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    Venezuela – Año Cero

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    Luis Bonilla-Molina y Osvaldo Coggiola

    Luis Bonilla Molina Es profesor de pedagogía de la Universidad Nacional Experimental de la Gran Caracas (UNEXCA).

    Osvaldo Coggiola Es profesor del Departamento de Historia de la USP. Autor, entre otros libros, de La teoría económica marxista: una introducción (boitempo)

    Traducción: A terra e redonda
    Fuente:
    A terra e redonda

    Actualidad Internacional: Opinion

    11/08/2024

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    1. Cualquier análisis de la grave situación de Venezuela que ignore la condición histórica del país en los sistemas colonial y semicolonial está condenado, en el mejor de los casos, a la superficialidad y, en el peor, a la vulgar repetición, especialmente hipócrita cuando se hace en nombre de la democracia, de los cansados clichés del imperialismo, la realidad fundamental de nuestra era. Veamos las líneas históricas generales de esta condición. En la época colonial ibérica, el virreinato venezolano experimentó un fuerte desarrollo de sus exportaciones (en la segunda mitad del siglo XVIII ya era el mayor exportador mundial de cacao) y una prosperidad económica que benefició sólo a una pequeña parte de su población de aproximadamente un millones de habitantes, la gran mayoría compuestos por esclavos negros, zambos, mulatos e indios que se mantienen en extrema pobreza. La rebelión negra de Coro en 1796 proyectó peligrosamente, para las clases dominantes de la colonia, la sombra de la revolución de los esclavos en el vecino Haití. Cuando Simón Bolívar comenzó a desarrollar el proyecto de una confederación americana para reemplazar la dominación colonial española, llegó a la conclusión de que, para lograr la independencia, los españoles debían ser totalmente derrotados (para impedir sus intentos de reconquista), unificando los esfuerzos dispersos de los caudillos regionales y crear una república para poder enfrentar a cualquier potencia imperial. Y simultáneamente, contra los españoles, planteó el espectro de la “revolución de colores”, la “anarquía bárbara” que provocaría una revolución con dirección y beneficio de las clases desposeídas de la sociedad. En una famosa y controvertida entrada de diccionario, Karl Marx criticó al líder de Venezuela por sus limitaciones en la lucha por la independencia nacional (“separatista sí, demócrata no”), pero nunca se colocó en una posición neutral o dudosa respecto del progresismo. y legitimidad de esta lucha. Destacó la libertad de los esclavos negros como uno de los motores del ascenso de las fuerzas independentistas, aunque reconoció la paternidad de la iniciativa en el presidente de Haití, Alexandre Pétion (1770-1818), no en Simón Bolívar.[i] En la Gran Colombia, las clases dominantes no aceptaron la decisión de Simón Bolívar de mantener unificada la región en un solo país, promoviendo un golpe de estado para sacarlo del poder. Tras la victoria militar contra España, exiliaron a los militares y acordaron dividir el territorio del antiguo virreinato de Nueva Granada en tres países: Venezuela, Colombia y Ecuador. En América Latina, en general, desde el punto de vista económico, hubo continuidad entre el período colonial ibérico y la fase independiente. A la extracción de metales le siguió la exploración agrícola y ganadera a través de la cual cada país, articulando con el sistema económico internacional, se identificaba con un producto a escala comercial. Centroamérica se especializó en el suministro de frutas tropicales; Ecuador, plátanos; Brasil y Colombia, azúcar y café; Cuba y el Caribe, azúcar; Venezuela, cacao; Argentina y Uruguay, carne y lana; Bolivia se convirtió en proveedor de estaño y Perú de pescado. En la segunda mitad del siglo XIX, el Congreso norteamericano declaró su oposición a las demandas territoriales británicas en Venezuela: mediante un tratado celebrado con los Países Bajos en 1814, Gran Bretaña había adquirido el territorio de Guyana y durante medio siglo mantuvo una disputa con Venezuela en su frontera occidental, aspirando a una porción cada vez mayor de su territorio. Venezuela había apelado varias veces a los Estados Unidos, que en 1887 ofrecieron sus servicios a Gran Bretaña, proponiendo someter la diferencia a arbitraje. Los británicos rechazaron la propuesta. Entre las aspiraciones territoriales de Gran Bretaña, la que más preocupaba era el control de la desembocadura del río Orinoco. Los venezolanos alimentaron los temores al subrayar en una nota oficial que no sólo estaba en juego la “Doctrina Monroe” (“América para los americanos”), sino que “el control inglés sobre la desembocadura de nuestra gran arteria fluvial, y sobre algunos de sus afluentes”. , será la causa de un peligro permanente para la industria y el comercio de una gran parte del Nuevo Mundo”. Se firmó un tratado que otorgaba gran parte del territorio reclamado a los británicos. A cambio, Gran Bretaña reconoció la Doctrina Monroe y la hegemonía estadounidense en el hemisferio sur. Venezuela conoció el contenido del acuerdo sólo cuando fue publicado. El gobierno de Caracas ratificó el acuerdo luego de impedir manifestaciones callejeras en la ciudad. En Brasil, el parlamento aprobó resoluciones apoyando la actitud norteamericana. La animosidad suscitada entre los venezolanos, como consecuencia del trato humillante que recibieron, los llevó a tomar una postura contra Estados Unidos en la guerra hispanoamericana. En Estados Unidos, la plataforma electoral republicana de 1896 proponía un “monroísmo” agresivo, explotando el orgullo nacionalista ya agitado en la crisis venezolana, proponiendo el control norteamericano de las islas hawaianas y del proyectado canal interoceánico en Panamá.[ii] En 1899 (febrero-octubre) se produjo la revolución restauradora que combinó la crisis del liberalismo amarillo, el malestar por el mal gobierno de Andrade con las demandas de protagonismo de los ricos en el interior de la zona montañosa (Andes venezolanos) de la frontera. estado de Táchira. La revolución inauguró una larga hegemonía de presidentes andinos que expresarían la transición del modelo agrario de acumulación al modelo rentista petrolero. Poco después, Venezuela fue objeto de un ataque militar por parte de las potencias europeas. Cuando la flota anglo-alemana ingresó al puerto de La Guayra imponiendo un bloqueo marítimo para cobrar por la fuerza la deuda del país, EE.UU. fue previamente consultado y dio su consentimiento, lo que significó “la transición del intervencionismo europeo a la tutela norteamericana… La nota del ministro argentino [Luis María] Drago al Departamento de Estado, afirmando que la deuda pública no se podía recuperar con una intervención militar armada, fue la única manifestación oficial en América Latina a favor de Venezuela”.[iii] Las relaciones geopolíticas mundiales estaban cambiando con el surgimiento de una nueva potencia, Estados Unidos, con costas en los océanos Atlántico y Pacífico, y con intereses económicos cada vez más globales. En la crisis venezolana de 1902-1903, el bloqueo naval fue impuesto contra Venezuela por Gran Bretaña, Alemania e Italia, luego de que el presidente Cipriano Castro se negara a pagar las deudas externas y los daños sufridos por los ciudadanos europeos en las guerras civiles del país. Castro asumió que la Doctrina Monroe obligaría a Washington a intervenir para impedir la intervención militar europea. Sin embargo, el presidente de los Estados Unidos, Theodore Roosevelt, y el Departamento de Estado consideraron que la doctrina se aplicaba únicamente a la toma de territorio. Estados Unidos fue oficialmente neutral en el conflicto y permitió que se llevara a cabo la acción militar europea sin objeciones. El bloqueo vio rápidamente derrotada a la pequeña armada de Venezuela; Aun así, Castro se negó a ceder, pero aceptó someter algunas de las reclamaciones a arbitraje internacional, lo que había rechazado previamente. Las naciones bloqueadoras acordaron un compromiso pero mantuvieron el bloqueo naval durante las negociaciones. Según el acuerdo, Venezuela comprometió el 30% de sus derechos aduaneros para resolver quejas externas. La Corte de Arbitraje otorgó un trato preferencial a las potencias bloqueadoras frente a las reclamaciones de otras naciones. El papel de Estados Unidos, como aparente mediador, fue parte de la estrategia para consolidar una relación neocolonial con Venezuela. El episodio contribuyó a la formulación del “Corolario Roosevelt” de la Doctrina Monroe, afirmando el derecho de Estados Unidos a intervenir en los asuntos de los pequeños estados caribeños y centroamericanos si no podían pagar sus deudas internacionales. Así, Venezuela y el complejo Caribe-Centroamérica estuvieron en el centro de la configuración del “patio trasero” del imperialismo norteamericano. La victoria estadounidense sobre el debilitado Imperio español en la Guerra Hispano-Cubano-Estadounidense (1898) les dio nuevas posesiones en el Caribe (Puerto Rico) y el Pacífico (Filipinas, Guam y Hawaii), sobre las que podían proyectar su poder en el Sudeste. Asia y en Centroamérica. Al mismo tiempo, inauguró una nueva forma de imperialismo en la que no era necesaria la anexión política de territorios: si bien Cuba logró la independencia política en 1901, EE.UU. restringió su soberanía política a través de la Enmienda Platt incorporada a la constitución de la isla caribeña, lo que permitió la intervención en sus asuntos internos, el establecimiento de bases militares en su territorio y su capacidad para celebrar tratados políticos.[iv] El nuevo imperialismo yanqui se basó en un intervencionismo sistemático en América Latina: 1901 – 1914 – Panamá – La Marina estadounidense apoya la secesión del territorio de Colombia; Las tropas estadounidenses han ocupado la zona del canal desde 1901, cuando comenzó la construcción. 1903 – Honduras – Los marines estadounidenses desembarcan e intervienen en la guerra civil. 1903 – 1904 – República Dominicana – Las tropas estadounidenses invaden el país para “proteger los intereses estadounidenses”. 1904 – 1905 – Corea – Desembarcan los marines durante la guerra ruso-japonesa. 1906 – 1909 – Cuba – Las tropas estadounidenses desembarcan durante el período electoral. 1907 – Nicaragua – Tropas norteamericanas invaden el país e imponen un protectorado de facto. 1907 – Honduras – Los marines desembarcan durante la guerra de Honduras contra Nicaragua. 1908 – Panamá – Envío de marines durante el período electoral. 1910 – Nicaragua – Los marines estadounidenses desembarcan nuevamente en Bluefields y Corinto. 1911 – Honduras – Se envían tropas para “proteger los intereses estadounidenses” durante la guerra civil. 1912 – Cuba – Tropas estadounidenses enviadas para “proteger los intereses estadounidenses” en La Habana. 1912 – Panamá – Los marines ocupan el país durante las elecciones. 1912 – Honduras – Se envían tropas al país para “proteger los intereses estadounidenses”. 1912 – 1933 – Nicaragua – Las tropas estadounidenses ocupan el país para luchar contra los insurgentes de Sandino durante la guerra civil de veinte años.

    2. Estados Unidos aprovechó la “Guerra de los Mil Días”, que devastó la República de Colombia (incluido Panamá, que era un departamento/provincia de Colombia), entre 1899 y 1902. En 1903, Estados Unidos impuso, mediante sobornos a los colombianos, parlamentarios, e intervención militar directa, el Tratado Hay-Bunau Varilla por el que sacaron del país la provincia de Panamá, que proclamó su independencia. Los EE.UU. conquistaron así la zona donde ya había comenzado la construcción del Canal de Panamá. Con la secesión de Panamá se definió un nuevo hito de la expansión imperial. El canal interoceánico planteó la perspectiva de una hegemonía naval norteamericana en el Atlántico y el Pacífico. Estados Unidos aprovechó la quiebra de la antigua empresa canalera francesa, cuya construcción ya había consumido 250 millones de dólares, y compró sus acciones por 40 millones de dólares. La independencia del país fue proclamada en 1903, con el apoyo de Estados Unidos. En 1904, durante el gobierno de “Teddy” Roosevelt, se reanudó la reconstrucción del canal, inaugurado en 1914, luego de gastar 360 millones de dólares, a través de una empresa estatal creada para tal fin. Por el derecho a poseer el Canal de Panamá, Estados Unidos pagó 10 millones de dólares y acordó pagar 25.000 dólares al año, monto que se incrementó a 430.000 en 1933 y a 1.930.000 en 1955. La interferencia imperialista, por tanto, jugó un papel central en el desarrollo político y geopolítico de Venezuela en el siglo XX. León Trotsky señaló, exiliado en México, que los gobiernos latinoamericanos tendían al autoritarismo bonapartista debido a la debilidad de la burguesía nacional, “una enana entre dos gigantes”, ante el peso del capital externo (imperialista) y el movimiento de los explotados ( obreros y campesinos).[V] En la primera mitad del siglo XX, Juan Vicente Gómez (1857-1935), un militar de alto rango, gobernó Venezuela bajo una dictadura represiva desde 1908 hasta su muerte en 1935. Durante sus 27 años de gobierno, hubo un final a las guerras civiles crónicas, la modernización del Estado y la transformación de Venezuela en una nación petrolera. Su dictadura intentó mantener una fachada constitucional y democrática, empleando presidentes como Victorino Márquez y Juan Bautista Pérez, subordinados a Gómez, quien ocupaba el cargo de comandante en jefe de las Fuerzas Armadas. Gómez ayudó a consolidar el Estado venezolano y modernizar el país, al permitir que inversores nacionales y extranjeros exploraran los depósitos petroleros recién descubiertos. Venezuela experimentó un crecimiento económico sustancial y se convirtió en uno de los países más prósperos de América Latina en la década de 1950, una prosperidad reservada para las clases dominantes, con la mayoría popular reducida a la pobreza, incluida la pobreza extrema, en contraste con la creciente riqueza de las oligarquías y las altas esferas. burocracia estatal. El comienzo de la exploración petrolera también significó la formación del modo “rentista” de acumulación burguesa. Las importaciones –con la progresiva sustitución de la producción nacional– se convirtieron en el mecanismo de captura burguesa de las ganancias derivadas de la exploración petrolera. Incentivos económicos a las importaciones, exención de impuestos y otros derechos de importación, créditos a la importación con dólares preferenciales (calculados a un precio inferior al del mercado de divisas), incentivos a la industria ensambladora de piezas importadas, condonación de deudas contraídas por la burguesía a través de créditos públicos. estaban configurando una forma “parásita” de formación de la burguesía como clase social en Venezuela. Esta forma de constitución de la burguesía venezolana es fundamental para comprender, décadas después, el fenómeno de la “boliburguesía”. En 1928, la juventud venezolana encabezó una serie de protestas que tuvieron como eje central la democratización del país. Los líderes de esta revuelta serían quienes años más tarde organizarían la creación de los partidos venezolanos modernos, especialmente Acción Democrática (AD), socialdemócrata liderado por Rómulo Betancourt y otros miembros de esa generación, el Partido Social Cristiano (COPEI) liderado por Rafael Caldera, el liberal Partido Unión Democrática Republicana (URD), encabezado por Jóvito Villalba, y el Partido Comunista de Venezuela, de orientación marxista. Muchos miembros de esta generación participaron en el fallido intento de golpe de Estado del 7 de abril de 1928, que envió a prisión a una parte importante de la llamada “generación del 28”. Años más tarde, tras la muerte de Gómez y bajo el gobierno de López Contreras (quien había derrotado el intento de golpe de Estado de 1928), el 27 de febrero de 1936 se creó el primer sindicato de la industria petrolera en el estado Zulia, que entre diciembre de ese año y enero del año siguiente encabezaría el primer paro petrolero en Venezuela, con el que la clase obrera organizada irrumpió en la escena nacional. En este paro, el Partido Comunista de Venezuela (PCV) jugó un papel especial en su dirección. Manuel Taborda, Rodolfo Quintero, Jesús Faría, Olga Luzardo, entre otros comunistas, participaron en la organización y desarrollo de esta protesta, que combinó demandas salariales y laborales con denuncias sobre las condiciones laborales a las que los sometían las empresas trasnacionales, así como protestas políticas. demandas como la libertad de protesta, el cese de la persecución política y la libertad total de los presos políticos del régimen de Gómez. En el marco de una cadena de experiencias democráticas interrumpidas por regímenes dictatoriales, los partidos políticos venezolanos construyeron su verdadera identidad política entre 1936 y 1958. Durante el período de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez (1953-1958), Rómulo Betancourt, líder histórico del gobierno venezolano socialdemocracia, escribió Política y petróleo en Venezuela (1956), libro en el que justifica su posición en la Junta Revolucionaria de Gobierno (1945-1948), y considera al petróleo como el articulador económico de la economía venezolana, eje del modelo de acumulación burgués, en una relación neocolonial de dependencia basada sobre el comercio de este primo material. Durante la dictadura de Pérez Jiménez, la tríada AD, COPEI y URD consolidaron su relación con Estados Unidos y diferencias con el bloque soviético, construyendo relaciones de confianza con Estados Unidos para iniciar el período democrático que comenzó en 1958 y no fue interrumpido. hasta el presente. El petróleo se convirtió en la columna vertebral del régimen político nacional y el factor determinante en la relación con Estados Unidos. En 1958, el “Pacto de Punto Fijo” se celebró entre los tres principales partidos políticos: Acción Democrática (AD), socialdemócrata, el Comité de Organización Política Electoral Independiente (COPEI), de centroderecha democristiana, y la Unión Republicana Demócrata (URD), “social-liberal” y proimperialista. El acuerdo buscaba la estabilidad política en el país tras el colapso del gobierno dictatorial del general Marcos Pérez Jiménez antes de las elecciones, previstas para diciembre de ese año. Sus efectos se sintieron hasta principios de los años 1990. El pacto obligaba a los partidos firmantes a respetar los resultados de las elecciones y respetar la alternancia en el poder, excluyendo al Partido Comunista de Venezuela (PCV), que estaba proscrito; Era evidente que para la burguesía y para el modelo de acumulación desarrollado en el país, el PCV era un estorbo. En 1962, la URD abandonó el pacto, al no estar de acuerdo con la política adoptada en relación con la revolución cubana. La prosperidad económica permitió neutralizar y derrotar los intentos de organizar grupos guerrilleros en apoyo de la Revolución Cubana, el principal de los cuales estaba encabezado por el legendario Douglas Bravo, sin cambiar el régimen político, en un período en el que América del Sur experimentó una ola de Golpes militares (Brasil, Argentina, Bolivia) que tomaron como pretexto “el peligro del comunismo”, y Estados Unidos como principal punto de apoyo. En 1965, los marines estadounidenses invadieron la República Dominicana para impedir la toma de posesión de Juan Bosch, elegido democráticamente tras la larga dictadura de Rafael Trujillo, conocido como comunista.

    3. En el último cuarto del siglo XX llegó a Venezuela la ola expansiva de la crisis económica global, en la recesión de 1974/1975. La disminución de la producción de petróleo estuvo estrechamente controlada por la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo). Su creación, en 1960, con un papel central para Venezuela con Pérez Alfonzo, inició un enfrentamiento por una nueva distribución global de la renta de la tierra. Creada por los gobiernos de los países exportadores, la OPEP elevó el precio del crudo, imponiendo límites a la competencia entre los países productores, que mantenían unos ingresos elevados, utilizados principalmente en importaciones. Sin embargo, los exploradores directos de las minas de petróleo, en la mayoría de los casos, no eran los Estados propietarios, sino las grandes empresas multinacionales que tenían su tecnología contratada por los Estados o les pagaban por la exploración de los yacimientos. No fueron los países productores los que más ganaron. El precio fijado en el Golfo Pérsico fluctuó, entre 1953 y 1973, entre 1,60 y 2,75 dólares el barril; Sin embargo, con impuestos, en el mercado llegaría a $10,00. La crisis de 1973 cuadruplicó los precios. El cambio en la relación entre capital y propiedad agraria estuvo en el centro de la crisis del petróleo. La disputa sobre los precios del petróleo crudo fue una lucha por la apropiación de “ingresos diferenciales” (originados en diferencias naturales en la fertilidad o riqueza del medio ambiente natural). También implicó una disputa monopólica, ya que la “factura del petróleo” debía ser pagada, en primer lugar, por los países consumidores de energía y las empresas que dependían de las importaciones (la mayoría de los países europeos y Japón), lo que fortaleció a la burguesía norteamericana y, dentro de Estados Unidos, por parte del sector empresarial que se encontraba en la misma situación. Por lo tanto, la “crisis del petróleo” fue parte de la intensificación de las disputas entre monopolios y países imperialistas. Las grandes refinerías y comerciantes de petróleo (las “siete hermanas”) fueron, en diversos grados, las más beneficiadas por el aumento de las facturas del petróleo. Con el aumento de los precios del petróleo entre 1974 y 1983, Venezuela experimentó la ola más importante de prosperidad económica y expansión de la clase media, lo que creó la ilusión de que era posible construir un fuerte Estado de bienestar en el país. Esta burbuja estalló con la nueva caída de los precios del petróleo a principios de los años 1980, la crisis de la deuda externa y la llegada de la globalización neoliberal, que requirió una mayor y nueva integración del capital transnacional y local. El 18 de febrero de 1983 (fecha conocida como Viernes Negro), el presidente socialcristiano Luis Herrera Campins interrumpió durante diez días la venta de dólares estadounidenses, lo que daría lugar al establecimiento de un rígido mecanismo de control de cambios (y por ende, a la disputa por el petróleo). ingreso). El Black Friday es el inicio del largo ciclo de crisis económica, política, social, cultural y tecnológica que atraviesa Venezuela. La crisis iniciada en 1983 tuvo picos (caracazo 1989, rebeliones militares bolivarianas 1992, Agenda Venezuela 1994-1999, triunfo de Chávez 1999, proceso constituyente 1999, golpe de Estado 2002, llamado al socialismo del siglo XXI en 2005, formación de la “boliburguesía” 2002-2024, muerte de Chávez 2013, inicio del proceso de restauración y acuerdo burgués 2013-2024) pero no logró cerrarse, porque en realidad se trata de un reacomodo de las burguesías en torno al rentismo petrolero en una fase de financiarización de la economía mundial. En Venezuela, el aumento de la renta petrolera favoreció la concentración del capital y de la renta, provocando una intensificación de la lucha de clases y provocando un aumento de la movilización popular contra el actual régimen político, que alcanzó su punto crítico en 1989 (caracazo). A medio siglo del inicio de la crisis económica global, Venezuela comenzó a vivir una crisis estructural que comenzó con el “Viernes Negro” de 1983 y que aún permanece abierta. Esta crisis es propia de los límites del modelo de acumulación burguesa en torno a la industria petrolera y la hegemonía del régimen político instalado en 1958. El surgimiento de la crisis “interna” coincidió con la llegada del neoliberalismo, la turbulencia de la deuda externa y la financiarización de la economía mundial, que impulsó una nueva dinámica económica local, abierta al capital transnacional. El Viernes Negro del 18 de febrero de 1983, el país sufrió una abrupta suspensión de la venta de dólares estadounidenses durante diez días, lo que desencadenó el establecimiento de un control de cambios, imponiendo una restricción a la salida de divisas, medida duramente cuestionada por el presidente del Banco Central de Venezuela. El Viernes Negro estuvo precedido por varios acontecimientos, como la salida de Venezuela del patrón oro, la nacionalización del petróleo, así como el inicio de un período de desajuste entre el gasto público y los ingresos del Estado. Esta situación se agravó y se hizo evidente con la caída de los precios del petróleo, que llevó las exportaciones petroleras de 19,3 millones de dólares en 1981 a apenas 13,5 millones de dólares en 1983 (una caída del 30%, al inicio de la crisis de deuda en América Latina). Estos hechos produjeron una fuga de capitales de casi ocho mil millones de dólares y la correspondiente disminución de las reservas internacionales, factores que hicieron inminente una devaluación monetaria. Hasta el Black Friday se mantenía la estabilidad de la moneda y la confiabilidad que caracterizaban a un mercado de libre convertibilidad; El episodio provocó una pérdida de confianza en la economía del país. Se produjo una fuerte caída de las reservas internacionales y la adopción de un régimen de tipo de cambio diferencial de tres tipos, que sobrevivió hasta febrero de 1989, en medio de graves casos de corrupción estatal, empobrecimiento popular y el fin de la estabilidad de la moneda venezolana.

    4. La mayoría de los análisis de la situación en Venezuela tienden a centrarse en marcos temporales cortos, lo que impide una comprensión integral de lo que está sucediendo en la situación actual. Los picos de tensión en el período de crisis de 1983-2024 a menudo se confunden como fases separadas. En realidad, la rebelión popular y estudiantil de 1987, la caracazo de 1989, los levantamientos militares de 1992, la destitución y procesamiento de Carlos Andrés Pérez, la candidatura y victoria electoral de Chávez, el proceso constituyente, el fallido golpe de Estado de 2002, el llamado al “socialismo del siglo XXI”, las contradicciones entre la nueva burguesía y el poder popular, la enfermedad y muerte de Hugo Chávez, la candidatura y triunfo de Nicolás Maduro, el inicio del bloqueo norteamericano y las naciones imperialistas, las rebeliones callejeras de derecha en los años 2014 a 2017 con la la muerte de un centenar de jóvenes, la segunda asamblea constituyente, el decreto 2792, el giro autoritario de Nicolás Maduro, la pérdida de libertades democráticas, la judicialización de los partidos políticos, las negociaciones con Estados Unidos y otros acontecimientos, son sólo picos de tensión al interior del marco de la larga crisis burguesa en Venezuela de 1983-2024. Los intentos de superar esta crisis han sido infructuosos, tanto desde la derecha (construcción de un nuevo modelo de acumulación, Agenda Venezuela, involución en la agenda social, reducción del marco de libertades democráticas) como desde la izquierda institucional (el chavismo y su proyecto de recuperación). de la agenda social, con destrucción de la vieja burguesía y sus representaciones, creación de una nueva burguesía y destrucción del sistema liberal de libertades democráticas para imponer un régimen bonapartista de consenso entre las clases dominantes). La izquierda anticapitalista y socialista, contraria al proyecto de conciliación de clases, fue incapaz durante este largo período de construir un polo alternativo para superar estructuralmente la crisis de hegemonía y acumulación capitalista en Venezuela. El surgimiento de Hugo Chávez y los militares bolivarianos (en 1992) como actores políticos permitió la construcción de un precario centro político en el período 1995-1998 –con apoyos de izquierda, centro y derecha– que intentó resolver esta crisis a partir de una “nuevo consenso”, la apertura dio paso a iniciativas que buscaban una nueva hegemonía (proceso constituyente, nuevo marco legal e institucional, nuevo paradigma democrático) y un nuevo modelo de acumulación (la Agenda Alternativa Bolivariana – AAB). O chiripero de Rafael Caldera (nombre que recibió una coalición política que levantó la candidatura de Caldera a la presidencia en las elecciones de 1993: presentó oficialmente el nombre de Convergencia) había abierto el camino a esta táctica de disputa hegemónica. Este “centro político”, en el que participaban sectores empresariales que se sentían marginados por el sector mayoritario de la burguesía y temían los efectos del surgimiento del capital transnacional, vio en la propuesta de la AAB una oportunidad para construir una nueva arquitectura en el país. Durante este período, Hugo Chávez habló de la “tercera vía” y del “capitalismo humano”. La izquierda valoró esta agrupación como un salvavidas en medio del desastre que vivía el pensamiento socialista en los años noventa, mientras que sectores de la izquierda radical vieron en los intentos de destruir el viejo modelo la oportunidad de abrir el camino a nuevas correlaciones de fuerzas que apoyaría el cambio estructural en el país. El capital transnacional y Estados Unidos estaban a favor de cualquier intento de superar el modelo de acumulación de capital que dio paso al proceso de internacionalización y financiarización, por lo que ofrecieron precaria resistencia a la idea de cambio que se lanzaba. Desde la llegada de Hugo Chávez al gobierno (1999), han surgido tres caras de la política chavista, que expresan las contradicciones internas del inestable “centro político”. El primero, consistente con el programa acordado, lanzó el proceso constituyente y un nuevo marco legal –leyes facilitadoras, leyes sectoriales- para el surgimiento de un nuevo Estado burgués, que requería la construcción de hegemonía para el sector burgués que lo acompañaba. El segundo fue resultado de la inconclusa identidad nacional popular de Chávez y el chavismo, que buscó conectarse con las narrativas e imaginarios de la corriente histórico-social de cambio. El tercero se expresó en el camino a tientas hacia un discurso político ideológico radical, en el que abordó experiencias como la de Gadafi en Libia, el cooperativismo yugoslavo, el socialismo utópico comunal, los “marxismos malditos”, hasta llegar al “socialismo del siglo XXI”. siglo” (2004-2005), que en su fase final se asimiló más al viejo socialismo del siglo XX. Estas tres caras se fueron integrando progresivamente y constituyeron la razón social e ideológica del liderazgo de Hugo Chávez en el período 2002-2013. El golpe de Estado de 2002 rompió los vínculos del chavismo con los sectores burgueses “nacionalistas” o “progresistas” que se habían agrupado en torno al chavismo en el período 1994-2001. En un país con un modelo de acumulación rentista, basado en gran medida en las importaciones, los recargos, las exenciones fiscales y arancelarias, el acceso a monedas preferenciales y los diferentes mecanismos de corrupción que requiere una clase burguesa comercial (en torno a las importaciones), financiera (legitimación del capital y expansión de la usura). ) y montaje (importación de piezas e insumos), esta ruptura con sectores de la “burguesía tradicional” dejó un vacío que debía ser llenado rápidamente. Esto generó la necesidad de constituir una nueva burguesía que estuviera estructuralmente ligada al proyecto político de la Quinta República, asumiendo para sí el modelo de acumulación de la vieja burguesía. Este fue el comienzo del declive del radicalismo del proyecto bolivariano. Este proceso, conocido como proyecto económico de la revolución, generó, entre 2002 y 2013, una nueva burguesía, la “boliburguesía”, enfrentada a la vieja clase dominante. En 2004, Hugo Chávez y el chavismo ya habían consolidado su identidad política, un nuevo policlasismo que renovaba elementos de una revolución popular nacional y la vinculaba al discurso socialista. Al mismo tiempo que creó las condiciones materiales, políticas e institucionales para el surgimiento de una nueva burguesía, el proceso bolivariano construyó las condiciones para el surgimiento de formas de poder popular y comunal, que supuestamente construirían una base social para la disputa hegemónica. con la vieja burguesía. Las iniciativas para construir una base social arraigada en el nuevo proyecto hegemónico fueron presentadas como “socialismo del siglo XXI”. La aparente dualidad estratégica no era esquizofrenia política, sino que en realidad contenía un nuevo proyecto político “multiclasista” emergente, que requería una ruptura con el viejo tejido institucional y social, con narrativas, imaginarios y correlaciones de fuerza diferentes a lo que había sido la democracia clásica. burgués. La democracia representativa pasó a ser democracia participativa, la Constitución contenía un nuevo pacto social multiclasista. Una parte importante de la izquierda se centró en cuestionar que el programa de Chávez no fuera auténticamente revolucionario, cuando en sus orígenes era mucho más reformista y ahora se inclinaba hacia un radicalismo controlado. Esto equivalía a pedirle a Chávez lo que ellos no habían podido hacer y construir en una situación de ascenso del movimiento de masas. Chávez ciertamente navegó por la dualidad estratégica, entre un nuevo proyecto burgués y las contradicciones generadas por la posibilidad de un “socialismo del siglo XXI”, porque era el camino para construir una nueva hegemonía que no trascendió –y quizás nunca tuvo la intención de trascender- los límites. del orden burgués. Aunque hay quienes sostienen que su apuesta final sería por el poder popular, su desaparición física impidió que esta hipótesis se concretara. Lo concreto es que la revolución bolivariana se convirtió en un proyecto de conciliación de clases. Chávez cumplió un papel bonapartista sui generis al arbitrar el equilibrio de la transición hacia una nueva institucionalidad y nuevos mecanismos de relaciones de poder.

    5. La muerte de Hugo Chávez, cuyo liderazgo fue fundamental en la construcción y mantenimiento de estos equilibrios –que a su vez se convirtieron en la única posibilidad para políticas de reforma o revolución– dio paso a un proceso de pérdida de fuerza transformadora y de restauración progresiva, de capitulación y abandono de la parte popular y radical del nuevo proyecto hegemónico. Esta capitulación se generó más por el espíritu conservador de la nueva burguesía ante la idea de poder popular, que por la ruptura con la idea policlasista del proyecto bolivariano. El temprano abandono de la radicalidad del poder popular debilitó el proyecto mismo de una nueva hegemonía burguesa, por lo que no es descabellado pensar que Maduro y los herederos del chavismo no entendieron del todo el proyecto de disputa hegemónica que lideraba Chávez. Esto significó, a partir de 2013, la destrucción sostenida del tejido social e institucional no alineado con la lógica del capital, que había optado ingenuamente por la existencia de un horizonte socialista. La orientación política de los gobiernos de Nicolás Maduro tuvo dos momentos: 2013-2017 y 2017-2024. En el primero, su compromiso se centró en el fortalecimiento de la nueva clase burguesa, en la subordinación definitiva de las precarias semillas del poder popular y comunal a los intereses de la nueva burguesía, y en el enfrentamiento e intento de aniquilación de la vieja burguesía. La caracterización de Venezuela como un peligro para los intereses estratégicos de Estados Unidos y el inicio de las Medidas Coercitivas Unilaterales estadounidenses fortalecieron el enfrentamiento entre la vieja burguesía (fuera del aparato gubernamental) y la nueva burguesía (que era parte constituyente del gobierno). ). Los enfrentamientos entre 2014 y 2017 pueden entenderse como la tensión de las contradicciones interburguesas. El gobierno y la nueva burguesía “bolivariana” lograron aplastar las revueltas policiales-militares de 2017, imponiendo así una derrota sin precedentes a la lógica insurreccional de la vieja burguesía, evento del que este sector aún no ha logrado recuperarse. Esta derrota de la vieja burguesía y sus representaciones políticas abre una nueva etapa en el gobierno de Nicolás Maduro y en el horizonte estratégico de gobernabilidad de la nueva burguesía. En el segundo momento (2017-2024), el gobierno de Nicolás Maduro fortaleció y amplió los procesos de diálogo con la derecha política y la vieja burguesía, pero también, como ahora sabemos, se abrió una línea de negociación con Estados Unidos, en el al mismo tiempo que genera un conjunto de medidas que restringen las posibilidades de influencia de la clase trabajadora y clases subordinadas en las correlaciones de fuerza. Decreto 2792, de 2018, que elimina la negociación colectiva y el derecho de huelga, instrucciones de la ONAPRE que desconocen los derechos adquiridos de una parte importante de los empleados públicos, trabajadores de la educación, la salud y otros sectores, son parte de medidas naturales de contención del trabajo movimiento y manifestación de coincidencias entre la nueva y la vieja burguesía, para promover acuerdos con amplios sectores del capital nacional y sus representaciones políticas. María Corina Machado y el sector burgués que representa parecían ser el electrón libre, el sector del viejo orden que no logró encajar en las negociaciones 2018-2024. 2024 es el año de las elecciones presidenciales más disputadas de la historia reciente. Se habló y se habla mucho de transición, cambio de gobierno o mantenimiento del actual equipo de gobierno liderado por Nicolás Maduro. Los más ingenuos hablan de garantizar las condiciones para una transición, eliminar recompensas norteamericanas para eliminar a Nicolás Maduro, firmar un pacto nacional de no agresión ni persecución. Otros hablan de establecer un marco de garantías para que la nueva burguesía pueda utilizar su riqueza acumulada sin persecución ni límites. Lo cierto es que las elecciones se desarrollan en el marco de una negociación interna dentro de la burguesía y con los estadounidenses, cuyos avances, estancamientos o retrocesos serán cruciales para las consecuencias prácticas de los resultados electorales. La opacidad con la que se llevan a cabo las negociaciones con los extranjeros impide una mayor precisión sobre las posibilidades reales de transición o avance en la nueva hegemonía. El acuerdo interburgués aparece en el horizonte como una posibilidad, que deberá decidir entre las opciones de un gobierno de coalición nacional, un gobierno de emergencia o una vuelta a la alternancia. Estados Unidos, desde una perspectiva neocolonial, se ve favorecido por el enfrentamiento de baja intensidad entre sectores burgueses nacionales y entiende un acuerdo entre ellos en el marco de la profundización de la dependencia venezolana y la tutela imperial sobre éste.

    6. Los candidatos que se presentaron con el rótulo opositor fueron Daniel Ceballos (Arepas Digitales) involucrado en la insurrección de 2014 e indultado por Maduro en 2018, Claudio Fermín (Soluciones para Venezuela), ex activista de Acción Democrática, quien recientemente ha trabajado con una línea política asociada a intereses gubernamentales, Benjamín Rauseo Rodríguez (Confederación Democrática Nacional — CONDE), comediante, que plantea un programa de libertad de mercado, Luis Eduardo Martínez Hidalgo (AD, Bandera Roja —exmaoístas—, Movimiento Republicano e Unión Electoral Nacional), Enrique Octavio Márquez Pérez (Centrado en las Personas, REDES, PCV) es un conocido opositor del chavismo, vinculado a la MUD, Javier Bertucci (El cambio) pastor evangélico que expresa las nuevas relaciones de Maduro con los cristianos protestantes, Antonio Ecarri (Alianza del Lápiz) quien propuso un programa de ajuste y reconciliación nacional y sostuvo reuniones en Miraflores con Maduro, José Brito (Primera Venezuela, Primera Justicia — sometido a intervención —, Unidad de Visión Venezuela e Unidad Venezuela) quien aparece como opositor funcional al gobierno, Edmundo González Urrutia (PUD —sin tarjeta electoral—, MUD y Nuevo tiempo) es el candidato que apoyó expresamente María Corina Machado. El candidato oficial del gobierno fue Nicolás Maduro Moros (PSUV, PPT –intervenido, MEP –intervenido, PCV –intervenido, Tupamaros, entre otros), quien aspira a un tercer mandato que ampliaría su permanencia en el palacio de Miraflores. de 12 a 18 años. Ocho de los diez candidatos expresaron los avances de las negociaciones de Maduro con la oposición que se llevaron a cabo entre 2017 y 2024; Son partidarios de una transición pacífica, en busca de un nuevo modelo de alternancia democrática y muchos de ellos cuestionan el bloqueo norteamericano contra Venezuela. La novena candidatura fue la de Edmundo González Urrutia (apoyado por el MCM) quien expresa el sector que no alcanzó un mínimo entendimiento con el gobierno y está por un cambio radical en la lógica del encuentro entre la vieja burguesía y el capital transnacional. Los resultados proclamados fueron: Nicolás Maduro, 6.408.834 (51,95%); Edmundo González, 5.326.104 (43,18%); Luis Eduardo Martínez, 116.021 (0,94%); Benjamín Rauseo, 92.903 (0,75%); José Brito, 84.231 (0,68%); Javier Bertuchi, 64.452 (0,52%); Claudio Fermín, 40.902 (0,33%), Enrique Márquez, 29.611 (0,24%); Daniel Ceballos, 20.056 (0,16%). Un total de casi doce millones de votos. En cuanto al número de migrantes venezolanos, que votaron muy poco y en gran medida se les impidió hacerlo: la oposición insiste en que son más de siete millones, mientras el gobierno habla de 1.700.000; investigadores como Víctor Álvarez cifran su número en poco más de cuatro millones. De los supuestos ocho millones de votantes fuera del país, sólo 65 lograron registrarse. Los resultados proyectados por la oposición MCM-Eduardo González son radicalmente diferentes, hablan de una enorme diferencia de votos a su favor. Todas las expresiones de izquierda en Venezuela, desde el autonomismo, pasando por el trotskismo, el PCV (auténtico), los Tupamaros (auténticos), el PPT (auténtico), incluso las expresiones más de centroizquierda, han señalado que no defienden un resultado o otra, pero defienden el derecho democrático del pueblo venezolano a conocer los resultados detallados, las sumatorias locales de votos que sustentan el total nacional, y poder contar con las actas de escrutinio para la auditoría ciudadana. El gobierno de Nicolás Maduro decidió interponer un Recurso Contencioso Electoral ante la Corte Suprema de Justicia que quita al poder judicial la posibilidad de revisión y recursos jerárquicos, limitando el acceso público al estado de escrutinio, lo que incrementó la crisis de legitimidad internacional y nacional. del gobierno de Maduro. Todo indica que en el corto y mediano plazo habrá dificultades para acceder al registro de votantes, lo que inaugura una nueva fase de crisis política en Venezuela. ¿Cuál es la situación social actual en Venezuela? El salario mínimo es inferior a cinco dólares mensuales y el salario promedio con bonificaciones apenas supera los 100 dólares mensuales; ningún candidato propuso un plan de ajuste salarial que al menos lo acercara al promedio regional. Algunos se refugian en la necesidad de garantizar la productividad empresarial (lo que implica continuar el asalto burgués a los ingresos petroleros) para iniciar un proceso de recuperación salarial, mientras que otros, para no permitir el proceso de ajuste salarial, se escudan en los efectos de la crisis externa. cerrar con llave. Por otro lado, en los últimos ocho años se ha producido una progresiva, sistemática y contundente reducción, hasta la eliminación, de las libertades democráticas mínimas que, aunque cada vez más disminuidas en las últimas décadas, eran consideradas un logro de la sociedad (derecho a huelga, libertad de organización (sindicatos y partidos de izquierda, libertad de opinión y crítica). Ningún candidato propuso la recuperación de las libertades democráticas para las clases subalternas y explotadas, sino “libertades de mercado”. Todas las candidaturas, del gobierno y de la oposición, con diferentes matices, representaron un proyecto para poner fin a la crisis política que ignora los intereses de la clase trabajadora y del pueblo. Ninguno propuso un programa para recuperar el derecho de huelga, contratos colectivos, salarios suficientes, pero llamaron al sacrificio de la clase trabajadora para recuperar el país, al mismo tiempo que defendieron la eliminación de impuestos al gran capital y hablaron de la Liberación de las fuerzas del mercado, el espíritu empresarial y la productividad. La candidatura de Edmundo González representa el programa de ajuste estructural, privatización y destrucción de la agenda social que hoy encarnan libertarios como Javier Milei y compañía; mientras que los programas de los restantes candidatos de la oposición expresaron matices de programas gubernamentales que colocan los intereses del capital por encima de los intereses de los trabajadores. Nicolás Maduro representa la continuidad del programa de ajuste estructural aplicado entre 2017-2024, en un contexto de bloqueo de Estados Unidos y naciones imperialistas europeas a Venezuela, que depositó el peso de la crisis económica sobre la clase trabajadora, mientras la burguesía (vieja y nuevo ) se hizo más rico. Todos los candidatos buscan mejorar las relaciones con Estados Unidos, mientras Nicolás Maduro desarrolla simultáneamente una estrategia de acercamiento con China, Rusia y Turquía (países donde las libertades democráticas están restringidas y donde la orientación es el capitalismo competitivo). El sector liderado por MCM-Edmundo González abandonó el discurso ideologizado para sintonizar y apropiarse de los deseos más básicos de la población venezolana actual: (a) el retorno de los migrantes, porque cada familia tiene al menos uno de sus miembros en esta condición (padres , abuelos, hijos, nietos, sobrinos, hermanos), (b) la reunificación familiar basada en la mejora de las condiciones económicas, especialmente el aumento de la productividad (cuidado de no aclarar cómo mejorar la cuestión salarial), (c) la privatización de los asuntos públicos como camino hacia la prosperidad, algo que la historia nacional y la experiencia regional niegan. El cambio de estrategia de la oposición funcionó para la candidatura de MCM-González, al punto que el gobierno de Nicolás Maduro intentó poner en marcha planes para el retorno de migrantes y enfatizó la disminución de la inflación como una señal de reactivación económica para el futuro. El gobierno de Nicolás Maduro centró su discurso en su supervivencia en el poder como garantía de bienestar social, que ha ido desapareciendo progresivamente en los últimos diez años. El discurso de las sanciones estadounidenses, reales y objetivas, perdió efectividad política ante la ostentación material de un sector del liderazgo y el mega caso de corrupción conocido como cripto-PDVSA (petrolera estatal). Sin embargo, la candidatura oficial mantuvo una importante base social, en gran medida como herencia heredada del periodo Chávez y por la red de apoyo material (programa de canasta básica, bonos, ayudas) que se vería amenazada con la llegada al poder de un candidato de derecha. o la extrema derecha, que propone privatizarlo todo. La lógica de la supervivencia y el miedo a los efectos del cambio le permitieron reunir una importante base social de apoyo a su candidatura, pero basada en la resignación y no en la esperanza. La candidatura de la oposición central creció exponencialmente en apoyo el año pasado. El gobierno, en su desesperación ante este fenómeno, ha tratado de recuperar el vínculo con las mayorías a través de diferentes medios: (a) resaltando el efecto del bloqueo norteamericano y de las naciones imperialistas europeas sobre la economía y el mundo del trabajo, (b ) apelar al legado de los logros del período Chávez, (c) mostrar las candidaturas de la oposición como parte de la ola neofascista y ultraconservadora que recorre el mundo, (d) profundizar el autoritarismo, a través de la persecución selectiva de los sectores medios -clasistas y líderes populares de la oposición y candidaturas de campos de trabajo, (e) utilizar la descalificación personal para intentar llevar el debate electoral al terreno más favorable.

    7. Las elecciones presidenciales de 2024 estuvieron precedidas por la desaparición de algunos partidos de izquierda, que no alcanzaron el voto mínimo para su permanencia legal, y por la judicialización del resto. Actualmente no existe ningún partido de izquierda legal en Venezuela que pueda montar de manera autónoma una candidatura presidencial y el apoyo que aparece en la tarjeta electoral de Nicolás Maduro es resultado de esta situación de intervención de instrumentos políticos que eran de izquierda. El PSUV nunca fue un partido en términos clásicos, deliberativo y autónomo del gobierno, sino más bien un instrumento político para construir la viabilidad social de los planes de gobierno. Los sectores que respondieron exclusivamente al liderazgo de Hugo Chávez fueron separados de la estructura partidaria tras la muerte del líder histórico del proceso bolivariano y muchos de ellos se encuentran en distintas formas de oposición al gobierno de Nicolás Maduro. El PSUV es hoy un partido policlasista monolítico, sin fisuras significativas; sin embargo, la profundización de la crisis salarial y económica erosionó sus cimientos. El PSUV está amenazado por el mismo fenómeno que afectó a Acción Democrática (AD) en los años 1990: la posibilidad de colapso por pérdida de efectividad política. Maduro está limpiando el PSUV de cuadros políticos independientes que apostaban a la radicalización del proceso bolivariano. La izquierda no pudo llegar a un acuerdo sobre tácticas electorales en este momento. Por el contrario, había al menos cinco opciones visibles. Los primeros, quizás la mayoría, decidieron votar por el candidato que tenía más opciones contra Maduro. Para este sector lo más relevante es salir del régimen de Maduro y luego proponer una recomposición de las relaciones de poder que permita recuperar libertades democráticas, como el derecho de huelga, la negociación colectiva, salarios justos y la posibilidad de organización autónoma. ¡Dejemos que gobierne la extrema derecha para recuperar la democracia! Otra opción ha pedido el voto nulo o la abstención, alternativa que incluye a los líderes históricos del PPT, Marea Socialista, PSL y LTS, entre otros. Otro sector, crítico con algunas políticas gubernamentales, cree que debemos seguir apoyando a Maduro. Entre otras, las expresiones de Bruno Sanarde y la revista Bolívar Vive representar esta opción. Finalmente, la opción agrupada en torno Otra campaña define que su candidato son las luchas sociales, que ningún candidato representa los intereses de la clase trabajadora y que lo que hay que hacer es una campaña que denuncie la pérdida de las libertades democráticas y que abra la posibilidad del reagrupamiento de clases. En este último sector participan el CMI, Izquierda Revolucionaria, Comité de Familiares y Amigos por la Libertad de los Trabajadores Presos, Bloco Histórico Popular, LUCHAS, entre otros. Todos los candidatos presidenciales en las elecciones del 28J se esforzaron por demostrar que eran la mejor opción para Estados Unidos. Mientras el dúo Machado-González renovaba los votos de lealtad construidos en el pasado, especialmente durante la administración Bush, el gobierno de Maduro aceleró las negociaciones con Estados Unidos e incluso mostró sus simpatías por el presidente Joe Biden, al tiempo que aseguraba el flujo de petróleo hacia el Norte. bajo condiciones de negociación neocoloniales. Un acuerdo interburgués local es inútil si no se logra la aprobación de Washington y del Departamento de Estado. Toda especulación sobre un acuerdo estratégico entre el gobierno de Maduro y China o Rusia no es más que fanfarria, porque cuando regresó el comercio petrolero de Estados Unidos con Venezuela, China decidió distanciarse para permitir un acuerdo entre América del Norte y Venezuela, especialmente a medida que cada vez más acuerdos se están produciendo en el marco del comercio estratégico entre el gigante asiático y Estados Unidos. Rusia, por su parte, está más interesada en consolidar sus intereses en África que en aventuras latinoamericanas. Estados Unidos es el árbitro de una situación neocolonial en Venezuela y juega sus cartas con la calma de quien intenta asegurarse de que el final les favorezca lo más posible. Vale recordar que las recientes elecciones fueron resultado de un pacto entre Nicolás Maduro y Joe Biden –el acuerdo de Barbados–, y no un logro de la lucha de las masas. Otro hecho relevante son los cambios en los discursos y posiciones del progresismo y la izquierda. Si bien Pepe Mujica se ha distanciado del gobierno de Nicolás Maduro desde hace algún tiempo, voces calificadas como Lula y Gustavo Petro han marcado sus diferencias respecto al progresivo deterioro de las libertades democráticas en Venezuela y han mostrado preocupación por la tendencia autoritaria en el discurso de Nicolás Maduro. Intelectuales como Atilio Borón y Emir Sader, antaño muy activos en la defensa de Venezuela, han sido muy discretos, dejando el liderazgo de su defensa internacional a Monedero, uno de los líderes históricos del debilitado Podemos de España. Es claro que Cuba y sus organizaciones aliadas mantuvieron una línea de apoyo a Nicolás Maduro, pero cada vez con menos ímpetu y contundencia. Esta decantación del progresismo evidencia también divergencias entre muchos de sus componentes, que pasaron desapercibidas en el contexto de la ola creciente, pero que ahora se revelan en toda su magnitud. La crisis interna ha aumentado el aislamiento del gobierno venezolano. Por ello, el gobierno de Maduro optó por resaltar que su salida del poder podría generar un baño de sangre en el país, como un gesto desesperado para que EE.UU. piense en la estabilidad de sus intereses estratégicos. Si en algo coinciden la derecha y la izquierda política que se oponen a Nicolás Maduro es en subestimar su capacidad política. Ciertamente, Nicolás Maduro no sólo no es un hombre educado, sino que siente un profundo desprecio por quienes tienen formación académica y producción intelectual. Nicolás Maduro heredó de Hugo Chávez el encanto de rodearse de algunas estrellas de la política crítica internacional, al tiempo que despreciaba el pensamiento crítico nacional. Pero Maduro compensa esta debilidad con una enorme habilidad política para mantenerse en el poder, haciendo del pragmatismo su auténtica ideología. Nicolás Maduro piensa y actúa como un burócrata sindical que ve en todos los discursos factores políticos, sociales y económicos, deseos de poder y realización personal, que identifica como necesidades a cubrir, a partir de las cuales negocia con sus opositores. Promotor del grupo de Boston, creó muy pronto –en los primeros años del proceso bolivariano y con la aprobación de Hugo Chávez– una vestíbulo Americano que le serviría de interlocutor. Hoy estos esfuerzos se atribuyen a su política de diálogo con la nación más poderosa del planeta. Cuando surgieron contradicciones en los proyectos inmersos en el proceso bolivariano (nueva burguesía versus poder popular), Nicolás Maduro vio los esfuerzos por construir una central sindical autónoma (UNETE), entre 2004 y 2008, como un peligro estratégico para los nuevos equilibrios de poder. . Fue el artífice de las derrotas que impidieron la construcción de una central autónoma de trabajadores y el forjador de la Central Bolivariana Socialista dos Trabalhadores (CBST), que en ningún momento se planteó presidir, colocando a su cabeza a un dirigente de poca importancia, un militante de la ex Central dos Trabajadores de Venezuela (CTV), liderada por la socialdemocracia. De esta manera, garantizó un aparato para cooptar y dispersar las luchas de la clase trabajadora. Desde su cargo de canciller consolidó la relación con Cuba, China, Rusia, Turquía, Irán y gobiernos opuestos a Estados Unidos, con una parte importante de los partidos comunistas de tradición soviética y china, rechazando cualquier iniciativa para atraer al Bolivariano. proceso los sectores más críticos de la izquierda global, pues sabían que en algún momento criticarían la deriva autoritaria y el rumbo que tomaría el proceso. Nicolás Maduro pasó de ser un militante maoísta radical, con una cultura política antirreligiosa, a convertirse en un admirador de Sai Baba. En el poder, no sólo se casó según rituales católicos, sino que cultivó una relación estable y creciente con grupos cristianos y sectas religiosas, especialmente sectores pentecostales, vinculados a Estados Unidos y la extrema derecha latinoamericana. Los partidarios de izquierda perdidos por Nicolás Maduro debido a su política de conciliación de clases los recuperó en términos numéricos e incluso aumentaron, en interés de la fe. Avanzó en una línea de trabajo en la que Hugo Chávez había sido tímido: acuerdos y pactos con la derecha. Fortaleció la división de la derecha y creó puertas de diálogo con cada sector de la misma, al mismo tiempo que impulsó la devolución de tierras confiscadas por Chávez a sus antiguos dueños, suspendió políticas de impulso a las fábricas recuperadas y creó garantías para el capital financiero. como una forma de garantizar la seguridad del capital, como preludio de un intento de unificar las diferentes facciones burguesas en disputa. Nicolás Maduro privilegió el diálogo con la derecha, llevando progresivamente a la izquierda electoral a su mínima expresión, despojándola de sus instrumentos políticos y reduciendo su capacidad de influencia. Congeló y anuló los preceptos progresistas de la Ley Orgánica del Trabajo aprobada por Chávez, como una forma de mostrar a la burguesía y a Estados Unidos que podía lograr, en términos de política laboral, lo que la derecha clásica no podía garantizar.

    8. El caso es que la oposición de derecha ha recuperado una parte importante de su capacidad de convocatoria, que había perdido en 2017 y que Guaidó nunca obtuvo. Serán ahora seis meses de negociaciones para alcanzar un consenso entre la vieja y la nueva burguesía con la intención de crear gobernabilidad y la aprobación de un paquete contra la clase trabajadora con el menor número de protestas posible. Desde la perspectiva de la clase trabajadora, enfrentamos el peor escenario desde 1983 hasta el presente. La izquierda de clase anticapitalista venezolana debe prepararse para una lucha por las libertades democráticas y la organización de los trabajadores, por el logro de condiciones básicas de supervivencia, llevada a cabo con los métodos del frente único, que es la base de una estructura política independiente de el chavismo de las clases explotadas, para intervenir con programa y perspectiva propios en el proceso político. La situación venezolana ha desencadenado una crisis internacional, que involucra a todos los actores políticos globales. Los defensores de la oposición de derecha y su supuesta victoria electoral incluyen a la derecha global, encabezada por Donald Trump, con el apoyo de regímenes latinoamericanos de derecha, en primer lugar el gobierno argentino de Javier Milei. Bolivia, Nicaragua, Cuba y Honduras, en América Latina, con el apoyo de Rusia, China e Irán, defienden la victoria de Nicolás Maduro. La novedad es que algunos regímenes “progresistas”, más o menos aliados con la Venezuela chavista en el pasado reciente (Brasil, Colombia, México), se distanciaron de Maduro, exigieron la publicación de actas electorales (como si alguna vez se hubiera hecho tal demanda). en las victorias electorales de partidos conservadores o de derecha), aliándose con los regímenes que, con los EE.UU. de Joe Biden a la cabeza, se mueven a favor de una salida “institucional y pacífica” (no golpista) de Nicolás Maduro y el Chavismo. El frente imperialista está dividido entre los partidarios de esta solución (Biden) y los golpistas (Trump, Milei y sus cómplices). Las divisiones internacionales afectan por igual a ambas partes en disputa en Venezuela. El progresismo internacional y la derecha reaccionaria coinciden en omitir el proceso de intervención y judicialización de los partidos de izquierda que impulsó Maduro; como en la creación de Pacto de Punto Fijo, las dos facciones burguesas en disputa en Venezuela (vieja burguesía versus boliburguesía) coinciden en que el peligro para el acuerdo interburgués es la izquierda que exige el programa social progresista de Chávez y, a partir de la experiencia chavista, plantea un programa socialista para el país. A nivel ideológico, las dos facciones burguesas coinciden, pero no logran llegar a un acuerdo sobre cómo distribuir el botín de los ingresos del petróleo. La crisis de Venezuela, país con las mayores reservas de petróleo del mundo, uno de los centros de disputas empresariales y geopolíticas, es una crisis internacional, como lo demuestra el revuelo global por las elecciones. Sin embargo, vemos un cambio en la posición de Estados Unidos tras la publicación de los resultados de las elecciones del 28 de julio. A diferencia de otras oportunidades, la administración de Joe Biden le dio a Nicolás Maduro “tres días de gracia” para intentar resolver los problemas de legitimidad del proceso electoral. Esta “pausa” se debe a los acuerdos alcanzados desde la guerra en Ucrania para suministrar petróleo en condiciones neocoloniales (sin regalías ni pago de impuestos), situación que tiende a reconstruir la relación energética entre Estados Unidos y Venezuela. Sólo tres días después de las elecciones intervino el Departamento de Estado, reconociendo el triunfo de González Urrutia, pero sin la beligerancia de situaciones electorales anteriores. El apoyo de Estados Unidos a la mediación “progresista” de Lula, Gustavo Petro y López Obrador (en gran medida también Gabriel Boric) es parte del esfuerzo por promover un acuerdo entre las facciones burguesas en disputa, basado en la situación electoral del 28J. Las reservas venezolanas, que suman 300 mil millones de barriles, ya están siendo exploradas por empresas de Francia, Italia, España, además de Rusia, China, India y Estados Unidos (Chevron). Las Fuerzas Armadas venezolanas intentan ser colocadas en un estado de deliberación política, ignorando que jugaron un papel central en el equilibrio del período Chávez-Nicolás Maduro para el surgimiento y consolidación de una nueva burguesía. La ofensiva imperialista contra Venezuela es una pieza central de la búsqueda por vincular todo el continente, especialmente sus riquezas naturales (en el caso de Venezuela, con acuerdo interburgués o no), a las cadenas productivas y al capital financiero internacional, en el contexto de una crisis mundial que ya ha entrado en una fase bélica (Ucrania, Oriente Medio y Asia Central, amenazas militares en el Mar de China), de la que no nos libramos (véase la reactivación de la IV Flota de la Armada estadounidense en el Atlántico Sur, por no hablar de la transformación de las Islas Malvinas en una importante plataforma militar de la OTAN). Como bien escribió Roberto Amaral, “Washington se ha otorgado poderes de junta electoral en el país que alberga las mayores reservas de petróleo del mundo, se asoma sobre el Atlántico y el Pacífico y es la puerta de entrada al Amazonas”. Un frente único antiimperialista latinoamericano contra la interferencia imperialista en Venezuela puede y debe incluirse en la agenda política de la izquierda y del movimiento de todas las clases trabajadoras de América Latina. La cuestión venezolana es el primer punto de debate en la agenda política de la izquierda brasileña y latinoamericana. Una parte importante de la izquierda latinoamericana, sin embargo, está prisionera del discurso de la “geopolítica del poder”, según el cual si “Venezuela cae” esto afectará las posibilidades de progreso de los gobiernos progresistas o de izquierda en la región. Los defensores del enfoque geopolítico no parten de la situación material de la clase trabajadora venezolana y del marco de libertades políticas limitadas durante el período de Nicolás Maduro. Lejos de centrar sus análisis en la defensa de la clase trabajadora venezolana, piden su sacrificio para que puedan mantenerse o avanzar en sus países, manteniendo un silencio bochornoso sobre el congelamiento del derecho de huelga, la pérdida de las libertades sindicales y la Imposibilidad de la clase obrera de legalizar instrumentos políticos autónomos que la representen. Los resultados electorales del 28 de julio, anunciados por el Consejo Nacional Electoral (CNE), que dieron la victoria a Maduro, generaron una crisis abierta porque no estuvieron acompañados de actas de escrutinio por lugar de votación, ni de la totalización por centro electoral, ciudad y estado. Los resultados se anunciaron con el 80% de los votos emitidos; Aún faltaban por contar 2.500.000 votos, cuando la diferencia entre Maduro y González Urrutia era inferior a 800.000. Esto generó un fuerte descontento y movilizaciones espontáneas en los dos primeros días después de las elecciones. La respuesta del gobierno de Nicolás Maduro fue aumentar el control y la represión de las protestas, lo que llevó a más de dos mil arrestos, más de una docena de muertes y la creación de dos cárceles para albergar a los detenidos, promoviendo aún más el clima de protesta. La exigencia de resultados electorales de la izquierda venezolana no es un “fetichismo democrático”, sino un esfuerzo por restaurar las libertades democráticas perdidas en la última década. Si no se garantiza un marco político transparente, será mucho más difícil reabrir caminos para las cuestiones de la clase trabajadora. La lucha por las libertades democráticas es la lucha por la libertad de acción de la clase trabajadora, especialmente el derecho de huelga, la contratación colectiva con autonomía, las escalas salariales ajustadas a los niveles de inflación, la organización y funcionamiento de los partidos políticos de izquierda, porque todo esto ha sido procesado y judicializado en la última etapa política por el régimen de Nicolás Maduro.

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    Insurgencia

    Organización brasilera sección de la IV Internacional

    Integrante del PSOL

    Traducción: Germán Bernasconi
    Fuente: 
    Web de Insurgencia

    Actualidad Internacional: Luchas y Movimientos

    13/08/2024

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    Escribimos este documento en octubre de 2023, como parte del proceso de preparación de la IV Conferencia Nacional de Insurgencia. Elaborado a muchas manos y fruto de las discusiones que fuimos acumulando a lo largo de los últimos años, busca sistematizar los principales vectores y tendencias en curso en la actual coyuntura mundial. Esta contribución fue un esfuerzo de localización histórica y política de los desafíos que enfrentamos.

    La contribución fue aprobada por la IV Conferencia Nacional de la Insurgencia como documento de trabajo, para ser desarrollado y discutido por nuestra militancia tanto dentro como fuera de la organización. Con este propósito publicamos hoy este documento. Sabemos que hay y siempre habrá actualizaciones que hacer, pero esperamos que pueda contribuir al debate entre las organizaciones y militantes con los que nos relacionamos.

    Desde hace tiempo, en Insurgencia venimos trabajando en el entendimiento de que el escenario nacional e internacional es grave y está atravesado por una combinación de crisis. La crisis climática, un telón de fondo cada vez más protagónico en la vida cotidiana, que objetivamente atraviesa y condiciona todas las demás crisis; la crisis económica que no se resuelve desde 2008; las crisis energéticas, geopolíticas y militares, y la disputa por la hegemonía entre imperialismos históricos y ascendentes. Hay también una crisis y una lucha abierta en el seno de las burguesías centrales y sus asociados, divididos sobre el rumbo que deben tomar ante el agotamiento del modelo consolidado en los años 90; y una crisis en el seno de la izquierda, marcada por su fragmentación, su frágil implantación social y la ausencia de una orientación política más general que tenga en cuenta los desafíos impuestos por el momento histórico de intensas transformaciones que atravesamos.

    Todas estas crisis están interdeterminadas, es decir, interactúan y se condicionan entre sí, influyéndose mutuamente en su desarrollo. Así, el desafío que este documento se propone es sistematizar los principales vectores de este conjunto de crisis y la dinámica de esta interdeterminación a lo largo de los últimos años, siempre a la luz del desarrollo de las luchas de clases en el período. Por último, también pretendemos plantear hipótesis político-programáticas para la intervención de la izquierda en la situación histórica que vivimos.

    Es en la crisis de 2008 donde podemos identificar un primer hito en el desarrollo de la situación global que estamos viviendo. Aunque en los años posteriores el capitalismo ha recuperado en general tasas de crecimiento aceptables, la profundidad y el alcance de la crisis expresaron un agotamiento del pacto social y económico de la globalización neoliberal establecido con la caída del bloque soviético a principios de los años noventa. A partir de esta crisis se iniciaron los acontecimientos políticos que han marcado la última década.

    La respuesta de la burguesía central a la crisis fue doble e inmediata: por un lado, una inyección récord de fondos públicos para proteger el mercado financiero y sus instituciones, algunas de las cuales fueron incluso renacionalizadas; por otro, rígidos programas de austeridad, es decir, la retirada de derechos sociales a la clase trabajadora y a los sectores populares, garantizando la recuperación de los beneficios mediante la intensificación de la explotación. Así, el impacto de la crisis sobre las condiciones materiales de vida de la clase trabajadora en diversos países se ha visto potenciado por la política liderada por Estados Unidos y la Unión Europea.

    Tras dos años de recrudecimiento de la situación social y económica de los sectores populares, comenzó a desarrollarse un creciente ciclo de movilizaciones a nivel internacional. Ya en 2010, la lucha contra los paquetes de austeridad en Irlanda y Grecia ganó apoyo masivo. En enero de 2011, una oleada de manifestaciones contra el desempleo, el hambre y el régimen derrocó al Gobierno de Ben Ali en Túnez. Desde allí, el movimiento se extendió rápidamente por toda la región y ese mismo año también fueron derrocados los gobiernos de Egipto y Libia. En Siria, las movilizaciones se levantaron en armas contra el gobierno de Bashar Al Assad. También en 2011 se iniciaron movilizaciones en Portugal, España, EEUU y Reino Unido, procesos con impactos diferentes pero luego progresivos en la reorganización de la izquierda en estos países, con la fundación de Podemos en España; el nuevo impulso del Bloco de Esquerda en Portugal o el DSA en EEUU; y el fortalecimiento del ala izquierda del Partido Laborista en Inglaterra. El ciclo de movilizaciones continúa y en 2013 llega a Turquía y Brasil.

    Finalmente, en 2014, Syriza, en aquel momento la herramienta partidista más prometedora surgida del ciclo político abierto en 2008, ganó las elecciones griegas y formó gobierno en enero de 2015. El país era la experiencia más avanzada desarrollada en este ciclo, con frecuentes movilizaciones de masas, una importante participación de la izquierda, los sindicatos y los movimientos sociales, y uno de los más golpeados por la crisis en Europa. Parecía haber esperanzas de ruptura con la Unión Europea y su austeridad económica. En junio, el nuevo gobierno convocó un referéndum para que la población decidiera si aceptaba la propuesta económica de la UE, e hizo campaña por el «No». El «NO» (OXI en griego) ganó con el 61% de los votos. Sin embargo, de vuelta a las negociaciones con la UE, el gobierno de Tsipras capituló y decidió aceptar un paquete aún peor que el rechazado en el referéndum.

    Si la caída de Ben Ali en Túnez puede verse como el inicio de un ciclo de movilizaciones progresistas, la capitulación de Syriza acaba con la posibilidad -en ese momento aún abierta- de que una fuerza a la izquierda del reformismo histórico pudiera consolidarse como alternativa viable y coherente a la crisis iniciada en 2008. La relación de fuerzas a nivel internacional y la insuficiente preparación previa de la izquierda para su postulación como alternativa se expresaron en este episodio de forma trágica.

    De hecho, en términos generales, el ciclo de movilizaciones posterior a 2008 no tuvo un desenlace progresista, sino todo lo contrario. En Libia, donde la intervención militar de la OTAN fue decisiva para la captura de Gadafi, el resultado fue una reacción tan profunda que en los años siguientes hubo mercados de trabajadores esclavizados en el país. En Egipto, tras la caída de Mubarak, hubo una junta de transición, un breve gobierno civil dirigido por los Hermanos Musulmanes y, mediante un golpe militar, desde 2014 el país está gobernado por el general El-Sisi. En Siria, el ascenso del Estado Islámico y otros grupos religiosos armados convirtieron la revuelta en una larga guerra civil que continúa hasta hoy, aunque con menor intensidad. En Turquía, Erdogan salió victorioso y se consolidó en el poder. Así que, en conjunto, la Primavera Árabe fue ganada por la contrarrevolución. En Europa, fue la austeridad la que se impuso.

    En este sentido, es importante señalar que si bien es cierto que la crisis de 2008 abrió un ciclo de movilizaciones generalmente progresivo, lo cierto es que este ciclo, a falta de victorias decisivas de la izquierda, se ha agotado y ha sido históricamente derrotado: la dinámica se ha invertido. Cualquier análisis de la situación mundial que pretenda que la dinámica progresista de este ciclo ha continuado hasta nuestros días estaría llamando a la izquierda a repetir graves errores políticos cometidos en el pasado. La situación mundial actual no puede definirse como «polarización»: lo que prevalece es el desequilibrio de fuerzas. Desde al menos 2015, el signo general de la situación política en todo el mundo ha sido de derrota para la izquierda y la clase obrera. Desde entonces, es la burguesía en su conjunto, y en particular su sector más reaccionario, la que ha tomado la iniciativa política.

    Frente a una crisis económica que no ha sido superada en su totalidad y a pesar de que se han agotado importantes resistencias populares a las medidas implementadas para preservar el modelo vigente hasta entonces, se está desarrollando una división en el seno de las burguesías de los países centrales. Por lo tanto, también hay una disputa entre las burguesías asociadas a ellas en los países periféricos y semiperiféricos sobre qué hacer frente a la situación. Esta división se basa en el desplazamiento de una fracción de la burguesía mundial hacia la extrema derecha -concepto paraguas que utilizamos para englobar sus expresiones neofascistas, bonapartistas, etc.-. Si la derrota del ciclo de movilizaciones populares entre 2010 y 2015 allanó el camino, 2016 es un punto de inflexión importante porque consolida esta división con dos importantes victorias de la extrema derecha: en el referéndum sobre la ruptura del Reino Unido con la Unión Europea, quebrando el bloque que el país formaba con Alemania y Francia, y en la elección de Trump y su “America First” en Estados Unidos.

    2.1 La extrema derecha, su programa y su desarrollo

    Ambos procesos expresan el mismo movimiento y contenido: cuestionan los acuerdos establecidos en la globalización neoliberal, buscan reposicionar a sus estados nacionales en la división geopolítica y económica del mundo, negociando o imponiendo posiciones basadas en su propio peso individual en la lucha por las cadenas de valor del capital. Para ello, promueven internamente una radicalización del neoliberalismo en términos de lucha de clases: movilizan fuerzas reaccionarias para profundizar la explotación, en particular de los sectores más oprimidos de la clase trabajadora en sus territorios, lo que da a su programa un salto de calidad en la afirmación del racismo, el sexismo, el odio a las personas LGBT y a los pueblos migrantes. En los años siguientes, asistimos al crecimiento acelerado y a la masificación de las corrientes de extrema derecha en varios países: además de Estados Unidos y Reino Unido, Francia, España, Alemania, Italia, Hungría, Polonia, El Salvador, India, Filipinas y Brasil. En los últimos años, la alternativa de extrema derecha ha demostrado ser capaz de definir la agenda política a nivel global, ganar importantes gobiernos o convertirse en una fuerza política ineludible en todas partes del planeta, contando además con un intenso nivel de articulación internacional entre sus partidos.

    En relación a la política exterior de esta facción de extrema derecha, también fue evidente el establecimiento de una ofensiva imperialista, particularmente en América Latina. Es cierto que se trató de procesos que contaron con el apoyo de sectores o de la mayoría de las clases dominantes a nivel local, pero el «Lava-Jato», preparado en conjunto con el Departamento de Estado norteamericano; el golpe en Brasil en 2016, así como la posterior elección de Bolsonaro en 2018; el golpe en Bolivia en 2019 y el intento de golpe en Venezuela, incluso con operaciones militares norteamericanas – son las expresiones más evidentes de esta ofensiva del imperialismo sobre nuestra región.

    De hecho, el sector de la burguesía que se está desplazando hacia la extrema derecha es el factor más decisivo desde el punto de vista de la relación de fuerzas entre las clases en todo el mundo. Esta fracción no sólo ha conseguido cambiar la situación política en su propio beneficio: sus victorias han puesto a la burguesía en su conjunto a la ofensiva contra la clase obrera. Si bien la burguesía ya se vio reforzada en el período posterior a 2008 por las derrotas impuestas a la izquierda, este proceso no hizo más que intensificarse con la consolidación de la extrema derecha en la escena mundial. Desde entonces, se han aprobado en varios países dos contrarreformas estratégicas para el conjunto de la burguesía: la reforma de la seguridad social y la reforma laboral. Por supuesto, estas derrotas acumuladas repercutieron en la conciencia de la clase obrera y de los sectores populares, que se vieron obligados a volcarse en la lucha por su propia supervivencia material y política, con una importante pérdida de confianza en sus propias fuerzas.

    En este sentido, es importante afirmar nuestro rechazo a las ideas ligadas a lo que históricamente se ha llamado la «teoría de la ofensiva», una política que se originó en el estalinismo pero que tiene una fuerte presencia en las organizaciones trotskistas. Según esta línea, la extrema derecha se fortalece por su «radicalismo» o su «programa antisistema», y por tanto la tarea de la izquierda sería promover este enfrentamiento radicalizando también su programa. Esta teoría también se combina, de forma menos explícita, con la idea del «fascismo social» elaborada por el estalinismo, una línea que afirma que, dado que los límites estratégicos del reformismo son el principal factor de la crisis política, hay que enfrentarse a él del mismo modo que al fascismo. Hay muchos ejemplos históricos del fracaso de esta política, empezando por el hecho de que no hizo nada para impedir el ascenso del nazismo en Alemania, al contrario, contribuyó a él. Más recientemente, el FIT en Argentina siguió el mismo camino en la segunda vuelta entre Milei y Massa, neofascismo contra peronismo.

    El hecho es que cualquier programa debe responder siempre a una situación política concreta, no existe en abstracto. En este sentido, la extrema derecha o el neofascismo sólo encuentran eco al radicalismo de su programa porque es la burguesía en su conjunto la que está a la ofensiva, no la clase obrera. Si la clase obrera estuviera a la ofensiva, es decir, organizada, obteniendo victorias y avanzando posiciones en la lucha de clases contra la burguesía, entonces tendría sentido que la izquierda avanzara hacia un programa que cuestionara el sistema.

    En una situación defensiva, por otro lado, nuestra tarea debe ser luchar por la concentración de las fuerzas de la clase obrera en frentes comunes entre la izquierda revolucionaria y la reformista; en este proceso, luchar por la conquista de la hegemonía sobre la clase obrera, cuya creencia en el reformismo se amplifica en situaciones defensivas; por conquistas inmediatas, incluso parciales, para la clase obrera, buscando aumentar su conciencia y confianza en sus propias fuerzas movilizándola lo más ampliamente posible. Esta es, al menos, la acumulación histórica hecha por la III Internacional antes de su estalinización y en la importante elaboración hecha por Trotsky en la lucha contra el fascismo. Y si bien es cierto que esta elaboración debe ser actualizada a la luz de las experiencias posteriores de la izquierda, no debemos olvidar que tenemos en ella un punto de partida.

    2.2 La burguesía liberal-democrática: de la parálisis a la «transición verde»

    Luego está el otro sector de la burguesía en esta escisión, que no se ha desplazado hacia la extrema derecha. Esta parte de la burguesía pasó años paralizada ante las victorias en serie de su fracción contraria: al principio, se limitó a defender los marcos del Consenso de Washington y las instituciones del régimen liberal-democrático. Su incapacidad para responder a la crisis de su propio modelo fue, por supuesto, ampliamente explotada por la extrema derecha.

    Sin embargo, más recientemente, bajo la presión particular de la masificación del movimiento ecologista en los países centrales en 2019, la fracción liberal-demócrata ha ganado terreno en el proyecto de una transición energética «verde», prometiendo paquetes de inversión pública capaces de reorganizar y adaptar el capitalismo a matrices energéticas nuevas o menos contaminantes. De concretarse, esto tendría un impacto en toda la cadena de producción y reproducción del capital a nivel mundial, aunque no hay razones para creer que podría superar estructuralmente la crisis ambiental. Al mismo tiempo, con cierta inspiración rooseveltiana, este sector todavía promete avanzar en la recuperación de algunos de los derechos perdidos por la clase trabajadora en las últimas décadas a nivel nacional en los países centrales.

    La fracción liberal-demócrata recuperó terreno en países importantes con este programa: recuperó el gobierno de EEUU y ganó en Alemania, así como en España y otros países. Sin embargo, esto no significa que la lucha interburguesa haya terminado. Estas promesas aún están lejos de lograr avances significativos. Esto se debe tanto al peso de la extrema derecha en estos países como a la intensa disputa geopolítica de los últimos años, que ha impuesto obstáculos a la reorganización de las cadenas de valor en todo el mundo. Queda por ver, por tanto, qué proyecto burgués prevalecerá para la salida de la crisis de la globalización, con la extrema derecha a la cabeza.

    De hecho, las elecciones en Argentina en 2023 demuestran el carácter abierto de esta disputa intra-burguesa: si Milei gana, está claro que su impacto en la relación de fuerzas en América Latina será significativo, fortaleciendo a la extrema derecha en Brasil, Chile, Bolivia, Perú y Colombia. Del mismo modo, debemos mirar a las elecciones presidenciales en los EE.UU. en 2024 – una victoria de Trump o los republicanos sin duda pondría a la extrema derecha en una posición más ofensiva en todo el mundo. En otras palabras, tanto en Brasil como a nivel internacional, la extrema derecha sigue viva, organizada, luchando y activa en la lucha de clases para moldear el mundo a su imagen y semejanza. Por lo tanto, la situación política sigue siendo inestable, un factor que debemos tener en cuenta a la hora de caracterizar al actual gobierno brasileño y los riesgos a los que se enfrenta. La prioridad política de la izquierda sigue siendo la lucha contra la extrema derecha.

    El escenario también está relacionado con otro factor importante de la situación mundial: el ascenso de China y su desafío a la hegemonía estadounidense, consolidada tras el fin del bloque soviético. Hoy la segunda economía del planeta, con crecientes exportaciones de capital y presencia militar en varios países, China aún no desempeña el papel de EEUU a escala mundial. Pero su ascenso supone un claro desafío al proyecto de hegemonía estadounidense, por lo que esta batalla unifica a las fracciones burguesas de EEUU, y a sus subordinados europeos, en torno al objetivo estratégico de preservar sus posiciones de los últimos 30 años. Toda la política internacional del próximo período estará guiada por esta disputa.

    La caracterización de lo que es China y su proyecto político exigen que la izquierda en su conjunto profundice en la cuestión. Si bien nos parece obvio que no es un modelo de socialismo por el que debamos guiarnos, por otro lado, no parece suficiente tratar a China como una expresión más del capitalismo global. Estamos hablando del Estado nacional más antiguo de la historia, con un alto nivel de centralización y planificación económica. Su proyecto económico, en gran medida controlado por el Estado, está presionando incluso a sectores de la burguesía central para que revisen el papel asignado a la presencia estatal por el neoliberalismo -como afirman incluso expresamente los ideólogos burgueses. A modo de hipótesis, consideramos a China como un imperialismo aún en ascenso, orientado centralmente por un proyecto nacionalista, no socialista, aunque también marcado por la revolución que elevó al Partido Comunista a la dirección del Estado. En cualquier caso, es un tema que merece un debate más profundo.

    El ascenso de China y el desafío que plantea a la hegemonía de Estados Unidos y la Unión Europea es ya un factor de disputas geopolíticas y económicas cada vez más intensas. Estas disputas se centran en la lucha por las cadenas de valor, ya sea la energía, la tecnología -en el caso de los semiconductores- o los recursos naturales y las materias primas, ambos cada vez más valiosos ante la intensificación de la crisis medioambiental. Su desarrollo se traduce en conflictos geopolíticos y militares cada vez más frecuentes, y en un mayor potencial de agitación social, como puede verse hoy en la región africana del Sahel, donde la disputa por las materias primas tecnológicas y energéticas es central tanto para el imperialismo francés como para la presencia rusa y china en la región.

    Es en este terreno en el que debemos caracterizar la guerra en Ucrania, que representa un salto adelante en esta disputa interimperialista. Condenamos la agresión rusa contra la soberanía ucraniana. Pero ahora es muy difícil sostener cualquier caracterización de esta guerra como una simple lucha nacional entre los países implicados. Por el contrario, Estados Unidos ha logrado recuperar y reincorporar a la OTAN -que venía sufriendo de «muerte cerebral», en palabras del presidente francés Emmanuel Macron- a este conflicto, transformándolo en una etapa preparatoria de la lucha estratégica contra el ascenso chino. El envío casi irrestricto de armas al gobierno de Zelensky, las sanciones unilaterales a Rusia, la insistencia de las potencias imperialistas de la OTAN en ubicar a China como parte interesada en la guerra, así como la carrera armamentista que se inició a partir de entonces, atestiguan el carácter interimperialista del conflicto. Desde este punto de vista, cualquier alineamiento de la izquierda con cualquiera de los bloques imperialistas en disputa -sea el hegemónico o el contendiente- sería un grave error político. Las fuerzas populares no tienen nada que ganar con la intensificación de las guerras que ya está teniendo lugar y que probablemente continuará en el próximo período: nuestra posición debe ser por el fin de la guerra y el armamentismo imperialista.

    Finalmente, debemos caracterizar los impactos de la experiencia de la pandemia de COVID entre 2020-2022 y cómo influye también en las crecientes transformaciones a nivel mundial. Producto de la acción destructiva del capital sobre la naturaleza, la pandemia ha ampliado el cuestionamiento de la globalización neoliberal e incluso del propio neoliberalismo: desde entonces, incluso algunos economistas burgueses de los países centrales han llegado a defender la necesidad de una mayor inversión pública para hacer frente a la crisis. La pandemia también ha puesto de manifiesto el impacto de la privatización de los servicios sanitarios en diversas partes del mundo.

    Como producto de la crisis ambiental, la pandemia también ha acelerado la disputa mundial por las cadenas de valor energético y las materias primas estratégicas para la carrera tecnológica. Las cada vez más frecuentes catástrofes climáticas -inundaciones, sequías, climas extremos- repercuten en las condiciones materiales de producción y reproducción del capital. Juntos, ambos factores presionan a las burguesías liberal-democráticas para que avancen en un proyecto de capitalismo verde, aunque les resulte difícil. Como resultado, ahora estamos experimentando los inicios de una disputa a largo plazo por los recursos naturales, con intentos cada vez más frecuentes de imperialismo verde por parte de las burguesías centrales. La presión por un mayor control de los centros imperialistas sobre biomas o materias primas, como la Amazonía o el Triángulo del Litio en Argentina, Chile y Bolivia, es probable que se intensifique en el próximo período. En este sentido, la lucha contra la crisis climática también deberá adquirir una dimensión antiimperialista en un futuro próximo.

    Este conjunto de crisis señala que nos enfrentamos a un periodo de transición en la historia mundial. Hay un agotamiento del mundo surgido de la globalización neoliberal; hay una división entre las burguesías centrales sobre la forma de salir de esta crisis; hay una presión material y objetiva ejercida por la crisis climática sobre los acuerdos económicos, sociales y políticos establecidos en las últimas décadas; hay un imperialismo en formación, pero que ya está desafiando la hegemonía de los EE.UU.; hay una carrera armamentística y tecnológica impulsada por la disputa por los mercados a nivel mundial, que ya está cambiando en comparación con el período anterior. El mundo en que vivimos ya no es el mismo de la globalización neoliberal. Está en marcha una amplia reorganización global del capitalismo.

    Sin embargo, lo que sustituirá a la globalización neoliberal es una disputa abierta. Será el resultado de la relación de fuerzas que cristalice entre las clases sociales al final de esta transición. Que la extrema derecha se consolide como un sector con peso duradero, que haya suficiente presión de los movimientos sociales para superar la crisis climática, dependerá fundamentalmente de la capacidad de la izquierda y de la clase trabajadora para intervenir en las disputas en curso. Como hemos visto, hasta ahora esta capacidad ha sido limitada: es la extrema derecha la que ha impuesto su agenda. La segunda parte de este documento se centrará en la caracterización de las fuerzas de la izquierda y de la clase obrera.

    Antes de abordar la situación y los desafíos que enfrenta la izquierda, tenemos la tarea de sistematizar cómo estas disputas en curso se expresan en la lucha de clases en Brasil, así como la forma en que nuestras luchas influyen o impactan en estas disputas a nivel global. Todos los procesos que hemos discutido hasta ahora han encontrado expresión en nuestro país, marcando una importante integración de Brasil en la dinámica global de la lucha de clases.

    El ciclo de movilizaciones post 2008 llegó a Brasil en 2013 con características semejantes a las encontradas en diversos países: ausencia de una dirección política consolidada; una nueva generación sin experiencia emergiendo en la política; cierto grado de dispersión programática en las movilizaciones, que tuvieron un alcance masivo.

    También aquí se manifestó la misma dinámica de agotamiento a la que se enfrenta todo el mundo. Una vez superada la cuestión de las tarifas del transporte, la movilización callejera se consolidó como una herramienta importante en la lucha política, tanto para la izquierda como para la derecha, un fenómeno que también se observó en la Primavera Árabe. Sin una dirección programática bien establecida ni claridad en las manifestaciones, la derecha empezó a impugnar las movilizaciones de junio de forma muy explícita, incluso antes de que se revocaran las subidas de las tarifas. En São Paulo, que había sido el epicentro de las movilizaciones, las bandas neofascistas salieron a las calles para intimidar a la izquierda en cuanto se ganó la lucha contra el aumento.

    Desde entonces, la derecha ha estado luchando y ocupando cada vez más espacio en las calles y en la sociedad. También aquí la derecha ha establecido una ofensiva reforzando su ala más reaccionaria. El Lava Jato une a la burguesía local contra el gobierno de colaboración de clases. Las secuelas son durísimas para la izquierda y las fuerzas populares: el golpe en 2016; el asesinato de Marielle Franco y la detención de Lula en 2018; la huelga de camioneros y la elección de Bolsonaro en el mismo año; todo en clara articulación con la extrema derecha a nivel internacional. También lograron aprobar las dos contrarreformas estratégicas (laboral y jubilatoria) durante este período. Aquí, como a nivel internacional, el ciclo de junio terminó por lo menos desde 2015, cuando la derecha ganó la mayoría en las calles. Y cualquier análisis que establezca la continuidad del carácter progresista de junio hasta hoy también conducirá a graves errores de lectura e intervención política en la realidad.

    Durante este período, la mayor parte de la izquierda brasileña hizo esfuerzos unitarios correctos e importantes – que, si no fueron lo suficientemente fuertes como para evitar el golpe, derrocar a Temer, evitar a Bolsonaro o derribar su gobierno, no deben ser pasados por alto en el balance de los últimos años. Sin las luchas unitarias de la izquierda, en las que el PSOL y el Frente Povo Sem Medo (Pueblo Sin Miedo) -así como la propia Insurgência- desempeñaron un papel decisivo, no es difícil imaginar que la situación podría haber resultado aún peor. Con el estrecho margen de la victoria electoral en torno a Lula contra Bolsonaro el año pasado, está claro que la unidad de la izquierda también fue decisiva para imponer un freno a la barbarie en curso en el país desde las movilizaciones reaccionarias de masas en 2015.

    Las luchas interburguesas también se expresaron en Brasil. Si bien toda o casi toda la clase dominante se alineó con el golpe y con Bolsonaro contra el PT en 2018, este bloque comenzó a sufrir divisiones con el desarrollo del gobierno neofascista y las disputas fraccionales de las burguesías centrales. Con la victoria de Biden, el creciente aislamiento de Brasil en sus relaciones internacionales y la catastrófica gestión de la pandemia y de la cuestión ambiental, similar a la de Trump en EEUU, parte de la burguesía local buscó alejarse del bolsonarismo. De hecho, había partes de la clase dominante que apoyaban a Lula. Y sin el rápido reconocimiento de Biden del resultado electoral de Brasil en 2022, el 8 de enero también podría haber tenido un desenlace mucho más grave.

    El bolsonarismo, sin embargo, como la extrema derecha internacional, no está derrotado. Sigue vivo, organizado e influyendo en la relación de fuerzas del país. Su programa y sus políticas cuentan con el apoyo de la masa de la burguesía, del agronegocio, del mercado financiero, de las fuerzas armadas y de la policía. Tienen implantación social de masas a través del neopentecostalismo reaccionario. Tienen el peso institucional para atacar al gobierno y al programa elegido en las urnas en 2022. Y cualquier evolución de la extrema derecha mundial también podría dar un nuevo impulso a Bolsonaro para recuperar su ofensiva en Brasil.

    Finalmente, el gobierno de Lula también intenta ubicar a Brasil en la disputa entre las fracciones burguesas centrales, buscando una posición privilegiada para el país en la agenda ambiental. Esto sería una posibilidad concreta en términos capitalistas soberanos, pero no exactamente en el caso de nuestro país. En este proyecto, aunque obviamente es muy superior a la agenda de Bolsonaro, todavía hay pocos avances concretos. Del mismo modo, intenta explotar las divisiones del imperialismo – llamadas por la diplomacia europea “competencia de ofertas” para Brasil- en beneficio del país, señalando un esfuerzo correcto para preservar la relativa independencia de Brasil de los bloques en disputa.

    Por último, dedicaremos las últimas páginas de este documento a una evaluación de la política y la capacidad de la izquierda para intervenir internacionalmente en este proceso. Partimos de la premisa de que, desde la caída del bloque soviético y la consolidación de la globalización neoliberal, que ha tenido un enorme impacto en la clase obrera mundial tanto objetivamente -es decir, en la forma de organización del trabajo, más fragmentada, desconcentrada y alienada- como subjetivamente -en la confianza en sus propias fuerzas, en su conciencia social y política-, se ha producido un retroceso decisivo y definitorio en la relación de fuerzas en comparación con la mayor parte del siglo XX. Desde entonces, tanto el proyecto socialista como la organización de la propia clase obrera han sido profundamente desacreditados por las amplias masas populares.

    Es necesario reafirmar esta caracterización porque, sin ella, no tendremos idea de la dimensión de nuestro desafío histórico como izquierda. Cualquier programa político que no dé centralidad a la reorganización social y política de la clase obrera, es decir, a la reconstrucción de las herramientas de organización de clase y a la necesaria reagrupación y reimplantación de las fuerzas socialistas, no estará a la altura de la tarea de restablecer un horizonte socialista para la humanidad.

    7.1 La crisis del proletariado tras el fin de la URSS

    Bensaïd realizó en su época un importante esfuerzo por recuperar bases teóricas estratégicas que pudieran reorientar a la izquierda en la época posterior a la URSS. Retomando a Marx en el 18 Brumario de Luis Bonaparte, trabaja el concepto de clase social desde un punto de vista objetivo y subjetivo al mismo tiempo: “En la medida en que millones de familias (…) viven en condiciones económicas que las separan unas de otras y oponen su modo de vida, sus intereses y su cultura a los de otras clases de la sociedad, constituyen una clase. Pero no constituyen una clase en la medida en que (…) sólo existe una conexión local, y en la medida en que la similitud de sus intereses no crea ninguna comunidad, ninguna conexión nacional y ninguna organización política entre ellos’ (…) Así pues, parecen constituir una clase objetivamente (sociológicamente), pero no subjetivamente (políticamente)”.

    Desde este punto de vista, caracterizamos el impacto del final de la URSS y de la globalización neoliberal como tal que la propia identidad de clase -el aspecto subjetivo- ha retrocedido en gran medida en nuestra época. Hay, a cierto nivel, «comunidad, (…) conexión nacional, (…) organización política», pero hay infinitamente más: la fragmentación de estos lazos es el resultado de 30 años de neoliberalismo. La clase obrera se encuentra en un nivel de fragmentación, de desorganización social y de crisis subjetiva tal vez no visto desde los inicios de la lucha por el socialismo. En otras palabras, la crisis de la humanidad ya no se limita a la crisis de dirección del proletariado, como se caracterizaba en el Programa de Transición aprobado en el lanzamiento de la IV Internacional. Hoy, además de la crisis de dirección, asistimos también a una crisis de organización de la clase obrera, que le impide identificarse como sujeto histórico y social, y más aún como sujeto de la lucha por el socialismo. Superar esta fragmentación es, por tanto, una tarea estratégica, una condición previa para la transformación revolucionaria del mundo.

    Esto no significa, sin embargo, que la clase obrera no haya producido importantes luchas y resistencias, que incluso han contribuido a ampliar la comprensión de lo que es el proletariado. Incluso sin entenderse socialmente como clase, como totalidad, la clase obrera encuentra sus propias formas, programas y herramientas de lucha. En este balance de los últimos años, nos corresponde identificar estos fenómenos para saber en qué basarnos para que la clase obrera pueda avanzar en su propia reconstitución política.

    7.2 El ciclo 2010-2015

    Este primer ciclo estuvo marcado principalmente por dos vectores: en Europa, sobre todo en el Sur de Europa, por las luchas populares contra el ajuste impuesto por la Unión Europea a raíz de la crisis; en el Norte de África-Oriente Medio, por la lucha por las libertades democráticas contra gobiernos o regímenes establecidos desde hace décadas. El desarrollo del ciclo en estas dos zonas tuvo resultados diferentes, que conviene sistematizar en nuestro balance.

    En Europa, particularmente en el sur del continente – Grecia, Portugal, España – las movilizaciones tenían una agenda programática más clara: derrotar la austeridad y la quita de derechos a la clase trabajadora. También hubo una mayor participación relativa de herramientas autoorganizativas de la clase trabajadora, como sindicatos, asociaciones de vecinos, movimientos sociales e incluso partidos anticapitalistas, a la izquierda del reformismo histórico. No en vano, aunque derrotados, los sectores de izquierda salieron fortalecidos, como muestran los casos de Podemos, Syriza y el Bloque de Izquierda. La traición de Syriza ante el resultado del referéndum del OXI bloqueó en gran medida el desarrollo de estas alternativas, con la moderación de este partido y más tarde también de Podemos. El caso del Bloque de Izquierda es una excepción: con la táctica de la «geringonça» (la formación de gobierno con el Partido Socialista y el Partido Comunista), derrotaron a la derecha permitiendo la formación de un gobierno de colaboración de clases, sin formar parte de él ni someterse a su disciplina, y siguen siendo un partido de innegable relevancia en la disputa nacional.

    En la Primavera Árabe, en cambio, el sello distintivo fue la multitudinaria magnitud y radicalidad de las movilizaciones, que aun así se encontraron con una dura represión por parte de los gobiernos. Programáticamente, sin embargo, la principal marca fue la dispersión: la única unidad estaba en el derrocamiento de los gobiernos, sin una definición más clara de las tareas de reconstrucción que deberían seguir, y con diferentes sectores sociales y políticos disputándose su dirección. De hecho, sectores organizados de la izquierda participaron en las movilizaciones, pero fueron mayoritarios los vinculados al islam político, cuya implantación social en los sectores populares era mucho mayor, como demuestra el importante peso de los Hermanos Musulmanes en varios países. En todos estos casos, los gobiernos derrocados no fueron sustituidos ni siquiera por sectores progresistas.

    Así pues, dos son los equilibrios centrales de este ciclo. El primero es la importancia estratégica de la implantación social de la izquierda, que ha retrocedido profundamente desde la caída del bloque soviético. Donde ha habido un mayor despliegue para disputar las movilizaciones, el resultado ha sido menos dramático. Donde no lo hubo, los que tomaron la iniciativa en los procesos fueron precisamente los más implicados en la organización de las fuerzas populares, normalmente las fuerzas religiosas de derechas. Esta es también una evaluación importante para la izquierda brasileña, dado que en nuestro país hay fuerzas reaccionarias con profundas raíces en los territorios populares y donde la derecha también ganó la crisis que se abrió en 2013.

    El segundo equilibrio, quizá aún mal incorporado por diversos sectores de la izquierda, es la comprensión de que no todas las movilizaciones de masas son progresistas. La derecha y la extrema derecha también han movilizado a sus bases para luchar. Sin una caracterización de qué fuerzas están disputando o conquistando la dirección de estos procesos, podríamos repetir errores cometidos en el pasado. Así, cualquier caracterización de la situación mundial que se guíe exclusivamente por el objetivismo, por el número de movilizaciones, estará dejando de lado el principal factor de la lucha de clases en el período: la masificación de la extrema derecha a nivel internacional.

    7.3 Resistencia popular en los años 2015-2019

    Ya bajo el signo de la actitud defensiva tras la expansión de la extrema derecha en todo el mundo, se está produciendo un cambio en el repertorio político de la izquierda y los movimientos sociales. En América Latina, una de las señas de identidad es la resistencia a los golpes de Estado en curso en la región. Este ha sido el caso en Brasil desde 2016, en Bolivia entre 2019-2020, y en Venezuela es una preocupación más o menos permanente.

    En países como Colombia o Chile, las luchas contra el aumento del precio de los combustibles o de las tarifas de transporte también han encontrado protagonismo nacional. Los resultados son también contradictorios y expresan el carácter abierto, aún en disputa, de este período de transición en el que nos encontramos. En Colombia, el proceso terminó llevando al gobierno a Petro, el fenómeno más avanzado hoy en América Latina, programáticamente y en cuanto a su compromiso con la movilización popular para enfrentar a la derecha. En Chile, se abrió una Asamblea Constituyente. Pero en Colombia, el avasallamiento de la derecha se expresó en las últimas elecciones municipales, en las que la izquierda fue ampliamente derrotada. En Chile, estamos en vísperas de la votación del segundo proyecto de Constitución, ahora impulsado mayoritariamente por la derecha. Incluso en las victorias, la disputa sigue abierta.

    Como dinámica internacional, sin embargo, la principal característica de este periodo fue el auge del movimiento feminista en un amplio abanico de países: España, Suiza, Polonia, EEUU, Brasil, Argentina e incluso Irán, con una serie de particularidades y contradicciones. Ya fuera resistiendo a los ataques a sus derechos -en el caso de Brasil o Polonia- o buscando avanzar en una agenda de reconocimiento de derechos sociales, económicos y políticos -en el caso de España o Argentina-, estas movilizaciones también consiguieron generalizarse en sus propios países y consiguieron logros para el feminismo en la sociedad, incluso cuando éstos eran sólo ideológicos. El alcance y el impacto fueron tan grandes que incluso sectores de la burguesía comenzaron a disputar el movimiento de mujeres con mayor énfasis, a partir de la agenda del feminismo liberal, y hoy esta es una agenda más o menos abrazada por la burguesía liberal-democrática en varios de estos países.

    El ascenso feminista también promovió un importante avance estratégico para la izquierda. En la lucha contra la agenda liberal y con una importante articulación feminista internacional, las fuerzas de izquierda involucradas en el proceso pasaron a una discusión estratégica: cómo luchar por un feminismo con contenido de clase. La actualización de la Teoría de la Reproducción Social surgida en la década de 1980 permitió avanzar contra la fragmentación en curso en la época. A partir de entonces, tanto la afirmación de un supuesto carácter «posmoderno» en la lucha de las mujeres como la idea de un feminismo sin clases perdieron fuerza relativa. La cuestión del trabajo doméstico, del trabajo de cuidados y de la reproducción social en general pasó a formar parte de un esfuerzo por vincular, por ejemplo, el movimiento feminista con el movimiento sindical en diversas partes del mundo.

    Si bien es cierto que aún queda mucho camino por recorrer en esta cuestión de la reproducción social, sobre todo desde el Sur Global y una estrategia antirracista que desarrolle esta elaboración, también es cierto que hay una lección importante en este esfuerzo realizado por el movimiento de mujeres: la lucha ideológica, la elaboración programática, siempre que tengan un impacto directo en la realidad, contribuyen a la reorganización social de la clase obrera rompiendo la fragmentación y recreando lazos políticos entre los diferentes sectores de la clase.

    Por último, 2019 también fue testigo de la masificación de la lucha medioambiental en los países del centro del capitalismo. Como ya hemos discutido, esta movilización de masas está empujando a la fracción liberal-democrática de la burguesía hacia la agenda del capitalismo verde. Pero entre sus consecuencias también está, por un lado, una importante discusión sobre los métodos de movilización -ya sean acciones ejemplares de vanguardia, como hicieron y hacen movimientos como «Extinction Rebellion», o acciones de masas, como buscan sectores consecuentes de la izquierda anticapitalista- y, por otro, una discusión aún incipiente pero que viene ganando fuerza en los últimos años: cómo vincular la lucha ambiental a la lucha sindical, en torno a una agenda de empleo, renta y derechos sociales y ambientales.

    7.4 El movimiento social desde la pandemia

    Finalmente, en el ciclo abierto por la pandemia, otros sectores de la clase obrera y las fuerzas populares también asumieron la lucha. El protagonismo del movimiento negro es innegable en 2020, incluso bajo el aislamiento social en muchas partes del mundo. Apoyándose en experiencias previas de movilización y organización en años anteriores, Black Lives Matter fue capaz de promover una respuesta mundial a la violencia policial durante el asesinato de George Floyd. Desde Estados Unidos, el movimiento también encontró un alcance masivo en Europa y América Latina: estatuas en honor a esclavistas y agentes coloniales fueron derribadas en diversas partes del mundo. La lucha antirracista de este ciclo también encontró expresión en Brasil, aunque en otras dimensiones y frente a las condiciones defensivas impuestas por el genocidio contra los negros, el hambre y la crisis social. Finalmente, este ciclo también obligó a sectores de la democracia liberal-burguesa a incorporar y disputar parte de su agenda.

    Un proceso similar ha ocurrido también con las luchas indígenas, que en Brasil han sido decisivas en la resistencia al gobierno de Bolsonaro, pero que también han sido el principal sector movilizado en Ecuador y Bolivia en los últimos años. En este sentido, hay una diferencia entre el movimiento ecologista latinoamericano y el del Norte Global: allí, el centro social de las movilizaciones es fundamentalmente urbano y joven; aquí, el protagonista es indígena.

    Aún es relativamente pronto para calibrar el alcance histórico de estos dos procesos. Pero ambos marcan la coyuntura de los países donde tuvieron lugar, suscitando el odio genocida de la extrema derecha, cierta mediación de la derecha liberal y diferentes lecturas estratégicas por parte de la izquierda. La continuidad de estas luchas, incluso en el terreno ideológico, determinará el alcance del impacto histórico de estas movilizaciones en los próximos años.

    Por último, la solidaridad internacional con el pueblo palestino, lucha que se intensifica desde hace poco más de un mes, también señala una convergencia con estas experiencias. Las movilizaciones en defensa de Palestina están alcanzando proporciones masivas principalmente en los países donde las comunidades árabes han emigrado en las últimas décadas. En gran medida, acaban alcanzando estas dimensiones en el Reino Unido, EEUU, Francia y Alemania, porque -como lectura hipotética- expresan un contenido antirracista: Palestina acaba convirtiéndose, en parte y en todo, en una lucha de resistencia contra la islamofobia, el odio y la precariedad constante a la que se ven sometidas diariamente las comunidades árabes en estos países. Es difícil saber cuál será el resultado. Pero ya son las mayores movilizaciones de este tipo desde las que se produjeron contra la guerra de Irak en 2003.

    Lo que estos tres procesos -del movimiento negro, del movimiento indígena y de la solidaridad con Palestina- señalan, en términos de balance, es la reafirmación de una clave estratégica acumulada en nuestra corriente desde hace tiempo. En las luchas contra la opresión estructural, la clase obrera encuentra formas de luchar, defenderse y avanzar: son las luchas del proletariado. Son los sectores de la clase obrera con las dinámicas políticas más progresistas en la última década, y en muchos casos representan porciones significativas de la fuerza de trabajo en los países donde se han masificado. Y desde estas luchas es posible unificar a la clase trabajadora, siempre y cuando se trabaje con las herramientas políticas adecuadas y se tenga esto como objetivo político.

    Aquí hay una clave en la lucha contra la fragmentación social y política de la clase obrera. La izquierda socialista, anticapitalista y revolucionaria puede y debe influir, construir y apoyar estas luchas. En la batalla contra la fragmentación y por la reconstitución de la clase obrera como sujeto histórico, consolidar esta visión de un proletariado plural y diverso y construir el salto político de estas luchas para que se libren como luchas de toda la clase obrera – siguen siendo tareas centrales para la intervención en el próximo período.

    7.5 Algunas consideraciones sobre el movimiento sindical

    Por último, también es importante tener en cuenta lo que viene ocurriendo en las luchas más directamente relacionadas con el mundo del trabajo. Si bien en varias partes del mundo sigue prevaleciendo una dinámica más conservadora y burocrática, centralmente en torno a los funcionarios públicos, también hay nuevos desarrollos en la lucha socioeconómica de la clase trabajadora a los que debemos prestar atención, ya que también afectan a la relación de fuerzas y forman parte de esta disputa.

    Aunque caractericemos a estas organizaciones como más conservadoras y burocráticas, los trabajadores públicos son un importante sector de movilización laboral en nuestro país, especialmente en sectores vinculados a la educación, pero no restringidos a ellos, como podemos ver en la reciente huelga de los trabajadores subterráneos en São Paulo. A pesar de estas movilizaciones, es un hecho que la tasa de sindicalización en el país viene cayendo año tras año y reflexionar sobre las causas de este fenómeno es importante para formular la capacidad de la clase trabajadora de responder a los ataques, especialmente la quita de derechos y el desmantelamiento de los servicios públicos.

    Ya hemos mencionado la extensión del movimiento feminista al movimiento sindical en varios países: en España, Alemania y Reino Unido se ha fortalecido el sindicalismo en el trabajo reproductivo. Cuidadoras, trabajadoras sanitarias, trabajadoras de la hostelería -normalmente trabajos desempeñados por comunidades inmigrantes- han avanzado en su organización sindical en estos países.

    También están las luchas de las trabajadoras de la app. Fenómeno «nuevo», quizá debido exclusivamente a la tecnología utilizada para organizar el trabajo, lo cierto es que retrotraen a tipos de explotación de la fuerza de trabajo comparables a los de los inicios del capitalismo industrial o, en el caso de Brasil, a una precariedad que se remonta a los trabajadores esclavizados llamados «de ganho» (debían realizar labores y traer una suma fija de dinero establecida al final del día) en el siglo XIX. El trabajo a destajo, los horarios abusivos y la ausencia de seguridad social son las señas de identidad de este tipo de explotación. En varios países se han producido huelgas en estos sectores en los últimos años.

    La experiencia de lucha es muy diferente en cada país, ya que en algunos, como Inglaterra, existe una mayor interlocución con el movimiento sindical tradicional, y en otros, como Brasil, la mayoría de las movilizaciones son protagonizadas por trabajadores independientes, que recurren con mayor frecuencia a lo que se ha caracterizado como «movimientos en red» para organizar sus acciones. A pesar del aumento de las luchas en el sector, estas movilizaciones siguen siendo muy puntuales y defensivas y en pocos lugares se han producido avances concretos en la garantía de derechos para estos trabajadores, por lo que resulta inexacto caracterizar a este sector como vanguardia del nuevo movimiento sindical. En cualquier caso, los métodos de autoorganización están creciendo en esta fracción más precaria de la clase trabajadora, y es un reto y una tarea para las organizaciones de izquierda tender puentes de diálogo con estos trabajadores.

    Es en EE.UU. donde tal vez haya una dinámica más progresista desde el punto de vista sindical. Con una legislación que dificulta la organización en el mundo del trabajo en el país, diversos sectores de la izquierda -en particular los vinculados al DSA- se han volcado en la legalización de los sindicatos en las industrias de servicios y logística. Como resultado, en los últimos años se ha producido un aumento combinado del número de huelgas y sindicatos en Estados Unidos. La reciente victoria histórica de la huelga de la automoción, apoyada en cierta medida tanto por Biden, el primer presidente estadounidense que visitó un piquete, como por Trump, señala un fenómeno interesante, con consecuencias aún por medir. Y sin embargo, la tasa de sindicación en EE.UU. ha experimentado cierto crecimiento en sectores específicos, pero sigue cayendo cuando se consideran todos los sectores del mundo laboral.

    Lo que el escenario señala es potencialmente una nueva dinámica en las luchas sindicales. Y, en general, esta dinámica se caracteriza por una nueva generación de trabajadores y por algún vínculo directo o indirecto con las luchas contra la opresión que se han desarrollado en los últimos años. Un esfuerzo organizado para caracterizar e incidir en esta dinámica -que en pocos aspectos se expresa en Brasil- sin ilusiones de ningún tipo, será clave para reconstruir una relación de fuerzas favorable a los sectores populares.

    Toda esta discusión sobre la situación mundial y su relación con Brasil, la relación de fuerzas entre las clases, la caracterización de los sectores dinámicos en los últimos años, no debe limitarse al análisis: debe traducirse en hipótesis para nuestro trabajo político. De lo contrario, podríamos quedar reducidos a un grupo de propaganda que comenta la lucha de clases. No es para eso que estamos organizados.

    Así que queremos terminar esta ya larga contribución con alguna traducción de la caracterización a la política en un sentido más general y a largo plazo. Sistematizando los datos centrales de la situación en la que vivimos: hay una transición histórica de la globalización neoliberal a una reorganización del capitalismo, cuyo resultado y características aún están en disputa; en esta transición, los aspectos de la barbarie se incrementan, comenzando por la emergencia climática; es la burguesía global en su conjunto, y en particular su fracción de extrema derecha más reaccionaria, la que tiene hoy la iniciativa; y la izquierda, fragmentada y con poca implantación en los sectores populares, enfrenta dificultades para intervenir en esta transición, aunque hay resistencias importantes sobre las que podemos construir.

    En este sentido, en el actual período defensivo de la historia, el principal desafío para la izquierda hoy es -a partir de su propia fragmentación y de la fragmentación de su base social estratégica- tener la capacidad de influir y decidir la relación de fuerzas que cristalizará después de esta transición a favor de la clase trabajadora. Las experiencias del último ciclo nos ayudan a definir hipótesis políticas que avanzan en esta dirección. La acumulación histórica de la IV Internacional también ayuda, aunque algunos de sus herederos insisten en repetir sus errores en lugar de aprender de ellos.

    La fragmentación sólo se superará a través de la experiencia práctica. Sólo a través de la experiencia común, en torno a un programa unificado y ampliando la convivencia entre los diferentes sectores de la izquierda en su intervención en la realidad, podremos superar la fragmentación subjetiva y objetiva de la clase obrera. Y es también sólo en estas condiciones que podremos disputar la hegemonía sobre las bases sociales de la izquierda. Hegemonía que, en condiciones normales y particularmente en situaciones defensivas, pertenece a las fuerzas reformistas. Desde este punto de vista, la táctica del Frente Único, como ya hemos discutido, es la principal hipótesis política cuando observamos la situación histórica desde un punto de vista más general. En la definición de Trotsky, “para aquellos que no entienden esto, el partido es sólo una asociación de propaganda, no una organización para la acción de masas”.

    En palabras de Bensaïd, la táctica del frente único también tiene una dimensión estratégica: “El capitalismo no crea una clase obrera unificada de forma espontánea. Al contrario, genera divisiones y competencia, sobre todo en tiempos de crisis. Unificar social y políticamente a la clase obrera es, por tanto, un objetivo estratégico permanente.” En la actual situación defensiva, marcada principalmente por la fragmentación, el frente único es, por tanto, una forma de combinar las tres luchas decisivas de nuestro tiempo: por la reorganización social de las fuerzas populares, es decir, la reconstitución amplia de la clase obrera como sujeto; por la reorganización política de la izquierda, es decir, la reconstitución de organizaciones socialistas con peso de masas; y por la incidencia de la clase obrera en la relación de fuerzas a escala mundial.

    De hecho, cuando se compara la experiencia del PSOL en esta década con las experiencias de otros partidos amplios del mismo tipo, nuestro partido fue la herramienta que más se fortaleció políticamente – precisamente porque identificó el giro defensivo en la relación de fuerzas en Brasil y en el mundo; porque se dedicó a una política de unidad de las fuerzas populares contra el avance de la derecha y de la extrema derecha; porque, en el proceso, preservando su independencia y colocándose al frente de estas confrontaciones, se moralizó ante la base social del reformismo en Brasil. Incluso sin conseguir construir un verdadero frente único orgánico, la unidad de la izquierda en sus frentes de movilización ha permitido al PSOL ampliar su influencia social y política sobre la clase trabajadora. Estas victorias han enfrentado al partido a nuevas contradicciones, que deben ser enfrentadas como un nuevo momento de esta lucha más amplia. Pero abandonar esta orientación, que nos ha permitido avanzar significativamente, incluso en comparación con otras experiencias de partidos amplios de todo el mundo, sería un grave retroceso político para el conjunto de la izquierda. Sería, de nuevo en palabras de Trotsky, como “un nadador que ha aprobado la tesis sobre el mejor método para nadar pero no se arriesga a lanzarse al agua”.

    Por supuesto, la táctica del frente único plantea otras cuestiones prácticas según las circunstancias en que se desarrolle. Es una táctica que sólo puede aplicarse “en el filo de la navaja”, entre la afirmación de la unidad y la lucha por la hegemonía. La realidad exige mediación. Pero eso no cambia el hecho de que esta política debe servir de orientación general para la intervención de la izquierda socialista, que pretende no sólo librar las batallas cotidianas en defensa del conjunto de la clase obrera, sino también contribuir a las dos reorganizaciones – social y política – necesarias para la reconstitución de un horizonte socialista a mediano y largo plazo desde el punto de vista histórico.

    Para responder a la disputa por la hegemonía sobre las bases sociales del conjunto de la izquierda, el frente único requiere también la construcción de un perfil programático para las fuerzas que se sitúan en esta táctica sobre la base de una estrategia revolucionaria. Este perfil no se orienta, por supuesto, por la ya discutida “denuncia de las direcciones traidoras”. Pero es necesario tener una orientación programática bien definida para que queden claras las diferentes perspectivas entre los sectores dentro del frente.

    Desde este punto de vista, considerando que buscamos, a través del frente único, construir un campo político a la izquierda de los reformismos hegemónicos, y que existe una crisis y transición del orden de la globalización neoliberal hacia una reorganización del capitalismo cuyos resultados son aún inciertos, entendemos que este perfil programático debe estar orientado centralmente por los siguientes ejes: en primera instancia y más claramente por la centralidad de esta tarea, el antifascismo para combatir a la extrema derecha; en el terreno político-económico y social, el enfrentamiento a la agenda neoliberal, que unifica a las diferentes fracciones burguesas; y, orientando estos ejes, la afirmación permanente de una estrategia anticapitalista y ecosocialista.

    La combinación del frente único como táctica a largo plazo, por un lado, y la afirmación de un programa antineoliberal, anticapitalista y ecosocialista, por otro, es la orientación general que creemos responde a los desafíos planteados por la difícil situación mundial que atravesamos. La etapa marcada por la defensividad y la fragmentación requiere una etapa en la que la táctica del frente único esté en el centro de la política de izquierdas. La crisis del neoliberalismo, a su vez, exige la construcción de un horizonte alternativo al modelo de los últimos 30 años.

    Octubre de 2023

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    Posición política del MSP ante la coyuntura 2024

    Actualidad Internacional: Latitudes. América Latina

    26/05/2024

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    36 años de brutales políticas neoliberales han hecho de México uno de los países más desiguales del mundo, a pesar de los programas sociales en favor de la población más empobrecida y de los incrementos al salario mínimo del actual gobierno. La mayor parte de la riqueza generada sigue en manos de las élites que controlan la economía nacional, como las familias Slim, Larrea, Salinas Pliego, etc., que continúan beneficiándose de las privatizaciones realizadas en anteriores sexenios.
    El 10% más rico de la población concentra el 60% de toda la riqueza del país (World Inequality Report, 2022). La riqueza del hombre más rico de México, Carlos Slim, es igual al de la mitad de la población, es decir, 68 millones de personas (Oxfam, 2024). Mientras una persona del 50% más pobre de la población gana 150 pesos en promedio al día, Carlos Slim 20 millones de dólares. Es urgente una reforma fiscal que grave a las grandes fortunas, como sucede en los países nórdicos.

    No existe nación con bienestar social alguna que no haya contado con el apoyo, intervención o control inicial del Estado sobre sus sectores estratégicos de la economía. México no puede ser la excepción. Recuperar para la Nación las industrias petrolera y eléctrica, el agua, sus minerales, la comunicación terrestre, aérea, ferrocarrilera y telecomunicaciones es vital para que su aprovechamiento sea accesible para todas y todos, que sean considerados derechos humanos y no mercancías y para impulsar el desarrollo nacional.

    La principal amenaza para la humanidad es la crisis ambiental, la cual afecta nuestra salud cada día. Debemos mitigar fuertemente el calentamiento global que azota también a México que es considerado un país altamente vulnerable. Lo acabamos de ver con la inclemencia sorpresiva del huracán Otis en Acapulco.
    Hoy se ha perdido gran parte de nuestras áreas naturales. La tala ilegal del crimen organizado y los incendios arrasan el territorio. Quienes combaten a los talamontes cara a cara son grupos de comuneros y brigadistas que hoy luchan por construir el Sindicato Nacional de Trabajadores de los Pueblos Originarios al Cuidado del Bosque. Es fundamental reactivar un movimiento ecologista junto a la lucha de los trabajadores del bosque, campesinos, y pueblos originarios para defender nuestros recursos naturales.

    El triunfo de MORENA en 2018 ha significado un viraje en diversos aspectos de la política y la economía. Ahora, la derecha mexicana está muy indignada por que se ha obligado a la oligarquía a pagar impuestos; se ha revertido la desaparición de PEMEX y CFE; se otorga una pensión universal a los mayores de 65 años y apoyos a jóvenes, personas con discapacidades y madres solteras; se eliminó la reforma educativa punitiva; se ha incrementado el salario mínimo por encima de la inflación; y se ha puesto coto a la enorme corrupción que políticos y empresarios han realizado a costa del Estado. La pretensión de la derecha es liquidar todos estos avances y volver a someter al pueblo de México a los intereses de un puñado de capitalistas. Por nuestra parte, si bien saludamos y defendemos todos estos avances, consideramos que deben profundizarse realizando una reforma fiscal que grave a las grandes fortunas; auditar y desconocer la deuda ilegal, ilegítima y odiosa; renacionalizar los sectores estratégicos de la economía; recuperar un sistema digno de pensiones solidario y eliminar el pago en UMA’s; por la recuperación de los salarios contractuales; por una tarifa justa en la electricidad y el acceso a la energía eléctrica como derecho humano; resolución de los conflictos laborales existentes; entre otras tareas fundamentales para alcanzar la justicia social.
    Más contradictorio ha sido el trato de la 4T a los asuntos de las mujeres, ya que, al mismo tiempo que se le quita mérito al movimiento feminista desde las mañaneras, muchas funcionarias del gobierno han abogado por la lucha en contra de la violencia hacia las mujeres y el feminicidio. En relación a la disidencia sexogenérica, se han logrado avances para el reconocimiento de la identidad de género y el combate a la criminalización de las personas con VIH, no obstante, México sigue siendo el segundo país a nivel mundial con más crímenes de odio hacia las personas trans.
    En este 2024, estamos frente al Proceso Electoral más grande que ha tenido México. Las fuerzas electorales se configuran en, por un lado, la coalición de partidos de la derecha reaccionaria y corrupta que enarbola el proyecto neoliberal que habían instaurado sus organismos en el poder. El descrédito de estos partidos (PRI, PAN, PRD), los ha llevado a postular a Xóchitl Gálvez, quien se autonombra como independiente y hasta progresista, cuando toda su vida política la ha realizado de la mano del PAN. Por otro lado, se encuentra una izquierda electoral encabezada por MORENA, partido plagado de contradicciones. Si bien, López Obrador ha encabezado una incipiente ruptura con la política neoliberal, el pragmatismo de este partido ha provocado que en su dirigencia se trepen oportunistas que han entregado la gran mayoría de sus candidaturas a tránsfugas del PRI y del PAN. La coalición de izquierda conformada por MORENA, PT y PV impulsa con fuerza a Claudia Sheinbaum Pardo a la presidencia y Clara Brugada a la jefatura de gobierno de la Ciudad de México.MC por su parte, dirigido por el empresario Dante Delgado, quiere insertarse sin éxito como una alternativa que arrastre el descontento de los otros partidos.
    A pesar de que a la campaña de Sheinbaum se han sumado personajes y partidos con nula o dudosa trayectoria de izquierda, el perfil de la candidata presidencial, así como el de Brugada, son los más cercanos a la de López Obrador y con mayor posibilidad de continuar con el proyecto progresista. Razón por la cual, la derecha está ejerciendo presión de forma desesperada por diversos frentes: mediático, empresarial, magistrados y hasta utilizando el disfraz de luchadores sociales y paladines de la libertad, cuando en realidad son arribistas que representan lo contrario de un cambio real. En este momento histórico en que la ultraderecha avanza a nivel mundial, es fundamental detenerla en México; y Sheinbaum representa la posibilidad de mantener a la anquilosada derecha fuera del poder ejecutivo, a pesar de las limitaciones y contradicciones dentro de MORENA.

    En este sentido, para profundizar una línea de transformación real y radical, llamamos a no votar por ningún candidato del PRIANRD ni de Movimiento Ciudadano y denunciar a las falsas propuestas de izquierda dentro de MORENA que siempre acaban traicionando (Lily Téllez, Germán Martínez, etc.) a su propio movimiento. Asimismo, es importante ganar una mayoría de dos tercios en el Poder Legislativo con candidatos comprometidos para poder garantizar los cambios constitucionales progresivos que están contemplados en la mayoría de las iniciativas de reforma constitucional presentadas el pasado 5 de febrero, además de la desprivatización de la industria, la tierra, las minas y los servicios estratégicos de la nación y exigirlo durante esta campaña.

     

    Derechos sociales en México como la salud, la vivienda y la educación, que habían sido golpeados duramente por las políticas neoliberales por más de cuatro décadas, quedaron fuertemente lacerados por la pandemia de COVID-19. La emergencia sanitaria deterioró la economía a nivel mundial y, sobre todo, nacional, agravando la vida de amplios sectores populares. Durante ese periodo, cientos de miles de niñas, niños y jóvenes quedaron fuera de las aulas, sin posibilidad de ingresar a una opción educativa.
    Se evidenció la fractura que el neoliberalismo dejó en el sector de la salud pública, que no se dio abasto para enfrentar la pandemia. Acceder a viviendas dignas y decorosas es cada vez un problema mayor que enfrentan las nuevas generaciones.
    En lugar de regatearle recursos a la atención a las infancias y los refugios para mujeres y niños, el gobierno tiene la obligación de crear y financiar más. La lucha contra la violencia hacia las mujeres y LGBTIQ tiene que ser no solo declarativa, sino preventiva y con financiamiento. Habrá que dar todo el apoyo a las organizaciones buscadoras de desaparecidas/os y muy particularmente resolver el caso de los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa.

    En un panorama de hegemonía política del obradorismo, de poca movilización social y popular, y en el que la derecha, a partir de su agenda política, ha intentado tomar las calles y volverse contestataria, es necesario abrir una brecha de profundización de un proyecto consecuentemente antineoliberal en el que emerjan actores sociales y políticos que puedan construir un proceso ascendente de ruptura con las pretensiones de las clases reaccionarias que anhelan regresar al gobierno. El retorno de la oposición al poder con su programa implicaría un enorme retroceso, una derrota para el movimiento popular en general y el mantenimiento de una pasividad social.
    La derecha en el poder político supone políticas regresivas que conducirán a la descomposición social y detendrán la posibilidad de un cambio más profundo.
    Debemos mantener y fortalecer la correlación de fuerzas que se dirige a una ruptura con el sistema político y el sistema económico que ha imperado durante décadas. Es por ello que apuntamos a utilizar este proceso electoral como una confrontación contra las clases dominantes, a partir de impulsar lo más avanzado de las propuestas del programa del gobierno y combatir aquellas posiciones que frenan un proceso de cambio, pero con una actitud propositiva que convoque a grandes sectores de la población al voto por la izquierda y a la movilización.

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  • Claudia Sheinbaum gana encuesta para suceder a López Obrador

    Claudia Sheinbaum gana encuesta para suceder a López Obrador

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    José Luis Hernández Ayala

    Militante del Movimiento Socialista del Poder Popular

    Actualidad Internacional: Latitudes. América Latina

    10/09/2023

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    Mediante una encuesta abierta a toda la población, y no solo a las y los integrantes del partido Morena (Movimiento de Regeneración Nacional), la candidata Claudia Sheinbaum Pardo ganó, con el 39.4% de las preferencias, ser electa como Coordinadora Nacional de los Comités en Defensa de la Cuarta Transformación (4T). Muy por encima del segundo lugar representado por Marcelo Ebrard Casaubón con el 25.8%.

     

    El resultado de la encuesta ha sido cuestionado por Marcelo Ebrard, quien denuncia presiones para inducir la opinión de los posibles encuestados, el problema es que fue un método que él mismo aceptó desde un principio. La consulta fue realizada por cinco empresas encuestadoras, una de ellas sugerida por el propio Ebrard, y sus resultados se encuentran dentro del mismo rango e incluso son similares a encuestas realizadas anteriormente por periódicos como Reforma, El Financiero o Milenio, muy críticos del actual gobierno. Así las cosas, será muy difícil para Ebrard presentar argumentos que provoquen una ruptura dentro de Morena.

     

    Es menester precisar que Claudia Sheinbaum fue electa como Coordinadora Nacional de los Comités en Defensa de la Cuarta Transformación, como se autodenomina el movimiento social que hasta ahora encabezaba el presidente Andrés Manuel López Obrador, lo que la convierte en virtual candidata presidencial de Morena, el Partido del Trabajo y Verde Ecologista de México. Esto se debe a la encuesta se realizó antes del calendario oficial de elecciones primarias para la selección de candidaturas organizadas por el Instituto Nacional Electoral.

     

    Los partidos de la derecha, agrupados en el Frente Amplio por México, presionados por no quedarse fuera de la atención de los medios y de la opinión pública, intentaron realizar un proceso similar de selección de una precandidatura mediante consulta a los afiliados a los partidos Acción Nacional, Revolucionario Institucional y de la Revolución Democrática. Su gran problema fue que la cúpula oligárquica que dirige este agrupamiento, ya había acordado espaldar a Xóchitl Gálvez –una hábil derechista que trata de hacerse pasar por plebeya, progresista e indígena- como su común acuerdo, pero el surgimiento de varias precandidaturas, entre ellas la de Beatriz Paredes Rangel, inteligente y con fuerte respaldo en las filas del PRI, amenazaban con restarle brillo e incluso hundir a su protegida. Eso los obligó a ejercer una fuerte presión sobre los y las precandidatas para que dimitieran a favor de Xóchitl Gálvez. Esta maniobra, ridícula y escandalosa, los hizo ser el hazmerreír de la vida política nacional.

     

    En el caso de Morena, este rocambolesco proceso de selección de candidaturas no corresponde a los de un partido realmente democrático, en donde sus integrantes tienen el derecho de elegir, mediante voto directo o indirecto, quienes deben ser sus candidaturas en los diferentes niveles de representación popular. El método de selección, mediante encuestas, se puede prestar a numerosas irregularidades, así como impedir la más amplia confrontación de ideas y propuestas de trabajo, es muy vulnerable a que pese más la presión de los grandes líderes que a la capacidad e idoneidad de las candidaturas, pero, sobre todo, impide que surjan nuevos liderazgos que se paren sobre sus propios pies. El método de nominación por encuestas es susceptible de convertirse en una especie de “dedazo” realizado con guante de terciopelo.

     

    El posible efecto Ebrard

     

    Aunque la posible salida de Marcelo Ebrard de Morena, y su probable nominación por el partido de derecha Movimiento Ciudadano, es muy factible, las peores consecuencias serían para los partidos de la derecha y no para Morena. Veamos.

     

    Marcelo Ebrard es considerado como representante del ala derecha dentro del movimiento de la 4T, durante su gestión al frente del gobierno de la Ciudad de México (2006-2012) realizó obra pública con financiamiento privado y está muy relacionado con empresarios y medios de derecha. Además su afiliación a Morena apenas data de julio de 2022 y no cuenta con presencia en su estructura interna. Si esta consulta se hubiera realizado al interior de Morena la diferencia entre Claudia y Marcelo hubiera sido mucho mayor, aún así el resultado para la izquierda de Morena (Claudia más Gerardo Fernández Noroña) fue del 50%.

     

    Los votos obtenidos por Marcelo Ebrard en la consulta fueron percibidos por su desempeño al frente de la Secretaría de Relaciones Exteriores y no por representar una opción diferente de la política gubernamental o dentro de Morena. Por lo tanto, es muy poco probable que el 25% de votos obtenidos se trasladen, automáticamente, hacia su candidatura por el Movimiento Ciudadano.

     

    En cambio, para el frente de partidos de la derecha una tercera candidatura de Marcelo Ebrard sí es una amenaza real. Frente a la enorme popularidad de López Obrador, del 60 al 65% de los consultados, la derecha solo aspira a obtener del 30 al 40% de los votos presidenciales en el 2024. Su objetivo, incluso reconocido por algunos de sus representantes más lúcidos y francos, ya no es la presidencia de la República, sino de obtener los votos legislativos necesarios para bloquear toda reforma constitucional que se quiera presentar. Son esos votos los que puede disputar Marcelo Ebrard. De ahí los llamados de la derecha a que Ebrard se sume a la campaña de Xóchitl y no a que presente su propia candidatura.

     

    Es de esperar una actitud sensata de Marcelo Ebrard y que descarte una acción aventurera que no le llevará a ningún lado.

     

    Perfil de Claudia Sheinbaum

     

    Tanto por su grado académico como por su herencia y práctica política, Claudia Sheinbaum se presenta como la mejor opción del ala izquierda de Morena. Así fue entendido por la amplia militancia de izquierda, popular e intelectual que milita en dicho partido y que constituyó la base de apoyo de su campaña.

     

    Es hija del químico Carlos Sheinbaum Yoselevitz y la bióloga Annie Pardo Cemo, participantes del movimiento estudiantil y popular de 1968 y vinculados con los sectores de izquierda más radicalizados de esa época. Ella misma fue destacada participante del movimiento estudiantil de 1986-87 que, agrupado en torno al Consejo Estudiantil Universitario (CEU), se opuso al aumento de cuotas en las colegiaturas y otras reformas propuestas por el entonces rector de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) Jorge Carpizo. Tiene el grado de doctora en ingeniería energética.

     

    Es identificada como una dirigente muy ligada al movimiento de López Obrador, fue parte de su gabinete el frente del gobierno de la Ciudad de México (como secretaria del medio ambiente) y fundadora del partido Morena. También ha sido cuestionada porque en las elecciones federales de 2021 en la Ciudad de México, que ella gobernaba, se perdieron 9 de las 16 alcaldías que la conforman.

     

    Al igual que López Obrador, ha sido bastante pragmática en su política de alianzas para fortalecer su proyecto político. Su equipo de campaña incluye lo mismo sectores muy cuestionables y corruptos provenientes del PRI, PAN y PRD, que sólidos cuadros de izquierda.

     

    Por su origen, cercanía con los movimientos sociales y agenda progresista en materia de igualdad de género, diversidad sexual, ecológico y social, la izquierda de Morena la considera más sensible para solucionar diversos conflictos sociales e iniciar una profundización de reformas que radicalicen a la llamada Cuarta Transformación.

     

    Debido a que Claudia Sheinbaum será postulada como candidata del partido Morena a la presidencia de la República, se considera que será la primera mujer que asumirá el más importante cargo político en toda la historia de México. Eso, sin duda alguna, es una buena noticia. Sin embargo, es un hecho que, por su condición de mujer, será vista con gran escepticismo y cuestionamiento por parte de una cultura tan patriarcal y machista como la mexicana, así como por su origen judío que ya la hace víctima de grupos antisemitas.

     

    El escenario político electoral del 2024

     

    A contra corriente de lo que sucede en otras partes del mundo, en donde las organizaciones fascistas o ultraderechistas se encuentran a la ofensiva, en México la derecha en general se encuentra a la defensiva y les cuesta mucho trabajo defender a sus pasados gobiernos neoliberales, su corrupción malos resultados y volver a presentar, como programa de gobierno, más de lo mismo.

     

    Luego de seis sexenios de gobiernos neoliberales, la corrupción del poder público llegó a tal grado de descomposición que se hacía difícil diferenciar entre las bandas mafiosas y el poder del estado. El crimen de los 43 jóvenes de la Normal Rural de Ayotzinapa es el ejemplo más elocuente de esta descomposición. Incluso sectores de la oligarquía clamaban por un cambio y encontraron en López Obrador la única medicina posible. Los treinta millones de votos de López Obrador, alrededor del 53% del electorado, representaron una verdadera rebelión que hizo añicos el intento de fraude en contra de su candidatura.

     

    En las conferencias de prensa diarias, mejor conocidas como “mañaneras” y que ahora son objeto de estudios sociológicos, López Obrador insiste en recordar ese pasado reciente y han tenido un efecto profundo en la memoria y consciencia de millones de personas. Por esas razones la derecha mexicana no se atreve a cuestionar abiertamente los programas sociales del gobierno y confirma la acusación del grupo ultraderechista VOX de España de calificarlos como “cobardes”. Incluso la ofensiva de medios, con sus falsas noticias (fake news) y toda forma de manipulación mediática, se han visto anulada por la política de comunicación del gobierno.

     

    Pero no basta con el desprestigio de la derecha o de una acertada política comunicacional del gobierno para ganar elecciones si no va acompañada de buenos resultados en el terreno económico. Es justo en este terreno en donde López Obrador está cerrando su sexenio con un panorama positivo. A pesar de que los salarios contractuales se han deteriorado, los salarios mínimos se han incrementado en un 80%. Para el presente año se espera un crecimiento del 3.65% del producto Interno Bruto y del 4% para el 2024. El consumo privado suma un trimestre con tasas de crecimiento del 4%. La moneda mexicana, lejos de devaluarse, como ha sido la constante en los últimos 50 años, se ha revaluado en un 33%. A pesar de su incremento nominal (de 10.5 a 14 billones de pesos en lo que va del sexenio), la deuda pública se mantiene en un promedio del 44% del Producto Interno Bruto (PIB) y no existe problema de impago. El desempleo, a pesar del trabajo precario, se ha reducido a menos del 5%. Los adultos mayores de 65 años reciben una renta básica universal equivalente a 147 dólares mensuales y se elevará a 176 a partir del 1 de enero de 2024. Según el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), México redujo en 8.9 millones su número de pobres a un total de 46.8 millones de personas, casi 16% menos que las 55.7 millones de 2020. A pesar de la pandemia y de la guerra Rusia-Ucrania, los precios de los energéticos no se han incrementado más allá del índice inflacionario.

     

    Aunque sea necesario relativizar estas cuentas en otro artículo, es preciso reconocer que las finanzas públicas se encuentran en buenas condiciones para el proceso electoral del 2024.

     

    A favor de la candidatura de Morena, debemos agregar el fervor nacionalista que se desatará con la inauguración de proyectos emblemáticos del gobierno como los ferrocarriles Maya (que unirá a 5 estados del sureste mexicano), el del Istmo de Tehuantepec y el que unirá las ciudades de Toluca y de México; la modernización de las cinco refinerías de Pemex, la nueva de Dos Bocas en el estado de Tabasco, que unidas a la de Deer Park en Texas, garantizarán el consumo de gasolina, gas y diésel; y muchas otras obras de infraestructura.

     

    El único factor que puede desestabilizar el proceso electoral del 2024 sería que la violencia criminal se traslade al terreno político. Esperamos que ello no suceda.

     

    Dese luego que estos datos representan un buen augurio de que la derecha no regresará al poder en el 2024. Pero ello no significa echar las campanas a vuelo y subestimarla, pero tampoco de dejar de construir un movimiento social independiente y autónomo que se movilice para profundizar el proceso de cambio y alcanzar objetivos clave como auditar y dejar de pagar la deuda pública odiosa; realizar una reforma fiscal que obligue a pagar más a quienes más tienen; de democratizar sus organizaciones y botar a las dirigencias corruptas; de garantizar el derecho al aborto en todo el país así como la igualdad de género y de la comunidad LGTBI+; y de convocar a un congreso constituyente que elimine las reformas neoliberales realizadas al texto original de nuestra Constitución.

     

    En este camino, la existencia de una fuerza política con un perfil anticapitalista, ecosocialista y feminista, se hace más necesaria que nunca.

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