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  • Rediseño de las zonas de influencia, en detrimento de los pueblos

    Rediseño de las zonas de influencia, en detrimento de los pueblos

    Desde el inicio de su segundo mandato, Donald Trump ha venido redefiniendo la estrategia internacional de Estados Unidos según una lógica brutal de relaciones de poder entre las grandes potencias. Al mismo tiempo que implementa simultáneamente varias iniciativas agresivas en el Medio Oriente y en las Américas, su gobierno ha iniciado un reposicionamiento estratégico respecto a Rusia.

    Por Eric Toussaint1

    Lejos de ser presentado como el enemigo central del orden mundial, Moscú es ahora tratado como un adversario secundario con el que sería posible llegar a un acuerdo. El objetivo de Washington es claro: impedir que Rusia fortalezca aún más su alianza con China, considerada el principal rival sistémico de Estados Unidos2. Se trata de una diferencia respecto a su primer mandato y al de Joe Biden, de 2021 a 2024.

    Los documentos estratégicos publicados por el gobierno de Trump entre diciembre de 2025 y principios de 2026 confirman este giro, sobre todo la Estrategia Nacional de Seguridad de EE. UU. (NSS, por sus siglas en inglés). En ellos se describe a Rusia como una amenaza «persistente, pero manejable», mientras que se acusa a los líderes europeos de exagerar el peligro que representaría y de alimentar expectativas poco realistas sobre el desenlace de la guerra en Ucrania. Al mismo tiempo, Washington afirma querer negociar un fin rápido de la guerra bajo su égida.

    Este reajuste allana el camino para un escenario de graves consecuencias: un acuerdo entre potencias imperialistas —Estados Unidos y Rusia— que podría producirse en detrimento del pueblo ucraniano.

    La política de Trump respecto a Rusia

    Desde el inicio de su segundo mandato, Donald Trump ha logrado que Vladimir Putin, más allá de las protestas verbales, no reaccione ante los actos de agresión perpetrados por Washington contra aliados de Moscú, ya sea en Venezuela o en Irán, o incluso en relación con el bloqueo total a Cuba aplicado desde finales de enero de 2026. Trump dio un giro con respecto a la política adoptada durante su primer mandato, en el que situaba a China y a Rusia en el mismo nivel, considerándolas adversarias que querían cuestionar el orden internacional dominado por Washington.

    Donald Trump le envía a Putin el mensaje de que está dispuesto a aceptar que Moscú utilice y abuse de la fuerza en su entorno geográfico, especialmente en Ucrania, de la misma manera que lo hace Washington en las Américas, en el Medio Oriente y en otros lugares. Trump reafirma su derecho a usar la fuerza en cualquier parte del mundo y reconoce, de hecho, el derecho de Putin a hacer lo mismo en un perímetro más limitado, que corresponde a una parte del territorio del antiguo Imperio ruso de la época de los zares y de la antigua Unión Soviética. Esto se ajusta a una lógica clásica de división implícita de las zonas de influencia entre las grandes potencias imperialistas.

    Trump redujo el apoyo militar directo de Estados Unidos a Ucrania, transfiriendo el peso de ese apoyo a sus aliados de Europa Occidental en la OTAN. En enero de 2026, invitó a Moscú y a sus aliados de Bielorrusia y Hungría a formar parte de su Consejo Mundial de la Paz.

    El 5 de marzo de 2026, Trump anunció que permitiría temporalmente que Rusia exportara su petróleo a la India sin sanciones, país que lo consume o lo reexporta a otras partes del mundo, incluida Europa. Una de las razones no declaradas es convencer a Rusia de que se conforme con emitir protestas verbales contra la agresión masiva de Washington e Israel contra Irán, su aliado.

    Trump al completo

    Trump revela una serie de posturas sobre Europa, Rusia y Ucrania en el documento sobre la nueva estrategia de seguridad nacional dado a conocer el 3 de diciembre de 2025. Considera que la UE y Gran Bretaña «gozan de una ventaja considerable en términos de poder militar sobre Rusia, y esto en casi todos los ámbitos, con excepción de las armas nucleares»3 y que los dirigentes europeos exageran la amenaza que representa Rusia.

    Así, el documento afirma:

    «A raíz de la guerra librada por Rusia en Ucrania, las relaciones entre Europa y Rusia se encuentran hoy en día muy deterioradas, y muchos europeos consideran a Rusia una amenaza existencial »4.

    Por la forma en que está redactado el texto, se puede deducir que Trump les está diciendo a los gobiernos europeos que Rusia no es una amenaza existencial para ellos. En algunas ocasiones, Trump ha descrito a Rusia como una amenaza existencial, pero ese no es el caso ni en el documento de estrategia de seguridad nacional publicado en diciembre de 2025, ni en el documento de estrategia de defensa nacional publicado a finales de enero de 2026.

    Trump considera que la UE y Gran Bretaña deben optar por un enfoque diferente al adoptado hasta ahora en las negociaciones con Rusia en lo que respecta a las reivindicaciones de esta última. Esto queda particularmente claro en este pasaje:

    «La administración Trump discrepa de los líderes europeos que tienen expectativas poco realistas sobre el desenlace de la guerra, líderes que se han atrincherado en gobiernos minoritarios inestables, muchos de los cuales violan los principios fundamentales de la democracia para reprimir a la oposición»5.

    Vale la pena recordar que Trump afirma que los gobiernos europeos reprimen a los partidos patrióticos, es decir, a la extrema derecha neofascista6.

    El texto de Trump continúa:

    «La gran mayoría de los europeos desea la paz, pero ese deseo no se traduce en acciones políticas, en gran parte debido a la subversión de los procesos democráticos por parte de esos gobiernos».

    Y agrega:

    «Esto adquiere importancia estratégica para Estados Unidos precisamente porque los Estados europeos no pueden reformarse si están sumidos en una crisis política»7.

    Esto significa que Trump afirma que a Estados Unidos le conviene que los partidos patrióticos (es decir, de extrema derecha y neofascistas) estén en el gobierno, lo que, según el actual gobierno, resolvería la crisis política.

    Evidentemente, en el pasaje anterior hay un rechazo muy claro hacia los gobiernos alemán, francés, británico, español, danés, polaco, etc. Por otro lado, en su momento reforzó la postura del entonces primer ministro húngaro Viktor Orbán y del primer ministro eslovaco Robert Fico, a quienes Marco Rubio, ministro de Relaciones Exteriores de Estados Unidos, visitó en febrero de 2026 tras la conferencia de Múnich sobre la paz. Vale la pena recordar que ambos mandatarios se habían mostrado a favor de reducir las sanciones contra la Rusia de Putin y que expresaron su simpatía por Trump.

    En lo que respecta a las relaciones entre la UE, el Reino Unido, Rusia y Ucrania, queda claro que Trump desea mantenerse en el centro del juego diplomático:

    «La gestión de las relaciones europeas con Rusia exigirá un importante esfuerzo diplomático por parte de Estados Unidos, tanto para restablecer las condiciones de estabilidad estratégica en el continente euroasiático como para mitigar el riesgo de conflicto entre Rusia y los Estados europeos.»8

    También se puede deducir del pasaje anterior que, dada la superioridad militar de los países de la UE y del Reino Unido sobre Rusia, el reequilibrio debería producirse a favor de Rusia. La misma idea se encuentra en el siguiente pasaje:

    «Es de interés fundamental para Estados Unidos negociar un cese rápido de las hostilidades en Ucrania, con el fin de estabilizar las economías europeas, impedir una escalada o una extensión involuntaria de la guerra, restablecer la estabilidad estratégica con Rusia y permitir la reconstrucción de Ucrania tras las hostilidades, para que pueda sobrevivir como un Estado viable»9.

    En el fragmento anterior, Trump reafirma que desea un fin rápido de las hostilidades y presiona a la UE, a Gran Bretaña y a Ucrania para que hagan concesiones a Rusia, todo ello bajo los auspicios de Washington.

    La política de Trump respecto a Ucrania

    Trump no tiene ninguna consideración por el derecho del pueblo ucraniano a defender su soberanía. Ahora bien, si la invasión de febrero de 2022 fue ampliamente frustrada, fue porque el pueblo ucraniano resistió y demostró su apego a la soberanía de su país. Si el pueblo ucraniano no hubiera apoyado masivamente la resistencia, el envío de armas por parte de las potencias occidentales a las autoridades de Kiev no habría sido suficiente para frustrar el plan inicial de Putin, quien pretendía llegar con su ejército a Kiev, cambiar el régimen y tomar posesión de una parte significativa del territorio ucraniano, comenzando por el este del país. Afirmar esto debe ir de la mano de la crítica a la política neoliberal y nacionalista chovinista del gobierno de derecha de Zelensky, así como de la denuncia de la OTAN y de las ambiciones imperialistas de Trump y de los europeos respecto a Ucrania. También es importante aclarar que Ucrania no es una potencia imperialista.

    Trump desprecia por completo el derecho internacional y considera que puede, por la fuerza, tomar el control de los recursos petroleros de Venezuela o de Irán tras haber agredido militarmente a esos países. Cree que la Rusia de Putin puede, en su entorno inmediato, hacer lo mismo, siempre y cuando eso no perjudique los intereses estadounidenses en Europa del Este. Trump está dispuesto a llegar a un acuerdo con Putin a costa del pueblo ucraniano. Putin podría mantener o tomar el control de parte del territorio, la población y los recursos naturales de Ucrania si las empresas estadounidenses obtienen, a cambio, ventajas en el resto del territorio ucraniano10. En esas condiciones, Washington estaría dispuesto a proteger a las autoridades ucranianas debilitadas y al territorio sobre el que mantendrían el control, siempre y cuando las autoridades de Kiev permitan que las empresas estadounidenses acumulen el máximo de ganancias11. Lo que propone Trump es un acuerdo entre dos potencias imperialistas depredadoras, Estados Unidos y Rusia, que acuerdan violar el derecho de los pueblos a la autodeterminación y al ejercicio de la soberanía sobre sus territorios y sobre los recursos naturales que en ellos existen. Trump deja ampliamente de lado a las potencias imperialistas europeas, aunque estas también buscan promover sus propios intereses y los de sus grandes empresas privadas que codician los recursos naturales, las tierras y el mercado ucranianos.

    La postura de Trump respecto a Rusia

    Rusia ya no es tratada como el enemigo central del orden mundial. Trump considera que los gobiernos anteriores cometieron el error de favorecer la formación de un bloque entre Rusia y China, lo que fortaleció la posición de China. Trump desea separar a Rusia de China o, al menos, reducir los vínculos entre estas dos potencias. Washington, que designa a China como su principal adversario sistémico, intenta, por lo tanto, reducir la propensión de Rusia a fortalecer sus vínculos con ella12. La NSS 2025 considera a Rusia un adversario militar serio, pero estratégicamente secundario, al que hay que contener sin convertirlo en un enemigo civilizacional, con el fin de concentrar los recursos (militares y económicos) de Estados Unidos para combatir a China.

    La reacción del Kremlin ante la publicación de la NSS 2025

    Dmitri Peskov, portavoz del presidente ruso, comentó el documento de estrategia de seguridad nacional durante una entrevista concedida al periodista estatal ruso Pavel Zarubin, el 7 de diciembre de 2025, para el canal Rossiya 1, ampliamente difundida por los medios rusos, como Interfax, Fontanka o Tass:

    «Los ajustes introducidos en la estrategia nacional de seguridad de Estados Unidos coinciden en gran medida con nuestra visión»13.

    La agencia de noticias Interfax, por su parte, escribió el 7 de diciembre de 2025:

    «El Kremlin acogió con satisfacción las formulaciones relativas a la OTAN en la estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos. Medvédev ve en la nueva estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos un intento de mejorar las relaciones con Rusia. El Kremlin acoge con satisfacción las formulaciones de la estrategia de seguridad nacional estadounidense actualizada relativas a la congelación de la expansión de la OTAN, pero seguirá de cerca la implementación concreta de este documento».14

    Rusia como amenaza, entre Trump I y Trump II

    En la «Estrategia Nacional de Defensa 2026», publicada a finales de enero de 2026 (NDS 2026), se identifica a Rusia como «una amenaza persistente, pero controlable» para la OTAN, un cambio favorable para Rusia en comparación con los calificativos más alarmantes de los documentos anteriores, que designaban a Rusia como «potencia revisionista» (revisionist power), durante el primer mandato de Trump en 201715, y como «amenaza inmediata al orden internacional»16y «amenaza grave» en 2022, durante la presidencia de Joe Biden. La NSS 2022 del gobierno de Biden afirmaba que Rusia «rompió la paz en Europa ». En el lenguaje estratégico del gobierno de Estados Unidos, «potencia revisionista » se refiere a un Estado que busca alterar las reglas, las instituciones o el equilibrio de poder del orden internacional existente, dominado por Estados Unidos. En los documentos de la primera administración de Trump y de la presidencia de Biden, se presentaba a Rusia y a China como potencias revisionistas.

    A continuación se presentan algunos fragmentos de la NDS 2026 que se refieren a Rusia: «La amenaza militar rusa se concentra principalmente en Europa Oriental»; «Moscú no está en condiciones de fijarse como objetivo ejercer su hegemonía sobre Europa. La OTAN europea supera a Rusia en términos de economía, población y, por consiguiente, de poder militar latente»; y «Afortunadamente, nuestros aliados de la OTAN son claramente más poderosos que Rusia, que se encuentra muy rezagada. Solo la economía alemana ya supera a la de Rusia»17.

    Los puntos en común entre Trump y Putin

    A pesar de sus rivalidades geopolíticas, Donald Trump y Vladimir Putin comparten un conjunto significativo de posiciones ideológicas y políticas. Ambos se caracterizan por un anticomunismo declarado y por un apoyo incondicional al sistema capitalista, incluidas sus formas más brutales de explotación de la mano de obra y los recursos naturales.

    Trump y Putin son nacionalistas que afirman la primacía de los derechos de la nación dominante a la que pertenecen. Trump apoya a los supremacistas blancos y afirma la primacía de los intereses de los estadounidenses frente a las naciones extranjeras, a las que no duda en referirse con términos racistas. Putin defiende un chovinismo granruso y critica a Lenin por la «creación» (sic) de Ucrania y por el reconocimiento de su derecho a separarse de la URSS a principios de la década de 1920.

    Ambos defienden además una política energética basada en la explotación intensiva de los combustibles fósiles, lo que contribuye a agravar la catástrofe ecológica mundial en curso.

    En el plano social, sus posturas convergen en orientaciones homofóbicas y hostiles hacia los derechos de las personas LGBTQIA+, acompañadas de la promoción de valores conservadores basados en una visión reaccionaria del cristianismo.

    En el ámbito internacional, tanto Trump como Putin privilegian el uso de la fuerza militar para imponer sus objetivos políticos y económicos, en contravención del derecho internacional. Esta orientación va acompañada de un apoyo decidido al desarrollo rápido y masivo de las industrias armamentísticas, así como al uso creciente del poder militar.

    Sus políticas exteriores también se basan en el uso reiterado de pretextos cuestionables o infundados para justificar el uso de la fuerza. Además, ambos cultivan un chovinismo de gran potencia y un nacionalismo exacerbado, características de los proyectos políticos autoritarios.

    Por otro lado, mantienen relaciones estrechas con las fuerzas de extrema derecha europeas, las cuales, a su vez, les demuestran una fuerte simpatía.

    Donald Trump, por su parte, brinda apoyo total al gobierno israelí liderado por Benjamin Netanyahu, que es neofascista y responsable de un genocidio en Gaza. Vladimir Putin, a su vez, mantiene relaciones cordiales con Netanyahu y da continuidad a las exportaciones rusas a Israel —carbón, petróleo y cereales— sin cuestionar los acuerdos comerciales existentes18.

    Putin también aceptó el principio de la creación de un Consejo Mundial presidido por Trump y desea que Rusia sea miembro. En este contexto, solicita a Estados Unidos que suspenda la congelación de los activos rusos para que Rusia pueda pagar la contribución de mil millones de dólares exigida para convertirse en miembro permanente del organismo, considerado por sus detractores como totalmente ilegítimo.

    Trump y Putin hacen un uso extenso y controvertido del término «genocidio», al tiempo que se niegan a reconocer o denunciar el genocidio del pueblo palestino. Trump afirma, así, que el gobierno de Pretoria sería responsable de un «genocidio de los blancos» en Sudáfrica, mientras que Putin sostiene que el gobierno de Kiev estaría llevando a cabo un genocidio contra las poblaciones rusas en Ucrania.

    Además de estas convergencias ideológicas y geopolíticas, Donald Trump y Vladimir Putin también presentan similitudes marcadas en la forma en que ejercen y conciben el poder. Ambos privilegian una fuerte personalización del liderazgo, centrada en la figura de un líder presentado como la encarnación directa de la nación y de su voluntad. Su discurso político se basa habitualmente en una retórica que opone «el pueblo» a las élites políticas, mediáticas o económicas, acusadas de traicionar los intereses nacionales. En este contexto, manifiestan una marcada desconfianza hacia las instituciones multilaterales y el derecho internacional cuando estos se perciben como obstáculos para sus objetivos estratégicos. Además, sus prácticas políticas van acompañadas de una crítica constante a los medios de comunicación considerados hostiles y de un uso intensivo de estrategias de comunicación que buscan eludir o deslegitimar los contrapoderes institucionales. Estos elementos contribuyen a inscribir sus proyectos políticos en una concepción del poder fuertemente personalizada, imperialista y autoritaria neofascista.

    ¿Cuáles son las diferencias entre Trump y Putin?

    Una diferencia que merece destacarse radica en el enfoque que ambos tienen de la guerra y del uso directo de la fuerza militar. Donald Trump está convencido de que es posible ganar conflictos sin el envío prolongado de tropas estadounidenses al terreno, dando prioridad a la superioridad tecnológica, los ataques a distancia y las operaciones militares de duración limitada, con pérdidas humanas prácticamente nulas por parte de Estados Unidos.

    Por otro lado, Vladimir Putin optó por una estrategia radicalmente diferente con la invasión militar a gran escala de Ucrania en 2022, que implicó el envío de un gran número de fuerzas terrestres y resultó en un número extremadamente elevado de bajas humanas, tanto del lado ruso como del ucraniano.

    Otra diferencia fundamental tiene que ver con el lugar que ocupan sus respectivos Estados en la jerarquía mundial del capitalismo. Donald Trump lidera la principal potencia económica y militar capitalista e imperialista del planeta: Estados Unidos. Vladimir Putin, por su parte, está al frente de una potencia capitalista imperialista secundaria, debilitada y en relativo declive, pero que sigue siendo un actor estratégico de gran importancia debido a que posee un arsenal nuclear comparable a nivel mundial al de Estados Unidos.

    Por último, sus ambiciones geopolíticas difieren en su escala de intervención. La política imperialista impulsada por Trump apunta a todo el planeta, mientras que la de Putin se concentra prioritariamente en el espacio postsoviético y su periferia inmediata, aunque Rusia haya intentado extender su influencia a otras regiones, como en Siria —donde, sin embargo, sufrió un revés con la caída del régimen de Bashar al-Assad—.

    ¿Tienen Trump y Estados Unidos interés en un rápido fin de la guerra en Ucrania?

    En este momento del año, Trump, al contrario de lo que afirmaba durante la campaña electoral o al inicio de su mandato, no tiene como prioridad poner fin a la guerra en Ucrania por varias razones.

    De hecho, la continuidad de la guerra da más credibilidad al argumento de Estados Unidos para que los aliados europeos de la OTAN sigan aumentando significativamente sus gastos militares, lo que favorece las exportaciones de armas de las grandes empresas privadas estadounidenses.

    Además, Washington logró un acuerdo muy favorable a sus intereses con los países europeos de la OTAN. Estos compran a Estados Unidos las armas que suministran a Ucrania y que se utilizan intensamente mientras continúe la guerra abierta. Trump prácticamente puso fin a los nuevos suministros directos de armas a Ucrania.

    La continuación de la guerra también desvía, en parte, la atención de las agresiones perpetradas por Estados Unidos bajo el mando de Trump en el resto del mundo.

    La continuación de la guerra en Ucrania y el esfuerzo que esto representa para la economía rusa y su población impiden que Putin movilice fuerzas militares en otros continentes.

    Y, finalmente, el 5 de marzo de 2026, Trump alivió las sanciones contra Rusia en lo que respecta a la venta de petróleo, con el fin de convencerla de que no tomara ninguna medida contra la agresión a Irán y contra el bloqueo total impuesto a Cuba desde finales de enero de 2026. Esto le permite a Putin aumentar sus ingresos por exportaciones y mantener el esfuerzo bélico en Ucrania.

    Conclusión

    En resumen, la política llevada a cabo por Donald Trump con respecto a Rusia se inscribe en una lógica clásica de rivalidad entre grandes potencias: reducir el acercamiento entre Moscú y China, mantener a Estados Unidos en el centro del juego diplomático y hacer que los países europeos asuman el costo principal de la guerra en Ucrania. Detrás del discurso oficial que clama por un rápido fin de las hostilidades, Washington no tiene necesariamente interés en una paz inmediata.

    En este contexto, no se puede descartar la posibilidad de un acuerdo entre Washington y Moscú a costa del pueblo ucraniano. Las convergencias ideológicas y políticas entre Donald Trump y Vladimir Putin —el apego a un capitalismo autoritario, el nacionalismo de gran potencia, el militarismo, el desprecio por el derecho internacional y la cercanía con fuerzas de extrema derecha— facilitan esta lógica de relaciones de poder entre Estados.

    Más allá de sus rivalidades y diferencias de poder, ambos líderes comparten una misma visión del mundo. En este contexto, los pueblos —y, en primer lugar, el pueblo ucraniano— corren el riesgo de convertirse en las principales víctimas de un nuevo equilibrio geopolítico basado en la división de zonas de influencia.

    Pero no hay que descartar un posible cambio de rumbo de Trump en el futuro. Si no logra lo que quiere en las negociaciones con Putin, es capaz de adoptar una postura mucho más dura y de calificar a Rusia como una amenaza mucho más grave de lo que se indica en los documentos que acabamos de analizar.

    Lo que es seguro es que las negociaciones entre Trump y Putin no toman en cuenta los intereses y los derechos de los pueblos. Es necesario construir, desde la base, una solidaridad entre los pueblos para reforzar la resistencia ante el auge del neofascismo y el aumento de las agresiones imperialistas, vengan de donde vengan.

    Nota del 16 de marzo de 2026

    1. Éric Toussaint, economista e historiador belga, es portavoz de la red internacional del Comité para la Abolición de las Deudas Ilegítimas (CADTM), miembro del Comité Internacional de la IV Internacional y de su sección belga, la Gauche anticapitaliste. Es autor de cerca de quince obras, entre las que se encuentran *El Banco Mundial: una historia crítica* (Syllepse, París, 2022); *Capitulación entre adultos: Grecia 2015, una alternativa era posible* (Syllepse, París, 2020); y *El sistema de la deuda* (Les Liens qui Libèrent, París, 2017). El autor agradece a Sushovan Dhar y a Maxime Perriot por la revisión del original. ↩︎
    2. «Por qué Washington convirtió a China en su principal adversario estratégico», Eric Toussaint, 19 de enero de 2026, CADTM. ↩︎
    3. Fragmento del documento «Estrategia de Seguridad Nacional» publicado en diciembre de 2025, p. 25 (NSS 2025). Hay una versión en francés disponible en el sitio web de Grand Continent. ↩︎
    4. NSS 2025, p. 25. ↩︎
    5. NSS 2025, p. 26. ↩︎
    6. «Trump, Europa y la internacional neofascista: del apoyo ideológico a la coordinación política», Eric Toussaint, 25 de enero de 2026, CADTM. ↩︎
    7. NSS 2025, p. 33. ↩︎
    8. NSS 2025, p. 25. ↩︎
    9. NSS 2025, p. 25. ↩︎
    10. «La apropiación de los recursos naturales de Ucrania y del este de la República Democrática del Congo. Los imperialismos a la ofensiva», Eric Toussaint, 15 de mayo de 2025, CADTM. ↩︎
    11. «El acuerdo minero firmado entre Ucrania y Estados Unidos refleja la voluntad del capital estadounidense de tener acceso irrestrito a los recursos minerales ucranianos», Vitaliy Dudin, 13 de mayo de 2025, CADTM. ↩︎
    12. fontanka.ru. Desde el inicio de la guerra en Ucrania, Rusia se ha vuelto cada vez más dependiente de China en el plano económico, especialmente en lo que respecta a sus exportaciones de energía e importaciones de tecnología, lo que pone en duda el objetivo de Washington de debilitar la alianza entre Moscú y Pekín. ↩︎
    13. Fuente: fontanka.ru ↩︎
    14. Fuente: Interfax. Dmitri Medvédev es vicepresidente del Consejo de Seguridad de Rusia y presidente del partido gobernante de Putin, Rusia Unida. ↩︎
    15. NSS 2017. ↩︎
    16. NSS 2022. ↩︎
    17. NDS 2026, pp. 10 y 11. ↩︎
    18. «¿Por qué los BRICS no denuncian el genocidio en curso en Gaza?», Eric Toussaint, CADTM, 7 de agosto de 2025. ↩︎

  • Rusia como isla: teoría de la civilización en la educación superior

    Rusia como isla: teoría de la civilización en la educación superior

    Lenin

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    Daniel Nedolyan

     

    Traducción: Punto de Vista Internacional
    Fuente: 
    posle.media

    Teoría: Historia

    11/01/2024

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    ¿Cuál es el papel del concepto de “civilización” en el nuevo libro de texto de historia titulado Fundamentos del Estado ruso para instituciones de educación superior? ¿En qué se diferencia la “ideología ultraliberal occidental” de la tradición rusa? ¿Qué más se le ocurrió a Lenin (aparte del hecho de que había fundado Ucrania)? El filósofo y comentarista político Daniel Nedolyan comparte una visión general del nuevo libro de texto.

    “Nuestro país, Rusia, se remonta a más de mil años. Este inmenso período sobrepasa en gran medida la extensión de la vida humana individual. Generaciones de nuestros antepasados ​​han logrado construir una civilización única e incomparable: una sociedad marcada por grandes logros y los logros del genio humano”.

    Estas son las primeras líneas del libro de texto Fundamentos del Estado ruso. Es posible que muchos estudiantes hayan cerrado el libro de texto allí mismo, al principio. Es difícil culparlos porque parece más un extracto de otro discurso de Putin que un pasaje de un libro de texto académico. Sin embargo, creemos que merece atención porque puede ayudar a comprender las herramientas empleadas por la ideología rusa y por qué sigue siendo atractiva para algunas personas.

    Los medios que cubrieron la publicación del libro de texto destacaron principalmente los clichés propagandísticos más crudos que aparecieron en sus páginas, como avivando el pánico moral antiinmigrante con fotografías de musulmanes rezando o denunciando el veganismo como un culto a la muerte. Sin embargo, el libro de texto incluye una idea recurrente en todos los temas y capítulos y ya está presente en las líneas introductorias: la de una civilización rusa distinta. Este artículo intentará explicar cómo los autores del libro de texto de RANEPA (Academia Presidencial Rusa de Economía Nacional y Administración Pública) emplean la noción de “civilización” y las contradicciones que este concepto oculta intencionalmente. Veámoslo más de cerca juntos.

    Civilizaciones y naciones

    La teoría de la civilización supone que existen varias civilizaciones locales en el mundo caracterizadas por la cohesión interna y el destino separado de las demás. Esta teoría se opone a la idea de una civilización humana singular. En sus orígenes, la teoría de las civilizaciones se remonta a Nikolay Danilevsky, el filósofo conservador ruso, quien las llamó “tipos histórico-culturales”. Danilevsky contrastó a Rusia con Occidente, defendió su discrepancia fundamental y afirmó una misión mesiánica especial para la civilización rusa. Los autores del libro de texto generalmente siguen la línea de pensamiento de Danilevsky: inicialmente relatan sus ideas, luego pasan a su propia descripción de la civilización rusa, divergiendo de la fuente original. Critican de manera bastante superficial las teorías del desarrollo civilizacional lineal, dentro de las cuales incluyen el liberalismo y el marxismo, sin hacer distinciones significativas; luego se centran en describir la teoría de la civilización, específicamente con respecto a la civilización rusa.

    La teoría de la civilización también ha encontrado desarrollo en Occidente. Los autores más renombrados que lo han elaborado incluyen a Oswald Spengler, Arnold Toynbee y Samuel Huntington. Los autores que han utilizado este concepto teorizan diferentes números de civilizaciones locales que han existido o continúan existiendo, y emplean diferentes criterios mediante los cuales se definen las civilizaciones. Esto nos lleva a uno de los principales problemas de la teoría de la civilización: es imposible definir claramente qué es una “civilización”. La famosa frase ideológica podría resultar útil aquí: “Oriente es Oriente y Occidente es Occidente…” Es cierto que los autores del libro de texto parecen tener un interés limitado en la definición de civilización, y menos aún en civilizaciones distintas de la rusa.

    Al intentar definir la civilización rusa, los autores llegan a una contradicción que ilustra vívidamente un problema dentro de la ideología rusa: el enfoque de las cuestiones étnicas. Por un lado, enfatizan consistentemente la multietnicidad de Rusia como una característica de civilización e incluso como una ventaja. Por otro lado, subrayan continuamente el papel dominante del pueblo ruso y a veces llegan incluso a afirmar que no hay diferencia entre los términos “etnicidad rusa” y “ciudadanía rusa”.

    Al narrar la historia de Rusia, las conquistas se describen constantemente con términos como “adhesión” y “acumulación de tierras”. Sin embargo, en algún momento reconocen la realidad admitiendo que Rusia no siempre acumuló tierras de forma pacífica. Se enumeran brevemente los casos de resistencia contra el imperialismo ruso: las guerras ruso-cheremis, los conflictos con los chukchi, los levantamientos de los bashkires y los kazajos, los levantamientos en Polonia, la conquista de Asia central, la guerra del Cáucaso. Sin embargo, los autores se apresuran a justificarlo afirmando lo siguiente: “Sin embargo, unirse a Rusia a menudo trajo la salvación. Por ejemplo, Rusia salvó efectivamente al pueblo georgiano de desaparecer”. En el cuadro pintado en el libro de texto, el papel de los pueblos que no hablan ruso es el de ser inferiores leales y agradecidos.

    La idea de la civilización rusa sirve como encubrimiento de las políticas imperiales. El pueblo ruso, siendo el agente dominante dentro de su propia civilización, tiene derecho a integrar a otros pueblos en el país, a enriquecer a Rusia con sus contribuciones multiculturales y multiconfesionales, enfatizando el carácter distintivo de la civilización rusa. El hecho de que los pueblos conquistados representen diferentes culturas, hablen diferentes idiomas y crean en uno o varios dioses diferentes no es visto como un obstáculo por los autores. Consideran la ortodoxia y la lengua rusa como pilares de la civilización rusa. Presumiblemente, los autores creen que no todas las culturas forman civilizaciones, sino solo algunas, incluida la rusa. Sin embargo, la diferencia entre las culturas que crean civilizaciones y las que no lo hacen se asume por defecto en lugar de pronunciarse explícitamente.

    Los pueblos conquistados son considerados no agentes, fuerzas pasivas. La naturaleza multinacional y multiconfesional de la civilización rusa, de la que se alienta a la gente a estar orgullosa, aparece como una mera lista de diferentes nombres que Rusia ha ido recopilando a lo largo de su historia. Según el libro de texto, las únicas personas en la historia que tuvieron algún tipo de agencia fueron los cumanos, que habían estado atacando la antigua Rus y fueron justamente castigados. Cualquier movimiento de liberación nacional de otros pueblos es descartado como conspiración extranjera. Aparentemente, se los considera actividades de otras civilizaciones o alguna fuerza malévola que se infiltró en territorio ruso. El Partido Bolchevique es el principal ejemplo de esa influencia perjudicial.

    La civilización sirve de marco para pueblos especiales facultados para decidir el destino de otros. Los rusos no parecen ser sólo una nación entre muchas que habitan Rusia, como podría inferirse del término “pueblo multinacional”, sino más bien una nación especial, incluso algo más grande que una simple nación. Los autores del libro de texto enfatizan que el pueblo ruso no aprovecha un estatus especial para su propio beneficio. El pueblo ruso es retratado como un pueblo sufrido, que lleva sobre sus hombros todo el peso de la civilización rusa y se sacrifica. La cuestión de si los pueblos conquistados deseaban para sí mismos tal sacrificio, incluso si ocurriera, no interesa a los autores del libro de texto.

    No hubo Revolución de Octubre

    Una idea importante que se promueve en el libro de texto es la unidad de la historia y la tradición rusa milenaria desarrollada durante esta época. Rus, el Principado de Moscú, el Imperio Ruso, la URSS y la Federación Rusa son nombres diferentes para la misma entidad. Es particularmente digno de mención cómo se cubre a este respecto la historia de la URSS y la Revolución de Octubre. En general, la Unión Soviética se considera una parte más de la historia que comparte las mismas características que otras encarnaciones de Rusia. Naturalmente, hay algunas asperezas. En 1917 se produjo una desconexión importante, tras la cual Rusia finalmente se recuperó. En el libro de texto no se explican ni el motivo de la desconexión, ni la esencia de la Revolución de Octubre, ni las ideas de los rebeldes.

    Al mismo tiempo, nos enteramos de que Lenin proclamó una Ucrania independiente por odio al pueblo ruso. Pero esta tesis no es nada nuevo para la ideología rusa. Una cierta novedad reside en el hecho de que, en esta versión de los hechos, Lenin también inventó el gran chovinismo ruso, para cuya lucha supuestamente cometió su villanía. En cuanto a los años siguientes de la URSS, el libro de texto menciona que tenía características tan importantes de la civilización rusa como el estatismo, la cultura de la servidumbre y la idea de justicia. Cabe señalar que en la Unión Soviética la propiedad era de propiedad estatal, lo que, según los autores, tenía sus ventajas y desventajas. En cuanto a la terapia de choque de los años 1990, fue una política desacertada y catastrófica. Afortunadamente, hoy por fin se ha logrado el equilibrio adecuado entre propiedad pública y privada.

    En otras palabras, la historia de la URSS fue un incidente en la historia de Rusia; A pesar de algunos extremos, era esencialmente la misma Rusia. Se han eliminado los extremos y ahora no hay mucho que discutir. La forma en que se evitan en el libro de texto las causas de la Revolución de Octubre y las ideas políticas de los bolcheviques no es tanto un síntoma del enfoque específicamente atribuido a Lenin y el Partido Bolchevique sino más bien la historia de la tradición de protesta en general. Las cuestiones de la tradición parecen ser cruciales para los autores: básicamente, todas las ideas inherentes a la civilización rusa se reducen a una: vivir según la tradición. La tradición se define de manera muy simple: “vivir como habían vivido nuestros antepasados”. Sin embargo, una respuesta tan sencilla crea algunos problemas. Después de todo, no todos los antepasados ​​vivieron de la misma manera: se rebelaron, mataron a los zares y se involucraron en ideologías radicales.

    Los autores reconocen una tradición de soberanía popular en la historia de Rusia además de la tradición de servidumbre. Prestan relativamente poca atención a esta tradición. En su opinión, desempeña un papel de apoyo para aumentar la solidaridad en la sociedad. Se puede observar una tendencia general a lo largo del libro de texto: la civilización rusa siempre ha estado unificada internamente y está en confrontación con otras civilizaciones (principalmente occidentales). La violación de la unidad interna, por tanto, siempre se considera el resultado de una interferencia externa.

    La manera de lograr la unidad dentro de una civilización es a través de la política histórica. En la sección respectiva, los autores revelan sin darse cuenta las tareas que se les asignaron. Escriben que el propósito de la memoria histórica es crear una visión consolidada de los acontecimientos históricos entre los ciudadanos. Esto se logra mediante políticas estatales en cultura y educación, así como mediante la represión. El libro de texto no reflexiona sobre el papel del Estado en estos, pero intenta distinguir las políticas históricas correctas y las incorrectas (principalmente aplicadas por los países occidentales). La política histórica correcta se basa en la memoria nacional, que supuestamente contiene una visión unificada de la historia y los personajes históricos. Por ejemplo, afirman que Iván el Terrible es un personaje positivo en la memoria popular, por lo que la gente se resiste a todos los intentos de “denigrarlo”.

    El libro de texto, que forma parte de la política estatal destinada a unificar las visiones sobre la historia, intenta abordar el problema que surge de su propia definición de política histórica, es decir, la elaboración completa de la narrativa histórica. Se trata de apelar a una memoria nacional unificada como fenómeno objetivamente existente. No hace falta decir que la actitud de cualquier sociedad hacia su historia no puede ser unificada, y Rusia no es una excepción. Los autores intentan engañar al lector con la idea de que negar una política histórica estatal unificada equivale a negar la memoria nacional. O, para decirlo sin rodeos, quienes rechazan la propaganda estatal van contra el pueblo. La lógica de esta medida es justificar una construcción, es decir, la ideología estatal, con otra, la memoria nacional, pero presentándola como algo que existe de forma independiente.

    De hecho, la memoria nacional existe, en el sentido de que las personas que viven en Rusia, naturalmente, tienen opiniones sobre diversos episodios históricos. Pero seguramente no puede haber unidad en este asunto (como se ve incluso en encuestas sociológicas progubernamentales). Tampoco existe tal cosa para los representantes de diferentes ideologías o diferentes nacionalidades. La conquista de Kazán no es vista de la misma manera por los tártaros y los rusos, así como la historia de la Revolución de Octubre no es evaluada de la misma manera por los izquierdistas y los derechistas. La solidaridad nacional y de clase, que los autores intentan hacer pasar como un rasgo de la civilización rusa, es una ilusión.

    Civilización y civilizaciones

    Sin embargo, la teoría de la civilización, a pesar de su débil fundamento y su parcialidad, tiene cierto atractivo. No se trata de lo que la teoría afirma, sino de lo que niega. No es ningún secreto que Putin, al justificar su guerra contra Ucrania, a menudo declara que representa a países insatisfechos con el poder global unipolar de Estados Unidos. La teoría de la civilización es una herramienta conveniente para proporcionar una base ideológica que la distinga de Occidente. Es popular no sólo en Rusia, sino también en la India y, con reservas, incluso en China. Por lo tanto, a sus partidarios no les preocupan demasiado las dificultades obvias para definir las civilizaciones e identificar la unificación interna. La cuestión de si, por ejemplo, la civilización mesoamericana debería considerarse una civilización separada o no, no preocupa mucho ni a los autores del libro de texto ni a la mayoría de los partidarios de esta teoría. Lo que les interesa es distinguirse de Occidente y, más importante aún, del universalismo.

    El libro de texto menciona varios conceptos universalistas, es decir, que hay una civilización y las leyes aplicables a algunas personas deberían ser aplicables a otras, y el mundo, en principio, puede medirse con un estándar común. El truco principal aquí reside en reducir todos los conceptos universalistas a un todo unificado, que luego se equipara con la hegemonía occidental. El libro de texto no es muy convincentemente crítico con el “liberalismo occidental”. Por el contrario, es poco probable que los clichés propagandistas sobre agentes malignos omnipresentes y el aborto como un culto a la muerte convenzan a nadie. Pero todo esto tiene otro propósito: reducir el mundo a una simple dicotomía: universalismo liberal occidental versus “complejidad floreciente” rusa (este último es el término de Konstantin Leontiev, el filósofo conservador ruso y defensor de la teoría de la civilización). Si el lector no está demasiado satisfecho con el sistema político del siglo XXI (puede haber muchas razones para ello), la posición presentada por los autores puede parecer convincente. Incluso sin estar de acuerdo con las opiniones profundamente conservadoras y a veces sombrías de los autores, es fácil entender por qué, en la dicotomía entre hegemonía y diversidad occidentales, esta última puede parecer más atractiva.

    Por lo tanto, no basta con exponer simplemente los arrebatos históricamente analfabetos y políticamente sesgados de los autores; hacerlo sólo defendería el status quo global establecido. El desafío es más profundo: romper el monopolio de la universalidad asociado con el orden liberal capitalista. Al reducir a ello todos los conceptos universalistas, el libro de texto simplemente reproduce la idea de la Fin de la Historia A menudo criticado por la propaganda rusa. La idea de Francis Fukuyama ha sido tan criticada y durante tanto tiempo que probablemente sea difícil encontrar a alguien que se declare abiertamente partidaria de ella. Pero importa de qué lado viene la crítica. Samuel Huntington, cuyo nombre está asociado con el resurgimiento del interés por la teoría de la civilización en los Estados Unidos, escribió su artículo en gran medida como respuesta a Fukuyama. Insistió en que la historia no había terminado; hay diferencias de civilización, por lo tanto, un choque de civilizaciones es inevitable, al igual que el conflicto entre Occidente y la “civilización islámica” específicamente. Esta explicación de las guerras y los conflictos supone que ciertas identidades civilizacionales ahistóricas en el mundo están destinadas a chocar permanentemente.

    Una explicación materialista del conflicto no puede basarse en tal suposición. No hay razones inherentes por las que las personas deban entrar en conflicto: los conflictos son el resultado de condiciones materiales de existencia. La respuesta izquierdista a los conflictos causados ​​por el neoliberalismo no debería ser afirmar que son inevitables, como afirma la teoría de la civilización, sino plantear un conjunto diferente de demandas políticas. Al capitalismo neoliberal global no se le debe oponer un esencialismo oscurantista, sino un universalismo de otro tipo. De todas las sustituciones que hacen los autores del libro de texto, la más peligrosa es negar la posibilidad de cualquier alternativa.

    El movimiento de izquierda, históricamente del lado de los oprimidos, siempre ha abogado no solo por la lucha por las identidades individuales sino por la construcción de un mundo donde ninguna identidad debería estar amenazada. La contradicción que los autores presentan al lector (entre las “tradiciones” locales y la fuerza global del liberalismo) es falsa. Utilizando la identidad civilizatoria, aunque parezca completamente indefinida, los autores imitan la agenda anticolonial, buscando presentar a Rusia como defensora de otras civilizaciones que se oponen al imperio occidental global. La ideología rusa realiza un truco complejo al presentar su propio imperialismo como una lucha contra imperios. Si bien compartimos la idea de luchar contra el imperialismo, este marco no resiste las críticas. La ideología rusa llama a luchar contra un malhechor, pero no logra ver la paja en su ojo. La tarea debería ser luchar contra las malas acciones en sí, de las que la Rusia contemporánea es parte integral.

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