Autor: AndreuColl4

  • Alain Krivine (1941-2022). El optimismo de la voluntad

    Alain Krivine (1941-2022). El optimismo de la voluntad

    krivine (2)

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    Léon Cremieux

    Militante del NPA

    Traducción: Punto de Vista Internacional

    Actualidad Internacional: Luchas y Movimientos

    17/03/2022

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    uestro camarada Alain, durante más de 40 años, habrá estado en el centro de la vida y la dirección de nuestra Internacional y de su sección francesa, al tiempo que ha contribuido a la construcción de otras secciones. Fue uno de los principales portavoces de nuestras ideas y de nuestras luchas internacionalistas, buscando siempre mantener las conquistas políticas de nuestro movimiento, construirlo con paciencia, al tiempo que empujaba siempre a abrirse a nuevas experiencias, a nuevas movilizaciones, a integrarse en ellas con una preocupación permanente por la acción unitaria y la ausencia de sectarismo.

    Nacido en plena Segunda Guerra Mundial en la Francia ocupada por los nazis, su juventud estuvo obviamente marcada por los crímenes del fascismo, pero también por el auge de las luchas anticoloniales, las revoluciones cubana y argelina, todos ellos grandes acontecimientos de la segunda mitad del siglo XX que impulsaron la aparición de una nueva generación de decenas de miles de jóvenes que, en todos los continentes, se sumaron a la lucha revolucionaria. Fue durante estos años cuando Alain inició una trayectoria política que, desde finales de los años 50, le llevó de la oposición de izquierdas en el PCF a la Ligue communiste/LCR y luego a la creación del NPA. Este camino pronto se cruzó con la Cuarta Internacional.

    Alain, como muchos activistas de la posguerra, comenzó su actividad dentro del PCF. Militante comunista ejemplar, pronto se enfrentó y se opuso a la posición del PCF con respecto a la guerra colonial en Argelia. Partidario del FLN y de la lucha por la independencia de Argelia, se implicó en las redes de apoyo al FLN a finales de los años 50, y luego, como activista de la Unión de Estudiantes Comunistas (UEC), dirigió el Frente Unido Antifascista en la Universidad de la Sorbona de París. Tras ingresar en el PCI (sección francesa de la IV Internacional) en 1961 (en el que ya militaban sus dos hermanos Jean-Michel y Hubert), desempeñó un papel central en la construcción de la oposición de izquierdas en la UEC, que desembocó en la ruptura con el PCF cuando éste apoyó la candidatura de François Mitterrand en 1965 y en la creación de la Juventud Comunista Revolucionaria (JCR). Alain fue uno de sus principales dirigentes, al tiempo que participó en la creación del Comité Nacional de Vietnam (CVN) en solidaridad con la lucha del pueblo vietnamita.

    En febrero del 68, con el CVN, Alain y otros compañeros como Daniel Bensaid participaron en una manifestación internacional contra la intervención estadounidense en Vietnam organizada en Berlín por el SDS (Sozialistischer Deutscher Studentenbund) con Rudi Dutschke. Esta concentración (una manifestación de 20.000 personas) inspiró al CVN a utilizar métodos de demostración espectaculares.

    Fue uno de los líderes más destacados del movimiento de Mayo del 68, en el que el JCR desempeñó un papel predominante en el movimiento juvenil estudiantil, especialmente en la región de París. Como todas las organizaciones de extrema izquierda, incluida la JCR, fueron disueltas por el gobierno gaullista tras el fin de la huelga general, Alain fue encarcelado con otros compañeros durante el verano de 1968 y luego se alistó para el servicio militar. Al mismo tiempo, los militantes de la JCR sentaban las bases de lo que sería la Liga Comunista (LC) que, reuniendo también las fuerzas del PCI, se convirtió, en la primavera de 1969, en la sección francesa de la IV Internacional. A partir de entonces, la vida de Alain se entrelazará con la de la Liga Comunista, de la que se convirtió en abanderado a partir de las elecciones presidenciales de 1969, cuando fue candidato por la Liga. Al mismo tiempo, junto con otros jóvenes camaradas de la Liga, se implicó en la dirección de la Internacional junto a los veteranos, especialmente Ernest Mandel, Livio Maitan y Pierre Frank.

    Se convirtió entonces, durante 40 años, en el principal referente político de los militantes de la LC/LCR, en el pilar diario de la dirección y del contacto con las ciudades. Portavoz principal, el único realmente conocido a gran escala hasta 2002, fue la voz de la LC/LCR, el incansable animador de cientos de reuniones para las secciones de la Liga, grandes o pequeñas. Seguramente fue el líder que

    líder que conocía mejor las secciones y los compañeros de las ciudades, el mapa político vivo de la LCR. Apegado a un meticuloso trabajo militante, estaba tan atento a la actividad política diaria del partido como a aprovechar todas las posibilidades de organizar campañas unitarias, de entrar en contacto y colaborar con otras corrientes militantes.

    A nivel internacional, mostró la misma energía, viajero incansable, haciendo que nuestra Internacional se beneficiara del eco recibido por una figura del Mayo francés, para desarrollar numerosas giras de encuentros, iniciativas como la Europa Roja en Bruselas o el aniversario de la Comuna de París en 1971. Energía también para desarrollar la solidaridad con el pueblo palestino, el FLNKS o la resistencia antiburocrática de Solidarnosc, la solidaridad con la lucha antiburocrática en Checoslovaquia de Petr Uhl y sus compañeros, en los vínculos con los compañeros de los países sometidos al neocolonialismo. Su oficina en la imprenta Rotographie de Montreuil vio pasar a cientos de camaradas, representantes de organizaciones antiimperialistas y revolucionarias, y él mismo se dedicó con la misma energía a ir a muchos países para defender nuestras ideas y conocer los movimientos revolucionarios de allí. En los años 70 y 80, como lector diario de L’Humanité, estuvo siempre atento a lo que ocurría en el CPF y en los demás PC, a la crisis internacional del estalinismo. Además, siempre estuvo apegado, en Francia, a las posibilidades de trabajo unitario con las corrientes provenientes del CPF. Se preocupó por superar las fronteras de la LCR y avanzar hacia una agrupación política capaz de ocupar el lugar del PCF en las clases trabajadoras. Uno de los primeros en comprender la importancia de movimientos como los de 1995, de las luchas de los indocumentados, teniendo el anticolonialismo en el corazón, participó activamente en los vínculos con los compañeros y las organizaciones de Argelia, las Antillas, Córcega y Kanaky. Tras la revolución sandinista en Nicaragua, participó dos veces como observador en las elecciones de 1984 y 1990, y también fue a Venezuela durante la revolución bolivariana. A principios de la década de 2000, también mantuvo contactos con camaradas que querían fundar una organización de la Cuarta Internacional en Rusia.

    Su elección como miembro del Parlamento Europeo, de 1999 a 2004, junto con Roseline Vachetta, dio aún más eco y posibilidades de acción internacionalista, especialmente en un periodo de desarrollo del movimiento antiglobalización y de los foros sociales europeos y mundiales de Florencia, Londres, Porto Alegre y Mumbai. Esta presencia también dio más eco al apoyo de Alain y Roseline a muchas luchas y también permitió el desarrollo de importantes actividades conjuntas de la izquierda anticapitalista europea (entre otros con el SSP escocés, Rifundazione de Italia, el SWP inglés, el Bloco portugués, la Alianza Roja y Verde de Dinamarca). Alain fue uno de los principales impulsores de la campaña de Olivier Besancenot en 2001 y un ferviente partidario de la creación de la APN desde 2009. Aportó su calidad política y humana hasta el final. En 2015, estuvo presente en el Primero de Mayo en Kiev y más tarde se unió a la conferencia de la izquierda ucraniana que dio lugar al lanzamiento del Movimiento Social Ucraniano (Sotsialny Roukh).

    Alain se centró en la organización de nuestra corriente, en la acción política concreta para hacer avanzar nuestras ideas, en las iniciativas unitarias, en el debate directo con otras fuerzas internacionales, con otras corrientes para encontrar vías de acción común. Fue uno de los artífices del fortalecimiento y la apertura del EI, que permitió acoger a militantes y organizaciones de otras tradiciones.

    Su inteligencia intentó compensar el pesimismo de los reveses con el optimismo de la voluntad. Nos enseñó un marxismo revolucionario sin arrogancia, unitario y que busca constantemente el camino de la acción concreta. Intentaremos ser fieles a ella.

     uaje, etc.

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  • Debate Ucrania: Achcar responde a Kouvelakis

    Debate Ucrania: Achcar responde a Kouvelakis

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    Gilbert Achcar

    Profesor de la SOAS, Londres

    Traducción: Viento Sur

    Fuente: Contretemps

    Especiales temáticos: Guerra en Ucrania

    09/03/2022

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    tathis Kouvélakis (SK) ha publicado una respuesta de 51.900 caracteres a mi memorándum de sólo 6.300 caracteres; más bien se trata de una crítica, ya que mi texto no tiene nada que ver con sus posiciones, que yo desconocía, a no ser que quisiera actuar como portavoz de mis detractores neocampistas. En ese texto, SK abre muchas puertas de par en par. El cuestionamiento de la decisión de ampliar la OTAN se expresa hoy en día en todas partes, incluso en los principales medios de comunicación burgueses e imperialistas. Realmente no tiene mucho sentido dedicarle tanto espacio si el objetivo era responderme, sobre todo porque SK sabe muy bien que llevo mucho tiempo denunciando esta decisión y sus desastrosas consecuencias, en particular en mi libro La Nouvelle Guerre froide: Le monde après le Kosovo, publicado en 2000 (estoy preparando una segunda edición muy ampliada), y que incluso cita más de una vez. SK podría haberse dado cuenta de que mi memorándum pretendía definir de forma inmediata una posición concisa sobre las cuestiones más directamente relacionadas con la invasión rusa, y no recapitular las posiciones de siempre. Y si se hubiera tomado la molestia de escuchar la entrevista que concedí el 2 de marzo a Julien Salingue para el NPA, se habría dado cuenta de que no soy yo quien necesita ser convencido de la necesidad de pronunciarse a favor de la disolución de la OTAN. Dicho esto, analicemos, de todos modos, los argumentos de SK . Sólo comentaré aquello que me parece problemático de lo que dice, no las cosas con las que sólo puedo estar de acuerdo, la mayoría de las cuales he dicho muchas veces. Y pido disculpas por la longitud de este texto, aunque es menos de la mitad del de SK. Esto se debe a que, para restablecer los argumentos, he tenido que citar pasajes enteros de su respuesta, así como de mi memorándum. Empecemos por el escenario que SK establece antes de desplegar sus argumentos. Cree ver una división Norte-Sur en el hecho de que, como él lo describe: En cambio, en los países del Sur Global, en América Latina, África, el mundo árabe-musulmán, y en gran parte de Asia el apoyo a Rusia, o al menos cierta benevolencia hacia ella, está mucho más extendido, tanto en la opinión pública como en algunos sectores de la izquierda. Una tendencia que, según él se refleja también en las posiciones de un importante número de gobiernos, treinta y cinco de los cuales se abstuvieron en la ONU durante la votación de la resolución de condena de la invasión rusa, entre ellos China, India, Vietnam, Cuba, Venezuela y Bolivia. Veamos primero los hechos. En la parte del mundo de donde provengo, la zona de habla árabe, los únicos partidos de izquierda que apoyaron la invasión rusa fueron los vinculados al régimen sanguinario de Bashar al-Assad, bajo protectorado ruso. Los dos principales partidos comunistas de la región, el de Irak y el de Sudán, han condenado abiertamente la invasión rusa, al tiempo que han denunciado (convenientemente) la política del imperialismo estadounidense. En su comunicado, el PC de Sudán, tras denunciar los conflictos entre fuerzas imperialistas, «condena la invasión rusa de Ucrania y exige la retirada inmediata de las fuerzas rusas de ese país, al tiempo que condena la continuación, por parte de la alianza imperialista liderada por Estados Unidos, de su política de atizar las tensiones y la guerra, y de amenazar la paz y la seguridad mundiales». Los comunistas sudaneses están bien situados para conocer la verdad sobre el imperialismo ruso, la única de las grandes potencias que apoya abiertamente a los golpistas en su país. En la votación de la Asamblea General de la ONU sobre la condena de la invasión rusa, como dice SK, treinta y cinco países se abstuvieron. Y todos ellos están en el Sur Global, por la buena razón de que los países del Norte Global votaron a favor (todos los países occidentales y aliados) o en contra (la propia Rusia y Bielorrusia). Sin embargo, no hace falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que entre los 141 países que votaron a favor de la resolución, había mucho más de 35 países del mismo Sur global. Así pues, ¿se trata de una «división Norte-Sur», como afirma SK, o de una división entre amigos y/o clientes del imperialismo occidental, por un lado, y amigos y/o clientes del imperialismo ruso, por otro? Y como la mayoría de estos últimos son también amigos y/o clientes del imperialismo occidental, prefirieron abstenerse antes que sumar sus votos a los de los cinco Estados que votaron en contra de la resolución, que, además de los dos ya nombrados, son Corea del Norte, Siria y Eritrea. SK comenta «la forma campista en que se percibe a la Rusia de Putin, una potencia imperialista secundaria y regresiva, en la escena mundial», explicando que «esta percepción distorsionada, subproducto de la abrumadora dominación de Estados Unidos, es la que, mediante una especie de ilusión óptica, le atribuye algunas de las características de la URSS de antaño» y la que hace que los Estados «del Sur que pretenden jugar su propia carta (es decir, con algunas excepciones, también los países capitalistas como China o India), lo ven con diversos grados de benevolencia, como un aguafiestas frente a la hiperpotencia estadounidense». Cabe señalar de paso que Rusia tiene el mayor arsenal nuclear del mundo, no el segundo como afirma SK en su texto. Incluso tiene más cabezas nucleares que las tres potencias nucleares de la OTAN -Estados Unidos, Francia y Reino Unido- juntas. Estaríamos en un mundo aún más terrible de lo que ya es si «los países del Sur que pretenden jugar su propia carta» fuesen todos de la misma calaña que China –de por sí objeto de debate en cuanto a su carácter imperialista, lo que demuestra lo simplista que es el esquema Norte-Sur en política– o la India fascista de Narendra Modi. Pero, ¿por qué la India de Modi iba a “jugar su propia carta” y no, por ejemplo, el México de AMLO, el Afganistán de los talibanes, el Brasil de Bolsonaro (aunque admirador de Putin), el Myanmar de los generales (amparado por Pekín) o la Filipinas de Duterte, todos los cuales votaron a favor de la resolución de la ONU? De hecho, la presentación sesgada de los hechos por parte de SK sólo sirve para poner de relieve su enfoque general del tema. Esto me lleva a la «nueva Guerra Fría» que, según mi análisis de hace más de veinte años, comenzó con el cambio de siglo, con la guerra de Kosovo (1999) que precipitó una situación que se había estado gestando durante toda la primera década postsoviética. SK no leyó bien lo que escribí en mi memorandúm: La invasión rusa de Ucrania es el segundo momento decisivo de la nueva Guerra Fría en la que se ha sumido el mundo desde el cambio de siglo, como consecuencia de la decisión de Estados Unidos de ampliar la OTAN. El primer momento definitorio fue la invasión estadounidense de Irak en 2003. Esto significa, nada más y nada menos, que en esta nueva Guerra Fría que se comenzó «con el cambio de siglo», ha habido hasta ahora dos momentos determinantes: la invasión de Irak en 2003 y la invasión de Ucrania en la actualidad. Desde luego, no he cambiado de opinión sobre cuándo empezó, como puede haber pensado SK. El tono de su respuesta sube a medida que avanza el texto. En el memorandúm señalo que, tras su aplastante derrota en Irak, «la propensión del imperialismo estadounidense a invadir otros países se ha reducido mucho, como lo confirma la reciente retirada de sus tropas de Afganistán». Y luego añado: El destino de la invasión rusa de Ucrania determinará la propensión de todos los demás países a la agresión. Si fracasa, el efecto sobre todas las potencias mundiales y regionales será de una fuerte disuasión. Si tiene éxito, es decir, si las botas de Rusia logran «pacificar» a Ucrania, el efecto será un cambio importante en la situación mundial hacia una ley de la selva sin límites, envalentonando al propio imperialismo estadounidense y a sus aliados para que continúen con su propio comportamiento agresivo. Este razonamiento es doblemente insostenible”, escribe SK. “En primer lugar”, continúa, el paralelismo entre la invasión de Ucrania y la de Irak es muy engañoso. Es cierto que ambos fueron actos de agresión y violación de la soberanía e integridad de un Estado. Pero la comparación termina ahí. Porque Irak está a miles de kilómetros de Estados Unidos y no se trataba de que se uniera a una alianza militar hostil a Washington […]. Actualmente, Ucrania cuenta con el apoyo militar, económico y diplomático de todo el campo occidental, encabezado por Estados Unidos, mientras que Irak no contaba con el apoyo de nadie y los talibanes sólo con el de Pakistán. Aparte de que ya he señalado estas diferencias, más que en ningúna otra web en la web en la que participa SK [Contretemps] ¿en qué la lejanía de Irak y el hecho de que no fue apoyada por nadie hacen que el destino de la invasión rusa de Ucrania no determine «la propensión de todos los demás países a la agresión»? Misterio. SK continúa: Si, gracias al masivo apoyo occidental, gana militarmente, lo que sería justo en la medida en que defiende la integridad de su territorio contra un invasor, será todo el bloque occidental el que celebre esta victoria como propia. Y, precisamente por esta victoria, podrá borrar las desastrosas imágenes de Kabul y Bagdad, que es sin duda una de las principales razones de la histeria belicista que recorre actualmente las capitales y los medios de comunicación occidentales. Al borrar sus imágenes de derrota, se envalentonará para continuar su marcha hacia el este y seguir imponiendo su dominio a nivel mundial, aunque de forma menos costosa que las expediciones como las de Irak y Afganistán. En resumen, según SK, una victoria ucraniana sería «justa» pero de consecuencias desastrosas. Uno se pregunta si, por la misma lógica, la justicia no debería sacrificarse a la batalla suprema contra el «bloque occidental», como sostienen algunos en la pseudoizquierda neocampista. Por mi parte, escribí que un éxito ruso –que, por cierto, sigue siendo la hipótesis más probable en el futuro inmediato– envalentonaría “al propio imperialismo estadounidense y a sus aliados para que continúen con su propio comportamiento agresivo”. SK le da la vuelta al mismo término para decir que un fracaso ruso haría lo mismo. No estoy de acuerdo: Estados Unidos ya se ha beneficiado enormemente de las acciones de Putin. Deberían estar muy agradecidos al autócrata ruso. El éxito de la invasión de Ucrania por parte de Rusia animaría a Estados Unidos a reanudar su camino de conquista mundial por la fuerza en un contexto de exacerbación de la nueva división colonial del mundo y de endurecimiento de los antagonismos globales, mientras que un fracaso ruso –que se sumaría a los fracasos estadounidenses en Irak y Afganistán– reforzaría lo que seconoce en Washington como el síndrome de Vietnam. Además, me parece bastante claro que una victoria rusa reforzaría enormemente el belicismo y la presión para aumentar el gasto militar en los países de la OTAN, mientras que una derrota rusa proporcionaría unas condiciones mucho mejores para librar nuestra batalla por el desarme general y la disolución de la OTAN. Las siguientes palabras de SK no encajan bien con la coletilla [de la redacción de Contretemps] que precede a su artículo, en la que se afirma que la redacción no transigirá con «nuestro respetuoso marco». Cito: la posición radical antiimperialista que defiende GA equivale a abogar no por la paz, sino por una victoria militar para Ucrania, que el apoyo logístico occidental debe hacer posible. Esta posición asume su belicismo, de ahí su pretensión de radicalidad, a la que dota de una dimensión antiimperialista, ya que se trata de derrotar al imperialismo ruso, salvo que en este aspecto es Joe Biden quien se convierte en el verdadero campeón del antiimperialismo. Esto es tan lamentable que no merece ser comentado. Sigamos leyendo: Ignorando el carácter interimperialista del conflicto actual, malinterpreta las consecuencias –por muy previsibles que sean– de una victoria obtenida en estas condiciones; a saber, una Ucrania avasallada, integrada orgánicamente en la OTAN, una Rusia asediada por todos lados por una alianza militar que la trata como un objetivo, unatlantismo triunfando sin oposición sobre Europa y más allá. Si Ucrania consiguiera deshacerse del yugo ruso, se vería avasallada, argumenta SK, lo que, en efecto, es más que probable. Pero lo que no menciona es que si no lo hiciera, estaría esclavizado a Rusia. Y no hace falta ser medievalista para saber que ser vasallo es incomparablemente mejor que ser siervo. Lo que ocurre es que SK, a pesar de sus esfuerzos, no puede ocultar que lo que quiere es una especie de empate, más que una derrota rusa. Escribe: Esta sombría posibilidad no hace que la resistencia ucraniana a la invasión rusa sea menos legítima, pero debemos tener claras las implicaciones de la configuración actual y no engañarnos. La dificultad fundamental a la que se enfrenta la izquierda contra la guerra en este momento es que, como en cualquier conflicto interimperialista, la victoria de uno u otro bando tiene consecuencias devastadoras, la peor de las cuales es sin duda una conflagración generalizada en Europa. Su problema es que es ilusorio esperar un empate en caso de invasión de un país por otro. El cese de los combates con una retirada incondicional del invasor hasta las fronteras antes del 24 de marzo sería una victoria para Ucrania. El cese de los combates con la ocupación de una gran parte del territorio ucraniano, si no el sometimiento de toda Ucrania, sería una victoria para Rusia.

    Un resultado intermedio sería un éxito moderado para Moscú. Pasemos ahora a la cuestión del armamento de la resistencia ucraniana. Yo escribí: Estamos a favor de la entrega incondicional de armas defensivas a las víctimas de la agresión, en este caso, al Estado ucraniano que lucha contra la invasión rusa de su territorio. Ningún antiimperialista responsable le pidió a la URSS o a China que entraran en guerra en Vietnam contra la invasión estadounidense, pero todos los antiimperialistas radicales estaban a favor de un mayor suministro de armas de Moscú y Pekín a la resistencia vietnamita. Darles a los que luchan en una guerra justa los medios para luchar contra un agresor mucho más poderoso es un deber internacionalista elemental. Oponerse en bloque a estas entregas contradice la solidaridad elemental debida a las víctimas. Comentarios de SK: Este paralelismo con Vietnam parece, como mínimo, de mal gusto. Zelenski no es el nazi al que se refiere Putin, pero tampoco es Ho Chi Minch… El gobierno ucraniano es un gobierno burgués, al servicio de los intereses de una clase de oligarcas capitalistas, similar al que domina Rusia y en las demás repúblicas de la antigua URSS, y que pretende incorporar al país al campo occidental sin preocuparse de las previsibles consecuencias de semejante opción. Si bien es víctima de una agresión inaceptable, no representa ninguna causa progresista más amplia y sería completamente absurdo que las fuerzas de izquierda dignas de ese nombre defiendan que se arme. Según esta lógica, sólo se puede apoyar a un pueblo que resiste contra una invasión imperialista sobrearmada si su resistencia está dirigida por comunistas y no por un gobierno burgués. Se trata de una vieja posición ultraizquierdista sobre la cuestión nacional, que Lenin ya criticó en su tiempo. El apoyo a una lucha justa contra la opresión nacional, por no hablar de la ocupación extranjera, debe darse independientemente de la naturaleza de su liderazgo: si se trata de una lucha justa, implica que la población afectada está activamente involucrada y merece apoyo, independientemente de la naturaleza de su liderazgo. Ciertamente, no son los “oligarcas capitalistas” los que se movilizan en masa con las fuerzas armadas ucranianas en forma de guardia nacional improvisada y de petroleras [referencia a las mujeres que combatieron por la Comuna] de nuevo cuño, sino el pueblo trabajador de Ucrania. Y en su lucha contra el gran imperialismo ruso, dirigido por un gobierno autoritario y oligárquico ultrarreaccionario que preside el destino de uno de los países más desiguales del planeta, el pueblo ucraniano merece todo nuestro apoyo, que no es, sin embargo, acrítico hacia su gobierno. El problema central de SK es que se equivoca sobre lo que es una guerra interimperialista. Si bastara con que fuera una guerra en la que cada bando fuera apoyado por un rival imperialista, entonces todas las guerras de nuestro tiempo serían interimperialistas, ya que por regla general basta con que un imperialista rival apoye a un bando para que el otro apoye al bando contrario. Una guerra interimperialista no es eso. Se trata de una guerra directa entre dos potencias, no de una guerra por delegación, cada una de las cuales pretende invadir el dominio territorial y (neo)colonial de la otra, como lo fue claramente la Primera Guerra Mundial. Como le gustaba llamarla a Leni, se trata de una «guerra de saqueo» por ambas partes. Calificar el actual conflicto en Ucrania, en el que ésta no tiene ninguna ambición, y mucho menos intención, de apoderarse del territorio ruso, y en el que Rusia tiene la intención declarada de subyugar a Ucrania y apoderarse de una gran parte de su territorio, como conflicto interimperialista, en lugar de guerra imperialista de invasión, es una escandalosa distorsión de la realidad. «Hoy en día», escribe SK, «dada la naturaleza de las fuerzas implicadas, la entrega de armas a Ucrania sólo puede tener un propósito, asegurar su futuro vasallaje y transformación en un puesto avanzado de la OTAN en el flanco oriental de Rusia». Esto no es cierto. El único objetivo de suministrar armas a Ucrania es ayudarle a oponerse a su esclavitud, aunque también quiera su vasallaje creyendo que es la única garantía de su libertad. Por supuesto, también debemos oponernos a su vasallaje, pero por el momento debemos ocuparnos de los asuntos más urgentes. SK continúa su carga: Dados los incalculables riesgos que conllevaría, ¿por qué oponerse, como argumenta el GA, sólo a la intervención militar directa en este conflicto y no a cualquier forma de intervención militar? ¿Es únicamente el innegable riesgo nuclear una razón suficiente para limitar la restricción a la intervención directa? La respuesta es: sí, por supuesto. Ciertamente, es una condición suficiente, pero no es la única: la razón más directa –la que, a diferencia de la nuclear, no es hipotética (la disuasión mutua obliga), sino cierta– es que la entrada en guerra directa del otro bando imperialista transformaría el conflicto actual en una verdadera guerra interimperialista, en el sentido correcto del concepto, un tipo de guerra al que somos categóricamente hostiles. «La línea que separa la intervención directa de la indirecta es menos clara de lo que algunos parecen pensar», dice SK. La línea es más clara de lo que piensa. Por eso, los miembros de la OTAN son unánimes (y no solo Emmanuel Macron, cuya sabiduría alaba SK) al declarar que no cruzarán la línea roja de enviar tropas para combatir a las fuerzas armadas rusas en suelo ucraniano, o derribar aviones rusos en el espacio aéreo ucraniano (a pesar de las exhortaciones de Volodimir Zelenski). Esto se debe a que temen, con razón, una espiral fatal, escépticos, como se han vuelto, sobre la racionalidad de Putin, que no dudó en blandir la amenaza nuclear desde el principio. Si la lucha de los ucranianos contra la invasión rusa es justa, como admite SK a regañadientes, entonces es justo ayudarles a defenderse de un enemigo muy superior en número y armamento. Por eso estamos, sin dudarlo, a favor de entregar armas defensivas a la resistencia ucraniana. ¿Qué significa eso? Aquí también, SK no ve más que fuego. Por ejemplo, estamos ciertamente a favor de suministrar misiles antiaéreos, portátiles o no, a la resistencia ucraniana. Oponerse a esto sería decir que las y los ucranianos sólo tienen más opción que ser masacrados y ver sus ciudades destruidas por la aviación rusa, sin tener los medios necesarios para defenderse o huir de su país. Pero, al mismo tiempo, no sólo debemos oponernos a la irresponsable idea de imponer una zona de exclusión aérea sobre Ucrania o parte de su territorio; también debemos oponernos a la entrega de aviones de combate a Ucrania, como prevé Joe Biden. Los cazas no son un arma estrictamente defensiva, y suministrarlos a Ucrania supondría, de hecho, el riesgo de intensificar el bombardeo ruso. En resumen, estamos a favor de suministrar a Ucrania armas antiaéreas y antitanques, así como todo el armamento necesario para defender un territorio. Negarse a entregar estas armas es simplemente ser culpables de no ayudar a un pueblo en peligro. Pedimos la entrega de esas armas defensivas para la oposición siria. Estados Unidos se negó a hacerlo e incluso impidió que sus aliados locales las entregaran, principalmente por el veto israelí. Sabemos cuáles fueron las consecuencias. El penúltimo punto: las sanciones. Yo escribí: Las potencias occidentales decidieron toda una serie de nuevas sanciones contra el Estado ruso por su invasión de Ucrania. Algunas de ellas pueden reducir efectivamente la capacidad del régimen autocrático de Putin para financiar su maquinaria bélica, otras pueden perjudicar a la población rusa sin afectar demasiado al régimen o a sus acólitos oligárquicos. Nuestra oposición a la agresión rusa, combinada con nuestra desconfianza en los gobiernos imperialistas occidentales, significa que no debemos apoyar sus sanciones ni exigir su levantamiento. Otra forma de traducir esto es decir que apoyamos las sanciones que afectan a la capacidad de Rusia para hacer la guerra y a sus oligarcas, pero no las que afectan a su población. Esta última formulación es correcta en principio, pero debe traducirse en términos concretos. No tenemos los medios para examinar el impacto de toda la gama de sanciones ya impuestas por las potencias occidentales a Rusia. En cuanto a SK, el cree que La tarea de la izquierda es denunciar la función política de este dispositivo y mostrar que es sobre todo un instrumento para asfixiar a un país que perturba el orden mundial configurado por la supremacía estadounidense y occidental, un instrumento que, en el fondo, se diferencia poco de un acto de guerra. Una vez más, no ver que diferentes sanciones pueden desempeñar diferentes papeles es un signo de falta de percepción dialéctica. A diferencia de las posiciones dogmáticas del SK, nosotros definimos nuestra posición a la luz del «análisis concreto de la situación concreta», como bien dijo un gran crítico del dogmatismo de izquierdas. En cuanto a la caracterización del imperialismo ruso como «un país que perturba el orden mundial configurado por la supremacía estadounidense y occidental», esto revela de nuevo la esencia del pensamiento de SK. Al final del artículo, SK señala un área de acuerdo: «Por otro lado, sólo se puede estar de acuerdo con GA en el último punto que menciona: la acogida incondicional de los refugiados ucranianos». Sin embargo, se apresura a añadir: «Pero no se puede hacer sin señalar que el cuasi-consenso que lo rodea es un ejemplo flagrante del doble rasero del cínico discurso dominante». En mi texto, muy conciso, SK parece no haberse dado cuenta de que ya lo planteo indirectamente al pedir «que se abran todas las fronteras a los refugiados de Ucrania, como debería hacerse con todos los refugiados que huyen de la guerra y la persecución, independientemente de su origen». Para nosotros, esto es evidente, al igual que la hostilidad hacia la OTAN

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    Qué nos dice la invasión de Ucrania por Rusia sobre el imperialismo del siglo XXI. Entrevista a Claudio Katz

    Qué nos dice la invasión de Ucrania por Rusia sobre el imperialismo del siglo XXI

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    Claudio Katz

    Economista marxista argentino, autor de Bajo el imperio del capital

    Traducción: Punto de Vista Internacional

    Fuente: Green Left

    Actualidad Internacional: Entrevista con…

    09/03/2022

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    a guerra de Rusia contra Ucrania ha abierto debates sobre la naturaleza de la invasión y sobre la posición que deben adoptar los antiimperialistas en el conflicto. Para discutir estas cuestiones y el estado del imperialismo del siglo XXI, Federico Fuentes de Green Left habló con el economista marxista argentino Claudio Katz, autor de Bajo el imperio del capital.

    * * *

    Hay varias posiciones dentro de la izquierda respecto a la invasión rusa de Ucrania. ¿Cómo caracterizaría usted las acciones de Rusia?

    Creo que hay que ver esto en dos planos. El primero es registrar que la invasión de Ucrania fue una respuesta a la beligerancia del imperialismo estadounidense. El Pentágono ha intentado en innumerables ocasiones incorporar a Kiev a la red de misiles de la OTAN. El Kremlin intentó frenar esta posible agresión proponiendo negociaciones, pero nunca obtuvo respuesta.

    La invasión de Ucrania es un «punto de inflexión» para la Rusia de Putin Lea la cobertura de Izquierda Verde sobre la guerra en Ucrania Propuso un estatus de neutralidad para Ucrania, similar al de Finlandia y Austria durante la Guerra Fría. Rusia también pidió la reanudación del tratado que regula la desactivación de ciertas armas atómicas. Se trata de demandas legítimas, dada la larga y terrible historia de sufrimiento de Rusia a manos de invasiones extranjeras y la mayor sensibilidad de su población ante cualquier amenaza de este tipo.

    Por otro lado, [el presidente ruso Vladimir] Putin exagera cuando denuncia que se está produciendo un «genocidio» en el Donbass [en el este de Ucrania], en referencia a la violencia ejercida por las milicias reaccionarias. Estos son los sectores a los que se refiere cuando exige la «desnazificación». Desde 2014, estas bandas de ultraderecha han bloqueado cualquier intento de solución negociada. Rechazan la reintegración del este como regiones autónomas con derechos reconocidos para la población rusoparlante.

    Pero con la invasión rusa, es Putin quien ha enterrado los acuerdos que promovía buscando la neutralidad de Ucrania. Aquí es donde pasamos al segundo plano. Putin optó por una invasión, asignando al Kremlin el derecho a derrocar a un gobierno adverso. Esta decisión es injustificable y funcional a los intereses del imperialismo occidental.

    Es cierto que Estados Unidos había avanzado en las negociaciones para incorporar a Ucrania a la OTAN. Pero Ucrania no ha dado este paso, no ha instalado misiles y las milicias fascistas no han realizado actos de agresión a gran escala. La decisión de invadir un país, rodear sus principales ciudades y cambiar su gobierno no puede justificarse como una acción defensiva de Rusia.

    Putin ha demostrado un completo desprecio por los ucranianos. Incluso si [el presidente ucraniano Volodymyr] Zelensky encabeza un «gobierno de drogadictos», como afirma Putin, es el pueblo ucraniano el que debe decidir quién debe sustituirle. Esta no es una decisión para el Kremlin. El ataque de Rusia ha despertado el pánico y el odio hacia la fuerza de ocupación. Esta misma oposición puede verse en todo el mundo.

    Putin ha ignorado la principal aspiración de todos los implicados en el conflicto: una solución pacífica. Fue incluso más allá y señaló que Ucrania no tenía derecho a existir como nación. Esta caracterización es aún más inaceptable. Es un desafío directo al derecho de un pueblo a decidir su destino.

    Esta perspectiva lleva implícita una reivindicación del antiguo modelo opresivo zarista e indica que la incursión no estuvo impulsada únicamente por motivaciones defensivas o geopolíticas. También se deriva de una perspectiva despótica, que Moscú se asigna a sí misma, alegando que Ucrania pertenece a las fronteras de Rusia.

    Por estas razones, criticar las acciones de Putin es esencial en cualquier declaración de la izquierda. Pero esta postura debería ir precedida de una firme denuncia del imperialismo estadounidense, principal responsable de esta escalada bélica.

    Las acciones de Putin son extremadamente contraproducentes para los proyectos emancipadores y han proporcionado un inimaginable impulso externo al nacionalismo ucraniano. Sea cual sea el resultado final de la guerra, el impacto de la invasión será terriblemente negativo para las luchas y conciencias populares.

    Los ucranianos tienen el mismo derecho que cualquier otro pueblo a decidir su destino. Pero la autodeterminación seguirá siendo una frase vacía mientras las fuerzas asociadas a la OTAN o las tropas rusas mantengan su presencia en el país.

    La primera condición para avanzar hacia la soberanía es la reanudación de las negociaciones de paz, la retirada de los soldados extranjeros y la posterior desmilitarización del país con la concesión del estatus internacional de neutralidad. Se trata de una doble batalla contra la OTAN y la invasión rusa.

    Ucrania nos ofrece un panorama de la escena geopolítica actual. Confirma, sobre todo, que Estados Unidos encabeza el principal bloque imperialista. Ha sido el instigador del conflicto mediante la expansión de la OTAN, que en 30 años pasó de 16 a 30 miembros. El cerco a Rusia comenzó violando los compromisos de restringir la presencia militar estadounidense a la frontera con Alemania. Esa línea se ha adelantado una y otra vez.

    Washington también ha avivado las conversaciones sobre la guerra para reforzar la subordinación de Europa. Al emboscar a Rusia, ha logrado la movilización de tropas por parte de España, Dinamarca, Italia y Francia. La crisis ucraniana ha reforzado el alineamiento pro-estadounidense post-Brexit de Gran Bretaña y ha demostrado la impotencia de Francia, que intentó sus propias negociaciones [entre Rusia y Ucrania], y al final se mantuvo fiel a la Casa Blanca.

    Alemania se ha visto muy afectada, ya que sus industrias necesitan acceder a los suministros energéticos de Rusia. Por ello, Berlín intentó desescalar la situación. Pero en ningún momento debilitó su alineamiento con Washington, y al final optó por suspender la inauguración del gasoducto Nord Stream II [que permitiría aumentar las importaciones de gas desde Rusia].

    El efecto inmediato de la incursión de Putin ha sido la consolidación del bloque atlántico bajo el mando de Washington. A lo largo de la crisis ucraniana, se ha reconfirmado el perfil imperialista de la OTAN.

    Intentar caracterizar a Rusia es más complejo y cualquier intento sólo puede ser provisional. Es probable que el resultado final de la invasión de Ucrania defina el estatus de este país.

    Rusia no forma parte del bloque imperialista occidental dominante (encabezado por Estados Unidos), ni es un socio alter-imperial (como Europa) o una pieza co-imperial (como Israel) dentro de este marco más amplio. Pero aplica políticas de dominación a través de intensas actividades militares y diversos modos de colonización interna.

    Por un lado, Rusia es acosada por Estados Unidos, mientras que por otro lado lleva a cabo acciones opresivas contra sus vecinos. En este marco, opera de facto como una potencia imperial no hegemónica en estado embrionario. Se sitúa en una posición contrapuesta a los centros de poder imperial y, al mismo tiempo, debido a su naturaleza capitalista y a su posición dominante en la región, tiende a retomar su antiguo papel tradicional de potencia opresora.

    Estas tendencias imperiales, que hasta ahora aparecían como posibilidades embrionarias, se han profundizado con la invasión de Ucrania. Este episodio marca un cambio cualitativo en el estatus internacional de Rusia.

    Pero también hay que subrayar los límites de esta intervención extranjera. El poderío militar de Moscú es arrollador, pero su capacidad efectiva para mantener las operaciones es mínima. Rusia es una economía intermedia en términos globales. Su PIB no es muy diferente al de España o Canadá. Su nivel de exportaciones de capital es apenas superior al de Finlandia e inferior al de Noruega.

    La recuperación económica que ha logrado Putin es significativa si se compara con el desierto que dejó [el ex presidente Boris] Yeltsin, pero no ha sido suficiente para situar al país en el club de las grandes potencias económicas.

    Por último, China vuelve a actuar con gran cautela ante la guerra de Ucrania. Putin ha negociado varios acuerdos económicos con [el presidente chino] Xi Jinping para contrarrestar el boicot de Occidente, pero nadie sabe hasta qué punto existe una convergencia efectiva entre los dos gigantes que desafían a Estados Unidos. Fue muy llamativo que China se abstuviera en la resolución de Naciones Unidas que condenaba la invasión rusa.

    La cuidadosa conducta de China -que trata de evitar involucrarse en conflictos militares-geopolíticos fuera de sus fronteras- confirma que el gigante asiático, hasta ahora, no actúa como una potencia imperial.

    China es ya una economía clave -se sitúa en el segundo lugar del mundo-, pero el posicionamiento imperialista no se define por criterios económicos. Está determinado por la observación de la política exterior, las intervenciones en el extranjero y los despliegues militares. En este sentido, las diferencias cualitativas con Rusia son enormes.

    Efectivamente, existe una importante tendencia hacia una configuración multipolar, es decir, hacia una mayor dispersión del poder mundial, como consecuencia de la crisis de la supremacía estadounidense.

    Este escenario ha sido ratificado en Ucrania por la patética desorientación de [el presidente estadounidense Joe] Biden. Conocía el plan de Rusia, pero no preparó ninguna respuesta. Descartó la idea de la escalada militar, así como las propuestas de Putin para las negociaciones, sin considerar ninguna otra alternativa.

    Este desorden confirma el impacto de la reciente derrota en Afganistán en las acciones de Washington. El Departamento de Estado estadounidense se enfrenta a serias limitaciones a la hora de involucrar a los marines en nuevas operaciones. La misma resistencia a comprometer tropas se observa en Europa. Por eso la OTAN se ha limitado a emitir vagas declaraciones.

    Putin ha promovido la multipolaridad como alternativa geopolítica a la preeminencia estadounidense. Pero el resultado de la guerra en Ucrania podría conducir a una nueva situación, especialmente si la invasión se estanca y Moscú cava su propia tumba como hizo la URSS en Afganistán.

    En lo inmediato, la invasión perpetrada por el Kremlin ha alimentado el resurgimiento de todos los mitos perpetuados por las democracias occidentales que habían caído en desgracia por los fracasos acumulados del Pentágono. Putin ha dado a Washington lo que necesitaba para reconstruir falacias ideológicas que habían perdido atractivo debido a la devastación causada en Afganistán e Irak. Su aventura ha reavivado la contraposición entre la democracia occidental y la autocracia rusa.

    No sabemos cómo modificará la guerra este marco de incipiente multipolaridad. Este marco abrió una situación más favorable para los proyectos populares en comparación con el período anterior de dominación unilateral de Estados Unidos. Pero no debemos idealizar la multipolaridad, que contiene en su seno una variedad heterogénea de regímenes carentes de verdaderas características progresistas. La multipolaridad, además, no implica resistencia al imperialismo ni acciones que impidan el sufrimiento generado por el capitalismo.

    Creo que debemos alejarnos de las perspectivas que se centran exclusivamente en observar los acontecimientos geopolíticos desde arriba. Debemos centrar nuestra atención en los movimientos populares yen las luchas contra las clases dominantes de cada país.

    Una de las consecuencias de sustituir el análisis político por su equivalente geopolítico es que se dejan de lado las luchas sociales y democráticas. Mientras que el primero subraya el papel de las fuerzas sociales en el conflicto, la segunda perspectiva no hace más que agudizar la disputa entre las potencias por la supremacía mundial.

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    Stathis Kouvelakis

    Profesor de teoría política en el King’s College London. Formó parte del comité central de Syriza.

    Traducción: Jacobin América Latina

    Fuente: Contretemps

    Especiales temáticos: Guerra en Ucrania

    09/03/2022

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    E

    l rechazo a la invasión rusa no puede conducir al alineamiento con las acciones de los gobiernos occidentales: estas solo conducen a una escalada del conflicto y a la probabilidad de nuevas guerras.

    Partamos de esta constatación: existen hoy, dentro de la izquierda radical, la que se ha movilizado contra las guerras imperiales de las últimas décadas, enfoques diferentes y, en ciertos puntos, divergentes sobre la guerra de Ucrania. En Europa y, más ampliamente, en los países «occidentales» (este término problemático adquiere sin embargo un significado más preciso en este contexto), las posiciones de apoyo a Rusia son marginales. Incluso partidos comunistas abiertamente nostálgicos de la URSS, como el griego y el portugués, han condenado la invasión rusa como una «guerra imperialista» y han subrayado que el régimen de Putin es «capitalista» y busca la «unificación capitalista de los países de la antigua URSS». En cambio, en los países del Sur Global, en América Latina, África, el mundo árabe-musulmán y en gran parte de Asia, el apoyo a Rusia, o al menos una forma de benevolencia hacia ella, está mucho más extendido, tanto en la opinión pública como en algunos sectores de la izquierda. Sin embargo, también en este caso, muchas organizaciones de la izquierda radical (las más importantes son los partidos comunistas de Chile e India) han condenado la invasión de Ucrania, aunque de forma menos contundente.
    Esta tendencia se refleja también en las posiciones de un número importante de gobiernos, treinta y cinco de los cuales se abstuvieron en la ONU durante la votación de la resolución de condena de la invasión rusa, entre ellos China, India, Vietnam, Cuba, Venezuela y Bolivia. Surge así una fractura Norte-Sur, que hay que comprender antes de condenarla o descalificarla, porque las guerras son sobre todo reveladoras de las fracturas que atraviesan el mundo y anunciadoras de las que vendrán.

    El hecho es que, en los sectores de la izquierda europea y occidental que se han opuesto a las guerras imperiales, y que ahora están unidos en su condena de la guerra contra Ucrania, están surgiendo diferencias que son cualquier cosa menos secundarias. Se refieren en particular a puntos como: el grado o el tipo de responsabilidad de los gobiernos occidentales en la situación que condujo a la guerra actual, las valoraciones que se hacen del actual régimen ucraniano y sus responsabilidades en el desenlace actual y las formas que debe adoptar la acción contra esta guerra. La cuestión de la OTAN, la solicitud de envío de armas a Ucrania y la actitud ante las sanciones están en primera línea de estas diferencias.
    El texto de Gilbert Achcar, «Memorándum sobre una posición antimperialista radical a propósito de la guerra en Ucrania», nos permite discutir gran parte de estas cuestiones. Antes de explicar mis puntos de acuerdo y desacuerdo con las posiciones que defiende, me gustaría a) hacer una observación metodológica sobre las formas que puede adoptar la discusión dentro de la izquierda que se opone a esta guerra y b) aclarar mi propio punto de vista.

    En las guerras, las voces disidentes siempre han sido acusadas, por los gobiernos y las clases dirigentes implicadas en estos conflictos, de «hacer el juego al enemigo». A Jaurès se le acusó de ser pro-alemán (lo pagó con su vida), a Lenin de «agente del Kaiser» (hay toda una literatura reaccionaria sobre el «vagón blindado»[1]Su punto de partida es el «documento Sisson», una falsificación difundida por el gobierno estadounidense en 1918 para justificar su participación en la Primera Guerra Mundial y para justificar la … Seguir leyendo), a Trotski de ser pro-Hitler (en el discurso estalinista)… Más recientemente, la izquierda que se opuso a las intervenciones imperialistas occidentales después de la caída de la URSS fue acusada regularmente de ser «pro-Saddam Hussein», «pro-Milosevic» y, últimamente, «islamoizquierdista», cómplice del terrorismo de Daech y otros. Hoy en día, ya podemos ver que cualquiera que formule objeciones al discurso imperante, que se niegue a la demonización del adversario y al belicismo que satura el discurso mediático, es etiquetado con etiquetas similares, «pro-Putin», «derrotismo», etc. En un artículo reciente, David Broder tiene razón al decir que la izquierda no debe dejarse intimidar por esas declaraciones, que debe «defender [su] derecho a hablar sin miedo y sin acusaciones de deslealtad», lo que también significa que debe tener cuidado de no reproducirlas dentro de sus filas.

    Este conflicto se inscribe en la agudización de las contradicciones interimperialistas que rigen el mundo tras la caída de la URSS. El «campo comunista» se ha desintegrado en un capitalismo globalizado, pero el campo occidental, bajo la hegemonía estadounidense, se ha mantenido, ampliando su dominio militar y económico y redefiniendo el campo de sus adversarios. Rusia, en cambio, se ha convertido en un Estado capitalista cuya clase dirigente es una oligarquía que se formó mediante el saqueo de la antigua propiedad estatal, con el pleno consentimiento y ayuda de Occidente. Bajo el mandato de Putin, su aparato estatal, destruido bajo Yeltsin, está siendo reactivado bajo los auspicios de una gobernanza cada vez más autoritaria y una ideología reaccionaria, compuesta por retazos heterogéneos del pasado ruso y cimentada por el nacionalismo y el anticomunismo. Impulsado por una voluntad imperial de poder, su expansionismo se despliega, como en el pasado, sobre las zonas limítrofes de su territorio, empezando por las que formaban parte de la URSS, y por intervenciones exteriores de baja intensidad, la más significativa de las cuales es la de Siria, único país fuera de la zona exsoviética donde tiene una base militar.
    El discurso de Putin del 21 de febrero, que anunció el inicio de la invasión de Ucrania, debe ser tomado en serio. Rebosante de anticomunismo, culpó a Lenin y a los bolcheviques de los males de Rusia, de la reducción de su territorio y de su poder, y los acusó de haber creado artificialmente a Ucrania como entidad separada. En consonancia con la tradicional narrativa nacionalista-imperialista de la «Gran Rusia», la Revolución de Octubre y el comunismo se equiparan con elementos destructivos de la nación rusa. A Stalin se le conceden algunas circunstancias atenuantes, pero, en última instancia, incluso él habría quedado atrapado en el marco de Lenin.
    Sin embargo, aunque revela la ideología de su régimen, esta retórica enmascara más que ilumina los verdaderos objetivos de Putin. Por el momento, no están claros: ¿cree realmente que la instalación en Kiev de un régimen a su entera disposición y la ocupación duradera del territorio ucraniano podrían conducir a algo más que a un estancamiento de un conflicto a largo plazo y a la creciente implicación del campo occidental? ¿Busca una partición de Ucrania, a la que el reconocimiento de las dos repúblicas separatistas serviría de preludio, y que permitiría la constitución de una «zona tapón» bajo control ruso? ¿Se trata, como sugiere la propia celebración de las negociaciones ruso-ucranianas, o las palabras de un asesor de Zelensky sobre un posible estatuto de neutralidad para Ucrania, de situarse en una posición de fuerza para alcanzar un compromiso que descarte el ingreso de Ucrania en la OTAN? Es demasiado pronto para decirlo, y es bastante realista pensar que la resistencia ucraniana combinada con la movilización de la opinión pública -empezando por la de Rusia, donde una fracción no despreciable de la población rechaza la guerra (y la rechazaría aún más si se empantanara)- puede influir positivamente en el curso de los acontecimientos. Sin embargo, esta movilización junto al pueblo ucraniano debe evitar el deslizamiento hacia el belicismo, debe tener una comprensión de la complejidad de la situación y también debe bloquear los planes agresivos del imperialismo estadounidense y del campo occidental.
    Una cosa es cierta: esta guerra no puede ser en ningún caso la guerra de las fuerzas que luchan por la emancipación humana; por sus objetivos y su lógica propia, es la negación exacta de la misma. Es una agresión dirigida contra el pueblo ucraniano, cuyo derecho a la autodeterminación es negado por Putin, y que, independientemente de su gobierno, no tiene otra opción que luchar para defender su país. Esta guerra está cargada de terribles consecuencias y peligros para Europa y el mundo: el de una escalada y extensión del conflicto, con el riesgo del uso de armas nucleares (de las que Rusia posee el segundo arsenal mundial). Una de sus primeras consecuencias nefastas es que complica aún más las tareas vitales de la «izquierda radical» occidental: negarse a solidarizarse con «su» imperialismo sin ceder en nada su condena a la agresión rusa. Porque la cuestión es la siguiente: la invasión rusa de Ucrania se inscribe en un contexto más amplio, configurado por el estado de la relación de fuerzas a nivel europeo y mundial. Y este es el punto decisivo, al que volveré en un momento, que estas relaciones de poder siguen siendo dominadas por el imperialismo estadounidense y sus aliados del «campo occidental», que tienen una gran responsabilidad en la escalada de tensión que condujo a la guerra actual.

    Acontinuación, me refiero al texto de Gilbert Achcar (GA). Comienza planteando una tesis tan esencial como relevante, que sitúa la coyuntura actual en la secuencia de las últimas décadas:
    La invasión rusa de Ucrania es el segundo momento decisivo de la nueva Guerra Fría en la que se ha sumido el mundo desde el cambio de siglo, como consecuencia de la decisión de Estados Unidos de ampliar la OTAN. El primer momento definitorio fue la invasión estadounidense de Irak en 2003.
    En escritos anteriores, GA establecía el inicio -acertadamente, me parece- de esta «nueva Guerra Fría» en un momento anterior, el de la intervención de la OTAN en Yugoslavia (1999), momento que comparaba con el de la Guerra de Corea (1950-1953) como la antesala de la «primera Guerra Fría»[2]Gilbert Achcar, La nouvelle Guerre froide. Le monde après le Kosovo, París, PUF, 1999, p. 8..
    Sea cual sea la versión elegida, la conclusión no cambia mucho: la nueva configuración global está determinada por la supremacía de EEUU y la centralidad de la OTAN. La OTAN no solo no se disolvió tras el final de la URSS y el Pacto de Varsovia, sino que ha seguido expandiéndose, integrando a tres países del antiguo bloque soviético en 1999 y a otros trece hasta la fecha. Son, como escribe GA, estas «decisiones» las que han «sumido al mundo en la nueva Guerra Fría», expresión del reajuste de la supremacía estadounidense a nivel global. Por supuesto, otros actores, especialmente los imperialismos secundarios como la Rusia postsoviética, Francia y el Reino Unido, también jugaron su papel, pero no fueron los que determinaron la base del orden mundial que prevaleció durante todo este período.
    La ampliación de la OTAN es una parte clave de este redespliegue imperialista, pero no se limita a ella. Hay que añadir la evolución de la doctrina militar estadounidense, que, tras centrarse en los enemigos asimétricamente débiles (el «eje del mal» Corea del Norte-Irán-Libia, la «guerra contra el terrorismo»), designa como objetivos a «adversarios militares de nivel equivalente», es decir, China y Rusia[3]Olivier Zajec, «A l’heure de l’élection américaine, l’ordre international qui vient», Le Monde diplomatique, noviembre de 2020, p. 16-17.. Bajo la presidencia de Trump, EE.UU. se retiró del tratado de desarme nuclear firmado con la URSS, una decisión que Biden no ha revertido, a diferencia de su decisión sobre el tratado climático. Por supuesto, como señala GA, estas décadas han estado marcadas por múltiples intervenciones militares a gran escala por parte de Estados Unidos y sus aliados, desde la guerra de Irak (desde 1990, por cierto, no solo desde 2003) hasta Afganistán, pasando por Yugoslavia. Pero no menos importantes, y con consecuencias criminales, son las sanciones que Estados Unidos impone a cualquier país que considere adverso, pero rara vez a los países que violan flagrantemente las decisiones de la ONU.
    También en este caso, aunque el mecanismo es preexistente (véase el embargo a Cuba, en vigor desde 1962), la desaparición de la URSS «dio paso a lo que se conoce como la ‘década de las sanciones’, durante la cual el Consejo de Seguridad [de la ONU] adoptó no menos de trece regímenes restrictivos»[4]Hélène Richard, Anne-Cécile Robert, «Le conflit ukrainien entre sanctions et guerre», Le Monde diplomatique, marzo de 2022, p. 22.. Las sanciones afectan actualmente a unos cuarenta países, con regímenes políticos muy diversos (de Irán a Cuba, de Venezuela a Corea del Norte), pero no a Israel, ni a Turquía, que sin embargo ocupa partes del territorio de tres de sus vecinos, en Irak, Siria y nada menos que el 40% de Chipre, el único país de la UE cuya capital sigue dividida por un muro…
    Recordemos las palabras de Madeleine Albright, secretaria de Estado con Clinton, que dijo sobre los cientos de miles de muertos iraquíes (en su mayoría niños y personas frágiles) como resultado del embargo: «Creemos que el precio valió la pena». GA se refiere con razón al embargo como un «costo cuasi-genocida para la población», ya que es una empresa de deshumanización de poblaciones enteras, que pueden por tanto ser condenadas a la muerte masiva. Los que piensan que los pueblos del Sur han olvidado este tipo de «humanismo» se equivocan…
    Estados Unidos sigue siendo el imperialismo archidominante, e incluso dominante de forma asimétrica respecto a otros imperialismos. Por supuesto, desde el punto de vista de Malí, Chipre o Ucrania, entran en juego otras potencias, ya sean regionales o mundiales. Las relaciones internacionales implican una multiplicidad de actores, pero siguen estando marcadas por la posición asimétrica que ocupa Estados Unidos, su capacidad para cimentar una verdadera hegemonía, para asumir el liderazgo de un «campo» más amplio (Occidente) que, tras la desaparición del bloque soviético, no tiene ningún competidor serio a nivel mundial. Ningún otro país es capaz de igualar su poderío militar, ni su potencia de fuego económica y tecnológica; China podría hacerlo en un futuro no muy lejano, pero por el momento sus ambiciones expansionistas son económicas. En cuanto a Rusia, a pesar de su arsenal nuclear (que envejece, pero sigue siendo el segundo del mundo), es un imperialismo secundario y desmantelado, como Francia o el Reino Unido, que busca recuperar su posición de potencia mundial. Sus exportaciones de armas siguen floreciendo, convirtiéndose en el segundo país del mundo, pero su gasto militar es menos de una doceava parte del de Estados Unidos, comparable al de Francia, Alemania y el Reino Unido. Su PIB está por debajo del de Italia y la estructura de su economía, basada mayoritariamente en los hidrocarburos y las materias primas, es la de un país llamado «en vías de desarrollo», como se dice eufemisticamente, y no de una potencia industrial.

    Todo esto pesa sobre la forma «campista» en que se percibe a la Rusia de Putin, una potencia imperialista secundaria y regresiva, en la escena mundial, y que amerita algunas explicaciones. Es esta percepción distorsionada, subproducto de la abrumadora dominación de Estados Unidos, la que, mediante una especie de ilusión óptica, le atribuye algunas de las características de la URSS de antaño, a pesar de que su régimen se enorgullece de su anticomunismo y apoya a las fuerzas radicales de derecha y extrema derecha en todo el mundo. Así, los países que se consideran parte del «campo occidental» lo ven con diversos grados de hostilidad, mientras que los otros, es decir, los del Sur que pretenden jugar su propia carta (entendamonos: con algunas excepciones, se trata igualmente de países capitalistas como China o la India), lo ven con (diversos grados de) benevolencia, como aguafiestas frente a la hiperpotencia estadounidense. Y aunque estos países no suelen ser muy democráticos, hay muchas razones para creer que, al menos en este aspecto, sus gobiernos gozan de un apoyo popular masivo. Porque en estas partes del mundo, el discurso moral de Estados Unidos y de los países occidentales, y su defensa del «derecho», tan selectiva como absurda, son ampliamente percibidos como lo que son, es decir, una monumental hipocresía al servicio de una empresa de esclavización. De ahí la reacción de China, India, Vietnam (¿debería sorprendernos?), de ciertos países latinoamericanos y de la opinión pública de estos y otros países, incluidos sectores de la izquierda.
    A riesgo de escandalizar, podemos atrevernos a hacer esta comparación: tras el final de la guerra de Argelia, la Francia gaullista gozó de una benevolencia comparable en amplias zonas del mundo. Es cierto que libró espantosas guerras coloniales, y todo el mundo comprende que era un país imperialista debilitado y que mantenía (y sigue haciéndolo en la medida de sus menguantes medios) un neocolonialismo caricaturesco en su patio trasero «francoafricano». Siguió siendo una fuerza que perpetuaba su dominación a través de los sectores económicos compradores y de las élites políticas corruptas y brutales. Sin embargo, en otros lugares gozaba de cierto prestigio, que todos los presidentes que han sucedido a De Gaulle han tratado de recuperar.
    Por supuesto, esta actitud incluía una referencia a la historia, al mito de 1789, al «país de los derechos del hombre», etc. Pero, por decirlo de forma sencilla, veíamos la diferencia entre De Gaulle y, por decirlo de forma rápida, Guy Mollet, el primer ministro socialista que había lanzado a Francia a la expedición de Suez y a la escalada asesina del conflicto argelino (los «poderes especiales»). Estábamos agradecidos a De Gaulle por mostrar una cierta autonomía de los Estados Unidos -no a pesar, sino precisamente porque estaba tratando de salvar lo que podía salvarse del poder imperialista francés-, y, de hecho, permitir un cierto equilibrio en las relaciones internacionales-, y de este modo facilitar «objetivamente» la tarea de los países que trataban de hacer oír su propia voz, aunque estuvieran lejos de compartir las orientaciones políticas e ideológicas del general. Así, se desarrollaron relaciones privilegiadas entre China y Francia, primer gran país occidental que reconoció oficialmente a la República Popular (1964), e incluso una «empatía especial» con Cuba, entonces en el apogeo de su compromiso internacionalista, alimentada por «la política exterior de De Gaulle… que se ganó la admiración del gobierno revolucionario cubano»[5]Hortense Faivre d’Arcier-Flores, «La révolution cubaine et la France gaulliste : regards croisés», en Maurice Vaïsse (ed.), De Gaulle et l’Amérique latine, Nueva edición [en línea]. … Seguir leyendo.
    Las relaciones internacionales, de Estado a Estado, se rigen de hecho por la lógica de las relaciones de poder, y no por grandes principios morales o ideológicos. Los dirigentes bolcheviques lo sabían perfectamente cuando, ante la intervención militar y el bloqueo de los imperialismos vencedores de la Entente, firmaron acuerdos con los perdedores de la Primera Guerra Mundial (en particular el llamado «tratado de fraternidad» con Atatürk en 1921 y el tratado de Rapallo con Alemania en 1922), rompiendo así el «frente único de los capitalistas». Más prosaicamente, estos tratados, fruto de complejas maniobras diplomáticas, sacaron al joven Estado soviético del aislamiento; hicieron posible el desarrollo de relaciones económicas, diplomáticas e incluso militares, modificando a su favor el equilibrio de poder, de forma literalmente abrumadora. Pero los dirigentes bolcheviques tuvieron cuidado de distinguir los acuerdos entre Estados de las relaciones políticas con las organizaciones revolucionarias de los países en cuestión.

    Es a este nivel, y solo a este nivel que el internacionalismo de clase recupera sus derechos -aunque haya que apostar por su eficacia última-, como explica Trotski en un conocido pasaje de La revolución traicionada:
    El gobierno de los soviets firmó a partir de entonces varios tratados con Estados burgueses: el Tratado de Brest-Litovsk en marzo de 1918; el tratado con Estonia en febrero de 1920; el Tratado de Riga con Polonia en octubre de 1920; el Tratado de Rapallo con Alemania en abril de 1922 y otros acuerdos diplomáticos menos importantes. Sin embargo, nunca se le ocurrió al gobierno de Moscú ni a ninguno de sus miembros presentar a sus socios burgueses como «amigos de la paz» ni, con mucha mayor razón, invitar a los partidos comunistas de Alemania, Estonia o Polonia a apoyar con sus votos a los gobiernos burgueses que firmaron estos tratados. (…) La idea básica de la política extranjera de los soviets era que los acuerdos comerciales, diplomáticos y militares del Estado soviético con los imperialistas, acuerdos inevitables, en ningún caso debían frenar o debilitar la acción del proletariado en los países capitalistas interesados; pues la salud del Estado obrero no está asegurada en última instancia, más que por el desarrollo de la revolución mundial.
    «En última instancia», es decir, en una temporalidad que no es la del momento, sino la de un tiempo desarticulado, lleno de tensiones y abierto a bifurcaciones, incluso hacia lo peor… Hasta entonces, en cuanto se conquista una posición en uno de los «eslabones débiles» de la cadena imperialista, se trata de aguantar. Lo mejor que se pueda. Manteniendo en la medida de lo posible ambos extremos -de las maniobras entre y con los Estados y de la política de las fuerzas vivas- sin confundirlos, ni sacrificar uno a otro.

    Pero volvamos a la cuestión de la ampliación de la OTAN. Se sabe que para obtener el acuerdo de Gorbachov a la reunificación alemana y la disolución unilateral del Pacto de Varsovia, James Baker, el Secretario de Estado de EEUU, y otros líderes occidentales (incluidos los alemanes) se comprometieron verbalmente a no ampliar la OTAN. Este punto, largamente controvertido, ha sido confirmado por documentos estadounidenses desclasificados. El propio Yeltsin, que no es precisamente un enemigo de Occidente, como es bien sabido, había intentado obtener tales compromisos de Occidente y de los dirigentes ucranianos de la época, especialmente en lo que respecta a Ucrania, pero sin éxito. Cabe señalar que la decisión de ampliar la OTAN se tomó bajo el mandato de Clinton, cuando Yeltsin aún estaba en el poder (solo se anunció tras su reelección en 1996), por tanto, antes de que Putin se convirtiera en presidente y antes de que su plan para restaurar el poder ruso tomara forma. Cuando se anunció la primera ampliación, George Kennan, el «cerebro» de la política de «contención» anticomunista de la Guerra Fría, declaró en un famoso artículo de opinión del New York Times en febrero de 1997:
    La ampliación de la OTAN sería el error más desastroso de la política estadounidense en la era posterior a la Guerra Fría. Cabe esperar que una decisión de este tipo inflame las tendencias nacionalistas, antioccidentales y militaristas de la opinión rusa; que tenga un efecto negativo en el desarrollo de la democracia rusa; que restablezca la atmósfera de la Guerra Fría en las relaciones Este-Oeste; y que dirija la política exterior rusa en direcciones que no nos gustan en absoluto…
    Y esto lo escribió cuando esta ampliación solo afectaba a tres países (Hungría, República Checa y Polonia), ninguno de los cuales tiene frontera con Rusia…
    Este escenario se ha repetido desde entonces de forma idéntica: sucesivas oleadas de países de Europa del Este que se incorporan a la OTAN y que, en cada ocasión, suelen preceder en varios años a su integración en la Unión Europea, una cuestión de allanamiento, sin duda. Con la primera ampliación, se había dado la señal para la guerra que GA había descrito en su libro de 1999 como el momento inaugural de la «nueva Guerra Fría». Como recuerda el historiador británico Perry Anderson:
    doce días después de que Polonia, Hungría y la República Checa se unieran a la Alianza, se inició la Guerra de los Balcanes, la primera ofensiva militar a gran escala de la historia de la OTAN. Este exitoso bombardeo fue una operación norteamericana, con una ayuda simbólica de auxiliares europeos, y prácticamente no hubo disidencia en la opinión pública. Las relaciones euroamericanas eran entonces armoniosas. No hubo ninguna carrera entre la UE y la OTAN en el Este: Bruselas se sometió a la supremacía de Washington, que alentó e impulsó el avance de Bruselas.[6]Perry Anderson, The New Old World, Londres y Nueva York, Verso, 2009, pp. 69-70..
    La actual impotencia de la UE, cruelmente revelada durante los vanos intentos de mediación de la pareja franco-alemana en las semanas previas a la invasión, viene pues de lejos. Proviene de su creciente subordinación a Estados Unidos, acentuada por la continua ampliación, bajo las alas de la OTAN, hacia esta «nueva Europa» querida por el difunto Donald Rumsfeld.
    Por tanto, es ridículo afirmar, como repiten incansablemente los gobiernos y los medios de comunicación occidentales, que Putin es solo un paranoico desequilibrado que fantasea con que Rusia está «rodeada» por potencias hostiles. No, todo esto es desgraciadamente cierto, y empezó a suceder mucho antes de Putin, cuando Rusia estaba completamente desangrada y de rodillas ante Occidente, por no mencionar que el propio Putin llegó al poder siguiendo inicialmente los pasos de Yeltsin y sus políticas prooccidentales. Esta actitud del bloque capitalista dominante no se debe a un error ideológico o a una voluntad de poder desencarnada, sino a su naturaleza imperialista. Para perseverar en su ser, necesita enemigos, y tras la caída de la URSS nunca aceptó invitar a su mesa a la nueva clase capitalista rusa, ni siquiera cuando estaba encabezada por un felpudo como Yeltsin, porque siempre ha prevalecido la idea de Rusia como una alteridad inasimilable y una amenaza potencial. También hay que señalar que las élites de los países del antiguo bloque soviético, o de la propia URSS (incluida Ucrania, sobre todo después de 2014), jugaron esta carta a fondo para consolidar el poder de los nuevas capas capitalistas y legitimar su posición frente a unos pueblos que querían vengarse del antiguo poder tutelar.
    Por lo tanto, no se puede jugar al juego de la inocencia fingida y pretender que la ampliación de la OTAN no es más que un pretexto, o una distracción, inventada por Putin cuando, desde hace muchos años, Estados Unidos y sus aliados occidentales están inmersos en una escalada de presión y de cerco a Rusia, que se considera cada vez más explícitamente como un adversario sistémico -aunque ya no hay apenas divergencia de regímenes socioeconómicos con Occidente. Como dijo Bernie Sanders, difícilmente asimilable a un «campista», que también condenó enérgicamente la invasión de Ucrania: «¿Alguien cree realmente que Estados Unidos no tendría algo que decir si, por ejemplo, México formara una alianza militar con un adversario de Estados Unidos?» Y recordemos su reacción ante la instalación de misiles nucleares soviéticos en Cuba, a pesar de que Estados Unidos había intentado invadir la isla a través de comandos anticastristas y de que la realidad de la amenaza militar para la isla era innegable.

    Recordemos lo esencial: el texto de GA comienza con un análisis justo, en sus líneas generales, de la secuencia actual. Sin embargo, en cuanto se afirma, esta observación inicial se olvida. Tras señalar la importancia de la ampliación de la OTAN en el desencadenamiento de la nueva Guerra Fría, este factor desaparece del resto del texto, como si no hubiera desempeñado ningún papel en la espiral que condujo al estallido de la guerra actual. El razonamiento continúa con un paralelismo entre la invasión rusa de Ucrania y la invasión estadounidense de Irak, señalando el fracaso de esta última y las consecuencias positivas: «la propensión del imperialismo estadounidense a invadir otros países se ha reducido considerablemente, como confirma la reciente retirada de sus tropas de Afganistán». GA concluye que:
    El destino de la invasión rusa de Ucrania determinará la propensión de todos los demás países a la agresión. Si fracasa, el efecto sobre todas las potencias mundiales y regionales será de una fuerte disuasión. Si tiene éxito, es decir, si las botas de Rusia logran «pacificar» a Ucrania, el efecto será un cambio importante en la situación mundial hacia una ley de la selva sin límites, envalentonando al propio imperialismo estadounidense y a sus aliados para que continúen con su propio comportamiento agresivo.
    Este razonamiento es doblemente insostenible. En primer lugar, el paralelismo entre la invasión de Ucrania e Irak es en gran medida engañoso. Es cierto que ambos fueron actos de agresión y violación de la soberanía e integridad de un Estado. Pero la comparación termina ahí. Porque Irak está a miles de kilómetros de Estados Unidos y no era cuestión de que se uniera a una alianza militar hostil a Washington, ni siquiera de sugerir que, revisando sus compromisos anteriores, podría renegar de su abandono de las capacidades nucleares; como hizo Zelensky en referencia al Memorándum de Budapest de 1994 en su discurso del 19 de febrero en Munich. En la actualidad, Ucrania cuenta con el apoyo militar, económico y diplomático de todo el campo occidental, encabezado por Estados Unidos, mientras que Irak no contaba con el apoyo de nadie y los talibanes solo con el de Pakistán. Si, gracias al apoyo masivo de Occidente, gana militarmente, lo que sería justo en la medida en que defiende la integridad de su territorio contra un invasor, será todo el bloque occidental el que celebre esta victoria como propia. Y, precisamente por esta victoria, podrá borrar las desastrosas imágenes de Kabul y Bagdad, que es sin duda una de las principales razones de la histeria belicista que recorre actualmente las capitales y los medios de comunicación occidentales. Al borrar sus imágenes de derrota, se envalentonará para continuar su marcha hacia el este y seguir imponiendo su dominio a nivel mundial, aunque de forma menos costosa que las expediciones tipo Irak y Afganistán.
    Es aquí donde se ponen de manifiesto las consecuencias de abandonar el análisis del papel de la OTAN en el camino. Porque lo que se oscurece entonces es el lugar de Ucrania en esta empresa de ampliación, que altera la naturaleza misma del conflicto en curso, incrustándolo en las contradicciones interimperialistas que oponen Occidente a Rusia. En consecuencia, como volveremos más adelante, la «posición antimperialista radical» que defiende GA equivale a abogar no por la paz, sino por una victoria militar para Ucrania que el apoyo logístico occidental debe hacer posible. Esta posición asume su belicismo, de ahí su pretensión de «radicalidad», a la que dota de una dimensión «antimperialista», ya que se trata de derrotar al imperialismo ruso; salvo que en este aspecto es Joe Biden quien se convierte en el verdadero campeón del antimperialismo. Ignora el carácter interimperialista del actual conflicto y malinterpreta las consecuencias -por muy previsibles que sean- de una victoria obtenida en estas condiciones, a saber, una Ucrania vasallada, integrada orgánicamente en la OTAN, una Rusia rodeada por todos lados por una alianza militar que la trata como un objetivo, el atlantismo triunfando sin oposición sobre Europa y más allá. En otras palabras, no la paz, sino una carrera precipitada hacia la militarización de las relaciones y la certeza de nuevos conflictos en el Viejo Continente.
    Esta sombría posibilidad no hace que la resistencia ucraniana a la invasión rusa sea menos legítima, pero debemos tener claras las implicaciones de la configuración actual y no engañarnos. La dificultad fundamental a la que se enfrenta la izquierda antibélica en este momento es que, como en cualquier conflicto interimperialista, la victoria de uno u otro bando tiene consecuencias devastadoras, la peor de las cuales es sin duda una conflagración generalizada en Europa. Una conflagración catastrófica para el continente, pero perfectamente manejable para Estados Unidos, que está separado del teatro de operaciones por todo un océano, lo que le asegura una cómoda posición de retirada. Tanto más cuanto que la «ley de la selva» mencionada por GA como consecuencia de un posible éxito ruso es sencillamente la que rige las relaciones internacionales y esto ha sido así siempre en un sentido. Porque, a diferencia de lo que ocurre dentro de los Estados, en las relaciones interestatales no hay una autoridad superior que pueda imponer normas de derecho a las partes libres e iguales. El funcionamiento de las Naciones Unidas, que se deriva de su propia estructura, se rige por las relaciones de poder entre los Estados, como en la granja orwelliana donde algunos animales resultan ser «más iguales» que otros. La cuestión es, por tanto, si solo uno de estos depredadores podrá reinar en la jungla o si tendrá que lidiar con los demás de alguna manera, lo que implicaría una profunda alteración del «orden mundial» que sucedió a la bipolaridad de la «primera» Guerra Fría.

    De los seis puntos enumerados por GA, los tres primeros pueden ser ampliamente acordados entre las fuerzas de la izquierda antibélica: la retirada de las tropas rusas de todo el territorio ucraniano, la resolución de las disputas sobre las provincias escindidas y Crimea «mediante el libre ejercicio por parte de los pueblos afectados de su derecho a la autodeterminación democrática», y el rechazo a la «intervención militar directa» o a una «zona de exclusión aérea», que conlleva el riesgo de una guerra mundial entre potencias nucleares. GA reconoce así que las cuestiones de Crimea y de las repúblicas separatistas de Donbass son cuestiones reales y no una mera estratagema propagandística de Putin. Aunque se hayan celebrado en condiciones cuestionables, los referendos de Crimea y Donetsk no pueden descartarse sin más. En lo que respecta a las repúblicas separatistas, el régimen ucraniano tiene una gran responsabilidad en el deterioro de la situación, por su negativa a aplicar los acuerdos de Minsk, la continuación de los bombardeos y la política de discriminación de sus ciudadanos rusoparlantes, sobre todo en lo que respecta al idioma. También hay que recordar que la difusión de ideas y símbolos comunistas y soviéticos está prohibida en Ucrania desde las «leyes de descomunización» de 2015, las actividades de las organizaciones comunistas (incluida su participación en las elecciones) congeladas, en un momento en el que un Stepan Bandera, dirigente de la OUN (Organización de los nacionalistas ucranianos), colaborador de los nazis y participante en el exterminio de judíos, es reconocido como héroe nacional[7]Laurent Geslin, Sébastien Gobert, «Ukraine, jeux de miroirs pour héros troubles», Le Monde diplomatique, diciembre de 2016. y el regimiento Azov, una milicia neonazi activa en el frente del Donbass, se integra en las fuerzas armadas ucranianas[8]Véase Louise Couvelaire, «Au camp d’entraînement des petits soldats d’Ukraine», Le Monde, 19 de agosto de 2016..
    La disputa resurge en el cuarto punto, en el que GA defiende el envío de armas a Ucrania, que los gobiernos occidentales han estado dispuestos a proporcionar; incluida Alemania, donde están cayendo los últimos diques contra la remilitarización de la política exterior. GA escribe:
    Estamos a favor de la entrega incondicional de armas defensivas a las víctimas de la agresión, en este caso, al Estado ucraniano que lucha contra la invasión rusa de su territorio. Ningún antimperialista responsable le pidió a la URSS o a China que entraran en guerra en Vietnam contra la invasión estadounidense, pero todos los antimperialistas radicales estaban a favor de un mayor suministro de armas de Moscú y Pekín a la resistencia vietnamita. Darles a los que luchan en una guerra justa los medios para luchar contra un agresor mucho más poderoso es un deber internacionalista elemental. Oponerse en bloque a estas entregas contradice la solidaridad elemental debida a las víctimas.
    Este paralelismo con Vietnam parece, como mínimo, de mal gusto. El gobierno ucraniano es un gobierno burgués, al servicio de los intereses de una clase de oligarcas capitalistas, en todo comparable al que domina Rusia y las demás repúblicas de la antigua URSS, y que pretende atar al país al campo occidental sin preocuparse de las previsibles consecuencias de tal opción. Aunque es víctima de una agresión inaceptable, no representa ninguna causa progresista más amplia, y sería completamente absurdo que las fuerzas de izquierda dignas de ese nombre abogaran por su armamento. Además, si los «antimperialistas radicales» de antaño pidieron a China y a Rusia que les entregaran armas, no fue porque fueran «solidarios con las víctimas», como quiere la ideología humanitaria de nuestro tiempo, sino porque, a pesar de las críticas (perfectamente justificadas) a sus regímenes, consideraban que los países en cuestión compartían algo de la causa antimperialista y revolucionaria de los vietnamitas, que también era la suya. En la actualidad, dada la naturaleza de las fuerzas implicadas, la entrega de armas a Ucrania solo puede tener un propósito, asegurar su futuro vasallaje y su transformación en un puesto avanzado de la OTAN en el flanco oriental de Rusia.
    Esta pregunta también se puede plantear de otra manera. Si, a la vista de los incalculables riesgos que conllevaría, ¿por qué deberíamos, como sostiene la GA, oponernos solo a la «intervención militar directa» en este conflicto y no a cualquier forma de intervención militar? ¿Es el innegable riesgo nuclear una razón suficiente para limitar la restricción a la «intervención directa» únicamente? ¿El envío de armas a Ucrania, como han anunciado a bombo y platillo Estados Unidos y la Unión Europea, no conduce también a una escalada y ampliación del conflicto, convirtiendo a los países implicados en cobeligerantes y complicando la futura convivencia con Rusia, que es inevitable sea cual sea el régimen y el resultado de este conflicto? ¿No podría la entrega de armas, acompañada de sanciones, fomentar una intervención más amplia, si parece que estos medios son insuficientes para detener el avance de las tropas rusas? ¿Por qué, habiendo puesto el dedo en la llaga, Occidente no va a subir una marcha, sin enviar tropas pero estableciendo, por ejemplo, una «zona de exclusión aérea» como insiste la parte ucraniana, apoyada por la parte más belicosa del establishment estadounidense? Esto significaría derribar los aviones rusos que sobrevuelan Ucrania, avanzando así hacia un enfrentamiento directo con Rusia, que posiblemente llevaría a un tercer conflicto mundial. La línea que separa la intervención directa de la indirecta es menos clara de lo que algunos parecen pensar.
    Como podemos ver, la cuestión de negarse a escalar el conflicto militarmente mediante la entrega de armas a Ucrania traza una línea divisoria entre las fuerzas de la izquierda. El caso de España es especialmente interesante en este sentido. La derecha española se mostró disconforme con las reticencias de Podemos, que participa en el Gobierno presidido por el socialista Pedro Sánchez, a aprobar la entrega de armas a Ucrania y pidió a Sánchez que les expulsara del Ejecutivo, acusándoles de ser «socios del enemigo, enemigos de los ucranianos, de Europa, de la paz y de la libertad». Tras no enmendarlo, Podemos acabó votando a favor de la resolución del Parlamento Europeo que pide reforzar las sanciones contra Rusia y la entrega de armas a los ucranianos. Los demás partidos de la izquierda radical ibérica (los comunistas, la izquierda vasca de Bildu y Anticapitalistas, la sección de la Cuarta Internacional del Estado español) son más firmes en su oposición a la escalada militar, ya que sus representantes electos se han abstenido (en el caso de los dos primeros) o, en el caso del eurodiputado de Anticapitalistas Miguel Urban, han votado en contra del mismo texto.
    Pero este asunto va más allá de las fronteras de la izquierda. Cualesquiera que sean estas motivaciones, ciertamente relacionadas con el deseo de preservar un margen de autonomía en una configuración europea marcada por un atlantismo exacerbado, ¿no demostró Emmanuel Macron (al menos en el plano discursivo) una sabiduría mayor que la del «antimperialismo radical» preconizado por GA al declarar, en su último discurso que «no estamos en guerra con Rusia» y evitando entre las acciones implementadas cualquier referencia al armamento de Ucrania (en el que participa Francia)?

    Queda el tema de las sanciones contra Rusia. GA apoya una especie de posición agnóstica, subrayando sus consecuencias contradictorias, algunas de las cuales pueden perjudicar a Putin y su régimen, otras solo a la población rusa. Recordando que los antimperialistas han hecho y siguen haciendo campaña a favor de sanciones contra Estados como la Sudáfrica del apartheid e Israel, concluye con un «ni-ni»:
    Nuestra oposición a la agresión rusa, combinada con nuestra desconfianza en los gobiernos imperialistas occidentales, significa que no debemos apoyar sus sanciones ni exigir su levantamiento.
    Se podría estar de acuerdo con esta precaución, pero también en este caso los paralelismos establecidos son engañosos. Por supuesto, los antimperialistas y la izquierda antibélica no son por principio hostiles a las sanciones contra los Estados. Sin embargo, cuando se movilizan por estos objetivos, no es para apoyar la acción de sus gobiernos, sino para oponerse a ella. Se trataba de poner fin a las florecientes relaciones económicas que todos los países occidentales mantenían con el régimen del apartheid y ahora se trata de dejar de apoyar a Israel, un Estado que lleva más de medio siglo ignorando todas las resoluciones de la ONU que condenan la ocupación y la colonización de los territorios invadidos en 1967 y que no solo sigue sin sancionar sino que se beneficia de la «cláusula de nación más favorecida» de la UE.
    Esta duplicidad constante simplemente hace indefendibles los regímenes de sanciones que Occidente lleva aplicando desde hace décadas, y su capacidad para hacerlo sirve para confirmar su supremacía económica, China y Rusia no estan más que de forma marginal en el origen de los acontecimientos relacionados con dichas medidas (3% en 2020[9]Hélène Richard, Anne-Cécile Robert, «Le conflit ukrainien…», art. cit. p. 23.). La tarea de la izquierda es denunciar la función política de este dispositivo y mostrar que es sobre todo un instrumento para asfixiar a un país que perturba el orden mundial configurado por la supremacía estadounidense y occidental, un instrumento que en el fondo se diferencia poco de un acto de guerra.
    Por otro lado, sólo se puede estar de acuerdo con GA en el último punto que menciona: la acogida incondicional de los refugiados ucranianos. Pero no se puede hacer sin señalar que el cuasi-consenso que lo rodea es un ejemplo flagrante del «doble rasero» del discurso cínico dominante. ¿Qué podemos decir, por ejemplo, de la alcaldesa de Calais, que se enorgullece de acoger a los refugiados ucranianos y facilitar su paso al Reino Unido, mientras que al mismo tiempo exige constantemente la intensificación de la caza estatal de (otros) migrantes en su ciudad, que lleva años, llegando incluso a prohibir la distribución gratuita de alimentos y agua? ¿Cómo admitir el cinismo de Gerald Darmanin, que se permite criticar la «falta de humanidad» mostrada por los británicos al negarse a acoger a los ucranianos, mientras él mismo no deja de hacer gala de su destreza en la caza de inmigrantes?
    Si no se puede hacer pagar a los refugiados ucranianos la política asesina de la «Fortaleza Europa», no es menos inadmisible defender, aunque sea por omisión, una acogida selectiva, que opera según criterios (no tan) inconfesables. Porque si a unos se les concede lo que a otros se les niega, es seguramente porque tienen la triple «desgracia» de no ser víctimas de los rusos, de no ser blancos y, sobre todo, de no ser musulmanes. Así que sí a la acogida de los ucranianos, pero sin ningún régimen excepcional, en igualdad de condiciones con todos los que huyen de las guerras y las persecuciones.

    El mundo actual está profundamente afectado por fuerzas oscuras, que tienen su origen en la violencia de las relaciones de explotación inherentes al capitalismo y al orden mundial que garantiza la perpetuación de este sistema. La guerra no es más que la expresión concentrada de esta violencia, la «tormenta» que la «nube» de este sistema lleva dentro, parafraseando a Jaurès. Por eso, la «guerra contra la guerra», según la famosa consigna de Clara Zetkin, es una línea directriz para la acción de las fuerzas de la emancipación, y una línea de demarcación fundamental dentro de la propia izquierda.
    Si las palabras aún tienen sentido, adoptar una posición antimperialista e internacionalista equivale a desvincularse del propio imperialismo, o del bloque al que está adscrito un país secundario, y combatirlo sin tregua sin apoyar por eso el de un rival de la misma naturaleza. Para los antimperialistas rusos, significa luchar contra la guerra de Putin, como han empezado a hacer, con un riesgo considerable. Para las fuerzas antimperialistas del mundo occidental, significa demostrar que están asumiendo la pesada tarea de los que están «en el vientre de la bestia».
    En cuanto a la guerra en Ucrania, la movilización masiva para exigir su cese inmediato y la retirada de las tropas rusas debe ir acompañada de la condena de las acciones expansionistas de la OTAN y la exigencia de la retirada de nuestros respectivos países de esta alianza que constituye una gran amenaza para la paz mundial. No se puede, como hace GA, subrayar el papel de la ampliación de la OTAN en el desencadenamiento de la «nueva guerra fría» y no exigir su desmantelamiento como condición para una paz duradera en Europa. No se puede calificar de «antimperialista radical» una posición que consiste en alinearse con las decisiones de los gobiernos occidentales que conducen a una escalada del conflicto y a las secuelas de nuevas guerras. Por último, no podemos querer una Ucrania verdaderamente independiente dentro de fronteras reconocidas, respetuosa de la autodeterminación de sus pueblos, sin poner fin a esta carrera de ampliación de la alianza militar (y militarista) que asegura a Estados Unidos la perpetuación de su papel de «policía mundial», sin retomar la vía del desarme nuclear y sin trabajar por el abandono de las ambiciones imperiales de ambas partes.
    En el período actual, está claro que las luchas populares no toman la forma de guerras de liberación o de levantamientos armados, sin caer por eso en una ilusoria «no violencia». En este contexto, el antimperialismo y el internacionalismo de los oprimidos toman necesariamente la forma de la más amplia movilización por la paz, por la soberanía democrática de los pueblos y por la ruptura de la lógica de los bloques, de las alianzas militares y de las «zonas de influencia». Sectores significativos de la izquierda están, a nivel internacional, en esta longitud de onda. Por ejemplo, Mélenchon y France Insoumise en Francia, Jeremy Corbyn, la Coalición Stop the War y otros movimientos antiguerra en el Reino Unido, los Democratic Socialists of America, los sectores progresistas de las iglesias católica y protestante, y muchas otras fuerzas.
    Solo siguiendo este hilo podemos :
    – afirmar una posición autónoma de condena de la agresión rusa, al tiempo que se resiste al belicismo de nuestros gobiernos;
    – preservar la posibilidad de una Ucrania verdaderamente independiente y una paz duradera en Europa;
    – convencer a los sectores progresistas de los países del Sur que, de forma reactiva, por odio -absolutamente justificado- al imperialismo estadounidense y a la prepotencia occidental, se muestran benevolentes con un Putin;
    – Refundar un internacionalismo capaz de enfrentar y derrotar a las fuerzas de destrucción y muerte que surgen de un mundo sometido al dominio indiviso del capital.

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    Notas del artículo

    Notas del artículo
    1 Su punto de partida es el «documento Sisson», una falsificación difundida por el gobierno estadounidense en 1918 para justificar su participación en la Primera Guerra Mundial y para justificar la caza de los activistas de izquierda que se oponían a ella. Véase Alfred Erich Senn, «The Myth of German Money during the First World War», Soviet Studies, vol. 28, nº 1, 1976, pp. 83-90.
    2 Gilbert Achcar, La nouvelle Guerre froide. Le monde après le Kosovo, París, PUF, 1999, p. 8.
    3 Olivier Zajec, «A l’heure de l’élection américaine, l’ordre international qui vient», Le Monde diplomatique, noviembre de 2020, p. 16-17.
    4 Hélène Richard, Anne-Cécile Robert, «Le conflit ukrainien entre sanctions et guerre», Le Monde diplomatique, marzo de 2022, p. 22.
    5 Hortense Faivre d’Arcier-Flores, «La révolution cubaine et la France gaulliste : regards croisés», en Maurice Vaïsse (ed.), De Gaulle et l’Amérique latine, Nueva edición [en línea]. Rennes: Presses universitaires de Rennes, 2014, disponible en books.openedition.org/pur/42552.
    6 Perry Anderson, The New Old World, Londres y Nueva York, Verso, 2009, pp. 69-70.
    7 Laurent Geslin, Sébastien Gobert, «Ukraine, jeux de miroirs pour héros troubles», Le Monde diplomatique, diciembre de 2016.
    8 Véase Louise Couvelaire, «Au camp d’entraînement des petits soldats d’Ukraine», Le Monde, 19 de agosto de 2016.
    9 Hélène Richard, Anne-Cécile Robert, «Le conflit ukrainien…», art. cit. p. 23.
  • Memorándum sobre una posición antiimperialista radical a propósito de la guerra en Ucrania

    Memorándum sobre una posición antiimperialista radical a propósito de la guerra en Ucrania

    Memorándum sobre una posición antiimperialista radical a propósito de la guerra en Ucrania

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    Gilbert Achcar

    Profesor de la SOAS, Londres

    Traducción: Correspondencia de Prensa

    Fuente: À l’encontre

    Especiales temáticos: Guerra en Ucrania

    27/02/2022

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    a invasión rusa de Ucrania es el segundo momento decisivo de la nueva Guerra Fría en la que se ha sumido el mundo desde el cambio de siglo, como consecuencia de la decisión de Estados Unidos de ampliar la OTAN. El primer momento definitorio fue la invasión estadounidense de Irak en 2003. Fue un fracaso total en la consecución de los objetivos imperialistas de estadounidenses. El precio que pagó Irak -y sigue pagando junto con los países vecinos- fue enorme, pero la propensión del imperialismo estadounidense a invadir otros países se ha reducido mucho, como lo confirma la reciente retirada de sus tropas de Afganistán.

    El destino de la invasión rusa de Ucrania determinará la propensión de todos los demás países a la agresión. Si fracasa, el efecto sobre todas las potencias mundiales y regionales será de una fuerte disuasión. Si tiene éxito, es decir, si las botas de Rusia logran «pacificar» a Ucrania, el efecto será un cambio importante en la situación mundial hacia una ley de la selva sin límites, envalentonando al propio imperialismo estadounidense y a sus aliados para que continúen con su propio comportamiento agresivo.

    Por el momento, la heroica resistencia del pueblo ucraniano ha desconcertado a todo el espectro de admiradores reaccionarios de Vladimir Putin, desde la derecha dura y la extrema derecha mundial hasta los partidarios del imperialismo ruso, supuestamente de izquierda. Una victoria de Putin en Ucrania reforzaría enormemente este espectro de la política reaccionaria.

    Más allá de la condena general de la invasión rusa, también ha habido cierta confusión en las filas de las auténticas corrientes antiimperialistas en cuanto a la posición específica que se debe adoptar en cuestiones relacionadas con la guerra actual. Es importante aclarar esas cuestiones.

    1- No basta con pedirle a Rusia que detenga sus ataques y reclamar «un alto el fuego inmediato y la vuelta a la mesa de negociaciones». No utilizamos ese lenguaje de la ONU cuando Estados Unidos invadió Irak, pero sí exigimos la retirada inmediata e incondicional de los agresores, como hemos hecho en todos los casos de invasión de un país por otro. Asimismo, debemos exigir no sólo el cese de la agresión, sino también el retiro inmediato e incondicional de las tropas rusas de Ucrania.

    2- La exigencia del retiro ruso se aplica a cada centímetro cuadrado de territorio ucraniano -incluyendo el territorio invadido por Rusia en 2014. Cuando hay una disputa sobre la pertenencia de cualquier territorio en cualquier parte del mundo -como Crimea o las provincias orientales de Ucrania, por ejemplo- nunca aceptamos que el mismo se resuelva por la fuerza bruta y la ley del más fuerte, sino siempre y únicamente por el libre ejercicio por parte de los pueblos afectados de su derecho a la autodeterminación democrática.

    3- Nos opusimos a los llamamientos a la intervención militar directa de una fuerza imperial contra otra, ya sea con tropas terrestres o con la imposición de una zona de exclusión aérea a distancia. Por principio, estamos en contra de la intervención militar directa de cualquier fuerza imperialista en cualquier lugar. Pedir a una de ellas que se enfrente a la otra equivale a desear una guerra mundial entre potencias nucleares. Además, es imposible que tal intervención se lleve a cabo dentro de los límites del derecho internacional, ya que la mayoría de las grandes potencias imperialistas tienen poder de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU. Aunque es comprensible que las víctimas ucranianas de la agresión hagan llamamientos en ese sentido por desesperación, no dejan de ser pedidos irresponsables.

    4- Estamos a favor de la entrega incondicional de armas defensivas a las víctimas de la agresión, en este caso, al Estado ucraniano que lucha contra la invasión rusa de su territorio. Ningún antiimperialista responsable le pidió a la URSS o a China que entraran en guerra en Vietnam contra la invasión estadounidense, pero todos los antiimperialistas radicales estaban a favor de un mayor suministro de armas de Moscú y Pekín a la resistencia vietnamita. Darles a los que luchan en una guerra justa los medios para luchar contra un agresor mucho más poderoso es un deber internacionalista elemental. Oponerse en bloque a estas entregas contradice la solidaridad elemental debida a las víctimas.

    5- No tenemos una posición de principio general sobre las sanciones. Estábamos a favor de las sanciones contra el Estado del apartheid de Sudáfrica y estamos a favor de las sanciones contra la ocupación colonial israelí. Estábamos en contra de las sanciones impuestas al Estado iraquí tras su destrucción por la guerra de 1991, porque eran sanciones asesinas que no servían a ninguna causa justa, sino sólo a la sumisión de un Estado al imperialismo estadounidense con un costo casi genocida para su pueblo. Las potencias occidentales decidieron toda una serie de nuevas sanciones contra el Estado ruso por su invasión de Ucrania. Algunas de ellas pueden reducir efectivamente la capacidad del régimen autocrático de Putin para financiar su maquinaria bélica, otras pueden perjudicar a la población rusa sin afectar demasiado al régimen o a sus acólitos oligárquicos. Nuestra oposición a la agresión rusa, combinada con nuestra desconfianza en los gobiernos imperialistas occidentales, significa que no debemos apoyar sus sanciones ni exigir su levantamiento.

    6- Por último, la cuestión más obvia y más directa de todas desde una perspectiva progresista es la exigencia de que se abran todas las fronteras a los refugiados de Ucrania, como debería hacerse con todos los refugiados que huyen de la guerra y la persecución, independientemente de su origen. El deber de acoger y de amparar a los refugiados y el costo de recibirlos deben ser compartidos de forma equitativa por todos los países ricos. Los desplazados internos dentro de las fronteras de Ucrania también deben recibir ayuda humanitaria urgente.

    ¡Solidaridad con el pueblo ucraniano!

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    Miguel Urbán

    Militante de Anticapitalistas

    Fuente: El Diario.es

    Especiales temáticos: Guerra en Ucrania

    15/03/2022

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    Hace unos días, el alto representante para la Política Exterior de la UE, Josep Borrell, utilizó la tribuna del Parlamento Europeo para pronunciar un discurso belicista propio del General Broulard en Senderos de Gloria. Esos militares de alto rango que tan bien retrató la película de Kubrick, a quienes se les llena la boca con términos como valentía, patria, arrojo, disciplina o sumisión mientras ven la guerra desde sus despachos. “Nadie puede invocar la resolución pacífica del conflicto. Nos acordaremos de aquellos que en este momento solemne no estén a nuestro lado”, afirmó Borrell en tono amenazador e inquisitorial. Todo un aviso para quienes se opongan a la deriva belicista de la UE abogando por una resolución pacífica ante la intolerable invasión de Ucrania por parte del régimen dictatorial de Putin.
    Pero resulta que algunos no asumimos ningún compromiso con los partidos, regímenes y gobiernos que han contribuido a esta situación de guerra. Nuestra simpatía está con el pueblo ucraniano que sufre la guerra y con el pueblo ruso que se opone a ella. Las y los anticapitalistas no hacemos política desde los intereses de las clases dominantes y sus artefactos políticos, sino desde el interés internacionalista de la clase trabajadora. Esta es una guerra imperialista trágica, que podría haberse evitado. Pero la lógica de los imperialismos ha empujado a ella y ni Putin, el único responsable de haberla desencadenado, ni la OTAN, con su estrategia intervencionista creciente, serán perdonados por ella. El primero, por agredir al pueblo ucraniano y tratar de imponer su proyecto imperial gran ruso. Los segundos, por vaciar de soberanía a Ucrania, convirtiendo el país en un peón de su geopolítica en alianza con la élite corrupta que ha saqueado Ucrania en complicidad con Occidente durante todos estos años.
    Es lógico que quienes se encuentran en estos momentos en Ucrania luchando contra Putin decidan tomar las armas o adoptar otras formas de resistencia civil y hacer todo lo posible para evitar esta ocupación. La honestidad política exige que en la respuesta europea reconozcamos que, ante esta guerra, existen varias posiciones. Por un lado, la de quienes han apostado por una carrera armamentística y están dispuestos a llegar hasta el final, arrastrando incluso al planeta a la guerra total entre potencias nucleares. Una opción que hoy parece menos lejana de lo que nos parecía hace tan solo dos semanas ante la dinámica crecientemente agresiva emprendida por Putin. Pero existen otras posiciones. Como la de quienes apostamos por apoyar a los pueblos ucraniano y ruso y, a la vez, por parar la guerra lo más pronto posible mediante un proceso de negociación como el único camino para frenar la escalada militar, evitar un caos geopolítico todavía mayor y lograr frenar este conflicto antes de que sea demasiado tarde.
    Las veleidades militaristas de nuevo cuño parecen haber conquistado las moquetas y despachos de Bruselas. La semana pasada el Parlamento Europeo aprobó una resolución que supuestamente denunciaba la ocupación de Ucrania por parte de Putin y se solidarizaba con el pueblo ucraniano, algo que desde Anticapitalistas hemos defendido en todo momento. Pero la resolución era mucho más que una condena de Putin, ya que utilizaba la guerra y el sufrimiento ucraniano como coartada para remilitarizar Europa, proponiendo el aumento del gasto militar en una escalada belicista que solo beneficia a las multinacionales de la muerte y refuerza el papel de la OTAN como gendarme mundial al servicio de la agenda de Washington, a la que se subordinan las potencias europeas. Entre otras cosas la resolución aprobada en el Parlamento Europeo decía, textualmente:
    “Reitera que la OTAN es la base de la defensa colectiva de los Estados miembros aliados en la OTAN; acoge con satisfacción la unidad entre la Unión, la OTAN y otros socios democráticos afines para hacer frente a la agresión rusa, pero subraya la necesidad de reforzar su posición de disuasión colectiva, su preparación y su resiliencia; alienta la intensificación de la Presencia Avanzada Reforzada de la OTAN en los Estados miembros más próximos geográficamente al agresor ruso y al conflicto; destaca las cláusulas de asistencia mutua y solidaridad de la Unión y pide que se pongan en marcha ejercicios militares comunes; reitera su llamamiento a los Estados miembros para que incrementen el gasto en defensa y garanticen capacidades más eficaces, y para que hagan pleno uso de los esfuerzos conjuntos de defensa en el marco europeo, en particular la Cooperación Estructurada Permanente (CEP) y el Fondo Europeo de Defensa, con el fin de reforzar el pilar europeo en el seno de la OTAN, lo que aumentará la seguridad de los países de la OTAN y de los Estados miembros por igual”
    Puede parecer un dato anecdótico, pero en la resolución europarlamentaria la palabra paz aparecía solo en cuatro ocasiones, mientras términos como OTAN 15 veces y seguridad otras 22. Las palabras pueden decir mucho de los verdaderos intereses de un texto. Con este paso, la UE da un vuelco a su teórica política pacifista recogida en los tratados y acelera su brazo armado y la remilitarización, favoreciendo el aumento del gasto militar hasta al menos el 2% del PIB de cada Estado miembro, como ya se ha anunciado en países como Alemania, algo que, conociendo los antecedentes del militarismo alemán, debería inquietar a la ciudadanía europea que esté mínimamente familiarizada con la historia del continente.
    Además, la resolución aprobada prevé un envío de armas que choca con los mismos tratados europeos que prohíben de forma expresa destinar fondos del presupuesto común a proyectos con “implicaciones militares o de defensa”. Para sortear este obstáculo, se utiliza el Instrumento Europeo para la Paz (creado hace tres años con el objetivo de contribuir a la paz y a la estabilidad de zonas remotas del mundo, pero que paradójicamente su primera tarea va a ser financiar 450 millones en armamento para Ucrania). Y como este instrumento ha sido apartado del Marco Financiero Plurianual y cuenta con una dotación externa, de paso puede sortear los Tratados Europeos que lo prohibirían.
    Cabe preguntarse entonces por qué la UE decide enviar armas ahora. ¿Por qué a Ucrania? ¿Por qué no a cualquiera de los otros muchos conflictos en el mundo donde la legalidad internacional también es vulnerada de forma flagrante? Me viene a la cabeza el Sáhara ocupado ilegalmente, pero cabrían tantos otros ejemplos donde la UE mira hacia otro lado en el mejor de los casos, cuando no participa directamente apoyando a la potencia beligerante u ocupante. Además, ¿acaso podemos confiar en que ese envío de armas vaya a quienes más las necesitan, la población civil asediada, y no a los grupos más belicistas de extrema derecha?
    Ahora bien, a las élites políticas y económicas europeas no les importaría empantanar el conflicto en Ucrania durante años, aunque sea a costa del pueblo ucraniano, de fortalecer a gobiernos títeres y, de paso, reforzar y justificar la dictadura de Putin. Por eso no están mostrando ningún interés en impulsar iniciativas diplomáticas y han desplazado el debate y las medidas hacia el callejón sin salida del reduccionismo militar. De lo que no hay ninguna duda es que esta escalada armamentística está llenando las arcas de una industria militar que ya ha ganado más de 24.000 millones de euros desde que se inició la guerra.
    Pero volvamos a Bruselas. Entre los discursos esgrimidos en el Parlamento Europeo la semana pasada, destacaba la idea de que Europa nunca había estado tan unida. Y la verdad es que la guerra se está utilizando con una lógica de unión sagrada y como salvavidas para un proyecto europeo que padece desde hace tiempo una fuerte crisis de legitimidad. Así, la aventura criminal de Putin permite cohesionar a la UE sobre la base de un fuerte sentimiento de inseguridad ante las amenazas externas que legitiman su remilitarización (que es mucho más que el aumento del gasto militar antes mencionado) y permite a la OTAN diluir toda veleidad de independencia política de la UE mientras recupera una legitimidad y una unidad perdidas tiempo atrás, especialmente tras el fracaso de la ocupación de Afganistán.
    Ante la deriva militarista y belicista que está azotando a Europa, y a pesar del ambiente macartista de intimidación intelectual y de demagogia belicista, algunas personas hemos decidido levantar la bandera de una tradición socialista que ha luchado siempre por la paz y contra los imperialismos, vengan de donde vengan. Y no por eso voy a dejar de reconocer que no existen recetas mágicas que vayan a solucionar repentinamente esta situación. Al votar en contra de la resolución del Parlamento Europeo, desde Anticapitalistas asumimos las contradicciones de este posicionamiento. Pero es un posicionamiento que hemos adoptado colectiva, consciente y autónomamente, no condicionados por el qué dirán o por cálculos espurios. Hemos votado no a remilitarizar Europa. Y lo hemos hecho porque rechazamos utilizar la inaceptable y criminal invasión del régimen tiránico de Putin contra Ucrania para fortalecer la OTAN y cargar la amenaza de un choque entre potencias imperialistas sobre las vidas de trabajadoras y trabajadores ucranianos y rusos. Hemos dicho no a quienes quieren devolvernos a la lógica de la Unión Sagrada de albores de la Primera Guerra Mundial, obligándonos a aceptar unos nuevos créditos de guerra.
    Porque, si bien es cierto que, por el momento, solo una potencia ha lanzado una agresión y el pueblo ucraniano tiene derecho a su resistencia, armada y no armada, y a luchar por su soberanía (algo que debería pasar por el no alineamiento, precisamente lo contrario de convertirse en un satélite de la OTAN o de Rusia), no es menos cierto que en Ucrania la OTAN se prepara cada vez más a intervenir contra Rusia. Y esto no hace más que volver la situación cada vez más peligrosa, aumentando el riesgo de degenerar en un choque abierto entre potencias nucleares cuanto más se prolongue el conflicto.
    Esto no va de no tomar partido con una u otra potencia imperialista. Porque cuando se trata de convertir esta guerra de agresión en disputa entre imperios, las y los anticapitalistas no podemos caer en esa trampa binaria, sino romperla. Nuestra posición es de parte, activa y clara a favor de los pueblos ucraniano y ruso, por la paz sin anexiones, por la retirada incondicional de las tropas rusas de Ucrania y por garantizar el derecho de los pueblos sin excepciones a decidir libremente su futuro. Por cierto, la misma posición que defendieron Trotsky y Lenin en la Conferencia de Zimmerwald, a quienes tanto ha atacado Putin estos días por defender el derecho de autodeterminación de los pueblos, empezando por el de la República de Ucrania y para ello buscaremos la mayor colaboración posible con las izquierdas ucraniana y rusa
    Y para todo ello, la UE debería apoyar las negociaciones que ya se están produciendo entre Putin y el Gobierno ucraniano, contribuyendo así a detener esta barbarie lo antes posible. Presionando por todos los medios a la oligarquía rusa que sostiene el régimen de Putin, sancionar a los oligarcas y no al pueblo, con medidas como la expropiación de los activos y pasivos de los millonarios rusos para financiar la reconstrucción de Ucrania. Para ello será necesario crear un registro financiero internacional, que nos permita conocer los propietarios reales, una medida que seguramente no agradará a las fortunas occidentales.
    La geopolítica y la real politik suelen olvidarse de los pueblos. Y para apoyar al pueblo ucraniano, la reivindicación de anular la deuda externa es hoy en día una de las más poderosas herramientas para aliviar la presión sobre la economía ucrania (y, de paso, de todos los países ahogados por ella), sobre su población y sus finanzas, permitiendo esbozar un futuro que no pase por el empobrecimiento de su pueblo. Una propuesta que, por razones obvias, a ninguna de las partes imperiales en conflicto parece haberles importado nunca mucho y menos ahora.
    Pero más allá de Ucrania, resulta fundamental que levantemos un plan de choque social ante las previsibles y ya presentes consecuencias económicas y sociales de la guerra en Europa. Hay que redoblar los esfuerzos en ayuda humanitaria al pueblo ucraniano y a quienes huyen buscando refugio en el que ya es el mayor éxodo en Europa desde la II Guerra Mundial. Y esto requiere un reparto equitativo y solidario de las cargas de los esfuerzos de acogida entre el conjunto de Europa. Así mismo, hay que enfrentar con medidas valientes la crisis económica que se cierne sobre el conjunto del continente para que no sean las clases populares las que, una vez más, paguen las consecuencias de esta guerra. Para ello, además de controlar el aumento de los precios de la energía y de tantos otros bienes, debe producirse una subida de los salarios y de la capacidad adquisitiva de la clase trabajadora para evitar un crecimiento de la carestía de la vida. Pero no nos hagamos trampas: el control de precios no es posible sin una planificación social y ecológica de la economía, ni sin la nacionalización de sectores estratégicos como la energía. Y, evidentemente, nada de esto llegará solo ni por voluntad propia de quienes nos gobiernan, sino que requerirá una movilización activa y consciente de la clase trabajadora.
    Sabemos que el mundo se desliza hacia una crisis de gran magnitud en todos los terrenos y que las guerras son un momento de reordenación capitalista en los que las grandes empresas acumulan grandes beneficios y ajustan las condiciones sociales contra la clase trabajadora. Organizar una respuesta popular frente a este escenario forma también parte del No a la guerra.
    El futuro de nuestro siglo se está escribiendo hoy en las llanuras ucranianas. Las fuerzas transformadoras europeas debemos tomar una posición activa con agenda propia, que rechace sin ambigüedades el proyecto político imperial de la oligarquía rusa y la autocracia putinista, pero también la agenda militarista de la OTAN y de los dictados imperialistas de Washington. Alejar el fantasma de una confrontación nuclear pasa por retomar una agenda de desarme y desnuclearización de Europa poniéndola al servicio de los intereses de los pueblos. Y a quienes nos hablen con ardor guerrero y retóricas belicistas para enfrentarnos entre trabajadores y trabajadoras en una guerra que ellos no combatirán, recordémosles que “los senderos de gloria no conducen sino a la tumba”.

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  • La guerra de Ucrania. Responsabilidades asimétricas

    La guerra de Ucrania. Responsabilidades asimétricas

    La guerra de Ucrania responsabilidades asimétricas

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    Pere Ortega

    Centre Delàs d’Estudis per la Pau

    Fuente: Público

    Especiales temáticos: Guerra en Ucrania

    01/03/2022

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    He de reconocer mi error al considerar que Vladimir Putin no se atrevería a invadir militarmente Ucrania e iniciar una guerra, debido a que los intereses de Rusia se verían seriamente afectados por la interdependencia económica que mantiene con Europa occidental, especialmente por el suministro de gas y petróleo ruso.

    La invasión de Ucrania debe condenarse sin paliativos. Una intervención militar que representa una violación del derecho internacional y de la Carta de Naciones Unidas, y que a la vez demuestra el ánimo imperialista de Putin, cuando recientemente ha intervenido militarmente en favor de Kazajistán y apoyado a Bielorrusia ante las protestas de la población civil contra los gobiernos autoritarios de ambos países.

    Pero en aras de la verdad, la actual invasión de Ucrania por parte de Rusia tampoco excusa de responsabilidades a Estados Unidos y la OTAN. Por un lado, porque la revuelta o revolución del Euromaidán de octubre de 2014, llevada a cabo por los partidarios de integrarse en la Unión Europea y en la OTAN calificada por algunos analistas de golpe de Estado tuvo el soporte de EEUU y Alemania para derrocar el gobierno de Yanukóvich de orientación pro rusa, pero elegido en las urnas. Hecho que desencadenó la revuelta de las provincias del Donbás, Donetsk y Luhansk, y de la península de Crimea de poblaciones mayoritariamente rusa, las dos primeras apoyadas militarmente por Rusia y Crimea anexionada debido a que ésta es de vital importancia estratégica para Rusia, pues allí, en el puerto de Sebastopol, la armada rusa tiene acceso al Mediterráneo.

    Pero también hay razones para responsabilizar además del Kremlin a EEUU y la OTAN de la crisis actual en Ucrania. Hay que volver la vista atrás y recordar que en noviembre de 1990, se reunieron en París todos los países miembros de la OTAN y del Pacto de Varsovia en la Conferencia para la Seguridad y la Cooperación en Europa que dio paso al nacimiento de la OSCE que reunió a 56 países, todos los de América del Norte, Europa y Asia Central, y que tuvo como resultado la seguridad y la prevención de conflictos de esta gran área. Una Conferencia que promulgó la Carta para una Nueva Europa, que generó muchas esperanzas, pues ponía fin a la guerra fría con un conjunto de medidas de desarme y de cooperación entre todos los estados miembros sin excepción. Entre las más apreciadas, la firma del Tratado de Limitación de Fuerzas Convencionales en Europa (CFE) que reducía substancialmente el militarismo en suelo europeo.

    Como también se debe recordar, que muchos de los estados de la comunidad internacional que hoy denuncian -con razón- a Rusia por esta agresión, no lo hicieron cuando en 1999 también la OTAN violó el derecho internacional bombardeando Serbia y avalando la independencia unilateral de Kosovo. Violación que en 2003 repitió Estados Unidos en Irak con la ayuda de diversos países, entre otros España, que se coaligaron para invadir aquel país e imponer un gobierno títere al servicio de EEUU.

    Posteriormente, tras la desintegración de la URSS en 1991 y la desaparición del Pacto de Varsovia, la OTAN, en Roma, se reunían los estados miembros de la OTAN para discutir sobre el futuro de la Alianza. Allí las esperanzas se convirtieron en frustración, pues en lugar de disolverse, la OTAN buscó nuevos peligros para justificar su continuidad. En esa cumbre, los estados miembros decidieron de forma unánime la continuidad de la OTAN buscando una nueva identidad de seguridad y defensa. Definida de forma definitiva en la Cumbre de la celebración del 50 aniversario del nacimiento de la OTAN, en Washington, en abril de 1999, donde se adoptó el denominado Nuevo Concepto Estratégico (NCE), y que enterraba de manera definitiva las esperanzas puestas en la Carta de París de 1990, pues la OTAN se erigía como organismo político militar con la misión de salvaguardar la seguridad de los países miembros frente a cualquier peligro que amenazara el modelo político y económico occidental, es decir, el liberal-capitalista. Modelo que fue reconfigurado en la posterior cumbre de Lisboa de jefes de Estado de noviembre de 2010, donde se actualizó la NCE, con una característica de gran importancia, el paso de la OTAN de organización defensiva a ofensiva y así poder actuar fuera de la zona de cobertura tradicional del Atlántico Norte para hacerlo en cualquier lugar del planeta.

    Toda esa reconversión de la OTAN fue acompañada de una continua expansión hacia las fronteras rusas incorporando a múltiples estados del antiguo bloque de la URSS, un incumplimiento de los pactos, aunque no escritos, entre George Bush y Gorbachov de 1990. Posteriormente, EEUU, rompió el Tratado ABM de misiles antibalísticos firmado con la URSS, e instaló el Escudo Antimisiles compuesto de radares en la República Checa y baterías de misiles en Polonia y Rumania con la misión de detectar ataques con misiles contra EEUU, lo cual irritó al Kremlin y que desembocó en que Putin respondiera instalando baterías de misiles en Kaliningrado y modernizando su arsenal nuclear y anunciando la puesta en marcha de nuevos misiles hipersónicos capaces de traspasar ese Escudo sin ser detectados. Es decir, se iniciaba una nueva carrera de armamentos debido a la agresiva política llevada a cabo por EEUU en complicidad con la OTAN.

    Una vez iniciada la invasión y la guerra en Ucrania, los países miembros de la UE deberían jugar un papel mucho más relevante y activar todas sus capacidades diplomáticas para que se ponga fin a las operaciones militares de todas las partes, reclamando el respeto al derecho internacional para poder volver a restablecer el Tratado de Minsk II u otro similar que contemple un alto el fuego y así poder avanzar en el camino de garantizar la seguridad y la paz en la región. También dando garantías a Rusia de que Ucrania y Georgia u otros países del entorno ruso no se incorporaran a la OTAN, a fin de poder reconducir el conflicto por la vía diplomática.

    Para hacer posible la paz la solución no proviene del uso de la fuerza militar, pues la violencia armada (la guerra) nunca resuelve en su totalidad los conflictos y, por el contrario, los enquista haciendo posible su renacimiento posterior. La paz sólo puede conseguirse a través del diálogo y la negociación. Ese es el camino que ahora se debe intentar para encontrar una salida a la guerra en Ucrania.

    Cómo acabará el conflicto con Rusia es arriesgado de vaticinar, pero hay que esperar lo peor: un fortalecimiento de la OTAN que derivará en un mayor militarismo y aumento del gasto militar en Europa y el mundo; una mayor dependencia político militar de Europa de Estados Unidos; la división entre Europa occidental y Rusia y los países que estén bajo su órbita; una posible división mundial en dos grandes bloques, el occidental dirigido por Estados Unidos y el oriental dirigido entre Rusia y China. Un panorama terrorífico para la paz.

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    Rusia-Ucrania: «Una situación peor que durante la Guerra Fría». Entrevista con Ilya BoudraitskisIlya Boudraitskis y Ervin Hladnik Milharčič

    Rusia ilya

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    Ilya BoudraitskisIlya Boudraitskis y Ervin Hladnik Milharčič

    Militantes anticapitalistas

    Traducción: Marc Casanovas

    Fuente: inprecor

    Especiales temáticos: Guerra en Ucrania

    06/03/2022

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    E

    n una situación extremadamente peligrosa, marcada por la agresión militar rusa contra Ucrania y más globalmente por un contexto de inestabilidad hegemónica a nivel mundial que acentúa las rivalidades entre potencias imperialistas, publicamos esta esclarecedora entrevista realizada por Ervin Hladnik Milharčič a Ilya Boudraitskis, publicada en el diario esloveno Dnevnik y traducida al francés por Jan Malewski para la revista Inprecor.

    Además de una información indispensable sobre el poder ruso y su aparato de propaganda nacionalista/militarista, pero también sobre la relación de la población rusa con lo que se está jugando actualmente, permite comprender mejor los vínculos entre el endurecimiento autoritario en Rusia -que tiende al aplastamiento de cualquier oposición y de cualquier indicio de disidencia abierta- y la iniciativa imperial tomada por Vladimir Putin contra Ucrania.

    ***

    Ervin Hladnik Milharčič: Mientras usted está en Moscú y yo en Liubliana, ¿hablamos a través de una futura línea de frente? Estamos hablando de guerra. En Europa, la política insta a los rusos a hacer algo, empleando para ello todos los canales mediáticos. Y por su parte, ¿qué implica esto?

    Ilya Boudraitskis: ¿Piensa en cómo percibe la situación la gente de a pie o en el imaginario que crea el régimen?

    Ervin Hladnik Milharčič: Para empezar, ¿cómo presentan los medios de comunicación rusos las tensiones en la frontera ruso-ucraniana?

    Ilya Boudraitskis: Los medios de comunicación oficiales rusos, incluidos todos los canales de televisión, están controlados por el Kremlin. Otras son casi inexistentes. Sobre Ucrania, estos medios de comunicación estatales han estado utilizando el lenguaje de la guerra desde 2014. En los últimos meses, no ha habido ningún cambio en esta forma de hablar. Sigue siendo el mismo vocabulario.

    Ervin Hladnik Milharčič: ¿Qué quiere decir con el lenguaje de la guerra?

    Ilya Boudraitskis: Interminables debates sobre la profunda división entre nuestro país y Occidente, con el que tenemos un conflicto histórico. El uso de una retórica militar extremadamente agresiva. Nos hablan de nuestras bombas, tanques, aviones y otras armas. Escuchamos que podemos destruir los Estados Unidos de América en dos o tres minutos, o que podemos volver a ganar fácilmente una guerra mundial. Esto se ha convertido en el lenguaje común de los medios de comunicación oficiales.

    Ervin Hladnik Milharčič: ¿Qué efecto tiene esto en la opinión pública?

    Ilya Boudraitskis: Fabuloso. En casa, para ayudar a los niños a conciliar el sueño, les contamos el cuento del niño que gritó «el lobo». Conoces esta historia, ¿verdad? El niño corrió por el pueblo gritando «el lobo, el lobo, el lobo» para llamar la atención. Lo ha conseguido. Todo el pueblo se movilizó varias veces. Cuando finalmente el lobo llegó a la aldea, ya nadie le prestó atención. Al menos desde 2014, los medios de comunicación oficiales han estado hablando incesantemente y en un tono muy fantasioso sobre un conflicto inevitable con Ucrania, que nunca se materializó. Ahora quieren dar la alarma. En las últimas semanas, los medios de comunicación oficiales han intentado transmitir que la situación se ha vuelto muy grave. Que este enfrentamiento militar es real. Sin embargo, el público no percibe este anuncio como algo diferente. La reacción común a estos mensajes es decir: «Sabemos que estamos en conflicto con Ucrania, sabemos que estamos en conflicto con Estados Unidos, nos lo dicen todo el tiempo, así que esto es la normalidad».

    Ervin Hladnik Milharčič: ¿Ninguna emoción en particular?

    Ilya Boudraitskis: Es más complicado que eso. Por un lado, la gente lo ve como una continuación de la estrategia habitual de señalar las peculiaridades de las élites gobernantes. Están tan familiarizados con el lenguaje del conflicto que ya no se conmueven. Pero, al mismo tiempo, crece el temor a la posibilidad de una escalada real. El miedo a la guerra se abre paso poco a poco.

    Ervin Hladnik Milharčič: ¿Se nota este malestar también en los medios de comunicación oficiales?

    Ilya Boudraitskis: No, según ellos ya hemos ganado. Pero la gente está cada vez más preocupada. Esto no es sólo mi sensación. El miedo a la guerra siempre ha sido el segundo mayor temor, después del miedo a la salud personal y la consiguiente preocupación por el funcionamiento de las instituciones públicas y su atención a las personas. Sin embargo, recientes encuestas de opinión muestran que al menos el 60% de la población teme la posibilidad de un conflicto armado, y que este temor es mayor que la preocupación por la salud de la pandemia. Ambos elementos están presentes simultáneamente en la conciencia colectiva. La gente está tan acostumbrada a la retórica militarista que no se la toma demasiado en serio, pero por otro lado, hay una preocupación creciente. Personalmente, creo que el miedo proviene de los acontecimientos que hemos presenciado en el último año. Miedo relacionado con la creciente represión del Estado, la creciente violencia que la acompaña y el clima de ansiedad que genera. Yo diría que esta cuestión está en el centro del pensamiento político de las masas sobre nuestra situación. Pero hay que tener en cuenta que en nuestra sociedad no hay reacciones políticas serias, ni manifestaciones, ni protestas. Ya no hay manifestaciones masivas de descontento, ni ocupaciones de calles o plazas. Nada.

    Ervin Hladnik Milharčič: ¿Cómo lo ha conseguido Putin?

    Ilya Budraitskis: A través de un año de golpes directos a los núcleos de la oposición. El régimen político es cada vez más represivo. Tras la detención de Alexei Navalny, líder del partido de la oposición Rusia Futura, y la dispersión de las manifestaciones que le siguieron, la opinión pública fue silenciada. Toda la oposición se encuentra ahora en una situación muy deprimente. El año pasado fuimos objeto de una represión total. Todas las estructuras de Alexei Navalny han sido declaradas organizaciones extremistas y sus colaboradores son considerados extremistas. Cualquier persona que expresara su apoyo a Navalny podría ser detenida. La organización de derechos civiles más antigua, Memorial, que fue reconocida en 1989, fue disuelta por una sentencia del Tribunal Supremo porque supuestamente entraba en la Ley de Agentes Extranjeros. Simbólicamente, esto fue muy destructivo: la organización de derechos humanos más antigua se convierte de repente en ilegal. También se dirigieron a todos los medios de comunicación independientes con extrema agresividad. La Ley de Agentes Extranjeros puede utilizarse contra cualquiera. Ya no hay un solo medio de comunicación independiente en Rusia que no pueda ser acusado de ser una agencia extranjera. La acusación es una advertencia. Significa que pueden ser liquidados en cualquier momento, como lo fue el Memorial. Gran parte de la represión está relacionada con lo que está ocurriendo ahora en la frontera con Ucrania. Querían asegurarse de que no hubiera sorpresas desagradables, oposición, reacciones o resistencia en el frente interno.

    Ervin Hladnik Milharčič: ¿La gente de a pie solo conoce la versión oficial?

    Ilya Boudraitskis: Más o menos sí. Así que la gente está preparada psicológicamente para la guerra. Puedes seguir la televisión estatal y creer en la propaganda. No es difícil. Pero sobrevivir en un conflicto es otra cosa. En este ámbito, la situación ya es muy diferente, porque vivimos en un país muy pobre, que ha visto cómo se deterioraba la calidad de vida en los últimos años, dando la impresión de ser un país en declive en todos los ámbitos. Sólo si la situación, ya de por sí mala, se deteriora muy rápidamente, y cuando la gente no vea ninguna salida, podríamos esperar un cambio y demandas más apremiantes para una política diferente. Sin embargo, hasta ahora no hay nada de eso a la vista.

    Además, la situación no está nada clara. El discurso oficial mantiene sistemáticamente esa ambigüedad. Por un lado, utilizan un lenguaje militarista agresivo e inflexible. Por otro lado, también se habla del deseo de paz, de conversaciones entre Rusia, Estados Unidos y los países europeos. Atribuyen esta tensión a la histeria antirrusa de los medios de comunicación occidentales y a la política que hay detrás. Dicen que Rusia no tiene planes de ataque, que no planea ninguna invasión armada, que el ejército sólo está haciendo maniobras normales en territorio soberano ruso y que en Occidente están creando pánico por sus propios problemas. Mucha gente se pregunta qué está pasando realmente. ¿Deberíamos realmente prepararnos para la guerra, o se trata de otra tormenta propagandística sin final a la vista? Este dilema nos resulta familiar. ¿Es sólo una ola de desinformación tras otra, o el peligro de una confrontación militar está realmente cerca?

    Ervin Hladnik Milharčič: Efectivamente, Estados Unidos y algunos países europeos envían material militar a Ucrania. ¿Han llamado la atención sobre esto?

    Ilya Boudraitskis: Sí, está claro. El miedo a la guerra tiene dos caras. La gente tiene miedo por naturaleza de los conflictos militares. Si Occidente da un apoyo militar real a Ucrania, podría haber una guerra importante. Por otra parte, existe un fuerte temor a que se impongan nuevas sanciones económicas, que podrían socavar la ya dañada economía. Puede ser que Occidente vea realmente a Ucrania como un país en el que finalmente puede enfrentarse a Rusia en todos los frentes, y que se convierta en un campo de batalla. Pero es difícil lanzar un debate más serio en Rusia sobre esta cuestión. Los medios de comunicación oficiales están controlados y no hay posibilidad de realizar un análisis serio de la situación y una confrontación de opiniones. Se ocupan de la propaganda, la información es secundaria. Todavía hay algunos medios de comunicación liberales de la oposición. Siguen existiendo, pero cada día son menos numerosos y están sometidos constantemente a una terrible presión por parte del Estado. Todavía existe un cierto sentimiento de revuelta entre la población. Pero el régimen sigue enviando dos señales contradictorias.

    El mensaje oficial es que, a diferencia de Occidente, Rusia quiere conversaciones y no planea una guerra, pero que está preparada para todo. En esta imagen, es Ucrania -alimentada por Occidente- la agresora. A pesar de toda la retórica belicosa, los medios de comunicación oficiales transmiten el mensaje del Kremlin de que esta batalla se librará mediante conversaciones y que se evitará la guerra.

    Ervin Hladnik Milharčič: ¿Cómo justifican ese mensaje?

    Ilya Boudraitskis: Uno recuerda la experiencia de 2014, cuando el ejército ruso ocupó Crimea y la reacción de Occidente fue principalmente retórica. Crimea se anexionó a Rusia, hubo protestas y revueltas, se impusieron sanciones, pero a nadie se le ocurrió intentar devolver Sebastopol y Yalta a Ucrania mediante la guerra. El Kremlin puede señalar el Mar Negro y decir que ha establecido su autoridad allí sin que nadie le moleste seriamente.

    Los medios de comunicación liberales intentan contar una historia diferente, pero se confunden. La oposición política también está confundida. Nadie sabe cuál es el contenido secreto de las conversaciones entre Rusia y Occidente. La mayoría de los ciudadanos tienen la impresión de que las relaciones entre Rusia y Occidente se han roto por completo. Sin embargo, la ruptura no se produjo el año pasado, sino mucho antes. Los que viven en las grandes ciudades y viajan a otros países saben que las relaciones son malas desde hace mucho tiempo. La situación es clara. La embajada de Estados Unidos en Moscú lleva tres años sin expedir visados a los ciudadanos rusos. Si quieres ir a Estados Unidos, tienes que ir primero a otro lugar, como Zagreb o Liubliana, y solicitar allí el visado. Esto comenzó en la era de Donald Trump y continúa bajo Joseph Biden.

    Ervin Hladnik Milharčič: Pero si hay una guerra, ¿por qué vamos a luchar? En 2014, los ucranianos cedieron Crimea sin luchar. El ejército ucraniano ni siquiera hizo un disparo al aire. ¿Tiene claro el objetivo del conflicto?

    Ilya Budraitskis: Esa es la cuestión principal, ¿no? ¿Por qué luchamos? No hay ningún dilema para las autoridades rusas. Durante el último año, ha quedado claro que el acuerdo de Minsk no está funcionando. En Donetsk, la situación está bloqueada. La idea de que las Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk podrían ser utilizadas para controlar al gobierno ucraniano se ha derrumbado. Putin pensó que encontraría en el Donbass un pilar sobre el que construir una política sobre Ucrania. El acuerdo debía impedir al menos la cooperación de Ucrania con la OTAN, pero fracasó. Mientras tanto, se celebraron elecciones en Ucrania y rápidamente quedó claro para Putin que sería imposible llegar a un acuerdo con el nuevo presidente, Volodymyr Zelensky. Cuando fue elegido en mayo de 2019, había cierta esperanza en el Kremlin de que se pudiera llegar a un acuerdo con él para la normalización de las relaciones. Pero luego resultó ser, en muchos aspectos, un nacionalista aún más duro que su predecesor, Petro Poroshenko. Putin tenía que encontrar una forma de salir del punto muerto del fallido acuerdo de Minsk. Decidió desplazar el centro de gravedad del Donbass a toda Ucrania. Comenzó a preguntarse qué lugar se había reservado para Ucrania en los planes de la OTAN. ¿Sería Ucrania al menos un país neutral, o un aliado militar abierto? Quería desviar la atención de la situación congelada en el Donbass y empezar a hablar de las relaciones interestatales y globales.

    Ervin Hladnik Milharčič: ¿Cómo lo hizo?

    Ilya Budraitskis: Simplemente. Comenzó a trasladar tropas a la frontera. La idea era obligar a Occidente a reaccionar. Putin planteó a Occidente una pregunta muy sencilla: ¿hasta qué punto se plantearía apoyar militarmente a Ucrania en caso de conflicto militar? O más sencillamente: ¿irás a la guerra si invado el país? Quería ver qué ocurre en las fronteras de la Unión Europea en caso de intervención militar. Hizo la pregunta de su manera preferida. A Putin le gusta desafiar a su oponente. Se pone delante de él, le mira a los ojos. «Bueno, ¿qué vas a hacer? ¿Vas a golpear, o sólo estás hablando?» ¿Quién se echará atrás primero? Lo hizo en Crimea en 2014, y luego en el Donbass. En realidad no se trataba de preparar una invasión, sino de forzar las negociaciones. Pero la respuesta de Occidente en enero pasado fue sorprendente para Putin. Considera que Occidente es un territorio para sinvergüenzas que siguen predicando los derechos humanos y no están preparados para un conflicto real. Siempre son los primeros en retirarse antes de ser desafiados. Pero en las últimas semanas el tono ha cambiado en Occidente, primero en Estados Unidos, luego en el Reino Unido y después en muchos otros. Putin debe ahora tomar nota de que Occidente ha aceptado su desafío y ha comenzado a desafiarlo. Primero, la diplomacia comenzó a decir que Putin ya era el agresor y que había cruzado las fronteras. Putin sólo movía los tanques a lo largo de la frontera y Occidente tenía la impresión de que ya había ocupado Ucrania. Políticos, diplomáticos y medios de comunicación entraron en pánico en Occidente al afirmar que Rusia estaba a punto de lanzar una gran ofensiva en Ucrania. Ahora envían armas a Ucrania y hablan de intervenir ellos mismos. Putin no esperaba esto.

    Ervin Hladnik Milharčič: ¿Quiere decir que Putin vio todo este carrusel de tanques como una herramienta de negociación?

    Ilya Budraitskis: Eso es lo que pienso. Cuando Rusia prepara una invasión, suele tener claros sus objetivos militares. ¿Cuáles podrían ser los objetivos militares de un ataque frontal a Ucrania? Sólo se oyen respuestas políticas. Por un lado, el deseo de cambiar el gobierno en Kiev. Por otro lado, existe la voluntad de crear una atmósfera para una guerra híbrida, es decir, la voluntad de dividir la alianza occidental, dividir Ucrania en dos y tomar el control político de una parte. Supongamos que de una intervención militar pudieran surgir corrientes políticas favorables. Pero, ¿cómo se lleva a cabo la parte militar de la operación? ¿Ocupar Kiev? ¿Para ganar qué? El éxito militar traería más problemas de los que ya tiene Rusia. El resultado sólo podría ser una confusión total. Incluso la ocupación de una gran parte de Ucrania no daría a Rusia ninguna garantía de seguridad frente a Occidente. Habría resistencia, se necesitaría un gran número de tropas y cualquier estabilidad podría quedar en el olvido. Los sentimientos nacionalistas de los ucranianos se verían reforzados y Rusia perdería definitivamente el país.

    Actualmente, los dirigentes rusos también sobrestiman la popularidad de Rusia en Ucrania. Sueñan con que la mayoría de la población hable ruso y no tenga problemas en aceptar a Rusia como su patria. Esto es una pura invención.

    Por mi parte, no he visto un plan militar claro para la invasión, ni grandes preparativos del país para la guerra. El único efecto práctico de la guerra sería desestabilizar la situación en Rusia.

    Ervin Hladnik Milharčič: ¿Pero quizás Putin piensa que Rusia está amenazada?

    Ilya Budraitskis: Sí. Creo que hay mucha ansiedad a nivel de poder. Están convencidos de que Estados Unidos y sus aliados europeos también quieren un cambio de régimen en Rusia. Sienten que Rusia está rodeada de países hostiles. Y Putin ha declarado públicamente en muchas ocasiones que no reconoce las fronteras creadas después de 1989. En su opinión, las fronteras son el resultado de un error histórico, que considera una tragedia. Desde 1991, Rusia ha perdido territorios que, según Putin, le pertenecen históricamente. Ucrania es uno de estos territorios.

    Ervin Hladnik Milharčič: ¿Qué hace que Ucrania sea tan importante? ¿Por qué no Tayikistán, Uzbekistán o los países bálticos? Nunca menciona a Polonia. ¿Por qué Ucrania? ¿Es por razones estratégicas y económicas o por otros motivos?

    Ilya Boudraitskis: Las razones estratégicas y económicas son definitivamente importantes para él. Después de Rusia, Ucrania tenía la mayor población de todas las repúblicas soviéticas y era su centro económico más importante. Sigue siendo el mayor país postsoviético después de Rusia. Ucrania es también el enlace entre Rusia y Europa Occidental, el país clave para el control del Mar Negro. El gas y el petróleo rusos fluyen hacia el oeste a través de Ucrania. Hay muchas razones objetivas por las que esto es importante.

    Pero hay otro aspecto. El problema es la idea de que Ucrania sólo puede ser un Estado independiente siendo un Estado antirruso. Ucrania es el país que más se parece a Rusia en cuanto a cultura: lengua, religión, comida, costumbres. No hay grandes diferencias. Pero sólo puede existir como estado independiente siendo un oponente de Rusia. Esto no lo digo yo. Esto es lo que escribió Putin este verano en un documento programático de 20 páginas sobre la historia de Ucrania, desde la época de la dominación asiática hasta el siglo XX. Lo publicó en el sitio web del gobierno. «Rusos y ucranianos son un solo pueblo», escribió. La idea principal del artículo es que Ucrania no es sólo una parte específica de Rusia, sino también una parte orgánica de ella. Por lo tanto, el proyecto de una Ucrania independiente sigue correspondiendo a un plan de las potencias occidentales, que utilizaron el país como arma contra Rusia. La doctrina de Putin dice que hoy no es diferente, que Occidente quiere convertir a Ucrania en un Estado antirruso. Putin también cree que una Ucrania independiente no tiene ningún valor positivo, sino que es un proyecto negativo para socavar a Rusia. Esto no es una especulación por mi parte, está escrito en este artículo publicado por Putin en julio de este año. Para él, el debate sobre la posible subjetividad de Ucrania es inútil. Por ello, Rusia está negociando con Estados Unidos, Alemania y la UE, pero no directamente con Ucrania.

    Ervin Hladnik Milharčič: ¿Podemos concluir que para Putin, Ucrania no es un tema de política internacional?

    Ilya Budraitskis: No es necesario sacar conclusiones. Putin escribió esto como su contribución a la comprensión del país. Está negociando sin la presencia de Ucrania. Para Putin, esta es una presentación adecuada de la realidad. Ucrania no es un sujeto en esta historia, Rusia y Occidente lo son. Estados Unidos es el centro de gravedad de Occidente. Esta es la visión del mundo de Putin.

    Ervin Hladnik Milharčič: ¿Podría la controversia derivar en un enfrentamiento militar entre Rusia y la OTAN?

    Ilya Budraitskis: Seamos realistas. No se puede comparar la OTAN con Rusia. La OTAN es una alianza de treinta países, Rusia no tiene aliados en Occidente. Rusia está sola en esta historia y no tiene ninguna posibilidad de ganar en una confrontación frontal directa. En su análisis, Putin llegó a la conclusión de que la OTAN está fragmentada y no podrá formular una estrategia común contra ella. En primer lugar, que la OTAN no podrá tomar la decisión de defender militarmente a Ucrania contra una invasión. Por lo tanto, puede lanzar un desafio.

    No esperaba que Estados Unidos, tras su impotente exhibición en Afganistán, pudiera restablecer tan rápidamente su monopolio de decisión sobre sus aliados. No cree que sea capaz de recuperar el protagonismo en los asuntos europeos y reconstituir la OTAN como una alianza militar funcional, solo un año después de Trump. Putin vio la derrota en Afganistán como una señal de la debilidad de la OTAN y un nuevo frente unido parecía poco probable. Pero en pocas semanas, la situación ha dado un giro y la OTAN parece mucho más unida que antes. Si esta situación continúa, la OTAN sólo puede beneficiarse.

    En los últimos días, las neutrales Suecia y Finlandia han reabierto el debate sobre la posibilidad de ingresar en la OTAN. Ahora, Finlandia preocupará más a Putin que Ucrania. La neutralidad de Finlandia fue una victoria para la Unión Soviética tras la Segunda Guerra Mundial. Es muy posible que el resultado del intento de alejar a la OTAN de las fronteras rusas sea la entrada de Finlandia en la OTAN.

    Ervin Hladnik Milharčič: Entonces, ¿en su opinión, Putin está perdiendo terreno?

    Ilya Budraitskis: Sí, pero también hay algo que ganar. Ahora buscarán una solución en la que ambas partes puedan cantar victoria. Creo que en el curso de las negociaciones se está elaborando una agenda -que no se comparte con el público- que podemos seguir. Las negociaciones comenzaron con el anuncio del ultimátum ruso. Esta es una forma muy extraña de empezar las negociaciones. Presentaron una lista de demandas, pero el representante ruso dijo antes del inicio de las negociaciones que esa lista no era un menú del que Occidente pudiera pedir lo que quisiera. No es un movimiento muy diplomático. Normalmente, uno no anuncia su objetivo antes de las negociaciones. Un ultimátum es lo que se impone a los vencidos. Por lo tanto, estaba claro que las exigencias rusas serían rechazadas. Sin embargo, las negociaciones siguen en curso y las tropas rusas están en la frontera. Esta es una situación peligrosa. Sin embargo, creo que están buscando un acuerdo. Quizás una garantía de que Ucrania no entrará en la OTAN en los próximos años. Nada firmado, ninguna garantía escrita, sólo un acuerdo informal.

    Ervin Hladnik Milharčič: ¿Tiene razón Putin cuando dice que Occidente quiere expulsar a Rusia de Ucrania y hacerla aún más débil? ¿O es sólo paranoia?

    Ilya Budraitskis: Es una gran pregunta. Si por Rusia débil se entiende un país que no puede desempeñar el mismo papel que la Unión Soviética en un orden mundial liderado por Estados Unidos, Putin tiene razón. Si te refieres a que no se permitirá a Rusia formar parte del orden mundial en sus propios términos como potencia soberana, creo que también es cierto. El problema de Putin es que no entiende la política como algo más que una competición entre potencias mundiales. Para él, la oposición política a su poder es también una forma de que Occidente haga que Rusia parezca débil en las relaciones internacionales. Para él, defender los derechos humanos significa lo mismo. Una Rusia débil. Por eso prohíbe los movimientos de derechos. El hecho de que las elecciones presidenciales en Ucrania hayan sido ganadas por un candidato que no contaba con el apoyo de Putin es también una derrota para Rusia. No creo que nadie pueda hacerle cambiar de opinión.

    Ervin Hladnik Milharčič: ¿Volvemos a la Guerra Fría? ¿Cualquier avance de una parte es un fracaso de la otra?

    Ilya Boudraitskis: Estamos en una situación peor que durante la Guerra Fría. En comparación con la Guerra Fría, hay una gran diferencia entre las élites del mundo. La Guerra Fría y la política de distensión estuvieron influenciadas por lo que Max Weber llamó la ética de la responsabilidad. Ambos bandos pensaban lo mismo durante la Guerra Fría: «Somos cínicos y no escatimamos golpes en la política. Pero nuestro cinismo tiene un propósito. Queremos evitar la guerra nuclear a toda costa.»

    Esta era la lógica de políticos como Leonid Brezhnev y Richard Nixon. Ambos fueron insensibles y cínicos hasta el final en sus políticas, pero lo que realmente querían era impedir el despegue de los misiles con punta nuclear. Toda la construcción de la Guerra Fría se basó en la prevención de la destrucción del mundo por las armas nucleares. Las élites de Rusia, Estados Unidos y probablemente Europa ya no actúan según los principios de esta ética de la responsabilidad.

    La segunda diferencia es igualmente importante. A diferencia de la Unión Soviética durante la Guerra Fría, la Rusia moderna no tiene ningún proyecto con el que pueda dirigirse al mundo. No puede pretender ofrecer ninguna alternativa ideológica, política, social o económica al orden estadounidense. No hay ningún modelo político, social o económico ruso que pueda oponerse a la democracia liberal estadounidense. Putin ni siquiera ha sido capaz de exportar la forma rusa de hacer política a Ucrania. Por eso se apoderó de Crimea en 2014. En la historia reciente, la posición rusa de Putin es débil. Mucho más débil que la posición de la Unión Soviética durante la Guerra Fría.

    Ervin Hladnik Milharčič: Rusia no tiene amigos en Occidente. ¿Tiene la oposición alguna?

    Ilya Boudraitskis: Los liberales rusos están en la oposición. Occidente los aprecia. Muchos ya están en el extranjero. Cientos de figuras liberales de la oposición han abandonado recientemente el país por motivos políticos. Los liberales tienen muchos amigos en Occidente, y son bien recibidos por la Unión Europea y la administración estadounidense. En este caso, no hay ningún problema. Desde el punto de vista de la izquierda, la situación es completamente diferente. La izquierda europea ha perdido el interés por el internacionalismo. Ven el mundo como un conflicto entre el imperialismo estadounidense y los que se oponen a él. La posición antiimperialista es dominante entre muchas fuerzas de izquierda en Europa. Entre ellos, sorprendentemente, hay simpatía por Putin, porque se resiste a la dominación política de Estados Unidos. Me parece que, a la luz del conflicto en Ucrania, es urgente renovar el enfoque internacionalista de la izquierda europea en la política internacional. Sería muy práctico para nosotros.

    Ervin Hladnik Milharčič: Nuestra última conversación fue a finales de la primavera pasada, cuando la activista medioambiental de 20 años Anastasia Ponkina fue encarcelada en Siberia. En aquel momento, parecía estar surgiendo en Rusia una nueva generación que aportaba un imaginario diferente a la política. Luego desapareció. ¿Qué ha pasado?

    Ilya Boudraitskis: No ha desaparecido. Esta generación sigue ahí. Pero todas las estructuras políticas a través de las cuales podían expresar sus ideas han sido casi completamente destruidas. Ahora nos encontramos en una situación similar a la de los kazajos.

    Ervin Hladnik Milharčič: La situación no es tan grave, ¿verdad?

    Ilya Boudraitskis: ¿No? Conozco muy bien Kazajistán. He estado allí varias veces recientemente. Los acontecimientos del último mes han sido muy complejos. Se han presentado de forma demasiado simplista. Se ha producido una verdadera revuelta popular en Kazajstán. Sí, ha habido muchos provocadores y gente que ha saqueado tiendas, pero en el fondo de los acontecimientos ha habido una revuelta masiva de la gente más corriente. Los trabajadores, los pobres, la gente de todas las clases sociales se resistieron. Una clásica revuelta popular. Tuvo lugar en un país gobernado durante décadas por un régimen totalmente represivo. Mucho más represivo que el de Putin. Nursultan Nazarbayev llegó a la presidencia del país en 1990, tras haber sido secretario general del partido comunista. Gobernó hasta el 5 de enero de este año, cuando dimitió como jefe del Consejo de Seguridad del país. Inmediatamente después de tomar el poder, disolvió todos los partidos y organizaciones de la oposición. En primer lugar, prohibió el Partido Comunista y todos los sindicatos independientes. Desmanteló todos los grupos liberales organizados y prohibió de hecho toda actividad política independiente. Prohibió cualquier forma de organización, cualquier actividad. En enero de este año, hubo una revuelta que no tuvo representación política. Porque no podía tener ninguna. No había organización ni líderes. No había símbolos claros, ni activistas políticos, ni partidos o movimientos visibles con programas y líderes. Todo fue destruido hace mucho tiempo. Desterrados, rotos, líderes olvidados o exiliados. Sólo queda gente enfadada en las calles. Si Rusia sigue por el camino actual, nos encontraremos en una situación similar.

    Ervin Hladnik Milharčič: Desde Moscú, ¿vemos que los países de Europa del Este siguen el mismo camino y que las autoridades, desde Polonia hasta Hungría y Eslovenia, han descubierto la tentación de convertir la democracia en regímenes autoritarios?

    Ilya Boudraitskis: Vemos muchas cosas. Creo que entendemos lo que os pasa. En muchos sentidos, compartimos una experiencia común, ¿no es así?

    *

    Ilya Budraitskis, historiador y escritor afincado en Moscú, es uno de los críticos de izquierdas más creíbles y valientes del régimen de Vladimir Putin. También es un escritor original que no sigue las doctrinas de moda. En enero de 2022, la editorial Verso publicó su libro Dissidents among dissidents[1]Ilya Budraitskis, Dissidents among Dissidents – Ideology, Politics and the Left in Post-Soviet Russia (Dissidents parmi les dissidents – Idéologie, politique et la gauche dans la Russie … Seguir leyendo, que analiza la evolución de las corrientes políticas más amenazadas en Rusia. Analiza la izquierda rusa tras la caída de la Unión Soviética, cuando en Rusia actuaban grupos políticos que iban desde los anarco-socialistas hasta los trotskistas, críticos tanto con el liberalismo de Yeltsin como con los movimientos políticos nostálgicos de la URSS y, posteriormente, con el régimen de Vladimir Putin.

     

    El escritor político búlgaro Ivan Kristeva, uno de los analistas más relevantes de Europa del Este, lo calificó como un analista «inconformista, incisivo, agudo y polémico» que denuncia los tópicos liberales y antiliberales sobre Putin y su régimen. Boudraitskis vive en Moscú y enseña ciencias políticas e historia  del arte en dos universidades. En 2014, mientras Crimea estaba ocupada, él y Arseniy Jilayev publicaron el libro Poema pedagógico, archivos del futuro museo de la historia[2]Жиляев А., Будрайтскис И., Педагогическая поэма. Архив будущего музея истории, V-A-C PRESS 2014, ISBN978-5-9904389-5-8, basado en una exposición que reunía bellas artes, historia y literatura en una interpretación del mundo contemporáneo, que habían organizado en Moscú en 2012-2013.

    Ervin Hladnik Milharčič es periodista en Eslovenia. Jan Malewski tradujo del esloveno para Inprecor su entrevista con Ilya Boudraitskis, publicada el 29 de enero de 2022 en el diario esloveno Dnevnik.

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    Notas del artículo

    Notas del artículo
    1 Ilya Budraitskis, Dissidents among Dissidents – Ideology, Politics and the Left in Post-Soviet Russia (Dissidents parmi les dissidents – Idéologie, politique et la gauche dans la Russie post-soviétique), Verso Books 2022.
    2 Жиляев А., Будрайтскис И., Педагогическая поэма. Архив будущего музея истории, V-A-C PRESS 2014, ISBN978-5-9904389-5-8
  • LeftEast condena la guerra imperial de Putin en Ucrania

    LeftEast condena la guerra imperial de Putin en Ucrania

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    LeftEast

    Traducción: Carlos Rojas
    Fuente: 
    International Viewpoint

    Especiales temáticos: Guerra en Ucrania

    25/02/2022

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

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    os miembros del colectivo LeftEast están horrorizados por la violenta agresión militar que se ha convertido en una guerra en Ucrania. Amenaza con sumir a nuestra región en un derramamiento de sangre de una escala que no se ha visto en décadas. Condenamos inequívocamente la invasión criminal del Kremlin y pedimos la retirada de las tropas rusas hasta la frontera internacional. Aunque no olvidamos la responsabilidad que tienen Estados Unidos, la OTAN y sus aliados por haber provocado esta guerra, el claro agresor en la situación actual es la élite política y económica rusa. Nuestros esfuerzos deben ser para exponer la inexcusable invasión imperialista rusa de Ucrania, a la que la agresiva expansión de la OTAN y el régimen ucraniano post-Maidan también allanaron el camino. En el espíritu revolucionario y en solidaridad con los pueblos de Ucrania, Rusia y la región, decimos «¡No!» a Moscú hoy y «¡No!» a la falsa elección entre Moscú y la OTAN en el futuro. Pedimos un alto el fuego inmediato y la vuelta a la mesa de negociaciones. Los intereses del capital global y sus máquinas militares no valen ni una gota más de sangre de los pueblos. ¡Paz, tierra y pan!

    Rechazamos el capitalismo oligárquico, el neoliberalismo autoritario y el anticomunismo regional cultivado por las fuerzas anticomunistas globales, que nos han traído hasta aquí. Como amenazó el propio Putin en su «discurso de la historia» del 21 de febrero: «¿Quieren la descomunización? Bueno, eso nos viene muy bien. Pero no es necesario, como se dice, detenerse a mitad de camino. Estamos dispuestos a mostrarles lo que significa la verdadera descomunización para Ucrania». El ataque de hoy del Kremlin representa la descomunización hasta el final. Un pequeño número de políticos de derechas seguro que se beneficia, pero para la mayoría de nosotros, el nacionalismo extremo y las ideologías de extrema derecha no pueden traer más que sufrimiento y un ciclo de odio en espiral. Económicamente, este anticomunismo nos ha traído el capitalismo oligárquico -y la pobreza- que vemos en Rusia, Ucrania y toda Europa del Este. Políticamente, nos ha traído gobiernos que apenas pretenden representar a sus poblaciones.

    Afirmamos firmemente que:

    (1) ¡Consideramos al Kremlin responsable de este acto de guerra inmediato! El Estado ruso ha invadido Ucrania en nombre de una nostalgia imperial totalmente reaccionaria y en revuelta explícita contra la solidaridad internacionalista ejemplificada por los movimientos revolucionarios pasados y presentes en Europa del Este. El nacionalismo de la «Gran Rusia» de Putin es un intento criminal e inútil de ganar prestigio internacional negando la rica diversidad cultural de Europa del Este. Nos unimos a todas las comunidades étnicas de la región y defendemos la visión de la solidaridad pacífica a través de la lucha por un mundo mejor para todos.

    (2) Aunque consideramos que el Kremlin es el iniciador de esta guerra y el principal agresor en la actualidad, tenemos en cuenta la responsabilidad que tienen Estados Unidos, muchos de sus aliados y el capital transnacional en la grave situación. Su negativa a negociar con Rusia por su preocupación por la expansión de la OTAN avivó las llamas de la guerra, incluso en contra de los llamamientos de muchos, incluido el gobierno ucraniano, a la desescalada. Tras la pandemia, las élites económicas y políticas de Estados Unidos y otros Estados capitalistas avanzados esperaban distraer a la población de su fallida legitimidad democrática y de la hegemonía económica de la «integración» euroatlántica. Impulsaron la puesta en marcha de la acumulación de capital, todo ello a expensas de los pueblos de Europa del Este. El antagonista hambriento de guerra y el imperialista de los últimos tiempos, Putin, está utilizando ahora la grave crisis post-socialista y de reproducción social relacionada con la pandemia, tanto en Rusia como en Ucrania, para encender el sentimiento nacionalista y aprovecharse de los viejos conflictos etnonacionales y (re)producirlos. La «integración» euroatlántica explotadora y expansionista se ha convertido ahora en un casus belli autoritario: ha llegado a la guerra total en Ucrania.

    (3) Rechazamos el anticomunismo regional, irónicamente encarnado por Putin y su promesa de «descomunización», a pesar de la solidaridad de lobo con piel de oveja que recibe de partes de la izquierda y de todas las proyecciones liberales de Putin como «comunista», mientras su gobierno margina y brutaliza a la oposición de la izquierda rusa y a los movimientos antifascistas, anarquistas y antibélicos. Pero también, y de manera crucial, rechazamos los regímenes antisociales basados en el capitalismo oligárquico que alimentan el nacionalismo y las ideologías de extrema derecha en Rusia, Ucrania y los regímenes oportunistas mezquinos de Europa del Este, combinando la retórica militarista de la derecha y el aprovechamiento de la desgracia ajena.

    (4) Rechazamos las llamadas «leyes y reformas de descomunización» tanto en Rusia como en Ucrania en los últimos años. Los dos «bandos enemigos», Rusia y EEUU/OTAN, son fuerzas imperialistas y capitalistas que han seguido el camino del neoliberalismo autoritario anticomunista. Este camino compartido, por el que también camina Ucrania, queda atestiguado, entre otras cosas, por las leyes laborales neoliberales, las «reformas» agrarias destinadas a impedir el acceso a la tierra, la desposesión de los pequeños agricultores y las reformas de la política económica/social de los últimos años, que han hecho a la gente extremadamente vulnerable a la explotación y a los riesgos de pobreza, lo que ha provocado una crisis socioeconómica sin precedentes tanto en Rusia como en Ucrania, pero no sólo allí, ya que tiene un impacto regional y global.

    (5) A diferencia de la actual glorificación del gobierno ucraniano como portador de libertad plenamente democrática, cuestionamos el régimen ucraniano posterior a Maidan: su represión de la izquierda y la oposición, la prohibición de los principales partidos de la oposición y el bloqueo de los medios de comunicación populares de la oposición; las políticas lingüísticas discriminatorias y la falta de voluntad de reconocer y aceptar la diversidad política, étnica y cultural de Ucrania, y su sabotaje de los acuerdos de Minsk durante los últimos siete años. Las extremas reformas de «descomunización» de Ucrania también dejan claro que no podemos simplemente desear una vuelta a la situación insostenible de ayer.

    (6) Rechazamos las soluciones campistas que buscan la salvación en una unidad euroatlántica racista y militarista o en un eurasianismo revanchista, en lugar de apoyar las auténticas luchas por el cambio social radical, la democracia, el poder de los trabajadores, la inclusión y la liberación.

    (7) Frente a estas ideologías reaccionarias que no auguran más que sangre, pobreza y división, defendemos el legado de los movimientos revolucionarios de Europa del Este, en cuya(s) tradición(es) perseguimos críticamente la lucha contra el capitalismo, el imperialismo y el militarismo y la promesa de igualdad religiosa, étnica y de género. Esta lucha, en solidaridad con todos los trabajadores y los oprimidos de nuestra región, es la única esperanza de un futuro mejor para los ucranianos y rusos étnicos, así como para los grupos históricamente oprimidos de la región: las comunidades gitana, judía, tártara y de inmigrantes, las mujeres y las minorías sexuales. Con este espíritu, proclamamos nuestra solidaridad con los presos políticos de Ucrania y Rusia y nuestro apoyo al movimiento por la democracia radical anticapitalista y a sus fuerzas en ambos países.

    Exigimos un alto el fuego inmediato, esfuerzos antibélicos que afecten a las élites económicas y políticas, pero no a los trabajadores y pueblos de los países afectados, y negociaciones que hagan balance de los errores del pasado en el proceso de paz y de las políticas sociales y económicas que llevaron a nuestra región a la guerra. Nos solidarizamos con los movimientos anticapitalistas y antibélicos de Ucrania y Rusia. No nos hacemos ilusiones sobre las promesas de la democracia liberal. ¡No a la guerra sino a la guerra de clases!

    Pedimos a los camaradas de los países que aún no están afectados por la guerra que presionen a sus gobiernos para que garanticen una acogida plena y humana de los refugiados de Ucrania y de todas las demás zonas de conflicto, que exijan el trazado de un camino rápido hacia la paz y que expresen su solidaridad con aquellos cuyas vidas se ven afectadas por la agresión y el patrioterismo. Tenemos una historia de internacionalismo de izquierda y pacifismo para guiarnos.

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  • Las feministas rusas salen a la calle a protestar contra la guerra de Putin

    Las feministas rusas salen a la calle a protestar contra la guerra de Putin

    People protest for peace in Ukraine

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    Feminist Anti-War Resistance

    Traducción: Carlos Rojas
    Fuente: 
    International Viewpoint

    Especiales temáticos: Guerra en Ucrania

    03/03/2022

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

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    l texto que sigue es un manifiesto de las feministas rusas que se han unido contra la ocupación y la guerra en Ucrania. El feminismo es uno de los pocos movimientos de oposición en la Rusia contemporánea que no ha sido destruido por las oleadas de persecución lanzadas por el gobierno de Vladimir Putin. Actualmente, varias decenas de grupos feministas de base funcionan en al menos treinta ciudades rusas. En este texto, las feministas que participan en las manifestaciones contra la guerra en todo el país llaman a las feministas de todo el mundo a unirse para oponerse a la agresión militar lanzada por el gobierno de Putin.

    El 24 de febrero, alrededor de las 5:30 AM hora de Moscú, el presidente ruso Vladimir Putin anunció una «operación especial» en el territorio de Ucrania con el fin de «desnazificar» y «desmilitarizar» este estado soberano. Esta operación se venía preparando desde hace tiempo. Desde hace varios meses, las tropas rusas se acercaban a la frontera con Ucrania. Al mismo tiempo, los dirigentes de nuestro país negaban cualquier posibilidad de ataque militar. Ahora vemos que esto era una mentira.

    Rusia ha declarado la guerra a su vecino. No permitió a Ucrania el derecho a la autodeterminación ni ninguna esperanza de una vida pacífica. Declaramos -y no es la primera vez- que la guerra se ha librado durante los últimos ocho años por iniciativa del gobierno ruso. La guerra en Donbás es una consecuencia de la anexión ilegal de Crimea. Creemos que Rusia y su presidente no se preocupan ni se han preocupado nunca por la suerte de los habitantes de Luhansk y Donetsk, y el reconocimiento de las repúblicas después de ocho años solo fue un pretexto para la invasión de Ucrania bajo la apariencia de liberación.

    Como ciudadanas y feministas rusas, condenamos esta guerra. El feminismo como fuerza política no puede estar del lado de una guerra de agresión y ocupación militar. El movimiento feminista en Rusia lucha por los grupos vulnerables y por el desarrollo de una sociedad justa con igualdad de oportunidades y perspectivas, en la que no puede haber lugar para la violencia y los conflictos militares.

    La guerra significa violencia, pobreza, desplazamientos forzados, vidas rotas, inseguridad y falta de futuro. Es irreconciliable con los valores y objetivos esenciales del movimiento feminista. La guerra agrava la desigualdad de género y hace retroceder muchos años las conquistas de los derechos humanos. La guerra trae consigo no sólo la violencia de las bombas y las balas, sino también la violencia sexual: como demuestra la historia, durante la guerra, el riesgo de ser violada aumenta varias veces para cualquier mujer. Por estas y muchas otras razones, las feministas rusas y quienes comparten los valores feministas deben adoptar una postura firme contra esta guerra desatada por los dirigentes de nuestro país.

    La guerra actual, como demuestran los discursos de Putin, también se libra bajo la bandera de los «valores tradicionales» declarados por los ideólogos del gobierno, valores que Rusia supuestamente decidió promover en todo el mundo como misioneros, utilizando la violencia contra aquellos que se niegan a aceptarlos o tienen otros puntos de vista. Cualquiera que sea capaz de tener un pensamiento crítico entiende bien que estos «valores tradicionales» incluyen la desigualdad de género, la explotación de las mujeres y la represión estatal contra aquellos cuya forma de vida, autoidentificación y acciones no se ajustan a las estrechas normas patriarcales. La justificación de la ocupación de un estado vecino por el deseo de promover esas normas distorsionadas y perseguir una «liberación» demagógica es otra razón por la que las feministas de toda Rusia deben oponerse a esta guerra con toda su energía.

    Hoy las feministas son una de las pocas fuerzas políticas activas en Rusia. Durante mucho tiempo, las autoridades rusas no nos percibieron como un movimiento político peligroso y, por tanto, nos vimos temporalmente menos afectadas por la represión estatal que otros grupos políticos. En la actualidad, más de cuarenta y cinco organizaciones feministas diferentes operan en todo el país, desde Kaliningrado hasta Vladivostok, desde Rostov del Don hasta Ulan-Ude y Murmansk. Hacemos un llamamiento a los grupos feministas rusos y a las feministas individuales para que se unan a la Resistencia Feminista contra la Guerra y unan sus fuerzas para oponerse activamente a la guerra y al gobierno que la inició. También llamamos a las feministas de todo el mundo a unirse a nuestra resistencia. Somos muchas y juntas podemos hacer mucho: En los últimos diez años, el movimiento feminista ha ganado un enorme poder mediático y cultural. Es hora de convertirlo en poder político. Somos la oposición a la guerra, al patriarcado, al autoritarismo y al militarismo. Somos el futuro que prevalecerá.

    Hacemos un llamamiento a las feministas de todo el mundo:

    – Únete a las manifestaciones pacíficas y lanza campañas offline y online contra la guerra en Ucrania y la dictadura de Putin, organizando tus propias acciones. No dudéis en utilizar el símbolo del movimiento de Resistencia Feminista contra la Guerra en vuestros materiales y publicaciones, así como los hashtags #FeministAntiWarResistance y #FeministsAgainstWar.

    – Distribuye la información sobre la guerra en Ucrania y la agresión de Putin. Necesitamos que el mundo entero apoye a Ucrania en este momento y se niegue a ayudar al régimen de Putin de cualquier manera.

    – Comparte este manifiesto con otras personas. Es necesario demostrar que las feministas están en contra de esta guerra – y de cualquier tipo de guerra. También es esencial demostrar que todavía hay activistas rusas que están dispuestas a unirse en oposición al régimen de Putin. Todas estamos en peligro de ser perseguidas por el Estado y necesitamos tu apoyo.

    La Resistencia Feminista contra la Guerra tiene un canal de Telegram con información adicional (en ruso). Los miembros de la iniciativa son anónimos por razones de seguridad. Su representante en Londres es Ella Rossman.

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