Autor: AndreuColl4

  • Afganistán. Un fuerte golpe en el tablero global

    Afganistán. Un fuerte golpe en el tablero global

    Eduardo Lucita Afganistán acelera la declinación del imperio

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    Eduardo Lucita

    Economistas de Izquierdas (EDI)

     

    Actualidad Internacional: Latitudes. Asia

    28/08/2021

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

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    a decisión de Joe Biden de acelerar la retirada de las tropas en Afganistán terminó en una verdadera debacle. Numerosos analistas equiparan esta derrota con la sufrida por EEUU en Vietnam. Tal vez resulte una mirada algo superficial pues pasa por alto que esta derrota es esencialmente política e ideológica más que militar. Para el académico libanés Gilbert Achcar, «las fuerzas sudvietnamitas eran mucho más sólidas que las del gobierno afgano, que lograron resistir durante dos años la ofensiva de las fuerzas comunistas que el propio EEUU fue incapaz de derrotar y que contaban con un apoyo internacional y regional mucho mayor del que jamás han tenido los talibán».

    Tanto el ejército como la policía afgana, organizados y equipados con armamento por EEUU nunca mostraron mayor disposición a la lucha y sufrieron la corruptela de un régimen artificial organizado desde arriba. Hay indicios de que estuvieron infiltrados desde sus inicios. Todo explicaría porque se desmoronaron tan rápido frente al talibán.

    La ofensiva de EEUU, lanzada como respuesta a los atentados del 11-S del 2001 con la excusa de combatir el terrorismo y «liberar al país» (en realidad ocultaba una estrategia imperial para posicionarse en Asia Central) tuvo también un contenido de keynesianismo de guerra ayudando a recuperar una economía en recesión (importancia económica del complejo militar/industrial). Se da la paradoja que la actual derrota ocurre cuando la economía estadounidense ha recuperado su lugar en el mundo globalizado. Está en franca expansión (+7% estimado para este año) y arrastrando, junto con la china (+8.5%), a la economía mundial.

    Dos décadas después los objetivos de terminar con el talibán, de construir una fuerza militar afgana y forjar un Estado nacional «moderno» quedaron solo en enunciados. El fracaso es en toda la línea y el poder ha vuelto a manos de quienes lo detentaban 20 años atrás.

    La derrota sacude el tablero internacional. Es que Afganistán está ubicado en el corazón del Asia, su importancia estratégica deviene de ser punto de encuentro entre Eurasia, Asia Central, China, India y el Oriente Próximo; de sus fronteras con Pakistán, Irán y China y de su cercanía con varias potencias nucleares. Además territorio estratégico para el paso de oleoductos y gasoductos. Su principal actividad es la agricultura, aunque solo el 5% de su tierra es cultivable (uno de los mayores productores mundiales de opio, que se extrae de cultivos ubicados en zonas dominadas por los talibanes más radicalizados y son su fuente de financiamiento). Pero su territorio también contiene petróleo, gas, hierro y oro, y sobre todo cobalto y litio (esenciales para la nueva era tecnológica) lo que le otorga gran relevancia para las potencias mundiales.

    Esta derrota puede ser un punto de inflexión. Por un lado coloca a EEUU en su momento de mayor declinación frente a China en su disputa estratégica y en paralelo deteriora las relaciones con las potencias europeas que Joe Biden estaba tratando de recuperar luego de los destratos de Donald Trump. Por el otro agudiza las contradicciones internas en la sociedad norteamericana, incluso los demócratas podrían perder las elecciones de medio camino el año que viene en ambas cámaras (en diputados tienen una débil mayoría de 8 bancas, mientras que en senadores están empatados). Adicionalmente descoloca a la comunidad atlántica y a la OTAN, que se alinearon con EEUU y coorganizaron la «Operación Libertad Duradera». La retirada anticipada y unilateral de las tropas estadounidenses sin aviso a los europeos introduce nuevos elementos de crisis en el bloque mientras aumenta el descrédito de la dirigencia política, que alcanzaría a la alemana Angela Merkel (su partido podría perder las próximas elecciones, incluso ya se está hablando de un gobierno de coalición). Debe medirse también el impacto que el regreso de los talibanes tendrá en el mundo islámico, especialmente en Pakistán, Yermén, Siria, Somalia y en algunas naciones de la ex URSS.

    Con la OTAN retirando también sus tropas el protagonismo pasa a Rusia, Irán, Pakistán, que vive el triunfo como propio, y especialmente a China que se ha convertido en el gran interlocutor con los talibanes. En julio pasado una delegación visitó la República Popular, se comprometieron a que no volverían a ser refugio y base de ataques de grupos tipo Al Qaeda, también incursionaron en temas comerciales y de inversión. Afganistán necesita reconstruir y construir infraestructura que permita integrar las distintas zonas del país hoy incomunicadas (lo que favorece a los señores de la guerra locales frente a la centralidad frustrada de Kabul). En tanto que China ve ahí la posibilidad de extender la Nueva Ruta de la Seda, que así quedaría a las puertas de India, hasta ahora renuente a integrarse al proyecto.

    Todo sucede cuando no es de descartar una nueva ola de refugiados (estimada en 3.5 millones de personas), que Europa no está dispuesta a recibir sino en cuenta gotas, mientras que Turquía sí y ganar así prestigio internacional.

    El triunfo de los talibanes y la segunda gran derrota de EEUU han puesto en movimiento las principales piezas del tablero global. Sus efectos serán duraderos y se verán a futuro. ¿Qué implicancias estratégicas tendrán? ¿Los que regresan al poder serán los mismos que lo perdieron en el 2001? ¿El reconocimiento de China y Turquía los legitima? ¿Afganistán se consumirá en una nueva guerra civil como en los inicios de los ’90 o los triunfadores lograran un mando unificado que contenga y discipline a las diversas tribus, etnias y al ISIS local? (los recientes atentados en las cercanías del aeropuerto de Kabul y las demoras en formar gobierno no son buenas señales) ¿Las mujeres mantendrán lo poco alcanzado en estos años en los centros urbanos, no así en el interior. Lograran forjar un movimiento que las libere de tanta opresión y atraso, cuando de alguna forma han sido aliadas del invasor que les ofrecía mejores condiciones de vida y existencia)

    La declinación de EEUU ha avanzado varios casilleros y esto abre numerosos interrogantes.

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  • América Latina (AL) rumbo a la COP 26: Cambio Climático y extractivismo

    América Latina (AL) rumbo a la COP 26: Cambio Climático y extractivismo

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    Comisión de ecología de América Latina

    Documento aprobado en las primeras jornadas celebradas por la Comisión.

     

    Actualidad Internacional: Ecología

    21/06/2021

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    l capitalismo, a través de la explotación del trabajo asalariado a nivel mundial, ha posibilitado aumentar la producción de mercancías y la realización de servicios a un costo medioambiental inconmensurable. Esta tendencia destructiva ha sido reforzada en particular por el aumento de procesos como la productividad agrícola, el desarrollo tecnológico y el crecimiento cancerígeno del extractivismo. Los beneficios materiales obtenidos de este proceso histórico están siendo hoy rebasados por las consecuencias negativas para la vida en su conjunto, no solo de los seres humanos, sino de todos los seres vivos. Al mismo tiempo, la expansión exponencial del capitalismo produce una nueva oleada de desigualdades en materia de energía, en ingresos y acceso a bienes básicos nivel mundial.

    En este contexto es importante una aproximación al desarrollo del deterioro ambiental en América Latina por 2 razones. Por un lado, el cambio climático, que en una región tan vulnerable y políticamente tan convulsa se vuelve una prioridad para la perspectiva de las y los socialistas; por otro lado, por los estragos de la acentuación del extractivismo, que nos replantea en el continente el proyecto emancipatorio que queremos construir.

    El cambio climático es un proceso global inequívoco y consensuado por la comunidad científica. La principal causa del cambio climático es la concentración de Gases Efecto Invernadero en la atmósfera como consecuencia de la quema de combustibles fósiles. Estos contaminantes derivan de la base material de la economía mundial, por tanto, estabilizar o disminuir las emisiones GEI implican uno de los mayores retos en este momento, en tanto que obliga a un cambio de la denominada matriz económica. En este sentido, el paradigma del crecimiento y desarrollo en el que se basa el sistema capitalista ecocida es el principal obstáculo para limitar las emisiones de carbono a la atmósfera. En América Latina nos enfrentamos a una serie de problemas específicos que nacen de los siguientes indicadores, hechos y tendencias:

    En este mismo sentido, la región se ha incluido en los acuerdos internacionales que pretenden detener, de manera hoy insuficiente, la crisis climática: Acuerdo de París, el Fondo Verde para el Clima y los fondos donados que tienen por objeto proporcionar recursos dirigidos a la mitigación y a la adaptación y que están destinados a la compensación internacional convertidos en créditos (bonos de carbono). Finalmente en cuanto a sus contribuciones determinadas a nivel nacional (CDN), cada país define el nivel de emisiones que intentará alcanzar en los siguientes cinco años.

    En la Conferencia de las Partes en la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP 25), celebrado en Madrid en 2019, los principales puntos tratados fueron los siguientes:

    En la jornada sobre el tema de la energía, los ministros de Chile y Colombia establecieron la meta regional para América Latina y el Caribe de alcanzar un 70% en el uso de energía procedente de fuentes renovables en 2030. Por iniciativa de Chile, en la COP 25 se trató el tema de los océanos y los usos del suelo.

    Esta serie de consideraciones que podemos tomar como ciertas, son preocupantes frente a los efectos que podemos esperar a nivel social y ambiental en la región. Hemos visto hoy cómo los esfuerzos hechos dentro de la economía de mercado para detener las consecuencias previstas, no están teniendo resultados, y es altamente improbable que la lógica de los acuerdos desde arriba, entre gobiernos y corporaciones, logren hacer avanzar la situación hacia mejor. Para darnos una idea basta comparar el estado de las negociaciones con los siguientes pronósticos:

    Las políticas de las principales potencias no han dejado de plantear la necesidad de seguir creciendo económicamente, sobre todo después de la pandemia que ha desactivado algunos sectores importantes, es alarmante que la ortodoxia del libre mercado y el neoliberalismo no esté dispuesta a reformularse mínimamente. Ni siquiera sumir la intervención del Estado en la economía de manera más fuerte para detener la catástrofe no es parte de la política económica de ningún país. ¿Realmente las economías en desarrollo necesitan crecer más para que se puedan resolver sus problemas económicos y sociales, y se logren reducir las brechas de ingreso, tecnología e infraestructura con respecto a las economías desarrolladas? Este callejón sin salida aparece en los países de América Latina en relación al extractivismo que al tiempo que genera bonanzas económica en algunos lapsos, las consecuencias de este desarrollo empeoran a la larga las condiciones de vida de la población y al medio.

    Frente a esta situación la Conferencia de las Partes sobre Cambio Climático (COP 26) prevista para Glasgow este fin de año, marca desde ya una pauta mediática y política en el mundo ineludible, aunque previsiblemente decepcionante. Por el hecho de que la crisis climática es un tema sociopolítico a escala planetaria. Con el posible elemento de la aparición de las Huelgas Mundiales por el Clima, con millones de participantes en decenas de países, que se han puesto, desde 2019, en el centro de las discusiones internacionales. Este nuevo elemento nos permite y exige dar un cambio en nuestro discurso propagandístico.

    La agitación debe partir de tratar de orientar las luchas actuales que se desarrollan en AL hacia la visión global que se expresa en Europa, Asia y Norteamérica; y conectar tal visión globalizada con las luchas concretas que acontecen en nuestra región.

    Desde la IV internacional nuestra propuesta hacia el tema climático en AL debe partir de conectarse con la resistencia campesina indígena, que reivindica sus semillas, sus prácticas, su identidad y nacionalidad, enfrentadas objetivamente a la deforestación masiva, a los incendios provocados, a los transgénicos, a los monocultivos extensos, es decir a los planes y acciones capitalistas.

    Además de la delicada situación en que nos deja el cambio climático en la región, tenemos un profundo problema que se remonta al proceso de colonización y subordinación de nuestras economías a los intereses de los países imperialistas: la extracción de materias primas de la mano de la intensiva producción agrícola, ganadera y piscícola. Por ello, la importancia de tener una radiografía y análisis de la economía primaria en AL es en primer lugar política, ya que del desarrollo de estas actividades se presentan conflictos socioambientales que se han convertido en centrales en prácticamente todos los países de la región.

    Desde la academia crítica del continente se suelen considerar 5 tipos de extractivismo presentes y que se agudizan en AL:

    Estos 5 tipos, si bien son problemáticos por su amplitud, son útiles para entender las tendencias de nuestras economías y sus relaciones. Sin embargo, sí es importante concentrarnos en un primer momento en la primera conceptualización ya que estrictamente son las formas económicas que extraen los bienes naturales sin mayor valor agregado.

    Las actividades económicas primarias en AL (entre ellas las extractivas) representan la porción más alta en todo el mundo, llegando en 2017 a representar el 37% de la economía de toda la región. Uno de los puntos fundamentales es que las exportaciones al mercado mundial de estos productos sin procesar han crecido enormemente, incitada a su vez, en los últimos años, por la gran demanda de materias primas que China exige.

    Estos ingresos provenientes de la exportación de recursos naturales mantuvieron en años recientes el crecimiento económico de muchos países de la región. En particular, la minería y el petróleo financian el crecimiento de diversas economías latinoamericanas, las cuales se han vuelto dependientes de las industrias extractivistas para poder asegurar sus niveles de crecimiento, así como para financiar programas de redistribución de la riqueza, sin necesidad de avanzar a tocar a las grandes fortunas. Es importante mencionar que los precios de las materias primas han beneficiado a gobiernos de izquierda como de derechas (En México los precios del petrolero fortalecieron a gobiernos conservadores). En AL merecen una específica mención algunos gobiernos progresistas, como en Brasil y Bolivia, que llevaron su dependencia al extractivismo local a niveles absurdos.

    Esto fue posible porque la extracción mundial de materiales se triplicó en las últimas cuatro décadas y las materias primas mantuvieron un  precio alto en el mercado. Esta situación al mismo tiempo que refuerza la dependencia de nuestros países a la división mundial del trabajo, agudiza fuertemente el cambio climático y la contaminación atmosférica. Esta dependencia se traduce en un deterioro del territorio en los países dependientes y en un aumento del consumo de los países más ricos del mundo que hoy consumen en promedio 10 veces más materiales que los más pobres.

    Debemos puntualizar que en términos sociales el resultado en la región es la multiplicación de conflictos ambientales. El caso de Colombia es alarmante, hasta 2017 el 41% de los conflictos sociales, reconocidos en el atlas de Justicia Climática, tenía que ver con conflictos mineros.

    Finalmente debemos señalar que el proceso de crisis por la pandemia refuerza algunas tendencias, (aunque en el contexto de un debilitado comercio mundial) con lo que se tiende a profundizar la reprimarización exportadora con menos empleos, mayor deterioro ambiental y aumento de la desigualdad (CEPAL)

    Es claro que el neoliberalismo y el extractivismo no son una suerte de visiones antagónicas de dos tipos de gobiernos que se presentan en la región. El primero es una configuración de la economía que impulsó el libre mercado a nivel global y el segundo es, en base, una rama de la economía primaria que ha tomado dimensiones cancerígenas.

    Ambos momentos no son para nada contradictorios, pues cuando el boom extractivista aparece, el neoliberalismo sigue funcionando a nivel mundial, y ni siquiera ha sido sustituido aún tras las políticas de Trump supuestamente proteccionistas. De hecho, podríamos decir que el crecimiento del precio de las materias primas fue posible por la dinámica que generó el neoliberalismo en la economía en las últimas décadas. La diferencia que podemos encontrar en términos políticos es que la pobreza se aminoró por parte de los gobiernos progresistas a partir de mecanismos de redistribución tanto de las ganancias del precio de las commodities, como de impuestos específicos a ciertas actividades económicas.

    Lo fundamental es identificar y denunciar las relaciones que existen entre el neoliberalismo y los procesos de devastación ambiental como la legalización de la privatización de las zonas naturales comunes y otros mecanismos que posibilitan la extracción de materias primas para alimentar al mercado mundial.

    Debemos tener en cuenta la evidencia de que el mercado de materias primas se vincula directamente a la economía más avanzada del sistema capitalista con sede en Silicon Valey. Es decir, la presión sobre nuestros territorios seguirá existiendo en tanto que las ramas de la economía de tecnología más avanzada como el mercado de plataformas, el transporte o la farmacéutica continúen con su crecimiento sin límites. Lamentablemente estas mismas ramas son las que apuntan a reactivar al capitalismo tras la recesión y la pandemia.

    Estas serían algunas de las razones por las que a pesar de que los Estados en AL han tenido transiciones entre gobiernos neoliberales y progresistas, las políticas extractivistas se han agudizado.

    Aunque la alta dependencia de las economías a la extracción de materias primas que ya describimos es la base de gran parte de la devastación, sin embargo, debemos ser conscientes de que no es sólo nuestro papel en el mercado mundial el que nos empuja a esta situación, es también el rol activo del Estado el que ha reforzado nuestra dependencia.

    Durante los recientes gobiernos progresistas latinoamericanos, donde creció la intervención estatal, no se tomaron medidas que cuestionen o paren el capitalismo que se sostiene en la extracción, despojo, contaminación y destrucción de la naturaleza. La afectación a la vida de los pueblos indígenas y campesinos es una de las grandes deudas de los gobiernos progresistas, pues se invaden sus territorios, se contaminan el aire y agua, y se lleva a sus hogares más pobreza y enfermedades. El extractivismo impone, en los territorios que invade, la violencia bajo múltiples formas creando condiciones sociales que orillan al alcoholismo, prostitución y trata de personas, así como divisiones al interior del tejido comunitario y familiar.

    América Latina junto a los países de otros continentes que han vivido la colonización y la subordinación violenta por parte de los países centrales, ocupa un lugar diferenciado en el escenario mundial en contra del cambio climático, por lo que el proceso de combate contra el calentamiento global se da de forma más fuerte y con mayor violencia estatal, en tanto que la devastación ambiental afecta directamente a sectores más amplios de la población.

    En este sentido una parte importante de una perspectiva específicamente ecosocialista hoy es la apuesta por movilizar y articular a los sectores que luchan contra el cambio climático, por el territorio y por una transición justa a partir de un planteamiento de ruptura con la lógica del capitalismo y sus crisis, es decir, por un proyecto abiertamente ecosocialista.

    Vincular la fuerza de los movimientos y sectores que hoy responden a la crisis ambiental con una visión radical de lo que proponemos, es una necesidad, porque no hay medias soluciones al problema que plantea el cambio climático y a su vez no podemos desconectar el horizonte utópico de los proceso reales o potenciales, es decir, con la consolidación de esa fuerza que lo haría efectivo.

    En este sentido, debemos convocar en este 2021 rumbo a la COP 26 a la movilización de la juventud que lucha contra el cambio climático, de los pueblos originarios y campesinos que defienden el territorio contra la extracción salvaje y a los sectores urbanos populares y de trabajadores que defiende los servicios públicos: la salud, el transporte, el agua, etc. En América Latina y el resto del sur global es fundamental articular los procesos de resistencia del campo y la ciudad, la crisis climática afectará con más fuerza a los sectores empobrecidos de los dos sectores.

    La vinculación de las demandas ecologistas con el movimiento de mujeres a nivel continental e internacional es clave porque son las más movilizadas en todo el mundo y porque la crítica al capitalismo patriarcal debe articular la violencia que se ejerce contra los territorios y los cuerpos de las mujeres.

    Hemos visto en los 2 últimos años que las convocatorias a la movilización por el clima expresada por Gretha Thumberg, en realidad no tuvieron mucho efecto en América Latina, aunque como todo movimiento internacional hoy tienen réplicas hasta en los lugares más recónditos del planeta. En América Latina, fueron Chile, Brasil y México quienes movilizaron más jóvenes en torno a esta demanda, pero notoriamente fueron jóvenes de sectores medios y altos.

    Por otra parte, la lógica de este movimiento si bien es en general “progresista” o de izquierda, sus iniciativas son fácilmente cooptables por la influencia de las ONGs del capitalismo verde. El movimiento de jóvenes ha tenido                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                         serias dificultades para plantear una tercera alternativa a los gobiernos y a las empresas verdes.                                                                                                                                                                                                                 Sin embargo, estos movimientos siguen estando en disputa y nuestros camaradas en Europa han dado importantes pasos en impulsar una perspectiva anticapitalista dentro, pues no está previamente definido el carácter de este movimiento juvenil, sobre todo porque la dirigencia de Gretha Thumberg es dissuptiva y muchas veces más radical que algunas de sus expresiones nacionales.

    Por otro lado, tenemos al movimiento indígena como vanguardia de muchas luchas en el continente: les mapuches en Chile y en la amazonia en Brasil, LA CONAIE en Ecuador y los indígenas en Bolivia, en Colombia y Venezuela resisten, y en México mantienen autogobiernos locales y zarpan a Europa.

    El papel de los pueblos indígenas, campesinos y sectores urbanos organizados para la lucha ecosocialista se asienta en el papel radical que tiene su autoemancipación, la afrenta contra el sistema colonial y racista que ello implica y la potencia de sus paradigmas de vida. Aunque minoritario en relación con el conjunto del movimiento social, es el punto de partida de muchos de los planteamientos radicales que el ecosocialismo expone.

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  • ¡Basta de represión en Argelia!

    ¡Basta de represión en Argelia!

    ¡Basta de represión en Argelia!

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    Secretaría Nacional del PST

    Parti Socialiste des Travailleurs, sección argelina de la Cuarta Internacional

    Fuente: Cuarta Internacional

    Actualidad Internacional: Latitudes. Oriente Medio y Magreb

    15/05/2021

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    Las detenciones masivas de manifestantes el viernes 14 de mayo, así como las de decenas de periodistas y conocidos dirigentes políticos como Wahid Ben Halla (líder del MDS), Mohcen Belabbes (presidente del RCD), Ali Laskri (líder del FFS), etc., constituyen una grave escalada represiva que debe cesar inmediatamente. Esta estrategia del gobierno, que consiste en doblegar al Hirak y, por ende, a todo el pueblo argelino, es una huida hacia delante de sus responsabilidades políticas. Se trata de una deriva autoritaria que podría conducir a un estado militar-policial. Sólo puede debilitar aún más al Estado nacional argelino frente a las potencias imperialistas y justificar su injerencia. Así ocurrió ayer con el Parlamento Europeo y así ocurre hoy con el Consejo de Derechos Humanos de la ONU.

    ¡Por el respeto a las libertades democráticas!
Frente a este ataque represivo, que sólo podría exacerbar la legítima determinación del pueblo argelino por la defensa de sus libertades democráticas, el poder cuya responsabilidad política histórica está comprometida, debe cambiar de rumbo. La solución es política y no puede lograrse mediante la represión, el forzamiento electoral y la fijación unilateral de las reglas del juego político independientemente de la voluntad popular. El gobierno tiene la posibilidad, y sobre todo la responsabilidad, de hacer optar por la democracia y la soberanía popular que dice querer promover en su «nueva Argelia».

    El gobierno debe responder positiva y urgentemente a las siguientes demandas políticas y democráticas:

    – Liberación de todos los jóvenes activistas del Hirak, así como de todos los presos políticos y de conciencia;

    – Cese de todos los actos de represión y eliminación de todos los obstáculos al ejercicio efectivo de las libertades democráticas en Argelia;

    – Anulación de las elecciones legislativas del 12 de junio;

    – Apertura efectiva de los medios de comunicación públicos a todas las opiniones, especialmente a la oposición política partidista y a los ciudadanos.

    Tras la aplicación de estas medidas políticas de emergencia democrática, que podrían inaugurar una fase de transición democrática y un proceso constituyente popular soberano, debe organizarse un debate político nacional, democrático y transparente entre el pueblo.

    Es al final de este debate, libre y sin trabas, cuando el pueblo argelino ejercerá su soberanía y decidirá su futuro mediante la elección de una Asamblea Constituyente soberana y representativa de sus aspiraciones democráticas y sociales.

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  • Entrevista a Karina Nohales, Coordinadora 8 de marzo

    Entrevista a Karina Nohales, Coordinadora 8 de marzo

    Entrevista a Karina Nohales, Coordinadora 8 de marzo

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    Ximena

    Por Punto de Vista Internacional

     

    Actualidad Internacional: Entrevista con…

    19/05/2021

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    Soy Ximena parte del grupo editor de punto de vista internacional, en esta oportunidad vamos a estar conversando, charlando un poco las voces protagonistas de este fin de semana en Chile. Chile eligió a los 155 escaños de la Convención Constituyente también eligieron gobernadores y alcaldes concejales en un hito histórico. Candidaturas independientes candidaturas de la izquierda se han impuesto rotundamente y las candidaturas de movimientos sociales, de las resistencias indígenas de wuamapu, para hacerla también en este proceso de redacción de la constitución. Para poder comprender un poquito más todo este proceso de elecciones constituyentes tenemos a la compañera de la Cuarta Internacional, Karina Nohales activista feminista abogada laboralista participante de la Coordinadora 8M una de las protagonistas de estas elecciones, así que bienvenida Karina, muchas gracias por este tiempo, son años que veníamos charlando y este fin de semana de muchos esfuerzos, así que no sabíamos cómo comenzar con un poco de la contextualización de lo que pasó este fin de semana y que significó este proceso de elecciones.

    Efectivamente se produce un proceso electoral muy numeroso en semanas que se eligen cuatro cargos diferentes, pero que sin duda la relevancia que tiene la elección de la Convención Constitucional ha sido caracterizada por amplísimos sectores como elección más importante de Chile en 40 años para conformar un órgano que tiene que redactar la nueva constitución. De manera previa había pronósticos muy generales que daban cuenta de que los partidos de la derecha, del gobierno, iban en una lista unificada en todo el país, mientras que los sectores de la oposición son muy diversos, también no necesariamente izquierda y fragmentados en muchísimas listas diferentes. De acuerdo con el comportamiento electoral de periodos anteriores y el sistema mismo electoral hacía presagiar que la derecha iba a obtener fácilmente en la convención un tercio al menos, quizás más, pero al menos un tercio dentro de la convención. Este tercio era necesario porque en los términos en que fue acordado este proceso constituyente por los partidos políticos del orden, las decisiones tienen que tomarse con una mayoría de 2/3; entonces quien obtenía este tercio tenía el poder de veto, un veto de minoría. Las grandes transformaciones deberán contar con un apoyo mayoritario en la convención. La primera sorpresa es que la derecha no logra este tercio y en realidad lo que sucede es algo que nadie se atrevió pronosticar y literalmente nadie se atrevió a hacerlo, no existen encuesta, de las tradicionales encuestas que siempre han estado en todas las elecciones, no existieron encuestas previas de antes de la elección de convencionales, porque en realidad un escenario muy incierto y probablemente en los sondeos internos que hicieron daban cuenta de que iba a ser un resultado catastrófico para los partidos del orden y nadie lo quiso anunciar. Algo más, había comentaristas políticos del establishment que se limitaban a augurar una composición relativamente similar con sorpresas muy minoritarias similar al parlamento y aconteció todo lo contrario, se produjo la derrota aplastante tanto de la derecha como de la Concertación que son los partidos sociales liberales que han administrado los treinta años del neoliberalismo en Chile. Se produce un resultado importante para el bloque que conforma el frente amplio con el Partido Comunista y lo más sorpresivo para algunos, es la irrupción masiva de las candidaturas independientes. Por supuesto, no son todas lo mismo, pero son mayoritariamente digamos candidaturas alineadas con las aspiraciones del programa de la revuelta social, eso es lo primero; lo segundo hay una particularidad este el primer proceso constituyente en el modo paritario, efectivamente resultaron electas muchísimas más mujeres que hombres, sin embargo esta es una paridad que tenía un techo y de eso somos críticas por la convención no va a estar integrada sino por una mitad de mujeres y mitad de hombres y muchas mujeres quedaron fuera por lo menos 11 por el mecanismo de corrección de paridad que hizo ingresar varones. Entonces la paridad con techo nos perjudicó; en tercer lugar está la elección de los escaños reservados para pueblos originarios en la que iban candidaturas que eran de derecha también y no iban solo sectores de izquierda y lo que refiere al menos a los escaños del pueblo mapuche salen todos personas izquierda, con casos insignes como una compañera fue presa política mapuche y cuyo hermano fue preso político mapuche y ella fue una de las portavoces de la huelga de hambre de esa tanda de presos políticos mapuche. bastante impresionante. Para nosotras el primer balance de resultado es que la revuelta entró la convención, primero que la revuelta sigue en curso, como su expresión política, sigue abierta, el pueblo votó por la revuelta; esto podría decir a grandes rasgos, en donde el portazo a todo el establishment; para ellos es una sorpresa, para nosotras no, porque si bien todos los sectores sociales somos críticos de los términos de este acuerdo por la paz social y la nueva constitución plagado de límites y obstáculos nosotras llamamos siempre a confiar en nuestra propia fuerza para saltar todos los torniquetes del proceso. Esta sola elección ya es un torniquete espléndidamente saltado, lo que quiere decir cuando los pueblos han tomado una decisión, no existe máquina que pueda detener detenerlo.

    Como la revuelta es un proceso de posibilidades, parafraseando a Bensaid, esas posibilidades revertidas, porque claramente está elecciones es parte de ese proceso, pero claramente se abren muchos desafíos manteniéndolos todavía un poco en este eje de la cuestión más inmediata de las elecciones, qué pasa a partir de ahora con pasa con la derecha. Lo cierto y este mensaje claro desde la fuerza populares que se puede esperar de la derecha de las élites a partir de este proceso.

    La situación es complicada para ellos en lo que se refiere al escenario institucional, en general, particularmente complicada dentro de la convención, la verdad es que este ha sido un muy mal gobierno, esto lo sabemos, no sólo en lo relativo a la política permanente, sino gracias sistemática los de los derechos, una política de hambre, una gestión criminal de la pandemia. Si, pero el punto es que los partidos de derecha no han podido permanecer cohesionados no han actuado como único cuerpo en realidad en una serie decisiones políticas, sobre todo nivel parlamentario ha aparecido dividido votando de manera diferente. En realidad los sectores de derecha que están dentro del parlamento no se han alineado con el ejecutivo en decisiones muy importantes y por otro lado, a fin de año tenemos elecciones presidenciales y la derecha tiene en este momento algo así como siete precandidaturas no logran ponerse de acuerdo y que de algunas maneras se impugnan unos a los otros; entonces yo diría que a ser muy difícil que la derecha logre alinearse y actuar de manera completamente ordenada dentro de la convención, porque que no defienden el mismo programa, no si porque están un poco desconcertados, saben que su descrédito es total, pero no ha logrado afirmar un camino siguen siendo muy erráticos respecto de cómo tiene que ser lo que viene y cuando se juega una elección presidenciales y parlamentarias también en un contexto de descrédito de los próximos meses les interesa siempre mantener un giro digamos neo populista, entonces no sé cómo se van a llamar a actuar en la constituyente.

    Creo que esto también nos dirige a lo que veníamos pensando para las preguntas siguientes, esto de los desafíos, bueno si hay una derecha que he quedado totalmente descolocada en este momento, obviamente que eso no significa concretamente una derrota sino que, bueno, esto implica que los desafíos que se abren en este proceso generan como todo una reconfiguración en lo que va ser el campo social y político también y ahí es interesante poder conocer tu mirada sobre qué retos enfrenta al feminismo en la redacción de esta nueva constitución, pero también en todo este proceso de redefinir esas instituciones con carácter pinochetista, que significa este proceso en términos de redefinición de la democracia. Cierto, de las instituciones y de la democratización de estas instituciones, qué mirada tienes sobre estos retos.

    Primero es importante pensar cómo se va a ordenar el feminismo dentro de la Convención. En la Convención no entra un feminismo, entran trayectorias diferentes, lecturas diferentes, entran sectores muy amplios que en realidad no tienen trayectoria ni con las luchas ni con el pensamiento feminista desde el feminismo, mucha autoidentificación desde ahí simplemente, porque el feminismo se ha tornado como ineludible y en la contienda política jugó un rol central también, entonces es muy importante poder organizar y articular dentro de la Convención más que la autoidentificación feminista a los movimientos, al feminismo de masas que ha irrumpido la escena política los últimos años en el país igualmente sigue siendo diverso, pero que ha logrado cohesionarse en torno a perspectivas muy grandes, en particular de manera numerosa un feminismo que se ha organizado previamente en torno a la huelga general feminista, en torno al programa feminista contra la precarización de la vida, es decir, entran unas mini bancadas feministas que cuentan con un programa que habla de todo, y nuestra aspiración es que sea ese sector que ya organizado el que comande, articule y organice las fuerzas feministas dentro de la Convención. Sin embargo, creo que hay dos cuestiones para tener en cuenta que no son tan sencillas y que si bien el pueblo votó revuelta en las urnas y eso lo que se expresa en las candidaturas independientes que terminan siendo electas no es un buen resultado electoral para el movimiento social organizado y para los sectores establemente organizados del movimiento social. Creo que con la sola excepción de las organizaciones feministas. También hay una desidentificación entre los votantes de la revuelta, con las expresiones organizadas del movimiento social de los últimos años y muchísimos de los constituyentes y de las constituyentes que ingresan como independientes, ingresan de manera inorgánica es decir no son parte de movimientos, aunque se identifican, y sus candidaturas se levantan desde el sentido común de la revuelta. Sin embargo, la mayoría de estos sectores no son feministas, entonces la coordinadora feminista Ocho de Marzo en particular logra entrar a la convención digamos entre dos aguas, logra entrar por supuesto en autonomía irrestricta de todos los partidos del orden y de los partidos neoliberales, pero entra como un movimiento social que va a tener que tender puentes con todo un sector independiente inorgánico que es expresión de la revuelta y que no es feminista. Entonces este equilibrio digamos feminismo de los partidos feminismo de los movimientos y revuelta no feminista también ahí debe exigir distintos niveles de alianza por supuesto que nosotras hemos planteado programáticamente por el fin del neoliberalismo en esta Convención, que en realidad es un mandato popular portado por millones en la calle y eso toca consagrarlo, pero que hay centralidades programáticas que vamos a poder pelear en conjunto con sectores que talvez orgánicamente no nos articulemos por fuera de la convención, pero que allá dentro hay que mantener acuerdos y que son vitales para nosotras: los derechos sexuales y reproductivos, el derecho al aborto legal y gratuito, el reconocimiento al trabajo doméstico y de cuidado que para nosotras debe traducirse en un sistema de cuidado plurinacional y comunitario como parte de un sistema de seguridad social, el derecho a una vida libre de violencia para mujeres niñas y disidencias, entre otros. Entonces son varios los niveles de articulación que va a ver que abordar desde por lo menos nuestro feminismo.

    En este caso con este proceso también de la convención ustedes desde la coordinadora feminista estaban con la campaña de libertad de presos políticos, en qué situación está campaña y que perspectivas tiene con este escenario

    Nosotras nos hacemos parte de organizaciones que ha surgido exclusivamente para llevar adelante la demandada libertad de los presos y presas políticas de la revuelta, nos formamos parte de todas las movilizaciones, y obviamente es una de las demanda más importante junto con la demanda del fin de la impunidad y también hay personas que fueron asesinadas, personas fueron mutiladas, todos esos crímenes están impunes y es necesario perseguir la responsabilidad política y penal de los responsables, que por cierto están en el gobierno. Entonces es muy importante no separar estos momentos con el escenario institucional que se inaugura, como un desplazar lo otro, como centralidad. Afortunadamente nosotras somos una organización grande que tiene muchos frentes de trabajo en la que había ingresado ahora nuestra compañera Alondra Carrillo a la Convención no significa que vamos a subordinar todo el trabajo a eso olvidándonos de las otras centralidades y muy por el contrario, ahora estamos organizando todo, pero nuestra primera vocación es organizar una bancada de los pueblos que ponga por delante e inaugure la Convención poniendo la centralidad en estas claves, es decir la necesidad de que en esta Convención no puede tener lugar la impunidad del terrorismo de Estado y con las y los presos de la revuelta todavía encarcelados, también se espera desplegar esa demanda,.

    Estabas contando este escenario también político entre lo que sucede con los espacios de la izquierda y los diferentes feminismos y en este sentido, aprovechando también que nos encontramos en este espacio también internacionalista de la Cuarta Internacional, para vos crees que se abren como horizonte, como desafío, quizá momento de revisar cómo se enfrenta la izquierda y los espacios anticapitalistas dentro de Chile. como dijiste las elecciones de este fin de semana fueron parte de un proceso, pero que no es lo único, los movimientos sociales, los espacios como la coordinadora que abarcan un montón de frentes, qué mirada tienes vos y qué revisiones debe tener la izquierda anticapitalista en este escenario como para ir dando las ideas y reflexiones finales.

    Es importante mencionar en este cuadro que en la izquierda hay un gran sector que es derrotado en esta elección que es el mundo sindical, la principal central sindical del país presentó 24 candidaturas, ninguna fue electa, la ANEF la agrupación nacional de empleados fiscales que es de las organizaciones más antigua y referenciadas del país presentó candidaturas y ninguna fue electa, sectores como el colegio de profesores que han liderado grandes huelgas y tiene como una visibilidad mediática importante presentó candidaturas y nadie fue electo, tomas a FP que ha sido un movimiento de masas pero liderado desde el sindicalismo contra el actual sistema privado de pensiones presentó candidaturas y creo que una persona fue electa, pero presentó 19 candidaturas, no entro nadie del mundo del trabajo asalariado, nadie. Sin embargo, entraron dos compañeras del mundo del trabajo no asalariado, que son feministas y se han organizado en torno a eso. Entonces estoy pensando en las tareas políticas y lo que esto expresa lo que este escenario electoral al menos expresa hay un voto a favor de la revuelta que nos identifica con lo que han aparecido como representaciones clásicas de diversas luchas sociales, salvo el feminismo, me parece que ningún sector se salva. En segundo lugar, no es posible establecer una identidad entre este sentimiento, sentido común de la revuelta, con espacios de la izquierda organizada; por supuesto tenemos al Frente amplio y al Partido Comunista, pero la revuelta, sobre todo, está identificada con un sentimiento anti partido, esto es complejo porque lo que está abierto es un campo de posibilidad enorme que se ha expresado hoy electoralmente a favor de los relatos más radicales de la revuelta, pero yo creo que la izquierda no sabe cómo agarrar esto, porque el sentido común desde el que se erige nos es muy ajeno, me refiero a las tradiciones políticas de izquierda asentadas, ya que va a ser muy necesario actuar sin sectarismo y pensar las fórmulas. Al mismo tiempo desde la coordinadora feminista 8 de marzo, junto con la lucha contra la impunidad y central y el despliegue de todas nuestras centralidades programáticas en la convención tomamos por fuera la tarea urgente, al menos la tarea a la yo voy a dedicar mi activismo dentro, es continuar en este periodo levantando la organización feminista de las trabajadoras ante la debacle absoluta del mundo sindical, una organización pueda reunir a las trabajadoras desde todos los trabajo que realizamos también aquellas que están sin trabajo, en realidad las amplísimas capas de población desocupada en el país no han reconocido ni han podido reconocer ni 1 mm de defensa, las organizaciones tradicionales clásica y creo que ahí no solo hay un sindicalismo que no nos gusta, que no es democrático y  es excluyente lo que se está disipando una potencia gigantesca, que si existe y al estar unificado puede hablar de nuevo desde el punto del trabajo, sino desde los mundos del trabajo, presentando un programa propio y teniendo de manera ineludible un contenido feminista y esta tarea es impostergable y esta tarea es necesaria también para que el programa en lo que respecta a trabajo que es un tema tan importante dentro de la convención pueda ser portado por nuestras compañeras feministas que entraron a la convención y no por otros sectores; porque si lo portan otros sectores vamos a quedar de nuevo excluidas, como nuestro trabajo, entonces creo que esas son dos grandes líneas. En realidad, es gravísimo que no exista representación en el contexto de una revuelta donde todo está izquierdizado, de las claves laborales del sindicalismo de pelear la negociación por rama, el derecho a huelga efectiva. y el hecho de que no se pueda capitalizar todavía o no sabe cómo tomar esto que estamos viviendo para construir una alternativa de izquierda amplia

    Muchas gracias, Karina por este momento, por todas estas cosas que nos estas contando por todas estas experiencias, me queda para pensar también en el sindicalismo y la necesidad de otro modelo sindical, como las consignadas que giran alrededor de la reorganización del trabajo vuelven totalmente renovadas o de los frentes de los feminismos y ahí muy potente en términos programáticos. Cuales crees que son las primeras puntas para pensar esa reestructuración del movimiento de los trabajadores con esta mirada que tienes en mente. Es cierto que por donde hay que empezar a trabajar las reivindicaciones de este mundo del trabajo que están bastante atrasadas para representar eso, qué primeras líneas se piensan para esa reconstrucción o qué ideas hay que incorporar para esta red de reconstrucción del movimiento de trabajadores.

    Me parece que hay algunas cosas que ya hemos comenzado a hacer, solo que nos ha costado mucho sacarlas adelante en el contexto actual, estoy segura de que nos va a costar menos por diversas razones, que es un diagnóstico, porque el sindicalismo en los últimos 30 años en Chile es parte de esta política de estos 30 años, ha sido un sindicalismo adhoc a la transición democrática y a la administración del modelo. Entonces hay un balance que han hecho los sectores sindicales podríamos decir más críticos que incluso son parte de esa misma organización. Por supuesto, eminentemente patriarcal, sigue siendo una trinchera patriarcal nosotras tenemos un comité de trabajadoras y sindicalistas, es uno de los espacios más numerosos de la Coordinadora Feminista 8 de Marzo en que ya se reúnen organizaciones de trabajadoras no remuneradas como, colectivos ciudadanos cuidando, etc., ya se reúnen compañeras del trabajo informal como las trabajadoras del Estado, se reúnen compañeras del sector privado de la economía y se reúnen trabajadoras del sector público y hay ahí un proto espacio que hemos hecho en que hemos levantado una lectura política de la organicidad del mundo del trabajo, así como programas, entonces pienso que en realidad ahora se trata más de una tarea orgánica de ir al encuentro de una estructura nacional en este caso, porque todo lo que estoy comentando es una experiencia en Santiago, o casi, casi todo en Santiago, ir al encuentro de lectura con compañeras de todo el país, y eso traducirlo orgánicamente en algo y lo digo no porque no vaya a tener espacio la deliberación, una vez que lo encontremos haciendo muchas más, porque el programa o la perspectiva está lista, sino porque hay coordenadas que han sido parte de un balance muy largo, que se ha integrado también en los encuentros plurinacional en las que luchan en la que ahí si han participado compañeras de todo el país, ese es el espacio donde nace el programa, es una tarea organizativa.

    Ahora sí, gracias Karina, creo que para dar este cierre me parece que una de las ideas que quisiera traer a todo esto, lo que veo son un montón de cuestiones a trabajar en términos de cómo el feminismo aporta en varios sentidos en varias dimensiones esos espacios organizativos y procesos de transformación, pero sobre todo como te mencionaba principio esta experiencia de la revuelta, estos aprendizajes en momentos de revuelta, resultan momento de incertidumbre en la región creo que nos traen esa posibilidad en el presente de estas alternativas, futuros. Así que muchas gracias otra vez por el tiempo.

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    Una victoria arrebatada, o cómo la debilidad de la democracia americana refuerza la derecha sediciosa de Trump

    Especial temático-Biden Trad. Jorge Lefebre

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    Jasson Perez

    Investigador para Action Center on Race and the Economy (ACRE). Organiza el Caucus afrosocialista y de Socialistas de color en Democratic Socialists of America. También es rapero en el grupo BBU.

    Traducción: Jorge Lefebre
    Fuente:
    Este artículo se publicó en la revista en línea Spectre

    Especiales temáticos: Asalto al Capitolio

    25/enero/2021

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    E

    l 6 de enero de 2021, insurgentes de derecha intentaron tomar el control del Capitolio con el propósito de anular los resultados de las elecciones presidenciales del 2020. Esta tentativa fue apoyada por Trump, sus partidarios y una pequeña facción del Partido Republicano. El momento marca una escalada en la política de la derecha subversiva, que tiene una base electoral y representación política oficial en el seno de este partido.

     Algunos afirman que los años del gobierno de Trump y el resurgir de grupos sediciosos y de autodefensa demuestran la debilidad fundamental de la derecha [1]Cf. Corey Robin: https://twitter.com/coreyrobin/status/1325639243671154688. Según Corey Robin, estos hechos demuestran que las referencias al fascismo y al autoritarismo son exageradas. Otros, como Rafael Khachaturian y Stephan Maher [2]Rafael Khachaturian y Stephan Maher, “The Washington Riot Was a Defeat for the Far Right, Not a Triumph”, Jacobin 8 de enero de 2021., ven en los ataques del Capitolio un momento de respuesta de la derecha sediciosa y una reafirmación del neoliberalismo. Estos dos puntos de vista tienen ciertos méritos, pero fallan al tratar de entender la formación política del conservadurismo, de la derecha subversiva, del fascismo y del autoritarismo, tanto en la actualidad como históricamente.

     Tales puntos de vista caen doblemente de un tipo de excepcionalismo americano. En primer lugar, ignoran ingenuamente cómo la esclavitud de los negros, la apropiación de las tierras indígenas por los colonos y el capitalismo racial han cultivado y continúan reproduciendo proyectos políticos fascistas y autoritarios, al punto de definir lo que nosotros entendemos como la derecha sediciosa y conservadora en general. En segundo lugar, no contextualizan el auge de esta derecha sediciosa, del fascismo y del autoritarismo en el país con relación al auge a nivel mundial. A consecuencia de esto, estos análisis pierden de vista la posible victoria de la derecha, ocultada detrás de la tentativa fallida, aunque espectacular, de impedir la elección de Biden.

     La derecha sediciosa gana fuerza y poder, y se convierte más dominante después de la tentativa de la toma del Capitolio. Lo que se debe reconocer después de esta tentativa es que la derecha subversiva tiene una base creíble en el seno del partido y que es, además, hegemónica.

    La importancia y el vigor de esta base al seno del Partido Republicano sorprenden. Después del ataque, 147 representantes republicanos votaron para anular la elección. Los sondeos demuestran que casi una mayoría de aquellas personas que se identifican como del Partido Republicano —casi un tercio de todos los electores— piensan que el ataque al Capitolio era justificado. Se habla mucho de grupos empresariales y de intereses comerciales que han condenado el ataque, que han exigido que Trump se vaya y, en ciertos, casos, han retirado su apoyo político al dejar de ser donantes suyos. Esta oleada pública de sentimientos y de acciones “antifascistas” por parte de empresarios a menudo se presenta como la prueba definitiva que la clase capitalista no apoya a Trump ni a la derecha sediciosa.

    Sin embargo, la información que sigue llegando permite ver que este sentimiento antifascista en la clase dirigente es superficial y limitado. Desde el 11 de enero, de las 144 empresas que financiaron a los diputados republicanos que votaron por la anulación de las elecciones, menos de 25 se comprometieron a dejar de hacerles donaciones. Estas cifras no indican ni un repudio ni una huelga de donaciones por los capitalistas que financian a Trump y a los republicanos que fomentaron el ataque.

     En lo que concierne al Partido Republicano y su base de apoyo, un sondeo de YouGov reveló que el 56% de los electores piensan que el fraude electoral tuvo lugar y que es motivo para justificar la toma del Capitolio. 45% de los republicanos justifican fuertemente o un poco aquel ataque, mientras 47% estima que se trata “de una protesta legítima”.

    Otro indicador indirecto de apoyo al ataque al Congreso es el número de electores republicanos que no piensan que Trump debe ser destituido (76%). Por otro lado, 69% de los republicanos sostienen que el presidente Trump es o “poco responsable” o “nada responsable” del ataque. Una mayoría de los electores del Partido Republicano piensa que la elección presidencia ha sido robada por Biden, y 73% afirman que la cantidad de actos fraudulentos fue lo suficiente numerosa como para modificar los resultados de las elecciones.

    Todos estos sondeos se obtuvieron después del ataque al Capitolio. Demuestran la existencia de una mayoría o casi-mayoría republicana que apoya la disputa sobre los resultados electorales. Igualmente, hay una gran mayoría que apoya la anulación de la elección y un número importante que no entiende que Trump debe ser visto como responsable. Estos sondeos no permiten, de ninguna manera, creer que el ataque al Capitolio haya socavado las actividades de la extrema derecha o aquellos que las apoyan – una idea fuertemente propagada por los liberales y por cierta izquierda.

     Esto también le resta peso a la afirmación generalizada en la izquierda social demócrata según la cual el neoliberalismo sería una fuerza nuevamente en ascenso y que las fuerzas reaccionarias estarían replegándose dado que el capital ya no las apoya. Lo que ha sido demostrado es que el capital no parece tener la intención de castigar al Partido Republicano por su participación en el ataque.

    El apoyo formal del capital es un factor esencial para evaluar la fuerza de la derecha sediciosa, pero no es el único factor. La evaluación debería incluir también un análisis que mida el apoyo de los representantes electos, de los donantes y de la base electoral afín de entender si la derecha sediciosa y el Partido Republicano, en general, están en ascenso o descenso.

    Otra manera de entender nuestro momento actual es ver una lucha permanente por un nuevo orden en el que ni el neoliberalismo ni el autoritarismo de derecha prevalecen todavía. La toma del Capitolio produjo, de cierta manera, una parálisis política del neoliberalismo, de la derecha y de la izquierda [3]Cf. Barry Eidlin, “Morbid symptoms can persiste for a long time”, Jacobin, 9 de enero de 2021..

    Una gran parte de las declaraciones demasiado optimistas sobre la muerte de la extrema derecha se han anclado, de una manera habitual aunque falsa, sobre la comparación entre la izquierda y la derecha, poniendo a ambas sobre un mismo plano. Sin embargo, la derecha se beneficia de ventajas asimétricas [4]Cf. Ezra Klein, “The crisis isn’t too much polarisation, it’s too little democracy”, Vox, 12 de noviembre 2020. que le resta validez a estas comparaciones y llevan a subestimar la fuerza de la derecha. Corey Robin argumenta que la derecha es “débil e incoherente” [5]Cf. Corey Robin: https://twitter.com/coreyrobin/status/1278912376264445953. Esto supone que debiera ser “fuerte y coherente” para ganar una voz y tener una base. Pero, en realidad, la derecha no necesita ser particularmente fuerte o coherente para impulsar su proyecto político, como lo requiere la izquierda: solo un acuerdo con liberales y una falta de oposición coherente y eficaz.

     La asimetría antes mencionada se ve en los sondeos en los que el Partido Republicano no es condenado por sus actos violentos de la misma manera en que le ocurre a la izquierda, y tampoco en el ámbito electoral por haber dirigido políticas de derecha dura en el gobierno (la falta de apoyo a ayudas económicas y de salud pública son solo un ejemplo). Los políticos y los bloques de derecha se dan el lujo de dirigirse a una base limitada, que puede tener una tasa de participación más débil pero que les da mayores posibilidades en términos de la toma del poder del Estado en el momento de las elecciones. Esta dinámica le permite a los republicanos insistir en los elementos más radicales de su plataforma sin tener que desplazarse hacia el “centro”, como parece ocurrirles a los demócratas. Este año, millones de electores votaron por los demócratas en lugar de los republicanos, pero los demócratas perdieron sus mayorías al nivel de los estados. Su apoyo en la Cámara y en el Senado aumentó solo un poco.

    Debido a la asimetría de los partidos, la derecha tiene una ventaja, ya que intenta ganar las elecciones por vías de la exclusión de electores, la existencia del “colegio electoral”, de la manipulación de los distritos electorales. El que sus donantes estén determinados a financiar explícitamente los proyectos políticos marcados por la ideología fundamentalista de derecha no hace más que acentuar esta asimetría. Como hemos visto desde la toma del Capitolio, esta asimetría lleva a que la policía no intervenga en las manifestaciones de derecha. Los arrestos y la encarcelación de activistas y de insurgentes de derecha han sido mucho menos severos que la represión que se lleva a cabo con la izquierda.

    Los neoliberales del Partido Demócrata también participan de esta reacción asimétrica. La impunidad relativa de las élites [6]Cf. David Sirota, “The insurrection was predictable”, Jacobin, 7 de enero de 2021. también existe, pero beneficia sobre todo a la élite política republicana, dado que los demócratas les acusan raramente, eligiendo “apuntar hacia arriba cuando ellas golpean abajo” [7]“When they aim low, we go high” es una frase de Michelle Obama del 2016, que ella explica de la siguiente manera: “Quiere decir que su respuesta debería reflejar la solución. No debería … Seguir leyendo. Todos estos factores le dan a la derecha una ventaja asimétrica, en razón de las instituciones gubernamentales antidemocráticas que así lo expresan, lo que incentivó que el Partido Republicano adoptara la posición de la derecha dura y rebelde en lugar de sancionarla.

    Entender esta asimetría permite hacer más claro otro elemento en cuestión: si Trump y los demás republicanos electos son responsables de la “incitación” de la extrema derecha, en general, y de la toma del Capitolio, en particular. Cuando figuras como el vicepresidente Mike Pence y el senador Mitch McConnell, algunos días previos a la salida de Trump, repudiaron públicamente la derecha sediciosa, el cambio fue celebrado por la izquierda como si señalara la posibilidad de una escisión en el seno del Partido Republicano. En esto cayeron, también, socialistas radicales como Mike Davis.

    Sin embargo, la distinción entre republicanos respetables y los agitadores debiera entenderse como una estrategia cínica [8]Cf. Luka Savage, “Republican elites are responsible for today’s storming of the Capitol” Jacobin, 6 de enero de 2021.. Hay que verlo junto al hecho de que 147 diputados republicanos votaron para no reconocer los resultados electorales, un apoyo claro del ataque, de Trump y de la política sediciosa de derecha.

    Para entender estos dos hechos es importante reconocer que la derecha sediciosa trabajo sobre todo “en el seno de las instituciones liberales para atender sus objetivos reaccionarios y antidemocráticos” [9]Cf. Richard Seymour, Inchoate fascism (13/11/2020): https://www.patreon.com/posts/inchoate-fascism-43831343. Esa es su marca, incluso cuando la denuncia de todo lo que es liberal se emplee para enforzar, consolidar y popularizar el contenido de su política y estrategia. Esto es lo que la hace peligrosa.

    El peligro se manifiesta particularmente en la nueva composición social de las actividades públicas e insurreccionales de la nueva derecha. Contrario a la manifestación “Unite the Right” (“Une a la derecha”) en Charlotesville, 2017, la toma del Capitolio no era principalmente un acto de personas cercanas a organizaciones de extrema derecha o de supremacía blanca, aunque, sin duda, estas afiliaciones empezaran a emerger.

    La acción era, más bien, un acto de individuos cercanos a la base del “Tea Party”, en gran medida pequeños burgueses, policías, o militares de alto rango. Con el tiempo, este grupo pasó del conservadurismo clásico o incluso de la apatía política a una voluntad de hacer suyas las leyes e instituciones, de la furia hacia un proceso político que consideran corrompido o fraudulento, precisamente en la medida en que no refleja sus posiciones e intereses con relación al consenso del capital. Pero más importante todavía, para ellos, es identificar a los grupos sociales que consideran sus enemigos: las personas de color, los inmigrantes, la izquierda y los manifestantes, las élites culturales, la comunidad queer y varios más.

    La participación de la policía en la toma del Capitolio y su posible complicidad son un elemento crucial que indica el lazo subyacente y estrecho entre los manifestantes de la derecha sediciosa y el Partido Republicano. Es importante recordar que la policía y las prisiones son verdaderas empresas [10]Cf. Gabriel Winant, : We live in a society”, n+1, 12 de diciembre 2020: https://nplusonemag.com/online-only/online-only/we-live-in-a-society/ que crean y sostienen sus propios intereses y sus propias bases electorales y políticas. Estas bases y sus sindicatos que las representan sostienen con fervor el nacionalismo de Trump y de la policía. El dirigente de un sindicato de policías de Chicago apoyó el ataque al Capitolio [11]https://abc7chicago.com/chicago-police-union-president-john-catanzara-donald-trump-riot/9448446/ y oficiales [12]https://www.reuters.com/article/us-usa-election-police-investigation/off-duty-police-firefighters-under-investigation-in-connection-with-us-capitol-riot-idUSKBN29F0KH formaron parte de la insurrección. No hay, además, ninguna condena significativa por parte de los sindicatos de policía aparte de la exigencia tardía de Trump a bajar las tensiones [13]https://news.yahoo.com/largest-police-union-us-endorsed-233750576.html. La derecha sediciosa no es una parte del Partido Republicano, sino su corriente dominante. Una de las consecuencias de la existencia de la derecha subversiva en el Partido Republicano es el aumento de la violencia de derecha bajo el gobierno de Trump [14]https://www.csis.org/analysis/war-comes-home-evolution-domestic-terrorism-united-states. El ataque del Capitolio parece indicar que esta violencia no se disipa.

    La escalada constante de la violencia de la derecha, asociada a la posición dominante en el Partido Republicano, significa que los insurgentes de derecha están en buen lugar para defender su visión autoritaria. Se debe ver como la continuación de numerosas tentativas de la derecha sediciosa por aplicar políticas antidemocráticas con la puesta en práctica de la violencia para obtener sus objetivos: asesinatos de militantes del Black Freedom Movement (que inscribía a las poblaciones negras para votar), las violentas movilizaciones de blancos contra los Freedom Riders (que quería poner a prueba la realidad del fallo de la Corte Suprema que declaraba ilegal la segregación en el transporte público), el golpe de estado en Wilmington y los atentados anti-abortos con bombas. La derecha sediciosa, que apoya las políticas antidemocráticas de la derecha mainstream, no representa un viraje hacia la derecha. No es algo particular al trumpismo. El trumpismo no es más que la forma más reciente e intensa de una larga tradición política de derecha que no teme la insurrección [15]Michael McKeon, “The ‘disloyal opposition’ storme the Capitol”, In These Times, 6 de enero de 2021, https://inthesetimes.com/article/donald-trump-republican-party-election-democracy.

    El ataque al Capitolio ha sido un momento de escalada para los insurgentes de la derecha del Partido Republicano. El que hayan “fracasado” invalidar la elección no es un testimonio de la debilidad de Trump, del Partido Republico o de la derecha sediciosa. El objetivo del ataque no fue ganarlo así. Se mide mejor si es una derrota o una victoria observando la polarización de un público ahora obligado a escoger un campo, y la potencialidad de este espectáculo para dinamizar su base. Visto bajo este ángulo, el ataque contra el Capitolio fue todo un éxito.

    La polarización que ha seguido la toma, al profundizarse, ha cimentado a la extrema derecha, justificando y consolidando su programa – racista y antiobrero – de exclusión de electores, de privación del derecho al voto. Esto juega directamente a favor de los republicanos. Potencialmente, esta polarización puede igualmente neutralizar la oposición de izquierda y de la clase obrera, aprovechándose de sus ambivalencias con respecto a las elecciones, cuya estructura y funcionamiento son antidemocráticos.

    La clase obrera entiende muy bien que el poder del dinero en la política limita severamente la representación electoral del “pueblo”. Esto a su vez se confirma con la ausencia constante de candidatos elegibles pro obreros y de izquierda. Es evidente, incluso para observadores poco atentos, que el sistema político carece de mecanismos significativos que obliguen a las personas electas a responder a sus constituyentes. En cuanto al Colegio Electoral, parece más una cosa siniestra que un elemento bizarro de la historia de la democracia estadounidense. De manera reiterada, produce resultados que dividen entre dos candidatos el voto popular, lo que demuestra claramente un objetivo: limitar el poder funcional de la democracia popular.

    Todas estas limitaciones – muy reales, muy evidentes– del funcionamiento democrático dan pie a las afirmaciones de la derecha de que las elecciones del 2020 fueron un fraude, aunque en lo particular no tengan fundamento alguno. Estas afirmaciones crearon un espacio y una base para el ataque antidemocrático directo de la extrema derecha contra el Congreso –lo más estructuralmente democrático del gobierno federal– y contra la legitimidad de la democracia en general.

    Aunque la izquierda tiene un gran deseo de analizar esta dinámica, el problema ha sido en gran medida eclipsado por los debates “teóricos” sobre la utilización, o su falta, del término “fascismo” para caracterizar la derecha sediciosa, Trump incluido, o, de manera más amplia, al sistema estadounidense en su conjunto.

    Este tipo de debate deja a un lado lo esencial para afirmar que tal o cual criterio es mejor para medir el grado de autoritarismo. Como explica Mark Bray, “la probabilidad de un verdadero gobierno fascista es realmente irrelevante en términos de la organización del día a día. La violencia fascista no es una cuestión de todo o nada. Incluso con dosis relativamente bajas, puede ser suficientemente peligrosa y por lo tanto vale la pena tomarla seriamente [16]Mark Bray, Antifa, The anti-fascist handbook, Melville House Publishing, New York 2017..

    Es útil comprender el fascismo y el autoritarismo como un proyecto ya latente en la democracia liberal, en particular en los aparatos carcelarios, militaros y de seguridad del Estado: la policía, la seguridad en las fronteras, la vigilancia y las cárceles. Las condiciones políticas de la posibilidad del fascismo y del autoritarismo – hechas explícitas con Blue Lives Matter [17]Blue Lives Matter, que significa “las vidas de las policías importan”, es un movimiento de policías de extrema derecha construida para enfrentar el movimiento antiracista Black Lives Matter … Seguir leyendo y el nacionalismo policial – son capaces de reproducirse socialmente en medio de sectores y de personas que ahí laboral y que administran y controlan el aparato carcelario.

    Según los estimados, estas empresas emplean directamente a más de cuatro millones de asalariados, muchos más si se incluyeran a las personas subcontratadas: la industria carcelaria cuenta con 4,100 empresas subcontratadas. La politización de los sectores es visible en los sindicatos de la policía y de los guardias de las fronteras nacionales.

    Esto no debe conducirnos a pensar que los Estados Unidos es en su conjunto fascista o autoritario. Incluso los donativos políticos de los sindicatos de policías se reparten de manera equitativa entre los dos partidos, lo que sugiere la concurrencia entre las partes. Los sectores de seguridad carcelaria y militar, que aspiran a una política más autoritaria, encuentran sin embargo su expresión política en el conjunto del espectro de la representación política en el sistema.

    En los Estados Unidos, la especificidad de estos sectores tiene sus raíces históricas en el genocidio de los pueblos indígenas de América, en la trata atlántica y en el desarrollo de la esclavitud y del sistema de plantación. La no-libertad y la tortura de las personas negras, de las personas indígenas y de otras personas de color, así como el desarrollo histórico del capitalismo racial revelan que muchas características del fascismo y del autoritarismo han sido, por mucho tiempo, la norma y no la excepción de la democracia liberal americana, de la tendencia del capitalismo mundial a la expansión imperialista y de la lógica del Estado capitalista.

    Nikhil Singh articula esta relación al decir que el fascismo es “el doble [del liberalismo] – una voluntad de poder exclusivo, que resurge continuamente, manifestándose en las zonas de exclusión en el seno de las sociedades liberales (plantaciones, reservas indígenas, ghettos, cárceles) y en los lugares en los que el impulso expansionista y la fuerza universalista del liberalismo han podido escapar sus propios ‘límites constitucionales’ (la frontera, la colonia, el estado de emergencia, la ocupación, la contra-insurreción)” [18]Nikhil Singh, “The afterlife of fascism”, South Atlantic Quarterly n° 105 (2006). El término “liberalism” aquí se emplea en su sentido estadounidense, de izquierda progresista..

    Esta concepción hace más compleja la noción común a la izquierda de la relación entre neoliberalismo y autoritarismo. En lugar de considerarlos como proyectos opuestos en una batalla por la hegemonía, esclarece verlas como lo ha hecho Stuart Hall [19]Stuart Hall, Le Populisme autoritaire – Puissance de la droite et impuissance de la gauche au temps du thatchérisme et du blairisme, Éditions Amsterdam, Paris 2008. cuando explica el ascenso del neoliberalismo con la elección de Margaret Thatcher en el Reino Unido y su célebre frase, “no hay alternativa alguna” al capitalismo.

    Hall sostiene que para el neoliberalismo poder superar la social democracia con el proyecto electoral de una sociedad de ley y orden –que llamaba “populismo autoritario”– el neoliberalismo debiera no solamente transformar la estructura de las relaciones de clase sino también las expectativas fundamentales y el horizonte de las posibilidades políticas, tal como son entendidas por la clase obrera y el electorado en su conjunto.

    Con el análisis de Hall vemos cómo las instituciones (la policía, las cárceles), las políticas públicas (proyectos de mano dura contra el crimen, proyectos en contra de las protecciones sociales) y los partidos políticos de derecha son las formas de autoritarismo necesario para hacer nacer y mantener el neoliberalismo, y cómo esta transformación ha intensificado los componentes esenciales de la ideología fascista del siglo XX –el racismo, la xenofobia, la homofobia, las concepciones reduccionistas sobre la clase obrera– en la vida cotidiana y en la visión de mundo de los proyectos neoliberales.

    Esto nos permite ver el entrelazamiento entre las características del fascismo y la tendencia del neoliberalismo a imponer límites más y más restrictivos a la esfera política, a intensificar la violencia estatal y a poner el acento sobre las “guerras culturales” como la salida a un conflicto que no puede resolverse bajo los límites de la política neoliberal. Esta formulación pone en cuestión la pertinencia de debatir si un momento o un movimiento dado es “verdaderamente” fascista; podemos, por otro lado, observar cuáles son las formaciones institucionales y políticas que naturalizan las brutalidades diarias del capitalismo y sus justificaciones ideológicas. En otras palabras, Hall pone en evidencia que el neoliberalismo produce el fascismo y prepara las condiciones de su resurgimiento como una posibilidad sistémica.

    Escritores como Samuel Moyn [20]Samuel Moyn, “Allegations of fascism distract from the real danger”, The Nation, 18 de enero 2021, https://www.thenation.com/article/society/trump-fascism/ y Corey Robin [21]David Klion, “Almost the complete opposite of fascism” (entrevista con Corey Robin), https://jewishcurrents.org/almost-the-complete-opposite-of-fascism/ explican que, más que asimilar el fascismo de Mussolini o Hitler, debiéramos situar a Trump, así como a la derecha sediciosa, en la tradición del conservadurismo y de las formas del racismo, xenofobia y sexismo que produce. El problema de este análisis es que la distinción está lejos de ser clara, y nunca la ha sido.

    En los Estados Unidos, la frontera entre conservadurismo y autoritarismo antidemocrático, abiertamente racista y brutalmente asesino jamás ha sido muy explícita. En el periodo que sigue a la guerra civil y la Reconstrucción, el movimiento conservador instaló, por medio de insurrecciones, el régimen autoritario y oficialmente racista de Jim Crow, por mucho tiempo identificado como fascista no solamente por los negros radicales, sino también por los liberales y sobre todo soldados negros que comparaban la situación suya en Estados Unidos con la de aquellos países europeos después de que estos le dieron fin a los campos de concentración al concluir la Segunda guerra mundial.

    Al ver la definición de fascismo propuesta por Sarah Churchwell [22]Sarah Churchwell, “American fascism : it has happened here”, The New York Review, 22 de junio 2020., uno no puede dejar de pensar que lo que puso fin a la Reconstrucción después de la guerra civil del siglo XIX fue una forma de fascismo. Para Sarah Churchwell, el fascismo es “la nostalgia de un pasado puro, mítico, muchas veces rural; el culto a la tradición y la regeneración cultural; los grupos paramilitares; la deslegitimación de la oposición política y la demonización de las críticas; la universalización de ciertos grupos como aquellos que son auténticamente nacionales, a la vez que se deshumanizan los demás; la hostilidad al intelectualismo y los ataques contra la prensa libre; el anti modernismo; la masculinidad patriarcal fetichizada; el sentimiento de angustia de ser víctima y de ser el objeto de lutos colectivos. Las mitologías fascistas integran a menudo nociones de purificación, de exclusión, contra la contaminación racial o cultural, y las acompañan preferencias eugenésicas por ciertos ‘linajes’ más que otros”.

    Lo que más sorprende con el ejemplo de la Reconstrucción es que la clase política que dirigió la insurrección de derecha (¿me atrevería a decir la “tentativa de golpe”?) presentaba las mismas deficiencias que muchas personas de izquierda le adjudican a la derecha sediciosa actual. Se puede afirmar incluso que la clase política conservadora del sur de la época era todavía más débil y que había sufrido una derrota todavía más grande que el Partido Republicano y la derecha sediciosa hoy día.

    A pesar de todo, logró detener casi todas las victorias de la Reconstrucción. Esa historia debería servir para para advertirnos en contra de simplemente suponer que Trump, el Partido Republicano y la derecha sediciosa son débiles, sobre todo con lo que atañe sus objetivos antidemocráticos: anulación de las elecciones, privación masiva del derecho del voto y la construcción de un Estado carcelario y militar. Estos suelen ser los objetivos tradicionales del Partido Republicano.

    En este contexto, podemos ver que el fascismo y el autoritarismo son inherentes a la democracia de los colonos esclavistas y del capitalismo racial, y son por tanto las características de la vida política americana, no una desviación suya. Esto nos lleva también a entender mejor cómo el ascenso de Trump, su insistencia en anular la elección y la violencia insurreccional de la derecha se inscriben en una tradición política hegemónica, más que marginal.

    Nos invita, además, a historizar la tradición de la organización de las minorías en los Estados Unidos, que siempre ha sido antifascista. Las luchas por la abolición de la esclavitud, del fin de Jim Crow y de la abolición de las sociedades de colonos fueron siempre parte de esta tradición y deberían ayudarnos a esclarecer la manera en que le respondemos la política insurreccional de derecha.

    Hay un supuesto según el cual atender el objetivo prioritario de combatir el fascismo y la política sediciosa de derecha requiere frenar la organización para terminar con el neoliberalismo [23]Una crítica de esta hipótesis se encuentra en: Rafael Khachaturian y Stephen Maher, “The Washington Riot Was a Defeat for the Far Right, Not a Triumph”, Jacobin, 8 de enero 2021.. Este supuesto subyace los debates alrededor de las preguntas “¿estamos encaminados hacia un tipo de autoritarismo?” o “¿la derecha en el poder es débil o fuerte?”. Es un análisis que puede esclarecer mejor la estrategia y las tácticas a adoptar. Y en parte es cierto. Pero esta mirada conduce a coaliciones con los neoliberales o permite al neoliberalismo permanecer plenamente firme.

    Este punto de vista supone seguramente que la izquierda antifascista debiera organizarse únicamente en vista de detener a esta derecha. Yo pienso que la organización de la izquierda debería siempre tener como objetivo vencer el capitalismo liberal, y que debería considerar la victoria sobre le capitalismo liberal como la base de todo esfuerzo encaminado a derrotar la derecha y el fascismo. En esto es que se diferencian la izquierda y los liberales Los liberales no desean destruir el fascismo más que en el sentido formal del término; no se trata más que del dominio electoral. La izquierda quiere abolir el fascismo, la derecha y el capitalismo liberal.

    Después de todo, los lectores pueden estar inclinados a preguntarse: “¿Dónde en estos argumentos sobre la cuestión de saber si la derecha es fuerte o débil, si el fascismo está en ascenso o no, hay una incidencia sobre la manera en la que la izquierda debiera organizarse en estos momentos?”. Es una buena pregunta, y yo mismo me la he hecho. Yo diría que la falta de seriedad con la que la izquierda analiza generalmente a la derecha es una debilidad, en particular con relación a la izquierda social demócrata y los socialistas electoralistas. A menudo no toma en cuenta la intensidad con la que la derecha se organiza y lucha para ganar, ni las ventajas institucionales asimétricas que ella posee. Esta orientación es, quizás, el fruto de una corrección excesiva de los errores de la izquierda, que ha sido incapaz de enfrentarse a Obama mientras dirigía el país.

    La izquierda considera demasiado a menudo a la violencia de la derecha y las opiniones de la derecha extrema como un tanto episódicas – cuando, realmente, son la norma – y, sobre todo, supone que tales actos y opiniones socavan la posición de los capitalistas en tanto clase dominante. Esto impide ver cómo el capitalismo racial nació e impide entender el proyecto conservador de la derecha de este país. Esto conduce a entender a la clase capitalista bajo una visión estática, interesada y entregada a la democracia liberal debido a sus propios intereses. Esto es un error. Supone que los intereses de la clase capitalista no pueden cambiar para responder a la evolución de condiciones económicas, sociales y políticas, sobre todo aquellas que crean problemas para la misma clase capitalista. La historia de la emergencia del neoliberalismo demuestra que los capitalistas no son de ninguna manera fieles al orden existente.

    Más importante todavía, una derecha sediciosa es un acelerador de las tendencias fascistas y autoritarias. La historia de nuestro país es testimonio de esta realidad. Brasil o Bolivia hablan igualmente de este hecho. Los argumentos de que “la derecha es débil” o que “no es fascista” ignoran, en general, los eventos recientes en ambos países, donde las fuerzas de derecha relativamente marginales llegaron al poder enfrentándose a proyectos políticos masivos de la izquierda, empleando la insurrección violenta así como la ley y los medios legislativos. El ascenso del autoritarismo es un fenómeno mundial. Mientras la izquierda del país adopta un acercamiento a esta derecha basándose en la idea de una excepción americana, se hará difícil nuestra lucha para vencer el neoliberalismo, la derecha sediciosa, el fascismo y el autoritarismo.

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    Notas del artículo

    Notas del artículo
    1 Cf. Corey Robin: https://twitter.com/coreyrobin/status/1325639243671154688
    2 Rafael Khachaturian y Stephan Maher, “The Washington Riot Was a Defeat for the Far Right, Not a Triumph”, Jacobin 8 de enero de 2021.
    3 Cf. Barry Eidlin, “Morbid symptoms can persiste for a long time”, Jacobin, 9 de enero de 2021.
    4 Cf. Ezra Klein, “The crisis isn’t too much polarisation, it’s too little democracy”, Vox, 12 de noviembre 2020.
    5 Cf. Corey Robin: https://twitter.com/coreyrobin/status/1278912376264445953
    6 Cf. David Sirota, “The insurrection was predictable”, Jacobin, 7 de enero de 2021.
    7 “When they aim low, we go high” es una frase de Michelle Obama del 2016, que ella explica de la siguiente manera: “Quiere decir que su respuesta debería reflejar la solución. No debería expresar la cólera o la venganza. Barack y yo entendemos esto. La cólera puede ser comprehensible en su momento, pero no hará avanzar el balón”.
    8 Cf. Luka Savage, “Republican elites are responsible for today’s storming of the Capitol” Jacobin, 6 de enero de 2021.
    9 Cf. Richard Seymour, Inchoate fascism (13/11/2020): https://www.patreon.com/posts/inchoate-fascism-43831343
    10 Cf. Gabriel Winant, : We live in a society”, n+1, 12 de diciembre 2020: https://nplusonemag.com/online-only/online-only/we-live-in-a-society/
    11 https://abc7chicago.com/chicago-police-union-president-john-catanzara-donald-trump-riot/9448446/
    12 https://www.reuters.com/article/us-usa-election-police-investigation/off-duty-police-firefighters-under-investigation-in-connection-with-us-capitol-riot-idUSKBN29F0KH
    13 https://news.yahoo.com/largest-police-union-us-endorsed-233750576.html
    14 https://www.csis.org/analysis/war-comes-home-evolution-domestic-terrorism-united-states
    15 Michael McKeon, “The ‘disloyal opposition’ storme the Capitol”, In These Times, 6 de enero de 2021, https://inthesetimes.com/article/donald-trump-republican-party-election-democracy
    16 Mark Bray, Antifa, The anti-fascist handbook, Melville House Publishing, New York 2017.
    17 Blue Lives Matter, que significa “las vidas de las policías importan”, es un movimiento de policías de extrema derecha construida para enfrentar el movimiento antiracista Black Lives Matter (las vidas negras importan).
    18 Nikhil Singh, “The afterlife of fascism”, South Atlantic Quarterly n° 105 (2006). El término “liberalism” aquí se emplea en su sentido estadounidense, de izquierda progresista.
    19 Stuart Hall, Le Populisme autoritaire – Puissance de la droite et impuissance de la gauche au temps du thatchérisme et du blairisme, Éditions Amsterdam, Paris 2008.
    20 Samuel Moyn, “Allegations of fascism distract from the real danger”, The Nation, 18 de enero 2021, https://www.thenation.com/article/society/trump-fascism/
    21 David Klion, “Almost the complete opposite of fascism” (entrevista con Corey Robin), https://jewishcurrents.org/almost-the-complete-opposite-of-fascism/
    22 Sarah Churchwell, “American fascism : it has happened here”, The New York Review, 22 de junio 2020.
    23 Una crítica de esta hipótesis se encuentra en: Rafael Khachaturian y Stephen Maher, “The Washington Riot Was a Defeat for the Far Right, Not a Triumph”, Jacobin, 8 de enero 2021.
  • ¿Un Gran Fraude Electoral?

    ¿Un Gran Fraude Electoral?

    UnGranFraude.Finkel Trad Héctor A. Rivera

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    David Finkel

    David Finkel es editor de Against the Current, la publicación bimestral de la organización socialista, feminista y antirracista Solidarity (una sección simpatizante de la Cuarta Internacional en Estados Unidos), y miembro de su Comité Nacional.

    Traducción: Héctor A. Rivera


    Fuente:
    Este artículo apareció por primera vez en el sitio web de Solidarity el 8 de enero de 2021, y fue publicado posteriormente en inglés, francés y español en el sitio web de la Cuarta Internacional.

    Especiales temáticos: Asalto al Capitolio

    07/01/2021

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    E
    n las próximas semanas se escuchará mucho sobre la «fuerza y resistencia de las instituciones constitucionales democráticas de Estados Unidos» ante la insistencia del presidente derrotado en anular las elecciones de noviembre, y un intento de «insurrección» incitado por Donald Trump. Es razonablemente seguro predecir que el caos que rodea la ratificación formal del Congreso de la victoria del Colegio Electoral de Biden/Harris no se repetirá en la toma de posesión del 20 de enero, tanto porque Trump está tan aislado y desacreditado ahora, como porque la presencia policial y de seguridad entonces será absolutamente masiva en contraste con la debacle del 6 de enero.

    La realidad es mucho más complicada, y mucho menos elogiosa. Esas sagradas «instituciones» son en realidad bastante vulnerables a la manipulación antidemocrática, en parte porque nunca fueron diseñadas para ser democráticas en primer lugar. El juego de Trump de «Grand Theft Election» (un gran fraude electoral) se desmoronó por una serie de razones, pero bajo circunstancias diferentes, pero totalmente concebibles podría haber sido mucho más amenazante.

    No es una amenaza vana. Cuando el humo se disipó por la noche, si se prestó atención a algunos de los discursos de los republicanos que pretendían defender el resultado de las elecciones, dijeron que no correspondía al Congreso «intervenir en el derecho de los estados a celebrar sus elecciones». Uno de esos oradores fue el senador Rand Paul, que antes de la segunda vuelta de Georgia había opinado que animar a más gente a votar «podría alterar el resultado de las elecciones». ¡No es broma!

    Lo que se necesita, de hecho, es una fuerte legislación federal sobre el derecho al voto, precisamente para intervenir allí donde las legislaturas o administraciones estatales –no sólo en el Sur conservador– llevan a cabo purgas del censo electoral, obstruyen el registro, restringen el voto anticipado y por correo que ayudó a que la participación de noviembre fuera históricamente grande en medio de la crisis del coronavirus, reducen descaradamente los lugares de votación para las comunidades negras, y el gerrymandering (manipulación geográfica de distritos electorales) partidista racista. La cuestión de si la administración Biden/Harris luchará por el derecho al voto, y no sólo hablará de ello, será una cuestión muy importante. (Más allá de esto, está la cuestión constitucional más importante de eliminar la «institución sagrada» del Colegio Electoral, que resta poder al voto popular nacional y permite fraudes en estados muy disputados).

    Como acción premeditada y potencialmente asesina de la turba, el ataque al Capitolio es, en efecto, muy grave, y una amenaza ominosa del terrorismo de derechas que puede estar por venir. A nadie se le escapa el contraste entre la brutal respuesta a las numerosas protestas de Black Lives Matter y el hecho de que, aparentemente, pocos invasores, si es que alguno, fueron detenidos dentro del edificio el 6 de enero. (Las detenciones posteriores fueron por violaciones del toque de queda, después de los acontecimientos del día).

    En su mitin del miércoles por la mañana, repitiendo mentiras sobre su victoria «aplastante», Trump llamó a la multitud a «marchar al Capitolio», indicando que estaría con ellos. Por supuesto, luego se retiró a su búnker de la Casa Blanca, decorado con televisores. Cuando llamó a la gente a acudir a Washington el 6 de enero, había dicho que el día sería «salvaje». Aparte del hecho de que todos estos eran eventos de superdifusión de virus, era una incitación de la multitud, sin duda.

    ¿Pero una «insurrección», es decir, un intento de tomar el poder? Ese tipo de cosas requiere algo más que ataques semi-espontáneos a las oficinas del gobierno. Desde la izquierda, las insurrecciones contra regímenes represivos requieren movimientos populares masivos capaces de llevar a cabo huelgas generales y forzar divisiones en el aparato militar. Desde la derecha, los golpes de Estado pueden emplear la violencia de las turbas como auxiliar, pero la verdadera acción son los tanques en las calles, las redadas y las detenciones selectivas, y el terror organizado contra las poblaciones disidentes. Nada de eso estaba ni remotamente presente en Washington DC el 6 de enero, por no hablar del país en su conjunto. Esto no es para subestimar la amenaza real que supone la extrema derecha supremacista blanca y la legión de votantes de Trump que viven en un universo ideológico sin realidad y que piensan que su elección fue «robada.»

    Si las elecciones de noviembre hubieran estado más reñidas, si los movimientos postelectorales de la banda de Trump hubieran estado más competentemente organizados y coordinados, si las maniobras legales no hubieran estado en manos del cadáver apenas tibio de Rudy Giuliani, si unos cuantos jueces estatales y federales hubieran sido tan corruptos como el propio Trump -y quizás si las gobernaciones de Michigan, Pensilvania y Wisconsin hubieran permanecido en manos republicanas después de 2018, Estados Unidos podría haber enfrentado realmente una amenaza existencial a las instituciones constitucionales que han servido tan bien a sus élites durante más de dos siglos.

    El desordenado estado de la democracia estadounidense es tan vulnerable a la destrucción desde dentro como, resulta, lo son sus sistemas informáticos gubernamentales y corporativos al hackeo ruso. Si se lleva a sus extremos, otro escenario de un gran fraude electora podría posiblemente romper el país, no ahora sino en algún momento más adelante. Sí, podría ocurrir aquí.

    Por fin, los principales círculos de la clase dominante corporativa pesaron cuando Twitter y Facebook suspendieron el acceso de Trump a sus seguidores de culto, la Asociación Nacional de Fabricantes pidió su destitución por la 25ª Enmienda, los líderes de la industria financiera como el CEO David Solomon de Goldman Sachs, Jamie Dimon y otros obscenamente enriquecidos por las políticas de Trump se tornaron contra él. Ya no les es útil.

    Que Trump se presente a las presidenciales en 2024 podría destruir el Partido Republicano para siempre. Eso no significa el fin de lo que se llama trumpismo, aunque ahora tenga que seguir adelante sin Trump.

    En este sentido, el análisis de Samuel Farber publicado el 3 de enero en Jacobin, “Trumpism Will Endure” (El Trumpismo Permanecerá), es muy recomendable. Aunque lo escribió antes de la autoimplosión de Trump del 6 de enero, Farber clava el punto crítico: «Tal vez la forma más útil de entender el trumpismo es como una respuesta de la derecha a las condiciones objetivas de la decadencia económica y una decadencia moral percibida».

    En este contexto, la «decadencia moral percibida» se centra en el resentimiento de la derecha por el hecho de que la posición y los privilegios que demasiados hombres blancos han asumido como dados están ahora en entredicho. Esto requiere una discusión más profunda de lo que es posible aquí, pero llega al corazón de una realidad de la sociedad estadounidense y, en particular, al problema central al que nos enfrentamos los de la izquierda socialista: Un gran sector de la clase obrera, entre los trabajadores blancos en particular, ha sido reclutado por la política autoritaria y racista de la derecha.

    Queda por ver si su lealtad puede ser transferida del culto a Trump a un nuevo abanderado. Pero eso es secundario respecto al hecho de que el «trumpismo» de la clase trabajadora seguirá siendo un obstáculo importante para las luchas por conseguir reformas serias que se puedan ganar y mantener.

    Para entender por qué y cómo ha sucedido eso, hay que enfrentarse a la segunda realidad de nuestra condición: la inmensidad objetiva de las crisis que le esperan a Biden y a las cámaras del Congreso, estrechamente controladas por los demócratas. La catástrofe del COVID, el colapso del sistema médico y el lío de las vacunas; las decenas de millones de familias trabajadoras y de clase media que se enfrentan al desahucio, al desempleo permanente, a la bancarrota, a la ruina por las deudas y los gastos médicos; los gobiernos estatales y locales irremediablemente bajo el agua; y por encima de todo, el continuo cambio climático y los desastres ambientales agravados por cuatro años de Trump.

    La situación exige absolutamente grandes medidas: estímulo y ayuda económica a gran escala, una movilización de recursos de salud pública y posiblemente militares para hacer que las vacunas se lleven a cabo, una transición a «velocidad de la luz» de la industria de los combustibles fósiles, un verdadero New Deal Verde y Medicare para todos, y el cierre inmediato de los obscenos centros de detención de inmigrantes con fines de lucro, entre otras cosas. ¿Qué se puede esperar entonces de las aclamadas fuerzas «moderadas» de ambos partidos, mientras los demócratas reflexionan sobre cómo utilizar el poder que se les ha otorgado y los del lado republicano se plantean si ser «bipartidistas» u obstruccionistas?

    Para la izquierda y los movimientos sociales, tanto más importante es mantenerse activos y movilizados para luchar por lo que necesitamos, no por unas migajas. Celebrar la autodestrucción de Trump está ciertamente en orden; una luna de miel de la izquierda para Biden ciertamente no lo está.

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  • India. Movilizaciones campesinas en el marco de la crisis agraria

    India Moviizaciones campesinas

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    Sushovan Dhar

    Activista y sindicalista, es simpatizante de la Cuarta Internacional en la India.

    Traducción: Carlos Rojas

     

    Actualidad Internacional: Latitudes. Asia

    11/abril/2021

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    L

    os proyectos de ley de agricultura del gobierno del Partido Bharatiya Janata (BJP) —la Ley de Promoción y Facilitación del Comercio de Productos Agrícolas, la Ley de Acuerdo de Garantía de Precios y Servicios Agrícolas, y la Ley de Productos Básicos (modificada)— aprobados en la sesión del monzón del Parlamento en 2020, han provocado una serie de acontecimientos: la dimisión de un ministro de la Unión del gabinete en septiembre de 2020, los suicidios de campesinos y las protestas a nivel nacional de varias organizaciones de agricultores desde noviembre. Las mayores concentraciones de protesta tuvieron lugar en los alrededores de Delhi. En los meses transcurridos desde el inicio de su protesta, los campesinos, procedentes principalmente de los estados indios de Punjab y Haryana, pero también de Uttar Pradesh, Rajastán y Gujarat, han acampado en los alrededores de la ciudad, dispuestos a permanecer durante meses hasta que se satisfagan sus demandas.

    Una marcha de protesta en Delhi el 26 de enero, Día de la República de la India, tuvo un giro militante. Los campesinos asaltaron el histórico monumento del Fuerte Rojo y la policía tomó represalias con gases lacrimógenos y porras. La policía antidisturbios y los grupos paramilitares acudieron en masa a los campamentos e intentaron sofocar las protestas, instalando barreras de hormigón, pinchos y alambre de espino alrededor de los campamentos. Pero esta respuesta no hizo más que alimentar la determinación de los agricultores, y más tarde la Policía de Delhi retiró parcialmente a sus policías. Desde entonces, el gobierno ha intentado redoblar su retórica contra los campesinos, acusándolos de estar infiltrados por extranjeros y manifestantes profesionales, pero esto no ha conseguido reducir un ápice la determinación de los campesinos manifestantes. La actual lucha campesina en la India es la mayor movilización de masas en décadas y representa el mayor desafío para el gobierno de Modi desde que llegó al poder. El movimiento de protesta de los campesinos de la India —que constituyen más del 50% de la población trabajadora— ha sido el más sostenido y es también el primer movimiento que ha llevado a la mesa de negociaciones al gobernante Partido Bharatiya Janata, conocido por reprimir la disidencia civil.

    Quizá sea importante recordar que el momento de las nuevas leyes —que según el Gobierno son reformistas y ayudarán a los agricultores a beneficiarse a largo plazo— puede no haber sido el más adecuado. La ministra de Finanzas, Nirmala Sitharaman, anunció la intención del Gobierno de sacar adelante las nuevas leyes en una rueda de prensa el 15 de mayo de 2020 —mientras seguía vigente el bloqueo por el Covid-19— como parte del paquete de estímulo financiero de algo más de 300.000 millones de dólares para aliviar la economía, que estaba sintiendo los efectos de la pandemia.

    Lo que el sector agrícola (y todos los demás sectores, en realidad) necesitaba eran medidas de alivio inmediato que le ayudaran a superar el periodo de restricciones —impuestas por el gobierno o autoimpuestas debido a la naturaleza del virus— que, en ese momento, estaba claro que duraría varios meses.

    La Ley de Promoción y Facilitación del Comercio de Productos Campesinos de 2020 permite a los campesinos vender sus productos fuera de los mandis (mercados) del Comité del Mercado de Productos Agrícolas (APMC) sin pagar impuestos. La Ley de Garantía de Precios y Servicios Agrícolas permite a los agricultores vender sus productos futuros a las empresas agrícolas a un precio predeterminado, y la Ley de Productos Básicos facilita el control del centro sobre la producción y venta de productos agrícolas.

    El gobierno indio quiere hacernos creer que estos proyectos de ley son un momento decisivo para la agricultura india porque liberan a los agricultores de la influencia de los intermediarios. Pero las organizaciones de agricultores lo consideran una medida que aumenta el grado de participación de las empresas privadas. La preocupación por los proyectos de ley es doble. En primer lugar, el contenido de los proyectos de ley se considera una amenaza para los agricultores pequeños y marginales. En segundo lugar, la premura con la que se han aprobado los proyectos de ley en el parlamento es vista como una amenaza por los estados y los partidos regionales. Veamos las razones por las que los proyectos de ley han encontrado una fuerte oposición por parte de las asociaciones de agricultores, los partidos políticos de la oposición y los gobiernos estatales:

    – La Ley de Promoción y Facilitación del Comercio Agrícola permite, por primera vez, el comercio de productos agrícolas fuera de los mandis regulados por el APMC. Se pueden crear mandis privados en todo el país, donde cualquiera puede comprar productos a los agricultores. Las licencias que los compradores deben tener en la APMC ya no son necesarias. Estos mandis también están exentos de pagar cualquier impuesto o tasa.

    El gobierno afirma que esta medida es para dar a los agricultores más posibilidades de elegir a quién venden sus productos. La economía nos dice que más compradores significan un mejor precio para el vendedor. Pero el mundo real es un poco más complejo que la típica clase de economía. A los agricultores no les gusta este cambio. Dicen que en lugar de darles más opciones, y por tanto un mejor precio, les dejará a merced de unos pocos actores privados que se organizarán en cárteles y así fijarán el precio. Dicen que esto ocurrirá porque el mandi APMC seguirá estando sujeto a impuestos y regulaciones, lo que disuadirá a los comerciantes de comprar en el mandi y allanará el camino para el desmantelamiento de la estructura del APMC.

    Se teme que los agricultores con escaso poder de negociación se vean obligados a vender fuera del mandi en una zona comercial no regulada, donde los compradores relativamente más poderosos puedan dictar los precios, convirtiendo a los agricultores de «formadores de precios» en teoría a «tomadores de precios» en realidad.

    Ante las protestas de los agricultores, el gobierno indio presentó una propuesta el 9 de diciembre de 2020. Declaró que estaba dispuesto a modificar la ley para que los gobiernos estatales pudieran idear mecanismos de registro de los mandis. El gobierno también dijo que podría dejar en manos de los gobiernos estatales la imposición de un impuesto o derecho sobre los mandis privados al tipo aplicable a los mandis APMC. Esta propuesta fue rechazada con vehemencia por los agricultores, que dijeron que se conformarían con nada menos que la derogación de la ley.

    – La Ley de Acuerdos de Garantía de Precios y Servicios Agrícolas establece un marco legislativo nacional para permitir la agricultura por contrato, en la que se puede llegar a un acuerdo entre el agricultor y el comprador antes de la siembra, por el que el agricultor se compromete a vender su producto al comprador a un precio predeterminado. El gobierno ha argumentado que esto ayudará a eliminar parte de la incertidumbre de los ingresos al proporcionar la seguridad de un comprador a un precio predeterminado antes de la siembra.

    La oposición a esta medida se debe a las experiencias pasadas de la agricultura por contrato en la India, que no siempre ha sido beneficiosa para los agricultores. Según los informes, la agricultura por contrato en algunas partes de Maharashtra ha dejado a los «hogares participantes vulnerables a la deuda y a la pérdida de autonomía sobre la tierra y las decisiones de subsistencia». No hizo sino reforzar los patrones de desigualdad existentes, ya que la empresa contratante tenía relativamente más poder que el agricultor.

    Ello se debe también a que la agricultura por contrato en la India conlleva muchas malas prácticas contra los agricultores, incluidos los acuerdos contractuales unilaterales (a favor de la agencia contratante), los retrasos en los pagos, los rechazos indebidos basados en la calidad y el engaño descarado, además de la escasa aplicación de las disposiciones sobre agricultura por contrato por parte del gobierno estatal.

    El hecho de que los agricultores nunca hayan tenido la oportunidad de beneficiarse de la agricultura por contrato es lo que les hace temer. También temen que la agricultura por contrato permita a las grandes empresas apoderarse de sus tierras, ya que la ley no prevé mecanismos de recurso adecuados para los agricultores.

    En virtud de esta legislación, los agricultores pueden contratar con las agroindustrias, las empresas privadas y los mayoristas la venta de futuros productos a un precio predeterminado. Dado que los agricultores carecen de recursos y capital para negociar en igualdad de condiciones con los compradores, este proyecto de ley beneficiará más a las grandes empresas que a los agricultores. Además, las empresas suscribirán acuerdos de agricultura por contrato no solo para los cereales alimentarios, sino también para la horticultura, la floricultura y una variedad de otros productos, incluidos los cultivos comerciales, que venderán no solo en el país sino también para la exportación. Una de las consecuencias de estos acuerdos de agricultura por contrato sería que, en su momento, provocarían una transferencia de la superficie dedicada a la producción de cereales alimentarios hacia la de cultivos no alimentarios. Esta transferencia de la superficie dedicada a la producción de cereales alimentarios hacia cultivos no alimentarios y orientados a la exportación podría acabar minando la seguridad alimentaria del país. Además, el proyecto de ley no aborda los problemas relacionados con los acuerdos contractuales informales de aparcería y arrendamiento.

    – La Ley de Productos Esenciales es otra ley que se considera que beneficia a las grandes empresas. Pretende eliminar los límites arbitrarios y periódicos de almacenamiento de productos agrícolas que el gobierno imponía a los comerciantes.

    En vez de activadores arbitrarios, la nueva ley introduce activadores de precios que sólo se utilizarán en «circunstancias excepcionales». A partir de ahora, solo se pueden imponer límites de almacenamiento cuando los precios de los productos perecederos aumenten más del 100% y los de los productos no perecederos más del 50% en el último año. Según un informe anterior, estos límites se han violado un total de 69 veces en los últimos diez años, lo que va en contra de la idea de la reforma. Recientemente, se impusieron límites de stocks apenas un mes después de la aprobación de la ley, cuando los precios de las cebollas empezaron a subir como cada temporada. Según la nueva ley, el precio debería haber aumentado más del 100%, lo que solo ocurrió en una de las cuatro grandes metrópolis, pero se impusieron límites de existencias en todo el país con la idea de mantener el precio de las cebollas bajo para los consumidores.

    Esta ley flexibiliza la producción, el almacenamiento, la circulación y la venta de productos agrícolas, salvo en situaciones extraordinarias. Elimina los límites de la cantidad de grano alimentario que puede almacenarse, lo que permite a los grandes comerciantes tener grandes cantidades de existencias. La eliminación de los límites de existencias y la facilitación de la compra y el almacenamiento a granel mediante la modificación de la Ley de Productos Básicos podría atraer a las grandes empresas al sector y propiciar nuevas inversiones. Pero también podría provocar el acaparamiento de grandes cantidades de cosechas, creando una escasez artificial, para venderlas después a precios más altos.

    En el centro de estas protestas hay una cuestión que no se menciona directamente en las tres nuevas leyes. Se trata de la cuestión del Precio Mínimo de Apoyo (PMS) que se anuncia para 23 cultivos. En realidad, sin embargo, las compras grandes y sostenidas son solo de trigo y arroz [1]El paddy es un «arroz sin cáscara” conservando su cáscara después de la trilla. Por lo general, de 1 kg de arroz con cáscara se obtienen 750 g de arroz integral y 600 g de arroz blanco en Punjab y Haryana.

    A los agricultores les preocupa que, con las tres nuevas leyes, el Gobierno esté señalando un alejamiento de los actuales modelos de adquisición de PSM. Este miedo es producto de múltiples factores.

    Se propuso reducir la factura de las subvenciones alimentarias. Los economistas han argumentado que el régimen de PSM, tal y como existe actualmente, no es sostenible. Y también, o quizás más importante, los agricultores simplemente no confían en el gobierno después de una serie de promesas incumplidas en los últimos seis años. Por lo tanto, temen que el gobierno esté preparando el camino para su retirada de las adquisiciones del PSM al permitir el desmantelamiento de la APMC a través de la «Ley de Derivación de la APMC».

    Quieren que el gobierno apruebe una nueva legislación que considere el PSM un derecho legal. La asamblea de Punjab ya ha aprobado dicha ley, pero aún necesita el visto bueno del presidente. Incluso si se obtiene el consentimiento, no está claro cómo se aplicará la ley.

    Una demanda de esta legislación se remonta a 2018, cuando las agitaciones campesinas se habían extendido por todo el país: la larga marcha de campesinos en Mumbai, la marcha de protesta al parlamento en Delhi.

    En agosto de 2018, por primera vez, se llevó al parlamento un proyecto de ley en este sentido por iniciativa del parlamentario Raju Shetty, pero este proyecto no se debatió en el este.

    Fue redactado por el Comité de Coordinación de All India Kisan Sangharsh (AIKSCC), una estructura de coordinación de varios cientos de organizaciones de agricultores de todo el país, que se formó después de la agitación de Mandsaur en 2017, y que sigue estando al frente en la agitación actual.

    Después de 2018, las protestas campesinas se apagaron y están resurgiendo ahora. La demanda de convertir el PSM en un derecho legal vuelve a estar sobre la mesa y los líderes campesinos han dicho que las protestas no terminarán hasta que se cumpla esta demanda.

    Otra reivindicación que vuelve a estar sobre la mesa es que el PSM se fije en el coste más el 50%, como recomendó la comisión Swaminathan para los agricultores en 2007. Antes de 2014, el BJP había prometido aplicar esta medida en cuanto llegara al poder.

    Desde 2018, el BJP ha afirmado que ha cumplido esta promesa. Pero no lo ha hecho. El Centro ha dicho que proporcionará una «garantía por escrito» de que se mantendrá el mecanismo de contratación existente. No ha especificado qué forma tendrá esta garantía escrita. Tampoco ha abordado la cuestión de la fijación del PSM según las recomendaciones de la comisión Swaminathan.

    Otra ley que está en el origen de la controversia es el proyecto de ley de 2020 que contiene modificaciones de la ley sobre la electricidad. Los agricultores de varios estados disfrutan actualmente de tarifas eléctricas subvencionadas, en las que pagan una fracción de la tarifa total que consumen. Los gobiernos estatales respectivos pagan el saldo a las empresas de distribución (DISCOM). El pago suele retrasarse. Esto, junto con otros factores, ha llevado a una situación en la que los balances de las DISCOMs están en un estado de deterioro. La principal característica del nuevo proyecto de ley que irrita a los agricultores es que cambia la forma de pagar la subvención. Con la nueva ley, los agricultores tendrán que pagar la totalidad de los gastos de electricidad a DISCOM. El gobierno estatal transferirá una cantidad de subvención a las cuentas bancarias de los agricultores, pasando así a un mecanismo de transferencia directa de beneficios. Una vez más, los agricultores no están convencidos de que el mecanismo funcione como se pretende y les preocupa que la transferencia no sea suficiente para cubrir el aumento de sus costes de electricidad. El Gobierno ha dicho que el proyecto de ley, que aún está en fase de revisión, podría modificarse para garantizar que no haya cambios en la forma en que los agricultores pagan sus facturas.

    Las actuales movilizaciones del campesinado indio contra las tres nuevas leyes agrícolas y el precio mínimo de apoyo son solo la punta del iceberg. Se trata más bien de una verdadera explosión contra la erosión progresiva de sus vidas y medios de subsistencia debido a la grave crisis agraria que sufre el país desde hace tres décadas. Una simple cifra podría bastar para explicar la magnitud de esta crisis. En poco más de un cuarto de siglo, 400.000 campesinos se han suicidado a causa de las fuertes deudas. Además, el número de suicidios no refleja la magnitud de los problemas, ya que categorías enteras de campesinos no figuran en la lista oficial porque no tienen títulos de propiedad. Se trata principalmente de mujeres, dalits e indígenas.

    Un estudio realizado por el Instituto de Investigación Laboral Aplicada sobre la mano de obra (Nueva Delhi) ha revelado varios datos sobre las condiciones imperantes en el sector agrícola. Durante los 10 años de gobierno de la Alianza Progresista Unida (UPA) (de 2004 a 2014), unos 15 millones de trabajadores, incluidos los campesinos, se quedaron sin empleo o fueron expulsados del sector agrícola para convertirse en trabajadores eventuales/informales. India -que es la cuarta economía del mundo- no ha sido capaz de lograr un crecimiento significativo en el sector no agrícola ni de crear los puestos de trabajo necesarios para absorber el excedente de población en el sector agrícola. El estudio también señala que 15 millones de trabajadores han pasado del sector agrícola al sector manufacturero y de servicios, lo que ha provocado un descenso de la proporción de la agricultura en el empleo total del 57% al 53% durante el periodo 2005-2010, y que unos 18 millones de trabajadores se han sumado a la mano de obra ocasional y contratada en el sector de la construcción, ya que el gobierno ha realizado grandes inversiones en el desarrollo de infraestructuras. Del total de 44 millones de trabajadores de la construcción en India, 42 millones (casi el 95%) son trabajadores informales sin ninguna seguridad social. Así, el crecimiento del sector de la construcción va acompañado de la precarización y la informalización de la mano de obra, que en su mayoría ha sido expulsada del sector agrícola.

    El sector de la construcción ha experimentado un fenomenal aumento del empleo, pasando de 16 a 50 millones de personas, a un ritmo del 17% anual. En las zonas rurales, los puestos de trabajo en la construcción han pasado de unos 9,4 millones en 1999-2000 a 37,2 millones en 2011-12, lo que supone un aumento de casi el 300% en un período de 13 años. Esto sugiere que los proyectos de construcción han proporcionado la segunda mayor oportunidad de empleo en las zonas rurales después de la agricultura. Sin embargo, esto no es en absoluto un efecto dominó del boom de la construcción en la India urbana. Más bien, son las obras públicas del gobierno central en el marco de la Ley de Garantía de Empleo o MGNREGA [2]La Ley Nacional de Garantía del Empleo Rural Mahatma Gandhi (MGNREGA) es una ley laboral india y una medida de seguridad social aprobada en septiembre de 2005 bajo el gobierno del Primer Ministro … Seguir leyendo las que explican la mayor parte del crecimiento del trabajo de construcción en las zonas rurales. El otro aspecto del crecimiento es que los salarios reales han aumentado un 61%; sin embargo, la inflación de los precios ha tendido a neutralizar los aumentos salariales.

    En el período comprendido entre 1997 y 2009 se produjeron suicidios de campesinos como nunca se habían visto en la India en el último siglo. En los estados de Andhra Pradesh, Chhattisgarh, Karnataka, Madhya Pradesh y Maharashtra (cinco estados), se produjeron 240.000 suicidios de campesinos durante este periodo. Si se añaden las cifras de 2010-11, el número total de suicidios de campesinos es de 256.000 en el periodo de 13 años. Pero los primeros siete años representan el 53% de estos suicidios, mientras que en los seis años restantes se produjeron 118.000 suicidios. Esto significa que en la segunda mitad de este periodo, hasta 17.200 campesinos se suicidaron cada año. Solo en Maharashtra, entre 2001 y 2010, se registraron 47.670 suicidios de campesinos, tres veces más que en Bengala Occidental. Sin embargo, los gobiernos estatal y central han sido insensibles a la difícil situación de las familias de las víctimas. El entonces ministro de Agricultura Sharad Pawar no visitó a las familias de las víctimas como gesto de simpatía y ni siquiera hizo una declaración pública sobre los suicidios de campesinos.

    La zona más afectada ha sido la región de Vidarbha, la mayor zona de cultivo de algodón de Maharashtra, donde se han producido la mayoría de estos suicidios. En 2006, el Primer Ministro de la India visitó el distrito de Yawatmal, en la región de Vidarbha, donde se registró el mayor número de suicidios de agricultores.

    Por tanto, es perfectamente legítimo plantear una pregunta: ¿de qué lado está el Estado? ¿Protege el Estado los intereses de los campesinos y sus familias afectadas por los suicidios, o está del lado de los prestamistas usureros y los funcionarios corruptos (que a menudo están confabulados con los políticos locales), los bancos y las sociedades de crédito que obligan a los campesinos a suicidarse? En un impactante caso de suicidio de un agricultor en el distrito de Buldhana, en la región de Vidarbha (Maharashtra), la familia afectada presentó una denuncia contra el prestamista que había cobrado un interés excesivo y había cometido un fraude que obligó al agricultor a suicidarse. Sin embargo, el entonces Ministro Principal Vilasrao Deshmukh impidió que la policía registrara un Primer Informe de Información [3]El FIR (First Information Report) es un documento elaborado por las organizaciones policiales de los países del sur y el sudeste asiático que inicia el proceso de justicia penal. Solo después de … Seguir leyendo en un caso criminal de este tipo contra el prestamista que resultó ser el padre de un miembro de la asamblea legislativa en funciones. Pero cuando la familia de la víctima prosiguió con el caso, el ex ministro jefe fue censurado por el Tribunal Supremo por sus declaraciones y su actuación para impedir la detención del usurero en cuestión. Tras la censura, Deshmukh fue trasladado a la cartera de desarrollo rural en una remodelación del gabinete del centro.

    Un importante estudio titulado «Efectos de las prácticas de agricultura por contrato en los campesinos en general, y su eficacia para lograr la equidad en la región de Hoshiarpur, en el Punjab» ha puesto de manifiesto que una empresa multinacional, PepsiCo -que se dedica a la agricultura por contrato- y una gran cooperativa como la Federación de Comercialización (Markfed) trataron de maximizar sus beneficios imponiendo a los agricultores determinadas condiciones de funcionamiento en el proyecto de contrato, dejando muy poco margen de negociación a los agricultores para fijar los precios de los productos agrícolas. Asimismo, los agricultores no tienen derecho a decidir las condiciones del documento contractual que firman. El acuerdo contractual entre PepsiCo y Markfed, por un lado, y los agricultores, por otro, ha salvaguardado los intereses de las empresas, pero no ha protegido los derechos e intereses de los agricultores.

    Este estudio empírico se centró en los agricultores de Punjab y Haryana que habían contratado a empresas para cultivar tomates, patatas y arroz Basmati. Los agricultores debían vender sus productos únicamente a sus respectivas empresas contratantes —PepsiCo y Markfed—, que estaban autorizadas a sancionar a los agricultores que no cumplieran el contrato.

    Desde la fase de germinación de las semillas y las plantas tiernas, el cultivo se consideraba propiedad exclusiva de la empresa contratante; en caso de pérdida o mala cosecha, las empresas podían rescindir unilateralmente el contrato; los agricultores podían entonces vender sus productos en el mercado abierto.

    Cuando la totalidad de la cosecha de Basmati fracasó en 2006 debido a las semillas infestadas suministradas por Markfed, el riesgo del contrato no fue compartido por las empresas. Ese mismo año, hubo que abandonar todo un proyecto de tomates porque el contrato no preveía el reparto de riesgos. A lo largo de los años, el enorme aumento del coste de las semillas, los fertilizantes y los plaguicidas se ha sumado a la carga financiera, los problemas y las miserias de los agricultores contratados. Además, las empresas contratantes han retrasado el pago de las compras en el pasado, lo que ha agravado las dificultades de subsistencia de los pequeños agricultores.

    Las empresas de agricultura por contrato solían recurrir a intermediarios (sobre todo para la exportación y la importación), lo que no modificaba el sistema de comercialización existente, y el productor real quedaba al final de la cadena. La conclusión más importante del estudio de la agricultura por contrato en el Punjab es que ha fomentado las prácticas de alquiler de los propietarios de tierras agrícolas. Por ejemplo, los indios no residentes que poseían tierras o los que eran locales pero no podían gestionar el autocultivo, así como los que poseían pequeñas explotaciones pero no podían competir con las grandes empresas, se vieron tentados a alquilar sus tierras de cultivo a los agricultores ricos. Así, la agricultura por contrato inducía a la «tenencia inversa» (es decir, los pequeños agricultores arrendaban sus tierras a los agricultores ricos, que se convertían en arrendatarios de facto de los pequeños propietarios); dicha práctica acababa conduciendo a la desposesión irreversible de los pequeños propietarios (es decir, a la «descampesinización»). Así, la experiencia de Punjab con la agricultura de contrato ha demostrado que:

    – La agricultura por contrato niega la igualdad de oportunidades a las distintas clases de campesinos;

    – que la brecha entre los campesinos ricos y pobres es cada vez mayor;

    – que los campesinos ricos también se enfrentan a relaciones asimétricas con las empresas contratantes.

    No solo la agricultura por contrato, sino también los acuerdos de libre comercio (TLC) han sido los menos beneficiosos para los productores agrícolas indios. A medida que la economía india se integró en el mercado mundial tras la introducción de las reformas económicas neoliberales en la década de 1990, la política comercial de India cambió considerablemente en favor del comercio bilateral. El principal cambio se observa en la creciente participación de India en los acuerdos de libre comercio frente a la liberalización comercial unilateral de la OMC. Los ALC entre dos o más socios se han convertido en una herramienta más eficaz para promover la liberalización del comercio. Este cambio ha tenido un impacto significativo en el sector agrícola indio. Mientras que el gobierno indio ha sido más agresivo a la hora de liberalizar el comercio en otros sectores, se ha mostrado más cauto a la hora de intervenir en el comercio agrícola, aunque, irónicamente, reduciendo los tipos arancelarios (especialmente en las importaciones), y porque la mayoría de los pequeños y marginales agricultores, que no reciben precios remunerativos, tienen que competir con productos importados que se venden a precios razonables gracias a la reducción de los aranceles. En consecuencia, una parte importante de la mano de obra agrícola vive por debajo del umbral de la pobreza, ya que la reducción de los derechos de importación ha reducido los salarios. Paradójicamente, India ha logrado la autosuficiencia alimentaria, necesaria para garantizar la seguridad alimentaria de los grupos pobres y marginados, pero es un país exportador de cereales alimentarios, lo que no aporta ningún beneficio sustancial a los productores agrícolas, mientras que las industrias nacionales se abastecen de materias primas baratas importadas.

    En otro ejemplo de la decreciente credibilidad del Estado indio : afirmó haber cancelado préstamos a los agricultores por valor de 23.760 millones de rupias en 2009-10. Sin embargo, el Gobierno rara vez menciona que canceló 8.000 millones de rupias en préstamos a las industrias en el mismo periodo, y que el total de préstamos industriales cancelados en 15 años (1995-2010) asciende a 5,7 billones de rupias. ¡Es irónico que el gobierno indio gobierne en nombre de la población rural, buscando la legitimidad principalmente del electorado rural, sacrificando sus intereses en el altar de los grupos industriales y las corporaciones empresariales que generosamente dan fondos electorales a la clase política!

    Es cierto que los bancos nacionalizados de la India tienen instrucciones de garantizar que al menos la mitad de sus préstamos se destinen al sector agrícola. Sin embargo, los procedimientos de tramitación y aprobación de las solicitudes de préstamo, así como el desembolso real de los mismos, siguen siendo un misterio. La región de la capital nacional (RNC) -es decir, Delhi, una megaciudad metropolitana- está llena de una jungla de hormigón donde la agricultura tiene la menor presencia. Sin embargo, según los datos publicados por el Banco Nacional de Agricultura y Desarrollo Rural (NABARD), la metrópoli de Delhi tiene más agricultores dedicados a la agricultura que Madhya Pradesh, Uttar Pradesh, Karnataka y Bengala Occidental. Los «campesinos» de Delhi recibieron 220.770 millones de rupias en préstamos agrícolas en 2009 a un tipo de interés de sólo el 5%, mientras que en la mayoría de los demás estados, los bancos cobran un tipo de interés anual de entre el 9% y el 13% por los préstamos agrícolas. El importe de los préstamos desembolsados en Delhi fue el segundo más alto del país, excepto en Punjab, donde los agricultores recibieron ese mismo año 270.000 millones de rupias en préstamos. Incluso los agricultores de Uttar Pradesh (210.000 millones de rupias), Madhya Pradesh (134.300 millones de rupias) y Haryana (149.150 millones de rupias) recibieron importes totales de préstamos mucho más bajos, a pesar de que el número de agricultores de estos estados supera con creces al de Delhi.

    El alto nivel de desembolso de préstamos para fines agrícolas en Delhi es inexplicable, ya que la NCR sólo tiene 39.000 hectáreas de tierras agrícolas. Sin embargo, los registros muestran que sólo 26.785 ha cubren la superficie neta cultivada en la RNC de Delhi. Las cifras disponibles, por tanto, sugieren que NABARD ha estado concediendo préstamos por valor de 8,06 millones de rupias por hectárea a los agricultores de la región metropolitana de Delhi. Sin embargo, el NABARD ha concedido créditos agrícolas para la compra de insumos como fertilizantes y nuevas variedades de semillas, para la instalación de pozos o sistemas de riego por goteo para la horticultura, la acuicultura, la floricultura y la sericultura, y para la compra de equipos agrícolas. Los propietarios de granjas, que aparecen en la elitista Delhi haciéndose pasar por «campeinos», han obtenido a menudo préstamos a tipos más baratos, lo que constituye la peor estafa en Delhi, ya que algunos de ellos han obtenido préstamos a través de las tarjetas de crédito Kisan.

    Cabe señalar aquí que se aplican tipos de interés discriminatorios a los agricultores que solicitan préstamos agrícolas, entre el 9 y el 13% de interés anual. En cambio, los bienes de lujo -como los coches importados- pueden comprarse obteniendo un préstamo bancario a un tipo de interés de sólo el 7%. En la región económicamente desfavorecida de Marathwada, en Maharashtra, se concedieron préstamos para la compra de 146 coches Mercedes con un coste de 630 millones de rupias, de los cuales 420 millones procedían de bancos nacionalizados, en particular del State Bank of India.

    La forma en que los más de 40 sindicatos agrícolas y otras organizaciones han trabajado juntos es una lección para las federaciones laborales. Las nuevas leyes laborales son una sentencia de muerte para ellos, lo que debería ser suficiente para estimularlos a actuar. En este caso, las huelgas rituales de un día en toda la India, aunque útiles, no son la respuesta. Lo que se necesita son huelgas a gran escala que se repitan cada pocos días en diferentes industrias y estados. De este modo, se alivia la carga económica de los huelguistas, ya que estas acciones no son continuas, sino que se reparten en el tiempo y entre diferentes secciones, y se producen en distintos lugares y regiones.

    Hoy tenemos la oportunidad de forjar con los campesinos el tipo de unidad de lucha que puede infligir el golpe más poderoso hasta ahora al proyecto neoliberal de Modi. Solo podemos esperar que lo logremos.

    Incluso si se pierde esta oportunidad y el resultado es un compromiso, pero no una derogación total de las leyes, políticamente las cosas no serán iguales. La popularidad del régimen de Modi habrá sufrido un golpe duradero. Aunque sea solo por eso, esta lucha de los campesinos merece nuestra profunda admiración.

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    Notas del artículo

    Notas del artículo
    1 El paddy es un «arroz sin cáscara” conservando su cáscara después de la trilla. Por lo general, de 1 kg de arroz con cáscara se obtienen 750 g de arroz integral y 600 g de arroz blanco
    2 La Ley Nacional de Garantía del Empleo Rural Mahatma Gandhi (MGNREGA) es una ley laboral india y una medida de seguridad social aprobada en septiembre de 2005 bajo el gobierno del Primer Ministro Manmohan Singh (Partido del Congreso). Su objetivo es ofrecer 100 días de trabajo al año (no cualificados, pagados con el salario mínimo) a personas voluntarias de hogares pobres de las zonas rurales.
    3 El FIR (First Information Report) es un documento elaborado por las organizaciones policiales de los países del sur y el sudeste asiático que inicia el proceso de justicia penal. Solo después de registrar la denuncia, la policía emprende una investigación.
  • Siria. El Partido de Acción Comunista: una experiencia y una rica herencia política

    Siria. El Partido de Acción Comunista: una experiencia y una rica herencia política

    AIOrient Medio Historia Siria daher Trad. Agustín Delmoral

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    Joseph Daher

    Militante sirio. Es profesor en la Universidad de Lausanne (Suiza) y en el European University Institute de Florencia (Italia). Es fundador del sitio web Syria Freedom Forever, dedicado a la construcción de una Siria laica y socialista. Acaba de publicar Le Hezbollah, un fondamentalisme religieux à l’épreuve du néolibéralisme (Editions Syllepse, París, 2019). El autor le agradece a Rateb Shabo y a Munif Mulhem por su ayuda en la redacción de este artículo. 

    Traducción: Agustín Delmoral
    Fuente:
    Este artículo ha sido publicado por el sitio Syria Untold en lengua inglesa y en lengua árabe.

    Actualidad Internacional: Luchas y Movimientos

    01/05/2021

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    Rateb Shabo, militante de la izquierda siria, fue encarcelado durante dieciséis años, en las décadas de 1980 y 1990 —tres de esos años los pasó en la tristemente célebre prisión militar de Tadmur—, por pertenecer al Partido de Acción Comunista (PAC), opuesto al régimen sirio[1]El nombre del partido ha sido igualmente traducido al francés como Partido Comunista del Trabajo..

    .

    Su más reciente libro, Un Récit du Parti d’Action Communiste en Syrie (1976-1992): un chapitre de l’histoire de la gauche (publicado en árabe bajo el sello editorial al-Maraya en el 2020) es una mirada imprescindible a la resistencia política progresista al régimen sirio de los años setenta a los años noventa del siglo xx.

    De todos los partidos de izquierda opuestos al régimen sirio, la experiencia del pac es probablemente la más rica en términos de activismo y visión política. Este partido se caracterizó por sus debates y por sus estructuras internas democráticas y dinámicas, contrariamente a otras organizaciones de izquierda y comunistas, que carecían de pluralismo y tenían una herencia stalinista.

    A lo largo de la historia del pac, diferentes tendencias políticas existieron en su interior, debatiendo sus análisis del contexto político, del tipo de intervenciones necesarias y de la mejor vía a seguir por el partido. Asimismo, la práctica política y la teoría del pac eran mucho más dinámicas, y no dogmáticas, en comparación con otros partidos de izquierda, la mayor parte de los cuales tenían sus raíces en la ideología stalinista. Desde sus orígenes, este partido se adhirió a un enfoque internacionalista, vinculando la suerte de las clases populares a través de la región y el mundo. La Unión Soviética no estuvo al margen de las críticas de los miembros del pac, en particular en lo que tenía que ver con su política hacia la región.

    Los miembros del partido pertenecían a todas las etnias y a todas las religiones de Siria, lo que probablemente hacía de él el más diversificado entre los partidos de izquierda del país. De igual forma, las mujeres tuvieron una presencia significativa y creciente al interior de las filas del pac, aunque hayan estado en gran medida ausentes de los puestos de dirección. De manera paralela a la participación inicial de las mujeres en las primeras etapas del partido al seno de los “círculos marxistas” y de los grupos políticos colectivos, ellas jugaron un papel cada vez más importante en el curso de los diferentes periodos del partido. De igual forma, sufrieron múltiples campañas de detenciones por parte de los órganos represivos del Estado, sobre todo a finales de los años ochenta, mientras su número y su participación en el partido aumentaba. Como lo escribe Shabo, el número significativo de mujeres en las filas del pac y su activismo distinguían claramente al partido de los otros grupos de izquierda y comunistas, donde el papel de las mujeres era comparativamente menos importante.

    Para los regímenes sirio y egipcio, la Guerra de los Seis Días de 1967 representó una aguda derrota frente el estado de apartheid y colonial de Israel y anunció el fin de los movimientos salidos del nacionalismo panárabe. Egipto, Siria y otros fueron abandonando progresivamente sus antiguas políticas sociales radicales y antimperialistas. Sus métodos de desarrollo capitalista de Estado comenzaron a estancarse. En consecuencia, optaron por un acercamiento a los países occidentales y a las monarquías del Golfo y adoptaron el neoliberalismo, poniendo término a numerosas reformas sociales que les habían ganado popularidad entre los sectores obreros y campesinos.

    Sin embargo, la devastadora derrota de los regímenes salidos del nacionalismo árabe en 1967 provocó, en primer lugar, una ola de radicalización al seno de los movimientos de izquierda y nacionalistas árabes, que para algunos ya había comenzado unos años antes, así como al interior de las dinámicas internacionales. Esto se reflejó, sobre todo, en la emergencia de organizaciones palestinas de izquierda, como el Frente Popular de Liberación de Palestina (FPLP), en 1967, y el Frente Democrático de Liberación de Palestina (FDLP), en 1969.

    De manera paralela al ascenso de la resistencia política y armada palestina radical, otros países conocieron un desarrollo significativo de los grupos radicales. En Yemen, el Frente de Liberación Nacional (FLN), de orientación marxista, creado en 1963, formó la República Popular de Yemen del Sur (rebautizada más tarde como República Democrática Popular de Yemen) a finales de 1967, luego de cuatro años de lucha contra la ocupación colonial británica. Esta toma del poder inauguró la experiencia revolucionaria más radical de este periodo, pero con un impacto limitado en razón de la extrema pobreza del país.

    En el mismo periodo, en la región vecina del Dhofar, el sultanato de Omán, un movimiento armado de emancipación social y nacional comenzó a desafiar el poder del sultán reaccionario, Said Bin Taimur, así como la influencia militar y política británica. El Frente de Liberación del Dhofar, un grupo separatista, entró en un proceso de radicalización orientado hacia el marxismo y se rebautizó como Frente Popular para la Liberación de Omán y del Golfo Arábigo en 1968.

    En el marco de este proceso de radicalización se crearon igualmente otras organizaciones de izquierda más pequeñas en Líbano, Siria, Egipto y Túnez. El Partido Comunista Obrero Egipcio, nacido de esta nueva izquierda, jugó un papel importante en el “levantamiento del pan” de los días 18 y 19 de enero de 1977 en respuesta a una serie de medidas de autoridad puestas en marcha por el régimen de Anuar El Sadat, incluida la supresión de las subvenciones a los productos básicos.

    En sus orígenes, la mayor parte de estos partidos políticos estaban ligados al movimiento nacionalista árabe presente en toda la región[2]La organización tiene sus orígenes en la Universidad Americana de Beirut con el profesor sirio Constantin Zureik, un apasionado defensor del panarabismo. La dirección del movimiento incluía a … Seguir leyendo.

     En su proceso de radicalización, argumentaron que la derrota de junio de 1967 era el resultado del socialismo “pequeñoburgués” promovido por el líder egipcio Gamal Abdel Nasser. Según ellos, solo los movimientos radicales y los enfoques fundados en el marxismo podrían vencer al sionismo, derribar a las monarquías autocráticas y mejorar las condiciones de vida de las clases populares.

    Siria no ha estado inmune a estas dinámicas. En 1965, militantes baasistas sirios fundaron el Partido Obrero Revolucionario Árabe alrededor de Yassin Hafez y Elias Morqos, dos intelectuales que intentaron conciliar nacionalismo árabe y marxismo. Y al seno del Baath, jóvenes oficiales alineados en torno al general de izquierda Salah Jadid organizaron un golpe de Estado el 23 de febrero de 1966. Representaban al ala izquierda del partido Baath, que se mantuvo en el poder hasta que el ministro de Defensa de entonces, Hafez al-Assad, derrocó a Salah Jadid en 1970 a través de un nuevo golpe de Estado.

    Fue en ese contexto que a mediados de los años sesenta se constituyeron los “círculos marxistas”, que más tarde dieron nacimiento a la Liga de Acción Comunista (LAC), en 1976, y al Partido de Acción Comunista (PAC), en 1981.

    Esos “círculos marxistas” estuvieron en el origen de los grupos de discusión que se levantaron por toda Siria y en los que los participantes debatían cuestiones políticas del mundo árabe a partir de perspectivas y visiones marxistas. Cada círculo tenía su propia dinámica y al principio se desarrollaron de manera independiente. Sus miembros se coordinaban y actuaban colectivamente.

    La mayor parte de los miembros iniciales eran estudiantes y antiguos nacionalistas árabes que habían entrado en un proceso de radicalización. Ellos y ellas buscaban luchar contra el autoritarismo, así como reflexionar en torno a una vía y una orientación política a seguir en Siria luego de la derrota de 1967. En 1974, los “círculos marxistas” estaban presentes en todas las grandes ciudades y en las universidades, al interior del ejército sirio, en los sindicatos y en las asociaciones profesionales, y en la región rural del Ghab, en la gobernación de Hama, que conoció importantes revueltas campesinas a finales de los años sesenta[3]En 1969 el régimen baasista reprimió con fuerza un levantamiento campesino que denunciaba un sistema que endeudaba a los campesinos ante el Banco Agrícola para reembolsar a los hombres de negocios … Seguir leyendo.

    Los círculos, y luego las organizaciones que siguieron (lac y pac), contaron con varias publicaciones: La Bannière rouge, le Communiste y L’Appel populaire, que se mantuvieron hasta 1991.

    A finales del verano de 1976, después de tres grandes concentraciones[4]La primera reunión tuvo lugar en Damas en noviembre de 1974; la segunda en Douma en el suburbio de Damas en 1975, y la tercera en Alep en 1976, representando, de hecho, la primera conferencia … Seguir leyendo, la LAC se formó con una treintena de delegados que representaban a más de 120 miembros. Se eligió un Comité Central compuesto por 15 personas que representaban a la dirección del nuevo partido, así como un comité de trabajo de cinco personas. La recién creada LAC se describió como “una facción marxista leninista cuya misión central es trabajar con el resto de las facciones marxistas leninistas en Siria para construir un brazo sirio del Partido Comunista Árabe, elevando la conciencia política, organizando y movilizando a la clase trabajadora y a sus clases aliadas con el fin de realizar la revolución socialista en el horizonte del proletariado internacional”.

    Menos de un año más tarde, en marzo de 1977, el partido sufrió sus primeras oleadas de detenciones. Varias decenas de militantes fueron encarcelados en Damas, Hama, Alep y Lattaquié. Entre octubre de 1977 y abril de 1979 el partido sufrió otras cuatro campañas represivas. En mayo de 1978 nuevas detenciones por parte del servicio de seguridad del Estado sirio dejaron al partido sin una verdadera dirección, porque solo tres de los 11 dirigentes de la Liga estaban en libertad o todavía no habían sido detenidos.

    A pesar de todo ello, la lac mantuvo sus actividades políticas. En septiembre de 1979 el partido eligió un nuevo comité de trabajo y publicó un programa de transición centrado en el objetivo de derribar al régimen sirio y establecer un gobierno democrático y revolucionario.

    En agosto de 1981, se creó oficialmente el Partido de Acción Comunista (pac) durante una conferencia general que se desarrolló en Líbano con la presencia de 55 delegados, dos de los cuales eran mujeres.

    El cambio de nombre no fue meramente simbólico, escribe Shabo. Era más bien el signo de la pérdida de esperanza en la capacidad de la Liga para unir y coordinar el trabajo y las actividades del Partido Comunista Sirio oficial y de sus grupos disidentes, sobre todo el Partido Comunista Sirio-Buró Político, dirigido por Riyad al-Turk[5]El Partido Comunista Sirio-Buró Político, dirigido por Riyad al-Turk, abandonó el Partido Comunista Sirio en razón del comportamiento autoritario de Khalid Bakdash, su secretario general, y en … Seguir leyendo, y de transformarse en partidos comunistas verdaderamente revolucionarios. En la lectura que Shabo hace del movimiento, los miembros de la conferencia decidieron que no había ninguna justificación política o teórica para retardar la creación formal de un “partido” político y del objetivo absoluto y la necesidad de clase que esto exigía. En el Comité Central, tres corrientes centrales quedaron representadas: la corriente trotskista[6]Estuvieron cercanos a la IV Internacional y alimentaron un análisis crítico y propuestas políticas al partido. Esta tendencia estuvo sobre todo representada por Munif Mulhem, quien jugó un papel … Seguir leyendo, la corriente “moderada”[7]Según Shabo, los adeptos a esta corriente no estaban organizados en una tendencia política particular y no se coordinaban entre sí. Siguieron la línea del partido según las bases de la reunión … Seguir leyendo y la nueva corriente de izquierda[8]Esta tendencia es descrita como “leninista”, con una forma de comprensión “mecanicista” de la historia. Su objetivo era realizar una revolución socialista a través de una estrategia de … Seguir leyendo.

    El pac mantuvo sus actividades a lo largo de los años ochenta y hasta comienzos de los años noventa, antes de que las sucesivas campañas de represión del régimen sirio lograran aplastarlo. Una de las últimas acciones importantes del pac se remonta a 1990, cuando organizó a 300 madres, hermanas y cónyuges de miembros del partido encarcelados para que se manifestaran ante el palacio presidencial de Damas.

    Dos años más tarde, las autoridades sirias detuvieron a Abd al-Aziz al-Khayyar, el último dirigente del pac que todavía no había sido encarcelado[9]Fue liberado en el 2005. En el 2007 participó en la fundación de la “Reunión de Izquierda Marxista”, que comprendía al Partido de Acción Comunista, al Partido Kurdo de Izquierda, al comité … Seguir leyendo. Otras 13 personas fueron igualmente detenidas en esa época por sus presuntos vínculos con el pac. Luego de todo ello, el partido prácticamente cayó en la inactividad. La caída de la Unión Soviética a comienzos de los años noventa tuvo igualmente consecuencias ideológicas sobre el pac: algunos de sus miembros se orientaron más hacia ciertas formas de liberalismo que hacia ideologías marxistas.

    Sin embargo, durante la así llamada Primavera de Damas, a comienzos de la década del 2000, luego del ascenso al poder de Bachar al-Assad, un determinado número de antiguos miembros del partido jugaron un papel en la creación de “fórums”, salones de discusión y de debate a lo largo y ancho del país. En Damas, Munif Mulhem, antiguo miembro dirigente del pac, fundó el Fórum de Izquierda, que como otros foros, bajo la presión de los servicios de seguridad, debió cesar sus actividades.

    En agosto de 2003 el pac anunció su regreso a la escena política, seguido de una nueva publicación: Maintenant. Sin embargo, para un buen número de antiguos militantes, el partido no representaba más las aspiraciones iniciales y los ideales de izquierda de los años sesenta y setenta.

    Aunque el pac siguió existiendo a lo largo de las décadas de 2000 y 2010, numerosos miembros manifestaron su compromiso político contra el régimen de Assad en tanto que individuos, más que en nombre del partido. Siguieron jugando un papel al interior del levantamiento popular de 2011 a través de un abanico de grupos, colectivos, comités de coordinación y diferentes coaliciones de izquierda al seno de los movimientos de protesta popular.

    Durante el levantamiento popular, el pac sostuvo el movimiento de protesta y fue uno de los miembros fundadores del Comité Nacional de Coordinación de las Fuerzas del Cambio Democrático en Siria. El principal dirigente del grupo en esa época, Abd al-Aziz al-Khayyar, fue desaparecido en el camino del aeropuerto a Damas al regreso de su visita a China, en septiembre de 2012. Muy probablemente fue secuestrado por las fuerzas de seguridad del régimen. No hay ninguna información sobre su suerte luego de ese momento.

    La historia del pac por parte de Shabo es un relato importante sobre un partido político que no es bien conocido —o a menudo simplemente ignorado— por numerosos círculos progresistas en Siria y el extranjero. Las lecciones del pac no deben ser olvidadas, particularmente cuando examinamos y analizamos las estrategias y los errores de los grupos de oposición dominantes que surgieron luego de marzo de 2011.

    Las décadas de 1970 y 1980 fueron testigos de un violento conflicto entre el régimen sirio y los movimientos fundamentalistas islámicos conducidos por los Hermanos Musulmanes (HM), que culminó con la espantosa masacre de Hama en 1982, en el curso de la cual las fuerzas del régimen sirio sitiaron la ciudad y mataron a varios miles de personas.

    Según el relato de Shabo, las tensiones entre los dos campos constituyeron la primera “prueba política” de la lac, predecesora del pac. Durante mucho tiempo, la lac se opuso al régimen de Hafez al-Assad, al que consideraba un dictador corrupto, opuesto a la vez a los intereses de las clases populares y a la causa palestina.

    La lac y el Movimiento de los HM, cuando menos objetivamente, compartían el mismo objetivo: derribar al régimen de Assad. Pero para la lac, la orientación política de los HM era problemática en razón de sus discursos y sus prácticas antidemocráticas y confesionales[10]Por ejemplo, en 1981, el secretario adjunto del movimiento de los Hermanos Musulmanes (hm), Ali al-Bayanuni, en una entrevista al periódico francés le Monde, declaraba que si los HM accedían al … Seguir leyendo. Los miembros de los HM no vacilaban en asesinar a personalidades alaouitas sin vínculo político directo con el régimen[11]

    En junio de 1979, miembros de los HM y de la “Vanguardia Islámica” (ligada a los HM) cometieron una masacre asesinando a alrededor de 80 cadetes alauitas en la escuela de artillería de Alep.
    .

    La lac veía el conflicto entre esos dos campos −el régimen sirio y los HM− como una lucha entre dos facciones de la burguesía siria, una lucha que no era ni democrática ni “patriótica” al servicio de los intereses del país. Por un lado, estaba la burguesía burocrática dominada por el régimen; por el otro, la burguesía tradicional, en particular los grandes comerciantes aliados a los HM. Las dos fracciones de la burguesía se oponían a los intereses de las clases populares.

    En respuesta, la lac trabajó en la creación de un “tercer campo”. En 1979, el periódico del partido, Bannière rouge, publicó un editorial en el que llamaba a la conformación de lo que él denominaba “un frente popular unido”. Esta coalición estaría compuesta por fuerzas políticas que representaban a las clases populares sirias y se opondría a la vez al régimen sirio y a los HM, al tiempo que trabajaría en reclutar y sacar a las bases populares de esos dos campos reaccionarios[12]El título de la editorial de Bannière Rouge, núm. 36, era “Hacia la construcción de un Frente Popular Unido”.. A continuación, la lac explicaba con más precisión que contemplaba ese frente como un instrumento de organización de las clases populares con miras a realizar una revolución social en Siria.

    La LAC criticó a los partidos políticos sirios que conformaban la alianza del Frente Nacional Progresista −una alianza de partidos de izquierda y nacionalistas árabes creada en 1972, que apoyaba al régimen de Assad en su violenta confrontación con los HM−, así como a la alianza de izquierda del movimiento nacional libanés y algunas organizaciones de la resistencia palestina. Esos grupos percibían al régimen sirio como una fuerza nacional/patriótica y progresista.

    A pesar de sus esfuerzos por intentar convencer a otros partidos de izquierda a través de discusiones y negociaciones con miras a la creación de un Frente Popular Unido, la LAC tenía muy poco peso político para convencerlos de tal estrategia. Sin embargo, unos cuantos meses después de la editorial de Bannière rouge llamando a la conformación de ese frente, otros grupos de izquierda formaron su propia coalición. Estas organizaciones se unieron para firmar lo que llamaron el “Pacto de Concentración Nacional Democrática”[13]Estaba compuesto por la Unión Socialista Árabe Democrática, el pcs-bp, el Partido Obrero Revolucionario Árabe, el Movimiento Socialista Árabe y el Partido Baath Árabe Socialista y Democrático..

    Las relaciones de la lac con la Unión Socialista Árabe, un partido nasseriano dirigido por un antiguo militante de Baath, Jamal al-Atassi, y con el Partido Baath árabe socialista y democrático, ligado al antiguo general baasista de izquierda Salah Jadid, no le valieron un lugar al seno del pacto. El Partido Comunista Sirio-Buró Político (pcs-bp, también conocido bajo el nombre de Buró Político), uno de los firmantes del pacto, vetó la inclusión de la lac.

    Los años previos a la firma del pacto habían conocido una hostilidad creciente de parte del pcs-bp contra la lac. La dirección del pcs-bp, en particular su líder Riyad al-Turk, rechazaba toda discusión oficial entre los dos partidos, aunque miembros de las dos organizaciones las mantuvieran en privado. Los dirigentes del pcs-bp acusaron asimismo a la lac de colaborar con las fuerzas de seguridad sirias o rusas para impedir el crecimiento de su propia organización[14]Riyad al-Turk ha mantenido una política sectaria hacia los miembros del pac. Ver el testimonio de Munif Mulhem: https://www.facebook.com/monif.mulhem/posts/10216522911054208.

    El Pacto de Concentración Nacional tenía muy poco contenido y muy pocos objetivos ligados a la cuestión de clase. La lac criticó las posiciones de la mayoría de los partidos presentes en el pacto, en particular del pcs-bp[15]En una carta interna de julio de 1980, el pcs-bp exponía tres posibilidades para el desarrollo del régimen político en Siria, una de las cuales se apoyaba en la clase burguesa de aspiraciones … Seguir leyendo. Criticó sobre todo a los firmantes del pacto que consideraban a las acciones de los HM como reflejo más general de los movimientos populares y callejeros, y no de un partido político en particular. Los mismos personajes tampoco condenaban los múltiples asesinatos confesionales cometidos por los HM. Durante los años siguientes, igualmente, adoptaron una posición un poco más severa contra el movimiento de los HM, pero sin hacer una crítica radical al mismo.

    A lo largo de los años ochenta, el pac, formado a partir de la lac, buscó constituir un gran frente progresista independiente contra Assad y los HM. Este fue particularmente el caso luego de la terrible masacre de Hama en 1982, cuando llamaron de nuevo a la formación de un tercer campo independiente de esos dos campos reaccionarios opuestos.

    La causa palestina estaba en el centro del pac desde los orígenes del partido al interior de los “círculos marxistas” −colectivos políticos aparecidos a principios de los años sesenta.

    Los refugiados palestinos en Siria eran a menudo compañeros activos o cercanos al pac. Numerosos miembros del partido participaron en la resistencia armada al lado de la olp y de organizaciones de izquierda palestinas, como el Frente Democrático por la Liberación de Palestina (FDLP) y el Frente Popular por la Liberación de Palestina (FPLP), en los campos de refugiados en Siria, Líbano y Jordania. En algunos casos, compañeros que habían asistido a las sesiones de los “círculos marxistas” perdieron después la vida en operaciones militares lanzadas contra Israel. Algunos miembros del partido fueron batidos al lado de organizaciones palestinas por resistir el sitio de Beirut en 1982 por parte de las fuerzas de ocupación israelíes.

    El pac consideraba que la liberación de Palestina iría de la mano del derribamiento de los regímenes regionales y del establecimiento de democracias populares como bases de apoyo a la revolución palestina. La represión de las organizaciones palestinas durante los acontecimientos de “Septiembre Negro” en Jordania en 1970, y la oposición de Hafez al-Assad a la resistencia palestina a Israel al interior de sus propias fronteras, no hicieron más que reforzar la posición del partido.

    Su oposición al régimen de Assad se incrementó luego de la intervención del ejército sirio en Líbano en 1976, que fue ampliamente condenada por los grupos de oposición democráticos y de izquierda y por las asociaciones profesionales en Siria[16]En 1980 todas las asociaciones profesionales fueron disueltas por decreto gubernamental. El régimen creó de inmediato nuevas asociaciones profesionales y nombró nuevos dirigentes que sobre todo … Seguir leyendo.

    En 1982, el pac envió dos grupos de voluntarios a Líbano para entrenarse con las fuerzas armadas de la olp y servir de apoyo a la resistencia palestina. Antes, durante el sitio militar israelí de Beirut, el pac envió 11 médicos, miembros de o cercanos al partido, a la capital libanesa para ayudar a atender a los resistentes palestinos heridos. Otros miembros fungieron como guardias de los barrios generales de las organizaciones palestinas de resistencia en Beirut, con el fin de que los combatientes palestinos estuvieran en libertad de ir a combatir.

    Un año más tarde, el pac jugó un papel clave en el levantamiento de los Comités Populares (1983-1986), un movimiento que reunió a los palestinos en Siria[17]Luego del asedio de Beirut y de la partida de la olp de la capital libanesa, así como de los enfrentamientos internos al seno de la dirección del Fatah luego de la guerra de los campos.. En su documento fundador, el movimiento se describe como una estructura nacional, democrática y popular, pero no busca convertirse en un partido político formal. En el plano organizativo, cada comité estaba compuesto por entre cuatro y cinco personas reunidas a nivel local al seno de los barrios, o en función de sus profesiones. Los comités eran independientes unos de otros en sus actividades culturales y políticas, y sólo se coordinaban para distribuir la propaganda política y difundir las declaraciones públicas oficiales.

    En esa época, los campos de refugiados palestinos en Damas eran centros de intensa actividad política. Las manifestaciones en los campos se multiplicaron, teniendo en la mira criticar los ataques contra los palestinos en Líbano por parte de los grupos y movimientos políticos sostenidos por el régimen sirio. Las fuerzas de seguridad sirias reaccionaron encarcelando a varios cientos de palestinos.

    De igual forma, las fuerzas de seguridad redujeron considerablemente los movimientos de los palestinos fuera de Siria, mientras que la continua represión hizo que las reuniones públicas de los grupos palestinos resultaran casi imposibles de realizarse, con excepción de aquellas que eran favorables al régimen o que eran apoyadas por las autoridades sirias.

    La represión continuó en el curso de los siguientes años, en particular durante las manifestaciones públicas de 1985 y 1986 en Siria para denunciar las operaciones militares lanzadas contra los campos palestinos de Beirut durante el periodo de la “Guerra de los campos”, así como durante las manifestaciones que tuvieron lugar con motivo de la “Jornada Palestina de la Tierra” en 1986[18]En marzo de 1976 se anunció un vasto plan de expropiación de tierra palestina en Galilea. No era la primera vez, desde 1948, que se confiscaban tierras palestinas para establecer o agrandar las … Seguir leyendo. Luego de esta última ola de represión, las protestas y las manifestaciones disminuyeron considerablemente en los campos de refugiados palestinos. Las fuerzas de seguridad sirias, sin embargo, mantuvieron una política de intimidación violenta contra los palestinos que se encontraban en ellos. En 1990, alrededor de 2 500 presos políticos palestinos se encontraban en prisiones sirias[19]Middle East Watch, Syria Unmasked: The Suppression of Human Rights by the Asad Regime, Yale University Press, New Haven 1991, pp. 106-108..

    La lac, y más tarde el pac, se distinguía de otros movimientos de izquierda sirios por el apoyo a la autodeterminación del pueblo kurdo en Siria y en la región. Otros movimientos se opusieron o simplemente ignoraron la cuestión de la autodeterminación del pueblo kurdo, mientras que los periódicos y los folletos del pac condenaron, desde los orígenes del partido, la discriminación de los kurdos de Siria.

    El pac insistía en la unidad de los partidos revolucionarios árabes y kurdos contra el régimen burgués dictatorial y los partidos reaccionarios —en otros términos, los HM— como único medio de alcanzar la autodeterminación del pueblo kurdo. Sostenía que, así como en el caso de la resistencia palestina, era la unidad desde abajo, de los revolucionarios que querían derribar al régimen sirio, lo que haría avanzar la liberación de la población kurda.

    El pac participaba cada año en las celebraciones del Nawruz, el festival del nuevo año primaveral festejado por los kurdos, los iraníes y otros. Este acontecimiento constituía la ocasión para que las comunidades y los grupos políticos kurdos reivindicaran sus derechos nacionales, culturales y democráticos. Las publicaciones del pac describían las celebraciones del Nawruz como un acto de resistencia y afirmación de los derechos nacionales kurdos, en un país cuyo gobierno oprimía a su población kurda.

    La opresión era generalizada. En 1986, el régimen sirio prohibió toda expresión pública de las celebraciones del Nawruz en dos suburbios de Damas y reprimió violentamente a los y las manifestantes que, a pesar de todo, se habían movilizado, matando a un joven kurdo e hiriendo a otros. Como respuesta, se organizó una gran concentración, y se bloqueó una ruta principal de la región. Entre las consignas de las y los manifestantes se escuchó, sobre todo, la pregunta: “¿A quién servirá la detención de los comunistas? ¡A todos los reaccionarios!”. En esas acciones participaron miembros del pac y el partido hizo público un comunicado en el que condenaba la violencia policiaca y exigía la liberación de todos los detenidos. El comunicado fue traducido al kurdo.

    Hubo intentos de extender el modelo de los comités populares palestinos a la población kurda en Siria, pero fracasaron porque la gran mayoría de los partidos kurdos rechazó crear este tipo de órganos de resistencia colectiva. Además, en el mismo periodo, en 1986, las fuerzas de seguridad del régimen sirio llevaron a cabo una nueva campaña represiva contra el pac, debilitando considerablemente sus actividades.

    Las potenciales colaboraciones entre los grupos políticos sirios, árabes y kurdos fueron consideradas durante mucho tiempo como una línea roja por el régimen sirio, que reprimía tales acciones. En el curso de este mismo periodo, recibir a estos grupos por parte del régimen sirio en su territorio, y por parte de algunos grupos políticos kurdos de Turquía e Irak, como el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), la Unión Patriótica del Kurdistán (UPK), dirigido por Jalal Talabani, y el Partido Democrático Kurdo (PDK), afiliado a Masoud Barzani, tenía por condición que dichos movimientos se abstuvieran de cualquier intento de movilización de los kurdos sirios contra Damas.

    ¿Por qué la experiencia del pac sigue teniendo vigencia en la actualidad? Desde sus orígenes, el pac promovió la idea de que la emancipación y la liberación de las clases populares sirias estaban ligadas a la liberación de las clases populares de la región, en particular a las clases populares palestina y kurda. El pac consideraba a las luchas de estos grupos como suyas, y comprendía ya que ninguna salvación podía venir de los Estados de la región, incluso si oficialmente manifestaban apoyo y simpatía por esas causas.

    Esta orientación política contrasta marcadamente con la de los principales órganos de la oposición siria actual en el exilio, en particular con la del Consejo Nacional Sirio y la Coalición Nacional por la Revolución Siria y las fuerzas de oposición, igualmente conocida con el nombre de Coalición Nacional Siria. Desde su creación, estos dos órganos dependieron políticamente de potencias extranjeras y rápidamente adaptaron sus acciones y posiciones políticas en consecuencia con esas potencias. El resultado fue duro: más que ver tomar en cuenta los vínculos entre las luchas populares regionales, los dos órganos de la oposición siria apoyaron frecuentemente las acciones opresivas de esos Estados, así como la opresión de las poblaciones kurdas por Turquía al interior de sus propias fronteras y en Siria, o la guerra del reino saudí contra Yemen.

    Al mismo tiempo, la causa palestina fue ignorada y reducida al silencio con el fin de no espantar a los aliados regionales y occidentales. Peor aún, la gran mayoría de los órganos de la oposición siria se opuso a los derechos nacionales kurdos y reprodujo discursos racistas y acciones opresivas contra el pueblo kurdo, apoyando incluso las invasiones y las ocupaciones de Afrin y otras regiones por parte del ejército turco y grupos armados de la oposición siria. Esas campañas militares condujeron a numerosas violaciones de los derechos humanos y obligaron a miles de kurdos a dejar sus hogares.

    Finalmente, ningún campo político independiente y progresista ha podido desarrollarse luego del 2011 para oponerse a la vez al régimen sirio y a las fuerzas fundamentalistas islámicas. Por el contrario, el Partido Democrático del Pueblo (la organización que sustituyó al pcs-bp de Riyad al-Turk) y otras fuerzas democráticas y liberales se unieron en una alianza con el movimiento de los HM y con otras corrientes conservadoras de la oposición siria, que eran mayoritarias, para crear el Consejo Nacional Sirio. Una dinámica similar se mantuvo con la Coalición[20]Incluso Riyad al-Turk declaró en septiembre de 2018 que uno de los problemas iniciales con el Consejo Nacional Sirio durante su creación, fue que los HM y los grupos que a él estaban ligados … Seguir leyendo. Además, estos actores no vacilaron en incluir a algunas personalidades fundamentalistas islámicas y en algunas ocasiones intentaron normalizar o defender a los movimientos yijadistas[21]Para más detalles sobre los límites y los problemas de los principales órganos de la oposición siria, ver Joseph Daher (2019) “Pluralism lost in the Syrian Uprising”, The Century Foundation, … Seguir leyendo.

    Es en ese marco que las experiencias y las orientaciones políticas del pac siguen siendo de una gran utilidad: en las estrategias a adoptar a la vez contra el régimen sirio y los movimientos fundamentalistas religiosos, en la construcción de un campo político progresista independiente, y en la lucha por la autodeterminación de los pueblos palestinos y kurdos. Todas estas cuestiones siguen siendo tan actuales como lo eran cuando el pac intentó abordarlas.

    La memoria de la ideología política del pac no debe desaparecer. Las lecciones de la resistencia progresista del partido entre las décadas de 1970 y 1990 deben utilizarse para derribar resistencias futuras, que ahí encontrarán su fuerza sin repetir los mismos errores.

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    Notas del artículo

    Notas del artículo
    1 El nombre del partido ha sido igualmente traducido al francés como Partido Comunista del Trabajo.
    2 La organización tiene sus orígenes en la Universidad Americana de Beirut con el profesor sirio Constantin Zureik, un apasionado defensor del panarabismo. La dirección del movimiento incluía a seis estudiantes de la universidad: dos palestinos, Georges Habache y Waddi Haddad; un libanés, Salah Chabal; un iraquí, Hamed Jbouri; un kuwaitiano, Ahmed El-Khatib, y un sirio, Hani El-Hindi.
    3 En 1969 el régimen baasista reprimió con fuerza un levantamiento campesino que denunciaba un sistema que endeudaba a los campesinos ante el Banco Agrícola para reembolsar a los hombres de negocios de la región del Ghab.
    4 La primera reunión tuvo lugar en Damas en noviembre de 1974; la segunda en Douma en el suburbio de Damas en 1975, y la tercera en Alep en 1976, representando, de hecho, la primera conferencia general de la Liga de Acción Comunista.
    5 El Partido Comunista Sirio-Buró Político, dirigido por Riyad al-Turk, abandonó el Partido Comunista Sirio en razón del comportamiento autoritario de Khalid Bakdash, su secretario general, y en razón de los desacuerdos sobre las cuestiones nacionales panárabes. En 1976, la posición al régimen sirio se volvió igualmente un problema entre el pcs y el pcs-bp, en razón de la intervención del ejército sirio en Líbano, que fue condenada por la facción de al-Turk. Sin embargo, hasta 1976 los miembros del pcs-bp se mantuvieron en las instancias del Frente Nacional Progresista (una coalición de partidos de izquierda y nacionalistas sirios que apoyaba al régimen sirio creada 1972) y del Parlamento sirio.
    6 Estuvieron cercanos a la IV Internacional y alimentaron un análisis crítico y propuestas políticas al partido. Esta tendencia estuvo sobre todo representada por Munif Mulhem, quien jugó un papel de primer orden en la historia del pac, y quien fue encarcelado durante más de 15 años por el régimen entre 1981 y 1997.
    7 Según Shabo, los adeptos a esta corriente no estaban organizados en una tendencia política particular y no se coordinaban entre sí. Siguieron la línea del partido según las bases de la reunión de fundación del mismo en agosto de 1981.
    8 Esta tendencia es descrita como “leninista”, con una forma de comprensión “mecanicista” de la historia. Su objetivo era realizar una revolución socialista a través de una estrategia de “Frente Popular”, es decir, una amplia alianza que reuniera a partidos de izquierda, partidos y sindicatos socialdemócratas, así como a capitalistas “democráticos liberales”.
    9 Fue liberado en el 2005. En el 2007 participó en la fundación de la “Reunión de Izquierda Marxista”, que comprendía al Partido de Acción Comunista, al Partido Kurdo de Izquierda, al comité de los comunistas sirios, a la Reunión Democrática Marxista, y al Comité de Coordinación de los miembros del pcs-bp.
    10 Por ejemplo, en 1981, el secretario adjunto del movimiento de los Hermanos Musulmanes (hm), Ali al-Bayanuni, en una entrevista al periódico francés le Monde, declaraba que si los HM accedían al poder, la libertad de crear partidos no se extendería a los grupos marxistas, incluidos aquellos que se oponían al régimen.
    11

    En junio de 1979, miembros de los HM y de la “Vanguardia Islámica” (ligada a los HM) cometieron una masacre asesinando a alrededor de 80 cadetes alauitas en la escuela de artillería de Alep.

    12 El título de la editorial de Bannière Rouge, núm. 36, era “Hacia la construcción de un Frente Popular Unido”.
    13 Estaba compuesto por la Unión Socialista Árabe Democrática, el pcs-bp, el Partido Obrero Revolucionario Árabe, el Movimiento Socialista Árabe y el Partido Baath Árabe Socialista y Democrático.
    14 Riyad al-Turk ha mantenido una política sectaria hacia los miembros del pac. Ver el testimonio de Munif Mulhem: https://www.facebook.com/monif.mulhem/posts/10216522911054208
    15 En una carta interna de julio de 1980, el pcs-bp exponía tres posibilidades para el desarrollo del régimen político en Siria, una de las cuales se apoyaba en la clase burguesa de aspiraciones “europeas” −en otros términos, a favor de una forma de democracia liberal. Una alianza con los sectores más amplios de la burguesía siria y con los HM siempre fue una posibilidad potencial para el pcs-bp.
    16 En 1980 todas las asociaciones profesionales fueron disueltas por decreto gubernamental. El régimen creó de inmediato nuevas asociaciones profesionales y nombró nuevos dirigentes que sobre todo actuaron como servidores corporativistas del Estado y del partido en el poder. Durante el mismo periodo se intensificó la represión contra los sindicalistas afiliados o que se identificaban con los partidos de oposición, elegidos contra los candidatos baasistas oficiales en las elecciones de 1978 y 1979.
    17 Luego del asedio de Beirut y de la partida de la olp de la capital libanesa, así como de los enfrentamientos internos al seno de la dirección del Fatah luego de la guerra de los campos.
    18 En marzo de 1976 se anunció un vasto plan de expropiación de tierra palestina en Galilea. No era la primera vez, desde 1948, que se confiscaban tierras palestinas para establecer o agrandar las colonias judías, pero esta vez los poblados del norte de Galilea decidieron reaccionar de manera masiva. Se anunció una huelga general para el 30 de marzo. Las presiones sobre los organizadores fueron tales que la huelga derivó en manifestaciones que chocaron con el ejército de ocupación israelí. Éste mató a seis palestinos y dejó heridos a varios cientos. Desde entonces esta jornada se conmemora cada año, el 30 de marzo, como la Jornada de la Tierra.
    19 Middle East Watch, Syria Unmasked: The Suppression of Human Rights by the Asad Regime, Yale University Press, New Haven 1991, pp. 106-108.
    20 Incluso Riyad al-Turk declaró en septiembre de 2018 que uno de los problemas iniciales con el Consejo Nacional Sirio durante su creación, fue que los HM y los grupos que a él estaban ligados dominaban el órgano de la oposición. Ver Mohammad Ali Atassi, “Primera entrevista de Riyad al-Turk luego de su partida de Siria” (en árabe), Al-Quds Al-Arabi, 2 de septiembre de 2018, http://www.alquds.co.uk/?p=1007786
    21 Para más detalles sobre los límites y los problemas de los principales órganos de la oposición siria, ver Joseph Daher (2019) “Pluralism lost in the Syrian Uprising”, The Century Foundation, https://tcf.org/content/report/pluralism-lost-syrias-uprising/
  • La guerra de cinco años de Bernie Sanders

    La guerra de cinco años de Bernie Sanders

    La guerra de 5 años de Bernie Sanders Trad Blanca Radillo

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    Matt Karp

    Profesor asociado de historia en la Princeton University y un editor colaborador de Jacobin Magazine

    Traducción: Blanca Radillo
    Fuente: 
    Jacobin Magazine

    Actualidad Internacional: Opinion

    28/08/2020

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    Una tarde templada en abril del 2015, en lo profundo de la zona muerta ideológica de la segunda administración Obama, Bernie Sanders se tomó un descanso de su jornada laboral en el Senado y caminó hacia el césped frente al edificio del Capitolio. Desplegando una hoja de notas arrugada, el senador de Vermont tardó menos de diez minutos en decirle a los periodistas por qué se postulaba para presidente: los estadounidenses están trabajando más horas por salarios más bajos, mientras que los ricos se deleitan con las ganancias y los multimillonarios gobiernan el sistema político. El país enfrentó su mayor crisis desde la Gran Depresión, dijo.

    Cinco años más tarde, en una mañana de abril del 2020, Sanders estaba dentro de su casa en Burlington, Vermont, y anunció que suspendía su segunda campaña presidencial. Esta competencia, como la contienda de cuatro años atrás, había terminado en derrota, y aunque Bernie pronunció un discurso inspirador de quince minutos — citando a Nelson Mandela y agradeciendo a los seguidores por su sangre, sudor, lágrimas, y publicaciones en las redes sociales — incluso un espectador empático podría preguntar qué, exactamente, ha producido todo ese esfuerzo apasionado.

    La desigualdad de ingresos y riqueza se ha disparado a nuevas alturas; un multimillonario se sienta en la Casa Blanca, mientras que el partido de la oposición recurre a sus propios multimillonarios en busca de liderazgo; y la pandemia de COVID-19 ha dejado a los Estados Unidos no solo acercándose a su mayor crisis desde la Gran Depresión, sino completamente inmerso en ella.

    Sanders perdió. Libró una guerra de cinco años contra la clase multimillonaria y el liderazgo del Partido Demócrata ¬— una guerra a lo largo de los seis de abril — y en el final, él fue golpeado en ambos frentes. Aquellos de nosotros que participamos en el ejercito derrotado de Bernie debemos tener en cuenta la naturaleza y el significado de esta derrota.

    El proyecto Sanders fue uno de los acontecimientos políticos de izquierda más significativos del siglo veintiuno, vinculando por primera vez demandas socialistas mínimas pero fundamentales a una base de millones en el núcleo del capitalismo global. Su derrota definitiva esta primavera, en medio de una atmósfera apocalíptica de enfermedad, depresión, e inquietud, ofrece una enorme tentación para que la izquierda caiga en la desesperación.

    Ya hemos visto una variedad de propaganda contra Sanders y el legado de sus campañas, ya sea que esté influida por la extrema izquierda, complacida de pasar de una gran desviación hacia la política electoral; por el centro-liberal, deseoso de hundir toda posibilidad fuera del actual campo de visión; o por la derecha tradicionalista, muy feliz de solamente proclamar una retirada del ala izquierda de la guerra de clases a la cultural.

    Mientras tanto, la prensa corporativa ha aprovechado la oportunidad de echar a Bernie — y su llamado insistente a la redistribución masiva de material, financiada con ganancias corporativas — directamente al basurero de la historia. Incluso las protestas masivas por el asesinato policial de George Floyd de alguna manera se convirtieron en una ocasión para que el New York Times anunciara el fin de la era de Sanders. “Bernie Sanders predijo la revolución, pero no ésta,” resonó el titular, partiendo del análisis del teórico de la interseccionalidad Kimberlé Crenshaw de que “toda cooperación que vale la pena” ahora ha superado a Sanders en la batalla contra el “racismo estructural y la lucha contra la negritud.” Adiós Acceso Médico para todos (Medicare for All), hola Jeff Bezos aplaudiendo contra “Todas las vidas importan” (All Lives Matter).

    Estos son todos los artefactos de la derrota. Sanders perdió, y tanto sus amigos que sólo están en las buenas como sus enemigos permanentes ahora están ansiosos por mandarlo a la tumba. Pero ni una derrota en las urnas ni un cambio de discurso es motivo para abandonar la esencia de la lucha de Bernie. Las protestas masivas contra la violencia policial y el racismo sólo pueden comenzar a realizar sus objetivos si se unen a un movimiento democrático más amplio, al estilo de Sanders — lo suficientemente grande para dar forma a la política nacional y lo suficientemente decidido para desafiar al capital — capaz de ganar las concesiones materiales necesarias para una sociedad verdaderamente libre e igualitaria.

    Un balance general preciso para las campañas de Sanders debe tener al menos dos columnas: la primera, una explicación de los logros, sustancial en sus proprios términos y sin precedentes en más de cincuenta años de historia política de los EE. UU.; y la segunda, un ajuste de cuentas con límites, que ahora, luego del 2020, parecen más grandes e intratables que en casi cualquier momento desde 2016.

    A esta cuenta, podemos añadir una tercera columna, sobre las perspectivas de luchas futuras — acortado en el presente, borro en el futuro cercano, pero posiblemente más brillante en las próximas décadas.

    Cuando Bernie Sanders anunció su candidatura en el 2015, su conferencia de prensa apareció en la página A21 del New York Times, muy por detrás de los artículos sobre la biblioteca presidencia de Obama, un escándalo de pruebas en escuelas de Atlanta, y el historial de Martin O’Malley’s como alcalde de Baltimore. Esto no fue más de lo que se necesitaba para una encuesta de candidatos al 3 por ciento, en un periódico que en realidad no había impreso las palabras “Acceso Médico para todos” (“Medicare for all”) en el año anterior de que Sanders entrara en la competencia.

    Desde la perspectiva de 2020, es difícil recordar la estrechez del cinturón político que se ajustaba al liberalismo de izquierda estadounidense en los años previos a la primera campaña de Bernie. Mientras progresistas como Keith Ellison, Michael Moore, y Susan Sarandon instaban a Elizabeth Warren a postularse para la presidencia, el senador de Massachusetts apareció junto a Tom Perez en una cumbre de la AFL-CIO en enero del 2015. Allí, Warren ganó los titulares por su discurso “feroz” en el que denunción la “economía de goteo” y pidió nuevas regulaciones financieras, la aplicación de las leyes laborales existentes, protecciones para el Seguro Médico y la Seguridad Social, y un aumento no especificado en el salario mínimo.

    “Lo sorprendente de esta agenda de facciones progresistas”, señaló Matthew Yglesis de Vox en ese momento, “es que realmente no hay nada con lo que Barack Obama o Hillary Clinton no estén de acuerdo.”

    Hoy, ese paquete de reformas de 2015 se parece mucho a la plataforma Joe Biden 2020, y nadie, fuera de una pequeña casta de propagandistas profesionales, se ve afectado por llamarlo “de izquierda”. La guerra de los cinco años de Bernie, incluso en la derrota, le enseño a la izquierda estadounidense dos lecciones fundamentales.

    Primero, demostró que las ideas socialdemócratas audaces, mucho más allá de las ambiciones regulatorias de los progresistas de la era de Obama, pueden ganar una base de masas en los Estados Unidos de hoy. Una exigencia intransigente para que el gobierno federal proporcione bienes sociales esenciales para todos los estadounidenses — desde el cuidado de la salud y la matrícula universitaria hasta el cuidado de las infancias y la licencia familiar — estuvo en el corazón del proyecto Sanders de principio a fin. Comenzando con el 3 por ciento en las encuentras y llevando a cabo dos campañas presidenciales casi en su totalidad con la fuerza de esta plataforma, Sanders construyó el desafío de izquierda más influyente en la historia moderna.

    Sí, candidatos desde Jesse Jackson hasta Dennis Kucinich también apoyaron el seguro médico para todos (single-payer health insurance), pero sus campañas no terminaron con encuestas que mostraban que una nueva mayoría de estadounidenses respaldaba el Acceso Médico para Todos, y mucho menos supermayorías masivas entre demócratas y votantes menores de sesenta y cinco. Sí, los izquierdistas desde Michael Harrington hasta Ralph Nader habían declarado durante mucho tiempo que una clase corporativa bipartidista gobierna Estados Unidos, pero no convirtieron esa idea en un movimiento político capaz de ganar las primarias en New Hampshire, Michigan o California.

    El éxito parcial de las campañas de Sanders tampoco es simplemente una “victoria discursiva” hueca. Ha presentado evidencia concreta para una proposición de la que los observadores políticos dominantes se burlaron hace cinco años, y que la propia izquierda estadounidense había anunciado grandiosamente en lugar de demostrar: que el “socialismo democrático,” dirigido por la oposición al gobierno de la clase multimillonaria y dedicado a los bienes públicos universales, puede ganar el apoyo de millones, no sólo de miles. Durante la última mitad del siglo, cualquier activista con un megáfono podría proclamar que esto es cierto, pero Bernie Sanders realmente lo demostró.

    Por supuesto, así como la derrota de Bernie nos deja en claro, existe una gran brecha entre ganar las encuestas y ganar poder. Si las compañas de Sanders iluminaron los recursos políticos desconocidos de la socialdemocracia estadounidense, también revelaron, de manera dramática, la determinación de sus oponentes. Esta es la segunda lección práctica de la guerra de cinco años de Bernie: la unanimidad y ferocidad de la resistencia demócrata de élite, no sólo al propio Sanders, sino a la esencia de su plataforma.

    En sus líneas generales, esto ha sido visible desde principios de la campaña de 2016, cuando los funcionarios del Partido Demócrata, los comentaristas en televisión y los escritores de prestigio — en todo un espectro ideológico, desde centralistas como Claire McCaskill y Chris Matthews hasta liberales como Barney Frank y Paul Krugman — desdeñaron universalmente la campaña de Sanders y su agenda.

    También de otras formas, la profundidad de la oposición demócrata a Sanders no fue obvia hasta este año, ni para los aliados de Bernie ni para sus enemigos. A lo largo de febrero, cuando Sanders ganó New Hampshire y recorrió el campo en Nevada, los comentaristas centristas aterrorizados pidieron a los demócratas restantes en la contienda que se unan detrás de un solo candidato anti-Bernie. Pero su angustia palpable traicionó una creencia casi universal de que esto en realidad no sucedería. Que “una masa crítica” de rivales de Bernie se retire en el último minuto, informó el periódico New York Time el 27 de febrero, “parece el resultado menos probable”.

    Todos sabemos lo que pasó después. Sólo tres días más tarde, en la noche anterior al Super Martes (Super Tuesday), Pete Buttigieg y Amy Klobuchar se retiraron repentinamente de la contienda y respaldaron a Joe Biden, junto con Beto O’Rourke, Harry Reid, y docenas de demócratas más prominentes y ex funcionarios de Obama.

    Esta gran consolidación alrededor de Biden, luego de su victoria en Carolina del Sur, produjo quizá 100 millones de dólares en cobertura “gratuita” mediática elogiosa — más de lo que Sanders gastó en publicidad durante toda la campaña — comprimida en un solo fin de semana antes de la elección más crítica de las primarias. El resultado fue una estampida del Super Martes (Super Tuesday) para Biden, incluso en los estados donde Sanders había liderado el grupo una semana antes, desde Maine hasta Texas. Le dio a Biden una ventaja dominante que nunca abandonó.

    En retrospectiva, puede parecer desesperadamente ingenuo que Sanders y sus aliados hayan contado con una división indefinida del campo demócrata. Sin embargo, hay una razón por la que incluso los enemigos acérrimos de Bernie compartían los mismos cálculos, con docenas de operativos del partido que dijeron al Times a finales de febrero que podría necesitar una convención negociada para detenerlo.

    Después de todo, Buttigieg fue proclamado el ganador en Iowa y terminó en segundo en New Hampshire; nunca desde el nacimiento del sistema primario moderno un candidato con este perfil había abandonado la contienda tan pronto. Incluso como un movimiento ideológico para estrangular a la izquierda, la coalición de Biden no tenía precedente en su rapidez y coordinación casi perfecta. Cuando Jesse Jackson amenazó brevemente con tomar al Partido Demócrata por asalto en 1988, los rivales Michael Dukakis, Al Gore, Dick Gephardt, y Paul Simon permanecieron en la contienda hasta finales de marzo, cuando se completaron más de treinta y cinco contendientes primarios.

    Esta vez, las fuerzas centrales del grupo de poder lograron despejar el campo después de solo cuatro primarias, dejando solo una única alternativa centrista a Biden, el vanidoso multimillonario Michael Bloomberg. (La persistencia de Elizabeth Warren en la competencia solo ayudó al frente anti-Sanders, ya que ella era más probable que desviara votos de la izquierda que del centro.) Y después del Super Martes, por supuesto, Bloomberg renunció rápidamente y respaldó a Biden. Warren, cuando ella dejó la contienda, no le haría tal favor a Sanders.

    Aunque, en muchos sentidos, el Partido Demócrata de 2020 es mucho más débil de lo que era hace treinta años — controla once legislaturas estatales menos, por ejemplo — el actual liderazgo demócrata, en su influencia sobre los políticos del partido, es más fuerte que nunca. Buttigieg, quién había hecho una dura campaña en los estados del Super Martes — el 29 de febrero, realizó el mitin más grandes de las primarias en Tennessee — no se retiró debido a una actuación predeciblemente pobre en Carolina del Sur. (Incluso ahí, todavía terminó por arriba de Warren por cuarta carrera consecutiva.)

    Buttigieg abandonó abruptamente millones de dólares en publicidad y quizá treinta mil voluntarios del Super Martes porque Barack Obama se lo dijo — y porque él sabía que sus propias perspectivas de carrera, en el actual Partido Demócrata, dependen menos de ganar el apoyo popular en su nombre que de unirse valientemente al esfuerzo del equipo para detener a Sanders y “salvar el partido”.

    La velocidad y minuciosidad de esta consolidación de élite — que también convirtió a Biden en un favorito instantáneo de la clase de donantes — se mofa de la idea inverosímil, planteada por algunos reporteros y comentaristas, de que Sanders desperdició una oportunidad de oro para ganarse al grupo de poder demócrata a través de los mejores modales.

    Obama, Hillary Clinton, y sus aliados corporativos — sin importar los consultores, los administradores de fondos de cobertura y los directores ejecutivos de tecnología que construyeron el “alcalde Pete” — no decidieron caprichosamente cerrar filas contra Bernie porque él no hizo suficientes llamadas telefónicas en búsqueda de respaldo después de Nevada. Su intensa oposición ideológica al proyecto de Sanders ha sido evidente durante mucho tiempo; lo que no sabíamos es qué tan rápida y eficazmente esa oposición privada podría traducida en hechos reales.

    Esta dura lección no solo es suficiente para prevenir que cualquiera en el bando de Sanders busque concesiones significativas de la campaña de Biden; subraya los agudos límites de cualquier política institucional dentro del Partido Demócrata existente. Independientemente de lo que piensen los votantes demócratas — y a la mayoría de ellos les gusta la plataforma de Bernie Sanders — la mayor parte de los funcionarios demócratas se opone a ambos con un vigor organizado que rara vez llevan a combatir con los republicanos.

    En el 2016, Sanders ganó más del 40% del voto popular en las primarias, pero obtuvo el respaldo de sólo el 3.7% de los demócratas del Congreso (7 de los 187 representantes). Contra un campo mucho más concurrido en 2020, Sanders ganó las primeras tres contiendas y alrededor del 35% de los votos, pero obtuvo el apoyo de solo el 3.8% de los demócratas del Congreso (9 de 232). Eso no es un marcador de progreso institucional.

    Incluso el Caucus Progresista del Congreso (Congressional Progressive Caucus) (CPC), cuyos copresidentes le dieron a Sanders un apoyo ostentoso, brindó más apoyo a Biden (doce miembros) que a Sanders (ocho miembros) antes del Super Martes. En la breve contienda bidireccional entre el 3 y el 17 de marzo, Biden acumuló veinte respaldos adicionales de CPC, en comparación con sólo uno para Sanders.

    En este aspecto crítico, el Partido Demócrata institucional realmente no se “movió a la izquierda” en absoluto entre 2015 y 2020. Sí, varios elementos de la agenda de Sanders han migrado a las plataformas del partido y los sitios web de campaña, y algunas políticas de izquierda, como los $15 de salario mínimo, incluso se han introducido a nivel estatal. Pero en la política nacional, la línea que protege el flanco izquierdo del partido — una barricada de acero que separa la política de desdén al estilo de Obama de las demandas al estilo de Sanders de atención médica pública universal, educación y apoyo familiar — está vigilada ahora más que nunca.

    Este conocimiento ganado con esfuerzo es en sí mismo un arma contra las élites liberales que generalmente prefieren ocultar las diferencias en lugar de luchar por ellas. “Las ideas de Bernie Sanders son tan populares que Hillary Clinton las sigue”, dijo Vox en abril del 2015. Por supuesto, los demócratas volverán a difundir este mensaje en 2020, pero para los millones de votantes de Sanders que acaban de ver al grupo de poder en el partido pasó cinco años sofocando una plataforma de Acceso Médico para Todos y una universidad pública y gratuita, es mucho más difícil de vender.

    El mayor logro de la guerra de cinco años de Bernie es entonces un movimiento vigorizado y clarificado para el socialismo democrático estadounidense — recientemente optimista sobre el atractivo de su plataforma, pero íntimamente consciente del poder de sus enemigos. Sanders ha dejado a la izquierda en una posición más fuerte de lo que la encontró, tanto más grande como más consciente de sí misma, y mucho menos tentada por la amarga futilidad de las campañas de terceros o las porristas empalagosas de los “progresistas” aprobados por el partido.

    Sin embargo, aquí es donde comienza el verdadero problema. La izquierda, después de Bernie, finalmente ha crecido lo suficientemente fuerte como para saber cuán débil realmente es.

    El problema esencial, después de todo, no es que la élite empresarial esté al mando de los políticos demócratas — es que todavía controlan a la mayoría de los votantes primarios demócratas. Dada una clara elección entre la demanda de Bernie de otro Nuevo Acuerdo y el llamado de Biden a un “regreso a la normalidad”, alrededor del 60 por ciento de los demócratas que acudieron a las urnas aparentemente eligieron a Warren G. Harding sobre Franklin D. Roosevelt.

    La cruda verdad, que se demostró con dureza a lo largo de estos seis abriles, es que aún no existe una mayoría socialdemócrata dentro del electorado demócrata, mucho menos en Estados Unidos en su totalidad. Sanders le ha dado a la izquierda una nueva relevancia en la política nacional, pero para dar el salto desde la relevancia hacia el poder, necesitamos construir esa mayoría — y este no es el trabajo de uno o dos ciclos electorales, sino al menos otra década, y tal vez más.

    En el 2016, Bernie Sanders lideró la campaña primaria de izquierda más grande en la historia del Partido Demócrata, ganando muchos más votos y delegados que Jesse Jackson, Ted Kennedy o incluso más que el victorioso George McGovern. Él entró en la competencia del 2020 como un contendiente serio, no como un perdedor a largo plazo. Sin embargo, al final Joe Biden venció a Sanders con una coalición de votantes que ambos se parecían y se diferían sutilmente de la coalición que impulsó a Hillary Clinton a la nominación en 2016.

    Una mirada a los resultados locales de las dos elecciones sugiere que Sanders fue derrotado por tres factores claves en 2020: Primero, a pesar de un esfuerzo sustancial, la campaña de Bernie luchó por abrirse camino con los votantes negros, lo que resultó ser un problema mucho más intratable de lo que parecía hace cuatro años. Segundo, y de manera relacionada, a pesar del considerable éxito en la obtención del apoyo de la clase trabajadora en comparación con el 2016 — principalmente entre los votantes latinos — la campaña no logró generar una mayor participación entre los votantes de la clase trabajadora de todas las razas. Finalmente, sobre todo, Bernie se vio abrumado por un aumento masivo de la participación del grupo demográfico de más rápido crecimiento del Partido Demócrata: exvotantes republicanos en barrios suburbanos abrumadoramente blancos, ricos y bien educados.Analicemos cada uno de estos por turnos.

    Después de la campaña del 2016, en la que los esfuerzos de Sanders con los votantes negros le costaron caro, la campaña del 2020 realizó una serie de esfuerzos bien documentados para llamar la atención de los afroamericanos, tanto en sustancia como en estilo. El objetivo, como ha argumentado Adolph Reed Jr y Willie Legette, nunca fue ganar un “voto negro” singular, homogéneo y mítico — pero para competir en una elección primaria demócrata, Sanders necesitaba convencer a muchos más votantes negros.

    En 2019, la campaña lanzó un plan ambicioso para financiar colegios y universidades históricamente para la comunidad negra; con el apoyo de académicos como Darrick Hamilton y líderes como Jackson, Mississippi, el alcalde Chokwe Antar Lumumba, Sanders arremetió la brecha de riqueza racial y entregó planes sustantivos para cerrarla. Su campaña invirtió recursos en Carolina del Sur, que Sanders visitó más veces que Joe Biden o Elizabeth Warren; el propio Biden participó en The Breakfast Club (podcast) y dijo que su campaña de 2016 había sido “demasiado blanca”.

    Nada de eso pareció marcar una diferencia visible. En Carolina del Sur, donde Sanders ganó 14 por ciento de los votantes negros en el 2016, las encuestas de salida mostraron que ganó el 17 por ciento en 2020. En los cinco condados del estado con la población negra superior al 60 por ciento, Sanders aumentó su porcentaje de votos del 11 al 12 por ciento.

    No fue bueno para él el Súper Martes ni el periodo posterior. En el sur rural, desde el este de Carolina del Norte hasta el oeste de Mississippi, Sanders luchó por romper el umbral del 15 por ciento en los condados de mayoría negra. En algunos vecindarios urbanos negros, como Northside Richmond y Third Ward in Houston, logró pequeños avances en su línea de base del 2016, ocasionalmente ganando hasta un tercio de los votos; pero en otros vecindarios, como el sureste de Durham y el norte de St. Louis, Sanders le fue aún peor. En general, Biden lo golpeó tanto como lo había hecho Clinton cuatro años antes.

    Después del 2016, todavía era posible argumentar, con optimismo, que las preferencias de los votantes negros reflejaban la ventaja de Clinton en el reconocimiento del nombre y los recursos, junto con la necesidad de Sanders de concentrarse en las primeras contiendas en Iowa y New Hampshire. Los mejores datos de la cuenta mostraron un apoyo confiable y entusiasta de la comunidad negra a los temas centrales de la agenda socialdemócrata de Bernie. Con mensajes mejorados y una inversión más seria en el alcance de los votantes, seguramente un candidato insurgente de izquierda podría romper la “contrafuegos” del grupo de poder demócrata y ganar una gran parte de los votantes negros.

    Bernie Sanders no fue ese candidato, ni en 2016 ni en 2020. Pero después de años de lucha, es hora de revisar la suposición de que una política, mensajes y tácticas superiores son suficientes para que cualquier insurgente superara al grupo de poder demócrata en el apoyo de los votantes negros. Después de todo, Sanders está lejos de ser el único candidato de izquierda que ha lucha en este frente.

    En las elecciones a la alcaldía de Chicago en el 2015, Rahm Emanuel venció a Chuy García con enormes márgenes entre los votantes negros; el mismo fenómeno fue visto en las elecciones para gobernador en Virginia, New Jersey, Michigan, y New York, donde los votantes negros apoyaron abrumadoramente a Ralph Northam, Phil Murphy, Gretchen Whitmer y Andrew Cuomo contra los forasteros progresistas. En la competencia del año pasado para fiscal del distrito de Queens, Melinda Katz apenas superó a Tiffany Cabán con el fuerte apoyo de los votantes negros en Southeast Queens.

    Tampoco a los candidatos negros antisistema necesariamente les ha ido mucho mejor con los votantes negros en las primarias. La reciente victoria de Jamaal Bowman sobre Eliot Engel es una Victoria significativa e inspiradora para la izquierda, pero no muchos candidatos de izquierda han tenido la ventaja de enfrentar a un oponente blanco severamente desconectado de la realidad en un distrito de pluralidad negra. Con mucha más frecuencia, en diferentes circunstancias, el resultado ha sido al revés. En la competencia por la alcaldía de Atlanta en 2017, Keisha Lance Bottoms, la favorita de los partidos aliados del sector empresarial, derrotó a Vicent Fort, quien había sido respaldado por Bernie Sanders y por Killer Mike. Y en las contiendas del Congreso desde St. Louis y Chicago hasta Columbus, Ohio y el condado de Prince George, Maryland, las campañas de insurgentes progresistas negros no se han disparado, y los votantes negros, en última instancia, ayudando a los titulares respaldados por el grupo de poder para alcanzar la victoria en las urnas.

    El apoyo de los votantes negros a los demócratas de la línea principal es una tendencia más amplia en la política estadounidense — una tendencia que se acerca al estado de un hecho fundamental — y no se puede explicar con referencia a Bernie Sanders solo.

    Después del 2016, algunos argumentaron que un enfoque más claro en la justicia racial y un esfuerzo concertado para atraer a los activistas podrían impulsar una campaña de izquierda con votantes negros. Pero la competencia del 2020 ofreció escasa evidencia para esa propuesta, ya sea en el desempeño de Sanders o en las frustraciones de la campaña de Elizabeth Warren, cuya plataforma incluía un enfoque destacado en la mortalidad materna negra, subsidios para empresas de propietarios negros y reformas específicas para apoyar a los “agricultores de color”.

    Esta retórica ganó organizadores negros en masa, pero casi ningún voto negro: entre los afroamericanos, las encuentras de salida mostraron que Warren estaba detrás no sólo de Biden y de Sanders, sino también de Bloomberg, en todos los estados, incluido el suyo. En los condados rurales de mayoría negra de Carolina del Norte, los granjeros de color no recurrieron a Warren, quien en realidad recibió menos votos que “sin preferencia”.

    Otra opinión popular es que los votantes negros son los que más tienen que temer de Donald Trump y de los republicanos y, por lo tanto, tienden a favorecer a los candidatos moderados y convencionalmente “elegibles”. Pero si bien las preocupaciones sobre la elegibilidad seguramente jugaron una parte clave en la derrota de Bernie en 2020, hay poca evidencia que sugiera que les importó más a los demócratas negros que a los demócratas blancos (en todo caso, las encuestas sugieren lo contrario). El miedo a la derrota de las elecciones generales tampoco puede explicar por qué los votantes negros favorecieron a Joe Crowley sobre Alexandria Ocasio-Cortez, a Andrew Cuomo sobre Cynthia Nixon, o a los líderes del grupo de poder en otras áreas de color azul profundo donde los republicanos son desterrados de la política en conjunto.

    El fenómeno tampoco puede explicarse por un conservadurismo ideológico actual, ni por ninguna indecisión real para respaldar una política de redistribución material. De hecho, los votantes negros apoyan Acceso Médico para Todos en tasas más altas que casi cualquier otro grupo demográfico del país.

    Por otro lado, el conservadurismo institucional de la mayoría de los líderes electos negros continúa apilando la baraja contra la política de izquierda. Poderosos políticos negros como Jim Clyburn y Hakeem Jeffries, como ha argumentado Perry Bacon Jr, apoyan al grupo de poder porque “son parte del grupo de poder”. El congresista negro Caucus no ha tratado de disfrazar su feroz hostilidad hacia los desafíos primarios de izquierda, incluso cuando los retadores progresistas son negros, como Bowman y Mckayla Wilkes, y los titulares centristas son blancos, como Engel y Steny Hoyer.

    Superar la oposición casi unánime de los líderes negros electos es bastante difícil, pero el problema para los insurgentes de izquierda es aún mayor: es difícil ganar votantes negros compitiendo contra un sistema de partido cuya figura excelsa sigue siendo, después de todo, el primer presidente negro de Estados Unidos. En la era de Obama, como demostró la campaña primaria de Joe Biden, los votantes negros de las primarias pueden sentirse más motivados por apelaciones a la continuidad institucional que por la identidad personal (como aprendió Kamala Harris) o la ideología política.

    Después de cincuenta años viviendo en un sistema en el que un cambio material profundo parece casi imposible — y, como resultado, la política negra, como muchas otras zonas de la política, se ha vuelto en gran medida afectiva y transaccional — ese sentimiento es comprensible. Por supuesto, los votantes negros deben ser una parte fundamental de cualquier mayoría de la clase trabajadora. Pero mientras todas las figuras políticas negras con una posición institucional significativa permanezcan vinculadas al liderazgo del partido de Obama y sigan invirtiendo en usar ese vínculo para derrotar los desafíos de la izquierda, los candidatos antisistema enfrentarán dificultades.

    Si hay esperanza para la izquierda aquí, es que el apoyo de la comunidad negra a los demócratas del grupo de poder sigue siendo tenaz en lugar de entusiasta — un fuerte apoyo de un grupo de votantes relativamente pequeño en las primarias. Dejando a un lado los alardes de campaña y las presiones de la prensa, no hubo un aumento de la participación negra para Joe Biden. Durante las primarias de marzo, incluso cuando la participación general demócrata se disparó en comparación con el 2016, cayó absolutamente en los vecindarios negros de todo el país.

    En Michigan, la participación demócrata floreció con más de 350,000 votos pero decayó en el primer y segundo distrito de Flint, donde la participación disminuyó de más del 25 por ciento de los votantes registrados a menos del 21 por ciento. Se registraron disminuciones similares a partir del 2016 en Ferguson, Missouri, en North St. Louis, en Kashmere Gardens, Sunnyside y Crestmont Park en Houston, y en el sureste de Durham — incluso cuando la participación demócrata en todo el estado se disparó en Missouri, Texas y Carolina del Norte.

    Esto sigue un patrón ya evidente en las elecciones generales de 2016, en las que los votantes negros pobres y de la clase trabajadora — como los votantes de la clase trabajadora en general — parecen constituir una parte cada vez más pequeña de la activa coalición de votantes demócratas.

    Eso no es un consuelo para Bernie Sanders, cuya campaña se basó en su capacidad para ayudar a generar la participación de la clase trabajadora en la política. Pero sí sugiere que, de alguna manera, las luchas de izquierda con los votantes negros son un síntoma específico de una enfermedad más generalizada. La campaña de Sanders, tanto en sus notables fortalezas como en sus fatales debilidades, iluminó el gran problema que ha plagado a la política de izquierda en gran parte del mundo desarrollado: la incapacidad de movilizar, y mucho menor organizar, a la mayoría de las y los trabajadores.

    Este es quizá el hecho central de la política transatlántica en los últimos cincuenta años. En su reciente libro, Capital e Ideología (Capital and Ideology), Thomas Piketty ofrece un resumen eficiente del problema básico: desde la década de 1960, los partidos de centroizquierda en Europa y América del Norte han perdido el apoyo de la clase trabajadora tradicional, transformándose en una “izquierda brahmán”, que depende de manera crucial de los votos de profesionales.  (Los partidos conservadores, aunque obtienen más votos de la clase trabajadora, permanecen en gran medida bajo la esclavitud de un “derecho mercantil” dominado por las empresas.)

    Las causas detrás de este cambio en la izquierda son discutidas: Piketty, junto con Jacobin y otros críticos socialistas, culpa al capitalismo globalizado, el declive del trabajo organizado y el giro político centrista de los principales líderes de los partidos; mientras tanto, mucho liberales — irónicamente unidos por la derecha “populista” — tienden a enfatizar el conservadurismo cultural cada vez más agudo de las mayorías étnicas dentro de la clase trabajadora.

    En la medida en que Bernie Sanders intentó revertir esta tendencia global en el espacio de dos elecciones primarias presidenciales, fracasó. Sin embargo, la dinámica de este fracaso es más compleja de lo que la mayoría de los análisis hasta ahora han reconocido.

    En comparación con el 2016, la campaña de Sanders en 2020 luchó con lo que los expertos llaman “la clase trabajadora blanca”: votantes blancos sin título universitario. Contra Hillary Clinton, la fuerza de Bernie con esta parte del electorado primario lo impulsó a la victoria en estados como Indiana y Virginia Occidental. Pero esta primavera, como han señalado muchos analistas, Joe Biden le dio la vuelta a Sanders y lo derrotó en los condados predominantemente de clase trabajadora blanca en el sur y medio oeste.

    En retrospectiva, parece claro que parte de la antigua fuerza de Sanders en estas áreas se debió a la coyuntura particular de la campaña de 2016. Las asambleas electorales de baja participación exageraron el apoyo rural real de Bernie en estados como Maine, Minnesota y Washington; una profunda hostilidad hacia Clinton, como algunos sospechaban en ese momento, parece haber impulsado su total de votos en todas partes, y particularmente en regiones conservadoras como los Apalaches, los Ozarks y las Grandes Llanuras.

    El principal oponente de Bernie en 2020 era mucho más fuerte en este terreno. Aunque el historial real de Biden en el Senado es el de un neoliberal corporativo ejemplar — si no es hostil a los intereses de la clase trabajadora, es apático — una combinación de edad, astucia e imbecilidad bondadosa le han permitido, incluso y quizá especialmente en sus años de declive, producir una impresión efectiva de una raza desaparecida de demócratas del New Deal, lo suficientemente experimentados como para conocer su camino en Washington, pero siempre dispuestos a dar un puñetazo por “el pequeño”. En este sentido, la campaña de Sanders sabía desde el principio que Biden sería un rival formidable para los votos de la clase trabajadora blanca y negra por igual.

    Pero la diferencia más significativa entre el 2016 y el 2020 es, por mucho, la presidencia en función de Donald J. Trump. Desde la creación del sistema moderno de primarias, la presencia de un rival en la Casa Blanca ha llevado casi siempre a los partidos de la oposición a elegir candidatos percibidos como moderados y seguramente elegibles: Mitt Romney en 2012, John Kerry en 2004, Bob Dole en 1996, Bill Clinton en 1992, y Walter Mondale en 1980, todos encajan en ese molde. (La única excepción parcial es la de Ronald Reagan en 1980, y el presidente en función al que se enfrentó, Jimmy Carter, era tan débil que ni siquiera pudo evitar un serio desafío en sus propias primarias.) Aparentemente candidatos más arriesgados como Trump y Barack Obama, con relaciones más ambivalentes con el grupo de poder de su partido, han prosperado sólo en elecciones de año abierto.

    El efecto titular ha obstaculizado a los aspirantes a las primarias durante cuarenta años, pero nunca ha sido más fuerte que en 2020, cuando una mayoría dominante de demócratas creía que vencer a Donald Trump era más importante que todas las demás cuestiones juntas. Incluso en 2004, mucho menos de la mitad de ese electorado demócrata memorablemente nervioso dijo que vencer a George W. Bush era tan importante.

    Cualquier intento de explicar la derrota de Bernie principalmente a través de la deserción de los trabajadores blancos debe fundarse en el hecho más amplio de que Sanders perdió terreno frente a Biden con cada grupo de votantes blancos. (Cuanto más rico es el grupo, más terreno pierde — pero más adelante se hablará de ello.) Un efecto predominante general, como ha argumentado Dustin Guastella en Jacobin, fue mucho más significativo que cualquier cuestión específica de tácticas de campaña o señalización cultural.

    De hecho, es fácil exagerar la magnitud de la derrota de Bernie entre la llamada “clase trabajadora blanca”. En prácticamente todos los estados, Sanders obtuvo mejores resultados entre los votantes blancos sin título universitario que entre sus homólogos con mayor nivel educativo.

    En Iowa, New Hampshire, Nevada, Carolina del Sur, California, Texas, Colorado y Vermont, Sanders lideró o empató con Biden entre los votantes blancos sin título. En todos los estados, Sanders obtuvo mejores resultados con hombres blancos de clase trabajadora, ganando directamente en todos los estados mencionados, además de Carolina del Norte, Tennessee, Maine y Washington. Tanto en Michigan como en Missouri, Sanders quedó por detrás de Biden por menos de 5 puntos entre los hombres blancos sin título universitario — pero Biden ganó a las mujeres de este grupo por 17 y 30 puntos, respectivamente.

    Las dificultades particulares de Bernie con las mujeres — mucho más preocupadas por vencer a Trump que los hombres, según las encuestas — sugieren además que la disminución de su apoyo de la clase trabajadora blanca tuvo menos que ver con la cultura o la ideología que con su percepción de elegibilidad.

    Un análisis serio de clase de la evolución de la coalición de Sanders también debe tener en cuenta el grupo masivo que Bernie trajo al redil este año — los votantes latinos, la porción de más rápido crecimiento del electorado de clase trabajadora de Estados Unidos. En todo el gran suroeste, desde el Río Grande en Texas hasta el Valle Central de California, Sanders dominó los distritos latinos que había perdido mayoritariamente ante Hillary Clinton en 2016. En los barrios con gran número de latinos, desde el este de Los Ángeles hasta el norte de Houston, el “Tío Bernie” a menudo ganó más votos que Biden, Bloomberg y Warren juntos.

    Esto no fue un fenómeno regional, ni se limitó a las zonas mexicanoamericanas.  Sanders también se impuso entre los votantes puertorriqueños y dominicanos de clase trabajadora en Holyoke y Lawrence, Massachusetts, así como en los barrios de inmigrantes centroamericanos del centro de Los Ángeles y del suroeste de Houston.

    En casi todos estos lugares, Sanders tuvo que superar la oposición de la clase política latina, que apenas le era más favorable que la clase dominante política negra. A principios de marzo, Sanders sólo había recibido dos apoyos de la asamblea hispana del Congreso; Biden tenía catorce. Sin embargo, no existe un Obama latino, y los lazos institucionales que unen a los votantes latinos con la clase dominante demócrata, según hemos aprendido este año, pueden ser relativamente débiles.

    Al final, pocos líderes latinos electos entregaron sus constituyentes a Biden. En cuatro distritos del Congreso del sur de California representados por Lucille Roybal-Allard, Lou Correa, Tony Cárdenas, y Juan Vargas — todos ellos respaldados por Biden — Sanders venció a sus múltiples rivales con una mayoría absoluta de votos.

    En términos numéricos, las enormes ganancias de Bernie con los latinos pueden haber compensado el descenso de su apoyo de la clase trabajadora blanca. Y dado que Sanders ganó a estos votantes, en gran parte, redoblando la apuesta por las cuestiones redistributivas “del pan de cada día” que más valoran los votantes latinos, es posible que la coalición de Sanders de 2020, aunque sea más pequeña que la del 2016, esté aún más arraigada en la clase trabajadora estadounidense. Ciertamente, dado este cambio significativo, es demasiado pronto para escribir epitafios sobre la posibilidad de una política clasista dentro del Partido Demócrata.

    Sin embargo, incluso este revestimiento de plata conlleva un inevitable toque de gris. Sanders ganó de forma abrumadora en las zonas de mayoría latina, pero sobre todo sin aumentar la participación de los votantes. En el distrito de clase trabajadora de Roybal-Allard en el sur de Los Ángeles, que Bernie ganó con casi el 57% de los votos — su mejor distrito en el país — acudieron a las urnas casi diez mil votantes menos que en el 2016. El mismo patrón se mantuvo en muchas de las áreas más fuertes de Bernie en el sur de California. Y en el Valle del Río Grande de Texas, y en los barrios de mayoría latina de Houston, Sanders ganó de manera decisiva, pero sobre todo la participación demócrata (como proporción de votantes registrados) se mantuvo estable o disminuyó con respecto a 2016.

    Esto sugiere que los esfuerzos de divulgación latina de su campaña tuvieron un enorme éxito en convencer a los votantes de Clinton de 2016 para que se subieran al autobús de Bernie — una hazaña impresionante en sus propios términos — pero menos éxito en atraer a la política a nuevos votantes latinos de la clase trabajadora. La otra posibilidad, no más inspiradora, es que los nuevos votantes latinos que Sanders ganó fueron compensados por un número igualmente grande de votantes que abandonaron el electorado de las primarias en 2020.

    Es sólo una enumeración más del problema elemental al que se enfrenta cualquier esfuerzo por presentar candidatos de izquierda en el Partido Demócrata: el declive relativo de la participación política de la clase trabajadora — tanto negra como morena y blanca.

    En la prensa dominante, la derrota de Sanders en Michigan, el Waterloo de su campaña de 2020, se atribuyó en gran medida a la deserción de los votantes de la clase trabajadora que le habían impulsado a la victoria hace cuatro años. Sin embargo, entre los votantes de Michigan que ganan menos de 50,000 dólares por años, superó a Joe Biden por 7 puntos — un margen mayor que en 2016, cuando le ganó a Hillary Clinton por solo 3 puntos con ese mismo grupo.

    Sanders no fue derrota en absoluto por los votantes de bajos ingresos, quiénes le dieron un sólido apoyo en Michigan y en otros lugares. Tampoco el verdadero golpe vino de los votantes de la clase trabajadora o de la clase media baja de ningún tipo. Vino, con una fuerza devastadora, de los suburbios ricos.

    En el condado Wayne de Detroit, Sanders perdió casi por el mismo margen que en 2016. En el condado de clase media de Macomb, sede ancestral de Demócratas por Reagan y de Votantes Obama-Trump, Sanders recibió un duro golpe, perdiendo por veinte mil votos más que en 2016. Pero en los suburbios ricos y de gente con educación del condado de Oakland — el condado más rico en Michigan — el déficit de Bernie aumentó en cincuenta mil votos.

    Un examen más detallado de los resultados del distrito electoral de las tres comunidades más pequeñas de Michigan lo aclaran aún más. Los dos distritos de clase trabajadora del noroeste de Flint, entre los que se encuentran algunos de los barrios en los que los niños estuvieron notoriamente expuestos al plomo en el agua de la ciudad, son negros alrededor del 90 por ciento. Los siente distritos del norte de Bay City, cerca de Saginaw, son blancos un 85 por cierto, pero al igual que Flint, la ciudad se ha visto castigada por la desindustrialización, y en particular por el declive de General Motors. Mientras tanto, la próspera ciudad de Birmingham, en el condado de Oakland — hábitat original del propietario de un suburbio, Tim Allen — presume de valores medios de la propiedad (488,000 dólares) y de niveles de renta (117,000 dólares) entre tres y cinco veces superiores a los de Bay City o Flint.

    Los tres distritos son mayoritariamente demócratas; todos tienen entre 16,900 y 18,100 votantes registrados. En los distritos del noroeste de Flint, donde la participación disminuyó, Biden obtuvo en realidad 600 votos menos de los que recibió Clinton en 2016. En la mayor parte del norte de Bay City — incluido el barrio de clase trabajadora donde nación Madonna Louise Ciccone, hija de un trabajador de General Motors — Biden obtuvo 300 votos más que Clinton, lo suficiente para vencer a Sanders en toda la ciudad. Pero entre las altas vallas de los patios traseros y los caros mega garajes de Birmingham, Biden recogió casi 2,300 votos — más que suficientes para enterrar a Bernie Sanders bajo un montón de productos de lujo para la mejora del hogar.

    Este mismo patrón se repitió en todos los estados y áreas metropolitanas donde se celebraron elecciones primarias. Desde las comunidades de jubilados frente a la playa de la costa de Carolina del Sur hasta las mansiones de ranchos con columnas de Contra Costa, California, dondequiera que la participación demócrata subió con respecto al 2016, subió más en los suburbios más ricos y blancos, quienes lanzaron su peso colectivo contra Bernie Sanders.

    En Carolina del Norte, donde el voto demócrata total descendió desde los pantanos del este hasta las montañas del oeste, los suburbios ricos de Raleigh y Charlotte experimentaron subidas de entre el 40 y el 50 por ciento respecto a 2016. En Missouri, donde el voto disminuyó tanto en Ferguson como en los Ozarks, subió un 50 por ciento en los recintos de los clubes de campo del condado de St. Louis. Y en el rico condado de Fairfax, Virginia, el arquetipo de la estrategia suburbana de los demócratas del siglo XXI, el voto en las primarias se disparó un 70%, con casi cien mil nuevos votantes uniéndose al partido de Biden.

    En muchas zonas, el poder de la oleada suburbana fue tan grande que incluso comunidades ricas muy pequeñas tuvieron un mayor impacto en las elecciones que zonas de clase trabajadora mucho más grandes. En Massachusetts, comparado con el 2016, Sanders perdió más votos frente a Biden y Bloomberg en sólo tres elegantes pueblos de la costa sur — Hingham, Duxbury y Norwell (población total: 51, 753) — que en todo el condado de Hampden, donde se encuentra la ciudad de Springfield y sus suburbios de clase trabajadora (población: 466,372).

    El otoño pasado, con Elizabeth Warren a la cabeza de las encuestas demócratas, el debate giró en torno al papel de los llamados demócratas de la Patagonia: liberales adinerados en distritos profundamente azules que habían acudido a la agenda política planificada de Warren. Al igual que muchos partidarios de Sanders, yo era escéptico ante la afirmación de que esos votantes de clase profesional — independientemente de lo que dijeran a los encuestadores — pudieran realmente servir de base electoral para un programa redistributivo.

    Pero en retrospectiva, ni Jacobin ni Vox anticiparon la verdadera historia de las primarias de 2020, que no involucró a los liberales del estilo Warren, sino a una tribu conservadora de suburbanistas adinerados — republicanos desafectos quienes, desde las elecciones de 2016, se han lanzado a la política del Partido Demócrata. En todo el Cinturón del Sol, desde los contratistas de defensa del norte de Virginia hasta las corporaciones energéticas de Texas y California, Joe Biden fue impulsado no sólo por demócratas de la Patagonia, sino por los recién descubiertos demócratas de Chevron, Raytheon y Halliburton.

    Después del 2016, el “republicano nunca-Trump (Never-Trump)” se convirtió en un chiste en la izquierda — en un partido donde Trump gozaba de un 90% de aprobación, críticos engreídos como Jennifer Rubin y David Frum aparecieron para formar una página editorial cuya plantilla era mayor que sus lectores. Pero en 2020, estos neoconservadores nunca-trumpistas rieron al último. Rebautizados astutamente como expertos “moderados”, perdonados por su apoyo a la guerra de Irak, y con grandes plataformas en los medios de comunicación corporativos liberales, resultó que su verdadera audiencia no era republicana en lo absoluto, sino los suburbanos afluentes del estado púrpura, que compartían tanto su disgusto cultural por Trump como su oposición material a Sanders.

    Aunque la participación demócrata aumentó en todos los suburbios ricos, desde Silicon Valley hasta el área metropolitana de Boston, se aprecia un patrón claro: cuanto más rico y conservador es el suburbio, más dramáticos son los aumentos. En Virginia, el asombroso aumento del 70% del condado de Fairfax fue superado por el condado vecino de Loudon — el condado más rico de los Estados Unidos — donde la participación demócrata casi se duplicó con respecto a 2016.

    Una vez más, la imagen es más vívida a nivel barrial. En el área metropolitana de Houston, Biden obtuvo algunas de sus ganancias más impresionantes en suburbios ricos y tradicionales republicanos como Bellaire y West University Place, que pasaron de Mitt Romney a Hillary Clinton en 2016 y ayudó a Lizzie Pannill Fletcher a ser electa para el Congreso en 2018. La participación en las primarias en estas zonas se duplicó con respecto a hace cuatro años, lo que refleja el éxito del esfuerzo concertado de los demócratas para retener a los votantes de Romney-Clinton.

    Y en términos relativos, las ganancias de participación más asombrosas no se produjeron en los recintos de Houston que los demócratas ganaron en 2016 o 2018, sino en los que perdieron. En los distritos extremadamente ricos (con dinero proveniente del petróleo) y conservadores de River Oaks, Afton Oaks y Tanglewood — el vecindario donde Jeb y George W. Bush crecieron — la participación demócrata a menudo se triplica, y casi toda va para Biden o para Bloomberg.

    Algunos de estos votantes, sin duda, sólo votaron en unas primarias demócratas abiertas porque no había oferta republicana competitiva. (En ese sentido, el efecto cobró otro peaje masivo en la campaña de Sanders de 2020.) Y si Trump es repudiado convincentemente en noviembre, una fracción de estos ricos suburbanos podría intentar volver a un Partido Republicano humillado.

    Sin embargo, es probable que más de ellos se queden como demócratas de Halliburton. La oleada suburbana de 2020 encaja en un patrón más amplio: en el histórico distrito de Tanglewood de la familia Bush, los demócratas obtuvieron menos del 18% del voto en las elecciones generales en 2012, pero casi el 30% en 2016 y más del 34% en 2018, con un porcentaje mayor probablemente en 2020.

    En las últimas semanas, incluso cuando los demócratas han tratado de presentarse como el partido de George Floyd, es conveniente saber que River Oaks de Houston — hogar de Joel Osteen y del exdirector general, Jeffrey Skilling — ahora cuenta con una mayor participación en las primarias demócratas que el Third Ward, donde Floyd nació y creció.

    En los Estados Unidos, al menos, el margen entre la “izquierda brahmánica” y la “derecha mercantil” de Piketty es bastante borroso en la cúspide de la pirámide de la riqueza, y se está volviendo más borroso. No sólo muchos príncipes del mercado de la clase multimillonaria — quizá una mayoría, fuera de un puñado de industrias extractivistas — ya se inclinan por los demócratas; sus vasallos corporativos, en áreas metropolitanas prósperas desde Houston hasta Charlotte y Grand Rapids, ahora también tienden a ser demócratas.

    Este año, los demócratas de Halliburton bien podrían haber hecho oscilar las elecciones contra Bernie Sanders. Con sus voces amplificadas por los medios de comunicación de prestigio, y sus votos ansiosamente cortejados por los principales candidatos, ayudaron a asegurar que los demócratas salieran de la temporada de primarias como algo más cercano al partido de Bill Kristol que al de Krystal Ball. No es probable que se vayan a ninguna parte pronto.

    Sin duda, existen lecciones tácticas que extraer de la campaña de Bernie 2020, tanto en sus logros como en sus posibles pasos en falso. Sin embargo, las principales fuerzas electorales que derrotaron a Sanders en las urnas — la preferencia de la clase dominante entre los votantes negros de las primarias, la disminución de la participación de los demócratas de la clase trabajadora y la llegada masiva de los ricos de los suburbios al partido — todo ello es anterior a Sanders y es probable que perdure también después de él.

    Lo que aprendimos en el transcurso de los cinco años de lucha de Bernie es que una campaña presidencial nacional, por muy exitosa que sea en otros aspectos, no podría revertir o incluso detener estas tendencias por sí sola.

    El socialismo democrático al estilo de Sanders todavía no se ha ganado a una mayoría en Estados Unidos, ni dentro del Partido Demócrata ni fuera de él. Pero no tener una mayoría no es excusa para no construir una. Y aunque la coalición de Sanders no estaba preparada para la victoria en 2020, hay razones para creer que su guerra de cinco años ha puesto la reforma socialdemócrata en el camino hacia una mayoría nacional en la próxima década.

    En ambas campañas, Sanders ganó a los votantes más jóvenes por márgenes históricos, y no los ganó con el estilo o el carisma, sino con la plataforma quizá más bruscamente ideológica de la historia de las primarias demócratas. Su lucha de cinco años reflejó, impulsó y moldeó simultáneamente la visión del mundo de toda una generación de votantes — forjando un nuevo y serio vínculo entre las condiciones materiales de los estadounidenses menores de cuarenta y cinco años y la marca Sanders de “socialdemocracia de lucha de clases”.

    Como ha argumentado Connor Kilpatrick de Jacobin, el dominio de Bernie entre los votantes jóvenes es significativo por al menos dos razones que deberían dar forma a la estrategia de la izquierda en los 2020’s. En primer lugar, a pesar del compresible escepticismo sobre la “política generacional”, simplemente no hay precedentes en la historia de EE. UU. de un candidato ideológico que gane a los votantes más jóvenes en tal escala como Sanders lo hizo — no George McGovern y ciertamente tampoco Barack Obama, cuyo apoyo juvenil era mucho más delgado y menos uniformemente distribuido. En la competencia de 2008 contra Hillary Clinton, Obama ganó a los votantes menores de treinta años en California por 5 puntos, y en Texas por 20 puntos. Este año, frente a unas primarias más amplias, Bernie ganó a ese grupo en esos dos estados por al menos 50 puntos.

    En sus dos campañas, Sanders ganó a los votantes blancos jóvenes, ganó a los jóvenes votantes negros y ganó a los jóvenes votantes latinos — este último grupo con márgenes excesivos (¡84 por ciento!) en estados como California. Muy probablemente, ganó a los jóvenes votantes asiáticos, a los jóvenes votantes musulmanes y a los jóvenes votantes nativos con niveles de entusiasmo similares.

    En segundo lugar, Sanders no sólo ganó a lo grande con los niños recién salidos de la escuela: a lo largo de cinco años de campaña, mostró una fuerza persistente con los votantes de mediana edad en sus cuarenta años. De los veinte estados que realizaron las encuestas de salida, más votantes menores de cuarenta y cinco años eligieron a Sanders que todos los demócratas “moderados” juntos (Biden, Bloomberg, Buttigieg y Klobuchar) en dieciséis de ellos.

    En Missouri y en Michigan, se ganó completamente a los votantes entre cuarenta y cuarenta y cinco años. Y en estados clave como Texas, Massachusetts y Minnesota, donde Bernie perdió en general, consiguió ganar a los votantes menores de cincuenta años por dos dígitos.

    Notoriamente, estos votantes más jóvenes no fueron un número suficientemente grande para ayudar a Sanders en el Super Martes ni después. Pero la conclusión simplista de los medios de comunicación sobre este tema — que el voto de los jóvenes en realidad disminuyó en el 2020 — se basó en encuestas de salida con fallas de 2016, cuya metodología cambió significativamente este año, lo que hace que las comparaciones crudas sobre la forma del electorado prácticamente no tengan valor.

    En el contexto del aumento de la participación general, de hecho, es casi seguro que el número absoluto de votantes jóvenes en las primarias aumentó en 2020. (En Carolina de Sur, donde se han publicado las cifras oficiales del estado, más de cuarenta mil nuevos votantes menores de cuarenta y cinco años emitieron su voto demócrata, y su índice de participación también aumentó.) Aunque superados por la oleada de demócratas más viejos y ricos de Halliburton, estos nuevos votantes más jóvenes acudieron a la candidatura de Bernie en una medida que contribuyó a cambiar la geografía de su coalición.

    Aunque Sanders batalló para ganar muchas de las zonas rurales que había arrasado hace cuatro años, su fuerza en las ciudades — y especialmente en los barrios urbanos más jóvenes, racialmente diversos y de menores ingresos — en realidad creció de 2016 a 2020. Con los votantes latinos más jóvenes ahora firmemente en su coalición, Bernie no sólo arrasó en los barrios del este de Los Ángeles, sino que obtuvo victorias abrumadoras en los distritos electorales mixtos y con gran número de inmigrantes de San Diego, Denver, Seattle y Las Vegas.

    Sanders mostró una fuerza similar en las zonas urbanas más jóvenes y de menos ingresos de todo el país. En el noveno distrito de Minneapolis, de mayoría no blanca, donde fue asesinado George Floyd, Bernie obtuvo la mayoría absoluta. En las ciudades más pequeñas del noreste y el medio oeste, el apoyo para él no disminuyó, si no que aumentó respecto a 2016 — con los votantes urbanos más jóvenes ayudando a Sanders en los primeros estados, desde Portland, Maine, hasta Duluth, Minnesota.

    Aunque los críticos lo descartan fácilmente como un fenómeno de la “izquierda aburguesada”, los estudiantes graduados que beben café con leche no impulsaron a Sanders a la victoria en ciudades de clase trabajadora como Manchester, New Hampshire, o Brownsville, Texas. Un grupo mucho más amplio de votantes jóvenes y desproporcionadamente urbanos, que ganan mucho menos dinero y poseen muchas menos propiedades que el electorado demócrata en su conjunto, formó el núcleo de la coalición de Sanders.

    En todo el mundo, desde Noruega hasta Nueva Zelanda, a medida que los partidos de izquierda de la clase obrera han dado paso a sus descendientes brahmánicos, el alcance y el horizonte de la política de izquierda ha cambiado. Menos interesados en la redistribución económica transformadora — y mucho menos capaces de llevarla a cabo, de todos modos — los progresistas contemporáneos han puesto su fe y su energía en una serie de otros proyectos, desde el ecologismo hasta cuestiones de representación cultural.

    Sin embargo, los socialistas como Bernie Sanders entienden que pocas de estas luchas por la justicia pueden ganarse, de forma significativa o duradera, si no van acompañadas de una transferencia de poder y recursos a gran escala, ganada por una clase trabajadora decidida.

    Por sí sola, la guerra de cinco años de Bernie no logró reanimar la política de clases del siglo XX. Pero si hay esperanza de volver a la alineación electoral que produjo cada una de las principales reformas socialdemócratas de la historia — unir a una clase trabajadora diversa en torno a demandas apremiantes de redistribución — ésta se encuentra en los votantes cómplices de Sanders menores de cuarenta y cinco años.

    No sólo dos tercios o más de estos estadounidenses más jóvenes y pobres apoyan el Acceso Médico para Todos (Medicare for All), los impuestos a las grandes fortunas, y otras reformas significativas — sino que han demostrado, en dos campañas primarias diferentes, que esos compromisos redistributivos fundamentales son lo suficientemente fuertes como para guiar sus opciones de voto. Todavía no se trata de una mayoría socialista, pero es, tal vez, una mayoría socialista en embrión.

    Y aunque la población estadounidense envejece, esta mayoría embrionaria crece cada año, y dentro de cada uno de los grupos demográficos. A pesar de la leyenda de que los votantes se vuelven más conservadores a medida que envejecen, el consenso académico es que las preferencias ideológicas son, de hecho, bastante estables a lo largo del tiempo. Los millennials de más edad, excluidos de una economía cada vez más desigual, no parecen moverse hacia la derecha. Podemos apostar que la supermayoría que hoy exige un seguro de salud nacional, también lo hará mañana.

    Si Bernie Sanders no estaba destinado a ser el Abraham Lincoln de la izquierda del siglo XXI, ganando una revolución política bajo su propia bandera, bien podría ser algo así como nuestro John Quincy Adams — el “Viejo Elocuente” cuyos apasionados exabruptos contra el poder esclavista en las décadas de 1830 y 1840 inspiraron a los radicales que lo derrocaron una generación después.

    Durante la próxima década, esta mayoría embrionaria se enfrenta a al menos dos retos considerables. En primer lugar, y el más apremiante, debe enfrentarse a su principal antagonista dentro del electorado de las primarias: la coalición de demócratas más antigua, rica y en constante crecimiento de Fairfax y Halliburton, cuyos votos los líderes de los partidos siguen cortejando con una retórica patriótica difusa y promesas concretas de reducción de impuestos.

    A corto plazo, la vía de ataque más prometedora es la de los distritos legislativos, en su mayoría urbanos, desde Los Ángeles hasta Denver y San Antonio, donde predominan los votantes más jóvenes, y donde Sanders superó a todos sus rivales centristas juntos. Las recientes victorias insurgentes de la izquierda en Filadelfia, Pittsburgh, Washington DC y New York sugieren que hay más espacio para que la política democrática-socialista crezca también en las ciudades del noreste.

    Sin embargo, incluso a corto plazo, los distritos urbanos más jóvenes no serán suficientes para que los izquierdistas del estilo de Sanders superen en votos a los demócratas de Fairfax dentro del partido — mucho menos para ejercer un poder fiscal significativo en los gobiernos estatales más grandes o en el Congreso.

    Y a largo plazo, la concentración en distritos urbanos extremadamente liberales en las costas — un mapa electoral que sigue a los progresistas brahmánicos dondequiera que vayan — corre el riesgo de acelerar el alejamiento de la izquierda de las cuestiones fundamentales de clase de la redistribución del poder y de lo material.

    Para algunos activistas brahmánicos, ésta es precisamente la cuestión: un enfoque retrógrado sobre la clase ha impedido a los progresistas comprender que su base natural se encuentra en los suburbios de cuello blanco, que ya comparten la política cultural liberal. “Puedo tomar a alguien que esté profundamente preocupado por el patriarcado y puedo hacerle entender cómo el patriarcado se interseca con el capitalismo,” argumenta Sean McElwee, “mucho más de lo que puedo tomar a alguien que está enfadado porque General Motors le quitó el trabajo y hacerle entender el socialismo”. El descenso generalizado de la participación de la clase trabajadora en la política puede ser incluso algo que celebrar, desde este punto de vista, si hace que más distritos del Congreso pasen del rojo al azul.

    Sanders tenía una teoría diferente, y sus campañas reunieron una coalición diferente, centrada en los votantes más jóvenes y de menores ingresos desde Brownsville hasta Duluth. En 2020, esa coalición de clase trabajadora no fue suficiente para ganar la nominación demócrata. Y no, Sanders no consiguió darle la vuelta a la historia y devolver a la inmensa reserva de trabajadores alienados y apolíticos a la política primaria.

    Pero para el 2032, los actuales votantes de Bernie menores de cincuenta años representarán probablemente una mayoría, y ciertamente una pluralidad, dentro del electorado del partido. ¿Qué tipo de izquierda habrá para recibirlos? ¿Será un movimiento progresista completamente post-Sanders, cuyas prioridades están definidas por el discurso de las redes sociales, las ONGs activistas financiadas por multimillonarios y una relación amistosa de trabajo con lo corporativo del Partido Demócrata?

    Imagina a Sean McElwee dando un discurso de apertura en el Centro Walmart para la Equidad Racial — para siempre.

    ¿O será una izquierda política la que continúe el trabajo, tomando prestado a Lincoln en Gettysburg, que Sanders ha impulsado tan noblemente hasta ahora? ¿Una izquierda basada en la política de clases y dirigida fundamentalmente a las demandas de redistribución material de la mayoría — sanidad, educación, empleo y apoyo familiar para todos, pagados por los ricos? El futuro aún no está escrito.

    Una tarde templada en abril del 2015, en lo profundo de la zona muerta ideológica de la segunda administración Obama, Bernie Sanders se tomó un descanso de su jornada laboral en el Senado y caminó hacia el césped frente al edificio del Capitolio. Desplegando una hoja de notas arrugada, el senador de Vermont tardó menos de diez minutos en decirle a los periodistas por qué se postulaba para presidente: los estadounidenses están trabajando más horas por salarios más bajos, mientras que los ricos se deleitan con las ganancias y los multimillonarios gobiernan el sistema político. El país enfrentó su mayor crisis desde la Gran Depresión, dijo.Cinco años más tarde, en una mañana de abril del 2020, Sanders estaba dentro de su casa en Burlington, Vermont, y anunció que suspendía su segunda campaña presidencial. Esta competencia, como la contienda de cuatro años atrás, había terminado en derrota, y aunque Bernie pronunció un discurso inspirador de quince minutos — citando a Nelson Mandela y agradeciendo a los seguidores por su sangre, sudor, lágrimas, y publicaciones en las redes sociales — incluso un espectador empático podría preguntar qué, exactamente, ha producido todo ese esfuerzo apasionado.La desigualdad de ingresos y riqueza se ha disparado a nuevas alturas; un multimillonario se sienta en la Casa Blanca, mientras que el partido de la oposición recurre a sus propios multimillonarios en busca de liderazgo; y la pandemia de COVID-19 ha dejado a los Estados Unidos no solo acercándose a su mayor crisis desde la Gran Depresión, sino completamente inmerso en ella.Sanders perdió. Libró una guerra de cinco años contra la clase multimillonaria y el liderazgo del Partido Demócrata ¬— una guerra a lo largo de los seis de abril — y en el final, él fue golpeado en ambos frentes. Aquellos de nosotros que participamos en el ejercito derrotado de Bernie debemos tener en cuenta la naturaleza y el significado de esta derrota.El proyecto Sanders fue uno de los acontecimientos políticos de izquierda más significativos del siglo veintiuno, vinculando por primera vez demandas socialistas mínimas pero fundamentales a una base de millones en el núcleo del capitalismo global. Su derrota definitiva esta primavera, en medio de una atmósfera apocalíptica de enfermedad, depresión, e inquietud, ofrece una enorme tentación para que la izquierda caiga en la desesperación.Ya hemos visto una variedad de propaganda contra Sanders y el legado de sus campañas, ya sea que esté influida por la extrema izquierda, complacida de pasar de una gran desviación hacia la política electoral; por el centro-liberal, deseoso de hundir toda posibilidad fuera del actual campo de visión; o por la derecha tradicionalista, muy feliz de solamente proclamar una retirada del ala izquierda de la guerra de clases a la cultural.Mientras tanto, la prensa corporativa ha aprovechado la oportunidad de echar a Bernie — y su llamado insistente a la redistribución masiva de material, financiada con ganancias corporativas — directamente al basurero de la historia. Incluso las protestas masivas por el asesinato policial de George Floyd de alguna manera se convirtieron en una ocasión para que el New York Times anunciara el fin de la era de Sanders. “Bernie Sanders predijo la revolución, pero no ésta,” resonó el titular, partiendo del análisis del teórico de la interseccionalidad Kimberlé Crenshaw de que “toda cooperación que vale la pena” ahora ha superado a Sanders en la batalla contra el “racismo estructural y la lucha contra la negritud.” Adiós Acceso Médico para todos (Medicare for All), hola Jeff Bezos aplaudiendo contra “Todas las vidas importan” (All Lives Matter).Estos son todos los artefactos de la derrota. Sanders perdió, y tanto sus amigos que sólo están en las buenas como sus enemigos permanentes ahora están ansiosos por mandarlo a la tumba. Pero ni una derrota en las urnas ni un cambio de discurso es motivo para abandonar la esencia de la lucha de Bernie. Las protestas masivas contra la violencia policial y el racismo sólo pueden comenzar a realizar sus objetivos si se unen a un movimiento democrático más amplio, al estilo de Sanders — lo suficientemente grande para dar forma a la política nacional y lo suficientemente decidido para desafiar al capital — capaz de ganar las concesiones materiales necesarias para una sociedad verdaderamente libre e igualitaria.Un balance general preciso para las campañas de Sanders debe tener al menos dos columnas: la primera, una explicación de los logros, sustancial en sus proprios términos y sin precedentes en más de cincuenta años de historia política de los EE. UU.; y la segunda, un ajuste de cuentas con límites, que ahora, luego del 2020, parecen más grandes e intratables que en casi cualquier momento desde 2016.A esta cuenta, podemos añadir una tercera columna, sobre las perspectivas de luchas futuras — acortado en el presente, borro en el futuro cercano, pero posiblemente más brillante en las próximas décadas.1. Logro de Bernie: dos leccionesCuando Bernie Sanders anunció su candidatura en el 2015, su conferencia de prensa apareció en la página A21 del New York Times, muy por detrás de los artículos sobre la biblioteca presidencia de Obama, un escándalo de pruebas en escuelas de Atlanta, y el historial de Martin O’Malley’s como alcalde de Baltimore. Esto no fue más de lo que se necesitaba para una encuesta de candidatos al 3 por ciento, en un periódico que en realidad no había impreso las palabras “Acceso Médico para todos” (“Medicare for all”) en el año anterior de que Sanders entrara en la competencia.Desde la perspectiva de 2020, es difícil recordar la estrechez del cinturón político que se ajustaba al liberalismo de izquierda estadounidense en los años previos a la primera campaña de Bernie. Mientras progresistas como Keith Ellison, Michael Moore, y Susan Sarandon instaban a Elizabeth Warren a postularse para la presidencia, el senador de Massachusetts apareció junto a Tom Perez en una cumbre de la AFL-CIO en enero del 2015. Allí, Warren ganó los titulares por su discurso “feroz” en el que denunción la “economía de goteo” y pidió nuevas regulaciones financieras, la aplicación de las leyes laborales existentes, protecciones para el Seguro Médico y la Seguridad Social, y un aumento no especificado en el salario mínimo.“Lo sorprendente de esta agenda de facciones progresistas”, señaló Matthew Yglesis de Vox en ese momento, “es que realmente no hay nada con lo que Barack Obama o Hillary Clinton no estén de acuerdo.”Hoy, ese paquete de reformas de 2015 se parece mucho a la plataforma Joe Biden 2020, y nadie, fuera de una pequeña casta de propagandistas profesionales, se ve afectado por llamarlo “de izquierda”. La guerra de los cinco años de Bernie, incluso en la derrota, le enseño a la izquierda estadounidense dos lecciones fundamentales.Primero, demostró que las ideas socialdemócratas audaces, mucho más allá de las ambiciones regulatorias de los progresistas de la era de Obama, pueden ganar una base de masas en los Estados Unidos de hoy. Una exigencia intransigente para que el gobierno federal proporcione bienes sociales esenciales para todos los estadounidenses — desde el cuidado de la salud y la matrícula universitaria hasta el cuidado de las infancias y la licencia familiar — estuvo en el corazón del proyecto Sanders de principio a fin. Comenzando con el 3 por ciento en las encuentras y llevando a cabo dos campañas presidenciales casi en su totalidad con la fuerza de esta plataforma, Sanders construyó el desafío de izquierda más influyente en la historia moderna.Sí, candidatos desde Jesse Jackson hasta Dennis Kucinich también apoyaron el seguro médico para todos (single-payer health insurance), pero sus campañas no terminaron con encuestas que mostraban que una nueva mayoría de estadounidenses respaldaba el Acceso Médico para Todos, y mucho menos supermayorías masivas entre demócratas y votantes menores de sesenta y cinco. Sí, los izquierdistas desde Michael Harrington hasta Ralph Nader habían declarado durante mucho tiempo que una clase corporativa bipartidista gobierna Estados Unidos, pero no convirtieron esa idea en un movimiento político capaz de ganar las primarias en New Hampshire, Michigan o California.El éxito parcial de las campañas de Sanders tampoco es simplemente una “victoria discursiva” hueca. Ha presentado evidencia concreta para una proposición de la que los observadores políticos dominantes se burlaron hace cinco años, y que la propia izquierda estadounidense había anunciado grandiosamente en lugar de demostrar: que el “socialismo democrático,” dirigido por la oposición al gobierno de la clase multimillonaria y dedicado a los bienes públicos universales, puede ganar el apoyo de millones, no sólo de miles. Durante la última mitad del siglo, cualquier activista con un megáfono podría proclamar que esto es cierto, pero Bernie Sanders realmente lo demostró.Por supuesto, así como la derrota de Bernie nos deja en claro, existe una gran brecha entre ganar las encuestas y ganar poder. Si las compañas de Sanders iluminaron los recursos políticos desconocidos de la socialdemocracia estadounidense, también revelaron, de manera dramática, la determinación de sus oponentes. Esta es la segunda lección práctica de la guerra de cinco años de Bernie: la unanimidad y ferocidad de la resistencia demócrata de élite, no sólo al propio Sanders, sino a la esencia de su plataforma.En sus líneas generales, esto ha sido visible desde principios de la campaña de 2016, cuando los funcionarios del Partido Demócrata, los comentaristas en televisión y los escritores de prestigio — en todo un espectro ideológico, desde centralistas como Claire McCaskill y Chris Matthews hasta liberales como Barney Frank y Paul Krugman — desdeñaron universalmente la campaña de Sanders y su agenda. También de otras formas, la profundidad de la oposición demócrata a Sanders no fue obvia hasta este año, ni para los aliados de Bernie ni para sus enemigos. A lo largo de febrero, cuando Sanders ganó New Hampshire y recorrió el campo en Nevada, los comentaristas centristas aterrorizados pidieron a los demócratas restantes en la contienda que se unan detrás de un solo candidato anti-Bernie. Pero su angustia palpable traicionó una creencia casi universal de que esto en realidad no sucedería. Que “una masa crítica” de rivales de Bernie se retire en el último minuto, informó el periódico New York Time el 27 de febrero, “parece el resultado menos probable”.Todos sabemos lo que pasó después. Sólo tres días más tarde, en la noche anterior al Super Martes (Super Tuesday), Pete Buttigieg y Amy Klobuchar se retiraron repentinamente de la contienda y respaldaron a Joe Biden, junto con Beto O’Rourke, Harry Reid, y docenas de demócratas más prominentes y ex funcionarios de Obama.Esta gran consolidación alrededor de Biden, luego de su victoria en Carolina del Sur, produjo quizá 100 millones de dólares en cobertura “gratuita” mediática elogiosa — más de lo que Sanders gastó en publicidad durante toda la campaña — comprimida en un solo fin de semana antes de la elección más crítica de las primarias. El resultado fue una estampida del Super Martes (Super Tuesday) para Biden, incluso en los estados donde Sanders había liderado el grupo una semana antes, desde Maine hasta Texas. Le dio a Biden una ventaja dominante que nunca abandonó.En retrospectiva, puede parecer desesperadamente ingenuo que Sanders y sus aliados hayan contado con una división indefinida del campo demócrata. Sin embargo, hay una razón por la que incluso los enemigos acérrimos de Bernie compartían los mismos cálculos, con docenas de operativos del partido que dijeron al Times a finales de febrero que podría necesitar una convención negociada para detenerlo.Después de todo, Buttigieg fue proclamado el ganador en Iowa y terminó en segundo en New Hampshire; nunca desde el nacimiento del sistema primario moderno un candidato con este perfil había abandonado la contienda tan pronto. Incluso como un movimiento ideológico para estrangular a la izquierda, la coalición de Biden no tenía precedente en su rapidez y coordinación casi perfecta. Cuando Jesse Jackson amenazó brevemente con tomar al Partido Demócrata por asalto en 1988, los rivales Michael Dukakis, Al Gore, Dick Gephardt, y Paul Simon permanecieron en la contienda hasta finales de marzo, cuando se completaron más de treinta y cinco contendientes primarios.Esta vez, las fuerzas centrales del grupo de poder lograron despejar el campo después de solo cuatro primarias, dejando solo una única alternativa centrista a Biden, el vanidoso multimillonario Michael Bloomberg. (La persistencia de Elizabeth Warren en la competencia solo ayudó al frente anti-Sanders, ya que ella era más probable que desviara votos de la izquierda que del centro.) Y después del Super Martes, por supuesto, Bloomberg renunció rápidamente y respaldó a Biden. Warren, cuando ella dejó la contienda, no le haría tal favor a Sanders.Aunque, en muchos sentidos, el Partido Demócrata de 2020 es mucho más débil de lo que era hace treinta años — controla once legislaturas estatales menos, por ejemplo — el actual liderazgo demócrata, en su influencia sobre los políticos del partido, es más fuerte que nunca. Buttigieg, quién había hecho una dura campaña en los estados del Super Martes — el 29 de febrero, realizó el mitin más grandes de las primarias en Tennessee — no se retiró debido a una actuación predeciblemente pobre en Carolina del Sur. (Incluso ahí, todavía terminó por arriba de Warren por cuarta carrera consecutiva.)Buttigieg abandonó abruptamente millones de dólares en publicidad y quizá treinta mil voluntarios del Super Martes porque Barack Obama se lo dijo — y porque él sabía que sus propias perspectivas de carrera, en el actual Partido Demócrata, dependen menos de ganar el apoyo popular en su nombre que de unirse valientemente al esfuerzo del equipo para detener a Sanders y “salvar el partido”.La velocidad y minuciosidad de esta consolidación de élite — que también convirtió a Biden en un favorito instantáneo de la clase de donantes — se mofa de la idea inverosímil, planteada por algunos reporteros y comentaristas, de que Sanders desperdició una oportunidad de oro para ganarse al grupo de poder demócrata a través de los mejores modales.Obama, Hillary Clinton, y sus aliados corporativos — sin importar los consultores, los administradores de fondos de cobertura y los directores ejecutivos de tecnología que construyeron el “alcalde Pete” — no decidieron caprichosamente cerrar filas contra Bernie porque él no hizo suficientes llamadas telefónicas en búsqueda de respaldo después de Nevada. Su intensa oposición ideológica al proyecto de Sanders ha sido evidente durante mucho tiempo; lo que no sabíamos es qué tan rápida y eficazmente esa oposición privada podría traducida en hechos reales.Esta dura lección no solo es suficiente para prevenir que cualquiera en el bando de Sanders busque concesiones significativas de la campaña de Biden; subraya los agudos límites de cualquier política institucional dentro del Partido Demócrata existente. Independientemente de lo que piensen los votantes demócratas — y a la mayoría de ellos les gusta la plataforma de Bernie Sanders — la mayor parte de los funcionarios demócratas se opone a ambos con un vigor organizado que rara vez llevan a combatir con los republicanos.En el 2016, Sanders ganó más del 40% del voto popular en las primarias, pero obtuvo el respaldo de sólo el 3.7% de los demócratas del Congreso (7 de los 187 representantes). Contra un campo mucho más concurrido en 2020, Sanders ganó las primeras tres contiendas y alrededor del 35% de los votos, pero obtuvo el apoyo de solo el 3.8% de los demócratas del Congreso (9 de 232). Eso no es un marcador de progreso institucional.Incluso el Caucus Progresista del Congreso (Congressional Progressive Caucus) (CPC), cuyos copresidentes le dieron a Sanders un apoyo ostentoso, brindó más apoyo a Biden (doce miembros) que a Sanders (ocho miembros) antes del Super Martes. En la breve contienda bidireccional entre el 3 y el 17 de marzo, Biden acumuló veinte respaldos adicionales de CPC, en comparación con sólo uno para Sanders.En este aspecto crítico, el Partido Demócrata institucional realmente no se “movió a la izquierda” en absoluto entre 2015 y 2020. Sí, varios elementos de la agenda de Sanders han migrado a las plataformas del partido y los sitios web de campaña, y algunas políticas de izquierda, como los $15 de salario mínimo, incluso se han introducido a nivel estatal. Pero en la política nacional, la línea que protege el flanco izquierdo del partido — una barricada de acero que separa la política de desdén al estilo de Obama de las demandas al estilo de Sanders de atención médica pública universal, educación y apoyo familiar — está vigilada ahora más que nunca.Este conocimiento ganado con esfuerzo es en sí mismo un arma contra las élites liberales que generalmente prefieren ocultar las diferencias en lugar de luchar por ellas. “Las ideas de Bernie Sanders son tan populares que Hillary Clinton las sigue”, dijo Vox en abril del 2015. Por supuesto, los demócratas volverán a difundir este mensaje en 2020, pero para los millones de votantes de Sanders que acaban de ver al grupo de poder en el partido pasó cinco años sofocando una plataforma de Acceso Médico para Todos y una universidad pública y gratuita, es mucho más difícil de vender.El mayor logro de la guerra de cinco años de Bernie es entonces un movimiento vigorizado y clarificado para el socialismo democrático estadounidense — recientemente optimista sobre el atractivo de su plataforma, pero íntimamente consciente del poder de sus enemigos. Sanders ha dejado a la izquierda en una posición más fuerte de lo que la encontró, tanto más grande como más consciente de sí misma, y mucho menos tentada por la amarga futilidad de las campañas de terceros o las porristas empalagosas de los “progresistas” aprobados por el partido.Sin embargo, aquí es donde comienza el verdadero problema. La izquierda, después de Bernie, finalmente ha crecido lo suficientemente fuerte como para saber cuán débil realmente es.El problema esencial, después de todo, no es que la élite empresarial esté al mando de los políticos demócratas — es que todavía controlan a la mayoría de los votantes primarios demócratas. Dada una clara elección entre la demanda de Bernie de otro Nuevo Acuerdo y el llamado de Biden a un “regreso a la normalidad”, alrededor del 60 por ciento de los demócratas que acudieron a las urnas aparentemente eligieron a Warren G. Harding sobre Franklin D. Roosevelt.La cruda verdad, que se demostró con dureza a lo largo de estos seis abriles, es que aún no existe una mayoría socialdemócrata dentro del electorado demócrata, mucho menos en Estados Unidos en su totalidad. Sanders le ha dado a la izquierda una nueva relevancia en la política nacional, pero para dar el salto desde la relevancia hacia el poder, necesitamos construir esa mayoría — y este no es el trabajo de uno o dos ciclos electorales, sino al menos otra década, y tal vez más.2. Una mirada más cercana a la derrotaEn el 2016, Bernie Sanders lideró la campaña primaria de izquierda más grande en la historia del Partido Demócrata, ganando muchos más votos y delegados que Jesse Jackson, Ted Kennedy o incluso más que el victorioso George McGovern. Él entró en la competencia del 2020 como un contendiente serio, no como un perdedor a largo plazo. Sin embargo, al final Joe Biden venció a Sanders con una coalición de votantes que ambos se parecían y se diferían sutilmente de la coalición que impulsó a Hillary Clinton a la nominación en 2016.Una mirada a los resultados locales de las dos elecciones sugiere que Sanders fue derrotado por tres factores claves en 2020: Primero, a pesar de un esfuerzo sustancial, la campaña de Bernie luchó por abrirse camino con los votantes negros, lo que resultó ser un problema mucho más intratable de lo que parecía hace cuatro años. Segundo, y de manera relacionada, a pesar del considerable éxito en la obtención del apoyo de la clase trabajadora en comparación con el 2016 — principalmente entre los votantes latinos — la campaña no logró generar una mayor participación entre los votantes de la clase trabajadora de todas las razas. Finalmente, sobre todo, Bernie se vio abrumado por un aumento masivo de la participación del grupo demográfico de más rápido crecimiento del Partido Demócrata: exvotantes republicanos en barrios suburbanos abrumadoramente blancos, ricos y bien educados.Analicemos cada uno de estos por turnos.Luchando para ganar votantes negrosDespués de la campaña del 2016, en la que los esfuerzos de Sanders con los votantes negros le costaron caro, la campaña del 2020 realizó una serie de esfuerzos bien documentados para llamar la atención de los afroamericanos, tanto en sustancia como en estilo. El objetivo, como ha argumentado Adolph Reed Jr y Willie Legette, nunca fue ganar un “voto negro” singular, homogéneo y mítico — pero para competir en una elección primaria demócrata, Sanders necesitaba convencer a muchos más votantes negros.En 2019, la campaña lanzó un plan ambicioso para financiar colegios y universidades históricamente para la comunidad negra; con el apoyo de académicos como Darrick Hamilton y líderes como Jackson, Mississippi, el alcalde Chokwe Antar Lumumba, Sanders arremetió la brecha de riqueza racial y entregó planes sustantivos para cerrarla. Su campaña invirtió recursos en Carolina del Sur, que Sanders visitó más veces que Joe Biden o Elizabeth Warren; el propio Biden participó en The Breakfast Club (podcast) y dijo que su campaña de 2016 había sido “demasiado blanca”.Nada de eso pareció marcar una diferencia visible. En Carolina del Sur, donde Sanders ganó 14 por ciento de los votantes negros en el 2016, las encuestas de salida mostraron que ganó el 17 por ciento en 2020. En los cinco condados del estado con la población negra superior al 60 por ciento, Sanders aumentó su porcentaje de votos del 11 al 12 por ciento.No fue bueno para él el Súper Martes ni el periodo posterior. En el sur rural, desde el este de Carolina del Norte hasta el oeste de Mississippi, Sanders luchó por romper el umbral del 15 por ciento en los condados de mayoría negra. En algunos vecindarios urbanos negros, como Northside Richmond y Third Ward in Houston, logró pequeños avances en su línea de base del 2016, ocasionalmente ganando hasta un tercio de los votos; pero en otros vecindarios, como el sureste de Durham y el norte de St. Louis, Sanders le fue aún peor. En general, Biden lo golpeó tanto como lo había hecho Clinton cuatro años antes.Después del 2016, todavía era posible argumentar, con optimismo, que las preferencias de los votantes negros reflejaban la ventaja de Clinton en el reconocimiento del nombre y los recursos, junto con la necesidad de Sanders de concentrarse en las primeras contiendas en Iowa y New Hampshire. Los mejores datos de la cuenta mostraron un apoyo confiable y entusiasta de la comunidad negra a los temas centrales de la agenda socialdemócrata de Bernie. Con mensajes mejorados y una inversión más seria en el alcance de los votantes, seguramente un candidato insurgente de izquierda podría romper la “contrafuegos” del grupo de poder demócrata y ganar una gran parte de los votantes negros.Bernie Sanders no fue ese candidato, ni en 2016 ni en 2020. Pero después de años de lucha, es hora de revisar la suposición de que una política, mensajes y tácticas superiores son suficientes para que cualquier insurgente superara al grupo de poder demócrata en el apoyo de los votantes negros. Después de todo, Sanders está lejos de ser el único candidato de izquierda que ha lucha en este frente.En las elecciones a la alcaldía de Chicago en el 2015, Rahm Emanuel venció a Chuy García con enormes márgenes entre los votantes negros; el mismo fenómeno fue visto en las elecciones para gobernador en Virginia, New Jersey, Michigan, y New York, donde los votantes negros apoyaron abrumadoramente a Ralph Northam, Phil Murphy, Gretchen Whitmer y Andrew Cuomo contra los forasteros progresistas. En la competencia del año pasado para fiscal del distrito de Queens, Melinda Katz apenas superó a Tiffany Cabán con el fuerte apoyo de los votantes negros en Southeast Queens.Tampoco a los candidatos negros antisistema necesariamente les ha ido mucho mejor con los votantes negros en las primarias. La reciente victoria de Jamaal Bowman sobre Eliot Engel es una Victoria significativa e inspiradora para la izquierda, pero no muchos candidatos de izquierda han tenido la ventaja de enfrentar a un oponente blanco severamente desconectado de la realidad en un distrito de pluralidad negra. Con mucha más frecuencia, en diferentes circunstancias, el resultado ha sido al revés. En la competencia por la alcaldía de Atlanta en 2017, Keisha Lance Bottoms, la favorita de los partidos aliados del sector empresarial, derrotó a Vicent Fort, quien había sido respaldado por Bernie Sanders y por Killer Mike. Y en las contiendas del Congreso desde St. Louis y Chicago hasta Columbus, Ohio y el condado de Prince George, Maryland, las campañas de insurgentes progresistas negros no se han disparado, y los votantes negros, en última instancia, ayudando a los titulares respaldados por el grupo de poder para alcanzar la victoria en las urnas.El apoyo de los votantes negros a los demócratas de la línea principal es una tendencia más amplia en la política estadounidense — una tendencia que se acerca al estado de un hecho fundamental — y no se puede explicar con referencia a Bernie Sanders solo.Después del 2016, algunos argumentaron que un enfoque más claro en la justicia racial y un esfuerzo concertado para atraer a los activistas podrían impulsar una campaña de izquierda con votantes negros. Pero la competencia del 2020 ofreció escasa evidencia para esa propuesta, ya sea en el desempeño de Sanders o en las frustraciones de la campaña de Elizabeth Warren, cuya plataforma incluía un enfoque destacado en la mortalidad materna negra, subsidios para empresas de propietarios negros y reformas específicas para apoyar a los “agricultores de color”.Esta retórica ganó organizadores negros en masa, pero casi ningún voto negro: entre los afroamericanos, las encuentras de salida mostraron que Warren estaba detrás no sólo de Biden y de Sanders, sino también de Bloomberg, en todos los estados, incluido el suyo. En los condados rurales de mayoría negra de Carolina del Norte, los granjeros de color no recurrieron a Warren, quien en realidad recibió menos votos que “sin preferencia”.Otra opinión popular es que los votantes negros son los que más tienen que temer de Donald Trump y de los republicanos y, por lo tanto, tienden a favorecer a los candidatos moderados y convencionalmente “elegibles”. Pero si bien las preocupaciones sobre la elegibilidad seguramente jugaron una parte clave en la derrota de Bernie en 2020, hay poca evidencia que sugiera que les importó más a los demócratas negros que a los demócratas blancos (en todo caso, las encuestas sugieren lo contrario). El miedo a la derrota de las elecciones generales tampoco puede explicar por qué los votantes negros favorecieron a Joe Crowley sobre Alexandria Ocasio-Cortez, a Andrew Cuomo sobre Cynthia Nixon, o a los líderes del grupo de poder en otras áreas de color azul profundo donde los republicanos son desterrados de la política en conjunto.  El fenómeno tampoco puede explicarse por un conservadurismo ideológico actual, ni por ninguna indecisión real para respaldar una política de redistribución material. De hecho, los votantes negros apoyan Acceso Médico para Todos en tasas más altas que casi cualquier otro grupo demográfico del país. Por otro lado, el conservadurismo institucional de la mayoría de los líderes electos negros continúa apilando la baraja contra la política de izquierda. Poderosos políticos negros como Jim Clyburn y Hakeem Jeffries, como ha argumentado Perry Bacon Jr, apoyan al grupo de poder porque “son parte del grupo de poder”. El congresista negro Caucus no ha tratado de disfrazar su feroz hostilidad hacia los desafíos primarios de izquierda, incluso cuando los retadores progresistas son negros, como Bowman y Mckayla Wilkes, y los titulares centristas son blancos, como Engel y Steny Hoyer. Superar la oposición casi unánime de los líderes negros electos es bastante difícil, pero el problema para los insurgentes de izquierda es aún mayor: es difícil ganar votantes negros compitiendo contra un sistema de partido cuya figura excelsa sigue siendo, después de todo, el primer presidente negro de Estados Unidos. En la era de Obama, como demostró la campaña primaria de Joe Biden, los votantes negros de las primarias pueden sentirse más motivados por apelaciones a la continuidad institucional que por la identidad personal (como aprendió Kamala Harris) o la ideología política.Después de cincuenta años viviendo en un sistema en el que un cambio material profundo parece casi imposible — y, como resultado, la política negra, como muchas otras zonas de la política, se ha vuelto en gran medida afectiva y transaccional — ese sentimiento es comprensible. Por supuesto, los votantes negros deben ser una parte fundamental de cualquier mayoría de la clase trabajadora. Pero mientras todas las figuras políticas negras con una posición institucional significativa permanezcan vinculadas al liderazgo del partido de Obama y sigan invirtiendo en usar ese vínculo para derrotar los desafíos de la izquierda, los candidatos antisistema enfrentarán dificultades.Si hay esperanza para la izquierda aquí, es que el apoyo de la comunidad negra a los demócratas del grupo de poder sigue siendo tenaz en lugar de entusiasta — un fuerte apoyo de un grupo de votantes relativamente pequeño en las primarias. Dejando a un lado los alardes de campaña y las presiones de la prensa, no hubo un aumento de la participación negra para Joe Biden. Durante las primarias de marzo, incluso cuando la participación general demócrata se disparó en comparación con el 2016, cayó absolutamente en los vecindarios negros de todo el país. En Michigan, la participación demócrata floreció con más de 350,000 votos pero decayó en el primer y segundo distrito de Flint, donde la participación disminuyó de más del 25 por ciento de los votantes registrados a menos del 21 por ciento. Se registraron disminuciones similares a partir del 2016 en Ferguson, Missouri, en North St. Louis, en Kashmere Gardens, Sunnyside y Crestmont Park en Houston, y en el sureste de Durham — incluso cuando la participación demócrata en todo el estado se disparó en Missouri, Texas y Carolina del Norte.Esto sigue un patrón ya evidente en las elecciones generales de 2016, en las que los votantes negros pobres y de la clase trabajadora — como los votantes de la clase trabajadora en general — parecen constituir una parte cada vez más pequeña de la activa coalición de votantes demócratas.Eso no es un consuelo para Bernie Sanders, cuya campaña se basó en su capacidad para ayudar a generar la participación de la clase trabajadora en la política. Pero sí sugiere que, de alguna manera, las luchas de izquierda con los votantes negros son un síntoma específico de una enfermedad más generalizada. La campaña de Sanders, tanto en sus notables fortalezas como en sus fatales debilidades, iluminó el gran problema que ha plagado a la política de izquierda en gran parte del mundo desarrollado: la incapacidad de movilizar, y mucho menor organizar, a la mayoría de las y los trabajadores.Complejidades de la clase trabajadoraEste es quizá el hecho central de la política transatlántica en los últimos cincuenta años. En su reciente libro, Capital e Ideología (Capital and Ideology), Thomas Piketty ofrece un resumen eficiente del problema básico: desde la década de 1960, los partidos de centroizquierda en Europa y América del Norte han perdido el apoyo de la clase trabajadora tradicional, transformándose en una “izquierda brahmán”, que depende de manera crucial de los votos de profesionales.  (Los partidos conservadores, aunque obtienen más votos de la clase trabajadora, permanecen en gran medida bajo la esclavitud de un “derecho mercantil” dominado por las empresas.)Las causas detrás de este cambio en la izquierda son discutidas: Piketty, junto con Jacobin y otros críticos socialistas, culpa al capitalismo globalizado, el declive del trabajo organizado y el giro político centrista de los principales líderes de los partidos; mientras tanto, mucho liberales — irónicamente unidos por la derecha “populista” — tienden a enfatizar el conservadurismo cultural cada vez más agudo de las mayorías étnicas dentro de la clase trabajadora.En la medida en que Bernie Sanders intentó revertir esta tendencia global en el espacio de dos elecciones primarias presidenciales, fracasó. Sin embargo, la dinámica de este fracaso es más compleja de lo que la mayoría de los análisis hasta ahora han reconocido.En comparación con el 2016, la campaña de Sanders en 2020 luchó con lo que los expertos llaman “la clase trabajadora blanca”: votantes blancos sin título universitario. Contra Hillary Clinton, la fuerza de Bernie con esta parte del electorado primario lo impulsó a la victoria en estados como Indiana y Virginia Occidental. Pero esta primavera, como han señalado muchos analistas, Joe Biden le dio la vuelta a Sanders y lo derrotó en los condados predominantemente de clase trabajadora blanca en el sur y medio oeste.En retrospectiva, parece claro que parte de la antigua fuerza de Sanders en estas áreas se debió a la coyuntura particular de la campaña de 2016. Las asambleas electorales de baja participación exageraron el apoyo rural real de Bernie en estados como Maine, Minnesota y Washington; una profunda hostilidad hacia Clinton, como algunos sospechaban en ese momento, parece haber impulsado su total de votos en todas partes, y particularmente en regiones conservadoras como los Apalaches, los Ozarks y las Grandes Llanuras.El principal oponente de Bernie en 2020 era mucho más fuerte en este terreno. Aunque el historial real de Biden en el Senado es el de un neoliberal corporativo ejemplar — si no es hostil a los intereses de la clase trabajadora, es apático — una combinación de edad, astucia e imbecilidad bondadosa le han permitido, incluso y quizá especialmente en sus años de declive, producir una impresión efectiva de una raza desaparecida de demócratas del New Deal, lo suficientemente experimentados como para conocer su camino en Washington, pero siempre dispuestos a dar un puñetazo por “el pequeño”. En este sentido, la campaña de Sanders sabía desde el principio que Biden sería un rival formidable para los votos de la clase trabajadora blanca y negra por igual.Pero la diferencia más significativa entre el 2016 y el 2020 es, por mucho, la presidencia en función de Donald J. Trump. Desde la creación del sistema moderno de primarias, la presencia de un rival en la Casa Blanca ha llevado casi siempre a los partidos de la oposición a elegir candidatos percibidos como moderados y seguramente elegibles: Mitt Romney en 2012, John Kerry en 2004, Bob Dole en 1996, Bill Clinton en 1992, y Walter Mondale en 1980, todos encajan en ese molde. (La única excepción parcial es la de Ronald Reagan en 1980, y el presidente en función al que se enfrentó, Jimmy Carter, era tan débil que ni siquiera pudo evitar un serio desafío en sus propias primarias.) Aparentemente candidatos más arriesgados como Trump y Barack Obama, con relaciones más ambivalentes con el grupo de poder de su partido, han prosperado sólo en elecciones de año abierto.El efecto titular ha obstaculizado a los aspirantes a las primarias durante cuarenta años, pero nunca ha sido más fuerte que en 2020, cuando una mayoría dominante de demócratas creía que vencer a Donald Trump era más importante que todas las demás cuestiones juntas. Incluso en 2004, mucho menos de la mitad de ese electorado demócrata memorablemente nervioso dijo que vencer a George W. Bush era tan importante.Cualquier intento de explicar la derrota de Bernie principalmente a través de la deserción de los trabajadores blancos debe fundarse en el hecho más amplio de que Sanders perdió terreno frente a Biden con cada grupo de votantes blancos. (Cuanto más rico es el grupo, más terreno pierde — pero más adelante se hablará de ello.) Un efecto predominante general, como ha argumentado Dustin Guastella en Jacobin, fue mucho más significativo que cualquier cuestión específica de tácticas de campaña o señalización cultural. De hecho, es fácil exagerar la magnitud de la derrota de Bernie entre la llamada “clase trabajadora blanca”. En prácticamente todos los estados, Sanders obtuvo mejores resultados entre los votantes blancos sin título universitario que entre sus homólogos con mayor nivel educativo. En Iowa, New Hampshire, Nevada, Carolina del Sur, California, Texas, Colorado y Vermont, Sanders lideró o empató con Biden entre los votantes blancos sin título. En todos los estados, Sanders obtuvo mejores resultados con hombres blancos de clase trabajadora, ganando directamente en todos los estados mencionados, además de Carolina del Norte, Tennessee, Maine y Washington. Tanto en Michigan como en Missouri, Sanders quedó por detrás de Biden por menos de 5 puntos entre los hombres blancos sin título universitario — pero Biden ganó a las mujeres de este grupo por 17 y 30 puntos, respectivamente.Las dificultades particulares de Bernie con las mujeres — mucho más preocupadas por vencer a Trump que los hombres, según las encuestas — sugieren además que la disminución de su apoyo de la clase trabajadora blanca tuvo menos que ver con la cultura o la ideología que con su percepción de elegibilidad. Un análisis serio de clase de la evolución de la coalición de Sanders también debe tener en cuenta el grupo masivo que Bernie trajo al redil este año — los votantes latinos, la porción de más rápido crecimiento del electorado de clase trabajadora de Estados Unidos. En todo el gran suroeste, desde el Río Grande en Texas hasta el Valle Central de California, Sanders dominó los distritos latinos que había perdido mayoritariamente ante Hillary Clinton en 2016. En los barrios con gran número de latinos, desde el este de Los Ángeles hasta el norte de Houston, el “Tío Bernie” a menudo ganó más votos que Biden, Bloomberg y Warren juntos.Esto no fue un fenómeno regional, ni se limitó a las zonas mexicanoamericanas.  Sanders también se impuso entre los votantes puertorriqueños y dominicanos de clase trabajadora en Holyoke y Lawrence, Massachusetts, así como en los barrios de inmigrantes centroamericanos del centro de Los Ángeles y del suroeste de Houston.En casi todos estos lugares, Sanders tuvo que superar la oposición de la clase política latina, que apenas le era más favorable que la clase dominante política negra. A principios de marzo, Sanders sólo había recibido dos apoyos de la asamblea hispana del Congreso; Biden tenía catorce. Sin embargo, no existe un Obama latino, y los lazos institucionales que unen a los votantes latinos con la clase dominante demócrata, según hemos aprendido este año, pueden ser relativamente débiles.Al final, pocos líderes latinos electos entregaron sus constituyentes a Biden. En cuatro distritos del Congreso del sur de California representados por Lucille Roybal-Allard, Lou Correa, Tony Cárdenas, y Juan Vargas — todos ellos respaldados por Biden — Sanders venció a sus múltiples rivales con una mayoría absoluta de votos.En términos numéricos, las enormes ganancias de Bernie con los latinos pueden haber compensado el descenso de su apoyo de la clase trabajadora blanca. Y dado que Sanders ganó a estos votantes, en gran parte, redoblando la apuesta por las cuestiones redistributivas “del pan de cada día” que más valoran los votantes latinos, es posible que la coalición de Sanders de 2020, aunque sea más pequeña que la del 2016, esté aún más arraigada en la clase trabajadora estadounidense. Ciertamente, dado este cambio significativo, es demasiado pronto para escribir epitafios sobre la posibilidad de una política clasista dentro del Partido Demócrata.Sin embargo, incluso este revestimiento de plata conlleva un inevitable toque de gris. Sanders ganó de forma abrumadora en las zonas de mayoría latina, pero sobre todo sin aumentar la participación de los votantes. En el distrito de clase trabajadora de Roybal-Allard en el sur de Los Ángeles, que Bernie ganó con casi el 57% de los votos — su mejor distrito en el país — acudieron a las urnas casi diez mil votantes menos que en el 2016. El mismo patrón se mantuvo en muchas de las áreas más fuertes de Bernie en el sur de California. Y en el Valle del Río Grande de Texas, y en los barrios de mayoría latina de Houston, Sanders ganó de manera decisiva, pero sobre todo la participación demócrata (como proporción de votantes registrados) se mantuvo estable o disminuyó con respecto a 2016. Esto sugiere que los esfuerzos de divulgación latina de su campaña tuvieron un enorme éxito en convencer a los votantes de Clinton de 2016 para que se subieran al autobús de Bernie — una hazaña impresionante en sus propios términos — pero menos éxito en atraer a la política a nuevos votantes latinos de la clase trabajadora. La otra posibilidad, no más inspiradora, es que los nuevos votantes latinos que Sanders ganó fueron compensados por un número igualmente grande de votantes que abandonaron el electorado de las primarias en 2020.Es sólo una enumeración más del problema elemental al que se enfrenta cualquier esfuerzo por presentar candidatos de izquierda en el Partido Demócrata: el declive relativo de la participación política de la clase trabajadora — tanto negra como morena y blanca.De la Patagonia a HalliburtonEn la prensa dominante, la derrota de Sanders en Michigan, el Waterloo de su campaña de 2020, se atribuyó en gran medida a la deserción de los votantes de la clase trabajadora que le habían impulsado a la victoria hace cuatro años. Sin embargo, entre los votantes de Michigan que ganan menos de 50,000 dólares por años, superó a Joe Biden por 7 puntos — un margen mayor que en 2016, cuando le ganó a Hillary Clinton por solo 3 puntos con ese mismo grupo.Sanders no fue derrota en absoluto por los votantes de bajos ingresos, quiénes le dieron un sólido apoyo en Michigan y en otros lugares. Tampoco el verdadero golpe vino de los votantes de la clase trabajadora o de la clase media baja de ningún tipo. Vino, con una fuerza devastadora, de los suburbios ricos.En el condado Wayne de Detroit, Sanders perdió casi por el mismo margen que en 2016. En el condado de clase media de Macomb, sede ancestral de Demócratas por Reagan y de Votantes Obama-Trump, Sanders recibió un duro golpe, perdiendo por veinte mil votos más que en 2016. Pero en los suburbios ricos y de gente con educación del condado de Oakland — el condado más rico en Michigan — el déficit de Bernie aumentó en cincuenta mil votos.Un examen más detallado de los resultados del distrito electoral de las tres comunidades más pequeñas de Michigan lo aclaran aún más. Los dos distritos de clase trabajadora del noroeste de Flint, entre los que se encuentran algunos de los barrios en los que los niños estuvieron notoriamente expuestos al plomo en el agua de la ciudad, son negros alrededor del 90 por ciento. Los siente distritos del norte de Bay City, cerca de Saginaw, son blancos un 85 por cierto, pero al igual que Flint, la ciudad se ha visto castigada por la desindustrialización, y en particular por el declive de General Motors. Mientras tanto, la próspera ciudad de Birmingham, en el condado de Oakland — hábitat original del propietario de un suburbio, Tim Allen — presume de valores medios de la propiedad (488,000 dólares) y de niveles de renta (117,000 dólares) entre tres y cinco veces superiores a los de Bay City o Flint.Los tres distritos son mayoritariamente demócratas; todos tienen entre 16,900 y 18,100 votantes registrados. En los distritos del noroeste de Flint, donde la participación disminuyó, Biden obtuvo en realidad 600 votos menos de los que recibió Clinton en 2016. En la mayor parte del norte de Bay City — incluido el barrio de clase trabajadora donde nación Madonna Louise Ciccone, hija de un trabajador de General Motors — Biden obtuvo 300 votos más que Clinton, lo suficiente para vencer a Sanders en toda la ciudad. Pero entre las altas vallas de los patios traseros y los caros mega garajes de Birmingham, Biden recogió casi 2,300 votos — más que suficientes para enterrar a Bernie Sanders bajo un montón de productos de lujo para la mejora del hogar.Este mismo patrón se repitió en todos los estados y áreas metropolitanas donde se celebraron elecciones primarias. Desde las comunidades de jubilados frente a la playa de la costa de Carolina del Sur hasta las mansiones de ranchos con columnas de Contra Costa, California, dondequiera que la participación demócrata subió con respecto al 2016, subió más en los suburbios más ricos y blancos, quienes lanzaron su peso colectivo contra Bernie Sanders.En Carolina del Norte, donde el voto demócrata total descendió desde los pantanos del este hasta las montañas del oeste, los suburbios ricos de Raleigh y Charlotte experimentaron subidas de entre el 40 y el 50 por ciento respecto a 2016. En Missouri, donde el voto disminuyó tanto en Ferguson como en los Ozarks, subió un 50 por ciento en los recintos de los clubes de campo del condado de St. Louis. Y en el rico condado de Fairfax, Virginia, el arquetipo de la estrategia suburbana de los demócratas del siglo XXI, el voto en las primarias se disparó un 70%, con casi cien mil nuevos votantes uniéndose al partido de Biden. En muchas zonas, el poder de la oleada suburbana fue tan grande que incluso comunidades ricas muy pequeñas tuvieron un mayor impacto en las elecciones que zonas de clase trabajadora mucho más grandes. En Massachusetts, comparado con el 2016, Sanders perdió más votos frente a Biden y Bloomberg en sólo tres elegantes pueblos de la costa sur — Hingham, Duxbury y Norwell (población total: 51, 753) — que en todo el condado de Hampden, donde se encuentra la ciudad de Springfield y sus suburbios de clase trabajadora (población: 466,372).El otoño pasado, con Elizabeth Warren a la cabeza de las encuestas demócratas, el debate giró en torno al papel de los llamados demócratas de la Patagonia: liberales adinerados en distritos profundamente azules que habían acudido a la agenda política planificada de Warren. Al igual que muchos partidarios de Sanders, yo era escéptico ante la afirmación de que esos votantes de clase profesional — independientemente de lo que dijeran a los encuestadores — pudieran realmente servir de base electoral para un programa redistributivo. Pero en retrospectiva, ni Jacobin ni Vox anticiparon la verdadera historia de las primarias de 2020, que no involucró a los liberales del estilo Warren, sino a una tribu conservadora de suburbanistas adinerados — republicanos desafectos quienes, desde las elecciones de 2016, se han lanzado a la política del Partido Demócrata. En todo el Cinturón del Sol, desde los contratistas de defensa del norte de Virginia hasta las corporaciones energéticas de Texas y California, Joe Biden fue impulsado no sólo por demócratas de la Patagonia, sino por los recién descubiertos demócratas de Chevron, Raytheon y Halliburton.Después del 2016, el “republicano nunca-Trump (Never-Trump)” se convirtió en un chiste en la izquierda — en un partido donde Trump gozaba de un 90% de aprobación, críticos engreídos como Jennifer Rubin y David Frum aparecieron para formar una página editorial cuya plantilla era mayor que sus lectores. Pero en 2020, estos neoconservadores nunca-trumpistas rieron al último. Rebautizados astutamente como expertos “moderados”, perdonados por su apoyo a la guerra de Irak, y con grandes plataformas en los medios de comunicación corporativos liberales, resultó que su verdadera audiencia no era republicana en lo absoluto, sino los suburbanos afluentes del estado púrpura, que compartían tanto su disgusto cultural por Trump como su oposición material a Sanders.Aunque la participación demócrata aumentó en todos los suburbios ricos, desde Silicon Valley hasta el área metropolitana de Boston, se aprecia un patrón claro: cuanto más rico y conservador es el suburbio, más dramáticos son los aumentos. En Virginia, el asombroso aumento del 70% del condado de Fairfax fue superado por el condado vecino de Loudon — el condado más rico de los Estados Unidos — donde la participación demócrata casi se duplicó con respecto a 2016.Una vez más, la imagen es más vívida a nivel barrial. En el área metropolitana de Houston, Biden obtuvo algunas de sus ganancias más impresionantes en suburbios ricos y tradicionales republicanos como Bellaire y West University Place, que pasaron de Mitt Romney a Hillary Clinton en 2016 y ayudó a Lizzie Pannill Fletcher a ser electa para el Congreso en 2018. La participación en las primarias en estas zonas se duplicó con respecto a hace cuatro años, lo que refleja el éxito del esfuerzo concertado de los demócratas para retener a los votantes de Romney-Clinton.Y en términos relativos, las ganancias de participación más asombrosas no se produjeron en los recintos de Houston que los demócratas ganaron en 2016 o 2018, sino en los que perdieron. En los distritos extremadamente ricos (con dinero proveniente del petróleo) y conservadores de River Oaks, Afton Oaks y Tanglewood — el vecindario donde Jeb y George W. Bush crecieron — la participación demócrata a menudo se triplica, y casi toda va para Biden o para Bloomberg.Algunos de estos votantes, sin duda, sólo votaron en unas primarias demócratas abiertas porque no había oferta republicana competitiva. (En ese sentido, el efecto cobró otro peaje masivo en la campaña de Sanders de 2020.) Y si Trump es repudiado convincentemente en noviembre, una fracción de estos ricos suburbanos podría intentar volver a un Partido Republicano humillado. Sin embargo, es probable que más de ellos se queden como demócratas de Halliburton. La oleada suburbana de 2020 encaja en un patrón más amplio: en el histórico distrito de Tanglewood de la familia Bush, los demócratas obtuvieron menos del 18% del voto en las elecciones generales en 2012, pero casi el 30% en 2016 y más del 34% en 2018, con un porcentaje mayor probablemente en 2020.  En las últimas semanas, incluso cuando los demócratas han tratado de presentarse como el partido de George Floyd, es conveniente saber que River Oaks de Houston — hogar de Joel Osteen y del exdirector general, Jeffrey Skilling — ahora cuenta con una mayor participación en las primarias demócratas que el Third Ward, donde Floyd nació y creció.En los Estados Unidos, al menos, el margen entre la “izquierda brahmánica” y la “derecha mercantil” de Piketty es bastante borroso en la cúspide de la pirámide de la riqueza, y se está volviendo más borroso. No sólo muchos príncipes del mercado de la clase multimillonaria — quizá una mayoría, fuera de un puñado de industrias extractivistas — ya se inclinan por los demócratas; sus vasallos corporativos, en áreas metropolitanas prósperas desde Houston hasta Charlotte y Grand Rapids, ahora también tienden a ser demócratas.Este año, los demócratas de Halliburton bien podrían haber hecho oscilar las elecciones contra Bernie Sanders. Con sus voces amplificadas por los medios de comunicación de prestigio, y sus votos ansiosamente cortejados por los principales candidatos, ayudaron a asegurar que los demócratas salieran de la temporada de primarias como algo más cercano al partido de Bill Kristol que al de Krystal Ball. No es probable que se vayan a ninguna parte pronto. 3. Una mayoría en embriónSin duda, existen lecciones tácticas que extraer de la campaña de Bernie 2020, tanto en sus logros como en sus posibles pasos en falso. Sin embargo, las principales fuerzas electorales que derrotaron a Sanders en las urnas — la preferencia de la clase dominante entre los votantes negros de las primarias, la disminución de la participación de los demócratas de la clase trabajadora y la llegada masiva de los ricos de los suburbios al partido — todo ello es anterior a Sanders y es probable que perdure también después de él.Lo que aprendimos en el transcurso de los cinco años de lucha de Bernie es que una campaña presidencial nacional, por muy exitosa que sea en otros aspectos, no podría revertir o incluso detener estas tendencias por sí sola.El socialismo democrático al estilo de Sanders todavía no se ha ganado a una mayoría en Estados Unidos, ni dentro del Partido Demócrata ni fuera de él. Pero no tener una mayoría no es excusa para no construir una. Y aunque la coalición de Sanders no estaba preparada para la victoria en 2020, hay razones para creer que su guerra de cinco años ha puesto la reforma socialdemócrata en el camino hacia una mayoría nacional en la próxima década.En ambas campañas, Sanders ganó a los votantes más jóvenes por márgenes históricos, y no los ganó con el estilo o el carisma, sino con la plataforma quizá más bruscamente ideológica de la historia de las primarias demócratas. Su lucha de cinco años reflejó, impulsó y moldeó simultáneamente la visión del mundo de toda una generación de votantes — forjando un nuevo y serio vínculo entre las condiciones materiales de los estadounidenses menores de cuarenta y cinco años y la marca Sanders de “socialdemocracia de lucha de clases”.Como ha argumentado Connor Kilpatrick de Jacobin, el dominio de Bernie entre los votantes jóvenes es significativo por al menos dos razones que deberían dar forma a la estrategia de la izquierda en los 2020’s. En primer lugar, a pesar del compresible escepticismo sobre la “política generacional”, simplemente no hay precedentes en la historia de EE. UU. de un candidato ideológico que gane a los votantes más jóvenes en tal escala como Sanders lo hizo — no George McGovern y ciertamente tampoco Barack Obama, cuyo apoyo juvenil era mucho más delgado y menos uniformemente distribuido. En la competencia de 2008 contra Hillary Clinton, Obama ganó a los votantes menores de treinta años en California por 5 puntos, y en Texas por 20 puntos. Este año, frente a unas primarias más amplias, Bernie ganó a ese grupo en esos dos estados por al menos 50 puntos.En sus dos campañas, Sanders ganó a los votantes blancos jóvenes, ganó a los jóvenes votantes negros y ganó a los jóvenes votantes latinos — este último grupo con márgenes excesivos (¡84 por ciento!) en estados como California. Muy probablemente, ganó a los jóvenes votantes asiáticos, a los jóvenes votantes musulmanes y a los jóvenes votantes nativos con niveles de entusiasmo similares.En segundo lugar, Sanders no sólo ganó a lo grande con los niños recién salidos de la escuela: a lo largo de cinco años de campaña, mostró una fuerza persistente con los votantes de mediana edad en sus cuarenta años. De los veinte estados que realizaron las encuestas de salida, más votantes menores de cuarenta y cinco años eligieron a Sanders que todos los demócratas “moderados” juntos (Biden, Bloomberg, Buttigieg y Klobuchar) en dieciséis de ellos.En Missouri y en Michigan, se ganó completamente a los votantes entre cuarenta y cuarenta y cinco años. Y en estados clave como Texas, Massachusetts y Minnesota, donde Bernie perdió en general, consiguió ganar a los votantes menores de cincuenta años por dos dígitos.Notoriamente, estos votantes más jóvenes no fueron un número suficientemente grande para ayudar a Sanders en el Super Martes ni después. Pero la conclusión simplista de los medios de comunicación sobre este tema — que el voto de los jóvenes en realidad disminuyó en el 2020 — se basó en encuestas de salida con fallas de 2016, cuya metodología cambió significativamente este año, lo que hace que las comparaciones crudas sobre la forma del electorado prácticamente no tengan valor. En el contexto del aumento de la participación general, de hecho, es casi seguro que el número absoluto de votantes jóvenes en las primarias aumentó en 2020. (En Carolina de Sur, donde se han publicado las cifras oficiales del estado, más de cuarenta mil nuevos votantes menores de cuarenta y cinco años emitieron su voto demócrata, y su índice de participación también aumentó.) Aunque superados por la oleada de demócratas más viejos y ricos de Halliburton, estos nuevos votantes más jóvenes acudieron a la candidatura de Bernie en una medida que contribuyó a cambiar la geografía de su coalición.Aunque Sanders batalló para ganar muchas de las zonas rurales que había arrasado hace cuatro años, su fuerza en las ciudades — y especialmente en los barrios urbanos más jóvenes, racialmente diversos y de menores ingresos — en realidad creció de 2016 a 2020. Con los votantes latinos más jóvenes ahora firmemente en su coalición, Bernie no sólo arrasó en los barrios del este de Los Ángeles, sino que obtuvo victorias abrumadoras en los distritos electorales mixtos y con gran número de inmigrantes de San Diego, Denver, Seattle y Las Vegas. Sanders mostró una fuerza similar en las zonas urbanas más jóvenes y de menos ingresos de todo el país. En el noveno distrito de Minneapolis, de mayoría no blanca, donde fue asesinado George Floyd, Bernie obtuvo la mayoría absoluta. En las ciudades más pequeñas del noreste y el medio oeste, el apoyo para él no disminuyó, si no que aumentó respecto a 2016 — con los votantes urbanos más jóvenes ayudando a Sanders en los primeros estados, desde Portland, Maine, hasta Duluth, Minnesota.Aunque los críticos lo descartan fácilmente como un fenómeno de la “izquierda aburguesada”, los estudiantes graduados que beben café con leche no impulsaron a Sanders a la victoria en ciudades de clase trabajadora como Manchester, New Hampshire, o Brownsville, Texas. Un grupo mucho más amplio de votantes jóvenes y desproporcionadamente urbanos, que ganan mucho menos dinero y poseen muchas menos propiedades que el electorado demócrata en su conjunto, formó el núcleo de la coalición de Sanders.La política de la clase trabajadora aún puede ser el futuroEn todo el mundo, desde Noruega hasta Nueva Zelanda, a medida que los partidos de izquierda de la clase obrera han dado paso a sus descendientes brahmánicos, el alcance y el horizonte de la política de izquierda ha cambiado. Menos interesados en la redistribución económica transformadora — y mucho menos capaces de llevarla a cabo, de todos modos — los progresistas contemporáneos han puesto su fe y su energía en una serie de otros proyectos, desde el ecologismo hasta cuestiones de representación cultural.Sin embargo, los socialistas como Bernie Sanders entienden que pocas de estas luchas por la justicia pueden ganarse, de forma significativa o duradera, si no van acompañadas de una transferencia de poder y recursos a gran escala, ganada por una clase trabajadora decidida.Por sí sola, la guerra de cinco años de Bernie no logró reanimar la política de clases del siglo XX. Pero si hay esperanza de volver a la alineación electoral que produjo cada una de las principales reformas socialdemócratas de la historia — unir a una clase trabajadora diversa en torno a demandas apremiantes de redistribución — ésta se encuentra en los votantes cómplices de Sanders menores de cuarenta y cinco años. No sólo dos tercios o más de estos estadounidenses más jóvenes y pobres apoyan el Acceso Médico para Todos (Medicare for All), los impuestos a las grandes fortunas, y otras reformas significativas — sino que han demostrado, en dos campañas primarias diferentes, que esos compromisos redistributivos fundamentales son lo suficientemente fuertes como para guiar sus opciones de voto. Todavía no se trata de una mayoría socialista, pero es, tal vez, una mayoría socialista en embrión.Y aunque la población estadounidense envejece, esta mayoría embrionaria crece cada año, y dentro de cada uno de los grupos demográficos. A pesar de la leyenda de que los votantes se vuelven más conservadores a medida que envejecen, el consenso académico es que las preferencias ideológicas son, de hecho, bastante estables a lo largo del tiempo. Los millennials de más edad, excluidos de una economía cada vez más desigual, no parecen moverse hacia la derecha. Podemos apostar que la supermayoría que hoy exige un seguro de salud nacional, también lo hará mañana.Si Bernie Sanders no estaba destinado a ser el Abraham Lincoln de la izquierda del siglo XXI, ganando una revolución política bajo su propia bandera, bien podría ser algo así como nuestro John Quincy Adams — el “Viejo Elocuente” cuyos apasionados exabruptos contra el poder esclavista en las décadas de 1830 y 1840 inspiraron a los radicales que lo derrocaron una generación después.Durante la próxima década, esta mayoría embrionaria se enfrenta a al menos dos retos considerables. En primer lugar, y el más apremiante, debe enfrentarse a su principal antagonista dentro del electorado de las primarias: la coalición de demócratas más antigua, rica y en constante crecimiento de Fairfax y Halliburton, cuyos votos los líderes de los partidos siguen cortejando con una retórica patriótica difusa y promesas concretas de reducción de impuestos.A corto plazo, la vía de ataque más prometedora es la de los distritos legislativos, en su mayoría urbanos, desde Los Ángeles hasta Denver y San Antonio, donde predominan los votantes más jóvenes, y donde Sanders superó a todos sus rivales centristas juntos. Las recientes victorias insurgentes de la izquierda en Filadelfia, Pittsburgh, Washington DC y New York sugieren que hay más espacio para que la política democrática-socialista crezca también en las ciudades del noreste.Sin embargo, incluso a corto plazo, los distritos urbanos más jóvenes no serán suficientes para que los izquierdistas del estilo de Sanders superen en votos a los demócratas de Fairfax dentro del partido — mucho menos para ejercer un poder fiscal significativo en los gobiernos estatales más grandes o en el Congreso.Y a largo plazo, la concentración en distritos urbanos extremadamente liberales en las costas — un mapa electoral que sigue a los progresistas brahmánicos dondequiera que vayan — corre el riesgo de acelerar el alejamiento de la izquierda de las cuestiones fundamentales de clase de la redistribución del poder y de lo material. Para algunos activistas brahmánicos, ésta es precisamente la cuestión: un enfoque retrógrado sobre la clase ha impedido a los progresistas comprender que su base natural se encuentra en los suburbios de cuello blanco, que ya comparten la política cultural liberal. “Puedo tomar a alguien que esté profundamente preocupado por el patriarcado y puedo hacerle entender cómo el patriarcado se interseca con el capitalismo,” argumenta Sean McElwee, “mucho más de lo que puedo tomar a alguien que está enfadado porque General Motors le quitó el trabajo y hacerle entender el socialismo”. El descenso generalizado de la participación de la clase trabajadora en la política puede ser incluso algo que celebrar, desde este punto de vista, si hace que más distritos del Congreso pasen del rojo al azul.Sanders tenía una teoría diferente, y sus campañas reunieron una coalición diferente, centrada en los votantes más jóvenes y de menores ingresos desde Brownsville hasta Duluth. En 2020, esa coalición de clase trabajadora no fue suficiente para ganar la nominación demócrata. Y no, Sanders no consiguió darle la vuelta a la historia y devolver a la inmensa reserva de trabajadores alienados y apolíticos a la política primaria.Pero para el 2032, los actuales votantes de Bernie menores de cincuenta años representarán probablemente una mayoría, y ciertamente una pluralidad, dentro del electorado del partido. ¿Qué tipo de izquierda habrá para recibirlos? ¿Será un movimiento progresista completamente post-Sanders, cuyas prioridades están definidas por el discurso de las redes sociales, las ONGs activistas financiadas por multimillonarios y una relación amistosa de trabajo con lo corporativo del Partido Demócrata?Imagina a Sean McElwee dando un discurso de apertura en el Centro Walmart para la Equidad Racial — para siempre. ¿O será una izquierda política la que continúe el trabajo, tomando prestado a Lincoln en Gettysburg, que Sanders ha impulsado tan noblemente hasta ahora? ¿Una izquierda basada en la política de clases y dirigida fundamentalmente a las demandas de redistribución material de la mayoría — sanidad, educación, empleo y apoyo familiar para todos, pagados por los ricos? El futuro aún no está escrito.

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    ¿Mayoría de Putin?

    AI Europa Mayoría de Putin Trad. Luís Rangel

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    Ilya Budraitskis e Ilya Matveev

    Militantes del Movimiento Socialista de Rusia

    Traducción: Luis Rangel

     

    Actualidad Internacional: Latitudes. Europa

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    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    El pasado 2 de febrero Alexey Navalny fue enviado a prisión por dos años y ocho meses. Legalmente, el veredicto no tiene sentido: la corte reemplazó su sentencia suspendida por una real, por no haberse puesto en contacto con las autoridades en Rusia, mientras se recuperaba del envenenamiento con novichok en Alemania. Políticamente, el encarcelamiento de Navalny es peor, ya que llegó justo después del fallido intento de asesinato, ¿de qué otra forma interpretarlo si no es como la “segunda mejor opción” para el régimen? Este desprecio por su imagen sugiere que el Kremlin simplemente no está dispuesto a tolerar por más tiempo las actividades de Navalny. Debe ser encarcelado o asesinado, independientemente de las reacciones.

    Las autoridades adoptaron la misma postura de abierta confrontación hacia las protestas que se dieron después del arresto de Navalny. Las ciudades rusas se inundaron instantáneamente de policía antimotines, de la Guardia Nacional, agentes “anti-extremistas” y otras incontables agencias. Los centros de Moscú y de San Petersburgo fueron completamente cerrados: vehículos armados bloquearon las calles, las estaciones del metro se cerraron por “razones técnicas”. Las protestas del 23 de enero alcanzaron niveles récord, cuando al menos 4,000 personas fueron detenidas alrededor del país. El 31 de enero la cifra alcanzó las 5,700. Con los centros de detención repletos de manifestantes, las nuevas detenidas fueron llevadas a un centro de detención para migrantes en las afueras de Moscú. La falta de celdas es tan severa que cientas de personas pasaron días en los vehículos de la policía sin poder comer ni dormir.

    La última ola de resistencia no tiene precedentes en muchos sentidos. El estilo directo y populista de Navalny, que se centra en la corrupción de la élite y su apoyo de demandas sociales (tales como el aumento del salario mínimo), ha llevado crecientemente a habitantes del “corazón” de Rusia a la órbita de la oposición. Al respecto, las protestas de finales de enero fueron un punto de ruptura. De acuerdo con la socióloga Alexandra Arkhipova, que organizó una encuesta rápida entre las manifestantes, el 39% de 252 de las encuestadas en Moscú y el 47% de las 454 en San Petersburgo estaban asistiendo a su primera protesta. En las regiones el número de nuevas manifestantes parecería ser mayor. Vladimir Zvonovskiy, otro investigador que realizó 20 entrevistas a manifestantes en Samara, declaró que sólo pocas personas habían asistido alguna vez a una reunión de este tipo. La participación en las manifestaciones alcanzó los niveles más altos en la historia en muchas ciudades pequeñas.

    Mientras la investigación y arresto de Navalny provocaban las protestes, sólo una minoría de manifestantes podría ser considerada como plenamente “navalnistas”. De acuerdo con Arkhipova, el 33% de manifestantes en Moscú y el 22% en San Petersburgo “confiaban totalmente” en Navalny, mientras que la mayoría (57% en Moscú y 64% en San Petersburgo) “tienen alguna confianza” en él. Zvonovskiy reportó que algunas de las personas encuestadas no querían reemplazar a Putin con Navalny aunque, no obstante, ansían un cambio social. Estos resultados confirman un hecho obvio: a pesar de la personalidad carismática y mediática de Navalny, las protestas nunca han sido solo sobre él. Esto no puede ser considerado como “su” movimiento. En su forma actual, la oposición rusa está compuesta de una juventud desafiante, estudiantes, trabajadoras y profesionales de cuello blanco cada vez más fuera de Moscú.

    El credo político que junta estas distintas capas puede de manera general definirse como “populista”. Desde el inicio de su carrera, cuando en el 200 se unió al liberal partido Yabloko, la actitud de Navalny hacia la política y los programas ha sido instrumental. Lo que sea que una y expanda al movimiento es bueno, lo que siembre desacuerdos y aleje aliados potenciales es malo. Esto supuso un fuerte contraste con Griogory Yavlinsky, el fundador y eterno dirigente de Yabloko quien siempre ha sido dogmático e intolerante, rechazando cualquier coalición con la izquierda (vista como heredera del estalinismo) o con otros liberales (vistos como los responsables de las desastrosas reformas mercantiles de los 1990, a las que Yabloko se opuso, favoreciendo un enfoque más cauteloso y gradual). El desencanto de Navalny con Yabloko -del que fue expulsado en 2007- no muestra un rechazo a las ideas liberales, sino una antipatía al viejo estilo de los liberales rusos, que son notoriamente reacios a formar una coalición amplia.

    Fue en la búsqueda de esa coalición que Navalny comenzó a alinearse con la extrema derecha a finales de la década de los 2000, presentando una imagen “civilizada” del nacionalismo ruso abrió alianzas con la oposición liberal. Pero al final del 2011, cuando una ola de manifestaciones masivas barrió el país, Navalny reconoció que el nacionalismo -que fue rechazado por la mayoría del movimiento de protesta- no podría ser una plataforma de unidad. Desde ese momento, el comenzó a crear su propia “máquina política”, una plataforma fuertemente personalizada basada en la confrontación retórica entre “el pueblo” -sin una representación política adecuada- y la élite corrupta que ha consolidado su poder en Rusia. A lo largo de la década del 2010, esta actitud populista sirvió de base para las investigaciones anti-corrupción de Navalny, que no solamente apuntaban a oficiales del estado, sino a oligarcas como Oleg Deripaska y Alisher Usmanov. Navaly hizo campaña en contra de la adquisición de enormes riquezas a través de la privatización criminal de las antiguas empresas soviéticas. Gradualmente, mientras la crisis económica rusa se profundizaba y los niveles de pobreza crecían, Navalny se enfocó en la desigualdad social y la creciente degradación del sector público. Uno de sus últimos proyectos insignia, fue con la Alianza de Doctores, un sindicato independiente que pedía mayores salarios en la salud estatal y denunciaba la falta de inversión en los hospitales durante la pandemia.

    Nada de esto significa que Navalny haya girado a la izquierda: su retórica social-populista y su línea nacionalista previa, reflejan su pragmatismo. Las opiniones de Navalny parecen no haber cambiado: aboga por un capitalismo “normal” con una democracia funcional, una gran clase media, y una protección social estatal capaz de aligerar la desigualdad en los ingresos. Él no parece detenerse en la dificultad de alcanzar estas metas en un país pobre, semi-periférica sin implementar amplios cambios estructurales. Aunque sus asesores económicos están conscientes de esta contradicción y proponen solucionarla con políticas neoliberales de libre mercado que dejarían menor espacio para la protección social y la reducción de la desigualdad que prevé Navalny.

    El populismo de Navalny siempre ha estado vinculado al activismo político: en cada uno de sus videos pide a su audiencia no permanecer como espectadores pasivos en las investigaciones anti-corrupción, sino a tomar las calles y luchar por un cambio. Navalny mismo siempre ha estado en la primera línea de esta lucha, lo que conlleva grandes riesgos personales en las condiciones autoritarias de Rusia. Navalny ha sido arrestado y encarcelado por cortos periodos virtualmente después de cada protesta callejera (en total, ha pasado alrededor de un año detrás de las rejas), y su hermano menor, Oleg, ha sido sentenciado a tres años por cargos falsos. La decisión de Navalny de regresar a Rusia y enfrentar sentencias indeterminadas de cárcel es el último ejemplo de su voluntad de pagar un precio personal por sus políticas.

    Es difícil predecir cómo las actuales protestas callejeras se desarrollarán. Por un lado, las manifestaciones de enero vieron emerger a una nueva generación de activistas listas para embarcarse en una larga guerra de desgaste. Por otro lado, el furor alrededor del arresto de Navalny está destinado a agostarse y muchas manifestantes tendrán en cuenta la posibilidad de perder sus trabajos o de ir a la cárcel. Sin embargo, los intentos de las autoridades por suprimir el movimiento -a través de la dura sentencia a Navalny, el arresto domiciliario de sus asociados clave y la intimidación sistemática de sus simpatizantes- se enfoca en el síntoma, no en la causa. Estas medidas están basadas en la teoría del Kremlin de que la protesta es meramente una “tecnología” importada de occidente, que puede ser derrotada con soluciones técnicas, no políticas. En realidad, la represión estatal sólo aplazará una inminente crisis política, que podría golpear durante el ciclo electoral 2021-2024.

    Las elecciones de la Duma en septiembre serán decisivas para la reelección de Putin en 2014. La estrategia del Kremlin para ambas elecciones está basada en el concepto de la “mayoría de Putin”: una masa silenciosa de simpatizantes que le aseguraran el dominio parlamentario absoluto de Rusia Unida, junto con otra victoria triunfal para Putin mismo. En cualquier caso, las protestas de enero han sembrado la duda en este bloque supuestamente invencible, que está amenazado no sólo por quienes tomaron las calles, sino por todas aquellas que vieron la investigación de Navalny y expresaron simpatía cautelosa por las manifestantes. La falta de prospectos sociales, la caída de la calidad de vida impulsada por la pandemia, y la frustración con un régimen político inamovible e irresponsable continuará diluyendo el apoyo a Putin durante los próximos años. Esto creará una nueva configuración política en la que el actual sistema de “democracia tutelada” se podría volver insostenible.

    Además de las protestas callejaras, Navalny y su equipo han desarrollado su propia arma electoral- un esquema de votación táctico altamente avanzado llamado “smart voting”. Aunque las elecciones en Rusia están estrechamente controladas a través de fraudes electorales y la remoción de candidatos independientes, la magnitud de las negligencias varía según las regiones. En muchos casos es posible sacar a Rusia Unida de los parlamentos locales votando por el segundo candidato más popular en distritos de un solo escaño. Esta es precisamente la idea detrás de “smart voting”: los votos movilizados por Navalny se sumarán al segundo candidato con más apoyo orgánico, produciendo una cerrada victoria ante el candidato de Rusia Unida. Por supuesto que el problema es que los otros partidos políticos rusos no suelen ser menos serviles al Kremlin, así que los beneficios de elegirlos son pocos. Sin embargo, el apoyo de Navalny siembra la ambición entre los operadores de nivel medio de los partidos existentes. Irónicamente, esto aplica principalmente con el Partido Comunista de Rusia (PCFR), en tanto que es el segundo partido más popularmente a nivel nacional y el principal beneficiario del “Smart voting”. Gennady Zyuganov, el líder del PCFR, demostró su cobarde sumisión al régimen al denunciar a Navalny y al movimiento de protestas en enero; aunque Valery Rashkin, la cabeza del PCFR en Moscú, rompió filas y defendió a Navalny contra la represión. Los diputados comunistas del parlamento de la ciudad de Moscú incluso viajaron al aeropuerto para encontrarse con Navalny en su regreso a rusia. La razón es simple: “Smart voting” ha incrementado la representación del PCFR en la Duma de entre cinco y diez asientos hasta 45. Navalny y su equipo ya han prometido desencadenar este esquema en las próximas elecciones parlamentarias federales, en una jugada que podría exacerbar la actual inestabilidad.

    La izquierda rusa, principalmente su ala radical y extra-parlamentaria, se acerca a esta crisis en un estad de debilidad organizativa y división interna. Las protestas que comenzaron en enero han revelado una vez más las dos visiones opuestas en la estrategia de la izquierda. De acuerdo a la primera, Navalny y Putin solo son representantes de diferentes fracciones de la clase dominante, y las decenas de miles que salieron en protesta son, por lo tanto, peones en el juego de alguien más. Deberían de ser radicalizados (al llamarlos a abandonar la protesta por pequeños grupúsculos marxistas), o simplemente ignorarlos por considerarlos irrelevantes en la genuina (pero actualmente ausente) lucha de clases. La segunda posición, que han tomado la mayoría de las activistas de izquierda, subraya la necesidad de participar en el movimiento de protestas democráticas, teniendo en mente que trasciende la figura de Navalny. La composición de las recientes protestas, que han atraído a un gran número de nuevas participantes cuya principal demanda es la justicia social, abre un espacio para las ideas socialistas. Este movimiento impulsado por jóvenes, centrado en el rechazo a la desigualdad social y al privilegio de la élite, es mucho más susceptible a la izquierda que, por ejemplo, las manifestaciones por “elecciones justas” de hade una década. Nadie puede garantizar su éxito; sin embargo, entre el amplio espectro de manifestantes hay más que nunca la demanda de democracia y socialismo.

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