Teoría: Historia

El internacionalismo y la cuestión nacional en la época de la Primera Internacional

22/04/2022

Stathis Kouvelakis

Profesor del Kings College de Londres

Traducción: Marc Casanovas
Fuente: 
Contretemps

L

a reciente historiografía de la guerra franco-alemana y de la Comuna[1]Véase por ejemplo: Mathilde Benoistel, Sylvie Le Ray-Burimi, Christophe Pommier (eds.), France-Allemagne(s) 1870-1871. La guerre, la Commune, les mémoires, París, Gallimard / Musée de … Seguir leyendo ha permitido poner en perspectiva un doble aspecto de esta secuencia rica en rupturas. El objetivo es comprender mejor, por un lado, la unidad interna del momento que va desde la guerra de 1870 hasta la revolución parisina y, por otro, el carácter constitutivo de su dimensión internacional. Del lado francés (y parisino), fue la onda expansiva de la derrota, redoblada por la movilización de un pueblo en armas y el calvario del asedio de la capital por las tropas prusianas, lo que provocó el derrumbe del régimen imperial y una profunda crisis de legitimidad de las clases dirigentes. Esta crisis provocó a su vez una ola revolucionaria a gran escala que, tras su aplastamiento, dio lugar a un periodo de incertidumbre, seguido a su vez de una (relativa) estabilización republicana salpicada de grandes convulsiones (crisis de los Boulangiste, affaire Dreyfus).

Pero la secuencia de 1870-1871 también alteró el equilibrio internacional, polarizó las opiniones y movilizó fuerzas que iban más allá de las fronteras nacionales. Francia, a la vez primera potencia colonial y heredera de una tradición revolucionaria, envió al frente un ejército variopinto, que incluía contingentes masivos de tropas «autóctonas» («fusileros argelinos»/»turcos» y zuavos) y voluntarios extranjeros, que acudieron por millares a luchar junto a la «Gran Nación» y algunos de los cuales se unieron más tarde a los levantamientos comunalistas. Finalmente, la victoria militar prusiana selló la unidad alemana, y con ella el inicio de una nueva era de tensiones intraeuropeas y de una mayor competencia en la empresa de la expansión colonial que anunciaba el conflicto generalizado del siglo siguiente. El proceso de formación de los Estados-nación europeos se vio alterado de forma irreversible, en una dirección que iba a divergir constantemente de la dinámica democrática y «nacional-popular» surgida de las revoluciones de 1848. A partir de entonces, las «revoluciones desde arriba», el nacionalismo agresivo y el imperialismo conquistador ocuparon el primer plano.

La investigación de la historiadora griega Xenia Marinou se sitúa en la encrucijada de estas múltiples dimensiones. Su objeto forma parte de un fenómeno más amplio que abarcó el siglo XIX, el de los combatientes voluntarios que se comprometieron con causas nacionales distintas a la de su país de origen: Filohelenos que fueron a luchar junto a los griegos insurrectos contra el yugo otomano, legiones garibaldinas que recorrieron Europa pero también Sudamérica, voluntarios extranjeros en la causa polaca o en el Norte antiesclavista durante la Guerra Civil estadounidense, estas manifestaciones de compromisos transnacionales dan testimonio concreto de este espíritu universalista del que era portadora la idea de nación en el momento de su aparición. Centrándose en el caso de los voluntarios griegos que se alistaron en las tropas francesas durante la guerra franco-prusiana, especialmente en la Legión Extranjera de Garibaldi, y algunos de los cuales pudieron sin duda llegar al París de la Comuna, la investigación de Xenia Marinou nos permite comprender las cuestiones cruciales que están en juego en este fenómeno: ¿cuáles eran las verdaderas motivaciones de estos voluntarios, que a menudo se reducen al sentimentalismo romántico de la época o a una simple búsqueda de aventuras? ¿De qué entornos sociales y político-culturales procedían? Y, más concretamente en el caso de Grecia, ¿cómo explicar el tamaño de un contingente (1.500 voluntarios, según una estimación realista, de un total de 60.000 combatientes extranjeros) de un país situado en el borde de Europa, de tamaño irrisorio (Grecia tenía entonces menos de un tercio de su superficie actual), un país económicamente atrasado, con sólo cuatro décadas de existencia como Estado independiente y una población de menos de un millón y medio de habitantes? Por último, un tema prácticamente inexplorado[2]Quentin Deluermoz, por ejemplo, habla de «algunas decenas» de voluntarios griegos (Commune(s)…, op. cit., p. 33). Una estimación realista es de alrededor de 1.500 – esta es también la … Seguir leyendo antes de esta investigación, ¿podría ser que, al igual que los combatientes extranjeros de otras nacionalidades (polacos e italianos en particular), algunos de estos voluntarios griegos se unieran a las filas de los comuneros? Y si, en contra de la opinión bien establecida, al parecer, entre los historiadores [3]En su tesis, Xenia Marinou recoge las palabras de los miembros de la Associación de amigos de la Commune de Paris, según los cuales se trata del «chiste más corto entre los historiadores». En el … Seguir leyendo, esto fue efectivamente así, ¿cuáles fueron las vías por las que este proceso pudo tener lugar?

El internacionalismo de clase y la cuestión nacional

Este estudio de caso nos lleva a algunas cuestiones generales que trataremos de aclarar en las siguientes observaciones, sin ninguna pretensión de exhaustividad. Podrían formularse de la siguiente manera: ¿cuál es el significado del «internacionalismo» y, en particular, del internacionalismo específico de los movimientos revolucionarios multiformes que marcaron el siglo XIX europeo? ¿Es pertinente el término para designar compromisos tan diversos, o debemos hablar de «internacionalismos» distintos, incluso contradictorios? A partir de los contextos del siglo XIX anteriores a la generalización del modelo de Estado-nación, ¿cómo podemos historiar adecuadamente la relación entre las causas nacionales y el(los) internacionalismo(s), en particular el que el movimiento obrero reivindicó desde el principio?

Empecemos por el último punto. En la tradición socialista y comunista, el internacionalismo está estrechamente asociado -a menudo incluso reducido- a la idea de una solidaridad de clase que une a las clases trabajadoras en una lucha común más allá de las fronteras nacionales. La formulación canónica se encuentra, sin duda, en el conocido pasaje del Manifiesto Comunista que afirma que «los comunistas se diferencian de los demás partidos obreros sólo en dos puntos», siendo el primero precisamente que «en las diversas luchas nacionales de los proletarios, plantean y afirman los intereses independientes de la nacionalidad y comunes a todo el proletariado» – y el segundo que «representan siempre los intereses del movimiento en su totalidad». Sin embargo, en el mismo texto, justo después de «la abolición de la explotación por el hombre», Marx y Engels mencionan explícitamente la de «la explotación de una nación por otra», aunque hicieron del fin de esta última la consecuencia ineludible de la abolición de la primera[4]«a medida que la explotación del hombre por el hombre es abolida, también lo es la explotación de una nación por otra nación».. Además, subrayaron que el desarrollo del capitalismo condujo a «una interdependencia universal de las naciones», e incluso a la aparición del sueño de Goethe de una «literatura universal [Weltlitteratur]»[5]Véase S. S. Prawer, Karl Marx and World Literature, Londres y Nueva York, Verso, pp. 143-144.. Sin embargo, en contra de lo que algunos creen, en ninguna parte dice que las naciones vayan a desaparecer; el Manifiesto sólo habla de superar «la estrechez y el exclusivismo nacionales» y «el antiguo aislamiento de las provincias y las naciones autosuficientes». Del mismo modo, la idea de Goethe de la Weltlitteratur no significa abandonar las especificidades nacionales de cada corpus literario. Por el contrario, al hacerse accesible a todos, cada literatura sería «apreciada por su carácter distintivo y su diferencia, por el color instrumental que aporta a la sinfonía de la literatura universal»[6]Ibid, p. 144.. La visión resultante puede resultar unilateral, en el sentido de que exagera los aspectos unificadores de la globalización económica del capital y, en consecuencia, subestima los antagonismos nacionales y el potencial agresivo de los nacionalismos. Sin embargo, en una reunión de junio de 1866 del consejo general de la AIT (Asociación Internacional de Trabajadores, o 1ª Internacional) dedicada a la guerra austro-prusiana, Marx ridiculizó las afirmaciones de los participantes franceses (especialmente su futuro yerno Paul Lafargue), imbuidos de una mezcla de proudhonismo y universalismo republicano, que «llegaron a afirmar que todas las nacionalidades y todas las naciones no eran en sí mismas más que ‘prejuicios caducos'»[7]Carta de Marx a Engels, 20 de junio de 1866, en Karl Marx, Friedrich Engels, Correspondencia, vol. VIII, enero de 1865-junio de 1867, París, Éditions sociales, 1981, pp. 284-285.. Detrás de este cosmopolitismo, que pretendía disolver las naciones (y los Estados) en una «unión… de ‘pequeños grupos’, o ‘comunas”, Marx descifraba un nacionalismo galocéntrico no reconocido que preveía «su absorción [de las nacionalidades] por la nación modelo, la nación francesa». Retomando las formulaciones del texto fundacional del comunismo moderno, la tematización de la explotación propia de la era del capital no puede reducirse a la mera oposición entre capital y trabajo; también se refiere a una relación asimétrica entre naciones que se está universalizando, como parte del movimiento de expansión global del cosmos burgués.

Tanto las ideas internacionalistas como las causas nacionales no son puras abstracciones, sino que se encarnan en organizaciones, redes de activistas y prácticas que atraviesan las fronteras al tiempo que conservan un anclaje nacional específico. En el emergente movimiento obrero del siglo XIX, la movilidad de la mano de obra, facilitada por el entramado relativamente laxo de las fronteras interestatales, y la existencia de grandes comunidades de exiliados facilitaron la formación de redes organizativas inter y transnacionales. Incluso un somero examen de su historia -en particular de la más importante de ellas, la Primera Internacional- revela que la cuestión del internacionalismo tiene desde el principio una compleja relación con la de la nación y la de las «nacionalidades», entendidas como naciones en formación, que carecen de Estado y se movilizan para crearlo. Por decirlo de otro modo, el internacionalismo de clase se formó en estrecha interacción -pero no sin tensiones- con la otra gran pasión del siglo XIX (y que la siguió): la cuestión nacional o, más exactamente, la emergencia de las naciones, las nacionalidades y los Estados-nación europeos, motor esencial de las revoluciones de 1848 (y su legado más duradero), denominadas con razón «la primavera de los pueblos». Sin embargo, la naturaleza exacta de esta relación ha seguido siendo una cuestión abierta, cargada de los escollos, si no de las tragedias, que han salpicado la historia del movimiento obrero y del pensamiento socialista y comunista. La antinomia radical entre el internacionalismo de clase y las reivindicaciones nacionales, consideradas como una mistificación ideológica burguesa, la complementariedad (más o menos condicionada según la versión) y la posible alianza entre ambos, la interpenetración de las dos dimensiones o la subordinación de una a la otra, las posiciones defendidas, incluso por aquellos que reivindicaban su pertenencia a un marco teórico específico como el marxismo, han saturado todo el espectro, dejando a su paso más preguntas que respuestas[8]La bibliografía es inmensa; para las síntesis que tratan más específicamente del marxismo y de las corrientes del movimiento obrero que lo han reivindicado, podemos citar, a modo de ejemplo: … Seguir leyendo.

Sin pretender ser sistemáticos en el contexto de este texto, intentemos no obstante arrojar algo de luz sobre el asunto remontándonos a un momento fundacional: la reunión en el Saint-Martin’s Hall de Londres el 28 de septiembre de 1864, que dio origen a la AIT. A menudo se olvida que esta reunión fue convocada como una demostración de solidaridad con la lucha polaca por la independencia, que había sido reavivada por la insurrección derrotada de enero de 1863[9]Sobre este mitin y lo que sigue en la AIT, véase Kevin Anderson, Marx at the Margins. On Nationalism, Ethnicity and Non-Western Societies (Chicago: University of Chicago Press, 2010), pp. 64-78; … Seguir leyendo. En la tribuna, junto a Marx y los dirigentes de los sindicatos londinenses, se sentaba el comandante Luigi Wolf, entonces secretario de Giuseppe Mazzini -una figura destacada del Risorgimento– y que iba a ser miembro del primer Consejo General de la Internacional. Unos meses antes, en abril de 1864, Giuseppe Garibaldi, el otro héroe de la lucha por la unidad de Italia, había sido recibido en Londres por una gran multitud de personas de todos los estratos sociales, pero con un elemento predominantemente obrero, movilizado en particular por la acción del Comité de Recepción de Trabajadores y el semanario sindical londinense The Bee-Hive. No es una coincidencia, entonces, que, como sabemos por una carta de Marx a su tío León Philips, los organizadores de la reunión de St Martin’s Hall, es decir, «los verdaderos líderes de los trabajadores de Londres, y, con una o dos excepciones, todos trabajadores mismos», fueran «las mismas personas» que prepararon «la gigantesca recepción para Garibaldi, y que, con su monumental mitin con [John] Bright en St James’s Hall, evitaron la guerra con los Estados Unidos»[10]Carta de Marx a Lion Philips, 29 de noviembre de 1864, en Karl Marx, Friedrich Engels, Correspondencia, vol. VII, 1862-1864, París, Editions sociales, 1979, pp. 311-312. John Bright era una figura … Seguir leyendo.

Entre la guerra civil americana, la unidad italiana y el levantamiento polaco, podemos ver aquí la constelación de causas internacionales que estaban en el centro de la actividad del movimiento obrero de la época: por ejemplo, la «el monumental mitin» mencionado en esta carta tenía como objetivo afirmar la solidaridad con el Norte y denunciar la voluntad del gobierno británico de intervenir del lado del Sur esclavista. Uno de los hilos que unen concretamente a todas estas causas es su capacidad para atraer a sus filas a combatientes voluntarios de diversos países que llevan el «espíritu de 1848». Las tropas garibaldinas, sin duda el modelo más exitoso de este compromiso en el siglo XIX, eran multinacionales y transnacionales tanto en su composición como en sus áreas de acción. En las acciones de los republicanos irlandeses, sobre todo en las de su sección estadounidense, participaron veteranos de los movimientos garibaldinos como Gustave Cluseret, futuro oficial de la Guerra Civil y delegado en la guerra de la Comuna, pero también una figura como Louis Riel, líder del pueblo «mestizo» (descendiente tanto de europeos como de las Primeras Naciones) que lideró dos levantamientos contra el gobierno canadiense. El propio James Stephen, líder histórico de los fenianos y antiguo quarante-huitard, había establecido fuertes vínculos con los círculos revolucionarios europeos, incluida la AIT[11]Sobre la composición multinacional de las tropas garibaldinas véase Gilles Pécout, «The International Armed Volunteers: Pilgrims of a Transnational Risorgimento», Journal of Modern Italian … Seguir leyendo. En cuanto al ejército del Norte durante la Guerra Civil, contó con miles de voluntarios extranjeros en sus filas, entre ellos 200.000 alemanes (casi una cuarta parte de ellos alistados en unidades de habla alemana). Entre ellos, y con rango de oficiales, se encontraban varios antiguos miembros de la Liga de los Comunistas, como August Willich, Fritz Anneke y Joseph Weydemeyer, amigo íntimo y colaborador de Marx. Como señala Robin Blackburn, «el ‘Partido de Marx’, especialmente a través de Weydemeyer, desempeñó un importante papel en la captación de la emigración alemana para la causa republicana[12]Robin Blackburn, Marx y Lincoln. An Unfinished Revolution, Londres y Nueva York, Verso, 2011, p. 24. Sobre Weydemeyer y su papel en la Guerra Civil, véase la biografía de Karl Obermann, Joseph … Seguir leyendo”. Se puede, pues, estar de acuerdo, pero limitando el alcance al periodo que llega hasta la guerra franco-alemana, con la observación del historiador Gilles Pécout de que «en el largo siglo XIX europeo, ninguna causa fue más internacional que la de la nación. Hasta la Primera Guerra Mundial, no existía una contradicción real entre los valores nacionales y los del internacionalismo, y en el ámbito de la guerra, esto se manifestaba sobre todo en el fenómeno de los voluntarios armados»[13]«Los voluntarios armados internacionales…», art. cit. p. 413..

Volvamos ahora al momento de la fundación de la AIT, en el St. Martin’s Hall de Londres, aquel día de septiembre de 1864. La reunión fue presidida por Edward S. Beesly, un académico, figura prominente en los círculos positivistas de Londres y amigo personal de Marx, que aprovechó esta plataforma para denunciar el colonialismo inglés y sus acciones en Gibraltar, China, India e Irlanda, que comparó con la opresión de los regímenes despóticos continentales. Una vez formado, el AIT afirmó inmediatamente su compromiso con el Norte y con la emancipación de los negros en una guerra civil considerada como la «segunda revolución americana». A este compromiso le siguió un apoyo activo a la lucha irlandesa por la «emancipación nacional», puesta en pie de igualdad con la de Polonia, la otra gran causa del movimiento obrero y democrático europeo de la época. Como veremos más adelante, la actitud a adoptar sobre Irlanda se convirtió rápidamente en la principal línea divisoria en cuanto al significado del internacionalismo dentro de la AIT en el periodo anterior a la Comuna. Un verdadero asunto de familia para Marx y Engels,[14]Este fue particularmente el caso de la hija mayor de Marx, Jenny, que se comprometió sin reservas a apoyar la causa irlandesa, llegando a llevar una cruz, originalmente un símbolo del levantamiento … Seguir leyendo el apoyo a la causa irlandesa dividió profundamente a la sociedad victoriana durante la década de 1860 y despertó muchas reticencias incluso dentro de los círculos de la clase obrera, incluyendo a la mayoría de los líderes sindicalistas ingleses del consejo general de la Internacional.

La emancipación nacional como revolución social

Las palabras pronunciadas en la reunión inaugural encontraron su primera formulación sistemática en los principios expuestos en el Discurso Inaugural de la AIT. Este texto de síntesis, redactado por Marx, denuncia con virulencia «la política exterior [de las potencias europeas]», una política «que persigue designios criminales» y que se traduce en «guerras de piratería», la aprobación del «asesinato de la heroica Polonia» y «la infamia de una cruzada para el mantenimiento y el desarrollo de la esclavitud a través del Atlántico». Pero, sobre todo, el Discurso invita al movimiento obrero a emprender una elaboración propiamente política y estratégica del internacionalismo, más allá de la invocación de «las simples leyes de la moral y de la justicia como leyes supremas en el comercio de las naciones», llamando a «los trabajadores… [a] familiarizarse con los misterios de la política internacional, a vigilar la conducta diplomática de sus respectivos gobiernos, a combatirla si es necesario por todos los medios a su alcance». Se afirma así la necesidad de una política internacional autónoma del movimiento obrero, capaz de ir más allá del universalismo republicano y de los principios morales que Marx, adaptándose (involuntariamente) al estado de ánimo de los principales animadores de la Internacional en proceso de constitución, resuelve insertar en la conclusión del Discurso Inaugural[15]En su carta a Engels del 4 de noviembre de 1864, Marx da cuenta detallada del proceso que llevó a la redacción y adopción del texto y afirma que «todas mis propuestas fueron adoptadas por el … Seguir leyendo. No sin antes precisar que «luchar por una política exterior de esta naturaleza es participar en la lucha general por la emancipación de los trabajadores». Por eso también se opuso a cualquier convergencia orgánica entre la AIT y la Liga de la Paz y la Libertad, a la que estaban afiliados muchos de los principales liberales y demócratas de Europa (Victor Hugo, Edgar Quinet, John Stuart Mill, Garibaldi). Marx lo calificó de «sindicato de pacifistas baladores» y no reconoció su «razón de ser», ya que sólo la lucha por el cambio radical de las condiciones sociales podía, en su opinión, evitar las guerras[16]Cf. carta de Marx a Engels del 4 de septiembre de 1867, en Karl Marx, Friedrich Engels, Correspondencia, vol. IX, julio de 1867-diciembre de 1868, París, Editions sociales, 1982, p. 25. La … Seguir leyendo.

El caso de Irlanda, prototipo de situación colonial en el seno de la propia Europa, sería la prueba decisiva del nuevo internacionalismo que pretendía promover la AIT. Fue interviniendo, en particular en los años 1867-1870, en la cuestión irlandesa que Marx emprendió, con Engels, el estudio en profundidad de la historia de la isla, y en particular de la cuestión agraria y de la tierra, y, a partir de ahí, de la imbricación de la lucha nacional y de las relaciones de clase[17]La colección de textos de referencia sobre Irlanda fue durante mucho tiempo la de lengua inglesa: Karl Marx, Frederick Engels, On Ireland, Moscú y Londres, Lawrence & Wishart, Progress … Seguir leyendo. Llegó entonces a una nueva posición, a la que consiguió, a costa de debates a menudo tormentosos, reunir poco a poco a la mayoría del Consejo General de la Internacional[18]Véanse al respecto: Kevin Anderson, Marx at the Margins, op. cit. pp. 115-153; Ellen Hazelkorn, «Capital and the Irish Question», Science & Society, vol. 44, nº 3, 1980, pp. 326-356; Jie-Hyun … Seguir leyendo. Se puede resumir así: para la nación dominada, la lucha por la independencia no puede disociarse de la revolución social. Por eso «en Irlanda la operación es cien veces más fácil, porque la lucha económica se concentra allí exclusivamente en la propiedad de la tierra, porque esta lucha es al mismo tiempo nacional, y porque el pueblo es más revolucionario y está más exasperado que en Inglaterra». En la nación dominada, el explotador es simultáneamente el opresor colonial, cuya función económica y moral es «representar la dominación de Inglaterra sobre Irlanda»[19]Karl Marx, «Circular del Consejo General de la AIT al Consejo Federal de la Suiza francesa del 1 de enero de 1870», MEGA [Marx Engels Gesamtausgabe] I.21, pp. 162-163 – un extracto está … Seguir leyendo. Como señala Domenico Losurdo, «en Irlanda no existe una ‘cuestión social’ aparte de la ‘cuestión nacional’; hay una identidad de hecho entre una y otra, al menos durante todo un periodo histórico, hasta que se alcanza la independencia»[20]Domenico Losurdo, La lutte des classes. Une histoire philosophique et politique, París, Delga, 2016, p. 22..

Esta visión de la lucha nacional no era abstracta ni excéntrica, sino que estaba en consonancia con el surgimiento y la radicalización del movimiento nacional irlandés en la década de 1860. De hecho, la proclamación de independencia de los fenianos en 1867, que reavivó la lucha de liberación sobre el terreno, pretendía basar la nueva república en el sufragio universal. El nuevo estado independiente debía «asegurar para todos el valor intrínseco de su trabajo», y actuar de acuerdo con el principio de que «el suelo de Irlanda, ahora en posesión de una oligarquía, nos pertenece a nosotros, el pueblo irlandés, y debe sernos devuelto». Dirigiéndose a los «republicanos de todo el mundo», la proclama afirma que «nuestra causa es vuestra causa. Nuestro enemigo es vuestro enemigo». Y añade: «En cuanto a vosotros, trabajadores de Inglaterra, no sólo deseamos vuestros corazones, sino también vuestros brazos. Recordad el hambre y la degradación que la opresión del trabajo ha traído a vuestros hogares»[21]Cf. Ronan Burtenshaw, Donal Fallon, «Ireland’s Other Proclamation», art. cit. Véase el texto completo de la Proclamación de Independencia de 1867.. Respondiendo a este llamamiento urgente, la posición de la AIT, formulada por Marx y adoptada a través de un arduo trabajo en el que, además de él mismo y de Engels, participaron miembros de su familia y aliados políticos, atribuye a esta acción internacionalista un importante significado estratégico:  «la tarea especial del consejo central [de la AIT] en Londres [es] despertar a la clase obrera inglesa a la conciencia de que la emancipación nacional de Irlanda no es para ellos una cuestión de justicia abstracta o de sentimientos humanitarios, sino la primera condición de su propia emancipación social»[22]Marx, carta a Siegfried Meyer y August Vogt del 9 de abril de 1870, en Karl Marx, Friedrich Engels, Correspondencia, vol. X, enero de 1869-junio de 1870, París, Messidor/Editions sociales, 1984, pp. … Seguir leyendo.

El punto nuevo y decisivo que se desprende de estas elaboraciones es que, más allá de las características de clase de las fuerzas que la originan y determinan su contenido social, la liberación nacional de un pueblo oprimido sólo puede provenir de su propia acción, y no de una victoria previa de la clase obrera de la nación dominante, o incluso de la nación capitalista más desarrollada del mundo, como habían pensado anteriormente Marx y Engels[23]Dirigiéndose sobre todo a los cartistas, Marx concluyó su discurso del 29 de noviembre de 1847 sobre Polonia (fecha corregida) de la siguiente manera: «De todos los países, Inglaterra es el que … Seguir leyendo). El orden se invierte ahora: la emancipación nacional de Irlanda e«la condición previa para la emancipación de la clase obrera inglesa», en palabras de la circular de la AIT de enero de 1870. En una carta a Engels de diciembre de 1869, Marx es aún más explícito sobre su propia evolución: «Durante mucho tiempo pensé que era posible derrocar el régimen actual en Irlanda mediante el ascenso de la clase obrera inglesa. (…) Pero un análisis más detallado me ha convencido de lo contrario. La clase obrera inglesa nunca hará nada hasta que se deshaga de Irlanda. Es en Irlanda donde hay que colocar la palanca. Por eso la cuestión irlandesa es tan importante para el movimiento social en general»[24]Carta de Marx a Engels del 10 de diciembre de 1869, en Karl Marx, Friedrich Engels, Correspondencia, vol. X, op. cit, pp. 232-233. El énfasis de Marx.. La razón de este cambio es, pues, doble: por un lado, la emancipación del pueblo oprimido socava la base económica, política, militar e ideológica de la clase dominante en la metrópoli, mientras que, por otro, sólo el apoyo inequívoco a la lucha de la nación oprimida puede poner fin a la división interna del proletariado británico entre los inmigrantes irlandeses y los trabajadores ingleses, una «división [que] es el verdadero secreto del mantenimiento de su poder [de los terratenientes y la burguesía inglesa]». Es en la circular de la Internacional citada anteriormente donde aparece la famosa formulación: «el pueblo que somete a otro pueblo forja sus propias cadenas»[25]Karl Marx, «Circular del Consejo General de la AIT al Consejo Federal de la Suiza Francesa…», op. cit. Sobre la evolución de las posiciones de Marx y Engels sobre la cuestión irlandesa, … Seguir leyendo.

No menos destacable es el hecho de que, en contra de la rígida visión «estalinista» de la «revolución burguesa» codificada por la ortodoxia estalinista, Marx evita congelar en una formulación unívoca el contenido social de esta lucha por la emancipación de la nación (o raza) oprimida, ya sea por Irlanda, Polonia o la guerra civil americana. En efecto, es «el pueblo» el que aparece cada vez como protagonista de esta lucha, aunque este pueblo esté atravesado por una división de clases que se entrelaza con la dominación extranjera (o la opresión racial), siendo la regla que las clases privilegiadas de la nación dominada prefieran pactar con la potencia extranjera. El «pueblo» en cuestión es, por lo tanto, un pueblo-clase formado por las «clases bajas», un bloque nacional-popular, parafraseando a Gramsci, que se constituye en y a través de la lucha por la independencia. Así, en la lucha nacional irlandesa, el autor de El Capital ve una «revolución social, aunque con formas atrasadas», cuya sustancia es «una revolución agraria» dirigida por el campesinado expropiado[26]Respectivamente «Circular del Consejo General…», op. cit. p. 162 y carta a Meyer y Vogt, op. cit. p. 344..

Aquí hay que establecer un punto crucial de método. Como señala Amy E. Martin, «aunque la importancia de la cuestión irlandesa para Marx, Engels y la AIT es evidente, se ha prestado menos atención a la idea de que Marx y la AIT se vieron influidos por la política y las prácticas revolucionarias irlandesas. Es importante explorar esta posibilidad”[27]Amy E. Davis, La ‘fièvre feniane’ : l’anticolonialisme irlandais et l’AIT » en Thierry Drapeau, Pierre Beaudet (eds.), L’Internationale sera le genre humain !  De l’AIT à … Seguir leyendo. Expresión condensada del creciente radicalismo de la lucha de liberación nacional, la proclama feniana de 1867 consideraba, como hemos visto, que el sufragio universal que debía regir en la futura Irlanda independiente era un medio de «asegurar para todos el valor intrínseco de su trabajo», una formulación común en el socialismo de la época (especialmente en el de Lassalle[28]Así, el muy lassallista «Programa del Partido Obrero Alemán» (in Karl Marx, Critique du programme de Gotha, Paris, Les éditions sociales, 2008, p. 41-44), propuesto en el Congreso de Gotha … Seguir leyendo). Inmediatamente después se exigió la «devolución» del suelo, «actualmente en posesión de una oligarquía», al «pueblo irlandés» al que pertenece por derecho.  En la primera discusión a fondo de la cuestión irlandesa en el Consejo General de la Internacional, Eugene Dupont, un estrecho colaborador de Marx, refiriéndose a esta declaración, cuyos puntos principales resumió, rechazó cualquier «oposición» entre esta «demanda de un pueblo oprimido por su derecho a la existencia social y política» y «nuestros principios» [de la AIT][29]Sesión del 19 de noviembre de 1867, Documentos de la Primera Internacional. Actas del Consejo General 1866-1868, Londres-Moscú, Lawrence & Wishart-Progress Publishers, 1964, pp. 175-176.. A pesar de sus recelos hacia algunos de sus líderes y su apariencia de sociedad secreta, el propio Marx definió el «carácter distintivo del fenianismo» como «un movimiento socialista de clase baja», y añadió «no un movimiento católico»[30]Karl Marx, «Borrador de un discurso sobre la cuestión feniana», MEGA I.21, p. 35.. En una carta a Engels, aclaró que esta «tendencia socialista» debía entenderse «en sentido negativo, dirigiéndose contra la apropiación del suelo», es decir, como reacción al proceso de acaparamiento de tierras por parte de los colonos británicos, proceso al que dedicó largos análisis, especialmente en El Capital[31]Carta de Marx a Engels del 30 de noviembre de 1867, en Karl Marx, Friedrich Engels, Correspondencia, vol. IX, op. cit, p. 104. Sobre la cuestión de la tierra en Irlanda, véanse su borrador del … Seguir leyendo. El teórico marxista y líder histórico del ala socialista del movimiento nacional irlandés James Connolly (1868-1916) señaló que «el fenianismo era el impulso en el corazón irlandés que respondía a las pulsaciones en el corazón de la clase obrera europea que en otros lugares produjo la Primera Internacional». Por ello, tanto para Connolly como para Marx, el movimiento despertó la «aversión, por no decir el odio mortal» de la clase dominante irlandesa, incluidos el clero católico y la burguesía[32]James Connolly, Labour in Irish History (1911), en The James Connolly Reader, editado por Shaun Harkin, Chicago, Haymarket, 2018, pp. 304-305..

Para Polonia, el Manifiesto del partido Comunista ya declaraba su apoyo al «partido que ve en una revolución agraria la condición de la liberación nacional, es decir, el partido que en 1846 lanzó el levantamiento de Cracovia»[33]Este movimiento, que se inició en el enclave independiente («estado libre») de Cracovia, debía ser la señal de un levantamiento general en Polonia, sometida a una tripartición de su territorio … Seguir leyendo. Poco después, en un discurso para celebrar el segundo aniversario de este levantamiento, Marx subrayó que el contenido social de esta revolución era «transformar a los campesinos tributarios en propietarios libres, en propietarios modernos», es decir, el equivalente estricto de la Revolución Francesa vista como una revolución democrático-burguesa. Por ello, refutó las declaraciones de quienes, como el Times de Londres, querían ver en esta insurrección el «comunismo», y así desacreditarla[34]Discurso de Karl Marx, en La celebración en Bruselas del segundo aniversario de la Revolución polonesa del 22 de febrero de 1846, Bruselas, C. G. Vogler, 1848, p. 13. «El comunismo niega la … Seguir leyendo. En su discurso, pronunciado en la misma ocasión, Engels identificó la «revolución de Cracovia» con la «victoria de la democracia», lograda por una «lucha de clases», la del «pueblo polaco» contra la «aristocracia separada de [este] pueblo y arrojada a los brazos de los opresores de su patria». Concluye que «con la insurrección de Cracovia, la causa polaca, de ser nacional, se ha convertido en la causa de todos los pueblos; de ser una cuestión de simpatía, se ha convertido en una cuestión de interés para todos los demócratas», sin que, por supuesto, deje de ser una causa nacional.

En un texto conjunto tardío (fechado en noviembre de 1880), escrito con motivo del 50º aniversario de la revolución polaca de 1830, Marx y Engels subrayan el significado del grito «¡viva Polonia!» como «homenaje de simpatía y admiración a los combatientes patrióticos», cuyos compromisos internacionalistas posteriores recuerdan «en todas partes bajo la bandera de las revoluciones populares»[35]Karl Marx, Friedrich Engels, «En la reunión en Ginebra en memoria del 50 aniversario de la Revolución Polaca de 1830», MEGA I.25, p. 211.. Pero esta vez fueron más lejos que en su apreciación del carácter del levantamiento de Cracovia, en el que ahora veían «la primera revolución política que proclamaba reivindicaciones socialistas»[36]Ibid, p. 212.. Mientras tanto, como sabemos, especialmente desde el redescubrimiento en los años 60 de sus textos sobre la comuna campesina rusa, la posición de Marx sobre el potencial revolucionario del campesinado ha evolucionado significativamente[37]Sobre esta cuestión, véase Kevin Anderson, Marx at the Margins…, op. cit. y el trabajo pionero de Teodor Shanin (Marx and the Russian Road, Nueva York, Monthly Review Press, 1983) y, en … Seguir leyendo. Así, mientras que en los textos anteriores la independencia nacional polaca era vista sobre todo como un dique indispensable contra la amenaza zarista, «la gran reserva de la reacción europea», el texto de 1880 toma nota de la evolución sociopolítica interna de Rusia, que se refleja en la aparición de fuerzas revolucionarias deseosas de vincularse con el pueblo y el mundo campesino. En la conclusión del texto, Marx y Engels subrayan que, a partir de ahora, la «lucha del pueblo polaco… coincide con los esfuerzos sin parangón de nuestros hermanos rusos». En la misma línea, en el prefacio a la edición rusa del Manifiesto Comunista (enero de 1882), su último prefacio conjunto, que es también el último texto de Marx publicado en vida y que tiene valor testamentario, se contempla la posibilidad de que «la revolución rusa dé la señal para una revolución proletaria en Occidente, y que ambas se complementen», lo que permitiría que la comuna rusa «sirva de punto de partida para una evolución comunista».

No menos notables son las consideraciones de Marx sobre el significado de la victoria del Norte en la Guerra Civil. Aunque no se hacía ilusiones sobre la naturaleza burguesa de la república americana, creía, en las palabras de la famosa carta a Abraham Lincoln del Consejo General de la AIT de diciembre de 1864, primer acto público de la Internacional, que «la guerra antiesclavista americana inauguró la nueva época del ascenso de las clases trabajadoras», al igual que «la guerra de la Independencia americana inauguró la nueva época del ascenso de las clases burguesas». Escrita por Marx y ampliamente difundida en la prensa de la época, esta carta afirma que «la guerra antiesclavista estadounidense inauguró la nueva época del ascenso de las clases trabajadoras», al igual que la «Guerra de la Independencia [de 1776] inauguró la nueva época de las clases burguesas»[38]Discurso del Consejo General de la AIT a Abraham Lincoln, 7 de enero de 1865.. Esta posición no significa que la AIT o Marx consideraran que los Estados Unidos de la posguerra civil estaban en vísperas de una revolución socialista, sino que estaban entrando en una nueva fase de su desarrollo, que finalmente hacía posible la acción autónoma de la clase obrera. Esta evolución tenía, por supuesto, una dimensión económica: el peso del Sur esclavista era un obstáculo para la acumulación de capital y, por tanto, para la expansión de una clase obrera industrial. Pero, lejos de profesar el determinismo económico del que a menudo se le acusa, Marx consideraba que el factor decisivo era el político. Porque, como dice la carta a Lincoln, «mientras los obreros, el verdadero poder político del Norte, permitieron que la esclavitud mancillara su propia república; mientras se enorgullecieron del privilegio de ser libres de venderse y elegir a sus propios jefes, en comparación con los negros que tenían un amo y se vendían sin consultar, fueron incapaces de luchar por la verdadera emancipación del trabajo o de apoyar la lucha emancipadora de sus hermanos europeos». El paralelismo con la clase obrera británica, dividida entre trabajadores ingleses e irlandeses separados por el predominio del racismo antiinmigrante, es evidente: la división del proletariado bajo el efecto de la internalización de la dominación colonial en las relaciones de clase de la metrópoli, es el «secreto del mantenimiento del poder de la burguesía» y el obstáculo decisivo para la acción revolucionaria de la clase obrera.

La francofilia revolucionaria y la persistencia del «espíritu de 1848»

La relación entre la emancipación nacional y el internacionalismo de clase resulta así mucho más enmarañada de lo que sugieren las visiones que postulan una simple relación de exterioridad, si no de incompatibilidad de principio, entre ambos términos. Las trayectorias del movimiento obrero emergente y las de los teóricos más emblemáticos de su ala internacionalista indican una interacción incesante, que evoluciona con las coyunturas, sin reducirse a un simple juego de tácticas, desconectado de los principios del socialismo revolucionario. Intentemos ahora captar con mayor precisión algunos aspectos de la transformación de esta relación durante este periodo fundacional del internacionalismo obrero. Comenzaremos con la observación del historiador marxista británico Robin Blackburn, formulada a propósito de la participación masiva de la emigración alemana en el ejército del Norte durante la Guerra Civil estadounidense: «los veteranos de 1848 se veían a sí mismos como revolucionarios sociales, pero también como defensores de una idea y un movimiento nacionales»[39]Robin Blackburn, An Unfinished Revolution…, op. cit, p. 26.. En este contexto hay que entender la corriente de simpatía pro-francesa que despertó la guerra franco-prusiana y que llevó a decenas de miles de voluntarios extranjeros de varios países europeos a abandonar su país y alistarse junto a las tropas francesas. Ni el régimen bonapartista ni su política aventurera, colonialista y bélica habían conseguido romper la francofilia, muy arraigada en los círculos republicanos y democráticos europeos desde la Gran Revolución de 1789-93.

Esta francofilia se reavivó en los resurgimientos revolucionarios de 1830 y 1848, aunque, como reacción a la instauración del régimen bonapartista y a su actuación en la escena internacional, ya no contó con el apoyo unánime de la izquierda. Un demócrata moderado como Mazzini se inclinó así permanentemente hacia posiciones antifrancesas y se apoyó en Inglaterra para promover las causas nacionales en Europa. Incluso un entusiasta republicano francófilo como Garibaldi, exasperado por las traiciones bonapartistas a la causa de la unidad italiana, llegó a ver con benevolencia la unificación alemana bajo la hegemonía prusiana. Alentado por el rey Víctor Manuel, comprometió a las tropas italianas al lado de Prusia en la guerra austro-prusiana de 1866 y pareció depositar sus esperanzas en una «Alemania que reuniera a su causa a todos los que sufren o aspiran a una vida mejor, y a todos los que están actualmente bajo la opresión extranjera»[40]Citado en Mark A. Lause, Soldiers of the Revolution…, op. cit, pp. 45-46.. En cuanto a Marx, notorio opositor a la política de «el pequeño Napoleón», desconfiaba de las ilusiones francófilas difundidas en los círculos de emigrantes, mientras esperaba que la reanudación de la iniciativa revolucionaria en la Europa continental viniera de Francia. Cuando esta última declaró la guerra a Prusia, la Internacional, en su primer discurso sobre esta cuestión, escrito por Marx, denunció un «complot de guerra», predijo que llevaría al colapso del régimen bonapartista y subrayó que «en el lado alemán, [era] una guerra de defensa»[41]Cf. «Primer discurso del Consejo General de la AIT sobre la guerra franco-alemana», en Karl Marx, Friedrich Engels, Sur la Commune de Paris. Textes et controverses, París, Les éditions sociales, … Seguir leyendo.

Sin embargo, el movimiento francófilo cobró nueva fuerza cuando la previsible derrota de las tropas francesas se hizo realidad. Inmediatamente después se produjo la caída del régimen imperial, la ocupación de parte del territorio francés por las tropas prusianas y la proclamación de la república. Esta inversión de la situación llevó a Marx y a la AIT a cambiar su posición inicial y a apoyar lo que ahora se había convertido en una guerra defensiva de Francia contra un Reich conquistador.  Frente a una burguesía capituladora, que prefería el acuerdo con los prusianos, aun a costa de una terrible humillación nacional, al levantamiento de un pueblo en armas, el conflicto adquirió un nuevo carácter propiamente revolucionario.  La voluntad de librar una guerra popular contra el invasor puso en marcha una poderosa radicalización que entrelazó estrechamente, en términos de Marx, la lucha por la «salvación nacional», la «regeneración de Francia» y la de la «emancipación de la clase obrera»[42]Karl Marx, Premier essai de rédaction, en La guerre civile en France, París, Editions sociales, 1972, p. 225-226.. Esta articulación de las dimensiones nacional y de clase se extiende a la propia Comuna, en la que Marx ve a la vez «la representación de todos los elementos sanos de la sociedad francesa, y, por tanto, el gobierno verdaderamente nacional» y «al mismo tiempo, un gobierno de los trabajadores, y, como tal, en su calidad de audaz campeón de la emancipación del trabajo, internacional en el pleno sentido del término»[43]Karl Marx, La guerre civile en France, en Sur la Commune de Paris…, op. cit, p. 184..

No es de extrañar, por tanto, que el compromiso francófilo se manifestara con especial fuerza en aquellos países en los que el «momento de 1848» -el del derrocamiento de los regímenes absolutistas y/o la emancipación nacional- era una tarea aún pendiente, o apenas alcanzada (como en Italia). En esta periferia meridional y oriental de Europa, la francofilia pudo prolongarse en algunos casos por una acogida benévola de la Comuna por parte de actores que, sin compartir necesariamente el objetivo de una revolución social, veían en ella sobre todo un movimiento republicano radical, en la tradición de las revoluciones de 1848, portador de una promesa de emancipación nacional y democrática. Ya sea en España, en Italia (a través de la oposición entre Mazzini y los Garibaldi, padre e hijo[44]Véase T. R. Ravindranathan, «The Paris Commune and the First International in Italy: Republicanism versus Socialism, 1871-1872», The International History Review, vol. I, p. 1. 3, nº 4, 1981, pp. … Seguir leyendo, en el Cáucaso (Armenia y Georgia), en Rumanía, país tradicionalmente francófilo y latino, y más generalmente en el resto de los Balcanes (Croacia, Serbia, Bulgaria), e incluso en América Latina (especialmente en México, Chile o Cuba), la Comuna fue, al menos inicialmente, apoyada por ciertos sectores republicanos y democráticos radicales, comprometidos con la causa de la emancipación nacional en sus países. Este fue el caso, sobre todo, en Europa del Este, en los Balcanes o en las naciones bajo el yugo del zarismo. Aparecieron convergencias con las fuerzas socialistas o socializantes emergentes, que sin embargo prepararon el terreno para las crecientes divergencias del período posterior[45]Sobre España, véase Carlos Seco Serrano, «España, la Comuna y la Internacional», Revista Internacional de Historia Social, vol. 17, nº 1, 1972, pp. 222-239; sobre Europa del Este y los … Seguir leyendo.

La situación italiana ofrece un buen indicador de esta evolución: Garibaldi apoya a la Comuna y a la Internacional, en nombre de los principios de descentralización democrática y de unidad cosmopolítica del género humano, al tiempo que se aleja de los objetivos que cuestionan el capital y la propiedad. Por el contrario, Mazzini denunció enérgicamente la violencia y las doctrinas que propugnaban «una guerra malsana entre el trabajo y el capital». Sin embargo, lejos de señalar una convergencia duradera entre el republicanismo (o, al menos, su ala radical) y el socialismo, este conflicto entre los dos protagonistas de la unidad italiana abrió una brecha que facilitó la irrupción de las ideas socialistas y anarquistas. Fue Bakunin quien aprovechó hábilmente esta oportunidad para establecerse como el principal oponente de Mazzini. En medio de un conflicto con los partidarios de Marx en el seno de la AIT, consiguió que la mayoría de los militantes internacionalistas italianos se adhirieran a sus puntos de vista, así como una parte importante de los radicales que anteriormente habían sido leales a Garibaldi. El fracaso de los intentos de este último por restablecer la unidad del campo republicano acabó por allanar el camino para la constitución de un movimiento socialista autónomo que, aunque rinde homenaje a Garibaldi, se orienta hacia las concepciones «antiautoritarias» de Bakunin[46]Cf. T. R. Ravindranathan, «La Comuna de París y la Primera Internacional en Italia…», art. cit. Según este autor, «al no intervenir directamente en el debate antimazzinista, debido a una … Seguir leyendo.

Republicanismo, internacionalismo y cuestión nacional en la periferia europea: el caso griego

La Grecia de 1870 ilustra las diferentes temporalidades de las cambiantes líneas de demarcación social y política. Atascado en la periferia sureste de Europa, el Estado en ruinas (menos de un tercio de su territorio actual), que era independiente desde hacía apenas cuatro décadas, estaba separado del Imperio Otomano por una frontera a menos de 200 kilómetros al norte de Atenas. País casi exclusivamente agrario, desprovisto de toda infraestructura moderna, su población vive, en su mayoría, en condiciones miserables. Enormemente endeudada con las grandes potencias que patrocinaron su independencia, se considera en gran medida insostenible y se encuentra en una posición de soberanía limitada. La mayor parte de las energías nacionales -apoyadas activamente por una amplia y próspera diáspora- se dirigieron a la realización de la «Gran Idea»[47]Para una breve síntesis, véase Hervé Georgelin, «Réunir tous les ‘Grecs’ dans un État-nation, une ‘Grande Idée’ catastrophique», Romantisme, vol. 131, nº 1, 2006, pp. … Seguir leyendo, el proyecto irredentista de expansión territorial y unificación con las poblaciones de habla griega (o las consideradas como tales) más allá de las estrechas fronteras del reino.

Es la fuerza de este proyecto irredentista la que hace de Grecia un terreno predilecto para seguir los vericuetos de la cuestión nacional y los movimientos transnacionales que atraviesan el espacio del Mediterráneo oriental y la Europa balcánica, en particular el de los combatientes voluntarios. Así, las insurrecciones cretenses que marcaron la segunda mitad del siglo XIX dieron un nuevo impulso al movimiento filhelénico. Sin alcanzar la magnitud del movimiento que inspiró a Byron, Victor Hugo o Delacroix, y que llevó a cientos de voluntarios a engrosar las filas de los insurgentes durante la guerra de independencia de 1821-1828[48]Cf. Hervé Mazurel, Vertiges de la guerre. Byron, les philhellènes et le mirage grec, París, Les Belles lettres, 2013., dio lugar a la participación de varios centenares de combatientes extranjeros en el levantamiento cretense de 1866, incluido un cuerpo garibaldino que contaba con más de cien miembros[49]Hubert Heyriès, «Les garibaldiens en Crète 1866-1869 : de l’oubli à la construction tardive d’un mythe», en Patrick Louvier, Philippe Monbrun, Antoine Pierrot (dir.), Afti inè i … Seguir leyendo. Entre estos voluntarios extranjeros se encontraban futuros comuneros, como los garibaldinos Lucien Combatz, Napoleón La Cécilia y Amilcare Cipriani, así como una figura destacada del republicanismo revolucionario francés: Gustave Flourens, «el caballeroso Flourens», como lo llamó Marx[50]Karl Marx,La guerre civile en France, op. cit, p. 171..  Implicado en el levantamiento polaco de 1863, Flourens se unió a las filas de los insurgentes cretenses en 1866. Nombrado miembro del consejo general de la AIT en abril de 1870, no asumió sus funciones y se marchó a Grecia antes de regresar a Francia cuando se anunciaron las primeras derrotas francesas. A su llegada a París, no tardó en desempeñar un papel importante, al frente de los batallones de Bellevillois, en la Guardia Nacional y en los diversos intentos de sublevación durante el asedio de París, y luego en los primeros días de la Comuna, hasta su asesinato por los soldados de Versalles durante la desastrosa marcha hacia Versalles el 3 de abril. El estudio de Xenia Marinou aporta nuevos materiales que permiten reconstruir el papel de este pintoresco personaje tanto en el movimiento de los voluntarios griegos que partieron hacia Francia como en los vínculos establecidos en esta ocasión entre diversas causas revolucionarias y nacionales en Europa, e incluso en el Levante.

En la propia Grecia, Dimosthénis Papathanassiou (fallecido en 1878), director del periódico Μέλλον [Avenir] y único partidario de la revolución parisina entre una prensa ateniense masivamente hostil, lector de Proudhon (y autor del primer texto publicado en Grecia sobre la «anarquía») pero con una posición bastante confusa respecto al socialismo, defendió la Comuna en nombre del ideal de autonomía comunal y federalismo[51]Sobre Papathanassiou, cf. Panagiotis Noutsos, Ιστορία της σοσιαλιστικής σκέψης στην Ελάδα, [Historia del pensamiento socialista en Grecia], vol. 1, 1875-1907, … Seguir leyendo. Pero para Papathanassiou, la inspiración de este modelo político no fue el republicanismo francés, sino el de los Estados Unidos de América. Como muestra Xenia Marinou en su trabajo pionero sobre la recepción de la Comuna en Grecia[52]Xenia Marinou, Αναζητώντας οδοφράγματα. Αστικός τύπος και ελληνικές συμμετοχές στον γαλλοπρωσικό πόλεμο και την … Seguir leyendo, la visión social de este publicista atípico opone no el capital y el trabajo, sino, por un lado, a los estratos parasitarios, que viven «del sudor de los demás» y que se refieren implícitamente a la élite burocrática y al Estado centralizador, y, por otro, a los que contribuyen a las cargas sociales mediante su trabajo o su propiedad: la clase de los «thetes», llamada así por la fracción más pobre de los ciudadanos de la antigua ciudad ateniense. Esta clase incluye, a sus ojos, tanto a los obreros como a los fabricantes, a los comerciantes y a los agricultores, al capital y al trabajo, incluso si se supone que el término traduce el «Proletariado» alemán, tomado del famoso discurso de August Bebel en el Reichstag en el que hizo una vibrante defensa de la Comuna, discurso que Papathanassiou trata de restituir al lector griego[53]Véase también Viky Karafoulidou, Η γλώσσα του σοσιαλισμού. Ταξική προοπτική και εθνική ιδεολογία στον ελληνικό 19ο αιώνα [El … Seguir leyendo.

Mientras defendía la lucha de los insurgentes parisinos contra el clero, la supresión del ejército permanente e incluso la legitimidad de su recurso a la violencia revolucionaria, Papathanassiou se pronunciaba en contra de toda expropiación por la fuerza y veía en el socialismo una forma de centralismo integral colectivista, una negación de la libertad individual de la que era un férreo defensor. Asimismo, vio en los proyectos de descentralización y federación una posible solución a la cuestión nacional, una alternativa al irredentismo de la «Gran Idea»: una «alianza greco-otomana» basada en el autogobierno a todos los niveles y capaz de bloquear los proyectos expansionistas de los pueblos eslavos. El carácter utópico de la propuesta y el sincretismo general del planteamiento ilustran la difícil emergencia de una problemática socialista autónoma, y más aún del socialismo como corriente política diferenciada, en una sociedad agraria cuya vida pública permanecía totalmente atrapada en la cuestión de la construcción del Estado independiente, que era a su vez inseparable del proyecto de expansión nacional y territorial[54]Véanse a este respecto las observaciones de Viky Karafoulidou, ibid, pp. 198-199, 433-434..

Durante la década siguiente, la Comuna encontró un defensor en el parlamento griego en la persona de Andreas Rigopoulos (1821-1889), un republicano radical con tendencias socialistas, que puede considerarse un representante tardío del «espíritu de 1848» y de cierto romanticismo político[55]Sobre Rigopoulos véase Panagiotis Noutsos, Ιστορία…, vol. 1, op. cit. pp. 159-162. Un extracto de su discurso en el parlamento el 28 de octubre de 1886 se reproduce en las páginas … Seguir leyendo. Miembro de la Liga de la Paz y la Libertad, habiendo conocido a Mazzini, a Jules Barni y, tal vez, al propio Marx, Rigopoulos habló en 1886 de la Comuna de París como el preámbulo que anunciaba una revolución por venir, «y que será social». Sin embargo, esta revolución sólo podrá tener lugar, a su juicio, una vez que se haya resuelto la «cuestión de las nacionalidades» en el marco federal de los «Estados Unidos de Europa», tal y como propugnó en su momento la Liga por la Paz y la Libertad según el modelo norteamericano. Ardiente patriota y, a diferencia de Papathanassiou, defensor de la «Gran Idea», sólo concebía sin embargo la expansión griega en el marco de una federación balcánica preconizada por la Federación Democrática Oriental, sociedad secreta fundada en 1865 en Belgrado por intelectuales de toda la península, a la que Rigopoulos estaba afiliado a través de su sección griega, la asociación Rhigas [Feraios][56]Véase Viky Karafoulidou, Η γλώσσα του σοσιαλισμού…, op. cit. pp. 213-214.. Esta Federación no fue más que un eslabón de una serie de proyectos federalistas de este tipo, que unieron a republicanos radicales y socialistas en los Balcanes, y que abarcaron el siglo XIX y principios del XX. Sin embargo, a medida que aumentaban los antagonismos entre los Estados nacionales en la lucha por repartirse la parte europea del Imperio Otomano, esta convergencia dio paso a una creciente división entre «la federalización destinada a subordinar las demandas relacionadas con las cuestiones nacionales a las prerrogativas de la cuestión social, y la federalización al servicio de los designios nacionales»[57]Nicolas Pitsos, « Peuples des Balkans, fédérez‑vous ! » : projets pour une résolution pacifique de la question d’Orient au tournant du 20e siècle », Balkan Papers, nº 44, 2016, disponible … Seguir leyendo. Las guerras de los Balcanes y la Gran Guerra acabaron con este emblema del «espíritu de 1848» que permaneció en la periferia oriental de Europa.

Sin embargo, en la Grecia de los años 1870 y 1880, frente a una prensa burguesa y un personal político que defendía ferozmente el orden social existente, la guerra franco-prusiana y la Comuna suscitaron una oleada de simpatía, y compromisos concretos, tanto entre los voluntarios anónimos que partieron inicialmente a defender a Francia como entre un publicista atípico, sin duda más cercano a un liberalismo radical que al socialismo revolucionario. Una década y media más tarde, estos movimientos siguen resonando con un representante tardío de un republicanismo con vocación universal, que se orienta hacia el socialismo anunciado por la Comuna de París al tiempo que propugna un irredentismo nacional difícilmente compatible con el proyecto federalista reivindicado. La francofilia, el deseo de aventura, las reivindicaciones nacionales y la cuestión social, el universalismo democrático y el internacionalismo socialista, la circulación de ideas y de formas de organización a través de Europa, todos estos factores contribuyeron plenamente a esta «multiplicidad de interpretaciones a las que estuvo sometida la Comuna y [a] la multiplicidad de intereses que pretendían ser su fuerza motriz», para utilizar las formulaciones marxianas[58]Marx, La guerre civile en France, op. cit, p. 180..

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Notas del artículo

Notas del artículo
1 Véase por ejemplo: Mathilde Benoistel, Sylvie Le Ray-Burimi, Christophe Pommier (eds.), France-Allemagne(s) 1870-1871. La guerre, la Commune, les mémoires, París, Gallimard / Musée de l’Armée, 2017; Nicolas Bourguinat, Gilles Vogt, La guerre franco-allemande de 1870. Une histoire globale, París, Champs-Flammarion, 2020; Quentin Deluermoz, Commune(s) 1870-1871. Une traversée des mondes au 19e siècle, París, Seuil, 2020; Mark A. Lause, Soldiers of Revolution. The Franco-Prussian War and the Paris Commune, Londres y Nueva York, Verso, 2022.
2 Quentin Deluermoz, por ejemplo, habla de «algunas decenas» de voluntarios griegos (Commune(s)…, op. cit., p. 33). Una estimación realista es de alrededor de 1.500 – esta es también la cifra utilizada por Bourguinat y Vogt en su reciente resumen (La guerre franco-allemande…, op. cit., p. 293).
3 En su tesis, Xenia Marinou recoge las palabras de los miembros de la Associación de amigos de la Commune de Paris, según los cuales se trata del «chiste más corto entre los historiadores». En el coloquio de Narbona de 2011, Jacques Rougerie también la disuadió de emprender investigaciones sobre este tema. Cf. Xenia Marinou, Η Παρισινή Κομμούνα (1871) και η Ελλάδα [La Comuna de París (1871) y Grecia], tesis doctoral, Universidad Nacional y Capodistria de Atenas, 2014, pp. 5-6.
4 «a medida que la explotación del hombre por el hombre es abolida, también lo es la explotación de una nación por otra nación».
5 Véase S. S. Prawer, Karl Marx and World Literature, Londres y Nueva York, Verso, pp. 143-144.
6 Ibid, p. 144.
7 Carta de Marx a Engels, 20 de junio de 1866, en Karl Marx, Friedrich Engels, Correspondencia, vol. VIII, enero de 1865-junio de 1867, París, Éditions sociales, 1981, pp. 284-285.
8 La bibliografía es inmensa; para las síntesis que tratan más específicamente del marxismo y de las corrientes del movimiento obrero que lo han reivindicado, podemos citar, a modo de ejemplo: Erica Benner, Really Existing Nationalisms. Una visión poscomunista desde Marx y Engels, 2ª edición, Londres y Nueva York, Verso, 2018; Horace B. Davis, Toward A Marxist Theory of Nationalism, Nueva York, Monthly Review Press, 1978; Jean-Numa Ducange, Quand la gauche pensait la nation. Nationalités et socialismes à la Belle Epoque, París, Fayard, 2021; Michael Forman, Nationalism and the International Labor Movement: the Idea of the Nations in Socialist and Anarchist Theory, Pennsylvannia, The Pennsylvania State University Press, 1998; Georges Haupt, Michaël Löwy, Claudie Weill, Les marxistes et la question nationale 1848-1914 [1974], reimpreso, París, L’Harmattan, 1997.
9 Sobre este mitin y lo que sigue en la AIT, véase Kevin Anderson, Marx at the Margins. On Nationalism, Ethnicity and Non-Western Societies (Chicago: University of Chicago Press, 2010), pp. 64-78; Henry Collins, Chimen Abramsky, Karl Marx and the British Labour Movement (Londres: Macmillan, 1965), pp. 18-28, 34-38; Mathieu Léonard, L’émancipation des travailleurs. Une histoire de la Première Internationale, París, La fabrique, 2011, p. 30-33.
10 Carta de Marx a Lion Philips, 29 de noviembre de 1864, en Karl Marx, Friedrich Engels, Correspondencia, vol. VII, 1862-1864, París, Editions sociales, 1979, pp. 311-312. John Bright era una figura de izquierdas en el Partido Liberal.
11 Sobre la composición multinacional de las tropas garibaldinas véase Gilles Pécout, «The International Armed Volunteers: Pilgrims of a Transnational Risorgimento», Journal of Modern Italian Studies, vol. 14, nº 4, 2009, pp. 413-426; sobre los vínculos internacionales de los fenianos irlandeses, Mark Lause, Soldiers of Revolution…, op. cit, p. 19 y Ronan Burtenshaw, Donal Fallon, «Ireland’s Other Proclamation», Tribune, 5 de marzo de 2020.
12 Robin Blackburn, Marx y Lincoln. An Unfinished Revolution, Londres y Nueva York, Verso, 2011, p. 24. Sobre Weydemeyer y su papel en la Guerra Civil, véase la biografía de Karl Obermann, Joseph Weydemeyer. Pionero del Socialismo Americano, Nueva York, International Publishers, 1947, especialmente p. 114-140.
13 «Los voluntarios armados internacionales…», art. cit. p. 413.
14 Este fue particularmente el caso de la hija mayor de Marx, Jenny, que se comprometió sin reservas a apoyar la causa irlandesa, llegando a llevar una cruz, originalmente un símbolo del levantamiento polaco de 1863, y más tarde vestida con tela verde (el color de Irlanda), para significar la lucha común de las naciones oprimidas, como puede verse en una conocida fotografía de ella al lado de su padre de enero de [18] 1869 (Cf. Familie Marx Privat, Berlín, Akademie Verlag, 2005, pp. 78-79). De febrero a abril de 1870, escribió una serie de ocho artículos para el periódico de Rochefort La Marseillaise (la principal voz de la oposición republicana al Imperio) en los que informaba sobre la situación de los prisioneros fenianos, y en particular de O’Donovan Rossa (véase Jenny Marx, «Artículos sobre la cuestión irlandesa», MEGA I.21 1027-1051). Estos artículos causaron un gran revuelo, se tradujeron a otros idiomas y obligaron a la prensa inglesa a abordar el tema. Tras esta campaña internacional, Gladstone liberó a los prisioneros en diciembre de 1870.
15 En su carta a Engels del 4 de noviembre de 1864, Marx da cuenta detallada del proceso que llevó a la redacción y adopción del texto y afirma que «todas mis propuestas fueron adoptadas por el subcomité. Sólo se me exigió que insertara en el preámbulo de los estatutos dos frases sobre el «deber» y el «derecho», así como [sobre] la «verdad, la moral y la justicia», pero el conjunto estaba colocado de tal manera que no podía tener ninguna consecuencia», Karl Marx, Friedrich Engels, Correspondencia, t. VII, op. cit.
16 Cf. carta de Marx a Engels del 4 de septiembre de 1867, en Karl Marx, Friedrich Engels, Correspondencia, vol. IX, julio de 1867-diciembre de 1868, París, Editions sociales, 1982, p. 25. La formulación sobre la ausencia de «razón de ser» aparece en la resolución del Congreso de Bruselas de la AIT (septiembre de 1868), preparada por Marx. Sin embargo, los miembros más destacados de la AIT asistieron a los congresos de la Liga en Ginebra (1867) y Lausana (1868), pero a título individual, como propuso Marx por razones tácticas. Bakunin consiguió incluso dividir la Liga en el congreso de Lausana presentando una «resolución socialista». Sobre estos episodios, véase Mathieu Léonard, L’émancipation des travailleurs…, op. cit. pp. 88-90, 121-125.
17 La colección de textos de referencia sobre Irlanda fue durante mucho tiempo la de lengua inglesa: Karl Marx, Frederick Engels, On Ireland, Moscú y Londres, Lawrence & Wishart, Progress Publishers, 1971. Ya está disponible una colección en francés, editada por Richard Poulin: Friedrich Engels, Karl Marx, Irlande, classe ouvrière et libération nationale, París, Syllepse, 2021.
18 Véanse al respecto: Kevin Anderson, Marx at the Margins, op. cit. pp. 115-153; Ellen Hazelkorn, «Capital and the Irish Question», Science & Society, vol. 44, nº 3, 1980, pp. 326-356; Jie-Hyun Lim, «Marx’s theory of imperialism and the Irish national question», Science & Society, vol. 56, nº 2, 1992, pp. 163-178; John Rodden, «‘The Lever Must Be Applied in Ireland’: Marx, Engels, and the Irish Question», Review of Politics, vol. 70, nº 4, 2008, pp. 609-640.
19 Karl Marx, «Circular del Consejo General de la AIT al Consejo Federal de la Suiza francesa del 1 de enero de 1870», MEGA [Marx Engels Gesamtausgabe] I.21, pp. 162-163 – un extracto está disponible en marxists.org.
20 Domenico Losurdo, La lutte des classes. Une histoire philosophique et politique, París, Delga, 2016, p. 22.
21 Cf. Ronan Burtenshaw, Donal Fallon, «Ireland’s Other Proclamation», art. cit. Véase el texto completo de la Proclamación de Independencia de 1867.
22 Marx, carta a Siegfried Meyer y August Vogt del 9 de abril de 1870, en Karl Marx, Friedrich Engels, Correspondencia, vol. X, enero de 1869-junio de 1870, París, Messidor/Editions sociales, 1984, pp. 345-346.
23 Dirigiéndose sobre todo a los cartistas, Marx concluyó su discurso del 29 de noviembre de 1847 sobre Polonia (fecha corregida) de la siguiente manera: «De todos los países, Inglaterra es el que tiene más desarrollado el antagonismo entre proletariado y burguesía. La victoria de los proletarios ingleses sobre la burguesía inglesa será decisiva para la victoria de todos los oprimidos sobre sus opresores. Por eso, la emancipación de Polonia no se hará en Polonia, sino en Inglaterra». Poco después, a propósito de Irlanda y de las posiciones del líder cartista irlandés Feargus O’Connor, Engels afirmó que «no cabe duda de que, a partir de ahora, la masa del pueblo irlandés se unirá cada vez más a los cartistas ingleses y actuará con ellos según un plan común». El resultado es que la victoria de los demócratas ingleses, y en consecuencia la liberación de Irlanda, se acelerará varios años», (Friedrich Engels, «Feargus O’Connor und das irische Volk», MEW [Marx Engels Werke] 4, p. 443
24 Carta de Marx a Engels del 10 de diciembre de 1869, en Karl Marx, Friedrich Engels, Correspondencia, vol. X, op. cit, pp. 232-233. El énfasis de Marx.
25 Karl Marx, «Circular del Consejo General de la AIT al Consejo Federal de la Suiza Francesa…», op. cit. Sobre la evolución de las posiciones de Marx y Engels sobre la cuestión irlandesa, véase Kevin Anderson, Marx at the Margins…, op. cit, pp. 115-153.
26 Respectivamente «Circular del Consejo General…», op. cit. p. 162 y carta a Meyer y Vogt, op. cit. p. 344.
27 Amy E. Davis, La ‘fièvre feniane’ : l’anticolonialisme irlandais et l’AIT » en Thierry Drapeau, Pierre Beaudet (eds.), L’Internationale sera le genre humain !  De l’AIT à aujourd’hui, Saint-Joseph-du-Lac (Québec), M éditeur, 2015, p. 80.
28 Así, el muy lassallista «Programa del Partido Obrero Alemán» (in Karl Marx, Critique du programme de Gotha, Paris, Les éditions sociales, 2008, p. 41-44), propuesto en el Congreso de Gotha (1875), y que sería objeto de la crítica marxiana, proclamaba que «todos los miembros de la sociedad pueden beneficiarse con igual derecho de la plena contribución del trabajo» (ibíd., p. 41).
29 Sesión del 19 de noviembre de 1867, Documentos de la Primera Internacional. Actas del Consejo General 1866-1868, Londres-Moscú, Lawrence & Wishart-Progress Publishers, 1964, pp. 175-176.
30 Karl Marx, «Borrador de un discurso sobre la cuestión feniana», MEGA I.21, p. 35.
31 Carta de Marx a Engels del 30 de noviembre de 1867, en Karl Marx, Friedrich Engels, Correspondencia, vol. IX, op. cit, p. 104. Sobre la cuestión de la tierra en Irlanda, véanse su borrador del discurso citado anteriormente y El Capital. Livre I, París, Les Éditions sociales, 2016, pp. 676-690. Como muestra de la importancia que concedía a esta cuestión, esta parte fue añadida por Marx después de la primera edición alemana de la obra para la edición francesa (1872), y luego incorporada en las posteriores ediciones alemanas.
32 James Connolly, Labour in Irish History (1911), en The James Connolly Reader, editado por Shaun Harkin, Chicago, Haymarket, 2018, pp. 304-305.
33 Este movimiento, que se inició en el enclave independiente («estado libre») de Cracovia, debía ser la señal de un levantamiento general en Polonia, sometida a una tripartición de su territorio entre Prusia, Austria y Rusia, y que nunca llegó a producirse. El levantamiento de Cracovia fue dirigido por el ala izquierda del movimiento nacional polaco, en particular por Edward Dembowski, un crítico literario y joven filósofo hegeliano con ideas socialistas. El manifiesto de los insurgentes proclamaba, entre otras cosas, la abolición de la servidumbre, la ayuda a los pobres y la emancipación de los judíos. Sobre la percepción de este levantamiento, y en particular de su emblemático manifiesto, en Inglaterra, véase Henry G. Weisser, «The British Working Class and the Cracow Uprising of 1846», The Polish Review, vol. I, p. 1. 13, nº 1, 1968, pp. 3-19.
34 Discurso de Karl Marx, en La celebración en Bruselas del segundo aniversario de la Revolución polonesa del 22 de febrero de 1846, Bruselas, C. G. Vogler, 1848, p. 13. «El comunismo niega la necesidad de la existencia de las clases; quiere abolir todas las clases, todas las distinciones de clase. Los revolucionarios de Cracovia sólo querían borrar las distinciones políticas de las clases; querían dar los mismos derechos a las diferentes clases», ibid. p. 11.
35 Karl Marx, Friedrich Engels, «En la reunión en Ginebra en memoria del 50 aniversario de la Revolución Polaca de 1830», MEGA I.25, p. 211.
36 Ibid, p. 212.
37 Sobre esta cuestión, véase Kevin Anderson, Marx at the Margins…, op. cit. y el trabajo pionero de Teodor Shanin (Marx and the Russian Road, Nueva York, Monthly Review Press, 1983) y, en Francia, de Maurice Godelier («Preface» en Centre d’Etudes et de Recherches Marxistes, Sur les sociétés précapitalistes.  Textes choisis de Marx, Engels, Lénine, Paris, Editions sociales, 1978, p. 13-142).
38 Discurso del Consejo General de la AIT a Abraham Lincoln, 7 de enero de 1865.
39 Robin Blackburn, An Unfinished Revolution…, op. cit, p. 26.
40 Citado en Mark A. Lause, Soldiers of the Revolution…, op. cit, pp. 45-46.
41 Cf. «Primer discurso del Consejo General de la AIT sobre la guerra franco-alemana», en Karl Marx, Friedrich Engels, Sur la Commune de Paris. Textes et controverses, París, Les éditions sociales, 2021, p. 139-145. Sobre esta cuestión nos remitimos a nuestro ensayo «Evénement et stratégie révolutionnaire», ibídem, más concretamente a las páginas 23-33
42 Karl Marx, Premier essai de rédaction, en La guerre civile en France, París, Editions sociales, 1972, p. 225-226.
43 Karl Marx, La guerre civile en France, en Sur la Commune de Paris…, op. cit, p. 184.
44 Véase T. R. Ravindranathan, «The Paris Commune and the First International in Italy: Republicanism versus Socialism, 1871-1872», The International History Review, vol. I, p. 1. 3, nº 4, 1981, pp. 482-516.
45 Sobre España, véase Carlos Seco Serrano, «España, la Comuna y la Internacional», Revista Internacional de Historia Social, vol. 17, nº 1, 1972, pp. 222-239; sobre Europa del Este y los Balcanes, véase Georges Haupt, «La Roumanie», ibid. pp. 477-489 y V. A. Diakov, «La Commune de Paris et les peuples slaves», en La Commune de 1871. Colloque de Paris (mai 1971), Paris, Les éditions ouvrières, 1971, p. 247-262; sobre el Cáucaso cf. Atar Ioanissian, «Echos de la Commune de Paris dans la presse arménienne», ibid, p. 260-262 e Ilya Tabagua, «La Commune de Paris et la société géorgienne», ibid, p. 263-269; sobre América Latina, cf. Marcelo Segall, «En Amérique latine, développement du mouvement ouvrier et proscription», International Review of Social History, vol. 17, nº 1, 1972, pp. 325-369, especialmente pp. 367-368. Para un rápido repaso de cuatro casos (Estados Unidos, España, Rumanía, México) de «apropiación nacional» de la revolución parisina, véase Quentin Deluermoz, Commune(s)…, op. cit, pp. 86-97.
46 Cf. T. R. Ravindranathan, «La Comuna de París y la Primera Internacional en Italia…», art. cit. Según este autor, «al no intervenir directamente en el debate antimazzinista, debido a una exagerada preocupación por la herejía bakuninista, Engels demostró no comprender la crisis espiritual a la que se enfrentaba la juventud republicana italiana en relación con el mazinismo. La prioridad equivocada de Engels de considerar la batalla contra Bakunin como más importante que la de Mazzini fue en gran parte responsable del fracaso del socialismo marxiano para arraigar en Italia en la década de 1870» (ibíd., p. 516). Sobre esta secuencia véase también Carlo de Maria, Patrizia Dogliani, «La Première Internationale en Italie (1864-1883)», Cahiers Jaurès, nº 215-216, 2015, pp. 19-34.
47 Para una breve síntesis, véase Hervé Georgelin, «Réunir tous les ‘Grecs’ dans un État-nation, une ‘Grande Idée’ catastrophique», Romantisme, vol. 131, nº 1, 2006, pp. 29-38.
48 Cf. Hervé Mazurel, Vertiges de la guerre. Byron, les philhellènes et le mirage grec, París, Les Belles lettres, 2013.
49 Hubert Heyriès, «Les garibaldiens en Crète 1866-1869 : de l’oubli à la construction tardive d’un mythe», en Patrick Louvier, Philippe Monbrun, Antoine Pierrot (dir.), Afti inè i Kriti ! Identités, altérités et figures crétoises, Pessac, Editions Ausonius, 2015, pp. 249-262, disponible en línea.
50 Karl Marx,La guerre civile en France, op. cit, p. 171.
51 Sobre Papathanassiou, cf. Panagiotis Noutsos, Ιστορία της σοσιαλιστικής σκέψης στην Ελάδα, [Historia del pensamiento socialista en Grecia], vol. 1, 1875-1907, Atenas, editorial Gnossi, 2ª ed.
52 Xenia Marinou, Αναζητώντας οδοφράγματα. Αστικός τύπος και ελληνικές συμμετοχές στον γαλλοπρωσικό πόλεμο και την Παρισινή Κομμούνα [Buscando las barricadas. Prensa burguesa y participación griega en la guerra franco-prusiana y en la Comuna de París], Atenas, editorial Kapsimi, 2015, especialmente las páginas 168-169, 228-234, 277-283.
53 Véase también Viky Karafoulidou, Η γλώσσα του σοσιαλισμού. Ταξική προοπτική και εθνική ιδεολογία στον ελληνικό 19ο αιώνα [El lenguaje del socialismo. Perspectiva de clase e ideología nacional en el siglo XIX griego], Atenas, Vivliorama, 2011, pp. 230-232.
54 Véanse a este respecto las observaciones de Viky Karafoulidou, ibid, pp. 198-199, 433-434.
55 Sobre Rigopoulos véase Panagiotis Noutsos, Ιστορία…, vol. 1, op. cit. pp. 159-162. Un extracto de su discurso en el parlamento el 28 de octubre de 1886 se reproduce en las páginas 160-162.
56 Véase Viky Karafoulidou, Η γλώσσα του σοσιαλισμού…, op. cit. pp. 213-214.
57 Nicolas Pitsos, « Peuples des Balkans, fédérez‑vous ! » : projets pour une résolution pacifique de la question d’Orient au tournant du 20e siècle », Balkan Papers, nº 44, 2016, disponible en línea.
58 Marx, La guerre civile en France, op. cit, p. 180.
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