por Ana Cristina Carvalhaes

Bogotá – Después de apoyar al candidato a la sucesión de Gustavo Petro, la mayoría de los latinoamericanos de izquierda y demócratas no debe haberse sorprendido precisamente por el ascenso meteórico, en las últimas semanas de la campaña presidencial, de un candidato al estilo Milei en Colombia. El abogado libertario Abelardo de Espriella creció vertiginosamente y llegó a la segunda vuelta por delante de Iván Cepeda, el profesor universitario de filosofía, comedido y meticuloso, defensor de los derechos humanos, elegido por el Pacto Histórico de Petro para un segundo mandato del progresismo local. Abelardo, apodado El Tigre, obtuvo el 43,72 % de los votos frente al 40,92 % de Cepeda (una diferencia de 600 000 votos).  Paloma Valencia, aristócrata, nieta de un expresidente y seguidora de Uribe, obtuvo el 6,9 %, frente al 15 % que indicaban las primeras encuestas; es decir, el CD fue arrollado por el tanque de El Tigre.

Al fin y al cabo, ni Colombia ni ningún otro de los 35 países de América Latina y el Caribe son inmunes a la ola de la extrema derecha neofascista internacional. Aunque la historia del país demuestre que existe un espacio político real para la derecha, ocupado hasta ayer por el Centro Democrático del expresidente Álvaro Uribe (que nunca tuvo nada de centroderecha), la hazaña de Abelardo se explica por el nuevo momento regional y global. El Tigre ganó gran apoyo de las fracciones burguesas-oligárquicas (agroindustria, mercado financiero, gran comercio y plataformas) que sustituyeron rápidamente a la candidata del CD, Paloma Valencia, por Espriella como su favorito. Al “Milei colombiano” le ayudaron por supuesto el apoyo de Trump y de toda la ultraderecha en el poder en la región; los torrentes de noticias falsas —en gran parte originadas en EE. UU. y en el Estado español —; mentiras descaradas sobre Petro y Cepeda y sus vínculos con la guerrilla y la criminalidad, en un país donde la regulación de las redes sociales es casi inexistente. Completan la tormenta perfecta de Abelardo la contratación de una empresa de marketing político que es la misma que trabajó para Pablo Marçal, el coach misógino que casi se eligió alcalde de São paulo el 2024, y la manipulación planificada del (por lo menos) frágil sistema electoral colombiano.

Para comprender la gravedad de la guerra de versiones y mentiras en Colombia, hay que recordar que el país vivió seis décadas de guerra civil , con 450 mil muertos, 121 mil desaparecidos y 7,7 millones de desplazados internos, innumerables atentados con bombas en ciudades, contra autoridades y civiles, secuestros y asesinatos de políticos. En 2016 se firmó un acuerdo entre el gobierno y las FARC para el desarme y la reinserción de los guerrilleros en la vida civil. El gobierno de Petro y el Pacto Histórico defienden la política de la «Paz Total», con la que buscan el diálogo con la guerrilla remanente, el ENL, e incluso con grupos armados criminales que quieran deponer las armas. A esta política se opone con uñas y dientes la derecha tradicional del CD, el sector agrícola y la clase media urbana. Espriella supo manipular a estos sectores, acusando a Petro y Cepeda de ser guerrilleros sanguinarios, marginales y amigos de los narcotraficantes, además de decir a electores de Valencia que ella ser´[ia la extremista de derecha. 

Un sistema electoral semiprivado

El sistema electoral colombiano se sustenta en un trípode. No hay una Justicia Electoral, sino un Consejo Nacional Electoral compuesto por nueve miembros designados por el parlamento, con cuotas que se llenan mediante complicadas matemáticas, lo que le da siempre la mayoría en el CNE a quien tiene mayoría en el Legislativo. El CNE está vinculado a una «Registraduría», que funciona como una gran oficina del registro civil y electoral: solo vota quien está registrado. La forma de contabilizar los votos constituye la tercera y más cuestionable de las patas del trípode: el recuento de las cerca de 120 mil urnas se realiza manualmente, urna por urna, con derecho a la presencia de fiscales de los partidos. Pero, a partir del momento en que los resultados de las urnas deben procesarse por distrito, departamento y a nivel nacional, quien realiza el recuento es una empresa privada colombiana de seguridad, Thomas Greg & Sons (sic), que no divulga el código fuente del recuento, por lo que no permite su verificación.

No es de extrañar, por lo tanto, que Gustavo Petro cuestionara los resultados ese mismo 31 de mayo y que vaya a presentar una denuncia por irregularidades esta noche, martes 2 de junio. Ante las noticias de cooptación, por parte de Espriella, de funcionarios de la empresa, de la Registraduría (además de miembros de la policía y las Fuerzas Armadas). Según las publicaciones del presidente, habría 800 mil votos sin comprobación del candidato neofascista. Cepeda y la coordinación de campaña, sin embargo, decidieron el lunes 1º de junio avalar el resultado, para no llevar el proceso a la parálisis, según explicaron dirigentes del Pacto. La dualidad política, que puede ser una disonancia entre Petro y Cepeda o una división de tareas a propósito, mantiene en suspenso el panorama de la segunda vuelta.

Un progresismo joven, con base de lucha

A pesar de la sorpresa (ya que la campaña de Cepeda hablaba de ganar en la primera vuelta), el Pacto Histórico y sus aliados de la Alianza por la Vida (véase más abajo la composición) registraron el mejor resultado electoral de la izquierda en la historia de Colombia, un porcentaje mayor que el de Gustavo Petro en 2022 (figura 1). La fuerza de esta coalición de agrupaciones y figuras de izquierda, centroizquierda y movimientos sociales se explica por haber cobrado impulso y avanzado hacia la unidad debido a la presión de los levantamientos sociales de 2019 y 2021 , cuando el país, en paralelo con el estallido chileno, se rebeló contra las políticas fiscales de ajuste del gobierno de Iván Duque (CD), su gestión equivocada de los acuerdos de paz con las guerrillas de las FARC y el ELN, contra los asesinatos de líderes sociales y contra la represión de quienes protestaban. El movimiento resistió a la pandemia y continuó tras el confinamiento, fortaleciendo a figuras y organizaciones políticas identificadas con los manifestantes.

Gustavo Petro, líder de Colombia Humana, una de las fuerzas constituyentes del Pacto Histórico, ganó las elecciones presidenciales en esa ola y marcó su gobierno, como todo progresismo, por la acción estrictamente constitucional —es decir, en el marco del régimen democrático-burgués— al mismo tiempo que se diferenció, respecto a los gobiernos homólogos de Lula, Boric y el Frente Amplio uruguayo, de convocar a la movilización popular para la aprobación de agendas consideradas centrales. Este fue el caso del aumento del 23 % en el salario mínimo para finales de 2025. 

A pesar de los avances en el terreno social, Petro gobernó con una minoría parlamentaria, a la que sorteó en gran medida distribuyendo partes importantes del presupuesto nacional a través de proyectos presentados por las Juntas Vecinales y sus federaciones regionales (para leer sobre el asociacionismo colombiano, véanse los artículos-reportaje del historiador Tamis Parrón ). La campaña de Cepeda, por su parte, decidió apostar por esta tradición asociativa, por una campaña programática propositiva (sin centrarse en atacar a los adversarios), por la movilización desde la base y por la idea de la victoria en la primera vuelta (opción discutible). 

Queda la impresión, compartida por observadores internacionales de partidos de izquierda de todas las tendencias, de que la campaña le dio una importancia inferior a la necesaria a las redes sociales y a las altísimas posibilidades de uso agresivo y generalizado de noticias falsas y desinformación, la mayor parte generada fuera del país en un contexto continental de la Doctrina Monroe y el «escudo Trump». En la campaña faltó un polo de defensa mediática del candidato y del programa de la alianza contra las falsedades de Espriella —algo perfectamente posible incluso con el apoyo de científicos y activistas digitales de toda la región—. Dentro del pacto hay muchas quejas, incluso de dirigentes, sobre la falta de abogados y observadores en las 120 mil urnas.

El Pacto Histórico se convierte en partido

En diciembre de 2024, el Pacto decidió registrarse como partido político y obtuvo la legalización a mediados de 2025, con la unificación de las personas jurídicas del Polo Democrático Alternativo (de Cepeda) de la Unión Patriótica-Partido Comunista y de Colombia Humana (de Petro  y de la senadora Gloria Flores). También forman parte del Pacto la corriente surgida dentro de la Organización Nacional de Indígenas de Colombia (ONIC), antes llamada Movimiento Alternativo Indígena y Social (MAIS), la Unidad Democrática (ecosocialista), el Partido del Trabajo de Colombia (maoísta) y Todos Somos Colombia (miembro de la Internacional Progresista), además de fuerzas del feminismo, del ecologismo —muy consensuado en la izquierda local— y del importante movimiento negro palanquero (nombre local para los quilombolas).

El progresismo colombiano es, por lo tanto, una fuerza nueva en el país, con solo un mandato presidencial y en pleno proceso de consolidación de un partido político unificado que pueda dar estructura al proyecto político. De esta «juventud», con menos experiencia incluso que la de Morena en México, su homólogo del «progresismo tardío», por no mencionar a Lula y el PT, Frente Amplio y el peronismo argentino, surge cierta reticencia al enfrentamiento directo —que Cepeda promete superar al convocar a Espriella a un debate al día siguiente de la primera vuelta— y lo que parece un exceso de confianza en las instituciones de la Constitución de 1993, como queda evidente en la ausencia de cuestionamiento, antes de los resultados, del sistema electoral extremadamente frágil.

Panorama para la segunda vuelta

La alianza de Cepeda estaba formada por fuerzas más allá del Pacto Histórico: por el movimiento indígena, representado por la candidata a la vicepresidencia, Aída Cilcuyé (del pueblo Nasca), por la Alianza Verde, una especie de Partido Verde; por En Marcha, un partido formado en 2018 por disidentes liberales, por Claudia López (exalcaldesa de Bogotá), por liberales disidentes independientes, e incluso, según la insospechada (porque muy reaccionaria) prensa local, por sectores de los conservadores del CD y d , descontentos con Paloma Valencia. Todos tienen en común el compromiso con la pacificación del país tras décadas de conflicto armado.

La batalla por la victoria de la izquierda en la segunda vuelta no será un camino de rosas, aunque los más experimentados de la base y de la dirección del Pacto saben que es posible llevar a Cepeda al primer lugar, siempre y cuando (1) se corrijan los problemas en la vigilancia del voto y se refuerce el trabajo de comunicación y jurídico en redes sociales y plataformas; (2) como dijo Cepeda la misma noche del domingo de la primera vuelta, es necesario volver a movilizar a los jóvenes para que no dejen de votar, reduciendo el abstencionismo —esto es una verdadera movilización—; y (3) se negocien nuevos apoyos clave. Cepeda tendrá que obtener nuevos votos de los electores tradicionales del centrista Sergio Fajardo (exgobernador de la rica Antioquia, que obtuvo un millón de votos en la consulta sobre candidaturas para 2025), negociar oficialmente con el Partido Liberal e incluso tener una estrategia política para sectores del CD. Sí, el candidato a la vicepresidencia de Paloma Valencia, Juan Daniel Oviedo, ya ha declarado que no apoya ni votará por Espriella.

El partido está en marcha. Queda toda la segunda y emocionante parte del encuentro. En lugar de caracterizaciones catastrofistas, que dan a los trabajadores y al pueblo colombiano base del Pacto como derrotados de antemano, la izquierda del continente y de todo el mundo bien podría disponerse a ayudar de alguna forma, con presencia física o trabajo virtual, para garantizar que se dé la vuelta al partido. Los jóvenes de Bogotá ya han comenzado a salir a las calles.

1—La legislación colombiana prohíbe la reelección.
2— Según una investigación de la campaña del Pacto Histórico
3— Las cifras provienen de la Comisión de la Verdad y se refieren al conflicto armado iniciado en 1964 con la guerrilla de las FARC. Hubo otras dos guerras civiles en la historia de Colombia: diecinueve conflictos entre liberales y conservadores entre 1812 y 1886; y la famosa «La Violencia», inmortalizada en las páginas de Cien años de soledad, de García Márquez, entre 1948 y 1958.
4— Ver todos los reportajes sobre la Colombia profunda, de Tamis Perron en la Revista Rosa: www.revistarosa.com.

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