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El sociólogo ucraniano Volodymyr Ishchenko trabaja como investigador asociado en el Instituto de Estudios sobre Europa Oriental de la Universidad Libre de Berlín. Este doctor en sociología por la Universidad Nacional Taras Shevchenko de Kiev ha dedicado buena parte de sus investigaciones a la revuelta de Maidán de 2014. Tras el inicio de la invasión rusa de Ucrania el 24 de febrero de 2022, Ishchenko ha destacado por sus análisis sobre el conflicto en medios de izquierdas, como Jacobin o The New Left Review, con una perspectiva alejada de los dos focos propagandístico, el prorruso y el occidental.
Aprovechando el segundo aniversario del estallido de la guerra, Ischenko ha publicado el libro Toward the Abyss: Ukraine from Maidan to War (Hacia el abismo: Ucrania desde Maidán hasta la guerra) en la editorial Verso Books. También ha concedido esta extensa entrevista para El Salto en que analiza las repercusiones en la política y la sociedad ucranianas de dos años de un conflicto tan devastador como enquistado.
Ucrania siempre ha sido un país muy diverso, con grandes diferencias territoriales. Pero en 2022, sobre todo durante los primeros meses de la guerra, hubo la percepción de que la invasión rusa había reforzado la unidad de la nación. Ese efecto no se debió únicamente a la invasión de por sí, sino más bien al fracaso del plan inicial de Moscú de cambiar al Gobierno de Kiev, lo que aumentó las expectativas de una victoria ucraniana. Pero esa unidad nacional ya era frágil en ese momento y no ha parado de deteriorarse desde entonces. Desde principios del año pasado, creció el malestar en la sociedad, que se reflejó en las tensiones por la conscripción militar o los intentos ilegales de miles de hombres para cruzar la frontera e irse del país. Y el fracaso de la contraofensiva ucraniana el pasado verano acentuó aún más este pesimismo.
Sí, el final de esta unidad nacional no solo lo observamos entre la gente corriente, sino también entre las élites. Las tensiones entre el presidente Volodimir Zelensky y el general Valery Zaluzhny —destituido el 8 de febrero como jefe de las fuerzas armadas— ejemplifican estas divergencias. En el caso de que diera el salto a la política, Zaluzhny representaría la principal alternativa a Zelensky.
En el libro Towards the Abyss, aseguro que, si Ucrania gana la guerra, Zelensky puede convertirse en el líder más popular en la historia del país. Pero eso lo escribí en 2022 y ahora la situación ha cambiado. El apoyo al presidente ucraniano ha decaído bastante en los últimos meses y ya no es el dirigente más popular del país. Ahora lo es Zaluzhny. Cuando Zelensky destituyó al jefe de las fuerzas armadas, muchos ucranianos consideraron que lo hizo por celos políticos y para eliminar a un posible adversario.
Actualmente, Zelensky es considerado como un dirigente legítimo. No creo que sea un problema para él que no se celebren este año las presidenciales. Pero esto podría volverse problemático debido a otros factores. Por ejemplo, un empeoramiento de la situación en el frente militar, un aumento del malestar ciudadano por el reclutamiento, dificultades en la llegada de armamento occidental… Todo eso podría debilitar la figura de Zelensky y haría que sus adversarios, como el partido de Petro Poroshenko —presidente entre 2014 y 2019—, le reprocharan que no haya convocado elecciones. Pero si mejora la situación militar, este argumento resultará irrelevante.
Primero, fueron suspendidos y luego completamente ilegalizados. Algunos de los diputados de la Plataforma de Oposición —hasta su ilegalización era la segunda fuerza en el Parlamento— se fueron del país, mientras que otros se quedaron a cambio de jurar lealtad a Zelensky. Entendieron que esa ilegalización se trataba de una especie de chantaje y que los perseguirían tachándoles de “traidores” y “prorrusos” si no respaldaban las medidas del Gobierno. Algunos dirigentes disidentes del entorno de Zelensky, como su exasesor Oleksii Arestovich, quien se fue de Ucrania por miedo a posibles represalias, intentan ahora seducir a los votantes de estas formaciones “porrusas”.
Es habitual en los países en guerra que haya una escalada en la represión y se refuerce la verticalidad del poder. Pero este uso de la palabra “prorruso” no se debe solo a la guerra, sino más bien el conflicto sirvió como pretexto para llevar a cabo esta represión. Hace diez años, la revuelta de Maidán ya representó una oportunidad para toda una serie de actores y partidos —especialmente vinculados al nacionalismo ucraniano, arraigado en el oeste del país— para ganar influencia, concentrar el poder en sus manos e imponerse al bando del este de Ucrania, de habla rusa. Una de las tesis que defiendo en el libro es que estos dos bandos nunca fueron simétricos y que cada uno de ellos se respaldaba en distintas clases sociales. Y el bando del nacionalismo ucraniano tuvo una mayor capacidad de movilización de las masas durante la revuelta de Maidán y eso acentuó esta asimetría.
En realidad, Ucrania nunca ha sido una democracia liberal. Aunque se hayan organizado elecciones desde su independencia en 1991, lo que ha caracterizado el país ha sido la constante debilidad de sus gobiernos. Excepto Leonid Kuchma, quien logró ser reelegido en 1999, el resto de los presidentes solo pudieron gobernar durante un mandato. Los primeros ministros aún cambiaron con mayor frecuencia. No creo que la cuestión central sea si se está convirtiendo en un país iliberal, sino si logra pasar de un país inmerso en una crisis permanente a otra cosa. Difícilmente se puede construir una democracia liberal en un Estado tan inestable.
Sí, sin duda. El keynesianismo militar está teniendo efectos positivos para buena parte de la economía rusa. Cuando los soldados y los trabajadores de la industria militar —o los implicados en la reconstrucción de los territorios ucranianos ocupados y anexados— cobran salarios mucho más altos de lo normal, esto repercute en otros sectores que se ven obligados a aumentar los sueldos. Aunque no todos los sectores puedan seguir esta tendencia y este modelo tenga efectos contradictorios, ha generado grupos de la población que se han visto beneficiados por la guerra, como los soldados, sus familiares, trabajadores de la industria militar… También una parte de los oligarcas se han beneficiado de este keynesianismo militar y esto ha reforzado la unidad de las élites rusas.
Sí, esto se debe a las distintas coaliciones de clase en cada país. Como el Gobierno ucraniano se sustenta sobre todo en las clases medias y los capitales transnacionales, esto hizo que haya seguido aplicando medidas neoliberales. Una de las principales políticas impulsadas en 2022 fue una importante disminución de los impuestos para las pequeñas empresas. Medidas de este tipo resultan muy poco habituales para los países en guerra, cuyos Estados necesitan recaudar recursos para financiar el ejército. En el caso de Ucrania, esto fue posible gracias a la ayuda occidental, tanto armamentística como monetaria. Durante los dos años de conflicto, ha decaído la influencia económica y política de los oligarcas ucranianos, pero se ha acentuado la dependencia del país respecto a Occidente.
Antes de la guerra, los sindicatos en Ucrania ya eran muy débiles y prácticamente no tenían capacidad para impulsar protestas y huelgas. Y desde el inicio del conflicto, las manifestaciones han quedado prohibidas debido a la ley marcial. Respecto a las formaciones de izquierdas, el Partido Comunista fue suspendido en 2015 y lo ilegalizaron completamente en 2022. Antes de su ilegalización, se trataba del partido de izquierdas más importante, con un apoyo del 13% del electorado en las legislativas de 2012. El resto de las fuerzas progresistas son extraparlamentarias y marginales.
No, ha tenido un efecto nulo. Ha sido un acontecimiento completamente secundario para los ucranianos. Para los sectores más nacionalistas, Navalny es simplemente un político ruso y ellos consideran que todos los rusos son iguales. Además, le reprochan que defendiera que Crimea debía formar parte de Rusia. Y para los ucranianos menos nacionalistas, su figura tampoco resultaba especialmente relevante.
No lo creo. Aunque la muerte de Navalny tuvo una gran repercusión en las redes sociales y en aquellos sectores más movilizados de la oposición en Rusia, era un dirigente impopular para la mayoría de los rusos. No creo que su muerte tenga una gran incidencia en ese país. En realidad, ha tenido un impacto sobre todo a nivel internacional, aún más teniendo en cuenta que su muerte se anunció pocos días después de la entrevista de Putin con el periodista estadounidense Tucker Carlson, en que decía que quería negociar y un acuerdo de paz. Pocos días después, se anunció la muerte de Navalny. Y hay la sospecha de que el presidente ruso está detrás de ella.
Militante de Anticapitalistas, editor de vientosur y colaborador de Sylone Editorial
Traducción: traducido del catalán por Punto de Vista Internacional
Actualidad Internacional: Luchas y Movimientos
26/02/2024
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A Pepe lo conocí, como no podría ser de otra manera, en un cine. Concretamente en el cine de la Universidad Autónoma de Barcelona. Y lo conocí, como tampoco podía ser de otro modo, en la presentación de una película: Tierra y libertad de Ken Loach. Una película que, como ha señalado tantas veces Pepe, fue fundamental. Fundamental para la politización de nuevas hornadas militantes que, como la mía, lo hicieron poco después de la caída del Muro sobre las burocracias del Este; una generación que se hizo adulta en el consenso del fin de la historia y la buena nueva de que «expandir el libre mercado era expandir la democracia». Fundamental, pues, descubrir a través del cine y en medio de aquel consenso más propio de insectos que de seres humanos, que empezó el TINA de Margaret Thatcher y que remataron, al menos en mi universidad y en mi espíritu, los soporíferos compendios de cierto marxismo analítico y de la teoría comunicativa de Habermas, descubrir, decía, que en nuestro propio país existía una tradición comunista tan radicalmente democrática y antiburocrática como revolucionaria: la tradición del POUM y Andreu Nin. Tradición sobre la que se creó la fundación del mismo nombre. Y que, gracias a Pepe y su elocuencia proselitista, tampoco tardé en conocer. Hasta el punto de que, poco después, tuve la oportunidad, gracias a él, de compartir mesa con María Teresa Carbonell y Wilebaldo Solano[1]dirigentes históricos de dicho partido hoy ya desaparecidos y escuchar de primera mano la experiencia de una generación que, por unos instantes de la historia de la humanidad, cambió el mundo de base. Por vergüenza mía y culpa de una mudanza traidora que me extravió las cintas de la grabación, perdí estas conversaciones. Conservo sin embargo algunos extractos que tuve tiempo de transcribir antes del desastre, y quiero compartir hoy con Pepe y todos vosotros este fragmento de una larga conversación en la que Wilebaldo Solano nos hablaba de la Revolución del 36. Decía: «Un día, en el Principal Palace que habíamos requisado nosotros, estábamos tomando el café por la mañana. Estaban Durruti (que en los primeros días estuvo mucho con nosotros), Andreu Nin y yo. Y dice Nin: “Es extraordinario! ¡Todo marcha! los tranvías, los trenes, las fábricas, los cafés, los taxis… todo marcha. ¿Pero sabéis cuanto tiempo se necesitó en Rusia para que los trenes marcharan? ¡Meses! meses!”. Y es verdad -continuó Wilebaldo- la sociedad marchaba. Todos tenían interés en probar que la sociedad podía marchar sin burgueses ni amos. Y ese sentimiento llegó hasta las peluquerías. Y esa es la lucecita en el mundo. Si se escribe hoy de la guerra civil es porque hubo un cambio social en el que la gente fue capaz de autoorganizarse y decidir por fin sobre sus propios destinos».
La cesura con esta generación no es culpa sólo de la larga noche del franquismo. Después de la crisis económica de los 70 y las derrotas de la izquierda en todas partes, además de las profundas transformaciones económicas y sociales del periodo, muchos de los espacios de socialización y de transmisión cultural y política de la clase trabajadora (fábrica, barrio, ateneo, sindicatos, asociación de vecinos…) se erosionaron e impidieron la transmisión de esta tradición de clase. Y es en este punto donde creo que hay que situar una de las tareas culturales más importantes y determinantes que nos ha legado Pepe: hacer de enlace y mensajero del futuro en la medida en que ha sido capaz de hacernos viva esta experiencia de un pasado de luchas perdido.
Hijo de la represión franquista de la posguerra, hijo de la inmigración andaluza y su lucha por transformar la sociedad, llevando escuelas públicas y servicios básicos a cada barrio de Catalunya; hijo de mayo del 68 y de la divisa de Marx y Rimbaud («cambiar la vida, transformar el mundo»), Pepe encontró en el cine una inmensa palanca cultural (como a él le gusta decir citando a Trosky) para hacer saltar el continuum de la historia oficial. Donde, a través de sus charlas y escritos sobre películas como «Tierra y libertad», se mostraba a las nuevas generaciones que, más allá de la democracia liberal y de la Historia oficial y sus «héroes» providenciales, existía una memoria popular como la de Wilebaldo o la del propio Pepe (contada desde abajo), en la que las aspiraciones sociales y la lucha por otras formas de vida constituyeron los auténticos protagonistas de una historia que, a pesar de las derrotas, aún no se ha acabado.
Pero Pepe (a diferencia de Els Catarres[2]conocido conjunto de música catalán) no es hombre de un solo éxito o una sola canción, ni mucho menos. Pepe, siguiendo las lecciones de Francesc Pedra, su padre político, un viejo anarquista que aparece en sus Memorias de un bolchevique andaluz, lo lee todo, lo devora todo. Como los obreros rusos bajo el zarismo en La madre de Máxim Gorki, los obreros alemanes bajo el nazismo en la Estética de la resistencia de Peter Weis o los obreros franceses bajo la monarquía borbónica de Carlos X en La noche de los proletarios de Jaques Rancière, Pepe fue un obrero que iba arrancando horas al sueño y a la fatiga de la fábrica o de otros trabajos alienantes para reivindicar la condición humana de sí mismo y su clase a través de la cultura.
Obrero autodidacta, él sabe mejor que nadie que no hay nada de burgués ni de diletante al aprender a apreciar la ópera o una película de Bergman, al contrario de los Bogdánovs y los proletkults de nuestros días, Pepe no es un esencialista. Por el contrario, el acceso a toda la cultura, independientemente de su origen de clase, es una condición necesaria de todo proceso humanizador, y una herramienta estratégica de primer orden para la revolución social. De ahí su pasión bretchiana por el cine y la cultura: «formarse deleitándose». Por ello, su obra, sus conferencias, sus artículos y presentaciones de cine-foros no se adecuan nunca a ningún tipo de organicidad (ya sea ésta burguesa o supuestamente proletaria), sino más bien a las técnicas de montaje tan propias de las clases populares como de las vanguardias históricas («utiliza todo lo que puedas», decía Bertolt Brecht).
Leer o escuchar a Pepe es a la vez adentrarse en el estilo popular y onírico de Si te dicen que caí de Juan Marsé, lleno de infancia, de anécdotas e historias de una noche de verano en la calle lejos de miradas inquisidoras paternales, combinado con subordinadas inalcanzables que nos adentran en la memoria involuntaria de un tiempo perdido aderezado de citas de diarios, libros, películas, voces y personajes infinitos yuxtapuestos que recuerdan al John dos Pasos de Manhatan transfer. En su voz se mezclan, como un torrente desbocado, personajes reales y de ficción, que, sin embargo, se organizan a partir de una visión coherente e insobornable del mundo, que nos invita a la aventura y la emancipación social: Victor Serge, Andrade y Maurín con Casablanca y las aventuras de Jack London, el Western, el Péplum de togas y romanos y la novela negra con Dreyer, Rossellini, Godard o Pasolini. . . Como en Soñadores de Bertolucci, el Manifiesto por un arte revolucionario de Bretón y Trosky o las derivas situacionistas de un Guy Debord, Pepe hace suya aquella máxima de Raoul Vaneigem: «Quienes hablan de revolución y de lucha de clases sin referirse explícitamente a la transformación de la vida cotidiana, sin comprender lo que hay de subversivo en el amor y la aventura, tienen un cadáver en la boca». De hecho, ir de visita a casa de Merche y Pepe es ya de por sí una pequeña aventura revolucionaria. “Marxista sección gastronómica” (como decía Vázquez Montalbán) en su casa degustarás paella y aventuras que, como en el Don Quijote o en Las mil y una noches de Sherezade están plagadas de infinidad de puertas y compartimentos secretos que te llevan a otras historias, y así sucesivamente con círculos concéntricos hasta los postres, unos postres en forma de biblioteca Borgiana, de la que no sale nadie impunemente. De hecho, la última vez, salí con tres cajas de cartón de las grandes y un carrito de la compra lleno de libros de arte, historia, política, literatura. . . Parafraseando a aquel otro obrero autodidacta y revolucionario de principios del XX: «para Pepe nada es mezquino, porque la canción canta en cada hebra de cosa».
Es por todo ello que pienso que, quizás, con Pepe no se trata tanto de hablar de cultura proletaria contra cultura burguesa, sino, más bien, de distinguir entre una relación burguesa, y por tanto mezquina, elitista y clasista con la cultura y una relación proletaria y democrática con la misma. Pepe consigue que volvamos a mirar al mundo y a la cultura con la misma sorpresa, fascinación e interés que aquellos aldeanos de la Lombardía del XIX en El árbol de los zuecos de Ermanno Olmi, cuando, acompañados de música de Bach, dos niños le explican a sus padres todo lo que han aprendido ese día en la escuela. En este sentido, contaba al comienzo que conocí a Pepe en el cine de una universidad cargado de una bolsa llena de libros viejos e historias, pero en realidad, personajes como él son los responsables de que los cine-clubes universitarios llegaran a los barrios, a las bibliotecas municipales o los ateneos. Y, por eso mismo, él escribía hace unos años en Viento Sur: “No es nada descabellado soñar que, al igual que ahora tenemos bibliotecas donde antes no las había, mañana tengamos salas municipales de cine. Creo que este debería ser un objetivo movilizador, llevando las mejores películas y los mejores documentales a las salas de centros cívicos y entidades de todo tipo para deslumbrarnos en una sala en la que también se podría aprender y debatir. Tenemos que trabajar para que las nuevas generaciones aprendan a amar el cine y aprovechar de él todo lo que éste les puede brindar”. Nada más que añadir a sus palabras sino un inmenso gracias, por haber puesto tantas historias, belleza y cultura al servicio de las clases populares y la revolución social. Si no podemos abrir masivamente estos campos de experiencia donde imaginar, vivir, reflexionar y soñar de forma colectiva otras formas de vida aquí y ahora, no encontraremos nunca las palancas para cambiar el mundo de base. Pepe nos ha enseñado dónde podríamos buscar muchas de estas palancas. Por todo esto y más, ¡siempre gracias Pepe!
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¿Cómo ve la izquierda rusa el legado de la política de Alexei Navalny? ¿Qué papel ha jugado en la politización de la sociedad rusa? ¿Cuál podría ser su legado político final? Tres intervenciones de la izquierda.
Vivimos un ensayo de la muerte de Alexei Navalny en el verano de 2020. En ese momento, los servicios de seguridad rusos hicieron un primer intento, afortunadamente torpe, de acabar con el político no deseado. Durante dos días estuvo internado en un hospital de Omsk, mientras a su familia y a sus asociados se les impedía asegurarse de que fuera tratado por médicos que no dependían de la misericordia del Estado ruso. La noticia de que Navalny viviría y de que su tratamiento y rehabilitación en Alemania había sido un éxito fue recibida con alivio por muchos en la oposición rusa. Como si todo eso no fuera real, Navalny había resucitado de entre los muertos y nos sorprendería con sus investigaciones y desenmascararía a los asesinos. Las expectativas pronto se cumplieron. “ Llamé a mi asesino. Confesó ” era el título de una obra maestra legendaria de YouTube que capturaba en tiempo real la conversación de Navalny con uno de sus envenenadores del FSB. ¿Qué podría hacer el Kremlin? Hizo lo de siempre: hacer circular versiones contradictorias y negarlo todo. El portavoz de Putin, Dmitry Peskov, calificó la investigación de falsa y el propio Putin la describió como «legalización de materiales de los servicios de inteligencia estadounidenses». En otras palabras, Putin incluso reconoció la veracidad de la investigación, cuestionando sólo los derechos de autor. Incluso añadió siniestramente: “Si hubiéramos querido, lo habríamos llevado hasta el final”.
Comprender cuán sorprendido y furioso debió estar Putin cuando Alexei Navalny regresó a Rusia el 17 de enero de 2021 . Parece que el cobarde “jefe” no quería simplemente matar a su principal oponente, sino torturarlo. El regreso de Alexei a Rusia le costó 3 años de prisión, 300 días en un centro de prisión preventiva, juicios interminables y casos fabricados, prisión de al menos 30 años, la imposibilidad de criar a sus hijos y estar con su esposa, y el proceso penal de sus asociados y de todos los abogados implicados en su defensa. El 15 de febrero, la vida de Alexei Navalny fue truncada en circunstancias aún poco claras. ¿Cuál fue el motivo de una venganza tan cruel e intransigente?
Navalny ha cambiado la forma en que nuestros conciudadanos piensan sobre la política. Al regresar a Rusia, poniendo su propia vida en juego por el futuro de su país, asumiendo plena responsabilidad por todos aquellos que creen en el cambio en Rusia y en la posibilidad de justicia, democracia y paz en el espacio postsoviético, Alexei demostró que hay lugar para actos sinceros y desinteresados en la política. Lo demostró a costa de su vida. Ya no está, pero su promesa permanece con nosotros: “Otro mundo es posible”.
Alexei Navalny no legó a la oposición rusa ninguna estrategia clara, ninguna doctrina política ni ninguna guía sobre las tecnologías subversivas anti-Kremlin. No dejó ningún sucesor ni legado del que pudiera apropiarse. Pero Alexei nos dejó el regalo más preciado y frágil de todos. ¿Recuerdas cómo tú y yo nos reímos cuando Navalny llamó al pobre Konstantin Kudryavtsev, que desapareció inmediatamente después de la investigación? ¿Recuerdas todos esos divertidos memes y canciones sobre el “ aquadisco ” que nos enviábamos? ¿Recuerdas los patitos de goma amarillos , las zapatillas deportivas “ Don’tCallHimDimon ”, los cepillos de baño dorados y muchas otras cosas? Estos son nuestros recuerdos compartidos, nuestra risa colectiva a pesar de todo. Alexei Navalny nos enseñó a reír y luchar juntos a pesar de nuestras diferencias, nos brindó la experiencia de la solidaridad. Y sólo en la solidaridad, en la capacidad de escuchar otras voces y ayudarnos unos a otros, la memoria de Alexei perdurará.
Sí, Alexei era un líder fuerte. Pero nunca buscó utilizar esa fuerza para consolidar su poder personal. Dijo que, si ganara las elecciones presidenciales, lo primero que haría sería abolir la propia presidencia. Debemos entender (el Kremlin ya lo ha entendido, razón por la cual los hombres de negro pisotean furiosamente las flores en los monumentos conmemorativos espontáneos y arrestan a quienes no tuvieron miedo de despedirse de Alexei en público) que la causa de Navalny es mucho más amplia que su propia organización. Por eso su causa es tan peligrosa para el régimen ruso. Es la causa de todos aquellos que quieren participar en la vida de su país.
Todas y cada una de las voces importan. No en vano las mujeres desempeñaron un papel tan importante en el equipo de Navalny: Lyubov Sobol, Kira Yarmysh, Maria Pevchikh (declaradas agentes extranjeras y buscadas por la policía rusa), Lilia Chanysheva (7,5 años de cárcel), Ksenia Fadeeva (9 años en la cárcel). La esposa de Alexei, Yulia, siempre sirvió como modelo de moderación, dignidad y coraje, dando ejemplo de lo que significa estar juntos en los momentos más difíciles. Al recibir la noticia de la muerte de su marido, Yulia Navalny declaró inmediatamente que la causa de Alexei no había sido abandonada y el 19 de febrero emitió un discurso prometiendo continuar la lucha para “recuperar nuestro país para nosotros mismos”. Gracias al entorno que ha surgido en torno a Navalny, el lugar de la mujer en la política y el espacio público rusos ya no se limita a la defensa de los valores familiares tradicionales. Una mujer se convirtió no solo en una socia, una camarada leal y una organizadora, sino que ahora lidera la vanguardia en la batalla por la paz y la posibilidad de un futuro diferente. Todo esto mientras el parlamento ruso se prepara para declarar el feminismo una ideología extremista , mientras el control estatal sobre los cuerpos de las mujeres está siendo activamentefortalecido , a medida que los libros que “promueven a LGBT” están siendo retirados de la venta y de las colecciones de las bibliotecas, y cuando las personas LGBT han sido proscritas como un “movimiento internacional extremista”.
Aunque tanto el movimiento feminista como la izquierda han criticado a menudo a Alexei, son sus actividades las que han hecho posible esta crítica y, por tanto, la autocrítica. A lo largo de la historia de su actividad política, Navalny ha cambiado repetidamente tanto de táctica como de estrategia. Se criticó a sí mismo y cambió de opinión, mostró flexibilidad y vivacidad de espíritu, en lugar de terquedad y deseo de salir ganador de cualquier disputa, pensó en lo que es útil para la causa común y se negó a hacer lo que la perjudica. Navalny nos mostró cómo se pueden inventar y utilizar “tecnologías políticas” no para manipular a las masas, sino para hacer que cada uno de nosotros nos sintamos parte de una lucha común y actuemos en solidaridad.
Y hoy, mientras lloramos su fallecimiento, no lloramos por un solo líder, sino por un hombre que nos dio fe en nosotros mismos. En lugar de uno vendrán muchos.
Hace aproximadamente una década, Navalny logró llevar la política de oposición rusa, que anteriormente se había reducido a un choque provinciano entre liberales antisoviéticos y partidarios de la línea dura prosoviética, a un contexto global relevante. En aquel entonces, el mundo vio una demanda emergente de un nuevo populismo, ya que 35 años de gobierno neoliberal habían abolido la lucha de las grandes ideas en la política, priorizado el mercado y la tecnología de gobierno, creado castas gobernantes cerradas y castrado el proceso democrático. Todo esto llevó a la desilusión con la política, por un lado, y a un creciente descontento con el establishment, por el otro.
En Rusia, estas tendencias globales son bastante evidentes, a pesar de sus particularidades postsoviéticas. A principios de la década de 2010, nuestro país quedó bajo el dominio de un bloque autoritario corrupto que sucedió al yeltsinismo, combinando la continuación de las reformas de mercado con un mayor control estatal y consolidando su control del poder, todo lo cual se debió posiblemente en gran medida a la falta de interés en política entre la mayoría de los ciudadanos. La despolitización estuvo ligada al deprimente recuerdo de la década de 1990, al miedo a perder algunas de las mejoras que se habían producido desde entonces, y fue deliberadamente profundizada por las autoridades.
Sin embargo, el descontento iba creciendo y extendiéndose a diferentes segmentos de la sociedad. Las protestas de 2011-2012 representaron el mayor levantamiento público desde principios de los años noventa. Llevaron a Navalny al frente de la oposición y lo ayudaron a terminar de formular su visión de un proyecto populista en suelo ruso. ¿En qué consiste? Implica movilizar a esa parte de la sociedad que, si se ofrece con habilidad y respeto, está dispuesta a pasar de la pasividad apolítica o la participación irresponsable en rituales electorales a la práctica de la cooperación. No importa cuáles sean tus puntos de vista y valores, lo que importa es si quieres eliminar del poder a la casta parásita de delincuentes y ladrones. Es importante si quieres amar a tu país no como el feudo de tu amo, sino como un lugar digno para vivir. Y si está dispuesto a hacer algo al respecto, ya sea unirse a una acción colectiva, participar en una campaña electoral o donar dinero.
La política debe volverse competitiva y tecnológica, dijo Navalny, y él mismo provocó acalorados debates y competencia al cubrir el país con una red de oficinas de campaña junto con su equipo. Al igual que Assange, utilizó hábilmente Internet para exponer al público corporaciones y servicios de inteligencia poderosos y herméticamente sellados. Mientras intentaba construir una nueva mayoría activa en todo el electorado de Putin, también entró en el campo izquierdista: con sus investigaciones hizo que el disgusto por los ricos se convirtiera en parte de la corriente principal de la oposición, exigió un mayor apoyo a la atención sanitaria y la educación y un aumento del salario mínimo, y buscó para construir sindicatos. Parte de la izquierda lo odiaba impotentemente y, para tranquilizarse, trató de presentarlo como un liberal anticuado, un representante de Occidente o del Kremlin. Otra parte de la izquierda le debe a Navalny no solo su despertar político sino también el hecho de que, al adaptar las prácticas de Navalny, los activistas crecieron a través de la cooperación y la competencia con ellos.
La combinación de una apertura encantadora y la (auto)confianza de un hombre exitoso de clase media, poco característica de la política rusa, enfureció a sus competidores, pero ayudó a Navalny a superar la imagen poco atractiva y patética de la oposición y llegar a audiencias que antes le eran inaccesibles.
Navalny personificó varias ideas unificadoras. ¿Es necesario superar la barrera entre “el país del iPhone y el país de la chanson”, una división mistificada que es esencial para muchos en el gobierno y entre la intelectualidad? ¿O tal vez la tarea principal sea consolidar en un solo puño a los liberales en el poder y en la oposición? La respuesta final hoy parece ser la siguiente: para superar moral e institucionalmente el legado demofóbico y despolitizador de los años 1990, para unir a la parte activa de la sociedad sobre nuevas bases, era necesario romper todos los vínculos con los liberales que cooperaban con el sistema, que Navalny hizo en uno de sus últimos textos brillantes . “Odio frenéticamente a quienes vendieron, bebieron y desperdiciaron la oportunidad histórica que tuvo nuestro país a principios de los noventa. Odio a Yeltsin con ‘ Tanya y Valya ‘, Chubais y el resto de la corrupta familia mafiosa que puso a Putin en el poder. Odio a los estafadores, a quienes llamamos reformadores por alguna razón… Odio a los autores de la constitución autoritaria más tonta, que nos vendieron a nosotros, idiotas, como democrática, y aun así le dieron al presidente los poderes de un monarca de pleno derecho”. No hay duda de que éste es un principio fundamental del testamento político de Navalny.
Una vez, según sus propias palabras, decidió convertirse en el político que tanto había estado esperando. Alguien que “vendría a reuniones en patios, daría discursos, realizaría investigaciones, lanzaría proyectos interesantes dentro y fuera de Internet”. Luego tuvo que ir mucho más allá y demostrar con su ejemplo personal que la lucha política requiere desinterés, coraje y disposición a morir. Una convicción tan extraña es en sí misma desagradable para las autoridades, que se aferran al cinismo, las conspiraciones y el relativismo adoctrinados en la sociedad. Navalny, que de ninguna manera era un fanático marginal, sino más bien un político público absolutamente exitoso según los estándares burgueses, mantuvo su fatal apuesta política hasta el final. Y eso hizo que su golpe en la “batalla final entre el bien y la neutralidad” fuera particularmente aplastante.
Todos se habrían sentido más cómodos si Navalny hubiera comenzado su viaje con algo más decente que los discursos tóxicos del LiveJournal de finales de la década de 2000, los discursos de odio y las marchas rusas. Pero después de que el asesinato en la colonia Polar Wolf pusiera fin a su biografía, ya no es cuestión de si Navalny podría haberse convertido en Navalny de otra manera. Por desgracia, no pudo. Ahora corresponde a las personas a quienes una vez inspiró esperanza y continuó inspirando, congeladas en celdas de aislamiento y retorciéndose por venenos, llevar adelante esa esperanza y llenarla de contenido político lo mejor que puedan.
No hubo consenso sobre la figura de Alexei Navalny en la izquierda rusa. Algunos simpatizaban con él como con un luchador incansable cuya lucha se hizo más feroz a medida que el régimen de Putin se endurecía. Otros lo veían con escepticismo como representante de una particular clase media de abogados, que surgió de la riqueza de la década de 2000, rica en petróleo. Su retórica contundente y dura, su masculinidad performativa, así como el reconocimiento y apoyo que disfrutó de la oposición liberal (que en Rusia históricamente se inclinó hacia la derecha liberal) no hicieron más que reforzar algunas voces escépticas de la izquierda. Mientras tanto, las protestas anticorrupción organizadas por Alexei y sus compañeros a finales de la década de 2010 unieron a sus seguidores, compañeros de viaje e incluso a aquellos que dudaban de él. Hoy, en el contexto de la agresión de Rusia contra Ucrania, uno puede recordar cómo Putin habló sobre las protestas de Navalny: advirtió que tales acciones podrían llevar a Rusia a un escenario ucraniano, provocando algo como Euromaidan y conduciendo efectivamente a un golpe de estado. Los comentarios de Putin solo confirmaron que quienes se unieron a las protestas anticorrupción de Navalny estaban haciendo lo correcto.
La importancia de Navalny y su trabajo para el movimiento de izquierda no se limita a su actividad de protesta. Y si la tarea histórica de la izquierda es politizar las cuestiones sociales, vale la pena decir algunas palabras sobre cómo lo hizo Navalny. No era un político de izquierdas. No empleó ninguna de las ideas izquierdistas, ya fueran las lecciones del pasado o los debates del presente. Su orientación política puede definirse como liberal-patriótica: se basaba en una fuerte visión de una Rusia libre y próspera. Un país que algún día se levantaría después de años de opresión que sufrió por parte de sus líderes políticos. En los años 90, fue destrozada por exfuncionarios y futuros oligarcas. Más tarde fue saqueada por los burócratas de Putin y humillada por el propio presidente, que se apoderó de todas las ramas del poder. Navalny se ha opuesto sistemáticamente a esta humillación sistémica que las instituciones políticas, las instituciones civiles y el pueblo ruso han sufrido continuamente. Si bien Putin no creía ni en el proceso político ni en la autonomía de la sociedad, Navalny creía en ambos.
Hoy “el pueblo” puede parecer un concepto político obsoleto. Pero Navalny persistió en utilizarlo. Quizás lo eligió como abogado: según la Constitución rusa, el soberano y única fuente de poder en el país es el pueblo multiétnico de Rusia. Quizás lo prefería como demócrata y populista: el término se adaptaba a su política popular, que abarcaba a personas de las más diversas opiniones y hábitos ideológicos. De hecho, Navalny siempre destacó por su democratismo directo. En este caso, la democracia no debe entenderse como elasticidad política o dependencia de un amplio consenso sobre todas las cuestiones. El democratismo de Navalny consistió en su atractivo para los estratos más amplios de la población. Siempre habló directamente a las masas. Irónicamente, el político, que era él mismo un producto de la cultura de masas del putinismo, intentó destruir las fortificaciones políticas de esta cultura de masas. En el camino, señaló las enfermedades que padecía esta cultura: la desconfianza hacia los demás, el cultivo de zonas privadas, el miedo a abandonar lugares cómodos y perder trabajos cómodos, la tendencia a ver el activismo como una carga social sin sentido y la idea de la política como un juego sucio. Todo eso contribuyó a la despolitización masiva de los rusos.
No es casualidad que Navalny haya trabajado no sólo como periodista de investigación y político, sino también en muchos sentidos y, ante todo, como director de medios. Se basó en canales de información rápidos y populares, es decir, masivos, a través de los cuales desacreditó a los funcionarios de Putin y convocó a protestas. Y esta estrategia mediática dio resultados en términos de movilización política. A finales de la década de 2010, las personas que se unieron al equipo de Navalny y al ejército de sus seguidores no tenían experiencia política o activista previa. En el contexto de la creciente apatía que acompañaba a las tendencias cada vez más autoritarias de Rusia, esto fue un éxito.
El democratismo de Navalny era antielitista. Y aquí vale la pena destacar un punto. Durante los largos años del poder de Putin, varios grupos de la sociedad rusa compartían un sentimiento elitista: eran la oligarquía y los nuevos ricos, las multitudes de la alta sociedad y los columnistas de chismes, los directivos de nivel medio y alto, los liberales sistémicos que trabajaban para el Estado y sus instituciones, liberales no sistémicos en los medios de oposición, intelectuales hereditarios, etc. Por supuesto, cada uno de estos grupos entendió a la élite y sus atributos a su manera. Pero la aspiración a serlo, sin importar cómo se entendiera, permaneció inalterada. Navalny nunca compartió esa actitud. Ridiculizó las actividades de ocio elitistas y bohemias, ya fueran consumo ostentoso, reuniones de la alta sociedad o placeres transgresores. Del mismo modo, a mediados de los años 1960, Isaac Deutscher ironizó sobre los bohemios culturales liberados que creían que una revolución psicodélica en la mente individual era condición suficiente para la emancipación universal.
Es más, el antielitismo de Navalny fue donde tuvo lugar la politización de la demanda social. No solo su estilo político era antielitista , sino también el contenido de su trabajo en la investigación de esquemas de corrupción. Durante el giro conservador del régimen, que reemplazó los discursos sobre política y condiciones de vida materiales por un mantra sobre la importancia de los valores tradicionales, la insistencia en la cuestión socioeconómica adquirió un peso especial. Al mismo tiempo, las investigaciones realizadas por Navalny y la ACF no sólo revelaron repetidamente cuán corruptos eran los funcionarios rusos y el círculo íntimo del presidente. Sus investigaciones expresaron una idea simple: la propiedad de las autoridades rusas no es más que un robo. La escala de este robo fue tan grande que su descubrimiento inevitablemente hizo que la gente se diera cuenta de cuán enorme era la escala de la injusticia social. Quienes estaban en la cima del régimen de Putin habían robado medios suficientes para una vida decente para todos, y robaron a los ciudadanos rusos un país entero. Ha llegado el momento de recuperarlo. A la luz de la lucha por la justicia social, uno de los puntos del programa electoral de 2018 de Navalny: organizar un sistema especial para distribuir las ganancias de la injusta privatización de la década de 1990, se vuelve aún más claro.
Quienes participaron en mítines y protestas contra la corrupción tal vez recuerden a Navalny gritando “¿Quién tiene el poder aquí?” Esta pregunta siempre iba seguida de la respuesta “¡Aquí somos el poder!” — esto fue lo que gritó el público que protestaba junto con el propio Navalny. Este canto solía repetirse varias veces durante cada manifestación. El lema “¡Aquí somos el poder!” , que surgió durante las protestas de 2011-2012. permaneció durante mucho tiempo en el repertorio de los participantes en protestas posteriores: se pudo escuchar durante acciones masivas contra las atrocidades del régimen, contra la persecución política y la represión que luego impactaron fatalmente al propio Navalny.
“¡Aquí somos el poder!” no es sólo un eslogan ruidoso y exigente. También es una ilustración icónica del impacto político del trabajo de Navalny en la sociedad rusa. Contrariamente a la alergia postsoviética a cualquier forma de autocomprensión colectiva, Navalny ha logrado hacer algo muy importante. Logró darles a personas políticamente frustradas pero extremadamente divididas el objeto de su pérdida: su “nosotros” político. Y también recordarles que el poder se puede tomar o constituir, pero no dar. El 24 de febrero de 2022, el Kremlin desató una guerra criminal contra Ucrania y se robó este “nosotros” poniendo a los habitantes de ambos países en riesgo de aniquilación física y destruyendo a cientos de miles de ucranianos y rusos. La feroz lucha por “nosotros” se ha convertido en una cuestión de vida o muerte, y el asesinato de Navalny es uno de los episodios trágicos de esta lucha. Podría decirse que la tarea de la izquierda es expropiar lo robado: quitarle el “nosotros” al régimen letal y devolverle la vida.
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La derrota que sufrió el gobierno, producto de las resistencias combinadas en el parlamento y en las calles, dejó al descubierto la fragilidad institucional que lo recorre. Expone también las dificultades para precisar un horizonte político. Un punto de inflexión.
El experimento Milei se está experimentando. Fue derrotado y tuvo que retirar definitivamente el proyecto de ley con el que buscaba reestructurar la vida social y política del país. Desde esos días recientes estamos en uno de esos momentos de la historia en que los cambios no previstos nos dejan al borde del vacío. En que la vertiginosidad que han tomado los hechos políticos, que se superponen unos sobre otros, no dejan tiempo al análisis y no pocas veces nos toman de sorpresa.
Estamos frente a un punto de inflexión en la situación abierta tras la asunción de Javier Milei a la presidencia de la Nación. Las primeras evidencias de este cambio es la apertura de negociaciones para una gobierno de coalición o cohabitación con el PRO, también la posibilidad que el ejecutivo de por terminadas las sesiones extraordinarias y se disponga durante el año a enviar leyes cortas en las sesiones ordinarias. Claro que todo está supeditado a la cambiante y disruptiva personalidad presidencial.
¿Qué es lo que está en juego en medio de una crisis política, económica y social de proporciones, profundizada por el propio gobierno en solo dos meses de gestión, con un programa al que no se le encuentra consistencia (tampoco mínimos equilibrios sociales)? ¿Qué en medio de tanto debate legislativo, en negar negociaciones y sin embargo negociar? ¿Qué en eso de ser opositores y al mismo tiempo colaboracionista? ¿Qué en tener aprobada en general una ley considerada “fundamental” para el gobierno a dejarla caer primero y retirarla definitivamente después?
En primer lugar el propio gobierno debiera responder ¿Puede gobernar sin el Congreso? es paradojal ya que para independizarse del Congreso depende de él, que es quién debe cederle las competencias legislativas. Luego ¿Cómo lograr gobernabilidad? cuando ha tensado al máximo un sistema político que aún no lograba reorganizarse en el marco de la fragmentación surgida de las urnas.
En medio de tanta fragilidad: ¿Podrán imponer un nuevo ciclo de reformas liberales (extremas) como lo fue bajo el menemismo? ¿Podrán convertir, en poco tiempo, el apoyo electoral en claro apoyo político? ¿Podrán imponer un cambio de régimen que incluya cuestionamientos a los derechos más elementales, a la protesta social, al federalismo?
El factor tiempo (la temporalidad como lo define Diego Sztulwark en su artículo “Entre la descomposición política y el Estado de excepción”, juega un papel en este tipo de coyunturas. Se trata del devenir de la dialéctica orden vs. cuestionamiento del orden instituido. Como sabemos “El orden puede sostenerse con la represión que permite ganar tiempo, pero que también puede terminar precipitando la crisis” [1]“El lapso 1989-1991 va de la asunción del gobierno menemista al surgimiento del orden de la convertibilidad. Pero el lapso 1999-2001, que va desde la asunción del gobierno de La Alianza al … Seguir leyendo.
¿Cuál es la dinámica real de las representaciones políticas de las fuerzas sociales en pugna? La extrema derecha que encarna el gobierno de LLA ha mostrado su debilidad estructural, manifestada en el extenso e inédito debate parlamentario, quedó expuesta allí la fragilidad del sistema político, la incapacidad cuando no ignorancia del oficialismo de los temas a tratar, el rol de la oposición “amigable”. Todo terminó con una fuerte derrota política, a lo que se suma que el DNU está judicializado, aunque sigue vigente, y que la justicia puso límites al protocolo anti movilizaciones.
Sin embargo esta derecha extrema no tiene enfrente, al menos por ahora, una alianza consolidada capaz de contrabalancear ese poder débil (pero poder al fin) que organice la resistencia, las formas y el contenido para superarlo.
De un lado la extrema derecha, en alianza no explícita, hasta ahora al menos, con la derecha no tan extrema, con sus debilidades pero también con audacia y decisión. Del otro el movimiento peronista sin conducción, ni referente ni programa, incluso con dudas acerca de cuál es su verdadero poder en relación a la representación política, y la izquierda anticapitalista que, aún en su debilidad, está sosteniendo la resistencia, acompañada por algunos grupos del peronismo y un incipiente movimiento asambleario. La CGT que jugó un papel decisivo el 24E, y es quién efectivamente puede cambiar la relación de fuerzas, esta por ahora expectante. No obstante la derrota estimula y da ánimos a la resistencia.
Si avanzara en este camino se estarían creando las condiciones para instalar un régimen de tipo bonapartista [2]“Régimen político personal que busca aprobación mediante plebiscitos que eluden el poder del parlamento”, según la definición clásica “sui géneris”: fuerte personalismo apoyado en el aparato burocrático (no hay en este tiempo posibilidades de apoyatura militar) que se opone al régimen de la democracia liberal y administra sin el parlamento. Como sabemos este tipo de salidas políticas autoritarias aparecen cuando las contradicciones de clase se vuelven particularmente agudas. Conviene precisar que Milei encarna una suerte de contrarrevolución, pero no contra una revolución que ponga en peligro el sistema, sino contra las condiciones del neoliberalismo actual que no logran resolver la crisis sino que la agudizan. El objetivo del bonapartismo es prevenir las explosiones sociales, algo que por ahora solo está presente potencialmente, pero conviene recordar 2001.
¿Qué papel jugaría el movimiento obrero y popular, también el peronismo, en cada uno de estos posibles escenarios? ¿Cómo debería plantearse la izquierda anticapitalista en ellos?
Son preguntas que quedan pendientes y que se resolverán en el marco de la lucha de clases.
“El lapso 1989-1991 va de la asunción del gobierno menemista al surgimiento del orden de la convertibilidad. Pero el lapso 1999-2001, que va desde la asunción del gobierno de La Alianza al estallido, muestra la velocidad que puede alcanzar la descomposición de las políticas parlamentarias y la irrupción de un protagonismo callejero, que bloqueó la salida autoritaria”. Son dos casos opuestos en cuanto a la gestión de una temporalidad política de la crisis.
profesor emérito de Historia en la Universidad de Montreal. Ha publicado más de 300 artículos y varios libros: Science between Superpowers, Au nom de la Torah. A History of Jewish Opposition to Zionism, Understanding the State of Israel, Demodernization: A Future in the Past y Judaism, Islam and Modernity. Ha sido consultor de la OCDE, la OTAN, la UNESCO y el Banco Mundial, entre otros. Página web: www.yakovrabkin.ca
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El 27 de enero de hace 80 años, la gente en las calles se abrazaba y lloraba de alegría. Celebraban el fin de un asedio de casi 900 días que las fuerzas soviéticas acababan de levantar tras encarnizadas batallas. Exactamente un año después, el Ejército Rojo liberó Auschwitz. Aún hoy, al pasear por la avenida principal de San Petersburgo (el nombre original que se dio a Leningrado), Nevsky Prospect, observará un cartel azul pintado en una pared durante el asedio: «¡Ciudadanos! Este lado de la calle es más peligroso durante los bombardeos». El bloqueo fue llevado a cabo por fuerzas terrestres y navales de Alemania, Finlandia, Italia, España y Noruega. La ciudad fue asediada tres meses y medio después del inicio de la guerra, el 22 de junio de 1941, por una coalición aún mayor de Europa unida bajo la esvástica. Liderados por Alemania, combatieron soldados de doce países: Rumanía, Italia, Finlandia, Hungría, Eslovaquia, Croacia, España, Bélgica, Países Bajos, Francia, Dinamarca y Noruega. Dos millones de ellos fueron a la guerra contra la Unión Soviética como voluntarios.
La guerra contra la URSS era muy diferente de la que Alemania había librado en Europa Occidental. Era una guerra de aniquilación (Vernichtungskrieg). El Tercer Reich quería un espacio vital en el Este (Lebensraum im Osten), pero no necesitaba a la gente que vivía allí. De hecho, la guerra contra la Unión Soviética fue una guerra colonial. Considerados infrahumanos (Untermenschen), los soviéticos estaban destinados a ser liquidados, muertos de hambre o reducidos a la esclavitud. Sus tierras debían ser colonizadas por los «arios». Para expresar su punto de vista en términos raciales familiares para los europeos, Hitler se refería a la población soviética como «asiáticos».
Millones de civiles soviéticos -eslavos, judíos, gitanos (Roma) y otros- fueron sistemáticamente ejecutados. La escala superó el genocidio que Alemania había cometido en el suroeste de África (actual Namibia) entre 1904 y 1908, cuando masacró de forma igual de sistemática a las tribus locales Namas y Hereros. Por supuesto, Alemania no fue una excepción: las demás potencias coloniales europeas no se quedaron atrás.
Los invasores nazis resumieron claramente sus objetivos:Tras la derrota de la Rusia soviética, no tiene sentido que este gran centro urbano siga existiendo […]. […] Una vez rodeada la ciudad, las peticiones de negociaciones de rendición serán rechazadas, porque no podemos ni debemos resolver el problema de reasentar y alimentar a la población. En esta guerra por nuestra propia existencia, no podemos tener ningún interés en retener ni siquiera una parte de esta población urbana tan numerosa.
La Wehrmacht formuló sus objetivos con bastante claridad: «…b)primero bloquearemos Leningrado (herméticamente) y destruiremos la ciudad, si es posible con artillería y aviación… d) los restos de la ‘guarnición de la fortaleza’ permanecerán allí durante el invierno. En primavera penetraremos en la ciudad… llevaremos todo lo que quede vivo al interior de Rusia o haremos prisioneros, arrasaremos Leningrado y entregaremos la zona al norte del Neva a Finlandia«.
Para entonces el plan ya había sido respaldado por el presidente finlandés Risto Rüti:
«Si San Petersburgo deja de existir como ciudad importante, el Neva sería la mejor frontera en el istmo de Carelia… Leningrado debería ser liquidada como ciudad importante«.
La última línea ferroviaria que unía la ciudad con el resto de la Unión Soviética fue cortada el 30 de agosto de 1941, y una semana después se bloqueó la última carretera. La ciudad quedó rodeada, los suministros de alimentos y combustible se agotaron y comenzó un crudo invierno. Lo poco que el gobierno soviético consiguió hacer llegar a Leningrado fue estrictamente racionado. En un momento dado, la ración diaria se redujo a 125 gramos de pan hecho con tanto serrín como harina. Los que ni siquiera recibían esta ración se veían obligados a comer gatos, perros y pasta de papel pintado, y se dieron algunos casos de canibalismo. Los cadáveres llenaban las calles de gente que moría de hambre, enfermedades, frío y bombardeos.
Leningrado, una ciudad de 3,4 millones de habitantes, perdió más de un tercio de su población. Fue la mayor pérdida de vidas en una ciudad moderna. La antigua capital imperial, famosa por sus magníficos palacios, elegantes jardines e impresionantes vistas, fue metódicamente bombardeada y bombardeada. Más de 10.000 edificios fueron destruidos o dañados. Esta operación formaba parte de la campaña de desmodernización de la Unión Soviética, para sacarla de la era moderna. Leningrado iba a ser arrasada precisamente porque era un importante centro de ciencia e ingeniería, cuna de escritores y bailarines de ballet, de famosas universidades y museos de arte. Nada de esto iba a sobrevivir en los planes nazis.
Lamentablemente, ni los asedios ni las guerras coloniales terminaron en 1945. Gran Bretaña, Francia y Holanda libraron guerras brutales en sus colonias en un intento de «pacificar a los nativos». El racismo era oficial en Estados Unidos, otro aliado de la URSS en la lucha contra el nazismo. Doce años después de la guerra, fue necesaria la 101ª División Aerotransportada estadounidense para eliminar la segregación racial en una escuela de Little Rock, Arkansas. Los valores de tolerancia que Occidente articula actualmente son recientes y frágiles. El racismo explícito ya no es aceptable, pero el implícito sigue estando muy presente.
Las vidas humanas no tienen el mismo valor, ni en nuestros medios de comunicación ni en nuestra política exterior. La muerte de tres soldados estadounidenses asesinados en Jordania hace unos días atrae más la atención de los medios de comunicación que la de cientos de palestinos asesinados cada día. Se imponen duras sanciones a Irán por su programa civil de enriquecimiento nuclear, mientras que no se impone ninguna a Israel por su arsenal nuclear militar. Las potencias occidentales siguen proporcionando armas y apoyo político a Israel mientras impone un asedio a Gaza, donde la población civil no sólo es bombardeada y bombardeada, sino deliberadamente hambreada y abandonada a la muerte por enfermedad.
Yoav Galant, ministro de Defensa de Israel, fue muy claro cuando dijo: «He ordenado el asedio total de la Franja de Gaza. No habrá electricidad, ni alimentos, ni combustible, todo está cerrado». La Corte Internacional de Justicia (CIJ) ha considerado plausible que Israel esté cometiendo un genocidio contra los palestinos de Gaza. Como era de esperar, Washington, que sigue suministrando municiones a Israel, consideró «infundadas» las acusaciones de genocidio contra Israel. Londres, otro proveedor de armas a Israel, las considera «completamente injustificadas». Holanda suministra a Israel piezas para los aviones F-35 utilizados contra Gaza. Tras autorizar la exportación a Israel de unos diez millones de euros para la fabricación de «bombas, torpedos, cohetes, misiles, otros artefactos explosivos y cargas», París pidió a la CIJ que verificara si Israel tenía intenciones genocidas. Resulta que se trata de los mismos países con un largo historial de racismo y colonialismo que son cómplices activos de la violencia que causó la muerte de casi 27.000 palestinos, entre ellos 18.000 mujeres y niños.
Alemania, que cometió dos genocidios racistas en el siglo XX, intervino en la CIJ como tercera parte a favor de Israel. Rechaza «vehementemente» la acusación contra Israel y multiplica por diez sus exportaciones de armas a ese país. Además, esos mismos países occidentales acaban de suspender la financiación del Organismo de Obras Públicas y Socorro de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en el Cercano Oriente. Esta decisión se tomó a petición de Israel, que desde hace mucho tiempo hace campaña en favor de la supresión de esta agencia, esencial para la supervivencia misma de los palestinos. Basándose en acusaciones de sus servicios de inteligencia, Israel acusó a algunos empleados de la agencia, que cuenta con más de trece mil empleados en Gaza, de connivencia con Hamás. Este golpe llega en un momento en que los palestinos se enfrentan a una catástrofe humanitaria rayana en el genocidio.
Tras haber consentido la colonización israelí de la Palestina ocupada, estos países con experiencia colonial reciente apoyan activamente esta guerra de «pacificación de los nativos» en Gaza.
La conmemoración del sitio de Leningrado con la tragedia de Gaza como telón de fondo demuestra que la acusación que el poeta martiniqués Aimé Césaire lanzó contra el europeo en 1955 sigue siendo pertinente hoy en día: «Lo que no perdona a Hitler no es el crimen en sí, el crimen contra el hombre, no es la humillación del hombre en sí, es el crimen contra el hombre blanco, es la humillación del hombre blanco, y por haber aplicado a Europa procedimientos colonialistas hasta entonces sólo aplicados a los árabes de Argelia, a los coolies de la India y a los negros de África».
Militante de Anticapitalistas, economista y especialista en movimientos migratorios. Actualmente es asesor de Miguel Urbán en el Parlamento Europeo.
Actualidad Internacional: Luchas y Movimientos
16/02/2024
Copyright: Fotografía de Dani García
Fantasmas de todo tipo recorren Europa. Monstruos del viejo y del nuevo mundo que adoran los claroscuros. Desde hace años a Europa le sangran las fronteras y le brotan las alambradas. La UE es hoy un gran laboratorio del neoliberalismo securitario. Ahora también quiere volver a ser un actor global en pleno desorden de la gobernanza mundial. Militarización, austeridad, extractivismo, privatizaciones, precariedad, desregulaciones, tratados comerciales transoceánicos y complicidad con genocidas como Netanyahu.
Durante décadas Europa vivió de los réditos de la acumulación primitiva capitalista y colonial. Durante años la UE pretendió ser el poli bueno de la globalización feliz. Pero hoy el tablero geopolítico se mueve bajo sus pies y las élites europeas ven peligrar su tradicional peso mundial. Viejas y nuevas potencias se disputan el trono y los recursos escasos para afrontar el colapso climático del capitalismo tardío.
Toca reforzar la agresividad exterior en todos los frentes. Toca hablar el “lenguaje duro del poder” para defender aquel “jardín europeo” del que hablaba Borrell. Porque los intereses de las élites que gobiernan el capitalismo europeo no se van a defender solos. Porque para que circulen coches eléctricos en Berlín, París o Barcelona, hay que aumentar la presión minera en el Sur Global. Y seguramente abrir nuevas minas en territorio europeo.
Ataques sin fronteras contra el territorio y contra quienes lo habitan. Ataques que generan y generarán respuestas populares. Resistencias contra el neoextractivismo pintado de verde; contra los ataques del capital disfrazados de cambio de modelo productivo. La urgencia climática como trasfondo crítico para las de abajo y como coartada para los de arriba.
Y, mientras tanto, el extremo centro neoliberal ha ido abrazando la agenda reaccionaria y xenófoba de una extrema derecha que, por el camino, ha cambiado su tradicional eurofobia por un euro-reformismo ultra-conservador y chovinista. ¿Para qué salirse de la UE si pueden co-gobernarla como ya hacen en varios Estados Miembro? Machismo, homofobia, racismo, islamofobia, criminalización de la protesta. Las mayorías populares, con toda su diversidad de disidencias, convertidas en minorías peligrosas. Una guerra abierta contra el mundo del trabajo, los servicios públicos y la vida en común. Nuevas batallas de la guerra del capital contra la vida.
¿Quién tiene derecho a tener derechos en esta Europa de los mercados, la guerra y las alambradas? Los de arriba tienen clara la pregunta y su respuesta. ¿Qué respondemos desde la izquierda anticapitalista? La respuesta solo puede ser coral. Pero la coralidad requiere espacios de encuentro y discusión. Porque ataques internacionales requieren respuestas internacionalistas.
Sin embargo, la ausencia de espacios de coordinación internacionales e internacionalistas en el campo de la izquierda radical es una realidad tan palpable como preocupante. Existen cascotes del Partido de la Izquierda Europea sobre el que pivotaba parte de la herencia del eurocomunismo. Existen recreaciones proto-electorales en torno a la nueva izquierda surgida en los últimos años en varios países europeos. Pero ninguno de estos espacios tiene vocación de desbordar sus propios marcos electorales e institucionales puntuales. Necesitamos algo más. Y no somos los únicos. Además de organizaciones políticas, existen decenas de actores sociales y sindicales en toda Europa que se reivindican del anticapitalismo y del internacionalismo antimilitarista, ecosocialista, anticolonial y feminista.
Con la pretensión modesta pero decidida de contribuir a poner una piedra en ese largo camino, el pasado 3 de febrero Anticapitalistas y la CUP convocaron y co-organizaron en Barcelona un encuentro europeo de organizaciones de izquierda anticapitalista y alternativa para reflexionar juntas sobre el momento en el que nos encontramos y debatir sobre las alternativas que podemos poner en marcha para cambiar Europa de base.
Delegaciones de 16 organizaciones políticas procedentes de 13 territorios europeos[1]CUP (Països Catalans), Anticapitalistas (Estado español), Adelante Andalucía (Andalucía), Alternatiba (Euskal Herria), NPA, Gauche Éco-socialiste y Ensemble, (Francia), Gauche Anticapitaliste … Seguir leyendodiscutieron con representantes de otras organizaciones sociales cercanas (Transnational Institute, Centre Delàs, Observatori del Deute en la Globalització, Fundación Rosa Luxemburg)sobre las consecuencias de la creciente militarización mundial y el papel de la UE, así como sobre las respuestas eco-socialistas posibles ante el proyecto de capitalismo verde de las élites europeas. Dos mesas redondas donde se actualizaron caracterizaciones compartidas, se avanzó en propuestas concretas y se discutieron diferencias existentes, como las que han girado durante el último periodo en torno a la caracterización del conflicto en Ucrania tras la invasión rusa. Y quizás la principal conclusión es que son necesarios más espacios presenciales y en camaradería como el que allí se generó para seguir intercambiando sin la fría y violenta distancia de las redes sociales que en nada contribuyen al debate entre compañeros y compañeras.
Y como las luchas y resistencias no se construyen en abstracto, sino sobre agendas compartidas, las organizaciones participantes recogieron el testigo del movimiento BDS para impulsar, en las respectivas plataformas de solidaridad con Palestina en las que participan, la convocatoria de una manifestación el 25 de febrero o durante los días cercanos, con el objetivo de lanzar una primera experiencia de jornada de protesta a escala europea. De la misma forma, se informó del encuentro europeo de organizaciones solidarias con Palestina que se celebrará en Barcelona el 16 y 17 de marzo.
Y tan importantes como las discusiones formales fueron y siempre serán los intercambios informales que se produjeron durante el encuentro. La dimensión emocional y afectiva de la camaradería es un pilar en la construcción de organizaciones revolucionarias. Y también lo será en su potencial coordinación internacional. Navegando la permanente tensión dialéctica entre la ambición y la prudencia, las y los participantes del encuentro europeo salieron un poco más cerca de dar el siguiente paso hacia un espacio de intercambio y coordinación entre anticapitalistas de toda Europa que deberá seguir creciendo, pero que ya vuelve a caminar. Pero, como el derrumbe del capitalismo o de los viejos imperios, no llegará solo: dependerá del empuje militante que quienes de ese espacio participen quieran darle. Porque el camino se hace al andar.
CUP (Països Catalans), Anticapitalistas (Estado español), Adelante Andalucía (Andalucía), Alternatiba (Euskal Herria), NPA, Gauche Éco-socialiste y Ensemble, (Francia), Gauche Anticapitaliste (Bélgica), People Before Profit (Irlanda), SolidaritéS (Suiza), Socialistisk Politik (Suecia), Bloco de Esquerda (Portugal), Marx21 (Alemania), Campaign for Socialism / Labour Party-Unions (Escocia), Anametrisi y DEA (Grecia).
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La Corte Suprema de Panamá ha dictaminado que el contrato firmado entre el Estado y Minera Panamá para operar la mina Cobre Panamá es inconstitucional, tras semanas de protestas masivas sostenidas exigiendo su cierre.
Minera Panamá, una subsidiaria de la transnacional First Quantum Minerals (FQM), había estado explotando la gran mina a cielo abierto de cobre y oro en el Corredor Biológico Mesoamericano, una zona ecológicamente sensible, durante los últimos 20 años.
Sin embargo, bajo un nuevo contrato aprobado por el Congreso en octubre, Minera Panamá estaba a punto de extender sus operaciones por otros 20 años, con mayores poderes para expropiar tierras cercanas fuera de su concesión existente y desviar ríos enteros para uso privado.
Para obtener más información sobre el levantamiento ambiental masivo que desalojó a una empresa minera transnacional, Federico Fuentes de Green Left y Antonio Neto de Revista Movimento hablaron con José Cambra, activista socialista y miembro de la Asociación de Profesores de Panamá (ASOPROF).
La constitución panameña prohíbe la administración de los recursos naturales de Panamá por parte de estados extranjeros. FQM es propiedad de capitales de Canadá, Estados Unidos, Corea del Sur y China. No es solo una empresa privada extranjera, sino que también es en parte propiedad de capitales de estos estados extranjeros.
A pesar de esto, la empresa había estado explotando cobre y otros minerales en la mina sin pagar impuestos entre 2017 y 2023. Según los informes financieros de FQM, la mina Cobre Panamá representaba el 48% de las ganancias globales de FQM.
El problema llegó a su punto culminante en agosto, cuando el gobierno presentó un nuevo contrato a la Asamblea de Diputados. Sindicatos, abogados y ambientalistas respondieron diciendo que el contrato tenía el mismo defecto que los anteriores y que la Corte Suprema debería declarar al gobierno en desacato porque el contrato era inconstitucional.
En cambio, el Congreso aprobó el contrato el 21 de octubre después de solo tres días de discusión. Esto provocó una explosión social en un país que ya estaba cansado del precio inasequible de los medicamentos, la falta de seguridad social y el alto costo de vida.
Panamá había experimentado movilizaciones el año pasado que obligaron al gobierno a llegar a un acuerdo sobre algunos de estos problemas. Pero el gobierno no los cumplió. Entonces, la gente salió nuevamente a las calles.
La intensidad de estas protestas más recientes se explica en gran parte por el incumplimiento del acuerdo del año pasado.
En 2022, vimos las mayores movilizaciones que este país había visto hasta ese momento. En todo el país, hubo manifestaciones, marchas y enfrentamientos con la policía exigiendo una reducción en el costo de los medicamentos y los alimentos.
Todo esto resultó en negociaciones públicas entre el gobierno y las organizaciones que lideraron la lucha. Exigimos que las negociaciones se transmitieran por televisión, lo cual fue espectacular.
Al final, la cámara empresarial le pidió al presidente que cerrara la transmisión porque todo el país estaba escuchando el debate, en el cual la oligarquía estaba siendo denunciada públicamente.
Una gran parte de la población siguió las negociaciones, algo que rara vez se ve. De repente, la gente en las calles nos decía: «Oye, estoy de acuerdo con lo que estaban hablando ayer, estoy de acuerdo en que debería ser así».
Las movilizaciones tuvieron lugar todos los días durante un mes. Aunque no fueron tan grandes como las recientes, hubo grandes marchas en la Ciudad de Panamá, la ciudad más grande de Panamá, lideradas principalmente por el sindicato de maestros, ASOPROF, y el sindicato de trabajadores de la construcción, SUNTRAC.
Sí, es cierto. Comenzamos a construir una alianza juntos de organizaciones populares a principios del año pasado. Desafortunadamente, no logramos involucrar a todos en esta alianza, pero sí logramos involucrar a muchas otras organizaciones.
Esta alianza se llama Alianza Pueblo Unido por la Vida (APUV). Involucra a SUNTRACS, ASOPROF, movimientos comunitarios, movimientos juveniles. Es una alianza muy fuerte, pero no es la única alianza.
También está la Alianza Nacional por los Derechos del Pueblo Organizado (ANADEPO) y la Coordinadora Nacional de Pueblos Indígenas de Panamá (COONAPIP).
Es importante destacar que los pueblos indígenas desempeñaron un papel muy importante en estas protestas recientes, especialmente los Ngäbe, que bloquearon enérgicamente la Carretera Interamericana que se dirige hacia Costa Rica, cerrando con éxito una de las carreteras más importantes de Panamá.
En cuanto a mi sindicato, ASOPROF, realizamos asambleas de maestros en cada región después de la votación del 21 de octubre, en las cuales los miembros votaron a favor de realizar una huelga de 48 horas. Esta huelga se extendió luego por otras 48 horas y el 30 de octubre declaramos una huelga indefinida.
Para el 3 de noviembre, estaba claro que las protestas habían alcanzado un nuevo nivel. Había bloqueos de carreteras en todo el país, mucho más allá de lo que vimos en 2022. Personas que nunca habíamos visto en protestas, pero que estaban hartas de la situación actual, salieron a bloquear calles en sus vecindarios.
También hubo llamados espontáneos en las redes sociales para marchas a lo largo del Cinturón Costero en la Ciudad de Panamá, que en un momento movilizó a 250 mil personas contra la minería.
También hubo protestas importantes de comunidades que viven en las áreas circundantes a la mina. Cuando fueron consultados por los diputados del Congreso, dijeron que estaban totalmente en contra del proyecto.
Tanto es así que los pescadores comenzaron a sabotear la mina impidiendo que los barcos salieran de la mina con mineral o entraran con suministros de carbón necesarios para producir electricidad para la mina. Básicamente forzaron el cierre de la mina.
En algunos casos, esto significó enfrentarse a la Fuerza Naval Panameña. Por esto, la población los considera héroes.
En tierra, las comunidades locales y los camioneros bloquearon carreteras que iban a las minas, saboteando con éxito su operación. Todo esto fue una increíble expresión de fuerza.
Por supuesto, detrás de esta erupción de protestas había un descontento por la escasez de agua, los cortes de electricidad, la falta de empleo para los jóvenes y la corrupción y privilegios de los políticos proempresarios.
Esto creó un terreno fértil para las mayores movilizaciones que hemos visto en este país, con un estimado de 1 millón de personas en las calles de todo el país el 22 de noviembre.
Lo que vimos fue un movimiento verdaderamente autogestionado, donde diferentes sectores, como los pescadores, tomaban decisiones basadas en su conocimiento local y las llevaban a cabo con el apoyo del resto del movimiento. Vimos a jóvenes organizando acciones directas y formando guardias de autodefensa.
Hubo una ruptura entre la sociedad civil y la sociedad política. El nivel de desafección política fue tan alto que no sería injusto caracterizarlo como una situación prerrevolucionaria. No hubo un vacío de poder ni se crearon cuerpos permanentes de doble poder. Pero las movilizaciones fueron tan fuertes que actuaron como un poder independiente.
Como resultado de todo esto, la Corte Suprema declaró el contrato de la mina como inconstitucional el 28 de noviembre. Las protestas también forzaron la renuncia del ministro de Comercio, quien firmó el contrato, y la aprobación a principios de noviembre de una ley de moratoria minera que detiene las futuras concesiones.
Si bien la lucha era por el cierre de la mina, reconocemos que aún hay alrededor de 5000 trabajadores empleados en la mina. Nuestra propuesta es que esos mismos trabajadores presidan el cierre gradual de la mina.
Entendemos que la mina no puede cerrarse de inmediato, que se requieren medidas para una reconversión segura y ecológica del sitio. Creemos que los trabajadores deberían quedarse para ese proceso.
También hemos propuesto que se forme una comisión que incluya a trabajadores y organizaciones populares, así como a ambientalistas con experiencia técnica, para presidir este proceso. No estamos a favor de nacionalizar la mina, ya que esto significaría que el estado pagaría por el proceso de reconversión.
En cambio, la empresa minera, que fue responsable de contaminar el medio ambiente y que sacó tanto beneficio del país, debería asumir los costos. Nuestro lema es: que paguen los contaminadores.
Actualidad Internacional: Latitudes. América Latina
14/02/2024
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Desde 2007, año en que Daniel Ortega llegó a la presidencia de la República en 2007 por segunda vez, se ha consumado el aniquilamiento de cualquier vestigio del proyecto sandinista histórico y ha blindado su perpetuidad en el gobierno a golpe de reforma electoral a lo que se le suma la construcción de un régimen corporativista, autoritario y reaccionario en lo político, social e ideológico.
El estallido popular de abril del 2018 condensó el enorme descontento social frente a los postulados neoliberales privatizadores y extractivistas del régimen de Ortega-Murillo. Concretamente, se debió a la propuesta de incrementar la cuota patronal y de los trabajadores a la Seguridad Social, así como una reforma fiscal de componente neoliberal y que se sumó a la inacción del gobierno por los incendios que devastaron la reserva del Indio Maíz. Todo esto encendió la chispa final del hartazgo popular y que aceleraría el violento autoritarismo y la descomposición que ahora podemos ver reflejado en el actual régimen nicaragüense. Solo en los primeros tres días de protestas se contabilizaron unos 60 asesinatos a manos de las fuerzas de seguridad del Estado. Esto solo aumentó la rebelión y la indignación entre las clases populares, inicialmente urbanas si bien fue ampliándose a sectores campesinos. El estallido popular fue aplastado con una descomunal violencia y represión que dejó de saldo más de 355 asesinatos y más de 2.000 personas heridas. A partir de entonces, miles de personas activistas, líderes estudiantiles, del movimiento juvenil, movimiento campesino, feminista han tenido que huir, la mayoría hacia Costa Rica.
A partir de entonces, el régimen de Ortega-Murillo está generando escuela en el acelerado desarrollo del neoliberalismo autoritario centroamericano a través de leyes como la Ley de defensa de la Soberanía o la Ley de Agentes Extranjeros, la militarización, el refuerzo de las estructuras policiales y para-policiales, la represión continua, la desaparición forzada, las nuevas y variadas formas de criminalización y persecución del movimiento popular campesino, indígena, feministas y todas las disidencias, y en síntesis, la instalación de un sistema de vigilancia, cárcel, destierro y despojo tanto contra organizaciones y personas opositoras o simplemente, que se muestran críticos contra la violencia estatal, y que ha sido dirigida con especial vehemencia contra aquellos y aquellas que acompañaron la revolución sandinista de la década de los 80, y están en el exilio, perseguidas y apresadas por sus posiciones y fuertes críticas contra el régimen, como le ocurrió a Dora María Téllez, Ana Margarita Vigil, quienes estuvieron más de dos años en prisión en condiciones inhumanas. O el caso de Hugo Torres Tinoco, muerto en cárcel hace un año en circunstancias opacas, y el exilio de la propia Mónica Baltodano, quien ahora inicia un recorrido por España, Francia, Bélgica, Países Bajos y Suiza denunciando toda esta situación.
Baltodano fue comandante Guerrillera nicaragüense en la Revolución Sandinista que derrocó al dictador Somoza. Fue presa de esa dictadura y torturada entre 1977 y 1978. Ingresa en el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) en 1974. En el gobierno revolucionario fue viceministra de la presidencia y ministra de Asuntos Regionales (1982-1990) y más adelante diputada por el FSLN (1997-2002). Desde el inicio fue crítica con la progresiva deriva del proyecto sandinista y en 2005 fue dirigente del Movimiento de Rescate del Sandinismo. Hoy es una activa opositora al régimen, y centra su denuncia en la escalada del autoritarismo y la represión estatal desatada a partir de 2018, la derechización del sandinismo y el pacto de Ortega con el gran capital. Por esta razón Mónica ha sido perseguida, exiliada y convertida en apátrida en febrero del año pasado, junto a un grupo de más de 300 personas opositoras a Ortega-Murillo.
Baltodano es contundente en señalar el carácter reaccionario del régimen de Ortega-Murillo y su discurso populista que pretende confundir a las izquierdas sociales en todo el mundo amparándose, además, en la memoria histórica de la Revolución, ahora dinamitada, y utilizada para ocultar el verdadero carácter autoritario y reaccionario del orteguismo. Su testimonio pone frente al espejo a aquella parte de la “izquierda” política que, atrapada en marcos de análisis en blanco y negro, es incapaz de ver y entender la actual realidad política y social nicaragüense, a pesar de que hasta el Fondo Monetario Internacional (FMI) ha dado cartas de garantías del carácter neoliberal del orteguismo, alabando el modelo de Nicaragua.
Baltodano caracteriza el carácter caníbal del orteguismo en cuanto a que, “lejos de abrazar el Socialismo del siglo XXI, como mentirosamente afirman opositores de derecha para complacencia de Ortega, éste abrazó el capitalismo existente bajo sus formas más brutales: desarrollismo extractivista; entrega al capital extranjero de las riquezas naturales; explotación de mano de obra barata; desprotección de derechos laborales y tercerización y desregulación absoluta del mercado”.
El silencio de una parte de la izquierda europea y latinoamericana frente a esta deriva sigue siendo abrumador, aberrante. La defensa del régimen Ortega-Murillo solo coloca a esta izquierda del mismo lado que los opresores de la clase trabajadora nicaragüense y geopolíticamente solo propicia que la extrema derecha utilice la situación en Nicaragua (así como de otros países de la región) para atacar al conjunto de la izquierda latinoamericana. Es fundamental que cada vez haya más voces de izquierdas en Europa y en América Latina que desenmascaremos el carácter reaccionario de Ortega y Murillo y rompamos los marcos de análisis, discursivos y hasta identitarios, heredados de la Guerra Fría, especialmente en una región como Centro América. La excusa tras la retórica antimperialista es caduca frente a la pretendida legitimación de Ortega y ya no engaña a nadie ocultando que del proyecto sandinista histórico no queda nada en su gobierno.
Como IV Internacional no dudamos en apoyar a los sectores de izquierdas y democráticos de la resistencia, la rebelión, la desobediencia y el poder popular en Nicaragua. En su paso por Europa, recibiremos y arroparemos a Mónica Baltodano en su incansable lucha y junto a ella y toda la disidencia, exigimos el cese de la represión, la persecución a activistas, organizaciones, la libertad de las y los presos políticos y la apertura de un proceso democrático soberano y sin injerencias de ningún tipo. A toda la resistencia que trata de construir, incluso desde el exilio, una alternativa que sea capaz de desembarazarse del despotismo neoliberal y represivo que está aplastando a las clases populares nicaragüenses. Solo el pueblo nicaragüense en libertad puede decidir su futuro.
Integrante del colectivo EDI –Economistas de Izquierda-.
Actualidad Internacional: Latitudes. América Latina
10/02/2024
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Tanto la calle como el parlamento se han convertido en los centros neurálgicos donde se está dirimiendo la disputa por la ofensiva que el capital, a través de las políticas económicas del gobierno Milei, ha lanzado contra el pueblo trabajador.
En el Congreso, donde el gobierno tiene una pobre representación parlamentaria, juega un papel decisivo el bloque de los diputadosdialoguistas que, ansiosos de garantizar gobernabilidad, firmaron un dictamen sin prácticamente conocer su contenido, en tanto que los bloques del peronismo y de la izquierda anticapitalista se oponen terminantemente y rechazan de raíz el contenido de las propuestas. Mientras que en la calle, en las sucesivas concentraciones, se denuncia el contenido del ajuste, el carácter desregulador del decreto de necesidad y urgencia y la reconversión de la economía y la política contenidas en la llamada Ley Ómnibus. El enfrentamiento físico en las calles se centra en desconocer el inédito protocolo anti-movilizaciones que pretende imponer la ministra de Seguridad con un despliegue de fuerzas represivas inédito y totalmente desproporcionado frente a manifestaciones pacíficas, con continuas provocaciones policiales buscando que la confrontación estalle para justificar la represión[1]En este momento, siendo las 19.50hs., se ha desatado una fuerte represión, ya no son solo empujones y bastonazos, gas pimienta, balas de goma y de estruendo se expanden por la Plaza de los Dos … Seguir leyendo.
Esta relación entre la calle y el parlamento es decisiva, porque hay antecedentes que triunfos callejeros se transforman luego en derrotas en el parlamento.
Paro y movilización
La convocatoria de la CGT ha tenido una amplitud extraordinaria, acorde a la amplitud del ataque al pueblo trabajador, corporizado tanto en los discursos como en las iniciativas y atropellos del gobierno. Pareciera que el presidente Milei ha hecho suya la sugerencia de Maquiavelo al Príncipe:
El gobernante para tener posibilidades ciertas de éxito en su gestión, debe producir todos los actos que impliquen malestar para sus gobernados inmediatamente de haber asumido, y ejecutarlos en su conjunto sin dilación.
La ofensiva expresada en el plan de ajuste, en el decreto de necesidad y urgencia y en la llamada Ley Ómnibus, puso a la defensiva a vastos sectores de la sociedad, lo que impulsó a la central obrera, rápida de reflejos, a convocar a una acción unitaria, con los dos sindicatos CTA y los movimientos sociales, tal vez inédita por su amplitud. Fue explicada por Héctor Daer, uno de los tres Secretarios Generales de la central: “La CGT adoptó la decisión de cruzar los umbrales de lo estrictamente sindical para incorporar a esta batalla a otros sectores”. No fue producto de la presión de las bases, como justificaron algunos grupos izquierdistas, sino por la presión del gobierno. Esto es, la CGT no lo hizo por convicción, sino por necesidad. Pero lo hizo.
¿Cuál ha sido el alcance del paro, el grado de adhesión? No lo sabemos, no hay porcentajes ni estimación alguna. Es así porque la decisión de parar fue tomadadesde arriba, sin consulta alguna a las bases. Simplemente como forma de presión frente a un gobierno que no los llama a negociar. Por otra parte estamos en pleno período estival, con actividades totalmente en receso, como docentes, judiciales y otras, muchas fábricas están de licencia anual y no pocas, ante la falta de insumos de importación, decidieron adelantar las vacaciones. Si le agregamos la alta informalidad existente, es comprensible que el paro no tuviera la contundencia esperada. Así y todo hubo vastos sectores donde el paro se hizo sentir, aeronáuticos, camioneros y gremios del transporte, aceiteros, neumáticos, mecánicos, siderúrgicos…
Pero sí fue contundente la movilización, que tuvo un carácter federal: se registraron concentraciones en más de 50 ciudades. Las estimaciones más serias hablan de un millón de personas en todo el país, con epicentro en Ciudad de Buenos Aires, donde se concentraron entre 200 000 y 250 000 personas. Con fuerte protagonismo sindical, acompañado por un extenso conjunto de movimientos sociales (barriales, de DDHH, de mujeres, ambientales, minorías sexuales, y un largo etcétera) y el regreso de las Asambleas Barriales, claros reflejos del 2001. No hay aquí votantes de Milei, solo de ciudadanos que votaron otras opciones. Se necesitará una mayor maduración política para que la situación permee en los sectores que votaron buscando un cambio, aunque no se lo definiera con precisiones.
Solidaridad internacional
Así como elexperimento Milei es seguido con atención por la derechas extremas de todo el mundo, también lo es por las izquierdas y el progresismo que recorren el planeta. Es que ambas tendencias son conscientes de que Argentina puede ser un banco de pruebas de un nuevo modelo de gestión social, presidido por las grandes corporaciones.
Se explica así el regreso del internacionalismo proletario bajo la forma de concentraciones frente a las embajadas argentinas en varios países europeos y también de Nuestra América. Mientras que las Confederaciones Sindical de las Américas y Sindical Internacional adhirieron al paro. Lo que muestra que, más allá de los rasgos nacionales, elproblema de las extremas derechas trasciende las estrechas fronteras de nuestro Estado-Nación y se globaliza. Por lo que la respuesta deberá también ser global. En una reciente entrevista, publicada en este medio, Olivier Besancenot decía:
Tenemos que unir nuestras fuerzas para librar las batallas esenciales, incluida la lucha contra la extrema derecha y sus ideas. Si hay una bandera que puede unir a toda la izquierda social y política anticapitalista, es la bandera común del antifascismo.
Esta afirmación es válida tanto a nivel local como internacional.
¿Qué dinámica social en el futuro inmediato?
El paro y las masivas concentraciones del 24 de enero pusieron en el centro del escenario político la enorme potencialidad del movimiento obrero popular. Tal vez por eso la CGT se apresuró a ponerle límites. En los breves y pobres discursos de cierre del acto en Buenos Aires, los secretarios generales Pablo Moyano y Héctor Daer dejaron claro que su objetivo no era otro que presionar sobre los legisladores/as, especialmente del peronismo y en parte de los radicales para que no voten la Ley Ómnibus. Ninguna referencia a un plan de lucha ni a cómo armar a sus representados para enfrentar el duro período que se viene.
En medio del paro y las concentraciones, el oficialismo en la cámara de diputados logró sacar un dictamen por mayoría con lo que el proyecto de ley se está debatiendo en el mismo momento que escribo estas notas. Otra vez la izquierda anticapitalista, como el 20D, es protagonista de la resistencia en la calles y en los enfrentamientos por el protocolo, acompañada por Asambleas Barriales y una tímida respuesta de grupos ligados a la CTA. “La Patria no se Vende” y la exigencia de un nuevo paro general se escuchan en todas las concentraciones.
Todo indica que el proyecto de ley finalmente será aprobado con múltiples modificaciones y exclusiones. Sin embargo, lo que está hoy en discusión es el corazón del proyecto: la delegación de poderes legislativos al ejecutivo, con lo que Milei obtendría la suma del poder político por un tiempo acotado. Lo que en estas circunstancias es peligrosísimo.
Más allá de esto, que si se aprueba significaría un triunfo pírrico del gobierno, pero triunfo al fin, las movilizaciones continuarán y la incógnita es quién marcará el rumbo: si la clase obrera como tal o la multiplicidad de movimientos sociales que expresan un conjunto variopinto de identidades y subjetividades, cuando muchas de ellas no alcanzan a tener determinaciones de clase.
Así, tanto la dimensión social de las concentraciones futuras como su composición adquieren una importancia significativa para el análisis y continuidad de la confrontación. Por un lado estará el concepto demultitudque acuñaran dos décadas atrás Toni Negri y Paolo Virno: “la realidad y la potencia de losmuchos en contraposición al pueblo y a la nación, a su vocación unitaria y homogénea”. Este concepto diluye la pertinencia de la noción de clases en aras de una ciudadanía global. Por el otro la clase obrera como caudillo del conjunto de los explotados, oprimidos y excluidos de la sociedad. Con lo cual se repondría en el centro de la escena política la centralidad del trabajo en la sociedad del capital y una orientación que en medio de la disputa con la ultraderecha marcaría una perspectiva anticapitalista.
No será un dato menor, con vistas al futuro próximo, cuál de estas dos tendencias prime en los próximos días. La moneda sigue en el aire también en este sentido.
En este momento, siendo las 19.50hs., se ha desatado una fuerte represión, ya no son solo empujones y bastonazos, gas pimienta, balas de goma y de estruendo se expanden por la Plaza de los Dos Congresos. Diputados del FIT-U y de Todos por la Patria, han bajado del recinto y tratan de mediar con las fuerzas represivas
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La proliferación del narcotráfico en el Ecuador es una manifestación agresiva de la degradación del capitalismo neoliberal cuyos verdaderos responsables se encuentran entre las filas de la élite ecuatoriana. Para sorpresa de nadie, la «guerra contra el narco» encubre un conjunto de medidas regresivas para los sectores populares.
Ecuador vive una ola de violencia del crimen organizado que ha copado las páginas de todos los periódicos. Sin embargo, aquellos hechos no se comprenden si no se atiende a problemas estructurales. La coyuntura ecuatoriana de los últimos años es compleja: el incremento de la pobreza, las nuevas rutas de la droga a nivel mundial y la emergencia de una narcoburguesía local se abren paso en el contexto de una crisis global del capitalismo en su versión neoliberal, trayendo como consecuencia la descomposición y la ruptura del pacto social entre las clases, los pueblos y los bloques hegemónicos.
En este escenario, el gobierno de derecha de Daniel Noboa ha decidido «enfrentar» la oleada narcodelictiva que ahoga al Ecuador a través de la declaratoria de un «conflicto armado interno». En otras palabras, una guerra contra los pobres financiada a la fuerza por el propio pueblo, que ha sido apoyada por la clase media y ciertos sectores subalternos atrapados por el discurso punitivo del gobierno. La premisa que ordena el accionar gubernamental pareciera ser que «la violencia se soluciona con más violencia», lo que evidencia la búsqueda por parte de las élites de disciplinar a la sociedad a través de la muerte.
La experiencia mundial de más de 40 años de guerra contra las drogas se ha probado como un rotundo fracaso: la industria psicotrópica creció, y también lo hicieron la población consumidora, el blanqueo de capitales y la fragmentación social. Colombia, México y Perú son ejemplos notables del naufragio de esta estrategia impulsada por el otrora principal consumidor de cocaína del mundo entero, Estados Unidos (según un informe de 2023 de la Oficina de Drogas y Crimen de las Naciones Unidas, ahora Estados Unidos ocupa el tercer lugar, detrás de Australia y Reino Unido).
Pero el trasfondo real de la declaratoria belicista anunciada por el Ejecutivo no se origina en el contexto de desborde de la narcoeconomía en Ecuador o o la «toma inesperada» —y mundialmente difundida— del canal TC Televisión. Del análisis del procedimiento operativo y del posterior asesinato del fiscal César Suarez, encargado de investigar el «asalto armado» al canal TC Televisión, se puede concluir que fue una operación montada o al menos tolerada desde los aparatos de seguridad con la finalidad de responsabilizar al «terrorismo» y justificar la declaratoria de conflicto armado interno.
Las élites económicas, sobre todo durante las administraciones de Correa, Moreno y Lasso, fabricaron a fuego lento —particularmente luego de las rebeliones plurinacionales de octubre de 2019 y junio de 2022— una trama que busca aniquilar al único actor de oposición de izquierda con capacidad de movilización social real: el Movimiento Indígena Ecuatoriano.
Más allá del espectáculo de la violencia que surca la coyuntura ecuatoriana hace tiempo, el fondo del problema es que la cocaína no deja de circular por los puertos principales. ¿Por qué? La respuesta es sencilla (y hasta cierto punto obvia): las élites económicas exportadoras siguen beneficiándose, por lo que el dinero continúa lavándose. El problema no es solamente «Fito» —uno de los narcos locales más relevantes— sino la participación, desde hace varias décadas atrás, de la burguesía en tanto clase en el negocio de la droga.
Para muestras vale observar las investigaciones de la prensa que señalan cómo las flotas navieras de exportación de la familia del presidente Noboa, por donde sale banano y cocaína hacia Europa. ¿Cómo pueden blanquearse miles de millones de dólares, si no es a través del sistema financiero y de la economía real (inmobiliaria, agroindustrial, minera, comercial)? En definitiva, las facciones que viven en Samborondón o Cumbayá (zonas exclusivas de Guayaquil y Quito) se vuelven cada vez más poderosas, en contubernio con las bandas locales y carteles transnacionales como el de Sinaloa, Cartel Jalisco Nueva Generación y «Albaneses», entre otros.
La declaratoria del «conflicto armado interno» por parte del gobierno de Noboa ha esquivado el problema central: la economía burguesa de la droga. Sin atacar la raíz del problema, aquella declaración rimbombante se traduce, en la práctica, como una guerra contra los pobres, no contra el narcotráfico. Nadie en todo Ecuador ha visto nunca que ningún miembro de la burguesía narcotraficante de las ciudades ricas sea apresado o maltratado. Sin embargo, la militarización y humillación de los sectores populares es moneda corriente.
En esta tragedia, los jóvenes pobres y racializados —en gran cantidad afroecuatorianos—, de los barrios marginales de las ciudades con una diferenciación entre ricos y pobres grotesca (como Guayaquil, Durán, Portoviejo, Santo Domingo, Esmeraldas, Machala, Quevedo o Babahoyo, entre otras) han sido los principales perjudicados. La dicotomía vulgar entre «malos» y «buenos» se exacerba a cada paso: los primeros, los «terroristas», son los pobres, los negros, cholos, montubios, delincuentes, trabajadores precarizados, hombres jóvenes, las mujeres objetuadas y el pueblo organizado en general; en definitiva, la subalternidad. Los segundos, el poder realmente existente, que aprovecha la idea de la «unidad nacional» ecuatoriana para mimetizar sus intereses.
Para los subalternos solo hay humillación pública, maltratos, golpes, torturas, vejación y muerte (esta última, a menudo expresada con el macabro eufemismo de «dar de baja»); todo ello trasmitido meticulosamente a través de las corporaciones de comunicación. En contraste, el poder realmente existente ataca con violencia a una de las partes de la cadena económica del narcotráfico, aquella que actúa entre los sectores pobres, e invisibiliza la otra parte de la narcoeconomía —la principal—, que funge como burguesía lumpenizada y conduce la mayor parte del mercado de la droga.
Esta operación hace del pobre un equivalente de «delincuente» o «terrorista» y, en el camino, procura dinamitar el concepto de derechos humanos en la opinión pública. Se pasa intencionalmente por alto el hecho de que los sectores populares son víctimas de la violencia del narcotráfico—y no su causa—, y el pueblo queda atrapado en el fuego cruzado de la narcoburguesía, que enfrenta a las bandas entre sí y a estas con el gobierno (en donde también tienen presencia las bandas, como ha quedado probado a partir de la denuncia del embajador de Estados Unidos en Ecuador, Michael Fitzpatrick, quien hace un par de años dijo en la CNN estar muy preocupado «por la penetración del narcotráfico en Ecuador y en las Fuerzas del orden»).
Este escenario evidencia un doble triunfo del poder realmente existente. Por una parte, ha logrado disciplinar a la sociedad a través del temor y del relato oficial unipolar respecto a la situación del país. El Estado se legitima como actor político y justifica el paquete de reformas antipopulares normalizando entre la población el uso de la violencia contra el llamado «terrorismo» y encontrando eco entre unos atemorizados sectores subalternos. Cualquier otra posición por fuera de este esquema es considerada aliada del narcotráfico, lo que facilita la implementación del paquete neoliberal porque no encuentra oposición en la sociedad aterrorizada (y, si la encuentra, la elimina mediante la violencia de guerra).
Por otra parte, a través de la exportación de tecnología militar, se viabiliza la presencia militar estadounidense y del sionismo israelí en el país. Este objetivo, justificado a partir de los estallidos sociales de 2019 y 2022, pretende imprimir un cariz anticomunista a la estrategia de estabilización del gobierno. Y permite entrever las bambalinas de toda la operación: la cuestión geopolítica y estratégica de fondo es el interés de Estados Unidos por ganar posiciones en el hemisferio sur, en medio de su disputa contra el eje Beijín-Moscú, Teherán.
Otros aspectos inciden también en la configuración más reciente del caótico mapa del negocio del narcotráfico en el Ecuador. En primer lugar cabe mencionar la «paz» en Colombia, que desordenó la frontera norte al disminuir notablemente a una de las referencias ideológicas de la disputa (las antiguas FARC-EP, ahora disidencias atomizadas débiles), con lo que brotaron múltiples bandas narco-paramilitares. En segundo lugar operó el asesinato de «Rasquiña» (líder de Los Choneros) en diciembre de 2020, que fragmentó el mapa de las bandas en múltiples grupos (Tiguerones, Chonekillers, Los Fatales, Águilas, etc.) abriendo una disputa por el territorio contra grupos de otro origen (como Los Lobos).
La llegada de cárteles mexicanos para ampliar el mercado de exportación de cocaína a Europa —dado que resulta más conveniente transportarla desde el Ecuador dolarizado que desde Perú o Colombia— constituye un tercer factor. La irrupción del mercado de las drogas sintéticas, como el fentanilo, reconfiguró la geografía de las drogas, convirtiéndose en uno de los detonantes de la escalada de violencia en el Ecuador. Como afirma el gobierno colombiano, el crecimiento del consumo de esta droga en Estados Unidos disminuyó la demanda de cocaína, fortaleciéndose otros mercados de la coca en Europa, Asia y Oceanía.
A la tradicional ruta de la costa pacífica se sumó ahora la de la cuenca amazónica con dirección al Atlántico y el Pacífico Sur. Con esto se produjo un importante cambio en el epicentro de producción de la cocaína: históricamente ubicado en la costa pacífica colombiana, se trasladó al margen noreste de Ecuador (provincia de Sucumbíos), región que actualmente constituye el principal centro de producción de cocaína en el mundo. Con este traslado arribaron al Ecuador también la transmisión del know-how del negocio del narcotráfico, la pedagogía del terror y el entrenamiento en la violencia profesional, como las escuelas de sicarios de la mafia albanesa.
Un último factor a tener en cuenta, por supuesto, es la pobreza desesperante que aqueja sobre todo a los barrios de la costa ecuatoriana. Allí la brutalidad de las desigualdades del capitalismo obliga a los jóvenes a enlistarse en las bandas narcodelictivas. Ante la casi total ausencia de oportunidades en el marco de la legalidad, las bandas aparecen como la única opción viable, ya que al menos les ofrecen un salario mínimo y alguna expectativa de vida (aunque sea efímera, es mejor que nada).
Como en cualquier otro campo de la economía capitalista, los grupos económicos invierten en determinadas ramas de la producción y en mercados rentables (independientemente de si son lícitos o inmorales), diversificando el rendimiento y, en este caso, blanqueando miles de millones de dólares producto de actividades criminales. El narco ha penetrado en la economía de un país dolarizado, situación que se refleja cabalmente en el sector de la minería.
Los datos de la presencia intensiva de la minería en zonas del subtrópico sur del país advierten el nivel de penetración de una de bandas locales (Los Lobos) aliada a un cártel transnacional, el Cartel Jalisco Nueva Generación. Controlan directamente 20 concesiones mineras, mientras que en otras 30 ejercen su poder a través del cobro de «vacunas» (una extorsión a cambio de «seguridad» en las zonas que operan las concesionarias). Solo en esta zona del país, Los Lobos se articulan con al menos 40 mafias mineras locales, lo que representa 3,6 millones de dólares mensuales. Mientras tanto, Los Choneros lavan sus recursos a través de la gestión inmobiliaria y la obra pública, y la mafia albanesa lo hace a través del sistema financiero nacional (cooperativas y bancos).
Como ocurre en otros países de la región, como México, la declaratoria de «guerra contra el narcotráfico» por parte de los gobiernos supone la parcialización del conflicto con uno de los cárteles de narcotraficantes. Es decir, una alianza de «pacificación» que emplea al actor —o actores— narcodelictivos dominante con la finalidad de limitar o eliminar a otros cárteles, cuya relación con el poder realmente existente tiene menor relevancia.
En otros términos, los conflictos por el negocio del narcotráfico exhiben características de luchas interburguesas locales, regionales y mundiales. Se trata de una disputa entre empresas y empresarios de la droga que tienen mayor o menor relación con el gobierno y el Estado. A modo ilustrativo, cabe señalar que Genaro García Luna, Secretario de Seguridad e ideólogo de la guerra contra las drogas durante el gobierno de Felipe Calderón en México, trabajaba directamente para el Cartel de Sinaloa. Dicha estrategia ha funcionado como un mecanismo de negocios, si no como una forma de continuidad de la política de contrainsurgencia que, aplicado al caso ecuatoriano, se traduciría como radicalización del principio gubernamental de criminalización de la lucha social.
¿Por qué la persecución a Los Choneros y la mafia albanesa no tiene la misma intensidad que la desplegada contra Los Lobos y Los Tigüerones? ¿Los gobiernos han sido permisivos con las bandas narcodelictivas? Estas preguntas no son únicamente interrogantes fundamentales, sino hipótesis comprobables. Véase, por ejemplo, el asesinato de Rubén Chérrez, amigo íntimo de Danilo Carrera —cuñado de Guillermo Lasso—, vinculado al narco, a la corrupción y al tráfico de influencias, y pieza clave en el juicio político contra el expresidente.
La puesta en escena de las masacres carcelarias de 2021, 2022 y 2023, la penetración del narco en el Servicio Nacional de Atención Integral a Personas Adultas Privadas de la Libertad y a Adolescentes Infractores (SNAI), en los puertos, las aduanas y las fronteras, en definitiva, la politización del narco fungen como estrategia de desmovilización. El argumento, esgrimido tanto por Moreno como por Lasso, de que los paros de 2019 y 2022 fueron financiados por grupos ligados al tráfico de drogas son una clara señal en ese sentido.
El ingreso del negocio de la droga a la política ecuatoriana es un fenómeno que puede registrarse al menos desde los últimos cinco gobiernos (algunos balances plantean que la posible entrada del cartel de Sinaloa ocurrió durante la administración de Lucio Gutiérrez). La lumpenización que ello supone viene asociada principalmente a la degradación del capitalismo neoliberal que, profundizada en los últimos años, supuso un sistemático desmonte del Estado, recortes presupuestarios y pérdida de derechos adquiridos.
En ausencia de un proyecto común de clase, las élites dominantes se ciñeron en disputas que desfondaron la trama de la seguridad. Como consecuencia, la pobreza fue en aumento. Todo ello generó un caldo de cultivo que estimuló el crecimiento de fenómenos asociados a la economía del narcotráfico. A partir de la capacidad adaptativa del capital (Marx) o de la necesidad del capitalismo de codificar flujos desterritorializados (Deleuze), el negocio del narcotráfico se articuló progresivamente con las necesidades del capitalismo ecuatoriano desde el punto de vista de la acumulación económica, la dominación del Estado y la construcción de consentimiento entre la población respecto de la estrategia represiva ampliada.
En esta vorágine, el gobierno ha aprovechado la oportunidad para autolegitimarse en vistas a su reelección en 2025, ya sea por medio de la victimización («la violencia del narco es herencia de gobiernos pasados»), sea ejecutando golpes de falsa bandera (como el simulacro de TC Televisión) o a través de la profundización de la violencia (empleo de grupos rivales, terrorismo como recurso político, etcétera). Se ha instalado en la sociedad ecuatoriana la idea de que el problema es la ausencia del Estado, y que esto debe resolverse construyendo un aparato centrado en la militarización interna y la represión. Esto plantea algunos escenarios posibles para el accionar del gobierno en los próximos meses:
Dado este estado de cosas, es natural que el escenario ecuatoriano se presente como un maremágnum para las organizaciones populares. Pero en todo este panorama existen elementos fundamentales para orientar nuestras acciones. El primero, por supuesto, que la escalada del narcotráfico no ha sido generada desde los sectores populares. Los responsables se encuentran bien enquistados en torno a la burguesía de la droga.
La deuda que tiene la izquierda, que no advirtió a tiempo esa circunstancia, reside en no haber compactado a los sectores pobres más susceptibles de ser reclutados por las bandas en una propuesta organizativa capaz de proponer una alternativa a las transformaciones de la economía capitalista (entre las que se cuenta el narcotráfico). El segundo, pese a lo anterior, gira en torno a la necesidad de seguir insistiendo en procesos de unidad desde abajo con el afán de acumular fuerzas y enfrentar un proyecto integral de ofensiva de los de arriba. El relato de la «unidad nacional» promovido por el gobierno es una envoltura llena de pus, y los sectores populares deben desmarcarse de ese discurso.
La política popular—y este es el tercer elemento orientador— debe presentarse como la real oposición al negocio del narcotráfico, un negocio que es construido desde los grupos económicos en articulación con los cárteles internacionales y las bandas delictivas locales y que cuenta con el beneplácito del gobierno de turno. La estrategia de desregulación laboral y las reformas de carácter antipopular que pretende imponer el gobierno de Noboa bajo el pretexto de «financiar la guerra» debe encontrarse con la más férrea oposición. Quienes causaron el desborde del narco (y se beneficiaron de él) fueron los ricos: ellos son los culpables y quienes deben asumir las consecuencias.
Debemos demandar al Estado un cambio en la estrategia de lucha contra las drogas. En primer lugar, denunciando las prácticas racistas y de criminalización de la pobreza que humillan a los sectores populares y pretenden ocultar las condiciones de miseria en las que vive la mayoría del pueblo ecuatoriano. En segundo lugar, denunciando la concentración de dispositivos coactivos, que lo único que hacen es fomentar la corrupción de las instituciones públicas y privadas, invisibilizar las precarias condiciones sociales de la mayoría de la población afectada e incrementar la violencia irresoluta.
La defensa de los territorios de las nacionalidades y los pueblos, y de cualquier terreno en donde exista tejido social organizado a través de guardias comunitarias, indígenas y populares debe contarse también entre nuestras prioridades. De la mano de lo anterior, debemos rechazar cualquier construcción de cárceles en territorios con presencias de estructuras organizativas sociales (como las provincias de Pastaza y Santa Elena).
En definitiva, la proliferación del narcotráfico en el Ecuador es una manifestación agresiva de la degradación del capitalismo neoliberal y señala un punto de no retorno entre la barbarie y una transformación profunda de nuestro país. Pone frente a frente a la narcoburguesía y a los sectores subalternos, cuyo principal referente organizativo es el Movimiento Indígena. Las declaraciones del presidente de la República, eludiendo la evidente instrumentalización del escenario para acentuar las medidas antipopulares, ilustran de manera clara que el objetivo de la «guerra» no es ni será el narco, sino los y las de abajo. Debemos comprender esta batalla como lo que realmente es y unirnos y organizarnos en consecuencia.