Teoría: Imperialismo

Su antiimperialismo y el nuestro

06/04/2021

Gilbert Achcar

profesor en SOAS, Universidad de Londres

Traducción: Rubén Navarro, revisada por viento sur
Fuente:
The Nation

Las tres últimas décadas han estado marcadas por una creciente confusión política en torno al significado del antiimperialismo, una noción que, como tal, no había sido objeto de mucha controversia anteriormente. Hay dos razones principales para esta confusión: el final victorioso de la mayoría de las luchas anticoloniales posteriores a la Segunda Guerra Mundial y el derrumbe de la URSS. Durante la guerra fría, Estados Unidos y las potencias coloniales occidentales aliadas libraron varias guerras directamente contra movimientos o regímenes de liberación nacional, así como intervenciones militares más limitadas y guerras indirectas. En la mayoría de estos casos, las potencias occidentales se enfrentaban a un adversario local apoyado por una amplia base popular. Así pues, oponerse a la intervención imperialista y apoyar a aquellos contra los que estaba dirigida resultaba obvio para los progresistas; la única cuestión era si este apoyo debía ser crítico o sin reservas.

Durante la guerra fría, la principal divisoria entre los antiimperialistas era la actitud hacia la URSS, que los partidos comunistas y sus aliados cercanos consideraban la patria del socialismo y adoptaban en gran medida sus propias posiciones políticas alineándose con Moscú y el campo socialista, una actitud que entonces se llamaba campismo. Esto vino facilitado por el apoyo de Moscú a la mayoría de las luchas contra el imperialismo occidental en el marco de su rivalidad global con Washington. En cuanto a la intervención de Moscú contra las revueltas obreras y populares en su propia esfera de dominación europea, los campistas salieron en defensa del Kremlin, denigrando estas revueltas so pretexto de que eran fomentadas por Washington.

Aquellos que pensaban que la defensa de los derechos democráticos es el principio fundamental de la izquierda apoyaron tanto las luchas contra el imperialismo occidental como las revueltas populares en los países bajo dominación soviética contra los regímenes dictatoriales locales y la hegemonía de Moscú. Una tercera categoría la formaron durante un tiempo los maoístas, quienes, a partir de los años sesenta, calificaron a la URSS de socialfascista, afirmando que era peor que el imperialismo estadounidense e incluso poniéndose del lado de Washington en ciertos casos, como la posición de Pekín en el sur de África.

De todos modos, el patrón caracterizado exclusivamente por guerras imperialistas occidentales contra los movimientos populares en el Sur global empezó a cambiar con la primera guerra de este tipo librada por la URSS desde 1945: la guerra de Afganistán (1979-1989). Y aunque no las emprendieran Estados que entonces eran calificados de imperialistas, tanto la invasión de Camboya por Vietnam en 1978 como la agresión de China a Vietnam en 1979 causaron una gran desorientación en las filas de la izquierda antiimperialista mundial.

La siguiente complicación importante se produjo con la guerra encabezada por Estados Unidos contra el Irak de Sadam Husein en 1991. No se trataba de un régimen popular, aunque sí dictatorial, sino de uno de los regímenes más brutales y asesinos de Oriente Medio, que incluso había masacrado con armas químicas a miles de miembros de la población kurda de su país, con la complicidad de Occidente, ya que esto había ocurrido durante la guerra de Irak contra Irán. Algunas personas que hasta entonces habían pertenecido a la izquierda antiimperialista, cambiaron de bando en esta ocasión apoyando la guerra conducida por Estados Unidos. Pero la gran mayoría de las gentes antiimperialistas se opusieron a la misma, aunque se librara al amparo de un mandato de Naciones Unidas aprobado por Moscú. No estaban por defender la posesión por el emir de Kuwait del territorio que le había regalado Gran Bretaña y que estaba poblado por una mayoría de migrantes sin derechos. En general tampoco simpatizaban con Sadam Husein: lo denunciaban como un dictador brutal, al tiempo que se oponían a la guerra imperialista encabezada por Estados Unidos contra su país.

Pronto surgió una nueva complicación: tras el cese de las operaciones bélicas conducidas por Estados Unidos en febrero de 1991, la administración de George H.W. Bush –que había escatimado deliberadamente las tropas de élite de Sadam Husein por temor a un colapso del régimen, que habría beneficiado a Irán– permitió al dictador desplegar esas mismas tropas para aplastar un levantamiento popular en el sur de Irak y también a la insurgencia kurda en el norte montañoso, dejándole utilizar helicópteros en este último caso. Eso provocó una oleada masiva de refugiados kurdos que cruzaron la frontera con Turquía. Para impedirlo y para facilitar que los refugiados volvieran a sus hogares, Washington impuso una zona de exclusión aérea sobre el norte de Irak (no-flyzone, NFZ). Apenas hubo alguna campaña antiimperialista contra esta NFZ, ya que la única alternativa habría sido la continuación de la implacable represión contra la población kurda.

En la década de 1990, las guerras de la OTAN en los Balcanes crearon un dilema similar. Las fuerzas serbias leales al régimen de Slobodan Milosevic llevaron a cabo acciones criminales contra musulmanes bosnios y kosovares. No obstante, Washington desestimó deliberadamente otros medios para impedir las masacres e imponer una solución negociada en la antigua Yugoslavia, deseoso de que la OTAN dejara de ser una alianza defensiva y se convirtiera en una organización de seguridad involucrada en guerras intervencionistas. El siguiente paso en esta transformación consistió en involucrar a la OTAN en Afganistán tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, eliminando así la limitación original de la alianza a la zona del Atlántico. Luego vino la invasión de Irak en 2003, la última intervención dirigida por Estados Unidos que unió a todos los antiimperialistas en la oposición a la misma.

Mientras tanto, el campismo de la Guerra Fría volvía a surgir bajo una nueva forma: dejó de caracterizarse por su alineación con la URSS y pasó a apoyar directa o indirectamente a cualquier régimen o fuerza que fuera objeto de la hostilidad de Washington. En otras palabras, se pasó de una lógica de el enemigo de mi amigo (la URSS) es mi enemigo a la lógica de el enemigo de mi enemigo (Estados Unidos) es mi amigo (o alguien a quien no había que criticar de ningún modo). Si la primera lógica dio lugar a algunas alianzas extrañas, la segunda es una receta para el cinismo vacuo: al centrarse exclusivamente en el odio al gobierno de Estados Unidos, conduce a la oposición sistemática a todo lo que Washington emprende en el escenario mundial y al apoyo acrítico a regímenes ultrarreaccionarios y antidemocráticos, como el siniestro gobierno capitalista e imperialista de Rusia (imperialista en todos los sentidos del término) o el régimen teocrático de Irán, o los émulos de Milosevic y Sadam Husein.

Para ilustrar la complejidad de los problemas a que se enfrenta hoy el antiimperialismo progresista –una complejidad que la lógica simplista del neocampismono permite captar –, veamos el ejemplo de dos guerras derivadas de la primavera árabe de 2011. Cuando las revueltas populares lograron deshacerse de los presidentes de Túnez y Egipto a principios de 2011, todo el espectro de autoproclamados antiimperialistas aplaudió al unísono, ya que ambos países tenían regímenes favorables a Occidente. No obstante, cuando la onda expansiva revolucionaria llegó a Libia, como era inevitable en un país limítrofe con Egipto y Túnez, los neocampistas se mostraron mucho menos entusiastas. Recordaron de pronto que el régimen sumamente autocrático de Muamarel Gadafi había sido proscrito por los Estados occidentales durante décadas, ignorando aparentemente que desde 2003 venía colaborando con Estados Unidos y con varios Estados europeos.

Fiel a su estilo, Gadafi reprimió las protestas en un baño de sangre. Cuando los insurgentes tomaron el control de la segunda ciudad de Libia, Bengasi, Gadafi –después de tacharlos de ratas y drogadictos y de prometer a los cuatro vientos que iba a “depurar Libia palmo a palmo, casa a casa, hogar a hogar, calle a calle, persona a persona, hasta que el país quede libre de mugre e impurezas”– preparó un ataque contra la ciudad, desplegando todo el espectro de sus fuerzas armadas. La probabilidad de una masacre a gran escala era muy elevada. Diez días después del inicio de la revuelta, el Consejo de Seguridad de la ONU adoptó por unanimidad una resolución que denunciaba a Libia ante la Corte Penal Internacional.

Los habitantes de Bengasi pidieron protección al mundo entero, pero insistieron en que no querían tropas extranjeras sobre el terreno. La Liga de Estados Árabes apoyó esta petición. Así, el Consejo de Seguridad adoptó una resolución que autorizaba la imposición de una zona de exclusión en el espacio aéreo libio, así como “todas las medidas necesarias […] para proteger a la población civil […] descartando al mismo tiempo el despliegue de cualquier fuerza de ocupación extranjera, bajo cualquier forma y en cualquier parte del territorio libio”. Ni Moscú ni Pekín vetaron esta resolución: ambos se abstuvieron, ya que no querían asumir la responsabilidad de una masacre anunciada.

La mayoría de los antiimperialistas occidentales condenaron la resolución del Consejo de Seguridad, que les recordaba a las que habían autorizado el ataque a Irak en 1991. Al hacerlo, pasaron por alto el hecho de que el caso libio tenía más puntos en común con la NFZ impuesta en el norte de Irak que con la guerra contra Irak so pretexto de liberar Kuwait. La resolución del Consejo de Seguridad estaba claramente viciada: podía interpretarse como una injerencia prolongada de las potencias de la OTAN en la guerra civil libia. Sin embargo, a falta de medios alternativos para evitar la masacre inminente, quedaba poco margen para oponerse a la NFZ en su fase inicial, por las mismas razones que llevaron a Moscú y Pekín a abstenerse.

En pocos días, la OTAN privó a Gadafi de gran parte de su fuerza aérea y de sus tanques. Los insurgentes podrían haber continuado su lucha sin una intervención extranjera directa, siempre y cuando tuvieran las armas necesarias para contrarrestar el arsenal restante de Gadafi. Pero la OTAN decidió asegurarse de que siguieran dependiendo de su participación directa con la esperanza de poder controlarlos. Al final, los insurgentes lograron frustrar los planes de la OTAN desmantelando por completo el Estado de Gadafi, dando lugar a la situación caótica que reina ahora en Libia.

El segundo caso, aún más complejo, es el de Siria. En este país, la administración Obama nunca tuvo la intención de imponer una NFZ. Debido a los inevitables vetos de Rusia y China en el Consejo de Seguridad, esto habría exigido una violación de la legalidad internacional similar a la cometida por el gobierno de George W. Bush con la invasión de Irak (una invasión a la que Obama se había opuesto). Washington mantuvo un perfil bajo en la guerra siria, intensificando su intervención solo después de que el llamado Estado Islámico (EI) pasara a la ofensiva y cruzara la frontera iraquí, y en todo caso limitando su intervención directa al combate contra el EI.

Pero la influencia más decisiva de Washington en la guerra siria no fue su intervención directa –que solo resulta primordial a los ojos de los neocampistas, que solo miran al imperialismo occidental–, sino la prohibición a sus aliados regionales de entregar armas antiaéreas a los insurgentes sirios, principalmente debido a la oposición de Israel. El resultado fue que el régimen de Bashar al Asad tuvo el monopolio aéreo durante el conflicto e incluso pudo recurrir al uso extensivo de las devastadoras bombas de barril lanzadas desde helicópteros. Esta situación también alentó a Moscú a involucrar directamente a su fuerza aérea en el conflicto sirio a partir de 2015.

Los antiimperialistas estuvieron profundamente divididos a propósito de Siria. Los neocampistas –como la Coalición Nacional Unida Antiguerra y el Consejo por la Paz en Estados Unidos– se centraron exclusivamente en las potencias occidentales en nombre de un peculiar antiimperialismo unilateral, mientras apoyaban o pasaban por alto la intervención incomparablemente más importante del imperialismo ruso (o la mencionaban tímidamente, mientras se negaban a movilizarse contra la misma, como en el caso de la Coalición contra la Guerra en el Reino Unido), sin hablar ya de la intervención de las fuerzas fundamentalistas islámicas patrocinadas por Irán. Los antiimperialistas progresistas y demócratas –incluido el autor de este artículo– condenaron el régimen asesino de Asad y a sus partidarios imperialistas y reaccionarios extranjeros y reprobaron la indiferencia de las potencias imperialistas occidentales ante la difícil situación del pueblo sirio, se opusieron a su intervención directa en el conflicto y denunciaron el papel nefasto de las monarquías del Golfo y de Turquía, que promovían a fuerzas reaccionarias en el seno de la oposición siria.

La situación se complicó aún más cuando el EI, en plena expansión, amenazó al movimiento nacionalista de izquierda kurdo de Siria, la única fuerza armada progresista que operaba entonces en territorio sirio. Washington combatió al Estado Islámico con una combinación de bombardeos y apoyo incondicional a las fuerzas locales, incluidas las milicias alineadas con Irán en el territorio de Irak y las fuerzas kurdas de izquierda en Siria. Cuando el EI amenazó con tomar la ciudad kurda de Kobane, las fuerzas kurdas se salvaron gracias a los bombardeos y a los suministros de armas por parte de Estados Unidos. Ningún sector antiimperialista alzó la voz para condenar esta descarada intervención de Washington, por la razón evidente de que la alternativa habría sido el aplastamiento de una fuerza vinculada a un movimiento nacionalista de izquierdas en Turquía apoyado tradicionalmente por el conjunto de la izquierda.

Posteriormente, Washington desplegó tropas terrestres en el noreste de Siria para apoyar, armar e instruir a las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), dirigidas por milicias kurdas. La única oposición vehemente a este papel de Estados Unidos vino de Turquía, miembro de la OTAN y opresor nacional de la mayoría del pueblo kurdo. Gran parte de los antiimperialistas guardaron silencio (un silencio equivalente a la abstención), en contraste con su posición de 2011 sobre Libia, como si el apoyo de Washington a las insurgencias populares solo pudiera tolerarse cuando están dirigidas por fuerzas de izquierda. Y cuando Donald Trump, presionado por el presidente turco, anunció su decisión de retirar las tropas estadounidenses de Siria, varias figuras destacadas de la izquierda estadounidense –entre ellas Judith Butler, Noam Chomsky, el ahora difunto David Graeber y David Harvey– emitieron una declaración en la que exigían que Estados Unidos “siga prestando apoyo militar a las FDS” (aunque sin especificar que eso debería excluir la intervención directa por tierra). Incluso entre los neocampistas, muy pocos fueron los que denunciaron públicamente esa declaración.

De este breve repaso de las complicaciones recientes del antiimperialismo se desprenden tres principios rectores. En primer lugar, y sobre todo: las posiciones verdaderamente progresistas –a diferencia de las apologías de dictadores pintadas de rojo– deben determinarse en función de los intereses del derecho de los pueblos a la autodeterminación democrática y no por la oposición sistemática a todo lo que hace una potencia imperialista, sean cuales sean las circunstancias; los antiimperialistas deben aprender a pensar. En segundo lugar: el antiimperialismo progresista implica oponerse a todos los Estados imperialistas, no ponerse del lado de unos contra otros. Por último: incluso en aquellos casos excepcionales en los que la intervención de una potencia imperialista beneficia a un movimiento popular emancipador –e incluso cuando es la única opción disponible para salvar a dicho movimiento de una represión sangrienta–, los antiimperialistas progresistas deben abogar por una desconfianza total hacia la potencia imperialista y exigir que su intervención se restrinja a formas que limiten su capacidad de imponer su dominación sobre aquellos a los que pretende salvar.

Las discusiones entre los antiimperialistas progresistas que están de acuerdo con los principios analizados anteriormente giran sobre todo en torno a cuestiones tácticas. Con los neocampistas, en cambio, hay muy poco espacio para la discusión: la invectiva y la calumnia son su modus operandi habitual, siguiendo la tradición de sus predecesores del siglo pasado.

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