Autor: Nicolás Salas

  • 50 aniversario del levantamiento de Soweto

    50 aniversario del levantamiento de Soweto

    El levantamiento de Soweto de 1976 provocó un resurgimiento de la militancia y ayudó a socavar el apartheid en Sudáfrica1.  

    Soweto, abreviatura de South Western Townships (Municipios del Sudoeste), es conocido por los disturbios de junio de 1976, inmortalizados por la fotografía de Sam Nzima que muestra a un hombre cargando el cuerpo de Hector Pieterson, un niño de 12 años asesinado por la policía. Junto a él camina una niña, su hermana, con el rostro marcado por el dolor. Esta imagen se ha convertido en el símbolo de la brutal represión ejercida contra los manifestantes pacíficos.

    Educación bantú

    Las protestas se desencadenaron por una circular que hacía obligatorio el uso del afrikáans en las escuelas, una lengua asociada con opresores racistas. Pero más allá de esta medida, la juventud negra de Sudáfrica se enfrentaba a un sistema educativo profundamente desigual. El gobierno asignaba 644 rands a cada alumno blanco, en comparación con tan solo 42 rands por alumno negro.

    Tal desigualdad no se justificaba únicamente por razones económicas. El Dr. Verwoerd, defensor de la educación bantú, explicó su política en estos términos: «Los nativos (los negros) deben aprender desde temprana edad que la igualdad con los europeos (los blancos) no es para ellos». La educación era, por lo tanto, un instrumento diseñado para reforzar el apartheid.

    El escaso progreso observado a lo largo de los años en la escolarización de los jóvenes negros se debió principalmente a la presión ejercida por los empleadores, que necesitaban una mano de obra más cualificada.

    La revuelta

    En las escuelas secundarias existía una organización, los Movimientos Estudiantiles Cristianos (SCM), que oficialmente era apolítica pero que estaba ampliamente infiltrada por activistas del Movimiento Estudiantil Sudafricano (SASM), vinculado al movimiento de la Conciencia Negra. Estos activistas llevaron a cabo una importante labor organizativa y de sensibilización.

    Primero crearon un Comité de Acción, que más tarde se convirtió en el Consejo Representativo Estudiantil de Soweto (SSRC). Estos activistas desempeñaron un papel decisivo en el inicio de las protestas.

    Cientos de jóvenes abandonaron sus escuelas para unirse a una manifestación. Sin previo aviso, la policía abrió fuego. Numerosos testigos presenciales informan que varios adolescentes murieron a tiros mientras huían.

    El levantamiento de Soweto se extendió por todo el país, involucrando a amplios sectores de la población. En todas partes, las autoridades respondieron con una represión implacable. Se desplegó el ejército y la policía no dudó en disparar contra los residentes de los barrios marginales para sembrar el terror.

    El punto de inflexión

    El levantamiento de Soweto marcó un verdadero punto de inflexión en la lucha contra el apartheid. Tras la masacre de Sharpeville en 1960, los líderes de las principales organizaciones nacionalistas, el ANC y el Congreso Panafricanista (PAC), habían sido encarcelados o forzados al exilio. En aquel momento, el régimen parecía inamovible.

    Sin embargo, las autoridades se vieron obligadas a dar marcha atrás y abandonar su reforma que imponía el uso del afrikáans en las escuelas. Sobre todo, había surgido una nueva generación de activistas que fortalecería considerablemente las organizaciones antiapartheid, tanto sindicales como políticas.

    En el ámbito internacional, la brutalidad del régimen sudafricano desencadenó importantes movimientos de solidaridad que contribuyeron a modificar el equilibrio de poder en el país. Tras los disturbios de Soweto, cada vez más sudafricanos se convencieron de que el apartheid ya no era inevitable y que, con el tiempo, llegaría a su fin.

    23 de junio de 2026

    *Paul Martial es corresponsal de International Viewpoint. Es editor de Afriques en Lutte y miembro de la Cuarta Internacional en Francia.

    1. Para una cobertura más extensa, consulte el número especial de 
      Amandla! . IVP republicará algunos artículos. ↩︎

  • “Puerto Rico ha sido utilizado como laboratorio del capital, nos toca convertirlo en laboratorio de resistencia”

    “Puerto Rico ha sido utilizado como laboratorio del capital, nos toca convertirlo en laboratorio de resistencia”

    Desde Punto de Vista Internacional vamos a ir publicando parte de las intervenciones y ponencias que se llevaron a cabo durante la I Conferencia Internacional Antifascista realizada en Porto Alegre durante el mes de marzo. 

    En esta oportunidad, presentamos la intervención de Gabriela Flores, integrante de Democracia Socialista y miembro de la IV Internacional. 


    Gabriela Flores durante la I Conferencia Internacional Antifascista en Porto Alegre.


    Puerto Rico es la colonia más antigua del mundo. Y como colonia, funciona como laboratorio.

    Eso es una descripción material de nuestra realidad. En Puerto Rico se prueban políticas, mecanismos y formas de gobierno que luego se quieren normalizar en otros lugares. Aquí se ensaya hasta dónde se puede vaciar la democracia. Aquí se mide hasta dónde puede avanzar el capital sobre lo público sin encontrar una resistencia capaz de detenerlo. Aquí se experimenta con la vida de un pueblo entero. En cuanto a la Junta de Control Fiscal1 no es solamente una imposición sobre Puerto Rico. Es un modelo de gobierno para tiempos de crisis capitalista: una estructura no electa, impuesta desde afuera, que decide sobre el presupuesto, sobre los servicios esenciales, sobre la universidad, sobre las pensiones, sobre la infraestructura, sobre la vida. La Junta no viene a resolver nada. Viene a garantizar que la crisis la pague el pueblo y no quienes se enriquecieron con ella.

    Lo mismo ocurre con la privatización acelerada de servicios esenciales. Lo que aquí se presenta como modernización, eficiencia o reestructuración, en realidad responde a un proceso más profundo: transferir riqueza pública a manos privadas, desmontar derechos conquistados, convertir necesidades humanas en oportunidades de negocio. Lo que nos están haciendo a nosotros no se queda aquí. Se perfecciona aquí para hacérselo a otros pueblos. Por eso Puerto Rico no es solo víctima. Puerto Rico también es advertencia.

    Advertencia de lo que ocurre cuando un país es gobernado contra su gente. Advertencia de lo que ocurre cuando el capital financiero, los bonistas, las corporaciones privadas y los aparatos imperiales deciden que la democracia es un obstáculo y no un principio. Advertencia de lo que ocurre cuando la colonia sirve no solo para explotar, sino para ensayar y luego reproducir. Y entonces la pregunta central de hoy es: ¿cómo conectamos esa historia larga de extracción colonial capitalista con la ola de derecha que está redefiniendo la política global en este momento?

    Porque no estamos hablando de dos cosas distintas. No estamos hablando, por un lado, de la colonia, y por otro, del auge de la extrema derecha. No. Estamos hablando del mismo proyecto histórico, adaptado a distintas coyunturas, con distintos lenguajes, pero con una misma lógica: concentrar poder, debilitar lo público, dividir al pueblo y gobernar cada vez más con menos democracia.

    II. La coyuntura: ¿dónde estamos parados?

    Puerto Rico llega a esta coyuntura con una economía devastada por décadas de austeridad, dependencia y saqueo. No estamos frente a una crisis nueva. Estamos frente a una crisis prolongada, administrada políticamente, utilizada para reorganizar el país a favor del capital. Primero bajo las condiciones estructurales del régimen colonial; luego, con todavía menos disimulo, bajo PROMESA y la Junta. Más de 400,000 personas han tenido que irse del país desde 2006. Esa cifra no se puede decir livianamente. No estamos hablando de una tendencia demográfica abstracta. Estamos hablando del vaciamiento de comunidades, de familias fragmentadas, de generaciones obligadas a buscar fuera lo que aquí se les negó. Estamos hablando de una emigración forzada por las condiciones materiales. Y quienes se quedan lo hacen cargando una deuda que no contrajeron, obedeciendo a una junta que no eligieron y sobreviviendo en un país donde cada vez cuesta más estudiar, vivir, enfermarse, transportarse o simplemente quedarse.

    En contestación a esa crisis, se está dando un reordenamiento político. Los partidos coloniales hegemónicos, el PNP y el PPD, están en crisis. Y no es casualidad. Son los partidos que administraron el país mientras se profundiza la desigualdad, la corrupción, el endeudamiento, la privatización y la expulsión de nuestra gente. Son los partidos que prepararon el terreno para la Junta. Son los partidos que se turnaron el poder mientras el país se hundía. Desde por lo menos el 2012 se ha hecho evidente el declive electoral de ambos y el crecimiento de partidos emergentes y minoritarios como el MVC y el PIP. Eso demuestra que existe hambre de alternativa. Existe cansancio con el bipartidismo. Existe una ruptura en el consenso colonial tradicional. Existe una parte importante del país que sabe que no puede seguir gobernándonos la misma gente que ha administrado nuestra ruina.

    Pero aquí hay que hablar con honestidad. El desgaste del bipartidismo no significa, por sí solo, la victoria de un proyecto transformador. No basta con que los de arriba entren en crisis. Hace falta que los de abajo logremos articular fuerza, dirección y horizonte. Y ahí es donde está uno de nuestros retos mayores: mientras la izquierda sigue muchas veces dispersa y fragmentada, la derecha se está reorganizando, consolidando y aprendiendo a hablarle al malestar social. Eso no lo podemos ignorar. Porque la crisis del centro político no siempre abre paso a la izquierda. A veces abre paso a salidas todavía más violentas, más reaccionarias y más peligrosas. Por eso esta coyuntura exige claridad. Exige lectura de momento. Exige organización. Exige entender que estamos parados en un punto de disputa real.

    III. Neoliberalismo y la ola de derecha

    Uno de los errores que a veces cometemos en la izquierda es pensar el neoliberalismo como si fuera solamente un programa económico, separado de la derecha política, cultural y social. Pero la realidad demuestra lo contrario: son inseparables. El neoliberalismo necesita de la derecha para sostenerse. Necesita del miedo. Necesita del odio. Necesita de la fragmentación social. Necesita de la despolitización de las causas reales de la crisis.

    ¿Por qué? Porque sus políticas no sobreviven el escrutinio democrático.

    Nadie vota con entusiasmo por el cierre de escuelas, por el aumento de la matrícula, por tarifas más caras de luz y peor servicio, por el desmantelamiento de hospitales, por el recorte a pensiones, por la destrucción de la universidad pública. Nadie vota con entusiasmo por entregar el país a inversionistas. Entonces, ¿cómo se sostiene ese proyecto? Se sostiene desplazando la discusión. Se sostiene fabricando enemigos. Se sostiene atacando derechos, sembrando pánico moral y canalizando la frustración popular contra los sectores más vulnerables.

    Ese es el patrón global. Milei en Argentina. MAGA en Estados Unidos. Vox en España. Y en Puerto Rico, con nuestras particularidades coloniales, el Partido Nuevo Progresista y los sectores que buscan profundizar esta reorganización autoritaria del país. Todos siguen, con variaciones, un mismo libreto: atacan las instituciones que aún conservan alguna función pública o algún potencial democratizador, aceleran la privatización, vacían derechos, desacreditan la solidaridad y difunden narrativas de odio para dividir y distraer. Y esas narrativas sirven para impedir que el pueblo identifique correctamente al responsable de su precariedad. En vez de señalar al capital, a los bonistas, a las aseguradoras, a las corporaciones, al imperialismo, se culpa a inmigrantes, a empleados públicos, a estudiantes, a docentes, a sectores marginados, a quienes protestan, a quienes organizan, a quienes resisten.

    En Puerto Rico nos venden la privatización como eficiencia. Nos venden la entrega del país como inversión. Nos venden la subordinación como progreso. Nos venden la destrucción de lo público como inevitabilidad técnica. Nos dicen que hay que atraer capital, cuando lo que realmente hacen es abrirle la puerta a formas más agresivas de saqueo. Ahí están los decretos que permiten evasión contributiva y convierten al país en paraíso para cripto-millonarios y acaparadores. Ahí está la retórica de que el problema de la educación pública son los maestros, y no los recortes, ni la corrupción, ni el abandono. Ahí está la criminalización de quienes dependen de servicios públicos, mientras se protege a quienes viven de extraer riqueza sin producir nada socialmente útil.

    Por eso no podemos pensar la ola de derecha como un fenómeno ajeno o importado sin más. La derecha global y el neoliberalismo son parte de una misma ofensiva. Y en Puerto Rico esa ofensiva se monta sobre una estructura colonial que la hace todavía más peligrosa.

    IV. Los ataques a los servicios públicos

    Los ataques a los servicios públicos no son errores administrativos ni decisiones desafortunadas. Son una estrategia de clase. Son una forma de reorganizar la sociedad a favor del capital, debilitando los espacios donde todavía existe alguna noción de derecho, redistribución o responsabilidad colectiva. Cuando atacan los servicios públicos, no están atacando solamente unas agencias o unas instituciones. Están atacando la idea misma de que lo que necesitamos para vivir debe estar garantizado socialmente y no subordinado a la lógica de ganancia.

    Energía

    La privatización de Puerto Rico Electric and Power Authority (PREPA) mediante LUMA y Genera PR ha sido un desastre. Y eso ya lo sabe el pueblo porque lo vive. Lo vive cada vez que se va la luz. Lo vive cada vez que llega una factura absurda. Lo vive cada vez que se hace evidente que el servicio empeora mientras el costo sube. Lo vive cada vez que tiene que escuchar a estas empresas burlarse, antagonizar o responder con arrogancia a la gente que se supone que sirven. Nos tomaron un sistema público, con problemas reales, sí, pero público, y lo entregaron a corporaciones privadas que no le rinden cuentas al pueblo, que operan blindadas políticamente y que siguen lucrándose mientras el país entero carga con las consecuencias. Y lo más indignante es que aún con el fracaso evidente, el gobierno sigue protegiendo los contratos. Se quejan cada cierto tiempo para descargar presión, pero no rompen con el modelo. Porque el problema no era nunca arreglar el sistema. El problema era abrir otro espacio de acumulación privada.

    Salud

    En salud, el deterioro también lleva décadas. Cerraron hospitales municipales. Se redujo la capacidad pública. El acceso a atención primaria en el interior del país se ha vuelto cada vez más difícil. El modelo del Plan de Salud del Gobierno, administrado por aseguradoras privadas, ha permitido que fondos públicos terminen en manos privadas mientras miles de personas siguen enfrentando barreras reales para recibir atención adecuada. La pandemia hizo visible esa crisis, pero no la creó. La pandemia lo que hizo fue rasgar el velo. Dejó claro que no se puede sostener la vida con un sistema diseñado para extraer y no para cuidar. Dejó claro que la salud bajo lógicas de mercado significa exclusión, espera, deterioro, desigualdad y muerte.

    Educación

    En educación el ataque ha sido directo. Cientos de escuelas cerradas desde 2017. Y cada cierre se trató de justificar como si fuera una medida técnica, racional, inevitable. Pero una escuela que cierra no es solo un edificio menos. Es la destrucción del tejido de una comunidad. Es la pérdida de un punto de encuentro, de organización, de arraigo, de reproducción social, de acceso a la educación. Es otra manera de vaciar territorios, de debilitar vínculos, de hacer más difícil la vida. Y detrás de eso ya conocemos lo que viene: escuelas chárter, vouchers, más privatización, más negocio con la necesidad ajena. El Departamento de Educación ha sido durante años botín de la corrupción y laboratorio del neoliberalismo. Lo que no han podido destruir de un golpe, lo intentan desangrar poco a poco.

    Por eso defender los servicios públicos, es defender condiciones mínimas de dignidad. Es defender espacios de vida frente a una ofensiva que quiere mercantilizar todo.

    V. La UPR: el ataque a la producción del conocimiento

    El ataque a la Universidad de Puerto Rico (UPR) no es un accidente, ni un daño colateral de la crisis fiscal. Es una ofensiva deliberada. Y hay que nombrarla como lo que es: un ataque a la producción del conocimiento, a la capacidad del país de pensarse a sí mismo, de formar sus propios cuadros, de producir su propia clase profesional, de imaginar y construir futuro con alguna autonomía.

    Antes de la Junta, la UPR contaba con una fórmula presupuestaria que le daba prioridad dentro de las finanzas del país. Esa fórmula no era un privilegio. Era el reconocimiento de que una universidad pública fuerte es una necesidad estratégica para cualquier sociedad que aspire a desarrollarse de manera digna. Pero eso precisamente es lo que el proyecto neoliberal y colonial no puede tolerar: una institución pública capaz de producir pensamiento crítico, investigación, organización y formación al servicio del país y no del mercado.

    Los recortes sufridos por la UPR durante la última década no son solamente una reducción de números en un presupuesto. Son la imposición de una visión. Una visión autoritaria y mercantil. Una visión que quiere una universidad más pequeña, más precaria, más inaccesible y más subordinada a las exigencias del mercado. Una universidad técnica, despojada de su potencia crítica y de su carácter nacional. Lo que hemos visto es aumento en matrícula, cierre o amenaza de cierre de programas, deterioro de infraestructura, residencias estudiantiles clausuradas en medio de una crisis de vivienda, reducción de servicios, precarización laboral y exclusión progresiva de estudiantes de sectores empobrecidos. Y mientras todo eso ocurre, la administración universitaria y las estructuras de gobierno antidemocráticas intentan presentar esta destrucción como una gestión responsable. Pero la universidad pública no puede subordinarse al mercado. La creación de conocimiento, el desarrollo de las ciencias, el fomento de la creatividad y la educación accesible a las mayorías no pueden reducirse a criterios de costo-efectividad. La universidad no existe para obedecer la dictadura de la rentabilidad. Existe, o debería existir, para responder a las necesidades del país y de su pueblo trabajador.

    Por eso el ataque a la UPR es también un ataque a la democracia. Porque un país sin universidad pública fuerte es un país más dependiente, más vulnerable, menos capaz de articular su propio proyecto histórico. Y por eso también la respuesta del estudiantado ha sido tan importante. Las huelgas y movilizaciones históricas que se han dado en la UPR son parte de la misma lucha que hoy estamos nombrando aquí. Son parte de la resistencia antifascista. Porque defender la universidad pública es defender la posibilidad de un pueblo que piense, cuestione, organice y transforme.

    VI. Remilitarización

    A pesar de las luchas y victorias importantes de nuestro pueblo, como la salida de la Marina de Guerra de los Estados Unidos de Vieques, Puerto Rico sigue siendo un territorio estratégico para los intereses militares de Estados Unidos. Eso no ha desaparecido. Solo se ha reconfigurado.

    La remilitarización de Puerto Rico forma parte de la ofensiva imperial de esta etapa. Y es importante decirlo con claridad: la derecha fascista a nivel global no es solamente un proyecto económico y cultural. Es también un proyecto imperial. Necesita control territorial. Necesita capacidad de intervención. Necesita infraestructura militar. Necesita convertir regiones enteras en piezas de una estrategia geopolítica al servicio de los intereses de las potencias y de sus clases dominantes.

    La expansión de actividad en instalaciones militares que permanecen en el archipiélago, los acuerdos impuestos sin consulta pública y el uso del territorio puertorriqueño como plataforma estratégica responden a esa lógica. Puerto Rico, por nuestra condición colonial, queda atrapado en el centro de esa estructura sin tener soberanía para decidir sobre asuntos que comprometen directamente nuestro presente y nuestro futuro. Y cada intensificación de esa presencia militar significa más subordinación. Significa que el territorio se utiliza contra la voluntad del pueblo. Significa que nuestra geografía se integra más profundamente a proyectos de dominación regional e internacional. Significa que la colonia no solo sirve para la extracción económica, sino también para la proyección militar del imperio.

    La historia de las intervenciones imperialistas es suficientemente clara. Nunca se trata realmente de democracia, ni de seguridad, ni de paz. Se trata de dominación, de recursos, de control político, de asegurar que otros pueblos no puedan decidir libremente su destino. Y Puerto Rico, como colonia, no está al margen de esa historia. Está en el centro de ella. Las movilizaciones contra la remilitarización han sido consistentes, aunque no siempre visibles en el discurso público dominante. Pero forman parte de una misma resistencia. Porque no hay lucha antifascista consecuente que no sea también antiimperialista. No hay lucha por la democracia que pueda divorciarse de la lucha contra la militarización colonial.

    VII. Cierre: la tarea que tenemos

    Entonces, ¿cuál es la tarea que tenemos?

    La primera tarea es comprender el momento con claridad. Entender que lo que enfrentamos no son crisis separadas. No es, por un lado, una crisis económica; por otro, una crisis política; por otro, una crisis cultural; por otro, una crisis colonial. Lo que enfrentamos es una reorganización profunda del poder en tiempos de crisis capitalista, y esa reorganización adopta formas neoliberales, autoritarias, coloniales e imperiales al mismo tiempo.

    La segunda tarea es no subestimar a la derecha. La derecha se está organizando. Se está consolidando. Está aprendiendo a usar el lenguaje del descontento para ponerlo al servicio del capital. Está tratando de transformar el malestar social en odio, el cansancio en resignación y la crisis en oportunidad para profundizar la dominación. Eso exige de nosotras mucho más que denunciar. Exige organización, lectura estratégica y voluntad de construir poder.

    La tercera tarea es romper la fragmentación. Porque mientras nosotras seguimos a veces separadas por siglas, sectores, nichos o agendas inconexas, el proyecto que enfrentamos avanza con bastante coherencia. Y aquí hay una lección importante: la unidad no se decreta, pero sí se construye en la acción. En la defensa de la universidad pública. En la defensa de los servicios esenciales. En la lucha contra la Junta. En la solidaridad con las personas migrantes. En la oposición a la remilitarización. En cada espacio donde el pueblo enfrenta la ofensiva del capital y del colonialismo.

    La cuarta tarea es afirmar un horizonte. No basta con resistir. No basta con oponernos al desastre. Hace falta sostener una visión de país, de democracia y de justicia social que sea capaz de disputar sentido común. Porque lo que está en juego es si la vida colectiva se organiza para responder a las necesidades de las mayorías o para seguir garantizando la ganancia de unos pocos.

    La democracia socialista significa planificación democrática frente al caos del mercado. Significa servicios públicos fuertes frente a la mercantilización de la vida. Significa universidad pública frente a la subordinación del conocimiento al capital. Significa solidaridad de clase frente a las narrativas de odio. Significa poder del pueblo frente a la tecnocracia colonial y frente al autoritarismo.

    Y si Puerto Rico ha sido utilizado como laboratorio del capital, entonces nos toca convertir a Puerto Rico en laboratorio de resistencia. En laboratorio de organización. En laboratorio de lucha. En laboratorio del futuro.

    Porque el momento de organizarse y actuar es ahora.

    Porque ninguna estructura de dominación se desmonta sola.

    Y porque si queremos un país para vivir, para estudiar, para sanar, para pensar, para quedarnos, para criar, para decidir, y para vivir entonces nos toca construirlo luchando.

    Movilización de la I Conferencia Internacional Antifascista realizada en Porto Alegre.


    1. Formalmente referida como Junta de Supervisión y Administración Financiera es una entidad creada a partir de una ley federal estadounidense conocida como “Ley Promesa” aprobada en 2016 con el objetivo de entrometerse en las decisiones presupuestarias y fiscales del gobierno de Puerto Rico, volviéndose un nuevo avasallamiento imperialista contra el país latinoamericano. Dicha injerencia colonialista busca garantizar el pago a los acreedores de la deuda pública a partir de la reducción del gasto público, reformas laborales regresivas, recortes al presupuesto universitario, reducción de pensiones, privatización de servicios esenciales (como energía y transporte), entre otras medidas de ajuste.  ↩︎

  • Trump impone nuevas dinámicas de guerra al planeta

    Trump impone nuevas dinámicas de guerra al planeta

    Palestina, Irán, Siria, Nigeria, Sudán, Ucrania, Congo, Venezuela… las zonas de guerra se multiplican a un ritmo vertiginoso. El ataque militar contra Venezuela marcó un salto cualitativo en el intervencionismo estadounidense, que no se distingue de la ofensiva policial y racista llevada a cabo internamente en el país a través del ICE.

    La ofensiva de Trump es global. Es la reacción imperial ante la pérdida de hegemonía de Estados Unidos, sobre todo económica, y ante la crisis global del sistema. Esta última se debe fundamentalmente a la imposibilidad actual del capitalismo neoliberal de elevar las tasas de ganancia y de acumulación tras las recesiones iniciadas en 2008 y 2020. Las grandes empresas de tecnología quieren, al igual que Trump, apropiarse de las materias primas y se rebelan contra cualquier regulación. El saqueo, la expoliación y el atropello de las soberanías nacionales son el camino más corto hacia mayores ganancias. Se trata de un imperialismo (neo)colonialista y de expropiación.

    Un salto cualitativo en la ofensiva imperialista

    La destitución de Maduro y el acuerdo de EE. UU. con la mayor parte del antiguo gobierno «madurista», para reintegrar a Venezuela a la zona de dominio estadounidense, constituyen un salto cualitativo en el colonialismo y en la agresividad político-militar. Se trata de una intervención sin precedentes en las últimas décadas en la política interna de un país independiente. Forman parte de este nuevo momento del imperialismo los bombardeos en Nigeria, el intervencionismo en Argentina en apoyo a Milei, el alineamiento de todos los regímenes árabes —en particular del nuevo poder en Siria— con Israel y Estados Unidos, el papel de Estados Unidos en la República Democrática del Congo, el voto de Argelia a favor del plan de Trump. Y el descarte despiadado de todas las instituciones internacionales que han administrado el orden mundial desde la Segunda Guerra Mundial.

    Estados Unidos reconstruye su esfera de influencia mediante el apoyo a regímenes autoritarios y liberales en materia económica. La función de estos gobiernos es imponer a las clases populares la transferencia de materias primas (especialmente para los sectores de la energía y la informática) a precios bajos hacia Estados Unidos. En el mismo sentido, el gobierno de Trump impone cambios sin precedentes, como los aranceles aduaneros. La alianza entre Trump y las extremas derechas mundiales no es principalmente ideológica; es producto de necesidades económicas y de control.

    El proceso es comparable a las relaciones coloniales y semicoloniales que siempre han existido, a lo que Francia hizo en África durante décadas al mantener en el poder a dictaduras sanguinarias, y a lo que Rusia hace en Bielorrusia, así como lo que hizo anteriormente en Siria.

    Un imperialismo belicoso y autoritario

    El intervencionismo imperialista de Estados Unidos es comparable, en muchos aspectos, a la guerra que libra Rusia en Ucrania y a las grandes maniobras comerciales llevadas a cabo por China: se trata, para cada uno de estos imperialismos, de consolidar y ampliar sus esferas de influencia.

    Durante un período relativamente largo, las clases dominantes de los países imperialistas evitaron conscientemente los enfrentamientos directos entre sí, pues saben cuán destructivos son. Serguéi Karaganov, asesor de Putin, lo expresa explícitamente: «La situación más ventajosa sería llegar a una configuración en la que cuatro grandes potencias trabajaran conjuntamente para definir las reglas de conducta en el mundo que está por venir. Esas cuatro grandes potencias son China, Rusia, Estados Unidos e India»1. No es imposible imaginar que esto pueda cambiar: una respuesta lógica a la ofensiva estadounidense contra Venezuela sería la invasión de Taiwán por parte de China. ¿Cuál sería entonces la reacción de Trump?

    El declive del «viejo continente»

    Europa es, en este contexto, un actor relativamente pasivo. Carece de homogeneidad política. Abunda la debilidad en su liderazgo político. Sus dificultades económicas le impiden reaccionar con la misma intensidad que potencias como Estados Unidos, Rusia y China. Francia está paralizada por su crisis política y económica y por la pérdida de su esfera de influencia en África. Al igual que en Bélgica e Italia, la burguesía francesa da prioridad a una sucesión de batallas antipopulares en el ámbito social —especialmente la privatización de toda la esfera de la reproducción social y el desmantelamiento de los servicios públicos—, con el objetivo de mantener con vida un capital cada vez menos competitivo. Alemania intenta jugar su propio juego, o al menos obtener ventaja sobre Francia, con su plan de 1 billón de euros en inversiones militares (un plan que sin duda será difícil de mantener debido a las dificultades económicas del país y de la Unión Europea). Una desintegración, coherente con las visiones nacionalistas de la extrema derecha, ya no es inimaginable.

    Algunas reflexiones

    En este contexto, los pueblos y la clase trabajadora se encuentran desorientados, aunque existen elementos de respuesta, semiespontáneos, en los que podemos apoyarnos. El nacionalismo sin contenido de clase no genera la dinámica suficiente, tanto en el plano interno como en las relaciones de poder internacionales, para hacer frente a la reorganización en curso: el nacionalismo de los regímenes venezolano y argelino no ha permitido trazar un camino alternativo, sobre todo porque son incapaces de construir una alternativa en términos de intercambios comerciales internacionales. Al igual que Lula en Brasil, su política no es antiimperialista; se trata, más bien, de un intento de negociar un espacio mayor en las nuevas relaciones interimperialistas.

    Debemos apoyar incondicionalmente las iniciativas de resistencia al imperialismo, por limitadas que sean, por parte de México, Brasil, Colombia y Cuba, con el fin de debilitar a las grandes potencias y fortalecer las dinámicas populares. La lista es corta, pues la caída de la URSS y la reorganización neoliberal destruyeron todas las capacidades de resistencia en el contexto de una economía mundial fuertemente integrada. Palestina y el movimiento mundial de solidaridad con ella constituyen uno de los símbolos de la resistencia antiimperialista. Las resistencias en Ucrania y en Rojava pueden desempeñar un papel similar. El apoyo incondicional a la resistencia de los pueblos oprimidos sigue siendo nuestra brújula, pero no es acrítico. En particular, hay que cuestionar el papel del Estado y de la propiedad privada en este contexto: cualquier iniciativa que se concentre en cambios que vengan de arriba, en detrimento de la actividad autoorganizada de las clases populares, especialmente de la clase trabajadora, está condenada al fracaso.

    En todo el mundo —y particularmente en los países imperialistas occidentales—, las clases populares enfrentan la ofensiva burguesa: las clases dominantes buscan aplastar al movimiento obrero, utilizan a la extrema derecha y acentúan las divisiones raciales para defender proyectos nacionales hostiles hacia el resto del mundo y para sobreexplotar a las personas racializadas. Las respuestas colectivas contra el ICE en Estados Unidos y las huelgas masivas que ocurren regularmente en Europa son la mejor respuesta a esta ofensiva.

    Discutir y poner a prueba consignas antiimperialistas

    Para combinar nuestra comprensión antiimperialista con la lucha de clases, debemos trabajar en la formulación de un programa de transición que responda al mayor número posible de cuestiones en un número limitado de puntos. Ese es el sentido del Manifiesto por una Revolución Ecosocialista de la IV Internacional. Este debe, sin embargo, adaptarse y ponerse a prueba a medida que la situación evoluciona. Entre los elementos que deben ponerse a prueba, destacamos:

    • El rechazo a cualquier injerencia imperialista en los asuntos de un país dominado, ya sea por Estados Unidos, Rusia, China, Francia, etc. El derecho de los pueblos a la autodeterminación. El fin de las guerras y de la carrera armamentista.

    • La solidaridad entre los pueblos contra la competencia capitalista en materia de precios, el saqueo de materias primas y la organización ecocida de la circulación de mercancías y la gestión de la energía. Esto implica luchar por el monopolio del comercio e o exterior, por el rechazo a la sumisión nacional al sector privado y por relaciones entre las naciones equilibradas y supervisadas democráticamente, en particular mediante el fin del secreto bancario.

    • La abolición de las deudas ilegítimas, a fin de permitir que los Estados financien su desarrollo y sus servicios sociales, y la indemnización por los actos de violencia colonial, desde la esclavitud hasta el genocidio en Gaza.

    • La libertad de organización de los partidos, los sindicatos y la prensa, con la liberación de todas las presas políticas.

    • El fin de las desigualdades de género, en particular el derecho de las mujeres a disponer de sus cuerpos, la libertad sexual y el rechazo de cualquier medida transfóbica.

    • La socialización, especialmente en el contexto de la crisis ecológica, de las empresas de energía, de transporte y de los bancos.

    Prepararse para los próximos enfrentamientos

    No es posible saber cuáles serán las próximas grandes crisis políticas, o incluso revolucionarias. Las masas no se quedarán de brazos cruzados ante la actual ofensiva generalizada que busca intensificar la explotación, saquear las materias primas nacionales, destruir la democracia burguesa y reprimir violentamente. Especialmente en el contexto de una crisis ecológica creciente que acelera todas las demás.

    El período actual es muy complejo. Las organizaciones reformistas, vinculadas por múltiples lazos al aparato del Estado y a sus burguesías, desarrollan orientaciones muy alejadas de los desafíos del momento. Estas encarnan, de manera distorsionada, el estado de conciencia de las clases populares. Por lo tanto, es más necesario que nunca combinar una orientación de frente único en algunos puntos clave —que varían según las situaciones— para movilizar a las masas, con explicaciones muy radicales que permitan dar confianza a los sectores conscientes para que no se pierdan en el izquierdismo, el sectarismo y el partidismo que ciertas corrientes estalinistas o de extrema izquierda intentan fomentar.

    Nos corresponde a nosotros hacer todo lo posible para que se desarrolle y se consolide una conciencia internacionalista, capaz de unir los intereses de los pueblos y, en particular, de las clases trabajadoras, para implementar un programa de ruptura anticapitalista internacionalista.

    Nota escrita el 26 de enero de 2026

    1. «Un allegado a Putin afirma que Estados Unidos no intervendrá si Rusia ataca a Europa», Kyiv Independent, 31 de diciembre de 2025, traducido por Le Grand Continent. ↩︎
  • Bolivia al borde del abismo

    Bolivia al borde del abismo

    Durante insurrecciones populares como la que se desarrolla en Bolivia, que exige la renuncia del presidente Rodrigo Paz tras solo seis meses en el cargo, la experiencia del tiempo y el espacio se transforma, adquiriendo una intensidad extraordinaria día a día, incluso hora a hora. Los campesinos indígenas insurgentes han caracterizado durante mucho tiempo estos momentos como pertenecientes a «otro tiempo». 

    El ritmo de los acontecimientos se acelera, con demasiados sucesos para poder seguirlos adecuadamente. Este fue el caso en 1780-81, cuando Tomás Katari, Túpac Amaru y Túpac Katari estuvieron a punto de derrocar al Imperio español en el Perú; durante la Revolución Nacional en abril de 1952; y nuevamente entre septiembre y octubre de 2003 y entre mayo y junio de 20051.  

    La compresión del tiempo tiene su contraparte espacial, enfrentando a la población urbana asediada con el campesinado. Actualmente existen alrededor de un centenar de bloqueos en siete de los nueve departamentos. La circulación entre ciudades está restringida, y en La Paz, tras más de un mes de asedio, también lo está dentro de la ciudad, ya que los taxistas y conductores de minibuses se encuentran entre los que están en huelga y los ciudadanos particulares tienen poco combustible en sus vehículos.

    La contienda por el gobierno de Bolivia, cómo y en nombre de quién, se decidirá en última instancia por la resistencia y la superioridad numérica, no por la fuerza armada. Según la Defensoría del Pueblo, el país se encuentra al borde del abismo. Cada día que pasa favorece a quienes se han alzado en armas, principalmente las comunidades campesinas aymaras de veinte provincias del departamento de La Paz. Producen sus propios alimentos, que llevan consigo a la capital. Llegan en minibús y se desplazan por la ciudad a pie o en teleférico. Al igual que en el liderazgo comunitario o la siembra, participan por turnos.

    La semana pasada, decenas de miles de personas —a los campesinos se unieron mineros, obreros, maestros, transportistas y otros— ocuparon el centro de La Paz, rodeando el palacio presidencial sin intentar romper los tres cordones antidisturbios que lo rodeaban. Solo se registraron veinte arrestos. Al igual que en 2003, aunque a diferencia de 2005, el objetivo era demostrar la fuerza del número, minimizando la confrontación física para regresar otro día con un número aún mayor, hasta que Paz renuncie. (Su ministro de Defensa renunció el martes).

    En los rincones más remotos de la república, jóvenes periodistas ciudadanos, en su mayoría aymaras y quechuas, filmaron a los líderes locales declarando su adhesión al comunicado emitido el 24 de mayo por la Unión Campesina CSUTCB, que condenaba la muerte de Víctor Cruz Quispe, de 24 años, en Vilaque, provincia natal de Túpac Katari, Aroma, a manos de las autoridades el día anterior. Se suponía que estaban en una misión humanitaria para transportar medicamentos, oxígeno y combustible entre La Paz y Oruro. Pero no hubo presencia de la Cruz Roja ni de la Iglesia Católica, ni ningún intento de dialogar con los manifestantes.

    La misión estaba encabezada por Mauricio Zamora, primo del presidente Paz y ministro de Obras Públicas, entre cuyas credenciales figura la de ser propietario de un restaurante de lujo en Calacoto, un barrio acomodado de La Paz. Tras sufrir dos emboscadas, fracasó en su objetivo declarado de despejar las carreteras y huyó de regreso a la ciudad por caminos secundarios.

    En el velorio de Cruz Quispe, los líderes colectivos hablaron por turnos, como es costumbre; su viuda estaba demasiado afligida para hablar, aunque el lunes se pronunció en La Paz, exigiendo justicia y la renuncia del presidente. Tiene una hija de dos años y un bebé de tres semanas. Un informe policial preliminar sugiere que la muerte de su esposo se debió a fuego amigo, a pesar de que se recuperaron casquillos de 9 mm en el lugar. Los campesinos de la sierra boliviana no portan pistolas de 9 mm.

    El martes pasado, el Congreso aprobó un proyecto de ley que permite el despliegue de las fuerzas armadas contra los manifestantes. En sus propias palabras, los legisladores están «en pánico» y «aterrorizados». Al igual que en el golpe de Estado de 2019, la clase media urbana está proyectando sus temores sobre un «invasor» indígena campesino, lo que incluye a muchos ciudadanos de ascendencia aymara que viven en El Alto y trabajan en La Paz2

    El Departamento de Estado de EE. UU. y el gobierno boliviano afirman que el levantamiento está siendo organizado por el expresidente Evo Morales y financiado por el narcotráfico. Erik Prince3, fundador de Blackwater, ha sugerido que narcoguerrillas colombianas y peruanas están involucradas. Esta historia está siendo difundida por las ondas de radio desde Miami por José Carlos Sánchez Berzaín, exministro de Defensa buscado para extradición a Bolivia por su papel en la masacre de 67 personas, la mayoría aymaras, en septiembre y octubre de 2003. Sánchez Berzaín afirmó que colombianos y peruanos eran agitadores externos en 2003. El 2 de junio, Paz afirmó que extranjeros estaban invadiendo Bolivia y amenazando su integridad, y que por lo tanto serían erradicados y expulsados.

    Al igual que Sánchez Berzaín, el eterno candidato presidencial de extrema derecha, Tuto Quiroga, lleva semanas pidiendo un estado de excepción, alegando que Morales y los narcotraficantes dirigen y financian la protesta popular. Los sectores más honestos de la clase media urbana admiten que un estado de excepción provocará que los militares disparen contra manifestantes desarmados, causando al menos algunas muertes, y que los sindicatos campesinos de la sierra no responden a Morales ni reciben dinero por manifestarse.

    El viceministro del Interior ha declarado que, si la Asamblea Plurinacional aprueba la legislación que declara el estado de excepción, las «misiones humanitarias» para desbloquear las carreteras comenzarán con esfuerzos para convencer a los manifestantes de que se desmovilicen. Posteriormente, se utilizará la fuerza con prudencia, no indiscriminadamente. Al menos en apariencia, desean evitar la masacre de campesinos indígenas desarmados.

    Sánchez Berzaín y el presidente Gonzalo Sánchez de Lozada huyeron a Miami en 2003 tras declarar el estado de excepción y usar la fuerza letal. Sus fantasmas persiguen al presidente Paz. También lo hace la figura de Jeanine Áñez, quien llegó al poder mediante un golpe de extrema derecha en 2019, declaró el estado de excepción y, tras la elección de Luis Arce como presidente en 2020, terminó en prisión por el asesinato de manifestantes desarmados. Recientemente fue puesta en libertad.

    La mayoría de los analistas políticos solo hablan del sufrimiento de los ciudadanos de bien de La Paz. Esto no debe minimizarse: varias personas han muerto porque los bloqueos les impidieron recibir atención médica. Pero hay poca representación, o incluso conocimiento, de las demandas campesinas o de la clase trabajadora; solo una insistencia monotemática en el «vandalismo», siguiendo la línea del gobierno. Los líderes campesinos y los miembros de la comunidad dicen estar furiosos por ser tildados de «vándalos» por aquellos a quienes consideran los verdaderos vándalos: los dueños y gobernantes de Bolivia, la mayoría de ellos de ascendencia europea y radicados en las tierras bajas del este.

    El conflicto gira en torno a los derechos constitucionales. Las comunidades movilizadas exigen que se respeten sus derechos como ciudadanos indígenas, no que se pisoteen. El Estado Plurinacional también les pertenece, y tienen derecho a manifestarse y autogobernarse. Quieren ser tratados con igualdad, no gobernados por decreto. Votaron por Paz —no habría llegado al Palacio Quemado sin ellos—, pero él traicionó su confianza. Se lo dijeron después de su asamblea general en abril, y él no escuchó; le dieron veinte días para responder, pero nunca recibió respuesta. En realidad es español, no boliviano, y gobierna en nombre de las grandes empresas del este, en Santa Cruz, con leyes que van en contra de los intereses de la clase trabajadora. Cuando se manifiestan pacíficamente, son atacados con gases lacrimógenos o incluso asesinados en nombre de la ayuda humanitaria a los paceños.

    No se vislumbra ninguna mediación creíble: la Iglesia Católica, las organizaciones bolivianas de derechos humanos, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y la Defensoría del Pueblo brillan por su ausencia, en parte debido a que se desacreditaron a sí mismas en 2019. La diplomacia regional también es deficiente; el presidente de Brasil, Lula, hizo un llamado al diálogo sin comprender la intransigencia del gobierno boliviano ni las reivindicaciones de los campesinos indígenas.

    Un amplio abanico de líderes insiste repetidamente en que están acatando las decisiones tomadas en las asambleas y que, si no cumplen con las resoluciones, sus bases los destituirán. El liderazgo campesino quechua y aymara está sujeto a revocación. Lo mismo ocurre con las organizaciones vecinales urbanas y los sindicatos obreros. El líder del Centro Obrero Boliviano, Mario Argollo, dirigente minero, emitió comunicados desde la clandestinidad hasta que apareció esta semana en El Alto para una multitudinaria manifestación. Morales hace lo mismo, aunque con escaso éxito más allá de su base sindical de cultivadores de coca en las tierras bajas tropicales del Chapare, en Cochabamba.

    Aunque La Paz y El Alto son el centro del levantamiento, los bloqueos de carreteras se han multiplicado en Cochabamba, Oruro, el norte de Potosí y Chuquisaca. En el este, Santa Cruz está aislada de Beni y de Cochabamba: las contramovilizaciones son masivas, y el jefe del Comité Cívico de Santa Cruz, Stello Cochamanidis, ha declarado que sus tropas de choque fascistas de la UJC —y esto no es una exageración— harán el trabajo que el gobierno no ha hecho, despejando las carreteras por la fuerza en nombre de la «seguridad, el trabajo y el desarrollo». Aún no ha cumplido sus amenazas. El 2 de junio, en el noroeste de Santa Cruz, miembros de sindicatos campesinos bloquearon las válvulas de petróleo en Santa Rosa del Sara, y la policía intervino para realizar arrestos. Hubo bloqueos en Pando, pero ya se han levantado.

    El lunes pasado, la federación sindical de cultivadores de coca organizó una caravana motorizada hasta el cuartel general del 9.º Batallón del Ejército en Chimoré, Cochabamba, y realizó una inspección de la base para asegurarse de que no hubiera personal de la DEA ni del ejército argentino en el lugar. Se levantaron barricadas hechas de troncos gruesos afilados como lápices. La base sigue rodeada. Cuando se fue la luz en el Chapare el 27 de mayo, los cultivadores de coca supusieron que Estados Unidos podría intentar capturar a Morales como lo habían hecho con Maduro, y se apresuraron a rodear a la unidad de fuerzas especiales antinarcóticos cercana, tomando el control de las carreteras4.  

    Pero no serán Morales ni los cultivadores de coca —ni la clase media urbana— quienes decidirán el resultado de la contienda. Serán los campesinos quechua-aymaras de las tierras altas occidentales y los valles de las tierras altas, cuatro millones de personas, y sus aliados en El Alto y los sindicatos. El 3 de junio anunciaron que marcharán nuevamente sobre La Paz, esta vez para derrocar a Paz, quien ese mismo día subió y luego borró un video en el que hacía un llamado a la gente a movilizarse con la policía y el ejército (muchos de cuyos reclutas se enfrentarían a personas a las que consideran familiares) para poner fin a los bloqueos.

    5 de junio de 2026

    1.  Estas dos grandes crisis políticas se conocen como la «Guerra del Gas» (2003) y la «Guerra del Petróleo» (2005). En 2003, al menos 67 personas —en su mayoría aymaras— fueron asesinadas durante la represión ordenada por el presidente Gonzalo Sánchez de Lozada, quien se vio obligado a renunciar y exiliarse. En 2005, Carlos Mesa, su sucesor, también se vio obligado a renunciar ante una nueva ola de protestas ↩︎
    2. El golpe de Estado de noviembre de 2019 derrocó al presidente Evo Morales, quien se vio obligado a renunciar y luego a exiliarse después de que la policía y el ejército se negaran a apoyarlo. Jeanine Áñez, senadora de derecha, se autoproclamó presidenta interina. Tras la elección de Luis Arce (MAS — Movimiento al Socialismo) en octubre de 2020, Áñez fue arrestada y condenada por su participación en el golpe. Para el período 2019-2020, véase en ESSF: 
      «El golpe de Estado en curso en Bolivia» y 
      «Declaración sobre violaciones de derechos humanos en Bolivia» . ↩︎
    3. Erik Prince es el fundador de Blackwater (ahora Academi), una empresa estadounidense de servicios militares privados tristemente célebre por la masacre de civiles iraquíes en Bagdad en 2007. ↩︎
    4. El secuestro de Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, por agentes estadounidenses tuvo lugar en abril de 2025. Había sido trasladado a Estados Unidos para ser juzgado por narcoterrorismo. ↩︎

  • Rediseño de las zonas de influencia, en detrimento de los pueblos

    Rediseño de las zonas de influencia, en detrimento de los pueblos

    Desde el inicio de su segundo mandato, Donald Trump ha venido redefiniendo la estrategia internacional de Estados Unidos según una lógica brutal de relaciones de poder entre las grandes potencias. Al mismo tiempo que implementa simultáneamente varias iniciativas agresivas en el Medio Oriente y en las Américas, su gobierno ha iniciado un reposicionamiento estratégico respecto a Rusia.

    Por Eric Toussaint1

    Lejos de ser presentado como el enemigo central del orden mundial, Moscú es ahora tratado como un adversario secundario con el que sería posible llegar a un acuerdo. El objetivo de Washington es claro: impedir que Rusia fortalezca aún más su alianza con China, considerada el principal rival sistémico de Estados Unidos2. Se trata de una diferencia respecto a su primer mandato y al de Joe Biden, de 2021 a 2024.

    Los documentos estratégicos publicados por el gobierno de Trump entre diciembre de 2025 y principios de 2026 confirman este giro, sobre todo la Estrategia Nacional de Seguridad de EE. UU. (NSS, por sus siglas en inglés). En ellos se describe a Rusia como una amenaza «persistente, pero manejable», mientras que se acusa a los líderes europeos de exagerar el peligro que representaría y de alimentar expectativas poco realistas sobre el desenlace de la guerra en Ucrania. Al mismo tiempo, Washington afirma querer negociar un fin rápido de la guerra bajo su égida.

    Este reajuste allana el camino para un escenario de graves consecuencias: un acuerdo entre potencias imperialistas —Estados Unidos y Rusia— que podría producirse en detrimento del pueblo ucraniano.

    La política de Trump respecto a Rusia

    Desde el inicio de su segundo mandato, Donald Trump ha logrado que Vladimir Putin, más allá de las protestas verbales, no reaccione ante los actos de agresión perpetrados por Washington contra aliados de Moscú, ya sea en Venezuela o en Irán, o incluso en relación con el bloqueo total a Cuba aplicado desde finales de enero de 2026. Trump dio un giro con respecto a la política adoptada durante su primer mandato, en el que situaba a China y a Rusia en el mismo nivel, considerándolas adversarias que querían cuestionar el orden internacional dominado por Washington.

    Donald Trump le envía a Putin el mensaje de que está dispuesto a aceptar que Moscú utilice y abuse de la fuerza en su entorno geográfico, especialmente en Ucrania, de la misma manera que lo hace Washington en las Américas, en el Medio Oriente y en otros lugares. Trump reafirma su derecho a usar la fuerza en cualquier parte del mundo y reconoce, de hecho, el derecho de Putin a hacer lo mismo en un perímetro más limitado, que corresponde a una parte del territorio del antiguo Imperio ruso de la época de los zares y de la antigua Unión Soviética. Esto se ajusta a una lógica clásica de división implícita de las zonas de influencia entre las grandes potencias imperialistas.

    Trump redujo el apoyo militar directo de Estados Unidos a Ucrania, transfiriendo el peso de ese apoyo a sus aliados de Europa Occidental en la OTAN. En enero de 2026, invitó a Moscú y a sus aliados de Bielorrusia y Hungría a formar parte de su Consejo Mundial de la Paz.

    El 5 de marzo de 2026, Trump anunció que permitiría temporalmente que Rusia exportara su petróleo a la India sin sanciones, país que lo consume o lo reexporta a otras partes del mundo, incluida Europa. Una de las razones no declaradas es convencer a Rusia de que se conforme con emitir protestas verbales contra la agresión masiva de Washington e Israel contra Irán, su aliado.

    Trump al completo

    Trump revela una serie de posturas sobre Europa, Rusia y Ucrania en el documento sobre la nueva estrategia de seguridad nacional dado a conocer el 3 de diciembre de 2025. Considera que la UE y Gran Bretaña «gozan de una ventaja considerable en términos de poder militar sobre Rusia, y esto en casi todos los ámbitos, con excepción de las armas nucleares»3 y que los dirigentes europeos exageran la amenaza que representa Rusia.

    Así, el documento afirma:

    «A raíz de la guerra librada por Rusia en Ucrania, las relaciones entre Europa y Rusia se encuentran hoy en día muy deterioradas, y muchos europeos consideran a Rusia una amenaza existencial »4.

    Por la forma en que está redactado el texto, se puede deducir que Trump les está diciendo a los gobiernos europeos que Rusia no es una amenaza existencial para ellos. En algunas ocasiones, Trump ha descrito a Rusia como una amenaza existencial, pero ese no es el caso ni en el documento de estrategia de seguridad nacional publicado en diciembre de 2025, ni en el documento de estrategia de defensa nacional publicado a finales de enero de 2026.

    Trump considera que la UE y Gran Bretaña deben optar por un enfoque diferente al adoptado hasta ahora en las negociaciones con Rusia en lo que respecta a las reivindicaciones de esta última. Esto queda particularmente claro en este pasaje:

    «La administración Trump discrepa de los líderes europeos que tienen expectativas poco realistas sobre el desenlace de la guerra, líderes que se han atrincherado en gobiernos minoritarios inestables, muchos de los cuales violan los principios fundamentales de la democracia para reprimir a la oposición»5.

    Vale la pena recordar que Trump afirma que los gobiernos europeos reprimen a los partidos patrióticos, es decir, a la extrema derecha neofascista6.

    El texto de Trump continúa:

    «La gran mayoría de los europeos desea la paz, pero ese deseo no se traduce en acciones políticas, en gran parte debido a la subversión de los procesos democráticos por parte de esos gobiernos».

    Y agrega:

    «Esto adquiere importancia estratégica para Estados Unidos precisamente porque los Estados europeos no pueden reformarse si están sumidos en una crisis política»7.

    Esto significa que Trump afirma que a Estados Unidos le conviene que los partidos patrióticos (es decir, de extrema derecha y neofascistas) estén en el gobierno, lo que, según el actual gobierno, resolvería la crisis política.

    Evidentemente, en el pasaje anterior hay un rechazo muy claro hacia los gobiernos alemán, francés, británico, español, danés, polaco, etc. Por otro lado, en su momento reforzó la postura del entonces primer ministro húngaro Viktor Orbán y del primer ministro eslovaco Robert Fico, a quienes Marco Rubio, ministro de Relaciones Exteriores de Estados Unidos, visitó en febrero de 2026 tras la conferencia de Múnich sobre la paz. Vale la pena recordar que ambos mandatarios se habían mostrado a favor de reducir las sanciones contra la Rusia de Putin y que expresaron su simpatía por Trump.

    En lo que respecta a las relaciones entre la UE, el Reino Unido, Rusia y Ucrania, queda claro que Trump desea mantenerse en el centro del juego diplomático:

    «La gestión de las relaciones europeas con Rusia exigirá un importante esfuerzo diplomático por parte de Estados Unidos, tanto para restablecer las condiciones de estabilidad estratégica en el continente euroasiático como para mitigar el riesgo de conflicto entre Rusia y los Estados europeos.»8

    También se puede deducir del pasaje anterior que, dada la superioridad militar de los países de la UE y del Reino Unido sobre Rusia, el reequilibrio debería producirse a favor de Rusia. La misma idea se encuentra en el siguiente pasaje:

    «Es de interés fundamental para Estados Unidos negociar un cese rápido de las hostilidades en Ucrania, con el fin de estabilizar las economías europeas, impedir una escalada o una extensión involuntaria de la guerra, restablecer la estabilidad estratégica con Rusia y permitir la reconstrucción de Ucrania tras las hostilidades, para que pueda sobrevivir como un Estado viable»9.

    En el fragmento anterior, Trump reafirma que desea un fin rápido de las hostilidades y presiona a la UE, a Gran Bretaña y a Ucrania para que hagan concesiones a Rusia, todo ello bajo los auspicios de Washington.

    La política de Trump respecto a Ucrania

    Trump no tiene ninguna consideración por el derecho del pueblo ucraniano a defender su soberanía. Ahora bien, si la invasión de febrero de 2022 fue ampliamente frustrada, fue porque el pueblo ucraniano resistió y demostró su apego a la soberanía de su país. Si el pueblo ucraniano no hubiera apoyado masivamente la resistencia, el envío de armas por parte de las potencias occidentales a las autoridades de Kiev no habría sido suficiente para frustrar el plan inicial de Putin, quien pretendía llegar con su ejército a Kiev, cambiar el régimen y tomar posesión de una parte significativa del territorio ucraniano, comenzando por el este del país. Afirmar esto debe ir de la mano de la crítica a la política neoliberal y nacionalista chovinista del gobierno de derecha de Zelensky, así como de la denuncia de la OTAN y de las ambiciones imperialistas de Trump y de los europeos respecto a Ucrania. También es importante aclarar que Ucrania no es una potencia imperialista.

    Trump desprecia por completo el derecho internacional y considera que puede, por la fuerza, tomar el control de los recursos petroleros de Venezuela o de Irán tras haber agredido militarmente a esos países. Cree que la Rusia de Putin puede, en su entorno inmediato, hacer lo mismo, siempre y cuando eso no perjudique los intereses estadounidenses en Europa del Este. Trump está dispuesto a llegar a un acuerdo con Putin a costa del pueblo ucraniano. Putin podría mantener o tomar el control de parte del territorio, la población y los recursos naturales de Ucrania si las empresas estadounidenses obtienen, a cambio, ventajas en el resto del territorio ucraniano10. En esas condiciones, Washington estaría dispuesto a proteger a las autoridades ucranianas debilitadas y al territorio sobre el que mantendrían el control, siempre y cuando las autoridades de Kiev permitan que las empresas estadounidenses acumulen el máximo de ganancias11. Lo que propone Trump es un acuerdo entre dos potencias imperialistas depredadoras, Estados Unidos y Rusia, que acuerdan violar el derecho de los pueblos a la autodeterminación y al ejercicio de la soberanía sobre sus territorios y sobre los recursos naturales que en ellos existen. Trump deja ampliamente de lado a las potencias imperialistas europeas, aunque estas también buscan promover sus propios intereses y los de sus grandes empresas privadas que codician los recursos naturales, las tierras y el mercado ucranianos.

    La postura de Trump respecto a Rusia

    Rusia ya no es tratada como el enemigo central del orden mundial. Trump considera que los gobiernos anteriores cometieron el error de favorecer la formación de un bloque entre Rusia y China, lo que fortaleció la posición de China. Trump desea separar a Rusia de China o, al menos, reducir los vínculos entre estas dos potencias. Washington, que designa a China como su principal adversario sistémico, intenta, por lo tanto, reducir la propensión de Rusia a fortalecer sus vínculos con ella12. La NSS 2025 considera a Rusia un adversario militar serio, pero estratégicamente secundario, al que hay que contener sin convertirlo en un enemigo civilizacional, con el fin de concentrar los recursos (militares y económicos) de Estados Unidos para combatir a China.

    La reacción del Kremlin ante la publicación de la NSS 2025

    Dmitri Peskov, portavoz del presidente ruso, comentó el documento de estrategia de seguridad nacional durante una entrevista concedida al periodista estatal ruso Pavel Zarubin, el 7 de diciembre de 2025, para el canal Rossiya 1, ampliamente difundida por los medios rusos, como Interfax, Fontanka o Tass:

    «Los ajustes introducidos en la estrategia nacional de seguridad de Estados Unidos coinciden en gran medida con nuestra visión»13.

    La agencia de noticias Interfax, por su parte, escribió el 7 de diciembre de 2025:

    «El Kremlin acogió con satisfacción las formulaciones relativas a la OTAN en la estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos. Medvédev ve en la nueva estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos un intento de mejorar las relaciones con Rusia. El Kremlin acoge con satisfacción las formulaciones de la estrategia de seguridad nacional estadounidense actualizada relativas a la congelación de la expansión de la OTAN, pero seguirá de cerca la implementación concreta de este documento».14

    Rusia como amenaza, entre Trump I y Trump II

    En la «Estrategia Nacional de Defensa 2026», publicada a finales de enero de 2026 (NDS 2026), se identifica a Rusia como «una amenaza persistente, pero controlable» para la OTAN, un cambio favorable para Rusia en comparación con los calificativos más alarmantes de los documentos anteriores, que designaban a Rusia como «potencia revisionista» (revisionist power), durante el primer mandato de Trump en 201715, y como «amenaza inmediata al orden internacional»16y «amenaza grave» en 2022, durante la presidencia de Joe Biden. La NSS 2022 del gobierno de Biden afirmaba que Rusia «rompió la paz en Europa ». En el lenguaje estratégico del gobierno de Estados Unidos, «potencia revisionista » se refiere a un Estado que busca alterar las reglas, las instituciones o el equilibrio de poder del orden internacional existente, dominado por Estados Unidos. En los documentos de la primera administración de Trump y de la presidencia de Biden, se presentaba a Rusia y a China como potencias revisionistas.

    A continuación se presentan algunos fragmentos de la NDS 2026 que se refieren a Rusia: «La amenaza militar rusa se concentra principalmente en Europa Oriental»; «Moscú no está en condiciones de fijarse como objetivo ejercer su hegemonía sobre Europa. La OTAN europea supera a Rusia en términos de economía, población y, por consiguiente, de poder militar latente»; y «Afortunadamente, nuestros aliados de la OTAN son claramente más poderosos que Rusia, que se encuentra muy rezagada. Solo la economía alemana ya supera a la de Rusia»17.

    Los puntos en común entre Trump y Putin

    A pesar de sus rivalidades geopolíticas, Donald Trump y Vladimir Putin comparten un conjunto significativo de posiciones ideológicas y políticas. Ambos se caracterizan por un anticomunismo declarado y por un apoyo incondicional al sistema capitalista, incluidas sus formas más brutales de explotación de la mano de obra y los recursos naturales.

    Trump y Putin son nacionalistas que afirman la primacía de los derechos de la nación dominante a la que pertenecen. Trump apoya a los supremacistas blancos y afirma la primacía de los intereses de los estadounidenses frente a las naciones extranjeras, a las que no duda en referirse con términos racistas. Putin defiende un chovinismo granruso y critica a Lenin por la «creación» (sic) de Ucrania y por el reconocimiento de su derecho a separarse de la URSS a principios de la década de 1920.

    Ambos defienden además una política energética basada en la explotación intensiva de los combustibles fósiles, lo que contribuye a agravar la catástrofe ecológica mundial en curso.

    En el plano social, sus posturas convergen en orientaciones homofóbicas y hostiles hacia los derechos de las personas LGBTQIA+, acompañadas de la promoción de valores conservadores basados en una visión reaccionaria del cristianismo.

    En el ámbito internacional, tanto Trump como Putin privilegian el uso de la fuerza militar para imponer sus objetivos políticos y económicos, en contravención del derecho internacional. Esta orientación va acompañada de un apoyo decidido al desarrollo rápido y masivo de las industrias armamentísticas, así como al uso creciente del poder militar.

    Sus políticas exteriores también se basan en el uso reiterado de pretextos cuestionables o infundados para justificar el uso de la fuerza. Además, ambos cultivan un chovinismo de gran potencia y un nacionalismo exacerbado, características de los proyectos políticos autoritarios.

    Por otro lado, mantienen relaciones estrechas con las fuerzas de extrema derecha europeas, las cuales, a su vez, les demuestran una fuerte simpatía.

    Donald Trump, por su parte, brinda apoyo total al gobierno israelí liderado por Benjamin Netanyahu, que es neofascista y responsable de un genocidio en Gaza. Vladimir Putin, a su vez, mantiene relaciones cordiales con Netanyahu y da continuidad a las exportaciones rusas a Israel —carbón, petróleo y cereales— sin cuestionar los acuerdos comerciales existentes18.

    Putin también aceptó el principio de la creación de un Consejo Mundial presidido por Trump y desea que Rusia sea miembro. En este contexto, solicita a Estados Unidos que suspenda la congelación de los activos rusos para que Rusia pueda pagar la contribución de mil millones de dólares exigida para convertirse en miembro permanente del organismo, considerado por sus detractores como totalmente ilegítimo.

    Trump y Putin hacen un uso extenso y controvertido del término «genocidio», al tiempo que se niegan a reconocer o denunciar el genocidio del pueblo palestino. Trump afirma, así, que el gobierno de Pretoria sería responsable de un «genocidio de los blancos» en Sudáfrica, mientras que Putin sostiene que el gobierno de Kiev estaría llevando a cabo un genocidio contra las poblaciones rusas en Ucrania.

    Además de estas convergencias ideológicas y geopolíticas, Donald Trump y Vladimir Putin también presentan similitudes marcadas en la forma en que ejercen y conciben el poder. Ambos privilegian una fuerte personalización del liderazgo, centrada en la figura de un líder presentado como la encarnación directa de la nación y de su voluntad. Su discurso político se basa habitualmente en una retórica que opone «el pueblo» a las élites políticas, mediáticas o económicas, acusadas de traicionar los intereses nacionales. En este contexto, manifiestan una marcada desconfianza hacia las instituciones multilaterales y el derecho internacional cuando estos se perciben como obstáculos para sus objetivos estratégicos. Además, sus prácticas políticas van acompañadas de una crítica constante a los medios de comunicación considerados hostiles y de un uso intensivo de estrategias de comunicación que buscan eludir o deslegitimar los contrapoderes institucionales. Estos elementos contribuyen a inscribir sus proyectos políticos en una concepción del poder fuertemente personalizada, imperialista y autoritaria neofascista.

    ¿Cuáles son las diferencias entre Trump y Putin?

    Una diferencia que merece destacarse radica en el enfoque que ambos tienen de la guerra y del uso directo de la fuerza militar. Donald Trump está convencido de que es posible ganar conflictos sin el envío prolongado de tropas estadounidenses al terreno, dando prioridad a la superioridad tecnológica, los ataques a distancia y las operaciones militares de duración limitada, con pérdidas humanas prácticamente nulas por parte de Estados Unidos.

    Por otro lado, Vladimir Putin optó por una estrategia radicalmente diferente con la invasión militar a gran escala de Ucrania en 2022, que implicó el envío de un gran número de fuerzas terrestres y resultó en un número extremadamente elevado de bajas humanas, tanto del lado ruso como del ucraniano.

    Otra diferencia fundamental tiene que ver con el lugar que ocupan sus respectivos Estados en la jerarquía mundial del capitalismo. Donald Trump lidera la principal potencia económica y militar capitalista e imperialista del planeta: Estados Unidos. Vladimir Putin, por su parte, está al frente de una potencia capitalista imperialista secundaria, debilitada y en relativo declive, pero que sigue siendo un actor estratégico de gran importancia debido a que posee un arsenal nuclear comparable a nivel mundial al de Estados Unidos.

    Por último, sus ambiciones geopolíticas difieren en su escala de intervención. La política imperialista impulsada por Trump apunta a todo el planeta, mientras que la de Putin se concentra prioritariamente en el espacio postsoviético y su periferia inmediata, aunque Rusia haya intentado extender su influencia a otras regiones, como en Siria —donde, sin embargo, sufrió un revés con la caída del régimen de Bashar al-Assad—.

    ¿Tienen Trump y Estados Unidos interés en un rápido fin de la guerra en Ucrania?

    En este momento del año, Trump, al contrario de lo que afirmaba durante la campaña electoral o al inicio de su mandato, no tiene como prioridad poner fin a la guerra en Ucrania por varias razones.

    De hecho, la continuidad de la guerra da más credibilidad al argumento de Estados Unidos para que los aliados europeos de la OTAN sigan aumentando significativamente sus gastos militares, lo que favorece las exportaciones de armas de las grandes empresas privadas estadounidenses.

    Además, Washington logró un acuerdo muy favorable a sus intereses con los países europeos de la OTAN. Estos compran a Estados Unidos las armas que suministran a Ucrania y que se utilizan intensamente mientras continúe la guerra abierta. Trump prácticamente puso fin a los nuevos suministros directos de armas a Ucrania.

    La continuación de la guerra también desvía, en parte, la atención de las agresiones perpetradas por Estados Unidos bajo el mando de Trump en el resto del mundo.

    La continuación de la guerra en Ucrania y el esfuerzo que esto representa para la economía rusa y su población impiden que Putin movilice fuerzas militares en otros continentes.

    Y, finalmente, el 5 de marzo de 2026, Trump alivió las sanciones contra Rusia en lo que respecta a la venta de petróleo, con el fin de convencerla de que no tomara ninguna medida contra la agresión a Irán y contra el bloqueo total impuesto a Cuba desde finales de enero de 2026. Esto le permite a Putin aumentar sus ingresos por exportaciones y mantener el esfuerzo bélico en Ucrania.

    Conclusión

    En resumen, la política llevada a cabo por Donald Trump con respecto a Rusia se inscribe en una lógica clásica de rivalidad entre grandes potencias: reducir el acercamiento entre Moscú y China, mantener a Estados Unidos en el centro del juego diplomático y hacer que los países europeos asuman el costo principal de la guerra en Ucrania. Detrás del discurso oficial que clama por un rápido fin de las hostilidades, Washington no tiene necesariamente interés en una paz inmediata.

    En este contexto, no se puede descartar la posibilidad de un acuerdo entre Washington y Moscú a costa del pueblo ucraniano. Las convergencias ideológicas y políticas entre Donald Trump y Vladimir Putin —el apego a un capitalismo autoritario, el nacionalismo de gran potencia, el militarismo, el desprecio por el derecho internacional y la cercanía con fuerzas de extrema derecha— facilitan esta lógica de relaciones de poder entre Estados.

    Más allá de sus rivalidades y diferencias de poder, ambos líderes comparten una misma visión del mundo. En este contexto, los pueblos —y, en primer lugar, el pueblo ucraniano— corren el riesgo de convertirse en las principales víctimas de un nuevo equilibrio geopolítico basado en la división de zonas de influencia.

    Pero no hay que descartar un posible cambio de rumbo de Trump en el futuro. Si no logra lo que quiere en las negociaciones con Putin, es capaz de adoptar una postura mucho más dura y de calificar a Rusia como una amenaza mucho más grave de lo que se indica en los documentos que acabamos de analizar.

    Lo que es seguro es que las negociaciones entre Trump y Putin no toman en cuenta los intereses y los derechos de los pueblos. Es necesario construir, desde la base, una solidaridad entre los pueblos para reforzar la resistencia ante el auge del neofascismo y el aumento de las agresiones imperialistas, vengan de donde vengan.

    Nota del 16 de marzo de 2026

    1. Éric Toussaint, economista e historiador belga, es portavoz de la red internacional del Comité para la Abolición de las Deudas Ilegítimas (CADTM), miembro del Comité Internacional de la IV Internacional y de su sección belga, la Gauche anticapitaliste. Es autor de cerca de quince obras, entre las que se encuentran *El Banco Mundial: una historia crítica* (Syllepse, París, 2022); *Capitulación entre adultos: Grecia 2015, una alternativa era posible* (Syllepse, París, 2020); y *El sistema de la deuda* (Les Liens qui Libèrent, París, 2017). El autor agradece a Sushovan Dhar y a Maxime Perriot por la revisión del original. ↩︎
    2. «Por qué Washington convirtió a China en su principal adversario estratégico», Eric Toussaint, 19 de enero de 2026, CADTM. ↩︎
    3. Fragmento del documento «Estrategia de Seguridad Nacional» publicado en diciembre de 2025, p. 25 (NSS 2025). Hay una versión en francés disponible en el sitio web de Grand Continent. ↩︎
    4. NSS 2025, p. 25. ↩︎
    5. NSS 2025, p. 26. ↩︎
    6. «Trump, Europa y la internacional neofascista: del apoyo ideológico a la coordinación política», Eric Toussaint, 25 de enero de 2026, CADTM. ↩︎
    7. NSS 2025, p. 33. ↩︎
    8. NSS 2025, p. 25. ↩︎
    9. NSS 2025, p. 25. ↩︎
    10. «La apropiación de los recursos naturales de Ucrania y del este de la República Democrática del Congo. Los imperialismos a la ofensiva», Eric Toussaint, 15 de mayo de 2025, CADTM. ↩︎
    11. «El acuerdo minero firmado entre Ucrania y Estados Unidos refleja la voluntad del capital estadounidense de tener acceso irrestrito a los recursos minerales ucranianos», Vitaliy Dudin, 13 de mayo de 2025, CADTM. ↩︎
    12. fontanka.ru. Desde el inicio de la guerra en Ucrania, Rusia se ha vuelto cada vez más dependiente de China en el plano económico, especialmente en lo que respecta a sus exportaciones de energía e importaciones de tecnología, lo que pone en duda el objetivo de Washington de debilitar la alianza entre Moscú y Pekín. ↩︎
    13. Fuente: fontanka.ru ↩︎
    14. Fuente: Interfax. Dmitri Medvédev es vicepresidente del Consejo de Seguridad de Rusia y presidente del partido gobernante de Putin, Rusia Unida. ↩︎
    15. NSS 2017. ↩︎
    16. NSS 2022. ↩︎
    17. NDS 2026, pp. 10 y 11. ↩︎
    18. «¿Por qué los BRICS no denuncian el genocidio en curso en Gaza?», Eric Toussaint, CADTM, 7 de agosto de 2025. ↩︎

  • El auge de la izquierda anticapitalista en Argentina y la carta que desató un debate crucial

    El auge de la izquierda anticapitalista en Argentina y la carta que desató un debate crucial

    Desde Punto de Vista Internacional reproducimos la entrevista que Israel Dutra1 le realizó al intelectual y marxista, Eduardo Lucita, sobre el avance de la izquierda anticapitalista en Argentina. En el contexto de la crisis del gobierno de Javier Milei y el declive del peronismo2, las encuestas muestran un aumento en el apoyo a Myriam Bregman, diputada del Frente de Izquierda y los Trabajadores – Unidad (FIT-U). Con entre un 9 y un 14 % de apoyo y una fuerte presencia en redes sociales, el FIT-U emerge como una alternativa para millones. Sin embargo, también han resurgido las dificultades históricas que han aquejado a la izquierda radical argentina. A pesar de su combatividad, la izquierda radical permanece fragmentada y, en algunos casos, muy sectaria.

    Lucita3, junto con otros compañeros, inició un debate con una carta abierta dirigida a los partidos de la FIT-U, titulada «La izquierda enfrenta un gran desafío». La carta ha estado circulando en Argentina durante más de un mes y recientemente se publicó una segunda carta, también firmada por destacados activistas de izquierda4.

    Dado que consideramos importante concienciar a nivel internacional sobre lo que está sucediendo en Argentina, entrevistamos a Lucita, firmante de ambas cartas, el 27 de mayo. En la entrevista, habló sobre este proceso, ofreció una visión general de la situación internacional y defendió la necesidad de aprovechar el éxito de la conferencia antifascista celebrada recientemente en Porto Alegre, Brasil.

    Eduardo Lucita, economista e intelectual argentino, integrante de la IV Internacional.

    • Su carta abierta dirigida a los partidos del FIT-U ha tenido un gran impacto dentro de los círculos de izquierda y más allá. Sus repercusiones se han sentido incluso aquí en Brasil. ¿Podría darnos una idea general del propósito de la carta y por qué se publicó ahora?

    -Me centraré en los puntos principales de las cartas. Para empezar, hay un contexto más amplio que conviene tener en cuenta: la creciente crisis social y la sensación de falta de futuro entre los jóvenes; el declive de la popularidad del presidente y el fuerte rechazo a las acciones de su gobierno; las serias dificultades que afronta el peronismo para resolver su crisis interna; y el auge de la izquierda anticapitalista, personificada en Myriam Bregman. Este contexto general nos pareció un punto de inflexión en la situación política, así como una oportunidad y un reto para la izquierda.

    Así pues, el primer objetivo era iniciar un debate sobre esta coyuntura, que considero excepcional. A juzgar por los comentarios, las críticas y las sugerencias que hemos recibido, y por el hecho de que el Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS), el Movimiento Socialista Obrero (MST) y la Izquierda Socialista (IS) [todos los partidos que integran la FIT-U] publicaran la primera carta en sus sitios web, creo que este primer objetivo se ha logrado.

    Más allá de los análisis y las caracterizaciones, la carta también presenta propuestas concretas, como la creación de «Comités de Lucha y Apoyo a Myriam Bregman» y el establecimiento de grupos de trabajo técnicos para desarrollar el programa de la izquierda con mayor precisión. Creemos que esto contribuiría a consolidar su ascenso.

    En cuanto al por qué ahora, la idea subyacente es que, por primera vez en más de 40 años, existe la oportunidad de movilizar a sectores de la población para apoyar un gobierno obrero y, en un sentido más amplio, plantear la idea de luchar por el poder real. Como decimos, las comisiones podrían desempeñar un papel importante en esto. Me parece una situación sin precedentes que debemos aprovechar.

    • Las encuestas muestran un creciente apoyo a Bregman, tanto en lo que respecta a su imagen como a su aprobación y a la intención de voto. ¿Te sorprendió esto?

    -La figura de Bregman ha ido ganando protagonismo en los últimos años. Es una activista de izquierda con una larga trayectoria en defensa de los derechos humanos y en el apoyo a las luchas sociales y sindicales. Además, tiene una voz muy influyente en el Congreso Nacional.

    Mentiría si dijera que el aumento de apoyo hacia ella en los últimos dos meses no me sorprendió. Es la única figura política del país con un índice de aprobación positivo y una intención de voto promedio del 10%. Todo esto me sorprende gratamente.

    • ¿Qué crees que explica este ascenso meteórico en las encuestas? ¿Se debe a sus cualidades personales, a las políticas que propone o, más bien, a que la situación política y social era propicia para una figura tan transgresora como lo fue Milei en su época?

    -Se trata de una combinación de varios factores. Por un lado, no cabe duda de que la situación socioeconómica tiene un peso significativo. Esto se refleja en la caída de los índices de aprobación de Milei —que ahora se encuentran en su punto más bajo desde que asumió el cargo [en 2023]— y, sobre todo, en el 60% de desaprobación de la gestión de su gobierno.

    El giro a la derecha dentro del peronismo también es importante. Los líderes del partido se han alejado bastante de su base histórica, que se encuentra fragmentada, sin liderazgo y desorientada. En una conversación reciente con colegas de algunos suburbios de Buenos Aires, comentaron haber observado un cambio en las intenciones de voto dentro del peronismo, alejándose de las figuras tradicionales y acercándose a Juan Grabois [quien lidera un ala progresista del peronismo estrechamente vinculada a sectores de la Iglesia Católica], pero ahora, por razones desconocidas, el ascenso de Grabois se ha estancado y la gente busca votar por Bregman. No sé si esto es exactamente cierto, pero vale la pena tener en cuenta este tipo de anécdotas.

    Creo que su papel como figura de oposición intransigente que nunca ha pactado con ningún gobierno (al igual que los demás diputados del FIT-U) ha sido decisivo. Su personalidad y carisma también son muy importantes. Es agradable tratar con ella, siempre sonriente, culta e inteligente. Además, no teme expresarse en los debates parlamentarios, arriesgar su integridad física en las calles y hablar con los medios de comunicación, convirtiéndose en una de las figuras más solicitadas en la actualidad.

    También añadiría que ha sido miembro de un partido trotskista [el PTS] durante 20 largos años. Usted, como activista de partido a tiempo completo, y yo conocemos perfectamente las exigencias que conllevan estos partidos. La personalidad de Bregman proviene de su ADN, pero también creo que se debe a que se formó y creció dentro de ese partido.

    La primera carta abierta discrepaba de las declaraciones de Bregman y Christian Castillo [otro líder del PTS y diputado del FIT-U] de que no existen las condiciones para un gobierno de izquierdas, ni para disputar el poder, ya que no hay un movimiento social poderoso ni órganos de doble poder.

    En mi opinión, esas declaraciones fueron bastante desafortunadas. No es que sean del todo erróneas, pero no tuvieron en cuenta el contexto y sonaron a la defensiva, mientras que nosotros creemos —y la carta lo deja claro— que existen las condiciones para una postura más activa, presentando propuestas y buscando superar la resistencia.

    Afortunadamente, nuestros compañeros no han repetido esas declaraciones. Creo que hubo un proceso de reflexión, y Bregman dijo recientemente en una entrevista: «Por supuesto que queremos estar en el gobierno, por supuesto que queremos tener el poder para transformar esta situación de raíz».

    • También caracterizaste de forma controvertida el momento actual, afirmando que «es más probable un avance electoral que uno insurreccional», antes de proponer «Comités de Lucha y Apoyo a Myriam Bregman». ¿Acaso no es esto un signo de electoralismo? ¿Cómo encaja esto con la propuesta del PTS de un nuevo partido obrero? ¿Y no es la carta abierta demasiado optimista?

    -Pues bien, ante tanta resignación y desesperación que otros pretenden imponernos, hemos optado por el optimismo de la voluntad. Pero no en abstracto, sino un optimismo basado en la situación cambiante.

    En cuanto a un partido obrero, no puedo dar una respuesta definitiva, ya que no me queda claro qué proponen. En su intervención en el estadio Ferro el 1 de mayo, Bregman habló primero de un partido obrero, luego de un instrumento de los trabajadores, después de un partido de la nueva clase obrera y, finalmente, de un nuevo movimiento histórico. Supongo que esta propuesta se definirá con mayor precisión con el tiempo y se debatirá en el seno de la FIT-U, cuyo comité coordinador, según tengo entendido, se reunirá en los próximos días.

    En lo que respecta al electoralismo, nadie duda de que el capital, liderado por Milei, está librando una ofensiva contra las condiciones de vida de los trabajadores, la protección del medio ambiente y los derechos de las mujeres, la comunidad LGBTQ+ y diversas minorías del país involucradas en múltiples movimientos de resistencia.

    Pero un rasgo común de estas luchas —que todo indica que se intensificarán— es que están dispersas, fragmentadas y a menudo influenciadas por la política identitaria, lo que dificulta los intentos de unificarlas y centralizarlas. Para colmo, líderes como los de la CGT (Confederación General del Trabajo) prefieren la negociación a la confrontación, o simplemente hacen la vista gorda.

    Nadie cree que un levantamiento social sea inminente, aunque la lucha de clases es obviamente impredecible. De lo contrario, todos habríamos predicho el levantamiento de 2001 [contra las políticas neoliberales que forzaron la dimisión de varios presidentes]. Con la edad, recuerdo el conflicto de 1959 en la planta procesadora de carne Lisandro de La Torre, que culminó en una huelga general organizada de boca en boca. Pero es un hecho que las encuestas muestran que hoy en día es mucho más probable un avance electoral que un levantamiento.

    • En la segunda carta, “Algunas reflexiones sobre las tareas que tenemos por delante”, usted hace gran hincapié en los comités, presentados bajo el lema “Por un gobierno obrero: Myriam Bregman para presidenta”.

    -Sí. La propuesta de crear comités —que, cabe destacar, Bregman abordó en su discurso del 1 de mayo al hablar de «organizar el apoyo»— busca no solo unir a activistas de partidos de la FIT-U u otras organizaciones y movimientos, sino también a intelectuales, artistas y, sobre todo, a quienes lideran las luchas actualmente dispersas y fragmentadas. Su objetivo es promover la mayor unidad posible para que podamos debatir juntos un programa mínimo que aborde la emergencia que enfrentamos y abre posibilidades para transformaciones profundas.

    En los últimos días, el PTS lanzó su llamamiento público: «Te necesitamos». Apoyamos esta iniciativa como un paso adelante que invita a la gente a organizarse en torno a la idea de un gobierno obrero. También plantea la posibilidad de un partido obrero o un nuevo movimiento histórico, pero, como ya he dicho, esto requiere un análisis más profundo.

    Lógicamente, estos comités, convocados por Bregman y que lo apoyan, también deberían participar en la campaña electoral. La realidad es que probablemente entremos en un periodo de calma debido al Mundial. Pero las elecciones se celebrarán poco después de que termine. Y serán importantes, no solo porque muchos piensan que las cosas no pueden seguir así, sino porque dentro de las clases dirigentes hay un sector que ya duda de que Milei sea reelegido, o incluso de que les convenga que lo sea. Por lo tanto, no faltan quienes quieren prescindir de él para salvar su proyecto y ya buscan un sustituto.

    Para mí, esto no es electoralismo. Se trata de aprovechar una oportunidad sin precedentes. Pero al leer las dos cartas abiertas, verán que insisten en no abandonar las luchas ni las calles. La arena electoral es solo otro campo de batalla. Como se decía antes, no debemos ignorar las batallas que se libran en el terreno que dominan los gobernantes.

    • También hablás de pasar de la defensa al ataque. Me parece interesante, y no solo para la izquierda argentina. ¿Podrías explicar cómo se vería esto en la práctica?

    -Es evidente que el apoyo a Bregman y el cambio en la opinión pública que he descrito —y no lo digo solo yo— no se traducirán automáticamente en apoyo organizado ni en votos. Lograr este objetivo político requiere un cambio cultural en la izquierda, tanto aquí como en el resto del mundo. Implica dejar atrás una política meramente egoísta y autorreferencial y priorizar los intereses generales del movimiento obrero y popular. Es decir, menos vanguardismo y más política de masas para llegar a los sectores más afectados por la crisis, incluidos aquellos que no se identifican con el anticapitalismo ni el socialismo.

    En nuestro caso, necesitamos contactar con los numerosos grupos y sectores dentro del peronismo que ahora están sin rumbo —sin un proyecto, programa o liderazgo claro— y que han expresado repetidamente su intención de votar por Bregman, para pedirles que se unan a los comités.

    Esto nos lleva a la necesidad de unidad de la izquierda, no solo porque juntos somos más, sino porque nos permite pensar y actuar conjuntamente. Esta unidad no puede limitarse a una mera declaración; requiere dejar de lado las discusiones estériles y crear comités independientes, democráticos y autónomos como espacio común para aunar la energía activista actualmente dispersa en múltiples ámbitos, a menudo ineficaces.

    Para avanzar en este frente, se requiere un cambio de actitud entre los miembros de los distintos partidos de la FIT-U. Si lo conseguimos, podremos abandonar la posición defensiva en la que nos hemos visto atrapados durante mucho tiempo y pasar a la ofensiva. Esto nos permitiría ir más allá de la mera resistencia y concebir soluciones para transformar esta intolerable realidad, abordar el problema del poder y forjar las alianzas necesarias para hacerlo posible.

    Tenemos una oportunidad sin precedentes que, a su vez, supone un gran desafío para la izquierda. Esta oportunidad no es ilimitada. Sabemos que la política detesta el vacío. Si la izquierda no lo ocupa, otros lo harán. No hay tiempo que perder.

    • También tengo presente la situación internacional. En ese sentido, ¿cómo ve usted lo que está sucediendo en Argentina, pero también en Bolivia, dentro de un mundo marcado por tensiones geopolíticas, el auge de la derecha y una figura como Donald Trump?

    -Bueno, Argentina es, hasta cierto punto, un caso excepcional. Tenemos un presidente que se define como anarcocapitalista y se encuentra a la vanguardia ideológica del auge global de la derecha. Por si fuera poco, también ha subordinado la política exterior del país a la de Estados Unidos bajo el mandato de Trump y a la de Israel bajo el de Netanyahu.

    Por otro lado, tenemos una izquierda anticapitalista, a mi parecer, sin precedentes en el mundo actualmente. Está liderada por una alianza electoral (la FIT-U) de cuatro partidos trotskistas, que existe desde hace 15 años, algo igualmente inédito.

    Bolivia atraviesa una grave crisis política alimentada por un levantamiento obrero, indígena y campesino que ha bloqueado las principales carreteras y ciudades del país. Exigen la renuncia del gobierno de Rodrigo Paz, elegido hace poco más de seis meses. Si esto sucede —y no debemos descartar que algo similar pueda ocurrir en mi país, dada la crítica situación social— tendría un enorme impacto a nivel internacional.

    Incluso derrotar a Milei en las elecciones presidenciales de 2027 sería significativo. Demostraría concretamente que, ya sea mediante la insurrección o las urnas, la extrema derecha puede ser derrotada. Y si la izquierda anticapitalista desempeña un papel decisivo en estos movimientos, serviría de ejemplo para la izquierda internacional.

    En cuanto a Trump, es evidente que encabeza un imperio en decadencia que busca refugio en el «bloque occidental» y que, a medida que este declina, se ha vuelto más agresivo y depredador. Esto quedó demostrado con la invasión militar de Venezuela y el secuestro de su presidente, las amenazas y el estrangulamiento de Cuba, y sus declaraciones sobre la anexión de Canadá y Groenlandia.

    Trump permitió que Israel lo arrastrara a la guerra de Oriente Medio, mientras dejaba que Israel actuara impunemente en Gaza, Cisjordania y Líbano. Trump se involucró en la guerra sin una estrategia clara de entrada ni de salida. Ahora es evidente que saldrá debilitado de este caos que él mismo provocó. Esto podría tener consecuencias para las elecciones de mitad de mandato de noviembre en Estados Unidos.

    La otra cara de la moneda es el ascenso de China, ahora el principal referente en el tablero global, como lo expresó un politólogo español. En menos de una semana, el presidente chino Xi Jinping recibió a Trump y Vladimir Putin en visitas de Estado a Pekín y firmó diversos acuerdos comerciales y políticos con ambos, sin otorgarles nada de importancia. Obligó a Trump a dar marcha atrás en la venta de armas a Taiwán y dejó claro a Putin que China es más importante para Rusia que Rusia para China.

    Nos enfrentamos a un orden mundial cambiante, y todo indica que nos dirigimos hacia una división de las esferas de influencia. Esto podría estabilizar la situación temporalmente, pero las tensiones resurgirán, sobre todo si consideramos que la crisis no resuelta del capitalismo global subyace a todo esto.

    • Finalmente, aquí en Porto Alegre, en marzo, celebramos la I Conferencia Antifascista por la Soberanía de los Pueblos, con una importante delegación de Argentina. ¿Qué le pareció este evento y cómo prevé su desarrollo futuro?

    -No sé si lo sabes, pero colaboré con Eric Toussaint en la organización de la conferencia. Ya no viajo, pero según los informes que recibí y los comentarios de varios compañeros, la conferencia fue un éxito en cuanto a participación y la diversidad de temas debatidos en los distintos paneles y actividades autoorganizadas.

    No cabe duda de que este éxito se debió a la concentración en el objetivo común de una convergencia internacional para hacer frente a las fuerzas de extrema derecha en todo el mundo, un objetivo compartido por varios partidos y movimientos sociales en Brasil e internacionalmente por organizaciones como la CADTM [Comité para la Abolición de la Deuda Ilegítima], la Cuarta Internacional, Jubileo Sur y la Fundación Rosa Luxemburgo.

    Participó una nutrida delegación de mi país, integrada por miembros de organizaciones anticapitalistas y movimientos de centroizquierda y/o progresistas, así como por algunos intelectuales destacados.

    Creo que es necesario dar seguimiento a la conferencia. Esta también fue la opinión del Comité Internacional, que decidió organizar dos eventos, uno en México y otro en Argentina. Veremos cuándo se pueden realizar. La decisión ya está tomada y es nuestro deber llevarla a cabo.

    La movilización de la Conferencia Internacional Antifascista realizada en Porto Alegre.

    1. Israel Dutra es sociólogo. Es secretario de relaciones internacionales de la Dirección Nacional del PSOL y activista del Movimiento de la Izquierda Socialista (MES, miembro de la Cuarta Internacional en Brasil). ↩︎
    2. El peronismo ha sido la fuerza política dominante en la política argentina desde el ascenso al poder del presidente Juan Domingo Perón en 1946. Actualmente en oposición, también ha sido el principal partido gobernante desde el fin de la dictadura militar en 1983. Como un amplio movimiento político, abarca un amplio espectro de políticos (desde la derecha hasta el centroizquierda y el progresismo), incluyendo las anteriores administraciones de centroizquierda de Néstor Kirchner (2003-07) y Cristina Fernández de Kirchner (2007-15). ↩︎
    3. Eduardo Lucita es director de la revista marxista Cuadernos del Sur y miembro del grupo argentino Economistas de la Izquierda (EDI) y de la Cuarta Internacional. Ha estado activo en la izquierda revolucionaria desde la década de 1960. ↩︎
    4. Entre los firmantes de estas cartas abiertas también se encuentran Ariel Petruccelli, un reconocido intelectual; Juan Pablo Casiello, un conocido líder sindical de maestros de Rosario, y Aldo Casas, un socialista revolucionario de toda la vida. ↩︎