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  • Deuda de Venezuela: ¿quién debe qué a quién bajo la tutela neocolonial de Estados Unidos?

    Deuda de Venezuela: ¿quién debe qué a quién bajo la tutela neocolonial de Estados Unidos?

    Por una auditoría ciudadana de la deuda, las cuentas públicas y los ingresos petroleros.

    La reestructuración de la deuda de Venezuela que se está preparando actualmente no es una buena noticia para el pueblo venezolano. Corre el riesgo de que durante muchos años, una parte importante de los ingresos del país, en particular los ingresos petroleros, se destine al reembolso de los acreedores extranjeros precisamente cuando Venezuela sale de un período de profunda crisis económica, de sanciones internacionales, de confiscación o congelación de parte de sus activos en el exterior y de sufrir una catástrofe natural de gran magnitud.

    Según la información publicada en junio de 2026, el Gobierno interino de Delcy Rodríguez se dispone a reconocer un conjunto de deudas que podrían ascender a 240000 millones de dólares. La cifra es considerablemente superior a las estimaciones que circulaban anteriormente, que oscilaban entre los 150.000 y los 170.000 millones de dólares. Con una economía cuyo PIB se situaría hoy en día cerca de los 100.000 millones de dólares, la deuda así evaluada representaría más del 200 % del PIB.

    Pero esta cifra no debe aceptarse en ningún caso como un dato incuestionable. Los 240000 millones de dólares no corresponden a una deuda homogénea, incluye bonos soberanos, deudas de la empresa petrolera estatal PDVSA, préstamos bilaterales, créditos comerciales, intereses acumulados y créditos derivados de laudos arbitrales o acuerdos de indemnización relacionados con nacionalizaciones y expropiaciones llevadas a cabo básicamente durante la presidencia de Hugo Chávez, fallecido en marzo de 2013.

    La primera pregunta que hay que plantearse es muy sencilla: ¿quién debe qué a quién, en qué concepto, por qué importe y tras qué pagos ya efectuados?

    Esta cuestión cobra aún mayor importancia si se tiene en cuenta que la reestructuración se está preparando en unas condiciones políticas y económicas totalmente excepcionales.

    Una reestructuración preparada bajo tutela estadounidense

    Desde la agresión militar estadounidense del 3 de enero de 2026, que provocó la captura, el secuestro de Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores y su encarcelamiento en Estados Unidos, Venezuela se encuentra en una situación de dependencia sin precedentes respecto a Washington. La intervención estadounidense también provocó la muerte de un centenar de personas, entre ellas 32 cubanos que participaban en la protección de la presidencia venezolana.

    Desde entonces, Delcy Rodríguez dirige un gobierno interino que ejerce el poder en un contexto en el que Estados Unidos cuenta con un peso político, militar y económico determinante. Esta situación cobra especial relevancia al analizar la cuestión de la deuda, ya que afecta directamente a la principal riqueza del país: el petróleo.

    Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo. Sin embargo, desde enero de 2026 Washington ejerce un control neocolonial sobre la organización de las exportaciones petroleras y sobre los flujos financieros resultantes. Según informaciones publicadas recientemente, Estados Unidos ya habría recaudado más de 13000 millones de dólares en ingresos procedentes del petróleo venezolano desde enero.

    Nos encontramos ante una situación profundamente paradójica: entidades extranjeras reclaman a Venezuela sumas considerables, mientras que la potencia que la ha agredido militarmente se apropia de sus ingresos petroleros, que constituyen, con diferencia, la principal fuente de ingresos del país.

    Esta situación presenta características que pueden calificarse legítimamente de neocoloniales. Venezuela ya no controla los beneficios derivados de sus hidrocarburos, Washington controla su recaudación, su conservación y su desembolso. Esta situación es rotundamente neocolonial.

    Por lo tanto, la cuestión de la deuda no puede disociarse de la del control de los recursos naturales de Venezuela.

    Los acreedores extranjeros reclaman a Venezuela sumas considerables, mientras que la potencia que la ha agredido militarmente se apropia de sus ingresos petroleros, que constituyen, con diferencia, la principal fuente de ingresos del país.

    Una deuda acumulada en condiciones extraordinarias

    También sería erróneo considerar la deuda venezolana como si se hubiera acumulado en condiciones económicas y financieras normales.

    Estados Unidos comenzó a imponer importantes sanciones financieras a Venezuela en agosto de 2017, durante la primera presidencia de Trump. Estas sanciones limitaron las transacciones relacionadas con la deuda del Gobierno venezolano y de la principal empresa petrolera pública, PDVSA. En enero de 2019 Washington reforzó considerablemente el dispositivo sancionando a PDVSA y bloqueando los activos sujetos a la jurisdicción estadounidense.

    Evidentemente, estas sanciones no bastan por sí solas para explicar la crisis venezolana en su conjunto, también hay que tener en cuenta las decisiones económicas de los sucesivos gobiernos, los errores de gestión, la corrupción y el colapso de la producción petrolera.

    Pero lo contrario también es cierto: es imposible analizar seriamente la capacidad de Venezuela para pagar su deuda sin tener en cuenta las sanciones que han limitado su acceso a la financiación internacional y complicado sus relaciones financieras con el exterior.

    Así pues, es necesario integrar las sanciones en la auditoría de la deuda y determinar en qué medida han afectado a la capacidad de pago y refinanciación del país.

    Activos venezolanos bloqueados en el extranjero

    La situación resulta aún más paradójica si se tiene en cuenta que una parte de los activos de Venezuela resulta inaccesible para las propias autoridades del país. El caso más emblemático es el del oro depositado en el Banco de Inglaterra. Aproximadamente 31 toneladas de oro, que representan un valor cercano a los 4.000 millones de dólares, siguen inmovilizadas en el Reino Unido. En agosto de 2026 las autoridades venezolanas solicitaron la devolución de este oro para poder financiar, entre otras cosas, la reconstrucción tras los terremotos de junio. La solicitud es aún más urgente si se tiene en cuenta que el país debe hacer frente a necesidades considerables en materia de vivienda, sanidad e infraestructuras.

    Este caso plantea una cuestión fundamental:

    ¿Cómo se puede exigir a un Estado que pague a sus acreedores y al mismo tiempo impedirle que utilice libremente una parte de sus propias reservas y de sus activos depositados en el extranjero?

    En consecuencia, la auditoría deberá centrarse no solo en las deudas de Venezuela, sino también en sus activos inmovilizados en el extranjero: su importe, su situación jurídica, las decisiones que llevaron a su congelación y las condiciones que permiten su recuperación.

    Centerview, Mathieu Pigasse, Trump y la reestructuración de la deuda de Venezuela

    Con el respaldo de Washington, en mayo de 2026 Delcy Rodríguez encargó a Centerview Partners, un banco de inversión de Estados Unidos, la misión de asesorar a Venezuela en la reestructuración de su deuda soberana y de la de PDVSA.

    Centerview trabaja en la elaboración de un marco macroeconómico y un plan destinados a reducir la deuda a un nivel considerado «sostenible», con el fin de permitir que Venezuela vuelva progresivamente a los mercados financieros internacionales. El Gobierno aspiraría a alcanzar un acuerdo con los acreedores antes de que finalice 2026, pero es muy poco probable que se respete ese plazo.

    La elección de Centerview merece atención. Su oficina de París está dirigida por Matthieu Pigasse. Según una investigación del Wall Street Journal1, Matthieu Pigasse, que se presenta a sí mismo como un banquero de izquierdas, acudió el 24 de enero de 2026 a la Casa Blanca para asistir en presencia de Donald Trump a una proyección privada del documental Melania, dedicado a la esposa del presidente. Este encuentro tuvo lugar mientras Pigasse intentaba conseguir el mandato para la reestructuración de la deuda de Venezuela y formaba parte de las gestiones que le permitieron obtener el apoyo de Mauricio Claver-Carone, quien respaldó su candidatura ante Delcy Rodríguez. Cabe señalar que la relación entre Pigasse y Mauricio Claver-Carone (muy cercano a Trump) no es nueva. Claver-Carone y Pigasse colaboraron en 2020 en la reestructuración de la deuda de Ecuador impulsada por el Gobierno neoliberal de Lenin Moreno y por el FMI.

    En septiembre de 2020 Trump logró que su asesor para América Latina, Mauricio Claver-Carone —de origen cubano al igual que Marco Rubio y tan anticastrista como él—, fuera elegido presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), rompiendo así con la tradición que reservaba este cargo a un ciudadano latinoamericano o caribeño. Destituido del BID en 2022 por votación unánime de su dirección2 tras haber aumentado en un 50 % la remuneración de su protegida y jefa de gabinete, Jessica Bezoya3, Claver-Carone conservó sus redes políticas y financieras y fue reintegrado en el dispositivo latinoamericano de Trump en 2025. Tras su paso por la administración continuó su actividad en el sector privado, al tiempo que desempeñó en 2026 un papel oficioso de intermediario entre Washington y Caracas. En particular, apoyó ante Delcy Rodríguez la candidatura de Centerview y de Matthieu Pigasse, a quien ella conocía bien, al tiempo que indicaba haber consultado al Departamento de Estado y al Tesoro de Estados Unidos.

    Cabe señalar que, a finales de julio de 2026, Mauricio Claver-Carone dejó de supervisar el asunto venezolano para la Administración Trump. Aunque afirma haber abandonado voluntariamente este cargo, que desempeñaba sin estatus oficial, varias fuentes citadas por Reuters indican que habría sido empujado a marcharse, tras las crecientes tensiones en el seno de la Administración Trump en torno a su influencia en las negociaciones petroleras, las inversiones estadounidenses y la reestructuración de la deuda venezolana. Reuters señala que la gestión del asunto correrá a partir de ahora a cargo de una estructura interministerial dirigida por Marco Rubio, con un equipo reforzado en la embajada estadounidense en Caracas. En este momento, Centerview sigue siendo el actor financiero encargado de la reestructuración. Matthieu Pigasse interviene como banquero privado designado por Caracas con la autorización de Washington.

    Mathieu Pigasse desempeñó un papel importante en el banco de inversión Lazard hasta su salida en 20204, especialmente con motivo de la reestructuración de la deuda griega de 20125. La reestructuración de la deuda griega resultó especialmente perjudicial. La comparación con Grecia no significa que la situación de Grecia en 2012 y la de Venezuela en 2026 sean idénticas, pero lo que hay que recordar de la experiencia griega es que una reestructuración importante de la deuda no implica necesariamente el fin de la crisis. Una parte de la deuda puede condonarse o reestructurarse, dejando al país con una carga insostenible y obligándole a seguir aplicando políticas de austeridad que perjudican duramente y de forma injusta las condiciones de vida de la mayoría de la población (véase apartado «La reestructuración de la deuda griega en 2012»).

    Por lo tanto, hay que mirar más allá del porcentaje de condonación anunciado.

    Aunque la deuda venezolana de 240.000 millones de dólares se redujera en un 50 %, quedarían 120.000 millones por pagar. Con una reducción del 65 %, aún quedarían 84.000 millones de dólares. En ambos casos la deuda residual y su carga supondrían un enorme lastre teniendo en cuenta el peso actual de la economía y los ingresos públicos.

    Por consiguiente, la cuestión no es solo saber cuánto estarán dispuestos a condonar los acreedores, hay que saber cuánto quedará por pagar, a qué tipo de interés, durante cuánto tiempo, con qué garantías, en qué condiciones y con qué acceso a los ingresos futuros del petróleo.

    Recuadro: La reestructuración de la deuda griega en 2012


    En 2012, la Troika (integrada por el FMI, el Banco Central Europeo y la Comisión Europea) organizó una reestructuración de la deuda griega que afectaba únicamente a los acreedores privados, es decir, a los bancos privados de los Estados de la Unión Europea que ya habían logrado reducir considerablemente su exposición pero aún conservaban ciertos créditos sobre Grecia, y a otros acreedores privados como los fondos de pensiones de los trabajadores griegos. Esta reestructuración supuso una reducción de la deuda griega de entre el 50 % y el 60 % frente a los acreedores privados. La propia Troika, que había prestado dinero a Grecia desde 2010, organizó la reestructuración de la deuda griega negándose a reducir los créditos que ella misma poseía. Esta operación fue presentada como un éxito por los medios de comunicación dominantes, los gobiernos occidentales y el gobierno griego, así como por el FMI y la Comisión Europea. Se intentó hacer creer a la opinión pública internacional y a la población griega que los acreedores privados habían realizado esfuerzos considerables para tener en cuenta la dramática situación en la que se encontraba Grecia. En realidad, esta operación no ha beneficiado en absoluto al país en general y mucho menos a su población. Tras una caída momentánea de la deuda a lo largo de 2012 y a principios de 2013, la deuda de Grecia volvió a aumentar y superó el nivel alcanzado en 2010-2011. Las condiciones impuestas por la Troika provocaron una caída dramática de la actividad económica del país; el PIB se redujo en más de un 25 % entre 2010 y principios de 2014. Y sobre todo, las condiciones de vida de la población se han deteriorado: violación de los derechos económicos y sociales y de los derechos colectivos, retroceso en el sistema de pensiones, reducción drástica de los servicios prestados por la sanidad y la educación públicas, despidos masivos, pérdida de poder adquisitivo… A esto hay que añadir que una de las condiciones para la reducción de la deuda griega fue el cambio de la legislación aplicable y de la jurisdicción competente en caso de litigio con los acreedores. En definitiva, esta reestructuración de la deuda puede considerarse totalmente contraria a los intereses de la población griega y de Grecia como país. Además, no ha permitido reducir la deuda pública como porcentaje del PIB. En 2025, de entre los 27 países miembros de la UE, Grecia seguía siendo el país con la deuda pública más elevada en relación con el PIB. Estas son las cifras facilitadas por Eurostat: en 2012 la deuda pública griega representaba el 159,6 % del PIB. En 2015, tres años después de la reestructuración que oficialmente debía permitir una reducción significativa de la deuda pública, esta había alcanzado el 176,7 % del PIB. En 2019, tras ocho años de austeridad muy severa que el FMI y el resto de la Troika justificaban en nombre de la mejora de las finanzas públicas de Grecia, la deuda pública seguía representando el 176,6 % del PIB. En 2022, diez años después de la reestructuración, representaba el 177,8 % del PIB, es decir, un porcentaje claramente superior al de antes de la reestructuración. En 2025 alcanzaba el 146,1 % del PIB (véase Eurostat), un porcentaje más elevado que antes de la intervención del FMI y de la Troika, que comenzó en 2010.

    ¿Cómo se explica que entre mayo y junio de 2026 se haya pasado de una deuda de 150000 millones de dólares a una de 240 000 millones de dólares?

    En cualquier caso, hay que tomar las cifras anunciadas con la mayor precaución y un auténtico espíritu crítico.

    A finales de mayo de 2026 todos los medios de comunicación que anunciaron la elección del banco Centerview y de Matthieu Pigasse para ayudar a Caracas a reestructurar su deuda indicaban que esta ascendía a unos 150.000 millones de dólares. Un mes más tarde, el Gobierno de Delcy Rodríguez baraja una cifra de 240.000 millones de dólares. ¿A qué se debe tal diferencia?

    La siguiente explicación parece razonable: dado que al Gobierno venezolano y a Centerview les interesará presentar el resultado de la reestructuración como un éxito, también les interesa inflar públicamente el importe de la deuda al inicio de la negociación. De hecho, si al término del proceso la deuda se redujera, por ejemplo, a 120.000 millones de dólares, podrían presumir de un gran éxito al anunciar que la deuda se ha reducido a la mitad. Esta presentación también conviene a los acreedores, ya que les abre mayores perspectivas para aumentar sus ganancias o limitar sus pérdidas.

    Lo seguro es que el importe de la deuda anunciado es exagerado y que hay que verificar meticulosamente sus diferentes componentes: las deudas reclamadas por los distintos acreedores, los importes de las sanciones y las indemnizaciones reclamadas por los distintos protagonistas, el valor de mercado de los títulos de deuda, su legitimidad, su legalidad, etc.

    ¿En qué consisten esos 240.000 millones de dólares?

    Con todas las reservas habituales, es fundamental distinguir las diferentes categorías de «créditos».

    Un primer componente está formado por los bonos soberanos de Venezuela y los bonos de PDVSA.

    El principal se estima en unos 60.000 millones de dólares, a los que se sumarían unos 40.000 millones de dólares en atrasos de pago de intereses acumulados desde el impago de 2017. Más adelante veremos que, en realidad, esta cifra es muy exagerada, ya que no tiene en cuenta el valor de los títulos en cuestión en el mercado de deuda.

    Un segundo componente lo constituyen las deudas bilaterales, en particular con China y Rusia, a las que se suman las deudas con el Club de París y diversas instituciones financieras regionales.

    Un tercer componente corresponde a las deudas comerciales con empresas extranjeras, especialmente las cantidades adeudadas por PDVSA a compañías petroleras extranjeras. El Financial Times menciona hasta 50.000 millones de dólares en facturas impagadas a las compañías petroleras.

    Por último, otra categoría sumamente importante para nuestro análisis la constituyen las deudas derivadas de procedimientos judiciales y arbitrales internacionales, en particular las relacionadas con las nacionalizaciones y expropiaciones llevadas a cabo bajo el mandato de Hugo Chávez.

    El Financial Times menciona más de 20.000 millones de dólares en créditos judiciales.

    Pero estas diferentes categorías no pueden equipararse.

    Un bono soberano, una factura impagada a una empresa petrolera y una indemnización fijada por un tribunal arbitral a raíz de una expropiación no son créditos de la misma naturaleza.

    Las deudas derivadas de las nacionalizaciones de la época de Chávez

    Esta cuestión merece una especial atención.

    El Gobierno de Hugo Chávez llevó a cabo numerosas nacionalizaciones y recuperaciones de control en los sectores petrolero, minero, industrial y agrícola.

    Sin embargo, hay que evitar una interpretación jurídicamente errónea: el derecho internacional no prohíbe las nacionalizaciones ni las expropiaciones. Los Estados tienen derecho a recuperar el control de actividades o recursos naturales por motivos de interés público sin perjuicio de las obligaciones internacionales que hayan contraído y, en especial, de las normas relativas a la indemnización.

    En varios casos venezolanos el gobierno de Chávez había previsto o propuesto una indemnización con el fin de respetar el derecho internacional. El litigio se centró en el importe de dicha indemnización. Las empresas afectadas consideraban que las cantidades propuestas eran insuficientes a la luz de los tratados de protección de inversiones a los que se acogían y recurrieron a tribunales arbitrales internacionales.

    Es importante precisarlo, ya que sería engañoso afirmar que Venezuela habría expropiado sistemáticamente sin indemnizar.

    Bajo el mandato de Hugo Chávez (presidente de Venezuela de 1999 a 2013) las nacionalizaciones dieron lugar a situaciones muy diferentes. En varios casos —CANTV, Electricidad de Caracas, Banco de Venezuela, Sidor y las cementeras Holcim, Lafarge y Cemex— el Gobierno negoció directamente con los propietarios y abonó indemnizaciones que, en ocasiones, fueron muy cuantiosas. En total se pagaron más de 7000 millones de dólares a los propietarios de las empresas que acabamos de mencionar.

    En otros casos las negociaciones fracasaron y las empresas presentaron demandas contra Venezuela ante distintos tribunales. Es el caso de dos empresas petroleras estadounidenses, ExxonMobil y ConocoPhillips; de tres empresas canadienses dedicadas a la extracción de oro, como Gold Reserve, Crystallex y Rusoro; de FertiNitro (una empresa conjunta venezolana dedicada a la producción de amoníaco y urea, participada en un 35 % por la empresa estadounidense Koch Industries), de Tidewater (empresa estadounidense de servicios marítimos para compañías petroleras en alta mar)de Owens-Illinois (empresa estadounidense especializada en la fabricación de envases y botellas de vidriosobre todo para la industria alimentaria y de bebidas) y de Monaca (filial venezolana del grupo mexicano Gruma, especializada en la producción de harinas de trigo y maíz). Diversos tribunales, entre ellos el del Banco Mundial, han condenado a Venezuela a pagar varios miles de millones de dólares en indemnizaciones y una parte importante de estas deudas nunca ha sido pagada o solo se ha hecho parcialmente.

    Al examinar las reclamaciones de las empresas mencionadas anteriormente se observa su tendencia a solicitar indemnizaciones enormes, hasta el punto de que los tribunales ante los que han presentado el litigio, aunque les hayan dado la razón, han reducido considerablemente las cantidades concedidas en concepto de indemnizaciones o compensaciones. En el caso de la petrolera estadounidense ConocoPhillips, que exigía a Venezuela algo más de 30.000 millones de dólares, el tribunal del Banco Mundial (el CIADI) condenó al país a pagar 8.500 millones de dólares.

    Hoy en día, se plantean las siguientes preguntas:

    • ¿Se reconoce la legitimidad de las reclamaciones de las grandes empresas privadas y se aceptan los laudos dictados por instituciones como el CIRDI, el tribunal del Banco Mundial?
    • ¿Qué cantidad había propuesto o abonado Venezuela?
    • ¿Qué cantidad fijaron finalmente los tribunales?
    • ¿Qué intereses se han añadido?
    • ¿Qué pagos se han realizado desde entonces?
    • ¿Y qué saldo queda realmente pendiente de pago?

    En cualquier caso, no hay que aceptar las cantidades que se reclaman hoy.

    Hay que someterlos a una auditoría.

    Esta auditoría debe tener en cuenta el impacto humano y medioambiental de la actividad pasada de las grandes empresas que reclaman indemnizaciones. De hecho, hay que calcular el valor de los daños causados y exigir una reparación. Los daños provocados por las empresas petroleras o auríferas son especialmente elevados. Este aspecto nunca ha sido tenido en cuenta por los tribunales que han condenado a Venezuela a pagar indemnizaciones a las empresas. Venezuela debe exigir justicia.

    ¿Por qué Chávez, Morales y Correa abandonaron el tribunal del Banco Mundial?

    Esta cuestión también debe situarse en su contexto histórico.

    La Bolivia de Evo Morales, el Ecuador de Rafael Correa y la Venezuela de Hugo Chávez habían cuestionado el sistema de arbitraje entre inversores y Estados creado por el Banco Mundial y consideraban que otorgaba un poder excesivo a las grandes empresas transnacionales en detrimento de la capacidad de los Estados para ejercer su soberanía sobre sus recursos naturales. La institución en cuestión forma parte del Grupo del Banco Mundial y se denomina CIADI (Centro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones).

    Bolivia denunció el Convenio del CIADI el 2 de mayo de 2007 y su retirada se hizo efectiva el 3 de noviembre de ese mismo año. Ecuador la denunció el 6 de julio de 2009 y su retirada se hizo efectiva el 7 de enero de 2010. Venezuela notificó finalmente su retirada el 24 de enero de 2012, que se hizo efectiva el 25 de julio de 2012.

    El CADTM había acogido con satisfacción estas decisiones en su momento, precisamente porque considerábamos que el sistema del CIADI favorecía en exceso los intereses de los inversores privados y limitaba la capacidad de los Estados para recuperar el control de sus recursos naturales6.

    Es necesario cuestionar la validez de los laudos del CIADI y someterlos a auditoría.

    Las sanciones y los impagos

    Venezuela se encuentra en situación de impago de gran parte de su deuda en forma de bonos desde 2017. Pero este impago también debe situarse en su contexto.

    Las sanciones estadounidenses han ido cerrando progresivamente a Venezuela parte del acceso a los mercados financieros internacionales. Las sanciones contra PDVSA también han complicado enormemente la posibilidad de que la empresa petrolera pública gestione con normalidad sus flujos financieros.

    Por lo tanto, hay que distinguir dos aspectos: las responsabilidades del Gobierno venezolano en la acumulación y la gestión de la deuda —deben examinarse los posibles casos de corrupción de funcionarios por parte de empresas acreedoras— y los efectos de las sanciones estadounidenses sobre la capacidad del Estado para cumplir o refinanciar sus compromisos, que también deben documentarse.

    Una auditoría seria debe tener en cuenta ambas dimensiones.

    El FMI vuelve a entrar en escena

    Bajo la presión de Donald Trump y Marco Rubio, el FMI reanudó oficialmente las relaciones con las autoridades venezolanas en abril de 2026, tras varios años de interrupción.

    Sin embargo, hay que precisar que en este momento el FMI no es el negociador de la reestructuración y que el análisis de sostenibilidad de la deuda no lo lleva a cabo directamente él. Es Centerview quien desempeña ese papel.

    No obstante, el regreso del FMI no por ello es menos importante. En las reestructuraciones de deuda soberana el FMI suele desempeñar un papel central en el establecimiento del marco macroeconómico y en la definición de la deuda considerada sostenible.

    El peligro es que se ponga en marcha un nuevo ciclo: reestructuración de la deuda actual, vuelta a los mercados internacionales, nuevos préstamos y, a continuación, reembolso de las deudas antiguas y nuevas gracias a los futuros ingresos petroleros.

    Una catástrofe de grandes proporciones: los terremotos del 24 de junio de 2026

    A esta situación, ya de por sí extremadamente difícil, se sumó una catástrofe natural de una magnitud excepcional. El 24 de junio de 2026 dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 en la escala de Richter sacudieron Venezuela, provocando importantes destrozos en varios estados y afectando a infraestructuras esenciales.

    A fecha de 14 de julio las autoridades venezolanas informaban de 4734 fallecidos, 16.740 heridos y cerca de 18.000 personas sin hogar.

    La evaluación de los daños también es considerable. El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo estimó ya el 26 de junio que los daños materiales directos ascendían a 6.700 millones de dólares. Una evaluación posterior de la ONU elevó el importe de los daños directos a edificios e infraestructuras a unos 37.000 millones de dólares, sin incluir siquiera las pérdidas económicas indirectas ni el conjunto de los costes de reconstrucción.

    Esta catástrofe debería llevar, necesariamente, a reconsiderar las obligaciones financieras de Venezuela. Sería absurdo exigir a un país afectado por una catástrofe de tal magnitud que destine prioritariamente sus recursos disponibles al reembolso de los acreedores extranjeros, cuando debe reconstruir viviendas, hospitales, redes de agua, carreteras, infraestructuras energéticas y servicios públicos.

    La reconstrucción debe tener prioridad sobre el servicio de la deuda.

    Como mínimo, debería establecerse una moratoria sobre el servicio de la deuda sin acumulación de penalizaciones ni intereses de demora, a fin de permitir que el país haga frente a la emergencia humanitaria y a la reconstrucción.

    La catástrofe también debe tenerse en cuenta en cualquier análisis serio sobre la sostenibilidad de la deuda.

    ¿Quién ha verificado la cifra adelantada de 240.000 millones de dólares de deuda?

    La cifra de 240000 millones de dólares es considerable, pero no basta con anunciarla. Es necesario poder determinar su composición y su justificación.

    Hay que saber:

    • qué obligaciones siguen siendo efectivamente exigibles;
    • qué deudas son del Estado y cuáles son de PDVSA;
    • qué préstamos se han contraído con China, Rusia y otros Estados;
    • qué créditos tienen en su poder las empresas extranjeras;
    • qué laudos arbitrales se han dictado;
    • qué indemnizaciones se han propuesto o ya se han abonado;
    • qué pagos se han efectuado desde que se dictaron los laudos;
    • qué intereses se han acumulado;
    • qué créditos siguen siendo objeto de controversia;
    • qué garantías se han concedido a los acreedores;
    • qué activos públicos se han aportado como garantía;
    • qué comisiones se han abonado a los bancos de inversión y a los bufetes de abogados.
      También hay que intentar cuantificar la deuda pública interna, aunque en esta fase no forme parte del proyecto de reestructuración, que se refiere a la deuda pública externa.

    Pero también hay que examinar los activos de Venezuela.

    ¿Cuáles son sus ingresos petroleros?

    ¿Cuáles son sus activos en el extranjero?

    ¿Qué cantidad de oro está inmovilizada en el Reino Unido?

    ¿Cuáles son los demás activos congelados?

    ¿Qué ingresos petroleros están actualmente controlados o administrados por las autoridades estadounidenses?

    ¿Cuánto habrían producido estos activos si hubieran estado disponibles?

    Por lo tanto, es necesario auditar tanto el pasivo como el activo.

    ¿Qué podría suponer para los acreedores una reestructuración de la deuda con un recorte del 50%?

    El valor nominal de un título de deuda no se corresponde necesariamente con el importe realmente invertido por su titular actual. Los bonos venezolanos y los de PDVSA se negocian desde hace varios años en un mercado secundario a precios muy inferiores a su valor nominal. Algunos bonos de PDVSA se negociaban en torno a 12 o 13 céntimos por cada dólar de valor nominal en 2024. A posteriori subieron considerablemente, alcanzando más de 40 céntimos en el caso de algunas emisiones en 2026.

    Esta evolución es fundamental para comprender los intereses en juego en la reestructuración. Un fondo que hubiera comprado por 12 céntimos un título de deuda con un valor nominal de 1 dólar y que finalmente recuperara 50 céntimos en el marco de la reestructuración, habría más que cuadruplicado su inversión. Si recuperara 60 céntimos, su ganancia alcanzaría el 400%. Por lo tanto, una reducción del 50% o del 60% de la deuda nominal no significa en absoluto que los actuales titulares de los títulos de deuda sufran una pérdida equivalente sobre el capital que realmente han invertido. Por el contrario, algunos inversores especializados en deuda en dificultades pueden obtener ganancias considerables.

    Es imprescindible distinguir entre el valor nominal de los títulos de deuda, su valor de mercado y el precio de adquisición por parte de sus actuales titulares. En el marco de una auditoría ciudadana, también habría que tratar de identificar a los principales titulares actuales de la deuda y cuando sea posible, las condiciones en las que adquirieron sus títulos de deuda.

    En un próximo artículo expondré diferentes escenarios de reestructuración con una estimación de las ganancias y pérdidas para los titulares de la deuda, formulando toda una serie de propuestas que apuntan hacia la soberanía del país y del pueblo.

    Por una auditoría ciudadana de la deuda y las cuentas públicas

    La conclusión es evidente: antes de cualquier reestructuración global de la deuda es necesario llevar a cabo una auditoría ciudadana de la deuda y de las cuentas públicas de Venezuela7. Esta auditoría debe ser independiente de los acreedores, de los bancos de inversión encargados de negociar la reestructuración y de las instituciones financieras internacionales.

    Debe contar con la participación de organizaciones sociales, sindicales, universitarias y ciudadanas, así como disponer de pleno acceso a la información necesaria.

    Debe abarcar los ingresos del Estado, los ingresos petroleros, las cuentas de PDVSA, los contratos petroleros, los préstamos, las garantías, los reembolsos efectuados y los activos que se mantienen en el extranjero.

    Debe evaluar el impacto sobre la población y el medio ambiente de la actividad pasada de las grandes empresas que reclaman indemnizaciones. De hecho, conviene evaluar los daños causados por estas empresas y exigirles que garanticen su reparación. Los daños provocados por las empresas petroleras, mineras, etc., son especialmente importantes. Este aspecto nunca ha sido tenido en cuenta por los tribunales que han condenado a Venezuela a pagar indemnizaciones a las empresas.

    Asimismo, debe examinar el conjunto de las deudas reclamadas a Venezuela, distinguiendo entre:

    la deuda efectivamente adeudada;

    la deuda ya reembolsada;

    las deudas impugnadas;

    las deudas derivadas de laudos arbitrales;

    las indemnizaciones negociadas tras las nacionalizaciones;

    los intereses acumulados;

    los posibles créditos jurídicamente impugnables;

    y las deudas cuya legitimidad deba examinarse.

    El objetivo es impedir que el pueblo venezolano se vea condenado a reembolsar durante décadas una gran cantidad de deudas cuyo origen, composición, importe real y pagos ya efectuados no hayan sido verificados públicamente.

    Recuperar la soberanía sobre los recursos y la deuda

    La cuestión de la deuda es inseparable de la de la soberanía. Venezuela posee recursos naturales considerables. Pero la soberanía sobre estos recursos no puede limitarse a la propiedad jurídica de los yacimientos.

    Significa que el pueblo venezolano debe poder decidir sobre el uso de esos recursos y controlar las cuentas públicas a las que se destinan los ingresos procedentes de los mismos.

    Los ingresos del petróleo deben destinarse, ante todo, a reconstruir el país, desarrollar los servicios públicos, garantizar el acceso a la sanidad, la educación, la vivienda y la alimentación, y reconstruir las infraestructuras destruidas.

    No pueden considerarse una fuente de reembolso destinada, ante todo, a tranquilizar a los mercados financieros y a los acreedores.

    La cuestión fundamental es la siguiente:

    En lugar de preguntar a los acreedores qué están dispuestos a aceptar, hay que preguntar al pueblo venezolano qué es lo que realmente hay que pagar, a quién, por qué y en qué condiciones.

    Se recomienda lograr que un gobierno auténticamente comprometido con el pueblo consiga la cancelación de todas las deudas ilegítimas o ilegales, o que decrete su repudio.

    La perspectiva de una reestructuración de la deuda con la cancelación de todas las deudas ilegítimas o ilegales no debe concebirse como el paso previo al regreso de Venezuela a los mercados financieros internacionales. Debe ponerse en práctica un nuevo modelo de política económica y social para que las grandes fortunas del país y las grandes empresas nacionales y extranjeras aporten al erario público lo necesario para reducir al mínimo la necesidad de recurrir a nuevos préstamos. Además, es necesario descartar el recurso a los mercados financieros para saldar antiguas deudas ilegítimas o ilegales.

    La perspectiva de una reestructuración de la deuda debe ser la ocasión para abrir un debate público sobre la financiación del gasto público, el uso y protección de los recursos naturales, y el futuro económico del país con el fin de garantizar el bienestar de la población.

    En definitiva, se trata de recuperar lo que pertenece al pueblo venezolano:

    la soberanía sobre sus recursos;

    la soberanía sobre sus ingresos;

    la soberanía sobre sus cuentas públicas;

    la soberanía sobre su deuda;

    la soberanía sobre sus decisiones económicas y sociales.

    No puede existir una soberanía plena y completa cuando la principal riqueza del país está bajo el control unilateral de una potencia extranjera, cuando los activos nacionales permanecen congelados en el exterior y cuando las decisiones que comprometen durante varias décadas los ingresos futuros del país se negocian entre el Gobierno, los bancos de inversión y los acreedores internacionales.

    Conclusión

    Antes de decidir cuánto debe pagar Venezuela, hay que saber cuánto debe realmente. En lugar de garantizar a los acreedores el acceso a los ingresos futuros del petróleo, hay que devolver al pueblo venezolano el control de esa riqueza. En lugar de hablar del regreso de Venezuela a los mercados financieros, hay que permitir que Venezuela recupere su soberanía económica.

    Por eso, la prioridad debería ser una moratoria sobre el servicio de la deuda, seguida de una auditoría ciudadana exhaustiva de las cuentas públicas, la deuda, los ingresos petroleros y los activos de Venezuela. La reconstrucción del país y la satisfacción de las necesidades de su población deben tener preeminencia sobre el pago a los acreedores.

    Anexo: Cuadro con una estimación del importe de las reclamaciones financieras contra Venezuela (en miles de millones de dólares estadounidenses). Las cifras indicadas corresponden a las reclamaciones de los acreedores, que deben ser auditadas y pueden dar lugar a anulaciones o repudios (*).

    (*) Una auditoría integral no se limita a una auditoría contable, sino que implica tener en cuenta la legalidad y la legitimidad de las reclamaciones.

    Fuente: recopilación de los datos disponibles a 15 de agosto de 2026, principalmente del Financial Times y de Reuters.

    El autor agradece a Patrick Saurin su revisión del texto y a Fernanda Gadea su revisión de la traducción al castellano.

    Nota publicada en www.cadtm.org

    1. Alexander Saeedy, Ben Dummett y Kejal Vyas, «El banquero socialista que Venezuela contrató para sanear sus finanzas y atraer de nuevo a los inversores: Matthieu Pigasse, de Centerview, está ayudando a Caracas a reestructurar una deuda de unos 150 000 millones de dólares», Wall Street Journal, publicado el 26 de mayo de 2026. El artículo está reservado a los suscriptores del WSJ. ↩︎
    2. El Consejo de Administración (los 14 consejeros ejecutivos) del BID recomendó por unanimidad su destitución el 22 de septiembre de 2022. La decisión definitiva la tomó el 26 de septiembre de 2022 el Consejo de Gobernadores a raíz de dicha recomendación. ↩︎
    3. Además de la noticia de la web de derechas Voz Media enlazada, cabe destacar que su destitución no resulta ajena al hecho de que Joe Biden, presidente a la sazón de los Estados Unidos, quería deshacerse de un hombre de Trump al frente del BID, una institución financiera multilateral muy importante en las Américas. ↩︎
    4. Extracto de Wikipedia: «En el banco Lazard asumió la dirección de la división de “asesoramiento a gobiernos” en 2003, pasó a ser en 2005 director de marketing y vicepresidente de Lazard Europa y posteriormente codirector general adjunto de Lazard Francia (en septiembre de 2009). En abril de 2010 fue nombrado único director de Lazard en Francia y en abril de 2015 responsable mundial de las actividades de fusiones y adquisiciones. Fue uno de los banqueros de inversión más activos de Europa en 2015. Interviene regularmente en el asesoramiento a gobiernos y participa en la reestructuración de la deuda de Argentina, Venezuela y Ecuador, así como de la deuda griega, ucraniana e iraquí.
      Mantiene esta actividad cuando se incorpora a Centerview Partners en 2020 y en este contexto logra en 2026 la reestructuración de la deuda de Venezuela. » https://fr.wikipedia.org/wiki/Matthieu_Pigasse ↩︎
    5. En mi artículo acerca de los asesores de Yannis Varoufakis, publicado en marzo de 2025 Grecia 2015: Los asesores de Varoufakis ministro de Finanzas (Parte 5), escribía:
      «Varoufakis se felicita también por haber aceptado los servicios del Banco Lazard y de su director, el francés Matthieu Pigasse. El Banco Lazard había colaborado, a cambio de una comisión de decenas de millones de euros, en la reestructuración de la deuda griega realizada por la Troika en 2012. Según Varoufakis, Matthieu Pigasse y su acompañante Daniel Cohen (profesor en la École Normale Supérieure de la calle Ulm de París y consejero de Lazard) «…consiguieron ganarse mi confianza cuando me contaron el relato sincero de su complicidad, me ofrecieron una franca disculpa y me hicieron una buena oferta, que consistía en ayudar a que Grecia recuperara el buen camino, ofreciéndonos sus inestimables servicios pro bono. Con semejante colección de disidentes ilustres, reforzábamos nuestro poderío técnico hasta un nivel que no conocía límites.» Fuente de esta cita: Yanis Varoufakis, Comportarse como adultos. Mi batalla contra el establishment europeo, Ediciones Deusto, Barcelona, 2017, capítulo 5, pp. 191-192. »
      En una nota al pie de página sobre Pigasse y Lazard escribí: El banco Lazard es un grupo mundial de asesoramiento financiero y gestión de activos. Empresa franco-estadounidense desde su creación en 1848, Lazard cotiza hoy en la Bolsa de Nueva York y está presente en 43 ciudades de 27 países. Su directivo más conocido en Francia es Matthieu Pigasse. Bajo su dirección, el banco ha asesorado a diversos gobiernos en materia de deuda o gestión de activos (es decir, privatizaciones): a Ecuador en 2008-2009 en lo relativo a la deuda, a Grecia en 2012 y en 2015, y a Venezuela en 2012-2013. Mathieu Pigasse tiene participaciones directas en el Huffington Post, en la revista Les Inrockuptibles y en el diario Le Monde (véase: Sandrine Cassini, 18 de julio de 2019, « Daniel Kretinsky y Matthieu Pigasse quieren aumentar su participación en el capital de Le Monde », https://www.lemonde.fr/actualite-medias/article/2019/07/17/daniel-kretinsky-et-matthieu-pigasse-veulent-accroitre-leur-participation-au-capital-du-monde_5490381_3236.html, consultado el 19 de agosto de 2026). A finales de 2017 Matthieu Pigasse y el banco Lazard se alinearon con el régimen corrupto y represivo del presidente congoleño Denis Sassou-Nguesso para ayudarle en sus relaciones con los acreedores.
      Véase al respecto Challenges, David Bensoussan, 4 de enero de 2018, «Cuando el banco Lazard dirigido por Matthieu Pigasse se une a Dominique Strauss-Kahn y Stéphane Fouks al frente del Congo» https://www.challenges.fr/economie/quand-la-banque-lazard-dirigee-par-mathieu-pigasse-rejoint-dominique-strauss-kahn-et-stephane-fouks-au-chevet-du-congo_558075 consultado el 19 de agosto de 2026. Mathieu Pigasse dejó el banco Lazard a finales de 2019 y se incorporó a la sociedad financiera con sede en Estados Unidos Centerview Partnershttps://www.centerviewpartners.com/, especializada en fusiones y adquisiciones de empresashttps://fr.wikipedia.org/wiki/Centerview_Partners ↩︎
    6. Cécile Lamarque, «Y fueron los tres: después de Bolivia y Ecuador, Venezuela abandona el CIADI», Y fueron los tres: después de Bolivia y Ecuador, Venezuela abandona el CIADI , consultado el 19 de agosto de 2026 ↩︎
    7. También hay que intentar cuantificar la deuda pública interna, aunque en este momento no forme parte del proyecto de reestructuración que afecta a la deuda pública externa. ↩︎

  • Cuba: abandonada por sus posibles aliados

    Cuba: abandonada por sus posibles aliados

    El título está tomado del importante artículo de Josué Veloz Serrade1 publicado por la web cubana La Tizza titulado “Cuba en la encrucijada de un multilateralismo hipócrita”, escrito en marzo de 2026. Me lo envió Aurelio Tejeda desde La Habana. Al enviarme el artículo de Josué Veloz Serrade, al que no conocía, Aurelio escribía: “Es lo mejor que he leído en estos últimos meses”. Esta valoración, viniendo de Aurelio, me convenció para leer el artículo.

    Aurelio Alonso Tejada, nacido en La Habana en 1939, es uno de los intelectuales marxistas y analistas sociales más destacados de Cuba desde la Revolución de 1959. Sociólogo, filósofo y ensayista marxista, es conocido por sus trabajos sobre el socialismo cubano, la religión, la geopolítica y las transformaciones de la sociedad cubana contemporánea. Lo conozco personalmente desde hace más de 30 años. A menudo ha expresado su opinión crítica sobre la situación en Cuba y en algunos momentos esto no ha sido bien recibido por las autoridades, pero siempre se ha mantenido fiel a su compromiso revolucionario y ha permanecido en Cuba, donde su valía es ampliamente reconocida. Aurelio es una de las figuras del pensamiento crítico cubano contemporáneo. Lo conocí al mismo tiempo que a Fernando Martínez Heredia (1939-2017)2 , Juan Valdés Paz (1938-2021), Rafael Hernández (1946-…) y Luis Suárez (1950-…).

    El artículo de Josué Veloz Serrade parte de una idea fundamental: la crisis actual que atraviesa Cuba, en particular la crisis energética, no es principalmente el resultado de fallos internos —aunque los haya—, sino la consecuencia de más de seis décadas de bloqueo económico impuesto por Estados Unidos. Según el autor, el objetivo de esta política no es solo sancionar al Gobierno cubano, sino provocar progresivamente una implosión económica y social con el fin de provocar un cambio de régimen. Cabría añadir que Washington busca una rendición como la que obtuvo de las autoridades de Venezuela en enero de 2026.

    Uno de los temas centrales del artículo es la crítica a lo que el autor denomina el “multilateralismo hipócrita”. Considera que las grandes potencias que se presentan como defensoras de un mundo multipolar, en particular Rusia y China, se limitan a declaraciones de solidaridad. Condenan el bloqueo en los foros internacionales pero se niegan a adoptar medidas concretas lo suficientemente contundentes que permitan eludirlo, por ejemplo, suministrando más petróleo, creando mecanismos financieros alternativos realmente eficaces o garantizando la protección de los suministros destinados a la isla. Para el autor, esta actitud revela que buscan ante todo mejorar su posición dentro del orden mundial existente, en lugar de transformarlo.

    El propio autor destaca: Cuba no solo enfrenta la hostilidad del imperio, sino el abandono silencioso de aquellos que, en teoría, debieran disputar el orden unipolar”

    El artículo también critica a los gobiernos progresistas de América Latina, en particular a los de Brasil y Colombia. Aunque manifiestan su apoyo a Cuba en el plano retórico, no estarían dispuestos a entablar una verdadera confrontación con la política estadounidense. El autor considera que esta cautela es un error estratégico, ya que el abandono de Cuba debilita, en realidad, al conjunto de las fuerzas que pretenden defender la soberanía de los países del Sur. El autor resume:

    Al permitir que un proyecto soberano sea destruido por el imperio sin consecuencias, envían un mensaje a sus propias poblaciones y a otros actores secundarios: la solidaridad es un lujo que no podemos permitirnos; cuando llegue tu turno, estarás solo.

    Otra idea importante es el rechazo del mito de la autosuficiencia. Según el autor, ningún país del mundo es verdaderamente autosuficiente, ni siquiera Estados Unidos, China o Rusia. Exigir a Cuba que pueda desarrollarse de forma autónoma a pesar del bloqueo constituye, por tanto, una exigencia injusta y poco realista. Esta exigencia sirve sobre todo para trasladar la responsabilidad de la crisis a las autoridades cubanas y minimizar el papel de las sanciones.

    El autor también critica el discurso que presenta a Cuba como un Estado fallido. En su opinión, esta calificación invierte las causas y las consecuencias. Las dificultades económicas, la escasez y la emigración se interpretan como pruebas del fracaso del sistema cubano, cuando, según él, serían en gran medida el resultado de la agresión económica exterior. El relato del Estado fallido tendría así la función política de justificar el abandono de Cuba, o incluso de preparar el terreno para una futura intervención.

    Para respaldar su argumentación, el artículo establece varios paralelismos históricos. En particular, compara la situación de Cuba con la de la República Española, abandonada por las democracias occidentales frente al franquismo, mientras que Hitler y Mussolini intervinieron militarmente para asegurar la victoria de Franco. El artículo también hace referencia a las experiencias de Vietnam e Irán, que ilustrarían la capacidad de resistir agresiones externas. Estos ejemplos pretenden mostrar que el abandono de un país atacado puede tener consecuencias geopolíticas mucho más amplias que su mero destino nacional.

    Josué Veloz Serrade presenta a Cuba como un símbolo político. El autor considera que la isla representa la prueba de que es posible resistir durante décadas a la primera potencia mundial, al tiempo que se preservan importantes logros sociales, especialmente en los ámbitos de la sanidad, la educación y la cultura. Es precisamente esta capacidad de resistencia lo que convierte a Cuba en un ejemplo incómodo para el orden internacional dominante.

    El autor también analiza los cambios que se han producido en la diáspora cubana, especialmente en la de Miami. Según él, la comunidad cubana afincada en Estados Unidos ya no es la misma que la de los años sesenta. En aquella época, el exilio estaba compuesto en gran parte por miembros de las antiguas élites cubanas —terratenientes, empresarios, profesionales liberales y opositores políticos que habían abandonado la isla tras la Revolución de 1959—. Esta primera generación constituía el núcleo duro del anticastrismo y desempeñó un papel central en la constitución del poderoso lobby cubano-estadounidense favorable al mantenimiento del bloqueo.

    El autor afirma que, en la actualidad, la composición sociológica de la diáspora ha cambiado profundamente. La mayoría de los cubanos que viven en Estados Unidos serían ahora migrantes económicos llegados en las últimas décadas. Por lo general, han conservado vínculos familiares, afectivos y culturales muy estrechos con Cuba: padres, hijos, hermanos y hermanas siguen viviendo en la isla y muchos envían regularmente remesas a sus familias.

    A partir de esta evolución demográfica, Josué Veloz Serrade desarrolla una tesis política: en caso de una escalada importante o incluso de una hipotética intervención militar estadounidense contra Cuba, Washington ya no podría contar con el apoyo unánime de la comunidad cubano-estadounidense, como habría podido ser el caso en la década de 1960. Bombardear o atacar Cuba equivaldría, para muchos cubanoamericanos, a poner en peligro a sus propias familias, a sus seres queridos y a sus lugares de origen.

    El autor va incluso más allá al hablar de una especie de “quinta columna inversa”: mientras que antes Miami se percibía como una base de retaguardia de la oposición a la Revolución cubana, hoy podría convertirse, en determinadas circunstancias extremas, en un foco de contestación a la política estadounidense hacia Cuba. Los lazos afectivos y familiares prevalecerían entonces sobre las divisiones ideológicas.

    Por último, el artículo concluye con un llamamiento a la acción. Las declaraciones de solidaridad se consideran insuficientes. El autor pide que los Estados que afirman apoyar a Cuba adopten medidas concretas: suministro de petróleo, creación de mecanismos financieros alternativos, protección de los abastecimientos y presiones diplomáticas reales contra el bloqueo. También insta a los movimientos de solidaridad internacionales a ejercer presión sobre sus gobiernos para que el apoyo a Cuba deje de ser meramente simbólico y se convierta en una política efectiva.

    Comparto en gran medida el análisis y la opinión que expresa Josué Veloz Serrade. Añado las siguientes observaciones.

    1. El abandono de Cuba por parte de Rusia y China

    La actitud de Rusia y China es, efectivamente, tal y como la describe el autor. Las consecuencias de su inacción podrían ser dramáticas. La Rusia dirigida por Putin abandona a Cuba frente a Washington y se sirve de ello en las negociaciones con Trump para que este le deje el máximo margen de maniobra en Ucrania3 .

    Putin ha hecho lo mismo con Venezuela, Irán, el Líbano y el pueblo palestino. Desde el inicio de su segundo mandato, Donald Trump ha conseguido que Vladimir Putin, más allá de las protestas verbales, no reaccione ante los actos de agresión y de guerra perpetrados por Washington contra aliados de Moscú, ya sea Venezuela o Irán, o incluso ante el bloqueo total de Cuba aplicado desde finales de enero de 2026. Trump ha dado un giro con respecto a la política adoptada durante su primer mandato, en el que situaba a China y a Rusia en el mismo plano, considerándolas adversarias que pretendían cuestionar el orden internacional dominado por Washington. Donald Trump envía a Putin el mensaje de que está dispuesto a aceptar que Moscú utilice y abuse de la fuerza en su entorno geográfico, especialmente en Ucrania, al igual que lo hace Washington en las Américas, en Oriente Próximo y en otros lugares. Trump reafirma su derecho a hacer uso de la fuerza en cualquier parte del mundo y reconoce, de hecho, el derecho de Putin a hacer lo mismo en un perímetro más limitado que corresponde a una parte del territorio del antiguo imperio ruso de la época de los zares y de la antigua Unión Soviética. Esto se ajusta a una lógica clásica de reparto implícito de las zonas de influencia entre las grandes potencias imperialistas. Putin ha señalado que el documento de estrategia internacional publicado por Trump en diciembre de 2025 coincide en gran medida con la visión de Moscú4. [Durante el largo discurso que pronunció en San Petersburgo a principios de junio de 2026 con motivo del Foro Económico Internacional ante una audiencia de personalidades internacionales (representantes de Estados y directivos de empresas), Putin no hizo ninguna referencia a Cuba, Irán, Venezuela ni Gaza5. Y solo mencionó una vez lo que denominó el “conflicto en Ucrania”. La totalidad de su discurso confirma la crítica expresada por Josué Veloz.

    En cuanto a China, aunque Trump ha lanzado una ofensiva contra ella, decide no reaccionar y no acudir en ayuda de Cuba con el fin de limitar la agresividad económica, arancelaria y militar de Washington y mantener el máximo margen de maniobra en su entorno, incluso con respecto a Taiwán.

    Durante la cumbre del G7 celebrada en Évian-les-Bains (junio de 2026), Donald Trump ha declarado públicamente que agradecía al presidente chino Xi Jinping y al presidente ruso Vladimir Putin su “neutralidad” en la guerra con Irán6; podría haber añadido a Cuba y Palestina a la lista.

    La falta de ayuda al pueblo cubano en peligro sirve a Rusia y a China como moneda de cambio en sus negociaciones con Estados Unidos.Rusia y China podrían, juntas o por separado, desafiar el bloqueo total decretado por Washington contra Cuba sin correr riesgos insuperables.

    2. Los gobiernos de Lula en Brasil y de Claudia Sheinbaum en México

    En cuanto a los gobiernos progresistas de América Latina, estoy de acuerdo con la firme crítica que se les dirige: su falta de acción decidida frente al bloqueo de Washington contra Cuba es perjudicial. La crítica de Josué hacia Brasil está totalmente justificada. Me parece exagerado poner la actitud de la Colombia de Petro en la misma categoría que la de Brasil. El Gobierno colombiano no tiene el mismo poder ni un margen de maniobra comparable al de Brasil.

    Aunque Josué no lo hace en su artículo, también es legítimo dirigir una crítica al Gobierno de Claudia Sheinbaum. No obstante, hay que precisar los hechos. Hasta finales de 2025, el principal proveedor de petróleo de Cuba seguía siendo Venezuela. Reuters indicaba en enero de 2026 que en 2025 Venezuela había suministrado a la isla unos 26 500 barriles al día, frente a los aproximadamente 5000 barriles al día de México, que entonces ocupaba el segundo lugar7. No fue hasta la interrupción de los envíos venezolanos a finales de 2025 y principios de 2026 que los suministros mexicanos se convirtieron en un apoyo energético especialmente importante para Cuba8. La propia Claudia Sheinbaum reconoció entonces que, en este nuevo contexto, México se había convertido en un “importante proveedor” para la isla, al tiempo que precisaba que anteriormente ese papel lo desempeñaba Venezuela9. Ante las amenazas arancelarias y financieras esgrimidas por Donald Trump, México suspendió posteriormente sus envíos directos de crudo y reorientó su ayuda hacia los suministros humanitarios y las gestiones diplomáticas10. La crítica que se le puede hacer a la presidencia de México es haber interrumpido, bajo presión estadounidense, un suministro que se había vuelto crucial tras la ruptura con Venezuela. Paralelamente, Claudia Sheinbaum negocia activamente con Washington para obtener exenciones especiales que permitan a Cuba volver a recibir energía.

    Como países productores y exportadores de petróleo, con gobiernos progresistas al frente, Brasil y México deberían enviar petróleo a Cuba, aunque la presión, las represalias arancelarias y las amenazas de Trump sean fuertes. Cabe destacar que las exportaciones de crudo de Brasil suelen alcanzar entre 1,5 y 2 millones de barriles al día. Las exportaciones de petróleo de México oscilan entre 0,5 y 0,8 millones de barriles diarios, pero Cuba solo necesita importar entre 80 000 y 100 000 barriles. Por lo tanto, abastecer a Cuba de petróleo es factible.

    La mejor opción sería un acuerdo entre el Gobierno de Lula en Brasil y el de Sheinbaum para desafiar conjuntamente el bloqueo y suministrar regularmente el petróleo que Cuba necesita, además de la ayuda humanitaria en forma de alimentos, medicamentos, etc., que actualmente proporcionan estos dos Gobiernos. Los barcos que transporten el petróleo y el resto de la ayuda a Cuba deberían estar protegidos conjuntamente por las marinas de guerra de México y Brasil.

    Recuadro : La ayuda humanitaria prestada por el Brasil de Lula y el México de Sheinbaum

    Entre febrero y junio de 2026 México fletó seis convoyes oficiales de ayuda humanitaria con destino a Cuba. El primer envío de gran envergadura (febrero de 2026): Por orden directa de la presidenta, dos buques de apoyo logístico de la Armada mexicana (el Papaloapan y el Isla Holbox) transportaron más de 814 toneladas de provisiones (entre ellas 536 toneladas de alimentos básicos y artículos de higiene, así como 277 toneladas de leche en polvo). El segundo envío importante (finales de febrero de 2026): Los buques de la Armada transportaron 1 193 toneladas de alimentos, entre los que destacaban las alubias y la leche de fórmula. Continuación de los envíos en mayo – junio de 2026: Otros buques de carga, como el Asian Katra, que llegó al puerto de La Habana el 7 de junio de 2026, siguen abasteciendo a la isla con productos básicos para paliar la escasez de alimentos.

    La ayuda humanitaria prestada por Brasil. En febrero de 2026, Brasil envió de urgencia 2,5 toneladas de medicamentos de primera necesidad por vía aérea a La Habana. A lo largo del mes de marzo Brasil envió un nuevo cargamento de emergencia que incluía 80 toneladas de medicamentos.

    La ayuda humanitaria de México a Cuba es, en general, más importante, más frecuente y directa que la que presta Brasil.

    México despliega su propio ejército: la presidenta Claudia Sheinbaum utiliza directamente los buques de guerra de la Armada mexicana (como el Papaloapan, el Isla Holbox y el Huasteco) para romper el bloqueo marítimo de Cuba. Estos buques militares del Gobierno transportan la carga de puerto a puerto.

    Brasil, para evitar un conflicto más con Trump, recurre a la ONU: La ayuda brasileña consiste en una promesa de alimentos que transita por los canales multilaterales del Programa Mundial de Alimentos (PMA). Brasil suministra la mercancía, pero su distribución depende de la logística de terceros o de la capacidad de los buques cubanos para ir a recogerla.

    Brasil se protege jurídicamente: para evitar que sus empresas (como Petrobras) sean objeto de sanciones estadounidenses, Brasil califica estrictamente sus envíos como «donaciones humanitarias» multilaterales.
    México hace entrar sus buques militares directamente en la bahía de La Habana. Brasil, por el contrario, delega totalmente la gestión material a la ONU y al Programa Mundial de Alimentos (PMA). Se trata de una ayuda esencial pero «neutral», que no conlleva la misma carga de confrontación política.

    3. El trío formado por España, Brasil y México se ha limitado hasta ahora a las protestas verbales, mientras que Cuba necesita un apoyo práctico urgente

    A mediados de abril de 2026 se celebró en Barcelona una cumbre denominada Global Progressive Mobilisation (GPM). La figura más destacada fue el jefe del Gobierno español, el socialista Pedro Sánchez. También estuvieron presentes Luiz Inácio Lula da Silva, Claudia Sheinbaum, Gustavo Petro y el presidente uruguayo Yamandú Orsi, así como Cyril Ramaphosa, presidente de Sudáfrica.

    Los Gobiernos de México, España y Brasil adoptaron una declaración conjunta para defender a Cuba frente a la política de Trump, pero no decidieron enviar de forma conjunta el petróleo que Cuba tanto necesita.

    Un frente de solidaridad con Cuba liderado por el trío España, Brasil y México para suministrar conjuntamente petróleo a Cuba dificultaría mucho más una reacción dura por parte de Trump. Como deja claro Josué Veloz en su artículo, limitarse a declaraciones de apoyo a Cuba no está en absoluto a la altura de lo que está en juego ni de las amenazas muy concretas que ponen en peligro la supervivencia de la experiencia única que representa hoy Cuba a los ojos del mundo.

    Sería necesaria una campaña de movilización en estos tres países para presionar a sus gobiernos para que, por separado o conjuntamente, suministren el petróleo que Cuba necesita, además de la ayuda humanitaria (alimentos, medicamentos) y de equipamiento como paneles solares.

    4. La solidaridad de los pueblos

    Josué Véloz tiene razón al escribir: “Cuba cuenta con algo que ningún bloqueo puede estrangular del todo: cuenta con los pueblos del mundo más que con los Estados. Con los movimientos de solidaridad que en cada país se reúnen, organizan y preparan envíos de ayuda“.

    Las campañas de solidaridad con Cuba tienen una larga historia y están arraigadas en las prácticas de una amplia gama de movimientos. Poco después de que Trump anunciara a finales de enero de 2026 el endurecimiento del bloqueo contra Cuba, surgió la iniciativa de una flotilla de barcos hacia Cuba, algo similar a la flotilla Sumud para Gaza, que llegó a Cuba en marzo. Se han celebrado en varias ocasiones manifestaciones frente a las embajadas de Estados Unidos en distintos países. En México se han puesto en marcha varias iniciativas, en particular por parte de cooperativas de pescadores, sindicatos y partidos políticos. En Brasil, sindicalistas del sector petrolero piden al Gobierno que suministre petróleo a Cuba, al igual que los partidos de izquierda y el Movimiento de los Sin Tierra (MST). En mayo de 2026 un sindicato de trabajadores petroleros se manifestó ante la sede de la empresa estatal Petrobras para exigir que Brasil rompa directamente el bloqueo petrolero enviando combustible a Cuba.

    En España se puso en marcha a partir de marzo de 2026 la campaña Rumbo a Cuba. Reúne a más de 20 organizaciones sociales y políticas para enviar material energético de emergencia a la isla. Se trata de organizaciones situadas a la izquierda del Partido Socialista (PSOE), que dirige el Gobierno, pero que no toma ninguna iniciativa concreta. La misión tiene como objetivo suministrar e instalar paneles solares fotovoltaicos en el Hospital Pediátrico Juan Manuel Márquez de La Habana. Esta acción garantiza la autonomía eléctrica de la unidad de cuidados intensivos, del laboratorio y de la terapia intermedia ante los repetidos cortes de la red eléctrica cubana.

    La operación se basa en el fletamento del buque Astral, propiedad de la ONG de rescate marítimo Open Arms. El buque zarpó del puerto de Barcelona en mayo de 2026 y realizó escalas solidarias y de carga en Valencia, Málaga, Cádiz, Las Palmas de Gran Canaria y Lanzarote. Se dirige a Cancún, en México, y se espera que llegue a La Habana a mediados de julio de 2026. Se han recaudado 150 000 euros para la compra del material que se transporta a Cuba.

    Cabe destacar también que más de 40 municipios españoles han reactivado la cooperación con Cuba. Añadamos que existen numerosas iniciativas de ayuda organizadas por diversos movimientos en el País Vasco y Canarias.

    Pero hay que reconocer que, hasta ahora, el movimiento de solidaridad de los movimientos sociales y las organizaciones políticas con el pueblo cubano es demasiado débil, mientras que la situación humanitaria se deteriora en la isla. Lamentablemente, hasta el momento no se ha producido ningún gran movimiento de protesta en Estados Unidos contra la política criminal de Trump hacia Cuba.

    Bajo la presión y las amenazas de Trump, grandes empresas españolas del sector turístico, como el grupo hotelero Meliá, han anunciado que abandonan la isla. El flujo de turistas ha disminuido considerablemente, lo que ha reducido aún más los ingresos en divisas. Ante la inacción de Rusia, China, los gobiernos progresistas latinoamericanos, el Gobierno español y la izquierda tradicional, las autoridades de La Habana se encuentran en un callejón sin salida. La Presidencia cubana ha anunciado medidas económicas en respuesta al chantaje de Trump 11. Habrá que analizarlas rigurosamente.

    Es urgente reforzar las iniciativas unitarias de solidaridad con Cuba frente al bloqueo. Se ha iniciado una carrera contra reloj.

    El autor agradece a Christian Dubucq y a Fernanda Gadea por la revisión del texto.

    Nota publicada en Viento Sur

    1. Josué Veloz Serrade es un psicólogo, ensayista e investigador cubano afincado en Argentina. Licenciado en Psicología por la Universidad de Ciencias Médicas de Pinar del Río y con un máster en Psicología Clínica por la Universidad de La Habana, actualmente realiza investigaciones de doctorado en Ciencias Sociales y Psicología en Argentina. Es miembro del comité editorial de La Tizza, revista cubana de pensamiento crítico, así como de la Cátedra Gramsci del Instituto Juan Marinello. ↩︎
    2. Fernando Martínez Heredia entrevistado por Éric Toussaint, «Cuba de 1959 a 1999 desde una perspectiva histórica» https://www.cadtm.org/Cuba-de-1959-a-1999-desde-una ↩︎
    3. Rusia envió un petrolero a Cuba que llegó al puerto de Matanzas a finales de marzo de 2026 con un cargamento de petróleo suficiente para cubrir las necesidades del país durante unos quince días. Es el primer petrolero que llegó a Cuba desde enero de 2026. Trump lo permitió a pesar del embargo total decretado sobre los suministros de petróleo a las autoridades de la isla. Probablemente se trate de un gesto de Trump hacia Moscú en relación con la guerra en curso en Oriente Próximo. Entre abril y mayo de 2006 Rusia no envió ningún petrolero a Cuba. ↩︎
    4. Dmitri Peskov, portavoz del presidente ruso, comentó el documento de estrategia de seguridad nacional durante una entrevista concedida el 7 de diciembre de 2025 al periodista estatal ruso Pavel Zarubin para el canal Rossiya 1, ampliamente difundida por medios de comunicación rusos como Interfax, Fontanka o TASS: “Los ajustes introducidos en la estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos se corresponden en gran medida con nuestra visión”. Fuente: fontanka.ru https://www.fontanka.ru/2025/12/07/76159504/ ↩︎
    5. El discurso de Putin fue traducido y publicado en español por Le Grand Continent, que añadió sus comentarios: “El nuevo orden multipolar según Vladimir Putin”, Le Grand Continent, 6 de junio de 2026. ↩︎
    6. Reuters, Steve Holland y Trevor Hunnicutt, “Trump agradece a Xi, de China, y a Putin, de Rusia, su “neutralidad” en la guerra de Irán“, 17 de junio de 2026, ↩︎
    7. Reuters, “El tiempo corre en Cuba mientras Trump corta el suministro de petróleo venezolano“, 13 de enero de 2026. ↩︎
    8. Reuters, “Sheinbaum, de México, no niega haber suspendido el envío de petróleo a Cuba“, 27 de enero de 2026. ↩︎
    9. Reuters, “Sheinbaum afirma que México no ha aumentado los envíos de petróleo a Cuba ante la situación de Venezuela“, 7 de enero de 2026. ↩︎
    10. Reuters, “Barcos mexicanos con ayuda humanitaria entran en el puerto de La Habana“, 12 de febrero de 2026. ↩︎

  • Trump impone nuevas dinámicas de guerra al planeta

    Trump impone nuevas dinámicas de guerra al planeta

    Palestina, Irán, Siria, Nigeria, Sudán, Ucrania, Congo, Venezuela… las zonas de guerra se multiplican a un ritmo vertiginoso. El ataque militar contra Venezuela marcó un salto cualitativo en el intervencionismo estadounidense, que no se distingue de la ofensiva policial y racista llevada a cabo internamente en el país a través del ICE.

    La ofensiva de Trump es global. Es la reacción imperial ante la pérdida de hegemonía de Estados Unidos, sobre todo económica, y ante la crisis global del sistema. Esta última se debe fundamentalmente a la imposibilidad actual del capitalismo neoliberal de elevar las tasas de ganancia y de acumulación tras las recesiones iniciadas en 2008 y 2020. Las grandes empresas de tecnología quieren, al igual que Trump, apropiarse de las materias primas y se rebelan contra cualquier regulación. El saqueo, la expoliación y el atropello de las soberanías nacionales son el camino más corto hacia mayores ganancias. Se trata de un imperialismo (neo)colonialista y de expropiación.

    Un salto cualitativo en la ofensiva imperialista

    La destitución de Maduro y el acuerdo de EE. UU. con la mayor parte del antiguo gobierno «madurista», para reintegrar a Venezuela a la zona de dominio estadounidense, constituyen un salto cualitativo en el colonialismo y en la agresividad político-militar. Se trata de una intervención sin precedentes en las últimas décadas en la política interna de un país independiente. Forman parte de este nuevo momento del imperialismo los bombardeos en Nigeria, el intervencionismo en Argentina en apoyo a Milei, el alineamiento de todos los regímenes árabes —en particular del nuevo poder en Siria— con Israel y Estados Unidos, el papel de Estados Unidos en la República Democrática del Congo, el voto de Argelia a favor del plan de Trump. Y el descarte despiadado de todas las instituciones internacionales que han administrado el orden mundial desde la Segunda Guerra Mundial.

    Estados Unidos reconstruye su esfera de influencia mediante el apoyo a regímenes autoritarios y liberales en materia económica. La función de estos gobiernos es imponer a las clases populares la transferencia de materias primas (especialmente para los sectores de la energía y la informática) a precios bajos hacia Estados Unidos. En el mismo sentido, el gobierno de Trump impone cambios sin precedentes, como los aranceles aduaneros. La alianza entre Trump y las extremas derechas mundiales no es principalmente ideológica; es producto de necesidades económicas y de control.

    El proceso es comparable a las relaciones coloniales y semicoloniales que siempre han existido, a lo que Francia hizo en África durante décadas al mantener en el poder a dictaduras sanguinarias, y a lo que Rusia hace en Bielorrusia, así como lo que hizo anteriormente en Siria.

    Un imperialismo belicoso y autoritario

    El intervencionismo imperialista de Estados Unidos es comparable, en muchos aspectos, a la guerra que libra Rusia en Ucrania y a las grandes maniobras comerciales llevadas a cabo por China: se trata, para cada uno de estos imperialismos, de consolidar y ampliar sus esferas de influencia.

    Durante un período relativamente largo, las clases dominantes de los países imperialistas evitaron conscientemente los enfrentamientos directos entre sí, pues saben cuán destructivos son. Serguéi Karaganov, asesor de Putin, lo expresa explícitamente: «La situación más ventajosa sería llegar a una configuración en la que cuatro grandes potencias trabajaran conjuntamente para definir las reglas de conducta en el mundo que está por venir. Esas cuatro grandes potencias son China, Rusia, Estados Unidos e India»1. No es imposible imaginar que esto pueda cambiar: una respuesta lógica a la ofensiva estadounidense contra Venezuela sería la invasión de Taiwán por parte de China. ¿Cuál sería entonces la reacción de Trump?

    El declive del «viejo continente»

    Europa es, en este contexto, un actor relativamente pasivo. Carece de homogeneidad política. Abunda la debilidad en su liderazgo político. Sus dificultades económicas le impiden reaccionar con la misma intensidad que potencias como Estados Unidos, Rusia y China. Francia está paralizada por su crisis política y económica y por la pérdida de su esfera de influencia en África. Al igual que en Bélgica e Italia, la burguesía francesa da prioridad a una sucesión de batallas antipopulares en el ámbito social —especialmente la privatización de toda la esfera de la reproducción social y el desmantelamiento de los servicios públicos—, con el objetivo de mantener con vida un capital cada vez menos competitivo. Alemania intenta jugar su propio juego, o al menos obtener ventaja sobre Francia, con su plan de 1 billón de euros en inversiones militares (un plan que sin duda será difícil de mantener debido a las dificultades económicas del país y de la Unión Europea). Una desintegración, coherente con las visiones nacionalistas de la extrema derecha, ya no es inimaginable.

    Algunas reflexiones

    En este contexto, los pueblos y la clase trabajadora se encuentran desorientados, aunque existen elementos de respuesta, semiespontáneos, en los que podemos apoyarnos. El nacionalismo sin contenido de clase no genera la dinámica suficiente, tanto en el plano interno como en las relaciones de poder internacionales, para hacer frente a la reorganización en curso: el nacionalismo de los regímenes venezolano y argelino no ha permitido trazar un camino alternativo, sobre todo porque son incapaces de construir una alternativa en términos de intercambios comerciales internacionales. Al igual que Lula en Brasil, su política no es antiimperialista; se trata, más bien, de un intento de negociar un espacio mayor en las nuevas relaciones interimperialistas.

    Debemos apoyar incondicionalmente las iniciativas de resistencia al imperialismo, por limitadas que sean, por parte de México, Brasil, Colombia y Cuba, con el fin de debilitar a las grandes potencias y fortalecer las dinámicas populares. La lista es corta, pues la caída de la URSS y la reorganización neoliberal destruyeron todas las capacidades de resistencia en el contexto de una economía mundial fuertemente integrada. Palestina y el movimiento mundial de solidaridad con ella constituyen uno de los símbolos de la resistencia antiimperialista. Las resistencias en Ucrania y en Rojava pueden desempeñar un papel similar. El apoyo incondicional a la resistencia de los pueblos oprimidos sigue siendo nuestra brújula, pero no es acrítico. En particular, hay que cuestionar el papel del Estado y de la propiedad privada en este contexto: cualquier iniciativa que se concentre en cambios que vengan de arriba, en detrimento de la actividad autoorganizada de las clases populares, especialmente de la clase trabajadora, está condenada al fracaso.

    En todo el mundo —y particularmente en los países imperialistas occidentales—, las clases populares enfrentan la ofensiva burguesa: las clases dominantes buscan aplastar al movimiento obrero, utilizan a la extrema derecha y acentúan las divisiones raciales para defender proyectos nacionales hostiles hacia el resto del mundo y para sobreexplotar a las personas racializadas. Las respuestas colectivas contra el ICE en Estados Unidos y las huelgas masivas que ocurren regularmente en Europa son la mejor respuesta a esta ofensiva.

    Discutir y poner a prueba consignas antiimperialistas

    Para combinar nuestra comprensión antiimperialista con la lucha de clases, debemos trabajar en la formulación de un programa de transición que responda al mayor número posible de cuestiones en un número limitado de puntos. Ese es el sentido del Manifiesto por una Revolución Ecosocialista de la IV Internacional. Este debe, sin embargo, adaptarse y ponerse a prueba a medida que la situación evoluciona. Entre los elementos que deben ponerse a prueba, destacamos:

    • El rechazo a cualquier injerencia imperialista en los asuntos de un país dominado, ya sea por Estados Unidos, Rusia, China, Francia, etc. El derecho de los pueblos a la autodeterminación. El fin de las guerras y de la carrera armamentista.

    • La solidaridad entre los pueblos contra la competencia capitalista en materia de precios, el saqueo de materias primas y la organización ecocida de la circulación de mercancías y la gestión de la energía. Esto implica luchar por el monopolio del comercio e o exterior, por el rechazo a la sumisión nacional al sector privado y por relaciones entre las naciones equilibradas y supervisadas democráticamente, en particular mediante el fin del secreto bancario.

    • La abolición de las deudas ilegítimas, a fin de permitir que los Estados financien su desarrollo y sus servicios sociales, y la indemnización por los actos de violencia colonial, desde la esclavitud hasta el genocidio en Gaza.

    • La libertad de organización de los partidos, los sindicatos y la prensa, con la liberación de todas las presas políticas.

    • El fin de las desigualdades de género, en particular el derecho de las mujeres a disponer de sus cuerpos, la libertad sexual y el rechazo de cualquier medida transfóbica.

    • La socialización, especialmente en el contexto de la crisis ecológica, de las empresas de energía, de transporte y de los bancos.

    Prepararse para los próximos enfrentamientos

    No es posible saber cuáles serán las próximas grandes crisis políticas, o incluso revolucionarias. Las masas no se quedarán de brazos cruzados ante la actual ofensiva generalizada que busca intensificar la explotación, saquear las materias primas nacionales, destruir la democracia burguesa y reprimir violentamente. Especialmente en el contexto de una crisis ecológica creciente que acelera todas las demás.

    El período actual es muy complejo. Las organizaciones reformistas, vinculadas por múltiples lazos al aparato del Estado y a sus burguesías, desarrollan orientaciones muy alejadas de los desafíos del momento. Estas encarnan, de manera distorsionada, el estado de conciencia de las clases populares. Por lo tanto, es más necesario que nunca combinar una orientación de frente único en algunos puntos clave —que varían según las situaciones— para movilizar a las masas, con explicaciones muy radicales que permitan dar confianza a los sectores conscientes para que no se pierdan en el izquierdismo, el sectarismo y el partidismo que ciertas corrientes estalinistas o de extrema izquierda intentan fomentar.

    Nos corresponde a nosotros hacer todo lo posible para que se desarrolle y se consolide una conciencia internacionalista, capaz de unir los intereses de los pueblos y, en particular, de las clases trabajadoras, para implementar un programa de ruptura anticapitalista internacionalista.

    Nota escrita el 26 de enero de 2026

    1. «Un allegado a Putin afirma que Estados Unidos no intervendrá si Rusia ataca a Europa», Kyiv Independent, 31 de diciembre de 2025, traducido por Le Grand Continent. ↩︎
  • Rediseño de las zonas de influencia, en detrimento de los pueblos

    Rediseño de las zonas de influencia, en detrimento de los pueblos

    Desde el inicio de su segundo mandato, Donald Trump ha venido redefiniendo la estrategia internacional de Estados Unidos según una lógica brutal de relaciones de poder entre las grandes potencias. Al mismo tiempo que implementa simultáneamente varias iniciativas agresivas en el Medio Oriente y en las Américas, su gobierno ha iniciado un reposicionamiento estratégico respecto a Rusia.

    Por Eric Toussaint1

    Lejos de ser presentado como el enemigo central del orden mundial, Moscú es ahora tratado como un adversario secundario con el que sería posible llegar a un acuerdo. El objetivo de Washington es claro: impedir que Rusia fortalezca aún más su alianza con China, considerada el principal rival sistémico de Estados Unidos2. Se trata de una diferencia respecto a su primer mandato y al de Joe Biden, de 2021 a 2024.

    Los documentos estratégicos publicados por el gobierno de Trump entre diciembre de 2025 y principios de 2026 confirman este giro, sobre todo la Estrategia Nacional de Seguridad de EE. UU. (NSS, por sus siglas en inglés). En ellos se describe a Rusia como una amenaza «persistente, pero manejable», mientras que se acusa a los líderes europeos de exagerar el peligro que representaría y de alimentar expectativas poco realistas sobre el desenlace de la guerra en Ucrania. Al mismo tiempo, Washington afirma querer negociar un fin rápido de la guerra bajo su égida.

    Este reajuste allana el camino para un escenario de graves consecuencias: un acuerdo entre potencias imperialistas —Estados Unidos y Rusia— que podría producirse en detrimento del pueblo ucraniano.

    La política de Trump respecto a Rusia

    Desde el inicio de su segundo mandato, Donald Trump ha logrado que Vladimir Putin, más allá de las protestas verbales, no reaccione ante los actos de agresión perpetrados por Washington contra aliados de Moscú, ya sea en Venezuela o en Irán, o incluso en relación con el bloqueo total a Cuba aplicado desde finales de enero de 2026. Trump dio un giro con respecto a la política adoptada durante su primer mandato, en el que situaba a China y a Rusia en el mismo nivel, considerándolas adversarias que querían cuestionar el orden internacional dominado por Washington.

    Donald Trump le envía a Putin el mensaje de que está dispuesto a aceptar que Moscú utilice y abuse de la fuerza en su entorno geográfico, especialmente en Ucrania, de la misma manera que lo hace Washington en las Américas, en el Medio Oriente y en otros lugares. Trump reafirma su derecho a usar la fuerza en cualquier parte del mundo y reconoce, de hecho, el derecho de Putin a hacer lo mismo en un perímetro más limitado, que corresponde a una parte del territorio del antiguo Imperio ruso de la época de los zares y de la antigua Unión Soviética. Esto se ajusta a una lógica clásica de división implícita de las zonas de influencia entre las grandes potencias imperialistas.

    Trump redujo el apoyo militar directo de Estados Unidos a Ucrania, transfiriendo el peso de ese apoyo a sus aliados de Europa Occidental en la OTAN. En enero de 2026, invitó a Moscú y a sus aliados de Bielorrusia y Hungría a formar parte de su Consejo Mundial de la Paz.

    El 5 de marzo de 2026, Trump anunció que permitiría temporalmente que Rusia exportara su petróleo a la India sin sanciones, país que lo consume o lo reexporta a otras partes del mundo, incluida Europa. Una de las razones no declaradas es convencer a Rusia de que se conforme con emitir protestas verbales contra la agresión masiva de Washington e Israel contra Irán, su aliado.

    Trump al completo

    Trump revela una serie de posturas sobre Europa, Rusia y Ucrania en el documento sobre la nueva estrategia de seguridad nacional dado a conocer el 3 de diciembre de 2025. Considera que la UE y Gran Bretaña «gozan de una ventaja considerable en términos de poder militar sobre Rusia, y esto en casi todos los ámbitos, con excepción de las armas nucleares»3 y que los dirigentes europeos exageran la amenaza que representa Rusia.

    Así, el documento afirma:

    «A raíz de la guerra librada por Rusia en Ucrania, las relaciones entre Europa y Rusia se encuentran hoy en día muy deterioradas, y muchos europeos consideran a Rusia una amenaza existencial »4.

    Por la forma en que está redactado el texto, se puede deducir que Trump les está diciendo a los gobiernos europeos que Rusia no es una amenaza existencial para ellos. En algunas ocasiones, Trump ha descrito a Rusia como una amenaza existencial, pero ese no es el caso ni en el documento de estrategia de seguridad nacional publicado en diciembre de 2025, ni en el documento de estrategia de defensa nacional publicado a finales de enero de 2026.

    Trump considera que la UE y Gran Bretaña deben optar por un enfoque diferente al adoptado hasta ahora en las negociaciones con Rusia en lo que respecta a las reivindicaciones de esta última. Esto queda particularmente claro en este pasaje:

    «La administración Trump discrepa de los líderes europeos que tienen expectativas poco realistas sobre el desenlace de la guerra, líderes que se han atrincherado en gobiernos minoritarios inestables, muchos de los cuales violan los principios fundamentales de la democracia para reprimir a la oposición»5.

    Vale la pena recordar que Trump afirma que los gobiernos europeos reprimen a los partidos patrióticos, es decir, a la extrema derecha neofascista6.

    El texto de Trump continúa:

    «La gran mayoría de los europeos desea la paz, pero ese deseo no se traduce en acciones políticas, en gran parte debido a la subversión de los procesos democráticos por parte de esos gobiernos».

    Y agrega:

    «Esto adquiere importancia estratégica para Estados Unidos precisamente porque los Estados europeos no pueden reformarse si están sumidos en una crisis política»7.

    Esto significa que Trump afirma que a Estados Unidos le conviene que los partidos patrióticos (es decir, de extrema derecha y neofascistas) estén en el gobierno, lo que, según el actual gobierno, resolvería la crisis política.

    Evidentemente, en el pasaje anterior hay un rechazo muy claro hacia los gobiernos alemán, francés, británico, español, danés, polaco, etc. Por otro lado, en su momento reforzó la postura del entonces primer ministro húngaro Viktor Orbán y del primer ministro eslovaco Robert Fico, a quienes Marco Rubio, ministro de Relaciones Exteriores de Estados Unidos, visitó en febrero de 2026 tras la conferencia de Múnich sobre la paz. Vale la pena recordar que ambos mandatarios se habían mostrado a favor de reducir las sanciones contra la Rusia de Putin y que expresaron su simpatía por Trump.

    En lo que respecta a las relaciones entre la UE, el Reino Unido, Rusia y Ucrania, queda claro que Trump desea mantenerse en el centro del juego diplomático:

    «La gestión de las relaciones europeas con Rusia exigirá un importante esfuerzo diplomático por parte de Estados Unidos, tanto para restablecer las condiciones de estabilidad estratégica en el continente euroasiático como para mitigar el riesgo de conflicto entre Rusia y los Estados europeos.»8

    También se puede deducir del pasaje anterior que, dada la superioridad militar de los países de la UE y del Reino Unido sobre Rusia, el reequilibrio debería producirse a favor de Rusia. La misma idea se encuentra en el siguiente pasaje:

    «Es de interés fundamental para Estados Unidos negociar un cese rápido de las hostilidades en Ucrania, con el fin de estabilizar las economías europeas, impedir una escalada o una extensión involuntaria de la guerra, restablecer la estabilidad estratégica con Rusia y permitir la reconstrucción de Ucrania tras las hostilidades, para que pueda sobrevivir como un Estado viable»9.

    En el fragmento anterior, Trump reafirma que desea un fin rápido de las hostilidades y presiona a la UE, a Gran Bretaña y a Ucrania para que hagan concesiones a Rusia, todo ello bajo los auspicios de Washington.

    La política de Trump respecto a Ucrania

    Trump no tiene ninguna consideración por el derecho del pueblo ucraniano a defender su soberanía. Ahora bien, si la invasión de febrero de 2022 fue ampliamente frustrada, fue porque el pueblo ucraniano resistió y demostró su apego a la soberanía de su país. Si el pueblo ucraniano no hubiera apoyado masivamente la resistencia, el envío de armas por parte de las potencias occidentales a las autoridades de Kiev no habría sido suficiente para frustrar el plan inicial de Putin, quien pretendía llegar con su ejército a Kiev, cambiar el régimen y tomar posesión de una parte significativa del territorio ucraniano, comenzando por el este del país. Afirmar esto debe ir de la mano de la crítica a la política neoliberal y nacionalista chovinista del gobierno de derecha de Zelensky, así como de la denuncia de la OTAN y de las ambiciones imperialistas de Trump y de los europeos respecto a Ucrania. También es importante aclarar que Ucrania no es una potencia imperialista.

    Trump desprecia por completo el derecho internacional y considera que puede, por la fuerza, tomar el control de los recursos petroleros de Venezuela o de Irán tras haber agredido militarmente a esos países. Cree que la Rusia de Putin puede, en su entorno inmediato, hacer lo mismo, siempre y cuando eso no perjudique los intereses estadounidenses en Europa del Este. Trump está dispuesto a llegar a un acuerdo con Putin a costa del pueblo ucraniano. Putin podría mantener o tomar el control de parte del territorio, la población y los recursos naturales de Ucrania si las empresas estadounidenses obtienen, a cambio, ventajas en el resto del territorio ucraniano10. En esas condiciones, Washington estaría dispuesto a proteger a las autoridades ucranianas debilitadas y al territorio sobre el que mantendrían el control, siempre y cuando las autoridades de Kiev permitan que las empresas estadounidenses acumulen el máximo de ganancias11. Lo que propone Trump es un acuerdo entre dos potencias imperialistas depredadoras, Estados Unidos y Rusia, que acuerdan violar el derecho de los pueblos a la autodeterminación y al ejercicio de la soberanía sobre sus territorios y sobre los recursos naturales que en ellos existen. Trump deja ampliamente de lado a las potencias imperialistas europeas, aunque estas también buscan promover sus propios intereses y los de sus grandes empresas privadas que codician los recursos naturales, las tierras y el mercado ucranianos.

    La postura de Trump respecto a Rusia

    Rusia ya no es tratada como el enemigo central del orden mundial. Trump considera que los gobiernos anteriores cometieron el error de favorecer la formación de un bloque entre Rusia y China, lo que fortaleció la posición de China. Trump desea separar a Rusia de China o, al menos, reducir los vínculos entre estas dos potencias. Washington, que designa a China como su principal adversario sistémico, intenta, por lo tanto, reducir la propensión de Rusia a fortalecer sus vínculos con ella12. La NSS 2025 considera a Rusia un adversario militar serio, pero estratégicamente secundario, al que hay que contener sin convertirlo en un enemigo civilizacional, con el fin de concentrar los recursos (militares y económicos) de Estados Unidos para combatir a China.

    La reacción del Kremlin ante la publicación de la NSS 2025

    Dmitri Peskov, portavoz del presidente ruso, comentó el documento de estrategia de seguridad nacional durante una entrevista concedida al periodista estatal ruso Pavel Zarubin, el 7 de diciembre de 2025, para el canal Rossiya 1, ampliamente difundida por los medios rusos, como Interfax, Fontanka o Tass:

    «Los ajustes introducidos en la estrategia nacional de seguridad de Estados Unidos coinciden en gran medida con nuestra visión»13.

    La agencia de noticias Interfax, por su parte, escribió el 7 de diciembre de 2025:

    «El Kremlin acogió con satisfacción las formulaciones relativas a la OTAN en la estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos. Medvédev ve en la nueva estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos un intento de mejorar las relaciones con Rusia. El Kremlin acoge con satisfacción las formulaciones de la estrategia de seguridad nacional estadounidense actualizada relativas a la congelación de la expansión de la OTAN, pero seguirá de cerca la implementación concreta de este documento».14

    Rusia como amenaza, entre Trump I y Trump II

    En la «Estrategia Nacional de Defensa 2026», publicada a finales de enero de 2026 (NDS 2026), se identifica a Rusia como «una amenaza persistente, pero controlable» para la OTAN, un cambio favorable para Rusia en comparación con los calificativos más alarmantes de los documentos anteriores, que designaban a Rusia como «potencia revisionista» (revisionist power), durante el primer mandato de Trump en 201715, y como «amenaza inmediata al orden internacional»16y «amenaza grave» en 2022, durante la presidencia de Joe Biden. La NSS 2022 del gobierno de Biden afirmaba que Rusia «rompió la paz en Europa ». En el lenguaje estratégico del gobierno de Estados Unidos, «potencia revisionista » se refiere a un Estado que busca alterar las reglas, las instituciones o el equilibrio de poder del orden internacional existente, dominado por Estados Unidos. En los documentos de la primera administración de Trump y de la presidencia de Biden, se presentaba a Rusia y a China como potencias revisionistas.

    A continuación se presentan algunos fragmentos de la NDS 2026 que se refieren a Rusia: «La amenaza militar rusa se concentra principalmente en Europa Oriental»; «Moscú no está en condiciones de fijarse como objetivo ejercer su hegemonía sobre Europa. La OTAN europea supera a Rusia en términos de economía, población y, por consiguiente, de poder militar latente»; y «Afortunadamente, nuestros aliados de la OTAN son claramente más poderosos que Rusia, que se encuentra muy rezagada. Solo la economía alemana ya supera a la de Rusia»17.

    Los puntos en común entre Trump y Putin

    A pesar de sus rivalidades geopolíticas, Donald Trump y Vladimir Putin comparten un conjunto significativo de posiciones ideológicas y políticas. Ambos se caracterizan por un anticomunismo declarado y por un apoyo incondicional al sistema capitalista, incluidas sus formas más brutales de explotación de la mano de obra y los recursos naturales.

    Trump y Putin son nacionalistas que afirman la primacía de los derechos de la nación dominante a la que pertenecen. Trump apoya a los supremacistas blancos y afirma la primacía de los intereses de los estadounidenses frente a las naciones extranjeras, a las que no duda en referirse con términos racistas. Putin defiende un chovinismo granruso y critica a Lenin por la «creación» (sic) de Ucrania y por el reconocimiento de su derecho a separarse de la URSS a principios de la década de 1920.

    Ambos defienden además una política energética basada en la explotación intensiva de los combustibles fósiles, lo que contribuye a agravar la catástrofe ecológica mundial en curso.

    En el plano social, sus posturas convergen en orientaciones homofóbicas y hostiles hacia los derechos de las personas LGBTQIA+, acompañadas de la promoción de valores conservadores basados en una visión reaccionaria del cristianismo.

    En el ámbito internacional, tanto Trump como Putin privilegian el uso de la fuerza militar para imponer sus objetivos políticos y económicos, en contravención del derecho internacional. Esta orientación va acompañada de un apoyo decidido al desarrollo rápido y masivo de las industrias armamentísticas, así como al uso creciente del poder militar.

    Sus políticas exteriores también se basan en el uso reiterado de pretextos cuestionables o infundados para justificar el uso de la fuerza. Además, ambos cultivan un chovinismo de gran potencia y un nacionalismo exacerbado, características de los proyectos políticos autoritarios.

    Por otro lado, mantienen relaciones estrechas con las fuerzas de extrema derecha europeas, las cuales, a su vez, les demuestran una fuerte simpatía.

    Donald Trump, por su parte, brinda apoyo total al gobierno israelí liderado por Benjamin Netanyahu, que es neofascista y responsable de un genocidio en Gaza. Vladimir Putin, a su vez, mantiene relaciones cordiales con Netanyahu y da continuidad a las exportaciones rusas a Israel —carbón, petróleo y cereales— sin cuestionar los acuerdos comerciales existentes18.

    Putin también aceptó el principio de la creación de un Consejo Mundial presidido por Trump y desea que Rusia sea miembro. En este contexto, solicita a Estados Unidos que suspenda la congelación de los activos rusos para que Rusia pueda pagar la contribución de mil millones de dólares exigida para convertirse en miembro permanente del organismo, considerado por sus detractores como totalmente ilegítimo.

    Trump y Putin hacen un uso extenso y controvertido del término «genocidio», al tiempo que se niegan a reconocer o denunciar el genocidio del pueblo palestino. Trump afirma, así, que el gobierno de Pretoria sería responsable de un «genocidio de los blancos» en Sudáfrica, mientras que Putin sostiene que el gobierno de Kiev estaría llevando a cabo un genocidio contra las poblaciones rusas en Ucrania.

    Además de estas convergencias ideológicas y geopolíticas, Donald Trump y Vladimir Putin también presentan similitudes marcadas en la forma en que ejercen y conciben el poder. Ambos privilegian una fuerte personalización del liderazgo, centrada en la figura de un líder presentado como la encarnación directa de la nación y de su voluntad. Su discurso político se basa habitualmente en una retórica que opone «el pueblo» a las élites políticas, mediáticas o económicas, acusadas de traicionar los intereses nacionales. En este contexto, manifiestan una marcada desconfianza hacia las instituciones multilaterales y el derecho internacional cuando estos se perciben como obstáculos para sus objetivos estratégicos. Además, sus prácticas políticas van acompañadas de una crítica constante a los medios de comunicación considerados hostiles y de un uso intensivo de estrategias de comunicación que buscan eludir o deslegitimar los contrapoderes institucionales. Estos elementos contribuyen a inscribir sus proyectos políticos en una concepción del poder fuertemente personalizada, imperialista y autoritaria neofascista.

    ¿Cuáles son las diferencias entre Trump y Putin?

    Una diferencia que merece destacarse radica en el enfoque que ambos tienen de la guerra y del uso directo de la fuerza militar. Donald Trump está convencido de que es posible ganar conflictos sin el envío prolongado de tropas estadounidenses al terreno, dando prioridad a la superioridad tecnológica, los ataques a distancia y las operaciones militares de duración limitada, con pérdidas humanas prácticamente nulas por parte de Estados Unidos.

    Por otro lado, Vladimir Putin optó por una estrategia radicalmente diferente con la invasión militar a gran escala de Ucrania en 2022, que implicó el envío de un gran número de fuerzas terrestres y resultó en un número extremadamente elevado de bajas humanas, tanto del lado ruso como del ucraniano.

    Otra diferencia fundamental tiene que ver con el lugar que ocupan sus respectivos Estados en la jerarquía mundial del capitalismo. Donald Trump lidera la principal potencia económica y militar capitalista e imperialista del planeta: Estados Unidos. Vladimir Putin, por su parte, está al frente de una potencia capitalista imperialista secundaria, debilitada y en relativo declive, pero que sigue siendo un actor estratégico de gran importancia debido a que posee un arsenal nuclear comparable a nivel mundial al de Estados Unidos.

    Por último, sus ambiciones geopolíticas difieren en su escala de intervención. La política imperialista impulsada por Trump apunta a todo el planeta, mientras que la de Putin se concentra prioritariamente en el espacio postsoviético y su periferia inmediata, aunque Rusia haya intentado extender su influencia a otras regiones, como en Siria —donde, sin embargo, sufrió un revés con la caída del régimen de Bashar al-Assad—.

    ¿Tienen Trump y Estados Unidos interés en un rápido fin de la guerra en Ucrania?

    En este momento del año, Trump, al contrario de lo que afirmaba durante la campaña electoral o al inicio de su mandato, no tiene como prioridad poner fin a la guerra en Ucrania por varias razones.

    De hecho, la continuidad de la guerra da más credibilidad al argumento de Estados Unidos para que los aliados europeos de la OTAN sigan aumentando significativamente sus gastos militares, lo que favorece las exportaciones de armas de las grandes empresas privadas estadounidenses.

    Además, Washington logró un acuerdo muy favorable a sus intereses con los países europeos de la OTAN. Estos compran a Estados Unidos las armas que suministran a Ucrania y que se utilizan intensamente mientras continúe la guerra abierta. Trump prácticamente puso fin a los nuevos suministros directos de armas a Ucrania.

    La continuación de la guerra también desvía, en parte, la atención de las agresiones perpetradas por Estados Unidos bajo el mando de Trump en el resto del mundo.

    La continuación de la guerra en Ucrania y el esfuerzo que esto representa para la economía rusa y su población impiden que Putin movilice fuerzas militares en otros continentes.

    Y, finalmente, el 5 de marzo de 2026, Trump alivió las sanciones contra Rusia en lo que respecta a la venta de petróleo, con el fin de convencerla de que no tomara ninguna medida contra la agresión a Irán y contra el bloqueo total impuesto a Cuba desde finales de enero de 2026. Esto le permite a Putin aumentar sus ingresos por exportaciones y mantener el esfuerzo bélico en Ucrania.

    Conclusión

    En resumen, la política llevada a cabo por Donald Trump con respecto a Rusia se inscribe en una lógica clásica de rivalidad entre grandes potencias: reducir el acercamiento entre Moscú y China, mantener a Estados Unidos en el centro del juego diplomático y hacer que los países europeos asuman el costo principal de la guerra en Ucrania. Detrás del discurso oficial que clama por un rápido fin de las hostilidades, Washington no tiene necesariamente interés en una paz inmediata.

    En este contexto, no se puede descartar la posibilidad de un acuerdo entre Washington y Moscú a costa del pueblo ucraniano. Las convergencias ideológicas y políticas entre Donald Trump y Vladimir Putin —el apego a un capitalismo autoritario, el nacionalismo de gran potencia, el militarismo, el desprecio por el derecho internacional y la cercanía con fuerzas de extrema derecha— facilitan esta lógica de relaciones de poder entre Estados.

    Más allá de sus rivalidades y diferencias de poder, ambos líderes comparten una misma visión del mundo. En este contexto, los pueblos —y, en primer lugar, el pueblo ucraniano— corren el riesgo de convertirse en las principales víctimas de un nuevo equilibrio geopolítico basado en la división de zonas de influencia.

    Pero no hay que descartar un posible cambio de rumbo de Trump en el futuro. Si no logra lo que quiere en las negociaciones con Putin, es capaz de adoptar una postura mucho más dura y de calificar a Rusia como una amenaza mucho más grave de lo que se indica en los documentos que acabamos de analizar.

    Lo que es seguro es que las negociaciones entre Trump y Putin no toman en cuenta los intereses y los derechos de los pueblos. Es necesario construir, desde la base, una solidaridad entre los pueblos para reforzar la resistencia ante el auge del neofascismo y el aumento de las agresiones imperialistas, vengan de donde vengan.

    Nota del 16 de marzo de 2026

    1. Éric Toussaint, economista e historiador belga, es portavoz de la red internacional del Comité para la Abolición de las Deudas Ilegítimas (CADTM), miembro del Comité Internacional de la IV Internacional y de su sección belga, la Gauche anticapitaliste. Es autor de cerca de quince obras, entre las que se encuentran *El Banco Mundial: una historia crítica* (Syllepse, París, 2022); *Capitulación entre adultos: Grecia 2015, una alternativa era posible* (Syllepse, París, 2020); y *El sistema de la deuda* (Les Liens qui Libèrent, París, 2017). El autor agradece a Sushovan Dhar y a Maxime Perriot por la revisión del original. ↩︎
    2. «Por qué Washington convirtió a China en su principal adversario estratégico», Eric Toussaint, 19 de enero de 2026, CADTM. ↩︎
    3. Fragmento del documento «Estrategia de Seguridad Nacional» publicado en diciembre de 2025, p. 25 (NSS 2025). Hay una versión en francés disponible en el sitio web de Grand Continent. ↩︎
    4. NSS 2025, p. 25. ↩︎
    5. NSS 2025, p. 26. ↩︎
    6. «Trump, Europa y la internacional neofascista: del apoyo ideológico a la coordinación política», Eric Toussaint, 25 de enero de 2026, CADTM. ↩︎
    7. NSS 2025, p. 33. ↩︎
    8. NSS 2025, p. 25. ↩︎
    9. NSS 2025, p. 25. ↩︎
    10. «La apropiación de los recursos naturales de Ucrania y del este de la República Democrática del Congo. Los imperialismos a la ofensiva», Eric Toussaint, 15 de mayo de 2025, CADTM. ↩︎
    11. «El acuerdo minero firmado entre Ucrania y Estados Unidos refleja la voluntad del capital estadounidense de tener acceso irrestrito a los recursos minerales ucranianos», Vitaliy Dudin, 13 de mayo de 2025, CADTM. ↩︎
    12. fontanka.ru. Desde el inicio de la guerra en Ucrania, Rusia se ha vuelto cada vez más dependiente de China en el plano económico, especialmente en lo que respecta a sus exportaciones de energía e importaciones de tecnología, lo que pone en duda el objetivo de Washington de debilitar la alianza entre Moscú y Pekín. ↩︎
    13. Fuente: fontanka.ru ↩︎
    14. Fuente: Interfax. Dmitri Medvédev es vicepresidente del Consejo de Seguridad de Rusia y presidente del partido gobernante de Putin, Rusia Unida. ↩︎
    15. NSS 2017. ↩︎
    16. NSS 2022. ↩︎
    17. NDS 2026, pp. 10 y 11. ↩︎
    18. «¿Por qué los BRICS no denuncian el genocidio en curso en Gaza?», Eric Toussaint, CADTM, 7 de agosto de 2025. ↩︎

  • Venezuela – Año Cero

    Venezuela – Año Cero

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    Luis Bonilla-Molina y Osvaldo Coggiola

    Luis Bonilla Molina Es profesor de pedagogía de la Universidad Nacional Experimental de la Gran Caracas (UNEXCA).

    Osvaldo Coggiola Es profesor del Departamento de Historia de la USP. Autor, entre otros libros, de La teoría económica marxista: una introducción (boitempo)

    Traducción: A terra e redonda
    Fuente:
    A terra e redonda

    Actualidad Internacional: Opinion

    11/08/2024

    Copyright: Autora/or de la foto. Si no queremos mostrarlo lo ocultamos.

    1. Cualquier análisis de la grave situación de Venezuela que ignore la condición histórica del país en los sistemas colonial y semicolonial está condenado, en el mejor de los casos, a la superficialidad y, en el peor, a la vulgar repetición, especialmente hipócrita cuando se hace en nombre de la democracia, de los cansados clichés del imperialismo, la realidad fundamental de nuestra era. Veamos las líneas históricas generales de esta condición. En la época colonial ibérica, el virreinato venezolano experimentó un fuerte desarrollo de sus exportaciones (en la segunda mitad del siglo XVIII ya era el mayor exportador mundial de cacao) y una prosperidad económica que benefició sólo a una pequeña parte de su población de aproximadamente un millones de habitantes, la gran mayoría compuestos por esclavos negros, zambos, mulatos e indios que se mantienen en extrema pobreza. La rebelión negra de Coro en 1796 proyectó peligrosamente, para las clases dominantes de la colonia, la sombra de la revolución de los esclavos en el vecino Haití. Cuando Simón Bolívar comenzó a desarrollar el proyecto de una confederación americana para reemplazar la dominación colonial española, llegó a la conclusión de que, para lograr la independencia, los españoles debían ser totalmente derrotados (para impedir sus intentos de reconquista), unificando los esfuerzos dispersos de los caudillos regionales y crear una república para poder enfrentar a cualquier potencia imperial. Y simultáneamente, contra los españoles, planteó el espectro de la “revolución de colores”, la “anarquía bárbara” que provocaría una revolución con dirección y beneficio de las clases desposeídas de la sociedad. En una famosa y controvertida entrada de diccionario, Karl Marx criticó al líder de Venezuela por sus limitaciones en la lucha por la independencia nacional (“separatista sí, demócrata no”), pero nunca se colocó en una posición neutral o dudosa respecto del progresismo. y legitimidad de esta lucha. Destacó la libertad de los esclavos negros como uno de los motores del ascenso de las fuerzas independentistas, aunque reconoció la paternidad de la iniciativa en el presidente de Haití, Alexandre Pétion (1770-1818), no en Simón Bolívar.[i] En la Gran Colombia, las clases dominantes no aceptaron la decisión de Simón Bolívar de mantener unificada la región en un solo país, promoviendo un golpe de estado para sacarlo del poder. Tras la victoria militar contra España, exiliaron a los militares y acordaron dividir el territorio del antiguo virreinato de Nueva Granada en tres países: Venezuela, Colombia y Ecuador. En América Latina, en general, desde el punto de vista económico, hubo continuidad entre el período colonial ibérico y la fase independiente. A la extracción de metales le siguió la exploración agrícola y ganadera a través de la cual cada país, articulando con el sistema económico internacional, se identificaba con un producto a escala comercial. Centroamérica se especializó en el suministro de frutas tropicales; Ecuador, plátanos; Brasil y Colombia, azúcar y café; Cuba y el Caribe, azúcar; Venezuela, cacao; Argentina y Uruguay, carne y lana; Bolivia se convirtió en proveedor de estaño y Perú de pescado. En la segunda mitad del siglo XIX, el Congreso norteamericano declaró su oposición a las demandas territoriales británicas en Venezuela: mediante un tratado celebrado con los Países Bajos en 1814, Gran Bretaña había adquirido el territorio de Guyana y durante medio siglo mantuvo una disputa con Venezuela en su frontera occidental, aspirando a una porción cada vez mayor de su territorio. Venezuela había apelado varias veces a los Estados Unidos, que en 1887 ofrecieron sus servicios a Gran Bretaña, proponiendo someter la diferencia a arbitraje. Los británicos rechazaron la propuesta. Entre las aspiraciones territoriales de Gran Bretaña, la que más preocupaba era el control de la desembocadura del río Orinoco. Los venezolanos alimentaron los temores al subrayar en una nota oficial que no sólo estaba en juego la “Doctrina Monroe” (“América para los americanos”), sino que “el control inglés sobre la desembocadura de nuestra gran arteria fluvial, y sobre algunos de sus afluentes”. , será la causa de un peligro permanente para la industria y el comercio de una gran parte del Nuevo Mundo”. Se firmó un tratado que otorgaba gran parte del territorio reclamado a los británicos. A cambio, Gran Bretaña reconoció la Doctrina Monroe y la hegemonía estadounidense en el hemisferio sur. Venezuela conoció el contenido del acuerdo sólo cuando fue publicado. El gobierno de Caracas ratificó el acuerdo luego de impedir manifestaciones callejeras en la ciudad. En Brasil, el parlamento aprobó resoluciones apoyando la actitud norteamericana. La animosidad suscitada entre los venezolanos, como consecuencia del trato humillante que recibieron, los llevó a tomar una postura contra Estados Unidos en la guerra hispanoamericana. En Estados Unidos, la plataforma electoral republicana de 1896 proponía un “monroísmo” agresivo, explotando el orgullo nacionalista ya agitado en la crisis venezolana, proponiendo el control norteamericano de las islas hawaianas y del proyectado canal interoceánico en Panamá.[ii] En 1899 (febrero-octubre) se produjo la revolución restauradora que combinó la crisis del liberalismo amarillo, el malestar por el mal gobierno de Andrade con las demandas de protagonismo de los ricos en el interior de la zona montañosa (Andes venezolanos) de la frontera. estado de Táchira. La revolución inauguró una larga hegemonía de presidentes andinos que expresarían la transición del modelo agrario de acumulación al modelo rentista petrolero. Poco después, Venezuela fue objeto de un ataque militar por parte de las potencias europeas. Cuando la flota anglo-alemana ingresó al puerto de La Guayra imponiendo un bloqueo marítimo para cobrar por la fuerza la deuda del país, EE.UU. fue previamente consultado y dio su consentimiento, lo que significó “la transición del intervencionismo europeo a la tutela norteamericana… La nota del ministro argentino [Luis María] Drago al Departamento de Estado, afirmando que la deuda pública no se podía recuperar con una intervención militar armada, fue la única manifestación oficial en América Latina a favor de Venezuela”.[iii] Las relaciones geopolíticas mundiales estaban cambiando con el surgimiento de una nueva potencia, Estados Unidos, con costas en los océanos Atlántico y Pacífico, y con intereses económicos cada vez más globales. En la crisis venezolana de 1902-1903, el bloqueo naval fue impuesto contra Venezuela por Gran Bretaña, Alemania e Italia, luego de que el presidente Cipriano Castro se negara a pagar las deudas externas y los daños sufridos por los ciudadanos europeos en las guerras civiles del país. Castro asumió que la Doctrina Monroe obligaría a Washington a intervenir para impedir la intervención militar europea. Sin embargo, el presidente de los Estados Unidos, Theodore Roosevelt, y el Departamento de Estado consideraron que la doctrina se aplicaba únicamente a la toma de territorio. Estados Unidos fue oficialmente neutral en el conflicto y permitió que se llevara a cabo la acción militar europea sin objeciones. El bloqueo vio rápidamente derrotada a la pequeña armada de Venezuela; Aun así, Castro se negó a ceder, pero aceptó someter algunas de las reclamaciones a arbitraje internacional, lo que había rechazado previamente. Las naciones bloqueadoras acordaron un compromiso pero mantuvieron el bloqueo naval durante las negociaciones. Según el acuerdo, Venezuela comprometió el 30% de sus derechos aduaneros para resolver quejas externas. La Corte de Arbitraje otorgó un trato preferencial a las potencias bloqueadoras frente a las reclamaciones de otras naciones. El papel de Estados Unidos, como aparente mediador, fue parte de la estrategia para consolidar una relación neocolonial con Venezuela. El episodio contribuyó a la formulación del “Corolario Roosevelt” de la Doctrina Monroe, afirmando el derecho de Estados Unidos a intervenir en los asuntos de los pequeños estados caribeños y centroamericanos si no podían pagar sus deudas internacionales. Así, Venezuela y el complejo Caribe-Centroamérica estuvieron en el centro de la configuración del “patio trasero” del imperialismo norteamericano. La victoria estadounidense sobre el debilitado Imperio español en la Guerra Hispano-Cubano-Estadounidense (1898) les dio nuevas posesiones en el Caribe (Puerto Rico) y el Pacífico (Filipinas, Guam y Hawaii), sobre las que podían proyectar su poder en el Sudeste. Asia y en Centroamérica. Al mismo tiempo, inauguró una nueva forma de imperialismo en la que no era necesaria la anexión política de territorios: si bien Cuba logró la independencia política en 1901, EE.UU. restringió su soberanía política a través de la Enmienda Platt incorporada a la constitución de la isla caribeña, lo que permitió la intervención en sus asuntos internos, el establecimiento de bases militares en su territorio y su capacidad para celebrar tratados políticos.[iv] El nuevo imperialismo yanqui se basó en un intervencionismo sistemático en América Latina: 1901 – 1914 – Panamá – La Marina estadounidense apoya la secesión del territorio de Colombia; Las tropas estadounidenses han ocupado la zona del canal desde 1901, cuando comenzó la construcción. 1903 – Honduras – Los marines estadounidenses desembarcan e intervienen en la guerra civil. 1903 – 1904 – República Dominicana – Las tropas estadounidenses invaden el país para “proteger los intereses estadounidenses”. 1904 – 1905 – Corea – Desembarcan los marines durante la guerra ruso-japonesa. 1906 – 1909 – Cuba – Las tropas estadounidenses desembarcan durante el período electoral. 1907 – Nicaragua – Tropas norteamericanas invaden el país e imponen un protectorado de facto. 1907 – Honduras – Los marines desembarcan durante la guerra de Honduras contra Nicaragua. 1908 – Panamá – Envío de marines durante el período electoral. 1910 – Nicaragua – Los marines estadounidenses desembarcan nuevamente en Bluefields y Corinto. 1911 – Honduras – Se envían tropas para “proteger los intereses estadounidenses” durante la guerra civil. 1912 – Cuba – Tropas estadounidenses enviadas para “proteger los intereses estadounidenses” en La Habana. 1912 – Panamá – Los marines ocupan el país durante las elecciones. 1912 – Honduras – Se envían tropas al país para “proteger los intereses estadounidenses”. 1912 – 1933 – Nicaragua – Las tropas estadounidenses ocupan el país para luchar contra los insurgentes de Sandino durante la guerra civil de veinte años.

    2. Estados Unidos aprovechó la “Guerra de los Mil Días”, que devastó la República de Colombia (incluido Panamá, que era un departamento/provincia de Colombia), entre 1899 y 1902. En 1903, Estados Unidos impuso, mediante sobornos a los colombianos, parlamentarios, e intervención militar directa, el Tratado Hay-Bunau Varilla por el que sacaron del país la provincia de Panamá, que proclamó su independencia. Los EE.UU. conquistaron así la zona donde ya había comenzado la construcción del Canal de Panamá. Con la secesión de Panamá se definió un nuevo hito de la expansión imperial. El canal interoceánico planteó la perspectiva de una hegemonía naval norteamericana en el Atlántico y el Pacífico. Estados Unidos aprovechó la quiebra de la antigua empresa canalera francesa, cuya construcción ya había consumido 250 millones de dólares, y compró sus acciones por 40 millones de dólares. La independencia del país fue proclamada en 1903, con el apoyo de Estados Unidos. En 1904, durante el gobierno de “Teddy” Roosevelt, se reanudó la reconstrucción del canal, inaugurado en 1914, luego de gastar 360 millones de dólares, a través de una empresa estatal creada para tal fin. Por el derecho a poseer el Canal de Panamá, Estados Unidos pagó 10 millones de dólares y acordó pagar 25.000 dólares al año, monto que se incrementó a 430.000 en 1933 y a 1.930.000 en 1955. La interferencia imperialista, por tanto, jugó un papel central en el desarrollo político y geopolítico de Venezuela en el siglo XX. León Trotsky señaló, exiliado en México, que los gobiernos latinoamericanos tendían al autoritarismo bonapartista debido a la debilidad de la burguesía nacional, “una enana entre dos gigantes”, ante el peso del capital externo (imperialista) y el movimiento de los explotados ( obreros y campesinos).[V] En la primera mitad del siglo XX, Juan Vicente Gómez (1857-1935), un militar de alto rango, gobernó Venezuela bajo una dictadura represiva desde 1908 hasta su muerte en 1935. Durante sus 27 años de gobierno, hubo un final a las guerras civiles crónicas, la modernización del Estado y la transformación de Venezuela en una nación petrolera. Su dictadura intentó mantener una fachada constitucional y democrática, empleando presidentes como Victorino Márquez y Juan Bautista Pérez, subordinados a Gómez, quien ocupaba el cargo de comandante en jefe de las Fuerzas Armadas. Gómez ayudó a consolidar el Estado venezolano y modernizar el país, al permitir que inversores nacionales y extranjeros exploraran los depósitos petroleros recién descubiertos. Venezuela experimentó un crecimiento económico sustancial y se convirtió en uno de los países más prósperos de América Latina en la década de 1950, una prosperidad reservada para las clases dominantes, con la mayoría popular reducida a la pobreza, incluida la pobreza extrema, en contraste con la creciente riqueza de las oligarquías y las altas esferas. burocracia estatal. El comienzo de la exploración petrolera también significó la formación del modo “rentista” de acumulación burguesa. Las importaciones –con la progresiva sustitución de la producción nacional– se convirtieron en el mecanismo de captura burguesa de las ganancias derivadas de la exploración petrolera. Incentivos económicos a las importaciones, exención de impuestos y otros derechos de importación, créditos a la importación con dólares preferenciales (calculados a un precio inferior al del mercado de divisas), incentivos a la industria ensambladora de piezas importadas, condonación de deudas contraídas por la burguesía a través de créditos públicos. estaban configurando una forma “parásita” de formación de la burguesía como clase social en Venezuela. Esta forma de constitución de la burguesía venezolana es fundamental para comprender, décadas después, el fenómeno de la “boliburguesía”. En 1928, la juventud venezolana encabezó una serie de protestas que tuvieron como eje central la democratización del país. Los líderes de esta revuelta serían quienes años más tarde organizarían la creación de los partidos venezolanos modernos, especialmente Acción Democrática (AD), socialdemócrata liderado por Rómulo Betancourt y otros miembros de esa generación, el Partido Social Cristiano (COPEI) liderado por Rafael Caldera, el liberal Partido Unión Democrática Republicana (URD), encabezado por Jóvito Villalba, y el Partido Comunista de Venezuela, de orientación marxista. Muchos miembros de esta generación participaron en el fallido intento de golpe de Estado del 7 de abril de 1928, que envió a prisión a una parte importante de la llamada “generación del 28”. Años más tarde, tras la muerte de Gómez y bajo el gobierno de López Contreras (quien había derrotado el intento de golpe de Estado de 1928), el 27 de febrero de 1936 se creó el primer sindicato de la industria petrolera en el estado Zulia, que entre diciembre de ese año y enero del año siguiente encabezaría el primer paro petrolero en Venezuela, con el que la clase obrera organizada irrumpió en la escena nacional. En este paro, el Partido Comunista de Venezuela (PCV) jugó un papel especial en su dirección. Manuel Taborda, Rodolfo Quintero, Jesús Faría, Olga Luzardo, entre otros comunistas, participaron en la organización y desarrollo de esta protesta, que combinó demandas salariales y laborales con denuncias sobre las condiciones laborales a las que los sometían las empresas trasnacionales, así como protestas políticas. demandas como la libertad de protesta, el cese de la persecución política y la libertad total de los presos políticos del régimen de Gómez. En el marco de una cadena de experiencias democráticas interrumpidas por regímenes dictatoriales, los partidos políticos venezolanos construyeron su verdadera identidad política entre 1936 y 1958. Durante el período de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez (1953-1958), Rómulo Betancourt, líder histórico del gobierno venezolano socialdemocracia, escribió Política y petróleo en Venezuela (1956), libro en el que justifica su posición en la Junta Revolucionaria de Gobierno (1945-1948), y considera al petróleo como el articulador económico de la economía venezolana, eje del modelo de acumulación burgués, en una relación neocolonial de dependencia basada sobre el comercio de este primo material. Durante la dictadura de Pérez Jiménez, la tríada AD, COPEI y URD consolidaron su relación con Estados Unidos y diferencias con el bloque soviético, construyendo relaciones de confianza con Estados Unidos para iniciar el período democrático que comenzó en 1958 y no fue interrumpido. hasta el presente. El petróleo se convirtió en la columna vertebral del régimen político nacional y el factor determinante en la relación con Estados Unidos. En 1958, el “Pacto de Punto Fijo” se celebró entre los tres principales partidos políticos: Acción Democrática (AD), socialdemócrata, el Comité de Organización Política Electoral Independiente (COPEI), de centroderecha democristiana, y la Unión Republicana Demócrata (URD), “social-liberal” y proimperialista. El acuerdo buscaba la estabilidad política en el país tras el colapso del gobierno dictatorial del general Marcos Pérez Jiménez antes de las elecciones, previstas para diciembre de ese año. Sus efectos se sintieron hasta principios de los años 1990. El pacto obligaba a los partidos firmantes a respetar los resultados de las elecciones y respetar la alternancia en el poder, excluyendo al Partido Comunista de Venezuela (PCV), que estaba proscrito; Era evidente que para la burguesía y para el modelo de acumulación desarrollado en el país, el PCV era un estorbo. En 1962, la URD abandonó el pacto, al no estar de acuerdo con la política adoptada en relación con la revolución cubana. La prosperidad económica permitió neutralizar y derrotar los intentos de organizar grupos guerrilleros en apoyo de la Revolución Cubana, el principal de los cuales estaba encabezado por el legendario Douglas Bravo, sin cambiar el régimen político, en un período en el que América del Sur experimentó una ola de Golpes militares (Brasil, Argentina, Bolivia) que tomaron como pretexto “el peligro del comunismo”, y Estados Unidos como principal punto de apoyo. En 1965, los marines estadounidenses invadieron la República Dominicana para impedir la toma de posesión de Juan Bosch, elegido democráticamente tras la larga dictadura de Rafael Trujillo, conocido como comunista.

    3. En el último cuarto del siglo XX llegó a Venezuela la ola expansiva de la crisis económica global, en la recesión de 1974/1975. La disminución de la producción de petróleo estuvo estrechamente controlada por la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo). Su creación, en 1960, con un papel central para Venezuela con Pérez Alfonzo, inició un enfrentamiento por una nueva distribución global de la renta de la tierra. Creada por los gobiernos de los países exportadores, la OPEP elevó el precio del crudo, imponiendo límites a la competencia entre los países productores, que mantenían unos ingresos elevados, utilizados principalmente en importaciones. Sin embargo, los exploradores directos de las minas de petróleo, en la mayoría de los casos, no eran los Estados propietarios, sino las grandes empresas multinacionales que tenían su tecnología contratada por los Estados o les pagaban por la exploración de los yacimientos. No fueron los países productores los que más ganaron. El precio fijado en el Golfo Pérsico fluctuó, entre 1953 y 1973, entre 1,60 y 2,75 dólares el barril; Sin embargo, con impuestos, en el mercado llegaría a $10,00. La crisis de 1973 cuadruplicó los precios. El cambio en la relación entre capital y propiedad agraria estuvo en el centro de la crisis del petróleo. La disputa sobre los precios del petróleo crudo fue una lucha por la apropiación de “ingresos diferenciales” (originados en diferencias naturales en la fertilidad o riqueza del medio ambiente natural). También implicó una disputa monopólica, ya que la “factura del petróleo” debía ser pagada, en primer lugar, por los países consumidores de energía y las empresas que dependían de las importaciones (la mayoría de los países europeos y Japón), lo que fortaleció a la burguesía norteamericana y, dentro de Estados Unidos, por parte del sector empresarial que se encontraba en la misma situación. Por lo tanto, la “crisis del petróleo” fue parte de la intensificación de las disputas entre monopolios y países imperialistas. Las grandes refinerías y comerciantes de petróleo (las “siete hermanas”) fueron, en diversos grados, las más beneficiadas por el aumento de las facturas del petróleo. Con el aumento de los precios del petróleo entre 1974 y 1983, Venezuela experimentó la ola más importante de prosperidad económica y expansión de la clase media, lo que creó la ilusión de que era posible construir un fuerte Estado de bienestar en el país. Esta burbuja estalló con la nueva caída de los precios del petróleo a principios de los años 1980, la crisis de la deuda externa y la llegada de la globalización neoliberal, que requirió una mayor y nueva integración del capital transnacional y local. El 18 de febrero de 1983 (fecha conocida como Viernes Negro), el presidente socialcristiano Luis Herrera Campins interrumpió durante diez días la venta de dólares estadounidenses, lo que daría lugar al establecimiento de un rígido mecanismo de control de cambios (y por ende, a la disputa por el petróleo). ingreso). El Black Friday es el inicio del largo ciclo de crisis económica, política, social, cultural y tecnológica que atraviesa Venezuela. La crisis iniciada en 1983 tuvo picos (caracazo 1989, rebeliones militares bolivarianas 1992, Agenda Venezuela 1994-1999, triunfo de Chávez 1999, proceso constituyente 1999, golpe de Estado 2002, llamado al socialismo del siglo XXI en 2005, formación de la “boliburguesía” 2002-2024, muerte de Chávez 2013, inicio del proceso de restauración y acuerdo burgués 2013-2024) pero no logró cerrarse, porque en realidad se trata de un reacomodo de las burguesías en torno al rentismo petrolero en una fase de financiarización de la economía mundial. En Venezuela, el aumento de la renta petrolera favoreció la concentración del capital y de la renta, provocando una intensificación de la lucha de clases y provocando un aumento de la movilización popular contra el actual régimen político, que alcanzó su punto crítico en 1989 (caracazo). A medio siglo del inicio de la crisis económica global, Venezuela comenzó a vivir una crisis estructural que comenzó con el “Viernes Negro” de 1983 y que aún permanece abierta. Esta crisis es propia de los límites del modelo de acumulación burguesa en torno a la industria petrolera y la hegemonía del régimen político instalado en 1958. El surgimiento de la crisis “interna” coincidió con la llegada del neoliberalismo, la turbulencia de la deuda externa y la financiarización de la economía mundial, que impulsó una nueva dinámica económica local, abierta al capital transnacional. El Viernes Negro del 18 de febrero de 1983, el país sufrió una abrupta suspensión de la venta de dólares estadounidenses durante diez días, lo que desencadenó el establecimiento de un control de cambios, imponiendo una restricción a la salida de divisas, medida duramente cuestionada por el presidente del Banco Central de Venezuela. El Viernes Negro estuvo precedido por varios acontecimientos, como la salida de Venezuela del patrón oro, la nacionalización del petróleo, así como el inicio de un período de desajuste entre el gasto público y los ingresos del Estado. Esta situación se agravó y se hizo evidente con la caída de los precios del petróleo, que llevó las exportaciones petroleras de 19,3 millones de dólares en 1981 a apenas 13,5 millones de dólares en 1983 (una caída del 30%, al inicio de la crisis de deuda en América Latina). Estos hechos produjeron una fuga de capitales de casi ocho mil millones de dólares y la correspondiente disminución de las reservas internacionales, factores que hicieron inminente una devaluación monetaria. Hasta el Black Friday se mantenía la estabilidad de la moneda y la confiabilidad que caracterizaban a un mercado de libre convertibilidad; El episodio provocó una pérdida de confianza en la economía del país. Se produjo una fuerte caída de las reservas internacionales y la adopción de un régimen de tipo de cambio diferencial de tres tipos, que sobrevivió hasta febrero de 1989, en medio de graves casos de corrupción estatal, empobrecimiento popular y el fin de la estabilidad de la moneda venezolana.

    4. La mayoría de los análisis de la situación en Venezuela tienden a centrarse en marcos temporales cortos, lo que impide una comprensión integral de lo que está sucediendo en la situación actual. Los picos de tensión en el período de crisis de 1983-2024 a menudo se confunden como fases separadas. En realidad, la rebelión popular y estudiantil de 1987, la caracazo de 1989, los levantamientos militares de 1992, la destitución y procesamiento de Carlos Andrés Pérez, la candidatura y victoria electoral de Chávez, el proceso constituyente, el fallido golpe de Estado de 2002, el llamado al “socialismo del siglo XXI”, las contradicciones entre la nueva burguesía y el poder popular, la enfermedad y muerte de Hugo Chávez, la candidatura y triunfo de Nicolás Maduro, el inicio del bloqueo norteamericano y las naciones imperialistas, las rebeliones callejeras de derecha en los años 2014 a 2017 con la la muerte de un centenar de jóvenes, la segunda asamblea constituyente, el decreto 2792, el giro autoritario de Nicolás Maduro, la pérdida de libertades democráticas, la judicialización de los partidos políticos, las negociaciones con Estados Unidos y otros acontecimientos, son sólo picos de tensión al interior del marco de la larga crisis burguesa en Venezuela de 1983-2024. Los intentos de superar esta crisis han sido infructuosos, tanto desde la derecha (construcción de un nuevo modelo de acumulación, Agenda Venezuela, involución en la agenda social, reducción del marco de libertades democráticas) como desde la izquierda institucional (el chavismo y su proyecto de recuperación). de la agenda social, con destrucción de la vieja burguesía y sus representaciones, creación de una nueva burguesía y destrucción del sistema liberal de libertades democráticas para imponer un régimen bonapartista de consenso entre las clases dominantes). La izquierda anticapitalista y socialista, contraria al proyecto de conciliación de clases, fue incapaz durante este largo período de construir un polo alternativo para superar estructuralmente la crisis de hegemonía y acumulación capitalista en Venezuela. El surgimiento de Hugo Chávez y los militares bolivarianos (en 1992) como actores políticos permitió la construcción de un precario centro político en el período 1995-1998 –con apoyos de izquierda, centro y derecha– que intentó resolver esta crisis a partir de una “nuevo consenso”, la apertura dio paso a iniciativas que buscaban una nueva hegemonía (proceso constituyente, nuevo marco legal e institucional, nuevo paradigma democrático) y un nuevo modelo de acumulación (la Agenda Alternativa Bolivariana – AAB). O chiripero de Rafael Caldera (nombre que recibió una coalición política que levantó la candidatura de Caldera a la presidencia en las elecciones de 1993: presentó oficialmente el nombre de Convergencia) había abierto el camino a esta táctica de disputa hegemónica. Este “centro político”, en el que participaban sectores empresariales que se sentían marginados por el sector mayoritario de la burguesía y temían los efectos del surgimiento del capital transnacional, vio en la propuesta de la AAB una oportunidad para construir una nueva arquitectura en el país. Durante este período, Hugo Chávez habló de la “tercera vía” y del “capitalismo humano”. La izquierda valoró esta agrupación como un salvavidas en medio del desastre que vivía el pensamiento socialista en los años noventa, mientras que sectores de la izquierda radical vieron en los intentos de destruir el viejo modelo la oportunidad de abrir el camino a nuevas correlaciones de fuerzas que apoyaría el cambio estructural en el país. El capital transnacional y Estados Unidos estaban a favor de cualquier intento de superar el modelo de acumulación de capital que dio paso al proceso de internacionalización y financiarización, por lo que ofrecieron precaria resistencia a la idea de cambio que se lanzaba. Desde la llegada de Hugo Chávez al gobierno (1999), han surgido tres caras de la política chavista, que expresan las contradicciones internas del inestable “centro político”. El primero, consistente con el programa acordado, lanzó el proceso constituyente y un nuevo marco legal –leyes facilitadoras, leyes sectoriales- para el surgimiento de un nuevo Estado burgués, que requería la construcción de hegemonía para el sector burgués que lo acompañaba. El segundo fue resultado de la inconclusa identidad nacional popular de Chávez y el chavismo, que buscó conectarse con las narrativas e imaginarios de la corriente histórico-social de cambio. El tercero se expresó en el camino a tientas hacia un discurso político ideológico radical, en el que abordó experiencias como la de Gadafi en Libia, el cooperativismo yugoslavo, el socialismo utópico comunal, los “marxismos malditos”, hasta llegar al “socialismo del siglo XXI”. siglo” (2004-2005), que en su fase final se asimiló más al viejo socialismo del siglo XX. Estas tres caras se fueron integrando progresivamente y constituyeron la razón social e ideológica del liderazgo de Hugo Chávez en el período 2002-2013. El golpe de Estado de 2002 rompió los vínculos del chavismo con los sectores burgueses “nacionalistas” o “progresistas” que se habían agrupado en torno al chavismo en el período 1994-2001. En un país con un modelo de acumulación rentista, basado en gran medida en las importaciones, los recargos, las exenciones fiscales y arancelarias, el acceso a monedas preferenciales y los diferentes mecanismos de corrupción que requiere una clase burguesa comercial (en torno a las importaciones), financiera (legitimación del capital y expansión de la usura). ) y montaje (importación de piezas e insumos), esta ruptura con sectores de la “burguesía tradicional” dejó un vacío que debía ser llenado rápidamente. Esto generó la necesidad de constituir una nueva burguesía que estuviera estructuralmente ligada al proyecto político de la Quinta República, asumiendo para sí el modelo de acumulación de la vieja burguesía. Este fue el comienzo del declive del radicalismo del proyecto bolivariano. Este proceso, conocido como proyecto económico de la revolución, generó, entre 2002 y 2013, una nueva burguesía, la “boliburguesía”, enfrentada a la vieja clase dominante. En 2004, Hugo Chávez y el chavismo ya habían consolidado su identidad política, un nuevo policlasismo que renovaba elementos de una revolución popular nacional y la vinculaba al discurso socialista. Al mismo tiempo que creó las condiciones materiales, políticas e institucionales para el surgimiento de una nueva burguesía, el proceso bolivariano construyó las condiciones para el surgimiento de formas de poder popular y comunal, que supuestamente construirían una base social para la disputa hegemónica. con la vieja burguesía. Las iniciativas para construir una base social arraigada en el nuevo proyecto hegemónico fueron presentadas como “socialismo del siglo XXI”. La aparente dualidad estratégica no era esquizofrenia política, sino que en realidad contenía un nuevo proyecto político “multiclasista” emergente, que requería una ruptura con el viejo tejido institucional y social, con narrativas, imaginarios y correlaciones de fuerza diferentes a lo que había sido la democracia clásica. burgués. La democracia representativa pasó a ser democracia participativa, la Constitución contenía un nuevo pacto social multiclasista. Una parte importante de la izquierda se centró en cuestionar que el programa de Chávez no fuera auténticamente revolucionario, cuando en sus orígenes era mucho más reformista y ahora se inclinaba hacia un radicalismo controlado. Esto equivalía a pedirle a Chávez lo que ellos no habían podido hacer y construir en una situación de ascenso del movimiento de masas. Chávez ciertamente navegó por la dualidad estratégica, entre un nuevo proyecto burgués y las contradicciones generadas por la posibilidad de un “socialismo del siglo XXI”, porque era el camino para construir una nueva hegemonía que no trascendió –y quizás nunca tuvo la intención de trascender- los límites. del orden burgués. Aunque hay quienes sostienen que su apuesta final sería por el poder popular, su desaparición física impidió que esta hipótesis se concretara. Lo concreto es que la revolución bolivariana se convirtió en un proyecto de conciliación de clases. Chávez cumplió un papel bonapartista sui generis al arbitrar el equilibrio de la transición hacia una nueva institucionalidad y nuevos mecanismos de relaciones de poder.

    5. La muerte de Hugo Chávez, cuyo liderazgo fue fundamental en la construcción y mantenimiento de estos equilibrios –que a su vez se convirtieron en la única posibilidad para políticas de reforma o revolución– dio paso a un proceso de pérdida de fuerza transformadora y de restauración progresiva, de capitulación y abandono de la parte popular y radical del nuevo proyecto hegemónico. Esta capitulación se generó más por el espíritu conservador de la nueva burguesía ante la idea de poder popular, que por la ruptura con la idea policlasista del proyecto bolivariano. El temprano abandono de la radicalidad del poder popular debilitó el proyecto mismo de una nueva hegemonía burguesa, por lo que no es descabellado pensar que Maduro y los herederos del chavismo no entendieron del todo el proyecto de disputa hegemónica que lideraba Chávez. Esto significó, a partir de 2013, la destrucción sostenida del tejido social e institucional no alineado con la lógica del capital, que había optado ingenuamente por la existencia de un horizonte socialista. La orientación política de los gobiernos de Nicolás Maduro tuvo dos momentos: 2013-2017 y 2017-2024. En el primero, su compromiso se centró en el fortalecimiento de la nueva clase burguesa, en la subordinación definitiva de las precarias semillas del poder popular y comunal a los intereses de la nueva burguesía, y en el enfrentamiento e intento de aniquilación de la vieja burguesía. La caracterización de Venezuela como un peligro para los intereses estratégicos de Estados Unidos y el inicio de las Medidas Coercitivas Unilaterales estadounidenses fortalecieron el enfrentamiento entre la vieja burguesía (fuera del aparato gubernamental) y la nueva burguesía (que era parte constituyente del gobierno). ). Los enfrentamientos entre 2014 y 2017 pueden entenderse como la tensión de las contradicciones interburguesas. El gobierno y la nueva burguesía “bolivariana” lograron aplastar las revueltas policiales-militares de 2017, imponiendo así una derrota sin precedentes a la lógica insurreccional de la vieja burguesía, evento del que este sector aún no ha logrado recuperarse. Esta derrota de la vieja burguesía y sus representaciones políticas abre una nueva etapa en el gobierno de Nicolás Maduro y en el horizonte estratégico de gobernabilidad de la nueva burguesía. En el segundo momento (2017-2024), el gobierno de Nicolás Maduro fortaleció y amplió los procesos de diálogo con la derecha política y la vieja burguesía, pero también, como ahora sabemos, se abrió una línea de negociación con Estados Unidos, en el al mismo tiempo que genera un conjunto de medidas que restringen las posibilidades de influencia de la clase trabajadora y clases subordinadas en las correlaciones de fuerza. Decreto 2792, de 2018, que elimina la negociación colectiva y el derecho de huelga, instrucciones de la ONAPRE que desconocen los derechos adquiridos de una parte importante de los empleados públicos, trabajadores de la educación, la salud y otros sectores, son parte de medidas naturales de contención del trabajo movimiento y manifestación de coincidencias entre la nueva y la vieja burguesía, para promover acuerdos con amplios sectores del capital nacional y sus representaciones políticas. María Corina Machado y el sector burgués que representa parecían ser el electrón libre, el sector del viejo orden que no logró encajar en las negociaciones 2018-2024. 2024 es el año de las elecciones presidenciales más disputadas de la historia reciente. Se habló y se habla mucho de transición, cambio de gobierno o mantenimiento del actual equipo de gobierno liderado por Nicolás Maduro. Los más ingenuos hablan de garantizar las condiciones para una transición, eliminar recompensas norteamericanas para eliminar a Nicolás Maduro, firmar un pacto nacional de no agresión ni persecución. Otros hablan de establecer un marco de garantías para que la nueva burguesía pueda utilizar su riqueza acumulada sin persecución ni límites. Lo cierto es que las elecciones se desarrollan en el marco de una negociación interna dentro de la burguesía y con los estadounidenses, cuyos avances, estancamientos o retrocesos serán cruciales para las consecuencias prácticas de los resultados electorales. La opacidad con la que se llevan a cabo las negociaciones con los extranjeros impide una mayor precisión sobre las posibilidades reales de transición o avance en la nueva hegemonía. El acuerdo interburgués aparece en el horizonte como una posibilidad, que deberá decidir entre las opciones de un gobierno de coalición nacional, un gobierno de emergencia o una vuelta a la alternancia. Estados Unidos, desde una perspectiva neocolonial, se ve favorecido por el enfrentamiento de baja intensidad entre sectores burgueses nacionales y entiende un acuerdo entre ellos en el marco de la profundización de la dependencia venezolana y la tutela imperial sobre éste.

    6. Los candidatos que se presentaron con el rótulo opositor fueron Daniel Ceballos (Arepas Digitales) involucrado en la insurrección de 2014 e indultado por Maduro en 2018, Claudio Fermín (Soluciones para Venezuela), ex activista de Acción Democrática, quien recientemente ha trabajado con una línea política asociada a intereses gubernamentales, Benjamín Rauseo Rodríguez (Confederación Democrática Nacional — CONDE), comediante, que plantea un programa de libertad de mercado, Luis Eduardo Martínez Hidalgo (AD, Bandera Roja —exmaoístas—, Movimiento Republicano e Unión Electoral Nacional), Enrique Octavio Márquez Pérez (Centrado en las Personas, REDES, PCV) es un conocido opositor del chavismo, vinculado a la MUD, Javier Bertucci (El cambio) pastor evangélico que expresa las nuevas relaciones de Maduro con los cristianos protestantes, Antonio Ecarri (Alianza del Lápiz) quien propuso un programa de ajuste y reconciliación nacional y sostuvo reuniones en Miraflores con Maduro, José Brito (Primera Venezuela, Primera Justicia — sometido a intervención —, Unidad de Visión Venezuela e Unidad Venezuela) quien aparece como opositor funcional al gobierno, Edmundo González Urrutia (PUD —sin tarjeta electoral—, MUD y Nuevo tiempo) es el candidato que apoyó expresamente María Corina Machado. El candidato oficial del gobierno fue Nicolás Maduro Moros (PSUV, PPT –intervenido, MEP –intervenido, PCV –intervenido, Tupamaros, entre otros), quien aspira a un tercer mandato que ampliaría su permanencia en el palacio de Miraflores. de 12 a 18 años. Ocho de los diez candidatos expresaron los avances de las negociaciones de Maduro con la oposición que se llevaron a cabo entre 2017 y 2024; Son partidarios de una transición pacífica, en busca de un nuevo modelo de alternancia democrática y muchos de ellos cuestionan el bloqueo norteamericano contra Venezuela. La novena candidatura fue la de Edmundo González Urrutia (apoyado por el MCM) quien expresa el sector que no alcanzó un mínimo entendimiento con el gobierno y está por un cambio radical en la lógica del encuentro entre la vieja burguesía y el capital transnacional. Los resultados proclamados fueron: Nicolás Maduro, 6.408.834 (51,95%); Edmundo González, 5.326.104 (43,18%); Luis Eduardo Martínez, 116.021 (0,94%); Benjamín Rauseo, 92.903 (0,75%); José Brito, 84.231 (0,68%); Javier Bertuchi, 64.452 (0,52%); Claudio Fermín, 40.902 (0,33%), Enrique Márquez, 29.611 (0,24%); Daniel Ceballos, 20.056 (0,16%). Un total de casi doce millones de votos. En cuanto al número de migrantes venezolanos, que votaron muy poco y en gran medida se les impidió hacerlo: la oposición insiste en que son más de siete millones, mientras el gobierno habla de 1.700.000; investigadores como Víctor Álvarez cifran su número en poco más de cuatro millones. De los supuestos ocho millones de votantes fuera del país, sólo 65 lograron registrarse. Los resultados proyectados por la oposición MCM-Eduardo González son radicalmente diferentes, hablan de una enorme diferencia de votos a su favor. Todas las expresiones de izquierda en Venezuela, desde el autonomismo, pasando por el trotskismo, el PCV (auténtico), los Tupamaros (auténticos), el PPT (auténtico), incluso las expresiones más de centroizquierda, han señalado que no defienden un resultado o otra, pero defienden el derecho democrático del pueblo venezolano a conocer los resultados detallados, las sumatorias locales de votos que sustentan el total nacional, y poder contar con las actas de escrutinio para la auditoría ciudadana. El gobierno de Nicolás Maduro decidió interponer un Recurso Contencioso Electoral ante la Corte Suprema de Justicia que quita al poder judicial la posibilidad de revisión y recursos jerárquicos, limitando el acceso público al estado de escrutinio, lo que incrementó la crisis de legitimidad internacional y nacional. del gobierno de Maduro. Todo indica que en el corto y mediano plazo habrá dificultades para acceder al registro de votantes, lo que inaugura una nueva fase de crisis política en Venezuela. ¿Cuál es la situación social actual en Venezuela? El salario mínimo es inferior a cinco dólares mensuales y el salario promedio con bonificaciones apenas supera los 100 dólares mensuales; ningún candidato propuso un plan de ajuste salarial que al menos lo acercara al promedio regional. Algunos se refugian en la necesidad de garantizar la productividad empresarial (lo que implica continuar el asalto burgués a los ingresos petroleros) para iniciar un proceso de recuperación salarial, mientras que otros, para no permitir el proceso de ajuste salarial, se escudan en los efectos de la crisis externa. cerrar con llave. Por otro lado, en los últimos ocho años se ha producido una progresiva, sistemática y contundente reducción, hasta la eliminación, de las libertades democráticas mínimas que, aunque cada vez más disminuidas en las últimas décadas, eran consideradas un logro de la sociedad (derecho a huelga, libertad de organización (sindicatos y partidos de izquierda, libertad de opinión y crítica). Ningún candidato propuso la recuperación de las libertades democráticas para las clases subalternas y explotadas, sino “libertades de mercado”. Todas las candidaturas, del gobierno y de la oposición, con diferentes matices, representaron un proyecto para poner fin a la crisis política que ignora los intereses de la clase trabajadora y del pueblo. Ninguno propuso un programa para recuperar el derecho de huelga, contratos colectivos, salarios suficientes, pero llamaron al sacrificio de la clase trabajadora para recuperar el país, al mismo tiempo que defendieron la eliminación de impuestos al gran capital y hablaron de la Liberación de las fuerzas del mercado, el espíritu empresarial y la productividad. La candidatura de Edmundo González representa el programa de ajuste estructural, privatización y destrucción de la agenda social que hoy encarnan libertarios como Javier Milei y compañía; mientras que los programas de los restantes candidatos de la oposición expresaron matices de programas gubernamentales que colocan los intereses del capital por encima de los intereses de los trabajadores. Nicolás Maduro representa la continuidad del programa de ajuste estructural aplicado entre 2017-2024, en un contexto de bloqueo de Estados Unidos y naciones imperialistas europeas a Venezuela, que depositó el peso de la crisis económica sobre la clase trabajadora, mientras la burguesía (vieja y nuevo ) se hizo más rico. Todos los candidatos buscan mejorar las relaciones con Estados Unidos, mientras Nicolás Maduro desarrolla simultáneamente una estrategia de acercamiento con China, Rusia y Turquía (países donde las libertades democráticas están restringidas y donde la orientación es el capitalismo competitivo). El sector liderado por MCM-Edmundo González abandonó el discurso ideologizado para sintonizar y apropiarse de los deseos más básicos de la población venezolana actual: (a) el retorno de los migrantes, porque cada familia tiene al menos uno de sus miembros en esta condición (padres , abuelos, hijos, nietos, sobrinos, hermanos), (b) la reunificación familiar basada en la mejora de las condiciones económicas, especialmente el aumento de la productividad (cuidado de no aclarar cómo mejorar la cuestión salarial), (c) la privatización de los asuntos públicos como camino hacia la prosperidad, algo que la historia nacional y la experiencia regional niegan. El cambio de estrategia de la oposición funcionó para la candidatura de MCM-González, al punto que el gobierno de Nicolás Maduro intentó poner en marcha planes para el retorno de migrantes y enfatizó la disminución de la inflación como una señal de reactivación económica para el futuro. El gobierno de Nicolás Maduro centró su discurso en su supervivencia en el poder como garantía de bienestar social, que ha ido desapareciendo progresivamente en los últimos diez años. El discurso de las sanciones estadounidenses, reales y objetivas, perdió efectividad política ante la ostentación material de un sector del liderazgo y el mega caso de corrupción conocido como cripto-PDVSA (petrolera estatal). Sin embargo, la candidatura oficial mantuvo una importante base social, en gran medida como herencia heredada del periodo Chávez y por la red de apoyo material (programa de canasta básica, bonos, ayudas) que se vería amenazada con la llegada al poder de un candidato de derecha. o la extrema derecha, que propone privatizarlo todo. La lógica de la supervivencia y el miedo a los efectos del cambio le permitieron reunir una importante base social de apoyo a su candidatura, pero basada en la resignación y no en la esperanza. La candidatura de la oposición central creció exponencialmente en apoyo el año pasado. El gobierno, en su desesperación ante este fenómeno, ha tratado de recuperar el vínculo con las mayorías a través de diferentes medios: (a) resaltando el efecto del bloqueo norteamericano y de las naciones imperialistas europeas sobre la economía y el mundo del trabajo, (b ) apelar al legado de los logros del período Chávez, (c) mostrar las candidaturas de la oposición como parte de la ola neofascista y ultraconservadora que recorre el mundo, (d) profundizar el autoritarismo, a través de la persecución selectiva de los sectores medios -clasistas y líderes populares de la oposición y candidaturas de campos de trabajo, (e) utilizar la descalificación personal para intentar llevar el debate electoral al terreno más favorable.

    7. Las elecciones presidenciales de 2024 estuvieron precedidas por la desaparición de algunos partidos de izquierda, que no alcanzaron el voto mínimo para su permanencia legal, y por la judicialización del resto. Actualmente no existe ningún partido de izquierda legal en Venezuela que pueda montar de manera autónoma una candidatura presidencial y el apoyo que aparece en la tarjeta electoral de Nicolás Maduro es resultado de esta situación de intervención de instrumentos políticos que eran de izquierda. El PSUV nunca fue un partido en términos clásicos, deliberativo y autónomo del gobierno, sino más bien un instrumento político para construir la viabilidad social de los planes de gobierno. Los sectores que respondieron exclusivamente al liderazgo de Hugo Chávez fueron separados de la estructura partidaria tras la muerte del líder histórico del proceso bolivariano y muchos de ellos se encuentran en distintas formas de oposición al gobierno de Nicolás Maduro. El PSUV es hoy un partido policlasista monolítico, sin fisuras significativas; sin embargo, la profundización de la crisis salarial y económica erosionó sus cimientos. El PSUV está amenazado por el mismo fenómeno que afectó a Acción Democrática (AD) en los años 1990: la posibilidad de colapso por pérdida de efectividad política. Maduro está limpiando el PSUV de cuadros políticos independientes que apostaban a la radicalización del proceso bolivariano. La izquierda no pudo llegar a un acuerdo sobre tácticas electorales en este momento. Por el contrario, había al menos cinco opciones visibles. Los primeros, quizás la mayoría, decidieron votar por el candidato que tenía más opciones contra Maduro. Para este sector lo más relevante es salir del régimen de Maduro y luego proponer una recomposición de las relaciones de poder que permita recuperar libertades democráticas, como el derecho de huelga, la negociación colectiva, salarios justos y la posibilidad de organización autónoma. ¡Dejemos que gobierne la extrema derecha para recuperar la democracia! Otra opción ha pedido el voto nulo o la abstención, alternativa que incluye a los líderes históricos del PPT, Marea Socialista, PSL y LTS, entre otros. Otro sector, crítico con algunas políticas gubernamentales, cree que debemos seguir apoyando a Maduro. Entre otras, las expresiones de Bruno Sanarde y la revista Bolívar Vive representar esta opción. Finalmente, la opción agrupada en torno Otra campaña define que su candidato son las luchas sociales, que ningún candidato representa los intereses de la clase trabajadora y que lo que hay que hacer es una campaña que denuncie la pérdida de las libertades democráticas y que abra la posibilidad del reagrupamiento de clases. En este último sector participan el CMI, Izquierda Revolucionaria, Comité de Familiares y Amigos por la Libertad de los Trabajadores Presos, Bloco Histórico Popular, LUCHAS, entre otros. Todos los candidatos presidenciales en las elecciones del 28J se esforzaron por demostrar que eran la mejor opción para Estados Unidos. Mientras el dúo Machado-González renovaba los votos de lealtad construidos en el pasado, especialmente durante la administración Bush, el gobierno de Maduro aceleró las negociaciones con Estados Unidos e incluso mostró sus simpatías por el presidente Joe Biden, al tiempo que aseguraba el flujo de petróleo hacia el Norte. bajo condiciones de negociación neocoloniales. Un acuerdo interburgués local es inútil si no se logra la aprobación de Washington y del Departamento de Estado. Toda especulación sobre un acuerdo estratégico entre el gobierno de Maduro y China o Rusia no es más que fanfarria, porque cuando regresó el comercio petrolero de Estados Unidos con Venezuela, China decidió distanciarse para permitir un acuerdo entre América del Norte y Venezuela, especialmente a medida que cada vez más acuerdos se están produciendo en el marco del comercio estratégico entre el gigante asiático y Estados Unidos. Rusia, por su parte, está más interesada en consolidar sus intereses en África que en aventuras latinoamericanas. Estados Unidos es el árbitro de una situación neocolonial en Venezuela y juega sus cartas con la calma de quien intenta asegurarse de que el final les favorezca lo más posible. Vale recordar que las recientes elecciones fueron resultado de un pacto entre Nicolás Maduro y Joe Biden –el acuerdo de Barbados–, y no un logro de la lucha de las masas. Otro hecho relevante son los cambios en los discursos y posiciones del progresismo y la izquierda. Si bien Pepe Mujica se ha distanciado del gobierno de Nicolás Maduro desde hace algún tiempo, voces calificadas como Lula y Gustavo Petro han marcado sus diferencias respecto al progresivo deterioro de las libertades democráticas en Venezuela y han mostrado preocupación por la tendencia autoritaria en el discurso de Nicolás Maduro. Intelectuales como Atilio Borón y Emir Sader, antaño muy activos en la defensa de Venezuela, han sido muy discretos, dejando el liderazgo de su defensa internacional a Monedero, uno de los líderes históricos del debilitado Podemos de España. Es claro que Cuba y sus organizaciones aliadas mantuvieron una línea de apoyo a Nicolás Maduro, pero cada vez con menos ímpetu y contundencia. Esta decantación del progresismo evidencia también divergencias entre muchos de sus componentes, que pasaron desapercibidas en el contexto de la ola creciente, pero que ahora se revelan en toda su magnitud. La crisis interna ha aumentado el aislamiento del gobierno venezolano. Por ello, el gobierno de Maduro optó por resaltar que su salida del poder podría generar un baño de sangre en el país, como un gesto desesperado para que EE.UU. piense en la estabilidad de sus intereses estratégicos. Si en algo coinciden la derecha y la izquierda política que se oponen a Nicolás Maduro es en subestimar su capacidad política. Ciertamente, Nicolás Maduro no sólo no es un hombre educado, sino que siente un profundo desprecio por quienes tienen formación académica y producción intelectual. Nicolás Maduro heredó de Hugo Chávez el encanto de rodearse de algunas estrellas de la política crítica internacional, al tiempo que despreciaba el pensamiento crítico nacional. Pero Maduro compensa esta debilidad con una enorme habilidad política para mantenerse en el poder, haciendo del pragmatismo su auténtica ideología. Nicolás Maduro piensa y actúa como un burócrata sindical que ve en todos los discursos factores políticos, sociales y económicos, deseos de poder y realización personal, que identifica como necesidades a cubrir, a partir de las cuales negocia con sus opositores. Promotor del grupo de Boston, creó muy pronto –en los primeros años del proceso bolivariano y con la aprobación de Hugo Chávez– una vestíbulo Americano que le serviría de interlocutor. Hoy estos esfuerzos se atribuyen a su política de diálogo con la nación más poderosa del planeta. Cuando surgieron contradicciones en los proyectos inmersos en el proceso bolivariano (nueva burguesía versus poder popular), Nicolás Maduro vio los esfuerzos por construir una central sindical autónoma (UNETE), entre 2004 y 2008, como un peligro estratégico para los nuevos equilibrios de poder. . Fue el artífice de las derrotas que impidieron la construcción de una central autónoma de trabajadores y el forjador de la Central Bolivariana Socialista dos Trabalhadores (CBST), que en ningún momento se planteó presidir, colocando a su cabeza a un dirigente de poca importancia, un militante de la ex Central dos Trabajadores de Venezuela (CTV), liderada por la socialdemocracia. De esta manera, garantizó un aparato para cooptar y dispersar las luchas de la clase trabajadora. Desde su cargo de canciller consolidó la relación con Cuba, China, Rusia, Turquía, Irán y gobiernos opuestos a Estados Unidos, con una parte importante de los partidos comunistas de tradición soviética y china, rechazando cualquier iniciativa para atraer al Bolivariano. proceso los sectores más críticos de la izquierda global, pues sabían que en algún momento criticarían la deriva autoritaria y el rumbo que tomaría el proceso. Nicolás Maduro pasó de ser un militante maoísta radical, con una cultura política antirreligiosa, a convertirse en un admirador de Sai Baba. En el poder, no sólo se casó según rituales católicos, sino que cultivó una relación estable y creciente con grupos cristianos y sectas religiosas, especialmente sectores pentecostales, vinculados a Estados Unidos y la extrema derecha latinoamericana. Los partidarios de izquierda perdidos por Nicolás Maduro debido a su política de conciliación de clases los recuperó en términos numéricos e incluso aumentaron, en interés de la fe. Avanzó en una línea de trabajo en la que Hugo Chávez había sido tímido: acuerdos y pactos con la derecha. Fortaleció la división de la derecha y creó puertas de diálogo con cada sector de la misma, al mismo tiempo que impulsó la devolución de tierras confiscadas por Chávez a sus antiguos dueños, suspendió políticas de impulso a las fábricas recuperadas y creó garantías para el capital financiero. como una forma de garantizar la seguridad del capital, como preludio de un intento de unificar las diferentes facciones burguesas en disputa. Nicolás Maduro privilegió el diálogo con la derecha, llevando progresivamente a la izquierda electoral a su mínima expresión, despojándola de sus instrumentos políticos y reduciendo su capacidad de influencia. Congeló y anuló los preceptos progresistas de la Ley Orgánica del Trabajo aprobada por Chávez, como una forma de mostrar a la burguesía y a Estados Unidos que podía lograr, en términos de política laboral, lo que la derecha clásica no podía garantizar.

    8. El caso es que la oposición de derecha ha recuperado una parte importante de su capacidad de convocatoria, que había perdido en 2017 y que Guaidó nunca obtuvo. Serán ahora seis meses de negociaciones para alcanzar un consenso entre la vieja y la nueva burguesía con la intención de crear gobernabilidad y la aprobación de un paquete contra la clase trabajadora con el menor número de protestas posible. Desde la perspectiva de la clase trabajadora, enfrentamos el peor escenario desde 1983 hasta el presente. La izquierda de clase anticapitalista venezolana debe prepararse para una lucha por las libertades democráticas y la organización de los trabajadores, por el logro de condiciones básicas de supervivencia, llevada a cabo con los métodos del frente único, que es la base de una estructura política independiente de el chavismo de las clases explotadas, para intervenir con programa y perspectiva propios en el proceso político. La situación venezolana ha desencadenado una crisis internacional, que involucra a todos los actores políticos globales. Los defensores de la oposición de derecha y su supuesta victoria electoral incluyen a la derecha global, encabezada por Donald Trump, con el apoyo de regímenes latinoamericanos de derecha, en primer lugar el gobierno argentino de Javier Milei. Bolivia, Nicaragua, Cuba y Honduras, en América Latina, con el apoyo de Rusia, China e Irán, defienden la victoria de Nicolás Maduro. La novedad es que algunos regímenes “progresistas”, más o menos aliados con la Venezuela chavista en el pasado reciente (Brasil, Colombia, México), se distanciaron de Maduro, exigieron la publicación de actas electorales (como si alguna vez se hubiera hecho tal demanda). en las victorias electorales de partidos conservadores o de derecha), aliándose con los regímenes que, con los EE.UU. de Joe Biden a la cabeza, se mueven a favor de una salida “institucional y pacífica” (no golpista) de Nicolás Maduro y el Chavismo. El frente imperialista está dividido entre los partidarios de esta solución (Biden) y los golpistas (Trump, Milei y sus cómplices). Las divisiones internacionales afectan por igual a ambas partes en disputa en Venezuela. El progresismo internacional y la derecha reaccionaria coinciden en omitir el proceso de intervención y judicialización de los partidos de izquierda que impulsó Maduro; como en la creación de Pacto de Punto Fijo, las dos facciones burguesas en disputa en Venezuela (vieja burguesía versus boliburguesía) coinciden en que el peligro para el acuerdo interburgués es la izquierda que exige el programa social progresista de Chávez y, a partir de la experiencia chavista, plantea un programa socialista para el país. A nivel ideológico, las dos facciones burguesas coinciden, pero no logran llegar a un acuerdo sobre cómo distribuir el botín de los ingresos del petróleo. La crisis de Venezuela, país con las mayores reservas de petróleo del mundo, uno de los centros de disputas empresariales y geopolíticas, es una crisis internacional, como lo demuestra el revuelo global por las elecciones. Sin embargo, vemos un cambio en la posición de Estados Unidos tras la publicación de los resultados de las elecciones del 28 de julio. A diferencia de otras oportunidades, la administración de Joe Biden le dio a Nicolás Maduro “tres días de gracia” para intentar resolver los problemas de legitimidad del proceso electoral. Esta “pausa” se debe a los acuerdos alcanzados desde la guerra en Ucrania para suministrar petróleo en condiciones neocoloniales (sin regalías ni pago de impuestos), situación que tiende a reconstruir la relación energética entre Estados Unidos y Venezuela. Sólo tres días después de las elecciones intervino el Departamento de Estado, reconociendo el triunfo de González Urrutia, pero sin la beligerancia de situaciones electorales anteriores. El apoyo de Estados Unidos a la mediación “progresista” de Lula, Gustavo Petro y López Obrador (en gran medida también Gabriel Boric) es parte del esfuerzo por promover un acuerdo entre las facciones burguesas en disputa, basado en la situación electoral del 28J. Las reservas venezolanas, que suman 300 mil millones de barriles, ya están siendo exploradas por empresas de Francia, Italia, España, además de Rusia, China, India y Estados Unidos (Chevron). Las Fuerzas Armadas venezolanas intentan ser colocadas en un estado de deliberación política, ignorando que jugaron un papel central en el equilibrio del período Chávez-Nicolás Maduro para el surgimiento y consolidación de una nueva burguesía. La ofensiva imperialista contra Venezuela es una pieza central de la búsqueda por vincular todo el continente, especialmente sus riquezas naturales (en el caso de Venezuela, con acuerdo interburgués o no), a las cadenas productivas y al capital financiero internacional, en el contexto de una crisis mundial que ya ha entrado en una fase bélica (Ucrania, Oriente Medio y Asia Central, amenazas militares en el Mar de China), de la que no nos libramos (véase la reactivación de la IV Flota de la Armada estadounidense en el Atlántico Sur, por no hablar de la transformación de las Islas Malvinas en una importante plataforma militar de la OTAN). Como bien escribió Roberto Amaral, “Washington se ha otorgado poderes de junta electoral en el país que alberga las mayores reservas de petróleo del mundo, se asoma sobre el Atlántico y el Pacífico y es la puerta de entrada al Amazonas”. Un frente único antiimperialista latinoamericano contra la interferencia imperialista en Venezuela puede y debe incluirse en la agenda política de la izquierda y del movimiento de todas las clases trabajadoras de América Latina. La cuestión venezolana es el primer punto de debate en la agenda política de la izquierda brasileña y latinoamericana. Una parte importante de la izquierda latinoamericana, sin embargo, está prisionera del discurso de la “geopolítica del poder”, según el cual si “Venezuela cae” esto afectará las posibilidades de progreso de los gobiernos progresistas o de izquierda en la región. Los defensores del enfoque geopolítico no parten de la situación material de la clase trabajadora venezolana y del marco de libertades políticas limitadas durante el período de Nicolás Maduro. Lejos de centrar sus análisis en la defensa de la clase trabajadora venezolana, piden su sacrificio para que puedan mantenerse o avanzar en sus países, manteniendo un silencio bochornoso sobre el congelamiento del derecho de huelga, la pérdida de las libertades sindicales y la Imposibilidad de la clase obrera de legalizar instrumentos políticos autónomos que la representen. Los resultados electorales del 28 de julio, anunciados por el Consejo Nacional Electoral (CNE), que dieron la victoria a Maduro, generaron una crisis abierta porque no estuvieron acompañados de actas de escrutinio por lugar de votación, ni de la totalización por centro electoral, ciudad y estado. Los resultados se anunciaron con el 80% de los votos emitidos; Aún faltaban por contar 2.500.000 votos, cuando la diferencia entre Maduro y González Urrutia era inferior a 800.000. Esto generó un fuerte descontento y movilizaciones espontáneas en los dos primeros días después de las elecciones. La respuesta del gobierno de Nicolás Maduro fue aumentar el control y la represión de las protestas, lo que llevó a más de dos mil arrestos, más de una docena de muertes y la creación de dos cárceles para albergar a los detenidos, promoviendo aún más el clima de protesta. La exigencia de resultados electorales de la izquierda venezolana no es un “fetichismo democrático”, sino un esfuerzo por restaurar las libertades democráticas perdidas en la última década. Si no se garantiza un marco político transparente, será mucho más difícil reabrir caminos para las cuestiones de la clase trabajadora. La lucha por las libertades democráticas es la lucha por la libertad de acción de la clase trabajadora, especialmente el derecho de huelga, la contratación colectiva con autonomía, las escalas salariales ajustadas a los niveles de inflación, la organización y funcionamiento de los partidos políticos de izquierda, porque todo esto ha sido procesado y judicializado en la última etapa política por el régimen de Nicolás Maduro.

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