Autor: Fer Cabrerizo

  • El caos de la economía mundial

    El caos de la economía mundial

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    Michel Husson

    Economista y militante de la izquierda radical. Es autor, entre otras obras, de El capitalismo en diez lecciones. Breve curso ilustrado de economía heterodoxa, La Oveja Roja y viento sur, 2013

    Traducción: Viento Sur
    Fuente:
    Viento Sur

    Teoría: Economía

    01/08/2021

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

     

    La pandemia ha desorganizado profundamente la economía mundial. Más que tratar de hacer previsiones, este artículo pretende mostrar por qué esto sería un ejercicio imposible. En efecto, la lógica de esta crisis es inédita y la manera de salir de ella dependerá de factores no solo económicos, sino también sanitarios y sociopolíticos. Insistiremos más en las consecuencias de esta crisis para la gestión de las deudas en Europa.

    La desarticulación de la economía

    Esta crisis es de una brutalidad inaudita, como lo ilustra, entre otras cosas, el gráfico 1, que refleja el número de desempleados declarados en EE UU.

     

    En una contribución anterior recordamos que “el coronavirus no contamina un organismo sano, sino un organismo ya alcanzado de enfermedades crónicas” (Husson, 2020 a). Sin embargo, el impacto de la crisis no se explica totalmente por las flaquezas del sistema realmente existente. Por cierto que cabe imaginar que la pandemia habría tenido de todas maneras efectos violentos incluso en una economía sana. Esta crisis no ha nacido en la esfera financiera, sino directamente en la llamada economía real. Por tanto, no se puede analizar de la misma manera que la crisis precedente, la de 2008. En efecto, esta vez se han quedado bloqueadas directamente las relaciones productivas y, por tanto, las vías de transmisión son completamente diferentes.

    Los economistas suelen distinguir entre choques de oferta y choques de demanda, pero esta distinción, que sin duda nunca ha tenido mucho sentido, manifiestamente no tiene ninguno en el caso de esta crisis. Es el conjunto de los esquemas de reproducción –por retomar una noción marxista– el que ha quedado desarticulado. Lo importante en el análisis de Marx es que las condiciones de esta reproducción se refieren tanto a la producción de mercancías –y de plusvalía (la oferta)– como a la demanda social capaz de realizar esta plusvalía. Ahora bien, en las circunstancias actuales ya no están aseguradas las condiciones de esta reproducción.

    Basta observar los diferentes componentes de esta oferta y de esta demanda para comprender por qué. El confinamiento tiene por efecto inmediato la caída del consumo y de la producción: empresas cerradas, que por tanto no producen nada, comercios cerrados y consumidores confinados. Las inversiones, a todas luces, se hallan en punto muerto debido a la ausencia de pedidos y también a la incertidumbre sobre las perspectivas. En fin, el comercio mundial se ha contraído. Se ve perfectamente la interacción indisoluble entre oferta y demanda, que las previsiones oficiales no tienen en cuenta.

    Nada de recuperación en V

    Partiremos aquí de las últimas previsiones de la Comisión Europea (las del FMI no son cualitativamente diferentes) 1/. La lectura del cuadro 1 muestra que la Comisión prevé, en todos los países, una recuperación en V, es decir, una caída en 2020 seguida de un relanzamiento en 2021: –7,7% en 2020 y +6,3% en 2021 en la zona del euro, y –9,4% y +7% en España.

    Los datos de 2020 son provisionales e ilustran la magnitud del choque. Pero dado que se trata de crecimiento medio de un año a otro, suponen implícitamente una recuperación enorme a partir del segundo semestre. En el caso de Francia, el gobierno ha basado su último presupuesto sobre una hipótesis de retroceso del PIB del 8% en 2020, pero habida cuenta del descenso ya registrado, esto equivale a postular un crecimiento muy improbable del 35% en el tercer trimestre y del 16% en el cuarto 2/.

     

    En la intimidad, los economistas están angustiados (o deberían estarlo) ante esta economía del agujero negro 3/. En todo caso, sus previsiones para 2021 son absolutamente ridículas. En efecto, parten de que el desconfinamiento será total a partir del segundo semestre de 2020. Sin embargo, esto es ignorar una característica fundamental de esta crisis, que combina dos mecanismos: el parón de la economía –una recesión que cabría calificar de normal si no fuera de una violencia excepcional– y una crisis sanitaria que induce un ciclo específico. Dicho de otro modo, la recuperación se verá frenada por factores extraeconómicos que podrían dar lugar a fluctuaciones de tipo ondulatorio. Esta era la hipótesis formulada en una contribución anterior (Husson, 2020 b) y que ha sido corroborada por un estudio reciente 4/ del que hemos extraído el gráfico 2 que ilustra perfectamente la posible trayectoria del número de personas contagiadas en la previsión menos pesimista.

     

    “Todas nuestras previsiones en forma de V las hemos dejado de lado”, reconoce un economista de empresa 5/. O sea, parece descartada una recuperación en V porque el parón de la economía ha sido brutal, mientras que el desconfinamiento será necesariamente progresivo. A esto se añaden factores propiamente económicos que obstaculizan una recuperación rápida.

    El confinamiento mundial

    La desarticulación de las cadenas de valor mundiales bloqueará duraderamente los intercambios de mercancías. La crisis precedente ya había frenado duraderamente su progresión: a partir de 2011, la tendencia es inferior a la que marcó el periodo de 1990 a 2008, como muestra el gráfico 3. La crisis actual tendrá a corto plazo el mismo efecto, y es la previsión pesimista de la OMC (Organización Mundial del Comercio) 6/ la que parece más verosímil: tampoco esta vez se volverá a la tendencia anterior.

    A esto se añaden las repercusiones de la crisis en los países del Sur. Contrariamente a lo que cabía temer, y por fortuna, la pandemia se ha extendido relativamente poco en África, de momento. Pero en un gran número de países del Sur preocupa más el hambre que el virus, porque la crisis reduce la actividad económica y los recursos disponibles 7/. Además, las cadenas de abastecimiento de alimentos, muy globalizadas, han quedado tan desorganizadas como las demás 8/.

    “El choque de la Covid-19 no hace sino sacar a la luz lo que ya era una crisis de la deuda soberana que evoluciona rápidamente en los países en desarrollo”, señala la CNUCYD (Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, o UNCTAD por sus siglas en inglés) 9/. Estos países ya sufrían el peso aplastante de la deuda: por ejemplo, los países africanos dedicaban más dinero a su devolución que a la sanidad. Con la crisis se ven confrontados con una degradación de su comercio exterior, la caída de los precios (¡el petróleo!) y el reflujo de los capitales internacionales. Es cierto que el FMI ha decidido suspender el reembolso y los intereses de la deuda para este año y el siguiente, y que el Club de París, que agrupa a los principales acreedores, ha aprobado lo mismo para este año con respecto a los países africanos.

    Sin embargo, la CNUCYD subraya con razón que esta suspensión “parte de la hipótesis heroica de que el choque de la Covid-19 será de corta duración y de que la normalidad volverá en 2021”. Lanza un llamamiento solemne a la anulación de las deudas porque “la devastación que puede provocar la crisis, si no se adoptan medidas decisivas, sería un motivo suficiente para que la comunidad internacional se orientara por fin a un marco coherente y completo para abordar la deuda soberana insostenible”.

    De manera más general, la reconstitución de las cadenas de valor globales se verá igualmente frenada por la voluntad de numerosos gobiernos de ayudar concretamente a sus empresas y favorecer la relocalización de las producciones. Aunque sin duda estos intentos resultarán vanos, ilustran de nuevo la imbricación de las dimensiones sanitaria y económica de la crisis.

     

    La otra deuda: las empresas

    El endeudamiento de las empresas ya había alcanzado un nivel elevado de cerca del 110% del PIB en la zona del euro, o sea, más que la deuda pública. El gráfico 4 10/ muestra además que la curva aumenta de manera escalonada: cada aumento del endeudamiento (por ejemplo, con la crisis de 2008) viene seguido de un periodo de desendeudamiento. Después, la curva vuelve a ascender, etc. Se puede prolongar fácilmente: la crisis del coronavirus conducirá a un nuevo ascenso del endeudamiento, que llevará a las empresas a tratar de desendeudarse frenando los salarios y la inversión (pero no los dividendos, claro, hay que tener contentos a los accionistas).

     

    Los obstáculos a una recuperación normal

    Entre los obstáculos que dificultan una recuperación rápida, todavía habría que mencionar la deformación de la estructura sectorial de la demanda en detrimento de los bienes industriales, las existencias a las que hay que dar salida y las pérdidas de productividad del trabajo, sin hablar ya del riesgo de reaparición de la austeridad presupuestaria. Nos limitaremos a reproducir aquí la conclusión de una contribución anterior ya citada (Husson, 2020 b):

    1. Las empresas, endeudadas y con inciertas salidas de mercado, dudarán en invertir y tratarán de reducir empleos y salarios.
    2. Los hogares, empobrecidos o inquietos, reducirán su consumo, favorecerán los ahorros preventivos o pospondrán sus compras de bienes duraderos.
    3. Los Estados eventualmente buscarán sanear las finanzas públicas.
    4. Las cadenas de valor están desorganizadas y el comercio internacional se ralentizará.
    5. Los países emergentes, afectados por las fugas de capitales y la caída de los precios de los productos básicos, contribuirán a la contracción de la economía mundial.
     

    La cuestión del endeudamiento público

    El efecto inmediato de la crisis es un aumento espectacular de los déficits públicos y por tanto un aumento de las deudas públicas, debido a las pérdidas de recursos derivadas del descenso de la actividad y al aumento del gasto en apoyo de los hogares y las empresas. Esto ocurre en todos los países de la zona del euro, como muestra el cuadro 2, elaborado por la Comisión Europea 11/.

     

    Estas cifras son evidentemente provisionales, pero permiten calibrar la magnitud del choque. En España, el déficit público debería pasar del 2,8% del PIB en 2019 al 10,1% en 2020. En cuanto a la deuda pública contraída, seguramente pasará del 95,5% del PIB en 2019 al 115,6% en 2020.

    Todo se reduce entonces a saber cómo se pagará esta deuda pública. Existen diversos métodos, que podemos enumerar rápidamente: inflación, reestructuración, anulación, monetización, fiscalidad, austeridad.

    Históricamente, la inflación ha sido a menudo (en particular después de la Segunda Guerra Mundial) un medio para reducir el peso real del endeudamiento. Tal vez vuelva a utilizarse en los próximos años, pero no es un instrumento que se pueda manipular, y la deflación parece igualmente probable. Además, es un mecanismo ciego que sin duda perjudica a los rentistas, pero que también puede empobrecer a la gente asalariada y a los y las pensionistas.

    La austeridad solo puede tener efectos desastrosos para la mayoría de la población, como han demostrado suficientemente las recientes experiencias de Grecia, España o Portugal. Sin embargo, si de momento parece descartada la austeridad presupuestaria, es probable que se imponga la austeridad salarial. Una de las apuestas de la salida de la crisis consistirá en hacerlo todo para impedir que “la financiación de hoy sea la deuda de mañana, y los ajustes estructurales (recortes) de pasado mañana”, para retomar la formulación muy acertada de Daniel Albarracín (2020).

    La reestructuración de la deuda consiste en reducir su peso real mediante una negociación con los acreedores. La anulación es, a su vez, una medida unilateral. Volveremos sobre estas opciones más radicales después de haber examinado las que están más presentes en el debate público.

     

    ¡Gracias a dios, está el BCE!

    La primera propuesta consiste en utilizar el Mecanismo Europeo de Estabilidad (European Stability Mechanism, ESM) creado con motivo de la crisis precedente. Dispone actualmente de 410.000 millones de euros, pero podría emitir nuevas obligaciones en caso de precisar más recursos. Sin embargo, nos volveríamos a encontrar en una situación en que los países que lo soliciten tendrían que aceptar a cambio un protocolo de acuerdo (MoU, Memorandum of Understanding), parecido a los de siniestra memoria que se impusieron en especial a Grecia o a España. Los países deberían someterse en la práctica a las instituciones europeas, que se verían empujadas a reclamar rápidamente medidas de austeridad. Claro que siempre cabría imaginar una condicionalidad menor, pero esta perspectiva se aleja demasiado de la lógica de control que ha permitido la creación de este dispositivo. Además, sin la condicionalidad, los mercados pondrían reparos a suscribir nuevas emisiones del ESM.

    La segunda opción consiste en prolongar lo que ya practica el BCE, y que ya es considerable. Después de un paso en falso de Christine Lagarde, su presidenta, al afirmar que el BCE no tenía que preocuparse de las spreads (las diferencias entre los tipos de interés de cada Estado de la zona del euro), se ha optado finalmente por lanzar un programa de recompra de obligaciones de 750.000 millones de euros, el Programa de Compras de Emergencia frente a la Pandemia (Pandemic Emergency Purchase Programme, PEPP). El BCE podrá recomprar títulos de deuda de los Estados miembros en el mercado secundario y no tendrá que atenerse a la regla anterior sobre las proporciones que había que respetar según el peso de cada Estado en el capital del BCE. Además, se han suspendido las reglas previstas por el Pacto de Estabilidad y Crecimiento en materia de déficit y de endeudamiento público.

    Se trata en realidad de una ruptura de las reglas, una manera de eludir los tratados europeos. Los jueces del tribunal de Karlsruhe (el Tribunal Constitucional Federal alemán) no se han equivocado al tratar de frenar esta iniciativa del BCE. Esta es la ocasión de rendir al BCE un homenaje ciertamente nada habitual: de momento ha sabido responder mejor, y con mayor rapidez, que durante la crisis anterior: “¡Gracias a dios, existe el BCE!”, como han expresado su alivio los responsables del Ministerio de Finanzas francés 12/.

     

    Coronabonos

    La tercera propuesta sería la emisión de coronabonos, retomando la de los eurobonos, que ya se planteó sin éxito con motivo de la crisis anterior. Los títulos de deuda pública se emitirían directamente a nivel europeo. Dicho de otro modo, se trataría de una deuda europea y no ya de una deuda española, francesa, etc. Esta mutualización tendría la ventaja de suprimir las diferencias de tipos de interés entre países y evitar de este modo toda crisis específica de los países más frágiles, como sucedió durante la crisis de las deudas soberanas en Europa. El tipo de interés único se situaría sin duda a mitad de camino entre el de Alemania y los de Italia o España, pero tal vez más cerca del de Alemania si los mercados se sienten amparados por la garantía común.

    Esto no quita que esos eurobonos, o coronabonos a la sazón, seguirían estando sometidos al arbitrio de los mercados. Además, si este dispositivo se limitara a las nuevas obligaciones asociadas a la crisis, no suprimiría todos los riesgos. En efecto, los distintos países emiten cada año nuevas obligaciones destinadas a reembolsar las que vencen y es con motivo de esta refinanciación de la deuda cuando los mercados podrían presionar e introducir nuevas diferencias entre países. En fin, el dinero pagado por el BCE cuando recompra títulos de deuda pública en el mercado solo puede alentar un aumento de las compras de activos financieros y por tanto de su precio, y esta es, por cierto, la razón por la que las bolsas, tras una caída vertiginosa, han recuperado cerca de la mitad de lo que habían perdido.

     

    El non-paper español

    Una de las propuestas más innovadoras es la que ha presentado tímidamente el gobierno español en forma de non-paper 13/. Se crearía un fondo de apoyo, financiado mediante una deuda perpetua europea; debería abarcar del orden de 1,5 billones de euros, lo que equivale a alrededor del 10% del PIB europeo. Se concederían subvenciones, no préstamos, a los Estados miembros, a través del presupuesto de la Unión Europea, en proporción a los perjuicios sufridos por cada uno de ellos (porcentaje de la población afectada, caída del PIB, aumento del paro).

    Hay varios aspectos importantes en el plan español. El primero es la propuesta de una deuda perpetua. Como su nombre indica, se trata de una deuda que no se devuelve nunca: solo se pagan los intereses. Cabría imaginar que fuera cada Estado miembro el que emitiera sus propias obligaciones perpetuas (o con vencimiento muy alejado en el tiempo, a 50 o 100 años). Es lo que, dicho sea de paso, propuso sin éxito Yanis Varoufakis, el ministro de Hacienda griego, a comienzos de 2015. El presupuesto de la eurozona, eventualmente ampliado, serviría de garantía. Pero haría falta que los mercados financieros aceptaran suscribir estas emisiones: seguirían teniendo en sus manos la última decisión.

    La idea suplementaria del plan español es que esta deuda perpetua se emitiría a nivel europeo y que los intereses se pagarían con cargo a nuevos impuestos establecidos también a escala europea. Para el Financial Times, los méritos de este proyecto son “irrefutables” 14/. En primer lugar está a la altura de la crisis. La magnitud del fondo propuesto es, en efecto, del mismo orden que el choque previsto para la actividad económica: el 10% del PIB. Por debajo de esta cota, se trataría de una “respuesta presupuestaria insuficiente a la recesión de la Covid-19”. La segunda gran ventaja de este plan es que permite reducir las divergencias entre países y promover la idea de una armonización fiscal a escala europea.

    Y no podemos sino compartir la advertencia del Financial Times: “El único argumento real contra este proyecto es muy simple: hay quienes preferirían que cada gobierno se encargara por sí solo de cubrir las necesidades de sus propios ciudadanos. Pero deberían mostrarse honestos en cuanto a las consecuencias de lo que preconizan. Si la respuesta a la crisis sigue siendo sobre todo nacional, Europa se verá sometida a divergencias económicas todavía más pronunciadas y tal vez de forma permanente. Si se produce esto, será por decisión consciente y no por accidente”. Es cierto que hay pocas posibilidades de que se implemente este plan: basta recordar la disputa entre Estados a propósito del presupuesto europeo, de cuantía casi diez veces menor que la propuesta española.

     

    ¿Hacia una anulación discreta?

    ¿Hay que ir hacia una anulación, total o parcial, de las deudas públicas? Esto se ajustaría, según Alain Minc, a la “lógica intelectual”. El hecho de que este admirador de la globalización feliz y consejero discreto de Macron haga semejantes afirmaciones también es un efecto de la crisis. Sin embargo, puesto que la anulación de las deudas sería una provocación inaceptable para los mercados, Minc se contenta con una propuesta que, después de todo, tiene sentido: “La vía más natural sería que el Banco Central cambiara bonos del Tesoro por títulos de bajo tipo de interés, perpetuos o a 50 o 100 años. La deuda pública quedaría así dividida en dos partes: una deuda privada [que operaría como de costumbre] y una deuda pública, perpetua o con vencimiento a muy largo plazo, que no afectaría a la solvencia del deudor” 15/.

    Se ha formulado una propuesta análoga que tiene interés porque vincula la cuestión de la deuda con la lucha contra el calentamiento del planeta. El dispositivo “consistiría en una anulación de las deudas públicas que detenta el BCE, que se condicionaría al compromiso, por parte de los Estados, de invertir sumas equivalentes en sistemas de bajas emisiones de carbono” 16/. Habría que sistematizar lo que ya existe, a saber, que después de la implementación de la expansión cuantitativa (quantitative easing), el BCE ha comprado una parte importante de la deuda pública, como se ve en el gráfico 5 17/. Y el BCE no tiene ya otras municiones. La alternativa es tal vez, al final, la siguiente: o bien se adopta esta solución racional o se rompe la eurozona.

     

    Que paguen los ricos

    No hay que olvidar que el aumento de las deudas públicas, antes de la crisis, era en parte consecuencia de una autorreducción de los ingresos fiscales de los Estados. Hay que inspirarse también en este principio para plantear la gestión de los déficits asociados a la crisis. Es la ocasión de revertir décadas de contrarreformas fiscales reintroduciendo en el nivel necesario la imposición del capital, de los beneficios y de los dividendos de las grandes empresas y de las rentas altas. Las circunstancias reclaman una reforma fiscal duradera que permita absorber el impacto de la crisis y acompañar una alternativa social y ecológica. Lo ideal sería evidentemente realizar esta reforma a escala europea, a fin de evitar fugas de capitales y un dumping fiscal. Por mucho que esto puede estar fuera del alcance, hay que afirmar la necesidad y el derecho de cada Estado de emprender tales reformas y de batallar al mismo tiempo por que se extienda al mayor número posible de países. Sin duda es útil sacar adelante una medida ejemplar como el restablecimiento del ISF (impuesto sobre la fortuna) en Francia, o la instauración de una tasa Covid, cuya formulación actual, sin embargo, es limitada, en la medida en que se trata de un impuesto excepcional y propuesto directamente en el plano europeo (Urbán, 2020; Moreno y Garí, 2020).

     

    La insumisión frente a los mercados

    La cuestión de las deudas revela muy bien los desafíos que afronta Europa. Tras los debates sumamente técnicos se esconden cuestiones eminentemente políticas. La primera es la que plantea el principio de mutualización, cualquiera que sea su forma instrumental. La alternativa es la siguiente: o bien cada país se las arregla solo ante sus problemas, o bien se procede a un grado más de integración con ocasión de esta crisis, lo que a todas luces sería la solución racional frente a una pandemia que no conoce fronteras. Ahora bien, existe el riesgo de que no se recorra esta etapa y asistamos a un repliegue sobre los supuestos intereses nacionales, sustentado por orientaciones políticas de tipo soberanista. Por otro lado, esto comportaría una creciente divergencia entre los países de la Unión Europea, con tendencia a una vasallización de los países del Sur (a imagen y semejanza de Grecia), que a su vez podría llevar al estallido de la eurozona, del que cabe suponer que sería un desastre para todos.

    El segundo reto es la relación con los mercados, es decir, las potencias financieras y económicas. Toda la construcción europea se hizo de acuerdo con el principio de la sumisión a dichos mercados, a los que hay que tranquilizar constantemente, sobre todo en la gestión de la deuda pública y en materia fiscal. La crisis ha llevado al BCE a sustraerse, al menos parcialmente, de esta sumisión, pero existe el riesgo de que esta infracción no sea más que temporal. Al menos la crisis sanitaria plantea en términos muy concretos esta cuestión fundamental: un Estado debe poder aplicar las políticas públicas que considera adecuadas para producir bienes comunes como la salud, sin tener que rendir cuentas a intereses privados representados por los mercados.

    Finalmente, la condicionalidad debería ser una exigencia fundamental. En el momento álgido de la crisis, los gobiernos apoyan a los hogares y las empresas, cosa que evidentemente es útil. Sin embargo, las ayudas a las empresas deberían estar sujetas al menos a ciertas condiciones, como por ejemplo en el caso de los 7.000 millones de euros que el gobierno francés se dispone a entregar a Air France. Más que tratar de retornar a la situación anterior, sería mejor reestructurar toda una serie de sectores, una vez nacionalizados.

    Las orientaciones más favorables para el bienestar de los pueblos chocarán también con los dogmas de la economía dominante y los llamamientos al esfuerzo y las restricciones. Sin embargo, tras estos dogmas se perfilan, como siempre, los intereses de los acaudalados, cuyo egoísmo y codicia pueden combinarse con la invocación de los intereses nacionales. Por eso es imposible hacer previsiones económicas en periodos de tormenta social. Por eso también la salida de la crisis será motivo de confrontaciones sociales y políticas.

     

    Michel Husson es economista y militante de la izquierda radical. Es autor, entre otras obras, de El capitalismo en diez lecciones. Breve curso ilustrado de economía heterodoxa, La Oveja Roja y viento sur, 2013

     

    Traducción: viento sur

     

    Notas

    1/ Comisión Europea, Forecast, mayo de 2020, https://bit.ly/3cpbbwj; FMI, The Great Lockdown, World Economic Outlook, abril de 2020, https://bit.ly/3aXeSrq

    2/ Eric Heyer, Une croissance de –8 % en 2020 est-elle encore possible?, OFCE, 5 de mayo de 2020, https://bit.ly/35T0iQS

    3/ Marie Charrel, “Face à la crise, les économistes angoissés par l’économie du trou noir”, Le Monde,14 de mayo de 2020, https://bit.ly/3dQbQa6

    4/ Kristine A. Moore et al., “The Future of the COVID-19 Pandemic: Lessons Learned from Pandemic Influenza”, CIDRAP, 30 de abril de 2020, https://bit.ly/2WGLH6I

    5/ Citado por Paul Hannon y Saabira Chaudhuri, “Why the Economic Recovery Will Be More of a Swoosh Than V-Shaped”, The Wall Street Journal, 11 de mayo de 2020, https://bit.ly/2Azc33v

    6/ WTO, “Trade set to plunge as COVID-19 pandemic upends global economy”, 8 de abril de 2020, https://bit.ly/3fGDdFB

    7/ Paul Anthem, “Le nombre de personnes souffrant de la faim dans le monde risque de doubler en 2020”, World Food Progam, 22 de abril de 2020, https://bit.ly/3dJxkWu; Mathilde Gérard, “Après la pandémie, une grave crise alimentaire menace au Nord comme au Sud”, Le Monde, 12 de mayo de 2020, https://bit.ly/2yPWRhC

    8/ “The global food supply chain is passing a severe test”, The Economist, 9 de mayo de 2020, https://bit.ly/360cmjg

    9/ UNCTAD, “From the Great Lockdown to the Great Meltdown: Developing Country Debt in the Time of Covid-19”, abril 2020, https://bit.ly/3fKX1Yn

    10/ Patrick Artus, “Comment corriger, compenser, la hausse de l’endettement des entreprises de la zone euro?”, 13 de mayo de 2020, https://bit.ly/3cuRLpO

    11/ Comisión Europea, Forecast Spring 2020, https://bit.ly/3cpbbwj

    12/ Raphaël Legendre, “Dette des Etats: le contre la montre a comencé”, L’Opinion, 30 de abril de 2020, https://bit.ly/3fkE5zB

    13/ Spain’s non-paper on a European recovery strategy, April 19, 2020, https://bit.ly/3dROr8f. Un non-paper es un documento que propone puntos a debatir, pero que no ha sido asumido oficialmente por el expedidor.

    14/ Martin Sandbu, “The merits of Spain’s proposed recovery fund are irrefutable”, The Financial Times, 21 de abril de 2020, https://bit.ly/2A84b8E

    15/ Alain Minc, “Pour une dette publique à perpétuité”, Les Echos, 16 de abril de 2020, https://bit.ly/2SR758d

    16/ Laurence Scialom y Baptiste Bridonneau, “Crise économique et écologique: osons des décisions de rupture”, Terra Nova, 2 de abril de 2020, https://bit.ly/2Z1sgZt

    17/ Fuente: Patrick Artus, L’arrêt de la Cour de Karlsruhe révèle l’ambiguïté du comportement de la BCE, 13 de mayo 2020, https://bit.ly/3cxuyTV

    Referencias

    Albarracín, Daniel (2020) “¿Del plan Marshall soñado a la farsa de los Pactos de la Moncloa?”, viento sur, 23 de abril, https://tinyurl.com/y8kpk46d

    Husson, Michel (2020 a) “Neoliberalismo contaminado”, disponible en https://www.vientosur.info/spip.php?article15793

    (2020 b) “Repunte o caída”, 2 de abril, disponible en https://www.vientosur.info/spip.php?article15936

    Moreno, Julián y Garí, Manolo (2020) “No tropezar nuevamente con la misma piedra”, disponible enhttps://www.vientosur.info/spip.php?article15941

    Urbán, Miguel (2020) “Por una tasa europea Covid-19 a multimillonarios y multinacionales”, eldiario.es, 27 de abril, https://bit.ly/2STEQWB

     

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    Todd Chrétien, Brais Fernández

    Todd Chretien es miembro de Democratic Socialists of America y editor de No Borders News.
    Brais Fernández es redactor de VientoSur

    Traducción: VientoSur
    Fuente: 
    Enlace a web Fuente

    Teoría: Antirracismo

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    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

     

    Donna Murch es profesora asociada de Historia en Rutgers, Universidad Estatal de Nueva Jersey, y forma parte del consejo ejecutivo de la Asociación del Profesorado Universitario–Federación de Enseñantes de EE UU. Es autora de Living for the City: Migration, Education, and the Rise of the Black Panther Party in Oakland, California (University of North Carolina Press), que obtuvo el Premio Phillis Wheatley. Su último libro, editado por Haymarket Books y de próxima aparición, se titula Assata Taught Me: State Violence, Mass Incarceration and the Movement for Black Lives.

     

    Todd Chretien y Brais Fernández: ¿Puedes caracterizar la situación política general en EE UU en plena pandemia de Covid-19, la recesión que se expande y la rebelión antirracista?

    Donna Murch: Creo que, de alguna manera, EE UU se enfrenta a una situación sin precedentes a causa de la simultaneidad de estas crisis múltiples. En primer lugar, es la mayor crisis sanitaria que ha conocido nunca EE UU, incluidas las epidemias de tuberculosis, sífilis y, más recientemente, la del sida. En segundo lugar, la escala y magnitud de la epidemia ha generado un desempleo masivo en poquísimo tiempo, alcanzándose un récord de siete millones de parados y paradas registradas en una sola semana, en marzo, mientras que en julio se mantiene bastante por encima de un millón de nuevos registros a la semana. La tasa de paro oficial se sitúa ahora en el 11 o el 13%, pero pienso que es mucho más elevada a la luz de los informes de los distintos estados. En tercer lugar, y cito a una amiga mía, la gente se ha visto forzada a manifestarse en las calles para oponerse a otra pandemia, la violencia estatal.

    Entiendo que estas crisis múltiples se nutren del hecho de que EE UU se halla en un rápido declive. Este proceso comenzó hace ya mucho tiempo y la elección de Donald Trump es un reflejo de este declive. Él lo acelera, pero también es un síntoma de la descomposición de nuestras instituciones y del pensamiento violento de derechas que en parte es fruto de la rapidez de nuestro declive. Él no es la única causa, pienso que existe una continuidad del supremacismo blanco que hace que esto sea posible.

    Así que esto es a lo que nos enfrentamos, esta enorme crisis económica, esta enorme crisis de salud pública y, por encima de todo, una verdadera crisis de legitimidad estatal, en la que la derecha se ha vuelto explícitamente racista –se acabaron las insinuaciones larvadas, los discursos posteriores al movimiento de derechos civiles que acomodan el racismo en otro lenguaje–, se ha vuelto todo muy explícito, tanto su racismo como su antisemitismo.

    1. C.B. F.:Para seguir este hilo, Donald Trump es evidentemente un sociópata, pero ¿considerarías que él y el movimiento político que trata de construir es fascista? ¿Cuáles son las políticas e ideas con las que intenta organizar su bloque político? ¿Hay algún indicio de que se enfrenta a la clase dominante estadounidense o hace lo que le conviene a ella?
    2. M.:Soy muy cauta a la hora de definir el fascismo, especialmente cuando hablo con personas como las del Estado español, que vivieron bajo Franco durante muchos años. Suelo atenerme a los términos de los que habló Daniel Guérin, quien veía en el fascismo la fusión del Estado y el capital, junto con fuertes tradiciones de autoritarismo, militarismo y una base principal de racismo como una especie de fuerza unificadora. Son definiciones generales que muestran continuidades incluso con cosas que vemos en democracias liberales, aunque con formas intensificadas hasta el extremo. Así que pienso que Trump representa la fuerza del fascismo en función de cómo lo definas. Tiene memes tuiteados explícitamente nazis y ha apoyado a gente que celebra el nacionalsocialismo y la política genocida.
    Trump es el peor capitalista, es un agente de la propiedad inmobiliaria. No me gusta nada la palabra populista porque en la historia de EE UU hay un montón de cuestiones que incluyen este término, mientras que en Europa siempre se asocia con movimientos conservadores autoritarios. En EE UU es una historia más compleja.

    Trump se presentó como un hombre del pueblo, pero no asumiendo intereses concretos, sino más bien expresando el resentimiento popular, y este aspecto es muy importante. También cambiaba de opinión como de camisa durante la campaña presidencial, y básicamente propuso poner fin a las guerras de EE UU. No por pacifismo, sino porque es un nacionalista económico y defiende una especie de America First similar al aislacionismo de Charles Lindbergh en la década de 1930, y así es como llegamos al Make America Great Again: que todos vuelvan a casa, que gasten su dinero aquí, combatir a China y otros países y después trabajar por el predominio de EE UU.

    No olvidemos que su primer secretario de Estado, Rex Tillerson, había sido el administrador ejecutivo de Exxon Mobil. Dimitió porque ni siquiera él soportaba estar a las órdenes de Trump. Alex Azar, nuestro actual secretario de Salud y Servicios Humanos, antes fue el jefe de Eli Lilly, una importante compañía farmacéutica, cuya actividad sigo de cerca a raíz de mi investigación sobre la crisis de los opioides. Es casi como una caricatura satírica ver a los directores de grandes empresas ocupando cargos ministeriales en el gobierno de Trump. Así que sí, Trump es un hipercapitalista, un agente de la propiedad inmobiliaria. En realidad es un agente inmobiliario fracasado que se ha construido una carrera a base de pulir su imagen y vender su nombre, ese es nuestro actual presidente de EE UU.

    1. C.B. F.:Visto este declive en el interior, ¿puedes evaluar la posición geopolítica de EE UU frente a otras potencias, especialmente China?
    2. M.:Parte de lo que voy a decir son recuerdos personales. Nací en 1968 y recuerdo la transición que tuvo lugar hacia finales de la década de 1990 o comienzos de la de 2000, que luego se intensificó tras el 11 de septiembre. Previamente, cuando yo era una niña en pleno apogeo de la Guerra Fría, en el discurso político estadounidense era normal que todos, fueran demócratas o republicanos, comenzaran cualquier intervención y presentación en el Congreso diciendo “somos el país más grande del mundo”. En los últimos diez años o más he notado que es mucho menos común y que cada vez más esta idea la pregonan ciertos políticos de derechas.
    En la conciencia popular estadounidense esto está retrocediendo, ya que buena parte de nuestro sentido de grandeza tiene que ver con nuestra economía y nuestro ejército, nuestra hegemonía, nuestra dominación. Hemos entrado en declive y todo el mundo lo sabe. Provengo de una familia de clase obrera por parte de madre y todos y todas lo saben. No leen el New York Times o el Wall Street Journal, pero lo saben. Ven cómo se quiebran los puentes, ven los socavones en sus carreteras, ven los problemas que tienen con las infraestructuras, la fontanería, el agua. La mayor parte del país no es rica y sus descendientes tienen un nivel de vida más bajo que el que tuvieron ellas y ellos, y este aspecto es muy importante. Es una experiencia de declive vivida por la gente común.
    1. C.B. F.:¿Cómo se manifiesta este declive a escala internacional?
    2. M.:Recuerdo una conversación con una amiga de Sudán cuando estaba cursando posgrado y estuvimos reflexionando sobre esto y le dije: “Los estadounidenses blancos no llevarán bien el declive porque la imagen de sí mismos está muy imbuida de superioridad”. Fue la primera vez que vi los verdaderos peligros políticos del declive y creo que esto es lo que representa Trump.
    ¿Cómo repercute esto en el plano internacional? Creo que hemos de comprender que la presidencia de George W. Bush fue muy importante, tanto por la extensión de todas esas guerras en Oriente Medio –que de hecho enlazaron con la primera guerra de Irak– como por la victoria de los neoconservadores. Se sobrepasaron mucho y este es un aspecto central. Asimismo, Bush preparó el terreno para Trump con la utilización explícita del racismo. Si recordáis, utilizó todo ese lenguaje de las guerras con los indios en EE UU, “sacarlos con humo de sus agujeros” y esas expresiones de la frontera americana, todo lo cual resultó increíblemente popular. Por supuesto, es un plutócrata, de una familia de postín que se remonta a los orígenes del país, pero se forjó la imagen de un populista texano. Una de las tretas que utilizó para ello fue su propia incultura. Fue el ejemplo de un verdadero patricio que cambió de imagen, en gran parte gracias a su propia estupidez, para presentarse como un hombre del pueblo. Pienso que, por desgracia, en parte le funcionó.

    Esto es importante porque la gente presenta a Donald Trump como una especie de aberración terrible y muchos reclaman ahora a George W. Bush como el buen republicano, pero en realidad creo que prefiero trazar una línea de continuidad entre ambos. Y esto es importante cuando pensamos en cómo el Estado ha redistribuido ahora, de un modo completamente desregulado, el dinero entre todas esas grandes empresas con motivo de los rescates durante la Covid-19. Vimos un precedente de esto bajo la presidencia de Bush, cuando utilizó toda la potencia devastadora del ejército para destruir Irak y luego entregar el país a todas esas compañías estadounidenses que, como Halliburton, entraron básicamente con contratos de adjudicación directa. Fue un regalo de billones de dólares que nunca acabó de regularse plenamente. Creo que durante los dos primeros rescates de la Covid-19, Trump se atuvo a un guion muy parecido. Las compañías recibieron enormes cantidades de dinero sin un cuidadoso seguimiento de su uso y ahora escuchamos esas historias sobre cómo el Ayn Rand Institute recibió 350.000 dólares.

    Desde el punto de vista de la política mundial, el grado de racismo que moviliza Trump contra China es muy peligroso. Pero lo que ocurre con Trump es que, puesto que es un bandido, un criminal, continuamente va dejando caer que al mismo tiempo habla con Xi Jinping entre bastidores. Así que, por una parte, tenemos el discurso público de racismo contra mexicanos y centroamericanos, contra árabes y musulmanes, y su racismo contra China, pero por otra, trata constantemente, en secreto, de cerrar sus propios acuerdos. Es un poco contradictorio.

    1. C.B. F.:Pasando a la política nacional, desde el asesinato de George Floyd por la policía, hemos visto una movilización antirracista dirigida por el movimiento negro. ¿Cuáles son las características de este ciclo de protestas y qué antecedentes tiene?
    2. M.:Para comprender el periodo actual creo que debemos remontarnos a 2009. De alguna manera es una fecha arbitraria, ya que la gente afroamericana viene movilizándose contra la policía desde 1965 por lo menos. Hubo revueltas urbanas masivas en la década de 1960 y en 1992. Pero el motivo por el que menciono 2009 es porque ese año asesinaron a Oscar Grant en Oakland, en la estación de Fruitvale. Fue la primera vez que vi una movilización de este tipo tras un asesinato policial que había sido grabado en vídeo, y después vino el trabajo constante, quiero decir, años y años organizando el movimiento. Y la elevación de Oscar Grant a la condición de mártir político.
    Más tarde hubo una explosión tras el asesinato de Trayvon Martin en 2012. Fue a partir de este asesinato de Trayvon Martin y de la exoneración de George Zimmerman, su asesino –que no era poli, pero que se dedicaba a patrullar el barrio por decisión propia–, que las tres fundadoras de Black Lives Matter utilizaron por primera vez esta expresión, que se convirtió en hashtag y después en red social. Con el tiempo, pasó a ser una especie de coordinadora, llamada Movement for Black Lives, que incluye agrupaciones en todo el país, así como algunos centros académicos y organizaciones benéficas.

    Así que, visto ahora, hemos de ampliar el espacio temporal, pues el trabajo de organización se ha prolongado durante mucho tiempo. Una de las claves de su éxito es que al utilizar la expresión Black Lives Matter ha conseguido dar la vuelta al discurso de ley y orden y a la visión de las personas negras siempre a través de la lente de la criminalización. Ha invertido la identificación, de modo muy parecido a lo que hizo el Partido Pantera Negra: Black Lives Matter ha sacado a la luz la violencia cometida contra la población negra y de este modo anula la fuerza profunda de una clase particular de racismo. Todo esto significa que existen importantes elementos de continuidad.

    Ahora bien, las manifestaciones que ha habido durante los dos últimos meses son distintas de las que se produjeron entre 2009 y 2016, que en gran parte movilizaban a gente afroamericana. En aquellas manifestaciones anteriores participaban personas blancas y gente de todos los colores, pero el núcleo duro, creo, era un movimiento de protesta negro. Ahora ha habido manifestaciones en más de 400 ciudades y la cosa continúa. La semana pasada estuve en Filadelfia de compras y hubo una manifestación y la policía acordonó media ciudad.

    Lo que hemos visto ahora es una expansión, una demografía mucho más amplia. Uno de los efectos de la intersección con la Covid-19 es que la gente que se manifiesta es más joven, ya que muchas de nosotras nos confinamos en casa. Siempre voy a las manifestaciones, pero entonces no acudí porque soy mayor y me quedé en casa. Así que pienso que las y los manifestantes son más jóvenes y racialmente más diversos. A mi entender, el reto al que se enfrentan es cómo convertir esta movilización masiva en un cambio sustancial, dado que el gobierno federal está encabezado por un loco racista y un problema general de la política estadounidense es cómo hacer que el Estado sea receptivo a las movilizaciones populares masivas.

    1. C.B. F.: Has mencionado los elementos de continuidad en la lucha de la población negra. ¿Puedes identificar algunas de las ideas y demandas fundamentales que, durante siglos, han guiado al movimiento negro por la liberación y, más concretamente, a partir de 1965, como has señalado antes?
    2. M.:El año 1965 es importante porque ese año se promulgó la Ley de Derecho al Voto (Voting Rights Act). Aunque tengamos la democracia más antigua, la población afroamericana no ha podido votar durante la mayor parte de nuestra historia. Hubo un breve periodo de doce años tras la Guerra Civil durante el cual los hombres negros podían votar si contaban con la protección de las tropas federales en el periodo de la Reconstrucción, pero también hubo decenas de miles de personas asesinadas por tratar de votar en los estados sureños.
    Mientras, en el norte el voto negro estaba restringido, había una situación como la de Irlanda del Norte, donde los impuestos al sufragio, los pucherazos y las inhabilitaciones eran medios comunes para suprimir el voto de la población católica. Utilizo a menudo esta comparación para que la gente europea pueda entenderlo. Así es como impidieron que la población negra ejerciera su derecho formal de voto en el norte, mientras que en el sur reinaba un régimen de terror. Así, el año 1965 es importante por la Ley del Derecho al Voto y la Ley de Derechos Civiles, que dispusieron el fin de la segregación legalizada en el sur, aquello de “iguales, pero separados”.

    Pero el año 1965 también marca la mayor revuelta urbana de la historia de EE UU en Los Ángeles, apenas una semana después de que se promulgara la Ley del Derecho al Voto. En su momento fue una gran sorpresa, ya que tras la gran victoria jurídica ves cómo aumenta la rebeldía. Tal como lo entiendo, y como lo entienden la mayoría de historiadores, es que a pesar de que cuando se plantea la cuestión de la raza en EE UU la gente piensa a menudo en el sur, es realmente importante centrar la atención en el norte y en el oeste, donde no tuvieron el sistema de Jim Crow. Porque en 1965 hubo manifestaciones, como hoy, a raíz de la brutalidad policial. Así que creo que esta es la primera cuestión fundamental desde el punto de vista de la continuidad en el movimiento negro entre entonces y ahora: la brutalidad policial y los asesinatos policiales.

    La segunda cuestión fundamental es el modo en que esta violencia refuerza un régimen de capitalismo racial y violencia racial dentro de las comunidades afroamericanas. En el norte, Bayard Rustin lo calificó de combate por la vivienda, la educación y el empleo. En el fondo se trataba de luchas por la redistribución que tenían una base económica muy profunda, lo que es importante destacar. Pero estas demandas se relacionan con una violencia increíble, cómo decirlo, una violencia policial que apuntala y refuerza este proceso de desinversión y de segregación de hecho. No se trata tan solo de que la policía es violenta, sino que mantiene un sistema de orden y control en el que la familia negra media tiene hoy, desde la crisis de 2008, tan solo una treceava parte de los ingresos de una familia blanca media estadounidense. Es una enorme brecha económica. Las estadísticas son increíbles; por ejemplo, el graduado universitario negro medio gana menos que su homólogo blanco. Por tanto, la violencia policial y la desigualdad económica están absolutamente relacionadas.

    Creo que el tercer elemento, y esto es importante históricamente, es que hoy la lucha de liberación de la población negra está encabezada en gran parte por mujeres y se concibe a través de una lente feminista queer. Las mujeres han participado desde siempre en la lucha, pero, en comparación con la década de 1960, las fundadoras de Black Lives Matter son mujeres, dos de las tres se declaran lesbianas, de modo que ha habido un cambio en el que la movilización contra la violencia estatal no solo incluye a mujeres, sino que estas dirigen efectivamente y definen el movimiento.

    1. C.B. F.:Vista esta larga trayectoria, un cambio ahora es que la lucha de la comunidad negra no está aislada, sino que se produce en el contexto de Me Too, la Marcha de las Mujeres, una nueva ronda de luchas feministas, la campaña de Bernie Sanders y la popularización del socialismo, la Red State Rebellion y las huelgas de enseñantes y del sector público y, por supuesto, como has comentado, las catástrofes gemelas de la Covid-19 y la crisis económica. Por tanto, hay la sensación de que la rebelión encabezada por la comunidad negra se halla integrada en un círculo más amplio de luchas y movimientos. ¿Cómo se relaciona el movimiento Black Lives Matter con estas otras formas de protesta y en qué se diferencia de ellas?
    2. M.:De entrada diré que no entiendo la caracterización del movimiento negro como algo separado históricamente de estos otros movimientos, porque negros y negras han desempeñado siempre un papel absolutamente central en la izquierda estadounidense. Es realmente importante entender esto, particularmente en el siglo XX. Por ejemplo, pensad en el Partido Comunista en la década de 1930 y en figuras como Paul Robeson. Así que, en este sentido, el movimiento negro nunca ha estado separado de otras formas de lucha. Hay muchos sindicalistas e intelectuales negros famosos que procedían de la izquierda negra. En este sentido es difícil diferenciar.
    La fuente del movimiento actual, o al menos de una parte del mismo, se remonta a las décadas de 1960 y 1970, y el icono del movimiento es Assata Shakur, que fue militante de base del Partido Pantera Negra en Nueva York. Esta mujer también militó en el Ejército Negro de Liberación, fue detenida por matar a un agente de policía, pero se fugó de la cárcel a finales de la década de 1970 y vive en Cuba desde finales de los años 1980. Así que el icono del movimiento actual es una marxista negra. Esto es importante. Es casi al revés, de muchas maneras la izquierda blanca mira más hacia figuras revolucionarias negras como Angela Davis, que fue una figura central del abolicionismo negro, y Assata Shakur.

    Dicho esto, todavía estoy tratando de comprender la composición de estas manifestaciones. En parte porque no he participado personalmente. Es difícil hacer análisis sociales desde tu apartamento. Por eso soy cautelosa. Estuve implicada en lo que ocurrió entre 2009 y 2016, pero no he participado en estas manifestaciones porque soy una persona entrada en años y tengo que confinarme en casa. Trato de analizar desde la distancia, así que habréis de tener paciencia.

    Creo que el racismo patológico y la violencia sexual de Trump han soliviantado a EE UU. Asistimos a un tipo de movilización contra la violencia sexual, en parte, porque no podemos llevar a los tribunales al presidente. Me Too mantenía esta relación dialéctica con Trump, es casi como que Harvey Weinstein hizo de sucedáneo de Trump, y no digo que él no lo mereciera, porque lo merecía. La intensidad de la rabia contra Trump, la Marcha de las Mujeres, los sombreros rosas, hay rebotes en muchas direcciones.

    Otro motivo de la masiva participación de personas blancas en estas manifestaciones radica en que Black Lives Matter ganó la guerra ideológica, siendo capaz de demonizar la violencia estatal y desarrollar una especie de empatía que permitió que toda clase de personas diferentes se identificaran con la protesta y vieran la violencia como un ataque contra ellas mismas. La lucidez intelectual de esto fue crucial, porque invirtió la idea de ley y orden y en vez de librar simplemente una batalla en torno a la criminalización dijeron: “Olvidadlo, mirad cómo morimos. Mirad cómo nos matan en la calle”. De este modo definieron nuevos términos para la protesta. Estas mujeres han contribuido a definir esto para toda una generación. Nada de esto habría ocurrido sin su activismo.

    Sin embargo, también pienso que vemos una participación blanca masiva porque tiene que ver con Trump. Si el presidente fuera Joe Biden, un demócrata, no estoy segura de que veríamos lo mismo. También hay una dinámica con la Covid-19, en el sentido de que esta gente joven se vio atrapada en casa y creo que hay todo tipo de presiones que siente la gente. Me sorprendieron las manifestaciones que vi en Filadelfia, en su gran mayoría de gente blanca. Vivo en una parte muy blanca de la ciudad, así que esto pudo haber influido, no estaba en la parte occidental de Filadelfia, donde la población es pobre y negra de piel. Así que pienso que es una manera de oponerse al racismo y autoritarismo de Trump, a la enorme violencia que representa Trump.

    A veces me cuesta encontrar el lenguaje adecuado para describir lo que hace Trump. Es racista y violentamente machista, pero hay más. Es una exaltación del sadismo y la crueldad y carece totalmente de empatía. Quizá pueda expresar para los lectores y las lectoras en España un poco lo que pienso refiriéndome a la película El silencio de otros, de Pedro Almodóvar 1/, que he estado viendo. Me causa tanto dolor, solo puedo mirar de seguido durante un cuarto de hora o así. Pero cuando la miro, siento una profunda resonancia porque es lo más cercano a lo que he visto jamás de fascismo en EE UU. Y eso que soy una historiadora afroamericana que escribe sobre la izquierda negra, de modo que llevo mucho tiempo en esto, pero estoy completamente pasmada y atemorizada por lo que estoy viendo.

    Estuve en Brasil justo después de la elección de Jair Bolsonaro y observé una especie de suma circunspección ante la violencia interpersonal movilizada por la derecha y puedo detectar que lo mismo está ocurriendo bajo Trump en EE UU. Y el rechazo de la apología de la violencia racista y sexual forma parte de la respuesta que estamos viendo aquí, en este país, porque la gente percibe cierto grado de crisis. Incluso quienes no necesariamente se hallan en el punto de mira directamente.

    1. C.B. F.:¿Qué clase de ideas políticas crees que serán necesarias para transformar el sistema del capitalismo racializado? Asistimos a un resurgimiento del socialismo, que cuenta con una larga tradición y que, como has dicho, ha estado siempre estrechamente relacionado con la izquierda negra, pero las condiciones son radicalmente diferentes de las de hace un siglo. ¿Qué ideas socialistas son útiles para el movimiento en estos momentos y qué tiene que aprender el socialismo de los movimientos sociales para ser útil?
    2. M.:Abordaré esta cuestión dando un rodeo. Soy en gran medida una militante de izquierdas de la época de la Guerra Fría, formada en esta corriente antes de 1989. Es interesante observar cómo el movimiento despega ahora, porque no siempre veo continuidades con la izquierda anterior a la Guerra Fría. Esto es muy emocionante. Pero hay casi una inflexión en nuestra historia, porque el anticomunismo en EE UU es enorme. Soy muy consciente de ello cuando observo a una generación más joven de militantes de izquierdas y cómo somos casi de constituciones diferentes. Nuestro secretismo; por mucho que yo estudiara posgrado en la Universidad de California en Berkeley tuve que firmar el juramento de lealtad que decía que yo nunca había militado en el Partido Comunista, esto fue a comienzos del año 2000. Así, lo primero que hay que decir es que creo que la gente de EE UU subestima el anticomunismo.
    Me llamó la atención ver, durante la campaña de primarias de Bernie Sanders, que le seguían montones de sesenta y setentañeros y montones de milennials con Alexandria Ocasio-Cortez, pero hay una generación que falta, mi generación, y creo que esto tiene que ver con la intensidad de la represión en la década de 1980. Cuando pensamos en el socialismo y el profundo arraigo del anticomunismo, hemos de tener presente que el macartismo no desapareció con Joe McCarthy, sino que continúa vivo en toda la década de 1980.

    ¿Cómo afecta esto al socialismo actualmente? La respuesta no es nada fácil. Un par de cosas. En primer lugar, necesitamos más diálogo intergeneracional entre una generación más vieja de militantes de izquierda que vivieron la época de la Guerra Fría, y los y las izquierdistas más jóvenes. Este es el motivo de que mencione a la izquierda negra, porque fue la comunidad negra la que se llevó la peor parte de la histeria anticomunista. La destrucción de la carrera de Paul Robeson, la inclusión de Angela Davis en la lista de personas más buscadas del FBI y la recompensa de 2 millones de dólares que pesa sobre la cabeza de Assata Shakur, que actualmente está en Cuba, son hechos muy simbólicos. Hemos de tener cuidado y estar vigilantes. Me preocupa que la generación más joven no sea consciente del nivel de represión en nuestro país.

    Dejar que el socialismo respire y se integre en el discurso estadounidense es crucial, hemos de esperar y ver que esto ocurra. Creo que lo más importante es mirar activamente a tradiciones del socialismo y del marxismo que vienen del Sur Global y de gente que no es blanca. Por ejemplo, aprender de marxistas afroamericanos, la tradición marxista negra de Cedric Robinson y C.L.R. James, el Partido Pantera Negra, los teóricos de la dependencia en América Latina, etc. Para mí, esto es lo más importante. Fundamentar nuestra noción del socialismo fuera de Europa, porque de alguna manera tenemos más en común con Brasil que con Europa occidental. EE UU no tiene una tradición socialdemócrata y pienso que uno de los errores en EE UU (debido al eurocentrismo) es mirar siempre al este, a Europa. Sin embargo, de muchas maneras EE UU es un país de colonos blancos, así que para entender los efectos del colonialismo de invasión creo que tiene más sentido, es más fácil comprender nuestra experiencia, que miremos a América Latina y el Caribe. Es en gran parte lo que hizo la izquierda negra en el siglo XX.

    Construir un movimiento socialista exige pensar sobre nuestras referencias. Creo que leer a Marx es sumamente importante y pienso que Lenin y Luxemburg son importantes y que el canon europeo es importante. Me encanta la Escuela de Fráncfort, a través de ella conocí el marxismo. Sin embargo, para comprender hoy a EE UU y la naturaleza de la política racial y qué es la izquierda, creo que hemos de basarnos en tradiciones no blancas del socialismo y del marxismo.

    En tercer lugar, hemos de superar el llamado antagonismo entre política identitaria y política de clase. En EE UU, debido a la historia del capitalismo racial y las enormes disparidades económicas tan profundamente racializadas (incluidas las jerarquías de género), hemos de comprender realmente cómo la ubicación social de la gente afecta a las condiciones materiales básicas de sus vidas y los tipos de violencia a que se enfrentan.

    Acabaré diciendo que colaboro muy estrechamente con el sindicato de nuestra facultad, que es un verdadero sindicato radical que lucha por la justicia social y que cuenta con un componente de izquierda muy fuerte de distintas generaciones. Y luchamos por esas cosas, cómo plantear las principales cuestiones económicas de la lucha contra la universidad y la patronal, pero comprendiendo también cómo las divisiones de género y de raza y las posiciones de cada cual nos ponen difícil eso de luchar juntos contra su fuerza unida. Así que lo que importa realmente es aprender de aquellos movimientos, cómo hablaron de distintas formas de desempoderamiento y ubicación social y cómo afecta esto a la lucha. Hemos de situar el género y la raza en el centro de nuestra comprensión del funcionamiento real de estas estructuras materiales.

    Todd Chretien es miembro de Democratic Socialists of America y editor de No Borders News.

    Brais Fernández es redactor de viento sur

    Traducciónviento sur

     

    Notas

    1/ Pedro Almodóvar fue uno de los productores de la película El silencio de otros, dirigida por Almudena Carracedo y Robert Bahar [n.d.t.].

     

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    antifascismo-1

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    Ugo Palheta

    Traducción: Valentín Huarte para Jacobin América Latina
    Fuente: https://jacobinlat.com/author/ugo-palheta/

    Teoría: Antifascismo

    18/01/2021

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

     

    En todo el mundo, de Estados Unidos a Brasil, de India aItalia y Hungría, la cuestión del fascismo ha vuelto al primer plano. No sólo por el auge -o las victorias electorales- de las organizaciones de extrema derecha, sino también por los innegables empujes autoritarios y la aceleración de las políticas de destrucción de los derechos de los trabajadores, junto con el auge de los nacionalismos identitarios y los procesos de radicalización/legitimación del racismo.

    Esta dinámica ha sido particularmente visible en Francia en los últimos años: pensemos en el endurecimiento de la represión policial y judicial (contra los migrantes, los barrios populares y las movilizaciones sociales), en el carácter sistemático (y sistemáticamente impune) de la violencia policial y en la negación de su existencia por parte de las autoridades, o en la banalización mediática y política de la islamofobia, hasta las más altas instancias del Estado, como se puede ver en el seudo debate actual sobre «separatismo».

    El autor de La Possibilité du fascisme (La Découverte, 2018), Ugo Palheta propone en este artículo elementos de reflexión sobre el fascismo (pasado y presente), sobre los procesos de fascistización y sobre el antifascismo necesario, con la esperanza de que esto pueda contribuir a una comprensión común de las batallas presentes y futuras. 

    ***

    1. Del fascismo
    El fascismo puede ser definido en términos clásicos a la vez como una ideología, como un movimiento y como un régimen.

    Designa en primer lugar un proyecto político de «regeneración» de una comunidad imaginaria –en general, la nación1– que supone una amplia operación de purificación o, dicho de otra forma, la destrucción de todo lo que, desde el punto de vista fascista, representa un obstáculo una homogeneidad fantaseada y una traba a su quimérica unidad, es decir, todo aquello que aleja a la comunidad de su esencia imaginaria y disuelve su identidad profunda.

    En tanto movimiento, el fascismo se desarrolla y gana una gran audiencia presentándose como una fuerza capaz de desafiar al «sistema» reestableciendo al mismo tiempo «la ley y el orden». Es esta faceta profundamente contradictoria de revuelta reaccionaria, mezcla explosiva de falsa subversión y de ultraconservadurismo, la que le permite seducir a franjas sociales cuyas aspiraciones e intereses son esencialmente antagonistas.

    Cuando el fascismo llega a conquistar el poder y a convertirse en un régimen (o, más precisamente, en un estado de excepción), tiende siempre a perpetuar el orden social independientemente de sus pretensiones «antisistema» que, algunas veces, llegan a presentarse como «revolucionarias».

    Esta definición permite establecer una continuidad entre el fascismo histórico, el del período de entreguerras, y el que denominaremos aquí neofascismo, es decir, el fascismo de nuestro tiempo. Como veremos más adelante, afirmar una continuidad de este tipo no implica permanecer en la ceguera frente a las diferencias de contextos.

    1. Crisis de hegemonía (1)
    Si bien su ascenso supone como trasfondo la crisis estructural del capitalismo, la inestabilidad económica, la frustración de las aspiraciones populares, la profundización de los antagonismos sociales (de clase, de raza y de género) y el pánico identitario, el fascismo está en el orden del día solo cuando la crisis política alcanza un nivel de intensidad tal que deviene insuperable en el marco de las formas de dominación política establecidas o, dicho de otra forma, cuando la clase dominante no logra garantizar la estabilidad del orden social y político por los medios corrientes asociados a la democracia liberal o mediante la mera renovación de su personal político.

    Se trata entonces de lo que Gramsci denominaba crisis de hegemonía (o «crisis orgánica»), cuyo componente central es la incapacidad creciente de la burguesía para imponer su dominación política mediante la fabricación de un consenso mayoritario de forma adecuada, es decir, sin apelar a un aumento considerable de los niveles de coerción física. En la medida en la que el elemento fundamental que caracteriza esta crisis no es un ascenso impetuoso de las luchas populares, ni mucho menos una sublevación capaz de crear fisuras profundas al interior del Estado capitalista, este tipo de crisis política no se deja caracterizar como crisis revolucionaria, aun si la crisis de hegemonía puede, bajo ciertas condiciones, desembocar en una situación de tipo revolucionario o prerrevolucionario.

    La incapacidad proviene especialmente del debilitamiento de los vínculos entre representantes y representados o, más precisamente, de las mediaciones entre el poder político y la ciudadanía. En el caso del neofascismo este debilitamiento se traduce por la pérdida de fuerza de las organizaciones de masas tradicionales (partidos políticos, sindicatos, asociaciones), sin las cuales la sociedad civil se convierte en una consigna electoral (pensemos en las famosas «personalidades surgidas de la sociedad civil»), favorece la atomización de los individuos y los condena a la impotencia, dejándolos expuestos a nuevos afectos políticos, nuevas formas de reclutamiento y nuevos modos de acción. Sin embargo, este debilitamiento, que hace que la formación de milicias de masas sea prácticamente superflua para el neofascismo, es el producto mismo de las políticas burguesas y de la crisis social que no pueden evitar engendrar.

    1. Crisis de hegemonía (2)
    En el caso del fascismo de nuestro tiempo (neofascismo), es evidente que se trata de los efectos acumulados de las políticas desplegadas desde los años 1980 en el marco del «neoliberalismo», respuesta de las burguesías occidentales al ascenso revolucionario de 1968 que –con ritmos desiguales según los distintos países– llevó a formas más o menos agudas de crisis política (tasas de abstención crecientes, desmoronamiento progresivo o colapso brutal de los partidos de poder, etc.), creando las condiciones para una dinámica fascista.

    Al lanzar una ofensiva contra el movimiento obrero organizado, al quebrantar metódicamente todos los fundamentos del «compromiso social» de la posguerra, que dependía de una determinada relación entre las clases (una burguesía relativamente debilitada y una clase obrera organizada y movilizada), la clase dominante se volvió progresivamente incapaz de edificar un bloque social heterogéneo y hegemónico. A esto debe agregarse la fuerte inestabilidad de la economía mundial y las dificultades que encontraron las economías nacionales, todo lo cual debilitó de forma profunda y duradera el crédito que las poblaciones le daban a las clases dirigentes y la confianza que tenían en el sistema económico.

    1. Crisis de hegemonía (3)
    En la medida en que la ofensiva neoliberal obstaculizó cada vez más la movilización en los lugares de trabajo –especialmente bajo la forma de la huelga–, debilitando a los sindicatos e incrementando la precariedad, la frustración tiende a expresarse cada vez más en otros lugares y de otras formas:

    – en la abstención electoral, que es cada vez mayor (aun si se reduce excepcionalmente, cuando tal o cual elección resulta estar más polarizada) y que en la actualidad alcanza niveles históricamente inéditos;

    – en la caída –progresiva o brutal– de una parte importante de los partidos institucionales dominantes (o la aparición en su interior de movimientos y de figuras nuevas, como el Tea Party y Trump en el caso del Partido Republicano de los Estados Unidos);

    – en la emergencia de nuevos movimientos políticos o el ascenso de fuerzas que antes eran marginales;

    – en la eclosión de movimientos sociales que se desarrollan más allá de los marcos tradicionales, es decir, que se desarrollan especialmente fuera del movimiento obrero organizado (lo que no quiere decir que no tengan ningún vínculo con la izquierda política o con los sindicatos).

    En algunos contextos, el neofascismo es capaz de insertarse en movimientos sociales amplios (Brasil) o de producir por sí mismo movilizaciones de masas (India). También consigue que sus ideas penetren en algunas franjas de esos movimientos. Sin embargo, esto en general no es suficiente para que las organizaciones neofascistas se transformen en movimientos militantes de masas, al menos en esa fase, y las luchas extraparlamentarias siguen mostrando una tendencia que las acerca más a las ideas de emancipación social y política (anticapitalismo, antirracismo, feminismo, etc.) que al neofascismo. Aunque carezcan de cohesión estratégica y de un horizonte político común, y hasta de reivindicaciones homogéneas, estas luchas apuntan generalmente a la ruptura del orden social y le dan una existencia concreta a la posibilidad de una bifurcación emancipatoria.

    En cualquier caso, el orden político se encuentra profundamente desestabilizado. No obstante, es evidente que este tipo de situaciones posibilita la aparición de movimientos fascistas –entre diferentes grupos sociales y por motivos contradictorios– a la vez como una respuesta fundamentalmente electoral (al menos en ese estadio) al declive de la capacidad económica de las clases dominantes y como una alternativa al juego político tradicional.

    1. Crisis de alternativa
    En contra de lo que sostiene una concepción heredada (al menos en un parte de la izquierda), el fascismo no es solo una respuesta desesperada de la burguesía frente a una amenaza revolucionaria inminente, sino la expresión de una crisis de alternativa al orden existente y del fracaso de las fuerzas contrahegemónicas. Si es verdad que el fascismo suscita el temor (real o imaginario) de la izquierda y de los movimientos sociales, es en realidad la incapacidad de la clase explotada (el proletariado) y de los grupos oprimidos para constituirse en tanto sujeto político revolucionario, y para comprometerse en una experiencia de transformación social (aunque sea limitada), lo que permite que la derecha se presente como una alternativa política y gane la adhesión de grupos sociales muy diversos.

    En la situación actual, de la misma forma que durante el período de entreguerras, enfrentar la amenaza fascista supone no solamente desplegar luchas defensivas contra el endurecimiento autoritario, las políticas en contra de la inmigración, el desarrollo de las ideas racistas, etc., sino también (y sobre todo) que las franjas subalternas de la población –explotadas y oprimidas– logren unificarse políticamente alrededor de un proyecto de ruptura con el orden social y aprovechar la oportunidad que constituye la crisis de hegemonía.

    1. Los dos momentos de la dinámica fascista
    En la primera fase de acumulación de fuerzas, el fascismo intenta darle un tono subversivo a su propaganda y presentarse como una revuelta contra el orden existente. Procede a impugnar a la vez a los representantes políticos tradicionales de las clases dominantes (las derechas) y de las clases dominadas (las izquierdas), a los que responsabiliza por contribuir a la desintegración demográfica y cultural de la «nación» (concebida de manera fantasmagórica como una esencia más o menos inmutable): los primeros favorecerían la «globalización por arriba» (para retomar las palabras de Marine Le Pen), la de las finanzas «cosmopolitas» o «apátridas» (con todos los rastros antisemitas que conllevan inevitablemente estas expresiones), mientras que los segundos alimentarían las perspectivas de una «globalización por abajo», la de las personas migrantes y las minorías raciales (y con esto toda la paleta de xenofobia tradicional inherente a la extrema derecha).

    Al hacer de la «nación» la solución frente a todos los desafíos –crisis económica, desempleo, «inseguridad», etc.–, invariablemente atribuidos a lo que se considera como extranjero (en particular, todo lo que tiene que ver, de una u otra forma, con la inmigración), el fascismo pretende erigirse en una fuerza «antisistema» y constituir una «tercera vía»: ni derecha ni izquierda, ni capitalismo ni socialismo. La bancarrota de la derecha y las traiciones de la izquierda le dan crédito al ideal fascista de una disolución de las divisiones políticas y de los antagonismos sociales en una «nación» por fin «regenerada» gracias a su homogeneidad política (que depende, en realidad, del fascismo), unánime ideológicamente (es decir, privada de todo medio de expresar públicamente cualquier forma de desacuerdo) y «purificada» etnorracialmente (es decir, desembarazada de los grupos considerados intrínsecamente «alógenos», «inasimilables», «inferiores» y «peligrosos».

    Pero, en un segundo tiempo, una vez que pasa lo que podría denominarse el momento «plebeyo» o «antiburgués» (rasgo al cual el fascismo no renuncia nunca del todo, al menos en el discurso, y esta es una de sus particularidades), los dirigentes fascistas aspiran a establecer una alianza con los representantes de la burguesía –generalmente por mediación de partidos o dirigentes políticos burgueses– para concretar su acceso al poder, utilizar el Estado en beneficio propio (principalmente con fines políticos, aunque también de enriquecimiento personal, como han mostrado todas las experiencias fascistas y como lo ilustran regularmente las condenas judiciales a los representantes de la extrema derecha por desviación de fondos públicos), prometiéndole al capital la destrucción de cualquier oposición. Nada queda de las pretensiones iniciales de una «tercera vía». El fascismo no propone más que hacer funcionar al capitalismo bajo el régimen de la tiranía.

    1. Fascismo y crisis de las relaciones de opresión
    La crisis del orden se social se presenta entonces como una crisis de las relaciones de opresión, dimensión especialmente aguda en el caso del fascismo contemporáneo (neofascismo). La perpetuación de la dominación blanca y de la opresión de las mujeres y de las minorías de género se desestabiliza, hasta el punto de ponerse en peligro su continuidad, por el ascenso a escala mundial (aunque muy desigual en cada país) de los movimientos antirracistas, feministas y LGTBIQ. Al organizarse colectivamente, al rebelarse respectivamente contra el orden racista y heteropatriarcal, al hablar con su propia voz, las personas no blancas, las mujeres y las minorías de género se constituyen cada día más en sujetos políticos autónomos (lo cual no impide que existan divisiones, especialmente cuando falta una fuerza política capaz de unir a los grupos subalternos).

    Este proceso no puede dejar de suscitar, como reacción, las radicalizaciones racistas y masculinistas, que se despliegan de formas y en direcciones distintas aunque encuentran su plena coherencia política en el proyecto fascista. En efecto, este articula la representación delirante de un proceso de inversión, inconcluso o terminado, de las relaciones de dominación (con sus diversas mitologías, que constituyen la «dominación judía», el «gran reemplazo», la «colonización al revés», el «racismo antiblanco», la «feminización de la sociedad», etc.) y de la voluntad fanática que los grupos opresores tienen de mantener su dominación, cueste lo que cueste.

    Si bien las extremas derechas se oponen en todas partes a los movimientos y a los discursos feministas, y aunque es cierto que no rompen nunca con una concepción esencialista de los roles de género, esto no quita que puedan adoptar circunstancialmente, de acuerdo a las necesidades políticas y a los contextos nacionales, una retórica de defensa de los derechos de las mujeres y de las minorías sexuales. Es como si utilizaran una sordina para mitigar algunas de sus posiciones tradicionales (prohibición del aborto, criminalización de la homosexualidad, etc.), enriqueciendo toda una gama de discursos nacionalistas que adquieren nuevas tonalidades. De esta forma, se responsabilizará a los «extranjeros»2 por las violencias que sufren las mujeres y las personas homosexuales. El feminacionalismo y el homonacionalismo permiten así alcanzar nuevos segmentos del electorado, ganar respetabilidad política y, de paso, evitar cualquier crítica sistémica del heteropatriarcado.

    1. Fascismo, naturaleza y crisis medioambiental
    La crisis del orden existente no es simplemente económica, social y política. También se presenta, especialmente en el caso del cambio climático, como crisis medioambiental.

    El neofascismo está actualmente dividido por los fenómenos mórbidos asociados al capitaloceno. Una gran parte de los movimientos, las ideologías y los dirigentes neofascistas minimizan notablemente el calentamiento global (o, en algunos casos, lo niegan lisa y llanamente), defendiendo la intensificación del extractivismo (carbofascismo). A la inversa, algunas corrientes, que podríamos calificar como ecofascistas, pretenden elaborar una respuesta a la crisis medioambiental aunque no hacen más que reavivar y maquillar como «ecología» las viejas ideologías reaccionarias del orden natural, siempre asociadas a las representaciones de los roles y las jerarquías tradicionales, especialmente las de género pero también las de comunidades orgánicas cerradas (en nombre de la «pureza de la raza» o con el pretexto de la «incompatibilidad de culturas»). También utilizan frecuentemente la urgencia del desastre para proponer soluciones ultrautoritarias (ecodictaduras) y racistas (la mayoría de las veces justificando con su neomaltusianismo el incremento de la represión hacia las personas migrantes y el impedimento casi total de las migraciones).

    Si bien los segundos siguen siendo en gran medida minoritarios en relación con los primeros y no disponen de corrientes políticas de masas, sus ideas se desarrollan hasta impregnar el sentido común neofascista. En este marco emerge también una ecología identitaria y las luchas medioambientales se convierten en un terreno crucial para los antifascistas. Este clivaje remite a su vez a una tensión intrínseca al fascismo «clásico», que lo coloca entre un hipermodernismo que exalta la gran industria y la técnica como índice y palanca de la potencia nacional (económica y militar), y un antimodernismo que idealiza la tierra y la naturaleza como los lugares en los que residen los valores auténticos con los cuales la nación debería reconectarse para rencontrar su esencia.

    1. Fascismo y orden social
    Aunque el fascismo intenta presentarse como una alternativa al orden existente (y lo logra, al menos en parte), llegando a ser percibido como una «revolución» (nacional), no solo es la rueda de auxilio del estado de cosas actual, sino que es el mejor medio para suprimir cualquier oposición al capitalismo ecocida, racial y patriarcal. Para decirlo de otra forma, el fascismo es una auténtica contrarrevolución.

    A menos que se tomen al pie de la letra –y, por lo tanto, se legitimen– sus pretensiones de mantenerse del lado de «los de abajo» y constituir un programa de transformación social que les sería favorable, o que se adopte una definición puramente formal/institucional del concepto de «revolución» (que se convierte simplemente en sinónimo de un cambio de régimen), el fascismo no podría ser definido de ninguna manera como «revolucionario»: toda su ideología y toda su práctica de poder tiende, por el contrario, hacia la consolidación y el reforzamiento, por medios criminales, de las relaciones de explotación y de opresión.

    Es más: el proyecto fascista consiste en intensificar esas relaciones para producir un cuerpo social extremadamente jerarquizado (desde el punto de vista de la clase y del género), normalizado (desde el punto de vista de las sexualidades y de las identidades de género) y homogeneizado (desde el punto de vista étnico racial). La reclusión y los crímenes de masas (genocidio) no son solamente una consecuencia fortuita sino una potencialidad inherente al fascismo.

    1. Fascismo y movimientos sociales
    Sin embargo, el fascismo se sitúa en una relación ambivalente frente a los movimientos sociales. En la medida en que su éxito depende de su capacidad de presentarse como una fuerza «antisistema», no puede contentarse con una oposición frontal a los movimientos de protesta y a las izquierdas. De esta manera, los fascismos –«clásicos» o actuales– no cesan de tomar prestada una parte de su retórica de estos movimientos para elaborar una potente síntesis política y cultural.

    Para esto, se sirven de tres tácticas principales:

    – la repetición parcial de elementos del discurso crítico y programático, aunque privado de toda dimensión sistémica y de toda mira revolucionaria. Por ejemplo, no critican los fundamentos del capitalismo, es decir, la relación de explotación sobre la cual reposa (capital/trabajo), la propiedad privada de los medios de producción ni la coordinación del mercado, pero sí su carácter globalizado o financierizado (lo cual les permite, como dijimos antes, retomar los antiguos elementos antisemitas del discurso fascista clásico, que siempre encuentra seguidores en ciertas franjas de la población). Desde este punto de vista, comprendemos que la crítica del libre mercado, e incluso el llamamiento al «proteccionismo», si no se vinculan de manera coherente con el objetivo de una ruptura con el capitalismo, tienen grandes probabilidades de fortalecer ideológicamente a la extrema derecha.

    – la inversión de la retórica de las izquierdas y de los movimientos sociales para convertirla en un arma contra los «extranjeros», es decir, un arma contra las minorías raciales. Es la lógica del feminacionalismo y del homonacionalismo mencionados más arriba, pero también de la defensa «nacionalista» de la laicidad: aunque la extrema derecha se opuso a lo largo de toda su historia a los derechos de las mujeres y de la comunidad LGTBIQ o al principio de laicidad, algunas de sus corrientes pretenden ser sus mejores defensoras, lo que supone en el último caso una completa redefinición de la laicidad en un sentido agresivo para las personas musulmanas, incluyendo la discriminación (indisociablemente etnorracial y religiosa) que se esconde bajo la máscara de la defensa de los grandes principios republicanos amenazados por un supuesto «separatismo» musulmán.

    – la inversión de la crítica feminista o antirracista, que argumenta que los grupos oprimidos se convirtieron en opresores. De esta manera, vemos cómo una multitud de ideólogos reaccionarios, a escala internacional, no solo afirman que el racismo y el sexismo habrían desaparecido, sino que son las mujeres, las personas no blancas y la comunidad LGTBIQ las que ejercen en la actualidad formas de dominación sobre los hombres, los blancos y los heterosexuales, con lo cual se supone que además contradicen el orden natural de las cosas. Este tipo de discurso es el mejor medio para convocar, sin decirlo explícitamente, a una operación supremacista de «reconquista», es decir, de autoafirmación blanca o masculina.

    1. Fascismo y democracia liberal
    Los regímenes liberal y fascista no se oponen como se oponen la democracia y la dominación. En ambos casos se obtiene la sumisión del proletariado, de las mujeres y de las minorías; en ambos se despliegan y se perpetúan relaciones de explotación y de dominación superpuestas, junto a toda una serie de violencias asociadas inevitablemente y estructuralmente a esas relaciones; en ambos casos se mantiene la dictadura del capital sobre el conjunto de la sociedad. Se trata en realidad de dos formas distintas que toma la dominación política burguesa o, dicho de otra forma, de dos métodos diferentes por medio de los cuales se logra someter a los grupos subalternos y se les impide comprometerse con cualquier acción de transformación revolucionaria.

    A la adopción de los métodos fascistas le precede siempre un conjunto de renuncias, por parte de la clase dominante, a algunas de las dimensiones fundamentales de la democracia liberal. Las arenas parlamentarias son cada vez más marginalizadas y evitadas, mientras el poder legislativo es acaparado por el ejecutivo y los métodos de gobierno se vuelven cada vez más autoritarios (decretos leyes, ordenanzas, etc.). Pero esta fase de transición entre democracia liberal y fascismo consiste sobre todo en la limitación creciente de las libertades de organización, de reunión y de expresión, e incluso del derecho a huelga.

    De esta forma, sin grandes declaraciones se opera el endurecimiento autoritario, que hace reposar cada vez más el poder político sobre el mantenimiento y la lealtad de los aparatos represivos del Estado, entrando en una espiral antidemocrática: la vigilancia cada vez más estricta de los barrios populares y de inmigrantes; la obstaculización, la prohibición o la cruda represión de las manifestaciones; los juicios expeditivos hacia quienes protestan y el uso creciente de las penas de prisión; el despido cada vez más frecuente de los trabajadores y las trabajadoras que hacen huelga; la reducción del perímetro y de las posibilidades de acción sindical, etc.

    Afirmar que la oposición entre la democracia liberal y el fascismo se produce entre dos formas políticas de la dominación burguesa, no significa en absoluto que el antifascismo, los movimientos sociales y las izquierdas deban mostrarse indiferentes al debilitamiento de las libertades públicas y de los derechos democráticos. Defender esas libertades y esos derechos, no implica promover la ilusión de un Estado o de una república concebidas como árbitros neutrales de los antagonismos sociales; es defender una de las principales conquistas de las clases populares de los siglos XIX y XX, a saber, el derecho de las personas explotadas y oprimidas a organizarse y a movilizarse para defender sus condiciones de trabajo y de existencia fundamentales. Esta es la base imprescindible para una conciencia de clase, feminista y antirracista. Pero también implica que estas deben afirmarse como una alternativa a la desdemocratización que define en términos esenciales al proyecto del neoliberalismo.

    1. Fascismo y democracia liberal (II)
    El fascismo procede específicamente mediante el aplastamiento de toda forma de desacuerdo, sea reformista o revolucionaria, radical o moderada, global o parcial. En todos los lugares en los que el fascismo deviene una práctica de poder, es decir, un régimen político, solo pasan unos años, o algunos meses, hasta que desaparece la izquierda política, el movimiento sindical o incluso las formas de organización de las minorías, es decir, toda forma estable, duradera y cristalizada de resistencia.

    Allí donde el régimen liberal tiende a engañar a los grupos subalternos, cooptando a una parte de sus representantes, incorporando a algunos de sus militantes en el marco de coaliciones (como socios menores, sin voz ni voto), en negociaciones (el pretendido «diálogo social» en el cual los sindicatos o las asociaciones juegan un rol secundario), o al integrar algunas de sus reivindicaciones, el fascismo aspira a destruir toda forma de organización que sea inasimilable para el Estado fascista y a arrancar de raíz cualquier aspiración de organizarse colectivamente por fuera de los marcos organizativos fascistas o fascistizados. El fascismo se presenta en este sentido como una forma política que busca la destrucción casi completa de la capacidad de autodefensa de los grupos subalternos o su reducción a formas de resistencia moleculares, pasivas y clandestinas.

    Sin embargo, hay que notar que, en esta obra de destrucción, el fascismo no puede garantizar la pasividad de una gran parte del cuerpo social exclusivamente a través de medios represivos o utilizando discursos que se enfocan en tal o cual chivo expiatorio: no puede estabilizar su dominación más que satisfaciendo realmente los intereses materiales inmediatos de ciertos grupos (trabajadores desempleados, trabajadores autónomos empobrecidos, funcionarios, etc.), o al menos aquellos que, al interior de estos grupos, son reconocidos por los fascistas como elementos «verdaderamente nacionales». En un contexto de abandono de las clases populares por parte de la izquierda, no podría subestimarse la fuerza de atracción de un discurso que promete conservar los empleos y las prestaciones sociales para estos elementos, que supuestamente son «verdaderamente nacionales» (de los cuales no puede dejar de repetirse que no son definidos por un criterio jurídico de nacionalidad sino por un criterio de origen y, por lo tanto, etnorracial).

    1. Fascismo, «pueblo» y acción de masas
    Si el fascismo es a veces descripto falsamente como «revolucionario» por los llamamientos que hace al «pueblo», o porque procedería mediante la acción de las «masas» (en una analogía superficial con el movimiento obrero), es porque se confunden en los términos «pueblo» y «acción» cosas muy diferentes.

    El «pueblo», tal como lo entienden los fascistas, no designa ni un grupo que compartiría ciertas condiciones de existencia (en el sentido en que la sociología habla de clases populares), ni una comunidad política que incluiría a todas las personas vinculadas por una voluntad común de pertenencia, sino una comunidad etnorracial fijada de una vez por todas de forma tal de reunir a quienes serían «verdaderamente de aquí» (siendo el criterio de pertenencia al «pueblo» que se invoca pseudobiológico o seudocultural); esto equivale, en síntesis, a un cuerpo social librado de los enemigos (el «partido del extranjero») y de los traidores (las izquierdas), que se habrían puesto de su lado.

    Respecto a la acción propiamente fascista, esta oscila por excelencia entre la ejecución punitiva conducida por brigadas armadas (bandas extraestatales o sectores del aparato represivo de Estado independizados o en vías de independizarse3), las manifestaciones de tipo militar y el plebiscito electoral. Mientras que la primera está tomada de las luchas sociales y, en términos generales, de los grupos subalternos (trabajadores y trabajadoras en huelga, minorías etnorraciales, mujeres en lucha, etc.), y se utiliza con el fin de desmoralizar al adversario y preparar el terreno para la implantación fascista, las segundas apuntan a producir un efecto simbólico y psicológico de masa, con el fin de movilizar los afectos en beneficio del líder, del movimiento o del régimen, y el tercero busca, en un conjunto de individuos atomizados, la ratificación de la voluntad del líder o del movimiento.

    Aunque el fascismo efectivamente convoca a las masas, no lo hace en ningún caso para estimular su acción autónoma a partir de intereses específicos (política de clase), favoreciendo, por ejemplo, formas de democracia directa en el marco de las cuales sería posible discutir y actuar colectivamente, sino con el fin de sostener a los líderes fascistas y brindarles un argumento sólido en las negociaciones con la burguesía para acceder al poder. La participación popular en los movimientos fascistas –y, algunas veces, hasta en sus regímenes– es dirigida fundamentalmente desde arriba, tanto en sus objetivos como en sus formas, y supone un respeto absoluto hacia quienes, por naturaleza, estarían destinados a mandar.

    No obstante, pueden encontrarse formas de movilización por abajo durante las primeras etapas del fascismo, entre las franjas plebeyas del fascismo que le proveen sus tropas de choque tomándose en serio sus promesas antiburguesas y su seudoanticapitalismo. Con todo, a medida que la crisis política se acentúa y se sella la alianza de los fascistas con la burguesía, no dejan de suscitarse tensiones entre estas ramas y la dirección del movimiento fascista. Esta última busca desembarazarse forzosamente de la dirección de estas milicias4, intentando canalizarlas mediante su integración al Estado fascista en construcción.

    En realidad, en lo que respecta a la acción, el fascismo no le ofreció jamás a las masas otra cosa más que la alternativa entre la aceptación –estridente o pasiva– de los deseos de los líderes fascistas, y el manganello5, es decir, la represión (que, en los regímenes fascistas, llega muchas veces al límite de la tortura y la muerte, infligidas incluso en contra de algunos de sus más fervientes partidarios).

    1. Una contrarrevolución póstuma y preventiva
    El fascismo constituye una contrarrevolución «póstuma y preventiva»6. Póstuma en la medida en que se nutre del fracaso de la izquierda política y de los movimientos sociales para estar a la altura de la situación histórica, para plantearse como una solución a la crisis política y comprometerse con una experiencia de transformación revolucionaria. Preventiva porque busca destruir por anticipado todo lo que pudiera alimentar y preparar una experiencia revolucionaria por venir: organizaciones explícitamente revolucionarias, pero también resistencias sindicales, movimientos antirracistas, feministas y LGTBIQ, movimientos sociales de autogestión, periodismo independiente, etc., es decir, cualquier forma de oposición al orden de las cosas.
    1. Fascismo, neofascismo y violencia
    Es innegable que la violencia extraestatal, bajo la forma de organizaciones paramilitares de masas, ha jugado un rol importante (aunque, sin duda, subestimado) en el ascenso de los fascistas. Este es un elemento que los distingue de otros movimientos reaccionarios que no buscan organizar militarmente a las masas. Sin embargo, al menos en esta fase, la gran mayoría de los movimientos neofascistas no se construyen a partir de la puesta en funcionamiento de milicias de masas y no disponen de tales milicias (con excepción del BJP indio y, en menor medida en lo que respecta a la implantación de masas, el Jobbik húngaro y Amanecer Dorado en Grecia).

    Pueden proponerse muchas hipótesis para explicar por qué los neofascistas son incapaces o no aspiran a construir milicias de este tipo:

    – la deslegitimación de la violencia política, especialmente en el caso de las sociedades occidentales, que condena a la marginalidad electoral a los partidos políticos que se dotan de estructuras paramilitares;

    – la ausencia de cualquier experiencia equivalente a la Primera Guerra Mundial en términos de brutalización de las poblaciones, es decir, de habituación al ejercicio de la violencia, que pondría a disposición de los fascistas a masas de hombres dispuestos a enrolarse y a ejercer la violencia en el marco de milicias fascistas armadas;

    – el debilitamiento de los movimientos obreros y de su capacidad para estructurar, organizar y encuadrar, en términos sindicales y políticos, a las clases populares, que hace que los fascistas de nuestro tiempo no tengan al frente un adversario que les impondría la condición de hacer uso de la fuerza para imponerse, y de dotarse consecuentemente de un aparato de violencia de masas;

    – el hecho de que los Estados son mucho más fuertes en la actualidad y disponen de instrumentos de vigilancia y de presión de una sofisticación inconmensurable con la de los Estados del período de entreguerras, aun si los fascistas de nuestro tiempo pueden tener la sensación de que la violencia estatal puede ser suficiente a la hora de aniquilar, físicamente si fuese necesario, cualquier forma de oposición;

    – por último, el carácter crucial en términos estratégicos que tienen los neofascistas de distinguirse de las formas más visibles de continuidad con el fascismo histórico y, especialmente, con esta dimensión de la violencia extraestatal. En este sentido, debe recordarse que los partidos como el FN en Francia o el FPÖ en Austria han sido creados a partir de estrategias de legitimación elaboradas y puestas en funcionamiento por fascistas conocidos que colaboraron muy activamente con el nazismo durante la Segunda Guerra Mundial.

    Estas hipótesis permiten insistir en el hecho de que la constitución de las milicias de masas se habría vuelto necesaria y posible para los movimientos fascistas en el contexto específico del período de entreguerras. Pero ni la constitución de grupos armados ni el uso de la violencia política constituyen un rasgo propio del fascismo, sea que se lo considere como un movimiento o como un régimen: no es que estos no ocupen un lugar central, pero otros movimientos y otros regímenes, que no pertenecen en absoluto a la constelación de los fascismos, han recurrido a la violencia para conquistar o mantener el poder, muchas veces asesinando a decenas de miles de opositores (sin hablar del uso legítimo de la violencia por parte de los movimientos de liberación).

    La dimensión más visible del fascismo clásico, las milicias extraestatales, son en realidad un elemento subordinado a la estrategia de las direcciones fascistas, que las usan tácticamente en función de las exigencias impuestas por el desarrollo de sus organizaciones y la conquista legal del poder político (que supone, desde el período de entreguerras hasta nuestros días, presentarse bajo un disfraz respetable manteniendo a distancia las formas más visibles de violencia). La fuerza de los movimientos fascistas o neofascistas se mide entonces por su capacidad de utilizar –de acuerdo a la coyuntura histórica– la táctica legal y la táctica violenta, la «guerra de posición» y la «guerra de movimiento» (para retomar las categorías de Gramsci).

    1. Fascismo y proceso de fascistización
    La victoria del fascismo es el producto conjunto de una radicalización de secciones enteras de la clase dominante, que tienen miedo de ser superadas por la situación política, y de un enraizamiento social del movimiento, de las ideas y de los afectos fascistas. Contrariamente a la representación común, que responde a la necesidad de absolver a las clases dominantes y a las democracias liberales de sus responsabilidades en el ascenso del fascismo al poder, los movimientos fascistas no conquistan el poder político de la misma forma en la que una fuerza armada se apodera de una fortaleza, es decir, mediante una acción exterior de captura (un asalto militar). Si generalmente llegan a obtener el poder por la vía legal, lo cual no implica que no se derrame sangre, es porque esta conquista está preparada por todo un período histórico que puede designarse con la expresión fascistización.

    Es solo al final de este proceso de fascistización cuando aparece el fascismo –en la actualidad, evidentemente sin confesar su nombre y maquillando su proyecto, dado el oprobio universal que rodea a las palabras «fascismo» y «fascista» después de 1945– a la vez como una alternativa (falsa) para distintos sectores de la población y como una solución (real) para una clase dominante políticamente acorralada. Es entonces cuando, siendo un movimiento fundamentalmente pequeñoburgués, puede transformarse en un verdadero movimiento de masas, aun si su núcleo sociológico, que le brinda sus cuadros, sigue siendo la pequeña burguesía: trabajadores y trabajadoras independientes, profesionales liberales, cargos intermedios.

    1. Las formas de la fascistización
    La fascistización se expresa de múltiples maneras, a través de una gran variedad de «síntomas mórbidos» (para retomar de nuevo otra expresión de Gramsci), aunque deben destacarse al menos dos vectores principales: el recrudecimiento autoritario del Estado y el ascenso del racismo.

    Si bien el primero encuentra evidentemente su principal terreno de expresión en los aparatos represivos de Estado (contando con esos agentes específicos de la fascistización que son los sindicatos policiales), no hay que olvidar la responsabilidad previa que recae sobre los dirigentes políticos del centrismo radical. Y si bien la violencia policial se inscribe en la historia larga del Estado capitalista y de una policía que nuclea generalmente a los elementos más racistas y autoritarios de la sociedad, es la crisis de hegemonía, es decir, el debilitamiento político de la burguesía, lo que vuelve a esta última cada vez más dependiente de su policía y del incremento, tanto de sus poderes como de su autonomía7: los ministros formalmente encargados de dirigir a las policías ya no cumplen esta función, sino que la defienden a toda costa, robustecen sus funciones, etc.

    El ascenso del racismo combina igualmente la historia larga del Estado, particularmente en el caso de las viejas potencias imperiales en las cuales la opresión colonial y racial ha ocupado –y no deja de hacerlo en la actualidad– un lugar central, con la historia corta del campo político. Frente a la crisis de hegemonía, la extrema derecha y los sectores de la derecha –dando por sentado que estas fuerzas políticas representan fracciones de clase distintas– tienen como proyecto la solidificación de un bloque blanco bajo hegemonía burguesa, capaz de adoptar una forma de compromiso social en función de criterios etnorraciales mediante una política de expulsión sistemática de las personas no blancas o, dicho de otra forma, un compromiso de favoritismo racial. Además, haciendo valer sin cesar el peligro que representarían las personas migrantes, especialmente la población musulmana, para el orden público, pero también para la integridad cultural de la «nación», estas fuerzas justifican las licencias que se toman las policías en los barrios de inmigrantes, la represión a los movimientos sociales, en síntesis, el autoritarismo estatal.

    De esta manera, podemos reconocer un asalvajamiento –para retomar el término de Aimé Césaire– de la clase dominante, que se delata sobre todo en las prácticas y en los dispositivos de represión que apuntan en primer lugar contra las minorías etnorraciales y, en segundo lugar, contra las movilizaciones sociales («chalecos amarillos», movilizaciones sindicales, antirracistas, antifascistas, ecologistas, etc.). Pero el asalvajamiento también aflora, cada vez con más frecuencia, bajo la forma de declaraciones públicas de ideólogos que llaman a usar armas letales contra las movilizaciones sociales y contra los barrios de inmigrantes y de quienes hacen de la islamofobia mediática y editorial una industria floreciente.

    1. El significado de la fascistización del Estado
    La fascistización del Estado no debe ser reducida en ningún caso, sobre todo en la primera fase que precede a la conquista del poder político por parte de los fascistas, a la integración o al ascenso de elementos fascistas reconocidos como tales en los aparatos de mantenimiento del orden (policía, ejército, justicia, cárceles). Funciona más bien como dialéctica entre las transformaciones endógenas de estos aparatos, debidas a las elecciones políticas efectuadas por los partidos burgueses durante tres décadas (orientadas hacia la construcción de un «Estado penal» sobre las cenizas del «Estado social», para retomar las categorías del sociólogo Loïc Wacquant), y el poder político –que en esta fase es principalmente electoral e ideológico– de la extrema derecha organizada.

    Para decirlo simplemente, la fascistización de la policía no se expresa ni se explica principalmente por la presencia de militantes fascistas en su seno, ni por el hecho de que los policías voten masivamente por la extrema derecha (tanto en Francia como en otros lugares), sino por su reforzamiento y por su autonomización (especialmente la de los sectores que tienen asignadas las tareas más brutales de mantenimiento del orden en los barrios de inmigrantes y en las movilizaciones). Dicho de otra forma, la policía se emancipa cada vez más del poder político y del derecho, es decir, de toda forma de control externo (sin siquiera hablar de un control popular inexistente).

    El funcionamiento de la policía no se fascistiza a causa de la intervención externa de las organizaciones fascistas. Por el contrario, es porque su propio funcionamiento se fascistiza –evidentemente en grados desiguales según los distintos sectores– que se vuelve fácil para la extrema derecha difundir sus ideas en su interior e implantarse. En el caso francés, esto es particularmente visible dado que no asistimos durante estos últimos años al crecimiento del sindicato policial ligado directamente a la extrema derecha organizada (France Police-Policiers en colère), sino que más bien observamos un doble proceso: el ascenso de movilizaciones facciosas que vienen de las bases (aunque tienen la cobertura de la cúpula, puesto que no han sido objeto de ninguna sanción administrativa) y la radicalización derechista de los principales sindicatos policiales (Alliance y Unité SGP Police-FO).

    1. Un proceso contradictorio e inestable
    En la medida en que deriva en primer lugar de la crisis de hegemonía y del endurecimiento de las confrontaciones sociales, el proceso de fascistización muestra ser evidentemente contradictorio y, por eso mismo, altamente inestable. No se trata en absoluto de una vía regia para el movimiento fascista.

    En ciertas circunstancias históricas, la clase dominante puede llegar a hacer que emerjan nuevos representantes políticos, e incluso puede integrar ciertas demandas que provienen de los sectores subalternos para sentar las condiciones de un nuevo compromiso social (que le permiten no ceder el poder político a los fascistas para conservar su propio poder económico)8. Sin embargo, es poco probable que, en el contexto actual, las clases dominantes estén dispuestas a aceptar nuevos compromisos sociales sin una secuencia de luchas de alta intensidad que imponga una nueva relación de fuerzas menos desfavorable para las clases populares.

    Aunque el proceso de fascistización no llega necesariamente al fascismo, la izquierda política y los movimientos sociales deben combatir al movimiento fascista. El éxito de los fascistas depende en última instancia de la capacidad –o, por el contrario, de la impotencia– de los sectores subalternos para ocupar con éxito todos los terrenos de la lucha política constituyéndose en un sujeto político autónomo capaz de imponer una alternativa revolucionaria.

    1. Después de una victoria electoral del fascismo se abren tres escenarios
    Si bien la conquista del poder político –generalmente por medios legales, hay que repetirlo– representa una victoria crucial para el fascismo, no es la última palabra en esta historia. Esto abre necesariamente un período de lucha que –según las relaciones de fuerza políticas y sociales, según cómo se desarrollen las luchas y según resulten en victorias o en derrotas– puede llevar a distintos escenarios:

    – la construcción de una dictadura de tipo fascista o militar-policial (cuando los movimientos populares sufren una derrota histórica y la burguesía está demasiado debilitada o dividida en términos políticos);

    – una normalización burguesa (cuando el movimiento fascista es demasiado débil como para construir un poder político alternativo y se despliega una respuesta popular considerable pero insuficiente para ir más allá de una victoria defensiva);

    – una secuencia revolucionaria (cuando el movimiento popular es suficientemente fuerte como para organizar una coalición con las fuerzas políticas y sociales más importantes y embarcarse en una prueba de fuerzas con las fuerzas burguesas y con el movimiento fascista).

    1. Del antifascismo hoy 
    Aunque el antifascismo se presenta en principio y necesariamente como una reacción al desarrollo del fascismo y, por lo tanto, como una acción defensiva o de autodefensa (popular, antirracista, feminista), no debe, sin embargo, reducirse a un cuerpo a cuerpo contra a los grupos fascistas. Esto es tanto más así en la medida en que la táctica de construcción de los movimientos fascistas le otorga en nuestros tiempos un lugar menor a la violencia de masas –a excepción, sin duda y como dijimos antes, del caso de India– que el que le otorgaba el fascismo «clásico». El antifascismo hace de la lucha política contra los movimientos de extrema derecha uno de los ejes centrales de su combate, pero debe darse también la tarea de fomentar la acción común de los sectores subalternos y de bloquear el proceso de fascistización o, para decirlo de otra forma, de socavar las condiciones políticas e ideológicas en las cuales estos movimientos pueden prosperar, echar raíces y crecer, y terminar con todo lo que favorece la difusión del veneno fascista a través del cuerpo social. Por lo tanto, si se toma en serio esta doble vocación del antifascismo, este debe ser concebido no como una lucha exclusiva contra la extrema derecha organizada, que funcionaría independientemente de las otras luchas (sindical, anticapitalista, feminista, antirracista, ecologista, etc.), sino como el reverso defensivo del combate por la emancipación social y política, o de aquello que Daniel Bensaïd denominaba la política del oprimido.
    1. Del antifascismo hoy (II)
    Evidentemente, no se trata de condicionar la constitución de un frente antifascista a la adhesión a un programa político completo y preciso, lo que implicaría en realidad renunciar a cualquier perspectiva unitaria, dado que se trataría de que cada fuerza imponga a las otras su propio proyecto político y estratégico. Sería por lo tanto inoportuno exigirle a aquellos y aquellas que aspiran a combatir aquí y ahora contra el fascismo, o contra las dinámicas de fascistización evocadas más arriba, que presenten credenciales de militantes revolucionarios. Sin embargo, si aspira a hacer retroceder realmente no solo las organizaciones, sino también y sobre todo las ideas y los afectos fascistas, que se propagan y echan raíces mucho más allá de aquellas, el fascismo no puede tener como única brújula la oposición a las organizaciones de extrema derecha. No puede renunciar a establecer un vínculo entre el combate antifascista, la necesidad de una ruptura con el capitalismo racial, patriarcal y ecocida, y el objetivo de construir otra sociedad (que aquí denominaremos ecosocialista).

    El asunto es complejo porque no basta con que el antifascismo afirme su feminismo y su antirracismo, con que critique al neoliberalismo o llame a defender la «laicidad», para que logre hacer que se manifieste el carácter reaccionario del antifascismo. En la medida en que la extrema derecha ha hecho propio al menos una parte del discurso antineoliberal, tiende cada vez más a adoptar una retórica de defensa de los derechos de las mujeres, hace uso de un seudoantirracismo de defensa de los «blancos» y se erige como protectora de la laicidad. Por lo tanto, el antifascismo no puede contentarse con fórmulas vagas en este terreno. Debe precisar necesariamente el contenido político de su feminismo y de su antirracismo, o incluso explicar lo que hay que entender por «laicidad», con el riesgo de que queden puntos ciegos que los antifascistas no dejarán de aprovechar («feminacionalismo», denuncia del «racismo antiblanco» o falsificación/instrumentalización de la laicidad), pero corriendo también un riesgo paralelo: el de subirse al tren de los neoliberales (que tienen su propio feminismo, el del 1%, y su propio «antirracismo moral», que se expresa generalmente bajo la forma de un llamamiento a la tolerancia mutua). También debe precisar el horizonte político de su oposición al neoliberalismo o de su crítica a la Unión Europea, que no puede contentarse con proponer aquí como alternativa un «buen» capitalismo nacional por fin regulado.

    Además, durante los últimos años pudo verse a plena luz la necesidad que tiene el antifascismo de inscribirse plenamente en la batalla política –necesariamente unitaria– contra el ascenso autoritario. Este último se expresa contra miles de personas musulmanas arrastradas por el barro, fichadas, vigiladas, discriminadas, descalificadas públicamente y frecuentemente encarceladas en la medida en que son sospechosas de «radicalización» (por lo tanto, de ser «enemigas de la nación», real o posible); contra las personas inmigrantes (privadas de sus derechos y acosadas por la policía); contra las personas que habitan en los barrios periféricos (acorralados por los sectores más fascistas de las fuerzas represivas, que gozan de una impunidad casi total), y contra las movilizaciones sociales que son reprimidas cada vez más por la policía y por la justicia (movimiento contra la reforma laboral, chalecos amarillos, etc.).

    Por lo tanto, el desafío para el antifacismo no se reduce a establecer alianzas con los y las militantes de otras causas, que dejarían inalterado a cada socio, sino de definir y de enriquecer el antifascismo a partir de las perspectivas que emergen al interior de las luchas sindicales, anticapitalistas, antirracistas, feministas o ecologistas, para nutrirlas al mismo tiempo de una perspectiva antifascista). En estos términos podrá renovarse y progresar el antifascismo, no como un combate sectorial, un método particular de lucha o una ideología abstracta, sino como un sentido común que impregne e implique al conjunto de los movimientos emancipatorios.

    * N. B. Agradezco a los miembros de la redacción de Contretemps, en particular a Stathis Kouvélakis, por las numerosas correcciones y sugerencias que hicieron sobre las versiones anteriores de este texto.

    Traducción de Valentín Huarte para Jacobin América Latina

    • La civilización –«blanca» o «europea»– puede jugar el rol que cumplía la raza («aria» en la ideología nazi), sobre todo cuando este último referente se ha vuelto políticamente insostenible a escala masiva luego del genocidio de los judíos en Europa.
    • Categoría eminentemente extensible, dado que incluye a quienes, teniendo o no la nacionalidad de un país, no son considerados como verdaderos autóctonos (en el caso de Francia, los supuestos «franceses de raíz», los «verdaderos franceses», etc.). Desde este punto de vista, un viejo inmigrante europeo –naturalizado o no– será considerado por la extrema derecha como menos extranjero, al menos si es blanco y de cultura cristiana, que un individuo nacido francés en Francia, con padres a su vez nacidos en Francia, pero cuyos abuelos vienen, por ejemplo, de Algeria o de Senegal.
    • Puede pensarse, en el caso de la Francia contemporánea, en las brigadas anticriminales.
    • Puede pensarse, en el caso de la Francia contemporánea, en las brigadas anticriminales.
    • Nombre que se le da en italiano al garrote con el cual la policía golpea a los militantes obreros o a cualquier persona que se oponga a los fascistas. El manganello y su uso fueron objeto de una especie de culto en la Italia fascista.
    • Retomamos aquí la fórmula de Angelo Tasca, propuesta en su clásico libro Naissance du fascisme.
    • Lo que le permite, en el caso francés, atacar directamente a las fuerzas políticas (se recordará la manifestación de los sindicatos policiales frente al local de La France Insoumise), y manifestarse sin autorización, con armas y autos de servicio, muchas veces utilizando capuchas, sin correr el riesgo de recibir ninguna sanción administrativa ni judicial).
    • Puede pensarse en el caso de Roosevelt y del New Deal en los Estados Unidos de los años 1930, que no bastó para superar realmente la crisis del capitalismo estadounidense (hubo que esperar a la guerra), pero que sirvió para suspender la crisis política.
     

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    Gonzalo Donaire y Miguel Urbán

    Militantes de Anticapitalistas

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    Especiales temáticos: Título del Especial

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    Que la espectacularidad de las pieles de zorro nativistas, los cuernos postizos jamiroquainos y el aquelarre ultra no nos impidan ver el bosque. Porque no: no fue un golpe de Estado. Y no solo por su resultado final. Ni siquiera fue una intentona frustrada, sino más bien una algarada trumpista o, como escribía Mike Davis recientemente, una insurrección tan solo en versión de humor negro. Lo que ocurrió este miércoles 6 de enero en el Capitolio de Washington fue muchas cosas y tiene numerosas derivadas posibles y lecturas necesarias, pero erraríamos si lo leyésemos desde el prisma de un golpe de Estado fallido. Porque ni era su intención, ni tenía un plan para ello ni los recursos para llevarlo a cabo. Lo cual no significa que no fuese esa la motivación y sueño húmedo de buena parte de quienes participaron de la acción, ni que no estuviese organizada o que no respondiese a una estrategia. Solo que esa estrategia no era tomar el poder allí mismo. Y, sin embargo, ese día se mostraron claramente y se agudizaron aceleradamente elementos y fenómenos que conviene seguir muy de cerca. Aquí van algunos. La amalgama del trumpismo Llevamos años inmersos en un debate un tanto inoperante sobre qué es y qué no es fascismo, y hasta qué punto personajes como Trump lo son en mayor o menor esencia. Y, sin embargo, hay una realidad mucho más palpable y constatada: Trump ha conseguido dar una bandera bajo la que aglutinar desde a sectores neoliberales libertarians, supremacistas blancos, nativistas, incels, antifeministas, conspiranoicos y negacionistas, hasta a la nueva derecha cristiana con una fuerte presencia evangélica. Sin obviar la impronta de los antecedentes más cercanos: las movilizaciones del Tea Party en 2009 o el auge de una contracultura troll en internet y en las redes sociales denominada Alt Rigth. De hecho, la escenografía de los manifestantes que ocuparon el Capitolio recordaba mucho a la de los tea parties contra los rescates bancarios, de la misma forma que redes sociales como Discord resultaron clave en la coordinación de los manifestantes el 6 de enero. Como ya lo habían sido por ejemplo en las protestas y disturbios en Charlottesville en 2017 protagonizados por la extrema derecha que se saldaron con una activista pro derechos civiles muerta y 19 heridos. Todos estos mimbres ya estaban. Sin embargo, la gran novedad que ha aportado Trump ha sido haber conseguido aglutinar todo ese magma ultraderechista transportándolo desde los márgenes de la escena política norteamericana hasta la misma Casa Blanca. Ese viaje al centro del poder presidencial ha ido conformando una suerte de movimiento político diverso que podríamos catalogar como trumpismo y que ha acompañado al presidente a lo largo de la legislatura. Con una importante presencia en la calle y en las redes sociales, esta nebulosa trumpista ha mantenido una inédita y singular relación de apoyo y presión hacia el gobierno y hacia el propio Partido Republicano, convirtiéndose en algunos casos en auténticos grupos de choque paramilitar de Trump, como pudimos comprobar en las acciones contra las movilizaciones de Black Lives Matter. Esta tensión de apoyo y presión ha agudizado una polarización política que no solo ha agrandado la tradicional brecha entre Republicanos y Demócratas que estructura el juego de los espejos del sistema de partidos estadounidense, sino que también ha radicalizado las posiciones dentro de los propios republicanos, desde hace años profundamente divididos entre los trumpistas y sus detractores. Valga como prueba la encuesta de YouGov de este 7 de enero en la que la mayoría de los votantes republicanos aprueba el asalto al Capitolio, en abierto contraste con la condena casi unánime del aparato del Partido Republicano. El trumpismo más allá de Trump El próximo día 20 Biden tomará posesión como presidente de EE UU, desalojando a Trump y a su entorno de parte de los resortes del Estado. Una situación que genera una incógnita importante sobre cómo afectará esto al auge reciente de la organicidad y acción colectiva (y sí, también del terrorismo) de extrema derecha, ya sea en su versión lobo solitario o en grupúsculos ultras, conspiranoicos, racistas, ultramachistas, negacionistas o todo lo anterior mezclado y bien agitado. Y esto, en un país tan dado a la espectacularidad y a las armas, no debería tomarse como mera anécdota durante el próximo ciclo. Es cierto que, cuando ese día se cierre la vía institucional, una opción será la desmotivación y la desmovilización. Como escribe Richard Seymour, “la desmoralización es desmovilizadora. Sin embargo, la corriente subyacente de ira, el mito de la traición (“nuestro voto ha sido robado”) y la realidad alternativa elaborada por Trump y ampliamente compartida por los votantes republicanos, serán alimentados en los próximos años por una industria de “desinfodiversión” (desinfotainment) de extrema derecha elaborada y hábil”. No podemos minusvalorar la capacidad que tendrá el trumpismo de aprovechar el ascenso de lo que Daniel Bensaïd llamaba “identidades oscuras” ante el retroceso de los vínculos de solidaridad de clase. Aunque, quizás, el primer reto que tendrá que enfrentar el trumpismo serán las rupturas internas, que ya se han agudizado en los últimos tiempos y que el asalto al Capitolio ha evidenciado, especialmente entre su vicepresidente Mike Pence, representante de los teocons de la nueva derecha cristiana evangélica, y el trumpismo. De hecho, desde el pasado 6 de enero han aumentado las presiones demócratas y de buena parte del aparato republicano a Pence para aplicar la 25ª enmienda, que no solo depondría a Trump, sino que lo inhabilitaría para poder concurrir a una eventual reelección. Desde luego, esta situación es la que el conjunto del establishment norteamericano desearía, ya que a corto plazo les permitiría reducir el trumpismo a las locuras de un Nerón que intentó incendiar Roma, psiquiatrizando estos años como la pesadilla de un loco en lugar de enfrentarse a la dura tarea de analizar el fenómeno político del trumpismo y, sobre todo, de asumir sus propias responsabilidades. Pero, aunque electoralmente minoritario y derrotado, no podemos obviar que el trumpismo es un fenómeno social de masas que, una vez perdido el cauce de la Casa Blanca, podría buscar salidas y subterfugios inesperados. Aún está por escribir la vida y vía extra-institucionales del trumpismo, pero el asalto al Capitolio del otro día no es precisamente el primer episodio de su demostrada capacidad y tendencia a explorar otras vías mucho menos formales y pacíficas de agitar las aguas políticas. Pase lo que pase finalmente con Trump, desde la aplicación de la 25ª enmienda hasta un hostigamiento a su galaxia de negocios en cuanto pierda la inmunidad presidencial, cualquier ataque no hará más que reforzar la etiqueta de outsider y anti-establishment que tan gustosamente ha cultivado y explotado estos años. Sin hablar del refuerzo positivo para su victimismo e imagen de mártir popular. Aunque, si la cosa se complicase en exceso, tampoco sería tan relevante, porque, llegado el caso, ¿quién necesita a Trump teniendo el trumpismo? Liberal rima con iliberal En los cristales rotos del espejo de Trump casi todos los demás salen más guapos. El aparato del Partido Republicano intentará soltar lastre al fin, desmarcarse de la herencia de Trump y comenzar así su pretendida operación regeneradora (otra cosa es cómo gestionar a unas bases que adoran al defenestrado). Sin duda la algarada en el Capitolio favorece esta operación a corto plazo, como muestra que antes de los disturbios, por lo menos 13 senadores republicanos (de un total de 53) y más de 100 representantes (más de la mitad del total de los 197 republicanos en la Cámara) tenían previsto impugnar los resultados electorales de varios Estados. Después de los disturbios, la mayoría de estos representantes cambiaron su orientación y no impugnaron el resultado electoral. A pesar de esto, el dato anterior demuestra hasta qué punto el radicalismo derechista ha calado en el Partido Republicano y entre sus representantes, lo que no parece que sea fácil ni rápido reconducir por parte de su aparato. Por su parte, el entrante Biden empezará con un amplio crédito para lanzarse al juego del transformismo. De esta forma, el Partido Demócrata podrá volver a presentarse como el máximo exponente del neoliberalismo progresista y gran alternativa redentora con carta blanca para hacer casi lo mismo sin mayor exigencia que el contraste formal con su predecesor. Y a quien critique el próximo recorte social, represión policial o invasión militar, se le remitirá a la larga sombra legitimadora del flequillo pelirrojo. Y a callar. Será ese el momento de vislumbrar hasta qué punto el movimiento antirracista o el nuevo socialismo democrático norteamericano será capaz de diferenciarse de Biden y de la operación de marketing de Kamala Harris, planteando una agenda propia independiente del Gobierno demócrata. En fin, en la agenda del establishment, las cosas están claras: pasar página cuanto antes y que el sistema bipartidista estadounidense vuelva a rodar en su engranaje turnista y, con él, el business as usual. De esta forma, el extremo centro neoliberal volverá a escribir la historia del Fin de la Historia y desde Alaska hasta Florida, pasando por París y Jaén, resonará el eco de la apología de las instituciones democráticas y del imperio de la ley de nuevo reinante tras superar la prueba de fuego del capítulo especial de The Walking Dead edición Capitolio. Pero, ojo spoiler alert, al fin resulta que el sueño liberal del Estado neutral era el que producía monstruos. Y hablando de monstruos, nada como remitirse a una futura América grande de nuevo para ocultar infructuosamente las inseguridades y miedos de quienes creen ver cuestionados sus auto-asignados privilegios de ayer y de siempre. Encontrar mujeres en los pasillos ocupados del Capitolio parecía una reedición televisada de ¿Dónde está Wally? Porque, vale, Not all (white) men, pero sí que lo son casi todos los que estaban. ¿Cuántas masculinidades dañadas y asustadas hay detrás de las reacciones políticas violentas que alimentan la Internacional Reaccionaria? El malestar mutante en el desorden global Se es superpotencia a las buenas y a las malas. Que para algo Hollywood se encargó siempre de situar en suelo y acento yanki tanto las salvaciones heroicas de la humanidad como las invasiones alienígenas y pistas de aterrizaje de los meteoritos destructores. Y no iban a ser menos para mostrar en directo al mundo la enésima prueba de la decadencia del imperio americano. La incapacidad de EE UU para seguir generando seducción más allá de sus evidentes y duras capacidades objetivas es la larga historia de la falta de liderazgo de una potencia que lleva años perdiendo su papel hegemónico sobre un tablero global en plena recomposición. Un proceso que viene de lejos, pero que este 6 de enero marcó un hito mayor a vista de todo el planeta, por mucho que el establishment norteamericano intente darle la vuelta y venderlo como catarsis para despertar de la pesadilla trumpista y pretender así retomar el liderazgo global del mundo libre. La otra cara de la moneda será ver cómo se recomponen los demás populismos xenófobos de la Internacional Reaccionaria una vez que su principal exponente abandone la Casa Blanca. En Brasil, en Filipinas, en la India y en Europa cabe esperar importantes mutaciones en los próximos años. Que todo vuelva a cambiar para que nada cambie. Menos la lepenización planetaria de los espíritus que crece en los claroscuros del desorden global. Y si algo ha demostrado esta ola reaccionaria global en el último periodo ha sido su enorme plasticidad y capacidad de adaptarse a tiempos cambiantes. En La luz que se apaga[01], un buen libro sobre el auge de los iliberalismos reaccionarios, se explica la ventana de oportunidad que ha creado la presidencia de Trump a lo largo de estos años para el auge de esta Internacional Reaccionaria. «Los dirigentes autoritarios de carácter reaccionario que imitan a Trump, en la actualidad, lo hacen para dar una pátina sofisticada de legitimidad, sin más, a aquello que de todos modos pretenden hacer. El presidente derechista de Brasil no imita a Trump porque quiera ser Trump, lo imita porque Trump ha hecho posible que Bolsonaro pueda ser él mismo” (3). Como Le Pen, Vox o Salvini, los Trump de turno ofrecen un espantapájaros al resto de élites para esconder sus propias miserias y seguir alimentando impunemente un malestar social y un desorden global desde la justificación del menos malo. Pero unos y otros son hijos de la ruina común y crecen, entre otras cosas, ocupando el vacío que deja la ausencia de alternativas en clave socialista, feminista y ecologista. Que el extremo centro neoliberal no sea la única alternativa a los trumpismos también es responsabilidad de quienes trabajamos por levantar otros proyectos de sociedad y otras maneras de organizarnos. De lo contrario, al despertar de la pesadilla trumpista solo habrá la misma larga noche neoliberal. Mientras tanto, ya se está grabando el capítulo en el que descubriremos si lo que ocurrió el miércoles 6 de enero en el Capitolio debe leerse como el estertor folclórico e impotente del trumpismo o, más bien, como el alba de su mutación para adaptarse al nuevo escenario: un trumpismo sin la Casa Blanca e incluso sin Trump. Notas ↑01 Krastev, Ivan y Holmes Stephen, La luz que se apaga, Debate, Barcelona 2019, p. 470.

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  • ¿Sigue siendo fascismo el fascismo incompetente? Sobre la ofensiva de extrema derecha en el Capitolio.

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    Richard Seymour

    Traducción: VientoSur
    Fuente: 
    Este texto se publicó originalmente en el sitio web de Richard Seymour.

    Especiales temáticos: Título del Especial

    06/01/2021

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    Es probable que la tentativa desesperada de hoy [6 de enero, NDT] por subvertir el orden constitucional liberal fracase, lo que en gran parte refleja el estado inacabado de esta fase del desarrollo del fascismo. En los últimos años, hemos sido testigos de tentativas especulativas, a incursiones experimentales, que han contribuído a crear las condiciones culturales y organizativas previas a la legitimación de una derecha extraparlamentaria violenta. Por ejemplo, no hay Modi sin Gujarat1/, ni Gujarat sin Ayodhya2/. Se necesita tiempo para desarrollar coaliciones de fuerzas, dentro y fuera del Estado, para legitimar toda una cultura de crueldad y de violencia, para erosionar el compromiso de la burguesía con el liberalismo, para desmoralizar a la izquierda y aterrorizar a las minorías. No estoy afirmando aquí que las energías parcialmente coaguladas del trumpismo, que en las últimas elecciones se ha mostrado que se desarrollan de forma significativa, sean equivalentes al BJP/RSS3/ en su coherencia ideológica, su claridad organizativa y su profundidad social. Este no es el caso. Hago esta analogía para indicar que estamos lejos de la culminación de este tipo de fenómenos. Esta incursión armada provocada por Trump en el Capitolio de los Estados Unidos, que se suma a los esfuerzos de los senadores republicanos más cercanos a Trump para anular el resultado de las elecciones, no podría haber tenido lugar sin la connivencia de la policía de Washington DC, con algún papel desempeñado por el Departamento de Defensa. Si se hubiera tratado de cualquier otro movimiento de protesta, habrían sido repelidos, y brutalmente, con una violencia desproporcionada al máximo. Es este mismo Estado quien bombardeó la sede de MOVE4/ y disparó obuses contra el complejo de Waco5/. En cambio, la policía de DC abrió las puertas , permitiendo que la extrema derecha armada irrumpiera en el Capitolio, y se contentó con ver a los manifestantes paseando en busca de electos -¿y luego qué?- Dejaron que la situación degenerara hasta convertirse en un auténtico tiroteo, en el que acabaron disparando a una mujer en el cuello. Pidieron refuerzos a la Guardia Nacional, ante lo cual el Ministerio de Defensa ganó tiempo diciendo que “iban a considerarlo”. Fue solo después de la violencia que casi ha matado [posteriormente se ha sabido que ha habido cuatro muertos, una tras un tiro de la policía en el interior del Capitolio] cuando la Guardia fue enviada a la escena. El Pentágono, por supuesto, está bajo el liderazgo del ministro interino Christopher Miller después de que su predecesor, Mark Esper, fuera destituido el 9 de noviembre por oponerse a Trump. Esper fue uno de los ex funcionarios del Pentágono que advirtieron sobre un golpe de Estado. Mi hipótesis es, por supuesto, que el Pentágono ha postergado las cosas bajo la presión de Trump, para ofrecer a sus amiguitos una reconstrucción más completa del Putsch de la Cervecería. La alianza entre la extrema derecha, la policía y una facción del poder ejecutivo se ha consolidado en varias ocasiones por violentas campañas callejeras bajo Trump: en las protestas contra el confinamiento, en la batalla de los grupos armados contra Black Lives Matter (BLM) y en los incendios de Oregón . La dialéctica entre la violencia callejera y la represión autoritaria por parte del Estado contra los enemigos de la derecha ha sido y sigue siendo una parte visible de la estrategia de Trump. Y esta dialéctica de radicalización mutua, tan esencial para el fascismo en su fase de madurez, reforzada por una dosis de histeria anticomunista, ha jugado un papel fundamental en la expansión de la base de Trump en las elecciones de noviembre. Debe enfatizarse que si los resultados hubieran sido aún más ajustados, las protestas de hoy serían mucho mayores y más peligrosas. Si estas protestas se limitan a miles, no a decenas de miles, es sobre todo por una razón crucial: el resultado de las elecciones fue lo suficientemente fuerte como para desmoralizar a la base de Trump. Si ese no hubiera sido el caso, los desafíos judiciales, complementados con las llamadas telefónicas amenazadoras de Trump y las manifestaciones armadas repentinas, habrían hecho que los disturbios de Brooks Brothers hubieran parecido un picnic. Este golpe de Estado desesperado será tan fácil de contener como los muchos y vejatorios desafíos legales y políticos de Trump con respecto a los resultados de las elecciones. La derrota de los republicanos en Georgia, probablemente acelerada por la misma intransigencia ideológica que le ha costado la elección nacional, se sumará a la desmoralización de la derecha. La desmoralización es desmovilizadora. Sin embargo, la corriente subyacente de ira, el mito de la traición (“nuestro voto ha sido robado”) y la realidad alternativa elaborada por Trump y ampliamente compartida por los votantes republicanos, serán alimentados en los próximos años por una industria de “désinfodiversión” ( desinfotainment ) de extrema derecha elaborada y hábil. Los principales sectores de crecimiento, a partir de ahí, serán dos fuerzas: los tiradores “lobos solitarios” y los grupos conspiracionistas armados. Estos últimos –desde el pizzagate al partidario de los QAnon que disparó contra un mafioso6/, al atentado suicida de Nashville (que está vinculado a una teoría de la conspiración sobre el 5G), al farmaceútico que saboteó deliberadamente las vacunas y luego las suministró a los clientes en base a teorías de conspiración anti-vacunas, desde el simulacro de bombardeo bajo la influencia de Infowars hasta las milicias en acción durante los incendios de Oregón y las manifestaciones anti-BLM, están ancladas en la tradición americana. Se trata de un fascismo inconcluso, fascismo en su fase experimental y especulativa, en el que se forma una coalición de fuerzas populares minoritarias con elementos del ejecutivo y del ala represiva del Estado. Sería terriblemente estúpido, de una complacencia increíble, esperar de la democracia estadounidense que permanezca lo suficientemente estable en los años venideros como para negarle a este naciente fascismo nuevas posibilidades de solidificarse y desarrollarse. Que no me digan que la burguesía estadounidense nunca apoyará el fascismo porque la democracia liberal funcionaría suficientemente bien. Que no me digan que el fascismo no se afianzará en una sociedad donde la izquierda es débil desde décadas y donde gran parte del movimiento obrero está casi en un estado de muerte clínica. Estos puntos son incuestionables. El fascismo nunca se desarrolla en primer lugar porque la clase capitalista se movilice detrás suyo. Crece porque atrae alrededor de su núcleo a aquellos que Clara Zetkin ha descrito como “los políticos sin hogar, los desarraigados sociales, los indigentes y los desilusionados”. Y el fascismo naciente ha demostrado, desde India hasta Filipinas, que no necesita un comunismo fuerte para reaccionar: la hipótesis de Ernst Nolte era errónea. Existe una necesidad urgente de un movimiento antifascista en los Estados Unidos.

    Un fascisme incompétent est-il encore du fascisme ? Sur l’offensive de l’extrême droite au Capitole
    Traducción: viento sur Este texto se publicó originalmente en el sitio web de Richard Seymour. Notas 1/ Estado de la costa oeste de la India, donde el actual Primer Ministro de la India, Narendra Modi, llegó al poder en 2001. Permaneció allí hasta convertirse en Primer Ministro en 2014.(NdT) 2 Ciudad del estado de Gujarat, importante lugar de peregrinaje hindú y objeto de grandes tensiones entre hindúes y musulmanes. Los pogromos anti-musulmanes tuvieron lugar allí en 2002, matando a unas 2.000 personas y prefigurando el tipo de dinámica en la que se basa la política de Modi en la actualidad.NdT) 3/ El partido de NDT Modi, el Bharatiya Janata Party (“Partido indio del pueblo”), y su ala paramilitar, la Rashtriya Swayamsevak Sangh (“Organización Nacional Voluntaria”). 4/ Organización radical negra con sede en Filadelfia, famosa en particular por los métodos utilizados para reprimirla, y especialmente por el lanzamiento de una bomba desde un helicóptero de la policía sobre su sede, que provocó varias víctimas, incluidos niños, y un incendio gigantesco , en 1985. (NdT) 5/ Ciudad de Texas sobre todo conocida por haber sido el lugar de un asalto mortífero del FBI a una comunidad sectaria. (NdT) 6 Anthony Comello. (NdT)

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  • Capitolio: Fascismo, humo y alternativa

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    Daniel Tanuro

    Miembro de la Izquierda Anticapitalista
    Autor de «Demasiado tarde para ser pesimista» ( Sylone-viento sur, 2020).

    Traducción: Faustino Eguberri para VientoSur
    Fuente: 
    Europe Solidaire Sans Frontières

    Especiales temáticos: Título del Especial

    10/01/2021

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    El sistema presidencial estadounidense se fundó en la época de la esclavitud en el siglo XVIII; se basa en el sufragio indirecto, sesgado en todos los sentidos posibles, gangrenado por el dinero hasta la médula… Qué importa: en los medios de comunicación fue suficiente que peligrosos aprendices de fascistas irrumpieran en el Capitolio para que Estados Unidos se convirtieran mágicamente en «la gran democracia por excelencia». Vertiginosas desigualdades sociales, racismo estructural, machismo virulento, falta de seguridad social, sectas religiosas fanáticas, grupos nazis y supremacistas armados, represión de migrantes, agresiones homofóbicas y… apoyo imperialista a dictaduras en todo el mundo. De repente, Trump es designado como la causa principal, si no exclusiva, de todos estos males. Sin embargo, estos no son nuevos. Como recordatorio, fue Clinton quien comenzó a construir el Muro en la frontera mexicana… Las mezcolanzas, cuanto más grandes, mejor cuelan Tras el asalto fascista al Capitolio, las y los políticos y los principales medios de comunicación repiten casi unánimemente el mismo estribillo moralizador: «La polarización y la radicalización hacen el juego a los extremistas que ponen en peligro la democracia, unámonos para defenderla, silenciemos nuestras disputas, amémonos los unos a los otros». Traducido en términos políticos y sociales, esto significa: «Trabajen bien, acepten pacientemente sacrificios e injusticias, obedezcan a la policía y respeten sus gobiernos. De lo contrario, los malos extremistas («de derechas o de izquierdas», agregó incidentalmente un funcionario del MR-Movimiento Reformador belga..) pondrán en peligro las sagradas instituciones de la Democracia». Para dejar las cosas completamente claras, algunas y algunos observadores también se han atrevido a poner un signo de igualdad entre las pandillas fascistas lanzadas por Trump al asalto del Capitolio y el movimiento de Chalecos Amarillos lanzado por la base social contra la política de austeridad-seguridad de Emmanuel Macron. Las mezcolanzas, cuanto más grandes, mejor cuelan… De una mentira a otra Aunque sea más sutil y se reclame de los valores democráticos, este discurso dominante no es, a fin de cuentas, menos falso que el de Trump. Simplemente, reemplaza las verdades alternativas por el pensamiento único (la Verdad revelada por las y los creadores de opinión) y el discurso de odio por declaraciones de amor y armonía social (que chorrean hipocresía). La amenaza de un intento de golpe de Estado trumpista era evidente desde hace meses. ¿Por qué las y los políticos y sus agentes mediáticos no nos alertaron? ¿Cómo habrían reaccionado si Trump hubiera tenido éxito en usar el Tribunal Supremo de los Estados Unidos para revertir el resultado de la votación, como claramente pretendía? Lo más probable es que se hubieran contentado con un comentario desaprobador, mientras destacaban las rarezas del sistema estadounidense… ¡Ni hablar de poner en duda la «mayor democracia del mundo»! El asalto fascista como revelador ¿Por qué entonces toda la agitación actual? Porque lo que sucedió en el Capitolio está cambiando el ambiente entre la opinión pública. De repente, las masas populares observan con preocupación que el desempleo masivo, la desigualdad, las leyes del mercado, la guerra de todos y todas contra todos y todas y la supremacía imperialista hacen renacer la barbarie fascista y racista, como en la década de 1930. También constatan que, como en la década de 1930, los intentos de abrir el camino al poder a esta barbarie vienen no solo de abajo (QAnon y gentes tipo Proud Boys), sino a menudo también de arriba, a veces incluso de la cúspide de estos Estados que se dicen democráticos. ¿Es necesario recordar que el rey Víctor Manuel III allanó el camino para Mussolini en Italia? ¿Que Leopoldo III y Hendrik De Man, en nuestro país (Bélgica), favorecieron el Nuevo Orden? Lo que sucedió el 6 de enero en Washington está funcionando como revelador. La conmoción nacional e internacional es enorme, comparable a la del 11 de septiembre, en otro terreno. Entonces, los responsables políticos del capitalismo y sus agentes mediáticos se apresuran. ¿Para poner fin al desempleo masivo, las desigualdades, las leyes del mercado, la guerra de todos y todas contra todos y todas, la supremacía imperialista? Pues no, todo lo contrario: se apresuran a salvar estas sus políticas injustas, salvar las instituciones a través de las cuales promulgan estas políticas y salvar la ideología hipócrita que hace que estas instituciones parezcan defensoras democráticas del interés general, cuando están al servicio de intereses particulares de las y los poderosos. Porque, sin el control de esta ideología, todo el sistema se desmoronaría como un castillo de naipes. Humo pseudodemocrático El significado de la maniobra es muy claro en Estados Unidos, donde el estupor creado por el golpe de Trump se utiliza para tratar de consolidar la frágil posición de Joe Biden, para justificar su acercamiento a los republicanos «anti-Trump» (entre comillas) y, por lo tanto, la eliminación de todo lo que el programa del futuro presidente podría incluir concesiones hechas a Bernie Sanders y a la izquierda del Partido Demócrata… Defensa de la democracia, ¡ni hablar! La maniobra no conducirá a una alternativa democrática, social y ecológica al Trumpismo, sino a una reformulación del tipo de política que hizo posible el trumpismo y, en consecuencia, a su fortalecimiento. El mismo tipo de maniobra está en marcha en Europa. En un discurso de circunstancias, Emmanuel Macron tuvo el descaro de presentarse como el defensor de los derechos democráticos que está tratando de enterrar. Otra muestra notable fue la complaciente entrevista con Charles Michel (Charles Michel es el presidente del Consejo Europeo en ejercicio y antes fue primer ministro de Bélgica ndt), en RTBF hace unos días1/. Charles Michel, el exjefe del gobierno más antisocial de la posguerra; Charles Michel, el hombre que gobernó con un Secretario de Estado de Asilo fascistoide y admirador explícito de Trump; Charles Michel, a quien la pobreza en la que uno de cada cuatro niños y niñas crece no le impide dormir; Charles Michel, el hombre que encontró democrático imponer la jubilación a los 67 años (!) cuando esta medida criminal ni siquiera estaba en la agenda de los partidos que formaban su coalición… Charles Michel, el presidente de un Consejo Europeo no elegido, vino a instarnos a defender La Democracia. Necesidad de una respuesta, urgencia de una alternativa Este humo pseudodemocrático está presente en todos los países. Con tanto mayor riesgo de éxito, cuanto que la pandemia favorece a la vez los discursos de unidad nacional por encima de las divisiones sociales, los abusos policiales y los deslizamientos autoritarios. En todos los países, como en los Estados Unidos, el resultado será el fortalecimiento de la derecha extrema y de la extrema derecha populista, racista, conspiracionista y sexista. El peligro que esto representa no puede ser combatido por la sagrada unión de todos los demócratas – una unión sagrada en la regresión social neoliberal y productivista. Sólo se puede combatir mediante la movilización masiva de las y los explotados y oprimidos contra todas las formas de dominación, en defensa de sus derechos democráticos y, por lo tanto, de sus derechos sociales, en defensa del derecho de las generaciones futuras a un medio ambiente de calidad. En esta movilización es de esperar que las y los partidarios del ecosocialismo se reúnan en torno a una alternativa digna de ese nombre, porque el sistema capitalista solo puede aportar regresión social, destrucción ecológica y despotismo político. 10/01/2021 http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article56413 Traducción: Faustino Eguberri para viento sur Daniel Tanuro, – , miembro de la Izquierda Anticapitalista, autor de «Demasiado tarde para ser pesimista» ( Sylone-viento sur, 2020) Notas: 1/ RTBF, « Jeudi en prime », 7 janvier 2021.

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