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Daniel Bensaid (1946-2010)
In memoriam
Josep Maria Antentas, Esther Vivas, Andreu Coll, Jaime Pastor
Publicamos varios textos de recuerdo a Daniel Bensaid escritos por miembros de Izquierda Anticapitalista en el Estado españolDaniel Bensaïd, revolucionario intempestivo
Josep Maria Antentas
Este martes 12 de enero murió nuestro amigo Daniel Bensaid, “Bensa”. Conocedores que la vida de Daniel se apagaba sin remedio, esperábamos con mucho pesar desde hacía semanas una noticia que, aún sabiendo inevitable, luchamos siempre por creer que no iba a producirse.
Con Daniel se va una de las figuras más destacadas de la izquierda anticapitalista europea. Daniel Bensaïd fue uno de los fundadores de la JCR francesa en 1966 y de la Liga Comunista en 1969 (posteriormente rebautizada LCR en 1973 después de su ilegalización). Animador de Mayo del 68 desde el Movimiento 22 de marzo permaneció fiel a su compromiso revolucionario hasta el final de su vida, contrariamente a tantos nombres ilustres de su generación convertidos en “rebeldes arrepentidos”.
Dirigente de la LCR hasta comienzos de los años noventa, jugó un papel clave en la vida y desarrollo de la que se convertiría en una de las formaciones más emblemáticas de la izquierda revolucionaria europea. Militante internacionalista, fue dirigente de la IV Internacional durante un largo periodo y consagró gran parte de su actividad política al trabajo internacionalista, desempeñando un papel clave en su construcción en varios países. En sus memorias publicadas en 2003, Une lente impatience, señalaba, humildemente: “Dirigir me inspira una santa repulsión: prefiero hacer que hacer hacer. Esto podría pasar por una virtud igualitaria. También puede ser, igualmente, el signo de una incapacidad desorganizadora para delegar y hacer confianza”
Daniel Bensaïd marcó a varias generaciones de militantes revolucionarios, en Francia y en todo el mundo. Para mi generación, para aquellas y aquellos que nos sumamos a la misma corriente y proyecto que Daniel en los años 2000, él fue una referencia insustituible. Para nosotros, las y los militantes de Izquierda Anticapitalista forjados al calor del movimiento antiglobalización, del movimiento estudiantil, de los campamentos de jóvenes revolucionarios, de la referencia de la LCR francesa, de los debates de la izquierda anticapitalista europea..., Daniel fue nuestra figura internacional más querida y respetada.
Sentimos enseguida una atracción irrefrenable por un tipo capaz de escribir sobre Walter Benjamín o discernir sobre la política de alianzas de la LCR, de publicar una obra sobre Juana de Arco o de hablar de los dilemas de la izquierda brasileña ante Lula, de simpatizar con el pensamiento de Derrida o de August Blanqui. En Daniel Bensaïd convergían un hombre de acción, un dirigente político internacional y un intelectual de primer nivel. Una combinación de cualidades que hacen de él algo muy excepcional en el panorama de la izquierda internacional y una de esas figuras de impronta duradera.
El Daniel Bensaïd que algunos conocimos era un hombre ya de salud precaria y de apariencia frágil, “espectral” como él diría, pero de una fuerza y una voluntad incombustibles. Daniel era un buen tipo, una persona amable y afectuosa, modesto, de trato cercano, siempre dispuesto a escuchar y a charlar un rato. Siempre que pudimos le invitamos en las ocasiones más especiales. La última vez que estuvo con nosotros fue para participar en Madrid y Barcelona en los actos de conmemoración del cuarenta aniversario de mayo del 68 que organizamos bajo el título “Mayo 1968-Mayo 2008, continuamos el combate”.
Desde los años noventa, enfermo y con una salud precaria, dedicó sus esfuerzos al trabajo teórico e intelectual, retirándose de las tareas de dirección política, sin por ello renunciar al trabajo militante, y a sus múltiples compromisos, charlas y viajes. En un momento de renuncias, capitulaciones y desconcierto, su voz ayudó a mantener una referencia imprescindible para seguir adelante. Acometió una inmensa tarea de renovación y revitalización del pensamiento marxista, dejando una vasta obra escrita e innumerables libros, publicados con una frecuencia que no dejaba de sorprendernos. Aprovechar las reuniones militantes en Paris para pasar por la librería La Brèche y llevarme lo “último” del Bensa se convirtió en estos años en una de mis rutinas militantes más placenteras. Daniel animó también proyectos editoriales, colecciones, y un ingente trabajo de discusión intelectual y búsqueda de convergencias entre diferentes tradiciones críticas al frente de la revista Contre-Temps.
Dedicó gran parte de su obra al estudio del pensamiento de Marx en obras como Marx l’intempestif (1995), o su volumen complementario La Discordance des temps (1995), ambas resultado de un trabajo docente y de estudio durante los años ochenta, desde su posición de profesor de filosofía en la Université Paris VIII, en un momento de retroceso y declive del pensamiento de izquierdas. Publicadas, sin embargo, en vísperas de las huelgas de noviembre-diciembre de 1995 contra el Plan Juppé que marcarían el retorno de la movilización y de la cuestión social, ambas obras presentaban una estimulante lectura de Marx, liberada de dogmas y fetiches. Son, posiblemente, sus obras más significativas.
Continuaría su estudio de Marx en múltiples libros. En el 2001 publicaría Pasión Karl Marx una cuidada biografía, con reproducciones de la correspondencia entre Marx y Engels e imágenes e ilustraciones de la época, donde buscaba “poner en escena el espíritu crítico de una época, insistiendo en las resonancias entre la globalización de entonces y ahora” y nos proponía leer El Capital como “la elucidación dialéctica de los misterios del capital a la manera del caballero Dupin de Edgar Poe o de Sherlock Holmes: se ha cometido un crimen; han robado la plusvalía; y el botín pasa de mano en mano, se reparte entre encubridores, truhanes, blanqueadores de dinero sucio, hasta olvidar su origen...”.
Publicó también estudios sobre aspectos concretos del pensamiento de Marx, como su completa edición crítica de Sobre la cuestión judía (cuya aparición en castellano en Gedisa está prevista para este 2010), un estudio de los escritos de Marx sobre el robo de leña, Los desposedés (2007), tomado como punto de partida para analizar la dinámica de la globalización contemporánea, o una desarrollada análisis del pensamiento político de Marx, Penser l’Inconnu (2008), una edición crítica de los textos de Marx y Engels sobre la Comuna. En ella mostraba a un Marx “analista brillante de las coyunturas y un virtuoso de la política, no como un simple efecto o reflejo de determinaciones económicas y sociales, sino como el arte de las mediaciones”.
Recientemente, publicó la presentación de uno textos de Marx sobre las crisis económicas, (publicado por la editorial Sequitur en castellano: Karl Marx. Las crisis del capitalismo), donde repasa la intepretación de Marx sobre la naturaleza de las crisis, y aborda una discusión estratégica sobre el pensamiento de Keynes y el de Marx al respecto, buscando sus puntos de confluencia y divergencia: “Como proyecto político de conjunto, y no como suma de medidas parciales, el programa de Keynes, como abiertamente proclama, pretende salvar el capital de sus propios demonios. El de Marx pretende derrocarlo.”
Uno de sus últimos libros fue una amena introducción a Marx, Marx mode d’emploi (2009) publicada con ilustraciones del dibujante Charb, muy bien recibido por los militantes del NPA y por los jóvenes ávidos de adentrarse en la “aventura crítica” del pensamiento de Marx. Concebido como “una invitación al descubrimiento y a la controversia”, no pretende “restablecer el verdadero pensamiento de un Marx auténtico” sino “proponer uno de sus modos de empleo posibles”, repasando las ideas de Marx sobre la lógica del capitalismo, el comunismo, la organización política, el internacionalismo, la relación entre el ser humano y la naturaleza...
Gran parte de su obra está atravesada por su preocupación por cuestiones de estrategia, por repensar una estrategia revolucionaria para el siglo XXI. Dedicó muchas de sus reflexiones al análisis de las “transformaciones espaciales y temporales de la actividad política” en el marco de la globalización capitalista. En Le Pari Melancolique (1997) abordaba las “metamorfosis y los desajustes del mundo” al filo de la globalización, defendiendo la necesidad, ante un “siglo que termina sobre las ruinas de sus esperanzas inaugurales”, de una política del compromiso y de una “apuesta por la revolución” basada “en el actuar, no en la evidencia de la solución asegurada, sino en la contingencia irreductible de la hipótesis”. Una revolución que “sin imagen ni mayúscula permanece pues necesaria en tanto que idea indeterminada de este cambio y brújula de una voluntad. No como modelo, esquema prefabricado, sino como hipótesis estratégica y horizonte regulador” .
En Le Sourire du Spectre (2000), se interrogaba al filo del entonces recién 150 aniversario del Manifiesto Comunista sobre las posibilidades de reaparición del “fantasma del comunismo”, en un momento donde despuntaban ya las resistencias a la globalización que enterraron los discursos del “fin de la historia” de Fukuyama y el triunfalismo neoliberal. Sus Irreductibles. Théorèmes de la resístanse a l’air du temps (2001) presentaban en forma de cinco teoremas elegantemente escritos un ataque contra la “retórica cínica de la resignación”, y una defensa de la “fuerza irreductible de la indignación, que es exactamente lo contrario de la costumbre y la resignación. Incluso cuando se ignora lo que podría ser la justicia del justo, queda la dignidad de la indignación y el rechazo incondicional de la injusticia. La indignación es un comienzo. Una manera de levantarse y ponerse en marcha. Uno se indigna, se subleva, y después ya veremos. Uno se indigna apasionadamente, antes incluso de encontrar las razones de esta pasión”.
Ilustrada por divertidos topos de Pierre Wiaz, Resistances. Essai de Taupologie genérale (2001, publicado en castellano por El Viejo Topo, Resistencias ensayo de topología general) prosigue esta búsqueda de una política de resistencia, a través de la figura del topo, “metáfora de quien camina obstinadamente, de las resistencias subterráneas y de las irrupciones repentinas”. Empezando en la globalización victoriana y atravesando críticamente el pensamiento de Althusser, Badiou, Derrida, Negri, el libro se interroga por las condiciones de una política revolucionaria y desarrolla la “noción estratégica de crisis” entendida como “un momento de decisión y de verdad, cuando la historia duda entre un punto de bifurcación”.
La reflexión estratégica ocupa también un lugar central en Éloge de la Politique Profane (2009, publicada en castellano por Península, Elogio de la Política Profana) una importante obra donde analiza las transformaciones de las categorías políticas básicas de la Modernidad, el “eclipse de la política” y de la “razón estratégica” al filo de la ofensiva neoliberal, y discute las diversas “utopías contemporáneas”, propias de los periodos posteriores a las grandes derrotas, “donde lo posible y lo necesario ya no tienen puntos en contacto”.
En el marco de esta preocupación por la estrategia, entró también con pasión a escribir sobre el movimiento “antiglobalización” y las controversias en su seno, polemizando con autores como Negri o Holloway, en obras como Changer le monde (2003, publicado en castellano por La Catarata, Cambiar el mundo), o analizando el significado histórico del movimiento en Le nouvel internationalisme (2003). Participó en debates significativos en varios Foros Sociales Mundiales y Europeos y en innumerables encuentros y seminarios internacionales e iniciativas ligadas al movimiento “antiglobalización”.
A pesar de este gran esfuerzo intelectual siguió acompañando la vida de la LCR y la IV Internacional y los avatares de la izquierda internacional. Dedicó también gran parte de su obra a discutir sobre cuestiones de orientación política en Francia, criticando a la izquierda plural de Jospin en Lionel, qu’as tu fait de notre victoire (1997), a adentrarse en los debates identitarios en el contexto de la crisis de la V República francesa, en Fragments Mécreants (2005, de próxima aparición en castellano en la editorial Icaria), y polemizó con personajes como Bernard-Henri Lévy y los “nuevos filósofos” contra quién escribió Un nouveau theologicien B-H. Levy (2007).
En el año 2003 publicó sus memorias, Une lente impatience, trazando su itinerario personal, político e intelectual. Modestamente, definía su libro como un “simple testimonio para ayudar a comprender lo que hemos hecho y lo que queremos”. Mirando retrospectivamente afirmaba: “Nos hemos equivocado a veces, incluso a menudo, y sobre bastantes cosas. Al menos, no nos hemos equivocado ni de combate ni de enemigos”. Un combate que él escribió con su habitual prosa de gran calidad literaria y que nos sumergió, mientras devorábamos ávidamente las páginas del libro, en los acontecimientos de Mayo del 68 y sus postrimerías, la guerra de Argelia, los tiempos “en que la historia nos mordía la nuca”, la lucha contra la dictadura franquista, los avatares de la izquierda en Latinoamérica, la restauración neoliberal, el auge del altermundialismo o el estado del pensamiento marxista contemporáneo...
La memoria, la transmisión y la herencia ocuparon gran parte de los escritos y preocupaciones militantes de Daniel Bensaïd. Polemizó con François Furet y los autores del Libro Negro sobre el Comunismo y sus falsificaciones históricas, y consagró su obra Qui est le juge? (1999) a cuestionar el “tribunal de la Historia” y las “tentaciones de apelar a los viejos fetiches, la Historia o la Humanidad” más que a la aceptación “de la frágil incertidumbre del juicio humano” y “descrifrar la subtilidad del juego a tres, entre juicio judicial, juicio histórico y juicio político” .
Entre sus variadas y múltiples influencias intelectuales destaca Walter Benjamin, a quien consagró el libro Walter Benjamin Sentinelle Mesianique (1990), parte de una trilogía iniciada con Moi, la revolution (1989) publicado en ocasión del bicentenario de la Revolución francesa, y finalizada con Jeanne de Guerre lasse (1991), dedicada a Juana de Arco. Si la trilogía podía parecer alejada de Marx, Daniel indicaba en su biografía que en realidad “se trataba –las fechas lo muestran- de un camino paralelo, para volver mejor a la cuestión del comunismo, por el camino montaraz de las herejías, por el rodeo de la racionalidad mesiánica, por el sendero escarpado de una lógica del acontecimiento”.
Él mismo, convertido en una autoridad moral e intelectual incuestionable, actuó de transmisor, de puente entre dos épocas distintas proporcionando una referencia político-intelectual impagable para quines nos incorporamos a la militancia finalizado ya “el corto siglo XX”. Nunca faltó a su cita en las Universidades de Verano de la LCR o en los campamentos de jóvenes revolucionarios, cuyas charlas de formación fueron siempre el momento estelar que todos esperábamos. En Les Trotskismes (2002, publicado en castellano por el Viejo Topo, Trotskismos) trazó la trayectoria de una corriente minoritaria en la historia del movimiento obrero, al filo de la entrada en el nuevo siglo, “que no se hará sin un esfuerzo de puesta al día teórica y práctica”, reivindicando “un cierto trotskismo” cuya “herencia sin modo de uso es, sin duda, insuficiente, pero no menos necesaria para deshacer la amalgama entre estalinismo y comunismo, liberar a los vivos del peso de los muertos y pasar la página de las desilusiones”.
Participó en el alumbramiento del NPA, acompañando el paso de la LCR al nuevo proyecto. Poco antes de su creación escribía en su obra Penser Agir (2008): “a medida que se acerca el momento del paso del testigo entre la Liga y el nuevo partido, algunos preguntan con más y más insistencia a las decenas de ’veteranos’, fundadores de la Liga en 1969 o de la organización de juventud expulsada de los estudiantes comunistas, la JCR, si no sentimos nostalgia en el momento de verla desaparecer para transcrecer en una fuerza nueva. Para responderles yo diría que tenemos más bien el sentimiento (y un poco de orgullo, reconozcámoslo) del trabajo realizado y del camino recorrido. Fue mucho más largo de lo que imaginamos en el entusiasmo juvenil de los años sesenta y no es fácil permanecer tanto tiempo siendo ‘revolucionarios sin revolución”.
Daniel ha muerto apenas un año después de la creación del NPA, donde habría tenido un gran papel que jugar en la formación de sus militantes, en la consolidación del armazón estratégico y programático del partido y en la transmisión de una herencia “sin modo de empleo” a las nuevas generaciones militantes. Resumió mejor que nadie los objetivos del nuevo proyecto, el de crear: “un nuevo partido, tan fiel a los dominados y los desposeídos como lo es la derecha a los poseedores y a los dominadores, que no se excusa por ser anticapitalista y querer cambiar el mundo”. En vísperas de su fundación publicó con Olivier Besancenot Prenons Parti! Pour le socialisme du XXIème siècle (2009) un buen libro para armar de ideas, propuestas y perspectiva estratégica a los militantes anticapitalistas.
La última vez que vi a Daniel fue en la primera universidad de verano del NPA, en Port Leucate en agosto pasado, donde impartió varias charlas y presentó la Societé Louise Michel, cuya fundación animó con el objetivo de crear un espacio plural de reflexión teórica y de debate. Hablamos del NPA, de nuestra recién campaña a las elecciones europeas, y de la posibilidad de publicar en castellano su libro Marx, mode d’emploi, y de su edición crítica de los textos de Marx sobre las crisis económicas. A pesar de la enfermedad persistente, y de que se le veía débil y cansado, nada hacía presagiar un trágico desenlace como éste tan sólo unos pocos meses después. Cuesta asumir que Daniel no está ya entre nosotros. Su muerte es un duro golpe para todos aquellos y aquellas que hicimos de su presencia, de sus libros y sus charlas, uno de los elementos más estimulantes de nuestra aventura militante.
Daniel Bensaid, un referente político e intelectual de la “izquierda de la izquierda”
Jaime Pastor
Afectado por una larga enfermedad que se había agravado en los últimos tiempos, Daniel Bensaid, nacido en Toulouse el 25 de marzo de 1946, ha muerto este 12 de enero en París. Desaparece así una de las figuras más representativas de una generación política y contracultural que emergió a comienzos de los años 60 del pasado siglo en Francia y en todo el mundo, asumiendo en su caso un protagonismo político y personal en el Mayo del 68 francés (cuando, ya como miembro de las Juventudes Comunistas Revolucionarias, formaba parte del Movimiento 22 de marzo) y siendo cofundador de la Liga Comunista en abril de 1969 (luego, tras su ilegalización por el gobierno francés en 1973, tuvo que añadir “Revolucionaria”), organización vinculada a la Cuarta Internacional, uno de cuyos principales dirigentes fue Ernest Mandel. Fue precisamente poco después de ese mes de abril cuando, en mi condición de refugiado político en Francia, tuve la suerte de conocerle y compartir con él una amistad y un proyecto común nunca abandonados.
Pero Daniel no fue sólo un activista permanente e incansable contra el capitalismo y el estalinismo desde su juventud (incluyendo sus viajes clandestinos a Madrid o Barcelona para apoyar a la izquierda radical en su lucha contra el franquismo) hasta sus últimos días en los Foros Sociales Mundiales y en los más diversos lugares a los que era invitado, o en el Nuevo Partido Anticapitalista. También, desde su formación marxista, acompañó esa labor con una pasión intelectual constante por tratar de comprender el mundo, buscar respuestas frente a todo tipo de injusticias y sentar las bases de un proyecto socialista radicalmente distinto del despotismo burocrático vigente en el mal llamado “socialismo real”. Fruto de ese esfuerzo ha sido la larga lista de obras y artículos que publicó a lo largo de su vida sobre los más variados temas. Desde el libro que escribió con Henri Weber (Mai 68, une répetition générale) en 1969 hasta los más recientes (como Éloge de la politique profane, ya editado en castellano por Península, o Marx, mode d’emploi, muy difundido en el país vecino), pasando por sus reflexiones sobre las “grandezas y miserias de una aventura crítica” en Marx l’intempestif, La discordance des temps o Le pari mélancolique, sus escritos sobre Walter Benjamin, sus aportaciones contra la historiografía revisionista de la Revolución Francesa, sus diálogos con un amplio abanico de pensadores (como con Toni Negri en Un monde à changer, editado en castellano por Los Libros de la Catarata), sus polémicas con los “nouveaux philosophes” o sus propias memorias (La lente impatience) y sus controversias con el sionismo, el legado que nos deja Daniel Bensaïd es enorme. Un bagaje enriquecido también con su labor como profesor en la Universidad París VIII, su dirección de la revista Contretemps o su papel como animador de la asociación Louise Michel, recientemente creada.
Afortunadamente, ni su producción teórica ni su nomadismo militante –que en los últimos años eran cada vez más intensos a pesar de su enfermedad- han sido en balde, ya que no se puede entender fenómenos como la irrupción de nuevas formaciones de la izquierda radical en Francia y en otros países –incluido el español- sin la influencia que personas como Daniel han tenido en una nueva generación política libre ya del “síndrome del muro de Berlín” y convencida de que el capitalismo no es el “fin de la historia” y “otro mundo es posible”. Buen ejemplo de esto fue la publicación de un artículo suyo en la edición de El País del 2 de noviembre pasado con el título “Emerge una nueva izquierda”: allí insistía en que la nueva izquierda europea “o bien se contenta con un papel de contrapeso y presión sobre la izquierda tradicional (...); o bien favorece las luchas y los movimientos sociales para construir pacientemente una nueva representación política de los explotados y oprimidos”. No hace falta decir que él se inclinaba por esta última opción ya que, más que nunca, había que evitar caer en una mera gestión de los asuntos del capital en un momento de crisis sistémica como el actual. Porque sólo mediante un cambio de rumbo hacia “la izquierda de lo posible” se podrá ofrecer una salida frente al capitalismo mediante la socialización de los bienes comunes de la humanidad y del planeta; un horizonte que, en uno de sus últimos artículos y pese a la carga negativa que él reconocía en la palabra “comunismo”, ahora proponía reformular como “eco-comunismo radical”.
El País, 14/1/2009
Bensa vive
Esther Vivas
Todas sabíamos que tarde o temprano llegaría el momento. Ese momento no del adiós sino del hasta luego. Ese pasar de la presencia a la no presencia. Del no ser, aún y estando. Llegó y llega. Pero me niego a meter entre paréntesis una fecha de inicio y una de final. Un indicio de que todo empieza y todo acaba. Pero no. Bensa vive. Vida en cada una de nosotras y nosotros. En la lucha. En la esperanza. En la rebeldía. En la ilusión y la utopía. En esa obstinada y lenta impaciencia. En el hablar, escuchar y recibir. En el respeto a la diferencia. En la convicción y la firmeza. Quedan militancia y libros y humanidad y cariño. Y queda el legado que no es ni principio ni fin, sino mientras tanto. Mientras no llega el día en que cambiemos este mundo inútil, inservible, basura. Mientras esto no suceda, Bensa vive. La rebeldía nunca muere.
Bensa: una pérdida insubstituible
Andreu Coll
La verdad es que no consigo hacerme a la idea de que Bensa ya no esté entre nosotros. Entre artículo y artículo, entre labor y labor, me asalta la emoción por su ausencia y su recuerdo. Su muerte deja un vacío enorme, un dolor agudo y una melancolía indescriptible. Tanto quienes somos militantes de la IV internacional como quienes pertenecen a otras corrientes del movimiento obrero, así como las gentes que se reconocen en el marxismo, necesitaremos un tiempo para darnos cuenta de la magnitud de esta pérdida. Como decía Miguel Romero en su artículo en Público, quienes queríamos a Daniel Bensaïd nos sentimos irremediablemente solos. La pérdida es demoledora por tres motivos:
porque era un militante revolucionario internacionalista,
porque era un intelectual marxista de una cultura y una curiosidad intelectual vastísimas,
porque era una de las personas más sencillas, amistosas y cálidas que jamás he conocido.
La izquierda y el movimiento obrero tardarán mucho en generar una personalidad que encarne tan bien estas tres cualidades.
No tengo ninguna duda de que quienes han tenido un trato más regular y de más años con Bensaïd deben llevar esto mucho peor que yo. Pero para quienes nos politizamos en este país de mierda entre los escombros del Muro de Berlín y la reacción neoliberal, ante el desprecio y la condescendencia de tantos arrepentidos, entre los vómitos intelectuales del postmodernismo y el pensamiento débil y cuando el marxismo era poco más que un rincón en las librerías de tercera mano o una serie de cenáculos académicos cómodamente instalados en el pesimismo cósmico y en la inoperancia política, descubrir a Bensaïd fue algo muy especial en nuestra formación política.
Pero fue especial porque formaba un todo con la LCR francesa y la IV internacional. Daniel encarnaba lo mejor de nuestra corriente política. Y, desde la muerte de Mandel, era su más insigne embajador en el mundo. Ambos encuentros, con Bensaïd y con la corriente que tan bien representaba, fueron para mí y para un reducidísimo grupo de camaradas poco menos que “salir del armario”.
Lo que hasta entonces eran intuiciones, sentimientos, ideas embrionarias, frustraciones, desconfianzas, deseos, recelos, esperanzas… existía en forma de elaboración teórica, iniciativa política, continuidad militante, relevo generacional, conciencia y experiencia. De mayo del 68 no sólo quedaban los beatniks arrepentidos y los partidos obreros “realistas” que se habían vendido por un plato de lentejas: existía una corriente revolucionaria que había sobrevivido a la debacle impulsando las nuevas luchas y resistencias a la vez que actualizaba su pensamiento y transmitía sus sólidas raíces en la historia del movimiento obrero a una nueva generación militante.
Nosotros crecimos y nos hicimos gracias a la LCR y a Bensaïd.
Con los libros, los artículos y las charlas de Bensa aprendimos a adentrarnos en Marx y el marxismo revolucionario gracias a su enorme claridad, erudición y calidez.
Con la muerte de Daniel se va para siempre una parte de nuestras vidas y de nuestra minúscula historia. De lo que se trata ahora es de seguir siendo fieles a su memoria y a su combate.
Bensa
Miguel Romero
Amaba la revolución y la vida. Tenía una ambición de conocimiento insaciable. Del conocimiento que crea desafíos, que intranquiliza, que cuestiona, no el de las vulgatas o las doctrinas. Le gustaban las palabras nerviosas, activistas, palabras de vigilia como impaciencia, brecha, bifurcación, intempestivo… Fue marxista por el estudio permanente y por la convicción, abierto y arriesgado, dispuesto a enfrentar los textos clásicos al salto mortal de la realidad. Fue trotskista de “un cierto trotskismo, sin duda insuficiente, pero no menos necesario para deshacer la amalgama entre estalinismo y comunismo, liberar a los vivos del peso de los muertos y pasar la página de las desilusiones”. Construyó un pensamiento político original, basado en una cultura enciclopédica, en el que tuvo tanta influencia Lenin como Walter Benjamin. Cada decenio post-68 protestaba de la obligación de escribir textos conmemorativos que pudieran sonar a añoranza de “ex-combatientes”. Pero siempre fue leal a aquel despertar que mostró la vigencia de las bifurcaciones “a la izquierda de lo posible”. Fue, por encima de todo, un militante internacionalista. Esa era la fuente de la enorme energía que desplegaba más allá de su frágil salud, escribiendo un libro tras otro, viajando de aquí para allá, siempre a disposición de sus camaradas, antes de la LCR, ahora del NPA. Tenía una idea cálida, vitalista, fraternal de la militancia. Se sentía a gusto en las distancias cortas, en la convivencia, en el debate con gentes diversas, críticas, inteligentes, como las que le acompañaron en la revista Contretemps. Probablemente se encontrarán entre sus papeles cuatro cinco libros en marcha, no sé cuantos viajes futuros en su agenda, lecturas pendientes de Sacristán o de Robert Luis Stevenson. Nos deja irremediablemente solos a quienes le quisimos.
Público, 13/1/2009


