Imperialismo

“Federación” con el PT, el papel del ministro Guilherme Boulos y el futuro estratégico del PSOL

18/2/2026

Secretaría Nacional del MES

Movimiento de Izquierda Socialista, organización política fundadora del PSOL

Entre la unidad contra la extrema derecha y el riesgo de subordinación estratégica al PT, el PSOL se enfrenta a un debate decisivo sobre su futuro y el lugar que ocupa Guilherme Boulos

El PSOL vive un momento muy importante, que puede ser determinante para el futuro del partido. Hay dos procesos en curso que han dado un salto, han alcanzado otro nivel en el año que comienza: el debate sobre la federación partidaria del PSOL con el PT y la posibilidad cada vez más visible de la salida del actual ministro Guilherme Boulos del partido. (Federación es una posibilidad legal que existe en Brasil de una unidad de  por lo menos cuatro años, entre dos o más partidos con afinidad programática, que pasan a actuar nacionalmente como se fueran una única sigla. Según el Superior Tribunal Electoral, “eso hace con que, en la práctica, las federaciones funcionen como un teste para una posible fusión o incorporación entre las organizaciones que la integran”.)

Lo primero expone una profunda encrucijada: independencia de clase o disolución en el campo de la conciliación, con la integración completa del partido en el régimen político. La propuesta de federación presentada por el PT al PSOL, que se concretará en 2026, ha sido defendida en el PSOL solo por la Revolución Solidaria, sector liderado por Guilherme Boulos, ministro de la Secretaria General de la Presidencia. 

Afortunadamente, todas las tendencias políticas del PSOL, entre ellas Primavera y Resistencia, aliadas de Boulos y miembros del llamado PTL, campo que ha sostenido el liderazgo de Boulos en el partido, discrepan de la propuesta de federación y se muestran firmes en mantener la independencia del PSOL. Incluso sectores de Revolución Solidaria no se sienten cómodos con la política del ministro. Por lo tanto, las posibilidades de que esta propuesta sea aprobada son mínimas. Si se aprobara, significaría, a mediano plazo, el fin del PSOL o su transformación en un pequeño satélite del PT, lo que significa lo mismo. Es lo que vamos a demostrar en este texto.

Es esencial que la militancia comprenda la dimensión de lo que está en juego. El PSOL es hoy un instrumento político necesario en un escenario de avance de la extrema derecha y de agotamiento de las fórmulas tradicionales de la centroizquierda. Defender su existencia con independencia no es un detalle organizativo, es una tarea histórica. La federación, en este sentido, es solo la expresión institucional de un debate más profundo: ¿queremos un partido con independencia de clase y estrategia socialista o aceptaremos ser absorbidos por el proyecto de centroizquierda que gobierna en el marco del capitalismo brasileño?

La federación no es unidad, es subordinación estratégica

Formar una federación de partidos no es lo mismo que participar en un frente electoral. No se trata de una alianza táctica para afrontar unas elecciones concretas. La federación implica la constitución de una estructura común durante varios años, con un programa unificado, una dirección compartida y una disciplina política obligatoria.

En la práctica, esto significaría renunciar a la autonomía estratégica que permite al PSOL afirmar sus diferencias frente a un partido que gobierna dentro de la lógica de la conciliación con el gran capital, con la agroindustria y con el sistema financiero.

El PSOL nació precisamente de la crítica a esta lógica. La tradición socialista —de Marx, Rosa Luxemburgo, Gramsci— siempre ha defendido que la clase trabajadora necesita organizaciones políticas independientes para disputar la hegemonía y presentar un proyecto propio de sociedad. Cuando se abandona esta autonomía, el riesgo es claro: la izquierda deja de tensionar los límites del sistema y pasa a administrarlo.

La historia demuestra que los gobiernos de colaboración de clases pueden promover avances puntuales, pero no enfrentan el núcleo estructural de la desigualdad. Las ganancias son precarias y se pierden ante la primera crisis económica. Y cuando las expectativas creadas no encuentran respuestas consistentes, crece la frustración popular. Es en este terreno donde la extrema derecha se reorganiza y avanza.

El escenario brasileño lo demuestra claramente. Las demandas surgidas en las movilizaciones de junio de 2013 —transporte digno, salud, educación, lucha contra la corrupción— no obtuvieron respuesta por parte del entonces gobierno de Dilma. El resultado fue la captura del descontento por parte de la extrema derecha, el impeachment y la victoria de Bolsonaro en las elecciones de 2018.

Unidad contra la extrema derecha es necesaria. La subordinación estratégica, no.

Las lecciones del ascenso del nazismo mostraron la necesidad de un frente único entre los comunistas y la socialdemocracia. León Trotsky denunció la línea de Stalin por negarse a defender la unidad al adoptar la orientación que denunciaba a la socialdemocracia como social-fascismo. A pesar de que la socialdemocracia sostenía el régimen político alemán e incluso aplicaba y apoyaba muchos planes de ajuste llevados a cabo por los gobiernos de la República de Weimar, Trotsky insistía en la necesidad de un llamamiento a la unidad contra el fascismo. Trotsky, sin embargo, nunca aceptó la dilución y la ausencia de críticas. Y precisamente esta posición acrítica es la que ha caracterizado al PSOL en los últimos años. 

Desde 2018 hasta hoy, se ha fortalecido en el PSOL una orientación que defiende la adaptación estratégica al PT y al lulismo. Guilherme Boulos se ha convertido en la principal referencia de esta línea. Pero, afortunadamente, esta orientación nunca ha dejado de encontrar resistencia interna. Por eso mismo, el grupo parlamentario votó en contra del marco fiscal, por ejemplo.

Pero Boulos quiere ahora doblar la apuesta. No se trata solo de divergencias retóricas. Su orientación se ha expresado en decisiones políticas concretas. A pesar de que el partido había decidido que no participaría formalmente en el gobierno, Boulos aceptó asumir un ministerio. También renunció a presentarse a diputado y a ayudar al PSOL en la batalla contra la cláusula de barrera (dispositivo legal que va obligar al partido o la federación, este anõ, elegir 11 diputados federales y obtener 3% de los votos en por lo menos 10 estados). Todo ello sin ningún debate interno al partido. En este caso, por cierto, no se trata del abandono de pretensiones electorales. Al contrario. No ser candidato a diputado fue una condición del acuerdo para que asumiera el ministerio con sus cargos de confianza y proximidad a Lula. Así, cree tener más posibilidades de convertirse en el heredero del presidente. Sin embargo, esa búsqueda de atajos nunca podrá tener éxito porque a Boulos le falta el trabajo de base, la fuerza de la clase trabajadora que hizo de Lula el líder que es. Los líderes no se improvisan y, en este caso, los atajos no conducen a buenos caminos. 

Tanto es así que Boulos ya ha adoptado posiciones que chocan con las luchas históricas de los movimientos indígenas y ecosocialistas, como en el caso de los pueblos del Bajo Tapajós y las movilizaciones contra el decreto 12.600/2025, de privatización de los ríos Madeira, Tocantins y Tapajós, en las que prevaleció una postura de conciliación con las grandes corporaciones en lugar de la defensa de las posiciones del propio partido. Hecho que culminó en la combativa y legítima ocupación de la terminal de Cargill por parte del movimiento indígena.

Además, este sector pasó a sostener que la defensa de un programa anticapitalista sería incompatible con la lucha por mejoras inmediatas. Esta oposición es artificial. La tradición socialista siempre ha combinado la lucha por reformas concretas con la construcción de un horizonte de transformación estructural. A principios del siglo XX, Rosa Luxemburgo entabló este debate en el seno del partido socialdemócrata alemán, enfrentándose a Eduard Bernstein con su brillante texto «¿Reforma o revolución?». Rosa y su política revolucionaria acabaron derrotadas dentro del partido, y el resultado fue el auge del nazismo. Esta experiencia histórica es analizada con mayor profundidad por Luciana Genro en el libro Alemania, de la revolución al nazismo: reflexiones para la actualidad (Ed. Movimento, 2024).

La experiencia internacional contemporánea también ofrece importantes advertencias. La socialdemocracia europea, al abandonar la perspectiva socialista, se convirtió en gestora del neoliberalismo y perdió una parte significativa de su base social, allanando el camino para el crecimiento de alternativas neofascistas. Syriza, en Grecia, al someterse a las imposiciones e s del capital financiero internacional, aplicó políticas de austeridad que contradecían su programa original y abrió espacio para el fortalecimiento de la derecha. En Brasil, el lulismo amplió políticas sociales relevantes, pero no enfrentó los fundamentos de la estructura de poder del capital, y el vacío dejado por esta limitación fue ocupado por el bolsonarismo.

Sin un polo político independiente de la clase trabajadora, la política tiende a reducirse a la gestión de lo posible. Y la frustración que se deriva de esta limitación es terreno fértil para proyectos autoritarios.

Las consecuencias prácticas de la federación

Una federación tendría impactos inmediatos. El PSOL pasaría a estar vinculado a alianzas y candidaturas que contradicen nuestra identidad política, lo que imposibilitaría su afirmación como alternativa de izquierda consecuente. La federación tendría consecuencias políticas nefastas.

1) Alianza con Eduardo Paes en Río de Janeiro. El PT apoya a Eduardo Paes (PSD) en Río, un político vinculado a las grandes empresas, a las constructoras, a la lógica de las APP y a la privatización de los servicios urbanos. Paes representa un modelo de gestión urbana neoliberal, con una fuerte relación con el mercado inmobiliario y las políticas de desalojo y gentrificación, exactamente lo contrario de la tradición del PSOL en Río, que siempre se ha posicionado del lado de las favelas, los movimientos de vivienda y en contra de la privatización de la ciudad. En una federación, el PSOL se vería obligado a asociarse formalmente a este proyecto.

2) Alianzas con el “centrão” en el Congreso: Pacheco, Lira, Alcolumbre, Hugo Motta y compañía. El PT gobierna hoy en alianza con Alcolumbre (União Brasil) en el Senado y ya ha gobernado con Arthur Lira (PP) en la Cámara de Diputados. Estos son representantes clásicos del centrismo fisiológico, con vínculos con oligarquías regionales, grandes empresarios, terratenientes y, en varios casos, con agendas conservadoras en materia de costumbres y economía. Para el PSOL, que nació luchando contra el centrismo y el presidencialismo de coalición, esta alianza es estructuralmente contradictoria.

3) Alianzas con partidos conservadores en los estados: El PT gobierna hoy y forma alianzas con partidos como: con el MDB (oligarquías regionales, agronegocios, caciques políticos); con el PSD (base empresarial y municipalista conservadora); PP y Republicanos (base bolsonarista en varios estados). En varios estados, el PT se alía con sectores vinculados al agronegocio depredador, la minería y las privatizaciones, incluso con antecedentes de conflicto con pueblos indígenas y quilombolas. Cuando existe una federación, ante las divergencias, es el partido mayor el que impone su orientación. La federación convertiría al PSOL en un apéndice real y oficial del PT.

Ante estas cuestiones, nuestra expectativa es que la dirección del partido rechace la federación. Tal rechazo mostrará el enorme vigor del PSOL. Será una victoria de la unidad del partido. Boulos y su sector serán la excepción. Desde que ingresó al partido el 2018, Boulos se movió por proyectos individuales o de su propio grupo. Siempre se ha negado a la construcción colectiva de las instancias del PSOL. Como hemos dicho, el salto de calidad fue su entrada en el ministerio, que tuvo como contrapartida, al parecer, la promesa de su afiliación al PT a corto o medio plazo. Por lo tanto, no será ninguna sorpresa para nosotros, que hemos señalado esta dinámica desde el inicio del gobierno.

Unidad para enfrentar a la extrema derecha, sí. Pero con un proyecto propio

El PSOL debe actuar por la unidad en la lucha contra la extrema derecha. La convocatoria de la I Conferencia Antifascista en Porto Alegre, realizada conjuntamente con el PT, el PCdoB, sindicatos y organizaciones populares como el MST, es un ejemplo de cómo construir la unidad en la práctica. Pero, dentro de esa unidad, es necesario que exista un polo de izquierda con independencia de clase, capaz de presentar un programa de transición que dialogue con las necesidades del pueblo y apunte a una estrategia de movilización y de enfrentamiento al capital.

Sin un proyecto propio, los gobiernos de conciliación seguirán generando expectativas que no pueden cumplir íntegramente, y la extrema derecha seguirá explotando este desajuste. Defender al PSOL hoy es defender la existencia de una izquierda anticapitalista arraigada en las luchas populares. Este debate va más allá de la federación. Concierne al futuro de un instrumento político construido con un enorme esfuerzo militante y que, ante el panorama actual, es más necesario que nunca.

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