Teoría: Marxismo

Lenin o la política del tiempo roto

10/11/1997

Daniel Bensaïd

Filósofo y dirigente histórico de la IV Internacional

Traducción: Marc Casanovas

Fuente: Critique Communiste n. 150

E

n la ola de antimarxismo que acompañó a la ofensiva liberal de los años ochenta, la estatura de Marx seguía siendo lo suficientemente imponente como para estar seguros de una vuelta a la gracia, de una rehabilitación editorial y académica, aunque fuera dando una versión light, despojada de su carga subversiva. Incluso cabría esperar cierta indulgencia hacia Trotsky, en reconocimiento a las dotes literarias que atestigua su Historia de la Revolución Rusa, y en función de la fascinación estética que despierta el destino trágico del derrotado.

¡Pero Lenin! Su papel es probablemente el más ingrato. La del villano de la historia, que murió demasiado pronto para haber conocido los procesos y el exilio, sospechoso de haber vencido, víctima de un culto del que era el ídolo a pesar de sí mismo. ¿Quién va a seguir metiendo la nariz en los cerca de cuarenta volúmenes de tapa dura de las ediciones de Moscú, con olor a cola de pescado? ¿Quién va a profundizar en esta sucesión de artículos, notas de publicista, escritos sobre batallas y circunstancias, y polémicas, la mayoría de cuyos destinatarios han caído en el olvido? Apenas hay grandes libros en esta recopilación de panfletos, artículos y textos militantes. A pesar de su extraordinaria profundidad para una obra temprana, El desarrollo del capitalismo en Rusia cansará pronto al lector que se sienta abrumado por las áridas estadísticas de los zemstvos. Con sus obras sin Obra, y su agudeza teórica lacónicamente ejercitada en los márgenes de la Lógica de Hegel, Lenin no va a tener los honores de las Pléyades.

Muy pocos se han aventurado seriamente en este desconcertante pensamiento, en un momento en el que la universidad, sin embargo, se envalentonaba para acogerlo: Althusser, Lefebvre, Colletti, Lukacs antes que ellos[1]Tuve la suerte de hacer mi tesis de maestría sobre «La noción de crisis revolucionaria en Lenin» bajo la dirección de Henri Lefebvre, en Nanterre, en… ¡1967-1968!. Sin embargo, Lenin merece otra imagen que la de un vulgar técnico del golpe de Estado. Mucho más que Marx, es un auténtico pensador de la política en acción, en las contradicciones y límites de una época.

El partido como caja de velocidades

La noción de «leninismo» se utiliza ahora indiscriminadamente, sin recordar siquiera que este término fue codificado originalmente por Zinóviev en el V Congreso de la Internacional Comunista, para justificar el control de los jóvenes Partidos Comunistas bajo el disfraz de la bolchevización. Sin embargo, mucho más que una forma de disciplina y centralización, la idea directriz de Lenin apunta a «la confusión entre el partido y la clase», una confusión calificada como «desorganizadora». La distinción así introducida entre clase y partido forma parte de la gran polémica del movimiento socialista de la época y, más concretamente en Rusia, contra las corrientes populistas, «economistas», mencheviques. En cuestiones fundamentales, como las del gobierno provisional o las alianzas, en estos años de formación de la socialdemocracia rusa, mencheviques y «economistas» defendían a veces posiciones comunes más intransigentes en apariencia, más acordes con la idea del «socialismo puro», que los bolcheviques. Esta ortodoxia procede, en realidad, de una visión de la revolución democrática «burguesa» contra el despotismo como una etapa inevitablemente necesaria, durante la cual el naciente movimiento obrero debe permanecer como fuerza de apoyo, sin compromiso con ningún poder, a la espera de una modernización capitalista de la sociedad.

En la vecina Alemania, Kautsky apoyó entonces la idea paralela de una «acumulación pasiva» de fuerzas y la no participación gubernamental, hasta que la mayoría electoral del proletariado se uniera a su mayoría social y le permitiera gobernar en solitario. Este socialismo de la marcha hacia el poder, confiado en la lógica del progreso, podría calificarse de «socialismo fuera del tiempo». Más concretamente, fue un socialismo abandonado en la línea del tiempo, un aplanamiento de la lucha política en favor de un determinismo sociológico.

Lenin se opuso a esta reducción de la política a lo social de una manera bastante original para la época. A la manera de un psicoanalista atento a los «desplazamientos» y «condensaciones» que operan en las neurosis, comprendió que las contradicciones económicas y sociales no se expresaban directamente, sino en la forma específica, deformada y transformada, de la política. Por eso, una de las tareas del partido es escuchar y descifrar en el terreno político la forma, a menudo inesperada, en que se manifiestan estas contradicciones (una lucha estudiantil, l’affaire Dreyfus, la cuestión electoral, un incidente internacional…). Su irrupción intempestiva en un punto inesperado es sintomática. Condensa y revela una crisis global latente de las relaciones sociales. Este es el milagro de lo que, a diferencia de la noticia ordinaria, constituye, en sentido estricto, el acontecimiento político.

Por eso también, para Lenin, la concepción del militante revolucionario no es la del buen sindicalista combativo, sino la del «tribuno del pueblo», que interviene «en todas las capas de la población», para captar allí la forma concreta en que se teje una multiplicidad de contradicciones. Esta cuestión está en el centro del famoso debate sobre los estatutos del partido, meticulosamente comentado en Un paso adelante, dos pasos atrás. La definición de miembro del partido (el que simplemente se reconoce en el partido, lo ayuda o simpatiza con él…, o el que milita en un órgano regular, contribuye, se siente responsable de las decisiones tomadas colectivamente) no es una disputa formal o administrativa. Lo que está en juego en esta pequeña diferencia, a primera vista insignificante, es la delimitación del partido respecto la clase. Es precisamente la forma de partido la que le permite intervenir en el campo político, actuar sobre lo posible, no someterse pasivamente al flujo y reflujo de la lucha de clases.

Ahí está la esencia de la «revolución dentro de la revolución» según Lenin. A través de esta distinción de partido y clase, de lo político y lo social, se hace posible pensar la relación de uno con el otro, «la representación de lo social en la política», que sigue siendo, según Badiou, «el punto clave». Es posible que en 1902, la tesis se viera forzada al fuego de la polémica interna. Sus excesos fueron corregidos por el propio Lenin. La controvertida cuestión del «centralismo democrático», distorsionada por la práctica del centralismo burocrático real implantado a partir de 1924, deriva en gran parte de esta delimitación de partido y clase. Implica lógicamente la selección de los militantes, la concentración de las fuerzas, al mismo tiempo que una democracia que permita la asimilación de todas las experiencias sociales del partido. La democracia es funcional para la reflexión y la decisión, el centralismo para la acción dirigida a mover las líneas, a cambiar el equilibrio de poder. Se trata de necesidades generales. Estas son irreductibles a tal o cual técnica organizativa.

En su discusión con Rosa Luxemburg sobre Un paso adelante, dos pasos atrás, Lenin distingue explícitamente entre «principios de organización», vinculados a las condiciones generales de la lucha bajo el dominio del capital, y el «sistema de organización», que varía según las condiciones concretas de legalidad, represión y desarrollo. A la luz de la experiencia de 1905, Lenin insiste en su recopilación Doce años en el hecho de que el partido, por muy delimitado que esté, vive en permanente intercambio y diálogo con las experiencias de la clase (en particular la innovación imprevista que constituyen los soviets). Lo que queda, más allá de estos matices y variaciones, es que el partido no es una forma organizativa entre otras, sindicatos o asociaciones, sino la forma específica bajo la cual se inscribe la lucha de clases en el campo político. Esta idea de una especificidad de la política se encuentra también en la noción de crisis revolucionaria, que no es la consecuencia de un simple movimiento social, sino una «crisis nacional», una crisis general de las relaciones recíprocas entre todas las clases de la sociedad. Lo que Lenin escribe al respecto en ¿Qué hacer? es muy claro: «… El conocimiento que la clase obrera puede tener de sí misma está indisolublemente ligado a un conocimiento preciso de las relaciones recíprocas de todas las clases de la sociedad contemporánea, un conocimiento no sólo teórico, digamos menos teórico que fundado en la experiencia de la vida política. Insistamos: es efectivamente a través de la experiencia de la vida política que se adquiere este conocimiento de las relaciones recíprocas entre todas las clases. Se trata de «seguir las pulsaciones del conjunto de la vida política»[2]Lenin, Obras IX, p. 119 y XV, p. 298.. Por eso «nuestra revolución es la de todo el pueblo».

El partido es el vector privilegiado de esta experiencia específicamente política. Su mediación vincula la estrategia y la táctica, en un tiempo kairológico, que ya no es el tiempo homogéneo y vacío del progreso y la paciencia electoral, sino un tiempo pleno y nudoso, puntuado por la lucha y atravesado por las crisis: «La revolución en sí no puede representarse en forma de un solo acto: la revolución será una rápida sucesión de explosiones más o menos violentas, alternadas con fases de calma más o menos profundas. Por eso, la actividad esencial de nuestro partido, el eje esencial de su actividad, debe ser un trabajo posible y necesario tanto en los períodos más violentos de explosión como en los de calma, es decir, un trabajo de agitación política unificada para toda Rusia.»

El partido es, pues, el elemento de continuidad en las fluctuaciones de la conciencia colectiva. La historia no es una marcha triunfal de una fuerza silenciosa hacia un desenlace garantizado de la historia, sino un entramado de luchas, crisis, fracturas. El partido no se conforma con iluminar un proceso orgánico y natural de emancipación social. Es un constituyente de las relaciones de fuerza, un generador de iniciativas, un organizador de la política no en el futuro simple sino en el futuro anterior. Es, en otras palabras, un organizador de varias duraciones, la condición de un pensamiento estratégico que va más allá del horizonte inmediato de las tácticas políticas cotidianas, fragmentarias y rigurosamente sin principios. Este enfoque, original en relación con la cultura dominante de la Segunda Internacional, hace concebibles las opciones y la actitud adoptadas durante los días cruciales de julio de 1917: el partido está entonces llamado a comprometerse en una acción que no deseaba para limitar sus efectos negativos, asimilar sus lecciones, frenar la marea y preparar el contraataque.

El principal reproche dirigido, no tanto al «leninismo bajo Lenin», a las verdaderas ideas de Lenin, como a la vulgata del «leninismo» estalinizado, se refiere a la convicción a posteriori de que la noción de partido de vanguardia llevaba en germen, desde el principio, todos los grados de la sustitución del movimiento social real por el aparato, y todos los círculos del infierno burocrático. Sería indecente minimizar este aspecto de la pregunta, que requiere un debate más profundo que el habitual ajuste de cuentas. Pero esta dimensión tan real del problema suele ocultar otra no menos importante. Lo enmascara aún más porque el propio Lenin iba a tientas y no siempre medía el alcance de sus propias innovaciones. Así, creyendo parafrasear un texto canónico de Kautsky, lo modifica esencialmente. Donde Kautsky escribe que la «ciencia» llega a los proletarios «desde fuera de la lucha de clases», llevada por los «intelectuales burgueses», Lenin traduce que la «conciencia política» (y no la ciencia) llega «desde fuera de la lucha económica» (y no de la lucha de clases que es tan política como social), llevada no por los intelectuales como categoría sociológica, sino por el partido como actor específicamente político. La diferencia es significativa.

Una vez más, se trata de la especificidad de la política

Esta forma de pensar está en desacuerdo con la tradición dominante del movimiento socialista de la época. En su comentario sobre el aniversario del Manifiesto Comunista, Antonio Labriola afirma sin tapujos en 1898 que «la deseada conjunción de comunistas y proletarios es ya un hecho consumado». Con la entrada en escena de la «masa obrera», el movimiento se hizo más lento, y el partido de masas apareció como una especie de encarnación política de la clase. La idea se inspira en las fórmulas de Marx, según las cuales la organización progresiva del proletariado en un partido político y una clase son sinónimos, su ser social y su ser político se unen en el partido.

Por el contrario, Lenin subraya la ruptura de la continuidad entre el conflicto «económico» inmediato y el conflicto político mediato. Se niega aún más explícitamente a «mezclar el problema de clase y el problema de partido», el contenido social y su expresión política. En efecto, la lucha de clases no se reduce al conflicto del trabajador contra un patrón, «sino contra toda la clase capitalista». Así, la socialdemocracia revolucionaria como partido político «representa» a la clase obrera, no sólo en sus relaciones con un grupo determinado de empresarios, sino también con «todas las clases de la sociedad contemporánea y con el Estado como fuerza política organizada»[3]Lenin, Obras V, p. 408.. El objetivo es fundir este movimiento espontáneo con la actividad del partido revolucionario en un todo indisoluble; de ahí el papel decisivo de la prensa, como organizadora colectiva, para unificar estas luchas e inscribirlas en una visión de conjunto. La política, por tanto, ya no es una simple extensión y reflejo de la lucha económica, sino un arte particular de iniciativa y movimiento, de delimitación y combinación de fuerzas. Se trata de delimitarse antes de unirse y para unirse, «utilizar todas las manifestaciones de descontento y trabajar incluso los elementos más pequeños de una protesta, aunque sea embrionaria», concebir la lucha política como «mucho más amplia y compleja que la lucha de los trabajadores contra la patronal y el gobierno»[4]Ibídem, pp. 440-463..

Cuando el Rabochei Diélo dedujo los objetivos políticos de la lucha económica, Lenin le reprochó «rebajar el nivel de la multiforme actividad política del proletariado». Considera ilusorio creer que «el movimiento puramente obrero» es capaz por sí mismo de elaborar una ideología independiente. El mero desarrollo espontáneo del movimiento obrero se traduce en «su subordinación a la ideología burguesa». La ideología dominante no es una cuestión de manipulación de la conciencia, sino un efecto objetivo del fetichismo de la mercancía. La única manera de salir de este círculo de hierro del fetichismo y de su servidumbre involuntaria es mediante la elaboración de las categorías de ruptura, crisis y revolución, y mediante la lucha política de los partidos.

La distinción entre lo político y lo social

Todo lleva a Lenin a comprender que la política tiene su propia gramática y sintaxis. Es el lugar de una elaboración, de una apariencia, de una representación, donde se trata de presentar lo que está ausente: «La división en clases es ciertamente en el fondo la base más profunda de la agrupación política», pero este «fin» es «la sola lucha política que la establece»[5]Lenin, Obras VII, p. 41.. Así, «el comunismo brota literalmente de todos los puntos de la vida social; irrumpe definitivamente en todas partes. Si bloqueamos una de las salidas con especial cuidado, el contagio encontrará otra, a veces la más imprevisible[6]Lenin, Obras XXXI.». Por eso «no sabemos ni podemos saber qué chispa encenderá el fuego». De ahí el lema que, según Tucholsky, resume la actitud política de Lenin en el sentido más fuerte: «¡Estén preparados!

Esté preparado para lo imprevisible, lo improbable, el acontecimiento.

Si la política se define a veces como «la expresión concentrada de la economía», no puede dejar de tener «primacía sobre la economía». «Al abogar por la fusión de los puntos de vista económico y político», Bujarin, por el contrario, «se deslizó hacia el eclecticismo». Por eso, en 1921, se critica el propio nombre de Oposición Obrera como «un nombre feo», que vuelve a situar la política en el plano social y afirma que la gestión de la economía nacional es responsabilidad directa de los «productores agrupados en sindicatos de productores».

Para Lenin, la historia de las revoluciones es «siempre más rica en contenido, más variada, más polifacética, más viva, más ingeniosa de lo que piensan los mejores partidos, las vanguardias más conscientes de las clases más avanzadas. Hay una razón profunda para ello: «Las mejores vanguardias expresan la conciencia, la voluntad, la pasión, la imaginación de decenas de miles de hombres, mientras que la revolución es en momentos de especial exaltación y tensión de todas las facultades humanas- obra de la conciencia, la voluntad, la pasión, la imaginación de decenas de millones de hombres espoleados por la más enconada lucha de clases.

Sacó dos conclusiones prácticas muy importantes: «La primera es que la clase revolucionaria, para cumplir su tarea, debe saber apoderarse de todas las formas y de todos los lados, sin la menor excepción, de la actividad social; la segunda es que la clase revolucionaria debe estar dispuesta a sustituir una forma rápida y repentinamente por otra»[7]Lenin, Obras XXXI, p. 92..

En esta problemática, el lenguaje político tiene sus lapsos reveladores. Permite una interpretación no sociológica del papel de los estudiantes e intelectuales en las luchas sociales. Por eso «la expresión más rigurosa, completa y bien definida de la lucha política de clases es la lucha de partidos»[8]Lenin, Obras X, p. 15.. En el debate de 1915 sobre la cuestión del ultraimperialismo, Lenin percibió así el peligro de un nuevo economismo apolítico, según el cual la madurez de las relaciones capitalistas y su centralización mundial harían imposibles ciertas formas políticas y preludiarían un colapso casi natural del sistema. Para él, el resultado se juega en los términos específicos de la lucha política. Encontramos la misma preocupación, contra toda reducción de la política a lo social o a la historia, en las discusiones con Trotsky sobre la caracterización del Estado soviético. Trotsky habla de un estado obrero, «pero este estado», corrige Lenin, «no es enteramente obrero, esa es la cuestión[9]Lenin, Obras XXXII, p. 16.. Para captar su singularidad, las categorías sociológicas son menos apropiadas que las propiamente políticas. Su fórmula es entonces más descriptiva y más compleja, irreductible en todo caso a un contenido social unilateral: será un Estado obrero y campesino con «deformaciones burocráticas», y «esto es la transición en toda su realidad».

Las implicaciones de esta visión de la política se verifican en casi todas las controversias importantes de la época. En el debate sobre los sindicatos, donde Trotsky defendió la militarización de los sindicatos en nombre del comunismo de guerra, Lenin adoptó una posición original[10]Véase Pierre Broué, Trotsky, Fayard, capítulo… Véase también Ernest Mandel.. Al no ser un órgano de poder político, los sindicatos no pueden transformarse en una «organización estatal coercitiva». Se sitúan en el sistema «entre el Partido y el Estado», si «se puede expresar así»[11]Lenin, Obras, XXXII, p. 12.. En los primeros años de la revolución, no había restricciones al derecho de huelga, y el consejo de comisarios incluso creó un fondo de huelga[12]Véase Marcel Liebmann, Le Léninisme sous Lénine, Seuil, II, p. 198..

Del mismo modo, la cuestión nacional se aborda en su especificidad política, como una cuestión democrática, fuera de cualquier esquema sociológico abstracto. Hay que tener en cuenta la psicología. Si existe la más mínima limitación en esta cuestión, «ensucia, estropea y reduce a la nada el indiscutible alcance progresivo de la centralización».

Un avance hacia la pluralidad de la representación

Esta insistencia constante en Lenin sobre la distinción entre partido y clase, sobre la particularidad de la lucha política y su propio lenguaje, se abre lógicamente al pensamiento de la pluralidad y la representación. Si el partido no es la clase, se deduce que la misma clase puede estar representada políticamente a través de varios partidos diferentes. También se deduce que «la representación de lo social en la política» debe ser objeto de una elaboración de normas e instituciones. Lenin no va tan lejos. Sin embargo, abre un espacio original para la política y explora sus posibilidades.

Sometió la representación a reglas inspiradas en la experiencia de la Comuna, con el fin de limitar la profesionalización de la política: salarios idénticos a los de un trabajador cualificado, vigilancia contra los privilegios del cargo, responsabilidad ante los representados. En contra de una leyenda persistente, no defendió el mandato imperativo. Tampoco dentro del partido: «Los poderes de los delegados no deben estar limitados por mandatos imperativos»; en el ejercicio de sus poderes, «son completamente libres e independientes». Tampoco a nivel de los órganos del Estado, donde el «derecho de revocación de los diputados» no se confunde con un mandato imperativo que reduciría la representación al mero reflejo corporativo de intereses particulares y visiones locales, sin síntesis posible, vaciando la deliberación democrática de toda sustancia y de lo que está en juego.

En cuanto a la pluralidad, Lenin afirma sistemáticamente que «la lucha de matices» en el partido es «inevitable y necesaria», siempre que se desarrolle dentro de los límites «aprobados de común acuerdo». Sostiene también «la necesidad de asegurar, en los estatutos del partido, los derechos de toda minoría, para desviar del curso filisteo habitual del escándalo y de las pequeñas disputas, las fuentes continuas e inagotables de descontento, de irritación y de conflicto, con el fin de llevarlos al cauce aún no acostumbrado de una lucha regular y digna en defensa de sus convicciones». Entre estas garantías absolutas, se encuentra “la concesión a la minoría de un grupo (o grupos) de opinión, con el derecho de representación en el congreso y el derecho de plena expresión total”[13]Lenin, Obras VII, p. 470.. En general, no dudó en abogar por un referéndum en el partido sobre cuestiones importantes.

Incluso la famosa disciplina en la acción es menos intangible de lo que dice la leyenda. Conocemos la suprema indisciplina de Zinóviev y Kámenev, que se posicionaron públicamente en septiembre de 1917 contra el proyecto insurreccional, sin ser apartados definitivamente de sus responsabilidades. El propio Lenin reivindicó el derecho personal a la desobediencia en estas circunstancias extremas. Consideró la posibilidad de renunciar a sus responsabilidades para reanudar su «libertad de agitación» en las filas del partido, y escribió en el momento crítico al Comité Central: «He ido donde no queréis que vaya [a Smolny]. Adiós».

Impulsado por su propia lógica para elaborar la pluralidad de la representación, Lenin no llega, sin embargo, a sentar las bases teóricas de un pluralismo principista. Hay al menos dos razones para ello. En primer lugar, heredó de la Revolución Francesa la ilusión de que, una vez derrocados los opresores, el proceso de homogeneización de clases era sólo cuestión de tiempo. Ya no hay contradicciones concebibles entre la gente. No fue hasta Trotsky y los años 30 que el pluralismo se fundó en principio a través de la observación de una heterogeneidad duradera de las fuerzas sociales en un contexto internacional dado: como una clase permanece «desgarrada por antagonismos internos», puede formar «varios partidos»[14]L. Trotsky, La revolución traicionada.. En segundo lugar, la distinción entre lo social y lo político no impide invertir la opinión tradicional de que lo político se disuelve en lo social. Con la instauración de la dictadura del proletariado, aparece ahora el riesgo simétrico de absorción de lo social en lo político. ¿Acaso el propio Lenin no retomó el equívoco de la extinción de la política y el Estado, al pronosticar «la extinción de la lucha de partidos en el seno de los soviets»[15]Lenin, Obras, XXV, p. 335.?

Marcel Liebman señala que en El Estado y la Revolución, los partidos pierden su función en favor de una democracia directa que ya no es un Estado independiente. Sin embargo, contrariamente a las esperanzas revolucionarias iniciales, con la contrarrevolución burocrática, la estatalización de la sociedad prevalecerá sobre la socialización del Estado. Fue Trotsky quien sacó la conclusión más sorprendente: «¡El Estado soy yo! es una fórmula casi liberal en comparación con las realidades del régimen totalitario de Stalin… A diferencia del Rey Sol, Stalin puede decir con razón: ‘¡Yo soy la sociedad!”

Paradójicamente, Lenin, al igual que Marx, pecan tanto por sus inclinaciones libertarias como por su lado autoritario. Esta es su debilidad. La cuestión es trágicamente complicada. Se trata de fundar una nueva legitimidad, irreductible al juego ordinario de los partidos y del parlamentarismo, de inventar una forma de representación que reconcilie al hombre y al ciudadano, al representante y al representado. Ante el agotamiento de la «increíblemente delgada» capa de trabajadores de vanguardia, diezmada por la guerra civil y el hambre, Lenin se resigna a una dictadura del partido, a un derrocamiento de la pirámide del poder, que no era su proyecto inicial. A partir de entonces, la revolución descansó sobre su punta, en un equilibrio catastrófico, patéticamente ilustrado por su último combate[16]Moshe Lewin, Le Dernier combat de Lénine, Minuit, París..

La puerta estrecha de la crisis revolucionaria

Ya sea una cuestión de representación, de organización o de estrategia, el pensamiento político de Lenin es en todo momento la elaboración de una temporalidad específica. Culmina en la comprensión de las crisis, las guerras y las revoluciones, del momento insurreccional decisivo.

Desde el punto de vista reformista mayoritario en la Segunda Internacional, la guerra no es un acontecimiento fundacional en sí mismo, sino un paréntesis que hay que cerrar lo antes posible en el curso del progreso humano. Por lo tanto, debe terminar lo antes posible para que las cosas vuelvan a su curso normal. Este pacifismo difiere notablemente del derrotismo revolucionario defendido por Lenin. Para él, no se trata de devolver la lucha de clases a una supuesta normalidad mediante la paz. La guerra forma parte de la lucha, y se trata de aprovechar la novedad de esta forma agonística de conflicto para abrir una situación revolucionaria. Dos visiones opuestas del mundo, de la historia y de la temporalidad política se traducen aquí en orientaciones prácticas contradictorias.

Karl Kautsky es el representante más prestigioso de la posición reformista clásica, entonces dominante en la socialdemocracia internacional. En su célebre Caminos al poder, sostiene que el objetivo socialista sólo puede alcanzarse mediante la revolución, pero «no depende de nosotros hacer una revolución». El partido se contenta con acompañar e iluminar las luchas de los explotados como pedagogo. Esta tesis tiene, por supuesto, su parte de verdad. Las luchas no se pueden decretar. Estas estallan: «suceden», «pasan». Pero para Kautsky, el fenómeno objetivo está desligado de la subjetividad revolucionaria. Si habla de estrategia y guerra de desgaste, es con la preocupación de no tener que librar nunca una batalla.

Esta ortodoxia anterior a 1914 reivindica la herencia de Marx y Engels. En 1851, en el contexto de un reflujo revolucionario, éste definió la revolución como «un fenómeno puramente natural, controlado por leyes físicas». La conciencia de clase aparece entonces como una especie de producto natural del desarrollo histórico y del crecimiento sociológico del proletariado. Es a través de la fusión tendencial entre la clase y su partido que parece resolverse la inextricable contradicción entre su vocación revolucionaria y su sometimiento al fetichismo de la mercancía y al despotismo corporativo: «Para la victoria definitiva de las propuestas expuestas en el Manifiesto, Marx confiaba únicamente en el desarrollo intelectual de la clase obrera, que debía resultar de la acción y la discusión conjunta»[17]Engels, prefacio del Manifiesto de 1890.. Si su lucha contra la burguesía «comienza con su propia existencia», el proletariado pasa efectivamente «por diferentes fases de evolución». Con el desarrollo industrial, «la fuerza de los proletarios aumenta y se hacen más conscientes de ello». La solución del enigma estratégico se encuentra, pues, en «la organización gradual y espontánea del proletariado en una clase». Así, «el proletariado de cada país debe conquistar primero el poder político, erigirse en la clase dirigente de la nación, convertirse en la nación misma». Sin embargo, esta «organización del proletariado en una clase, y por lo tanto en un partido político, es constantemente destruida de nuevo por la competencia entre los trabajadores».

Círculo vicioso. No hay solución en una temporalidad uniforme

Rosa Luxemburg fue una de las primeras en comprender, ya en las polémicas de 1901-1902, lo que estaba en juego en este discurso de la ortodoxia. El tiempo lineal del progreso parecía favorecer a la socialdemocracia, que ganaba terreno y posiciones institucionales, pero al mismo tiempo segregaba a una pesada burocracia conservadora, cuyo destino pasaba a depender del del Estado. Rosa Luxemburg era la mejor preparada para comprender las fuerzas más profundas que se escondían detrás de la desconcertante capitulación de agosto de 1914. Por eso también estuvo atenta a las rupturas e innovaciones que surgieron de la propia lucha. A sus ojos, 1905 abrió en Rusia «una nueva época en la historia del movimiento obrero», y puso de manifiesto un nuevo elemento, «la manifestación de la lucha proletaria en la revolución».

¿En qué condiciones puede el proletariado romper el dominio de la opresión y la alienación? La huelga general es la forma irruptiva que hace pensable la estrategia. Una liberación repentina de la energía acumulada permite modificar rápidamente las relaciones de fuerzas y mover las piezas del tablero.

Lenin tardó más en darse cuenta del conservadurismo burocrático y de su relación con una concepción uniforme del tiempo histórico, pero sacó consecuencias más radicales. El Estado constituye un nodo estratégico decisivo de la lucha revolucionaria. Pero no se puede cambiar en cualquier momento. Reiterar este objetivo fuera del tiempo sería simplemente oponer una voluntad arbitraria a una pasividad inerte, una subjetividad absoluta a una objetividad muerta, como si la cuestión del poder se planteara permanentemente en su forma paroxística. Ambos enfoques se basan en una metafísica dualista de sujeto y objeto. Por eso la rutina parlamentaria y la gesticulación del izquierdismo son complementarias.

Lenin, por otra parte, es el primero en articular claramente la noción estratégica de «crisis revolucionaria». En ciertas circunstancias particulares y excepcionales, el Estado se vuelve vulnerable, el equilibrio de fuerzas se vuelve crítico. No en cualquier momento: en toda lucha hay ritmo, pulsación y latido, que la noción de crisis permite pensar: «Toda perturbación de los ritmos produce efectos conflictivos. Perturba y confunde. También puede producir un agujero en el tiempo, que se llenará con una invención, una creación. Esto sólo puede ocurrir, individual y socialmente, a través de una crisis”[18]Henri Lefebvre, Eléments de rythmanalyse, p. 63..

Mientras que la política parlamentaria sólo conoce una dimensión temporal, la de la monótona secuencia de sesiones y legislaturas, el tiempo de las revoluciones se concentra, se pliega en sí mismo. Sucede que «meses de revolución hacen un trabajo mejor y más completo de educación de los ciudadanos que décadas de estancamiento político»[19]Lenin, Obras VIII, p. 572.. En 1905, Lenin se une a Sun Tzu para elogiar la premura. Es necesario entonces «empezar a la hora», «en el lugar»: «formar en el lugar, en todos los lugares, grupos de combate».

La crisis revolucionaria es multitemporal. Se mezclan y combinan varios tiempos. La revolución en Rusia no es la simple prolongación o el resultado retrasado de la revolución burguesa, sino «un encabalgamiento» de dos revoluciones. Esta idea resume el espíritu de las famosas Tesis de abril de 1917. Y se desprende lógicamente del desarrollo desigual y combinado del espacio-tiempo de una época.

La política aparece entonces moldeada sobre ritmos y relieves. El arte de la consigna es un arte de la coyuntura. La posibilidad de evitar una catástrofe depende de este agudo sentido del momento. Esta consigna, válida ayer, ya no lo es hoy, pero volverá a serlo mañana: «Hasta el 4 de julio [1917], la consigna de entregar todo el poder a los soviets era correcta. Después, no lo es. Igualmente: «En este momento, y sólo en este momento, tal vez durante unos días a lo sumo, o durante una o dos semanas, un gobierno así podría[20]Lenin, Obras XXV, p. 17, 277.…»

Unos días, una semana

El 29 de septiembre de 1917, Lenin escribió al Comité Central que lo estaba postergando: «La crisis está madura», la espera se convierte en un crimen. El 1 de octubre, le insta a «tomar el poder inmediatamente», a «pasar inmediatamente a la insurrección». Unos días después: «Escribo estas líneas el 8 de octubre… El éxito de la revolución rusa depende de dos o tres días de lucha.» Y de nuevo: «Escribo estas líneas en la noche del 24, la situación es crítica hasta el último extremo. Ahora está claro que retrasar la insurrección es morir. Todo pende de un hilo.»

Es necesario actuar «esta tarde, esta noche».

Es llamativo observar hasta qué punto la elaboración de esta problemática durante los años de la guerra y la oposición ahora consciente a la ortodoxia reinante están vinculadas en Lenin a la relectura de la Lógica de Hegel, que Marx también había releído «por casualidad» en la época de la crisis económica de 1857-1858. Ya en 1915 sistematizó la idea de crisis revolucionaria que le obsesionó durante todo el año decisivo de 1917. Es esta idea la que hace concebible la improbable conquista del poder por parte de una clase ordinariamente sometida al férreo círculo de la explotación y la alienación.

Esta es la clave de la vertiginosa pregunta: ¿cómo de la nada devenir todo?

Pero, ¿qué es exactamente la crisis? Lenin no da una definición precisa. En cambio, enumera sus condiciones algebraicas generales: cuando los de arriba ya no pueden…; cuando los de abajo ya no quieren…; cuando los de en medio dudan y basculan… Las tres condiciones son inseparables y se combinan. No se trata pues de un movimiento social que se profundiza, sino específicamente de una crisis política de dominación, de una crisis global de las relaciones sociales, que toma la forma de una «crisis nacional». Esta última expresión aparece a menudo en sus escritos.

¿Por qué «crisis nacional» y no sólo «crisis revolucionaria»? Para Lenin, es necesario destruir el Estado burgués como organismo independiente. Pero, ¿con qué sustituirlo? Aquí es donde entra la «crisis nacional». En términos prácticos, la dualidad de poder inherente a la situación revolucionaria sólo puede resolverse victoriosamente si ciertas funciones vitales (abastecimiento, transporte, seguridad) del viejo aparato estatal paralizado o parcialmente dislocado son asumidas por nuevos órganos más democráticos y eficaces: la Comuna de París, los soviets de 1905, los consejos obreros de Turín…Estos órganos son creaciones originales de la lucha misma, sin norma ni modelo preestablecidos.

Pero para que la crisis desemboque en una victoria, hace falta un cuarto elemento, además de las tres condiciones mencionadas: un proyecto y una voluntad política, capaces de decidir en el momento crítico entre varias posibilidades. El partido político no tiene la función casi exclusivamente pedagógica que le asignaba Kautsky. No es el simple reflejo del movimiento social, ni un modesto portador de ideas, sino una pieza central del dispositivo estratégico. La estrategia implica decisiones, proyectos y relaciones de poder. La educación forma parte de ello. Pero la estrategia también significa batallas, pruebas en las que el tiempo ya no pasa de manera uniforme, en las que cuenta el doble o el triple. Si la revolución es social y política, su destino, al final, se decide militarmente, en este caso en la acción insurreccional de octubre, que aprovechó la oportunidad por los pelos, en la precariedad del momento[21]Sobre este tema, véanse los cuadernos filosóficos de Lenin; también Michael Löwy, De la grande Logique de Hegel à la gare de Finlande à Petrograd, y mi ensayo Estrategia y partido.

La experiencia habla por sí misma. La elección del momento es absolutamente crucial, como atestiguan las exhortaciones de Lenin al reticente Comité Central durante septiembre y octubre. ¡Este es el momento! ¡Debemos decidir! Ahora. Ni mañana, ni pasado mañana. Hoy. Porque el tiempo no es indiferente. Hay que aprovechar el momento adecuado.

De este modo, Lenin hace política y elabora su propia temporalidad.

La de un tiempo roto.

El burócrata sueña con tener el evento en sus manos. Espera sin sorpresa que llegue lo anunciado, y no concibe que lo anunciado no pueda suceder. El revolucionario busca el acontecimiento en la crisis. En el momento de la decisión, el juicio manifiesta el presente de una presencia. Esta eventualidad irrevocable inaugura situaciones radicalmente nuevas en las que «nuestra herencia no está precedida de ningún testamento», porque el propio acontecimiento arroja luz sobre sus condiciones de aparición. Por eso la revolución constituye, según Hannah Arendt, el «verdadero acontecimiento, cuyo alcance no depende de la victoria o la derrota».

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Notas del artículo

Notas del artículo
1 Tuve la suerte de hacer mi tesis de maestría sobre «La noción de crisis revolucionaria en Lenin» bajo la dirección de Henri Lefebvre, en Nanterre, en… ¡1967-1968!
2 Lenin, Obras IX, p. 119 y XV, p. 298.
3 Lenin, Obras V, p. 408.
4 Ibídem, pp. 440-463.
5 Lenin, Obras VII, p. 41.
6 Lenin, Obras XXXI.
7 Lenin, Obras XXXI, p. 92.
8 Lenin, Obras X, p. 15.
9 Lenin, Obras XXXII, p. 16.
10 Véase Pierre Broué, Trotsky, Fayard, capítulo… Véase también Ernest Mandel.
11 Lenin, Obras, XXXII, p. 12.
12 Véase Marcel Liebmann, Le Léninisme sous Lénine, Seuil, II, p. 198.
13 Lenin, Obras VII, p. 470.
14 L. Trotsky, La revolución traicionada.
15 Lenin, Obras, XXV, p. 335.
16 Moshe Lewin, Le Dernier combat de Lénine, Minuit, París.
17 Engels, prefacio del Manifiesto de 1890.
18 Henri Lefebvre, Eléments de rythmanalyse, p. 63.
19 Lenin, Obras VIII, p. 572.
20 Lenin, Obras XXV, p. 17, 277.
21 Sobre este tema, véanse los cuadernos filosóficos de Lenin; también Michael Löwy, De la grande Logique de Hegel à la gare de Finlande à Petrograd, y mi ensayo Estrategia y partido
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