Teoría: Historia

Aprendimos que una revolución es posible, que puede derribar muros que parecían infranqueables

25/04/2024

Alvaro Neiva , Lucas Oliveira y Agatha Cristie

Reproducimos entrevista al camarada Francisco Louçã, líder del Bloque de Izquierda en Portugal y de la Cuarta Internacional

Traducción: Punto de Vista Internacional
Fuente:
Insurgência

El 25 de abril de 1974, Louçã era un militante de 17 años, que ya había sido detenido por participar en una protesta contra la guerra que Portugal libraba en sus colonias africanas. En aquella época, era miembro de la Liga Comunista Internacionalista (LCI), la sección portuguesa de la Cuarta Internacional, aún clandestina. Más tarde, en 1979, la LCI se convirtió en el Partido Socialista Revolucionario (PSR) y más tarde dio lugar al Bloque de Izquierda.

Economista de formación, fue el primer diputado elegido por el Bloque de Izquierda en 1999. Es autor de libros como «A maldição de Midas – a cultura do capitalismo tardio» y «Ensaio Geral: Passado e Futuro do 25 de Abril».

En esta conversación, Louçã recupera la historia de aquel 25 de abril, habla de la dureza de la situación actual pero también de las lecciones para un futuro más esperanzador. ¡Que aproveche!

Insurgência: Este jueves 25 de abril se cumplen 50 años de la Revolución de los Claveles, que derrocó a un régimen fascista que llevaba décadas en el poder. ¿Qué impacto tuvo la revolución en la sociedad portuguesa de la época?

Francisco Louçã: La dictadura portuguesa fue la más larga de Europa. Se estableció pocos años después de que Mussolini [tomara el poder en Italia] y sobrevivió hasta 1974, así que duró 48 años. En otras palabras, sólo hace muy poco, hace dos años, pasamos más tiempo en democracia que en dictadura. Esto significa que ha afectado mucho a la vida de muchas generaciones, en términos culturales y de organización política de la sociedad portuguesa. Y, sobre todo, en el factor que fue decisivo para la derrota de la dictadura, que fue la guerra colonial que comenzó en 1961 y continuó con los movimientos de liberación en las colonias portuguesas hasta la independencia en 1974 y 1975.

Así que el impacto fue gigantesco. Fue el fin de un mundo, el fin de mucho tiempo, como si Portugal hubiera entrado en el siglo XX en aquel abril de 1974. Porque el salazarismo lo había resistido todo, el período del ascenso del fascismo, la crisis de los años 30, la Segunda Guerra Mundial, las secuelas de la Segunda Guerra Mundial, se reorganizó en la Guerra Fría, y parecía eterno. El agotamiento de la guerra colonial y la derrota de la dictadura dieron lugar a una revolución popular, a un gran movimiento de participación popular. Fue un punto de inflexión, un cambio muy profundo en la sociedad portuguesa.

Ocurrió también en el contexto de los años setenta. El 25 de abril fue seis años después de Mayo del 68, de la ocupación rusa de Checoslovaquia, siete años después de la muerte del Che Guevara, el año después del golpe de Estado de Pinochet en Chile. Fue un periodo de intensos cambios, con una gran esperanza revolucionaria, y también una gran radicalización, en el contexto de las dictaduras latinoamericanas en Brasil, Uruguay y poco después en Argentina en 1976. Fue un periodo que se vio como un nuevo periodo de conflicto revolucionario.

Y lo mismo ocurrió en Portugal. Porque la dictadura desapareció, su régimen desapareció, la propiedad cambió muy rápidamente, muchos de los grandes empresarios huyeron -algunos a Brasil, otros a Suiza o a otros lugares- y durante un año y medio hubo un proceso que después se llamó cariñosamente Proceso Revolucionario en Curso, PREC, que fue la expresión de esta nueva cultura y de las nuevas formas de organización social. Dio lugar a una constitución democrática -luego el régimen se estabilizó tras un golpe militar en noviembre de 1975-, pero mantuvo las características de socialdemocracia y participación popular que conforman la memoria del 25 de abril.

¿Cómo fue su trayectoria, su participación en el proceso de la Revolución de los Claveles?

FL: Yo tenía 17 años el 25 de abril. Había sido detenido un año y medio antes en una acción de protesta, una ocupación contra la guerra colonial, en una iglesia. Fue una acción que tuvo un gran impacto en la sociedad portuguesa y que organizó una asamblea pública durante un día y medio. Fui detenido en este contexto, liberado un tiempo después bajo fianza a la espera de ser juzgado, pero el juicio nunca tuvo lugar. Así que formé parte de esa generación de jóvenes, detenidos a los 16 y 17 años el 25 de abril.

Era una generación de jóvenes muy decididos a radicalizar su oposición a la guerra colonial, que fue el punto clave de la vida de la dictadura. Era el 50% del presupuesto nacional del Estado, había centenares de miles de jóvenes – en un país de 10 millones de habitantes, más pequeño que la ciudad de Río de Janeiro o la ciudad de São Paulo – participando en los diversos frentes militares. Hubo más muertos en proporción a la población que muertos norteamericanos en la guerra de Vietnam. Tuvo un peso muy dramático, muy fuerte, en la sociedad portuguesa. Yo formé parte de aquella generación que se movilizó y, el 25 de abril, ya formaba parte de una organización llamada Liga Comunista Internacionalista, que era la sección de la Cuarta Internacional en Portugal y que, después del 25 de abril, se legalizó y salió de la clandestinidad. En los años siguientes formé parte de este movimiento que, 25 años después, dio lugar al Bloque de Izquierda.

Usted ha mencionado que la década de 1970 parecía una época de revoluciones. Así es como se caracterizó. Pero más recientemente hemos atravesado una prolongada crisis del capitalismo y no parece que haya sido la izquierda socialista la que se ha afirmado como alternativa. Al contrario, han sido las fuerzas de extrema derecha, algunas de inspiración neofascista. ¿Por qué ha sucedido esto?

FL: Los 50 años que han pasado desde aquel periodo han dado lugar a muchos procesos políticos diferentes. Ha habido grandes avances en la lucha popular. El fin del último imperio colonial, la independencia de los países africanos y de Timor Oriental, la conclusión del proceso de descolonización, con sus propios dramas, fueron grandes noticias para los pueblos oprimidos. Hubo el fin de las dictaduras latinoamericanas en los años 70 y 80, hubo momentos y procesos de gran expectativa social. Hubo grandes movimientos contra la guerra, sobre todo en el siglo XXI, contra la invasión de Irak. Las manifestaciones fueron mundiales y tal vez la primera expresión de un internacionalismo militante de masas, muy expresivo, que asumió el tema de la lucha contra la guerra como una nueva forma de combate internacional.

También hubo importantes reveses. En particular porque el derrumbe de la Unión Soviética permitió una recomposición de fuerzas a nivel mundial, no sólo con el crecimiento de la oligarquía en el contexto de los antiguos países del Este, sino sobre todo fortaleciendo la hegemonía del capitalismo norteamericano, su poder político y militar. Y también ha habido procesos de avance y retroceso de la izquierda. Los últimos años han estado muy marcados por este retroceso, con una división importante de la izquierda.

En Europa ha habido algunos procesos de unificación -el Bloque de Izquierda, Die Linke, incluso Syriza, Podemos en España, Francia Insumisa, o, en un proceso un poco diferente, el liderazgo de Corbyn en el Partido Laborista inglés- que han tomado caminos diferentes. Algunos de ellos han sido derrotados, mientras que otros siguen vivos y coleando desde el punto de vista político.

Ahora, el largo período de caída de las tasas de ganancia ha cambiado las fuerzas sociales, ha cambiado la política hacia una derecha mucho más agresiva. Ha transformado la derecha, acercándola mucho más a la extrema derecha, ha hecho viable la extrema derecha en varios países -Alemania, Inglaterra, Francia, Austria, Holanda- como fuerzas potencialmente mayoritarias o como fuerzas expresivas en el marco político, porque la burguesía hoy es mucho más agresiva, busca financiar esas fuerzas como fuerzas de agresión contra el movimiento popular, de disciplinamiento social, de creación de miedo. Y el impulso más importante son, obviamente, las elecciones estadounidenses de 2016, que creo que cambiaron el panorama político mundial. Poco después, Bolsonaro ganó las elecciones en Brasil, Modi ya había ganado en la India. Tres países gigantes en los que la extrema derecha se ha convertido, desde hace tiempo, o a largo plazo en el caso de la India, en hegemónica políticamente. Y podría volver a serlo si Trump gana las elecciones estadounidenses de este año. Creo que este es el proceso que estamos viviendo ahora, una gran ofensiva del capital y de fuerzas que eran marginales pero que ahora son instrumentales en este intento de recuperar tasas de ganancia y presión social.

Esto también ha aparecido en Portugal, en las últimas elecciones, con el ascenso de Chega. ¿Cómo valora el resultado?

FL: El Partido Socialista venía de dos años de mayoría absoluta y de sucesivas crisis de gobierno, lo que parece paradójico porque tenía el control total del Parlamento, pero eso le llevó a un gran encierro y a una gran incapacidad de dar respuestas políticas y sociales que agravaron el descontento, y que fueron muy alentadas por sucesivos escándalos -unos más importantes, otros menos, pero que crearon una sensación de agotamiento del régimen. Y de hecho, el régimen posterior a 1975, basado en la rotación entre un partido de derechas y otro de centro-izquierda, el PSD y el PS, empieza hoy a perder su capacidad de organización política. El final de este régimen determinó la derrota del Partido Socialista; era imposible que volviera a ganar después de una erosión social tan grande y un descontento tan generalizado.

Lo sorprendente es que la derecha clásica ganó por un margen muy pequeño. Una diferencia de 50.000 votos, dos diputados. Por otra parte, hubo un enorme aumento de la participación electoral. Sin parangón en los últimos 30 años, se reflejó casi totalmente en el voto a la extrema derecha. Más de medio millón de personas que nunca habían votado acudieron a votar a la extrema derecha. El crecimiento electoral fue para la extrema derecha, el partido Chega. Porque encontró una forma de polarizar la política en un contexto en el que las redes sociales son muy poderosas para organizar la cultura de derechas y la cultura del odio. Desde este punto de vista, Chega es la representación de que una parte importante de la burguesía quería un giro político hacia una posición mucho más violenta política y socialmente. No determina al gobierno: el gobierno no tiene una alianza con Chega en este momento. Es un gobierno de derechas, pero no tiene una alianza con Chega, a pesar de que algunos de los líderes históricos de este principal partido de derechas abogan abiertamente por un futuro gobierno de derechas junto con la extrema derecha.

La experiencia portuguesa conocida como «Geringonça», en la que su partido, el Bloque de Izquierda, apoyó al partido de centro-izquierda, el PS, como forma de frenar a la derecha, se ha convertido en una referencia en los debates políticos de los últimos años. ¿Cuál es el balance de esta experiencia de Geringonça y cuál debe ser hoy el papel del Bloque frente al actual gobierno?

FL: Los activistas brasileños lo recordarán: Geringonça fue un acuerdo realizado en 2015, después de un período en el que, con la crisis de la deuda soberana, Portugal fue gobernado por la derecha en el contexto de un acuerdo con la Troika -el FMI, el Banco Central Europeo y la Comisión Europea-, que a través de un préstamo determinó las condiciones de gobernanza económica. Impusieron una austeridad muy violenta, recortes salariales, reducción de las pensiones, un amplio programa de privatizaciones y un autoritarismo social y económico que dejó huella en el país. En las siguientes elecciones, en 2015, este Gobierno de derechas perdió la mayoría y se dio la circunstancia única de que el Partido Socialista, al no tener mayoría en el Parlamento, podía gobernar si llegaba a un acuerdo con el Bloque de Izquierda y el Partido Comunista, lo que nunca antes había ocurrido.

Así se llegó al acuerdo de la geringonça, que fue un programa político de acción de gobierno -ninguno de estos partidos participó en el gobierno, mantuvieron su independencia-, un programa que revirtió las privatizaciones o impidió que continuaran, recuperó salarios, recuperó pensiones, redujo los costes sanitarios y educativos, redujo el coste del transporte público y, por tanto, creó un gran alivio en la sociedad portuguesa. Duró cuatro años de gobierno. Es curioso, pero las investigaciones confirman que en el siglo XXI es el gobierno más prestigioso de Portugal. No ha habido un gobierno con el prestigio de aquel.

Por supuesto, el Partido Socialista quería evitar la continuación de este tipo de acuerdos. En 2019 ya no hubo tal acuerdo, y en 2022 hubo un enfrentamiento entre los partidos de izquierda y el PS sobre la política presupuestaria del gobierno y las medidas estratégicas para el servicio de salud. Esto desencadenó una crisis política y se celebraron nuevas elecciones. Estas elecciones ya fueron vistas por una parte del electorado más moderado, o incluso del electorado de izquierdas, como un riesgo, un peligro, y los partidos de izquierdas perdieron mucho en este contexto. Incluidos el Bloque de Izquierda y el Partido Comunista. En las elecciones de 2024, el Bloque de Izquierda subió un poco, no mucho, pero recuperó parte de ese electorado y mantuvo el mismo número de diputados, mientras que el Partido Comunista bajó mucho.

Fueron unas elecciones muy teatralizadas, como lo son las elecciones hoy en día. La perspectiva de un gobierno de derechas con la extrema derecha tiene un tirón muy fuerte en el electorado popular de izquierdas. Y esto ha llevado a una parte importante del electorado a votar al PS para evitar este resultado.

Este es el contexto de la política actual. El PS, el Centro y los partidos de izquierda están en la oposición al gobierno, enfrentados en las cuestiones económicas y sociales más importantes. En las elecciones, la cuestión de la vivienda como bien financiero o como derecho popular fue uno de los temas más importantes, y la organización de los servicios públicos como garantía de la democracia fue otro tema muy importante. Hubo una gran lucha de profesores y educadores, hay una gran lucha de médicos, enfermeras, técnicos sanitarios, que son algunos de los pilares de la intervención social de la izquierda. El Bloque también ha desempeñado un papel importante en la renovación del sindicalismo, ya sea organizando a trabajadores que tradicionalmente no están incluidos en los sindicatos, por ejemplo los trabajadores de las plataformas digitales – Uber, Glovo, estas empresas que en Portugal como en Brasil representan una parte importante de la clase trabajadora, una parte importante de la gente que trabaja, y que ahora han empezado a organizarse. Hay una gran disputa sobre la inmigración, sobre si cerrar o no la inmigración, si la inmigración es o no un riesgo para el país. Este es el argumento clave de la extrema derecha. Pero es algo que, por el contrario, forma parte de la vida social portuguesa, como siempre ha sido y sigue siendo.

Retomando este gancho de la inmigración, y lo que ha dicho antes sobre la cuestión de la caída prolongada de la tasa de ganancia y cómo la extrema derecha está al servicio de intentar recuperarla a cierto nivel: ¿cómo relaciona una recuperación o un crecimiento del racismo y la xenofobia en Portugal, pero también en el conjunto de Europa, con este momento que estamos viviendo?

FL: Cuando hay un largo periodo de salarios exprimidos, recortes salariales y presión social, el instrumento de dividir a la clase trabajadora se utiliza más a menudo. Y es más eficaz. Porque cuando hay un largo empobrecimiento de una parte importante de la población, la posibilidad de utilizar el argumento de convencer a los pobres de que los muy pobres son los culpables de su pobreza se vuelve mucho más operativa. Siempre ha sido así: en los años 30, a lo largo de la historia en los siglos XX y XXI. Y creo que es el proceso que se repite, que permite que personajes como Trump, Bolsonaro o André Ventura en Portugal se vuelvan hegemónicos o poderosos desde el punto de vista de la expresión electoral, aunque sea por un momento, y sean derrotados. Porque pueden ser derrotados. Pero esta cultura de la discriminación es muy potente, muy poderosa cuando hay un gran malestar popular, cuando hay una gran desesperanza y una gran desesperación por parte de la gran masa del pueblo. El argumento populista, de extrema derecha, de esta forma de división del mundo del trabajo es el argumento clave. Por eso el racismo y la xenofobia, el argumento antiinmigración, es la pieza central del crecimiento de la extrema derecha en Europa, desde Alemania a Portugal.

¿Cómo podemos hacer frente a la extrema derecha, pensando en la situación portuguesa pero también en términos más generales?

FL: La experiencia es de realidades muy diferentes. En varios países, la forma más poderosa de enfrentarse a la extrema derecha ha sido crear frentes unitarios que tengan capacidad de respuesta popular, capacidad de movilización social. No me refiero estrictamente al antifascismo, que desempeña un papel importante, sino incluso a la voluntad de crear una izquierda que pueda representar una alternativa para el país, que pueda movilizar a la población dándole la certeza de la seguridad del empleo, la seguridad del trabajo, la seguridad del salario, la seguridad de los derechos de la mujer, la seguridad de la educación. En otras palabras, crear en la izquierda una respuesta a las fuerzas agresivas de la extrema derecha. La izquierda tiene que ser la alternativa fiable para esta parte de la población. Y eso significa tener protagonistas, programas anticapitalistas, capacidad de convergencia unitaria y expresión electoral de masas que puede ser decisiva en este contexto.

Ahora, por supuesto, la cultura y el contexto de cada país es diferente desde este punto de vista. Tenemos mucho que aprender de la lucha contra Bolsonaro en Brasil. Y es ciertamente diferente de la forma en que Francia Insumisa se convirtió en la principal fuerza de izquierda en Francia, enfrentándose a la extrema derecha. Nuevos conflictos han alterado este proceso: la guerra de Ucrania tiene mucho peso dentro de Europa para alterar la brújula política y crear nuevos alineamientos, nuevos discursos militaristas y nuevas formas de agresión. Nadie imaginaba hace tres años que la OTAN sería capaz de restablecerse como el liderazgo político y militar de los principales países europeos. La OTAN estaba muerta. Cuando huyó de Kabul, estaba políticamente muerta. Y hoy es una fuerza determinante en la política europea. Estos procesos cambian mucho y estos cambios son significativos en este contexto.

También es cierto que hay nuevos factores en la lucha social que son muy inspiradores. El Bloque de Izquierda tiene dos votos de mujer por uno de hombre. Más del 60% de los votos del BE proceden de mujeres. Y son mujeres jóvenes. El Bloque de Izquierda tiene un electorado que se ha transformado, pero la radicalización política en Portugal es que las mujeres votan mayoritariamente a la izquierda o al centro, y los hombres mayoritariamente a la derecha. Esto ya ha ocurrido en las elecciones estadounidenses. No es igual en todos los países, pero hace veinte años las mujeres eran un electorado más conservador en Portugal que los hombres, en el contexto de la memoria de las décadas que siguieron a la Revolución del 25 de abril.

La radicalización de las mujeres, es decir, la preservación de sus derechos, el crecimiento de protagonistas políticas que son mujeres líderes, las grandes manifestaciones feministas, los puentes con otras luchas contra otras formas de opresión, es un factor de intensa politización. Y amplía el campo de la democracia y de la lucha popular. De hecho, transforma el campo de la lucha política de la mejor manera. Porque lo hace más profundamente radical, más antipatriarcal, más anticapitalista, más capaz de una acción política que implique al pueblo. Estos procesos son importantes, lo sentimos también en Portugal, y es una de las muchas formas de luchar contra la extrema derecha y confrontarla directamente en los derechos sociales, en el orgullo de pertenencia, en la relación de la lucha contra la discriminación – la alegría representada por esa vieja idea de que nadie es feliz solo, que es realmente cierta. Creando comunidades y movimientos que lleven estas banderas de igualdad.

Después de 50 años y teniendo en cuenta este contexto más actual que ha descrito, ¿cuáles diría que son las principales lecciones de la Revolución de los Claveles para las nuevas generaciones de luchadores?

FL: La Revolución de los Claveles tuvo lugar hace 50 años. Cuando ocurrió, habían pasado 57 años desde la Revolución de Octubre. Estamos casi tan lejos de la revolución del 25 de abril como lo estábamos -yo mismo, entre otros, el 25 de abril, cuando celebramos la caída de la dictadura- de la revolución que marcó el siglo XX. Ha pasado mucho tiempo. Hay una memoria política, hay lecciones que tienen que ver con una revolución que resultó de la lucha contra una dictadura y una guerra, como la mayoría de las revoluciones del siglo XX. Las revoluciones triunfantes fueron revoluciones contra dictaduras y guerras: la Revolución de Octubre, el proceso revolucionario tras la Segunda Guerra Mundial, todos estos procesos están muy marcados por esto. La revolución más moderna desde este punto de vista, que no es el resultado de una dictadura ni de una guerra, es la crisis revolucionaria de mayo del 68, la crisis de Italia. Hubo cierta presión de los jóvenes contra las guerras, pero eran guerras externas, y surgió una modernización de la noción revolucionaria de igualdad.

Las nuevas revoluciones serán así, irán en esta línea. Podrían ser contra las guerras, porque no sabemos si habrá guerras que se extiendan más allá de los conflictos regionales que tienen lugar hoy, las tragedias de Ucrania a Palestina. Podría ocurrir, es imposible predecirlo. Pero necesitamos una izquierda que mire al futuro y sea capaz de mostrar que el socialismo es un proyecto realizable, que es un proyecto movilizador que consigue combinar la democracia con su expansión social, con la capacidad de transformar la economía, transformar la forma de producción, planificar el rumbo ecológico, organizar una transición climática, una transición energética, implicar a la población en este contexto. Es un proyecto muy fuerte, pero es algo más que un legado del 50 aniversario del 25 de abril. Es una obligación para los próximos 50 años, para lo que tenemos por delante.

Hemos aprendido que una revolución es posible, que puede derribar muros que parecían infranqueables. Para la generación de mis padres o de mis abuelos, la dictadura iba a durar siempre, era inexpugnable. Y, sin embargo, cayó, y cayó sin siquiera poder resistir, con una revolución que resultó de este proceso. Una revolución es posible. Sabemos cómo se produce. Es un proceso de democracia, un proceso del pueblo. Creo que ésta es la lección más importante que tenemos por delante. La revolución será una revolución del pueblo y de la democracia, o nunca lo será. Pero sí ha de serlo, tiene que serlo.

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