias han llegado a un límite en que necesitan encauzar el conflicto, no disolverlo, pero si organizarlo de tal manera que evite escaladas riesgosas. Pero como sabemos el capitalismo no es planificable.