Autor: AndreuColl4

  • Sin votos pero con cotos: la ultraderecha en Ucrania, 2014-2020

    Sin votos pero con cotos: la ultraderecha en Ucrania, 2014-2020

    622f6b0460b24

    todos los artículos

    Rainer Matos Franco

    Fuente: Revista Común

    Teoría: Historia

    11/11/2023

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    Lo que actualmente se conoce como “Ucrania” reúne territorios muy diversos —en términos políticos, económicos, sociales, culturales, religiosos y lingüísticos— que conformaron una sola entidad política hasta 1954, cuando Nikita Jrushiov cedió la República Autónoma de Crimea, de mayoría étnica rusa, a la República Soviética Socialista de Ucrania. Incluso en los últimos años hemos visto reacomodos territoriales aún en aquel país, como la anexión de la propia Crimea a Rusia en marzo de 2014. La última región que fue incorporada a Ucrania antes de 1954 fue lo que se conoce a grandes rasgos como Galicia en 1939, con la invasión soviética de Polonia por el este para “proteger” allí a las minorías rutenas del avance alemán desde el oeste.

    Contrario a la Ucrania soviética entre 1917 y 1939, donde el contenido nacional se impulsó desde arriba con la política de nacionalidades o Korenizatsiia —promover la cultura y lengua ucranianas para frenar al nacionalismo (Martin, 2001), las minorías políticas ucranianas en la Polonia de entreguerras, que eran mayoría en provincias como Volinia, se radicalizaron al paso de los años. Más allá del intento, caótico y complicado, de establecer una Ucrania independiente durante la Guerra Civil rusa (1917-1921), el movimiento nacionalista ucraniano radical nace en Polonia años más tarde y se decanta muy pronto por el radicalismo. Desde 1929 se fundó la Organización de Nacionalistas Ucranianos (OUN) en Viena, un típico movimiento fascista que buscaba liberarse del yugo polaco y, en segunda instancia, conseguir la vinculación con la nación ucraniana ampliada en la Ucrania soviética.

    En ese sentido era perfectamente normal en la mente de los fascistas ucranianos activos en Polonia, y de su líder, Stepán Bandera (1909-1959), aliarse con la Alemania nazi contra Varsovia y la ocupación soviética de Galicia en 1939. Al inicio, Hitler toleró la presencia de contingentes ucranianos en batallones alemanes de la Wehrmacht [Fuerza de Defensa], como el Nachtigall o el Roland, por esta causa común. Sin embargo, en cuanto Bandera declaró un Estado ucraniano independiente en junio de 1941, la Gestapo lo arrestó. Sus seguidores, entre ellos Román Shujévych, crearon el Ejército Insurgente Ucraniano (UPA) en 1942, tristemente célebre por masacrar a casi 100 mil polacos junto con miles de judíos en Volinia en 1943-1945  (Piotrowski, 1998). Es necesario iniciar con esta historia porque la ultraderecha ucraniana hoy es la primera en identificarse con la OUN y el UPA.

    Ucrania es el único país de Europa donde la ultraderecha es muy débil en términos electorales pero extremadamente influyente en términos políticos. No cabe en estas páginas una explicación —por demás necesaria— sobre las particularidades de la política y la sociedad ucranianas. Acerca de eso he escrito en otro lado. Por ahora valga recurrir a la útil caracterización de Richard Sakwa sobre las dos grandes visiones políticas en Ucrania: monista y pluralista. La visión monista, en resonancia con el atlantismo europeo, vincula la politización de la nación ucraniana con una tendencia “natural” hacia Europa. Por definición, desde 1991 el nacionalismo ucraniano ve en Rusia a su gran enemigo y en “Europa” no sólo a una aliada, sino que se ubica como parte de la familia europea en contraposición a la “barbarie” rusa. Este discurso tiene su origen en la idea del antemurale, es decir el último bastión de una comunidad más amplia —la Cristiandad, la “civilización”, “Europa”—, colindante con el “Otro” y que debe ser asistida por la comunidad para hacer frente al enemigo porque se encuentra en la primera línea de fuego. La visión pluralista, en cambio, advierte en Ucrania una sociedad pluricultural como legado histórico de sendos reacomodos territoriales y defiende la diversidad étnica del país. Desde luego, este pluralismo es particularmente fuerte entre la población rusófona del sureste del país, la región más rica, industrializada y urbanizada. El nacionalismo, en cambio, predomina en la Ucrania central y occidental, donde se habla ucraniano y predomina la economía primaria. (Sakwa, 2015)

    La concepción monista de Ucrania se impregnó desde 1991 en su nueva estructura independiente: el país está fuertemente centralizado —los gobernadores son designados por el Presidente—, tiene un parlamento unicameral y, pese al dominio administrativo y cotidiano de la lengua rusa, el ucraniano es la única lengua oficial. De esa forma el pluralismo quedó confinado desde un inicio a la acción política local, pese a que las distintas administraciones desde 1991 hasta 2014 fueron más o menos moderadas y buscaron balancear ambas visiones. Desde 2006 hasta 2013 el dominio del principal partido pluralista, Partido de Regiones, reconfiguró el escenario político. En 2012 logró pasar en la Rada (parlamento) una Ley de Idiomas que oficializaba cualquier lengua local hablada por más del 10% de los habitantes de una región. No obstante, la crisis de 2008, la inestabilidad política y el ascenso del Partido de Regiones fortalecieron a los extremos políticos. Si en la elección legislativa de 2007 éstos prácticamente no figuraban en el resultado, la elección de 2012 los revitalizó. La ultraderecha monista, representada por el partido Svoboda (“Libertad”), con presencia en el oeste nacionalista, obtuvo más de 10% del voto. El Partido Comunista, en tanto, obtuvo más de 13% en el sureste.

    Svoboda es la versión “civilizada” del Partido Social-Nacional de Ucrania (SNPU), fundado en 1991 en Lviv por asociaciones estudiantiles nacionalistas y veteranos de la intervención soviética en Afganistán. Según Andreas Umland y Anton Shekhovtsov (2013), el adjetivo “Social-nacional” es referencia directa al partido de Hitler. El símbolo del SNPU es una versión del Wolfsangel, utilizada por varias divisiones de las SS nazis. Cabe recalcar que el SNPU fue un partido marginal sin arrastre electoral entre 1991 y 2004, aunque uno de sus líderes, Oleh Tiahnybok, logró una diputación nacional por Lviv en 1998. Del SNPU surgieron en paralelo dos formas distintas de hacer política en el campo de la ultraderecha ucraniana que poco a poco se impregnaron desde lo local hasta dominar debates nacionales. A partir de la refundación del SNPU como Svoboda en 2004 Tiahnybok moderó ciertas posiciones para dar mayor proyección al partido más allá de Galicia y fue labrando un camino de diálogo político, alianzas electorales más amplias y un nacionalismo (poco más) rebajado. Svoboda tuvo un ascenso exponencial desde que obtuvo un tercio del voto en Ternópil en 2009 y alcanzó su cenit en la mencionada elección parlamentaria de 2012 con más de 10% del voto. Su moderación, sin embargo, no exentó a Tiahnybok de comentarios antisemitas o antirrusos ácidos en esos años; uno de sus asesores, Iurii Myjailyshyn, fundó en 2005 un “centro de investigación” en Internet con el nombre de Joseph Goebbels. (Olszański, 2011, p. 2)

    Con este reacomodo en Svoboda la vieja rama paramilitar del SNPU, “Patriota de Ucrania” (Patriot Ukrainy), encabezada por Andrii Parubii, abandonó el partido y configuró una segunda forma de hacer política. La autobiografía de Parubii, Visión desde la derecha (Parubii, 1999), lo muestra en uniforme paramilitar en la portada en un desfile de Patriot Ukrainy, que se originó en una asociación estudiantil de Lviv conocida como Spadshchyna (“Herencia”). Durante la Revolución Naranja de 2004 en contra de una elección fraudulenta que perjudicó al campo nacionalista, Parubii contribuyó a la victoria del modelo monista más amplio con lo que mejor sabe hacer: política de calle, tomar edificios y organizar “batallones”, de los que se hace llamar “comandante”.

    En ese ascenso por ambas vías la ultraderecha llegó a la revuelta del Maidán a fines de 2013. Como ocurrió en la Revolución Naranja diez años antes, pero ahora con más recursos y adeptos, su presencia fue notable en las protestas en Kiev, como dejaron ver los retratos enormes del líder fascista de la OUN, Stepán Bandera. Por un lado, Tiahnybok y Svoboda fueron un partido crucial como parte del bloque opositor que capitalizó la protesta masiva. Tiahnybok apareció frecuentemente junto a Vitali Klichkó y Arseni Yatseniuk, líderes de los principales partidos de oposición (centro-derecha), en los templetes del Maidán. Los tres líderes se entrevistaron con el presidente Yanukóvych, quien aprobó sus demandas el 21 de febrero de 2014 para poner un alto a los desórdenes. Por otro lado, Parubii volvió a “comandar” a muchos grupos de choque que radicalizaron el Maidán y tomaron edificios de gobierno. Parubii admitió que varios de sus viejos contactos de Spadshchyna habían venido desde Lviv para apoyar a sus “autodefensas”, y que para febrero de 2014 ya comandaba a 12 mil “centuriones”. No pocos analistas incluso sugieren que los disparos de francotiradores que mataron a varios civiles y miembros de las fuerzas especiales Berkut durante la protesta, y que cambiaron su rumbo hacia uno más radical desde el 20 de febrero, vinieron de edificios que Parubii controlaba en el centro de Kiev (ver un buen resumen en Hahn, 2018, pp. 201-204).

    Como sea, la renuncia de Yanukóvych días después dejó al descubierto la participación de la ultraderecha en estos eventos, pues se le otorgaron puestos en el nuevo gobierno interino, presidido por Oleksandr Turchynov. La nueva coalición gobernante incorporó a Svoboda y le otorgó tres ministerios y tres gubernaturas, sin duda el mejor momento político del partido en su historia, seguido de un rápido declive como opción electoral. En la contienda parlamentaria de octubre de 2014 Svoboda volvió a la insignificancia con menos del 5% del voto, sin obtener siquiera representación en la Rada. En realidad no hacía falta: varios partidos de centro-derecha y derecha a secas incorporaron a varios líderes de batallones paramilitares en sus filas, así como una retórica típica del nacionalismo militante galiciano. Esto ocurrió tan sólo de forma más notoria con el partido Frente Nacional, encabezado por el primer ministro Yatseniuk y que incorporó a Parubii a sus filas. El Partido Radical —no realmente una ultraderecha— incluso llevó a la Rada a Iurii Shujévych, hijo del perpetrador de la masacre polaca en Volinia en 1943. Por su parte, no sorprende que Parubii haya sido nombrado al frente del Consejo Nacional de Seguridad y Defensa (SNBO) de Ucrania el 27 de febrero. Dmytró Yárosh, líder de la organización nacionalista radical Právy Séktor (“Sector Derecho/Sector de Derecha”), conformada durante el Maidán por fanáticos de fútbol de Ucrania central, quedó brevemente como segundo al mando antes de acudir a hacer la guerra en el este. Así, con el declive electoral de Svoboda y el ascenso institucional de la antigua ala paramilitar del SNPU en marzo de 2014 es evidente que la ultraderecha ucraniana comienza a ganar cotos en vez de votos.

    Durante el gobierno interino de Turchynov (febrero-junio de 2014) la ultraderecha ucraniana consiguió politizar el debate nacional acerca del rumbo que debía tomar el país tras la revuelta del Maidán. Con Svoboda en la coalición gobernante y con Parubii y muchos de sus aliados en instituciones del gobierno y del ejército de Ucrania, la ultraderecha logró concretar políticas específicas y encauzar a un gobierno de líderes hasta entonces moderados hacia el nacionalismo militante y la visión monista más radical del país. El primer triunfo, a unas horas de la renuncia de Yanukóvych, fue derogar la Ley de Idiomas que el Partido de Regiones había adoptado en 2012: de la noche a la mañana las lenguas minoritarias (ruso, húngaro, rumano, tártaro, polaco, eslovaco) perdieron carácter oficial en el terreno local. Posiciones que hasta entonces eran improbables en la derecha moderada se volvieron costumbre, por ejemplo, acercar a Ucrania ya no solamente a la Unión Europea, sino a la OTAN. La anexión rusa de Crimea en marzo de 2014 —que debe entenderse como reacción a este último punto— (Matos, 2017, p. 293) acendró todavía más el discurso nacionalista y legitimó la presencia de la ultraderecha en la coalición gobernante.

    De ese modo, cuando en abril de 2014 unas 100 personas (literalmente) tomaron el edificio de gobierno en la rusófona Donetsk —centro del pluralismo ucraniano— en protesta por la derogación de la Ley de Idiomas y de la deriva nacionalista en Kiev, la respuesta del gobierno de Turchynov fue tildarlos de “terroristas” y enviar ¡al ejército! a desalojarlos. Evidentemente esta acción, además de deshumanizar y criminalizar las demandas pluralistas de apenas unos cuantos manifestantes con escaso apoyo local, sólo provocó más violencia y un ascenso del separatismo en la región. Ante el relativo apoyo de Rusia a los separatistas, sumado a la debilidad del ejército ucraniano, la ultraderecha halló la fórmula para recuperar el territorio por la fuerza en vez de por el diálogo: Turchynov tuvo que ceder ante la creación de un sinnúmero de batallones paramilitares que acudieron a Donetsk y Luhansk a hacer la guerra a los locales. La mayoría de estos batallones tienen una ideología nacionalista. Entre ellos el más controvertido es el Batallón Azov, conformado por ex combatientes de Patriot Ukrainy y ultras de fútbol, y que también usa el Wolfsangel nazi en su emblema. En 2015 fue incorporado como un regimiento oficial al ejército ucraniano.

    La ultraderecha del oeste ucraniano ve en las poblaciones rusófonas del este un elemento inferior, a meros sirvientes de los “moskaly”, término peyorativo para referirse a rusos y rusófonos, a quienes va dirigida la consigna “apuñalar a los moskaly” (Sakwa, 2015, p. 98). El 2 de mayo de 2014 en Odesa, otro baluarte del pluralismo ucraniano, varios militantes de Právy Séktor quemaron vivos a al menos 48 manifestantes anti-Maidán en la Casa de Sindicatos. Según Sakwa, Parubii —ahora encargado de la seguridad nacional— estuvo involucrado directa y físicamente. El sitio web de Právy Séktor describió la masacre como “otro día brillante en nuestra historia nacional”, mientras que la diputada de Svoboda Iryna Farión exclamó “¡Bravo, Odesa! Que los diablos ardan en el infierno”. En vez de distanciarse de estas acciones, personajes como el entonces primer ministro Yatseniuk acusaron a Moscú de “provocar”, lo que revela la adopción de esta retórica en actores no nacionalistas y la creciente inacción del oficialismo ucraniano hacia este tipo de actos, ya no de la mera retórica —que el propio gobierno ha adquirido—. Los reportes oficiales sobre la masacre de Odesa permanecen inaccesibles (Sakwa, loc. cit.).

    Todos estos grupos, y en especial Právy Séktor, gozan de la protección del ministro del Interior desde 2014, Arsén Avákov, quien gracias a estas conexiones ha sobrevivido cuatro gobiernos distintos. Ni siquiera el presidente Zelenski, con su enorme legitimidad electoral, pudo removerlo del puesto. Avákov ubicó a Vadym Troián, miembro del Batallón Azov y Patriot Ukrainy, como jefe de policía en Kiev. El siempre astuto Parubii, después de ubicar a sus “centuriones” en el aparato de seguridad y de presionar al presidente Poroshenko para tener una actitud más firme en la guerra del Donbás, escaló de forma meteórica a presidente del parlamento (2016-2019). Las constantes advertencias periodísticas a representantes extranjeros cada vez que se entrevistaban con el “neonazi” Parubii cayeron en oídos sordos.

    Los líderes de la OUN y del UPA hoy son glorificados en Ucrania sin represalias (y con el visto bueno) del gobierno. En el oeste se enseña a niños en campamentos a adorar a estas figuras, según denuncia Eduard Dolinsky, director del Comité Judío de Ucrania. Los libros de texto ya trazan la pureza de la nación ucraniana desde hace milenios. Sin exagerar, la ultraderecha en Ucrania está desatada desde el Maidán. Si todo esto ocurriera en casi cualquier país de Europa, el escándalo sería estridente. En Ucrania no. Como en otros lados, siempre habrá forma de hallar culpables mediante subterfugios. A Rusia, por ejemplo.

    Referencias

    Hahn, Gordon M., Ukraine over the Edge. Russia, the West, and the “New Cold War”, Jefferson, McFarland, 2018, pp. 201-204.

    Martin, Terry, The Affirmative Action Empire. Nations and Nationalism in the Soviet Union, 1923-1939, Ithaca, Cornell University Press, 2001.

    Matos Franco, Rainer, Historia mínima de Rusia, México, El Colegio de México, 2017.

    Olszański, Tadeusz A., “Svoboda party – the new phenomenon on the Ukrainian right-wing scene”, OSW Commentary, Center for Eastern Studies, núm. 56, 2011.

    Parubii, Andrii, Pohliad sprava, Lviv, Orientyry, 1999.

    Piotrowski, Tadeusz, Poland’s Holocaust. Ethnic Strife, Collaboration with Occupying Forces and Genocide in the Second Republic, 1918-1947, Jefferson, McFarland, 1998.

    Sakwa, Richard, “Conclusion: Monism vs. Pluralism”, en Agnieszka Pikulicka-Wilczewska y Richard Sakwa (eds.), Ukraine and Russia. People, Politics, Propaganda and Perspectives, Bristol, E-International Relation, 2015, pp. 260-270.

    Umland, Andreas y Anton Shekhovtsov, “Ultraright Party Politics in Post-Soviet Ukraine and the Puzzle of the Electoral Marginalism of Ukrainian Ultranationalists in 1994-2009”, Russian Politics and Law, 51, núm. 5, 2013, pp. 40-41.

    Artículos relacionados


  • Epicentro

    Epicentro

    1_HsqJG9d9sB_9sStdADPvXQ

    todos los artículos

    Franco %22Biffo%22 Berardi

    Es escritor, filósofo y activista izquierdista. Su último libro es ‘El tercer inconsciente’.

    Traducción: Contexto
    Fuente:
    Contexto

    Especiales temáticos: genocidio sionista en gaza

    19/11/2023

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    Moshe Dayan dijo en 1967 que Israel debe actuar como un perro rabioso, para que sus enemigos sepan que sus acciones hostiles recibirán una respuesta inconmensurable. Una estrategia que amplía infinitamente el bíblico “ojo por ojo”.

    Golpear escuelas, destruir hospitales, matar, matar, matar. De acuerdo, lo hemos entendido, pero no sé si los líderes de Israel se dan cuenta del tsunami de horror que están desatando en la psicoesfera global. Un mes de horror ininterrumpido que, en primer lugar, borró de la psique colectiva el horror del 7 de octubre, y luego produjo las condiciones para una mutación monstruosa en la percepción de Israel por parte de la mente planetaria.

    Desde una perspectiva clínica, la gran mayoría de los israelíes hoy aparecen como psicópatas que han perdido toda inhibición moral y, por lo tanto, son peligrosos para los demás pero también para ellos mismos y para cualquiera que confíe en ellos, para cualquiera que de alguna manera les haya entregado su destino.

    Todo Occidente, por razones que no tienen nada de nobles (el sentimiento de culpa vinculado al Holocausto que se ha transformado en una identidad negativa de Europa), ha entregado su destino a Israel. El presidente Biden ha entregado su destino a Israel.

    Ha habido masacres en el pasado: las de Daesh y Bashir el Assad en Siria, las de Faluya bajo el fósforo blanco de los estadounidenses en 2005, etc. Pero ninguno de los innumerables estallidos de violencia se había transmitido en todas las pantallas del mundo de forma continua durante un mes o quién sabe cuánto tiempo más. Nadie había ocupado tan completamente la infosfera y, en consecuencia, la psicosfera de todo el planeta.

    ¿Qué consecuencias esperan los vengadores israelíes de este tsunami de horror, más allá de la improbable aniquilación de Hamás?

    ¿Se puede exponer el cuerpo torturado de toda una población sin pagar el precio?

    Nadie sabe cómo evolucionará la situación político-militar, pero podemos suponer que los Estados árabes, mucho más atentos al bolsillo de las élites nacionalistas que a la solidaridad islámica, seguirán con sus condenas sin renunciar a los negocios y acuerdos con Israel. Éste no es el precio que Israel pagará. El establishment occidental y el establishment árabe no romperán con la entidad sionista.

    El precio que Israel pagará es su desintegración moral. La clase dominante de Israel está impregnada de cinismo y arrogancia, no retrocederá ante ningún crimen para mantener el control de la situación, pero no podrá mantener ese control por mucho tiempo, porque la catástrofe de los palestinos es la catástrofe moral de los israelíes. La memoria judía no puede coexistir por mucho tiempo con la responsabilidad por un genocidio. La comunidad judía estadounidense ocupó los pasillos del Capitolio y la Estatua de la Libertad para decir: “No en mi nombre”, para rechazar la identificación con los exterminadores de Israel.

    Israel ya no es (si alguna vez lo fue) una representación del judaísmo; es su vergüenza, su imagen invertida.

    Lo que el sionismo ha identificado incorrecta y peligrosamente como el Estado de los judíos no podrá sobrevivir en medio del odio que el genocidio israelí está despertando en poblaciones que tienen recuerdos de la humillación colonial. Y, sobre todo, el Estado de Israel está hoy aislado en las nuevas generaciones que se identifican con los palestinos de todo el mundo, no tanto por razonamientos históricos y políticos, sino por la percepción de una común condición claustrofóbica, de una común ausencia de futuro y de caminos de salida. Esta percepción  convierte a los palestinos en la vanguardia de la última generación global.

    Hay algo horrible en la forma en que los europeos dan la espalda cuando se está produciendo un genocidio a poca distancia de ellos, tal como lo hicieron en las décadas de 1930 y 1940, cuando se estaba produciendo un genocidio en su territorio, pero no ante sus ojos mediatizados como ocurre hoy.

    Es difícil describir la mutación de Israel sin hacer referencia al trauma original, al Holocausto, al deseo de venganza que busca a sus víctimas y las construye a lo largo de décadas.

    Todo esto tiene poco que ver con política y mucho con psicopatología. El perro rabioso del que hablaba Dayan está verdaderamente loco, es necesario comprender la génesis de su locura que no se manifiesta hoy sino que comenzó a manifestarse en 1948.

    Tocamos aquí un punto extremadamente delicado y doloroso, que se refiere a la evolución del inconsciente israelí, alejándose y contrastando con la cultura judía.

    Antes de su muerte en 1967, Isaac Deutscher escribió sobre el judaísmo atrapado en la trampa del Estado-nación:

    “El mundo ha obligado a los judíos a abrazar el Estado-nación y estar orgullosos de él precisamente cuando hay pocas esperanzas para el futuro en esto. No se puede culpar a los judíos, el mundo es culpable de esto. Pero al menos los judíos deberían ser conscientes de la paradoja y comprender que su entusiasmo por la soberanía nacional está históricamente rezagado. Espero que los judíos eventualmente tomen conciencia de la insuficiencia del Estado nación” (Isaac Deutscher, The Non Jewish Jew).

    No sucedió así: desde el principio, la existencia de Israel coincidió con la traición de la cultura judía moderna. Desde su origen Israel quiso ser una nación, y por ello puso en marcha la expulsión, persecución, internamiento y sometimiento de la población presente en ese territorio.

    Ahora todo el mundo se da cuenta de la trampa en la que ha caído el Estado sionista.

    El regalo de los colonialistas ingleses, prometido por Balfour en 1917 y entregado en 1948, se revela como lo que fue desde el principio: un regalo envenenado.

    Los palestinos también han entrado en el túnel sin salida del Estado nación.

    La fórmula “dos pueblos, dos Estados” sancionaba el carácter identitario y tribal del Estado nacional, y negaba cualquier posibilidad de coexistencia pacífica de dos comunidades dentro de una misma entidad política.

    Ambas entidades estatales (la existente de Israel y la inexistente pero proclamada de Palestina) han acabado identificándose con sus componentes más identitarios, fundamentalistas, religiosos o abiertamente fascistas.

    El genocidio en Gaza es el epicentro de un cataclismo que dividirá la humanidad de manera duradera: el sur del mundo y los suburbios de las grandes metrópolis occidentales rodean la ciudadela blanca con un muro de odio que alimentará la venganza en los meses y años venideros. Este evento inaugura el siglo de enfrentamiento entre la raza colonial y el mundo colonizado.

    Israel es el puesto de avanzada del racismo colonialista en el mundo.

    El epicentro del terremoto está en la tierra de los tres monoteísmos, pero el terremoto está en todas partes. No me parece que de ese epicentro provengan vibraciones capaces de desencadenar una guerra mundial, sino más bien una guerra caótica compuesta de innumerables fragmentos de violencia.

    Quizás el conflicto de Oriente Medio se haya convertido en una guerra entre fanáticos bárbaros, pero Occidente es responsable de la masacre y sus consecuencias, y está destinado a verse arrastrado a esta loca disputa.

    En nombre de la defensa de Israel, Europa está borrando el Estado de derecho, prohibiendo las manifestaciones pro Palestina y criminalizando los símbolos palestinos.

    Los hipócritas están indignados por el antisemitismo que asoma la cabeza, pero está claro que el antisemitismo encuentra un terreno fértil en el odio que Israel alimenta, y cada día está más claro que Netanyahu ha conducido a su pueblo a la guerra suicida más aterradora, quizás olvidando que en la guerra suicida el fundamentalismo islámico es imbatible.

    ¿Por qué Europa es cómplice del genocidio? Se dice por ahí que un sentimiento de culpa empuja a los europeos a defender a Israel, pero creo que el punto es otro. La defensa acrítica de Israel es parte de un proceso de autodefensa de la decadente civilización occidental.

    Los racistas se han movilizado para defender a Israel: los descendientes de Pétain, los colaboradores antisemitas de todos los tiempos, junto con el racista declarado Eric Zemmour, marchan reivindicando la representación de la Francia blanca, mientras la militante de setenta y dos años por los derechos de las mujeres palestinas Mariam Abu Daqqa es expulsada porque se atrevió a decir que Israel es responsable de una ocupación colonial, y mientras en todas las metrópolis las banlieues se retiran a un silencio amenazador.

    Artículos relacionados


  • Extrema derecha y cambio climático

    Extrema derecha y cambio climático

    transizione_clima_2400x1160

    todos los artículos

    Christine Poupin

    Vocera del Nuevo Partido Anticapitalista de Francia y miembro de su Comisión de Ecología.

    Traducción: Valentín Huarte
    Fuente: 
    Jacobinlat.com

    Actualidad Internacional: Ecología

    18/11/2023

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    El comienzo del siglo veintiuno nos coloca frente al crecimiento simultáneo de dos amenazas terribles.

    Por un lado, la magnitud del cambio climático está provocando fenómenos extremos cada vez más intensos y frecuentes: megaincendios, inundaciones y deslizamientos de tierra, sequías y calores intensos. Corremos el riesgo de franquear, en un plazo más o menos corto, un punto de no retorno dejando inhabitables regiones enteras del planeta y forzando el exilio de cientos de millones de seres humanos.

    Por otro lado, el crecimiento de la extrema derecha ha introducido en el debate público temas nauseabundos, racistas y sexistas, al tiempo que populariza teorías conspiratorias otrora marginales como la del «gran reemplazo». Los casos más conocidos son el de Trump en Estados Unidos y el de Bolsonaro en Brasil, pero estas corrientes están conquistando cada vez más poder en Europa, Turquía, Israel, India, Filipinas y Egipto.

    Aunque operan en planos distintos —el primero remite a las condiciones físicas de nuestra existencia, el segundo a las condiciones ideológicas y políticas— los dos peligros no están desvinculados. Sin embargo, la relación entre las crisis ecológicas y el ascenso de la extrema derecha es múltiple y compleja. Son bidireccionales y conciernen a discursos y políticas concretos. Tienen sus raíces en el pasado pero pesan sobre el futuro.

    La extrema derecha es capaz de adoptar discursos diametralmente opuestos, alternando entre el culto a la tecnología y a la industria, por un lado, y un ecologismo aparentemente radical, por el otro.

    En la cuestión del cambio climático, encontramos de todo: desde el negacionismo más desenfrenado, que hace de cuenta que el calentamiento global no existe y encubre su naturaleza antrópica y la responsabilidad de las energías fósiles; hasta el catastrofismo colapsista más cínico, que alimenta una lucha por la supervivencia imbuida de todos los códigos de guerra machistas y supremacistas.

    En Francia, la Agrupación Nacional de Marine Le Pen ha adoptado ciertos cambios superficiales para tratar de ocupar el terreno ecológico. Hace veinte años, el Frente Nacional de Jean-Marie Le Pen (padre de Marine), abiertamente negacionista del cambio climático, pudo sostener que la ecología representaba «la religión de los bobos (contracción despectiva de bourgeois-bohème [burgués-bohemio])». Pero sucede que hoy, si uno tiene pretensiones de representar una alternativa de gobierno de turno, es imposible posicionarse contra la ecología. Todo discurso político tiene que tener ciertos tintes verdes.

    La Agrupación Nacional no deja de ser un partido que defiende férreamente la energía nuclear y el sector automotriz. No tiene reservas en afirmar que, víctimas de «una fiscalidad punitiva y culpabilizante», las automotrices estarían siendo acusadas ilegítimamente de representar un peligro para la sociedad.

    Pero, y al mismo tiempo, la organización de Le Pen combate la energía eólica en nombre de una vaga noción de «la defensa del paisaje». Propone aplicar impuestos sobre ciertos rubros vinculados a la alimentación con el fin de «alentar la agricultura familiar y los mercados locales», pero está preocupada y dice que vamos «demasiado rápido cuando exigimos que en 2030 el 25% de la superficie cultivada debería responder a los criterios de la bioagricultura». Se opone a la prohibición de las insecticidas tóxicas.

    Marine Le Pen fustiga una tendencia a la que se refiere como «un fundamentalismo que pretende terminar con nuestras costumbres» y se presenta como «la candidata de la agricultura familiar y de la relocalización de la producción», que según ella hacen a «la verdadera ecología». Uno de sus representantes hasta declaró que «las fronteras son las mejores aliadas de la ecología». En resumen, el reciente giro verde de la Agrupación Nacional puede ser reducido a su tradicional «patriotismo económico» y su política antiinmigración.

    Estas apropiaciones cínicas no deben llevarnos a creer que la ecología sea inmune al fascismo. Existe una ecología fascista —varias en realidad— que encarnó en los (ex)nazis racistas, paganos y amantes de la naturaleza de los años 1970.  Esta misma corriente ahora pulula entre quienes reivindican la identidad nacional, como aquella expresada por la candidatura de Éric Zemmour en las últimas elecciones presidenciales francesas.

    El ecofascismo impulsa un «regionalismo de las raíces», el rechazo a la reproducción asistida en nombre del combate contra «la manipulación de los cuerpos» y una «ecología de la población» que predica «la gran separación» con el fin de conservar lo que denomina «bloques etnoculturales». Los orígenes de esta tendencia están en cierta ecología reaccionaria del siglo diecinueve que consideraba que la naturaleza era una realidad inmutable y que había que protegerla a toda costa, incluso si eso implicaba reducir la población humana (sobre todo la pobre). Se inspira, entre otros insumos históricos, en el movimiento finisecular völkisch de Alemania, que combinaba el ambientalismo con un nacionalismo xenófobo. De ahí se debe el lema nazi «Blut und Boden» (sangre y tierra) que buscaba definir una comunidad política racialmente homogénea sobre un territorio delimitado por fronteras naturales.

    Hoy el neofascismo está a la ofensiva y está intentando sacar ventaja de la confusión que reina en nuestras corrientes ecologistas, específicamente en relación a la centralidad de la crítica del capitalismo mundializado y de la mercantilización de la naturaleza. Tomar en serio esta amenaza exige politizar nuestra crítica del desarrollo capitalista y precisar el contenido de clase de un decrecimiento justo, defender una ecología feminista que no cede sobre los derechos de las mujeres y de la comunidad LGTBIQ, que combate el virilismo y que pone en el centro de su agente el cuidado de los seres humanos, de la vida y de los ecosistemas.

    Los pueblos del Sur, en particular los pueblos originarios pero también las poblaciones racializadas de los países del Norte, son las primeras víctimas del cambio climático y de la contaminación. Son ellos que viven en los lugares más expuestos y que carecen de medidas de protección y de seguridad. También son la vanguardia de las movilizaciones contra la destrucción de sus territorios y lugares de vida perpetrada por los grandes proyectos extractivistas.

    Lejos de reducirse, el saqueo de materias primas que ha asolado al Sur global durante siglos se extiende ahora a nuevos recursos. Muchas veces este nuevo extractivismo usa el disfraz verde de los mecanismos de compensación, pero en el fondo no es otra cosa que una forma de neocolonialismo. Por eso, el antirracismo, el internacionalismo y el anticolonialismo deben marcar el rumbo de nuestra ecología. Son esos los rasgos que definen la diferencia fundamental que nos separa de todos los reaccionarios.

    Durante su campaña, Trump declaró que el calentamiento global era «un concepto creado por los chinos con el fin de hacer que la industria manufacturera estadounidense pierda competitividad». Cuando llegó al poder, denunció el Acuerdo de París y después se retiró del Fondo Verde. Sus cuatro años de mandato han servido para la aplicación sistemática de una política criminal al servicio del extractivismo fósil: destrucción de los instrumentos científicos de evaluación, supresión de las medidas de regulación y de control, abolición de las disposiciones en favor de la eficiencia energética de los motores de los automóviles, autorización de la exploración petrolífera en Alaska y del fracking y relanzamiento de la construcción de los oleoductos de Keystone XL y Dakota Access. La Universidad de Columbia (Nueva York) enumeró no menos de 163 acciones legislativas y reglamentarias del gobierno de Trump que apuntaban contra la lucha por el cambio climático y la contaminación.

    En el caso de Bolsonaro en Brasil, Michael Löwy ha afirmado que «entre los gobiernos de derecha, es el que tiene más rasgos neofascistas». Bolsonaro está implementando una política radical de deforestación y destrucción de los pueblos del Amazonas, apoyada por los agronegocios y el sector minero. Adopta una línea racista contra los pueblos originarios: «Hay muchas reservas que son demasiado grandes. Las minorías deben plegarse a la mayoría. Las minorías tendrán que adaptarse o simplemente desaparecer». Y, haciendo gala de un maltusianismo explícito, dice que la solución al problema del cambio climático no es limitar las actividades humanas, sino regular los nacimientos: «El crecimiento demográfico explosivo conduce a la deforestación […]. Por eso necesitamos una política de planificación familiar. Yo creo que esa es la forma de reducir la presión que conduce al calentamiento del planeta».

    Tampoco se trata de disminuir la inacción criminal de los gobiernos que participan del Acuerdo de París, de las Conferencias de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático y que están comprometidos supuestamente con alcanzar la eliminación completa del carbono en 2050. Esos gobiernos también son culpables y siguen anunciando intervenciones que llevan directamente a la catástrofe, deciden conscientemente aumentar las emisiones de gases de efecto invernadero y hacen recaer sobre el Sur global la carga de las compensaciones y de la devastación, de la que se niegan a asumir las pérdidas y los daños.

    En La finance autoritaire — vers la fin du néolibéralisme, Marlène Benquet y Théo Beourgeron consideran que el Brexit, la elección de Orban en Hungría, la de Duda en Polonia, la de Trump en Estados Unidos y la de Bolsonaro en Brasil son signos de una nueva fase del capitalismo. Ese momento sería caracterizado por un libertarianismo autoritario promovido, además de por los sectores de los combustibles fósiles, por lo que denominan «la segunda financierización»: el uso de fondos de capital, de inversión, de cobertura y de otros instrumentos financieros para sacar provecho del desastre ecológico en curso.

    El negacionismo de estos sectores no apunta tanto a ocultar la realidad del cambio climático, lo cual consideran podría brindar nuevas «oportunidades económicas», sino a combatir las medidas de limitación y de regulación del capital indispensables para frenar la catástrofe.

    Por supuesto, las «oportunidades económicas» pasan por privatizar y financierizar el mundo viviente y el clima. Retomando la tesis de la «tragedia de los comunes» de Garrett Hardin, que sostiene la incompatibilidad entre la gestión colectiva de un bien natural y su conservación, el mundo de las finanzas pretende proteger la naturaleza privatizándola por completo, abriendo así nuevos horizontes de acumulación de capital. Esa nueva fase de apropiación conlleva una negación radical de los derechos de los pueblos, especialmente los del Sur global y los originarios, y es indisociable del racismo y del supremacismo blanco.

    Daniel Tanuro, en Le moment Trump, analiza la novedad del fenómeno Trump y su alcance mundial. Nos pone en guardia contra la enorme amenaza que representa la hegemonía reaccionaria en tanto «posible vehículo para reforzar el poder ejecutivo, que es una condición necesaria para profundizar el neoliberalismo». También advierte que la situación crea un ambiente propicio para «el desarrollo de una extrema derecha aún más peligrosa e incluso de un auténtico movimiento fascista».

    En efecto, es a través de la crisis que el fascismo puede imponerse. Tiene que quedar claro que si dejamos actuar a esos vampiros, si los pobres no hacen pagar a los capitalistas el decrecimiento, este terminará imponiéndose mediante una catástrofe humana porque la física no está sujeta a negociaciones de ningún tipo. La expresión política de esta «solución» es el fascismo.

    Según Andreas Malm y el Colectivo Zetkin, es probable que, cuando la crisis empiece a agravarse, la extrema derecha se manifieste como una fuerza política que defiende de manera autoritaria los combustibles fósiles y los privilegios que generan, hasta el punto de promover una especie de apartheid climático.

    En otros términos, si no revertimos las políticas actuales, si no tomamos medidas radicales para limitar las emisiones de gases de efecto invernadero en el corto plazo, la humanidad enfrentará un cataclismo sin precedente. Esas circunstancias podrían fomentar el surgimiento de formas de fascismo que impongan respuestas totalitarias, maltusianas y segregacionistas.

    Hoy el antifascismo es indisociable del combate contra el cambio climático. La destrucción que conlleva el desastre medioambiental es capaz de generar las condiciones para que la amenaza fascista se convierta en una realidad mortífera.

    Pero es imposible solucionar una situación de emergencia absoluta surgida de décadas de inacción con medidas tímidas. La alternativa es continuar la marcha a la barbarie o terminar con el capitalismo. Sí, la revolución está objetivamente en la agenda en el sentido de que es objetivamente necesaria y en el sentido de que la única salida humanamente aceptable a esta situación es la construcción de un poderoso movimiento de transformación revolucionaria capaz de imponer una ruptura con el capitalismo y con su lógica productivista. Pero esa perspectiva está lejos de constituir el objetivo común de todos los explotados y oprimidos del mundo. Por eso la revolución parece distante.

    Si no queremos contentarnos con repetir la consigna «una sola solución, la revolución», ni perder el rumbo adaptándonos a un capitalismo verde imposible, tenemos que asumir la tarea de rellenar el abismo que separa lo que es objetivamente necesario de lo que es subjetivamente posible. Esto requiere un programa ecosocialista que contenga un conjunto de propuestas que esboce una respuesta anticapitalista global a la situación objetiva y formas de acción fundadas en la autoorganización democrática de todas las personas explotadas y oprimidas.

    Artículos relacionados


  • Diseños imperiales: Estados Unidos en Gaza

    Diseños imperiales: Estados Unidos en Gaza

    231113-biden-netanyahu-jm-1645-35ab01

    todos los artículos

    Oliver Eagleton

    Editor asociado de la New Left Review, que publica a su vez Sidecar. Columnista de New Statesman, publica asiduamente en The Guardian y en Jacobin. Es autor de «The Starmer project», publicado por Verso

    Traducción: El Salto 
    Fuente: 
    Sidecar

    Especiales temáticos: genocidio sionista en Gaza

    03/11/2023

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    Desde la operación Al-Aqsa Flood perpetrada por Hamás el 7 de octubre y el consiguiente asalto a Gaza, el gobierno de Biden ha realizado lo que se describe eufemísticamente como un «acto de equilibrio». Por un lado, alaba el castigo colectivo de los palestinos; por otro, advierte a Israel contra sus extralimitaciones. Su apoyo a los bombardeos aéreos y las incursiones selectivas es firme, pero ha plantado «preguntas difíciles» sobre la invasión terrestre que comenzó a principios de esta semana: ¿Existe un objetivo militar alcanzable? ¿Existe una hoja de ruta para liberar a los rehenes? ¿Existe una forma de evitar un gobierno israelí insostenible, si se extirpa a Hamás? Washington está presionando a los israelíes sobre estas cuestiones, así como enviando a sus propios asesores para ayudarles a resolverlas, al tiempo que da luz verde a la masacre en curso. La respuesta estadounidense a la crisis se ha visto impulsada por una confluencia de factores entre los que se cuentan el deseo de privar de espacio a los Republicanos y el instinto reactivo de «apoyar a Israel». Sin embargo, esta respuesta también puede situarse en el contexto de la concepción general sobre Oriente Próximo defendida por Estados Unidos, la cual cristalizó con Trump y se ha consolidado con Biden.

    Consciente del caos provocado por los esfuerzos realizados para inducir cambios de régimen en los países de la zona y deseoso de completar su «reorientación hacia Asia» iniciada a principios de la década de 2010, Estados Unidos ha tratado de desvincularse parcialmente de la región. Su objetivo es establecer un modelo que sustituya la intervención directa por la supervisión a distancia. Sin embargo, para contemplar cualquier reducción real de su presencia, Estados Unidos necesita establecer un acuerdo de seguridad que fortalezca a los regímenes amigos y limite la influencia de los países contrarios a su presencia.

    Los Acuerdos de Abraham de 2020 hicieron avanzar esta agenda, ya que Bahréin y los Emiratos Árabes Unidos, al aceptar normalizar sus relaciones con Israel, se unieron al «eje reaccionario» predominante, que incluía al Reino Saudí y a la autocracia egipcia. Trump incremento la venta de armas a estos Estados y cultivó las conexiones entre ellos –militares, comerciales, diplomáticas­– con el objetivo de crear una falange fiable de aliados, que se inclinarían hacia Estados Unidos en la Nueva Guerra Fría, al tiempo que actuarían como baluarte contra Irán. El acuerdo nuclear de Obama no había logrado impedir que la República Islámica proyectara su influencia en la región. Sólo la «máxima presión» podría impedirlo.

    Una vez en el cargo, Biden adoptó las mismas coordenadas generales: utilizar la Cumbre del Néguev para profundizar los lazos existentes entre los países signatarios de los Acuerdos Abraham y demandar relaciones formales entre saudíes e israelíes. El Joint Comprehensive Plan of Action (JCPOA) para asegurar el carácter pacífico de la tecnología nuclear iraniana se convirtió en papel mojado, al tiempo que continuaron los esfuerzos por contener a Teherán mediante una combinación de sanciones, diplomacia y ejercicios militares. En palabras de Brett McGurk, coordinador de la Casa Blanca para Oriente Próximo, pronunciadas en una conferencia ante el Atlantic Council, las premisas de esta política son la «integración» y la «disuasión»: construir «conexiones políticas, económicas y de seguridad entre los socios de Estados Unidos», que repelan «las amenazas de Irán y sus apoderados». Tras desarrollar este programa y verificarse la intensificación de los intercambios comerciales entre Israel y sus socios árabes, Biden empezó a cumplir la «retirada» prometida por su predecesor, ejecutando la salida de Afganistán y reduciendo al mismo tiempo las tropas y los activos militares estadounidenses presentes en Iraq, Kuwait, Jordania y Arabia Saudí.

    Biden también afinó el planteamiento de Estados Unidos hacia Palestina. Mientras que Trump había suprimido la ayuda a los Territorios Ocupados y había tratado de conseguir la aprobación de su delirante «acuerdo de paz», Biden simplemente ha aceptado la imperfecta realidad en la que Israel, a pesar de no tener ningún plan viable para los palestinos, parecía disfrutar de una relativa seguridad gracias a las autoridades colaboracionistas de Cisjordania y al dominio militar sobre Gaza. En abstracto, puede que quisiera revivir la «solución de los dos Estados», lo cual significa en la práctica la existencia del gigante nuclear israelí flanqueando a la indefensa y bantustanizada nación palestina. Pero como ello era políticamente imposible, Biden aprendió a convivir con una situación que Tareq Baconi describe como «equilibrio violento»: una ocupación indefinida, salpicada de enfrentamientos periódicos con Hamás, que han de ser, no obstante, lo suficientemente pequeños como para ser ignorados por la población israelí.

    Este proyecto regional siempre ha adolecido de graves problemas. En primer lugar, si su razón de ser era la política de gran potencia –retirarse de Oriente Próximo para centrarse más en China–, entonces resultó en parte contraproducente. Al señalar su menor apetito de injerencia en la región, Estados Unidos transmitió a sus aliados que no tendrían que hacer una elección excluyente entre su asociación con Estados Unidos o con China; de ahí la acogida cada vez más cálida de la República Popular China en el mundo árabe como atestiguan la construcción de una base militar rusa en los Emiratos Árabes Unidos, su intermediación en el acercamiento Irán-Arabia Saudí y su red de inversiones en tecnología e infraestructuras.

    En segundo lugar, al basar su estrategia imperial en el proceso de normalización israelí, Estados Unidos se hizo especialmente dependiente de Israel justo antes de que fuera capturado por sus elementos más extremistas y volátiles: Smotrich, Ben-Gvir, Galant. Si el apoyo estadounidense a este proyecto colono-colonial ha superado históricamente cualquier cálculo político razonable, durante los gobiernos de Trump y Biden asumió una lógica coherente: situar a su aliado en el centro de un marco de seguridad estable en Oriente Próximo. Sin embargo, el gabinete israelí que llegó al poder en 2022, aturdido por fantasías eliminacionistas y decidido a arrastrar a Estados Unidos a una guerra con Irán, demostró ser el menos capacitado para desempeñar ese papel.

    Ahora, tras el 7 de octubre, este equilibrio se ha roto y esas fantasías se han activado. El ataque de Hamás pretendía desbaratar una coyuntura política en la que el régimen de apartheid israelí se había convencido de que podría reprimir cualquier resistencia seria a su dominio ­­­­­­­­y en la que Palestina se estaba convirtiendo rápidamente en un tema sin importancia en Israel y no solo. Este intolerable estado de cosas era su principal objetivo. Los dirigentes de Gaza preveían una respuesta feroz, incluida una incursión terrestre. También esperaban que todo ell­­­­­­­­­­­­­­­­­­o causaría problemas a los Acuerdos de Abraham al provocar la oposición regional, en el campo popular y entre las élites, a las atrocidades israelíes. Hasta ahora, todo esto se ha confirmado: el acuerdo entre Arabia Saudí e Israel se ha retrasado, la próxima Cumbre de Negev sigue en suspenso, las naciones árabes están conmocionadas por las protestas y sus gobernantes se han visto obligados a denunciar a Netanyahu. ¿Qué significa todo esto para las ambiciones políticas generales de Washingt­­­­­­­­­­­­on? La respuesta final dependerá de la trayectoria del conflicto.

    Como han señalado muchos observadores, el objetivo declarado de Israel de «destruir a Hamás» plantea un riesgo de una escalada continua y prolongada. Al planificar una guerra urbana contra un ejército guerrillero socialmente incrustado, el gobierno de unidad nacional ha contemplado varios escenarios, incluida la despoblación del norte de la Franja y expulsiones masivas al Sinaí. Cualquier estrategia de este tipo podría traspasar los ambiguos umbrales susceptibles de desencadenar importantes represalias por parte de Hezbolá y, potencialmente, del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica. (Los houthis de Yemen ya han lanzado misiles y aviones no tripulados contra Israel y están preparados para enviar más en las próximas semanas). El despliegue de buques de guerra de Biden en el Mediterráneo y el Mar Rojo, más la diplomacia itinerante de Blinken, pretenden evitar este resultado. Es demasiado pronto para evaluar el impacto de sus esfuerzos, pero si fracasaran, la potencia hegemónica se vería arrastrada aún más a este sangriento atolladero. El efecto sería ampliar las fisuras existentes en el eje árabe-israelí y distraer a Estados Unidos de sus prioridades en Extremo Oriente.

    En caso de que el ejército invasor consiga demoler política y militarmente a Hamás, Estados Unidos también tendría que lidiar con el problema de la sucesión. En la actualidad, espera convencer a los Estados árabes para que proporcionen una fuerza que gobierne el territorio y alivie así la carga de Israel. Funcionarios estadounidenses informan de que podrían enviarse soldados norteamericanos, franceses, británicos y alemanes para defender esta hipotética dictadura. Pero si las potencias regionales se niegan a cooperar, como parece probable, las propuestas alternativas incluyen una coalición de «mantenimiento de la paz», siguiendo el modelo de la Fuerza Multinacional y Observadores del Sinaí –a la que el Pentágono contribuye actualmente con casi 500 soldados– o una administración bajo los auspicios de la ONU. Estos planes devolverían a Estados Unidos el estatus de autoridad neocolonial en Oriente Próximo, a pesar de sus intentos durante años de desempeñar este papel con subordinados locales. Convertirían a las fuerzas estadounidenses en un blanco visible de la rabia y el resentimiento creados por la guerra sionista, un legado nada envidiable que Biden dejaría tras de sí.

    Pero puede que este no sea el desenlace. Hay otros escenarios previsibles que serían más favorables para la Casa Blanca. Dada la negativa de Egipto a facilitar la limpieza étnica del pueblo palestino, el destierro de los 2,2 millones de residentes de Gaza parece poco probable a corto plazo, lo cual, combinado con la presión diplomática estadounidense, ha provocado evidentemente que Israel modifique el plan de su invasión, optando por un enfoque gradual en lugar de un barrido rápido. No está claro si esto reducirá las posibilidades de intervención de Hezbolá o de Irán, pero la milicia libanesa es consciente de su precaria posición en Líbano, que podría verse aún más perjudicada por una conflagración militar, mientras que Irán está ansioso por evitar los peligros de una implicación directa. Los saudíes, aunque externamente críticos con la postura estadounidense, no están menos interesados en evitar un conflicto que consumiría la totalidad de Oriente Próximo y desbarataría su «Visión 2030». En cada caso, una serie de imperativos políticos internos se oponen a la regionalización de la guerra. ¿Un rayo de esperanza para el imperio en declive?

    Sin embargo, se contenga o no la violencia, el éxito israelí no está asegurado. Los 40.000 curtidos combatientes de Hamás, versados en la guerra híbrida y capaces de tender emboscadas al enemigo a través de túneles subterráneos, contrastan netamente con los reservistas israelíes, que acaban de recibir su entrenamiento de refresco. Cuando comience la lucha callejera, las asimetrías numéricas y tecnológicas entre ambos pueden parecer menos decisivas. Cabe imaginar, pues, una cronología en la que los militantes luchen contra Netanyahu hasta llegar a un punto muerto, se levante el tabú del alto el fuego y ambas partes acaben declarando victoria: Hamás, porque ha repelido una amenaza existencial de Israel; Israel, porque puede afirmar (aunque sea falsamente) que ha infligido un daño irreparable a Hamás y ha impedido que se repita su ataque.

    A partir de entonces Gaza emergería lentamente de entre los escombros y volvería a algo parecido al statu quo anterior, si bien con peores condiciones humanitarias y con un vecino herido más obsesionado que nunca con su destrucción. Aunque Estados Unidos afirma que pretende la destrucción de Hamás, se beneficiaría de su supervivencia en varios aspectos importantes: le ahorraría la coordinación de la gobernanza de la Franja tras la guerra; le permitiría reanudar la normalización israelí con sus vecinos árabes tras el correspondiente paréntesis necesario; y, en el mejor de los casos para Biden, limitaría las posibilidades de una mayor escalada, al tiempo que socavaría los intentos rusos y chinos de situarse a ambos lados del conflicto palestino-israelí. El paradigma de los Acuerdos de Abraham podría, pues, reinstaurarse al menos hasta el próximo estallido importante. Así pues, en lugar de transformar Oriente Próximo, la guerra podría dejar intacta la «arquitectura de seguridad» construida por Trump y Biden. Sin embargo, la inestabilidad de este edificio ha quedado demostrada. Sólo será cuestión de tiempo que vuelva a derrumbarse.

    Artículos relacionados


  • Medio siglo y chirolas, el Che de nuestro lado

    Medio siglo y chirolas, el Che de nuestro lado

    Heroico1

    todos los artículos

    poderpopular.com.ar


    Fuente:
    poderpopular.com.ar

    Teoría: Historia

    08/10/2023

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    Se cumplen apenas 56 años del último combate -en vida- que diera Ernesto Guevara en Bolivia. Ya pasó un poquito más de medio siglo desde que, queriendo matarlo, lo convirtieran en un mito, un símbolo de la rebeldía, de la revolución latinoamericana y global. Por eso también es que desde entonces no cesan los disparos contra su espectro, buscando demonizarlo o transformarlo en una imagen pop sin más sentido que una estampa adherida a cualquier mercancía. Pero ahí anda el Che, a pesar de todo, naciendo en las esperanzas y en los siempre renovados combates por la justicia y la igualdad.

    Porque, en definitiva, El Che ya no remite a un hombre, con su virtudes y defectos, sino a un conjunto de ideas y procesos sociales, que pueden llamarse Cuba, el Congo, Bolivia o toda Nuestra América en la búsqueda de su autodeterminación.

    Y en este medio siglo y chirolas, cuando ha pasado tanta agua bajo el puente y hasta nos decretaron el «fin de la historia», podríamos preguntarnos cuánto tiene que ver con nuestro presente el asesinato de aquel guerrillero argentino-cubano en un pueblo perdido de las sierras bolivianas. Y nosotrxs nos arriesgaremos a decir que mucho. Porque el Che, Cuba y el movimiento revolucionario de las décadas del 60 y 70 no sólo pensaban y actuaban en su presente sino que estaban inmersxs en un gran debate sobre las raíces de nuestra dependencia y las posibles estrategias para sortearla definitivamente. Puede ser entonces, que, en el repaso por los textos, discursos y acciones del Comandante, encontremos muchos elementos para pensar nuestro presente.

    Guevara fue un gran polemista en el terreno local y sobre todo internacional, porque comprendía que el futuro de la revolución se jugaba en ambas canchas. En este sentido, en 1961 publicó un escrito titulado: «Cuba, ¿excepción histórica o vanguardia en la lucha contra el colonialismo?». Sobre el mismo, que tiene varias aristas interesantes, queremos subrayar una serie de ideas fuertes que entendemos iluminan los debates de aquella época, pero que, sobre todo, ayudan a pensar nuestro presente. En uno de sus pasajes se pregunta sobre el llamado «subdesarrollo» en Nuestra América. El punto es importante porque desafía aquella idea corriente y vulgar de que se trataría de un momento previo a un potencial «desarrollo» al que finalmente habríamos de llegar. Para el Che, en cambio, los «suavemente llamados subdesarrollados»:
    «…Somos países de economía distorsionada por la acción imperial, que ha desarrollado anormalmente las ramas industriales o agrícolas necesarias para complementar su compleja economía. El «subdesarrollo» o el desarrollo distorsionado, conlleva peligrosas especializaciones en materias primas que mantienen en la amenaza del hambre a todos nuestros pueblos. Nosotros, los «subdesarrollados», somos también los del monocultivo, los del monoproducto, los del monomercado. Un producto único cuya incierta venta depende de un mercado único que impone y fija condiciones…»[1]Ernesto Guevara, «Cuba, ¿excepción histórica o vanguardia en la lucha contra el colonialismo?», en Che Guevara Presente. Una antología mínima (Bogotá: Ocean Sur, 2007), 137-50..

    Nuestra América reprimarizada y sometida a la ofensiva extractivista puede mirarse al espejo de esta definición de hace medio siglo. Este «subdesarrollo», decía el Che, «da por resultado los bajos salarios y el desempleo». Y genera, en toda América, lo que se llama «Hambre del Pueblo»: «cansancio de estar oprimido, vejado, explotado al máximo, cansancio de vender día a día miserablemente la fuerza de trabajo (ante el miedo de engrosar la enorme masa de desempleados), para que se exprima de cada cuerpo humano el máximo de utilidades, derrochadas luego en las orgías de los dueños del capital».

    Es este subdesarrollo hambreador, explotador, generador crónico del desempleo, el que, según el Che, sienta las «condiciones objetivas para la lucha, por la reacción frente a esa hambre, el temor desatado para aplastar la reacción popular y la ola de odio que la represión crea».

    El gran tema, en ese entonces y hoy, es qué objetivos estratégicos debe tener esa lucha. ¿Es posible generar un desarrollo sobre las bases actuales de nuestras economías «distorsionadas», hiper especializadas, monoproductoras? ¿Las burguesías latinoamericanas, las clases dirigentes locales, son capaces, tienen voluntad de enfrentar este lugar subordinado, complementario del capitalismo global? Hubo en aquel entonces, y hay hoy, corrientes políticas que sostienen que sí. Hace por lo menos un siglo que buscan apoyarse en algún sector «progresista» de la clase dominante. En aquel mismo texto (y en otros), Guevara planteaba una opinión contraria:

    «…las burguesías nacionales no son capaces, por lo general, de mantener una actitud consecuente de lucha contra el imperialismo. Demuestra que temen más a la revolución popular, que a los sufrimientos bajo la opresión y el dominio despótico del imperialismo que aplasta a la nacionalidad, afrenta el sentimiento patriótico y coloniza la economía. La gran burguesía se enfrenta abiertamente a la revolución y no vacila en aliarse al imperialismo y el latifundismo para combatir al pueblo y cerrarle el camino a la Revolución…»

    Por eso, todas sus esperanzas, las depositaba el Che en la clase trabajadora, el campesinado, los sectores populares de Nuestra América, con sus diferentes organizaciones y métodos de lucha. Y advertía que no había ningún sector de la burguesía que quisiera enfrentar realmente el «subdesarrollo», con su hambre, bajos salarios y el desempleo. Confiaba, en cambio, porque lo palpitaba en Cuba, en las tremendas fuerzas populares que son capaces de desatar la esperanza concreta de cambios profundos. Era consciente que no había atajos que nos pudieran evitar la confrontación con los dueños de todo, aliados y socios menores del imperialismo. Por eso el lugar privilegiado que le otorgó a la batalla de ideas, por eso su apuesta de cuerpo y alma por la revolución continental, con su corazón en Bolivia.

    Desde ya, también en aquel texto, y en toda la producción de Guevara después del triunfo de la revolución cubana, sostiene que la lucha armada es la forma fundamental para la toma del poder. No obstante, como buen marxista antidogmático, señalaba que «la real capacidad de un revolucionario se mide por el saber encontrar tácticas revolucionarias adecuadas en cada cambio de la situación, en tener presente todas las tácticas y en explotarlas al máximo». Y agregaba, «sería un error imperdonable desestimar el provecho que puede obtener el programa revolucionario de un proceso electoral dado; del mismo modo que sería imperdonable limitarse a tan sólo lo electoral y no ver los otros medios de lucha». Sin dudas, las derrotas de las organizaciones revolucionarias, el terrorismo de Estado generalizado por toda América, la caída del Muro de Berlín y del llamado «socialismo real» y la relativa estabilidad democrática en todos nuestros países son elementos de peso para considerar que ha habido un «cambio de situación». En este sentido, resulta fundamental explotar al máximo estas distintas tácticas, sin olvidar nunca el horizonte estratégico. Sin hacer de ninguna de ellas un fetiche ni olvidar jamás que en el imperialismo «no se puede confiar ni tantito así».

    Porque también advertía el Che, anticipándose a lo que sucedería en Chile doce años después:

    «…si un movimiento popular ocupa el gobierno de un país por amplia votación popular y resuelve, consecuentemente, iniciar las grandes transformaciones sociales que constituyen el programa por el cual triunfó, ¿no entraría en conflicto inmediatamente con las clases reaccionarias de ese país?, ¿no ha sido siempre el ejército el instrumento de opresión de esa clase? Si es así, es lógico razonar que ese ejército tomará el partido por su clase y entrará en conflicto con el gobierno constituido…»

    Sin dudas, tampoco éstas son preguntas del pasado. Porque no son pocos quienes reconocieron el «cambio de situación» pero proclamaron la vía electoral como único camino. El tema se torna complicado cuando se entiende que también cambiaron las clases reaccionarias. O, quizás peor, cuando se ganan elecciones pero no se ensaya ningún cambio por el miedo a esa reacción. Lo enseñan las revoluciones, lo enseña Nuestra América: no hay, ni nunca hubo, caminos o tácticas que operen como formulitas mágicas. Sobre todo, cuando se trata de cambiar este mundo injusto.

    Medio siglo y chirolas, y aquí estamos, Che, tratando de pensar con vos cómo seguir esta lucha por construir una humanidad nueva, sin explotadxs, ni oprimidxs. ¡Qué bueno tenerte de nuestro lado!

    ¡Hasta la Victoria Siempre!

    Artículos relacionados


    Notas del artículo

    Notas del artículo
    1 Ernesto Guevara, «Cuba, ¿excepción histórica o vanguardia en la lucha contra el colonialismo?», en Che Guevara Presente. Una antología mínima (Bogotá: Ocean Sur, 2007), 137-50.
  • El fantasma de la dictadura sobrevuela las presidenciales argentinas

    El fantasma de la dictadura sobrevuela las presidenciales argentinas

    f.elconfidencial.com_original_935_af8_03a_935af803a152f5d66659c828b0cc2984

    todos los artículos

    Roberto Montoya

    Periodista y escritor. Miembro del Consejo Editorial de Viento Sur.

    Fuente: poderpopular.info

    Actualidad Internacional: Latitudes. América Latina

    06/10/2023

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    Cuarenta y siete años después del cruento golpe de Estado, que iniciaría los siete años de la última y más brutal dictadura militar (1976-1983), Argentina está a las puertas de unas elecciones presidenciales en las que el candidato favorito es un negacionista del terrorismo de Estado que se cobró 30.000 vidas.

    Mientras Milei negaba el terrorismo de Estado y en todo momento llamaba ‘Gobierno militar’ a la dictadura, puso toda la responsabilidad de la violencia de aquellos años de plomo en Argentina en las organizaciones armadas que surgieron precisamente para hacerle frente e intentar derrocarla: “Los terroristas de Montoneros y los terroristas del ERP mataron gente, asesinaron gente, torturaron, pusieron bombas, hicieron un desastre, también cometieron crímenes de lesa humanidad”.

    La versión de Milei sobre aquel periodo -él tenía 6 años cuando tuvo lugar el golpe de Estado- es la misma que mantenía en su momento la dictadura encabezada por el general Jorge Videla.

    “Es una guerra contra el terrorismo apátrida y el comunismo”, decía Videla en los foros internacionales y ante el borbón Juan Carlos I cuando este visitó Argentina en noviembre de 1978 junto a la reina Sofía.

    Videla los esperó eufórico en la pista del aeropuerto de Buenos Aires. Esa visita significó un blanqueo de la dictadura, un espaldarazo internacional. España ya había sido dos años antes, durante el gobierno de Adolfo Suárez y con Juan Carlos I como jefe de Estado, el primer país en reconocer el gobierno de la Junta Militar surgida del golpe de Estado.

    Las declaraciones de Milei son similares a las que hace habitualmente su compañera de fórmula, Victoria Villaruel, de familia militar, muy vinculada a Vox: “A los que me tildan de genocida, de facha, de racista, de negacionista, les digo que todo eso lo recibo con una sonrisa, son los mismos que justifican los crímenes del comunismo”.

    Este tipo de declaraciones están provocando alarma en un amplio sector de la sociedad argentina. Hasta hace poco era impensable que un candidato presidencial defendiera semejantes posiciones en el país del mundo con más causas abiertas -inclusive la querella por crímenes del franquismo- y más condenas por terrorismo de Estado.

    Desde la vuelta de la democracia en 1983 ningún gobernante o líder político había sido tan benévolo con la dictadura.

    La postura de Milei sobre la dictadura militar vienen a completar un perfil ya de por sí inédito en la historia de Argentina y deja perplejos a los analistas políticos.

    “Considero al Estado como un enemigo, los impuestos son una rémora de la esclavitud”. Javier Milei, el esperpéntico candidato de Libertad Avanza promete que de llegar al poder va a eliminar el Ministerio de Economía, el de Seguridad, el de Relaciones Exteriores, el de Defensa, de Interior, de Justicia y el de Infraestructura.”

    Para este economista “el mejor Estado es el que no existe”. De 52 años, diputado estatal desde 2021 y seguidor de la escuela austríaca a nivel económico, se reivindica en algunas entrevistas como “liberal-libertario”; en otras como “anarco-capitalista” y muestra admiración por Donald Trump y Jair Bolsonaro.

    Milei quiere que desaparezca el peso argentino y que se imponga el dólar; abomina explícitamente del concepto de “justicia social”, de los bonos sociales y todas las prestaciones públicas gratuitas; asegura que prohibirá el aborto, que eliminará la cobertura del cambio de sexo por la sanidad pública; que acabará con la educación sexual en las escuelas, y niega, como Vox, la violencia de género.

    El ultraderechista considera que la venta y compra de órganos es parte del “mercado libre”, y al igual que Trump y Bolsonaro es partidario de la libre portación de armas de fuego. “En los países donde hay libre portación de armas hay menos delitos”, asegura.

    Es ese un mensaje atractivo para muchos en un país donde la violencia entre clanes de la droga y el ‘gatillo fácil’ de la policía se cobran vidas todos los días. Es la ley de la selva, muchos creen que tienen que armarse para protegerse y proteger a su familia, ya que no se puede confiar en las ‘fuerzas del orden’.

    Milei denuncia la ‘casta política’ pero muestra admiración por el ultraliberal expresidente peronista Carlos Saúl Menem (1989-1999), envuelto en graves casos de corrupción y tráfico de armas, y mantiene también una relación más que cordial con el también ex presidente Mauricio Macri (2015-2019), el líder de Juntos por el Cambio.

    Esta coalición conservadora impulsa sin embargo a su propia candidata, Patricia Bullrich, una ex militante de la Juventud Peronista y Montoneros reconvertida desde hace años en recalciltrante dirigente de la derecha dura.

    Milei fue durante años economista asesor de Corporación América, uno de los holding más poderosos en Argentina y en América Latina y no casualmente nunca denuncia a grandes empresarios o terratenientes, ni denuncia la agudísima desigualdad social.

    Sin embargo, con su falso talante ‘antisistema’; con su mensaje simplista y fórmulas mágicas para que todo el mundo sea feliz en poco tiempo; con sus insultos a sus rivales, ha logrado arrancar el apoyo no solo de empresarios amigos y nostálgicos de la dictadura sino también de amplios sectores populares hartos de la crisis económica, de la pobreza, del deterioro de los servicios públicos, de la corrupción generalizada, de las mentiras de los políticos de uno y otro partido.

    A pesar de las importantes diferencias que tiene Milei de Bolsonaro, de Trump, del chileno Kast, de Meloni, Le Pen, Orbán, Abascal y tantos otros líderes ultraderechistas europeos, Argentina no se ha salvado de la ola que recorre el mundo, una ola que la izquierda no supo frenar y ante la cual no se muestra aún capaz de ofrecer alternativa.

    Artículos relacionados


  • «Esto es persecución política»: Israel reprime a los críticos internos de su guerra de Gaza

    «Esto es persecución política»: Israel reprime a los críticos internos de su guerra de Gaza

    F230801CG85-1200x802

    todos los artículos

    Ghousoon Bisharat, Oren Ziv y Baker Zoubi

    +972magazine

    Traducción: Punto de Vista Internacional
    Fuente: 
    +972magazine

    Especiales temáticos: genocidio sionista en Gaza

    17/10/2023

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    Hola Dr. X. Nos ha llegado una queja sobre el hecho de que el 7 de octubre subió una foto de perfil a su página de Facebook con la leyenda «El gueto de Gaza será liberado». Como profesor titular de la universidad, el mensaje difundido por usted en un día como este escuece la vista, trastorna el corazón y empaña el nombre de la universidad.

    «Una reacción ante un día como este, en el que se han llevado a cabo actos definidos por el derecho internacional como crímenes contra la humanidad por parte de asesinos, dirigidos contra civiles, incluidos adultos y bebés indefensos, que recuerdan las acciones de los nazis contra los judíos, puede interpretarse con toda plausibilidad como un apoyo a los mismos.

    «Además, por la noche se nos expuso su afirmación de que el Estado de Israel está cometiendo un ‘genocidio’ contra los palestinos. Este tipo de inversión moral constituye, como mínimo, un comportamiento impropio de un miembro del profesorado, tal como exige el reglamento.

    «En vista de la gravedad de sus cargos, queda suspendido a la espera de una investigación disciplinaria que se le abrirá en los próximos días y en una fecha que se determinará lo antes posible».

    Durante más de una semana, gran parte de la atención mundial -así como la de la mayoría de los israelíes y palestinos- se ha centrado en la escalada del asalto del ejército israelí a la Franja de Gaza, tras la masacre y los secuestros perpetrados por Hamás el 7 de octubre en el sur de Israel. Menos notoria ha sido la creciente persecución política dentro de Israel contra los palestinos, así como contra algunos judíos, que se oponen a la destrucción y al bloqueo de la Franja de Gaza.

    La carta reproducida más arriba, obtenida por +972 Magazine, fue enviada a un miembro judío-israelí de la facultad de una universidad del centro de Israel (la persona en cuestión pidió que no se dieran a conocer sus datos). Es sólo un ejemplo del creciente ambiente de represión que se vive en Israel desde que comenzó la guerra, y en particular en las universidades.

    Según la organización palestina de derechos humanos y centro jurídico Adalah, con sede en Haifa, unos 50 palestinos que estudian en la Academia Bezalel de Artes y Diseño de Jerusalén, la Universidad de Haifa, el Colegio de Galilea Occidental, la Universidad de Tel Aviv y otras instituciones académicas han sido convocados en los últimos días a comités disciplinarios por publicaciones en las redes sociales consideradas de apoyo a Hamás, y a algunos de ellos se les ha notificado que han sido suspendidos de sus estudios.

    La Fiscalía General anunció el lunes que había «dado instrucciones a algunos de los directores de instituciones de enseñanza superior, que se pusieron en contacto con ella a raíz de casos de estudiantes que publicaron palabras de alabanza al terrorismo, para que remitieran los detalles a la Policía de Israel, a fin de que su caso pudiera tratarse lo antes posible a nivel penal, más allá del nivel disciplinario del que se ocupa la institución educativa. En este momento examinaremos el caso de varios estudiantes israelíes que supuestamente publicaron palabras de elogio y apoyo a Hamás».

    Pero la creciente persecución de los últimos días no se ha limitado a las instituciones académicas. La recién creada Coalición de la Sociedad Civil para Situaciones de Emergencia en la Comunidad Árabe informa de que al menos 30 ciudadanos palestinos de Israel han sido despedidos de sus empleos -en comercios, empresas automovilísticas y restaurantes, así como en el Ayuntamiento de Jerusalén- desde el 7 de octubre debido a publicaciones en las redes sociales percibidas como de apoyo al atentado de Hamás. Mientras tanto, los inspectores del Ayuntamiento han impedido hoy la entrada de trabajadores árabes de la construcción -incluidos altos directivos- en varias obras del centro de Israel.

    La Policía de Israel ha declarado que al menos 170 palestinos han sido detenidos o llevados a interrogatorio desde el atentado de Hamás por expresarse en Internet. Según Adalah, esta cifra -que incluye tanto a ciudadanos del Estado como a residentes en Jerusalén- representa el mayor índice de detenciones en un periodo de tiempo tan corto desde hace 20 años, y se produce después de que el fiscal general del Estado, Amit Aisman, autorizara este tipo de investigaciones sin la aprobación previa de su oficina.

    La oficina del fiscal del Estado afirmó en un comunicado que tenía «tolerancia cero» con quienes expresan «apoyo al enemigo» y con quienes desean el mal a los soldados israelíes «en un momento en que [ellos]… están luchando contra el enemigo asesino».

    El director general de Adalah, Hassan Jabareen, declaró a +972 que Adalah está «recibiendo informes de detenciones ilegales, a menudo llevadas a cabo brutalmente y a altas horas de la noche sin justificación, todas ellas basadas en publicaciones en las redes sociales», lo que refleja «una alarmante tendencia de persecución deliberada y prohibición de la expresión legítima». Nareman Shehadeh-Zoabi, colega de Jabareen en Adalah, añadió que han recibido informes sobre personas citadas para investigaciones policiales o interrogatorios simplemente por «gustar» de publicaciones en las redes sociales -incluida una profesora árabe que trabajaba en Tiberíades que fue suspendida por gustarle una publicación compartida por la página de Instagram Eye on Palestine.

    «Cualquier expresión de solidaridad con las víctimas civiles palestinas, oponerse a la guerra contra Gaza o calificarla de crimen de guerra está siendo percibida como apoyo al terror o a una organización terrorista», afirmó Jabareen. «Estas detenciones y medidas indican que todas las instituciones están aplicando ahora la política de [el ministro de Seguridad Nacional de Israel, Itamar] Ben Gvir, que considera enemigos a los ciudadanos árabes. No puedo hacer ninguna distinción entre Ben Gvir y la policía, el fiscal general y las universidades.»

    En otro extraño caso visto la semana pasada, un candidato a alcalde de la ciudad beduina de Rahat fue detenido como sospechoso de «ayudar al enemigo en tiempo de guerra» por un breve análisis político que escribió y compartió en Facebook. En el post ofensivo, Amer Al-Huzail, doctor en Ciencias Políticas y figura muy conocida en Rahat, ofrecía su interpretación de las posibilidades de una reocupación israelí de la Franja de Gaza.

    En el post del 13 de octubre, que sigue en línea y no generó mucha tracción, evalúa cuatro posibles escenarios para la esperada invasión terrestre israelí de la franja asediada. El más probable, sugiere, es «una invasión profunda en zonas con una densidad de población relativamente baja, con el fin de dividir la Franja de Gaza en zonas aisladas unas de otras». El post contiene también una imagen comentada de un mapa de Gaza que ilustra este escenario.

    Al-Huzail fue detenido y llevado a una vista en el Tribunal de Distrito de Be’er Sheva el mismo día en que publicó su post. Allí, el representante de la policía Mohammed Ibrahim declaró que Al-Huzail «publicó varios posts, incluido uno que creemos que ayuda al enemigo, Hamás, [en el que] explica cómo las FDI pueden invadir la Franja de Gaza. El texto lo escribió él mismo, no lo copió de otro sitio». A la luz del estado de emergencia en el país y de la guerra, consideramos que esto es ayudar al enemigo en tiempo de guerra».

    El abogado de Al-Huzail, Shehada Ibn Beri, dijo en la vista que su cliente «es una figura respetada, graduado [de sus estudios] en Alemania con honores, lee, entiende, analiza. Creo que lo que se está haciendo aquí traspasa los límites».

    El juez, Amir Doron, dijo que es demasiado pronto para decidir si los mensajes de Al-Huzail constituyen «ayuda al enemigo», pero pareció ofrecer más indulgencia con respecto a la libertad de expresión. Doron señaló, sin embargo, que uno de los componentes del material secreto que la policía utilizó para construir su caso contra Al-Huzail se considera peligroso, por lo que prorrogó la detención del candidato a la alcaldía hasta el 16 de octubre. Posteriormente se volvió a prorrogar hasta el 19 de octubre tras una segunda vista.

    Sin embargo, Al-Huzail no es el único analista que ha publicado mapas e interpretaciones sobre la esperada invasión israelí de Gaza en los últimos días. El periodista israelí de derechas Arnon Segal compartió un mapa muy similar en X (antes Twitter) dos días antes, sólo que esta vez en hebreo, no en árabe. Y el periodista israelí Ronen Bergman escribió un artículo en el New York Times, publicado el 14 de octubre, detallando completamente lo que se sabe sobre los planes de invasión de Israel. Ninguno de los dos fue detenido ni citado para ser interrogado.

    El popular cantante palestino Dalal Abu Amneh, que tiene más de un millón de seguidores en las redes sociales, también fue detenido el lunes por una publicación en árabe del 7 de octubre en las redes sociales en la que se leía: «No hay más vencedor que Dios».

    Abu Amneh estaba presentando una denuncia en la comisaría de Nazaret contra activistas de derechas que le habían enviado múltiples mensajes amenazadores incitando a la violencia contra ella y su familia, cuando recibió una llamada de sus hijos: agentes de policía del departamento de Afula llamaban a la puerta de su casa de Nazaret exigiendo verla. Tras hablar con ellos por teléfono, los agentes llegaron a la comisaría de Nazaret y la detuvieron.

    Abeer Baker, abogado de Abu Amneh, declaró a +972 que el tribunal prorrogó la detención de Abu Amneh hasta el miércoles, y que su apelación fue rechazada. Durante la primera vista, añadió Baker, la policía alegó que el puesto de Abu Amneh podía «provocar disturbios» y que obstruyó la labor de la policía cuando fue detenida. «Todas estas alegaciones son endebles», dijo Baker. «Esto es persecución política».

    Esta represión de la libertad de expresión se está extendiendo también desde el Estado y las instituciones académicas a la sociedad en general. Israel Frey, destacado periodista ultraortodoxo de izquierdas y crítico declarado de la política israelí -que ya había sido citado anteriormente para ser interrogado por la policía a causa de sus tuits- fue objeto de una campaña de intimidación en su casa de Bnei Brak el domingo por la noche, cuando manifestantes de extrema derecha dispararon bengalas contra su apartamento y lo persiguieron mientras huía.

    Mientras era escoltado fuera de su casa por la policía, Frey denunció que los agentes le escupieron y agredieron físicamente, acusándole de «apoyar a Hamás». La policía negó las acusaciones.

    Mientras tanto, el ministro de Comunicaciones, Shlomo Karhi, presentó el lunes ante el gabinete de seguridad de la Knesset una nueva legislación que le daría autoridad para retirar emisiones del aire y confiscar equipos de emisión si se considera que un programa perjudica la seguridad nacional o el orden público, o contribuye a la «propaganda enemiga». Al parecer, el ministro del Likud ya había propuesto una legislación aún más draconiana – archivada por el proyecto de ley relativamente más moderado presentado el lunes – que habría dado a la policía el poder de detener a civiles que compartan información que «mine la moral de los soldados y residentes de Israel frente al enemigo.»

    Al parecer, Karhi también está trabajando para cerrar la oficina local de Al-Jazeera por motivos similares.

    Este artículo contiene información publicada por primera vez en hebreo en Local Call. Léalo aquí y aquí.

    Artículos relacionados


  • Enzo Traverso: «Israel es el paradigma del Estado antimoderno»

    Enzo Traverso: «Israel es el paradigma del Estado antimoderno»

    652020acf2cb9

    todos los artículos

    Àlex Romaguera

    Profesión, cargos etc…

    Fuente: Público

    Especiales temáticos: genocidio sionista en gaza

    08/11/2023

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    Entre mediados del siglo XIX y el Holocausto, el mundo judío contó con un grupo de pensadores marxistas que dio una mirada moderna y emancipadora a Occidente. Con la derrota del nazismo y el fin de la Segunda Guerra Mundial, esta minoría de intelectuales quedó sepultada por un nuevo orden internacional que, de la mano de las élites judías norteamericanas, se fundamenta en la doctrina neoliberal y el nacionalismo conservador.

    El historiador Enzo Traverso analiza el papel que tuvo esta corriente de teóricos progresistas judíos en el libro La cuestión judía: historia de un debate marxista, que redactó en 1990 y que Verso Libros acaba de publicar actualizado al castellano.

    Traverso (Gavi, Italia, 1957) nos acerca a aquel movimiento de intelectuales, encuadrados en las figuras de Karl Marx, Lev Trotsky y la Escuela de Frankfurt, como medio para interpretar el pasado y entender las políticas que practica el actual Estado de Israel en un contexto de alarma por el auge del postfascismo en Europa.

    Sale de una reflexión vinculada a mi formación académica y política. Entiendo que no es posible estudiar la historia del marxismo sin tener en cuenta la dimensión judía, que es subyacente a esta corriente de pensamiento crítico.

    «Es muy difícil estudiar la historia judía sin tener en cuenta la perspectiva marxista»

    Y a la inversa: es muy difícil estudiar la historia judía, que va del siglo XIX hasta la Primera Guerra Mundial -periodo en el cual se abre y se expande como forma de vida moderna-, sin tener en cuenta la perspectiva marxista. Las dos cosas están ligadas y la historiografía todavía no lo había abordado.

    Aparece en el proceso de apertura del mundo judío, cuando varios pensadores dan una orientación cosmopolita a sus planteamientos de cambio social. Entonces, el semitismo era muy presente entre los nacionalismos europeos, de aquí que estas voces tuvieran sobre todo influencia en los movimientos de liberación de los pueblos oprimidos.

    Hay matices. Así como en Italia hay un ministro judío y en Francia encontramos algunos en la jerarquía militar, en otras zonas de la Europa central y oriental esta intelligentsia judía progresista queda completamente marginada.

    Sobre todo en Alemania, donde el Estado germánico, cristiano y claramente racial, percibe la emancipación judía como un peligro a extirpar. Sus teóricos son odiados y perseguidos, incluyendo Albert Einstein, que, a pesar de recibir el premio Nobel de Física en 1921, se ve obligado a exiliarse. Hannah Arendt los define como los «intelectuales paria».

    Esto pasará después del Holocausto. Un episodio que provoca la destrucción radical del mundo judío, del cual una parte se salva huyendo a la Unión Soviética, a Francia o a los Estados Unidos. Es el caso de Herbert Marcuse, que, pese a esta ofensiva, actualiza su antología El hombre unidimensional, donde crítica al neocapitalismo de la posguerra.

    «Los judíos dejan de ser una minoría excluida, y esto favorece la eclosión de una élite imperialista»

    Exacto. Con el fin de la Segunda Guerra Mundial, se abre una nueva etapa: los judíos dejan de ser una minoría excluida y oprimida, y esto favorece la eclosión de una élite imperialista, conservadora y alineada en los dispositivos de dominación de Occidente, con Kissinger como figura más relevante.

    Esta idea, acuñada por el escritor judío-polaco Isaac Deutscher, alude al sentimiento que les produce verse atrapados en la contradicción de reivindicarse como judíos en oposición al antisemitismo y, a la vez, como no judíos, para desvincularse del judaísmo más tradicional y reaccionario.

    Hay dos momentos claves en este proceso. Primero, el macartismo, la cacería de brujas que se desarrolló en los Estados Unidos entre 1950 y 1956 contra escritores e intelectuales de izquierdas, a quienes se acusa de deslealtad, subversión y traición a la patria.

    Y, después, en 1967, a partir de la Guerra de los Seis Días entre Israel y sus vecinos árabes, después de la creación del Estado de Israel (1947) en la Palestina bajo mandato de la Gran Bretaña.

    Por supuesto. Se ha convertido en el paradigma del Estado antimoderno, de una nación cerrada en sí misma -actualmente está expulsando a los refugiados ucranianos que no son judíos-. Y para justificarse se parapeta en la supuesta amenaza de los países árabes y, sobre todo, en el horror que supuso el Holocausto.

    No sólo esto: acusa de antisemitas a quienes critican el apartheid que practica en Palestina y de judíos bolcheviques a los árabes o musulmanes que, según dicen, son potencialmente terroristas. Dos chantajes que hoy se encuadran en el ideario postfascista que protagonizan algunos nacionalismos.

    Constituye una de las matrices del pensamiento crítico contemporáneo. Un legado que nos puede ser útil para luchar contra el racismo, del cual hay que recordar que, antes de ser también responsables, los judíos fueron víctimas y, entre estos, un grupo de pensadores de izquierdas ayudaron a combatirlo.

    Artículos relacionados


  • Sin Hamás, Gaza seguiría sin ser libre

    Sin Hamás, Gaza seguiría sin ser libre

    F220515TN25-1-1280x852

    todos los artículos

    Jonathan Cook

    Jonathan Cook es un periodista británico galardonado. Trabajó en Nazaret, Israel, durante 20 años. Es autor de tres libros sobre el conflicto palestino-israelí: Blood and Religion: The Unmasking of the Jewish State (2006), Israel and the Clash of Civilisations: Iraq, Iran and the Plan to Remake the Middle East (2008) y Disappearing Palestine: Israel’s Experiments in Human Despair (2008).

    Traducción: rafaelpoch.com
    Fuente:
    Jonathan-Cook.net

    Especiales temáticos: Genocidio sionista en Gaza

    04/11/2023

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    Me choca que en mis hilos me siga encontrando con variaciones del siguiente tuit:
    «Los palestinos tienen en su mano alzarse contra Hamás para liberarse. O Hamás puede rendirse voluntariamente. Hay dos opciones reales».
    Esta opinión no sólo la promueven de mala fe los apologistas israelíes. Parece resonar entre la gente corriente que presumiblemente sabe muy poco sobre las historias de Palestina o de los movimientos coloniales de colonos como el movimiento sionista que fundó Israel.
    Así que profundicemos brevemente en ambas.
    En primer lugar, los movimientos coloniales de colonos se distinguen del colonialismo estándar -como el dominio británico en la India- por el hecho de que la población colona no sólo desea robar los recursos de la población nativa, sino sustituir a la propia población nativa.
    Hay muchos ejemplos de ello: Los colonos europeos despojaron a los pueblos nativos de lo que hoy llamamos Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda, por ejemplo.
    La definición de genocidio en el derecho internacional describe exactamente lo que esos europeos hicieron a la población local: asesinatos en masa; imposición de condiciones calculadas para provocar la destrucción física de toda o parte de la comunidad nativa; impedir los nacimientos dentro de la población local; y transferir por la fuerza a los niños nativos a la población de colonos.
    Los colonos europeos que hoy se hacen llamar estadounidenses, canadienses, australianos y neozelandeses nunca tuvieron que rendir cuentas por sus crímenes contra esos pueblos nativos. Lo que posiblemente explica por qué el tweet de arriba es tan común -y por qué los países europeos y sus excrecencias coloniales de colonos se alinean hoy contra el resto del mundo para apoyar a Israel mientras intensifica el genocidio industrial en Gaza.
    La verdad es que el orden mundial «occidental» se construyó sobre el genocidio. Israel sólo está siguiendo una larga tradición.

    Los movimientos coloniales no siempre acaban cometiendo genocidio. En Sudáfrica, una población colonial de colonos muy superada en número llegó a un «acuerdo» con la población nativa: el sistema se conoció como apartheid. El grupo blanco se quedó con todos los recursos y privilegios. Al grupo negro se le permitió vivir, pero sólo en guetos y en la miseria.
    En tales circunstancias, la paz sólo es posible cuando se abandona el proyecto colonial de los colonos, se comparte el poder y se distribuyen los recursos de forma más equitativa. Esto sucedió, imperfectamente, con la caída del apartheid.
    El último modelo para una población colonial de colonos es expulsar a la población nativa por la frontera, en un acto de limpieza étnica. Esta fue la opción preferida de Israel en 1948 y de nuevo en 1967, cuando decidió ampliar sus fronteras ocupando las tierras palestinas que quedaban en Cisjordania, Jerusalén Este y Gaza.
    Los palestinos de Gaza son una lección objetiva de las diversas formas en que una población nativa puede ser maltratada por un movimiento colonial de colonos.
    La mayoría son refugiados o descendientes de refugiados de las operaciones de limpieza étnica de Israel de 1948. En otras palabras, sus hogares familiares se encuentran en lo que hoy llamamos Israel. Fueron expulsados de sus tierras a un enclave minúsculo, para ser gobernados durante los siguientes 19 años por Egipto.
    Cuando Israel se apoderó de Gaza durante la guerra de 1967, tuvo que recurrir a la segunda opción colonizadora: el apartheid. Así que convirtió el enclave en una prisión al aire libre, o -si queremos ser más honestos- en un campo de concentración de larga duración.
    Gaza era una versión en gran escala -y, con el asedio israelí de 16 años, cada vez mucho más dura- de los municipios que albergaban a las poblaciones nativas negras en la Sudáfrica del apartheid.
    Lo que estamos viendo ahora es que Israel reconoce por fin que el modelo de apartheid no ha logrado doblegar el deseo de libertad y dignidad de los palestinos.
    A diferencia de la Sudáfrica blanca, Israel no busca la paz y la reconciliación. Está revisando otras opciones coloniales.

    En el actual ataque a Gaza, está aplicando un modelo mixto: genocidio para los que permanecen en Gaza, limpieza étnica para los que pueden salir (suponiendo que Egipto finalmente ceda y abra sus fronteras).
    Nada de eso tiene que ver con Hamás. Lo más que se puede decir es que la resistencia de Hamás ha forzado la mano de Israel. Ha tenido que abandonar su modelo de asedio y apartheid: el encarcelamiento a largo plazo de una población sin recursos, sin libertad de movimiento, sin agua potable, sin empleo.
    En su lugar, ha vuelto a las fórmulas probadas del genocidio y la limpieza étnica.
    Hamás es un síntoma de las décadas de trauma que han sufrido los palestinos de Gaza, no la causa de ese trauma.
    Que los palestinos derroquen a Hamás, o que Hamás se rinda, no convertiría a Gaza en una Dubai en el Mediterráneo. Los palestinos seguirían siendo prisioneros, aunque posiblemente en condiciones ligeramente mejores.
    Si lo dudan, miren a Cisjordania, que no está gobernada por Hamás sino por la dócil Autoridad Palestina de Mahmud Abbas. Abbas considera que la cooperación con Israel en materia de seguridad -suprimir en nombre de Israel las ansias de libertad de los palestinos- es un deber «sagrado». Su mayor aspiración es una solución diplomática que cree un miniestado palestino severamente circunscrito.
    Si Israel no puede permitir la libertad en Cisjordania con Abbas, ¿cómo va a permitir la libertad en la pequeña Gaza, incluso sin Hamás, especialmente después de que Naciones Unidas declarara el enclave como fundamentalmente «inhabitable» en 2020?
    Israel nunca podría permitir a los palestinos salir de su prisión de Gaza porque su rápido crecimiento en número se considera una amenaza para la mayoría judía de Israel.
    Recuerde: las poblaciones coloniales de colonos están ahí para reemplazar a la población nativa, no para hacer la paz con ellos, no para compartir recursos, no para darles su libertad.
    Israel está haciendo lo único que sabe hacer. Y mientras Occidente lo apoye, eso incluye el genocidio.

    Artículos relacionados


  • Las acciones de boicot al aparato militar israelí se multiplican mientras los muertos en Gaza ya suman 10.000

    Las acciones de boicot al aparato militar israelí se multiplican mientras los muertos en Gaza ya suman 10.000

    52781431550_d0876789f7_c

    todos los artículos

    El Salto

     

    Fuente: El Salto Diario

    Actualidad Internacional: Luchas y Movimientos

    06/11/2023

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    Cuando las víctimas de los bombardeos israelíes en la Franja de Gaza ya superan las 10.000, según el Ministerio de Salud palestino en Gaza —4.000 de ellos menores de edad—, y tras cumplirse un mes del inicio de la guerra, las muestras de solidaridad con lo que ya es ampliamente calificado como genocidio no paran de multiplicarse.

    Las manifestaciones multitudinarias contra los ataques sionistas se extienden no solo en las naciones cuyos gobiernos son más afines al pueblo palestino; en los países cuyos gobernantes son aliados históricos del Gobierno israelí los asistentes a las protestas se cuentan por decenas de miles, como ha ocurrido en recientes convocatorias en Estados Unidos —en Washington DC 300.000 personas colapsaron el centro de la ciudad el domingo—, Gran Bretaña o Francia.

    Pero los actos de repulsa no se limitan a manifestaciones públicas. La Organització d’Estibadors Portuaris de Barcelona (OEPB) ha decidido no permitir en el puerto de la capital catalana “la actividad a buques que contengan material bélico con el único propósito de proteger a cualquier población civil sea del territorio que sea”.

    Con una petición de “alto el fuego inmediato” y con un rapapolvo a Naciones Unidas para que “cese su postura de complicidad por inacción o dejación de sus funciones”, la OEPB se ha referido específicamente a “unos derechos humanos que están siendo violados en Ucrania, Israel o el territorio Palestino”.

    El anuncio realizado por los estibadores catalanes no ha sido la única acción de protesta llevada a cabo contra el complejo militar israelí fuera del escenario de guerra. En Kent (Reino Unido) un grupo de activistas ha bloqueado este lunes la fábrica de armas de Instro Precision Ltd, subsidiaria de Elbit Systems y suministradora de equipos para el ejército israelí. Cerrando los dos accesos a las instalaciones, y vertiendo pintura roja simbolizando “la sangre palestina derramada”, el colectivo Palestine Action ha querido poner su grano de arena “en respuesta a la actual campaña genocida de bombardeos contra palestinos de Gaza por parte de Israel”.

    No es la primera acción de protesta que se vive en esta fábrica, que envía miras de presión para armas ligeras de infantería y para artillería pesada israelí. El pasado 26 de octubre, 150 trabajadores bloquearon la entrada del complejo tras el llamado del colectivo Workers for a Free Palestine (Trabajadores por una Palestina Libre). Elbit Systems es uno de los principales suministradores de armas para las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), a las que entregan, entre otros productos militares, drones y equipos para sus fuerzas terrestres.

    De vuelta a España, 140 cargos y excargos públicos municipales, entre los que se encuentran la exalcaldesa de Barcelona, Ada Colau; el exalcalde de Cádiz, José María González “Kichi”; o el exregidor de A Coruña, Xulio Ferreiro; han pedido al actual regidor madrileño, José Luis Martínez-Almeida, que reconsidere la decisión de otorgar a Israel la Medalla de Honor de la Ciudad, que el último Pleno otorgó al Estado hebreo a propuesta de los ultras de Vox en plena campaña israelí de bombardeos contra la población gazatí. La portavoz de Más Madrid en el Consistorio, Rita Maestre, criticó duramente la decisión: “No en nuestro nombre”, señaló públicamente.

    El mortífero saldo de víctimas en Gaza tras un mes del comienzo de la guerra ya es un número de cinco cifras: 10.022, según el último recuento del Ministerio de Salud palestino en Gaza. A ellas las que hay que sumar al menos 150 palestinos de Cisjordania asesinados —tanto por militares como por colonos israelíes— y varias decenas más en Líbano por los ataques israelíes y grupos afines, el último este domingo, cuando un ataque aéreo en el sur del país causó la muerte de una mujer y tres niñas de 10, 12 y 14 años.

    Gaza es ya el lugar donde los ataques israelíes han conseguido otro triste récord: el de más trabajadores de las Naciones Unidas fallecidos. Al menos 88 empleados de la Agencia de las Naciones Unidas para los refugiados palestinos (UNRWA) han muerto en el enclave sitiado —bajo bloqueo de Israel desde hace 16 años— desde que comenzó la última escalada del conflicto palestino-israelí el 7 de octubre.

    Además, y según un comunicado de la Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios, no menos de 150 profesionales sanitarios han sido asesinados por las bombas y armas israelíes en un mes, con más de un centenar de instalaciones hospitalarias y de servicios de salud destruidas o dañadas.

    Artículos relacionados